El curandero – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el curandero». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 21 de mayo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

ANTONICUS EFE

Explotan las arañas;

el túnel metacarpiano no es seguro,

sus efluvios discuten con el amuleto;

comienzan los rezos

y el golpe es seco.

Supuran los maleficios

por entre la parafina virulenta

que va quemando pecados

entre deseos no correspondidos

y tintas de pergamino consagrado,

Las palabras lanzan epifanías

subyugadas al narrador,

hay huesos que se reparan

con su sola mención

y ojos que enrojecen su visión.

El mito se adueña de la certeza

y la ciencia intenta tapar la realidad,

¿Está en sintonía el curandero

con el aura de lo primigenio

o solo es un charlatán?

YOLANDA PINA REY

Curandero

Nace un nuevo día y con él el sol de este nuevo amanecer, con sus sorpresas y también con sus incógnitas. ¿Y qué podemos hacer con eso? Pues aprovecharlo y disfrutarlo. Reír, amar, abrazar, sentir y quizás también llorar, pero no por eso vamos a detenernos, con lo bonito que es poder decir «te quiero» a alguien, abrir la puerta para que te puedan conquistar y, por qué no, quizás volverte a enamorar.

Hoy hay que exprimir el momento, no cerrarse ninguna puerta, ya que no sabemos cuál puede ser el último día en este mundo tan lleno de instantes, emociones, sensaciones y sentimientos tan intensos como bellos, tan tristes como amargos. Pero, aún así, no dejemos de soñar, no vaya a ser que se vaya la oportunidad de ser feliz, de simplemente poder ser aquí.

Si en tu corazón, en tu alma, todavía queda alguna herida sin sanar, ve al curandero, ese que se llama esperanza, ese que se llama amor. No te quedes sin caminar, ve al médico de tu alma, ese que te devuelve a la vida y te recuerda la importancia de dejarte llevar. Porque si no lo haces, se van los días y a lo mejor te vas de esta tierra nuestra dejando lágrimas y huellas borradas por haber dejado escapar el regalo de volver a amar, el riesgo de decir «te amo». Si no lo dices hoy, el futuro puede ser tarde; el amanecer siguiente quizás no llegue jamás.

Por eso ve al sanador, sana, vive tu presente, ríe y disfruta, porque cuando ya no estemos, más tu amor en el mundo permanecerá. Habrás dejado una huella bonita, porque habrás aprovechado tu oportunidad.

Yo sé que serás capaz, yo sé que saldrás adelante y que no te arrepentirás, porque ese corazón tuyo ha vuelto, por fin, a respirar.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Lo cura todo el chamal con su pócima de beldad siempre vence la verdad pues el mal miente muy mal y al final triunfa y todo lo sana el sentimiento de bondad. El curandero de la humanidad.

Fin.

EMILIA CREGO

EL TIEMPO VUELVE A RECORDARME

En tiempos de gloria vivimos bajo los luceros en las noches con la frescura rozando la piel bronceada. La mirada perdida buscando a aquel que brillaba con intensidad, y así, llenarnos de energía.

Caminamos rozando las olas de agua dulce. Manantial que llenaba los charcos, acariciaba la hierba y cuando el sol amenazaba con sus dientes dorados. El río escondía sus olas de espuma plateada, y en esta espera nos vimos jugando sobre la tierra.

Éramos niños y éramos felices. Caballos parcheados, indios guerreros y a la espera cruzando un puente. Este de madera corrompida por el paso de los años y bañado por el agua brava. En épocas de lluvias torrenciales, de crecidas y cuando el sol calentaba las entrañas.

Las flores se marchitaban, la hierba retomaba tonos amarillos y ocres. Los caminos se llenaban de polvo y piedras. Los animales bebían, saciando sus panzas velludas, antenas sobre sus orejas y con el paso lento, un rebuzno para llamar la atención del amo.

Cada día amanecía el cielo con tonos que llegaban por la sierra, la pradera o la ribera, envueltos en caricias. Allí, bajo un claro, vimos al sol acariciar nuestra tierra. Aquella que con la gota pegada en la frente y en calzado la aguja del zapatero. Se llenaba de vida cuando el agua la saciaba.

Oímos cantar a aquellos que lo hacían todo el día en un tono angelical y otros desde el corral. Bajo un torrente de agua se refrescaba el alimento que llegaba a la mesa. Un botijo y el chorro de agua fresca cayendo lentamente y refrescando el cuerpo cansado. Entre tragos de vino y agua, el pan llegaba a la mesa con una ristra de embutidos.

Viajamos sobre las orejas del borrico, y en cada viaje la noche llegaba vestida de luces y en otros, el día amanecía sonriéndole a la luna. “El curandero” de almas, de piernas quebradas, de lágrimas escondidas bajo la mirada y de caricias, bajo un manto de estrellas. Ahora solo recuerdo que el tiempo vuelve para recordarme que fui inmensamente feliz.

DAVID MERLÁN

LA CURANDERA

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Séptima y última entrega de TRAGOS DEL ALMA.

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SOÑARTE POR PRIMERA VEZ (TRAGOS DEL ALMA 7)

Eran las 07:07.

El reloj del bar llevaba varios minutos intentando adelantar el segundero y luego se arrepentía.

A veces el tiempo hace eso cuando alguien está a punto de desmoronarse.

Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con suavidad, pero con insistencia. Sin embargo, yo estaba secando una copa cuando ella entró.

Vestía de azul apagado. El pelo recogido pero desaliñado, como si se lo hubiera arreglado con demasiada prisa. Cuando llegó a la barra, puede verle bien el rostro. Tenía esa expresión de quien llevan años durmiendo al lado de alguien… sin haber descansado nunca.

Se sentó en el taburete y antes de hablar, bajó la mirada y solo dijo:

—Quiero un trago frío. Muy frío. Que me haga darme cuenta de una vez de todas las cosas que no supe ver en vida.

Asentí sin más ya que conocía muy bien ese tono, me dispuse a preparar una mezcla pálida, casi transparente compuesta de dos partes de Vermut blanco, una parte de licor de anís, una de menta seca, y un par de cubitos de hielo que se quedaron flotando en un baile sincronizado entre ellos.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—“Soñarte por primera vez.”

Tocó ligeramente el borde de la copa con el dedo índice y el pulgar y la observó un buen rato. Como si sospechara de aquel contenido extraño.

—¿Sabes lo que es compartir cama con una persona durante veinte años y no soñarla ni una sola vez?—soltó sin más como una bomba.

—Sé lo que es vivir anestesiado —respondí contraatacando.

Mi respuesta la descolocó y me sonrió con sinceridad, pero no con alegría, sino más bien con el alivio de quién por fin se da cuenta de que ha encontrado a alguien dispuesto a escuchar.

—Creía que yo estaba rota.

—¿Y quién le dijo eso, si puede saber?

—Un curandero.

«Ya era mía»

—¿Puede explicarse, por favor?

Ella le dió un trago al cocktail y comenzó a sincerarse.

Me contó que lo había conoció años atrás. Un hombre delgado. Manos amarillentas de fumador empedernido. Con ojos cansados que vivía en una casa apartada, cerca de la vieja carretera del limonero, y que Paquita la había llevado hasta él.

—¿La carnicera? —pregunté mientras creía notar que se me aceleraba el corazón.

Ella asintió y prosiguió:

—Decían que aquel hombre sabía arreglar cosas que los médicos no podían ni entendían.

—¿Y qué quería arreglarle exactamente?

La mujer soltó una risa breve.

—Nada… O eso creía yo.

Entonces bebió otro sorbo. Apoyó la copa con delicadeza sobre la barra y se secó ligeramente los labios antes de continuar:

—El curandero me miró durante mucho rato y luego dijo algo que no he podido olvidar nunca.

Bajó lentamente la vista.

—“Hay personas que aman dormidas.” y se me quedó mirando fijamente a los ojos antes de continuar.

—Prosiga, hágame el favor.

—“Y otras que solo despiertan cuando pierden.”

Fruncí el ceño mientras me contaba que su marido se llamaba Óscar, que no era cruel ni violento. Ni siquiera era especialmente desagradable. Todo lo contrario, era correcto, previsible, y en igual medida, casi invisible.

—Yo lo denominó un hombre neutro —susurró.—Te acostumbras tanto a él… que dejas de verlo.

Añadió que llevaban veinte años juntos. Cenas. Rutinas. Silencios compartidos. Vacaciones, siempre las mismas y mismos lugares «Para qué cambiar si aquí se está bien» le repetía él año tras año. La misma cama, el mismo techo y la misma vida gastada de tanto usarla.

—Y jamás soñé con él. Ni una sola vez.—mientras daba otro sorbo.

—¿Eso le molestaba?

—Me aterraba—sentenció dejando la bebida sobre el posavasos.—Comenzé a pensar que quizá el curandero tenía razón. Quizá algo dentro de mi llevaba muerto demasiado tiempo.

—¿Y entonces qué pasó? —pregunté.

Ella giró lentamente la copa entre los dedos.

—Una noche discutimos. Por una tontería. No recuerdo ni cuál. Eso siempre es mala señal, ¿Sabe?, cuando uno olvida el motivo y solo recuerda el hastío. Pues bien, él se durmió. Y yo me quedé despierta mirándolo. Reaccioné tras unos minutos y entonces fui a la cocina. Tomé algo frío. Algo afilado.

—¿Querías matarlo?

Ella tardó demasiado en responder. De hecho no hizo falta que mediase palabra, su rostro decía SI. Y esa fue probablemente la verdad más terrible de toda la noche.

—Quería sentir algo. Mover una pieza del tablero. Sacudir mi vida. Despertar, ¿Sabe? ¡Quería sentirme viva, ¡vivir!

Y Bebió otro sorbo agitadamente. El hielo seco comenzó a desaparecer lentamente y aún con la copa en la mano contestó algo más sosegada:

—Pero si, lo maté. Una extraña paz inundó todo mi ser y así, aún ensangrentada, me dejé caer a su lado y me quedé dormida. Después vino el sueño. El primero. Óscar estaba en una playa. Sonriendo. Sin reproches. Sin rabia. Solo me miraba.

—¿Y qué le dijo?

La mujer cerró los ojos. Le pegó el último trago al cocktail y la dejó en la barra.

—“Por fin estoy donde debí estar siempre.”

—¿Dónde?

—“En tu inconsciente.”

Procesé lo que acababa de escuchar. Aquella confesión al tiempo que retiraba la copa vacía y el pasavasos.

—Desde aquella noche empezé a soñarlo siempre. Cada madrugada. A veces caminábamos. A veces bailábamos. A veces simplemente nos quedábamos sentados en silencio mirando el mar. El caso es que lo soñaba.

—¿Y eso le alivia? —pregunté.

Negó despacio.

—No. Me asusta. Porque no sé si por fin lo amo… o si simplemente convertí la culpa en deseo. En una especie de lujuria insaciable que siempre quiere más.

Entonces entendí el motivo de su visita al bar. No había venido buscando perdón. Había venido buscando diagnóstico. Quería saber si el amor podía nacer después de destruirlo todo.

—¿Me pone otro? No sé…, si es tarde. ¿Va a cerrar?

—No, no sé preocupe. Pronto amanecerá.

—De acuerdo, como no veo a nadie pensé…

—Descuide. ¿Quieres algo en especial?

—No. Decida usted.

Y le serví el último trago. Más frío. Más limpio. Casi transparente.

—¿Qué lleva este? —preguntó.

—Aceptación. Aunque todavía no suficiente.

Sonrió apenas.

—El curandero también decía otra cosa.

—¿Ah sí?

—“No confundas paz con vida. Los cementerios también son tranquilos.”

***

Terminó la copa. Y por primera vez desde que había entrado… lloró. No mucho. Solo una lágrima. Pero basta con una, para demostrar el sentimiento oculto que subyace.

Entonces se sacó del dedo anular un anillo y lo dejó sobre la barra. Era un anillo simple. Sin piedra. Gastado por dentro.

—¿Lo dejas aquí? —pregunté tuteandola por primera vez.

—No. Lo devuelvo. Nunca fue mío.

—¿Y si vuelves a verlo en sueños esta noche?

Ella sonrió con cansancio.

—Entonces se lo daré en el sueño.—y levantó fugazmente los hombros mientras me sonreía aliviada.

Cuando se levantó del taburete, el aire del bar descendió varios grados, y durante un instante juraría que alguien más caminaba junto a ella.

Salió del bar y desde lejos, atraves de la ventana mojada, la vi como se iba alejando bajo la lluvia.

Cuando la perdí de vista en la negrura, decidí coger el anillo y guardarlo con el resto de objetos de mi peculiar colección.

Y un inevitable sentimiento vino a mí mente mientras lo colocaba en la estantería junto con el resto:

Tengo la rara sensación de que los objetos que dejaban…, no eran simples recuerdos. Como si fuesen fragmentos, anclas a la que sujetarse firme para no ir a la deriva pero que ahora ya no necesitaran aferrarse a ellos. Como si fuesen pedazos de su alma con las que ya no quisieran cargar.

«¿Y por qué me los entregaban a mi? ¿A caso es que en realidad se los dejaban olvidados deliberadamente? «

Y entonces reparé en la postal. Seguía clavada con aquella vieja chincheta oxidada junto a la puerta:

La carretera desierta. La luna roja sangre prácticamente llena pero aún en un casi imperceptible cuarto creciente.

La releí. Aunque conocía de memoria cada palabra.

“Cuando esté llena, sabrás qué hacer.”

Nunca tuve claro qué esperar exactamente. Pero aquella noche… por primera vez… creí escuchar algo respirando al otro lado de la puerta del bar.

El reloj avanzó, y por un instante sentí miedo de que llegara la siguiente hora.

***********

EPÍLOGO

08:08

Al principio pensé que seguía lloviendo. Luego comprendí que era otra cosa.

Máquinas.

Pitidos.

Respiraciones contenidas.

Y una voz muy lejana hablándome como si intentara recuperarlo de debajo del agua.

―Está despertando.

―Cariño, soy yo. Cariño…

Abrí los ojos.

La luz intensa y luminosa de la primavera me atravesó el cráneo. Todo olía a hospital. Alcohol. Plástico. Medicamentos.

Intenté moverme, pero no pude.

Entonces vi el reloj digital frente a la cama.

08:08 y algo dentro de mí se rompió.

Los recuerdos no volvieron en orden. Nunca lo hacen.

Primero llegó el fuego. Luego la carretera. Después los gritos. Una discusión. La casa de Paquita. La herencia. Un matrimonio fallido, el limonero, y un teléfono sonando mientras yo conducía demasiado rápido bajo una luna roja.

No recordaba contra qué choqué. Solo el impacto. Y el olor. Gasolina. Lluvia. Todo quemándose a mi alrededor.

Giré la cabeza lentamente. Había una silla junto a la ventana. Mi chaqueta colgaba allí. Chamuscada.

Y entonces empecé a verlo todo.Todo estaba a mi vista:

La pulsera del hospital.

El gemelo dorado aún prendido en una de las mangas.

La pequeña llave sobre la mesilla.

Y la tarjeta rota. Partida exactamente por donde recordaba.

Un hilo rojo sobresaliendo del bolsillo interior. También chamuscado.

El viejo tenedor oxidado dentro de una bolsa de pertenencias que no recordaba que fuese mío.

Y el anillo. ¡Dios. El anillo!.

Estaba junto al vaso de agua.

No sabía por qué. Pero al verlo… recordé el bar.

****

Todo el mundo reclamaba mi atención, pero yo estaba en otro lugar. No exactamente como había ocurrido. Más bien como se sueña una vida después de romperla.

Comprendí entonces que los clientes nunca habían sido del todo extraños. Eran fragmentos. Culpas. Deseos. Recuerdos. Personas reales mezcladas con cosas que mi cabeza intentaba ordenar mientras mi cuerpo luchaba por seguir vivo.

Paquita. La carnicera. La casa. El curandero. El muñeco de madera. El accidente. Todo estaba unido. Solo que mi mente necesitó convertirlo en historias para soportarlo.

Y entonces recordé el hilo rojo. El muñeco. Mi «Rosebud» particular al mas puro estilo Ciudadano Kane.

Mi juguete favorito. El único que sobrevivió parcialmente al incendio de la vieja casa cuando era niño. Siempre pensé que Paquita lo había tirado. Pero no. Lo había guardado. Y años después, cuando murió, volvió a aparecer entre las cajas de la herencia.

Y el hilo chamuscado seguía atado a uno de sus brazos. Como si hubiera esperado todo este tiempo.

De repente, la apertura impetuosa de la puerta de la habitación me sacó de mis recuerdos.

Una enfermera entró sin miramientos.

—Bienvenido de vuelta.

Quise responder. Pero mi garganta apenas funcionaba.

Entonces miré hacia la pared del fondo. Y la vi. La postal. Alguien la había dejado clavada junto a la entrada. Tal y como la recordaba:

La carretera. La luna roja que ya estaba llena, y la frase.

“Cuando esté llena, sabrás qué hacer.”

Sentí un escalofrío.

—¿Quién dejó eso ahí? —logré preguntar señalando hacia la puerta..

La enfermera frunció el ceño.

—¿Lo qué?

Miré otra vez.

—¿Es que acaso no la ve, esa postal?—mientras señalaba hacia la puerta.

La enfermera me siguió el juego y miró para comprobar que era fruto de mi imaginación.

—Descanse, todavía es pronto. Aún está débil.

La postal seguía allí. Perfectamente visible. Pero ella no parecía verla.

Y entonces lo entendí.

Parecíese que el bar no hubiera desaparecido del todo. Solo había cerrado por un rato. Porque hay lugares que no existen en ninguna calle. Solo en ese rincón exacto donde la culpa, el deseo y la memoria se sientan juntos a beber, a confesarse y convertirse en tu Purgatorio particular.

Cerré los ojos un instante y durante apenas un segundo escuché el sonido de una coctelera agitándose a lo lejos. Paciente. Esperando al toque exacto y en su punto, en el que sin duda, ese nuevo trago del alma este listo para ser servido al cliente perfecto.

Cuando volví a abrirlos, el reloj ya marcaba las 08:28 y el segundero iniciaba inexorable, una nueva vuelta pasando por las 12:00.

EFRAÍN DÍAZ

Las grandes ciudades tienen sus grandes médicos. Hombres y mujeres con diplomas enmarcados, batas impecables y oficinas donde hasta el olor parece caro. Estudiaron en universidades prestigiosas, hablan en términos incomprensibles y cobran como si la inmortalidad estuviera incluida en la consulta. De curar, curan algunos. Los demás solo facturan por el intento.

Los barrios, en cambio, tienen curanderos. Matasanos, les llaman los más refinados. Gente de monte. Campesinos sin más universidad que el sol, el machete y la tradición. Muchos no pasaron de sexto grado y jamás vieron una escuela de medicina por dentro, ni por fuera. Pero aprendieron el oficio viendo sanar cuerpos ajenos y sobreviviendo al suyo.

La naturaleza es su farmacia. Preparan teses, ungüentos y brevajes con nombres que la medicina moderna pronuncia con desdén, hasta que una farmacéutica los encapsula y les pone precio en dólares. Los curanderos son los últimos descendientes de los viejos chamanes, aunque sin plumas, tambores ni bailes exóticos.

El barrio Dos Bocas tenía el suyo. Dolores.

Todo el mundo le decía don Lolo. Y había que hacer la distinción, porque existía otro Lolo: el del bar La Sombra, fabricante artesanal de borrachos y proveedor oficial de ron y resacas. Aquel era simplemente Lolo. El curandero era don Lolo. En Dos Bocas los títulos importaban más que los estudios.

Don Lolo tenía remedio para todo. Su huerta parecía una conspiración botánica.

Para el dolor de cabeza, albahaca con eucalipto. Para el estómago, canela, hinojo, menta y jengibre. El tomillo servía para la congestión y la árnica, mezclada con cayena y matricaria, bajaba inflamaciones mejor que muchos médicos con apellido compuesto. Para los dolores de huesos, eso que los doctores modernos llaman artritis para justificar la factura, preparaba teses y ungüentos de cúrcuma.

Pero el viejo no solo hervía hojas. Conocía el cuerpo humano como un mecánico conoce un motor viejo. Enderezaba hombros, acomodaba rodillas, corregía muñecas y devolvía tobillos a su sitio con una precisión que hubiese hecho llorar a más de un ortopeda.

Sin embargo, hubo un mal que jamás pudo curar. Y aquello lo perseguía como una sombra. Una derrota.

Una tarde apareció Arcadio con su hijo Baldomero. El muchacho tendría quince años. Tal vez dieciséis. En Dos Bocas la edad era un cálculo aproximado porque muchos nacían sin papeles y crecían sin calendario. No eran inscritos en los registros oficiales.

Baldomero llevaba tres días llorando, porque Matilda, la niña de sus sueños, le había dicho que no.

Y para un adolescente enamorado, un “no” pesa más que una lápida o que un matrimonio mal llevado.

No comía y no dormía. Solo lloraba. Como un bolero mal cantado.

—don Lolo, ¿Tiene algo pal dolol de alma? —preguntó Arcadio.

Don Lolo lo miró en silencio. Después suspiró con la resignación de quien sabe que la chamanería tiene límites.

—Puej la veldá que no. No conojco ninguna hierba que quite lo pendejo.

Arcadio insistió, porque los padres siempre creen que existe un remedio secreto para evitarle a los hijos el ridículo y el sufrimiento.

—Pero tiene que haber algo.

—Tengo amapola y pasiflora. Lo duelme. Y mientras duelma no llora. Pero cuando despierte, seguirá igual de bruto y enamorao. Mejor enséñalo a ser hombre. Que si una mujer dice que no, más abajo vive gente. Y que el mundo está lleno de mujeres como para desbaratarse por una sola.

Don Lolo tenía razón.

No existía té, planta, ungüento ni brevaje capaz de curar el dolor del alma. Ni mucho menos aquello que él, con brutal honestidad campesina, llamaba “lo pendejo”.

Fue lo único que jamás pudo sanar en Dos Bocas.

Porque hay dolores que no se curan. Se sobreviven. A puro pulmón.

Los males de amor, por ejemplo. Y los celos pasmaos también.

A la memoria de don Lolo, que en 1993 me compuso un tobillo y en el 2016, con 103 años, le compuso uno a mi esposa. Murió de 106 y nos quedamos sin curandero.

JAROL LIMA

La agudeza de la visión.

Es increíble pensar que existan tantos, caminando en las calles, conviviendo entre nosotros, esta mas decir que no fue sorepresa ver muchos en la televisión solo es cuestion de poner un programa politico para ver las sesiones del congreso lleno de ellos, en los programas de farándula y deporte era igual, muchos de ellos, con sus extraños rostros sacados de alguna pesadilla. No me sorprendió en nada que mi mujer o mi joven amante también tuvieran esos rasgos total ellas son exitosas y brillantes; en parte es lo que me encantaba de ellas. Creo echaré de menos sus rostros ideales, sin embargo me acostumbrare pues me considero alguien que se acostumbra a todo para sobrevivir.

Desde mis años de huérfano en los basurales de la capital, no dude en robar o matar para vivir mejor que los otros; no pensarías así de un delgado y tierno niño de ojos cafés que decía mamita a cualquier señora que venía a escoger a un hijo que sumar a sus otros cinco de diferentes nacionalidades. La vieja bruja de hollywood me daba asco con sus kilos de maquillaje escurriedose por su avejentado rostro. En fin fueron unos meses de fotos y luego ser lanzado a un mugriento departamento del centro de la ciudad cuando ya no era lindo para las cámaras, la anciana mandaba un cheque miserable que me alcanzaba para lo básico. Al menos pude estudiar y sacar el título de matemático, ahí era medianamente brillante. Aunque lo lo suficiente para ser un genio reconocido. Me contrate en una universidad medianamente reconocida y ahí conocí a mi pareja que solo se casó conmigo para enojar a sus millonarios padres. Ella me amaba por lo truan y mediocre que era. La engañaba con mi joven estudiante genio de las matemáticas de nudos; la maldita era un prodigio que de seguro tendría un Nobel cuando yo descubriera mi primera cana. Ahora solo era tener sexo a escondidas con ella y beber con Raúl mi amigo de facultad qué era otro caso perdido igual que yo. Parásitos del gobierno que esperábamos solo a jubilarnos entre los pasillos de la universidad.

Supongo los acontecimientos que me llevaron a este momento de asco y fascinación por mi futuro iniciaron esa tarde. Mi esposa me restregaba su habilidad para hacer dinero en la bolsa y una llamada de Raúl me dio la excusa perfecta para salir de casa y evitar la visita de los perfectos y millonarios suegros.

Raúl, me decia no había dormido en días y deseaba enseñarme algo muy importante.

Ese gordo desgraciado seguramente se había drogado y contratado prostituta otra vez. Recuerdo las últimas lo esposaton a la cama y le robaron todo lo de valor de la casa. Sin embargo al llegar encontré paredes tapizadas de hojas con garabatos qué reconocía lejanamente como cálculos matemáticos muy avanzados y el sucio gordo se encontraba en mitad de la sala, empapado de sus orines y heces. Lo patee un poco como hacia siempre que lo encontraba borracho, pero, esta vez no se movió. La ambulancia se llevo el cadáver y con la excusa de informar a sus parientes me hice del botín. Esta matemática era nueva y peligrosa, digna de un superdotado, la entendía a duras penas, las diferenciales y los teoremas eran algo a años luz de lo más avanzado. Costaba creer que Raúl lo hubiera pensado. Aun apestando a orines encontré una carta de invitación y una direecion y el inicio de un lema matemático inconcluso.

Sea quien fuese el remitente, le dio al gordo la chispa de algo muy revolucionario.

Esa mina podía ser mía, solo tenia que suplantar a Raúl e ir a rse lugar donde ese genio secreto tenía más de ese material que me aseguraria resolver uno sino todos los problemas del milenio, mínimo un premio field en la bolsa. Para no ser el mediocre esposo de.

El día siguiente me tome algo de lso ahorros familiares y viaje en avión a un lugar que no puedo nombrar por miedo a que alguien me siga. Este tesoro era solo mio.

El lugar era solo un pueblo olvidado y aislado de la civilización, una comuna hippie de casuchas donde un viejo mugriento era tratado como el mismo Jesucristo en persona. Los guardias armados me pidieron la carta y un médico de bata blanca y lentes me recibió con un cuestionario y varios dolorosos enemas. Luego me contó el estudiaba al anciano y a sus invitados, que me comento eran, millonarios, políticos, científicos y artistas renombrados en su mayoría y uno que otro desconocido como yo. El mismo era un médico ganador de varios premios. Los días pasaron a una estricta dieta de verduras y ritos de purificación para ver a travez de una cortina al maestro mugriento hablar incoherencias qué parecían toda una revelación para muchos del círculo más cercano de la cortina.

Muchos eran los qué fingian revelaciones y otros que si las tenían.

Creo fue al tercer día que vi esa figura grotesca moverse atraves del cortinaje, me lance y entre al círculo privilegiado y solo era el anciano hablando. Me castigaron encerrandome en una capucha. Esa noche el propio maestro me visitó.

—Tu me viste en mi forma real, eso es un don ¿quieres ser sanado y ver el mundo real?

El anciano lo decía en verdad y yo respondí que si.

Extendió su mano a mi frente y caí desmayado.

Al día siguiente la comuna estaba infectada de militares y policías. El cadáver del anciano loco en el suelo y los periodistas se peleaban para ver a los sectarios locos y sus rituales satánicos. La prensa hablo mucho de eso, y se inventaron cosas que nunca vía ahí. Mi nombre y de los otros no figuro. El doctor me despidió en el aeropuerto. El doctor me dijo que el anciano le inspiró la tecnología para la crioestasis y ahora que el estaba muerto podía compartirla con el mundo. También me dijo que ese tipo ha ce unos años era solo un sujeto común y algo lo poseso. Algo qu era de un mundo superior o alienigena o dios sabe que.

En fin al maestro no se le puede matar y volverá en otro cuerpo, invitara gente y todo comenzará de nuevo. Lo tome a broma y regrese a casa, dejando ese país subdesarollado. Al mirar la tv del avión vi por primera vez el mundo real que el viejo me ofreció. Ellos estaban por todos lados, todos eran exitosos porque dentro de esos disfraces humanos eran otra cosa distinta, más listos y con habilidades superiores. Mis ojos fueron curados por el viejo maestro. El era el curandero del mundo, el prometeo que encendía la llama en los humanos y mounstruos disfrazados.

Ahora sano, reclamaría mi lugar de gloria con el trabajo del muerto Raúl, mi lugar de gloria merecido lejos de las críticas.

Yo veo el mundo real, aun así tengo miedo de los espejos, miedo de descubrir que yo también soy una de esas criaturas y de ahí viene mi buena suerte en este mundo y no de mi duro trabajo. Supongo algún día un reflejo me dirá la verdad, hasta eso he mandado sacar lso espejos y le pago a una empleada me peine y cuide de mi cara.

Curandero, se que tomaras otro cuerpo y seguirás ahí afuera guiando a todos. Gracias maldito viejo, la agudeza de la visión que me regalaste me ha hecho mejor

ART MI

TIEMPERO (para el tema de la semana).

El cielo gris lucía muy bajo.

Allá, en la montaña y en el monte, acechaban los nubarrones, iluminándose fugazmente con los destellos del rayo y expresando su furia elemental con el bramido del trueno.

Una ventisca fúrica se había hecho presente desde media tarde, alterando la siesta de los niños con su zumbido inconsistente. Desde mi ventana veía los remolinos que se alzaban y como iban cambiando de rumbo al contacto con el cruce de las calles y las casitas de adobe que encontraban a su paso.

La basura del mercado se elevaba a media altura y se quedaba flotando por un rato para luego alterar su forma de desecho y volverse un proyectil inanimado que remontaba con el viento y bajaba velozmente para impactarse contra el cuerpo de aquellos que no habían alcanzado a resguardarse todavía; personas, o animales, todos sufrían el embate de aquel atardecer convulso.

Escuché a papá entrando a la casa, quejándose del ir y venir apresurado de la gente.

– Allá por la presa el aire se llevó a una vaca -, le aseguró a mi madre.

– Ella le respondió que esas eran habladurías, ¿cómo el viento iba a levantar una chingada vaca?

Cuchichearon otras cosas, pero no estoy seguro cuáles.

Entonces el aire afuera se volvió plano, como si tuviese la propiedad de una explanada llana en la que el mundo entero podría deslizarse. Y ahí, entre la llovizna tímida que principiaba, pude ver su figura inconfundible, a lo lejos, colocando su sombrerito de palma sobre el piso y poniéndole una piedra encima, para que no se volara.

Llevaba un trapo rojo amarrado a la cintura y sus ropajes de un blanco imposible.

Estaba arrodillado, aspirando el humo de lo que debía ser un sahumerio y luego exhalándolo hacia arriba. Movía sus manos de manera misteriosa, pareciendo estar pariendo mundos instantáneos y efímeros con cada vaivén.

Le hablaba al todo, danzando su torso al ritmo cambiante de la naturaleza, amansando su bravura a golpe de ramas.

En el acto pude reconocerlo, porque mi abuelo me habló de él antes de marcharse al campo del no retorno.

Sí, era él, el señor tiempero, brujo ancestral, curandero del mundo, cuasi nigromante de otros terrenos.

Había venido de quién sabe qué cueva oculta entre todos los cerros. Estaba ahí para aplacar lo que se antojaba calamitoso, para domar a la tromba, que no es otra cosa que esa serpiente de agua que azota las alturas con su rebeldía tempestiva.

Silencio, se hizo el silencio, moldeable, limpio, perfecto.

No sé si aquel hombre me sintió, pero volteó hacia mi posición, dijo algo, se incorporó, dio tres pasos hacia atrás para luego girar su cuerpo y desvanecerse.

Al poquito se revelaron las espadas de luz del astro rey, rompiendo la barrera de nubes, iluminando el campo donde, cada dos años, se montaba un circo de carpas remendadas y animales moribundos.

Nunca más volví a ver al señor del tiempo, pero sé que sigue en alguna parte, invocando vendavales para espantar a las brujas que bajan en octubre, cazando huracanes, reinventando cauces por las avenidas principales o reorientando las mareas, buscando mantener el equilibrio de su universo.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

MALAMUERTE

En Villafranca de los Tormentos nadie confía en los médicos. Solo en el curandero, Basilio Miraflores, al que todos allí conocen como “el imprevisible”. Uno nunca sabe cómo va a salir de su “consulta”. Hay de quien se cuenta que ha entrado con una migraña y ha acabado declinando en perfecto latín e insultando en griego clásico. Luego está el caso de Eusebio el herrero, que acudió por hemorroides y regresó con una incomprensible atracción hacia las farolas del pueblo. En fin, cosas de la España profunda.

Basilio ejerce su actividad en un cobertizo con techo de uralita situado junto al arroyo, un lugar húmedo y sombrío donde siempre huele a aguardiente y espliego. A la entrada, un búho tuerto disecado y un cartel pintado a mano dan la bienvenida:

“SE CURA TODO. DOLORES, MALES Y DESENGAÑOS. NO SE ACEPTAN TARJETAS NI QUEJAS.”

Los diagnósticos son rápidos y profundamente inquietantes.

—¿Qué le pasa? —pregunta Basilio.

—Me duele el pecho.

—A ver, quítese la camisa.

Entonces comienza el ritual: ungüentos espesos, alcoholes de dudosa procedencia y cataplasmas cuyo aspecto aleja cualquier esperanza de curación. Aun así, unta al incauto con una mezcla de grasa de mofeta, orujo y algo con altas probabilidades de ser cemento cola. El paciente llora, ve luces y, contra todo pronóstico, en muchos casos mejora. El secreto del éxito de Basilio es sencillo: el miedo. Sus remedios dan tanto terror que el cuerpo decide curarse solo antes de enfrentarse a una segunda dosis.

Una noche apareció en su puerta un hombre alto vestido de negro. El abrigo le caía hasta los tobillos y el agua de la lluvia resbalaba por la tela sin llegar a empaparla

—Dicen que puede curar cualquier cosa —dijo con voz cansada.

Basilio lo observó en silencio.

—Por supuesto, aquí curamos de todo. El cartel no engaña. ¿Qué le pasa?

El desconocido sonrió con tristeza.

—Creo que estoy muerto.

Basilio lo observó en silencio. Tenía la piel helada, los ojos hundidos y olía ligeramente a tierra mojada. Por primera vez en muchos años, Basilio dejó de bromear. Aquello, sin duda, era algo serio. Durante horas mezcló hierbas, alcohol y ungüentos mientras el extraño permanecía inmóvil junto al fuego. Al amanecer, el curandero llenó un vaso con un líquido oscuro y espeso y se lo ofreció.

—Bébase esto.

—¿Qué lleva?

—No pregunte demasiado. La curiosidad a veces también mata.

El hombre obedeció e ingirió el brebaje. Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego comenzó a toser de manera violenta. De su boca salió una nube de polvo negro, seco como ceniza vieja. Después, poco a poco, el color fue regresando a sus mejillas y el pecho volvió a moverse con una respiración pausada y humana.

El desconocido levantó la mirada, sorprendido.

—Me encuentro… vivo.

—Claro —dijo el curandero—. Ya se le he dicho. Aquí curamos de todo.

El hombre depositó una bolsa de monedas sobre la mesa y abandonó el cobertizo sin añadir una palabra. Aquella misma tarde por la consulta de Basilio apareció el sepulturero del pueblo, pálido como un cirio y sin aliento. Ambos compartían una estrecha amistad. Curandería y sepulturismo son dos disciplinas que a veces van de la mano, procurando trabajo la una a la otra.

—¡Basilio! —gritó al entrar—. ¡Han abierto una tumba en el cementerio!

El curandero paró de remover una enorme olla cuyo contenido no dejaba de resultar sospechoso.

—¿Cuál?

El sepulturero tragó saliva.

—La del forastero que enterramos ayer.

El silencio cayó de golpe sobre el cobertizo. Basilio permaneció inmóvil unos segundos. Luego miró lentamente la bolsa de monedas que aún descansaba sobre la mesa. Estaba húmeda. Y cubierta de barro.

—Ay, Virgen Santa… —murmuró.

El sepulturero se santiguó.

—Yo digo que esto es cosa del demonio.

Sin responder, Basilio tomó una linterna y una botella de aguardiente —más por necesidad espiritual que médica— y ambos partieron raudos hacia el cementerio. La noche ya había caído sobre Villafranca de los Tormentos con esa oscuridad espesa que solo conocen los lugares antiguos. El viento movía los cipreses con un susurro seco y desagradable. Cuando llegaron a la tumba abierta, el sepulturero se negó a acercarse más.

—Yo desde aquí ya veo suficiente muerte —sentenció tembloroso.

Basilio avanzó solo. La tierra estaba removida desde dentro. Junto al agujero nacía un rastro de huellas húmedas que descendía hacia el pueblo atravesando huertas, callejas y soportales, yendo a concluir frente a la taberna. El curandero siguió el rastro hasta detenerse en al lugar donde morían las pisadas. Dentro se escuchaban risas. Música. Y alguien cantando. Basilio abrió lentamente la puerta. El forastero estaba sentado junto al fuego, cenando con apetito feroz. Tenía mejor aspecto que la noche anterior. Incluso algo de color en las mejillas.

Al verlo entrar, levantó la copa.

—Buenas noches, doctor.

—Tú estabas muerto.

—Sí. Y le aseguro que bastante incómodo.

Basilio se acercó despacio.

—¿Qué demonios te di anoche?

—Ni idea. Pero ha funcionado.

El curandero lo miró fijamente. Entonces comprendió algo. No había curado a un muerto. Habían enterrado vivo a un enfermo. Muy enfermo, sí. Pero vivo. El forastero había sufrido una catalepsia profunda y el médico de la capital, más amigo del coñac que del diagnóstico, certificó su defunción sin demasiadas comprobaciones.

Basilio comenzó a reír. Primero bajo. Luego con una carcajada larga y cansada que terminó contagiando a toda la taberna. El forastero siguió comiendo en silencio, como si regresar de la muerte le hubiera despertado un hambre antigua.

Aquella noche, de vuelta al cobertizo, Basilio se detuvo frente al viejo cartel de madera.

“SE CURA TODO.”

Lo contempló durante un largo instante. Después tomó un pincel y añadió una última frase bajo las letras desgastadas:

“INCLUSO LOS DIAGNÓSTICOS DE OTROS.”

Pedro Antonio López Cruz

FRAN KMIL

El curandero.

Fue después de que Alfredo siguiera su consejo que comenzó el cambio de nombre. Poco a poco, uno a uno, como un rumor que el viento se encargaba de susurrar de oído en oído, todos fueron adoptándolo. Ya nadie lo llama de otra manera.

Estaban en el patio de la casa de la abuela, bajo la sombra tensa de la mata de cañandonga con hueso, esa que solo sirve para hacer refresco porque cuando uno la come no pasa nada, el problema llega después, en la intimidad del baño, cuando el cuerpo cobra su deuda con el filo de algo que no debería existir dentro de ningún ser humano.

Alfredo sentía por su primo Manuel una admiración que rozaba lo sagrado. Manuel, el hijo de Delia —así le decían en el barrio, porque había dos Manueles más y en algo había que distinguirlos, el lenguaje tiene esas pequeñas crueldades— era Ingeniero Jefe de la fábrica más grande de la ciudad. Pero Alfredo le decía que eso no era nada, que él estaba designado para cosas más grandes, que había señales, que el aire alrededor de su cabeza a veces se ponía de otro color.

—¿Cómo cuáles? —preguntó Manuel, rellenando los dos vasos con ron. Se sonrió y meneó la cabeza de un lado al otro, como espantando una imagen que no quería quedarse pero tampoco terminar de irse.

—No sé, primo. Algo como… Presidente de este país de mierda. O líder espiritual. Pero tienes una misión grande. Lo veo cuando te miro.

—¿Y cómo va esa rodilla? —preguntó Manuel, porque si le dejaba terreno libre al tema era para nunca acabar.

—Ahí.

—Ya no tenemos edad para el fútbol. ¿Qué estás tomando?

—Ibuprofeno.

Manuel interpuso el vaso de ron entre sus ojos y el sol ya débil de la tarde. Se quedó observándolo con una concentración extraña, casi ritual, como si hubiera descubierto algo moviéndose dentro del líquido ambarino, como si el vaso fuera un instrumento para mirar adentro del sol, o una puerta pequeña hacia otras dimensiones que nadie más podía ver.

—¿Quieres que te quite el dolor? ¿Que te cure de verdad?

—¿Quién no?

—Repite esta secuencia de números: cinco, cinco, cinco, uno, cinco.

Alfredo lo hizo. No esperaba nada. O quizás esperaba la risa, la broma, el final previsible. Pero el dolor desapareció. También el rubor inflamado y la hinchazón que le había acompañado tres semanas. Se puso de pie despacio, como quien no confía todavía en su propio cuerpo, y comenzó a hacer cuclillas mientras algo parecido al asombro le llenaba la garganta.

—¡Yo sabía, yo sabía!

Fue el primero de una larga lista.

Manuel, el hijo de Delia, curaba con secuencias de números.

A Zenaida, que cargaba la escoliosis como una cruz silenciosa desde los dieciséis años, le recetó: tres, dos, cuatro, cuatro, seis.

—¿Por qué esos números y no otros? —preguntó ella, con la suspicacia intacta de quien ha sido decepcionada demasiadas veces.

—Cada persona tiene su propio código. Depende del individuo y de la distorsión que habita en su salud. El cuerpo habla en matemáticas, pero nadie le enseña a uno a escucharlo.

Zenaida había asistido más para descubrir el engaño que para sanar. Repitió la secuencia sin ganas, casi en burla, dejando caer los números en el aire como quien arroja piedras al agua sin esperar milagros. Pero mientras los decía fue sintiéndose diferente: primero en los hombros, que se alinearon solos como flores que recuerdan su dirección al sol, luego en las caderas, que recuperaron el equilibrio que creía perdido para siempre. Su cuerpo retomó la esbeltez antigua, como si la columna hubiera estado esperando, callada, el número correcto.

Zenaida, que había llegado con la incredulidad como escudo, se convirtió en su seguidora más ferviente. Hubo algo particular en esa fe nacida de la burla: no tenía fisuras, porque había sido probada desde el principio. Lo que comenzó como ironía se transformó en devoción, y la devoción en algo que ya no tenía nombre conocido.

El matemático curandero. Fue ella quien se lo puso.

Y así le llaman. Ya no Manuel, el hijo de Delia. Solo el matemático curandero, como si el nuevo nombre fuera lo único verdadero que siempre había existido.

IRMA UTRILLA

«El Curandero»

(«Historia de un amor ardiente y furtivo» (parte 5)).

«Te quiero todo o nada… me cansé de tus migajas.»

Fue la primera verdad que se atrevió a decirse, no a él… A ella misma, mientras se veía al espejo, porque después de tanto tiempo esperando señales, saludos, canciones disfrazadas y recuerdos a medias… entendió algo doloroso… había aprendido a sobrevivir con poco, con atención intermitente, con esperanzas pequeñas, con versiones incompletas de amor, y estaba cansada, cansada de recoger migajas creyendo que algún día, todo cambiaria.

Así que comenzó a alejarse de verdad, no como antes, cuando se iba esperando que la llamara, esta vez se fue para encontrarse.

Conoció personas nuevas, hombres buenos incluso, algunos atentos, otros interesantes, pero con ninguno lograba sentirse llena.

Y dejó de culparse, porque a su edad ya había aprendido mucho, no toda soledad necesita compañía, a veces necesita silencio.

Entonces hizo algo que jamás imaginó, se decidió a viajar sola, nunca antes se había atrevido, siempre hubo responsabilidades, miedo, hijos, trabajo, costumbre… o alguien a quien esperar.

Pero esa vez dejó de aferrarse, y ocurrió algo extraño, como si la vida hubiera estado aguardando a que se soltara, todo se facilito, abriendo paso a una nueva aventura, y entendió algo, el curandero nunca iba a llegar con la voz de un hombre, no estaba en las salas, ni en las cartas, ni en quien la ignoró.

el curandero… era el tiempo, era el movimiento, era la mujer que sobrevivió a la carnicería y aún así seguía teniendo ganas de amar.

Una noche, lejos de casa, escuchó una canción que él habría cantado, y por primera vez, no lloró, solo sonrió, con esa nostalgia suave que dejan las personas que marcaron la vida… pero dejaron de habitar el presente, y ahí entendió otra verdad, quizá nunca dejaría de quererlo del todo, pero ya no lo necesitaba para sentirse viva, y eso… eso también era sanar.

Escrito por Irma Utrilla Alonso.

GRISELDA SIERRA

En la aldea ya nadie prestaba oídos a las leyendas de la montaña encantada y del pergamino hallado en la vieja Ermita, hacía ya tiempo, cuya inscripción advertía:

<<Cuando arda la noche, el hombre hallará la cueva de la bestia y volverá a sus orígenes>>.

Los habitantes estaban acostumbrados a todo tipo de leyendas. Muchos, incluso, afirmaban que el rey era hijo de un dragón que custodiaba aquellas tierras, aunque nadie jamás lo había visto.

Ahora el monarca agonizaba en el palacio, y el curandero de la aldea caminaba por senderos estrechos y empinados en busca de las hierbas mágicas de las que había oído hablar a sus antepasados.

Machete en mano avanzaba cortando la espesa maleza, con una idea fija en la cabeza: preparar una pócima con aquellas especias, para salvar la vida del rey, pues si moría el dragón podía despertar y arrasar toda la comarca.

Caminó durante días hasta que, exhausto y a punto de darse por vencido, un atardecer de cielo rojo y misterioso descubrió entre el follaje una gran piedra cubierta de musgo.

Su corazón latió con fuerza cuando logró apartarla y apareció la entrada de una cueva.

Desde el interior brotaba un perfume de azucenas silvestres, y su intuición le dijo que las antiguas especias dormían ahí.

Decidido avanzó en la oscuridad.

Un bufido estremeció las paredes, y enseguida dos grandes ojos ardieron frente a él.

En principio pensó que se trataba de un demonio y se llevó la mano al machete, como para comprobar que seguía ahí. Pero la criatura abrió sus fauces y pudo ver claramente que era un enorme dragón.

El curandero clavó en él sus ojos azules, como dos zafiros destellantes con la luz del sol. El dragón reprimió el ímpetu de exhalar fuego y dócilmente se retiró a un rincón.

Nada podía hacer ante la sangre de un antepasado.

El curandero tomó las hierbas, acarició con ternura el lomo escamoso de la bestia, y abandonó la cueva con fuerzas renovadas.

Afuera la noche parecía encendida por un camino de estrellas que se había formado en el cielo y que parecía llamarlo con urgencia.

Entonces comprendió: el pergamino no hablaba del rey. Hablaba de él.

Ver menos

MANUELA CÁMARA

CÚRAME CON LA ENVIDIA

.

Cúrame con la envidia,

con esa fiebre verde inconfesable

que respira desde la oscuridad de los párpados agotados del deseo.

.

Haz con ella un ungüento oscuro

y que se convierta en la luz encendida

que ilumine esa habitación secreta

donde me nombras sin descanso.

.

Y mírala, como una polilla

intentando beber la luz que no le pertenece,

como una tormenta antigua que se mantiene

girando alrededor de un sol destronado,

como un viento fracasado

que insiste en peinar el polvo de los espejos.

.

Deja que se abra esa herida

que solo respira con la rabia,

que solo con esa llave deja de fingirse invisible

y aprende a sangrar hacia la luz.

.

Porque he visto que la envidia reza

con las manos llenas de sombra,

que aprende nombres ajenos

solo para habitarlos un instante,

y luego se repite como eco del mundo,

eco que proclama la sed

de una casa vacía,

justificando,

gritando:

que tú también,

que por qué tú no,

que algo te falta

y no sabes qué.

.

Deja que esa herida reconozca su hambre,

que ese deseo disfrazado de falta

salte de su espejo torcido

y deje de señalarte

como imagen incompleta.

.

Y dámela entera,

como quien ofrece un animal sagrado

y entrega su ofrenda

sin saber si es veneno

o si será salvación.

.

Y toma la cura,

que no será otra cosa

que entrar en el espejo

sin romperlo,

y dejar que la máscara del hambre

se vuelva semilla,

y que lo que era filo

se vuelva cauce.

.

Porque la envidia no muere

en el combate,

solo cuando la miras de frente

y no halla dónde sostenerse,

y no encuentra la mentira

que la alimenta.

.

Deja que nos mire

y nos distinga,

porque solo comienza a curarse

cuando abandona su guarida de sombra,

y se deja nombrar,

y se reconoce.

ANGY DEL TORO

El espectro del amante

Las noches se me habían vuelto cada vez más extrañas. Cuando el resto del mundo descansaba, yo no lo lograba. Se repetían las mismas incógnitas.

¿Por qué te has ido?

No era una pregunta racional. Era una grieta abierta entre los muros del silencio.

A veces, entre el sueño y la vigilia, se dibujaban sombras. O eso me decía a mí misma para no asustarme.

Una tarde, mientras corría por la gran avenida, un desconocido se me acercó.

—Señorita… perdone. He visto algo que… —se detuvo como si le costara continuar.

—He visto a mi amigo Julián junto a usted.

Enmudecí.

—¿De qué habla?

—Y eso es imposible —prosiguió—. Porque Julián está muerto.

El aire se volvió denso.

—Su presencia… o lo que usted provoca… me ha devuelto algo que creía enterrado. Permítame hablar con usted. Tal vez podamos entendernos.

Negué con la cabeza, pero su mirada no pedía permiso. Insistía.

—No sé de qué habla —respondí—. Pero últimamente no duermo bien. Tengo sueños extraños… presencias…

El desconocido no pareció sorprenderse.

—Entonces no es casualidad.

Aquella noche hablé con mi padre.

—Papá… hay alguien que dice cosas sobre mí. Y yo… yo también empiezo a ver algo extraño.

El silencio al otro lado del teléfono fue demasiado largo.

—No te involucres con esa gente —dijo al fin.

—¿Qué gente?

—No te preocupes… pero te ruego que no entres en ese mundo.

Esa noche soñé.

Mi padre estaba allí. No hablaba. Solo observaba.

Alguien, de espaldas, sostenía en su mano derecha una navaja.

Y frente a él, un joven caído sobre una alfombra que respladecía. Muy joven. Un sueño demasiado real.

Al despertar, sentí como si algo oprimiera mi pecho.

Regresé al mismo lugar donde había visto al desconocido. Lo busqué.

Me llevó hasta una calle: Lamparilla. El número no lo vi, estaba borroso.

El edificio parecía detenido en otra época. Subimos unas escaleras que crujían como si hablaran con el paso del tiempo.

Al final del pasillo, una puerta. Un cartel en letras rojas: CURANDERO.

Un hombre mayor abrió. Su mirada fue directa, sin sorpresa.

—Así que ha llegado —dijo.

—¿Quién es usted? —pregunté.

—No necesita cura —respondió—. Solo debe enfrentarse a una realidad.

El aire se sentía húmedo y frío.

—Pregunte a su padre.

Retrocedí.

La voz de mi padre volvió, esta vez dentro de mí: no entres ahí.

Pero ya era tarde. Una vez más, lo desobedecí.

Y por primera vez, no supe si estaba en un sueño… o en una de las investigaciones en las que mi padre se había implicado.

Continuará…

PEPA HERRERA

LA CABAÑA DEL CURANDERO

Acababa de levantarme. Me sentía como un trapo sucio y viejo, a punto de ser desechado. Estaba nublado. Menudo mes de mayo, hoy sol, mañana lluvia. ¡Estoy harta de la lluvia! Me duelen los huesos y se me riza el pelo. Qué horror. (Hablo del pelo).

Y es que, claro, me llamo María Dolores Rizo. Dolores por mi madre —pobrecita, siempre se estaba quejando— y Rizo por mi padre, que encima tenía el pelo liso tablón. Ya podía yo haber heredado, además de su apellido y sus deudas, el puñetero pelo que tenía y su salud de hierro. Pero no…

En mi pueblo hay un curandero. Sí, no me miréis mal. Es un hombre de mediana edad que heredó el don de curar de su madre. Qué manos tenía la señora. Esa gente no debería morirse nunca.

Bueno, pues Hermenegildo, el curandero, vive en una casita en mitad del bosque, como un ermitaño moderno, porque tiene wifi, placas solares y aire acondicionado. Y eso que solo pide la voluntad.

Yo me acerco cada dos por tres a verle. Ya sé que soy la más pesada del pueblo, pero es que, con ese nombre que me endiñaron, cuando no me duele una pierna, me duele un hombro, y si no, tengo un tapón en un oído que me deja tan tapia que no me dan trabajo ni en la ONCE.

El médico del pueblo me tiene vetada jajajaja. Sí, me río por no llorar. Qué casualidad que siempre que pido cita (por la aplicación, claro, porque si no me dan para dentro de tres meses), cuando llega el día… ¡toma ya! El señor se ha puesto malo, tiene una boda o, justamente ese día, hay huelga y no me atiende.

Menos mal que está Hermenegildo… un santo, el hombre, porque para aguantarme a mí ya se puede ser bueno jajajajaja.

En fin, que con la lluvia me he levantado con un dolor en el hombro que no puedo ni moverlo.

—Buenos días, María de todos los Dolores juntos… ¿qué te trae hoy por mi humilde morada?

—Calla, Hermenegildo, que para morada mi pierna… mira, parece una breva.

—A ver… déjame que te vea, doña exagerada.

—Tú ríete, pero a mí me duele al doblarla…

El curandero me hizo una imposición de manos y el dolor se esfumó como por arte de magia.

—Hale, ya está.

—¡Nooooo, qué va! También me duele el hombro… mira, si no puedo levantar el brazo desde hace días. Las paso canutas para ponerme y quitarme la ropa. Ayer tuve que pedirle ayuda al vecino para sacarme el puñetero vestido que se había quedado encajado. ¡Estuve a punto de coger las tijeras! Jajajajaj.

—A ver… calla un poco, hija, que no me dejas concentrarme… Esto huele bastante mal…

—¡Claro! Si ya te he dicho que no puedo levantar el brazo. ¡No puedo echarme desodorante y, con este calorcito… pues eso!

—Ya está… prueba a ver si ya lo mueves.

—¡Albricias, Hermenegildo! Me siento tan ágil que puedo ir a bailar a la discoteca del pueblo y elevar los brazos al son de la música tecno. ¡Qué pasada! ¡Eres un ángel!

—Anda, anda, no exageres… ¿Algo más, María de los Dolores?

—Sí… ¿se puede hacer algo con el tapón de mi oído? Cada día escucho menos. Ya me da vergüenza decir tanto “¿qué?” cada vez que me hablan… Parece que me miran mal…

—A ver, gira la cabeza… así… ¡Dios, si esto parece la lava de un volcán!

—¡Pues sácala toda, te lo ruego! Quiero escuchar a los mosquitos de noche para que no me piquen.

—Mira, ya está… te pongo la cera en una bolsita por si quieres hacerte una vela.

—¡Qué asco! ¡No! Puedes hacerla tú si quieres… O usarla para alguna pócima jajajaja

Hermenegildo se limpió las manos en un trapito y me miró con una sonrisa.

—Bueno, Dolores… ya puedes irte, que tengo una cita.

—¿Ah, sí? ¿Una cita? ¿Con quién?

—Mira que eres cotilla…

—Cotilla no, hombre, curiosa. Que una tiene derecho a saber qué se cuece por el bosque.

—Anda, vete a la peluquería antes de ir a casa.

—¿A la peluquería? ¿Y eso?

Me llevé la mano al pelo… y casi me da un síncope. Parecía una escarola recién regada, todo el cabello encrespado y levantado como si hubiera metido los dedos en un enchufe.

—¡Pero bueno! ¡Si parezco un arbusto en primavera!

—Pues eso, Dolores. Que te den un repasito, que hoy vienes con electricidad estática hasta en el alma.

Yo lo miré con media sonrisa, esa que me sale cuando estoy tramando algo.

—Pues cuando vaya, le diré a la peluquera que has quedado con su hermana.

Hermenegildo se quedó blanco.

—¿Cómo lo sabes?

—Ay, hijo… tú serás curandero —Me acerqué, le guiñé un ojo y rematé —…pero yo soy bruja.

Y me fui tan pancha, con mi melena‑escarola ondeando como si llevara un aura mágica alrededor. Eso sí… sin dolores…

SERGIO TELLEZ

ARDEDEROS

La puerta no tenía aldaba.

Se pegaba sola con la humedad, y había que empujarla con el hombro. Como empujan los pobres y los enfermos, o los que tienen las manos ocupadas. Y los que no quieren que se note que entran.

Doña Tere lanzó a Elisa adentro.

Elisa se sostuvo del marco. No cayó. Tenía diecinueve años y la blusa pegada al cuerpo por el sudor.

Adentro olía a hierba quemada y a pilón viejo.

Eusebia no se levantó. Seguía moliendo algo negro en la piedra. Plon. Plon. Plon.

—Mírela, doña Eusebia —dijo doña Tere—. Amaneció con calentura. Dice que quiere irse al río. Con el hijo del herrero. De ahí se cruza a Buena Vista y ya no vuelve.

Eusebia dejó de moler.

Nadie en Ardederos decía el arreglo en voz alta. Pero todos lo sabían: los jóvenes no se iban. No porque los amarraran. Porque la curandera se encargaba de que les diera fiebre, cansancio, miedo. Algo que los pegara a la tierra una semana más. Y otra. Y otra.

—Siéntela —dijo Eusebia.

Doña Tere empujó a Elisa hacia la banqueta.

Elisa se sentó. La tierra bajo los pies estaba fría.

Y la fiebre le subía por las piernas.

Eusebia dejó el pilón.

Puso dos dedos en la frente de Elisa. Caliente. Como siempre.

—Fiebre del monte —dijo.

Sacó delantal un frasco con agua turbia y le mojó las sienes. Olía a tierra mojada y ruda.

—Se va a quedar tres días en cama —dijo bajito, solo para Elisa—. Después se le olvida el río.

Elisa no respondió. La fiebre le mordía los ojos.

Eusebia guardó el frasco. Miró a doña Tere:

—Déjela aquí esta noche. Yo la cuido.

Doña Tere asintió. No preguntó más.

La puerta volvió a empujarse con el hombro al salir.

Y el pilón empezó otra vez, detrás.

Eusebia dejó el frasco sobre la banqueta. El agua turbia se movió despacio, como si tuviera memoria.

—Fiebre del monte —repitió—. No es mentira, niña.

Se arrodilló frente a Elisa. Por primera vez la miró a los ojos. Los de Eusebia tenían una nube blanca, vieja.

—Usted cree que allá afuera está Buena Vista. Luces, trabajo, el hijo del herrero esperándola.

Y sí está —dijo—. Pero el río no deja pasar a los que se van corriendo.

Doña Tere se quedó quieta. Eso no se decía.

Eusebia le tocó el pulso a Elisa. Rápido, desbocado.

—Yo también me fui una vez. Con diecinueve años. Con el mismo calor en el pecho.

Volví a los tres días. Sin zapatos. Sin nombre. El río me devolvió lo que sobraba.

Se levantó.

—Quédese tres días aquí. Si después todavía quiere irse, yo misma le abro el camino al río. Sin hierbas, sin fiebre.

El río decide si pasa.

Pero si se va hoy, el monte le cobra. Y no en dinero.

Elisa tragó. La fiebre no bajaba. Pero ahora tenía un nombre.

Eusebia recogió el pilón.

—Déjela aquí esta noche, Tere. El monte habla de noche.

*

El reloj de la iglesia no marcaba desde que se fue Mateo. Hace tres años. Nadie lo arregla. Dicen que si vuelve a sonar, se lleva otro.

En la plaza quedaban cinco casas con luz. Las demás eran sombras con ventanas tapadas.

Doña Lina barría la puerta de su tienda aunque no entraba nadie desde el martes. Cuando vio a don Rubén pasar, le dijo:

—¿Usted también va al salón?

—Voy —dijo él—. Hoy toca lista.

El “salón” era el cuarto de atrás de la alcaldía. No tenía letrero. Solo tres candados y un olor a café quemado.

Dentro había una mesa larga. Doña Tere, don Camilo, el padre Anselmo, don Rubén, doña Lina y el maestro viejo. Seis en total.

Se llamaban a sí mismos “Los que se quedan”. No tenía acta, no tenía estatutos. Solo tenían miedo de que Ardederos se quedara sin voz.

Sobre la mesa: una libreta vieja. En cada página, un nombre. Una fecha. Una raya roja si no volvió.

Doña Tere abrió en la página de Elisa. No había raya roja. Todavía.

—El muchacho del herrero se fue al río —dijo—. Habló con el de Buena Vista.

—Otro más —dijo el padre Anselmo—. Y nosotros sin nada que ofrecerles.

—Ofrecemos que no se mueran —dijo don Camilo bajito.

Nadie respondió. Afuera, el viento movió una puerta suelta. Sonó como alguien llamando.

Doña Tere cerró la libreta.

—Mañana temprano voy a ver a Eusebia. Si la fiebre le bajó a la niña, hay que hablar con ella.

Si no le bajó, es porque el monte ya la eligió. Y entonces nosotros nos quedamos con uno menos.

En las paredes, las fotos de los que se fueron miraban sin parpadear.

Ardederos se hacía más chico cada vez que alguien cerraba una maleta.

*

El cementerio estaba dentro del pueblo. No había barda. Solo cruces de madera podridas y nombres que ya no se leían.

Elisa caminaba detrás de Eusebia. La fiebre le había bajado, pero le quedaba un frío bajo la piel.

—¿A dónde vamos? —preguntó Elisa.

—A que hable con ellos —dijo Eusebia.

Se detuvo frente a una cruz sin nombre. Puso una ramita de ruda.

—Aquí está Mateo —dijo.

—Mateo se fue a Buena Vista —dijo Elisa.

—Se fue —dijo Eusebia—. Pero volvió. No todo vuelve entero.

El viento pasó por las cruces. Sonó como nombres.

Eusebia la miró.

—¿Usted oye, verdad?

—Oigo el río —dijo Elisa.

—También eso —dijo Eusebia—. Pero yo decía los otros.

No dijo más. Siguió caminando. Y Elisa se dio cuenta de que las cruces que pasaban tenían fecha de este año.

En Ardederos las fechas se borraban rápido.

No porque lloviera mucho, sino porque aquí el tiempo no tenía ganas de quedarse.

Una cruz decía “este año”. La de al lado decía lo mismo.

*

La puerta no se empujó sola esta vez.

Doña Tere la abrió con el hombro. Traía un frasco de café frío.

Adentro, Eusebia no molía. Estaba sentada frente a la banqueta donde dormía Elisa. La niña respiraba hondo, como duermen los que no tienen sueños.

—¿Sigue con fiebre? —preguntó doña Tere.

—Ya no —dijo Eusebia—. Ahora tiene frío.

Doña Tere dejó el frasco en el suelo. No se sentó.

—Vengo por lo de siempre —dijo.

—Ya sé —dijo Eusebia.

—Todavía —dijo doña Tere.

El silencio duró lo que tarda una vela en inclinarse.

—¿La deja ir mañana? —preguntó doña Tere.

—Mañana no —dijo Eusebia—. Mañana le toca oír el río.

—Y si oye y se quiere ir igual?

—Entonces le abro el camino yo —dijo Eusebia—. Sin hierbas. Sin fiebre.

El río decide si pasas.

Doña Tere la miró por primera vez a los ojos. La nube blanca no se movía.

—¿Y si no vuelve? —preguntó.

—Si no vuelve, es porque no era de aquí —dijo Eusebia.

Se levantó. El pilón sonó una vez, seco.

—Váyase, Tere. El monte habla de noche. Y esta noche habla de ella.

Doña Tere salió como entró: empujando la puerta con el hombro.

Afuera, los perros no ladraron.

*

La puerta se cerró.

Adentro quedó solo el pilón. Afuera, el frío subía del suelo.

Elisa se acostó en la banqueta con la blusa pegada por el sudor seco. La fiebre ya no le quemaba, pero le dejó un temblor chico en las manos.

Eusebia molió un rato. Luego el sonido paró. Y el silencio que quedó era más grande que la cabaña.

Elisa miró la grieta de la lámina. Por ahí entraba una línea de luna.

Y con la luna entró el río.

No sonaba como agua. Sonaba como gente hablando bajo. Nombres. El suyo también estaba ahí, deformado: _Eli-sa, Eli-sa_, como si lo pronunciara alguien sin dientes.

Se sentó. El frío de la tierra le llegaba a las rodillas.

Afuera, Eusebia estaba de pie en el patio, con la cara hacia las cruces.

No hablaba. Movía los labios. Y las cruces le respondían con un susurro que venía de abajo.

Elisa quiso cerrar los ojos. No pudo.

Una sombra se despegó de las demás. Tenía la estatura del hijo del herrero. Pero la cara no se le veía. Era como mirar a través del agua.

La sombra levantó la mano. No para saludar. Para señalar el río.

Elisa entendió: no era una invitación. Era una advertencia.

Detrás de ella, Eusebia habló sin voltear.

—Ya oyó, ¿verdad?

—Sí —dijo Elisa. La voz le salió ronca.

—El monte no guarda a los vivos —dijo Eusebia—. Guarda lo que no se fue a tiempo.

El gallo cantó. Pero no era de mañana. Era de hace tres años. El mismo gallo que se murió cuando se fue Mateo.

Eusebia entró. Cerró la puerta con el hombro.

—Duérmase, niña. Mañana le toca decidir.

Elisa se quedó mirando la puerta. Por fuera, los pasos ya no estaban.

Pero el río seguía diciendo nombres.

*

Elisa salió sin decir nada. Eusebia no la detuvo.

Doña Tere esperaba con un atado de tortillas.

—Si te arrepientes, aquí estamos —dijo.

Elisa asintió. Cruzó el puente.

El agua no sonó.

A mitad del río volteó. Ardederos estaba quieto. Las cinco casas sin luz.

Eusebia cerró la puerta con el hombro.

Elisa siguió caminando.

*

Diez años después, la puerta del salón estaba abierta.

La mesa, la libreta, el polvo.

*Elisa Méndez. 19 de abril.*

Raya roja de arriba a abajo.

No había más nombres.

En la plaza, la ropa en los alambres se había hecho polvo. El reloj de la iglesia seguía sin marcar.

En el cementerio, todas las cruces decían: _este año_.

El viento pasó la página.

*Tere Mendoza.*

Debajo: _Se quedó sola._

El salón se quedó en silencio.

Afuera, el río seguía hablando bajo.

Pero ya no decía nombres.

Solo decía Ardederos.

Y cada vez más bajo.

MARIO NÚÑEZ

Es el guardián bajo siete llaves de todos los secretos familiares de la comarca.

No más de doscientas personas acá, familiares y gente que conoce su fama, que ha trascendido el terruño, y que intentan acercarse al curandero en busca de sus buenos oficios, mágicos para casi todos.

Pero el curandero sabe que la única magia ocurre en la imaginación y en el alma de las gentes; cuando sus conocimientos y espíritu sanan, se amplían horizontes, surgen respuestas y caminos nunca antes vistos.

En vano han intentado competir con su influencia los políticos locales y foráneos, jueces, curas, médicos, farmacéuticos, maestras y hasta algún que otro psicólogo que intentó atribuir a las explicaciones de un fulano Freud y a un tal inconsciente lleno de deseos perveersos, los fenómenos sobrenaturales que precedían al nombre del curandero, lo que costó al hombre del diván su descrédito y destierro per sécula seculorum, por los habitantes de la comarca.

Nadie es tan influyente como este ermitaño en su casa de adobe y ramas secas, sobre la tierra seca de la estepa, que se convierte en escarcha en el invierno, pero jamás atenaza la sencilla choza del curandero. Todos saben que el brujo sabe cómo curar del viento, el polvo, el frío y el calor.

Nadie sabe su nombre, su edad, su origen, ni siquiera su idioma original, por el dialecto y acento que deforman sus expresiones en sus escasas frases.

Rodean la choza, momias resecas de lagartos, tapichís de ovejas, perros, gatos, vacas, yeguas y cabras, tarántulas y cuervos, garzas y murciélagos, de bagres y sapos cururú. También ramas con flores y hojas secas, líquenes, piedras y arenas de colores y cristales, todos enristrados en postes rústicos formando un cerco eterno alrededor del rancho. Dentro del modesto cobertizo, bolsas de yute, con polvos olorosos a canela, azufre, anís, menta, romero, ajo y frascos con tapones de madera conteniendo ricino, aceite de hongos, aguas de difuntos, aguas bendecidas y más.

Un camino de piedras blancas, rojas, negras y verdes custodian el camino de acceso al cerco de momias y despojos de seres antes vivos, anticipando a los visitantes de la finitud de la vida, y de la infinitud del poder de la naturaleza que estuvo antes, está ahora y despedirá a cada uno y a sus descendientes.

No existe en la región poblador común o autoridad que no le haya consultado en público o en secreto.

Los que requieren sus servicios conforman en realidad una red invisible de sus protagonistas, que sostiene el equilibrio, la armonía, la protección del poblado disperso por el páramo circundante.

El clérigo de la pobre y concurrida parroquia se había mostrado más estricto y severo en sus sermones durante el último año, a pesar de que el índice de pecados locales seguía siendo el tolerable; era especialmente autoritario y severo con la catequista, de modo que las reprimendas eclesiásticas iban creciendo, en la misma proporción que la panza de la religiosa laica.

Sucedió incluso hasta después del nacimiento de un pequeño, enfermo de religión y de piernas en arco, para cuando a su madre soltera le había sido impuesto voto de silencio y compostura laicos a la acerca del amorío fecundo y desconocido que preñó a la pobre madre catequista, temerosa de la ira de Dios por intermedio del asotanado.

Un día el curandero convocó a párroco y catequista a visitarle después del atardecer, para tratar asuntos urgentes de su incumbencia.

Una silla junto a la pared de adobe para la mujer y su vástago, unos pases sacrílegos del brujo, verbos extraños pero potentes y comprensibles, polvos de ceniza y estiércol seco, soplados en el rostro clerical y esparcido como aureola por ramas secas en todo el cuerpo con sotana, iluminaron al hombre santo, que aflojó su rictus, dejó de pensar en sacrilegios, se puso de pie y abandonó el recinto caminando muy por delante de la madre y su hijo.

El cura se llamó a silencio; no hubo misas por seis semanas ni nadie vio partir al clérigo, que se había comunicado con la Santa Sede solicitando su dispensa y traslado inmediato.

Algunos sospechan, aunque nadie sabe por qué el hijo de la catequista y de un milagro divino, tuvo su tratamiento y sanación de unos males de nacimiento, costeado por un potentado donante anónimo que se encargó además de su alimentación, vivienda, vestimenta y estudios universitarios durante los próximos veinte años.

El cura de la parroquia se negó a revelar ni siquiera de forma epistolar, el origen de la magnificencia inesperada que restauró las oportunidades del nacido bastardo.

El más reciente de alto rango, fue el alcalde regional, hombre mañoso y encantador de incautos y serpientes con su labia florida. Se sabía en riesgo de perder su suculento puesto después de décadas de ostentarlo, habido por las buenas y por las otras. El astuto pidió al curandero una pócima o conjuro que le asegurara la continuidad en el desvencijado sillón comunal. Propuso, además, que la solución mágica del curandero incluyera desvanecer la candidatura de doña Emilia, mujer sencilla, madre y costurera, que decía estar dispuesta a eliminar las injusticias, los trámites inexplicables y los impuestos asfixiantes que pagaban los pobladores menos privilegiados de la zona.

El brujo asintió con la cabeza, murmuró “la voluntad de la mama coyota se cumpla”, mezcló polvos, sonidos guturales, viento y lluvia, agitó al lagarto muerto por la cola. Dijo un solo laudo, una vez que el alcalde hubiera depositado un fajo generoso de dinero en la fuente de la mesa.

“Tienes suerte echada tras tu espalda. Emilia la justicia sabe. Conoce de dineros que estaban en los cofres vacíos, sabe de secretaria amante desde antes de maridarte. Sabe de fincas que había municipales, y ahora hay tuyas, de amante y de sus padres suyos y hermanos. Emilia sabe de papeles que muestran bancos, carruajes, lujos que pagaron los impuestos y llevan ya tu apelativo. Solo tienes salvación una, sigue luna, que sol no te encuentre cerca, o saldarás en pequeña, oscura y enjaulada vivienda que nunca haigas conocido”.

El pueblo amaneció sin alcalde, como si nunca hubiera existido. Despacho vacío y pulpero ordenado a no traer el periódico durante un mes.

Si las noticias hubieran llegado, volverían a ver al alcalde huido, custodiado por dos hombretones en uniforme, frente a una Juez en la capital, mientras un furgón cerrado le esperaba fuera del lugar.

CESAR TORO

El curandero.

El brujo de la Colina

Así se hacía llamar el curandero del pueblo que no se atrevía a rebelar su identidad, pues temía que le hicieran una brujería si conocían su verdadero nombre.

Durante años ha recetado pócimas, curado el susto, mal de ojo, culebrilla y todo tipo de maleficios que le traen para que resuelva; aunque también atiende, entuertos de familias, infidelidades y demás oprobios inherentes al oficio.

Con la llegada de nuevas tecnologías y los cambios drásticos en la sociedad actual, el brujo ha visto menguar su clientela a pesar de poseer una bola de cristal, la baraja española, el cuadro de la Gioconda, una serpiente macerada en alcohol y unos cuantos habanos cohíba que le llegan desde el Caribe.

Por tal motivo le ordenó a Ilusa su secretaria, por favor vaya hasta la ciudad y haga un curso de actualización en redes sociales y ese tipo de inventos a fin de recuperar su menguada clientela que ya no cree en sus pócimas ni predicciones.

Después de un tiempo, Ilusa regresó con buenas noticias, le dijo que había aprendido muchas cosas que de seguro le iban ayudar a recuperar la clientela.

Entre ellas el manejo de la computadora las cámaras y demás técnicas útiles para sus labores, también ha realizado un curso de persuasión y relaciones humanas.

Ilusa se instalo en una pequeña oficina antes del despacho del brujo ahí armo todo la estructura necesaria para su nuevo rol.

Cuando llegaba un cliente Ilusa lo interrogaba sutilmente sobre el motivo de su visita además realizaba varias preguntas a cerca de su situación económica, sentimental o de otra índole, mientras el brujo escuchaba todo atentamente a través de los equipos instalados con anterioridad. Luego del interrogatorio el cliente era trasladado a la oficina del brujo quien como es de suponer adivinaba todo o casi todo.

Desde entonces el negocio mejoro notablemente la bola de cristal es un adorno más en el escritorio del brujo, los cohíba se terminaron, solo la Gioconda observa desde la pared, como día a día desfilan un sinnúmero de incautos, esperando resolver algún entuerto o buscando una receta para la buena suerte y la felicidad.

Doña Etelmira a vuelto a ganar en el casino, don Mardoqueo consiguió que regresara su media naranja, y la Clotilde ha logrado que los vecinos le desocupen el piso y paguen el alquiler.

Ilusa está muy contenta ya que, es la encargada de las finanzas, puesto que, el brujo no toca ese sucio dinero, él lo gasta…

César Toro.

L’IDIOT

El curandero.

Dios los crea… pero no siempre es el diablo quien los junta. A veces es el mismo Dios, con toda su misericordia silenciosa.

Allí estábamos, sentados en el borde de la piscina con los pies sumergidos en el agua tibia, conversando de lo que hablan los emigrantes cuando recién se conocen. ¿De dónde eres? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Dónde trabajas? Preguntas pequeñas para llenar el hueco enorme de lo que se dejó atrás.

Los tres éramos de Cuba, de Santiago: reparto Santa Bárbara, Chicharrones y Caletón.

—¿Caletón?

Pregunté sin ton ni razón. Son cosas que me pasan y no encuentro explicación. No solo pregunto, sino que mi boca se divorcia de mi cerebro y comienza a emitir palabras sin pensar, como si algo dentro de mí supiera lo que yo todavía ignoro.

—De allá era el curandero.

—¿Curandero? —preguntó el de Chicharrones—. ¿En el siglo XXI?

—Mi abuela me contaba de él. No había plata para médicos y curaba cualquier cosa. Además, también me contó…

Hice una pausa. Unas lágrimas se esforzaban por escaparse de mis ojos. No sabía si lloraba por mi abuela, ya muerta, o por mi soledad en un país que nunca termina de recibirme.

Bajando la voz, como cuando se conspira y se teme que oídos traidores escuchen lo que no deben, agregué:

—Me contó que la curó del asma. Que el tipo curaba con hierbas, rezos y palabras mágicas que ya nadie recuerda.

—¡Qué ignorancia! —interrumpió el de Chicharrones.

—Y lo más interesante —continué, porque noté la atención y el brillo extraño en los ojos del de Caletón, el tipo no usaba transporte. Tú ibas a su casa, le hablabas del enfermo. Él te hacía unas preguntas, te decía que te fueras, que se iba a preparar, que luego estaría allí… Mentira. Cuando llegabas donde el enfermo, ya él estaba. No importaba el medio de transporte que usaras. Él siempre llegaba primero.

—¡Cuentos de viejo! —dijo otra vez el de Chicharrones, y se tiró al agua.

Las gotas que me salpicaron la cara me devolvieron al motivo real de las lágrimas. Eran por mi abuela difunta. Por mi soledad en un país que no es el mío. Por el dinero que nunca alcanza. Y por mi esposa enferma, que me espera al otro lado de treinta y dos escalones que cada día pesan más.

—¿Qué tiene?

—¿Quién?

—Tu esposa.

—Cáncer de tiroides.

Dije bajando la vista al agua oscura.

—Qué falta me hace aquí mi abuela, para que me llevara donde el curandero de Caletón.

Hubo un silencio largo, pesado. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que nunca había mencionado que estaba casado. ¿Cómo es que…?

—Hay cosas que ni se preguntan —dijo él, con una calma que me inquietó.

Volvió el de Chicharrones y me pidió una cerveza. Yo no soportaba más ese peso invisible sobre el pecho. Me despedí, casi sin palabras, y subí los treinta y dos peldaños de la escalera. Mi apartamento era el primero a la izquierda.

Al llegar, me detuve en seco.

Mi esposa estaba en la puerta, conversando. Sonreía. Era la misma sonrisa que me enamoró, la que el cáncer le había ido borrando con paciencia y sin piedad. Y allí estaba, devuelta, luminosa.

Junto a ella, despidiéndose con una inclinación leve de cabeza, estaba el de Caletón.

BLANCA CERRUTI

NIYANGO EL CURANDERO

La cabaña del curandero parecía haber estado siempre allí y que fue el bosque el que surgió a su alrededor para protegerla. Verla sobrecoge, pero no inspira miedo. No es extraña, sin embargo, tiene algo que se siente al acercarse. Esta cubierta de una extraña hiedra que apenas deja ver una ventana y la puerta. Del alero cuelgan pequeños amuletos que el viento hace bailar.

Todo el pueblo conoce a Niyango el curandero y acude a él para aliviar sus males, pero han de ir al atardecer, cuando el sol se va escondiendo detrás de la montaña.

No pide ni la voluntad, pero los vecinos, agradecidos, vuelven y le entregan productos de sus animales o de sus huertos y el curandero no necesita nada más para vivir.

Aquel atardecer de otoño, sin embargo, la mujer que llega ante su cabaña no tiene fiebre ni tos ni heridas visibles. Niyango abre antes de que ella llame a la puerta; siempre los presiente.

El curandero no impone, pero sí llama la atención con su túnica de un color indefinido y el cabello gris que le llega hasta los hombros como un manto de ceniza.

La mujer cruza el umbral despacio, algo temerosa. El interior de la cabaña huele a hierbas y a madera seca. Las estanterías, adosadas a las paredes, están repletas de frascos. Algunos contienen raíces retorcidas; otros, polvos de colores imposibles.

Niyango observa a la mujer en silencio mientras ella permanece de pie.

—¿Qué te duele? —pregunta al fin.

Ella se retuerce las manos y tarda en responder.

—El corazón —susurra al fin.

El curandero se sorprende por la respuesta, pero no dice nada.

La mujer continúa hablando.

—Desde que mi hijo murió ya no sé vivir. Todo sigue adelante, pero mi vida se paró.

La confesión de la mujer queda como suspendida en el aire…

Por primera vez en muchos años el curandero no responde enseguida. Luego le pide que le tienda las manos. Ella lo hace. Niyango las toma y cierra los ojos unos instantes. Luego las suelta y se vuelve hacia las estanterías. Recorre los frascos con el dedo y elige uno. Contiene un polvo plateado en movimiento.

—Escúchame bien —dice entregándoselo a la mujer—. Si en un momento la melancolía es intensa abre el frasco unos segundos y recuerda un momento hermoso que viviste con tu hijo.

—¿Qué contiene? —pregunta la mujer.

—Algo que te hará volver a vivir momentos pasados con él. La pena no desaparecerá, pero te ayudará a seguir adelante sin romperte.

La mujer emprende el camino de regreso mientras la noche se cierra sobre el bosque. Camina abrazando el pequeño frasco contra el pecho como si sostuviera a su hijo de bebé.

Cuando llega a casa, el silencio vuelve a caer sobre ella como cada noche. Se dirige a la habitación de su hijo donde todo permanece igual.

La mujer siente el peso insoportable de la ausencia creciendo otra vez en su interior. Entonces recuerda el frasco que aún aprieta contra el pecho.

Se sienta en la cama y, con dedos temblorosos, retira el tapón; un suave aroma se expande, la habitación desaparece y se encuentra en el salón celebrando un cumpleaños con su hijo.

—¿Te gusta el regalo? —pregunta la madre.

—¡Ya lo creo! Tenía muchas ganas de tener una bici de montaña, mamá.

—Ahora sopla las velas y pide un deseo —dice la madre.

Cuando las velas se apagan, la madre vuelve a la realidad.

Algo ha cambiado dentro de ella. Ya no experimenta la melancolía que la tenía hundida. Ahora siente una nostalgia serena porque sabe que podrá volver a vivir momentos especiales que vivió con su hijo gracias al aroma que desprende el frasco que le entregó el curandero. Coloca el frasquito sobre la mesilla y sale de la habitación.

«Tengo que pensar en cómo agradecer al curandero el bien que me ha hecho», piensa mientras cierra con cuidado la puerta de la habitación, como si en ella estuviera durmiendo su hijo y temiera despertarlo.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Los viernes por la noche, en esta casa, son sagrados. Mi Paco llega oliendo a gasoil, a carretera y a fritanga de área de servicio, se ducha como si quisiera arrancarse de encima media península, y luego nos sentamos a cenar tranquilamente mientras le doy el parte familiar semanal entre plato y plato, me escucha sin decir nada y luego ya relajados saco el postre y él me cuenta las anécdotas más destacables de sus viajes de la semana. Que si un guardia civil con cara de estreñido en Despeñaperros, que si un francés intentando adelantar con una caravana del tamaño de Cuenca, que si un compañero se dejó el tacógrafo encima del techo y salió volando en Murcia.

Pero lo del viernes pasado vaya si tiene chicha.

Yo había hecho sus natillas de chocolate favoritas porque el hombre venía reventado de descargar en Badajoz, y cuando iba a coger la primera cucharada, vi esa sonrisita torcida que se le pone cuando trae una anécdota gorda.

—Verás tú la fauna que hay suelta —dijo, cargando la cuchara—. ayer conocí al curandero más bestia de Andalucía.

Y claro, yo ya me acomodé en la silla.

—Cuenta, cuenta.

Paco había ido a cargar un contenedor en un polígono perdido de Almería. Según me dijo, el cliente vendía “productos terapéuticos y artículos de bienestar”. Que ya de entrada suena a mentira fina, como cuando los bancos dicen “gestión personalizada” y luego te sablean.

—Llego allí —me decía— y veo una nave con un cartel enorme que ponía: “DON EZEQUIEL, SANADOR NATURAL Y HOLÍSTICO”. Holístico, María. Que eso no sé ni qué coño es.

—Algún modernismo de esos —le dije yo.

—Moderno mis narices. Salió un tío con una bata blanca abierta hasta el ombligo, una cadena de oro como para amarrar un barco y unas sandalias con calcetines negros. Un espectáculo.

Por lo visto, Don Ezequiel hablaba como si estuviera vendiendo melones en el mercadillo. Nada más ver el camión, abrió los brazos.

—¡Hombre, el transportista! ¡Aquí llevamos salud para España entera!

Paco me imitaba la voz tan bien que casi escupo las natillas.

Empezaron a cargar cajas y el hombre iba enseñándole mercancía como si fueran tesoros sagrados.

—Esto de aquí —le dijo levantando una bolsa de semillas— es lino bendecido. Mano de santo para el estreñimiento. Te comes dos cucharadas y cagas una cuerda de alpinista.

Yo ya estaba llorando de risa.

—Luego me enseña unas esterillas de yoga —seguía mi Paco— y me suelta: “Esto alinea los chacras y la columna”. Y le digo: “Pues mi cuñado durmió una vez en una colchoneta y se levantó cojo”. Ni se inmutó.

Pero lo mejor vino después.

En una esquina había unas cajas sin etiquetar, bien precintadas. Paco, que lleva casi treinta años cargando cosas, ya sabe cuándo un paquete trae misterio.

—¿Y esto qué es? —preguntó.

Y el otro, bajando la voz como un mafioso:

—Herramientas terapéuticas femeninas.

—¿Qué narices significa eso?

—Pues consoladores, Manolo.

—¡Paco!

—Bueno, Paco. Me llamó Manolo tres veces más y ya pasé de corregirle.

Según me contó, el curandero abrió una caja y empezó a sacar cacharros de silicona de colores como quien enseña embutidos artesanos.

—Mira este morado. Vibración cuántica.

—¿Cuántica?

—Eso dijo. Y añadió: “Esto le coloca a una señora los órganos mejor que un fisioterapeuta chino”.

Yo tuve que dejar la cuchara.

—¡No puedo más!

—Espera, espera —decía mi Paco riéndose también—. Saca luego uno enorme, color carne, y me dice: “Este es para desbloquear energías retenidas”. Y le digo: “Pues como se descuide le desbloquea también la cadera”.

Don Ezequiel, lejos de ofenderse, parecía encantado.

—¡Exacto! ¡Tú entiendes la medicina ancestral!

Claro, el problema fue cuando apareció un mozo nuevo para ayudar a cargar. Un chaval flacucho, con cara de opositor triste, que no sabía dónde meterse mientras el curandero daba conferencias.

Porque el tío seguía.

Les enseñó unas piedras calientes “para atraer fertilidad”, unas cucharas de madera “contra las malas vibraciones del colon” y hasta unas pinzas de tender.

—¿Pinzas? —pregunté yo.

—Sí. Decía que puestas en ciertos puntos estimulaban la circulación.

—Madre del amor hermoso.

—Y espérate. En un momento coge un plumero rosa.

—No.

—Sí. Y dice muy serio: “Esto es para terapias sensitivas”. El muchacho se puso rojo como un tomate. Y el curandero va y añade: “A algunas clientas les cambia el humor en cinco minutos”.

Yo ya no podía ni respirar.

Pero según Paco, lo más divertido fue cuando llegó el momento de firmar los papeles. Don Ezequiel sacó una carpeta llena de pegatinas de budas y empezó a advertirle:

—Ten cuidado con la mercancía, que aquí llevas mucha energía concentrada.

—Sí, claro.

—Sobre todo la caja 14.

—¿Qué pasa con la caja 14?

Y el otro, muy serio:

—Ahí van los aparatos premium. Como se enciendan solos en el viaje, te vibrarán hasta los espejos del camión.

Yo me atraganté de la risa.

—¡No te creo!

—Te lo juro por la ITV.

Resulta que, durante el trayecto hacia Badajoz, cada vez que cogía un bache, sonaba un zumbido raro detrás.

Bzzzzzzzz.

Bzzzzzz.

Paco pensó primero que era una rueda, luego el motor auxiliar, luego una avería eléctrica. Paró en una gasolinera cerca de Granada, abrió el contenedor un momento y aquello parecía un enjambre de abejas cachondas.

—¿Y qué hiciste?

—Cerrar muy rápido, María. Que apareció otro camionero mirando y no estaba yo para explicaciones.

Lo mejor fue el final, me dice.

Cuando esta mañana llego para entregar la carga en Badajoz, la encargada del almacén preguntó si había habido alguna incidencia.

Y ya harto, respondo:

—Pues mire, señora, el cargamento viene muy contento.

Dice que la mujer tardó un poco en entenderlo y luego casi se cae encima de una transpaleta de la risa.

Terminó las natillas y se quedó mirándome con esa cara cansada que pone después de tantos kilómetros.

—Te digo una cosa —sentenció—. En este país hay gente muy rara.

Yo recogí los platos todavía riéndome.

—Sí, Paco. Pero gracias a ellos tú vuelves a casa con historias mejores que la televisión.

CARMEN BERJANO

El curandero

Ella sufría una extraña tendencia al ostracismo. Apenas salía de su cuarto. No había cumplido veinte años pero por momentos sentía que estaba cansada de vivir.

Una tarde que parecía absurda empezó a jugar on line y allí estaba él sin parar de matar y decir barbaridades.

Entre tanta barbarie y desvarío le abrió privado y le preguntó si siempre era tan tímida.

Ella se ruborizó y le contestó que sólo algunos días. Estuvieron hablando hasta las tres de la mañana a pesar de ser domingo y tener ambos clase al día siguiente. Día a día ella fue confiando en él y, de su mano, él en ella.

Sólo les separaban ochocientos kilómetros.

Y decidieron que tras siete meses de juegos y videollamadas diarias tocaba abrazo ya.

Ella se atrevió a viajar en tren y luego en AVE y luego en cercanías. Él la estaba esperando en el arcén. Se abrazaron y ella se quedó prendida como un koala.

Ese amor respetuoso pero gamberro obró el milagro y a día de hoy podemos decir que él fue el curandero. Porque siguen. Se ven en cada puente y en vacaciones y cada tarde sigue la rutina de la videollamada.

La ostra se abrió y ya no se volvió a cerrar.

Carmen Berjano

MAITE BILBAO

ZUMBIDO DIGITAL

Ficho a las siete y cincuenta de la mañana. Debo veinte minutos. El visor de la máquina parpadea con mi primera deuda del día; la empresa siempre gana. Cruzo la puerta y el sol se acaba bajo los fluorescentes. La oficina ya funciona a pleno rendimiento; las teclas chasquean al unísono y el aire sabe a plástico y café requemado. Avanzo por el pasillo. El estómago se me retuerce al pensar en las cartas de la cocina, pero esto ya es una procesión de almas. Marta me busca con la mirada, tensa, con el cuello encogido; implora aire sin soltar el teléfono. Le dedico una sonrisa, un cable a tierra. Ella relaja la postura con un suspiro. El argentino me levanta el puño como si viera arribar a un náufrago al bote. Mi gente.

Me acoplo en mi metro cuadrado y me encasqueto la diadema. Al fondo de la sala, tras el cristal de su despacho elevado, el supervisor vigila el ruedo; me observa fijamente y señala el reloj. Le hago un cabeceo y arranco el sistema. En lo que el sistema arranca, abro la ventana pirata del grupo de wasap donde sostenemos la cordura del turno. Escribo: «Al lío, equipo. Que el supervisor no tenga excusas hoy. Primera ronda de café a mi cuenta». Sé bien lo que cuesta respirar aquí dentro. Las respuestas tardan tres segundos en llover en un saludo conjunto: emoticonos de ataúdes, aplausos y un meme del argentino en el que aparezco con un halo de neón. Un pitido me taladra la oreja. Luz verde. Números rojos. Al otro lado, una respiración precede a la tormenta. Descuelgo con la cantinela automática, pero el primer cliente me corta en seco:

—Mire, no me cuente milongas. No voy a pagar un duro porque esa factura está mal emitida y su empresa es una estafa.

Le doy un sorbo al café frío. Apoyo la espalda en el respaldo, aflojo la tensión.

—Don Julián, buenos días. Los dos sabemos que consumió el servicio en febrero. Si paga ahora, le quito el recargo. Si no, pasará a formar parte de la lista de morosos. Usted verá.

Tres segundos de silencio. Una lija en la garganta de Julián al otro lado:

—¿Aceptas tarjeta?

Dos minutos de clic, clic, clic. Marcador a cero y a por otra. Me paso la mano por la nuca; la diadema me ha dejado la oreja encendida y me zumba el cable. La siguiente es un fracaso rápido; un bufido y un corte seco. Algo me para; un parpadeo ámbar salta en el chat.

Marta: «Juan, socorro. Cliente desahuciado en la línea tres. Se me muere la venta». Dedos al teclado: «Dile que le mantienes el precio del año pasado y que tú misma le gestionas la baja de la otra compañía. Cierra ya». Tres segundos después, Marta me mira por encima de los monitores y me lanza un beso con la punta de los dedos. Salvada.

Entra la siguiente. En el visor: Manuel, ochenta y dos años, deuda de cuatro cifras. Es el mismo importe que me asfixia a mí cada mes. Conozco ese pánico.

—¿Hola? ¿Hijo? Me llegó una carta… Yo no entiendo esto, de verdad. No contraté nada.

Un hilo de voz y un silbido en el pecho. El dedo se me queda flotando sobre el ratón. El supervisor baja de la tarima con la vista fija en mi monitor; el protocolo exige colgar a los tres minutos. El contador pasa a amarillo y Manuel sigue con su charla despacio, expone los céntimos de su jubilación. Abro el chat, busco al argentino: «¡Mal de ojo! Manuel agoniza y el sargento encima. Sácame al jefe de la chepa». A mi izquierda, un puñetazo seco contra la mesa hace saltar los bolígrafos. El argentino se pone de pie de un salto, le hace señas al supervisor con un conector suelto en la mano y señala el monitor:

—¡Che, se cayó el servidor de cobros! ¡Venga acá que esto se congeló!

El supervisor se desvía. El eco de sus zapatos se aleja hacia la fila del argentino. Suelto el ratón. Acerco el micrófono a los labios y el murmullo de la sala queda en segundo plano. Escucho la respiración entrecortada del anciano. Hablo despacio, con un tono pausado que la empresa penaliza en las auditorías:

—Tranquilo, Manuel. Suelte el aire. Cuéntemelo todo desde el principio, tenemos tiempo. Vamos a arreglar esto juntos.

El silbido cesa y el ritmo baja. Siento el cuerpo flojo. Dos clics limpios desvían su ficha al buzón de errores. El tiempo en mi monitor se detiene y le anulo el cobro automático. Salvado en el último segundo. Uff. La ventana pirata enmudece. Los dedos se congelan sobre las teclas. Sé que mis compañeros me miran de reojo por encima de los monitores.

De golpe, la pantalla se tiñe de rojo: «PAUSA 25 MINUTOS». El suelo vibra con el retroceso de todas las sillas a la vez. Nos quitamos las diademas como quien se despoja de un traje de buzo y salimos a la calle. Damos la vuelta a la esquina. Nos apoyamos en la barra metálica del bar. El camarero sirve tres tazas de café de loza gruesa. El argentino empuja la mía con un guiño:

—Te la jugaste con el abuelo, Juancho. El jefe casi te pilla el truco.

Marta bebe un sorbo largo, me mira de frente y asiente en silencio. No hace falta decir más. Volvemos al búnker con el estómago caliente y el paso rápido. Nadie nos va a dar una medalla, pero la primera mitad del día ya está cobrada.

Las tres últimas horas pasan entre el piloto automático y las bromas en el grupo oculto. A las seis en punto, las diademas vuelven a caer. El equipo se levanta en desbandada, pero el supervisor me frena con una mano sobre el brazo:

—Juan, el tiempo en rojo de esta mañana. Te faltan veinte minutos para cerrar el cupo.

Marta y el argentino me miran al pasar por el pasillo. Hago un gesto mudo, me acomodo frente al panel vacío y me como el castigo en una oficina que se va quedando a oscuras.

Llego a casa. Dejo las cartas de la luz sobre la mesa, boca abajo. Me acomodo en el sofá a oscuras, con la espalda dolorida. El móvil ilumina el techo desde el bolsillo. Es un audio del argentino: «Mañana te pago el café, hermano. Gran quite». Luego entra una foto de Marta en su terraza. Sonrío en la penumbra. Desbloqueo la pantalla y respondo al grupo: «Descansad. Mañana nos vemos a las siete y cincuenta».

20 de mayo de 2026

LILIANA GIANNINI

Doble consulta

-¿Que le anda pasando doña Eulogia?

-Me duele acá Don

– Es la culebrilla retorcida, Le está haciendo nudos marineros alrededor del ombligo. Vaya a casa cantando «La mar estaba serena…» Cuando llegue la escribe 1523 veces y va a ver que para mañana ya no tiene nada

– Gracias… Si no fuera por usted… Mañana le traigo la sopa de gallina que le gusta.

– Que pase el siguiente

– Hola, me dijeron que usted puede ayudarme. Soy nuevo en el pueblo, me anda doliendo el pecho y ya no sé que tomar estoy asustado

-Venga, lo voy a medir con la cinta, no tenga miedo que no duele. ¿Su nombre?

– Casimiro

– Lo que usted tiene es un «Empacho del alma». A ver…Caso interesante el suyo. Voy a leer en el manual los ingredientes exactos para la cura…¡Ay no veo nada… los dibujos me bailan! Creo…que hoy no voy a poder ayudarlo venga… venga otro día.

– Mejor venga usted a verme al consultorio mañana -Dijo el hombre- Soy Casimiro Miope el nuevo oculista del pueblo

MARÍA JOSÉ AMOR

EL MÉDICO-CURANDERO (para el tema de la semana)

Era un catedrático de Medicina Interna, para más inri, cuyas curaciones por métodos nada convencionales, muchas veces rayando con el curanderismo, la mayoría de veces sin medicación, se habían hecho famosas, como por ejemplo esta. Doña Juana era una mujer solterona, calificativo aplicado en épocas no tan remotas a las mujeres que permanecían solteras a edades superiores a los treinta años, tras una fuerte gripe, dejó de comer.Vivía con un hermano mayor, su mujer y los hijos de estos, jóvenes aún, que intentaban por todos los medios proporcionarle los más exquisitos manjares, sin el menor éxito.Poco a poco, comenzó a mostrar signos de deterioro en su estado físico: su delgadez aumentaba día tras día, así como el tono de su voz y el color de su piel.Sin saber qué camino seguir y, temiendo alguna enfermedad peor que la gripe que había pasado, la llevaron al médico que, tras la exploración no encontró nada por lo que alarmarse lo más mínimo. Le recetó una vitaminas, así como un jarabe para abrir el apetito, todo ello en vano.Volvieron a consultar con dicho médico, que les recomendó un digestólogo por si tuviese alguna afección que a él se le hubiera escapado, quien, tras infinitas pruebas y no menos infinitos análisis, no detectó nada, excepto anemia, debido a la carencia de aporte alimentario.Y la tal tía Juana, seguía con su inapetencia total.Siguieron consultando especialistas con idénticos resultados, hecho que llegó a provocar que el tema de conversación diario en la casa, era sobre “el estado de Juana”.Los días fueron pasando hasta convertirse en meses, y todo seguía igual, en cuanto a comida, que no en cuanto su estado físico pues apenas se movía y apenas se la oía: su voz era de escasos decibelios.Fue en ese momento cuando alguien les dio la dirección de un extraño catedrático de Medicina Interna, capaz de obrar hechizos, conjuros o lo que fuera, pero que curaba de la forma más sorprendente casos terriblemente rebeldes. Y, tan desesperados estaban, que no dudaron en pedir cita con el tal extraño personaje.Con grandes esfuerzos, los sobrinos mayores la lograron conducir a la calle, que no había pisado desde hacía meses y con más esfuerzos aún, la introdujeron en el coche, conduciéndola hasta la consulta del facultativo.Tras examinar detenidamente todas las pruebas y dictámenes se sus colegas, el médico, sin dar ninguna explicación, la condujo a la consulta, rogando a los que la acompañaban que quedasen fuera. Una vez dentro, la hizo sentar y le preguntó a bocajarro:-Señora ¿usted cree en Dios?Una tenue vocecita que apenas salía de sus cuerdas vocales, contestó:-Si señor-¿Conoce los mandamientos de la Ley de Dios?Los ojos de Juana se abrieron como platos, extrañada de que lo pusiesen den duda, pero como casi no le salía la voz, se limitó a mover la cabeza de arriba abajo-Pues recítelos- dijo el médico.Con grandes esfuerzos comenzó a decir-Primero, amar a Dios sobre todas las cosas,…pausa para coger aliento; segundo, no tomar el nombre de Dios en vano….pausa cada vez más larga, para coger más aliento……”Cabe imaginar la cola que se estaba formado en la sala de espera, pero como los pacientes ya conocían su manera de hacer, tampoco se impacientaron demasiado.Y Juana, cada vez con menos fuelle y casi en un susurro llegó al 5º mandamiento: NO MATAR. Y aquí, don Santiago la interrumpió preguntando:-¿Qué significa no matar?La pobre Juana, ya moviendo con grandísimo esfuerzo los labios llegó a murmurar:-No asesinar, no hacer daño, no herir, no suicidarse.-¡Alto!- le espetó el facultativo.-¿Y qué está haciendo usted negándose a comer?, pues yo se lo digo: se está suicidando, o sea, está pecando contra el 5º mandamiento ¡pecado mortal!Evidentemente, al llegar a casa, Juana comió todo lo que había, postre incluido.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

—Ya te estaba esperando. Pasa y siéntate, tengo que ir a coger algo.

El hombre, de unos cuarenta años, me dejó esperando en aquella sala. No tenía nada que ver con el imaginario que mi mente había construido días antes. Ni rastro de velas aromáticas, músicas relajantes o luces tenues.

El lugar era un apartamento modesto. En la habitación donde me recibió solo había una mesa con cuatro sillas, una biblioteca repleta de libros y un escritorio cubierto de papeles escritos a mano junto a un ordenador encendido.

—Ya estoy de vuelta —dijo al regresar con una cuerda entre las manos. Tenía varios nudos repartidos a lo largo de ella—. Yo creo que con esto será suficiente. Cuéntame, ¿qué te trae por aquí?

Me tomé varios segundos para responderle. Los nudos de aquella cuerda atraían poderosamente mi atención y la verdad, no sabía muy bien el motivo.

—Bueno, parece que te cuesta comenzar. Tranquilo, a muchas de las personas que acuden les sucede. Tómate tu tiempo. —Dijo el curandero con tono sereno, sosteniéndome la mirada.

Sin saber por qué, esos nudos me atraían poderosamente.

—¿Puedo? —le dije mientras acercaba la mano a la cuerda, esperando aprobación.

—Por supuesto.

La cogí con cuidado. Lo primero que sentí fue la aspereza de los filamentos entrelazados. Después llegaron los nudos. Cada uno parecía estrangular la cuerda con más fuerza que el anterior mientras mis dedos recorrían lentamente sus formas tensas e irregulares.

—Estoy aquí por recomendación de un amigo.

Con esas palabras comenzó todo.

Mi cuerpo seguía rígido, alerta, como el de alguien que entra por primera vez en un lugar desconocido. Empecé a contarle mi historia. Cómo había llegado hasta ese punto. Cómo terminé buscando ayuda allí después de haber dejado de encontrar respuestas en la medicina tradicional.

Los ojos de aquel hombre tenían la quietud de una laguna en calma.

Sin darme cuenta, mi espalda acabó descansando sobre el respaldo acolchado de la silla.

La conversación se volvió más ligera. Más humana.

En un momento dado interrumpió mi relato y se levantó para encender una lámpara de pie que había en la esquina de la habitación. La luz blanca llenó lentamente el espacio y, de alguna forma, me animó a seguir hablando.

Mientras lo hacía, continuaba jugueteando con la cuerda. Pero mis manos ya no percibían la misma aspereza del principio.

Yo hablaba.

Él escuchaba.

Cerca de allí pasaba un tren de cercanías. Cada vez que el ruido atravesaba la habitación, mi pierna derecha comenzaba a moverse bajo la mesa de manera involuntaria.

El hombre se levantó con calma y cerró la ventana.

Entonces llegó el silencio.

Al volver a sentarse me pidió que dejara de hablar unos instantes. Al principio fue incómodo. Denso. Pero, poco a poco, algo comenzó a aflojarse dentro de mí. Dejé de notar el sudor recorriéndome la frente. Mi respiración se hizo más lenta.

Seguimos hablando.

Y terminé entrando en ese lugar del que siempre pensé que jamás hablaría con nadie.

Sin apenas darme cuenta, aquel hombre ya conocía todo lo que me había llevado hasta allí.

Pero no podía dejar de hablar.

Porque mientras lo hacía sentía que los nudos que llevaba dentro comenzaban, lentamente, a deshacerse.

Llegó un momento en que levantó la mano izquierda, sereno, pidiéndome que guardara silencio.

—Genial, con esto hemos terminado la sesión.

Después se levantó y me mostró la salida.

No entendía muy bien qué acababa de pasar. Él apenas había hablado. No me dio consejos. No me ofreció ninguna solución.

Ya en la puerta, cuando me disponía a salir del apartamento, apoyó una mano firme sobre mi hombro.

—¿Me devuelve la cuerda, por favor? —dijo, extendiendo la mano.

—Sí, claro. Disculpe.

Entonces la miré.

Los nudos habían desaparecido.

Y de mi cuerpo también.

—Gracias —dijo sonriendo levemente—. No imaginaba la habilidad que tienen sus manos para deshacer nudos.

AXY LINDA

El curandero

Había sido un médico brillante: cirujano preciso, diagnóstico impecable. Los elogios y reconocimientos lo habían convertido en un hombre prepotente y arrogante.

Una mañana, al despertar, no supo quién era. Olvidó nombres, rostros y acontecimientos. Se miró al espejo y solo sonrió, sin comprender qué estaba sucediendo.

Su hermana, su única familia, lo llevó a vivir con ella. Ahí, mientras jugaba con sus sobrinos, descubrió que podía reparar juguetes rotos con una destreza extraordinaria, dejándolos como nuevos. Cuando los vecinos se enteraron, comenzaron a llevarle los juguetes dañados de sus hijos.

—Sigo yo, ¿lo curas, por favor?

—Claro, pequeña… esta muñequita solo necesita un pequeño ajuste en el brazo.

Cobraba con abrazos, dibujos y risas.

Con el tiempo ocurrió algo extraño: los juguetes reparados parecían arreglar algo más. Un niño dejó de tener pesadillas; otra volvió a hablar después de una lesión en las cuerdas vocales; incluso un anciano, al ver funcionar de nuevo un viejo trenecito, volvió a sonreír al recordar el rostro de su esposa fallecida.

La gente comenzó a llamarlo “el curandero”.

Una tarde, mientras reparaba un avioncito, levantó la vista y preguntó en voz baja:

—¿Yo también estaba roto?

Su hermana, conteniendo el llanto, respondió:

—Sí… pero los niños te han “arreglado”

Axy Linda San-Fre

SILVIA R G

HEKIM

Era pequeño y de aspecto frágil, con semblante de caniche pero de orígen mestizo. Pelaje suave aunque algo irregular en densidad, marrón muy claro.

Debido a sus patas más cortas de lo normal para un perro de su supuesta raza y a haber vivido en una jaula en su primer año de vida, tenia un caminar Impropio con aspecto de cachorro, aunque no lo era.

Se le ve desplazarse alegre de un lado para otro.con orejas balanceantes y también balanceando la parte trasera de su torso en un sube y baja.

Sale a menudo, él sólo, a caminar..Los vecinos le conocen bien y la mayoría se agachan a acariciarle cuando le ven pasar por

su lado; y él acepta agradecido todas las carantoñas regaladas ofreciendo su panza..

A veces desaparece, pero siempre regresa.

Le gusta ir a visitar a algunos vecinos en sus casas. Se las arregla para entrar y rasca o golpea la puerta, esperando que le den entrada, aunque a menudo pueden abrirse con sólo un pequeño empujón; pues, habiendo pocos habitantes en esa aldea, permanece entre ellos la confianza que lo permite.

El humano que lo acogió en su hogar, de orígen turco, trabaja cada día en el campo Él algunos días le acompaña y otros se queda en su hogar. Pero allí donde esté siempre acaba desapareciendo y se le ve caminando por calles y caminos con su andar de cachorro, para recorrer por entero su imprevisible itinerario de visitas.

No le agrada permanecer en un solo lugar ni con una única persona. Onur le conoce bien y sabe que vulneraría su dignidad si no le permitiese deambular con plena libertad.. Sabe que necesita cumplir con su asumida misión vital,

Hekim, ése es el nombre que le puso Onur, tiene el don de sanar los padecimientos de tristeza, nostalgia, melancolía, dolor… y aquellos problemas de salud provocados por tanto retener esas emociones. Tiene como una especie de radar para saber quién le necesita. Percibe, parece ser, una vibración similar a la que desprenden los sonidos musicales, que se acrecienta o decrece según se acerque o aleje de aquél humano que le esté necesitando.

Él sube de un salto a la falda de quien, percibiendo su llegada, le abre su puerta. Se acurruca allí para recibir arrumacos, y apoyándose en sus patas delanteras, proyecta hacia sus rostros su candorosa mirada, mientras todo su cuerpo expande ternura.

Y ellos, que hoy será Juan, mañana Matilde, ayer fué Marcos…y probablemente todos los vecinos de la aldea algún día u otro…

de su propia surgiente amorosidad van quedando de pleno impregnados; porque Hekim sabe hacer que la reconozcan.

Y regresará, Hekim; siempre regresa, diligente, cuando cada uno vuelve a necesitar de su presencia.

Es un ser sanador, un curandero innato.

Cuando Onur le encontró tenía otro nombre, que grabado en la vieja y desgastada placa que colgaba de su deteriorado collar, pudo, aunque menos que más, adivinar. Pero Hekim parecía no identificarse con él cuando Onur le llamaba o se dirigía a él de aquella manera.

Haberle encontrado significó para Onur una especie de renacer.

Su presencia hizo desaparecer el peso

de la soledad y de la nostalgia.que aquel día le habían visitado.

Mirándole en cuclillas exclamó «¡Hekim!», que en turco significa sanador o curandero;

y Hekim alzó una oreja, apoyó sus patas delanteras en sus rodillas dobladas y le miró con aquella mirada que Onur todavía no había tenido ocasión de descubrir.

Y supo en aquel momento que aquél debería ser, para siempre, su nombre.

( Sílvia Rafi Gracia// 20/05/2026)

EVA AVIA

El curandero

1960, Katanga, República Democrática del Congo.

—Dirk, nos tenemos que ir. Estás en la lista de los más buscados —Apresurado, recoge los pocos enseres que hay en la botica.

—No puedo marcharme, ahora no. Son mi familia —contesta, Dirk, que con seguridad está practicando una RCP a una pequeña.

—Se ha ido, yo me encargo —le contesta, mientras con ímpetu le da un empujón—. ¡Estás sordo, recoge la documentación que pueda comprometer la misión! Hay que irse.

—Perdóname, preciosa.

Dirk, se arrodilla frente el cuerpo y comienza el ritual de Okwabya olumbe que aprendió en su viaje a Uganda. Quince años en el servicio secreto, entrenado para matar. Cinco años inactivo, esperando su próxima misión, ha sido tiempo suficiente para enamorarse de las gentes que pertenecen a los pueblos Bantúes. De ellos aprendió, entre otras cosas, lo más importante, la sanación de la mente.

—Perdónenme, no he podido hacer nada —Abrazándolos.

Años 90, suelo británico. Operación Wedlock.

—Abuelo, ¿qué es esto? —le dice, Sandra, nerviosa, porque sabe que tiene totalmente prohibido entrar en esa área de la casa.

—¡¿Cuántas veces te he dicho que no entres aquí?! —Dirk, aunque es consciente de que la pequeña no va ha entender lo que está viendo a su alrededor, cierra con rapidez los archivos que se muestran en la computadora—. Nada, preciosa, trabajo.

—Abuelo, ¿me cuentas otra vez la historia de la niña que conociste en Katanga? —Sandra, coge la mano de su abuelo y le estira para que salga de la habitación prohibida.

—Claro —Orgulloso, la toma entre sus brazos y la lleva al pequeño sofá del salón —. Elena, que así se llamaba, era una niña más o menos de tu edad…

—Abuelo, de mayor quiero viajar por el mundo y vivir muchas aventuras —Abrazada a él, la pequeña, se queda dormida.

Ambos vivían en una cabaña, lejos de todos aquellos que querían darle caza, nunca descubrieron que él era el topo soviético. Meses después, alguien acabó con la vida de Dirk delante de Sandra, siendo llevada al mismo campo de entrenamiento donde, en su día, fue instruido Dirk para servir a su país. Ella, antes de que la arrancaran de su regazo, solo alcanzó a coger el reloj de bolsillo que un día le prometió su abuelo.

Veinte años después. Campo de entrenamiento soviético.

—En estos momentos comienza vuestro entrenamiento final. Aquí tenéis vuestro destino, es España —les dice, a Sandra y Michel—. Como podéis ver sois una joven pareja de recién casados. Os conocisteis en un viaje de Sandra a Italia. Vuestros nombres en cubierta son Kali, eres letal como ella y Enki, porque la naturaleza fluye por ti, serás el curandero. Vuestro contacto es este hombre de aquí —Mostrándoles una foto donde el hombre mayor que aparece en ella le resulta familiar a Sandra.

Siete años después.

—¿Tantos años y no recuerda quién soy? —Introduciendo el cañón del arma en su boca—. Me ha costado encontrarte. Después de la última misión se le daba por muerto, así que nadie notará su ausencia.

Kali sale de la habitación del hostal cerrando, con suavidad, la puerta de la habitación. Coloca el cartel de no molestar y se atusa el vestido.

—Agente, Enki, la misión Dirk está concluida —feliz, porque después de mas de veinte años a terminado con el responsable de la muerte de su abuelo.

—Sabes lo que significa, ¿verdad?

—Lo sé. Por cierto, me encantan los tacones rojos que me has regalado. ¿Cuál es nuestra próxima misión?

—Te está llegando en este momento.

Nombres en clave Tacones Rojos y Búho. Marruecos. Elena y Pietro. Recién casados.

—Pues nos vamos a Marruecos. Prepara el juego, que esta noche es la despedida de Sandra y Michel.

Unas horas después. Canal de noticias.

“Noticia de última hora. Aparecen calcinados los cuerpos de una joven pareja en Mallorca.”

Continuará…

Besos, la Incondicional.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

En un pueblo escondido entre montañas llenas de niebla, vivía Diego, conocido como «el curandero». Su casa siempre olía a humo, yerbas secas y tierra mojada.

En frascos viejos guardaba raíces que trituraba y ponía, con diferentes líquidos que preparaba, y que sólo el sabía lo que eran.

Los enfermos llegaban con sus múltiples dolencias, fiebres y grandes melancolía, Diego les daba infusiones amargas, les pasaba romero por el cuerpo, y murmuraba palabras que sólo el entendía .

Algunos mejoraban por casualidad, otros empeoraban lentamente, pero el pueblo no dejaba de creer en él.

Clara, una viuda humilde juraba que este había salvado a su hijo algunos años atrás, también otros aseguraba qué los había curado, que tenía «manos mágicas».

Uno de tantos días llega el doctor Esteban Ibarra, era un hombre joven y amable, traía instrumentos limpios, grandes libros, y muchos medicamentos, les decía a los pobladores que lo que les daba el curandero podría enfermarlos más de lo que les podría hacer bien, que algunas de esas mezclas eran peligrosas.

El pueblo se dividió, unos seguían asistiendo con el curandero, y lo defendían, y otros empezaron a creer en el médico, cuando empezaron a darse cuenta que muchos mejoraban, o se aliviaban más rápido con sus tratamientos.

Diego empezó a sentir celos del doctor, pues cada vez más personas lo buscaban, eran claras pérdidas de dinero para él, no podía permitir que esto siguiera pasando.

Y una noche de gran lluvia el doctor desapareció.

Al dia siguiente, el curandero reunió al pueblo frente a la iglesia; y les dice que él doctor decidió narcharse, diciéndole que no podía competir con él, pues sus métodos eran superiores y que no tenía más por hacer aquí.

Algunos se sorprendieron, otros lloraron, pero creyeron en sus palabras.

Y siguieron adelante con sus vidas.

Al pasar de unos días, un niño encontró cerca del río el reloj del doctor enterrado en el lodo. Después unos cazadores descubrieron en el bosque restos de ropa ensangrentada, investigaron, y así supieron que el curandero lo había matado, y los había engañado.

Todos se enteraron de esto, y sentían vergüenza los que lo habían defendido.

Vieron pasar a la policia llevándose al curandero, sin decir nada.

Poco tiempo después llegó otra doctora, Elena Ruiz, mujer paciente y bondadosa.

Poco a poco enseñó a la gente del pueblo a distinguir entre la esperanza y el engaño. Y desde entonces los ancianos del lugar les decían a los jóvenes una frase que había surgido de la tragedia que nubló un tiempo atrás al lugar.

«La desesperación puede volver milagro a una mentira… pero la verdad. Siempre saldrá a la luz más temprano que tarde.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

En el bosque prohibido habita el curandero, espejismo de hierbas , rodeado de sombras.

En la cueva está sofocada la fiera herida que clama por el auxilio del curandero .

Pero el curandero está lejos de la cueva oscura, húmeda y profunda . El aullido estremece el bosque encantado donde las piedras cantan, las flores bailan , las arañas trepan hacia el cielo . El curandero no sabe hacia donde lo lleva su destino, él espera que los espíritus le susurren al oído y pueda escuchar los secretos del bosque. La cura de lo incurable con hierbas aromáticas que calma la agonía del animal escondido en la cueva.

Los espíritus han hablado, el silbido del viento lo conduce hacia la caverna para purificar y sanar las heridas de la fiera.

Animal agradecido lame las manos del chamán que cura las heridas.

Alexandra Fernandez B.

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1 comentario en «El curandero – miniconcurso de relatos»

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