¿Abro la caja? – Miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «¿abro la caja?». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 8 de abril! (Solo un voto por persona. Este voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos).

POR FAVOR, SOLO VOTOS REALES, SOLO SE GANA EL RECONOCIMIENTO, CUANDO ES REAL.

* Todos los relatos son originales (responsabilidad del autor) y no han pasado procesos de corrección.

MARÍA CRUZ ESTEVAN APARICIO

Abro la caja y al no ver nada dentro me llebo tal sorpresa que no me salen ni una sola palabra.
Más se repente tu olor personal me alcanza de lleno. Cierro los ojos y aspiro le que me envías. Mi corazón se abre para recibirte. Tu persona es la esencia de tu regalo. La caja también es parte de ti, grande como tu figura y fuerte como tu espíritu.
Mi alma y la tuya juntas tienen la capacidad de sentir y pensar en el amor de pareja.

CORONADO SMITH

Mr Monster sonrió complacido al escuchar el timbre. Ya estaba allí lo que había pedido hacía solo un día, habían sido muy rápidos, mas el no esperaba otra cosa del servicio postal del Infierno, del cual, él era socio de honor y por tanto tenía la tarjeta oro.
Se encaminó hacía la puerta balanceándose en sus propios pasos, deleitándose en su propio andar y con una felicidad casi indescriptible miró por la mirilla antes de abrir, allí estaba el mensajero con su inconfundible uniforme y su gorra negra con el emblema de las llamas del averno.
-Buenos días- dijo sonriendo de oreja a oreja.
-¿Qué tal Mr Monster?, hace una mañana infernalmente espléndida- añadió el mensajero.
-Esperemos que siga así, Lucifago- contestó Mr Monster, al mismo tiempo que firmaba la hoja de entrega y le dejaba propina al mensajero. Él siempre dejaba propina.
Recogió la caja de manos de Lucifago y cerró la puerta a continuación, el deseo lo excitaba. ¡Por fin!
Recorrió a grandes zancadas el pasillo que separaba la entrada de su taller monstruoso, con la caja en las manos. La caja era de un rojiamarillo infernal perfecto, como todos los paquetes que le enviaban, sellados por unos precintos de color negro con el emblema de las llamas del averno, que eran unas llamas azuladas brillantes donde se atisbaba la cara del mismísimo Lucifer, dicho símbolo solo iban en los paquetes que se entregaban a los clientes Vip y el lo era vaya si lo era.
Una vez dentro del taller monstruoso, cogió un cutter y tranquilamente fue rasgando el precinto con sumo cuidado de no dañar nada. Una vez que lo tuvo hecho, abrió las solapas de la caja y sacó una caja más pequeña de dentro. Era una caja de madera de ébano patinada con oro, con una cerradura dorada en un lateral, cuya llave por supuesto que el ya poseía y que llevada colgada al cuello. Lentamente descolgó dicha llave y la introdujo en la cerradura, al mismo tiempo que soltaba un enorme suspiro de satisfacción. Hizo girar la llave sus tres vueltas correspondientes, siempre había que darle tres vueltas apretando hacía adentro en la última y recitando la consabida contraseña, era el truco por si caía en malas manos. Al final de la tercera vuelta por fin se escuchó el ruido del pestillo interior al descorrerse, chan, impulsando el resorte automático que hacía elevarse la tapa por sí misma. Al abrirse la tapa, se le agrandaron los ojos como platos y lo que contempló en su interior lo dejó helado.
¿Pero qué narices es ésto?- le dio tiempo a exclamar, mientras la caja lo engullía a su interior, cerrándose la tapa a continuación.

LUISA VÁZQUEZ

Entré en casa con un suspiro de alivio, tiré los zapatos en un rincón de mi habitación y me lancé encima de la cama sin cambiarme de ropa.
Estaba agotada después de las últimas jornadas de trabajo plagadas de reuniones. Estas acababan convirtiéndose en eternas partidas de ajedrez donde los participantes desplegaban sus estrategias, sutiles y a la vez perfectamente preparadas, para sobresalir por encima de los demás. Aunque, en realidad, las horas te atropellaban intentando esquivar las puñaladas por la espalda de todos, incluidos tus mejores amigos.
Por eso, entrar en el oasis de paz y seguridad de mi pequeño piso era algo que había estado añorando todo el día.
Me di un largo y relajante baño de espuma, pedí una estupenda cena en mi restaurante preferido y me tumbé en el sofá con una copa de mi mejor vino a leer un rato mientras esperaba al repartidor.
Satisfecha de mis elecciones, decidí que era el premio que me merecía por salir indemne de la convención de vendedores de coches a la que había asistido.
Estaba adormilada cuando sonó el timbre de la puerta. Mi estómago rugió acompasando el ring de la llamada y corrí a recibir los manjares que me esperaban.
Pero al abrir no había nadie en el umbral. ¿Qué broma es esta? Pensé irritada. Iba a cerrar de un portazo cuando distinguí una pequeña caja en el suelo.
Mi cabreo se tornó en curiosidad, cogí la caja alargada y no muy grande y la puse encima de la mesa mientras la estudiaba.
¿Qué será? ¿El regalo de un admirador secreto, alguien que, enamorado hasta el tuétano, me observaba sin atreverse a abordarme?
Una sonrisa de ilusión apareció en mi cara y cogí la caja con manos temblorosas. Inmediatamente la solté como si quemara y mi sonrisa se trocó en miedo y desconfianza.
¿Y si alguno de mis compañeros de convención, enfadado por mis pequeños éxitos, se vengaba gastándome una broma pesada?
Volví a tomarla de encima de la mesa, la agité, la olí, la acaricié para notar su tacto pero nada de todo eso me dio una pista de lo que había en su interior.
La dejé allí, abandonada sobre la mesa, alumbrada por la lámpara del techo como un actor en mitad del escenario. Me senté en el sofá y retomé la lectura. Pero una voz parecía salir de ella que me llamaba constantemente.
Me dije, “sea lo que sea, tengo que saberlo de una maldita vez. ¡No voy a dejar la estúpida caja ahí encima para siempre!”
La cogí, rasgué el papel que la cubría de una manotazo y la abrí.
¡Y allí estaban! Las llaves que había perdido la semana anterior y que no logré encontrar por mucho que busqué.
Una nota escrita con la letra apretada de mi vecina, rezaba:
“Encontré tus llaves en un hueco de la escalera. Te las dejo en la puerta. No me paro porque llego tarde al aeropuerto. Hasta la semana que viene”

DIL DARAH

ABRO LA CAJA…
… cierro la caja.
Cada día, trescientos sesenta y cinco, trescientos sesenta y seis; dirás que es fácil.
Abro la caja, cierro la caja.
Antes venían de hueso, luego de bronce, ahora son de cartón reciclado.
Abro la caja, cierro la caja.
Otro más que quiere conquistar el mundo. Pretende envasar cualquier cosa y mandarla a cualquier lado en veinticuatro-cuarenta y ocho horas.
Abro la caja, cierro la caja.
Sueños rotos, deseos vanidosos, egos, dame esto, deme lo otro, dale, danos.
Abro la caja, cierro la caja.
Flores, oros, joyas, cruces, misivas, libros enteros, USB-es.
Uno que pide el planeta Marte para salvar la Tierra.
Abro la caja, cierro la caja.
El almacén de almas llora de vacío.
Trescientos sesenta y cinco-trescientos sesenta y seis, mil veces; pues volveré a bendecir abejas y pájaros…
# 4H- 28.03.2021#
II ¿ABRIR LA CAJA…
…o no abrir la caja?
¿Abrir la caja o no abrir la caja??
¿Abrir la caja o no abrir la caja??!
—Mira, no quiero ser maleducada, tampoco arruinar la sorpresa a nadie, además: no me van las etiquetas, pero te aseguro que esta línea argumental la usó un director de escenario — y dramaturgo — y fue publicado, con mucho éxito, en un año anterior.
—No entiendo quién eres ni por qué te asomas.
— Por supuesto que no, porque acabas de llegar, sin embargo, te haría el favor de ponerte al día.
— ¿Necesito tiempo o paciencia?
—Un guion de cine te iría bien, o una conversación con una magnifica autora que escribe los textos hasta bebiendo vino y no veas que añejo sales.
—¿Podrías comenzar por el principio? Por favor.
—Ok, me gusta mucho más este tono.
Verás, hace unos siete años o así, una soberbia muchacha de por Sevilla, montó una Gran actividad online, cuando ni siquiera existía —o apenas —el concepto de editorial independiente.
—Así que… libros. Pff.
—No son libros sino pequeñas joyas.
—Eso dicen todos.
—No compares invertir un duro y sacar resultados dignos del Planeta— o ventas a nivel internacional— pero no estamos aquí para hablar del marketing; son tus motivos para abrir la caja.
—Paso, que en las redes hay videos, que te compactan la información en minuto y veinte.
—Colega, pareces joven y te echo paciencia, pero no busques revolver mis intenciones o sale ganando el público. Te aseguro que, 2300 miembros de grupo, multiplicados por unos cuantos algoritmos y un buen motor de búsqueda: son imbatibles.
Aparte de ello, si quieres Zoom, TikTok o demás, basta que investigues que también, los tiene la Cristina. Ups, que se me ha escapado…
—Bonito nombre.
—Lo más bonito es que no le interesa sino la calidad y por ello anima a concursos semanales más un largo etcétera de actividades adicionales, a lo largo del año.
—Como los demás contractos: cobran un duro al principio y luego cinco mil en letra pequeña.
—Es gratuita la participación. ¿Quién comparte cultura de gratis hoy por hoy?
—Sigo sin entender, qué tiene de especial la caja…
—Último intento y me voy a sembrar otro campo.
No es una simple caja: es un contenedor de ilusiones de muchas personas que han trabajado duramente; más de lo que prometen los diez—quince euros que te gastas.
Hace cinco años fue una recopilación de textos brutal de buena, y de los veteranos: más de la mitad ya van por una tercera novela.
Hay voces jóvenes y gritos de revolución, interés en permacultura o cuento infantil, hay historias verdaderas del mundo árabe y poesía de tanta calidad que podrías pensar que la escribe alguien de quinientos años de sabiduría y no treinta de edad.
Hay lágrimas, esperanzas, consejos, autoayuda, psicoanálisis, filosofía, crecimiento personal, hay hasta un texto de una autora desconocida, que probablemente ganará más que el libro Voynich.
Y, si me dices que no vale la pena, te invito a remangar y ponerte, pero yo me voy a disfrutar de la sexta edición mientras esté todavía disponible.
—Pero no te lleves la caja ¡Hey!
—¡Pide un video—resumen, o una traducción a tu idioma! Ups, que se me ha escapado la caja.
—Halaaaaa, que portada más interesante ¿puedo quedármelo?
— ¿Ochenta participaciones— de dos, tres continentes— ilustraciones personalizadas y un sinfín de emoción adicional??
Venga va, que me obliga el texto a ser educada.
—Gracias, de verás. Y , antes de marcharte: ¿cómo te llamas?
—Pregúntale a Cristina Medrano más detalles, es la única que lo sabe todo sobre Cuatro Hojas. Ups, que se me ha escapado.
#4H, 28.03.2021 #

SIRA SERRA

¡Qué dilema!
¿Abro la caja o no la abro?
Por un lado, están todas esas enseñanzas de Gandhi, Santa Teresa de Jesús, incluso Obama, que recibió el Premio Nobel de la Paz, esas meditaciones que hacemos en yoga, oooommmmmmmm, en las que cuanto más larga es la «m», más se relaja uno.
Por otro lado, está el «hasta aquí llegamos», el respeto que uno debe tenerse a sí mismo, los límites que hay que poner a los demás, las horas extras sin cobrar que he tenido que tragarme porque la señorita no quiere hacer su trabajo, lo cansado que es repetir la misma frase día sí y día también: «No dejes tus cosas en MI mesa», el orgullo propio, los litros de perfume dulzón que saturan mis receptores olfativos, la voz aguda que se mete hasta lo más hondo durante horas y horas que no me deja concentrarme, la risita tonta cada vez que aparece el jefe,…la abro, claro que la abro.
Y me llenó de paz ver cómo el pañuelo de seda carísimo comprado en París, que por veinteava vez cubría mi mesa, volaba alegre y saltarín, mostrando sus bonitos colores, por la ventana de la oficina.
Hala, ya está abierta la caja de Pandora.

MARÍA RUBIO OCHOA

El ánimo está muy bajo, recurrir a las pequeñas cosas de otro tiempo, es un empujón para subirlo. Abrir la caja donde guardo recuerdos entrañables para mi, esa caja que lleva tantos años con la esencia que el viento no se puede llevar. Quito la tapa y empieza el ritual que tantas veces me sacó la sonrisa, otras veces la lágrima y siempre las emociones, las sensaciones van saliendo según van pasando por mis manos, unos dibujos de mis hijas cuando eran niñas, se juntan con los dibujos recientes de mi nieta, también están los cuentos escritos en la niñez. En la caja hay postales, cartas de cuando no había teléfono que nunca me canso de leer y leer una y otra vez, por eso casi las sé de memoria. La caja tiene recuerdos variados que algunos tienen muchos años, otros son más actuales pero todos son muy entrañables y están guardados para cuando hace falta un impulso porque son útiles emocionalmente, cumple una misión esa caja de cuidar y seguir manteniendo la esencia.


ALBERTO MEDINA MOYA

Era una caja llamativa, de metal y color naranja. Ni rastro de quien había tocado el timbre. Mikel buscó inútilmente alguna referencia del remitente. Finalmente decidió abrirla y se estremeció al ver su contenido. Su mujer estaba a punto de llegar, así que cerró rápidamente la puerta y pensó en un lugar donde ocultar aquella caja que le ardía en las manos. Al final la guardó en un viejo armario que había en el garaje, junto a herramientas y otros trastos.
El resto del día no pudo dejar de pensar en aquel montón de sobres, en aquella caligrafía que había reconocido perfectamente. Eran las cartas que durante años envió furtivamente a Carla, su amante. No podía entender quién estaba detrás de aquello, pero empezó a sentir una angustia creciente trepando por su estómago a cada minuto que pasaba.
Al día siguiente, como era habitual, se sentó en un banco del parque mientras paseaba al perro.
– Sé que la mataste -escuchó a su espalda.
Se giró y vio a un individuo que no conocía dirigiéndole una mirada penetrante.
– Amenazó con contárselo a mi mujer. Yo… no podía permitirlo, no podía… -murmuró Mikel alterado.
– Ahora te amenazo yo. O se lo cuentas o te mando a la policía. Tengo pruebas.
No dijo más. Mientras lo miraba cruzando la carretera, Mikel no podía creer que su vida estuviera en manos de aquel desconocido que había salido de la nada, y tampoco podía creer lo que pasó a continuación: vio cómo un Seat Leon lo golpeaba lanzándolo por el aire y dejándolo inmóvil sobre el asfalto. Cuando salió de su aturdimiento, el coche se había quitado de enmedio. Mikel corrió hacia el desconocido, que a duras penas podía hablar.
– Ayúdame…
Se puso en pie y miró alrededor. Era un barrio tranquilo y no vio a nadie. Volvió a mirar al hombre que lo acababa de amenazar durante unos segundos y salió corriendo.
No tardó en llegar con el coche, y minutos más tarde lo dejó en el hospital más cercano antes de desaparecer.
Transcurrieron casi tres semanas sin que se atreviera a preguntar por él en el hospital. Una tarde volvió a sentarse en aquel banco y vio al desconocido acercándose hasta sentarse junto a él. Parecía en buen estado.
– Me salvaste la vida, ¿por qué?
– No podía cargar con otra muerte.
Hubo un silencio largo.
– Eres un hombre con suerte. No vuelvas a cagarla. -dijo antes de marcharse para siempre.
Mikel respiró hondo y sintió que se desinflaba la ansiedad que lo atenazaba desde hacía semanas. Sin duda, era un hombre afortunado.
Mientras tanto, en casa, su mujer abría una llamativa caja que no había visto nunca.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Tengo una caja llena de polvo, en la que guardo todos vuestros relatos y poemas.
Tengo una caja con una etiqueta donde pone en letras mayúsculas «carta al fin del mundo». Es una antología de un grupo de escritura creativa, llamado «cuatro hojas», es también el nombre de una editorial.
No sé si abrirla, ya que haciendo balance anual, el año anterior fue un año muy convulso y los escritores y escritoras sacaron todo lo que hay en su interior.
Se sumaron bastantes, a raíz de un encierro en casa nacional e incluso internacional, por un virus entrante, que causó estragos en la población mundial.
La quietud del silencio, asusta mi desvelo y le pregunto al cielo «¿abro la caja?».
La respuesta no se hace esperar mientras escribo, después de desayunar : sí, respuesta afirmativa deja de estar tan reflexiva y abre la caja maja.
La respuesta está en el interior, relatos de amor y desamor, sentimientos que surcaron los mares paralizando los vientos, anhelando las tempestades, que nos atraparon con buenas amistades y alejaron las falsas bondades.
Abre la caja para deleite y regocijo de tu alma pura que se anexione con las nuestras en un renacer literario lleno de ternura que nos traerá la nueva literatura.
¿Abro la caja? Que parte del «sí» no entendiste. ¿La «s» o la «i»?

CRISTINA RUIZ

Buenos días a todos, mi nombre es Cristina Ruiz os escribo a todos desde la residencia que vivo hace un par de años, ¿ O son más? No recuerdo bien cuando llegue, el tiempo pasa tan deprisa y está cabeza mía…
Hoy es mi cumpleaños y para celebrar que cumplo ya 80 años, después de mucho meditarlo he decidido abrir mi caja.
Una caja en la que he ido guardando todos mis recuerdos, los buenos y los no tan buenos. Los alegres y los que me hicieron llorar.
Con la ayuda de una auxiliar abro mi caja y para mí sorpresa está vacía.
¿Cómo? Había guardado un montón de recuerdos y tenía mucha ilusión por compartirlos. ¡Ves! Esta cabeza mía … Se me olvidó comentaros que tengo alzheimer y por eso estoy en esta residencia, a veces me olvidó de cosas.
¿Quiénes sois vosotros? ¿Que hacéis en mi habitación con esta caja?
Cerrarla y marcharos, que no os conozco de nada.

RAQUEL LÓPEZ

.. Y el veredicto del jurado es, ¡culpable! James Stuart, se le acusa de abrir una caja sin permiso..
¡Noooo! James despertó cubierto de sudor, tras asimilar lo ocurrido entendió que sólo se trataba de una pesadilla, suspiró aliviado.
Al instante, sonó el timbre de la puerta, era el cartero que le traía una caja, igual que la de sus sueños..
-¿La señora Amanda?
-Sí, es mi ex mujer, pero creo q es un error ya cambió la dirección…
-Le dejo el paquete o me lo llevo?pregunto el cartero un poco nervioso.
-Eh… Sí, gracias.
Dejo el paquete encima de la mesa, extrañado, supongo que mi ex vendrá a por el. Miró el remitente, era un hombre un tal, Peter.
A lo largo del día se olvidó de la caja, hasta que se sentó en el sofá, la estuvo observando desde varios ángulos fijándose que tenía varias etiquetas y sellos que certificaban que la caja venía de muy lejos.
¿Abro la caja? se preguntó. La curiosidad le mataba, hasta que al final sin dudarlo empezó a abrirla, en ese momento llamaron a la puerta, era su ex esposa acompañada por dos agentes de policía.
-¡Llevenselo!, les sugirió.
-Pero, no entiendo…. dijo James.
-No hace falta, no hay nada que entender.. Le replicó Amanda.
Jamás se supo el contenido de esa caja, todo quedó en el aire, quizás fuese el desenlace de un relato o un sueño hecho realidad…
Lo que sí es seguro, que la curiosidad, mató al gato….

MANUEL ALBÍN EXTREMERA

—ABRO LA CAJA—.
Llamaron a la puerta, miré en por la rendirla y era el cartero, traía una caja en las manos, — abrí la puerta — me preguntó por mi nombre y al comprobar que era yo me entregó la caja; una caja envuelta en papel de regalo siendo bello.
La puse encima de la mesa para abrirla pero…. al mismo tiempo me dió un pequeño reparo por no saber lo que me podía encontrar.
Le eché valor y quité la cinta roja que llevaba atada por lo superior de la tapadera, abriéndola despacio me llevé una sorpresa, que hizo llenar mis ojos de lágrimas, miré el remitente y no tenía, pero dentro había una tarjeta escrita a mano con una ortografía muy bella que decía:
Por tu amor a estos colores y a mi particularmente, ahí te mando por tu cumpleaños una camisola de tu equipo favorito y como fans mío firmada por mí.
Me senté en el sillón la miré una y mil veces y abrazándola en mi pensamiento le di las gracias a Fernando Torres y al Atlético de Madrid.
Esa sorpresa que me llevé abriendo la caja, jamás se me olvidará.

ALBERTINA GALIANO

Encontró una carta dentro, antes si quiera de ser un deseo en ellos… si es que algún día lo llegó a ser.
Algo de lo leído resultó tan manido que no le costó reconocerse a sí misma varios años después.
Úbeda está en sus venas, porque la historia se repite y transmite a través del pecho y del pañal.
Ni eran los déspotas que su soberbia hubiera deseado, ni los cándidos formales que quisieron demostrar.
Abrió la caja y por ella se escapó limpita y sincera, la pura y nítida humanidad.
Y al abrirla entró ella misma en una rueda de historias, fechas y sueños que algunos se cumplieron y otros quedaron enteritos por dibujar.
Abrió la caja, y guardó en ella lo que aún quedaba y quedará por contar.
Y después la lanzó al mar…
Quizá otro día sus tiernísimos hijos de manera parecida la encontrarán.
A saber qué pensarán.

RAFAEL ROSAS AGUILAR

Llegamos a este mundo completamente inocentes, no hay nada en nuestra mente, somos una caja vacía, no hay nada en el interior. Desde el día uno, empieza a ser llenada, la leche materna, ¿Nos gustará? Seguro que si por que seguimos tomando leche de vaca.
Nuestro chupón favorito, la mantita más suave, poco a poco empezamos a llenar la caja con recuerdos, la papilla de zanahoria no nos gusta, la palaba mamá se vuelve nuestra favorita, el jugo de mango es mejor que el de manzana, si lloro seguro me consienten, y así poco a poco vamos aprendiendo.
Aprendemos que si lloramos mucho papá se enoja y grita, que si no comemos mamá nos puede regañar, lloramos si nos hablan feo, vamos entendiendo que el azul es para niños, que las niñas no juegan con carritos, que si eres niño no vas a usar vestido, que las niñas usan aretes y que el pelo largo y las coletas son cosa de niñas.
Entonces empezamos a ver que la caja ya esta un poco llena, ahora vamos a le escuela, la maestra deja mucha tarea, aprendemos cuanto es cuatro por cinco, como se escribe mama y donde queda cada continente, nos dicen que las niñas se juntan con las niñas y los niños con los niños, que no todos podemos llevarnos bien, descubrimos que los otros piensan diferente e incluso hay a quien si le gusta la zanahoria.
La caja cada vez esta mas llena, ahora vemos que mamá y papá ya no se llevan bien y uno ya no vive en casa, que nuestra mente ahora no solo de aferra a una mantita, sino que también esta llena de emociones, nos molesta hacer tarea, amamos platicar con los amigos y nos dicen que a las niñas les gustan los niños y a los niños les gustan las niñas, las personas pelean porque ya entendiste que es el enfado y tener una mantita favorita ya no esta bien, pero mamá sigue siendo nuestra palabra favorita.
Hay una caja llena, esta atiborrada de angustia, miedos, e incertidumbre, un montón de cosas pasan, ahora ves que eres un niño y te gustan los niños, que eres una niña que le gusta un niño y el no la voltea a ver, ves que tus amigos ya no son como antes y te dejaron de hablar, tu cuerpo no se parece al de los demás y hay complejos, conflictos, eres inseguro la vida no tiene sentido y no sabes como es que te tienes tanta tarea.
La caja se sigue llenando, ahora hay que tomar decisiones por ti mismo, elegir una carrera, a donde ir a la universidad, tu novio no te pela, tu novia te fue infiel, ya probaste las drogas y el alcohol te esta gustando. Entras a la facultad, aprendes nuevas cosas, la fiesta, el desamor y las tareas te están ahorcando, sientes que no termina, te gustaría que acabe, pero no quieres que pase, entonces por fin te gradúas y entonces a buscar trabajo.
Sales al mundo, ya eres un adulto, nada es lo que parece, tus sueños se ven muy lejos, aceptas un trabajo que no te gusta después de meses de andar buscando, papá y mamá ahora no están cerca, de la mantita ni te acuerdas, ahora pagas renta, trabajas todo el día, sientes que el dinero no alcanza, aprendes que ser responsable de ti mismo no alcanza, empiezan a dolerte partes del cuerpo que no sabias que te dolían.
Ahora estas casado, tu esposa no te entiende, tus hijos se enferman, puede que seas soltero y no estés listo para el comprimo, quieres amar pero que nadie te moleste, quieres estar solo, pero necesitas un abrazo, tienes pesadillas recurrentes, siguen apareciendo dolores en el cuerpo, la rodilla ahora te indica el clima y ya no hay dinero que te alcance.
¿Y la caja?
¿La abrimos?
Es momento, ¿No?, parece que no quedan recuerdos felices y todo nos asfixia, es momento de sentarte en una silla, tomar un respiro y destapar tu caja.
¿Da miedo? Si, la caja esta que explota, esta ahora llena de millones de emociones, traumas, inseguridades, miedos y si un montón de momentos felices, ¿Vaciarla? Nos sé, no va a ser nada fácil, lo que concias tal vez no sea lo mejor, lo que te gustaba te estaba haciendo daño, tus relaciones no eran las mejores, no amas tanto a tu novia, debes de quemar esa mantita, es momento de buscar otro trabajo, tal vez tengas que llorar un poco, habrá un sinfín de cosas que salgan, pero tu caja estará un poco vacía.
La caja es enorme y esta recargada en tus espaldas, ¿La abrimos? Créeme pesara un poco menos.

CONSUELO PÉREZ GÓMEZ

Una cajita de hormigón blando, que guarda un tesoro de siglos olvidados. Esa cajita que perdió su llave agitada por un mar de enajenadas tormentas. La caja que en su secreto esconde la oculta esencia que jamás consintió en derramar. A esa caja, a esa, no se entra con llave, ni con estilete. Su entrada no está permitida para hacedores del mal. Es posible que jamás se abra. Es posible dejarla cerrada por los siglos de los siglos…
Amen (sin tilde).

BÁRBARA GONZÁLEZ

Y a veces, solo a veces, cuando ya no sé cómo hacer para no mirarla, como ignorarla, dónde tirarla, abro la caja.
Y contemplo lo que hay dentro de ella..
Encuentro unas voces, dormidas y aunque procuro no molestarlas, una a una despiertan y se llevan todo lo que amo..
Ahora estoy sola.
Solo la caja, yo, y todo lo que hay dentro de ella..
Pasan las horas, los días, los meses y después de tanto tiempo con ella, en penumbras, sin una razón para no quitarme la vida, encuentro un recuerdo, no muy lejano, y una nota escrita de mi puño y letra
«Siempre te ha gustado la playa»
«Dale una oportunidad a los que te aman»
Había olvidado que podía salir..
Y unas pocas horas después, respiro,
mis pies descalzos se encuentran con la arena.
El viento acaricia mi rostro,
Puedo oler los árboles…
Dejo la caja a la orilla del río,
la veo partir,
sigo caminando,
respiro.
Y un día sin previo aviso, despierto atormentada de un sueño confuso, tortuoso, inquietante. Aturdida camino hacia el baño, me miro al espejo…podría ser más delgada, pienso, me cepillo los dientes, deberían ser más blancos..salgo del baño y camino a la cocina, a pesar de que hay muchas ventanas que la iluminan como de costumbre, esta se ve oscura y demasiado sucia, rota, desabrida.. debería comprar otra casa… luego otros despiertan, los quiero fuera de mi vista, de mi vida.
Pasan los minutos y todo se torna más oscuro, triste, solo, no puedo creer que algún día fui feliz aquí…
Camino hacia mi habitación, mientras observo esta estúpida casa, defectos, solo veo defectos, puertas sucias, espejos rotos, arañas que entretejen el desorden que van dejando, los muchos otros que habitan esta casa…camino a mi cama, no entiendo que pasa, entonces tropiezo, ¡cON ESTA ESTÚPIDA CAJA! otra vez, me espera, entera, repleta y totalmente seca, la estúpida caja.

TESS LORENTE

Sonó el timbre de la puerta principal y sobre el felpudo se hallaba una pequeña caja de cartón.
No llevaba membrete, dirección, ni ningún tipo de identificación de envío o paquetería.
La solapa estaba sellada por un lacre carmesí, que mostraba una marca desconocida, gravada con uno de esos sellos personificados y antiguos, propios de la época en que las epístolas merecían toda la atención de sus emisores.
La extraña caja apenas pesaba. La zarandeé para intentar vislumbrar por el sonido lo que contenía. Pero apenas intuí lo que albergaba en su interior. Debía ser algo realmente pequeño y ligero.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, ya que a lo largo de los años había cosechado una buena cantidad de enemistades y resultaba difícil imaginar, quién de entre todos ellos, no habría querido obsequiarme con su despreció, materializado en algún tipo de presente macabro o de mal gusto.
La certeza de que tenía que ser algo terrible, muestra del inmenso desprecio que me procesaban mis conocidos, por un instante me incomodó. Pero la furia que sentí ante tal desfachatez, tomó las riendas de mis actos y decidida fui en busca de un abrecartas para poder rasgar el lacre y abrir el inesperado presente.
Abrí la caja.
Me sorprendió comprobar que en su interior tan solo reposaba tranquila una preciosa rosa blanca.
Entre el papel de seda descubrí una nota con una caligrafía conocida.
Mis manos temblaban como las hojas de los árboles en un vendaval.
Empecé a leer su contenido y mi corazón empezó a desbocarse en mi pecho a un ritmo frenético. Un sudor frío recorrió mi espalda y antes de llegar al final, me sentí desvanecer.

BEATRIZ ÁNGEL

Estaba sentada frente aquella caja de color verde con un lazo plateado, el color a penas se intuía ya, el paso de los años lo había descolorido mucho pese a que cuidaba aquella caja como si fuese su tesoro mejor guardado. La nota que colgaba del lazo estaba amarillenta y la tinta se había difuminado en el papel pero aún se leía perfectamente el texto.
Por un momento intentó recordar en que momento empezó a coleccionar aquellas cajas y al sacar su caja verde todo tuvo sentido, esa fue la primera de todas, la única que permanecía cerrada desde el primer día, el resto eran cajas de cosas, cajas de regalos que guardó de recuerdo, cajas de lata con preciosos dibujos antiguos o nuevos, cajas dentro de otras cajas como si fueran bellas matrioshkas que albergaban en su interior réplicas exactas en miniatura.
Si caja verde llevaba con ella desde los 7 años, en ese momento solo era una caja más en el fondo del armario pero su padre se sentó en su cama el día de su cumpleaños y le entregó entre lágrimas el último deseo de su madre, le leyó la nota con la voz entrecortada y le pidió que por favor cumpliera la última voluntad de su madre fallecida y no abriera aquella caja hasta que cumpliera dieciocho años. Y allí estaba Elena con la caja entre sus temblorosas manos, apoyada en el regazo, había esperado mucho para abrirla y ahora tenía la sensación de que si lo hacía el recuerdo de su madre saldría volando de las entrañas de la caja y la perdería para siempre, una vez más.
Habían pasado ya muchos minutos y la indecisión casi se había transformado en angustia, tomó la nota entre sus dedos y la leyó de nuevo, sabía de memoria cada palabra pero aún así le gustaba observar el trazo de cada letra imaginando como su madre las escribía delicadamente y con el amor que se merecían.
«Elena, ahora ya se que no podré estar presente en muchos momentos de tu vida en los que me vas a necesitar, como hoy, el día de tu mayoría de edad, pero aunque físicamente ya no estaré, nunca te abandonaré. Te quiere, mamá»
Tiró del lazo de tela plateada y descolorida y lo dobló con sumo cuidado, tomo la tapa de la caja y la dejó sobre la cama sin mirar dentro aún, podía oír los latidos de su corazón y su garganta se había secado como un árido desierto.
Por fin! Sacó muy despacio una bolsa de tela lila, era su color preferido, intuyó enseguida que lo que había dentro eran varios libros, los sacó y entonces reconoció enseguida uno de ellos, no eran libros, si no los cuadernos en los que su madre pasaba horas escribiendo durante los largos periodos de tiempo que permanecía en el hospital y después en casa mientras se recuperaba. Ojeó el primero, estaban numerados, abrió la tapa y leyó, leyó hasta que pudo porque las lágrimas no la dejaban ver, su madre había ideado una manera de hablar con ella sobre todos los temas que pensó que serían transcentales en su vida, una guía donde acudir, conversaciones imaginadas, consejos para toda una vida. Su madre no se fue cuando abrió aquella caja si no que desde entonces estuvo más viva que nunca.

FÉLIX LONDOÑO G

Lo despertó el estruendo de la puerta abierta con violencia. Momentáneamente lo cegó el resplandor de la luz de las linternas. Dos tipos fornidos, enmascarados, lo tenían encañonado. Uno de ellos se anticipó a coger su pistola y su celular, que él siempre mantenía encima de su nochero al alcance de su mano.
– ¡Andando, vamos a la sala!
– ¡Ya voy! ¡Ya voy! – le temblaban las piernas.
Allí vio en el piso, amarrados y amordazados, a Don José y a Doña Cruz.
– ¡Vamos, abra la caja fuerte!
Ya habían quitado el cuadro que la cubría. Sintió la frialdad del metal del cañón de la pistola en la sien. Comenzó a dudar de la combinación. Todo le temblaba, hasta la memoria.
– ¡Vamos! ¿Cuál es la demora?
– ¡Está envenenada! ¡No puedo!
– ¡Apúrese!
Al escuchar el clic, antes de que la onda explosiva barriera con todo, alcanzó a sentir algo caliente en su entrepierna.

ANTOLÍN MARTÍNEZ JIMÉNEZ

CAJA ABIERTA Y ROTA
Son niños, niños sucios sin ropa, delgaditos y mojados con la sal de un viaje peligroso al que no les avisaron.
Sus adultos decidieron que sin viaje no hay futuro, que huir es su destino.
Sus cuerpos son valientes inconscientes de su hazaña.
La despedida de su infancia no quedará en sus recuerdos. El llanto de su familia nunca dejará de oírse en la pobreza. La ventana de sus vidas se abre en una patera, una caja rota que flota a la deriva entre olas y mareas, susurrando a las sirenas que no acechen con sus cantos tales sueños y rogando a los mil dioses que no se detenga el rumbo para alcanzar un trocito de esa tierra que dibujaron en sus sueños.
Tierra fértil de ilusiones para vidas sin pasado y el suspense incierto de saber si llegarán o la ruta en esa caja abierta al sol y al mar que no les separará la realidad de la tragedia.
Una apuesta sin opción, una locura, acción de supervivencia. Si morir o el sustancial del estado de bienestar de un inimaginable porvenir besará sus mejillas al llegar.
La caja se encontró con la tempestad de los traficantes humanos. Con la tempestad de vender sus vidas para pagar la despedida. Con la tempestad; del frío, el hambre, la sed, el sueño y la fatiga. Niños que dependen de que abramos los brazos o dejemos zozobrar los inocentes sueños de las cajas rotas.
En ese caso no tendremos perdón, porque vimos lo que contienen sin necesidad de abrirlas para descubrir que son vidas por vivir con dignidad y los niños, niños son.

MARÍA ROSA ROLANDO

Abro la caja?
El cartero a mi me trajo, una caja misteriosa, bordada con sellos rojos y estampillas muy curiosas. Parece que viajó mucho, por países, por ciudades, buscando su destinatario, a navegado cien mares. Lo sé, por las caracolas prendidas en sus precintos y los sellos que me indican, su camino recorrido.
Decido abrir la cajita, desplegando las solapas, me saludan dos cangrejos y una estrella de mar asustada.
Los coloco en la bañera y vuelvo a explorar, cual pirata, buscando bajo la arena, como el capitán Escarlata, aparece, fulgurante, un magnífico tesoro, lleno de letras de amigos, como pepitas de oro.
Cartas al fin del Mundo, lo han llamado en honor, a cada autor que han soñado, con ser un gran escritor.

SERVANDO CLEMENS

Libertad es vivir sin miedo
Fermín, recluido en un pequeño búnker y sentado en una caja de madera donde guardaba sus afectos personales, cavilaba sobre los peligros de la vida en el exterior. Al lado del joven, había un conejo encerrado en una jaula. El animal observaba a su único compañero, al pobre chico judío que no dejaba de pensar en sus padres quienes habían sido llevados a los campos de concentración.
—¿Por qué no me dejas salir? —preguntó el conejo.
—Afuera es peligroso. De seguro morirás durante el primer día de tu liberación.
—¡No importa! —comentó el conejo—. ¡Prefiero vivir unas horas en libertad a estar toda mi existencia enclaustrado!
Fermín creyó que seguramente estaba alucinando a causa del hambre y de la sed. Tenía la mirada perdida en algún punto de la pared.
—Tal vez yo también necesite salir a tomar aire. Ya estoy pálido. Y estoy aburrido.
—¡Salgamos a dar un paseo por las calles de esta bella ciudad! —sugirió el conejo, acercando el hocico a los barrotes.
—Déjame pensarlo un poco. Es que hoy en día Alemania es muy peligrosa. Berlín está por caer.
—Supe que los aliados están lanzando bombas. Hemos perdido.
—Por eso mismo estamos confinados en este lugar —dijo Fermín—. ¿Entiendes?
A lo lejos se oyó un estruendo. La tierra y los muros temblaron. Los tanques disparaban contra los edificios a menos de cinco metros de distancia.
—Si tú tienes miedo a morir, por lo menos déjame ser libre a mí —pidió el conejo—. Ya no soporto esta situación.
El joven se encogió de hombros. Abrió la portezuela de la jaula y dejó salir al animal.
—¡Tienes toda la razón! —agregó Fermín—. Salgamos a dar una caminata y que pase lo que tenga que pasar. De todas formas ya se acabó la comida y el agua.
Fermín abrió la caja de madera, sacó la fotografía de sus padres y les dio un beso de despedida. Subieron las escaleras y salieron del búnker. Era una noche triste. Los aviones sobrevolaban los cielos de Alemania. Las bombas caían encima de las casas. La gente lloraba con las rodillas puestas sobre los escombros.
—¡Qué bello es vivir! —exclamó el conejo.
Una bomba se precipitaba sobre sus cabezas.
—¡Pronto seremos libres! —dijo Fermín—. ¡Ya me había cansado de la maldita guerra!

NEUS SINTES

Sam era repartidor en una gran empresa. Había llevado un día de locos poniendo las diferentes cajas en los camiones, para que éstos fueran repartiendo de lado a lado y llegaran a tiempo a sus destinatarios.
Al finalizar una dura jornada de trabajo, se echó en la silla, cerró los ojos y al abrirlos se percató que en un esquina solitaria del almacén, una caja olvidada permanecía en silencio para ser abierta por su destinatario.
Era una caja común, como todas las demás, excepto que en vez de la pegatina de «Frágil», que solía pegarse en las cajas que contenían material más delicado, ésta llevaba dos símbolos de interrogación.
Sam se extrañó muchísimo más al ver a quién iba destinado. Sus ojos se abrieron de par en par al ver su nombre escrito.
¿Abrir o no abrirla? – se preguntó a sí mismo.
Se preguntaba qué podría contener y quién podía haberla enviado. Se le erizó el vello de los brazos solo de pensarlo. Sam era un hombre solitario, sin mujer ni hijos a su cargo. Vivía solo en su apartamento. Sin preocupaciones de ningún tipo hasta que, ahora, sus pensamientos retumbaban en su mente solo de pensar quién le podría haber mandado esa caja y por qué.
Durante su vida, se había ganado la confianza de muy pocos. Mas bien, tenía más enemigos que amistades con las que poder confiar.
Tras mucho pensar, decidió abrir su contenido. En su interior varias cartas esperando ser abiertas. Algunas roídas por el tiempo, otras no tanto. El pulso se le aceleró cuando cogió una de ellas; la más reciente.
Hijo mío,
Te escribo esta carta, teniendo la certeza de que tal vez sea la última. Te escribí muchas otras. Aunque no sé si te las habrán hecho llegar a tiempo. Me encuentro en máxima seguridad, vigilado los 24 horas, al igual que los demás.
Intente escapar, con la intención de regresar en busca de la libertad y llegar a tu paradero. Aunque fue en vano. Me atraparon. Mi plan de huida fracasó, como muchas otras.
Hijo mío, te escribo por última vez. Mis fuerzas me abandonan. Ya no recuerdo la última vez que vi el sol. Vivo bajo las sombras de esta celda, entre barrotes.
El día que recibas estas cartas, comprenderás que no ha habido momentos en los que mis pensamientos se han ido hacía ti. En busca de refugio. De alivio. Sé que me fueron negadas las visitas. Pero tu, hijo mío, has sido mi fuente de vida en esta prisión.
El día que recibas este paquete será el día en que abandone este mundo.
Te quiero, tu padre.
A Sam se le nublaron los ojos de lágrimas. Se cubrió el rostro con las manos y se preguntó ¿Por qué?, ¿Por qué?

VÍCTOR CHIQUITO

Llega un pensamiento a tocar la puerta de mi conciencia, de esos que se han construido a lo largo de nuestras vidas, esos que no responden a ajenas ideologías y solo somos capaces de sentirlos nosotros mismos, ¿Que me trae ?, Una invitación, aceptar un concepto que por cobardía deje guardado en un cajón.
Es la famosa madurez, de la que vengo escapando desde hace un buen tiempo.
Aprovechando y sufriendo un poco por la subjetividad del concepto, acepto que me ha tomado concluir que es la madurez para mí, por lo que, aunque avergonzado, acepto no haberla alcanzado. Creo que todo se resume en dos opciones: o vives quejandote de lo que careces o empiezas a aprovechar y valorar de forma óptima lo que posees hasta de sobra, y obviamente eliges la segunda.
Complicado, ya qué por naturaleza somos reacios al cambio.
Pero,
Creo que ya tengo una guía para comenzar y un motivo para continuar. Concluyó que madurar es encontrar el camino que nos conduce por los senderos de la felicidad ya que nos permite aceptar lo que no se puede cambiar y gozar lo que la vida nos regalo de más.

OMAR ALBOR

Hoy desperté
algo lento
pero contento.
Se que llegaría
un envío desde un lugar donde mis padres sembraron
raíces.
El timbre suena me asomo por la ventana.
Y el cartero trae en sus manos una caja.
Es para usted me dice!!
La tomo firmó una planilla de registro del envío., lo saludo y vuelvo a dentro de mi casa.
Voy a la cocina tomo un cuchillo y logro abrir la caja, la cual tiene dentro un libro, y pienso cuánta locura está encerrada dentro de esas páginas.
Cuántos pensamientos cuelgan de ti.
Las imágenes vuelan en sus palabras.
Pasan los días y ya e sabido bien por dónde viene cada autor son de un lugar diferente de este mundo.
Y cada uno vuela diferente hacia la noche y luego también en el día con palabras e historias que me llevan a dónde nunca fui pero que quiero volver.
Miro la caja y el libro está allí esperando una vez más invadir mis ojos y llevarme a recorrer una historia más de alguien que todavía no conocí, pero que ya se que sus palabras vuelan ideas de días y lugares propios a donde podré volver siempre a vivir.

CURRO BLANCO

«La espera».
Días sin Sol.
Meses sin alma.
Tiempo perdido.
Hoy abriré la caja.
No esperaré ni una eternidad más.
Puede que esté vacía, lo sé.
Pero ya todo el tiempo será mío

VERITO TOWERS

Dos noticias
Su pedido llega el jueves, anunciaba aquel correo electrónico cuyo remitente era una editorial que ya todos conocemos.
Claro que sentí entusiasmo y hubiera querido gritar y brincar si las circunstancias fueran otras, pero estaba mi amigo Simón y su esposa con Covid como también Tatiana y su padre a quienes el padecimiento les había llegado de forma súbita y con fuerza pese a su tan referida vida sana y alcalina. Su organismo parecía no reaccionar y la oxigenación parecía disminuir con el día a día mientras las velas y las oraciones no se hacían esperar. Todos pedíamos por un milagro para los amigos.
El correo electrónico que anunciaba la llegada de ese libro en el que mi participación diminuta se había publicado me daba, sin lugar a dudas, alegría en un mar de pésimas noticias que en el día a día se nos acumulaban y comenzaban a agolparse en nuestro pecho y en nuestro corazón. Ya hacía un año que estábamos así. Salíamos con miedos y cubre bocas, con gel que aplicábamos constantemente y con la zozobra e incertidumbre de no saber cuándo todo acabaría.
“¿Cómo va Simón? Y cómo va María”, “¿Cuál es el reporte de Tatiana?” eran las preguntas con las que mi día iniciaba. Y luego seguían las velitas y las esperanzas de que la recuperación y la saturación mejoraran aunque las respuestas no siempre eran positivas. “75 y no aumenta”, “A punto de intubarla” eran las frases que fisuraban esa incólume esperanza que se aferraba a mí.
Llegó el jueves. “Su pedido está aquí”, me reportó el vigilante del edificio, pero no me moví. Estaba a la espera de un reporte médico y sentía que si por un minuto me apartaba del teléfono celular les estaría traicionando. “Padre nuestro que estás en el cielo… comencé a murmurar en silencio mientras en el whatsapp estaba mi amiga “escribiendo” el reporte que parecía ser largo pues los minutos se estiraban y no aparecía letra alguna.
“¿Se lo subo?”, me increpó el vigilante entre el ocio en el que se había convertido su trabajo y la curiosidad de mi respuesta nula. “Vénganos tu reino…” seguí murmurando mientras mi amiga parecía escribir la biblia como reporte médico.
Minutos después, la insistencia tocó a mi puerta. Abrí de mala gana y recibí el paquete de manos del vigilante no sin antes ponerme gel y cubre bocas. Esbocé un fingido gracias con una sonrisa más falsa que cualquier otra cosa en el mundo y sin soltar el celular, me di cuenta que mi amiga había dejado de escribir. La caja de mi pedido aguardaba gloriosa en el piso. “No nos dejes caer en la tentación…” espeté desesperada.
“¿Abro la caja?”, me pregunté. Así doy tiempo para que me pasen el reporte médico. “Sí, ábrela”, murmuró una infantil vocecilla de mi curiosidad de niña. “No, cómo crees”, alcancé a escuchar otra voz que por lo general siempre decía no y bloqueaba y boicoteaba casi todo lo que me proponía cuando la dejaba. Mi amiga volvió al whatsapp. Su estado era nuevamente “escribiendo” y yo me hallaba en medio de una espera obligada o la oportunidad de tener una alegría por pequeña o inmensa que esta fuera. Las dos cosas concurrieron de pronto juntas. Abrí la caja, sí. Y me di no un minuto sino dos o tres para luego mirar con benéplacito que el largo y detallado reporte médico de Simón y María, de Tatiana y su padre, era, a todas luces, de mejoría lenta, pero mejoría al fin y entre bombos y platillos festejé las dos cosas en medio de un año de pandemia y una vela que se consumía lentamente. “Líbranos del mal, Amén…” puntualicé.

LOLY MORENO BARNES

¿QUIEN ABRE LA CAJA???
( Tema de la semana)
Eran otros tiempos…
Pero para quien tiene alma soñadora siempre son tiempos de magia y esperanza.
Aquella humilde caja de cartón, que en su primer uso contuvo comestibles, se empezó a transformar en mis manos.
La reforcé con más cartón y tapé las letras de publicidad de la marca.
Luego, la forré con una tela de color amarillo pastel estampada con pequeños ositos.
Entre la tela y el cartón agregué una guata de mullido algodón.
Fabriqué una tapa de cartón a juego, forrada con tela lisa del mismo color donde bordé a mano un osito descansando entre nubes con forma de corazones y un arcoíris.
Los costados de la tapa los adorné con una delicada puntilla blanca y lazos de suave raso.
Con unas cuerdas de algodón entrelazadas desde el fondo de la caja hasta pasar un palmo de su altura apliqué un par de asas .
¡Me sentí satisfecha por la labor!
Quedaba otro cometido: Había que llenarla con delicadas prendas de bebé y esperar nueve lunas para poder abrirla.
Poco a poco fui depositando con mucho amor las que consideraba las joyas en aquel estuche de cartón.
¡No faltaba nada!
Aun así, hacía inventario cada día mientras un hijo muy esperado crecía en mí.
Pequeñas ropas, todas blancas, unos pequeños envases de jabón y aceites de bebé y una mantilla hecha a mano.
¡La pequeña caja de cartón se transformó en silenciosa testigo a la espera de una nueva vida!
Pasaron los meses…
El día de dar buen uso de la caja llegó una madrugada, y al llegar a la pequeña clínica del pueblo ya esperaba la matrona .
Como digo, eran otros tiempos…
Si todo iba bien no se hacían ecografías y los controles de embarazo eran muy elementales.
No se sabía de antemano el sexo del bebe.
Todos especulaban conque:
__ Parece que es niño, porque tienes la barriga en punta.
__Parece que es niña, porque se te ve buena cara o
__Parece que llega la hora porque se ve que ya está bajo.
Yo me sentía feliz porque los meses de dulce espera habían transcurrido sin sobresaltos y eso auguraba que todo iría bien.
El momento llegó y la matrona fue mi cómplice en la bella aventura de dar a luz.
Luego, con cariño tomó mi mano y dijo:
__¡Necesito vestir un príncipe! ¿ PUEDO ABRIR LA CAJA?

BEA ARTEENCUERO

Hace unos años, mientras ordenábamos los muebles del altillo, de la casa donde nos habíamos mudado, había un viejo baúl de madera, que llamo mí atención: _ Mama´ ¿de quién es este baúl?, que tiene un candado. – Están las pertenencias de la abuela. ¿Lo puedo abrir? ¿Dónde están las llaves del candado? No sé, nunca las encontré. Voy a romper el candado Al levantar la tapa del baúl crujieron los cerrojos, quien sabe cuántos años permaneció cerrado!! Me impregno de un suave perfume a flores, inmediatamente mi mente se llena de recuerdos de mi abuela. Todo estaba en perfecto estado, como si fuera ayer, sus prendas y artículos personales, me hablaban de ella , hacia 20 años que no estaba entre nosotros, nunca la olvide, pero….pero esto era como tenerla a mi lado, fui sacando cada prenda y reviviendo todos los instantes que pase con ella. De pronto una caja pequeña, cubierta de terciopelo rojo, llamo mi atención, jamás la había visto , presurosa la saco , al querer abrirla, no lo puedo hacer, estaba con llave; la curiosidad me mataba, por un lado quería abrirla, y por otro lado dudaba de hacerlo. La llevo a mi cuarto y la guardo sin decir nada, a la noche cuando voy a descansar, lo primero que veo es la caja roja….¿Qué hago? ¿Qué hago?. Después de un largo tiempo de dudar, la tomo en mis manos, suave muy suave con un leve perfume a nardos, le rompí el pequeño candado y una hermosa melodía me envuelve , con sorpresa veo un sobre , lo tomo, miro dentro y….. había una carta y algo más, para mi sorpresa veo un anillo con una pequeña esmeralda, recuerdo habérselo visto puesto a mi abuela en muy pocas ocasiones. Estaba muy emocionada!! De quien sería esa carta y porque el anillo en ese lugar? Con las manos temblorosas abro y comienzo a leer… Amada mía: Somos cautivos de este amor prohibido, mi corazón es el receptáculo de tu amor , que magia tan grande nos envuelve, que no podemos olvidar estos sentimientos, mas no debemos amarnos, pero el corazón no razona y estamos por siempre unidos desde el alma, etéreos en el tiempo . Aunque tu amor y mi amor son uno, nuestras vidas se deben a otras vidas impuestas por las circunstancias. Este anillo es el emblema de nuestro amor, quiero que lo conserves y me sientas siempre junto a ti. …Te amo infinitamente, en un recodo del camino nos encontraremos para no separarnos acá o en la eternidad. Tuyo…ASH. Temblando y con lágrimas en mis ojos , guarde la carta nuevamente en la cajita junto con el anillo. Al día siguiente la lleve donde estaban las cenizas de mi abuela, Fue su secreto de amor, no sería yo quien lo revelara. Me quede pensando… ¿En que átomo del universo estarán juntos? ¿En qué estrella vivirán ‘’, O tal vez habitan, levitando en el espacio de los tiempos. UN GRAN AMOR NUNCA MUERE….


GAIA ORBE

Miré alrededor y cuando estuve lista abrí la caja. Las nubes blancas se precipitaron por el valle, imparables, devorando al instante las montañas y a mí. Sentí un temblor seguido por violentas sacudidas. Las imágenes de los desastres más grandes de la historia que había visto en los films atravesaron mi mente. ¿Qué había hecho? ¿Estaba poniendo en riesgo mi vida?
Las cartas del fin del mundo se esparcieron por la nave. Flotaban, ante mis ojos atónitos, las palabras. Las corrientes de aire me empujaron. De repente, yo también estaba flotando en el espacio mirando la maravilla de los cielos cubiertos de estrellas unida a la nave por un cordón umbilical tecnológico. Nubes de estrellas, billones de planetas me rodearon. Cuando me di cuenta de que estaba separada de la tierra por cincuenta millares, me aterroricé. Cada cosa que conocía estaba en esa bolita de mármol azul: los océanos, las ciudades, las personas, los lugares, los amores.
Expiré, inspiré lentamente varias veces. Recordé que el universo aún continua expandiéndose, y que en mi insignificancia estaba dentro ese firmamento del fin del mundo. Apareció un pequeño arco iris a orillas del lago. Me puse a leer.

SOLEDAD ROSA

Allí,
Donde habitan recuerdos y el ayer se quedó grabado en el pasado. Donde huyo fugitiva de estas cadenas que me quieren prisionera. Allí, se alzaron fortalezas de cartón revestidas de colores, esperanzas y cubiertas con una muralla preparada para las batallas.
Allí,
Donde me dejo la vida y la sobrevuelo montada en aviones de papel. Donde mecen los amores perdidos, los besos robados y todas las piedras en las que fui tropezando. ¿Yo? Yo no soy más que una marioneta movida por impulsos cuyos hilos no siempre saben hacerle frente al destino.
Así que, por favor, deme un billete de vuelta. Quiero regresar donde se respira azahar y danza la alegría. Donde la rebeldía quede tatuada en mi piel y las estrellas no tengan prisa por dormir. Llévame a la simplicidad del pasado y a lo bello de añorarlo.
Allí es ese refugio donde siempre vuelvo cuando la vida se empeña en seguir y yo insisto en recordarme.

RAKEL VALDEARENAS MATE

Cuenta una vieja y misteriosa leyenda granaina que debajo de la fuente de los leones, antes de que esta fuera construida, los moriscos dejaron sepultada una preciada caja llena de tesoros. Muchas han sido las personas que han intentado encontrarla otras murieron con ganas de conocer su contenido y solo una persona fue capaz de dar con la caja recubierta de oro y que al abrirla se encontro con un pergamino que decía:
«El que aquí yace vivirá eternamente»
Asustado el muchacho volvió a enterrar el pergamino y huyo con la caja en brazos.

VALERIA MICHOU

Cuando abrió la puerta de su departamento, tropezó con aquella caja, cuidadosamente envuelta en papel azul.
Miro con extrañeza afuera, hacia tan solo un momento había vuelto del trabajo y no la había visto, el tiquet pegado arriba ponía en imprentas su nombre y apellido por lo que, no supuso un error. Con gran curiosidad levantó el paquete con ambas manos, para su sorpresa, pesaba bastante, lo puso sobre la mesa y no se dio tiempo de analizar lo que sus manos estaban haciendo, razgo el papel con un ímpetu desconocido levanto las solapas de cartón y se encontró con un montón de bollos papel de diario.
Sacó con ansiedad todo el contenido y cuando llegó al fondo encontró un pequeño libro de tapas negras, lo abrió en una página azarosa y leyó en vos alta:
«Cuando abrió la puerta de su departamento, tropezó con aquella caja, cuidadosamente envuelta en papel azul.
Miro con extrañeza afuera, hacia tan solo un momento había vuelto del trabajo y no la había visto, el tiquet pegado arriba ponía en imprentas su nombre y apellido por lo que, no supuso un error…»

MARTA ELSA TORRES

Era tan soñadora, creía que todo era rosa.
Todo lo que el dijiera o hiciera era perfecto era mi príncipe azúl.
Pero mi príncipe oculta algo ,en esa caja que guarda con tanto recelo.
Pero o para mí desgracia, olvidó guardar su caja y yo con toda la coriosidad del mundo abro la caja.ooh!! Un celular ,un sin fin de cartas ,tarjetas y fotos .
Quedé elada , mi corazón a mil por hora ,siento que casi se escapa de mi pecho.
Primero enciendo el cel infinidad de mensaje de amor ,siento como un dolor tan profundo parte mi corazón, mi alma se parte en dos, mis lágrimas empiezan a brotar, quiero gritar pero ese dolor en el pecho no me deja, yo no era la única princesa de ese castillo, eran otra más.
Mi vida acabo ,al abrir esa caja ese príncipe se convirtió en un orrendo sapo.

MARINA CALVO GONZÁLEZ

Son las diez de la mañana y suena el timbre de la purta. Por fin ha llegado el pedido.
_¡Ya era hora! Ha tardado tanto en llegar, que casi se me había olvidado _exclama Ángela dirigiéndose a Luis, su esposo, al tiempo que coloca la caja en un extremo de la mesa.
_¿No miras si está bien el pedido?
_No te preocupes, ya lo miraré después, ahora vamos a desayunar , que se nos enfría el café _responde la esposa.
La salita donde se encuentran es pequeña, acogeroda. Tiene las paredes pintadas de color ocre, la ventana está vestida con unas cortinas marrones y, frente a ella, la mesa camilla, cuyas faldas hacen juego con las cortinas.
Afuera se ven los tejados cubiertos de una capa blanca ; está nevando. Ángela se echa una toquilla sobre los hombros, se sienta junto a su esposo y desayunan su café con leche y la tostada con mantequilla, tranquilamente, porque están jubilados y no tienen ninguna prisa.
_Ahora que hemos desayunado, ya puedes mirar la caja ¿no?
_¡Qué pesadito estás hoy, Luis!
Ella abre la caja y dentro hay un libro envuelto en un bonito papel azul. Lo desenvuelve y lee: LA LADRONA DE LIBROS.

ANDY PARIONA ROJAS

El porvenir de la caja roja
Los adornos estaban por todo el cuarto: pétalos rojos, velas y sobre todo la cama lista…
Todo sigue un orden el 27/04/2019, pues sí, es el aniversario de Leonisa y su esposo,un fructífero matrimonio de más de 30 años con dos hijos y uno por venir.
Los pasos en la entrada de la casa indican que Leonisa acaba de volver del colegio de sus hijos. Lo que Leonisa omite es que hoy es su aniversario,esto es demasiado raro sabiendo que ella es partidaria de recordar todas las fechas importantes de la familia. Mientras se dirige al dormitorio se pone a pensar en «algo» un «algo» que olvida, eso lo deduce al mirar su anillo de matrimonio colocado en otro dedo, una forma para recordar de Leonisa que a su esposo siempre le saca una carcajada, según ella es el método infalible de olvidarse de las cosas.
Al llegar al pasillo de los dormitorios sus sentidos se avivan rápidamente y es que el perfume del esposo invade todo el recorrido hacia el cuarto. Leonisa, comienza a descifrar ese «algo» que olvidaba y al entrar al cuarto encuentra los detalles de su esposo o …
Leonisa tuvo unos maravillosos 20 años de matrimonio, luego surgieron los problemas que cada día serian constantes al igual que sus disculpas, ya que Leonisa se atribuía la culpa de los problemas, pero estaba muy alejada de la realidad, pues él solo buscaba una forma de huir de casa.
Helen, su soporte durante 10 años para el esposo de Leonisa, demostraba fidelidad y una confianza increíble en el término de su matrimonio , pero al enterarse que Leonisa tendría un hijo más no soportó la noticia.
Hoy 27/04/2019, Helen hizo los preparativos para el aniversario: las velas, los pétalos, la cama y el regalo de matrimonio al pie de la cama.
Leonisa al ver los preparativos del cuarto se emocionó mucho y fue rápidamente para abrir la caja roja de su nuevo vestido, pues intuía que las dimensiones de esa caja contenían un vestido hermoso para ese día. Al abrir la caja encontró dos objetos que se complementaban: el anillo de matrimonio de su esposo y su dedo anular mutilado. La reacción de esté hecho descabellado género no solo un punzón en su corazón emocionado por este día importante, también en su vientre que dieron paso a caer de rodillas al suelo y en consecuencia a llorar de dolor.
El detalle que no observó Leonisa debajo de la tapa de la caja fue una nota que decía lo siguiente:
Leonisa
Soy Helen, lamento conocernos de esta forma, solo quiero desearte suerte en tu embarazo.

JOSÉ ARMANDO BARCELONA BONILLA

La caja de Pandora
En la primavera de 2009, la mayor preocupación del detective jefe Rober Hooley, del TPD (Tallahassee Police Department) era descubrir al culpable del asesinato de Asley Woodward, de soltera Asley Ramshaw; hallada muerta en la residencia familiar del lago Talquin, donde pasaba largas temporadas.
El minucioso trabajo realizado por la policía científica en el escenario del crimen, no dio resultados positivos: no se encontraron muestras de ADN, huellas dactilares o restos de cualquier tipo, cuya presencia en el lugar de los hechos no tuviera justificación.
Por otra parte, tampoco se observaron signos de violencia en puertas y ventanas, ni faltaba ningún objeto de valor. Las joyas que la mujer había llevado consigo a la casa del lago, permanecían en la pequeña caja fuerte instalada en la habitación matrimonial e incluso el collar de Fly, el pequinés albino de la señora Woodward — una maravilla hecha con oro blanco e incrustaciones de pequeños diamantes, con un pequeño dije, igualmente de oro, en forma de caja o cofrecillo, que debiá costar una fortuna —, seguía en el cuello del animal.
Fue la criada Norabell Thornock quien descubrió el cadáver por la mañana, al incorporarse al trabajo, tras pasar la noche en el Tallahassee Memorial Hospital, donde su hermana mayor Glad se recuperaba de una revascularización coronaria reciente.
El informe del forense situó la muerte entre las 22:30 y las 23:45 del 5 de abril de 2009 y la causa, un fuerte traumatismo craneal, originado por un objeto alargado y redondo, como un bate de béisbol. También tenía fracturada la mandíbula y varias roturas de huesos, ante morten, que por el aspecto de su reconstrucción, se habían producido en diferentes momentos de un pasado reciente, lo que podía dar pie a interpretar, que la señora Woodward era objeto de malos tratos.
Este último extremo puso en el punto de mira al marido Walby Woodward. Sin embargo, la noche de autos, el señor Woodward estaba en Austin, cerrando una transacción millonaria para la adquisición de materias primas, destinadas a la empresa de su esposa “Ramshaw Chemical Inc”, especializada en la comercialización de petroquímicos y plásticos a nivel mundial.
Asley Woodward era la única hija y heredera universal de Wulfcot Ramshaw, fallecido en 1996, y entre otras muchas inversiones, controlaba el 61% de las acciones de la empresa fundada por su padre, un negocio con un volumen de facturación anual de unos siete mil millones de dólares y joya de la corona del emporio financiero de los Ramshaw, del que Walby Woordward era vicepresidente ejecutivo. En ese orden de cosas, la muerte de su esposa iba a suponer para él un salto enorme en el escalafón de la alta sociedad de Florida.
Para el jefe de detectives del TPC Bob Hooley, la presencia en Texas del marido, en el momento que se produjeron los hechos, no lo descartaba como autor indirecto, del crimen, porque tenía los contactos y el poder suficientes como para haber encargado el trabajo a un profesional. Sin embargo, la brutalidad empleada por el asesino, no se correspondía con la forma de actuar de un sicario experto y estaba seguro de que Woodward no iba a exponerse, dejando el asunto en manos de un matón de tercera categoría.
Por otra parte, las lesiones ante mortem, que señalaba el informe del forense apuntando a unos presuntos malos tratos, resultaron consecuencia de que el pasatiempo favorito de la mujer era la equitación, concretamente en su modalidad de salto, lo que le había llevado a sufrir accidentes, algunos de ellos causantes de los daños apreciados en la autopsia.
Se revisaron, exhaustivamente, las finanzas del señor Woodward y los movimientos de sus cuentas, por si pudiera existir un móvil económico para el asesinato; pero todo estaba en perfecto orden. A pesar de que la muerte de su esposa iba a incrementar muy considerablemente la posición financiera y social de Walby Woodward, este ya era dueño con anterioridad de un patrimonio personal propio muy elevado y los movimientos de sus cuentas no reflejaban transacciones sospechosas, que pudieran relacionarse con el caso. La investigación había llegado a un punto muerto y sólo quedaba esperar un golpe de fortuna, que viniera a echar algo de luz al asunto.
El despacho de Walby Woodward, en la décima planta de la Ramshaw Tower, en Monroe St, sede central del emporio financiero de la familia, es más grande que muchos apartamentos familiares. Tiene tres de sus paredes revestidas de láminas de madera de nogal. A la derecha de la puerta, una estantería, igualmente de madera, que alberga una enorme colección de vinilos, cubre casi por entero la pared, salvo por un hueco en el centro, reservado para un carísimo equipo de alta fidelidad y un surtido mueble bar, que ocupa el extremo donde confluye con la cuarta pared, un inmenso ventanal que ocupa desde el suelo hasta el techo, con unas vistas extraordinarias al lago Elle.
El suelo forma un ajedrezado de mármol alternando piezas de blanco perlino con otras de caliza negro ébano. Una maciza mesa de reuniones de madera de caoba, con sus ocho sillones reglamentarios, se enfrenta a la estantería de los vinilos y dándole la espalda al ventanal panorámico, está la mesa de despacho del magnate, una belleza minimalista de cristal, en la que destaca una lámpara Martinelli de diseño y un iMac all one de 27 pulgadas
— Muchas gracias por venir detective Hooly — la posición social de Walby Woodward le otorgaba el privilegio de no ser interrogado en dependencias policiales.
— Señor Woodwar, no quiero robarle demasiado tiempo — habló el detective —, así que iré directamente al meollo de la cuestión.
— Sabemos que estaba usted en Austin la noche del crimen y eso lo descarta como posible autor material, pero todavía podríamos investigarle como inductor — continuó Hooley —, aunque personalmente creo que, en su posición, una apuesta de esa naturaleza conllevaría demasiados riesgos innecesarios y creo que usted no es de los que saltan al vacío, sin antes haber calculado las posibilidades de salir indemne de la aventura.
— Y piensa usted bien, detective jefe Hooley — respondió Woodward —. Verá, si bien es cierto que mi situación en la empresa va a cambiar, al menos nominalmente, la verdad es que, de facto, no van a producirse variaciones significativas.
— Asley era la presidenta del consejo de administración de Ramshaw Chemical Inc y su consorcio de empresas asociadas — siguió diciendo —. Yo era, soy todavía, vicepresidente ejecutivo, pero en realidad mi esposa no se ocupaba en absoluto del negocio; era yo quien tomaba las decisiones y así va a seguir siendo. De manera que, en ese sentido, la muerte de mi mujer no me aporta ningún beneficio adicional y, como usted puede muy bien suponer, ha sido para mí una pérdida muy dolorosa.
— Que yo lamento profundamente — intervino Hooley —, pero dígame, señor Woodward, ¿sospecha usted de alguien que tuviera motivos para querer deshacerse de su esposa?
— No, definitivamente no. Asley se movía en círculos sociales, digamos que de baja intensidad: fiestas, reuniones del club de polo, su pasión por los caballos, en fin, espacios todos ellos que, como mucho, solo podían dar lugar a pequeñas rencillas sin importancia y, desde luego, nada que justificara un asesinato.
— ¿Nos podría facilitar una lista de las personas más cercanas a su esposa? De alguna manera tenemos que seguir la investigación, señor Woodward, porque he de confesarle que, por el momento, no hemos encontrado ningún cabo suelto, que nos permita algún progreso.
— Le daré a usted todo lo que me pida, pero va a ser inútil, las amistades de Asley son por completo inofensivas.
— No le voy a engañar, Hooley — añadió el magnate —, la relación entre mi esposa y yo, nuestro matrimonio, pasaba por una fase, llamémosle, delicada, llevábamos un par de años distanciados y Asley tenía un amante: Ransley Coveney, un entrenador de caballos, que mi esposa conoció en el club de polo; llevaban algo más de tres meses de relación, por eso Asley pasaba tanto tiempo en la casa del lago.
— ¿Usted era conocedor de ello y no le importaba? — preguntó el policía.
— Verá, siempre tuvimos una relación abierta; no voy a negar que yo también he tenido mis desahogos y Asley ha sido consciente de ello. Además mi verdadera pasión es el trabajo y que mi mujer tuviera una aventura con ese cuidador de caballos, la verdad, no me quitaba el sueño.
— Como usted quiera, pero al menos tenemos alguien, un nombre nuevo del que ocuparnos en los próximos días.
— Hagan su trabajo, no sé si Coveney tendrá o no algo que ver con todo este asunto, pero le voy a hacer a usted una aportación, que puede facilitarle la pista definitiva para encontrar al culpable del asesinato de mi esposa.
— Soy todo oídos.
— La casa del lago tiene instalado un sistema de seguridad de última generación, que registra todos los movimientos, audio y vídeo, tanto dentro como fuera de la mansión.
— Sí, señor Woodward — interrumpió Hooley —, pero el sistema estuvo desconectado toda la noche; según la central, la señal quedó interrumpida a las 20:00 horas del día 5 y no se volvió a recuperar hasta que la policía abandonó el edificio tres días más tarde.
— Efectivamente, así es — dijo Woodward —, pero lo que nadie más sabe, una información que solo mi esposa y yo conocíamos, es que aún desconectado el sistema, tanto el audio como las cámaras seguían grabando en segundo plano y esas grabaciones eran subidas, directamente, a la nube; un servicio de alta seguridad, que mi esposa contrató hace tiempo y al que solo ella tenía acceso a través de contraseña. Ella misma lo quiso compartir conmigo hace un par de años. De manera que encuentren ustedes la forma de acceder a esas grabaciones y, posiblemente, den con el asesino de Asley.
— El enlace para entrar en la nube es: https://fly/%907fk/acctionfour.com, de la password no tengo ni idea, solo puedo decirle que mi esposa aseguraba tenerla guardada en su “cajita de caudales más querida”, así, literal, y no me pregunte dónde está esa cajita, porque no puedo ayudarle.
— Y si no tiene usted alguna pregunta más que hacerme, detective jefe Hooley, tengo que volver a mis asuntos. Mi secretaria le hará llegar hoy mismo una lista con todas las personas que frecuentaban a mi esposa, tanto por amistad como por algún tipo de relación profesional.
Dos ideas rondaban la cabeza del detective jefe Bob Hooley cuando abandonó el despacho del señor Woodward: la primera, que por mucho que este dijera sentirse desolado por la muerte de su esposa, la actitud emocional del magnate distaba mucho de la de un hombre atormentado por la pena; la segunda, que debía volver, inmediatamente, a la casa del lago para encontrar la “cajita de caudales más querida” de la difunta, única pista prometedora, hasta el momento, para desbrozar definitivamente aquel endemoniado rompecabezas, en que se había convertido el asesinato de Asley Woodward, de soltera Asley Ramsaw.
¿CONTINUARÁ?

JUAN JOSÉ SERRANO PICADIZO

«La caja china de pandora»
Llegué como de costumbre embriagado a altas horas de la noche, intentando atinar con la endiablada cerradura del portal. Recibí una sospechosa nota en mi buzón, lo más curioso era que no tenía remitente.
Titubeaba nervioso en mis pensamientos, me parecía muy raro que un domingo no laborable, dejarán una correspondencia. Dejé la bufanda y el abrigo colgados en el perchero de la entrada. Golpeé varias botellas de vidrio que acumulaba vagamente por el suelo. Pasé a mi habitación y me acomodé en el borde de la cama. La observé por un momento, ¿Será una multa? Pensé. La giré varías veces y la arrojé sin más preámbulos sobre la coqueta dejándola olvidada.
Desperté a la mañana siguiente con la duda, ¿Qué tendrá la dichosa carta? Me preguntaba una y otra vez. La sostuve un momento entre mis manos, la observaba por ambos lados, aguanté la respiración y suspirando suavemente, comencé a rasgar el papel.
Temblaba agitado, moviendo mis piernas tan rápido que hacía temblar de miedo la silla. El bailoteo de mis manos era incapaz de que acertara con mis dedos hacer pinza en la nota. De pronto volví en si. Tomé una botella de whisky de la mesita, dándome cuenta de que tenía abre cartas. Llené un pequeño vaso por la mitad y me lo tomé de un trago. Rasque mi garganta al mismo tiempo que daba unas palmadas y frotaba mis manos. Vamos a sacarla me dije. Estiré la nota deshaciendo lentamente las dobleces que tenía, colocándome las gafas, comencé a leerla.
— Estimado señor José Ximénez, pronto le llegará una caja muy especial desde China. No la abra, me ha costado la vida encontrarla. Le envió esta reliquia porque confío en su trabajo como arqueólogo y coleccionista de antigüedades. Le saluda su fiel amigo míster Charlie.
Posdata: No se te ocurra abrirla, puede desatar una catástrofe mundial. — Decía la carta.
¡Charlie! Exclamé en voz alta. Hacía mucho tiempo que no veía a mi amigo. ¿Para qué diablos me manda una cosa inservible? ¡Si no la puedo abrir! Replicaba indignado.
Sonó el timbre. Pregunté varias veces para saber quién era.
— ¡Señor Ximénez! me envía Charlie para hacerle una entrega — gritaba un joven al otro lado de la puerta.
— Espere un momento — respondía mientras despejaba toda la basura esparcida por el apartamento.
Los chasquidos de cristales y táper de comida a domicilio, alertaron al chico que preguntó preocupado.
— ¿Necesita ayuda señor? ¿Se encuentra bien?
— Sí, un momento, termino de asearme — Contesté para hacer tiempo.
Amontoné parte de los desperdicios bajo la alfombra, sacudía mi ropa acercándome a la entrada para dejar pasar al chico.
— Pasé, no se asuste con lo que se encuentre por el suelo — le dije avergonzado.
El muchacho, sujetaba un voluminoso chisme envuelto en un tapete de terciopelo negro.
— ¿Es la famosa caja de Charlie? — pregunté.
— Sí, me dijo que era muy preciada, que la cuidará con mi vida hasta que estuviera en tus manos — contestó muy sorprendido.
— Seguro te tomó el pelo, conociendo a Charlie — tomaba cuidadosamente la caja — Me dijo que es muy peligrosa y que no se me ocurriera abrirla — continúe con una ligera carcajada.
— Ni que fuese la mismísima caja de pandora — Insinuaba el chico con una risa forzosa.
Las ultimas palabras del joven, retumbaban repetidamente en mi cabeza. La caja de pandora…, susurré en voz baja. No creí capaz al ingenuo de Charlie, haber encontrado tal misteriosa caja. Mucho menos creía que mi mejor amigo me engañara con su revelación. Volví a sentirme inseguro, la situación me empezó a inquietar. Coloqué la caja sobre una repisa que dormía colgada en la pared. Acompañada de una esfinge bañada en oro y dos antiguos candelabros bizantinos. Los leves rayos del sol que entraban atrevidos por la ventana, hacían de focos de un escenario imaginario enfocando directamente a la protagonista. Dejándome atrapar por un oscuro trance, comencé a quitar el pequeño nudo de un cordón. Despojé lentamente de sus vestiduras a aquella maravillosa caja.
— Señor Ximénez, me marcho ya. Tengo también este número de teléfono que me entregó Charlie para usted — Interrumpió el joven.
— Creí que ya te habías marchado. Cierra la puerta al salir — dije señalando la salida.
— Ha sido un placer señor — se despidió el chico.
— Igualmente, dale recuerdos a Charlie.
Apoyé una mano acariciando los relieves de la caja. Volví a caer envuelto en aquel confuso trance. Miré la caja con ojos desorbitados, recordando un sueño que me descompuso por completo dos días atrás. Me resulta muy familiar, me parece haberla visto antes, pensé. Continúe retrocediendo mis pasos sin perder de vista la caja, buscando mi sillón de lectura. El cómodo sillón se encontraba justo en medio de la ventana y la repisa. Situado sobre una yacente alfombra africana de colores grises. Le acompaña una pequeña mesita de tres pies, con una insignificante lámpara de estilo barroco, que hacía juego con la alfombra.
Me senté sin dejar de mirar la caja, dejé caer todo mi peso sobre el sillón. El trapo de terciopelo negro, colgaba de mi mano haciendo movimientos pendulares. Repose mi cabeza hacía atrás, dirigiendo la mirada al techo. Perdí totalmente la noción del tiempo, quedando eclipsado con las gotas de cristal de la lámpara de araña, que también era de estilo barroco. Empecé a recordar el sueño.
Dormía plácido tras un día más de embriaguez en el sillón de lectura. Escuché como susurraba mi nombre. Una bella mujer de rasgos asiáticos, con un fino pijama de satén negro y anaranjado. Se acercaba despacio con bellos pasos muy sensuales. En sus manos sostenía una caja, a la que hacía señales, rozando sus dedos sobre un mecanismo de ingeniería antigua. Me pedía con la mirada y una voz cautivadora que me dominaba que la abriera. La mujer siguió acercándose sentándose sobre mis piernas. Dejó la caja justo entre los dos y acercó sus labios con los míos. La miré a los ojos, viendo cómo sus cuencas se hacían más profundas y sus ojos cambiaron a los de un reptil. Sacó de repente una gran lengua con una baba oscura y viscosa. Sin poder mover un solo músculo de mi cuerpo, introdujo el asqueroso miembro en mi boca llegando a asfixiarme. Desperté dando arcadas y vomité sobre la alfombra. Sin darme cuenta, me limpié con un fino trapo de terciopelo rojo que tenía en mis manos. Al verlo me descompuso, no sabía de dónde había salido. Lo dejé sobre la repisa y me llamó la atención el alboroto que escuchaba en la calle. Me acerqué a mirar por la ventana detrás del visillo. Las calles estaban cubiertas por una capa de niebla gris, donde sólo podía ver el reflejo de unas llamaradas que salían de muchas de las casas. Los pocos transeúntes que por medio de la niebla era incapaz de ver, parecían alarmados y gritaban de miedo. Algunos peleaban y saqueaban escaparates de las tiendas. Lo más curioso es que todos llevaban puesta una mascarilla tapando su rostro. Parecía que se había originado una guerra, o pandemia. Asustado y nervioso por lo que había visto, me volví hacia atrás tropezando con una de las patas de la mesita del sillón. Del sobresalto, desperté sudado y con la boca seca en mi cama.
¡Claro! Exclamé. Era la misma caja del sueño. Ya recordé porque me era muy familiar. La caja es de color granate, con relieves hechos a mano. Tiene unos apliques de oro a cada esquina y patas, imitando la forma de la corteza de un árbol, acabando con la forma de cabeza de dragón. En los ojos de cada dragón, tiene incrustadas pequeñas piedras preciosas. Dejé caer el trapo sobre la caja. El tiempo se me echó encima. Decidí salir a tomar un trago para reponerme de tantas incógnitas.
Como siempre volvía mamado sin saber a qué hora llegaba a casa. Entré por la puerta con un cartón de vino en la mano. Lo bebí de un trago y lo lancé por el suelo. Me tambalee por el mareo que me producía la borrachera. Tomé asiento en el sillón de lectura, quedándome dormido. No había pasado una hora, cuando escuché una voz femenina susurrar en varias ocasiones mi nombre. Abría los ojos incomodo por los destellos de la luz, seguía sufriendo las consecuencias del alcohol. Miraba algo mareado a la misma mujer que apareció en mi otro sueño. Cogía la caja de la repisa y repitiendo la misma acción de la otra vez, se acercaba repasando el relieve de la caja con sus dedos. Señalaba el mecanismo de seguridad pidiendo que lo abriera. Acercaba lentamente sus labios juntos a los míos, sacando de nuevo la repugnante lengua babosa. Probaba a levantarme muy nervioso, sin poder moverme. Noté como mi corazón se aceleraba a punto de salirse del pecho. No pudiendo hacer más nada, me desmaye asfixiado.
Desperté de nuevo en el sillón muy sudoroso, mareado y con unas ligeras náuseas. Vomité en la alfombra. Noté el pañuelo de terciopelo sobre mi mano y mirando a la caja, me limpié los restos de la boca. ¡Está abierta! Exclamé, la caja se encontraba abierta. Miré rápido el tapete que sostenía en mi mano, averiguando que era de color rojo. Me dirigí hacía la ventana como en mi otro sueño. Cuando escuché un sonido extraño como el de una alarma. Noté una vibración continua en mi bolsillo. De pronto desperté por completo del sueño con la luz apagada.
Buscaba el tirador para encender la luz de la mesita, dejando el trapo de terciopelo negro sobre ella. Saqué rápido el móvil del bolsillo, en el cual tenía una llamada de un número desconocido. Muy confundido miraba asustado a la mesita. ¿Qué coño? ¿Qué hacía con ese trapo en mi mano? Me preguntaba aturdido. Giré mi cabeza para dirigir la mirada a la misteriosa caja. ¡Está abierta! Sonó de nuevo el teléfono.
— ¿Quién eres? — pregunté.
— ¿¡Cómo qué quién soy!? No has guardado el número que te he dado — Contestó el desconocido.
— ¡Charlie! — exclamé confundido.
— ¡Sí! Zopenco, la he liado buena — dijo Charlie muy nervioso.
— Tú, el que la ha liado he sido yo — le dije titubeante.
— No, ¿cómo qué la has liado tú? — preguntaba sorprendido.
— ¡Charlie! Soy un estúpido y asqueroso alcohólico. No pego un palo desde hace cinco años. ¿Cómo me mandas una caja qué puede hacer tal cosa? Sin darme cuenta…, sin querer…. la he abierto — le conté disminuyendo la voz en el final.
— Ja, ja, ja, ja…. ¡La caja es una imitación china! Me confundí al mandarte la auténtica. El qué sin querer la ha liado he sido yo. Se la enseñé a un comprador y sin querer le accioné el mecanismo. No has visto las noticias, he dejado escapar un virus mortal que acabará con la humanidad — anunciaba Charlie con una risa nerviosa.
— Espera y pongo la tele, todavía no te creo — dije cogiendo el mando del televisor.
Me senté temblando en el sofá del salón, sin despegar el teléfono de mi oído.
Se encendió, apareciendo un canal a la suerte, hacía tiempo que no veía la tele.
De pronto escuché la noticia que me heló por completo la sangre, el desastre de una pandemia como mi sueño predijo.

 

 

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19 comentarios en «¿Abro la caja? – Miniconcurso de relatos»

  1. Mi voto es para Luisa Vázquez » la protagonista por mal pensar » y para Rafael Rosas Aguilar » traumas e inseguridades» .

    Responder
  2. Servando Clemens, sin duda; ha conseguido compactar guerra, locura y felicidad en pocas lineas.
    Menciòn de honor a Mr Monster y aplausos a todas las entradas.

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