Irreversible – Miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «irreversible». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 21 de julio!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

 

CORONADO SMITH

Corría el año de Vuestro Señor de mil tropecientos y tantos. La expedición había partido del puerto de Solap, en el reino de Vetonia, bajo el mecenazgo de la reina Irenia de Baskerville. Iba a bordo del Mejillón Inquieto, el Catamarán de la capitana Talita Telita Tela y sus amazonas. Constaba de un solo miembro, Mr C e iba en busca de la flor de la papaya, que según los cálculos del afamado científico se encontraba en el lejano reino de Trebalia. El viaje había ido casi sin sobresaltos, casi, porque en un arrebato de autoridad desmesurada, la capitana Talita 😭., habíale confiscado la guitarra a Mr C, cuando en una noche donde el lambrusco del Reggio Emili, había rodado más de la cuenta, toda la tripulación de amazonas habían acabado cantando “Un flecha en un campamento”, para exasperación de la capitana, quitando ese incidente todo el viaje había sido tranquilo. Después de taitantos días, la expedición llegó al reino de Trebalia. Trebalia era el gran reino de las hadas de cuentos, descendientes de Avón según la leyenda. Reinaba la Gran Madre Chisssttt – la que da tranquilidad, en lengua trebolista -, guardiana del gran trébol. Los enviados reales esperaban a pie de la ensenada a que desembarcaran los pasajeros que iban a ir al castillo de la Gran Madre a pedir su bendición para buscar dicha flor. Un ¡ohhh! de asombro salió de las gargantas de los allí presentes cuando Mr C descendio por la escalinata del barco.
-¡Hay que avisar enseguida a la Gran Madre Chisssttt, es él, el portador de la semilla de las profecías de Mortadeus Malaraspa!-
Un emisario partió raudo y veloz a informar, mientras los visitantes eran introducidos en majestuosos carruajes tirados por los famosos caballos de Trebalia.
Cuando la comitiva llegó a palacio, ya estaba la Gran Madre Chisssttt en el dosel de la puerta que daba entrada a los espectaculares jardines que rodeaban a dicho palacio. La Gran Madre Chisssttt, era una mujer de edad indefinida, de pelo plateado y porte señorial, que conservaba ese aire de belleza legendaria de las mujeres de Avón, aunque también se apreciaba en su rostro rasgos de la raza de Garnier. Nada más descender de su carruaje, Mr C se vio observado por aquellos ojos de color cambiante según les diese la luz, de la Gran Madre.
-¡Es verdad, es Belleza Smith, el portador de la semilla que salvará a nuestro pueblo, augurado por el profeta Mortadeus Malaraspa! – sentenció la gran madre.
– Esto…, creo que hay un error señora, yo soy un simple botánico.- añadió el viendo el cariz que tomaba aquello.
-En todo caso sería Peligro Smith, porque no veas el amigo en cuanto te descuidas un momento – añadió la capitana Talita 😭.
-No hay error, es él – añadió con voz suave y penetrante la Gran Madre, al tiempo que se ponía a recitar.
– Allende los mares vendrá
un rayo de sol uo, oh, oh,
su aparición inspiradora será.
Con su música a la espalda
la semilla portará
y el gran reino del Trébol
su esplendor conocerá,
en la noche de la absenta
todo renacerá-.
-Ejemmm, vd sabe que las profecías son engañosas, según el gran Ikerus Jimenesus.
-Aquí no adoramos a profetas menores, Sr Smith, las profecías del gran profeta Mortadeus Malaraspa son irreversibles, además, ¿a qué han venido en busca de la flor de la papaya?
-Mr C respingó de asombro -¿Y como lo sabe vd Gran Madre?
-Por que está en la profecía, la flor de la papaya solo se mostrará en al gran árbol blanco, cuando la semilla sea depositada por su portador en el cáliz sagrado de Trebalia –
– ¿Y dónde está ese cáliz, si puede saberse? Si me presta alguna súbdita que le de a la manivela un rato, si vd me entiende, acabamos pronto y me voy a por la flor.
La Gran Madre abrió los ojos con estupor ante la irreverencia del sujeto que tenía delante, ya decía la profecía que Belleza Smith sería alguien insufrible e irreverente, pero necesario.
– El cáliz sagrado de Trebalia, es la princesa Matanga Aserejé y la semilla solo puede ser depositada en la piedra de la veneración en la noche de la absenta.
(PODRÁ CONTINUAR)

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

Como aceptar el paso del tiempo.
Espejito, espejito, quién es más guapa que yo…
La vida me había dotado con una cara bonica, unos ojos que hablaban, y una gracia en mi ser y en mis andares única.
Crecí feliz ya que todo aquel que me conocía me abría sus brazos y su casa. Más llegó el hacerse mayor y mi rostro a igual todo mi cuerpo hizo un cambio notorio. Tan notorio que yo misma a través del espejo no me reconocería.
Dejé de mirarme, en el, ni tan siquiera en el agua del estanque. Las arrugas de mi cara me entristecen
Los dolores de mi cuerpo me hacían sufrir tanto que llegue a pensar que mi nombre Cruz el cual siempre me gustó se había convertido en la carga de mi amargura.
Irreversible, me dijo un día el espejo del cuarto de baño.
Inrreversible qué, pregunté aquel que me devuelve mi imagen.
Comence a ponerme en la cara lo que nunca antes hice. Cogí un pepino de los más tiernos que habían en la huerta, lo machaque. Después aquella pasta me la puse en la cara. Al dia siguiente utilicé un aguacate,al siguiente día un tomate,igos, enfin pasó por mi cara toda la fruta conocida por mi. Un día al retirar de mi rostro aquél mejunje de verduras me vi en el espejo tal era, Cruz y me quise mucho. Que importaba que mi cara mostrase la ancianidad
El espejo me hizo ver en cada arruga de mi rostro la felicidad vivida y el amor que he dado Alós míos.
Lo inrreversible no se puede ocultar es un proceso natural y yo soy una persona » no muñeca de porcelana «.

AMALIA MARTÍN

Creo que pocas palabras son tan feroces y contundentes como «irreversible» máxime si el contexto es un hospital y ésta es pronunciada por un profesional de la salud.
Tiene tinte de muerte y mal presagio .
Sientes que el lado oscuro de la vida se muestra ante ti devorando cualquier atisbo de esperanza.
El miedo te atrapa y te hace perder la movilidad facial e incluso muscular.
Nuestra expresión pálida ,casi inerte …
¿Qué otro vocablo puedes usar para hacer palanca y quitar hierro a la sinrazón de tal irrevocable situación?
Ninguno.
Las extremidades se paralizan y el mundo se cae a los pies.
No hay solución ,no hay esperanza porque esto es «irreversible».
No verás el amanecer,ni tarearás tu canción favorita ni sentirás el perfume de las flores en la nueva primavera ,ni el rugir del viento en la estación invernal, ni el velero atracando en el puerto sobre un apacible mar plateado ,ni el sonido de la cascada de agua tras la tormenta ni el olor a tierra mojada ni escucharás la sonrisa del bebé ni sentirás el tacto de la palma de mi mano ,ni te pondrás los pendientes que dejaste en el joyero que tanto te gustaban ni volverás a reír con tu gente ,ni mirarás las estrellas las tardes de verano ni iremos a la huerta a darnos un baño ,ni cocinarás las delicias que tanto nos gustaban ni vestirás tu vestido favorito en las tardes estivales ,ni apagarás las velas de un nuevo cumpleaños …
Sólo una vez lo pronunció el doctor y fue tan destructiva como letal…puro veneno.

KARLOS WAYNE

IRREVERSIBLE;
.
COMO CUANDO PREGUNTÉ:
.
¿TIENES LA REGLA?

ALBERTO MEDINA MOYA

Me quedaba un disparo, pero esta vez rompería aquel maldito palillo y ganaría el osito que la chica que me acompañaba me había retado a conseguir. En especial porque si vas a una verbena en la primera cita con la chica tus sueños y delante de una caseta de tiros te dice con voz melosa que quiere un osito a cambio de un beso donde tú quieras, tienes claro que has nacido para conseguir ese jodido peluche. Le había preguntado de qué color lo quería, había dicho azul, y ya no había vuelta atrás. Iba a estampar ese beso insuperable en el álbum de mi vida sí o sí. No podía creer que los dioses fueran tan enrollados conmigo pero ya podía sentir sus labios enganchados a los míos y a la verbena entera mirando cómo subíamos más alto que la noria y las nubes y los satélites, sabiendo que nada ni nadie podría arrebatarme ese momento.
Sí, había fallado dos veces y sentía la presión, porque sabía que no tendría más oportunidades. Ella me había puesto a prueba y no podía fallar. Volví a apoyarme en la barra y miré el palillo por tercera vez. Era el momento de la verdad; o le dejaba claro a esa chica que yo era su hombre o me hundiría en el fango más cenagoso que hubiera conocido. Respiré hondo, puse todo mi ser al servicio del objetivo y sentí una energía que subía por mis piernas, llegaba al tronco, se extendía por mis brazos y dirigía la escopeta hacia el pecho del dueño para decirle: “dame el osito azul o disparo”.

CARLOS TABOADA CABALLERO

Caprichos, gatos y casas.
Mi madre es una Santa, si por ello se entiende que atiende todas mis necesidades —aun cuando mi padre, el año pasado, la dejó sola (sin que se fuera al otro barrio)—, así como también mis caprichos. Tampoco son muchos. Festival por aquí, cervezas por allá. Depósito de gasoil lleno y ropa barata. Te haré una confesión: cuando aparece un agujero en la camiseta, lo considero reliquia. Si fuera en los calcetines sería incómodo, y si aparece en el lugar que sujeta mis partes —donde siempre—, entonces… entonces es jodido cuando se agranda. Al final, termino por desecharlo. Creo que por todas estas cualidades mi madre me soporta, aparte de escuchar sus mantras y vislumbrar enseres aparentemente espirituales que circulan a su aire por la casa. A veces me pregunta por tal cosa perdida, y casi siempre sé dónde está —y no sé por qué. Tengo suerte. En definitiva, mi madre espera ver en mí a un Ser disciplinado que enseñe asanas, respire un eficaz pranayama, cante las mismas frases y dirija el Centro al cabo de los años. Sería irreversible para mí. Para mi vida. Eso me acojona. Esto es un secreto.
Otra cosa es mi hermana pequeña. Ella hace lo mismo que mi madre. Son dos gotas de agua. Solo que mi hermana necesita experimentar, conocer otros horizontes. Cuando se larga a no sé qué provincia por unos meses, dice que lo hace para aprender y llevar al Centro novedades. Con veintiuno se largó un año entero a la India. Vino flaca y nostálgica. No le gusta la música ruidosa y suele beber infusiones. Además, tiene ciertos caprichos. Le gusta la ropa hippie. Vestidos, faldas y todo tipo de prendas naturales cosidas a mano. También es sensible a los inciensos. El característico olor es capaz de abrir las puertas de los armarios e impregnar la ropa como suavizante. Un día trajo a casa dos gatos, y el trato con ellos debe ser exquisito. Son Dioses, dijo, bautizándolos como un par de ellos.
Luego está el casero. No quiere el ingreso por el banco. Prefiere recibirlo en mano, como el café que nunca le prepararé —una vez aludió al olor de la cafetera italiana que empezaba a escupir. Es militar. Vive en una casa del Ministerio. La casa, en un futuro, será para su hija, me dijo un día. Es un tipo con buena barriga. Creo que cobra por debajo de la media. Antes de nosotros, le destrozaron la vivienda y puso un cartel de venta. Pero su hija conoció a mi madre, la profesora, que prefirió vender la casa que compró con mi padre para que el pasado no volviera a asomar. Algo irreversible. Creo que hablaba del militar.

BENEDICTO PALACIOS

Raimundo ardía de rabia, estaba furiosísimo. Se había enterado de que en puridad debería llamarse Ramón y que Raimundo era un sucedáneo. Enfadadísimo logró al fin descubrir la manera de cambiarlo. Se informó de que al día de nacer todos teníamos un nombre y que este aparecía reflejado en el Registro Civil. Y allí se dirigió. Vestía pantalón corto y calcetines blancos e iba recién peinado con la raya a la derecha, recta, como si la hubiera trazado con una escuadra. Le echó una simple mirada el funcionario y descubrió que era un muchacho algo tierno, y más le pareció cuando dijo que venía a cambiarse de nombre. Le sentó a una mesa y le hizo firmar en siete papeles y en el último con grandes letras la frase si no te gusta te aguantas, el nombre es irreversible.
Con los primeros granitos en la cara, cumplidos catorce años, Raimundo se enamoró de su maestra y ni corto ni perezoso se lo escribió en una carta porque no se atrevía a decírselo a la cara. A la maestra no le hizo ninguna gracia la cartita, porque además de utilizar palabras de las novelas de la TV, se las escribió con faltas de ortografía. Error gravísimo. La maestra que no les pasaba una, le puso un dos en expresión y un cero en ortografía. Y Raimundo protestó.
—Lo siento —replicó la maestra— las puntuaciones del escrito son irreversibles.
Terminado el bachillerato a trancas y barrancas, se marchó voluntario al ejército, y un día por hacer la gracia se vistió delante de sus compañeros con la gorra del coronel. Y cuando estaba ordenando a sus colegas que formarán, llegó el capitán y le metió un par de semanas en el calabozo. Raimundo que era hijo de un guardia civil pidió clemencia. A lo que el capitán contestó que el capítulo de las ordenanzas, en lo tocante al rango de un superior, era en su contenido irreversible.
Pasados los años, se enamoró de Cristeta, nombre feísimo para su gusto, y la convenció llamarse Cris y entonces ella le llamó Rai. Y nunca más volvió a pensar en cambiar de nombre.
Como pareja con futuro imaginaron la vida rodeada de niños. Que los niños tendrían que llegar era irreversible, pero no contaban con que la naturaleza no entiende de volver al estado anterior, y por más que lo intentaron no acertaron con dar respuesta al hecho irreversible de ser padres. Pero sucedió que a punto de cumplir los cuarenta, Cris se sintió indispuesta. Pidieron consulta al ginecólogo, el cual certificó que estaba embarazada.
—Caso extraño, pero irreversible —certificó el doctor— porque seguirán teniendo relaciones.
—Con menos frecuencia de la deseada —se excusó Raimundo y Cris le lanzó un buen pellizco.
—Pues pusieron mucho interés. Que han encargado un niño lo dicen los análisis.
—Ya, pero…
—Los informes son irreversibles.
Lo celebraron dándose un banquete. Comieron medio cabrito y descorcharon una botella de cava. Y llegó la noche.
—Cris, he comido en demasía, tengo un llenazo total. No se si voy a poder dormir.
—Aguanta que te preparo una infusión, la mejor medicina.
Se presentó con una taza de manzanilla sin avisarle de la temperatura. Probó Raimundo y se quemó lengua.
—Joder, Cristeta, cómo no me avisas. Si un caldo está que arde, natural es que queme.
—Sí, Raimundo, es irreversible.

SUSO SOLANO

Anhelar que se aparezca, imprevisible,
como el témpano que huye del invierno,
calculando cada paso hacia lo eterno,
caminando bajo un cielo irreversible.
Apelar a una memoria permisible,
relegando cada paso a otro mesías,
sabe a brindis con la misma distopía
que persigue casi siempre al invencible.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Raúl entró en pánico cuando escuchó al médico darle los resultados.
– Desafortunadamente tiene usted un cáncer irreversible con metástasis muy avanzado. Lo siento mucho, lo hemos detectado muy tarde. – Aseveró el doctor intentando no derrumbarse para no provocar el mismo efecto en su paciente.
-¿Cómo?- Preguntó Raúl casi sin poder hablar y con lágrimas en los ojos, apretó los dientes y siguió preguntándole al doctor.- ¿Cuánto tiempo estima usted que me quede de vida?¿De verdad, no se puede hacer nada, ni quimioterapia o cualquier tratamiento aunque fuese agresivo?
– Lo siento mucho Raúl, de verdad que le entiendo, está usted ahora mismo en estado de shock, intenté calmarse pues podría incluso sufrir una crisis de ansiedad que podría desencadenar en un cuadro de infarto. Contestando a sus preguntas estimo que le deben quedar uno o dos meses de vida, lo siento muchísimo, el cáncer está muy avanzado y es irreversible, la metástasis acabará afectando a las células sanas y las convertirá en cancerígenas hasta llegar a los órganos vitales. Y no, dado el estado avanzado de la enfermedad su cuerpo no aguantaría ni una sesión de quimioterapia y otro tratamiento es imposible. Lo siento mucho;de verdad. – Contestó el doctor dolido mientras se rascaba la nariz con el dedo índice.
Semanas después Raúl decidió escribir un libro titulado » Mis últimos días», lo escribió en poco tiempo pues no sabía cuánto le quedaba. Contactó con una editorial que aceptó publicar su libro. Les parecía una buena iniciativa y un homenaje a título póstumo hacia su autor, pues mientras realizaban los preparativos para la publicación Raúl pese a sus esfuerzos por alargar su vida; tristemente falleció.
En su libro se incluía un bello y triste poema:
Aquesta vida pasa rauda,
entre las sombras,
no sabemos apreciar las luces
que son destellos que te guían.
Cuando te das cuenta,
la vida ya la has vivido,
se te acerca la hora,
y el ocaso te atrapa.
Entre el miedo y temor,
quiero vivir más,
pero el cáncer no me deja,
y me reclama allende.
No puedo despedirme,
pues no quiero irme,
con las almas pérdidas,
dónde empiezan las sombras.
Mí luz se apaga,
entres destellos,
intermitentes,
mientras escribo; muero.
El libro fue todo un éxito de ventas y fue uno de los más vendidos. Cómo quiso Raúl el dinero recaudado en ventas será destinado a investigación para la cura contra la lacra del cáncer. Sin ánimo de lucro. El mejor homenaje a título póstumo que se le podría dar a Raúl sería ese. Que no se dieran más casos cómo el suyo. Pues nadie está preparado para un diagnóstico así. Irreversible.

FÉLIX MELÉNDEZ

Por una calle cualquiera, cruzando por el paso de cebra venían unos pies rastreros, lentos, bajo un sombrero que protegía del sol, evitando quemaduras en la piel blanca, casi enfermiza. Y un bastón curvado tipo paraguas.
Era media mañana, los bocinazos empezaban a sonar, tras el cambio de disco del semáforo y las voces y los insultos surgían de la nada, de la rapidez equivocada de cualquiera, que antes de mirar; grita, chilla y vocifera.
Doña Amalia, estaba acostumbrada, cruzaba todos los días a la misma hora por ese sitio la calle y ya sabía ella, que los últimos pasos no podía, las fuerzas traicioneras, le abandonan era una situación irreversible, pero no le quedaba otra. No había otro camino por donde poder pasar a esas horas.
Los coches comenzaban a circular, y los bocinazos implementan los nervios.
Cuando ya llegaba a la acera, respiraba y se sentaba en un banquito de hierro, mientras llegaba el autobús número 9.
El calor espeso del día se podía cortar, bajo un cielo oscuro lleno de nubes, y casi olor a tormenta, tierra mojada, sudor frío.
Bajo la arboleda tumbada, con sus hojas torcidas, dobladas, vueltas, esperando el agua que necesitaban les devolviera a la vida. Las hojas parecen muertas, mustias y calladas, desvanecida sobre sí mismas.
Un gran trueno enciende todo el cielo, un trueno seco, como un árbol luminoso de plata, desde donde caen los rayos al suelo, entre ecos pedidos.
Retumbando el crujido del sonido sobre el asfalto seco y caliente, brotando un humo transparente.
Doña Amalia se quita una especie de rebeca, le da la vuelta, y la convierte en impermeable, es reversible. Cambiando el sombrero por un gorro sacado del cuello.
A continuación una trompa de agua caída del cielo, impresionante. Todo se llenó de una manta blanca, granizos gordos y como frailecillos saltaban sobre los coches, pegando fuerte el agua en el acerado.
Entre los vapores, las prisas y la humedad, se presentó el autobús. Quedó olvidada una bolsa de papel que la señora llevaba, con ovillos de lana y agujas, para hacer crochet, en casa de su amiga esmeralda.
Cuando se dió cuenta, por más que miró, ya era irreversible fue, al bajarse del autobús, no podía volver. «-Menos mal, que el monedero lo tenía guardado dentro de la chaquetilla, pensaba-«
¡Hay que ver!, La granizada que ha caído. El daño a los árboles y los coches, es algo totalmente irreversible. -Le voy a contar a Esmeralda, lo de Antonio con su nueva novia, que cabeza tengo- ¡ya verás como lo olvido!.

BEGO RIVERA

Si me buscas…me encontrarás.
I – Invoqué a la muerte con temor inusual,
R- rondaba lista acechando a mi alrededor.
R- Repetía mi nombre gritando sin parar,
E- escuchaba un zumbido insoportable chalar.
V- Vi su rostro: tétrico, oscuro, deformado;
E- empezó toda mi alma a temblar, a exudar.
R- Respiré forzosa y muy profundamente:
S- solo me quedaba inmóvil-esperando- llorar.
I- Invitándome imperativamente a seguirla…
B- bailaba retumbando sobre mi tumba;fausta.
L- Luego desapareció … de pronto. Volverá.
E- Estoy muerta. Y es irreversible el final.

IRENE ADLER

LA VIOLETA
Conduce despacio, a distancia, manteniéndose sobre las rodadas del vehículo pesado del cosaco que va delante. Podría estar conduciendo sobre un río helado o sobre un lago. Podría hundirse sin apenas darse cuenta, ahogarse y desaparecer. A veces, aparece a su izquierda un pequeño bosque de abedules, sus troncos plateados como espigas, parecen esqueletos blancos de soldados de otra guerra. Muertos que aún permanecen en pie, como si esperasen al pelotón de fusilamiento. Y la luz amarillenta de los faros, al rozarlos, crea una siniestra ilusión de movimiento. Quizá levantan los brazos y descubren el pecho, desafiantes hasta el final, como en ese cuadro furioso y triste de Goya.
Conduce sin un plan en la cabeza. Sólo quiere saber dónde se juega, quien asiste, y luego, redactar un informe, entregarlo al comandante, irse a la cantina y beber. Las represalias y los castigos son cosa de otros. Él sólo les hace de sabueso.
Se detienen a la vez. El cosaco y los chavales se bajan del camión y recorren la poca distancia hasta la puerta del edificio chato y tosco, alargado, como un antiguo pabellón de caza. Ulises Mendieta los observa recorrer ese corto espacio entre la nieve y piensa en otras marchas, arrastrando los pies y la impedimenta, sobre otra nieve, que quizás fuera la misma, siempre. Las largas marchas que los trajeron hasta aquí. Y se pregunta, si al igual que ocurre con el espejismo repetido de la nieve, no ocurrirá también con la distancia. Ese corto tramo entre el camión y la puerta, equivale a la distancia entre España y Rusia ; entre la esperanza y el vacío; entre la vida y la muerte. Entre lo que somos, y lo que podríamos ser, si nos dejaran.
Cuando abre la puerta, lo sacuden el humo y la luz, un enrarecido calor artificial, el bullicio. Abundan los uniformes grises de la Wehrmacht, mezclados con los chalecos de piel de oso de los rusos. Se queda un poco atrás, observando, mareado por el olor fuerte y espeso del vodka y el sudor, y por las manos levantadas que agitan con frenesí puñados de dinero. Abundan los galones de Oberturmannfhürer y Sturmannfhürer, algo separados del resto, en un lugar preferente, y a diferencia de la chusma enloquecida, sentados a una mesa. Los oficiales alemanes no apuestan, no gritan, tienen la actitud displicente de los promotores de boxeo. El ambiente festivo, como de circo romano, gira imperceptiblemente alrededor de ellos. Los jugadores, salidos de entre la turba que hace de público, les dirigen una mirada tácita, algunos una inclinación de cabeza, y Mendieta entiende que hay un orden previsto, una impecable organización, muy a la alemana. Y en el lenguaje corporal de los jugadores voluntarios, según y cómo se interprete esa palabra, está la resignación última del gladiador veterano. Morituri te salutant. Los que van a morir, te saludan.
Entonces ve al soldado de primera Ramírez subir a la pequeña tribuna que hace de arena o de escenario. Tiembla un poco dentro de sus veinte años, se ha quitado la guerrera del uniforme, y desde donde se encuentra, Mendieta empieza a verlo todo rojo, a excepción de la camisa blanca del chaval, como aquel fulano valiente del cuadro de Goya. Vacila al caminar, no por cobarde, sino por dolorido. Bajo la camisa lleva el vendaje reciente, también blanco, que le comprime las costillas maltrechas.
Y Ulises Mendieta, sin pensar, con una especie de calor malsano en la ingle y la cabeza, empieza a abrirse paso a codazos entre la multitud vocinglera y exaltada. Un ruso viejo y barbado hace de maestro de ceremonias. El bisbiseo del tambor del revólver al girar, es el santo y seña para que se imponga el silencio. Y es un silencio que espanta. Un silencio de entierro y de iglesia. Un silencio de tumba y de réquiem. Se acuerda de la madre y los hermanos del chaval, allá en el pueblo miserable. Se acuerda de cómo era él, con veinte años. Se acuerda de la sangre coagulándose deprisa por el frío. Y piensa que no era la distancia entre el camión y la puerta, sobre la misma nieve, sino ésta otra, entre el público y la tarima, entre él y el ruso barbado, entre el revólver y la mano temblorosa del soldado Ramírez. La distancia entre la esperanza y el vacío. Entre la vida y la muerte. Entre el hombre que es, y el que pudo haber sido , pero no le dejaron.
Su irrupción en el juego crea un pequeño alboroto, mucho desconcierto. Todos miran hacia la mesa de la oficialidad alemana, todos, menos el soldado Ramírez, que no aparta la vista de él, desde que lo vio interponerse entre él y el ruso, estirar la mano para empuñar el revólver ya cargado en su lugar, y decirle, bajito y cabrón : «largo de aquí. Ahora».
Durante tres segundos, el Oberturmannfhürer alemán y el teniente de artillería español se miran, no de soldado a soldado, sino de hombre a hombre. El nazi hace un gesto indulgente y aprobatorio con la mano, y permiten a Ramírez abandonar la violeta y volver al campamento.
Mendieta se quita la guerrera y se queda en mangas de camisa, como aquel fulano orgulloso del cuadro de Goya. Y sólo levanta el revólver cuando ve la puerta cerrarse detrás del soldado Ramírez. Hay una única bala en el tambor. Y éso lo vuelve todo irreversible.
Mira al Oberturmannfhürer:
Morituri te salutant.

ANGY DEL TORO

MEMORIAS DE ALBERTA, CANADÁ
La primavera me devuelve un aroma muy personal cuando entre rosas silvestres vislumbro la cabaña del abuelo. Su figura vaga por los alrededores de un lago azul, suave, primoroso y cálido. Hoy, el mar se filtra a través de las cortinas de mi cuarto y la brisa salpicada de sal me humedece los ojos. Aún escucho a mi abuelo Salvador cuando cada noche llegaba a mi ventana deseándome dulces sueños, notaba que, al alejarse, apenas podía distinguir el trazo de su silueta de entre las serenas olas que en la orilla sus huellas borraban. Apacible contraste el que mi pueblo ofrece, una paleta de colores que inspira al más excelso de los pintores. Anna María, decía mi abuelo: «Si la puerta de mi cabaña algún día se cierra… no sufras, siempre habrá una ventana abierta en tu vida». No es casual que su aura me envuelva, debo abrirme a lo que mi adorado Salvador repetía una y otra vez: «La felicidad es una decisión que tenemos que tomar a diario». He vendido la cabaña de mi abuelo, ya es irreversible que esta ventana se cierre y comience una nueva vida. Dejar atrás mi infancia provoca mirar más allá de mi propia existencia e ir en pos de espacios lejanos. Disímiles embarcaciones se preparan para adentrarse en alta mar y en una de ellas navegaré, sin rumbo fijo, tras de nuevas ventanas que ante mí se abrirán.
(Imagen: corresponde al cuadro de Salvador Dalí, muchacha en la ventana)

PEDRO A. LÓPEZ CRUZ

Desde la cámara cenital del dron de vigilancia la interminable cola presentaba el aspecto de una grotesca hilera de hormigas. En mitad de ella, aquellos dos hombrecillos de mediana edad, camuflados bajo los nombres falsos de Mikel y Pucho, aguardaban totalmente desapercibidos entre la marabunta humana gracias a su aspecto juvenil y sus rasgos occidentales. Representaban la vanguardia de un grupo mayor que llegaría más adelante. Su llamativo atuendo de los ochenta era la única nota discordante, aunque eso no suponía ningún problema a la hora de integrarse en aquel entorno en el que la libertad era absoluta y donde todo era posible.
La agilidad con la que debían acceder las setenta y dos mil personas al estadio les permitió pasar los controles sin apenas ser registrados. Mikel, consciente de que iba a ser el protagonista de un momento histórico, se sentía incapaz de disimular sus nervios. En una mano sostenía la bebida que iba compartiendo con su compañero, mientras que la otra no paraba de temblarle en el interior de su bolsillo derecho, adosada como una roca al interruptor que, momentos después, accionaría el mecanismo.
Intentando no llamar la atención, lentamente se fueron aproximando a las coordenadas establecidas. Todo estaba minuciosamente medido y calculado. Debían situarse en las primeras filas. Había poco margen de error; un pequeño desvío en la ubicación podría marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Al igual que el resto de componentes del grupo seleccionado para aquella operación, Mikel sabía perfectamente que se trataba de un viaje sin retorno, una especie de misión suicida. Una vez cruzado el umbral, todo ya sería irreversible. Sin embargo, todos habían aceptado sin condiciones. Sabían que el resultado, sin lugar a dudas, iba a merecer la pena.
Mikel respiró a fondo y acto seguido, justo en el momento acordado, pulsó el botón. De repente, todo se desencadenó. Una fuerte onda se expandió a enorme velocidad en torno a ellos, mientras la temperatura ascendía rápidamente y todo se difuminaba alrededor. Una luz cegadora les impidió ver nada durante unos momentos. Finalmente, se produjo un extraño silencio, seguido de un sonido ensordecedor procedente de toda la masa humana que no paraba de gritar.
* * * * *
No lo podían creer. Pero había sucedido, tal y como estaba planeado. El dispositivo digital adosado a su muñeca señalaba el 12 de julio de 1986. Una fecha que marcaría un antes y un después en el curso de la historia. Levantaron la vista y frente a ellos, a escasos metros en el escenario se perfiló de repente aquella inconfundible figura con chaqueta amarilla, llamativa dentadura y característico bigote que agarraba el micrófono como ningún otro lo había hecho antes y nadie lo haría después.
La emoción que sintieron en ese momento desbordaba cualquier expectativa. Todo era real, absolutamente real. Freddy contemplaba a la masa humana, con una mezcla de éxtasis y emoción mientras Bryan aguardaba el momento para comenzar.
— ¡¡¡ Eeeeeeh ohhhhh !!! — gritó de pronto, mientras el Wembley Arena al completo se venía abajo coreando aquel sonido que ponía los pelos de punta.
Aquello solo era el comienzo de todo. El momento de la entrada debía tener lugar en un punto y un momento muy concretos, y todos coincidieron por unanimidad, en elegir el famoso concierto de Queen. Los componentes de la misión eran admiradores declarados por lo que los responsables del proyecto accedieron a esa pequeña licencia. Pero a partir de ahí comenzaba la verdadera misión, registrar innumerables datos y desenvolverse en un tiempo relativamente lejano que de alguna forma les resultaba familiar. Aquello ya lo habían vivido antes. Pero con otra edad y bajo otras circunstancias.
La recogida inicial se completó correctamente y todo fue depositado en su destino. Ese era el único vestigio que atestiguaba que todo había salido según lo previsto y se encontraban donde debían estar. Para siempre, hasta el fin de sus días. Gracias a ellos, cuarenta años después, cada uno de esos datos serían recogidos y verificados escrupulosamente por el control de la misión.
Pasaría mucho tiempo antes de que todo saliera a la luz, pero, sin duda, aquel experimento ultra secreto del Mossad israelí había resultado un rotundo éxito. Definitivamente, se acababa de demostrar que viajar hacia atrás en el tiempo era posible. Aunque, al contrario de lo que siempre se había pensado, tan solo era posible en una dirección. Algo irreversible.

 RAQUEL LÓPEZ

Como el agua
se escapa de las manos
fugaz, pasa el tiempo
arropado en un momento aciago
encriptando mis recuerdos.
Cielos sin luz
destellos tenues,
miradas inertes
funesto futuro
el alma duele.
Como las hojas caducas,
la vida se marchita
hasta la bella mariposa
muere, entre cielos sin luces,
entre sombras oscuras.
Persigues un sueño,
un amor, una esperanza
y pasan cual fantasma
los anhelos mutilados,
carcomiendo mi presente
y olvidando mi pasado.
Todo es irreversible
los pasos que dejaste,
se fosilizan en huellas
los corazones rotos,
los instantes vividos.
Todo es irremediable
a las puertas del abismo…

CÉSAR BORT

<<Cada paso que andamos; cada camino no tiene vuelta atrás, como dijo Heráclito, será otro camino u otra agua la que baje por el río.
Nos calzamos y avanzamos, avanzamos hasta que las suelas se gastan, se agujerean, no nos sirven…
Nos duelen los pies, miramos la senda recorrida, lloramos y reímos; queremos olvidar algunas experiencias y recordar otras; nos sentimos orgullosos y culpables, pero sabemos, somos conscientes hasta las entrañas que no podemos volver a descubrir lo que ya ha sido andado. Nuestro calzado ya se sabe el camino y conoce las piedras que lo han maltrecho.
Y ahora, os pregunto: ¿Qué es irreversible en la vida?>>.
Los alumnos de Filosofía, sin miedo a equivocarse, respondieron al unísono:
<<Los zapatos>>.

RAÚL QUEZADA DÍAZ

CARA O CRUZ
Raúl Díaz Quezada
— ¿Cara o cruz? — preguntó Lisa con la moneda en sus dedos.
Luis se tocó la barbilla. La decisión sería irreversible, de vida o muerte. Sellaría, en definitiva, los próximos minutos de su existencia.
— Cru…cruz — resolvió elegir.
Lisa lanzó la moneda al aire haciéndola girar. Ambos la siguieron con la vista sin pestañear.
Había tensión, zozobra por saber el veredicto.
La moneda ascendió, descendió y siguió rotando en el piso.
Lisa se frotó las palmas en su pantalón para quitarse el sudor. Luis hizo changuitos con ambas manos.
La moneda por fin sucumbió. Ambos se inclinaron para observarla de cerca.
«¡Nooooooo!» gritó Luis jalándose el cabello.
«¡Yes, yes, yes!» exclamó Lisa cerrando ambos puños y pegando varios brincos.
«Ni modo corazón, así es la vida» dijo dándole una palmadita a Luis en la espalda.
«Tú los lavas y yo los enjuago»

EFRAIN DÍAZ

Algunas decisiones y sus consecuencias son de carácter reversibles. Otras, en cambio, una vez tomadas, no tienen vuelta atrás.
Era el heredero de un pequeño imperio en potencia. De su padre y su abuelo heredó el dinero, el poder y la influencia. De su madre, el gusto refinado por el arte en todas sus manifestaciones; la pintura, escultura, la música y las letras.
Dispuesto a convertir a Florencia en la capital del arte del mundo conocido, Lorenzo de Medici, el magnífico, se convirtió en mecenas de los mejores artistas de la época. Protector de su persona y sus bienes, de su talento y sus capacidades, dedicó los recursos provenientes de la banca familiar a desarrollar los talentos de los artistas que tenía bajo su ala protectora, bajo su manto.
Hábilmente, Lorenzo el magnífico creó alianzas con otras provincias, consolidando su poder hasta convertirse en el banquero del Vaticano, la joya de la corona. Estado indispensable para coronarse.
En apariencia, Florencia funcionaba como un estado republicano. En realidad, en la práctica, era regida por familias oligarcas donde los ricos y poderosos tomaban las decisiones que positiva o negativamente afectaban a los habitantes. Al financiar al Vaticano, Lorenzo había consolidado su poder, desplazando a los otros oligarcas, los cuales se vieron amenazados.
Para continuar su mecenazgo y desarrollar las artes en todas sus expresiones, el taller de Lorenzo el magnífico dependía de grandes cantidades de alumbre, recurso muy valioso para la artesanía y la joyería. Por tal razón y con mucha dificultad, Lorenzo había forjado una débil alianza entre Milán, Venecia y Florencia. Aunque débil en principio, esta alianza le garantizaba el control de la ruta y los abastos necesarios de alumbre para su misión.
Lorenzo de Medici vio amenazada su alianza. El Papa Sixto IV quiso extender su poder y su influencia en esa región. Vio el alumbre como un objeto de control. Para lograr su propósito, Sixto IV solicitó un nuevo préstamo al banco Medici. Con dicho préstamo compraría la estratégica ciudad de Imola, fundamental enclave para el control de la ruta.
Lorenzo tenía una dificilísima decisión por tomar. Su hegemonía estaba amenazada. Debía decidir entre otorgar el préstamo al Vaticano y luego disputar el poder de la región con el Papa Sixto IV o denegar el préstamo, con las nefastas consecuencias que representaba perder como cliente a la joya de la corona y otras potenciales ciudades católicas. .
Cualquier decisión que Lorenzo tomara tendría consecuencias irreversibles. Tomada la decisión, no habría marcha atrás y no tendría otro remedio que enfrentar las consecuencias con lo mejor de sus habilidades.
Las familias oligarcas de Florencia estaban a la expectativa. Sabían que cualquier decisión de Lorenzo, representaba una oportunidad inigualable. Si le negaba el préstamo al Vaticano, cualquiera de las familias podría convertirse en el nuevo banquero, con la oportunidad de crecer y aplastar a la familia Medici. Desplazarlos del panorama político y económico. Si lo otorgaba y comenzaba la guerra por el control, las familias rivales apoyarían al Vaticano en la destrucción de los Medici. Para Lorenzo era un callejón sin salida. Para las familias oligarcas, la oportunidad de sus vidas.
En una arriesgada movida, Lorenzo denegó el préstamo, lo que desató un conflicto entre la familia Medici y el Vaticano.
La familia Pazzi, eternos archirrivales de los Medici aprovecharon la coyuntura y aliándose con el Vaticano, urdieron un plan para asesinar a Lorenzo y a su hermano Giuliano. Así fue como en plena misa en la catedral Santa María de Fiore, asesinos financiados por la familia Pazzi con el consentimiento del Vaticano, se abalanzaron puñales en mano sobre la familia Medici. Giuliano fue herido de muerte. Lorenzo, su esposa y su madre encontraron refugio en la sacristía.
Jacopo Pazzi, conspirador y cabeza de la familia Pazzi, nuevos banqueros del Vaticano, corrió por toda la plaza anunciando que habían liberado a Florencia de la tiranía de los Medici. Sin embargo, su plan se vio frustrado, pues el pueblo se volcó en favor de los Medici y los Pazzi se vieron obligados a huir. .
Los responsables de la revuelta, Jacopo de Pazzi, su sobrino Francesco y el Arzobispo Salviati fueron apresados y ahorcados en público. La familia Pazzi fue desterrada y sus bienes fueron confiscados por los Medici, quienes consolidaron su poder en Florencia y áreas adyacentes.
En un acto de venganza por la muerte del Arzobispo Salviati, el Vaticano le declaró la guerra a Florencia. Asediándola por tres años y al punto de la rendición, Lorenzo logró que el Rey Fernando I disolviera su alianza con el Vaticano, que ya sin su poderoso aliado, optó por retirar sus tropas, terminando derrotado.
Para terminar de consolidar su poder, a la muerte del Papa Sixto IV, Lorenzo de Medici logró el nombramiento de Cardenal a Giovanni, su segundo hijo, quien luego se convirtió en Papa.
Por algo le llamaban el magnífico.

JOSÉ ARMANDO BARCELONA BONILLA

EL GENIO DE LA ALCUZA
«La carretera va petada, hasta las trancas. Todo dios se ha puesto de acuerdo para empezar las vacaciones, el mismo día y a la misma hora. La madre que los parió» –va pensando Venancio, aferrado al volante del Megane, y asomando pico, de vez en cuando, por si tiene ocasión de adelantar al tortuga que lleva delante–, «que ni jode ni deja joder, coño, ya».
–Venancio no hagas el loco –Amelia, su mujer, le reconviene con sosiego–, que no tenemos ninguna prisa. El pueblo no se va a mover, cuando lleguemos seguirá en el mismo sitio.
El hombre hace sonar el claxon varias veces, impaciente, para ver si el de delante despierta de su modorra.
–¡Anda calla, qué sabrás tú! –responde, con malas formas, a la observación de su compañera–, solo me faltaba esto, tener que aguantar, también, al maestro Ciruela, que no sabía leer, y puso escuela –se mofa.
Dentro del coche se hace el silencio, fuera, la situación apenas cambia, salvo porque, con una arriesgada maniobra, Venancio consigue adelantar al coche que le precede, conducido por una muchacha rubia, que responde a los bocinazos de nuestro héroe con una mayestática peineta.
–¡Mujer, tenías que ser! –se desgañita Venancio, devolviéndole el saludo.
Dentro del coche reina un clima de cierta incomodidad.
–¡Venancio! –le reconviene Amelia–, ¡Papá! –protestan al unísono Luisa y Aurora, las mellizas adolescentes, que viajan en el asiento trasero.
El hombre ignora a su mujer y proyecta una mirada amenazante al espejo retrovisor.
–¿Es cierto lo que me dice vuestra madre? ¿Estáis pensando en ir a la universidad? –pregunta con un tonillo divertido.
–Sí, papá –se atropellan las mellizas contestando–. Yo quiero hacer arquitectura –dice Luisa–. Y yo filología clásica –remata Aurora.
Venancio estalla en una carcajada, una hilaridad no compartida por el resto, que le convulsiona todo el cuerpo.
–¡Qué jodidas! –afirma, cuando consigue reprimir la risa–. Vosotras lo que tenéis que hacer es enganchar un par de buenos maridos y dejaros de tontadas. ¡Universidad, dicen!
En estas andan cuando llegan al pueblo. Todos bajan del coche y desperezan los cuerpos entumecidos.
–Me voy a lo de Severino, a echarme un vino –ríe Venancio su propia gracia.
Las tres mujeres lo miran con cara de asombro.
–Pero hombre, ayúdanos a descargar –se queja Amelia, secundada por sus hijas, que asienten con la cabeza.
Sin dejar de caminar hacia el garito, Venancio las recrimina.
–¡Si hombre, lo que faltaba! Encima que habéis venido todo el viaje tocándoos las narices mientras yo conducía. Hala, al lío, y preparar algo de comer, que traigo gusa.
El reencuentro anual con los amigos, en Casa Severino, tiene siempre traza de inventario: Licinio ha cambiado de coche, un BMW 320 de empresa, el chiquillo de Carmelo ha empezado ingeniería informática en Barcelona y Olegario ha metido cabeza en el mercado chino, con sus cintas de lomo, embuchados y jamones de bodega.
–Pues yo tengo un proyecto en marcha –miente Venancio–, que como madure, este año me como los turrones en Cancún y dejo en casa a las tres meonas, que son mi cruz, y solo hacen que gastar y darme la murga.
Y así, entre chuscadas, vasos de vino y gambas a la plancha, se echa encima la hora de comer. Cada mochuelo a su olivo.
De camino a casa, a la altura del crucero, encuentra Venancio, una aceitera de hojalata tirada en el suelo y como lleva una tajada de elefante, la coge y empieza a jugar con ella.
–Mira, tú –dice, entre carcajadas, a un interlocutor, que solo existe en su beoda imaginación–, una aceitera mágica, con genio incluido. Vamos a frotarla para que salga.
Limpia la aceitera con su pañuelo y, contra todo pronóstico, el genio sale.
–¡Qué hay, Venancio! –se presenta–, soy el genio de la alcuza y patatín, patatán, ya sabes el rollo. Tienes un deseo, uno solo, y espabila, que se ha hecho tarde y yo aún no he comido.
A Venancio se le ha pasado la cogorza de golpe, la cabeza le da vueltas y se le agolpan las ideas.
–Pero ¿puedo pedir lo que quiera? –pregunta incrédulo.
–Lo que te dé la gana –contesta el genio con displicencia, sin dejar de mirarse las uñas de las manos, demasiado largas y mugrientas–, pero solo una.
Venancio sigue dudando. No lo tiene claro, hay mil y una preguntas rondándole por el cerebro.
–Pero, ¿el deseo puede ser múltiple? Me explico. Quiero tener melena, los ojos azules y la voz de Frank Sinatra, solo por poner un ejemplo, no la jodamos –aclara.
El genio mira el reloj fastidiado, se le está haciendo demasiado tarde y todavía tiene que cerrar un bolo en el pueblo de al lado.
–Venga, sí –concede, aburrido–, pero aligera, coño, que nos van a dar las uvas.
A Venancio, las neuronas se le revolucionan al máximo, barajando posibilidades.
El genio espera, dando ligeros toquecitos de impaciencia con el pie.
–Ya está –se decide por fin–, toma nota, genio. Quiero ser muy inteligente, fuerte como un toro, poderoso, capaz de vencer cualquier obstáculo y de manejar el mundo con un solo dedo.
El genio lo mira con cara de pasmo.
–¿Estás seguro? –pregunta–, ¿no prefieres, yo qué sé, un caldero de oro, un caballo que vuele, una mansión en la Costa Azul…?
A Venancio le han entrado las prisas, lo devora la impaciencia y apremia al espíritu.
–Que no, carajo, que lo tengo claro. Tira y cumple con tu obligación de una vez, ya.
El otro se encoge de hombros, pasando de todo. «Ya he aguantado al idiota este demasiado tiempo, que le den», piensa.
–Lo que tú digas colega. Que tu deseo, que es orden suprema para mí, se haga realidad.
A Venancio le recorre el cuerpo una especie de descarga eléctrica, que le pone los pelos de punta. Ilusionado, se mira las manos, los pies, el pecho y lanza un gritito de espanto.
–¿Pero esto qué es? –pregunta con asombro.
–Un par de tetas –contesta el genio–, lo que has pedido, chati, convertirte en mujer. Aunque me da que contigo, el hechizo solo va a funcionar en superficie. De tío eras tan, tan, tan majadero, que eso no hay magia que lo arregle.
Venancia, aterrada, echa las manos hacia abajo, en busca de la entrepierna.
–Sí –se adelanta el duende–, allí también has sufrido cambios, hija, es lo que toca.
–¡No me fastidies! –aúlla la mujer– vuelve a dejarlo todo como antes –suplica.
–Santa Rita, Rita, Rita –canturrea el genio–, estas cosas son irreversibles, monada. ¡Hala, a disfrutarlo! Y arréglate las puntas, hija, que las llevas echas un asco –le aconseja mientras se difumina en el aire, como un espejismo caliginoso.

JACINTO FERNÁNDEZ LOMBARDO

IRRE-
Pito pito gorgorito. El tambor del revólver gira con una bala en su interior.
Tenía una tentación irresistible, un deseo irrefrenable.
Un golpe con la mano abierta encaja de nuevo el tambor en su posición. El cañón presiona con frialdad la sien derecha mientras el dedo acaricia el gatillo.
El obstáculo era irresoluble, su enemigo de enfrente, irreconciliable.
Aprieta los ojos. Escucha el clic metálico del percutor mientras contiene la respiración.
Su irrenunciable determinación le llevó a consumar el acto irremediable.
No hubo detonación. El corazón le rebota en el pecho como pelota de goma. Pone el arma sobre la mesa y la empuja con cuidado hasta situarla delante del otro.
El daño, pronto, sería irreparable.
Pito pito gorgorito. La tensión se repite en otro rostro. Saca y mete la bala. Hace girar el tambor. Se encañona la sien y aprieta el gatillo…
Pim pam fuera.
El desenlace es ya irreversible.

LOLI BELBEL

DESDE AQUEL DÍA
De repente vino a mi mente aquella palabra que había pronunciado en aquella cala de guigarros y de espuma blanca y salvaje. Tú escuchabas con atención todo lo que yo decía. Yo te miraba sonriente, tú lo hacías resplandeciente. A nuestro alrededor solo había un sonido. El del mar que nos acompañaba en nuestro paseo. Todo era bello, tranquilo, y lo absorbíamos inconscientemente.
No existía ni ese tiempo ni ese espacio que limitan la existencia, las preocupaciones, la complejidad de la vida, en definitiva. Éramos insolentemente jóvenes…
Bajaba el sol perdiendo sus rayos en el azul de tu mar y recogíamos todos los días esos besos de la despedida.
Ese paseo me persigue desde aquel día. Esos encuentros donde solo hay belleza se mezclan con recuerdos màs oscuros de mi vida.
Ya confundo espacios y tiempos en mi mente, en mi memoria. Y no quiero recordar. No busco ese tiempo perdido como lo buscaste tú…
Tu vida se ancló en aquel rincón de la geografía, llenando tu alma de luz…Y no pudo, no supo o no quiso seguir otro camino. Tú tuviste otra vida, vida lejos de allí, pero siempre volvías sobre tus pasos y hacías el camino de vuelta. Fue más fuerte que tu propia voluntad.
Mi vida aunque paralela a la tuya siguió el camino de ida. Solo retrocedió cuando me recordaste después de años y años desde nuestro primer encuentro, aquella palabra que yo tanto quería…, y ya tenía olvidada.
Quedó grabada en tu memoria así
como el resto de esos días.
Yo me quedé muda, fria, y lloré sin lágrimas. Mi corazón hecho trizas y mi alma como esa flor de invierno fría y marchita…gritaron de dolor, dejando mis labios rígidos y mis ojos vieron otra vez esa playa, esas piedras, ese sol…
Y solo oí la palabra «falaise» (*) y tus labios pronunciándola con veneración y también con tristeza, sabiendo que ya todo era irreversible.
(*) Acantilado

RAÚL LEIVA

Filtraciones

La situación se había vuelto insostenible.
Adoraba a su padre entrado en años, pero haberlo llevado a vivir a su casa le había sembrado varias dudas que a esta altura empezaban a dar sus primeros brotes regados con paciencia y constancia por su mujer.
Atrás habían quedado los años donde él era un referente y un modelo a seguir, la admiración se había diluido con el alzheimer y el cáncer de pulmón. Necesitaba cuidados constantes, no podían dejarlo solo porque se escapaba y ponía varias cosas en riesgo, para él su vida, para su nuera la casa y para su hijo la opinión de los vecinos. Optaron por esconderle las llaves que se terminaban perdiendo y el costo del cerrajero los estaba horadando mes a mes.
—Vos lo traés a tu padre, porque seguro te criaron con culpa o qué sé yo, pero no voy a ser sirvienta de nadie. Ya demasiado tengo con la casa como para andar cuidando a tu padre —sentenció la mujer y no habló más sobre el tema.
Los meses pasaban y las cosas empeoraron. La llave del gas abierta al igual que las canillas, los vasos utilizados en cualquier lado, la heladera abierta y los frascos sin tapar eran las gotas que horadaron la piedra día a día, reproche a reproche. El punto sin retorno fue la vez que la mujer encontró la tapa del inodoro orinada. Cada vez que esto pasaba con el anciano, el hijo iba a limpiar de inmediato para mantener la delicada armonía que a esa altura pendía de un hilo. Esa mañana no hizo tiempo de limpiar el baño y la cosa explotó cuando su mujer se sentó en la orina. No se guardó nada, todo lo que sentía y tragaba salió de manera violenta y visceral. No escatimó adjetivos ni gerundios. Y mencionó por última vez la palabra “institución”.
Lo que siguió fueron trámites, papeles, dinero, malestares, miradas tristes y puertas que se cerraban cada tarde para volver a la casa con la sensación de no ver a su padre despertar más. Lloraba camino a su casa para no volver a alimentar el fuego. Llegaba seco a una suerte de oficina que llamaba hogar, por darle un nombre. Su mujer recompensaba la “decisión” con comida y excesivas muestras de amor que no lograban levantar el ancla clavada con tanta fuerza en el fondo del corazón.
Una noche su mujer se levantó a orinar. El resplandor del baño lo desveló, pero fingió dormir con tal de no hablar de nada. Cuando su mujer retomó los suaves ronquidos, él fue al baño a lavarse la cara y con horror encontró la tapa del inodoro orinada tal y como lo hacía su padre. Miles de pensamientos le cruzaron por la mente, caminó pesadamente hasta la pieza donde dormía el anciano para encontrarse con las bicicletas y cajas amontonadas que habían tomado su lugar. Un relámpago le llenó de claridad la mente y miró a la mujer que dormía aliviada el sueño de los justos. Se le hicieron presentes todos los incidentes, cada error, cada descuido, cada cosa fuera de lugar en que ella era el único testigo. Tuvo un pensamiento horrible, tomó un martillo y el corazón le latía fuerte. Las imágenes se le sucedían como una película mal editada. No encontraba claridad en sus pensamientos. Avanzó lento hasta la pieza. A cada paso apretaba más fuerte el mango de la herramienta.
Lo que siguió fue irreversible.

PABLO CRUZ ROBLES

El laberinto del nullo
El día que se extirpó los pezones, comenzó a construir la entrada de su propio laberinto. Pero esta se veía muy pobre, así que, para adornarla un poco, decidió convertirse en eunuco.
Una vez finalizada la puerta, la abrió y la cruzó, pero no había nada al otro lado. Necesitaba muros, estancias y pasillos; muchos pasillos que no llegasen a ninguna parte. Tiñó —con agujas escupidoras de tinta— toda su piel, hasta esa tan fina de los párpados, del color de la noche. Y fue entonces que el primer pasillo de piedra labrada emergió de la tierra.
Caminó 20 o 30 pasos y llegó al final del camino. Ante él —o elle— tenía aún un montón de terreno virgen, esperando ser edificado. Las verjas de metal que delimitaban su propiedad, todavía quedaban lejos.
Bajo esta premisa, decidió afilar todas sus piezas dentales y dividir la punta de su lengua en dos, como la de una serpiente. Y de repente, tres pasillos se alzaron, uno hacia la izquierda, otro hacia la derecha, y un tercero que quedaba recto, como continuación del primer pasillo, salvo por una ligera inclinación de 7 grados hacia la derecha.
Aquello empezaba a parecerse algo a un laberinto, pero necesitaba más. Por eso es que practicó pequeñas incisiones en su piel, a la altura de la frente y bajo el mentón, para después introducir cantos redondos en ellas, y una vez dentro, coserlas. Su cara comenzaba a parecer cualquier cosa menos humana, y es por eso que brotaron otros tres pasillos de cada uno de los caminos iniciales.
Le llevó media hora recorrer aquellas nuevas afluencias. Se divirtió. Llegó un punto entre la primera y la segunda derivación del tercer pasillo en el que perdió el sentido de la orientación por unos pocos segundos, eso le hizo enorgullecerse de su creación.
Pero no era suficiente, quería un laberinto en el que perderse por completo, un laberinto del que fuese imposible escapar. Por eso cambió el color de sus ojos, inyectando pigmentos de color purpúreo en sus globos. Entonces los nueve afluentes se extendieron y crearon caminos nuevos, que se cruzaban entre sí, chocando unos con otros y obligando a su constructor a caminar sobre sus propios pasos una y otra vez.
Tras dos días explorando aquellos pétreos pasillos, desentrañó la configuración de su propia obra.
Henchido de orgullo, continuó ampliando el laberinto. Se arrancó las orejas, se cortó los labios y cosió su ombligo, y tras eso, un terremoto dio a luz lo que quedaba de su laberinto. Los pasillos comenzaron a chocar con las verjas de metal, que delimitaban su propiedad, y fue consciente de que ya no podría seguir construyendo.
Pero no importaba, porque su laberinto tenía de todo: infinidad de pasillos, estancias con una arquitectura impecable, fuentes de agua cristalina y muchos setos y árboles perfectamente perfilados para que pareciesen animales.
Pasó 10 largos años desentrañando todos y cada uno de los secretos de aquella magnífica estructura. Lo pasó en grande y no se aburrió ni un solo segundo, hasta aquel día.
Cuando quiso salir de su laberinto, le fue imposible, ya que era tan perfecto que ni el mayor y más experto escapista del mundo podría encontrar la salida. La frustración invadió su alma y se le ocurrió la disparatada idea de que, si volvía a insertar sus partes del cuerpo amputadas, de alguna manera los pasillos desaparecerían, pero era demasiado tarde, pues aquellos trozos de carne habían pasado demasiado tiempo al sol, y ahora, estaban podridos.
El reverso de su persona, se volvió irreversible.

NICOLÁS MUÑOZ

Todo en este mundo es reversible menos el tiempo. Los ojos del tiempo solo miran hacia delante, su movimiento obedece a un solo sentido, su cuerpo no tiene una espalda en cual escondernos atrás; es como un escupitajo, como un tranvia que se ha quedado sin frenos. ¿Por qué -me preguntó- por qué ese temor al pasado? Algo tuvo que pasar en la vida del tiempo, en su niñez, para que este le tuviera tanto pavor, pues el tiempo solo corre con vehemencia y nunca es capaz de parar y voltear la mirada. Seguro algo, seguro alguien lo persigue. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que hizo que el tiempo que nos ayude a entender su comportamiento unilateral?

MIGUEL ARMANDO NÚÑEZ

La demora
le ha dado a Tomás
ansias y tiempo
para soñar
con lo irreversible.
Tomás
cierra los ojos
siente el calor
de las mejillas rosadas
de su hijo
la pequeña mano
sujeta a su meñique
los pies
dibujando un camino
en el prado
irreversible.
Tomás
cierra los ojos
sus palmas
acompañan
la espalda del niño
que planea contra el aire
sobre el columpio
la sonrisa
remonta
su silueta cóncava
de cara al sol
irreversible.
Tomás
cierra los ojos
su esposa
yace ausente
en la habitación
un hombre de blanco
pregunta
Tomás asiente
con un último gesto
abraza
contra su pecho
el cuerpo frío
diminuto
irreversible.

ARCOIRIS MORENO

DOS PÁJAROS DE UN TIRO
Desnúdate, le dijo, y mataremos dos pájaros de un tiro.
Y sí, ella sintió ese disparo, y esa muerte. La confianza,
la esperanza, y mucho más acababan de morir de forma
irreversible. Cuando el egoísmo supera a la ignorancia,
pensó ella, no hay más milagro que el tiempo, y tal vez,
la paciencia. Pero no estaba dispuesta a dedicarle ni un
minuto, ni un gramo más de ambas cosas.
Cerró el ordenador, y en su mente, como en el más virtuoso
de los cines, volvió a revivir la historia compartida de los tres
últimos meses. Se sintió bendecida por todo, agradecida
por mucho, y al fin de cuentas, aliviada, porque un final
a tiempo, es la mayor victoria.
La tristeza llegó un poco más tarde, cuando reconoció
que con cada caída las ganas de seguir caminando disminuyen,
y sobre todo, disminuye la ilusión por encontrar esa compañía
acompasada, sincera, generosa, genuinamente grande de
pensamiento y obra.
Un llanto suave, silencioso y sanador, le recordó aquella
promesa que, al estilo “Scarlata Ojara,” se hiciera en un
día triste y gris, lejano ya, en el tiempo y la memoria. – A partir de hoy, con mi paso, y con mi peso,
con mi poco saber y mi mucha ignorancia: Juro serme fiel,
amarme y respetarme, todos los días de mi vida.
Y sabía que el mayor acto de amor, a sí misma, en ese
instante, era alegrarse. Recordó el arco iris entre los
nubarrones, y en su carita húmeda el resplandor de una
hermosa sonrisa la hizo estremecer y suspirar al unísono.
Eligió un vestido granate con estampado primaveral,
y se trató con el mismo esmero, cariño, y simpatía que
lo haría con la mejor de sus amigas en esa situación.
-!Vamos, que hoy invito yo! – Se dijo alegremente, mientras
titubeaba si comenzar la tarde bailando en «el Salsero» ó cenando en “el Persa”.
Fin…

MARÍA JOSÉ AMOR PÉREZ

Tema de la semana.
-Perdone-dijo la señora con voz de indignada-pero esta blusa que compré y que me probé y era reversible, resulta que a la hora de ponérmelo, es irreversible. No sé qué debió pasar, pero me hicieron la Pascua, ya que era para una celebración y si me la ponía ya no me la cambiarían. Así que tuve que apañarmelas con una vieja y fea.
-No puede ser-respondió la dependienta- nunca fue reversible esta blusa.
-Esta no, claro que no, pero otra exacta a ésta y que, como digo, me probé, le aseguro que lo era.
-Perdone señora respondió la dependienta un poco «mosca»ya-pero le aseguro que nunca hemos tenido el modelo que usted dice.
-¿Puedo hablar con el encargado?-dijo la clienta tajante.
-Ay, pues ahora está reunido- respondió la dependienta.
-Ja, puede inventarse otra excusa que esa es ya demasiado conocida-dijo la señora mientras cruzaba la tienda y se dirigía al interior de la misma.
-Señora, señora, que por ahí no se puede ir- gritó la dependienta corriendo tras ella.
El resto de los clientes que ya durante la discusión a habían ido siguiendo discretamente, ahora comenzaron a hablar y criticar unos mientras otros la defendían.
Los empleados por supuesto, rogaron por todos los medios que mantuviese n la calma.
Pero como sucede siempre, el alboroto se incrementó al escucharse el jaleo desde la calle, haciendo que muchos mirones entraran y a su vez, tomaran partido en la acalorada discusión.
Ésto hizo que el Administrador el subdirector, el contable y el mismo director ajenos al asunto, saliesen de sus despachos alarmados e intrigados sobre lo que estaba sucediendo.
A trompicones y a gritos, medio se fueron enterando de lo que sucedía.
Ante tal revolución salieron rápido los jefes que, a trompicones pudieron medio enterarse de lo que sucedía.
El director entonces, hizo repasar todos los pedidos últimos, comprobando, efectivamente, que nunca habían tenido tal pieza reclamada por la señora.
Muy educadamente salió a su encuentro y, llevándosela al despacho, le enseñó todas las entregas registradas,
temiendo cualquier reacción negativa por parte de ella.
Pero, contra lo que esperaba aparecieron de entre la clientela, dos personas que querían hablar con la Dirección.
Y reunidos a su vez con la supuesta clienta, explicaron:
-Perdonen pero somos un equipo de TV50 que estamos grabando un programa de la serie «Objetivo Indiscreto»


SERVANDO CLEMENS

La defensa
Déjeme explicarle, señor presidente; resulta que llegó un grupo de hombres fuertemente armados y nos avisaron que por lo pronto venían por las buenas, pero que si no hacíamos caso a sus demandas, ellos volverían por las malas y que convertirían nuestra casa en un infierno.
Dichos cuatreros dijeron que pasarían por cada comercio y por cada casa y que se llevarían una cuota y que de ese modo no tendríamos problemas. El pago sería semanal, señor. ¡Imagínese! ¡Apenas nos alcanza! ¡Luego lo que nos roban los políticos! Eh, disculpe lo que le acabo de decir, pero es la verdad verdadera.
Bueno, señor presidente, yo como encargado de la policía, tuve que tomar una medida difícil, ya que usted estaba en el extranjero, de compras, según dijo el tesorero.
Ah, bien, no se mortifique por ellos, sólo eran cuatro tipejos los que venían a causar terror, y aunque eran sumamente agresivos, los pudimos controlar. Juanito y yo estábamos solos en la comisaría, y había sólo una escopeta y una pistola sin gatillo; pero nos auxilió el carpintero, el herrero, la costurera y el vagabundo del pueblo.
No, señor, no los dejamos libres ni los encarcelamos, digamos que nos acabamos los suministros de ácido que tenían en las tiendas y, por lo tanto, esos ladrones ya no volverán… a ver la luz de un nuevo amanecer.
No se altere, jefe, no teníamos otra alternativa. Tiene razón, señor, ya no hay marcha atrás. Sí, ya sé que mandarán a otros emisarios y luego vendrán más delincuentes, pero ya nos hemos juntado en la casa de don Lucho y estamos dispuestos a defender nuestro hogar. También nos ayudarán las personas de los pueblos vecinos, de hecho ya vienen en camino.
Claro, señor, tenemos armas. Ahora mismo contamos con veinte rifles de caza, quince pistolas, muchísimas herramientas de trabajo, algunos explosivos y todos los hombres y mujeres dispuestos a pelear.
Señor presidente, ¿se queda o se va? Sabía que podíamos contar con usted, gracias por sumarse. Tenga mi escopeta y sígame. Nos vamos a reunir en la plaza pública y tomaremos algunas decisiones. Oiga, amigo mío, ¿qué hace con el arma que le di? ¡Está loco! Sepa que le quité las balas por si las moscas. Ahora sé para quién trabaja usted. Lo siento, mi presi.
Juanito, pásele y llévese a este traidor… Y que alguien le dé una santa sepultura al expresidente, ya que aquí no somos unos salvajes. Nos vemos en la plaza, Juanito.

MARÍA JESÚS GARNICA PARDO

Desde el primer crimen sabía qué era irreversible. No había marcha atrás.
Después del primer asesinato vinieron más. Cada vez más bien preparados.
Un sicópata? Puede ser.
No busques en mi pasado, tenía una familia normal, estiudie en la universidad.
Esa pulsación, de matar. Aveces intento explicar y no puedo. Entonces conocí a Carmen, el ser de luz.
La conocí una noche qué intenté matarla y no pude. Me acogió.
Extraña pareja de amigos. Ella intuía mi mal. Jamás me juzgo. Y aquella noche.
La casa incendiada a mis espaldas.
No podía confiar en nadie.
Carmen me estaba investigando, era policía.
Las cosas a veces son así.

EDUARDO VALENZUELA JARA

Era su primer asalto. Le habían dicho que era sencillo, que el secreto era mantener siempre el control.
Sin saber cómo, las cosas se habían ido al carajo. Estaba acorralado y sudaba. La pistola se hacía endemoniadamente pesada e incómoda, parecía resbalarse de su mano. Temblaba.
Nunca había tenido los ojos más abiertos que ahora. Nunca había querido vivir más que ahora. Pero ya todo era irreversible.
Un estallido, fue lo último que oyó antes de desplomarse.

GABRIEL MARTÍN CUVILLAS PÉREZ

Ella no sabe quién es. No lo recuerda. Muchos le cuentan su vida. De su familia materna y paterna. De su esposo e hijos. De su hogar y sus mascotas. De su trabajo de ama de casa. Y decidió no recordar jamás.

RODOLFO ALBERTO MICCHIA

El cumpleaños de la abuela Carmen
Coqueta hasta las uñas, la abuela Carmen cumplía en ese julio su primera centuria, coincidiendo con la fecha patria, ese nueve del mes, Catalina, su único retoño junto a su amado esposo Romualdo, el yerno preferido, bueno, mejor dicho el único que quedó con vida luego de los dos funestos consortes anteriores, decidieron junto a sus más allegados parientes, festejar el natalicio en la humilde casa materna para que la homenajeada se sienta más a gusto.
Habiendo pasado por la peluquería de Irene, Carmen, lucía una batida cabellera de un azafranado color jirafa.
Catalina, que había quedado con la estilista en avisarle cuando estaba lista su madre, pasó a buscarla para agasajarla en tan esperado día.
Estando en su hogar, Carmen preguntó a qué hora habían pactado la reunión, ya que, todavía nadie se había hecho presente.
—Tranquila mamá, ya estarán por llegar
—comentó su hija mientras se dirigía a la cocina.
Catalina se ausentó para ayudar a Romualdo en la preparación de los bocadillos y las empanaditas para agasajar a los comensales. La abuela Carmen, en ausencia de ambos aprovechó para despedir una flatulencia que la tenía a maltraer desde ese mediodía que terminó de comer locro. La ventosidad tardó unos veinte segundos en salir despedida, segundos suficientes para transformar la hogareña atmósfera, en un maloliente, espeso y ahumado sitio, lo de ahumado fue después de que Catalina y Romualdo se acercaran con la torta cantando feliz cumpleaños…
Según el perito calificador del siniestro, la cantidad de candelas encendidas junto al viciado aire, fue la causante de haber hecho estallar los vidrios de la vivienda. Lamentablemente, la abuela Carmen tenía demasiado fijador en su cabello cuál maximizó la tragedia. Tanto su hija como su yerno y a su vez la propia Carmen, nunca pudieron recuperar los achicharrados bulbos capilares, no así, los parientes que amontonados en el estrecho pasillo esperando sorprender a la abuela, sufrieron principio de asfixia dos veces en la misma tarde, tarde de ese nueve de julio, el cual provocó un daño irreversible.

GLORIA ALBADALEJO

El escritor
El bloqueo del escritor sigue estando en mi cerebro. Este se ha parado y no me deja pensar, imaginar, crear, ni siquiera escribir. Tengo la mente vacía, hueca. No me surgen ideas desde hace cinco meses, o no sé cuánto. Hasta entonces, seguía con mis escritos, mis relatos de suspense que tanto gustan a mí público. Tengo publicados cuatro lustrosos libros de cerca de mil páginas cada uno que van danzando por cientos de lugares diferentes. Mi éxito estaba asegurado, pero no puedo continuar. Mis clientes están esperando la publicación de mi quinto libro. Trataba sobre algo, pero no puedo seguir leyendo tampoco, no me acuerdo de que trataba y eso me angustia. Ahora solo veo sombras a mi alrededor, ¿me estaré quedando ciego? Escucho un sonido constante que me taladra mis tímpanos y que puede ser la razón de mi desconcentración. ¿Me estaré quedando sordo? No sé, pero me siento extraño. Mi bolígrafo perdura entre mis dedos con ansias de seguir escribiendo, pero mi bloqueo es más fuerte y me lo impide. Estoy intentando descifrar las últimas líneas, pero solo veo el color negro entre las hojas. ¿Qué me está pasando? Se que hay algo detrás de mí, siento su calor, su respiración profunda, pero estoy solo en casa. Solo he vivido para mis libros en los últimos años. No puedo mirar atrás, no me puedo mover, me siento como si mi cuerpo se hubiese paralizado, tampoco siento mis articulaciones, las sensaciones que todo ser humano posea, pero sé que hay alguien, o algo que me vigila. El sonido en mis oídos, es cada vez más intenso y no me deja percibir otros ruidos que apenas puedo escuchar de otros lugares de mi casa, pero si los escucho, muy lejanamente. Quiero preguntar quien hay ahí, pero tampoco me salen las palabras. ¿Me abre quedado mudo? Una voz siniestra, fantasmagórica, me grita en mi oído izquierdo, esta vez lo he escuchado. El grito me asusta, quiero gritar yo también a su compás, pero es imposible, estoy inmovilizado. Deseo escribir todo lo que me ocurre, creo que gustaría a mis lectores, pero no puedo continuar.
-Si señor, soy vecino del cuarto, de esta dirección sí. Le cuento señor policía. Desde hace aproximadamente unos cinco meses, escucho sonidos extraños, como golpes, arrastre de muebles y voces que gritan cosas que no se entienden. Sobre todo, pasa por las noches. Casi cada día subo al vecino del quinto, pero nunca me contesta, a ninguna hora, ni por la noche, aunque siento que sale frío de dentro. A lo mejor tiene las ventanas abiertas, aunque me extraña, hace frío, estamos en invierno. Otro detalle y acabo. Además de todo eso, últimamente, viene un olor muy fuerte de ese mismo piso. No me quisiera engañar, pero el olor es tan intenso como si alguien se estuviese pudriendo, más claro, el olor de un muerto. También me extraña eso, porque escucho cosas como si ahí a dentro viviesen personas, digo yo y… De acuerdo señor policía, le espero. No, creo que vive solo, es un señor algo raro. Desde que vive ahí ese hombre, nunca he escuchado a nadie que vaya a visitarle. Lo digo porque en mi escalera se escucha todo, somos pocos vecinos y algunos pisos están vacíos. Si, si, de acuerdo. Hasta ahora, gracias
Rin rin rin…
-Somos la policía, ¿es usted quién nos ha llamado?
– -Si si, les indico.
-Tendremos que derribar la puerta.
-Me imagino.
-Bufff!!, aquí huele a muerto, sin dudar, pero qué…
Escucho a alguien detrás de mí, su respiración es más fuerte, puedo sentir su aliento y también el olor a perfume.
Parece irreversible, pero quiero seguir escribiendo y no puedo.

ARITZ SANCHO MAURI

Inadaptado al borde de un acantilado
respiro mi última bocanada de aire,
rezo antes de ser al mar arrojado;
entro en trance, comienza el baile,
vida que he consumido deteriorado.
Espero el momento, aparece el naipe.
Razonó, perdí en mi alma lo adorado.
Saco una fuerza que no posee nadie,
incendiando todo lo deteriorado.
Vete mentalizandote en la barbarie,
luego corre como si vivieras fugado.
Estarás en posesión de las llaves

ALEXANDER QUINTERO PRIETO

Construyendo
Se empezaron a deshacer, a desmoronarse todas nuestras vivencias, como un edificio dinamitado, como huellas de lobos desapareciendo, en la nieve revuelta por el viento embravecido. Mi memoria fue jaqueada por lo inverosímil y todo lo que viví a tu lado dejo de ser irreversible. Más bien, aquellos cimientos indestructibles, parecían plumas secuestradas en una prenda al otro lado del hemisferio…
-Quiero despertar…, bueno ya, ya se, que es uno de estos sueños molestos, uno de esos luego de un día de estrés… ¡Un, dos, tres, despierta!!Despierta ya! – Pero yo sigo en esta maraña de irrealidad.
Entre la vigilia y el sueño, tu silencio es certero, tu espalda en la noche me amortaja y yo me doy cuenta que hasta la primavera es reversible. De nuevo quiero perpetuar los recuerdos con mis hechos…
Tu espalda es manipulada suavemente como ayer por mis manos, tu silencio se rompe con mis “te amo”, una sandía en la mañana es cuidadosamente escogida para ti, te llamo durante el día y recuerdo la hora de tus citas. Me propongo tatuar la historia de nuestra vida y me regalas todos los días el cielo de tu sonrisa.

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JAVIER GARCÍA HOYOS

EL SENDERO DE LAS ESTRELLAS
Min se preguntaba cuánto hacía ya que la Hermes navegaba por aquel brillante y a la vez oscuro océano. La Tierra quedaba ya muy lejos, sin posibilidad de retorno. La melancolía por el mundo dejado atrás le hacía rememorar la tripulación de Magallanes. Aquellos hombres debieron sentir la misma angustia que él por la posibilidad de no volver a ver su hogar y, a la vez, por la excitación de desvelar los nuevos misterios que se mostraban en su camino.
Aglanoice, por su parte, no dejaba de maravillarse con las estrellas que les rodeaban. Ni siquiera se había fijado en las múltiples canas que ya dominaban su melena. Ni las pequeñas arrugas que se habían empeñado en instalarse junto a sus ojos.
Min observó a aquella mujer que le había acompañado durante aquel infinito viaje. Ni siquiera las cotidianas sesiones de hibernación podían burlar a la biología. Quizá consiguiesen retrasarla, pero no detenerla. Ella era un claro ejemplo, y él, también.
—Min, ¿Qué has puesto en el informe de hoy? —preguntó ella.
—Estrellas, estrellas, y más estrellas. Lo mismo que llevo reportando desde que salimos de la nube de Oort. A veces me pregunto cómo hemos podido embarcarnos en esta misión. ¿Qué nos ha llevado a cruzar todo este universo?
Mina respondió sin apartar la vista de la escotilla por la que observaba los astros:
—La misma fuerza que guió a Aristarco, a Eratóstenes o a la mismísima Hipatia, la fuerza de la curiosidad, del saber. Para gente cómo tú y como yo, ellos marcaron un camino irreversible, que nos incita a avanzar en el conocimiento y la investigación. Por eso nos presentamos para este viaje. Nuestro camino es de una sola dirección, como la expansión del universo. Siempre hacia adelante.
—¿Es que nunca añoras lo que hemos dejado atrás?
Aglanoice acercó su rostro a la escotilla:
—Solo es un camino pisado. Algo que ya no puede influir en nuestras vidas. Es el sendero aun intacto el que debe interesarnos y el que dará sentido a nuestra vida. Somos viajeros, y nuestro cometido es llegar al destino. El puerto de partida ya poco importa.
—El puerto de partida es el que nos dice de dónde venimos. No lo olvides.
Aglanoice apartó la mirada de la escotilla y respondió a Min:
—Nuestro origen, mi estimado compañero, esta ahí fuera —dijo señalando al exterior—, en todo lo que nos rodea.

GAIA ORBE

Vamos a preparar un bizcochuelo de vainilla:
2 tazas de harina.
1 taza de azúcar.
2 huevos.
1 taza de esencia de vainilla.
1 pocillo de aceite.
Mezclamos los reactivos. Le transferimos calor. Y cuando se alcanza el equilibrio tenemos la torta. Eso es un proceso irreversible. No podemos volver atrás. Los ingredientes se han consumido.
Los procesos que ocurren en la naturaleza son, de rigor, irreversibles. Como para ubicarnos tomemos algunos ejemplos: El envejecimiento, la erosión de las rocas, la fotosíntesis, el mismo cambio climático del que tanto se habla y también, si la taza en la que pusimos azúcar se cae al suelo. Esta se rompe y no hay vuelta atrás. Sin embargo, hay otros procesos que se pueden deshacer para volver al estado inicial. Los llaman reversibles.
Hace un par de años estuve en una playa caribeña. Una isla a la que llevan a los turistas de visita por el día. Todo es jolgorio, tragos y comida. Y en el caso que se queden unos días, los encierran en lujosos hoteles para vivir la semana de ensueño millonaria.
Yo decidí quedarme en un hostel de la playa para vivir la aventura isleña de paz. Una construcción de madera precaria pintada de colores vivos. Imaginaba un despertar vibrante frente al mar y lo tuve. Imaginaba una noche durmiendo en la hamaca con los pies en el agua tibia y sucedió.
Lo que no imaginé fue que el lugar era el centro para combatir las estafas. Los dueños eran integrantes de una iglesia de la zona que intentaba sacar a los jóvenes de los trabajos que disfrazados de call center se dedicaban a estafar.
Según me contaron los centros que dirigen la red están ubicados en los países más poderosos. Ellos reclutaban a los jóvenes de la zona, que carentes de todo lo que ofrece el dinero, aceptaban en pos de sustentar a sus familias.
La estafa es sencilla. La empresa les da los listados de las personas a estafar. Ellas son elegidas por los directivos según el seguimiento de los movimientos bancarios a través de los datos de las tarjetas de débito y crédito. El trabajo de los lugareños es llamarles para anunciarles que son ganadores de la lotería. Y aunque nunca reciben el premio, el objetivo es que esas personas hagan el depósito por cargos e impuestos. Los jóvenes de la isla recibían pagos de 200 dólares americanos por semana, una fortuna para ellos, y las ganancias para los jefes son de millones de dólares por semana.
A los tres días dejé la isla. Como el agua potable era mínima en ese lugar (la traían con barcazas en bidones y se les daba preferencia para cocinar) lo que más anhelaba era bañarme con agua dulce. Llegué al continente me alojé en un hotel de 4 estrellas y a la media hora de estar bajo el chorro de la ducha tibia pensé: “Esos jóvenes eligen ganar dinero porque pasar la niñez atendiendo a turistas ricos, (aunque no todos sean lo que yo podría llamar millonarios) es el calor del horno para hacer que este proceso sea irreversible”.
Hoy que la palabra me trajo este recuerdo, creo que los procesos reversibles son una idealización, una aproximación que solo puede ser considerada en determinadas circunstancias. Al final todo proceso es irreversible.

MÓNICA ALTAMIRANO

Solo basta un segundo para darte cuenta que el camino que escogiste ya no tiene vuelta atrás, que es, irreversible.
Entonces la vida hace balance y te juzga severa e impertérritamente. Te pedirá justificación y no guardará recuerdo alguno para desbaratar cualquier excusa que interpongas.
No habrá juicio más cruel y veraz.
Tu vida ya no te pertenece. Ahora sabes que le vendiste tu alma al diablo y ruegas por aquellos que te amaron y a los que dejarás para siempre.
No tienes perdón y lo sabes.
Me lancé al vacío y me arrepentí en el aire.
Descubrí que el tiempo es relativo.
Toda una vida cupo en esos segundos.
Las caras de todos aparecieron y hasta me dió tiempo a llorar.
Que asco de vida!!!

GUILLERMO ARQUILLOS

LA DECISIÓN DE CLARA
– Clara, ¿te das cuenta de que ya no vas a tener vuelta atrás? Aunque dentro de unos años tomaras la decisión contraria, tu relación con tus padres y tus hermanos ha cambiado para siempre.
La chica estaba, a la vez, triste y orgullosa. Sonreía, pero sus ojos mojados eran una señal inconfundible del dolor que sentía por abandonar de aquella manera a sus padres, ya mayores. Sobre todo a su madre, que no había sabido contestar a sus preguntas cuando era una cría. Por esa ausencia de respuestas, había profundizado en aquella faceta de su vida, durante muchos años.
–Sí. Claro que lo sé, abuelo, y lo acepto –dijo Clara. Tomó su mano y la besó–. Mis hermanos han quedado tan sorprendidos como ellos. Nadie esperaba que diera ese portazo. Ni yo misma. En casa, ya nada volverá a ser igual.
Desde el ventanal del salón de su abuelo se veía el mar. Aspiró lentamente y pensó en el infinito.
–Pero, ¿sabes, abuelo?, tengo que hacer caso a mi destino. Creo que mi paso es irremediable y que esto es para siempre. Ellos terminarán entendiendo.
–¿Tú crees?
–Estoy segura. Me lo has dicho tú mismo miles de veces.
El abuelo sonrió con amargura.
La muchacha temblaba. Ante una decisión así, le faltaban las fuerzas, a ella que se había ido para no tener que discutir todo el tiempo, como si alguien pudiera poner un dique para contener la fuerza que le empujaba desde dentro.
–Todavía puedes detenerlo todo, Clara. Todavía estás a tiempo.
Puso su teléfono encima de la mesa, entre los dos, en un gesto cargado de significado. Fijó su mirada en él y cruzó los brazos.
–Llámalas. Diles que tienes que conseguir que tus padres estén de acuerdo. Que se esperen un tiempo.
La vista de la joven, en cambio, estaba prisionera del mar, de su infinito. Parecía que no hacía caso al abuelo, pero era la única persona en quien confiaba. Hasta hoy, él siempre había estado de acuerdo en el paso que iba a dar.
De pronto, escondió su rostro entre las palmas de sus manos y suspiró desde el fondo de su alma.
Después de un par de minutos, sonó el móvil del abuelo. La muchacha se olvidó de dónde estaba, solo quería que el tiempo pasara deprisa y que llegara pronto la hora de ir a la iglesia.
La conversación con los padres fue muy breve.
–Estarán allí. Me lo acaban de confirmar. No están de acuerdo, ni ellos ni tus hermanos, pero no pueden dejarte sola en un momento tan importante, gracias a Dios.
Sus ojos, ahora con lágrimas alegría, miraron a su Clara del alma.
–Desde luego, abuelo. Llevabas razón. Algún día estarán orgullosos…
– Sí, pero me temo que yo ya no estaré vivo para verlos contentos de verdad. Por ahora, o mejor es conformarse. Al fin y al cabo, han dicho que van a ir.
–Es un primer paso…
Él apretó las manos de la chica.
–¿Y te hubieran aceptado si ni siquiera hubieran ido ni ellos ni tus hermanos?
–Sí. Me hubieran aceptado.
El abuelo pensó unos momentos en silencio.
–Desde luego, hay muchas cosas que no entiendo de los conventos de clausura.
Clara sonrió.
–Terminarás entendiéndolas. Ya lo verás.
Y volvió a besar sus manos.

MAR SHA

Eran los años locos, los años 20´s, la relación de Damián estaba en su punto más crítico y álgido… Estaba en lo más bajo, ya no había solución ella solo dejo una nota diciendo lo que se guardó todos estos años de infierno según ella. A decir verdad, Damián era agresivo por temporadas. conocí a su familia, a él, cuando aún era un chamaco impulsivo y manipulador con sus padres, se fue creciendo, a su vez creció su ego por el mismo… Por medio de su familia una novia oficial para que nadie hablara cosas raras de él. por aquello de la conducta agresiva.
Llegó el momento de la boda, fue a todo dar, con miles de invitados, yo también estuve ahí, a Damián lo veía estresado, en otro mundo… en la fiesta no brindo como se hace en una boda normal, tampoco bailo con la novia, yo tuve que bailar con ella; viendo sus hermosos ojos verdes, y admirando su increíble figura. En cuanto al novio se agarró a la bebida, era impresionante la manera en que tomaba… Nadie lo podía hacer entrar en razón. para que dejara el trajo y se uniera a la fiesta, junto a los demás.
Las horas pasaron lentamente, el derrapándote se convirtió en un monstro queriendo acabar con todo y con todos lanzando las sillas al aire, y la comida al piso, los invitados no paraban de gritar y esconderse para refugiarse de semejante avalancha; mi persona se escondió en el baño, para no Se acerca sigilosa la mañana todos están acomodados en las afueras del sitio porque adentro había un zaperoco total Damián estaba tirado en el piso borracho, apenas le pregunté si se acordada de algo , el me respondió que no . que se sentía mareado que había fallado con su estrategia interna… Estaba completamente enlagunado.
No se quería levantar cuando ya eran las 2 pm. yo le sugerí que se fuera para la casa. eso si sin que nadie lo viera… Si no se formaba tremendo escándalo, por primera vez en su vida me hizo caso. Con los invitados de a poco se fueron lleno dejándolos con un amargo sabor de boca…En total silencio, no se atrevían a ni siquiera mencionar el tema; al parecer quedo ahí.
Fueron pasando los años, fui testigo como ese matrimonio organizado se iba desboronando, cada vez que se reunían en familia, Damián terminaba destruyéndolo todo, al pasar de los días de los meses y los años las reuniones eran cada vez menores. Ellos se iban quedando solos cada vez más, mientras ella estaba incrustada en la casa Damián solo sabia trabajar, oír boleros y tomar… cada vez se hacía imposible la convivencia entre ellos, el asunto era irreversible, a él no le quedo de otra que alejarse de todo y de todos. nadie sabe para donde cogió, los chismes dicen que ella consiguió a otra persona.
Mi persona seguirá contando historias basadas en hechos reales para un público diverso.

DAVID DURA MARÍN

Hay algún representante de frutos secos en la sala!.
Al oír aquello no lo pensé dos veces dejando mi cerveza al sol. Pipas Tijuana se caracterizaba por sueldos míseros pero no dejaba de ser una gran familia de personas con gran corazón.
El color morado de su cara era una cuenta atrás de vida y si llegaba al fucsia sería bonito pero para un atardecer o algo así, no para ella.
Recordaba una noche medio dormido la maniobra de Heimlich en un canal después del horóscopo. Arranqué y di marcha atrás impactando sobre su pecho partiendo sus piernas. El pistacho de su garganta salió despedido y de su voz solo un hilo.
Nos besamos mientras decía, hijo de puta.
Nadie pudo oírlo pero el sabor salado de sus labios los recordaré toda la vida.

LINOSKA BARANDA

«El implacable»
Enemigo cruel,
avanzas
y te celebramos
cual apoteosis.
Montañas,
planetas,
y seres
sufren tu huella.
Rostro invisible,
no te detienes,
no temes,
irreversible.
Constante presencia,
testigo de males
y buenaventuras,
glorificado y detestado.
TIEMPO,
invencible,
enemigo cruel
que avanzas…

GABRIELA INÉS COLACCINI

La palabra que hiere
el pulgar para abajo
la entrada permitida
el hachazo en la nuca
la partida del nido
el hundimiento del barco
el arribo a la cima
los “sí”
los “no”
cada parada
cada avance
en el camino.
Hechos encapsulados
en un espacio tiempo
al que no se puede volver.
Lo irreversible hace
que cada minuto
sea único, original
en la vida
en la tuya
en la mía.

M ADELA CID

El Gallo Demonio.
Del álbum Historias de mi Aldea.
Basado en un relato tradicional local.
El Manolo da ¨escusalla¨, era muy trabajador, tanto como desconfiado y rácano. Quedó solo en su aldea al morir su madre, la única familia que le quedaba entre difuntos y emigrados.
A la edad de 56 años, decidió corregir el curso de su vida y resolvió casarse. Encontró esposa, con mucho trabajo, entre las beatas solteronas de la iglesia del pueblo.
Los recién casados fueron a vivir al caserío heredado por él, donde eran los únicos moradores.
La esposa, Josefina, era afable y complaciente en extremo. No peleaba, ni regañaba. Un comportamiento que Manolo encontraba fuera de natura, pero que ella aseguraba haber adquirido producto de su fe.
Pensaban tener hijos, uno o dos, y todo fue bien, como debe ser.
Pasaron algunos años y llegó un día en que Manolo comprendió que su esposa, quien para ese entonces ya pasaba en algo los 45, no le daría descendencia. Esta revelación le trabajó la moral hasta el punto en que comenzó a sentirse débil y enfermo; en cambio notaba que su mujer cada día ¨arrenxabase mellor¨, en todos los aspectos. Hasta era capaz de mantener la casa solo con los resultados de su cría de ¨galiñas e pitos¨.
Esta realidad le hizo replantearse algunas cosas, se exacerbó su endémica desconfianza y en especial los recelos sobre la sinceridad de su esposa. Empezó a pensar en la muerte. Su obsesión llegó a tal punto, que tenía a la pobre mujer sugestionada.
Josefina comenzó a padecer insomnio. Cuando lograba dormir, soñaba con la muerte, ¨o demo¨ y todos los ¨trasnos¨.
Debían encontrar una solución antes de que la situación se tornara insalvable.
—Voy a ¨morrer¨ pronto —repetía todo el tiempo el Manolo.
—Que va, soy yo quien va a morir primero —respondía ella—. <<¿Para tranquilizarlo?>>
Ese día Josefina le dijo a su marido:
—Baja a ¨o forno vello¨ y límpialo, ¨home¨, que está ahumando el pan. Después, trae unos huevos, que voy a preparar ¨vica¨.
Manolo solo consiguió tiznarse todas las manos, hasta los codos y más. Dejó el horno peor de lo que estaba, Nada le salía bien.
Entró al gallinero, cogió los huevos recién puestos y se quedó observando uno de los gallos nuevos, que aun no sabia cantar, ni hacerlo a la hora debida. <<Este bicho saca de quicio al mas cuerdo >>, se dijo el inconforme Manolo… Y… En un impulso descolocado, lo dejó sin ni una pluma, luego lo agarró por la cresta, lo subió a la casa y lo soltó dentro.
El desplumado gallo, con la piel colorada, adolorido e incómodo, la cresta, el pico y media cabeza embarrados de hollín, se comportaba alocadamente, saltaba y corría agitando los muñones de sus alas ausentes y estirando el cuello hacia adelante, en actitud bizarra y agresiva, emitía afónicos y extraños sonidos fantasmales.
—¨E o demo¨ —voceó Manolo, al soltarlo junto a la puerta de entrada.
Josefina se llevó un susto mayúsculo.
—¨Vaite Demo¨ —chilló ella, cuando le volvió el alma al cuerpo¨. —¨Vaite, ao forno, Demo¨, llévalo a él, que está listo; yo no —repetía horrorizada.
El efecto fue irreversible.

LOLY MORENO BARNES

Alguien me dijo:
“ Todos los niños son buenos”…
¡Nacen inocentes, deseando solo amor!
Con el tiempo, como los árboles, unos siguen derechos si tienen un buen tutor y otros se tuercen…
Él fue un árbol torcido desde muy joven
Víctima de las circunstancias y las malas influencias cayó una tras otra en todas las calamidades que enarbolan el mal.
Al principio un pequeño hurto, luego una estafa y más tarde entraba, salía y volvía a entrar a la cárcel, cada vez por causa más grave hasta que tardo en salir toda una vida después de su última fechoría.
Muchos lo intentan redimir, reconducir, rehabilitar, pero hasta la fe, perdió la partida.
Al final del camino, no solo el tiempo que había perdido fue irreversible sino también el inútil legado de su existencia.

ARNION FROZEN THRONE

Llegó con las manos cargadas de furia y rencor. Golpeó insistentemente la puerta de mi domicilio que por momentos creí que se venía abajo. —Fuiste tú, Bruja. Tú, la furcia que ha matado con su hechizo a mi preciado hijo. Me lo has arrancado de mis brazos, lo hiciste pedazos hasta hacer que se quitara la vida—. Gritó una y otra vez entre sollozos.
Saqué con cautela el cerrojo a sabiendas de la tormenta que me iba a caer como chorro de agua fría. Recibí sin inmutarme la primera piedra. Justo en la frente. Poco a poco noté como la brecha iba abriéndose paso, dejando fluir lentamente la sangre por el rostro. No dije nada hasta recibir la segunda en mi estómago. Me retorcí de dolor y angustia. —Yo no he matado a nadie, pero es irreversible. La estupidez y la locura no tienen cura.

BEA ARTEENCUERO

Cuando la calma
te invade
Los latidos del corazón
Se tornan música celestial
Es en ese momento
Que mil palabras dormidas
En tu interior, despiertan
Y se alojan en cada centímetro
De tu ser.
Algunas caminan hacia el alma
Y allí quedan
Esperando el instante
Para salir al viento
Transformarse en pajaros
Y recorrer el cielo
En mágico vuelo.
Me estoy volviendo
Inquebrantable,
De alguna manera
Es ahora o nunca.
El mapa de mi vida,
Trae dibujado mis caminos
Con círculos de colores
Mostrando mis instantes
De felicidad, mis caídas
Mis dolores.
Y las palabras aún
Siguen en silencio.
Necesito ser inquebrantable.
Ahora mismo
Me estoy quebrando..
Abro mis alas
Para que salgan
Las palabras que duermen
En mi alma y corran
Hacia vos en un mágico
Conjuro de amor.

ASAPH FERNÁNDEZ

Soldaditos de papel
–¿Qué quiere que hagamos con el prisionero su señoría?
–Incinerenlo…
Los Kamikazes fueron lanzados uno a uno contra el enemigo, chocando sus cuerpos encendidos en el fragor de la batalla y el deleite de las llamas; la gran llamarada los recibía con los brazos abiertos, haciendo crujir hasta el más duro hueso y aportillando el puntal más grueso; las danzantes flamas, melosas y empalagosas, se repegaban al cuerpo de Julián qué se retorcía de dolor como un gusano al que se echa sal de mesa. Su frente y su rostro, bañados en copioso sudor y gasolina, se fueron deformando cada vez más hasta que sólo quedó una mueca en lo que alguna vez fuera su boca.
Las cabezas de los soldados habían caído, una a una, sobre el frío pavimento; fracturadas y raspadas, algunas con el cuello roto; quemadas en su mayoría. Cada soldado había cumplido fielmente su deber; prender fuego al enemigo, esa era la razón por la cual habían sido comprados. El cuerpo de Julián, lo que quedaba de él, yacía tirado con el cuerpo ennegrecido, carbonizado de pies a cabeza. Nada quedaba del hombre tosco y obeso que fue un día, aquella obscena sonrisa finalmente había sido apagada, devorada y sepultada por el fuego. Esa sonrisa es la que había impulsado a Johana a hacer lo que debía; acabar con todo rastro del maldito que durante tanto tiempo la había maltratado, dejando esas marcas imborrables por todo su cuerpo.
Mientras los restos ardían junto con sus pertenencias, recordó todos y cada uno de aquellos soldaditos de papel, con frente encendida y cabellos de fuego, que su padrastro hacía aterrizar en sus piernas, sus brazos, sus manos o en su torso desnudo; caían como proyectiles, dardeando cada centímetro de su famélico cuerpo, exceptuando su rostro de niña. El fuego rápidamente se abría camino por entre los pliegues morenos de su piel, dejando a su paso enrojecidas ámpulas, escozor e inflamación que le hacían berrear por el intenso dolor provocado con el roce de las sucias manos de su verdugo.
–Alguna vez el fuego perteneció solo a los seres celestes; se deleitaban con su calor y su belleza…– Sacó un cigarrillo de la cajetilla que tenía dentro de la bolsa de su camisa, se lo llevó a la boca mientras buscaba el encendedor en algún rincón de su polvoriento y sucio pantalón. –…crearon un pedestal inalcanzable, donde todos los seres terrenos, como nosotros, pudieran verlo. Colocó frente a él una cajita de un color metálico, y con el pulgar de su mano derecha hizo girar el engranaje dejando escapar una chispa, y como si fuera producto de los seres celestes, una pequeña llama apareció flotando en el aire.
–El fuego es purificador, elimina las impurezas… renueva el cuerpo haciendo brotar piel nueva.Sin él seguiríamos viviendo en cavernas.
Acercó la flama al pitillo y le dio una profunda calada hasta que el humo fue llenando su boca y sus pulmones, exhaló y el humo comenzó a llenar la habitación como un incensario marcando el inicio de una ceremonia.
Es maravilloso creer que ahora somos semejantes a los creadores del gran astro incandescente. Y yo– dijo cautivado por la pequeña flama que emitía un resplandor amarillento, que hacía ver más sombrío su rostro –he sido escogió como sacerdote ígneo del fuego divino, cancerbero de la brasa purificadora y brazo destructor encargado de alimentar a la lumbre celestial–. Entonces aparecía esa maldita sonrisa amarillenta, esa mueca alargada y deformada por las sombras. –Mira mis soldados…– dijo llevándose la mano a la bolsa de la camisa –mis soldaditos de papel. Uniformados con vestido blanco y la cabeza lista para enrojecer. Son pequeños pero fieros guerreros, no los subestimes, te lo digo por tu bien–. Daba una segunda calada a su soldado y hasta una tercera, dándoles vida y también acortando su cuerpo de papel.
Ahora sentía una paz, en su cuerpo y en su alma ya saciada, al haber terminado nuevamente con la vida de aquel hombre; una paz que no había experimentado en mucho tiempo, la misma que sentía antes de que su madre volviera a encontrar el amor para ser exactos. Aquella paz que durante tanto le fue arrebatada por Jorge, su padrastro.
En ocasiones, en sus momentos más lúcidos, intentaba explicarse a sí misma ¿cómo es que aquel hombre volvía a resurgir? ¿Cómo era posible que cada vez que terminaba calcinando ese cuerpo obeso, una y otra vez, aparece siempre la misma sonrisa amarillenta y obscena? Los mismos dientes pelones, salidos y manchados por el humo del tabaco.
Aunque quemes mis huesosaunque mi carne se extinga, siempre viviré en tu memoria… en cada huella que he dejado en tu piel, en cada carcajada y en cada sonrisa–.
Johana creyó que se había librado de él, el mismo día en que barrió sus cenizas. Sin embargo, siguió apareciendo después de muerto; en otros hombres, en otros rostros y hasta en otros cuerpos. Resurgía detrás de ellos, se escondía y se burlaba a sus espaldas. Entonces formó su propio ejército, soldaditos de madera, hijos del fuego, pequeños pero feroces Kamikazes morirían por ella. Se armamento con gasolina, thinner y alcohol, eran las mismas sustancias con las que aquel sacerdote le dio su iniciación. Ungía los pies del sacrificio con alcohol de pies a cabeza, llenaba el habitáculo con aguarrás o gasolina, mencionaba algunas palabras para oficiar la ceremonia y al fin las cabezas encendidas de los cerillos empezaban a caer, una a una, sobre el suelo frío de hormigón o de madera. Es como él habría deseado hacer con ella aquella última vez que escapó de la caverna donde la mantenía prisionera. El fuego la fue purificando, la preparó para lo que sería su destino, continuar con el legado que un hombre había marcado en su cuerpo, como un esclavo que continuará con la faena de alimentar el fuego divino.
Al finalizar solo el olor a gasolina y grasa quemada inundaban la casa. El fuego, hambriento, iba devorando todo a su paso. Los cánticos de las sirenas se oían muy cerca.
–Es hora de irnos– escuchó decir a uno de sus soldados. Sería dentro de su cabeza o quizá de la cajetilla que llevaba debajo de la chaqueta. Asintió con la cabeza y salió fuera.
Los daños que el fuego fue dejando a su paso jamás tendrían reparo; el daño que su padrastro le había hecho, no solo en la piel sino también en su alma, era irreversible. Para su mala suerte, Julián había avivado ese odio dentro de ella, había encontrado una similitud o una maldición que Jorge le dejará antes de que sus palabras fueran devoradas por el fuego:
Jamás moriré, resurgiré de las cenizas. Soy como el fénix, aunque mis alas se quemen renaceré y escucharás nuevamente mi sonrisa.

JOSÉ TAXI

Diego de Marcilla estaba profundamente enamorado de Isabel, pero no se atrevía a declares así que le escribió un poemita, y se lo mandó por WhatsApp:
“…Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido…; desengáñate,
¡así… no te querrán!”
Cuando se dio cuenta del plagio intentó borrarlo, pero era demasiado tarde.
Pasaron dos días, ya se estaba poniendo nervioso Isabel no contestaba…
24 horas después, sobre las once de la mañana recibió un email de Isabel que decía:
“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca, Y gris, verde, y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!…
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda!… O no me quieras”
Al final fue Isabel la que dio el primer paso, quedaron a merendar, en una cafetería próxima a la placita donde se encuentra: “El Torico” de Teruel.
Isabel tomó chocolate con churros Diego, por su parte, se hizo servir un bocata de jamón del terreno y bebió, en bota, un vinillo peleón.
Esa primera vez hablaron poco, por no decir nada, estaban avergonzados—no sé de qué—digo yo.
Con el tiempo fueron intimando, cogiéndose de la mano a escondidas, dándose algún besito.
La relación iba tan bien, que decidieron ponerla en conocimiento de sus padres para formalizar su noviazgo, con la esperanza de acabar en un bodorrio espectacular.
Cometieron un error fatal.
Ambas familias se opusieron, sin que podamos explicar los motivos.
Los chicos no sabían como reacción, parece que padecieron un síndrome, y salieron del atolladero a lo “Romeo y Julieta”
Consumaron el tradicional apuñalamiento, primero ella, luego él,
Y colorín colorado este cuentecico—criminal—se ha terminado.

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22 comentarios en «Irreversible – Miniconcurso de relatos»

  1. Mi voto es par Irene Adler.
    Mi queja es para la Srta. Cris Moreno, que me ha dejado por tercera vez fuera del concurso. Pero, no te preocupes cariñet, no lo iba a ganar.
    Grss a Todos y enhorabuena, por anticipado al Ganador/a.
    Nos leemos.
    Jose Taxi.

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