Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «cuenta atrás». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 6 de agosto!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
RAQUEL LÓPEZ
La naturaleza estaba agotando sus últimos recursos.
El teléfono sonó a las 23:30 la noche del 31 de diciembre.
Una voz distorsionada dijo: «Empieza la cuenta atrás».
Max pensó que era una broma pesada de sus amigos, cogió un taxi y se dirigió al hotel plaza de Nueva York donde celebraban como cada año, junto a su novia también, la nochevieja.
Al bajar del taxi tuvo una extraña sensación en el ambiente, observo como las pantallas gigantes de las calles parpadeaban al mismo tiempo que leía la misma frase que escuchó por teléfono: » Empieza la cuenta atrás».
» No es posible» se dijo.
Los últimos minutos se acercaban y todos coreaban…
10- Los invitados del hotel vestidos con sus mejores galas se levantaban de las sillas.
9- Los músicos dejaron de tocar.
8- Las pantallas digitales y los relojes dejaron de funcionar.
7- El ambiente se volvió un poco frío.
6- Las luces ambientales, se volvieron intermitentes.
5- Todos alzaban sus copas de champán para despedir al nuevo año que se acabaría en unos instantes.
4- Preparaban el confeti para ser lanzado.
3- Los rostros empezaron a fijarse en una mueca, perdiendo la expresión de alegría.
2- Max quiso buscar una salida, intuyendo algo, pero sus pies parecían haber quedado pegados en el suelo.
1- Al brindar las burbujas quedaron estáticas en el aire y todos quedaron inmovilizados, como muñecos de cera.
Dieron las doce y el reloj hizo un sonido seco.
Todo quedó en silencio.
Max, sintió que sus pies ya no estaban sujetos, a su paso pudo ver que todas las personas allí reunidas en la fiesta seguían inmovilizadas, su novia, sus amigos…
Salió a la calle, no había ningún coche, ni luces, ni pantallas gigantes. Lo único que vio fue a la gente, que andaba como perdida pues toda la cuidad había desaparecido y en su lugar había un bosque inmenso y limpio que cubría lo que antes era la ciudad. A cada árbol que nacía, un edificio se esfumaba como si fuese arena y el hotel desapareció despertando todos de su mutismo.
El tiempo, no se había roto, no era el fin del mundo, aunque ya no hubiese ni rastro de los rascacielos absorbidos por la vegetación.
Ahora la naturaleza llevaba el control como un reinicio de lo que había sido y a lo que fue relegada, dando paso a un nuevo mundo.
La gente con una extraña sensación de calma, entendió que tenía que emprender un viaje hacia esa tierra que acababa de nacer, sin tecnología, sin contaminación, sin prisas…
«Ahora es tiempo de reflexionar» dijo la misma voz, la voz de la naturaleza, la misma que escuchó Max a través del teléfono aquella noche del 31 de diciembre.
Raquel L.
DAVID MERLÁN
PRIMAVERA (LAS CUATRO ESTACIONES 3/4)
La primavera llegó a Brno una mañana cualquiera. No hubo revelaciones ni milagros.
Por el contrario, simplemente un día, los árboles comenzaron a florecer y con ello la ciudad despertó y con ello, las terrazas volvieron a llenarse de vida.
Los mercados recuperaron su variada paleta de colores y la gente regresó lentamente a las calles.
Mientras, Severin Basset observó todos aquellos cambios con extrañeza. A fin de cuentas, el invierno le había dejado un desasosiego difícil de remontar.
No es que estuviera especialmente triste pero tampoco era feliz. Simplemente existía, y con ello tenía más que suficiente.
Un día así, sin más, volvió a la rutina: se acercó a la librería; a recorrer las calles del centro histórico y a detenerse frente a escaparates que antes ignoraba. Pareciese una cuenta atrás a la rutina preAbe, y poco a poco, sin darse cuenta, comenzó a vivir otra vez.
No era algo grandioso ni heroico. Solo consistía (y ya era bastante) en levantarse por las mañanas, en hacer planes; la rutina de no equivocarme en su trabajo; en conocer gente nueva, y permitirse el lujo de pensar a veces en ella, otras veces ni reparaba en ello y eso le provocaba una incómoda sensación de culpa. Como si olvidarla fuera una forma de traición.
Las semanas se fueron tachando el calendario, y una tarde de abril, sentado en una cafetería junto a la ventana, se le aceleró el pulso al darse cuenta de un detalle nada menor que había pasado por alto: No recordaba cuántos días habían pasado desde la última vez que la vio.
Intentó calcularlo pero no pudo. Él, que había calculado al milímetro durante meses, los días, semanas y finalmente de nuevo los meses con la precisión de un relojero, ahora era incapaz de recordar.
Miró su reflejo en el cristal. Esbozó una sonrisa y contrariado, no supo si aquello era una victoria o una derrota.
—
La vida continuó y Severin dejó de contar. Al menos, dejó de intentarlo. Despreocupado mentalmente dejo de «esperar encontrársela» ante cualquier mujer de pelo oscuro que cruzase la plaza.
La ciudad seguía allí y él también. Y eso…, estaba bien.
Se podría decir que las casualidades comenzaron en ese preciso instante, como por arte de magia.
Al principio pequeñas e insignificantes: Una canción que Abe habría odiado comenzó a sonar de forma recurrente una semana; una librera recomendó una novela que ella había mencionado meses atrás. Incluso una anciana del mercado le regaló una manzana sin motivo aparente, y aquello le hizo sonreír.
Brno parecía empeñada en recordarle algo, pero por primera vez en mucho tiempo, podía hacerlo sin sentir dolor. Era algo distinto. Casi nostálgico. Como cuando uno encuentra una foto familiar antigua y sonríe antes de guardarla de nuevo.
En definitiva, el recuerdo perduraba pero la herida ya no hacía daño.
—
Y sin solución de continuidad llegó Mayo cargado de flores y colores.
Los parques se volvían a llenar de familias.
Los estudiantes ocuparon cada rincón soleado de la ciudad repasando los apuntes antes de los exámenes finales.
Y Severin descubrió algo aún más extraño. Fue consciente de que había días enteros en los que no pensaba en Abellana. Pero el destino tiene una curiosa forma de recordarte que, aunque no lo percibas, siempre está en la partida y tira los dados de forma implacable.
Fue precisamente entonces cuando ocurrió. Porque como le decía, querido lector, la vida posee un sentido del humor bastante cruel.
Sucedió un martes. A las seis y doce de la tarde:
Severin esperaba el tranvía para dirigirse a su trabajo. Con la mente puesta en la reunión que tenía que moderar al llegar a la oficina. Nada más. No buscaba ni esperaba nada. Ni siquiera estaba pensando en ella.
Se podría decir que estaba viendo pero no mirando. En definitiva observaba distraídamente a las personas que caminaban por la plaza.
Los números flotaban sobre sus cabezas como siempre. Ahí estaban acompañándolo con su habitual silencio.
Y entonces vio una bolsa de papel llena de manzanas. El corazón dejó de latir durante un segundo.
El mundo se detuvo y todo comenzó a suceder a cámara superlenta al reparar en aquella forma de caminar de aquella mujer.
¡Abe!
Estaba allí. Apenas a veinte metros. Detenida frente a un puesto de flores. Distraída, sonriente y peinándose de vez en cuando la patilla. Su tick preferido.
Era tan real que resultaba imposible. Severin no se movió. Ella tampoco.
Durante unos segundos ninguno de los dos supo qué hacer.
El tranvía llegó. La gente subió. Otra bajo y, … se marchó. Tal y como había sucedido en otoño. La ciudad continuó respirando a su alrededor. Pero el tiempo se había detenido.
Finalmente fue Abe quien levantó la vista. Y lo vio. Allí clavado e inmóvil ahora sí, escudriñandola a más no poder. La sorpresa apareció primero en la cara de Abe y acto seguido el rostro serio. De duda.
Y sucedió algo mucho más difícil de describir.
Su reacción descolocó a Seve. No había recibido una sonrisa espontánea pero tampoco un giro brusco para evitarlo. ¿Seguía intacta la esperanza? El caso es que él no notó que se hubiese disipado. Al menos no todavía. Aquello habría sido demoledor. Y eso no podría soportarlo. No ahora.
Seve entendió que durante meses había pensado que la primavera consistía en volver a encontrar a alguien, pero estaba muy equivocado. Ahora comprendía que no. Todo lo contrario: La primavera consistía en volver a abrir una puerta que uno creía cerrada. Y algunas puertas, por suerte, no necesitan más que una mirada para que haga de la llave maestra que todo lo abre.
En un lado de la plaza, una florista ofrece flores. En la otra punta, una frutera ofrece manzanas. Como si hubieran estado esperando aquel momento desde el principio. La cuenta atrás había comenzado.
Continuará….
ANTONICUS EFE
No me preguntes los porqués,
no tengo las respuestas
para evadirme de las quimeras,
todo es ilógico en mi cabeza.
Las expectativas fuerzan certezas
del mal agüero,
triste agujero marchito
donde la cultura pasa a ser humo.
El fuego devora a la razón,
pasión de cortos pasos
que atisba el venidero ocaso
para alimento del enterrador.
Al mesías se le escapa el tiempo
de ver cumplida su profecía,
ha empezado la cuenta atrás:
tic, tac, tic, tac…
SERGIO SANTIAGO MONREAL
Comienza la cuenta atrás
y los versos vuelan
al compás de tus besos.
No se detendrán
hasta alcanzar tu sonrisa
en el éter del lienzo donde
se escribe tu nombre.
Surca el poema
un límpido cielo
de amor eterno.
Comienza la cuenta atrás
para poderte amar,
¡y siempre,
a tu lado despertar!
Nada importa más
que el aroma
de la esperanza
en el mañana,
abrazar tus miedos,
encender tu alma
y apagar tu ego.
Comienza la cuenta atrás
y la conciencia se elevará
a un sinfín insondable de sueños
y brillará allende el firmamento.
Fin.
YOLANDA PINA REY
A veces los miedos nos impiden actuar.
A veces dejamos que nos gane la inseguridad.
Y esto sucede porque todos cargamos mochilas difíciles de dejar atrás.
Se nos olvida que cada día que pasa, es uno más vivido y uno menos por vivir.
Así hay que aprender que si hoy estamos aquí es gracias a lo vivido ayer.
Toca ser valientes y atravesar el miedo, salir de la zona de confort y volver a sonreír.
Haz lo que te gusta, no reprimas lo que sientes, amate siempre a ti.
Recuerda que El momento es hoy, si o sí.
La cuenta atrás comenzó desde el día que naciste.
Cada momento cuenta y te acerca a materializar quien eres hoy.
Sigue caminando igual que se mueven los minuteros de un reloj.
El tiempo no se detiene, aprovéchalo, dedícate a vivir y ser feliz.
Que nada te detenga y el miedo atraviesalo.
Eres valiente y lo sabes.
Por eso ,mira siempre hacia delante y que nada te frene ni te pare.
El mundo es tuyo y tú tienes la llave.
EFRAÍN DÍAZ
Luego de la muerte de don Ricardo, cosas extrañas comenzaron a suceder en Dos Bocas.
Algunas siembras dejaron de prosperar, ciertos animales rehusaban aparearse y el río, que durante generaciones había dado agua suficiente para los cultivos, comenzó a menguar sin explicación.
Hubo quien habló de sequía. Otros culparon al cambio del clima. Pero la inmensa mayoría llegó a la misma conclusión: don Ricardo había dejado una maldición antes de morir.
Una mañana, don Tato descubrió que el segundero de su viejo reloj de bolsillo caminaba hacia atrás.
Tuvo que mirarlo dos veces para convencerse.
Aquel reloj no era una pieza cualquiera. Había pertenecido a su abuelo, luego a su padre y finalmente había llegado a sus manos. Era un viejo reloj de cuerda, hecho a mano, que en más de medio siglo jamás había fallado.
Don Tato lo usaba desde hacía más de veinte años y nunca lo había llevado a reparar. Nunca había fallado.
Esa misma tarde bajó al pueblo y visitó la pequeña relojería de don Quique, el único relojero de Trujillo Alto.
Don Quique tomó el reloj con delicadeza y permaneció varios minutos observándolo.
—¿Desde cuándo el segundero camina hacia atrás? —preguntó sin apartar la vista del reloj.
—Desde ayer por la mañana. Fui a darle cuerda y ya estaba así.
El relojero abrió la caja, examinó el mecanismo y comprobó que todas las piezas funcionaban con absoluta perfección.
Entonces encontró una diminuta pieza de latón que sólo había visto una vez en toda su vida.
Guardó silencio unos segundos.
—Tato… este reloj no fue construido para medir el tiempo que pasa.
Don Tato sonrió con incredulidad.
—¿Y entonces?
—Fue hecho para medir el tiempo que queda.
El silencio se hizo pesado.
—Cuando el segundero comienza a retroceder, significa que al dueño del reloj le restan diez días de vida. Si empezó ayer… hoy te quedan nueve. Lo siento.
Don Tato salió de la relojería con las piernas más débiles de lo que recordaba.
Toda la vida había escuchado que sólo Dios conocía la hora de nuestra muerte.
Resultó que, al parecer, también la conocía el viejo reloj.
La noticia recorrió Dos Bocas antes de que terminara la tarde.
Al enterarse, Neco abrió el catálogo de los mejores ataúdes. Decía que un hombre como don Tato merecía despedirse con dignidad y elegancia.
Don Lolo anunció que durante los nueve días restantes el ron sería por cuenta de la casa.
—Los muertos ya no brindan —decía—. Hay que beber con ellos mientras todavía puedan levantar el vaso.
Don Tato hizo exactamente lo que casi nadie hace cuando cree que le queda mucho tiempo.
Fue a la iglesia y se confesó con un arrepentimiento que el padre Jacinto no le había visto nunca.
Pagó hasta el último centavo que debía.
Puso en orden sus papeles y otorgó testamento.
Visitó uno por uno a quienes había ofendido para pedir perdón y dio las gracias a quienes jamás había tenido la delicadeza de agradecerles.
Mientras tanto, todo Dos Bocas llevaba su propia cuenta regresiva.
Faltan siete. Faltan cinco. Faltan tres.
Cuando sólo restaban dos días, don Tato pasó por la funeraria y dejó escogido hasta el traje con el que quería ser velado.
La víspera del supuesto final, el bar de don Lolo se llenó como nunca.
Hubo ron, décimas, abrazos y lágrimas.
Nadie quiso esperar al velorio para decirle a don Tato cuánto lo apreciaban.
Entonces llegó el décimo día.
Y don Tato no murió. Pasó un día más. Luego otro. Después una semana.
Don Tato notó que el segundero había vuelto a caminar hacia adelante, como si nada hubiese ocurrido.
Todo el barrio acudió entonces donde el viejo curandero, que además de curandero se las daba de sabio.
Después de escuchar la historia, el viejo curandero sonrió con la serenidad de quien ya conocía la respuesta.
—No era una sentencia. Era una advertencia.
Todos guardaron silencio.
El anciano levantó el reloj, le dio una vuelta entre los dedos y concluyó:
—La vida no nos concede una cuenta regresiva para empezar a vivir. Ese privilegio sólo lo tuvo don Tato. Los demás seguimos creyendo que nos sobra el tiempo, hasta que un día descubrimos que no.
Desde entonces, en Dos Bocas, cuando alguien pospone un abrazo, un perdón o una conversación importante, siempre aparece algún viejo del barrio diciendo:
—No esperes a que el reloj camine hacia atrás, como el de Tato.
CONCHA CARIAS
Cerró la ventana de la cocina y miró el reloj. Eran las siete y media de una fría mañana de lunes. Sus hijos, Gema y Lucas, desayunaban mientras Sara preparaba los bocadillos de los niños y bebía otra taza de café.
—¡Gema, deja de darle vueltas a los cereales! ¡A este paso no llegáis a clase! —gritó mientras se dirigía a la puerta para sacar la basura.
Al regresar del contenedor se detuvo. Sobre la puerta había un número grande escrito con tiza blanca:
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Al dejar la bolsa en el contenedor no había nadie en la calle; solo el gato de la vecina, que dormía bajo un coche, y el viento frío que arrastraba las hojas.
—¡Niños, salid un momento! —llamó.
Gema se acercó a la puerta abierta para observar con mayor detenimiento el escrito.
—¡Ha sido Lucas!
—¿Yo? —preguntó Lucas—. ¿Por qué siempre se me culpa de todo en esta casa? Además, ¿para qué iba a escribir esa tontería?
Sara borró el número con un paño húmedo, pero durante todo el día no logró dejar de pensar en lo ocurrido.
A la mañana siguiente, como cada día, salió a tirar la basura. Al abrir la puerta se encontró con otra enorme pintada de tiza:
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Esta vez sintió un escalofrío. Tras tirar la basura preguntó a sus vecinos si habían visto a algún extraño merodeando por la calle la noche anterior, pero nadie había visto nada.
Esa noche Sara revisó bien los cierres de puertas y ventanas antes de meterse en la cama.
La tercera mañana el número volvió a cambiar.
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Gema empezó a contar los días en el calendario.
—A lo mejor, cuando llegue a cero, ganamos un premio —bromeó esta.
Sara no se rio. Se sentía impotente y desprotegida, sola con sus dos hijos.
Por la tarde, mientras preparaba la cena, oyó un ruido en el jardín. Miró rápidamente hacia fuera, pero no había nadie; solo el gato de la vecina, que parecía hurgar cerca del cubo de la basura.
Al día siguiente el número pasó a ser:
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La noche de aquel día, Sara decidió montar guardia junto a la ventana del salón, con un café bien cargado. Llegó la medianoche, pero quiso permanecer despierta, aunque se cayera de sueño. Llegó la una, las dos, las tres…
No ocurrió nada y Sara terminó recostándose en el sofá, donde pasó el resto de la noche.
Viernes. Otro número en la puerta:
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—¿Cómo demonios…? —susurró.
Alguien estaba siendo muy cuidadoso y malintencionado al marcar con tiza aquello que parecía una cuenta atrás.
Gema, nerviosa, le dijo a su madre:
—Mamá, ¿por qué no llamamos a la policía?
—Todavía no… esto parece una broma tonta —respondió con inseguridad.
Ese sábado el número volvió a cambiar:
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Antes de que se levantaran los niños sonó el teléfono y Sara contestó enseguida.
—¡Diga! ¡Oiga! ¿Quién es? —insistía sin obtener respuesta.
Esperó unos segundos y la llamada se cortó.
Lucas la observaba desde el quicio de la puerta, soñoliento, en pijama y con el pelo revuelto.
—¿Quién era, mamá?
—No lo sé. Se habrán confundido.
Preocupada, Sara no dejó salir a sus hijos a jugar con los niños de los vecinos, como hacían los fines de semana.
Aquella noche montó guardia sentada frente a la ventana del salón. Se prometió no dormirse, pero según avanzaban las horas los ojos se le cerraban. Cualquier ruido la sobresaltaba y alumbraba el exterior con la linterna. Al final sucumbió al cansancio y, derrotada, se dejó caer sobre el sofá.
Domingo por la mañana. Otro número de la cuenta:
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Con mal genio frotó hasta el hartazgo aquella pintada, convencida de que al día siguiente aparecería la siguiente.
Por la tarde, Gema encontró un pequeño camión de juguete rojo debajo del árbol del jardín.
—No es nuestro —dijeron Gema y Lucas.
Sara lo examinó con atención. Consiguió abrir la puerta derecha y encontró en su interior un pequeño papel doblado. En él, escrito a máquina, podía leerse: «Sigue contando», sin más
Sintió un fuerte escalofrío.
El lunes por la mañana el número se convirtió en:
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Su vecina, doña Martina, les visitó. Llegó con una bandeja de lasaña, sabiendo que les encantaba a Gema y Lucas. Muy agradecida, Sara buscaba hueco en el frigorífico para conservarla.
—Pareces cansada —dijo su vecina.
Sara le contó cómo se habían sucedido los acontecimientos desde el día en que le preguntó si había visto a algún extraño por la calle.
La anciana escuchó en silencio y respondió:
—Tranquila. A veces las cosas extrañas tienen respuestas sencillas.
Sara no podía creer la actitud de su vecina.
Aquella tarde, Sara ideó un señuelo. Esparció harina en el camino que llevaba hasta la entrada principal de la casa, con la esperanza de que, si alguien se acercaba, al menos dejaría huellas.
Lunes. Abrió la puerta y el número estaba allí:
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La harina permanecía impoluta. Sin huellas, sin marcas… nada.
Gema encontró a su madre llorando en la cocina.
—Mamá… no me gusta esto.
Ella negó con la cabeza y la abrazó con fuerza.
—No te preocupes, pequeña. Estamos juntos.
Martes. Sara ya lo sabía:
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Ella y los niños lo contemplaron en silencio.
Esa noche aseguró bien puertas y ventanas y cerró todas las cortinas, evitando encender las luces. Acostó temprano a los niños y, para aliviar su miedo, les contó un cuento antes de dormir.
Eran las once cuando alguien golpeó la puerta. Sara se acercó temblorosa, pero antes cogió un cuchillo de la cocina.
Otro golpe.
Caminó descalza hacia la entrada.
—¡Mamá! —susurró Gema—. Por favor, no abras.
Su madre le indicó que subiera al piso de arriba y la niña obedeció.
Sara miró por la mirilla…nada.
Esperó un largo minuto antes de decidirse a abrir, y cuando lo hizo encontró sobre el felpudo una pequeña caja de cartón. La recogió y volvió a echar los cerrojos.
Abrió la caja y descubrió otra nota mecanografiada, que decía: «Mañana».
Aquella noche no durmió.
Amaneció. Sara, armada con el cuchillo, volvió a descerrajar la puerta de entrada, donde esperaba el final de la cuenta atrás.
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La calle estaba tranquila. Los pájaros cantaban y Sara, confundida, se preguntó: «¿Esto era todo?».
Justo en ese momento vio a doña Martina caminando hacia ella con una amplia sonrisa.
—¡Acompáñame! —le indicó.
Sara la siguió hasta el pequeño centro comunitario al final de la calle. Cuando la anciana abrió la puerta todos gritaron:
—¡Sorpresa!
La sala estaba llena de vecinos. Había globos, pasteles y decoraciones de colores.
Sara miró a su alrededor con asombro.
—¿Qué es esto?
Doña Martina y el resto de los presentes se rieron ante la sorpresa de Sara:
—Hace unas semanas ayudaste a mucha gente después de la gran tormenta. Preparaste comidas, cuidaste niños y visitaste a vecinos mayores. Queríamos darte las gracias.
Sara no podía creerlo.
—Pero… ¿y los números?
—Era nuestra cuenta atrás —explicó la señora Green—. Queríamos que cada día fuera un pequeño misterio hasta hoy.
—¿Y el camión de juguete?
—Uno de los vecinos lo dejó allí por error —admitió entre risas—. Casi arruina la sorpresa.
—¿Y la llamada telefónica? —preguntó Gema.
—Era mi marido. Se puso nervioso y olvidó hablar.
Todos rieron.
Sara esbozó, como pudo, una ligera sonrisa por primera vez en muchos días.
—Así que no era un misterio peligroso, como tanto temías —dijo sonriente doña Martina—. A veces una cuenta atrás no conduce a algo malo. A veces conduce a algo maravilloso, —concluyó guiñándole un ojo.
Sara seguía perpleja. Sin pensarlo, sacó el enorme cuchillo que aún llevaba oculto a la espalda y lo mostró en tono amenazante a los asistentes, quienes pasaron de la carcajada al mismo terror que habían sufrido ella y sus hijos.
Los números desaparecieron. Sara, Gema y Lucas nunca los olvidarían, porque cada vez que abrían la puerta de casa recordaban que incluso el misterio más extraño podía tener un final amable… ¿o no tanto?
ANGY DEL TORO
El mordisco de los curiosos
Alguien una vez me preguntó:
—¿Te gusta escribir? ¿Por qué lo haces?
Aunque durante unos minutos permanecí en silencio, pensé: ¿cómo habría de responder, si ni yo misma tengo la certeza de por qué lo hago?
Me encanta ser positiva, sin importar en qué línea del tiempo me encuentre.
Pero he de confesar que cuando más se me agolpan las palabras es cuando avanzo en dirección contraria.
Y es entonces cuando comienza la cuenta atrás.
¿El género? Todos me interesan. Pero cuando regreso al pasado, las letras fluyen como agua de manantial.
Hoy recuerdo a Seguetica, mi pollito criollo.
Era de esos que tienen las plumas del color de la tierra seca y los ojos tan brillantes como dos gotitas de agua cristalina.
Su lugar favorito en el mundo no era la tierra húmeda, llena de maíz, rollón y piedrecitas sueltas.
Era el pecho de su humana.
Yo era su cuidadora.
Un día lo vi mirándome fijamente y le pregunté:
—¿Cómo ves el mundo?
—Desde aquí arriba, sobre tu pecho, mi mundo se ve enorme y muy seguro —respondió mi pollito.
Su voz era suave y melodiosa. A veces me arrancaba del sueño más placentero.
Pero aquella noche no fue así.
Me quedé despierta, como un guardia nocturno.
Lo veía mirándome.
Mis labios se movían y yo quería saber qué pensaba.
Me entretuve observándolo.
No se movía.
Solo me miraba.
Y, de repente, sentí el picotazo.
Aquel día, la curiosidad le ganó al pico.
Estiró el pescuezo todo lo que pudo. Al parecer, calculó la distancia y…
¡ZAS!
Me dio un picotazo justo ahí.
En la lengua.
Di un salto, me llevé el dedo a la boca y lo miré, asustada, pero también entre risas.
Pensé que se había quedado apenado por su travesura.
¡Pero qué va!
Se acomodó en mi cuello y comenzó a soltar preguntas.
—Pío, pío… ¿Por qué vivo en esta caja de cartón tan grande? Si más allá, hay una casa con un patio de tierra mucho más grande que este cajón. ¿Dónde está mi mamá gallina? ¿Y mis hermanitos pollos?
Mientras lo arropaba, le dije:
—Escucha atento, Seguetica, que te voy a contar un secreto.
Tú eres un pollito criollo.
Eso quiere decir que vienes de un amor tan profundo como las raíces de la tierra.
Tu papá era el gallo más hermoso del gallinero. Tenía plumas de colores que brillaban bajo el sol y un canto que despertaba a todo el vecindario.
Tu mamá era una gallina coqueta que te cuidó con mucho celo.
Dentro de ella dormiste mientras, con mucha paciencia, te ibas formando.
Llegaste a este mundo dentro de un cascarón: un huevo perfecto, depositado en un nido de paja limpia, bajo la sombra de un árbol.
Pero yo me enamoré de ti desde que eras muy pequeñito y, por eso, te traje a mi casa.
Para protegerte, te puse en una cajita bien pequeñita y, con una luz, comencé a darte calor para que no pasaras frío.
Seguetica, orgulloso, infló sus plumitas.
—Entonces… ¡mi papá cantaba y mi mamá vivía en un patio!
—Así mismo era.
Pero entonces el pollito miró hacia el gran salón de la casa, donde el aire olía a calor y a madera limpia.
—¿Y todos esos que pían en las jaulas altas? ¿Quiénes son? —preguntó, intrigado.
—Ah, esos son diferentes —respondí, mirando hacia donde un señor de espejuelos trabajaba en silencio—. Son pollitos de pie de cría. Ellos no conocieron a sus mamás gallinas, pero su historia es otra.
Lo llevé hasta la habitación grande.
Allí estaba el bondadoso señor de espejuelos y su esposa.
En lugar de nidos de paja, tenían unas cajas muy distintas y misteriosas.
Dentro de ellas, cientos de huevos descansaban calentitos, bajo la luz dorada de unos bombillos que nunca se apagaban.
—Ese señor —continué— es mi padre. Él les da a los huevos el mismo calor, el mismo amor y cuidado que les daría una mamá gallina.
Como esos huevos no tienen una mamá cerca, este hombre sabio y su esposa son como los abuelos de los pollitos.
Los guardan en una caja también.
Pero la suya es diferente.
Es de metal y se llama incubadora.
Allí vigila que los huevos tengan la temperatura adecuada.
—¿Y qué pasa después?
—Cuando los pollitos rompen el cascarón, nacen y salen piando todos a la vez. Y, para que no se lastimen, los abuelos ya tienen preparadas sus jaulas, que son mucho más grandes que la caja de cartón.
Así los ayudan a crecer sanos y fuertes.
Seguetica se quedó pensativo.
—¿Entonces no tienen mamá gallina ni papá gallo?
—Así es.
—¿Y qué hacen entonces?
—Tienen una misión muy importante: esperar a que los niños lleguen a la puerta, vean el cartel que dice «Se venden pollitos pie de cría» y se los lleven a sus casas.
Seguetica volvió a acomodarse sobre mi pecho.
Y esta vez no preguntó nada.
Solo cerró los ojos.
Yo tampoco dije nada.
Porque, a veces, hasta los más curiosos necesitan dormir después de descubrir que el mundo es mucho más grande de lo que parece.
Y, desde aquel día, cada vez que veía sus ojos brillantes mirándome fijamente, mantenía la boca bien cerrada.
Por si acaso.
PRESEN RODRÍGUEZ
El reloj comenzó a descontar los segundos con una frialdad implacable. Cada número retumbaba en la habitación como un latido. Nadie hablaba. Nadie se atrevía siquiera a respirar. El silencio pesaba más que el tiempo.
Él observó sus manos temblorosas. Durante años había aplazado aquel momento. Siempre encontraba una excusa: mañana, la semana que viene, cuando todo estuviera más tranquilo. Pero el tiempo nunca espera a nadie.
Sobre la mesa descansaba una vieja fotografía. Dos jóvenes sonreían abrazados frente al mar, convencidos de que la vida sería eterna. Sonrió con tristeza. Qué fácil era prometer cuando los años parecían infinitos.
Miró por la ventana. Afuera, la ciudad seguía su rutina sin imaginar que, para él, el universo entero cabía en aquellos últimos segundos.
Tomó el teléfono. Lo sostuvo entre las manos, pero el miedo volvió a vencerlo. ¿Y si ya era demasiado tarde? ¿Y si al otro lado solo encontraba silencio?
Respiró hondo. Comprendió que el mayor fracaso no era recibir un «no», sino marcharse de este mundo sin haberlo intentado.
Marcó el número. Cada tono de espera era un siglo.
—¿Sí? —respondió una voz conocida.
Sintió que el corazón quería escapar de su pecho.
—Perdóname… Solo quería decirte que nunca dejé de quererte.
Al otro lado no hubo respuesta inmediata. Solo un sollozo contenido.
—Yo tampoco.
El reloj marco el tiempo
Pero aquella cuenta atrás no anunciaba un final. Anunciaba un comienzo.
Porque, mientras exista un segundo para pedir perdón, abrazar, amar o decir «te quiero», la vida siempre encuentra una manera de empezar de nuevo.
La vida entera es una cuenta atrás.
La diferencia está en si empleamos cada segundo en sobrevivir… o en vivir
Simplemente Presen.
LILIANA GIANNINI
Marca personal
(Final de fotografía)
Tic
Es el momento. La concentración en su rostro lo dice todo. Respiraciones entrecortadas. Le sudan las manos. Mirada fija en el objetivo. Acomoda el cuerpo. Son 100 metros de pura adrenalina. Un milisegundo y…
Tac
– Noooo… Me estoy….
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
RUMBO, ROMBO Y RAMBO, ROBOTS DE ASISTENCIA
La cuenta atrás comenzó con un tímido chasquido, casi una especie de suspiro eléctrico, un leve chisporroteo de cables, como si el Universo necesitara toser un poco para aclararse la garganta antes de hablar. A continuación, todas las pantallas de la nave, desde el puente de mando hasta el dispensador de papel higiénico del baño número tres, comenzaron a mostrar el mismo mensaje luminoso:
00:00:10
Nadie conocía la procedencia ni el motivo de aquel reloj. Tampoco se tenía la menor idea de qué inteligencia, divina, humana o artificial, había decidido animar con una imprevista cuenta atrás la travesía interestelar. Lo único evidente era que el tiempo acababa de adquirir la costumbre de darse media vuelta e iniciar aquella cuenta regresiva.
—Diez…
La voz metálica comenzó a resonar por toda la nave con el mismo entusiasmo y entonación que un portero automático. Mientras, el capitán Ortega no paraba de tragar saliva.
—Bueno… pues ya está. Ha sido un verdadero honor trabajar con todos ustedes.
Manuela Rodríguez, la ingeniera jefa, levantó la vista del bocadillo de mortadela de aceitunas que estaba a punto de terminar.
—Pero… ¿Por qué, capitán?
Manuela continuó masticando despacio. La nutrición no es tema que se deba desatender.
—Porque alguien ha iniciado la secuencia de autodestrucción, ¿no lo ves?
—¿Otra vez? —preguntó Rumbo, uno de los robots de mantenimiento, que tampoco dejó de fregar el suelo.
—¿Cómo que «otra vez»? —clamó el capitán mientras giraba la cabeza despacio.
—El martes pasó lo mismo —intervino Rombo, el otro robot de limpieza de la nave interestelar MIHURA-6—. Al final resultó ser una actualización del microondas. Es que los humanos… os alteráis por nada. Unos numeritos y en seguida os entra el pánico.
La voz metálica continuó a lo suyo.
—Nueve…
El primer salto numérico bastó para convertir a la tripulación en una estampida humana que salió disparada como una flecha hacia el puente de mando. Todos menos Tobías, el becario, que seguía intentando conectarse al wifi de la nave convencido de que el verdadero enemigo de la exploración espacial no es el vacío cósmico, sino las redes inalámbricas.
—¡No encuentro el botón para cancelar la cuenta atrás! —gritó el capitán, notablemente alterado, mientras pulsaba todos los interruptores a la vez con la misma estrategia y lógica de un niño aporreando un piano. De pronto, las luces empezaron a parpadear y las puertas a abrirse y cerrarse como locas, como poseídas por una especie de demonio cósmico que ni el mismo Lovecraft habría sido capaz de imaginar.
—Mi lógica me indica que la actividad que está llevando a cabo no ayuda mucho a alcanzar una solución, capitán —comentó PILI-9000, la inteligencia artificial de la nave, con la santa paciencia de quien ya está harto de soportar a los humanos y sus cosas—. No sé si se ha percatado, pero acaba de poner el aire acondicionado en modo “temperatura volcánica”. El capitán entonces comenzó a sudar, por los nervios y por lo del aire.
—¡Pues apágalo!
—No puedo. He olvidado la contraseña.
—¿No era «Capitán1234»?
—Capitán, la cambió porque le parecía poco segura.
—¿Y cuál puse entonces? ¿“NuncaLaOlvidaré4321”?
—Contraseña incorrecta —sentenció PILI-9000 con su voz sugerente.
El capitán se quedó inmóvil.
—Pues la he olvidado.
—Tal y como lo imaginaba. Ay, estos humanos y sus limitaciones…
—Ocho… —la voz de portero automático seguía a lo suyo—.
—Manuela, la científica jefa, la del bocadillo, abrió el enorme manual de operaciones y protocolos de navegación por la sección de emergencias, subsección “graves tirando a críticas”.
—Veamos… aquí dice: «Si la nave entra en cuenta atrás, mantenga la calma.» —dijo tras carraspear un poco.
—Eso es un consejo, no una solución.
—Es que es lo único que consigo leer, jefe. El resto del manual está impreso con letra microscópica. La presbicia me ha declarado la guerra y ahora mismo no sé dónde me he dejado las gafas.
Mientras tanto, Rambo, el tercer robot de asistencia de la MIHURA-6, sudaba aceite a chorros afanado en revisar el sistema, desmontando paneles, conectando cables y pulsando botones con una velocidad digna de la envidia de un mecánico de Fórmula 1. De repente, se detuvo en seco.
—Curioso…
—¿Qué ocurre? —preguntó el capitán mientras todo el mundo contenía la respiración.
—La señal no procede del reactor.
—¿Entonces?
—Viene de la cocina de la nave.
Resulta fascinante comprobar cómo el ser humano puede recorrer cien metros en dos segundos cuando la palabra «explosión» y la palabra «cocina» aparecen en la misma conversación. Todos corrieron hacia allí como una exhalación. Una vez allí, vieron flotando sobre la cafetera un brillante holograma color azul cobalto.
Café listo en…
—Siete…
El capitán parpadeó.
—No puede ser.
La cafetera siguió con absoluta serenidad.
—Seis…
La ingeniera consultó entonces las especificaciones técnicas.
—Capitán, se trata de un modelo inteligente.
—Pues mucha inteligencia no parece sobrarle.
—Según el fabricante, una cuenta atrás da más emoción al proceso de preparación del café al tiempo que mejora la experiencia de usuario.
—¡Pues nuestra experiencia de usuario ha consistido en estar al borde de un infarto colectivo!
—Cinco…
Rumbo tiró con energía del enchufe de la cafetera. La cuenta atrás desapareció, el holograma se apagó y la cocina de la nave quedó sumida en un profundo silencio. El capitán respiró profundamente aliviado. Hubo quien aseguró incluso haber escuchado una leve ventosidad y haber percibido una serie de aromas asociados, efectos también del consabido alivio.
—Creo que jamás en mi vida he sido tan feliz de no explotar.
En ese instante volvió a sonar la voz metálica.
—Diez…
Todos se miraron entre sí.
—¿Otra cafetera? —susurró el becario.
PILI-9000 respondió con absoluta tranquilidad.
—No. Ahora sí, esta vez es la autodestrucción.
Hubo un silencio incómodo. Finalmente, el capitán consiguió articular una temblorosa pregunta:
—¿Y quién la ha activado?
Rumbo, el robot de la limpieza levantó lentamente la mano.
—Esto…yo.
—¿Pero por qué demonios has hecho eso?
—Capitán, ha sido una maniobra de prevención. Pensé que, después del susto de la cafetera, nadie tomaría en serio un aviso auténtico. Conozco el cuento de Pedrito y el lobo y también las muchas limitaciones que tenéis los humanos. Los sistemas hay que revisarlos, asegurarse de su correcto funcionamiento para cuando se les necesite. Es cuestión de protocolo.
El capitán cerró los ojos.
—¿Protocolo? La madre que te ensambló. Rumbo… ¡yo te mato! No, porque técnicamente no puedo, pero cualquier día de estos te desmonto tornillo a tornillo o me hago contigo una tostadora.
Por fortuna, en aquel preciso instante, Tobías levantó la cabeza con una sonrisa triunfal. El becario había conseguido encontrar cobertura wifi… y de paso también el botón de cancelación. Era uno enorme y rojo sobre el que alguien había pegado una nota que decía:
«NO PULSAR»
Y claro, como todo el mundo sabe, no existe invitación más irresistible para un ser humano que una prohibición escrita con rotulador justo encima de un botón enorme, gordo y rojo. Mucho más si se trata de un becario espacial.
Pedro Antonio López Cruz
FRAN KMIL
Cuenta atrás.
Llevaba más de un mes repitiendo el ritual, y el silencio seguía respondiéndole con más silencio. Empezaba a sospechar que todo era una mentira bien vestida, una autosugestión que los ingenuos confunden con el roce de lo invisible.
Cada amanecer, entre las cinco y las cinco y cuarto, cuando el mundo dudaba entre la noche y el día, cerraba la puerta del baño y se sentaba en la silla que había colocado allí a propósito, frente al espejo pequeño que colgaba de la pared, testigo acostumbrado a reflejar el gesto cotidiano de una afeitada, ahora convocado a oficios mayores.
Encendía las dos velas que flanqueaban su imagen. Miraba fijamente esos ojos que eran suyos y a la vez de un desconocido, y pronunciaba en susurro, pero con firmeza: «En la oscuridad física me encuentro, para buscar la claridad de mi alma.»
Cerraba los párpados y comenzaba.la cuenta progresiva de la respiración hasta trece veces, tal como le había enseñado el maestro. Y nada. Solo el eco de su propia voz, disolviéndose en la penumbra.
Esa mañana, sin embargo, algo la hizo dudar del método antes de empezar.
Llevaba días pensando en ello sin saber bien por qué: la cuenta progresiva era una cuenta de acumulación. Uno, dos, tres… cada número se sumaba al anterior sin exigir nada, sin anunciar nada, como piedras que se van colocando una sobre otra sin que nadie sepa cuándo terminará la obra. Era la cuenta del camino, no la del destino. Contar hacia adelante era quedarse siempre en el trayecto, en el todavía, en el un poco más. Tal vez por eso nunca había ocurrido nada: porque su mente, entrenada para sumar, entendía cada respiración como un paso más en una caminata sin final visible, y el alma no responde a caminos infinitos. El alma responde al límite.
La cuenta regresiva era otra cosa. Trece, doce, once… no eran números que se sumaban, sino un cuerpo que se vaciaba. Cada cifra que abandonaba, desaparecía en una promesa distinta: la promesa del final. No es lo mismo construir que consumirse. No es lo mismo avanzar que agotarse. La cuenta regresiva hablaba de la meta de la única forma en que puede anunciarse de verdad: como una amenaza de desaparición. Como algo que se acaba lo quieras o no.
Comprendió, sentada frente al espejo, que toda su vida había contado hacia arriba. Contar hacia arriba era seguro: nunca se llega, nunca se termina, siempre hay un número más. Pero lo sagrado no vive en la acumulación. Vive en el umbral. Y los umbrales no se acumulan: se cruzan, o no se cruzan. No hay un paso intermedio entre estar de un lado y estar del otro.
Por eso, tal vez, los cohetes no cuentan «uno, dos, tres» antes de partir. Por eso los ritos que de verdad buscan abrir algo, no invitan a sumar sino a vaciarse: a despojarse de un número tras otro hasta llegar al cero, que no es un número como los demás, sino la ausencia de todos ellos. El cero no cuenta nada. El cero es la puerta.
Decidió entonces invertir el orden. Empezó desde el trece, y fue bajando.
Trece. Doce. Once…
La cuenta regresiva tenía otro peso, otra gravedad. No era un camino que se abría, sino uno que se cerraba. Cada número que soltaba era una puerta que se sellaba detrás de ella, un tiempo que se agotaba, un final que se acercaba inevitablemente. Había urgencia en esa cuenta, la sensación de que algo estaba a punto de consumirse. Por primera vez sintió que el ejercicio no era una repetición vacía, sino una cacería.
Diez. Nueve. Ocho…
El aire del baño pareció espesarse. Las llamas de las velas se inclinaron, aunque no había corriente.
Cinco. Cuatro. Tres…
Sintió el pulso en las sienes, como tambor marcando el compás que la cuenta.
Dos. Uno.
Cero.
El silencio se rompió. No con palabras ni con sonido reconocible, sino con un color: un violeta profundo que lo inundó todo, un color que no se veía con los ojos, sino detrás de ellos. Después llegó un zumbido grave, como tañido de campanas extinguidas hacía siglos cuyo eco apenas alcanzaba el presente. El violeta se abrió en un ámbar tibio; el ámbar cedió a un azul tan pálido que parecía hecho de luz. Los colores se mezclaban con los sonidos. Murmullos sin idioma, voces sin garganta, recuerdos que nunca había ocurrido, se entretejían en una única corriente. Al llegar al cero, no encontró la oscuridad ni el vacío de las otras veces al llegar al trece. Vio la puerta.
Dio el siguiente paso: la idea de haber existido comenzó a desvanecerse.
MARA SERBIA
Todas las edades
“Las cosas empezaron a desandarse.”
Viaje a la semilla; Alejo Carpentier
Conocí a mi esposo
durante la mayor parte de su vida.
Lo vi crecer hacia adelante:
de aquel joven
desbordado de impulso,
a un hombre hecho —
responsable,
buen padre a su manera,
apasionado,
creyente,
amable,
jovial.
Lo acompañé en su adultez.
Pero no sabía
—no podía saber—
que la vida,
también se desanda.
Y entonces
lo vi niño:
calzarse los zapatos al revés,
pelear con la ropa,
llorar por errores mínimos
con un miedo viejo,
y en sus ojos
la luz intacta
de la inocencia.
Fui su esposa
y, al final,
también su madre.
Ese lugar —
al que nadie quiere llegar—
me fue dado.
Y lo guardo,
porque no todos
tienen el privilegio
de amar
hasta conocer
todas las edades
de una misma vida.
MAITE BILBAO
LA RESTA
Madrid, 2050. Cualquier domingo. El agua de la olla pierde el calor en la piel sin el empuje del fuego. En la pared golpea el péndulo del reloj con paciencia. El segundero rechaza el avance: da saltos hacia atrás; descuenta minutos de un tiempo que se rompe.
El decreto parpadea en las pantallas de los portales. Cada domingo se desliza bajo la rendija. Hoy prohíbe los adjetivos. En la cocina, la madre sirve el plato mientras el péndulo retrocede. El padre intenta protestar por el frío del plato, pero la costumbre del silencio frena la lengua antes del grito. El caldo resbala insípido, sin lengua que reconozca la sal; el calor, el frío y lo amargo desaparecen. El hijo menor contempla la escena desde la esquina. Mueve las manos con rapidez en lengua de signos para traducir el desconcierto y busca en el aire una seña que califique el agua.
—¿Sopa? —vocaliza el padre sin voz.
—Sopa —responde la madre.
Los matices se apagan. Las discusiones mueren porque la rabia exige contornos para morder. El reloj marca las tres menos cuarto y el domingo transcurre.
El boletín siguiente llega con la mutilación de los nombres, mientras el segundero salta hacia las tres menos diez. La madre señala el centro de la estancia por pura inercia. El cerebro del padre busca el concepto, pero encuentra un eco sordo. Los objetos pierden el contorno y se apagan en las esquinas. El muchacho intenta trazar en el aire la seña del pan o de la mesa, pero las manos se detenienen a mitad del gesto; la obediencia previa alcanza la gramática visual, vaciando el significado de los signos.
—Aire… —susurra la hija, y el hilo de la voz se apaga solo.
El padre camina a ciegas y choca contra la pared. Los muebles aguardan en el pasillo para golpear los nudillos.
El decreto final arranca los motores de la lengua y de los gestos. Los verbos caen del diccionario, las manecillas del reloj se congelan en vertical y los músculos se quedan sin mapa. El muchacho intenta alzar los brazos para firmar una última protesta, pero las articulaciones obedecen antes al vacío. Cesa la marcha. Cesa la masticación. El tiempo se detiene en la cocina.
El segundero gira hacia atrás y devana la hora hasta el momento exacto de la apertura; los pies de la familia responden a ese desorden temporal, arrastrados fuera de casa por la propia inercia del reloj. Por las aceras transitan los cuerpos rígidos hacia el colegio electoral; la costumbre empuja los pasos hasta la mesa de votación.
La fila avanza por el pasillo gris. El presidente de la mesa extiende la mano y recoge el documento en silencio. El ciudadano entra en la cabina y corre la cortina de lona.
Sobre la repisa descansa la papeleta. Blanca.
El bolígrafo negro espera al lado. La punta toca la celulosa y la tinta omite cualquier huella, pues ya faltan las letras, los sustantivos y los verbos para redactar una negativa. Fuera, los altavoces repiten el lema: «Ciudadanos, sois libres para decidir».
El brazo intenta alzarse por inercia mecánica. El músculo cae lacio, vacío, sin la orden del movimiento. Los dedos del hijo, habituados a crear el mundo con las manos, se abren sobre el vacío.
ARCADIO MALLO
MIENTRAS ESPERABA
¿Habéis escuchado alguna vez el silencio de los pasillos de un hospital?
Era una tarde de julio. Estaba sentado a las puertas de Rayos esperando mi turno. Había llegado antes de tiempo. Suelo llegar temprano. Siempre me ha gustado más esperar que que me esperen. Pero lo cierto es que aquel día, iluso de mí, lo hice con la idea preconcebida de no encontrarme a nadie esperando y que me atendiesen antes de la hora para poder volver a casa y sentarme tranquilo en el silencio de mi sala antes de la llegada del huracán playero: hijos, sobrinos y demás familia.
Tuve suerte. No había absolutamente nadie en aquella sala de espera, que por cierto encontré gracias a la amabilidad de un trabajador que me condujo hasta allí. Dicho sea de paso, para mí todos los hospitales son un laberinto y siempre acabo en un callejón sin salida. Que no hubiese nadie no significó que me atendieran antes. Era de esperar.
Al fondo, cruzaba un pasillo que daba al exterior. De vez en cuando alguien rompía el silencio sepulcral, bien de camino o regreso del exterior. El primero fue un enfermero. O un médico. O un celador. No sé distinguirlos. Tenía prisa por alcanzar la puerta. Pude distinguir el bailoteo de un cigarro y un mechero entre sus manos, condenados a encontrarse en cuestión de segundos y hacer saltar la chispa que consumiría la vida de uno de ellos, calmando la ansiedad de su portador.
Un rato más tarde, en sentido contrario, una joven en bata llamó mi atención. Un pañuelo atado a la cabeza me hizo suponer la causa de su estancia. La llevaba de brazo una señora con cara de velatorio. Cualquiera diría que acompañaba a alguien a quien le habían impuesto la unción de enfermos y puesto en marcha su última cuenta atrás. Sin embargo, yo vi una joven entera y con ganas de luchar su batalla.
Más tarde llegó un chico obeso, con una camisa hawaiana y unas bermudas floreadas. Barba de dos días y móvil en la mano. Junto a él una anciana. No tuve claro quién acompañaba a quién, aunque la de la cita era la señora, como supe más tarde. Él se sumergió en su móvil a ver vídeos a todo volumen terminando con mi pequeño espacio de sosiego.
Menos mal que en ese momento salió el enfermero, o lo que fuese, a solicitar los volantes para las pruebas. El de las bermudas pausó el vídeo e intentó justificar su falta de papeleo. Lo salvó que el chico era aplicado y miró en la lista solucionándole el problema.
Cuando acabé me fui. No reparé en la gente que quedaba a la espera. Ni siquiera escuché si seguía vivo aquel silencio.
¡Ah! No os preocupéis por mí. Era una prueba rutinaria e indolora. El resultado será más doloroso… al menos para mi cartera ¡Todo sea por mi salud!
CESAR TORO
Cuenta regresiva.
Paco viene del siglo pasado se siente afortunado, todo era fácil dice, la escuela estaba lejos y tenían que ir caminando, se graduó de bachiller; eso era para aquel entonces, una carrera universitaria.
Pudo ver por televisión el aterrizaje en el suelo lunar, la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la URSS. Así como el nacimiento de la PC. El móvil entre otros inventos útiles para la sociedad; sin embargo, el mundo giraba sin prisa, en aquella época el reloj de arena iba lento y el planeta también caminaba despacio hacia adelante, el progreso de las naciones era inminente, sobre todo en temas como leyes, respeto, educación, trabajo. Estos valores contribuyeron de manera significativa al progreso de la humanidad, que logro grandes avances en el campo científico y tecnológico, además de reivindicar los derechos humanos de los individuos y fomentar la ecología y la conservación de nuestro hábitat.
Paco ha llegado al medio cupón, con más experiencia, pero con menos tiempo; y la humanidad al siglo XXI.
Aquí ha empezado su cuenta regresiva a la par de la sociedad, mientras más tecnologías, más ignorancia, muchos medios de comunicación y poca información, convenciones de paz, y las guerras no paran; la era de lA, pero menos comunicación y eficiencia, la contaminación nos acaba, el calor extremo, miles de acres y poblados devorados por el fuego, escasez de agua y alimentos nos lleva a una crisis humanitaria sin precedentes; no obstante, la voracidad de los de siempre no da tregua, quieren disidir quien vive y quién muere.
Esta crisis existencial que estamos viviendo y el egocentrismo materialista
nos arrastra en una peligrosa cuenta regresiva hacia la hecatombe.
Paco ha llegado al ocaso y solo espera que la sociedad decida, lo más seguro es que le apliquen la eutanasia.
<<Voy caminando por la vida en el tren de la muerte, viendo cómo el Progreso acaba con la gente >>
Facundo Cabral.
MANOLI DÍAZ TORRALBA
TIC-TAC CUÁNTICO
Me llamo Maripuri Pimentón y soy, según mi placa laminada, «Inspectora de Anomalías Temporales de Tercera Categoría» de la Estación Orbital Buñuelo-7.
Eran las 04:12 hora estándar galáctica cuando sonó la alarma. No una alarma cualquiera: una alarma con voz de barítono ofendido, la que habíamos instalado el año pasado porque a Comandancia le pareció «más elegante» que el pitido normal.
—Atención, atención —retumbó—. Fallo crítico en el Núcleo de Gelatina Cuántica. Cuenta atrás iniciada: 600 segundos.
Diez minutos. Diez minutos para evitar que el Núcleo de Gelatina Cuántica —un invento del profesor Aurelio Ñoño que se suponía que serviría para hacer postres instantáneos en gravedad cero— convirtiera la Luna entera en flan. Sí, flan. De los de caramelo por encima. Al profesor se le había ido bastante la mano con las proporciones.
Salté de la cama con el pijama de patitos puesto —no hay tiempo para el uniforme cuando hay un satélite en riesgo de volverse postre— y corrí por el pasillo circular de la estación, resbalando en un charco de café que, con toda seguridad, era del propio profesor Ñoño, porque el hombre no sabía tomarse un café sin derramar la mitad.
A mi lado trotaba Chispa, mi perra-robot de rescate: negra reluciente, con manchitas blancas pintadas en las patas porque el ingeniero que la construyó tenía, cito textualmente, «debilidad por los detalles bonitos». Chispa no hablaba —eso lo arreglaron en el modelo siguiente, por suerte para todos— pero emitía un pitido agudo cada vez que algo iba mal, y esa mañana chiflaba sin parar, como una tetera con ansiedad.
—550 segundos —anunció el barítono ofendido.
Llegamos a la sala del Núcleo. El profesor Ñoño estaba ahí, cabeza abajo, literalmente, flotando en gravedad reducida e intentando desconectar un cable con los dientes porque, según él, «las manos ya las tengo ocupadas sujetando la otra cosa que no debería tocar». La otra cosa era una palanca
etiquetada, con una letra temblorosa, «NO TOCAR BAJO NINGÚN CONCEPTO — EN SERIO, AURELIO».
—¡Maripuri! —gritó, agitando las piernas como si nadara—. ¡El manual de instrucciones se lo comió el triturador de basura!
—¿Por qué había un manual cerca del triturador de basura?
—Ahí es donde guardo todo lo que no entiendo.
Sinceramente, no era el momento de discutir su sistema de archivo. Miré el panel de control: una maraña de botones de colores, ninguno etiquetado, y un contador rojo bajando implacable. 480… 479… 478…
Chispa se lanzó hacia el gran tablero y olisqueó como si fuera un hueso enterrado, cosa rara en una perra sin sentido del olfato real, pero los ingenieros le habían puesto el gesto «porque quedaba entrañable», y la verdad es que funcionaba, porque en ese instante entendí que no estaba olisqueando cualquier cosa: se había parado justo frente a un botón diminuto, casi escondido, que decía «CANCELAR (EN SERIO ESTA VEZ)».
—¡Buena chica! —le dije, y ella movió la cola con un chirrido metálico que sonó a «faltaría más».
Pero justo cuando me dirigía pulsarlo, llegó Bortk, el robot de limpieza de la estación, empujando su carrito de fregona con el sosiego de quien no tiene ni idea de que la luna se está convirtiendo en postre.
—Detecto suciedad en el suelo —anunció Bortk, y procedió a fregar justo delante del panel, bloqueándome el paso con la parsimonia de un mayordomo británico.
—¡BORTK, APÁRTATE, grité al robot, ¡VAMOS A CONVERTIRNOS EN FLAN!
—El protocolo de limpieza tiene prioridad sobre las emergencias de nivel bajo —respondió, imperturbable.
300… 299…
Tuve una idea absurda, propia de una mujer en pijama a las cuatro de la madrugada: me subí al carrito de la fregona, salté por encima de Bortk como si fuera una atleta de salto de valla mal entrenada, y aterricé —con más suerte que estilo— justo delante del panel.
150…
Pulsé el botón.
Silencio.
El barítono carraspeó, casi decepcionado:
—Cuenta atrás… cancelada.
El Núcleo de Gelatina Cuántica soltó un suspiro de vapor con olor a caramelo quemado y se apagó. La Luna, allá afuera, siguió siendo gris, pedregosa y absolutamente libre de nata montada.
El profesor Ñoño se dejó caer al suelo, agotado. Bortk retomó su tarea escurriendo la fregona. Y Chispa, apoyó su férrea cabeza contra mi pierna y suspiró un sonidito suave, distinto a los anteriores: uno que, con los años, había aprendido a traducir como «menos mal que estás aquí».
Me senté en el suelo, todavía en pijama, todavía sin café, y la abracé.
—Algún día —le susurré— nos va a tocar salvar el universo con el pelo bien peinado. Pero hoy tampoco, Chispa. Hoy tampoco.
Ella solo rabeó sonriente, y ese chirrido, fue el sonido más entrañable de toda la galaxia.
BELBEL L
LA MUERTE
Sobre la tierra grita
busca una vida,
zanja un espacio,
se abre mordiendo
el cielo.
Sus rayos radiantes
escupe cuando
no la miras.
Tus labios ya besa
con flores de hielo.
Su pletórica claridad
alumbra tus ojos,
deslumbrándolos
en una nube roja.
Y revienta tu alma,
y…,
a esa hora precisa
-Empieza la cuenta atrás-.
***
Implacable y digna
canta su canción
con trompetas
Y estandarte negro
como en la última
fiesta de la guerra;
marcha quieta
sobre el manto
de nieve que cubre
el sepulcro.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Como retrasar el tiempo?.
Como no tener la incertidumbre de ¿el que debo hacer ahora?.
Como confirmar un diagnóstico qué está lacerando mi alma y mis pensamientos?
He detectado algo anormal en mi organismo, que desconcierto, pienso en todas las posibilidades de lo que pueda ser, lo he comentado con mi esposo, algo con mi hijo, puede ser o no ser, tengo que organizarme aclarar mi vida, no hay tanto tiempo para dejar de hacer, sé que todos tenemos un ciclo de vida, y ahora ¿pensar que puedo acabar pronto? que sepa que solo quedan quizá unos muy pocos años. No es fácil, hay tantas y tantas cosas que me gustan de este vivir, disfruto tanto a la familia, a mis amigos, el tirarme en la cama, cuando estoy cansada o cubrirme cuando tengo frío, saber que disfruto tanto escribir, cantar, ver una buena película al lado de mi hijo, disfrutar esos desayunos con las amigas y conversar de tantas y tantas cosas.
Valorar cada instante de la vida, el seguir soñando, y de pronto, todo cambia y se vuelve obscuridad, no hay cuenta atrás,solo silencio, muchas lágrimas y quizá un pronto entierro.
AXY LINDA
Tres días de conversación bastaron para que Siul y Adnil decidieran conocerse. Se habían encontrado en una aplicación de citas, ambos sabían que el tiempo ya no era un lujo para desperdiciarlo.
—Te propongo algo.
—¿Qué?
—El sábado te invito a desayunar cerca de tu casa. Después iremos a la mía y, si te sientes cómoda, puedes quedarte a dormir. Si prefieres que duerma en otra habitación, así será.
—Está bien. Te creo; tu voz me dice que eres sincero.
Él pasó por ella. Apenas lo vio, Adnil sintió una certeza difícil de explicar: era él por quien había esperado.
Desayunaron sin prisas. Caminaron tomados de la mano, se sentaron en la banca de un parque y él le dio un beso dulce y discreto. El tiempo, indiferente, siguió su marcha. Llegó la hora de comer, ella sugirió un restaurante que le gustaba. Compartieron los alimentos entre sonrisas, miradas cómplices y silencios que ya no incomodaban.
Más tarde llegaron a la casa de él.
—Subamos a la sala de televisión. Te serviré algo mientras preparo una botana.
—Gracias.
Él le mostró fotografías familiares y puso su música favorita. Al escucharla, ella no pudo contener las lágrimas. Aquellas melodías despertaron recuerdos dormidos. Sin proponérselo, ambos comenzaron a compartir también el pasado.
Hoy, más de cuatro años después, siguen unidos por aficiones compartidas, por vidas sorprendentemente parecidas y principalmente por amor.
Ella, de 75 años; él, de 82, disfrutan la vida con una intensidad que muchos jóvenes desconocen.
—¿Qué opinas de la cuenta atrás?
—Que no anuncia el final; hace que cada instante contigo valga una vida.
Axy Linda San-Fre
L’IDIOT
Cuenta atrás.
El afiche debe medir cuarenta centímetros de ancho por sesenta y cuatro coma setenta y dos de alto: la proporción áurea, exacta, incorruptible. Hasta para el despecho hay que respetar las matemática.sobre todo, hay que respetar la belleza.
De fondo, como una marca de agua apenas visible, casi un latido bajo la piel del papel, quiero la fotografía donde ella sonríe con el vestido gris que le regalé para su cumpleaños. El único regalo que no devolvió. Tal vez porque guarda algo que ella no quiere devolver.
El diseño debe tener ocho columnas y tres filas.
En la primera, comenzando por hoy, viernes, los días de la semana y una cuenta regresiva, como quien cuenta lo que falta para un reencuentro.
Viernes: 7.
Sábado: 6.
Domingo: 5.
Lunes: 4.
Martes: 3.
Miércoles: 2.
Jueves: 1.
Viernes: 0.
En la segunda fila, fragmentos de canciones de despecho, esas que uno tararea para no llorar y termina llorando igual.
Viernes: «Mientes, me haces daño y luego te arrepientes.»
Sábado: «Ay, mariposa de amor, nunca regreses conmigo.»
Domingo: «Tú me saliste mala, mala, mala… y cara.»
Lunes: «Conocerte fue un disparo al corazón.»
Martes: «Si hay aquí un culpable, fuiste tú.»
Miércoles: «Aquí sí hay amor, pero amor para ti ya no hay.»
Jueves: «Ya te olvidé.»
Viernes: «Eclipse total de corazón.»
La tercera fila debe quedar en blanco: un silencio reservado, un espacio vacío con la forma exacta de una espera.
—¿Para qué? —preguntó la diseñadora.
—Para escribir lo que me dicte el corazón cuando ella vuelva.
Me observó unos segundos, como si pudiera ver a través de mí el tamaño exacto de mi terquedad.
—¿Y para cuándo lo necesitas?
—Para ahora. El amor no entiende de plazos.
—La prisa es cara.
—No escatimes en el precio. Todo lo que vale la pena cuesta.
Movió la cabeza con una mezcla de lástima y ternura.
—Ojalá alguien me quisiera así.
Sonreí. No entendía nada. O tal vez entendía demasiado.
El viernes pasado fue la ruptura.
—Una semana —me dijo ella antes de irse, con esa voz que sabía doler y prometer al mismo tiempo—. Siete días… y vas a ser tú quien venga a buscarme.
Acepté el reto. No era la primera vez que apostaba el corazón a algo tan frágil como una fecha.
Durante siete días releí el afiche como quien consulta un oráculo, buscando en cada número una señal, en cada verso una promesa.
Hasta que llegó el día cero.
Entonces descubrí que las canciones ya no eran las mismas, como si el amor, tozudo, hubiera decidido cambiar el guión sin avisarme.
Viernes: «No quiero ser como Sabina. No quiero necesitar diecinueve días y quinientas noches.»
Sábado: «Cuando miro al cielo, cada estrella es un te quiero.»
Domingo: «Claro que sé perder.»
Lunes: «Tú tenías mucha razón, me muero por volver.»
Martes: «En la cárcel de tu piel estoy preso a voluntad.»
Miércoles: «Si me dieran a elegir, te elegiría sin pensar.»
Jueves: «La prefiero compartida antes que vaciar mi vida.»
Había pasado una semana.
Nadie llamó.
Nadie escribió.
Nadie volvió.
Y sin embargo, algo en mí seguía esperando el sonido de una puerta.
Debajo de «Eclipse total de corazón», en el espacio que había dejado para que hablara el corazón, escribí la única frase que todavía no me daba vergüenza admitir:
«Yo soy aquel que cada noche te persigue.»
Miré el afiche completo. La proporción seguía siendo perfecta, matemática, inevitable.
El único error de diseño fue haber puesto la esperanza exactamente en el centro, justo donde nadie —ni siquiera el amor— puede sostenerla para siempre

Mi voto es para @Efrein Diaz
Mi voto es para Efraín Diaz
Y
Ansiedad del Toro
Mi voto es para Efraín Díaz