Tristeza – Miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «tristeza». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 28 de enero! (Solo un voto por persona. Este voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos).

POR FAVOR, SOLO VOTOS REALES, SOLO SE GANA EL RECONOCIMIENTO, CUANDO ES REAL.

* Todos los relatos son originales (responsabilidad del autor) y no han pasado procesos de corrección.

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

La estación del Norte de Valencia fue el escenario de aquella despedida.
Dos hermanas diferenciadas en edad en diez años subían al tren.
Abajo en el anden un hombre vestido de negro despedía a sus hijas.
La pequeña era la primera vez que salía de casa.
Aquélla despedida causó al padre una tristeza que su rostro envejecido de golpe como si le cayese encima un rayo.
Su corazón se vistió de oscuro como la ropa que llevaba.
Su paqueña la alegría de su casa marchaba a trabajar por falta de recursos en el hogar.
Ocultó su rostro bajo el sombrero. No podía dejar ver rodar por sus mejillas las lagrimas.
La hija pequeña tiene grabado desde entonces en su corazón la imagen de su padre dando la espalda al tren.

CORONADO SMITH

TRISTE TRISTEZA.
Triste tristeza desolada,
que no se atreve a reír.
Risa de hiena disfrazada,
que finge ser feliz.
Bella belleza desquiciada,
silueta de jardín.
Por las modas engañada,
que no puede dormir.
Hambre hambrienta desganada,
que nadie puede saciar.
Está en su dieta atrapada
pero no sabe adelgazar.
Sangre sangrienta derramada,
guerra que nadie va a ganar.
Raza humana fracasada,
condenada a su maldad.
Y a preguntas de quien llega,
respuesta de quien se ha ido,
sin dejar nada de amor.
Triste tristeza del destino.

MARÍA RUBIO OCHOA

La vida te rodea y te angustia,excavas en el alma haber si encuentras a donde agarrarte, para poder salir del mundo gris, de ese agujero llamado tristeza o depresión. Los dolores del alma que llegan al cuerpo y te debilitan hasta no poder hacer lo más básico, levantarse por la mañana, el aseo, hacer una comida………La impotencia, el desánimo, sin autoestima, la debilidad, los dolores del cuerpo y del alma.
Apenas pequeños momentos con rayitos de luz, que se esfuman como el humo por la chimenea. Las lágrimas salen por los ojos cansados y sin brillo, pero también acusan el desánimo y se niegan a salir. Las ojeras, la palidez, la delgadez, no puedes dormir sin el ansiolitico y verte en el espejo es demoledor. La medicación y una fuerza de voluntad férrea hace que como si de gota a gota se tratara fuera almacenando la fuerza para poco a poco ver el sendero a empezar a caminar en dirección a la luz, al sol, a la naturaleza a sentir la vida, a quererte y a querer, a manejar las situaciones difíciles a poder con los temporales……

BENEDICTO PALACIOS

BONJOUR TRISTESSE
¡Qué título! Fue el primer libro que me regalaste y cuando lo leí se me agolparon sentimientos distintos y contradictorios, y uno que predominó sobre los restantes: la indiferencia. Me costó entenderlo porque tristeza era luto, llanto, dolor. Una mujer que pierde a su marido o es ella la que muere, unos hijos que se quedan sin madre. Lo había presenciado más de una vez. No quería recordarlo. ¡Qué cara de tristeza la Roberto con 12 años!
Bastantes después eran días de vacaciones y tenías que regresar. El tren pasaba a las doce. Nos levantamos pronto, mejor dicho no nos levantamos porque fue imposible pegar ojo en toda la noche
—Duerme, mujer, que el viaje es largo.
—No puedo y no quiero.
Tampoco yo quería. Más tiempo desvelado eran más momentos de abrazar, porque los abrazos de verdad son los que se dan despierto.
Abandonamos la habitación con la maleta de la mano. “Deja, no pesa.” Claro que pesaba. Dentro iban recuerdos, algo de mí y un disco de Joaquín Díaz. Los dos habíamos tarareado sus canciones.
Entró el tren en la estación, lento, sin prisa. Qué tontería: tú querías que descarrilara. No fueron muchos los viajeros que lo abandonaron. Uno se nos quedó mirando desde la ventanilla. Aborrecías subir y no cesabas de abrazarme. Pasó el revisor a nuestro lado.
—¿No va a viajar?
—Tengo que hacerlo. Pero me gustaría que el tren se estropeara.
—Hay un fácil solución.
—¿Cuál?
—No deje de abrazar ni se suelte de la mano.
Subimos los dos escalones del vagón. Coloqué la maleta en el estante y al punto la megafonía avisó de la salida. Nos despedimos en el estribo. Fue un beso largo con el tren en marcha. Me dijiste adiós llorando.
Retorné perdido entre las calles, sin ti y sin mí. “¿Indiferente?” No, no, entristecido, con una pena como el volcán que ahonda en el alma.
Querida Edwige, lo había olvidado pero lo había escrito.
«La tristeza es el único sentimiento que se asocia al amor.»

MARÍA DAVID

Sobre los estrechos y vacíos senderos,
Entre selváticos árboles
Con rechonchas ramas y miles hojas,
Se entreveía un verdusco y polvoriento puente;
Y, a su lado, una cruz comida por el tiempo,
Recordando a los que el cielo demandaba
[…] en su día.
Y, justo como un gato audaz,
-Entre malas hierbas y silvestres flores-,
Pisaba los mismos pasos- los pasos del pasado,
Cuando aún no conocía la tristeza,
Cuando oía el revoloteo de las mariposas,
O el mágico canto del grillo
[…] acompañándome eternamente.

ALBERTO MEDINA MOYA

Hacía casi cuatro meses que no veía a mi madre, más tiempo que nunca, y tenía clarísimo que iba a ser mi prioridad en cuanto terminara el proyecto que me había llevado a Helsinki, cuando me llamó mi hermano Jesús. Mamá se había empezado a sentir mal la tarde del día anterior, y el médico no era optimista. Me faltó tiempo para tomar el siguiente vuelo, y ya en Madrid me metí en el coche dispuesto a devorar los casi 400 kilómetros que me separaban de Córdoba. Que le dieran a los radares.
Llovía copiosamente. Antes de salir mi hermano me había dicho que faltaba poco. Conducía en silencio, viendo pasar por mi cabeza recuerdos con esa mujer que perdió a su marido cuando yo tenía un año y nos crio sola a mí y a mi hermano. Una madre cariñosa, luchadora, ejemplar. Llevaba casi una hora de viaje, cuando sonó el móvil. Apreté los dientes al ver que era Jesús.
– No corras hermano, ya está… se fue. -dijo mi hermano con un hilo de voz.
Dios mío. Mi madre, la mujer sin la que nunca hubiera estado en Helsinki, sin la que no tendría coche, ni sabría conducir, ni conocería la lluvia, ni nada. La mujer que me lo dio todo se había ido para siempre y yo no había estado a su lado para decirle que la necesitaba más que nunca.
Parado en una gasolinera cerrada terminé de hablar con mi hermano, y tras colgar sentí que mi mundo se desmoronaba. Pensaba dejar mi empresa al volver de Finlandia, no era feliz, y ahora me preguntaba cómo podría volver a serlo algún día. Cómo iba a poder vivir sin la mirada cálida de mi madre, sin su alegría, su bondad, sin la parte de mí que moría con ella. No podía ser. Lloré con cada célula de mi cuerpo. La persona más importante de mi vida, la que siempre estuvo ahí, la que me enseñó a hablar, a caminar, a relacionarme con el mundo, acababa de irse y yo no había estado allí, con su mano entre las mías. Había preguntado por mí y no… El dolor me desgarraba. Salí del coche, y bajo aquella lluvia sin piedad grité como si me arrancaran de cuajo el corazón hasta caer al suelo de rodillas, atravesado por una soledad y un desamparo que no había sentido nunca.
Mi madre había muerto.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

La grandeza de éste relato está en su tristeza.
Gaia moría y se desangraba mientras el homo sapiens la explotaba.
Cuando la humanidad acabó con todos los recursos de Gaia los seres vivos comenzaron a extinguirse uno a uno.
Ningún ser vivo logró adaptarse a la falta de recursos en un hábitat cada vez menos habitable y cada vez menos confortable.
Por fin le llegó su momento al ser humano pues de su mano había conseguido enfurecer a Gaia que mediante constantes tempestades, huracanes, terremotos, maremotos, etcétera consiguió su merecida venganza y el ser humano quedó extinto cómo los dinosaurios.
En el año 5432 D. C Gaia comenzaba un nuevo ciclo conocido cómo la era posthumana.
La pena es que nadie podrá soltar una lágrima porque nadie leerá mi relato y nadie llorará por el futuro aunque lo pinte tan duro y oscuro.

RAQUEL LÓPEZ

Hoy, de nuevo,
volviste a aparecer
sin haberte llamado,
difuminando mis sonrisas
y lanzandome a volver
a la oquedad, de mi alma perdida.
Me sumergirte, una vez más,
hasta lo profundo de mis sentimientos
y llorar, con las esquirlas del recuerdo
que siguen encarnadas a mi
con lágrimas sangrantes
que hace tiempo, estuvieron escondidas.
Que duro es enterrar momentos,
cuando los recuerdos afloran,
borrandolos de un soplo, en la memoria.
Tú, nunca vienes sola,
la soledad te acompaña
rodeandome con sus brazos
y hundiendome en el silencio.
No puedo entregarte más llanto
porque mis ojos, vaciados están de lágrimas
de las penas y sinsabores
que me acompañan.
Hoy, de nuevo,
apareciste
y al igual que apareces, te marchas..
y cuando te vayas, cerraré la puerta,
para que tú, tristeza,
no vuelvas a romperme el alma..

NEUS SINTES

¿Qué deseo en Navidad?. Esa es la pregunta que cada año por estas fechas me hace todo el mundo. Y la que solemos hacer nosotros a los demás. Ya sea por costumbre o por tradición.
La Navidad es la celebración para que toda la familia esté unida. Pero en mi caso, no es así, ni nunca más lo volverá a ser. Nos juntaremos de nuevo, como de un ritual se tratara. Tíos, primos, hermanos, abuelos, parientes lejanos…pero siempre va a faltar alguien en la mesa. Aunque se ignore, para evitar que la tristeza cargue el ambiente. En mi corazón siempre vas a faltar tú. Faltará tu presencia.
Me encontraba apoyada en el balcón de la terraza, mirando al cielo, soñando con la esperanza de verte de nuevo. Cerré los ojos recitando tu nombre en mi mente y me encamine a la cena.
«Deseo volver a ver. Ver tu rostro de nuevo.»
Me encontraba caminando en dirección a casa de mis padres donde celebraríamos la Navidad, otro año más. Caminaba sumergida en mis pensamientos, cuando de repente perdí la orientación de donde me hallaba…Intenté por mí misma no perder el control ni que el pánico se apoderará de mí. En mi interior un cosquilleo empezó a apoderarse de mí, empecé a notar algo extraño en el ambiente, poco habitual, como si permaneciera dentro de una burbuja.
A paso ligero y con precaución, mucha precaución seguí avanzando hacía adelante para ver si hallaba alguna señal que me indicara dónde estaba; y no muy lejos la encontré. Vi una puerta y guiada por mi instinto, avance hasta encontrarme frente a ella…No sabía si abrirla o no, en verdad tenía miedo; lo reconozco.
Al no tener otra opción; la abrí y cual mi sorpresa que al traspasarla me hallé en otra dimensión. Me hallaba vestida de blanco, con un vestido que me caía hasta los pies, largo y hermoso. A mi lado se encontraba un ser de mirada profunda y aparentemente familiar con unas enormes alas blancas.
Mi mirada se concentró en la suya y supe que era él. Tenía a mi lado a mi abuelo. Mi deseo se había hecho realidad. Ver su rostro de nuevo. Poder estar cerca de él, el tiempo que hiciera falta o se me permitiera.
Me sentía confundida. Mi abuelo era un ángel. La persona que siempre me dio fuerzas en el camino. Me explicó que el no regresaría a la Tierra, pero que siempre permanecería a mi lado.
Una lágrima cristalina se desprendió de su mejilla y se desprendió de mi mano…
Caí en un profundo vacío. Creía morir. Sentí mucho dolor, le había perdido para siempre y sabía que el me seguiría dando fuerzas para seguir adelante. Pero ahora no eramos de mundos iguales…Todavía. Debía seguir viviendo. Entonces me vi transportada en una profunda oscuridad cuando lentamente pude ver una diminuta luz y abrí los ojos.
Me encontraba en la cama, después de haber sufrido una caída…Había regresado a mi mundo. Estaba viva y me dolía en el alma no poder verle de nuevo…aunque ambos sabíamos que todavía no había llegado mi hora de estar con el.

MEYER DUNAYEVICH

Intento de poema propio

«Un amor tan lleno de intangibles..
después de tantos dias
sin siquiera hablar
una palabra
y me vuelven a arrancar de la realidad,
ganar es imposible.
Camino en medio de una noche sin luna,
desposeido de arrogancia
y con restos de elegancia,
hacia algún lugar con música y caricias..
Con el día que se aproxima,
partido en grises,
Y la lluvia besando mis recuerdos,
mis matices
que se vuelven pesados y toscos,
por hoy sobran los ayeres..
aunque sean pocos..»


ANGIE CRISTINA RUIZ

Un 6 de enero del 2014, a las 11 de la noche, me lancé al vacío desde un quinto piso, pensé que ya no me sentiría así como me estaba sintiendo. Tenía 15 años, llevaba tres noches sin dormir, meses cortándome las muñecas y muchos días sin comer, en las madrugadas de insomnio deambulaba por la sala, me golpeaba la cabeza queriendo apagar mis pensamientos. Estaba tan agotada. Solo quería estar en paz, y pensé que esa era la única solución. Mi mamá le echó la culpa a sus golpes e insultos, a las cachetadas y a los: por qué no te morís, estorbo? Mi padrastro a sus humillaciones, y a las Miles de veces que me golpeó en la cara. la psiquiatra dice que sí, que hay factores ambientales, pero que también es congénito, y me mandó unas pastillitas azules para poder dormir, comer y descansar. Como mi intento de suicidio fue tan público, el cura del barrio habló conmigo y me dijo que ore, que a Dios no le queda grande nada, ni siquiera la depresión. Tengo 22 años, y lo único que ha cambiado son las pastillitas azules que me mandó la psiquiatra por primera vez hace siete años, a veces son rojas, verdes, amarrilas o blancas. Porque la tristeza no se va, sigue ahí. Es abrumadora. Es más grande que yo, tanto, que a veces no puedo ni pararme del sofá, mi mamá me dice que deje de perder el tiempo estando allí acostada todo el tiempo, que no hay motivos pa’estar así, que yo lo tengo todo. Mi perro me mira y sin decirle nada, entiende que hoy tampoco habrá paseo, le acaricio la cabeza y se echa a un lado mío a morder su pelota. La tristeza no se va, y ya un poco resignada, pienso que nunca se irá.

CRISTINA RUIZ

Como todos los sábados por la mañana compruebo de que trata el tema de la semana, me voy a dar un paso con mi perra Blanka y mi cabeza e imaginación se ponen en funcionamiento.
Hoy tenía varias ideas pero por un impulso he decidido hacer un alegato en favor a la tristeza, supuestamente tenía que escribir un relato que os hiciera llorar a moco tendido ( con lo mal que escribo quizás lo consiga, ja ja ja ) mi intención es haceros reflexionar.
¿ No creeis que al final nuestra personalidad se debe a esos estados de ánimos y las experiencias vividas ? Si buscamos en el baúl de recuerdos de nuestra memoria estoy segura que encontraremos uno que nos haga llorar como exige el tema, alguna película, libro, noticias que nos hemos enterado que nos ha hecho coger el paquete de pañuelos y dejarnos en el sofá inmóviles.
Marcan tu dia a dia, igual que una mañana te levantas alegre y te sientes activo y haces un montón de cosas, de planes puede ser que otro dia te levantes triste pues soy de las que pienso que no pasa absolutamente nada.
No pasa nada porque un día te quedes sin hacer ninguna tarea, ¿te has dado cuenta que ya las hicistes? y si te apetece llorar como si no hubiera mañana, hazlo, igual que dicen que reírse a carcajadas libera contarme la sensación que tenéis al final de haber soltado todas esas lágrimas creo que es la misma.
La sociedad nos marca que siempre tenemos que estar contentos, así consigues todo, la ley de la atracción etcétera. Pero todos por así decirlo no somos la alegría de la huerta yo por ejemplo soy una persona que lloro más que río pero porque soy más sensible a eso y no lo considero malo.
No enseñan, infinidades de manuales para canalizar nuestra alegría ¿por que no la tristeza ? quizás si pudiéramos hacerlo aprenderíamos mucho de ella, por nosotros mismos y por las personas que nos rodean.
Término que al final llorais por lo largo que es, somos seres humanos marcados por estos estados incluido la tristeza.
¡VIVA MI TRISTEZA !

ANTOLÍN MARTÍNEZ JIMÉNEZ

TRISTEZA DE POR VIDA
Nadie te enseña los pasos en un mundo que te obliga cada día a levantarte y caminar.
Dicen que el día de tu cumpleaños es para celebrar. ¿Para celebrar qué? Que has sido capaz de superar las trabas que el día a día pone en tu camino? Veo que hay cosas que no se superan y sin embargo sigo cumpliendo años, años en los que no quiero continuar caminando. Sin embargo estoy obligado hacerlo, no puedo detenerme, el mundo sigue marcando mis tiempos y me obliga a seguirlos.
Aquel día tenía que llegar, lo veía acercarse desde hacía mucho tiempo pero no quería verlo, no quería que llegase nunca y te dicen que lo tienes que ir asimilando porque seguro que pasará.
Hoy me he levantado antes de lo habitual porque es un día especial y lo quiero pasar con la persona más importante en mi vida.
Llego al hotel, nombre que cariñosamente hemos puesto al alojamiento habitual de Valeria desde hace casi un año. Recordamos esos viajes de primavera, cada vez un poquito más lejanos, donde nos hospedábamos un par de días y pasábamos el fin de semana descubriendo sitios asombrosos en parajes encantadores. Donde después de comer solíamos plantar los huesos de la fruta que comíamos para volver dentro de unos años y ver si había crecido un árbol en su lugar.
Entro en la habitación 212 del edificio G y Juan ya está despierto y arreglado para irse a trabajar. Valeria todavía duerme, con su carita de niña en su cuerpecito delgadito pidiendo a gritos nutrición, administrada gota a gota e imparable día tras día. Doy un beso a mi marido y me cuenta la noche actualizando mis alertas para no perder de vista las atenciones que precisa mi princesa.
-¡Hola mamá, buenos días! Exclama Valeria en voz baja y costosa de escuchar.
-¡Hola hija, cariño, cómo estás! Quiero ser la primera en felicitarte, hoy es tu cumpleaños.
-Gracias mamá. Sí, ya tengo 9 años. Parece que me cuesta cumplirlos.
-¿Por qué dices eso? No te cuesta cumplirlos, es simplemente una prueba a superar. Todo nos hace crecer y todos nos movemos al mismo tiempo.
-No mamá. Yo estoy aquí y para mí el tiempo se paró hace ya mucho, tanto que no recuerdo cuando fue la última vez que disfruté de mis amigas, de ti y papá, que me reí con lo que pasa, hace tanto que no tengo ganas de jugar.
-Cariño, esto va a cambiar. Seguro que pronto llegará algún donante del que seas compatible y todo cambiará.
-Estoy muy cansada. Mamá, creo que ya no tengo fuerzas para luchar, ni fuerzas ni motivos. No quiero que llores, no quiero que pares tu vida por mi, no quiero que te falten los motivos para levantarte todos los días a vivir.
-¡Calla Valeria, cállate ya!
-No mamá. Escúchame. Yo estaré siempre contigo. Vigilaré que todos los días brille una sonrisa en tu cara. Que cuando veas un árbol pienses que estoy ahí, mirándote y sonriendo para ti.
-Por favor Valeria. No hagas esto. No quiero oírte más.
Esa fue la última frase que escuché, sonriendo para ti.
Todos los árboles me cuentan tus días y me cuidan las noches. Adios amor.

ÉMILIANO HEREDIA JURADO

Y TU. ¿CÓMO ESTÁS?.
Tengo ganas. De dejar de ponerme ésta dichosa mascarilla.
Ahora, Cuando entre en la cafetería, y me siente, en una mesa apartada, me la quito.
Hay poca gente
Mejor.
Gracias. Un café con leche, espere, otro café con leche, ¿verdad?. Me alegro mucho de volver a verte. Has cambiado a mejor, de verdad.
Has llegado justo a tiempo, de pedirte el café.
Bueno, un poco mal, si he de reconocer que estoy.
Lo de siempre.
Por lo de siempre, por los de siempre, por todo
Sí, tienes razón, que debería animarme pero, mi corazón está como el que nos han dibujado en el café.
Diluido con la cuchara de no entender nada.
El sol, a través del ventanal, alumbra como un foco a un escenario, el baile de infinitas motitas de polvo bailando en el aire.
No quiero saber nada. El cansancio me ha puesto en salmuera, en una salmuera de ignorancia, de no querer saber nada de nada.
Ni de nadie.
Bueno, de tí, y algunas personas, si.
Pero, ¿sabes?.
Toda mi vida he tenido la sensación de estar mendigando un poco de atención.
Que alguien me pregunte cómo estoy, qué siento, como vivo.
Siempre, ha ganado por mayoría absoluta en el Congreso de los diputados de mi vida, los proyectos de ley para donar fondos de atención a las personas que me rodeaban, quedándome las más de las veces, en la más absoluta de las ruinas y no he tenido fondos de atención para mí.
Que suerte ha tenido ése.
Ha ganado el bote de las tragaperras.
Otro café por favor, ¿o quieres otra cosa?.
Vale.
¿Y a quien tengo?, perdona, no estás en la lista de los que no tengo
Perdona, si tengo los ojos un poco llorosos, si tuviera un cigarrillo en la mano, te podría decir que el humo tendría la culpa.
Pero no.
Tengo tantas ganas de llorar, que te juro que sabría cuando empezaría pero no cuando iba a terminar
Gracias, me gusta que me des la mano.
Me resulta extraño el contacto humano.
Es una sensación rara, como si un labrador, se pusiera unos guantes de seda
Mira que hay gente guarra ¿eh?, con lo que está cayendo con la mierda ésta del covid, y mira ése, escupiendo al suelo.
No, no me voy a comer la galletita, no, no me importa.
De nada.
La angustia que siento, está aferrada a mi garganta, para no ahogarse en el mar de la desesperación.
Si. Tienes razón, que siempre estoy pendiente de los demás, nunca de mí, pero necesito hablar con seres humanos, sentir que en este desierto, hay algún oasis de tanto en tanto, aunque me los tenga que construir, llamando a la gente, para no sentir tanta soledad.
Si, ya se, que puedo contar con mi familia…. pero no.
Los hijos se van alejando en proporción aritmética a los años que van cumpliendo.
Y la soledad, se alimenta, se hace más grande.
Del miedo, al escuchar el ruido de la puerta de la casa al abrirse.
Del hastío y el hartazgo de tanto insulto, tanto reproche.
Del odio.
¿Cuánto es?, no, deja, ya pago yo, que la última vez, pagaste tú.
Si, ya sé que tienes razón, que me equivoqué, pero, cada vez más, tengo el convencimiento que sólo estaba buscando unas sábanas para escapar de la celda en la que estaba encerrado.
Como dice el refrán, escapé de las brasas para caer en el fuego
No, no te lo niego.
Estoy triste, muy triste y te juro que si éste estado de ánimo, es la condena por algo que hice mal, demasiado eterno se me está haciendo.
Pero, no hablemos más de mí.
Y tu. ¿Como estás?

LOLY MORENO BARNES

Primavera sin lágrimas.
Cada 23 de abril se repiten los recuerdos, ya sin lágrimas, aunque sí, tristeza…
Sólo esa sensación de no saber cumplir esa promesa que inconscientemente hice.
¡Cuesta tanto!
¿Como vivir por ti?y, sin ti .
Cuesta sentir los pájaros cantar en esta época, el bullicio de la nueva vida en la naturaleza renaciendo.
Cada 23 de abril una serie de diapositivas hacen una representación cronológica de escenas cotidianas.
Eres un menudo niño amigo y compañero de colegio de mi hijo.
Compartes sus juegos, estás en todos sus cumpleaños , meriendas cada tarde en casa con los morrillos llenos de chocolate hasta la hora en que te recogen tus padres .
Cantas, ríes, bailas y haces miles de travesuras .
Luego, poco a poco te conviertes en un bello jovencito y no tarda en llegar la tragedia.
El peregrinar de viajes y estadías en hospitales, operaciones y tratamientos.
Tus ganas de vivir crecen y tu salud mengua.
¡Plantas batalla y luchas!
Convences a todos, de que es posible y nunca te rindes.
Me sorprendes caminando apoyando una muleta al costado de tu pierna que ha sustituido su hueso enfermo por una prótesis y nunca dejas de reír .
Aprendes a tocar una flauta profesional y me muestras tus logros .
Te enamoras de esa chica que te entiende.
Sigues estudiando y te haces tiempo para llenar de grafitis artísticos los muros de la ciudad y hasta corres con tu muleta cuando te sorprende en alguna noche la policía mientras usas los aerosoles.
Adoras que te lleve a tu casa napolitanas de chocolate …
¡ Mucho chocolate!
Un 22de abril , cuando se acaban tus fuerzas te marchas y dejas tu cuerpo pidiendo escuchar una canción de Bod Dilan .
Al día siguiente desde la ventanilla de mi coche veo paradas de libros y rosas y tu cuerpo inerte también está cubierto de ellas, mientras tu alma vuela.
ESTOY MIRANDO EL MAR
Te imagino jugando a crear olas,
desde su fondo,
mandando mensajes de amor
con música de tu flauta
hacia la orilla,
con tus manos inquietas
y tu eterna sonrisa.
Estoy mirando el mar,
allí donde tu ibas
abrazando a tu chica,
bromeando con amigos,
bebiendo un refresco,
que sacas de tu mochila.
Estoy mirando el mar,
recordando
retrocedo a los momentos,
que en mi patio jugabas,
merendabas feliz te reías,
limpiabas con tu brazo,
los bigotes de chocolate,
la nariz untada de azúcar y mermelada.
Estoy mirando el mar,
pensando en tu mirada,
cuando te sorprendía en una picardía,
rogabas sin hablar
que no te descubriera..
Estoy mirando al mar,
mientras tu madre estudiaba,
te cuidaba,
crecías y como un hijo más te trataba.
Cuando nadie contaba,
un monstruo feroz
se apoderó de tu cuerpo.
Estoy mirando el mar, te sigo viendo
como tu pelo rubio cae,
disminuye tu peso,
ruge el monstruo dentro;
todos imploramos por ti,
mientras ansias seguir viviendo.
Estoy mirando el mar, siento dolor,
te pido perdón, por no despedirme
cuando deseabas que lo hiciera, no pude.
Nunca quise que te fueras,
mientras tú me mirabas
sabiendo del final,
yo sentía en la ventana
el gorjeo de los pájaros,
el perfume de rosas
y el ruido del viento.
No lo sentí justo
que ellos sigan su curso y
tú no puedas verlo.
Estoy mirando el mar,
ya te siento en paz
porque pediste cumplir tu último deseo,
que los restos de tu cuerpo
vivieran en su seno
dibujando grafitis eternos.
Estoy mirando el mar…
¡¡¡QUERIDO MARC!!!

TESS LORENTE

No puedo imaginar una situación más triste que una madre desconsolada llorando ante el féretro de su amado hijo.
Es una situación antinatural ante la que nadie debería encontrarse nunca.
La sensación de vacío en el alma, el dolor en el pecho como si algo te estrujara el corazón, la rabia, la ira, el odio, la desesperación… los peores sentimientos que puedas imaginar aglomerados en la angustia más profunda.
Ni tan siquiera su propia muerte le parecería tan terrible, porque intercambiaría su papel en el mismo instante en que le fuera posible.
Si fuera ella la muerta en lugar de su hijo, descansaría con una sonrisa en los labios. La satisfacción de continuar con el orden lógico de la vida. Pero si es él quien cae primero, ya no habrá vida para ella. No deseará volver a sentir porque todo será negro. No se permitirá sonreír porque sentirá una punzada en el corazón tras cada sonrisa. No volverá a ser feliz por no traicionar su recuerdo.
Una muerte en vida le espera a la madre que llora ante el féretro de su hijo.
Ni su propia muerte resultaría tan triste.

LUISA TABORDA

Me siento en una silla elevando mis pensamientos: me analizo, me cuestiono.
Hago una retrospección de mi vida noto que me encuentro desnuda y vacía ; otras veces positiva y negativa.
Muchas sensaciones pasan por mi mente.
Al volver a mí presente dejando las evocaciones a un lado. Me siento intranquila, nerviosa, perdida.
Me pregunto abiertamente,
¿ Ha valido la pena vivir tanto tiempo y a cambio de qué? Me invade
<<la Tristeza >> al no tener respuesta.

JOSÉ ARMANDO BARCELONA BONILLA

SONETO TRISTE
Arañazos de lluvia en los cristales,
de catafalco y plomo vino el día.
muere la tarde de melancolía,
sobre un lecho de alfombras otoñales,
Desde profundidades abisales,
bejucos de nostalgias y agonías
emergiendo de oscuras galerías,
trepan hacia la luz las soledades.
Del túmulo futuro, la promesa
se hace escarcha, congela los salones,
y a un dios castrado el alma se confiesa.
Porque ungido de espinas y aguijones,
anhelando del alba la promesa,
el miedo se amortaja en los rincones.

PECERA CON PEZ

Y si todos somos unos yonquis de las endorfinas y la tristeza es solo una especie de mono. Algo necesario que hay que pasar para no morir de una sobredosis de felicidad.
Y si solo hemos de aprender a aceptarla, en sorbitos pequeños, como un whisky añejo que lo remueves en la copa mientras lo observas y degustas. Un whisky de esos que la primera vez rechazas pero luego aprecias como quema en la garganta.
Y si me hundo en la cama y simplemente digo, no puedo.
Puedo llorar a pleno pulmón, con el típico ruidito de falta de aire y pasar de todo. Hoy solo voy a estar triste.
Es tan cansado evitar la tristeza…

MARÍA ROSA ROLANDO

Sigo aún recordando la mirada vacía de mi abuela materna. Sus ojos de un color gris claro, ya no brillaban como antes. Habían comenzado a apagarse, como la llama de una vela consumiéndose. La tristeza se había instalado en su corazón, en su alma. Podía sentirse hasta en su respiración.
Aunque era pequeña, viene a mi memoria el momento en que mis padres decidieron vender su piano. Ella no dijo nada, yo en cambio, rogué, grité que no lo hicieran. Fui la voz de mi abuela Catalina aunque apenas tenía seis años. Estaban vendiendo una parte importante de su vida y también de la mía. El rincón, donde tantas veces disfruté escuchando la más bellas melodías, quedó vacío, entristecido cómo la mirada de mi abuela.
Ya pasaron muchos años, pero les aseguro que cuando escucho sonar las teclas de un piano, la piel se me eriza y el corazón vuelve a estrujarse. Porque no supe defenderla, porque no rogué lo suficiente. Porque me siento responsable de la tristeza infinita de mi abuela.

MARI CARMEN CANO REQUENA

Thora!! Thora!!….. Ven aquí bonita!!…… Dónde estás?? Siempre acudía a recibirme a la puerta al oír girar la llave de la puerta de casa, era raro pues ya había dejado la compra en la cocina y no había aparecido. Confusa me dirigí hasta su camita para ver que pasaba y allí estaba sentada delante de su mullido colchón….
— Hola bonita que haces aquí sentada??
—Como no has venido a recibirme a la puerta?? Me puse a su altura para acariciarla pero
su mirada me traspasó hasta lo más profundo del alma, miré hacia la camita donde tenía a su pequeña Lupita de 4 meses que dormía, pero….. algo no iba bien, aquella mirada de ojos saltones empañados en lágrimas me decían algo más, de repente, mis manos reaccionaron con miedo y temiendo lo peor fueron a tocar el cuerpo de Lupita.
—Dios miooooo!! Un grito desgarrador salió de mi garganta, nooooo!! Lupita despiertaaaa!! Por dios esto no puede estar pasando, si estaba bien todo el día jugando y correteando por el piso!!
—La cogí, intenté zarandearla, darle calor con mis manos, hacerle el boca a boca para intentar, que si no había pasado mucho tiempo sus pulmones reaccionaran de alguna manera y mientras luchaba por salvar la vida de aquel animalito indefenso que no se merecía ese final inesperado allí estaba Thora mirándome, no quería…. o si, imaginar lo que estaría pasando por aquella cabecita tan diminuta al ver a su cachorro sin respirar, sin moverse después de dejarme la vida en intentar recuperarla.
—Thora aquí la tienes!!….. Le dije, mi alma se partió en dos en aquel mismo instante cuando brotó de su ojo una lagrimita que rodó hasta la punta de su hociquillo y cayó en la cabecita de Lupita. No sabía que hacer, lloraba a moco tendido como si me hubieran arrancado un trozo de mi vida y la pequeña Thora me miraba acurrucándose al lado de su pequeña, esperando supongo a que algún momento despertara.
— Que lástima!! Que pena!! Se repetían una y otra vez esas palabras en mi cabeza, agarré a Thora con todas mis fuerzas para que nunca se sintiera sola. Me miró con ese gesto de perdón y miedo temblando entre mis brazos………..
Entonces entendí que “la mirada es el grito del alma”.

DAVID DURA MARÍN

Sentado escuchando al silencio en momentos donde uno cree perder el norte de la brújula de su vida .

No llegar a fin de mes sin haberte preocupado en decir lo siento o un beso en una corta semana.
De pequeño , adoraba vestirme con papel de periódico , aprovechando días de lluvia y dar volteretas entre campos de naranjos . El barro me hacía ser momia y ahora parece que han pasado miles de años.
Entre tristeza y necesidad creo ser lo último, la pizca que falta para dar sabor a mis días.

ED RT

La vergüenza de la Luna
Y oscura la Luna, oscura,
oscura baila sobre su tumba.
Su fuego clásico,
como un embrujo,
como un susurro…
Y palidece estática, inmóvil,
con un chorro de impaciencia disparado a mil por hora.
Le quedan aún tres horas para esconderse.
Se quiere ir,
siente vergüenza.
Odia ser quien es.
Las brujas la adoran,
los lobos la reverencian
y sí, las mareas se subliman en su presencia.
En su elativo estado,
con la fuerza que la antigüedad le ha dado,
pues se sabe más por vieja que por diablo,
llora terriblemente en un bruñido silencio descorazonador.
Y cuando el lobo la alcance y la devore,
o cuando caiga por su propio peso,
se sentira feliz.
Feliz
por haber dejado de no ser más que un empeño fingido del Sol.

CURRO BLANCO

Invitado tristeza.
– ¿Otra vez tu aquí?
– Oye, que me han invitado, ¿vale…?
– Ya. Se te ha invitado porque aquí somos consecuentes y sabemos que en la literatura tienes un peso importante, tu influencia ha originado muchas creaciones. Pero ya sabes, el Jueves terminas y te vas con viento fresco. Que ya sabes como las gasto…
– Bueno, bueno….tampoco es para ponerse así.
– Ni bueno ni leche, que nos conocemos… «Inspiras» al personal y te largas. Y dejas las almas en paz. Que la última vez que apareciste te di «pa el pelo».Y pienso hacer lo mismo si te pasas de la raya.
– Oye…que yo también te zurrè.
– Ya, porque como siempre haces, atacas con golpes bajos, llegas en los días más grises e infaustos. Pero te aticè bien…
– Bueno….
– Te propinè un buen «gancho» de sonrisas y te rematè con un «derechazo» de alegría.
¡ASÍ QUE YA SABES!
– Vale….pero no hace falta chillar.
– No te he chillado, he sido contundente.
– Vale….

VALERIA MICHOU

He deambulado por las noches el temible camino de la tristeza, me he sumergido en sus mares oscuros y mis pies se han clavado en su sombra.
He tiritado ante el frío de su opaca grandeza, que parece abarcarlo todo hasta la sonrisa, habitando sus tiempos, de abandono, ausencia, muerte y desengaño
Fui arrastrada hacia sus dientes y mi pecho se hundió en la densidad de su abrazo. Me envolvió su languidez y mi cuerpo se transformó en semilla.
Fui con otros miles plantada en sus campos de autocompasión y me quedé inerte. Pero cuando mis ojos vacíos se rebalsaron inundando mis pasos, mi garganta anudada emitió con brusquedad un grito de desgarradora esperanza.
Con un crujido mi piel se abrió por la espalda y dejo entrar un hilo de luz intensa por el que mi corazón decidió brotar hacia la superficie, atravesando resuelto toda la angustia, para volver a nacer a través del sueño.

BEA ARTEENCUERO

Somos prisioneros
De nuestras emociones
Hay puentes que cruzamos
Sin regreso
Dentro de nuestros corazones
La tristeza llega
Y anida dentro del alma
La mente es un pasaje secreto
Que cuando sentimos
Un dolor, una desilusión
Nos invade
Nos quebramos
Sin poder regresar
La nostalgia llega
Y se aloja, nos domina
Cuerpo y espíritu
Tejen una red invisible
Que no da lugar mas
Que al desconsuelo
Que nos maneja, invadiéndonos
En ese mundo, que nos atrapa
Dejando marcas imborrables
Alojadas en cada rincón
De nuestro cuerpo
Y allí estas
Implacable, en la mirada
De ese alguien
Sumergida en las hordas
Tenebrosas de la mente
Surcando el cielo del quebranto
Hundiéndonos en la noche
Con su vuelo.
Y allí estas… Tristeza!!!

GABRIELA MOTTA

La piedra en el bolsillo
Aquella mañana sacó del fondo de su bolsillo una piedra y no pudo evitar sonreír, cuánto tiempo había pasado de aquellos años felices, sin embargo, seguían estando presentes en cada detalle, en cada piedra encontrada, en cada latido de su corazón. Contempló y saboreó aquel dulce recuerdo por un largo tiempo, tan largo que cuando la piedra se le cayó de entre los dedos parecía que todo había sido un mal sueño.
Sintió que ya no tenía tiempo para recordar, había que actuar. Pero ¿cómo lo haría? La llevaría a la playa, sin dudas, a ese lugar donde había recogido esa diminuta piedra que hoy tenía entre sus manos.
Las ideas comenzaron a fluir y casi sin darse cuenta se vio ideando el plan perfecto. Esperaría a que fuera la hora de dormir, la tomaría en sus brazos, la cubriría con una manta y saldrían por la puerta del fondo justo cuando ocurría el cambio de personal. Viajarían toda la noche en su coche y en la mañana estarían en la playa, sonrió.
La podía ver saltando entre las olas tomada de sus manos para no caerse, feliz por ser su cómplice en una nueva aventura. Luego, seguramente, le pediría un helado y ella con certeza se lo compraría. Después se tirarían en la arena junto con su muñeca favorita y disfrutarían inventando historias con cada una de las nubes del cielo. Sonrió. Sintió el calor de la piedra que era tan real como su plan. Al atardecer la tomaría de nuevo entre sus brazos porque seguramente estaría exhausta y regresarían hacia el hospital mientras…
Pilar, Pilar, Pilar. Se levantó bruscamente, guardó la piedra en el bolsillo y fue en busca de la voz que la llamaba con insistencia.
—Aquí en el patio —contestó. Pilar hija ¿dónde te habías metido? Hace media hora que llevo gritando tu nombre por cada rincón de este maldito hospital. Hija, Pilar…
—Qué sucede…
—Hija, Pilar…
—…
—Se nos ha ido…

ROCÍO RB

Adela padece una fuerte depresión, dura enfermedad que la convierte en un ser inane, sin fuerzas, con el alma destrozada, que siente soledad aunque se encuentre rodeada de las personas que la quieren. Y eso la lleva a sufrir el doble, por no poder salir del pozo y por hacer sufrir a los demás.
Ve pasar la vida, pero no la vive. Un pie sigue al otro, todos los días son iguales. Su mayor consuelo es dormir, porque mientras duerme no piensa, aunque los sueños pueden ser muy crueles y vívidos.
Yo intento visitarla siempre que puedo, pero nunca me parece suficiente. Su marido acude menos, dice que es todo un invento suyo para llamar la atención. A mí se me hace duro verla tan triste, aunque no se lo demuestro. Siempre llevo preparadas un montón de historias y anécdotas divertidas para contarle, y se las represento con aspavientos y exagerando mucho, procurando impregnar de alegría la habitación y que se mantenga en mi ausencia, como si de un perfume intenso se tratara, mas creo que no funciona. Es como actuar en un teatro sin público. Me mira, me entiende, me escucha, pero nada le hace sonreír.
Los médicos no consiguen averiguar el origen de su depresión. Porque Adela no se niega a ir al médico, es consciente de la ayuda que pueden prestarle y quiere curarse, o al menos mejorar. Pero tras cientos de visitas de psiquiatras, psicólogos, neurólogos y yo qué sé cuántos “-ogos” más, solo le recetan unas pastillas que quizá eviten un mal mayor.
Adela es mi hermana gemela y la quiero con locura. Somos idénticas y a la vez tan dispares… no entiendo por qué le pasa esto. Se ha quedado en los huesos porque se le olvida que hay que comer. No por falta de memoria, qué va, al contrario, creo que su buena cabeza es lo que la tiene prisionera. Por mucho que me esfuerzo en revivir nuestras vidas, no doy con el desencadenante. Y su marido no es de gran ayuda, por eso la internó en esta residencia. Es un sitio muy colorido y vistoso. No deja de ser un hospital, pero vestido y maquillado como para asistir a una fiesta.
He conseguido convencer a Adela para que se vista y salgamos a dar un paseo. Primero por los jardines, como siempre, nunca salimos del recinto, pero hoy, al llegar a la verja de salida, hemos decidido irnos de allí. Y nada más salir, al girar la esquina y perder de vista el edificio, su ritmo al caminar se ha hecho más rápido y ha iniciado una conversación.
—No me había fijado en el día tan bonito que hace —dice Adela—. ¿Vamos a comer un helado?
Mascullo un sí inaudible, de tan sorprendida que me hallo. Y allá que vamos, paseando y charlando, a la heladería, donde la he visto comerse una enorme copa de tres bolas, decorada con una sombrillita. Hemos pasado la mejor tarde en años, pero ha llegado el momento de regresar. Volvemos sobre nuestros pasos y percibo que, a medida que nos acercamos al hospital, Adela va enmudeciendo, hasta quedar sumida nuevamente en su apatía tras cruzar el umbral.
Me he despedido de ella en su habitación, donde apenas ha murmurado un adiós, ya sentada en su sillón de cara a la ventana.
Verdaderamente, es una pena tener que darle la razón a mi cuñado, que no es santo de mi devoción, pero quizá sea cierto que lo hace para llamar la atención. Tendré que dejar de venir tan a menudo, a ver si espabila por sí misma.

CUKY TORCHIOI

Nadie quiere tu compañía
sin embargo caminas a mi lado,
no tienes solo un nombre
tienes muchos, y los ocultas
y los llevas bien guardados.
Te disfrazas eres una experta,
en disimular hipócrita tu cara.
A veces te disfrazas de alegría,
otras das vuelta con falsedad
la cara.
Te me incrustas como hoja
de cuchillo
hasta desgarrarme sin piedad
la carne.
Te he llevado aferrándote
a mi cuerpo
por esos derroteros insondables.
Te he visto caminando entre
las tumbas
sin que te incumban
los llantos desgarrados.
Paseas por los campos
de batalla
sin importarte los cuerpos
mutilados.
Resides en los hospitales
donde la oscuridad
de la muerte avasalla.
Te sentí a los pies de la cama,
cuando otrora mi padre agonizaba.
No te apartaste de mi lado
cuando exhaló el último suspiro
aquella vez mi madre…
pero dejaré de juzgarte
no es solo tu culpa
soy yo la que tiene que extirparte,
estás metida en mis entrañas
porqué jamás intenté sacarte.
¿Sabes?, creo que comprendo
es mi mente una masoquista,
¿Será tal vez que si me quedo sola?…
¡Ya no tendría, ninguna compañía!

GAIA ORBE

“No sé, siento como que no he sentido tristezas. Leo los bonitos relatos sobre el tema. Empatizo con muchos de ellos, sintiendo dolor, emoción, pero no llego a encontrar en mi interior la significación de la tristeza. Es una palabra que parece ser ajena a mi vocabulario. Tampoco se conoce su etimología. Algunos dicen que viene del latín “tristis” pero esa no es cierta, aunque puede tener alguna relación con “taeter” (repulsivo) y “tetricus” (tétrico). Me acuerdo de la voz inglesa: “be in blue” pero el azul no es mi color para la tristeza. Mi color es el marrón. Le pregunté a varios amigos con qué color identificaban la tristeza. La mayoría respondió el marrón y algunos eligieron el negro. Claro, la tristeza debe tener muchos matices y el azul, que a mi me suena a profundidad a otros les puede dar tristeza. O también melancolía, porque yo, que tengo muchos “hasta luego” en mi vida, los percibo en azul”.
Con estos pensamientos salí al trabajo y en la esquina vi a una niña sentada en el cordón junto al contenedor de reciclaje. Su cabeza estaba agachada sobre algo que tenía en las manos. Me llamó la atención el cabello. Estaba asimétricamente cortado, en realidad parecía arrancado de a pedazos. Me acerqué y ella, con los ojos más grandes que he visto en mi vida, me dijo: “Tengo hambre”, mientras mordía la parte blanca de una sandía. Se me apretó la garganta. No pude hablar. No pude hacer nada. Ella, con la bolsa de basura en sus manos, salió corriendo.
Entonces, me di cuenta de que la tristeza para mí son los rostros de los ocho mil quinientos niños que mueren por día por hambre en el mundo. Dije en voz alta: “La muerte de un niño cada cinco segundos”, y me puse a llorar.

CONCE JARA

TRISTEZA
‑ ¿Has cogido las linternas?
‑ Costa está todo…, que sí, que si no me echas la bronca ‑le dije a mi compañero de broma‑.
Hacía calor, 2 de julio, las dos de la tarde. La furgoneta dobló la esquina del cuartel y nos dirigíamos a tomar un café rápido para despejar la mente. Me sonó el móvil y vi su nombre en la pantalla, entonces se me revolvió el estómago, como un mal presagio.
‑¿Qué tal hermano?
Salí corriendo con mis cosas hacia la taquilla, las metí de cualquier manera y con la ropa de trabajo fui hasta mi coche. No pensaba, respiraba profundo, como me había dicho el psicólogo: ‑Céntrate en el aquí, el ahora, y así estarás segura.
En pocos minutos había aparcado en mi plaza garaje y cerré de un portazo la puerta de mi casa, llamando a gritos a mi marido. El apareció en la puerta de nuestro dormitorio, con el pelo revuelto de dormir la siesta: ‑ Nos vamos a Madrid, mi madre está muy grave‑. Guardé en una mochila ropa deportiva, dos vaqueros, alguna muda, las cosas de aseo, documentación y las llaves de la casa de mi madre. También había hecho la maleta de nuestro hijo de 5 años, el cual estaba la mar de contento ya que se iba con los abuelos. Su padre esperaba en la calle, con el coche arrancado: ‑Mami, está la abuela enferma‑ me dijo en el ascensor, cogiéndome la mano‑. Yo no podía hablar, solo moví la cabeza afirmativamente.
Dejamos a nuestro hijo en el pueblo. ¡Puñeta!, ¿este coche no puede correr más? llegué a decir en el trayecto. Mi marido piso el acelerador. El coche vibraba. En menos de tres horas estábamos en la portería, mientras el aparcaba, yo fui a dejar el equipaje y encontré un escenario inesperado que me hizo coger el cubo de la fregona, limpiando lo más urgente.
Empezamos a caminar a paso rápido hacia el hospital, casi corría por lo que acababa de ver en el suelo, pero mi marido me retenía: ‑Quiero que te tranquilices… se te va a salir el corazón. No me salían las palabras, yo me decía: ‑Cállate, es mi madre ¡joder!, tengo que verla. Y por fin, aquella construcción, con la escultura de la Virgen en lo alto de la entrada. Las escaleras, cinco pisos corriendo. Una vez en planta mi hermano Miguel… me paró en medio del pasillo: ‑Tranquila, ¡vale!, la están operando… si no te tranquilizas no te voy a poder contar nada.
‑Mamá, ¿cómo estás hoy? La llamaba dos o tres veces a la semana, y le hablaba de mis problemas, del trabajo, de su nieto, mientras ella se reía, aportaba ideas, me animaba, pero no contaba apenas nada. Un día me dijo algo así como que había visto a mi padre merodeando por la portería, que tenía miedo… miedo por su vida Le dije que si volvía a pasar algo así me avisara, fuera la hora que fuera. Que estábamos seis hijos para darlo todo por ella… y entonces se callaba. Después le llegó la demanda de divorcio, él quería quedarse con el uso y disfrute de la vivienda, propiedad de los dos. Por supuesto que nos encargamos de buscar abogado y probar que el ochenta por ciento de la vivienda lo había abonado ella, con su sudor, manteniendo a la vez a sus seis hijos, sola, durante años, sin ningún tipo de manutención por parte de ese, al que algunos de mis hermanos aún llamaban padre.
Apareció mi hermano Juan, venía del aseo. Él fue el que la encontró. Me dio un fuerte abrazo, no se soltaba. Y se sentó rendido emocionado diciendo: ‑Me llamó al móvil a eso de las 9 de la mañana. Yo estaba cerca repartiendo con la moto, y cuando llegué vi un rastro de sangre que iba desde la cabina del portero hasta el interior de casa. Estaba en el suelo, con una toalla grande entre las piernas toda ensangrentada… su voz era un hilo. Cogí una toalla limpia, cambiándola por la que llevaba. La cogí en brazos y salí a la calle a pedir ayuda… un taxi paró y vinimos hasta aquí‑dijo mientras se agachaba para taparse el rostro con las manos.
Llevaba sola cinco años, desde que mi hermana se fue a vivir con el novio a Sevilla. Decía que le daba vergüenza salir a comprar, que aprovechaba cuando se dejaba caer por casa alguno de mis cuatro hermanos y le pedía que le hiciera compra para varios días. Me decía que necesitaba comprarse ropa y zapatos, y que esperaba que cuando fuera a verla, con el niño, la acompañara para elegir. Pero cuando por fin el trabajo me lo permitía, iba por allí, negándose a comprarse nada. Yo me hacía una idea de su talla, escogía, se la llevaba para probar, la devolvía y vuelta a elegir… No me importaba, no tenía vergüenza, quería que se encontrara bien. En las últimas visitas me pareció más ojerosa, algo más triste. Me contó que al principio de primavera un hombre que paseaba de tarde por la zona, empezó a dejarse caer en el banco que hay frente a la portería, y ella por educación, saludaba. Poco a poco empezaron a hablar, hasta que la conversación se hizo mucho más distendida y despertó cierta ilusión en mi madre. Un día la vecina del 6º Derecha, podrida de dinero y cascarrabias, salió del portal y se asombró al encontrar a aquel hombre hablando con mi madre. Se conocían desde hacía años, por lo que la dichosa vecina invito al caballero a tomar un café, en su casa… Mi madre nunca más volvió a hablar con aquel hombre educado, culto, alto, bien parecido, cercano a los 70 años. Solo le veía pasear de lejos por la otra cera, momento en que mi madre entraba en el portal escondiéndose en la cabina de la portería, rogando a Dios que entrase a saludarla… nunca lo hizo.
Nos llamó una enfermera vestida de monja, y nos dijo que nos esperaban en la habitación 512. Eran dos hombres altos, buena presencia, bata blanca; ambos nos estrecharon la mano y se identificaron como Jefe de Ginecología y Jefe de Oncología del hospital… ¿oncología?, pensé, ¡esto es cáncer!: ‑La operación ha sido un éxito, dijo el oncólogo, pero lamentamos decirles que el cáncer está muy avanzado, “congelado”, quiero decir, adherido a las paredes del útero, y aunque el tumor se rompió, por eso sangraba, y se pudo extirpar totalmente, el pronóstico es reservado. Hablamos de quimioterapia, y radioterapia. Su madre permanecerá ingresada en ginecología hasta su recuperación y después será atendida por mí, en mi consulta de oncología para hacer la agenda del tratamiento.
Mi hermano mayor preguntó: ‑ ¿De qué estadio hablamos? El médico carraspeó: ‑Entre un estadio III y IV; Yo no entendía nada, con lo aprensivo que es Mario, seguro que sabe todo lo que puede parecer un cáncer.
Mario acudió al Juzgado con abogado y procurador. Llevaba consigo las cuentas en las que demostraba los pagos mensuales de la hipoteca y gastos de la vivienda que mi madre empezó a pagar, religiosamente, con cincuenta años. Sólo le quedaban dos años de deuda, el mismo tiempo que para jubilarse. Al presentar el poder notarial en el que mi madre le daba autorización a mi hermano para que la representara en el juicio, ya que se estaba muriendo de cáncer, mi padre se quedó blanco y desde su asiento se levantó para gritar que el juicio no era válido, ya que nadie le había dicho que ella estaba a punto de morir. El juicio siguió su cauce y la Juez, que tuvo que llamar al orden a mi progenitor en varias ocasiones, dictaminó que éste último era dueño de la parte del piso que había pagado de su bolsillo, y ni un céntimo más. Poco tiempo después, mi hermano le llevó a mi madre, convaleciente en el hospital un papel, y mi madre dijo sonriente dijo: ‑ Ve a por un botella de champán, vamos a brindar ¡Soy una mujer divorciada!
Mejoraba, pero con la quimioterapia volvía a recaer, el dolor pasó de ser leve a ser a todas horas, constante; gritaba, se revolvía, no dormía. No podíamos más, y decidí que no necesitaba morfina. Me fui a la clínica Anderson, rogué, lloré en la recepción, y finalmente conseguí una entrevista con una oncóloga especialista en ginecología. Ella vio las pruebas, los resultados, los análisis y me dijo: ‑ ¿Estás segura de que no la están administrando morfina?; ¡Pues claro que no, como no lo voy a saber!, si soy la que la oye gritar a todas horas de dolor, solo Nolotil en vena. La doctora llamó al equipo de oncólogos que llevaba a mi madre, y esa misma tarde uno de ellos hizo acto de presencia en la habitación para preguntar: ‑ Señora, de 1 a 10 ¿qué grado de dolor cree que padece? Contestó tajante: ‑ Doctor, un 15. Daba igual lo que me dijera aquel matasanos, por fin pautó la morfina, pero a la mañana siguiente mi madre fue trasladada a la Clínica Anderson… la metástasis la llegaba del cerebro hasta las piernas. La “quemaron” por última vez en abril, y ya no levantó cabeza. Su cuerpo iba dejando de funcionar. La doctora me llamó a su despacho, y allí me dijo que estaba sufriendo mucho, aunque ya no se despertara por la cantidad de morfina que se le administraba, que lo consultara con mis hermanos, pero que ella creía que en ese estado lo mejor era inducirle la… Hablé con ellos y la mayoría estaba de acuerdo. Yo firmé en representación de todos, ya que era la que más tiempo pasaba allí; en ocho meses me había trasladado con mi familia, a vivir y trabajar en Madrid.
Le quedaban dos años para jubilarse, nunca viajó fuera de España, no había ido a un cine, tomado un café con croissant en la pastelería Mallorca, pasear en el coche por todo Madrid para ver los principales monumentos, cortarse el pelo en la peluquería, hacerse las uñas, todo desde que se casó, hasta que enfermó… y no dejo de pensar que yo tuve parte de culpa, ya que al parecer mi madre llevaba seis meses sangrando antes de la enfermedad; mientras yo hablaba con ella casi a diario de mis insignificantes problemas, ella se estaba dejando morir… quizás por soledad, o quizás por apatía hacía la vida que llevaba… solo se que la tristeza y la desesperanza la enterró, y no quiso luchar durante su enfermedad, prefería la muerte a la soledad que la invadía.

GATÓN MOMEÑO

Desgarrada (tema de la semana)
Se encontraba sola y desnuda con los pies quemados sobre la nieve. Negros de congelamiento. Aunque no lloraba, sus lágrimas caían sobre la nieve. Sus ojos solo miraban a su madre, muerta hace horas, con la vestimenta arrancada.
Nada cambió en el aquel hogar de niñas. Una vez más se encontraba sola, desnuda y con lágrimas deslizándose por sus mejillas. Era solo una niña, sola entre una multitud que miraba pegada en las ventanas de aquel viejo edificio, como era castigada por no por no aceptar la invitación del director del hogar, de dormir con él.
Faltaba solo un día para la primavera cuando la pudieron ver corriendo, con la ropa desgarrada, escapando del despacho del director. Solo ocho inviernos y deseaba que jamás la hubiesen encontrado viva junto al cuerpo de su madre. Deseaba poder haberse ido con ella y no volver jamás. Pese a los gritos de cientos de niñas, Sol, nuestra niña, decidió visitar a su madre, saltando del tercer piso. No fue el dolor por lo que saltó. Fue por su infante pero maduro y adulto orgullo y honor desgarrado como su ropa.

SILVIA TRAMO

La tristeza le embargó y ni siquiera sabía el motivo.
No tenía una vida especialmente mala, pero no se sentía satisfecho, tampoco sabía cuándo empezó aquello, pero no era capaz de sentir placer y cada vez más a menudo se sentía apático.
De hecho hacer cualquier cosa rutinaria le parecía una tortura, se levantaba pensando en todo lo que se suponía que debía hacer y aquello le alargaba, pero no podía evitarlo.
No encontraba consuelo en lo que otras personas parecían encontrarlo.
Era como como tener un ruido constante en la cabeza, que no le dejaba concentrarse, como una niebla que le tapaba toda visión.
Un día, tras otro…pasaban las semanas, los meses, incluso los años y nada cambiaba.
Había aprendido a fingir ser funcional ante los demás, para que no le preguntasen.
Hubo un tiempo en el que no escondía lo que sentía, pero aquello fue contraproducente, porque la gente solo le hacía sentir culpable, por no ser como se esperaba que fuese, por no ser capaz, por ser débil, por quejarse constantemente…
Y últimamente le costaba más mantener esa máscara, se sentía como si fuera una bomba a punto se explotar.
Así que acabó cediendo a sus impulsos y se colgó en su casa.
Ni sus vecinos, ni sus amigos, ni tan siquiera su familia supieron nunca ver lo mal que se sentía y como aquello se llevó su vida.

ZOE EMM TEXIS

Tenia mucho que no me sentía así…
El llanto corriendo por mis mejillas, mi corazón al mil por hora, enfado combinado con nostalgia, melancolía y soledad.
Me desgarras mi alma, me desgarras mis recuerdos…
¿Por que eres así? ¿Qué te pasa?
Me doy cuenta de que me descuido un momento y tu…
Tú…
Solo aprovechas para fallarme.
Esto que siento ahora me hace recordar el día más terrible de mi vida cuando mi abuela falleció, cuando mi querida amiga madre guía se me fue…
Mi gran amor, recuerdo cuando hacia de la mesa un deleite, todos juntos en unión en cariño en amor, nos observaba siempre de afuera, nos veía al interior, siempre nos miraba, y tenia las palabras adecuadas en el momento preciso, nos cuidaba, me cuidaba mucho, me hacia sentir especial, en medio de la tempestad ella, era mi refugio, mi hogar.
Recuerdo, la sensación de vació que dejo en mi corazón, cuando quien me daba razones para seguir se había ido, fue el día mas triste de mi vida, la tristeza me invadía sin parar, las lagrimas no dejaban resbalar en mi rostro, al verla detrás de la lentilla en su caja, totalmente firme y sin respiración, mi espíritu se sintió tan roto, que me abalance, me abalance muy fuertemente sobre la caja, pidiendo que regresara… que no sabia por que me dejaba, que yo la amaba infinitamente y que era mi ángel por siempre.
¿Por que no la tienes presente? ¿Por que me fallaste? ¿Por que me lastimaste botándolo de esa manera?
*¿Qué te ocurre? ¿Allí,por que estás llorando?,¿Allí?

-No, por nada, no pasa nada…

*Ya, ¿Qué no te vas a subir a Dormir?.

-Ajá, ya voy.

Será que…¿Quizá no lo hizo a propósito.?, seguro si.

¡Yaaaaaaa! ¿Qué esta pasando con mi manera de pensar hacia con ella?,
puede que en verdad sea que lo hizo adrede…
piénsalo bien, medita la situación…
por una parte lo anterior, lo que hacia , desde que yo era niña cuando desde mis 9 años o antes tiraba mis escritos, todo, lo que yo hacia absolutamente todo lo que me importaba lo tiraba a la basura…
Rascaba, rascaba, hasta encontrar siempre mi nuevo lugar mágico donde guardaba mis escritos.
Una, otra otra y otra ves, hasta que yo lloraba de la tristeza, me daba la sensación que todo lo que sentía se iba lejos…
bueno aunque esto también es una situación pasada.
Pero esto… todo esto, siempre pasa lo mismo, todo lo que quiero lo tira a la basura, ahora el petate, El significativo petate que en su momento fue de mi abuela, que es mi madre verdadera, yo siento una conexión tan profunda con ella, y tengo pocas cosas de ella por lo tanto al ser de ella, son infinitamente especiales, son mucho mas valiosas.
En ese petate de mi corazón yo pintaba en papel peñón con Acuarelas, una y otra vez, me recosté tantas veces, ahí, estaba la conexión entre mi abuela y yo…
ahora… & ahora esta en la basura!
¿Por que lo hiciste? ¿Por que?

Si tan solo, pudieras abrir los ojos y darte cuenta que tienes que seguir preservando todas las tradiciones, tu sabes bien que mi abuela, siempre uso sus bellas ofrendas para los que ya no están, con mucho amor, todo el tiempo le entregaba amor, amor a la vida, amor a Dios, ella me enseño el cariño al servicio, a la humanidad, a intentar tener otra perspectiva, a crecer, a creer.
Ser una, otra y otra vez, me enseño a soltar.. a perdonar.
& tu me privas de tan hermosos recuerdos, de tan hermosos momentos para volver a reconocerla…
ella trataba siempre de darte una oportunidad y justo por eso mismo me lo pregunto… ¿Lo habrás hecho a propósito? ¿Si fue así cuando dejaremos de pelear? Qué no te das cuenta que, el que me arrebaten cosas que me conectan con ella, me causa una infinita tristeza… ¡Por que no la respetas! ¡Por que no me respetas! Ó será que en realidad que…
solo querías ver la casa en orden será eso o en verdad , será que solo la trato de justificar…
por que tiro mi petate, por que lo hizo…
¿Por que?
Respira, relájate, tu no te puedes subir así a Dormir, calma tus pensamientos ,perdona a tu mamá, tienes que perdonarla, no te puedes dormir con este sentimiento así que perdónala por sus acciones, recuerda que todos se equivocan, que nadie es perfecto, respira & mejor por una canción, respira hondo y vuelve a ser, vuelve a tu ser.
Honra a tu abuela por lo que fue, por lo que te enseño, cuando te mostro el poder de pensar que día es una nueva oportunidad, recuerda que mientras viva en el corazón ella esta y estará en todo lugar.
-Zoo’

FELIX LONDOÑO G

El señor Trump está triste. Triste es una palabra que se queda corta para hablar de su estado catatónico. Temprano en la mañana se ha marchado de la Casa Blanca con el peso de su depresión crónica. Dicen que se ha ido a la Florida. Quería estar lo más cerca posible de la comunidad latina, de Los Cayos y de la soleada Cuba que en su fuero interno tal vez quisiera poder visitar algún día, pero él sabe que allí nunca será bien recibido. Hay quienes piensan que mejor se hubiera marchado a Moscú donde su amigo Putin, o tal vez a la tierra prometida de Jerusalén.
Pero volvamos con el peso de su tristeza. No se halla consigo mismo. En público, los ecos de su aflicción se reflejan en el espejo de su mutismo. En la intimidad de su hogar su tristeza es tormentosa. Las mucamas dijeron haber escuchado sus berridos cuando se encerraba en el baño en los días previos a su partida. Hay quienes murmuran que Melania lo vio derramar lágrimas de crío inconsolable.
Tal parece que su tristeza se hizo crónica luego de que el seis de enero algunos de sus más fehacientes seguidores se tomaron el Capitolio. Lo agobió el ver como sus partidarios, una vez adentro, se dedicaron a tomarse selfis en lugar de avanzar con la toma del poder, tal como lo tenía previsto. Le entristece saberse rodeado de mequetrefes.
En su palacio de West Palm Beach el señor Trump se reconforta sintiendo que por fin ha comprendido el sentido de eso que en el distante sur se conoce como blues. De tarde en tarde escucha, sin que nadie se entere, “The thrill is gone”.

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28 comentarios en «Tristeza – Miniconcurso de relatos»

  1. Mi voto como prometí es para Valeria Michou(creo que lo he escrito blen, no lo tengo delante) y una mención especial para mí mismo, con un par eaaa.

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