Rápido o lento – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «rápido o lento». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 30 de abril!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

¿Rápido o lento?

Rápido primero, lento después,

rápido otra vez.

Blanco parece, el negro se ve.

Fin.

EMILIA CREGO

DESEOS DE VOLVER

Apoyados sobre la barra de un bar, nos miramos como dos extraños que no se reconocen y no saben reaccionar al verse atrapados por un deseo que les marcó en ese mismo instante. Aunque las voces y risas no cesaban, nosotros anulamos a todo ser allí presente.

Con una copa de vino en la mano, nos acercamos para serles fieles a los deseos de cada uno. Mi mirada clavada en unos ojos del color de la miel y en su boca una discreta sonrisa y unas palabras que se fueron entre el murmullo allí presente.

Se atrevió a decirme:

¡No te había visto por aquí!

Yo le dije.

_Es la primera vez que tuve la osadía de tomarme una copa de Jerez en este local tan pintoresco. Me llamó la atención en la entrada, una enorme barca y con el aroma del pescado recién cocinado.

_Marcos es mi nombre, y soy uno más de los numerosos clientes asiduos a degustar los menús elaborados en este establecimiento con el sabor del mar en la mesa.

_Yo soy Lucía, he llegado a este pueblo costero atraída por la luz natural que desprende cada casa y de sus rejas cuelgan el colorido de unas flores frescas y frondosas.

Las horas pasan caídas de un reloj, “rápidas y lentas” regentando aquel lugar; entre el vino, la mirada indiscreta, el carmín marcado sobre el cristal y con algunas insinuaciones que dan lugar a prenderse cada uno de unos besos robados con el sabor del mar. Pisando la arena, nos fuimos adentrando en el deseo de amarse peligrosamente.

No hubo noches, ni días, solo dos cuerpos deseosos de llenarnos de amor.

Días bajo el sol y cubriéndonos de agua marina, paseábamos las caricias y esos temblores con el roce de una piel sintiendo la dicha de ser correspondidos. Bajo una sombrilla y ligeramente ocultos de miradas indiscretas, nos dejamos llevar una y otra vez hasta quedar rendidos y con el placer de sentirse dichosos.

Se fueron los días entre las paredes frías de una alcoba. Me adentré en aquel lugar sin haber conocido al ser que llenó mis días volando sobre las alas de las mariposas en el verano de 1995. Fue como coger impulso y dejarme llevar, surcando nubes y, al anochecer, llenándome de luces que parpadeaban en mi piel bronceada y tersa.

Al llegar las primeras gotas de agua sobre el cristal, nuestros deseos se quedaron helados; sin ningún motivo fuimos testigos de lo efímero que puede ser el deseo de ser amado. Y desde aquel instante nos ignoramos, nos sentimos vacíos, sin el ánimo de seguir adelante. Nos habíamos perdido en cada surco de piel y en cada beso, una y mil veces; que al despuntar un día gris, la pasión quedó dormida y fría.

En busca de más días bañados de sol, nos alejamos para alimentar nuestros deseos de volver a sentir la dicha en un futuro no muy lejano.

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

Hiperactivo

♫Riiiiing riiiing♫

―Dígamelo todo, pero rapidito que estoy muy liado.

―¿Norberto Molinillo, por favor?

―Sí, soy yo. Un segundo, que quite el andamio que he puesto para eliminar un mosquito zancudo que me ponía de los nervios y ya estoy con usted… No cuelgue, que he descubierto una mancha en el techo y tengo que pintarlo entero, pero no tardo nada… Ya puede hablar.

―Le llamo de…

―¡Qué horror! El mosquito se ha quedado incrustado en la pintura, espere un momentito, que cambio de liso a gotelé, que lo disimula todo. Monto el andamio, pinto, desmonto el andamio, hago limpieza general, me cambio de ropa y hablamos, no se retire, por favor… Ya.

―Le comunico que ha sido seleccionado para…

―¡Fatalidad! El niño se ha estampado contra la televisión y la ha hecho añicos, ha explotado y la alfombra se ha incendiado. Le curo, le visto, me lo llevo al colegio, tengo una charla con la seño, vuelvo, apago el incendio, reparo la tele y retomamos la conversación… Ya.

―Qué estrés…

―Siga, siga.

―¿Pero ya ha vuelto?

―Naturalmente, y me he tomado un cafelito con churros en el bar. Con tanto trajín, no recuerdo de qué estábamos hablando, pero eso tendrá que esperar hasta que ponga la lavadora, tienda la ropa, me planche el traje y elija la corbata, en un pis pas retomamos… Ya. Continúe. No, que me tengo que echar un sueñecito… Ahora, sí, estoy como nuevo.

―¿Puedo hablar?

―Cómo no, recojo a mi suegra del aeropuerto, nos echamos un bingo, deshacemos las maletas y charlamos tranquilamente… Ya.

―Alucino pepinillos, Molinillo…

―¡¡¡Norbertooooooooooo, deja de perder el tiempo de una vez, tanto teléfono, hombreeeeeeeee!!!

―Es mi santa, que me reclama, se la paso y le cuenta lo que quiera, que tengo que ir a la compra, hacer la comida, comer, poner el lavavajillas, recoger la cocina y pensar en la cena… Ya. Adolfina, te paso con un señor muy simpático, pero que no termina de arrancar, a ver si tú le sacas lo que quiere.

―Trae pacá el aparato, que se va a enterar de lo que vale un peine. Mientras tanto, cambia el embrague del coche, que el mecánico nos cobra un ojo de la cara. ¡¡¡Oigaaaaa, ¿quién se ha creído que es para entretener así a mi marido?!!! Se nota que usted no tiene nada que hacer.

―Disculpe, yo solo…

―No se da cuenta de que yo no puedo con todo y me veo en la necesidad de pedirle a Norberto que me eche una mano y usted me lo está desorganizando. Aprovecha cualquier oportunidad para escabullirse, más vago que la chaqueta de un guardia. Si a eso le suma que es de natural torpe, no hago carrera de él, fíjese qué panorama.

―Pues, a mí me ha parecido que…

―Cállese, que vuelve… Norberto, ¿Ya funciona el coche?

―Le he cambiado, además del embrague, las cuatro ruedas, que estaban un poco gastadas, le he hecho cien kilómetros de comprobación y va como la seda. Y, hablando de seda, he aprovechado y te he cosido tus veinte pijamas de dicho lujoso material, y han quedado como nuevos.

―¿Has recogido los hilillos del suelo? Mira, que yo me doy cuenta de todo.

―Claaaaaro, y, ya que estaba, he pasado el aspirador por toda la casa y he fregado los suelos. No cuesta nada.

―¿Ha oído eso? No cuesta nada, dice, ¡¡¡si ha tardado una eternidad!!! O estoy encima o no hace ni el huevo. Bueno, ¿me va a decir por fin para qué ha llamado? ¡¡¡Norbertooooooooooooo, instala la alarma, que para eso la he compradooooooo!!! Diga, diga, que estoy en ascuas. ¡¡¡Norbertooooooooooooo, si ya has terminado, ve a hacerte la analítica por mí, que te den los resultados, vas a la farmacia a por las medicinas que me receten, te las tomas y me cuentas!!! Disculpe, es que estoy nerviosa porque está todo manga por hombro y es superior a mis fuerzas. Continúe, soy toda oídos.

¡¡¡Clonc!!!

―Me ha colgado, qué falta de educación, por favor. ¿Qué tal las medicinas, estoy mejor?

―Mucho más tranquila, dónde va a parar.

―Genial. Pues, entonces, localiza al tipo del teléfono y le das doble dosis, que está fatal de la cabeza. Compruebas el efecto, le metes en la cama, vuelves y me cuentas.

―Voy volando… Ya.

―¿Y?

―He encontrado su dirección, no me abría, he entrado con una ganzúa que me he fabricado sobre la marcha, he certificado su muerte por desesperación, he contratado a la funeraria, en el entierro he dicho unas palabras y aquí estoy, tristón y afligido, creo que era un buen hombre, muy pesado, pero bueno al fin y al cabo. No somos nadie.

―¿Has limpiado el polvo?

―Como una patena he dejado el cementerio, que estaba…

―Qué bonito, Norberto, todo tus esfuerzos van para los demás y, en casa, si te he visto no me acuerdo. Quiero el divorcio.

―Espera… Ya. El juez ha dicho que me quedo con la casa y tú con los niños.

―Vaya por Dios, con lo que ensucian. ¿Tú vendrías a apañarme un poco la casa de vez en cuando?

―Ya lo he hecho y te he arreglado las tuberías. Vives en la otra punta de la ciudad, aquí tienes las llaves.

―Hay que ver, cuando te interesa, bien que haces las tareas, caradura.

―Tengo mis momentos, juás.

«Vaya tela con Norbertito, de la que me he librado…»

«Se me parte el corazón, Adolfina está destrozada…»

«Le voy a hacer la vida imposible, a ver si no…»

«Qué pena más triste…»

―¡¡¡Deja de perder el tiempo y haz algo, que no te luce, inútil!!!

―Voooooy… Ya.

ANTONICUS EFE

¿Cómo pasa el tiempo?

Tengo un clavel muerto

que alguien me regaló,

dibujando horizontes

entre los pliegues del reloj.

Asumo futilidades

en espejos decorativos…

Chisttt, el tren…,

ahora se ha detenido,

entre velocidades estáticas.

La errática vía no conduce

a la estación del sueño,

es mejor ir en coche

soñando despierto,

pero…, cuidado con las aceras,

están llenas de intermitentes

que se estropearon a la vez

buscando el concurso de escaparates,

las sombras se tapan con maquillaje.

¿Cómo pasa el tiempo?

RAQUEL LÓPEZ

En la pared, tedioso,

yergue el reloj de la vida

de madera y cubierto de polvo,

pasa marcando la rima.

TIC, TAC, danza de cuerda

tan lento que se hace eterno,

tan rápido la música resuena,

rompiendo la armonía del silencio.

Los minutos se esfuman como el viento

y en un instante pasan fugaces

somos el rastro de un tiempo sediento,

bajo el hechizo de un compás constante.

TIC, TAC, se nos acaba el momento

pendientes de un hilo de seda,

tan rápido, tan lento,

un tiempo que muere en silencio.

Raquel L.

DAVID MERLÁN

RECUERDO PROGRAMADO (TRAGOS DEL ALMA 3)

Eran las 03:03.

El reloj del bar parecia no avanzar, y si lo hacía, era demasiado lento como para notarlo, por qué hay noches en las que el tiempo no corre, y esta parecía una de ellas.

Esa noche el bar estaba en silencio. Lo habitual. Solo me encontraba yo, el zumbido tenue del neón rojo, y las botellas esperando su oportunidad.

Todo aparentemente en calma hasta que entró él.

Alto, piel grisácea, ropa sin marca ni arruga. Olía a limpio, y traía esa mirada de quien ha cruzado muchos caminos… pero no recuerda cuál fue el primero.

Con parsimonia, llegó hasta la barra y sentó. No dijo nada durante un buen rato.

Solo miraba la barra como si intentara reconocerla de algún sueño.

—¿Primera vez aquí, señor? —le pregunté.

Me miró como si la pregunta fuera un acertijo.

—No lo sé… Hay algo en este sitio…Me suena. Pero no debería sonarme, creo yo.

Asentí despacio.

—Eso suele pasar cuando uno llega demasiado pronto… o demasiado tarde, quién sabe.

El hombre me miró de arriba a abajo con desdén pero no dijo ni mu.

Yo decido dedicarme a lo mío, a lo que mejor sabia, y sin esperar a que se decidiera, le serví un trago turbio, pero a la vez casi translúcido, con una bola de hielo opaco girando en el centro.

–Lo llamo: “Recuerdo programado.” Lleva Lavanda, sal… y una pizca de algo perdido— Y se lo deslicé en un vaso hacia él acompañado de su correspondiente posavasos.

—Antes de empezar —le dije—, necesito que elija.

Frunció el ceño.

—¿Elegir qué?

Apoyé los codos en la barra.

—El ritmo.

—No entiendo.

Sonreí imperceptiblemente a su vista. Ya era mío.

—Aquí los recuerdos no vienen solos, señor. Hay que servirlos, y usted decide el cómo.

Contrariado, se inclinó un poco hacia el vaso y lo cogió en su mano mientras lo movía sutilmente para comprobar cómo reaccionaba el líquido.

—¿Cómo… qué?—preguntó entrándome al trapo del juego dejando de jugar con el trago.

—Rápido… o lento, usted decide.

El hielo giró sobre sí mismo, como si también esperara respuesta.

—¿Qué cambia? —preguntó al fin.

—Lo cambia todo.

—¿Por?

—Si lo quieres rápido (contesté tuteándolo)…te golpea de golpe. Sin filtros. Sin anestesia. Lo ves todo. Lo sientes todo. Y luego… se acaba.

Hice una pausa.

—Por el contrario, si lo quieres lento…entra poco a poco. De forma natural que no se nota al principio. Pero se queda más tiempo.

—¿Cuál duele más? me preguntó levantando la mirada.

—Esa es la trampa. —contesté, negándole con la cabeza. No cambia el dolor. Solo cambia cuánto tiempo decides convivir con él.

Miró el vaso mientras sopesaba su decisión.

—Lento —dijo al final—. Creo que… lento.

Asentí.

—Casi todos elegís eso.

—¿Casi?

—Los que ya no pueden más… piden rápido.

Respiró hondo. Cogió el vaso con sus dedos temblorosos y bebió.

Al principio, nada. Luego, un leve parpadeo. Después… el temblor se agudizó.

—Lya… —murmuró.

El hielo dejó de girar.

—Una estación… —susurró—. La estación de Whirl…

Sus puños se cerraron sobre la barra.

—Un niño… no… no llegó…

Respiró hondo, como si el aire pesara.

—¿Lo estoy recordando… o me lo estás sirviendo tú?

—Aquí nadie regala recuerdos —le dije—. Solo los despierto. Tú decides, si son o no tuyos.

Pasaron unos segundos de incertidumbre. Mejor dicho sería decir que pasó un rato. Decir con certeza segundos o minutos en aquel lugar no sería del todo cierto.

—¡Para…! —dijo de pronto echándose hacia atrás en el taburete.

—¿Demasiado lento?

Apretó los ojos.

—No… es que… no termina. No acaba…

Me incliné ligeramente hacia él.

—Eso es lo que elegiste.

Abrió los ojos, desesperado y se acercó a un palmo de mi cara.

—Quiero parar. Quiero que se termine ya.

Negué suavemente.

—No es posible, señor. Ese es el problema de lo lento…que no puedes bajarte a mitad.

—¿Y rápido? —preguntó casi en un susurro pasados unos segundos de silencio.

—El rápido ya pasó. El trago se terminó solo. Como siempre ocurre.

Cuando levantó la mirada, ya no era el mismo. Tenía lágrimas en los ojos y una media sonrisa que no encajaba en su rostro.

—Entonces… sí estuve aquí, ¿verdad?…

—Si, pero no es la primera vez, señor, —le dije—sino la última.

—¡Dios que pereza, aaaagh!— y sin más, apoyó sus manos en la barra, se bajó del taburete. Me miró con resignación, metió la mano en el bosillo y sacó una moneda que, al pagarme con ella, desapareció en mi mano.

Aún me encontraba mirando con asombro mi mano vacía, cuando antes de salir, también me dejó una servilleta sobre la barra.

En ella había algo escrito de puño y letra:

«Cuando vuelva… recuérdame esto.» Y justo cuando terminaba de leerla, oí cerrar la puerta del local. Volvía a encontrarme a solas en el bar.

No me di cuenta en ese momento, pero había dejado algo más:

Una tarjeta metálica. Del grosor de una llave de hotel partida por la mitad, también con algo escrito en ella: una frase que apenas podía leerse en la mitad que quedaba.

La cogí de la barra. Estaba fría. Aquella frase decía:

«Este acuerdo no expira hasta que todo haya sido recordado.»

Le di la vuelta. Por el otro lado era la típica tarjeta de crédito, con su chip y todo.

«Masstrupe… no seque» llegué a leer lo poco que se entendía.

Y de repente para mí sorpresa, y cuando iba a hacer lo propio con la servilleta, está, había desaparecido, lo mismo que la moneda.

Miré el trozo de tarjeta y no le di más vueltas. Me giré y la guardé en la estantería.

Entre la pulsera hospitalaria y el gemelo dorado.

Cuatro huecos quedaban aún por llenar en aquella estantería. No había sitio para más.

Recapacité en aquel.hombre y pensé:

Hay quienes vienen aquí buscando olvidar. Otros vienen queriendo recordar.

Pero sin duda, los más peligrosos son los que vienen queriendo elegir. Ya sea rápido o lento, ya sea ahora o más adelante, si prefieren aguantar el dolor o no, ¡Qué más da! El caso es que son los más peligrosos. El simple acto de elegir es el que es peligroso. La opción es la que te consume sin remedio.

Y mientras volvía a secar un vaso, miré el reloj.

Seguía marcando las 03:03.

Continuará…

YOLANDA PINA REY

¿Cómo ralentizar el tiempo? Me suelo preguntar en ocasiones. ¿A vosotros no os ha pasado? Parece que el tiempo transcurre muy despacio y, cuando te quieres dar cuenta, ya ha pasado casi un año. Lo notamos, sobre todo, en esas ocasiones especiales como las vacaciones de verano, las Navidades o algún evento importante. Pasas mucho tiempo preparándolo y parece que nunca llega; sin embargo, cuando lo hace, pasa volando, casi sin darte tiempo a disfrutarlo. Eso por un lado.

Por otro lado, para nosotros los caracoles caminan muy lentos, pero si le preguntamos a un caracol, seguramente nos responderá que nosotros vamos muy rápido. Así que lo más probable es que ir rápido o lento dependa de la percepción de cada uno.

A mí, en particular, me gustaría vivir esos momentos de calidad lo más lento posible, para poder saborear cada instante especial. Ese reloj que deja pasar cada segundo de forma automática, a menudo nos quita la oportunidad demasiado rápido. ¡Qué bonito sería poder detener el tiempo por un momento y saborear ese preciso instante en el que fuimos felices de verdad por primera vez!

O acaso… ¿sería mejor dejar correr los minutos para que nos traigan nuevas historias, quizás más hermosas que las de antes? Quizás lo mejor sea acelerar esos minuteros y que corran sin descanso para regalarnos ese nuevo comienzo, esa nueva oportunidad. Porque la vida, rápida o lenta, si no la pillas al vuelo se te va; y si algo te interesa de verdad, mejor será que no lo dejes escapar.

RAKEL VALDEARENAS

La caja.

El taller de don Elías olía a viruta de cedro y a aceite de linaza. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse rendido ante la paciencia. Allí llegó Marcos, con el paso eléctrico y el reloj de pulsera dictándole el pulso.

—Don Elías, necesito que termine el grabado de la caja para el viernes —dijo Marcos, tamborileando los dedos sobre el mostrador—. Sé que es poco tiempo, pero si trabaja rápido, podemos cerrar el trato hoy mismo.

El viejo artesano no levantó la vista de la gubia. Con una calma casi exasperante, sopló una brizna de madera antes de hablar.

—¿Rápido o lento, muchacho? —preguntó con voz rasposa.

Marcos parpadeó, desconcertado.

—Rápido, por supuesto. El evento es el sábado.

Don Elías dejó la herramienta a un lado y lo miró por encima de sus gafas.

—Si lo hago rápido, mis manos solo obedecerán a tu prisa. La madera se astillará en las esquinas, el dibujo será una sombra de lo que imaginas y, para el próximo año, la tapa se habrá rajado porque no respeté la veta. Tendrás tu caja el viernes, sí, pero no tendrás una obra.

Hizo una pausa, dejando que el silencio del taller pesara.

—Si lo hago lento —continuó—, hablaré con la madera. Dejaré que se asiente. Cada trazo será profundo y exacto. La caja no solo guardará lo que pongas dentro, sino que contará una historia que durará más que tú y que yo.

Marcos miró su reloj. El segundero avanzaba con una crueldad mecánica. Luego miró las manos callosas del artesano, que no temían a la espera.

—¿Y si lo hacemos lento? —preguntó Marcos, bajando el tono de voz.

—Entonces —sonrió Elías—, no estará para este viernes. Pero cuando la entregues, quien la reciba sabrá que el tiempo es el único regalo que realmente importa.

Marcos suspiró, sintiendo por primera vez en años que sus hombros bajaban.

—Lento, entonces. Avíseme cuando ella esté lista, no cuando el calendario lo diga.

LUCINDA QUART

LA MUERTE EN VENECIA

Visto desde el canal, el portal del agua de Ca’ Barbieri parecía oscilar con un tremor suave de oleajes imaginarios. Era tan sólo una ilusión óptica producida por el reverbero del agua contra la piedra de Istria, pero a menudo resultaba tan real, que uno esperaba ver al viejo palazzo salir navegando por el canal de la Giudecca, sorteando ferrys y vaporettos en dirección a la Punta della Dogana, para acabar hundiéndose bajo la piadosa mirada de la estatua de bronce de la Virgen que corona la cúpula de Santa María della Salute. En uno de esos actos inextricables propios de la voluntad humana, el palazzo elegiría su final como el animal anfibio que era desde su construcción en 1603.

Nadie en Venecia podía saber con certeza si Ca’ Barbieri había conocido alguna vez tiempos mejores: había sido sanatorio mental, leprosería, casa de huéspedes, centro neurálgico de una conspiración garibaldina. Y entre muertes diversas y diversas resurrecciones, el palazzo terminó siendo propiedad de una condesa húngara a la que nadie llegó a ver nunca más allá del parteluz de piedra de los balcones. Su figura toda vestida de blanco, más parecida a un mascarón de proa que a un fantasma, habitaba en voluntario aislamiento las estancias del palazzo. Hierática y misteriosa, Anastasia Almássy languidecía en Ca’ Barbieri como languidecían los muros de piedra blanca, los frescos de las paredes, los estucos del techo y los limoneros del patio interior. Anaerobia y autosuficiente como el agua de la laguna, Anastasia suscitaba por igual fascinación que envidias o recelos. Como una Circe desdeñosa y cruel en su palacio flotante, sin necesidades ni curiosidad por el mundo que agonizaba afuera, más allá del canal, más allá de la curva del Dorsoduro y la sombra de la Giudecca…

Para atender las mundanas necesidades de la casa, contaba la condesa con un pequeño ejército de sirvientes filipinos a los que con frecuencia se veía por toda la ciudad con sus guardapolvos grises. Todos compartían rasgos comunes, poca estatura, una afasia permanente que no tardó en provocar fantasiosas especulaciones. Su mutismo era una mutación genética propia del aislamiento y la endogamia vivida durante generaciones en su isla remota. La condesa les había cortado la lengua porque el gorjeo peculiar de su tangalo nativo le producía jaquecas. Se les había sometido a una intervención quirúrgica para extirparles las cuerdas vocales y evitar así que revelaran algún secreto inviolable sobre su patrona. Los rumores, cuando no hay nadie para desmentirlos o confirmarlos, tienden a adquirir vida propia. Y hay que admitir que en Venecia resultaba más divertido especular con malicia sobre la condesa húngara que hablar sobre el Aqua Alta o la subsidencia.

Cuando ascendí los escalones del portal del agua y acerqué el dedo índice al timbre de la puerta artesonada, no pude evitar preguntarme quién habría sido la última persona que emuló ese gesto. En qué año o siglo o circunstancia; con qué intenciones y con qué resultado. El carrillón resonó clarísimo de dentro hacia afuera, agudo y breve. Yo no esperaba oír pasos al otro lado de la puerta porque sabía que los filipinos eran sigilosos como comadrejas, así que simplemente esperé hasta que el eco del carrillón se desvaneció en las oquedades del palazzo como las trompetas de Jericó. Alguien vendría a abrir la puerta. La falsa condesa húngara sabía perfectamente quién era yo y a qué había venido. Acostumbro a ofrecer a mis objetivos la posibilidad de elegir el dónde y el cómo; nunca el cuándo. Y ella sabía que el cuando era hoy.

Considero la muerte un asunto solemne, por lo que procuro mantener un aspecto agradable, elegante y pulcro. Me hago los trajes a medida en una sastrería de Savile Row; llevo zapatos cosidos a mano y siempre lustrosos; las corbatas de seda son discretas, adquiridas en una pequeña camisería de la Vía del Corso. Desde mis comienzos en la Compañía, empleo para todos los encargos una Tokarev TT-33 de 9 mm y un silenciador de cromo de fabricación israelí, porque considero innecesario ser un patán sangriento al estilo del cine americano o un vocinglero matón de muelle siciliano. Nosotros no enviamos mensajes ni empleamos el miedo como arma, no somos mafiosos ni somos espías. Si traicionas a la Compañía; si robas a la Compañía; o hablas de la Compañía, entonces estás muerto aunque tú no lo sepas. Tratarás de huir, esconderte, obtener algún tipo de dispensa, bula, indulgencia o armisticio, pero en realidad sólo estarás esperando a que alguien llame a la puerta de tu palazzo veneciano para restablecer el orden natural de las cosas. La omertá del iniciado. La deuda de honor que nunca se indulta, que sólo se posterga.

Al igual que sucedía con la fachada, el vestíbulo central de Cai’ Barbieri era una ilusión óptica, un trampantojo para la córnea y las meninges. El suelo era absolutamente negro, de alguna baldosa brillante o húmeda, de manera que la impresión inicial del visitante era la duda. Más de un incauto habrá permanecido estático en el umbral, con una rodilla en mansa actitud genuflexa, incapaz por miedo a consumar el paso. No había un sólo mueble: ni butacas de terciopelo, ni mesas de recibir, ni cuadros en las paredes ni espejos. La escalera de caoba bruñida surgía del suelo con tal ingravidez que no podías asegurar si subía o bajaba. El efecto del pavimento reluciente se asemejaba a un agujero negro o un pozo de brea caliente y la única distracción era una lemniscata de mármol blanco colocada en medio del recibidor a modo de precario asidero o boya salvavidas. En conjunto, el vestíbulo parecía la obra de un demiurgo con ínfulas de prestidigitador; un reflejo histriónico y dramático de lo que ocurría afuera; la premonición cruel del hundimiento. Había leído en alguna parte que los cuerpos no se hunden en la lava, que flotan y después se queman, así que avancé sobre las baldosas relucientes hasta quedar erguido sobre la figura de ocho recostado de la lemniscata de mármol ligeramente iridiscente. La escalera era como tantas salvo por el hecho de que en el tercer peldaño estaba ella, con su vestido blanco y su mirada antigua, inmóvil tras su falsa nobleza y su nombre impostado.

—¿Cómo quieres que sea?—pregunté—¿Rápido o lento?

La lemniscata del suelo emitió un destello suavísimo, como la luz de una estrella muerta. Anastasia Almássy me franqueó el paso hasta el patio interior con un gesto de la mano que era a la vez mayestático y temible. La clase de gesto que se le atribuye en la literatura a las reinas en su camino al cadalso.

Bajo la sombra fresca y gentil del limonero había dispuesta una mesa, un juego de té, una redoma de topacio y una edición en rústica de Los papeles de Aspern, de Henry James. Admiré su gusto y su temple. Me habría decepcionado encontrarla al final leyendo a Thomas Mann porque habría imaginado que intentaba dilucidar así el sentido último de su propia muerte. Henry James era una elección más auténtica; su manera de trivializar mi visita; una bofetada más oportuna y sutil.

Yo dejé la Tokarev sobre la mesa, entre la tetera de porcelana y el libro. La redoma de topacio contendría alguna neurotoxina de rápida metabolización o quizá estramonio, porque había una planta florecida cerca de la tapia del patio.

Lento, entonces. Lento y extremadamente doloroso.

—¿Te quedarás conmigo hasta el final?—preguntó, llevándose la taza a los labios pero sin apartar de mí los ojos.

Asentí.

En mi mundo existen protocolos. La Compañía necesita pruebas. Me pareció ver la sombra furtiva de uno de sus filipinos atravesar el recibidor y por un momento, deseé que suplicara no por su vida, sino por las de ellos. Pero no suplicó.

Antes de abandonar Ca’ Barbieri y Venecia, pensé hasta qué punto esta ciudad no existe salvo en la literatura. Es una alucinación colectiva, un deseo, la fantasía creada por Mann, James, Byron, Shelley. Es tan frágil como el limo compactado que la sostiene y tan efímera, me temo, como el sueño de una noche de verano. Cuando Venecia se hunda y desaparezca—que lo hará— todos seremos un poco más huérfanos; mucho menos nobles.

Y recordaremos con tristeza aquel selfie que nos hicimos en San Giorgio Maggiore o en una playa del Lido. Mirando sin ver… antes de que empezara a acabarse el mundo.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

FALLO DE SISTEMA

Nadie podría haber imaginado que esto iba a ser el futuro. Sin embargo, en aquel lejano 2026, nuestros antepasados ya comenzaban, ciegos y obstinados, a transitar el tortuoso camino que nos ha llevado hasta aquí, a esta grieta donde ahora vivimos y que nos mantiene polarizados.

Al nacer, a cada ciudadano se le implanta un regulador temporal en la base del cráneo. El dispositivo, como una semilla del destino, viene acompañado de una simple decisión que lo define todo: rápido o lento. Pasados los doce años, ya no hay vuelta atrás.

Los Rápidos vivimos en una corriente constante de estímulos: edificios que cambian de forma en minutos, trabajos que duran horas, relaciones que nacen y mueren en días. Para nosotros, el tiempo es un recurso que se exprime hasta la última gota. Aprendemos idiomas en semanas, olvidamos rostros en cuestión de días. Nuestro credo es simple y contundente: más experiencias, menos espera.

Los Lentos, en cambio, habitan barrios donde el sol se mueve con una parsimonia ceremonial. Lugares suspendidos en una luz que parece no avanzar. Cultivan jardines que tardan años en florecer. Sus conversaciones pueden durar días enteros, con silencios largos y cómodos. Y recuerdan todo: cada gesto, cada palabra, cada inflexión, cada ausencia. Su lema: menos ruido, más sentido.

Me llamo Nara. Soy técnica de mantenimiento del sistema temporal. Rápida, por supuesto. Mi mente salta de un pensamiento a otro con la precisión de una máquina. No pienso, ejecuto. Hoy, mientras revisaba un nodo central, he encontrado una anomalía, un patrón extraño que no debería existir.

Los Lentos están desapareciendo.

No físicamente. Sus cuerpos siguen allí. Pero sus registros… se están borrando.

Alarmada, he accedido a archivos restringidos. Sé que he roto algunos protocolos, pero no lo he pensado. Y lo que he encontrado me ha hecho detenerme, algo raro en mí.

El sistema no solo regula la percepción del tiempo. También redistribuye recursos cognitivos. Los Lentos, al vivir más despacio, generan una densidad de memoria mucho mayor. Sus recuerdos son más complejos, profundos, llenos de matices… más valiosos.

Hace tiempo, el gobierno descubrió cómo extraer esa memoria y convertirla en energía, en combustible para nosotros, los Rápidos. Cada impulso de velocidad, cada ráfaga de aprendizaje instantáneo, está alimentada por la vida interior de alguien que vive despacio.

De repente, de forma inesperada, acabo de sentir algo nuevo, una sensación que no había conocido hasta ahora. No es miedo. Ni culpa. Es un pálpito más raro. Más peligroso.

Por primera vez, he hecho una pausa.

Movida por algo que no sabría explicar, he decidido visitar el Barrio Lento. Admito que me ha resultado difícil. Mi cuerpo, acostumbrado a la velocidad, se desespera. Todo parece… inmóvil.

Allí he conocido a Elías. Habla despacio, pensando antes de responder. Y cuando me mira, no hay prisa en sus ojos. Lo hace como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Nunca te has preguntado qué te estás perdiendo? —me dice.

Quiero responder rápido, como siempre. Defenderlo. O negarlo. Pero algo falla en mí. O quizás acaba de funcionar por primera vez.

Me quedo en silencio.

Horas después, lo entiendo.

Los Rápidos acumulamos experiencias como quien acumula objetos en una sala vacía. Las tocamos, pero no las habitamos. Los Lentos las viven… y por eso son saqueados por el gobierno.

Regreso al sistema con una decisión tan arriesgada como imposible: alterar el código central. Si logro desactivar la extracción, la ciudad entera colapsará. Los Rápidos perderemos nuestra ventaja, pero viviremos la existencia a otro nivel. El ritmo del mundo se igualará… y nadie sabrá entonces qué forma tiene el tiempo.

Frente al núcleo, dudo.

¿Rápido o lento?

Por primera vez en mi vida, elijo no responder de inmediato.

Y en esa pausa, breve pero infinita, el sistema comienza a fallar por sí solo.

Porque el verdadero error nunca fue la velocidad.

Fue obligarnos a creer que había que elegirla.

Pedro Antonio López Cruz

LILIANA GINANNINI

Sin tiempo

Mirar por la ventana siempre fue mi pasatiempo favorito. Ver desde la seguridad de mi espacio como transcurren las vidas ajenas. El reloj vital marca el ritmo, los coches son ráfagas de metal brillante dejando atrás el siseo gomoso en el asfalto, la lluvia choca con los paraguas y las personas son sombras largas que desaparecen antes de que pueda parpadear, no hay voces. No hay risas. Sólo el zumbido del enjambre humano.

El cristal de la ventana vibra bajo mis dedos y el vello se me eriza. Pasos y gotas se acercan. El tiempo se vuelve gelatina, las pisadas se hunden en el parquet plop…plop…plop… La respiración es densa, el grito se congela en mi garganta y cuando finalmente sale es vidrio molido. El aire frena el golpe que viene directo al rostro. La piel se quiebra. Un latido y la sangre se escurre de la boca al cuerpo, el gusto es… metálico.

Latido golpe

Latido golpe latido golpe golpe golpe golpe golpe… silencio.

ANGY DEL TORO

Este relato nació del asombro ante el proceso creativo de «aprendices o escritores», un relato que presenté hace algunas semanas.

Pero hoy, con el nuevo libro «DE PROFUNDIS» ya entre las manos de muchos, tras once inviernos de siembra en nuestro grupo de Escritura Creativa, la historia reclama su propia dimensión.

Aquí les dejo el primer capítulo de este viaje donde Cervantes despierta en nuestra casa: «Cuatro Hojas Editorial».

El Eco de los Once Inviernos

(Capítulo I)

El silencio en el despacho de la editorial era absoluto, de esa clase de silencio que solo se encuentra en los lugares donde las palabras reposan antes de nacer.

Sobre la mesa de madera clara, un hombre de hombros cansados y manos manchadas de una tinta invisible revolvía una carpeta de grabados.

Sus dedos se detuvieron en una imagen: una prensa de madera del siglo XVII, ruda y pesada.

Al acercarla, el aire de la habitación parecía espesarse. El olor a papel reciclado de la oficina fue sustituido, por un instante, por el aroma rancio del sebo de las velas y el cuero húmedo.

—Once inviernos… —susurró el hombre, y su voz no era la de un técnico, sino la de un espectro que había cruzado los océanos del tiempo.

Once inviernos de una siembra que no conoce fronteras.

De pronto, un sueño pesado, como una marea de tinta, lo arrastró. Apoyó la cabeza sobre el escritorio y la realidad era otra. Ya no estaba en una oficina moderna; se encontraba en el corazón de una imprenta antigua. Allí, entre las sombras, una mujer de mirada inteligente y manos firmes movía los tipos de plomo con una agilidad que él reconocía como propia del oficio.

—¿Aprendices o escritores, Miguel? —pareció preguntar la voz de la mujer.

Cervantes, en su sueño, intentó alcanzar una hoja que salía de la prensa, pero la hoja se transformó en una luz parpadeante, un código de barras, una pantalla que mostraba:

«Cuatro Hojas-Editorial «.

Al sentir el vibrar del suelo, giró su cuello en busca del ruido reinante.

Del centro de la estancia, rompieron las tablas de madera del viejo taller, una mole oscuro y vibrante surgió.

Era un libro, sí, pero más que un libro, era una sinfonía de palabras.

Las tapas se abrieron solas y de su interior brotó un murmullo de trescientos sesenta y cinco días de escritura constante, de debates en el «Feis», de risas en el «Club House», de la «sabrosura» de un lenguaje que, a morir, se niega.

En la portada, grabada con el color de las almas, apareció su nombre:

«DE PROFUNDIS».

Cervantes, de un sobresalto despertó. El sol de Lucena entraba por la ventana, iluminando una oficina modesta pero actual.

No había velas, pero el aire, ni rápido, ni lento, soplaba.

Sobre el escritorio, el libro era real. Lo tocó con reverencia. Ya no se sentía un extraño en aquel recinto.

—Si han aguantado once inviernos bajo este mando —murmuró mirando el logo de la editorial—, no son aprendices que juegan, sino escritores que, con sus voces sanan.

Abrió la primera página. Y exclamó:

¡El «destripe» ha comenzado!

CARMEN BERJANO

¿ Rápido o lento?

Estar de cañas por el casco histórico de Cáceres con mi amiga del alma siempre es bien. Nos vemos poco, pero la confianza sigue intacta. Siempre es intenso, divertido y verdadero. Esta vez se nos unieron amigas de su pueblo.

Cuando ya íbamos como Las Grecas, empezamos a hablar de sexualidad. De cómo preferíamos que fuera una relación sexual completa, si rápido o lento. Las opiniones y razonamientos eran variados y divertidos. Me quedo con la sentencia de una: a mí me gusta floji, floji, fuerte, fuerte, flojo, floji.

Sentencia que nos soltó una carcajada.

Y a ti, ¿Cómo te gusta?

EFRAÍN DÍAZ

En Dos Bocas el tiempo no tiene prisa. Tampoco vocación de demora. No corre, no se arrastra. Ni brinca ni salta. Simplemente cumple. Como esos inútiles funcionarios que solo sellan papeles sin hacer ruido ni historia. La velocidad, dicen los entendidos que nunca han pisado el barrio, es una ilusión, una percepción. Allí, en cambio, don Manolín, que no leyó a Albert Einstein pero le habría discutido sin complejos, lo resolvía mejor: todo depende de la dependedura.

Los niños de la escuelita rural miran el reloj de la pared como si fuera un castigo bíblico. Saben, con esa lucidez prematura que da la pobreza, que lo aprendido allí tiene la misma utilidad práctica que un tratado de latín en una gallera. Para ellos, cada minuto cae espeso, como suero de brea. Pero basta cruzar la verja, soltar el bulto de libros y correr hacia la finca o el río, para que el tiempo, ese mismo tiempo, se vuelva ligero, casi indecente en su velocidad, como si también quisiera escapar con ellos.

En el colmado de Lolo, donde el ron se venera como religión y el dominó una es forma de gobierno, el tiempo pasa demasiado rápido. Los borrachitos lo dejan ir con una generosidad que no aplican a la propina. Lolo, en cambio, observa el reloj con la codicia serena del comerciante: cada segundo que se fuga es un trago que no se vende. Si pudiera, lo amarraría al mostrador.

Neco, el de la funeraria, mantiene una relación más profesional con el asunto. Él preferiría que el tiempo acelerara un poco, pero sin estridencias. No le desea la muerte a nadie, aclara siempre, con esa moral flexible que le permite dormir tranquilo, pero entiende que la clientela no se produce sola. Hay oficios que dependen más del calendario que del talento.

Chendo y Cindo, orfebres de la tierra, viven en la paradoja. Quieren que la jornada termine pronto, pero el día se les estira con una crueldad casi litúrgica. El sol no avanza: vigila y quema. Y ellos trabajan bajo esa mirada fija, como si el tiempo, en lugar de transcurrir, se hubiera quedado a observarlos.

Luego están los teóricos, siempre hay teóricos, incluso donde nadie los invita, que insisten en que el tiempo es constante: sesenta segundos por minuto, sesenta minutos por hora. Una maquinaria perfecta, indiferente, casi elegante y cruel en su precisión. Pero esa teoría, impecable en los libros, naufraga en Dos Bocas, donde nadie mide el tiempo con relojes sino con ganas.

Allí no se habla de percepciones, pero se practican con una destreza envidiable. El tiempo no cambia; cambian las tripas, el tedio, la sed y la esperanza. Y eso basta.

¿Rápido o lento?

Don Manolín, que no necesitó fórmulas ni diplomas para entenderlo, lo dejó dicho con una sentencia que en el barrio vale más que cualquier tratado: depende de la dependedura.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

A mis 53 años he llegado a una conclusión muy seria y nada discutible: el tiempo no pasa igual para todo el mundo. Y no, no me refiero a teorías de esas complicadas que salen en documentales con música intensa. Me refiero a algo mucho más sencillo: el tiempo se comporta como le da la gana… sobre todo cuando tienes hijos.

Me llamo Manoli, tengo dos: Eli, la mayor, y David, el pequeño. Bueno, pequeño… casi dos metros y más de 100kg, pero por mucho que se queje para mí siempre será mi pequeñín, ese niño que se metía galletas en los bolsillos “por si acaso”.

El caso es que yo antes pensaba que el tiempo era algo estable. Lineal. Normal. Hasta que me convertí en madre y descubrí que no, que es más bien un cachondeo.

Por ejemplo: cuando Eli o David se ponen malos.

Ahí el tiempo no pasa. Se arrastra.

Recuerdo perfectamente una noche en la que David tenía fiebre. Yo miraba el reloj cada dos por tres, convencida de que al menos habría pasado media hora desde la última vez.

Mentira.

Habían pasado cuarenta segundos.

—¿Perdona? —le decía yo al reloj—. ¿Te has parado o qué?

Pero no, ahí seguía, avanzando con una lentitud insultante. Yo poniendo paños, mirando el termómetro, volviendo a mirar… y aquello no avanzaba ni a empujones. En esos momentos una noche dura más que toda mi adolescencia junta.

Y luego está lo de Eli cuando lo pasa mal. Porque cuando a una hija le rompen el corazón, prepárate. No por el drama —que también— sino porque el tiempo decide ponerse en modo “cámara lenta extrema”.

—Mamá, es que no me quiere… —me dice.

Y yo por dentro: “Ya, hija, pero si esta frase dura cinco minutos más, me da tiempo a hacer la paella”.

Pero claro, una pone cara de madre comprensiva, asiente, abraza… mientras el reloj se toma su café con calma. Muy bien todo.

Ahora, cambiamos de escena.

Día bueno. Día feliz.

Eli se levanta contenta, David no protesta (esto ya es sospechoso), desayunan sin discutir… y yo pienso: “Hoy sí, hoy el tiempo va a ir normal”.

¡Ja!

Ilusa de mí.

En cuanto me descuido, el día desaparece. Literalmente. Es como si alguien pulsara un botón de avance rápido.

—Pero si acabábamos de desayunar —digo yo mirando el reloj.

Y el reloj, como siempre, pasando de mí.

El otro día, por ejemplo, David llegó y me dijo:

—Mamá, he aprobado todo.

Y yo:

—¿Todo?

—Todo.

Bueno, pues ese momento duró exactamente lo que tarda un parpadeo. Siguiente escena: yo fregando platos, preguntándome si me lo había imaginado por necesidad emocional.

Con Eli pasa igual cuando está bien. Se ríe, me cuenta cosas, estamos a gusto… y cuando quiero darme cuenta, el día ha volado. Ni rastro. Ni despedida. Nada.

—Esto no es justo —les digo a veces.

—¿Qué, mamá? —me contestan.

—El tiempo. Cuando lo pasáis mal, va lento. Cuando estáis bien, va rápido.

Y David me suelta:

—Eso es porque te preocupas demasiado.

Claro.

Encima la culpa es mía.

Perfecto.

El tiempo es un desastre y encima resulta que lo gestiono yo. Estupendo. Me lo voy a apuntar en la lista de responsabilidades, junto con hacer la compra y encontrar los calcetines que desaparecen misteriosamente.

Con los años he dejado de intentar entenderlo. Porque no hay manera. El tiempo hace lo que quiere y punto. Es como ese vecino que pone música a horas raras: sabes que está mal, pero no puedes hacer nada.

Así que ahora, cuando Eli o David están mal, respiro hondo y me preparo. Sé que vienen horas largas, densas, de esas que pesan. Y cuando están bien… intento no despistarme demasiado. Intento quedarme ahí, en ese momento, aunque se me escape entre los dedos.

No siempre lo consigo, claro.

Pero lo intento.

Porque al final, entre lo lento y lo rápido, entre las noches eternas y los días que desaparecen, se me han ido haciendo mayores. Sin pedir permiso, además.

Y yo aquí sigo, mirándolos, pensando:

—Pero si hace nada eran pequeños…

Y el tiempo, cómo no, sin dar explicaciones.

Eso sí, cuando esta noche mire el reloj y vea que todo está en calma, que Eli está bien, que David también… seguramente se me escape esa sonrisa tonta que si alguien la viera me tacharía de loca.

Aunque sea un momento corto.

Porque ya sé cómo funciona esto: lo bueno pasa rápido.

Pero oye… pasa. Y con eso, de momento, me conformo.

ARCADIO MALLO

¿Rápido o lento?

— ¿Rápido o lento? — preguntaba el niño, inocente.

— Como tú prefieras — respondió el anciano —. Pero ten en cuenta que todo en esta vida depende, como en esa canción que escuchas a veces. Eres joven y tienes prisa. El tiempo pasa demasiado lento para ti, la ansiedad te puede. Sin embargo, yo no tengo prisa, voy lento y el tiempo pasa demasiado deprisa para mi. — Hizo un silencio observando al joven. — ¿Ves cómo todo depende?

El niño se fue. Volvió con el jersey que le había pedido el abuelo y se lo dio.

— Fui lo suficientemente lento para no caer por las escaleras. He intentado ser todo lo rápido posible para que no te cogiera el frío.

El anciano sonrió.

— Eso es la vida: encontrar el equilibrio para no caminar de vacío.

FRAN KMIL

¿Rápido o lento? Son palabras vacías cuando están solas. Necesitan compañía del tiempo y el espacio, o relacionarse con otras para tomar significado. ¡Qué más da si el resultado será el mismo y en nada cambiará los hechos! ¿Acciones rápidas para terminar pronto, o lentas para disfrutar de los detalles del paisaje? Qué diferencia puede haber si el movimiento es en círculo, orbitando un centro inmóvil desde donde un ojo invisible observa agazapado detrás de uno de esos espejos y lentejuelas brillosas que adornan el carrusel.

El ojo detrás del espejo los anota. Registra cada vuelta, cada pausa, cada milímetro de desplazamiento. Ha esperado en esa posición, rodilla derecha sobre el cemento frío, codo izquierdo apoyado contra la madera húmeda, y su pulso no ha variado ni un latido. La paciencia es más que una virtud para él; es una herramienta de precisión, como el gatillo que descansa bajo su dedo índice sin ser aún presionado.

El blanco aparece y desaparece detrás de las lentejuelas giratorias del carrusel. Uno, dos, tres giros. Todavía no. El ángulo no es exacto y él solo trabaja con ángulos exactos. Esa es la diferencia entre rápido y lento que sí tiene significado: un disparo apresurado es un error; uno tardío, una oportunidad perdida. Solo existe el instante preciso, y ese instante aún no ha llegado.

Los árboles de sauce dejan caer sus ramas como cortinas. El carrusel sigue girando. El centro permanece inmóvil.

Entonces el blanco se detiene.

No era el plan. Nada en los movimientos previos, cuatro días de seguimiento, diecisiete páginas de notas, treinta y dos fotografías tomadas desde distancias que ningún ojo ordinario hubiera tolerado, sugería que la hermosa mujer del vestido rojo ajustado a su cuerpo, fuera capaz de detenerse así, de golpe, como si el mecanismo interno que la mantenía en órbita hubiera encontrado de pronto un punto de anclaje en el universo.

El ojo detrás del espejo no parpadea.

El blanco está de pie junto al caballito blanco —siempre el caballito blanco, eso sí estaba en las notas— y mira hacia ninguna parte en particular. O hacia todas partes a la vez, que es casi lo mismo y, sin embargo, produce sensaciones completamente distintas en quien observa. El dedo índice registra la diferencia antes que el cerebro: una presión infinitesimal, involuntaria, que no llega a ser intención pero tampoco es del todo ignorancia.

Algo ha cambiado en el blanco.

La postura. El ángulo de los hombros. La manera en que el peso del cuerpo se distribuye hacia el pie izquierdo como si estuviera a punto de girar, de correr, de caer, de levantar el vuelo cual paloma asustada, no se sabe.

El observador cataloga las variaciones con la misma frialdad con que un astrónomo registra la perturbación en la órbita de un planeta: no como amenaza, sino como dato, uno que altera todos los cálculos previos.

El instante preciso, que parecía estar llegando, se retira ahora como agua entre los dedos.

El blanco levanta la cabeza.

Y en ese movimiento lento, demasiado lento para ser casual, demasiado deliberado para ser inocente, el ojo detrás del espejo comprende lo que diecisiete páginas de notas no habían podido anticipar: el blanco no está mirando hacia ninguna parte.

Está mirando hacia él.

Los árboles de sauce siguen dejando caer sus ramas. El carrusel gira sin pasajeros. El centro, que siempre fue inmóvil, sigue siéndolo.

Pero ahora hay dos centros.

Y solo uno de ellos tiene el dedo sobre el gatillo.

ART MI

NIGER (para el tema de la semana “rápido o lento”).

Había cientos en la fila, todos recargando la espalda contra la pared, para aminorar el cansancio; a simple vista podría decirse que ninguno pasaba de los diez años. Era la formación más variopinta que habían visto mis ojos.

Ahí comprendí que, como decía el abuelo: la muerte y las moscas no conocen el asco, ni las clases sociales. Carne es carne.

Había de todo, desde los más blancos y con los ojos azules y profundos, hasta los mulatitos de pelos crispados y descoloridos, parecido su color al negro de la ropa cuando se pone mucho tiempo al sol. Algunos altos, de huesos largos con músculos vacíos, otros más bien bajitos, de extremidades casi desprendidas.

No importaba su apariencia, todos tenían algo en común: la marca de un miedo agudo en la mirada.

Y ahí me pegó la falta de sueño junto con la abstinencia de los ansiolíticos.

Intentaba mantenerme calmo, pero entre el sudor de las manos y el temblor de mi cuerpo pude verle la cara más fiera a la vida.

Me acerqué un poco para tenerlos más a detalle, tantito nada más, pero me descuidé y empecé a chapalear en la realidad, encontrándoles más similitudes, entre ellas la manera en la que se les pegaba el cuero a las costillas, y sus panzas esponjadas brillando bajo el sol, seguramente llenas de parásitos y otras miserias.

Entonces pasaba ella, la vieja mayor, con el contenedor de cenizas. Metía su mano, cogía un puñado y los iba marcando en la frente, uno a uno, dibujándoles a la carrera aquellos símbolos paganos. Después de terminar su ritual iba donde el altar, prendía el incienso y, acto seguido, se acercaban una o dos mujeres de su séquito para entregarle las manzanas y los cigarros humeantes que le ponía a la niña blanca, o la muerte, como quieras llamarle.

– ¡Estamos listos! – proclamaba. Y todos alrededor festejaban, empuñando sus blasters y disparando al aire, bajo el cobijo de la clandestinidad que se les compraba a funcionarios de alto calibre. Todo se movía con mucho dinero.

A los saturninos no les importaba nada, ni cómo se consiguiera la “materia prima”, porque ellos también se parecían a las moscas: carne era carne.

Llegaban en medio de la madrugada terrestre en sus amplias naves, muy iguales a colmenas biomecánicas, tanto por la forma como por el zumbido, y encadenaban a los niños.

– Son eslabones. Al fin y al cabo, forman parte de la cadena -, decía el líder, intentando hacer una broma de mal gusto, resoplando su tufo asqueroso, riéndose entre la tos escandalosa que cada vez lo sofocaba más.

Ahí los subían, con ayuda nuestra.

A aquellos que desfallecían los zafaban y los aventaban al medio de la calle, a veces ya muertos.

Los demás se iban, pidiendo auxilio con las últimas fuerzas que les quedaban.

Cuando las naves cruzaban la atmósfera se encendían ceras en el piso de la inmensa explanada, cientos de ellas, para velar por sus almas, para encenderles una luz en el sendero trazado al más allá, en ese lugar que parió la Coatlicue.

Mierda y más mierda, como te dije antes, todo por dinero… Decir que se hacía esto o el otro para bien espiritual de los sacrificados era un tema retorcido.

Así fue como inició el tráfico intergaláctico de niños. Y no sé si sea rápido, o lento, pero se escuchan cosas muy turbias sobre la forma en que terminan de matarlos para comérselos.

¿Por qué nunca lo denuncié? ¿A poco todos nuestros lujos podrían pagarse con el salario de un conserje en la plataforma?

Tú también lo sabías, aunque prefieras fingir que no. Solo vive y calla.

NILA J BOHORQUEZ

El sonido del tic-tac

El tic-tac del reloj suena y ni lo notamos, hasta que las horas pesan

o se escapan.

El tiempo es tramposo:

lento cuando duele,

rápido cuando amamos.

Cronometra segundos,

con calma cruel

y de pronto acelera sus agujas,

sin mirar atrás.

No espera.

Avanza siempre puntual,

exacto, soberano.

Si subimos ágil

en sus alas transparentes,

volamos con él…

Si llegamos tarde,

nos quedamos flotando

en el espacio…sin brújula,

sin la esfera de cristal,

llena de blanca arena.

MAITE BILBAO

BISTURÍ

Tres inviernos después, la humedad en la pared del Juzgado junto al reloj devora el muro. El pasillo huele a polvo y tinta seca. Ella recuerda sus pasos rápidos camino a la primera declaración; ahora, mide el avance del moho desde su silla de ruedas. A pocos metros, el hombre que le segó el futuro gira un anillo de oro en su dedo. Sus manos, esas que todavía abren cuerpos con la precisión de un dios, no dejan de rotar la joya. Un tendón late en su sien.

Los letrados de ambas partes pactan en voz baja. Su abogado le susurra una cifra. Ella clava la vista en el pomo de latón, un frío circular que se le contagia hasta los codos. Un segundo. Dos. Los nudillos blanquean. Asiente.

—Causa 63 de 2023. Identificaciones —vocea el funcionario.

Entran. Bajo el techo alto, el fiscal expone el acuerdo. El acusado ocupa el estrado.

—¿Reconoce su negligencia?

—Sí —dice el cirujano con voz plana.

Escucharle le devuelve el aliento; el aire entra como una ráfaga de oxígeno, fría y necesaria. Diez minutos liquidan mil días y ella esboza una sonrisa que no ilumina, pero descansa. El juez dicta sentencia y el acusado relaja los hombros. Ella intenta abrochar el bolso, pero sus dedos rebotan contra el cuero, disparados por una sacudida eléctrica. Sus manos vibran sobre el regazo. Hunde las uñas en la carne para frenar esa coreografía de tendones que ya no le pertenece.

—¡Siguiente causa! —grita el funcionario.

Todo acaba. Su abogado la conduce hacia la salida. El doctor la rebasa; el maletín de cuero golpea el reposapiés, un choque seco que ella no siente en los pies, sino en cómo vibra el metal y se propaga por el chasis hasta morir en su cintura. Él consulta su reloj y se funde con el tráfico. El sobre con el cheque descansa sobre las piernas inertes, un apósito de papel que no logra contener la hemorragia del tiempo perdido. Ella busca el reloj: la mancha sigue allí, impasible, creciendo en el muro mientras la justicia ya ha recuperado su prisa.

20 de abril de 2026

SILVIA R.G.

AHORA RÁPIDO, AHORA LENTO

Me gusta, así, lentamente…

Lentamente respirar como las suaves olas de un mar en calma que, al ritmo de su murmullo, cosquillea la fina arena en su ir y devenir…

Lentamente… razonar como quien observa unas blancas nubes que, aún estando amalgamadas, ve desplazarse sin dejar de distinguir cómo y hacia dónde se dirige cada una, con sostenida clarividencia

Lentamente… amar saboreando cada palabra, cada gesto, cada mirada, cada silencio gratamente compartido, cada contacto de piel a piel o de hombro a hombro, cada cálido aliento…

Lentamente… caminar sintiendo el contacto del suelo en mis pies y del cielo en mi cabeza; y de mis ojos en otros ojos humanos; y en los «ojos» de los árboles, las flores, la hierba…, de los animalillos que albergan…; porque también saben «mirar» si les miramos bien, con la merecida calma.

Así…lentamente…me gusta vivir…

Aunque practicando la rápidez …

Para entender lo entendible. Percibir lo predecible. Intuír lo imprevisible. Captar llamadas de auxilio.

Discernir los de sirena entre otros cantos. Reconocer oportunidades al vuelo. Saber parar a tiempo. Responder a un improperio. Olvidarme de lo supérfluo. Huír del peligro «a tempo». Sujetar a quien cae. Trampear un resbalón. Esquivar un tropezón. Disculparme si hay motivo. Dar las gracias con atino. Reír con la comicidad. Sonreír a la amabilidad.

Abandonar espacios abarrotados.

Prender la gorra que haya volado.

Desprenderme del calzado.

Sacarme trajes que opriman.

Soltar estornudos frustrados…

Y también, aunque sin motivo, comerme un huevo frito casi de un bocado.

(Sílvia Rafi Gracia// 20/04/2026).

Compartit al grup Grupo de. Escritura Creativa Cuatro Hojas, seguint el tema setmanal

«¿Rápido o lento?»

YOMALCKRY OSORIO

El tiempo fué intensamente cruel , nos tomó desprevenidos no contamos los años que te tuvimos a nuestro lado .

Pasaron demasiado rápido.

Ahora toca ir pensando lento para recordar tantos momentos, tantos instantes que fueron nuestra gran felicidades.

Nos quedó un álbum de recuerdos en lá memória cobigados de nostálgia, melancolias.

Fueron los dias más felices , tú eras todo , lá luz, lá Fortaleza, lá inmensidad. Nuestra bella maestra de vida.

Hoy nos queda pensarte y homenajearte desde el corazón.

No le puedo perdonar a lá vida que te haya separado de nuestro lado, ¡ pero asi son las cosas ! de esta naturaleza incompresible , incoherente algunas veces.

Pases lento o pases rápido no perdono esa trastada que le diste a mi alma.

Brasil :20/04/2026

JOSUE GONZÁLEZ

A veces rápido a veces lento,

Al final el mismo desenlace.

Miradas de odio, dolor

o simple imparcialidad.

¿El motivo?…

Evidente

No había tregua cuando estaba decidido

Solo castigo en silencio;

Un público atento a un solo objetivo…

El fin de un suspiro.

Crucificado con las manos atadas,

La aguja rompe la piel.

Y…

la pena de muerte.

A veces rápida, a veces lenta.

BEA ARTEENCUERO

UN MINUTO

– Escribo, mientras te espero.

Amado acorta la distancia que nos separa, anhelo el momento de tenerte en mis brazos, sintiendo tu piel sobre la mía calmando mis ansías con el calor de la tuya.

Imaginó tus manos en una caricia profunda, interminable.

Acaso el reloj detuvo su marcha? Alargando mi espera.

Ven rápido que cada latido de mi corazón palpita sin poder detenerse.

El deseo no me deja razonar.

Cierro los ojos y aquí estas.

Tu carne ardiendo sobre la mía, cumpliendo mis locos desvarios.

Presuroso mi gozo en su correr, jira las agujas del reloj locamente, nada lo detiene.

La carrera comienza, nuestros cuerpos sedientos, mojados, un solo camino y un deseo…

Llegar rápido, ardemos de pasión , sintiendo lentamente como cada pieza se acomoda al ritmo de la sangre que corre furiosa por nuestras venas.

Dos cuerpos, un destino.

El tiempo se detiene.

Tan sólo un instante, tan preciso, tan eterno!!

Oh amado.

Apresúrate!!

Bea…

SERGIO TELLEZ

YA ESTÁ

ÉL

–Ya está–. Nadie en la calle, el calor pegado al suelo polvoriento. Sacó el revólver del bolsillo. El disparo sonó seco y la bala cruzó el aire en un segundo. Pegó en la puerta de madera.

ELLA

–Ya está– y esa frase se le queda rebotando en la cabeza sin forma, sin color, sin principio ni final, y piensa que no debería pensar nada, que debería quedarse quieta como se ha quedado siempre, pero la cabeza no le obedece y le trae esa mañana de hace veinte años cuando la puerta sí cerró bien y él tenía la risa entera y no esa sombra que lleva ahora pegada al rostro, y piensa en el pan que se le va a quemar en el horno de atrás, y piensa en que si sale ahora a la calle lo verá o no lo verá, y piensa que pensar es lo mismo que no pensar porque al final son las 3:07 PM y ella sigue ahí.

ÉL

La puerta se abrió con un chirrido. Él entró.

ELLA

Y entonces la puerta chirrió, ese chirrido viejo que conoce desde hace veinte años, el mismo que sonaba cada vez que él llegaba con las manos llenas de polvo y la camisa pegada al cuerpo, y levantó la vista sin querer levantarla porque hace veinte años que no quiere levantar la vista cuando suena ese chirrido, y ahí estaba él de pie en el marco con el aire de la calle pegado a la ropa y el silencio de la calle pegado a los hombros, y no dijo nada porque no hay palabras para veinte años, y él tampoco dijo nada porque ya lo había dicho todo con el disparo.

ÉL

Cruzó el umbral. La luz no le tocó el rostro. 3:07 PM. 19 de abril. Veinte años exactos. –Si no vuelvo, volveré así. Un disparo a la puerta será mi voz– La promesa cumplida.

ELLA

Y entonces lo vio parado en el marco, sin sombra, sin calor, con la misma camisa de hace veinte años y los mismos 35 años que tenía el día que dijo –si vuelvo, no volveré con cuerpo, volveré con este sonido a las 3:07 PM– y supo que no era él pero era él, y que quedarse era quedarse sola otros veinte años, así que se puso de frente a la puerta porque hace veinte años ella respondió –Si vuelves así, que la bala me alcance también, que mi pecho sea la puerta por donde entres– y cuando la bala la atravesó no sintió el metal, sintió que el aire por fin se movía y que él ya no venía solo. –Ya está–.

JAROL LIMA

Tres lunas para leer tu mensaje.

—la luna siempre enseña solo una cara ¿lo sabias?

Decía mi madre mientras apretaba su rostro al vidrio doble reforzado. Por regla los guardias de la prisión procuraban no entablar amistad con los parientes de los reos. Sin embargo, yo era un caso especial; estos guardias me habían visto crecer semana tras semana los últimos 10 años. Como único pariente de la genocida tenía privilegios que a otros no se le daban.

Es una lastima que mamá muriera una semana después de hablarme de la luna, el parte oficial mencionó un accidente en la cocina de la cárcel de máxima seguridad. Lesión cortante autoinflingida a causa de manipulación imprudente de elementos cortantes; una forma elegante u politicamente correcta de decir que mamá fue emboscada por tres compañeros de turno en la cocina y asesinada fríamente de 17 cuchilladas.

La prensa hablo poco del asunto, estaban muy ocupados por la desencriptacion de la cuarta palabra de los visitantes.

Era increíble pensar que la abuela tsukihi era solo una niña de 15 años cuando ellos llegaron junto a los representantes de la alianza espacial. Los libros de historia lo llaman «El día glorioso de la humanidad» cuando luego de décadas de negociaciones las grandes razas nos consideraban una raza inteligente. Ese exclusivo club nos peemitia comerciar y recibir la tecnología de millones de mundos civilizado de la galaxia y talves más importante; nos permita existir más allá de las regulaciones de vida primitiva en protección por la alianza.

Ese mismo día la pequeña bio semilla fue lanzada a una órbita del sol y crecería alimentada por la radiacio y en algunos años crecería en un enorme anillo de transportación espacial, nuestro primer puente a las millones de estrellas ya civilizadas.

De la abuela poco conoci, pues dedico toda su vida a descifrar la lengua de los representantes de la alianza, estoy segura era de los pocos japoneses que quedaban en la tierra y solo por obligación del estado mundial unificado tuvo a mi madre killa. Esa noble raza escogió la extinción antes de mezclar su sangre con alguien que no fuera hija de amaterasu o hubiera nacido en las pequeñas islas que hace siglos estaban cubiertas por el mar del actual archipiélago artificial de industrias M and N.

En fin mi madre se crió a la sombra de la genio encargada de revelar los misterios, de un simple manual de protocolo espacial, llegado dos décadas antes del arribo de las tortugas, los archivos indicaban cosas generales de nuestros invitados, como que su mundo originario estaba a proximidades de un agujero negro supermasivo, que modificada estructura espacio tiempo de sus alrededores y sumado a su peculiar estructura basada en silicio en lugar de carbono para biomoleculas. Así pues, éramos representados y evaluados por las criaturas más lentas del ancho universo. Vale decir que la escritura estándar espacial era un puzzle matemático al alcance de pocos como mi abuela, la renombrada matemática que resolvió tres problemas del milenio pasado. Mas, para el hombre común de la calle esto solo era la inquietante noticia de que una nave en forma de caracol se ubicaba en medio de los desiertos de Atacama en chile y se quedaba inmovil. Los muchos que se reunieron con pancartas en mano para saludar a los visitantes, se agotaron a las

tres semanas de silencio de las tortugas espaciales. Creo recordar que mamá me contó que una decada después, su madre la llevo a ver la pequeña antena que emergía de la nave, en aquellas épocas aún existían los bandos anti unificación y tomaban rehenes para pedir agendas políticas, nos secuestraron ambas y fuimos rescatadas dos semana después.

Mi madre, me menciono que, todos en el mundo deseaban escuchar un largo discurso de paz y hermandad galáctico. Sin embargo, los receptadores de radio solo se llenaron en los 1800 kilociclos de un extraño sonido largo e interminable qué duró los siguientes 50 años de la invencion del viaje super luninco sin puente espacial y hasta el momento. Ahora que tengo 18 años y tres títulos universitarios recien entiendo lo importante del trabajo de mi abuela y luego el de mi madre killa. Porque sin ellas no tendríamos los actuales avances en varias técnicas y ciencias de otros mundos; donde se usaba el lenguaje espacial unificado.

En verdad es una lastima que mamá no estuviera libre el día que el texto de bienvenida terminará la primera palabra completa, era solo un Hola en su lenguaje nativo, más para la humanidad era como un discurso completo de buena vecindad y amor en toda la galaxia.

Hoy creo que mi madre cometió un error al dejar el trabajo empezado por mi abuela cuando conoció a papá, pero estoy segura el error más grave fue achuchillarlo en un ataque de rabia al encontrarlo en un hotel barato de carretera con otra mujer. Supongo esas eran cosas que se hacían en la antigüedad donde no se creía en las relaciones libres o los propios niños nacian solo hombres y mujeres. Para luego ser atrapados por una identidad de genero qué no escogieron.

Hoy al ver la pequeña estatua de mamá y de mi abuela en el instituto de ciencia sonrió al saber que son tres lunas las que trabajarán en el mensaje de saludo de nuestras tortugas espaciales qué transmiten su código binario a la asombrosa velocidad de 1 bite por cada 23 días. El hola más largo registrado en la guía del viajero galáctico y parte de nuestra futura historia terrestre.

Yo María Luna, nieta tsukihi a su vez hija por eleccion de genero de killa y ciudadana libre de la tierra me enbarco en dedicar mis años de vida a terminar de decodificar el manual diplomático de la alianza aunque este ya sea una mera pieza de arqueologia de museo al igual que nuestros visitantes tan pausados.

Supongo, en algunas décadas se terminará la frase que presumo es un: hola venimos en paz, llevemos con su líder.

A pesar de todo este mundo caótico va tan rápido que ahora son muy comunes los niños que nacen indiferenciados de sexo, como yo lo fui cuando solo éramos tres o cuatro en el mundo y lo decidimos llegados a la mayoría de edad, nuestras naves viajan a miles de mundos y nuestra tecnología compite en casi toda la galaxia.

Ahora serán tres lunas las que esperaran el mensaje. Senti sería una pena escoger ser varón y dañar esta extraña tradición. Además que este rapido o lento proceso ocurriendo en un simple planeta verde azulado me enamoro del todo. Un hombre no podría decir que le enamoro sin pena alguna, esto y ser otra luna son cosas de mujeres.

BLANCA CERRUTI

A CÁMARA LENTA

Julia vive agobiada por las prisas; las que sean, el trabajo, la casa, los niños, las amigas, las facturas, las compras…Todo ha de resolverlo rápido, como si tuviese un cupo de tiempo y se le fuera a terminar. No concibe hacer algo a un ritmo lento.

Vive en la octava planta de un moderno edificio, si tuviera que bajar cada día por las escaleras, seguro que lo haría montada en la barandilla. Afortunadamente tienen ascensor y en un abrir y cerrar de ojos está en el portal o ante la puerta de su piso. No entiende a la gente calmosa.

Hoy ha ido al dentista y está un tanto aturdida por el calmante que le ha dado. Entra en el ascensor y apenas ha subido unos pisos se apaga la luz y el ascensor separa. «Un corte eléctrico», piensa Julia.

Pide socorro a gritos, como nadie responde le «brotan» los nervios y se revuelve como león enjaulado hasta que se queda aplanada y se sienta en el suelo.

Se echa la mano a la mejilla, parece que el calmante va haciendo su efecto. Le entra como un sopor…

Creo que me he perdido, no es mi calle… ¿Y esta gente que anda a cámara lenta?

Luego ve a un chiquillo cruzar la calzada pensando qué pie echar al suelo. Las personas que se encuentran y hablan lo hacen con mucha calma, como si tuvieran que leerse en los labios lo que se dicen.

En un momento comienza a llover de una manera rara. Mira al cielo y ve que la lluvia cae ralentizada, como si fueran copos de nieve y no gotas de agua.

Las personas que caminan por las calles buscan refugio, sin embargo, no se apresuran porque la lluvia cae lentamente y tarda en llegar al suelo.

Julia se da cuenta de lo que pasa, pero no entiende que todo suceda tan lento.

Ella misma quiere cruzar rápidamente por el paso de cebra, pero sigue en medio del cruce porque sus pies parecen de plomo.

Una sacudida del ascensor vuelve a Julia a la realidad. Ha vuelto la luz. Se levanta y pulsa el botón de su planta. Cuando el ascensor se detiene y las puertas se abren, no se precipita fuera como siempre ni revuelve nerviosa en el bolso buscando las llaves. Sale tranquila, abre el bolso y las busca con calma.

Ya dentro de casa, se cambia sin prisa en su dormitorio, luego se prepara una tila, no un café, y se la toma despacio en el salón.

Se siente rara, recuerda que ha perdido el conocimiento en el ascensor y que ha tenido un sueño extraño donde todo sucedía a cámara lenta. «Pero los sueños, son sueños, no afectan a quien los sueña, ¿o sí?», se pregunta.

Blanca Cerruti

CESAR TORO

¿Rápido o lento?

Vivimos en este universo, donde cada vez todo es mas rápido, sumidos en el consumismo, la gratificación instantánea, un golpe de suerte o las promesas de alcanzar el éxito y la felicidad de un día para otro.

Nuria y Roi viven en una zona exclusiva de la capital así que, aqui todo debe ser rapido. Comida rapida, transporte, y todo lo demas «si paras pierdes».

Ella coloca la alarma a las 5 am.Salta de la cama, enciende la estufa y empieza a dar gritos para que Roi y los crios se levanten y se alisten, pues el transporte escolar pasa a la 6 am sin retraso. Nuria prepara unos panqueques para desayunar; mientras, Roi alista el coche se dirigen a trabajo, ella a la oficina del banco y él a su taller mecánico, cuando han recorrido un kilómetro él frena de golpe, ¿Que te pasa? le dice su esposa, el móvil lo he dejado en la mesa, gira en «U» rrecoge el movil y a las 8 am: deja a su esposa en la oficina y continua a su taller los coches estan en fila esperandolo el ayudante no asoma y ya son las 9:30 no sabe que hacer.

Por la tarde, Nuria toma un taxi para ir a las clases de yoga, pues Roi no aparece se ha detenido en un atasco de tráfico por lo que llega a las 7 pm se coloca zapatillas una camiseta y sale en el coche se dirige al gimnasio estaciona, toma el ascensor hasta la terraza, se sienta a pedalear en una bicicleta fija; aunque, no entiende para qué; pero la mayoría hacen lo mismo es la tendencia que más da…

Nuria se encarga de la cena, los ninos terminan bajo protesta las tareas;

mientras Roi ve las noticias en la tele.

Terminaron de cenar y hablan de como estuvo su día, él le comenta que llego la multa por la infraccion de la mañana, deberá pagar (doscientos cincuenta euros), ella mejor no articula palabra. son las 11 pm no hay tiempo para más.. Todos están exhaustos, ellos son: «gente de éxito»

Julia se despierta a la 7 am realiza su rutina de ejercicios matutinos y su meditacion diaria, no hay prisa. Don Nelsiño un maestro jubilado le prepara el desayuno mientras ella se alista para ir a la universidad, donde imparte clases de literatura. Toma el autobus siempre a las 8:30 am y en 15 minutos esta en el trabajo viven en un barrio de clase media. Nelsiño se ocupa de pasear al perro cuidar el jardin y hacer la siesta; mientras espera a su esposa. Por las tardes reciben la visita de sus hijos y salen a pasear por el parque que esta a 200 mtrs. de su rersidencia, luego de cenar unos espaguetis a la putanesca que acompañan con una botella de Amarone, cada quien dedica un tiepo a la lectura, ella aprovecha y escribe el texto semanal para el grupo de escritura. y terminan su rutina con una oracion de agradecimiento. Ellos parece que han descubierto «el verdadero éxito”

No se que más decir, creo que recurriré al tema anterior y tomare un comodín, “el equilibrio” creo que es la clave.

No podemos andar todo el tiempo dando brincos como pollos sin cabeza, tampoco podemos quedarnos estancados esperando que algo suceda.

Debemos mantener el equilibrio como un malabarista para atravesar la fina cuerda de la vida.

“Ve despacio que tengo prisa”

“Réstale a cada día su propio afán”

“No hay mayor riqueza que el tiempo disfrutado sin prisa”

“Sin prisa pero sin pausa”.

César Toro

GRISELDA SIERRA

Los pasajeros siempre se quejaban de la lentitud de ese tren. Sin embargo, la tarde que Raquel y yo lo abordamos rumbo a San Patricio, avanzaba con una prisa inusual. Mi mujer, que tantas veces se había quejado de su parsimonia, ahora se aferraba al asiento con los nudillos blancos.

—¡Nos vamos a matar! —decía casi en un grito, mientras yo intentaba mantener la calma y le decía que no era para tanto.

Pero cuando el tren se lanzó cuesta abajo por la sierra, sentí que algo se desajustaba en la realidad y empecé a preocuparme. Miré alrededor: los pasajeros rezaban en un susurro parecido al murmullo de un enjambre de abejas.

Quizás estoy soñando y aquí todos somos abejas, pensé, tratando de encontrar una explicación a la desmedida rapidez del tren.

—¿No que este tren era lento? —gritó Raquel.

—Cálmate… ya casi llegamos al pueblo…

—¡Nunca llegaremos! ¡Este tren va a descarrilar y nos estrellaremos contra los cerros! ¿Qué no ves lo que está pasando?

Asustado miré por la ventana. Árboles y cerros eran una mancha de verdes y ocres, arrastrada por la velocidad. El zumbido crecía. Ya no eran rezos. Era como si el enjambre hubiera crecido y los abejorros se hubieran unido a las abejas. Un camarero pasó volando por el pasillo y se estrelló contra la puerta.

—Reza —pedí a Raquel.

—No sé rezar. Pero si salimos vivos denunciaré a la compañía.

Entonces, de golpe el tren se detuvo. El chirrido de los frenos fue tan agudo que pareció partir el aire. Sin embargo, todos respiramos aliviados.

—No hemos llegado; estamos en medio del monte —dijo mi mujer.

—Hemos llegado —anunció una voz en el altavoz.

Las puertas se abrieron y el enjambre descendió zumbando. Nosotros también bajamos, desorientados. A lo lejos dos campesinos araban la tierra. Caminamos hacia ellos.

Raquel me miró con ojos inquietos. Los hombres no parecían vernos.

—¿Estarán ciegos? —susurró ella.

Entonces los oímos hablar.

—¿Supiste lo de anoche?

—Sí, en el pueblo no se habla de otra cosa. La gente anda toda asustada.

—Pues claro. Dicen que otra vez pasó por aquí ese maldito tren fantasma.

PEPA HERRERA GONZÁLEZ

CORRE CORRE QUE NO ME PILLAS NI EN SUEÑOS

Siempre tengo prisa. Y no es porque vaya corriendo a salvar vidas, ni conduzca ambulancias, ni sea corredora olímpica. Pero vivo como si alguien me persiguiera con un cronómetro. ¡Si es que me faltan horas al día! Si por mí fuera, alargaría los días un par de horitas, a ver si así me apañaba.

La gente tranquila… ay, qué envidia me dan. Esa gente que no anda, pasea. Esa gente que, si pierde el metro, ni se inmuta porque “ya vendrá otro”. Y yo, mientras tanto, corro como una loca para no perderlo. Bueno, desde que me caí voy con más precaución… voy como una gacela entrada en años, pero prudente, no vaya a ser que aterrice otra vez en los andenes del metro y vuelva a limpiar el suelo con la barriga.

¿Y esa gente que va al supermercado y mira con paciencia todo lo que hay? Ay, por Dios, me ponen de los nervios. Esa parsimonia… miran, observan, comparan precios… Y yo entro patinando por los pasillos y frenando en seco cada vez que encuentro lo que busco. Bueno, cuando me acuerdo, porque es entrar y pensar: “¿Y yo qué tenía que comprar?”. Jajajaja. Y la lista, como siempre, me la dejé en la cocina. No sé para qué la escribo si nunca la cojo.

Miro a los que están parados, a los que se mueven lentamente por los pasillos y, de pronto, ¡una luz! ¡Ya me acuerdo!

Allá voy, rápido. Muy rápido, porque soy capaz de olvidarlo otra vez.

¿Qué sentirán aquellos que no tienen prisa? Yo creo que no debería ser legal. No es justo: unos siempre corriendo y otros pisando moscas.

Cuando por fin creo que tengo lo que necesito, me voy a la cola. Dilema: en una caja hay dos carros llenos; en la otra, seis personas con pocas cosas. ¿Qué hago? Dudo… pero no puedo tardar mucho porque se me cuela alguien fijo. Me voy a la que tiene más gente pero menos compra.

Error.

A una señora no le va la tarjeta. A otra le pide el PIN y no se acuerda. Otra paga con las monedas de la hucha. Otra lleva algo para devolver y la cajera se hace un lío. Yo estoy de los nervios.

Decido cambiarme de cola, el segundo carro ya está medio vacío. Y de pronto… ¡mierda, los huevos! Dejo la cesta en la caja y corro como una posesa. No los encuentro. ¿Será posible? ¿Por qué siempre esconden los huevos?

Cuando por fin los tengo, vuelvo a correr. Se me va a pasar el turno.

Bingo: se me ha colado alguien con un carro que rebosa. Pido permiso para pasar, pero me miran mal. ¡Que yo no me he colado, oiga! ¡Que esa es mi cesta!

En fin. Que se me cuelan y encima tardan un siglo. En la espera saco un libro y me pongo a leer. Al menos no pierdo del todo mi valioso tiempo.

Al salir del súper, la calle está a reventar. ¿Qué pasa, que han soltado un autobús lleno de turistas? ¡No puedo adelantar!

Me pongo en modo peligro, soy un tráiler sin frenos bajando por la avenida, un toro embolado, un mamut huyendo de un grupo de neandertales… Quiero adelantar a los que van de procesión, a los que no tienen prisa, a los que son más lentos que una tortuga coja. Mientras ellos levantan un pie, yo escribo un libro. ¡Qué desespero! ¡Qué lentitud! Pfffff.

Intento adelantar por la derecha, por la izquierda, en diagonal… ¡nada! Quiero saltar por encima de sus cabezas, pero no tengo muelles, no puedo…

Por un segundo —solo uno— pienso: “¿Y si hoy camino un poco más lento?”. Quizá así no me molesta nadie.

Doy dos pasos tranquilos. Dos.

Y entonces recuerdo que tengo prisa. Así que acelero otra vez, como siempre.

Quizá algún día aprenda a ir lenta.

Pero no será hoy…

L’IDIOT

Eran jóvenes y soñaban futuros.

“Vuelvo rápido. Voy a comprar flores.”

Fueron las últimas palabras que escuchó de su boca. Las dijo desde la puerta de la habitación desordenada por tantos encuentros de piel, antes de cerrarla suavemente, como si en ese gesto ya presintiera el final.

Era una tarde de sábado primaveral, de esas en las que todo parece renacer y germinar. Se habían amado con entrega desbordada, sin medir el tiempo, susurrándose ternuras al oído, como si el mundo no existiera más allá de ellos.

Pero él se fue.

Y el mensaje quedó suspendido en el aire. La tarde se lo confió a la noche, la noche a la mañana, y la mañana de nuevo a la tarde, en un ciclo que nunca terminaba de cerrarse.

Los días se convirtieron en meses. Los meses en años. Y el tiempo siguió su curso, indiferente a las noticias en los diarios, a la televisión encendida, a los rumores de los vecinos y al silencio de los familiares.

“Explotó una bomba en la floristería”, le dijeron ese día

Pero ella siguió esperando, porque las flores y el amor, son inmunes a las bombas.

Y así los días continuaron pasando, lentos, silenciosos, interminables… mientras ella, en el mismo lugar de siempre, seguía esperando algo que, en su corazón, nunca dejó de ser “rápido”.

CONCHA CARIAS

Una noche como cualquier otra, alrededor de la una de la madrugada, como de costumbre, me había quedado dormida con el flexo encendido, el libro sobre mi pecho y las gafas puestas.

Entonces me despertó un rasguño extraño procedente del suelo de la habitación.

Yo, espesa perdida, retiré el libro, me quité las gafas, y las dejé junto a mi taza de manzanilla, sobre la mesita de noche.

Todo ahora era silencio, largo, denso.

Luego, otra vez: un sonido rapidito, diminuto, como pasitos.

Me giré poniendo los pies en el suelo y ahí estaba.

¡Una cucaracha! Se movía lento… lento… cruzando la mancha de manzanilla que derramé antes de meterme en la cama, y yo, en lugar de limpiarla, la dejé estar.

A medio despertar, cavilando mi próximo movimiento pensé: “esto va a ser fácil”, pero en cuanto levanté la zapatilla, todo cambió a rápido.

El bicho salió disparado. Derecha, izquierda, giro, me esquiva. Yo golpeaba el suelo, lento, pesado, torpe y la “tipa” iba rápida, como un bolido, como si el tiempo se hubiera partido en dos velocidades.

Entonces para pillarla intenté seguirle el ritmo, más rápido y más rápido, a todo lo que me daba el cuerpo, y con lo pequeño que era el dormitorio tropecé con la silla, caí sobre el ordenador de mesa, y saltaron los altavoces al suelo, mientras que la zapatilla salía volando hasta aterrizar sobre la taquilla, y entonces… silencio.

La cucaracha se detuvo, y otra vez lento la veo como mueve esas antenas, que parecían retarme y desapareció debajo de la litera con una pachorra insultante.

Yo me quedé en el suelo, respirando fuerte, lamentando aquel desastre y todo volvió a ser lento, demasiado.

Y pensé que quizá el verdadero problema no era la cucaracha… sino lo rápido que ella había intentado arreglar algo que yo misma había dejado lento desde el principio.

FIN.

AXY LINDA

Robilio vive obsesionado con el tiempo; su mente siempre está en la hora, ansioso porque cree que cada vez le queda menos vida.

En un sorteo gana un reloj que se atrasa cuando se preocupa por llegar a algún sitio y que, cuando algo malo está por suceder, avanza con rapidez.

Al ir más lento, comienza a notar cosas que antes no veía: las formas de las nubes, animales o personajes de caricatura (pareidolia), el reflejo del sol en los charcos tras la lluvia y otros detalles que le resultan divertidos.

Un día, al despertar, escucha unas vocecitas y se asombra al descubrir que provienen de su reloj: son las manecillas, enfrascadas en una discusión.

—Segundero, no me convencerás de que eres más importante. Eres fugaz; podrían prescindir de ti y nadie lo notaría. En cambio, yo soy vital: avanzo despacio para dar tiempo a que las cosas sucedan.

—Mira, Minutero, podrás decir eso, pero tus argumentos no tienen validez. Yo soy quien marca el paso inicial; sin mí no avanzarías. Si me detengo, tú tampoco existirías.

Robilio los observa con asombro y finalmente interviene:

—Ambos tienen razón. Son importantes por lo que representan; no deberían pelear. Yo los aprecio porque me han hecho entender que no están para acortar mi vida, sino para darle sentido. No importa si el tiempo pasa rápido o lento, sino cómo se emplea. ¡Gracias!

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

La sala estaba a oscuras y solo se iluminó cuando dos potentes focos descubrieron a las dos mujeres que disputarían la final del mediático concurso televisivo “Cocina como puedas”. Además del suculento premio económico, el programa escondía una sorpresa para quien se alzará con la victoria.

La primera finalista era Silvia, unos 35 años, criada en los fogones de la alta cocina madrileña y recién llegada de ampliar estudios en Le Cordon Bleu, en París. Técnica, precisión… y el tiempo medido al milímetro.

El segundo foco reveló a una mujer de unos 60 años cuyo bagaje culinario había sido testado por tres maridos, varios hijos, sobrinos y algún vecino con más confianza de la cuenta.

La final estaba servida. Nunca mejor dicho.

El presentador mostró la tarjeta: orgullo patrio con uno de los platos más reconocidos del mundo. Cocido madrileño.

Noventa minutos.

Ambas salieron disparadas al supermercado anexo.

Silvia se detuvo en la verdulería y seleccionó cada producto como si eligiera diamantes. La dependienta apenas daba abasto.

Detrás llegó la Chari. Echó un vistazo rápido —pero suficiente— y arrancó:

—Dame esas cuatro patatas, niña, las más blancas.

—Tome usted, Chari.

—Me las habrás puesto de las buenas, ¿no?

No esperó respuesta.

En la carne, Silvia ya terminaba.

—Dame también un pollo, que me adelanta esta.

—¿Este le parece bien?

—Ese no, hombre. El de al lado, ¿no ves que está más criado?

Alzó la mano como un guardia de tráfico:

—Ya hablaremos tú y yo del Gobierno como este me salga malo.

Con las cestas listas, comenzó la batalla.

El jurado —dos chefs españoles y uno americano— no perdió detalle.

Silvia dejó claras sus cartas desde el inicio: técnica impecable, movimientos medidos y una cocina que parecía un cuadro. Cada paso lo explicaba con precisión académica, como si estuviera dando una clase magistral.

El jurado asentía. Todo encajaba.

En el otro extremo, la Chari tenía el puesto patas arriba. Vapor, utensilios, ruido… y ni una explicación.

Ella iba a lo suyo.

Como quien lleva toda la vida haciéndolo.

Un transistor soltaba copla mientras seguía un ritual que solo entendía ella.

—Habrá que esperar al resultado —susurró uno de los jueces a la chef americana, que observaba con el ceño fruncido.

El tiempo corría. Noventa minutos que, para unos, fueron exactos… y para otros, claramente insuficientes.

—¡Tiempo! —anunciaron.

—¿Qué dices? ¡Si me quedan veinte minutos! —protestó la Chari.

Silvia, en cambio, ya estaba lista. Cocina impecable. Plato perfecto. Como si nada pudiera fallar.

Y, sin embargo…

—Esperad, que tengo algo.

La Chari sacó una carta del bolsillo del delantal y la alzó como quien enseña el rey de bastos en una partida ganada.

—Es el comodín —confirmó el presentador—. Veinte minutos más.

—Pues claro. ¿No ves cómo tengo la cocina?

El reloj volvió a correr.

Silvia aprovechó para repasar los bordes del plato. La Chari, para terminar el suyo.

Cuando acabó el tiempo, ambas se colocaron frente al jurado.

Silencio.

—¿Rápido o lento? Esa es la cuestión —dijo el presentador mientras abría el sobre.

Un sollozo rompió el aire.

Todas las miradas se giraron hacia el chef americano, del que caían tres lagrimones mientras se comía el cocido de la Chari.

—Esto está buenísimo… —dijo sin dejar de comer.

El presentador sonrió.

—Una imagen vale más que mil palabras. Chari es la nueva campeona de “Cocina como puedas”.

Se dirigió hacia ella con el cheque y la sorpresa final:

—Enhorabuena, Chari. Aquí está tu premio… y la sorpresa: el próximo banquete de Acción de Gracias contará contigo como jefa de cocina en la Casa Blanca.

La Chari lo miró, parpadeando.

—Pero ¿qué me cuentas, nene? Verás cuando se lo diga a Manolo… —se llevó la mano al pecho—. ¿Que nos vamos a ver al del peluquín?

Se inclinó un poco hacia él y remató:

—Porque mi Manolo se viene conmigo, ¿no?

El público rompió a reír.

Y en algún lugar, entre tanto foco y tanta prisa, el tiempo dejó de importar.

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2 comentarios en «Rápido o lento – miniconcurso de relatos»

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