Decir la verdad – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «verdad». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 5 de noviembre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

ANTONICUS EFE

Mr Monster llegó acompañado de Dilita, y antes de entrarle hizo una pregunta surprendente:

—¿Cuál es la verdad de lo nuestro, Dilita?—

—Lo nuestro viaja siempre en clase turista, pero con añoranzas del vagón correos que lleva las historias hacia la imaginación colectiva, esa que aflora en tardes de té y pastas o mañanas de tostadas de tomate y aceite con café hecho en cafetera italiana sin prensar y con la tapa abierta, al final cada quien la expresa de forma individual—

Después de esa reflexión siguieron caminando por el largo pasillo hacia la sala de reuniones donde los había convocado la Gran Madre Chissttt.

Dentro del salón estaban todos y todas (o casi todos y casi todas), pero había tres elementos que sobresalían por encima de los demás, En la esquina derecha pero en la parte de delante estaba absorto, jugando con el envoltorio de un caramelo de menta Santi; en la misma fila pero justamente en el último asiento, Lisensiado hacía prácticas de tiro imaginarias con la nuca de Santi y en medio de la gente, casi camuflado, el enfermero Cabrera controlaba a los dos sujetos en cuestión.

Gran Mother hizo acto de presencia flanqueada por Monroe and Armand, en una comitiva que rebosaba solemnidad y sabiduría a partes desiguales.

—López, que empiece la sesión— ordenó con voz cándida Gran Mother,

López cogió la turuta, ti ti ti tin ti tin y anunció: —Estimadas señorías y demás fauna, con ustedes ¡Gran Mother!—

La ovación se fundió al unísono en una única gran palmada rítmica, como si de un concierto de Queen se tratase

Gran Mother subió al altar, perdón al escenario de los discursos donde estaba el atril con sus papeles, que le habían preparado sus asesoras Baite y Baloli.

—Buinaaasss estimado público y del otro, nos hemos reunido aquí hoy para unir en santo matrimonio, uyyy, perdón, para juzgar con todo el peso de la ley, uyyy, tampoco, ¿Evitación, para que estamos hoy aquí?, ahhh, sí, nos jemos reunido aquí para darle el último adiós a Coronado Smith—

En la sala se oyó su silencio sepulcral, acompañado de un estruendo sordo y un ¿quéeee?.

Gran Mother retomó el control con el aplomo que solo ella sabía tener —ja, je , ji, era broma camaradas y coetáneos escritores y escritoras y coetáneas también, no nos caerá esa breva, el caso es que a petición de gente a la que no puedo nombrar, se ha acusado formalmente al susodicho innombrable de usar IA en sus escritos y poemas y como esto es un reino democrático he decidido someter la acusación al veredicto popular—

Los ecos de los debates empezaron a oirse en toda la sala.

—Corre Lisensiado, corre esa frase es IA clarisimamente— se oía decir a alguien envidiosill@

—Raudo y veloz, Santi, raudo y veloz, en esa frase Santi suena sospechoso también— añadía alguien también poco dispuesto hacia el acusado.

—¿Qué tiene que decir el acusado?— preguntó Gran Mother con voz enérgica

—El acusado jura por Snoopy que la verdad es la que es y la que no puede que lo sea alguna vez—

Todos aplaudieron entusiasmados, mientras Monster y Dilita se besaban apasionadamente, con quien tenían más a mano y colorín colorado, esta verdad se ha acabado y fueron felices y comieron lasaña boloñesa viajando en tren por toda Extremadura.

DAVID MERLÁN

FLECHAS AMARILLAS.

O Cebreiro, Lugo, 1984

Elías Valiña San Pedro sabía que había caminos que no aparecían en los mapas. No porque fueran secretos, sino porque el tiempo, la maleza y siglos en el olvido se habían empeñado en borrarlos. Caminos que durante centurias habían conducido a hombres y mujeres hasta Santiago de Compostela para postrarse ante la tumba del Apóstol Santiago y que, poco a poco, habían dejado de ser transitados.

Desde su parroquia de Santa María do Cebreiro, en las montañas de Lugo, el cura observaba y se carcomía por dentro viendo cómo el Camino de Santiago languidecía. Quedaban piedras, historias y alguna que otra leyenda, pero faltaban peregrinos. y, sobre todo, faltaban señales para que no se perdieran.

—¿Y cómo pretende que la gente encuentre el camino, don Elías? —le preguntó un vecino.

El sacerdote sonrió.

—Haciendo que pueda encontrarlo.

La respuesta parecía demasiado sencilla para un problema tan enorme como antiguo, así que se puso manos a la obra.

Armado con cubos de pintura amarilla sobrante de obras públicas (*), recorrió senderos, recuperó trazados y comenzó a marcar con pintura amarilla los lugares donde un peregrino debía seguir adelante.

Una flecha aquí, otra allá. En una piedra, en un muro, en un cruce donde pudiera surgir la duda y alguien pudiera equivocarse.

Elías no buscaba reconocimiento. Ni siquiera pretendía que los caminantes supieran quién había pintado aquellas señales. Le bastaba con que llegaran a su destino.

Aunque, a veces, la verdad no es tan fácil de señalar.

Una mañana, mientras pintaba una de sus flechas sobre una roca, un hombre que pasaba por allí se detuvo a observarlo y… cuestionar su obra.

—¿Y quién le asegura que este es el camino correcto?

Elías detuvo en seco el pincel suspendido en el aire.

—Nadie se lo asegura, hijo.

El hombre frunció el ceño.

—Entonces, ¿cómo sabe que no está engañando a la gente?

El sacerdote contempló el sendero que se perdía entre los montes.

—Porque no les estoy diciendo que el camino sea fácil. Ni que no vayan a perderse alguna vez. Todos nos perdemos alguna vez en la vida. La clave es saber mirar al cielo, hablar con Dios y recuperar el camino correcto. Con estas flechas, solo les señalo por dónde pueden continuar. Eso es todo.

—¿Y si se equivoca?—insistió de forma incisiva e hiriente.

—Pues, regresaré sobre mis pasos y corregiré la flecha.

—Pero el daño ya estará hecho. ¿Y si se despeña por un acantilado o es devorado por una bestia?

Elías levantó los hombros y miró hacia aquel hombre.

—Los caminos del Señor son inescrutables, hijo. Si eso llegará a suceder sería porque así estaba escrito.

El caminante guardó silencio. Quizá esperaba una respuesta más rotunda, una promesa, alguna certeza capaz de despejar todas sus dudas. Soltó un despectivo ¡Bah! y seguido de un gesto con la mano, se alejó en silencio.

Estaba claro que Elías no podía ofrecerle eso. Seguridad A cambio solo podía ofrecerle la verdad. Y la verdad, como los caminos de montaña, no siempre evitaba los tropiezos. A veces se limitaba a impedir que uno caminara en la dirección equivocada.

****

Pasaron los años. Las flechas amarillas se multiplicaron y comenzaron a aparecer en lugares cada vez más alejados de O Cebreiro. Otros continuaron la labor a lo largo de todo el Camino Francés. Los peregrinos regresaron y el Camino volvió a llenarse de pasos, mochilas, ampollas, risas, lágrimas, encuentros y despedidas.

Muchos de aquellos caminantes jamás conocerían el nombre del hombre que había empezado a señalarles la ruta. Tampoco importaba demasiado. Porque cada vez que alguien llegaba a un cruce, levantaba la vista y encontraba una flecha amarilla, recibía algo más que una indicación: Recibían certeza y la oportunidad de seguir adelante sin tener que tirar una moneda al aire para elegir.

Tal vez ese fue el verdadero legado de Elías Valiña: honesto y desinteresado, comprender que decir la verdad no consiste en prometer que conocemos todas las respuestas, sino en señalar honestamente lo que sabemos, reconocer lo que ignoramos y tener el valor de corregirnos cuando nos equivocamos.

Y así, ahora, en nuestro días, mientras las botas de los peregrinos siguen golpeando los viejos senderos, una pequeña flecha amarilla continúa haciendo lo que su creador quiso que hiciera.

No obliga a nadie a caminar, ni promete que todo saldrá bien. Simplemente señala el camino. Y a quien la sigue, le recuerda que, aunque la meta sea importante, también lo es saber por dónde ir.

¡ULTREIA ET SUSEIA!. ¡BUEN CAMINO!, querido lector.

FIN

© David Merlán Castro

CARMEN BERJANO

Mi amigo mentía y mentía, sobre todo y por pequeño que fuese el detalle.

En especial cuando eran situaciones en las que podía quedar como guay.

Hubo un día en que quiso hacer sincericidio conmigo, decirme toda verdad, aunque doliese.

Nunca me creí que llevara cuatro años acostándose con mi mujer.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Vuelvo a esa calidez del primer lector que ya no te da ese «me gusta» tan necesario -al principio-, para poder continuar escribiendo. Sabes que sigue estando y quieres que sepa que estás agradecido. Cuesta mucho, ¡muchísimo!, llegar al nivel de conciencia de no necesitar la aceptación de los demás, de no necesitar la aprobación ajena para poder hacer lo que te gusta, lo que amas, lo que te apasiona de verdad. De repente, abres la desnudez de tu pecho y dejas que las palabras fluyan cuán río que busca su destino, que torna la dulzura y busca la sal(ida) . Gotas a la deriva que con un bravo sentimiento común, jamás se estancan, palabras que van desde el alma de la fuente, ese eco de nieve que susurra allende la montaña y se convierte en palabra que acompaña, que salva, que traspasa…

La mar cubre el cuerpo y le da el abrigo del verbo AMAR.

Fin.

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

Calladito estoy guapísimo

―Eufrasia, vivo en un ay permanente, convivir contigo es un sinvivir, por lo que vivo sin vivir en mí, mi vida es una no vida no vivida…

―Y mueres porque no mueres, lo veo venir, Timoteo…

―Correcto. ¿Cómo lo has sabido? ¿Acaso lees el pensamiento ajeno? ¿Dónde tienes el aquelarre? ¿Y la escoba? ¿Es mi parienta carne de cañón de una inquisidora hoguera? Contesta, mujer, o calla para siempre, pero con la verdad por delante, por mucho que duela.

―No sé si contestarte o volverte la cara del revés. Te tengo dicho que la absenta te sienta fatal, pedazo de bolinga.

―¿Lo ves, cariño? Antepones fruslerías bebetorias sin consecuencias ni maldad alguna a la expresión de sentimientos profundos y altamente reveladores de interioridades inquietantes.

―Inquietante va a ser el bofetón que te voy a arrear como te vuelva a pillar desayunando con orujo, que ya te vale, Timoteo.

―Lo hago por ti, mi amor, la alta graduación de ciertos brebajes me suelta la lengua y así puedo complacer tus demandas oratorias, que te gusta la cháchara más que a un tonto un lápiz.

―Lo que hay que aguantar, lo único que me complacería en estos momentos sería que te callaras de una santa vez y dejaras de desbarrar, que me tienes la cabeza loca.

―Tus deseos son órdenes para mí, tu humilde servidor, ya me callo. Por cierto, ¿por qué esa inquina? Me has escondido la Quina Santa Catalina, que entre horas me fascina y me ilumina.

―¿Cuántas veces te tengo que repetir que no se bebe entre comidas?

―Digamos que yo no como entre bebidas, y el orden de las ingestas no altera el ansia viva. Es mi modo de vida, aunque viva en un sinvivir y todas esas reflexiones que te comuniqué anteriormente y tú te pasaste por el forro con una soltura digna de un faquir tragaespadas.

―Pero, ¿tú te estás oyendo, Timoteo? Eres insoportable, menuda cruz la mía.

―A mí no me mires, me has ordenado que me callara y yo, que soy muy obediente, lo he hecho. Solo permíteme un inciso entre silencios eternos y vuelvo a mi mutismo obligado. ¿Andandará el licorcillo de alcachofas que funge de sustituto del sake japonés, cuando este se termina misteriosamente? En esta humilde morada es más fácil encontrar el arca perdida que algo que echarse pal coleto. O me ilustras al respective o pido el divorcio, como lo oyes, querida.

―No caerá esa breva, mastuerzo mío.

―Hablando de brevas, no me irían mal unos tragos de licor de dicho alimento milagroso. Y, para que veas que no soy caprichoso, me conformaría con que fuera de higos. Nobleza obliga, que decía alguien importante.

―No te aguanto más, me voy con mi madre y aquí te quedas, en busca de la botella perdida, tú solito.

―Ah, mi suegra, la bruja madre, qué gran mujer. Recuérdale de mi parte que me debe una de sus maravillosas tartas al whisky con las que tanto me deleito, pero con una sugerencia importante, que ponga menos tarta y más whisky, y el resultado será, como mínimo, espléndido. Espléndido, un brandy sublime, qué bien traído. Soy un crack.

―Timoteo, necesitas tratamiento urgente, esto no puede seguir así.

―Como siempre, salvo en contadas ocasiones, tienes más razón que una santa. Como te veo un poco apagada y tristona, vamos a tratarnos con unas cañitas en el bar de la plaza y la alegría y el desparpajo volverán a tu vida, mi adorada Eufrasia.

―No sé cómo lo haces, pero al final siempre me llevas al huerto.

―Pues si no te gusta El Huerto, podemos ir a otro bar, los conozco todos, por mor de mi asistencia habitual. Me adoran dondequiera que sacie mi sed.

―Nos ha fastidiao, con todo lo que te dejas… Venga, anda, vámonos, que todavía me arrepiento.

―Ya estamos tardando. Y, que sepas, que la palabra arrepentimiento no cabe en mi vocabulario, prefiero emprendimiento, comprensión perdón, empatía, ponme otra que estoy seco, mecenazgo, generosidad y esas cosillas.

―No, si ya…

―La vida es bella en sí, no entiendo a la gente que necesita más estímulos que los que la misma naturaleza nos regala a cada momento, ¿no es cierto, Eufrasia de mis entretelas?

―Lo que tú digas, Timoteo, lo que tú digas…

―Yo no digo ni mú, ¿no recuerdas que me has condenado al ostracismo verbal en un momento represivo sin par? Calladito estoy guapísimo. Oye, cambiando de tema, ¿no te has enterado que han abierto aquí cerca una coctelería que preparan unas pócimas que quitan el sentido? Ardo en deseos de catarlas, más que nada por poder opinar. ¿Qué sería de un hombre cabal sin opinión propia? El criterio lo es todo en esta vida para poder conocer la auténtica verdad, aunque vivas sin vivir en ti y mueras porque no mueres. Timoteo dixit.

«Diosssssssssssssssssssssssssssssssssssssss».

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

EL DESCUBRIMIENTO

(Relato autobiográfico, de aquellos días en los que fui niño)

En verano el barrio olía a polvo caliente, a persianas bajadas y a libertad. El sol caía sobre las fachadas con una intensidad casi blanca y a determinadas horas, las calles parecían abandonadas. Los mayores buscaban la sombra de los portales o se refugiaban detrás de las ventanas, mientras nosotros, que todavía no sabíamos nada del cansancio ni de las obligaciones, convertíamos aquel mundo vacío en nuestro territorio.

Conocíamos cada esquina, cada tapia desconchada, cada solar donde crecían matojos secos entre piedras y latas oxidadas. Sabíamos dónde había un grifo que todavía dejaba escapar un hilo de agua, qué portal permanecía siempre abierto y qué calle tenía la mejor trinchera para jugar al escondite. Éramos dueños de todo aquello porque nadie nos había explicado todavía que las cosas podían tener dueño.

Yo era pequeño. Demasiado para entender ciertas cosas y, quizá por eso mismo, lo bastante grande para creer en otras.

Aquella tarde jugábamos al escondite.

—¡Tú cuentas!

No recuerdo quién lo dijo, probablemente alguno de los mayores. El caso es que me tocó. Fui hasta una pared de ladrillos rojizos, áspera y caliente por el sol. Apoyé las manos, incliné la cabeza y cerré los ojos. Tenía que contar hasta un número que entonces me parecía enorme.

—Uno…

Detrás de mí comenzaron a escucharse carreras, risas contenidas, el chirrido de una puerta y pasos que se alejaban deprisa.

—Dos…

Intentaba contar despacio, alargando cada número para darles tiempo.

—Tres…

Y entonces ocurrió. Mientras contaba, mi mirada se coló por el hueco roto de un ladrillo. No sé por qué. Quizá porque estaba aburrido de contar. Quizá porque, cuando uno es niño, cualquier cosa puede convertirse de pronto en un acontecimiento. Acercándome un poco, entrecerré los ojos. Algo brillaba dentro. Al principio pensé que era una chapa de las que utilizábamos para nuestros juegos. Después creí que podía ser un trozo de metal. Pero no. Había algo redondo, plateado, parcialmente cubierto por el polvo. La luz del verano se colaba por el agujero y arrancaba un pequeño resplandor. Era una moneda. Una moneda de cinco duros. Para nosotros, una fortuna. Cinco duros podían convertirse en muchas cosas: chucherías, cromos, algún refresco. Podían hacer de una tarde normal algo extraordinario.

Me quedé mirándola. Podía haber metido la mano. Haberla sacado, guardármela en el bolsillo y continuar contando como si nada hubiera sucedido. Nadie lo habría sabido. Nadie, excepto yo. Pero entonces yo todavía no tenía conocimiento de la existencia de algo llamado secreto. Ni tampoco que la suerte podía despertar en las personas sentimientos distintos de la alegría.

Yo era un niño. Y los niños tienen una idea sencilla del mundo: si algo bueno ocurre, hay que contarlo. Así que abrí los ojos sin terminar de contar:

—¡Eh! ¡Mirad!

Mi voz rompió el silencio de la calle y enseguida aparecieron cabezas por todas partes.

—¿Qué pasa?

—¿Qué has visto?

—¡Aquí! ¡Mirad!

Se agacharon alrededor del agujero. Unos empujaban a otros para poder mirar. Todos querían ser los primeros en saber qué era aquello que yo ya había descubierto.

—¡Una moneda!

—¡Es de cinco duros!

—¡Sácala!

Yo sonreía. No recuerdo haber pensado entonces que aquella moneda fuera mía. Para mí era simplemente un hallazgo. Algo que el mundo había escondido y que nosotros habíamos tenido la suerte de encontrar.

Entonces llegó Santiago. Era el mayor. Solo nos llevaba tres años, suficientes para dotarlo de más experiencia en la vida que todos nosotros juntos. Santiago sabía cosas que los demás ignorábamos. Se atrevía a entrar en sitios prohibidos, conocía palabras que no entendíamos y tenía esa seguridad de los niños que empiezan a descubrir que pueden imponer su voluntad sobre los demás. Se acercó, miró el hueco, frunció el ceño y, sin decir nada, cogió una piedra. El sonido fue seco y contundente. Una vez. Y otra. Hasta que el pequeño trozo de pared cedió y cayó al suelo levantando una nube de polvo. Santiago metió la mano en el hueco y la sacó cerrada. Durante un instante, todos contuvimos la respiración. La abrió y allí estaba: la moneda descansaba sobre su palma. Brillaba más ahora, liberada del polvo y de la oscuridad.

Yo lo miré. Esperaba que me la diera. O que, al menos, dijera:

—La has encontrado tú.

Algo sencillo. Y justo. Quizá incluso pensé que nos propondría comprar algo entre todos. Pero Santiago no dijo nada. Se guardó la moneda en el bolsillo. Después se dio la vuelta y se marchó. Así, sin más. como si siempre le hubiera pertenecido.

Los demás volvieron al juego. Yo me quedé quieto, mirando el agujero. No sentí rabia, tampoco ganas de llorar. Solo una extraña mezcla de sorpresa y desconcierto, como si acabara de descubrir una regla del mundo que nadie antes me había explicado y, en apenas unos segundos, alguien hubiera movido las piezas de mi vida sin avisar.

Mucho tiempo después he pensado en aquella tarde. No recuerdo siquiera qué hicimos a continuación, dónde terminamos jugando o a qué hora regresamos a casa. Pero recuerdo perfectamente el agujero de la pared, el brillo dentro, mi voz llamando a los demás y la mano de Santiago cerrándose alrededor de la moneda.

Supongo que algunas lecciones no necesitan palabras. Aquella fue la primera vez que comprendí que el mundo no era exactamente como yo creía. Aprendí que la confianza, esa cosa invisible que de niño parece indestructible, puede volar en unos pocos segundos, igual que el polvo que levantó aquel ladrillo al caer.

Yo aún era demasiado pequeño para saberlo, pero aquel día perdí algo muy valioso. Y no precisamente una moneda. Fue una parte de mi forma limpia e inocente de mirar el mundo.

FERNÁNDEZ ASAPH

LOS CARTEROS NO EXISTEN

Recuerdo claramente las palabras que mamá me dijo años atrás: «a las mujeres… ni todo el amor ni todo el dinero». Como yo no sabía muy bien de qué iba la vida, mucho menos iba a saber de mujeres; a mis escasos cuatro años no me interesaban. Aunque ahora pienso: ¿por qué diría eso mamá si también es una mujer?

Todo cambió cuando conocí a Nicole. Guapa, inteligente, divertida. Su cabello rizado con ligeros destellos castaños olía a perfume de manzanas, unos ojos preciosos color café claro. Todo en ella me gustaba, aun aquella indiferencia que me hacía dudar de mi propia existencia.

Una tarde me armé de valor.

—Toma, Nicole —extendí un pedazo de papel arrugado que llevaba guardado bajo el brazo.

—¿Qué es esto, Carlitos?

—Una carta de amor.

Mi rostro se ruborizó y sentí que las fuerzas me abandonaban, pero aun así me mantuve de pie frente a ella.

—¿Y por qué no me dices qué es lo que dice?

—No lo sé, creí que sería más romántico hacerlo de esta manera.

Ella tomó el papel y lo fue desdoblando poco a poco. Mi corazón latía tan rápido que creí que saldría corriendo.

—¿»Quieres ser mi novia»? Pero si apenas tenemos seis años, ¿no crees que es un poco apresurado?

En realidad yo tenía cinco, pero no me importó la diferencia de edad que nos separaba.

—Creo que debí decirle al cartero que te entregara la carta y no hacerlo en persona…

—Espera. ¿Acaso no sabes que el cartero no existe? —dijo intentando esquivar mi mirada de perro apaleado.

—¡Pero cómo! Si mamá dice que es él quien entrega la correspondencia y…

—Te diré una verdad, aunque incómoda, una verdad. Es solo una invención de los adultos para que alguien más afronte lo que ellos no se atreven a decir personalmente.

Yo, inexperto en debates, me quedé callado escuchando lo que saldría de sus bellos labios.

—Ese miedo al rechazo, al reclamo y a no poder afrontar sus problemas les ha llevado a crear al «cartero». El miedo los paraliza como roedores ante una serpiente que está a punto de engullirlos. Esa serpiente, querido Carlitos, es el miedo al rechazo.

Me quedé callado. No porque no tuviera qué decir, sino porque me había quedado sin palabras prestadas. Yo solo tenía mi carta arrugada.

—Pero si yo lo he visto —recordé que recién había visto al cartero cerca de mi hogar.

—Lo que viste es solo un disfraz… como el hombre que da bastones de dulce en el centro comercial.

—¿Dices que Papá Noel tampoco existe?

—Una verdad a la vez, Carlitos… pero si en verdad lo quieres saber, ve y pregúntale al supuesto cartero cuántas cartas ha entregado a Papá Noel.

No supe qué responder. Estaba paralizado. Creo que me había dado lo que los adultos llaman: «Una Crisis Existencial».

Me regresó el papel, ya desdoblado, sin regresarlo a su estado.

—Toma. Guárdala. Para cuando inventen al cartero.

En el camino de regreso a casa entendí dos cosas.

La primera, por qué mamá decía lo de las mujeres. No porque fueran malas, sino porque te hacen dudar hasta de si el cartero existe. Y si dudas del cartero, dudas de todo lo demás.

La segunda la entendí años después. Que Nicole tenía razón a medias. El cartero sí existe. Solo que no entrega cartas de amor. Entrega recibos de luz, multas y citatorios. Todo lo que los adultos sí quieren que lo diga otro.

No lloré. A los cinco años uno no llora por amor, llora por no entender.

Me guardé el papel bajo el brazo, como lo había traído, pero ahora pesaba más.

Todavía lo guardo. Nunca se lo di al cartero.

Porque no existe.

Asaph Fernández G.

ANGY DEL TORO

​Hoy me toca hablar desde la «verdad» y quiero empezar confesando que estoy atravesando una etapa de la vida en la que no tengo reparos en nombrar lo que leo y me inspira. Por el contrario, cada hallazgo es para mí el acto de correr el velo que me cubría. Mi pubertad lectora.

​Me enseñaron las letras y aprendí a unirlas, pero muy poco a interpretarlas. Hoy siento que he subido escalones, que, de a poco, voy creciendo algunos centímetros literarios.

​Ilusionada con los grandes reconocimientos otorgados a Anne Carson —como el Princesa de Asturias de las Letras y el Premio Nobel de Literatura—, comencé a danzar entre sus tangos y sus letras.

​Recién finalicé La belleza del marido, una obra magistral articulada en 29 tangos. ¿Por qué el tango?, me pregunté.

​Comencé a bucear entre sus libros, búsquedas e inteligencias artificiales para aprender a escuchar su compás. Crecí, visualicé y paseé entre sus escrituras.

​En este libro, la narradora sabe bien que el marido miente y engaña; sin embargo, la belleza de él actúa como ese vector erótico del que hablan los poetas, manteniéndola atrapada en un triángulo constante.

​Es una obra fascinante, densa pero profundamente luminosa, que transforma para siempre la manera en que soportamos las mentiras que nos envuelven.

EFRAÍN DÍAZ

En Dos Bocas vivía Victoriano, un campesino de setenta y tantos años que, como George Washington, presumía de no haber dicho una mentira en toda su vida.

No era hombre particularmente religioso ni virtuoso. Como buen jíbaro, bebía ron, jugaba dominó, maldecía cuando perdía y tenía fama de mujeriego. Pero jamás mentía. La mentira no figuraba en su nutrido catálogo de defectos.

Su reputación era tan sólida que, cuando surgía alguna controversia en el barrio, acudían a él para conocer la verdad, pues decía la verdad a rajatabla, sin edulcorante ni filtro.

El problema era que decía la verdad incluso cuando nadie se la preguntaba.

Una tarde, en el bar de Lolo, comentó que la hija del alcalde era bastante menos agraciada de lo que su padre proclamaba. Aquello, por supuesto, le costó la amistad del funcionario y la pérdida de ciertas concesiones que hasta entonces disfrutaba.

En otra ocasión, durante un velorio, le preguntaron qué opinaba del difunto.

—Que era un hijo de la grandísima puta. Pero ahora que está muerto, supongo que será un hijo de puta descansando en paz.

La viuda lo echó de la casa y le prohibió asistir al enterramiento.

En una boda, cuando el novio le preguntó si había escogido bien a su mujer, Victoriano respondió:

—Eso mismo preguntaron los otros dos que estuvieron con ella. Tú eres el tercero. Pero tranquilo, ya sabes el refrán: a la tercera va la vencida. A lo mejor contigo funciona.

Naturalmente, dejaron de invitarlo a las bodas.

Con el tiempo, los vecinos comenzaron a evitarlo. Nadie quería escuchar sus opiniones. Las mujeres cambiaban de acera cuando lo veían venir y los hombres procuraban no conversar con él más de cinco minutos, no fuera a zafársele alguna verdad incómoda.

Hasta que un domingo, después de misa, el párroco decidió intervenir.

—Victoriano, hijo, decir la verdad es una virtud, pero también hay que practicar la caridad. No todas las verdades necesitan decirse.

—Padre, ¿usted me está pidiendo que mienta?

—No. Te estoy pidiendo prudencia. Si no te preguntan, no tienes por qué decir nada. Y si te preguntan, sé prudente. La sinceridad no está reñida con la discreción y la prudencia.

—Pues empiece por practicarla usted, que todo el pueblo sabe que el vino de consagrar se lo bebe antes de la misa y lo que sirve es agua de piringa.

El cura lo expulsó de la sacristía y le advirtió que, salvo para asistir a misa y confesarse, preferiría verlo lo menos posible. La caridad cristiana, al parecer, también tenía sus límites y Victoriano continuaba pisando todos los cayos posibles.

Una mañana encontraron a Victoriano muerto en su hamaca.

Neco, presto como siempre, se encargó de las exequias fúnebres. Durante el velorio, los vecinos comenzaron a elogiarlo.

Que había sido un hombre extraordinario. Que tenía un corazón de oro. Que era generoso, amable y querido por todos. Que Dos Bocas jamás conocería otro hombre semejante.

Hasta el alcalde, la viuda ofendida y el párroco pronunciaron discursos conmovedores. De haberlos escuchado un desconocido, habría pensado que estaban despidiendo a un santo y no al hombre que llevaba años amargándoles la existencia con sus verdades.

Entonces Lolo, que había permanecido callado durante toda la ceremonia, se levantó, se acercó al ataúd y dijo:

—Victoriano, menos mal que te moriste. Si escuchas todas las mentiras que están diciendo de ti, revives para mentarles la madre.

Y, tranquilamente, regresó a su asiento.

PRESEN RODRÍGUEZ

El precio de la verdad

Durante muchos años, Clara guardó un secreto. No lo hacía por maldad, sino por miedo a perder aquello que más quería.

Una tarde, sentada frente a su hija, comprendió que ya no podía seguir escondiéndose detrás de las mentiras.

—Tengo que contarte algo, aunque quizá después de escucharlo no vuelvas a mirarme de la misma manera.

Su hija dejó lo que tenía entre las manos y esperó.

Clara habló despacio, con la voz temblorosa. Le contó aquello que había callado durante tanto tiempo, sin excusas, sin adornar los hechos, sin intentar justificarse, tu padre no murió desapareció de nuestras vidas cuando naciste, no quería tener responsabilidades,ni me amó lo suficiente para quedarse.

Cuando terminó, el silencio llenó la habitación.,

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó su hija, con los ojos llenos de lágrimas.

La joven se levantó y se acercó a la ventana. Clara no intentó detenerla. Sabía que algunas verdades necesitan tiempo para encontrar su lugar.

Antes de marcharse, su hija se volvió hacia ella.

—Me duele lo que me has contado, mamá. Pero me duele todavía más pensar que hayas pasado tantos años creyendo que no podía comprenderte.

Y se abrazaron.

No todo quedó resuelto aquella tarde. La verdad no borró el pasado ni curó de golpe las heridas, pero abrió una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Clara comprendió entonces que decir la verdad no siempre evita el dolor, ni garantiza el perdón. A veces, incluso, nos obliga a enfrentarnos a las consecuencias de nuestros actos.

Pero también comprendió algo importante: una verdad dolorosa puede ser el comienzo de una vida más sincera, mientras que una mentira, por piadosa que parezca, termina convirtiéndose en una prisión.

Simplemente Presen.

PURIFICACIÓN FERRACES

SCARFACE

Me llaman Scarface (si veis mi cara, lo entenderéis. Cara «cortada» por el color).

Mi raza : Soy un bodeguero jumillero (así llamado porque nací en Jumilla).

Sexo : Macho, sin capacidad reproductiva por un traumático episodio del que todavía no estoy preparado para hablar sin terapia previa.

Fecha nacimiento : Algún momento inexacto en mi memoria de 2016.

Suelo decir que nací el dia que murió David Bowie…Se fue una leyenda y llegó otra (yo).

Peso : 17 kilos.

Tengo un IMC (Índice Masa Corporal) óptimo y saludable.

Carácter: Soy inteligente, sensato, audaz, culto y de modales exquisitos.

Digamos que tengo una personalidad arrolladora.

Comportamiento con perros : Sólo me caen mal los pastores alemanes, los mastines, los labradores, los caniches, los yorkshires, los cachorros, los que son más grandes que yo, y alguno que otro más.

Comportamiento con gatos : No me gustan, no me gustan nada. Y siento verdadera envidia de sus siete vidas.

Con ellos pierdo la paciencia. Son unos consumados maestros en escabullirse y zafarse cuando les viene en gana.

Niños: Prefiero no compartir tiempo ni espacio con bípedos, tamaño XS, que también necesitan que los paseen, los alimenten y les recojan la caca.

Paseo con correa : Se pasearme solo. La esclavitud fue abolida hace tiempo.

Salud : Salvo por la Leishmaniosis, la insuficiencia renal, los pólipos en la vejiga, la artrosis y las alergias estacionales, estoy perfecto.

Todo mi historial clínico forma parte de una estafa piramidal del lobby veterinario.

Contacto : Yo mismo.

Deja tu mensaje con tu candidatura.

Valoraré especialmente destinos con zonas verdes extensas, espacios con arena y áreas de juego para socializar. Vamos…lo que se denomina «un resort»

Si buscas al compañero perfecto de cuatro patas, ese soy yo.

Me gusta ser un perro modelo, aunque a veces me lo ponen muy difícil.

MARIANA DI PASCUA

Hace unos días un familiar me dijo ante una conversación :»no sos abuela», tenés solo 2 hijos, haciendo referencia solo a mis hijos biológicos. Sé que hay gente que piensa así y no digo que sean malos, si no que no entienden lo que yo viví con Anto.

Hoy Antonela, mi hija no biológica tiene 27 años, tenía 13 cuando la conocí. Era mi alumna de segundo en el liceo 1 de Montevideo.

Yo le tenía miedo, porque era muy brava porque estaba enojada con la vida. Para peor era la más inteligente de la clase por lo que terminaba los ejercicios en 2 minutos y se ponía a pelear o a jugar con la compu.

Hablé con la clase y estuvimos de acuerdo en que ella pudiera usar la compu al terminar para estar todos más tranquilos. Supongo que ella se asombró que yo no le hiciera la guerra, así que comenzamos a conversar generando un lindo vínculo que la llevó a estar calmada.

Un día me preguntó si no la llevaba al cine y respondí que no sabía si podía. Ella vivía junto con otras chicas en una parroquia. Tuve que ir a hablar con la madre superiora bastante rato y al final la dejaron.

Recuerdo que miramos una película cómica con actores que salían en Tinelli, película que yo odie pero ella estaba chocha por verla.

Yo disfruté de su felicidad. Luego la llevé a Mac Donald y me contó que era la primera vez que iba, tenía 13 o 14 años.

Luego ambas quisimos seguir el vínculo por lo que tuve varias charlas con el psicólogo de inau en la parroquia y hasta el hizo una inspección del apartamento donde yo vivía con mis otros 2 hijos. Yo tenia un cuarto para ella, así que fin de semana por medio ella se quedaba, luego también en feriados y vacaciones.

Fue así que fui haciendo los trámites para la custodia provisoria en principio, luego a los 3 meses me dieron la tutela completa, ahí ya tenía 15 años.

Recuerdo que festejamos sus 15 cuando cumplió 16 y me llenó la casa como con 40 invitados, ja, estaba feliz.

Recuerdo un profesor que me dijo que no sabía en lo que me metía. Otra gente me dijo que me iba a traer gastos y pedir plata, y sí todos los hijos nos piden plata y aún ya cuando se van de casa, son mayores, tienen pareja, etc, casi todos los padres ayudamos a los hijos, ya sea para que alquilen, se paguen un curso para estudiar o les falte para comer.

Cuando el hijo no es biológico y más aún si no lo criaste de niño, vi que casi toda la gente cercana tenía ese concepto como algo mal visto.

Otros tenían el tupé de decirme que no es mi hija, ni Cata mi nieta.

La primera en decirme feliz día de la madre suele ser ella, cuando yo he estado mal, ella a viajado 350km y ha estado para mi.

Todo no fue color de rosas, obvio, como con cualquier hijo.

Lamento por temas personales y económicos no haber podido estar en algunos momentos importantes de su vida, pero creo que lo más importante se lo dí cuando vivía con nosotros.

Al final la persona que negó mi vínculo me terminó diciendo :sí, Cata es tu nieta » y lo dijo con tono convincente. Yo le mostré unas fotos de mi nieta durante esa charla y entendió lo que yo sentía.

No trato de convencer a la gente siempre de lo que no quiere aceptar, pero a veces me sale.

Y me voy a elogiar, no todos tienen un gran corazón y paciencia para ganarse una hija, yo estoy feliz de sí tener esas cualidades, las cuales Anto también tiene para aceptarme.

MAITE BILBAO

TRANSPARENCIA

Atravieso la cortina de terciopelo. La moqueta roja se adhiere a las suelas. La música del partido golpea la estructura metálica del pabellón. La masa llena las gradas. Miles de banderas agitan el aire denso.

Subo los escalones y detengo la marcha en el centro exacto de la tarima. El atril de metacrilato vibra bajo las palmas. Siento la arritmia en el cuello. Un micrófono fino capta el zumbido seco. El pitido perfora los oídos.

Despliego la ficha. Las líneas amarillas brillan bajo los focos. La garganta se cierra. El sudor desciende por la espina dorsal. Siento náuseas. La falsedad de diez años se acumula en la boca con sabor metálico.

Cierro la carpeta. Apoyo los dos puños sobre el metacrilato. Me acerco al metal helado.

El cartón amarillo tiembla entre los dedos. El estómago se revuelve con violencia insoportable. Trago saliva y detengo el movimiento. El silencio cae sobre el atril como una losa de plomo. Respiro de nuevo, con los nudillos blancos de apretar el borde, y suelto el primer zarpazo:

—Podría hablar de la ley ambiental durante horas. Podría fingir dominio en cada párrafo. Pero lo cierto es que, mejor que yo, lo haría el estudiante en prácticas que la redactó desde el teléfono en la cola del supermercado o en el metro.

El silencio resulta absoluto. La música cesa. A tres metros del atril, junto al lateral izquierdo del escenario, la jefa de prensa congela el bolígrafo. Mantiene la boca abierta frente al monitor portátil.

Trago aire frío en los pulmones. Continúo:

—La partida presupuestaria para el centro de enfermos neuronales desapareció en mayo. Pagamos las facturas del restaurante asiático donde la directiva celebra cumpleaños. Compramos doscientos sillones de cuero para despachos vacíos todo el año.

Un jubilado en segunda fila inicia un aplauso lento. La mujer de al lado se pone en pie. La vibración salta a la grada superior. El recinto explota en un estruendo de palmas. Cientos de personas gritan mi nombre. Agitan los banderines con furia. Un hombre en primera fila limpia el rostro emocionado.

Aprieto el tubo metálico. La sangre golpea las sienes.

—Siento asco al mirar el espejo cada mañana. Aprobé la privatización de las basuras a cambio de mantener la plaza de garaje subterránea y el vehículo oficial. Fingí un episodio de vértigo el mes pasado para esquivar el pleno sobre las pensiones. Preferí la cama y la bollería industrial.

La multitud entra en trance. Hay gente abrazada en los pasillos centrales. Cientos de jóvenes enfocan las cámaras de los teléfonos con las mejillas húmedas. Cuanto más piso la propia dignidad, más alto me elevan.

Señalo con el índice hacia el cuadro de luces.

—Aquel hombre filtra informes médicos míos a la prensa local. Desea mi oficina. Codicia la silla ergonómica con respaldo de malla.

La marea humana gira. Un abucheo masivo sepulta la figura del secretario general. La jefa de prensa camina hacia mí desde el ala derecha. Tiende una botella de agua abierta. Susurra cerca de la oreja:

—Mantén la emisión en directo en tres cadenas nacionales. La intención de voto sube cuarenta puntos. Continúa.

Las cámaras muestran la luz roja encendida. Desaparecen las náuseas. El temblor en las manos cesa por completo. Miro las caras al otro lado del cristal del control y reconozco el brillo exacto del poder en las retinas, asumiendo la ambivalencia de un triunfo cínico. El teléfono del bolsillo vibra contra el muslo y lo ignoro sin apartar los ojos de los focos.

AXY LINDA

Decir la verdad

La fiesta agonizaba. Solo quedaban siete amigos de la infancia cuando Alfonso apagó la música.

—Hace tiempo noto tensiones entre nosotros. Propongo jugar a decir la verdad, como cuando éramos niños.

—¡Qué ingenuo! —protestó Julieta—. De adultos aprendemos que decirla puede salir caro.

Tras un silencio, todos aceptaron.

Ramón giró la botella y preguntó a Ruy:

—¿Has traicionado a alguno de nosotros?

—Claro que no.

Las preguntas continuaron hasta que Alfonso miró a uno de sus amigos:

—¿Estás enamorado de mí?

Sorprendido, este titubeó:

—Sí. ¿Cómo lo supiste?

—Siento lo mismo por ti. ¿Por qué seguir fingiendo?

Julieta rompió a llorar.

—Yo tengo algo que confesar. El domingo, un ciclista chocó contra mi coche y quedó inconsciente. Lo llevé al hospital, pero mentí: dije que lo había encontrado así y me marché. Está recuperándose, según una amiga enfermera, pero… ¿Debo entregarme?

Nadie respondió.

Estaba en juego la libertad de Julieta. En un lugar donde la justicia funcionaba tan mal, cómo demostrar que el accidente no había sido culpa suya.

—Díganme. ¿Debo ir a decir la verdad?

El silencio se prolongó.

¿Debería decir la verdad?

Axy Linda San-Fre

MARA SERBIA

Entre dos papeles

Los días se me confunden, como si el calendario se deshiciera en mis manos. Hoy no supe en qué día de la semana vivía. Tuve que hacer un gran esfuerzo para ubicarme.

Recordé lo que hice ayer: fui a mi cita de café con una querida amiga y, después de eso, me encerré —como he hecho el resto de la semana— a organizar papeles, poner las cuentas al día y dejarlo todo dispuesto, como si me fuera a morir mañana.

Mientras ordenaba, sostuve en mis manos el certificado de nacimiento y el de defunción de mi amado esposo, los de matrimonio, y lloré. A eso se reduce uno: a dos papeles, el de nacimiento y el de defunción. Una simple estadística. Dos papeles que dicen cuándo llegó y cuándo se fue, pero no dicen quién fue. A quién amó, por qué sufrió, a quién tocó con su presencia… eso no importa.

Y pensé que esos certificados deberían venir acompañados de una biografía, porque la vida no cabe en una fecha. La vida necesita ser contada con verdad, para que sus acciones no queden en el olvido.

Mientras meditaba, sentí su sombra acompañándome y recordé la conversación con mi amiga. Le había contado mi desencanto con el sacerdote de la parroquia, que en una ocasión se negó a confesar a mi esposo porque siempre le confesaba lo mismo: que no había sido honesto conmigo, que en ocasiones me había traicionado. Mi amiga, también feligresa de aquella iglesia, me comentó que él le hablaba de esas mismas faltas. La culpa lo consumía.

Me parece que buscabas perdón en el lugar equivocado. No era Dios quien podía perdonarte: era yo. Si me lo hubieras dicho, te habría contado que hacía tiempo te había perdonado. Te habría confesado también que yo tenía mis pecados, mientras tú andabas entretenido. Mosca muerta nunca fui. Pero con el nacimiento de nuestro hijo no tuve ojos para nada más. Me bastabas tú, aunque nunca lo supiste del todo.

Pero hoy, por fin, te digo la verdad.

Todavía me bastas.

ART MI

DESBORDE (para el tema de la semana).

¿A las cuántas vueltas es que se echa un perro? No lo supe entonces, y hubiese dado tanto por saberlo.

Antes, el camino de vuelta a casa era bordeando la alambrada, recogiéndome los pasos —será por eso aquello de mi mala estrella—.

«Uno nunca vuelve por donde se va; si se pisa el camino andado, se atrae la mala suerte». Retorno, le dicen.

La tromba. Serpiente de agua azotando con su movimiento tempestuoso. Mírala alzarse sobre el campo de girasoles y volverlos óleo de naturaleza; mira la tierra secarse y volverse polvo fino, mírame respirarla en calma y sonreír, aliviado. Paz, así se dice.

De aquellos días, recuerdo una cita: «Mañana a las ocho, para seguir pateando la pelota», acuerdo inconcluso de quién sabe cuándo que sigue esperando los gritos mudos en la calle azarosa. Aquel recuerdo vuelve algunas veces, lo veo sentarse avenida abajo, y ya no estamos. Tiempo, es su nombre.

¿A las cuántas vueltas es que se echa un perro? No lo supe entonces, y hubiese dado mucho por ya saberlo.

Micaela se cayó alguna vez en medio de la calle y se estaba yendo para no volver, quizá sobre su propio camino andado. Alguien cogió la escoba, fue al lugar y le pegó al suelo muchas veces. —¡Micaela, regresa! —le gritaba mientras golpeaba el suelo con la escoba—. ¡Vuelve, Micaela!

Y Micaela volvió de aquel lugar en el que andaba, se puso bien de nuevo. Milagro, así lo definen.

De tu cara, recuerdo que no la conocía, no te sabía entonces, y hubiese dado tanto por seguir sin saberte, para no quedar mal parado. Pero estas palabras no encontrarían el reposo en ese lugar donde nunca las has leído. Serían vagabundas de nadie. Olvido, le llaman.

Hoy, el camino a casa es bordeando la conciencia. Volviéndome todos los días por los mismos laberintos de pensamientos marchitos —será por eso aquello de mi mala cabeza—. «Uno nunca piensa lo que se había asimilado; se atrae la mala marea». Necedad, es cierto.

Y ahora, dime la verdad: ¿a las cuántas vueltas es que se echa un perro?

Un perro se echa a la última vuelta. Y daría todo por no saberlo.

MARÍA JOSÉ AMOR

OriginalNOCHE DE REYES

Aquella mañana del 5 de enero hacía frío, mucho

frío.

-Creo que va a nevar- dijo la abuela por la mañana

mientras los ayudaba a vestir a sus nietos ya que, al trabajar ambos padres y

estar los niños en período de vacaciones, ella se encargaba de las funciones

maternas.

-Pero podremos ir a ver la Cabalgata ¿verdad? –

preguntó uno de ellos, a lo que la buena señora reaccionó como pudo diciendo:

-Pues ya lo preguntaré. Igual la suspenden pues

pensad en los Reyes, los pajes, los criados y ¡los camellos! tan acostumbrados

al calor, se pueden resfriar y entonces ¿cómo podrán dejar los juguetes?

-Y ¿cuándo lo sabremos? – Preguntó el mayor, que

ya tenía cinco años.

Faltó tiempo para que la niña de cuatro y el

pequeño de dos y medio se unieran al hermano formando un triplete, cada uno con

su pregunta o súplica:

– ¿Cuándo lo preguntarás?

– ¿Quién lo decide?

– Porfa, aunque haga frío, si la hacen iremos,

¿verdad?

Finalmente, la abuela les aseguró que pondría la

radio y la escucharía atentamente a ver qué decían al respecto, añadiendo:

-Hala, iros a dibujar el cielo que tiene color de

nieve- y, cogiendo el libro que estaba leyendo, se sentó tranquilamente.

-Abuela ¿no pones la radio?

-Luego, luego la pongo, que las noticias las dicen

más tarde.

-Pero pueden decirlas y si no la tienes encendida

no la escucharemos.

-Y se podría también poner la televisión.

Y así siguieron sucesivamente toda una retahíla de

preguntas, aseveraciones, dudas y todo lo que puede dar de sí un terceto de

niños ante la magia de los Reyes Magos.

A punto estaba de reventarle la cabeza a la

abuela, cuando llamaron al interfono.

Complacida de poder interrumpir por unos minutos

semejante serenata, la abuela descolgó: era el conserje comunicando mediante

lectura, el aviso telefónico dado por el presidente de la Comunidad de

Propietarios para los vecinos cuyo texto era:

-Dada la baja temperatura de hoy, varias familias

con niños, han propuesto organizar una visita de los Reyes a nuestra casa,

evitando de esta manera el tener que desplazarse hasta el centro.

La señora del 3º, 3ª, que como sabrán es

maquilladora profesional, se ha ofrecido a realizar las caracterizaciones de

los personajes, y de momento, cuatro jóvenes de la casa, se prestan al rol

aportando algún que otro disfraz. Así que, si algún otro hijo, sobrino, amigo o

quien sea, que se ofrezca tanto a interpretar personajes como a traer

vestimentas “ad hoc” para la representación, serán bienvenidos, rogándoles que

entren en el interior de la portería a las 6 de la tarde.

Feliz y contenta del peso que le sacaban de

encima, la buena señora corrió rápido a comunicarlo a los nietos y, a su vez, a

llamar a sus hijos más jóvenes para que ellos dieran a su vez voces a otros

jóvenes y montarlo lo mejor posible, consiguiendo por fin paz, el resto de la

mañana.

Los ruegos de los vecinos produjeron un gran

efecto teniendo que ser eliminados algunos aspirantes a intérpretes por

“overbooking”.

Así que, cuando llegó la tarde y la gente comenzó

a bajar a la portería donde se haría el recibimiento, casi todo estaba

cumplimentado.

La portería del edificio era rectangular y, en una

de sus paredes habían dispuesto tres viejos sillones de terraza que,

recubiertos con papel de plata y colchas viejas de colorines resultaban muy

dignos para tales personajes. En la pared opuesta, dispusieron varias alfombras

de pie de cama a fin de que los niños se sentaran en el suelo.

Aprovechando cables de verbenas con pequeñas

bombillas que había por casa de algunos, tiras de banderitas de fiestas

infantiles que las madres de algunos guardaban y envolviendo las luces que

iluminaban la portería con papeles de colores, quedó todo realmente apto para

recibir a sus Reales majestades venidas de ese indeterminado lugar llamado

Oriente.

Uno de los improvisados organizadores, muy

aficionado a la música, montó unos altavoces acoplados a un mp4 para que, con

música de fondo, todo el vecindario se mantuviera a la espera, menos,

evidentemente, los que formaban parte de la representación.

Y llegó el momento: los Reyes entraron a los sones

de una marcha dispuesta para el momento y, con gran solemnidad, tomaron asiento

en sus tronos.

Les siguieron los pajes con cestas repartiendo

caramelos, sin azúcar, como indicó el vecino del 6º, 2ª, dentista, pero eso no

importó, los niños estaban extasiados.

Por la noche, como todas las noches de reyes

vividas, fue maravillosa: Dejaron los zapatos en la terraza, se fueron a dormir

muy pronto, aunque casi no pudieron dormir, despertándose a cada minuto, por si

era ya hora de levantarse, oyeron las pisadas de los Reyes y por fin, pudieron

ir a ver qué había encima de los zapatos.

Y, tras esos momentos de emoción inigualable,

seguidos de los rituales correspondientes, partieron a casa de los abuelos

donde además, se encontrarían para comer con sus tíos y primos.

Y, cuando acabada la comida, tocó el turno del

roscón, dulce, rosca, “tortell” o como se le quiera llamar a ese típico postre

hecho con harina, leche, mantequilla y lo que los reposteros saben, adornado

con frutillas secas y azúcar grueso, conteniendo en su interior un rey y un

haba, y coronado con una corona dorada de papel, estuvo a punto de suceder lo

inimaginable.

Al reunirse bastantes comensales, con una sola

pieza dulce no se daba al abasto, por lo que en la mesa se sirvieron cuatro.

Cuando ya llegó la hora del café para los mayores,

los menores sacaron las coronas que quedaban aisladas e impregnadas de azúcar,

en medio de las bandejas de cartón sobre las que las habían depositado en la

pastelería y comenzaron a ponérselas los unos a los otros en la cabeza;

entonces uno de ellos, 10 años ya, cogió una de las coronas y, dirigiéndose a

su padre, lo coronó diciendo:

-Qué guapo debías estar ayer papá, cuando ….

Pero la abuela, que estaba a la zaga desde que

empezaron la comida, interrumpió la frase explicando una historieta inventada

de cuando su hijo era pequeño, logrando que, en ese caso, la GRAN VERDAD, no

destruyera la emoción de tres niños.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

EL JUEVES DE LA VERDAD

Cae siempre en jueves, el último de noviembre, y nadie ha sabido explicarlo nunca. Ese día no se puede mentir. Ni siquiera las mentiras piadosas, las del “qué bien te sienta ese flequillo”. Se puede callar, eso sí, y por eso el barrio entero amanece con la boca cerrada y mi peluquería, a reventar. Callar a solas es fácil. Callar con una capa puesta y una peluquera detrás, con las tijeras cerca de la oreja, es una proeza que nadie logra.

Llevo veintiséis años abriendo ese día. Antes lo hacía mi madre, Rosi, que murió el primero de todos, a las siete de la tarde, con las tijeras todavía en la mano. Dicen que fue casualidad, pero dicen tantas cosas…

En la puerta cuelgo un cartel de cartulina: Hoy no se admiten estas preguntas: “¿Cómo me ves?, ¿Qué te parece mi novio? o ¿Me hacen más gorda estos vaqueros?”. Lo puse el segundo año, después de una boda que se suspendió el primer año en el sillón número tres.

Este año empezó Ivonne a las nueve.

—Me tiño de rubia ceniza porque el castaño me recuerda a mi suegra.

—Ivonne, no te he preguntado nada.

—Ya lo sé. Es que sale solo. —Se tapó la boca con la mano, tarde—. Como el agua del lavacabezas cuando se te olvida el tapón.

Luego vino Alfonso, concejal jubilado, y anunció a la sala que su tupé era una peluca. Nadie se inmutó. Lo que nos descolocó fue que añadiera:

—Y la de mi hermano también.

Hubo un silencio largo.

—Pues vaya con los hermanos —murmuró Rosi la de la tintorería, y fue la frase más sincera de la mañana.

—Me jubilé para no tener que pasar un jueves en el ayuntamiento —siguió Alfonso, ya sin remedio—. El pleno de aquel año se suspendió a los doce minutos.

A media mañana, Maite le dijo a Mercedes, su amiga de toda la vida, que su hija no la llamaba porque le caía mal.

—Ya lo sé —respondió Mercedes—. Y a ella le caigo peor.

—Pues se ha notado.

—Pues claro que se ha notado, Maite, llevamos cuarenta años.

Se miraron un rato, con los rulos puestos, y luego se echaron a reír hasta que hubo que parar el secador. La verdad duele un cuarto de hora y alivia el resto del año. Esa es la teoría. En la práctica, Maite salió sin pagar el moldeado.

—Te lo traigo el viernes —me dijo—. Hoy no puedo prometer nada que no sepa si voy a cumplir.

—¿Y si el viernes ya no te acuerdas?

—Entonces tampoco habrá mentira, Silvia, solo olvido.

Se lo concedí. Qué remedio.

El reloj de pared, que va bien todo el año, se paró a las diez y cuarenta y cuatro. Siempre lo hace. Siempre vuelve a funcionar cuando se abre la puerta a las once menos cuarto, y entra ella.

Nunca he sabido su nombre. Tendrá sesenta y tantos años, lleva un abrigo color mostaza de otra década y no es del barrio, ni de ninguna parte que yo conozca. Se sienta en el sillón del fondo, el de mi madre, y pide lavar y marcar. Y hay detalles que llevo años apuntando sin querer. Su pelo mide siempre lo mismo, exactamente, cuando llega: ni medio dedo más que el año anterior. Paga en pesetas, con billetes que ya no se imprimen y una R pequeñita, a bolígrafo azul, en la esquina de cada uno; la R de mi madre, o eso me parece, que tiene la misma panza al cerrarse. Y en la agenda de 1999, la del año en que murió, aquel último jueves de noviembre ya tenía una nota escrita semanas antes, cuando nadie sabía nada: “10:45, ella”.

Cada año me hace la misma pregunta, con el tono de quien pregunta la hora:

—¿Has abierto ya el cajón?

El cajón es el de abajo del mueble de las tijeras, el que mi madre cerró con llave el día que murió. La llave la llevo en una cadena, al cuello, desde entonces. Cada año contesto lo único que puedo contestar ese jueves:

—No.

Es una respuesta corta, pero pesa más que todo lo demás que digo durante el año.

Esta vez, cuando dije “No”, ella no asintió ni cambió de tema. Cerró los ojos mientras le aclaraba el pelo y dijo:

—Entonces te toca preguntar a ti.

Se me paró el agua en la mano.

—¿Quién eres? —me salió, sin pensarlo.

—La única persona a la que tu madre no pudo mentir ni en un día normal.

—Eso no es un nombre.

—Es mejor que un nombre.

Yo seguí con el champú.

—¿Y por qué vienes solo este día?

—Porque es el único en que me dices la verdad cuando te pregunto algo. Los demás jueves, y los viernes, y todos, me contestarías como se contesta a una clienta.

—Eso no es verdad.

—Prueba a decirme qué te pasa un lunes cualquiera.

No supe qué contestar, y ahí lo supe todo. Veintiséis años de “¿cómo la peino hoy?”, de “¿le pongo un poquito de laca?”. Yo, que no miento a nadie, tampoco decía nada de lo importante. Decir la verdad un día al año se había vuelto una excusa excelente para no hacerlo el resto.

—¿Fuiste tú quien hizo que existiera este jueves? —pregunté al fin.

Me miró en el espejo, directamente, sin sonreír.

—No hagas preguntas que no quieras oír, Silvia. Hoy no puedo mentirte, y no sé si me gustaría que me lo preguntaras de verdad.

Dejé las tijeras. Ella nunca me había llamado por mi nombre. Yo nunca se lo había dicho.

—Dime tú una cosa —añadió al rato—. Si abrieras el cajón y dejara de haber este jueves, ¿te alegrarías?

Y ahí no pude callarme, porque este jueves no se puede, y porque llevaba demasiado tiempo esperando que alguien me lo preguntara.

—No lo sé —dije—. Me da miedo que haya este día, pero me da más miedo que se acabe.

Asintió, como quien recibe por fin el paquete que esperaba. Cuando le quité los rulos, el peinado le había quedado perfecto, y cuando se levantó, al ponerse el abrigo mostaza le colgó de los hombros igual que siempre. Dejó cuatro billetes sobre el mostrador.

—El año que viene a la misma hora.

—¿Y si abro el cajón?

—Entonces vendré igualmente, por el peinado.

—¿Y si el cajón dice algo que no quieres que sepa?

Se detuvo con la mano en la puerta. Tardó tanto en contestar que pensé que se le había acabado el jueves.

—Entonces —dijo— será la primera vez que tu madre me gane una partida.

Cerré a las ocho, con el barrio hablando por fin de cosas normales: del tiempo, de la cena, de mentirijillas de las de toda la vida. Me quedé sola con el mueble de las tijeras. Saqué la llave de debajo del jersey, la metí en la cerradura y esta vez la giré.

Dentro había poca cosa. Unas tijeras viejas, de mango negro. Un billete de mil pesetas, con una R pequeñita en la esquina. Y una fotografía de mi madre cortándole el pelo a una mujer con abrigo mostaza, sentada en el sillón del fondo. La mujer miraba a cámara. Tendría cuarenta y pocos años. Podía parecerse a mí. O yo a ella.

Y en el espejo, detrás de las dos, se veía a quien sostenía la cámara: una chica joven, con una cadena al cuello. No recuerdo haber hecho esa foto.

Le di la vuelta. Con la letra de mi madre: “No la dejes pagar nunca”.

Nada más. Ni una explicación, ni una fecha.

El reloj de pared, que llevaba todo el día funcionando, se detuvo a las diez y cuarenta y cinco.

Guardé la foto en el bolsillo del delantal y dejé la llave puesta en el cajón. Mañana es viernes y ya se podrá mentir otra vez. Todavía no he decidido si me conviene.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Tema semanal.

Mi padre era muy estricto, cuidado con que hiciéramos o dijéramos delante de él algo que no le pareciera nos castigaba muy duro, entonces nos andábamos con mucho cuidado, salvo mi hermana Rosa no se como le hacía pero siempre le creía todo lo que le decía, era mentirosa por naturaleza lo traía grabado en la piel.

Mi padre decía que siempre deberíamos decir la verdad pasara lo que pasara, mi hermano y yo lo intentabamos, pero mi hermana mentia diciendo que habiamos hecho cosas incorrectas, para que nos castigaran, siempre terminaban creyendo lo que decía y nos castigaban a Luis y a mí, creo que la odibamos un poco, por no decir mucho.

Recuerdo que desde muy pequeños mi madre nos contaba cuentos, en particular hacía énfasis en el de Pedro y el lobo, pues le preocupaba sabiendo como era mi padre, que dijéramos mentiras pues habría un castigo severo, yo estaba harta de esos miedos que nos infundian empezé a fraguar una pequeña venganza en contra de mi hermana para ver si también algún día le tocaba también un castigo.

Le comenté a mi hermano y le pareció bien claro, y así fué como un buen día le dije a Luis que me pegara muy fuerte en la cara con algún objeto que me dejara alguna marca y así lo hizo, mi hermana vió lo que hicimos y no dijo nada yo corrí hacía la recámara de mis padres llorando desconsolada diciendo que Rosa me había pegado, mi padre al ver ese golpe tan fuerte se levantó de inmediato de la cama buscando a Rosa la tomó de la mano casi arrastrandola la llevó al patio y con un cinturón le dió varios golpes Rosa le dice que ella no habia hecho nada, lloró y lloró desconsoladamente realmente mi padre creo que se excedió en golpes.

La dejó en el patio tirada de dolor, con un gran llanto no sé si sentíamos Luis y yo gran remordimiento, tal vez algo pero principalmente nos dió gusto, pensando que así dejaría de mentir.

A la mañana siguiente mi madre nos habla para ir a la escuela, Rosa no responde entra a su cuarto y da un terrible grito mi hermana se había quitado la vida, se cortó las venas de la muñeca con unas tijeras que tenía a la mano, dejó una nota en la cual decía, esta vez si dije la verdad, yo no lastimé a María.

NILA J BOHÓRQUEZ

*La verdad de Jaimito*

Jaimito solía presentarse tarde a clases todos los días. Siempre con una excusa a flor de labios.

Pero la maestra Catalina sabía que todo era mentira. Estaba convencida de que su alumno, además de tremendo, era mitómano profesional, exagerado, cuentero y mal estudiante.

La única verdad que decía con tristeza era su pobreza: que vivía con su abuela, doña Panchita, y le ayudaba en las labores del campo.

Todos los días se aparecía con un cuento del camino para justificar su retraso. La maestra Catalina, además de preocupada, ya estaba molesta de escuchar tantas mentiras. La Directora no aceptó más excusas y envió una boleta de citación para su representante.

En la entrevista con doña Pancha se decidió que Jaimito fuera tratado por un psicólogo por su contínua mitomanía, y que hablara con el Cura del pueblo para que lo confesara y lo sanara con agua bendita.

Pero Jaimito seguía con sus mentirillas y fantasías contadas en el salón.

Un buen día Jaimito arribó temprano. Decidido a decir la verdad con el pecho roto y sin adornos. Aunque nadie le creyera, salvo su lápiz amarillo, testigo fiel de sus disparatadas tareas sin concluir.

-Buenos días, Seño…hoy vine tarde otra vez. Pero hoy ningún lobo me ha perseguido, no hay río que atravesar, no hay obstáculos en el camino. Es verdad que no hice las tareas porque anoche lloré con mucho sentimiento.

Todos rieron a carcajadas burlescas.

La maestra Catalina ordenó silencio y compostura.

-Continúe, Jaimito. Le escuchamos.

-Sí. Lloré lágrimas de sangre. Créame maestra. No hice las tareas de hoy porque al llegar al rancho quedé abismado al ver a mi abuelita cargando un atado de leña bajo la intensa lluvia…y me olvidé de mí, de mi cuaderno, de mis lápices…o sea, mi mundo se vino abajo.

Todos exclamaron al unísono:

¡Oh, oh!

Los alumnos, como siempre, esperaban el cuento del oso saliendo del matorral encantado.

Esta vez era verdad. Una verdad simple que le destrozaba el corazón, con su rostro amarillo, tan amarillo como su lápiz desgastado.

Y Jaimito entendió que la verdad no siempre suena bonita, como la escena de su abuela con el peso de la madera talada, sin embargo, deja la conciencia limpia.

Por primera vez, a Jaimito le bastó con encontrarse a sí mismo para empezar a regenerarse.

Aunque el fantasma de la mentira vuelva a aparecer y, tal vez para disculparse por no ser puntual, mañana diga que se le perdió la verdad en el río…en ese río que solo existe en su imaginación.

EVA AVIA

Decir la verdad, puede.

La luz tenue de la habitación deja visible la desnudez de nuestros cuerpos. Le observo dormir plácidamente, algo que me provoca recorrer con mis pequeños dedos cada centímetro de su piel. Me cubro con la sábana e incorporo. Recojo mi cuerpo como un ovillo. Recuesto mí rostro sobre las rodillas. Mejor no ser mala y dejarle descansar, han sido unas jornadas complicadas. Rozo mis brazos, recordando las caricias antes recibidas. Nunca creí que vivir algo así me hiciera tan feliz.

Que torpe he sido, mi mente ha echado a volar y se me ha olvidado contarte como he llegado hasta aquí. No te preocupes, que te lo cuento como si del presente se tratara.

El día que nos conocimos, un inicio tortuoso.

—¡Devuélvemelas! —Le arranco las gafas. ¿¡Pero y a este tío que le pasa!?

—La curiosidad me mata —Rozo su barbilla y le elevo un poquito el rostro—. Pues los tienes más grandes de lo que me imaginaba— Observo con detenimiento su mirada inquisitiva.

—Definitivamente, lo tuyo no es la delicadeza —Acelero mis pasos, porque no quiero caer en un juego del que voy a salir mal parada.

¿Por qué en estos momentos siempre me recuerdan a alguna escena? Los protagonistas se conocen accidentalmente, pelean y terminan enamorándose. Me doy una bofetada y me digo a misma, ¡despierta de una vez, Unmyeong, que todavía no es la hora de dormir!

—Me rio o lloro —le digo, mientras interrumpo sus pasos—, tampoco es para que te fustigues —Definitivamente esta chica es un poquito rara. Interesante.

—Estaba comprobando que no es una pesadilla. ¿Me vas a dejar marchar? —Si es que no sé en que estaré pensando, es insoportable. ¡Normal, que la madre le busque esposa!

—Por supuesto, las damas primero. Te acompaño. Por cierto, toma —Le entrego el paraguas—, te lo has dejado.

—Gracias, pero no lo necesito —Instintivamente coloco mi brazo a modo barrera para que se detenga—. No soy una damisela que necesite de un hombre para que me acompañe.

—No lo dudo, pero los caballeros es lo mínimo que pueden hacer —Dándole el paso.

—Diego, ¿qué es lo que quieres de mí? Porque no lo entiendo —Me detengo frente a él y levanto mi rostro como pavo real.

—Que finjas ser mi novia.

—¡Qué! —No me he atragantado porque no tengo nada en la boca—¿Cuánto me vas a pagar? —Pensaba que estas cosas solo ocurrían en las películas.

—Sabía que eras la adecuada. ¿Cuánto cuesta tu tiempo? Pero esto no lo podemos hablar en medio de la calle.

—Parece mentira que no conozcas a la gente de aquí. Este es un lugar tan bueno como otro. Dependerá de lo que tenga que hacer.

—Me tienes que dar un precio.

—Un mecánico te puede cobrar cien la hora, doblo la tarifa y a parte el material.

—¡¿El material?! ¡¿Doscientos?!—Me quedo muerto con la tarifa.

—Sí, claro. Un hombre …, como tú, tiene que ir de la mano de una mujer que esté a su misma altura. Pero te pongo una condición, nada de contacto físico. ¿Trato? —Le ofrezco la mano y me río por dentro. Se va a cagar.

—Trato —Devolviendo el gesto. Ya veremos lo que tarda en caer rendida.

Y como así suceden en las series. Todo comienza con un contrato. Pero ¿quién caerá rendido antes? Eso será en otro relato. Besitos.

Besos, la Incondicional.

CARMEN ÚBEDA FERRER

La Verdad Oculta

——————–

Todos en nuestra casa sabíamos la lacerante verdad de que nuestro padre tenía una amante desde hacía muchos años y, para más descaro y desafío de su familia, la había instalado en un piso a la vuelta de la esquina.

Yo soy el menor de cinco hermanos varones. Por aquel entonces solo tenía once años. Nunca olvidaré el impacto brutal que me causó el día que, de lejos, vi a mi padre con otra mujer ( que no era mi madre) colgada de su brazo como dos enamorados. En ese instante el cielo se desplomó para mi. Me costaba respirar y el corazón pretendía salirse de mi pecho. Nunca dije nada de este denigrante descubrimiento. Mi comportamiento con papá fue el mismo de siempre pero, desde aquel desafortunado día en el que me convertí repentinamente en adulto, mi padre había bajado muchos escalones con respecto a mi afecto por él y a su credibilidad.

Pasaron los días y mi secreto me agobiaba. Observaba a mis hermanos, casi los espiaba por si sabían algo al respecto; pues, aunque no pensaba decir nada, si ellos (que eran mayores que yo) estaban al tanto, aliviarían un poco la carga de mi conciencia.

Cuando papá llegaba tarde de su estudio de arquitectura (estos retrasos eran frecuentes), siempre comentaba que su demora se debía a que los planos eran tan minuciosos que se llevaban más tiempo del previsto, o que a última hora se había presentado un compañero de carrera y habían estado preparando un nuevo proyecto… Mamá sonreía diciéndole: “Siempre te digo que trabajas demasiado, cariño” Las miradas que le dedicaban mis hermanos a nuestro padre empezaron a abrir una luz en mi mente: ellos también estaban al corriente de la existencia de la otra mujer. Todos habíamos callado siempre y hasta creo que mi madre también lo sabía.

Al crecer y ser ya un muchacho de quince años, fui descubriendo la realidad respecto a que mi madre nunca había sido engañada. En más de una ocasión la vi enjugarse furtivamente algunas lágrimas de sus bellos ojos.

La verdad oculta y compartida, por triste que sea, siempre hace más liviana la carga. ✍️

Carmen Úbeda Ferrer

LETICIA R MENA

DECIR LA VERDAD

No es que quisiera mentir, pero tampoco se puede decir la verdad siempre.

Se empieza con pequeñas mentiras piadosas, y se va escalando con el tiempo hasta el punto de que de cada tres palabras que salían de mi boca, dos eran mentira.

Desde el “que bien te queda ese vestido” a mi hermana.

Al “que bien lo estamos pasando” a mis amigos.

Hasta el “esta receta nueva te ha quedado riquísima, mamá”.

Siguiendo con el “el informe estará en cinco minutos” al jefe.

Cuando se aprende el arte del embuste, se empieza a pensar a lo grande, como si se dijera uno a sí mismo que no hay narices a subir la puja de la trola.

De las mentirijillas se pasa al “es solo un amigo” al novio.

Al “te prometo que el secreto me lo llevo a la tumba” a mi mejor amiga.

Hasta el “no sé como puede haber desaparecido ese dinero de la caja, jefe”.

Todo ello con la más estudiada cara de bendita inocencia y la más fingida ignorancia de persona un poco lela.

Llegados a este punto, justo a este punto, me invade el arrebato irracional de decir la verdad.

Pienso si es ahora el mejor momento para hacerlo. Justo ahora que este tipo con sotana me ha hecho una pregunta.

Miro a los invitados y luego a mi cuasi marido, y dudo.

Dudo si decir la verdad o seguir mintiendo y responder “sí, quiero”.

BLANCA CERRUTI

La verdad será evidente

Carla está a punto de casarse y de vivir momentos maravillosos tanto tiempo esperados con ilusión. Sin embargo, en su mente se libra una lucha que le roba el sueño.

Sus compañeros de trabajo programaron un safari a África y se apuntó. En uno de los momentos de tiempo libre, se alejó demasiado del entorno del hotel, y sola. Se cruzó con dos nativos, pero apenas se habían alejado unos metros se volvieron y…

No llegó a perder el conocimiento y pudo regresar al hotel sin llamar la atención. La vergüenza que sentía era tan grande que calló lo ocurrido y volvió del viaje con un secreto en el corazón y el temor de posibles consecuencias en su cuerpo.

Ha pasado un mes y su temor se ha hecho realidad: una vida late dentro de ella. Lo ha callado, pero a las puertas de su boda las dudas la atormentan. «Qué acarreará mayor sufrimiento, ¿decir la verdad o callarla?», se pregunta angustiada.

Piensa que su prometido tiene derecho a saberlo y que, si ella no habla, la evidencia hablará por ella; «o quizá no esta vez, pero sí en un futuro…», se dice.

Si le cuenta lo ocurrido, es posible que él comprenda su sufrimiento y su silencio y acepte a ese hijo. Pero, si calla y la evidencia lo pone de manifiesto, ¿cómo reaccionará?

Se sentirá humillado, y la confianza entre ellos se habrá roto para siempre.

Pero ¿y si va más allá y solicita la nulidad del matrimonio? Esa ocultación lo hace nulo y se la concederían.

Carla siente una presión en el pecho y respira con dificultad. Su lucha entre decir la verdad o callarla no cesa ni un segundo. «Quince días, Carla, solo faltan quince días para tu boda y sin salida…», se repite angustiada.

Blanca Cerruti

SILVIA GALLARDO

EL ESPEJO DE CENIZA

El reloj de la pared marcaba las tres de la mañana con un tictac monótono que parecía golpear directamente en las sienes de Julián. En la habitación contigua, Valeria dormía, o tal vez fingía hacerlo, separada de él por un muro invisible pero denso, construido con meses de silencios y respuestas a medias.Julián se apoyó contra el lavabo del baño y miró su reflejo. Se preguntó, no por primera vez, por qué costaba tanto hablar con la verdad si tan fácil era decir las cosas como son. La verdad era una línea recta, un camino despejado; la mentira, en cambio, era un laberinto sin salida que él exigia mantener una verdad imposible porque se tambaleaba con frases incoherentes y sospechosas que causan al oído de Julián quie perceptivo intuía la falsedadaeque él mismo había diseñado y en el que ahora se encontraba atrapado. ¿Qué había en su interior que lo volvía incapaz de mostrar una honestidad descarnada? ¿Por qué lefaltó el valor para colocar ese ramillete de verdad en el altar del amor y la confianza que tanto tiempo les había tomado construir?Al principio, se justificó diciendo que mentía para protegerla.

-protegerme dee que?»replicó valeria Peroél frente al espejo, despojado de sus máscaras sociales, la respuesta era mucho más cobarde: mentía para salvar una imagen que no existía. Había creado un personaje perfecto —el hombre infalible, el esposo sin grietas, el profesional de éxito rotundo— y se había convertido en el esclavo de su propia creación. Presentaba ante el mundo una falsedad brillante ocupa do del estatus ganado con corruptelas y de infidelidades de las que alardeaba con cinismo creando un muro sin castillos que pronto se derrumbaria, mientras por dentro se desmoronaba.Cerró los ojos, pero no encontró paz. Mentir para ocultar la verdad lo había sometido a un juicio implacable donde él era, a la vez, el acusado y el verdugo. Su propia conciencia lo torturaba sin tregua, recordándole a cada segundo el peso de la impostura. La mentira, que al principio pareció un escudo ligero, ahora pesaba como el plomo.Abrió la puerta del baño en silencio. La penumbra de la casa le pareció el escenario perfecto para su farsa. Se acercó a la cama y observó la silueta de Valeria. Sabía que al amanecer las especulaciones volverían, las preguntas incómodas flotarían en el aire y él tendría una nueva oportunidad de pronunciar esas palabras transparentes que lo borraran todo y lo sanaran todo.La verdad estaba ahí, al alcance de su mano, simple y liberadora. Solo faltaba saber si, cuando el sol saliera, tendría el coraje de romper el espejo de su propia falsedad. cargaría en suconciencai el peso de un tsunami de mentiras que se acumularon sin saber que sería una devastación de su propia historia de falsedad e hipocresía; !que ganas de mentir sin saber que cava su propia tumba, ese abismo oscuro en el que se reflejan miradas lacerantes y acusadoras que lo ponían en el banquillo de los acusados para escuchar la sentencia inquisidoraque lo visibilizaria como un ser mentiroso 🤥 ncapaz de afrontar sus errores y simplemente, llanamente, sin argumentos preconstruidos, sin mas que las palabras honestas qué lo orillen a decir la verdad, para permitirle sanar, Pero sostuvo la mentira que ahora lo destruye.

porque mentir es una arma de dos filos. una mentira genera la necesidad de seguir mintiendo hasta abocardar

ese abismo que se convierte en la trampa mortal del alma y se pierde la confianza, el amor y la paz espiritualde quien depisitó toda su confianza en una entrega irrevocable.

Es tan sen cillo: solo eso ¡decir la verdad!!! para sanar y no mentir para corroer lo precioso de los sentimientos claros y transparentes que se ofrendaron sin condición .

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Asunto de la semana: Decir la verdad

—¿Sabe usted que está obligada a decir la verdad?

Tras diez minutos de agresiva dialéctica, aquel hombre trajeado mantenía acorralada a una mujer como un púgil contra las cuerdas.

Laura era la madre de aquel joven que permanecía sentado en el banquillo, junto a dos policías que lo custodiaban.

Se tomó su tiempo para responder a la pregunta. Todo en aquella sala era bronco y áspero, hasta que, de su mano izquierda, recobró algo de aquella dulzura que parecía haber perdido. Percibió el tacto del algodón que recubría el cuerpo de un osito de peluche que protegía entre sus manos.

—Sí, uno de esos chicos que aparecen en las imágenes es mi hijo.

Laura apenas pudo terminar la frase. Agachó la mirada y sintió cómo algo parecido a una losa le oprimía el cuello.

—Pues, señor juez, creo que no hay más preguntas. El acusado es otro de los culpables de enviar a mi cliente al hospital y arruinar la vida de una familia después de más de veinte años de esfuerzo.

El juez se mantenía expectante en el estrado, apoyando el mentón sobre su mano izquierda. Tras unos segundos, relajó la postura y se dispuso a pronunciarse.

Fue entonces cuando Laura intervino.

—Si me lo permite, señor juez…

—Sí, claro. Puede hablar. La escucho.

El abogado, que ya estaba recogiendo sus papeles como quien recoge las banderas de una batalla que se sabe vencedor, se giró para escuchar lo que aquella mujer tenía que contar.

—Yo quiero, ante todo, empezar pidiendo disculpas a la familia de este hombre que, lamentablemente, hoy no puede estar presente. Mi hijo cometió unos actos terribles. Eso es evidente y cierto, pero… se me ha pedido que diga la verdad.

Laura recuperó el tono de voz. Esta vez, sus palabras brotaron con una firmeza que hasta entonces parecía haber perdido.

—Y voy a contarle toda la verdad, no solo la que usted, señor abogado, quiere escuchar.

—Pues todos aquí estamos deseosos de escucharla. Aunque siento decirle que poco o nada podrá cambiar la realidad que todos hemos visto en esas imágenes.

—Bruno es mi hijo. Y sí, se ha equivocado. Pero no es solo lo que aparece en esas imágenes. También es ese chico que se quedó el último en escapar de aquella tienda que fue salvajemente saqueada. ¿Y sabe por qué?

—No estoy esperando a que me sorprenda —dijo el abogado, dibujando una leve sonrisa.

—Porque, al mirar atrás, fue el único de aquel grupo de jóvenes que se quedó paralizado. Y sacó su teléfono para hacer una llamada…

Bruno, que hasta entonces había permanecido en silencio, comenzó a dejar escapar varias lágrimas por sus mejillas mientras escuchaba las palabras de su madre.

—Pues sí, aquella llamada fue a mí. Fue para reconocer que había hecho algo terrible y que estaba arrepentido. Fui yo quien llamó a los servicios de emergencia para que pudieran atender a aquella familia lo antes posible.

—Oh, qué emotivo —dijo el abogado, sacando un pañuelo de su bolsillo—. Si al final resulta que vamos a descubrir a un héroe en esta película… Por favor, señor juez, esto no atenúa en absoluto los graves hechos que recaen sobre el acusado.

El juez se tomó su tiempo para recapacitar. Después, giró la cabeza hacia Laura.

Allí pudo ver a una mujer que todavía se aferraba a una esperanza.

Entonces reparó en el osito de peluche que sostenía entre sus manos.

—¿Me podría dar eso que guarda?

El juez extendió su brazo.

Laura, sorprendida, miró el peluche. Después, lentamente, se lo entregó.

Al cogerlo, un olor familiar lo transportó al pasado.

Diez años atrás, cada noche, podía percibir aquella fragancia al entrar en la habitación donde dormían sus dos hijos.

No pudo evitar dejar escapar un suspiro.

Durante unos segundos, permaneció contemplando el osito.

—Dejen que se acerque al muchacho.

Bruno obedeció y se acercó al juez.

—¿Lo reconoces?

Con las manos esposadas, el chico alcanzó el peluche. No pudo hacer otra cosa que apretarlo contra su pecho, sin pronunciar palabra.

Laura, que observaba la escena, sintió cómo se le erizaba el vello de todo el cuerpo. Aquel abrazo le recordó al que tantas veces había recibido de su hijo.

El juez permaneció unos instantes en silencio.

—Tengo suficiente, Bruno. Devuélvaselo a su madre.

El muchacho se acercó a Laura y le entregó el osito.

Ella lo recibió sin dejar de mirar a su hijo.

El juez se retiró a deliberar.

Transcurridas un par de horas, regresó a la sala con la sentencia.

Los presentes se levantaron, preparados, o no, para escucharla.

—Ante los hechos acontecidos, Bruno es declarado culpable y cumplirá la sentencia que corresponda según lo establecido en el Código Penal.

Bruno y Laura agacharon la mirada, mientras el abogado de la defensa se ajustaba la chaqueta.

El juez hizo una pausa.

—Pero su sentencia incluirá la realización de trabajos en beneficio de la comunidad en la misma tienda que saqueó.

Madre e hijo levantaron la mirada, sorprendidos.

El juez dirigió entonces sus palabras al muchacho.

—Además, Bruno, hoy has demostrado que, si de verdad quieres, puedes empezar a reparar el daño que aquella madrugada de octubre causaste a otras personas y a tu propia familia.

El sonido del mazo sobre la madera puso fin a la sesión.

Bruno miró a su madre.

Laura apretó el osito contra su pecho.

Y, por primera vez desde que comenzó aquella mañana, ninguno de los dos agachó la mirada.

Fernando D. López Aguilera

CESAR TORO

Decir la verdad

La verdad es que: no sé por donde empezar.

En este tema complejo de la verdad, no es fácil discernir un concepto apropiado u honesto. Como diría la Sagrada Escritura: ”el que este libre de pecado, que lance la primera piedra”

Creo que todos los seres humanos en algún momento de nuestra vida hemos recurrido al engaño; para salir de cualquier apuro, como en la fábula donde la mentira muchas veces se disfraza de verdad.

Personalmente creo que todos debemos hacer un esfuerzo supremo para vencer esa tentación de mentir y asumir nuestra responsabilidad con valentía, el decir la verdad siempre. Es una tarea difícil; pero liberadora, ya que no tenemos que cargar con ese peso en nuestra conciencia.

En estos tiempos hay una epidemia especialmente en la gente joven, recurre a la mentira para justificar cualquier cosa; sin embargo, esta práctica se va convirtiendo en hábito y más tarde vemos los resultados catastróficos en la sociedad: políticos que prometen y no cumplen, personas que se dedican a estafar a otras, parejas que se juran amor eterno y luego…

Lo más lamentable es que el daño que se le puede causar a una persona al faltar a la verdad es irreparable, por no decir la verdad hay gente que ha perdido la vida, otros van a la cárcel siendo inocentes, se destruyen familias y matrimonios. Todas estas calamidades acarrea la mentira.

Decía en una ocasión el fallecido Papa Francisco, que: el pan que se lleva a casa con dinero mal habido «es un pan sucio»

Hagamos un esfuerzo por decir siempre la verdad.

“Los hombres que siempre hablan la verdad son los que más se asemejan a Dios”

Pitágoras

«Si dices la verdad, no tienes nada que recordar»

Mark Twain

«Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»

Juan 8,31

OMAR ALBOR

Decir la verdad

Te miraste

SUFRSTE

y desde el fondo

NO VISTE NADA RARO

las gotas taparon

LA SUPERFICIE

Ya no era placer

era tú corazón

LATIENDO MUY Rápido

tan rápido como podía

NADIE TE VEIA

te hundiste

sin despedirte

DE TI Y DE TI Y DE TI

Y DE TUS PROPIOS

SENTIDOS

que quedaron

allá en donde no se dónde

DONDE LA CALMA

ASOTA AL VENDAVAL

Y DONDE NADIE

TE BUSCA

A TI Y A TÚ ALMA

ROTA

DE AMOR

Prodigio

LLENO DE PERFUME

DULCE PERFUME

De amor

Dulce amor.

FRAN KMIL

Decir la verdad.

El frío de la noche de enero no se comparaba en nada con la helada mirada de Joaquín. Habían pasado casi treinta años desde que su hermano mayor, Martín, se había marchado una madrugada para cumplir una misión secreta de la que jamás regresó. Todos lo dieron por muerto.

Martín lucía envejecido, con el rostro arrugado y los ojos cargados de una fatiga que no era física.

—Solo quiero verlo —dijo con la voz temblorosa—. Necesito pedirle perdón a papá antes de que sea tarde. Necesito decirle la verdad.

Joaquín lo tomó del brazo con fuerza, deteniéndolo antes de que diera un paso hacia la habitación del fondo, donde el anciano padre dormía conectado a un tanque de oxígeno.

—No vas a entrar ahí —susurró Joaquín, con una furia contenida—. Para papá, tú eres un héroe. Lloró tu pérdida durante años, pero se consoló con la idea de que su hijo mayor había muerto en combate, defendiendo a su patria como todo un hombre. Ese orgullo es lo único que lo ha mantenido vivo todo este tiempo.

—¡Pero estoy vivo! —insistió Martín, desesperado—. La misión fracasó el primer día. Tuve miedo. Deserté. Pasé todos estos años escondido en el norte, con un nombre falso, huyendo de mi propia historia. No puedo seguir cargando con este secreto. Él tiene que saber quién soy realmente.

Joaquín lo miró con desprecio y una profunda amargura. El corazón desgastado del anciano no soportaría saber que su héroe era, en realidad, un prófugo que los había abandonado por cobardía.

—Si entras y le cuentas eso, lo vas a matar —sentenció, interponiéndose entre Martín y la puerta—. Para ti es fácil decir la verdad y librarte de la culpa del abandono, pero no se trata de decir la verdad, sino del daño que causaría escucharla

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