El cartero de Tali

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir con el tema “el cartero de Tali”. Estos son los relatos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves día 18 de abril! (Solo un voto por persona. Este voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos).

*Todos los relatos son originales (responsabilidad del autor/a) y no han pasado procesos de corrección. El ganador se anunciará en el grupo de escritura creativa Cuatro Hojas de Facebook.

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

«El cartero Feliros»
La pequeña Cris, vivía en un pueblecito chiquito llamado Saralejos , sito en la espalda de la sierra de Monteconocido.
Allí en aquellos parajes olvidados del mundo mundial, la comunicación llegaba a través del cartero Feliros y de su burroTresreales de siempre éste muy rebuznador.
El cartero Feliros repartía el correo en Saralejos tres días a la semana.
Las otras horas de su trabajo Sagrado las pasaba en el trayecto que va desde la estación del tren «Tejadilla» en donde recoje el correo y, el camino interminable que le lleva a Saralejos, pesando como es natural por sendas de naturaleza virgen ya que las ideas de progreso del hombre estudiado no han llegado aún a ese lugar de belleza única…
La pequeña Cris esperaba impaciente la llegada del cartero, con la esperanza de recibir, por fin su libro de cuentos regalo de su madrina y, mandado también por ella a través de correo al pueblo.
_¿Qué no pequeña – le dijo el cartero-que no traigo ningún libro repite Con amor -, todo lo que llevo en la morrala son cartas.
Tresreales rebuzno con grito hablado.
Cris al oír la lengua hablada del burro ríe con gana. Por tal motivo el cartero le dice-mira pequeña mi burro Tresreales – está preparado pera ser cartero como yo. De aquí te digo, que si a mi me sucede algo, de seguro ocupará mi puesto…
Un día de camino al pueblo Feliros oye claramente como dentro de una carta sale una vocecilla. Sorprendido le preguntó al burro-¿Oíste algo Tresreales?
El animal le contestó – es la voz del duendecillo castigador…
Feliros al oír tales palabras se echó a reír…
De seguida le dice al burro – ¿Tienes más imaginación que la mitad de la gente de esta Nación? De nuevo la voz se deja oír.
La curiosidad del cartero Feliros por abrir el sobre de la carta es de
100%100.
Tresreales – le dice a Feliros recuerda tu trabajo es Sagrado, no debes abrir el sobre…
Feliros al abrir la carta su prestigio perdió y, castigo del duendecillo recibió. Su persona de piedra se convirtió…
El burro Tresreales del suelo la morrala recogió y, como cartero noble, al pueblo de Saralejos llegó.
Cris salió a su encuentro su corazón le decía que el libro de cuentos mandado por su madrina hoy lo
recibía, y así ocurrió.
Tresreales rebuzno y, con grito hablado le entregó el sobre grande en donde escrito – decía libro de cuentos pera Cris. 


JOSÉ LUIS GONZÁLEZ MISERQUE

La maldición de Talí

Miró la carta. *Para Talí, espero disfrutes tu regalo* ponía en la parte de adelante del sobre con tinta roja. Sus compañeros no dejaban de mirarlo con lastima, algunos hasta pusieron sus manos en su hombro por unos segundos sin decir nada. Respiro profundo, la guardo, ajusto su bolsa y marcho hacia su destino.

Entre los 27 carteros de la oficina, le había tocado a él entregar la carta de Talí.
Pero no era casualidad. Tampoco tarea sencilla ni afortunada. Corrían rumores sobre Talí…

En los últimos seis meses, cinco carteros habían renunciado después de llevarle sus cartas.
Tres habían perdido el juicio y necesitaron ser internados en un manicomio.
De otros dos no se volvió a saber nunca más. Como si se los hubiese tragado la tierra.
Desde entonces a nadie le gustaba llevar las cartas de Talí. “La maldición de Talí” habían comenzado a llamarla.

De camino hacia allá caía en cuenta que nadie nunca la había visto, ¿Era acaso hombre? ¿Mujer? ¿Era joven o alguien de edad? Ensimismado en estos pensamientos, Jorge llego al barrio que figuraba en sus indicaciones sin siquiera darse cuenta.

La casa era grande y vieja, una cerca de madera podrida adornaba su entrada, el césped descuidado estaba tan alto que llegaba a los hombros, y un olor nauseabundo e indiferenciable dificultaba la respiración. ¿Metano? Nada raro que hubiera fugas de gas en aquel lugar.

Víctima de sus pensamientos un auto casi lo arrolla al cruzar la calle. -¡Cuidado imbécil!- Grito él conductor sin detener su marcha. Jorge se incorporó, al llegar a la otra acera el sonido estruendoso de un golpe en seco lo hizo detenerse, la gruesa rama de un árbol cayó a su lado. Evitando por milímetros ser aplastado, decidió seguir su camino.

*Cuidado con el perro* Decía un cartel en la entrada.
Pero no se veía ningún perro en el jardín, nada podía distinguirse entre la espesa maleza. No había buzón. Ineludiblemente debía entrar y seguir el camino de piedra hasta la puerta.

Miedo. Eso creía que sentía. Sin embargo, volvió a respirar profundo y siguió adelante.
El camino de piedra apenas podía distinguirse entre tanta flora, algunas plantas rozaban su cara a medida que avanzaba. Ciego por la naturaleza, no paso mucho tiempo hasta que Jorge se dio cuenta que aquel camino no conducía hacia ningún lugar.

A lo lejos, un ladrido, ¿El perro?, No, era mas fuerte. Su corazón salto. Se escuchaba cada vez más cerca…
¿Qué era eso que sobresalía en el piso?, se acercó, al darse cuenta de que se trataba de una mano humana sintió miedo de verdad. Esta vez estaba seguro. El corte no había sido limpio y los huesos sobresalían de su base. Empuñaba una carta entre sus pálidos y rígidos dedos. Por instinto Jorge tomo la carta y echo a correr adentrándose en la maleza.

Ciego por las plantas Jorge tropezó con algo que lo hizo caer. La carta que había recogido cayo al suelo delante de sus ojos. En su frente, escrito con tinta roja ponía:

*Para mi querida Talí, espero te estés alimentado muy bien*

Los ladridos se habían convertido en gruñidos. Unos ojos escarlatas resplandecían entre los matorrales. Solo los afilados colmillos que estaban debajo eran más impresionantes. Pronto Jorge se dio cuenta que hubiera sido mejor morir arrollado por un auto o aplastado por una rama. Y lo supo, era metano… el olor de los muertos.


MARCELINO TORRECILLA

Lo que el viento regresó (El cartero de Tali )

Muy pocos envidian a los barrenderos del Medio Oriente, mucho menos después que cae una pesada tormenta de arena. La tarea de barrer polvo del desierto es ardua, ya que les toca a estos incansables servidores deshacerse de toneladas de arena que se resisten a desaparecer de las calles.

Por otro lado, dentro de la naturaleza de su trabajo, quienes limpian las calles en esta esquina del mundo han sido silenciosos protagonistas de acontecimientos que han marcado el diario vivir del impredecible Medio Oriente. Más de uno de ellos tiene una buena fábula que contar.

Muchas historias se han tejido acerca de los objetos que los barrenderos han encontrado en su tarea de limpieza, después que el rigor de los vientos ha amainado su intensidad. Se cuenta que muchos de los objetos que las tormentas devuelven, han ayudado a descifrar acertijos históricos de la cotidianidad árabe-beduina. Los objetos representan eslabones perdidos que la naturaleza ha regresado en forma espontánea.

Acerca de las variadas piezas y artículos devueltos –entre cachivaches y pequeños tesoros– se afirma de la aparición de un daguerrotipo de una reina jordana –de quien no se tenía un claro registro gráfico–, que ayudó a precisar su último paradero y la posible causa de su muerte.

Coloridos frascos de exóticos perfumes recuperaron complejas fórmulas de fragancias persas, que se habían dado por perdidas un buen tiempo atrás. La extraviada daga de Abdulrahman –con la cual se afirmaba habían asesinado, en el siglo 19, al jefe de una delegación portuguesa en Bahréin– esclareció un crimen por años irresuelto. Una tiznada cafetera de plata –de la cual se aseguraba habían usado en la tregua de la batalla de Dibah– determinó las preferencias de bebidas de los bandos en contienda. Un objeto más reciente fue una diminuta lámpara de Aladino, de la cual se dice terminó colgando como pieza decorativa del espejo de un taxista en el Cairo.

Pero con toda certeza, de todos los objetos restituidos por el desierto el que más se recuerda es un antiguo estuche que contenía una carta de amor. La carta la había escrito un joven llamado Ahmed Abdullah a su novia Fátima Ali. Sobre el idilio, cuenta una leyenda que los jóvenes sostenían una muy difícil relación, ya que pertenecían a tribus rivales: Ahmed a los Bani Qitab y Fátima a los Bani Ka’ab.

El amor de la pareja era tan intenso y sincero, que ya todos estaban enterados, y comenzaba a influenciar inclusive a los grandes jeques de ambos clanes. La relación se dio durante un largo periodo en el cual las dos tribus mantuvieron cercanía geográfica por intereses comerciales. Tiempo después, el romance se convertiría en una oportunidad de oro para que ambas tribus depusieran milenarios odios y rencores. Sin embargo, posteriores acontecimientos decidirían algo diferente.

Siguiendo un riguroso protocolo, era de trascendental importancia que los jeques de la tribu Bani Ka’ab –a la cual pertenecía Fátima– recibieran una carta del pretendiente reafirmando su amor por la mimada joven. De esta manera, se formalizaría el inicio de la relación.

Para infortunio de todos, la carta nunca llegó a su destino. Se cuenta que una gigantesca tormenta de arena devoró al cartero –llamado Khalil Sallam– y al camello que llevaban el trascendental documento. Del noble animal y de Khalil Sallam nunca se supo nada más. Desaparecieron sin dejar rastro, según consta en registros históricos que hablan de «…una intensa búsqueda del cartero Khalil y su camello».

El no arribo de la carta a los bastiones de los Bani Ka’ab la tomaron estos como una afrenta que atizó su animadversión hacia los Bani Qitab.

En realidad, en la tribu de los Bani Ka’ab nunca se enteraron de la tormenta, ni del percance sufrido por el malhadado cartero beduino. El siniestro había sucedido a algunos buenos kilómetros de distancia, en lo que era todavía territorio de los Bani Qitab. La acrecentada condición de nómadas de ambas tribus los alejó geográfica y socialmente, circunstancia que malogró la posibilidad de un esclarecimiento y una reconciliación.

Al final, tanto Ahmed como Fátima terminaron casándose con miembros de sus respectivas tribus, y ambos fueron felices, muy a pesar de todas las vicisitudes.

El relato finaliza diciendo que… «Cien años después, al terminarse una tormenta de arena, el antiguo estuche con la carta de amor vino a parar en una bolsa de recolección de un barrendero paquistaní. El trascendental hallazgo se hizo al lado de una congestionada autopista en las goteras de la ciudad de Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos».

El estuche con la carta se convirtió en una invaluable pieza de recuerdo que los dos clanes hoy comparten.

La historia de amor de Ahmed y Fátima, acaecida en algún rincón del Macondo árabe, hace ahora parte de la memoria colectiva de los descendientes de las tribus enemistadas siglos atrás. Hoy, ellos disfrutan de paz y armonía absolutas.

Solo lamentan que sus antepasados hayan perdido tantos años de felicidad.


KARLOS WAYNE

Primer viernes del mes y Tali ya está nerviosa. Pero son nervios sanos, nervios de emoción, de alegres mariposas revoloteándole los intestinos. No puede evitar sonreír ante la ridícula cursilería de esas supuestas mariposas. ¿Quién lo iba a decir? Ella, bióloga, investigadora de prestigio, científica, con más trato con ratones blancos y órganos de cerdo que con sus congéneres humanos. A ella, que por tener más tiempo para enfocarse en su trabajo decidió mudarse a un pueblo abandonado, con su laboratorio inteligentemente adaptado a un viejo establo.
La próxima semana le tocará coger el coche y acercarse al Mercadona más cercano (17 kilómetros de autopista) para llenar la despensa y la nevera hasta el siguiente mes y ya nota la molestia celular de tener que socializar; incluso pedir la vez le supone un esfuerzo sobre humano. Quiso aislarse del mundo y lo consiguió. Nadie creyó que duraría más de un mes allí sola. Y a punto estuvieron de tener razón, hasta que un desconocido la encontró (o un conocido pretendiendo ser anónimo) y comenzó a escribirle cartas. Pero cartas de las de antes, de las de papel, en un sobre, con sello.
Las cartas no empezaron siendo de amor, más bien mostraban admiración por su trabajo, lo que enseguida alimentó el ego de la doctora Natalia Sander quien, por supuesto, valoraba más la inteligencia de su supuesto admirador que las adulerías más o menos elaboradas que de vez en cuando se colaban entre líneas. Durante poco más de un año el cartero, que solo pasaba por allí los últimos viernes de cada mes recorriendo la zona, le traía la carta. Sobre blanco, sello en la esquina superior izquierda y sin remitente. Y Tali no tardó mucho en comenzar a recibir la dichosa carta sin apenas emoción, aunque a veces casi agradecía la distracción. Algo que la sacaba de la rutina.
Y las cartas duraron eso, poco más de un año. Dejaron de llegar, el tipo se cansó. Incluso pasó por su cabeza calculadora científica, tratando siempre de encontrar una razón lógica y viable, que igual fue todo una broma de alguien del laboratorio para el que trabajaba… Nunca lo supo y nunca le importó demasiado. Y desde luego tampoco le importa ahora.
Es el último viernes del mes y son casi las 10am. Se ha puesto el camisón de seda azul, ha sacado de la nevera la botella de cava y la ha colocado con delicadeza en la cubitera. Ha cerrado los ventanales de madera, no por que le molestase la luz, no, las cierra para poder iluminar la estancia con las velas aromáticas que ella misma ha fabricado en sus ratos de ocio, en su pueblo abandonado donde solo vive ella con sus ratones blancos. Oye la furgoneta de Correos acercarse por la calle empedrada y sonríe nerviosa.
Las cartas de aquel admirador nunca volvieron, pero el último viernes de cada mes, el cartero de Tali llama a su puerta y le trae otras buenas nuevas.


EDRAS GERSON

Corrian el principio de los años 30, se amenazaban con golpes de estado,un país revuelto,sufragistas luchando por sus derechos en un pais reinado por hombres.
Ahi se encontraba aquella chica de pueblo,sumergida en la magia de la gran ciudad,como un pececito en acuario saliendo de su pecera pequeña.Fue en busca de una vida,de oportunidades incluso de fortuna,pero esta le llegó cuando al intento de un robo,un joven salió en su auxilio,quiso ayudarla y le devolvió ese bolso donde estaba todo lo necesario para poder sobrevivir en la gran ciudad.
Salió corriendo del miedo y lo único que le quedó aquel joven era el nombre completo de aquella joven.
No paró ni un instante en buscarla,hasta que descubrió que trabajaba en aquel taller de costura.Queria hablar con ella y la forma que encontró fue escribirle.
El cartero de aquella zona fue cómplice de aquella conquista,le daba las notas más hermosas aquella joven,que poco a poco se fue enamorando de su linda prosa.
Pasaban los dias y la joven miraba por aquella ventana de su pequeño taller,rodeada de trozos de tela,esperando a su cartero de tali como ella lo bautizó a que le diera esas notas de amor,del joven desconocido que esa noche le devolvió el bolso,pero a su vez es un gran delincuente por haberle robado el corazón.


DEBATAY CHANCLA

LA ESPERA
-¿Aún no?
-No.
-Relájate.
-Ay, no es tan sencillo.
-Me estás contagiando.
-¿El qué?
-Tus nervios. No te muerdas las uñas.
-Para ti es sencillo.
-¿Quieres un vaso con agua?
-Gracias. Son ya muchos días.
-Seguro que llega.
-Y si se ha perdido.
-Acuérdate de año pasado.
-Ya.
-Tardó pero, llegó.
-¿Han llamado a la puerta?
-Nooo
-Dime que todo irá bien.
-Ya te lo estoy diciendo.
-Pero dímelo con esas palabras.
-Todo irá bien.
-Qué poco creíble resultas
-¿y qué quieres?
-Hay algunos que lo tienen ya dos semanas.
– y tú pronto lo tendrás.
-Y si me lo han robado en correos.
-qué cosas piensas.
-podría pasar.
-Estamos en otro continente .
-Es verdad.


ROSA MARÍA JIMÉNEZ MARZAL

Hace días que ansioso esperas al cartero, que miras el buzón con la confianza ciega de encontrar la carta que te diga que su marcha no fue un para siempre.
Tranquilizate!!! Debes saber que las buenas personas están ahí fuera, es absurdo este en cerramiento tozudo porque te topaste con una tóxica que te hundió abandonandote después.
Lo sé… Era distinta, increíble… Era ella. Pero realmente no la conocías en sus aristas más profundas, no somos capaces de entender los equilibrios emocionales que gestiona cada uno para sobrevivir. Acercarse demasiado es un riesgo a ser atrapado por la novedad del otro y su cautivador envoltorio.
No esperes al cartero, sal a la calle y busca el latido, el palpito que algunas personas nos producen sin intención alguna.. Ahí está la vida, el amor…. No en una carta de alguien que huyó sin mirar atrás.
Recuerda que la tristeza es más poderosa que la felicidad y por eso nos atrapa en la nostalgia de un pasado impidiendonos ir más allá.
Sabes? Lo importante, lo más importante no se ve. Debes intuirlo, buscarlo a ras de sentimiento porque nadie será como ella, no estamos fabricados en cadena, somos imprevisibles, distintos, cambiantes.
No esperes al cartero porque no te escribirá… Quien sale como un ladrón no vuelve sobre sus huellas. Así que confía, cree, espera, ve a ciegas, date tiempo, espacio, silencio… Sonríe confía…
No esperes al cartero.


FUEN CALDERÓN ROMEO

Desde que Tali había perdido a su madre, con tal sólo 11 años, parecía querer aislarse del mundo. Hija única, para Tali su madre lo había sido todo ya que apenas guardaba relación con su padre, siempre embarcado en sus viajes de negocios y sin apenas tiempo para disfrutar de la pequeña. Tali tenía la sensación de no conocerle y, por supuesto, de que él no la conocía en absoluto. Cuando su madre murió su abuela paterna fue a vivir con ellos para quedarse a cargo de ella mientras su padre andaba de viaje por esos mundos.
Antes de morir su madre había hecho construir un laberinto en el jardín, un laberinto de bojs donde Tali solía perderse horas y horas evocando los momentos que había pasado con su madre jugando a diseñar sus calles y colocar su centro en el que simplemente había una mesa redonda de piedra con unos bancos alrededor también de piedra, donde ambas pasaban largas horas en verano al fresco de aquella vegetación. Con la pérdida de la persona que más quería en el mundo aquel laberinto se convirtió en su refugio. A menudo desaparecía durante horas sin que su abuela, una mujer ya mayor, se molestara en buscarla pues ya había tenido que socorrerla en varias ocasiones al perderse provocando el regocijo de la niña al creer que ella y sólo ella conocía como la palma de su mano aquellas intrincadas calles.
Pero, un día, Tali encontró encima de la mesa del laberinto un sobre con una carta. Mirando en todas direcciones sin ver ni un alma no se imaginaba quién podía haber dejado la misiva en su refugio lugar secreto. Era un sobre rosa y al abrirlo se encontró una tarjeta llena de rosas con una simple frase: “Tu lugar favorito en el mundo es este laberinto”. No llevaba firma. Intrigada Tali se dirigió a casa para preguntar a su abuela sobre la procedencia de aquel sobre. Pero la abuela, como siempre, no sabía nada.
Al día siguiente, nada más salir del colegio, Tali se dirigió al laberinto. Y, para su sorpresa, se encontró un nuevo sobre encima de la mesa. Esta vez el sobre era de color lavanda y, en su interior, una tarjeta llena de flores de lavanda con una nueva frase: “Tu color favorito es el color lavanda”. Intrigada, se sentó esperando ver aparecer a alguien, hasta que, a punto de anochecer oyó las voces de su abuela llamándola.
Durante diez días seguidos Tali encontró un sobre con una tarjeta dentro, cada día de un color diferente, cada día con una flor distinta y una frase que hacía referencia a algún aspecto del carácter o los gustos de la niña: “Tu libro favorito es Alicia en el país de las maravillas”, “Además de leer te gusta dibujar flores de muchos colores”, “Te gusta mucho bailar pero no te gustan las lecciones de piano”, “A veces lloras en la cama cuando crees que nadie te oye”, “Guardas un diario secreto en alguna parte de este laberinto”, “Sueñas con hacerte mayor y ser una gran diseñadora de jardines”, “Te encanta comer dulces, el postre es siempre tu plato favorito”, “No te gustan nada tus pecas así es que intentas aclararlas con leche”, “Te dan miedo las arañas “ Para alguien eres lo más importante del mundo aunque no sepa demostrártelo”. Esta última tarjeta dejó a Tali profundamente conmovida y la hizo pensar en su padre. Pero no podía ser porque llevaba casi dos semanas de viaje así es que no podía ser él el responsable. Para Tali era un misterio que estaba dispuesta a resolver. Necesitaba saber quién era la persona que estaba dejando aquellos sobres. Tenía que ser una persona que la conociera bien pues todas las frases eran ciertas. También debía ser una persona que conociera a la perfección las intrincadas calles del laberinto además de los horarios de su rutina. Al día siguiente no tenía colegio, así es que le diría a su abuela que iba a pasar el día a casa de una amiga y se escondería esperando al cartero.
Y así fue. Tali se levantó temprano, llenó su mochila con algo de comida y bebida, una manta, un libro, un cuaderno y sus pinturas y, sin que nadie la viera, se dispuso a esconderse entre los bojs esperando sorprender a la persona que había dejado esas cartas.
Cuando parecía que llevaba allí una eternidad escuchó pisadas y el ruido del cortasetos que se iban acercando donde estaba. -El jardinero debe estar trabajando- pensó. Y de pronto una lucecita se encendió. ¡Claro!, ¡era el jardinero! Pero… ¿por qué? Era un hombre ya muy muy mayor que llevaba toda su vida trabajando con la familia. Pero ¿por qué sabía tantas cosas de ella? Agazapada entre los arbustos vio perfectamente al jardinero dejar un sobre, esta vez de color amarillo, encima de la mesa. Entonces Tali salió de su escondite: ¡Te pillé! El jardinero se sobresaltó tanto que cayó de culo quedándose sentado en uno de los bancos de piedra.
– ¡Por Dios criatura qué susto me has dado! -dijo llevándose las manos al pecho.
– Perdóneme – le contestó Tali. Necesitaba saber quién me estaba dejando las cartas y porqué. Y ahora sé que ha sido usted. Pero ¿por qué?
– No puedo decirte nada criatura. Sólo sé que prometí no decirte de quién eran
– Pero por favor, necesito saberlo- contestó Tali.
– Sólo te puedo decir niña que queda un solo sobre. Ven al mediodía y mañana sabrás quién y porqué.
Tali cogió el sobre amarillo dentro del cual había una tarjeta llena de narcisos con una frase: “Quien te mira desde su corazón conoce tu alma, aunque tú no lo veas”. Profundamente emocionada guardó la tarjeta sabiendo que al día siguiente conocería quién había escrito todas aquellas tarjetas.
Pasó toda la noche pensando y elucubrando quién podía estar detrás de aquel misterio. Cuando llegó el momento de dirigirse al laberinto le temblaban las piernas y estaba hecha un manojo de nervios. Llegando al centro acertó al vislumbrar una figura que parecía la de su padre. ¡Su padre!
– ¡Eras tú papá! Tú me has mandado todas esas cartas.
– No cariño, no he sido yo – contestó su padre. Yo también las he recibido y pensaba que habías sido tú quien me las había mandado a mí.
– No, yo no he sido papá. Pero si no hemos sido, ¿entonces?
Ambos se dieron cuenta de que en la mesa había un sobre. Un sobre con los colores del arco iris. Dentro una tarjeta con flores de mil colores…y la letra de su madre:
“Queridos míos: Dispuse todo lo necesario para que os fueran entregadas estas cartas cuando yo faltara. Me hubiera gustado poder disfrutar más tiempo de vosotros, pero no me fue posible. Si leéis las tarjetas cada uno del otro os daréis cuenta de que tenéis en común muchas más cosas de lo que os podéis imaginar. Compartidlas y convertid en costumbre recordaos el uno al otro lo que os queréis y espero que podáis llegar a conoceros y amaros tanto como lo hice yo. Cuidad el uno del otro. Y aquí os dejo mi última frase. Cuando dos personas se aman eligen caminar juntos a pesar de las dificultades, de las ausencias. Caminad juntos. Yo os estaré esperando. Con todo el amor del mundo os quiero y os querré siempre”
No hicieron falta más palabras. Ambos, visiblemente emocionados, se fundieron en un largo abrazo.
Y, desde aquel día, Tali siempre encontró un sobre en el laberinto. Destinataria: ella. Remitente: su padre. Y el cartero, el cartero siempre había sido el amor de su madre hacia ambos.


ALBERTINA GALIANO

Se acerca la hora de comer y Tali sigue pegada a la ventana, esperando al cartero.
Necesita ese libro entre sus manos; tocarlo, beberlo con los ojos, sentir que forma parte de él, buscarse dentro…
¿Por qué el retraso?

A un par de kilómetros una disputa en la oficina de correos de la pequeña localidad desbarata la anodina calma habitual del recinto.
Dos hombres discuten, acaloradamente. No es la primera vez, pero si la más violenta.
Alguien intenta poner paz, y el que está más alterado opta por salir del local, a grandes zancadas, dejando tras de sí un remolino de desconcierto, y de cartas que vuelan fuera de sus sobres…

No hace más que pisar la calle y un coche se le echa encima.
Quien va al volante da un grito de espanto, mientras por instinto pega un pisotón al freno.
Tarda poco en llegar la policía, y al momento también dos ambulancias.
El conductor, ahora fuera del coche, sacude la cabeza entre sollozos y aspavientos, mientras habla por el móvil, visiblemente afectado.
Hace dos llamadas; la segunda es a su casa.

Tali contesta al teléfono, e intenta tranquilizarle:
-Voy para allá.
En diez minutos se planta en el lugar de los hechos; abraza a su marido, imbuída por la tensión del momento, olvidando los rencores y enfados de los últimos meses.

Entra en la oficina postal y pide un vaso de agua.
Mientras espera, le sorprende ver una saca de correos en el suelo, abandonada con descuido.
-¿Qué ha pasado?- pregunta, intentando atar cabos.

Una espantada trabajadora, arrinconada tras el mostrador, responde llorosa:
-Tiene problemas con la bebida, pobre hombre… desde que se separó de su mujer no levanta cabeza; llega tarde, no cumple las rutas, ¡está fatal!

Tali medita un rato; efectivamente se trata de una localidad demasiado pequeña…
Mira a través de la puerta de cristal a su marido, justo en el momento en que aparece en escena una atractiva mujer, tremendamente emocionada, que se abalanza sobre él y le abraza un instante, para acto seguido dirigirse hacia el que yace en la camilla.

Tali, extenuada, se sienta en el suelo junto a la saca abandonada, donde probablemente dormite su ansiado libro. Controlando un deseo irrefrenable de buscarlo, apoya la cabeza en la pared, masajeándose las sienes y piensa… ¿Me valdrá ésto para el tema de la próxima semana?


TALI ROSU

Esta mañana recibí una carta que decía:

“Vosotros me dotasteis con el don de la palabra, privilegio que no han tenido otros objetos que, como yo, han decidido descubrir mundo. Las historias que hay contadas sobre mí forman parte de mi más pura esencia, pero las sé todas de memoria. Necesito saber más.

Puedes estar tranquila porque te aseguro que volveré, es solo que ahora mismo necesitaba unirme a esta pandilla. ¿Has oído hablar de los objetos viajeros? Si no has oído hablar de ellos, seguro que alguna vez has perdido algo muy preciado que después de mucho tiempo, después de creerlo perdido para siempre, un día, sin esperarlo si quiera, vuelve. O, ¿te has fijado que hay objetos que te encuentras y siempre terminas perdiendo?

Esos son los objetos viajeros, los nómadas hambrientos de nuevas aventuras. Esperan a ser encontrados y, cuando consideran que hay que ponerle punto y final a la historia, vuelven a perderse para que los adopte otra persona, y otra, y otra, y muchas más.

Cuando se cansan de viajar, simplemente vuelven al primer lugar en el que se sintieron realmente bien, donde les cogieron cariño, donde cada día, desde que se fueron, los echan de menos.

Yo soy un libro grupal y pertenezco a todos vosotros, pero ten por seguro que volveré a ti, porque sé con certeza que guardas un espacio en tu corazón tan solo para mí.

Volveré.

Atentamente: 27 Luces y Sombras”

Al terminar de leer la carta, no pude evitar sonreír.


 

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9 comentarios en “El cartero de Tali”

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