Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «realismo mágico». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 23 de julio!
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*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
ANTONICUS EFE
La sonrisa de la rutina engaña,
muestra caries insolentes
en un vitral lleno de monedas de oro;
los mendigos de la auto-aceptación
caminan solos,
no quieren estrellarse
con el carro de las decisiones perdidas.
La dama de los pentáculos luce a su halcón,
que afila las garras en el campo de las diatribas,
la alfombra va perdiendo su color,
luce bastante desteñida
porque entre ladrones no hay honor;
el rojo de la pasarela
no favorece las piernas sin depilar.
Expectante está el señor de las alturas
en su torre de contemplación;
busca las horas muertas
que se llevó algún reloj calculadora,
y que ningún resultado a cambio dio.
Ha llegado el momento de las mentiras
por el bien del guion.
SERGIO SANTIAGO MONREAL
Subiendo la alfombra roja,
en crepúsculo de esperanza,
van desfilando las almas,
sobre un rocío que moja.
Van bajando hacia el ego,
cada uno de los cuerpos,
que un día serán esqueleto,
en el éter del lamento.
Va pasando la vida,
van pasando los años,
va pasando raudo el tiempo.
Pero, mientras quede poesía,
volverá la fruición de antaño,
a florecer en cada templo.
Fin.
RAQUEL LÓPEZ
Era un día de invierno de esos que cortan los días y la caléndula de invierno bajo el manto de la escarcha, crece radiante.
Mi madre, bajo la luz nostálgica y oxidada de su mirada cargada de recuerdos, reflejaba una vida marcada siempre en segundo plano, con humildad.
Una mujer que pasaba días y noches cuidándonos para que nada nos faltará durante tantos años, sumida en un anonimato, como tantas madres. Ahora, recibiría un homenaje de toda su familia: nietos, esposo, hijos, hermanos…
Con retazos de tela, improvisamos una alfombra roja que iba desde la entrada del jardín hasta la puerta de casa.
Lo adornamos alrededor con luces cálidas y todos se colocaron alrededor de la alfombra.
Mi padre la traía en el coche y enlazando su brazo la acompañó hasta el umbral de la puerta.
A su paso se hizo un silencio absoluto.
Su rostro, marcado por los surcos de los años, sonrió tímidamente, sin entender lo que estaba pasando y preguntó: ¿ Esto es para mí?
Según avanzaba empezaron todos a aplaudir, sus ojos se cubrieron de lágrimas.
Fue un momento realmente mágico en el que la auténtica protagonista y la estrella más brillante, era ella.
Las miradas de los familiares se centraban en ella en forma de agradecimiento.
No necesitaba fama ni joyas, ella misma brillaba con la misma luz que la acompañó siempre entregada a una vida dedicada a los demás..
Raquel L.
DAVID MERLÁN
INVIERNO (LAS CUATRO ESTACIONES 2/4)
Durante las semanas siguientes, Severin la buscó. También optó por no buscarla, hasta que sin querer, se encontraron. Rota la vergüenza inicial conoció a Abellana Meulan, y automáticamente dejó de ser una desconocida.
Primero con un tímido saludo. Después una conversación junto a un puesto de fruta. Más tarde un café, y luego otro y otro más.
Antes de darse cuenta, Severin comenzó a medir los días por las veces que la veía y no por las veces que pasaba por una calle.
Abe aparecía donde menos la esperaba. En una librería. En una cafetería escondida junto al río. Esperando el tranvía. Incluso paseando sin rumbo por las calles de Brno.
Y por arte de magia, siempre ocurría lo mismo:
Los números se negaban a obedecer y las calles continuaban olvidando sus pasos.
Era un misterio creciente para Severin, pero ya no pensaba tanto en ello. La presencia en su vida de Abellana le resultaba más inquietante, ya que durante treinta y siete años había observado el mundo desde una distancia prudente, y ahora, sinembargo, y por primera vez, estaba participando de él.
En ello estaba, cuando todo cambió una tarde de noviembre.
La lluvia golpeaba los cristales de una cafetería cercana a la Plaza de la Libertad. Abe hablaba de algo relacionado con las estaciones. Tenía la curiosa teoría de que cada una de ellas tenía personalidad propia; El otoño era nostálgico; El invierno era honesto y lento; Que la primavera mentía y que el verano prometía más de lo que podía cumplir.
En un momento dado, cuando esté apenas escuchaba y se limitaba a observarla, comprendió que ya no quería ocultarle nada más.
—Tengo que contarte algo.
Abe sonrió.
—Uuuy. Eso nunca trae buenas noticias.Jajaja
—En serio No lo sé.—añadió él serio.
—Ahora me has asustado.
Severin respiró hondo.
Y le soltó la bomba: le habló de todo lo relacionado con los números, las calles. Le habló de las personas y de toda una vida viendo algo que nadie más podía ver.
Al terminar, esperó su reacción. No sabía cual, de incredulidad, una simple carcajada, incluso que lo tomara por loco, pero no esperaba silencio. Ese silencio largo y demoledor.
Finalmente, tras unos segundos, ella soltó una única pregunta.
—¿Y cuántas veces me habías visto antes de hablarme?
Severin respondió con sinceridad. Como siempre lo había hecho con ella.
Y fue entonces cuando algo cambió en los ojos de Abe.
No denotaban miedo, sino algo peor. Irradiaban desconfianza.
Severin Intentó explicarse. Intentó decirle que nunca la había seguido como ella daba a entender, de forma aviesa ni nada por el estilo. Que nunca había utilizado aquel don para acercarse a ella con malas intenciones. Simplemente había querido comprender el misterio de porque no podía leer su número y después conocer a la mujer.
Pero las palabras llegaban tarde. El lenguaje corporal e Abe lo decía todo.
Ella le lanzó una última mirada penetrante llena de desilusión y se levantó. Sin mediar palabra, se dirigió a la barra, pagó su café y sin nisiquiera darse la vuelta, se marchó. La campanilla de la puerta sonó una única vez, y desde entonces Seve nunca olvidaría aquel sonido.
Había dado comienzo oficialmente el invierno. Su partcular invierno.
—
Diciembre llegó cubierto de nieve y Brno se llenó de luces.
Los mercados navideños ocuparon las plazas como siempre lo hacían, mientras los tranvías avanzaban lentos entre la niebla. Las calles se llenaban pero en igual medida que se vaciaba el corazón de Seve.
Abe había desapareció y hacían semanas que respondia a sus mensajes.
Dejó de acercarse a su puesto preferido a comprar manzanas, y no apareció en los lugares habituales.
No volvió al mercado ni a la cafetería. En realidad no volvió a ninguna parte.
Severin la buscó por todas partes. Las vacaciones navideñas que le tocaba disfrutar en su trabajo, facilitaban las cosas.
Al principio con pies de plomo, escudriñando casa pequeño rincon con ojos detectivescos. Después su ansiedad provocó que acelerara y la buscara con insistencia, hasta que finalmente la busqueda se transformó en desesperación.
Jamás habría reconocido aquella palabra.
Desesperación, pero eso era exactamente, ya que por primera vez en su vida no tenía respuestas, y los números no podían ayudarle.
Una mañana de finales de diciembre caminaba cabizbajo distraido cerca de la Catedral de San Pedro y San Pablo, cuando vio algo imposible. Una franja roja sobre la nieve.
Decidió detenerse. Parpadeó pero la línea seguía allí. Era una especie de sendero rojizo que atravesaba los adoquines blancos. No parecía pintura ni tela, y menos una sombra. Era otra cosa:
Una simple y sencilla alfombra roja que duraba apenas unos segundos antes de desaparecer.
Seve continuó caminando intentando convencerse de que aquello lo había imaginado todo, hasta que volvió a verla dos días más tarde, y luego otra vez y otra más.
Tras estudiarla con detenimiento descubrió un patrón que se repetia recurrentemente:
La aparición era breve; siempre esquiva y siempre aparecía en lugares relacionados con Abe.
Unas veces era la esquina donde habían compartido su primer paseo. Otras en cambio era la librería donde discutieron sobre novelas, o el puesto de manzanas donde se habían conocido. Era como si la ciudad parecíese recordar, aunque las calles continuaran olvidándola.
Deseperado razonó: Aquello no tenía sentido y precisamente por eso, Severin comenzó a seguir aquellos rastros. Durante dias recorrió Brno guiado por aquella extraña alfombra roja. A veces aparecía unos metros, otras sinembago teñía una calle entera, pero siempre, al final, sucedia lo mismo: Desaparecía antes de alcanzar ningún destino. Y sin poder evitarlo, llegó un nuevo año.
Llegó enero, y acto seguido, febrero. La nieve continuó cayendo aunque lo más crudo del invierno iba quedando atrás. Y Severin continuó buscando.
Una tarde algo cambio. Al principio nada nuevo. Habia dejado de nevar y habia una nueva alfombra roja que seguir. Pero tras un buen rato, cayó en la cuenta que esta vez resultaría ser el sendero más largo de todos.
Comenzaba junto al mercado de Zelný trh. Avanzaba entre las calles del casco antiguo cruzando plazas y esquivando tranvías y no se detenia. Siempre seguian adelante.
Severin sintió cómo se le aceleraba el pulso ante aquel cambio de patrón y por un instante creyó que estaba seguro de encontrarla.
Siguió la alfombra roja, bajo la nieve y la fria niebla durante más de media hora hasta que finalmente ésta se terminó. Abe no estaba alli. No era una dirección y mucho menos una respuesta. Era simplemente donde todo había comenzado. Junto al puesto de flores del mercado donde una joven con una bolsa de manzanas le había sonreído una mañana de octubre.
“Que raro. La alfombra roja ya me ha llevado al puesto de manzanas en otras ocasiones. ¿Pero porque es distinto ahora? Porque tanto camino para seguir igual, sin respuestas. ¿Qué pasa aquí? Piensa Seve, piensa” meditó desconcertado.
Durante varios minutos permaneció inmóvil observando el lugar y pensado todo lo que habia sucedido esos meses. De repente, algo hizo “clik” en su cerebro, y de pronto lo comprendió todo.
La ciudad no estaba intentando decirle dónde encontrarla. Le estaba mostrando aquello que no debía olvidar, como los momentos importantes y las cosas que habían dejado huella. Aquello que ni siquiera el tiempo podía borrar.
Los primeros copos de una nueva nevada sobre su rostro lo sacaron del ensimismamiento en el que se encntraba.
Severin cerró los ojos y decidió en ese preciso instante desde noviembre, que dejaría de buscar.
No porque hubiera dejado de amarla y deseara por todo el oro del mundo encuntrarla, sino porque comprendió que algunas personas no regresan cuando las buscas. Todo lo contrario. Regresan cuando dejas de perseguirlas.
Miró al cielo de su ciudad. Se levantó el cuello del abrigo y emprendió el camino de vuelta a casa.
Tras dar unos pocos pasos, se giró. A su espalda, durante apenas un instante le dio tiempo a ver como la alfombra roja reaparecía sobre la nieve. No señalando un destino. Sino un recuerdo, para acto seguido, desaparecer.
Como desaparecen todas las cosas cuando termina el invierno.
Continuará…
YOLANDA PINA REY
Aprovechando el tema de la semana, voy a hacer una reflexión hacia fuera para que todo el mundo la lea.
En esta vida hay muchos reconocimientos, todos ellos meritorios.
Pero mi dedicatoria en esta ocasión no va para ellos.
Yo, Yolanda, quiero dedicar unas palabras a esas personas que te tienden una mano cuando caes.
A esas personas que tienen paciencia contigo cuando tienes un mal día, o a esas personas que acompañan cuando el miedo te alcanza,te tranquilizan y te devuelven la calma.
Son almas puras que enseñan, que suman y hablan con hechos y sus acciones lo dicen todo.
Siempre te cuidan, te escuchan y te hacen reír, por el simple hecho de verte feliz.
Mi reconocimiento va por entero para todos ellos porque merecen ser vistos y valorados.
Son heroes desde la humildad,la sencillez, son auténticos, son verdad.
Por eso,extiendo mi alfombra roja para esos valientes que están, que apoyan, que acompañan, que abrazan, que son y permiten ser.
Muchas gracias de corazón por estar ahí, mi homenaje hoy es para ti.
EFRAÍN DÍAZ
Don Ricardo, el hombre más rico de Dos Bocas, había muerto.
Lo encontró don Tato, su mayordomo, un jíbaro aguzao que conocía tan bien las costumbres de su patrón como las suyas propias. Cuando aquella mañana vio que don Ricardo no estaba sentado en su sillón habitual, con la taza de café entre las manos, arqueó una ceja en señal de sospecha.
Bastó que se asomara por una ventana para verlo tendido en el suelo de su palacete. Forzó la puerta y lo comprobó. Estaba muerto.
El rigor mortis ya comenzaba a hacer su trabajo.
La noticia corrió como la pólvora y, en un par de horas, llegaron sus tres hijos. Rara vez visitaban al padre. Se habían criado en la ciudad y solo aparecían por Dos Bocas cuando necesitaban algo de don Ricardo, que era una manera bastante frecuente de acordarse de la familia.
Neco albergaba la esperanza de velarlo en su funeraria.
Casi nadie quería a don Ricardo. Lo respetaban, sí, pero no por cariño, sino por temor. Aun así, encargarse del velatorio y del entierro del hombre más rico de Dos Bocas representaba un buen negocio.
Quizás sería lo único bueno que don Ricardo haría por Neco. Pero la ilusión duró poco.
A media mañana llegaron varias camionetas de una funeraria desconocida. Una funeraria de la ciudad.
Entonces quien arqueó la ceja fue Neco. Mientras una camioneta se llevaba el cadáver, de las demás comenzaron a bajar todo el entramado necesario para celebrar el velatorio en la propia casa de don Ricardo.
Descargaron columnas ornamentales, pedestales para las coronas de flores, un podio para quien quisiera dirigirse a los presentes, caballetes con fotografías enmarcadas del difunto y toda clase de utensilios funerarios que nadie en Dos Bocas sabía que fueran necesarios para morirse con dignidad.
Al final extendieron una enorme alfombra roja que comenzaba en la entrada del patio y terminaba frente al lugar reservado para el féretro.
En Dos Bocas nunca se había visto cosa semejante.
Al día siguiente trajeron el cuerpo de don Ricardo, debidamente preparado, y comenzó el velatorio.
Sus tres hijos vestían de negro impecable. Llegó gente de la ciudad con trajes finos, zapatos de piel reluciente y sombreros fedora. Parecía aquello menos un velorio que la despedida de algún jefe de Estado.
Los jíbaros de Dos Bocas contemplaban el espectáculo desde cierta distancia.
Estaban acostumbrados a los sencillos funerales de Neco: unas cuantas coronas, café para los presentes, sillas prestadas y algún rosario cuando correspondía.
Nunca habían visto un velatorio tan fino. Mucho menos una alfombra roja.
Estaban tan impresionados por semejante despliegue que ninguno se atrevía a cruzarla para rendirle los últimos respetos a don Ricardo. Hasta que Tato habló.
—Yo voy a entrar a ver por última vez al patrón.
Uno de los que allí estaba miró sus botas.
—Pues límpiate los zapatos. Están llenos de tierra y vas a ensuciar esa alfombra.
Tato miró hacia abajo.
Intentó limpiar el barro de sus botas, pero era inútil. La tierra estaba tan incrustada por los años de trabajo que ni golpeándolas contra la acera conseguía desprenderla.
Entonces dejó de intentarlo.
—Don Ricardo me conoció siempre con estas botas llenas de tierra. No voy a cambiarlas ahora porque él se murió.
Y emprendió camino hacia la casa.
Cuando entró, algunas miradas se desviaron hacia él.
Todos vestían con rigurosa formalidad. Don Tato llevaba sus gastados pantalones de trabajo, una camisa raída, el sombrero de paja entre las manos y aquellas botas cargadas con años de tierra.
Caminó sobre la alfombra roja y llegó frente al féretro.
Se quitó el sombrero, inclinó ligeramente la cabeza y se persignó. Hubo algunos murmullos pero nadie se atrevió a decirle nada. Después entraron los demás.
Uno detrás de otro, los jíbaros de Dos Bocas comenzaron a desfilar sobre la alfombra roja.
Algunos entraron por respeto. Otros, por curiosidad. Y unos cuantos, probablemente, para poder contar después que habían visto de cerca semejante funeral. Pero entraron todos.
Cuando terminó el velatorio, aquella alfombra que había llegado de la ciudad impecable, solemne y pretenciosa estaba cubierta de manchas y huellas. Era tierra de Dos Bocas. La misma tierra que aquellos jíbaros trabajaban todos los días. La misma que había alimentado a sus familias durante generaciones.
La misma que don Ricardo había poseído en abundancia. Y la misma bajo la cual terminarían enterrándolo.
La alfombra roja perdió aquel día todo su glamour. Después la enrollaron y terminó guardada en algún almacén de la ciudad y la tierra se quedó en Dos Bocas.
Aquel día aprendimos que las alfombras rojas apenas sirven para esconder el polvo durante unas horas. La tierra, en cambio, siempre termina recordándonos de dónde venimos y hacia dónde vamos.
L’IDIOT
La alfombra roja
Todos los sábados por la tarde, la casa se llenaba de un silencio distinto. Él lo reconocía por el sonido del agua cerrándose, por el instante exacto en que la ducha dejaba de correr y el vapor empezaba a escapar por debajo de la puerta.
Había comprado la alfombra semanas atrás, en una tienda pequeña donde nadie preguntó para qué la quería. Roja, angosta, apenas unas decenas de centímetros de ancho, la longitud justa para unir la puerta del baño con la silla frente a la cómoda.
Ella se había reído al verla ahí, tendida como una cinta ceremonial en medio del dormitorio.
—¿Y esto? —había preguntado, con una ceja levantada y una sonrisa pícara en los labios.
Él solo sonrió y no explicó nada. No hacía falta.
Desde entonces, ella salía del baño como salía siempre: sin prisa, sin nada encima más que algunas gotas de agua todavía brillando en su piel, el pelo húmedo cayendo sobre los hombros. Pero ahora sus pies descalzos encontraban la alfombra y algo cambiaba en el aire de la habitación.
Él la esperaba sentado, siempre en el mismo lugar laa esquina de la cama, con la quietud de quien no quiere romper el hechizo. La veía avanzar despacio, cada paso deliberado aunque ella jurara que caminaba igual que siempre. La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana y se enredaba en las gotas que aún no había secado, dibujando un brillo que se movía con ella.
Pensaba, cada vez, en esas ceremonias que había visto en la televisión: la alfombra roja, los flashes, el andar estudiado de quien sabe que es mirado. Solo que aquí no había cámaras ni multitud, solo sus ojos, y la diferencia esencial era que él no tenía que caminar hacia nada. El premio, la razón entera de la puesta en escena, avanzaba hacia él por voluntad propia, con gracia, sin necesidad de fingir elegancia porque le salía sin esfuerzo.
Ella llegaba hasta la silla y se sentaba al espejo con las piernas abiertas, fingiendo buscar el cepillo con un gesto casi ritual. Sabía que él seguía mirando. Lo sabía y por eso alargaba el momento, peinándose con lentitud, dejando que la espera hiciera su trabajo.
—¿Vas a quedarte ahí mirando toda la tarde? —preguntaba sin darse vuelta, con una sonrisa que se le adivinaba en la voz y delataba el deseo.
—Toda la tarde y la que sigue —respondía él, sin moverse todavía, guardando ese instante como quien guarda algo que sabe irrepetible, aunque se repitiera cada sábado.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
CRÓNICA DE UNA ALFOMBRA ANUNCIADA
Todo empezó con una frase que jamás hubiera debido escapar de los labios del concejal de festejos:
—¡Tan difícil no puede ser esto de desplegar una alfombra roja!
Hay frases que nacen inocentes y acaban sumiendo en un estado de excepción a una localidad entera. Aquella fue una de ellas. Tres horas más tarde, el pueblo era un hervidero de policías municipales, voluntarios de Protección Civil, operarios sudorosos y vecinos que, sin saber exactamente qué ocurría, intuían que aquello merecía la pena ser visto y contemplado.
La alfombra había llegado enrollada, como llegan todas las alfombras y también ciertas desgracias. Medía nada menos que ciento veinte metros de largo y su peso rozaba casi el de una ballena jorobada. El plan era fácil sobre el papel: desenrollarla desde la plaza hasta el teatro. Por ella desfilaría una actriz de prestigio internacional encargada de inaugurar las fiestas con el pregón oficial. Era, en definitiva, una de esas ideas cuya sencillez solo existe antes de empezar.
Pero volvamos al tema en cuestión: la alfombra colorada. En los momentos previos a la hecatombe, cinco operarios se encontraban situados junto al enorme cilindro escarlata, sujetándolo de un extremo.
—¡A la de tres! Una… dos… y ¡tres!
Todos tiraron enérgicamente y con inusitado entusiasmo. Pero la alfombra ni siquiera pestañeó. Así que volvieron a tirar. Esta vez sí, se movió. Exactamente dos centímetros, a lo que un jubilado, Anselmo el de la Tomasa, para más señas, cronista vitalicio de todo cuanto sucedía en el pueblo, sentenció desde un banco en el que se hallaba sentado:
—Vais bien. A este ritmo os dan las uvas… del año que viene.
Apenas habían concluido las carcajadas cuando de la nada apareció un voluntario con esa peligrosa mezcla de optimismo e iniciativa que suele preceder a los grandes desastres
—A esto lo que le falta es más impulso —argumentó.
Tomó carrerilla, corrió hacia el rollo y le asestó una heroica y memorable patada. Esta vez sí, el cilindro empezó a rodar cuesta abajo.
Al principio fue bonito. Poco después, la cosa fue alcanzando dimensiones épicas. La alfombra comenzó su carrera triunfal hacia abajo, desenrollándose sola, atravesando la plaza, la avenida principal y el mercadillo semanal, engullendo cuanto encontraba a su paso. Se llevó por delante un puesto de aceitunas, hizo desaparecer dos caballetes de pintura bajo un oleaje de terciopelo, envolvió delicadamente a un mimo que, por coherencia profesional, sufrió el accidente sin emitir una sola protesta, y arrastró a un grupo de turistas convencidos de que aquella ceremonia formaba parte del folclore y las tradiciones locales. Lanzamiento libre de alfombra. Hubo incluso quien preguntó dónde podía apuntarse para participar el año siguiente.
Los vendedores del mercadillo, lejos de enfadarse, volvieron a recolocar sus productos sobre la alfombra. En cuestión de minutos comenzaron a situar melones, embutidos, calcetines y plantas encima de la inmensa superficie alfombrada.
Cuando por fin lograron detener aquella lengua interminable de terciopelo, alguien reparó en un ligero detalle: la habían colocado al revés. La parte elegante estaba pegada al suelo. La visible, en cambio, era una superficie gris, áspera y deslucida, presidida por una enorme etiqueta blanca donde podía leerse: «Fabricado en Camboya. No exponer al sol.»
Durante unos segundos reinó un silencio reverencial. Finalmente, el alcalde carraspeó. Ya no había tiempo para darle la vuelta, por lo que el mandatario tomó una decisión valiente.
—Simplemente… es minimalismo —dijo con voz temblorosa—. Una poderosa metáfora de la humildad institucional. Una crítica deconstructiva al exceso de glamour. Una reflexión textil sobre la condición humana.
Lo que fuera por tal de no admitir la realidad: que aquello parecía la moqueta de un gimnasio de los años ochenta.
Mientras tanto, comenzaron a llegar los invitados. El primero fue un actor convencido de que cualquier suelo rojo exigía la condición de ser recorrido a cámara lenta. El reverso sintético respondía a cada paso con un chirrido idéntico al de unas zapatillas nuevas sobre el parqué de un pabellón deportivo. El sonido de sus pasos recordaba al de un violín desafinado.
Una influencer preguntó dónde estaba el photocall a lo que los lugareños respondieron señalándole una pared recién pintada. Extrañada, apoyó una mano, ladeó la cintura y sonrió a los fotógrafos. Cuando se separó, dejó impresa sobre la cal la silueta perfecta de su cuerpo y sus curvas, tan falsas como esculturales. El ayuntamiento decidió conservar aquella marca y anunciarla como una instalación artística titulada “Influencia sobre un muro de indiferencia”.
Llegó entonces la gran estrella invitada. Pisó la alfombra. Sonrió, saludó y avanzó con esa elegancia que solo poseen quienes han aprendido a caminar mientras cien cámaras buscan el ángulo imposible. Y entonces sucedió. De repente, un extremo mal fijado decidió recuperar su libertad y empezó a enrollarse de nuevo. Ella avanzaba. Pero al mismo tiempo, la alfombra retrocedía. Desde lejos parecía caminar durante minutos sin acercarse jamás al teatro, como atrapada en una cinta de correr infinita y ceremonial.
El comentarista de la televisión local casi rompe a llorar de la emoción:
—¡Qué elegancia! ¡Qué dominio del espacio escénico! ¡Qué presencia! ¡Qué capacidad para permanecer todo el rato exactamente en el mismo sitio!
El público aplaudía sin comprender las leyes de la física que operaban en ese momento delante de sus narices.
Al final, seis bomberos inmovilizaron la alfombra valiéndose de conos de tráfico, dos macetas y un señor muy corpulento, el Eusebio, el más pesado del pueblo, en todos los sentidos, que aceptó sentarse encima del extremo rebelde a cambio de un bocadillo de panceta con pimientos y un tercio de cerveza bien frío.
La actriz llegó por fin al teatro entre aplausos, aunque nadie tenía muy claro si celebraban su llegada o el fin de la persecución de la alfombra. El pregón fue pronunciado entre vítores y aplausos y las fiestas dieron el pistoletazo de salida.
Al día siguiente, todos los periódicos coincidían en el titular:
«Espectacular despliegue de la alfombra roja en la inauguración de las fiestas.»
Y como suele suceder con estas cosas, con el paso de los años el desastre acabó convirtiéndose en tradición. Desde entonces, cada inauguración comienza con la misma advertencia del alcalde:
—Revisad todos los puntos de anclaje. Y que alguien compruebe primero de qué lado va la alfombra.
Eusebio, por si acaso, ya acude desayunado. Aunque siempre cuentan con él, por si las moscas. Que con estas cosas del glamour nunca se sabe.
Pedro Antonio López Cruz
FRAN KMIL
La alfombra roja.
Había convivido con el miedo a que este momento llegara. Bastaba con imaginarlo para que el corazón echara a correr, huyendo hacia ninguna parte, y la respiración se agitara detrás de él, tratando de no perderle el paso. Los músculos temblaban con vibración sorda, animal, y un dolor sordo le subía desde el estómago hasta la boca, dejando un regusto amargo y náusea contenida. El cuerpo entero sudaba, buscando enfriar la hoguera interior antes de que la carne empezara a arder desde dentro.
Todo por unas fotografías. Las había subido a la red pensando en la memoria, no en la condena: su ciudad natal reducida a escombros, el hospital con la fachada abierta como animal sin piel, la escuela sin techo, las instituciones del Estado convertidas en esqueletos de concreto. Para él eran pruebas, testimonio. Para ellos, «contrarrevolución digital», una etiqueta que convertía la realidad de la decadencia en delito y la memoria en amenaza.
El teniente investigador del caso, se lo había dicho con esa sonrisa torcida que usan los hombres que confunden el poder con el ingenio: camina por la alfombra roja. Y después, sarcástico, saboreando cada palabra:
—¿no querías ser estrella? Pues ahí tienes tu alfombra roja.¡Camina!
A los lados, los guardias sostenían los palos con la paciencia de quien ya ha hecho esto muchas veces. Al final del pasillo, el teniente esperaba con los guantes de boxeo puestos, como si el golpe final mereciera cierta ceremonia, cierto teatro.
Ese miedo lo había acompañado tanto tiempo que había llegado a confundirlo con una premonición: creía que cuando el momento llegara de verdad, el terror lo desbordaría por completo.
Ahora, con el instante finalmente encima, algo se había invertido silenciosamente. El miedo seguía ahí, latiendo bajo la piel, pero ya no era un enemigo, sino una especie de combustible frío. Si iban a convertir su dolor en espectáculo, él decidió llegar antes que ellos al significado de ese espectáculo.
Caminó con la espalda recta y el mentón alto, como si aquella alfombra no condujera a los golpes sino a un escenario real, como si al final no lo esperara el teniente sino la estatuilla dorada al mejor documental del año, el aplauso de una sala que sí había visto lo que él fotografió y decidió que importaba. No sabían que, para él, el miedo ya había hecho su trabajo: lo había preparado, sin que se diera cuenta, para este exacto momento de calma. Y esa calma, ahí, entre los palos y los guantes de boxeo, era su forma de ganar el premio que nadie podría arrebatarle.
ANGY DEL TORO
LAS HUELLAS DEL PODER
Al cerrar los ojos, es cuando en verdad yo siento la fuerza que en mi estructura habita. Soy la esperanza de quienes comienzan a plantar sus huellas sobre mi figura.
Me arrellano en los pliegues de los peldaños para que sus primeros pasos se aprecien seguros.
He estado aquí desde antes alguien pronunciara mi nombre. Dicen que soy la luz ardiente que les ilumina.
Hasta a mí han llegado millones de pasos. Unos anhelando la gloria; otros, quizás algo más.
Muchos huyendo del ocaso, solo queriendo saber si es cierto que la cima existe.
Conozco sus historias, sus dudas —esas que siempre acompañan al camino— y la pregunta eterna es: ¿vale la pena escalar hasta el triunfo?
He conocido del esfuerzo de quien avanza despacio y a nadie ha prometido llegar. A los que solo reconocen que el avanzar les inspira.
Algunos dicen que soy resbaladiza, temen tropezar y caer. Otros hablan de espera: dicen que soy la más silenciosa de todas. La que más duele, la que realmente temen, porque soy quien anuncia si alcanzarán la cima.
Cortesanos, artistas y soberanos han transitado sobre mí. Buscando la gloria, el aplauso, y las memorias.
Verdades inciertas lanzadas al mundo se han tejido sobre mis hendiduras.
He visto llorar a quienes creyeron la cima obtener, pero el poder ya había puesto sus ojos en otros.
Solo yo sabía lo que tardarían en comprender que en el sendero siempre estaría el favorito, y que al podio se llega sabiendo qué es.
Yo, la alfombra roja que a todos deslumbra, pero que pocos consiguen cruzar, les aseguro que: la visita será pasajera, y que otros serán los que al próximo ciclo acudan.
Que los nombres podrán ser borrados, pero sus huellas no.
IRENE ADLER
LA URDIMBRE Y LA TRAMA
Conocí a Sherezade una noche de invierno. Primero fueron sus pies descalzos, después sus lágrimas. Me conmovieron profundamente su dolor y su belleza y aquella mansedumbre resignada con la que enfrentaba el capricho veleidoso del sultán. Pensé que quizá yo podía ayudarla a burlar la fatalidad de su destino, aunque al hacerlo estuviera traicionando el secreto más antiguo y mejor guardado de las montañas del Cáucaso: que las alfombras mágicas no eran mágicas porque pudieran volar, sino porque podían contar historias.
Nací en una pequeña aldea montañosa donde cada tarde las mujeres se reunían alrededor de los telares como hacían los hombres en torno a las hogueras.
Tejían y cantaban.
Tejían y contaban.
Al rítmico compás del peine y la lanzadera, iban entrelazándose los hilos verticales de la urdimbre y los horizontales de la trama, mientras sus palabras se deslizaban suavemente sobre la lana teñida y la seda roja, quedándose dentro de la alfombra a vivir para siempre entre los recovecos de las filigranas geométricas. Como una voz antigua y dormida que tan sólo despertaba cuando alguien estaba dispuesto a escuchar.
Durante mil y una noches, Sherezade mantuvo en vela al sultán. Durante el día, recostada sobre la mullida superficie de la alfombra roja de sus aposentos, la muchacha cerraba los ojos y me escuchaba contar. Las historias ancestrales de las mujeres de la aldea en que nací la salvaron de una muerte atroz y prematura.
Sherezade nunca reveló mi secreto.
Ya no hay alfombras mágicas…
Pero hay libros.
(Relato inspirado en reflexiones de Irene Vallejo)
MARIO NÚÑEZ
En las tierras de la antigua Banda Oriental del Río Uruguay, nace la idea federal e independentista, la Federación de los Pueblos libres, que incorporaba también otras cinco provincias de la actual Argentina.
El modelo de la Liga Federal también cayó en su forma original, y la Banda Oriental fue sucesivamente invadida por españoles, portugueses, ingleses, bonaerenses, brasileños a razón de un nombre distinto por cada potencia invasora.
Una década después de independizada la región del Río de la Plata, agotadas las balas y hambriento el comercio, la reina británica desde Londres, impuso la paz y sus privilegios comerciales a Buenos Aires y a Río de Janeiro, mediante la creación de un estado tapón entre ambos, nombre vergonzoso que los uruguayos de los últimos doscientos años cargamos entre otros motes despectivos y subestimantes con los que nuestros vecinos gigantes nos describen con sonrisas de embajadores y afilados colmillos puestos en nuestro campos, ríos, puertos y mar ricos en recursos.
Pero la República Oriental del Uruguay, la segunda, ya no sería ni federalista, ni en sus comienzos tampoco representativa, con gobiernos nacional y departamentales ejercidos a fuerza de fusiles y de sables, de componendas capitalinas y marchas a degüello en la campaña.
Dos grandes bandos enfrentados a sangre y fuego, que, sin embargo, necesitaban coexistir en ese embrión maltrecho de Estado.
Así que un grupo de sus ciudadanos montevideanos, décadas después, fundaron la tercera República.
Procurando meticulosamente no aludir a las divisas políticas de entonces, y bajo la influencia del elegante latín, y a prudente distancia de los templos religiosos por aquello del respeto a los masones, poderosos actores del Estado uruguayo.
Nació la República de Parva Domus Magna Quies, en la habitación 4 de una pensión rural de pescadores, cerca del Pesquero de los Viejos, a un par de cientos de metros de la costa rocosa de Punta Carretas.
De un pescador por placer, y un grupo de amigos que usaban la habitación para guardar implementos de pesca y parrilla para asados entre amigos, nació la idea de rescatar las ideas republicanas con el único fin que encontraron válido y libre de balas y peleas: las fiestas entre amigos, a salvo de las conflictivas divisas blanca y colorada, y de las respectivas esposas de los miembros.
Hoy suena machista, pero hace ciento cincuenta años, los parvenses temían más a las furias conyugales que a los sitios y campañas militares que recorrían el país como ráfagas de rayos y centellas.
Fundaron el país 6 ciudadanos, y hoy alcanzan una población total de unos 190, hasta un máximo de 250 previsto por su Constitución.
Luego de trabajosas negociaciones, las esposas y compañeras de los ciudadanos taambién pueden ingresar a ayudar a cocinar los ñoquis y a cenar los días 29 de cada mes entre marzo y noviembre.
La República parvense, el 25 de agosto de 1878 proclamó su independencia del “Estado vecino de Uruguay”.
Sería una micronación, en la que los ciudadanos deben proteger la república, no hablando de política, religión o fútbol, ni ningún tema ofensivo o controversial, que se consideran delitos.
Parva Domus tiene himno, escudo nacional y pabellón patrio.
El Presidente se elige cada dos años por voto de sus ciudadanos, que solo acceden a esa categoría por invitación de otros ciudadanos. El mandatario accede a su sillón, banda presidencial y bastón de mando por una gran alfombra roja de fina lana de ovejas Merino Dohne, con filamentos y fileteados de hebras de alpaca peruana y de yac tibetano, que ya está demarcada en el salón principal, pero aún no se ha confeccionado por razones presupuestales; se estima que en el correr del Siglo XIX o a más tardar en el XXII, estará tejida e instalada en su lugar. Al fin y al cabo, las grandes obras del mundo demoran en terminarse, lo que los artistas tarden en construirlas.
Acompañan la gestión del Presidente, un Vicepresidente, cinco Ministros, el de Gobierno y Relaciones Exteriores, de Guerra y Marina (cuentan con un cuidado y antiquísimo cañón español desactivado apuntando hacia afuera del portal de acceso), de Fomento y Agricultura (a cargo de jardines y paisajismo del territorio nacional), de Hacienda (contabilidad y economía) y de Culto (responsable de los rituales: asados y fiestas de los miércoles y sábados, música y trajes festivos, parodiando uniformes militares, del clero y disfraces, con los que es obligatorio cantar, bailar, contar chistes y reír).
Parva Domus tiene también un himno nacional, una Constitución de la República y una cárcel, donde tribunales de ciudadanos sancionan el mal humor y los incumplimientos de la ley, y el condenado debe permanecer encerrado los miércoles y sábados por lo que dure la sentencia.
Tiene avenidas, calles y espacios públicos con nombres humorísticos; está ubicada entre ambas márgenes del rio Leteo, que por razones de espacio transcurre en dos fuentes que escoltan la entrada al palacio, donde los ciudadanos e invitados deben mojar sus manos antes de ingresar.
La República solo tiene un embajador plenipotenciario: un responsable de la representación en la Luna, donde está previsto instalar una segunda gran alfombra roja desde la sede diplomática hasta la nave más cercana. Sin embargo, por razones técnicas, la embajada no se ha podido establecer en terreno, así que el prestigioso diplomático ejerce sus funciones desde la República, aguardando la invitación de alguna de las naciones que viajan allá, que pueda llevarle hasta la guardiana nocturna en una de sus misiones. Aún está en redacción la nota de solicitud a las potencias espaciales que alunizan.
Parva Domus tiene reivindicaciones históricas, entre ellas obtener un espacio aéreo propio y una salida al mar para poder pescar como ciudadanos, no como pescadores ilegales en aguas del país vecino.
En 2025, al celebrar los 130 años de su fundación, el país de al lado les cedió en comodato por 25 años, un extremo del puerto recreativo de Punta Carretas como corredor marítimo oficial, aunque aún no se abren las negociaciones por lo del espacio de aire.
Solicitó su ingreso a la ONU como Estado Miembro, pero, aunque no se conoce resolución formal de la Asamblea General, la cancillería de PVMQ afirma en uno de sus comunicados oficiales, que rechazó un puesto permanente en el Consejo de Seguridad del organismo porque “prefieren presidir un futuro Consejo para la Paz, Alegría, Buen Humor, Tolerancia y Amistad.
MARA SERBIA
Una gloria distinta
Durante años había creído que su destino era otro. Había nacido para recibir pasos importantes, para extenderse bajo luces brillantes y acompañar momentos que quedarían grabados en la memoria de quienes los miraban desde lejos. La habían desenrollado con cuidado en entradas de hoteles, teatros y salones donde las cámaras esperaban impacientes.
Recordaba el peso de los zapatos de quienes llegaron sonriendo, los vestidos que rozaron su superficie como si flotaran, las manos que habían saludado al público y los destellos de los flashes que convirtieron unos segundos en eternidad. Sintió sobre ella la emoción de los estrenos, la alegría de los premios y el nerviosismo de quienes caminaban intentando parecer seguros mientras por dentro temblaban.
Había conocido la gloria. Durante mucho tiempo pensó que aquellos momentos nunca terminarían. Que siempre habría alguien dispuesto a extenderla, a limpiarla después de cada evento y a prepararla para la siguiente gran noche.
Pero un día las luces no volvieron a encenderse. La guardaron en un rincón oscuro de un almacén, enrollada sobre sí misma, lejos de las miradas que antes la buscaban. Ya no escuchaba música ni conversaciones elegantes. Solo oía el ruido lejano de cajas que iban y venían, de objetos que llegaban con la promesa de ser útiles y desaparecían cuando dejaban de serlo.
Al principio sintió tristeza. Pensó que había sido olvidada. Que todos aquellos pasos que había sostenido no significaban nada. Que la fama era una puerta que solo se abría una vez y que, cuando se cerraba, nadie recordaba lo que había ocurrido detrás.
Pero con el tiempo empezó a recordar de otra manera. Ya no pensaba en los rostros famosos ni en los nombres que aparecieron al día siguiente en los periódicos. Pensaba en los pequeños detalles que nadie había visto: la persona que se detuvo un instante sobre ella para respirar antes de entrar, el abrazo inesperado de dos amigos que se reencontraron después de años, la mano temblorosa de alguien que caminaba hacia un sueño que parecía imposible.
Una mañana escuchó voces cerca del almacén.
—Hay que hacer espacio —dijo alguien—. Esta ya no sirve. Habrá que tirarla.
La alfombra roja permaneció en silencio. Había esperado ese momento desde hacía tiempo, aunque nunca quiso admitirlo. Sabía que ninguna alfombra podía permanecer extendida para siempre. Sabía que incluso los escenarios más brillantes terminaban desmontándose y que todas las luces, tarde o temprano, se apagaban.
Mientras unas manos la levantaban para llevarla lejos, pensó en todos los pasos que había recibido. No lamentó haber sido reemplazada. Porque una alfombra no existe para quedarse en el centro del escenario. Existe para acompañar a quienes pasan sobre ella, aunque sea durante unos pocos pasos.
Y mientras sentía que sus últimos hilos se alejaban de aquel lugar, deseó que su próximo destino no fuera el olvido, sino otro camino por recorrer. No necesitaba volver a las luces ni a los aplausos de antes. Solo quería volver a extenderse para guiar otros pasos hacia una gloria distinta: una que no naciera de las cámaras, ni la fama, sino de la bondad, del amor y de las huellas que cada alma deja mientras avanza; aquella que se recorre en silencio, con la certeza de que cada paso dado con verdad tiene un lugar reservado más allá del tiempo.
SERGIO TELLEZ
CASA BLANCA
Las moscas zumbaban sobre el piso de la plaza, alborotadas por el olor rancio del achiote fresco. Primitivo miró con desprecio la tira de costales de fique que las viejas habían cosido a las carreras, una lona basta, remendada, que sangraba un rojo vivo y chillón bajo el sol de las tres de la tarde. En Ardederos el aire era puro polvo y desconfianza; los hombres, recostados contra los horcones de las cantinas con las camisas abiertas por el calor, escupían al suelo mirando de reojo ese trapo ridículo. Nadie entendía por qué carajos tendrían que pisar esos sacos de papa pintados cuando cayera la noche, solo para entrar a ver una luz contra la pared.
Pero en el corredor de la escuela, sudando a chorros dentro de un saco de paño que olía a naftalina y a guardado, Don Lucas gritaba y agitaba los brazos, afanado por dar inicio a su bendita función.
Don Lucas no era un hombre de guardarse las cosas. En las tardes de sequía, cuando el calor amansaba hasta a los perros, se sentaba en el recodo de la tienda a destapar su tesoro: un viaje de revistas Cromos y Cinema devoradas por el gorgojo, con las portadas descoloridas por la humedad del viaje desde la capital.
Ahí, señalando con una uña sucia las fotos en blanco y negro, les hablaba de un tal Humphrey Bogart y de una mujer de ojos tristes llamada Ingrid Bergman. Para los lugareños, esos nombres sonaban a invento, a santos de otra religión. Don Lucas les juraba, con los ojos abiertos de la emoción, que en un lugar llamado Hollywood la gente era tan bella que parecía de porcelana, y que las mujeres caminaban sobre telas rojas que costaban más que toda la cosecha de café del año. Los hombres lo escuchaban masticando tabaco, mascullando entre dientes que tanto papel viejo le había secado el seso, pero en el fondo, la curiosidad se les iba metiendo como el descontento en los días de lluvia.
Por eso, cuando el eco de unos cascos contra la piedra rompió la calma, el pueblo entero se estiró para mirar. Por la trocha aparecieron dos mulas cansadas, resoplando bajo el peso de unos cajones de madera amarrados con lazo de fique. Detrás venía el operario, un tipo flaco y malgeniado, arreándolas a puro rejo y maldición mientras el sudor le corría por el cuello lleno de tierra.
Don Lucas casi se va de bruces desde el corredor. Se acomodó el saco de paño y, con los ojos brillándole, señaló la carga.
—¡Ahí viene la magia, carajos! —gritó con la voz rota—. ¡Llegó Casablanca!
El hombre amarró las bestias a un horcón y, sin mirar a nadie, empezó a bajar a los golpes una de las cajas de madera que pesaba como un muerto. Ahí venían los rollos y el proyector. Para la gente de Ardederos, que rodeaba a los animales en silencio entre el olor a estiércol y a bestia sudada, ese cargamento no eran fierros; traía los ojos tristes de la Bergman y el mundo de mentiras que Don Lucas les había prometido en sus revistas viejas.
La noche cayó y el salón de la escuela se llenó hasta el tope. La gente se acomodó a empujones en las bancas de madera mientras el proyector empezaba a zumbar en la oscuridad, soltando un calor denso que se mezclaba con el humo de los cigarrillos. El operario encendió el aparato y una luz amarillenta cruzó el aire, estampándose contra la pared recién blanqueada.
Don Lucas, de pie junto a la puerta con el saco de paño empapado en sudor, contenía el aliento. Esperaba ver el piano y el romance elegante que había leído en sus revistas viejas.
Pero la pantalla se llenó de golpe con la imagen de un caballo al galope y un grito destemplado que rasgó el silencio: ¡Ay, Jalisco, no te rajes!. Acto seguido, empezó una balacera ruidosa. Eran mariachis de sombrero alón y pistolas que no paraban de escupir plomo en blanco y negro.
Don Lucas palideció. Iba a reclamarle al operario por el error de los rollos, pero Primitivo, sentado en la primera fila, pegó un manotazo emocionado contra su rodilla.
—¡Eso sí es mucha machera, carajo! —gritó.
En un instante, el salón estalló. Los hombres que venían de las cantinas empezaron a silbar, a aplaudir y a celebrar cada muerto en la pantalla. La desconfianza de la tarde se convirtió en una fiesta de pisotones y risas.
En medio de la gritería, Primitivo se abrió paso y llegó hasta Don Lucas, que seguía estupefacto mirando la pared.
—Oiga, Don Lucas —le gritó al oído por encima del ruido de los tiros—. ¿Conque esta era la famosa Casablanca de sus papeles? ¡Ahora sí entiendo por qué nos hizo pisar esa alfombra roja de fique! Para semejante peliculón valía la pena la pintada con achiote.
Don Lucas miró los machetes y las balaceras de la película, luego vio la cara de felicidad de la gente de su pueblo y se tragó el orgullo. Se enderezó el cuello del saco apolillado, infló el pecho y respondió:
—Claro que sí, Primitivo. En Hollywood los grandes se reciben así, pisando alfombra roja. Eso es puro cine del bueno. ¿Qué más quería?
LILIANA GIANNINI
Pigmento de clase
Aquella alfombra roja no era un lujo: era la sangre de miles de esclavos que murieron para que los nobles caminaran sobre sus memorias sin ensuciarse los pies.
El conde sintió la felpa bajo sus pies. Un dolor silencioso recorrió su cuerpo, manos rojas pretendían atraparlo, corrió y los gritos lo envolvieron.
La pesadilla lo perseguía hacía mucho. No importaba: el negocio seguía funcionando.
Hoy es la ostentación que los miserables no se atreven a soñar.
CESAR TORO
La alfombra roja.
Estamos en la resaca futbolera aún.
Se terminó el mundial y tendremos el siguiente dentro de cuatro años si es que, seguimos por acá…
Durante unos días logramos disfrutar del futbol y de momentos de Alegría y tristeza a la vez, nos olvidamos por un rato de la guerra, la inflación y la violencia; millones de personas en todo el mundo, pegados a las pantallas animando y disfrutando de tan magno evento.
Aunque por momentos se empañó la contienda por circunstancias ajenas al evento, la violencia y falta de respeto de algunas selecciones que participaron; otras en cambio, dieron cátedra de educación y buen comportamiento, inclusive sus aficionados limpiaron el estadio donde jugo la selección de su país, esperemos que nos sirva de experiencia en futuros eventos.
Para cerrar la contienda se enfrentaron los equipos de Argentina en representación de América y España por Europa.
El resultado 1 a 0 a favor de Espana
Los jugadores y el técnico de la selección Española se han vestido de héroes y han mostrado su poder y valentía; por lo tanto, se han hecho acreedores a la gala de subir al podio sobre la alfombra roja y recibir la copa de Oro como merecido y justo premio, a su esfuerzo, entrega y fe inquebrantable.
Que viva España.
Ole, ole y oleeeeeee…
Felicitaciones a todos los Españoles por este gran logro deportivo de su selección; que sin duda alguna, pasará a la historia como una gran hazaña.
Cesar Toro
Ecuador.
MARIO JOSÉ HERRERA
LA ÚLTIMA ELECCIÓN
Nunca imaginé que una habitación pudiera cobijar toda la tristeza del mundo.
Allí está mi hermana.
Ya no conversa conmigo como en aquellas tardes de fiesta; ya no corre detrás de mis sobrinos ni le pregunta a la lluvia por qué moja su ropa.
Ahora conversa con el silencio.
Hay un hilo de aire que entra despacio en sus pulmones. Le regala unos instantes más, mientras el tiempo, paciente e implacable, continúa escribiendo la última página de su historia.
La observo y comprendo que la vida nunca nos prometió permanencia. Solo nos concedió el privilegio de compartir el camino por un tiempo, sin decirnos cuándo llegaría la despedida.
Entonces tomo su mano.
No para impedir lo inevitable, sino para que el miedo no tenga la última palabra. Porque, aunque el cuerpo se rinda, el amor siempre encuentra la manera de permanecer.
La habitación sigue en silencio.
Solo se escucha el murmullo del oxígeno, como si quisiera convencer al tiempo de detenerse unos segundos más. Pero el tiempo nunca negocia.
Aprieto su mano con la misma ternura con la que un día ella sostuvo la mía cuando era niño.
Y, por un instante, comprendí que amar también significa aprender a soltar.
Entonces la vida, con una solemnidad que nunca antes había conocido, pintó el suelo de alfombra roja.
El silencio me abrazó mientras mi sombra me miraba orgullosa, y la historia de una vida terminó de escribirse para siempre.
Mario José
CESAR BORT
Al tensar el arco y apuntar al ciervo, lo pensó: «Sería mejor no disparar», pero el ciervo era precioso. Una pieza excelsa. Y soltó la cuerda. La flecha voló, recta y rápida, y fue a clavarse en el cuello del animal. Una herida mortal. Agamenón se acercó y pudo escuchar los últimos resoplidos de la bestia. Miró a sus soldados con una sonrisa triunfal y dijo: «Ni la mismísima Artemisa podría haber hecho un tiro igual». Nadie lo felicitó, sino que todos miraban alrededor. El bosque de Áulide pertenecía a la diosa y estaba bajo su protección.
Volvieron al campamento con el corazón en un puño. Las más de mil naves griegas reunidas en el puerto seguían varadas, sin poder partir. El etesio soplaba hacia la costa y los remos habrían sido más un estorbo que una ayuda para salir del golfo.
En lo alto de los acantilados el templo a Artemisa vigilaba sus dominios. La diosa, irritada, maldecía la arrogancia del rey y no podía obviar la afrenta. De noche, bajó al campamento, en su carro tirado por las cuatro ciervas de Cerinea, con sus astas doradas, resplandecientes. Agamenón, en su tienda, oía soplar al etesio que le impedía partir hacia Troya. Se sobresaltó al ver la figura imponente de la diosa. Salió del lecho y quedó de rodillas ante la Cazadora para escuchar sus palabras:
―Has matado una criatura inocente que estaba bajo mi protección y cuidado paternal en mi bosque. Si quieres que tu flota navegue, tendrás que pagar el mismo precio: entregar a tu propia hija, la criatura inocente que está bajo tu protección paternal.
―Celebraré un holocausto en tu honor ―alcanzó a balbucir el rey, sin levantar la vista del suelo.
―El bosque de Áulide está bajo mi asilo. Lo sabías cuando entraste en él con el arco cargado y la sed de sangre en las entrañas. Antes de disparar ya me habías insultado, quemar la carne del ciervo no te salvará de mi ira. Tus naves quedarán varadas hasta que me entregues a tu hija.
El día despertó caluroso. Agamenón tenía la boca seca. Observó las naves varadas, sin posibilidad de desplegar la lona. La comida se pudría con rapidez bajo el sol del verano. El agua empezaba a escasear. Los aliados dejarían de serlo si el hambre o la peste pisaba la cubierta del barco. No podía esperar. Debía partir o disolver el ejército. Pero Helena estaba en manos de Paris y el juramento sagrado obligaba a los griegos a devolvérsela a Menelao. Faltar a la palabra dada sobre los trozos del caballo sacrificado traería la desgracia a Grecia. «Sacrificar una hija por la mujer de otro hombre», pensó Agamenón. Pero no era solo una mujer, era hija de Zeus, y su raptor había corrompido las leyes divinas de la hospitalidad. No era solo una mujer: era una forma de entender y estar en el mundo. No hacer nada significaba que las leyes de los dioses se podían olvidar y sin esas leyes el mundo volvería al Caos. Además, estaba el estrecho de los Dardanelos. Si salvaban a Helena y destruían Troya los griegos dominarían el estrecho y no tendrían que pagar los peajes abusivos para comerciar con el Ponto Axeino. Y como a veces pesan más los dioses que la propia sangre, Agamenón decidió aceptar, aunque sabía que su mujer no lo haría. Por eso, tramó un engaño.
Un mensajero salió de Áulide hacia Micenas. El mensaje era escueto: «Clitemnestra, el rey de Micenas, tu esposo, ha concertado la boda de su hija Ifigenia con el divino héroe Aquiles. La boda se llevará a cabo en Áulide, bajo el auspicio de Artemisa y ante los ojos de toda Grecia».
Madre e hija partieron de Micenas con la dicha de saber que Agamenón había concertado una boda feliz para la muchacha. Con el corazón henchido de orgullo, cargaron el ajuar en los carros y dieron de comer y beber a las mulas. Durante el camino, la madre aconsejaba a la hija y ambas imaginaban un futuro próspero que regaban con sus risas alborotando el aire y espantando a los conejos de las orillas del camino. Iban felices, sin desconfiar de las palabras del rey, iban alegres hacia un futuro oscuro.
Cuando llegaron a Áulide, la sonrisa se les heló en los labios. En el centro del campamento no se alzaba el dosel de un tálamo nupcial, sino las piedras desnudas de un altar flanqueado por sacerdotes y soldados en silencio.
―¿Qué es esto, padre? ¿Dónde está Aquiles?
Agamenón no fue capaz de mirarla a los ojos. Con la voz quebrada por la culpa, balbució:
—Esto, mi querida hija, es lo que demanda Grecia… y la voluntad de Artemisa…
Y las risas del camino se convirtieron en llanto en el destino. Pero Clitemnestra se las secó a fuerza de orgullo. Encaró a su marido ante la tropa y le reprochó:
―Me casé contigo a la fuerza, ya mataste una vez a uno de mis hijos que aún mamaba. Y, sin embargo, he sido una esposa ejemplar, pero si ahora sacrificas a nuestra hija y me dejas en el dolor de la soledad, el vacío de tu trono, mientras estás en Troya, me obligará a recibirte como te mereces cuando regreses de la guerra.
Pero Agamenón no escuchó a su esposa, porque las naves languidecían en el puerto, el etesio se empeñaba en soplar hacia tierra y Grecia reclamaba venganza. Los soldados agarraron a Clitemnestra que quería saltar para arañarle los ojos al rey. La sacaron del campamento y la ataron al mástil de una nave. Agamenón cogió el brazo de su hija, con suavidad, con afecto y le dijo:
―Cuando te encuentres con Hades, dile que no lo hice por mí, sino por Grecia.
―No lloraré ni suplicaré para salvar la vida. Te mostraré el cuello si es lo que Artemisa quiere para mí ―replicó Ifigenia.
Agamenón la puso con delicadez sobre el altar. Desenvainó el cuchillo. La mano le temblaba, pero recordó que no lo hizo cuando disparó al ciervo y hundió el bronce en el cuello de su hija.
Era finales de verano cuando la sangre de Ifigenia regó las piedras sagradas. Y el etesio, como cada año con el cambio de estación, empezó a soplar mar adentro. Las naves podían zarpar y lo hicieron al día siguiente, con la sangre todavía fresca en el centro del campamento.
Diez años tardaron en volver, victoriosos, de Troya. Agamenón regresó a Micenas, donde Clitemnestra le obsequiaba con una alfombra de tapices rojos para recibirlo. Entró en su palacio. Comió y bebió en la tranquilidad del hogar y después Clitemnestra lo acompañó al baño que le había preparado. Allí, le echó la red encima. Una tela que lo dejó ciego y atrapado. Egisto, el amante de la reina, lo empujó hacia la bañera de piedra. Agamenón cayó de espaldas y con el hacha de doble filo, su mujer le asestó dos golpes que hicieron que el agua se tiñera de rojo, pero quería tener la satisfacción de verle la cara. Le quitó la tela para dejarla al descubierto y levantando el hacha dijo:
―Hades, señor del inframundo, este es el sacrificio que te prometí hace diez años.
Y le asestó un golpe en la cabeza que hizo que la sangre le salpicara la cara. Ella se pasó las yemas de los dedos y miró la sangre. Sonrió y dijo:
―Rocío del cielo, enviado por los dioses para calmar el dolor de los desesperados.
MAITE BILBAO
PISADA DE LUJO
Déjate pisar.
El tacón de charol muerde con precisión la fibra blanca y exuda el carmín desde el fondo de la trama.
El zapato con hebilla de oro pisa el lomo blando que se retuerce, quiebra la costilla y deja un rastro denso con olor a saliva seca en la acera y a expulsión.
Un hilo rojo arranca bajo el peso de la plataforma plateada sobre la piel caliente; huele a cristal roto en el suelo y a carne repudiada.
El tacón de aguja resbala sobre la carne comprimida, pierde el equilibrio, parte el eje con un chasquido seco y provoca una caída contra el suelo inmaculado.
La figura se levanta con rabia, recupera la postura y vuelve a golpear con fuerza, hundiendo el metal desnudo hasta el fondo mientras la fibra blanca absorbe el impacto.
El tacón de aguja aplasta la garganta de otra mujer con un peso ciego que arrebata el aliento.
Con olor a piel forzada y a humedad de cama ajena, las sandalias doradas cruzan la pasarela y aplastan el cuello mullido bajo una huella ancha.
El mocasín de charol avanza sin prisa, hunde la puntera en el pecho blando y extrae un charco espeso con olor a encierro y a golpe contra la pared que salpica el pantalón.
La bota alta se detiene sobre la boca abierta, la comprime hasta el silencio y arrastra el carmín con olor a hierro oxidado de verja y a pasaporte roto hacia la salida.
El último par de zapatos cruza el umbral, se detiene ante los focos y muestra la suela intacta bajo el destello de los flashes.
La alfombra blanca desaparece.
Solo queda una masa roja que gotea por el borde del escalón y mancha el calzado del servicio que limpia en silencio.
21 de julio de 2026
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Tema semanal.
Desde niña me encantaba ver las premiaciones de las películas, había nacido entre la farándula, mi padre era fotógrafo de cine, e iba con él a ver algunas filmaciones, me maravillaba todo lo que rodeaba ese ambiente. Las luces, cámara tantos actores, era un mundo tan especial ver cuantas personas se necesitaban para hacer una película, era magia, me decía a mis 11 años que algún día yo estaría en algún foro no solo viendo sino actuando también, nada ni nadie detendría mi deseo, le pedí a mis padres que me inscribieran en un centro de actuación y así lo hicieron, era la más disciplinada, siempre atenta, me aprendía los diálogos puntualmente, y así empecé a actuar, primero en pequeños papeles una que otra obra de teatro, llegó algún cortometraje, y al fin a mis 18 años, un papel más o menos importante en una película, era mi gran sueño hecho realidad.
Se inicia el rodaje, todo va bien, hasta que se escucha un fuerte ruido, y cae una gran lámpara colgante sobre mi, de milagro estoy viva, de inmediato me conducen hacia un hospital, mis padres esperan el diagnóstico, después de unas horas de estudios les dicen, que lo sienten que he quedado paraplegica.
Realmente es una pesadilla, mi mente no acierta a entender bien lo que sucede.
Cuando me dicen lo que pasa, siento morir, mi vida se ha terminado en este instante.
Ya jamás podré caminar sobre esa alfombra roja, con la que soñaba desde pequeña…
MANOLI DÍAZ TORRALBA
Dicen que hemos avanzado muchísimo.
Que ya no pasa nada.
Que ahora todo el mundo puede ser quien quiera.
Lo dicen con una tranquilidad admirable. La misma con la que uno asegura que nunca llueve mientras lo hace desde debajo de un toldo.
Luego cae la noche.
Y alguien desenrolla la alfombra roja.
No la de los premios ni la de los famosos. Otra mucho más discreta. Una tejida con insultos, amenazas y puñetazos. Una por la que algunos desfilan convencidos de que defender su estrechez de miras consiste en atacar a quien simplemente existe.
Mi hija cumplía años.
Y decidió celebrarlo con dos amigos. Los tres volvieron con un regalo que nadie debería recibir jamás: una agresión por ser quienes son. Ella, una mujer trans. Ellos, dos chicos gais. Qué curioso. Hay quien todavía cree que la orientación sexual o la identidad de género son una provocación suficiente como para justificar la violencia.
A veces me preguntan cómo llevo eso de tener una hija trans.
La verdad.
Al principio no tan bien como debería.
Y decirlo no me hace peor madre. Me hace humana.
Soy de una generación que aprendió muchas cosas torcidas. Crecí con palabras que hoy duelen, con silencios disfrazados de educación y con prejuicios que se heredaban igual que la vajilla de la abuela. Nadie nos enseñó que había más formas de ser feliz que las que cabían en una fotografía familiar de los años ochenta.
Cuando mi hija me habló de quién era de verdad, yo no tuve miedo de ella.
Tuve miedo por ella.
No era lo mismo.
Pero tardé un tiempo en entender la diferencia.
Porque una madre quiere proteger. Y a veces, creyendo proteger, intenta convencer al mundo de que cambie… empezando por quien más quiere.
Hasta que comprendí algo muy sencillo.
No era ella quien tenía que adaptarse para sobrevivir.
Era yo quien tenía que aprender a mirar sin el polvo de tantos años acumulado.
Y aprendí.
No porque me obligaran.
Porque la veía feliz.
Porque la veía auténtica.
Porque descubrí que seguía siendo exactamente la misma persona a la que había abrazado miles de veces. La misma risa. La misma bondad. La misma capacidad para preocuparse por todo el mundo antes que por ella. Solo había cambiado una cosa: ahora respiraba sin esconderse.
Mi hija es hermosa.
Y no hablo solo de su belleza, que la tiene.
Hablo de esa belleza mucho más difícil de encontrar: la de quien decide vivir con la verdad, aunque sepa que habrá quien quiera castigarla por ello.
Hace falta un valor inmenso para levantarse cada mañana sabiendo que algunos te juzgarán antes incluso de conocerte.
Hace falta mucho más coraje para seguir sonriendo.
Lo que ocurrió el viernes fue exactamente aquello que durante años me quitaba el sueño.
Mi peor miedo.
No que fuera trans.
Jamás fue eso.
Mi miedo era que hubiera personas suficientemente miserables como para convertir su odio en puños.
Y acerté.
Ojalá me hubiera equivocado.
Lo verdaderamente triste es que siempre aparece alguien dispuesto a preguntar: «¿Seguro que fue por eso?»
Claro.
También podría haber sido una conspiración internacional organizada por los fabricantes de purpurina.
O una confusión meteorológica.
O que Mercurio decidiera insultar precisamente a esas personas durante unas horas.
Siempre aparece algún arqueólogo del absurdo dispuesto a excavar cualquier explicación con tal de no llamar al odio por su nombre.
Porque hacerlo obliga a reconocer que seguimos teniendo un problema.
Los golpes nunca empiezan en los golpes.
Empiezan mucho antes.
Empiezan en el chiste que nadie corrige.
En el «yo no soy homófobo, pero…».
En el comentario que se ríe porque «es solo humor».
En quien convierte la dignidad de otras personas en un debate de sobremesa.
En quien dice que ya no existe discriminación mientras alguien acelera el paso al volver a casa.
Los puñetazos siempre tienen un prólogo.
Y demasiados autores secundarios.
No quiero compasión.
La compasión sirve para las catástrofes naturales.
Esto no ha sido un terremoto.
Ha sido una decisión.
Tampoco quiero convertir a mi hija en una heroína. Bastante tiene con vivir en un mundo que a menudo le exige justificar su existencia.
Solo quiero algo tan revolucionario como sencillo.
Que pueda celebrar un cumpleaños.
Que pueda caminar de la mano de quien quiera.
Que pueda reírse a carcajadas a la salida de una discoteca sin que nadie interprete su felicidad como una provocación.
Parece una petición pequeña.
Sin embargo, todavía hay quien la considera un privilegio.
Seguiremos viendo campañas preciosas sobre diversidad. Empresas que cambian su logotipo durante un mes. Discursos impecables. Fotografías perfectas. Mucha pose.
Mucha alfombra roja.
Pero las alfombras, por muy elegantes que sean, solo sirven para una cosa: esconder lo que hay debajo.
Y debajo todavía queda demasiada intolerancia esperando a que se apaguen las luces.
Yo no tengo miedo de quién es mi hija.
Tengo miedo de quienes necesitan odiarla para sentirse un poco más “hombres”.
Pero también tengo una enorme esperanza.
Porque mientras ellos necesitan esconderse detrás de un grupo para sentirse fuertes, mi hija solo necesita ser ella misma para demostrar una valentía que ellos jamás comprenderán.
Y eso, pese a los golpes, pese a los gritos y pese a toda la ignorancia, es una victoria que ningún agresor podrá arrebatarle.
Ellos desfilarán unos minutos sobre su alfombra roja de odio.
Mi hija seguirá caminando sobre algo mucho más difícil de conquistar.
Su propia verdad.
AXY LINDA
—Creo que esta será perfecta.
—Está bien, amor. Me parece un regalo de bodas muy extraño, pero confío en ti.
—Le va a gustar, ya verás.
Cuando Asiul y Esoj llegaron al salón de fiestas, un camión dejó un enorme paquete envuelto para regalo. Los invitados lo observaron con curiosidad mientras lo colocaban junto a la mesa de obsequios.
Al finalizar la fiesta, los novios comenzaron a abrir los regalos. Dejaron para el final el misterioso paquete.
—¿Qué será? —preguntó Amla entre risas.
Dos jóvenes desenrollaron poco a poco, una larga alfombra roja.
Amla rompió en llanto.
De niña soñaba con caminar sobre una alfombra roja, rodeada de reflectores y cámaras. Nunca pudo hacerlo porque dedicó su vida a cuidar con amor a su hermana mayor con discapacidad y, después, a la hija de ella, a quien también crió con la misma entrega.
Ahora, a sus setenta y un años, se enamora y contrae matrimonio.
Asiul, nieta de la hermana a la que Amla cuidó durante años, quiso agradecer los años de amor y entrega de su tía abuela cumpliendo, aunque fuera de manera simbólica, el sueño que Amla había dejado de lado por cuidar a su familia.
Mientras Amla recorría la alfombra roja, los invitados levantaron sus teléfonos y encendieron los flashes. Por primera vez, todos los reflectores eran para ella.
Axy Linda San-Fre
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
El pebetero del reino
Una vez más, sería ella quien volvería a elegir.
La gran sala era enorme, tan vasta que parecía contener siglos de acontecimientos. Juan sería el último en probar suerte.
Cada candidato esperaba fuera, aguardando a ser llamado para recorrer la alfombra roja. La misión parecía sencilla: entrar, tomar una piedra del pebetero, portarla por el camino marcado y acceder al trono.
Juan, como los otros tres candidatos, iba acompañado por seis ancianos que refrendaban cada candidatura. Antes de que comenzara el turno del primero, Juan ya había soñado con el momento que estaba a punto de suceder.
Cerró los ojos y respiró hondo, tan hondo que creyó alcanzar un lugar donde nunca había estado. Entonces sonó el estruendo. Frente a él se alzaban dos puertas de madera tallada, altas como gigantes del fin del mundo.
Una vez en el interior, vio el pebetero: cubierto de plomo y oro, del que los ancianos contaban que antaño relucía como mármol recién pulido bajo el sol. Aquel pebetero había guardado el fuego sagrado de los reyes que protegieron el reino, pero tras la batalla fatal solo albergaba rocas. Como si aún esperaran el día en que una de ellas volviera a convertirse en fuego.
Cada candidato debía portar una de esas rocas sobre la alfombra roja. Se decía que la alfombra tenía poderes mágicos, pues la leyenda cuenta que fue impregnada con la sangre de amigos enfrentados en la cruenta guerra y de hermanos separados por el campo de batalla.
Al final del recorrido, unos escalones elevaban el trono real, que aguardaba al candidato capaz de depositar la roca sobre el bastón de mando.
El primer candidato se situó tras las puertas. Sonó el estruendo y comenzó su recorrido. Tomó una roca del pebetero y puso el pie sobre la alfombra. Esta dictó sentencia de inmediato: la roca se deshizo como arena entre sus manos, como los rumores que se diluyen en el aire. Él no sería el elegido.
El segundo candidato ya estaba listo. Tomó la roca y avanzó con paso decidido. La alfombra pareció aceptarlo… hasta que, a mitad del recorrido, un destello lo deslumbró. La roca se había convertido en una bola de oro macizo. El muchacho dudó un instante y eligió mal: salió del camino para guardarla en su bolso. Creyó que nadie lo vería. Pero al volver al pebetero, las rocas habían desaparecido, igual que la que había escondido.
El tercer candidato entró con miedo. Tomó una roca y comenzó a caminar. El camino se alargaba, cada vez más. El tiempo se detenía. La roca crecía y pesaba más y más. Hincó la rodilla, exhausto. Al levantar la vista, el camino era infinito. Intentó levantar la roca, pero era imposible. Sintió que su suerte se hundía como un cuerpo atado a una piedra en el fondo del agua.
Por último, llegó el turno de Juan. El estruendo resonó como agua mansa descendiendo por el río.
Abrió las puertas y se acercó al pebetero. No escogió la roca: su mano la eligió por él. La sensación era la de acariciar la hierba húmeda por el rocío de la mañana.
Todo parecía predispuesto para que Juan alcanzara el trono. Pero cuando se acercaba, un murmullo insignificante al principio se transformó en tumulto. El graderío, que debía estar vacío, se llenó de gente que opinaba, criticaba y se reía de él.
Juan se detuvo. Su confianza se hizo añicos, como una copa de cristal al estrellarse contra el suelo.
Parecía que la decisión estaba tomada: dejar la roca y enfrentarse a todos. Pero recordó las palabras de uno de los sabios que lo postuló:
“Nunca olvides que el arma más poderosa en manos de un hombre es su escudo. Y el tuyo está hecho de un material que ignora lo prejuicioso, perdona lo hiriente y aprende del que ya ha cometido el error”.
Juan se giró y retomó el camino. Puso el pie en el primer escalón, miró atrás y la sala volvió a estar vacía.
Alcanzó el bastón, situó la roca sobre él y fue nombrado por los seis sabios como el rey número XXV del Reino de España tras la batalla fraternal del 2085. La llama volvía a estar encendida. Su fuego recordaba al de antaño.

Mi voto es para Manoli Diaz Torralba
Mi voto es para Fran Kmil, La alfombra roja,
Y
Mara Serbia, Una gloria distinta.