Ibuprofeno – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «ibuprofeno». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 19 de mayo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

 

CORONADO IN-MEMORIAM

Escribo versos, ¡anda que no!
y si hace falta me tiro al suelo.
Voy a por un octavo de leche,
que al niño le falta suero.
Con la venia me levanto,
que si cojo frío me muero.
Los señores comprenderán
que con el molino yo muelo.
Tengo que arroparme la cabeza
a ver si acaba pronto el duelo,
que el azafrán llega en patera
hasta la desembocadura del Duero.
Las plañideras se han callado,
tienen ya bien repleto el cuero,
entre enaguas y combinaciones
veo la ocasión y me cuelo.
Y recuerden compays, que el Ibuprofeno
en exceso, vuelve al escritor un escritorzuelo.

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

Llena de dolor sollozo.
Soy adicta al Ibuprofeno.
Amanece el día. Los primeros rayos del sol se cuelan por la rendija de la persiana de mi alcoba indicándome que la vida me sonríe.
Así pues tengo que levantarme del lecho y dar a la esistencia algo de lo que soy, ya que recibir se compensa con dar.
Pero qué pasa con mi cuerpo dolorido. Son los años el causante de mi deterioro.
Más la caja del Ibuprofeno está junto a la taza del café.
El café con leche y esa tostada con mantequilla protegen mi estómago del medicamento del Ibuprofeno.
Que tendrá esa pastilla que al paso de media hora de ingerirla los dolores que hace un rato doblaban mi cuerpo han desaparecido.
Daré cuerda a mi reloj de muñeca tengo que disfrutar de cada segundo del día , mi bien estar de salud gracias al Ibuprofeno me lleva a salir a la calle y repartir a la gente saludos de felicidad.

RAQUEL LÓPEZ

Se acercaba la despedida, pero no una de esas que te parte el alma, no, era la despedida de soltera de una de mis mejores amigas. ¡ Por fin noche de fiesta!
Teníamos que prepararlo todo para ella para que fuese muy especial y reservamos un apartamento en Granada para cinco, pues éramos cinco amigas inseparables.
El plan era genial, por la mañana organizaríamos una gymkana, después para recuperarnos un vermouth y unas tapitas y para relajarse un spa…¡ Casi nada..!
Pero lo importante era la noche.
Mientras nos» acicalabamos » nos tomamos unas copitas para ir calentando motores mientras escuchábamos la música que teníamos de fondo.
Salimos a bailar y a pasarlo bien y ya se sabe…entre copa y copa el resacón estaba asegurado. ¡ Nos divertimos como si no existiera un mañana! Lo peor de todo esto fue el día siguiente aunque seguro que ya sabréis el dicho…
» Noches de desenfreno, mañanas de Ibuprofeno»

BENEDICTO PALACIOS

Al día siguiente de la excursión hasta las nubes, Pascual empezó a toser y estornudar. Y aquella misma noche le subió la temperatura hasta 38 grados. Era una tos seca y tan fea, que Andrea, asomada a la ventana disfrutando de la lluvia que caía copiosa, decidió que debía acudir a la consulta del médico.
—¿Al médico? Estás loca. Recuerda que no existo. Y cierra esa ventana que con la humedad no se acaban de secar las alas.
Cerró la ventana pero antes se propinó un buen coscorrón contra los cristales. Lo entendió al instante. Tenía razón. Pascual solo existía de verdad con alas.
Registró en la alacena y en el canastillo de la costura, porque si para vivir tenía que volar, antes debería curarle la tos. Allí guardaba algunos prospectos, pero ni una triste aspirina.
¡Menudo dilema! Si lograba curarle tal vez quisiera largarse y estando libre, sabe Dios si desearía regresar. Aprovecharía el momento para dormir con él, se darían calor, sentiría sus caricias y todo sería como antes, aunque si no mejoraba se le quitarían las ganas. Y sería un estar sin estar, como en las nubes.
Ensayó a toser delante del espejo y comprobó que la tos le salía muy propia y segundos después se presentó en casa de don Petronilo. Y estando delante de la puerta le salió un estornudo.
—¡Jesús! ¿Qué te pasa, estás enferma de Covic, te tomo la temperatura?
—No, es un resfriado.
—IBUPROFENO. Es lo mejor. Tómate esta pastilla con leche caliente y clara de huevo y duerme bien arropada. Mañana estarás nueva. Guarda esas dos por si acaso.
Cuando llegó a casa con la medicina, Pascual había desaparecido, pero no se había llevado las alas. Alguien había dado el chivatazo a la guardia civil y se habían aprovechado de su ausencia. Doña Rosaura, segurísimo, esa metementodo, fisgona y chapucera. Ya ajustaré cuentas.
De sus tiempos de catequista, Andrea aprendió a tocar la flauta dulce para entretener a los muchachos y en ratos de soledad ensayaba con Pascual. Se acordó entonces Hamelín y tocó la melodía a ver si Pascual estuviera donde estuviera ponía oídos. Repitió lo mismo varias veces y no dio resultado. Entonces buscó en la alacena una nueva partitura. Ensayó y entrecerrando los ojos y moviendo la cabeza a compás descubrió al cabo de unos minutos que las alas ya secas se movían. Probó a ajustarlas en las cintas del sujetador y no movió los brazos por si la prueba resultaba positiva y se estrellaba contra el techo.
—¿Qué estás haciendo? —Preguntó Pascual nada más entrar en casa. —Estás pirada. Quítate esas alas.
—No. ¿De dónde vienes con el ojo tapado?
—De la farmacia. —Y puso sobre la mesa un blíster de IBUPROFENO.
Andrea que seguía con las alas probó a volar, movió los brazos y se elevó lo justo para no tropezar con las paredes.
—Pero bueno —dijo alarmado Pascual— tú has tomado algo, cuéntamelo. Lo que estás haciendo no es normal. ¿Qué, qué es lo que has tomado?
—Ibuprofeno.
Pascual extrajo las pastillas de blíster y las machó en un mortero. Luego se abrazó a la cintura de Andrea y volando, volando, como había dejado de llover, se dieron una vueltecita por el pueblo y estando sobre el corral de doña Rosaura, Pascual lanzó los polvos del mortero y los gallos, siendo las seis de la tarde, se pusieron a cantar.
Alarmada y extrañada, preguntó doña Rosaura por el cambio, porque no eran las horas. Y uno de sus hijos, que era muy estudioso, le explicó que aquel desarreglo se debía seguramente a que los gallos se habían confundido de hemisferio, que se creyeron en el sur y estaban en norte.
—¡Qué cosas! No. Si cualquier día salimos volando.

DAVID MERLÁN

—¿Un día largo, cariño?
—Si, la verdad es que si. Tengo un dolor de cabeza considerable—. contestó él dejándose caer en el sofá.
—Tienes que hablar ya con tu jefe. Estos turnos dobles van a acabar contigo—. Respondió su mujer al ver el estado de agotamiento en el que había caído su marido últimamente.
—Sabes que no es posible. Acepté a sabiendas de dónde me metía.
—Lo se, cariño, pero va a acabar contigo y de paso, con nuestro matrimonio.
—No exageres. Sempre exageras.
—¿Porqué dices eso? No seas injusto conmigo —le reprochó ella bajando la vista al suelo.
—¡¿Ves?! No seas melodramática.
—¿Porque eres tan capullo cuando quieres? Añadió ella levantándo la mirada con el gesto congestionado—. Sólo me preocupo por ti, por lo nuestro.
—Mira, de verdad, no tengo tiempo para esto.
—Eres un desagradecido. Cuando te pones así, eres insoportable. ¡Tómate un ibrupofeno y lárgete a dormir. Te hace falta!.
—¡Oye! ¿Y la cena?
—¡Háztela tu. A mí también me duele la cabeza! —contesto alejándose por el pasillo.
—¡Pues tomate tu otro Ibuprofeno! —replicó él visiblemente molesto mientras la mujer cerraba de un portazo la puerta del dormitorio.

FÉLIX MELÉNDEZ

Cuando pequeño, si tenía un poco de fiebre, la cara colorada y un poquito mareón , mi madre me daba un cuarto de pastilla de okal. Osea, la cuarta parte de una pastilla.
A mi me encantaba ver cómo se rompía la pastilla en una parte tan pequeña. Luego ya más mayor pase a la mitad de la pastilla, después a la pastilla entera, y más tarde me las tomaba yo sólo de dos en dos, cuando me dolía algo más de la cuenta.
Aunque siempre he tenido problemas para tratarme las pastillas, me bebo el vaso de agua y la pastilla continúa en la boca, algunas veces es insoportable se atraviesan y no entran ni a la de tres.
Hoy, no sé si todavía existen, o están pasadas de moda, se cambiaron por el ibuprofeno, paracetamol y el Nolotil. Ahora no se oye a nadie que diga que se toma una pastilla de okal o aspirina. Al menos yo.
El cuerpo se inflama y necesita ayuda. Por los años sesenta, más concretamente en el sesenta y uno. Antonio Ribera Blancafort, logró sintetizar un analgésico antiinflamatorio, en Nottingham. Nace el ibuprofeno.
Algunas veces nos tomamos las pastillas como si de caramelos estuviéramos hablando, y es cierto. Ya sea por efecto placebo, nos creemos que nos hacen bien o porque realmente nos hacen falta, notamos cierto alivio, nos encontramos bastante mejor después del pildorazo. Al menos calma la ansiedad.
La primera referencia al uso del opio, creo que está sobre el 4000 a C. Ya empleaban el hungil o la planta de la alegría, para soportar los diferentes dolores.
El otro día me dolía la cabeza y me tomé un Ibuprofeno. Al instante me dieron arcadas en el estómago, y comencé a vomitar sangre, los ojos dando vueltas, con un tic nervioso, rojos y sangrantes hasta por los oídos me salía un extraño vapor de agua hirviendo, y espumarajos por la boca, sentía un fuego febril intenso. Fue terrible, los brazos comenzaron a temblar, todo mi cuerpo tiritaba de una forma incontrolable y la cabeza empezaba a escuchar pajaritos en el aire. El mareo era inminente, ya estaba presente en mí. Algo no iba bien. Oía los zumbidos que producían los latidos de mi propio corazón. Sonaban como si fueran a reventar, a salir por los aires. Intenté ponerme de pie, pero nada, no podía, no era capaz. El brazo derecho me dolía y la mano se quedó totalmente fría. Me había abandonado las fuerzas, no me salía la voz del cuerpo para llamar a alguien. Y caí en el suelo muerto de frío temblando, del cuarto de baño.
Era el relato que estaba leyendo de una novela de asesinatos, «Como matar a tu vecino con ibuprofeno» Cuando de repente me entró dolor de cabeza y pensé en el ibuprofeno, pero claro, ahora me da miedo tomarlo. Mejor me aguanto y me largo que me dé el aire. Además yo soy más de Nolotil.

JOSÉ ARMANDO BARCELONA

SIN RECETA MÉDICA
—¡Uy, qué mal, tío!, el Atronkamazo sin receta no te lo puedo dar, colega —la muchacha rondaría la misma edad que Pancracio, era guapilla, aunque un pelín gótica, pero la bata blanca de auxiliar de farmacia hacía que pareciera menos agresiva la quincalla de piercings, anillos y perifollos, que lucía a simple vista.
—Sí, ya lo sé, pero es que voy de culo con las oposiciones, no me he dado ni cuenta de que se me terminaban y mi psiquiatra está de puente —se excusó el chico—, a ver cómo hago yo ahora, cinco días sin tratamiento.
—Ya, pero hazte cargo, me la juego, tío —se justificó ella—. ¿Qué estás preparando?
—Notarías —respondió Pancracio con gesto cansado.
—¡Joder vaya muermo! Tiene que ser un peñazo, ¿no?
—O sea, como llevar un cardo borriquero en los huevos, te lo juro. A ver, que lo mío son las artes escénicas; sin embargo, mi padre está obsesionado con que el apellido no se caiga de la nómina del Ilustre Colegio de La Rioja y no hay quien lo baje del burro. No te haces idea qué cruz, es para vivirlo. Por cierto, me llamo Antonio —mintió porque aún no había superado lo de Pancracio, estaba con el mono pastillero y le molaba la chica, tenía su punto.
—Yo Mónica, Pretty Moon, para los amigos —correspondió ella sin apartar la vista de la fibra musculosa, que se adivinaba bajo el ajustado Ralph Lauren color pistacho que lucía el mancebo—. ¿Haces pesas?
—Un poco, de alguna forma hay que rebajar el estrés, aunque preferiría echar un polvo, dicho esto sin mala intención —se apresuró a dejar claro.
—No hay color, compañero, y se suda tanto o más. Seguro que hay algún japonés que ha hecho su tesis doctoral sobre el tema.
—Ya te digo. En los pocos ratos que deja el estudio, uno quiere aliviar tensiones, relajarse y tener algo de roneo con la novia, que es muy sano.
—¿Tienes novia? —intentó ella que la pregunta pareciera de simple cortesía, pese a que su lenguaje corporal manifestaba un ligero desencanto.
Bueno, puede decirse que sí, oficialmente, al menos, pero a Lourditas, lo de guardar la flor para después de la boda, se lo grabaron a fuego las monjas en el internado y si le sugiero sucedáneos, se le agudiza el síndrome del túnel carpiano de la mano derecha y, como según ella, con la izquierda no se vale, lo más excitante que me espera es misa en las clarisas al mediodía y chocolate con picatostes y parchís por la tarde.
—Vaya chungo, ¿no? —se solidarizó Pretty Moon—, no me extraña que estés en tratamiento. Pero la solución no es el Atronkamazo, hazme caso, no funciona, es un camelo y tiene mogollón de efectos secundarios: migrañas, inflamación de pies, disfunción eréctil…
—Lo del dolor de cabeza, ahora que lo dices…, pero lo otro, como una piedra, tía, te lo juro —le salió a Pancracio el machirulo atávico.
Mónica no pudo reprimir la carcajada, el chaval, además de estar buenorro era gracioso y olía a Dior. Le estaba cayendo bien.
—¿Y tú, cómo sabes que te funciona el tiovivo —bromeó traviesa—, si tu novia no te deja dar ni una vuelta?
—Porque a mí el túnel carpiano me va como una moto —aceptó el aspirante a notario la provocación— y lo del amor propio lo llevo practicando desde los catorce.
Los dos rieron con ganas la ocurrencia. Luego vino un silencio compartido. Mónica miró su reloj. Pasaban unos minutos de la hora de cierre.
—Las pastillas no puedo dártelas, pero hay alternativas que no necesitan receta —dijo mientras hacía bajar la persiana con el mando a distancia. Sacó del bolsillo un par de canutos, que bailaron entre sus dedos, y desabrochándose unos pocos botones de la bata, para dejar a la vista el tatuaje de una mariposa que sobrevolaba su escote, subrayó la bondad de la propuesta—, medicina ayurvédica, cosa fina, hazme caso.
Tía, que yo sólo fumo en las bodas y mentolado, que es el que le gusta a mi madre.
¡¿Pero de dónde sales tú, de la factoría Disney?!
—No, de Loyola, Jesuitas, Sagrado Corazón, promoción de 2015.
—¡Coño, un casi cura! Esto me va a subir mogollón el caché, habrá que colgarlo en Instagram.
Y los dos, sin el freno que impone el rigor burocrático de la prescripción facultativa, se perdieron golosos, verriondos y con prisas, en la cómplice umbría de la rebotica, mientras en alguna gramola de la vecindad, Pata Negra ponía banda sonora a la película:
«Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda»

SERGIO SANTIAGO MONREAL

No es veneno,
es antiinflamatorio,
es Ibuprofeno.
Me los tomo,
cuán lacasitos,
me los como.
De 600 miligramos,
pastillas rectangulares,
así andamos…
Ibuprofeno,
sólo tú,
eres mi anhelo.
Cuando no te tomo,
se me inflama,
hasta el corazón.
Si algún día,
me faltarán
tus recetas
las falsifica ría.
¡Oh , Ibuprofeno!
no quiero sucedáneos,
de 400 miligramos,
sólo te quiero a ti,
sin explicaciones,
sólo tú,
desinflamas:
mis articulaciones.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

ALTA MAR
De pronto comprendió que algo no iba bien. Desde el preciso instante en el que había observado el sombrero de paja, flotando solitario en mitad de la masa azul, en alta mar. Su rostro se tornó desencajado ante la visión de algo tan simple y cotidiano que se movía a merced de las olas. Pero no era el sombrero lo que le había provocado esa reacción, sino la incertidumbre de no saber lo ocurrido en algún momento indeterminado de aquella noche.
Aristóteles se habría despertado como cualquier mañana, de no ser por la resaca. Al principio no notó nada raro al encontrar vacío el otro lado de la cama. Pensó que Cristina, su mujer, se hallaría en una de sus visitas rutinarias al pequeño baño del camarote. Sin embargo, su inquietud fue en aumento cuando notó las sabanas frías, inquietud que se tornó en pánico al comprobar que el baño estaba vacío, la luz apagada y la puerta abierta de par en par. Sobre la mesita de noche, tumbado y vacío, encontró un bote que pocas horas antes había estado repleto de comprimidos de ibuprofeno. Junto a él un segundo bote, esta vez de biodramina, sin embargo, permanecía intacto. En ese momento, un único pensamiento cruzó por su mente.
Los gritos desesperados de Aristóteles despertaron a la otra pareja, quienes, después de una noche de conocerse en profundidad el uno a otro, aún dormían en el camarote situado en la popa del yate. Rápidamente buscaron algo con qué esconder su desnudez y ascendieron de forma apresurada por la escotilla. Ya en la cubierta, descubrieron a un hombre desolado sumido en un mar de gritos que no paraba de escrutar, desesperado, los trescientos sesenta grados que se extendían a su alrededor. La pareja dio por sentado que Aristóteles ya la había buscado por todos los rincones del yate, por lo que se ahorraron el esfuerzo. Su tranquilidad y la entereza con la que presenciaban la escena resultaba abrumadora. Dichas cualidades, sin embargo, formaban parte del carácter de la pareja, por lo que Aristóteles, conocedor de tal hecho, no lo percibió como algo extraño. Ambos lo miraban impertérritos, dando por sentado que el infortunio había dictado sentencia y ya poco quedaba por hacer. En ese momento, Aristóteles se lanzó desesperado a sus brazos, bañado en lágrimas para, segundos después, volver de nuevo a su minuciosa búsqueda en la inmensidad del gigante azul. Pero todo cuando veía eran olas y espuma.
El hecho inesperado ocurrió justo en el fugaz instante en que los tuvo a sus espaldas. De repente, Aristóteles sintió un fuerte golpe en la cabeza e inmediatamente el agua, rodeándole por todas partes e inundando su boca y sus pulmones de una muerte salada. Mientras descendía, fue consciente de que le habían colgado algún tipo de lastre que le hacía hundirse cada vez más. Su última visión fue el círculo luminoso y difuminado del sol recortado por encima de la montaña de agua. Y después Cristina, flotando en el fondo, con la mirada cerrada a cal y canto. Peces de todos los tamaños y colores danzaban curiosos a su alrededor, como esperando que en algún momento volviera a abrir sus ojos, transformada en sirena, algo que nunca llegaría a ocurrir.
Arriba, la extraña pareja se miró un instante, sin mediar palabra, pero esbozando una ligera sonrisa. Una vez hubieron desactivado la radio, el sudor comenzó a deslizarse por sus rostros al observar la baliza de señalización de emergencias. Desconocían cuanto tiempo llevaba emitiendo la señal, pero aquello no presagiaba nada bueno. Desesperados, comenzaron a deshacerse de las pruebas, sin saber el tiempo que les quedaba hasta ver llegar a la guardia costera.

DAVID DURA

Valencia 6 de Mayo.
Mi primer día de jubilao, pensionista, mayor o más cerca de la parca.
Dirigo mis pasos al centro de mayores que me había sido diagnosticado en suertes.
Relleno ficha con foto color sepia, veo las mesas de juego y visito el aseo para no levantar sospechas de próstatas.
Un viento joven eriza mi nuca nada más salir del baño con las primeras estrofas. Caraoke al canto!.
Copa de anisette mientras desabrocho el último botón de la casa pecho lobo.
Salgo a darlo todo y de paso secarme los náuticos encharcados del baño olor orín.
Es mi canción de joven, la de ayer sin ser jubilao, la del beso al travesti de mi barro aquel día loco.
Ay que ser ibuprofeno, tener los pies en suelo…. Ay que ser torero!.
Me juego la vida por ti,
cantaba la mujer a lo Chayane.
Mi mundo había cambiado como palabra en boca de persona mayor.
Consumí todas las fichas de parchís en estado de locura, más de 70. Del rojo al verde.
Un vómito arcoiris fue mi último aliento y mi último pensamiento ibuprofeno.
Morí con el puto estribillo en la cabeza.

ASAPH FERNÁNDEZ

El Bar
…y lo que hice fue correr al bar, a embriagarme con el licor de tus recuerdos.
Bebí donde otras bocas han bebido por unos miserables pesos…
Era el mismo vaso, sucio y desaliñado.
El mismo que ha pasado de mano en mano, como los billetes con los que esa noche había pagado.
El lápiz labial corrido por los cachetes de muñeca de trapo, y el colorete escurrido en unos ojos apagados en llanto.
¡Oh qué vaso tan frágil! ¡Oh tacita de porcelana! Hazme beber hoy el cáliz del olvido, que yo te pagaré por la mañana.
La música y sus cuerdas se me enredaron en el cogote, uno y mil nudos se me formaron en el gaznate.
Tu recuerdo me levanto nuevamente la herida que según yo ya debía haber cicatrizado. Y me ahogue entre dolor y llanto.
Nadie quiso auxiliarme, nadie me tendió una mano amiga.
Y terminé sorbíendo a caladas profundas lo que me restó de vida.
Una lágrima se deslizó fuera de la botella, y llegó hasta el culo de ella.
Mi corazón se aceleró cuando vislimbré tu pelo negro, tus ojos color marrón y tus labios de ensueño…
Caminabas entre los presentes sin que nadie te viera… nadie parecía notar tu presencia, cómo yo nunca hubo alguien que te quisiera.
Llevabas la blusa y la falda de épocas pasadas.
Te vi acercarte, no te dio asco verme así, y me tendiste tu mano.
–Es hora de irnos –me dijiste y un beso sembraste en mis labios.
Con la misma gracia de un gacela, saliste y yo fui siguiendo tus pasos.
Horas antes le había pedido al boticario:
—dame algo fuerte, algo que calme el dolor de un corazón destrozado.
—Ni el paracetamol ni el ibuprofeno –respondio muy seguro de sus conocimientos —ninguna droga puede anestesiar los dolores que se llevan dentro.
—¿Qué puedo hacer? –pregunté preocupado.
—Busca otra boca, un nuevo aliento. El sabor de otros besos humedecen los labios resecos. Un clavo saca otro clavo, bien me lo ha dicho el carpintero.
Que tonto fui al creerle, ningún clavo pudo sacarme tu recuerdo. Aún así arrebate las pastillas de sus manos. Una de cal por dos de arena, así se fueron pasando las horas, hasta que el botecito de pastillas quedó tan vacío como mi vida desde que ella se fuera.

BEGO RIVERA

¡ Qué dolor!
La farmacia estaba abarrotada, como siempre. Entretenida viendo a los diez dependientes como charlaban tranquilamente de sus cosas: que si le toca trabajar el sábado a Pepe, el niño que hace la primera comunión, que si mi chico tiene gastroenteritis… Bien, los ciudadanos de a pie, reventados, aguantábamos.
¡Por fin me toca! Pensé.
—¡ El siguienteeeeee!— gritó una le las mancebas.
— ¡Buenassss! — chillé yo — ¡ Espidifen !
Silencio. Todas las miradas sobre mi persona.
— ¿ Tiene receta? — me pregunta suavecito mientras mira a un compañero en busca de aprobación.
— No, si la tuviera se la habría dado— le dije muy bajito.
— Sin receta no la puedo vender. Le puedo vender otra marca de Ibuprofeno.— contesta mientras echa una miradita de » lo que hay que aguantar» a sus compañeros y a la clientela.
— Pues yo quiero Espidifen, es lo único que me quita el dolor. Manita de santo oiga— respondo mirando a la gente en busca de ayuda
— Es verdad—comenta un señor que se sujetaba con un bastón en la pared, a punto de caer—Es lo mejor que hay, sirve para todo.
— Por eso lo venden con receta— dice la manceba esta vez ya mosqueada— La gente tiraba mucho del Espidifen, se lo tomaban como agua bendita.
— Pues eso, ¿ Usted que tal está?— le pregunto.
— ,Yo perfectamente, la que no está bien es usted.
— ¡ Exacto! Por eso quiero el Espidifen, para estar bien, como usted— dije mientras la gente empezaba a darme la razón.
El ambiente se calentó, todos empezamos a gritar: ¡ Espidifen, queremos Espidifen!.
Llegaron los municipales, que despejaron la farmacia echándonos a la calle. Fuera estuvimos un buen rato formando un piquete pueblerino.
Nos fuimos poco a poco sin el Espidifen.Al día siguiente una noticia conmocionó al pueblo: la manceba había aparecido muerta por sobredosis de Espidifen. Alguien la asesinó, la policía investiga el caso.
Pero esa es ya otra historia.

IRENE ADLER

SIN RECETA MÉDICA
¡Hay qué joderse. En casa del herrero, cuchillo de palo!
Me imagino a Stewart Adams pensando exactamente éso mientras revuelve con rabia entre los colirios, las povidonas yodadas y las cajas de tiritas del botiquín del baño. Sin encontrar una triste aspirina que llevarse a la boca en esa mañana de 1971, recién levantado de la cama y con una resaca del quince después de una larga noche trasegando vodka y escribiendo el discurso que tiene que dar hoy. Lo imagino bajando con dificultad las escaleras con el cerebro agitándose como si fuera gelatina en un plato; los ojos casi cerrados por aquello de la fotosensibilidad y la lengua convertida en papel de lija. Con todo un laboratorio de mierdas farmacéuticas en su lugar de trabajo y ni una miserable pastilla de algo en casa, lo que sea, le habría venido igual de bien el ricino, que el LSD, que el ácido acetisalicílico de la condenada Bayer. De haber tenido un sauce llorón en el jardín, creo que habría salido en calzoncillos y descalzo a lamer la corteza con la ansiedad del adicto. ¡Un analgésico. Mi reino por un analgésico!
En la cocina sólo encuentra media docena de botellas vacías y un nuevo remordimiento. El dolor de cabeza lo está matando y se calza los dos dedos de vodka que aún quedan en una de las botellas. Y entonces recuerda que en su maletín tiene que tener la bolsita con las muestras del medicamento ése que está desarrollando para la artritis reumatoide. ¿Cómo lo llamaron? Ibupronosequé. La resaca le está provocando lagunas cognitivas. Menuda mierda de conferencia que va a dar.
Repasa mentalmente su peso y posibles dolencias crónicas. Que le va a dar igual, porque como solía decir mi padre: muerto el perro se acabó la rabia. Las opciones son tragarse los, pongamos, 600 miligramos para un adulto con resaca y esperar que no le jodan el hígado más de lo que ya lo está haciendo el vodka. O quedarse sin fondos para investigación por no poder acudir en condiciones a la puñetera conferencia.
Así que se traga el medicamento experimental contra la artritis con los otros dos dedos de vodka de la última botella y espera de pie agarrándose con precaución al fregadero. Empieza a contar hacia atrás desde cien. Noventa y nueve, noventa y ocho, noventa y siete…
Al llegar a sesenta y dos la cabeza casi no le duele y consigue abrir los ojos.
¡A la mierda la artritis reumatoide!
Acaba de nacer el analgésico más consumido del mundo que hizo a Stewart Adams aparecer en la lista americana de Los Hombres Que Mejor Entienden A Las Mujeres, justo detrás de George Clooney.

ANTONICUS EFE

La alborada caía en un vuelo rasante de felicidad sobre Croscarmelosa “hemorroide” de Sodio. Le decían Melosi, sus amigos, sus enemigos “hemorroide”, pues cuando se enfadaba su lengua era más picajosa que las hemorroides en una diarrea. Un rato antes de amanecer, había recibido la llamada de Cinfa, su jefa de operaciones, para comunicarle una noticia que llevaba tiempo esperando, formaría parte del comando de Ibu. Llevaba ya más de dos años en la agencia y solo había hecho misiones rutinarias, pero esta iba a ser importante de verdad. Ibu López Profeno, era la estrella de la agencia, él pedía personalmente los colaboradores que le asignaban y algo habría hecho bien cuando la había pedido a ella expresamente. Junto a ellos estarian: Celulosa Microcirstalina “Cristy” como encargada de las comunicaciones, Sílice Coloidal Anhidra “Colo” encargado de la logística y Ácido Esteárico “Aci” que era el experto en abrir cerraduras. Además tendrían el apoyo de Hipromelosa García y Dióxido Pérez de Titanio encargados del transporte. El objetivo era peligroso de veras: Dismenorrea Primaria “Disme”, la cual contaba con un auténtico ejército a su cargo. El comando se sincronizó a la perfección, ayudados por una corriente de agua provocada convenientemente se introdujeron en la guarida de “Disme”. Melosi cubría con un fuego de ametralladora certero a “Aci” que era el que iba abriendo las puertas, para que Ibu y Colo pudiesen llegar a su destino. Como en un abrir y cerrar de ojos, se encontraron frente a Dismenorrea armada hasta los pelos y dispuesta a derramar la sangre que hiciese falta. Ibu y su equipo lo intentaron todo, guarecidos convenientemente, lanzaron oleadas de munición, pero Disme era una luchadora experta y esquivaba las andanadas, provocando heridas de las que manaba sangre, aunque superficiales.
-Aumenta la dosis Cristy y tú Colo disparale al ombligo a mi señal- ordenó Ibu.
-¿Y yo que hago? – pregunto Melosi
-Tú distraela –
-¡Ahora! – dijo Ibu dando la señal.
La sala se convirtió en una auténtica oda al antiguo Oeste, pero al funal cuando se disipó la humareda, Dismenorrea Primaria yacía tendida sobre un charco de sangre en medio del piso.
-¿Alguna baja, todos bien? – preguntó Ibu incorporándose.
-Todos bien – repitieron los integrantes del comando.
Una vez en la central de la agencia y reunidos ante Cinfa, esta descorchó una botella de Champagne llenado las copas acto seguido.
-Copas al cielo – dijo – ¡Ib, Ib, Ibu Profeno!
– Y López por mi padre – respondió Ibu al tiempo que vaciaban en sus resecas gargantas el contenido de las copas.

MARTU MONFORTE

Alivio
Veo una casa-barco a orillas del mar. Me veo caminando lento en esas soledades.
Está al final de algún poblado, donde los médanos gigantes impiden continuar y se funden el cielo con el mar. Quiero esa casa para dormir sin tiempo. Quiero la paz que me trae esa imagen.
Imagino un mundo superpoblado, por eso prefiero prepararme. Soy una solitaria en busca de alivio.
No sé dónde está ubicada, puede ser cualquier lugar del mundo. A orillas de un mar verde… Es una casa simple, como debe ser la vida, como lo son las cosas más hermosas.
Imagino que tiene un cuarto con un ojo de buey gigante. Armaré allí una cama con maderas que traerá el mar. Y pondré mi caballete y mis telas, mi visión desde ahí será infinita. Bajaré al poblado en épocas de turismo y seguro venderé mis cuadros. En cincuenta años ¿Quién pintará la luna cuando llore? ¿Quién pintará los colores de la vida en las profundidades del mar?
Tendré en mi cuarto estrellas de mar y libros, tantos, que podrán tapizar una pared.
Apenas se ve la cocina, también tiene ojos de buey. Llevaré pocos cacharros y perfumaré el aire con cáscaras de limón y de naranja. Me encargaré de abrigarla en invierno y tomaré vino por las noches. Meditaré. ¡En cincuenta o mil años espero que el hombre no deje nunca de meditar! ¡Y de sentir!
Quiero una mesa pequeña con un sillón gigante. Llevaré los recuerdos que amo, los cuadernos de poemas, mi colección de sombreros, el baúl de cuero, mis pinturas, esa mesa ratona donde apoyo el alma cuando pesa y la dejo descansar un rato.
En el baño colocaré una tina, pondré velones de vainilla y sonará un tango. El futuro deberá depararnos mucha música. ¿Que seríamos sin ella? No hay amor sin música y no hay mundo sin amor.
La casa está anclada casi en el mar, rodeado de médanos y pinos añejos que resisten, como yo a base de mi pastilla bendita. Pintaré pinos, muchos pinos caminando sobre el mar…
La casa se ve cerrada, pero yo la mantendré siempre abierta. Abierta como mis manos coloreadas de rojos y azules, como mi ventana por donde veo pasar la vida, todo es tan distinto cada día y pasa ante mis ojos, justo ahí. Un futuro de manos más abiertas es lo que ansío, manos más amigas y solidarias. ¿Seremos muchos? Si es así, no será posible entonces tener las manos cerradas.
¿Qué será del amor? ¿Dónde se enamorará la gente? ¿Mi amor vendrá conmigo?
Caminaré, caminaré despacio hasta el muelle de pescadores y tendré alimento fresco. Bajaré cada mes al pueblo cercano por provisiones, compraré verduras, harina y legumbres. ¿Viviremos larga vida? Eso dicen.
Seré una pintora anciana en esa casa solitaria. Mis sueños son mis alas.
Dicen que viviremos cada vez más tiempo. Me pregunto si mejor y si habrá en el futuro algún alivio para mi cuerpo y seré libre al fin de este reuma tan fastidioso. Por ahora llevaré mi ibuprofeno bendito, a granel; mientras espero algo más eficaz para este mal.
¿Cómo será el mundo en cincuenta años? No lo sé bien, apenas escuché esas cuestiones.
Sólo veo, por mi ventana, la casa-barco y el mar. Y eso alivia mis dolores.
Ella espera mi última pincelada.

GRISELDA SIERRA

La cámara real olía a ungüentos y a leche de cabra mezclada con canela. Hacía días los médicos de la corte languidecían sin poder encontrar una cura para el rey, quien había caído en cama aquejado por fiebres y fuertes dolores de cabeza. Ningún remedio había surtido el efecto esperado y ahora se temía lo peor. La reina madre caminaba de un lado a otro, jalándose sus collares, y repitiendo con insistencia que debía haber algo más por hacer. Miró por la ventana, el cielo estaba neblinoso y no tardaría en anochecer, así que no quiso esperar más y mandó a uno de los lacayos al pueblo en busca del hechicero que hacía tiempo ella misma había echado del castillo por intrigas de los propios médicos, que veían en aquel hombre una fuerte competencia, puesto que sus pócimas resultaban mejores que sus extravagantes medicamentos. Apenas llegó, el mago se dedicó a auscultar al monarca, y al finalizar garabateó algo en un papel: Ibuprofeno, tomar una cada seis horas.
-I b u p r o f e n o –deletreó la reina madre- ¿qué patraña es ésta?, ¿qué es ibuprofeno?
-Es algo que ustedes deben conseguir de inmediato –sentenció el mago.
-¿Conseguir?, ¿Quién va a conseguir algo que ni siquiera se puede deletrear? ¿Qué palabra es esa?
-Esta mañana mi perol de hechizos ha viajado en el tiempo. Sus revelaciones me han dejado sorprendido: dentro de doscientos años todos los enfermos consumirán ibuprofeno y sentirán alivio de inmediato. Estoy seguro de que ustedes podrán hacer un esfuerzo para conseguirlo antes si quieren salvar al rey.

GRACIELA PELLAZA

Joaquin siempre estaba solo, y recién había cumplido ocho. Su madre lo dejaba a veces, varios dias en la casilla, pero Joaquin, estaba acostumbrado a que July se fuera con amigas. Ella le dejaba algo de dinero, y unas cosas en la despensa para comer hasta que volviera.
El enano supo apuntalar su infancia porque tenía un perro.
Cascote era negro, mediano, flaco y rengo. Un perro que los vecinos echaban de todos lados, un perro que era tan pero tan pobre que ni siquiera tenía dueño.
Joaquin un día frío, lo entró a la casa, le dió de comer y lo llamó Cascote porque sobrevivió a todas las pedradas.
July volvió una tarde y Cascote le movió la cola.
Aunque no le hizo gracia, le acarició el lomo y permitió que se quedara.
Cascote y Joaquin, dormían juntos, comían juntos y a la tarde se iban al potrero a ver como peloteaban los más grandes. Ya eran dos los afortunados, un enano grande y un perro rengo.
Una tarde al cruzar la ruta Cascote le erró a la distancia y una Ford roja y vieja lo revoleó por el aire como cáscara de banana.
Todos gritaron; pero solito el enano alzó su perro y volvió a la casa.
Lo puso en la cama, lo tapó, le lavó el hocico, le quiso dar agua.. pero Cascote tenia un gemido finito y Joaquin no le encontraba herida, y pensaba que como los niños se le pasaría con el ibuprofeno que July guardaba en la heladera.
Le dió una cucharada, y espero un rato largo y no mejoraba, le dió otra y se acostó a su lado y lo abrazaba, se hizo la noche mientras lloraba y le pedía a todos los santos que July llegará.
-¡July!
Mira, le di todo el jarabe y no sé despierta, ese que vos me das cuando me ataca la tos o me duele la cabeza, no tiene sangre, lo golpeó nomas con la chapa donde tiene el farol.
¿Porqué no ladra?
Yo le grité pero no me hizo caso, y ahora le hablo y no mueve la cola, háblale vos que él te hace fiesta cuando abris la puerta.
– ¡July!
No me abraces llorando..Cascote esta enfermo y ese era el único frasco en la heladera.

CESAR BORT

Las pocas farolas que funcionaban, amenazaban con dejar de hacerlo. Su luz tenue e intermitente prometía, más pronto que tarde, la intimidad que el barrio reclamaba y que la policía, desde hacía tiempo, ya le había otorgado.
Los macarras, horteras y engominados, andaban y desandaban las aceras; llegaban hasta donde habían meado y, propinando un cachete en las nalgas o escupiendo su descontento, avalado por un anillo cortante, se refugiaban en algún piso de su territorio con vistas al lupanar callejero.
Los camellos, fumadores intrépidos, se sentaban en los portales, se apoyaban en las fachadas, descansaban en los bares, se acercaban a las putas, por si querían mercancía a cambio de una rebaja.
Los lunes eran un mal día para el negocio, pero había que estar al pie del cañón, siempre podía aparecer algún cliente y no hubiese sido profesional ni patriótico dejarlo en la estacada. Sobre todo, si aparecía un mulek. Esos cabrones verdes ―que en realidad eran azules―, tenían un ansia incontrolable, una mala leche de aquí te espero y ―eso era lo importante―, parné para enterrarlos vivos.
Cuando llegaron a la Tierra, en sus naves niqueladas y luminiscentes; disparando sus pistolas bláster y sus fusiles de plasma; con esa jerga independiente e incomprensible, nadie se podía llegar a imaginar que fueran unos viciosos de órdago…, bíblicos.
Desde que probaron la cocaína, se acabaron los disparos, las intenciones conquistadoras y el trapicheo creció como la espuma. Y es que, por muy avanzados que fueran, también querían guardar las formas.
Pero la cosa se torció. Fue por una tontería. Por una triquiñuela que nunca había causado quebraderos de cabeza: Ante la creciente demanda y los bajos márgenes de beneficio, los camellos decidieron cortar más la droga… a razón de cuatro partes de ibuprofeno y una de perica.
Al parecer, no les gustaron las proporciones y volvieron a las andanzas y las guerrillas. «Peor hubiera sido cortarla con laxante», se defendió el sindicato ―el del crimen―, pero los mulek no entraban en razón ni bajaban del burrek.
Esos polvos trajeron muchos lodos y una guerra sin cuartel. Los mulek, indignados, engañados, heridos en su orgullo y con el mono, no iban con miramientos ni pretendían hacer prisioneros.
Los humanos, en un desesperado intento de negociar la paz, enviaron a un representante de peso y conocimientos sobrados, casi científicos, sobre el tema: Majo de la Puebla.
¿Cómo los convenció de detener la ofensiva, no solo eso, sino también, de deponer las armas?, es un misterio que, quizá, conozcamos con el tiempo. El caso es que lo consiguió y los mulek, hoy en día, no tienen ni dolores menstruales ni musculares ni de cabeza, aunque, por contra, cada vez van más a menudo a comprar droga y, noblesse oblige, tiene que haber un camello disponible para vendérsela, aunque sea lunes o fiesta de guardar.

ARITZ SANCHO MAURI

1960 Mallorca.
Deje atrás mi sueño hecho realidad como rector de la universidad de Baleares.
Como el hambre apretaba nos ofrecieron la posibilidad de ir como investigadores a gran Bretaña y tras premeditarlo conjuntamente decidimos trasladarnos, con el fin de cambiar nuestro paradigma.
1960 Nothinjam.
Mi mujer y yo comenzamos a trabajar en la Boots drug company, ejerceríamos los dos como becarios.
Levantarme por las mañana se había convertido en un auténtico infierno, dolores de cabeza, sed que me ahogaban el dolor, pero me quería morir por dentro.
Un día en el laboratorio:
—Pásame la povidona y el (E-171) –emocionado.
—Toma.
—¡Nena lo tenemos!
1959 La ciudadela.
Jamás había tenido problemas con el alcohol, pero dadas las circunstancias, lo único que distorsionada mi realidad haciendo el trauma más llevadero.
Vivía por vivir, sin hambre.
Eclipsaba todas mis emociones tras prisma del calor cristalino de un par de hielos.
Lo único que me sacaba de mi casa y desde hace 2 años, era ir a la destilería a por mí botella de whisky.
Llevaba ya 5 años totalmente perdido con la bebida tras perder a mi hija hace 6 años en un accidente mientras se dirigía a la escuela en el autobús.
La relación con mi mujer cada vez era más tensa; a raíz de su perdida, las discusiones eran interminables.
Llegando borracho a casa como de costumbre:
—¿Dónde está la cena? ¡Hip!
—La tienes dentro del horno!— grito.
-¿Qué puta mierda es esta? ¡Arrof! Voy a agabar gomo un shino, con la almorrana más roja que la bandera de Japón. ¡Hip!
—¿Por qué me tratas así?-entre lágrimas.
–¡Ven aguí!— enfurecido.
—¿Qué quieres? —entre sollozos. ¿No te das cuenta de que estamos arruinados? Los dos perdimos a Maria, y así no vamos a solucionar nada.

LOLI BELBEL

UN ALMA SOLA
Va sonámbula por las avenidas cargadas de ojos como liebres salvajes…
Sus pasos arrastrados van borrando asfaltos de sangre, de drogas y navajas enterradas.
Los teléfonos se pasean entre manos sudorosas
buscando miserables citas de sexo y lujuria.
A lo lejos un gato cruza tranquilo mirándola atrevido y perforando su frente cansada de vagar.
Los bares huelen a vodka y a vicio.
Y sigue deambulando por el lado de la calzada, despeinada pero con sus tacones intactos.
Y se da la media vuelta con los hombros caídos supurando el fracaso de otra noche más.
Los neones dan brilo a sus ojos llenos de melancolía…Y la acompañan abriéndole la puerta de su casa una noche más….
Casi a tientas roza el poyete de la cocina. Sin darse apenas cuenta tira una caja al suelo. Ni la esqiva siquiera…, la arrastra dos metros hasta llegar al sofá donde se echa abatida, derrotada. Mira entonces la caja Otra noche más…, otro «Ibuprofeno» para aliviar ligeramente la nube, el peso en su cabeza, llena de frustración, miseria, vacío…Y mientras coge un vaso de agua con manos temblorosas, dos lágrimas impregnadas de rímel se deslizan recordándole su aciaga y triste vida.

EFRAIN DÍAZ

Permeaba en el juzgado un silencio ensordecedor, un mutismo absoluto. Tan sepulcral, que la simple caída de un alfiler hubiese causado un estruendo.
En el banquillo de los acusados estaba sentado impecablemente vestido el Dr. Martínez. Exhibía una mirada fría y calculadora. Una tranquilidad perturbadora.
Con voz grave y profunda, el fiscal comenzó la lectura de cargos.
Quince cargos de homicidio en primer grado escuchó el Dr. Martínez con una calma y una serenidad tan pasmosa que causó molestia entre los presentes.
A su lado estaba su abogado, tan impecablemente vestido y tan tranquilo y sereno como su cliente.
Durante años de práctica de la medicina, muchos pacientes del Dr. Martínez perdieron la batalla y murieron.
Es normal para un médico que mueran pacientes, como es normal para un abogado que clientes culpables más allá de duda razonable terminen en la cárcel.
Lo que no es normal, argumentaba el fiscal, es el patrón de recetar ibuprofén a pacientes con cáncer, con problemas cardiácos, con problemas hepáticos y otras condiciones que ameritaban otros exámenes y otros tratamientos.
Argumentaba enérgicamente el fiscal que el Dr. Martínez era un sociópata y un psicópata, un monstruo de la medicina que había violentado el juramento de Hipócrates y sabiendo que sus pacientes tenían su salud comprometida, que sus condiciones exigían otros medicamentos, solo les recetaba ibuprofén para disfrutarse su deterioro físico hasta verlos morir totalmente consumidos.
-Es el sádico de la medicina, la M no es de Martínez, sino de muerte, el Dr. Muerte- le llamó el fiscal, epítetos que la defensa ni se inmutó en replicar.
-Tienes los expedientes médicos y las notas de progreso al día? Preguntó el abogado.
-Desde el primer día, licenciado-respondió con una maliciosa sonrisa el Dr. Martínez- los expedientes están al día y las notas de progreso están archivadas cronológicamente por citas. Reflejarán los síntomas que exhibían y los exámenes médicos que ordené hacer y que los pobres desgraciados nunca se hicieron.
Ambos sonrieron.

MARI CRUZ CANTILLO CEPEDA

Nada me calma mi dolor
Te busqué por calles y plazas,pero no logré encontrarte,porque alzaste tu vuelo para siempre.
Maldita ausencia y maldigo el día que te dije adiós.
No me digan las mismas frases repetidas,que así es la vida,que fue el destino,mi respuesta es no y mil veces no ,no concibo una vida sin ella,sin mí cómplice de infancia,y mi amiga adulta,parte de mi alma se me fue contigo hermana.
No pude ni tan siquiera despedirme de ti,tan solo darte mi último beso en tu rostro frío.
Nada me calma este dolor,que duró es seguir este camino sin ti
.
Miré en mi viejo bolso que tú me regalaste,y en el cuál guardaba,tu foto,un paquete de pañuelos y media caja de Ibuprofeno,que aún no había caducado,pero mi niña este dolor de mi alma ¿Quién lo calma?
La vida son instantes en un segundo te fuistes,pero doy las gracias por todo el tiempo que viviste a mi lado.
Te mando todos los besos que ya no te puedo dar .
Si no vives la vida jamás sabrás el valor que tiene perder a quién tanto quieres .

EDUARDO VALENZUELA JARA

Stewart sentía que la cabeza se le iba a partir en dos. Nunca había sido muy tolerante al whisky y al parecer la noche anterior, en la reunión de amigos, se le había pasado la mano.
La última vez lo sobrellevó reposando en la oscuridad, en absoluto silencio y con compresas frías, pero en esta ocasión todo un auditorio lo estaba esperando para una conferencia. Debía hacer algo para librarse de ese dolor de cabeza y pronto.
Entonces lo decidió, usaría aquel compuesto experimental que tenía guardado, aquel que jamás había sido probado en seres humanos.
«El infierno está empedrado de buenas intenciones», pensó Stewart sosteniendo un vaso con el medicamento y recordó la historia del “Radithor”, un jarabe al que ―por allá por 1918― se le adicionaron componentes radioactivos para que curara desde el cáncer hasta la impotencia masculina. ¿Cómo dudar de sus poderes? ¡Sí incluso brillaba en la oscuridad! Y así lo creyó Eben Byers que consumió el tónico por un par de años hasta que se le desintegró la mandibula y tuvo que ser sepultado en un ataúd de plomo.
También recordó el caso de la empresa Bayer, cuando vio ―en 1898― que la diamorfina parecía un medicamento milagroso, más bien dicho heroíco, y la bautizó como “Heroína”. Se comercializó como jarabe para la tos durante un par de años, hasta que que se comprobó que era altamente adictiva.
Todo cambió desde el descubrimiento de la funesta Talidomida, que ―cerca de 1957― resultaba ideal para aliviar las molestas nauseas y vómitos en las mujeres embarazadas, pero que provocó el nacimiento de más de 10.000 niños con malformaciones irreversibles. A partir de entonces, la industria farmacéutica mejoró los ensayos, los controles y endureció la normativa.
Por eso mismo, Stewart ―que era un químico― sabía muy bien que no era correcto ser un conejillo de indias de sus propias investigaciones y no debería beber aquel vaso de agua donde acababa de disolver 600 miligramos del nuevo compuesto para tratar inflamaciones; más aún cuando ya habían tenido cuatro fallos de componentes anteriores. Pero esta vez estaba muy seguro del trabajo que venía desarrollando hace ya una década y, sobre todo, estaba seguro de que si no hacía algo rápido… su cabeza estallaría.
Apuró el vaso con “ácido 2-4-isobutilfenil-propanoico”, sintiendo en la boca un leve sabor a ciruelas secas y tragó todo con un: «¡Qué más da!»…
Para felicidad de él y del mundo, el dolor de cabeza desapareció. Así fue como ―en 1961― Stewart Adams se convirtió en el primero en probar lo que más tarde conoceríamos como IBUPROFENO.

IVONNE CORONADO

Nuestra premiera visita a Europa, era nuestro sueño, y un día del año pasado dijimos: Nos vamos!
Y a preparar valijas los dos viejos enamorados, un poco temerosos de encontrarnos sin poder comunicarnos una vez en Italia. Yo hablo tres idiomas, uno de ellos inglés, mi esposo francés solamente, pero como estoy un poco sorda, él ha ido aprendiendo un poco de español, y el inglés, tiene buena oreja y me repite lo que oyó como lo oyó, para venir a mi rescate.
Y emprendimos el viaje. Al llegar a Roma, nadie nos entendía. Hablaban un poco de inglés mezclado con italiano.
Mi gran preocupación era que todo lo técnico me incumbía. Mi esposo ha aprendido a manejar mensajea textos, verificar su cuenta bancaria, ir a su Facebook, y buscar en Google los resultados de la lotería que nunca gana, pero no le interesa nada más. Yo me ocupo de pagar facturas en línea, depositar cheques, pagos o transferencias desde el móvil, averiguar todo lo que necesitemos.
El móvil guarda mi correo electrónico y todo lo que necesito. Algunas cosas las puedo revisar sin Wi Fi, o conexión Internet, otras no.
Me comprenderán cuando les diga que estaba aterrada al ver que no tenía conexión alguna. Había instalado un chip internacional para el area europea, y no funcionaba. Pánico total, no sabía qué pasaba!
No había nadie que me entendiera para ayudarme.
Nuestro avión aterrizó de noche. Paul se dio cuenta que el taxi que nos ofrecían no era barato, pues quizás tenían comisión por cada cliente. Fuimos afuera del aeropuerto y el taxista no hablaba ni español, ni francés, muy poco inglés. Le di la dirección y fue honesto llevándonos sin problemas a la calle de la Madonna dei Monti. No pudo dejarnos en la puerta por la estrechez de esa calle, que a las 8 p.m. nos pareció siniestra.
La encontramos la puerta famosa! Eureka!
Tenía la foto para sonar el timbre y eso nos salvó. El propietario nos abrió. Habla italiano…nos entendemos por señas, dando nuestro nombre. Subimos al apartamento. Cayó la noche. Las tabernas cercanas estaban abarrotadas. Paul me dijo: Compraremos algo para comer en una tienda. Ya no puedo esperar.
Así lo hicimos.
Pan con queso y mermelada, una copa de vino tinto. Qué cena!
Ya para irme a la cama hubiera querido tener algo para el dolor de mis piernas. No puedo tomar cualquier cosa por mi condición cardíaca.
Descubrí un frasco de Tylenol. Mi dolor era más intenso. Tomé una.
Paul vio el frasco en mi mano.
-Qué haces? Es ibuprofeno! No te acuerdas que te dije las pondría en ese frasco de Tylenol? No puedes tomarlo!
-Lo siento, no me acordaba. Tomé una. Tal vez no pase nada.
-Siempre estás distraída! – me dijo serio.
Ojalá no haya sido eso que provocó nuestro insomnio.

ANNERIS GARCÍA

– ¡Shhh! ¡Shhh! ¡Pedro! ¡Despiértate, tengo sed! – Así toda la noche Alicia, toda la noche llamándome, pidiéndome que me levantara a por agua, y claro al final no me pude resistir. Creo que eran las cuatro de la mañana cuando sucumbí a sus deseos. Fui directo a la nevera y no utilicé ni un vaso, no podía más, ¡Qué sed!
-Bien Pedro y entonces como te sentiste cuando te saciaste.
Alicia apuntaba palabra por palabra todo lo que Pedro le contaba, mientras él estaba tumbado en su diván, con los ojos cerrados como si necesitara tele transportarse al momento exacto que estaba narrando. Era un tipo peculiar, siempre llevaba la misma camisa, el mismo pantalón, bien combinado, bien planchado, olía a limpio, iba perfumado, bien peinado, bien afeitado, pero, aunque una psiquiatra no debería decirlo, estaba completamente chalado.
Llegaba todas las semanas con alguna historia nueva. Aun recordaba cuando aseguraba que se su tostadora se quejaba porque la hacía trabajar día tras día. Y cuando le contó que el espejo se había dado la vuelta y se negaba a reflejarlo, ese fue el mejor de todos. Cuando Pedro salía de la consulta, Alicia necesitaba unos quince minutos para componerse. Los primeros diez se los pasaba llorando de la risa mientras repasaba sus notas, después se sentía fatal.
Realmente Pedro no era peligroso, ni tan siquiera estaba enfermo. Tuvo un período de estrés, cinco años atrás, pero con un par de sesiones y medicación suave lo superó. Lo que no había superado era tener que dejar de ir a consulta. Alicia lo sabía y no le importaba, porque era una mina de oro, se estaba aprovechando de él, con sus historias conseguiría terminar ese libro que llevaba encallado tantos años en su subconsciente.
-La verdad es que noté la mejoría. Claro, que necesité beberme la botella entera, pero ¿sabes qué? No era mi subconsciente el que me había despertado.
– ¿Ah no? ¿Entonces quien fue?
-Estaba ahí, en la encimera, brillando con el reflejo de la luz del pasillo, estaba riéndose, se reía de mí, la muy…se reía a carcajadas…me sacó de la cama…me hizo beberme una botella entera de agua… ¡agua fría!, que ya sabes, cuando te bebes tal cantidad de una sola vez, el cerebro duele…y la muy…seguía ahí riéndose.
– ¿Qué era Pedro? ¿una cuchara? ¿una cacerola? ¿una sartén? – Pedro negaba con la cabeza, seguía con los ojos cerrados y en su boca se dibujaba una sonrisa burlona – A ver si el que se está riendo eres tú, ¿te ríes de mi Pedro?
– ¡No! No por favor Alicia, ¿Cómo puedes pensar eso de mí? – se revolvió en su diván, Alicia pensó, ¡Ahora viene lo bueno! ¡Venga Pedro dame una buena historia! – era la tira de pastillas que me olvidé guardarla. La que me recetaste.
– ¿El ibuprofeno?
-Sí, ese, es que no se decir su nombre. Estaba ahí, sintiéndose feliz ¿sabes? Se había salido con la suya. Me enfadé tanto que directamente la cogí y la tiré a la basura.
-Bueno, entonces solucionaste el problema, muy bien hecho Pedro.
-Buah, ¡qué más quisiera yo! El problema no hizo más que empezar. Estaba rellenando la botella de agua, y el cubo, a mi espalda, abrió su tapa y me dijo: ¡Sácalas, sácalas de aquí! ¡No quiero pastillas! Desde dentro se oía su risa, era una risa mala, como la del payaso de esa película de terror que se robaba a los niños.
Pedro empezaba a moverse de una manera muy extraña, no parecía él, hacía espavientos con las manos. Por un momento Alicia reconoció los movimientos como los de aquél payaso del cuento de terror. Se le secó la garganta de golpe y no supo cómo ni porqué, pero dejó de escribir, aquello ya no tenía gracia.
-Veamos Pedro, el ibuprofeno, es cierto que te puede dar algo de sed, incluso puede que te suba la tensión, pero tú no tienes problemas de hipertensión, ni ningún trastorno que contradiga el prospecto de esta medicina.
-Pues aun no has oído lo que me dijo cuándo la saqué del cubo. La muy…me dijo riéndose, con una risa burlona y llena de maldad…Ten cuidado que soy adictiva.
-Pedro, el ibuprofeno no es adictivo, ¿estamos hablando de lo mismo?
-Efectivamente, Alicia, no hablamos de lo mismo, en las pastillas estabas tú, y ya sabes lo que hago con los que se ríen de mí.
Alicia no tuvo tiempo de reaccionar, la pilló completamente desprevenida, no vio venir el golpe.
La encontraron en un gran charco de sangre con cuatro blísteres de ibuprofeno en la boca, mientras en la esquina de la habitación, detrás del diván estaba Pedro acurrucado, de cuclillas, balanceándose sobre sus pies, con una careta de payaso, dándose golpes en las sienes y balbuceando: si te ríes pierdes, si te ríes pierdes, si te ríes…

ALMUT KREUSCH

Querida Teresita,
necesito escribirte esta carta y por favor perdóname si estas líneas te incomodan pero me ayuda a asumir que me abandonaste después de tantos años de estrecha amistad y convivencia. Me siento avergonzado por no haber podido mantener la chispa que tanto te gustó cuando nos conocimos, que nos unió en los primeros tiempos pero finalmente no pudiste aceptar la disminuida intensidad de mi fuerza.
¿Recuerdas cuando eras jovencita y tu novio, el chico guapo que te prometió amor eterno, te dejó de la noche a la mañana por una chica más rubia y con los pechos más grandes que los tuyos? Cuando ya no te quedaron lágrimas, pero tu cabeza estaba a punto de estallar, nos encontramos por primera vez. Yo sólo quería aliviar tu dolor y tu angustia. Lo conseguí y desde aquel día nos hicimos inseparables. Cada vez que sentía el calor de tus dedos explorando mi contorno casi me derretía entre ellos.
Nunca habías conocido a nadie como yo, y me enorgullece que poco a poco te rendiste a mis encantos. Llegué a conocer tu cuerpo con todo detalle. Cuando te maltrataba el dolor de la regla yo estaba ahí para aliviarte, cuando te torciste el tobillo conseguí que descansaste por la noche, cuando te sacaban las muelas del juicio y te dieron ocho puntos, seguías acudiendo a mí y yo te ayudaba todo lo que podía. La ciática te dejó coja casi una semana entera y no me moví de tu lado hasta que te curaste.
Cuántas veces te he oído decir: «¡Qué haría yo sin ti!» Esas palabras me enorgullecieron muchísimo.
Saliste por la noche y con la excusa de que te dolía la cabeza acudías primero a mí. Te bebías un vaso de ginebra, sin hielo y del tiempo, mientras esperabas a que mis cuidados hicieron efecto. Saliste tambaleándote por la puerta con esa risa floja que tanto miedo me daba. Cuando volviste apestabas a cerveza y tequila, hecho una mierda, con el rímel corrido y con carreras en la medias.
-Cómo te necesito -llegaste a balbucear antes de llevarme a tu cama y para devorarme después.
¡Cuántas resacas te he curado! ¿Te acuerdas? Tuviste el estomago dolorido de tanto vomitar y la cabeza como atravesada por mil agujas. Ofrecí mi ayuda, lo aceptaste y alivié tu cuerpo y tu mente.
Pero que las cosas se te fueron de las manos. Llegó un momento en que creíste sentir dolor en cualquier parte de tu cuerpo, y recurriste a mí cada vez más a menudo. Y tambien para calmar el malestar que te causaban las pequeñas contratiempos de tu vida cotidiana. Y como fue incapaz de negarme hice lo que esperabas de mí.
Te volviste adicta a mí y yo empecé a tener miedo porque ya no eras la misma de antes. Te volviste cada vez más impaciente y hasta agresiva porque ya no llegué a cumplir con tus expectativas. Un día te enfadaste y me tiraste a la cuneta sin pestañear.
Pero pronto te diste cuenta de que no podías vivir sin mí y me trajiste de nuevo a tu casa. Pero esta vez la alegría duró poco.
-Mierda, ya no venden Ibuprofeno de 600 y ¿qué demonios hago yo con sólo 400 mg?
Y sin darme siquiera una oportunidad para demostrarte que también con menos te podía hacer bien me abandonaste otra vez en plena calle.
No sabía qué hacer ahora. ¿Confiaría alguien en mi? Abandonado en un banco esperé pacientemente. Me sentía frustrado, fracasado, infravalorado y desechado como un trapo sucio.
Decidí pensar en algo alegre para no desesperarme, y no sé por qué, recordé lo que me dijo mi padre cuando le pregunté por nuestros orígenes.
— Desconozco detalles,– dijo, —me quedé huérfano muy joven, pero nunca olvidaré el nombre de tu bisabuelo. ¡Señor Propanoico! Y como estaba siempre gruñón y cascarrabias al final le pusieron el apodo de «Señor Ácido Propanoico».
Tuve que reírme. Menos mal que no había heredado el carácter de este hombre ni su nombre. Ibuprofeno suena mucho más elegante.
En ese momento, una mujer muy mayor se acercó. Vi que tenía los dedos deformados por la artritis, caminaba con dificultad y con ayuda de un bastón. Se apiadó de mí y me dijo: «Vamos, pareces abandonado. Te llevaré conmigo, ¡me serás muy útil!
Y así fue como terminé en casa de la Señora Luciana, vivimos en paz y armonía, ella no abusa de mí y yo la cuido y calmo lo mejor que puedo el dolor de sus huesos deformes.
Cuídate mucho, mi niña y piensa en tu Ibu de vez en cuando.

JUAN MANUEL MARTÍNEZ LOPERA

EL HOMBRE QUE AYUDABA A LAS PUTAS:
– ¡Qué elegante estás vestida de negro niña!
– Todas Leo, todas estamos maravillosas de esta forma. Con tan sólo un poco de maquillaje, destacando el color de nuestros ojos y el intenso de los labios, mirando como las personas normales, luciendo el vestido, las medias y los zapatos negros de las que presumen los domingos y sintiendo niña, siendo mujeres de verdad que sienten pena y que son capaces de expresarla. Hoy de putas sólo tenemos los nombres: la Lola, la Reme, la Pecas, la Estrecha, la Diosa, la Francesa, la Milagros…
– Pero también tenemos nombres normales como todas las que están fuera.
– Teníamos cariño, nombres y apellidos que ya se han olvidado.
– Qué pena lo de Don Eduardo ¿Verdad?
– Muchísima Leo. Cuando me enteré empecé a llorar y no había nadie que pudiera consolarme. Si al menos se hubiera muerto aquí con alguna de nosotras que tanto le queríamos, pero morirse sólo en esa casa tan grande y tan abandonada de todo.
– Tienes razón, con lo que le hubiera aliviado estar aquí, que era dónde se sentía feliz y como en casa ¿Tú te acuerdas de cuando lo conociste niña?
– ¡Claro que me acuerdo Leo! Bueno yo y todas las que estamos aquí que le vimos por primera vez de la misma forma.
– Siempre venía a primera hora de la tarde, antes de que llegase ningún otro cliente y le preguntaba a Madame Clara si había llegado a la casa una chica nueva y si había llegado qué cual era su aspecto y qué edad tenía . Después él hacía sus cuentas y si le cuadraban le rogaba a Madame que le reservase a él ser el primer hombre en estar con ella.
– Eso mismo. Y esa noche entraba con su aire de galán y te tranquilizaba con su sonrisa y te decía que te cubrieras y que no tuvieras miedo, que esa noche lo que él quería era conocerte y estaba toda la noche haciéndote preguntas y con tanta dulzura te trataba que le contabas todo con pelos y señales, sin olvidarte de nada, ni siquiera el motivo por el que llegaste al prostíbulo. Y entonces….
– Entonces hacía eso tan extraño y sin motivo que al final sí que lo tenía.
– Te ofrecía un vaso de agua y te ponía en las manos una pastilla de ibuprofeno diciéndote. Venga niña, tómatela que el médico te dijo que tenías que tomarte una de éstas todas las noches.
– Y cuando le decías que no, que a ti el médico nunca te había dicho eso, te contestaba ¿Y entonces cómo voy a ayudarte yo? Y venía su corriente de bondad, la que ha durado hasta ayer noche porque aparte de pagarte cada vez sin necesidad de ofrecerle tu cuerpo, se preocupaba, nos solucionaba las peores papeletas e hizo casi de padre de cada una de nosotras.
– ¿Te acuerdas cuando le pagó la boda a Carmina?
– ¿Y qué me dices de cuando se trajo al padre de Merce al asilo para que ella pudiera visitarlo los últimos años de su vida?
– Y lo bien que hemos estado aquí en las Navidades y en las fiestas importantes en las que todos nos olvidaban menos Don Eduardo.
– ¿Y todo a cambio de qué? Porque si al menos hubiera tenido una mínima pista de lo que de verdad estaba buscando.
– Es que era un imposible Leo ¿Cómo se encuentra a una hija a la que se llevó su madre siendo una cría detrás de un amante que al final las dejó tiradas en el arroyo? Porque hay que ser mal nacido para romper a una familia así y vender después a la madre y a la hija por separado para que nadie pudiera ir tras su pista.
– ¡Pues no será porque no lo intentó el bueno de Don Eduardo con el único recurso del ibuprofeno!
– El que se tomaba su hija todas las noches para mantener a raya los efectos de unas fiebres que tuvo de pequeña.
– ¡Qué triste y qué pena Leo! Ahora sólo nos queda llorarle unas horas y acompañarle mañana al cementerio.
– ¿A qué hora será el entierro?
– Mañana por la mañana, a las 12, para que todo el mundo se entere de quien era la familia que realmente quería a Don Eduardo.
– ¿Al final se ha conseguido el dinero para un entierro decente?
– Claro que sí niña, todas hemos participado y la que más Madame Clara que se ha dejado sus buenos cuartos en ello.
– ¿Madame también ha participado?
– La que más y eso que no es que le hiciera a Don Eduardo mucho caso mientras vivía.
– ¡Cada una tiene lo suyo y Madame Clara seguro que también lo tiene!
La conversación se interrumpe con el ruido de unos tacones de mujer que suenan a gobierno y seguridad. Es Madame Clara la que entra en la sala con movimientos lentos, girándose hacia el ataúd dónde descansa Don Eduardo al que saluda con respeto haciendo la señal de la cruz, después con un gesto sereno sonríe en silencio a las chicas que están velando los restos del finado y se dirige a la vitrina que está al fondo de la sala, abre uno de los cajones y de una caja de medicinas saca sin que nadie se dé cuenta su pastilla diaria de ibuprofeno.

GUILLERMO ARQUILLOS

MI TÍO ENRIQUE
Siempre me decían que yo era un niño travieso y esa era la pura verdad. Por ejemplo, me gustaba bajar a la charca a cazar ranas. Les apuntaba con el tirachinas y… ¿para qué os voy a contar? Haceos una idea de cómo era yo a mis diez o doce años: los amigos de la aldea siempre decían que yo tenía muy mala leche porque destrozaba a las pobres ranas y las hacía sufrir.
—Yo no las oigo quejarse, así que no será para tanto… —les decía.
Además de desmembrar ranas, me gustaba cazar pajarillos, reventar bichas a pedradas, cortarles la cola a los ratones, quemar hormigas vivas y matar los gusanos de seda de mi tío Enrique.
Mi tío Enrique tenía veintitantos años. Vivía solo, en casa de mis abuelos y mi padre lo odiaba.
—Sí —decía papá—. Ya sé que es mi hermano pequeño, pero no es justo que nos desprecie y que le hayan dejado toda la herencia.
Mamá lo miraba, tomaba otro sorbito de su taza —luego me enteré de que bebía orujo—, resoplaba y, arrastrando las palabras, siempre le decía lo mismo:
—Por favor, Carlos, deja ya de una vez el temita de tu hermano, que no vas a cambiar nada…
—Como no se muera…
—No digas tonterías. Seguro que no quieres eso.
—¿Que no quiero eso? Muchas veces, hasta se lo pido a Dios.
—¿Tanto lo odias?
Mis padres no sonreían casi nunca. Yo era solo un crío inocente que los miraba y quería verlos contentos, pero ellos no eran felices.
Una tarde, mi tío Enrique apareció por casa. Mis padres habían salido. Venía buscando algo para el dolor de cabeza, porque decía que le dolía muchísimo y que no podía aguantar.
Mi tío siempre estaba enfermo. Cuando cambiaba el tiempo, porque le dolían los huesos; cuando hacía calor, porque era alérgico a su propio sudor y se ponía malísimo; cuando hacía frío, porque se le metía por la espalda y apenas se podía mover. Un día, mamá me contó todas sus alergias: a los cacahuetes, al pan de maíz, a muchos medicamentos, a las bebidas con alcohol, al polen, a la leche de vaca… En fin, que siempre estaba fatal. Eso sí, el dinero de los abuelos, bien que se lo había quedado.
—Oye, nene —me dijo—. ¿No tendrán algo tus padres por ahí para el dolor de cabeza?
—¿Te traigo un paracetamol?
—Sí, gracias, a ver si se me quita este maldito dolor. Es como si me estuvieran aplastando la cabeza.
Yo sabía que mi tío era alérgico al ibuprofeno, así que le di uno. También le acerqué la taza de mamá, que aún tenía líquido, para que se lo tragara. En aquel momento, no sé por qué, me vino a la imaginación la figura de una rana.
Encontraron a mi tío muerto, un rato después, en la carretera que baja al pueblo: se había estampado contra un olivo. Nadie lo lloró, nadie lo echó de menos. Vivía solo, con la fortuna que había heredado de mis abuelos y de la que presumía delante de todos. Era un desgraciado.
Ya han pasado treinta años y mis padres también murieron: un día aparecieron muertos porque el calentador de casa no quemaba bien el gas. Yo lo había revisado esa misma tarde, pero no se lo dije a nadie. ¡Pobrecitos! Ahora soy yo el que disfruto de la fortuna de mis abuelos.
¿Sabéis? De la muerte de mi tío aprendí que la alergia al ibuprofeno puede ser muy grave, que le pueden salir a uno ronchas por todo el cuerpo y hasta perder el conocimiento; pero que es aún peor la alergia al orujo, lo que bebía mamá, porque te puede faltar el aire y darte una bajada de tensión. Si además eres asmático, ni se te ocurra conducir después de haberlo bebido.
—Nene, esto que me has dado con la pastilla sabe a rayos —me dijo mi tío antes de montarse en el coche.
Yo le sonreí porque solo era un inocente crío.

MANUELA CÁMARA

SECRETOS EN PELIGRO
–¿Crees que puedo marcharme tres días sin que te metas en ningún problema? –me preguntó Enrique hablándome como si yo fuera un perrito travieso o un hijo adolescente al que no se le puede dejar solo so pena de que produzca un desastre natural.
–Pues claro, ve tranquilo -respondí, intentando disimular mi ofensa para no provocar una discusión justo en el momento de su marcha-. ¿Desde cuándo me meto yo en problemas?, por favor, Enrique.
–Claro, desde nunca —respondió Enrique, atacando con toda su ironía– . Lo de dejarnos sin luz a medio condado no fue culpa tuya, ni lo de dejar el coche atravesado en la carretera por aquellos animales, ni que saltara la alarma de incendios porque decidiste fumar aquel cigarrillo en aquel hotel. Nada es culpa tuya. Pero quiero estar seguro de que no harás nada en tres días.
–Cuidaré el jardín, pasearé por el campo, descansaré. Venga, vas a perder el avión y luego dirás que es culpa mía -añadí al tiempo que lo silenciaba con un beso de despedida.
Pasé la tarde organizando la casa y abrí un paquete de libros que organicé en la estantería de «no leídos». Llegó la noche, oscura y tormentosa, con la lluvia golpeando contra las ventanas de la casa como si quisiera entrar a toda costa. Allí estaba yo, sentada en el sillón junto a la chimenea, con una taza de té caliente en una mano y un libro en la otra. Pero no podía concentrarme en la lectura porque algo andaba mal.
Desde hace días había estado notando ciertos movimientos extraños en los alrededores de la propiedad, como si alguien estuviera observando cada uno de mis pasos. Me sentía amenazada, aunque no tenía ni idea de quién o qué podía ser el causante de mi preocupación. No quería contárselo a Enrique para que no me tratara de paranoica.
De repente, escuché un ruido que provenía de la puerta principal. Me levanté de inmediato, agarrando un paraguas de detrás de la puerta para defenderme. ¿Sería el ladrón que había estado rondando la zona últimamente? O peor aún, ¿un asesino en serie que estaba buscando una nueva víctima?
Con precaución, abrí la puerta y allí estaba ella, empapada hasta los huesos, con una expresión de temor en su rostro: mi vecina Daniela.
–Rápido, Valeria, cierra la puerta. He visto a alguien merodear por el jardín, llevo varios días viéndolo.
La confesión de Daniela hizo que mi corazón latiera más fuerte. ¿Qué tipo de peligro acechaba a los vecinos en la noche? ¿Quién o qué se atrevía a irrumpir en la tranquilidad de nuestras vidas?
–¿Qué has visto en concreto? –pregunté, no por lo curiosa, que lo soy, sino solo para que se tranquilizara.
–Entre tu jardín y el mío, un hombre lo ha recorrido varias veces buscando algo en el suelo en mitad de la noche con una pequeñísima linterna, agachado y apuntando hacia el suelo.
Daniela entró al salón, le ofrecí una taza de té y quedarse aquí para pasar la noche. Ambas nos apostamos en las ventanas, mirando hacia el lugar que ella había indicado. La tormenta casi había pasado. El aburrimiento era insoportable. No podía soportar aquel ataque de curiosidad. Con un paraguas como arma y seguida de mi vecina, recorrimos el jardín en busca de alguna pista que nos llevara al origen de estas amenazas. Fue en ese momento cuando lo encontramos.
Un extraño objeto brillante se encontraba tirado en la hierba, como un diamante en la oscuridad. Al acercarnos, descubrimos que era un pendrive. Lo tomé y volvimos a la casa. Pero antes de poder descifrar su contenido, un grupo de desconocidos irrumpió en mi casa, armados hasta los dientes.
Cuando desperté, Daniela y yo estábamos atadas a una silla. Yo aún conservaba el pendrive en el bolsillo. La habitación estaba casi a oscuras. Uno de los atacantes se acercó a nosotras en la penumbra.
–Queridas vecinas –dijo con una sonrisa burlona–, necesitamos ese pendrive. Sabemos que lo encontraste en tu jardín. Necesitamos su contenido y lo necesitamos ahora.
Traté de hacerme la desentendida, consciente del dolor de cabeza que amenazaba con ir en aumento, me di cuenta de que iba a necesitar algo más que ibuprofeno para salir viva de esta situación.
–Estáis locos – escuché decir a Daniela– somos gente normal, ¿cómo se os ocurre tratarnos así?
–¿Qué contiene el pendrive? – pregunté, temerosa de no enterarme de por qué estaba sucediendo aquello.
Escuché una sonora carcajada desde el fondo de la oscuridad.
–¿Dónde lo tienes? – preguntó.
–En el bolsillo izquierdo –respondí tras unos momentos de duda, despertando de repente al hacerme consciente de que mi curiosidad me había delatado. Y ya sin tener más que perder, agregué– ¿Pero qué contiene el pendrive?»
–Detalles de unos prototipos de robots, diseño y capacidades, planes de despliegue y operación en misiones, y del resto no voy a deciros más para no poner vuestra vida en peligro», dije, sintiendo cómo una mano me arrebataba el pendrive.
– Esto es cuanto queremos. Ahora, hagan su vida normal y no te metas en problemas, pelirroja», dijo la voz profunda y gutural, todavía desde la oscuridad, rompiéndome los nervios. Otro que me decía que no me metiera en problemas. Esto era el colmo. No dije nada para no empeorar la situación, pero sentía el calor en el rostro aguantando las ganas de responderle como se merecía.
Nos taparon los ojos y tras quince minutos de coche, cuyos zarandeos me hacían pegarme más a mi vecina, nos dejaron en una zona solitaria del parque, ya entrada la mañana.
–¿Vamos a la policía?–, preguntó Daniela.
–Ni loca, –respondí–. Estamos bien y luego Enrique me va a atormentar eternamente con que siempre me meto en problemas.
–Pues entonces vamos a desayunar. En la funda del móvil siempre guardo cincuenta euros de reserva – propuso Daniela, comprobando que todavía le esperaba allí su tesoro.
En mitad del desayuno me paré en seco. Daniela me preguntó qué me pasaba.
– ¿Recuerdas que dijo ‘Queridas vecinas’? ¿Y si es alguien de nuestro vecindario?
–Pues vayamos a la policía, –volvió a proponer Daniela.
–Ni loca, –le advertí–. Tenemos que montar guardia en el vecindario y averiguar quiénes son.
–Mira, esto se acaba aquí, Valeria–, agregó Daniela. –Puede que se trate de una red de información operando en las sombras, manipulando los datos y controlando la tecnología. Voy a llamar a un taxi y nos vamos a casa. A descansar, no a darle vueltas a la cabeza, ¿de acuerdo?
Hice un gesto afirmativo con la cabeza. Ya en mi casa me di cuenta de que el tema era mucho más grande de lo que había imaginado. Podría implicar a personas y organizaciones poderosas dispuestas a hacer lo necesario para guardar sus secretos. No podía dejarlo así, tenía que seguir adelante. De repente, la puerta se abrió. Enrique estaba de vuelta antes de lo previsto.
–Terminé antes– dijo soltando la maleta en la entrada.–Veo que no has incendiado la casa, ni podado entero el jardín, ni atascado las cerraduras.
–Ya ves, desconfiado. Todo en la más absoluta serenidad, añadí mientras lo abrazaba.
–¿Has estado aquí sola todo el tiempo?—, preguntó Enrique.
–Con la vecina paseando, añadí yo toda ingenua y modosita.
Y entonces, desde el cuarto de baño, escuché la temible pregunta con una palabra que jamás había escuchado en su boca:
–¿Dónde has puesto mi albornoz, pelirroja?

RAÚL LEIVA

Escatológico domingo
El sábado me junté a tomar unos tragos con unos amigos y volví tarde a casa. Me comí dos paquetes de caramelos de menta y el aliento mejoró en forma irrisoria.
Pasé la noche como pude intentando frenar el giro interminable de la cama. Busqué sin éxito la tableta de ibuprofeno que tenía guardada en el saco del casamiento para estas ocasiones, pero a esa altura no encontraba ni siquiera la manera de abrir el ropero.
De una manera que nunca voy a recordar, llegó la mañana y sin escalas el mediodía en que almorzamos en familia en la casa de mis suegros.
El almuerzo transcurría sin muchos altibajos. pero la resaca iba in crescendo junto con el dolor de cabeza. Cuando no pude sostener ninguna charla, pedí permiso y me fui al baño pensando que en el botiquín podría encontrar algo que me alivie el dolor de cabeza. Como el trámite iba a ser rápido, no puse cerrojo en la puerta. En el botiquín de mis suegros solo encontré gasa, corega, agua oxigenada, un líquido para los juanetes, gotas para los ojos, una tijerita con las puntas curvas para cortarse las uñas de los pies, pero del ibuprofeno no la letra i. Me lavé la cara e hice buches con dentífrico para intentar engañar al cerebro. Me senté en el inodoro y como pasando el rato llegaron las ganas de orinar. Una vez escuché que a los dolores hay que ponerlos en el plano material e imaginar que los expulsamos del cuerpo, así que mientras orinaba imaginaba que el dolor se iba de mi cabeza, sin éxito obviamente. Mientras pensaba en otra cosa, descubrí un par de granos en mis piernas que me apreté pensando que el dolor de cabeza se iba a ir con la grasa acumulada bajo la piel, otra de las locas ocurrencias del control mental. Por el contrario, solo salió la grasa y sangre en cantidades difíciles de manejar. Con el dedo y un poco de saliva pude contener la mini hemorragia. Hubo un pensamiento como una suerte de mantra que me indicaba que no miré en dos direcciones. Una de ellas era el soporte del papel higiénico, cada vez que lo miraba me venían ganas de defecar, y en ese momento no era conveniente, pero necesitaba un trocito de papel para tapar la herida así que miré el rollo de papel sanitario para comprobar que le quedaban escasos centímetros. Fue instantáneo, me vinieron tremendas ganas de expulsar de mi cuerpo no solo el dolor de cabeza, sino que también una tonelada de embutidos, snacks, carne asada y postre helado que había comido la noche anterior. Fue incontenible, y fue el momento en el que miré hacia el otro punto prohibido, el toallero. Comprobé con horror que solo había toallas blancas y entendí que estaba en un callejón sin salida. Esta encrucijada solo precipitó lo inevitable y fue inenarrable la evacuación del pueblo insurrecto, como para poner un término decente. Transpirado y con una taquicardia increíble, mi cabeza se desocupó de dolores para intentar pensar en alguna solución para la limpieza y el olor. Mientras pensaba, metí mi dedo índice en la nariz como si hubiera un interruptor que activara las ideas brillantes en la fosa nasal derecha. Como si faltaran desgracias, mi uña arrancó una cascarita crónica que se alojaba en mi nariz y empecé a sangrar como nunca. Me tapé la nariz e hice la cabeza hacia atrás con la esperanza que la sangre fluya hacia el estómago o hacia el cráneo o hacia algún lugar que no manche más el lugar que ya empezaba a ser un campo de batalla. Con la mano izquierda intenté tomar el escaso papel higiénico que se encontraba a mi derecha y a la altura de mi trasero. En una descoordinada acción, perdí el equilibrio y me solté la nariz para tomarme del lavatorio. Mi mujer desde el comedor me preguntó si estaba bien y en el intento de parecer normal y civilizado, destapé mi nariz para sonar normal manchando toda mi remera y pantalones con sangre. Dije que estaba bien y que ya salía, pero no los convencí creo. Mientras lidiaba con la nariz sangrando, no me di cuenta que el inodoro era un verdadero asco insalvable. Tiré la cadena y me di cuenta que no funcionaba el mecanismo de evacuación de la materia fecal. Intenté alcanzar el balde que estaba en el cubículo de la ducha y como tenía el pantalón bajo, tropecé cayendo estrepitosamente al piso sucio por donde me miren. Obviamente el ruido de la caída preocupó a todos en la mesa y se levantaron para venir a auxiliarme. Solo atiné a manotear la toalla y cubrir mis partes, cuando abrieron la puerta mis suegros, mi mujer y mis dos hijas que se encontraron con esta batalla campal. Mi mujer se llevó a mis hijas tapándoles los ojos y mirándome con cara de odio, mi suegro cerró la puerta e hizo lo propio con mi suegra y cerró la puerta.
Intenté levantarme cuando sentí unos pasos del otro lado de la puerta del baño, esperaba el grito en voz baja de mi mujer recriminándome el papelón. Sin embargo, fue mi suegra la que rompió el silencio:
—Raúl… ¿querés un ibuprofeno?

MIGUEL ÁNGEL BLÁZQUEZ

RARO PERO CIERTO.
Ella…
Quiero pensar que todo pasó por una buena causa…
La siento, la veo. Me mata el no poder alcanzarla, encerrada en una cajonera… El deseo de acabar con ella, me desgarra el alma. Suelo pensar que me abrazo a ella, y fantasear que me la trago. La observo con dudas, pero de hoy, no se escapa. He tardado mucho, muchísimo en decidirme. Lo tengo planeado, en cuanto entre, me la como. Estoy harta de sus borracheras. Me dispongo a saltar del cajón, y abalanzarme sobre ella.
La escritora…
Raro pero cierto… Engullo una pastilla; las miradas me embriagan y el ibuprofeno me calma; ¡¿o no?! Tal vez me refiera a la migraña, al despertar del sueño y regresar con los mortales. Ellos se empeñan; yo me niego. Tan solo deseo escribir. Los demás, adoran, reunidos en el bareto, a la diosa de la caña espumante… Es, su lugar; el mío soñar despierta.
No lo puedo evitar… Me zampo otro ibuprofeno. Sentirme llevada de la mano como una niña al colegio, tan necesario en la existencia de los demás… Yo, prefiero el circo. El paraje donde moran los sueños y se apaga la realidad. De lleno y sin vaselina, con las manos entrelazadas bajo los pies arraigados a mi pecho, me zambullo como en una piscina, buscando a mi amiga «la musa». Otro ibuprofeno para el cuerpo.
Cuando la tomo, me siento mejor… Evita el agarrotamiento de los dedos, el cuello y las piernas cruzadas bajo la mesa. Allana el dolor de mis codos agrietados de tanto apoyo lascivo. Escribir es duro.
Busco otra; no me quedan. Bajo al bar de la esquina, y tres horas más tarde, borracha como una perra y llena de amor por ella, camino sola a media noche, en busca del ibuprofeno. Mi casa se encuentra a la vuelta de la esquina; me cuesta llegar…
«Chino Bar» —me pareció ver iluminado sobre mi cabeza al caer de espalda contra el suelo—. «Ahí me ponen una más» —apareció reflejado en mi mente. Lo de pensar y hablar…—. Tras veinte minutos de regocijo, mirando el cartelito, me pongo en pie y llego hasta casa. La pesadilla comenzó al entrar.
Ella…
Está desesperada; grita, corre, se lamenta… Se esconde tras la puerta del baño. Antes de entrar a buscarla, me recreo en su dolor… «¡Toc, Toc, Toc!» —golpeo el baño—. Soy yo, tu fiel amiga —le insisto y me rio—. Sus gritos de horror y cabeceos incesantes contra la pila, las piernas tiritando, resquebrajan la cerámica en una esquina y ceden los anclajes de la pared. Siniestro dolor. Sin dientes y ensangrentada, busca la protección de la cortina. Tras ello, trata de estrangularse con la manguera del grifo.
—¡¿Qué quieres?!, maldita pastilla —me grita la escritora, aterrada, mientras tira con fuerza de la manguera y su cuello se amorata por segundos.
—He soñado con este momento, un millón de veces. Seré el primer ibuprofeno, tu amiga, la pastilla, quien se coma a su dueña.

MARÍA LORETO ARGANDOÑA

Ojos nublados, boca seca, un hachazo en la cabeza partida en dos, en tres, en mil punzantes pedacitos.
Una música lejana, muy lejana hace zumbar levemente mi oído izquierdo, mientras el derecho está algo amortiguado por la almohada.
Parece que ya es de día, pero qué día?
Por más que trato de recordar, sólo imágenes difusas acuden a mi mente.
Qué dije?? Qué hice?? La última noción que tengo… el brindis colectivo con whisky on the rocks, choque de vasos y paf!
A negro, y el dolor, maldito dolor que se apodera de mí.
Al menos estoy en mi cama, puedo sentir el molde perfecto de mi cuerpo en el colchón , aunque, por el ruido de la ducha amplificado por cien en mi sien, parece que no estoy sola.
Logro abrir un ojo, y a tientas busco en el cajón del velador. No me da el valor para moverme más.
Los sonidos se van aclarando, la música que sonaba era una voz que tarareaba desde la ducha y que ahora se acercaba hacia mi, con mi bata, mis pantuflas y un vaso con agua
– Buenos días corazón!! –
-Mmbuhenodddiass-
Respondí tratando inútilmente de abrir el otro ojo.
-Pense que un poco de agüita te haría falta- dijo la voz desconocida con familiaridad.
Tratando de incorporarme, mis manos siguen buscando entre medio de un montón de inútiles cosas que guardo allí eternamente, como si fueran imprescindibles.
-¿Qué estás buscando? – la voz sube de tono esta vez y ya no parece tan amigable como hace dos minutos atrás.
Mi cabeza está que estalla como un globo demasiado tirante…
-Eeeehm. El ibuprofeno?-
– No lo necesitarás, créeme –
La voz se diluye en ese instante. Nunca pude encontrar el ibuprofeno en el velador, porque nunca hubo un velador, nunca una cama, ni una voz, solo el dolor, agudo y penetrante que crecía y crecía, junto a dos pequeñas protuberancias al finalizar el cuello.
Intenté tocarlas pero tampoco pude.
El dolor cedió al tercer día, cuando se extendieron por completo dos espléndidas alas, con las que salí volando para ver si aún podía encontrar una farmacia abierta por si hacía falta para otra vez.

SANCHEZ KATA MAR

Ibuprofeno era un enfermero muy aclamado por sus pacientes, decían que parecía a una de esas pastillas para el dolor del cuerpo. Debido a que era muy efectivo al controlar el mismo, Alagarto era un paciente al cual le apodaban “el poeta”, el enfermero se le hizo gracia la idea de que el le realizara un escrito para tenerlo en su escritorio, así que muy animado Ibuprofeno le menciono la idea a la cual Alagarto dijo: me alaga señor Ibuprofeno, con mucho gusto, la semana que viene se lo tendré listo.
A la semana siguiente el enfermero muy emocionado leyó el poema en frente de sus compañeros:
LA MEDICINA DEL DOLOR
Ibuprofeno para el dolor intenso en el cuerpo necesito solo una, o talvez el frasco entero.
Ibuprofeno ojalá sirviera para el dolor del corazón, aquellas pastillas milagrosas que lo curan todo, incluso tiene una falla, son inservibles para curas los dolores del alma de la mente y del corazón.
¿Ibuprofeno será pastilla convertida en un buen ser humano?, no lo sé, lo único que se me viene a la mente es un gran calmante para el cuerpo y de nuevo ojalá para el alma.
Un buen día todos preguntaron por él, nadie respondió, los internos pensaban que se había convertido en los que más tenían… En una vil pastilla. Solo eso una pastilla que estaba contenida en un frasco, el poeta muy triste y pensando que su poema había inducido a el terrible desenlace dejo de escribir, cerro su imaginación para nunca dar marcha atrás.

BEA ARTEENCUERO

Nerviosa, buscaba en la cartera una y otra vez.
– Donde las puse?
Me voy a desmayar si no tomo uno.
Mirtha era adicta a los medicamentos, sobre todo al ibuprofeno. Ansiosa recurría ante cualquier síntoma que imaginará a consumirlo..
Así transcurría el día y parte de la noche.
Fumadora empedernida.
Esa tarde al salir de la oficina…
Le dolía la cabeza, no encontraba la tableta de ibuprofeno.
Entra a una farmacia.
– Una caja de Ibuprofeno.
– de 30 unidades o de 60?
Deme de 60..
De 600 o de 1.000?
Piensa..Que pesado?
– Deme cualquiera, ya.
Le dijo a los gritos.
Salió Presurosa.
– Tengo que tomarlo, compraré una botella de agua.
Va a cruzar la calle con la botella de agua en una mano y los ibuprofenos en la otra; Un tropezón y… Los medicamentos se le caen.
– Donde está? Donde está?
No puede ser, fueron a parar a la alcantarilla.
– Maldita sea!! Mete el brazo, ya llego…ahí está., si no tomo uno me muero…
– Como fue?
– Dicen que estaba arrodillada en medio de la calle, el coche no la vio y…
– Se salvará?
– Eso sólo Dios lo sabe!!
– Por favor alcanzamé los ibuprofenos…

ANTONIO JOSÉ ROMERO GOMEZ

«NO MORE MEDICINE»
Se llamaba Daniel pero prefería que le llamaran Dixie. Tampoco es que le hiciera mucha gracia, pero quería tener una historia congruente que contar cuando le preguntasen por la letra «D» que tenia mal tatuada en el pecho. Era el cantante de una banda que habia formado con cuatro colegas de su pueblo, Glatsbury, que quedaba a unos treinta kilometros hacia sur de Londres. Descubrió el ibuprofeno la noche que discutió con Jonnhy, su guitarrista y amigo de la infancia. Después de ver una actuación de los sex pistols, Dixie queria convencer a su colega de que el punk era el futuro y que tenían que dejar de tocar aquel «rock americano» tan convencional. La discusión fue aumentando berrido tras berrido, hasta el punto en que Jonnhy decidió largarse de la banda para formar la suya propia. Menudo traidor, pensó. El LSD y la tensión del momento hicieron que Dixie no pegara ojo aquella noche. Al día siguiente estaba hecho polvo, demacrado y con unas ojeras infinitas que se desvanecian por sus mejillas. Rebel, su batería le ofreció tomar ibuprofeno, una medicina nueva y «milagrosa» que espantaría todos sus males. Para Dixie aquello le abrió un mundo, pues sentía muchísimos dolores y calambres después de pasarse horas y horas ensayando en la madrugada. Encontró un sustituto para la guitarra, Sully. Era un tipo callado y bastante bueno peinando los trastes con la pua. El problema venia cuando se pasaba con la jeringuilla, pues más de una vez los dejó tirados por no poder ni levantarse. Dixie seguía ensayando y componiendo hasta altas horas de la madrugada, tanto que al día siguiente necesitaba de nuevo el maldito ibuprofeno.
No eran todas las noches, pero solían tocar en garitos de mala muerte y antros andrajosos donde la mayoría de las veces eran recompensados con barra libre de cerveza negra. Se tomaban muy enserio lo de pasar factura por la actuación, tanto que en algunos pubs los llegaban que echar, incluso a vetarles la entrada. Alcohol, medicinas, algún coqueteo con la heroína y noches en vela eran el mundo de Dixie. Aquel cóctel fue devastador para el joven, que rápidamente cayo en una profunda depresión. Su cuerpo era un saco de huesos adornado con prendas roídas cubiertas de pinchos y con el pelo untado de cualquier ungüento que le hiciese mantenerlo tieso. Sen paseaba por antros y fumaderos con la bana esperanza de encontrarle algún sentido a la vida. En una de aquella rondas con Sully, acabo con su jeta estampada contra el papel pintado de una casa abandonada al desvanecerse tras el chute. Solo recordaba el ensordecedor ruido de las sirenas antes de que su mente se fundiese a un negro tan profundo como el de su avejentada camiseta.
Su cerebro inconsciente seguía en modo compositor, creando una acompasada melodía valiéndose de los pitidos del respirador mientras el volvía lentamente del letargo. Cuando Daniel despertó y abrió los ojos, se vio atravesado por un gotero. Estaba sólo en aquella sala de monitorización del hospital. Sólo y con un triste camisón que le dejaba el culo al aire. Ninguno de sus padres había acudido, seguramente ni sabrían de su decadente estado, pues hacia años que habían dejado de preocuparse, debido a los quebraderos de cabeza que este les daba. Se sintió como perdido en un polo, desangelado, erizado por el frio y totalmente sólo. Aquella sensación le ofreció un escalofrío angustioso que jamas habia experimentado. Estaba hundido.
—Señor Russell— irrumpió el doctor— ¿Sabe por que esta aquí?
—Se me ocurren varios motivos, si…— contestó con voz rasgada.
—Si, hemos detectado varias posibilidades, me refiero al uso de drogas, alcohol y tabaco. Pero lo que le ha traído aquí es el uso excesivo de medicamentos. Ibuprofeno mas concretamente. Ha degenerado en úlceras sangrantes en su estomago. Y combinado con todo lo anterior ha hecho que sufra un shock anafiláctico. Deberá permanecer unos días en reposo. Paciencia. Mañana pasaré de nuevo a echarle un vistazo—, golpeó la carpeta contra el borde de la cama y guiñándole un ojo desapareció hacia el pasillo.
—Estas jodido amigo— escuchó a su derecha. Era una voz pueril y afilada. Deslizó la cortina y pudo encontrar un niño pelirrojo con sonrisa maliciosa.
—Si, eso parece —Respiro profundamente. Se giro para darle la espalda, pero el chico seguía observándole con mirada curiosa—¿Y tu? ¿ por que estas aquí?
—Me han operado de urgencia. Por trágame mi pua.
—¿Tu pua?
—Si, hacia el tonto con mi hermano, y me empujo justo cuando la mordía y me la tragué.
—Las púas no se muerden, son para tocar la guitarra— acompañaba la explicación con el gesto.
—Ya lo sé. Te estoy diciendo que hacia el tonto.
—Ya. Entonces, ¿tocas la guitarra?
—Estoy aprendiendo. Algún día seré como Joey Ramone
—¿Joey? ¡El bueno es Johnny!
—¡No!—negaba el niño con cara de asombro.
—Bueno—, suspiró y señalándole con el dedo lo advirtió—, si no me das mucho la lata, y me dejas dormir, puedo enseñarte algunos acordes cuando salgamos de aquí—. Dixie se volvió y esta vez si, dandole la espalda caía de nuevo en un profundo sueño.
Semanas mas tarde, Dixie se presentaba en casa del chico con su Gibson enfundada para darle unas clases.
Aquella jugada le enseño que podía vivir de su pasión sin la necesidad de andar como alma en pena, cayendo en vicios ni llevando su vida al extremo. Siguieron con las clases y tras varios meses de ensayos, compusieron su primer tema, «No more medicine».

GAIA ORBE

Buenas tardes. Buenos días. Soy el señor Ibuprofeno y me acerco a ustedes, ellas y ellos, para comentarles que, si leen mi prospecto, eso que escriben los doctos para conseguir aprobación de la autoridad sanitaria mundial y luego local, podrán ver que en una línea cabe mi acción positiva. Por el contrario, los efectos adversos, contraindicaciones y malas yerbas son un largo papiro de complicaciones que ustedes, ellas y ellos, podrán contraer. Los que me encontraron buscando entre drogas, repiten a diario todas mis bondades. Salgo por la tele, quitando dolores de espalda, de codo, rodillas y pies de gente bonita. Y bajo la fiebre de grandes y niños. Parece que creen doy felicidad. Pues, les cuento a todos que yo solo soy, en pequeñas dosis, el humilde ayudante de todos ustedes cuando alguno quiere su cuerpo curar. Soy un asistente mejor que otros de la misma especie, aunque un poco flojo cuando hay dolores sordos de muelas y dientes. Pero amigos míos, nunca se me olviden que soy una droga, nada natural y que con el tiempo, concentro en su sangre mis uniones químicas trayendo sangrados y muerte al final. Entonces, repito las pocas palabras que Don Paracelso dijo alguna vez: “Todas las sustancias son venenos, no existe ninguna que no lo sea”. Pero les aclaro, que aquello que dijo que en pequeñas dosis me pueden tomar es cierto hasta un punto, porque en mi experiencia los cuerpos de ustedes, ellos y ellas, solo se curan si se quieren curar.

LUISA VALERO

NO QUIERO TOMAR IBUPROFENO
—¡Carmela, socorro, ven!… Me está dando un accidente cardiovascular. Veo luces y me duele mucho la cabeza. Llévame a Urgencias —A Javier le sudaban la frente y las manos; su corazón palpitaba muy rápido.
—¡Pero si no estás confundido! Hasta podrías dar, ahora, un discurso sobre Medicina con «tanta experiencia»… No te preocupes, si te desmayas te llevo —dijo muy tranquila su esposa, por más de 30 años, mientras seguía tejiendo a Crochet su tapete para la mesa camilla.
A Carmela la envolvía un estado de parsimonia aprendida; en esa misma semana había llevado a Javier, tres veces, al hospital por presuntos «ataques al corazón» que luego eran crisis de ansiedad.
—Javier, creo que esta vez es una migraña. A mí me dan seguido y nadie se entera… Por favor, tranquilízate y tómate un Ibuprofeno.
— El Ibuprofeno genera gastritis y sangrado por úlcera. ¿Y si soy alérgico al Ibuprofeno?
—Puedes comerte unas galletas con leche antes de tomar la pastilla y listo. Y ya te han hecho pruebas de alergia a medicamentos y solo eres alérgico a la Penicilina. —Suspiró y cogió fuerzas, para poder seguir rebatiendo las objeciones de su marido.
—Dame el prospecto que lea los efectos secundarios —Le ordenó como si fuera un guardia civil.
—¡Qué cansada estoy! Si lo habrás leído como 100 veces. ¡Amnesia sí que tienes! Yo no te conocí así: tan miedoso… Si es que el cura al casarnos tenía que haber dicho: ¿Quieres «cansarte» con él en las malas, peores y catástrofes? Si pudiera retroceder el tiempo…, ¡ni loca me caso, ni me canso contigo! —refunfuñó Carmela muy hastiada.
—Pues yo también estoy cansado de que estés cansada. ¡Todo el tiempo quieres dormir! —le reprochó.
—¡O te tomas el Ibuprofeno o me divorcio! ¡Qué vergüenza llevarte de nuevo a Urgencias! —Le amenazó con una pastilla en una mano y en la otra su agenda de teléfonos, donde tenía apuntado el número de su abogado.
—¡Está bien tú ganas! – le contestó muy enfadado. Después cogió la pastilla de color naranja, y se la tragó con un vaso lleno de vino sin alcohol.
A la hora, desapareció el dolor y Javier concilió el sueño plácidamente como niño. En breve, roncaba como cerdo. Por fin, Carmela pudo relajarse y disfrutar de su helado de chocolate y de una película romántica de Julia Robert; tenía toda una colección de películas de esa época (los 90) en videocasete.
Al día siguiente abrió las cortinas para que entrara más luz al dormitorio y despertó a Javier, con un beso rápido en la comisura de los labios:
—Cariño, ¿cómo estás?, ¿ya no te duele la cabeza?
—No, y…, ¿tú ya no te quieres divorciar? ¿Estoy soñando? ¿Desde cuándo tú me llamas cariño?
«Desde que quiero que me hagas el amor, porque han pasado más de 4 meses de abstinencia…, ¡no te jode!», pensó ella y le dijo:
—¡Ay, no soy tan fría! Una cosita, cielo, como ayer se te quitó el miedo al Ibuprofeno… ¿Crees que hoy podrías tomar otra pastilla, pero azul, y me harías muy feliz?
—Si me traes el prospecto, lo puedo meditar.
«Mierda, va a leer los efectos secundarios graves como convulsiones, visión borrosa, ataque cardíaco… », se dijo, a sí misma, muy triste. Carmela le contestó a su esposo que claro que lo buscaría, sabiendo que no lo haría, y se fue a la cocina a preparar un cargado café para soportar el día y el cansancio.
Mientras caminaba pensó: «Otro sábado más me toca ver «Ghost (Más allá del amor)» con Demi Moore y el guapo Patrick Swayze. Muy lindos ellos, entrelazarán sus manos y sus cuerpos a la vez que esculpen en barro un jarrón. Sonará mi canción favorita «Unchained Melody» … Y, por supuesto, me ducharé sola después. ¡Así es la vida…! ¡Ah!, que no se me olvide la pastilla del desayuno: Prozac».

MARY CORREA

Darla es madre y padre de tres niños a los que adora. Cada día se levanta a las 5:30, se da una ducha para poder comenzar el día. Prepara el desayuno, levanta a sus pequeños, los prepara para llevarlos al colegio.
Les sirve el desayuno mientras les apronta las mochilas y las viandas. -Agustín lávate los dientes, Diego termina de desayunar.
Les ordena a los chicos mientras cepilla el cabello de Sofía, así son todos los días.
Sale de su casa con sus tres pequeños hijos de la mano, a Agustín y Diego los deja en la primaria a una cuadra de su casa.
-Vengan aquí, a darme un beso grandote así me voy a trabajar muy feliz, -les dice a los mellizos mientras estos la abrazan, recuerden que viene Anto a buscarlos en la camioneta y los lleva a la casa de la abue, pórtense bien y no hagan enojar mucho a su abuelita, yo los vengo a buscar, cuando salga de trabajar, los amo, besa a cada uno, les arregla el pelo, les cuelga las mochilas y se los entrega a la maestra.
-Hoy los pasa a buscar la camioneta, para llevarlos a lo de mi madre – le avisa a la maestra de los chicos y se despide de la mujer -hasta mañana.
-Hasta mañana -contesta la maestra tomando a los mellizos de la mano para entrar en el salón.
-Vamos Sofía -levanta a la pequeña en brazos, y camina un par de cuadras hasta la guardería.
-Buen día Ana ¿cómo estás? vengo por Sofía a eso de la 17:15. -Le dice a la maestra de Sofía
-Buenos días, hola Sofía – contesta Ana con amabilidad.
-Ven Sofía, ven conmigo -dice Ana estirando los brazos hacia la niña -mamá se tiene que ir a trabajar. La pequeña se aferra al cuello de su madre, y comienza a lloriquear.
-Ve mi amor, mamá se tiene que ir, cuando regrese te traeré algo rico, -le dice Darla con voz muy dulce. Pero a la pequeña no hay poder en la tierra que la aleje de su madre, Ana la toma en brazos y Darla con suavidad separa los pequeños bracitos que aprisionan su cuello, le da un beso en la mejilla y le susurra a la pequeña niña. -Mamá te ama mucho. -la niña se queda llorando, agitando sus manitos, pidiendo por su madre.
Sin mirar atrás y con sus ojos llenos de lágrimas, Darla se dirige hacía la parada de buses.
Darla trabaja en una fábrica de prendas, esta ocho horas sentada frente a una máquina de coser
-Buenos días Darla, – la saluda Raquel, su jefa, al verla.
-¿Hoy te puedes quedar una hora más?- le pregunta Raquel.
-Debo avisar a la guardería que llegaré más tarde- contesta Darla, asintiendo con la cabeza.
-Bien, avisa- le contesta Raquel dándole el permiso para usar el teléfono.
-Ana, iré por Sofía una hora más tarde, debo quedarme un rato más en el trabajo. Del otro lado, Ana le contesta.
-Bien no te preocupes, Sofía está jugando con sus compañeritos, nos vemos luego.
-Gracias -le dice Darla, también le avisa a su madre que llegara más tarde por sus niños.
¡Al fin! la jornada laboral ha culminado, Darla ya va de regreso a casa en un bus abarrotado de personas, que como ella, vuelven a casa luego de un día de arduo trabajo.
Al bajar del bus corre hacia la guardería para ver a su pequeña que la espera con sus bracitos estirados hacia ella.
-Gracias Ana, nos vemos mañana- saluda Darla a la joven maestra.
-Hasta mañana, chao Sofía, nos vemos mañana – se despide Ana con una cariñosa sonrisa de la pequeña Sofía.
El camino hacia la casa de su madre con Sofía en brazos lo hace casi corriendo, no ve la hora de encontrarse con los mellizos.
-Hola mamá llegué -saluda a su madre con un cariñoso beso, cuando está le abre la puerta.
-Hola Darla ¿como estás? -Pregunta la mujer, preocupada por su hija. -Bien mamá, un poco cansada, deseando llegar a casa, gracias por cuidarlos, vengan a darle un beso grandote a mami -les dice a los niños que corren hacia ella, cuando la ven entrar en la casa.
-Tomen sus mochilas y despidanse de la abuela -No quieres quedarte a tomar algo? siéntate un rato a descansar -la invita su madre, al ver el cansancio dibujado en el rostro de Darla.
-No mami, el fin de semana vengo a pasar el día contigo y papá. -Le asegura a su madre.
-Bueno hasta mañana hija, beso a la abuela mis niños, y mi nena hermosa -la abuela acaricia el cabello de Sofía que duerme en brazos de su madre.
Darla y sus pequeños llegan a la casa, les da la merienda, luego ayuda a los mellizos con la tareas que les dejo la maestra y juega un rato con los niños. Después de bañarlos, les pone los dibujos en el televisor, mientras les prepara la cena.
Cuando terminan de cenar, acuesta a los tres pequeños, les lee un cuento hasta que se quedan dormidos, a cada uno les da un beso y arropa.
Entonces comienza a limpiar y poner orden en la casa, para después disfrutar de una merecida ducha.
El dolor en su espalda y piernas la estan matando, así que se toma un ibuprofeno, se sienta en el sofá frente al televisor, con su taza de café, se tapa con una manta por encima,
hasta que el cansancio la vence y se queda dormida. Escucha la alarma sonar.
-Arriba, vamos Darla, es hora de levantarse -se dice a sí misma,mientras se levanta del sofá, para enfrentar un nuevo día.

RAFAEL SORROCHE

Me estás matando.
Vienes, te vas.
Me hablas y no sé de ti en días.
Paso minutos contigo y parece que te conozco toda una vida, pero al mismo tiempo me siento un desconocido cuando te marchas.
Unimos nuestros cuerpos por mero desahogo hasta que la llamada de la naturaleza te arde y te hace acudir a mi cama de nuevo.
(Suspiros)
Cuando nos preguntan no sabemos ni lo que somos y eso no es malo.
¿Sabes lo que es malo?
Que yo si tengo claro lo que eres para mí, y con dolor, lo que yo soy para ti.
Es por ello, que hoy, amada mía, quiero que dejes de ser mi ibuprofeno.
No quiero calmar mi dolor a ratos, pues ya, me causan heridas, úlceras que me remueven por dentro, que me desangran. Y al final, lo que parece una cura, no es más que un engaño a mí mismo por tiempo limitado.
Por eso, querida mía, te digo de nuevo que ya no quiero ibuprofeno, sino “Vitaminas”.

LOLY MORENO BARNES

_ ¿Que te pasa cariño?
_Pues no sé. Me siento muy cansado. Hoy no tiro con mi cuerpo.
_Pues tomate un” ibu”.¡Cuando estoy pachucha me reanima!
(Más tarde)
_Estás mejor cariño?
_ No sé que decirte. Ahora tengo sudores. Quizás sea preludio de una gripe.
_ Ya puedes tomarte otro “ibu”, que ya han pasado dos horas y quizás una sola toma no hace efecto.
Ya verás que en un rato estás como nuevo.
(Más tarde)
_ Uff …¡Que cara traes cariño! ¿Vienes de sacar el perro o de correr una maratón?
_ Casi no llegó a la esquina y he tenido que reposar contra la pared. Hasta el perro ha tenido piedad de mí y tiraba de la correa para volver.
_Come algo, quizás te estés desmayando de hambre.
Y te tomas otro “ibu” de postre. Verás que te sienta bien.
(Más tarde)
_Cariño cada vez te veo más pálido.
_Será que me estoy muriendo y te quedas viuda. como seguro quieres. ¡Mira que a ti se te cumplen todos tus deseos!
_ ¡No digas bobadas! Que pareja no tiene sus más y sus menos, pero de ahí a querer quedarme sola y tener que volver a trabajar para vivir, hay un abismo.
(Más tarde)
_¡Me estás asustando cariño!
A lo mejor esta caja de “ibu” estaba caducada porque no termina de hacerte efecto.
¡Creo que iremos a urgencias!
Una sabe salir del paso con un resfriado pero esto se pasa de castaño oscuro…
(Más tarde en urgencias)
_¿Sabe usted señora que ha tomado su marido?
_Poca cosa, una tira de” ibu” repartida en ocho horas.
A mí me funciona hasta para el dolor de cabeza inventado, pensé que le vendría bien.
_¡Suerte que hemos intervenido su infarto a tiempo que casi no llegamos!¡El “ibu” que le ha suministrado sube la tensión y es un agravante!
Bajé la cabeza con cara de inocente como quien nunca rompe un plato y silbando bajito pensé:
¡CASI ME LO CARGO!

CONCE JARA

EL TERMÓMETRO
Tranquilina tiene 73 años que no aparenta. Es de Benavente de toda la vida. Una mujer curtida en el trabajo duro de la casa, las tierras y sacando adelante, a duras penas, adelante a sus dos hijos, a los que consiguió darles estudios. Fue víctima de la inmigración, ya que su marido emigró a Alemania y no se volvió a saber de él.
Aquel viernes 5 de mayo la esperaban en la dársena del autobús de la estación de Coruña su hijo Ignacio, su nuera Andrea y el pequeño Nicolás, su nieto de 4 años.
Tranquilina pensaba pasar unos días de visita para festejar el día de la madre con sus dos hijos y demás familia, y hacerse cargo de su nieto el siguiente miércoles por la noche, día en que Ignacio y Andrea tenían planeada una cena romántica, para celebrar su primer lustro de casados.
El día de la madre disfrutó toda la familia. Sus hijos Ignacio y Andrea, a los que les encanta la cocina, prepararon una deliciosa comida a la que asistió Nora, la hija pequeña de Tranquilina, su marido Paulo, y sus dos hijos, de edades similares a las de Nicolas, y con el que siempre hacían buenas migas. Tras el ágape, pasearon con los niños hasta la Torre de Hércules, y desde allí terminaron en el Aquarium, lugar que dejó asombrada a abuela.
Y llegó el miércoles. Tranquilina se levantó a las seis, para preparar a hurtadillas el desayuno de sus hijos. Después ayudó a vestir, asearse y desayunar a su nieto, y lo llevó al colegio, así, sus padres, no tenían que llevarlo antes para llegar puntuales al trabajo. Lo mismo ocurría a la hora de la comida. Tranquilina preparaba el almuerzo, apartaba algo para la cena de sus hijos, y se acercaba hasta la puerta del colegio a esperar a Nicolás, como muchos otros padres y abuelos.
Tranquilina se extrañó al ver a su nieto bajar las escaleras del colegio cogido de la mano de la que parecía ser su profesora, quien acercándose preguntó:
—Buenas tardes. Esta es tu abuela, ¿verdad Nicolás?
—Siii, mi abuela Tranquilina.
—Pero ¡hijo mío! —contestó la anciana—. ¿Ocurre algo?
—Soy María la profesora de su nieto. Hoy a la hora del recreo parecía quejarse un poco del oído derecho, no ha llegado a tener fiebre, y ahora dice que no le duele, pero creo que sería conveniente que esta tarde no volviera al colegio.
—Bien —contestó Tranquilina—. Hablaré con sus padres… creo que estarán de acuerdo… así no se puede venir al colegio.
—De todas formas —añadió la profesora—, cualquier cosa me avisan.
—Claro, claro. Faltaría más. Muchas gracias.
De camino a casa Tranquilina puso, al menos cinco veces, la mano en la frente de su nieto, y otras tantas le preguntó si le dolía el oído, a lo que el niño contestaba que no.
Ya en casa, algo inquieta, Tranquilina llamó a su hijo y le comentó lo ocurrido. Éste le dijo que no se preocupara. Que si él pequeño tenía alguna molestia, en el lateral de la puerta de la nevera había Dalsy, un ibuprofeno para niños. La cantidad que tenía que darle era la que estaba apuntada en la misma caja, y que para calcular la medida utilizara la jeringuilla que venía con el medicamento, y luego se lo diera a beber a Nicolas, pero que si ahora no se quejaba, mejor que se lo diera tras la comida, y que le echara un poco la siesta.
Tranquilina no cabía en su asombro. «¡Pero como ha cambiado esto! ¿Dónde han quedado las aspirinas efervescentes sabor a naranja?». La abuela abrió la nevera encontró el medicamento y, como dijo su hijo, tenía escrito bien grande, “6 mililitros”, y dentro encontró la famosa jeringuilla.
La mujer dejó la caja en la nevera, volvió a ponerle la mano en la frente a su nieto, le preguntó cómo se sentía y éste contesto que tenía hambre. «Buena señal», pensó la abuela, y empezó a disponer la mesa y calentar la sopa.
Tras la comida cogió el medicamento y extrajo, con la ayuda de la jeringuilla, la cantidad adecuada. Nicolás que la observaba le dijo:
—Deja abuela…, que yo se solito.
Y el niño se metió la jeringuilla en la boca, tragando aquel líquido que, según el mismo, sabía a fresa.
Tras un episodio más de dibujos, Tranquilina le anunció que dormirían la siesta juntos, y que le contaría un cuento.
Al poco rato de estar en la cama, Nicolás cayó rendido, y ella con cuidado, volvió a pasarle la mano por la frente. No tenía fiebre. Tranquilina sin hacer ruido, salió de la habitación dejando la puerta entornada y se puso a recoger la cocina. Fregó los platos, ya que ella no se apañaba con el lavavajillas. Dejó todo impoluto, se sentó en un sillón y se puso la novela que terminó a las 5 y media. «Ya va siendo la hora de la merienda» pensó.
Abrió la bolsa de las rosquillas de trancalapuerta, que trajo de la panadería de su pueblo, cogió una, y se preparó un café instantáneo, también de su casa de Benavente, ya que en la de sus hijos, muy modernos, se tomaba café de cápsula que, según ella, no despejaba nada.
Fregó la loza y fue hasta la habitación a despertar a su nieto, que dormía plácidamente. Una vez despierto, le preguntó que quería de merienda y el niño contestó que galletas de dinosaurios. Ella pensó que era tontería de su nieto y buscó las galletas María por todos los armarios de la cocina, hasta que efectivamente descubrió una caja con el enorme dibujo de un dinosaurio:
—Esas son —dijo Nicolás—, y el batido de chocolate… de la nevera abuela.
Tranquilina abrió la nevera y al ver aquello preguntó a su nieto si no le gustaba el ColaCao o el Nesquik, a lo que él contestó que no sabía lo que era.
La tarde estaba nubosa, pero ella conocía bien las nubes y sabía que aquellas no eran de llover. A las 6 y media cambió de ropa al pequeño, le lavó la cara, lo peinó a raya con colonia, y salieron un ratito al parque. Al regresar, sobre las 8, ya estaban sus hijos en casa. Hablaron un buen rato sobre el estado de Nicolás, ya que Andrea, preocupada, sugirió dejar la cena de aniversario para otro día, idea que tanto Ignacio como Tranquilina le quitaron de la cabeza.
Mientras Nicolas y su abuela cenaban una tortilla de patatas, hecha con huevos de corral y patatas de la tierra de Tranquilina, aparecieron en la estancia muy elegantes, Ignacio y Andrea, está última rogando a su suegra que si notaba algún cambio les avisara inmediatamente, que ellos regresarían a casa. Al salir Ignacio le guiño un ojo a su madre, y ella le lanzó una sonrisa. Su hijo conocía bien el carácter de su madre y también que por un poco de fiebre ella no se iba a amedrentar.
Cuando terminaron las hormigas, como llamaba Nicolás a aquel famoso programa de televisión, llegó la hora de ir a dormir. Su abuela le contó otro cuento, de esos de lobos, de pastores, ovejas, de árboles gigantes, toda invención de ella, hasta que el pequeño se durmió.
Tranquilina terminó de ver la película y más allá de las 12 de la noche, cuando se disponía a prepararse para ir a la cama, apareció Nicolás en el quicio de la puerta:
—¡Yaya!, me duele el oído —dijo el pequeño, colorado como un tomate y tocándose la oreja derecha.
La abuela le puso la mano en la frente y ésta ardía, por lo que recostó al niño en su cama y se fue en busca de un termómetro. Empezó revolviendo los armarios del baño, después miró en los cajones de la cocina, en el aparador de la entrada y finalmente pensó que quizás como ella, su nuera guardaría el termómetro en su mesita de noche. Allí estaba. Moderno, como todo lo que había en aquella casa, aunque por la forma sabía como funcionaba. Apretó el interruptor que aquel objeto tenía en un lateral, y se lo puso al niño en la sien, lo que produjo que el pobre Nicolás lanzara un grito y se lamentara de dolor:
—¡Eso no abuela, eso no…! —gritaba el crío—. Me duele.
Tranquilina, que había pasado por mucho en esta vida, no se amilanó. Volvió a intentarlo, pero esta vez estudió un poco el aparato antes de aplicárselo, y concluyó que aquello era cuestión de colocarlo junto a la sien y esperar a que pitara.
De nuevo su nieto gritaba y se retorcía de dolor.
Tranquilina no se lo pensó, llamó a un taxi y mientras, vistió a su nieto, se calzó sus zapatos, cogió el bolso, donde metió el termómetro para que le explicaran cómo funcionaba aquello.
Ya en el taxi le indicó al taxista que les llevara a urgencias del hospital infantil Teresa Herrera, lugar que recordaba ya que allí nacieron sus tres nietos.
Una vez en urgencias, inexplicablemente, les hicieron pasar de inmediato a un box, lugar donde entre la enfermera y Tranquilina tendieron a Nicolás en una camilla. La especialista sacó un termómetro de mercurio, lo colocó en la axila del pequeño y le ordenó a la abuela que mantuviera el bracito de su nieto pegado al cuerpo. Al poco rato apareció un médico pediatra al que la enfermera anunció que el niño presentaba 40 grados de temperatura. El médico preguntó a Tranquilina si le había dado algún medicamento, pero ella estaba tan nerviosa que contesto:
—¡Si! Le di algo a mi nieto a eso de las 3 de la tarde, después de comer, por que me lo dijo su padre.
—Algo, pero ¿el qué? —dijo la enfermera de mala manera.
—No recuerdo el nombre…, ¿ibuprofeno pediátrico?… creo que eso me dijo mi hijo.
—Seguramente usted le daría Dalsy—comentó el médico—. ¿Y ha tenido fiebre esta tarde… malestar?
—No doctor. Ha dormido siesta, ha merendado, hemos ido al parque y ha cenado… hasta ahora no había estado mal. Mire, yo le he intentado tomar la temperatura con esto —dijo Tranquilina sacando el termómetro problemático—, y no he sabido, por eso estoy aquí.
Al ver aquel aparato tanto el médico, como la enfermera no supieron que decir, estaban atónitos. La última salió del box y se empezaron es escuchar carcajadas en el pasillo.
—Señora—dijo el pediatra—. Le ha tomado la temperatura a su nieto con un Satisfyer.
—¿Con un qué? —contestó Tranquilina desencajada.
Casi una hora después aparecieron en urgencias Ignacio y Andrea. Una enfermera les recibió, entre risas, y los llevó hasta el box donde Nicolás yacía dormidito en la camilla y mientras, Tranquilina, sentada en una silla agarraba la manita de su nieto.
—Abuela —dijo Andrea—. Te dije que nos avisaras. No te das cuenta del susto que nos hemos llevado. Que manía con hacer las cosas por ti misma.
—¿Por mí misma? —contestó Tranquilina muy nerviosa—. Tu sí que haces las cosas por ti misma. ¡Pobre mi hijo! Lo tendrás a pan y agua. En mis tiempos estas cosas eran de dos, y ahora con tanta modernez veo que aquí cada uno va por libre —dijo sacando el juguete sexual, ante los ojos atónitos de la pareja, y la risita de la enfermera, que no cesaba.

JUAN JOSÉ SERRANO

«Título en el aire» sin capacidad para pensar.
Era una noche despejada de primavera de 2023 cuando la oficial Francisca Jiménez (Paqui) comenzó su ronda por la ciudad. Esperaba junto al aparcamiento de la comisaría a su compañero habitual, Lucas Pérez, fumando un cigarrillo y sintiéndose frustrada por un insoportable dolor de cabeza. Varias veces sonó el claxon del coche antes de que despertara de su ensimismamiento, mientras aburrida observaba la pantalla de su smartphone. Apagó su cigarro y guardó su teléfono en la parte trasera de su pantalón para ocupar el asiento del acompañante.
—Buenas noches, Lucas —dijo con voz ronca.
—¿Qué te pasa, Paquita? Hoy no pareces estar muy bien —preguntó preocupado.
—Nada, solo es un maldito dolor de cabeza —contestó con desgana.
Acababan de llegar a la zona que debían patrullar cuando recibieron por la emisora la primera misión de esa noche. «Unos ladrones habían empotrado un coche contra un local de venta de aparatos informáticos, desvalijando gran parte del edificio. Las patrullas más cercanas, que eran ellos en ese momento, debían llegar allí cuanto antes para detener a los sospechosos y poner fin al robo».
—Vamos, tenemos que llegar rápido antes de que escapen los ladrones —dijo al encender las sirenas del coche patrulla.
—¿Podrías apagar eso por favor? Mi cabeza está a punto de explotar —respondió llevándose las manos a la cabeza.
—Lo siento compañera, pero tenemos que llegar allí lo antes posible —dijo con preocupación.
—¿No entiendes que mi cabeza está a punto de estallar? ¿Cómo puedes ser tan insensible? —se quejó, molesta y frustrada.
—Lo siento mucho. No me di cuenta de que el sonido te estaba afectando tanto. ¿Te sientes bien? —preguntó tratando de calmarla.
—¡No, no me siento bien! ¿No puedes verlo? Me duele la cabeza y no puedo concentrarme con todo este ruido —gritó estallando de rabia.
—De acuerdo, está bien. Podemos intentar llegar allí de manera más discreta. Pero tendremos que asegurarnos de que lleguemos a tiempo —dijo tratando de encontrar una solución.
—Sí, por favor. Hagámoslo —suspiró aliviada.
—Tranquila, compañera. Lo siento por haber sido tan insistente. ¿Necesitas algo para el dolor de cabeza? —preguntó tratando de consolarla.
—¡Un maldito ibuprofeno! Con eso basta para aliviar el dolor y mi ira —murmuró angustiada.
Llegaron justo a tiempo y encontraron a los ladrones intentando huir, alertados por el coche patrulla.
—¿Te ves en condiciones de perseguir a uno de ellos? —preguntó preocupado.
—Sí, tranquilo, mientras no haya ruido, puedo correr libremente. Gracias —contestó agradecida.
—Miraré si aún queda alguno en el local. Ten mucho cuidado —aseguró mientras se alejaba con la mano puesta en el arma reglamentaria.
Francisca salió tras los que habían huido por un callejón trasero con una velocidad que dejó perplejo a su compañero. Después de deshacerse de algunos obstáculos e intervenir con un hombre mayor que cayó al suelo por culpa de un ladrón despistado, consiguió derribar a dos menores de edad y a un mayor que prefería llevar con él la mercancía robada antes que su libertad. Les colocó las esposas y los sentó uno detrás del otro, esperando la llegada de los refuerzos.
—Venga, machotes, os dejaré en libertad si me decís si tenéis por casualidad alguna pastilla de ibuprofeno —preguntó extorsionando a los chicos.
—No, no tenemos, y si la tuviéramos, no te la daríamos, perra —contestó el mayor.
—Me gusta esa respuesta, y no sabéis con quién habéis cometido el error de encontraros hoy, y mucho menos en mi estado, jaja —sonrió sacando la pistola y apuntando a los chicos.
—No tía, no nos dispares, por favor, que soy joven y tengo mucha vida por delante, valgamelseñor —dijo uno de los menores asustado.
—Yo tengo en el bolsillo una bolsa con un sobre de ibuprofeno, pero por favor, no me hagas nada —dijo el mayor, también acojonado.
La oficial sacó la bolsita del bolsillo del ladrón, y uno de ellos se quedó en shock al verla.
—No me jodas, Jeremy, que la coca que nos vendes es ibuprofeno, tío, y así no estás robando, cabrón —exclamó el otro menor.
—Venga, déjame libre, ya te he dado el ibuprofeno, ¿no? —preguntó el cabecilla.
—¿Y tú que te lo has creído?, jaja, ahora he matado dos pájaros de un tiro —contestó, acompañado de una risa estridente.
Las patrullas de refuerzo habían llegado y se llevaron a los tres sospechosos. Francisca volvió al coche patrulla con su compañero Lucas, canturreando y muy contenta.
—¿Qué te ha pasado? Pareces otra —preguntó preocupado.
—Nada, jaja, ¡bendito ibuprofeno! —contestó con una carcajada burlona.

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17 comentarios en «Ibuprofeno – miniconcurso de relatos»

  1. Mi voto esta semana está muy repartido. Me ha costado decidirme:
    – Anneris García
    – José Armando Barcelona
    – Bego Rivera
    – Irene Adler

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