Relatos futuristas

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos ambientados en el futuro. Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 24 de octubre! (Solo un voto por persona. Este voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos).

*Todos los relatos son originales y no han pasado procesos de corrección.

SHARIT ASENDRA

Construyendo pedazos rotos de mi alma futura

Como dicen todos ay que dejarnos morir para encontrarnos a nosotros mismos, mi ser no se encuentra ya no tiene mas lagrimas que sacar ,soy esa diosa que esta en lo profundo y su alma venena como Artemisa, solo pide al tiempo de Cronos que tenga una gran recompensa y termine haciendo el amor a Zeus mientras lo devora a lo oscuro.


CHEVE BERROL

La inmortalidad era la palabra futurista que más me apabullaba cuando apenas era un niño.

El día que fui consciente que todos los seres humanos estábamos abocados a extinguirnos me quedé hundido.
Sufrí una crisis existencial por el miedo consciente a morir que marcó una etapa en mi vida.

Me cuestionaba la absurdez de nacer para morir_con lo doloroso que había sido el proceso, según mi madre_y tras purgar impotente por el inevitable destino me negué a crecer.

Quería ser el Peter Pan del cuento, el súper héroe del planeta, el ser inmortal del que todos hablarían, el muchacho que se negaba a desaparecer por el disparatado pecado original de Adán y Eva, por una maldita manzana… Por los caprichos del destino.

Y en mi ansia por esa transitoria perpetuidad que se me negaba, mi mente inocente decidió buscar un antídoto.

_¡Quizá yo fuera la excepción! Le dije a mi madre que sonreía plácida comprendiendo la pureza de mi mente cándida en aquellos años tempranos.

Un día, ese vocablo perdió fuerza y pasó de tormenta con riesgo de tornado para convertirse en lluvia estacional con apenas ráfagas de viento según el ánimo del día.

Mamá me tanteaba de cuando en cuando como sólo ella sabía hacer hasta que ese miedo irracional fue sólo parte de un pasado borrascoso y quizá un eslabón más del futuro que estaba por venir.

(Verídico hasta la última coma)


MARIA ROSA ROLANDO

Camino sobre los restos de lo que fuí. No ha quedado nada en pié. Todo, todo ha sido destruido… Siento un dolor que nace en el pecho y se expande. Recorre cada fibra. Quiere detenerme, pero no puedo. Debe haber algo que haya podido sobrevivir dentro mío.
Recuerdo haber anticipado la tragedia. Pero fuimos tan necios, tan egoístas.
Ahora ya es tarde. No hay futuro posible. Ella, me ha vencido y yo, decido entregarme ante lo inevitable. Mi cuerpo suavemente se va desvaneciendo.


OMAR ALBOR

Que hay hoy
si todo lo que soy
viene a ver
que viene como
nuevo turbante
Es este el futuro
más próximo
el que se aproxima
A tú ojo
que no deja pasar
la luz idiota
Hoy me desperté
sangrando por tener
una sonrisa
por despreciar
y regalar
una rosa
que se clava
en tus manos
Loqueas fácil
para no perderte nada
de esta historia
que no se repite
nuevamente
Cada momento único
mira hacia el profundo
sueño, solo el futuro
dira que otro segundo
atravesare para llegar
a verte.


MARÍA RUBIO OCHOA

El sueño relajado había llegado a eso de la media noche.
Un estruendo movió un poco la tierra y de la oscuridad pasó a una luz del sol, cálida, tierna y acogedora que acariciaba la piel. Las personas con más empatía, compresión y con la sonrisa siempre dispuesta. Al llegar la noche las hadas felices por tal cambio de los habitantes del lugar acudieron a los lugares más tranquilos a bailar con vestidos de colores, eran hermosas. Había una magia y belleza de ensueño. Los animales del campo salían de sus madrigueras a contemplar el espectáculo, las setas miraban. Los árboles lucían sus exquisitos frutos.
Era la magia futural de ese bonito y extraño sueño de un futuro que deseaba en lo más íntimo de su yo y se vivía como tal………..


MARÍA DAVID

– Te estaba buscando, querida mía… De echo, ¡te añoro tanto!
– No, no me contestes. Mira mis manos, mis venas, mi cuerpo entero… ¿te acuerdas?
-Sé que te acuerdas. Yo siempre te buscaba y tú siempre huyas de mí. Pero no te preocupes, Muerte, qué en un futuro lejano o no, nos encontraremos y te echaré la bronca por todos esos momentos que tú me ignorabas y me dejabas sufrir.


CORONADO SMITH

El Futuro.

No hay.


SAMARA JAPÓN

Aquella mota de polvo de ceniza sabía que había formado parte de un todo, de algo grande, de algo que se auto destruyó. Estaba triste, pero al mismo tiempo le inundaba una gran paz porque ya no había ruido, ni hambre, ni guerras.


MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

¿Qué nos deparará el porvenir?
-Buena pregunta.
EN estos momentos mi pensamiento me abre un abanico de posibles caminos a seguir. Pero…, a lo imposible saber, le hecho imaginación.
Voy a dibujar con letra de corazón, lo que deseo en el futuro.
Mi compañero de vida y padre de mis hijos ha entrado en el horrible proceso del olvido.
Por tanto mañana espero me siga llamando por mi nombre aunque sea veinte veces seguidas, lo cual tengo que ser sincera hay momentos me cansa…
Mañana, espero…, me vuelva a mirar con esos ojos azules guapísimos y, me diga Con esa voz única, ¿eres la mujer que más he querido?
¡Mañana!
¿QUÉ TRAERÁ EL DÍA DE MAÑANA?
¡Nadie lo sabe!
¡Solo le llamamos futuro!


PEDRO PARRINA

¿Y si estuviéramos equivocados, y último futuro fue nacer, y el porvenir será el presente, y el único pasado es la muerte?


ÁNGEL MARTÍN

—¡Ya estamos llegando!
La Where a Bear Wear Beard viró a estribor para no adentrarse en la zona designada como peligrosa.
—Bien, ya sabéis de qué va esto. Estad pendientes de los equipos y de todo cuanto rodee al barco. La gente no desaparece porque sí. Hay algo en el Triángulo que no quieren que veamos, tened las armas a punto.
Todos se colocaron en las posiciones asignadas, y la nave viró a babor.
Transcurrió media hora sin variaciones. Solo agua en todas partes. Toda la maquinaria seguía funcionando.
Y entonces ocurrió.
Una luz tan brillante que dolía aun a través de los párpados lo llenó todo. Sin aviso ni fuente aparente. Como si la luz siempre hubiera estado ahí.
Diez segundos más tarde, la luz simplemente dejó de estar ahí. Y el paisaje cambió.
Ya no había leguas y leguas de agua en todas direcciones. El barco estaba amarrado en un muelle, junto a navíos de todas las épocas desde que el ser humano se hizo a la mar.
Una joven de aspecto alegre y ropa en colores fluorescentes les esperaba al final de la pasarela, que ya estaba colocada.
Toda la tripulación se paralizó.
—¿Quién es el, la, le capitán, capitana o capitane de esta nave? —preguntó la joven con una sonrisa deslumbrante en el rostro.
Tardaron aún un par de minutos en reaccionar. El capitán bajó por la pasarela al encuentro con la joven, seguido de cerca por su segundo.
—Soy… Soy yo. ¿Dónde estamos?
No se le ocurría otra pregunta que hacer.
—¡Encantada, señor, señora o señore!
—Eh… Señor está bien.
—De acuerdo, señor entonces. —La joven sacó lo que parecía una tableta holográfica, hizo aparecer un teclado en el aire, y tomó nota—. ¡Sean bienvenidos, bienvenidas y bienvenides usted y su tripulación al Triángulo de las Bermudas, punto de partida de su nueva estancia en Terra Secundus! ¡Por azar o curiosidad han sido seleccionados, seleccionadas y seleccionades, para formar parte de la comunidad de este planeta!


SILVIA TRAMOYERES

Celia estaba embarazada de 7 semanas cuando acabó de montar su último invento, una máquina del tiempo.
El padre de la criatura que se gestaba en su interior no había querido seguir con ella al enterarse de su estado.
Celia dudaba de si seguir adelante o abortar.
Para tomar una decisión al respecto se le ocurrió viajar con su máquina al futuro.
Ni siquiera estaba segura de si funcionaría bien, pero ella era una mujer con una gran curiosidad, quería ver qué grandes inventos y avances habrían.
Programó de fecha 50 años después y apretó el botón de encendido.
Celia paró la máquina, estaba en un edificio abandonado y semidestruido.
Las ventanas estaban tapiadas, con lo que no pudo ver a través de ellas.
Bajó por las escaleras hasta llegar a la calle, el paisaje que se abría ante sus ojos no podría ser más desolador, toda la ciudad estaba en ruinas.
«¿Qué habría ocurrido?» se preguntó para sus adentros.
No parecía haber nadie allí, caminó durante bastante rato, esperando hallar algo o a alguien.
Entonces oyó el llanto de un bebé, provenía de una casa con un agujero en el techo.
– No nos hagas nada, por favor…- era una mujer ya entrada en años, en sus brazos mecía a un bebé que parecía enfermo, a su lado había también una niña de unos 8 años.
-No tengo intención de haceros daño- les aseveró.
La mujer la miraba con extrañeza, pues Celia lucía muy limpia y sana, en contraposición con ellas.
– ¿Quién eres?¿Tú no eres de aquí? Debes estar loca para aventurarte a ir sola por la ciudad después del toque de queda
– Me llamo Celia Baraguer, vengo del pasado, viajé aquí desde el 2019.
– No, no puede ser – respondió la mujer contrariada
– Le aseguro que es cierto
– Sí, te conozco, fuimos juntas al colegio, recuerdo cuando desapareciste, tu familia colgó muchos carteles, creí que habrías muerto, que quizás aquel loco con el que salías…- la mujer enmudeció, para luego abrazarla – soy Lorena, Lorena Martínez Sierra- le contó entre sollozos.
– ¿Lorena?- Celia se sintió dichosa por un momento, pero luego le preguntó a su antigua amiga -¿Qué pasó aquí?
– Hubo una terrible guerra a nivel mundial en el año 2031, millones de personas perecieron, otras muchas enfermaron, hubieron grandes epidemias, podredumbre que mermaron la población.
Nacieron niños con malformaciones por las armas bioquímicas.
La fauna y flora que conocías, ya no existen, el agua estaba contaminada, sólo unos pocos ricos afortunados se apropiaron de los escasos recursos que quedaron.
Nos los cobran a precio de oro, muchos enloquecieron por el hambre y el odio, se mataban incluso entre familiares, hasta se comen unos a otros.
Impera la ley del más fuerte, no es seguro estar fuera y menos de noche.
En lo que era la biblioteca hay un pequeño grupo de supervivientes, la mayoría mujeres y niños, ellos me han ayudado.- posó sus ojos en el bebé y la niña que la acompañaban – estos son mis nietos, son todo lo que tengo, mi hijo y mi nuera murieron.
Creo que es mejor que vuelvas con tu máquina y trates de impedir este horror.
Conciencia a la gente, no permitas que salga elegida la ultraderecha, ellos serán los que inicien la guerra, se aliarán con EEUU, que está gobernada por un loco.
– Sí, mi máquina está en edificio a las afueras.
¿Me ayudarás a llegar? No permitiré que el futuro sea así.
– No, lo siento, soy demasiado vieja para combatir y tengo que cuidar de ellos.
Pero quizás pueda encontrar a alguien para que te acompañe.
Tendrás que esperar hasta que se haga de día.
Celia apenas logró dormir un poco, estaba realmente asustada.
A la mañana siguiente, Lorena le presentó a un hombre de unos treinta y tantos años, era fornido, se notaba que estaba acostumbrado a pelear, era agraciado pero se veía cansado y apagado, su nombre era Oliver.
Por el camino avistaron un grupo de soldados, o eso le parecieron, Oliver le hizo esconderse en una casa, le había advertido de que si la encontraban la violarían y asesinarían.
Permaneció lo más inmóvil que pudo, tapada con una vieja manta, el corazón le latía con fuerza.
Escuchó gritos aterradores, Oliver le avisó cuando pasó el peligro, iba todo manchado de sangre.
– Vamos tenemos que seguir
Cruzaron la calle dejando atrás los cadáveres.
Por fin llegaron al edificio, subió los escalones de dos en dos, estaba deseosa de escapar de aquel infierno.
Pero cuando llegaron a donde se debía encontraba la máquina del tiempo, no hallaron nada.
– ¿Era mentira? ¿Aquí no hay nada? He arriesgado mi vida por ti.
– Nooooo, alguien se la ha debido llevar, ahora estoy aquí atrapada, en este mundo desvastado- Celia lloraba amargamente, mientras se apretaba el vientre.


ROCÍO ROMERO GARCÍA

Hola.
Mi nombre es Melisa, aunque puedes llamarme M-2468. Lo sé, es un nombre extraño, ¿verdad?. Cómo el de un androide.
Podrías definirme así, me he comportado como un robot; no se me permite sentir o alzar mi voz.
Debo seguir el paso que otros construyeron y servirles sin poner en dudas sus palabras.
El futuro ha cambiado, ya estaba cambiando cuando era más joven.
En mi adolescencia la tecnología era algo grande. Los móviles, las tablets, los ordenadores, los identificadores de voz o el control de un solo lugar con solo pulsar un botón.
Explorar mundos mucho más nítidos que la realidad, pero mucho más vacíos.
La conexión instantánea entre personas geográficamente separadas, la oportunidad de sentir a través de una pantalla.
Las «redes sociales» o las «plataformas digitales», éramos como peces atrapados, hambrientos y ansiosos por ver un corazón formado de píxeles que significaba la aprobación de la sociedad.
La tecnología era algo novedoso y antiguo al mismo tiempo; había muchas cosas por hacer y descubrir y aún así parecía que todo estaba inventado.
Todos pensamos que la tercera guerra que agitaría al mundo sería una guerra química, armas tan poderosas capaces de eliminar una ciudad entera. Pero nos equivocamos.
Estábamos tan absortos en nuestras pantallas que no nos dimos cuenta de que teníamos la guerra en nuestras manos.
Una guerra tecnológica, con códigos y fuentes. Con ataques que se podían programar con solo pulsar una tecla.
«La Guerra Binaria» la llamaron.
No sabes que arma tan poderosa puede ser la información, los partidos políticos se atacaban con información privada que sus «hackers» conseguían.
Las amenazas ascendían, cada vez resultaba más fácil conseguir información privilegiada.
Ya nadie salía de casa, todo se hacía a través de las pantallas, incluso votar. Ya no había papeletas o urnas; no había propaganda por las calles o el correo ordinario.
Muchas personas se aprovecharon de esa situación para posicionarse allí donde querían, manipulaban los votos o los programas electorales de otros.
Se hicieron tantas cosas en tan poco tiempo y sin ningún control que todo acabó sumido en el caos.
El Gobierno no tuvo otra opción que adoptar una postura antitecnológica.
Se prohibió todo aparato, televisión, página o consola. Todo aquello que requieriese una conexión a internet para funcionar.
Esto causó una revolución en las calles. No se hablaba de ello en las redes sociales o en la televisión, pero había carteles hechos a mano pegados en las farolas y postes.
Parecía como si hubiésemos vuelto a los años veinte y eso complicó las cosas mucho más.
Muchas personas querían la vuelta de ordenadores y móviles, de sus alas para poder expresarse libremente. Internet era la única herramienta para ello.
Fue tan grande y agresiva esa revolución que el Gobierno no tuvo más remedio que adoptar la más extrema de las medidas: la prohibición de los sentimientos.
Si la gente no sentía no tendría deseos de expresar sus ideas y la revolución no contaría con más aliados, ya que las personas serían incapaces de empatizar con la causa.
Las normas eran claras: debían inyectarnos una solución que adormecía por completo nuestra capacidad de sentir. Esta solución se inyectaba a través de la cabeza, justo en el sistema límbico, donde nacen nuestras emociones.
Muchas personas se negaron y fueron eliminados por ser rebeldes y muchas otras escaparon al bosque, donde la policía no podía encontrarlos.
La solución se inyectaba cada mes, era el máximo de tiempo que duraba, en El Consejo.
Todos subíamos a una gran plataforma y delante de nuestros Hermanos y Hermanas se nos inyectaba dicha sustancia.
Para asegurar más la seguridad y evitar confrontamientos se nos separó en facciones: Hermanas y Hermanos. Mujeres y hombres.
Si estás con aquellas personas que son más afines a ti en gustos y físico, habrá menos posibilidades de generar un enfrentamiento.
Aún recuerdo el día que rompí la barrera, fue el primer día del mes de Julio. Una noche de verano en la que todos fuimos a El Consejo para celebrar la ceremonia.
Las Hermanas íbamos vestidas con vestidos blancos que tenían grabados en placas de plata nuestros nombres y números de identificación y los Hermanos iban vestidos con traje negro y con la misma placa de identificación enganchada a la chaqueta.
Recuerdo que miré a mi derecha, como un acto reflejo quizá, y entonces le vi.
Pelo castaño claro, tan claro que parecía llevar reflejos rubios, ojos marrones muy oscuros y dos hoyuelos en las mejillas.
Él también se giró, miró a su izquierda, hacia mí.
Durante mucho tiempo vi ojos inexpresivos, mi reflejo en el espejo sin sentido. Mi mirada estaba vacía y blanca, pero cuando nos miramos mis ojos volvieron a tener sentido.
Sentí como despertaba de un sueño, como rompía ese muro que habían construido en mi cabeza.
Noté como mi corazón volvía a funcionar después de mucho tiempo, como se limpiaba el polvo y mis mejillas volvían a arder.
Cómo era pestañear nerviosamente y sonreír sin motivos, cómo era volver a sentir pequeñas mariposas en el estómago.
Recordé como era que te mirasen de nuevo como si fueses lo único del mundo. Cómo esa conexión, ese hilo, volvía a estar más vivo y colorido que nunca.
Vi como sonrió y sus hoyuelos se marcaron, como algo tan sencillo como aquello podía hacerme sentir algo tan grande. Cómo un simple gesto podían ser adorable y dulce.
Me levanté sin pensarlo, ya no podía controlar mi cuerpo.
Él se levantó al mismo tiempo, fue como si estuviésemos unidos, como si fuésemos dos marionetas que se movían al unísono.
Nos acercamos poco a poco, escuchando las advertencias de la policía.
Cada vez más cerca, sus voces se alzaban más y más.
Yo no escuchaba nada y él tampoco.
Solo estábamos los dos, uno frente al otro, como dos niños asustados de no gustar al otro.
Levantamos nuestras manos como si fuésemos reflejos, nuestros dedos se rozaron. La electricidad volvió a darle color a mi piel, por primera vez me alegré de sentir la presión de las taquicardias en mi pecho.
Una lágrima cayó por mi mejilla, había olvidado lo que era tener un sentimiento tan complejo en algo tan pequeño y fácil como una gota.
Con las manos unidas y las últimas palabras de advertencia de la policía él alzó su otra mano y la posó en mi mejilla, secando la lágrima. Entonces los dos suspiramos como si respiraderos por primera vez.
Su nombre, Joel. J-3579.
Los agentes de policía vinieron a por nosotros, nos intentaron separar pero conseguimos zafarnos de sus brazos.
Nos dimos la mano y comenzamos a correr.
Solo se oía el sonido de nuestros zapatos por las calles, los agentes comenzaron a perseguirnos.
Había olvidado lo que era el cansancio, el dolor de las piernas o el ardor de los pulmones al inhalar aire frío. Y aunque parezca imposible nunca había disfrutado de sentir tales molestias.
Nos adentramos en el bosque con los agentes pisando nuestros talones. Nuestros brazos comenzaron a arañarse con las ramas, a sangrar, y nuestros uniformes a ensuciarse y rasgarse.
Éramos como animales huyendo del cazador.
Llegamos a un precipicio, el precipicio del río. Nuestra única opción era saltar.
Miramos al precipicio y el miedo nos invadió. Habíamos comenzado a vivir de nuevo, ¿cuántas probabilidades había de no morir?
“¡Entregaros y ninguno de los dos resultará herido!” gritaban.
Nos miramos con los huesos temblando.
Nuestras pupilas comenzaron a bailar y a brillar, los ojos comenzaron a arder. No era justo.
Nuestras piernas estaban cansadas, nuestros brazos dolían por las heridas.
Las armas apuntaban a nuestros cuerpos, las balas pretendían pintarnos con nuestra propia sangre.
Acercamos nuestras cabezas poco a poco, nuestras frentes se unieron.
“Te quiero” susurró.
“Yo también te quiero” respondí.
Volvió a sonreír y sus hoyuelos a marcarse. Entonces le besé, noté como mi piel se erizaba de nuevo. Cómo la adrenalina convertía toda mi sangre en gasolina y comenzaba a arder.
Le besé con tanta fuerza que dolía, estaba conteniendo mi último aliento por él. Juro que no lo habría hecho de otra manera.
Noté sus manos agarrar firmemente mis caderas y abrazarme como si fuese el fin del mundo, como si fuese el fin de nuestro mundo.
Las armas comenzaron a disparar, directas a nuestro cuerpo.
Sentía como atravesaban mi piel, oía como atravesaban la suya. Sentía como apretaba más y más su cuerpo contra el mío.
Cómo mis dedos se clavaban con fuerza y ternura en su nuca.
Y como si estuviésemos hechos de papel nuestros cuerpos se abalanzaron al río.
Caímos a cámara lenta, por un momento pensé que el tiempo se había detenido. Aún seguíamos agarrados de la mano, sintiendo como nuestro cuerpo se apagaba poco a poco.
La luz del sol comenzaba a cegarnos más y más y nuestras lágrimas comenzaban a secarse.
Nuestro corazón se estaba desagrando y nuestros pulmones estaban tan rotos que resultaba cansado y doloroso respirar.
Nuestras espaldas golpearon el agua y nos hundimos en el fondo del río.
Silencio, nuestros cuerpos flotaban.
No podíamos hacer nada más; apretamos nuestras manos una vez más, una última vez, hasta que nuestros ojos solo contemplaron oscuridad.
Abiertos, expuestos al mundo.
Expuestos a la idea de perder y no ver ni vivir más lugares. De no volver a verle de nuevo.
De no volver a arrepentirse e irse sin remordimientos. Porque aunque hubiese podido elegir, no lo hubiese hecho de otra manera.


PEPINO NABÓDICO

“¿El futuro o lo que me queda de vida?” Llegado a la edad adulta, no sabía cómo plantearlo. No era desmotivación ni desidia. Era más bien falta de esperanza hacia homo sapiens mezclada con resignación tranquila. Cada vez le daba más asco la humanidad y menos gozo tanta tontería. Tema aparte era su obsesión por el dinero. Gestionar estrictamente las cuentas de la economía se había instaurado en su cotidianidad de modo compulsivo. Los objetivos del ahorro diario, semanal y mensual intentaban apretarle el cuello con unas sogas negras de cuero.

Durante aquella semana, su único pensamiento era la camisa de Sandra. Su camisa tropical verde. Algo en su cerebro le hizo “click” cuando la vio lucirla.

“Joder -pensó-. Cómo le queda”. Acabaron quedando y el futuro no se transformó en presente: se materializó en forma de camisa. No podía dejar de mirarla. No sabía quién llevaba puesta a quién, si ella a la camisa o la camisa a ella. Su enormes tetas quedaban irrelevantes frente a la camisa. Su generoso culo también. Sólo su felina melena complementaba a aquella incontrolable prenda. “Fóllame con la camisa -le pidió-. Fóllame con la camisa puesta y seré tuyo durante cien años.”

Dicho y hecho. Mi espalda contra tu pecho.
Ninguno de los dos sabía si estaban jugando a médicos y enfermeras o practicando un deporte de contacto.

“La camisa representaba el atrevimiento y el descaro de la actitud en peligro de extinción de ir a contracorriente”, había leído en una entrevista con el autor de un relato en un mediocre grupo de escritura de la red.

Aquella cama era un viaje a otra dimensión entre dos cuerpos con atributos de dimensiones extraordinarias.
Sudor y gritos. Más sudor. Sudor y lágrimas. Lágrimas negras. En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse. Él, tumbado bocarriba viéndola con la camisa desabrochada. Ella, sentada sobre él. Los dos, mirándose a los ojos sin poder articular palabra. Se pararon todos los relojes de la casa en algún momento de aquella cálida tarde de otoño. “Pídeme lo que quieras” -le dijo él-. “Tírate por el balcón” -le dijo ella. Y él se lanzó sin pensarlo desde una altura de siete pisos. No cayó al suelo de la plaza; comenzó a volar entre colores vivos como una gaviota en celo. Los niños exclamaban “¡mamá! ¡mamá! ¡mira! ¡hay un señor desnudo volando! ¡está surcando el cielo!”

FIN.

Dedicado a Anónimo 2 por su maravilloso e inolvidable relato policial en su momento, y dedicado a Sandra.


EMILIANO HEREDIA

Para el tema de la semana

DESTINOS COINCIDENTES DIVERGENTES

La consulta le envuelve con la aseptica atmósfera que esperaba encontrar.
El médico le invita a sentarse. Tiene un rictus grave en la cara, que le pone en alerta.
-Mario, verá – intenta esquivar la mirada, pero, tiene la obligación de mirar, para que toda la honestidad con la que quiere anunciar la noticia, ésta sea lo más sincera, empatica posible- lamento comunicarle, que, lamentablemente, las pruebas a las que ha sido sometido últimamente, no han dado el mejor de los resultados – vuelve a esquivar la mirada, frotándose nerviosamente las manos –
-¿cuanto me queda doctor? – la pregunta, es el preludio a un final anunciado, anegada con una mezcla de angustia y resignación –
– No sabría decirlo con certeza…. uno, tal vez dos meses – cada palabra la estaba sintiendo con toda la carga de dolor, que se supone que deberían tener, y nò era la primera vez-
-Uno o dos meses, prima, tendré que esperar, para hacerme las pruebas, sí, claro, claro, hasta que no sepa nada, no puedo ir a trabajar, que se joda el imbecil de mi encargado… ¿que si me van a operar?, ¡Uf!, prima, ya me lo dirá el médico, vale, guapa, te iré informando, un beso guapa, adiós, adiós.
-Adiós a todos los sueños, los proyectos que tenía ahora, recién jubilado, como quien dice, hace apenas un año.. – una cortina de resignación, delante de su boca, intenta matizar los rayos calientes del sol de tristeza que ahora brilla en su interior –
-Verá Mario, me hubiera encantado haber podido darle mejores noticias, pero no quiero darle falsas esperanzas, la metástasis está muy avanzada, el cáncer ha asomado demasiado tarde y…. – repite protocolariamente-
-¿sabe?, ni siquiera voy a poder estrenarme dentro de cuatro meses como abuelo – dice, al borde del llanto-
-¡Abuelo!, ¡que yá eres abuelo!, ¡sí papá!, un niño precioso, tres quinientos, sí, la madre está bien, sí, de tu parte, ahora, tengo que ir a ver al pediatra, para que me indique para el niño, que está un poco amarillo, el tratamiento…
-Tratamiento, pues, nò hay, paliativos, si quiere, le podemos ingresar el último mes, y le internamos en la planta de paliativos – traga saliva, y la nuez hace un brusco movimiento- de – arriba-abajo-
-Vamos, usted me quiere mandar a la planta de los moribundos – hace una mueca de ironía, acompaňada con un simulacro de risa, que le agita el cuerpo -¡con la ilusión que me hacía morir, muy anciano, rodeado de hijos y nietos!, y ahora, me está diciendo usted, que me vaya a morir a este hospital…
-Hospital Santa Lucía, buenos días, ¿dígame?, ¿para el doctor Jiménez?, espere…. tengo para el 22 de Diciembre, ¿sí?, perfecto, el día 22 de Diciembre, a las 12,00,tiene usted cita
-Cita, no tendría que pedir, dejo abierta la fecha de ingreso -saca unos papeles del cajón – sólo tiene que firmar aquí, aquí y aquí
-Verá doctor-se levanta de la silla – no se ofenda, ni usted ni yò, sabemos el día que me vaya a morir…
-¡Adonde va hombre de Dios – se levanta el médico, intentando retenerle-
-A mi pueblo a bien morir.
Abre la puerta, y le dice a la persona que va después de èl:
-Que pase el siguiente.


ELSA TORRES

Desde niña fui muy soñadora, demaciado diría yo. Siempre soñaba en que mi vida era mejor , que todo lo malo que pasaba no era real, y empezaba a armar en mi cabeza una película de vida feliz donde yo era la más importante, donde todo era perfecto , donde no existía miedo, ni frustraciónes .
Soñaba un futuro tan prometedor en mi vida , que terminaba creyéndolo.
Pero la realidad era tan cruel .
Por eso siempre mi mente estaba tan ocupada con mis historias fantasiosas.


TALI ROSU

—Hoy he decidido que mi futuro será… será… ¡Me cago en la puta! ¡No sé lo que será!
Eso fue lo último que dije antes de que me diera el último ataque de ansiedad.
En la escuela me habían hecho creer que todo el mundo debe saber lo que quiere para su futuro, yo no lo sabía y eso me mataba. Cada vez que pensaba en ello, un incendio en mi pecho cobraba fuerza hasta calcinar mis pensamientos; después, como una reacción en cadena, un llanto incontrolable intentaba apagar las llamas y me venía abajo.
—A tu edad nadie sabe lo que quiere, no te preocupes —me decía mi madre cada vez que me venían esos episodios de taquicardia y sudor. Pero yo estaba convencida de que no era verdad; todas las chicas de mi clase sabían lo que querían. Yo no.
—Hoy he decidido que mi futuro será… será… ¡Me cago en la puta! ¡No sé lo que será!
Eso fue lo último que dije antes de salir corriendo sin mirar la carretera.
—¡Está viva! —alguien gritó.
—Ha frenado a tiempo —le decían al conductor del autobús intentando tranquilizarlo.
¿A tiempo? Puedo asegurar que no frenó a tiempo, de haberlo hecho me hubiera facilitado las cosas; frenó pronto porque no me mató, o frenó tarde porque me alcanzó. Lo hizo en el instante preciso para que el destino me jugara esta broma de mal gusto.
Tres años después, sigo sin saber lo que será de mi futuro, no sé quien será la próxima enfermera que me cambiará la cuña y me limpiará los pliegues de la piel, no sé si mi hermana se decidirá a ponerme la inyección que le he pedido, no se si mi madre dejará de llorar en una cama de hospital para hacerlo sobre mi tumba.
—¡Me cago en la puta! ¡No sé lo que será!

ALBERTINA GALIANO

FUTURO IMPERFECTO

El futuro estaba escondido debajo de la escalera, o dentro de una caja de zapatos… Esperaba que llegara su momento.

Tenía que poner la última frase a la actuación; poner el punto final a la comedia, al drama, a la opereta de la vida.

Una obra que su compañero el pasado había iniciado así:

“Mi vida.
Lo eres todo para mí.
Te daré la luna, lo que me pidas.
Para siempre.
Eterna llama”.

Ingenuo pasado…

Tiembla el corazón y la escarcha de los días lo arrasa todo, cual apisonadora.

Ya sale él de su escondrijo. Veamos qué se trae entre manos:

– Quiero al que eras, no al que eres. ¡Dame eso que anhelo!-, y mientras lo grita se agita como una fiera, incendiada la mirada.

Él la agarra por el brazo con el firme propósito de paralizarla y volverla a la realidad. A la suya. -No puedo! Me perdí en el tiempo. Arrastrando jirones antiguos.

El ritmo se aquieta un momento y ella le mira, sorprendida, absorbiendo sus miedos a través de las pupilas.

¿Quién eres? ¿Quién te invitó a venir?

El plato de deseo se derrama entre ambos, y se esparce su contenido por el suelo.


DAVID DURA MARÍN

Que viene el Hapocalipsis!.

Apocalipsis va sin hache!.

La hostia!, me quedo más tranquilo!.

Entonces, se le atragantó la hache en el paladar formando cuerpo y creando la religión.

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9 comentarios en “Relatos futuristas”

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