Casi – miniconcurso de relatos

 Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «casi». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 25 de agosto!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

 

ALBERTO MEDINA MOYA

El sonido de la puerta al cerrar me sumió en la desolación. No podía creer que hacía unos minutos estuviera gozando del paraíso y ahora todo se hubiera esfumado. Había sido mi mayor conquista, por descontado. Aquella morenaza había sido un hueso duro de roer. Tuve que emplear todas mis recursos, todo mi potencial seductor para atrapar su interés. Cuando finalmente salimos del pub era el cowboy más rápido de la ciudad, era Rocky ganando por K.O., era Superman levantando un tren. La traje a mi casa y en cuanto cerró el ascensor empezamos a comernos la boca. Diablos, no podía estar más cachondo. La ropa empezó a incordiar, yo comencé quitársela y ella a mí. Ya estaba en bragas y yo no podía dejar de flipar viendo sus formidables tetas entre mis dedos. Miré hacia abajo y el espectáculo era soberbio: qué tipazo. Me bajó los pantalones y todo empezó como a ralentizarse, hasta el punto de que se quedó parada. ¿Qué coño…? Le pregunté qué pasaba, pero no dijo nada. Joder. Insistí, y respondió que no se encontraba bien. ¿Así, de repente? Silencio. Lo siento, mejor me voy, dijo ante mi desesperación. Se marchó en lo que tardó en vestirse, dejándome con una erección como un castillo y un grado de frustración sin precedentes. Mi cabeza no paraba de preguntarse qué le habría hecho cambiar de conducta en un momento como aquel, pero no pude hacer otra cosa que hundirme en mi cama con mis slips de Bob Esponja.

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

Casi te alcance en aquel uir alocado que mi presencia te hacía sentir.
Mi sentir, pero multiplicado por las ciento de nubes que Pobla el terreno celestial rodaba sin parar, hasta percibir tu olor corporal, perfume que me da la vida.
Vida que sin tus besos no tengo .
Casi pero no… Mori

AMALIA MARTÍN

Otro día más amanece con la misma sensación tediosa que el anterior.
No hay alivio para los pobres viandantes que caminan taciturnos con gestos apagados en sus rostros y frentes perladas de sudor.
Otro día más con idénticos minutos y horas , pensé para mis adentros.
Mis extremidades se niegan a sostener mi cuerpo en un acto de rebeldía sin precedente.
Otra preocupación añadida a las escasas células neuronales de mi cerebro carentes de materia gris de un tiempo a esta parte.
Encefalograma plano si tengo que resolver cualquier enigma y mejor no considero esfuerzo físico que implique mover toda mi estructura corporal.
Hoy se auguraba un cambio : nublados con cierta ventisca a primera hora.
Mi humor mejora considerablemente .
Me dispongo a calzarme unas zapatillas y darme una carrera para desengrasar este perezoso cuerpo …pero nooo,casi no ha caído una gota de agua.
( Temperaturas in extremis ,mentes fundidas y cuerpos derretidos)

PEDRO PARRINA

CASI, PERO NO…,
LAS INEVITABLES MOSCAS
Sentí un inmenso escalofrío, azulado, casi
escuché el zumbido de algunas moscas
-no todas las que estaban por venir-
en rededor del que pronto fuera
el cadáver de mi madre
-inevitables, acudían
para alimentarse-
pero no, aún
respirase.

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

La osadía de Alfonso
“Pepa se despertó perdida, cientos de fatídicas, a la par que indescifrables emociones la confundían. Tal había sido su actividad onírica, que hasta el edredón nórdico tenía las plumas de punta…”
―Mer, he escrito un relato en serio, sin contar chorradas, con una narrativa al nivel de los grandes, con metáforas y símiles sin par. Lo voy a presentar al tema de la semana de Cuatro Hojas y se van a cagar. Esta vez, me lo llevo, sí o sí.
―Tú estás muy tonto, Alfonso. Si no te votan publicando con tu estilo, ¿crees que eso va a cambiar porque intentes ponerte serio? Permíteme decirte que flipas en colores. Con historias dignas, ¿cuántos votos has conseguido hasta ahora?
―Uno en total.
―Mira, haz lo que te dé la real gana, mucho peor no te puede ir, la verdad.
―Pues, Mer, cariño, lo mando, hecho.
* * * * * * * * * * *
Cris, ante el espeluznante relato de Alfonso, decidió intervenir y envió un mensaje privado a los votantes habituales del grupo:
«Este mensaje se lo he mandado a José Armando, Irene, Sergio, Pedro A., Loli, Javier…, César, Jacinto, Linoska, Mar, Bea…, Asaph, Rodolfo, Eduardo… Solo os pido que leáis el relato de Alfonso. Es horripilante y, si le votarais por pena, el prestigio del grupo caería en picado. No os quiero obligar, pero os agradecería que fuerais objetivos. Perdón por la intromisión, ya sabéis que no soy así, pero las circunstancias obligan».
Gracias a la recomendación de Cris, y aunque solo fuera por curiosidad, el relato de Alfonso tuvo un número de lectores récord en el grupo.
“…el día estaba siendo para Pepa una vorágine de emociones, que la traspasaban cual protones en desbandada a la velocidad de la luz, según la fórmula de Einstein. Lo que más nublaba su ya de por sí opaco conocimiento, era esa típica sensación de estar rodeada por seres extraterrestres provenientes de un lejano planeta deshabitado…”
La reacción de los lectores, la mayoría escritores a su vez, fue casi unánime: «Menudo pedazo de bazofia, a este tío se le ha ido la olla definitivamente».
Vista la magnitud del despropósito literario, muchos pidieron la expulsión del grupo del desastroso juntaletras, otros se juraron no volver a leer ninguno de sus relatos y, algunos más, los de talante caritativo, decidieron hacer caso omiso a la publicación, como si jamás hubiera sido escrita.
Pero, fueron pasando los minutos y todo empezó a cambiar. La incredulidad y la indignación generales, tornaron en una creciente duda razonable. ¿Era posible que alguien, en su sano juicio, escribiera y presentara aquel horror? Quizá no, y menos un tío que siempre intentaba que sus relatos fuesen divertidos. La conclusión de buena parte de los integrantes del grupo, fue que Alfonso había utilizado una vía novedosa de transmitir su humor, ridiculizando a los escritores sin talento que se sirven de formas rebuscadas para tapar su falta de habilidad literaria. Nada más lejos de la realidad, el único interés de Alfonso era ganar el concurso.
En el recuento final de las votaciones, la emoción estaba servida. La igualdad entre César y Alfonso se mantuvo hasta el final. Cris publicó el resultado: Alfonso, 250 votos. César: 251. El ganador del tema de la semana es ¡¡¡César Bort!!!
―Mer, he vuelto a perder, aunque solo ha sido por un voto, y porque muchos han pensado que era un texto de humor. Ya me vale.
―No sé qué decirte, no he leído tu historia, me daba cosilla, por eso del cambio de estilo, pero sigue por ahí, te ha ido bien.
―Casi he estado por hacerlo, pero no. Zapatero a tus zapatos y que salga el sol por Antequera. «Tengo que llamar a Pedro A. Como no me haya votado, le retiro el saludo, oyes».
“…y, así, aquella temida noche, Pepa volvió a la cama, habiendo guardado sus terrores nocturnos en el armario ropero de cuatro cuerpos de pino gallego alistonado, junto a los gayumbos sin goma de Leocadio, y durmió en paz, como si fuese un río seco, sin corriente subyugadora. Lo que no sabía era, que jamás volvería a despertar junto a Leocadio. Se había marchado con la vecina del quinto izquierda”. FIN.

CARLOS TABOADA

ROLLITO
JM cortó con la tarjeta bp la coca del plato. Como si hubiera dibujado el mejor cuadro de la historia, se regocijó un tanto con las líneas paralelas, trazando completamente el diámetro de un plato para pizza mediana. En la porcelana oscura, se veían brillantes, exultantes, más efectivas que ninguna vacuna, con un poder sobrenatural que permitiría viajar a cualquier parte del mundo.
El muy idiota me ofreció una de aquellas infinitas líneas, y enseguida pensé en un cerebro esquilmado. Le dije que las cortara por la mitad —como si me fuera a meter algo de esa mierda. Ella también se lo dijo, aunque dejó claro que, si la dejaran, lo tiraría todo por el retrete —en alguna ocasión yo lo hice, pero no lo dije, claro. Su novia odiaba la basura blanca y no tardaría en largarle —lo intuía. Pero no hizo caso el tío. Pasó al siguiente nivel. Es decir, agachó la cabeza y esnifó. Entonces coloqué mi mano en la rodilla de su novia, y ella llevó la suya encima de la mía. El alcohol circulaba libremente por nuestro torrente sanguíneo, aunque traspasando semáforos en color verde. Eso significaba, por minutos, la consciencia de nuestros actos.
JM se la introdujo con ansia, si eso era posible. Antes, mucho antes, le habíamos amenazado con no ir a su entierro, y le enviaríamos una corona de flores con el texto: «¡Por gilipollas!» Pero no hizo ni caso. Acto seguido se fue al baño y deslizó el grifo de la ducha: supusimos que saldría de allí eufórico y en pelotas. Nosotros, algo acalorados, nos acercamos lo suficiente. Metí la mano por debajo de su camiseta de tirantes, y ella colocó la suya encima de mi entrepierna. Nos fuimos a la habitación pequeña, eché el pestillo y me bajé los pantalones. Ella ya se había despojado de todo. El agua de la ducha, contigua a la estancia, corría con alegría.
Después de una porción de minutos, abrí la ventana de la habitación. Desnudos, miramos desde el séptimo la calle Alcalá. Sólo fue un instante. El sudor resbalaba por la piel y el calor de afuera lo hervía. El chorro de la ducha continuaba y el preservativo, en el suelo, había adquirido otro color, tanto por fuera como por dentro. Nos reímos. Los dos estábamos atentos a todo, perfectamente congeniados. Ella cogió, de la mesita, un rollo de papel higiénico, arrancó un buen trozo y me lo pasó, y yo entonces envolví el profiláctico, froté una parte del papel en el suelo y lo fui a depositar en la mesita, donde ella ya había colocado otro trozo para envolver lo que yo había hecho. Así aquel rollito de verano no dejaría escapar nada. Perfectamente congeniados. ¿Ya lo he dicho?
Nos vestimos y esperamos en el salón a JM, con la mosca detrás de la oreja: «¿Estará bien?», nos preguntamos estúpidamente. Sentados, muertos de sed, vimos la botella de whisky sobre la mesa. Nos miramos. Renegamos de ella. Me acerqué a la cocina para coger una buena botella de agua. Pasé por la puerta del baño donde el chorro seguía circulando, y cuando iba a llamar y preguntar si estaba bien, el ruido del agua paró. Suspiré. Cogí una botella de litro y medio y me olvidé de los vasos. Ella le pegó un buen sorbo, casi hasta la mitad; yo hice lo mismo. La acabamos. JM, entonces, salió del baño.
Estaba desnudo. Su cola era más pequeña que la mía. Al mirarla, pensé que por mucho que engordara, no superaría mi tamaño. Fue un torpe pensamiento, lo sé, sobre todo porque tardé en reaccionar: JM lloraba. Su novia lo abrazó. Yo nunca había visto a un tío llorar así —ni a nadie. Se sentó en una silla. Sollozaba como la lluvia de una tormenta perfecta. Comenzó a escupir frases de culpabilidad. Tipo: Que si era un mierda. Que si no podía volar. Que si se había dejado el camión en casa. Que si la policía estaría abajo para esposarle. Que quién era yo, y qué hacía en su casa. Etc., etc. Después, al cabo de minutos insoportables, comenzó a babosear otro tipo de frases: Que si no había huevos de salir a la calle en pelotas, que la suya funcionaba mejor que la mía, que se había tirado a no sé cuántas mujeres, que mirara lo buena que estaba su novia, y quién cojones era yo, volvió a repetir. Casi estuve a punto. Casi la cagué. Casi. Fue entonces cuando le di a ella una larga y la deslumbré. Como antes, nos entendimos perfectamente: en cuanto JM perdiera la euforia, nosotros dos nos largaríamos para siempre.
Al día siguiente, tras un polvo más relajado, caímos en la cuenta: nos olvidamos del rollito de papel higiénico que dejamos en una de las habitaciones de la casa. Con cierta angustia, nos reímos, aunque inmediatamente soplé la ceniza sobre el asunto: la mía era una cuestión de peso.

FÉLIX MELÉNDEZ

Casi, pero no…
Dicen : A veces todos los astros se ponen a favor de alguien. Otras es al revés.
Los sueños también hay gente que los consideran presagios de un futuro cierto.
Lo que George nunca llegaría a imaginar por muchos años que viviera, era el cambio tan radical que daría su vida en muy pocos días.
Compraba todos los sábados un billete de primitiva, por probar suerte a medias con su hermano.
Él tenía una vieja ilusión, siempre decía » Si alguna vez soy millonario, voy a comprar un terreno grande y edificaré muchas casitas unifamiliares con vistas a una piscina en el centro de todas ellas «
Cómo había visto otras veces en los residenciales de algunas vacaciones.
Tenía escogido el lugar, visualizado su sueño. Sólo le faltaba el dinero para llevar a cabo un gran proyecto y hacerse más rico aún.
Su imaginación volaba, se figuraba el cuento de la lechera.¡Soñaba!
¡Pero claro, nunca tendría esa suerte, ni tanto dinero! Para gastar y cumplir su sueño.
El destino quiso darle una oportunidad y sin imaginarlo tan siquiera, le vinieron a las manos mil seiscientos millones de euros. De la noche a la mañana. Le tocó en el juego.
El corazón le bombeaba, y un nuevo miedo comenzó a acompañarlo, ¡Que iba hacer él, con tanto dinero!
Cuando iba por la calle, todo el tiempo mirando hacia atrás, en casa la daba miedo estar, pensaba que iban a entrar a por él. Se empezaba a presionar por todo.
Se enfadó con su hermano por repartir la mitad. Salieron a voces y malos tratos.
Su señora después de treinta años de matrimonio, no creía en sus inversiones. Se separó de él, con la otra mitad de la mitad.
Sus hijos no le miraban a la cara, sólo lo utilizaban para sacarle dinero, y pedirle antojos.
Construyó ciento cuarenta y seis casitas adosadas, toda una urbanización con vistas a las piscinas en el centro, pero surgieron diferentes problemas con el ayuntamiento de papeles, junto con otras historias y no vendió ni tan siquiera una de las casas.
Todo su mundo se le vino abajo, se quedó en la más austera miseria y se despertó llorando como una madalena del fatídico sueño, menos mal; todo había sido una terrible pesadilla, la angustia que sentía no la había sentido nunca.
Y las lágrimas rodaban por su mejilla de felicidad, al entender que solo era un sueño.
Aquel día comprendió, la realidad » para ser feliz, no es necesario tener tanto dinero «
Él era muy feliz antes del juego, pero no lo sabía realmente. Lo tenía todo lo importante.
Desde entonces casi, pero no…
Dejó de echar la primitiva, le cogió miedo a los cambios que pueden producirse en la vida.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Casi triunfa el amor, pero no.
Casi encuentro refugio, pero no.
Casi me atrapas el alma, pero no.
Casi llego a la cima, pero no.
Casi consigo mi meta, pero no.
Casi me divierto, pero no.
Casi llego a fin de mes, pero no.
Casi consigo fama y dinero, pero no.
Casi alcanzo mi propósito, pero no.
El mundo está lleno de casi, pero no. La manera en la que enfocamos nuestros propósitos y luchamos por ellos, por ende solemos conseguir los resultados que esperamos. El problema, muchas veces, reside en que nos creamos falsas expectativas. Esperamos más de muchas cosas que luego no llegan a llenarnos tanto como en un principio esperábamos. El miedo a la incertidumbre nos hace replantearnos muchas cosas y nos hace dar pasos atrás en objetivos que previamente nos habíamos marcado.
Casi, pero no.

CAZAPALABRAS

Casi, pero no.
Casi te hablo, pero no.
Casi me miras, pero no.
Casi te beso, pero no.
Casi me quieres, pero no.
Casi te olvido, pero no.
Casi me muero, pero no.
Mientras tanto, sigo viviendo con los síes.

RAQUEL LÓPEZ

Quedarte atrapada en un ascensor no es del todo agradable, me ocurrió subiendo a casa después de una jornada intensa de compras y miles de bolsas a mi alrededor y añadiéndole que necesitaba ir al baño urgentemente.
Al principio me agobié porque los sitios cerrados me dan pánico, inmediatamente pulse la alarma y escuche una voz al otro lado que me transmitió calma hasta que me dijo que debería esperar veinte minutos..¡ Veinte minutos! en ese momento casi me muero..casi pero no, intenté relajarme e imaginarme que vivía en una isla desierta y que tenía que sobrevivir.
No soy claustrofóbica pero al verme encerrada en un espacio tan pequeño empezaba a agobiarme. Ponerme histérica no conduce a nada solo para estresarme más.
Así que, me senté a esperar, al menos tenía provisiones en las bolsas.
Pasados los veinte minutos, abrieron el ascensor que se quedó entre el segundo y el tercer piso, fue una situación bastante embarazosa pero celebré el poder estar libre.
Desde entonces me pasé largo tiempo sin usar el ascensor, vivía en un tercer piso y la verdad que no estaba mal subir escaleras, era como tener gimnasio gratis….

IRENE ADLER

UNA HISTORIA DE AMOR
(O CASI)
Nací feo.
Pero tan feo, que del susto, a mí madre se le aflojaron los brazos y me arrojó, o me caí, (según quién lo cuente), desde una altura de catorce pisos, más o menos, porque nadie ha medido aún la altura exacta del Olimpo.
Una caída monumental, que me dejó cojo de por vida, además de feo. Osea que en mi caso, eso de tú te labras tu propio destino, no se dio. Lo mío fue determinismo puro y duro en sentido literal y desde la infancia. «Escóndeme al niño Zeus, que me entra depresión post parto sólo con verlo. Y enséñale un oficio: en la Morgue, en el Hades, en la Estigia, un sitio así. Oscuro. Bueno, en penumbra, que es más políticamente correcto. Mejor, que se haga artista, como el francés ése, cojo y contrahecho, ¿cómo se llamaba? ya sé, Tulus Lotrec. Pero que no nos salga tan putero. O sí. O casi… Da igual. Tú escóndemelo, o llamo a Saturno por Skype, y a ver qué tiene de cena…»
En fin, que los dioses también lloran. Y mi abuelo paterno era un tragaldabas. Y Hera, mi santa madre, un sargento furriel. Y mi padre un calzonazos. Y Walt Disney un memo, por hacernos creer que la belleza está en el interior. Espero que se le derrita el hielo de su puñetero ataúd criogénico a la misma velocidad que se derriten los casquetes polares, y el muy capullo se arrugue como una uva pasa. Por mentiroso.
Así que después de mucho bulin y mucho mobin, (el Olimpo es como un instituto de peli americana), encontré mi camino: me hice diseñador de joyas para Cartier, especializado en tiaras reales. La de testas coronadas que he adornado en estos años. Si de algo sabemos los feos, es de belleza. La tiara del Corsario, la de los Siete Camafeos y la tiara Flor de Lis, las diseñé yo, con pseudónimo.
Por mi trescientos dieciocho cumpleaños, mi padre me regaló una esposa, en dudosa compensación por vaya usted a saber qué otros agravios. Yo, personalmente, habría preferido un Maserati. Cómo buen mujeriego, Zeus no entendía mi recalcitrante soledad ni el tranquilo conformismo de adornar cabezas de féminas ajenas más altas que yo, sin interesarme jamás por lo que ofrecía el resto de su anatomía. Para los hombres como mi padre, la cabeza siempre resultó superficial, un atributo añadido. Quizá por éso me quería: no es que no me viera feo, es que no me veía.
La mujer en cuestión, resultó ser Afrodita, la bella entre las bellas. Deliciosa, casquivana, soberanamente tonta. La Reina de Instagram y de los selfies. El sueño húmedo de cualquier dentista. Rubia y despampanante. ¿Y quién era yo para rehusar enamorarme? ¿Acaso no la amaban todos? Yo caí rendido y obcecado, el primer día que con su vocecita aflautada, me dijo: «Festi, Festi, camaroncito, hazme una joya. O dos». Y yo dejé mi empleo en Cartier, me apunté al Inem, empecé a cobrar el paro y me dediqué en medio cuerpo pero con toda el alma, a fabricar colgantes, guardapelos, broches, dijes, pulseras (la Pandora la inventé yo), horquillas para el pelo, lo que mi Ditta quisiera. Cada vez que ella me llamaba Festi, la fragua ardía y no había filigrana de titanio que se me resistiera. La convertí en la diosa de Instagram. La influencer de joyería mejor pagada. El Sursum Corda de las fiestas de Ibiza. Y tarde entiendo que me habría salido más barato y menos doloroso, mantener un Maserati.
Hasta que llegó la crisis energética, y mi subsidio no alcanzaba para pagar las facturas de la fragua. Le sugerí a Ditta que compartiéramos los gastos de la vida y de la casa, pero el nuestro no era un matrimonio en régimen de gananciales, y ella tenía sus cuentas a salvo en Andorra aconsejada por unos cuántos amigos gamers y youtubers. Que el Amor y la Justicia serán ciegos, pero la Economía se parece mucho al pavo real de Hera, ése que tiene cien ojos.
Para entonces ya estaban las casas reales europeas de demodé o en decadencia; Cartier se había declarado en suspensión de pagos y en el INEM no me atendían el teléfono.
Se acabó el amor a la par que el subsidio, y Ditta tonteaba por entonces con Ares, el cachas del Olimpo, igual de tonto que ella, obsesionado con los productos eco, bio, sin gluten, sin azúcar, sin sabor, sin gracia.
Supe que ya no me quería cuando empezó a pedir la Tanqueray 00, aquello fue revelador, doloroso y definitivo.
Supe que había dejado de quererla yo, cuando entre mohines de disgusto y lágrimas de emoción suprarrenales, me dijo que había escasez de hielo en el mundo porque estaba agotado en el Mercadona. Y lloraba por el hielo y por el mundo. Y yo, en un arranque a lo Rhett Butler, respondí: Querida, mete agua en el congelador y luego espera, que los cubitos de hielo no vienen de Ucrania.
Y me fui, cojeando y sonriente como lo que era: otro cornudo feliz.
Más feliz que cornudo.
Casi llegué a creer en el amor, lo reconozco.
Casi…
Pero no.

EFRAIN DÍAZ

Muchos aseguran que la rutina mata. Pero por otro lado, le temen a los desconocido y se anclan en la maldita y mortal rutina.
Corría el año 1994. A sus veinticuatro años Johnny era soltero. Quien lo llamara Juan o Juanito, podía darse por muerto. Excepto para asuntos oficiales, que de ordinario eran gubernamentales o judiciales, era simplemente Johnny.
Johnny había tenido unas cuantas novias, pero llevaba meses con una sequía a cuestas. No se levantaba ni un maricón. A falta de una buena hembra donde descargar sus energías y sus desenfrenadas pasiones, arte que aprendió con Millie, recurría a la masturbación unas cuatro veces por semana. Había obtenido una membresía de una popular página pornográfica porque le costaba menos que la compra de revistas semanales.
Ante la falta de mujeres, Johnny se había refugiado en sus amigos. Eran los «usual suspects». Los mismos amigos que iban a la misma discoteca, los mismos días de la semana, tomaban los mismos tragos y se comían los mismos sandwiches de bistec de madrugada en el estacionamiento de un conocido supermercado en la zona turística de Isla Verde. La rutina no variaba y Johnny ya se estaba cansando de los mismos amigos, de la misma página pornográfica y de la misma mano fiel. Ansiaba un cambio.
Un buen día lo llamó Laura, la esposa de Javier, uno de sus amigos.
-¿Estás saliendo con alguien? preguntó Laura.
-Con los mismos huele bichos de siempre- le contestó Johnny.
-Perfecto- le contestó Laura- te propongo una cita a ciegas con una amiga.
-¿Como que una cita a ciegas? ¿Estaremos con los ojos vendados toda la noche?
-No pendejo. Una cita a ciegas es una cita con alguien que no conoces. La recoges o se encuentran en algún lugar y se conocen.
-Ohh.
-Mi amiga es muy guapa y muy inteligente. Te va a encantar. Aunque es como cuatro años mayor que tú, pero no hará diferencia. Se llama Wilwinda, pero todo el mundo le dice Windy. Acaba de terminar su maestría y va por su doctorado. Es la ayudante ejecutiva del presidente de una compañía multinacional.
Eso de ayudante ejecutiva del presidente de una compañía multinacional, le sonó a Johnny como una chillería. Algo más que un simple puesto clerical o puesto clerical con privilegios.
-¿Y cómo hacemos? Preguntó Johnny
-Ya le hablé de ti. Me dijo que te diera su número. La llamas y cuadran los detalles.
Laura procedió a darle el número de Wilwinda y colgaron.
Wilwinda, que nombre puñeteramente feo, pensó Johnny. Sin duda Windi lo mejoraba. Atenuaba la fealdad, pero aún así, Johnny no dejó de pensar en su verdadero nombre y dudó de su belleza. Por lo que decidió llamar a Javier.
-Manito, me acaba de llamar Laura y…- fue interrumpido por Javier.
-Si. Es para un «blind date» con Windi. No te comas la mierda. La cabrona está buenísima. Si yo no estuviera con Laura, ya estuviéramos follando.
-¿Tan así? Preguntó Johnny.
-Si, brother. Llámala y no comas mierda. Se acaba de dejar del novio, un reconocido abogado y esa entrepierna debe estar salivando.
-Ok. Gracias por la info.
Ya tenía dos confirmaciones de que Wendi era guapa, muy guapa. Pero temió de que la capacidad intelectual de Wendi excediera la suya por mucho. Cosa que era cierta. Mientras Wendi perseguía un doctorado, Johnny apenas había terminado un bachillerato, en una universidad de segunda, raspa cumlaude y que le garantizaba parar en las filas del desempleo más temprano que tarde. Aún así, no se amilanó. Era guapa, muy guapa y eso lo estimulaba. Ya estaba cansado de los mismos amigos, la misma discoteca, el mismo trago, el mismo sandwich, la misma página pornográfica y la misma mano fiel. Optó por llamar a Windi.
-Hello- contestó Wendi con una voz dulce, angelical.
-Hello, soy Johnny. Te llamo de parte de…- fue abruptamente interrumpido por Windi.
-Hola Juan. Estaba esperando tu llamada. ¿Cómo estás?
Al escuchar el nombre de Juan, los demonios internos de Johnny se revolcaron. Odiaba el Juan. Comenzaron a bailar la danza de la guerra y un buche de ira le subió a Johnny por el esófago.
-Hello. Estás ahí? Preguntó Windi.
-Si. Perdona. Es que no estoy acostumbrado a que me llamen Juan. Podrías llamarme Johnny?
-Si Juan. Por supuesto, digo Johnny. Perdona.
Johnny tapó el auricular del teléfono y respiró hondo para calmar a sus demonios internos.
-Estoy bien, Windi. Gracias. Como te iba diciendo, te llamo de parte de Laura, que ha mostrado interés en que nos conozcamos.
Mientras hablaba con Windi, Johnny hacía un esfuerzo sobrehumano para rebuscar en su cerebro las palabras adecuadas. No podía hablarle a Windi, una candidata a doctorado con el mismo vocabulario ni de la misma forma que le hablaba a sus amigos.
-Si. Tengo disponible el viernes por la noche y el sábado. ¿Qué día se te hace más fácil? Preguntó Windi.
-Mejor el sábado. Trabajo viernes y tendré una jornada pesada. Puedo pasar por ti en tu casa el sábado a las ocho de la noche. ¿Qué te parece?
-Me parece perfecto- contestó Windi- te paso mi dirección por mensaje de texto.
Así las cosas, colgaron. Era miércoles y Johnny no tenía encima ni un dólar. Tenía lo que quedaba del miércoles, jueves, viernes y sábado al mediodía para lavar todos los carros y hacer todos los patios que pudiera para conseguir algo de dinero. El sábado por la tarde lo utilizaría para lavar, brillar y limpiar su carro, un Corolla viejito, pero muy bien mantenido. Lo quería como verga pa’ novia.
Llegado el sábado a mediodía, Johnny había lavado cuatro carros y había hecho tres patios para un gran total de $95.00. Con una mujer como Windi, que su ex-novio era un reputado abogado, esa cantidad daba para un aperitivo en Marmalade, pues tenía que guardar dinero para el estacionamiento. Decidió ir donde su abuela. Su abuela siempre lo consentía. Incondicional. Como el imbécil de anuel, real hasta la muerte. Después de un cuento triste, la abuela le soltó cien dólares. Johnny estaba más contento que un maricón con dos culos. Jamás había visto tanto dinero junto. Se fue a lavar su carro.
Al terminar con su carro, que para no exagerar, le brilló hasta las tuercas de la tapa del baúl, fue a acicalarse. Decidió afeitarse sus partes íntimas por si acaso a Windi se le antojaba una noche lujuriosa. Aunque $195.00 no serían suficientes para despertar en Windi deseo sexual alguno.
Windi vivía monte adentro. En una carretera rural por Vega Alta. Luego de una buena perdida y preguntar a varios locales que lo botaban pal carajo solo pa joder, llegó a la casa de Windi.
Windi lo estaba esperando. Tan pronto Johnny se bajó del carro, Windi salió. Lo primero que miró fue el carro. En su vida se había montado en un Corrolla con cuatro aros momo y los focos delanteros subiendo y bajando. Dudó si montarse, pero recordó que Laura le había dicho que Johnny era un tipo estupendo.
Johnny la miró y quedó prendado. Windi era mucho más hermosa de lo que le habían dicho. Su nombre no le hacía los honores. Era realmente hermosa. De rostro angelical y cuerpo de guitarra clásica, era mucha mujer para él, pensó Johnny. Era la mujer más hermosa con la que había salido y sintió canilleras. Tragó gordo ante tal monumento y casi tartamudeando, se presentó.
Luego de las presentaciones de rigor, Windi le pidió que se marcharan. A Johnny le pareció extraño que no le invitara a pasar a la casa y presentarle a sus padres. No sabía que Windi, al ver el carro, prefirió marcharse en cuanto antes.
Ya con el vehículo en marcha, Johnny tenía el radio en Alfa Rock. Lo tenía en un volumen adecuado para poder hablar sin tener que alzar la voz y a la vez se podía distinguir la melodía que sonaba.
-Entonces eres ayudante ejecutiva del presidente de una empresa multinacional? Preguntó Johnny para romper el hielo.
-Si, pero espero no estar ahí mucho tiempo mas. Tan pronto termine mi doctorado en psicología industrial, abriré mi propia oficina y me iré por mi cuenta. Y tu?
-Pues yo recién terminé mi bachillerato en contabilidad, con una concentración en finanzas. Me ofrecieron trabajo en una casa de corretaje, pero decliné porque voy a estudiar derecho. Tengo un mejor futuro como «tax attorney» que como corredor de bolsa- mintió Johnny. Estaba tan acostumbrado a mentir para sabrevivir, que las mentiras se le daban de maravilla.
-Que bien Johnny. De seguro tendrás un futuro brillante. De casualidad tienes música de Arjona? Yo solo escucho música de Arjona- dijo Windi en tono altivo.
Johnny no tenía ni puta idea de quien era Arjona, pero tampoco quería lucir como un ignorante.
-No tengo música de Arjona todavía. No he tenido tiempo de ir a comprar su música, pero en el baúl tengo una caja de cd’s de 100. De seguro encuentras algo que te guste- y le dio el control remoto del «cd player».
Windi comenzó a buscar cd por cd. Todos eran de salsa. Desde salsa gorda hasta salsa romántica. Cuando llegó a un cd del Gallito de Manatí, que tuvo que incluir Johnny para rellenar la caja, desistió y apagó el radio.
-Has viajado?- preguntó Windi en un intento de entablar conversación- mis destinos favoritos son Manhattan y París, aunque Florencia no está nada mal.
-Yo también he ido a New York. Tengo familia en el Bronx y antes viajaba a menudo para verlos. También me gusta Santo Domingo, beber Preisdente y bailar bachata.
Windi hizo una mueca de desaprobación. Johnny se dio cuenta y recordó que tenía que disimular sus orígenes y su él. Tenía que convertirse en otra persona, en una persona que no era, si quería mantenerse a flote con Windi.
-A donde vamos? Preguntó Windi.
-Vamos al Viejo San Juan. Allí hay variedad de lugares que podemos visitar y compartir.
Windi dudó, pero guardó silencio. continuaron hablando de otros temas hasta que llegaron al Viejo San Juan. Johnny buscaba un estacionamiento en la calle. Tenía solo $195.00 y no podía permitirse pagar Doña Fela o el del lado, que cambia de nombre y de dueño todos los meses.
Al ver que no había estacionamiento en la calle, optó por La Puntilla, que era más económico, pero más lejos. Se bajaron y comenzaron a caminar hacia la civilización.
-Quieres ir a La Yarda? Preguntó Johnny.
-No, gracias. No tomo cerveza.
-Bueno, podemos ir a Nono’s.
-No puedo ir ahí. Mi ex-novio se pasa ahí y no quiero verlo.
-Pues, vamos a Hard Rock Café.
-También frecuenta ese lugar.
-Pues vamos a Violeta. El piano bar es fenomenal.
-No puedo. Es de sus lugares favoritos.
-Pues vamos a Maria’s, que está a unos pasos de Violeta.
-También va ahí. Lo siento.
-Que es? que el muy cabrón no puede quedarse quieto en un fucking lugar? dijo airado Johnny. Luego se arrepintió.
-Pues es donde solíamos venir como pareja. ¿Que quieres que te diga?
-¿Hay algún lugar en el Viejo San Juan a donde puedas ir?
-No se. Escoge tu. Tu fuiste el que me sacó de mi casa. Acaso no tienes iniciativa?
Bella, muy bella pero bicha. Bicha no, bichísima.
-Voy a comprar un black label con perrier, quieres uno?
-Si, por favor.
Johnny se metió en una barra de mala muerte y salió con dos Black Labels con perrier en vasos plásticos de 8 onzas.
-Ven, tengo una idea- le dijo Johnny.
Caminaron hasta un callejón oscuro y solitario que tenía unos muros en la acera. Con un gesto de mano, Johnny invitó a Windi a tomar asiento. Windi lo miró con cara de extrañeza.
-No me digas que tu ex-novio también frecuenta este callejón y estos dos muros.
-Pues no- dijo Windi indignada- no tenías que ponerte así.
-A todos los lugares que te mencioné, no podías ir. Cuando te pedí que me dijeras uno que pudieras ir, me dijiste que no tenía iniciativa. No me dejaste alternativa. Apuesto a que aquí no viene tu ex.
-¿Sabes que, Johnny? Esto no está funcionando.
-Al fin estamos de acuerdo en algo. Esto no está funcionando. Creo que mejor te llevo a tu casa y lo dejamos ahí.
Windi estaba indignada. Johnny comenzó a caminar a su Corolla y Windi lo siguió furiosa. Se montaron en el carro y Johnny comenzó a manejar hacia Vega Alta. No cruzaron palabra en todo el camino. A medio camino Johnny sintió ganas de desquitarse. Llamó a Tato.
-Hey Tato, por donde andan?
-Ya sabes, lo mismo de siempre. Peggy Sue.
-Ok. Espérenme. Estoy llevando a una “cita” a su casa y caigo en Peggy.
Al escuchar Peggy Sue, a Windi le brillaron los ojos.
-Peggy Sue? Ahí puedo ir. Mi ex-novio no frecuenta ese lugar.
-Lo siento. No estoy de humor para ti. Vas derechito para tu casa. Si quieres ir a Peggy Sue, vas por tu cuenta.
Llegaron a la casa y Johnny ni siquiera se bajó para caminarla hasta la puerta. Antes de que ella abriera la puerta de su casa, dio riversa y se fue a toda velocidad.
Fue casi casi una buena cita, pero no.
Johnny volvió a los mismos amigos, la misma discoteca, el mismo trago, el mismo sandwich de bistec, la misma página porno y la misma mano fiel.
Muchos aseguran que la rutina mata. Pero por otro lado, le temen a los desconocido y se anclan en la maldita y mortal rutina.

EL FARO

“Estás fuera de mí; alienado de mi país de cocina chica y comedor grande, exiliado de las ternuras cotidianas.
Y en la taza solitaria del desayuno humea ese café que me compraste.
Recuerdas?
Me he empequeñecido.
Casi…
Estoy intentando remontar los barriletes que fuimos juntando para alegrar la vida. Estaban amontonados en el cuartito de los primeros besos. Descoloridos.
Ahí suben..Ya se ven altos.. llegan.
Los ves?
Estás soplando?
Necesito que consideres que los he recuperado, que en este cielo de certezas cruzan cometas fallidos e ignorantes.
Que pudimos haber sido..
Casi.. casi..pero no fuimos.

EDUARDO VALENZUELA JARA

Recibí la invitación de Cris y comencé a fraguar un texto en mi cabeza. Mentalmente ensayé la historia. Me pregunté ¿Cuál será la voz narrativa? ¿El narrador conocerá en profundidad los pensamientos de los personajes o solo describirá los hechos? ¿Cuál será la estructura?
Me sentí inspirado. En un trance las musas me susurraron todo el relato a la perfección. El comienzo era adictivo, los diálogos más grandes que la vida misma y el climax… El climax era fabuloso.
Esperé con ansias el momento del día para sentarme a transcribir, como un medium, todo lo que tenía dando vueltas en mi cerebro.
Finalmente, frente a la hoja en blanco, casi sabía exactamente cómo llenarla. Casi todo lo que imaginé quedaría en el papel. Casi, pero no.

NORA GUEVARA

SER DE LA POBLA
Caminar por la calle con un cuchillo en la mochila es algo más que normal en la población La Victoria. Una población que nació como una toma de terrenos en la periferia de Santiago de Chile, allá, por los años 70.
Las chicas de bien aquí no existen. Acá estamos las pulentas, las choras, las que se defienden con sus propias manos, uñas y garras en las calles, porque no tenemos quién nos pague un uber para salir de la casa o llegar tarde. ¡Apenas nos da para comer y nos va a dar para un uber!
Así son las cosas en la pobla. Sales de mañana, oscuro, temblando de frío, pensando que hoy puede que no vuelvas y, si las cosas te van bien, que vas a llegar enterita, con todas tus cosas y los calzones bien puestos. Las cosas para nosotras nunca serán iguales a las de mocosas del barrio alto, esas a las que les tengo ganas, sangre en el ojo, como se dice, porque cuando me ven pasar me miran de arriba pa abajo, como si fuera pájaro raro. A las flacuchas a las rucias, muchas teñías y bulímicas, no les gustamos las morenas gordas, que nos ponemos zapatos viejos y pantalones repetíos, sin marca. A nosotras no nos gustan las rucias, a mí me dan arcás cuando las veo, porque se creen superiores y me dan asco, y me dan asco porque yo les doy asco.
No sé cuándo se le ocurrió a mi mamá, que es nana en el barrio alto, aceptar la oferta de la señora de la casa, que le dijo que yo podía ir a la escuela con sus crías, porque quería darme la oportunidad de una vida mejor. No sé cuándo a la señora se le dio de hacerse la santa, como si ir con sus hijas a la escuela me hiciera mejor persona, como si por respirar el aire que respiran sus chiquillas y sentarme donde ellas se sientan, me hiciera ser igual que ellas.
Una vida mejor tenía cuando no sabía que era una rota desclasada, cuando no sabía que no sabía na, cuando no sabía que hay escuelas en que un profe trabaja con 10 críos estiraos con apellíos raros, que ni puedo pronunciar y que, cuando a mí me nombran, se retuercen de la risa. Mi mamá no se imagina que mi vida no es mejor en los recreos, porque los paso sola, en una esquina del patio, mirando los árboles, los pájaros, el cielo limpio, los prados tan bonitos que tienen pal recreo y miro con harta pena porque acá en la pobla ni plaza tenemos.
Pucha que es penca la vida cuando te dai cuenta que no tení nad y que hay cualquier cantidá de críos emperifollaos a los que les dan todo y que lo único que se les ocurre es drogarse, cortarse las piernas, las muñecas y vomitar. Esos críos no tienen idea lo que es andar con un cuchillo en la cartera, una coraplumas en el bolsillo, unas pocas monedas pa la micro. No tienen idea que yo sé lo que es ser pobre y que me da rabia por todas las rotas como yo mirarlas pavonearse con la ropa de marca que lucen diferente cada día o cuando las veo tomarse un café s starbruks en el recreo, un café que cuesta más de lo que me consigo pa la micro, que cuesta más que mi cuaderno, que cuesta más que una hora de trabajo de mimami. Por esto me da vergüenza, pena y rabia mirarlas.
Qué vida mejor puedo tener si no entiendo nada de lo que hablan los profes en la clase y que sé que nunca voy a entenderlo porque en mi casa nadie puede explicarme nada porque nadie sabe ná. A esos cabros, si no pescan en las clases les pagan un profe pa que les enseñe. Esos cabros viajan fuera ce Chile y hablan re bonito el inglés, esos cabros saben dónde están los gringos, los vikingos, los franceses en el mapa, saben dónde está la torre no sé cuál y el puente de no sé quién, porque han estado allí. Yo, que apenas salgo de la pobla, trato de memorizar nombres y datos de lugares en los que nunca he estado, porque soy re pobre.
En la pobla los feriantes, los lanza internacionales y los traficantes son los que viajan. En una de esas, mejor me lío con un traficante y me suben las notas en inglés, en historia y geografía y capaz que me tiña el pelo y me compre ropa de marca, para ser más pará de raja y mirarlas de frente aunque tengo clarito que casi puedo parecerme a ellas, pero, de todas formas, hay un abismo entre nosotras, porque yo voy a seguir caminando con un cuchillo en la mochila por las calles, porque en la pobla hay que ser chora para que te respeten y sobrevivir.
El glosario está en comentarios, más abajo, elaborado con sumo talento por el amable Eduardo Valenzuela Jara.

MARÍA GALERNA

Cuenta atrás
Lo haré. Tengo todo preparado. Han sido meses planeándolo y el momento idóneo se acerca.
La ropa, negra, para pasar desapercibido y los útiles necesarios para conseguir el objetivo…
Repaso el plan, los mapas, el itinerario. Elijo la ruta, también otras alternativas por si algo falla, y el tiempo que me llevará la realización. Todo calculado al milímetro. Todo medido al segundo.
Veo unos tutoriales en Youtube -ya se sabe que hay para todo y para todos- y entonces… veo las consecuencias que pueden tener mis actos. Recapacito. Y pienso que no, que no debo hacerlo. Yo no soy así…
Casi me hago runner.
Casi, pero no. ¡Ufff!
(Todo para Wallapop. A estrenar)

CESAR BORT

Sentado en una piedra a la orilla del lago, el guerrero remendaba la casaca de cuero desgarrada en la última refriega. Había ido de poco, se había salvado por los pelos. Nada de lo que asombrarse, lo acostumbrado. Desde que su cabeza tenía precio, las emboscadas eran frecuentes. Los caza recompensas tenían un olfato muy fino y una obstinación encomiable. Se encogió de hombros, se pinchó un dedo, blasfemó y se volvió a concentrar en la tarea. «El día menos pensado, lo consiguen», pensó sin alterarse ni entristecerse. Sonrió y miró a la otra orilla. Un bosque de pinos subía la ladera de la montaña, al otro lado se encontraba la frontera. Sabía que cruzarla no representaba ninguna seguridad, los mercenarios son parte del capital y, como él, no entienden ni se ciñen a cotos ni lindes.
«Ya está», se dijo. Observó el zurcido, estiró el cuero para cerciorarse de que había realizado un buen trabajo, se levantó, se colgó el tahalí, se acomodó la espada, se puso la casaca, recogió el sombrero de copa redonda y ala ancha, se lo encasquetó, se calzó los guantes, se rizó el bigote y empezó a rodear el lago.
La pendiente no era muy pronunciada, aunque las hojas de pino que alfombraban el terreno hacían que las botas barrocas de suela lisa patinasen. Por suerte, el repertorio de reniegos del soldado dio para todos y cada uno de los resbalones. Llegó a la cima y observó el paisaje con la mirada práctica de los guerreros; alejada de cualquier acusación de poeta. Entornó los ojos para intuir mejor la presencia del enemigo en el desfiladero que tenía que cruzar. Se sentó a comer carne salada y a esperar que cayera la noche, confiando en que fueran perros de presa y no gatos quiénes lo aguardaban.
Como antes de cada batalla, meó, cagó, se subió las solapas de la guerrera, desenvainó la espada y la daga, y enfiló el camino hacia el degolladero con la determinación del que no le teme a la muerte ni, tampoco, a los avatares de la vida. «¿Cuántos serán esta vez?», se preguntó más por curiosidad que por desasosiego.
Ocho. Cuatro le impedían avanzar y cuatro retroceder. Se puso de perfil, apuntando a unos con la espada y a otros con la daga. Bravateó:
―Vaya, y yo que pensaba divertirme esta noche, pero con vosotros no tengo ni para empezar.
Los sicarios iban a replicar, pero no les dio tiempo. El guerrero atacó a los que le cerraban el paso, convencido de que siempre es mejor abrir brecha y avanzar que probar a huir para intentar salvar el pellejo.
«Zas, zas, zas, zas, zas, zas». Dio seis estocadas y le hubieran sobrado dos. Le habría bastado con las del cuello, con la del vientre, con la del ojo.
«Pipiolos», pensó y tenía razones para hacerlo, pues él era un tercio bregado, curtido, mal pagado y ellos «unos mierdas que luchan por dinero», sonrió desclavando la daga de la cuenca vacía.
Se giró para encarar a los otros cuatro. Los retó:
―Me sobran manos…
Guardó la daga y escondió el brazo izquierdo en la espalda.
Los mercenarios tragaron saliva y uno preguntó:
―¿Solo lucharás con una mano?
El guerrero hizo media reverencia y dijo:
―Lo prometo.
Se miraron, sonrieron, gritaron, atacaron.
El tercio esperó, se rizó el bigote, espero, se ajustó el guante con los dientes, esperó, escupió, esperó, sonrió. Se abalanzó contra el enemigo, sacó la izquierda de la espalda, desenfundó la daga, se la clavó al primero en la cara y, luego… «Zas, zas, zas». Al último lo mató cuando ya huía.
Registró a los muertos, les vació las bolsas. Uno aún vivía.
―Lo prometiste…
El soldado se encogió de hombros y se excusó:
―He matado a un rey, he cometido la mayor traición de este mundo y del otro. ¿Eres tan imbécil como para pensar que cumpliría la promesa hecha a unos asesinos?
―Hideputa…
El tercio, más triste que orgulloso, más melancólico que fanfarrón, respondió:
―Casi…, pero no. Solo soy un malnacido.

JAVIER GARCÍA HOYOS

EL CUERNO DE ORO
Cada cañonazo que Mehmet II ordenaba contra los muros de Bizancio, era como un golpe al espíritu de cada hombre, mujer, o niño. Los muros que desde antaño jamás fueron dañados eran ahora, poco a poco, convertidos en escombros que debían ser repuestos con premura.
Iñigo de Lezea no daba crédito a aquel infernal espectáculo. Cada día que pasaba en aquel asedio se preguntaba qué horrible locura le había llevado a seguir a su amigo Alonso de Pineda a ese lugar. Hacía varios días que habían decidido trasladarse al Cuerno de Oro para alejarse de aquel lastimoso ruido que provocaban los enormes cañones que el sultán había traído. Sentados en la orilla del Bosforo, junto a la enorme cadena que cruzaba desde Estambul hasta el Gálata, miraban el mar, el único pozo de tranquilidad que encontraban en Constantinopla.
—Alonso, ya no queda esperanza en esta tierra. La gente reza porque no tiene fe en su rey. Constantino ha sido abandonado a su suerte, y nosotros con él.
—Tranquilo, mi buen amigo —respondió Alonso —. He oído rumores provenientes de la corte asegurando que, más pronto que tarde, una gran flota construida por venecianos y genoveses llegará para ofrecernos su ayuda. Ambos veremos mejores días para esta ciudad.
—¿A quién habéis oído hablar así? ¿A Don Francisco de Toledo?
Alonso asintió.
—Ese hombre asegura estar emparentado con los comennos. Pero en realidad, nadie está seguro de cuál es su origen. ¿Por qué fiarnos de él?
—Pues yo confío en él, además, dice que el propio Jorge Sfrantzes se lo ha corroborado
Iñigo soltó una enorme carcajada:
—Claro, como no, y a él el propio emperador quien ha recibido la noticia gracias a los pájaros, que son los únicos que entran en Constantinopla sin permiso de los otomanos.
Alonso se puso en pie enrojecido. La ira por los comentarios agoreros de su viejo amigo habían colmado su paciencia. Y fue en ese preciso instante cuando lo vio.
A lo lejos, surgiendo del horizonte, tres grandes navíos genoveses surcaban el mar hacia donde ellos se encontraban. Por detrás, un pequeño barco de transporte bizantino les acompañaba.
—¡Mirad! —gritó Alonso —Mirad, llegan nuestros salvadores.
Iñigo se levantó también junto a su amigo. Eran pocos, pero puede que tras ellos llegasen más. De inmediato, se comenzaron a oír gritos y vítores de los ciudadanos de Constantinopla. Las gentes se abrazaban, lloraban y reían.
En su interior, Iñigo sintió un punzón, una extraña sensación que le provocaba un mal presentimiento. Miró hacia el puerto en el que estaba atracada la flota otomana. Allí, al galope, había llegado el mismísimo Sultán. De inmediato, los barcos otomanos, impulsados por remos, salieron en busca de los cristianos. Los cientocincuenta barcos se lanzaron a la caza. Sin embargo, los cuatro navíos era apremiados con fuerza por el viento para escapar a sus captores. Cerca ya de la cadena que se extendía por el agua para impedir el paso por mar de las indeseadas visitas, los tripulantes, se veían ya en puerto seguro. Iñigo, reacio al principio a creer que enviasen ayuda al emperador, gritaba contagiado de la alegría de todo el que allí se encontraba.
Pero la alegría de Iñigo se tornó en sorpresa. Las velas de los navios se deshincharon. Los barcos se frenaron. El viento había dejado de soplar. Los otomanos remaban con fuerza y lanzaban sus garfios contra los galeones tirando de ellos para tratar de hacerlos zozobrar. Lanzaban antorchas para provocar fuego y quemar las velas.
Mehmet II arengaba a sus hombres y les amenazaba con la muerte si no conseguían vencer. Los inmóviles barcos se entregaban a una lucha sin cuartel. Minuto a minuto, hora tras hora, las fuerzas de los cristianos se empezaban a doblegar.
Los bizantinos, desesperados por ver tan cercana su ansiada ayuda, y a la vez tan lejana, eran conscientes de que pronto anochecería. Todos sabían lo que ocurriría entonces: Las corrientes arrastrarían los barcos cristianos hacia tierra otomana. Todo estaba perdido. Casi lo habían conseguido, casi, pensó Iñigo, pero un casi es simplemente, una nada.
El sol se ocultaba ya, las estrellas empezaban a verse en el cielo. Iñigo se empezó a apartar de la multitud que se agolpaba en la orilla, no quería ver el horrible final que les esperaba. Apesadumbrado, bajó su vista al suelo. Concentró su mirada en una pequeña hoja de árbol caída. Pensó en lo indiferente que parecía ante la barbarie que ocurría a su espalda. De pronto la hoja se movió, recorrió con rapidez un par de metros. Contuvo la respiración. ¡Aire, el aire se movía!
Corrió hacia la Alonso que aún se encontraba con el gentío que, de nuevo, gritaba eufórica. Al llegar a la altura de su amigo contempló las velas hinchadas de los cuatro galeones. El viento las empujaba de nuevo con fuerza y las alejaba con rapidez de sus enemigos. Cuando consiguieron entrar en el Cuerno de Oro se oyó un fuerte rechinar, la cadena se volvía a tensar tras el paso de los cuatro barcos, impidiendo el acceso de los otomanos.
Iñigo agudizó su vista hacia el lugar donde aun se encontraba el Sultán. Sonrió. Casi pero no, volvió a pensar. Aunque en su interior, sabía que de alguna manera, aquel hombre conseguiría su meta. Pero, al menos, no sería aquel día.
FIN

ALMUT KREUSCH HOFFMANN

Aquel dolor de pecho no era comparable con los que sufrí antes. Por suerte me encontré ingresado en el hospital donde me iban hacer un chequeo.
Todo sucedió muy rápido: el dolor abrasador dentro de mi pecho, los gritos de mi mujer, el médico y las enfermeras, el golpe en el esternón.
—¡Tranquilo Gervasio, respira, te vas a poner bien!—, mientras empujaban corriendo mi cama por los pasillos. Pero podía ver en sus rostros que nada iba bien. Las gotas frías de mi sudor me hacían temblar, una nube negra se posó sobre mi mente, podía escuchar todo pero como a través de una gruesa cortina de terciopelo.
–¡ De prisa antes de que se pare otra vez!
A juzgar por los pitidos sabía que habíamos llegado a la unidad de cuidados intensivos. Pinchazos en brazos y piernas, fluidos mezclándose con mi sangre. Solo entendí «morfina».
De vez en se asomaba una cara:
—¿Cómo te encuentres? —
–¿Te duele? No te asustes de tanto aparato, dentro de poco te sentirás como nuevo.
Quise decirles que cuidaran a mi mujer, tranquilizarla, pero la morfina ya había hecho efecto y no fui capaz de articular palabra.
Y de repente la bestia que llevaba dentro volvió a morder, esta vez con fauces de lava.
–!Parada¡, – era lo último que entendí antes der ser engullida por una espesa niebla.
No noté que me metían un tubo por la garganta y apenas noté que me comprimían el pecho a ritmo rápido. Sin embargo, lo que sí sentí era una descarga eléctrica que me atravesó todo el cuerpo. El dolor era tan cruel que recuperé algo de consciencia. Sentí los líquidos fríos entrando en mis venas. Voces. No podía abrir los ojos, estaba paralizado.
–Nada, sigue en asistolia. Otra choque, alejaros de la cama. !Disparo!
Y así una y otra vez. Quedé insensible al dolor.
Inesperadamente me encontré separado de mi cuerpo. Desde arriba vi como luchaban por hacer que mi corazón volviera a latir. Vi mi cuerpo conectado a tubos, botellas, cables y aparatos. Reconocí a los médicos, a las enfermeras y vi la resignación en sus ojos cuando las descargas, los masajes cardiacos y los medicamentos no surtieron efecto.
Y de repente me encontré en un túnel largo, con una fuerte luz blanca brillando al final. Me atraía enormemente y deseaba alcanzarla porque sabía, no sé porque, que era mi salvación. No quería sufrir más.
Pero cada descarga eléctrica me expulsaba del túnel, no me dejaba avanzar. Cada vez me acercaba más a la superficie. Quería decirles que se detuvieran, que no quería vivir más, que me dejaran tranquilo, necesitaba llegar a la luz. Pero no pude.
Me desfibrilaron treinta veces. ¿O cuarenta?
Alguien dijo:
– ¿Lo dejamos ya? ¡Esto no tiene sentido¡
Volví a avanzar por el túnel y a poco de alcanzar la luz cuando oí la voz de mi médico, que dirigía la intervención:
– No, un par de veces más como mucho y después lo dejamos.
Sentí la primera descarga que me empujaba hacía atrás. Volví a avanzar.
La segunda, con una fuerza tremenda, me expulsó del túnel y me empujó hacia arriba. «Por favor, no» No quería alejarme de mi prometedor destino. Pero sin poder remediarlo volví a fundirme con mi cuerpo. Abrí los ojos y vi miradas incrédulas, sonrisas y alguna lagrima. Sentí los latidos de mi corazón.
Casi, pero no.

GUILLERMO ARQUILLOS

UN PEQUEÑO IMPREVISTO
.
Delante del casino había un parque y en el parque había bancos donde se sentaban los perdedores a llorar su mala suerte y a lamentar su ruina. Allí también había un estanque con patos; un estanque donde un día flotó el cuerpo de una muchacha joven. Nadie conocía su nombre ni su origen, pero todos sabían en Lyon a qué se dedicaba.
Por el parque pasó Nicholas, chipriota; un adicto al juego que se había arruinado muchas veces. Aquella noche había ganado setenta y dos mil. Tenía la cabeza gacha, el cuello encorvado mirando al móvil y estaba nervioso mientras esperaba una llamada.
—¿Solo setenta y dos? —dijo la voz de Skënder—. Te había dicho ciento cincuenta mil. ¿Por qué me tengo que conformar con tan poco? Vuelve dentro y consigue lo que te falta.
—No puedo, de verdad que no puedo.
No bastaron las explicaciones:
—Soy bueno con las cartas, ya lo sabes, pero soy ludópata. Cuando iba ganando más de cien mil, he empezado a perder. Ahora me quedan setenta y dos mil de ganancias y unos dieciocho mil ahorrados. Es todo lo que tengo. Si vuelvo a jugar, no podré parar hasta que me arruine por completo.
Silencio.
Los patos vigilaban a Nicholas. En un banco, mientras una mujer besuqueaba a su pareja, alguien hablaba por el móvil, ignorando las caricias.
—De acuerdo. Te devolveré a Helena —dijo Skënder—. Casi entera, pero no del todo. Me quedaré con el cuarenta por ciento de tu chica, igual que tú te quieres quedar con el cuarenta por ciento de mi dinero.
Un dedo. Hasta ahora aquel cabrón le había devuelto un pulgar de ella, todavía congelado, en una bonita caja de regalo, todo un detalle, con su lazo y todo.
«En el blackjack, casi he ganado cuanto necesito», pensó Nicholas. «Casi…, pero no lo suficiente. He seguido jugando a la ruleta cuando han cambiado al crupier, y he empezado a perder».
Nicholas tenía poco que hacer: fue andando hasta su casa, subió en el ascensor, escribió unas palabras, las fotografió y se pegó un tiro en el cielo de la boca.
«Orificios de entrada y salida con abundante pérdida de masa encefálica», decía el informe de la policía cuando, días después, encontraron el cadáver. Los vecinos se habían quejado del mal olor.
Pero, estando el cuerpo todavía caliente, al rato del disparo, Helena entró en el apartamento con mucho cuidado para que él no se diera cuenta. Vio entonces el cuerpo de Nicholas, maldijo en las cuatro lenguas que conocía e hizo una llamada.
—Se ha pegado un tiro.
—¿Cómo? ¡No puede ser! —dijo Skënder.
—Es la verdad. Ha escrito una carta de despedida en la que explica que me tienes secuestrada y que la caja que hay al lado del escritorio tiene un dedo mío, que tú le has mandado. Deja el dinero a una sobrina chipriota.
Unos momentos de silencio.
—Rompe la carta ahora mismo, antes de que la policía se entere.
A Helena se le saltaron las lágrimas.
—Casi lo hemos tenido. Casi, pero no habíamos contado con el miedo que tiene a su ludopatía. Era un plan perfecto, cariño. Todo se ha ido a la mierda.
—Me cago en la leche…
La mujer cambió su tono:
—¡No me lo puedo creer, Skënder! Qué pedazo de cabrón era Nicholas. Y yo que creía que lo conocía…
—¿Qué ha pasado?
—Tenemos que irnos de Lyon, cariño. Tenemos que salir pitando. Nicholas ha subido a Instagram una foto de la carta. Un gilipollas de la Guayana la ha copiado y la ha puesto en Twitter. ¡Es trending topic mundial!
Esta vez, Skënder se tomó más tiempo para reflexionar.
—Lo primero que tengo que hacer es deshacerme del cuerpo de la puta esta que encontramos en el estanque. Ya no hay que mandar más trozos de su cuerpo a nadie. Lo segundo, tengo que decirte adiós, Helena. Ya no me sirves para nada.
—¿Cómo dices?
La conversación se cortó.
Skënder tiró su móvil, sin tarjeta, en el estanque de los patos que hay delante del casino; el mismo donde se había dejado besuquear por Helena, mientras hablaba por teléfono con Nicholas.

JACINTO FERNÁNDEZ LOMBARDO

La policía consiguió detener el taxi en el cruce de la avenida principal con la travesía Este. Eran las 17:42 horas de una tarde gris y extraña. La central de llamadas había registrado más de treinta avisos de un coche sospechoso que transportaba presuntamente un cadáver en el maletero por distintas calles de la ciudad. Todos los testigos aseguraron haber visto un brazo de hombre colgando del portón trasero. La primera denuncia se produjo tan solo 25 minutos antes. Un señor con sombrero, que cruzaba una calle del barrio Zeneca, tuvo que apresurarse para no ser atropellado por un taxi que iba a toda prisa. Desde la primera cabina aseguró que conducía un hombre corpulento, con bigote poblado y gorra marrón. El asiento del copiloto iba vacío. No podía confirmar si en la parte de atrás viajaba alguien, porque todo pasó muy rápido. El hombre que conducía el taxi había salido del almacén cargado de grandes bolsas negras. Llegó a eso de las tres. Llamó a un timbre y la puerta se abrió sin más, no salió nadie a recibirle. Aquel lugar se encontraba semi abandonado, era una zona industrial venida a menos y apenas quedaba actividad. En el día anterior merodeaban por aquellas naves unos tipos trajeados que parecían estar buscando una razón social antigua. Nadie les vio llegar. Nadie les vio irse.
Olga recogió a los niños a la salida del colegio y los llevó a casa. Los dejó en el porche, les dio un beso y se dirigió de nuevo hacia el coche patrulla diciéndole algo a su madre que les esperaba con la puerta abierta. Tenía bastante atraso de papeleo en comisaría, así que se dirigió hasta allí para comenzar el turno de trabajo. Enfrascada con el martilleo de la vieja máquina de escribir, estaba acabando de redactar un informe cuando sonó el teléfono. Descolgó y desde la central le reclamaron la búsqueda urgente de un vehículo sospechoso que recorría las calles de la ciudad. Eran las 17:17 horas. La emisora de radio iba dando indicaciones a todos los coches de policía de los lugares donde diversos testigos aseguraban haberlo visto pasar. Finalmente, consiguieron interceptarle el paso en el cruce de la avenida principal con la travesía Este. Eran las 17:42 horas. Olga apuntaba con la pistola al tipo que conducía el taxi, un hombre corpulento, con bigote poblado y gorra marrón. Este no opuso resistencia y se bajó con las manos en alto. Mientras un policía le cacheaba, Olga fue a abrir el maletero, del que, efectivamente, colgaba un brazo. Con determinación, abrió el portón trasero y halló en su interior grandes bolsas negras en las que, nada más abrirlas, pudo constatar que escondían varios cuerpos desarticulados, pero de cartón piedra, con prendas de vestir que conservaban aún la etiqueta.
Eran las 17:50 horas. Caso cerrado.

RAKEL VALDEARENAS MATE

Nuestros caminos casi se encuentran, somos motas perdidas en el ancho universo. Seres de luz que buscan a su alma gemela y sin embargo, nos perdemos en nuestras miserias.
Buscamos algo que está en nuestras manos alcanzar y sin ninguna duda lo que alcanzamos no esta destinado a nosotros y sin mirar más allá de nuestro futuro nos conformamos con lo que nos toca.
Casi nos encontramos, pero no. Nunca será nuestro momento.

JOSE TAXI

Laura Borrás supo a los quince años que quería ser novelista. Desde ese momento comenzó a prepararse, leyó todo lo que cayó en sus manos, unas obras eran muy buenas, otras no tanto.
Sus autores más queridos, a los que inconscientemente imitaba eran: Unamuno, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Chacel, Maria de la Pau Janer, Dolores Redondo, entre otros muchos.
En la universidad cursó filología española, escribió algún artículo en la revista literaria de la facultad y participó, como coguionista, en la elaboración de textos teatrales para el grupo universitario “Inquietudes”.
Acabada la carrera empezó a colaborar con varios periódicos y alguna revista literaria. Impartía clases en los cursos de escritura creativa de un par de talleres, y siguió soñando con una novela, cuya escritura de momento le estaba vedada.
El problema de Laura permanecía, hasta para ella misma, en secreto. Conocía la teoría de la escritura, pero algo fallaba. Escribía y casi lo lograba, pero no, no alcanzaba lo que se exigía a sí misma.
Se fue a la Facultad de Letras para ver a su antiguo profesor de Teoría Literaria, D. Facundo Cabrales, todo un sabio y al mismo tiempo un santo varón. Al verla tan turbada le dijo:” Mira a tu alrededor, vivimos en un mundo terrible, capaz de lo más injusto y que al mismo tiempo, de tarde en tarde, nos proporciona signos de que los seres humanos podemos realizar alguna obra angelical. Inspírate ahí y antes o después aparecerá tu voz narrativa. Y sobre todo ¡Vive!, hay que vivir para escribir bien”
Laura siguió el consejo, aunque no sabía con exactitud lo que quería decir vivir. Así que siguió con su existencia anterior, hizo más ejercicio, cultivó más a sus amistades e incluso recuperó el trato con antiguos miembros de su familia como Bolsa, Platera y Taconicos.
Pronto se dio a la lectura de toda clase de libros, en lo que invertía muchas horas, cada vez más. Llegó incluso, a empalmar noches con mañanas, lo que no fue bueno para su salud, ella misma lo notaba.
La noche del 29 al 30 enero de 2021, tuvo unas pesadillas terribles, llenas de personas y animales leyendo libros de los que salían armas con las que mataban a niños, ancianos y huérfanos. No entendió su significado.
Por la mañana del 30 de enero creyó tener una idea para una novela, casi la redacta, pero no pudo.
Tras una comida ligera y una siesta larguita, se sentó a escribir, más por costumbre que por tener algo que contar. Al rato le llegó la inspiración, ya tenía su ansiada novela, de forma compulsiva tecleo en su ordenador:
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…”
Y colorín colorado, este cuasi cuentecico—novelístico–, se ha terminado.
Jose Taxi & Josma.

ALEXANDRA MARTA IONA

Demasiado
Son casi unos versos, pero sin luz no hay reflejos,
Son casi mis letras, pero parecen vulgares jeroglíficos.
El aire baila entre mis dedos encorsetados por miedos
Y las escuálidas musas entre gritos, me tiran de los pelos.
Son casi versos, pero el papel tiene un color a sombra,
Huelo el fracaso, cuando una lagrima sale de su tumba.
El poder tiene dos caras, crea y destruye a su antojo.
Son casi versos, pero no quiero que tu tiempo sea tinta,
Ni que el tiempo recorte ventanas en la cinta de tu vida.
Me amenazas con un amor aleatorio, un parche…una boca,
que se apoya en otras manos escritoras viajeras del futuro.
Son casi versos, pero no… ¡su rima carece de eco!

DAVID MERLAN CASTRO

Ya había tomado la decisión. Después de cuatro intentos por cruzar la carretera que se interponía entre su casa y el arroyo, él pensó que había llegado el momento. Analizada la situación y valorados los riesgos, al fin se decidió a cruzar.
Justo en ese instante, y cuando ya había iniciado la marcha, una cosa enorme se le echó encima. Pensó qué hacer: retroceder, avanzar, retr….
–¡Qué asco, por Dios!
–Bueno mujer, no es para tanto. Solo es un abejorro que ha calculado mal el momento de atravesar la carretera–mientras el conductor activaba el limpiaparabrisas del furgón de reparto.

GAIA ORBE

No me hables. Quiero estar contigo.
En la ventana las espigas secas oscilaban con el viento.
Casi le digo que sin alma no se está bien.

NORA A. FIORANI

Durante mucho tiempo lo pensó, los amigos les decían que lo intentara, que sabía mucho. Más de quince años con ellas, tantas por todos lados viéndolas y alegrando sus días eran señales que debía intentarlo…una vez más.
El amor por ellos lo descubrió de grande; en su casa y en la casa de sus antepasados siempre hubo de todo. Había visto a sus abuelas, su madre, agachadas, de rodillas, curvadas, asombradas cuando veían el resultado y de ellas aprendió a esperar porque cada una tenía un tiempo diferente, cada género cada especie requerían distintos cuidados.
Pero ellos son distintos, fueron uno de los primeros en la cadena evolutiva.
Había que ser muy cuidadosa, tuvo todos los recaudos: época, proporciones, recipiente, luz, lugar adecuado y un punto, el más delicado…
Se había decidido por tres, los que más le gustaban, fractales perfectos, diseño divino, forma, tamaño, costillas, curvas, espinas, las flores eran lo de menos.
Puso once semillas en cada bandeja transparente con tapa, tres bandejas llenas de vida, treinta y tres semillas esperando nacer. Solo un leve riego, tapar y esperar.
Los días pasaban, las gotas caían en cada milímetro del sustrato mágico. Todas las mañanas como un ritual esperanzador lo primero que hacía era ir a espiarlos hasta que apareció el primer punto verde y el segundo y el tercero y brotaron casi todos.
Los cactus son individuos traicioneros, una falla en gotas de agua y te avisan que no quieren vivir. Y ahí se volvió a preguntar en qué falló? Y otra vez…casi casi, pero no.

ANGY DEL TORO

STEAMPUNK
Me preguntas: ¿Qué me ha pasado? ¿Si me ha gustado el libro? Estoy casi segura de que sí, pero no. ¿Y por qué? Insistes. Intento relajarme, voy a mi sillón de masaje, aflojo tensiones y a mi mente regresan escenas leídas, ¿de que si las he vivido? Sí, te respondo. Pero, de qué forma si estoy inmersa en una ucronía, una distopía, en algo sin tiempo, sin lugar y sin embargo diferente. ¿Sucedió o es una realidad alternativa? Es un thriller histórico que me tiene atrapada, lo confieso. Solo he leído el primer libro y ya me siento presa del género, de la ficción histórica. Algo he leído sobre la enfermedad del escritor y de la página en blanco, pero y del lector qué. Ese que ansioso espera la continuación de un suspenso, ¿cómo se le llamaría? Presiento que lo subjetivo ha desarrollado en mí un nuevo sentido de la vida, del pensamiento, de lo temporal. No tengo idea de si ahora soy más inteligente o no, pero confieso que este libro colmado de fantasía, terror y ficción me tiene los “pelos como escarpia”, conste que esta frase no es mía, si no de una gran amiga con quien comparto junto a la autora del libro en un Club de Lectura, se los recomiendo.

GLORIA ALBADALEJO

AL BORDE DE LA MUERTE
Casi me mato cuando caí por ese precipicio, pero no, por eso puedo contar este dramático suceso que pudo ser mortal.
Esto me ocurrió hace un par de años. Quise salir de excursión a por nuevas aventuras, aunque más bien fue una vía de escape, algo para olvidar esos malos momentos a los que estaba viviendo. Parecía que todos a mí alrededor, estaban en mí contra; mis padres, mis amigos. Cada día discutía con alguien y necesitaba estar sola.
Un miércoles por la mañana muy temprano, aprovechando que estaba de vacaciones y después de repasar mi vida última, preparé cuatro cosas y me marché a un lugar a donde yo pensaba que iba a ser muy tranquilo. Así que cogí el tren a donde me llevaría lo más lejos posible de la estresante ciudad.
Me llevó un largo tiempo llegar a ese gran valle hermoso llamado “El Val”. No fue tan precipitado llegar hasta allí, ya que varios días antes, me había estado informando sobre el lugar. El pueblo de “El Val” era muy pequeño, e incluso creo que por allí no habitaba nadie. No encontré ni un solo habitante por el camino. Parecía más bien un pueblo fantasma. Tardé tres horas en llegar a mí destino y en mí reloj indicaba las diez de la mañana. Buena hora para comenzar mi pequeña aventura, pensé. Yo solo quería desahogarme en esos parajes salvajes, sin civilización ninguna y pasar el día en ese gran bosque que parecía estar esperándome con los brazos abiertos.
El calor todavía no era demasiado potente, además, iba protegida de una buena gorra y mucha agua, aunque me pesara en la mochila.
Antes de comenzar mí esperada excursión, los pelos se me pusieron de punta, primero al ver el pueblo vacío y después al contemplar esa bella vista, parecida y sacada de un cuento de hadas. Era todo demasiado bonito, menos el pueblo que daba repelús.
Estaba ya andando por esos frondosos bosques, cuando una inesperada ventisca, me pilló desprevenida. Casi me tiró al suelo y me tuve que agarrar a un gran árbol, que tal vez fue mí salvación en ese caso. Daba la sensación de que el viento me estaba dando la bienvenida. Después paró en seco. Los esponjosos e inmensos árboles, también pararon de agitarse como por obra de magia, quedando a una posición extraña, como si me estuvieran observando. Los sonidos del bosque eran muy variados y las mil especies de aves que permanecían en los árboles, hacían que mí camino fuese realmente relajante. Era justamente lo que yo estaba buscando, esa profunda paz a los que todos anhelamos.
No duró mucho tiempo. Ese repentino vendaval, volvió a atacar y esa vez con más furia. Los pájaros y demás animales, callaron de golpe. Los árboles se movían furiosos y amenazantes. La tierra del suelo se me incrustaba en los ojos y casi no podía ver por dónde iba. Temía caerme al suelo o que algo enorme cayera encima de mí, pero fue algo peor. Mientras espantaba al extraño viento, mis piernas se acercaron demasiado a ese precipicio y caí rodando hasta quedarme sin conocimiento. No sé cuantos metros serían, pero eran bastantes. Cuando desperté, no entendía nada, mi cuerpo magullado y sangrante, me dolía horrores y la cabeza parecía que iba a estallar. Mis piernas me dolían demasiado para poder levantarme, creí tener ambas rotas. No me podía mover, pero mí vista borrosa empezó a recuperarse.
Cuando mis ojos se abrieron, pudieron comprobar cómo me encontraba en un lugar totalmente distinto al de antes. Mi pobre cráneo había recuperado algo de sentido y empezaba a recordar las bellas imágenes anteriores. Ya entonces me di cuenta, que me había caído a una altura considerable, pero seguía viva. En cambio, no conseguía ver el principio del todo. Al querer inclinar mi cabeza hacia arriba, solo veía un cielo que empezaba a oscurecer. El gran valle de hadas, se había convertido en algo muy distinto. Me había quedado en una posición fetal y quería mover mi quebradizo cuerpo, pero no podía. Aquello no me gustaba nada, estaba totalmente sola, no podía gritar, pedir ayuda, nadie me oiría. Incluso, estaba tan asustada, que mis débiles lágrimas que intentaban surgir de mis ojos, no podían hacerlo.
El precipicio era inmenso, suponía que me había quedado a la mitad de él. Si conseguía moverme, debería tener muchísimo cuidado en no seguir cayendo, porque aquello continuaba.
El cielo cada vez era más oscuro. Seguramente había estado mucho tiempo sin conocimiento. Tampoco tenía hambre, estaba demasiado nerviosa para sentirla, pero sí que empezaba a estar sedienta. El agua que llevaba, no sé a dónde debió ir a parar.
Pensaba en la mala idea que tuve de ir a la aventura a un lugar desconocido y sin ni siquiera advertir a nadie a donde quería ir. No pude hacerlo, estaba demasiado enfadada para hacer partícipe de mi próxima aventura. La noche llegó y seguía sin poder moverme. Pensaba que tal vez incluso, me había destrozado la columna, quedando paralítica. Creo que entonces, algunas lágrimas se desprendieron por fin de mis ojos sufrientes.
Me sentía muy cansada y aún con todo el largo tiempo que había estado sin sentido, me comenzaba a entrar sueño. Todo estaba demasiado silencioso, hasta que empecé a escuchar algo que parecía estar cerca de mí. Supuse que sería algún animal, le temí, tendría apetito y había encontrado comida. Lo que fuera, estaba bajando por el barranco hacia a donde yo me encontraba y seguía sin poder moverme hacia ningún lado.
Escuché más de cerca ese gruñido espantoso, pero entonces los alaridos de mí garganta, consiguieron salir a flote y eso se fue por donde había venido. Desde entonces, pedí socorro con todas mis fuerzas, hasta hacerme escocer la garganta.
Alguien, una persona, no sé cómo me encontró. Estaba arriba, no lo veía por la oscuridad, pero me preguntó quién era. Yo le expliqué todos mis acontecidos y por supuesto le dije que no me podía mover.
Me rescataron al cabo de un buen rato. Un tiempo en el que se me hizo eterno y en el que casi pierdo la vida, pero no, porque no tocaba.

MARI CARMEN CANO REQUENA

El sueño de Mek
Respiro profundo una y otra vez inspiro….expiro, inspiro….expiro. Ya no tengo el control de mi cuerpo, de repente te veo borroso, pero se que eres tu, el hombre de mi vida…. Ese día tenia que ser perfecto, mágico y tendría que salir todo según lo previsto. Mi boda!!… pero es un desconcierto de gente por casa subiendo y bajando escaleras todo lo veo muy distinto a como es en mi mundo real, los sueños distorsionan las imágenes y no consigo ver con claridad la cara de las personas por lo que tengo que imaginar quienes son.
De repente y sin haber pasado por la casilla de salida llevo puesto mi vestido, sin saber ni como es… intuyo que lleva un tul blanco calado y bordado con motivos florales pero no puedo prestarle mucha atención, pues alguien de repente tira de mi brazo para decirme que me esperan en la sala del juzgado. – Oh Dios! Tengo que darme prisa o no llegaré a tiempo, pero ahora me encuentro en la calle viendo a mi primo paseando mis perros, me saluda con la mano – en un rato nos vemos en la sala del juzgado prima Mek, me decía….. todo es tan surrealista que no entiendo nada, pues nada de como había pensado que fuera ese día estaba pasando. Deseaba firmemente casarme… – os juro que si lo deseaba! y luchaba contra todo y todos a que se cumpliera mi deseo, solo debía encauzar mi sueño para que no se desviara más todavía o acabaría viendo dinosaurios o cualquier cosa que por un momento pasara por mi cabeza.
– Cariño!! agáchate!!…. nos están bombardeando con nubes de agua flotantes, me decía mi futuro marido, al cual pude ver vestido con su traje de chaqué color verde mar.
Dios! que guapo estaba, pero nos estaban poniendo perdidos de agua y su pelo mojado ya no aguantaba su tupé engominado y yo sufría de verlo así….. por fin entramos de nuevo a un recinto donde se suponía que era la gran celebración – mirad, mirad a la novia que guapa esta! se les oía decir a todos según iba bajando las escaleras para llegar a la sala donde me esperaban, pero me doy cuenta que no llevo puestos mis zapatos y oigo la música nupcial acompañando mi entrada, una música que no tenía nada que ver con la que yo había elegido para ese momento.
– Mamá, donde están mis zapatos? le pregunto, pues ella era la encargada de ponérmelos, – oh!! lo siento hija los he olvidado, – mamá por dios!… así no puedo entrar, – parad la música, gritaba
parad la música, necesito mis zapatos….. El filo de la cama estaba cerca y si seguía moviéndome con tanto ajetreo acabaría cayéndome, por lo que me desperté… – NO NO! cierra los ojos de nuevo y acaba lo que has venido a hacer este día…. De repente la mano de Fer se posó con delicadeza en mi cadera y todo lo que podía haber sido en mi sueño no fue, así que… decidí tirarme al abismo con él.

MAR SHA

Casi llega el amor, pero no…
Delante de un casino había árboles, algunas sillas, estas eran para aquellas
personas que se sentían perdedores, no solamente del juego sino de la vida misma
en lo más oscuro de la noche caminaba una muchacha delgada con su querido instrumento
a lo lejos se le oía decir, «me dejaste abandonada…. nunca estuviste ahí cuando
más lo necesite» la voz se le quebraba cada tanto. se acostó en lo profundo del
pasto, esperando a que la noche terminara para ir a hacer lo que tenía que hacer
De repente alguien le toco el hombro:
-¿Buenas, necesita ayuda?
-No, contesto con sigilo, le dio temor y decidido correrse un poco.
-Tranquila, no le vengo a hacer daño, me presento soy la teniente Sketer., mucho gusto
me gustaría saber cuál es su nombre.
– Nicolasa, dijo tímidamente.
-mm Nicolasa, que nombre más interesante, vamos y te invito a mi morada para que no pases frio
la chica acepta iba caminando hacia la casa, debido a que de quedaba cerca del
parque, a la chica se le notaba que escondía algo. la teniente lo alcanzo a notar, pero
prefiero no preguntar.
Cuando iban a entrar a la casa, ambas vieron venir una moto a gran velocidad
el parrillero saco un arma y empezó a disparar, la teniente trato de responder y de
proteger a Nicolasa, pero no lo logro, ella quedo con un tiro en el estómago y la teniente
con tres tiros en el pecho, con lo cual hizo que falleciera en seguida, Nicolasa
alcanzo a llegar a rastras hasta una casa vecina donde la auxiliaron.
Allí se quedó varios meses, conoció a la familia, se encariño con ellos, más ella sabía que tenía que
desaparecer por el bien de todos, acto seguido una noche fría y lluviosa procedió
a escribir una carta a la familia:
«Gracias por su honesta hospitalidad, de veras pase momentos
increíbles, lamentablemente cuando iba conociendo el verdadero
cariño debo irme, es por el bien de todos…»
sin más me despido Nicolasa.
la dejo en sima de la mesa y salió.
Finalmente, a lo lejos de nuevo escucho disparos y gritos, supuso que de nuevo
eran ellos a los que de debía un resto de plata del casino… corrió como pudo y se escabullo en lo más profundo del parque. Actualmente no se sabe de ella, dicen las malas lenguas que se metió en la
prostitución para que no la reconocieran.

RAÚL LEIVA

Casi una historia familiar, pero no

Estaba comiendo con su mujer y sus hijos como cada domingo. Era un ritual hacer carne asada con alguna ensalada y quedarse haciendo sobremesa hasta tarde, mientras que los chicos y la madre se encontraban en preparativos para hacer un campamento juvenil, ultimando los detalles por si hacía falta algo. El padre de familia se levantó y fue al baño mientras se preparaban para el postre, cerró con llave la puerta del baño, sacó su celular y su cara se desfiguró tremendamente. La congoja lo hacía tragar saliva y ahogar gritos con la toalla de mano, sus ojos se enrojecieron y brotaron lágrimas, las rodillas se le aflojaron y se sentó en el inodoro. Miró por enésima vez el mensaje de un número desconocido con la foto de la jovencita totalmente desfigurada por los golpes; claramente estaba encerrada contra su voluntad, tenía la ropa sucia de sangre y tierra, el lugar donde se había sacado la foto le revolvía el estómago, tanto que vomitó todo el almuerzo. Una vez vacío de alimento, se enjuagó la boca y lavó su cara hasta quedar presentable. Estaba en lo último de sus preparativos cuando el tan temido número desconocido empezó a sonar nuevamente. Lo miraba y no quería atender, pero sabía que si no lo hacía iba a ser peor. Cuando estaba por tomar la llamada, su hijo menor golpeó la puerta del baño. —¿Te falta mucho pa’? ¡Me hago pis! —sonaba la inocente voz.
Miró el teléfono, sabía que ignorarlo no era una opción, tenía claro que a la novena llamada se le terminaban las chances de salvar a la jovencita. Los golpes de su hijo en la puerta se pusieron insistentes y se sumaron las preguntas de la madre —¿Estás bien? ¿Por qué no abrís?
Cerró los ojos y cortó la llamada arriesgando una jugada muy peligrosa, guardó rápido el teléfono en su bolsillo y apuró una rociada violenta de aromatizante en aerosol. Salió del baño y su hijo entró casi automáticamente. Su mujer lo miró con preocupación y apuró una respuesta a una pregunta casi obvia —¡Me recontra descompuse! Algo me cayó mal y vomité todo. Seguro que fue lo de anoche”.
Cuando dijo “lo de anoche”, no quedó claro si se refería a algo que había comido o algo que había sucedido. Un silencio que se estiró un segundo de más, bastó para despejar cualquier duda. La mujer se fue al comedor y el teléfono volvió a sonar. Esta vez fue un mensaje multimedia, un video que no se animó a abrir. Estaba guardando nuevamente el celular cuando la mujer volvió al encuentro de su marido, tenía los ojos y la cara desencajada. —¿Dónde está Miranda? ¿Dónde está nuestra hija? ¿Qué hiciste esta vez?
No sabía que decirle, no sabía de qué hablaba, pero una idea se estaba dando de lo que podía pasar. Estaba por decir algo cuando desde adentro del baño se escuchó el grito del hijo menor. Abrieron la puerta de un empujón y estaba el niño sentado en el piso en medio de un charco de orina con el celular iluminando su pequeño rostro. La madre apartó bruscamente al padre para ver el celular y corroborar lo que sospechaba. Ambos miraron al padre.
La madre tomó al pequeño y salió del baño empujando al marido dirigiéndole una fulminante mirada. Corrió a buscar la llave del auto y se subió a toda prisa. El hombre tardó en reponerse y salió al cruce, pero su celular sonó una vez más, esta vez era una llamada. Ya no tenía más remedio la situación, paró su loca carrera y atendió.
—Vos sabías lo que iba a pasar si no atendías. Te lo dijimos más de diez veces y creímos que ya estaba todo claro ¿No? La pendeja ya partió, no te asustés, no hablo de tu hija, digo la otra, la amiguita, esa que te cepillabas cuando tu mujer se iba a lo de su madre. Bueno, de ella ya nos encargamos como nos pediste.
—¡Yo nunca les pedí que maten a nadie!
—Son detalles a discutir. Vos pediste que te solucionemos un problema y estábamos en eso cuando te borraste. No nos contestaste cuando te llamamos y tuvimos que decidir nosotros. Como no nos diste garantías de pago nos vimos obligados a mandarte el video, la macana es que por error también lo recibió tu hijo. Cosas que pasan.
—¡Ustedes son unos hijos de puta! ¿Dónde está Miranda?
—¿Quién es Miranda? ¡Ahhh! La pendeja, tu hija… lindo culito tiene. Pero lamentablemente no la tenemos nosotros… ¿O sí? ¡Ah ya me acuerdo! Ella también recibió el video tuyo con su amiguita. A propósito de la amiguita, si no te apurás a sacarla del sótano la policía te va a descubrir y ahí sonaste. Tenés casi diez minutos. Están en camino.
Y cortaron la llamada. El hombre se desplomó. Tenía un montón de problemas y no sabía por dónde empezar. Fue hasta el dormitorio y buscó el viejo revólver de su padre, lo cargó a las apuradas y cuando estaba por bajar al sótano rompió a llorar desconsolado y vencido. Desesperado su cabeza se volvió un puré de emociones. No era momento de dudar, había que actuar rápido y preciso. Tomó el arma, apretó fuerte las mandíbulas y bajó las oscuras escaleras. Casi llegando al final de los escalones resbaló y cayó pesadamente al piso del sucio sótano. La claridad que venía desde la puerta no alcanzaba para distinguir nada más allá de los contornos. Buscó su celular para poder iluminarse y empezó nuevamente el insoportable sonido de las llamadas. No tenía más lugar en su cabeza para nada y reventó literalmente el artefacto contra el piso. Un chasquido se escuchó en un rincón del sótano. Tomó con ambas manos el arma y apuntó en alguna dirección, su corazón latía fuerte y el aire le empezaba a faltar. Arriba se escuchaban las sirenas que se acercaban. La transpiración le baño el rostro. De entre las sombras un contorno avanzó y él le gatilló todos los tiros que le entraban al viejo revólver. A los martillazos metálicos le siguieron los gritos de una joven. Desde la escalera la luz se encendió y su mujer gritó; el cuadro era tremendo. El marido a punto de un infarto seguía apuntando hacia el cuerpo de Miranda que yacía boca abajo con todos balazos en su cuerpo. Su amiga estaba desnuda sobre un viejo sofá con fuertes evidencias de haber sido abusada con violencia abrazada a un teléfono. El hombre se desplomó para siempre en el piso, se llevó el revólver a la cabeza y gatilló inútilmente. No le quedaba ninguna bala útil que callara las voces que en su cabeza le todavía seguían dictando mensajes telefónicos y palabras de seducción de la amiga de su hija.
Cuando peritaron los celulares, solo se encontraron filmaciones del hombre hablando solo o masturbándose nombrando a la amiga de Miranda.

ERICA PONCE

Agarro tus patas para llevarte una última vez al veterinario, pero ya no estabas.
Tus ojos se cerraron, la respiración terminó.
Me dejaste, y aunque tu huida la veía venir, esos días estaban siendo interminables y esperanzados de que el pronóstico ya dado cambie.
Me culpo a mi, por pensar en que podía haber hecho más, y sólo hice menos.
La primera noche sin sentirte, y el primer sueño que sucedió en un ambiente turbulento y distorsionado,
salía a trabajar de madrugada,
la oscuridad abrazaba mis laterales y el frente.
Apareciste a saltos, estabas desterrado, con hambre y ganas de que juegue. Una parte de mi consciente sabía que sólo era parte de una ilusión y un deseo que me recree para estar un poco más tranquila, otra parte disfrutaba de verte ahí, y aunque me haya dado una sensación extraña, dolorosamente extraña, al saber que cuando haya despertado estaría sola,
pude mantenerte unos días más en mis noches.
casi pude ayudarte, pero no.

ARITZ SANCHO MAURI

La cobra y el pangolin.
Estaba casi totalmente convencido de que me estaba mintiendo, cuando le pregunté si tenía novio. Rotundamente me lo negó, pero había algo en su manera de moverse, en sus rasgos faciales y su mirada; que prácticamente me estaba autoengañando. Yo para este tipo de situaciones, prácticamente mi intuición siempre da en el clavo.
La mujer era todo un torbellino, me sacaba unos cuantos años, recuerdo haber bailado con ella hace como cinco años; me impacto, su marido pululaba cerca mío repitiendome de manera reiterada que era su esposo.
Tenía el cabello negro, unos ojos penetrantes azabache que brillaban como los de un gato en la oscuridad de una luna llena. Su figura era despampanante, y aunque me sacaba unos cuantos años, tenía lo que yo considero el toque físico y mental de madurez idóneo.
El 11 de marzo fue la segunda vez que la vi, llevaba un vestido negro, ceñido y largo, con el que marcaba el contorno de su esbelta silueta. Sus prominentes labios estaban pintados de un rojo pasión que decían comeme.
Era de noche y estába en un local de bailes de salón.
Se acercó a mí a pedirme fuego, le pregunté si era para hacerse un porro y asintió con la cabeza. Con su presencia me hizo tragar saliva y me corto la respiración durante un breve momento, tengo que confesar que me hacia ponerme bastante nervioso.
Me paso unas caladas de su canuto de marihuana, y como yo no estaba acostumbrado, me puse bastante ciego ,llevaba un par de cubatas de más, estaba bastante ruborizado, ante mi estado tan lamentable en el que me encontraba.
Estuvimos charlando con total naturalidad durante en largo periodo de tiempo hablando sobre diferentes temas y preguntándonos cosas personales para conocernos. Existía tanta complicidad que simulabanos conocernos de toda la vida. Cuando de fondo sonaba la canción buscando la verdad de Ricky Martín la invite a bailar. Sentí que la complicidad iba más allá de las palabras, la miré cómo un gavilán, mientras llevaba un ritmo sabroson con los pies. Me acerqué lentamente queriendo sorprenderla con lel atrevimiento de besarla, descubrió mis intenciones haciendome la cobra, entonces hice la bola y me marché abochornado como un pangolin.

ELIANA KARLA

Casi logramos lo que solo se sueña.
Casi derribamos fronteras mil.
Casi sonreimos sin miedo a llorar despues.
Casi nos tocamos el alma con las letras.
Casi nos unimos en este mundo loco siendo tan distintos e iguales.
Casi fuimos sol y luna, crepúsculo y ocaso.
Casi casi llegamos a realizar lo
nuestro que estaba destinado a no ser.
Casi vivimos un cuento
Casi fuimos felices.
Casi pero…… NO.

JOSÉ ARMANDO BARCELONA

HISTORIAS PARALELAS
En el Occidental Building Suites, la élite que desayuna a la derecha del padre, se regala con las golosinas adecuadas a su estilo de vida y condición.
Gladys, que está decorando con finísimas lascas de Joselito Gran Reserva, una jugosa rebanada de pan de payés untada de apetecible tomate, le da un sorbito a la copa de Moet Chandon Imperial, para hidratar el momento.
La joven, morena, caribeña, de exuberante cuerpo generoso, maqueado con sutiles toques de bótox y silicona, comparte mesa con un señor corpulento, derrotado por la alopecia y con bronce de cabina full body, que lucha contra el avance de los sesenta vistiendo casual, outfists, Mr. Mood, Malo, WeekDay, con desenfado, juvenil.
–Tienes que probar esto, mi amor –le ofrece solícita un canapé de txangurro con angulas–, que no me estás comiendo nada. ¿Te encuentras bien, Fonsi, papito?
Alfonso Merino, rey del ladrillo y hombre de peso en sectores claves: energético, alimentario, comunicaciones, acepta distraído el bocado, sin dejar de dar vueltas con la cucharilla en la taza de café.
–No te apures, cariño –la tranquiliza–, cosas de negocios, nada que deba preocuparte. Esta mañana tengo cosas que hacer, estaré ocupado. Nos veremos para comer, mientras tanto, diviértete, haz turismo, date una vuelta por la zona, está llena de tiendas, seguro que habrá algo que te guste.
La chica frunce los labios en un beso de largo recorrido, y le mete un meneo al Joselito, con el pensamiento en un Louis Vuitton de ensueño, carísimo, que hay en el escaparate de la boutique del hotel, al que le tiene puesto el ojo desde que llegaron.
Ha sido una semana dura, para Alfonso Merino, inventándose reuniones de negocios, firmas de inexistentes contratos y eventos que requerían su asistencia obligatoria, todo para ocultar a Gladys el verdadero motivo del viaje: exámenes por imágenes neurológicas, de la sangre y del cerebro, una RMN y una PET/TC de la cabeza, necesarios para que el doctor Ramírez San Gil, eminente neurólogo, pudiera llegar a un diagnóstico:
–Lo siento, Alfonso, pero las pruebas son concluyentes, padeces la enfermedad de Alzheimer en una primera fase. Los síntomas aún son leves y la medicina ha avanzado mucho en estos últimos diez años, vamos a ponerle freno, no te quepa duda.
–Un tratamiento con aducanumab y rivastigmina para potenciar la comunicación neuronal, va a ser de gran ayuda, en este momento. Tendrás que someterte a más pruebas y cuando surjan problemas iremos aplicando nuevas soluciones. Tenemos margen, Alfonso.
El magnate de los negocios abandona la clínica con paso cansino. El sobre, con el informe del neurólogo, le quema en la mano. La zona residencial de alto standing, está llena de parques amables donde se respira tranquilidad. Sentado en un banco, a la sombra de una acacia, hace balance de los últimos meses, del delirio sensual que llegó a su vida junto con la frescura juvenil de Gladys.
Lo tenía todo dispuesto para un fin de fiestas de ensueño con esa chiquilla: la descapitalización de sus empresas, los millones de euros listos para ser desviados a cuentas en paraísos fiscales, la casona de Noja rehabilitada por completo, 3.600 m² de finca, totalmente vallada con muro de piedra, pendiente de ser inscrita a nombre de un consorcio financiero de las Caimán, todo para evitar el expolio que vendría tras el divorcio.
Pero las cosas habían cambiado de manera radical; ahora tocaba ser prácticos. El deterioro físico, por mucho que dijeran los médicos, sería inevitable, y alguien debería hacerse cargo de él, cuando llegaran los momentos duros; una persona juiciosa, capaz de enfrentarse al problema, de buscar soluciones, y esa no era Gladys, pobre chiquilla.
Una simple llamada telefónica canceló todo el entramado financiero, que había dispuesto para esconder su patrimonio. Se retiraría a la casa de Noja, sí, pero con Carmen, su esposa, la de los malos viejos tiempos, cuando no tenían ni para pagar el alquiler, la madre de sus hijos, la que nunca hizo preguntas.
Gladys, con sus curvas de diseño, le había hecho vivir un sueño, la ilusoria felicidad de una renovada juventud, que tuvo al alcance de la mano, pero que nunca llegaría a disfrutar.
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Todo el mundo envidiaba a Carmen Relancio, la esposa del gran hombre, del magnate de los negocios, la que vivía mejor que una reina en su palacio de cristal, rodeada de lujo y esplendor. Carmen, la antigua dependienta de «Corseterias La Palma», que recordaba con cariño al guapo albañil con el que se casó, echando de menos las ásperas caricias de sus manos de lija, la urgencia de sus besos, la ardiente posesión de los cuerpos, amparados por el escaso abrigo de aquellas cuatro paredes prefabricadas del extrarradio, que apenas se podían permitir.
Luego vino el éxito, la fortuna, el dinero a raudales: mansiones, automóviles de lujo, posesiones en todo el mundo. Y con ese brillo rutilante, llegó también el cansancio, el hartazgo, la mentira, las amantes.
Estaba al corriente de todas sus aventuras, un largo historial; no le importaban, aves de paso, cooperantes necesarias, para mantener la farsa de un matrimonio convencional y unido. Ya no amaba a su marido, sus infidelidades la dejaban fría, pero llevaba la cuenta, estaba al corriente, informada de todos sus movimientos, de las rupturas y las reconciliaciones. Por eso supo, enseguida, que lo de esa niña, Gladys era especial, peligroso, y puso a trabajar a su equipo de abogados y detectives.
Tenía absolutamente documentados todos los movimientos financieros de su marido, las cuentas abiertas en las Bermudas, Suiza, Luxemburgo y Holanda, preparadas para recibir los miles de millones, procedentes de la descapitalización inminente de sus empresas. Sabía lo que costó la restauración del palacete de Noja y el andamiaje de ingeniería financiera, diseñado para simular el traspaso de la propiedad a un consorcio inversionista, afincado en las islas Caimán. Lo tenía todo controlado y la denuncia tramitándose en el juzgado. Por esta vez, el cazador iba a convertirse en presa; Alfonso Merino y su putita, Gladys Salazar, podían ir despidiéndose de su cuento de hadas.
Ahora le tocaba a ella, estaba harta de aguantar infidelidades, humillaciones, desprecios. Se retiraría a Noja, sí, pero sola, sin espantajos adiposos rondando por los pasillos del caserón; ella, el servicio y Arnaldo, el jardinero cubano, un semi dios de ébano, que le iba a tener los parterres, todos, como un jugoso vergel reventón. Por fin libre. Adiós, Alfonso Merino, que te zurzan.
La cantinela del móvil distrajo su atención por un momento. En la pantalla una sola palabra identificativa: ABOGADO.
–Sí, Alfredo, dime, ¿hay novedades? ¡No me jodas! ¡Alzheimer! ¡Será hijoputa! ¿Y ha cancelado todos los chanchullos financieros? ¿No hay alzamiento de bienes, descapitalización, fraudes? ¿Ha roto con la tal Gladys? ¿Estás seguro? Ya, perdona, lo entiendo, pero es que lo tenía todo en la mano, joder, casi hecho y ahora… al carajo. Claro, por supuesto, se paraliza todo, no voy a quedar yo ahora como la bruja del cuento. Vale, Alfredo, gracias, yo te llamo.
La gente iba con prisas por la calle, como huyendo de su propio destino. La mañana, plúmbea, amenazando lluvia, no ayudaba a espantar los fantasmas cotidianos. Carmen, rota ya la crisálida del cuento y con un vaso de güisqui tintineando en la mano, los veía afanarse como hormigas desorientadas. Le dieron lástima. Recordó que tenía hora en la peluquería, apuró el trago y pasó página con un encogimiento de hombros.
A fin de cuentas, la niña Gladys, con sus curvas de diseño, les había hecho vivir, por caminos paralelos, un hermoso espejismo, la ilusoria felicidad de la eterna juventud, una esplendorosa arcadia que tenían al alcance de la mano, pero que, bromas pesadas del determinismo, se desmoronaba ante sus narices, como un castillo de naipes.
–Puri, reina, hazme un favor –la sirvienta espera, atenta, las instrucciones de su señora–, cancélame lo de la peluquería, que hoy no tengo cuerpo, cariño.
Fin.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

ESOS SEGUNDOS QUE LO CAMBIAN TODO
De repente recordó algo muy importante. Apuró de un trago el resto de su copa y sin pensarlo, abandonó el local de forma precipitada, tras rebuscar apresuradamente su gabardina entre el amasijo de prendas que se encontraban apiladas en el ropero. La agarró casi sin mirar y con un movimiento preciso se ajustó su sombrero de fieltro, cerrando la puerta tras de sí.
Fuera hacía bastante frío y la calle estaba mojada. Una espesa neblina lo envolvía todo a esas horas, bien avanzada la madrugada. A pesar de la urgencia, no pudo evitar detenerse un instante bajo una farola para encender un cigarrillo, tratando de aplacar sus nervios. El foco de luz se proyectaba sobre la acera, perfilando su figura. Su vestimenta y la dureza de sus rasgos, le confería el aspecto de un protagonista de novela negra. El único ser vivo en aquella cinematográfica escena, llena de luces y sombras, totalmente carente de color.
Durante unos segundos miró inquieto a su alrededor para asegurarse de que nadie le seguía. Tampoco parecía haber nadie observándole. Entonces, pisó el cigarrillo y echó a correr. El hipnótico sonido producido por las suelas de sus zapatos repiqueteaba sobre los adoquines al ritmo de un bailarín de claquet. En su carrera, no dejaba de recordar la importante cita de aquella noche. No era la cita lo que había olvidado. ¿Cómo olvidarla? Era la hora la que se había evaporado de su recuerdo, mientras esperaba frente a aquella barra, absorto en sus pensamientos. Sí, era tarde, pero aún estaba a tiempo.
En pocos minutos alcanzó la entrada principal del hotel. Le costaba respirar. Habitación 502. Aquellos tres números se le habían quedado grabados a fuego. Por suerte, pudo cruzar la recepción sin tener que dar explicaciones. El único empleado del turno de noche se encontraba en la habitación contigua, fuera de la vista, posiblemente realizando alguna gestión o tomando un café para aguantar la larga jornada.
Subió por las escaleras para no levantar sospechas, evitando el sonido del ascensor. Los cinco pisos se le hicieron interminables. Una vez arriba, tras encaminar sus pasos hacia el silencioso pasillo, pudo atisbar los enormes números que flanqueaban la habitación. Con el corazón martilleando sobre su pecho, dio una serie de toques rítmicos sobre la puerta, conformando la señal que ambos habían convenido. Inmediatamente la puerta se abrió, y allí estaba ella, como una fantasía, esperándolo, en ropa interior. Sonriente, sensual y apetecible. Lentamente lo rodeó con sus brazos obsequiándole con una cálida bienvenida en forma de beso. Húmedo, caliente y apasionado.
En un momento de tregua, se despojó de su sombrero e instintivamente metió las manos en los bolsillos de la gabardina. Durante un segundo permaneció inmóvil y pensativo. Inmediatamente, la sorpresa inicial dio paso a la incredulidad. De uno de los bolsillos lentamente sacó un sobre atestado de dólares junto a una fotografía. Era ella. Pero no recordaba aquel retrato, ni haberlo guardado en su gabardina. Sin embargo, lo que halló en el otro bolsillo le dejó helado. Se trataba de una Smith & Wesson nueve milímetros con el cargador hasta arriba.
Fue en ese momento cuando comprendió que aquella no era su gabardina. Y fue en ese momento cuando fueron conscientes del peligro que se cernía sobre ellos.

MARÍA JESÚS GARNICA PARDO

Cuando me llamo Luci, para invitarme a su cumpleaños, yo estaba en un momento malo de mi vida, acepte de buena gana.
25 de septiembre era el día del cumpleaños, cincuenta años cumplía, como casi todos los invitados, había invitado a todos los qué íbamos a clase en primaria. 25 años sin ver a la mayoría, me casé y me fui del pueblo.
Me preparé para ese día, me compré ropa, intenté adelgazar. Tenía un objetivo, ver a Pedro, Luci me aseguró qué iría. Fue mi primer amor, siempre lo recordé, lo busqué por las redes sociales y no lo encontré.
Llego el día, me puse monisima, siempre fui resultona, alta, esbelta, con mi melena pelirroja salvaje.
Cuando llege a la fiesta, tarde para causar efecto, aquello era un caos.
El marido de Luci la había abandonado por una de 25, el drama estaba servido.
Pedro no apareció.
Casi, pero no…

BEA ARTEENCUERO

CASI, PERO NO
Perfume
Tan sola y tan triste
Su alma errante
Busca como
Llenar el vacío
Que anida en su corazón
Enfermo
Por la ausencia
De su amor
Los recuerdos
Son heridas
Que ahondan
Más y más.
Un suave perfume
Desprende
En todo su ser
Un último aleteo
Dibuja una sonrisa
Y cae una lágrima
Al cerrar sus ojos
Nadie sabe
Que en su alma
Se instalo
Hasta la eternidad
Un suave perfume.
Hoy…hoy florecieron
Los Jazmines.

MÓNICA ALTAMIRANO

¿Que es «un casi, pero no»?
Casi cojo el autobús, pero no, se me escapó.
Casi me da un beso, pero no, se avergonzó.
Casi apruebo, pero no, suspendí.
Casi gano, pero no, perdí.
Casi lo termino, pero no, no me dió tiempo.
Casi me lo como todo, pero no, no pude.
«Un casi, pero no» es un incompleto, una mediocridad.
Es un querer y no llegar.
Aunque bien pensado no tiene porqué tener tal matiz negativo, tal matiz de «qué pena».
Imaginémonos otros «casis, pero no».
Casi me atropella, pero no, estoy vivo.
Casi me muerde, pero no, no me cogió.
Casi me caigo, pero no, me agarré.
Casi lo pierdo, pero no, lo sujeté
Casi me enamoro, pero no, menos mal, tenía novio.
Hay tantos «casis, pero no» en mi vida, que cuando hay un «casi, pero si», lo celebro.
La vida debería estar llena de «casis».
Una vida sin «casis» es una vida sin riesgo, y eso sí es una mediocridad.
Hay que arriesgarse, vivir, soñar, desear…quizás sólo se quede en un «casi, pero no», pero podría ser «un casi, pero si».
¿Quién sabe lo que trae la vida si no arriesgamos por un «casi»?

ESCRIBOYSANO

Profanación
Casi la amaba
Ella tanto se entregó
Casi la respetaba
Ella tanto se humilló
Casi la deseaba
Ella tanto se excitó
Casi la necesitaba
Ella tanto suplicó
Casi la mataba
Ella tanto desangraba
Casi su dignidad amputaba
Ella débil lagrimeaba
Fueron un casi caso cursi de amor
Un casi… pero no
Ella en una mañana
Ya sin lugar para el dolor
Tomó su pluma y cuaderno
Y como si nunca hubiera existido
Aquel casi pero no
Liviana como una pluma
Al universo voló

RODOLFO ALBERTO MICCHIA

Se me murió el Tamagotchi
Y sí, en realidad no estaba preparado para ser padre, me habían regalado no sé si para saber cuán responsable era, pero, entre aplausos y risas, la parentela rodeando la luz de mis nueve velas insistían en que piense un deseo, lógicamente mi gran anhelo era tener una mascota, un perrito para poder jugar y compartir momentos gratos.
Siendo hijo único sería el compañero ideal y por lo que había escuchado el perro era el mejor amigo del hombre, creceríamos juntos, hasta había elegido un nombre y, no esos nombres comunes, el mío tendría que ser especial, por eso imaginé en ponerle Pou que significa piojo, es que todos los perros que conocía parecían tenerlos por la forma en que se rascaban, pero, parecía que a nadie se le había ocurrido llamarlos así. Y este sería chiquito, de pelaje negro y saltarín como todo cachorro.
… Ahí estaba yo, con los ojos cerrados esperando una caja moviéndose de un lado a otro y al desnudar el lazo, saltaría con su roja lengua lamiéndose la nariz, sonreí al imaginarme la acción. Pero, al soplar las velas lo primero que recibí sí, fue una caja, más pequeña de lo imaginado, casi que cabía en mis dos manos, inmóvil, inerte, eso sí, con un moño rojo.
Al romper el envoltorio, porque decían que debía ser de ese modo, leí Tamagotchi ¿qué era? … No tenía idea pero todos aplaudieron.
Ahí me explicaron:
—Es una mascota virtual —gritó la tía Lina.
—Qué hermoso regalo —comentó sonriendo el tío Antonio.
Creo que se notó mi cara de culo porque escuché a alguien que dijo:
—Mmmm, parece que al Aldito no le gustó.
Lo que no me gustaba era que me llamasen de esa forma, mi nombre era Romualdo y ya estaba grande para escuchar Aldito, Aldito. Aunque, por otro lado, esa porquería virtual ya me había amargado el cumpleaños, eso, sumado a las medias y los calzoncillos que recibía todos los años rebasaron la gota del vaso.
Pero bueno, no tenía más remedio que aceptarlo, tal vez el año que viene…
Al abrir el regalo el cual venía bien asegurado presioné el botón, mi primo me enseñó los pasos a seguir, lo primero que me dijo fue:
—Tenés que elegir un nombre.
Por supuesto le puse Pou y ahí me dieron las primeras clases de conciencia, ya que el pequeño requería de cuidados tan extremos como un ser vivo, había que alimentarlo, darle medicación si enfermaba, hasta bañarlo porque se ensuciaba por demás.
Con el paso de los días mi vida fue un calvario, debía estar más atento a ese ser que a mis propios amigos, me demandaba demasiado tiempo.
Esa tarde no le presté mucha atención, estaba agotado y por más que le había bajado el volumen lo sentía gritar en mi cabeza. Hice caso omiso a sus histéricos gritos y me quedé dormido.
Al otro día, al despertar, lo primero que noté fue el silencio, lo segundo que vi fue una calavera señalando su partida al campo de los pies juntos, virtualmente hablando. Mis amigos me dijeron que tocando el botón A y manteniendo presionado el C volvería un nuevo personaje.
Ya habían pasado catorce días y según me contaron duró demasiado. Casi lo hago, pero no, no daba revivirlo, demasiada responsabilidad para un niño de tan solo nueve años.

ARCOÍRIS MORENO

perder…
Con la mejor intención, no siempre se salva el mundo, pero… «Casi»…
JUAN LORENTE,
era uno de esos seres bondadosos, campesino desde que nació, y con un corazón de caballo, como decían algunos. No podía ver sufrir a nadie, sin intentar por todos los medios a su alcance ofrecer su ayuda incondicional, y obligatoria.
Así pues, al escuchar un buen día por los telediarios, que en el mar las ballenas estaban sufriendo, y en peligro de extinción, él, como todo ser bueno, dispuesto a prestar su ayuda a tan hermosas criaturas, dejó a un lado sus tareas, sin perder tiempo en disputas, con el camión más grande que disponía en su hacienda, se marchó rumbo a los mares.
Regresó pronto y contento, con una enorme ballena, la soltó bajo un olivo, y se sintió satisfecho.
» Ya te salvé de los mares, vive y sé feliz, sin miedo».

ANÓNIMO

**LAS ALBA**
La Poncia bebe vino en la cocina, y piensa: «¡Qué jaleo meten! Ya cuatro horas de gori-gori. Y a mí la fiera achuchándome con el ¡limpia, limpia! La carcome el vació que dejé en su cama. ¡Bernarda mandona, agarrada, delincuente y ahora… promiscua! Con don Antonio de cuerpo presente, y solo invita a sus amigos. ¡Qué vergüenza!».
Se levanta y se sirve otra copa de vino: «Treinta años le di ¡tonta de mí! Si no es porque metió a mis hijos en el negocio… Pero ¡buena papeleta le queda! La abuela toxicómana y de sus cinco hijas: la Angustias camino del ocaso; a Magdalena, Amelia y Martirio la fealdad les llega hasta los huesos, solo Adela, por su juventud, luce una hermosura pálida y severa».
El móvil la avisa. Bernarda llama.
La Poncia entra en el salón. Nadie lleva luto y piensa: «¡Muerto el rey…, viva Bernarda!». Está última le indica que se acerque y le susurra:
—Baja a la tienda y compras cinco de Larios, que estos tragaldabas ya no se enteran. Trae unos cuantos gramos de la última entrega y los preparas para servir en bandejita de plata, a ver si la yaya se anima. A mis hijas no les des, aún hay mucho que cortar.
La Poncia regresa tras el carrito de las bebidas que canta “clinqui clinqui”. Ofrece la bandejita primero a la abuela, que, sin dudarlo, esnifa con afán. Después el recipiente levita por el resto de la congregación. Por fin la yaya se levanta. Su andador se contonea por el salón. La nieve anima la fiesta.
————————————————————————–
En otro piso del mismo edificio:
—¡Ibas tieso como una momia, embalsamado en traje y zapatitos de charol! —gime Pepe el Romano—. Mi cuerpo entero llora. ¿Quién lo besará ahora? ¿Quién me tomará como un bruto? ¡So maricón! Yo, ¡la que más te quiso! ¡Antonio María Benavides! —grita—. ¿Cómo voy a vivir sin ti?
————————————————————————–
En la gran estancia estructurada y compartimentada, las cinco hijas cocinan.
—Angustias, ¿otra vez con sujetador? —dice Adela—. ¡Pero si aquí nadie va a fijarse en que tus pechos son pasas caídas ¡
—¡Tú te callas! —responde Angustias entre las risas de sus hermanas—. ¡Estoy harta de trabajar en bragas! Que os guste o no, el negocio es mío por herencia.
—¡Ya estamos! —dice la Poncia al entrar con el desayuno.
—¡Ya no puedo más! —dice Adela—. Somos vuestras hormiguitas, lo único que os importa es la línea de producción. ¡Quiero ser cigarra! Salir de fiesta, concursar en un reality, conocer hombres de mundo y disfrutar del poliamor.
—¡Mientras vivas bajo este techo harás lo que se te diga! —grita la Poncia—. ¡Vamos hormiguitas!, seguir cortando.
La Poncia sale de la cocina. El móvil pide desayuno para dos.
—¡Pasa! —dice Bernarda tumbada sobre el lecho cubierto de blanco lino, mientras abraza a una joven con el cabello como una manada de cabras—. ¿Y mi madre?
—Aún duerme…, con tanta jarana.
—¿Mis hijas?
—Cocinando y algo revueltas, sobre todo la Adela…, ya sabes.
—Hablaré con ellas. Avisa a Pepe el Romano. Quiero verle.
Bernarda, tras el desayuno, entra en la cocina.
—¡Buenos días! Ya me han contado… Hay que terminar de cocinar la coca. ¡Dejaos de revueltas! —grita—. El negocio y el dinero es lo que ahora cuenta. Y Angustias… ¡la base se cocina solo en bragas!
—¡No me gusta estar desnuda! —contesta revuelta Angustias—. ¿Y Pepe el Romano? ¡Libre como un pájaro!… con toda esa pluma, hace y deshace, entra y sale… ¿Quién lo controla?
—¡Él cumple! —sentencia Bernarda—. Maneja bien el negocio, pero… ya está bien de explicaciones ¡A cocinar!
Tras salir su madre, Adela, desesperada, va al aseo y esnifa el polvo blanco hasta perder el conocimiento.
Cuando abre los ojos Adela reconoce su habitación. Su amiga, Pepe el Romano, la vela y se acerca cariñosa:
—¿A quién se le ocurre? ¡Loca, más que loca! ¡Qué disgusto nos has dado!
—¡Quiero morirme! —dice Adela abrazándola—. Ya no aguanto el horror de estos techos. Necesito salir, ¡no puedo más!
—¡Oye! Aquí cero dramas. Ya ves el vacío que me ha dejado la reinona de tu padre, y aquí me tienes. ¡Ya vendrá otra que sepa tapar este agujero!
—Pepe, lo he pensado. Necesito ir contigo a la próxima entrega. ¡Quiero huir!
—¡Uyyy, nena! Es muy peligroso. Tu madre me arrancaría mi prótesis de glúteos.
—Pepe, tú me quieres… ¡ayúdame!
————————————————————————
El reloj de péndulo toca las nueve en el salón. Esa noche de finales de septiembre es cerrada. Ante la gran mesa Bernarda observa. Sus cinco hijas, la Poncia, los hijos de ésta y otros compinches, todos bajo las directrices de Pepe el Romano, pesan, envuelven y guardan en maletas decenas de paquetes de kilo de cocaína listos para la venta.
Adela y Pepe se miran cómplices, y mientras ella empaqueta piensa contenta que en la oscuridad de esa noche no habrá cerradura, ni cerrojos que puedan quitarle su libertad.
————————————————————————–
Adela se sienta en un hueco del comedor:
—¡Fuera de aquí! —vocea levantándose la Chata—. Las narcos a otra mesa.
—¡Yo me siento donde me da la gana! —grita Adela agresiva a la gitana—¡Bollera!
Entonces, de tirarse la comida, pasan a las manos y dos funcionarios intervienen para separarlas:
—¡Chata! —maldice Adela revolviéndose hasta ser esposada—. Si tuviera un rayo entre los dedos…, ¡te rebanaba la garganta!
—¡Las dos a aislamiento! —grita el funcionario que arrastra a Adela engrilletada.
————————————————————————–
—Veinte años tengo. Solo quería un horizonte, sin cerraduras, sin llaves. Probar un beso de amor, la pasión bajo la luna y ahora me veo en esta fosa, la cárcel… ¿mi sepultura?
A media tarde la funcionaria de turno pasa celda por celda a recoger las bandejas de la comida:
—¡Interna! —grita la funcionaria—. Dame la bandeja… ¿Qué esperas?… ¡Interna! ¿Qué haces?… ¡Como abra será peor!
Adela no contesta.
El manojo de llaves tiembla de rabia en manos de la funcionaria. Al abrir la puerta, en la penumbra de la celda, descubre el cuerpo inerte de la joven, oscilante, como el péndulo del reloj de la cárcel de la que casi consiguió huir.
**FIN**

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24 comentarios en «Casi – miniconcurso de relatos»

  1. Cuesta tanto escoger. Son muchas y muchos los escritos excelentes.
    Este semana voto por:
    César Bort
    Javier García Hoyos
    Gloria Albadalejo
    Pedro Antonio López

    Responder
  2. Esta semana voto por Nora Guevara , su relato me pareció maravilloso, te envuelve , te hace vivir y sentir al personaje y su hábitat en cada letra ,y en cada párrafo .
    Mil gracias por cada enseñanza.

    Responder

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