Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «mi vida después». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 13 de agosto!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
CARMEN BERJANO
El día después
El día después todo seguía ahí.
Estaban mi familia, mis amigos cercanos y la rutina de quererte, aunque a veces seguía doliendo.
El día después volvió el sueño inducido, el no saber que hacer con los minutos y esas punzadas tan características de ansiedad en el pecho.
Mi vida se detuvo, pero el mundo seguía cada vez más loco.
Las pesadillas, los pensamientos intrusivos, los anticipatorios… Todo esto era familiar, pero no por eso menos angustiante.
El día después nunca se sabe si es un final o un comienzo, o igual bebe de esas dos aguas a la vez.
Apenas tengo certezas en este momento, pero siempre me quedará tu recuerdo y este abrazo guardado, por si te olvidas de que tratas de olvidarme.
ANTONICUS EFE
El descaro que solivianta mis enojos
aprisiona al Gin Tonic que ayuda en la digestión;
cuantos versos he robado al éter
para formar este frugal poema.
Se me olvidó poner la rodaja de limón.
Besos que te he robado,
besos que luego he vendido.
Sonrisas que no te he regalado,
sonrisas ofrecidas al infinito.
El limón se quedó en tu casa.
No soy juglar de escenarios
me gusta más tu ventana,
me estoy quedando afónico
de proyectarme a la quinta planta.
¿Te queda algo en el mueble bar?
Tus ojos me sulibellan,
tus perfumes no tanto.
Tu boca me ofrece canela
mientras yo busco arándanos.
Será otra boca ajena.
Grabé a fuego estas palabras
en el pupitre de tu corazón.
Tus trenzas ataban nuestro bocadillo
para que no se cayese el salchichón.
Las litronas eran caras.
A hacer poemas menores y sin ningún sentido como este:
Las hormigas son devotas
de San Acarreador,
rezan y rezan,
hasta que el trigo
fluye a su alrededor,
luego ordeñan pulgones
con las manos limpias;
qué aseadas son las hormigas.
La servilleta deja de limpiar
cuando está impregnada
de cola cao cero.
El negrito del África tropical
ahora siembra…
Soy el trovador del pueblo
y viajo en ascensor.
Me gustaba mucho María Luisa
y su sucia camisa,
esa especie de mueca
en la cornisa
donde los labios saben a Licor 43.
Estaba a punto de tirar la toalla y convertirme a la prosa cuando se me apareció entre efluvios de cornezuelo el Genio de la Bombilla Led que me concedió dos deseos y medio y a partir de entonces mi vida cambió totalmente, pero como yo de mi vida privada no hablo…
DAVID MERLÁN
VERANO (LAS CUATRO ESTACIONES 4/4)
El verano llegó a Brno con una tormenta, pero no metereológicamente hablando, sino de preguntas.
Durante semanas, Severin y Abellana caminaron alrededor de ellas. Como dos personas que encuentran una puerta cerrada y necesitan abrirla pero lo quieren hacer con recelo y precaución. Girar «ese pomo no es tan sencillo.
Volvieron a verse por casualidad y después por acuerdo mutuo; primero fue un paseo y después vino un café con conversación. A ésta le siguió otra y después otra, pero en ninguna de ellas se mencionó aquella tarde de noviembre. Y menos el don de Seve o la huida de Abe. Aquello permanecía entre ambos como una tercera persona sentada a la mesa; Invisible y presente a la vez.
Pero todo llega y una tarde de julio dejaron de esquivar el tema.
Se encontraban en una terraza junto al río. El sol comenzaba su ocaso lento pero implacable sobre los tejados de la ciudad.
Abe sostenía una taza entre las manos con la mirada en su interior. Severin, por si parte, observaba las embarcaciones que avanzaban corriente abajo.
Fue ella quien rompió la tensión existente y habló primero.
—¿Sabes una cosa?
—Depende.
—Siempre haces eso. Pareces Gallego.
—¿Gallego?
—Nada. Olvídalo.
—Bueno,…¿Qué es lo que hago según tú?
—Responder a una pregunta antes de que la formule.
Severin sonrió.
—Es deformación profesional.
—¡Venga hombre! Tú profesión no tiene nada que ver con esto.
—Entonces será deformación personal.
—¿En serio, Seve?—contestó ella bajando triste la vista.
Su sonrisa desapareció, pero volvió a insistir.
—¿Por qué nunca me preguntaste?
—¿El qué?
—Por qué me marché. Por qué dejé el contacto.
Severin tardó unos segundos en responder.
—Porque pensé que si hubieses querido contármelo, ya lo hubieras hecho.
—Y si no quería hacerlo…También tenía derecho, ¿No?—dijo ella volviendo a bajar su mirada.
Abe permaneció en silencio mirando cualquier lugar menos a él.
—No me fui por tu don si es lo que te preocupa.
Severin no respondió.
—Bueno… no exactamente.
—Ya.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba.
Ella soltó una breve carcajada.
—Claro que lo sospechabas.
—¿Entonces?
Abe respiró profundamente. Como quien lleva meses preparando la frase que decir llegado ese momento.
—Me fui porque te creí. Así de simple.
Aquella respuesta lo desconcertó.
—¿Simple, dices? No te entiendo.
—Lo sé.
—¡¿Lo sabes?! ?Y te parecerá bien, no?
Se giró hacia él por primera vez y respiró hondo antes de contestar. No quería pelea, y menos con él.
—Cuando me contaste lo de los números pensé que estabas loco.
—Gracias.—contestó con rintintin
—Déjame terminar.
—Vale.
—Y luego comprendí que no mentías y eso me asustó.
—¿Por qué?
—Porque significaba que tenías un don extraordinario.
Algo que nadie más tenía y aun así eras la persona más normal que había conocido.
Severin levantó una ceja.
—No estoy seguro de que «normal» sea la palabra adecuada.
—Ya sabes a lo qué me refiero. Y entonces comprendí otra cosa.
—Lo qué.
Abe sonrió tristemente.
—Que tú me habías visto. No los números ni el misterio. No la anomalía. Y no estaba preparada para eso, ¿Sabes?.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. No hacía falta. Porque algunas respuestas se contestan en silencio.
—¿Y qué hiciste? —preguntó finalmente Severin.
Abe apoyó los codos sobre la mesa.
—Intenté seguir adelante.
—¿ Y Funcionó?
—No. Para nada.
—Vaya, lo siento. ¿Pero nada?—insistió esbozando una sonrisa.
—Ni un poco.—contestó Abe devolviendo una tímida sonrisa.
—Mi vida después fue bastante decepcionante.
—¿Por?
—Intenté convencerme de que había tomado la decisión correcta; salir con otras personas, viajar. Intenté cambiar de ciudad para dejar de pensar en ti.
—Y…¿Funcionó? —preguntó con miedo.
—Resultó que eras increíblemente molesto.
—Lo siento.
—¡Qué vas a sentir!—mientras le daba un ligero empujón en el brazo.
—Bueno. Un poco.—comenzando a sonreir.
—Lo imaginaba.
Ambos rieron. Y por primera vez el pasado dejó de parecer una amenaza.
Agosto llegó lleno de luz a Brno. Los días eran más largos en igual medida que las conversaciones más sencillas, se convertían en eternas.
Hablaron de todo aquello que habían dejado pendiente. De los errores. De los miedos y de las decisiones equivocadas y acabaron descubriendo algo curioso:
Ninguno de los dos era la misma persona que en aquel ya lejano otoño anterior. Pero un patrón era claro:
El invierno había dejado cicatrices.
La primavera había dejado preguntas.
Y el verano estaba dejando respuestas. No todas, pero si, al menos, las necesarias.
Una tarde se citaron, y regresaron al mercado donde se habían conocido.
Severin llegó primero. Observó la plaza. La gente caminaba en todas direcciones y «sus» números flotaban sobre sus cabezas. Silenciosos y familiares para él como siempre.
—¿Todo bien?— dijo Abe apareciendo a su lado.
Llevaba una bolsa de papel. Como aquel primer día.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Nada.
—Mientes. Te conozco
—Bueno…
Ella esperó.
—Estaba pensando.
—Eso nunca trae buenas noticias.
—Tú también dices eso.
—Porque suele ser verdad.
Severin sonrió.
Escudriñó la plaza una última vez. Y después se giró y agarrándola suavemente por los hombros, la miró.
—Durante años pensé que mi don consistía en contar cuántas veces las personas pasaban por una calle.
—¿Y no es asi?
—No. No. No es eso.
—¿Entonces?
Severin observó el mercado. El sol. Las flores. La vida. Todo aquello que había estado sucediendo mientras él se empeñaba en contar números huecos.
—Creo que mi don consistía en aprender cuáles merecía la pena recordar y cuáles olvidar.
Abe lo contempló durante unos segundos, y luego tomó su mano.
Como si aquello fuera la cosa más natural del mundo, comenzaron a caminar. Y por primera vez en mucho tiempo, Severin no miró los números. No contó pasos, ni calles.
Una cosa aparecío clara al fin. Algunas cosas pierden importancia cuando aparece la persona adecuada.
A su alrededor, Brno continuó respirando bajo el sol del verano. Y mientras desaparecían entre la multitud, Severin comprendió algo que jamás había conseguido calcular.
La vida después no era la vida después de perder a alguien. Ni la vida después de encontrarlo. Era la vida que empieza cuando dejas de contar y comienzas a vivir.
Y, por una vez, todo aquello, le pareció suficiente.
FIN
YOLANDA PINA REY
MI VIDA DESPUÉS
En este mundo de prisas, de aventuras, de miedos, de envidias y de caos, cuando llega alguien a tu vida que te ve, que te abraza y que, sin darte cuenta, te cuida…
Llegas tú, y me acompañas, me cuidas, me calmas, me abrazas.
Llegas tú y me iluminas el alma.
Me haces pararme a pensar, querer ser mejor persona. Me empujas a salir de mi escondite y a mostrarte tal como soy. Me descubro a mí misma dejando caer capa a capa; de esta coraza abro la puerta a la ilusión y entiendo que eres alguien que ilumina mi día a día, que suma, que me ves, que me ríes y me validas.
Y es que yo me fijo en ti y veo a un hombre valiente, amigo de sus amigos, sencillamente humano, cercano, que une, que arropa, que sueña y que ama. Eres una persona que ayuda y que toca mi alma.
Después de observarte y conocerte, no puedo más que aceptar que sí, que me gustas mucho, cada día un poquito más; que soy afortunada por este regalo maravilloso de haberte conocido.
Tengo claro que, aún teniendo un un 0,000001% de oportunidades de que me abras la puerta para llegar hasta ti, tengo que intentarlo y vivir la experiencia de saber quién eres. Y no, no me dan ningún miedo las partes o sombras que puedas tener, porque yo también tengo las mías y eso nos recuerda que somos humanos.
Te doy las gracias de todo corazón, porque mi vida después de conocerte me ha devuelto a mí, a mi esencia, a quien soy.
Mi vida después de conocerte ha crecido y me ha enseñado que el amor verdadero no pasa, no desaparece: permanece.
ARMANDO BARCELONA
SALITRE.
Salitre sostiene la cazoleta de la pipa con su mano izquierda, mientras ataca la mixtura de tabaco con el pulgar de la derecha; sus ojos, acostumbrados a la inmensidad de los océanos, traspasan la bocana del puerto. Su mirada oscila lentamente, de un extremo a otro del horizonte, como un viejo lugre rolando con la mar de fondo, hasta perderse, glauca, en la lejanía.
Nadie lo llama por su nombre de pila, Manuel; solo su mujer lo hacía, pero de eso apenas le queda recuerdo. Cansada de ausencias y enferma, María, se dejó ir una madrugada con la bajamar para no volver.
Sentado sobre un desvencijado cajón de madera, descansa la espalda en la pared de la cetárea y deja que las volutas de humo azul se desvanezcan en el calor de la tarde. El tabaco quemado huele a brea caliente, cuero viejo y algas secas. El de Marsella dejaba un sabor dulce en la boca, recuerda Salitre, y su memoria viaja al pequeño balcón de La Caravelle, sobre el Vieux-Port. Sin embargo, con el de Lisboa quedaba un regusto a cuerda mojada. El mejor de todos era el de La Habana.
En el Sloppy Joe’s, cerca del puerto, en la esquina de Ánimas y Zulueta, compartiendo largas tardes de silencios, ron oscuro y Partagás con Gunnar Nilsen―contramaestre del M/S Havørn, un mercante añoso y panzudo, a medio camino del desguace, matriculado en Bergen, con orgullosas cicatrices en el casco, recordatorios de todos los muelles del mundo―, aprendió a mirar más allá; tras la línea que funde el cielo con la mar, donde se esconde la vida después de la última derrota.
Y es perdido en esa nada esperanzadora, cada vez más cercana, que Salitre, arrugado y curtido como una vela que ha conocido demasiados temporales, pasa sus días descargando el peso de las soledades en el muro de una cetárea, viendo entrar, con el atardecer, los botes cargados de pulpo, lubina, rape… entre volutas de humo azul que sigue oliendo a brea caliente, cuero viejo y, en ocasiones, con sudoeste fresco, ron oscuro y Partagás.
En Zaragoza, a 6 de agosto de 2026
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
CAMINANTE CELESTIAL
(Una historia alternativa para aficionados galácticos)
La moto aérea surcaba silenciosa las tórridas arenas del desierto, levantando a su paso una enorme polvareda que dejaba ciego a cualquiera que fuese detrás. Se trataba de una vieja Derby Goldwing de tercera mano, lo máximo a lo que Lucas podía aspirar. El mercado de vehículos personales de propulsión nuclear no era muy floreciente en aquel desolado arenal y las ocasiones de hacerse con un buen medio de desplazamiento resultaban realmente escasas. Por eso, cuando surgió la oportunidad, Lucas no dudó en cerrar el trato con aquellos pequeños enanos chatarreros acostumbrados a la compraventa de todo tipo de artilugios que vivían en las cuevas y se protegían de los soles con un hábito de monje. Tres mil zeleks les pareció un precio justo. Y Lucas se llevó la moto.
Era dueño y único empleado de Electrodomésticos Lucas, un pequeño pero bien gestionado negocio familiar heredado del padre, al que no veía desde tiempo atrás. Recientemente le habían llegado noticias de que ahora se encontraba dedicado en cuerpo y alma a la política y al sector militar, pese a haber sido víctima de un grave accidente con quemaduras de tercer grado que casi lo dejan fuera de combate y sufrir desde entonces importantes secuelas de tipo respiratorio. Lo último que había sabido de él es que también se acababa de sumergir de lleno en el mercado inmobiliario. El padre de Lucas estaba a punto de finalizar una promoción estrella consistente en una especie de gigantesca estación espacial con forma de pelota de golf. Había salido en las noticias y en la radio no paraban de sonar las cuñas publicitarias. Pero en ningún momento se hablaba de la finalidad a la que iría destinada. Posiblemente un complejo turístico de apartamentos o algo así. Estrella D’Or, ciudad de vacaciones. Un resort ideal de la muerte.
Lucas se solía mover por el desierto con la aero-moto, mucho más ligera y útil, especialmente en caso de atasco. La mayoría de desplazamientos eran para cobrar facturas y recoger pedidos. Excepto los jueves, que tocaba reparto. Ese día, Lucas sacaba la furgonave de carga, repleta de lavadoras, frigoríficos y consolas de aire acondicionado, todos ellos elementos vitales en cualquier vivienda edificada sobre aquel vasto desierto. Las lavadoras para tratar de eliminar ese color marrón permanente de la ropa, todo el día con más polvo que el mono de un minero. Los frigoríficos para mantener fresquitos los polos, la granizada, los tercios y el resto de bebidas. Y para conservar la exquisita carne de las ratas de desierto, ingrediente que no podía faltar en la dieta de la zona, en la que destacaba el delicioso pastel de rata. Y para lo del aire acondicionado… sobran las explicaciones.
El día se había dado bien, así que antes de cenar, Lucas decidió hacer un alto en el camino y aparcar la Derby junto a la cantina. “Jazz Tamos Aquí”. Ese era el rimbombante nombre que rezaba en el luminoso de neón, un local de usos múltiples que servía de bar, restaurante, salón de bodas, lugar de reuniones y sala de conciertos. Eran célebres y habituales las actuaciones de Los Marcianos Rebeldes, un conjunto de swing que amenizaba las noches de aquel solitario desierto. En el local se daban cita individuos de toda especie y calaña. Pero, por encima de todo, aquel antro era parada obligatoria de lo más selecto del mundo comercial: mayoristas, minoristas, representantes, traficantes, contrabandistas… Rara era la noche que no acababa con una alegre y entretenida trifulca. Lucas, ajeno a todo, se dirigió a la barra y solicitó al camarero un botellín bien frio de cerveza de Melmack. El barman, diligente, se la sirvió, sosteniéndola en uno de sus tentáculos, mientras la abría con una segunda extremidad y con una tercera extensión traía unas aceitunitas. Y todavía le sobraban cinco para otros menesteres. Y no solo tentáculos. También le sobraba tiempo, para atender a otros bebedores habituales y para mantener con Lucas una amena y distendida conversación. Un camarero como Dios manda.
En esas noches de cantina, mientras ahogaba sus penas, Lucas no podía evitar hablar de su padre, al que ya hemos hecho referencia. Un pez gordo del escalafón militar bien conocido por su duro carácter al que de alguna forma echaba de menos. Siempre hubiera deseado tener un padre normal que le enseñase a montar en bicicleta flotante, con el que dar paseos en camello de tres jorobas, con el que ejercitarse en la esgrima láser, alguien que le enseñase a hacer tratos con los chatarreros del desierto, algo que tuvo que aprender por su cuenta… Pero su padre tenía miras mucho más altas y pronto lo abandonó, sin que Lucas llegase a entender el porqué. Con estos pensamientos surcando su mente, al igual que su aero-moto surcaba las ardientes arenas, Lucas decidió que ya era el momento de regresar a casa. Durante el trayecto, no paró de hacer eses incluyendo tres conatos de caída, en parte debido a la conocida graduación de la cerveza de Melmack y en parte por la falta de atención a la conducción provocada por la deriva de sus pensamientos. Suerte que la Guardia Civil era cosa de otros tiempos y otros planetas.
Por fin llegó a la vivienda, bien entradas las doce de la noche. El edificio era una tosca construcción de adobe, básico y espartano. Aunque por dentro contaba con la más avanzada tecnología domótica. La parte superior se componía de un pequeño pero coqueto apartamento de soltero, más que suficiente para el poco tiempo de ocio que Lucas pasaba sin trabajar. No había tenido mucha suerte con las mujeres, en parte debido a la escasez de oferta existente por aquellos alrededores. Eran muy pocas las humanas casaderas, salvo que te arriesgases a experimentar con alguna de las muchas especies que allí habitaban. Exóticas, eso sí, con una amplia oferta de cuernos, tentáculos y extremidades diversas, así como un número variable de ojos, bocas y otros órganos, según la especie. Pero Lucas era un clásico, y prefería una mujer humana, de las de toda la vida, con el número de cosas correcto y todas colocadas en su sitio. Ya llegaría el momento. Mientras tanto, la mayor parte de su tiempo transcurría en el bajo del edificio, donde se hallaba la sede principal de Electrodomésticos Lucas. Un local comercial que era, a la vez, taller y exposición.
El mercado del electrodoméstico no se limitaba solo a frigoríficos, lavadoras, tostadoras y estufas, estas últimas con bastante poco éxito, algo que Lucas nunca llegó a entender. Su especialidad era el campo de los robots y los androides. Igual te reparaba una Roomba que un Mazinger de la serie Z. Aún conservaba orgulloso los dos primeros que habían pasado por sus manos. El primero fue Enre2D2, un pequeño droide del tamaño de una nevera de hotel, que ni siquiera hablaba, y que siempre estaba enredando y dando vueltas a su alrededor. De ahí su nombre. Era un artefacto capaz de sacar de quicio al más pintado. Sin embargo, lo quería como a un perrillo pequeño. Era muy listo, solo le faltaba hablar. A veces hasta hubiera jurado que dentro había un enano al mando de los controles. El otro, que adquirió posteriormente con los ahorros de su paga semanal, era un androide de protocolo, capaz de hablar millones de idiomas, con una tecnología sorprendente en su interior, pero con un recubrimiento de latón, como de los chinos, al que había que estar constantemente sacando brillo. Una especie de trompeta parlante con brazos y con piernas cuyas frases siempre terminaban con la coletilla “amo Lucas”. Ambos eran su compañía habitual. Torpes, fastidiosos e inútiles, pero adorables, al fin y al cabo.
Pero siempre hay una vida antes y otra después. Y un momento que lo cambia todo. Y así, de la forma más inesperada, llegó ese día. Sucede que Lucas había tenido que hacer un receso entre soldadura y soldadura para una visita obligada al excusado. Allí mismo, mientras se hallaba concentrado en la fuerza, se le apareció en forma de holograma el fantasma de José Juán Kenobi, de los Kenobi de toda la vida. Un viejo amigo de la familia que tenia la costumbre habitual de presentarse después de muerto, cosas del futuro y de la cierta ficción. Éste le insistió mucho en el tema de la fuerza, algo que Lucas ya llevaba un rato practicando, y le habló de una supuesta Santísima Cofradía del Santo Yedai, una especie de secta secreta repartida por toda la galaxia que contaba con numerosos adeptos de todo tipo, tamaño y pelaje. La mayoría humanos, pero también de otras clases. Algunos verdes como una rana, con grandes soplillos, escasez capilar y una pronunciada dislexia. Pero todos ellos tenían en común una misma finalidad: hacer fuerza común y proteger la galaxia de los malos malísimos.
Desde ese día, José Juán Kenobi pasó a ser su manager y representante. Lucas firmó los papeles del contrato y pasó a apodarse “Caminante Celestial”, denominación mucho más comercial y con más gancho. Más adecuado para todo lo que se le venía encima. De ahí a las películas, las camisetas y el merchandising solo hubo un paso. Hasta los del pato Donald, que huelen el dinero a años luz, acabaron metiendo los hocicos en el ajo. Y como al final esto llegó a Hollywood, el muchacho tuvo que ser rebautizado de nuevo como Lucky Strike Walker, siendo patrocinado por una conocida marca de tabaco.
Y todo esto que les cuento sucedió en una galaxia muy muy lejana, de cuyo nombre no quiero ni consigo acordarme. Y el joven Lucas “surcacielos” corrió mil y una aventuras acompañado de Juan Solo y su gorila Maguila, la princesa Leída, siempre con un libro bajo el brazo y muchos otros personales singulares. Pero esa ya es otra historia que daría para varias trilogías.
En una próxima ocasión, si se tercia y me apetece, se las relato.
PRESEN RODRÍGUEZ
(Mi vida sin él)
Mi vida sin él no empezó el día que se marchó.
Comenzó mucho antes, cuando dejé de reconocerme en el espejo,
cuando mis sueños aprendieron a caminar de puntillas
para no hacer ruido.
Viví muchos años habitando una casa llena de silencios,
confundiendo costumbre con amor,
resignación con paz,
miedo con compañía.
Fui apagando mi voz para que otras voces sonaran más fuertes.
Aprendí a sonreír mientras por dentro se desmoronaban los días.
Y, aun así, seguía creyendo que amar era quedarse.
Hasta que un amanecer comprendí que también se puede morir despacio sin despedirse.
Entonces abrí la puerta.
No fue él quien cambió mi vida.
Fue el instante en que decidí volver a elegirme.
Desde aquel día camino con cicatrices, sí,
pero también con la certeza de que la libertad duele menos que una vida sin alma.
Y comprendí que perder a quien no te deja ser,
a veces, es la única manera de volver a encontrarte.
MARIO JOSÉ HERRERA IBÁÑEZ
Después de hacer el amor con la mujer que amaba, sentí una felicidad que pocas veces había conocido.
Era de esas felicidades que uno cree que pueden durar para siempre.
Pero ella guardó silencio.
No buscó mi pecho.
No acarició mi rostro.
No dijo una sola palabra.
Nuestros cuerpos todavía conservaban el calor del otro, pero algo había cambiado. Ya no parecíamos dos personas unidas por amor, sino dos desconocidos atrapados en el último instante de una historia que estaba muriendo.
Ella se levantó y caminó hacia el baño.
Yo encendí un cigarrillo.
Miré cómo el humo subía lentamente hasta desaparecer en el aire. Lo observé con una tristeza extraña, casi con envidia. Quise ser como ese humo: algo que pudiera irse sin dejar heridas, sin cargar recuerdos, sin sentir cómo una vida puede romperse en completo silencio.
Cuando regresó, intenté acercarme.
Quise besarla como tantas veces lo había hecho.
Pero entonces recordé algo que me golpeó más fuerte que cualquier palabra: durante nuestros besos, ella ya no cerraba los ojos.
Los míos permanecían cerrados porque todavía la amaba.
Ella se quedó frente a mí. Parecía luchar contra algo dentro de su pecho, como quien sabe que está a punto de destruir una parte de la persona que tiene delante.
Me miró con tristeza.
Quizás recordó el día en que nos conocimos. Quizás recordó todo lo que fuimos.
Finalmente habló:
—Te he sido infiel.
Sentí que el mundo se detuvo.
No sentí rabia.
Sentí vacío.
Como si alguien hubiera entrado a mi vida y hubiera apagado todas las luces de golpe.
No pude responder.
Ella tampoco dijo nada durante unos segundos.
Y entonces pronunció las palabras que terminarían de herirme.
—Hay algo más que nunca te dije… Siempre sentí que tu pene era pequeño.
Aquella frase cayó sobre mí con una crueldad que no esperaba.
No por el tamaño.
Sino porque venía de la persona a la que había entregado mis inseguridades, mis miedos y mi amor.
Sentí vergüenza.
Una vergüenza profunda, de esas que no se quedan en el cuerpo, sino que llegan hasta el alma.
Por un instante sentí que no era suficiente. Que todo lo que había dado, todo lo que había intentado ser, podía quedar reducido a una sola palabra que alguien había elegido para lastimarme.
Ella encontró una herida que yo ni siquiera sabía que estaba abierta y decidió tocarla.
No la insulté.
No la odié.
No tuve fuerzas para hacerlo.
Solo permanecí sentado, mirando cómo el cigarrillo se consumía lentamente entre mis dedos.
Esa noche comprendí algo que tardé mucho tiempo en aceptar:
Algunas personas no nos destruyen cuando se van.
Nos destruyen cuando logran convencernos de que no fuimos suficientes.
Que nos faltó algo.
Que todo nuestro amor, todos nuestros esfuerzos y todos nuestros intentos no alcanzaron para que alguien eligiera quedarse.
Pasaron los meses.
La tristeza dejó de doler todos los días.
El recuerdo comenzó a perder fuerza.
La distancia se convirtió en silencio.
Y un día entendí que mi valor nunca estuvo en una parte de mi cuerpo, ni en la opinión de alguien que decidió herirme.
Porque un hombre no vale más por su tamaño.
Vale por su forma de amar, por su manera de levantarse cuando lo destruyen y por la dignidad con la que vuelve a encontrarse a sí mismo.
Aquella noche perdí a una mujer.
Pero con el tiempo recuperé algo más importante:
Me recuperé a mí.
Mario José
ANGY DEL TORO
Mi vida después de… las redes sociales y el humanismo digital.
—¿Cuántos libros sería capaz de acumular entre sus pendientes?
¡Vaya pregunta la vuestra!—respondí. Espere usted un momento, que a contar yo me dispongo.
Téngame paciencia, y aguante un poco.
Resulta que Homero, al iniciar su viaje de regreso a Ítaca, pasó más trabajo y sed que un camello en el desierto.
Yo no demoraré tanto en contar como él en regresar. Aunque si soy sincera, ni en “Cien años de soledad” terminaría tal faena.
Mejor olvide usted la pregunta. Porque hoy recuerdo aquel refrán que tanto repetía mi abuela: «Cunta para el que pregunta»
Y con esa, su respuesta tenía uno que conformarse.
¿Está claro… o quiere saber algo más?
Para serle franca, he tenido que detener el orden de mis lecturas. Sí, ha sido una pausa casi obligada. Me detuve a observar el mapa, ya que mi brújula parecía haber perdido el norte.
En ocasiones avanzaba entre los libros pendientes sin detenerme a mirar el camino recorrido. Pero, de pronto, algo me llevó a levantar la vista.
Y es justamente ahí donde acabé descubriendo lo inesperado.
Un pequeño libro infantil sobre Ada Lovelace y la Máquina Analítica llegó a mis manos. No lo estaba buscando, ni tan siquiera figuraba en mi mapa de lecturas. Sin embargo, las casualidades tienen una extraña costumbre: aparecen cuando menos se esperan y, a veces, terminan moviendo una pieza en el tablero.
Mientras leía sobre Ada —la niña que no le gustaban las matemáticas— comprendí que aquel pequeño libro venía a dialogar con dos autores que ya habitaban mi universo literario.
El primero: Isaac Asimov. Con él había iniciado un recorrido por la ciencia ficción, los robots, la inteligencia artificial y las preguntas sobre el futuro de la humanidad.
De improviso, impulsada por el renovado interés que despertó la reciente adaptación de La Odisea, irrumpió Homero. Y, casi sin darme cuenta, emprendí con Odiseo el viaje de regreso a Ítaca que antes le comentaba.
Asimov miraba hacia el futuro. Mientras que Homero me llevaba a la esencia, al origen.
Entre ambos, casi tres mil años de distancia. Y, sin embargo, vea usted qué casualidad, un pequeño libro infantil vino a tender un puente entre los dos.
Quizá esa sea la verdadera respuesta:
Los libros llegan por casualidad. Pero su lectura, es la causa que los conecta.
EFRAÍN DÍAZ
De niño, Ismael soñaba con una vida fuera del barrio. Le gustaban la finca, la siembra y los animales. Disfrutaba bañarse con sus amigos en el río y pasar las tardes jugando cartas a la sombra del viejo árbol de mango. Pero, según iba creciendo, no se veía trabajando la tierra el resto de su vida. Anhelaba algo más.
Las maestras del barrio habían notado que, contrario a la mayoría de los niños, Ismael tenía aptitudes y actitud para los estudios. Le gustaba aprender, hacía preguntas y siempre le buscaba la quinta pata al gato. Por eso lo alentaron a ir a la universidad.
—Ese muchacho tiene futuro —decía don Lalo, su padre—. Algún día nos va a sacar de pobres.
—Tiene más sesos que to’ nojotros juntos —señaló Felipe.
En el bar de Lolo todos asentían. Levantaban sus vasos de ron y brindaban al unísono por Ismaelito.
Llegado el momento, Ismaelito partió hacia la universidad para desarrollar el intelecto que la Divina Providencia le había concedido.
Su padre le echó la bendición y su madre le entregó un viejo rosario de sándalo que había conservado durante años.
—Toma, mijito, pa’ que reces en los momentos malos.
Ismaelito llevaba el corazón dividido. Por un lado, le invadía la nostalgia de dejar el barrio, las siembras, su caballo y sus amigos; los recuerdos de una vida sencilla pero buena. Por el otro, sentía la emoción del cambio, de conocer la ciudad y enfrentarse a un mundo completamente desconocido para él.
Cuando llegó, encontró una selva de concreto. Una ciudad de gente fría e indiferente. Todos caminaban con la mirada clavada en la pantalla del celular. Nadie daba los buenos días. Nadie conversaba. Nadie parecía tener tiempo para nadie.
En la universidad descubrió, por primera vez, la competencia. Había jóvenes tan inteligentes como él, e incluso más. Comprendió entonces que la escuela del barrio había hecho cuanto pudo, pero no era suficiente. Tuvo que estudiar más que los demás para competir con estudiantes provenientes de excelentes colegios privados.
Al graduarse consiguió un buen empleo. Sin embargo, también allí encontró otra clase de competencia: la desleal. Descubrió la traición, las zancadillas, las interminables jornadas de trabajo por un sueldo que apenas compensaba el desgaste. Descubrió la fatiga y el insomnio.
También descubrió que muchas personas ya no miraban a los demás por quienes eran, sino por lo que tenían. Les interesaba más el precio de las cosas que su verdadero valor. Era una vida a la que, por más que lo intentó, nunca logró acostumbrarse.
Hay quienes dividen la historia entre antes y después de Cristo. Ismael comenzó a dividir la suya entre su vida antes de la ciudad y su vida después.
Diez años bastaron para comprender que aquella no era la vida que había soñado. Hay personas hechas para la ciudad y otras que nunca dejan de pertenecer al campo.
Así que un día dejó todo atrás y regresó a Dos Bocas. Volvió a la tierra, al río y al viejo árbol de mango. Regresó a la casa que lo había visto nacer, crecer y marcharse. Se sentó en el viejo balcón, en la misma mecedora de siempre, y contempló el primer atardecer en muchos años sin estrés, sin prisas y sin preocupaciones.
Todo el barrio celebró su regreso.
Él, sin embargo, se sentía derrotado. Fracasado.
Se había marchado lleno de ilusiones para terminar exactamente donde había comenzado. Tanto nadar para morir en la orilla.
Don Lalo, ya encorvado por los años, se sentó a su lado.
—No pienses así, muchacho. No to el mundo está hecho pa’ la ciudá. Si tú llevaras a tus compañeros del trabajo a sembrar y a vivir aquí, no aguantarían una semana. En cambio, tú estuviste diez años allá, luchando solo. Eso también tiene su mérito.
Ismael guardó silencio.
Mientras el sol desaparecía detrás de las montañas de Dos Bocas, comprendió que aquellos diez años no habían sido un fracaso. Habían sido el largo camino que necesitó recorrer para descubrir dónde estaba su lugar.
Porque algunas personas pasan la vida buscando algo mejor. Otras tienen la fortuna de descubrir, después de mucho andar, que lo mejor siempre estuvo esperándolas en casa.
MAITE BILBAO
DESPOJO
Dejé las llaves sobre el recibidor y cerré la puerta. Mis manos ya no pesaban.
Fuera, el futuro desapareció y solo quedó el blanco absoluto, un vacío tan intenso que mareaba.
Pero para llegar a este silencio tuve que desandar el camino.
Tres horas antes, en la consulta, el médico pronunció la sentencia sin mirarme a los ojos. Un plazo exacto y una puerta que se cierra. Salí a la calle con la certeza de que el tiempo se había acabado. Sentí el ridículo peso de unas llaves que ya no abrían nada.
Treinta años acumulando inercia, rencores y llamadas devueltas.
Empecé la purga devolviendo cada cosa a su dueño. Regresé los silencios fríos a la boca que los provocó; entregué intactas las exigencias que otros inventaron sobre mi espalda.
En la esquina del bar de siempre, solté jirones de memoria. Dejé la costumbre de esperar, el café frío y las palabras que nunca me atreví a decir en voz alta, flotando en las conversaciones de los extraños.
Entonces llegó la prueba de fuego. Me detuve ante la puerta de mi hermano. Tres años de silencio por una herencia absurda. Saqué la carta del bolsillo, la última bofetada que pensaba dejarle para ganarle incluso al morir. Quería que mi última jugada fuera un veredicto. Quería tener razón.
La mano se quedó a un centímetro de la madera. Si dejaba esa espina, seguiría cargando con ella. Si rompía el papel y me iba sin reclamar nada, nadie aplaudiría mi magnanimidad.
Rompí el papel. Renuncié a la vanidad de la última palabra.
Sé que allá fuera la ciudad seguirá insistiendo en sus rutinas, pero ya nadie tiene mi dirección.
Ahora regreso al principio de todo. Las manos vacías, la puerta cerrada por última vez, y el vértigo exacto de empezar a no ser nadie.
Y después…
Después todo o nada.
L’IDIOT
M vida después
Conocí el secreto. Nadie advirtió del peligro de poseerlo cuando el corazón está dañado, sumergido en el egoísmo, la envidia y el deseo de posesión, como una semilla plantada en tierra envenenada.
Llegué primero a la cita. Me senté en una mesa junto a la ventana, desde donde podía ver la calle. El mundo aún ignoraba lo que yo había decidido para él. Quería verla llegar, deleitarme con su belleza, con esos movimientos gráciles que tenía al caminar, como si el aire se apartara para dejarla pasar. Saboreé la escena antes de que existiera.
Ella abriría la puerta. Las campanillas cantarían su pequeña fanfarria. Sus ojos recorrerían el local hasta encontrar los míos y, en ese cruce de miradas, el universo entero se ordenaría por fin. Vendría hacia mí, me besaría en los labios.
—Te quiero.
—Te amo.
Las palabras caerían con la delicadeza de los pétalos. Después se sentaría frente a mí y el tiempo empezaría, por fin, a tener sentido.
Así lo decreté. Así lo visualicé, noche tras noche, hasta pulir la escena como una piedra en el bolsillo.
Porque la realidad no es una ilusión. La ilusión es creer que podemos moldearla; pensar que somos nosotros quienes amasamos la arcilla, quienes convierten la harina en pan, quienes trazan la primera línea sobre un lienzo en blanco.
Pero mi vida, desde que conocí el secreto, dejó de pertenecerme por completo.
No era el único creador.
En algún lugar, otras manos —manos que también creían conocer el lenguaje con el que se moldea lo real— amasaban su propia arcilla, convencidas, como yo, de ser las únicas autoras. Y aquella arcilla, hasta ese día, tenía la forma de un «no».
Ella llegó.
No había lágrimas ni vacilación en su rostro, solo una certeza que yo no había previsto.
—Vete a la mierda.
Las campanillas sonaron una vez cuando abrió la puerta y otra cuando salió. Después quedó el silencio.
Permanecí inmóvil.
Sobre la mesa había dos tazas: una llena y otra vacía. No recordaba haber pedido la segunda.
Entonces comprendí.
No existe un único soñador.
Mientras yo había aprendido el secreto para doblar el mundo hacia mi deseo, alguien más había aprendido el mismo secreto para impedirlo. Ninguno vencía al otro. La realidad era apenas el lugar donde todas las voluntades se encontraban y se limitaban mutuamente.
Pagué el café y salí.
La ciudad seguía exactamente igual.
Los semáforos cambiaban de color. La gente reía. Un niño perseguía una paloma. Un autobús dejó escapar un largo suspiro de aire comprimido. Nada había cambiado.
Solo una cosa.
Ya no estaba seguro de cuál de todos aquellos sueños estaba sosteniendo el mundo.
Quizá nunca fue el mío.
FRAN KMIL
La vida después.
La vida después de la confesión fue otra, una que nunca imaginó. Había sacrificado su honestidad, se había puesto la máscara que ocultaba los verdaderos sentimientos, y sumado a la multitud —tan hipócrita como él— había condenado a quienes hubiera querido felicitar por atreverse a ser sinceros. Todo para nada. Para terminar exactamente donde debió empezar.
Al día siguiente partía hacia Ecuador como miembro de la brigada médica cubana: la misión salvadora, la esperada, la que todos aplaudirían. No porque fuera a salvar a nadie, sino porque sería su boleto a la libertad.
Todos los sacrificios, tirados a la basura por el peso de una promesa que ya no significaba nada.
—Sin mentiras entre nosotros.
Había propuesto ella, la misma noche de la boda, siete años atrás.
—Sin mentiras —había jurado él.
Y esa noche —la que marcaría el antes y el después— en la estrecha cama matrimonial, sobre el colchón de espuma ya vencido, medio cubiertos por las sábanas azules desteñidas por tantos lavados, ella sobre él, compartiendo sus quejidos con el ruido ambiental del viejo ventilador Órbita, que hacía más ruido que el aire tibio que expulsaba, él se lo confesó.
—No vuelvo más, Elena. De Ecuador salto a Colombia, y de Colombia… ya tú sabes.
Se detuvo todo: el movimiento de sus caderas, los quejidos, hasta el traqueteo de las hélices descentradas del ventilador, como si el cuarto entero contuviera el aliento para ser testigo cómplice o delator.
—¿Cómo?
Preguntó ella. No fue una pregunta —ambos lo sabían— aunque él eligió creer que sí, y respondió:
—Ya tengo los contactos.
—¿De verdad?
Tampoco fue una pregunta. Fue una despedida disfrazada de duda.
—Hasta un pasaporte falso.
Y ella lloró. Él la abrazó pensando que lloraba de soledad anticipada, sin saber que lloraba de miedo: no al vacío que dejaría su ausencia, sino a la acusación de complicidad, a las represalias contra quienes se quedaban, a perder el trabajo, a lo que —le habían enseñado— era su deber: denunciarlo.
La vida después dejó de ser vida. Fue apenas una sucesión de días que había que atravesar, como quien cruza un desierto sin saber si del otro lado hay algo o solo más arena.
Elena no dijo una palabra. Se quedó en la cama, con las sábanas azules ya frías, escuchando cómo él hacía la maleta en la oscuridad, con el mismo cuidado silencioso con que se roba algo que ya no le pertenece a nadie. No hubo despedida. Solo el clic de la puerta, tan suave que después dudaría si de verdad lo había escuchado o si su memoria, piadosa, se lo había inventado para no tener que recordar el silencio.
Pasaron los meses. Después los años. No hubo carta, no hubo llamada, no hubo un solo contacto que le confirmara si había cruzado la frontera que buscaba o si se había quedado varado en algún punto entre Ecuador y el sueño. Elena aprendió a no preguntar, porque preguntar era admitir que aún esperaba una respuesta.
El ventilador Órbita, el mismo que había sido testigo de la última promesa, siguió girando noche tras noche, con su ruido desacompasado, en un cuarto que de a poco dejó de ser un hogar y se convirtió en un lugar donde simplemente se dormía. Elena se acostumbró a la mitad vacía del colchón, al peso ausente que ya no la aplastaba pero que tampoco la dejaba respirar del todo. Se acostumbró, sobre todo, a mentirse a sí misma: que estaba bien, que no lo esperaba, que el amor no había sido más que otra forma de la mentira que ambos habían jurado no repetir.
Nunca supo si él llegó a ser libre. Ella nunca lo fue. Se quedó atrapada en un país que la vigilaba y en un silencio que la consumía, condenada a la peor de las sentencias: la de no tener siquiera un culpable a quien odiar, porque el que se había ido se llevó también la posibilidad de un rencor limpio, y le dejó, en cambio, un amor que no terminaba de morirse del todo, pudriéndose lento, como todo lo que se ama sin poder ya nombrarlo.
LINOSKA BARANDA
«Los cines de mi infancia»
En 1958, en La Habana había alrededor de cien salas cinematográficas.
Yo nací en 1965.
Cuando era niña, para mí, ir al cine, era una salida maravillosa, aunque siempre era muy difícil.
Lo primero era lograr montarnos en un autobús a tiempo para llegar antes de que empezara la película. Esto era casi una hazaña, porque el transporte colectivo en Cuba, desde que tengo uso de razón, ha sido siempre ineficiente: se trataba de llegar a una parada abarrotada sin saber cuándo llegaría el ómnibus ni si uno lograría subir.
Ya dentro, comenzaba otra “lucha” constante para evitar roces indeseados, protagonizados por cierto tipo de hombres que subían al autobús con fines distintos al de llegar a un destino. De eso mi mamá nos había advertido desde pequeñas: teníamos que estar alerta y gritar si alguno de esos tipos nos tocaba. Esa vigilancia constante siempre me provocaba un estado de nervios terrible.
Mis padres nunca optaron por tomar un taxi porque era caro, incluso en los tiempos del CAME, y, pese a la supuesta “abundancia” del “intercambio” con los países “hermanos” socialistas, esa opción nunca estuvo al alcance de unos “proletarios” como ellos.
Lo segundo era hacer la cola a la entrada del cine para comprar las entradas y, después, caminar sigilosamente por la sala con la ayuda de la acomodadora, que siempre alumbraba el camino con una linterna.
Cuando uno llegaba con tiempo de antelación no era difícil, porque las luces tenues de la sala aún estaban encendidas y la acomodadora resultaba innecesaria; pero si se llegaba casi al empezar la función, el contraste entre la luz exterior y la oscuridad total del interior producía un choque tremendo para los ojos.
Los jueves, mi mamá leía la cartelera en el periódico para ver los estrenos de la semana y decidir adónde íbamos el sábado. Ella se encargaba siempre de revisar los horarios, porque no le gustaba llegar después de empezada la película; decía que no tenía sentido ver el final y después “empatarla” para ver el principio, y tenía razón.
Lo que menos me gustaba del cine era el Noticiero previo a la película. Lo encontraba muy aburrido, con demasiadas noticias y la voz de un locutor que parecía estar siempre arengando a la gente. Para mí, aquello duraba una eternidad y me resultaba muy difícil estar quieta en el asiento esperando a que terminara.
Cuando por fin empezaba la película, mi mamá, como por arte de magia, caía en un sueño reparador que duraba hasta el final de la proyección. Yo me preguntaba para qué hacía todos los preparativos si al final se quedaba dormida. Muchos años después comprendí que, para ella, lo importante era que nosotros la pasáramos bien el fin de semana.
Ir al cine no era solo sentarse a ver una película; era también la oportunidad de salir a comer. Casi siempre, muy cerca de los cines, había una cafetería donde cerrar la noche.
Me gustaba mucho ir al cine Alameda, en La Víbora, porque justo al lado había una cafetería donde vendían helado. En ese tiempo había muchos sabores. Después del derrumbe del socialismo y la desaparición de la “ayuda fraterna” (dependencia) se acabaron los helados y muchas otras cosas, hasta que años después el gobierno decidió negociar con el “enemigo capitalista”, a pesar de haber repetido hasta el cansancio que eso nunca pasaría; entonces volvimos a tener helados, pero a un precio mucho más alto.
Otro de mis cines preferidos era el Apolo, en Santos Suárez. Estaba mucho más lejos de casa, pero tenía al lado la pizzería Sorrento y, por supuesto, al terminar la película hacíamos la interminable cola para comer pizza y espaguetis. Años después vi ese cine con la entrada tapiada con bloques de cemento y sentí cómo una parte de mi infancia desaparecía detrás de aquella burda pared.
En los tiempos de mi niñez, La Habana estaba llena de cines en funcionamiento. En casi todos los barrios había uno; el que estaba cerca de mi casa se llamaba Marta.
Los domingos, el cine abría desde la mañana para los niños. La “matiné”, como le llamaban, comenzaba a las diez, y por la tarde continuaba la programación con otras películas. Imagino que, para los padres, era una agonía soportar el bullicio de los niños a la entrada.
Para mí, lo más importante no era la película en sí; lo que más disfrutaba era que vendían unos paqueticos con “huevitos” de colores, rellenos de chocolate, parecidos a los actuales M&M’s, aunque mucho más pequeños. Era una de las pocas oportunidades que teníamos los niños de probar esa golosina, pero, desgraciadamente, no podías comprar la cantidad que quisieras. No recuerdo a cuántos paqueticos tenía derecho cada niño, pero siempre me quedaba con ganas. Imagino que también los vendían en el zoológico, aunque no estoy segura.
Muchos años después reaparecieron, pero ya no había matiné y se podían comprar en algunos mercados o en las tiendas por CUC (la moneda creada por el gobierno que equivalía a la divisa extranjera dentro de Cuba).
Ahora, en 2026, en La Habana solo quedaban cinco o seis cines que, creo, continuaban proyectando películas; ahora no sé, porque casi nunca hay electricidad. Los cines de barrio llevan años cerrados, apagados, en ruinas. Hoy, la mayoría de los niños de La Habana nunca ha entrado en un cine, y no creo que los periódicos —si es que aún existen— sigan publicando la cartelera los jueves.
MARA SERBIA
La señal
Encontró un camino estrecho que lo condujo hasta un acantilado que exhibía una roca de nácar frente a una pequeña bahía. Acompañado, como siempre, de su cámara fotográfica, aprovecharía los cambios de luz del atardecer para capturar el paisaje. A lo lejos, observó a una mujer madura, vestida con un traje de gasa blanco. El viento retozaba con la amplia falda. Era delgada. El pelo lucía canoso y alborotado. Estaba parada al borde del precipicio, con los pies descalzos, los brazos extendidos en forma de cruz y la mirada fija en el horizonte. Inhalaba y exhalaba lentamente, embargada por un estado de enajenación. La mujer no se inmutó ante su presencia y se alejó en silencio.
Regresó al lugar en varias ocasiones y allí estaba, en la misma pose y actitud de meditación. Le intrigaba aquella extraña mujer e indagó sobre ella con los vecinos del lugar. La dueña del hotelito en que se hospedaba le contó la historia:
—Es triste, muy triste. Era una familia de recursos económicos que poseían en esta área una casa de playa. Tuvieron un niño. Para lograr ese embarazo, Freya —que así se llama— se sometió a tratamientos de fertilidad por varios años, hasta que finalmente lo consiguió. Debió guardar cama los nueve meses; al menor esfuerzo surgía la amenaza de un aborto. El nacimiento del niño coincidió con una tormenta eléctrica y lo bautizaron con el nombre de Thor. El niño se convirtió en el motor de su existencia. Ella no permitía que se involucrara en juegos que le parecieran peligrosos. Una protección excesiva; en muchas ocasiones pensé que esa conducta rayaba en la obsesión.
» El esposo de Freya era arriesgado, temerario. Corría motora, navegaba, pilotaba aviones y practicaba el paracaidismo. Le reclamaba a su mujer que estaba criando un mariquita. Ella se consumía cuando él insistía en que el niño participara en alguna de estas aventuras. Un domingo muy temprano en la mañana, mientras ella dormía, salió a navegar con un amigo, llevándose al niño. Le dejó una nota avisándole que regresarían en la tarde.
» Me contó que ese día el silencio en el hogar la despertó; no era lo usual. A esa hora, Thor debía estar metido en su cama pidiendo panqueques y viendo los muñequitos. Leyó la nota y un presentimiento, como saeta, la estremeció. Canceló la percepción de malos augurios y la sustituyó por una positiva ante la perspectiva de disfrutar del día solo para ella. Pero, según pasaban las horas, aumentaban la inquietud y el desasosiego; le costaba concentrarse en la lectura, y al paso de cualquier automóvil se asomaba al balcón esperanzada de ver llegar a su familia. Llamaba continuamente al celular y de inmediato escuchaba el mensaje de voz. Telefoneó a todas las amistades, pero ninguno sabía de ellos. Se comunicó con el muelle donde se guardaba el bote y le informaron que no habían regresado. Oscurecía. Ya no tenía duda: los sentidos le advertían que algo terrible había sucedido…
» Con el ánimo destrozado, intentó comunicarse con emergencias estatales, guardia costanera, policía, en fin, cuanta oficina se le ocurrió que podía brindarle información, pero era domingo y no tuvo suerte. Desesperada nos llamó a todos los vecinos que intentamos ayudarla. La búsqueda comenzó el lunes y duró dos semanas. Ninguno de los cuerpos apareció, solo restos del bote cercanos al lugar donde la encontraste. El informe del accidente concluyó que tropezaron con lluvia fuerte y una tormenta eléctrica ocasionó que la nave naufragara.
» Así ha sido su vida desde ese día, hace diez años. Freya acude todas las tardes a la piedra de nácar. He observado cómo ha desmejorado su salud, especialmente la mental. Los intentos de disuadirla para que no acuda al lugar han sido en vano. Contesta incoherencias, disparates, y dice que continuará hasta que el granizo tenga perlas o el mar le devuelva a su hijo. Desea llorarlo, apretarlo contra el pecho y darle un beso de despedida.»
Sus vacaciones llegaban a su final y, con pesar, inició el último paseo por la playa. Mientras caminaba, el cielo se llenó de nubarrones grises, luego negros. Oscureció. El mar se tornó grueso. La cresta de las olas alcanzaba la altura del acantilado. Apresuró el paso; quería llegar hasta la roca con la intención de tomar una foto que inmortalizara la imagen de fe y desesperanza que representaba aquella mujer. Sentía lástima, un enorme deseo de ayudarla y confortarla. Pretendía realizar un intento antes de marcharse.
Comenzó un potente aguacero, acompañado de intensos vientos. El firmamento se quebraba como cristal con las descargas de los relámpagos, y los destellos de luz se acompañaban de estruendos amenazantes. La lluvia incrementó hasta convertirse en granizo. La tormenta eléctrica arreciaba. Corrió hacia Freya. El viento y la lluvia le impedían avanzar. La cámara rodó y cayó por el acantilado. Freya se mantuvo inmóvil, serena, con los brazos abiertos. Una sonrisa se delineó en su rostro al sentir el granizo golpeándole el pecho.
—¡El granizo tiene perlas! —exclamaba jadeante.
Lentamente fue cerrando los brazos, ofreciéndolos a las alturas. Un rayo cruzó el firmamento, una chispa la alcanzó e iluminó su cuerpo. Incrédulo, observó un humo blanco que invadió el ambiente dibujando la silueta de la mujer y un niño, agarrados de la mano, desplazándose hacia el infinito.
EMILIANO HEREDIA
EL PASO DEL VIENTO
Hace tanto tiempo…., demasiado, tanto que ya no me acuerdo de la ultima vez.
Y, ahí siguen. Meciéndose al ritmo de este viento recién llegado-
El dia ha nacido hoy más templado y suave que otras veces, tiznando con nubes grises esparcidas aleatoriamente, un cielo azul al que se le va acabando la tableta de acuarela del verano.
Éste viento ábrego, trae de la mano, un otoño que todavía es pequeño, que irá creciendo conforme pasen las semanas, y se morirá conforme vaya llegando el día del parto del invierno.
-Buenos días.
-Buenos días.
-¿Cómo está hoy?.
-Todo lo bien que se podría esperar, ya que cada día soy más vieja, más escombrada, más sola y abandonada.
-Qué pena llegar a cierta edad. Que pesada es la mochila cargada de tiempo que se tiene que llevar.
-¡y tanto!. Aquí estoy, llena de recuerdos. Vestidos todos con el uniforme gris del olvido. Yendo a la escuela del tiempo pasado.
-Qué injusto es todo, ¿verdad?.
– Ya ve, tengo las paredes escritas de historias, las sombras susurran ecos ya pasados de conversaciones que dieron vida e hicieron sentir algo vivo.
-Hemos pasado mucho, y lo que nos queda….
-Ya ve, pero es la ley de la vida. Tengo una cadena cuyos eslabones son las cosas que dejaron atrás los que se fueron. Un cochecito de bebe, una cunita, una pitillera, un porrón, sillas desvencijadas, una vieja tele, retratos tapando las, cada vez más numerosas grietas de las paredes, como tiritas intentando curar las heridas. En fin, pero no me puedo quejar, he tenido una vida plena, soy un baúl lleno de experiencias, muy buenas, buenas, regulares, malas, y otras muy malas, pero de éstas últimas, afortunadamente, contadas con la mano.
-Estoy muy a gusto con la conversación, pero me tengo que ir, ya pronto estará por llegar el viento solano, y ya sabe que, la sequedad y el calor que lleva, no me hace ningún bien.
-La edad no perdona.
Lo que más pena me da, es la vida después del día en que se cierra la puerta y te quedas abandonada, como un libro a medio leer encima de la mesilla de noche, como la taza sucia del desayuno, sin lavar, dentro de la pila de la cocina, la ropa sin planchar y sin guardar, encima de una silla.
-Pero lo más importante es, que sigamos hablando, aunque sea en estos momentos.
-Sí, y pronto, llegará el viento mistral, barriendo las hojas caídas de los árboles, precediendo al frío cierzo, las primeras nieves, en primavera, el viento terral, y después, te sentiré, ábrego otra vez.
-Así es la vida, estamos hoy aquí, mañana allí, que, por cierto, ya quedan menos días en los que podremos tener ésta conversación de las mañanas, hasta la primavera que viene.
-Sí, porque, mi vida después de la vida de los demás que en mí vivieron, es estar cada vez más en ruina, mas falta de tejas en el tejado, las ventanas miopes sin sus cristales, y las estancias arropadas por las sabanas del polvo.
Adiós, mi querido ábrego. Hasta mañana.
FIN.
MARIO NÚÑEZ
Restos irreconocibles flotando en el mar sereno; los únicos vestigios del naufragio.
Desde que vio la promoción, Agustín sintió cerca su sueño: un crucero con todos los servicios a bordo por el Caribe; verdes aguas transparentes e islas paradisíacas, hermosas chicas recibiendo a los turistas, impresionantes paseos y diversión sin parar.
Pronto embarcaba en Buenos Aires en el María Felicidad, un buque de pasajeros ni muy grande ni muy lujoso, y decididamente nada seguro, porque volcó empujado desde sotavento por el impredecible viento caribeño, antes de llegar a los primeros destinos.
Agustín rememoraba los días previos, mientras veía a su alrededor solo mar abierto.
Las embarcaciones de rescate se habían alejado durante la noche, y aferrado a su chaleco salvavidas, flotaba en el mar interminable sin saber qué esperar, ni demasiadas esperanzas.
Amanecía; la bruma se despejaba, y Agustín creyó oír graznidos de gaviotas.
Se sintió revivir cuando divisó un montículo con playa, vegetación y alturas detrás de la costa, hacia el que la corriente le arrastraba.
Llegó como pudo, después de nadar y flotar durante una eternidad.
Cuando soltó su cuerpo en la playa, exhausto, siguió acostado un buen rato sobre la arena húmeda y tibia.
¡Estaba vivo!
Pensó en la ironía de querer conocer las islas caribeñas, y encontrarse en una, aunque perdido de la humanidad.
Caminó un rato sobre la arena, sin atreverse a adentrarse en la isla.
“Seguro está plagada de víboras y vaya uno a saber qué otros bichos habrán”.
“Tengo que buscar algo que comer, y donde dormir” – se dijo, y comenzó a bordear la vegetación. Encontró y probó algunos frutos que le parecieron conocidos. “Medio verdes todavía. Creo que se llaman mangos estas cosas. No tienen gusto a nada, pero algo es algo. Tengo asegurado el almuerzo y la cena”.
El atardecer agotó sus luces; durante la noche se despertó varias veces, asustado por los ruidos de la jungla y por sus propios pensamientos sobre cómo seguiría su vida después del naufragio aquí.
Al borde de entrar en una fea depresión, le salvaron las primeras luces del amanecer.
De permanecer acostado mucho tiempo más le hubiera sido muy difícil levantarse.
Caminó hasta el borde del mar disfrutando del peculiar aroma de sal y los colores de aquel cielo recién encendido.
El resto de la mañana recorrió las cercanías en busca de frutas y ramas secas para encender fuego; durante su exploración percibió algo que le llenó de inquietud: desde su desembarco luchaba contra la idea de sentirse observado; ahora creyó percibir movimientos en el follaje y una silueta furtiva.
Armado de una contundente rama y una piedra, gritó e hizo gestos amenazantes que le recordaron los documentales sobre la vida de los grandes simios.
Más confortado por la pequeña fogata que logró encender, apenas dormitó la tímida luna que apenas mostraba su parte iluminada.
Nuevamente de mañana, y la sensación de estar siendo observado.
Otra vez el movimiento del follaje, y la silueta inconfundible de una persona moviéndose a menos distancia de él que antes, señalando su refugio nocturno.
Miró en la dirección que le indicó la figura – que volvió a desaparecer -, para hallar una bandeja rústica con varios frutos tropicales, carne asada y una vasija con agua fresca.
Agustín dudó en acercarse a la comida por temor a una trampa.
Al caer la tarde se sintió más tranquilo y por la noche logró dormir un poco, aunque aún le sobresaltaron varias veces los sonidos de la oscura jungla.
Otro amanecer.
La bandeja de frutas tropicales y carne nuevamente estaba completa, y la vasija con agua fresca había sido cambiada por otra.
Al cuarto día, el encuentro fue más intenso. Agustín se atrevió a adentrarse algo en el follaje, y pudo observar claramente a una mujer de piel morena, grandes ojos color canela y rasgos hermosos, vestida con telas, plumas y pieles de pequeños animales.
El chico dedujo que su protectora no tenía mucho más de veinte años.
Trató de hablarle sin obtener respuesta; ella no emitía sonido alguno ante los requerimientos del náufrago.
Nuevamente la chica huyó, aunque antes de desaparecer se permitió obsequiarle con una tierna mirada.
Estaba enamorado; su vida después del naufragio sería aquí y con ella; le declararía su amor.
En cada encuentro Agustín lo intentó todo. Le habló en español rioplatense, en rudimentario inglés, en el pobre francés que recordaba de sus años de secundaria y en un italiano más inventado que real. Hasta probó hablarle en portugués – portuñol de frontera, más bien -.
Nada lograba respuesta.
La joven tampoco recibió una hermosa orquídea que el náufrago cortó para ella.
Agustín se preguntó durante todo el día por qué ella no aceptaría su obsequio.
La mañana siguiente, comenzó para Agustín mucho antes que el sol despuntara; caminó horas por la playa, alisó como pudo su cabello y la abundante barba que para entonces lucía.
Peinó con sus dedos y saliva hasta sus cejas y volvió a vestir la camisa – única prenda sana que le quedaba desde el naufragio -, después de plancharla lo mejor que pudo con su propio cuerpo durante la noche.
Cuando ella llegó, encontró al náufrago entre asustado y feliz, con la más amplia sonrisa de que fue capaz su rostro de piel ya algo deteriorada por el sol y la sal.
Él la llamó con señas, y logró que la joven se acercara un poco más de lo habitual.
Entre palabras confusas y elocuentes gestos, le explicó como latía su corazón ante su presencia, y estiró su mano, tratando de tomar las de la nativa.
Ella, con un gesto amable, evitó el contacto alejándose prudentemente.
Lo escuchó en silencio y entonces le habló en un dialecto que él jamás había escuchado: palabras en francés y algo que sonó como holandés salpicando las frases, con las que la joven explicó también con más gestos que palabras, que no le era posible corresponder a su amor; pronto ya no volverían a verse.
Agustín quedó desolado. Quizá ya estaba comprometida o casada con alguien más, o que su tribu o su familia no permitirían una unión con el náufrago extranjero.
La última mañana en que se verían, ella llegó más temprano que de costumbre.
Cuando salió al sol el último día, la vio. Ella sonreía con una mezcla de dulzura y pena que anunciaba la dura separación que tendría lugar muy pronto.
Agustín saludó, intentó nuevamente acercarse y tomar su cuerpo, y ella respondió como de costumbre, evadiendo el intento con calma y cortesía, sin dejar de sonreír.
El joven náufrago comprendió lo que aquel momento significaba, el final de aquel amor que no se concretará.
Casi con desesperación, Agustín comenzó a preguntar todo lo que no había pensado en averiguar antes: “¿Quién sos? ¿Dónde vivís? ¿Con quien vivís? ¿Por qué no podemos estar juntos?”
La joven parecía comprender a medias. Con señas y pocas palabras trató de tranquilizarlo.
Agustín, con los ojos llenos de lágrimas, entendió que la joven le invitaba a acompañarla.
Ambos comenzaron a caminar adentrándose en el follaje, por la ladera de unas pequeñas elevaciones, las mismas que había visto al náufrago desde el mar.
Llegaron a una garganta de agua cristalina, de la que fluía hacía varios metros más abajo una pequeña cascada. Agustín dedujo que de ahí vendría el agua fresca que la joven cada mañana se le ofrecía para beber.
Cruzaron el débil curso de agua, y comenzaron un suave descenso por entre aquellas plantas exuberantes, avanzando entre cantos de aves invisibles en la vegetación, y se silenciaban cuando la pareja se acercaba demasiado.
Agustín preguntó hacia donde iban, y ella, pidiendo silencio con su dedo índice sobre sus labios, seguía señalando hacia delante, donde parecía estar lo que quería mostrarle.
Caminaron hasta un mirador de piedra plano.
Al llegar, Agustín miró en la dirección que ella le indicaba, y un sudor frío recorrió su espalda al tiempo que su rostro se encendió de calor súbitamente.
No podía creer lo que veía a sus pies, a una escasa distancia.
Pequeñas cabañas de madera, algunas piscinas, un muelle con yates, una playa de blancas arenas, y algunas personas disfrutando del sol, tomando baños de mar o haciendo deportes.
Ella le extendió entonces un pequeño rollo que tenía en su mano, en el que Agustín pudo leer que decía: “HOTEL ÎLE FRATERNITÉ INN”, seguido de una detallada descripción de las provisiones recibidas durante todos esos días, con los correspondientes costos, impuestos y propinas incluidos, que podría pagar con diferentes tarjetas de crédito internacionales de fácil acceso.
BEA ARTEENCUERO
Ml VIDA…
Aquí estas
En cada partícula
Del universo.
Te siento
En mis lágrimas
Y en mis sonrisas
Mis penas y alegrías
En cada paso que doy.
Me llevas de la mano
A veces sobre piedras
Otras con petalos de rosas.
Casa momento
Es un aliento
Que agita mis sentidos,
Mis alegrías, mis dolores.
Soy un ser más
Con sus luchas y pésares@
Transitando los senderos
Del destino.
Quien más puede decidir
Sino tú?
Manejas los hilos
Invisibles de cada
Órgano de mi cuerpo
Y de mis sentimientos.
Aquí estas!!
Altanera, silenciosa
A veces débil,
Otras inquebrantable.
Un dia me sorprendes
Llorando sin motivo
O riendo como loca,
Otros bailando con las Estrellas.
O corriendo bajo la lluvia.
De mil formas
Te apareces.
Te quiero así
Distante y misteriosa
Cálida y fuego
Pero eres mía
No te cambio
Por ninguna
ERES MI VIDA!!!
MANOLI DÍAZ TORRALBA
Me llamo Adela, soy Técnica en Peluquería Canina y Felina, y si algo he aprendido en esta profesión es que el diploma no te prepara para nada de lo que viene después. A mí me lo dieron con una sonrisa y un apretón de manos, como diciendo «suerte, ahí fuera hay gatos que te van a odiar personalmente». Tenían toda la razón.
Empecé en «Pelo y Nada Más», con Conchi, una jefa que llevaba veinte años cortando pelo y nada de paciencia para explicaciones. Mi primer cliente no fue un perro, fue una gata llamada Cleopatra, siamesa, con la mirada de alguien que ya ha decidido demandarte antes de conocerte. Conchi me dijo: «Solo desenrédala un poco, tranquila». Cleopatra me miró, yo la miré, y en los siguientes cuarenta segundos esa gata pasó de estar tumbada plácidamente a estar colgada del techo agarrada a una lámpara, bufando como si yo hubiera intentado venderle un seguro de vida. Tardamos veinte minutos y un bote entero de “chuches” en bajarla. Conchi, desde la puerta, solo dijo: «Con los gatos no se negocia, se sobrevive».
Ese fue mi primer aprendizaje serio: los perros te perdonan, los gatos toman notas.
De ahí pasé a una franquicia enorme, con neones, música de ascensor y una cadena de baños que parecía una fábrica. Allí conocí a los conejos, que nadie te avisa de que también se peinan, y que un conejo asustado no corre: se convierte en un proyectil de pelo con orejas. Tenía que arreglar a un conejo angora llamado Tirabuzón, esponjoso como una nube y con la fuerza de voluntad de un ariete. En cuanto encendí el secador salió disparado de la mesa, rebotó contra la estantería de champús, tiró media docena de botes al suelo, resbaló en el charco resultante y acabó debajo de la caja registradora, donde se quedó atrincherado durante casi una hora mientras yo, a cuatro patas, le suplicaba que saliera con la voz más ridícula y cariñosa que he puesto en mi vida. Un cliente grabó todo el momento. Todavía hoy no el vídeo sigue circulando por las redes.
En esa misma franquicia tuve mi bautismo felino de fuego: un gato llamado Diablo —nombre profético, no metafórico— al que había que bañar por orden del veterinario. Diablo se lo tomó como una declaración
de guerra. Salí de esa bañera con tres arañazos en el antebrazo, uno en el cuello y la dignidad completamente hecha trizas, mientras el gato, ya limpio y esponjoso, se sentaba tan tranquilo a lamerse una pata como si acabara de ganar una batalla. Y es que la había ganado.
Después trabajé en una peluquería de barrio con Puri, una mujer que me enseñó los trucos de verdad: cómo sujetar a un gato sin que parezca que lo estás secuestrando, cómo leer las orejas de un conejo antes de que decida convertirse en kamikaze, y cómo aguantar el tipo cuando un mastín de cuarenta kilos se niega en redondo a subir a la mesa. Con ese mastín acabé subiéndome yo primero a cuatro patas para «demostrarle que era fácil». El perro me miró con lástima y subió él solo, dejándome ahí encaramada como un mueble decorativo con muy poca vergüenza.
Pasé por tres peluquerías más y en todas dejé un pequeño reguero de caos. En una me despidieron porque, según la jefa, los gatos «presentían» mi torpeza antes de que yo entrara por la puerta y empezaban a bufar solos. En otra confundí un bote de tinte para pelajes claros con champú antipulgas y convertí a un bichón maltés en una criatura violeta que su dueña adoró tanto que me pidió repetir el color todos los meses. En la tercera se me cayó encima una bandeja entera de tijeras y peines, el estruendo desató una estampida de tres gatos, dos conejos, una golden y un chihuahua que hasta ese momento dormía plácidamente, y acabé encontrando a un conejo escondido dentro de una secadora apagada, mirándome con un desprecio que todavía recuerdo con cariño.
Pero entre bufido y bufido, entre pelo violeta y conejo fugitivo, fui aprendiendo. Aprendí a leer un cuerpo tenso antes de que se convirtiera en zarpazo. Aprendí que un gato enfadado no olvida, pero un conejo asustado sí, con suficiente lechuga de por medio. Aprendí, sobre todo, a reírme de mí misma en voz alta, en directo, delante del cliente, porque disimular la torpeza solo la hace más evidente.
Así que, con los ahorros de varios años de sueldos ajustados, monté mi propio local: «Pelos de Punta». El nombre me salió solo, en una reunión con el gestor, cuando intentaba explicarle por qué necesitaba un seguro de responsabilidad civil tan alto. Porque eso es lo que provoco yo en algunos animales al entrar por la puerta —el pelo de punta, literal, del susto— y lo que a mí se me pone cada vez que veo acercarse a un gato con cara de pocos amigos. Un nombre honesto, vaya. Bajo el rótulo de la entrada colgué una foto de Cleopatra agarrada a la lámpara, mi primer trofeo de guerra, y otra de Tirabuzón asomando media cara desde debajo de la caja registradora. Los clientes nuevos las miran, se ríen, y automáticamente confían más. Supongo que ver la evidencia del desastre y comprobar que sigo en pie, con mis diez dedos y solo alguna cicatriz de guerra, da cierta tranquilidad.
Hoy tengo una clientela fiel de perros que me adoran, gatos que me toleran bajo condiciones muy estrictas, y conejos que, sinceramente, siguen sin fiarse un pelo. Y está bien así. Mi vida después de estudiar peluquería canina ha sido ruidosa, arañada, teñida y llena de pelo pegado en sitios que prefiero no mencionar.
Pero cada bufido, cada ladrido, cada mordisco, cada zarpazo y cada fuga debajo de una secadora ha valido la pena. Al fin y al cabo, en «Pelos de Punta» nadie sale exactamente como entró. Ni los animales, ni yo.
YOMALCKRY OSORIO
Habia una vez alguien tan grande y especial como tú se ha marchado para siempre
no hay maneras de que puedas volver
sólo queda recordar los grandes y supremos instantes que compartimos
siento que faltó tiempo
No era el momento de la partida.
Dios tenia otros planes , lo cual no entenderemos jamás
Porque esras todo para nosotros .
Eras el amanecer
brindar con una taza de café
Era lo más grandioso que nos podia suceder
Horas de conversaciones , risas, recuerdos
La lluvia se asomaba y era nuestra excusa para no salir de casa .
Tus delicias preparadas con esas manos llenas de amor , es lo que extraño .
habia una vez alguien tan bello
que fué mi madre en este mundo .
y cuando nos encontremos todo será eternidad
ya no nos separaremos más
estamos separadas , te llevo en el alma.
Habia una vez una mujer tan grandiosa , tan intensa , tan genuina
no he conocido otra igual , creo que no existe . eres tan tú
no existe otra,
habia una vez unos ojos negros que cautivan .
Es tán bella más que una flor .
con ese rojo pasión tan cautivante y delirante .
tan dulce como una copa del más exquisito vino , que quema los sentidos .
como ese rocio que empapa lento .
Habia una vez ! Una reina como ella .
RAÚL LEIVA
Lemniscata
Engaños y frustraciones, una burla tras otra me han traído hasta este incómodo momento.
Un fallido conjunto de atajos sin salida, han llevado a esta triste imitación de persona al descascarado derrotero de preguntas sin respuestas. Una profecía apócrifa de un destino derretido como una barra de jabón en agua tibia.
¡Pero, basta!, me dije. Y decidí salir de esta espiral de oprimir el botón ayuno de respuestas, para comprobar que mi vida después de…..
CARMEN ÚBEDA FERRER
La vida después…
——————————
¡Pobre paloma!
Quedó desahuciada,
triste y desolada.
La tormenta osada
y el rayo cruel
horadaron su rama.
Ahora su nido
es solo un hueco,
un vano de cielo.
La paloma animosa
alzará el vuelo.
En otra fronda
de verdes hojas
construirá su nido,
con ramas fuertes
que le darán cobijo
y consuelo.
MARIANA DI PASCUA
Después de Paula
Lloramos toda la noche antes de decirnos que tanto amor ya no nos hacía novios.
Yo estaba más triste por ella y feliz porque la noche anterior cuando estábamos con sus padres, sus abuelos y sus amigos a la mesa me sentí pertenecer a una familia normal.
Pero sabía que Paula no sentía normal su existir en esa mesa tan bien servida.
Yo venía de padres separados, gritos, ausencias, niñeras, guarderías y una madre bipolar que era lo mejor que tenía para criarme.
Mamá y yo a veces nos enojabamos con la vida pateando algún mueble. Éramos sensibles y yo era en mi infancia tan pegado a ella como un chicle.
Mi madre tenía la debilidad de enamorarse demasiado de hombres que poco tiempo la hacían feliz. Ahí todos vivíamos su infelicidad en silencio y yo la consolaba para que parara de llorar.
Un par de años tuve la familia que pensé duraría así de linda.
Luego entré en adolescencia, tuve muchos amigos y aún tengo.
Yo no buscaba amores porque como mamá no sabía querer poco,pero apareció Paula.
Ella se enamoró de mi antes de hablarnos y yo después que la acompañe a su casa.
Me gustó su mente más que su notoria belleza.
Nos amamos pese a idas y venidas.
Ahora nos amamos y somos amigos para la definición que el mundo necesita.
Estamos más juntos que antes y ya no hay despedidas con llantos ni lamentos.
Mi vida después de conocerla es esta, ella y yo como queremos estar.
Mi vida después de Paula es Paula.
NUMIRALDA DEL VALLE
LA SILLA
La silla estaba herida, después de tantos años fue retirada del salón principal y colocada en el oscuro cuarto disponible para los corotos viejos. Ella tan altiva, orgullosa de su fina madera de nogal, garantía de eternidad. Con un estilo clásico, elegante, perfecto para su tono oscuro que destacaba en cualquier lugar. ¿Acaso olvidaron su trayectoria?
Desde hace varias décadas, en esta casona, la más hermosa de la ciudad, era la preferida de ilustres visitantes quienes le manifestaban admiración.
Hoy tomaron la decisión. Definitivamente, estaba herida, no por soberbia sino por justicia. Negada a aceptar su nueva vida cerró los ojos. Así se encontraba cuando escuchó el agitado revolotear de una mariposa colándose por la rendija de la ventana, huía de alguien.
Suavemente se posó sobre ella causándole un agradable cosquilleo. Abriendo los ojos, por primera vez observó alrededor. Cerca pudo distinguir un robusto escritorio que le sonrió tímidamente, un silencioso televisor, un espejo ovalado reflejando cuanto lo rodeaba y un gran sillón observándola con fascinación.
Sonrojándose un poco, no pudo evitar sonreír. Todavía estoy viva, pensó, no es el final, es una nueva etapa.
AXY LINDA
Mi vida después
—Hay muchos “después”… Al nacer, todo es después. Pero ¿qué hay antes y después del… después?
—Muy bien, eso está claro.
—¿Cómo ha sido tu vida después de un acontecimiento feliz?
—Han pasado ya cincuenta años. No creo que mi experiencia sea de interés.
—Quizá no para muchos, pero siempre habrá alguien a quien sí le importe. Por eso existen las películas, las series, las obras de teatro…
—A pesar del tiempo transcurrido, sigo recordando la emoción del nacimiento de mi niña. Aunque también sentí miedo, porque mi esposo había dicho que, si era niña, la arrojaría por la ventana.
—¿Y qué pasó después?
—Me enteré de que había nacido con una extraña enfermedad, IDCS. Vivió solo tres meses, entre ingresos al hospital y breves estancias en casa. Cuando falleció, todo mi mundo cambió. Pero no quiero hablar de eso; ya estoy bien y hoy salgo de aquí.
En una sala contigua, una enfermera pide hablar con el psiquiatra en jefe y le cuenta todo lo que escuchó.
—Sí, ya está bien. Me informaron que hoy le dieron de alta.
—Pero, doctor, ha estado hablando con su sombra; se responde a sí misma. Además, acabo de oír que le dijo a otra paciente que su hija atravesó una dimensión para venir por ella. No creo que debamos permitirle salir…
En ese momento la ven pasar. Va tomada del brazo de una mujer de unos cincuenta años, a quien llama hija. Un instante después, ambas se desvanecen.
Axy Linda San-Fre

Mis votos para Maite Bilbao Perez y Yolanda Pina Rey
Voto.:
Mara Serbia
Voto por:
Mario Núñez
Mariana Di Pascua
Mi voto es para Mariana di Pascua