Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «destino». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 22 de octubre!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
CARMEN BERJANO
Cuando la miró, me dijo: he venido a ordenarte las líneas de tu mano.
YOLANDA PINA REY
Este momento que siempre soñé,
Este momento que manifesté,
Este momento que me inunda y me embarga, toca mi alma y lo siento en mi pecho.
Este momento que compartir contigo es único para mí.
Este momento tan bonito, especial y tan merecido.
Este momento es un regalo del cielo.
Esta magia que siento al mirarte es la prueba de que el destino nos presentó y el camino lo escribimos los dos.
Nos trajo a este instante en el que tú y yo nos conocemos, para caminar juntos cogidos de la mano y aprender que este momento compartido se siente y sabe mucho mejor.
Sin duda, este momento es especial porque es contigo.
Sobran las palabras cuando habla el corazón, cuando los cuerpos se comunican al compás de una canción.
Ese lenguaje que te susurra al oído que estás en el camino correcto, ese que me invita a dejarme llevar, recuperar la ilusión en el amor y sentir que contigo puedo ser yo con la calma, la paz que me llevan a la oportunidad de volverme a enamorar.
Por eso me quedo con este momento, porque es el principio de que todo es posible entre tú y yo.
Soy consciente de que juntos sabe mucho mejor.
Este libro en blanco ante nosotros nos muestra sus páginas para que escribamos juntos esta historia que hoy comienza entre los dos.
Gracias por aparecer y por la oportunidad.
Gracias por estar aquí a mi lado.
Gracias de todo corazón.
ARMANDO BARCELONA
Almudena 1.1.1 – Destino
―No te jode, pues no va el tío y me suelta que todo sucede necesariamente, sin posibilidad de elección, porque creemos ser libres, pero ignoramos las causas, o sea, que todo es culpa del determinismo y que ya lo dijo Spinoza en el XVII. ¡Me da un coraje!
Marisa, después de lo de Joao ―sí, coño, el susto tan gordo que tuvo porque no le bajaba la regla, ya sabes, el desliz aquel―, se nos ha puesto en modo metafísica y está barbaridad de intensa.
―Claro, el muy gilipollas piensa que me puede hacer comulgar con la rueda de molino de la causalidad, como si el destino fuera un todo con el universo; pero ¿dónde queda el libre albedrío? Niño, pon otra ronda de birras y estírate con las tapas, que eres capaz de cortar una aceituna en cuatro para que cunda.
¿Ves a qué me refiero?, ni echando unas cañas con las amigas se relaja. Ahora se lo cuestiona todo y anda pidiéndole explicaciones a la vida, como si viniera con manual de funcionamiento y certificado de garantía.
―Y es que el capullo no se da cuenta de que él mismo se mete en un jardín echándole la culpa de todo al determinismo universal. Vale, entendemos el universo como un todo de lo existente y sus leyes; ahí sí que encaja una concepción determinista. Pero si pretendemos que el universo es el responsable de nuestro destino, le estamos atribuyendo una voluntad que el determinismo no exige.
Yo es que alucino con esta chica, se ha debido beber la wikipedia de un trago; lo que hace tener pasta para aburrirse, porque de otra manera no se entiende. Anda, que me da tiempo a mí en cavilar sobre algo que no sea el curro, la hipoteca y qué narices voy a poner mañana en la olla para comer, y eso que mi Juan es muy colaborativo, echa una mano y tiene una boca que parece una dalla; nunca se queja de lo que le pongo en la mesa, pobrecico mío.
―Hay que tener morro, Almudena, de verdad te lo digo, porque no sé cómo llamarlo de otra forma. O sea que él no mete la pata, es el universo. Me pone de los nervios el majadero; es que lo mataría, oye. Pero, pedazo de atún, ¿puede la totalidad de lo existente cometer un error?
Está tan encenegada en el barro del entendimiento filosófico, que ni caso le hace a la tartera de callos con garbanzos que nos ha puesto Fermín con las cañas y eso que están de morirse, te lo juro por Schopenhauer.
―Y no hay manera, oye, él venga y dale con Spinoza: «Todo sucede necesariamente; creemos ser libres porque ignoramos las causas». Capullo. Qué poco se fija en Sartre: «La existencia precede a la esencia». Eso no le interesa al señorito, claro. El no nacer con una esencia humana individual que determine de antemano quiénes debemos ser le resulta incómodo. Es una putada gorda eso de que nos definamos mediante nuestros actos y elecciones, ¿no, cabronazo?
Por Dios, qué vehemencia la de esta mujer, no hay quien lo aguante, de verdad, estoy con la tercera caña y creo que me voy a pasar a algo más fuerte, que anestesie; es preferible una cirrosis a esta tortura lenta.
―Ay, Marisa, cariño, déjalo ya, que me estás barrenando el hipocampo; además, que a mí me sacas de Nietzsche y no soy nadie; ni me planteo huir de mi destino; al contrario, estoy muy a gusto como soy y con lo que me pasa, ya ves tú. Lo de tu marido con su secretaria era un secreto a voces; año y medio hace que lo sabías y te sudaba el chirri. ¡Qué tontuna te ha entrado así, de golpe, hija, por Dios!
―Pues porque de algo hay que hablar, Almudena, caramba, y despellejar al marido de una es un desahogo como cualquier otro, relaja un montón. Pero deja ya de rebañar los callos, loba, que no me has dejado ni una piltrafa.
―Es que estaban muy ricos, mi niña, para comérselos, Marisa, corazón, y repetiría con mucho gusto. ¿Ves lo que te digo? Nietzsche en estado puro y deja de andarte por las ramas metafísicas del destino. Hazme caso, Nietzsche, lo que yo te diga; y nos pedimos otra ronda, que a esta invito yo.
Con lo sencillo que es: Al pan, pan y al vino, vino, joder.
Zaragoza, 11 de octubre de 2026
PEDRO PARRINA
DESTINO PREVISTO
-Amor, ¿has escuchado la alarma?
-No, yo no he oído nada, ¿cuándo sonó? Estuve hablando por el móvil hace un rato, tenía los cascos puestos, tal vez fue entonces.
-Y ayer tarde, ¿la escuchaste?
-Tampoco, ¿A qué hora? Me fui de compras y después al cine, ya sabes…
-Y esta noche, ¿la escucharás?
-¿Qué dices? Esta noche he quedado con una amiga para salir a cenar.
-Está bien, amor.
Pedro Parrina
ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO
EL DESTINO
Cosme Chafarinas, funcionario de cincuenta años, era el hombre más desafortunado físicamente que se pueda imaginar. Ya de pequeño los compañeros de colegio se reían de él por su aspecto: baja estatura, gafas de culo de vaso, barriga prominente y un marcado desorden facial. Sus padres, sin ser conscientes del daño que podían infligirle, le llamaban mini Ecce Homo.
De adolescente le brotaron los clásicos granos en el rostro, pero no como a los demás, su cara era una paella con cosas. Y a eso se le sumó una alopecia fulgurante: se quedó calvo en dos meses.
A pesar de haber crecido entre burlas, insultos y desprecios constantes, Cosme se matriculó en la facultad de economía y dirección de empresas con ilusión. Estaba convencido de que al entrar en el mundo adulto el comportamiento de sus congéneres cambiaría de raíz. Y no se equivocó, cambió, pero a mal. Ya no le insultaban ni despreciaban, sencillamente lo ignoraban.
A falta de calor humano, se entregó a sacar adelante su carrera con toda la determinación de la que fue capaz. Lo consiguió con un esfuerzo sobrehumano y se licenció con una nota media de aprobado raspado, un gran éxito para él ya que nunca fue un prodigio en los estudios. Inasequible al desaliento, se presentó a unas oposiciones a administrativo del ayuntamiento y, tras dos años hincando los codos sin salir de casa, las aprobó contra todo pronóstico.
Con un criterio más que dudoso le asignaron un puesto de cara al público, en una ventanilla con colas enormes de gente cabreada que la pagaba con él a las primeras de cambio. No es que le pillara de nuevas, pero seguía sin entenderlo. No le había hecho daño a nadie y siempre deseaba el bien de los demás, pero no era correspondido.
Con estos mimbres, fueron pasando los años sin pena ni gloria. Siguió viviendo en casa de sus padres hasta que, el día de su cuadragésimo cumpleaños, un muro se derrumbó sobre ellos acabando con su vida. Este hecho le marcó profundamente. Aunque le habían educado entre mofas constantes, no dejaban de ser sus padres y le habían inculcado buenos valores. La torpeza en sus métodos se la había perdonado hace mucho tiempo.
Perder a las dos únicas personas que habían demostrado quererlo le convenció de que su destino era terminar solo, sin alguien con quien compartir sus problemas o alegrías. Le costó aceptarlo, pero terminó asumiéndolo, tenía que sobrevivir.
Con cuarenta y cinco años tomó una decisión: iba a adoptar un perro. Y no uno de raza, buscaría al más feo que hubiera, el que nadie querría.
Se tomó un día de asuntos propios y se presentó en una protectora de la que había oído hablar muy bien. Y allí lo encontró: Ansias, un cachorrillo cruce de chihuahua con bulldog, cojo, tuerto y con el cuerpo desproporcionado le esperaba como agua de mayo. El flechazo fue inmediato, estaban hechos el uno para el otro.
Ansias le contagió a Cosme su alegría y sus ganas de juego constantes. Comenzó a acudir al trabajo con una sonrisa en los labios y un optimismo que había estado a punto de perder en múltiples ocasiones. No le valió de nada en su inexistente relación con los otros funcionarios, pero eso ya lo esperaba y no mermó ni un ápice su estado de ánimo.
Los nuevos amigos eran felices. No les importaba que la gente les señalara cuchicheando cuando salían a pasear, no tenían de qué avergonzarse.
Pero todo cambió el día que Cosme celebraba su medio siglo de existencia. Un hombre mal encarado le tiró unas monedas como si fuera un desecho humano acompañado por un perro infame. Le pareció tan injusto que se dio la vuelta sin mirar para reprocharle su actitud, con la mala fortuna de que un hombre le atropelló de gravedad sin poder evitarlo.
El conductor pensó que lo había matado y llamó a emergencias esperando que se produjera un milagro. Ansias no se separó de él ni un instante, llorando sin parar. Cuando llegó la ambulancia, el médico comprobó que a Cosme le quedaba un hilo de vida. Su corazón, aunque muy débilmente, todavía latía. Su perro no consintió dejarle solo y lo llevaron al hospital con él.
Ingresó en coma y así permaneció dos semanas, con Ansias siempre a su lado. No hubo nadie capaz de separarlos. Pasado ese tiempo, Cosme no recuperó la consciencia, aunque comenzó a emitir sonidos, al principio incomprensibles, pero que con el paso de los días fueron tomando forma.
La doctora Marta Grau no sabía a qué atenerse. Su paciente repetía entre susurros “ansias” y el perro, al oír su nombre, aullaba con desesperación. No paraba de darle vueltas y le parecía muy raro que lo único que saliera de su garganta fuera esa palabra. Y decidió preguntárselo a Cosme. Se sentó a un lado de la cama, y cogiéndole una mano entre las suyas, le habló con suavidad:
―Cosme, ayúdame a entenderte, es la única manera de que pueda despertarte. ¿Por qué “ansias”?
La reacción del perro le abrió los ojos. Subió de un salto a la cama ladrando y moviendo el rabo de un lado a otro y comenzó a lamerle la cara a Marta.
―Así que, ¿tú eres Ansias?
No hizo falta más para que el chihuahua con cabeza de bulldog desplegara todo su catálogo de monerías.
Cosme abrió los ojos al tercer día de monerías. Lo primero que vio fue un único ojo, una lengua desbordada y un cuerpo que no encajaba con nada conocido; lo segundo, a una doctora que lo miraba como si estuviera asistiendo a un milagro.
―¿Ansias? ―susurró.
El perro estuvo a punto de desmayarse de felicidad.
―Cuatro días repitiendo esa palabra ―dijo Marta―. Yo estaba convencida de que era un lamento, y resulta que era un nombre.
―Es que es mi única ansia ―murmuró Cosme, y se arrepintió al instante de lo cursi.
―No te preocupes, aquí hemos oído cosas peores. Los perros no pueden estar en la UCI, ¿sabes? Pero este lleva casi tres semanas y nadie consigue sacarlo. He dejado de intentarlo.
―Es tan tozudo como yo.
―Cuando te den el alta, los domingos libro. Alguien tendrá que vigilar que no os atropelle otro conductor.
Cosme llevaba cincuenta años esperando una frase así y no supo qué contestar. Contestó Ansias por él, con un ladrido que se oyó en toda la planta.
La conclusión de Cosme fue que el destino tenía un sentido del humor pésimo: para que alguien se fijara en él había hecho falta atropellarlo.
RAQUEL LÓPEZ
El destino es un futuro incierto
que nos espera detrás del abismo
un desierto de oasis abierto,
que desafía nuestro propio espejismo.
Avanza el alma sin rumbo fijo
mientras la vida se ve desde lejos
traspasando en el tiempo su propio acertijo,
en un enigma que yo no resuelvo.
Quién busca su guerra, forja su suerte,
arrastrando sus sombras en el olvido
despertando del sueño frente a la muerte,
y buscando el respiro del yugo sufrido.
El miedo se muere, la duda se apaga,
seguimos el rumbo de un mismo camino
ya no hay secretos que guarde el mañana,
porque somos artífices de nuestro propio destino.
ANTONICUS EFE
Ring, ring y otro rign.
—Dígame—
—Buinasss, estamos a Miércoles y todavía no has escrito el relatillo ese sin gracia que mandas todos los sábados y la gente no tiene nada que despotricar—
—Es que me coges desganao y con los garbanzos en remojo—
—Me da igual, si total, la mitad de las veces no se te entiende lo que quieres decir, escribe sobre lo primero que se te ocurra y “pon para destino” que hay que cubrir el mínimo de relatos, que esto es un sitio serio—
—Vale, se lo diré a la IA para que me ayude—
—Cómo quieras, seguro que se la entiende mejor que a ti—
Piticlín, piticlín y más piticlín.
—Diigaaa—
—Hola, está la IA de guardia disponible—
—Síiii, hooy eeesss ClaudIA ja, ja, te paso con ella—
Prompt; «Hazme un relato surrealista y humorístico de unas 8 líneas de un tren que sale de Burgos con destino a Cuenca donde los vagones no se llevan bien entre sí y la locomotora tiene que poner orden».
Respuesta de ClaudIA: El tren salió de Burgos con la locomotora resoplando y los vagones ya discutiendo antes de pasar la catedral. El vagón restaurante acusaba al coche cama de roncar en Do sostenido, y el coche cama le contestaba que al menos él no olía a croqueta recalentada desde 1987. El vagón de mercancías, que llevaba tres toneladas de morcilla, se negaba a hablar con el de primera clase porque decía que este se creía de Alta Velocidad. A la altura de Aranda, el furgón de cola empezó a desengancharse por despecho, gritando que nadie valoraba su punto de vista trasero. Entonces la locomotora frenó en seco en mitad de un campo de girasoles y pitó tres veces, que en idioma ferroviario es una amenaza muy seria. «O se reconcilian o los llevo a todos a una vía de Extremadura a reflexionar», bramó echando humo por las orejas, que no tenía pero se las imaginaba. Avergonzados, los vagones se pidieron perdón y el restaurante invitó a todos a un cortado tibio. Llegaron a Cuenca con solo cuatro horas de retraso, y las Casas Colgadas se asomaron a ver pasar al único tren del mundo que entraba en la estación cantando a coro una jota.
Ring, ring el mismo ring de antes.
—Buinas, ¿lo tienes ya?—
—Sí, ahí va mi relato con destino al tema de la semana—
—OK, el lunes te quiero ver en el pub Mousse—
ARCADIO MALLO
ESCAPO
Escapo. La niebla cubre mi huida. Se había ido de madrugada, pero ha vuelto temprano. Es cómplice. «Huye» me ha dicho Don José, un siervo de Dios ayudando al diablo. «Esta es la llave de la ermita del monte. Espera allí. Francisco te buscará y te llevará con ellos». Sus palabras sonaron a sentencia. Lo eran. Un mal menor, comparado con el destino que he firmado en la madrugada.
Desde aquí arriba veo como llega la Benemérita. Ocho hombres ataviados con tricornio, capa y fusil ordenados a usarlo antes de que el sol esté muy alto. Paso la mano por la cara, consciente de que no volveré ahí abajo. Lo sé desde el momento exacto en que vi a Justo desplomarse sin vida tras el último golpe que le asesté. Desde que lo habían nombrado alcalde de barrio se creía con derecho a todo. Hasta abusar de María a su antojo. Lo sorprendí. No me controlé.
Tres golpes secos sacuden la puerta de la hermita. La clave. Abro. Francisco tiene la barba grande y el rostro curtido por el monte. No habla. Me hace un gesto con la cabeza. Nos ponemos en marcha. Escapo.
PURIFICACIÓN FERRACES
EL ALQUIMISTA
————————–
Era un tipo huraño, taciturno y circunspecto. Tenía algo de espeluznante. Se movía por el laboratorio como una sombra silenciosa e incorpórea.
Me apasionaba espiar sus gestos de prestidigitador del infierno, sus inmersiones en grandes humaredas con infinidad de cristales llenos de bebedizos de colores.
Esa misma noche, antes de que el alquimista me descubriese hurgando en sus enigmáticos quehaceres, contemplé por primera vez lo que sería mi condena y mi destino: el elixir de la vida.
¿Cómo yo, un niño inocente de diez años, iba a saber que aquel fluido de un rojo profundo no sólo daría a su poseedor la vida eterna, sino también la cura de todas las enfermedades?
Como cualquier niño inquieto y amigo de los misterios, quería saber qué era eso que tanto júbilo y regocijo daba al alquimista, mientras lo contemplaba y enarbolaba en el aire.
Me costó bastante decidirme a entrar en aquel laboratorio. Mi indecisión no la propiciaban aquellos tubos de ensayo, frascos, herramientas y ni tan siquiera aquellos efluvios de azufre o los repugnantes insectos que se encontraban en aquellos frascos, que me hacían sentir como si estuviera en el inframundo. Lo que me turbaba era pensar que el alquimista me pudiera descubrir. Aunque mi enorme curiosidad infantil pudo más que el temor y repulsión a aquella figura esotérica.
Nada tan atrayente como aquél frasco que contenía el elixir de la vida eterna. Hubo algo interior, parecido a una fuerza etérea y poderosa, que me ordenó beber ese fluido, y bebí ¡Vaya que si bebí! Lo bebí todo. Era inodoro e insípido, pero con una densidad mil veces mayor que la del aceite.
Ha pasado más de un siglo desde aquel día, y no hay momento en que no maldiga la valentía y curiosidad que me empujó a ingerir aquel bebedizo.
He intentado por todos los medios quitarme la vida, acabar con el ciclo natural de mi existencia, pero no hay forma: el veneno no hace más que producirme un leve malestar, las heridas me cicatrizan rápidamente…
MARA SERBIA
Para el tema semanal Destino
Capítulos de un mismo libro
Qué enigmáticos son los caminos de la vida.
Nacemos en geografías lejanas,
bajo cielos que no se conocen,
en historias que avanzan paralelas
sin sospecharse.
Y, sin embargo, un día,
como si una mano invisible doblara el mapa,
esas líneas se cruzan,
se reconocen,
se enlazan
con la naturalidad de lo inevitable…
y ya no saben separarse.
Tal vez, como pensaba Ernesto Sábato,
los seres humanos no nos encontramos por azar,
sino porque nuestras historias
ya se estaban buscando.
¿Brillaba nuestra estrella desde antes de existir,
esperando el momento de juntarnos?
¿O fuimos moldeándonos —por otros, por nosotros, por la vida—
hasta merecer coincidir,
hasta convertirnos, sin saberlo,
en capítulos de un mismo libro?
Capítulos que a veces se cierran,
otros que continúan escribiéndose en nosotros,
porque la memoria —cuando ama—
no sabe de finales.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
ESA MIRADA FRÍA Y PENETRANTE
—Reláaaajate. Tienes que cerrar los ojos para ver el infiniiiitoooo. La mirada te pesaaaa. Cierra los ojossss.
Aquel susurro meloso e insistente reverberaba bajo la carpa como el zumbido de un moscardón atrapado en un frasco. Un racimo de palabras que no dejaban de revolotear a mi alrededor cual mantra budista. Sin embargo, a las cinco de la tarde de un sábado anodino, yo, francamente, no albergaba la menor intención de asomarme al infinito. A lo sumo, aspiraba al consuelo terrenal de una siesta.
Pero sí, allí me encontraba yo, expuesto a la curiosidad de una docena de espectadores curiosos y sentado en una ridícula silla de plástico, todo por puro empeño de mi mujer. El destino suele disfrazarse de capricho conyugal antes de enseñar las garras. Frente a nosotros figuraba un cartelón descolorido, devorado por la intemperie y la humedad de la feria:
SANDRO WHITE
Hipnotizador y mentalista
Un espectáculo único que cambiará su vida
A juzgar por la precariedad del atrezzo, los del departamento de marketing tampoco se habían devanado los sesos. Aquel cartelón daba paso a una carpa en la que se desarrollaba el mágico y fascinante espectáculo que prometía el anuncio. Sandro White era su nombre artístico, aunque en su propia voz sonaba más a “Sandro guay”.
Éramos cinco los incautos alineados sobre la tarima. Cuatro víctimas espontáneas y un servidor, empujado al estrado por la férrea determinación de mi señora. Sandro comenzó su ronda. Con un par de gestos teatrales y pases de manos, las cabezas de mis compañeros de banquillo fueron cayendo una a una, desplomándose pesadas sobre sus pechos. Cuando llegó mi turno, el charlatán hincó su mirada en la mía.
—Tienes que cerrar los ojos para ver el infiniiiitoooo. Cierra los ojossss – vociferó, al tiempo que trazaba espirales invisibles en el aire.
Mientras más pronunciaba esas palabras, menos efecto causaban en mí. Yo no dejaba de observar, incrédulo, a aquel hombrecillo grotesco que lucía una ridícula chistera, pero cuya penetrante mirada, debo decirlo, causaba una enorme fascinación al tiempo que helaba la sangre. Había algo en aquellos ojos que provocaba desconcierto. Pero poco más. Nada de consecuencias catalépticas. El esperado trance hipnótico no lograba surtir efecto en mi persona. Por lo que fuera.
Tras un minuto insoportable de aspavientos y tenso silencio, decidí piadosamente poner fin al sainete y fingí el colapso. Dejé caer la cabeza sopesadamente hacia adelante, ofreciéndole el trofeo que ansiaba. Sandro dibujó una sonrisa felina, complacida, y continuó con la puesta en escena.
Lo que siguió fue el inventario habitual de este tipo de espectáculos hipnóticos: un jubilado engullendo una cebolla cruda convencido de paladear una jugosa manzana; una dama respetable acariciando una escoba con la devoción carnal con que se abraza a un amante… A mí me correspondió fingir un galope desenfrenado, relincho incluido. Carezco de vergüenza y me sobra dote dramática, de modo que me entregué al papel con entusiasmo gallardo, arrancando las carcajadas y las palmas del respetable.
Satisfecho el regocijo popular y consumada la vergüenza ajena de mi esposa, Sandro nos ordenó regresar a las sillas. Con agilidad rítmica, fue chasqueando los dedos frente a cada uno de nosotros para sacarnos de inmediato del camino del sopor.
—Un, dos, tres… ¡despierta! – Repetía una y otra vez, mientras sus víctimas iban desperezándose, desubicadas, mirando a todos lados, como si se acabasen de despertar de una siesta de tres horas.
Arropado por el aplauso general de la concurrencia, bajé del estrado y me reuní con mi mujer, que no paraba de reír a carcajadas. Temía que la mandíbula se le fuese a desencajar en cualquier momento.
—Menudo iluminado. En serio, no te habrás tragado semejante teatro, ¿verdad? – Le iba comentando a mi mujer durante el camino de vuelta.
—Sinceramente, no lo sé —respondió ella, secándose una lágrima—. Pero las risas que me he echado no me las quita nadie.
—Pues yo te puedo garantizar que lo único infinito que he visto es la caradura que tienen estos cantamañanas de feria. Vaya fraude. Diez euros tirados a la basura. Aunque solo por las risas que te has echado, los doy por bien empleados.
En esa conversación estábamos cuando por fin llegamos a casa. Era una noche de fin de semana como otra cualquiera. Encendimos la calefacción y nos acomodamos como dos tortolitos en el sofá, pertrechados de una enorme fuente de palomitas mientras disfrutábamos del programa de cotilleos del sábado. Una rubia neumática le había puesto los cuernos a su pareja por tercera vez, un protagonista de telenovela era detenido por conducir borracho, un príncipe había sido pillado en bolas encima de su yate. En fin, lo habitual.
Rozando la medianoche y vencidos por el cansancio, nos retiramos al dormitorio tras el lavado de dientes y el beso de rutina. Cerré los ojos creyendo controlar mi descanso. Qué ingenua es la certidumbre de los hombres.
* * * * *
De repente, en mitad del silencio de la madrugada, me convertí en protagonista de un extraño sueño. Me vi sumido en una penumbra absoluta, ahogado por una atmósfera espesa que me impedía inflar los pulmones. Un viento helado y cortante me laceraba el rostro, abrasándome la piel. Desperté tiritando, aterido, acurrucado sobre la dureza de un banco de madera. Algo en mi cabeza me indicaba que eran exactamente las cinco de la mañana. Con la mirada perdida en el infinito, el mismo que no había conseguido ver con Sandro aquella tarde, intentaba buscar una explicación lógica a lo que estaba ocurriendo.
Pero al bajar la mirada, un horror primario me estremeció. Mis dos manos se hallaban bañadas en una sustancia espesa, tibia y violácea. Sangre fresca. Un escalofrío mortal trepó desde mi coxis hasta la nuca. Y entonces, detonando en las paredes internas de mi cráneo como un eco infernal, resonó de nuevo aquella voz grave, acompañada por el recuerdo indeleble de aquellos ojos fríos, letales y penetrantes que me habían juzgado horas atrás desde la tarima:
—Un, dos, tres… ¡despierta!
Un alarido desgarrador escapó de mi garganta. No había sueño del que despertar. El frío del parque era real. La madera del banco era real. La sangre que goteaba de mis nudillos era cruelmente real. El trance no había sido una farsa: Sandro no me había dormido en la carpa, me había programado; y al chasquear los dedos al final del show, no me había despertado, sino que me había enviado a ejecutar a ciegas el destino que él había escrito para mí.
Miré a mi alrededor con desesperación criminal. La ciudad dormía bajo un velo de niebla e indiferencia. Aún faltaban tres horas antes de que fuese descubierto el cadáver.
EFRAÍN DÍAZ
Jacinto había pasado toda su vida huyéndole al agua. Evitaba bañarse en el río, pescar en el lago y cualquier actividad que implicara acercarse a un cuerpo de agua. En ocasiones, hasta prescindía de la ducha, no fuera a ser que el destino decidiera sorprenderlo en la intimidad del baño.
Su temor venía de la infancia. Cuando apenas tenía nueve años, una espiritista que andaba de paso por Dos Bocas, conocida por todos como la Bruja, le había pronosticado que moriría ahogado.
La mujer gozaba de cierta reputación por sus facultades adivinatorias, aunque nadie recordaba una sola predicción suya que se hubiera cumplido. Pero Jacinto, que a los nueve años todavía no distinguía entre la sabiduría y la charlatanería, tomó aquella sentencia como un decreto divino.
Desde entonces, convirtió la prudencia en una religión y el agua en su enemigo natural.
A los setenta y cinco años había comenzado a relajarse. Consideraba que ya había vivido lo suficiente y que, de llegarle la muerte, tampoco tendría mucho que reclamarle. Seguía sin bañarse en el río ni pescar en el lago, por si acaso la bruja tenía razón, pero había recuperado la costumbre de ducharse diariamente. Un acto de valentía doméstica que, a su edad, merecía cierto reconocimiento.
Llegó el Día de Reyes y Dos Bocas organizó su tradicional fiesta pueblerina.
Las mujeres del barrio se repartieron las tareas culinarias, pues tenían las destrezas después de muchos años de ollas y calderos. Prepararon arroz con gandules, pasteles, batatas asadas y yuca. Los hombres, que para ciertas labores mostraban una disposición extraordinaria, se encargaron de asar varios lechones a la vara y un par de terneros.
Era la celebración más esperada del año. Una ocasión para comer sin remordimientos, beber sin demasiadas restricciones y olvidar, aunque fuera por unas horas, las miserias de la existencia.
Por supuesto, no podía faltar el pitorro. Llegó por galones y circuló con una generosidad que habría despertado la admiración del mismísimo Dionisio. Los recipientes, como las tinajas de vino de las bodas de Caná, parecían tener el don de no vaciarse jamás.
Todo era fiesta y algarabía. Los vecinos comían, bebían, conversaban y compartían con esa familiaridad propia de los pueblos donde todos conocen las virtudes ajenas y, con mayor precisión todavía, sus defectos.
Jacinto, que había sobrevivido a setenta y cinco años de peligros imaginarios, disfrutaba de la celebración con la tranquilidad de quien se sabe vencedor de una antigua profecía.
Hasta que un pedazo de cerdo decidió contrariarlo.
Mientras comía, un trozo de carne se le quedó atascado en la garganta. Jacinto comenzó a toser, se levantó de la silla y se llevó ambas manos al cuello, en ese gesto universal que anuncia que las cosas han dejado de marchar bien.
Varios jíbaros acudieron en su auxilio.
Uno lo agarró por detrás y comenzó a comprimirle el abdomen. Otro, convencido de que la fuerza era el remedio universal para todas las desgracias, lo apretó con tanta fuerza, que estuvo a punto de partirle una costilla. También recibió fuertes palmadas en la parte alta de la espalda.
Los demás ofrecían instrucciones contradictorias, como suele ocurrir cuando abundan las buenas intenciones y escasean los conocimientos.
Pero el pedazo de cerdo se resistía a abandonar su posición.
Pese a los esfuerzos de sus vecinos, Jacinto murió allí mismo, rodeado de comida, pitorro y una concurrencia que pasó de la alegría al espanto en cuestión de segundos. Si Jacinto hubiese sido niño, hubiesen pasado de fiesta de Reyes a un bakiné.
Jacinto había muerto ahogado.
Durante sesenta y seis años evitó los ríos, los lagos, las quebradas y hasta las duchas. Había desconfiado de la lluvia y mirado con recelo cualquier acumulación de agua que pudiera comprometer su existencia.
Jamás imaginó que su perdición llegaría servida en un plato, acompañada de arroz con gandules. La Bruja había acertado.
Nunca le dijo que moriría ahogado en agua. Eso lo había supuesto él.
Y es que, como decían los viejos de Dos Bocas, cuando la pedrá está pa’ uno, ni aunque te tapes.
ANGY DEL TORO
Entre troncos y ramas se guarecieron las aves: ellas, todas juntas ese día contemplaban la sabana.
—¿Hacia dónde vas? —escucharon la pregunta.
—No sé. Lo que debo es avanzar —respondió la otra voz.
—Entonces, ¿cómo sabrás que has llegado?
—Quizás cuando te encuentre.
El primero que habló decidió por un momento que sería mejor guardar silencio. Pero su curiosidad fue tanta que continuó indagando.
—Si yo no existiera, ¿hacia dónde tú irías?
—¿Y si yo me detuviera? Entonces, yo pensaría que ni tú mismo existieras.
Ninguno volvió a preguntar. A lo lejos, el viento dejaba que el río continuara …
Camino o destino
Las lluvias se han detenido. El cielo, antes oscuro y cargado,
luce muy diferente.
Ahora, el sol ardiente permite ver,
al celeste en la aurora.
Es la humedad y la tierra quienes más lo agradecen.
En la generosidad de las aguas, los jardines hoy florecen.
Los bordes de los cauces, gustosos, vieron pasar,
aquellos días lluviosos.
Han de decir que es destino, pero yo digo que no.
Esto no es más que el camino que hemos de vivir, los dos.
Sobre tus huellas, quizás las pisadas halles.
¿Habrás de ser tú quien me diga cuánto de ti soy yo?
Y cuando al fin he llegado, descubro que nadie espera.
Hoy aquí solo está lo que en el camino encontré.
Un destino y un adiós.
PRESEN RODRÍGUEZ
(Encrucijada de caminos)
No me busques,
ya no queda nada de mi pasado.
Tu recuerdo ya no existe en mi memoria,
borré cualquier resquicio con el olvido.
Hoy brindo ya sin la nostalgia,
pausadamente
sintiendo que soy libre, al fin libre,
sin arrepentimiento, serenamente.
Decidí no caminar el mismo sendero,
tomé la decisión de cambiar mi destino,
me di cuenta a tiempo de que no te necesito,
nuestros mundos no debieron cruzarse.
Ya no me busques,
no pronuncies mi nombre, aunque estés triste,
ni preguntes por mí
si la soledad te embarga entre la gente.
La vida de los dos es diferente,
quédate con la tuya, la mía me pertenece.
No me busques,
ya no estoy en tu mismo camino.
Olvidame si es que puedes,
y déjame brindar tranquilamente.
Simplemente Presen.
JAVIER GARCÍA HOYOS
No se cuando entré en este laberinto oscuro que ahora me rodea, en qué momento mi mundo se transformó de un lugar luminoso a este sombrío sendero por el que ahora camino.
Cada paso que doy me guía a un nuevo pasadizo, húmedo y oscuro, que me adentra más en esta maraña de senderos que, ocultos en el interior de la montaña, me confunden para no permitir que encuentre la salida.
Solo el ruido de las gotas que se precipitan por las estalactitas, y el eco de mis pasos al
caminar sobre la piedra del suelo, interrumpen el silencio que acompaña la soledad de mi trayecto. Un silencio que perfora mis oídos porque echan de menos el sonido de tu voz.
Las oscuras paredes, tan negras como los restos de la madera quemada en la chimenea donde tú y yo nos calentamos en invierno, se tragan la mayor parte de la luz que emite la antorcha que me guía. Las irregulares paredes crean sombras que se burlan de mí al crear caminos ficticios o imágenes falsas para asustarme.
Las palabras que escribo en mi cuaderno son las que me atan a la cordura y me permiten
seguir avanzando para encontrar la salida. Sin embargo, se que cada paso que doy me introduce aun más en esta amalgama de caminos entrecruzados. Soy consciente de que quizá jamás vuelva a encontrar la salida pero seguiré adelante. Tu imagen en mi mente me reconforta y, a la vez, me enloquece. Quiero que sepas, si alguien encuentra estas notas, que de un modo u otro, ya sea fuera de esta montaña, donde podamos volver a sentir el tacto de nuestra piel, o aquí, en esta apartada
soledad, con tu imagen en mi mente, que traté de buscarte, y que siempre estuviste conmigo, incluso en los momentos más oscuros, y que sea como sea, este lugar no evitará que tú seas mi destino.
FIN
EVA AVIA
Unmyeong (Destino)
Si yo fuera la protagonista de uno de los relatos de la Incondicional, mi historia comenzaría así, mi nombre es Unmyeong y tengo escrito en la frente, soltera desde nacimiento.
Seguramente pensarás, como se dice en España, que siempre hay un roto para un descosido, pero para una familia tradicional coreana, una mujer que pasa de los treinta y que no tiene planes de boda a la vista, es un caso perdido.
Pues ese caso perdido soy yo. Cuando era pequeña, mis padres tomaron la decisión que les marcó su corazón y este les guio hasta Barcelona. En su luna de miel, se enamoraron perdidamente de sus calles, de su cultura, pero sobre todo de sus gentes. Aquí es donde papá y mamá jugaron tanto, que el resultado fui yo y por eso me pusieron Destino, Unmyeong en mi lengua natal.
Pues yo no sé si será mi destino o no ser soltera desde nacimiento, tan fea no creo que sea. Siempre se ha dicho que no hay nada que no se arregle con un poco de betún, un buen sujetador y unos buenos taconazos, pero parece que yo no tengo remedio.
¡Uyy! Que todavía no te he dicho a que me dedico y sí, seguro que estás pensando que a enseñar mi idioma natal a aquellos que quieren conocer más de nuestra cultura, pues bingo, has acertado. Tengo una modesta academia de lengua coreana y mis alumnos son bastante diversos, exigentes y un poquito loquitos, están todos fascinados por medio continente asiático, pero por supuesto en ese medio no estoy incluida yo. Tampoco es que yo ayude mucho a cambiar esa situación, y ahora estarás pensado que ya te llegará, mi lado sociable finaliza en el momento que mis alumnos salen por la puerta, así que difícilmente sucederá.
—Hasta mañana, señorita Unmyeong —Marcándose la despedida al más puro asiático.
—Naeil bwa, ssi Marco —Le devuelvo la cortesía con el mismo gesto y una sonrisa.
—Señorita.
—Sí, señor Marco.
—Hoy está usted muy bonita. Sus papás deben de estar muy orgullosos de usted.
—Gracias, por sus palabras. Nos vemos mañana, señor Marco y dese prisa, que su hija ya le está esperando en la puerta.
—¡Papá! —Corre, la pequeña, y se tira en sus brazos—. ¿Qué has aprendido hoy? —Feliz, coge de la mano a su padre.
—Papá está aprendiendo mucho. Te lo prometí, ¿recuerdas?
—¡Unmyeong! —Mirándome sonriente—. ¿A que mi papá es el mejor?
—El mejor —Y le levanto el índice. Esta pequeña tiene mucha energía, me ha hecho sonreír.
Un ratito después estoy cerrando la puerta de la academia y ¡mierda!, se tenía que poner a llover ahora. Mis padres me están esperando en una pastelería con unos amigos, hoy es mi cumpleaños y no pensaba pasarme por casa a cambiarme, pero voy a llegar empapada. Total, que más me da como vaya, seguro que tienen alguna de esas citas a ciegas preparadas para mí.
—¡Perdón, no le he visto! Mira que soy torpe —Y como no, se me cae todo al suelo. Definitivamente soy un caso perdido.
—No se preocupe. Sujete usted mi paraguas, que yo lo recojo.
Madre de Dios, esta es la típica escena en la que los protagonistas de una serie tropiezan. Regresa, Unmyeong, que esto es la vida real y esas cosas no le suceden a las mujeres que tienen escrito en la frente soltera desde nacimiento.
—Aquí tiene.
—Muchas gracias. Tome su paraguas.
—No, quédeselo usted. A mí no me hace falta —Señala los libros que llevo en la mano y arquea la cabeza—, además, el rojo le queda mejor a usted que a mí.
Sonríe y se marcha. ¡Perdón! ¿Ha pasado lo que acaba de pasar o estoy en uno de esos sueños que una anhela? Bueno, mejor voy a la pastelería, a ver que sorpresa me tienen preparada.
Seguro que no te vas a creer lo que sucede cuando voy a entrar por la puerta, no, no, no es lo que crees, es aún mejor, tropiezo y me caigo de bruces delante de todos. Medio salón se echa a reír y el otro medio me mira como el típico gesto que te dice, ¡qué torpe! Me recompongo como puedo y me dirijo a la mesa que está situada al fondo, seguro que están allí, porque escucho las risas de mi madre.
—Hija, ¿qué te ha pasado? —Me arregla el cabello y sacude la ropa—. Deja las cosas aquí.
—Ya los conoces a todos —Dice, papá—. Toma asiento, estamos esperando a alguien. ¡Ah! Ya está ahí. Diego, aquí —Nunca había visto a papá tan sonriente.
Y ahora viene lo que estabas esperando. Pues que me atraganto cuando veo caminar a ese hombre al más puro Tik tok. “Y de repente lo veo aparecer, yo lo veía como que caminaba en cámara lenta (¡y tan lenta, que se detiene y se queda tieso cuando me ve!). Tenía unas gafas de sol, (¡vamos que con el agua que cae!) muy bien vestido (pero empapado) y esa sonrisa que me sacaba, que parecía que estaba salido de un cuento de príncipes.”
¡Ay, por Dios! Si este es mi destino, que bienvenido sea.
Besos, la Incondicional.
HEIDI SÁNCHEZ
Destino final
Un día moriré, así lo dicta la «raza humana»
Un día moriré, llena de dolores previstos.
Un día moriré, sin avisar a nadie.
Me gusta dar sorpresas.
Un día moriré para que se haga una fiesta,
igual cae en algún dia de esos que se celebran y me cae alguna cerveza…
Un día moriré y apreciaré cada día viva.
El destino dictará los paso a seguir,
y sentiré que la vida fue una cumbre incierta.
Y en mi lecho pensaré…
-Que buen destino me trajo a esta caja mullida que llaman tumba-.
H S.
MARÍA JOSÉ AMOR
LAS INFLUENCIAS DE PAUL ANKA (Tema de la semana)
YOU ARE MY DESTINY era lo que ponía el único sobre que Angela encontró en su buzón de la portería.
Imaginando que se trataría de uno más de los anuncios dejan por las casas lo cogió con destino al reciclaje del papel, cuando vio que detrás, en la parte del remite relucía este monograma:
Como le sonaba haberlo visto tiempo ha, abrió el sobre; dentro. Un tarjetón grande con esas mismas letras en medio de la parte superior y debajo, escrito a mano con una letra impecable, lo que hacía suponer obra de la IA ponía:
¿Recuerdas esta frase “Niña Tímida”?
Debajo, ya “a mano” sin IA, había una serie de explicaciones que Ángela aplazó para después po el recuerdo que le vino de repente.
Tenía catorce años y, por supuesto, todavía escolarizada.
Pili, una de las compañeras de clase comunicó antes de traspasar las puertas del cole-¡¡¡Ya he visto que se venden discos de Paul Anka!!! -Seguido de un
-¡OOOOH! -de las compañeras que también iban a traspasar la puerta.
Paul Anka, era un jovenzuelo canadiense que a los diecisiete años ya había triunfado con su “Diana” que relataba el enamoramiento de un adolescente, de una chica mucho mayor que él, con ritmo de rock.
En aquellas épocas, finales de los años 50 y principios de los 60, las reuniones de chicos y chicas adolescentes, tenían lugar en las casas, con hermanos pequeños pululando y padres, en otra estancia, controlando.
Como no había CDs, ni mp4 y menos aún Spotify, la música para “mover el esqueleto” se obtenía de los discos de vinilo, que se ejecutaban en los tocadiscos, unas maletas ya minimalistas y transportables cuya tapa era el altavoz. Con las que se podía ir de casa en casa y donde entre otros se ponían los discos de Paul Anka.
Aunque la mayoría de canciones inducían a movimientos de tipo gimnástico, de vez en cuando surgía una lenta y muy de agradecer para recobrar la respiración y poder beber algún líquido (no alcohólico) y de esa manera restablecer la hidratación evaporada tras el intenso movimiento.
Ángela entonces era una niña tímida, de aspecto bastante infantil y muy patosa o, al menos eso era lo que pensaba, por lo que no se atrevía a bailar músicas movidas y la mayoría del tiempo los pasaba sentada, mirando con envidia el comportamiento de sus compañeros que la rodeaban.
Pero un día, un chico bastante sudamericano, movidillo él, alegre y bien parecido, ante un disco de Elvis la arrancó de su asiento obligándola a moverse a la vez que le decía:
-Pero no seas maleta- palabra que a Ángela le hizo tanta gracia que por un momento desapareció la timidez y mostrándose como en realidad era, comenzó a reír a carcajadas. Al verlo, Emilio siguió haciéndola mover más y más, hasta que tanto “más” resultó que, al final, ella superó sus temores moviéndose tal y como la música y Emilio parecían indicarle.
Y entonces, el ritmo cambió siendo sustituidos por una canción de Elvis titulada “You are my destiny”.
Emilio la miró muy fijamente a los ojos y, agarrándola hacia él sin pegarse mucho, que por ahí pululaban ojos avizores, iniciaron sus movimientos lento mientras él iba repitiendo la consabida frase.
Y así siguieron ese curso, y el siguiente, y, sin haber romance entre ellos, sí había tal afinidad que Emilio decía y repetía medio en broma y medio en serio, la consabida frase.
Pero un día, él la llamó y con voz compungida le dijo:
-Escucha Destiny, te lo digo a ti antes que al resto: vuelvo a mi país.
-¿Qué dices?
-Pues eso, que como sabes, estábamos aquí porque la empresa donde trabaja mi padre, lo enviaron aquí unos años para una serie de proyectos entre Chile y España, pero ya se han acabado, por lo que tenemos que regresar.
La conversación prosiguió y, con gran pena, se dijeron adiós.
El tiempo fue pasando y no supo más de él.
Ella estudió Medicina especializándose en cirugía cardíaca. Tuvo varios amores, pero ninguno acabó de cuajar ni tampoco le importaba mucho ya que, habiéndose incorporado al equipo que acababa de trasplantar un corazón en España, su meta vital caminaba por esa senda.
Tras unos momentos de recuerdos y ensoñación, siguió leyendo:
-Hola Ángela. Llegué ayer contratado por un importante hospital de esta ciudad. Soy médico, especializado en cirugía cardiovascular y todo el trabajo de estos años lo realicé en Houston y como ahora aquí también vais por ese camino y recuerdo con añoranza mis años pasados aquí, contacté con un famoso Hospital y aquí me tienes. Te dejo mi teléfono.
Ella rápida cogió el ascensor, llamó al número correspondiente y al escuchar la voz de Emilio diciendo “diga” respondió:
-I am your destiny.
CESAR TORO
Destination.
Me llamo Lola, cuando abrí los ojos ya estaba en el tren, me han asignado un ticket no he tenido como saber de donde vengo ni adónde voy, tampoco cuanto durara el recorrido, por el momento el viaje es placentero tengo energía, fuerza las personas se ocupan de mí, hay mucha gente alrededor.
El tren sigue su curso en una cápsula redonda que parece dar vueltas sobre su propio eje, nunca se detiene y los entendidos dicen que partió del Big Bang; sin embargo, qué más da para que averiguarlo si igual recibiré mil versiones distintas que me dejaran sin la respuesta definitiva; así qué, ahorraré las preguntas y continuaré mi viaje.
Me informan que se ha presentado un desperfecto en la vía, por lo tanto, esta vez avanzaremos despacio un ser especial se me acerca y comenzamos a charlar me dice que también viene en el tren y que si quiero podemos seguir esta aventura juntos, acepto su invitación con agrado y comenzamos el viaje, él se mudó a mi lado le hice un espacio y continuamos la travesía juntos.
Al principio era maravilloso y disfrutábamos uno del otro; luego llegaron los inconvenientes, él roncaba y no me dejaba dormir, no le gusta la comida que preparo además cuando esta despierto mira a la vecina que viaja en el asiento contiguo.
Un buen día me cansé de los líos y le comenté que se fuera, no puedo me dijo, tengo que ocuparme de ellos. Dos vástagos que aún necesitan de nosotros. Me resigné y paso a paso el recorrido se convirtió en una rutina.
La costumbre se hizo ley y bajé los brazos y seguí mi viaje con destino incierto.
Pasaron los años,los hijos cada quien tomo su tren y se alejaron por diferentes rutas la soledad invadió el vagón con llanto, risas y recuerdos.
Mientras tanto consulte el libro sagrado en busca de sabiduría.
<< Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen >>
La siguiente estación el convoy descarriló por algún motivo que ignoro, varios de los que viajamos los bajaron del tren incluido a él.
Por lo que tuve que continuar la ruta en solitario, quedan solo unos cuantos pasajeros en el vagón, todos se mueven con lentitud y tienen en su rostro gastado por el frío de la soledad y la indiferencia del mundo.
Miro por la ventana, pero solo alcanzo a ver las flores del camino, ya no escucho el canto de los pájaros y apenas puedo dar un paso, creo que estoy llegando a mi destino en cualquier momento me quitaran el ticket.
Nadie me acompañará en este último tramo tendré que hacerlo sola sin derecho a protestar, las cosas que tanto ame aquí se quedarán me iré como vine. Sin nada.
<< La vida es un sueño, el sueño eterno de la muerte >>
César Toro
L’IDIOT
Destino.
Allí estaba yo, parado frente a la casa, mirando la pequeña puerta de la verja como si detrás de ella me esperara algo más que un jardín y una familia por conocer.
Me inquietaba asumir un compromiso, dar aquel paso que podía cambiar tantas cosas.
El miedo a equivocarme me paralizaba. ¿Y si ella no era el gran amor de mi vida? ¿Y si todo era una ilusión?
Apenas unos minutos antes, el GPS había anunciado: «Ha llegado a su destino».
Me quedé pensando en aquellas palabras. Había llegado al destino que señalaba una máquina, pero ignoraba si estaba a punto de llegar al que me reservaba la vida.
¡Ojalá existiera un GPS del corazón! Uno que me indicara el camino, disipara mis dudas y me diera el valor para abrir aquella pequeña puerta y, sobre todo, la de mi alma, dejando salir el amor tímido que llevaba dentro.Destino.
Allí estaba yo, parado frente a la casa, mirando la pequeña puerta de la verja como si detrás de ella me esperara algo más que un jardín y una familia por conocer.
Me inquietaba asumir un compromiso, dar aquel paso que podía cambiar tantas cosas.
El miedo a equivocarme me paralizaba. ¿Y si ella no era el gran amor de mi vida? ¿Y si todo era una ilusión?
Apenas unos minutos antes, el GPS había anunciado: «Ha llegado a su destino».
Me quedé pensando en aquellas palabras. Había llegado al destino que señalaba una máquina, pero ignoraba si estaba a punto de llegar al que me reservaba la vida.
¡Ojalá existiera un GPS del corazón! Uno que me indicara el camino, disipara mis dudas y me diera el valor para abrir aquella pequeña puerta y, sobre todo, la de mi alma, dejando salir el amor tímido que llevaba dentro.
MARIO NÚÑEZ
Destino
Leonardo recibe algunas posesiones de su querida abuela apaciblemente fallecida hace pocos días.
Entre ellos, una vieja carpeta escolar de cartón con elásticos, rotulada con crayón verde, letra infantil y una leyenda:” Recuerdos del jardín para la abuela Mimí”.
El joven tardó en identificar sus propios trazos; temblando de emoción estiró con cuidado los viejos elásticos, y abrió la carpeta.
Dentro, decenas de dibujos, invitaciones a fiestas de egreso, algunas tarjetas de cumpleaños y de navidades, fotos suyas en guardapolvos a cuadritos azules, en túnica blanca con moño azul, con un morralito de tela, o con una mochilita que aún recuerda de sus primeros años escolares.
Todo en la carpeta son regalos suyos a su amada abuela Mimí.
Salvo por una esquela escrita en el reverso de una figurita de álbum coleccionable de su infancia.
La letra de la escritura estampada era la de Mimí.
Inconfundible, de prolija caligrafía; una de las clásicas dedicatorias de la querida anciana, demasiado espiritual y “volada” para la mayoría de la familia, pero sabia como nadie, tierna y encantadora para Leonardo.
La esquela estaba manchada por moho y algo de óxido, pero se podía leer la mayor parte de una frase que el joven sintió premonitoria desde el pasado, desde el corazón de Mimí directo a sus manos.
“Tu destino está en… “, y la frase culminaba tapada por una mancha que quizá se pudiera quitar, pero por ahora no puede leerse.
Pasó ese día entero, y el siguiente, buscando respuestas entre los recuerdos que otras personas tuvieran sobre la abuela Mimí.
Escuchó de sus creencias exóticas, oyó críticas a los sueños y acciones de Mimí, sobre muchos de sus errores y ausencias, y poco bueno, la verdad.
Pero sigue siendo la abuela Mimí, la amada guía y regazo de su infancia.
Buscó en internet sobre las creencias de su abuela, procurando respuestas sobre el destino anunciado en la esquela, tratando de imaginar su propio futuro a través de esa frase incompleta.
Consultó páginas religiosas, médiums en línea, personas y organizaciones que le ofrecían respuestas y felicidad por una módica suma, y hasta podría financiarla con tarjetas de créditos.
Buscó hasta chats en línea en páginas filosóficas.
Desesperado y avergonzado por la ansiedad que le causó aquel mensaje de la abuela Mimí, ya no habló del tema con nadie más.
Bueno, ya no habló con humanos.
Siguió indagando hasta en el desatino: se enfrascó en un intenso intercambio con una plataforma de IA, hasta que terminó aceptando que la aplicación solo le decía lo que él quería leer y utilizaba sus propios datos para responder.
En un último intento, consultó sobre cómo eliminar manchas de humedad sobre papel sin deteriorar la escritura.
Siguiendo las instrucciones, secó muchas horas al sol el papel, y emprendió la limpieza paciente con una goma de pan.
La mancha fue desapareciendo bastante, mientras emergían las palabras escritas de la abuela Mimí.
Con el texto completo ahora pudo leer:
“Tu destino está en la búsqueda”.
NILA J BOHORQUEZ
¡El tiempo ha pasado muy rápido!
Recuerdo a aquella joven lozana
que fui, la que miraba extrañada
con respeto y con distancia,
a las personas de lento caminar,
de mirada perdida, de cabellera blanca como nieve reluciente, sin pensar que algún día llegaría a ser ese personaje «mayor».
¡Qué equivocada estaba!
Hoy el tiempo me alcanzó
corriendo y soy ese ser que siente el invierno en la piel, con pausado andar, mirando a lo lejos.
Y sigo observando el horizonte.
Viviendo mi invernada, sin conocer
el gran final, sin descifrar aún la última página del «Libro de mi vida»,
donde está escrito mi destino.
BLANCA CERRUTI
OFELIA
Ofelia, a sus veinticinco años, no sabe nada sobre su nombre. Hasta que por fiestas llega al pueblo una pequeña compañía de teatro que representa «Hamlet».
Ella asiste a la representación y, aunque ese pasaje no lo escenifican, una voz en off, relata cómo Ofelia se ha vuelto loca tras el asesinato de su padre. Un día, se cae accidentalmente al río y se deja arrastrar por las aguas muriendo ahogada.
Ofelia se ha quedado tan impresionada, que no permite que vuelvan a llamarla por ese nombre. Recuerda que su madre la llamaba Neni, por nenita, y advierte a todos que la llamen así o no responderá.
A partir de entonces la llaman Neni llegando a olvidar su verdadero nombre.
Unos años más tarde, por fiestas, entre los feriantes que llegan al pueblo hay una pitonisa y, muchos vecinos, medio en broma, medio en serio, van a que les eche las cartas. Neni no cree en esos vaticinios y no va.
Sin embargo, la pitonisa se hace la encontradiza con ella, se le acerca y, en un susurro le dice: «Ofelia, te has cambiado de nombre, pero no podrás eludir tu destino» y sin más palabras se aleja. Ofelia se queda temblando.
Esas palabras se le entrañaron tanto en la mente, que nunca más volvió a acercarse al río, aunque era su paseo favorito. En primavera, ver la ribera llena de lirios y chiribitas, le encantaba.
Este año cuando llega la época de las lluvias, llueve durante días de una forma que parece que no va a cesar nunca. Por fin, escampa y, el domingo, los vecinos y veraneantes, pasean por la Calle Mayor, o toman un aperitivo en la terraza del único bar del pueblo, ajenos a lo que se avecina.
La presa que les suministra el agua para el riego de los campos no ha podido con el caudal que ha ido aumentando con las lluvias; ha reventado y, sus aguas, se precipitan hacia el pueblo invadiendo la Calle Mayor.
Llegan tan rápidamente y tan turbulentas, que nadie tiene tiempo de refugiarse siendo arrastrados a una muerte segura.
Entre ellos…Ofelia.
Por encima del fragor de las aguas, parece escucharse:
«¡No se puede huir del destino…!».
MAITE BILBAO
XXXI.- AL MARGEN
La fuga
El fuero pesa sobre la mesa de nogal más que el oro entregado. Dos bueyes, media fanega de olivar y el derecho exclusivo sobre mi vientre en el lecho del señor. Mi padre estampa el sello de lacre rojo mientras el notario repasa la tinta con la manga sucia. Afuera, la campana de la catedral marca la hora a los rebaños sumisos.
Arranco el pliego de las manos del escribano. Lo parto en dos mitades exactas sobre la madera. El obispo levanta la voz desde el estrado, nombra la herejía y señala la puerta con un dedo nudoso cubierto de anillos fríos.
—Ninguna mujer abandona la sala capitular sin custodia o hábito.
Niego con la cabeza. Giro los talones sobre las baldosas de piedra. Los guardias del concejo dan un paso al frente con las manos en las empuñaduras, pero cruzo el dintel antes de que el metal abandone la vaina.
El empedrado de la plaza muerde las suelas a zancadas. El aire de octubre huele a humedad y a humo de encina. Doblo la esquina con los pasos contados, esquivando los carros de la feria y el tropel de los cascos sobre las inmundicias del mercado. Aprieto los puños bajo los pliegues del manto hasta clavarme las uñas en las palmas.
La madera cede bajo la bota. Nadie reza dentro de este patio. Huele a lana sucia, grasa de oveja, lejía y sebo quemado. Es la casa de las beguinas. Las manos de Clara están firmes sobre la tabla de lavar. Una de ellas me entrega la jerga y el estropajo de esparto. Nadie pregunta de qué casa huyo ni a qué hombre pertenezco. Hundo las manos en el agua caliente. Mi linaje se pudre en los registros de la catedral.
El encierro
La ficha roja del Patronato reposa sobre la mesa de caoba. Cien pesetas de tasa, la firma del delegado provincial y el sello de la Sección Femenina. Mi padre estampa la tinta de la estilográfica mientras el capellán asiente desde la sombra del ventanal, rozando con los dedos mi curva evidente del vientre bajo la tela gris. Afuera, la sirena de la fábrica marca el cambio de turno de los hombres.
Intento apartar el legajo. El capellán extiende la mano y cubre el papel con su palma ancha y fría que resiste bajo los dedos.
—Nadie abandona este despacho sin la firma del tutor o el aval del párroco.
Los guardias del vestíbulo cierran la puerta con un chasquido seco. Me indican la silla de anea junto al rincón. Nadie corre por la calle de noviembre. El asfalto queda oculto tras los visillos almidonados.
El aire huele a cera rancia, incienso apagado y humedad de archivo. Mis manos caen sobre el delantal, vacías de tijeras, apretando el bulto de la criatura que crece sin permiso legal.ñ. El expediente no se pudre en el cajón; absorbe la vida línea a línea. Mi vista naufraga en el suelo de baldosas grises.
Tránsito
La alarma salta a las cinco y media. El brillo azul del teléfono ilumina la encimera de la cocina a oscuras. Sobre la mesa descansan el aviso del alquiler, la receta del ansiolítico y la lista de tareas de la oficina. Afuera, el zumbido de la autopista marca el ritmo de la ciudad antes del amanecer.
Pongo la cafetera al fuego. El metal me quema los dedos al colocar la rosca. El mandato viaja en la vibración del bolsillo con cada correo acumulado antes del alba.
Salgo al portal con el abrigo abrochado hasta el cuello. El aire del metro huele a grasa de frenos, humedad de túnel y sueño. Aprieto los puños en los bolsillos para no tiritar tras la línea amarilla del andén. La cuenta atrás de la pantalla de tiempos me aprieta las sienes.
El vagón frena con un chirrido hiriente. Busco un agarre en la barra fría entre el apretón de los hombros. Apoyo la nuca contra el cristal sucio mientras el tren arranca en la penumbra del túnel. Saco el billete del bolsillo, miro mi propio reflejo en la ventana y mantengo la posición hasta la siguiente parada.
A lo mejor mañana…
12 de octubre de 2026
FRAN KMIL
Destino.
—Este niño tiene una estrella que muchos quisieran tener —dijo el espiritista a mi mamá, mirando los pequeños caracoles que había tirado sobre el mantel blanco de la mesa. Se llevó el tabaco a la boca, dio una fuerte calada, llenó de humo blanco el espacio entre nosotros y bebió un trago de aguardiente.
—¿Y si no quiero? —pregunté, irreverente.
No creía en esas cosas. Para mí, los caracoles eran simples conchas, el mantel un pedazo de tela cualquiera y el altar detrás del brujo, mera decoración de un escenario en el que se representaba una y otra vez la misma obra, idéntica a lo largo del tiempo, donde solo cambiaban los actores.
Mi madre me pellizcó el brazo. Me clavó una de esas miradas que sentencian: «Ya verás cuando lleguemos a casa».
—No importa. Es tu destino. El destino no se elige, él te elige a ti. Tú eres médium de unidad.
La sonrisa de satisfacción de mi madre lo dijo todo. Ese hombre me sentenció a baños, rituales, purificaciones… y a que la familia me mirara con otros ojos.
Yo sabía que era mentira. Él también. Pero quiso complacer a su mejor cliente, regalándole un milagro a ella y condenándome a mí a cargar con una santidad que nunca pedí.
ART MI
COMUNA (para el tema de la semana)
El cuerpo tenía un cartelito en el pecho: «por handar de actibista».
La sangre en los zapatos estaba seca, abundante.
Ya había compañeros de otros medios, pero ninguno tomaba las instantáneas de rigor, solo hablaban con un policía y apuntaban en sus cuadernillos.
– Ni siquiera había amanecido bien, era tempranito; una camioneta negra. Todavía estaba vivo cuando lo colgaron. Gritó muy feo cuando le clavaron el cuchillo con la nota.
– ¿Cuántos eran? – pregunté.
– No los conté a todos , nada más vi que bajaron dos del puente, casi niños, pero bien curtidos. Se aventaron en la batea y arrancaron.
– ¿Y para dónde se fueron?
– Ahí si ya no le puedo decir, joven. Y un favor… No ponga en la nota que se lo conté yo. Soy el único talachero aquí, y ya sabe…
Busqué colarme entre los curiosos que empezaban a sumarse.
Saqué mi cámara y disparé flashazos.
Se acercó el comandante de inmediato y me jaló aparte; amable, pero nervioso.
– ¿Qué haces, muchacho pendejo? – preguntó en voz baja.
– Mi trabajo, jefe.
– Jefe, la puta madre. Borra todo, cabrón.
Sus ojos no vacilaban mientras borraba todas las imágenes.
– Es por el agua – me confirmó.
– Cada día los comuneros se vuelven más radicales – contesté.
– No es eso. El hombre se llama, se llamaba Juan. Ayer estaba rascando en su patio y empezó a brotarle. Algún envidioso fue de sapo con ya sabes quién. Anoche vinieron a verlo, querían controlar el pozo y él les dijo que no, que era para la comunidad.
Dicen que en la madrugada reventaron las puertas y se los llevaron; al ratito ya estaba colgado. Seguimos buscando a su señora y a los niños.
– Entonces sí es grave, pero no veo a nadie de las fuerzas federales.
– Yo cumplí con avisar, pero ahorita no les interesa. Andan cuidando a «su majestad», vino de sorpresa para respaldar a su candidato en las campañas.
No terminó de decirlo cuando se acercó ese tipo de la nada.
– ¿Qué pasó?
– Nada, ya borró todo – respondió el comandante.
Nada más asintió y se dirigió directo conmigo.
– Sácale una, de la cintura hacía abajo nada más, para que sepan todos cómo es la cosa, dicen de arriba.
Me llevó de vuelta a la escena principal. Los forenses terminaron de desclavar la nota del pecho y se apartaron.
Escuché entre la interferencia esa orden de quién sabe dónde: «si ya le quitaron la cartulina déjalo, que la saque completa».
Me miró por primera vez a los ojos.
– Ahí está, güero, ya oíste. Te sonríe el destino.
Después reparó en el cadáver y se burló.
– Sí están bien jodidos por acá, ¿a poco no?
No respondí, pero cuando tomé la foto noté que a Juan ya le habían robado los zapatos.
LETICIA R MENA
FATUM
No fue fácil encontrarlas, pero al final lo hice.
No es que se escondieran en aquella cueva sombría, iluminada de penumbras que danzaban amenazantes en las paredes frías.
Aquel agujero tenebroso era su lugar, el sitio al cual aquellas tres criaturas hubieran llamado hogar, si fueran algo más que carne reseca sobre huesos viejos como el mundo.
Sabedora de que, con mi nacimiento ya escrito, y parte de mi vida ya hilada, la primera de las hermanas, la más joven, poco tendría que ofrecerme, concentré mis esfuerzos en las dos restantes.
La lana con la que tejían mi vida Cloto y Láquesis, se entremezclaba en hebras blancas y negras. Estas últimas parecían ocupar la mitad final de mi madeja.
Consciente de la inquebrantable inflexibilidad de sus designios, sabía no cederían a parlamento o soborno.
El corte recto y sin deshilaches de la hebra primera; los puntos invisibles de unión del cambio de cada blanca o negra, cada nudo; vislumbraba el final del hilo, y el relucir de las tijeras de Átropos preparada para sesgar mi vida.
El destino mismo escrito en algo tan fino, y a la vez tan firme como para sostener una vida en él.
Aproveché la tenebrura para escurrirme, y entre hebra y hebra ajena, robar la madeja que era yo. Poco me importó desmadejar otros hilos, otras vidas, enredar en nudos azarosos los destinos de desconocidos, como si fuera yo el mismo destino acaso.
Porque sí, aquellas tres criaturas se defendieron ante quien se atrevía osada a robar su cometido. Fue así como carnes secas sobre los huesos se transformaron en demonios, malvados y peligrosos, seres venenosos y afilados. Tal vez la contemplación de los destinos durante eternidades las había acabado convirtiendo en seres viles.
Como pude, aún no lo sé, me escabullí, no sin antes apoderarme también de las tijeras de hierro de la más mayor de las hermanas.
Su grito desgarrador fue el canto mismo de la muerte anunciada.
Aquello debió servirme como augurio, un aviso de los hechos venideros.
Pero no fue sino la voz del anciano, su recuerdo hace mucho tiempo escuchado a la luz del fuego, la que me hizo darme cuenta de mi errada osadía. Sus palabras, un cuento mil veces contado.
Los hechos estaban claros.
Debí haber sabido que, como en el cuento, nadie puede huir de su destino.
Ni huyendo a Samarra.
Ni robando a las Moiras.
Ni queriendo hilar, hebra a hebra, el propio destino, cambiando lo que ya está escrito.
MANOLI DÍAZ TORRALBA
Pendiente de confirmar
Todo empezó un martes, que es el día en que menos esperas que te pase nada, y por eso me llamó la atención.
Bajé a tirar la basura y se me plantó delante una paloma. Quieta, mirándome fijamente, como un inspector de Hacienda con plumas. Le dije “¿tú qué quieres?” y ni se inmutó. Subí a casa pensando que las palomas no hacen eso, o sí, qué sé yo, tampoco soy ornitóloga.
—Vicente, una paloma me ha mirado raro.
—Es que tú también la habrás mirado raro.
Razonamiento imbatible. Mi marido lleva años ganando discusiones sin levantar la vista del móvil.
El miércoles descubrí que llevaba tres días viendo las 11:11 en el reloj del microondas. El jueves, en la peluquería, sonó la misma canción tres veces seguidas, y eso que la radio no suele repetir. Al ir a pagar, la chica me dijo: “Lo que tenga que ser, será”. Creo que se refería a la tarjeta, que no pasaba, pero la miré un rato largo, por si acaso.
Primero pensé que era casualidad. Luego, que era una señal. Y a partir del viernes empecé a mosquearme, porque llevo años esperando que alguien me explique para qué narices estoy aquí y, de repente, todo el mundo se pone a mandarme mensajes con la sutileza de una furgoneta de reparto.
El sábado, en el ticket del súper, debajo de las lechugas y el suavizante, ponía:
“ESTAMOS INTENTANDO LOCALIZARTE. PERMANEZCA ATENTA.”
—Vicente, mira esto.
—Ya, el súper está imposible.
—No, lo de abajo.
—Ah. Pues serán los de la caja, que se aburren.
Eso mismo me dijo el chico de la caja, que sería un fallo de la impresora. Le contesté que muy bien, pero que últimamente los fallos me venían con muy buena redacción.
Al darle la vuelta al ticket, había un teléfono. Un 900. Lo marqué esa misma tarde, sentada en el sofá, con el ticket alisado sobre la rodilla como si fuera un décimo de lotería.
Primero, música de espera: La Macarena en versión flauta. Después, una voz grabada: “Su llamada es muy importante para nosotros. Su destino también, pero vaya por orden”. Veintidós minutos. Al final, contestó un hombre con voz de llevar muchas horas de pie.
—Atención al cliente de Destino, le atiende Casimiro, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenas tardes. Verá, me están llegando muchas cosas y quería saber qué destino tengo asignado.
—¿Me dice su nombre completo?
—Susana Oria Gris.
—…
—¿Casimiro?
—Perdone, señora. ¿Susana Oria, Gris?
—Sí.
—Zanahoria gris.
—Eso mismo me dijeron durante toda la EGB, y no me hizo gracia entonces.
—Lo siento, es que me ha salido solo. Un momento.
Tecleo. Mucho tecleo. Alguien, al fondo, preguntaba quién se había llevado la grapadora.
—¿Señora Oria?
—¿Sí?
—Aquí me aparece que el suyo está pendiente.
—¿Pendiente desde cuándo?
—Desde 1987.
—¿Cómo que desde 1987?
—Tenemos bastante acumulación. Además, ese año se nos cayó el sistema.
Me quedé callada. En 1987 yo tenía quince años, un peinado horroroso y la convicción de que lo mío era ser bibliotecaria.
—Le abro el expediente… Uy.
—¿Cómo que “uy”?
—No, nada, es una incidencia. Mire, aquí hay otra Susana Oria Gris. De Zamora. Y ha habido un error administrativo, señora: su destino se le asignó a ella.
—¿Y qué le tocó?
—Fundadora de una cadena de panaderías. Once locales y un obrador.
—¡Pero eso era mío!
—Bueno, era suyo en el papel. Ahora mismo está en uso. No pensamos tocarlo, que hay mucho papeleo. Para reclamar tendría que rellenar el impreso D-87.
—¿Y dónde está el impreso?
—Pendiente.
Yo ya estaba de pie, dando vueltas por el salón como cuando espero un paquete.
—Pues entonces dígame cuál era el mío de verdad.
—Estoy mirando. Es que está todo muy… Esto lo escribió alguien con prisa. Hay tachones. Hay una flecha que no sé adónde va. Pone “revisar más adelante”, y debajo, “posible artista”, y debajo, tachado, “ama de casa”, y debajo, borroso en otra letra, “podría ser escritora”. Y luego, subrayado dos veces: “no descartar hacerse famosa por una tontería”.
—¿Qué tontería?
—No lo especifica.
—¿Y no hay otra hoja?
—Hay una nota adhesiva. Pone: “Pendiente de confirmar (ver nota anterior)”. Y no hay nota anterior.
Me senté otra vez. Se me había pasado hasta el enfado.
—Casimiro.
—Dígame.
—Llevo treinta y nueve años esperando una cosa. Y me dice usted que se traspapeló.
—Se traspapeló, sí. Y le pido disculpas en nombre del departamento. Bueno, del departamento no, que no me dejan, pero a título personal. Y le diré otra cosa, para que se quede tranquila: aquí casi todos están pendientes. Lo que pasa es que a usted le ha tocado enterarse.
—Muy amable. Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer ahora?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada. Siga con su vida y, si ocurre algo interesante, nos avisa.
—¿Y cómo les aviso?
—Llamando a este mismo número, pero con paciencia que hay cola.
—Ya me he dado cuenta.
—Que tenga una buena tarde, señora Sanaoria. Perdón, señora Gris. Perdón, señora Susana.
Colgó. Me quedé un rato con el teléfono en la mano. Luego fui a la cocina, puse el ticket bajo el imán de la nevera, entre el calendario del butano y la cita del dentista, y me preparé un café.
—¿Con quién hablabas? —preguntó Vicente desde el sofá.
—Con el destino.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que siga con mi vida.
—Pues eso llevas haciendo desde que te conozco.
—Eso mismo le he dicho yo.
El domingo bajé a tirar la basura y la paloma seguía allí, en el mismo sitio, con cara de llevar una semana de guardia.
—Ya lo sé —le dije—. Pendiente.
Subí, cogí un trozo de pan del día anterior y se lo dejé en la acera. Por si acaso era del departamento.
SILVIA RG
ASÍ, TAL CUAL, ME LO EXPLICÓ PATRICIA
Fué casi «por los pelos» que Patricia, según me explicó, se agarró a la barra, subió rápidamente los peldaños y tomó asiento junto a la ventana. << Uf! …por poco lo pierdo>>. Respiró hondo y miró a su alrededor.
Frente a ella, un hombre de unos ochenta años ojeaba un diario con sus gafas sobre la punta de la nariz, mirando también, alternadamente, hacia la ventana.
<< Supongo que no me habré equivocado de vía; preguntaré no fuese que con las prisas..>>, pensó, y se dirigió al hombre de las gafas
» Disculpe ¿Puede decirme a dónde se dirige este tren?»
Y el hombre la miró – me dijo -, con manifiesta extrañeza.
» Es que temía perderlo y subí directa suponiendo que sería el mío, pero…'»
«A su destino, muchachita»
<< Muchachita, dice,>>,
» Sí, claro; pero ¿cuál es su destino?»
» Pero usted, muchachita, ¿qué destino desea conocer, el suyo o el mío?»
<< ¿ Me está vacilando?>>
» El mío, claro»
» Entonces, sólo usted puede saberlo, señorita»
<<Ha cambiado, ya no soy muchachita >>
» Verá, es que no tuve tiempo de oír por megafonía a dónde se dirigía, ni de mirar el cartel, y…»
» Ya…A muchas personas les ocurre lo mismo; o éso dicen…»
» Ya…Pero a dónde se dirige, por favor?»
» ¿ Yo?»
» Noo. Este tren»
» Este tren, chiquita, es un tren sin destino».
Patrícia sintió un escalofrío. No únicamente por la respuesta de aquel hombre, sinó porque simultáneamente se percató de que a través de la ventana se percibía una densa oscuridad que no permitía divisar nada más.
El hombre, por lo visto, viendo su cara de espanto, valoró tranquilizarla, suavizando visiblemente su voz y adoptando un tono intimista y cercano.
» No temas. Este tren tiene un trayecto circular, en bucle, sin paradas estipuladas. Cuando quieras bajar, cuando sientas que llegas a tu lugar, sólo tienes que dirigirte a una de las puertas; y el tren se detendrá y te permitirá apearte. Allí podrás experimentar lo que tu mente haya ido creando, inducida quizás por muy humanitarios y gratos deseos o quizás por temores, o terrores, o…váyase a saber; cada quien… y quizás sean muchas tus vivencias hasta llegar a tu muerte física, o quizás sean muy pocas. Éso es imprevisible y dependerá de qué lugar hayas elegido para bajar y de cómo actúes tú.
Pero si no te sientes a gusto en ese lugar siempre se puede volver a subir de nuevo al tren así que vuelva a pasar; y tantas veces como se quiera. Éso sí, tienes que saberlo identificar y tener presente la ubicación de la estación»
» Entonces ¿podría suceder que alguien optase por bajar y subir cambiando de lugar,
es decir cambiando de vida, eternamente ? «, le preguntó Patricia
» Sí, hipotéticamente podría, cabe suponer, aunque no creo que eternamente…
Porque la muerte siempre anda pisándonos los talones, aunque, afortunadamente, no seamos conscientes de ello en todo momento.. Y cuando sobrevenga morirás en aquel lugar donde entonces te encuentres y nadie, de tus seres allegados, podrá saber nada nunca de tí.
» ¿ Puedo preguntarte…?
– le dijo entonces.Patricia – ¿Tú has subido y bajado muchas veces de este tren?»
» Sí – le respondió él – pregunta, pregunta. Yo he subido y bajado muchas veces, sí; pero siempre en la misma parada.
Un día, siendo aún bastante joven, me dolía mucho el mundo y sentí una intensa nostalgia por no poder vivir en aquel otro modelo de organización tan anhelado y tantas veces imaginado al cual, por mucho que se mantenga la imposición de suponerlo imposible, yo desearía pertenecer.
Comencé a caminar sin saber a dónde me dirigía y mis pies me condujeron a la estación de trenes. Había un tren parado emitiendo la señal de arranque. Sin causa aparente corrí y, por los pelos, agarrándome a la barra pude subir los peldaños antes de que se cerraran las puertas.»
» Como yo – comentó Patricia – aunque yo sí me dirigía a subir a un tren en concreto; y hacía tarde y me equivoqué. Pero me identifico con esa sensación que me has explicado… esa especie de tristeza profunda y nostalgia de pertenecer a ese mundo que, aunque deliberadamente se imponga como imposible, siempre, unos cuantos, seguiremos deseando.».
» A muchas de las personas que suben aquí les ha ocurrido lo mismo. No toda la gente puede ver este tren. Sólo lo divisamos quienes conectamos con algunas de las alternativas que en él existen.
Cuando yo subí por primera vez, me senté frente a una mujer, ya entrada en años, que me explicó por propia experiencia lo que ocurría en este circuito. Estuve tentado de probar cómo podría sentirme en otros «mundos» paralelos al mío.. Pero comprendí, entonces, que yo quería seguir viviendo junto a mis seres allegados, compartir vivencias con quienes sentía recíproca amorosidad, y también sentirme conectado entre sus huellas y recuerdos. Que no soportaba la sola idea de perderlos, de estar viviendo en algun lugar donde nunca hubiesen existido; como tampoco soportaba la idea de desaparecer de sus vidas así, de golpe, sin que supiesen nada de mí, sin ninguna explicación; de ninguna manera quería provocarles angustia.
Supe que debería ser allí, en el mundo en el que siempre había vivido, donde algún día aconteciese mi deceso, mi traspaso a otro plano, por muy intensa que fuese la nostalgia de vivir en ese otro modelo de mundo tan deseable y en el que tan a menudo me gustaba soñar; y por mucho que sintiese una incitante tentación de provar a encontrarlo».
» ¿ Y ahora…? «, le interrogó prudentemente Patricia.
» Ahora, a veces vuelvo a subir cuando lo veo pasar, y éso ocurre cuando asoma la nostalgia de…, pues ya sé cómo identificarlo; pero luego vuelvo a bajar en la misma estación donde subí, en la misma de siempre. Es fácil reconocerla, sólo tienes que conectar con tu propio ser y percibes en el momento justo, intensamente y con gran claridad, cuándo llega tu momento de apearte. Es fácil sentirlo cuando se trata de un lugar que ya conoces..
Me gustaría seguir hablando contigo, pero en muy poco me corresponde ya apearme»..
» ¿Y yo? ¿Puedo también apearme contigo ?’ .
» No. No puedes. La elección del momento es siempre individual, sin importar que probablemente deseemos apearnos al mismo mundo.
A tí, si quieres regresar al mismo lugar donde subiste, como intuyo, te queda todavía un largo trayecto, aquí dentro donde el tiempo no existe, ya que apenas acabas
de subir.
Y si lo que deseas es experimentar en otros espacios, en otros
mundos, permite que, en tu mente, se manifieste tu pura esencia, tu pura consciencia; pero también, alineado con ella, tu corazón; para no equivocarte. Me han explicado experiencias muy desagradables, aunque también otras maravillosas; pero nadie que yo haya conocido ha encontrado todavía su mundo ideal «.
» ¿Volveremos a vernos?»
» Quizás. Quizás volvamos a coincidir aquí. O quizás tras nuestros respectivos decesos…en algun lugar donde la nostalgia de ese mundo anhelado no tenga razón de ser.
«Quizás»
Sólo añadiré que mientras acabes tu trayecto, conocerás, quizás, a diversas personas que puedan explicarte, posiblemente, experiencias muy intensas. Las hay que bajan y suben contínuamente. Las hay que se sienten muy desarraigadas, o con un pasado demasiado difícil de asumir…, y desean encontrar salidas alternativas; algunas necesitan buscar, incesantemente, algún lugar del cual puedan sentirse formar parte; otras suben y bajan en una u otra estación por pura curiosidad; o por necesidad de superar retos, otras; y mientras les acompañe la buena suerte…
Quizás, de vez en cuando, a pesar de que probablemente optes ahora por regresar, tú también vuelvas a subir, como hago yo, para seguir conociendo experiencias de otras personas, o para confirmarte a tí misma cuánto deseas, otra vez, regresar al mundo al que sientes pertenecer aún sintiendo ese dolor, esa nostalgia; o para tranquilizar a quien, habiendo subido por primera vez, se sienta confundido o asustado; o bien para…, tú verás…,»
» Quizás».
» Y ahora sí te dejo. Me bajo aquí. Decirte también que cuando entraste me sentí algo molesto temiendo que me desconcentrases de percibir con exactitud mi parada. Pero ahora me alegro de haberte conocido. Hay algo en tí que me resulta muy cercano..
¡Hasta la próxima!. ¡Suerte!
«Yo también me alegro de haberte conocido, y también a mí me resultas agradablemente cercano. ¡Suerte!. ¡Hasta la próxima! Y gracias».
Y, según me explicó Patricia, desapareció entre la espesura de la oscuridad.
Y fué a partir de ese día que Patricia comenzó a escribir esos relatos y novelas de género fantástico.y, al mismo tiempo, trascendental. Así me lo explicó, tal cual con puntos y comas como os lo detallo, un día que le pregunté en qué se inspiraba para escribir esas historias…
Si ésto le ocurrió realmente o es también producto de su imaginación, otro relato más de los suyos, yo ya no lo sé.
Y si no os lo creeis…
preguntadle directamente a Patricia cuando la veais
RAÚL LEIVA
Lemniscata
El destino en una ciudad chica es muy predecible. Mi corazón murió, de alguna manera maté a la persona que amaba y sin embargo es ella la que no me deja morir.
Vamos a ver si ordenamos un poco los tantos para que se entienda.
Conocí a Marité una tarde y sin entrar en mucho detalle el amor fue a primera vista. Desde entonces y por cinco años no nos pudimos despegar. Viajamos, proyectamos, nos amamos en todo sentido, experimentamos lo que nos vino a la mente, todo lo que se le pueda ocurrir a una pareja.
Un día cualquiera su mirada cambió, había algo que Marité no terminaba de plantearme y por alguna razón yo no terminaba de adivinar. La relación se puso tibia y las miradas se desencontraron de a ratos. Pudimos echarle la culpa a la rutina, al tiempo vivido, al normal desgaste de todo lo que pasa en esta vida, pero preferí una respuesta ardiente antes que una muerte tibia. La respuesta no se hizo esperar: Marité quería ser madre. Fue el único tema que medió entre nosotros con una fuerza tal, que desencadenó el lejano final de los tiempos felices. Le aclaré que no estaba en mis planes, que solos estábamos bien, que no sabría qué hacer, mis miedos, mis ansiedades, todo… No parecía escuchar. Por fin me miró directo a los ojos, como nunca antes me había mirado y me dijo: “Estoy embarazada. Ya sabía que vos no tenías ganas, pero mi reloj biológico no puede esperar, así que le dije a mi primo que necesitaba ayuda con ello”
“¿A tu primo? ¿Cómo diablos te puede ayudar ese adefesio?… ¡Nooo! ¿No me digas que estás embarazada de él? ¡Sos una reventada!” le grité por primera y única vez en mi vida.
Marité empezó a llorar mucho y yo me mantuve firme junto a la puerta de calle esperando que se fuera. La estaba esperando su primo en la moto. Marité me rogó una y mil veces que volvamos a ser como antes, que si quería se sacaba a la criatura de adentro, que abortaba o lo que fuese para volver a ser felices. Mi silencio fue toda la respuesta que tuvo.
Cuando se alejaron, mi cabeza empezó a rebobinar a alta velocidad, empecé a ver las señales, y entendí cuándo pudo haber pasado. Entonces el pecho empezó a prenderse fuego por dentro y la garganta se me cerró. Como pude, agarré el celular y alcancé a dejarle un mensaje en el contestador antes del infarto. Todo se puso oscuro y silencioso.
Diez días después, estaba conectado a una máquina que me ayudaba a respirar. Estaba internado y nunca supe cómo había llegado hasta allí. Los médicos me miraban, se decían cosas entre ellos y me levantaban el pulgar. Una tarde me sacaron todo lo que me ayudaba a vivir y pude respirar solo. Me costaba ubicarme en tiempo y espacio.
“¡Por fin se despertó! Me presento, soy el doctor Grimaldi y usted tuvo un severo infarto. Su corazón no resistió y lo encontraron muerto en su casa. Por suerte pudimos conectarlo a una compleja máquina que lo mantuvo vivo por un tiempo. Y tuvo suerte amigo, encontramos un donante compatible y la cirugía fue un éxito. Lo dejo descansar, en breve podrá irse a casa,” me dijo el médico como si fuera un comercial de una aseguradora.
Una vez que volví a casa, me puse a limpiar un poco todo. No encontré por ningún lado el celular. En eso estaba cuando golpearon la puerta. Era el primo de Marité, venía con un par de muletas y caminaba con dificultad.
“Pasá” le dije…Se sentó y me dijo sin muchas vueltas “Mirá boludo, con todo respeto te voy a hablar, dada tu situación. Vos no tenías derecho a hablarle así a mi prima, le dijiste cosas horribles y la hiciste mierda. El hijo que esperaba era tuyo y la ayuda que le di yo fue ponerle el hombro y la oreja porque no sabía cómo decírtelo. ¿Entendés?”
“Bueno, ya sé, me fui al carajo mal. Pero traté de llamarla y pedirle disculpas que se yo, pero me pasó lo que me pasó. Cuando pueda la voy a llamar y veo com…” no terminé la frase. El muchacho me acostó de una trompada. Parado como poseído empezó a gritar “¡¡Está muerta pelotudo!! Cuando le sonó el celular y vio que eras vos se le cayó a la calle y por agarrarlo se cayó de la moto y se mató. Y NUNCA vas a poder decirle nada porque ella está en el cielo y vos vas a ir directo al infierno.” Y dando un sonoro portazo se fue para siempre, no lo vi nunca más.
Fue tremendo lo que vino después.
En las ciudades chicas el destino es muy predecible. Un conocido me dijo que si estoy vivo es porque un donante de último momento apareció en la clínica. Que el donante había sufrido un accidente por aquellos días. Que en las ciudades chicas las muertes por accidente no son muy frecuentes. No quise saber más.
Presiento quien fue la donante.
No estoy del todo seguro, pero si no me quito la vida, es porque creo que la mataría otra vez.
El resto de mi ser, murió con el portazo del primo de Marité.
AXY LINDA
Destino
—Etsirt, ya puede bajar. Hemos llegado.
—¿Aquí? ¡Pero si solo hay árboles! ¿Qué voy a hacer en este bosque?
—Su boleto indica este lugar. Por favor, baje; aún me quedan muchos viajes.
—¿Y si no me gusta? ¿Cómo lo contacto para regresar?
El conductor no respondió. Cerró la puerta y continuó su camino.
—Orava, es su turno.
—¡Espere! ¿Y mi equipaje?
—No lo necesitará.
Orava descendió. Frente a él se extendía un desierto interminable.
—Alos, hemos llegado.
Ella bajó y descubrió una multitud que apenas le permitía avanzar.
—¡Asojeuq, descienda, por favor!
—No me gusta su manera de hablarme. ¡Presentaré una queja!
—Está en su derecho. Puede hacerlo en el hielo.
El conductor cerró la puerta.
—Asodeim, debe bajar. Está retrasando el viaje.
—¡Espere! Nadie me dijo qué encontraría allá afuera.
—Precisamente por eso debe bajar.
Uno a uno, los pasajeros fueron abandonando el vehículo. Cada cual llegaba a un lugar distinto, aunque todos habían solicitado lo mismo: cambiar su vida porque no estaban satisfechos con ella.
Onitsed sabía el lugar para cada uno, pero ignoraba cuánto tardarían en comprender lo que les serviría estar allí.
Y mientras el vehículo se alejaba, un nuevo pasajero subió con un boleto sin destino.
Axy Linda San-Fre
OMAR ALBOR
Destino
El río suave corre y en su devenir deja marcada la piedra, el agua desgasta su superficie dejando a la vista su otra alma la áspera y rocosa de difícil cautivar, solo cuando la marea baja y el caudal se pone manso.
La piedra se desnuda mostrando su verdadero interior de como pasa el tiempo.
El musgo la protege y el sol la hace brillar hasta otra nueva creciente donde se oculta su alma y los peces juegan en esa caverna de ilusión al transitar.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
Migas de pan
En la estrechez de aquella ramita, cada vez más débil por el hambre, el gorrión seguía empeñado en cantar.
En una rama más elevada y mucho más robusta, un vigoroso ejemplar de águila se posó.
─ Sabía que llegaría este momento ─dijo el águila.
─ ¿A qué momento te refieres? ─susurró el gorrión.
─ Pues a que esto sucedería algún día. No te has preparado. Siempre has pensado que podrías vivir de las miguitas de pan que te deja esa niña. Has sido un iluso y ahora que ella no está, mírate: no sabes qué hacer.
El gorrión se quedó pensando en lo que el águila le contaba. En cierta medida, pudiera tener razón en aquello que decía. Pero el gorrión sentía que esta vez tampoco le fallaría y siguió piando, aunque su canto era ya casi imperceptible.
Sin fuerzas, después de varios días esperando a que ella llegara, cayó desvanecido y se acurrucó entre las hojas caídas del árbol, aguardando su destino.
Desde allí pudo presenciar algo que nunca habría esperado ver. El águila fue atrapada y metida en una jaula. El animal se rebeló ante su situación, pero todos sus intentos fueron en vano.
Por otro lado, el gorrión alzó la vista al detectar un trozo de pan que estaba a su alcance. No sin esfuerzo consiguió levantarse y… él también cayó en la trampa. El gorrión fue capturado y encarcelado en otra jaula.
Pasado un tiempo, el águila y el gorrión se encontraron en lo que parecía una cueva por la oscuridad y profundidad del lugar, pero que para nada desprendía el olor de tantas otras cuevas que habían visitado.
La luz del atardecer, antesala ya de la llegada de la noche, les descubrió una auténtica pesadilla. A su alrededor se encontraban decenas de jaulas y otras tantas aves encarceladas.
El águila se resistía a pensar que terminaría allí el resto de sus días. Aleteó con tal fuerza que sus plumas escapaban entre los barrotes y llegó incluso a quebrarse una de sus alas. Finalmente, cesó en sus intentos.
Y allí estaba él, el hombre que los había capturado y los había encerrado en aquella cárcel.
─ No sigas intentándolo. Solo conseguirás salir más herido ─dijo el gorrión, cuya jaula estaba cerca de la del águila.
─ Por favor, no sigas. Deja ya de cantar. No seas estúpido ─respondió el águila, indignada al seguir escuchando al pequeño pájaro.
El diminuto animal había recuperado algo de energía y continuaba en su empeño.
Pasado un tiempo, alguien más apareció en aquel lugar.
─ Papá, ¿qué haces?
─ Pues, hija, salí al bosque y atrapé alguna que otra ave. Y tú, dime, ¿ya estás recuperada? ¿Ya te has podido levantar de la cama? ─preguntó el padre, dejando escapar un suspiro de alivio.
─ Sí, ya me encuentro mucho mejor ─respondió la pequeña, llenando de energía el lugar.
─ Papá, ¿te puedo pedir un favor?
─ Sí, claro, hija. Dime.
─ ¿Puedo liberar a ese pájaro?
Sin dudarlo, la niña señaló la jaula del pequeño gorrión.
─ ¿Por qué ese?
─ Porque ese gorrioncito, siempre que yo te acompañaba al bosque, se me acercaba, me cantaba y yo le alimentaba con migas de pan. Además, siempre lo he reconocido por ese plumaje morado de su ala derecha.
─ Claro, hija. Abre la puerta de la jaula y déjalo libre.
El águila observó la escena en silencio, cansada. Durante un instante recordó aquellas palabras pronunciadas en la rama del árbol. Fue entonces cuando comprendió que nadie conoce el camino que le tiene reservado el destino.
La niña se acercó. Abrió la jaula. El animal, confiado, se posó sobre las dulces manos de la pequeña y, tras una mirada cómplice entre ambos, alzó el vuelo en busca de un nuevo camino.

Mi voto para
Armando Barcelona Bonilla
Pedro Antonio López Cruz