Tiquismiquis – tema de la semana

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «tiquismiquis». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 29 de octubre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

ANTONICUS EFE

Valentina Rubio llevaba veintidós años y un día corrigiendo textos y jamás había dejado pasar un gerundio de posterioridad. Tenía tres lápices rojos, cada uno con nombre propio, y una lupa heredada de su maestra correctora, que había sido gerente en una imprenta de Padrón.

Aquella mañana le llegó el poemario de José María Figueras, poeta asturiano, melena trágica y bufanda en pleno julio. El primer verso decía: «Oh luna, que lloras sobre mi alma sin coma que aprisionar en tu lápiz».

—¿Sin coma? —murmuró Valentina—. Eso lo arreglo yo.

Y añadió dos. Luego tachó «alma» por repetirse cuatro veces en la misma página, cambió «ardiente» por «cálido» porque le pareció exagerado y anotó en el margen: «La luna no llora. Es un satélite».

José María se presentó en su despacho a las cinco de la tarde, con el manuscrito temblando entre las manos como un pájaro herido que se ha caído de un manzano.

—¡Ha asesinado usted a mi luna! —clamó.

—La he puntuado, que no es lo mismo —respondió Valentina sin levantar la vista—. Y, por cierto, «mar» no rima con «amor». Lo he comprobado tres veces.

—¡Es rima asonante libre!

—Es rima asonante libre de sentido.

Discutieron durante dos horas. Él defendía la licencia poética como quien defiende a su madre; ella replicaba con el diccionario de la RAE abierto como un escudo. Cuando José María argumentó que los puntos suspensivos expresaban el vacío existencial, Valentina le contestó que también expresaban falta de ideas, y que con tres bastaba, no con once.

Al anochecer, agotados, se sentaron a leer el poema entero en voz alta, primero en la versión de él y después en la de ella. Hubo un silencio largo, porque la de ella se entendía.

—Tu versión parece el manual del docente de la UNED —espetó José María, con desprecio.

—Y la tuya, poemas de «Hasta mañana, don Ramón» —replicó Valentina, y anotó la hora en su agenda para facturarle las dos horas extra.

No hubo tregua. Él se llevó el manuscrito sin comas y ella se quedó con la satisfacción de saber que tenía razón, que a su edad es lo único que no engorda.

El libro se publicó en primavera, en una editorial que no tenía correctora. En la dedicatoria se leía: «A Valentina, que intentó matar a mi luna». Ella lo compró solo para devolverlo por correo, con veintitrés erratas señaladas en rojo y una nota en la primera página: «La dedicatoria, al menos, está bien escrita. Es lo único que no necesita corrección».

DAVID MERLÁN

A MEDIDA

Savile Row, Londres. 1977.

El cliente entró en la sastrería a las diez en punto. Vestía con elegancia, caminaba con seguridad e irradiaba una expresión de auténtica seguridad en su mismo.

—Buenos días. Vengo por el traje—dijo al llegar al mostrador.

El sastre, un caballero de bigote impecablemente cuidado y cuarenta años de experiencia en el sector, consultó la ficha del encargo.

—Por supuesto, señor. Aquí está. Lana inglesa de primera calidad, corte clásico, solapas de pico discretas… Buena elección, si me permite la observación. Un momento, señor, ahora mismo se lo traigo—mientras se perdía tras el cortinón que daba a la trastienda.

Tras un par de minutos que el cliente aprovechó para echar un rápido vistazo a su alrededor, apareció con el encargo colgado de su antebrazo izquierdo. A continuación, lo desplegó y lo estiró sobre el mostrador a la vista del hombre y esperó su reacción.

—Demasiado discretas. Un milímetro más de anchura.

El sastre levantó la vista.

—Disculpe ¿Un milímetro?

—Si, un milímetro más grandes las solapas.—mientras las señalaba levemente moviendo su dedo índice de izquierda a derecha.

El aprendiz, que tomaba notas detrás del mostrador, bajó la cabeza para disimular una sonrisa.

Trascurridos unos segundos, comenzaron las pruebas.

El cliente se colocó frente al espejo. Giró a la derecha. Después a la izquierda. Se sentó. Se levantó. Flexionó los brazos y volvió a sentarse.

—La manga derecha está dos milímetros más larga que la izquierda.

El sastre examinó ambas mangas.

—Disculpe señor, pero le aseguro que la diferencia es prácticamente imperceptible.

—Para usted, quizá, pero ¿Y si necesito levantar el brazo con rapidez?

El sastre respiró hondo imperceptiblemente y contestó templando el tono.

—¿Para coger algo de una estantería?—contestó con ironía inglesa.

—Exacto —respondió el cliente, sin pestañear.

El sastre anotó la corrección.

Siguieron con los pantalones. Revisados por el cliente dictó su sentencia:

—La caída no es correcta.

—¿Demasiado larga, señor?

—No. Demasiado corta.

—Pero acaba de decirme que…

—Le he dicho que no es correcta, no que sea larga o corta. Hay una gran diferencia.

El aprendiz dejó de escribir. Empezaba a sospechar que aquel hombre no había acudido a la sastrería para hacerse un traje, sino para comprobar hasta dónde podía llevar a un ser humano antes de que perdiera la paciencia.

A continuación le tocó el turno a los botones.

—¿Son resistentes?—mientras sujetaba uno de ellos y le daba ligeros giros con el dedo índice y gordo

—Naturalmente. Son de nácar auténtico. La mejor calidad para nuestros mejores clientes, señor.

—Me refiero a la resistencia a la tracción.

El sastre parpadeó al darse cuenta que sus esfuerzos comerciales no habían surtido el menor efecto.

—¿Perdón?

—Me refiero a que si alguien me agarra de la chaqueta, ¿se desprenderán?

—Señor, normalmente nuestros clientes no se someten a pruebas de ese tipo.

—Pues deberían. La vida es imprevisible.

El sastre respiró hondo. Llevaba cuarenta años vistiendo a los más reputados banqueros, aristócratas y políticos de Inglaterra. Había soportado egos descomunales, exigencias absurdas y hasta un miembro de la realeza que pretendía mantener en secreto sus más íntimos deseos.

Pero aquel hombre era diferente. Aquel hombre era tiquismiquis con vocación de record guinness.

Por fin, tras casi dos horas de ajustes por aquí y por allá, el cliente contempló su reflejo. La chaqueta se ceñía perfectamente a los hombros, la cintura dibujaba una silueta elegante y los pantalones caían con precisión matemáticamente milimétrica.

Para terminar, se abotonó la chaqueta, levantó los brazos, se sentó y se incorporó de un salto.

—Aceptable—Sentenció finalmente.

El sastre sintió que recuperaba el pulso mientras pensaba «Por fin».

—Me alegro de que sea de su agrado, señor.

—No exagere. El chaleco necesita una última revisión.

El sastre cerró los ojos un instante. En cuanto volvió a abrirlos, el cliente ya se dirigía a la puerta.

—Volveré a recoger todo mañana. A las diez en punto.

—Por supuesto, señor.

El hombre salió a Savile Row y se encaminó hacia un Aston Martin DB5 gris plata que aguardaba junto a la acera. Abrió la puerta, se acomodó al volante y arrancó con la elegancia del quien jamás ha tenido problemas económicos en su vida.

El aprendiz se acercó al escaparate, fascinado.

—Señor, ¿ha visto ese coche?

—Tengo ojos, muchacho—mientras se acercaba al ventanal y miraba discretamente.

—¿Y quién cree que será ese hombre?

El sastre consultó la ficha del encargo. Allí figuraba un nombre escrito con letra impecable.

—Robert Sterling.

El aprendiz negó con la cabeza.

—No se, aunque quiere sonarme. Creo haber leído que es biólogo marino o algo así.

El sastre guardó la cinta métrica en su estuche.

Ambos observaron cómo el DB5 desaparecía entre el tráfico londinense.

—Como sea tan exigente con los peces que como los botones, la llevan clara, ja,ja,ja.

—Modere su tono y su lenguaje, jovencito. O no tendrá futuro aquí.

El ayudante frunció el ceño en señal de arrepentimiento y se quedó en silencio.

El sastre se dirigió al mostrador y a medio camino, hizo una pausa, reflexionó y añadió:

—En Savile Row hay una norma: La elegancia no admite errores. Independientemente de la profesión de los clientes.— Y regreso a sus quehaceres.

Al fin y al cabo, el próximo cliente estaba al caer.

FIN

CARMEN BERJANO

Síndrome de Windows (para el tema semanal)

Tengo que poner lavadora de claro. Faltan cebollas y zanahorias para las albóndigas, ¡Ostras! la cartulina de Leire para el disfraz del día del libro. Y tengo que llamar a mi suegra para confirmar la comida del domingo. ¡Madre mía! Este mes pasan el puto seguro del coche.

-Ahhhhhh. ¿Te has corrido, amor?

-Sí, mi vida. Ha sido estupendo.

-Te he notado como ausente…

-Ay, cari, no seas tiquismiquis.

CARLOS TABOADA

EL PSICOPOMPO

No tengo intención alguna de mencionar a Caronte a familiares y amigos, pero tal vez se lo diga a una amiga que hecha las cartas del tarot y ve a difuntos —entre otros menesteres. Ella lo entendería, aunque yo no sabría explicarle cómo pude contactar con él. Es decir, no me refiero a cuando apreté el ojo bien pintado de un cuervo ocupando con su grafiti una amplia pared de hormigón, para después succionarme a la dimensión donde el psicopompo me esperaba, presentándose con dignidad y respeto. Me refiero más bien a cómo le explicaré a mi amiga el hecho de hablar con él, cuando yo nunca había sentido poderes sobrenaturales y nada por el estilo.

Me preguntará, además, por su aspecto, y eso la desencajará tanto como a mí, por más que lo vea a diario. Lo normal, por ejemplo, sería encontrar en él una voz desgarradora, unas uñas como garfios o unos luminosos ojos de águila resquebrajando a su presa. Pero no. ¡Es un tipo guapo! Con pómulos marcados, nariz definida, orejas simétricas, cabello ligeramente largo y arreglado, barba fina y limpia, con mirada expresiva y ojos relucientes. Y también tendré que decirle a mi amiga que pide por óbolo un euro, aunque yo no sea el muerto. ¡Pero no quiere una moneda cualquiera, sino una brillante o con mate definido!

Caronte acepta en mayor o menor medida todo tipo de personas, aunque sé que le desagrada ciertos perfiles. Pero el colmo fue cuando apareció una bella joven que se negó a trasladar por su estrabismo.

—¿No la quieres por eso? —pregunté indignado—. ¿Qué haces con mi dinero? —protesté enfadado.

—No voy a verla —contestó, arrugando su nariz perfecta—. Y quiero que sepas que no eres el único que me paga, y que tarde o temprano no volverás a entrar —me amenazó.

—¡No seas tiquismiquis!

—¿Qué has dicho?

—Ya lo has oído —me burlé.

—¡Dame el euro! —me exigió, y realizó aspavientos con la mano antes de extenderla a mi bolsillo.

RAQUEL LÓPEZ

Estaba el bueno de Andrés

un hombre pulcro, flaco y enjunto,

viendo su mundo al revés,

en menos de un minuto.

Hace tiempo contrató

a Juana, de gran energía

que con la escoba en mano procedió,

a romper su paz y simetría.

Limpiaba los muebles con tal desazón

moviendo los libros de su estantería

cambiando su amado y eterno sillón,

y allí abandonado en una esquina.

Andrés tenía todo tan perfecto

que en su casa reinaba la calma

y cualquier mínimo defecto,

le causaba un dolor en el alma.

Contaba los pasos que daba hasta el umbral,

revisaba veinte veces la ropa del armario

causándole algún desvelo, solía despertar

por si una mancha inoportuna alterase su tranquilidad.

-¡ No toque usted ese cuadro que pierde el nivel! gritó ante tal espanto,

y corriendo asustado se subió a la silla a medirlo bien,

-¡ Ay Andrés, no me sea tiquismiquis!

dijo Juana con sorna y llanto.

Y en un ligero vaivén al traste cayó la silla

-¡ Dios mío que gran desastre!

-¿ Hay algo que pueda hacer? – dijo Juana asustadiza.

-¡Váyase con viento fresco y no vuelva más¡

gritó Andrés aquejado en el suelo,

ya la cuenta saldará

ante este terrible entuerto.

Se marchó mascullando Juana dando un buen portazo,

que hizo retumbar las paredes de toda la vecindad

y el bueno de Andrés llorando,

viendo que su mundo no se alineará jamás.

ARMANDO BARCELONA

A LAS DIEZ Y CUARENTA Y CINCO.

Te preguntarás qué hago aquí hoy, cuando tenía que venir mañana, exactamente a las diez y cuarenta y cinco, que bien claro lo dejaste escrito en tus últimas voluntades —no podía ser de otra manera, siempre tan perfeccionista―, pero es que, perdóname, corazón, no te puedes imaginar el caos en el que estoy viviendo desde que tú no estás; es para verlo, cariño, un sindiós, Mariano, un sindiós.

Claro que no me hago idea de cómo estarás tú enfrentando la infinitud de la eternidad, pobre, que todo lo tenías medido en longitudes de Planck.

Un centímetro, Joaquín, tu sastre lo tenía grabado a fuego en el hipocampo, un centímetro, ni más ni menos, entre el quiebre de los bajos de tus pantalones y el empeine del zapato.

Setenta y cinco por ciento de café, veinticinco por ciento de leche; Carmen, la camarera de El Ángel Azul, bien sabía cómo prepararte los cortados; las bebidas más fuertes, solo eran para casa, con nuestro juego de pesos y medidas: Una copa de balón fría, cuatro cubitos de hielo, cincuenta mililitros de ginebra seca, tres bayas de enebro, dos bolitas de pimienta rosa, una semilla de cardamomo, ciento cincuenta mililitros de tónica―incorporados con la suavidad que usaríamos para esparcir crema hidratante en los senos de una virgen―, la tira de una piel de limón, cinco centímetros exactos, y remover con lentitud; así se prepara un gin-tonic, según tú.

Todo medido, cariño, incluso los polvos: lunes, miércoles y viernes, fin de semana, abstinencia total. Siempre por la noche, entre las veintitrés y las veintitrés y quince horas, incluidos preliminares. Es lo que peor llevaba, te lo confieso; siempre me quedaba a verlas venir, pero, por otra parte, contigo no había sobresaltos.

Y cuando fuimos a ver El retorno del rey, ¿te acuerdas, de El señor de los anillos? Nueve minutos de reloj tuvimos a toda la fila de butacas de pie, sin poder avanzar, esperando a que acabaran los títulos de crédito porque tú habías pagado doscientos un minutos de película y no te levantaste del asiento hasta el final.

Hay que reconocerlo, Mariano, fuiste un tocapelotas, pero no puedes hacerte una idea la cantidad de gente que vino a tu entierro, una muchedumbre, todo el barrio: Joaquín, el sastre; Carmen, la camarera; Raúl, el del quiosco; Aurelio y Fermín, los del taller del coche; el señor José, el portero de la finca, con toda su familia, nietos incluidos. Pobre hombre, le cronometrabas hasta el tiempo que tardaba en recoger las bolsas de basura todas las noches. Y todos los vecinos del bloque, sin faltar uno. Mucha, mucha gente, Mariano; a la mayor parte ni los conocía.

Doña Angelita, la del tercero interior izquierda, se dejó decir que era para cerciorarse de que te metían en el nicho, pero no se lo tengas en cuenta; la de veces que llamaste a los municipales porque los ladridos de su chihuahua excedían los decibelios para interiores que marcaba la normativa municipal; por cierto, la policía local también estuvo presente, hasta mandaron una corona de flores y todo. Qué majos.

En fin, que mañana hace un año y tenía que venir a verte a las diez y cuarenta y cinco en punto, como dispusiste, con un ramo de tres lirios, siete rosas, seis claveles y cinco crisantemos blancos, tres ramitas de paniculata, ocho hojas de palma y cinco ramas de eucalipto, pero me he apuntado a un club de vacaciones para la edad dorada; esta tarde sale el autobús a Benidorm y en un año, Mariano, vida mía, no sabes la de cosas que pueden cambiar.

Por ejemplo, los quince minutos; nada que ver, ahora se me van solo en los preliminares. No te lo imaginas, menuda diferencia, hijo.

Pues eso, que aquí te quedas; no te digo que te lo tomes con calma porque no te queda otra, vamos hablando y perdona por las flores, pero en los chinos, blancas solo les quedaban margaritas; ya, si eso, a la vuelta.

BEGO RIVERA

Dos por uno

‎Nunca se había encontrado en esa tesitura; escoger entre deshacerse de un niño (por cierto, mal visto en su profesión) o desechar esa opción y largarse cual rata histérica en un naufragio y dejar que el niño lo identifique más tarde cuando se descubra el pastel.

‎José Antonio Márquez del Río, alias » el Invisible» por su extrema eficacia al efectuar sus encargos ya que no dejaba ninguna huella o pista sobre su presencia.

‎No era cualquier asesino a sueldo al uso;

‎!Era el mejor!. Tal era así que precisamente «su firma de sicario» era que no había ningún firma.

‎Tenía a toda la policía de Europa en jaque siempre, y él disfrutaba. El mayor crítico con su trabajo era él mismo(para eso era muy suyo).

‎Miraba al niño mientras pensaba a toda velocidad, el tiempo era muy importante, en ello radicaba que la operación fuera un éxito. El chico no debería estar ahí, le aseguraron que solo estaría el padre, y cuando entró en el dormitorio de su objetivo de madrugada se encontró también a la mujer durmiendo a su lado por lo que tuvo que hacer un «dos por uno», evidentemente eso subiría el precio… pero al salir de la habitación se encontró con el chico en el pasillo, medio dormido, con eso no contaba.

‎La duda no le duró más de un par de minutos, apuntó al niño y disparó.

‎»Tres por uno» pensó mientras se escabullía en la oscuridad.

‎No tuvo otra opción, para su trabajo era muy tiquismiquis.

PEDRO A LÓPEZ CRUZ

ANATOMÍA DE UNA OBSESIÓN

Mi rutina de escritura es impecable. Y no se trata de una apreciación subjetiva ni de un arranque de vanidad: lo atestigua, con fría autoridad digital, mi hoja de cálculo.

Todo arranca a las seis de la tarde, los viernes. Unos minutos antes, a las 5:57 para ser más exactos, salta la alarma, un tono cuidadosamente seleccionado que resulta motivador, pero sin rozar la agresión acústica. Todo está en los detalles.

Me levanto sin dudar. Bueno, al principio dudo durante cinco segundos de parálisis contemplativa, los tengo medidos, pero a las 6:00 en punto irrumpo en la cocina. Porque en esto de escribir, como en el sexo, todo lo previo adquiere una importancia capital. Una cosa va llevando a la otra. El protocolo incluye temperatura exacta del agua, gramos de café medidos con precisión quirúrgica y ese breve momento de contemplación aromática que dura exactamente lo que indica el temporizador. Todo bajo control, que no somos animales.

A las 6:07 me siento en mi escritorio. Recto. Simétrico. Intentando alinearme con el universo, con las musas, con mis chakras y con el borde de la mesa. El portátil ya está abierto desde por la mañana. Perder tiempo levantando la tapa sería una falta de responsabilidad imperdonable.

A las 6:08 me encuentro cara a cara con el abismo cibernético: el aterrador documento en blanco. El cursor parpadea con un tic nervioso. Yo intento no hacerlo y templo mis pulsos ejecutando un breve pero sonoro crujido de huesos de manos.

Por fin, a las 6:09, surge la inevitable pregunta que hasta entonces he estado evitando:

—Bien, ¿sobre qué demonios voy a escribir?

Invierto dos minutos y treinta segundos en llegar una y otra vez a la misma conclusión: ni puñetera idea. Entonces apelo a mi sistema. Porque tengo un sistema, claro. Faltaría más. Con una estructura de capas y distintas categorías que incluyen un detallado calendario de días y horas, una lista de ideas clasificadas según nivel de viabilidad, una tabla de objetivos semanales y un documento titulado “Plan Maestro de Producción Creativa v7 (definitivo_final_ahora_sí)”. Según este oráculo digital, hoy debo escribir 1.200 palabras de algo «reflexivo pero accesible, emotivo, literario y con un toque original y atrevido». Perfecto. Cristalino. Pero imposible.

A las 6:12 comienzo a detectar una trágica grieta entre la sofisticación de mi método y la sequía sahariana a la que me someten las dichosas musas. Que no cunda el pánico. Pasamos al plan B: «ECC (Estimulación Creativa Controlada)». Lo que, en otras palabras, consiste en tirar de cita inspiradora. Abro mi archivo. Atesoro 843. Leo una de forma aleatoria; una auténtica temeridad dado que el azar y yo somos acérrimos enemigos. No funciona, como era de esperar. Leo otra. Tampoco. A la quinta empiezo a sospechar que quizá el problema no sea el número de citas, ni la calidad de las mismas. Igual el problema soy yo.

A las 6:18 activo el Plan C: «Movimiento físico breve». Por planes, que no sea. Dispongo de un abanico que abarca todo el abecedario (el castellano, el griego e incluso el cirílico). Me pongo en pie, recorro exactamente 27 pasos y me vuelvo a acomodar en la silla. Ahora ya debería fluir todo. De hecho, el flujo tendría que desbordarse. Pero lo único que amenaza desbordamiento es mi vejiga intentando abrir compuertas, reclamando un desalojo de urgencia. Visita obligada al baño. Qué sufrido es esto de escribir.

Ya de vuelta, el cursor continúa su parpadeo con una frecuencia admirable. Mis ojos también, pero con menos elegancia y de forma bastante errática.

—Bien —digo, manteniendo la compostura—. Reajustemos.

Cierro la hoja de cálculo. Vuelvo al documento. Silencio. De repente, a las 6:23 exactamente y sin tocar una sola tecla, se despliega de forma automática una línea sobre la pantalla:

«¡Ya te vale! ¿Podrías dejar de marear la perdiz y ponerte a escribir de una puñetera vez?»

—¿Perdona? —susurro tembloroso mientras siento un escalofrío por la nuca.

«Chaval, llevas tres horas reorganizando los iconos del escritorio.»

—Eh… eso es parte fundamental del proceso —balbuceo.

«¿Pero qué proceso ni qué gaitas? Si tú no tienes de eso.»

Me ofendo un poco y me reafirmo en mi orgullo.

—Pues claro que tengo. Solo que es… muy personal.

«Yo diría caótico, más bien.»

Me quedo inmóvil. El cursor acelera su pulso. Rítmico. Implacable. Examino mis tablas, mis listas, mis documentos perfectamente organizados. Todo en el universo está en su sitio. Todo funciona con precisión suiza. Todo, menos yo.

—Entonces… ¿Qué sugieres? —pregunto, con suma cautela.

Hay una pausa. Tres segundos exactos de tensión dramática. Luego, el cursor responde:

«Coge tu plan y tíralo a la basura. Pégale fuego.»

Una leve taquicardia me atenaza el pecho. Consulto el reloj: las 6:27. Según lo planificado, ya debería llevar computadas 312 palabras. Analizo el documento y hago recuento. Cero palabras. Se me antojan pocas.

Respiro hondo. Desesperadamente hondo. Y, en un arrebato de rebeldía irresponsable, empiezo a aporrear las teclas. Sin protocolo. Sin objetivo. Sin permiso. Sin la bendición del Santo Dios Excel. Una auténtica locura.

Y curiosamente… esta vez funciona.

PRESEN RODRÍGUEZ

(No hay nada peor, que ser tiquismiquis)

Pedro rompió con su novia después de cinco años de relación, según él, la convivencia se había vuelto insoportable.

No podía más Vicente, era una mujer demasiado exigente. Que si no me sentaba bien, que si masticaba muy fuerte, que si dejaba la tapa del váter levantada, que si roncaba por las noches… hasta me corregía la forma de respirar,

bueno, Pedro, alguna razón tendría la pobre.

Razón? Si una noche me despertó a las tres de la mañana para decirme que estaba roncando en un tono que no le gustaba.

¿Y ahora qué tal estás?

De maravilla, vivo solo, hago lo que me da la gana y nadie me critica, me levanto cuando quiero, como lo que me apetece y me acuesto sin dar explicaciones he recuperado mi libertad.

Vicente lo miró de arriba abajo,

pues te veo un poco desmejorado.

Es que estoy durmiendo mal.

¿Y eso?

Porque el colchón está un poco hundido por el centro, la almohada es demasiado blanda y el reloj de la cocina hace un tic-tac insoportable.

Vicente se quedó mirándolo en silencio. Después, le preguntó:

Pedro, ¿tú estás seguro de que el problema era tu novia?

Por supuesto, era una maniática.

En ese momento, Pedro se levantó, fue hasta el espejo del recibidor y empezó a moverlo unos milímetros hacia la izquierda,

maldita sea este espejo está torcido.

Vicente soltó una carcajada.

Amigo mío, tú no necesitas una novia necesitas una casa sin espejos, sin relojes y, a ser posible, sin vecinos.

Pedro lo miró muy serio

sabes qué te digo? Que me voy a comprar un gato.

Un gato? Para qué?

Para tener compañía.

Hombre, por fin una buena idea,

Pedro sonrió satisfecho.

Sí, pero tendrá que ser tranquilo, limpio, cariñoso, que no suelte pelo, que no maúlle por las noches y que no se suba al sofá.

Vicente se puso el abrigo y se dirigió a la puerta.

Adónde vas preguntó Pedro,

a mi casa ¿tan pronto?

Sí, antes de que me encuentres algún defecto,

y se marchó dando un portazo.

Pedro se quedó solo, se miró de nuevo en el espejo y murmuró:

Qué carácter tiene la gente! Ya no se puede decir nada…

Simplemente Presen.

MARIO NÚÑEZ

Leía en el chat de la convocatoria del grupo de escritoras y escritores, cosas como “pero mira que tisquimisquis eres”, “… son tisquimisquis, ni ducha, ni arreglarse los cabellos”.

Nunca en sus más de seis décadas deambulando por el mundo – en verdad, unas parcelas de cientos de kilómetros a la redonda, más un par de viajes al exterior – había escuchado un término así, que le sonó a la vez chistoso e incógnito.

Pensó en buscar significado en internet – terminó haciéndolo luego -, aunque se cuestionó sobre preguntar en el grupo por no parecer ignorante o ajeno a la consigna y a la mayoría de los que publican allí.

Recordó entonces dos circunstancias: la primera, uno de sus libros sin editar aún, acerca de la comunicación humana, la verbal, la escrita, los acentos regionales, el lenguaje corporal …

Allí había reflexionado además sobre los idiomas y los dialectos.

Idiomas o lenguas madre, dialectos y regionalismos, algunos de mayor aceptación social, otros sobre los que pesan prejuicios, algunos que se exhiben con orgullo, otros que se copian para pertenecer. Unos más que se ocultan por prejuicios o autoexclusión, a veces dentro de un mismo país o continente, ciudad, campo o mar … hasta se preguntó acerca de sus propios preconceptos acerca del lenguaje.

La otra circunstancia que se representó son las desafíos idiomáticos y dialécticos en la comunicación remota, y especialmente las más crudas, las que enfrentan los inmigrantes: aquellas que se suman a los apremios de los que deben abandonar todo lo poco o nada, para insertarse en otro lugar lejano y ajeno, siguiendo un sueño de sobrevivir y crecer personalmente y con los suyos.

Los idiomas madre pueden mostrar el espejismo de ser el mismo, pero los dialectos y acentos suelen ser los verdaderos muros, alambradas y control de fronteras; la diferencia entre pasar, quedarse, crecer, ser deportados, encarcelados o algo peor.

El lenguaje es maravilloso, y nos preciamos de nuestra comunicación verbal y escrita como una muestra de superioridad y evolución como especie humana.

Pero puede y suele ser un verdadero problema, especialmente para alguien tisquimisquis (“persona muy escrupulosa, quisquillosa o exigente con detalles de poca importancia” según Google).

EFRAÍN DÍAZ

Zacarías no aguantó el empuje.

La vida del campo, por hermosa y romántica que pueda parecer desde la comodidad de una ciudad, es dura. Muy dura.

Muchas horas bajo el sol, surcando la tierra, sembrando y cosechando. Criando animales, reparando cercas y lidiando con insectos de todas las especies conocidas y algunas todavía pendientes de clasificación. La humedad, el sudor, el cansancio. La misma rutina, día tras día, sin cambios ni descansos.

Solo el bar de Lolo ofrecía algún alivio a aquella existencia de sol a sol. Un par de tragos, una partida de dominó y la oportunidad de maldecir la vida sin que nadie se ofendiera.

Al cumplir los dieciocho años, Zacarías decidió que ya había tenido suficiente agricultura para una vida. Como el hijo pródigo, pidió su parte de la herencia y se marchó a la ciudad en busca de fortuna. O, cuando menos, de un trabajo que no exigiera levantarse antes que cantara el gallo para ordeñar vacas.

Pasaron los años y Zacarías jamás regresó al campo que lo vio nacer.

En la ciudad consiguió un empleo que, aunque de poca monta, le parecía infinitamente mejor que pasarse el día tirando de una yunta de bueyes para arar la tierra. Tenía un sueldo, un horario y, sobre todo, la certeza de que al terminar la jornada podía quitarse los zapatos sin encontrar tierra entre los dedos.

Conoció a una mujer, se casaron y tuvieron dos hijos. Se acostumbró a la vida urbana, a sus comodidades y a sus inconvenientes, que siempre le parecieron más llevaderos que los del campo.

Quince años después, sintió nostalgia.

Quería volver a Dos Bocas. Ver a sus padres, abrazar a su hermano, caminar por la finca y enseñarles a sus hijos el lugar donde había nacido. Quería recuperar, aunque fuera por unos días, aquella infancia de la que tanto había querido escapar.

Un domingo apareció en casa de sus padres sin avisar.

Catano, su padre, estaba sentado en el balcón cuando vio llegar a un hombre acompañado de una mujer y dos niños. Tardó unos segundos en reconocerlo. Quince años son suficientes para que un muchacho se convierta en hombre y para que un padre comience a parecerse a su abuelo.

—¡Marta! ¡Marta, ven acá! ¡Mira quién llegó! —gritó con una emoción que estuvo a punto de costarle un infarto.

Zacarías encontró a su padre envejecido, con el pelo blanco y la cara surcada de arrugas, aunque conservaba la fortaleza de un roble. El campo le había castigado el rostro, pero todavía no había conseguido doblegarle el cuerpo.

Marta salió de la cocina, se secó las manos en el delantal y, al reconocer a su hijo, soltó un grito que debió escucharse hasta en todo el barrio.

Se abrazaron entre lágrimas, besos y reproches cariñosos. Marta lloraba, Catano sonreía y Zacarías intentaba explicar quince años de ausencia en unas pocas palabras.

Luego presentó a su esposa y a sus dos hijos.

—Voy a buscar a Abelardo. Vive en la finca de al lado —anunció Catano.

Regresó poco después con el otro hijo, su esposa y sus tres muchachos.

Los hermanos se abrazaron. Las mujeres comenzaron a conversar y los cinco niños, que no se conocían, hicieron migas de inmediato y salieron corriendo hacia el patio.

Los hijos de Zacarías, criados entre calles asfaltadas, semáforos y supermercados, no entendían muy bien los menesteres del campo. Pero los niños poseen una virtud que los adultos pierden con los años: no necesitan compartir costumbres para entenderse.

Bastaron una pelota, un palo y un árbol de mangó para que desaparecieran las diferencias entre la ciudad y el campo.

Los adultos pasaron la mañana conversando, recordando anécdotas y poniéndose al día de cuanto había ocurrido durante aquellos quince largos años.

Al acercarse el mediodía, Catano sintió hambre.

—Marta, mata dos gallinas y haz un arroz, que hoy tenemos la familia completa.

Marta, que nunca había necesitado un motivo extraordinario para alimentar a media humanidad, se dirigió al corral.

Escogió las dos mejores gallinas, las agarró por las patas y, con la naturalidad de quien lleva toda una vida haciendo lo mismo, les estiró el pescuezo hasta desnucarlas.

Las gallinas comenzaron a aletear en sus últimos espasmos.

Todo ocurrió frente a los cinco niños.

Los hijos de Abelardo contemplaron la escena con absoluta indiferencia. Estaban acostumbrados a ver sacrificar gallinas, conejos, cabritos y cerdos. Sabían, desde pequeños, que antes de llegar al plato, los animales habían tenido la mala costumbre de estar vivos.

Para los hijos de Zacarías, en cambio, aquello fue una barbarie. Quedaron petrificados. Nunca habían presenciado semejante espectáculo. Sus ojos se abrieron como platos y sus rostros adquirieron la expresión de quien acaba de descubrir que el mundo es un lugar bastante menos civilizado de lo que suponía. Y la carnicería apenas comenzaba.

Muertas las gallinas, Marta, ayudada por los hijos de Abelardo, las desplumó, las abrió en canal y les extrajo las vísceras.

Los muchachos de la ciudad observaron horrorizados aquella operación que, a sus ojos, tenía más de autopsia clandestina que de preparación culinaria.

No entendían cómo su abuela, una señora tan cariñosa que los había recibido a besos, podía convertirse en verdugo de dos criaturas indefensas sin experimentar el menor remordimiento.

Marta, ajena al trauma psicológico que acababa de provocar, puso las gallinas al fuego y preparó un arroz que perfumó toda la casa.

Cuando estuvo listo, colocaron la mesa debajo del árbol de mangó y sirvieron arroz con gallina, acompañado de viandas hervidas.

Todos se sentaron a comer. Todos, excepto los dos hijos de Zacarías.

Los muchachos se negaron a probar bocado. Estaban acostumbrados al pollo del supermercado, convenientemente troceado, limpio, empacado y desprovisto de cualquier indicio que recordara su existencia anterior. También a las hamburguesas, los “nuggets” y demás prodigios de la industria alimentaria, donde los animales llegan al consumidor sin haber tenido, aparentemente, padres, infancia ni historia.

Pero aquellas gallinas eran diferentes. Las habían visto caminar por el corral. Las habían visto morir. Y ahora su abuela pretendía que se las comieran.

—No sean tiquismiquis —les dijo Marta—. El arroz está riquísimo.

Los muchachos negaron con la cabeza.

Zacarías intentó convencerlos. Su esposa también. Hasta Abelardo intervino, explicándoles que aquellas gallinas habían sido criadas con maíz y alimentadas mejor que muchos cristianos. Pero nada funcionó. Ni los ruegos de la abuela, ni las exhortaciones de los padres, ni el aroma del arroz consiguieron vencer aquella repentina conciencia animalista.

Los dos muchachos aguantaron el hambre estoicamente, con una determinación digna de los mártires cristianos.

Mientras tanto, sus primos repitieron arroz y hasta se disputaron los últimos pedazos de gallina.

Terminada la visita, llegaron las despedidas, los abrazos y las promesas de regresar pronto.

Zacarías subió a su familia al automóvil y emprendió el camino de regreso a la ciudad.

Catano, Marta, Abelardo y los suyos permanecieron en el balcón hasta que el vehículo desapareció por la curva.

Entonces, uno de los hijos de Abelardo, todavía intrigado por lo ocurrido durante el almuerzo, miró a su abuelo y preguntó:

—Abuelo, si ellos no comen gallinas, ¿entonces qué comen?

Catano, sin pensarlo dos veces, contestó:

—Mierda, mijo. Comen mierda.

HEIDI SÁNCHEZ

Todos somos tiquismiquis

Le quitamos las migas al mantel,

el ruido a la conversación,

la grasa al caldo, la razón al otro.

Y luego nos tragamos sin masticar

todo lo que nos amarga.

La palabra no existe en la RAE,

sin embargo la vivimos tal cual como:

– Soy así y así Soy.

Porque » La palabra tiquismiquis (o tiquis miquis) define a una persona quisquillosa que pone escrúpulos o reparos excesivos a cosas de poca importancia.

A mí me gusta tener plata, o pensar soñando y tener el sofá más grande del mundo.

Y mi amiga se compra cosas sin precio.

Aún no me ha dicho a quien va a votar.

Todos somos Tiquismiquis de alguna forma o manera.

Gente que dentro de la humanidad nos hacemos la «paja mental» de que si está llena la nevera y limpia la cocina tenemos algo a favor…porque somos quisquillosas/sos

Y el pelo por favor, las uñas.

La materia gris se nos acaba.

A lo mejor crecer consiste en elegir las batallas, en dejar alguna puerta torcida, alguna frase sin corregir, algún desastre sobre la mesa.

Porque la vida, esa grandísima maleducada, nunca ha tenido demasiado buen gusto.

Y míranos, aquí estamos, intentando ponerle retacón a lo torcida que viene.

H.S.

Por cierto, tengo ganas de limpiar el planeta

FRAN KMIL

Tiquismiquis.

No es tan simple como buscar en el diccionario y dárselas de culto. Se trata, ante todo, de la nula sabrosura que tiene «tiquismiquis» al pronunciarla. Las palabras se inventaron para despertar pasiones, y esta no despierta ni un bostezo. No le toca la puerta a mi imaginación ni a mi realidad; si acaso vibra en una frecuencia tan lejana que jamás va a entrar en mi sintonía. Ni siquiera llega a oír llover: la lluvia, al menos, la siento por pura inercia. Con esta palabra, ni eso. No me imagino a nadie con dos dedos de frente diciéndola, y menos a un santiaguero extenuado de subir y bajar lomas bajo ese sol que pone a pedir clemencia hasta a las piedras. ¿Alguien ofendiendo o elogiando a otro con semejante ridiculez? Es un cero a la izquierda.

Aun así, decidí lanzar el experimento. La solté.

—No seas tiquismiquis.

José me miró como si me hubiera salido una tercera oreja. Luego miró a Manolito, y ambos soltaron la carcajada.

—Broder —dijo José, limpiándose las lágrimas—, deja esa labia rara para tus amigos los intelectuales. Nosotros somos…

Manolito se calló, miró a José de reojo y volvieron a estallar.

—Nosotros somos tus amigos incultos, pero los únicos verdaderos que tienes. ¿Dejamos la filosofía barata y compramos ya la botella

MAITE BILBAO

XXXIII. CATORCE MINUTOS

Coloco la bandeja sobre la mesilla de noche. El olor a sopa tibia inunda la habitación. Don Julián remueve el caldo con la cuchara. El metal golpea el plástico tres veces.

—Está fría —dice.

Miro la pantalla del móvil. Dos y dos. A las dos y catorce salta la alarma de fichaje en la aplicación de la empresa. Si no escaneo el código del portal de la señora Rosa antes de las dos y dieciséis, la coordinadora descuenta el tramo. «Catorce minutos por dependiente. Ni uno más».

—Vino directa del cartón, Julián. No hay tiempo para fogones.

Remueve otra vez. El crujido de su espalda resuena en el silencio del cuarto cuando intenta erguirse.

—Me destroza la espalda esta silla. Ponme el cojín atrás, por favor.

Suelto el aire despacio. Acomodo la pieza de espuma tras las lumbares. El tejido huele a suavizante rancio. Ajusto la esquina izquierda.

—Así no, más despacio. Pincha el borde —protesta.

«Vaya tiquismiquis. Con la edad la gente adquiere un gusto fino para las tonterías. Que si tres milímetros más arriba; que si dos grados más de caldo. Nadie entiende que solo pide sentirse persona antes de que dé la hora».

Saco la pastilla del blíster. El plástico cruje bajo el pulgar. La dejo al lado de la taza.

—Abre.

—Espera, no he terminado la sopa.

—Julián, la pauta marca las dos y diez. Traga.

«Traga. Como la pauta quede sin marcar, este mes no pago la luz».

Estira el cuello. Traga el comprimido con un sonido seco de garganta. Cierra los ojos dos segundos. Recojo la bandeja con una mano. Guardo el blíster en la bolsa de tela con la otra. La mesa queda vacía. Una mancha redonda de condensación corona el barniz desgastado.

—¿No me pones la radio un momento? —pide desde la sombra de la almohada.

Detengo un instante, rozándole la mano con suavidad. Sé que si enciendo la radio se le ilumina la cara. Pero el temporizador de la aplicación me marca los últimos sesenta segundos.

—La radio gasta pila y luego se queda encendida toda la tarde. Descansa un poco —digo con voz suave.

«Si la enciendo, me quedo a hablar con él. Y a mí no me pagan por hacer compañía. Me pagan por rellenar casillas».

Cierro la puerta con el codo. El pestillo encaja con un golpe metálico. El pasillo huele a humedad y a lejía. Bajo las escaleras de dos en dos. Aguanté el flato. El teléfono vibra en el bolsillo.

ANGY DEL TORO

REFLEJOS DE LUZ

No figuraba en ningún mapa.

La buscaba como país y tampoco estaba.

Al parecer, era un punto del Universo quien nos esperaba. Algunos lo llamaban: La Aurora; otros decían es la primera parada hacia la eternidad. Por lo que, simplemente habría de reconocerse como una pausa en el camino de la vida.

Un pequeño grupo internacional de escritura creativa se había convertido en ceros y números. Nadie sabía muy bien quién había enviado la invitación.

Desde paralelos lejanos en el huso horario, con lenguajes diferentes y cuadernos personales únicos nos comunicábamos.

Escribir ya no nos bastaba: queríamos escuchar el silencio.

Ella llegó la última. La Tiquismiquis.

Procedía de una isla marcada por el tiempo. No la mencionaba al presentarse, pero se le notaba en su andar zalamero, en la cadencia de la voz y en esa templanza invisible que parecía acompañarla incluso bajo inviernos ajenos.

Había dejado atrás el océano, la frontera del agua, esa que no siempre se cruza porque en la mente queda.

Mientras algunos hablaban de técnica, de estilos, de premios que nunca lograban cubrir el vacío, ella pensaba en la palabra construida. Como voz necesaria. Una nueva forma de encontrarse a sí misma.

Escritores de penínsulas, ciudades, algo así como de «Polos Opuestos», acostumbrados al tuteo, gentes de pocas reverencias.

La llamada Tiquismiquis se detuvo y, sin contar con los otros pronunció:

—Alcemos la vista hacia la luna de invierno.

Eso sí, nos detuvimos en silencio.

La obedecimos.

Supongo que todos contemplábamos la Luna

Entonces ocurrió. El cielo se balanceó como si respirara.

Luces amarillosas y verdosas —dije.

La Tiquismiquis me miró como quien advierte.

—¿No puedes definir el color?

— ¿Cuál de ellos? —respondí apresurado, pero en tono burlón.

Algunos sonrieron, otros señalaron los colores:

—Tiene razón ahora son violáceos.

—Y blancacios. —añadí.

La aurora boreal apareció sin anuncio, como un gesto íntimo del Universo para quienes supieron esperar en silencio.

Sentí que algo se me acomodaba por dentro. Pensé en los mares y playas que seguirían siendo los mismos. En las edificaciones que aún resistían el paso del tiempo y las tempestades.

Allí entendí que la Tiquismiquis tenía razón: hay que conocer para hablar y escribir bien.

Anamé, la voz de mi alma

SILVIA GALLARDO

Jacaranda Pastry Corner: El ingrediente secreto de la perfeccion.@

Quienes conocen a los chefs Tonello y Montse en la actualidad, saben que sus platos no se sirven; se presentan como obras de arte. Pero la realidad es que el verdadero motor de esa precisión milimétrica es Montse. Ella siempre ha sido la auténtica tiquismiquis de la relación, una mujer cuya obsesión por el orden y el detalle haría temblar al mismísimo inspector de la Guía Michelin.

Su historia de amor y desastres culinarios comenzó años atrás, cuando ambos estudiaban gastronomía en París. Vivían en un pequeño estudio cerca del Sena y, como el presupuesto no alcanzaba para el metro, se trasladaban en dos bicicletas usadas. El único problema era que Montse no sabía andar en bicicleta.

—¡Es una cuestión de física y equilibrio, Tonello! —protestaba ella en sus primeras lecciones, aferrándose al manubrio con pánico—. ¡Si mis rodillas no forman un ángulo perfecto de noventa grados, la aerodinámica se arruinará!

El trayecto diario era una comedia ambulante hasta aquella mañana de otoño en la que Montse, transportando con orgullo tres docenas de macarons alineados por estricto orden cromático, intentó esquivar a un gato parisino gritándole en francés. El frenazo la catapultó directo a un contenedor de hojas secas, mientras Tonello terminaba de cabeza en un arbusto. Al salir del follaje, con un macaron perfectamente incrustado en su boina y otro pegado en la nariz, Montse sopló una hoja seca, miró el dulce y sentenció con su habitual tono tiquismiquis: «El impacto destruyó la paleta cromática… pero la textura del merengue resistió el golpe contra mi tabique nasal. Está crujiente. ¡Andando, que la puntualidad es el éxito!».

Tras esa intensa preparación en Francia, regresaron a México con el título bajo el brazo y un sueño enorme en la cabeza: tener su propio restaurante. Sin embargo, del romanticismo de las calles parisinas pasaron a la ruda realidad del emprendedor mexicano. Conseguir un local, negociar la renta y adaptar el espacio para dar cabida a un buen número de comensales se convirtió en una odisea que absorbió tiempo, dinero, esfuerzo y mucho ánimo. Afortunadamente, sus respectivos padres no los dejaron solos y aportaron el pilar inicial para encender los fogones.

Así nació Jacaranda Pastry Corner. Desde el primer día, el lugar reflejó el toque personal de la pareja, pero estuvo fuertemente custodiado por la mirada tiquismiquis de Montse, quien exigía que cada rincón rozara la perfección. ProntoMontse se especializó en la pastelería, y sus deliciosos postres se convirtieron en el gran éxito del lugar. Pero el camino del emprendimiento es cuesta arriba. A veces el dinero simplemente no alcanzaba, devorado por las implacables cuentas y los salarios de los empleados.

Y ese fue otro gran reto: lidiar con el personal. Llegaban unos, luego otros, y rara vez aguantaban la presión de las altas exigencias de la chef. La gente a veces prefiere la comodidad; cuando se les exige calidad, no les parece y prefieren renunciar. Pero Montse demostró ser una guerrera indomable. Ante las ausencias, no se achicó: fungió como pastelera, mesera, cocinera, lavaplatos y encargada de limpieza, haciéndolo todo con una entrega absoluta. ¿Y qué más se podía esperar de alguien que lo quiere todo perfecto? Ella dio el ejemplo vivo de que un verdadero líder debe saber hacer de todo e involucrarse en cada milímetro del crecimiento de la empresa.

El negocio avanza lentamente, con el ritmo maduro de los buenos proyectos. Ha habido días oscuros en los que han querido tirar la toalla, pero justo detrás de ellos ha estado la familia, unida como un escudo. Han logrado consolidar un equipo formidable: los hermanos de Tonello, Areli y Arnulfo, junto con los suegros de ambos, se han arremangado las camisas para empujar juntos el barco. Entre el cansancio acumulado y las problemáticas diarias a las que se enfrentan los emprendedores, esta familia mide cada instante y cada detalle, abriendo un camino sólido hacia el éxito.

Al final, la convivencia laboral ha causado un efecto colateral divertidísimo: de alguna manera, todos en el equipo se han vuelto un poco tiquismiquis, contagiados por la visión de Montse. Hoy, Jacaranda Pastry Corner sigue creciendo gracias a ese maravilloso esfuerzo colectivo. ¡Buena suerte, guerreros indomables! La perfección colectiva nunca tuvo mejor sabor. Ya

hay muchos postres estrella de la Chef No tse que han gustado a todo tipo de paladares la tarta de maracuyá el flan de cajeta entre otros, todos han encantado a los comensales

las cosas a veces ni salen como se espera, de pronto los consumió la renta, y acumularon algunos pagos que no pudieron solventar y tuvieron que cerrar el restaurante pero ya bullía en sus cabezas otro proyecto gastronómico donde ofrecen comida Franco mexicana y aperturaron otro restaurante más pequeño y más sencillo de conducir sin rentas tan altas, pocos empleados se llama Botanero house cada uno tiene su tarea para hacerlo crecer y por fortuna se encuentra en el corazón de un bello lugar donde transita muchos turistas nacionales y extranjeros, cada nuche, después de la jornada regresan con historias divertidas y contentos de haber tenido clientes a quienes atiendencon total atencion, dejando un agradable sabor de satisfacción por la experiencia culinaria que les ofrecen

creo que ser tiquismiquis ha sido

El toque mágico de la perfección: De Jacaranda a Botanero House

Quienes conocen a los chefs Tonello y Montse en la actualidad, saben que sus platos no se sirven; se presentan como obras de arte. Pero la realidad es que el verdadero motor de esa precisión milimétrica es Montse. Ella siempre ha sido la auténtica tiquismiquis de la relación, una mujer cuya obsesión por el orden y el detalle haría temblar al mismísimo inspector de la Guía Michelin.

Su historia de amor y desastres culinarios comenzó años atrás, cuando ambos estudiaban gastronomía en París. Vivían en un pequeño estudio cerca del Sena y, como el presupuesto no alcanzaba para el metro, se trasladaban en dos bicicletas usadas. El único problema era que Montse no sabía andar en bicicleta.

—¡Es una cuestión de física y equilibrio, Tonello! —protestaba ella en sus primeras lecciones, aferrándose al manubrio con pánico—. ¡Si mis rodillas no forman un ángulo perfecto de noventa grados, la aerodinámica se arruinará!

El trayecto diario era una comedia ambulante hasta aquella mañana de otoño en la que Montse, transportando con orgullo tres docenas de macarons alineados por estricto orden cromático, intentó esquivar a un gato parisino gritándole en francés. El frenazo la catapultó directo a un contenedor de hojas secas, mientras Tonello terminaba de cabeza en un arbusto. Al salir del follaje, con un macaron perfectamente incrustado en su boina y otro pegado en la nariz, Montse sopló una hoja seca, miró el dulce y sentenció con su habitual tono tiquismiquis: «El impacto destruyó la paleta cromática… pero la textura del merengue resistió el golpe contra mi tabique nasal. Está crujiente. ¡Andando, que la puntualidad es el éxito!».

Tras esa intensa preparación en Francia, regresaron a México con el título bajo el brazo y un sueño enorme en la cabeza: tener su propio restaurante. Sin embargo, del romanticismo de las calles parisinas pasaron a la ruda realidad del emprendedor. Conseguir un local y adaptar el espacio fue una odisea que absorbió tiempo, dinero y mucho ánimo, contando siempre con el pilar inicial de sus respectivos padres.

Así nació Jacaranda Pastry Corner. El lugar reflejó la mirada tiquismiquis de Montse, quien se especializó en una pastelería exquisita. Su tarta de maracuyá y el flan de cajeta, entre otras delicias, se convirtieron en leyendas locales que encantaban a los comensales. Sin embargo, en el mundo de los negocios las cosas a veces no salen como se espera. El proyecto se enfrentó a la cruda realidad de los empleados difíciles que no aguantaban la presión, obligando a Montse a ser una guerrera indomable que fungía como pastelera, mesera, cocinera y lavaplatos a la vez.

A pesar del esfuerzo sobrehumano, la implacable renta los consumió. Se acumularon pagos imposibles de solventar y se vieron en la dolorosa necesidad de cerrar el restaurante. Pero a un verdadero chef no se le apaga el fuego del espíritu. Mientras cerraban una puerta, en sus cabezas ya bullía otro proyecto gastronómico.

Aprendiendo de los golpes, decidieron diseñar un modelo más pequeño, inteligente y sencillo de conducir: sin rentas tan altas y con pocos empleados. Así abrieron Botanero House, un concepto fresco que fusiona con maestría la comida francesa y la mexicana. Por fortuna, el destino los premió ubicándolos en el corazón de un bello lugar, una zona vibrante por donde transitan miles de turistas nacionales y extranjeros.

Esta vez, el barco se mueve con la fuerza de una maquinaria perfecta. Han logrado consolidar un equipo familiar formidable: los hermanos de Tonello, Areli y Arnulfo, junto con los suegros de ambos, se han arremangado las camisas. En Botanero House, cada uno tiene una tarea clara y asignada para hacerlo crecer.

El cansancio existe, por supuesto, y las problemáticas del emprendimiento no desaparecen por arte de magia. Sin embargo, el ambiente ahora es muy distinto. Cada noche, al terminar la jornada laboral, el equipo regresa a casa con historias divertidas y la enorme satisfacción de haber atendido a sus clientes con un cuidado absoluto. El público se va feliz, dejando un agradable sabor de boca por la experiencia culinaria única que acaban de vivir.

Al final, la convivencia laboral ha causado un hermoso efecto colateral: todos en la familia se han vuelto un poco tiquismiquis, contagiados por la visión de Montse. Lejos de ser un defecto, ser tiquismiquis ha sido el toque mágico, la receta secreta que los está guiando con pasos firmes abriendo un camino de éxito.

Se les reconoce todo su gran esfuerzo y se les desea el mayor de los éxitos. ¡Buena suerte,guerreros indomables,que los fogones de la pasión, nunca se paguen

AXY LINDA

Tiquismiquis

—No me digas, ¿desde cuándo eres tan tiquismiquis?

—¿Y tú desde cuándo eres tan fijado? ¡Ja, ja, ja!

—No me la regreses. Antes no respingabas.

—Porque antes era un «poca cosa» sin mundo. En el viaje conocí a quienes saben apreciar los lujos; no son mediocres ni conformistas.

Samuel lo miró con un dejo de tristeza y se sentó a su lado.

—¿Y desde cuándo necesitas ser otro para sentirte alguien? Siempre has sido amable, generoso y buen amigo. No tienes que renunciar a lo que eres para ser valioso, ni menospreciar a nadie por vivir de otra manera.

Rafita rompió a llorar y lo abrazó.

—Perdóname. Te hablé con prepotencia. Soy muy torpe.

—La perfección está en la mente de cada quien. Te exiges demasiado. No siempre es necesario el reconocimiento público. Se puede ser perfecto con ciertas imperfecciones, aunque siempre es bueno trabajar para superarnos.

—Gracias. ¡Qué afortunado soy de tenerte como amigo!

Samuel le apretó el hombro. Rafita sonrió entre lágrimas.

SILVIA R.G.

EN MODO TELÉSICO-SILÁBICO

Tú siempre rizas el rizo

en lo que te concierne a TI

Melindrosa y exigente,

andas tú, luciendo pesQUIS,

y buscas tres pies al gato a lo que surja de MI.

Tanta minuciosidad

pulverizará mi psiQUIS

Ante cualquier circunstancia

que valore para TI

tendré que planificar

y hasta diseñar un croQUIS;

no surgiesen pequeñeces

que, escapándoseme a MI,

yo acabase arrepentida

por no darte cosas cuQUIS.

Yo no encuentro ya recursos

que te contenten a TI.

SI hoy no es por hache o por be

mañana será por eQUIS

y aquello que no te guste

me hará sentir mal a MI

aunque tú digas

» Tranquila, que yo no soy TiQUISMIQUIS»

(Sílvia Rafi Gracia// 20/10/2026)

BLANCA CERRUTI

UN VECINO TIQUISMIQUIS

Don Silverio era el único vecino de la comunidad con don y presumía de ello como si descendiera de la pata del Cid. Verlo presumir a todas horas de su alcurnia, podía pasar. Pero lo insufrible era su excesiva sensibilidad a cualquier olor, sonido y visión que ofendiera sus sentidos.

Enseguida, dejaba una nota en el buzón del vecino causante de la molestia con la correspondiente queja.

El bebé del piso de arriba que lloraba a deshora y le destrozaba los nervios. La vecina del cuarto que tendía una ropa interior que le ofendía la vista. Hasta la del segundo recibía notas quejándose del olor de su comida porque se le agarraba a la garganta.

A Germán, el presidente, le llegaban las quejas de que algunos vecinos cerraban la puerta del piso, dando tal portazo, que temblaban las paredes.

Así que, sin que don Silverio lo supiera, el presidente convocó a los vecinos en un bar alejado del barrio.

Cuando estuvieron todos reunidos habló: vecinos, las quejas de don Silverio claman más allá del mismísimo cielo. Es un tiquismiquis que se sobra y hay que ponerle fin porque no está la vida como para cambiarnos de piso.

Todos estuvieron de acuerdo.

—¿Pero ¿cómo conseguimos que cese en sus quejas? Que es tiquismiquis de nacimiento —dice el del ático.

Durante unos minutos nadie habla, hasta que:

—Yo tengo una idea —dice la vecina del cuarto.

—Habla, Manoli, habla —le instan todos a la vez.

—Me explico —empieza diciendo muy resuelta—. A mí, don Silverio, se me queja de que mis prendas interiores le ofenden la vista, así que le echaré al buzón una nota diciéndole que me las compre él a su gusto y así no se ofenderá su vista cuando las vea en el tendedero.

—¡Muy bien pensado, Manoli! —dice la del segundo—. Yo se la echaré diciéndole que baje a mi casa a cocinar lo que le apetezca, que yo soy de buen comer y no le voy a protestar.

—Genial—. Yo le diré que, cuando oiga llorar a mi bebé, se pase por mi casa y me lo acune hasta que se duerma.

—¿Pero, y qué hacemos con el ruido de las puertas que no soporta?— dice el presidente que es el que recibe esas quejas.

—Tranquilo, presi —dice el del primero. La próxima vez que recibas la queja, le dices que la solución es ponerle un burlete a las puertas para que amortigüe el portazo, pero que no encuentras a nadie que quiera hacer ese trabajo y tendrá que hacerlo él, pues a nadie más le molesta.

—¿Vosotros creéis que funcionará? —pregunta el presidente.

—Desde luego, contesta el del ático— tú, como presidente, le dejas una nota en el buzón que diga: «Don Silverio, o deja de quejarse, o se encarga de dormir al niño de Julita, de comprar ropa interior para Manoli, de cocinar para Carmen y le pone burlete a las puertas de cada piso».

—De acuerdo —dice Germán—. En cuanto llegue a casa preparo la nota y la deposito en su buzón y a esperar a ver si surte efecto.

Así lo hace. Cuando don Silverio encuentra la nota la lee y se le queda la cara del color de la cera del Cirio Pascual.

A penas pasadas cuarenta y ocho horas.

Germán, que vuelve de comprar el periódico, se encuentra a don Silverio en el portal al lado de dos grandes maletas.

—Buenos días, don Sillverio, ¿Se va usted de vacaciones?, pregunta señalando las maletas.

Blanca Cerruti

MARA SERBIA

Manías

A las doce del mediodía se servía el almuerzo. Cada cosa por separado: la sopa, la ensalada, la carne, el arroz, la vianda. Cada plato con su propia cuchara de servir. Y siga contando. Ni en el restaurante más lujoso se usaba tanta vajilla.

Era su costumbre. Así de tiquismiquis lo habían criado. No soportaba comer una zambumbia — todo revuelto — en un mismo plato.

La vida cambia, el tiempo apremia y ya no hay quien lave tantos platos. Así que tuvo que resignarse a los de cartón, pero eso sí, cada cosa por separado.

A lo único que nunca renunció fue a que, después de plancharle el pañuelo, lo metieran en el refrigerador para que se enfriara.

Decía que un hombre puede acostumbrarse a comer en platos de cartón, pero jamás a sonarse la nariz con un pañuelo caliente.

EVA AVIA

¡Puf, que ganas que tengo de gritar!

¡Madre mía! ¡No me lo puedo creer! Bueno, si que me lo puedo creer. Si ya me lo decían mis abuelas, a mi solo me tocan las desaliñadas. Porque anda que ya le vale, acudir a una cita a ciegas con esas pintas. Seguro que, la encerrona, ya no le pilla por sorpresa. Mejor me cayo que por ser cortés el que va hecho un pintas soy yo.

—¡Pero hijo!

La señora de la casa me sacude la ropa.

“¡Estas no son formas de acudir a una reunión!”

—Discúlpeme, madre —Me siento como a un niño al que le está cayendo un chaparrón, bueno, literalmente así a sido, pero es metafórico. Y ahí está ella, que no articula palabra—. Si me disculpan unos minutos, voy a secarme un poco.

—Espera, hijo, que te acompaño.

—¡Madre! —¿¡Es en serio!? No sé si gritar o darme la vuelta y marcharme de regreso al hotel—. Creo que puedo yo solo —Retiro las delicadas manos de mi madre de la chaqueta, le doy un besito en la mejilla y me dispongo a dar un paso cuando la risa tonta de la…, mejor no lo pienso, me enfurece —. No tardo.

—Querida —me dice, la madre—, disculpa a mi hijo.

Dirá su niño, ¿qué cómo habían dicho que se llama? ¡Ah, sí, Diego!

“Con lo bien parecido que es y ¡míralo! Mejor vamos al motivo de esta reunión. ¿Qué planes tienes de futuro?”

—¡Ay, Dios! —se me escapa sin querer, porque casi me atraganto de nuevo—. Tomarme el café —Mirándola con cara de…, que me estás contando.

—Pero hija, no seas maleducada.

Mamá me toca el brazo con sutileza.

—Parece ser que estar soltera —Vamos, cualquiera le dice a la señora que no quiero nada con un hombre, si se lo puede llamar así, al que todavía le tratan como a un bebé.

—Disculpen la tardanza. ¿Así mejor, madre? —Voy a tomar asiento, cuando la madre de…, a todo esto, no sé cómo se llama, se cambia de lugar para cederme la silla al lado de risitas, porque no se ha detenido ni un instante.

—¡Uau! —Doy un salto del chispazo que me ha dado.

—¿Tú también lo has sentido? —Con una mirada me lo ha dicho todo. Igual si se pusiera lentillas, podría ver que se esconde detrás de esos cristales— Diego— Le ofrezco la mano y…, nada.

—Unmyeong —Agacho la cabeza y tomo de nuevo la taza del café. Me niego a rozarle la mano, no quiero arriesgarme a fallecer electrocutada.

—Bonito nombre. ¿Y a que te dedicas? —No voy a decirle que ya lo sé, porque sino va a ser evidente por qué ha tropezado conmigo a la salida. Y no, no pienses mal, no soy un acosador, solo que mi madre me dijo que la chica en cuestión tenía cerca una academia de coreano y una más una es dos. Así que pensé, ¿porqué no vas a dar una vuelta?

—¿Y tú a que te dedicas? —Como me diga que se dedica a modelar, se me cae todo.

—Trabajo en una sucursal bancaria en Londres.

—No tienes pinta de ejecutivo bancario. Te imaginaba …, (sin ropa y en mis brazos) más bien…

—¿Desnudo y entre tus brazos? ¡Ja, ja, ja!

—¡Pues te lo tienes muy creído! Mamá, papá, me voy —Lo que me faltaba, hijo de mami y además …, ¡puf!

—Pero, hija.

—¡Qué no, que no! A mi no me hagas esto otra vez. Antes muerta que con un tipo como… —Me levanto y salgo escopeteada.

—Pero, hijo. ¡Ya has hecho de las tuyas!

Salgo tras ella y la puerta casi me la como.

—Espera, mujer, que era una broma —Cogiéndola del brazo.

¡Zas!

—Me lo merecía —Como pica.

—¡Y tanto que te lo merecías! Que Dios te haya dotado con un cuerpo de infarto no quiere decir que lo presumas tanto —Madre mía, ahora mismo me tiraba en sus brazos y le hacia padre. Que malo es pasar hambre.

—Y yo no tengo la culpa de que seas tan sosa que no seas capaz de aguantar una broma —Tenías que ver las caras que está poniendo, es para mearse, parece una niña refunfuñona.

—Y tú, tú… —Ya no sé que decir. Esta tensión me está poniendo…

—¿Qué, ya no sabes que responder? —Quitándole las gafas, la tengo en le bote.

Pienso, Unmyeong, y, como en esas escenas de las series que tanto me gustan, el protagonista da un enérgico paso adelante, pero que se siente tan lento, que puedes ir al baño y regresar que todavía están en la misma escena, le quita las gafas a la prota y… Fin.

Continuará…

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Tema semanal

Mi esposo era un tikismikis siempre contradecía y se quejaba de todo, que le faltaba sabor a la comida, que no me arreglaba, que todo estaba desordenado, criticaba a los vecinos todo.

Era extremadamente quisquilloso, a veces me hartaba de verdad eran diario quejas y más quejas hasta de las más mínimas minucias. Muy difícil estar con alguien así.

Un buen día hizo su maleta y se fué sin decir adios.

Me quedé sola en esa casa que según él siempre estaba desordenada, la taza con el café que casi siempre dejaba por falta de sabor me supo muy rica.

Por primera vez en ese silencio sin él, me sentí libre.

Entendí que ser tikismiki no es amar los detalles, es no poder amar nada por estar ocupado juzgando y criticando cada cosa de la vida sino que el ser así te quita el disfrutar de todo lo que nos rodea a cada instante y no pasársela día a día viendo solo imperfecciones y errores de los demás, y que debo agradecer no ser una persona como él.

CÉSAR TORO

Diálogo.

Ella, hola amor dime la verdad

El, ¿cuál verdad?

La que quieres oír o la que te voy a contar

Ella, la que sea pero dime

El , ya te dije

Ella, no entiendo nada

El, yo menos.

Ella, ¿en que piensas?

El, en nada

Ella, mentiroso

El pero es verdad

Ella, ¿quien es ella?

El, no lo sé

Ella, no te hagas…

Ella, ¿vas a cenar?

Él no tengo hambre

Ella, ¿ ya comiste?

El, no he comido

Ella, ¿cómo estuvo tu día?

El, bien

Ella, ¿no quieres hablar?

El, estamos hablando

Ella, ¿tienes sueño?

El, si

Ella , mentiroso

El, zzzzzz….

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Doña Paquita y el milímetro

Mi suegra, Paquita, es una mujer estupenda. Esto quiero dejarlo claro desde el principio, por si algún día lee este relato y decide desheredarme. No es que tenga mucho que heredar, pero nunca se sabe. Igual me deja los paños de cocina, y conociéndola, hasta eso tendría condiciones.

Paquita es generosa, trabajadora y de esas personas que aparecen en tu casa con una olla de lentejas para doce cuando sois tres. Eso sí, antes de marcharse te recoloca los vasos, te dobla el trapo que has dejado sobre la encimera y comprueba que no hayas guardado mal la tapa de la olla.

Porque mi suegra es tiquismiquis. Pero tiquismiquis de campeonato. De las que, si las Olimpiadas tuvieran una prueba de detectar imperfecciones, se llevarían el oro, la plata y el bronce, y luego reclamarían porque las medallas están torcidas.

Mi marido, Jacinto, dice que exagero. Claro, es su madre. Lleva toda la vida conviviendo con ella y ya no distingue una manía de una ley orgánica.

Yo, en cambio, todavía recuerdo la primera vez que fui a comer a su casa. Era la novia oficial, aún estaba en esa fase en la que quieres gustar a todo el mundo y crees que el amor consiste en hacer méritos. ¡Qué juventud más mal aprovechada!

Me ofrecí a poner la mesa. Coloqué el mantel, los platos, los vasos y los cubiertos. Todo perfecto. Tan perfecto que había utilizado una regla de Jacinto, de cuando estudiaba delineación.

Llegó Paquita, miró la mesa y empezó a mover los tenedores con la yema del dedo.

Un poquito a la izquierda. Otro poquito a la derecha. Este hacia arriba. Aquel, medio milímetro para acá.

Yo la observaba en silencio, preguntándome si aquello era una comida familiar o una inspección de hacienda.

—Es que estaban un pelín torcidos, hija.

Un pelín.

Todavía no sé cuánto mide un pelín en el sistema métrico de mi suegra, pero sospecho que hace falta un laboratorio para averiguarlo.

Con los años he aprendido a reconocer sus manías. Algunas las conozco mejor que a mis propios familiares.

En su cocina hay tres clases de paños: los de secar vasos, los de secar platos y los de uso exterior.

Lo de uso exterior sigue siendo un misterio. Yo he llegado a pensar que son para limpiar muebles de jardín, secar astronautas o atender emergencias intergalácticas. Porque salir de la cocina, no salen.

Como se te ocurra secar un vaso con el paño de los platos, Paquita no te dice nada. Ni una palabra. Suspira.

Ese suspiro es terrible. No sabes si has cometido una infracción doméstica o si acabas de arruinarle la vida. Te vas a casa y, de repente, estás en el sofá viendo la televisión y te acuerdas del suspiro. Y te preguntas si habrá hablado con Jacinto. Si habrá abierto una investigación. Si tu nombre estará ya en alguna lista negra.

Las toallas del baño son otro asunto.

Están dobladas en tres, con el bordado hacia fuera, y colocadas por tamaños, colores y, posiblemente, orden de nacimiento. Nadie las usa. Son preciosas, eso sí. Si algún día tenemos invitados importantes, podremos ofrecerles contemplarlas.

Una vez Jacinto se secó las manos con una de ellas.

Paquita apareció de la nada, le quitó la toalla, puso otra en su lugar y se la llevó para lavarla y plancharla.

Todo antes de que mi marido terminara el café.

—Mamá, si solo me he secado las manos.

—Ya, hijo.

Ese “ya, hijo” llevaba más decepción que un suspenso en Medicina.

Jacinto dice que fue una casualidad. Yo digo que su madre tiene sensores. Si algún día desaparece la electricidad en España, que la pongan a vigilar los electrodomésticos. Nos ahorramos la factura de la luz.

Pero donde Paquita demuestra su auténtica categoría profesional es con los garbanzos.

Hace un cocido los domingos que está buenísimo, eso hay que reconocerlo. El problema empieza mucho antes de encender el fuego. Primero hay que revisar los garbanzos. Uno a uno.

Se sienta a la mesa, se pone las gafas de cerca y los examina como si estuviera seleccionando candidatos para un puesto de responsabilidad.

Los que no le gustan van a un lado.

—Este no tiene buena cara.

¿Perdona? ¿Un garbanzo con mala cara? ¿Desde cuándo los garbanzos tienen cara? ¿Y qué espera encontrar, una sonrisa de anuncio de dentífrico?

Una vez me atreví a preguntárselo.

Cogió dos garbanzos prácticamente idénticos y me los puso en la palma de la mano.

—Mira. Este es honrado. Este no.

Los miré. Volví a mirarlos. Les di la vuelta, por si el honrado llevaba alguna señal en el culo.

Nada.

—Ah, sí, claro —dije.

Porque una tiene sus limitaciones, pero tampoco es tonta. Cuando una mujer te presenta dos garbanzos y te dice que uno es un sinvergüenza, lo mejor es no entrar en debates. Bastante tengo con entender a los seres humanos.

Hace dos años pasamos la Navidad en su casa. Jacinto lo había prometido y yo, que todavía tengo cierta debilidad por la frase “es que es mi madre”, acepté.

Llegamos el día 24 con las maletas y un jamón. Paquita abrió la puerta, miró el jamón, después la bolsa y soltó:

—Qué bolsa más arrugada.

Ni hola, ni feliz Navidad, ni qué alegría veros. La bolsa.

A esas alturas yo ya estaba deseando volver a casa, pero me contuve. Había que ser adulta, madura y todas esas cosas tan desagradables.

El jamón acabó en una bandeja, la bolsa en la basura y nosotros en la cocina, picando cebolla.

En casa de Paquita, la cebolla no se corta como en el resto del planeta. Nada de dados, juliana ni pluma. Allí se corta en “cuadraditos para que luego no se noten”.

Yo todavía estoy intentando entender cómo algo puede ser cuadrado y no notarse, pero no me atrevo a preguntarlo. Tengo un límite de preguntas absurdas por Navidad y prefiero reservarlo para cuando aparezca el turrón.

Estaba yo llorando sobre la tabla, con los ojos como dos tomates maduros, cuando le pregunté a Jacinto si aquello tenía que acabar algún día.

—Tú corta, mujer, que luego queda muy bien.

Claro. Él estaba sentado pelando nueces. Un trabajo de una dureza extrema.

Paquita se acercaba de vez en cuando, examinaba mi cebolla y retiraba los trozos que no daban la talla. Los depositaba en un platillo.

Yo lo llamaba el cementerio de mis errores.

A ratos pensaba que, si me quedaba allí suficientes Navidades, acabaría teniendo mi propio cementerio. Con lápida y todo: “Aquí yace Fortunata. Lo intentó con la cebolla”.

La cena, para qué negarlo, salió estupenda. Todo estaba riquísimo. Nos sentamos a la mesa y, por un momento, creí que habíamos superado la prueba.

Hasta que llegamos al puré.

Paquita llevaba un rato removiéndolo con el tenedor, muy seria.

—¿Pasa algo, mamá? —preguntó Jacinto.

—El puré tiene un grumo.

Un grumo.

Yo miré mi plato. Miré el suyo. Volví a mirar el mío. Allí estaba el condenado, pequeño, discreto, pegado al borde. Un grumo del tamaño de una lenteja.

Paquita lo pinchó con el tenedor, lo examinó unos segundos y se lo comió.

—Está rico —dijo.

Nos quedamos mirándola.

—¿Entonces? —pregunté—. ¿Qué problema había?

Se alisó la servilleta.

—Ninguno. Pero tenía que comprobarlo.

En ese momento comprendí que no estábamos ante una simple suegra tiquismiquis. Estábamos ante una mujer que no podía disfrutar de una cucharada de puré sin someterla antes a un interrogatorio.

Lo curioso es que Paquita tiene buen corazón. Si estás enferma, aparece con comida. Si tienes un problema, te ayuda. Si necesitas algo, puedes contar con ella.

Eso sí, mientras te ayuda, probablemente te ordenará el cajón de los cubiertos, te señalará una mancha en la manga y te preguntará si no te has dado cuenta de que la cortina está un poco caída.

Su cariño viene con revisión incluida. No hay garantía de devolución.

El año pasado le regalé por su cumpleaños un juego de paños de cocina. Tres modelos, con sus etiquetas bordadas: “Vasos”, “Platos” y “Exterior”.

Me pareció un detalle precioso. Incluso pensé que me daría un abrazo, emocionada por haber encontrado a alguien que comprendía sus necesidades textiles.

Abrió el paquete y se quedó mirando los paños.

Uno. Dos. Tres.

Silencio.

Yo empecé a sudar. Me vi buscando el ticket, haciendo cola en la tienda y explicándole a la dependienta que necesitaba devolver un regalo porque los paños no cumplían con las expectativas de una mujer que probablemente podía detectar una mota de polvo a veinte metros.

Por fin habló.

—Los de exterior son un pelín más claros de lo que yo suelo usar.

Y los guardó en el cajón, perfectamente doblados en tres.

Ni siquiera sé qué significa que sean más claros. ¿Más claros de color? ¿De ideas? ¿De antecedentes penales?

Este año, para Navidad, voy a tomar precauciones.

Llevaré el jamón sin bolsa. O con una bolsa recién planchada, ya veremos. Cortaré la cebolla con escuadra y cartabón, revisaré los garbanzos y me llevaré una linterna por si hay que localizar algún grumo rebelde.

Y si Paquita me pregunta cómo estoy, le diré que muy bien, gracias, aunque tenga un tenedor torcido clavado en el alma.

Porque la quiero, qué remedio. Y porque, después de tantos años, he descubierto que discutir con ella por medio milímetro es una batalla perdida.

Eso sí, como algún día me llame tiquismiquis, pienso sentarla a la mesa, sacar la regla de Jacinto y medirle los cubiertos delante de toda la familia.

Milímetro arriba, milímetro abajo.

A ver qué cara pone el garbanzo.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

—Cariño, me voy. Nos vemos esta noche.

Desde una habitación alejada del estudio se escuchó:

—Dame un segundo, termino de enviar este correo.

Al momento, se escuchó el movimiento de la silla de oficina y unos pasos rápidos que llegaban a la puerta.

—Que tengas buen día. Tranquilo, solo llevas una semana con tu nuevo compañero. Seguro que pronto te haces a él y llegas a entenderlo.

La joven pareja se despidió con un beso y él abrió la puerta para encarar una nueva jornada de trabajo.

Lucas era nuevo en la comisaría y le habían asignado al subinspector para formar pareja de patrulla. Como en cualquier comienzo, todo era complicado al principio. Pero, para el inexperto Lucas, había algo complicado de entender, por lo menos por el momento.

—Buenos días, subinspector Gómez —le dijo mientras se acomodaba en el asiento del copiloto.

—Vamos a ello.

En cuanto Lucas accedió al vehículo, ya estaba allí ese olor, un olor a frutos rojos que para nada era desagradable, pero que ya impregnaba el habitáculo del vehículo como algo que llevara consensuado desde hacía mucho tiempo.

El subinspector ajustó el espejo retrovisor central y volcó el ambientador durante los mismos cuatro segundos de los días anteriores. Después, comentó:

—Ya es la decimoquinta vez que vuelco el frasquito. Recuérdame que, si podemos, pasemos por el bazar a comprar el recambio.

En el salpicadero del coche, otra vez, estaba el periódico abierto por la sección deportiva, como una antesala para comenzar la jornada entablando conversación.

El servicio comenzaba bastante tranquilo. Una entrada al colegio en la que los niños regalaban sonrisas y tiernos bostezos por igual al cruzar el paso de peatones, mientras que los padres corrían apresurados como hormigas, entrando y saliendo del hormiguero antes de que comenzara la lluvia.

Tras esto, los dos agentes se montaron de nuevo en el coche patrulla y se dirigieron a disfrutar del desayuno.

Pronto llegaron a una cafetería, la de los días anteriores.

Esta vez, una furgoneta de reparto ocupaba el lugar. El subinspector apoyó la espalda en el asiento sin alterar el gesto y esperó pacientemente mientras sonaba una canción de la radio. Un minuto después, la furgoneta arrancó. Entonces aparcó exactamente donde lo había hecho cada mañana.

Finalmente, estacionó el vehículo. Accedieron a la cafetería y, ya en aquel rincón de la barra, se encontraban los dos cafés de los días anteriores.

—Eduardo, para ti lo de siempre, ¿no? ¿Usted qué tomará? —preguntó el camarero mientras repasaba la barra con un paño y, con un gesto de cariño, golpeaba suavemente el hombro del subinspector.

—Yo, zumo de naranja y una tostada de aceite y tomate. Gracias —respondió Lucas, que seguía mirando con incredulidad.

—La media que falta y el croissant están marchando, subinspector.

Como los días anteriores, ese café y aquel croissant se quedaron encima de la barra del bar mientras abonaban la cuenta para seguir con el servicio.

Una entrada por la emisora del coche hizo cambiar radicalmente el día.

—Alerta de posible reyerta en el barrio de los Ministros. ¿Alguna unidad disponible?

—¡Nosotros! Estamos cerca; en tres minutos estamos allí.

—Recibido, mandamos refuerzos.

—Bueno, otro día más en la oficina.

Los agentes llegaron al lugar. Un grupo de unas doce personas se agolpaba en la calle y la tensión ya era palpable desde el interior del coche.

El subinspector sacó del retrovisor una estampa de una Virgen, le dio tres besos, se persignó y se la pasó a Lucas como parte de un ritual en el que parecía que el recién llegado llevaba mucho tiempo participando.

Los dos agentes se disponían a bajar del coche, pero, justo antes de abandonarlo, Lucas sintió una mano en su hombro. Era la del subinspector, que le dijo:

—Sabes qué hacer. Ya hemos hecho esto mil veces.

Lucas seguía sin salir de su asombro. Pero pronto los gritos y la exaltación de aquellas personas le hicieron reaccionar.

Justo cuando ya se prestaban a mediar, Lucas escuchó algo que relajó sus hombros. Eran unas sirenas; la caballería ya estaba en camino.

La situación se resolvió con un par de detenidos que, tras una charla en la comisaría de forma más sosegada, fueron puestos en libertad.

La jornada de trabajo había concluido y Lucas fue a cambiarse al vestuario.

—¿Qué tal con el subinspector? —preguntó un compañero a Lucas.

La cara de este sirvió como respuesta tajante.

—Dale algo más de tiempo. Lo de su compañera fue algo devastador para él.

Aquellas palabras y el ramo de flores en la entrada de la comisaría, que rezaba «Laura, tus compañeros no te olvidamos», aclararon muchas cosas para Lucas.

Lucas llegó a casa y abrió la puerta.

—Cariño, ya he vuelto.

—Hola, estoy por la cocina.

La joven pareja se reencontró con un beso.

—¿Qué tal te ha ido con tu nuevo compañero, el tiquismiquis? —le preguntó ella.

—Estaba equivocado. No es un tiquismiquis. Tan solo sigue preparando la segunda y última despedida de alguien que para él ya nunca va a volver.

¿Te gusta leer? ¿Quieres estar al tanto de las últimas novedades? Suscríbete y te escribiremos una vez al mes para enviarte en exclusiva: 

  • Un relato o capítulo independiente de uno de nuestros libros totalmente gratis (siempre textos que tenga valor por sí mismos, no un capítulo central de una novela).
  • Los 3 mejores relatos publicados para concurso en nuestro Grupo de Escritura Creativa, ya corregidos.
  • Recomendaciones de novedades literarias.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.