Sentimientos encontrados

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir con el tema “Sentimientos encontrados”. Este ha sido el relato ganador:

OLGA LUJÁN

1,2,3 Debo seguir.
4,5, 6 No puedo parar.
9,10,11 Es un malnacido, no se merece mi esfuerzo.
15,16,17 Él aún tiene una oportunidad.
20,21,22 Pero su mujer ya no.
28,29,30 Por fin el relevo. ¡Ojala despierte con otro!
Y la reanimación continúa en manos de otra enfermera. Ella como yo sabemos cual es nuestra obligación.
Treinta masajes en un corazón podrido que jugando a ser Dios, decide quien debe vivir y quién no.
En un cobarde que se arroja por un balcón… después. Seguramente por ser incapaz de volver a mostrarse ante su espejo.
Es mi turno de nuevo.
1,2,3…

MARÍA DAVID

Sobre una piedra inerte,en medio del caluroso desierto del Sáhara,estaba sentado un poeta decepcionado con su propia existencia y entonces,el papiro qué en mano lo tenía,empezó a cobrar vida y rellenar,impetuoso,ese hueco vacío lleno de incertidumbres existenciales:
“¿Qué es el ser?
Una tinta amarilla,azul,morada 
Que parpadea en el púlpito;
Un polvo del Cosmos
Arrojado de la álgida tumba;
Olas de voces
Creadas de fibras anatómicas;
Miríada de sabores
Que del éter descienden;
Un puzzle desmedido;
Una onda extensa;
Un campo magnético
Que se atrae alienado;
Un edificio inconcluso;
Un juego de pasos en una velada;
Un verso incoherente
Surgido de un torrente.”
Nuestro poeta resolvió entonces que para conocer a su propia musa,tenía que vencer al miedo,dejar fluir sus ideas,subir las escaleras de la creatividad y crear su propio Universo inalienable.


LURDES PEDREÑO

Estoy preocupada, más que eso, es que no entiendo que puede haber pasado si la cena con Federico, fue muy bien, y el insistió en que me llamaría y ya han pasado tres días
Tres largosss diasss!!!. Y no se que hacer porque podría llamarlo yo o enviarle un wasap, con cualquier excusa, pero no quiere que piense que soy una pesada o que estoy loca por el. Porque no es cierto, es que no es mi tipo, pero de los que he conocido últimamente, es el mejor. Hay no se, no se. Dejaré pasar otro día y sino me llama lo haré yo o tal vez no le de ese gusto, caramba si es bajito y lleva bigote
Hay no se, en fin aprovecharé para depilarme así tal vez se decida y me llame


BORJA ALMARAZ

LA HISTORIA NO LINEAL DEL AMOR

¿Qué es esto? ¿Tiene nombre esto que me rodea? ¿Y significado? ¿Se puede tocar? ¿Se puede comer? ¿Se puede ver? ¿Se puede escuchar? Necesito respuestas.
El verdadero malestar empezó un Martes a las cuatro de la tarde. Estaba yo sentado en mi escritorio dándole a las teclas cuando me invadió aquella cosa. Me agarró de la mano y me zarandeó. Me dio bofetadas, me atravesó el corazón, me dilató las pupilas y me hizo llorar de la manera más cruel que pueda existir. Estaba realmente horrorizado porque mi cuerpo se restregaba por el suelo como si necesitara de alguna droga para poder seguir viviendo. Gritaba y gritaba. Era igual que encontrarme en el espacio. Nadie podía escuchar mis gritos.
Allí nos hallábamos esa cosa y yo. Me hacía feliz. Estaba sonriendo y no pude recordar la última vez que en mi rostro se formaba una sonrisa de aquella magnitud. El día llegaba a su fin. La medianoche se acercaba. Pronto sería Miércoles. La misma que me hizo estar al borde de la muerte es la que me prometió felicidad pura e infinita cuando llegaran las doce de la noche.
Un melancólico amanecer es el que me despertó, al entrar la luz del astro rey por la ventana de mi habitación. No tenía ni idea de lo que ese día me iba a deparar, pero al levantarme de la cama sentí una punción en lo más profundo de mi pecho. Durante todo ese Martes estuve intentando descubrir qué era la cosa que había estado a mi lado todo el tiempo. Finalmente, lo encontré. Descubrí de qué se trataba. No se podía tocar, ni ver, ni escuchar y tampoco comer. Se podía sentir. Era un sentimiento. Su nombre, ‘’amor’’. El amor es lo que me había acompañado. Esta es su historia.


BELÉN CÓRDOBA

Tengo que llevar una maleta pequeña , no tiene caso que empaquete todas mis cosas , ya compraré mas adelante lo que necesite.

Me pidió hace unos dias que lo siguiera, que ya estaba hastiado de fingir y aguantar el tedio en que se habia convertido su vida.

Quiero seguirlo? puedo? debo? Uffff un dilema que me está torturando desde que supe que se iba y queria hacerlo conmigo.

Mi vida tambien es una rutina constante de momentos a veces plácidos a veces no tanto , pero vivo en una seguridad conquistada a base de muchos años .

Los hijos se apañaran sin mi bien, aunque al principio no entiendan nada pero ya tienen edad suficiente como para no pensar en ellos.
Siempre me tocó pensar en los demas y ahora quiero , debo pensar solo en mi . Aun me quedan unos años de experimentar nuevas ilusiones y nuevos sueños.

El Pepito grillo que duerme en mi interior me aconseja que no lo haga , le partire el corazon a quien compartió conmigo tantos años, tantos sueños , ( a veces sin materializar)
_Tu no sabes lo que es sentirse como zombi , le digo al grillo descarado que me hace pensar.

_Y si despues no te sale bien, que haras? volveras, te quedaras sola sin un techo y unos brazos que te amparen?

_ Lo que quiero es que me dejes que tome por una vez en mi vida mi propia decision grillo estúpido!

Ya está todo preparado, a las dos de la mañana saldré furtivamente y solo dejaré una nota de despedida escueta, sin explicaciones.

Una copa me vendria bien y algun tranquilizante que borre la voz de Pepito todo el rato metida en mis oidos…….

_ Mamáaaaa mamaaaa despierta mamáaaa…..


OMAR ALBOR

De larga data
encuentro en Vos
como la nostalgia
golpea la puerta
de la percepción.
Un gigante, que esta
dentro de mi
se amanece de como
mi sexo, crece dentro
de vos.
Se que hoy vas a venir
yo lo se y el también
porque palpita, que tú piel
va a ceder contra mi piel.
El día se avecina y en la tormenta
Se esconde el temporal
que trae locura, a nuestro lugar
Hoy me escondí tras una pared
para verte venir, moviendo tu cuerpo
Se que no eres mía y yo no soy tuyo
solo somos amantes, pero tenemos
Algo que nos une, Algo que nos hace
únicos el uno para el otro, tenemos un sentimiento, algo que nos hace vibrar
cuando, tu me dices en que lugar y a que hora nos vamos a encontrar.
Eso es algo que la gente no sabe
Y que solo tú y yo tenemos como secreto y nos hace cómplices de este Amor.


LOLA ALCÁZAR

Esta noche he soñado que estaba desnuda.
Tumbada en mi cama, sobre una manta blanca.
En el techo un espejo.
El espejo reflejaba mi cuerpo.
Miraba mis pequeños tatuajes,
coordenadas que marcan la vida en mí.
De mi cabeza, un cinematógrafo,
proyectaba garabatos.
Garabatos en negro y blanco.
Como espirales infinitos,
se enroscaban en mi pelo
Mi pelo se anudaba
a los doseles de la cama
De mi ombligo, emergió el color.

Azules degradados, intensos verdes,
rosas suaves, naranjas nacarados.
Acuarela ingravida,
elevándose sobre mi cuerpo,
tomando forma de árbol.
En este momento del sueño,
fui consciente de estar soñando.
Olvidé mis coordenadas
y elegí subir al árbol.


ROCÍO ROMERO GARCÍA

RAMÉ.

*RAMÉ: Dícese de algo que es hermoso y caótico al mismo tiempo.*

Nueva York deslumbraba bajo las luces artificiales y frías provenientes de las farolas, renacida y desnuda ante un nuevo año marcado como 1950. Las calles estaban más vivas que nunca, las voces se fracturaban y llenaban cada callejón oscuro.
Los deseos y las expectativas de un nuevo año lleno de promesas nublaban la vista. La llegada de un nuevo año, la oportunidad de reescribir los errores y las sonrisas, de enterrar el dolor y lo innombrable bajo la nieve y olvidar. Por un minuto esa inocencia tan irreal parecía mágica y posible.
Todos los pisos estaban iluminados, la música se escapaba por las ventanas, tumultos de mujeres con sus mejores galas, de hombres arreglados riendo y bebiendo mientras sostenían un cigarrillo entre sus dedos.
En el inmerso universo que esos pisos conformoban brillando como estrellas se encontraba Chloe.
Chloe, con su melena castaña marcada por debajo de la barbilla y sus ojos claros de cervatillo; con una de sus sinceras sonrisas rojas dibujada en el rostro y su vestido tan negro como el cielo nocturno.
Sus manos sostenían una copa de vino, sus mejillas empezaban a enrojecerse por el furor del alcohol.
Sin poder evitarlo, sin quererlo, desvió su mirada a un rincón de la sala.
Fue un movimiento rápido producto de una distracción que duró más de lo permitido.
En aquel rincón con la mirada perdida en la Luna se encontraba la mujer más peculiar que Chloe jamás había visto.
Su cabello era igual de corto que el de Chloe, aunque este se teñía de un color granate.
La blusa blanca y vaporosa que lucía caía despreocupadamente por sus hombros.
Sus pantalones negros definían mejor sus caderas que cualquier vestido que pudiese llevar, y sus botas de tacón daban sensación de seguridad y poder.
Sus dedos sin pintar, delgados y alargados sostenían un cigarrillo.
Sus labios rojos inspiraban el humo y lo exhalaban formando pequeñas nubes alrededor de su cabeza. Fumaba con la elegancia y la clase con la que un hombre lo hacía. Aunque de forma más sensual y femenina, más personal y definida.
Era una ente un millón. Era única en aquella sala… Y su nombre también lo era.
Exótico y extravagante, el nombre de Nina estaba grabado en su comportamiento como un tatuaje.
Chloe se encontraba ensimismada mirándola, admirándola como si de una criatura mística se tratase.
El vinilo ya no producía sonido, las estrellas y la Luna habían comenzado a precipitarse y el Universos había dejado de expandirse.
Sus ojos se dilataban más en cada pestañeo y sus mejillas comenzaban a arder como aquel cigarrillo que se consumía en los labios de Nina.
Su sangre hervía y el corazón le quemaba, su cuerpo empezaba a paralizarse y sus huesos temblaban.
Chloe era inteligente, sabía que en esos escasos minutos algo dentro de ella estaba cambiando. Algo dentro de ella había despertado y eso le provocaba incertidumbre y curiosidad… Pero sobretodo miedo.
Sabía lo que significaba sentir aquello, lo que supondría mirar a una mujer desde los ojos de un hombre.
Su garganta se redujo a un nudo que quería estallar en tormenta.
Bebió algo de vino y respiró como si todo el oxígeno del mundo fuese a terminar.
Sí, no cabía duda. A Chloe le gustaba Nina.
“Quizá no estoy pensado con claridad” se dijo a sí misma para calmarse.
“Eres demasiado inocente para su tiempo y ella demasiado adelantada para el tuyo” se volvió a decir. Necesitaba una excusa para ahuyentar aquellos sentimientos.
Pero su mirada siempre volvía a ella y su corazón volvía a arder. Quería ser aquel cigarrillo, consumirse en sus labios y descubrir las carreteras infinitas que formaban sus lunares.
“¿Por qué yo?” “¿Por qué a mí?” se preguntaba una y otra vez.
Terminando su copa de vino se despidió de sus amistades tras la excusa de que estaba cansanda. Debía dormir, dejar de pensar, convencer a la almohada de que aquello no era lo correcto.
Antes de salir y sin poder evitarlo, queriendo, dirigió su mirada hacia ella.
Para su sorpresa Nina también tenía sus ojos posados en ella. Sin apartar la mirada la una de la otra Nina termina lo poco que queda del cigarrillo y sin deshacer aquella pícara sonrisa libera el humo.
Chloe sonrió, involuntariamente, rindiéndose. Entonces algo dentro de ella floreció, algo completamente nuevo y diferente: la sensación de que algo hermoso y caótico al mismo tiempo había nacido en su interior.


FLAVIO MURACA

CABALLOS SALVAJES

Los caballos galapoban locamente hacia un destino incierto, su libertad.
Por primera vez sentian la briza suave del viento golpear en sus rostros.
Atras dejaron los recuerdos de los golpes que los hombres les propinaban con sus fustas y sus espuelas.
Mas se extrañaban de no tener sobre su lomo el peso de un cuerpo que los sometia a su designio.
Sobre un rio se detuvieron hundiendose en el agua, un agua calida y apacible que calmaban aquellas heridas que tardarian en sanar.
Se miraban, extrañados, ser libres era toda una utopia ayer, pero hoy era una realidad.
Entre chapusones y refunfuñeos pasaron un rato deshuazando el pasado y pensando el futuro.
Un sol soberano los acompañaba en su andar reconfortando sus pasos con punzadas de calor.
Era primavera y las flores empezaban a culminar su etapa de germinacion.
Era primavera y los animales salian de su eterno letargo invernal.
Ellos le daban la bienvenida al mundo de la libertad, una libertad que nunca devieron perder porque el hombre no es dueño de nada en esta tierra.


REBECA FS

¿Tienes a la vez ganas y miedo de hacer algo?
Pues la verdad, es que no. En este mismo momento presente, en este ahora, en este 现在 no.
¿Te debates entre estudiar o tirarte en el sofá?
Depende de la hora en la que te levantes, no sabes el orden exacto de las cosas apropiadas, o quizá las sepas, pero si tienes mala memoria, se te olvida.
¿Le quieres y le odias al mismo tiempo?
Del amor al odio hay un paso, pero del odio al amor hay medicina; llámalo amigos, llámalo letras, llámalo gatos, llámalo tiempo, llámalo cañas, llámalo silencio, llámalo si quieres, o mejor no le llames y ódialo hasta amarle.

Os dejo que me están llamando.


PE DE PECERA

Ya estamos a miércoles y en el taller de escritura me han pedido que me ponga en la piel de un psicópata para trabajar el personaje. Javier me dice que debo dejar a un lado la moral, como si eso fuera tan fácil. A veces pienso en por qué cojones me he metido en esto… No, a mí no me bastaban dos críos y un trabajo, yo tenía que ser Antoñita la fantástica y ponerme a escribir chorradas. He acostado a los niños, me siento cansada, agobiada y me estiro en el sofá. “¿Qué pasa querida? Te puede el pudor ¿verdad?” le oigo decir en mis pensamientos. De repente, sin poder reaccionar siento dos manos que me cogen y me asfixian desde dentro. Abro la boca en busca de una bocanada de aire pero es inútil puesto que de ella empiezan a salir unos hilos. Ésta vez oscuros y de carácter virulento. Me envuelven una vez más. Sé que el personaje está cerca… Corta el capullo con la punta de la navaja, en un movimiento seguro, sin dubitaciones, preciso como una excisión quirúrgica. Su mirada es fría, calculadora y serena. Me sonríe. Lo ha vuelto a hacer y se siente satisfecho. “Yo soy un artista y el campo es mi lienzo” piensa el personaje mientras remueve con sus dedos los rizos dorados de la chica que yace a su lado con la mirada fija. Apura el cigarro, disfruta del amanecer. Se guarda en el bolsillo la cinta roja que llevaba la joven cumpliendo con otro de los tantos tópicos esperados en el género. Oigo su voz con un tono de complicidad: “¿Ves?, ya lo hemos hecho, querida. ¿A que no era tan difícil?”


EMILY RUIZ

Un gordito va por su pedido

Se supone que debo caminar
para cuidar mi corazón
de las grasas y el colesterol;
aunque voy a una pollería
puedo decir que lo intento,
podría pedir a domicilio.

Doy una vuelta al parque
como abrir el apetito
y me detengo a ver cómo bailan
hiphop un grupo de chicos…
Comienzo a mover las nalgas,
estoy a punto de ir al centro

y me lesiono el tobiĺlo
al apoyar de golpe mi peso…
El gerente es mi amigo,
me da la carta y un buen sitio.
Pido mollejas con pollo frito.
Traen el pedido, pago y me retiro.

Camino sudando de regreso,
el dolor del tobillo sube a la rodilla
y se complica con las escaldaduras:
Tengo llagas que no encuentro,
hay sitios en mí a los que no llego.
Unos hipis flacuchentos ansían

mis vísceras a las parrilla
y la doble ración de papas fritas…
Acelero el paso y el peligro pasa.
Una vez en casa abro los envases
y me llevo una ingrata sorpresa:
Las mollejas mal cocidas

y la presa de pollo es de cerdo.
Pienso regresar y quejarme,
pero necesito alimentarme…
¡Por qué no revisé mi pedido!
¡Ay de mí sin las papas con ají!
Lleno el hueco que yo mismo abrí.


LUCIDECES ROMUALDO RAMÍREZ

Rocky
(Mayo 1993- 13 de Enero de 2010)

I. Las últimas miradas

Hay una gata
que se está muriendo…

es tiempo de las últimas miradas
de sus ojos marrones,
es tiempo que los últimos rayos de sol
atraviesen sus pupilas
y los convierta en un verde
que de lo sumamente bello que es…
ni mis versos ni yo
os vamos a querer descifrar nunca.

Hoy me he despedido de ella,
por si la noche
era demasiado larga y oscura,
y su pequeño cuerpo
no pudiese alcanzar
un nuevo amanecer.

Pero la muy zorra,
no me miró
ni tan siquiera a los ojos…

Maldita gata orgullosa.

Es cierto que echo de menos
desde hace tiempo quién fue
cuando era joven,
sin embargo lo que tengo claro
es que jamás podré olvidar
lo que es para mí
en estos momentos…

un don que me van a arrebatar,
una compañera que está a punto
de decirme adiós
y ese silencio compartido
durante las largas noches
de mis peores precipicios.

Hay una gata que se está muriendo,
y sí, esta vez es la mía.

II. Requiem para una gata rocosa

Tus ojos abiertos de par en par
saliendo de una caja de cartón
y transformando el resto de nuestras vidas.

Tu llegada fue como un golpe
que rompe aquello por dónde
se puede escapar el cariño para nunca agotarse.

El sonido de todas las cosas
que llegaste a tirar de encima de la mesa
cuando golpeaban contra el suelo.

Mi brazo sujetado con todas tus fuerzas
por tus cuatro patas mientras me mordías,
y yo gritaba para asustarte aunque no me hicieras daño.

Tus arañazos en mi piel
fueron mostrados en los recreos
como si fueran tatuajes de una leyenda.

Los apuntes doblados debajo de tu cuerpo,
y el campo de fútbol destrozado
cuando salías disparada para atrapar el garbanzo.

Todos sabíamos que los cadáveres
de las moscas aparecían los mismos días
en los que te divertías en la terraza sacando las uñas,

y aquellos que digan que tu nombre no era de gata,
no tienen fundamento alguno
mientras hayan rocky mounts and rocky mountains.

El destello de tus ojos
cuando la luz atravesase tu mirada
para que tus pupilas se hicieran tan pequeñas.

El sonido del cascabel y el movimiento de las sillas
mezclándose con la cerradura
cuando llegaba por las noches a casa.

Tus ojos clavados en mis manos
como si fuera yo… un pianista
y el sonido del teclado… la música.

Tus orejas moviéndose para escucharme mejor
cuando recité en medio del silencio
de aquella madrugada mis primeros versos.

La tranquilidad de saber que si me quedaba
a solas contigo en casa, nadie me iba a volver
a hacer una pregunta durante unas horas.

El silencio de tu presencia,
y la rosca que te hacías en el sofá
cuando te dormías.

Tus repentinos enfados te los hacia pagar
con aquellos plantones cuando me pasaba a dormir
sin acariciarte y sin decirte nada de nada.

Tu mirada a través de los cristales
de las puertas cerradas del cuarto de estar
cuando todavía tenías ganas de marcha.

Tus maullidos respondiéndome
cuando te decía aquellas palabras mágicas
que sólo tus oídos han merecido escuchar.

Mis caricias logrando arrancar
el sonido de tu motor
y el que me dejaras verte,

mientras cerrabas los ojos confiada,
hasta quedarte dormida
entre los brazos de aquel niño.

Tu nombre pronunciado entre la voz de mi madre
y el silencio que se quedó en casa…
el día que para siempre te marchaste.

III. Rocky hablando con la Lluvía
(La última trastada de mi flipá)

Primero vino el otoño y se le cayeron las hojas,
como si fuera aquel árbol
que mirase subida a la máquina de coser…
¡qué bárbara silueta!

Luego sin darnos casi cuenta,
vino el frío de las consultas
y de aquella sala…

Pero bajaron aún más las temperaturas,
y de qué forma vinieron
los recuerdos desordenados de otro tiempo.

Hasta la nieve quiso hacer acto de presencia,
y dejó a todas las calles con el color
más claro de su cuerpo.

Y mientras yo me ponía el abrigo,
finalmente vino la Lluvia enamorada
por la blancura de su inocencia,
y le susurró a mis espaldas:

“¡Rocky, Rocky!…
despierta cariño,
roquita de algodón…

¿Sabes?
he limpiado las calzadas
y la nieve ya se ha ido…
y ¡tú! que demostraste
que tu pelo es tan blanco
como ella…
y eres tan bonita
y eres tan pequeña…
dime…
¿por qué ya que estoy aquí…
no te vienes tú
también conmigo?”

Y cuando bajaba las escaleras
para ir a comprar al chino,
ella cruelmente aprovechó la ocasión
para ahogar eternamente su maullido:

“¡Corre Lluvia corre,
y sí, llévame contigo!
que mira dónde ha querido dejarse
el móvil olvidado
– y justo en este preciso momento-
el destino.

¡Oh Lluvia, sí…
llévame contigo!
que así yo de mi poeta…
no me despido,
que yo prefiero
que sean estos versos
que ahora estáis leyendo,
los únicos
que se atrevan
a recoger la esencia
de mi estampido.

¡Oh Lluvia, sí…
llévame contigo!
¿a qué a no sabes
qué cosa más bella
me contaba ayer
el muchacho al oído?
pues que Rufo y Jacko
están ya esperándome
para jugar…
al otro lado del camino.

¡Oh Lluvia, no tengas miedo
y llévame contigo!
que yo sé
que soy su vida
y su cielo
y que siempre
estaremos unidos…

¡Oh Lluvia! ¿a qué esperas?
¡llévame contigo!
ayúdame a hacerle
mi última trastada,
haciéndole pagar
el precio mínimo,
por no llevar siempre
el móvil en el bolsillo…

¡Oh Lluvia! ¿no te das cuenta?
¡ya lo tengo decidido!
llévame rápido
que así yo del más pequeño
de la casa…
no me despedido.”

Cuando volví… mi hermano
me había dejado un mensaje
pero nadie ya contestaba.

Entonces os juro,
que corrí siguiendo su estela,
como en aquellas pesadillas
en las que siempre se me escapaba
o se me caía desde la terraza.

Mientras corría iba mirando las cosas
como si llevara sus ojos prestados,
me deslizaba por la acera
como ella me hubiera enseñado
para salvarme de las calles
en otra vida distinta…

Y todo sólo para llegar a tiempo
a su último aliento…

Pero cuando era pequeña
jamás logré alcanzarla
si ella no quería,
y ni tan siquiera
estando en las últimas
quiso que fuera diferente.

Maldita gata orgullosa,
siempre hizo lo que quiso
con los cinco garzos.

Después la tarde fue tan silenciosa
que sólo se rompía
por el dolor de sus dueñas.

Por la noche,
el viento no quiso dejar de bufar
con todas sus fuerzas,
como si quisiera enseñarme
sus dientes,
como cuando se enfadaba
o se moría de miedo
sin ninguna causa lógica.

Por fin pude empezar a escribir,
y mis lágrimas consiguieron volver
a desprenderse de mis ojos
después de más de una década,
y encima y a pesar de todo,
todavía le tengo que dar
a la muy zorra… las gracias.


GABRIELA MOTTA

El CJ

Luego de una sangrienta lucha entre cárteles, el nuevo jefe de la zona era José Ramírez apodado por todos como el CJ. Hombre rudo, de mirada firme, compostura robusta, inescrupuloso, avaro; hombre de acción y de poquísimas palabras. Temido por su forma de actuar y su solidez en el momento de ejecutar órdenes, no le temblaba la voz si el mandado era ordenar matar y mucho menos el pulso cuando tenía que llevarlo a cabo él mismo. Sabía cómo y con quién hablar para sacarse del camino a todo aquel que perjudicara sus planes. Últimamente sus enemigos se habían multiplicado, eso lejos de preocuparle lo enorgullecía.

No obstante, por detrás de esa coraza oscura el CJ era un hombre de sentimientos encontrados. Llevaba una lucha interna entre sus deseos de poseer el poder y hacer las cosas dentro de la ley __ constante paradoja en su vida __. Él sabía que no se podía estar bien con Dios y el diablo, pero en el momento de poner en una balanza los beneficios de uno y otro, era el diablo quien siempre le daba más recompensas.

Su vida era el reflejo de esa dualidad. Por las noches se encargaba de idear los planes de atracos más importantes del pueblo, se ocupaba de informar cuando el lugar iba a estar con la guardia baja y cuando no, conocía perfectamente con cuales policías se podía contar, cuáles eran corrompibles y cuales no se podían extorsionar. Ordenaba la distribución de drogas en las bocas y mandaba mensajeros para mantener en alerta a los ¨perros¨, sobre posibles denuncias y operativos de policías encubiertos; en su zona nadie caía de sorpresa ni siquiera la policía, se jactaba asiduamente con voz muy alta para que todos escucharan. Él sabía perfectamente cada uno de los movimientos y controlaba a cada persona, con su poder había doblegado a muchos políticos importantes que le permitían disponer de la zona e inclusive de la vida de las personas de aquel lugar.

Pero cuando el sol despuntaba, el CJ se escondía en su cajón oscuro y húmedo cual vampiro, saciado por chupar la sangre de sus víctimas inocentes que yacían solas en el olvido, para convertirse en el Comisario José Ramírez, hombre de ley, con familia e hijos; En la oficina siempre se lo veía pegado al teléfono e inmiscuido en sus tareas, se murmuraba que sus ojeras se debían por llevar el trabajo duro a casa. Su esposa era testigo de cómo pasaba las noches en velas patrullando el pueblo, para llegar con el alba, dormir unas pocas horas y salir nuevamente a cumplir con el deber. Ciudadano ejemplar si los hay, musitaban en el pueblo. Sin embargo, solo el comisario José Ramírez sabía el embrollo de sentimientos encontrados que llevaba en su interior y lo duro que era mantener la excelencia en todo lo que hacía.


RAÚL MORA

CUMPLEAÑOS

La última que vi a mi marido fue el verano pasado en su casa de alquiler en Castellón. Por aquel entonces llevaba cerca de cinco años sin verle, y recuerdo como el me telefoneó el día de mi cumpleaños para felicitarme. En aquel momento me propuso ir a visitarle y pasar el fin de semana en su casa. Solo será un par de días. Pasearemos por la ciudad, iremos a cenar a un restaurante italiano y charlaremos de nuestras cosas como hacen los amigos. Yo dormiré en el sofá —decía el.

En aquella época yo estaba atravesando una mala racha. Había finalizado mi contrato de trabajo en una constructora sin opción de renovar, y para colmo el hombre con el que salía me dejó plantada en la barra de una cafetería sin darme explicaciones. Al principio pensé que tal vez no fuese una buena idea, al fin y al cabo el pasado siempre permanece ahí, pero, ¡Que diablos!. No tenía nada que perder, sólo era una visita, sentía curiosidad por saber cómo le iban las cosas, así que acepté su propuesta y ese mismo fin de semana me desplacé hasta su casa, a una hora en coche de la mía.

Como quería causar una gran impresión, me había puesto un vestido blanco de flores entallado. Aquel vestido me hacía resaltar la delgada silueta que había moldeado a base de semanas de continuos llantos y falta de apetito. Por una vez me parecía redescubrir ante el espejo una belleza salvaje, soterrada bajo el peso de la rutina.

Al llamar a la puerta de su casa el me recibió. Llevaba pantalón de vestir y camisa, y sus zapatos modelo Oxford emitían un brillo cegador. Enseguida me hizo pasar y me preparó una copa. Nos sentamos a charlar distendidamente en el sofá.

—No sabes la ilusión que me hace volver a verte Julia— dijo el acercando su vaso para chocarlo con el mío.

—Yo también me alegro de verte Martín —repliqué sonriendo.— Por cierto, veo que sigues conservando algunas de nuestras fotos de casados —le dije mientras hacía una panorámica visual de la estancia.

Martín esbozó una sonrisa en su cara y se levantó para servirme otra copa. Hice un gesto con la mano para que no llenará mi vaso pero el insistió. En todo momento se mostró muy atento y dicharachero, y enseguida me sentí como en casa. Al cabo de un rato salimos a cenar. Me llevó a un restaurante italiano a dos manzanas de su casa, que el solía frecuentar con su anterior pareja.

Mientras comíamos me contó que estuvo saliendo dos años con una mujer separada, pero las continuas intromisiones de su marido terminaron por arruinar la relación. Pensándolo bien, agradezco que el lo hiciera. Ella pasaba más tiempo fuera que en casa —decía tras vaciar su copa de vino. El llevaba varias copas de vino entre pecho y espalda, y al hablar arrastraba las palabras. sólo en ciertas ocasiones conseguía concluir sus frases. Yo estaba respondiendo a un mensaje de mi hermana a través del teléfono móvil cuando el camarero se acercó a nuestra mesa para comprobar que todo estaba bien.

—¿Puede traernos otra botella de vino?. Hace un calor espantoso y me encuentro seco.

—Claro señor.

El camarero se ausentó y al poco regresó con la botella. Al llenar mi copa derramó por accidente parte del vino sobre mi falda, cogiendo una servilleta en un acto reflejo para limpiarme la mancha. Martín, que desde hacía instantes había clavado su mirada sobre el joven como si se tratara de una presa, se levantó como un resorte de la silla y le arrebató la servilleta de la mano para secarme la mancha.

—Déjelo. Ya lo hago yo.

—Lo siento mucho señora. No era mi intención. Creame que lo siento —dijo el hombre con cara de circunstancias.

—No se preocupe. No ha sido nada —dije sonriendo.

Dejé el teléfono sobre la mesa y me levanté para ir al baño a limpiarme. Al volver me percaté de que mi teléfono estaba colocado en el lado contrario a donde lo había dejado. Martín me miró con una sonrisa mantenida en exceso. Cogí el teléfono de la mesa y lo guardé de nuevo en el bolso.

—Imbecil… —susurraba el para si mismo. —Jodido Italianini…

—¿Como dices?.

—Ese estúpido te ha derramado todo por encima.

—Bueno. Son cosas que pasan.

—¿Como?.No se si te has dado cuenta pero yo sí. Ese camarero no te ha quitado la vista de encima desde que entramos. Lo ha hecho a propósito para poder tocarte.

—¿Para tocarme?. No digas tonterías Martín, solo ha sido un accidente. Las copas a veces se caen.

—Piensa lo que quieras. A mi no me cabe duda. Mira su cara. Estaría encantado de pasar un buen rato contigo.

—¿Podemos marcharnos?. Ya he terminado los tortellini.

—Claro mujer. En cuanto pague nos vamos.

Hizo un gesto de pagar al camarero y este se presentó con la cuenta en un suspiro. Martín sacó unos billetes y los arrojó sobre el plato de metal.

—Quédate con el cambio —se dirigió a él levantando la barbilla.

Ya en la calle Martín me pidió disculpas por lo sucedido. Me dijo que no sabía porque se había comportado de ese modo y me propuso ir a tomar una copa a un local de modo cerca de allí. Por el camino el me detuvo frente a la puerta de una librería que aún permanecía abierta. Me hizo esperar un momento y acto seguido entró en el establecimiento. Enseguida regresó con un libro en la mano. En la portada aparecía la fotografía de Martín sonriendo. “La sicología del amor”. Escrito por Martín Expósito. Figuraba bajo la foto.

—Pero… ¿Y esto Martín?.

—Mi primera novela.

—Me dejas sin palabras. No sabía que eras escritor.

—Bueno… Sólo escribo en los ratos libres. Esta novela me llevó dos años terminarla. Pero aquí está por fin.

Martín sacó un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta y a duras penas, en un esfuerzo por controlar el pulso firmó una dedicatoria en el dorso de la portada. Luego me la entregó. Es tu regalo de cumpleaños Julia—dijo con palabras que se trastabillaban.— Ahora vamos a tomar esa copa.

Tras llegar al local nos sentamos a una mesa junto a la barra. Era un pub irlandés decorado en madera de esos donde siempre hay un grupo de borrachos jugando a la diana electrónica y jadeando cuando alguno de los dardos consigue clavarse en ella. Pues este lugar no sería una excepción. Cuatro jóvenes arrojaban los dardos mientras consumían enormes pintas de cerveza negra. El eco de sus risas retumbaba en todo el local.

Martín pidió dos pintas de cerveza. Vació su vaso de un par de tragos y pidió otra. Sus ojos y sus palabras parecían desincronizadas de sus pensamientos formando frases inconexas. Yo estaba hojeando su novela cuando en un descuido se abalanzó sobre mi para intentar besarme. En un acto reflejo giré la cabeza hacia el otro lado de la sala donde estaban los chicos de la diana.

En ese momento uno de ellos que arrojaban dardos me miró sonriendo. Y sin apartar sus ojos de mi cara lanzó un dardo que impactó en la diana. Sus amigos jadearon y alzaron sus jarras de cerveza a modo de celebración.

A pesar de no encontrarse en las mejores condiciones, Martín se había percatado de la escena. Su rostro descompuesto era la viva imagen de la ira. Sin mediar palabra se levantó y se dirigió al muchacho para increparle su gesto. Deja de mirar a mi mujer —gritó al joven sosteniendo la pinta en la mano. Los dos comenzaron a pelearse mientras la gente del bar los miraba.

Me levanté para separarles, y acabé recibiendo una bofetada en la cara. Los amigos del chico intervinieron consiguiendo poner paz en la trifulca. Martín me cogió de la cintura para llevarme de nuevo a la mesa, pero yo le aparte la mano sin mirarle a la cara.

—¿Te encuentras bien? —dijo el.

—No. Que sepas que lo que has hecho me parece una estupidez. Algo completamente fuera de lugar. Me siento avergonzada y me gustaría marcharme.

—Venga no te pongas así mujer. ¿No te has dado cuenta?. Ese tipo te estaba mirando las tetas. Se lo merecía. Podrías haberte puesto otra ropa menos provocativa. Vas llamando la atención con ese vestido ajustado —golpeó la mesa con el culo del vaso.

—No me estaba mirando nada. Eso son imaginaciones tuyas. Además… quiero que sepas que yo ya no soy tu mujer. Lo fui en el pasado, pero ya no lo soy. Además, me visto como me da la gana. No tengo porque hacer lo que tu me digas.

Martín cogió su jarra y me tiro la cerveza a la cara con una expresión de odio en su cara.

El barman, un tipo alto corpulento con barba, salió de detrás de la barra y le cogió por el cuello de la camisa para echarle a patadas del local. Al poco tiempo me levanté de la silla para marcharme a casa, pero cuando iba a salir por la puerta el hombre corpulento de barba me hizo un gesto señalando la mesa donde antes estaba sentada.

—Perdone señora, se olvida su libro.

Me giré para mirarlo. Allí estaba la novela “La sociología del amor”.

—Hace años que no dispongo apenas de tiempo para leer libros, y menos aún para leer ese.

Esa fue la última vez que vi a mi marido.


 

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