Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «comodín». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 23 de abril!
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** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
MI QUERIDA “SOFIA”
Llené mis días de sueños; me adentré por un paraíso de colores y luces que pintaban mi sonrisa de un blanco nacarado y un rojo carmín. Me vi envuelta en las suaves caricias que me rodeaba el aire fresco al caer la tarde. Esos días me llevaron a dormitar entre la magia que envuelve el despertar en un día de cánticos clásicos y otros con un tono más grave para hacerse notar. Dormí plácidamente hasta llegar las primeras luces rosadas y, al llegar el alba, me sentí dichosa.
Sentí las caricias de aquel hombre con la tez morena y una mirada perdida en mi pecho. Sentí mi cuerpo despertar; no fui consciente de los minutos que se fueron entre aquellos brazos robustos con el olor de la lavanda impregnada en sus prendas y los pétalos del romero acariciándome y enredándose en mi cabello encrespado. Me llené de abrazos para saciar mis deseos de ser amada, para más tarde llenarme de luz en largos paseos mojados de agua dulce, de flores frescas recién cortadas, de un estado de ánimo exaltado por el continuo contacto con el deseo y dejarse vencer buscando mariposas revoloteando, para no despertarme jamás.
Me adentré en un paraíso natural buscando nuevas sensaciones; me quedé tumbada sobre una pilastra y bajo un porche que guardaba las paredes de una casa revestida de piedras. Aquellas paredes se tornaban en colores alegres al llegar la primavera; brotaba la hierba y las flores, las abejas buscaban el néctar y los pajarillos picoteaban la tierra. Después de un duro invierno donde se oía caer el agua rompiendo el tejado, por fin llegó la esperada primavera; allí desperté en el mes de las flores esperando volver a sentir mi cuerpo renacer.
Él se fue como vino; con pasos lentos para no despertar mis sueños. Cada mañana espero la caricia en forma de un beso y este me devuelva a la vida. A sentirme amada de nuevo, y a sentir juntos la pasión sin medida. Cuando el deseo se hace carne, se funde entre dos cuerpos y el aire fresco de la mañana. En este instante solo pienso en ti, en tu partida y cómo me sentí vacía en un cuerpo rebosante y jovial. Los días pasan ahogándome entre lágrimas y, pasando los años, me vi sin gloria.
Con una sensación de vacío que me hace arrastrar mi cuerpo buscando una motivación nueva y entre las hojas de un periódico amarillento y olvidado sobre un mueble. Acarició con mis dedos un sobre cerrado, mi nombre escrito para desvelar un misterio.
_ En este treinta de abril abandonó estas tierras y al ser que amé, para reunirme con mi familia. Ellos me necesitan y en estas fechas me esperan como cada primavera. Nos fuimos de aquel hogar buscando nuestro futuro; íbamos creciendo y, cuando nos vestimos todos para celebrar la mayoría de edad, el pórtico se abría y, con una despedida empañada en lágrimas, nos alejamos con una maleta llena de esperanza. Siento que en este viaje no puedas acompañarme; no soy un hombre afortunado y deseo que en mi huida llegara el futuro que espero para vos. Un tesoro, un golpe de suerte y el “comodín” en varias funciones o múltiples propósitos con un salario considerable para satisfacer a mi querida “Sofía”. Volveré cuando mis manos se llenen de oro para la más bella dama y en este nuevo encuentro espero volverte a amar más que nunca.
“Daniel”
SERGIO SANTIAGO MONREAL
Ya no quedan sombras
en la luz de tu mirada
ya no quedan luces
en la sombra de mi alma.
Estos son los versos
que te escribo
en la intempesta
versando al olvido
anhelando tu sonrisa.
Ya no quedan sombras, ¡no!,
en la luz de tu mirada,
ya no quedan luces, ¡no!,
en la sombra de mi alma.
Mis versos caerán
en el olvido,
intentaré cambiar su destino
eligiendo otro camino,
mi alma sana cuando escribo.
RAQUEL LÓPEZ
Aquí estaba frente al puente, el frío tacto del metal no era nada con el vacío que sentía, me hacía recordar lo vulnerable que es el hombre, hoy estás aquí y mañana…alcanzas la eternidad…
Arruiné mi vida por una partida de pocker que me hizo perder todo. Ahora ya no era nadie, no me echarían de menos. Lo único que podía hacer era desaparecer…
Bajo el puente, el río corría llevándose los recuerdos y perdiendolos en el olvido.
Saqué por última vez la baraja, la vieja costumbre que creó mi mala suerte y con la mano temblorosa, las fui lanzando una a una al azar, hacia el río. Roja, me quedo, negra me voy..
As de picas, negro
Ocho de tréboles, negro..
La baraja se iba agotando. Cerré los ojos, sintiendo el metal de la barandilla lanzando la última carta. Cuando los abrí, vi que esa carta no había caído al río, quizás el viento la sacudió y la hizo regresar a mí quedándose bajo mis pies.
No era ni roja ni negra.
Era el comodín. El Joker mirándome con una sonrisa burlona, la única carta que rompe reglas.
Enseguida entendí el mensaje, me estaba dando la oportunidad de seguir vivo y ya que lo había perdido todo poder ser lo que quisiera, porque la partida en este mundo no estaba terminada.
Me bajé de la barandilla y guardé la carta en mi bolsillo. Decidí que todavía tenía una carta para seguir apostando por la vida…
Raquel L.
ARMANDO BARCELONA
ALMUDENA 1.0.4
Lo de Cata, como era de prever, ha quedado en falsa alarma: un quiste sin importancia. Mario y ella han decidido tomarse una semana de vacaciones para celebrarlo, así que el taxi lo gestionará Anselmo a tiempo completo.
Cata habría querido escaparse a Canadá y ver las cataratas del Niágara, pero a falta de presupuesto y tras negociarlo con Mario, se conforma con ir a Beteta, en la provincia de Cuenca, que tiene una riqueza paisajística enorme y, a tres pasos, otro salto de agua muy apañado; además, se come mucho mejor.
―Ay, Almu, cariño, no sé qué ropa llevar. Zapato plano, por si hay que andar mucho, eso sí. ¿Cómo me queda esta falda pantalón? La he cogido en Shein. ¿Me hace gorda? ¿Refrescará por la noche?
Pobre, llevan tantos años sin hacer un viaje los dos solos, que está nerviosa como una novia en capilla.
—Qué te va a hacer gorda, Cata, no seas boba; estás divina.
A ver, que ya no tiene cinturita de avispa, para qué vamos a decir lo contrario, pero se conserva estupendamente y sin machacarse en el gimnasio, como estas locas.
―Almudena, me quiero morir, qué desastre.
Hablando del diablo, se nos aparecen los demonios.
―Pero qué pecado tan gordo habré cometido yo para que el karma me pegue estos meneos tan salvajes. Te lo juro, esto es un sinvivir.
Para Sonsoles, la vida es una representación teatral y ella la prima donna.
―Venga, Sonso, no exageres, pobre muchacho, que un gatillazo lo puede tener cualquiera; serían los nervios, el alcohol, la ansiedad misma.
El naciente idilio que se le presentaba con Ernesto, uno que sacó del revoltijo de galanes que había en el cesto de las rebajas en Tinder, devino en desastre al primer envite, porque a él se le cayó el sombrajo en el momento clave.
―Que no, Almu, que soy yo. Me ha mirado un tuerto, que digo uno, un congreso de estrábicos. Mira, esto no se lo cuentes a nadie, por favor te lo pido, pero he ido a que me echen las cartas y Maruja lo ha clavado.
La tal Maruja tiene un estanco en el barrio y, además, se saca un suplemento embaucando a las pánfilas como Sonsoles con sus brujerías de trampantojo.
―Me tiró la cruz de San Andrés, que acierta mucho en cosas de amores, y mira, allí salí yo, a la primera: el comodín.
―En la baraja del tarot no hay comodines, Sonso, cielo ―la pobre, a pesar de la pasta que tiene, está muy poco viajada.
―Que sí, el payaso ese con gorrito de cascabeles. Me lo vas a decir tú a mí.
Terca como una mula, de las que no se deja corregir; nunca da su brazo a torcer.
―Ese es el Loco, Sonsoles; a ver, que si ni tú misma te lo tomas en serio…
―Vale, lo que tú digas, el Loco; la loca del coño, esa soy yo, que me lo dijo Maruja señalando la carta. «Aquí estás tú, empezando algo que no sabes muy bien qué es. Luego sale el dos de copas; eso es que él también está por la labor, y tú quieres que esto funcione, lo dice la carta del Sol, pero se interpone el siete de espadas; algo te está siendo ocultado y, para rematar, la Luna, no es un final, es una niebla; que no se ve claro, vaya».
La verdad es que Maruja se quedó a gusto; lo mismo podía habérselo dicho yo gratis.
―Siguió echando cartas y salieron un montón: que si venían noticias; un hombre moreno iba a aparecer en mi vida; un viaje. Todas, hasta el as de oros, que puñetera falta hacía, pero Almudena, hija, ni sombra del de bastos. ¿Qué hago?
Pues no sé, Sonsoles, reina, pero yo, cuando ando necesitada y no tengo a mi Juan a mano, me hago un Mbappé. Por cierto, que he visto un catálogo y ahora, además de vibración, tienen función calor y están hechos con elastómeros termoplásticos, que dan un tacto de lo más real. Un lujo. Lo último en tecnología onanista.
―Pues a mí me parece que me hace gorda, ya ves tú.
―Que no, Cata, por Dios, que estás de miedo.
―Oye, Almu, ¿y eso te lo traen los de Amazon? Es que son muy discretos.
Loca, me vais a volver loca entre todas.
Qué ganas tengo de que se pase la primavera.
¡Señor, qué estrés!
YOLANDA PINA REY
El Comodín
Hay que ver cómo, cada día, se nos presentan nuevos retos y desafíos a los que enfrentarnos. Es como si de una partida de cartas se tratara: la vida te reparte una mano difícil y tú esperas que el destino obre el milagro lanzando un comodín desde fuera.
DAVID MERLÁN
CÓCTEL DEL DÍA (TRAGOS DEL ALMA 2)
Eran las 02:02.
La lluvia golpeaba los cristales con esa insistencia del que no pide permiso. Afuera, la ciudad parecía contener la respiración. Dentro… el bar ya se había vaciado.
“Aquí viene otra”, pensé al oír abrirse la puerta del local mientras acababa de secar un vaso con el trapo y acabar de recoger por aquí y por allá.
Ah… ¿pero no se lo dije?
El camarero soy yo. Si, el barman de este discreto pero honesto establecimiento de bebidas y…tragos.
Supongo que hasta ahora daba igual quién servía. Pero a partir de aquí… querido lector, conviene que lo sepa.
Volviendo al tema que nos ocupa, me gusta cuando llueve. La lluvia tiene algo de confesionario, ¿no creen?: obliga a entrar, a quedarse, a escuchar. En noches así, la barra se vuelve más sincera. Y yo, más paciente, y si le digo la.verdad, esa noche ha sido muy tranquila, demasiado, y necesito un poco de acción.
Por eso, a pesar de las horas que son, me resistí a cerrar las puertas.
No soy psicólogo, ni juez, ni siquiera especialmente amable. Pero tengo algo que ellos necesitan: silencio bien servido, tragos con nombres imposibles y paciencia. Muchas paciencia. Y tenga por seguro, que la mayoría cree que viene por alcohol.
Mentira. Vienen por el perdón. O aún peor. Vienen a por el castigo.
Pues como le decía, el cliente llegó tambaleándose hasta el taburete. Gabardina chorreando. Corbata torcida, y con cara de haber llorado en un funeral que pareciese que aún no había terminado.
Miró a su alrededor. Vacío.
A veces los peores entran así: como si el mundo les debiera una explicación.
—¿Está abierto? —preguntó.
—Para los que vienen huyendo, siempre —le dije.
Tamborileó los dedos contra la barra.
—Quiero algo fuerte. Algo que no olvide en mucho tiempo.
Lo miré riéndome por dentro. Era mío sin apenas pelearlo.
—¿Dolor o sabor?
—Remordimiento, con lima. Mejor
Definitivamente ya era mío.
Preparé el cóctel en una pequeña copa, como manda la casa:
Un buen chorro de culpa, un poco de recuerdo turbio, hielo amargo y unas ralladuras de lima que no engañaban a nadie.
—Se toma sin brindar—. le advertí.
Sin pensárselo lo tomo lo alzó para ver si contenido al trasluz y se lo tragó de penalty.
—Joder… es como besar a alguien que sabes que vas a traicionar.
—Buen paladar.
Tras un leve pero intenso silencio.
—Estuve con alguien… que no era mi mujer.
No dije nada. Nunca hace falta.
—¿Tiene uno de estos para perdonarme?
—Claro. Pero es peor.
—No lo creo—mientras me acercaba la copa vacía con su posavasos.
«Error» pensé yo mientras le serví el segundo en otra copa, está vez un poco más estilizada que la anterior.
—Rechacé un ascenso, ¿sabe? —dijo.
—¿Por qué?
—Dije que era por ética. Pero creo que fue más por soberbia. No sé, a lo mejor incluso fue miedo. Y acabé trabajando para un idiota que sí lo aceptó.— mientras giraba la copa.
—Siempre pensé que tenía un comodín —murmuró—. Una forma de salir sin perder del todo.
—Los comodines no evitan la partida, señor. Solo retrasan el momento en que tienes que mirar de frente esa partida.
Aquellas palabras en forma de consejo no solicitado descolocaron al cliente, y me sostuvo la mirada.
—¿Y si no quiero mirarla?—mientras se acercaba la copa a los labios esperando mi respuesta.
—Entonces ya estás jugando.
Se detuvo un segundo con los labios apoyados en el borde y se lo volvió a beber de un trago.
—¿Me pone otro? Elija usted.
Ya era mío del todo.
—Mi hermano… —empezó y decidí no interrumpirle—Discutimos en el coche. Se bajó y yo me fui. No volví.
—¿Por qué discutían?
—No importa.
Nunca importa… hasta que importa demasiado.
El tercer trago ya estaba servido.
—El último, señor. He de cerrar.
Color verdoso, Denso y oscuro en un vaso bajo .
—¿Cómo se llama este?
—Como lo que le dijiste a tu hermano antes del accidente.
Se quedó quieto. Arqueó las cejas mostrando extrañeza y confusión por mis palabras y me preguntó directamente:
—Tú… no eres un camarero.
—Eso dicen.
—¿Estoy muerto?
Negué con un gesto.
—Estás más vivo de lo que te gustaría. Pero cerca. Este trago lo decide todo.
Miró el vaso.
—¿Y si aún me queda un comodín?
Me incliné ligeramente hacia él.
—Claro que te queda uno.
—¿Cuál?
—El que no sabes que ya has jugado.
Se hizo un silencio que se podía cortar con cuchillo. El cliente, curiosamente, no mostraba miedo ni ansiedad y sin más, decidió beberselo del mismo modo que sus antecesores, de un solo trago, y mientras se lo terminaba, le dije en voz baja:
—Ese es el problema de los comodines…cuando los necesitas de verdad…ya los has gastado todos.
La luz del bar subió un poco. Respiró hondo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora toca esperar, señor.
—Será mejor que me vaya. Creo que he tenido suficiente por hoy. ¿Cuanto le debo?
—Nada. Ya está pagado.
—Què maravilla. Pues no seré yo quien insista. Buenas noches.
Él, extrañado se limitó a encogerse de hombros y sin rechistar, enfiló hacia la puerta.
Mientras lo veia alejarse pensé que estaba claro que ya no me necesitaba. El trabajo estaba hecho. Recogí el vaso y el posavasos y pasé un trapo rápido. Justo cuando la puerta se cerraba y el local se quedaba definitivamente a solas, y antes de darme la vuelta, lo vi. Sobre la barra.
Un pequeño objeto metálico. Un gemelo dorado. Lo tomé entre los dedos. Era pesado y a tenor de su pátina, sin duda antiguo. Tenía unas pequeñas letras grabadas con iniciales:
L.G.
No eran las suyas. Eran las mías.
Lo sostuve un segundo antes de llevarlo a la estantería.
Y lo coloqué con cuidado.
El segundo.
El primero… ya estaba allí cuando aquella noche habia dado comienzo.
Fuera, la lluvia seguía cayendo.
A un par de calles, dentro de un coche accidentado, un hombre respiraba. Entre los dedos…apretaba algo invisible.
Y así fue como serví otro cóctel del día.
Pero recuerden. Yo solo soy el barman. El menú…lo traen ustedes, queridos lectores.
Continúra…
PEDRO PARRINA
Un mar:
agua, sal…
Una barca, dos remos;
las velas, el viento…
Un alma, dos cuerpos,
un ancla; el respeto;
la calma; el deseo…
La tormenta; el sexo…
Un puerto; un mar:
nuestro amor;
el océano.
RAKEL VALDEARENAS MATE
El viejo caserón de los espejos no era una atracción de feria, era una trampa para el destino. Julián entró allí con una sola moneda en el bolsillo y una duda quemándole el pecho: ¿debía casarse con la seguridad de lo conocido o arriesgarlo todo por un sueño en el extranjero?
En el centro de la sala, sobre un tapete de terciopelo raído, un hombre sin rostro barajaba un mazo de cartas que no tenían números, sino escenas de su propia vida.
—Elige —dijo el hombre. Su voz sonaba como hojas secas arrastradas por el viento.
Julián extendió la mano temblorosa. Sacó una carta que mostraba un hogar cálido, pero con las ventanas cerradas. Sacó otra que mostraba un barco en una tormenta, sin tierra a la vista. Las dos opciones se sentían definitivas, pesadas como el plomo.
—¿No hay nada más? —preguntó Julián, sintiendo que el aire se agotaba—. ¿Solo este «sí» o este «no»?
El barajador se detuvo. De su manga extrajo una carta distinta. No tenía dibujo, solo un brillo tornasolado que cambiaba de color según cómo le diera la luz. No era una respuesta, era una posibilidad pura.
—Este es el comodín —susurró el extraño—. No decide por ti, pero te otorga el derecho de cambiar las reglas del juego. No tienes que elegir entre el puerto o la tormenta; puedes elegir ser el viento.
Julián tomó la carta. En ese instante, los espejos de la sala se rompieron en mil pedazos, reflejando no un destino fijo, sino infinitos caminos que él, y solo él, empezaría a caminar esa misma noche.
EFRAÍN DÍAZ
En el barrio Dos Bocas, cuando algo se dañaba, no se preguntaba qué pasó. Se preguntaba quién iba a buscar a Tolón.
Bartolo, a quien todos llamaban Tolón para distinguirlo de su padre, era plomero, electricista, técnico de refrigeración, mecánico, albañil, carpintero, ebanista y, llegado el caso, hasta veterinario. Lo mismo arreglaba una nevera que un carro, y asistía el parto de una vaca con la misma serenidad con la que apretaba una tuerca. Todo eso sin pasar de sexto grado.
De haber nacido en la ciudad, lo habrían llamado polímata. Pero viniendo de Dos Bocas, era un simple handyman.
Cuando a Lolo se le dañó el botellero de cervezas y estas empezaron a calentarse, pecado capital en el trópico, mandaron a buscar a Tolón, quien, con una mirada y dos giros de llave, devolvió el frío y la fe.
Cuando a Neco se le averió el coche fúnebre y los muertos corrían el riesgo de quedarse varados, Tolón apareció y, en un santiamén, lo puso a rodar.
Si había que hacer una mesa o una silla, allí estaba Tolón, herramientas en mano.
Si había que levantar una pared, Tolón era maestro de obra.
La relación era simbiótica: Tolón amaba Dos Bocas y Dos Bocas no funcionaba sin Tolón.
Y con todo lo que se dañaba en el barrio, aquello no era amor, era dependencia.
No pasaba una semana sin que Tolón arreglara algo. O varias cosas. Demasiadas, quizás.
Pero como todo en la vida, y Dos Bocas no era la excepción, tiene su final, Tolón fue a engrosar las filas del cementerio municipal.
Y no bien lo enterraron, el barrio entero empezó a descomponerse.
¿Qué haría Dos Bocas sin su comodín?
Lo que hace todo el mundo: a rey muerto, rey puesto. Fueron a la ciudad y trajeron un mecánico con licencia, diploma enmarcado y pocas ganas de improvisar.
El hombre empezó por el botellero de Lolo. Frunció el ceño.
Siguió con el coche fúnebre de Neco. Volvió a fruncirlo.
Luego el tractor de Cico, la nevera de Chendo… y así, uno tras otro, los arreglos de Tolón le fueron contando una historia que nadie había querido oír.
No era torpeza. Era método.
Tolón arreglaba, pero dejaba sembrado el próximo daño.
Ajustaba hoy lo que habría de fallar mañana.
Mantenía vivo el problema con la misma diligencia con la que ofrecía la solución.
El barrio, que tanto lo necesitaba, resultó ser su mejor clientela cautiva.
Hubo quienes propusieron desenterrarlo y darle la bofetada que la vida le había negado. Pero Blás, uno de los borrachos más lúcidos de Dos Bocas, entre trago y trago, dijo:
—Déjenlo tranquilo. A ese hombre no hay que profanarlo. Hay que hacerle un monumento.
Alzó el vaso, como quien brinda por una verdad incómoda y dijo:
—Tolón. El que todo lo rompía, todo lo arreglaba, a todos les cobraba y de todos se reía.
Desde entonces, en Dos Bocas, las cosas se dañan menos.
Pero nadie las arregla como antes.
Y eso, dicen algunos, también se siente.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
JUEGOS DE AZAR
Es tarde, muy tarde.
Tarde como una culpa que llega cuando ya no hay absolución posible. Tarde como un eco que se obstina en repetir lo irremediable.
Es tarde. Igual de tarde que ayer y lo mismo que mañana. Desde el preciso instante en el que he abierto los ojos, tarde como siempre, el tiempo se ha cebado conmigo. Haga lo que haga, mis días no trascurren; solo se deshacen hasta acabar convirtiéndose en una ensalada mal aderezada de prisas y urgencias.
El tic tac me está volviendo loco. Me persigue. Me habita. Cada día odio más ese horrible reloj de pared, herencia obstinada de la abuela, con el que Eva se empeñó en decorar el salón. Tic tac, tic tac. Cada latido es un recordatorio, cada golpe una acusación. Una cadencia que me taladra las sienes y me recuerda que siempre es tarde.
Mientras, Eva no para de hablar. Eva habla. Siempre habla. Y sus palabras flotan a mi alrededor. Hago como que la escucho, mientras concentro toda mi atención en un acto mucho más urgente: el desayuno. Mojar la magdalena en el café exige una precisión quirúrgica; un solo descuido, una gota traicionera, y la camisa nueva quedaría marcada como un pecado visible. Podría haber desayunado fuera, de camino al trabajo, pero… no. Ya es tarde.
Las gafas… ¿Dónde habré puesto las malditas gafas?
Recojo a toda prisa los restos de mi torpeza matutina y me dirijo a la cocina. Al tirar, el frigorífico se abre con un suspiro frío y mi vista se clava entre el brick de la leche y el bote de la mermelada. Allí, como si pertenecieran a ese orden absurdo, reposan mis gafas. No me sorprendo. Podría intentar recordar en qué momento las he dejado ahí, pero ¿para qué? Hay cosas que ya no merecen explicación. Al colocármelas noto el frescor sobre mi nariz.
Agarro el maletín y empiezo a tocarme como un poseso.
Las llaves. La cartera. El móvil…
Sí. Todo está. O al menos eso creo.
Entonces intento huir.
Pero no.
Siempre hay algo más.
El beso. El beso a mi mujer. Ese tributo mínimo al que parece que estoy obligado. Regreso sobre mis pasos y procedo a buscar sus labios. Ella me recibe con una tibieza ausente y me corresponde con desgana, regalándome una mirada que supura indiferencia. Sus ojos —ay, sus ojos— no reprochan: simplemente se han rendido. Prometo, como quien lanza una moneda al aire, que esta tarde saldremos, que compraremos un helado, que el verano aún puede ser una tregua. Y entonces lo recuerdo: los últimos días de julio. El sudor. La piel que no descansa. Media hora después de la ducha y ya estoy otra vez atrapado en esta humedad pegajosa, en esta incomodidad que ni el desodorante logra domesticar.
¿Y ahora qué demonios le pasa al ascensor? Por más que hundo el dedo en el botón con una violencia inútil, esto no va. El tiempo se ríe. Tic tac, tic tac. La escalera, rápido… tic tac, tic tac… todavía tengo metido en el cerebro el desquiciante martilleo del reloj.
Y de pronto, el tiempo se detiene. Al instante. Apenas conservo el recuerdo borroso de haber pisado el primer escalón. Por lo visto, el resto los he bajado rodando. Uno a uno, golpe a golpe. El descenso brutal, el cuerpo convertido en objeto, en cosa que cae, que golpea, que rueda. La gravedad dictando su sentencia sin apelación posible.
A duras penas logro abrir los ojos. El mundo es una mancha temblorosa. Entonces veo a Pepa, la señora de la limpieza, con la cara desencajada, aferrada a su fregona como si fuera un ancla en mitad del desastre. Me toco la cabeza. Rojo. Tengo la mano roja. Todo se ha teñido del mismo color. En ese momento, vuelvo a perder el conocimiento.
* * * * *
Cinco. Me dicen que han pasado cinco horas. No sé cómo he acabado en la sala de espera de este enorme edificio blanco, donde todo brilla con una excesiva y maravillosa luz blanca. rebosante de gente vestida de blanco que se desplazan con una calma asombrosa. Me han dicho que espere, que aún no es mi turno. Esperar. Siempre hay que esperar. Somos muchos. La cola es interminable. Una procesión silenciosa de cuerpos que aguardan su turno ante la ventanilla de admisiones, donde debemos registrarnos para recibir ingreso.
Entretanto, en su despacho de la última planta, rozando las nubes, el Jefe de todo esto parece pensativo. Se toca la barba con gesto distraído y juguetea con algo entre sus dedos. Nosotros, para él, solo somos fichas. Peones. Comodines. Posibilidades. El juego forma parte de su trabajo. Decidido, con una leve inclinación de la mano izquierda, vuelve a lanzar los dados con una habilidad divina, consciente, porque siempre lo es, de que aquella jugada, ese gesto, en apariencia trivial, trazará sin remedio el destino de algún otro pobre infeliz.
Pedro Antonio López Cruz
ART MI
SIETE FUEGOS (para el tema de la semana: comodín).
El fango se mezcla con la sanguinolencia de las vísceras esparcidas.
Por allá se ven los diminutos charcos tornasolados que produce el aceite de los deslizadores, también la mierda de las bestias saturninas, sumado a los escupitajos de las humeantes.
Y entre aquella suerte de vida está ella, imperturbable, buscando con el pensamiento y señalando a los comodines. El fuego crece y se refleja en sus dientes perfectos, revelando su lengua viperina y los ojos felinos.
Las mujeres, que son su círculo más cercano, danzan alrededor suyo, hipnotizadas por su sinuosa silueta.
Se mueven sugerentemente en trance, desnudas y embarradas con la sangre de los hombres, salpicadas por los chorros marrones y frescos de los sacrificios diarios.
Ahí están los cuerpos de ellos, apilados, cuando no mutilados, incompletos, desperdigados, y todo para saciar su hambre energética.
Algunos tenemos la suerte de ser su ganado, especímenes de procreación, sementales de paso, cómo ella prefiere llamarnos, reproductores de más hombres que, siendo niños, tienen la energía más pura, para que ella los consuma.
Mira la clase de carnicería que parece esto…
¿La profecía? Debió cumplirse en el tiempo del padre de mi padre. Pero igual podría ser mañana, o en un rato, hoy mismo.
Dice que lo veremos bajar de entre las nubes, con toda su gloria impuesta, y también los carros voladores chicoteando impurezas.
Y ella temblará y se arrastrará por el lodo mismo en el que ahora nos hace revolcar, igual que los cerdos.
Se arrodillará y Él cogerá su espada de siete fuegos para después cortarle la cabeza. Ahí es cuando veremos caer su corona de cristal estrella, derrumbado su cuerpo exquisito y perfecto.
Se acercará el que tenga que hacerlo, cogerá su cabeza y la clavará en una lanza, y luego será expuesta en la parte alta de su trono, para agrandar su vergüenza.
Y las mujeres – que para ese momento ya no serán su círculo más cercano -, acaso volverán a unirse con nosotros, y no por remordimiento, sino para reconstruir este cagadero innombrable que nos dejó la gente de los bajos astrales haciéndonos creer que eran buenos.
LUCINDA QUART
HANUFADA: LA BARAJA DE LAS FLORES
Sobre la mesa de trabajo reposaban ya terminados los cuarenta y ocho naipes hanufada con sus motivos tradicionales: grullas, crisantemos, lunas llenas, copas de sake, cintas rojas y cintas azules con diminutas caligrafías japonesas.
La baraja hanufada era un encargo muy diferente a los que Lesmes, como artista, solía recibir. Acostumbrada como estaba a que sus clientes le presentaran una fotografía a partir de la que pintar un retrato, la petición del señor Santana le resultó fresca, original, extrañamente tierna: quería regalar a su esposa por su aniversario una baraja de cartas japonesas artesanales y únicas. Una baraja hanufada tradicional, pero con un elemento discordante que la distinguiera de cualquier otra y que consistía en añadir cuatro cartas blancas a modo de comodines, en las que ella podía libremente elegir temática y estilo a la hora de crear el diseño. Acordaron un precio y un plazo para terminar el encargo y el señor Santana insistió brevemente en que no deseaba interferir en el proceso creativo. Dijo que confiaba en ella y en su talento y que únicamente volvería cuando la baraja estuviera terminada.
Una pequeña investigación inicial, al comienzo del trabajo, llevó a Lesmes a descubrir que los naipes hanufada eran más gruesos que los naipes occidentales debido al uso del papel washi; que el reverso de las cartas no tenía dibujos, únicamente colores sólidos que iban del rojo al azul o el negro; que la baraja hanufada carecía de comodines, aunque estos eran habituales en la variante coreana del juego, el hwantu. Y que la empresa Nintendo había nacido a finales del siglo XIX como una fábrica de cartas hanufada antes de pasarse a la industria de los videojuegos.
La baraja hanufada representaba los meses del año y el paso del tiempo, lo que a ojos de Lesmes la convertía en un regalo de aniversario excepcionalmente certero y poético. No es lo mismo que te regalen un reloj carísimo que un juego de naipes que hablan de inviernos y primaveras y rituales pausados y preciosos. De ceremonias del té bajo la luna llena de agosto o de grullas blancas que son en realidad la encarnacion mítica de los dioses del pantano. De crisantemos de dieciséis pétalos o haikus escritos en esa caligrafía minimalista y evanescente como un deseo. No es lo mismo que el tiempo discurra golpeando tus vísceras y tu arteria cubital que saberlo deslizándose a tu alrededor como el humo perfumado de una hoguera, sin apremio ni condiciones; sin temor ni exigencias. Cayendo con la naturalidad con la que cae la flor del cerezo.
A Lesmes le produjo un enorme placer dibujar aquellos naipes con largos trazos de tinta sobre la cándida textura del papel washi. Sus reflejos nacarados y traslúcidos lo hacían parecer frágil, incapaz de absorber y soportar el peso de la tinta, pero en realidad poseía la consistencia del lino y a menudo la luz lo atravesaba como irradiandolo y Lesmes tenía la extraña sensación de que las figuras que dibujaba palpitaban, como si cobraran vida y movimiento y los pájaros quisieran volar, las flores desplegar sus corolas, los poemas decirse en voz alta, la luna llena iluminarlo todo con su pálido destello.
Para que la baraja estuviera terminada a tiempo, Lesmes le robó horas al sueño, al hambre, a su vida conyugal y a sus amigos. Quería que fuera hermosa y perfecta; quería que tuviera luz propia y que poseyera un alma. Quería otorgarle un hálito de vida y ahora que sólo quedaban por dibujar los comodines, puso todo su corazón y su talento en contar una historia a través de aquellas cuatro cartas blancas. La historia de un yokai de invierno japonés: la leyenda de Yuki -Onna, el fantasma de las nieves.
Contaba la leyenda que Yuki-Onna se aparecía a los viajeros que se extraviaban durante una tormenta de nieve o una ventisca. Era una mujer hermosa y pálida, de largos cabellos azabache, cuyo abrazo podía resultar tan gélido como mortal. Mientras Lesmes dibujaba una historia de amor entre aquel espíritu de invierno y un viajero al que le perdonaba la vida, afuera empezó a nevar. Era la primera nevada del año, excepcionalmente temprana y muy copiosa. El jardín trasero se cubrió de un sólido manto blanco; se congelaron las tuberías y los aleros de la casa soportaron un peso inimaginable. Nevó durante tres días y tres noches, sin piedad y sin descanso, mientras Lesmes, encerrada en el estudio, dibujaba sin tregua, poseída por las cartas y por la nieve. Dibujaba la historia repetida de Yuki-Onna con los ojos cerrados. Su mano temblaba aferrada al pincel y la vida creada sobre el papel washi resucitaba afuera, sobre los patios y las carreteras y los edificios y las avenidas. El yokai de invierno se apropiaba del mundo mientras ella dibujaba y cuando al tercer día Lesmes salió del estudio, tenía el rostro traslúcido como el papel japonés, los ojos vidriosos y el cabello larguísimo del color del azabache. Estaba fría, ligeramente cianótica, y llevaba puesto un camisón blanco como la nieve. “Ya está”, le susurró a su marido. “Dile al señor Santana que puede recoger los naipes por la mañana”. Y luego se desmayó.
Afuera no había rastro alguno de nieve: ni en los jardines ni en las ventanas ni en las avenidas…
Era septiembre.
Nunca nevó.
ANGY DEL TORO
¿Y, ahora qué?
Quise entender su silencio y me di cuenta que el resultado siempre sería el mismo. Intenté encontrar un comodín a mis palabras; estaba segura de que si me escuchaba, él, aprendería a interpretarlas.
Todo pasa, y aunque las heridas dejan cicatrices, también enseñan. Agradece por lo que fue y disfruta lo que por llegar está.
Hoy la niebla no nos permite ver lo que le dará sentido a la espera. Al final, agradecer lo que fue no es la única manera de dejar las manos vacías para sostener lo que está por venir.
Quizás, cuando la herida cure, sea el silencio quien su sabiduría muestre.
PEPA HERRERA GONZÁLEZ
EL COMODÍN DESATADO
Pegué un salto de la cama gritando como una posesa.
¡Había tenido una pesadilla!
—¿Qué te pasa? —preguntó mi marido, subido a la lámpara como un murciélago nervioso.
—He tenido un sueño horrible —dije mirando al techo—. ¿Puedes bajar?
—Vale, me suelto…
Mi marido se dejó caer y, en cuanto aterrizó en la cama con sus 85 kilos, yo salí volando como si fuera una pluma mal colocada.
—¡Aaaaaaaay! —grité, sintiéndome peligrosamente ligera.
Mi marido, que es muy hábil, intentó agarrarme de una pierna pero no la encontró. Como no había encendido la luz, falló estrepitosamente y yo me estampé contra la puerta.
—¿Estás bien? —preguntó cargado de preocupación.
—¡No estoy bien! Me he dado en la cabeza, ¡ay, qué dolor, qué dolor! Voy a mirarme al espejo del baño a ver si tengo un chichón, porque me duele muchísimo.
Me metí en el baño y encendí la luz.
—No puede ser… No, esto no está pasando… ¡Despierta! ¡Despierta! —me dije a misma en voz baja.
—¡Pepa! ¿Estás bien? ¡Te siento muy callada! ¡Pepa!
En vista de que no me escuchaba, mi marido se levantó a ver qué me pasaba.
—Pero… pero… pero… —titubeó.
—Sí. ¡Soy un comodín! ¡Así que mejor no digas nada!
¡Me había convertido en una carta de la baraja! ¡Alucinante! Justo la que más me gustaba, eso sí: el comodín.
Me miré por todos lados: era una auténtica carta gigante.
—¡No me toques, Ernesto! ¡Ni me mires! ¡Y ni se te ocurra empujarme, que me venzo! ¡Y no quiero más chichones!
La pesadilla se había hecho realidad.
Esas pastillas para la alergia me estaban provocando sueños terribles todos los días, ¡pero lo del comodín ya fue el colmo! Y encima la pesadilla había traspasado la realidad.
¡Que era un comodín! ¡Sí, vivo y coleando!
Y mi marido estaba… ¡no, no estaba preocupado! ¡Estaba retorciéndose de la risa!
—Jajajajajajaja, es que me meo —decía sin poder parar—. Como venga la vecina, hacemos un trío. Jajajajaja. Y si además vienen tus dos amigas, ¡seremos un full! Jajajajajaja. Y si te doy unas pinturas y sales a la escalera… ¡la pintas! Jajajaja. ¡Tendremos la escalera de color! Pepa, te juro que meo. Jajajajajaja
Yo le miraba con la boca abierta.
No sabía si reír con él a carcajada limpia o ponerme a llorar de la desesperación. Pero no, los comodines… no lloran…
—Mira, Ernesto… Como soy un comodín, me voy a poner “comodina” en el sofá, a ver si se te pasa la risa tonta.
—Está bien, perdona… ya me callo. Te puedes poner “comodina” en la cama, a ver si te duermes y vuelves a ser la de siempre —dijo aguantando la risa como podía., aunque estaba a punto de explotar…
Me acosté en la cama y me tapé con el edredón. ¡Lo sentí pesadísimo!
Escuché las risas de mi marido desde el baño… y de pronto, silencio. Era un silencio raro, un silencio que no prometía nada bueno.
—Ernesto… ¿sigues ahí? —pregunté sin destaparme.
Nada. Que no contestaba, ni siquiera se reía, pero le sentí acercarse.
Me destapé un poco…
y ahí estaba él, de pie, mirándome con cara de tragedia griega.
—Pepa… creo que… creo que me ha pasado algo raro, seguro que ha sido el karma…
—¿Qué te ha pasado ahora? ¿Por qué ya no te ríes?
Se giró despacio, casi teatral.
¡ERA EL AS DE BASTOS!
—¿Ves? —dijo muy digno—. ¡Ahora ya hacemos pareja!
Y se echó a reír otra vez, pero esta vez yo también lo hice.
Porque si la vida te convierte en carta,
que al menos el sueño te de una pareja para reírte de las pesadillas.
MARIO NÚÑEZ
Tiempos duros para las familias de la avanzada de protección de Montevideo. Construyan un antemural de defensa, había ordenado el gobernador español de aquella ciudad amurallada con el fuerte en su cerro observándolo todo.
Pero allí estuvieron, primero en la caballada junto a la laguna del abrevadero diario, asentamiento provisorio de carretas y toldos de cuero de vacas y caballos. No más de 12 familias criollas, mujeres e hijos de la soldadesca que pondrían un candado de seguridad en la codiciada Bahía de San Fernando de Maldonado, un atracadero protegido del salvaje océano atlántico, con una isla en su boca.
En la bahía, se turnaban a cañonazos corsarios ingleses que expoliaban a españoles y criollos, portugueses que alucinaban con dominar la banda oriental del Río Uruguay, controlar desde Montevideo todo el Rio de la Plata, y desde la Nova Colónia do Santíssimo Sacramento, los muelles y las puertas de la Real Nuestra Señora del Buen Ayre, casi siempre del lado ganador de los conflictos externos e internos, pero esquiva acérrima al Imperio del Portugal y Algarves.
Tarea excesiva la encomendada a la docena de familias, que del borde de la laguna de Diario, fueron acercándose a construir el Cuartel de Dragones, una capilla con el pomposo nombre de Catedral, y una plaza principal: un baldío de una cuadra española de lado, con la maleza y piedras aplanadas, y mucho barro porque las carretas militares, de agua y suministros no respetaban las calles perimetrales invisibles, y les quedaba más cómodo atravesar el predio, así que habían grandes surcos de barro en diagonal entre el Cuartel, la Catedral y los primeros comercios, y los pobladores de la ciudad, circulaban por el perímetro, en un raro acuerdo entre personas y vehículos, en que la gente caminaba por las calles, y las carretas, caballos, mulas y vacas, por la plaza.
El emplazamiento fue decidido por estar equidistante de la laguna de Diario, la playa de la bahía, y un suministro de agua natural que los administradores locales inmediatamente estatizaron con el nombre de la Cachimba del Rey Fernando VI, aunque los locales originarios que guiaron allí a los españoles le llamaban desde tiempos inmemoriales, Hicé Morot – Agua Blanca en lengua charrúa.
El cuartel fue diseñado y promocionado con capacidad para 600 soldados, una cifra impresionante que intimidaba al escuadrón portugués de entre 50 y 100 personas, los 20 o 30 tripulantes de un barco corsario, o los casi 40 de una fragata francesa de las que huían o buscaban al azar suministros hasta esta zona, asediadas y recluidas en la isla de Villegaignon, en la bahía de Guanabara, frente a Río de Janeiro.
Pero en realidad la guarnición española estaba compuesta por una primera tropa de 14 soldados, con sus familias, unos 15 indios aliados, asentados con su propio clan en los ejidos de la ciudad rumbo al Cerro Pelado.
Además, un número siempre incierto de esclavos africanos, provistos por los corsarios ingleses o vendidos de contrabando por los portugueses, traídos de Guinea y del Congo. Pero como personas no contaban. Solo trabajaban a mano limpia, fallecían de esfuerzos y eran repuestos, hasta levantar las primeras construcciones oficiales, a las que luego se sumaron la Torre del Vigía y la prisión de la isla de la bahía, que fue la residencia de destierro y castigo de Francisco Gorriti, preso allá dos años por negarse a encabezar una incursión militar a las tierras de los palmares al este, consciente de la apabullante inferioridad numérica de su avanzadilla.
Pocos lugares de esparcimiento: uno bendecido, el de la Catedral, para familias de bien, otro para la soldadesca, de dudoso comportamiento en el Cuartel de Dragones, porque bueno, los hombres son hombres, y la pulpería, un rancho grande con salón de beber y mostrador enrejado, por el que el pulpero sirio y su mujer – que nadie supo como se asentaron por estos lares -, vivían protegidos y enrejados, en una única habitación de adobe, madera de pino marítimo mal machimbrada, y enrejado de hierros de las planchuelas de una goleta española encallada en la playa mansa por el peso de los bombazos que le propinaron los tripulantes de un bergantín corsario al servicio de Londres.
Los instrumentos para la diversión eran el alcohol de siempre, y cuatro mazos caseros de naipes de la baraja española, dibujados a mano. Tres en realidad eran los que estaban en uso en el poblado, y circulaban en préstamo con un celo mayor que la capillita de madera con la estatua de la Virgen de la Candelaria, aquella que reposaba hasta una semana en cada casa.
Los naipes igual.
Toda la población sabía en qué casa estaba la capillita peregrina y en cual cada mazo de barajas, con 49 naipes que en su versión local tenían una figura diferente en el comodín de cada mazo; un naipe con poderes especiales que concedían un deseo principal y sus accesorias a quien lo poseyera en aquella partida.
Los cuatro mazos fueron diseñados por la misma persona, una hechicera guaraní emparentada con los charrúas aliados del ejido fernandino, pero mantenida a prudencial distancia por sus connacionales, porque poseía extraños poderes que le permitían apoderarse de hombres jóvenes en edad de merecer para satisfacer sus calenturas escondidas.
Los comodines no eran naipes comunes. Estaban pintados con tinta negra de calamar y jugo de bayas de tala negro o palo mataco, que ofrece una gama de rojos desde el naranja al violeta, cada variedad con un poder que solo la hechicera conocía.
El primero de los mazos tenía dibujado por comodín, un apuesto arlequín francés; fue estrenado por ella misma, que en la partida de estreno con la familia de un soldado usuario y temerosa de sus gualichos, le permitió ganar comodín en mano, los amores y favores del hijo mayor de la familia, un joven y bien dotado soldado con facciones de francés de cerca de 17 años que se llevó para siempre a su tapera.
El segundo mazo con un diseño de cuerno oriental de la abundancia fue comprado a cambio de una carreta completa de agua por los sirios de la pulpería.
Según cuenta la leyenda fernandina, construyeron su comercio, el rancho y depósito, y hasta las provisiones que vender, todo mágicamente aparecido en una noche; desde entonces el mazo de baraja permaneció en el comercio tan cuidadosamente resguardado, que cuando aparecían gauchos o andantes con apariencia de matreros o gentes de malas mañas, el sirio les prestaba el mazo, pero incompleto, con un papel en lugar de comodín.
El tercer mazo desapareció.
Su comodín tenía un tesoro dibujado. Se utilizó una sola vez, por el capitán de un bergantín corsario anclado unos días en tierra por las tormentas de mayo, quien invitó a una partida de cartas a un sargento y dos soldados viejos del Cuartel de Dragones. Se juntaron a escondidas y apostaron no se sabe qué, pero se sospecha. A la medianoche, los soldados españoles despertaron a Maldonado con los estampidos de sus arcabuces, relatando un acto heroico en que pusieron en fuga y ultimaron a unos corsarios ingleses y filipinos, que habían descerrajado el cofre de la oficina de la comandancia del cuartel, y se alzaban con 16 pesos fuertes, varios reales de a ocho, y documentos de correspondencia militar indeterminados. Los abatieron a todos, uno entre los médanos, otro ya en la playa mansa, y al capitán herido y dos remeros, los balearon en su chalana intentando fugar. Nunca aparecieron los bienes robados ni el tercer mazo, oficialmente hundidos en la bahía, pero en circulación por los mares según la hechicera.
El cuarto mazo también trajo crimen y riqueza sospechada pero nunca confirmada. Su comodín tenía la imagen todopoderosa del Ojo que Todo lo Ve. Lo utilizó el cura párroco en una noche de alcohol y truco, en el que, de ir perdiendo una pequeña fortuna, pasó a ser condonado a cambio de una bendición y expiación a sus deudores. La cuestión fue que el religioso no supo explicar – salvo que fuera por uno de los designios misteriosos del Señor – cómo desapareció del tabernáculo cerrado con llave, el valioso cáliz de plata y oro del Perú bendecido por el propio Papa Clemente XIII, aquel firme defensor de las misiones jesuíticas que siempre quiso y nunca pudo instalar una en los pagos fernandinos.
ANDRÉS JAMES CACERES
Trumposo
Este Trump si será inmundo
Se cree dueño de mundo
No contento con Maduro
Con Irán se puso duro
Y el sionismo un comodin
En un conflicto sin fin.
Venezuela no fue ni gracia
El no busca democracia
Solo quiere su riqueza
Lo demás no le interesa.
Puso a groerlandia en la mira
Quiere invadir con mentiras.
Y a los sionistas ni un reto
Pues conocen sus secretos.
Con su amigo ha manoseado
Y el Mosad lo tiene filmado.
Con razón apoya al juda
Y con sus armas ayuda.
Por viejo degenerado
Lo tienen bien agarrado.
La Melania esta de adorno.
El prefiere actrices porno.
Los votantes más pobres
Esos que no ven ni un cobre
Son los que han votado errado
desafiando hasta el mercado
Los pobres saltan la brecha
Y ahora votan la derecha
El vox, Milei y la tana
Y Donald Trump qué macana
Será que es la moda ahora
Que toda esta gente llora
Todo el año un alboroto
Y después le dan el voto
A estos millonarios chotos.
JAROL LIMA
Los árboles aquí no dejan de jugar.
Camino cortando la espesura, cada giro de su mano dejaba atrás un ondulante ruido y hojas que volaban por el aire, su machete oxidado era de lo poco que queda útil en su transporte, probablemente control orbital ya había dejado de buscar la señal de su radiofaro. Estaba evidentemente solo en este sector, al avanzar recordó sus lejanos días de entrenamiento en las fuerzas expedicionarias, con los avances actuales era difícil creer que un accidente tan grave le ocurriera a él y su pequeña partida de exploración.
Las órdenes superiores eran claras, bajar, instalar una baliza de monitoreo atmosferico, tomar muestras de suelo, vegetación y retornar a control de órbita. Algo de rutina.
Agitó algo más su brazo para limpiar un corredor entre la espera maleza cuando descubrió entre sus botas qué el suelo emitía un débil brillo al pisarse ¿acaso su caminar entre el bosque lo había llevado a una vieja ciudad? Empujó algunas hojas acumuladas entre el polvo y comprobó qué en verdad el suelo brillaba en patrones decorativos, muy similares a las baldosas de cualquier ciudad actual de la gran Federación humana.
Al avanzar pudo ver que planetas enredaderas colgaban de lo que juzgo primero como formaciones rocosas y sin embargo eran viejos rascacielos castigados por el tiempo, sus ojos se recrearon con las ruinas del ingenio humano de siglos atrás, posiblemente de alguna era pre espacial. Por su cabeza pasaron millones de datos que solo aplico en su implante de memoria estudiantil, los grandes logros técnicos de la civilización volvieron a su mente consciente llenandolo de una perturbadora solemnidad.
El ritmico concierto de la espesura con aves y otros seres, se detuvo para dejar un silencio incomodo; entre el bosque se sacudió una palmera moviendo sus largas parras a un compás casi hipnotizate. El pensó que talvez fuera algún organismo modificado recreativo de aquellos que la gente antigua instalaba en parque y zonas comunes, bellos espectáculos vivientes que alegraban las áreas verdes de las metrópolis antiguas, aunque esto sería improbable pues era muy conocido que estos productos de patente tenían obsolescencias programadas para ser reemplazadas por otra novedad. El se acercó en silencio y pudo ver que la palmera era solo una de cinco qué se movían en un extraño baile qué no podía descifrar. Las palmeras siguieron su baile en una conversación secreta ante los ojos del naufrago espacial. En algún momento el creyo recordar a viejos ancianos en una partida de cartas, algo que le era muy común de su juventud como asistente de novios espaciales; los ancianos saltaban en movimientos bruscos y golpeaban las cartas en la mesa a la vez que sus cartas les eran buenas o malas. Las enormes palmeras repetían estos movimientos a turnos como enfadada o alegres en un juego sin cartas visibles.
La noche avanzaba y era momento de buscar un buen refugio donde encender algunas barillas combustibles qué le dieran calor, era momento de comer un cubo proteinico de los pocos que le quedaban e intentar marcar su posición en su astro faro con la esperanza de que control orbital enviara un rescate. Las palmeras dieron un último baile frenetico y la noche les alcanzo, dejando el bosque tranquilo. El frío hizo que los extraños jugadores postergaran las partida para otro día. Al ver fuego quimico de la varilla extingirse con un palido color azul, se planteo buscar algo de leña en el bosque y hacerlo como lo había visto en los archivos de memoria. Una hoguera de leña sería útil para alejar a las posibles bestias que habían evolucionado de las mascotas indefensas de esta gente antigua. Aunque no se había tropezado con ninguna se contaba en la unidad de historias donde estos seres parecidos a lso adorables monos qué se podían comprar en las tiendas de mascotas roncabas estas tierras inospitas.
La mañana llego y el sol iluminó la plateada piel del naufrago, todo su cuerpo biomecanico estaba bien a pesar de la magra dieta, a sus pies estaba uno de los 5 jugadores, su tronco fue fácil de derribar con el machete y en la tarde se procuraria leña y un refugio mejor con sus restos. A lo lejos pudo ver a las criaturas salvajes corriendo en sus cuatro patas y mirándolo con extrañeza, su carencia de pelo lo admiro de sobremanera, le recordaron lejanamente a las figuras de cera de los museos de historia natural, tan parecidos a humanos y tan cerca de bestias salvajes. Las palmeras se sacudieron en su baile ritmico y siguieron su parida de cartas eterna, echaron de poco al muerto que era arrastrado por el naufrago. El se planteo que estos objetos decorativos de bioingenieria del pasado tenían algún componente de adn humano y por tanto eran igual de ilógicos como sus antepasados directos.
En lo profundo del bosque se escucho un grito extraño, mezcla de canto de ave y un lenguaje arcaico qué ain se enseñaba en muchas escuelas de la federacion:
—burro, burro, el tiene el burro…!!!
El inusual canto comprobó las teorías. Esta era una antigua ciudad humana, si en algún momento salía de aquí a salvo. Sería millonario y famoso, por descubrir una en tan buen estado de conservación. Mientras tanto solo quedaba iniciar una fogata y seguir esperando que la próxima carta si no era buena para el al menos fuera un comodín qué le permitiera enviar su conciencia al satélite de órbita y así poder escapar en un nuevo cuerpo. Sería caro, pero valdría poco a comparación de la riquezas qué le esperaban por este descubrimiento.
MAITE BILBAO
ENCUADRE
El 402 parpadea sobre la puerta. Entra. La lejía y el vaho de la piel rancia le golpean las fosas nasales. Sobre la cama, un cuerpo se hunde bajo la sábana. La caja torácica sube y baja con un temblor. Los ojos perdidos en el vacío.
Él ocupa el sillón de escay. El plástico cruje bajo su peso. Abre un libro gastado. Mira el gotero que fluye sin prisa. La puerta cede. El acero de un carro golpea el silencio.
—Qué buen hijo es usted —dice la enfermera.
Deja un vaso.
Asiente. La mujer sale. Un estertor que suena a madera astillada corta el aire. Desliza una gasa húmeda por sus labios. La boca entreabierta. La piel, papel de fumar, se deshace.
El hombre exhala por última vez. La mirada fija en el techo. El silencio inunda el cuarto.
Consulta el reloj de pared. Saca el teléfono. Escribe: Terminado.
Cruza la puerta de urgencias. En el asfalto, un hombre baja de un coche y le entrega un sobre.
—¿Firmó? —pregunta el del traje.
Él se lo guarda.
—La huella es nítida. Los dedos aún estaban calientes. En breve, veré el próximo encargo.
El motor vibra. Él camina hacia la parada del autobús. Se quita las gafas. Se endereza. De pronto, se detiene. Mira la yema de su pulgar. La tinta negra brilla bajo un cerco untuoso. Se frota el dedo contra la manga de la chaqueta hasta que la piel escuece. El roce de la lana suena a lija.
Abre el sobre. Lee la tarjeta: 17:00 h. Calle Mayor, 14. Cumpleaños de Lucas.
Una nota acompaña el cartón: El niño no conoce al abuelo. Foto para la red social.
Mira su reflejo en el cristal. El músculo de la mejilla vibra. Se ajusta el nudo de la corbata. El vehículo frena. Baja, entra en casa y viste la piel del abuelo para el nuevo encuadre.
13 de abril de 2026
CARMEN BERJANO
Él siempre estuvo ahí. No recuerdo ni desde cuándo exactamente.
Pero fue mi primer pecado tras divorciarme.
Y sigue ahí, como un comodín, con los años hay más cariño. El morbo sigue intacto, pero respetamos a nuestras parejas. Y nos respetamos infinito, claro.
Hemos vivido el surrealismo más absoluto y la sexualidad más libre. Nos hemos acompañado en la distancia y en verdad, visto pocas veces. Y las pocas veces que ha sucedido siempre acabamos en tragedias. Bromeamos con evitar otro posible encuentro por si empieza la tercera guerra mundial o cae un meteorito…
Y ahí seguimos.
SILVIA RAFI GRACIA
¿QUIÉN SE LLEVÒ EL COMODÍN DE LA AZOTEA?
– Buen díia [exclama Manuel dirigiéndose a Aurora y a Carlos al coincidir en la puerta de entrada]
– Buen día [le responden ambos casi al unísono ].
– Que sea bueno aunque no acompañe mucho el tiempo [añade Aurora mirando hacia el cielo con voz de soprano ligera]
[ Manuel, tras responderle con una vaga sonrisa medio de compromiso con semblante soñoliento, se dirige hacia el ascensor y pulsa el botón de llamada. Mientras tras unos segundos de espera Carlos está abriendo las puertas internas y Manuel sostiene abierta la externa, entra Mary al vestíbulo con Missi en sus brazos. Y Manuel, que estaba a punto de incorporarse tras Aurora y Carlos, la mira y le hace un gesto con la mano invitándola a entrar…]
– ¿Quepo yo también? [pregunta Mary, con voz de soprano lírica ]
– Claro. Cabemos cuatro, dice aquí [con voz de Bajo, señalando el cartel]
[ Los tres se recolocan haciéndole hueco y Aurora pulsa las paradas para el segundo y cuarto piso. Así que van ascendiendo Manuel muestra interés en iniciar una conversación ].
Manuel :
-¿Habeis oído esta mañana el ruido de aquel cacharro? El de los hierbajos ésos ¿qué pensais? ¿ son horas de hacer ese ruido? Claro que peor sería por la noche [ mirando de soslayo a Mary]
Aurora:
– Bueeno, ya te digo
Carlos:
– Mucho de aquello hay que echarle, a esas horas…Yo ya no he podido volver a dormir, ni Aurora.
Ascensor:
– Segunda planta [con voz gravada, muy neutra]
Manuel (a Mary):
– Espera, no abras aún; hay que esperar a que el trasto este haga el clíiinc y abrir luego.
[ Mary, aunque sin intención de manifestarlo, transmite sentirse molesta por el comentario de Manuel, mientras centra su atención en acariciar la cabeza de Missi]
Carlos [elevando su voz de barítono, tras bostezar, con la intención de atraer la atención de Mary]:
– Sí porque se ve que, si no, se va escacharrando y luego no se para a ras del suelo
Mary [mantieniendo abierta la puerta exterior para despedirse de ellos]:
– Aah pues ya miraré… No me vaya un día a dejar colgada [ mira a los tres, bromeando con simulada cara de espanto mientras Missi suelta un maulllido reclamando su atención; aunque, en realidad es Mary quien ha maullado]. ¡Gracias, vecinos! [les dice cerrando la puerta]
Manuel:
– No las tengo yo todas con esta chica. Por las noches se pone a tocar la trompeta y la pobre Luisa que vive debajo suyo…Y mira que es bella, la chica, con esos cabellos rojos y esos grandes ojos verdes…Y habla muy bien nuestra lengua, nadie diría que es extranjera..
Aurora [tras un bostezo]:
Sí …Ya te digo… Y hace poco que llegó, nos dijo un día.
Manuel:
– Luisa no puede dormir.. Y no se atreve a decirle nada. A Luisa le cuesta decir las cosas por miedo a que los otros se enojen con ella… Hay que ver; a mí, nada, me cuesta… Y por éso he largado antes lo de que el ruido ése del trasto de cortar las hierbas hubiese sido todavía peor a según qué horas de la noche…para que se enterase.
Carlos:
– Pobre Luisa. Mucho de aquello hay que tener, si no puede dormir… No estoy seguro de que Mary se haya dado por aludida
Aurora:
– Ya te digo…
Ascensor:
– Cuarta planta [ con voz muy neutra, gravada ]
[ Carlos abre ambas puertas interiores y sujeta, abierta, la exterior, para dar paso a Manuel y a Aurora.
Y mientras van saliendo atraviesan el rellano Juan y Alberto, quienes, desde el quinto segunda suelen bajar siempre a pie. Y cuando tras un «buen día» cruzan el rellano, Manuel les increpa ]
Manuel [ con cierta intención de incordiar por diversión]:
– Hablábamos de ruidos ¿Qué pensais vosotros de los ruidos, chavales? ¿Qué dicen vuestros padres?
[ Con un pie en cada peldaño se paran y se giran a mirar a Manuel.
Alberto, el mayor de los dos, responde]
Alberto:
– ¿En plan?
Manuel;
– Pues en plan de ruidos que se oigan y molesten ¿Oís en vuestra casa algún ruido que moleste?
Alberto [responde y reemprende rápido la bajada]:
– No, no.
Juan [ bajando la escalera, se dirige a Alberto, mirándole] :
– Es random
[ Ambos, tanto Alberto como Juan, tienen voz de Tenor ligero el uno y el otro, el menor, de Soprano Spinto]
Manuel [mirando a Carlos y Aurora]:
– Estos jóvenes, hablan diciendo unas cosas…que…
Aurora:
– Ya te digo…
Manuel [ dirigiéndose a Manuela, la madre de Juan y Alberto, que atraviesa también el rellano, saludando, con intención de seguir bajando a pie hasta la calle.];
– Y tú, presidenta, tocaya ¿ Qué nos dices de los ruidos?
Manuela [girándose con un pie en el rellano y el otro en el primer peldaño]:
– ¿A qué ruidos te refieres, Manuel ? Tú no creo que hayas podido escuchar los que yo he oído.
Manuel:
– Yo no. Pero la pobre Luisa, por la noche, con esa nueva vecina que lleva como una semana tocando la flauta… No me digas que tú también la oyes.
Carlos:
– ¿La flauta? ¿ No dijiste antes la trompeta?
Manuel:
– Bueno, flauta, trompeta… ¿qué mas da? Un trasto de ésos de soplar. Luisa no me supo explicar ..
Manuela [dotada de una potente voz de Mezzosoprano]:
– No. Los ruidos que yo he oído, esta mañana, no de noche, venían del suelo de la azotea; por éso te decía que tú no los has podido oír; como si alguien arrastrase algo pesado.
He supuesto que sería cualquier vecino que para poder tomar el sol en el comodín lo estuviese cambiando de lugar.
Carlos y Aurora [ambos al mismo tiempo]:
– ¿El comodín?¿Qué comodín?
Manuela:
– Sí. Claro, es verdad …que vosotros no estuvisteis en esta última reunión. Es que Leopoldo propuso ponerlo en la azotea. Es.. una especie de mueble multi-usos; que se transforma en banqueta, silla, hamaca, mesa. peldaños..
Bueno…en muchas cosas [mira a Manuel con una risa cómplice, viendo las caras de asombro de Aurora y de Carlos]; lo que pasa es que para transformarlo se tiene que destornillar, mover todo el cachibache y volver a atornillar de otra manera. Hasta hay un librillo de instrucciones y todo, así muy casero [así que Manuela va hablando, su risa disimulada se va evidenciando ].
Se lo regaló su tío, muy ancianito ya, nos explicó; que desde que se jubiló se dedicó a hacer «inventos» en su taller. Y bueno, Leo no sabía qué hacer con el cachibache ése, que en su piso no cabe; pero por el amor que siente hacia su tío …y aquel cariño con el que se lo regaló
Y se le ocurrió que quizás en la azotea…Lo propuso y le dijimos que sí, por unanimidad de votos. Y también votamos que así, en principio, se quedaría como hamaca para tomar el sol, además de las dos que ya teníamos. Y que si alguien quería darle otro de sus múltiples usos..que luego lo volviese a dejar igual. Y lo bautizamos como «el comodín».
[Se oyen pasos de alguien que baja hacia el rellano por la escalera, y aparece Leopoldo]
Manuel:
-Hombree, hablando del papaderoma…
¿Qué te cuentas, Leo? [ observando en su cara una expresión de preocupación ]
– Vengo de la azotea. Bajaba a mi casa y como os he oído..
¿Sabeis dónde está el comodín?
– Noo [van diciendo los otros cuatro]
Manuela:
– Esta mañana, muy temprano, me pareció, por el ruido, que alguien lo arrastraba; pero no le dí importancia, me pareció mormal que algún vecino lo quisiese cambiar de lugar. O de uso.
Leopoldo :
– Pues ya no está en la azotea
Aurora:
– Ves Tú.. qué cosas… Ya te digo…
Manuel:
– Creeis que alguien lo haya podido robar?
Carlos:
– Quizás lo hayan cogido prestado. Digo yo que habría de tener mucho de aquello, alguien, para robar éso, por lo que habeis explicado
Aurora:
– Ya te digo…
¿ Y si preguntamos por el watsap de la comunidad si alguien sabe algo?
[ Los demás asienten con un gesto de cabeza]
Leopoldo:
– Hagámoslo, sí, por favor. A ver qué dicen los demás vecinos cuando lo lean.
[ Aurora coge su movil y comienza a teclear…]
Carlos:
– A ver… Nosotros no lo hemos tocado. Falta que respondan los de los dos terceros, los de los dos segundos, los de los dos primeros..
Manuel:
– Cuenta sólo los del primero primera, que Luisa, la pobre, tan ancianita ya, no está para ir trasladando artefactos arriba y abajo..
Carlos:
– Pues los de los dos terceros, de los dos segundos, del primero primera y los de la planta baja. Seis pisos que no sabemos si… Porque de los propietarios del local.. no se sabe nada ¿verdad?.
Manuela:
– Los de la planta baja tampoco asistieron a la reunión; Y los del local nunca asisten con tanto cambio de dueños, y no tienen llaves de la azotea, así que no saben nada del comodín.
Manuel:
– Pero los de la planta baja bien que también tienen llaves… Y por cierto, hoy a las seis y media de la mañana estaban dalequetepego en su terraza con el cacharro ése de los hierbajos <<digo yo, que era el cacharro de los hierbajos>>. Yo lo oía por la ventana de atrás, justo desde mi habitación. Un domingo que uno puede dormir…
Aurora:
– Ya te digo…
Manuela [mientras lentamente va bajando los peldaños del tramo];
– Bueno, yo sigo bajando, que me esperan.. A ver si se aclara por el watsap quién lo tiene. No te preocupes, Leo, seguro que aparecerá pronto, que habrá alguna explicación.
Aurora [enfocada ya hacia su puerta junto con Carlos, que está introduciendo la llave en la cerradura, gira la cabeza mirando a Leopoldo]:
– No te preocupes Leo, seguro que ésto en poco se arregla, ya te digo…
Leopoldo [mientras sube los primeros peldaños del tramo]:
– Gracias, Aurora, éso espero.
Hasta luego, Manuel! [dirigiéndole una mirada].
Manuel [introduciendo también la llave en la cerradura de su puerta] :
– Vale pues…hasta lueego
Y no te preocupes, que yo me iré encargando de investigar.
[ Se apagan todas las luces . Se acaban los recitativos.
Con toda la parte izquierda totalmente oscura, la iluminación se traslada a la parte derecha del escenario,. Aparece el decorado de una pequeña y sencilla sala de estar, donde Verónica de la Vega, en su papel de Mary, comienza a interpretar una hermosa Cavatina mediante la cual le explica a Missi la tristeza y desolación que siente por no poder manifestarle a nadie su auténtica identidad ni el porqué debió trasladarse a vivir allí. Y Missi, un conseguido peluche que, a través de una trampilla del suelo, unas manos hacen mover, la acompaña, al final de la pieza, con melódicos y complejos maullidos que surgen de la voz que Patricia Casilari aporta también además de sus manos; y podría hacer recordar al Duetti Buffo di due gatti, atribuído a Rossini.
Finalizada la Cavatina se cierra el telón. Es el primer acto de una ópera buffa muy experimental titulada «Quién se llevó el comodín de la azotea». del compositor nobél Tomás Bierzo.
A partir de aquí un sinfín de enredos y entresijos, de comedia y de drama. Y preciosas arias, duetos y tercetos, magistralmente interpretadas por grandes voces.
El público hierve aplaudiendo entusiasmadamente. Tomás, aún incrédulo, se siente realizado, respira profundo y tranquilo desde su «comodín», ya aposentado en su hogar, y luego sonríe.
(Sílvia Rafi Gracia// 13/04/2025)
MANOLI DÍAZ TORRALBA
—Mamá, ¿tú has visto mi cargador?
La pregunta llegó desde el pasillo con ese tono dramático que mi hija Andrea reserva para las grandes tragedias contemporáneas: perder el cargador, quedarse sin wifi o descubrir que alguien ha subido una foto suya sin filtro.
Yo estaba en la cocina, mirando fijamente una caja de galletas como si en el reverso fuese a encontrar el sentido de la vida o, al menos, una receta para sobrevivir a la menopausia sin querer estrangular a nadie.
—Si te refieres al cargador blanco, está encima de la mesa del salón —respondí.
—Tengo siete cargadores blancos.
—Entonces el que buscas está al lado del mando de la tele, que también es negro, por si ayuda.
Andrea apareció en la cocina en una nube de perfume caro y prisas baratas. A sus veinticinco años caminaba con esa seguridad que solo tienen quienes todavía creen que el mundo les debe explicaciones.
—No está.
—Claro que está.
—No está.
Fuimos al salón. El cargador estaba allí.
Andrea lo miró con una mezcla de sorpresa y traición.
—Ese no lo había visto.
—Es que estaba usando el ancestral método de camuflaje conocido como “estar a simple vista”.
Mi hija resopló, enchufó el móvil y se dejó caer en el sofá con la dignidad herida.
—No sé cómo lo haces.
—Tengo un superpoder. Se llama haber parido a una persona incapaz de encontrar nada.
Ella sonrió sin ganas, desplazando el dedo por la pantalla con la velocidad de una mecanógrafa poseída.
Yo la observé unos segundos. Siempre me maravilla ver cómo su generación puede mantener tres conversaciones simultáneas, pedir sushi, cancelar una cita y hundirse emocionalmente por un emoji mal interpretado, todo antes de desayunar.
—¿Qué haces hoy? —pregunté.
—He quedado con Mario.
Ah, Mario. El novio intermitente. Ese muchacho que entra y sale de la vida de Andrea con la frecuencia de una oferta de aerolínea low cost.
—¿Seguís juntos? —pregunté.
—Estamos… en pausa.
—¿Una pausa tipo KitKat o una pausa tipo Guerra Fría?
—Mamá, no seas sarcástica.
—Cariño, soy una mujer de cincuenta y tres años. El sarcasmo es lo único que me mantiene flexible.
Andrea levantó la vista y me estudió con esa expresión que mezcla ternura y condescendencia, como si yo fuera una reliquia del Paleolítico que aún logra abrir tarros sin ayuda.
—Es que tú no entiendes cómo funcionan ahora las relaciones.
Yo solté una carcajada.
—Claro. En mi época, cuando una pareja discutía, no se “daba espacio”; se gritaba en persona, se colgaba el teléfono de golpe y luego una lloraba escuchando a Sergio Dalma. Había método.
Ella negó con la cabeza.
—Mario dice que necesita tiempo para encontrarse.
—Pues dile que empiece buscando en Google Maps.
Andrea se rio, pese a sí misma.
Entonces me miró con esa seriedad repentina que solo aparece cuando la vida le roza una verdad incómoda.
—¿Tú y papá nunca hicisteis pausas?
La pregunta me pilló colocando cojines, esa actividad doméstica inútil que las madres hacemos para no responder demasiado deprisa.
—Claro que sí —dije al fin—. Una vez estuvimos tres días sin hablarnos porque él olvidó nuestro aniversario.
—¿Y qué pasó?
—Que al cuarto día descubrió que no sabía dónde guardábamos las sartenes y vino a negociar la paz.
Andrea sonrió.
—Eso no cuenta como pausa.
—En el matrimonio, hija, eso es una crisis diplomática de alto nivel.
Ella guardó silencio unos segundos.
—A veces creo que Mario me usa como comodín.
La frase quedó flotando en el aire, pequeña y triste.
Me senté a su lado.
—¿Comodín de qué?
—De esos que guardas por si acaso. Cuando está solo me llama. Cuando está aburrido me busca. Pero nunca sabe si quiere estar conmigo de verdad.
La miré. De pronto ya no era la niña que perdía zapatos debajo del sofá, sino una mujer joven enfrentándose a ese descubrimiento universal: que el amor, cuando duda demasiado, suele estar diciendo que no.
Le aparté un mechón de pelo de la cara.
—Escúchame bien: tú no eres el comodín de nadie.
—Ya, pero…
—No. Nada de peros. Los comodines se usan cuando faltan cartas. Y tú, Andrea, eres la baraja entera.
Me miró y se le humedecieron los ojos.
—Qué frase más intensa.
—La edad, cariño. Con los años una acumula colesterol y sentencias memorables.
Andrea apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Sabes una cosa? Creo que voy a cancelar la cita.
—Buena idea.
—Y pedir sushi.
—Magnífica idea.
—¿Quieres?
—Por supuesto. Pero esta vez elijo yo. La última vez pediste esas bolitas veganas que sabían a castigo medieval.
Ella soltó una carcajada.
Y mientras la veía teclear el pedido, pensé que quizá ser madre de una veinteañera consistía exactamente en eso: encontrar cargadores invisibles, desmontar novios mediocres y recordarles, que jamás nacieron para ser el comodín de nadie.
SERGIO TELLEZ
PLAÑIDERA-COMODÍN
Sus lágrimas corrían a borbotones sobre la tierra agrietada de Ardederos y, donde caían, nacía ruda. Por eso la contrataban. No porque llorara bonito, sino porque lloraba útil y la ruda espantaba lo que quedaba rondando al muerto.
Floripis era la plañidera comodín: si se moría un niño, lloraba ella; si se iba un hombre, también; si la noche se quedaba sin grillos, lloraba hasta que volvieran. Llevaba cuarenta años alquilando su llanto, y lo único que no había llorado nunca era su nombre.
La llamaban cuando el muerto estaba frío y la familia, seca. Llegaba sin que la invitaran, se sentaba donde nadie quería mirar, y abría la llave. Era el comodín de Ardederos: la que sentía por encargo todo lo que el pueblo no se atrevía a sentir. Y al otro día, donde había llorado, la ruda crecía tupida, amarga, vigilando la puerta como un perro que no duerme. Pero Floripis sí sentía. Ese era el trato y ese era el castigo. Se le notaba en la cara.
Tenía el rostro como la tierra de Ardederos en verano: agrietado, surcado, con todos los velorios escritos en las líneas. Cuando lloraba al hijo del carpintero, le dolía como si fuera suyo. Cuando lloraba al hombre que se fue con otra, se le quebraba la voz igual que a la mujer dejada. No fingía. Cargaba. Y el pueblo lo sabía.
Por eso le pagaban sin regatear y le dejaban el plato más grande en los novenarios. No era lástima. Era miedo. Porque Floripis era el ser que más había sufrido en Ardederos, y todos le debían cada arruga. Había llorado cuarenta años de muertes, de abandonos, de cosechas podridas, y todo se le quedó adentro, haciéndole nido.
Fue un castigo que ella misma eligió a los quince años, cuando se murió su madre y no tuvo con qué pagar el cajón. El cura le dijo: «Llora por los otros y yo te consigo el entierro». Aceptó. Y siguió aceptando, porque descubrió que la moneda que caía en su mano después del llanto era lo único que la mantenía de pie. Dolor por comida. Lágrima por techo. Era un negocio justo, decía, aunque nadie en el pueblo se lo creyera.
Por eso, cuando Floripis entraba a un velorio, no bajaban la voz por respeto. La bajaban por culpa. Porque la mujer que llegaba a llorarles el muerto ya venía llorada de antes, y en su cara se veía el recibo de todos los llantos cobrados.
En Ardederos nadie le temía al infierno. Le temían a que Floripis un día abriera la llave y solo saliera polvo.
Llegó el verano que Ardederos llevaba esperando cuarenta años. El que secaba hasta los huesos de los muertos. El calor rajaba las casas y a las tres de la tarde el aire olía a vela derretida. Ese día se murió el hijo del telegrafista. Tres años. Fiebre.
La llamaron como siempre. Floripis llegó, se sentó donde nadie quería mirar, y abrió la llave. No salió nada. Ni una gota. Solo un sonido seco, como de bisagra vieja. Se tocó la cara. Polvo. Miró al suelo agrietado. Polvo. La gente no dijo nada. Pero esa noche, por primera vez en cuarenta años, no nació ruda en Ardederos.
No volvió a llorar en cinco meses. Decía que era el calor, que era la edad, que hasta las piedras se secan. El pueblo le creyó porque quiso creerle. Le seguían dejando el plato en los novenarios, pero ahora lo dejaban en la puerta y golpeaban suave, como si Floripis fuera el muerto. Y en las casas, sin ruda nueva, empezaron a oírse cosas. Pasos. Voces. Lo que rondaba al muerto ya no tenía dónde irse.
Al sexto mes, Floripis no aguantó más. Se sentó en su solar, en el pedazo de tierra donde nunca había nacido nada porque ahí no lloraba para nadie. Miró la ruda de los otros, toda ajena, toda tupida, cuidando puertas que no eran la suya. Y entendió.
Tenía diecinueve años la veinteava vez que le pagaron por llorar. Estaba preñada de cuatro meses del hijo del carnicero, el que ya tenía mujer y tres muchachos en el pueblo vecino. El cura la vio con la barriga y el hambre, y le hizo el trato: «Llora por los muertos y yo te doy de comer. Pero una plañidera con muchacho no llora bonito. Espanta a la clientela. Arregla eso y el negocio sigue siendo tuyo».
Fue sola al monte, con las manos y con rabia. Se sacó al muchacho que no iba a tener. Lo enterró bajo una piedra, sin cruz y sin nombre, porque llorarlo le costaba el trabajo. Se lavó en la quebrada, se amarró la barriga con trapos, y al otro día lloró al marido de la maestra como si nada. Dolor por comida. Lágrima por techo. Hijo por oficio.
Nunca lo había llorado. En tantos años. Le lloró a Ardederos entero menos al suyo. Por eso seguía viva: porque se debía un muerto.
Se puso de pie. Dijo su nombre en voz alta, como no lo decía desde que el carnicero le preguntó cómo se llamaba: «Floripes Eulalia Vargas»,Y abrió la llave para ella. Para el que no tuvo nombre.
Lloró a borbotones, como el primer día, pero esta vez el llanto no caía sobre Ardederos. Caía sobre ella misma. Le ardía. Le sabía a cuarenta años tarde. Lloró la quebrada roja, lloró la piedra sin cruz, lloró las manos vacías. Lloró al hijo que cambió por un plato de comida y por cuarenta años de llanto ajeno. Lloró hasta que amaneció.
Cuando el sol rajó el cielo, la ruda nació. Pero no en el solar. Nació en toda Ardederos. En cada grieta, en cada puerta, en cada techo. Una ruda distinta, negra, alta, que no vigilaba. Ardía. Y el pueblo entendió que el infierno no era que Floripis se secara. El infierno era que Floripis por fin llorara al hijo que le debían.
BEA ARTEENCUERO
Viernes a la noches, reunión de amigos ( Hombres solamente)
Desde hacía varios años, nos reuníamos, jugamos a las cartas, cocinabamos y demás; Todo se complicó cuando..
Rodolfo era muy servicial, cualquier cosa recurriamos a él, era nuestro comodín. Siempre requerimos de sus servicios..
Que si la luz, una pérdida de agua, un cajón que se rompe, una cortina que no sube, en fín cualquier inconveniente llamábamos a Rodolfo.
Un viernes Pablo programo verse con una clienta fuera del horario de oficina.
– Que hago muchachos? Gloria me gusta y la invite a salir esta noche, pero que digo en mi casa!
– Decile a Rodolfo qué lo queres ver, con la excusa de que te arregle algo.
– De noche?
– Bueno, no justamente, le decis a Clara que se amase unas pizzas.
– Si, algo se me va a ocurrir.
– Hola Rodolfo, como estas?
– Hola Sergio, que gusto.
– Tengo que pedirte un favor.
– Podes venir que necesito arreglar algunas cosas.
– Hoy?
– Si, vení así arreglamos.
– Clara amasate unas pizzas que invite a Rodolfo.
– Lo invitaste a cenar?
– No, no lo invite a cenar.
– Le dije que venga para que ver todo lo que hay que arreglar y como yo no tengo tiempo, le doy unos pesos y lo hace él. Así picamos algo mientras charlamos.
– Ah! Que bien, al fín te acordaste.
– Dale, Yo amaso.
20 hs. Timbre.
– Hola Rodolfo, pasa.
– Gracias, Sergio me llamó para..
– Si…Si, sentate ya debe de estar por llegar.
– 21 hs..
– Hola amor, estoy demorado con un cliente, servile algo a Rodolfo.
– Si…Si.
– Rodolfo, Sergio se va a demorar.
– Clara me retiro, no quiero molestar, vengo en otro momento.
– De ninguna manera, vamos picando algo.
Le sirve un vino blanco.
22 hs. Sergio no aparece .
– Que te parece si cenamos.
– No quiero molestar .
– Para nada, ya cocine, así que servite.
Pasaron las horas, sin darse cuenta…
Charlando, escuchando música.
00 hs.
Sergio no aparece.
– Me voy a retirar, vendré en otro momento.
– Gracias por la cena, pasé un rato muy agradable.
– Al contrario, hasta cuando gustes, no se que lo habrá demorado a Sergio.-
Ese fue el comienzo de muchas cenas.
Cuando no era Sergio, era Pedro o Domingo, Mario, Humberto.
Cada viernes alguno de la barra llamaba a Rodolfo.
( El Comodín como ellos lo llamaban)
Paso el tiempo y cada viernes Rodolfo era requerido en alguna casa, siempre un arreglo que hacer y luego la cena.
Los amigos contentos, habían encontrado la solución para salir los viernes así es que se turnaban y el comodin iba,de casa en casa.
Las esposas contentas, esperaban el viernes que les tocaba, Rodolfo siempre podía.
Era la persona ideal, el amigo fiel de confianza, siempre dispuesto a solucionarlo todo.
Hasta que…
Siempre hay un algo.
Primero, la noticia que Clara estaba embarazada. Sergio contento lo anunció a la barra…Voy hacer papá!!
Al tiempo fue Domingo y luego Pedro, así sucesivamente…
Uno a uno los amigos fueron dando la noticia, parecía que se habían puesto de acuerdo todos.
Hasta que quedó embarazada Gladys, la mujer de Humberto.
– Hola Marta, tanto tiempo.
– Hola María, que contas, como va el embarazo?
– Bien, bien…Que racha!! Nos pusimos todas de acuerdo.
– Sabes la última?
– De que hablas?
– Ahora está embarazada Gladys.
– No me digas, que alegría!!
– Bueno hay un pequeño problema.
– Que pasa? Esta todo bien?
– Si el embarazo bien, gracias a Dios.
– Entonces?
– Bueno, bueno no se si contártelo. en fín casi todos lo saben.
– Habla! Que pasó?
– Resulta que Humberto es estéril, no puede tener hijos.
– Noooo, no creo, no voy a dudar de Gladys.
– Es lo que se comenta.
– Ah, me olvidaba!! Viste quién se fue a vivir a México?
– A México, No, no sé.
– Si… De un día para otro se fue, sin despedirse de nadie.
– Habla de una vez .
– Rodolfo, te acordas?
El que le decían, EL comodín, El que todo lo solucionaba.
– No me digas!!
– Claro que me acuerdo, imposible olvidarme .
– Los viernes que paso en casa fueron increíbles.
– Porqué se fue?
– Nadie sabe, un día desapareció.
– Lástima era tan servicial.
– Realmente…
– Un Comodín!!!
Bea…
MARÍA JESÚS GARNICA
Les cuento.
El tema del comodín.
Mi primo Carlos quería la casa de la abuela.
Por dos euros, como quién dice.
Yo levante la voz.
Qué si quieres casa paga. Dije.
Y saco mi primo el comodín de la pena, de la familia. Esas cosas.
Total, se quedó con la casa por sus euros.
EVA AVIA
Comodín, el juego del Risk
Que contiene este juego.
-Un tablero.
-42 cartas territorio y cartas especiales (1 comodín alto el fuego, 2 de am@ y 4 de sumis@).
-Tres dados de ataque y dos de defensa.
-Peones, Caballeros (equivalen a 5 peones) y Reinas (equivalen a 10 peones).
Reglas del Juego.
1ª La conquista de todo el mundo. Se trata de seducir hasta el final.
2ª Mínimo un peón por territorio.
3ª El vencedor decide como finaliza el juego.
4ª Un mínimo de 2 jugadores y máximo de 6.
5ª El acto a realizar durante el juego nunca tiene que conllevar penetración.
6ª Un jugador puede tener en su poder solo dos tipos de cartas, el comodín y la de am@ o sumis@.
7ª Las cartas especiales ganadas se reservan, en tu zona, encima de la mesa boca abajo.
8ª Si solo son 2 jugadores, el que conquista el territorio hace del perdedor casi lo que quiera. Dos reglas: Los actos nunca pueden conllevar penetración y no finaliza el juego hasta que solo quede un vencedor.
9ª Las cartas am@ y sumis@ serán equitativas al número de jugadores, eligiendo entre todos cuantas de ellas se depositan para la partida.
Como se juega.
1º Se reparten las 42 cartas que representan los territorios a conquistar.
2º Las cartas especiales, se colocan en el centro del tablero.
3º Una vez iniciada la partida, las cartas especiales se podrán utilizar en el momento que ya no queden para repartir. Tendrás derecho a una si conquistas un territorio. Si la carta que te toca es la misma, la depositas en el centro debajo de las que haya. Si es diferente, puedes elegir cual quedarte.
4º El comodín solo se podrá utilizar en el caso de que seas el portador y tengas en tu poder más de la mitad del tablero. Esta te la guardas hasta el final. Si te eliminan del tablero se la entregarás al que te haya ganado que solo podrá ser am@.
5º Cartas am@. Siempre que ganes, sea a un sumis@ o a otro am@, te quedas su territorio y tu carta. Solo la podrás utilizar en el caso de que el perdedor del territorio que has conquistado en ese momento sea portador de una tarjeta de sumis@. Como am@ escogerás lo que quieras que realice él sumis@. Si pierdes, entregarás la carta al sumis@. En el caso de que hayas atacado a
otr@ am@ y perdido, depositarás tu carta en el centro. El defensor am@, al ganar, sigue conservando su carta.
6º Carta sumis@. Esta carta es defensiva. Si ganas, seas como defensor o atacante, a un am@, le quitas la carta y con ella su ventaja, solicitando que realice lo que tú desees. La carta am@ te la quedas, intercambiándola por la tuya, como sumis@, que depositarás en el centro del tablero. La carta am@ la podrás utilizar cuando te toque de nuevo jugar. Si pierdes como defensor o atacante, depositas la carta sumis@ en el centro.
7º Hasta que no ha sido resuelto el ataque, no se comunica si eres propietario de carta am@ o carta sumis@.
“Que comience el juego.”
“Continuará???…”
LILIANA GIANNINI
Nuevo destino
Como cada sábado desde hace más de 6 años nos juntamos a jugar al chinchón, llueva o truene, haga frío o calor, las cuestiones familiares no afectan la reunión, nunca falta nadie al encuentro. Un día no vino; estábamos preocupados porque no llegaba, lo llamamos, no hubo respuesta. Jugamos igual, claro que fue reemplazado, pero no fue lo mismo. Nos bebimos hasta la tinta, algunos terminamos bastante «entintados» y de tanta tristeza cantamos y lloramos en su nombre.
Al final de la noche cuando nos estábamos retirando lo vimos. Había quedado atrapado entre los dientes del perro. Saltamos a rescatarlo y el maldito animal salió corriendo, desde lejos parecía burlarse. – Somos unas simples barajas y no podemos correr.-
Hoy volvemos a juntarnos, él se presentó, está todo magullado.
Con la mirada llena de reproches nos dice: – Se nota que soy un simple comodín de barajas españolas. Me voy con las de tarot que aunque me tiren me van a volver a levantar.
LETICIA R MENA
COMODÍN DE RESCATE
No podía recordar desde cuando esa carta había estado en su bolsillo. Siempre había sentido el leve peso de aquel pedazo de cartón barnizado. A veces, cuando la miraba por el rabillo del ojo mientras jugueteaba con ella entre los dedos, casi le parecía que el bufón dibujado en ella le devolvía la mirada. Incluso percibía como, ligeramente, se movía de su postura. Tras largo tiempo en la misma posición, imaginaba, necesitaría moverse.
No había encontrado un uso para el comodín, pero tampoco se le pasaba por la cabeza el deshacerse de él. Simplemente, se la guardaba en el bolsillo, o en la cartera, o bajo la almohada al dormir.
A veces se descubría pensando en si los demás podrían percibir como él, de alguna forma, la presencia de la carta, o si tendrían ellos también su propia carta guardada en el bolsillo.
Nunca se la había enseñado ni hablado de ella con nadie. Jamás. Sabía, de alguna forma y sin que nadie se lo hubiera dicho, que aquella carta llena de colores, no podía ser bien vista en un mundo en blanco y negro con grises intermedios.
Dudaba a ratos de su propia cordura, y pensaba que lo imaginaba, de la misma forma en que imaginaba también todos esos flashes de color que veía entre parpadeos y que nadie más parecía percibir.
Aquellos flashes se habían hecho más frecuentes en los últimos tiempos, y empezó a sentir la irrealidad como algo real. Al igual que la presencia que sentía que lo observaba continuamente.
Aquel día perdió la noción mirando los múltiples colores de las flores, y cuando se recompuso los vio. No era una única presencia, sino varias que, siguiendo su mirada parecían entender lo que él veía.
No reaccionó, no hasta que empezaron a acercarse. Fue entonces cuando el peso del naipe en su bolsillo se hizo más notable.
Con dos dedos lo sacó. La figura le guiñó un ojo, sí, lo hizo. Luego extendió su mano bidimensional ofreciéndosela para que se cogiera de ella.
Alzó la vista, cada vez estaban más cerca, ya tan solo a unos pocos metros.
Incrédulo aún, sin entender cómo ni por qué, metió su mano en la carta. El papel se volvió flexible, como una gelatinosa película que, con facilidad, pudo atravesar. Sintió como reales los dedos del bufón aferrados a los suyos, todavía entre el aquí y el allí.
Una sonrisa traviesa curvó los labios del bufón que, de un fuerte tirón lo arrastró hacia el interior de la carta.
Cuando los hombres que lo perseguían llegaron el sitio, sobre el gris suelo solo quedaba la carta y un bufón pintado en ella que, desde las dos dimensiones, les sacaba la lengua.
Del otro lado, él jugueteaba con un naipe de comodín entre los dedos rosados.
Dibujado en él, un»bufón» de traje negro y aspecto gris, que se parecía demasiado a él mismo, lo miraba con cara seria y triste.
Levantó la cara hacia un sol amarillo que calentaba el verde suelo de césped, las flores rosas, amarillas, rojas, violetas, desde un cielo azul con pequeñas nubes blancas, surcado por aleatorios pajarillos negros y marrones.
Un coche rojo tocó el claxon, el semáforo se había puesto verde y él no terminaba de cruzar el rayado paso de peatones.
Ya en el otro lado de calle, justo cuando un niño con su piruleta de arcoíris pasaba a su lado, sonrió al darse cuenta de que aún llevaba la carta en la mano.
La devolvió a su lugar en el bolsillo, aunque sabía que una vez escapado de aquel mundo gris, ya jamás regresaría.
AXY LINDA
Comodín
Un viento cálido inundó la estancia con aroma a libertad y a paz. Una energía sutil, pero sorprendentemente clara, iluminó el ambiente; se respira armonía.
—¿Quién eres? No sé si te conozco, pero siento que he estado a tu lado siempre.
—Soy yo quien está contigo para apoyarte.
—Estoy confundido. Llevo fracasos de todo tipo: matrimonios, carreras, trabajos…
—Lo sé. Conozco tu historia; he estado ahí…
—Me confundes más.
—Soy quien te ayuda a adaptarte y a superar obstáculos.
—¿Eres un comodín?
—No. Soy tu comodín.
—¿Y ahora?
—Aquí estoy, para tu servicio.
—Pues no sé usarte.
—Ese ha sido el problema. Te dejé completa libertad, sin mostrarte en qué momentos debiste incluirme. Te ocupabas en observar a otros, en criticarlos o pretender ser o tener lo que ellos. Hoy dejarás de competir contra los demás y dirigirás tu energía hacia lo esencial para ti.
El hombre esbozó una leve sonrisa.
—¿Y luego?
—Luego… intenta no olvidarme otra vez.
Axy Linda San-Fre
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Tema semanal.
A Daniel le decían el comodín. No porque fuera el mejor, como en los juegos de cartas, sino porque nadie sabía donde ponerlo, tristemente a nadie le importaba como se sentía con este mote, ni a él mismo, estaba tan acostumbrado.
En el campo de fútbol americano, nadie gritaba su nombre, era como si una sombra hubiera entrado a jugar sin nombre ni raíz, sabía que era simplemente un comodín, que cuando alguien faltará o se lastimara entraría a suplirlo, sus compañeros lo veían sin respeto… sólo lo consideraban un objeto útil, no era uno de ellos; se reían de su versatilidad en vez de admirarlo.
Daniel se tragaba los comentarios en silencio, pues amaba tanto el fútbol que el estar dentro de la cancha le hacía feliz.
En casa no era tan diferente… su padre siempre llegaba cansado del trabajo y apenas saludaba, le preguntaba solo por preguntar que ¿cómo le había ido? sin poner atención a la respuesta ni dar un poco de su corazón hacia él.
Su madre era un poco más amorosa pero no era tan manifiesta con él como con la hermana, de vez en cuando le daba un beso en la mejilla y le decía que se cuidará, para él era suficiente.
En la escuela no destacaba tampoco, era algo retraído.
Aunque estaba en el equipo de fútbol no era popular como sus compañeros de juego, pocos recordaban su nombre, ni los maestros siquiera. Todos le decían el comodín.
Y así entre esos fríos pasillos, transcurría parte de su vida. Estaba tan acostumbrado a vivir con eso que a veces ni él mismo se veía.
Llega el día del campeonato del fútbol, claro que hay una gran expectativa esperando que ganará su equipo.
Entonces, algo muy inesperado ocurrió en su equipo, el mariscal de campo no llegaba, faltaba el corredor principal, la defensa estaba muy descontrolada.
El entrenador si más remedio llama a Daniel para que trate de poner orden en la cancha, le dijo que hiciera lo mejor que pudiera.
Daniel que sabía jugar en todas las posiciones habló con los jugadores, tratando de incentivarlos para que jugarán mejor, empezó a rotar posiciones con gran éxito, y cuando corrió con la bola anotó dos veces, fué el héroe del equipo gracias a él habían ganado. En ese momento todo empezó a girar alrededor de él, ahora era el jefe no solo un simple ¡comodín!
Todos lo vitoreaban, y así se llevó el trofeo al mejor jugador de ese día.
Ese juego cambió su vida, ahora no era solo una sombra más, ni un comodín, era Daniel al cual admiraban.
Al llegar a casa con su medalla y trofeo al mejor jugador, sus padres lo abrazaron con gran orgullo.
Daniel ahora también se sentía otro, todo había cambiado.
Se sentía al fin valorado y que tenía un lugar en el mundo, había dejado de ser una sombra.
Así debemos entender esta moraleja, entender que nunca debemos permitir que otros nos definan sin conocernos. Y que quién puede adaptarse y aprender de todo, nunca será reemplazable.
Ver que es un ser extraordinario.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
El día comenzaba muy pronto para Matías. La alarma de su teléfono estaba fijada a las 5:45 a. m.
Pero antes de que el aparato sonara, un sonido le despertó con una sensación de vértigo, como quien está a punto de caer por un precipicio. Así lo delataba la vena situada sobre el párpado de su ojo derecho, que vibraba como la caja de un tambor.
Ese sonido era la notificación de su banco, que le avisaba con el siguiente mensaje: La devolución del dinero se ha completado satisfactoriamente en su cuenta.
Para Matías, hombre de negocios de 47 años, aquel mensaje suponía haber perdido su gran oportunidad.
Una gran empresa había lanzado sus redes en busca de una app con la que reventar el mercado, y la idea de Matías había sido seleccionada entre las tres finalistas, con un aval que se devolvería en caso de no resultar ganador.
La mañana del miércoles empezaba a torcerse. Nada aún para lo que le esperaba.
La tamborrada seguía en su ojo y comenzaba a descender hasta la yugular.
Como cada mañana, encendió el ordenador y buscó más información acerca de quién se había hecho con el gato al agua.
Cuál fue su sorpresa al comprobar quién había resultado vencedor.
Fue Julián.
Su amigo desde el día de la presentación del curso de ingenieros en telecomunicaciones. Compañero de mil batallas, con quien soñaba, entre cervezas, hasta dónde llegarían las ideas de ambos.
La noticia lo petrificó.
Ni siquiera reaccionó.
Como si algo dentro de él se hubiese detenido de golpe.
Lo que comenzó en el ojo derecho se había transformado ya en una tamborrada de San Sebastián que le recorría todo el cuerpo, golpeando desde dentro, marcando un ritmo que ya no podía controlar, siendo su pecho como la plaza donde se daría el espectáculo final.
No podía soportarlo más. Las paredes del despacho de su casa le oprimían como un cubo que, a cada momento, parecía hacerse más pequeño.
Se vistió rápido y salió. Cogió el ascensor y pulsó el cero.
Mientras descendía, la vista se le nubló y notó cómo sus brazos y piernas dejaban de acatar sus órdenes. El habitáculo quedó en un negro riguroso de repente.
La puerta del ascensor se abrió.
Y, ante la sorpresa de Matías, pudo ver una mesa redonda con cuatro sillas, de las cuales tres ya estaban ocupadas y una permanecía vacía, girada levemente, como aguardando a que la ocupara.
Sin saber muy bien cómo, terminó sentándose en ella.
La partida iba a comenzar.
En la mesa se disponían tres jugadores más. El primero portaba un traje elegante y lucía joyas en el cuello y en las manos. La segunda tenía a su alcance una pata de conejo. El último de los jugadores acariciaba una pequeña bola de cristal.
El crupier abrió juego. De él, Matías solo podía distinguir unas manos firmes que repartían dos cartas a cada jugador.
Matías recibió un dos y un cinco de corazones.
De repente, una pantalla anexa a la mesa mostró porcentajes de éxito, sin revelar a qué jugador pertenecían.
Matías no dominaba el juego, pero alguna partida había echado en su juventud. Sin embargo, aquello le bastó para interpretarlo, mientras gotas de sudor comenzaban a deslizarse por su frente.
Porcentajes antes de abrir juego: 45 %, 35 %, 18 % y 2 %.
Volvió a mirar sus cartas.
No habían cambiado.
Y lo sabía.
Tenía la peor mano de la mesa.
La partida avanzó… y él la jugó.
El pulso le retumbaba en el pecho. La tamborrada no había desaparecido. Ahora marcaba el ritmo de cada decisión.
Y entonces ocurrió.
Un tres de corazones apareció en la última carta sobre la mesa.
Silencio.
Escalera de color.
La sorpresa de Matías fue mayúscula al ver las cartas de sus adversarios: as de tréboles con un comodín, rey de tréboles con el otro comodín y pareja de reyes.
No daba crédito.
Había ganado.
Había conseguido salir ileso de aquella partida en la que todo apuntaba al fracaso.
De pronto, todo empezó a deshacerse.
Las voces, la mesa, las cartas…
Y una voz comenzó a abrirse paso entre el ruido.
—Papá, despierta. ¿Puedes oírme?
Era Natalia, su hija mayor.
—Sí, hija… te oigo… y os puedo ver.
Matías apretó con fuerza la mano de su hija, mientras esbozaba una sonrisa hacia su mujer y su otra hija, presentes en la habitación.
La pequeña se acercó un poco más.
—Papá, de las cosas que nos entregaron cuando entraste al hospital… me ha sorprendido esto.
Le tendió una carta.
Matías la cogió. La observó unos segundos antes de darle la vuelta.
Era un comodín.
Sonrió levemente.
—A partir de ahora la llevaré conmigo… para recordarme que no se trata de tener la mejor carta, sino de saber jugar cuando te toca.
Fernando D. López Aguilera.
JUAN C VALTIERRA
El turno que no llegó
Juan C Valtierra
Para los que no viven en el presente sino administrando un pasado que ya no existe.
Es una tarde como cualquier otra. Estamos bajo el fresno de siempre, los mismos de siempre, con la baraja sobre una tabla y las sillas arrimadas a la sombra porque el sol de este pueblo no perdona. El Chencho, el Güero, don Refugio, don Berna y yo. Una botella de mezcal en el centro que nadie trajo y todos trajeron. Aquí así pasan las tardes: jugando baraja, tomando despacio, como si las cartas y el mezcal fueran lo único que no miente. El que pierde sirve el siguiente. El que gana también. Así son los días en este pueblo: todos pierden igual, nomás que unos tardan más en darse cuenta.
Los veo y pienso que ninguno está aquí de verdad. El Chencho baraja despacio con esa cara que pone cuando piensa en su hijo que se fue al norte y no ha llamado. Don Refugio apuesta sin mirar las cartas, hace años que no mira nada. El Güero fuma entre mano y mano y sonríe pero sonríe para adentro, para algún lugar de él donde ya nadie llega. Todos presentes. Ninguno aquí. Todos administrando algún pasado que ya no existe, como si eso fuera suficiente para llamarse vivos.
Yo también.
Han pasado siete años. Yo sigo poniendo la misma cara, ocupando el mismo lugar bajo el mismo árbol. Nadie ha notado que por dentro ya no hay nadie.
Aquella tarde también jugábamos baraja.
Yo tenía una mano buena —rey, sota, as de oros— y el otro ya iba perdiendo y el dinero estaba sobre la mesa.
Entonces te vi llegar.
Traías el vestido azul. El que te quedaba bien y tú sabías que te quedaba bien. Venías por la calle buscándome, y cuando nos viste bajo el fresno se te notó en la cara — no alivio, sino otra cosa, como quien encuentra lo que buscaba y ya no sabe si quería encontrarlo. El Chencho te vio primero y me dio un codazo. El Güero se acomodó en la silla. Todos te vieron llegar. Eras la mujer más bonita de esa tarde y creo que lo sabías y creo que por eso te pusiste ese vestido.
Te quedaste parada a un lado, de pie junto a la silla de don Berna que había salido tantito. No quisiste sentarte. Solo me miraste. Yo te miré. Había algo en tu cara que no supe leer — o no quise — porque las cartas estaban calientes y el otro ya iba de salida.
Dijiste que si nos íbamos. Lo dijiste quedito, casi solo para mí, pero en ese silencio de tarde y de árbol y de cuatro hombres, quedito igual se oye. Lo dijiste dos veces, luego tres, con esa voz tuya que bajaba de tono cuando ya te habías cansado de pedir.
Lo que no supe sino hasta después fue la bolsa. Que antes de venir a buscarme habías pasado donde la hermana de Celia, dos calles atrás, y habías dejado ahí una bolsa con ropa. Que llevabas semanas preparando esa salida y que aquella tarde sólo veniste a ver si yo te daba una razón para quedarte. Que te pusiste el vestido azul por eso. Para ver si me importaba lo suficiente.
«Espérate tantito», te dije.
Saliste sin voltear.
Gané esa mano. Gané la siguiente. Cuando salí, la calle estaba oscura y tú no estabas. Solo el perro de don Cuco echado en la banqueta, que ni me vio.
Dicen que te fuiste con tu hermana. Que te esperaba en la central con un boleto ya pagado. Que esa misma noche agarraste el camión y que amaneciste en otra ciudad sin mirar atrás.
Durante un mes esperé que regresaras. Salía a la puerta cada vez que oía pasos en la calle. Puse el candado por dentro para no salir a buscarte, porque sabía que si salía no iba a parar. Había noches que me sentaba en el umbral con el as de oros en la mano, como si la carta pudiera decirme algo que yo no supiera ya.
No volviste.
La Celia me dio una dirección al mes. Un papel doblado que me puso en la mano sin decir nada, como quien entrega algo que quema. Yo lo guardé. Lo guardé en el mismo bolsillo donde cargo el as de oros. Ahí están los dos, el papel y la carta, desde hace siete años. Hubo una mañana que hasta me bañé. Que me puse la camisa buena. Que salí a la calle con la dirección en la mano y llegué hasta la central de camiones y me senté en una banca y estuve ahí no sé cuánto tiempo, mirando los camiones salir. Luego me levanté y me vine.
No fui.
Entonces ponen el Triste Recuerdo de Antonio Aguilar desde algún teléfono, y me voy. Me voy sin moverme de la silla.
Tú tarareabas cuando cocinabas. Siempre alguna canción a medio terminar, en voz baja, como si la música fuera para ti sola y no para que nadie la oyera. Yo aprendí a quedarme quieto en el pasillo. A no hacer ruido. A esperar que siguieras. Pero en cuanto escuchabas mis pasos, te callabas. Nunca te oí una canción completa. Solo el principio, siempre el principio, desde el otro lado de la pared.
Ahora suena una canción desde un teléfono ajeno y entiendo que lo que me duele no es la canción. Es que ya nadie tararea en esa cocina.
Me acuerdo de ti.
Me acuerdo del olor de la cocina. Un olor que no he vuelto a encontrar en ningún lugar. Como si sólo existiera cuando eras tú quien lo hacía.
Me acuerdo del tres leches. La cocina tibia, el olor a vainilla llegando hasta la sala. El tenedor de mango verde que no dejabas usar a nadie. La leche condensada, la evaporada, la natural, en el tazón de peltre azul de tu mamá. El olor de eso junto era tan dulce que dolía. La casa entera olía a ti.
Me acuerdo del pan. Yo en la silla del rincón, la de la pata chueca, mirándote. El sol de la tarde entrando por la ventana chica, dándote de lado. La harina flotando en ese rayo de luz. La cruz que le hacías con el dedo antes del horno. Siempre. No sé si era costumbre o miedo o fe. Nunca te pregunté. Y yo pensaba: esto es mío. Esta mujer, esta cocina, este olor. Qué pendejo.
Me acuerdo de tus manos partiendo el pan en la mesa. El mantel de cuadritos. El salero en el centro. Siempre el pedazo más grande para mí. Siempre sin decir nada.
Me acuerdo de la primera vez que cocinaste para mí. No recuerdo qué fue. Recuerdo que tenía frío y que después del primer bocado ya no tuve frío nunca más mientras estuviste. Ahora la cocina huele a nada. La silla sigue con su pata chueca. El tazón de peltre azul también. Nomás tú no.
Me acuerdo del vestido azul. El que traías aquella tarde. El que te quedaba bien y tú lo sabías. Me acuerdo de cómo te quedaste parada mirándome, con todo lo que ibas a decirme guardado en la cara, esperando que yo lo viera. Me acuerdo que lo vi. Me acuerdo que igual dije espérate.
Nunca supe qué era lo que ibas a decirme aquella tarde.
Sigo sin saber.
Y a veces pienso que eso es lo que más duele: no tu partida, sino lo que no dijiste. Lo que quizás ibas a decirme si yo hubiera soltado las cartas a tiempo. Lo que tal vez lo hubiera cambiado todo, si todavía cupiera en algún rincón del tiempo.
La tarde sigue.
El que reparte vuelve a repartir. El Chencho sigue pensando en su hijo. Don Refugio sigue sin mirar las cartas. El Güero sigue sonriendo hacia adentro. Y yo los entiendo a todos porque soy igual que ellos: ninguno vive aquí, ninguno vive ahora. Vivimos en otro tiempo que ya se fue y que seguimos barajando como si en alguna mano fuera a salir diferente.
No sé en qué ciudad estás. No sé si estás bien, si piensas en este pueblo, si hay alguien que te parte el pan ahora. No sé si me recuerdas o si ya me borraste como se borra lo que no sirvió. Lo que no tiene cura es no saber si existo para ti en algún lugar del mundo.
Esa noche gané ciento veinte pesos.
Los gasté en esperar.
Lo que fuimos está guardado en un lugar sin dirección. No se llega. Tampoco se vuelve. Solo aparece así, de repente, bajo un árbol cualquiera en una tarde cualquiera, con una canción que alguien puso sin saber lo que hacía.
Lo que sigue —eso que sigue sin ser lo que tenía que ser— ya no nos pertenece.
Alguien grita que ganó.
Las cartas raspan la tabla.
Yo sigo aquí, con el vaso en la mano, con el as de oros y el papel doblado en el bolsillo, los dos juntos desde hace siete años, por si acaso algún día el azar me da el valor que las cartas no me dieron.
El Chencho reparte otra mano. La sombra del fresno se ha movido y el sol me da en la cara pero no me muevo. Aquí se está bien. Aquí no hay que pensar en nada. Aquí uno puede estar muerto y nadie lo nota mientras sostenga las cartas.
Nunca devuelve nada.
ALEXANDRA FERNÁNDEZ
Continuación : La fractura de cristal
La cárcel de Baccarat y el comodín de la verdad
El reloj seguía su marcha implacable, marcando los segundos con la frialdad de quien observa una derrota. Elena, sin embargo, permanecía paralizada; aún no se atrevía a romper los cristales de Baccarat, a pesar de que el orgullo de su raza ya latía bajo el papel amarillento de la carta de su abuela. En el centro de su frente, como un estigma de fuego, había quedado grabada la frase del linaje: «Mi piel es mi bandera».
Sin darse cuenta, Elena se había convertido en la carcelera de su propio destino, presa en una prisión construida con los ladrillos de sus prejuicios e inseguridades. Tenía en sus manos, literalmente, el decreto para abolir su propia esclavitud; la posibilidad de escapar de las normas de una alta sociedad a la que se sentía atada por hilos invisibles de aprobación.
La herencia de Amapola era el comodín que Elena sostenía ahora sobre su mesa de cristal. Al mirarlo, comprendió que el resto de su jugada —su departamento de techos altos, su estatus de porcelana, su círculo social de sonrisas ensayadas— carecía de valor real. Eran cartas bajas en una mesa de apuestas falsas. El comodín de su origen, cargado con el peso de la historia y el sacrificio de Montgomery, era más poderoso que cualquier título que ella hubiera intentado comprar en las subastas de vanidad de Nueva York.
Elena comprendió que el comodín no se juega para ganar una partida, sino para romper el tablero.
Alexandra Fernandez B.
CESAR TORO
El comodín.
Caminando por la senda oscura mis pasos son lentos, el peso de la incertidumbre y los años es cada vez más difícil avanzar, no sé si es el universo o somos nosotros que nos hemos sumido sin darnos cuenta en este abismo existencial, estamos encadenados a las leyes y códigos impuestos en una sociedad saturada por “información” violencia y desamor.
Sin embargo aún estamos los que leemos y escribimos para escapar de la hecatombe y volar con la brisa suave de la imaginación, con fe y esperanza en un mañana mejor.
BLANCA CERRUTI
LOS COMODINES EN PARA LAS BARAJAS
Mercedes está planchando en la sala sin levantar la cabeza de la prenda. Su hijo está haciendo los deberes.
—Mamá, tú, ¿qué querías ser de pequeña? —pregunta el chiquillo.
Mercedes se queda parada un momento…
—Verás, hijo, nunca lo pensé. Conocí a tu padre muy joven. Nos casamos; enseguida naciste tú, al año siguiente, tu hermana. Luego se murió el abuelo y la abuela vino a vivir con nosotros y ya no había nada que pensar, mi vida estaba estructurada.
—Vale dice el niño —satisfecho con la respuesta de su madre.
Pero Mercedes, mientras «pasea» la plancha por la prenda, piensa… «¿Que qué hubiera querido ser? Un comodín familiar desde luego que no. Si hasta he perdido mi nombre. Pero es lo que soy: una “pieza comodín” que encaja en cualquier situación familiar, y recuerda cómo es “su pan nuestro de cada día”:
“¡Mamá, Sarita no me deja estudiar!”. “¡Mamá, Julito, me ha escondido la muñeca!”. “Hija, ¿qué pastilla me toca ahora?”. “¿Me has planchado la camisa de rayitas?, es la que quiero llevar a la reunión con mi jefe?”.
El profesor de Sara me ha llamado, siempre me toca a mí. Julito tiene dentista. Que no se me olvide el disfraz de la niña para las fiestas del colegio.
A ver si llamo al fontanero, la pila no traga bien. Tengo que recordarle a Jaime que lleve el coche a la ITV, que con la cabeza que tiene.
Mañana quiero poner cocido, espero que no se me pase echar los garbanzos “a mojo”. El viernes pasaré el aspirador, que si lo dejo ya ando mal toda la semana.
Me he quedado sin excusas que ponerle a Jaime, así que esta noche, aunque no tenga el cuerpo para “esas alegrías”…
¿Y aún me pregunta el chiquillo que qué quería ser de mayor?
Pero, a estas alturas, ¿qué me espera? Los niños se harán mayores, formarán su propia familia y yo me convertiré en una “abuela comodín”. ¡Pues, eso sí que no! ¡Ya me vale!», grita en su mente.
Como que me llamo MERCEDES voy a recuperar mi nombre y mi vida antes de que sea demasiado tarde. En mi familia, cada uno tendrá su sitio y su responsabilidad. Los comodines son cosa de las barajas», piensa decidida a ponerlo en práctica.
Sigue planchando, pero ya con otro aire.
Blanca Cerruti
Para el tema de la semana: «Comodín».
Mi voto es para: Juan C Valtierra.