Realismo mágico – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «realismo mágico». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 23 de julio!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Llanto crepuscular que se clava en la memoria. Silente madrugada despierta en cada alma, que suspira por encontrar musas -en el lienzo del cielo-, crepita la pluma -el fuego de versos- que refulgen el alba. Ocasos que lloran, por encontrar el brillo de la estrella muerta, en silente sepulcro -asido a un verbo-, que clama beldad, en luna de esperanza. Cielo que es espejo de lago que emana gotas de rocío, límpida está el agua de lágrimas de montaña. Sendero que atrapa lo mágico del instante, en mirada ávida de belleza y de eternidad penetrante. Un cuerpo que ansía-poder tener el realismo-, de un momento efímero allende el universo.

Fin.

ANTONICUS EFE

Realismo mágico 2.0
TÍTULO FINGIDO

Me he levantado con el guapo subido,

con mi teléfono móvil intento ligar con mi crush;

pero el espejo se hace añicos desnudando la realidad

y vuele a resquebrajarse el cristal mancillando mi reflejo.

Abro el navegador de Google y opino en X

mientras una sirena bucea en mis pensamientos;

sus colmillos muerden la llaga

y hace que goteen ríos de hemoglobina.

Salgo a la calle rockeando, dando cera.

Cupido es un bocazas que no soluciona nada;

las vírgenes ahora hipotecan su himen a cambio de likes

y las serpientes del paraíso ofrecen vuelos fingidos.

Intento expresar mis silencios en cuadros vacíos,

pero el Minotauro está castrado y canta opera para los ricos.

Llamo de nuevo a mi sirena para que su canto

silencie las metralletas a la hora de la siesta.

Cierro los ojos buscando un entretenimiento,

las agujas del reloj piden su aperitivo;

mi dios se ha fugado finalmente al infierno

y Satanás renace en la pantalla sonriendo.

DAVID MERLÁN

OTOÑO (LAS CUATRO ESTACIONES 1/4)

Hay cosas que permanecían inmutables y pasarse treinta y siete años rodeado de números era una de ellas.

Severin Basset los veía sobre las personas igual que otros veían el color de sus ojos. Flotaban unos centímetros por encima de sus cabezas, discretos y silenciosos, como si siempre hubieran estado ahí.

Nadie más parecía advertirlos, y por tanto nadie los señalaba por la calle ni preguntaba por ellos. Para él estaban allí y punto. Jamás había conocido otra realidad y por tanto, tampoco se la cuestionaba.

Severin era un hombre alto y delgado, de hombros estrechos y andares sosegados. Su pelo oscuro comenzaba a perder la batalla en las sienes antes de tiempo, y sus ojos grises tenían esa expresión tranquila de quienes pasan más tiempo observando que hablando. Vestía casi siempre de la misma manera: abrigo oscuro cuando refrescaba, bufanda en invierno y zapatos cómodos para recorrer las calles de Brno. La rutina le sentaba bien, no así las sorpresas.

Todo comenzó una mañana, cuando tenía siete años. Sentado en la banqueta de la cocina le prreguntó a su madre por qué el panadero llevaba un 18.431 sobre la cabeza.

Su madre respondió que dejara de inventarse tonterías y que se terminara el desayuno.

Aquella fue la última vez que sacó el tema. En esencia era la misma respuesta que había recibido de sus amigos del colegio.

Con los años aprendió las reglas. Los números pertenecían a los lugares. No a las personas.

Cada cifra indicaba cuántas veces alguien había pasado por una calle, una plaza, una puerta o un rincón concreto de la ciudad.

La gente cambiaba, pero los números permanecían.

Y pasados unos años, aceptó que los números nunca mentían.

A las siete y cuarenta y dos de la mañana de un jueves de octubre, Severin cruzó el mercado de Zelný trh para coger el tranvía camino del trabajo.

El aire olía a tierra húmeda y a fruta recién cosechada.

Los vendedores levantaban los toldos de sus puestos mientras los primeros clientes recorrían la plaza con las manos bien dentro de los bolsillos de los abrigos.

Sobre una anciana que examinaba unas calabazas flotaba un 12.902.

Sobre un repartidor que descargaba cajas de verduras, un brillante 4.781.

Siguió mirando y se sonrió al descubrir un modesto 327 sobre un hombre que paseaba a su perro. Los animales no tenían números. Algo que había dejado de preguntarse el por qué hace años.

Todo estaba exactamente donde debía estar en su mundo. Todo era normal hasta que la vio a ella.

Sostenía una bolsa de papel repleta de manzanas y caminaba sin prisa entre los puestos del mercado.

No era una belleza deslumbrante de esas que obligan a volver la cabeza pero si le llamó poderosamente la atención. Era algo más. Algo difícil de explicar.

Tendría poco más de treinta años. El cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado que daba la sensación de querer escapar de una coleta improvisada que parecía haberse hecho sin mirarse al espejo. Sus ojos, verdes unas veces y color avellana otras según la luz, observaban los puestos con una curiosidad tranquila, como si cada detalle mereciera unos segundos de su atención.

Llevaba un abrigo color camel, una bufanda clara enrollada al cuello y caminaba despacio.

Lo extraño, sin embargo, no era ella. Lo extraño estaba unos centímetros por encima de su cabeza.

Había una cifra. O mejor dicho, debería haberla.

Severin podía sentir su presencia, pero sin embargo, cada vez que intentaba enfocarla, los contornos se deshacían. Como tinta desvaneciéndose bajo el agua.

Instintivamente parpadeó pero la figura continuó allí.

Intentó leerla de nuevo pero nada.

Por mucho que intentaba centrarla, la cifra se ocultaba detrás de una niebla imposible.

La joven levantó la vista.

Sus ojos se cruzaron apenas un instante. Lo suficiente para que Severin olvidara por completo lo que estaba haciendo.

Ella sonrió con educación, después siguió caminando y… desapareció entre la gente.

Severin permaneció inmóvil varios segundos. Por primera vez en treinta años, un número se había negado a ser leído.

El tranvía pasó sin él. No se dio ni cuenta.

—¿Qué!?

—Que si quiere algo, joven—le preguntó por dos veces la florista de uno de los puestos.

Después de contestar con un timido «no» volvió a sus pensamientos:

Lo único que ocupaba su cabeza era aquella extraña ausencia.

O mejor dicho, se podría decir extraña presencia. No estaba seguro.

Aquella tarde-noche de regresó del trabajo, se acercó al mercado.

No encontró a la joven.

Y volvió al día siguiente. Tampoco.

Y al siguiente. Nada.

La lógica le decía que debía olvidarlo.

Era una desconocida, una anomalía sin importancia y una simple curiosidad que no tendría mayor importancia. «Me estaré haciendo viejo» quiso pensar riéndose nervioso por dentro.

Una cosa estaba clara: cada vez que cerraba los ojos volvía a verla alejándose entre los puestos con su bolsa de papel llena de manzanas en su mano izquierda.

Y cada vez sentía la misma incómoda sensación.

La de una puerta que acababa de abrirse, y con ello, lo de que algo que estaba a punto de cambiar. Aunque todavía ignoraba el cuánto.

Continuará…

YOLANDA PINA REY

«A menudo, la vida cotidiana puede parecernos rutinaria y gris a nuestros ojos. No somos conscientes de que esto ocurre porque solemos centrarnos en la superficie de las cosas, sin mirar más allá de lo que vemos a simple vista.

​Sin embargo, basta con detenerse y respirar para cambiar nuestra percepción. Si nos paramos a mirar por la ventana y observamos cómo los pajarillos cantan, dándonos los buenos días —ajenos a nuestras preocupaciones—, podríamos disfrutar de esa mañana con otra energía. Si nos demoramos un segundo en sentir el sol, nos recargaríamos las pilas sólo con su color. O si nos acercamos al mar y contemplamos sus olas, cómo vienen y van, hasta perdernos en su reflejo hasta donde alcanza la vista.

​Tantas cosas que no valoramos porque vivimos deprisa… Tenemos que pararnos y respirar, hay que ver con los ojos del alma.Es una cuestión de perspectiva: donde los demás ven simples piedras, yo veo corazones; donde otros ven números, yo descubro señales; donde muchos solo ven flores, yo veo una lluvia de colores.

Si tan solo pudiéramos ver ese amanecer precioso… y ese atardecer al bajar el sol, con sus colores anaranjados hasta fundirse y desaparecer en la noche, dando paso a las estrellas que nos acompañan… ¿Acaso eso no es magia?

​La magia está en todas partes, solo hay que querer verla, sentirla y valorarla en cada pequeño detalle diario. La magia reside en nosotros, en la mirada con la que contemplamos el mundo.

​Así que dime, ¿qué clase de vida estás dispuesta a tener?

​Yo, desde luego, en mi realidad elijo vivirlo así. Lo tengo claro, quiero ver con los ojos del alma y permitir que la magia llegue hasta mi casa.»

REBECA FS

Yo tengo cabeza de ciervo, y no pasa nada.

Tengo una mano de cordero y ya está.

Batman lo pasó fatal, te lo juro.

Yo hablo con los muertos y está todo normal.

Por favor, vámonos a Macondo de vacaciones.

Batman lo pasó muy mal.

Los gatos me hablan,

y no pasa nada.

No tiene importancia que el gato hable

porque es realismo mágico.

Y repito, Batman lo pasó muy mal.

El Cuervo es mejor que Batman.

Y Brandon Lee murió,

la bala no era mágica,

era real.

Hay miles de personas que mueren.

Y lo vemos normal,

pero tampoco es magia.

Batman tuvo que vender el Batmovil,

para pagar las terapias del psicólogo.

Estaba fatal.

Batman es mejor que Supermán.

Batman no tiene poderes,

es como Cristiano, es todo gimnasio.

Messi es realismo mágico.

Mete goles y todo es normal.

¿Te he dicho que Batman lo pasó fatal?

¿Y Lobezno?

P.D.

No quiero que Argentina gane el mundial.

Por Lucideces, que pasa y Rebeca FS.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

DE LENTITUD Y CANSANCIO

Nadie supo determinar con exactitud cuándo fue la primera vez. Tal vez porque las cosas imposibles no entran en la vida haciendo ruido, sino acomodándose despacio. Como un gato extraño que un día aparece durmiendo en la cocina y, para cuando uno quiere echarlo, ya pertenece a la casa.

Lo cierto es que hubo un verano en que las sombras empezaron a llegar tarde.

La primera en notarlo fue Remedios, la panadera. Abría el horno al amanecer cuando vio que su sombra seguía pegada a la pared, inmóvil, aunque ella ya caminaba hacia la mesa de la harina. Remedios levantó un brazo. Segundos después, la sombra hacía lo propio. El mismo brazo, sí, pero tarde.

Durante varios días lo achacaron al calor. Pero pronto, el fenómeno se extendería por todo el pueblo. Las sombras se retrasaban unos minutos. Después fue media hora. Y al final, acabaron teniendo su ritmo particular e impredecible. Los hombres cruzaban la plaza al mediodía y sus sombras aún seguían proyectadas junto a las puertas de la taberna. Los niños corrían tras los balones mientras sus sombras apenas acababan de salir de casa. Y las campanas de la iglesia parecían sonar antes de que la oscura silueta crepuscular del templo se dejara caer sobre la plaza.

El médico habló de fatiga visual. El maestro de un fenómeno atmosférico. Y el cura dijo que eso eran cosas del alma. Pero nadie habló del miedo, ese que hizo que todos comenzaran a caminar más despacio. En las noches de agosto el pueblo entero se llenó de silencios incómodos. La gente cenaba temprano para evitar encontrarse con su propia sombra regresando sola por las calles. Únicamente Jacinta, la mujer más vieja del lugar, pareció entender lo que ocurría.

—Las sombras no quieren irse. Solo desean descansar de nosotros.

Entonces comenzaron los pactos y las reconciliaciones. Hubo quien dejó una silla vacía junto a la cama para que su sombra encontrara reposo por las noches. Otros caminaban despacio al atardecer para no cansarla. Los más ancianos hablaban con la suya antes de dormir, en voz baja, como se le habla a un animal enfermo. Y entonces ocurrió que todos empezaron a sentirse más ligeros, más liberados y, al fin y al cabo, más reconfortados.

Y así, con la llegada del otoño, las distancias comenzaron a reducirse. Las sombras volvieron a acercarse tímidas a sus dueños y pareció regresar la normalidad. Aunque no del todo. Desde el fenómeno, si uno es observador, aún se puede percibir como las sombras siguen conservando un pequeño retraso. Apenas perceptible, pero real.

Puede que prefieran seguir dejando un cierto margen. Por si acaso.

Pedro Antonio López Cruz

ANDRÉS JAMES CÁCERES

El General y el Coronel.

(Meta cuento de realismo magico).

La amistad entre nosotros comenzó, lo recuerdo bien, el día que pasó un circo desfilando con sus carromatos, sus bailarines y variedades, por el frente de la casa de los Buendia.

Dicen que todas las tardecitas, invariablemente, el Coronel, arrastrando un banquito, se sentaba en el portal a disfrutar de la fresca.

Nuestra amistad se fundaba en las escuetas conversaciones de esa hora en que el actualmente reconocido «Héroe Nacional»(frase

que a él anciano le molestaba bastante).

Le conté que yo provenía de la Banda Oriental del Río Uruguay, un pequeño pais al sur del continente. Llegué como tantos otros en la fiebre del banano y

aquí me quedé.

En uno de esos días en que el aire incitaba a hablar un poco de más, donde el me hacía acordar a Artigas, el ahora reconocido procer nacional de mi patria. Aquel General también había promovido muchas revoluciones contra el sistema establecido y como el Coronel, las había perdido.

El también le había dado beneficios e importancia a los indios, a los negros, a las viudas, a los pobres y a los gauchos.

Había intentado repartir tierras a ellos y unir varias provincias en una liga federal, que los protegiera del centralismo de Buenos Aires .

Finalmente le conté que derrotado y traicionado, se exilió en el Paraguay donde le llamaban el » padre de los pobres» y nunca más quiso volver, como usted salir en el taller de platería.

– La misma vaina en todos lados, me dijo, mirando la calle polvorienta.

En ese momento pasa otro vecino y le pregunta : ¿Como esta don Aureliano?

-Aqui estoy, esperando que pase mi entierro, contestó.

Luego de un marcado silencio, me dijo : – contame más Andrés, sobre el Don José ese, antes de que caiga la noche y nos inunden las mariposas amarillas.

CESAR BORT

Realismo Mágico

No dormía porque no podía. No era algo físico, simplemente miedo a adentrarse en las sombras.- Ya de pequeño le había pasado cuando escuchaba los cuentos de su abuelo. Cuentos infantiles que acunaban a sus hermanos, pero para él eran un reguero de imágenes espectrales que lo confundían, que lo llevaban por vericuetos fantasmagóricos. Y es que su abuelo tenía una manera peculiar de contar las historias: se las creía, la vivía, las paría sintiendo el dolor y las náuseas; el pavor y la alegría. Se acordaba de una en concreto:

Era un pueblo azotado por los rayos del sol, polvoriento y seco. En los poyos de las casas se sentaban a esperar el fresco esas abuelas oscuras, con mucho pasado, con poco futuro, con muchas arrugas. Pero entonces, para entorpecer la tarde, apareció aquel hombre, lo hizo por el camino del cementerio, alegre y húmedo, como el viento de tormenta. Y como si trajera consigo las primeras gotas, las abuelas se resguardaron en las casas, sin aspavientos, sin nervios, sin dar un paso más rápido que otro, simplemente, como si lo conocieran y quisieran evitar cruzar la mirada con él.

¿Qué os voy a contar que no sepáis? Barba larga, pantalones rotos, alpargatas sucias de andar por los senderos. Labios resecos de querer beber y no encontrar dónde; manos grandes como herramientas de espigar el trigo. Sonrisa clara, verbo fácil, voz más alta de lo recomendable en cualquier calle estrecha y castigada por la soledad y el sol.

Un gato arqueó la espalda, erizó el pelo al toparse con él y salió corriendo, como si persiguiera a un ratón o huyera de un perro. Fue en la entrada de la plaza, me acuerdo porque lo vi entre los visillos. Era el gato negro de Ramón Melquiades, el de la droguería de la ciudad. Tenía, todavía, casa en el pueblo, pero casi nunca venía, solo para las fiestas y su gato merodeaba por las calles, asilvestrado, famélico, sediento como el forastero.

En la plaza se paró ante la fuente y apretó el surtidor. Infeliz: hace años que no hay agua, y bajaron varios santos desde su boca hasta el suelo. Yo, de natural compasivo, cargue el revólver, me lo enfundé en la trasera, bajo la camisa blanca de lino, agarré el botijo de agua con anís y salí.

―Compadre ―le dije―. Si quieres beber aquí te traigo un trago.

Él me miró, como el que mira un espejismo que sabe que lo es.

―¿Eres hijo de Bernardo?

―¿Conocías a mi padre?

―¿Ha muerto?

―El año pasado, el burro le coceó la cabeza.

El hombre bajó los hombros y puso las manos en los bolsillos, un dedo le salía por un agujero.

―Vaya ―dijo―. Qué contratiempo. Venía a matarlo yo.

Yo llevé la mano a la espalda, alcé el percutor y el hombre dijo:

―Tu padre mató al mío. Lo clavó en una estaca que le hizo salir por la boca después de metérsela por el culo. Brujo, lo acusó, pero no era brujo, creo…

―¿Crees?

―Dicen que mató a varias mozuelas para pactar con Satanás, que las enterró en el patio trasero de la casa cerca del río, la que se está cayendo cuando entras al pueblo por el cementerio…

―La conozco.

―Pero nadie encontró los cadáveres aunque levantaron todo el patio y nos destrozaron el huerto.

―Puede que las tirara al río.

―Puede que no las matara…

Yo me encogí de hombros. Había escuchado la historia de boca de mi abuela y era seguro que el padre de ese hombre era un brujo. Cómo se explica, si no, que quisiera hacer un pacto con Satanás y que tuviera esa mirada negra, como de lobo hambriento.

El hombre vino dos pasos hacia mí y yo eché mano a la culata, sin sacar la pistola todavía.

―Pero yo sí soy brujo ―aseguró―. Aprendí las negras artes en Roma, del mismísimo Papa.

―Entonces serás de los buenos, quiero decir… no de los que van al cielo, sino un hijo de puta de los mejores.

―Nadie que me haya contratado ha presentado queja alguna.

―Un buen currículum siempre es garantía. Y, ahora que sabes que mi padre ha muerto, ¿qué pretendes hacer? ¿Matarme a mí en su lugar?

―¿Por qué iba a hacer tal cosa? ¿Acaso con las tierras heredamos, también, los pecados?

―Los pecados, no sé, pero la mala leche viene de serie ―dije sacando la pistola.

Disparé, porque contra un brujo confeso hay que ser prudente, nunca sabes qué le pasa por la cabeza ni si cambiará de opinión en un futuro. La bala se le alojó en el estómago. Me acerqué, me agaché y le pregunté:

―¿Tienes hijos?

―No más de tres ―contestó.

―¿Dónde puedo encontrarlos?

―Mira debajo de tu cama cada noche antes de dormir.

Y así estamos, él muerto y yo con dolor de espalda.

FRAN KMIL

Realismo mágico.

La valentía sólo nos alcanzaba para reunirnos los domingos y hablar bajito en contra del gobierno. Despotricar de los dirigentes y arreglar el mundo con nuestras palabras. Solo palabras dichas con miedo, casi en susurro, siempre mirando de reojo, escrutando las esquinas, atentos a la presencia de un oído ajeno que nos obligara a callar.

—Precaución. Hay que ser precavidos. No nos podemos regalar —decía Julián, bajando aún más la voz, como si fuéramos conspiradores armando una rebelión, una huelga, una protesta.

Era el más desconfiado, el más precavido. El más miedoso. Y el miedo le fue cobrando la factura poco a poco, primero en pequeñas dosis: empezó a desconfiar de las moscas que rondaban la comida que Amparo servía en la mesita, en medio de nosotros, algo para «picar, para engañar al hambre».

—Las moscas tienen cinco ojos en total. Su sistema visual es uno de los más avanzados y complejos que existen. Tienen dos tipos de órganos visuales diferentes —murmuró, sin apartar la vista del insecto.

—Para qué tantos ojos, si para lo que hay que ver con uno basta —lo atajó Benítez, con su humor de siempre, tratando de frenar ese delirio de sentirse vigilado hasta por su propia sombra.

—Para verte mejor —agregó Enrique con voz gruesa, imitando al lobo de Caperucita Roja, y todos nos echamos a reír.

Todos, menos Julián, que se lo tomaba todo muy en serio. Que ya no reía desde hacía meses.

—¡Ustedes no entienden, coño! Nos vigilan. Son espías de la dictadura.

La risa se nos cortó de golpe. Nos quedamos mirando una mosca un poco más grande de lo común, de un color metálico, casi antinatural, que se posó despacio sobre el borde de la mesita, se frotó las patas delanteras y nos miró fijamente. A cada uno. Uno por uno.

—No son animales. Son drones. Nos vigilan a través de ellas.

Julián ya no hablaba: temblaba. Los ojos se le habían ido a un lugar que ninguno de nosotros podía seguir. Lanzó un manotazo que derribó la mesita, y los chicharrones se desparramaron por el piso.

—¡Estamos perdidos! ¡Con la cantidad de mierda que hemos hablado, ya lo saben todo, ya nos tienen fichados a todos!

Y rompió en un llanto que todavía no para. Un llanto que ni el sol logra secar, y mucho menos Amparo, que no deja de pasar el trapeador por el piso mientras le suplica, cada vez con menos fe, que deje de llorar.

L’IDIOT

Realismo mágico.

Me río con dolor, con una risa tan cercana al llanto que solo un idiota podría sostener. Soy el único culpable. Nadie más carga con esta condena. Fui yo quien eligió el nombre que ahora me define, como si al nombrarme hubiera dictado mi destino.

Esa es la realidad: un tejido de metáforas, saturado de absurdos que desafían toda lógica y que, sin embargo, existen con una obstinación imposible de negar. La magia del realismo o el realismo de la magia; da igual el orden. Ambos se empeñan en sobrevivir incluso cuando contradicen el sentido común.

Cuando un idiota habla, nadie escucha. Y si por accidente pronuncia una verdad, esta muere antes de llegar a oídos ajenos. Sus palabras son confundidas con necedades, arrojadas al basurero del desprecio, tratadas como desperdicios, como un estiércol tan estéril que ni siquiera sirve para fertilizar la tierra. La realidad nunca juzga las ideas por su peso, sino por el rostro que las pronuncia.

Ese es el verdadero realismo de la magia: la verdad no posee valor propio; depende de quién se atreva a decirla. El juicio precede al pensamiento, y el prejuicio derrota siempre a la razón.

Por eso comprendo que algunos nombres no son simples palabras, sino sentencias. Hay identidades que funcionan como cárceles invisibles, de las que nadie escapa, por mucho que intente demostrar lo contrario.

Idiota, aunque se vista de seda, idiota se queda.

EFRAÍN DÍAZ

Además de muerte y destrucción, toda guerra trae una vieja compañera: la escasez.

Escasearon los medicamentos, la ropa, el combustible y los alimentos. Los barcos llegaban cada vez con menos frecuencia y los anaqueles comenzaron a vaciarse. Quien tenía un patio sembró un huerto. Quien tenía espacio, crió gallinas, cerdos o cabras. La supervivencia volvió a parecerse a la de los abuelos.

En Dos Bocas el golpe fue menos severo. Con guerra o sin ella, los jíbaros llevaban generaciones sembrando viandas, frutas y vegetales. Tampoco dependían demasiado de las farmacias. Para casi todo conocían una hoja, una raíz o una corteza capaz de aliviar sus males.

Pero como ninguna felicidad es completa, escaseó el trigo.

Aquella tierra generosa producía casi de todo, menos trigo. El clima no era el adecuado y nadie recordaba haber visto un sembradío de espigas doradas en el barrio.

El primero en sentir el golpe fue Cundo. Sin harina no había pan y, sin pan, la panadería perdía casi las tres cuartas partes de sus ingresos. El café y los dulces de repostería apenas alcanzaban para mantener encendido el horno.

El segundo fue el cura. Sin harina de trigo, las monjas de clausura ya no podían confeccionar las hostias. Y sin hostias no había consagración ni comunión. Y para los católicos de entonces, aquello era casi como cerrar las puertas del cielo.

Alarmado, el sacerdote convocó a todos los vecinos a una jornada de oración para pedir que Dios proveyera trigo. Al llamado acudió el barrio entero, menos Abimael.

Maelo no era un hombre irrespetuoso. Sencillamente no creía que Dios administrara los inventarios del mundo.

Los fieles rezaron hasta bien entrada la noche. Rosarios, letanías, salmos y promesas desfilaron durante horas. Cerca de las diez, el sacerdote apagó las luces de la capilla y regresó a su casa convencido de que, al menos, habían cumplido con su parte.

Al amanecer abrió el sagrario para contar las pocas hostias que aún quedaban.

Por poco se desploma.

El copón rebosaba de hostias blancas, perfectamente redondas, listas para ser consagradas.

Perplejo, miró hacia la puerta. Pero no había nadie. Revisó la sacristía y comprobó que estaba vacía.

Observó el crucifijo durante un largo rato y, sin decir palabra, cayó de rodillas.

En la misa anunció el prodigio.

Los presentes lloraron, se persignaron y dieron gracias. El sacerdote pidió que siguieran orando mientras durara la escasez.

A la mañana siguiente el sagrario volvió a aparecer lleno. Y al día siguiente, más lleno que el anterior.

Pronto había suficientes hostias para abastecer las capillas vecinas. Después, las parroquias de toda la diócesis. Más tarde, las del resto de Puerto Rico.

La noticia cruzó la isla y pronto llegaron peregrinos de todos los pueblos para asistir a misa en la pequeña capilla de Dos Bocas, donde el trigo parecía brotar directamente del cielo.

Desde Roma enviaron una comisión.

Revisaron cerraduras, entrevistaron al sacerdote, inspeccionaron el sagrario y hasta pesaron las hostias. No encontraron fraude alguno. Tampoco encontraron explicación. Regresaron al Vaticano con más preguntas que respuestas.

El expediente terminó durmiendo el sueño de los justos en algún archivo del Vaticano.

Mientras tanto, en Dos Bocas nadie parecía demasiado preocupado por los dictámenes de Roma. Había hostias y eso bastaba.

Terminó la guerra y los barcos volvieron a llegar cargados de harina. Cundo reanudó la producción de pan y recuperó su clientela. Las monjas regresaron a fabricar hostias como siempre.

Entonces ocurrió otro milagro. Una mañana el sagrario amaneció vacío.

No porque faltara la fe. Sino porque ya no hacía falta el milagro.

Años después, cuando alguien le preguntaba a Abimael qué opinaba de aquellas hostias que aparecieron durante toda la guerra, respondía con la misma serenidad de siempre:

—No sé si Dios las puso ahí. Lo único que sé es que, si existía un milagro, era que nunca faltaron cuando más se necesitaban.

MARIANA DI PASCUA

¡Mi felicidad, boom!

{tema :realismo mágico}

Le exprimi el jugo al baile de ayer. Paso de todo menos bailar.

El Sandro, me salvó un par de veces y yo no fui muy agradecida cuando volvi a mujer feliz. Afuera el Jhon buscaba laburo y le dimos el puesto público de separador de infelices, sin días libres como el lo quería.

Todos contentos, la exesposa por el lado femenino y por el masculino dos más que parecían sacados de los idiotas del cuento de Quiroga,existieron en aquel matrimonio de tres.

Pero esa noche de sábado los ojos de Jhon me miraban con con odio, años atrás con deseo. Yo me emocionè al contarle a boca de jarro que logró mi separacion, su mejor logro de trabajo por esos tiempos. Mi utopía logró atravesar todo él bosque norte de Montréal. La de él pisoteó el jardincito del fondo de la casa.

De todos modos no

tenía nada para marchitar.

Mi marido y yo teníamos el pasto reseco antes de que el se ofrereciera para jardinero personal de Roberto.

Yo con tanta espera de la esperanza ya no espere nada de los dos supuestos amigos que se separaron también, porque ser berdugo le quedó grande a Jhon.

El tuvo sus momentos de gloria cuando se transformó en el orgulloso mucamo de Roberto en la casucha celeste de soltero , sin cisterna ni calefon. Así que a las diez de la mañana era la cronometrada hora del popo del patrón y el cumplía su contrato.

Jhon entraba solo al baño y sin gestos de asco, tiraba dos baldes de agua con hipoclirito.

Dejaba todo el baño brillante. El juraba que el patrón era su mejor amigo.

Tiempo atrás yo iba como invitada para la mágica casa de la hipocresía. Con empoderamiento me callaban por turno. El buen empresario le da poder al empleado de la forma más clásica de todos los tiempos.

Unidos en charlas de machos declaraban su amor por un intéres arrabalero. Un buen tango bailaban mientras dejaban a la mujer/cosa llorando por cachetazos etereos.

Ojo con eso, porque al final el pobre de Jhon era esclavo con oflclna de las que tienen espejitos de colores. Pero si, la utopía existió y Jhon fue el bueno de la película :liberó a la princesa que dejó de ser esclavaba también de mundos de dimensiones que la mantenían soportando una presión de dos atmosferas.

Al final ella y Jhon se liberaron de Roberto.

Marcia fue feliz, el resto no era problema ya de la que ahora tenía un reinado que no necesitaba ni rey ni esclavo.

Y ellos, ellos…

¡boom!

MARA SERBIA

El umbral

“Tres años mirando la foto… y al fin lo entendí.”

Se detuvo en el umbral.

Maui.

Sin un solo ladrido, sin moverse.

Miraba hacia el cuarto vacío,

oscuro,

donde partiste.

Era nuestra habitación,

de los tres:

tú, Maui y yo.

Se quedó allí,

como si custodiara algo sagrado.

La respiración lenta, casi imperceptible.

Una quietud para no molestar a las sombras,

como si temiera interrumpir lo invisible.

Un leve temblor recorrió el espacio;

una corriente de aire apenas perceptible.

Inclinó la cabeza,

con ese gesto de quien intenta comprender.

Fue ella, no yo,

quien pareció notar el instante exacto:

la energía que cambia,

el alma que se despide.

Yo, humana, no lo supe.

No lo vi.

Pero Maui sí.

La fidelidad, el silencio,

la inquietud o la calma absoluta…

ella lo entendió todo

sin una sola palabra.

ANGY DEL TORO

LA DECISIÓN

Caía la tarde, la oficina estaba a media luz, la calidez del crepúsculo entraba por los cristales. Sobre la mesa, el análisis químico confirmaba una verdad imposible de ignorar: el ADN de dos adolescentes unido a la esencia del fruto del manzano. La evidencia era innegable, técnica y absoluta.

Géminis observaba el informe. Don Luis y el señor Severino esperaban en silencio.

La línea roja no estaba en el contrato de expansión de los hijos —dijo Géminis sin levantar la vista—. Estaba en el contenido de la botella.

Luis se incorporó.

—¿Qué procede entonces? ¿La legalidad de la justicia?

Géminis cerró la carpeta.

El informe químico, la prueba definitiva que cualquier investigador habría usado para ganar el caso, había permanecido oculta bajo tierra, y por muchos años.

—La justicia legal solo castiga el incumplimiento de un papel, Don Luis. Pero la ética protege el origen. Si revelamos este pacto, la sidra se convertirá en un objeto de museo y el árbol en un simple testigo mudo. Los hijos ganarían el derecho a destruir la magia de la tradición, negando la realidad de la memoria.

Es ahora o nunca —sentenció Severino, con voz ronca—. Si dejamos pasar esta oportunidad, la esencia de don Manuel será reemplazada por conservantes y artificios.

Géminis miró a ambos. Su mente analítica observaba el comportamiento de aquellos hombres. Comprendió entonces que el caso jamás se resolvería únicamente mediante la evidencia.

—No ganaremos con el resultado de un laboratorio. Ganaremos con la sucesión. Don Luis, usted no hablará como un socio, sino como el depositario de un secreto. Severino, usted será la voz del árbol. Les haremos entender que la sidra posee una memoria química que no tolera la alteración.

—¿Un farol? —preguntó Luis.

—No —respondió ella. Una autenticidad que no necesita ser probada en un tribunal, solo sentida en la conciencia de quienes intentan romperla.

Géminis se acercó a la pantalla. Guardó el análisis previo en un archivo privado, lejos de cualquier mirada.

El placer culpable de don Manuel no fue esconder un pacto de sangre —concluyó mirando hacia la ventana. Fue creer que, al unir la sangre de quienes un día se juraban fidelidad, el árbol siempre tendría la última palabra.

Y ahora, nosotros somos los encargados de que esa voz sea escuchada.

Luis asintió. Comprendió que la verdadera deducción no era probar el pasado, sino proteger el futuro.

Continuará…

IRENE ADLER

EL VIENTO

“Ha sido el viento, el viento”, dijo la niña. “En la cañada, en la cañada”. Luego ya no dijo nada más y su cuerpecito impúber quedó exánime y desmadejado sobre la yacija humilde de la choza de sus padres. Con los ojos en blanco, la boca cuarteada de calor y fiebre, la piel desollada como si alguien la hubiera pasado por la piedra de amolar.

A su alrededor, las mujeres de la aldea se afanaban preparando cataplasmas de hipérico, llantén menor y celidonia. Ponían a remojo paños fríos para envolverle la carne viva y amortiguarle un poco el dolor de la espantosa calentura.

Afuera, reunidos junto al brocal del único pozo, los hombres se preparaban para salir al monte y enfrentarse a un enemigo formidable, el viento. Iban armados con hoces y horcas; guadañas, bieldos para aventar el trigo y las cachicuernas que sólo usaban para cortar el pan y el queso, remetidas entre la faja y los riñones. El frío azul de las hojas de acero ardiendo contra la carne tibia de las espaldas fornidas de los jornaleros. “El viento”, había dicho la niña. “En la cañada”. El viento era taimado y ladino. Se ocultaba entre las grietas de las piedras y en las alturas de los barrancos. Susurraba mentiras a las muchachas que iban a lavar al río y propiciaba en las madres primerizas, desórdenes y ataques de melancolía. Hacía que las reses se extraviaran en el campo y secaba con frecuencia los arroyos. El viento hostigaba la aldea desde hacía mucho tiempo y ahora las gentes exigían reparación a los agravios. Venganza. Justicia.

La niña murió esa noche.

Ninguno de los hombres que salieron a luchar contra el viento regresó jamás.

En la cañada, las mujeres enlutadas de la aldea levantaron una cruz y rezaron tres Padrenuestros y dos Avemarías.

Desde entonces, el viento sopla enloquecido contra los travesaños de la cruz, día y noche, sin fatiga ni descanso, pero la cruz se mantiene erguida, aferrada al terruño seco de la cañada como un árbol que hubiera echado raíces. Las mujeres aseguran que bajo aquella tierra árida y hostil yacen los hombres que salieron a luchar contra el viento. Que son ellos quienes sujetan la cruz para que el viento no la derribe, obstinados en una lucha terrible contra un enemigo formidable, por toda la eternidad.

YOMALCKRY OSORIO

Es pensar cada dia , cada noche , cada instante , en cada nuevo amanecer en tú inquieta , misteriosa y enigmatica forma tuya de ser

Tratar de dibujar e imitar esa mistica sonrisa que era capaz de llegar a intimidar a cualquiera sin el mayor esfuerzo posible .

Contagiarse de esa inmensa alegria .

LLegar a sonreir aún atravesando los momentos más oscuros y terribles de la vida .

Irreal es tener que soñarte , y que ya no estés a nuestro lado como antes , porque jamás llegué a imaginar que partirias tan pronto al mundo de los sueños en donde no hay retorno posible , siento que Dios fué injusto .

Pero tú presencia y esencia son palpables porque vives de forma perenne en el asiento del corazón y eres parte importante del alma esa que no se extingue asi tán fácil y del espiritu que es indomable como el tuyo , la vida nos destruyó en mil pedazos , no hubo poder que pudiera despertarte de nuevo de esa cama donde agonizabas .

Ningun queriamos que te fueras, pero la vida ya asi lo tenia preparado .

Es una pesadilla inevitable tener que levantarse cada dia y saber que no volveremos a compartir ese exquisito café que tenia el sabor de nuestro hogar , paredes que fueron levantadas con todo tu sacrificio y esfuerzo , hacia que el dia fuera una interminable conversación , risas, tristezas y alegrias casi que al mismo tiempo.

Se vuelve alucinante pensar en cada detalle , que todo en tus manos delicadas era pura magia , belleza , delicadeza , sutileza , hacia que la vida de los demás fuese lo más hermosa posible , no conocias los limites ,no existian las excusas.

Eras un absoluto mar de misterio , secretos y fuerza, poder,]

Ahora eres libre como el trayecto transparente del agua bañado en azul y desembocas con la fuerza de un rio.

Eres inmnesa, poderosa, grandiosa, no existe quien pueda llegar a decir lo contario , ahora eres un sueño y una inexorable fantasia .

Cuando te puedo ver en mis sueños eres tan real como si estas aqui .

Como un Angel cuidando cada paso que damos , que aún puedo dar aunque a veces sea pesado y triste porque ya no estás .

Te vuelves eterea , suprema, excelsa más allá de una simple silueta que llega a cubrir la bruma de la melancolia , la nostalgia ,la añoranza .

Para encontrarte nuevamente e ir hacia ti nos esperan caminos de cristal, nubes de algodon , cielos de intensos colores , flores especialmente para ti.

De seguro estaras vestida con una delicada bata blanca como esa inocencia , pureza que transpiraba todo tu ser.

Aves de mil colores custodiando los pasos en ese inmenso bosque cubierta de eternidad y gloria , duendes, luciernágas, mariposas resplandecientes con luces infinitas , se posan sobre cda hebra de tus cabellos que hoy son hilos de plata cubiertas de infinita sabiduria .

Asi te puedo imaginar , en este mundo irreal .

CESAR TORO

Realismo mágico.

Cierro los ojos empiezo mi aventura, el avión un 747. 800 se encuentra en la pista. Me llevan a la sala de espera vip. Presento mi tarjeta dorada y me abren paso, el salón está lleno de suculentos manjares y bebidas.

Abordo el vuelo en primera clase, durante el viaje la atención es excelente, la sobrecargo apareció con un suculento filete de lenguado y vino blanco para cenar.

Al aterrizar espera una limusina que me traslada hasta el crucero de Carnival, en donde disfrutaré de esta mágica aventura por las cálidas aguas del caribe, la vista es impresionante aguas cristalinas y azuladas los delfines saltan libremente por el océano, mientras a lo lejos se divisan las playas de Acapulco, continuando la travesía, hasta las costas de Florida. En este punto, el enorme crucero ha dado un giro inesperado para no embestir a una orca, con lo cual caigo al piso del camarote y despierto de golpe.

De pronto me encuentro en mi ciudad natal, tomando un vuelo doméstico en un pequeño avión de clase económica, «bajo costo dicen» no permitieron llevar la maleta, únicamente una mochila, aquí me ubicaron en el último asiento donde hacia un terrible calor acompañado del horrible sonido de la turbina, durante el vuelo el piloto informa que al final del pasillo hay un bidón de agua cortesía de la compañía aérea.

Cuando aterrizamos el Avión dio un frenazo todos pegamos la cabe za contra los asientos, ya que la pista de aterrizaje es demasiado corta, o el piloto inexperto.

Aquí me recogió un Ford Mercury amarillo, que hacía las veces de taxi, me llevo al malecón donde me espera un bote de remos cuyo capitán parece el hombre de la novela de Hemingway «el viejo y el mar», acostumbrado a estos menesteres el anciano remó con paciencia hasta una playa cercana donde había unos pocos bañistas, pedí me sirvieran un pescado frito con patacones y una agua de coco

No hay donde guarecerse del sol por lo que pase el día, llevando más sol que una teja, por la tarde ya exhausto el hombre del bote me recogió y me trajo hasta el malecón como ya era casi media noche los ladrones aparecieron y cargaron con todas mis pertenencias por lo que tuve que regresar con lo que llevaba puesto y caminando.

BLANCA CERRUTI

LA TIENDA DE TAMIRA

(Tamira: «magia» en el idioma hindi)

En uno de los barrios con más encanto de una populosa ciudad, existe una tienda muy peculiar: «LA TIENDA DE TAMIRA». No tiene escaparates, pero sí un llamativo letrero sobre la puerta que dice: «SE CUMPLEN DESEOS»

El dintel queda algo bajo por lo que hay que inclinar la cabeza para entrar. Es un gesto de humildad para que los deseos que ofrece Tamira por un precio simbólico se cumplan; siempre que no perjudiquen a nadie, porque entonces se vuelven contra el que formuló el deseo.

La tienda no es conocida, una fuerza misteriosa dirige a las personas hacia ella.

Esta tarde, un joven que pasea por el barrio para despejar su mente de tristes pensamientos se topa con la tienda. El letrero le llama la atención y, sin pensarlo, entra.

—Buenos días, señora.

—Hola, joven, ¿cuál es tu deseo?

—¿Mi deseo?

—Sí. ¿O es que no deseas nada?

—Claro que sí, he entrado por curiosidad, porque mi deseo no es algo que se pueda comprar; acabo de terminar mis estudios y no encuentro trabajo. Siempre me dicen que no doy el perfil o que ya me llamarán.

Tamira se vuelve hacia las estanterías que tiene detrás, alcanza una sencilla cajita de madera y se la tiende.

—Toma. No la abras hasta llegar a casa; si tu deseo es sincero encontrarás trabajo.

—¿Cuánto vale?

—La voluntad, esto no es un negocio —dice Tamira sonriendo.

El joven sale de la tienda sin creer lo que ha ocurrido.

No ha pasado mucho tiempo cuando entra un señor de mediana edad.

—¿Es cierto que se me puede cumplir un deseo? —pregunta sin saludar siquiera.

—Si es sincero, sí. Si perjudica a alguien se volverá contra usted.

—¿Se lo tengo que decir?

—No, solo desearlo, —tome esta cajita, bastará con que al llegar a casa piense en su deseo al abrirla.

A última hora entra una joven.

—¿Qué deseas, guapa?

—Me gustaría ser escritora, pero todo lo que escribo me queda sin alma —responde la joven con un deje de tristeza.

—Tamira repasa con el dedo las cajitas y elige una.

—Toma, hija, —dice entregándosela. Tu deseo se va a cumplir.

Ha concluido el día. Tamira piensa en las tres últimas personas que se llevaron una cajita y, con su extraordinario poder de visualización, ve lo que ha pasado con cada uno de ellos.

El joven llega a su casa y lo primero que hace es abrir la caja esperanzado. Contiene una tarjeta en blanco, pero antes de que se le pase el asombro comienzan a aparecer palabras… «Escribe un currículo sin faltar a la verdad, pero menos técnico, pon en él tu corazón; encontrarás trabajo». «Así será, joven», piensa Tamira.

Después, visualiza al señor de mediana edad. Con la caja en la mano le oye decir en voz alta riéndose: «Por fin voy a echarte del piso que te alquilé», abre la caja y en la cartulina blanca se va escribiendo: «No la echarás del piso, pero ellas te echarán a ti del tuyo». En ese mismo momento empiezan a salir ratas y más ratas de la caja invadiendo el salón. «Te lo advertí», piensa Tamira, viendo al hombre abandonar despavorido la vivienda.

La joven que quiere ser escritora le viene a la mente y la visualiza. Llega a casa y abre la caja. Se sorprende al ver que la cartulina está en blanco, pero en unos segundos va llenándose de palabras: «Observa la vida a tu alrededor. Verás penas, alegrías, superación, dolor, aceptación, humor… luego, escribe desde el corazón». La joven sonríe; ha entendido.

Tamira, feliz, se vuelve hacia la estantería y, «mañana será otro día, mis cajitas», dice acariciándolas.

Luego cierra la tienda…

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Me han alcanzado los años, mi mente vuela y quisiera que mi cuerpo también lo hiciera.

Mi tiempo y los malestares han atrapado mi energía y mi querer seguir corriendo por el mundo. Ahora sólo se dará en mi mente, pero mis pensamientos viajaran y esa no se dejará atrapar por ningún deseo ni destellos.

Seguiré adelante hasta que mi corazón se cansé y quiera ir hacia otros mundos, así seguirá mi vida en forma eterna, arrastrando suspiros y soñando quizá en regresar de una u otra forma a seguir disfrutando de esta maravillosa vida.

Dejaré mis suspiros mi alma seguirá viva, viajaré a donde otros desean quizá y no pueden ir ni siquiera en sus pensamientos.

Así será eternamente, no habrá nada que jamás me detenga.

Y viviré en la eternidad. Con el Realismo mágico, entre mis sueños.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

El jardín de las cartas olvidadas

Desde que el abuelo Ernesto se convirtió en estrella —así lo decía la abuela Rosa para que a Marta no le doliera tanto—, la casa de la calle del Olmo había guardado un silencio distinto. No era el silencio pacífico de las siestas de verano, sino un silencio que se sentaba en el sofá de la sala y se quedaba ahí, mirando por la ventana, esperando que alguien lo invitara a salir.

La abuela Rosa, que antes cantaba al amasar el pan, apenas susurraba cuando hablaba. Su risa, que sonaba como campanas de cristal, se había quedado en un cajón junto con los pañuelos de lino de su marido. Marta, que tenía ocho años y una curiosidad del tamaño del cielo, decidió que aquel silencio había durado demasiado.

Un martes de lluvia fina, mientras la abuela dormía la siesta tapada con su vieja manta de lana, Marta subió al desván. El desván olía a madera vieja y a secretos. Había cajas con etiquetas amarillentas, libros de cocina con manchas de vainilla y un maniquí sin cabeza que usaba un sombrero de paja. En el rincón más polvoriento, detrás de una maleta con pegatinas de lugares que Marta no sabía pronunciar, encontró una caja de cartón atada con una cinta azul desgastada.

Dentro había cartas. Muchas. Papel fino, tinta negra, letra temblorosa pero tierna. Eran del abuelo Ernesto a la abuela Rosa. Algunas estaban fechadas de hacía más de cuarenta años, cuando el abuelo trabajaba en la lechería y solo la veía los domingos. Otras más recientes, de apenas tres años atrás, y hablaban de cosas pequeñas: del tomate que creció torcido en el huerto, de la vecina que había aprendido a silbar, de lo bonita que se veía Rosa con el delantal de flores.

Marta leyó una en voz baja, y el aire del desván pareció calentarse un poco. Entonces, sin saber muy bien por qué —quizás fue el olor a madera, quizás el recuerdo de las manos del abuelo en la tierra—, decidió que aquellas cartas no debían quedarse en la caja.

Bajó a la cocina, cogió una maceta vacía que la abuela guardaba debajo del fregadero, y la llenó la mitad de tierra del huerto. Con mucho cuidado, como quien planta una semilla de oro, dobló la carta más vieja —aquella en que el abuelo prometía volver con un ramo de margaritas— y la enterró. Regó con agua del jarro de barro, de esas que dejan gotas en el borde, y la dejó en el alfeizar de su ventana.

A la mañana siguiente, todo seguía como siempre, el sol no había cambiado de dirección, ni los gallos del vecino habían aprendido una nueva canción. Pero del tiesto, donde Marta había enterrado la carta, brotaba una planta que no estaba en ningún libro de botánica. Era una flor del tamaño de un puño, con pétalos de un amarillo tan puro que parecía recién inventado. Y lo más extraño —aunque a Marta, en ese momento, no le pareció extraño en absoluto—, era que la flor olía a café con leche.

No a un café cualquiera. Olía al café que el abuelo Ernesto hacía cada mañana en la cafetera italiana, con esa espuma dorada que él llamaba “el gorro del café”. Marta cerró los ojos y respiró. El olor trajo consigo la imagen del abuelo sentado en la mesa de la cocina, leyendo el periódico en voz alta para que la abuela supiera qué pasaba en el mundo, aunque el mundo estuviera justo afuera, en su calle del Olmo.

Marta plantó otra carta. Esta vez, la del tomate torcido. Al amanecer creció una enredadera con pequeños tomates en forma de corazón. Cuando Marta los tocaba, podía escuchar, como si viniera del interior, la risa del abuelo. Esa risa que comenzaba en el estómago y subía como burbujas hasta los ojos, llevándose todo por delante.

La tercera carta —la de la vecina que silbaba— dio una planta de hojas plateadas que, cuando el viento las mecía, producía una melodía dulce, casi triste, como un silbido lejano. La cuarta, la del delantal bordado, brotó en una dalia del color exacto, ese rosa coral que la abuela tanto amaba, porque fue el primero que usó cuando se casaron.

En una semana, el alfeizar de Marta se convirtió en un jardín imposible. Había una flor que olía a jabón de alcanfor —el que usaba el abuelo—, otra que brillaba suavemente en la noche con la luz cálida de la lámpara del salón, y una pequeña hierba que, al acariciarla, dejaba en los dedos el rastro de la barba de Ernesto, áspera pero tierna, como el beso de un lunes cualquiera.

Marta no le dijo nada a la abuela. No porque quisiera guardar el secreto, sino porque tenía miedo de que el silencio de la casa se lo tragara.

Una mañana, la abuela se despertó antes que el sol.

Andaba descalza por la casa, buscando algo que no sabía que había perdido, cuando pasó por la habitación de Marta, se quedó parada en la puerta abierta.

El alfeizar parecía un arco iris detenido, un rumor de olores y sonidos, un recuerdo hecho raíces. La abuela dio un paso. Otro. Se acercó a la dalia rosa y, sin tocarla, supo. Supo que era su delantal. Supo que el tomate en forma de corazón reía como él. Supo que el aroma a café flotaba en el aire porque alguien, en algún lugar, seguía haciéndolo para ella.

Entonces, algo que no sucedía desde hacía meses, ocurrió: Sonrió. Primero apenas, como quien prueba el agua con el dedo. Luego, una sonrisa grande, desordenada, que le llenó las mejillas de lágrimas y de luz.

—Marta —dijo, su voz ya no susurraba. Era la voz de antes, la de las campanas—. ¿Tú hiciste esto?

Marta asintió con las manos a la espalda.

—Encontré las cartas del abuelo en el desván. No sabía que las cartas pudieran crecer.

La abuela se sentó en la cama de Marta y la niña notó que el silencio de la casa se había levantado del sofá, había abierto la puerta, y se había ido a dar una vuelta por el pueblo.

—Yo tampoco lo sabía —dijo Rosa, secándose una lágrima con el puño, como las niñas—. Pero tu abuelo siempre decía que el amor, cuando es de verdad, no se queda en el papel. Busca tierra. Busca agua. Vuelve, aunque sea en forma de flor torcida.

Juntas, esa mañana, trasplantaron el jardín del alfeizar al patio de atrás. Cavaron cerca del limonero, donde el abuelo solía echar la siesta en su hamaca. La tierra recibió las cartas con la misma naturalidad con que recibe las semillas. Porque, al fin y al cabo, en el amor no hay diferencia entre lo que se siente y lo que crece.

Pasado un mes, el patio de la casa de la calle del Olmo era famoso en el pueblo. La gente que pasaba y se asomaba por la verja. No sabían bien por qué, pero al respirar cerca de aquel jardín sentían cosas: el abrazo de alguien que no veían desde niños, el olor de la cocina de su madre, la risa de un amigo lejano.

La abuela comenzó a regar las plantas cantando, y Marta le ayudaba, y a veces, cuando el viento soplaba de cierta manera, las hojas susurraban palabras que las dos entendían perfectamente.

El abuelo no se había ido del todo. Se había quedado, cómodo, entre las flores y los tomates torcidos, esperando que lo regaran con recuerdos y lo cuidaran con cartas nuevas.

Porque Marta, cada domingo, escribía una carta al abuelo. Corta, con letra grande y faltas de ortografía. Le contaba que la abuela volvía a reír, que el pan de los martes olía como antes, que el silencio triste de la casa ya se fue, dejando solo el silencio de quien escucha las flores crecer.

Y si alguien, alguna tarde, veía a una niña enterrando una carta en una maceta, bajo la mirada risueña de una mujer mayor, no se sorprendía. En el pueblo ya sabían que, a veces, el amor no se despedía.

Simplemente echaba raíces.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

La guardiana de Conejo Blanco

Celeste era una campesina con unas manos bendecidas por la fertilidad; semilla que tocaba, planta que germinaba y crecía dando los mejores frutos. Solía pasearse por las nubes con sus pensamientos y jugaba con los rayos del sol que dibujaban su sombra en el pasto fresco de la pradera.

Ella era diferente a las demás muchachas del pueblo de Conejo Blanco. Su risa parecía brotar directamente del alma, unida siempre a la dulzura de su expresión. Sus manos guardaban la memoria viva de las cosechas; por eso, los tiempos de siembra eran dichosos para ella, y la gente acudía en masa para que sus dedos rozaran las semillas antes de sembrarlas. Pero Celeste no solo hacía brotar la vida: también sabía escuchar el lamento del subsuelo.

Cuando en el pueblo de Conejo Blanco empezaron a abrirse grietas en las calles de tierra, los demás pobladores vieron simples daños, pero Celeste supo que eran bocas de dolor.

Una tarde, justo cuando el sol se escondía con un destello anaranjado, la tierra gimió. No fue un ruido seco; fue un acorde grave, un susurro subterráneo que vibró en los talones de Celeste mientras caminaba descalza por su patio. El sonido era como el de un animal atrapado bajo los escombros, un llanto ronco que subía por las raíces de los viejos nogales.

Celeste se arrodilló sobre la tierra. Al abrir los ojos, miró cómo crecía la hendidura, que cantaba con una melodía rota mientras de su fondo emanaba un vapor tibio y azulado.

—Está gimiendo en tono de pérdida —susurró para sí misma—. El dolor ya no cabe abajo. La Tierra no ataca por maldad; se sacude por respirar.

Supo entonces que su misión era calmar a la Tierra herida. Dejó caer una semilla dorada en la boca del abismo y permaneció de rodillas hasta que la luna se posó exactamente sobre el eje de la hendidura. La melodía rota seguía brotando, pero ahora el tono era más agudo, más desesperado. El subsuelo advertía que el gran temblor, el terremoto definitivo que restauraría el equilibrio a la fuerza, estaba a solo unas horas de desatarse si la herida no se sellaba.

Celeste entendió que ella sola no bastaba. Se puso en pie y, con el pulso firme y el alma encendida, bajó al pueblo. Fue directamente a la plaza, donde los ancianos y las mujeres lavaban la ropa en la fuente de piedra.

—La Madre Tierra ha dicho basta —anunció, y su voz no sonó fuerte, pero tuvo la frecuencia sutil y penetrante del viento— La montaña va a sacudirse para arrancar de su lomo el dolor que le hemos clavado. He puesto la semilla en la boca del abismo, pero necesita nuestra piedad para brotar. —Quien sienta el dolor, que me acompañe.

Al llegar al sendero herido, el suelo vibró con una violencia subterránea que hizo crujir los árboles. Algunos pobladores dieron un paso atrás, asustados por el gemido colosal que subía de las entrañas del mundo.

—No teman —dijo Celeste, arrodillándose de nuevo—. No nos odia. Solo se está desahogando.

En ese instante, varios de los vecinos recordaron la montaña de su infancia, verde y generosa, ahora mutilada por la ambición. Lágrimas pesadas, cargadas de agradecimiento y dolor compartido, resbalaron por las mejillas cansadas, cayendo justo en el centro del vapor azulado de la grieta.

El milagro se desplegó ante los ojos de todos. En el instante en que las lágrimas tocaron la roca del fondo, no se evaporaron; se solidificaron en un destello esmeralda, transformándose en una gema de cuarzo verde que selló el abismo. De inmediato, la semilla que había plantado Celeste brotó, y un tallo luminoso emergió de la grieta a una velocidad asombrosa.

El canto lúgubre de la montaña se transformó gradualmente en un suspiro de alivio, un acorde de paz que estabilizó el suelo. El terremoto cruel y devastador que amenazaba con sepultar a Conejo Blanco se disipó, transformándose en un suave y rítmico balanceo, una caricia con la que la Tierra agradecía haber sido escuchada.

La trinchera de la vida se había defendido con la pureza de un corazón capaz de sentir el dolor del mundo, recordando para siempre que la quietud de la tierra depende, enteramente, de la piedad de los hombres.

Alexandra Fernandez B.

MAITE BILBAO

HERENCIA

Bilbao hierve a cuarenta grados. El asfalto reblandece el cuero de los zapatos y el aire se mastica. En la estancia, el jarrón de flores destila sal sobre la madera; la mujer recoge el rastro con una cucharilla para aderezar los momentos insulsos de la semana. Un hábito necesario, como hidratar las plantas.

La taza de café con hielo burbujea apellidos antiguos —Arenal, Pardo, Woolf—, que se deshacen en la boca como trozos de una conversación olvidada. Los susurros inundan el espacio mientras el calendario, en pleno deshielo, gotea los números de julio sobre la alfombra. Ella retira la tinta negra antes de que ensucie el zócalo.

Se instala ante el teclado para redactar sus decisiones. Al teclear, las piezas sangran. El papel se desenrolla por el suelo, una lengua que rastrea a las mujeres presentes. Ellas ocupan el espacio sobrante, ajustan los vestidos zurcidos y aguardan. La pantalla se enturbia; las letras sobre libertad se encogen hasta convertirse en hormigas de tinta que forman hileras de préstamos bancarios y deudas ajenas.

La puerta cede. Entra su marido, con la piel brillante por el bochorno. Se acerca a la mesa, toma la cucharilla con el líquido del jarrón y la suelta sobre el plato con un golpe metálico.

—Deja de perder el tiempo con eso —dice. Al avanzar, pisa las hileras de hormigas negras; bajo su suela, las palabras de libertad estallan en una mancha de tinta sucia.

Observa la mancha de café que divide la mesa y pasa la palma de la mano sobre la superficie, borrando la línea que separa a la mujer de sus ancestros. Ellas se tensan, sus manos de costura se cierran en puños invisibles. Él no las mira; se limita a señalar la pantalla.

—Termina ya. Tengo hambre.

Ella finaliza el escrito. La silla cruje, un sonido seco que silencia a los pájaros del exterior. Se levantan. La sombra de ella se alarga, desprendiéndose de su cuerpo para escoltarlo. Él camina delante, ignorante de que, a cada zancada, las pisadas de ellas le marcan los talones con una firmeza que no conoce la fatiga.

15 de julio de 2026

AXY LINDA

—Muy bien, debo conceder que me ganaste. Ahora dime, ¿qué quieres?

(Petición de deseos. Uno de ellos es ser «normal», pero nunca puede conseguirlo, pues nada de lo que haga parece ser suficiente para lograrlo).

—Eres un amor. Lástima que no pueda abrazarte ni besarte.

—No te preocupes, querida amiga. Siento tu cariño en cada una de tus acciones. Me cuidas y me alimentas con esmero; eso vale más que cualquier abrazo.

—Gracias por comprenderme. Es difícil que los demás me entiendan. Me miran raro por tenerte conmigo, pero en tu lugar de origen corrías peligro. Además, eres tan tierno… y me has aceptado tal como soy, sin intentar cambiarme.

—Creo que todos somos especiales y, si vivimos tan cerca unos de otros, lo mejor es aprender a comprendernos y aceptarnos.

—Bueno, ya fue mucha plática. Debo irme a trabajar… y a convivir con otros, lindos y no tan lindos, compañeros de la Tierra.

—Que te vaya muy bien. Te deseo mucho éxito. Yo estaré aquí esperándote.

El puerco espín desprendió una de sus púas con la mayor delicadeza posible para que Arar la recogiera del suelo. Ella sonrió y se marchó feliz, llevando consigo aquel hermoso regalo de su mascota y, sobre todo, de su entrañable amigo.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

La fuente.

Como solía hacer cada semana, el joven, cuaderno en mano, se dirigía a uno de sus lugares favoritos. Aquella mañana de viernes era fría, pero esa sensación en sus manos le resultaba semejante al papel de regalo que envuelve algo por descubrir.

Caminaba con paso firme, aunque no sereno, pues siempre andaba perdido entre sus elucubraciones, recorriendo una ciudad que aún estaba por despertar.

Llegó a un camino adoquinado que comenzaba con una estatua de una mujer que, alzando los brazos, sostenía una paloma. Los recuerdos de su infancia siempre lo abordaban al contemplar aquella figura de mármol. Y, con ellos, un olor inconfundible: el de las palomitas recién tostadas del pequeño puesto que recibía a los viandantes.

Una vez situado al comienzo de lo que la gente del lugar llamaba popularmente el Paseo, levantó la cabeza y recorrió con decisión los setecientos metros que lo separaban de su destino. A ambos lados del camino se alzaban plátanos de sombra, tipuanas, olmos, moreras y algunas jacarandas, desplegando un verde parecido al de una afición que llena un estadio de fútbol, siempre expectante ante la posibilidad de presenciar un partido capaz de forjar leyendas.

Al final del recorrido lo esperaba otra estatua: la del viejo Zapatones. Para los vecinos era mucho más que una escultura; era el mago con una guitarra entre las manos al que todos habían aprendido a querer desde niños, escuchando la delicadeza con la que padres y abuelos hablaban de él. Cuenta la leyenda que la fuente que descansaba a sus pies era quien le susurraba las letras de sus canciones.

Por fin, el joven alcanzó su destino. Se sentó en el banco de siempre, sacó su cuaderno, afiló el lápiz y, cuando todo estaba dispuesto, algo lo paralizó.

La fuente. La misma fuente cuyo murmullo parecía dar vida a las palabras de su cuaderno. Había dejado de manar. Y con el agua pareció detenerse también el grafito del muchacho, como si un hechizo invisible hubiera encadenado su creatividad.

Se calmó durante un momento y lo intentó. Vaya si lo intentó. Pero nada. Su inspiración parecía ligada al fluir del agua de aquella fuente.

Aquel día regresó a casa con el cuaderno tan vacío como el pilón que aguardaba el agua de la fuente.

—Jorge, ¿qué me traes para esta semana? —preguntó un niño postrado en la cama. Una sonrisa iluminaba la habitación, aunque aquel día las nubes parecían haber robado la luz del cielo.

—Hermano… lo siento mucho, pero esta vez no traigo nada —respondió Jorge, agachando la mirada y apagando, sin querer, el brillo que el pequeño acababa de encender.

Desde hacía meses, el hermano menor de Jorge permanecía en cama a causa de una extraña enfermedad contra la que luchaba toda la familia.

Sus padres doblaban turnos de trabajo siempre que podían para costear los tratamientos que necesitaba el pequeño.

Jorge, por su parte, aportaba aquello que mejor sabía hacer: cada semana le regalaba un cuento. Pero, en esta ocasión, su libreta estaba tan vacía como la fuente donde nacían sus historias.

Sentado junto a la cama, unas lágrimas comenzaron a recorrer las mejillas del muchacho. El benjamín, al darse cuenta, las secó con esfuerzo y le dijo:

—Hermano… ¿lo escuchas?

—¿Qué tengo que escuchar? No oigo nada.

—No hables. Solo escucha.

Los dos guardaron silencio.

Entonces, muy a lo lejos, comenzó a escucharse el discurrir de un pequeño afluente. Nuestros abuelos siempre habían contado que aquel arroyo desembocaba en una hermosa laguna.

Jorge se levantó de un salto.

—¿Dónde vas, hermano? Quédate solo un rato más.

—Ahora no puedo. Pero pronto regresaré con otro cuento para ti.

Aquella tarde escribió el cuento más hermoso de su vida. Cuando regresó a casa, el pequeño ya sonreía antes incluso de abrir el cuaderno, como si el rumor de aquella laguna hubiera llegado hasta su habitación mucho antes que su hermano.

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