Sobreestimar – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «factura». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 8 de octubre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

(Sobre)estimar es naufragar perdido en el vacío

de nunca ser recuerdo en el inexorable olvido.

Navegan a la deriva aquestos versos impíos

que buscan su salvación en el fluir del río

remanso de agua, de armonía y de paz,

¡te estimo, te estimo, te (sobre)estimo!

Las palabras alcanzan la noche y su frío, marionetas conspicuas de lo sentido.

Fin.

ANTONICUS EFE

Isabelita se metió en la cama todavía con el celular en la mano, repasando los comentarios de su último reel: “el ayuno intermitente le señala al estómago la dirección a tomar”. Cuarenta mil “me gusta”. Apagó la pantalla con una sonrisilla estúpida y se quedó dormida antes de…(iba a decir de poner la mente en blanco pero ya la tiene así de fábrica).

Después de quedarse dormida contando “me gusta” comienza el sueño Alguien está sentado junto a su propia cama. Es un hombre menudo con gafas gruesas y sombrero cordobés, vestido con un jersey a rayas horizontales rojas y rosas, que lleva un cuaderno Gran Jefe, en el que hace anotaciones.
—Buenas noches, Isabel—saluda sin levantar la vista del cuaderno—. He visto tu vídeo y es algo repelente.

—¿Quién es usted, identifíquese?—

—Eso es lo de menos. Dime ¿Cuántos años llevas estudiando influencia a carta cabal?—

—Estudiar, estudiar, no he estudiado, pero molo mogollón y tengo un flow que ni el spray de pimienta en un fino La Ina—

El hombre asintió despacio mientras se ajustaba las gafas, la respuesta confirmó lo que ya sospechaba.

—Es curioso, cuanto más gritas más ronquera coges, mientras más te maquillas más fea eres y cuanto menos se sabe de algo más se esfuerza alguien en decir tonterías —

—¿Crees que cuarenta mil “me gusta” es por decir tonterías?, me da que eres algo Boomer—

—¿No tienes ni idea de quién soy verdad?—

—¿Otro boomer ochentero que me intenta explicar lo torcida que va migeneración y en especial yo, que lo valgo en almíbar de frambuesa, picticlin, piticlin?—
—Tranquila, vas a tener suerte de que mi hermano Freddy tenga el traje en el tinte y me haya mandado a mí —dice al tiempo que chasquea los dedos y desaparece.
Isabelita despierta a la hora a la que acostumbra a hacerlo, 11: 37 AM y empieza a notar algo raro en la cara. Como un resorte enciende el celular y lo pone en modo selfie para mirarse la cara, ¡ohhh!, un ejército de granos rojos con espinillas le cubre todo el rostro.
—Uyyy que mal rollo, me he soñado con Dunning Krugger, a partir de ahora tendré que hacer publicidad del kit de maquillaje de la señorita Pepis.

DAVID MERLÁN

CUESTION DE CONFIANZA

Cuando Grimbeorn vio un cartel que decía: «Curso de doma de dragones. Nivel básico», se echó a reír.

«¿Nivel básico? Por favor. He tenido tres suegras y un gato. Estoy preparado para cualquier cosa» pensó mientras le echaba una mirada al hombre que se encontraba justo debajo de él.

—¿Quiere apuntarse, amigo? Este mes el dragón sale gratis. Va incluido en la matrícula.

—No es que quiera, pero me obliga mi Señor. Dice que tengo que refinar mi estilo y que una de dos: O me apuntaba al curso o me cobraba los destrozos del cobertizo.

—¿Y eso?—preguntó el hombre mientras le acercaba un formulario y una pluma.

—Pues nada, que pensé que tenía dominado a su cría de dragón favorito, me confíe un poco y claro, un dragón no deja de ser un dragón y cuando menos te lo esperas y ya crees que lo tienes hecho…¡zas! Se descontrolan y comienzan a estresarse todos, pierden el control y empiezan a vomitar fuego sin control a diestro y siniestro.—confesó mientras termina de rellenar los datos.

—Ya veo. Nada, no sé preocupe, es más común de lo que se cree—¡Puump! —pues con este sello entregué este formulario a mi compañero del fondo. Tranquilo. Seguro que saca provecho del curso, ya verá—añadió mientras se lo acercaba.

—Gracias. Así lo espero.—mientras cogía el papel y se dirigía al fondo.

Otro funcionario de la escuela de dragones de Northrock observó como se acercaba y sin esperar a que llegara a su altura, estiró la mano para coger el papel.

Al verlo, Grimbeorn se lo acercó sin mucho entusiasmo y este lo leyó en tres segundos devolviéndoselo.

—Se ha olvidado de poner si prefiere macho o hembra.

—¿Lo qué?

—Aqui, en esta casilla. Marque que dragón prefiere. Macho o hembra.

Grimbeorn lo taladró con la mirada, pero pensó que aquel hombre no tenía la culpa. Sólo hacía su trabajo. Cogió la pluma y marcó «Macho» A fin y al cabo, Comet, el dragón del Señor, también era macho y eso creyó que le facilitaría las cosas.

¡Puump!, ¡Puump! —y con estos dos sellos, ya está usted oficialmente inscrito en el curso. Mañana preséntese aquí a las seis de la mañana. Sea puntual.

****

Aún dormido se presentó el primer día. No había muchos alumnos. Tan solo eran ocho con él. Al cabo de unos segundos apareció el instructor acompañado de un dragón joven, apenas del tamaño de un perro grande.

—Buenos dias. Vamos al grano. Severus no está fino hoy y será mejor no entretenerse en demasia—mientras le pegaba un par de secos pero ligeros tironcitos a la cadena —Lo primero es ganarse su confianza —explicó—A ver…, usted. Acérquese —mientras le hacía señas a Grimbeorn.—Gánese su confianza. ¿Cómo lo haría?—mientras le ofrecía la cadena.

Este obedeció y avanzó. Con una sonrisa de superioridad tomó la cadena. Todo aquello le parecía absurdo y una perdida de tiempo, pero cuánto antes obtuviera su certificado de asistencia con aprovechamiento al curso, con forma de colgante antes se iría a su casa.

—Déjelo en mis manos.

Se inclinó hacia el animal mientras se ponía de cuclillas a la altura e su cara.

—Escucha, lagartija. Aquí el que manda soy yo.

El dragón lo observó unos segundos. Luego estornudó y una llamarada le chamuscó las cejas.

Un pitorreo, risitas y gestos por lo bajin del resto de alumnos desencadenaron un cabreo incómodo en Grimbeorn mientras se levantaba por un acto reflejo pero sin soltar la cadena.

Pasados unos instantes, y ante la atenta mirada el instructor, decidió intentarlo de nuevo.

—Ha sido un pequeño mal entendido—dijo Grimbeorn mientras los demás presentes hacían gestos de «Ya, ya, seguro que si»

Herido en su orgullo se volvió a poner en cuclillas y le susurró:

—Escuchame bien, lagartito con alas. No vengo aquí a perder el tiempo contigo. ¿Estamos?

El dragón sacudió su cabeza. Dió un par de pasos hacia atrás y volvió a soplar.

Esta vez con el resultado de una manga chamuscada.

Las carcajadas de todos los alumnos menos la del instructor, se dejaron sentir abiertamente.

—Ha sido casualidad. Ya casi lo tengo—añadió lo primero que se le ocurrió mientras miraba con cara de asesino al pequeño dragón.

El profesor mandó callar con un gesto al resto de los allí congregados y le animó con un simple arqueo de cejas a qué lo intentará de nuevo

«Tercer intento» De esta tengo que conseguir ganarme su confianza.

Severus no tardo ni medio segundo en prenderle fuego a un cordón del zapato.

—Está bien —admitió Grimbeorn mientras lo apagaba a pisotones—. Quizá necesite algún consejo.

El instructor asintió.

—Es normal.

—¿Le pasa a mucha gente?—preguntó mientras se limpiaba las manos a la ropa.

—A todos. No se preocupe. Es normal. Ustedes vienen aquí creyendo saberlo todo de dragones, de como domarlos y ser sus amigos, pero los dragones no hacen amigos. Los dragones hacen cenizas y cuanto antes se den cuenta y aprendan a no subestimarlos, mejor les irá con ellos.—añadió haciendo un barrido visual al resto de los alumnos del día.

—¿Incluso a los que creen sobrestimar que pueden hacerlo sin aprender?

—Sobre todo a esos.

Grimbeorn miró al dragón y le regaló una sentida reverencia de respeto a la cual creyó ver recompensada con una mirada sincera del dragón.

—Severus parece satisfecho está vez. Cuando terminen todos la prueba de confianza volveremos a empezar a ver si han obtenido resultados de lo aprendido. Siguiente.

Grimbeorn se abstrajo en sus pensamientos que solo fueron interrumpidos al ver cómo Severus le quemaba la ceja al siguiente de los alumnos.

ÁNGEL MARTÍN

DUNNING-KRUGER

Agustín, experto cronoproquesista, tenía muy clara una cosa: el tiempo todo lo cura.

Había creado toda una escuela alrededor de esa premisa. Si el tiempo todo lo curaba, no hacía falta nada más. Solo esperar. La inactividad hecha pseudociencia.

¿Una gripe? Quince minutos de no hacer nada cada ocho horas.

¿Un dolor de hombro? Una mañana mirando el techo.

¿Rotura de fémur? Tres mil horas de media de no hacer absolutamente nada.

Pero no era tan simple como sonaba, por supuesto. Era complejísimo. No servía de nada si uno no esperaba como debía, porque si echabas el rato viendo alguna película, ya no estabas esperando, estabas realizando otra actividad.

Tenías que dejar pasar el tiempo como quien mira a una pared, disociado durante cinco minutos, antes de darse cuenta de que está en una reunión y todo el mundo lleva un rato esperando a que hable.

Dormir tampoco valía. Eso era hacer trampas. Intentar engañar al tiempo para que pasara más rápido.

La Cronoproquesis tenía sus propios métodos de estudio. Cronoscopias para medir el tiempo que había esperado con efectividad una persona recientemente. Cronografías computerizadas para comprobar si el paciente dejaba pasar el tiempo en condiciones en tiempo real. Cronogramas que indicaban cuánto tiempo había dedicado a X actividades el enfermo para encontrar las principales distracciones.

Con el tiempo, incluso desarrollaron una complicada cirugía, la cronectomía, para extirpar el exceso de tiempo dedicado a algo, en general.

Agustín tenía la tasa de pacientes fallecidos más alta de todo el país, pero él tenía claro que era culpa de sus clientes, que no seguían bien sus pautas.

El día que le diagnosticaron cáncer de colon, Agustín no se preocupó lo más mínimo. Rechazó el tratamiento propuesto por el medicucho que le habían asignado, no necesitaba envenenar su cuerpo. Tenía dominada la técnica ancestral de dejar pasar el tiempo, era prácticamente inmortal.

Unos meses después, lo encontraron muerto en su cama, sobre un charco de heces y sangre, con la mirada fija en el techo.

ALFONSO FERNÁNDEZ PACHECO

Bondad sin límites

“Vaya por Dios, con lo grande que es la ciudad y tengo que cruzarme con el mastuerzo de Borja Nacho de las Cuevas y Mondoñedo. Qué fatalidad”.

―¡Hombreee, don Benigno Cosculluela de los Montaraces! Cuánto tiempo sin verle. ¿La familia bien?

―Ahí vamos, don Borja Nacho, algo preocupados. ¿Y usted?

―Bastante bien, sin entrar en detalles. Pero, permítame que le pregunte si no es indiscreción, ¿qué les acaece que turbe su tranquilidad? ¿Acaso alguna dificultad económica repentina?

―No, por todos los santos, qué cosas tiene. ¿Recuerda el edificio que adquirí a un precio de auténtica ganga en la calle Sinvivir?

―Cómo no, el asunto fue muy renombrado, incluso llegó a las portadas de los tabloides. Aunque solo lo supe por la prensa, los interesados no tuvieron a bien informarme.

―Sabe bien que estos asuntillos han de llevarse con máxima cautela. Cualquier filtración puede conducir a un fracaso de la operación.

―No lo dirá por mí, que soy una tumba sellada y bien enterrada.

“No caerá esa breva”.

―Todos podemos sufrir un momento de inanición mental y es preferible que la información delicada no llegue a ciertas personas verbalmente incontinentes.

“¿Será cabronazo?”

―Cuánta razón tiene, don Benigno. Pero, volviendo al edificio, cuénteme, ¿qué suerte de acontecimiento está afectando a una persona tan fría, calculadora e inflexible como usted? Entiéndame, me refiero a cuestiones de negocios.

―Me sobrestima, don Borja Nacho. Desgraciadamente soy una persona con profundos valores y sentimientos de altura. De ahí mi ofuscación actual.

“Actual dice…”

―Si comparte conmigo sus cuitas quizá demos con la solución. Ya conoce mi merecida fama de fino estilista en el análisis de situaciones, digamos, incómodas.

“Habló el Ecce Homo mental. Se lo va a hacer en los calzones. Horterísimas, por cierto”.

―Ya que insiste, satisfaré su curiosidad desaforada. No termino de dilucidar cómo echar al último inquilino que se resiste a abandonar su hogar. No sé si asesinarlo con mis propias manos o enviarle unos sicarios que hagan el trabajo sucio.

―No hay duda, don Benigno, hay que coger el toro por los cuernos personalmente, es la única manera de asegurarse de que no quedan flecos. No se puede confiar en nadie hoy en día, no quedan valores.

“Y al trullo directo, qué placer”.

―Lo cierto es que me ha ayudado más de lo que imagina. Así procederé, pero necesito un compañero de acción.

―Me sorprende, don Benigno. Usted, tan vigoroso y resolutivo, podría enviar al otro barrio a un anciano decrépito sin despeinarse. Pero, ¿en quién ha pensado?

―En usted, naturalmente.

“Lo tiene claro este patán. Va a ir su madre”.

―¡Cómo no! Por un buen amigo, lo que haga falta. Descríbame al hombre para hacerme una idea.

―Es una familia numerosa de moldavos. Los padres tienen cuarenta y cinco años y se dedican a partir piernas por encargo. Tienen seis hijos entre los quince y los veinticinco años. Los mayores ya ejercen el oficio paterno y los dos más jóvenes apuntan maneras.

“Me está vacilando para amedrentarme…”

―En ese caso, sacaré del desván mi escopeta de cazar elefantes. ¿Cuándo vamos?

―Mañana, no quiero más demoras. Yo aportaré el gas pimienta. Nos vemos aquí a la misma hora.

―Aquí estaré como un clavo.

Como era de esperar, ninguno de los dos acudió a la cita. Benigno Cosculluela de los Montaraces se había quedado sin blanca por su mala cabeza y había perdido días atrás el edificio a manos del banco, pero jamás lo reconocería. Borja Nacho de las Cuevas y Mondoñedo se justificó ante sí mismo, aunque nunca tuvo la intención de ir, convenciéndose de que la solución era que los moldavos se mataran entre ellos, lo típico entre los extranjeros.

No podía ser de otra manera, el banco expulsó al hombre que vivía en aquel piso de la calle Sinvivir, de noventa años, dejándolo en la más absoluta indigencia. ¿Qué esperaba un individuo al que ni siquiera va a visitar su familia? Pues eso, lo normal.

PRESEN RODRÍGUEZ

(Retazos de una vida)

Curiosa la vida: sin lo malo, no reconoceríamos lo bueno.

Cuando tenía doce años, mi madre me puso a servir como niñera en una casa. Al principio lloré muchísimo; lo pasé muy mal. Con el tiempo comprendí que fue una de las mejores cosas que me pudieron pasar. Con aquella familia conocí a unos padres que también fueron los míos. Conocí el amor de unos niños, las caricias y los abrazos.

Después apareció de nuevo la tristeza. Una desviación de columna me tuvo ingresada en un hospital durante casi tres años. Allí aprendí a leer y a escribir. Dicen que no hay mal que por bien no venga, y aproveché todo aquel tiempo para sacarme el certificado escolar.

Fue mágico descubrir y comprender las letras, los números y las historias de los libros. Aquella época la recuerdo casi con felicidad. Compartir la vida con personas de capacidades diferentes me enseñó a valorar la verdadera amistad, a mirar el interior de las personas y no su aspecto físico.

Fue un gran aprendizaje.

Cuando regresé a casa después de tanto tiempo, el camino no fue de rosas. Aguanté burlas y desprecios por mi aspecto. Pero, en lugar de hundirme, aquello sacó toda mi fuerza interior, mis ganas de vivir y de ser como cualquier chica de mi edad.

Y lo conseguí.

Trabajé en una fábrica de juguetes, empecé a salir con amigas, a bailar en las discotecas y, a los veinticuatro años, me casé contra todos los pronósticos de mi familia, que me repetía que me quedaría soltera.

Tuve dos hijos y una hija, a los que adoro. Y ahora, con el paso de los años, tengo cuatro nietos que llenan mi vida de alegría.

Lo pasado se quedó en el pasado. Sin embargo, cuando miro atrás,ya no cuento las heridas ni los tropiezos, cuento las veces que me levanté, las manos que encontré, en el camino y las lecciones que la vida me regaló. Nada fue fácil pero cada experiencia dejo una huella que me hizo mas fuerte,más humana y mas agradecida, si algo he aprendido es que la felicidad, no consiste en que todo sea perfecto, si no en encontrar luz incluso en los días mas oscuros.

Por todo ello, sigo dando gracias.

Y mientras tenga un nuevo amanecer delante de mi,seguiré caminando con el corazón abierto, abrazando lo que tengo y siempre sonriendo, pues depues de todo la vida también me sonrío a mí.

Por todas estas vicisitudes de la vida aprendí a estimarme, a sobre estimarme, no por que quisiera engrandecerme, simplemente aprendí a quererme.

No elegí muchas de las cosas que me ocurrieron pero elegí como vivirlas.

Hoy al mirar mi historia, no siento tristeza ni rencor, si no un profundo agradecimiento. por haber tenido la valentía de recorrerla.

Simplemente Presen.

ANGY DEL TORO

Ser o no ser…

esa es la cuestión.

Con el paso de los años, la vida nos lleva en variadas direcciones.

Pero hoy me he encontrado en una situación extraordinaria: la graduación del mayor de mis hijos.

Tanto de «extra» ha tenido la jornada, que ya no sé en qué posición social me encuentro.

Acostumbraba a escuchar el eco de mi propio nombre en él: «Él es el hijo de Alberto».

Pero hoy, el viento sopló al revés. Todos decían: ¿Usted es el padre de Alberto?

Que si me sentía orgulloso… pues claro que sí. Pero también extrañado.

En este tablero de vida, que es el rango familiar, las piezas se han movido y no sé bien en qué lugar he quedado.

No sé si el mundo, al mirarme a través de sus ojos, me ha sobrestimado… o si, sencillamente, hoy he sido felizmente relegado.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

EL NOBLE ARTE DEL ASESINATO

Yo maté a Alfredo Gamboa.

Lo admito sin tapujos. Llegados a este punto tampoco tiene sentido ya ocultarlo, todo el mundo lo sabe. O al menos, debería saberlo.

No es difícil imaginar las reacciones: habrá quien se escandalice, quien frunza el ceño, quien asegure que estas cosas no deberían hacerse. Otros asentirán con gravedad, como si lo hubieran visto venir desde el principio. Yo, en cambio, no puedo más que sentir una ligera punzada de lástima.

No es el primero. Lo he hecho otras veces y siempre ha sido igual. En el fondo lo siento, pero es mi trabajo. Así me gano la vida. Y, si me permiten la inmodestia, lo cierto es que lo hago bastante bien.

Todo ocurrió en el número 23. Un domingo de abril, bajo un sol tibio y esa luz limpia de las mañanas de primavera que convierte hasta lo más terrible en una escena inocente. A la vista de miles de personas que aquel día se arremolinaban haciendo cola, hojeando libros, buscando firmas, fotografiándose con autores que apenas conocían o que admiraban desde hacía años.

La feria del libro: el escenario perfecto para un asesinato. Algo en lo que, sin género de dudas, soy un maestro. He trabajado todas las artes: venenos, asfixias, golpes, acuchillamientos y alguna que otra cuerda. Cada muerte tiene su carácter, su ritmo, su pequeña liturgia. Algunas exigen precisión. Otras, paciencia. Las hay que necesitan sangre, y las hay que funcionan mucho mejor cuando no se derrama una sola gota. La experiencia, claro está, no es algo que llegue de la noche a la mañana.

Al principio no sabía ni por dónde empezar. Tenía intención, sí, pero carecía de oficio. Uno puede sobreestimar sus propias capacidades cuando comienza a caminar por territorios desconocidos. Yo también lo hice. Pensaba que bastaba con una buena idea, una víctima adecuada y cierta dosis de imaginación. Qué ingenuidad. Después comprendí que matar requiere método. Y paciencia. Sobre todo, paciencia.

Cuando por fin ya se me ocurrió algo, la cosa tuvo su proceso hasta llegar al momento cumbre. Una muerte memorable jamás debe precipitarse. Es obligado comenzar despacio, de forma sibilina, sin que te vean venir. Luego vas avanzando, sigiloso, como un felino en la noche. Finalmente, llega el factor sorpresa, ese segundo maravilloso en el que todas las piezas encajan y ya no hay vuelta atrás. Cuando menos se espera, alguien encuentra el cuerpo, tieso y frío, y todo se desata, Primero el desconcierto. Después los gritos. Luego las preguntas. ¿Quién lo hizo? ¿Por qué? ¿Cómo pudo ocurrir? Y, sobre todo, ¿Cómo nadie se dio cuenta?

Esa es la verdadera recompensa. El caos. La sospecha. La certeza de haber engañado a todo el mundo.

Esta vez lo había planeado en plena feria del libro. Y salió perfecto, a la vista está. Basta con observar la cantidad de personas que se agolparon alrededor para comprender la magnitud del éxito. Decenas. Cientos. Quizá miles de testigos involuntarios. Todos estuvieron allí. Todos lo vieron. Y, sin embargo, ninguno se percató de nada. Ese es el detalle que más me gusta: la muerte ocurrió delante de sus propios ojos y nadie hizo absolutamente nada. Algunos incluso sonrieron. Otros hicieron cola pacientemente. Pero nadie sospechó. Nadie, hasta dos días después.

Ocurrió en la página 123.

Soy Álvaro Cifuentes, escritor de renombre y maestro del thriller. Asesino intelectual si lo prefieren. Hoy estoy firmando ejemplares de mi última novela, en la caseta 23: “La razón de ser de Alfredo Gamboa”. El pobre solo me ha aguantado ciento veintitrés páginas. Me estoy haciendo viejo. Cada vez los mato antes.

EFRAÍN DÍAZ

Catalino era el carpintero y ebanista de Dos Bocas. Un maestro de la madera. Durante años había fabricado los gabinetes y el mobiliario de buena parte de las casas del barrio. También había construido la barra del negocio de Lolo y, para demostrar que su talento no conocía limitaciones, hasta varias casas de madera.

Poseía una finca, pero no la trabajaba. De las siembras se ocupaban otros jíbaros y de los animales, su mujer. Catalino prefería dedicar su tiempo a la carpintería.

Su segunda pasión eran las aves.

En sus ratos libres se pasaba las horas observándolas. Le fascinaba aquella extraordinaria capacidad de desafiar la gravedad. Admiraba la velocidad del guaraguao, la precisión del pitirre y la aparente facilidad con que cualquier pájaro levantaba el vuelo sin haber recibido jamás una sola lección de aeronáutica.

Catalino también quería volar. El problema era que no tenía alas, carecía de plumas y sus huesos, a diferencia de los de las aves, no eran huecos. Pensaba que la naturaleza había cometido con él una omisión imperdonable.

Pero Catalino no era hombre que se resignara fácilmente a las decisiones de la naturaleza.

Sin conocer la historia de Ícaro, pues su educación formal apenas había llegado al sexto grado, se propuso conseguir lo mismo que aquel desdichado personaje de la mitología griega. Aunque, naturalmente, sin compartir su destino.

Decidió poner su talento como carpintero al servicio de su ambición aeronáutica.

Dibujó modelos, calculó dimensiones y construyó prototipos. Durante meses pasó las noches encerrado en su taller, serruchando, lijando y ensamblando piezas de madera. Su esposa llegó a sospechar que tenía otra mujer. Pero cuando descubrió que estaba construyendo unas alas para volar, lamentó que sus sospechas no fueran ciertas.

Los vecinos intentaron disuadirlo. Le recordaron que era carpintero, no pájaro. Pero Catalino, que llevaba décadas construyendo muebles que desafiaban el paso del tiempo, estaba convencido de que también podía desafiar las leyes de la gravedad.

Hasta el cura intervino.

—Catalino, si Dios les dio alas solo a las aves y a los ángeles, por algo será.

—Padre, los aviones también vuelan y no aparecen en la Biblia.

Ante semejante argumento teológico, el sacerdote optó por encomendarlo a la misericordia divina.

El primer prototipo resultó demasiado pesado. Cuando Catalino se colocó las alas, comprendió que difícilmente podría levantar el vuelo. Aquella estructura parecía más apropiada para fabricar un armario que para conquistar los cielos. Entonces regresó a su taller.

Sustituyó la caoba por yagrumo, considerablemente más liviano. Incorporó tela de saco, inspirado en el funcionamiento de los paracaídas, y finalmente desplumó varias gallinas para conferirle a su invento una apariencia más cercana a la de las aves.

Las gallinas, que nada tenían que ver con sus aspiraciones aeronáuticas, pagaron el precio del progreso científico.

Después de varias semanas de modificaciones, Catalino consideró que su invento estaba terminado.

Anunció que realizaría el primer vuelo el sábado siguiente, desde el techo de su casa.

La noticia corrió por Dos Bocas con la velocidad de la pólvora ante el fuego.

Llegado el día, los vecinos se congregaron frente a su residencia. Algunos acudieron por curiosidad. Otros, por incredulidad. Y unos cuantos, porque no todos los días se presentaba la oportunidad de ver a un carpintero convertirse en pájaro.

Catalino apareció en el techo luciendo sus flamantes alas. Pidió silencio y explicó que estaban a punto de presenciar un acontecimiento histórico. Su invento demostraría que el hombre podía volar sin necesidad de montarse en un avión. Estaba convencido de que su descubrimiento le proporcionaría fama, fortuna y un lugar destacado en los anales de historia.

Los vecinos escuchaban atentamente.

Su mujer, desde abajo, se limitaba a contemplarlo con esa expresión de resignación que únicamente adquieren las esposas después de muchos años de matrimonio.

Catalino extendió las alas, contempló el horizonte y se preparó para hacer historia.

Entonces brincó.

Durante un instante, los presentes admiraron el arrojo, la determinación y la extraordinaria confianza de aquel hombre que se había propuesto desafiar las leyes de la naturaleza.

Y un instante después, lo vieron estrellarse contra el suelo.

El vuelo había sido breve. El aterrizaje, forzoso.

Cuando finalmente consiguió incorporarse, magullado y con varias plumas todavía adheridas a la espalda, Catalino examinó los restos de su invento mientras los vecinos aguardaban en silencio.

Lejos de reconocer su fracaso, anunció que había identificado el problema. El techo de su casa era demasiado bajo y no había tenido suficiente altura para desplegar las alas y aprovechar las corrientes de aire.

La solución era evidente. Entonces, anunció que repetiría el experimento el domingo siguiente, desde el campanario de la iglesia, inmediatamente después de misa.

Los jíbaros estallaron en carcajadas.

El cura, que había presenciado toda la operación, no pudo hacer otra cosa que persignarse.

FRAN KMIL

Sobrestima.

Mi esposa cree que soy un héroe, que puedo resolver cualquier cosa. Por eso, a las amistades les dice con convicción y orgullo:

—Mi marido te resuelve eso.

Y me compromete.

Es mi culpa. No frené a tiempo.

La primera vez fue una tontería. Un vecino necesitaba colgar un cuadro y yo, que casualmente tenía un taladro, fui y se lo colgué. Después arreglé una llave que goteaba, enderecé una puerta que no cerraba bien y conseguí que una impresora volviera a imprimir después de darle unos cuantos golpes en el lugar correcto.

Así empezó todo.

Uno nunca sabe cuándo una habilidad doméstica se convierte en reputación.

—¿Tú sabes arreglar esto?

—Más o menos.

Después vino el «déjame verlo».

Pero cuando uno dice «déjame verlo», los demás escuchan: «Yo sé cómo arreglarlo».

Mi esposa fue construyendo una imagen de mí que ya no tenía nada que ver con la realidad.

—Mi marido sabe de eso.

No sabía.

—Mi marido lo arregla.

No lo arreglaba.

—Mi marido se da cuenta enseguida de qué es.

A veces ni siquiera sabía qué era.

Pero yo tampoco ayudaba. En lugar de reconocer mis limitaciones, sonreía, hacía algún ruido de entendido y me ponía a tocar botones, cables, tornillos o cualquier cosa que pareciera tener relación con el problema.

Había creado un monstruo. Ya estaba perdido.

Porque mi esposa no solo creía que yo podía resolver cualquier cosa.

Ahora también lo creía medio mundo.

Y lo peor de todo era que yo empezaba a creerlo también

MARIO NÚÑEZ

Elena está en CTI, conectada a muchos dispositivos.

Ella, la todopoderosa, la indestructible, como siempre sobreestimando sus capacidades de enfrentar y resolver lo que sea, está ahora inmóvil por la sedación; parece en estado de coma.

Pero en realidad, contra todo pronóstico está consciente, aunque no puede abrir sus ojos ni pestañear. No emite sonido, no puede mover ni un músculo de su cuerpo; su corazón y pulmones, por lo que muestra el monitor detrás de la cama, funcionan al mínimo indispensable.

Se recuerda conduciendo hasta caer desvanecida rumbo a la casa, protagonizando un accidente de tránsito menor por gentileza de un semáforo que le regaló una luz roja.

Recuerda haber aminorado la marcha, un ahogo y nada más.

Una camioneta detenida adelante amortiguó el impacto.

Desde allí, una ambulancia completó el trayecto, pero a una sala de Emergencias.

Ya internada, le descubren un raro trastorno autoinmune, la enfermedad de Fields, causa de algunos de los malestares previos por los que no había querido consultar antes.

El equipo médico en consulta con profesionales y centros de referencia del exterior diagnosticó el trastorno incurable. En Elena extrañamente agresivo, que puso a la paciente en no más de dos meses de supervivencia.

No conoce su diagnóstico ni recuerda, aunque habló, escuchó e hizo otras cosas; se está enterando ahora.

El accidente ocurrió mientras volvía a casa muy alterada, para resolver asuntos familiares que según personas muy cercanas involucraban a su esposo y a su propia hermana menor Clara.

Elena no lo sabe, pero hace poco más de un mes está internada, los últimos veinte días en terapia intensiva.

Su marido, Martín, en este momento a su lado como única visita autorizada, cree que su esposa no lo escucha.

Con una mezcla morbosa de culpas y revanchas, le confiesa todo en voz muy baja: hace un año que sostiene un amorío con Clara.

En los días internada en terapia intermedia antes de agravarse, le hizo firmar un poder de uso y comercialización de cuantiosos ahorros y propiedades conyugales.

Martín le dice a su esposa inerte que usó el dinero de la venta varios inmuebles y su automóvil de alta gama, para financiar un emprendimiento con su cuñada amante.

Clara y él tienen también una casa en un country, el nido de amor de la pareja hasta ahora clandestina.

Por eso no se podrá pagar un costosísimo tratamiento inmunológico que solo puede tratarse en forma experimental en unos pocos centros especializados, en San Petersburgo, en Shanghái y en Los Ángeles.

Clara aguarda en la antesala del CTI, esperando a Martín.

Sabe que su cuñado amante está trasmitiendo la ruina y condena a muerte de su hermana, y aun así se siente aliviada de la tiranía de Emilia la perfecta, la ejecutiva, la proveedora, la de la razón siempre, la preferida de sus padres, abuelos y de todos.

PURIFICACIÓN FERRACES

SCARFACE

Busco adopción…

Os presento mi perfil sin sobreestimar mis habilidades y capacidades innatas a

mi predisposición genética.

Me llaman Scarface (si veis mi cara, lo entenderéis. Cara «cortada» por el color).

Mi raza : Soy un bodeguero jumillero (así llamado porque nací en Jumilla).

Sexo : Macho, sin capacidad reproductiva por un traumático episodio del que todavía no estoy preparado para hablar sin terapia previa.

Fecha nacimiento : Algún momento inexacto en mi memoria de 2016.

Suelo decir que nací el dia que murió David Bowie…Se fue una leyenda y llegó otra (yo).

Peso : 17 kilos.

Tengo un IMC (Índice Masa Corporal) óptimo y saludable.

Carácter: Soy inteligente, sensato, audaz, culto y de modales exquisitos.

Digamos que tengo una personalidad arrolladora.

Comportamiento con perros : Sólo me caen mal los pastores alemanes, los mastines, los labradores, los caniches, los yorkshires, los cachorros, los que son más grandes que yo, y alguno que otro más.

Comportamiento con gatos : No me gustan, no me gustan nada. Y siento verdadera envidia de sus siete vidas.

Con ellos pierdo la paciencia. Son unos consumados maestros en escabullirse y zafarse cuando les viene en gana.

Niños: Prefiero no compartir tiempo ni espacio con bípedos, tamaño XS, que también necesitan que los paseen, los alimenten y les recojan la caca.

Paseo con correa : Se pasearme solo. La esclavitud fue abolida hace tiempo.

Salud : Salvo por la Leishmaniosis, la insuficiencia renal, los pólipos en la vejiga, la artrosis y las alergias estacionales, estoy perfecto.

Todo mi historial clínico forma parte de una estafa piramidal del lobby veterinario.

Contacto : Yo mismo.

Deja tu mensaje con tu candidatura.

Valoraré especialmente destinos con zonas verdes extensas, espacios con arena y áreas de juego para socializar. Vamos…lo que se denomina «un resort»

Si buscas al compañero perfecto de cuatro patas, ese soy yo.

Me gusta ser un perro modelo, aunque a veces me lo ponen muy difícil.

CARMEN ÚBEDA FERRER

La calabaza gris (Remedo del cuento de La Cenicienta)

_————————————————————————

Todos conocemos el famoso cuento de La Cenicienta de Charles Perrault, y el más significativo pasaje es en el que el Hada Madrina le dice a Cenicienta que busque una calabaza para convertirla en una majestuosa carroza donde irá al baile del príncipe.

Pues bien. Cenicienta corrió hacia unas matas de calabazas. Estas, que habían oído al Hada Madrina se pusieron muy nerviosas y quisieron llamar la atención de la hermosa joven para ser la afortunada en la elección. Todas salieron presurosas de sus matas. Se volvieron locas dando vueltas y cabriolas chillando desaforadamente. ¡Yo! ¡Yo!

-Yo soy la más lustrosa. Dijo una redonda más inflada que un globo a punto de estallar.

-Tú no eres lustrosa. Tú eres gorda. Le respondió otra. Y le propinó un empujón que la hizo rodar cuesta abajo.

-Yo soy mucho más fina y elegante que tú. Yo seré la elegida.

-¡Nuca os podréis comparar conmigo, calabazas huecas! Aquí la que sobresale con diferencia entre todas vosotras soy yo. Por algo está mi talle unido a la mata madre más nutrida del rocío fresco de la mañana y acariciada en la noche por la suave languidez luz de la luna.

-Tu eres más tonta, cursi e insípida que un cubito de hielo. Le contestaron las otras dos. Y todas las calabazas empezaron a pelearse y a enredarse entre sus verdes hojas.

-La Cenicienta se llevo las manos a la cabeza. Le parecía increíble que hubiese tanto ego suelto por el huerto.

-¡Basta! ¡Basta por favor! Esto es peor que un mercado de pescado en un día de lonja. ¡Tanto alboroto! ¡Tanto barullo!

Todas callaron al instante.

-Pensándolo bien- dijo Cenicienta en voz alta- Me llevaré a las tres primeras que se han puesto tan orgullosas para preparar con ellas una buena sopa.

Al oír esto, todas las calabazas se escondieron rápidamente debajo de sus matas.

-Bien. Puesto que os habéis escondido, seré yo la que separaré las hojas y escarbaré la tierra para encontraros. ¿Pero qué es lo que veo? Una hermosa calabaza gris, tímida y sencilla. ¡Tú eres la elegida!

Y separándole delicadamente de la mata se la llevó a su Hada Madrina, que quedó muy satisfecha con la elección.

***************************************

El verbo “Ego” solo tiene una conjugación.

Presente de indicativo.

Yo …… Ego

Yo …… Ego

Yo …… Ego Así hasta el infinito.

Aquí termina la secuencia de la calabaza gris que se convirtió en carroza gracias a Cenicienta, quien supo apreciar su verdadero valor por encima de su aparente fealdad.

ALEXANDER QUINTERO

SOBREESTIMACION

I

Subprueba insomne

El sueño retrógrado

del que quiero hablarles

y me aqueja

sabe amargo,

lo contrario del sueño

reparador,

aunque no tan cáustico

como una tonta pesadilla.

Desde que quiero aplicar

la prueba que divide a

lerdos y sagaces,

me he visto en la ciénaga

de un recuerdo fangoso

en mis primeros ciclos de

movimiento ocular rápido:

tengo doce años y me aplican

la prueba de golpe,

como un arañazo

en un lugar imposible

de mi espalda;

no tomamos descanso,

ni siquiera después de mi ataque

de nervios cuando llegamos

a la subprueba de cálculo.

Solo recuerdo su mirada

de caricia cuando en mi

inocencia trilce le digo:

—Necesito un CIT alto, señorita,

para que mi mamá no se

preocupe por mi estudio

y obtenga la beca

y así poder comer todos los días.

—Esta parte estuvo un poco

difícil, tal vez la siguiente

sea más fácil para ti —

me decía la señorita que ya

me estaba calificando

de lerdo con su susurro de lana…

Esa noche fui parte de

la normalidad a pesar de las

discrepancias del resultado;

y comenzó el sueño retrógrado

que no descansa:

el yo soñante sufre de insomnio

durante su episodio nebuloso

y se arrepiente ante el Dios

omnipotente por dudar

con los números y dejarse

morir de hambre con su familia.

Desde ahí puede

—debe—

sumergirse

en la textura gelatinosa

helada del sueño…

Y puede el insomne tratar de

editar el recuerdo,

a pesar de la humedad blanca

y libre de distracciones

de un consultorio.

Así yo muera diez o doce horas,

siento que no he dormido nada…

Retrocede el tiempo y la calidad de vida,

nace de nuevo el anhelo en una

lágrima

descalificada.

He procurado

privarme de sueño real

mientras aprendo a calificar al mundo:

algunos sagaces,

otros poetas un tanto lerdos

con los números y los jeroglíficos.

Espero retroceder el mundo

en la privación del sueño,

para escuchar cómo se deshace

el color de la espuma

en cada espacio

de la normalidad.

II

Lo sospechaba

Escribí una fábula

en tercero de primaria

con tintes de poesía;

anáforas colgando del cielo…

Yo no lo sabía.

Y escribí en quinto sobre sinestesias

del otoño y

prosopopeyas

del dolor en una hoja cayendo;

de la pérdida

y del amor idílico

y no lo sabía…

Y escribí un guion:

armé un

monólogo teatral en séptimo

personificando

a cada musa;

caían los pétalos…

yo no lo sabía.

Un día,

conté sinalefas de un poema

español en sexto

como un pequeño experto;

les dije: —No es para tanto—

y se sorprendieron.

Era más de lo que creía

un juego.

Caí en el encanto

del español por una bruja

en cuerpo de hada,

aprendiendo a la par

poesía de Encarta;

más me deleitaba el contenido

que el estuche

y no lo sabía…

Y me rehusé a seguir el consejo

de un profe maric*n en once:

me rehusé a leer a Faulkner

que me hubiera enseñado algo,

yo no lo sabía…

con el culo roto

pero al menos

iría

encaminado.

Después escribía la historia

de un asesino

a los dieciocho

—mi asesino—

eran

diferentes

perspectivas

victimizadas…

Y era aceptable y no lo sabía…

Hasta que logró

su conciencia extraviado.

Y un día alguien me dijo

que por qué no estudiaba letras —bueno

para nada—,

yo sospeché que

podría morir de hambre y

me metí a las ventas,

pero no era lo mío

y estaba seguro…

Me lo confirmó mi asesino

presionado

por llamadas

y un recibo de caja.

Alexander Quintero

MARIANA DI PASCUA

LA HIJA DEL CORONEL (Tema sobrestimar)

Adriana recibió la bandera uruguaya cuando estábamos en sexto de escuela. Era el año 1983, plena dictadura uruguaya y ella era hija de él coronel del cuartel de Fray Bentos.

Adriana no era la mejor de la clase y yo tampoco. Yo diría que éramos de las mejores como para ser como mucho escoltas.

Los dos mejores eran Federico y Noelia pero como yo, ponían poca contribución y eran hijos de unos «don nadie». Yo estaba en peores condiciones porque era hija del secretario del partido comunista del pueblo y de grande me di cuenta que por más que fuera inteligente y me matara estudiando no iba a recibir ninguna bandera.

Adriana estaba sobrestimada, quizá por el miedo que tenían las maestras a ser marcadas como de izquierda y ser destituidas como lo era mi mamá.

Llegó la fiesta de fin de año escolar donde se hacía el cambio de pabellones patrios. Los alumnos que terminaban sexto grado le entregaban la bandera a los de quinto. Ya previamente mis compañeros habían sido informados de él puesto que les tocaría, por lo que el coronel había asistido seguro y orgulloso de que Adriana sería la portadora del máximo honor. Él había ido vestido con su traje de coronel marcando su poder y causando miedo en algunos.

Llega el momento y una alumna de sexto hace el discurso de entrega de la bandera la cual es recibida por Adriana. Cuando Adriana dice sus palabras para recibir la bandera,nadie se esperaba lo que Adriana iba a decir.

_Recibo esta bandera pero sé que es Federico quien la merece y entiendo por que me la dan a mi. Adriana tomó la bandera y se la colocó a Federico que estaba desconcertado.

El patio escolar se llenó de estrepitosos aplausos y el coronel se veía rojo de rabia y vergüenza.

Fue el único día en que Federico portó el pabellón nacional y Adriana se veía feliz con la bandera de Artigas.

-Si esto fuera verdad yo diría que en dictadura se cumplían las utopías.

Firma :Mariana Di Pascua Ríos. A quien años después se enteró que traspapelaron su certificado de escolta en el secundario ya estando en democracia y esto último es verdad.

Mariana Di Pascua.

NILA BOHÓRQUEZ

Mi participación en el tema de la semana: El efecto «Dunning Kruger».

____________________________________

«Mimí y su mágico lápiz amarillo».

En las acostumbradas tertulias de las tardes, el vecino don Ramón suele contarnos sus andanzas por las tabernas del barrio. Así comenzó su narración de hoy:

«Esta vez les contaré un caso que sucedió ayer en «La cantina de la esquina». Su propietaria es la famosa y extravagante Mimí. Ella tiene 25 años administrando su negocio de licores a punta de lápiz y nunca le ha faltado ni una puya en su caja registradora.

Mi sobrino Miguelito recién ha llegado de la capital presumiendo de sus estudios superiores. Deseaba conocer a Mimí y me pidió se la presentara lo más pronto posible, porque quería convencerla para cambiar el sistema de contabilidad del bar.

En la entrevista con la Administradora, Miguelito le manifestó que él había visto varios videos sobre el programa informático de hoja de cálculo y que el método que ella utiliza está obsoleto, ofreciéndole modernizar todos los procesos contables.

Mimí, como es buena persona y confiando en nuestro parentesco, lo contrató por una semana.

¿Y qué pasó?…¡Fue un desastre! No anotó ni los «fiados», se equivocó en los precios y la caja no cuadró en ninguno de los balances.

Miguelito estaba tan seguro de su trabajo, que ni siquiera se dio cuenta de todos los errores. Cuando Mimí le hizo ver lo que había hecho, se disculpó muy avergonzado y le dijo: «Yo creía que sabía mucho, pero en verdad no sé nada».

Ese es el efecto Dunning Kruger. Es cuando una persona sabe a medias una habilidad, cree que se la sabe todas y ofrece sus conocimientos con mucha seguridad, y al final fracasa. Mientras que la persona que de verdad sabe, como Mimí, es más calladita y circunspecta.

En conclusión, la confianza sin conocimiento hace mucho ruido, en cambio, la sabiduría con humildad, da excelentes resultados.

Lamentablemente Mimí despidió a Miguelito, porque no demostró pericia en el manejo del Programa Excel, al contrario, le ocasionó pérdidas. Ella sigue confiando más en su capacidad financiera y en su famoso lápiz amarillo». 

EVA AVIA

Dunning-kruger

En el mundo de los comics hay un ser que es simplemente extraordinario, y sí, todos sabemos como se llama, es Superman. Sus habilidades no hace falta que te las recuerde, pero hasta él mismo subestimó en alguna ocasión alguna de las suyas y debido a ello, su archienemigo Lex, que le ganaba en inteligencia, o eso creía, le derrotó en varias ocasiones. Lex creó a seres más fuertes que Superman, demostrando que su inteligencia era superior a la fuerza de nuestro héroe. También sabemos todos como acabó esa batalla. Superman utilizó su inteligencia emocional y logró, sin utilizar su fuerza física puesto que era inferior a la de su rival, terminar con ellos, demostrándole a Lex que tenía algo que él no, valor y corazón. Y así suele suceder con muchas personas y en esta ocasión a nuestro Manitas a domicilio.

Pedro se anunciaba por todas las redes sociales habidas y por haber como el mejor manitas a domicilio. Además de toda la verborrea que utilizaba en sus videos, afirmaba que sus precios no tenían competencia, resultado, llamadas interminables de personas solicitando sus servicios.

—¡Pedro, por Dios, que cualquier día nos matamos por esta carretera!

—¡No me toques las pelotas! ¿A caso tú sabes conducir? ¡Pues entonces te callas! ¡Y dime de una vez dónde es la próxima chapuza!

—Si, será mejor que me calle —dice, entre dientes.

—Que cruz, encima se indigna. ¿Me vas a decir dónde hay que ir? ¡Porque si no sirves ni para eso, mejor te bajas del coche y me apaño yo solo!

—Pues sí, mira, mejor me bajo. No me pagas lo suficiente como para soportar esta humillación.

—Toda tuya —Señalando la puerta— y dame la Tablet.

¿Cómo se utilizan estas mierdas? Muy difícil no debe de ser, para que la pudiera utilizar ese palurdo. ¡Ah! Sí, ya, aquí está la dirección. Listo, ahora pongo el GPS, que tampoco debe de ser tan difícil. Si un niño lo sabe usar, un hombre con mi intelecto lo tiene chupado.

Media hora después, Pedro, llega a su destino.

—¡Ya pensaba que no llegaba!

—Perdone, el GPS, que me ha vuelto loco. Ya sabe que uno no se puede fiar de tanta modernidad.

—Toda la razón. Pase —Clara, cuando Pedro había cruzado el dintel, gesticuló con la cabeza su disconformidad, pues la calle en la que vive es céntrica.

—¿Dónde está el fregadero que hay que desembozar?

—En la cocina. Por aquí.

—A ver, sí que está obstruida. Antes de meter mano, voy a utilizar este líquido —Mostrándoselo—, le aseguro que puede con todo. La semana pasada desatascó un urinario que no le cabía más mierda en la bajante.

—Ya he probado varios productos y, como ve, nada. Hay que desenroscar y limpiar el codo. Pero yo ya no tengo fuerza para hacerlo —La edad no perdona, piensa Clara.

—Usted, Clara, ¿verdad? No se preocupe por nada, en mi tiene a todo un manitas.

Una hora después, por supuesto, el fregadero no tragaba.

—Nada, que la dichosa no quiere tragar. Habrá que desmontarla, pero tal y como está no le aseguro que alguna de las piezas no se rompa.

—¡Hombre, no me diga eso! Que se cambiaron nuevas hace un año.

—¿¡Nuevas!?

—¡Si quiere le enseño la factura!

—No hace falta, mujer. A ver, un poquito más. Voy a necesitar… ¡Mierda, lo sabía! Lo que yo le decía. Vamos a tener que cambiar este codo, se ha roto. Suerte que siempre llevo algunas piezas de recambio. A ver, sí, esta servirá. Perfecto. Listo.

Clara abre el grifo y casi salen en barca.

—¡Pero hombre! Además de que me rompe una de las piezas, no ha sido capaz de …

—Mujer, confíe. A esto le pongo un poquito de madeja y solucionado.

Veinte minutos después, Clara abre de nuevo el grifo.

—Lo ve, mujer de poca fe. Listo.

—¿Y cuánto me va a cobrar?

—150 del desplazamiento, 200 por las dos horas, otros 35 por el líquido, la pieza son otros 75. Nada, una ganga. Me siento espléndido y no voy a cobrarle ni el IVA ni la madeja.

—¡Pues menos mal que es una ganga!

—Le comentó a mi ayudante que tenía una puerta a la que no le funcionaba bien la manilla.

—¡Nooo, tranquilo, que ya lo he arreglado yo! —el gesto de su rostro hablaba claramente por ella, ni de coña le dejaba tocar nada mas.

—Que escondido lo tenía, usted también es una manitas. Ya sabe, cuando necesite un manitas me pega un telefonazo.

—Sí, sí, descuide —le dice, mientras le da el dinero y le abre la puerta—. Voy a poner el número en una barra de hielo y la voy a exponer al sol —dice, en voz bajita.

—¿Decía algo?

—Nada, nada. Que vaya usted con Dios.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

TRES IGLESIAS Y UN BAR

En Valdeniebla había una costumbre que no figuraba en ninguna guía, pero que todo el mundo respetaba: nadie exageraba delante de nadie. Porque allí, lo que se exageraba, crecía. Poquito, nada que se viera a simple vista. Pero la tortilla del bar, que la dueña juraba que era “la mejor de la comarca”, salía cada año un dedo más gorda, y el pez que el alcalde decía haber pescado ya no cabía en la bandeja de horno.

Lo malo fue lo del dragón.

Llevaba doscientos años en la Peña Hueca y nadie lo había visto, pero todos lo describían. Como una iglesia, decía la panadera. Como dos, con las alas plegadas, decía el alcalde. Como tres iglesias y un bar, decía el hijo del herrero, que tenía nueve años y poca vergüenza.

A base de describirlo, el bicho había ido creciendo noche tras noche, hasta no caber en su cueva.

Remedios, la hechicera, subió a la montaña con el carro cargado: calderos, un espejo de plata, tres docenas de huevos de gallina negra, un hechizo con nombre en latín y su gato Anselmo, que no tenía nada de mágico, pero se negaba a quedarse solo.

Al llegar, un ojo verde del tamaño de una rueda de carreta la miró desde dentro de la cueva.

—Buenas tardes —dijo una voz como un bombo, pero muy cortada—. Perdone el desorden. Estoy un poco atascado.

—Tranquilo —dijo Remedios, que no tenía ni idea de qué hacer—. Esto te lo arreglo yo.

Y soltó el hechizo.

Los huevos explotaron en el aire con un chasquido, el espejo echó chispas, Anselmo bufó con el pelo de punta. El ensalmo, que servía para encoger cosas, rebotó en las escamas, se enredó con el hechizo de las exageraciones del pueblo y, en vez de encogerlo, pasó otra cosa.

La montaña entera crujió.

El dragón tiró de la cueva como quien se quita un jersey estrecho. Salió una pata, luego otra, luego un cuello larguísimo con tres mechones de pelo, y el bicho se desplegó en el cielo con un bostezo que apagó dos estrellas.

Se sacudió.

Cayeron rocas, ovejas y el sombrero de Remedios.

—¡Perdón! —dijo, y le salió una llamarada que chamuscó un pino—. ¡Perdón, perdón!

Anselmo ya iba montado en el carro, que Remedios había azuzado montaña abajo, derrapando entre las piedras. Detrás venían las alas, batiendo tan fuerte que levantaban tejas.

Valdeniebla despertó con una sombra enorme sobre las casas.

—¡Que viene el dragón! —gritó alguien.

—¡Es más grande de lo que decíamos! —gritó otro.

—¡Pues no lo digáis más! —gritó Remedios, entrando en la plaza con el carro a dos ruedas.

Y ahí lo vio claro, mientras la bestia aterrizaba en el campanario con un golpe que hizo sonar las cuatro campanas a la vez.

No hacía falta un hechizo mejor. Hacía falta lo contrario de lo que llevaban doscientos años haciendo.

—Lleváis doscientos años sobreestimándolo —dijo Remedios—. Y mirad cómo se nos ha puesto.

—¡Todos! —dijo, subida a la estatua de la fuente de la plaza—. ¡Hay que contar que es pequeñito! ¡Pero ya!

—¿Cómo de pequeño? —preguntó la panadera.

—¡Lo más que podáis!

El alcalde abrió la boca el primero, porque va con el cargo.

—Como un gorrión —dijo—. Un gorrión flaco.

El dragón, en el campanario, se encogió un palmo con un chasquido. La teja que tenía bajo la pata dejó de crujir.

—¡Como una avellana! —gritó la panadera.

Otro palmo.

Las campanas del campanario dejaron de temblar.

La gente se puso a competir.

Como una pestaña. Como el punto de una i. Como una miga de pan pero de pan de ayer, que es más pequeña.

Los ancianos de la fuente hablaron de un dragón que cabía en un dedal, y alguien dijo que se perdía en las costuras de los bolsillos, y alguien más, que de hecho había uno en el sofá de su abuela, tras los cojines.

Nadie se creía nada, pero a cada frase el cielo se despejaba un poco más, y el dragón menguaba, y las alas, que antes tapaban el sol, iban quedándose en simples abanicos verdes.

El hijo del herrero, subido a un barril, dio el remate:

—¡Es una pulga de circo!

Con ese, el dragón soltó un pitidito, como una tetera, dio una vuelta en el aire y cayó, plof, justo en el cesto de pan de la panadera, que lo recogió con las dos manos.

Se hizo un silencio largo, de esos en los que se oye a alguien pelar una mandarina.

El bicho, del tamaño de un gato grande, levantó la cabeza entre las barras de pan. Tenía las alas húmedas y una expresión entre extraña y divertida.

—Soy el Terror de la Montaña —dijo, con una vocecita aguda, y echó una llamita del tamaño de un mechero que chamuscó un pelo del bigote de Anselmo.

—Pues yo lo veía más grande —dijo el hijo del herrero.

—Y yo —dijo el dragón, con toda su dignidad—. Pero tampoco tanto, hombre.

Se quedó a vivir en casa de Remedios, junto a la chimenea. Enciende el fuego muy bien en invierno, aunque a veces se pasa un poquito y hay que ventilar la humareda abriendo la ventana.

En el pueblo se cuenta ahora que es un dragón mediano, de tamaño razonable, y nadie se atreve a añadir nada.

La única que no se contiene es la dueña del bar, que sigue jurando que su tortilla es la mejor de la comarca.

Es ya del tamaño de una rueda de carro.

Pero eso, dice Remedios, es otro asunto, y de momento el dragón se la come encantado.

OMAR ALBOR

Sobreestimar

No tengo foto

a color porque mis diapositivas

son cepias

Mis lentes son para el sol

y para la gente

que no tiene Flow

La vereda más hermosa

es la de las baldosas rotas

Y que más podría ser

Si te ríes sueñas

claro

Porque no

si tus ojos nievan

Y mis labios crean palabras

con tú mirada

que va

si tú te vas de maravillas

por la vida dejando tú

perfume por el mundo

Te extraño tanto

porque solo vienes

una sola ves al año

Y para no extrañarte

me clavo tus espinas

bajo mis uñas

Y veo mi sangre correr

sobre ese papel cepia

Que cruza nuestro umbral

de bellos recuerdos

encerrados

Guardados en mi mente.

Te extraño y amo hacerlo.

Déjame hacerlo

solo una vez más

En este universo.

AXY LINDA

(«SOBREESTIMAR las propias capacidades»)

—¿Cómo la soportas? Todos se burlan de ella.

—A mí me ayuda mucho y me acepta como soy.

—¿Como eres? Pero si eres muy agradable. No veo por qué siempre te menosprecias. Eres tú quien le hace el favor a esa presumida.

—Pero… es que sin ella nada habría logrado. Aneih sabe todo y puede con todo. Nunca duda.

—¡Ah, Afarij! Eres un caso perdido. No ves que tienes capacidad para lograrlo todo tú misma.

En ese momento llegó Aneih, mirando a todos con aires de grandeza.

—Afarij, ven para que cortes unas hojas de aquel árbol y remiendes el techo de mi refugio. Se acerca una tormenta.

Afarij obedeció de inmediato.

Aneih la observó trabajar y sonrió satisfecha.

—¿Ves? Por eso te necesito. Sin mí no sabrías qué hacer.

Afarij sonrió.

—Y yo sin ti tampoco.

Aneih entró al refugio ante la mirada agradecida de Afarij.

La tormenta comenzó a caer.

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2 comentarios en «Sobreestimar – miniconcurso de relatos»

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