Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «mi vida después». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 20 de agosto!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
ANTONICUS EFE
El sol debatía con argumentos procaces las insinuaciones de la luna sobre el bienestar nocturno de esas tiernas criaturitas que dan por el orto a los padres cuando el nirvana esta en su plenitud.
—Estás malcriando a los padres haciéndolos levantar de golpe y no dejándolos descansar, luego me toca a mí aguantar su mal humor—
—Ay virgencita, virgencita, qué poco conoces los ciclos circadianos, claro, y luego presumes de ser un iluminado—
—Te recuerdo que fuiste creada de un rayo mío para darme descanso por la noche, a mí y a todos los seres vivos, bueno excepto a los vampiros que son unos tiquis miquis en cuanto les da un poquito de sol se ponen frenéticos—
—¿Y qué me quieres decir con eso, qué tengo que tener a la gente sedada toda la noche para que tú duermas a pierna cambiada? Aquí o jugamos todos o pinchamos el balón, los niños tienen que salir llorando de noche y despertando a los padres por que como me quede yo dormida también… ¿o tú no ves telenovelas por el día ehhh, listillo?—
—Tu lo has querido, voy a inventar una nana para que los niños duerman de un tirón, estoy autorizado para ello, aquí tienes la orden, viene directa de la Arcangelía con la firma de D.Rafael—
—Umnhhh, grrrr—fueron las palabras exactas de la luna antes de irse refunfuñando.
Cuando iba llegando la noche, noche, no la nochecita, sino la noche de verdad, volvió el sol a hacer acto de presencia…
—Ejem, ejem, 1, 2, 3, probando, probando…
«Y en las tiernas noches viene el sueño,
y coge a los niños despiertos,
los acuna con sus brazos
y se van quedando quietos.
Ya se ha dormido el niño,
los padres duermen tranquilos,
esperemos que la luna
ande con mucho sigilo»—.
La luna escuchaba horrorizada la dichosa cancioncita viendo como hacía efecto y se dormía todo el mundo, hasta Drácula tenía que tomar café para mantenerse despierto. Pero…, ella también tenía contactos en la Arcangelía, D. Gabriel le debía un par de favores y consiguió que la autorizase en secreto a crear una anti-nana.
—«En esta noche de estrellas
yo invoco a la bruja Lola
para que encienda dos velas
y todos los niños tosan.
Ay como tose mi niño
venga Mari a arroparlo,
luego le tocará a Juan
levantarse y acunarlo.
Aquí no duerme ni el tato
que de noche soy la reina
quien quiera tranquilidad
que los deje con la abuela»—.
Sí, estimados lectores, esa es la verdadera razón de que las noches con niños sean moviditas.
YOLANDA PINA REY
Esa canción de cuna que se oye a lo lejos mientras cierras los ojos para respirar por dentro, esa melodía que te acompaña mientras temes que te hagan más daño.
Pero no temas, amor mío, yo estoy aquí y te tiendo la mano; el dolor ya ha pasado y a partir de ahora vas a ir mejorando.
El pasado allí se ha quedado y yo estoy contigo a cada rato. Si te falta el aire, me das un abrazo, uno de esos que ayudan a pasar estos momentos de tanto letargo.
No te preocupes, corazón, te acompaño a cada paso. Desde aquí quiero decirte que, junto a mí, estás a salvo. No voy a permitir que vuelvan a hacerte más daño.
Esta canción de cuna es para ti y yo te la canto en un susurro al oído para que todas tus cicatrices sanen y se curen, así que mi vida, duerme tranquilo, que cuando amanezca ,el sol de nuevo habrá salido y volverás a ser tú mismo. Lo comprobarás al despertar.
Mientras tanto, cierra los ojos, amor, nos vemos cuando nos volvamos a encontrar.
Que te quede claro al 100% o no: tú me has tocado el corazón.
CARMEN BERJANO
Mi hijo tenía dos años y costaba muchísimo que se durmiera. Había noches que estábamos tan desesperados que lo montábamos en el coche en su sillita y dábamos vueltas hasta que caía.
Mi marido venía muy cansado del trabajo y solo queríamos un rato de tranquilidad e intimidad.
Siempre le cantaba “duerme, duerme negrito” mientras él conducía despacio.
Aquella noche cruzando el puente el que se durmió fue él y acabamos a seis metros bajo el agua.
DAVID MERLÁN
EL CASCABEL (1/3)
La niña apareció al comienzo del desfile pero nadie reparó en ella.
Aquella tarde de carnaval las calles de Moreiras rebosaban música, disfraces y serpentinas provocando que los tambores resonaran entre las fachadas y las máscaras, mezclándose con la multitud.
Por eso Xoán, tranquilamente sentado en una terraza con un pocillo vacío de café, tardó unos segundos en comprender qué era aquello que había llamado su atención.
No era una voz fuerte y mucho menos unamelodía. Era…, una canción de cuna.
La niña avanzaba despacio entre la gente. Vestía con un viejo disfraz de arlequín remendado con retales de distintos colores. Mientras caminaba, cantaba con la dulzura impropia de una niña de su edad.
—Duerme, niña pequeña, que la luna ya se va. Cierra pronto los ojitos, que la noche volverá.
Xoán sintió un escalofrío. Conocía a la perfección aquella canción pero hacía más de setenta años que no la escuchaba. Se levantó de la silla y trató de acercarse, pero una comparsa se cruzó entre ambos. Cuando consiguió abrirse paso, la niña ya había desaparecido.
Una inquietud le acompañó toda la tarde y consiguió verla al menos dos veces más.
Pero su ansiedad iba en aumento, todo derivado de la frustración de no poder más que verla a cierta distancia. Siempre sola y cantando la misma melodía.
Aquella noche preguntó por ella, pero nadie parecía saber de quién hablaba.
—¿La niña del arlequín? —repitió la tabernera—. No he visto ninguna.
Otros vecinos negaron con la cabeza. Algunos incluso sonrieron, convencidos de que la memoria del viejo Xoán le jugaba malas pasadas haciéndole confundir recuerdos y anhelos, con realidad.
«Sei o que vin» Pensó, quieto e inmóvil en medio de la plaza mayor.
Al regresar a casa ordenó sus ideas. Una cosa tenía clara: Esa canción de cuna le resultaba familiar y decidió urgar en sus recuerdos en forma de un cajón que llevaba años sin tocar.
Lo abrió. Dentro conservaba fotografías, cartas y pequeños recuerdos familiares.
Entre ellos, sin tener ir llegar a revolver mucho, encontró una imagen descolorida de su hermana Maruxa. La mostraba cuando tenía siete años, cuando desapareció durante el carnaval de 1954.
A Xoán se le partió el corazón y unas incipientes lágrimas afloraron sin llegar a desprenderse de sus ojos.
Nunca había regresado a casa y nunca la encontraron. Ni a ella ni una explicación. Durante años, su madre había evitado hablar de aquella noche. Con la llegada de cada carnaval, repetía el ritual. Cerraba las ventanas antes de que comenzaran los desfiles y la alegre algarabía, y permanecía en silencio hasta que todo aquello terminaba días después.
Entonces Xoán encajó las piezas. Comprendió algo que jamás se había planteado en todos sus décadas. Aquella canción que acababa de escuchar no pertenecía a su madre, sino a la voz de su hermana Maruxa. Ella era quien se la cantaba cuando ambos eran niños.
«¡O cascabel! Y de pronto recordó también un pequeño cascabel de latón que colgaba de su disfraz.
—No te lo quites nunca. ¿Me lo prometes?—le había dicho ella riendo—. Si te pierdes, te encontraré por el sonido.
Aquella noche apenas pudo dormir. Se pasó la noche en vela revisando viejas cartas, fotografías y documentos olvidados. Fue entonces cuando encontró un sobre escondido entre las páginas de un misal.
Al reconocer de inmediato la letra de su madre, la tomó en su mano a cámara lenta.
La analizó con cuidado y cayó en la cuenta de que aquella carta nunca había sido enviada.
Temblando, leyó apenas unas líneas.
«Perdóname, Maruxa. No tuve valor para contar lo que vi junto al puente.»
Nada más. Ninguna explicación. Ningún nombre, ni ninguna fecha. Sólo aquella inquietante frase.
Xoán permaneció largo rato mirando con la vista perdida entre el amarillo papel y sus recuerdos más lejanos.
Setenta años de silencio parecían concentrarse en aquellas pocas palabras. Para cuando por fin levantó la vista hacia la fotografía de su hermana, habló en voz alta.
—No sé qué ocurrió aquella noche, pero voy a averiguarlo.
El reloj siguió marcando los segundos.
—Te lo prometo—insistió reforzando su promesa recién adquirida.
A la mañana siguiente salió de su casa para despejarse. No había dormido mucho pero necesitaba sentir el aire fresco. Cuando se encontraba con los ojos cerrados, concentrado disfrutando de la brisa y el piar de los pájaros, escuchó la canción. De forma suave y delicada, pero lejana. Como un tímido eco.
Abrió los ojos e instintivamente, tal cual se tratase de uno de los ratones del cuento atraido por el flautista de Hamelin, la siguió hasta el viejo puente de piedra que cruzaba el río a las afueras del pueblo.
La niña estaba allí. Esperándolo. Su raido vestido de arlequín se mecía suavemente con el viento, colocándose y descolocando según cuadrara con cada ráfaga.
Él llegó a su altura y se detuvo. Algo temeroso, pero sin poder evitarlo a pesar de lo extraño de la situación. Por primera vez pudo verla con claridad, y el corazón estuvo a punto de detenerse.
Era idéntica a Maruxa. Los mismos ojos y sonrisa tierna. Pero sobre todo, de la misma edad.
Y la niña terminó la canción.
—Duerme, niña pequeña, que ya va a amanecer. Guarda bien los secretos que no deben volver.
Después extendió la mano. En su palma descansaba un pequeño cascabel oxidado.
Xoán lo reconoció al instante. Era el mismo cascabel que había colgado del disfraz de Maruxa la última noche que la vio con vida.
Lo tomó con cuidado. El metal estaba frío, extrañamente frío.
Durante un instante creyó escuchar una risa infantil mezclada con el murmullo del río.
Bajó la vista apenas un segundo para analizar el objeto y llenarse e preguntas que formular, pero cuando volvió a levantarla, la niña había desaparecido.
Sólo quedaban una casi imperceptible niebla, y el puente y el cascabel descansando entre sus dedos.
Por primera vez en más de setenta años, alguien estaba dispuesto a escuchar.
Continuará…
ARMANDO BARCELONA
Nana del desconsuelo.
¿Quién lleva la cuenta de los besos robados? ¿Cómo se peritan los abrazos perdidos, los cumpleaños falsos, el amor subsidiario?
Hoy el cielo llora, no ha dejado de hacerlo desde el sesenta y siete, cuando el verano, pillado en vergüenza, se arrugó medroso, agazapado en la negrura de un invierno infinito.
Dijeron que habías muerto, «malformaciones incompatibles con la vida», mientras las sarmentosas manos de la monja estrangulaban las mías como zarzas heladas y un sollozo ronco, de sangre coagulada, me rajaba por dentro la garganta.
Pero yo te había sentido latir sobre mi pecho, tu olor se clavó en mí como un cuchillo amado, que da vida y la quita. «Quiero verlo», grité; no me dejaron, pero mi instinto de hembra herida se revolvió con furia, negando la razón desde lo más profundo de mis entrañas.
¿Dónde estás, mi lucero, bajo qué luna?
¿Qué otra madre usurera meció tu cuna?
Nana del desconsuelo de mi alma rota.
Amargo sufrimiento, lenta derrota.
Se acaba el tiempo. Apenas quedan ya inviernos; la vida se me escapa y tú, mi amor, sigues allí afuera, en alguna parte, sin saber que alguien te fabricó una vida tramposa, arrancándome la mía.
¿Me alcanzará a encontrarte?
ANGY DEL TORO
EL CANTO DE LA TOMASA
No levantaba dos cuartas del suelo cuando en mi Cuba aquella canción yo escuché. ¡Ay, como me gustaba!
Pero yo no conocía a Tomasa y mucho menos a su negrita. La imaginaba muy chiquita y no era para mí, muy sencillo de entender, el por qué, la negrita de Tomasa no jugaba en el pasillo?
El solar estaba quieto; cuando Tomasa cantaba nadie movía una pestaña:
«Drume, negrita
Que yo voy a comprar
nueva cunita
Y la negra Mercé
Ya no sabe que hacé»…
Aquel día, cuando la escuché cantar, a su ventana asomé.
Estaba la negra Tomasa en aquella estrofa que tanto a mi me asustaba:
«Si tú drumes
Yo te traigo un mamey
Bien colorao
Y si no drume
Yo te traigo un babala’o
Que da pao, pao»
Bajé corriendo de aquel banco donde estaba encaramao.
Al portón del solar muy apurado yo fui,
y allí encontré al viejo Menelao.
Él me dijo así, algo asombrado:
¡pará niño, no corras tanto! ¿Dónde vas tan apurao?
Es que Tomasa canta a su niña. -respondí. Bueno que no es tan así, es una muñeca de trapo lo que en sus manos ella carga.
Y canta como si tuviera una niña de verdad.
No digas que no es cierto lo que la Tomasa canta…
esa canción es de cuna y la negra la canta porque a su niña ella perdió,
el día que le robaron un mamey muy colorao.
Pero mira, tu no agobies y pide rogándole al Dios del cielo
para que un día, la buena de la Tomasa, halle en su muñeca de trapo,
un poco de su consuelo.
Aquel día yo aprendí a escuchar la voz de la Tomasa desde el clamor, el amor y su silencio.
PRESEN RODRÍGUEZ
(Solo silencio, solo vacío)
Dejó su lugar vacío,
sus palabras guardadas en la boca,
y se llevó consigo todas las veces
que tanto la necesité.
Se llevó el amor que le mendigaba en mi niñez.
No recuerdo sus abrazos,
ni un «te quiero» pronunciado a tiempo.
Solo recuerdo el eco de mis preguntas,
perdiéndose lentamente
por habitaciones demasiado silenciosas.
Y allí estaba yo,
una niña esperando su canción de cuna,
sentada junto a una puerta
que nunca terminaba de abrirse.
Quizá esperaba que algún día
llegara hasta mí,
que sus brazos vencieran la distancia,
que una voz pronunciara mi nombre
con la ternura que tanto necesitaba.
Pero pasaron los años
y la puerta siguió cerrada.
Aprendí entonces a convivir con la ausencia,
a hacerme fuerte con lo que dolía,
a remendar con sueños
los desgarros que dejó su indiferencia.
Crecí sin saber cómo se siente
que alguien te diga:
«No tengas miedo, estoy aquí».
Y aun así,
seguí esperando durante mucho tiempo
una canción que nunca llegó.
A veces todavía la busco
en algún rincón de la memoria,
en una fotografía,
en una voz parecida,
en esos pequeños instantes
en los que el corazón se empeña
en recuperar lo que nunca tuvo.
Pero solo encuentro sombras,
silencios
y el peso de una historia incompleta.
Con los años comprendí
que no podía cambiar mi infancia,
pero sí podía decidir
qué hacer con las heridas que me dejó.
Y decidí no heredar el frío.
No quise convertirme
en aquello que tanto me hizo daño.
Preferí sembrar ternura
allí donde antes solo había vacío.
Aprendí a abrazar sin miedo,
a decir «te quiero» sin guardármelo,
a escuchar, a acariciar,
a estar presente.
Y así, poquito a poco,
la niña que un día esperó una canción de cuna
comenzó a cantársela a otros.
A mis hijos.
A mis nietos.
Les regalo los abrazos
que tanto eché de menos,
las palabras que nunca escuché,
los besos que se quedaron esperando.
Porque quizá sanar
no significa olvidar lo que nos faltó,
sino conseguir que aquello que nos faltó
no le falte a quienes amamos.
Y hoy, cuando abrazo a mis hijos
y siento los pequeños brazos de mis nietos alrededor de mi cuello,
comprendo que aquella niña
por fin ha dejado de esperar junto a la puerta.
Ya no necesita que nadie la abrace.
Porque aprendió a abrazarse a sí misma.
Y en el silencio donde un día solo hubo vacío,
ahora vive una canción.
Mi propia canción de cuna.
Simplemente Presen.
MARIO JOSÉ HERRERA IBÁÑEZ
LA CANCION QUE DEJE DE ESCUCHAR
Converse con el diablo.
Me miró con desprecio.
—¿Qué quieres aquí? Seguro que en el otro lado no te quieren. Aquí tampoco.
Hizo una pausa.
—Nunca has sabido hacer nada bien.
Después dejó de mirarme.
Me puse triste.
Conozco ese sentimiento.
Entonces corrí.
Corrí hasta que el viento dejó de perseguirme. Mi llanto se mezcló con la lluvia y se perdió en un lugar donde nadie pudiera encontrarlo.
Mi sombra también se cansó de mí.
Y se fue.
Caminé sin saber adónde, hasta que encontré mi pelota.
Estaba debajo de un árbol, exactamente donde la había dejado.
También estaban mis juguetes.
Los recogí uno por uno y los apreté contra el pecho.
Entonces escuché la canción.
Muy lejos.
Tan lejos que apenas podía reconocerla.
Era la que mamá cantaba cuando apagaba la luz y se sentaba junto a mi cama.
La cantaba bajito.
Siempre igual.
Yo cerraba los ojos y ella me acariciaba la frente.
Decía que no tuviera miedo.
Pero aquella noche no había cama.
Ni habitación.
Ni mamá.
Solo la canción.
La seguí.
Corrí, corrí, corrí.
Llegué hasta un lugar donde las estrellas parecían estar más cerca.
Llevaba conmigo mis juguetes y mi pelota.
Junté unas ramas.
Hice una pequeña hoguera.
No sé por qué.
Las llamas comenzaron a crecer.
Y la canción volvió.
Esta vez no venía de lejos.
Estaba detrás de mí.
Me quedé quieto.
Cerré los ojos.
Y comprendí.
Mamá nunca había dejado de cantarla.
Era yo quien había dejado de escuchar.
Me acosté junto al fuego.
Abracé mi pelota.
Por un instante sentí su mano sobre mi frente.
La misma mano.
La misma canción.
Entonces entendí.
No quería volver al cielo.
No quería volver al infierno.
Solo quería volver a casa.
Y mientras la canción de cuna seguía sonando, cerré los ojos.
Esta vez para siempre.
Al amanecer, el viento se llevó mis cenizas.
La pelota quedó sola entre las ramas.
Como si alguien todavía pudiera volver por ella.
Mario José
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
SONATA PARA UN INSOMNE
Justo a las once y cuarto de la noche, cuando las casas decentes empiezan a bostezar y los televisores de las salas de estar se convierten en pequeños oráculos azules, mi hijo decidió que dormir era una costumbre burguesa a la que él no estaba dispuesto a contribuir.
Llevaba tres horas despierto.
Yo, por mi parte, acumulaba tres años, aunque de una manera mucho menos evidente.
—Duérmete —le dije con la falsa autoridad de quien ha leído algún libro suelto sobre educación infantil y, a pesar de aparentar una admirable confianza, parece haber entendido mal todos los consejos.
El niño me miró. Tenía solo seis meses, pero en aquella mirada ya habitaba el cansancio de un funcionario, el escepticismo de un ateo y una cierta decepción en lo tocante a la gestión general de la vida.
Lo acuné.
Nada.
Lo paseé por el pasillo.
Mucho menos.
Le canté.
Eso fue lo peor.
Mi repertorio de canciones de cuna se limitaba a una pieza de dudosos orígenes que mi madre me había cantado de pequeño y que, examinada ahora con cierto espíritu crítico, no parecía exactamente una canción destinada a favorecer el sueño. Había en ella un lobo, una amenaza tan desconocida como imprecisa y un bosque en el que, por lo visto, la infancia debía aprender desde muy temprano que la vida era peligrosa.
Aun así, canté. O le cantuve, como se diga. Esa será probablemente la forma verbal para indicar cuando uno canta sin saber muy bien lo que está haciendo.
—Duérmete, niño, duérmete ya…
El niño abrió los ojos.
—…que viene el lobo…
Los abrió aún más.
Entonces comprendí mi error: en lugar de arrullarlo, acababa de anunciarle la inminente llegada de un depredador. No parecía, desde luego, la mejor estrategia para conciliar el sueño. Probé entonces con una canción más moderna y edulcorada, una de esas en las que aparecen estrellas, lunas y animalitos que duermen abrazados a sus mamás. Sin embargo, muy a mi pesar, descubrí que no me sabía la letra completa, así que tuve que improvisar.
—Duérmete, niño, que la luna está… eh… está…
Busqué una rima.
—…está ahí arriba.
Lo sé, una estrofa de una pobreza poética desoladora.
—Y las estrellas… también están por allí arriba.
Mi hijo me observaba con ojos de plato, como si estuviera tomando nota de todas mis deficiencias para utilizarlas contra mí muchos años después.
Continué.
—Y mañana por la mañana… saldrá el sol.
Aquello no era una canción de cuna. Más bien parecía el parte meteorológico.
Entonces, me senté en el borde de la cama y pensé que quizá las canciones de cuna habían sido inventadas por gente mucho más sabia que nosotros. Personas que conocían el secreto de que para dormir a un niño no hacía falta decirle nada interesante. Bastaba con repetir unas pocas palabras hasta que el lenguaje perdiera su significado y quedara convertido simplemente en música.
Entonces recordé una antigua canción que me cantaba mi abuela. No hablaba de lobos, ni de estrellas; realmente, no hablaba de nada. La letra era, en realidad, una sucesión de sonidos. Sílabas que habían sobrevivido al significado y que, quizá por eso mismo, conservaban algo parecido a la magia. La canté muy despacio. El niño parpadeó. Volví a cantarla. Parpadeó otra vez. A la tercera repetición, su mano dejó de aferrarse a mi dedo pulgar. A la cuarta, cerró los ojos. Por fin, a la quinta, respiró profundamente. Y yo, conmovido por aquel pequeño milagro doméstico, permanecí inmóvil, temeroso de que cualquier movimiento pudiera quebrar el hechizo y devolvernos a la noche.
Pasaron cinco minutos. Diez… Quince… El silencio era perfecto. Entonces sentí que algo se movía a mis espaldas. Me giré. Era mi mujer.
—¿Se ha dormido?
Asentí con una mezcla de solemnidad y orgullo.
Ella se acercó de puntillas. Miró al niño y después me miró a mí.
—¿Y tú?
—No, yo no tengo sueño.
Lo dije demasiado pronto. Porque en ese preciso instante comprendí que yo también llevaba años esperando aquella canción. Me tumbé junto a la cuna. Mi mujer apagó la luz y la habitación quedó sumida en una tibia oscuridad, apenas atravesada por la claridad de la calle. Por primera vez en mucho tiempo escuché el silencio. Aunque no del todo. En aquel universo aún seguía la nevera, algún coche lejano, las tuberías del edificio, el viento contra la ventana y la respiración frágil y diminuta de mi hijo. Todo aquello conformaba una música extraña, una canción sin letra. Una canción de cuna que no había escrito nadie.
Cerré los ojos. Y justo cuando empezaba a quedarme dormido, mi hijo soltó un grito.
Abrí los ojos. Mi mujer también. El niño estaba despierto. Nos miró, sonrió y comprendí, con una lucidez casi religiosa, que el muy ladino había estado todo el rato fingiendo.
—Es un cabrón —susurré.
—Te ha oído —dijo mi mujer.
El niño volvió a sonreír. Después bostezó. Y entonces sí, se durmió.
Nosotros no.
Desde aquella noche no he dejado de pensar que quizá la verdadera canción de cuna no consiste en conseguir que alguien duerma. Consiste en permanecer despierto junto a alguien a quien amas, cantándole cosas absurdas, hasta que el mundo, por un instante, deja de pedirte nada. Aunque, naturalmente, todo eso lo pensé al día siguiente. Porque aquella noche, a las cuatro y veinte de la madrugada, yo estaba en el salón, cantando sobre un búho mirón que vivía en un árbol en el bosque, mientras mi hijo me contemplaba con los ojos tan abiertos como los de ese búho y la expresión de quien está seguro al cien por cien de que su padre no sabe absolutamente nada.
Y probablemente tuviera razón.
MARA SERBIA
Las Nanas
“Unas alimentan otras arrullan”
Alquilaba sus pechos para alimentar niños ajenos.
No porque quisiera menos a los suyos. Al contrario: lo hacía porque necesitaba llevar comida a casa y aquella era la única que tenía para ofrecer.
Mientras su pecho alimentaba a un niño que no era suyo, los propios esperaban.
Pasaron los días. La leche fue escaseando hasta que el pozo se secó.
Aquella noche tomó a su pequeño en brazos.
No tenía leche. No tenía comida.
Solo tenía su voz.
—Duérmete, mi niño, duérmete ya…
Y cantó, mientras pensaba: A los ajenos les doy lo poco que queda; los míos se duermen con hambre.
Cantó hasta que el niño cerró los ojos, y ella también. Quizás para no escuchar sus estómagos vacíos. Cuando la leche se acababa, la nana era lo único que podía ofrecerles.
No sabe cuánto tiempo pasó, pero despertó con el ritmo de dos corazones acompasados: el del niño y el de ella, latiendo en armonía. Dormía sobre su pecho, acurrucado, seguro de que nada le faltaría.
Solo la nana lo sostenía, esa voz temblorosa que se levantaba contra el hambre, como si cantar pudiera engañar al cuerpo un instante más.
No había alternativas.
Había que sobrevivir, aunque la canción también se quebrara en su garganta y cada nota fuera un intento desesperado de que el niño no sintiera la falta.
CESAR TORO
Canción de cuna.
La mano mece la cuna
el angel tararea una canción
la manta cubre su lecho
el llanto ausente grita
En el camino ha quedado
víctima de la injusticia
con alevosía y engaño
niegan su derecho a vivir
Al despertar madre amada
encontró solo la almohada
su llanto desconsolado
por tan terrible pecado
El ángel cesa su canto
la cuna fría y vacía
a la espera que otro día
respeten el derecho a la vida.
Para llenos de alegría
el ángel la cuna y la madre
levanten su canto al cielo
dando gracias al Creador.
ART MI
LUNA (para el tema de la semana)
– ¿Has sentido que alguien te observa en el bosque?
– Sí. Siempre. Pero prefiero concentrarme en que pasten los animales y volver rápido a casa.
– Yo sé qué es.
– Papá dijo que no hablaras de eso.
– Papá es una plaga y un cobarde.
– No hables así, siempre nos ha protegido.
– Él sabe qué le pasó a mamá en el río.
– Siempre dices locuras.
– Él sabe quién fue y dónde encontrarlo, pero le falta valor para ponerle fin.
– Calla ahora.
– Fue la bestia.
– No hay ninguna bestia.
– Es enorme.
– Ya cállate.
– Es enorme y tiene el pelaje…
– Si no te callas tendré que acusarte, y sabes cómo acabarás.
– Tiene el pelaje crispado y más oscuro que la noche, sus colmillos podrían desgarrar a un hombre grande sin esfuerzo.
– ¡Calla, calla!
– Aunque te tapes los oídos, esa cosa está entre los árboles, mirándonos.
– ¡Te odio! Y papá también te odia.
– ¿Sabes por qué no nos ataca?
– ¡¡¡Suéltame!!!
– ¿Sabes por qué? Porque no ha venido la luna llena.
– Debieron dejarte en el bosque cuando pudieron, a merced de los lobos. Mira cómo nos pagas.
– La bestia está ahí, y vendrá.
– Pues que te encuentre primero cuando vuelva, así ya no estorbarás.
– Hermano.
– No soy tu hermano.
– La sangre que escurrirá de madrugada y la canción de cuna que cantarán las madres para que los niños no escuchen el horror. Créeme. Todo eso vendrá, aunque no me consideres uno de los tuyos.
– ¿Cuándo?
– Hoy, por la noche.
– Volvamos a casa pronto, entonces. Debemos advertir a papá.
– No hará falta. Podrás escucharlo cuando empiece a aullar. Y yo… Yo voy a cuidarte.
EFRAÍN DÍAZ
El bar de Lolo estaba lleno de los borrachos habituales, todos con sus tragos y sus conversaciones huecas, cuando entró Cico.
Tenía mal aspecto. Como si llevara varias noches sin dormir. Miró a todos, se sentó en la barra y pidió un vaso de ron añejo.
—Te ves bien jodío —le dijo Lolo.
—Ese maldito muchachito no me deja dormir. Llora toda la noche. Mi mujer le canta canciones de cuna y nada. Un vaso de ron le voy a espetar en el biberón, a ver si se emborracha y se duerme.
Tato levantó la mirada.
—¿Tu mujer le canta canciones de cuna?
—Sí, pero es perder el tiempo. No se duerme. Nació con el ojo duro.
Marcelo dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Canciones de cuna? En Dos Bocas nadie canta canciones de cuna desde hace más de un siglo. Desde Micaela. ¿Recuerdan a Micaela?
Todos se miraron extrañados.
Recordaron que, durante su infancia, a ninguno le habían cantado canciones de cuna. Pero nadie recordaba a Micaela.
—Micaela llegó al barrio hace más de un siglo —comenzó Marcelo—. Era la mujer de Monchito. Ella no era de aquí y nunca se supo de dónde Monchito la había sacado. Era una mujer extraña. Apenas salía de su casa y, cuando lo hacía, no hablaba con nadie. El caso es que tuvieron once hijos. Ya saben, como no había televisor, había que matar el tiempo. Y Monchito mataba el tiempo haciendo muchachos. La tuvo toda la vida pariendo y criando.
Algunos rieron.
—A todos les cantaba canciones de cuna. Pero eran canciones extrañas. No eran las canciones de siempre. Y lo más raro era que su voz se escuchaba por todo el barrio.
Marcelo hizo una pausa.
—El caso es que cada vez que Micaela cantaba una de aquellas canciones, alguien en Dos Bocas amanecía muerto.
Nadie dijo nada.
—Al principio pareció una casualidad. Pero siguió ocurriendo. Micaela cantaba por la noche y alguien amanecía muerto. Con el tiempo, la gente comenzó a relacionar las muertes con sus canciones.
—Una así necesito yo en el barrio —dijo Neco, el de la funeraria—. Que cante dos veces por semana, a ver si el negocio echa pa’lante.
Las risas rompieron por unos segundos la solemnidad.
—Entonces —continuó Marcelo— el barrio le prohibió cantar canciones de cuna. Micaela hizo caso omiso. Siguió cantándoles a sus hijos. Y cada vez que lo hacía, alguien amanecía muerto.
Los hombres del barrio se reunieron con Monchito y le advirtieron que callara a la bruja o habría consecuencias.
Monchito los desafió. Él no iba a callar a su mujer. Decía que todo aquello eran supersticiones. Que la gente se moría porque tenía que morirse y no porque Micaela cantara canciones de cuna.
Micaela volvió a cantar.
A la mañana siguiente apareció otro jíbaro muerto.
Fue la gota que colmó la copa.
Esa noche se formó una turba. Entraron en casa de Monchito y, con sogas, amarraron a Monchito, a Micaela y a sus once hijos. Luego rociaron la casa con gasolina y les prendieron fuego.
Desde aquella noche quedó prohibido cantar canciones de cuna en Dos Bocas.
—Total, que nunca más cantaron canciones de cuna y la gente siguió muriéndose —dijo Manengo.
—Sí —respondió Marcelo—. Pero no al ritmo del canto de Micaela.
—A mí me hicieron ese cuento de niño —dijo Julio—. Siempre pensé que era embuste.
Marcelo negó lentamente con la cabeza.
—Después del incendio no se volvió a hablar de aquella familia. Sus nombres dejaron de mencionarse. Como si nunca hubieran vivido aquí.
Julio miró su vaso.
—Quizás por eso mi madre nunca me cantó canciones de cuna. Por miedo a que alguien muriera y terminaran culpándola como a Micaela.
Cuando Cico llegó a su casa, le contó a su mujer la historia de Micaela.
Ella lo escuchó sin interrumpirlo.
—Conozco la historia. De aquel fuego sobrevivió una niña. Esa niña era mi bisabuela.
Cico la miró sorprendido.
—¿Tu bisabuela?
—Sí. Y se decía que su madre era bruja. Mi bisabuela me enseñó una de aquellas canciones. Pero eso, por supuesto, son supersticiones.
Esa noche, la mujer de Cico desempolvó la vieja canción, se la cantó al niño y el niño dejó de llorar.
Por primera vez desde que había nacido, durmió toda la noche.
A la mañana siguiente Neco anunció la muerte de uno de los residentes de Dos Bocas.
MARIO NÚÑEZ
Brisa, toma tu chocolate, que se enfría – dijo la iaia – la vecina va a venir un ratito a acompañarte. La abuela va a ir al doctor.
Si iaia, ¿por qué vas al doctor? ¿Vas a volver para mirar Tina y el oso?
Si, hija, vuelvo en un rato.
iaia no volvió, se hizo de noche y me trajeron a dormir acá.
Hay muchas niñas.
Jugamos juntas, pero hablamos con las tías que están todo el día acá.
La tía que me acompaña a cenar, a bañarme y a dormir se llama Farolito. Ella me lo contó.
Mientras me ayuda a vestirme para la cama le pregunto ¿Cuándo va a venir la iaia? ¿Vos conocés a mi mamá? Se llama Clarita y es muy linda. Es bajita y de pelo enrulado. Mamama me lo contó.
Farolito me dice que sí con la cabeza, me acomoda el pelo para pasar el cuello del buzito que me dieron acá.
La iaia me dijo que para mi cumpleaños me hará una torta con chocolate caliente para invitar a mis amigos de la escuela. ¿Vos sabés cuando es mi cumpleaños?
Farolito sigue sonriendo, me responde bajito que ahora averigua y me dice.
Ya estoy acostada, las otras nenas saludan buenas noches. Algunas no saludan y nunca se rien.
Mi cama está en el centro de la habitación. Esta es la cama de los sueños.
Ayer en casa, la iaia me contó cuentos y me cantó para dormir.
Farolito me dice que, si quiero, puedo cantarme bajito, solo para mí, lo que la abuela cantaba.
Ya me acordé de una se llama canción de cuna.
Me voy a cantar como ella:
Duerme, mi amor, duerme.
Esta casa te cuida hoy.
Guardo tus sueños en una caja,
y mañana los sacamos las dos.
Es una caja de verdad, de cartón de colores, con mis crayolas, mis lápices y mis gelatinas; todo guardo ahí.
No la traje, pero tengo el repasador de la cocina de la iaia, que duerme conmigo y me canta sus canciones. Chupo una punta del trapo de la cocina que tengo escondido en mi mochila, siento el olor de la iaia, sus palabras. Ella siempre me explica todo.
Me dijo que mi mamá se fue a trabajar, pero un día va a volver. Yo sé que sí, la iaia nunca me miente.
A veces se enoja, pero siempre me habla bien. Una vez le pregunté por mi papá.
Todas las niñas tenemos papá.
El mío se llama Yonofuí, me contó; me lo dijo medio enojada y no habló más de eso.
No me duermo, voy a usar el teléfono de caracol como me enseñó la iaia, y me canto otra que me acordé:
Cierro los ojitos.
Los sueños no tienen puerta.
Vuelan, cruzan ríos, llegan a mi cama.
Esta noche voy a visitar
a todos los que quiera.
Duerme, mi amor, duerme, me decía la iaia.
Parece que está aquí como siempre.
Tengo mucho sueño.
Después canto más.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Canción de cuna
Andrea y javier llevaban meses preparando una habitación pequeña, iluminada por una ventana desde donde se veía un árbol de jacaranda. Allí habían colocado una cuna blanca, pequeña como si hubiera sido construida para guardar un sueño.
Esperaban a su primer hijo.
Cada noche, antes de dormir, hablaban de él.
Cuando nazca decía Clara quiero enseñarle a mirar las estrellas.
Y yo quiero enseñarle a andar en bicicleta decía Javier. Aunque primero tendré que aprender a no correr detrás de él cuando se caiga.
Entonces reían tomados de la mano.
Soñaban con llevarlo al mar, con verlo dar sus primeros pasos, escuchar sus primeras palabras, acompañarlo a la escuela y celebrar cada pequeño triunfo.
Querían enseñarle que la bondad vale más que el dinero, y que nunca debía avergonzarse de llorar.
Pero había un sueño que repetían todas las noches.
Quiero que algún día, cuando sea grande, recuerde esta casa como un lugar donde siempre fue amado decía
Eso sí podemos prometérselo.
Una madrugada, mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales, Andrea sintió que había llegado el momento.
Javier salió corriendo por las llaves del automóvil, tan nervioso que olvidó dónde las había dejado. Andrea, entre risas y lágrimas, le señaló el bolsillo de su pantalón.
Horas después, mientras el amanecer se asomaba a las ventanas del hospital, se escuchó un llanto.
El primer llanto de su hijo.
Javiee lloró también, Andrea lo miró con gran ternura y sonrió.
¿Escuchaste?
Sí respondió él. Es el sonido más hermos que he escuchado.
Cuando regresaron a casa, colocaron al bebé en su cuna.
Andrea comenzó a cantarle.
Javier se sentó a su lado y, por primera vez, ninguno habló de los sueños que habían imaginado.
Porque comprendieron algo inesperado:
el bebé no había llegado para cumplir los sueños que ellos tenían para él; había llegado para enseñarles a descubrir sueños que todavía no conocían.
Y mientras los tres se quedaban dormidos, bajo la luz tenue de la habitación, el árbol de jacaranda movió sus flores con el viento, como si también quisiera cantar aquella primera canción de cuna.
Desde entonces, cada noche se convirtió en una promesa.
Y cada mañana, una nueva oportunidad de seguir siendo felices.
A veces creemos que esperamos la llegada de alguien para darle nuestros sueños, sin comprender que algunas personas llegan a nuestra vida para regalarnos sueños nuevos. El verdadero amor no consiste en decidir qué camino recorrerá quien amamos, sino en acompañarlo mientras descubre el suyo.
MAITE BILBAO
NANA
Las diez marcan el inicio de una guardia espesa bajo luces que zumban sobre el suelo gris.
Entra.
En la ciento treinta y nueve, Antonio se apaga a trompicones con el pecho hundiéndose en curvas lentas. Revisa el suero. Ajusta la almohada bajo la nuca fría.
Da un paso dispuesta a marchar hacia la siguiente habitación. El aire se congela cuando una voz rota quiebra el silencio.
—Elenita, hija.
Se detiene. Se gira. Los ojos de Antonio buscan un reflejo antiguo entre la penumbra. Ella se inclina despacio, y le acaricia la frente.
El anciano niega con un parpadeo mínimo. Unos dedos sarmentosos se clavan en la tela de la bata con la obstinación ciega de una mordaza.
La compañera cruza la puerta con el teléfono pegado al oído y la cara desencajada.
—La familia dice que no llegará a tiempo. El tráfico está colapsado.—La llamada se corta. Sale y cierra la puerta.
El busca vibra en la cadera. Doce horas por delante, las plantas de los pies ardiendo dentro de los zuecos y los partes firmados bajo amenaza.
No hay una elección noble; hay un vaciamiento. Apaga el pitido con firmeza, sabe que cruza una línea sin billete de vuelta, al romper el protocolo.
Arrastra la silla hasta pegarla a la cama. Se sienta. Oculta la placa del nombre en el bolsillo porque ya es parte de esa intemperie común. Toma sus dedos helados entre los suyos y pasa la palma por la frente sudorosa.
Antonio apenas mueve los labios y ruega con un hilo seco que casi se rompe antes de nacer.
—Cántame la de antes… como cuando te dormías.
Ella toma aire, inclina la cabeza y arranca una tonada vieja del fondo de la garganta. Un hilo de voz grave que choca contra el zumbido de las máquinas.
Al principio es un murmullo sordo. La mueca rígida se relaja. Antonio afloja la tensión de los hombros y los nudillos ceden. De entre los labios sale un eco gastado que ronronea y acompaña la letra.
Cantan juntos, ella marcando mal el compás de una melodía infantil entre tubos y sueros; él dejándose mecer, mientras respira a ráfagas con la mandíbula abierta y la piel grisácea. El cuerpo se afloja, tirado sobre las sábanas.
El monitor emite un pitido plano y continuo. Nadie entra a apagarlo. Solo queda el reflejo de la lluvia en el cristal y el zumbido de las luces sobre el suelo gris.
ANA DEL ÁLAMO
SOLO QUIERE JUGAR
Cuando le canto una nana,
me escucha como si entendiera.
No sabe que mi letra es inventada,
pero sé que le gusta:
me lo dicen sus ojos cuando me miran sin ver.
Sus manos que me buscan impacientes. Su boca, que me habla sin palabras.
Yo quiero dormirle y él quiere jugar,
como un niño.
Siento sus latidos pegados a los míos
en un vaivén incesante de sonidos rítmicos.
Rememoro sensaciones dormidas en el zaguán de mi casa, junto a las begonias violetas.
Como un pequeño duende revoluciona su diminuto mundo, sin apenas percatarse.
Es un regalo desnudo que vino sin papel de envoltura, para trastocarnos el alma.
Su fragilidad nos invita a la ternura y al amor más noble engendrado.
Llegó cubierto de sabiduría como un anciano que ya ha vivido demasiado,
en una Navidad tardía,
con el invierno en ciernes…
entre los pliegues de unas sábanas que estrenaban vida.
L’IDIOT
Más que el calor y la oscuridad, le molestaban las picaduras y, sobre todo, el zumbido incesante de los mosquitos en los oídos.
Ansiaba la llegada de la mañana, para que los finos rayos de sol que se colaban por las rendijas —apenas unas pequeñas persianas de diez o doce centímetros de ancho— espantaran a los molestos insectos y le dejaran dormir un rato, si es que no lo llamaban antes a interrogatorio.
Tres o cuatro días llevaba en la pequeña celda. La noción del tiempo se pierde con el encierro. Su vida se había reducido a poco más de dos metros de ancho por unos tres setenta de profundidad; a unas paredes de repello rústico, ásperas y cortantes, pensadas para que nadie pudiera recostarse en ellas; a una tabla colgada de dos cadenas incrustadas que hacía de cama, y al hedor de un hueco en el piso, destinado a las necesidades fisiológicas pero convertido en refugio de ratas y cucarachas que reclamaban para sí la propiedad del espacio.
Era sospechoso de haber escrito la pintada en el baño de la fábrica. Le hubiera gustado ser el autor, pero su valentía nunca pasaba de murmullos y opiniones contra el poder, dichas en voz baja y en grupos reducidos. Con orgullo —si el miedo no lo hubiera paralizado— habría escrito «Abajo el comunismo», pero el temblor del miedo, el terror al castigo, jamás lo dejó avanzar.
Sin embargo, ahora se sentía tranquilo. Sin miedo, sin nerviosismo.
Esa noche, algo le apretó el corazón.
La oscuridad se vio interrumpida por el llanto de un hombre que, como un niño pequeño, gritaba: «Sácame de aquí, mamá, ven por mí». Y lloró también de vergüenza.
Pero cuando la tristeza intentaba aplastar la esperanza, se oyó el canto de una voz femenina: una canción de cuna que resonó entre las paredes. La melodía de una madre calmando el miedo de su hijo.
Por unos instantes cesaron el llanto y las súplicas, cediendo su lugar a la nana.
«No hay mujeres aquí», se dijo. «¿Lo estaré imaginando?», dudó.
La canción terminó. Se oyeron aplausos y palabras de aliento:
—¡Resiste!
—¡Ya estamos cerca!
—¡Viva la libertad!
—¡Abajo el comunismo!
Y la voz del altoparlante exigió silencio.
Gritó la autoridad, pero los que estaban allí ya no la reconocían.
RAÚL LEIVA
Aislados
El viejo y el niño vivían en lo profundo del bosque en una precaria cabaña que apenas cubría las necesidades básicas para ser considerada un refugio decente. El paisaje se encargaba de aniquilar todo vestigio de vida alrededor de la vivienda, que pedía auxilio a través de una débil columna de humo que nunca superaba la altura de los pinos. La vida rústica obligaba al viejo a buscar leña y provisiones cada vez más lejos y el niño permanecía gran parte del día solo. Al caer la noche, cuando el viejo regresaba, por lo general lo encontraba rendido en su cama sin posibilidad de diálogo alguno, solo una triste canción de cuna que el viejo desempolvaba de su desvencijada memoria y devolvía la paz a su atormentada conciencia. Para poder comunicarse utilizaban un sistema rudimentario de mensajes, que consistía en una serie de nudos que el viejo hacía en sus sábanas y que el niño deshacía en ausencia del viejo. De acuerdo a la cantidad de nudos deshechos, el viejo podía establecer alguna respuesta en un código que respondería con otra cantidad de nudos generando un complejo algoritmo de preguntas y respuestas que sólo ellos comprendían.
Así pasaban los días y el niño iba creciendo hasta que un día logró deshacer todos los nudos. Asombrado de su progreso y no teniendo con quién compartirlo, decidió abandonar la cama y abrigándose con lo que quedaba de frazada, salió corriendo por el bosque. Lo hizo durante un par de horas hasta caer rendido a la puerta de un establo. Cuando despertó, dos viejos lo estaban arropando contra la chimenea mientras le ofrecían sopa caliente y pan. El niño no sabía comunicarse de otra manera que no fuera a través de los nudos. Como pudo agradeció la comida caliente y los cuidados. Mientras tanto en el bosque, unos campesinos le prendían fuego a una precaria cabaña donde se encontraba un viejo pedófilo atado a una cama con una sábana con no menos de una veintena de nudos. Hacían dos años que estaban buscando al niño desaparecido que finalmente fue devuelto a sus padres.
Nadie más habló del tema.
BLANCA CERRUTI
LA NANA
Cuántas noches el portazo, esperado, ya no la sobresalta. Sabe lo que viene después: los gritos, la paliza. Como puede, se levanta del suelo y va a buscar a su hijo. Lo acuesta y, para tranquilizarlo le canta una nana mientras lo acaricia.
Después, también ella se acuesta con el cuerpo hecho un dolor, aunque más le duele el corazón, el miedo que ve reflejado en la carita del niño, le lacera el alma.
Apenas cuenta cinco años y ya ha vivido lo que es temer la presencia de su padre. En cuanto oye el portazo corre a su cuarto y se esconde en el armario esperando, muerto de miedo, a que su madre vaya a buscarlo y le cante la nana.
Otra noche más. El padre llega del bar, en su cara ya se refleja el enfado. Se sientan a cenar y comienzan los gritos: «¡Esto no se puede comer!», dice estrellando el plato contra el suelo. El niño corre a esconderse, pero su padre lo agarra del brazo y, zarandeándolo con violencia, le grita: «¡quieto ahí!». El niño, tragándose las lágrimas, se encoge en un rincón de la cocina desde donde ve, ¡con ojos desorbitados! que, el cuchillo que ha cogido su padre va a herir a su mamá y, olvidando su propio miedo, se echa en sus brazos para protegerla. El padre, ciego de ira, apuñala con furia los cuerpos abrazados.
Luego se oye el portazo.
El suelo de la cocina se tiñe de escarlata.
La madre susurra la nana, aunque su hijito ya no puede oirla…también ella se va apagando.
FRAN KMIL
Canción de cuna
La cantaba sin darse cuenta.
Le ocurría desde niño. Cuando estaba distraído, cuando caminaba solo, cuando esperaba el autobús, la melodía aparecía en su cabeza y sus labios comenzaban a repetir aquellas palabras extrañas inventadas por su madre, quien se la había cantado desde que tenía memoria.
—Es la canción que me cantaba mi madre —le decía.
Y eso era todo lo que sabía.
La melodía sonaba como si alguien llamara desde muy lejos.
Aquella tarde estaba sentado en una cafetería, esperando a nadie, solo a que pasara el tiempo. Comenzó a cantarla en voz baja.
—Ene… ama… uru…
—¿Qué palabras son esas?
La voz venía de la mesa de al lado.
Levantó la mirada.
Era un hombre de unos sesenta años, delgado, de cabello completamente blanco. Tenía un libro abierto delante, aunque no parecía estar leyendo.
—No lo sé —respondió—. Una canción que me cantaba mi madre.
—Es sumerio.
Sonrió, esperando alguna señal de que se tratara de una broma.
No la hubo.
—¿Sumerio?
—Sí. El idioma de los antiguos habitantes de Mesopotamia.
—Pues mi madre nunca dijo eso.
El hombre cerró lentamente el libro.
—Es una canción de cuna.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Quién se la enseñó?
—Mi madre.
—¿Y ella hablaba sumerio?
—No, que yo sepa.
La respuesta salió demasiado rápido.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces, ¿cómo la aprendió?
No supo qué contestar.
—Mi madre decía que se la había enseñado su madre.
—¿Y su abuela?
—No la conocí. Murió antes de que yo naciera.
El hombre asintió.
—¿Su madre le contaba historias?
—Sí. Como toda madre.
—¿Qué clase de historias?
—Historias de cuando era niña.
—¿De dónde eran?
—De muchos sitios. Nunca entendí muy bien. Hablaba de caravanas. Eso sí lo recuerdo.
El hombre se puso rígido.
—¿Caravanas?
—Sí. Decía que, cuando era pequeña, veía pasar caravanas cerca de donde vivían.
—¿Dónde vivían?
—Según ella, en un lugar muy lejos. Cerca del desierto.
El hombre bajó los ojos hacia el libro.
—¿Le hablaba de ciudades?
Él empezó a recordar.
—A veces. Decía nombres raros. Yo pensaba que se los inventaba.
—¿Recuerda alguno?
—Uno sí. Siempre decía algo parecido a… Uruk.
El hombre levantó la mirada.
Por primera vez parecía realmente asustado.
—¿Uruk?
—Sí. Creo que era eso.
El hombre cerró el libro.
—Su madre no le contaba cuentos.
—¿Qué quiere decir?
—Nada.
Se levantó.
—Espere.
El hombre se detuvo.
—¿Cómo sabe que es una canción de cuna?
No respondió inmediatamente.
Lo miró de una manera extraña, como si estuviera intentando decidir si debía decir algo.
Finalmente respondió:
—Porque mi madre me la cantaba.
Y se marchó.
Se quedó sentado, inmóvil, viendo cómo el hombre atravesaba la cafetería y desaparecía detrás de la puerta de cristal.
MARÍA JESÚS GARNICA PARDO
Duérmete niño, duérmete ya.
Qué si no viene el coco y te comerá.
Dime tú hoy día como se «come»
Tenemos problemas mentales los de mi generación, si.
Pocos, también.
Después.
Qué hay un libro qué te dice deja al niño llorando. Tú no lo aguantas, el vecino tampoco.
Duérmete niño duérmete ya.
LILIANA GIANNINI
Nana para dos
– ¿No dormís?
– Ufff
-Te tapo bien y me quedo al dado tuzo hazta que te entre el zueño y te prezto a mi Ozicodnio ¿Quedéz que te cante algo?
– Bueno
– Duedmete mami que zo te cuido y te canto mami hazta que…hazta que…ziedez loz ojitoz pada dodmid…ah…shhh…la la la…ya ta ya ze dudmió. Ma…ma… Mami
-Q… qué
– Ahoda te toca a voz cantadme a mi y a Ozicodnio.
LINOSKA BARANDA
«Nanas de la cebolla»
Siempre que mi padre viene a mi mente, lo veo sentado, con los ojos entrecerrados, escuchando a Serrat, su cantante preferido.
Gracias a mi padre aprendí a «amar» sus canciones, pero de eso fui realmente consciente siendo adulta, cuando él ya se había ido…
A finales de la década de 1970, mi padre logró tener —no sé cómo— un long play de Joan Manuel Serrat (así se les decía en Cuba a los discos de vinilo de larga duración). El disco se titulaba Miguel Hernández.
Yo era una niña y, en medio de los juegos o de las tareas escolares, se «colaban» las canciones de aquel disco. La portada no me decía nada. Era de color negro y, en el medio de la carátula, aparecía la foto de un hombre que yo no conocía.
Recuerdo que, cuando escuchaba la canción «Nanas de la cebolla», la música no me daba felicidad; había un no sé qué triste que no podía descifrar…
Siendo ya una joven, intenté encontrarle sentido a aquella nana, cuya letra aprendí sin comprender y que no parecía hecha para dormir a ningún bebé, como se suponía que debía ser una canción de cuna. Fue mi padre quien me habló del poeta, de la cárcel, de la guerra y de la madre de su hijo, al que ella amamantaba alimentándose solo con pan y cebolla.
A pesar de la melancolía que me provocaba aquella canción, comprendí, gracias a mi padre, que también hablaba de paz y de libertad; hablaba de la felicidad de la inocencia y del amor.
MANOLI DÍAZ TORRALBA
Yo no sé quién se ha inventado eso de que los bebés no entendemos nada.
A ver, todavía no sé hablar, vale. Y tampoco sé andar, ni coger el móvil de mamá sin que se me caiga encima de la cara. Pero entender, entiendo.
Por ejemplo, sé perfectamente cuándo mamá dice:
-Venga, cariño, vamos a dormir.
Eso significa que “no vamos a dormir.”
Significa que me va a coger, me va a bañar, me va a poner el pañal, me va a poner el pijama, me va a dar un beso, otro beso, otro beso más, me va a meter en la cuna y entonces empezará a cantar.
La famosa canción de cuna.
Mamá suele cantarme una nana de toda la vida:
“Duérmete, niño,
duérmete ya,
que viene el coco
y te comerá.”
Yo la escucho muy serio.
¿Perdón?
¿Esa es la estrategia?
¿Me quieren dormir amenazándome con un señor que se come bebés?
No sé qué clase de departamento de marketing diseñó las canciones infantiles, pero desde luego no pasó ningún control de calidad.
“Duérmete, pequeño, que viene un monstruo.”
Fantástico.
Ahora tengo sueño, pero también miedo.
Gracias, mamá.
Muy relajante todo.
Porque hay una cosa que quiero aclarar que nadie me explica.
¿Quién narices es el coco?
Llevo meses oyendo hablar de él y nadie me lo ha presentado.
“Que viene el coco…”
¿Pero viene de dónde?
¿Está aparcado abajo?
¿Sube por el ascensor?
¿Tiene llaves?
Y, sobre todo, ¿por qué quiere comerme a mí?
Porque digo yo que, si ese señor tiene hambre, podría probar con una paella.
No sé. Me parece una solución bastante más civilizada.
Además, yo no tengo la culpa de no querer dormir.
El día es muy interesante.
Está mamá.
Está papá.
Está la abuela, que me achucha hasta dejarme como una croqueta.
Está el abuelo, que hace unas caras rarísimas y luego se ríe solo.
Está el perro, que me mira como si estuviera esperando que crezca para jugar conmigo.
Y está el móvil.
El móvil es muy importante.
Todavía no me dejan tocarlo, pero ya he decidido que algún día será mío.
Así que, naturalmente, cuando llega la noche, yo no quiero perderme nada.
Pero mamá insiste.
Me coge en brazos.
Me acuna y con voz suave canta.
Esta vez no canta la del coco.
Canta bajito:
“A la nanita nana,
nanita ella,
mi niño tiene sueño,
bendito sea.”
Esta me gusta más.
No hay monstruos.
No hay amenazas.
No hay nadie que quiera comerme.
Solo mamá cantando.
Y entonces pasa una cosa muy rara.
Dejo de pensar.
Bueno, casi.
Porque sigo teniendo asuntos pendientes.
Por ejemplo, mañana pienso protestar por el puré de verduras.
Pero eso puede esperar.
Ahora estoy calentito.
Mamá huele bien.
Su voz suena bajita y tranquila.
Y cuando me acuna, parece que el mundo entero se mueve despacio.
Creo que esto es lo que más me gusta de ser bebé.
Que todavía puedo estar en brazos de alguien sin que nadie diga:
“Ya es mayorcito.”
Porque yo no soy mayorcito.
Soy pequeñito.
Muy pequeñito.
Y, aunque no pueda decirlo, hay noches en las que necesito que mamá me abrace un poquito más.
No porque tenga miedo del coco.
Bueno…
Un poco sí.
Pero sobre todo porque cuando estoy en sus brazos todo parece estar bien.
Entonces se me ocurre una idea.
Si algún día consigo hablar, voy a cambiar la nana.
Mi versión será mucho mejor:
“Duérmete, mamá,
duérmete ya,
que si no descansas
mañana bostezarás.
Duérmete, papá,
deja de roncar,
que pareces un tractor
queriendo arrancar.
Duérmete, bebé,
que mamá está aquí,
y mientras te abrace
no te vas a ir.
Esta última parte me gusta.
Aunque no sé muy bien por qué.
Mamá termina de cantar.
Me da un beso en la frente.
“Buenas noches, mi vida.”
Yo cierro los ojos.
Y justo antes de dormirme pienso que quizá ser bebé no esté tan mal.
No puedo hablar.
No puedo caminar.
No puedo decidir qué me ponen de comer.
Pero tengo a mamá.
Tengo a papá.
Tengo unos brazos donde cabe todo mi mundo.
Y probablemente lloraré a las tres de la mañana sin ninguna necesidad.
Porque también hay que mantener ciertas tradiciones.
Eso sí.
Si aparece el coco…
Que se vaya preparando.
Que ya tengo un mordedor listo para lanzar.
NILA J BORHÓRQUEZ
Hoy es propicia la ocasión para recordar aquella canción de cuna que al compás de notas musicales emanaban desde la profundidad de mi alma arrullando a mi primogénito aquel 19 de agosto de 1966.
Para entonces, no había la tecnología médica de hoy y no podía conocer exactamente el sexo del ser que en mi vientre crecía alimentándose de mi propia sangre y energías…solo me conformaba con crear mis fantasías en los maravillosos descansos oníricos y lo soñaba tal cual nació: un niño sano y de sonrisa angelical, llenando más aún mi esencia de madre primeriza con inmensa alegría y bendiciones de Dios por el milagro de la existencia… y entre mimos y canciones de cuna, una luz resplandeciente brotó de mis entrañas iluminando mi ser que durante nueve meses fue un eterno palpitar al ritmo de mis propios latidos.
Hoy, sesenta años después sigo aquí, de pie, aplaudiendo tu vida, amado hijo Ricardo Alberto, con el mismo amor, con más orgullo y con la certeza de la grandeza de Dios: me dio el regalo más preciado e indescriptible de verte crecer en cuerpo y alma en nuestro lar y con el transcurrir del tiempo, también en tu propio nido con tus dos chiquillos y tu bella esposa.
CESAR TORO
Amanece en este bello país,
las aves alegran con sus trinos,
el sol resplandece majestuoso,
después de su encuentro
con la luna, la espera
ha llegado a su fin
y en un eclipse majestuoso
sellaron su amor eterno.
La aurora anuncia el nuevo día
Yo navegando en este barco
sumergido en la nostalgia del ayer
Y la incertidumbre del mañana,
más viviré el día de hoy
que es mi única certeza.
Dadme Señor,
el pan de cada día.
AXY LINDA
Canción de cuna
—Duerme, duerme, pequeño; que la vida te espera al despertar, descansa, descansa: que en tus sueños todo será realidad.
—¿A quién le canta? ¿Tienen un niño aquí?
—¡No, qué va! Sabes que somos puros viejos.
Se sigue escuchando la canción, entonada con una voz cascada por los años, pero llena de ternura.
—Entonces, ya debe tener demencia senil. Pobre Nad. Me preocupa, papá. Dicen que, cuando eso pasa, pueden tener episodios de violencia. Voy a solicitar que te cambien de compañero.
—¡No! Ni se te ocurra. Él es siempre muy amable; es el mejor compañero que pude tener. Los médicos y psiquiatras, después de hacerle estudios, han dicho que está muy bien; más lúcido que muchos del asilo.
—Papá, eso de encerrarse y ponerse a cantar… Si fuera otra canción, pero ¿una de cuna? No me parece muy cuerdo.
—Esto solo pasa los jueves y nunca habías venido en este día.
Nad sale sonriendo y se dirige al hijo de Sailé.
—Por tu cara asumo que piensas que estoy algo loco, ¿verdad? No te preocupes, no soy peligroso. Todos tenemos una percepción diferente de la realidad.
Mi realidad es muy mía. Pero, para tranquilizarte, te voy a explicar.
»Mi hijo falleció al nacer, junto con su madre, un jueves, precisamente. Comencé a soñarlos y, hace poco, se materializaron. Ella me pide que le cante para que se duerma con mi voz.
»Esa es mi realidad, solo un día a la semana. A nadie le hace daño que los vea.
Nad regresa a su habitación.
Y se vuelve a escuchar la canción de cuna.
—Duerme, duerme… que la vida te espera al despertar.
Junto a la voz de Nad se escucha otra, femenina, suave, lejana.
Se miran.
—¿Tú también la escuchaste?
Él tarda unos segundos en responder.
Sí, papá…
Axy Linda San-Fre
IVONNE CORONADO LARDE
Una nana de amor para un niño travieso
Una nana de amor para un niño travieso
A Éliam, mi niño amado.
Que no quiere dormirse
y se muere de sueño.
Hay tanto que explorar,
tanto juguete nuevo.
Sus ojitos se cierran
y se abren ligeros;
una de sus manitas
ha atrapado mi pelo.
De repente, llora,
sé que está muy cansado,
pero él no lo sabe,
quiere seguir jugando.
Lo arrullan mis brazos,
lo columpia mi cuerpo;
al final, son sus ojitos
farolitos cerrados.
Lo llevo hasta su cuna
y lo contemplo un rato:
qué lindo mi niño,
es un ángel dormido.
Una nana de amor
le murmuran mis labios.

Voto.:
Mario Núñez
Mi voto es para Pedro Antonio López Cruz.