Zasca – minuconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «zasca». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 21 de diciembre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

 

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Zángano irrespetuoso
atómico y tóxico
simplista erudito
condenado al karma
animosa respuesta.
Zambulles tu gracia
acomplejado de muerda
soliloquio tú quieres
canalla yo respondo
al atolondrado le dejaré.
Zumbido en tu mente
atormentado te tengo
soy tu pesadilla
cabronazo de mierda
atente a las consecuencias.

MARÍA CRUZ ESTEVAN APARICIO

Bernabéla es una joven pastora de cabras.
La montaña rocosa con su flora alimenta a los animales. El alimento que ingiere Bernabéla durante el día es pan y queso. De inesperado se le cae de las manos al suelo el rico manjar. La joven se agacha a recoger el preciado alimento y sus ojos reciben de los arbustos fuertes pinchazos. Bernabéla se queda sin visión.Aturdida deambula de aki para ya . El precipicio de la roca le tiene a un paso.
De momento a su espalda percibe un movimiento»Zasca» unos diente de cabra la coge por la ropa y la arrastra fuera del peligro…

DAVID MERLÁN CASTRO

EL ZASCA QUE LO CAMBIÓ TODO.
Era un día soleado en el pequeño pueblo de Sansar. La gente iba y venía por las calles, saludándose y charlando animadamente. En medio de todo ese bullicio, se encontraba Pedro, un joven librero de 25 años que siempre había sido un poco tímido y retraído. Pedro trabajaba en el pequeño kiosco de la plaza mayor de Sansar, donde pasaba la mayor parte de su tiempo. Nunca había sido buen estudiante y su tío Andrés le había ofrecido un pequeño sueldo a cambio de ayudarle en el negocio familiar. Sus achacosos huesos se lo agradecían cada día que pasaba. En los ratos muertos de entre semana, devoraba los libros que caían en sus manos. Esos recurrentes coleccionables de otoño tales como «Clásicos universales», «las obras completas de tal o cual autor» etc, etc. Eran un buen entrenamiento entre cliente y cliente,como otro cualquiera.
Por desgracia, después de un par de años ayudando a su tío, este, falleció y tuvo que hacerse cargo al cien por cien del negocio a tiempo completo. El que le hubiese dejado el negocio a él y no al hijo de éste, levantó más de una suspicacia en el pueblo, toda vez que era sabido que su primo Luis, era el ojito derecho del cacique local, Serafín Nuñez Hernández, por aquel entonces sin descendientes.
Un día, un sábado por la mañana, a la hora de más afluencia y follón de clientes, y mientras Pedro estaba afanado en intentar dar servicio a todo el mundo que pacientes aguardaban la cola a ser atendidos, se presentó Serafín Nuñez. Con malos modos y se puso a pegar voces:
—¡A ver! ¡Espabila que no tenemos todo el día! ¡Hace frío!
Pedro levantó fugazmente la vista para comprobar que al final de una cola de más o menos diez personas, se encontraba el maleducado de Serafín. Este, al verse observado por el joven, le contestó con los mismo modales esquistos de antes.
—¡¿Qué coño miras? Espabila de una vez!
Pedro tragó saliva y pudo comprobar en los rostros de los vecinos que quién más y quién menos, disimulaba en un intento de no querer problemas con aquel sujeto, conocidos por todos por ser cruel, rencoroso y vengativo.
Tres minutos más tarde y diez improperios después, llegó el turno de Serafín.
—Ya era hora, joder. A buenas horas iba a hacer yo la cola si no fuera porque al inútil de mi ayudante se le ha dado por torcerse un tobillo. Mierda de pueblo—. Añadió para terminar de alporizar los ánimos de los que ya formaban cola detrás de él.
—¿Lo de siempre, señor Núñez? —preguntó Pedro respetuosamente.
—¡Claro! ¿Qué carajo voy a querer, el HOLA, no te jode!
Pedro tragó saliva y respiró profundamente.
—Tienes esto hecho un asco—le espetó Serafín mientras le cogía el billete para cobrarle—. Si lo regentara Luis seguro que lo tendría como los chorros del oro, pero claro, que se va a esperar de un muerto de hambre como tú.
Con una sonrisa en la cara, volvió a respirar profundamente y le respondió con un ingenioso zasca que lo dejó mudo.
— ¿Sabe? Usted me recuerda a un libro. Si, a alguno de los que ve aquí—mientras echaba el cuello hacia atrás como queriendo señalar la estantería que se encontraba a sus espaldas.
—¿A un libro? ¿Y eso por qué?
—Porque tienes muchas páginas, pero ninguna de ellas vale la pena leer.
La cara de sorpresa y satisfacción de los allí presentes por la osada respuesta dada por el joven, cogió desprevenido al cacique local que, cogiendo la vuelta y los periódicos se marchó, por primera vez, sin saber que decir pero taladrándole con la mirada en plan «ya hablaremos tú y yo».
Una vez alejado lo suficiente, los allí reunidos, y uno por uno a medida que les tocaba el turno de ser atendidos, le fueron dando la enhorabuena por su actitud. Algunos pensaban que había firmado su sentencia de muerte, pero otros creían que, si más gente hubiese reaccionado así en el pasado, a lo mejor los Núñez no serían la familia indeseada y odiada que eran hoy en día.

PEDRO PARRINA

-ZASCA-
ME E PRESENTADO A UN PREMIO LITERARIO,
HABER SI GANO.


BENEDICTO PALACIOS

Encontré a un hombre sentado en el único banco que quedaba después de que por allí pasaron los barbaros de barrio. Tal vez se había librado de la muerte porque en él predominaba el hierro sobre la madera. Eran pasadas las ocho y un cúmulo de nubes densas se acercaban con torcida intención al sol. Hambre que tenían. Frente al banco habían inaugurado hacía un año una estatua pluscuamperfecta. No se sabía si era de una virgen oferente o de una doncella implorando que no la forzaran. Provocó multitud de opiniones.
El hombre que parecía ajeno a cuanto yo podía observar o conjeturar y tampoco atendía a tan pintoresca estatua, mantenía una posición muy estudiada. Con el torso ligeramente inclinado, apoyaba los codos sobre las rodillas y con las manos se sujetaba el mentón. Quien no poseyera conocimientos de fisiología podría dudar si los brazos le nacían del troco o de las rodillas. Tal era su posición totalmente estática e inalterable.
Abandoné el paseo, pero no la imagen de aquel hombre que me perseguía, motivo por el que desanduve el camino al día siguiente. Eran las mismas 8:05. Allí estaba inmóvil, idéntico, ensimismado, abstraído, inexistente, porque si ayer me pareció nacido de las rodillas, hoy le juzgué como una continuación de la madera donde se apoyaba. Nada había cambiado en él. Los ojos miraban a la nada o estaban dirigidos a la esfera del reloj que existía a dos pasos en el edifico de la estación de ferrocarril. Se agitaba el viento y sus cabellos del color de ceniza se desplazaban al compás de la brisa. Estuve tentado de hablarle pero pensé que no tenía derecho a arrancarle de su postración.
Pasaron tres días. Era domingo. Hacía tanto calor que los paseantes de aquella hora temprana retornaban sudorosos de sus recorridos. Me acerqué sigiloso, huyendo de la grava que producía extraños ruidos y pisando sobre el césped. El reloj de la estación marcaba las consabidas 8:05. El banco estaba vacío. Me puse en lo peor, pero no muerto, no, no lo mostraba el aspecto. Quizá le diera un vahído y una ambulancia lo recogió.
Abrí el móvil porque de estas noticias se hace eco la prensa local, y al instante lo cerré. El hombre acababa de aparecer y se disponía a sentarse en el banco. El reloj marcaba las 8:08. Tanto me extrañó aquel retraso que miré la hora del mío: las 8:05. Minutos después alguien manipuló las agujas del reloj insertado en la entrada de la estación, las cuales volvieron a su hora. Por primera vez el hombre exhaló una sonrisa.
No era por lo visto solo yo el que estaba pendiente o le vigilaba. Los operarios de la estación aguardaban su llegada y si al ocupar el banco, pasaba un minuto de las ocho y cinco, reaccionaban de forma conveniente: el reloj adelantaba.
Mo me metí en la cama a media noche porque sentía un juego de grapas tirando de mis parpados. ¿Quién sería aquel sujeto? ¿A qué se había dedicado? Me dormí pensando que habría sido un jefe de estación, un hombre atado a un horario o un guardagujas.
Volví el domingo siguiente. Allí le encontré, y como llevaba toda la semana comiéndome de curiosidad le pregunté, disculpándome.
—¿A qué mundo dirige sus ojos, al de la nada, al del olvido o al del asombro? ¿Con qué puede sorprenderse usted?
Me miró con los mismos ojos lejanos, pero sentí que sus pupilas me agujereaban el estómago. ¡Menudo zasca!
—Dos cosas me sorprenden: las preguntas impertinentes y el desprecio por la persona que contempla un mundo perdido.
No necesité preguntar por su mundo. Lo imaginé. También yo tenía noticias de un mapa ya inexistente.

JOSÉ ARMANDO BARCELONA

¡¡UFFF!!
Se humedece los labios con la punta de lengua. Le gusta la imagen que le devuelve el espejo del salón. Ayer pasó por la peluquería y se ve atractiva con esa media melena que le han dejado; estaba ya un poco harta de llevarlo largo. Le da un aspecto más juvenil. Esta mañana, en la oficina, todos se dieron cuenta del cambio; el que más la elogió fue Alfredo, como siempre. No para de tirarle los trastos, y mira que pasa de él, es un plasta, pero el tío no afloja. «Claro que es igual de calentorro con todas» —piensa mientras se pasa la mano por el vientre, como para constatar que lo sigue teniendo duro y firme como cuando era más joven.
En la tele ponen algo sin sustancia, aburrido. Los chicos han salido de marcha, llegarán tarde; mañana es sábado, no hay que trabajar y la noche trae algo en la brisa que le pone mariposillas en el estómago.
—Mi amor, hace mucho que no salimos por ahí, tú y yo, solos, a cenar, tomar una copas, un bailecito. Los chicos ya son grandes, se apañan, mi vida, y me apetece tanto.
Él, sentado en la otra punta del sofá, con las gafas cabalgándole la punta de la nariz, absorto en el laberinto del crucigrama, apenas levanta la vista para preguntar:
—Tres vertical, cuatro letras: Según Aristóteles, es la realidad propia del ser y su principio.
Luego cierra los ojos fuertemente, como si eso le facilitase encontrar la respuesta.
—Cariño, ¿qué me dices? —insiste ella—. Así me verás puesto el vestido azul de tirantes que compré la semana pasada en las rebajas; hace calor y es fresquito; me queda divino, ya verás. En la oficina les ha gustado un montón. No veas el pesado de Alfredo, la de piropos que me echó.
Con una palmada en la frente, él escenifica el momento de la revelación.
—«Acto». El tres vertical es «acto». Joder, Marisa, no veas lo complicados que son estos crucigramas filosóficos. ¿Decías algo reina?
Ella se levanta del sofá. Vuelve a mirarse en el espejo. Se sopesa los pechos con las manos y sonríe satisfecha. Vale que no los tiene muy grandes, pero están en su sitio, todavía mantienen la verticalidad sin necesidad de andamiajes.
—¡Anda, mi vida, no seas soso! Vamos a disfrutar un poco. ¿Sabes? Hoy me siento traviesa. Quiero ser un poco malota. ¡Anímate, hombre!
Suena el tono de mensajes del móvil; le acaba de entrar un Whatsapp, es de Aurora, una compañera de trabajo:
«Isa, guapetona, ¿tienes plan con tu muermo? Hemos quedado a cenar unos cuantos de la ofi en La Basílica: Berta, Lucía, Tamara, Alfredo. ¿Te apuntas?».
«Uff, no sé, Alfredo es muy plasta, si no fuera por eso…»
«Pues, hija, lo primero que ha hecho es preguntar si venías»
—Manolo, cariño, ¿qué dices, te animas, salimos un rato? Di que sí, anda, hazle ese favor a tu mujercita, que hoy está mimosa.
Él se rasca la cabeza con el caperuzón del bolígrafo.
—Cuatro vertical: Doctrina, defendida por Demócrito de Abdera, que afirma que la realidad se compone de átomos.
Marisa lanza un bufido, da una patadita en el suelo y se encamina al dormitorio.
—Mientras lo piensas voy a cambiarme; hijo, tú verás.
El vestido azul de tirantes le queda perfecto. La tela es muy fina y se le acopla como un guante a la figura, resaltando las caderas; además, sus pechos libres de ataduras lucen sugerentes. Se vuelve a contemplar, esta vez en el espejo del armario, y sonríe satisfecha. Coge el móvil y teclea:
«¿A qué hora habéis quedado? No te lo aseguro, pero lo mismo me paso a dar una vuelta por ahí».
«¡Venga, anímate! No nos falles».
Vuelve al salón.
—Manolo, mírame. No me digas que me queda mal este vestido. Anda, mi amor. Te advierto que si no te decides me voy a cenar con las chicas; Aurora me ha chateado y yo hoy me divierto, sí o sí.
Sin levantar los ojos de la revista de pasatiempos, él contesta con un encogimiento de hombros.
—Uno vertical: «Lo que es», independientemente de la clasificación que adoptemos o del tipo de ser que consideremos.
Marisa, molesta, siente que la sangre se le sube a la cabeza. Su marido es idiota, no se la merece, está furiosa. Conoce la respuesta, «ente», y se la va a soltar en plena cara, para que vea que, además de estupenda y con un cuerpazo, tiene una mujer inteligente.
—¡Alfredo! —le sale sin saber muy bien a cuento de qué.
Él, por primera vez en toda la noche, parece salir de su éxtasis existencial; da un respingo, la mira con ojos de sorpresa, desmesuradamente abiertos, y no ve ante sí a su mujer, sino a una hembra.
»¿Zasca? —susurra ella llevándose un dedo a los labios y rehuyendo la mirada, como si hubiera sido pillada en un renuncio—. Me voy a cenar con los de la ofi, cariño, no me esperes levantado…, seguramente llegaré tarde.

RAQUEL LÓPEZ

Aún recuerdo aquella tarde
como si fuera ayer,
tú estabas en el parque
y con disimulo me acerqué.
Que si una risa
una mirada,
que vente conmigo
y me presenté.
Nos sentamos juntos
en el mismo banco,
y en un instante
yo te besé.
Solo recuerdo tu mano abierta
y el ZASCA del sopapo
sobre mi cara
dulce estruendo
que aún recuerdo
porque todavía la tengo marcada.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ  CRUZ

NACIONAL UNO
Un humo espeso lo inundaba todo, confiriendo a aquel cuartucho un aspecto que parecía sacado de una noche londinense. En cualquier momento Jack el destripador o una brigada de bomberos podrían surgir de aquella humareda, una cortina blanca que apenas permitía distinguir el micrófono y a la veterana locutora que noche tras noche se escondía tras de él. “Cuéntaselo a Mari Angustias”, ese era el programa nocturno de testimonios que venía triunfando en la franja nocturna desde hacía años. La emisión estrella de Radio Alpedrete FM, 97.5, una cadena que entre cuyos patrocinadores se encontraban empresas de la talla y el renombre de Construcciones Gutiérrez, Peluquería Pancorbo, Café bar Las Vegas y comestibles Loli.
Y se preguntarán ustedes lo del humo. Una simple cuestión de confianza y de no haber puesto las cosas en su sitio a su debido tiempo. Poder fumar en el estudio era una de las muchas licencias que se le permitían a Mari Angustias que, como cada noche a partir de las doce, se ponía cómoda, se recolocaba los rulos, se cruzaba la bata de boatiné y encendía el primero de los Ducados que le acompañarían durante la larga noche. Bien es sabido que el Ducados es un tabaco negro solo apto para verdaderos hombres. Pero es que Mari Angustias, en muchos aspectos, era casi un hombre.
“Bienvenido, bienvenida a las ondas hertzianas que vuelan flotando por el éter hasta llegar a los más recónditos confines de la madrugada. Para ti, taxista, camionero, panadero, vigilante jurado… amigo de la noche y de las horas tranquilas, hacemos esta radio. Cuéntanos todo aquello que te inquieta, que te aflige, que no para de dar vueltas en tu cabeza. Comparte esas inquietudes con nuestra comunidad noctámbula. Cuéntanos tu secreto… cuéntaselo… a Mari Angustias”
Esta última frase, cuyo ritmo y entonación ya tenía más que ensayados, siempre daba paso a la soporífera melodía de Jazz, marca de la casa, que regalaba unos minutos extra a Mari Angustias para recomponerse, coger fuelle y atender la primera llamada. Ésta no tardó en entrar:
—Adelante amigo… ¿Qué nos tienes que contar?
—¿Mari Angustias? ¿Me copias? —preguntó visiblemente nervioso el oyente.
—Te escucho, compañero… alto y claro. Háblanos. La noche es tuya…
—Me llamo José Andrés Toledano, de transportes Toledano. Creo que acabo de matar a alguien con el camión. A dos, concretamente. Una pareja —resopló agitado el transportista al otro lado de la línea.
—Pero bueno… ¿Estás totalmente seguro? ¿Eso cómo ha sido? Tranquilízate y cuéntanos los detalles.
—Mire usted, si es que no los he visto. Ha sido en el cambio de rasante. Estaban ahí parados con sus sirenitas azules y sus trajecitos verdes, dentro del coche, hablando de sus cosas. Me he distraído un segundo y ha sido visto y no visto. He notado un golpe detrás del camión y asustado, he seguido la marcha, acelerando cada vez más. El miedo me ha cegado… ¡Pero yo pa mí que los he matado!
—José Andrés, pero hombre de Dios… ¿Y no ha parado usted el camión?
—Sí, para parar estaba yo… llevo un susto en el cuerpo que no me llega la camisa. Ahora mismo voy quemando ruedas por la nacional I, camino de Irún. A lo menos, si consigo salir de España igual ni me pillan. Menudo disgusto se va a llevar mi mujer. Aunque creo que me han visto. Desde hace un rato llevo un coche detrás que no para de pitarme y echarme las largas. Por el retrovisor noto el resplandor. En las curvas intenta salirse, como para adelantarme, pero se vuelve de nuevo al carril. ¡Ay madre mía, la que he liado! Con lo bien que vivía yo con mis portes y mis mudanzas…
—Calma, compañero del motor… camionero abnegado que quemas las horas de la noche detrás de un volante, que amenizas la carretera con tu claxon… que rascas los minutos a la madrugada mientras contemplas la foto de los niños en el salpicadero y mantienes esa ilusión que no te cabe en el pecho. ¡Orgullo de camionero! Vamos a ver si algún oyente te da algún consejo y te dice lo que tienes que hacer.
Fue colgar y entrar la siguiente llamada:
—¡Buenas noches! Aquí el sargento de la Guardia Civil del cuartel de Alpedrete. Si no se lo dice usted, se lo digo yo. El imbécil que acaba de llamar… que pare ya el camión de una puñetera vez. Llevamos diez minutos pitando y echándole las largas. Que se esté quieto, que no ha matado a nadie, coña. Solo nos ha enganchado con la bola del remolque, al coche reglamentario de la benemérita, y nos trae a rebufo intentando que pare en la cuneta. ¡Pero no se entera el muy cenutrio! ¡Cómo no se detenga ahora mismo, la manta de ostias que le va a caer no la va a ver ni venir! ¡Espero que no tenga los santos cojones de llevarnos así remolcados hasta Irún, porque le juro que va a saber quién es el sargento Romerales de la comandancia de Alpedrete!
De pronto, la comunicación se cortó y entre el humo del estudio se hizo un incómodo silencio. El técnico estuvo ágil. Inmediatamente volvió a sonar música de jazz, mientras Mari Angustias, impasible, daba la última calada a su Ducados y lo estrujaba contra el cenicero, acostumbrada a escuchar historias de un surrealismo que se superaba noche tras noche.

EMILIANO HEREDIA

ADIÓS EBRIO.
Nota del autor.
Usted que va a leer éste relato.
Las expresiones y faltas de respeto que aquí se van a reflejar, son única y exclusivamente fruto de la calenturienta imaginación del que subscribe ésta nota, para reflejar la situación y características de los personajes. No refleja éste relato mi opinión sobre el trato a las mujeres ni la relación de pareja.
Mas bien, por la «Censura» de la red social ode algunos de ustedes.
Muchas gracias. Que usted lo disfrute.
Hoy, el día tiene frío y se arropa con un cobertor ceniciento.
El sol está acurrucado dormitando.
Un cierre se levanta y chirría desperazandose, con un amplio bostezo abriendo la puerta de un bar que aún no se ha sacudido las migas de la jarana de la noche.
Una máquina tragaperras tintinea alegre como zíngara adornada de abalorios hipnotizando al incauto con su baile de colores.
Pedro, de mala gana, siembra el suelo de serrín y cosecha cáscaras de cacahuet, palillos y servilletas echas bola.
Enciende el televisor que empieza a vomitar las noticias del día.
Pedro se pone un mandil que fué inmaculado en su día y fué desvirgado por aceite requemado, tomate, y los demás que siguieron.
Enciende una plancha renegrida con un bouquet grasiento con sabor a algo inexplicable.
Los primeros clientes entran por la puerta que tiene pintarrajeado con titanlux un símil de ración de gambas a quinientas pelas de las de entonces, desvaído por la lima del tiempo.
Manolo y Conchi.
Dos náufragos en un océano de alcohol buscando una isla paradisíaca que no existe.
-¡Buenos días Pedro!-dice Manolo. Un envoltorio ajado del hombre que fué en su día. Un bombón rebosante de alcohol masticado y escupido miles de veces – un sol y sombra.
-Vaya-responde Pedro, secándose las gotas de sudor que brotan de su frente, con el mandil- parece que lo de anoche continúa, ¿eh, Manolo?.
Menuda-dice con una sonrisa de sorna, poniendo sobre la barra de acero inoxidable, arada por una bayeta mugrosa, una botella de Soberano y otra de anís del mono-
Por cierto, Manolo, ya me debes con lo de hoy, unos trescientos así por encima -le comenta mientras sirve en una copa deslucida mitad y mitad de anis y cognag-
-Vete a la mierda, ¿a caso he dejado de pagarte alguna vez?-responde Manolo, con la lengua zancadilleada por los pies de la resaca, recostado en la barra apoyando con el brazo izquierdo la cabeza que pesa toneladas-
-A ver, Manolo-responde Pedro poniendo en su sitio las botellas -que no digo que no me vayas a pagar, sólo te digo que estamos a primeros y sé que cobras cuatrocientos del subsidio y faltan por venir las navidades.
-A mi hombre niiooo le hiables así -interviene Conchi, una mujer que es raspa del hermoso pez que fué un día-Mi Manniolo es muiicho hombre , el niiuunca ha dejado deber niuuun ieuro a naide-enfatizando poniendo un dedo delante de las narices de Pedro –
-Joder Conchi -responde Pedro sacando una botella de DYC- tampoco es para ponerse así, ya sé que los dos pagáis, tarde, pero pagáis. Anda, toma el DYC con hielo. Ésta mañana vienes cojonuda, ¿eh?-le comenta a Conchi mientras guarda la botella de DYC-
-Y eso a tí que cojones te importa – interviene Manolo, apurando la copa de sol y sombra – ésta es mi hembra, y nadie se mete con mi hembra. Ponme otro.-Da una manotada a la barra, levantándose torpemente –
-A ver, calmaros los dos, tengamos la fiesta en paz-responde Pedro resignándose – no he dicho nada de que no me paguéis, pero sí es verdad que os tenéis que plantear el tomar otro rumbo, así no creo que lleguéis a buen puerto. Lo digo desde el cariño y el aprecio que os he cogido durante éstos años. Os he visto en lo mejor y ahora os veo en el infierno. Mírate Manolo, venías aquí a desayunar, tu café con tostadas, bien trajeado y luego, porque tu mujer se largó con otro se te paró el mundo
-¡Eh!, de la hijaputa de mi mujer sólo hablo yo, ¿Te enteras?-dice ofendido Manolo, dando un tragazo a la copa-
-A ver, Manolo, cálmate, te repito que es desde el aprecio. ¿Y tú, Conchi?, una chiquilla tan …
-¿Tan qué?- miuuucho cuidao con lo que vas a diecir-interrumpe Conchi con el Whisky saliéndose por una dentadura en morse-
-Pues eso, una chica tan mona y te fuiste a juntar con….con éste -le dirige una mirada de desaprobación a Manolo – y luego está lo que se cuenta por el barrio, digamos…que se te ve cada día con varios hombres… y a Manolo esperándote en el portal
-¡Y qué! – se pone en pie Manolo, tambaleándose tirando la banqueta!-¡Sí, es puta!, ¡Mi puta!, ¡Soy el único del barrio que le toco el coño si me da la gana!-le mete la mano debajo de la falda -¡Y gratis!,¡Toma el puto dinero!-escupe de una podrida cartera un puñado de billetes -¡Aquí tienes tu jodido dinero!, ¡Adiós y hasta nunca!
Van hacia la salida zozobrando
-¡Y….iiielll me quieeeere!. ¡Zasca!-le dice Conchi volviéndose a Pedro, desde la puerta, haciendo una peineta-
-Adiós-masculla entre dientes Pedro, meneando la cabeza en señal de desaprobación -hasta la hora del vermut -mete en el lavavajillas la copa y el vaso de tubo.
Manolo espera en un portal.

SERGIO TELLEZ GONZÁLEZ

UNA ZASCA–PRESA INESPERADA.
Cuando lo conocí por primera y única vez lo hizo sin cita previa. Entro a mi oficina sin ser invitado por mi secretaria, ¡Zasca¡, Cerro de un portazo la puerta de tabla de madera, luego pasó por la pared divisoria que conducía a mi escritorio.
Era un tipo de estatura media,
parecía tener una peluca postiza, gafas telescópicas con un estómago prominentemente gordo que no le impedía caminar de manera ágil. Sostenía en su mano derecha un paraguas para la lluvia, se dirigió hacia mí, en sus ojos se veía una mirada penetrante.
–Soy funcionario público y estoy investigando un accidente fortuito que ocurrió en la noche de anoche.
Lo primero que pensé fue «que tipo tan mal hablado».
Apenas me dejó decir pronunciando una palabra.
–¡cuénteme!
–Le repito de nuevo, estoy investigando un accidente fortuito que le ocurrió a un par de gemelos que pertenecían a una orquesta de música de la ciudad.
El tipo gritaba alto y en mi opinión personal no estaba del todo cuerdo.
–Los resultados obtenidos y según nuestras investigaciones son hechos reales los que sucedieron.
–Y el protagonista principal como testigo presencial de los hechos sucedidos es usted, mi querido y estimado amigo
– ¿Yo, por qué?. Pregunte
–Porque en el periodo de tiempo transcurrido entre las ocho, y ocho y treinta de la noche anterior, usted transitaba por el túnel subterráneo del metro de la ciudad y según nuestro espía secreto, que es uno de los más idóneos de nuestro cuerpo de investigación, en ese lapso de tiempo usted se encontraba en el sitio de los acontecimientos.
–Entonces necesitó que realice un breve resumen para su evaluación.
¡Zasca!, el funcionario público dio un gran golpe con su puño cerrado a mi escritorio y prosiguió.
–Empecemos de nuevo con los antecedentes previos, y vuelvo a reiterar, ¿estuvo en el lugar de los hechos acontecidos?
–Sí, contesté afirmativamente.
–¿Qué vio con sus ojos?
–Pues, observé al par de gemelos tirados en el piso, luego pasó una jauría de perros por encima de los pobres muchachos, pero curiosamente no sé detuvieron a oler la hemorragia de sangre que había en el piso.
–conteste, ¿Eran cadáveres sin vida?
–¿Estaban en parejas de a dos, o esparcidos por separado?
–si señor, estaban los dos gemelos muy juntos y a pesar de que no los vi muy bien al principio luego los observé con mis propios ojos, todo paso en un lapso de tiempo muy corto.
–¿Con sus ojos, observó a otras personas en el sitio?
–Pues unos minutos antes de pasar por el sitio donde estaban los dos gemelos en el piso, observé a un trío de tres chicos fumándose un porro de marihuana, se reían nerviosamente y vi
algo que parecía sangre en uno de ellos, además introdujeron dentro de un frasco de vidrio unos objetos que no logré distinguir con mi vista.
–Vuelvo a repetir, ¿no observó otra situación anormalmente rara?
–No
–Le recuerdo señor, que ante la ley no puede decir mentiras falsas, y no puede hacer suposiciones antes de conocerlas, hasta que no determinemos el veredicto final que va a ser la base fundamental para castigar con sanción a los homicidas asesinos.
–Entonces sacando las conclusiones finales y Como testigo presencial de los hechos acaecidos lo emplazó citándolo a testificar ante el juez cuyo despacho está subiendo para arriba la lomita antes de la calle principal.
El funcionario público salió como entro saliendo y me dejó cavilando mientras pensaba. ¿En qué lío problemático me había metido?, Medité.
Luego me tranquilice en tanto me sosegaba.
Yo personalmente era un simple tonto, testigo observador de un asesinato delictivo.
Hice memoria del recuerdo de la noche de anoche y caí en cuenta al apercibirme de algo que no le había comentado mientras hablaba con el funcionario público. En el frasco de vidrio que tenía uno de los tres chicos del trío, brillaban centelleando un par de objetos que parecían dientes.
Todo se aclaró disipando mis dudas, cuando mi secretaria personal me llevo el diario matutino de la mañana y en primera página apareció mostrándose el siguiente titular encabezado así: «Aparecen muertos sin vida, un par de gemelos en el túnel subterráneo del metro»
Y más abajo a continuación un subtítulo pregonaba: «Cada uno de los dos gemelos componentes de una orquesta de música se encontraba sin un diente incisivo delantero, sus padres progenitores aseguran que eran de oro».
Entonces até cabos, asociando hechos y entendí comprendiendo que los asesinos criminales eran los tres chicos del túnel subterráneo del metro.
Me presenté ante el juez a la hora citada por el funcionario público y declaré explicando bajo la gravedad de juramento.
A las ocho de la noche del día ocho de noviembre de 2023, tres jóvenes fueron capturados y acusados, como presuntos asesinos de un crimen de unos gemelos, y un investigador junto con su testigo fueron acusados como coautores de crimen de sintaxis.

IRENE ADLER

CRÓNICAS ALBIGENSES. (Toma falsa)
Parece ser que al futuro arzobispo de Narbona le fueron con la cuestión a la hora de comer. Era hombre de digestiones lentas y difíciles, propenso al pecado de ira y a la dispepsia. Y se quedó rumiando el asunto rodeado de soldados pusilánimes y moralistas; criados que le rellenaban el plato y la copa; cronistas pertrechados con escribanias móviles que anotaban cada gesto y palabra suyos en aras de la inmortalidad que proporcionan las frases contundentes y lapidarias. Todos atentos a su respuesta a la cuestión planteada que no era otra que la incapacidad de discernir entre herejes cátaros y vulgares católicos apostólicos y romanos. Una minucia. O cómo lo llamaría Arnaldo Amalric: una gilipollez.
Meditaba a la vez que arrancaba pedazos de carne de un muslo de pollo. Le corría una salsa oscura y especiada por las comisuras de la boca roja como un sarmiento y entre los dedos, dónde refulgía un granate del tamaño de Córcega y tan rojo como su boca cruel y huérfana de besos. Y sin deglutir el pollo, la salsa o la pregunta, argumentó, empezando a sentir ardor de estómago:
—¿Y qué esperabais, que los herejes estos fueran por ahí con una camiseta que ponga holis holis, soy cátaro? ¡Hatajo de imbéciles! No se monta una cruzada para encuestar a las víctimas ni andarse con remilgos, qué parecéis la ONU con tantos melindres. ¿Qué queréis, que os reparta cuestionarios: firme aquí señor del Languedoc si es usted un puñetero renegado? Hemos venido a matar gente, pues qué se mueran. Por feos además de por herejes. Y al próximo que me joda la comida lo mato yo, ¿queda claro?
Desconcertados y perplejos, los soldados se marchan, los criados le rellenan la copa y las escribanías de los cronistas tiemblan. Uno, quizá por nuevo en el cargo o por idiota, se atreve a replicar:
—Ejem, ejem…ésto…Usía, no podemos poner éso. Quizá lo de que se mueran todos…¿Pero por feos? No sé yo…
Con el dedo grasiento donde reluce el pedrusco, el futuro arzobispo hace una floritura en el aire, como para rubricar la que sería una de las frases más famosas del medievo. Un zasca a la cordura que no admitía súplicas ni réplicas:
—Bueno, vale. Entonces poned: «Matádlos a todos, Dios reconocerá a los suyos». ¿Me dejáis acabar de comer? ¡Cansinos, que sois cansinos, rediós!

JOSE MARIA GARCIA ORELLANA

PSEUDOSONETO CON CODA AL ZASCA

PSEUDOSONETO
Es tiempo de hojarasca,
Cuando recibo esta invitación:
– Escribe algo del zasca,
– Descuida: no perderé la ocasión.

Puede que no estuviera inspirado,
Que suele ser lo normal,
Pero por zasca nada he hallado,
Y ahora me siento fatal.

¿Seguiré siendo el mismo?
Que tremendo fracaso.
Y todo por un neologismo.

No diré que no lo siento,
Pero, para esta misma función,
Yo ya usaba escarmiento.

CODA
Y no es por buscar un pretexto,
Mi prestigio muy bajo cayó.
Pero es que mi corrector de texto,
Al zasca en rojo lo subrayó.

EFRAÍN DÍAZ

Luego de una vida de buenas letras y muchos excesos, François Marie Arouet, mejor conocido por su nombre de pluma, Voltaire, estaba en su lecho de muerte.
Aunque tuvo una vida enfermiza, sus múltiples condiciones de salud no fueron impedimento para demostrar su lucidez y su agilidad mental, pero sobre todo, no fue impedimento para que desplegara su ingenio.
Una fuerte infección se ensañó con su viejo y débil cuerpo y lo dejó postrado en una cama. Voltaire sabía que de esta no se libraba. Ya su hora había llegado.
Llamó a Nanon, su criada desde hacía muchos años, la única mujer que lo soportaba porque lo entendía y entre risas pasaron revista de su vida.
Recordaron cuando descubrió una falla mecánica en el sorteo de la lotería de la época y de como la explotó para amasar fortuna.
Recordaron sus múltiples exilios debido a sus letras, llenas de crítica y de razón, pero sobre todo, de sorna. Si de algo disfrutaba Voltaire era del humor negro y de la ironía, las cuales practicó con picardía, elegancia y estilo.
Recordó como la iglesia hirvió de ira cuando publicó Cándido o el optimismo y entre tos y tos, una tos grave y seca, volvió a reir.
Recordaron sus muchas amantes. De corazón ardiente y polla caliente, no hubo cortesana que Voltaire no cortejó. Nunca distinguió entre solteras o casadas, con tal de que fueran propensas al sexo. Lamentó no haber tenido hijos, pero “no se puede ser Voltaire y tener una familia” le dijo a Nanon entre rosas y tos.
-Nanon, busca al Obispo y dile que venga. Quiero hacer confesión antes de morir- pidió Voltaire.
Nanon quedó sorprendida, pues Voltaire no solo fue ateo, sino que durante su vida y mediante sus obras, criticó duramente a la iglesia. Fueron enemigos acérrimos. Una lo amenazaba con la fe y el infierno y el otro los desgraciaba con su pluma. Mas Nanon, obediente como siempre, fue por el Obispo.
Extrañado, el Obispo acudió al llamado y fue a confesar a Voltaire. Nunca es tarde para rescatar un alma perdida. Todo pecador puede encontrar alivio y consuelo en el Señor, le dijo el Obispo al pie de la cama a un Voltaire cadavérico. Y con estas palabras y las oraciones de rigor, comenzó la confesión.
Voltaire no se guardó nada. Desnudó su alma y abrió su corazón. Confesó todos y cada uno de sus pecados y le ofreció disculpas al Obispo por algunas de sus críticas, las cuales en su momento, encontró oportunas.
Teniendo ya su alma limpia, libre de toda mancha y mácula, impoluta, el Obispo le preguntó “y por último, rechazas a Satanás, al pecado y a todas sus seducciones como negación de Dios”.
Voltaire lo miró y tosió nuevamente. Cuando se repuso, con una débil sonrisa, una zasca propia de su ingenio, sorna y cordura, le contestó “no creo que este sea el momento adecuado para hacer nuevos enemigos, señor Obispo”.

MARY CORREA

Era verano, la noche estaba calurosa, Leopoldo había abierto las ventanas de la habitación para dar paso a la fresca brisa nocturna. Sentado frente a su ordenador, Leopoldo trataba de concentrarse en escribir su nuevo libro, pero ese zumbido lo estaba atormentando. Haciendo movimientos al aire con sus manos, trataba de alejar al molesto mosquito que andaba a su alrededor, pero nada alejaba al bicho. De repente ¡zasca! De un golpe lo dejó pegado allí sobre la mesa, y tecleo , el zumbido era aterrador, tanto así que se volvió loco y lo mató.

RUFINA SEVILLA CALLEJA

La mariposa y el mosquito
Había una vez un bosque donde vivía una maravillosa mariposas llamada selfi
Selfi apenas dormía.
Un buen día aparecio un misterioso mosquito
Pregunto a selfi.
¿Te gustaria dormir
Selfi tenía tanto sueño atrasado Que no dudo y contestó que si.
El mosquito saco su grande trompa como si fuese una varita mágica, y apuntó hacia selfi
Y zasca la picoteo en sus alitas saliendo centenares de estrellas
El mosquito se sorprendió ,selfi no se durmió,sino que se comvirtio en un feo saltamonte.
¿Tramposo grito selfi¿ eres un malvado,míra lo que me as echó? jajajajaja se reía el mosquito tanto,que se le cae una antena
Selfi aprobecha para coger aquel palito mientras el reía
Estaba tan enfadada que rápido se invento un conjuro dijo raca ,riqui ,raca convirtiéndolo así en una mariquita
Asustado se metió dentro de una cajita donde avitaban otras mariquitas.
El mosquito se puso muy contento, pensó
¿Por fin tendré compañía y ellas
me ayudarán
Pero no fue así, fueron descubiertas por un niño que pasaba por allí
El niño se quedó maravillado de ver tantas mariquitas juntas asique cojio la cajita y la guardo en su mochila para enseñarselas a sus amiguitos .
Dentro de la mochila se divertían todas juntas , porqué al andar el niño la cajita se movía de un lado a otro rozándose una contra la otra haciéndose cosquillas entre ellas.
Al poco rato se quedó solo en la cajita todas ellas avían sido destruidas por el movimiento de la cajita, dándose cuenta que ese sería pronto su destino
El mosquito se sintió muy triste y pensó lo que avía echo a selfi.
Entristecido le salían pequeñas gotitas de lágrimas casi invisibles por sus ojitos resbalando por su carita
Esas gotitas fue su salvación, convirtiéndose otra vez en mosquito.
Salió por un agujero de la mochila contentisimo en busca de selfi, pidió perdón por su travesura convirtiéndola en la bonita mariposa que era
Desde entonces se hicieron inseparables .
Fin.

JOSE SANTIAGO MONREAL

Un grupo de operarios de una fábrica esperaba con paciencia para dar plástico a sus pedidos ya finalizados en unas máquinas compactado- ras. Eran dos máquinas y cinco operarios, por ende debían esperar su turno.
De repente una operario se acerco con el mismo fin y objetivo y con tintes de humor gritó : – ¿Quién es la última?
Tras la pregunta sexista de la operario de género femenino, un operario de género masculino le contestó agarrándose sus partes nobles: -¡Estaaaaaaa! -.
El operario tras el zasca monumental fue despedido por ofender, la operario de género femenino siguió trabajando y siguió votando a Vox.¡Corre lisensiado corre, ponte a cubierto!
¡Raudo y veloz, Santi, raudo y veloz!

CARMEN UBEDA FERRER

El patito de azúcar
———————-
Una tira de papel de pastelería que contenía doce patitos de azúcar, fue a parar a las manos de un niño glotón, éste se los hubiese engullido de una sola vez, si su mamá no los hubiera escondido en un armario de la cocina, donde su goloso hijo no los pudiese encontrar.
Como el niño babeaba y pataleaba por comerse los patos de azúcar, su mamá le puso la condición que sólo comería un patito cuando fuese premiado por una buena acción. El pequeño, que lo único que deseaba era comerse los dulces, decidió portarse muy requetebién para recibir los doce premios lo antes posible, por consiguiente los patitos de azúcar iban desapareciendo de la tira de papel muy rápidamente.
El patito número doce se encontraba muy inquieto, pues veía muy próximo su fin deshaciéndose en la boca de aquel insaciable chiquillo. De modo que le suplicó al Hada de los animales que le ayudase y lo convirtiera en un pato de carne y hueso.
Entrada la noche cuando todos dormían, un hermoso cisne blanco llevando en su lomo a la Reina de las Hadas, atravesó el ventanal de la cocina con mágica luz.
Con su barita, el Hada, separó el patito número doce de la tira de papel haciéndolo girar vertiginosamente en una espiral de maravillosos colores.
Amaneció un nuevo día y el patito de azúcar se encontró cubierto de un hermoso plumón blanco, su cuello era largo, su patas de color amarillo y su pico era fuerte y duro y podía emitir sonidos. Miró a su alrededor y comprendió que se encontraba en una granja. Gallinas y polluelos armaban un gran alboroto, lucía el sol y por el suelo esparcidos habían granos de maíz. El patito se sintió feliz de estar en aquel corral y sobre todo por haberse librado de ser engullido por las fauces de aquel pequeño monstruo.
Cuando el granjero llegó a la corraliza se vio gratamente sorprendido al encontrarse con un pato tan hermoso entre sus gallinas.
¿De dónde habrá salido? ¿Cómo habrá venido a parar hasta mi gallinero? El hombre decidió que lo más sensato y lo más practico era no seguir haciéndose preguntas que no tenían respuesta y convertir al pato en un buen guiso, antes de que de alguna otra granja vecina fuera reclamado, de manera que, ¡zasca!, agarró al pato por el pescuezo y sin más miramientos, se lo llevó a su mujer para que, sin pérdida de tiempo, lo metiese en la cazuela.
De un modo o de otro el destino del pato ya estaba trazado.
FIN

HERMENEGILDO TALAYUELA

A veces pienso, luego me animo y después me llevo el zasca. Entro de lleno en barrena y comienzo a descender verticalmente y en giro al ser consciente. Temo una caída de bruces. Ruego el perdón, pero a mi señora le importa un pimiento asado. Y mira que es insistente. Me lo dice a diario cuando ve imposibles y lugares llenos de fantasías inalcanzables, en mi bruto empeño de volar como una bella águila calva cuando, en realidad, soy ave nocturna y de poco brillo.
Pero que me quiten lo «bailao». Aunque sea pollo del mal agüero y desplumado, la ilusión es lo último que se pierde a pesar de los zascas, pues el trompazo no hay quien me lo quite, aun a sabiendas, prefiero imaginar el majestuoso vuelo del halcón y no en el mochuelo que llevo dentro mientras caigo.
Dedicado a las personas incansables y soñadoras.

ANGY DEL TORO

A propósito, tiene algo de realidad, aunque es ficción. Ayer mismitico supe el diagnóstico, así que a cuidarse y vivirlo con sensatez.
INFIDELIDADES EN LA ADULTEZ
Me dejaste sin más, sin una explicación,
sin un adiós, sin un perdón.
Me rompiste el corazón, me dejaste en la soledad,
me sumiste en la oscuridad.
Pero no creas que me rendí, que me quedé llorando,
que me olvidé de vivir, que me fui apagando.
No, yo seguí adelante, yo busqué la luz,
yo encontré el amor, yo me curé en la cruz.
Me lesioné, me dolió el trocánter, me dolió la cadera,
me costó caminar, me tuve que operar.
Pero en cada paso, una lección, una verdad,
que el tiempo cura y trae serenidad.
Y un día te vi, con la otra, y no sentí nada,
ni pena, ni rabia, ni nostalgia.
Solo una sonrisa, una risa, una alegría,
porque todavía te quería, porque yo era feliz.
Ella usaba cofia, ella vestía de blanco,
dices que era tu enfermera, pero yo ya me había olvidado,
porque lo había superado.
Y en mi corazón, no hay espacio para el rencor,
solo gratitud, por cada nuevo amanecer, por cada flor.
Y tú me miraste, con sorpresa, con envidia, con arrepentimiento.
Y yo te dije: ¡Zasca! ¿Qué tal te va mi cuento?

GRACIELA PELLAZA

«Alguien corre detrás de mí y pellizca mi camiseta. ¡¡Zasca!!
Me atrapará.
Es el talán talán oscilante de una campana.
El tiempo.
Estaba hoy…Acá, cortando el aire, mientras bajaba las piernas de la cama, cuando me duchaba, cuando subí las escaleras. Cuando recordé la vitamina, y la crema de la cara. Cuando busqué los lentes y olvidé la clave de la alarma. Logré distraerlo, con unas cuantas palabras. Soy buena para eso.
Las zapatillas son nuevas y mías, la sabiduría no; siempre es de los otros. Ya existe un temblor de cuerdas viejas que desafinan la orquesta.
No te das cuenta hasta que estas ahí…En el escenario.
Ya no vibra el Aleluya.
Es un preludio… Una tarde muere Tristán y esa misma noche, muere Isolda. Una pena.
Soy comadreja todavía.
Muevo los cascabeles de la alegría, aunque en noches muy oscuras, me atropella el músculo flácido, el jodido ciclo, quizás la última temporada, la sinalgia de un hueso.
Los kilómetros duelen en todos lados, cuando es en tu rodilla.
¡Que chasco la juventud!
¿Cuál es el vidrio que se hace espejo?
¿Cuál?

IVONNE CORONADO LARDE

Estoy gozando de la fiesta en el chalet de mis tíos, cerca de la playa. Una combinación estupenda, pues a la playa se llega cruzando la calle. Hay un muro antes de alcanzarla.
Detrás de los ventanales del segundo piso, se alcanza a ver la montaña multicolor, donde esta mañana estuvimos todos para ver caer las hojas desde lo alto. ¡Creo que mis fotos saldrán de enmarcar! Abro un poco una de las ventanas, y la brisa me despeina. El sol comienza a colorear el cielo. Me siento viva.
Ya casi se termina el día. Hizo una tarde espléndida, una tarde otoñal, con muy buena temperatura. Me han dejado la tarea de acostar a los niños. Me voy a la cama, después de hacerlo. ¡Que a gusto me siento!
A las 7 de la mañana me levanto. Ayer quedó todo desordenado, voy a comenzar a ordenar un poco, pero todos están ya levantados, y Josefa ya se encargó de darle el biberón al más pequeño y lavar los trastos, no hay nada para mí. Tomo mi móvil y me voy a llamar a mi esposo que se quedó en casa.
En eso estoy, cuando me interrumpe mi tío y me dice: ¿Cómo te fue en tu último viaje con tu madre? – Muy bien- le digo.
Y añade: ¿Por qué no te jubilas si ya tienes edad para hacerlo?
-Claro, lo debo hacer pronto. No sé por qué lo voy dejando para otro día.
-Vamos, hazlo ya, en línea. Te ayudo a llenar el formulario.
-Solo llamo a mi esposo primero y lo hacemos.
-Ah, mejor me baño primero.
El baño tiene puertas transparentes, cierro la puerta con llave. Me desnudo y entro.
Cuando el agua cae, siento frío, y ¡zasca! Me despierto.
Todo me viene a la memoria, despacito. Me levanto, y con tristeza recuerdo que mi madre ha muerto, y luego ¡que ya estoy retirada!
Sin embargo, todo parecía extremadamente real. Mi móvil está siempre en la mesa de noche para escuchar la alarma sonar, y tomar mi primera pastilla. Lo tomo temblorosa para ver mis fotos.

¡Una de la montaña me asusta! Ahí estamos todos viendo caer las hojas! Estoy nerviosa. ¡Caramba! ¿Sigo soñando o estoy despierta? ¿En que mundo vivo?

Ivonne Coronado Lardé – Montreal, 13 de diciembre, 2023.

Nota:
Ayer me acosté pensando que esa palabra, zasca, me era muy desconocida hasta hace poco. Y sí, este fue un sueno, tan real como son siempre los míos. Tengo sueños lucidos también. En mis sueños nunca pongo en duda que todo es real. Espero les guste.

NILA J BOHORQUEZ

Estaba veraneando en las playas de la caleta «Horcón», Región Valparaíso, Chile…
Los días se llenaban de parrandas, algarabías y de mucho relax observando el maravilloso espectáculo que dibujaban las gaviotas sobrevolando en aguas marinas; descansando en la orilla de la playa sin zambullirme en las aguas heladas aún en verano, prefiriendo disfrutar de los rayos solares, respirando aire puro con ese particular olor a sal marina y viendo cómo las fuertes olas mojaba con furia a los bañistas más atrevidos sin importar cuánto sus cuerpos se helaban.
Nos divertíamos manipulando nuestros pies desnudos dejando huellas en la arena, chapoteando el agua, separando la basura acumulada en la orilla …y así nos sorprendía el atardecer sin sentir el cansancio de nuestro caminar de kilómetros interminables.
Todos descansábamos en peñascos encontrados en el recorrido marítimo y a lo lejos se divisaban varios riscos donde las olas chocaban y las espumas se deslizaban para unirse a los brazos del mar…
De pronto mi mirada se proyectó a lontananza y pregunté a mis compañeros…-¿Qué es aquel lugar que se ve tan exótico?- y al unísono, la ‘Chiqui’ y el ‘Enano’, respondieron:
-Esa es la playa «Luna», donde se divierten los visitantes nudistas. ¿Quieren conocerla?-
Todos nos pusimos de acuerdo y
‘ni cortos ni perezosos’, emprendimos la caminata rumbo al sitio indicado.
Apenas habíamos avanzado 600 metros cuando de repente tropecé con una piedra grande como si hubiera brotado de la arena y…
¡zasca!… caí de bruces…
No pude continuar con el grupo para satisfacer mi curiosidad porque el dolor era muy fuerte y decidí reposar pacientemente sentada en una silla la cual una generosa mujer me ofreció en el momento. Allí los esperé ansiosa en saber la impresión emocional de cada uno de ellos.
Regresaron a la puesta del sol y me encontraron en el mismo lugar que me habían dejado ‘varada’… todos ellos con los rostros entristecidos, pues la tal playa «Luna» no existía, ya que por medidas de seguridad ciudadana, había sido cambiada a un lugar lejano…y ya no había tiempo para volver otro día, porque teníamos varios ‘tours’ que realizar.
Mis compañeros vacacionistas se quedaron con los deseos de ver el lugar repleto de veraneantes nudistas con los posibles eventos eróticos…y yo, terminé resignada sentada en la blanca arena, escuchando los comentarios, sin nada nuevo que contar.
Ese ¡zasca!, me evitó caminar en vano hacia sitios desconocidos, pero también me hubiese decepcionado, pues era una gran oportunidad para «conocer más» en este largo transcurrir de mi viaje por esta dimensión.

LUISA VALERO

EL MUNDO DE CARMELA

CAPÍTULO 3: EL ESCARMIENTO

Respiraba en una bolsa de papel, mientras, algunas lágrimas empapaban sus mejillas. Sudaba como si lo estuvieran horneando y sus pensamientos anticipatorios lo estaban estrangulando.

Calificaron la peligrosidad de su caso como tipo II y le llamaron, sin mucha demora, para que entrara al consultorio número uno de Urgencias.

―Así que no podías quedarte «tranquilo» en tu casa y tomarte un simple alprazolam. ¡Mira que alterarte porque estás «empalmado» y venirte para acá…, tienes frita a la pobre de tu mujer!

―Pero, doctor, si yo no me pongo así casi nunca. ―Intercambiaron miradas y después Javier dirigió sus ojos hacia el medio de sus extremidades; ni por el pánico que estaba sintiendo se normalizaba «aquello».

»Esto habrá pasado porque alguien me ha dado «algo». Palabrita del niño Jesús que yo no he tomado nada. Sabe que le tengo pánico a los posibles efectos malos de los medicamentos; usted ya me conoce… ―le argumentó avergonzado.

―Javier, esos momentos se tienen que aprovechar, que nos hacemos mayores y el tiempo no regresa.

«Si pudiera, estaría tres días seguidos con tu linda esposa sin salir del dormitorio».

Carmela escuchaba atenta, pero con la mirada dirigida al suelo.

―Voy a prescribir que te pongan una inyección para normalizar tus pulsaciones cardíacas y bajar tu presión. Te va a dar mucho sueño. Tus signos vitales serán monitorizados durante toda la noche. Mañana te haremos algunos análisis de sangre y orina; si no hay ninguna novedad te vas a casa.

―Tranquilo, cariño. Ya sabes que aquí, siempre, te estabilizan ―dijo Carmela y forzó una sonrisa para animarlo.

Pero él, con mucho descaro, tenía sus ojos clavados en la enfermera. El facultativo se dio cuenta de su cara de baboso e intenciones y de que, por contra, ignoraba a su esposa Carmela.

Ella con las prisas de la emergencia tenía su pelo bien mojado; salieron de su casa casi volando y estaba duchándose cuando le dio el ataque de pánico a Javier.

«¡Te voy a dar un escarmiento que no vas a olvidar! Te creerás que te va a atender la joven y guapa Rosana… ¡Estás apañado! No creo que regreses por aquí en una larga temporada», pensó Carlos, mientras sonreía con malicia.

―¿Dónde está Julita? ― le preguntó a Rosana, que era la enfermera de guardia que le habían asignado para esa noche.

―Dr. Jiménez, está en el consultorio tres con la Dra. Villanueva ―le contestó ella.

―¿Puedes ir a buscarla? Por favor ―le pidió y ella se dirigió, obedientemente, al consultorio tres, sin entender por qué ella no podía cuidar justo a «ese» paciente.

En breve, apareció Julita, que era un enfermero alto, con cierto sobrepeso en el área abdominal y unos llamativos ojos verdes que estaban maquillados con muchísimo rímel. Hablaba con tono de mujer y él mismo había ordenado que nunca lo llamaran «Julio».

El doctor se acercó a él y le dio instrucciones al oído que los demás no podían escuchar.

―Lo siento Carmela, ya no puedes estar aquí. Ya se encarga Julita de aplicarle su tratamiento a tu esposo y también le he dicho que le haga «un Tacto rectal», como preventivo para ver su próstata.

»¡Qué descuidada eres; te puede dar una pulmonía! ¡¿No sabes que estamos a tres grados bajo cero?! Vamos, buscaré una toalla para secar tu pelo.

—Doctor, ¡¡Nooo…, la prueba de la próstata no la quiero y que venga una enfermera!! ―gritó desesperado, Javier.

Cuando se fue el doctor, Julita le dio a Javier una bata color verde oscuro para que se cambiase y le dijo que se sacase toda la ropa, incluido el calzoncillo.

―¡Qué desperdicio que «eso» que está tan «animado» no se use! ―dijo Julita.

Absorbió con la aguja de la jeringa el líquido de la ampolla y la dejó preparada. También cogió el algodón para empaparlo con alcohol.   ¡Zasca! Javier se sorprendió con un primer nalgazo, al que le siguió otro todavía más fuerte.

―¡Ay! ¡Joder, loca, ¿qué haces?! ―Julita le aplicó el inyectable despacio para que no le doliera.

―Pajarito, ¿te gustaron las nalgadas? ¿Te dolió la inyección?  Yo todo lo hinco «muy» bien ―le dijo pícaramente y le sonrió.

―¡Vete a atender a otro paciente! ¿Ya puedo ver a mi mujer? ―le imploró en pleno auge de melodrama ansioso.

―Todavía no. Ahora haré lo otro, si te relajas te irás muy contento a tu casa…

«Las cosas no van a quedar así, medicucho de mierda», se dijo Javier con mucha cólera, pensando en Carlos y en su nueva enemiga, «Julita».

En ese instante y en el consultorio dos, Carlos le pidió a Rosana una toalla grande. Le preguntó si tenía un peine y una goma del pelo para que le prestara. La enfermera le dio su pedido con cierta curiosidad.

―Ven Carmela, vamos a otro sitio más tranquilo un momentito para que te seque el pelo y te pueda peinar. También sería bueno que te cambies ese jersey que está mojado. Yo te prestaré el mío. No está sudado, es de hoy.

Cuando estuvieron solos en una pequeña sala, que se usaba para el descanso de los médicos, le secó despacio el pelo; también frotó con delicadeza su cuello y sienes, asegurándose que no estuvieran mojadas y frías. Sus caricias tenían la barrera de la toalla, ya que no quería incomodarla y tocarla de verdad. Había puesto previamente un casete con música de Elvis Presley que sonaba en volumen bajito.

―Carmela, te queda muy bien el pelo suelto, pero como a ti te molesta que te roce tu cara te haré una trenza francesa.

―¿Desde cuándo usted sabe de peinados y de peluquería?

 «¡Qué tierno es! ¿Cómo se habrá dado cuenta de que casi siempre amarro mi pelo porque me agobia?».

―¡Ay! Dulce Carmela, desde que me quedé viudo tuve que aprender muchas cosas para cuidar adecuadamente a mi hija Lucía. Se me despertó a la fuerza mi lado maternal y femenino. Le cogí el gusto a ir de compras y adoro las peluquerías, pero que conste que también soy «muy hombre».

―Ja, ja, ¿por qué dices eso, si yo no le he dicho lo contrario? Y si se le ve muy «bien plantado». Carmela no sabía cómo decirle un piropo que no fuera excesivo o que diera pistas de que le parecía muy muy atractivo. Se relajó y se dejó mimar y peinar por el doctor; la situación le excitaba por el sutil contacto y la energía del momento, mezcla de ternura y deseo.

Carlos se dio la vuelta para no mirar cuando ella se pusiera el jersey que le había prestado. Ella disfrutó de su textura suave y su olor a bosque mojado, como si él la estuviera abrazando; se sentía la explosión hormonal, entre los dos, en el ambiente.

De repente, los dos bajaron de su nube de fantasía a la estresante realidad:

―Solo tengo veinte minutos para tomar un café que me está cubriendo una amiga doctora. ¡Vamos, Carmela a la Cafetería!

Sentados en la barra, Carlos quería que se olvidara de los problemas; así que, inició una conversación, pero ahora con la temática de las clases de tango. Bromearon muchísimo y no querían que el tiempo pasara.

―No lo hacemos tan mal. Hay que practicar más ―dijo Carmela.

―Me tengo que ir a trabajar. Te prestaré unas revistas y un libro para que te sea la noche más leve. Le diré a Rosana que te acerque a la Sala de espera las cosas y una manta por si te diera frío.

―Muchas gracias, doctor.

―¡Hasta dentro de unas horas! ―se despidió Carlos. Se acercó y no sabía si darle la mano o dos besos. A ella le pasó igual. Al final, con miradas cómplices y muchas risas, optaron por los besos.

»No me gusta que me hables de usted. Una pregunta. ―Se acercó a su oído para que nadie en la cafetería pudiera escuchar la respuesta―.

¿Tú le diste la pastilla de Viagra a tu esposo?, y ¿cómo lo hiciste si eso se vende con receta médica?

Carmela le contó, también al oído, que había sido idea de su vecina Eva que se la robó a su marido.

―¡Ay! Carmela, siento mucho que tengas que hacer, estás cosas.

En la sala de espera estuvo leyendo el libro que le había prestado: “Alguien voló sobre el nido del cuco”.

En la portada, pegado, había un pósit amarillo con una nota:

«Este es mi número de teléfono y mis horarios en los que estoy en casa. Me puedes llamar y también me puedes buscar aquí en Urgencias, pero, por favor, sin tu marido… Ya estoy deseando que llegue el jueves para la clase de tango».

A ella se le ocurrió dejar una nota de vuelta dentro:

«Gracias de corazón. Bailemos muchos tangos…».

Casi a las doce del día, le dieron el alta a Javier. Mientras buscaban un taxi libre, Carmela estaba abstraída y demasiado silenciosa.

Su marido le preguntó ya dentro del taxi:

―¿Estás bien? Te noto distinta.

―Solo un poco cansada por la falta de sueño. En casa dormiré.

«Yo también he recibido mi tratamiento anoche: la mejor medicina para mi corazón que estaba moribundo», pensó ilusionada mientras miraba la puerta de Urgencias a través de la ventanilla del taxi que inició despacio su marcha.


LETICIA R MENA

Parpadeó abriendo los ojos a medias. La luz había cambiado. Ya empezaba a caer el sol, por fin un respiro de tanto calor.
Se desperezó estirando cada extremidad, soltó un bostezo y se sacudió los restos de siesta que aún le quedaban.
Subió los diez pisos hasta la azotea. Allí unos jóvenes fumaban a escondidas. Los espió hasta que, aburrido, se fue a visitar a la vecina del quinto. Esa que tomaba el sol desnuda en el balcón, para escándalo de los vecinos más puritanos. Se alimentó de ella malicioso. Toda una delicatessen.
Un piso más abajo los niños jugaban a gritos saltando sobre el sofá. La madre, hasta la coronilla de los chiquillos y del calor, les dejaba hacer. Demasiado dulces para su gusto, pensó.
Bajó en picado hasta la calle, victorioso, zigzagueando entre los coches como todo un rey del mundo. Uno de ellos hizo sonar el claxon . Él le sacó la lengua descarado.
¡¡¡Zasca!!!
No lo vio venir. Dos toneladas de camión. El golpe fue mortal
– Maldita sea- soltó el conductor, mientras ponía en marcha el limpiaparabrisas para que aquellas tripas verdes se esparcieran por toda la luna delantera.

MAITE BILBAO PÉREZ

TENEMOS QUE HABLAR
–Tenemos que hablar.
–Ahora no tengo tiempo. ¿Es importante? He quedado con Luis, vamos juntos al gimnasio. ¿Lo podemos dejar para la noche? – dice mientras se dirige hacia la puerta de casa.
–¡No!
Como si fuera empujado por un resorte, el monosílabo le devuelve a su lugar frente a ella. La mira a la cara, el semblante serio le deja preocupado. Manda un mensaje a su amigo para decirle que no va a ir.
–Nos sentamos un momento. No voy a tardar mucho. Llevo un tiempo recogiendo piedras del camino y la mochila se ha llenado.
–¡No te entiendo!, ¿qué quieres decir?
–Eso mismo.
–…
–Te lo voy a contar desde el principio, solo tienes que escucharme.
–Siempre oigo lo que dices.
–A eso me refiero. Lo vas a entender:
Hay personas que son como bombillas. Nos iluminan la vida y nos hacen brillar.
Hay personas que son como luciérnagas, que crean instantes haciendo que el mundo cambie a tu alrededor.
Hay personas maestras que te enseñan en un día más que toda una vida de estudio.
Hay personas diversas que te enseñan a mirarte al espejo para descubrir que no eres tú, ni soy yo, los poseedores de la razón.Somos todos.
Hay personas refugio, donde siempre vas en pijama y zapatillas.
Hay personas cofre, que guardan tus secretos con lealtad bajo una llave perdida en el fondo del mar.
Hay personas poeta que te cuentan tu propia historia, sin apenas conocerte.
Hay personas estrella. Aunque se esconden detrás de la luna, siempre están ahí.
Hay personas, río, cumbre y cauce que fluyen en tu vida.
Hay personas mudas que con sus cuatro orejas te escuchan y te abrazan.
Hay personas presente y futuro.
Hay grandes personas que no llegan al metro y medio.
Hay personas que son abrazos, y manta de domingo.
Hay personas que son personas.
Hay…
–Muy bonito pero… ¿Qué me quieres decir?
–Aquí estamos, ¿recuerdas cuantos años llevamos juntos?
–¡Era eso! Se me ha vuelto a olvidar el aniversario, no lo tengas en cuenta, sabes que no tengo buena memoria.
–¡Escucha que no he terminado! Somos más de ocho mil millones de personas habitando este planeta, ocupando el mismo espacio. En este viaje por la vida podemos elegir el tipo de persona que seremos para los demás, pero no lo contrario. ¿Lo entiendes?
–Filosofía de andar por casa. La verdad es que estoy perdido. ¿Puedes ir al grano?
–Cuando te encuentres, regresa. No quiero compartir mi espacio.
–Pero…
–Hay personas, y luego estás tú.

GABRIELA MOTTA

Esa mañana cuando salí de casa tropecé con una piedra y «zasca». Al mediodía salía con mi auto, «zasca». En la tarde ya me hallaba un poco maleada; tratando de evitar el «zasca» me acosté a dormir, pero entre sueños y sueño otra vez: «zasca». Para la noche estaba resignada, entonces me senté solo a respirar y por primera vez en el día, el «zasca» permaneció lejos de mí.


SHILA SHILA

A LOS QUE YA SE FUERON
Mundo de los animales, envíame las
Fuerzas suficientes para olvidar
Los horrores de la larga guerra
Despiadada e insolente.
que se divierte matando a gente inocente.
Mundo divino de lino fino diles a las
estrellas que cuide de los tesoros
Mis seres queridos quienes quizás todavía
Esten con vida.
Grita Zasca, Zasca esa es la señal perfecta para
Poder encontrar un lugar seguro libre de ruidos
Y estallidos.
Grita cada que puedas o que veas a un paisano
caminar por la calle cabizbajo, asustado, preguntando
por un puñado de comida.
DEDICADO A TODAS LAS PERSONAS QUE PERECIERON EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN.

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12 comentarios en «Zasca – minuconcurso de relatos»

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