La carnicera – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el juramento». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 14 de mayo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

LA TIENDA DE CLARA

El pueblo cerraba temprano desde que comenzaron las desapariciones.

A las ocho de la noche las persianas bajaban como párpados asustados, las calles quedaban vacías y sólo permanecía abierta la carnicería de Clara.

Siempre abierta. Siempre iluminada.

La gente decía que trabajaba demasiado.

Clara apenas hablaba. Era una mujer alta, de manos enormes y delantal blanco. Cortaba la carne con una precisión casi elegante.

Nunca sonreía, pero tampoco parecía agresiva.

Sólo… fría.

Cuando desapareció Tomás, el repartidor, comenzaron los rumores.

—La última vez que lo vieron fue entrando ahí

—susurraban en el bar.

Nadie se atrevía a acusarla directamente, aunque todos pensaban lo mismo.

El olor de la carnicería empeoró con los días.

No era el olor normal de la sangre. Era algo más espeso, más dulce. Un olor que se pegaba a la garganta.

El policía del pueblo, Romero, decidió visitarla una noche lluviosa.

La campana de la puerta sonó al entrar.

Clara levantó la vista desde la mesa de corte.

—Ya cerré.

—Sólo quiero hacer unas preguntas.

Ella limpió lentamente el cuchillo.

—La gente habla demasiado cuando tiene miedo.

Romero observó el local. Todo estaba impecable. Demasiado impecable. El suelo brillaba. Los ganchos metálicos colgaban vacíos. Un refrigerador industrial zumbaba al fondo.

—¿Conocías a Tomás?

—Como todos aquí.

—Dicen que vino la noche que desapareció.

Clara sostuvo su mirada sin pestañear.

—Y también dicen que usted bebe antes de patrullar.

Romero tragó saliva.

La lluvia golpeaba las ventanas con fuerza.

Entonces escuchó un ruido.

Un golpe seco.

Venía del refrigerador.

Romero llevó la mano al arma.

—¿Qué tiene ahí?

Clara tardó unos segundos en responder.

—Carne.

El golpe volvió a sonar.

Esta vez más fuerte.

Romero avanzó lentamente hacia la puerta metálica. Notó que Clara no intentaba detenerlo. Eso le inquietó todavía más.

Tomó el mango helado y abrió.

Dentro no había cuerpos.

Sólo cajas.

Decenas de cajas perfectamente cerradas.

Romero soltó el aire, avergonzado.

—Lo sabía —murmuró Clara.

Entonces algo golpeó desde dentro de una de las cajas.

Romero retrocedió.

El sonido volvió.

Desesperado.

Humano.

Clara habló por primera vez con una sombra de emoción en la voz.

—Le dije que la gente habla demasiado…

Sacó otro cuchillo de debajo de la mesa.

—…y nunca escucha los gritos correctos.

Las luces parpadearon.

Y desde las cajas comenzaron a oírse golpes por todas partes.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

«La carnicera».

Alexia era la carnicera encargada de trocear los cuerpos humanos,- para extraer algunos órganos- para su posterior venta en el mercado negro.

Su conocimiento de anatomía humana eran excelso.

Tenía tan solo catorce años cuando aceptó formar parte de una banda criminal dedicada a estos menesteres. Ya con cuatro lustros de existencia era temida por todas las bandas rivales que se disputaban el territorio para dichos actos ilícitos cuan guerra civil se tratase. Ella siempre actuaba sin aspavientos quitando la vida a quien osaba retarla.

Todo cambió cuando conoció a Javier, un niño.pijo de adultez precoz y beldad enormérrima que hacía las vistas agradables a cualquier jovemzuela.

Javier consiguió que Alexia dejase esta vida y formarán una familia numerosa con cinco hembras y cuatro varones que crecieron e hicieron del hogar puro amor en grito de crepúsculo en abrazo de eternidad.

Fin.

YOLANDA PINA REY

A las nueve de la mañana, en la carnicería ya había un corrillo de señoras hablando de una tal Lolita. Decían que era recién llegada al pueblo, que lucía un cochazo y se había comprado una casa de lujo. Ese era el tema del día… y quizás de las semanas venideras.

Nuestras «amigas las marujas» estaban despellejando viva a la muchacha sin siquiera conocerla. Ya habían sentenciado que vestía mal y que estaba flacucha; incluso vaticinaban de qué manera ilícita habría conseguido tal fortuna. En esas estaban cuando llegué yo, Lolita, y se hizo el silencio.

De repente, todas la adoraban. Pero yo me lo tomé con humor y les solté:

—¿Saben qué? Ya no me gusta la carne. Mejor me voy a la pescadería.

Pero entonces caí en la cuenta de que en la «boutique» del pescado también disecaban al bacalao, así que decidí volverme vegetariana. Seamos claros: todo lo que pueden hacerte un par de tomates es ponerte colorada.

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

El juramento de Juana de Arco

Granja de los padres de Juana, Domrémy, la France, 1429.

«Estoy hasta el puturrú de fuá de recoger nabos del jodido huerto, qué coñazo, por favor. Una pibita de diecisiete años no se merece esto, cojona. Hmmmm, ¿qué es esto que ha salido aquí? Setitas con lunares, tienen buena pinta…, pal coleto que van… ñam ñam ñam…, qué puto asco, pican de cojones… uyyyyyy, qué globito más guays, trae pacá otro manojo…, la verdad es que están que te cagas…, molan mazo, juás».

― ¡¡¡Juanaaaa, tengo algo importante que comunicarteeeeee!!!

―Coña, me está hablando un triángulo con un ojo en medio, yo lo flipo tóa.

― ¡¡¡Vas a liberar la ciudad de Orleáns de la ocupación inglesaaaaa!!!

―Como lo veas, ojillo, a hostias no hay quien me tosa.

― ¡¡¡Pues ya te estás tardandoooooo!!!

―No me seas cagaprisas, tendré que despedirme de mis viejos, ¿me entiendes?

― ¡¡¡Está bieeeeen, pero no te entretengaaaas, que la cosa está peliagudaaaaaa!!!

―No te estreses, tronco, que te va a salir un orzuelo.

― ¡¡¡Joder con la niñaaaaa!!!

―Aurrevoir, coleguita, que te veo doble ¡¡¡Padreeeeeeees, que me piro a la guerra!!!

―Vale, hija, pero no tardes mucho, que los nabos no esperan.

«Menudo panorama nabil, casi que no vuelvo ni de coña, prefiero morir en la hoguera que seguir recogiendo tubérculos insípidos».

―Que sí, no os preocupéis, voy pallá, meto un par de mecos bien daos y estoy aquí en un pis pas.

―Muy bien, Juanilla, pero llévate una rebequita, que al atardecer refresca y no hables con desconocidos, te lo tengo dicho, a ver si se van a pensar que eres una fresca.

―Mejor una armadura y unas armas letales, ¿no tenemos algo así por alguna esquina?

―No, que yo recuerde. Lo único es el trapajo ese con un escudo que estaba lleno de polvo cuando nos mudamos. Si te hace ilusión…

―Dabuti, será mi estandarte, el escudo de La Doncella de Orleáns. Se van a giñar patabajo los hijos de la Gran Bretaña.

―Un besito, ¿te esperamos a cenar?

«Válgame».

♫♪Qué sabe nadieeeeeee…♪♫

―Bueno, pues si ves que vas a tardar, nos escribes una carta.

―Si no sabéis leer…

―Ni tú escribir…

―Pos eso…

―Pos yastá…

* * * * * * * * *

Palacio del Delfín Carlos, Chinon, la France, un par de días más tarde.

― ¡¡¡Ueeeeeehhhh, esos guardias guapos, hacedme sitio, que he venido a ver al baranda!!!

― ¿Quién te envía?

―Es una historia un poco larga. Primero fueron el arcángel Miguel, Santa Margarita y Catalina de Alejandría, que me dieron el cante ya hace un par de años, que no me parecieron muy de fiar, pero, el otro día, mientras degustaba unas amanitas potorroides, se me apareció el Boss. Vengo a fulminar anglosajoides.

―Con esos padrinos, pa negarse ¡¡¡Carlooooooooos, tiés visita ilustre!!!

―Holaaaaaá, soy Carlitos, ay qué mona, ¿qué se te ofrece, chavalina?

―Estoy aquí, en misión divina, para acabar con la Guerra de los Cien Años y que pases de ballenato a rey de una puta vez, que ya te vale, pringao.

―Delfín.

―Yo, Juana.

―No lo pillas, que soy delfín, no ballenato.

―Cetáceo arriba, cetáceo abajo…

―Pa ti el franco gordo. Eres tozuda, me caes bien.

―Y tú un poco gilipollas, que ya te he calao.

―Juás, qué bromista. ¿Qué necesitas para cumplir tus planes? Te lo proporciono a la voz de ya.

―Pues, no sé, no sé, digo yo que un ejército no me iría mal y los soldados, cuanto más gañanes, mejor… Ah, y una armadura, que me hace mucha ilu.

―Lo del ejército, sin problema, pero lo de la armadura…, espera un momento, que el que sabe de estas cosas es mi asistente personal… Sebastianeux, ¿nos sobra por ahí una armadura pa la moza?

―De su talla, solo la de plata que te trajeron los Reyes Magos, una cucada, pero habría que darle con Sidol.

―Todo arreglado. ¿Cuándo partes, Juanola?

―En cuanto la armadura esté niquelá, que antes muerta que sencilla.

«Esta tía está peor que yo, que ya es decir pero, por probar…»

―Por cierto, ¿no te sobrarán unas setitas para el camino? Me facilitan la comunicación con el más allá.

«Vaya tela…»

* * * * * * * * *

― ¡¡¡Ueeeeehhhhh, ha del asedio, que ya hemos llegao!!!

― ¿Y tú, quién coño eres?

―Juana de Arco, la Doncella de Orleáns, enviada especial del beluga Carlos para asedios de larga duración.

―Delfín, no beluga.

―Mira que sois tiquismiquis con los cetáceos, que se hubiera puesto príncipe y no habría confusiones, es que va provocando el jodío. Infórmame del asuntillo que nos ocupa, que tengo que idear una táctica. Y, otra cosa, ¿qué tal se dan las setas por esta zona? Contesta a la segunda pregunta.

―Das una patá y te salen por tós laos.

―Esto es el paraíso ¡¡¡Al ataque, a repartir hostias como panes!!!

Y, así, empezó la leyenda de Juana de Arco, que creció sin remedio durante dos años. Lo que no se conoce es que, cuando ya le tocaba volver a casa, con tal de no recoger más nabos, se dejó apresar para morir en la hoguera, como ella misma había vaticinado, declamando su famosa frase para la posteridad:

“A Dios pongo por testigo, que no volveré a recoger nabos”.

RAQUEL LÓPEZ

La carnicería de don Julián, no era famosa solamente por ser la única del pueblo, sino por ser el eje de encuentro de las mujeres. De hecho estaba bautizada como: » La real academia de la lengua»

Si alguien quería saber, quien se había echado novio, porque el hijo del alcalde no fue a la procesión o si la Robustiana había faltado el domingo a misa, allí aclararian todas las dudas.

Julián era un gran estratega, al igual que disecciona filetes, diseña en puntos estratégicos la carnicería. Para un mayor reclamo colocaba unas sillas como si fuera un cine, así las clientas estarían más cómodas y el haría su agosto en la venta.

Afilaba sus cuchillos con un sonido celestial dando paso a las exclusivas de hoy…

– Julián, ponme un kilo de lomo de ese que tienes tan rico – dijo Virtudes- ¿ Os habéis enterado? Han venido unos vecinos nuevos y no traían muebles siquiera, tan solo unas cajas ..

– ¡ Ay señor! – dijo Paquita- serán unos asesinos que guardan los cuerpos en esas cajas..

– ¡ Anda, anda! Que ves tú muchas películas de asesinatos.

– Julián mientras chismorreaban, seguía haciendo los pedidos que le decían, concentrado en su tarea.

– Por cierto, Paquita- dijo Faustina- ese abrigo de piel que llevas…

– Es bonito, ¿ Verdad? , lo compré en la capital cuando fui a ver a mi hija, en una boutique de lujo.

– Sí, sí, pues en la etiqueta no pone 100% 100 visón, pone fabricado en Taiwán. Mira que no quitar la etiqueta….

Julián viendo que se avecinaba tormenta y que la tensión cortaba el aire como uno de sus cuchillos, intentò apaciguar el momento, pero por poco tiempo…

– ¿ Os habéis dado cuenta? – dijo la Petra- la báscula de Julián está trucada, he visto con mis propios ojos como le dio a una palanca y en vez de 1 kilo de filetes, marcaba 2 kilos…

Julián que no quería que se enterasen del truco y para desviar su atención, propuso sortear un jamón para negra entre todas las asistentas repartiendo unos boletos numerados. En el momento que iba a decir el número ganador, apagó los fusibles…

– ¡ Señoras, señoras! Por circunstancias ajenas tengo que cerrar la carnicería al no tener luz, por lo tanto se suspende el sorteo.

– Ya es casualidad sí… – decían

Y mientras Julián hizo su agosto, las mujeres volvieron a sus casas conformes dispuestas a seguir mañana en la carnicería con nuevos chismorreos y seguramente olvidarían que Julián truca su báscula, porque un chisme vale más que un kilo de filetes…..

DAVID MERLÁN

SEGUNDO ENTIERRO (TRAGOS DEL ALMA 6)

Eran las 06:06 y allí sin inmutarse, seguía clavada la postal en la chincheta oxidada junto a la puerta. Sigue mostrando la misma carretera desierta bajo una luna roja sangre en cuarto creciente. En el reverso, escrita con una mano temblorosa, impertérrita sigue escrita su única frase:

<<Cuando esté llena, sabrás qué hacer.>>

«Parece que la luna está algo más en cuarto creciente que hace un rato» pensó en silencio el barman desde la barra mientras espera la llegada de su siguiente cliente.

Eso es así, porque hay noches en que el silencio se acomoda en el bar antes de que lleguen los clientes y, desde luego, no hace falta ni música. Es suficiente con el eco de una verdad, de una historia enterrada que llega sin avisar.

Aquella noche, incluso el reloj parecía masticar los segundos más despacio hasta que de repente, entró él. En esta ocasión el cliente era un hombre con tierra en las manos, con las uñas ennegrecidas pero sorprendentemente vestido con un traje planchado e impoluto. Cuando almfin llegó a la barra, desprendió un olor a madera vieja. Y algo más. Algo metálico. Como sangre oxidada.

Me miró fijamente y se sentó en el taburete como quien se sienta en un concesionario.

—Quiero algo que me haga dormir… pero que antes me despierte.

Asentí sin mediar palabra aunque su petición, tengo que reconocer, me resultó extraña, pero tan solo por un instante.

En ese breve lapso me dió tiempo a darme cuenta de que hay almas que llegan medio vivas y por lo que parecía, este hombre… llevaba décadas masticando el mismo recuerdo.

Tomé un vaso bajo. Serví un bourbon espeso, infusionado con ramas de limonero y una pizca de barro seco, exprofeso para la ocasión..

—¿Cómo se llama? —preguntó señalando el vaso con la mirada mientras observaba como removía el hielo lentamente.

—Segundo entierro.—contesté.

Sin más, lo cogió, lo miró al trasluz «¿Porque la mayoria lo hacía?» pensetpir un instante, y bebió apenas un sorbo. La mandíbula le tembló.

—Era el hermano de mi mujer, ¿sabe?

«Ya era mío» pensé.

—¿Y qué le hiciste?

—Le quité la tierra.—miebtras soltaba una risa hueca que retumbó en todo aquel frío y solitario local.

—¿Antes o después de enterrarlo?

Levantó la mirada y exhaló fuerte antes de arrancarse a confesar su historia.

El devenir de los acontecimientos, querido lector, se puede resumir en:

*Treinta años atrás.

*Una finca.

*Una herencia mal repartida.

*Gritos en un cobertizo.

*Un empujón.

*Una piedra.

*Y luego… el silencio. No hubo ambulancia. Solo un hoyo junto al limonero del fondo.

—“No era por odio” —dijo—Era por miedo y lo enterré yo solo, con las manos. Volví a casa, me lavé y me serví un café. Al día siguiente me fui a trabajar como si nada hubiera ocurrido. Eso es todo.

—¿A qué te dedicabas, si se puede saber? —pregunté.

Tras unos segundos y otro trago, respondió.

—Mi suegro tenía una carnicería y ella trabajaba allí —continuó.

—¿Ella?

—La carnicera. Se llamaba Paquita.

Aquella confesión llegó envuelta en susurros. Como si nombrarla pudiera abrir otra tumba.

—Siga por favor, no sé detenga.

—Tenia manos grandes. Delantal siempre limpio. Era una mujer de esas que podían partir un costillar sin dejar de mantenerte la mirada, pero nunca le conté nada de todo aquello—dijo—.Pero creo… que lo supo desde el primer instante.

—¿Por qué cree usted eso?—insistí pasando un trapo por la barra.

El hombre tragó saliva.

—Porque cuando fui a comprar aquella mañana… me miró las manos y me dijo algo que todavía sueño algunas noches.

—Que fue…

—Me dijo: “La tierra y la carne tienen algo en común. Antes o después… ambas acaban hablando.”

Bebió otro trago.

Esta vez el hielo crujió como un hueso pequeño.

—Desde entonces sueño siempre lo mismo —continuó—.Alguien escarbando desde abajo. Con las uñas. Cada noche más cerca.

—Ya veo…¿Y qué hacía cuando se despertaba

Miró para mí y esbozo una sonrisa..

—Comer. Ja, ja, ja. Solo eso. Comer y nada más.

Me quedé mirándolo en silencio pero empaticé con él devolviéndole otra sonrisa complice.

—Abría la nevera a las tres de la mañana. Sin sentido, como si estuviese poseido por una gula insaciable; Frío. Sobras. Lo que hubiera, masticar me calmaba. Pero entonces, entendí la verdadera herida. No intentaba llenar el estómago «físico» por así decirlo. Intentaba llenar…, mejor dicho, intentaba tapar el ruido mental de la tierra removiéndome la conciencia. Mi mala conciencia.

—Es una historia realmente interesante, señor.

—Aun es más, ¿sabe?.Cada noche se acerca más—susurró inclinándose sobre la barra para poder decírmelo bien cerca de la cara.

—¿Y qué harás cuando llegue a la superficie?—comencé a tutearle.

Me miró directamente por primera vez.

—Eso vengo a averiguar.

Y de un trago, se terminó el bourbon sin respirar y dejó el vaso sobre la barra con unos modales algo bruscos. Con el golpe seco, el hielo se agrietó y se rompió dentro del vaso. No por la temperatura, sino causado como si algo debajo hubiera empujado desde dentro.

—¿Y si no fue un sueño? —pregunté recogiendo el vaso vacio—.¿Y si alguien abrió la tumba?—insistí metiéndo el dedo en la llaga.

El hombre bajó lentamente la vista hacia sus manos.

—Había barro fresco bajo mis uñas. Esta mañana desperté así —añadió sin dejar de mirárselas y en cierto modo, mostrándomelas abiertamente.

No añadió nada más. Se levantó, y esta vez sí lo vi claramente:

Dejaba un pequeño rastro de tierra allá por donde pisaba. Cuando cruzó la puerta del bar, el aire cambió. Aquel rastro olía a humedad, a raíces y a carne recién abierta.

Me acerqué al vaso vacío para recogerlo y entonces lo vi. En el fondo descansaba una pequeña flor de limonero: Blanca y fresca. Llena de vida como si hubiera sido cortada hacía escasos segundos.

La recogí despacio y decidí guardarla en la estantería junto con el resto de objetos. No sabía bien donde, ni mucho menos entre qué objetos de la colección sería lo mejor, pero mientras le hacía un delicado hueco, reparé en el fondo del estante y lo vi.

Allí estaba un viejo tenedor oxidado, en la esquina de la estantería, al fondo. No recordaba haberlo visto hasta ahora, y desde luego no era de ninguno de mis clientes. Pero aquella noche, en cuanto reparé en él, me molestó verlo.

Decidí recogerlo del fondo y cambiarlo de sitio. Y lo coloqué junto a la flor.

Durante un instante, tuve la absurda sensación de que ambos objetos se reconocían. Como si llevaran tiempo esperándose.

Pensé que en la vida hay hombres que entierran cadáveres. Y otros… que pasan la vida devorándolos por dentro. Cómo si la gula pudiera más que ellos, como si fuera superior a sus fuerzas.

El reloj volvió a sonar, pero era la misma hora, las 06:06.

Y por un segundo, juraría que el bar entero estaba intentando tragarse algo… que no conseguía digerir.

Continuará…

CARLOS TABOADA

EL MISTERIO DE LA CARNICERA

Yo era un tipo solitario que trabajaba online. Tras mi divorcio, vendimos la casa común de la capital y me pude comprar una buena en el pueblo. Los viernes salía por la noche y me acercaba al cabo de una hora a los garitos de toda la vida. Mi único propósito era pasarlo bien, y con ello hacer un corte de manga al pasado. Hasta que…

La carnicera del pueblo enviudó.

Todo el mundo apostó por día sí y día no con el fallecimiento del hombre, incluso niños y gente de poblaciones cercanas. Fue una muerte anunciada. La enfermedad se apoderó de las entrañas del carnicero, y también de los cotilleos por su desdicha, colándose por entre las rejas y mosquiteras de las casas del pueblo.

En verdad, ella nunca atendió la carnicería, y eso sería más relevante que la propia muerte del dicharachero y cariñoso hombre. La respiración generalizada deseaba ver a aquella mujer flaca de pequeños pechos manejar utensilios afilados, atender con esquiva sonrisa, envolver los cortes y pronunciar el precio con su voz de niña. Mientras, candidatos a ocupar su posición y empresa esperaban frotándose las manos con una supuesta venta forzada y al tiempo mínima.

En verdad, la flaca nunca existió como vecina y menos aún como viuda.

Ocurrió que llegaron al pueblo como aves migratorias, compraron el local a reformar y montaron un nido robusto en su interior. Al principio no les aceptaron por foráneos, pero el hombre fiaba y aplicaba ofertas cuando compraban en cantidad. Eso nadie lo hizo. Eso, les dio el éxito.

Al principio, el fallecido, y porque nadie jamás los vio, decía que tenían una hija y un hijo viviendo y trabajando en Madrid, atendiendo la curiosidad de todos y mostrando la imagen de una familia próspera. Además, por esos cinco años, él no paró de defender a su esposa apodada la flaca, una mujer que se refugiaba tras las persianas de una casa alquilada con patio trasero, muro alto e higuera centenaria.

(Todo eso lo sé, claro. Y creo que también sé cómo respira ella, y eso me asusta. Sé, evidentemente, todo lo sucedido con su marido. Y, por cierto, he puesto la casa en venta.)

Al cabo de unos días con el negocio cerrado, la viuda anunció en un cartel que lo vendía todo (local y negocio), figurando para sorpresa de todos el precio a pie de calle. Pero nadie llamó a ese número de teléfono. Además, ella sospechó que nadie lo haría por no haber celebrado en el velatorio local la defunción; por no estar dispuesta a recibir pésames; por no saberse siquiera el destino final del carnicero. El hombre murió en un hospital de Madrid, y ya nadie más supo de él. Ni tampoco de ella.

Al cabo de unos días, un camión aparcó frente a la carnicería. Tres operarios se dispusieron a sacar los enseres, cuando la vecina de al lado les increpó. «¿Quiénes son ustedes?» «¿Qué hacen aquí?» «¿De dónde vienen?» «¿Qué es lo que están haciendo?» «¡Voy a buscar a mi marido!» «¡Voy a llamar a la Guardia Civil!» «¿Dónde está la flaca?» «¿Y el carnicero, dónde está enterrado?» «¡Pobre hombre!»

Con el camión cargado, uno de ellos se dispuso a cerrar el local a cal y canto cuando se dio cuenta del cartel y recordó las instrucciones de la viuda. Lo arrancó del cristal, hizo una bola y afuera observó allí y allá en busca de una papelera que no encontró, teniendo en cuenta las miradas como flechas de vecinos que se habían apostado junto al camión. Poco después la tiraría a la cuneta, quedando para siempre bajo las finas ramas de una retama.

(De tal forma, y a tal analogía, la viuda ya hizo lo mismo con el pueblo desde el principio, arrugándolo con la palma de la mano para lanzarlo lejos de su vista. Jamás hizo ni haría el trabajo de su difunto marido. Jamás, se convertiría en una carnicera.)

Pero eso sólo lo sabía yo.

Por cierto, desde el principio sucedió pero no lo quise admitir: me enamoré de ella. Sí, así fue. Pero no perdidamente. No. Fui admirándola poco a poco, sobre todo por su mundo interior, por su introspección. Suena raro, lo sé, pero su amor propio me atrapó. Luché contra mis emociones, pero una vez más me derrotaron. Es difícil saber si existe un destino o si algo está escrito, pero juro que desearía disponer de papel blanco para la vida, aunque al final aparecen trazos negros y de colores que yo no he escrito.

Ella me espera. La vida continúa, más allá del pueblo y de habladurías.

ARMANDO BARCELONA

Almudena 1.0.7

Se llama Lola y está a mitad de camino entre Megan Fox y Sydney Sweeney, o sea, un pibonazo, los del súper han hecho un buen fichaje, no veas cómo se pone aquello de tíos los sábados; nunca se había conocido en el barrio tanto marido dispuesto a echar una mano a la parienta con la compra.

Yo, a mi Juan, primero lo pongo a hacerme la plancha, después el baño, la cocina y luego, si se esmera, lo dejo que me acompañe al súper; total, la criatura se conforma con alegrar la vista, pero al final, a quien le come el solomillo es a mí.

Lola es la carnicera y, según estas, tiene poderes, es arúspice, bruja, para entendernos, que adivina cosas en los mondongos de los bichos.

―Acertó con lo del marido de Luisa, la corsetera ―dice en voz bajita Marisa, casi en un susurro, como si estuviera revelando algún misterio―, que se entendía con una del barrio muy cercana a ella, le predijo, y, oye, al poco lo pilló en la trastienda haciendo manitas con su cuñada. No veas el mal trago.

―¿Y eso lo adivinó viendo tripas y menuceles? ―Prudi es como yo, escéptica por naturaleza.

―Lo leyó en medio kilo de morcillo que estaba saliendo de la picadora, según cuentan, por eso tiene tanta clientela.

A ver, que lo del marido de Luisa estaba cantado, no era menester ser adivina para estar al tanto; le tiraba gamba a una escoba con faldas, y lo del overbooking… tiene que ver más con lo de las tetas y las carretas que otra cosa.

―Gabino era un picaflor, Marisa, guapa, y un borrachete, que disfrutaba en la tasca más que un cura con dos parroquias. Menudo espantajo se quitó de encima la pobre Luisa.

No puedo evitarlo, me superan los tíos así; menos mal que mi Juan es un bendito que solo tiene ojos para mí; bueno, y ahora para Lola, pero es un sarampión que se pasará con un par de sábados más obligándolo a hacer la plancha antes de ir al súper; está controlado.

―Pues yo en esas cosas sí creo, mira tú ―Sonsoles parece que se come el mundo, pero es más simple que el vocabulario de un ladrillo―. ¿Os acordáis de aquel guineano que echaba las cartas en el bar de Lolo? Pues fui a probar y…

―No hace falta que nos cuentes lo que te echó el guineano, Sonso, reina, que nos hacemos una idea. ―Así es mi Prudi, cuando se pone borde.

―Para eso de la adivinación, lo que mejor papel hace son los filetes de hígado, que lo he leído en Internet.

Marisa es muy wiquipédica, ella.

¡Qué asco, por Dios! Yo es que con las tripas no puedo, además de que, en buena lógica, cuanto más sabrosa sea la pieza, mejor saldrá el augurio. Me vas a comparar tú unos buenos filetes de aguja, un entrecot, solomillo, poniéndonos en lo mejor, con un revoltijo de callos y casquería; quita, quita.

―Yo voy a intentarlo, qué queréis que os diga ―insiste Sonsoles―, a ver si me saca de dudas con lo del divorcio y de paso le echa mal de ojo a la gorda esa con la que se ha liado mi marido. Oye, por probar.

―Almu, cariño, que me voy a acercar al súper a por unos churrascos, ¿te compro algo? ―Este es mi Juan, más previsible que un monaguillo jugando al póker.

―¿Has hecho la plancha?

―Coño, Almu, que es un antojo.

―Anda, coge el misterproper y tira para la cocina, que te voy a dar yo a ti churrascos.

¡Qué cruz con estos hombres, Señor, qué cruz!

Zaragoza, 13 de mayo de 2026

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

DELICATESSEN

La tienda abría a las siete en punto, pero el barrio entero sabía que ella llegaba mucho antes. A las cinco y media, mientras las calles seguían cubiertas por la humedad azulada de la noche y las farolas palpitaban como ojos enfermos, una luz amarillenta respiraba detrás de los cristales empañados del local.

Nadie sabía su verdadero nombre. Los viejos afirmaban que había llegado al pueblo durante la gran riada del setenta y nueve. Otros decían que siempre estuvo allí, detrás del mostrador, envejeciendo tan despacio que daba miedo mirarla demasiado. Era alta, gruesa de hombros, con brazos fuertes y blancos como la masa cruda. Llevaba el pelo recogido en una red gris y un delantal salpicado de manchas ya imposibles de quitar. Nunca sonreía y cuando cortaba el género, el pueblo entero escuchaba el golpe seco del acero atravesando hueso.

CLAC.

CLAC.

CLAC.

CLAC.

Los niños apresuraban el paso al cruzar frente al escaparate. Pero el verdadero horror empezó cuando Hugo desapareció. Tenía nueve años y la mala costumbre de espiar ventanas ajenas. Su madre lo buscó durante horas hasta que alguien recordó haberlo visto aquella mañana frente a la carnicería, observando los conejos despellejados que colgaban de los ganchos metálicos.

La policía registró el local. Pero no encontraron más que cámaras frigoríficas demasiado limpias, sierras, cuchillos perfectamente afilados y alineados con precisión quirúrgica y cientos de kilos de carne envueltos en papel marrón. Todo impecable. Todo normal.

Demasiado normal.

—¿Y el niño? —preguntó abiertamente uno de los agentes, incapaz de ocultar la incomodidad.

La mujer levantó lentamente la vista de la tabla de cortar.

—Aquí solo vendo lo que la gente pide.

Aquella frase se quedó flotando en el aire, como un presagio pegajoso que parecía esconder algo más.

Pasaron los días. No se volvió a encontrar el más mínimo rastro de Hugo. Pronto empezaron los rumores. Que las hamburguesas estaban más sabrosas. Que la carne picada tenía un color extraño. Que los perros se negaban a entrar en la tienda y aullaban frente a la puerta.

Una noche, Tomás juró haber visto a la carnicera sacar bolsas negras al callejón trasero. La siguió entre la niebla hasta el viejo almacén del matadero municipal, abandonado décadas atrás.

Desde una rendija vio luz. Y escuchó voces infantiles. Susurros. Como rezos. Tomás empujó la puerta. El olor lo golpeó primero: sangre vieja, grasa rancia y algo dulzón, como carne pudriéndose dentro de una pared.

Entonces la vio.

La carnicera estaba de espaldas, moviendo lentamente los brazos sobre una enorme mesa de madera. Había velas alrededor y docenas de pequeños zapatos colocados en círculo. Zapatos de niños.

Tomás sintió un frío insoportable recorrerle la nuca cuando algo tibio cayó sobre su hombro. Levantó la vista. Y el mundo se quebró

Del techo colgaban cuerpos abiertos en canal, vaciados con una precisión experta, balanceándose lentamente como reses en un matadero. Algunos eran demasiado pequeños. Demasiado humanos. Uno aún llevaba un calcetín azul.

La mujer habló sin girarse.

—La carne humana dura poco. Hay que aprovecharla rápido, antes de que pierda ternura.

Tomás huyó. Corrió hasta desgarrarse los pulmones, sintiendo que el pecho le explotaba. Logró llegar a la plaza del pueblo. Despertó a los vecinos, gritó, lloró, contó lo que había visto. Pero nadie quiso creerle. Mientras hablaba, varios vecinos salían precisamente de la carnicería con bolsas recién compradas. Y todos la defendían.

—Lleva aquí toda la vida.

—Siempre ha sido muy amable.

—Estás enfermo. Anda, no digas tonterías.

Tomás insistió hasta que decidieron acompañarlo al matadero abandonado. Pero cuando llegaron no había nada. Ni velas. Ni cuerpos. Ni zapatos. Solo polvo.

Tomás terminó internado un tiempo en observación psiquiátrica. Cuando salió, el pueblo ya no era igual. Había menos niños en las calles. Menos perros ladrando de madrugada. Menos gatos durmiendo sobre los tejados. Cada mañana, antes del amanecer, sigue viéndose luz detrás del escaparate de la carnicería.

CLAC.

CLAC.

CLAC.

A veces, si alguien mira con atención desde la acera opuesta, puede distinguir algo extraño entre los cortes de carne colgados en los ganchos. Algo parecido a una mano pequeña. Con las uñas mordidas. Y un brazalete escolar todavía ajustado alrededor de la muñeca.

Pedro Antonio López Cruz

LUCINDA QUART

UNA LIBRA DE CARNE

Un domingo cualquiera, el marido salió temprano de caza y nunca regresó. Se organizaron cuadrillas de búsqueda; vinieron guardias civiles y perros entrenados en olfatear cadáveres; las asociaciones de cazadores de toda la comarca pegaron carteles y recaudaron dinero para ofrecer una recompensa por información. Fueron días extraños en los que la casa siempre estaba llena de gente y el negocio que tenían en el pueblo, abandonado. Las mujeres traían comida y palabras de aliento y los hombres la observaban desde la valla blanca, hablando en susurros entre ellos, fumando y señalándola con gestos vagos de cabeza. Ella nunca los invitaba a entrar ni preparaba café ni daba las gracias. Miraba a sus vecinos con la misma expresión hosca que tenía en la carnicería, cuando despachaba tras el mostrador mientras el marido, tan alegre y dicharachero, conversaba y hacía chistes y se limpiaba las manos grandes contra el delantal. Ella no hablaba nunca. Nadie conocía su nombre. No existía más allá de ser la mujer del carnicero. Y ahora, la viuda del carnicero. Quizá alguno se preguntaba cómo iba esa pobre retrasada a sobrevivir sin él.

Un día se fueron los guardias y las cuadrillas de cazadores dejaron de buscar; se ajaron los carteles y nadie ofreció nada que mereciera la pena recompensar. Ese día, la mujer del carnicero salió de la casa con una escopeta y descerrajó una posta del 12 a cada uno de los perros de él. Luego se sentó en la mesa de la cocina con una libreta negra y un café, a repasar con cuidado la contabilidad secreta del marido.

—Las condiciones han cambiado.

El hombre la mira con una mezcla de asombro y asco. Nunca imaginó que la mujer del carnicero supiera hablar. Detrás de ella, un muchacho grande como un roble, cubierto con el delantal de hule del marido, los observa con expresión bobalicona. ¿La retrasada y el carnicero tuvieron un hijo?

—No sé de qué me hablas. ¿Qué condiciones?

—Las de tu deuda. Ahora yo dirijo el negocio.

El hombre suelta una carcajada burlona y soez. La llama tarada o idiota o algo peor. La trastienda de la carnicería está recubierta de azulejos blancos hasta el techo. Hay una mesa de mármol con manchas inequívocas y toda una suerte de artilugios de matarife colgados de la pared, detrás del muchacho grande y su sonrisa bobalicona.

—¿De dónde prefieres que corte?—pregunta la mujer, señalando hacia un cartel explicativo y feo sobre las partes de una res—. Me debes 1 libra de carne por los intereses de demora. Tú eliges de dónde quieres que los saque. ¿Muslo, brazo, vientre, espalda?

La expresión del hombre cambia del desprecio y la burla al miedo. El muchacho ha empezado a afilar una macheta reluciente que en sus manazas parece un juguete infantil. La puerta está cerrada con llave y no hay ventanas en la trastienda. El hombre se echa a llorar y suplica. Jura que pagará hasta el último céntimo.

Antes de acabar siquiera la frase, está atado con correas a una silla y tiene el brazo extendido sobre la mesa de mármol con manchas inequívocas. El muchacho, de pie a su lado, proyecta sobre la mesa de despiezar una sombra terrible. Ella le está haciendo un torniquete por encima del codo. Como en un sueño, el hombre advierte por primera vez que junto a la máquina de picar, hay una antigua balanza de platos.

—Por favor, por favor, no.

—Yo también supliqué, durante años —dice ella con voz suave, mientras da otra vuelta al torniquete —. Cuando él me pegaba y venía a trabajar con algo roto. Cuando me obligó a ocupar el lugar de mi madre en la carnicería y en la casa y en su cama. Cuando os dejaba notas suplicando ayuda con los paquetes del reparto y nadie se atrevió a decir nada. Cuando me hizo esconder a mi hijo en el sótano y traerlo de noche y a hurtadillas para despiezar las reses en esta misma trastienda.

La mujer mira con ternura al muchacho y le acaricia la mejilla.

—Su hijo. Mi hijo. Su nieto y mi hermano—se inclina sobre el oído del hombre y con tono sereno y confidencial, dice —. Todos en este pueblo tenéis una deuda conmigo. Y voy a cobrarosla en carne uno a uno.

EFRAÍN DÍAZ

Todos los pueblos tienen un carnicero. Todos menos Dos Bocas. En el barrio había matarife. La diferencia no era semántica.

El carnicero corta, deshuesa, pesa, cobra y luego sonríe detrás de un mostrador.

El matarife, además, degüella.

Tony hacía ambas cosas, aunque en el barrio nunca cobraba. Cuando se mataba un cerdo, un cabro o un ternero, aquello terminaba convertido en fiesta patronal. Se compartía y se repartía carne como quien reparte besos y abrazos.

Tony lamentó toda la vida no haber tenido hijos varones que heredaran el oficio. La vida, con ese humor de funcionario público ineficiente y su esposa, solo le dieron tres hijas.

Pero Gertrudis, la del medio, salió distinta.

Mientras las otras jugaban con muñecas de trapo, ella aprendía a afilar cuchillos. Y aprendió demasiado bien.

Los cuchillos de Tony podían partir una hebra de cabello en el aire. Después aprendió los cortes, el deshuese y finalmente el degüello. Porque cada animal era diferente, exigiendo una técnica distinta y Tony creía, con convicción casi monacal, que matar mal era una falta de respeto hacia el animal y para el verdugo.

A los veinte años, Gertrudis ya había retirado medio cuerpo de su padre del matadero. Tony aparecía de vez en cuando, más por nostalgia que por necesidad. La muchacha trabajaba eficazmente, con su delantal manchado y una serenidad inquietante.

Entonces comenzaron las ausencias.

Salía de noche y regresaba de madrugada.

A veces olía a cloro. Otras, a perfume barato y sangre fresca.

Cuando Tony pidió explicaciones, Gertrudis dijo que trabajaba en una carnicería de la ciudad. Tenía el turno nocturno, porque pagaba mejor.

Tony quiso creerle porque el dinero comenzó a aparecer en la casa con una abundancia desconocida en Dos Bocas.

Compraron nevera nueva. Luego un televisor enorme que nadie sabía usar.

Después un aire acondicionado. Todos iban a ver aquél aparato que vomitaba aire frío. En Dos Bocas, tener aire acondicionado equivalía a haber firmado un pacto con algo y comenzaron las habladurías.

La policía llegó un jueves.

Aquello paralizó al barrio entero. En Dos Bocas la policía solo entraba cuando estaban perdidos o muertos de hambre.

Preguntaron por Gertrudis.

Estaba en el matadero, degollando unos cerdos encargados por Wenceslao.

Cuando la vieron, no dudaron. Le pusieron las esposas mientras ella terminaba un corte limpio sobre la canal del animal. Ella no protestó. Ni siquiera levantó la voz.

La acusaban de varios asesinatos en primer grado.

Al día siguiente la prensa hizo su trabajo. Se encargó de desenmascarar el segundo trabajo de Gertrudis. No trabajaba en ninguna carnicería en el turno nocturno.

Era la matarife de un cartel de narcotráfico.

La especialista. La mujer que degollaba, picaba y deshuesaba a los rivales, desapareciendo todo rastro de evidencia y de vida.

Tony leyó la noticia en silencio. La prensa la llamó la carnicera de Dos Bocas, resaltando al barrio a nivel nacional por primera vez desde su fundación.

Después miró sus cuchillos colgados en la pared.

Y por primera vez en su vida comprendió que hay oficios que no deben heredarse.

SERGIO TELLEZ

628

Volví a Ardederos cuando la lluvia ya había lavado la tierra. Enterraban a don Efraín. Mi papá.

El pueblo olía igual. A limón pasado y a algo que no se nombra. Seiscientos veintiocho. Los habitantes. Los conté en la libreta, no en la plaza. Aquí todos se saludan de mano. Y todos dejan algo en la palma. Unos, plata. Otros, deuda. Pero todos pasaron por mi papá.

La carnicería seguía en la esquina. La báscula también. El mesón seguía igual. Tabla gruesa, de guayacán. Ahí cortaba mi papá. Ahí cobraba. Alcé la tabla. Era una tapa. Sonó bajito, como se quejan los viejos. Abajo había años. Guardados en papel. Ardederos completo estaba ahí. Seiscientos veintiocho nombres. Seiscientos veintiocho cuentas. Unos tachados. Otros no. Mi papá escribía con letra gorda. Y cobraba bajito.

Braulio estaba en la puerta. No dio condolencias. Dijo: —Esta casa siempre pesa, niña Lucía. Tenía las manos limpias. Sin callos. Sin olor. En Ardederos solo tienen las manos así los que no trabajan o los que mandan. Braulio tenía tres cocheras de marranos en la cuadra de arriba. Grandes. De bloque. Chorreaban agua sucia todo el día. Ahí engordaba puercos, engordaba plata, y engordaba deudas. Y cuando hacía falta, engordaba la tierra con lo que sobraba. No le contesté. La carne no habla. Y yo tampoco, todavía. Pensé: «Ardederos entero me debe. Y Braulio debe Ardederos. Con las manos limpias y las cocheras llenas.»

Esa noche quedó una oreja de cerdo frente al local. Seca. Con hilo rojo. De las que mi papá colgaba para los que no oían. En Ardederos las cosas aparecen solas. Y también se van. De las cocheras de Braulio subía el olor de siempre. A mierda de cerdo y a maíz fermentado. Pero esa noche olían a sangre. Poquita. Como cuando se corta un marrano mal.

A la mañana abrí la libreta. Olía a grasa.

«Elías, hijo de la Marta. 14 de marzo del 21. Debe el parto. Tres gallinas y el silencio.» Elías tiene seis. Juega con tierra frente al local. No sabe que debe. La Marta le pasa la mano por el pelo cuando cree que no miro. Uno de los seiscientos veintiocho.

«Isidro, el de los machetes. 12 de agosto del 18. Debe tres muertos. Pagó con dos. Falta uno.» Otro de los seiscientos veintiocho. Este no paga de contado. Paga con filo.

«Braulio Ruiz. Debe Ardederos.» Sin fecha. Sin monto. Y arriba, con lápiz rojo: «626». Los dos que faltan para el total. Él y don Efraín. Ahora él y yo.

Cerré la libreta. Elías siguió con su tierra. Isidro dejó el machete de mi papá recostado en la pared. Mango nuevo. Hilo rojo. Braulio dejó la oreja. Yo no había cortado ni una libra y ya debía tres guerras. Y me debían seiscientas veintiséis.

Don Gilberto me dejó tres limones. Yo le dejé el miedo en su patio. Braulio no espera. Y yo tampoco.

Fui donde Isidro. No toqué. En Ardederos, al que afila se le habla de frente. —Isidro, usted me debe un muerto. Yo le debo una casa limpia. Pasó el dedo por el filo. —Braulio —dijo. —Braulio —dije—. No va al cerro. Va a tierra bruta. Donde el ganado lo trilla.

Se rió. Bajito. Como la tapa del cajón. —Su papá le tenía miedo. —Mi papá está muerto. Yo no. —Braulio no cría, niña. Braulio cobra. Por eso tiene las manos limpias. Y las cocheras llenas. El que mete la mano al chiquero es otro. Él solo cuenta los marranos al final del día. Y los muertos también. Me dio un machete corto. De destazar. —En Ardederos los secretos se gritan, niña Lucía. Mañana Braulio no saluda. Pasado, nadie pregunta.

Esa noche Braulio pasó por el frente. Miró la báscula vacía. Se miró las uñas. Limpias. —Esta casa pesa menos sin su papá, niña Lucía. Le sostuve la mirada. Yo tenía las manos oliendo a limón y a tripa. Las de él olían a jabón. Nunca a marrano, aunque tuviera trescientos. La carne no habla. Pero aprende.

No hubo cochera de Braulio abierta al otro día. Ninguna de las tres. Los marranos encerrados, chillando de hambre. La puerta del medio con candado nuevo. Y un perro aullando al portón, como si oliera lo que no era cerdo. Al tercero, fui al potrero. Isidro estaba ahí. El machete limpio. La tierra removida. Pisada por vacas. Y por pezuñas. Braulio no tenía cruz. Tenía barro. Y las manos limpias, ya bajo tierra. Cerca de donde trillan los marranos.

—¿Lo trilló? —pregunté. Isidro escupió. —Los marranos lo hicieron. Yo solo lo acosté en la tierra bruta. La misma donde él acostaba a los que no pagaban. Las cocheras las cerró él mismo. Para que nadie viera que faltaba uno.

Volví. Busqué el 626. «Braulio Ruiz. Debe Ardederos.» Lo taché. No puse «pagó». Puse «trillado». Me miré las manos. Llenas de tinta roja, de grasa vieja, de tierra del potrero. De mierda de marrano que se pegó en la bota. Las de Braulio estaban limpias cuando entró al chiquero. Las mías nunca van a estarlo. Porque yo corto. Él solo cobraba. Por eso Ardederos es mío ahora. Y las cocheras, también.

La báscula ya no estaba vacía. Pesaba lo que tenía que pesar: seiscientos veinticinco habitantes. Y yo.

Abrí la carnicería. La fila se hizo. Seiscientos veinticinco. Menos los que pagan de contado. Corto, peso, fío, anoto. Con helecho. Con mi letra.

A las seis vendí. Don Jacinto pidió lomo. Para el cumpleaños de la mujer. Pagó sin mirar. Billete sucio, entero. Uno de los que paga de contado. De los pocos que no están en rojo en la libreta. Pero su nombre también está. Porque en Ardederos, hasta el que paga entró fiado alguna vez. Pesé. Una libra y media. Envolví en helecho. —Que le dure, don Jacinto. —Con usted cortando, niña Lucía, hasta la piedra ablanda. La plata cayó en el mesón. Sonó. Como suena lo legal.

A las siete pagaron los que pagaban.

Doña Ruth llegó con la gallina colorada. Amarrada de las patas. La puso en la báscula. No hizo falta pesar. —Es la del día que me fió pa’l niño, niña Lucía. Las gallinas no dan vuelto, pero sí caldo. Le devolví el limón y me quedé la gallina. Taché su nombre. Con mi letra. La primera que taché sin temblar.

A las nueve vendí otra vez. Los hijos de la viuda Cándida. Dos muchachos flacos. Pidieron hueso. Para el perro. —No hay fiado pa’l perro —dije. Soltaron cuatro monedas. Contadas. Mohosas. Les di tres huesos de rodilla. Con algo de carne pegada. Pa’l perro y pa’ ellos. No anoté. No hacía falta.

A mediodía pagó don Ambrosio. Trajo el ternero. De tres meses. Flaco pero vivo. Lo amarró en el horcón del frente y entró. —Su papá me fió la cría. Yo le devuelvo la cría. Así se queda la raza. Se tocó el sombrero y se fue. Esa tarde el ternero ya berreaba en el potrero de atrás.

A las tres vendí. El capataz de la finca El Placer. Tres libras de lomo. Para el patrón. No regateó. No habló. Dejó el billete doblado. Se llevó la carne envuelta en dos helechos. Con esos se paga el gas.

Al caer la tarde pagó Severo. Trajo el marrano. Pequeño. Lo cargó él solo y lo tiró en el mesón. Vivo. La tabla sonó duro. Como se quejan los viejos. —Por el día que su papá me prestó el cuchillo pa’ sacarme el anzuelo. Yo no olvido. Agarré el marrano. Porque en Ardederos, los que pagan con sangre sostienen a los que pagan con miedo.

Esos tres no hicieron fila para ver si me caía. Hicieron fila para que el pueblo viera que yo seguía en pie. Y que el banco de don Efraín no era solo papel. Era corral. Era cría. Era vida.

Antes de cerrar vendí otra vez. Doña Tere. Media libra de costilla. Para el marido que llegó del monte. Pagó y dijo: —Está más blandita desde que corta usted, niña. No sé si era la carne o Ardederos. Guardé la plata. Limpié el cuchillo.

Por eso cuando fui a tachar a doña Ruth, la libreta se abrió sola. Hoja vieja. Lápiz rojo.

«622. Fermín Vargas. Debo una mano. La de Lucía. Para su hijo. Pagada la tierra del cerro. El cementerio.»

El helecho me supo a veneno. Mi papá. Debía mi mano. Por el cerro donde Ardederos entierra a sus muertos.

Afuera la fila ya no pedía carne. Miraba la báscula. Buscaban una sortija que yo había guardado. De hombre. Con tierra de muerto.

Cerré al mediodía. Fui donde don Gilberto. Partía limones. —¿Por qué ayer no se quitó el sombrero? —Porque uno no saluda al que va a enterrar. Y usted tenía cara de muerta.

—El cerro, don Gilberto. ¿Qué enterró mi papá allá? Escupió una pepa. —Gente. Fermín puso la tierra. Su papá puso los cuerpos. Y pagó con sangre de uno. Se limpió el cuchillo. —Pero a Fermín se le murió el hijo. El que iba a casarse con su mano. Ahora el viejo está solo. Y los viejos solos hacen tratos con Braulio. Se quitó el sombrero. —Braulio está trillado, niña. Pelee por Ardederos. No por el cerro.

Me dejó tres limones. —Pa’ que no se le amargue la boca.

Volví. La fila seguía. Para ver si me caía. Pero ya sabía que Braulio era perro de Fermín. Y que el perro ya estaba bajo las vacas.

Subí con la 622 arrancada. Ceniza en la palma. Fermín estaba en una piedra. Mirando cruces sin nombre.

—Me debía una mano, niña. Para mi muchacho. —Su muchacho está muerto, don Fermín. Mi mano está viva. Y el cerro está lleno. Le mostré la ceniza. —Ahí tiene. La mano de mi papá. La que firmó. La que le debía. Yo no le debo nada. Yo le debo a Ardederos. Seiscientos veinticinco nombres. Y Ardederos me debe a mí. Yo le limpio el cerro.

Miró sus manos vacías. —¿Y ahora quién entierra? —Ardederos. Ya no se fía la muerte. Se carga entre todos. Usted puso la tierra. Yo quité la deuda. El pueblo pone los muertos.

No le di la mano. —Si quiere cobrar, cóbrele al cerro. Yo ya no soy precio. Soy carnicera.

Bajé. A mitad de camino oí una piedra caer. Era Fermín, sentado en su cementerio sin dueño.

Subí al cerro con la libreta. Cavé con las manos. La enterré. Fermín miraba. —¿Me la dejas? —Te dejo el banco. Los nombres que quedan. Y la pala.

Bajé. Oí la pala. Una vez. No supe si enterraba o desenterraba.

En la carnicería, la báscula estaba vacía. Doña Ruth dejó tres mil y un limón. No anoté. No tenía dónde.

Esa tarde Elías dejó una piedra lisa en la puerta. La misma tierra con la que jugaba cuando leí su deuda. La del parto. La del silencio. No dijo nada. No hacía falta. La puse en el mesón. Donde antes iban los billetes.

Bajé del cerro sin libreta. La báscula seguía vacía. Y pesaba más que nunca. Porque ahora, seiscientos veinticinco no saben cuánto deben. Y yo, la seiscientos veintiséis, no sé a quién cobrarle. Solo queda Elías. El seiscientos veintiocho. Dejó de jugar con tierra. Subió al mesón y puso un puñado de tierra encima. Donde su papá ponía la plata. El mesón olía a limón y a sangre seca. Ahora olía a tierra. Cerré la carnicería.

L’IDIOT

La carnicera.

La opresión en el pecho apenas te dejaba respirar. Los recuerdos te pesaban como una carga inútil, encadenada al cerebro, imposible de desprender aunque intentaras pensar en otra cosa, como si el pensamiento mismo también estuviera contaminado.

No querías cerrar los ojos. Cerrarlos era volver a verla. Y todavía no entendías cómo dos horas, apenas dos horas, habían podido borrar años enteros de memoria, sustituyendo imágenes luminosas, casi felices, por otras torcidas, húmedas, irreparables.

Ismelda. La carnicera. No porque vendiera carne, sino porque así la habían bautizado sus alumnos, entre ellos tú, como una broma que con el tiempo terminó pareciendo un presagio. Por su cuerpo grande, bien formado, convertido en comentario fácil, en risa compartida en pasillos donde nadie sospechaba lo que vendría después.

Fue Gabriel el ocurrente.

—Tiene carne para repartir… ¡Qué culo!

Y todos rieron. Todos soñaron con ella, sin saber que algunas palabras no son bromas, sino invocaciones.

Ahora te arrepientes de haber vuelto. De haber preguntado. De la idea torpe, casi desesperada, de visitarla como quien intenta cerrar una herida abriéndola otra vez.

Ismelda ya no era la carnicera. Era un hueso envuelto en pellejo.

—El hambre, brother —te dijo Enrique cuando preguntaste si estaba enferma.

Y en esa frase había algo más que pobreza: había un agotamiento antiguo, como si la vida hubiera sido drenada por algo invisible, paciente.

Ella lloró de alegría cuando te vio. Sabía de ti. Le preguntaba a tu madre. Decía sentirse orgullosa, honrada de que aún la recordaras, como si el recuerdo fuera una forma de salvación.

—Sabía que ibas a triunfar —te dijo.

La voz era apagada, desgastada, como si viniera de algún lugar más lejano que su garganta, mas allá de ella, más allá de las paredes despintadas, de las montañas que se veían por la ventana sin persianas ni cortinas.No tenía nada que ver con la profesora de química que habías conocido. Aquella mujer parecía una copia mal sostenida de alguien que se había ido sin despedirse.

Tú lloraste. Pero no fue alivio. Fue una tristeza densa, amarga, con un nudo en la garganta que no te dejó hablar. Ni siquiera pudiste soltar la rabia contra los opresores de tu patria, esos que la habían dejado caer en esa forma de desaparición lenta.

Porque lo que viste no fue solo decadencia. Fue otra cosa: el tiempo cobrando su deuda.

Ismelda ya no era la carnicera.

Y tú ya no eras el hijo que volvía a una patria mordido por la nostalgia, sino alguien que había mirado demasiado tiempo una versión equivocada del pasado… y había sido mirado de vuelta.

“No vuelvo más”, te dijiste.

Pero incluso eso sonó menos a decisión que a advertencia.

PEPA HERRERA

La carnicera “cantante”

En el pueblo todos la llamaban La Carnicera. Aunque ella, en realidad, era vegetariana por empatía selectiva, ya que quería a sus animales más que a nadie en el mundo.

Cada mañana, antes de abrir la carnicería, cruzaba el corral con un cubo de pienso mientras cantaba su repertorio musical limitado pero con mucho entusiasmo.

🎶Tengo una vaca lechera🎶

Siempre entonaba la misma canción, la única que se sabía, aunque eso sí… desafinaba muchísimo, cantar no era lo suyo.

La vaca, que ya estaba acostumbrada a escucharla a diario, movía el rabo como si marcara el compás.

—No me mires así, Margarita —le decía—. Si yo nunca voy a hacerte filetes…Con los que me trae el camión tengo de sobra para todos los vecinos…

Las ovejas balaban en coro, parecían que fueran sus coristas oficiales. Y la vaca, la muy diva, hacía tolón con el cencerro nuevo cada vez que ella desafinaba y soltaba algún gallo.

Ahhhh y hablando de gallos, las gallinas picoteaban el suelo resignadas con cara de “¡otra vez la misma canción! ¡Ya se podía aprender La gallina Turuleta!”

—Mira, Margarita, cariño… yo sé que no soy Rosalía, pero tampoco es para tanto —protestaba la carnicera.

Cuando por fin llegaba el camión de reparto a la carnicería, el conductor ya venía preparado.

—Buenos días, artista —saludaba—. ¿Hoy también hay concierto matutino?

—Hombre, claro. Si no canto yo, ¿quién anima a la clientela?

Luego abría la carnicería, colocaba los filetes ya cortados y se ponía a cantar mientras atendía.

Los clientes entraban por la carne… y se quedaban por el espectáculo.

La primera en entrar cada mañana era Doña Remedios, la cotilla más cotilla del pueblo. Nunca compraba nada, solo pasaba a saludar a la carnicera y pasar el rato escuchándola cantar. La pobre mujer se aburría mucho…

—Hija, ¿otra vez cantando a la vaca? Podrías cambiar el repertorio—

—Es que a mí me gusta esa canción. Además hoy la pobre Margarita estaba un poco triste —respondió la carnicera—. Creo que no ha dormido bien.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque me lo ha dicho ella misma.

Doña Remedios abrió los ojos como si hubiera visto al demonio en persona.

—Ay, Virgen Santa… yo siempre supe que tú tenías un don.

—Sí, el don de madrugar —contestó ella, que ya estaba acostumbrada a las exageraciones de doña Remedios.

A media mañana llegó el alcalde a por sus buenos filetes de solomillo.

—¡Buenos días, artista del cuchillo!

—Del cuchillo no, del micrófono —corrigió ella.

—Precisamente por eso vengo.

Queremos que cantes en las fiestas del pueblo.

—¿Yo? ¿En el escenario?

—Hombre, claro. Si cantas para tu vaca, ¿cómo no vas a cantar para la gente del pueblo?

—Ay, no sé. Déjeme pensarlo, alcalde…

—Piénsalo rápido, que la comisión de fiestas ya quiere imprimir los carteles.

Cuando cerró la tienda y regresó a su casa, fue a despedirse de sus animales. La puerta del corral estaba abierta… Margarita … no estaba…

—¡Margarita…! —llamó a voz en grito.

A lo lejos escuchó un tolón algo tímido.

La carnicera siguió el sonido hasta la plaza del pueblo, donde encontró a su vaca subida al escenario de las fiestas, probando el micrófono con el cencerro como si fuera una estrella del pop.

—¡Margarita, baja de ahí ahora mismo! —gritó enfadada.

La vaca hizo tolón en modo diva.

—¿Qué pasa? ¿Quieres cantar tú también? —preguntó con otro tolón, esta vez más intenso.

La carnicera suspiró.

—Pues nada… si tú cantas, yo canto.

Y allí, en mitad de la plaza vacía, con la luna como único foco, empezó a entonar su famosa canción.

La vaca movió el rabo marcando el ritmo, feliz como una niña en un columpio.

Fue entonces cuando el alcalde, que pasaba por allí, se quedó boquiabierto.

—¡Esto sí que es un espectáculo! ¡La carnicera y la vaca lechera!

—No es una vaca cualquiera —respondió ella, cantando muy orgullosa mientras Margarita acompañaba con su tolón, tolón.

El día del concierto llegó. La plaza estaba llena de gente. La carnicera apareció con su delantal limpio, el pelo recogido y la esperanza de que Margarita, a la que había perdido desde hacía rato, no hiciera ninguna de las suyas.

Demasiado tarde.

La vaca ya estaba detrás del escenario, asomando el morro entre las cortinas como si fuera la estrella invitada. El alcalde, encantado, la señalaba con orgullo.

—¡Mira qué público más entregado tienes! —dijo.

—Pero si están ovacionando a Margarita!!!! —protestó la carnicera.

—Venga hija, sube con la vaca antes de que robe todo el protagonismo!!!

Cuando la carnicera subió al escenario, el micrófono chirrió. Ella tragó saliva.

—Bueno… yo… solo sé una canción —advirtió.

Y empezó a cantar su canción de siempre, la única que se sabía. Margarita soltaba su tolón tolón perfecto, afinado, casi musical.

El público estalló en aplausos.

Doña Remedios gritó:

—¡Eso es armonía animal, hija mía! ¡Sois la pera!

El alcalde ya estaba pensando en hacer camisetas con la cara de la vaca.

La carnicera, entre risas, terminó la canción como pudo, rematada con un último tolón triunfal de Margarita.

Y así, sin quererlo, la carnicera vegetariana y amante de los animales, se convirtió en la artista más querida del pueblo, y su vaca en la primera diva bovina con club de fans.

Porque en ese pueblo, ya nadie duda de que aquella vaca lechera no era una vaca cualquiera…

FRAN KMIL

La carnicera

El local sobrevivía a duras penas en medio de una avenida moribunda, rodeado de negocios clausurados y vitrinas cubiertas con periódicos amarillentos que todavía anunciaban prosperidad, como si la mentira pudiera conservarse mejor que las paredes.

La carnicería mantenía el mismo letrero oxidado de hacía casi setenta años. Las letras rojas, desteñidas por el sol y la lluvia, aún alcanzaban a decir: “Carnicería El Novillo”, aunque hacía demasiado tiempo que por aquella puerta no entraba una sola res. Aun así, detrás del mostrador seguía estando ella.

Nadie recordaba ya su nombre verdadero.

Todos decían simplemente: la carnicera.

Y bastaba.

La decadencia llegó despacio, pero con una paciencia tan cruel que terminó pareciendo eterna. Nadie supo cómo detenerla. O tal vez sí lo supieron y no tuvieron valor. O quizá ya estaban demasiado cansados para intentarlo. Entonces dejaron todo en manos de Dios, del regreso imposible de algún mesías, de ese tiempo mentiroso que prometía curarlo todo mientras terminaba de pudrir lo poco que quedaba vivo.

Primero dejaron de llegar las reses.

Después escasearon los cerdos.

Luego desapareció hasta el pollo.

La carne se convirtió en un lujo clandestino, algo que aparecía de vez en cuando, sin avisar, envuelto en silencio y miedo, como si alimentarse fuera un delito vergonzoso. La carnicería empezó a oler distinto: menos a sangre fresca y más a humedad vieja, a salmuera rancia, a refrigeradores muertos.

Después vinieron las reformas del gobierno.

Los controles.

Las inspecciones interminables.

Las multas absurdas.

Los permisos que cambiaban cada mes para que nadie pudiera cumplirlos nunca.

El ganado desapareció lentamente de los campos. Los transportistas dejaron de viajar. Los frigoríficos cerraron uno tras otro, como animales enfermos buscando un rincón oscuro donde dejarse morir de hambre.

Y la carne terminó convertida en un recuerdo.

Ni siquiera en uno bueno.

La carnicera resistió más que las demás. Nadie entendía por qué. Tal vez era costumbre. Tal vez orgullo. O quizá pertenecía a esa clase de personas hechas de madera vieja, resignación y silencio; personas que ya habían sufrido tanto que incluso la ruina terminó cansándose de golpearlas.

Cuando ya no hubo carne, empezó a vender arroz.

Después aceite.

Después jabón barato y latas vencidas.

Con el tiempo tampoco quedó nada de eso.

Pero jamás desmontó los ganchos del techo.

Seguían allí, oscilando lentamente cuando el viento atravesaba el local, como cadáveres invisibles colgados de una memoria que nadie quería nombrar.

Los refrigeradores permanecían apagados para ahorrar electricidad. A veces, durante los apagones, la oscuridad dentro del negocio parecía más profunda que la noche misma.

Los vecinos evitaban mirar demasiado hacia adentro. Había algo insoportable en aquel sitio. No era exactamente hedor. Tampoco simple humedad. Era un olor metálico y cansado, tenue pero persistente, como sangre lavada hace años que nunca termina de desaparecer.

En el barrio faltaba comida, faltaba luz, faltaban medicinas. Pero aprender a callar seguía siendo la única abundancia garantizada.

Nadie preguntaba demasiado.

Los vecinos entraban por costumbre, no por necesidad. Hablaban de fábricas cerradas, de hijos que se habían marchado sin despedirse, de casas vacías que el viento iba llenando lentamente de polvo y de olvido. Cada conversación parecía un inventario de pérdidas.

La mujer comenzó a vender animalitos de yeso, ceniceros mal pintados y figuras torcidas fabricadas por una industria miserable a la que todos, con una mezcla de ironía y tristeza, todavía llamaban “industria local”. Había caballos blancos con las patas rotas, perros de ojos azules demasiado grandes y vírgenes diminutas cubiertas de brillantina barata. Nadie necesitaba aquellas cosas. Aun así, algunos las compraban para no salir con las manos vacías, para fingir por unos minutos que el país todavía era capaz de producir algo más que ruinas.

Y aunque la tienda ya no oliera a carne, aunque no quedara un solo cuchillo sobre el mostrador y los refrigeradores fueran apenas cajas vacías llenas de óxido, todos seguían diciendo:

—Voy donde la carnicera.

Como si el nombre fuera lo último que se negaba a morir en medio de tanta derrota

RAKEL VALDEDARENAS

Doña Elvira.

El pueblo de San Judas no temía al hambre, sino al cuchillo. En la calle principal, tras un escaparate siempre empañado por el vaho y el frío, trabajaba la carnicera. Doña Elvira era una mujer de brazos robustos y ojos que parecían dos cuentas de vidrio fijas, incapaces de parpadear.

Nadie recordaba haber visto entrar un camión de suministros a su local, pero los ganchos de acero siempre lucían cargados con piezas de un rojo tan vibrante que resultaba insultante.

Una noche de tormenta, el joven Julián, movido por la curiosidad y el hambre de respuestas sobre las desapariciones que asolaban la zona, se coló por la trampilla del sótano. El aire abajo era espeso, impregnado de un olor dulce y metálico que le revolvió el estómago. Al encender su linterna, la luz bailó sobre hileras de mandiles blancos manchados de una historia oscura.

En el centro de la estancia, sobre una mesa de madera curtida por años de cortes, reposaba algo que no era ganado. Eran extremidades largas, pálidas, con tatuajes que Julián reconoció al instante: eran los brazos de su hermano, desaparecido hacía tres días.

—¿Buscabas el corte del día, muchacho? —susurró una voz a sus espaldas.

Julián se giró, pero solo vio el destello de una hoja ancha bajando con precisión quirúrgica. La carnicera no desperdiciaba nada; sabía que, en aquel pueblo olvidado, la carne más tierna era siempre la que todavía guardaba un secreto en los labios.

CARMEN BERJANO

La carnicera de mi pueblo es increíble.

Va a las fincas a elegir las vacas que nos ofrece. Y siempre que puede te invita a una laminita de tocino envuelta en un colín.

Tiene la mejor carne que he comido en mi vida. Y es un establecimiento austero al máximo. Con un mostrador, cuatro cosas en oferta, calabazas enormes cuando es la época y ni un triste cartel. Puede pasar por una cochera, si no fuera por las colas que tiene siempre.

El otro día tenía cabra. Me explicó que era una «machúa». Que no se quedaba embarazada y decidieron sacrificarla.

Me llevé un poquito, por probar y me encantó.

Me estuvo contando que ella en realidad quería ser matemática. Pero que no pudo estudiar en su momento por las condiciones económicas de su familia, así que a trabajar, como sus hermanos, para ayudar a sus padres que tenían un colmao.

Es una mujer con una cultura y unas inquietudes de lo más variadas.

Pero que ama su trabajo. Te mima cuando llegas. De las que te pica la carne dos veces, sin prisas y aunque haya cuatro personas detrás.

Últimamente está como despistada y algo preocupada. Su pareja desapareció de golpe el miércoles y no ha vuelto a dar señales de vida.

Pienso en qué habrá pasado y en lo oscuro de la carne de la cabra «machúa».

Carmen Berjano.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Los jueves por la mañana, a eso de las once, la carnicería de Paqui parece más un consultorio sentimental que una tienda de barrio. Entre las bandejas de filetes, el olor a morcilla secándose y el zumbido de la máquina de cortar fiambre, se ventilan más secretos que en la peluquería de la esquina.

Ayer apareció Amalia con sus gafas de sol enormes, el bolso colgando del brazo y cara de no haber dormido bien.

—Buenos días, reina —dijo Paqui desde detrás del mostrador—. Hoy vienes con cara de haber discutido con la almohada.

Paqui era una mujer recia, cuarentona, divorciada y de risa escandalosa. Llevaba el pelo teñido de un rojo imposible y un delantal blanco salpicado de sangre de a saber que animal que a ella le daba exactamente igual.

—Ponme medio kilo de pechuga —suspiró Amalia—. Y si tienes una solución para la estupidez masculina, me pones dos kilos.

Paqui soltó una carcajada.

—Uy, hija, si yo tuviera eso estaría forrada. Los hombres son como las salchichas baratas: mucho envoltorio y luego encogen en la sartén.

Amalia se rio pese a sí misma.

—Es que Ricardo lleva tres semanas en Zaragoza por trabajo y llama menos que la compañía del gas.

—¿Y qué quieres? A esas edades ya no llaman, gruñen. Mi exmarido, cuando aún vivíamos juntos, se comunicaba abriendo y cerrando cajones. Parecía un mapache cabreado.

Mientras hablaba, Paqui despachaba con una habilidad hipnótica. Cortaba filetes como quien reparte cartas de tarot.

—Además —continuó—, cuanto más mayor el hombre, más se parece al jamón serrano: duro, salado y carísimo de mantener.

Amalia soltó una risa fuerte que hizo girarse a una clienta.

—No seas bruta.

—Bruta no, observadora.

Amalia se apoyó en el mostrador.

—Pues mis hijos tampoco ayudan. El mayor se ha echado novia vegana.

Paqui se persignó dramáticamente.

—Virgen santa. ¿Y qué vais a hacer en Navidad? ¿Le darás abrazos a las lentejas?

—Ayer vino a casa y me miró la carne guisada como si hubiera cocinado al perro.

—Ay, los veinteañeros… Mi Kevin está insoportable también. Tiene quince años y se cree misterioso porque escucha música triste y responde “da igual” a todo. El otro día le pregunté si quería macarrones y me contestó: “haz lo que quieras, mamá”. Le dije: “pues te hago conejo al ajillo y te lo comes llorando”.

Amalia volvió a reírse.

—Pero tú tienes mucha paciencia.

—¿Yo? Yo tengo colesterol y ansiedad, paciencia ninguna.

Entró una señora mayor pidiendo hígado, y Paqui la atendió mientras seguía hablando con Amalia.

—¿Y tú qué? ¿Mucho drama con que tu marido esté tanto tiempo fuera?

Amalia suspiró.

—No sé… Antes hablábamos más. Ahora llama, pregunta “¿todo bien?” y ya está. Ayer me quedé mirándome al espejo y pensé: “Madre mía, me estoy convirtiendo en una señora”.

Paqui dejó el cuchillo y la miró fijamente.

—Escúchame una cosa, Amalia. Señora eres desde que dices “voy a guardar esta bolsa, que está nueva”. Pero eso no significa que estés acabada.

—Gracias por el ánimo.

—Es verdad. Mira estas chuletas —levantó dos enormes—. Buenas, hermosas y con grasa donde toca. Pues igual que nosotras. Lo malo son los hombres tipo pechuga de pavo: secos y sin gracia.

—Ricardo antes era divertido.

—Y yo antes podía comer callos a las once de la noche sin necesitar un antiácido. La vida cambia.

Las dos se quedaron calladas un momento mientras sonaba la radio de fondo.

—¿Sabes qué me da rabia? —dijo Amalia bajando la voz—. Que yo también he dejado de hacer cosas. Antes me arreglaba más. Ahora voy del supermercado a casa y de casa al supermercado.

Paqui asintió lentamente.

—Eso nos pasa mucho. Nos convertimos en las encargadas del funcionamiento del universo doméstico. Que si lavadora, que si compra, que si “mamá no encuentro mis calcetines”. Y mientras tanto una acaba sintiéndose como el pollo del caldo: útil, pero olvidado.

—Exacto.

Paqui envolvió las pechugas en papel.

—Pues mira, te voy a decir una cosa muy seria, aunque me cueste. Esta tarde te arreglas, te plantas un pintalabios y te tomas algo con alguna amiga.

—¿Y si no me apetece?

—Entonces más motivo. Porque cuando una mujer deja de apetecerse a sí misma, mal asunto.

Amalia sonrió con ternura.

—Quién te ha visto y quién te ve, Paqui. Pareces psicóloga.

—Sí, bueno, pero una psicóloga que separa el magro del tocino.

En ese momento sonó el móvil de Amalia. Miró la pantalla.

—Es Ricardo.

Paqui levantó las cejas.

—Mira tú qué casualidad. Seguro que ha olido que estabas pensando.

Amalia respondió.

—Dime cariño… Sí, todo bien…

Paqui observó cómo poco a poco la expresión de Amalia cambiaba. Primero sorpresa, luego una sonrisa pequeña.

—¿Vienes mañana?… Ah… vale…

Colgó despacio.

—¿Y bien? —preguntó Paqui.

—Dice que vuelve mañana y que ha reservado mesa para cenar los dos.

Paqui dio un golpecito triunfal al mostrador.

—¡Ahí lo tienes! Los hombres son como los chorizos: cuando parece que no sirven, aún pueden alegrarte un guiso.

Amalia negó con la cabeza entre risas.

—De verdad, deberías escribir un libro.

—Y tú deberías comprarte un sujetador bonito y salir más. Cada una con sus talentos.

Amalia cogió la bolsa y se dirigió a la puerta.

—Hasta el jueves, Paqui.

—Aquí estaré, hija. Entre filete y filete, sosteniendo matrimonios.

GUILLERMO ARQUILLOS

PARA QUIEN NO VIENE

La carnicería de Remedios estaba en una esquina tan mala que ni los perros iban allí a mear. Además, desde que abrió el Mercadona, entraba menos gente.

—Medio kilo de carne picada, Remedios, pero que no tenga mucha grasa —le dijo Paquita, la de los Estévez.

Remedios ni siquiera levantó la vista:

—La grasa no está en la carne, amiga.

Paquita levantó la cara de golpe, abrió mucho los ojos y miró hacia la puerta como para escapar.

—Pero… yo solo te he pedido carne picada…

Remedios negó con la cabeza; Paquita apretó el bolso contra el cuerpo como quien se tapa una herida.

—Mi Antonio viene los domingos… es que tiene mucho lío.

Remedios metió la carne en la máquina:

—Tu Antonio viene cuando le aprieta la hipoteca —la interrumpió Remedios—. Los domingos se va a jugar al pádel con una rubia que tiene menos años que sus deudas.

—¡Tú qué sabrás…!

—Me sobra con saber lo que compráis cada uno.

Paquita pagó sin mirarla, arrugando los labios, y salió tiesa, con el paquete escondido en el bolso: medio kilo de carne y kilo y cuarto de vergüenza.

Remedios se quedó mirando la calle: «Si la gente no quiere que vea sus cosas, mejor que cierre las ventanas».

A media mañana entró don Ernesto, con su pelo blanco y su pañuelo verde en el cuello.

—Dos filetes tiernos, Remedios.

—Uno.

—He dicho dos…

—Y yo he dicho uno.

El viejo se quedó con la boca abierta, respirando por la nariz para no hacer ruido.

—Pero es que hoy viene mi hija…

—Viene a que le firme usted papeles del banco, como otras veces. Si viniera a comer, habría comprado usted un vino bueno. Usted siempre compra una botella en lo de Arturo cuando quiere hacer de buen padre.

Don Ernesto miró hacia la puerta, como si fuera a entrar alguien a salvarlo. Sonrió con amargura:

—Ponme también unas salchichas.

—Esas son para mañana —dijo Remedios—. Porque mañana le dará vergüenza bajar.

Cuando se fue, Remedios sacó de su bolso una libreta azul. En una página tenía escrito:

«Paquita: compra como si Antonio fuera a venir».

Debajo añadió:

«Se agarra al hijo como si fuera un hueso».

En otra página puso:

«Don Ernesto: compra como si todavía alguien lo quisiese».

Y debajo:

«Tiene miedo».

La última página era la suya. Estaba casi en blanco.

«Remedios: no apuntar nada».

Cerró la libreta de golpe.

El domingo Remedios cumplía sesenta y cinco años. Su hija le había mandado un WhatsApp con un corazón y una tarta dibujada: «Mamá, a ver si puedo pasarme…». O sea, que no se iba a pasar. Aun así, ella había apartado una pierna de cordero pequeña, y había comprado una tarta helada y una botella de Rioja, por si su hija aparecía. También había pensado que podía aparecer el imbécil de su yerno y que una cosa era odiarlo y otra quedarse corta de comida. Lo más probable, de todos modos, era que sobrara casi todo.

El domingo por la tarde, Paquita llamó a la puerta de Remedios. No traía su bolso de siempre; traía una fuente tapada con papel de aluminio.

—Albóndigas —dijo.

—¿Y eso?

—Tenías razón, mujer, Antonio no ha venido; por lo visto tenía lío…

Remedios bajó la mirada.

—Lo siento.

—No lo sientas tanto, que te va a dar algo.

Paquita destapó un poco la fuente. Olía a ajo, a vino blanco y a domingo echado a perder.

—He hecho para un regimiento, como una tonta. Y he pensado: se las llevo a otra como yo.

Remedios levantó la cabeza.

—¿A otra como tú?

—A otra que también compra para quien no viene.

El silencio se quedó colgado entre las dos.

—Mi hija trabaja mucho… —dijo Remedios.

—Mi Antonio también juega mucho al pádel. Cada cual tiene su frase, ¿no?

Remedios no contestó.

—Mira, Remedios, vivo enfrente de tu casa desde hace treinta años. Los viernes compras la fruta y el pan en lo de Arturo como si fuerais a sentaros tres a la mesa. El sábado limpias el balcón. El lunes bajas la basura con comida envuelta en papel de periódico. Te crees que en el barrio nos chupamos el dedo…

Remedios decidió que, cuando volviera a abrir la libreta azul, buscaría su página y escribiría: «Compro para quien no viene».

Miró la fuente:

—Has hecho un montón… —Remedios respiró hondo—. Vamos a cenar las dos aquí, Paquita, así tomamos tarta.

Esa noche su hija no la llamó, pero Remedios puso dos platos después de soplar las velas.

La tarta estaba buenísima.

LILIANA GIANNINI

Marketing con patas

En este barrio fitness donde el aire huele a té verde y la balanza de la farmacia tiene más clientes que mi carnicería, decidí cambiarme el delantal manchado por un conjunto deportivo y puse nuevos carteles en la vidriera.

Ofertas de hoy: lechuga de vaca _ Anillos de meditación crocantes _ Medallones de fibra bovina _ Todo libre de gluten.-

La primera en «picar» es la dueña del gimnasio de al lado.

– Hola, los medallones son ¿orgánicos? – Lo dice arrugando la nariz y señalando (las hamburguesas) con las uñas perfectamente esculpidas.

– Claro que sí doña, las vacas no caminan hacen yoga todos los días, puro amor y paz.-

– Póngame doce. Y ¿ese músculo de pastura libre de estrés? – Preguntó sin dejar de mirar el celular.

– Ah eso es especial, las vacas escuchan música clásica mientras se «desloman» haciendo pilates. Le pongo los medallones y de regalo un músculo para que lo pruebe.-

Se fue feliz con la bolsa reciclada elegantemente colgada del hombro.

Desde entonces las ventas aumentaron, tanto que tuve que contratar a dos pibes nuevos y estoy buscando local para abrir una sucursal frente al centro de estética.

Ahora mis vecinos fitness caminan un poco mas pesados con las arterias felices y saludan con el espíritu zen al máximo mientras siguen masticando la grasa más rica del barrio.

ART MI

LOS OTROS (para el tema de la semana).

Yo sabía que las cosas iban mal, pero nunca imaginé que tanto.

Anoche, mientras hacía las compras, vi a los funcionarios de gobierno con sus gafetitos miserables; iban y venían por toda la avenida, desmadrando puestos y reventando las caras de aquellos que se resistían.

Fui testigo de cómo se llevaron a la vendedora de alfombras voladoras, y también de cómo dejaron a su hijo ahí – un chiquillo que no debía pasar los cinco años -, llorando entre la indiferencia colectiva.

Y digo que anoche me espanté porque, los que armaban la faramalla, pese a tener sus credenciales del estado, era muy claro que son matones de los arrabales.

Ahí comprendí que sí, es cierto que recurren a ellos para el uso de la fuerza, para ensuciarse las manos en la distancia y quedar impunes. Y entendí el mierdero que tenemos respirándonos en la nuca, porque el límite entre quiénes son unos y otros ahora es invisible.

Apreté mis bolsas con las manos y busqué salida entre el embudo que empezaba a atascar la avenida de los Libertadores. Luego, ya tres calles alejado, escuché las ráfagas y apreté el paso, agradeciendo estar contaminado de la indiferencia reinante porque, de otro modo, si me hubiese quedado a buscarle ayuda al hijo de la vendedora de alfombras, no te estaría escribiendo esto.

¿Quién sabe qué habrá sido de él? Perdido entre mercachifles de cuanta pendejada desechable e innecesaria se te cruce por la mente.

¿Qué habrá sido de los otros? Los que no alcanzaron a filtrarse entre la marea humana para volver a casa. Seguramente acabaron como acaban esas cosas, sometidos en algún calabozo moderno, de los que el presidente niega su existencia. O los estarán juzgando, acusados de algo que no cometieron, o anunciarán su muerte con la excusa preferida de los medios: “estaban en lugar equivocado y a mala hora”.

¿Y quién sabe?, pero, ¿qué habrá sido de aquellos? ¿O de aquellas? Esos y esas que avanzaban en manifestación, vestidos de blanco y con pancartas enormes, valientes e incansables que recorren no solo avenidas, sino montes, basureros y barrancas, escarbando en la tierra, buscando un indicio de sus desaparecidos.

¿Qué les habrá pasado a esas? Las que viven bajo la trata a unas calles del palacio municipal. Se dice que las marcan, adornándoles sus pieles con tatuajes de deidades abominables, vistiéndolas con ropajes reveladores. Están ahí, paradas todo el día bajo los incontables neones multicolores, existiendo invisiblemente, cada vez más numerosas.

Las vi meterse a las vecindades, muy asustadas… Probablemente despuecito del desmadre las regresaron a sus puestos, no sea que el negocio se relaje.

Pensaba en todo esto mientras volvía a casa. Me perdía, confundido, en los recovecos de la mente, sintiendo en las piernas esa tensión que me dejó el desespero por querer salir de ahí, como fuese, pero salir.

Agradecí tanto que estés lejos de esta carnicería y, mientras lo hacía, reparé en las bolsas que cargaba. Noté que mi mano aún las presionaba con mucha fuerza, estiré los dedos para destensarme y ahí me vinieron, por decir lo menos, unas ganas sinceras de llorar.

Ya instalado en la sala prendí la televisión para saber el saldo del conflicto, pero no había nada, solo los presentadores rancios, comentando el resumen de la pelea de box que le organizaron a la puta del gobernador.

Y entonces me asaltó otra vez la duda: ¿qué habrá sido de aquel niño? ¿O de aquellos? ¿O de aquellas? ¿Qué habrá sido de los otros? ¿O de esas?

¿Qué habrá sido de ti? ¿De mí? ¿Qué habrá sido de nosotros? Todos nosotros. Uña y carne en la ceguera, carne y uña en la miseria.

MAITE BILBAO

EL INVENTARIO

Un cerco de ámbar ensucia la porcelana blanca. Carmen observa la mancha. El vaho le empaña los cristales y borra, por un instante, la realidad del despacho. El locutor de la radio desgrana el rosario. Los misterios dolorosos golpean los tapices de El Pardo. Francisco tose en el sillón; una tos vieja, con flema, que rompe la letanía. Él sostiene un legajo de folios. Sus dedos pálidos acarician el borde del papel.

—Tengo dudas con el hijo de los Alvear —dice él. Su voz es una carraca vieja, gastada por el mando—. Estuvo conmigo en las dunas de Tarfaya. Recuerdo su valor bajo el sol del Sáhara. Es un soldado, Carmen.

La taza regresa al plato sin ruido. Carmen abre un pequeño estuche de plata sobre la mesa y extrae una lima de metal. Sus dedos recorren el relieve del metal. Imagina a su hija frente al piano; las manos pequeñas sobre el marfil, la herencia asegurada. El acero contra la uña produce un siseo áspero. Sss… sss… sss. Comprueba el filo contra la yema del dedo. La uña queda roma. Lista. No herirá la seda de los guantes.

—La memoria es una trampa, Francisco. El hombre del desierto es ahora un tachón en el inventario. Piensa en el piso de la Castellana. En las molduras. En el silencio que merece tu hija. Sobran rojos en el mundo.

Él asiente. Firma. El ruido de la pluma es el único grito en la habitación. Ella desliza un plato con dulces sobre la mesa. El azúcar glas cae sobre el nombre del condenado como nieve mansa. Una nueva propiedad en el centro de Madrid, con el olor a cera fresca, flota ya sobre el murmullo de la oración.

El siseo del metal se transforma en el crujido de la grava bajo un convoy blindado. El aire en la Residencia de Balfour, en Jerusalén, huele a rancio y a la pólvora lejana que el viento arrastra desde el sur. Sara se alisa el vestido, rígido como una armadura. Sus ojos ignoran el mapa; buscan a Benjamín, hundido en el cuero del sillón con el teléfono en la mano y la mirada clavada en los monitores.

Él duda. Sus dedos tamborilean sobre el informe de daños.

—El mundo mira, Sara. Si apretamos más, no quedará piedra sobre piedra en el norte —dice él. Su voz es un rastro de arena seca.

—El mundo no tiene ojos, Bibi, solo memoria para el que sobrevive —responde ella. Su voz es un bisturí. Se acerca a la mesa y arranca una uva del racimo. Mira el retrato de sus hijos; su descanso en una tierra limpia es el único objetivo de este mapa.

—No son piedras, son obstáculos. Y los obstáculos se muelen hasta convertirlos en el polvo que pisarán nuestros nietos.

La uva desaparece en su boca. Él asiente y marca un código. El aire vibra con el rugido de los motores que emana de los monitores. Sara muerde. La piel de la fruta estalla. El jugo le inunda la lengua con un sabor de moneda agria, a sangre fría. Ella traga. Saborea el final de la limpieza mientras el eco de las explosiones rítmicas marca el compás de su digestión.

El aire se aquieta. En las estancias —la de ayer y la de hoy— queda el rastro de la cera fresca y el azúcar sobre el nombre tachado. No hay gritos. Solo el eco de los motores que se hunden en el desierto. Bajo las uñas, una línea oscura.

El inventario está completo.

10 de mayo de 2026

ANGY DEL TORO

LAS CALIFICACIONES

Ese día, la profesora entró lentamente al aula, llevaba ese aire de sabiduría que tienen quienes dominan a fondo la especialidad.

—Hoy no es un día cualquiera y lo saben. He calificado el trabajo de curso de todos mis alumnos. Pero, y siempre hay un, pero. Uno de mis distinguidos alumnos ha superado todas mis expectativas. Y confieso que no he sido capaz de otorgarle su nota. Requiero de vuestra colaboración para dar por finalizada esta etapa de calificaciones.

Daré lectura al trabajo de: mejor ni nombrarle para que no sienta las miradas sobre su nuca.

«En solo dos horas me he leído ese largo relato, y al finalizar su lectura, mis manos cayeron de un solo golpe sobre las páginas del libro. Es todo lo que recuerdo.

Caí en un letargo profundo. De pronto, unas pisadas estruendosas hicieron temblar todo el edificio. Abrí las gavetas de la cocina, tomé varios cuchillos de esos que jamás me dejaban tocar y salí corriendo. Tropecé y caí de bruces contra una mole de roca inmensa que parecía separarme de todo camino.

Al intentar levantarme, sentí un movimiento viscoso sobre mis espaldas. Estaba atrapado entre sus tentáculos. Extraje dos cuchillos, tiré sus vainas, e intenté pincharle. No sé si lo logré. La redondez de su cuerpo se perdió cuando penetré en su vientre.

Desde las entrañas del monstruo observaba unos tentáculos por donde, como aguas albañales, salían líquidos viscosos.

Continué subiendo y sentí que un calor enorme absorbía mi cuerpo. Más arriba el monstruo cambiaba de forma. Era un dragón pestilente y sediento.

Perdido en el laberinto de sus mondongos, comencé la lucha. Una verdadera carnicería. Mientras lo destripaba, diseccionaba sus intestinos, cortaba en cachos sus hediondas tripas”.

La profesora, al escuchar las exclamaciones de los alumnos, decidió hacer una pausa.

—Si alguno de ustedes desea expresar su sentir, estoy dispuesta a escucharles.

—Profesora, el que escribió eso debe estar loco. —Dijo la monitora.

—¿Qué han interpretado de la narrativa? —respondió la maestra.

—Eso mismo, interrumpió otro, que además de ser una extraviada mental, es una carnicera.

—Antes de continuar díganme: ¿a cuál lectura del curso creen que se refiere?

—Por lo que menciona del monstruo, se parece a la Llamada de Cthulhu. Pero ahí nadie combatió al monstruo.

—Está inventando. —interrumpió otro.

—¿Ven por lo que aún no me atrevo a darle la nota? Continuaré leyendo el trabajo de clase, ya queda poco.

“Al despertar comencé a hurgar entre las páginas del libro que acababa de leer y recordé aquella imagen que he intentado dibujar. Una estatuilla agachada en cuclillas, con cabeza de pulpo, cuerpo de dragón y alas escamosas sobre un pedestal. No entendía la frase, estaba escrita en jeroglíficos.

Disculpe usted profesora, estoy asustado. Según Lovecraft, ese monstruo existe, y creo que sí, porque lo vi bajar a la oscuridad. No ha muerto.».

—Queridos alumnos, deseo expresarle mi agradecimiento a la autora de este relato y a ustedes sus compañeros de aula. Al entregarles las calificaciones, doy por finalizado el curso escolar.

La profesora hizo una pausa y levantó el cuaderno.

“Sobresaliente… y no por la carnicera, sino por haber logrado asustar incluso a quien califica los exámenes”.

Un murmullo recorrió el aula.

BLANCA CERRUTI

CARNICERÍA MARICHUS

Esta mañana:

—Me toca —ha dicho tímidamente una muchacha.

—¿Qué te pongo, chica? —le ha preguntado la carnicera en un tono más seco que la mojama.

—Alitas de pollo, por favor.

—¿Cuántas?

—Para dos.

—Pero, ¿cuántas?, muchacha, que no soy adivina.

—No sé… un kilo…

—¿Un kilo? Pues vais a salir volando —ha dicho la carnicera riéndose.

Una clienta ha intervenido.

—Pide seis alitas y que te las parta por medio, hija.

—Pues póngame seis y me las parte, por favor.

¡Estos jóvenes! Parece que se comen el mundo y no saben ni hacer la compra

ha rezongado la carnicera.

—Aquí tienes. Son X euros.

La muchacha ha pagado y, al salir, se ha dirigido a la amable clienta.

—Gracias, señora.

—De nada, guapa. Atiende: las haces rebozaditas y verás qué buenas están.

Otra clienta le ha dicho:

—Mejor empanadas, chica, porque quedan más crujientes.

—A ver, señoras, que esto no es Master Chef, y hay gente esperando. Usted, ¿qué quiere? —le ha peguntado a la primera mujer que le ha indicado a la

muchacha cómo hacer las alitas.

—Menos prisa, carnicera, que la chica necesitaba un consejo.

—Pero que esto es una carnicería, no un consultorio psicológico. ¿Me dice de una vez qué le pongo?

—Pues, verá, yo quería cuarto y mitad de amabilidad, pero ya veo que no tiene, me voy donde sí tengan.

La señora se ha dado media vuelta y ha salido de la carnicería con la cabeza bien alta.

La carnicera se ha quedado con la boca abierta, mientras las clientas sofocaban unas risitas.

JAROL LIMA

NADIE PUEDE SER DUEÑA DE UN PADRE.

Cuando era pequeña, mamá y las mayores, llegados los meses de otoño, solían caminar días enteros hasta el gran cable al cielo.

— Vamos a la carnicería decían, cuando pasaban por una aldea y el grupo se hacía cada vez más numeroso, un pequeño desfile pasaba por mi colonia agrícola.

El día que me toco caminar, tenía más miedos que alegrías en mi corazón. Mis hermanas me hablaron de la carnicería qué ocurría en lo alto del cable al cielo, ellas sonreian cuando hablaban de los hombres y enseñaban orgullosas los regalos que venían de otras estrellas lejanas; mamá grande me enseñó un pequeño colgante que era su tesoro personal, ella decía que el padre que se lo dio, no era un padre como otros, sino uno muy especial para ella. Ahí escuche esa extraña palabra «amor» ella dijo que lo amaba.

Esa noche fui a la biblioteca y busque en las fichas de conocimiento el significado de esa rara palabra, las fichas eran muy contradictorias sobre el significado y todas eran sobre artículos de ficción donde los humanos vivían en parejas de sexos opuestos, como lo hacen los pueblos salvajes y enfermos de las estepas. En mi cabeza todo se hizo un enrredo, yo sabía la mecánica y lo que ocurriría ahí arriba, aun así tenía muchas preguntas que nadie me sabía contestar, las otras niñas como yo solo sonreían al hablar del asunto y otras recitaban como pericos las lecciones de la escuela y la historia de las federaciones de mundos.

En al calle se escucho:

—Hermanas vamos a la carnicería.

Primero en un suave y dulce susurro y luego en cánticos. Fui arrastrada por mis hermanas que salían cantando y bailando para unirse a la procesión, los carros automatas nos seguían cargados de productos, el sumbido de sus motores de ingravides no podían callar las risas y charlas.

El gran cable del cielo se hacía cada día más cercano hasta que en un claro del bosque lo vi tocar tierra en un enorme edificio. Mi grupo acampo cerca a la feria montada para la ocasión; las ancianas negociaban los productos a cambio de baterías y medicamentos para la colonia. Yo y las demás caminábamos por los puestos feriales en busca de adornos y dulces.

Creo fue en ese día que vi por primera vez a un padre, era muy extraño tenía el cabello en la cara y estaba lleno de arrugas; mamá grande me dijo luego, que ese era un padre que criaba a los niños en un templo de las montañas esos niños eran expulsados de las aldeas al nacer y educados para que una vez ya grandes se unieran a los otros padres en lo alto del gran cable en el cielo.

—Su lugar es viajando, esos niños crecerán y viajarán. Dijo ella muy solemne.

Fueron tres días de espera, hasta que nuestro grupo entró al gran edificio, ahí dentro las jaulas de metal bajaron para llevarnos a lo alto. En mi grupo una pequeña niña se abrazo a mi brazo muy fuerte; no la reconocí como una herman de mi aldea, era hermosa, sus delgados cabellos negros ondulados escapaban de su capucha, que ocultaba su rostro. Me dedique a ser su buena hermana mayor hasta que subimos; ella temblaba.

Llegando, la voz atronadora de un altoparlante informo de un pequeño padre fugitivo. Un niño salvaje que fue atrapado por la policía federal y escapó del templo de entrenamiento. La niña se apretó más a mi. Y lo comprendí.

Supongo que mi primer pensamiento fue entregarlo a las policías. Pero, por curiosidad y algo de capricho no lo hice. Me lo lleve a un rincón solitario, esquivando a las mujeres que buscaban aalhin padre desocupado que las llevara detrás de alguna cortina de las muchas que ocupaban el gran salón. Los gemidos de placer eran similares a los que se escuchaban en las enfermerias de la colonia, solo que eran acompañados de otros más graves. El pequeño me miró con una luz seductora y acercó su mano a mi pecho, deje que tocara y sin desearlo sentí un placer del que no me creía posible. El continuo más abajo por entre mi larga túnica y lo detuve de inmediato.

—¿Porque tratabas de escapar? Pregunte.

El me explico que sus padres fueron salvajes y le enseñaron que los hombres y mujeres viven juntos y no de la forma que dice la federación.

Yo con paciencia le explique lo que nos enseñaban en el escuela.

En un principio las colonias funcionaban como las de salvajes. Pero, los niños nacian débiles y las enfermedades aparecían. Mucha gente murió. Hasta que la federacion dijo qué en las colonias planetarias solo habrían mujeres y lso hombres viajarian entre colonias llevando mercaderías y genes frescos de colonia en colonia. Así habría niños sanos y la cultura seguiría.

El sacudió la cabeza confundido. Lo bese en los labios como lo hacíamos entre niñas cuando nos sentíamos solas o tristes. El respondió besándome y tomándome de la cintura, no pude evitar que me hiciera el amor. Era torpe y muy apresurado; esto no era como decian en el lenguaje arcaico de las fichas de conocimiento de la biblioteca, no habian flores ni romance aún asi no pude evitar disfrutarlo mucho, pues yo lo amaba y eso me bastaba.

Al día siguiente lo entregue a la policía, le prometí que lo esperaría para tener sus hijos. Que lo esperaria siempre. Eso era mentira. Yo era consiente que las distancias relativistas del espacio lo mantendrian joven mientras yo envejecia y moría. El viajaría por el cosmos y haría felices a otras madres de otras estrellas, talves haría feliz a mis nietas o a las nietas de mis nietas, cuando su barco espacial volviera a mi mundo.

Al bajar por el cable al cielo, llore en silencio deseando subir y escapar juntos a las tierras salvajes, lejos de la federación qué sus reglas y sus leyes. Mamá grande me abrazo y me dijo: que la primera vez duele un poco. La carnicería no es para niñas tan jóvenes, la mayoria solo mira y en la siguiente si lo hacen. pero es la ley.

Era cierto la carnicería era muy dolorosa.

Nadie puede ser dueña de un padre para únicamente ella decía la ley.

MARIANA DI PASCUA

Tube luego de dos años mi primer encuentro pedestre. Según mi hijo a los encuentros informales de solteros se les llama «chongo».

Así que vi a un chongo 23 años menor que yo, así como merezco y me gustan. Aclaro que el fue insistente en el encargo. Ahora que mi alma se limpió, mi cuerpo se gozó un espécimen de los que son desagradables para mis amigas y mujeres de la familia.

Yo sin embrago veo la tez marrón dorada de campo con brillantes ojos verdes, llorosos por los destellos de la metalurgia, en una conjunción perfecta de hombre árabe con prácticas en arén.

Un sexi extraño que hasta deleita con ondas desarmadas, diez centímetros bajo su nuca, que amenaza regresar a rastas. Que deleite merecido esto de la libertad matriarcal. Especialmente valoro el uso de este programa de adquirir chongo con carne de ternero.

Firma :La Carnicera.

El 4 de agosto de 2030 se encontró en Londres el cuerpo sin vida…. con esa carta.

CESAR TORO

La Carnicera

“Ella va triste y vacía…” Ataviada con su vestido rojo, medias negras y zapatos de tacón está bien dotada por la naturaleza, atraviesa la plaza y se sienta en el banco pacientemente; a la espera de sus clientes, que generalmente son los mismos desgraciados de siempre, pues igual que ella, no tienen dónde caerse muertos.

Después de huir de su patria y transitar por difíciles derroteros, se ha visto en la necesidad de ejercer la profesión más antigua del mundo y aquí está, en la plaza del pueblo con un poco de vergüenza, pero tiene que ganarse el pan de alguna forma.

Don Fulgencio un maestro jubilado que acude todas las tardes a la plaza para alimentar las palomas, conversa con su amigo Rigoberto.

Este no sabe nada del asunto. Al ver a la mujer que siempre está sentada en la plaza, le preguntó, Fulgencio dime:

¿tú sabes de que vive esa mujer que siempre a la veo ahí sentada?

El amigo que conoce toda la movida le contesta.

“De lo que tiene en el banco”

César Toro

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Como cada mañana, Óscar caminaba para abrir la puerta de su negocio. En la parada del bus, un hombre leía el periódico mientras una joven sonreía frente a su teléfono. Óscar siguió caminando.

La avenida separaba ambos negocios como si cada uno perteneciera a un mundo distinto. Por un lado, la carnicería de Óscar, un negocio familiar de tercera generación; por el otro, el nuevo modelo de negocio que se estaba expandiendo como una gota de grasa por todos los rincones del país.

Óscar se agachó para levantar la persiana. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al reconocer a Juan, un cliente y amigo de la familia, que estaba en la nueva carnicería.

El hombre sacó su teléfono móvil y lo acercó a una pantalla. Una máquina enorme parecía procesar el pedido y, en cuestión de segundos, de una compuerta salieron un par de bolsas que Juan recogió junto a su cambio.

Óscar entró en la tienda como cada mañana. Encendió las luces y arrancó las máquinas. Hasta pasada una hora no entró el primer cliente. En ese tiempo vio desde su tarima cómo el nuevo negocio recibía un constante ir y venir de personas.

Abrió la puerta de la carnicería don Andrés, nota en mano:

—Buenos días, Óscar —dijo el hombre sin hallar respuesta—. Óscar, que te he dicho buenos días —repitió esta vez elevando el tono de voz.

—Perdone, don Andrés, buenos días.

—¿Qué te ocurre? ¿Andas preocupado por el nuevo negocio?

—No, no… Me ha pillado en mis cosas y no le he escuchado.

—La verdad es que yo no sé cómo la gente se fía. Comprar la carne de una máquina que la fabrica al momento…

—¿Cómo es eso, don Andrés? Lo cierto es que me llegó la publicidad a casa, pero la tiré.

—Pues el otro día estuvo un chico majete en casa y me explicó cómo funcionan. Con simplemente dar el DNI de los miembros de la familia, ellos lo relacionan con los historiales clínicos y te ofrecen la carne que pidas, con el sabor de siempre, pero como hasta ahora nunca le ha sentado a tu cuerpo. Dicen ellos.

Sin quererlo, don Andrés recitó a la perfección el eslogan del nuevo negocio que ya ocupaba un lugar en su mente.

—Vaya, don Andrés, pues sí que parece por lo menos curioso el tema este. Bueno, ¿qué necesita usted para hoy?

Óscar despachó a don Andrés como cualquier otro día.

La mañana siguió y Óscar pasó más tiempo al teléfono con proveedores y asuntos varios que entre cuchillos.

De repente, se abrió la puerta del negocio de manera brusca y Óscar se giró rápidamente. Un par de jóvenes encapuchados lanzaron unos dípticos y salieron calle abajo. Óscar dejó el mostrador y se agachó para recogerlos; una vez reunió el último, se detuvo a leerlos. En ellos se decía: «No a la matanza de animales. Come ya carne del futuro».

En ese instante se escuchó de nuevo la puerta del local. Era Julia, cliente habitual. Óscar volvió a su lugar tras la vitrina y la atendió mientras arrugaba con fuerza aquellos papeles.

Mientras lo hacía, ella le lanzó una pregunta:

—¿Crees que será el fin de las carnicerías de toda la vida?

Óscar tardó unos segundos en responder mientras afilaba los cuchillos. Aquel sonido le recordó de forma nítida su niñez, cuando acudía tras el colegio a ver a su padre despachar en la tienda.

—Pues no lo sé, pero yo seguiré aquí y, si llega, que me pille haciendo lo que me enseñaron.

Ese recuerdo alivió la tensión que le recorría el cuerpo desde primera hora de la mañana.

Ya se acercaba la hora de cerrar. Como de costumbre, Lucas llegaba con prisa.

—Buenas tardes, Óscar. ¿Te dejo la nota y me la vas preparando?

—Claro, anda, tira y aparca bien el coche, que te van a multar.

Óscar se puso manos a la obra. Al dirigirse a la nevera se encontró con un cuadro, como si este hubiera salido a su paso para decirle algo.

Se trataba de un marco de plata que guardaba la foto de sus abuelos y de los dos trabajadores que abrieron la carnicería. Una foto en blanco y negro que hacía retroceder unos sesenta años en el pasado. Escrito de puño y letra de su abuelo se podía leer:

«Familia Ruiz Ramírez, carniceros desde 1965».

Óscar se quitó el guante de malla y preparó el pedido de Lucas, que estaba al caer. Mientras preparaba con mimo los filetes que había cortado, el tacto de cada uno de ellos le recordó a las manos de sus abuelos.

Una sonrisa dibujó su rostro.

Lucas entró, de nuevo con prisas.

—Óscar, ¿lo has podido preparar?

—He preparado tu pedido… y estoy preparado para lo que venga —dijo, mirando de reojo el cuadro mientras se ajustaba el delantal con firmeza.

—No sé qué te traes, pero cóbrame, que tengo prisa.

©Fernando D. López Aguilera.

EVA AVIA

La carnicera

El barrio donde, Carmen, tiene el negocio familiar es una zona en la que la clientela es, digámoslo, variopinta. Estos acuden a ella cuando menos se lo espera y con unas peticiones que para algún que otro profesional del sector se les complica. Ella es conocida, no solo en el barrio, sino más allá de la ciudad.

Los cuchillos se deslizan por sus dedos, su despiece es exquisito. Los clientes siempre quedan satisfechos y cuando tienen un gran evento acuden sin importar el coste del trabajo, porque saben, que la calidad y la satisfacción del cliente es lo primero para ella.

—Buenos días, Pepita —Colocando el hacha en lugar seguro—. Dos besos, corazón —Se quita el delantal, para no marcharla de sangre y sale de su rincón.

Ambas mujeres se dan un gran abrazo fraternal y los sonoros besos marcan una sonrisa picarona en Carmen.

“Cuanto tiempo sin verte. ¿Qué necesitas de esta humilde carnicera?”

La toma del brazo y la invita al rinconcito que hace de oficina, zona que creo cuando el negocio familiar despegó. Carmen, se toma muy enserio la confidencialidad de los consumidores que para ella considera familia y, de todo aquel que, curioso, quiere comprobar, por sí mismo, que tan ciertas son las menciones sobre su trabajo.

—Como te lo digo —Pepita, ya acomodada en el sofá, toma un sorbo al café.

—Pues al grano, cariño, nos conocemos desde hace muchos años.

Carmen, coge la libreta para los encargos y escucha con detenimiento.

Unos minutos después.

“Pues tú tranquila, que el encargo lo tendrás para ese día.”

Ambas mujeres se levantan y se despiden de la misma forma en la se han saludado. A la salida, una mujer hermosa con tacones rojos la observa implacable.

—¿En que la puede atender? —Al verla, se tensa como soldado que ha sido.

—¿¡A mí no me invita a pasar!?

—No será necesario, en vista de cómo ha dejado al resto del equipo. Le repito, ¿qué necesita de mí?

—Para mi próxima fiesta quisiera contar con sus servicios.

—Mis servicios tienen un precio.

—Por eso no se preocupe. Solo tengo una condición, tiene que jugar.

—Me encanta jugar y hace mucho tiempo que no lo hago.

—En este chip tiene toda la información, incluido el Qr para su primer pago en Bitcoins, el resto, a la finalización del servicio —Entregando, en un sobre, el chip.

La mujer de tacones rojos retoma sus pasos antes dados. Su cabello se deja llevar por la brisa, sus caderas se contonean al ritmo de las miradas de los que han recuperado la consciencia.

—Había oído hablar de esos tacones, en persona son mas imponentes —le dice, Carmen, a uno de sus hombres que ha acudido con celeridad—. Estoy bien, no te preocupes. Tenemos trabajo y solo hay tres días para prepararlo todo. Ya ha llegado el trabajo que estábamos esperando.

La noche.

—Espero que no le importe que se unan —le dice, Zayd Al-Saud, a la Feme Fatal, invitando a pasar a la habitación a dos hombres.

—Parece que me ha leído el pensamiento, vengo con una amiga.

Carmen hace su entrada. Luce sensual. Ha dejado, por un rato, el uniforme de carnicera.

— Assalamu Alaikum, es usted hermosa —La toma de la mano y le dado un beso. Zayd Al-Saud se ha quedado prendado de la mujer que hay frente sus ojos.

—Las reglas del juego, como pueden leer, son sencillas. Que comience el juego.

Ellos actúan con prudencia, ellas, ávidas, muestran sus dotes ante sus presas. Besos, caricias, piel… y unas buenas dosis drogas y alcohol, son los ingredientes de un juego que a cualquiera dejaría con ganas de más.

—Solo quedamos usted y yo, el que gane elige como finaliza el juego —le dice, Carmen, a Zayd Al-Saud, que coquetea con él hasta el punto de que su erección se hace presente.

Los invitados al juego arden de deseo. Sus cuerpos son el reflejo de sus mentes. Quieren más, la Femme Fatal les detiene.

“Ambos poseemos la mitad de los territorios, el que conquiste uno más gana la partida. ¿Está de acuerdo?”

—Cuando acepté la invitación de tan bella dama, no podía imaginar que no sucumbir sería tan estimulante, solo me queda dejarme llevar. Me rindo ante sus encantos, soy todo suyo.

—¿Está seguro? —su sonrisa de satisfacción da miedo. Solo ellas saben lo que va a suceder a continuación.

—Por supuesto.

—Entonces, que finalice el juego —dice, la mujer de los tacones rojos.

Sobre el tablero de juego, la Femme Fatal, coloca un antifaz, unos cascos, una manzana y un cinturón. Carmen, tres esposas y una gran caja de herramientas, que mantiene cerrada.

—¿Qué hay en esa caja? —dice, uno de ellos.

—Es una sorpresa —le contesta, Carmen.

Los tres hombres se muestran nerviosos, ansiosos por lo que pueda suceder. Las miran con recelo al ver cómo ambas se funden en un apasionado beso.

—Tiene que elegir si lo quiere rápido o lento. Lo que usted decida será para todos igual —Tacones rojos, observa su respuesta. Ella, con su lengua, recorre el lóbulo izquierdo del hombre que ha sucumbido al deseo

—Lento.

—¿Está seguro?

—Por supuesto.

—Uno no podrá ver lo que está sucediendo, otro no escuchará y el tercero no podrá hablar —les dice, la Carnicera.

Carmen le coloca a uno el antifaz y le pregunta si ve algo, a lo que le responde que no. Al siguiente le coloca los cascos, hace la pregunta obvia y él no contesta. Al invitado especial le ha tocado no poder articular palabra, Carmen muy excitada le coloca la manzana en la boca la que sujeta con el cinturón.

—Que cerdito mas bonito, ¡ja, ja, ja! —Jocosa les coloca las esposas.

—Se me olvidaba la música —Tacones rojos, saca el mando a distancia y la música clásica envuelve el entorno.

—¿Qué sucede? —dice, el que no puede escuchar.

—Lo que tanto estaban deseando descubrir —La Carnicera abre la caja y las herramientas que ella contiene tienen mucho filo.

El sordo, grita; el mudo, abre los ojos como platos y el cielo, grita que cojones está sucediendo.

—No, no —Tacones, saca una pistola y juega con ella—. El juego es muy sencillo vamos a comenzar con el que ha perdido primero y así sucesivamente. Os va a encantar, ¡ja, ja, ja! Mira como tiembla, que penita, pero eres tú el primero

La Carnicera coge el cuchillo trinchero, pero su sed de sangre hace que termine con rapidez con el sordo y con el ciego, el mudo trata de huir, que recibe un disparo en la pierna de Tacones.

—Elegiste lento —le dice con el cañón del arma en su frente—. Todo tuyo, llego tarde a una cita.

Tacones recoge su ropa. Observa con admiración el exquisito trabajo con el despiece del encargo recibido.

Con móvil en mano le confirma a la Carnicera que el resto del pago ya lo tiene en la cuenta.

Sus andares sensuales abandonan la habitación. Suelta su cabello, el que sacude. Su cuerpo avanza por los espejos del pasillo, el reflejo rojo, muestra a una hermosa mujer que sonríe como el mismísimo Joker.

Misión confirmada. 12:30 am. Limpieza exhaustiva. Bitcoins. Aprobada. Próxima misión.

Dos semanas antes, cumpleaños de Pol.

Elena, se aproxima a Zayd Al-Saud, que en esos instantes está tomando una copa cerca de la piscina, y le entrega una nota que coloca en el bolsillo de la chaqueta. Tacones rojos, la Femme Fatal, ya lo tiene donde quiere.

—Te espero —susurrándole, le clava sus ventanas con vistas al mar a las montañas de arena mas profundas del desierto.

Continuará…

Besos, la Incondicional.

GERARDO BOLAÑOS

El deseo no entra por la puerta de servicio; se instala en el centro del pecho como un **taumaturgo de lo rojo**, aquel que despoja al alma de su ropaje de seda para enfrentarla a su propia estructura. No busques aquí el mostrador de mármol ni el frío del acero, sino la **incandescencia del reconocimiento**.

Amar —o desear con la urgencia de lo prohibido— es un acto de **anatomía espiritual**. El ojo del amante no mira, sino que desprende las capas del tiempo, buscando esa fibra íntima donde el pulso se vuelve visible. Somos, ante el deseo, una llanura de relieves y hondonadas, un mapa de venas que prometen ríos de fluidos corporales.

* **La mirada:** Es el primer corte, limpio y silencioso, que separa la voluntad de la razón.

* **El roce:** Es el pesado mazo que ablanda la resistencia, transformando la rigidez del juicio en la maleabilidad de lo entregado.

* **El encuentro:** No es un intercambio, sino una **explosión interna** donde el cuerpo del otro es el combustible y nuestra sed es la llama.

«No nos buscamos para alimentarnos de lo que sobra, sino para reconocernos en lo que nos falta: esa herida abierta que solo se cierra con el peso exacto de otra piel.»

Bajo la cúpula de los párpados cerrados,

el deseo es un artífice que no perdona.

No pide el nombre, pide la sustancia,

el nácar de la espalda, el hueco de la sombra,

allí donde el espíritu se hace materia

y el latido es un golpe de hacha en la cordura.

Somos la ofrenda y somos el hambre,

un festín de relámpagos atrapado en los huesos,

donde el otro no es carne que se consume,

sino el único espejo donde el dios que nos habita

se atreve, por fin, a sangrar.

RAÚL LEIVA

Peluqueros, carniceros e ingenieros, una historia de amor

Arnaldo Ibarra era uno de los peluqueros de mi ciudad. Si bien en los 70 no había muchos peluqueros de profesión, Ibarra era un referente obligado y cobraba caro.

Una tarde entró un hombre de traje con un niño de la mano riendo acaloradamente de una imitación de José María Muñoz. Cuando todos lo miraron pidió disculpas y se presentó «Buenas tardes. Soy el ingeniero Palazzolo. Permiso» y se sentó en un rincón cercano al revistero. El clima siguió como siempre, charlas de personajes, comentarios acerca de las noticias de la radio y fuertes cruces entre los clientes por el poster de Boca Jr. campeón 1970. Los rituales cotidianos se interrumpían cada vez que se perdía la señal de la radio o entraba algún cliente a preguntar si había lugar para uno más o volvía en otro momento.

Así pasó la tarde hasta que le llegó el turno al ingeniero Palazzolo. Se sentó con el diario La Razón abierto en la sección de economía y finanzas comentando en voz alta lo que lo indignaba la situación del país y el mundo en general.

«Media americana» le indicó al peluquero «Y un poco de tinte en el bigote, que tengo una reunión mañana y tengo que quedar bien, ¿Me entiende?». Ibarra le cortó el pelo y muy prolijo le puso glostora logrando un brilloso tono azabache. Con un pincelito en miniatura le coloreó los bigotes y patillas dejando al ingeniero Palazzolo con el porte de un prócer. Causaba mucha impresión el resultado, se encontraban ante un hombre poderoso en su mejor momento. Le pasó una ancha pinceleta y completó su trabajo con una tijerita diminuta con la que cortó uno a uno los pelos de las orejas y nariz.

Palazzolo se miró varias veces al espejo con cara de insatisfacción, pero finalmente soltó un bufido y comentó «Está bien Ibarra, está bien. Lo felicito por el trabajo. Cortemelé al pibe a la romana que me cruzo a comprar cigarrillos y vuelvo a terminar la charla acerca de economía y a contarle unas ideas que se me ocurrieron para mejorar el negocio de la peluquería… ¿Tiene cambio para los cigarrillos? Salí sin sencillo, no se preocupe, le pago todo junto». Ibarra presto, sacó del cajón de la recaudación dos billetes marrones y se los dio a Palazzolo quien le agradeció y se cruzó al quiosco de enfrente.

Ibarra acomodó al niño en el sillón y le cortó el pelo tal cual le indicara Palazzolo que estaba tardando un poco más de la cuenta. «Supongo que no encontró los cigarros que fuma y se fue a la otra cuadra, por eso debe tardar…», pensó Ibarra mientras terminaba de cortar el pelo al niño. Cuando finalizó, lo ayudó a bajar del sillón y se fue al rincón del revistero a hojear una revistas El Gráfico.

La tarde transcurría y en algún momento la ausencia de Palazzolo le colmó la paciencia y le preguntó al niño «Che nene, ¿no sabés si tu papá va a tardar mucho?»

«No sé» dijo el niño «¿en qué va a tardar mucho?»

«¡En volver, nene! ¡Hace como una hora que se fue! ¿Qué fue a hacer? ¿A comprar o a fabricar los cigarrillos?», le dijo Ibarra medio en serio y medio jorobándolo al pibe.

El nene lo miraba en silencio arrugando la frente como si le hablaran en chino mandarín.

«¡Tu papá, nene! ¡El ingeniero Palazzolo! ¿Te agarró amnesia, te agarró?», se impacientó Ibarra.

«¿El ingeniero? Mi papá es el carnicero de la esquina. No conozco a ningún ingeniero», dijo el nene.

«¿¡Y Palazzolo!?¿El hombre que entró con vos?¿Quién es?».

«¡Qué sé yo! Yo estaba jugando en la esquina y me dio unos caramelos y me dijo que lo acompañe a cortarse el pelo. Me preguntó de qué cuadro era y empezó a hacer como el de la radio. Bueno, me voy yendo que es tarde. ¿Me puedo ir?».

Ibarra sentía ganas de agarrar a patadas en el culo al nene, pero se ve que también era víctima del engaño. Como estaba se cruzó al quiosco de enfrente y preguntó si habían visto a Palazzolo. Obviamente el kiosquero no tenía idea de que le hablaba Ibarra.

Entró deshecho a la peluquería y le dijo al pibe «Andá nene, andá. Tu viejo debe estar preocupado, andá». Y cuando salió el pibe se desplomó en el sillón pensando como lo había cagado Palazzolo.

Terminó el turno y pasó por la carnicería a ver como estaba el pibe, si había llegado ya que era tarde. Lo interceptó el carnicero diciendo «Ibarra viejo, justo me agarraste cerrando, ya iba para la peluquería. ¿Te dejó el pedido Palazzolo?»

«¿Qué pedido?» le dijo mirándolo extrañado.

Después de un silencio el carnicero rompió «¡Qué hijo de mil putas! ¡Me recagó! ¡Me dijo que iba a tu peluquería a pedir cambio para pagar dos kilos de lomo que se llevó! Ya iba a buscarlo… ¿Cerraste, Ibarra?».

«Si hombre, venía a preguntarte si llegó bien tu pibe. A mí me garcó un corte de pelo y plata para los puchos que me pidió con el verso del cambio», le explicó grosso modo Ibarra.

«¿Qué pibe?», le cortó en seco el carnicero «Yo no tengo pibes, soy soltero».

Lejos de allí, el ingeniero Palazzolo se iba a su casa con su hijo, los dos kilos de lomo y los Parliament negros sin filtro en el colectivo urbano.

MATEO VIERA

Los rieles del rifle echaban fogonazos verdes por el continuo disparo de las cargas cinéticas. Se derretían; había que cambiarlos cada cierto número de cartuchos. Mikel se agazapó detrás de la oruga de una destrozada torreta móvil. Aplacar la resistencia le llevaría más tiempo del pensado porque eran duros contrincantes —pueblos rebeldes fuera de la Red de Comercio: esclavos cimarrones en su mayoría—. De todas maneras, el precio del contrato estaba más que pagado. Se sentó un momento de espaldas mientras los chorros de plasma cruzaban sobre su cabeza y preparó su pipa —el mejor tabaco de hebra de Titán—, desmorrugando con las palmas para tener una mejor miga, y la prendió con el soplete. Un chorro de acero derretido por un cortador de plasma le cayó sobre la pierna y resbaló lentamente sobre la coraza de placas de tungsteno.

—¡Artilleros, fuego de supresión! —luego dijo bajo—: Mientras fumo esta hermosura —la pipa, un raro ejemplar hecho con el hueso de la trompa de un gusano de asteroides—.

Mientras Mikel fumaba, las tropas fueron avanzando lentamente con un fuego continuo de los cañones de riel. El chisporroteo verde por momentos le quemaba la cara, pero seguía con los ojos cerrados, disfrutando cada calada.

La defensa era feroz. Ellos sabían que cualquier destino posible sería de una extrema agonía: volver a ser esclavizados o ser vendidos como entretenimiento en los diferentes coliseos del sistema de asteroides exterior.

La resistencia se replegó dejando heridos y pequeños grupos aislados que no lograron escapar a tiempo; exactamente lo que Mikel necesitaba.

—Tú, rata holgazana, ve emprecintando a estos pobres diablos —le ordenó a un chico de no más de dieciséis años, nacido en Europa y enrolado en las filas mercenarias hacía solo un ciclo—. Solamente los que entren en la nave; al resto, ejecútenlos.

El olor a pelo chamuscado, sumado al oleoso y fragante biocarburo de las torretas, se pegaba al paladar; no había forma humana posible de quitárselo más que emborrachándose. Frente a las fosas cavadas a mano por los propios prisioneros, fueron degollados sin llanto decenas de cimarrones, que sostenían una expresión de sereno cansancio en la mirada. Fue ahí que el general puso a prueba el temple del chico, obligándolo a ejecutar a su primer prisionero; y aunque su mano tembló al principio, rajó de un corte el cuello del condenado.

Inyectaron en su sangre y en la de los prisioneros el «cóctel» —un conjunto de compuestos diseñado para que las arterias resistieran la presión aplastante si el motor requería una quema de alta aceleración—. El viaje los llevaría meses enteros hacia la negrura total, más allá de la Nube de Oort, donde esperaba la gigantesca estación de piedra negra.

El chico quedó maravillado al ver las oscuras columnas del templo, que se erguían en dos hileras gigantescas, opacas como turmalina negra. Una gigantesca boca las coronaba, adentrándose profundo hasta llegar a su patio interior. Sobrevolaron al límite de la atmósfera artificial esperando el permiso de ingreso, pudiendo observar el brutalismo de la estructura, de apariencia mucho más estética que funcional; era protegida por una gran flota de batalla de un aspecto muy ajeno a las naves humanas.

—Mira, chico: la gloria del Palacio de las Espinas, las puertas macizas de su templo negro. Cuántas noches no me habré desvelado yo con las sacras prostitutas Nakkar, envuelto en sus jugosas carnes, fumando el opio sagrado que ellas mismas cosechan. Qué no daría por volver a esa gloria.

—No doy crédito a mis ojos. Jamás pensé que fuera una estructura tan grande. ¿Para qué quieren los esclavos los Nakkar? No veo campos de trabajo, ni coliseos, ni minas —el general giró la cabeza y lo miró fijo a los ojos.

—Claro, no tienes cómo saberlo. Los Nakkar viven bajo una férrea teocracia; a diferencia de los dioses humanos, su diosa mora entre los adeptos —el chico no despegó la vista del templo—. ¿Hablas de una diosa de verdad?

—¿Real? No te imaginas cuánto. Es descomunal y despiadada; su piel es azul pálido y tiene una expresión feroz en la mirada. Tendrá, más o menos, la altura de las columnas. Nosotros, cariñosamente, la apodamos «La Carnicera». Es, sin duda, una poderoza fuerza de la naturaleza. Los Nakkar pagan una buena suma por la materia prima de las festividades en su honor —hizo un pico con los labios y señaló a los prisioneros.

—Señor, tenemos permiso para ingresar —el curtido piloto, con el cuello como un tronco, se mantuvo expectante tras dar el aviso.

—Muy bien, chico. Tu santa madre se sentirá orgullosa de ver el hombre en el que te estás convirtiendo. Ayúdame a empujar a estos mugrosos con las electro-lanzas.

Los altos templarios se acercaron en silencio. Uno empujaba un carro con una esfera negra, brillante como la obsidiana; el otro cargaba una pila de vestidos grises que proporcionaron a los mercenarios, quienes a su vez obligaron a los prisioneros a vestirlos. Al mínimo llanto o queja eran doblegados con violencia. A cada uno de ellos le apoyaron en la frente un dispositivo parecido a un escarabajo negro, cuyas cuatro garras se enterraron profundamente en la carne hasta prenderse del hueso. Los prisioneros, aunque conservaban la conciencia, perdieron la total voluntad de sus cuerpos y comenzaron a seguir aterrados a los templarios.

—Malditos bastardos —se rió el general—. Lleva dentro de la nave ese carro; no se te ocurra dejarlo caer o dejaré que te lleven como ofrenda, chico.

—¿No veremos el sacrificio? —el chico empujó el vehículo con cuidado, esperando la respuesta del veterano.

—No lo tenemos permitido. No al menos de cerca, aunque a veces me gusta mirar el espectáculo a una altura decente —Mikel picó tabaco con una pequeña navaja, manteniendo la pipa entre los dientes.

Caminaron hacia la escotilla de la nave mientras escuchaban el llanto lejano de los prisioneros.

Esperaron flotando sobre el templo a que comenzara la festividad. A simple vista se podía observar a la descomunal criatura moverse con lentitud, agacharse, tomar algo del suelo y retorcerlo con un gesto ceremonial. Los mercenarios ajustaron el zoom óptico en la pantalla digital de la cabina. En el monitor, la fila de prisioneros gritaba irremediablemente, desesperados ante la inevitabilidad de su destino, mientras eran despedazados por la titánica figura.

SILVIA R.G.

UN RESQUICIO DE AUTENTICIDAD

– La verdad es que…no sé… Qué quieres que te diga… Que, además de haberle puesto de nombre «La carnicera», en la entrada estén colgadas esas fotos de Angela Lansbury , Emma Thompson y Helena Bonham Carter…y otras que no reconozco, cada una con sus pastelitos de carne humana, o con el hacha esa en la mano alzada a punto de trocearla…

– Le han puesto humor, mujer. Para la gente que nos gusta el cine y también comer buena carne…

– Bueno, sí..Pero …

Me parece un poco, o bastante, macabra, la verdad. Qué quieres que te diga…

El musical (en película no la he visto), me gustó mucho. Pero…ponerle ese nombre a un restaurante…

hmm…pues como que no le veo la gracia.

– ¿Dónde viste el musical?

– Aquí, en Barcelona. Hace años… Él, Sweeney Todd, Benjamin Barker, lo interpretaba Constantino Romero. Y ella, la carnicera, Mrs. Lovett, lo interpretaba Viqui Peña; y… Lo disfruté mucho, la verdad. Recuerdo que salimos del teatro con la sensación de que había valido totalmente la pena.

– Pues por no gustarte lo macabra…

– Pero hay un drama detrás que se va comprendiendo.

Ese juez corrupto que le arruinó la vida y…, aunque la venganza sea exageradamente desmedida y cruel, claro.

Y luego, esa música de Sondheim…entre ese ambiente, esa atmósfera…

Y tú ¿La has visto?

– Yo he visto la película, con Jhonny Deep y Helena Bonham Carter. También me gustó mucho.

– Pero una cosa es que a uno le guste el musical de teatro, o la película… Y otra que a un restaurante donde todos los platos estan elaborados con carne se le ponga ese nombre y esas fotos.

Por mucho humor que le quiera poner…a mí que los platos de carne, en general, ya me cuestan…No soy vegetariana, voy comiendo algo de carne, por el tema de la proteína; y de pescado, a menudo. Pero…la como haciendo un esfuerzo… Así soy, sí, en mi vida real.

– No, si cuando al entrar he visto tu cara…Por éso te he dicho rápido de salir para ir a otro restaurante y evitarte darme explicaciones…

Ya he avisado a los tres de que había habido un cambio de planes y que viniesen aquí y no allí

Aquí, en éste, hay de todo…, para todos los gustos…Aunque el nombre también…

– Siii jajajaa. Cuando he visto el rótulo en la puerta de Delicatesen…

– Has pensado » Noo. Otra vez lo mismo, no!». Era la única opción a enlazar, además del «La carnicera»

Suerte que…

– Síí jaaj… Pero claro, se refiere a delicadezas, exquisiteces…sin hacer alusión a la película, que además es con dos eses

– ¿ La has visto?

– Sííí. Me gustó tanto tantísimo…Me pareció preciosa, tierna…

Delicada y sublime, aunque trate de canibalismo.

– A mí también me gustó muchísimo. Comparto tu opinión. Esa sociedad distópica, aquellas gentes viviendo en las cloacas con trajes de submarinistas recogiendo sacos de grano…, el hambre atroz que les lleva al canibalismo…

– La historia de amor de ellos dos…tierna, cómica, ingeniosa…La música que crea haciendo vibrar el serrucho…Aquella escena de cuando ella le invita a tomar el té y no se pome las gafas para resultar más atractiva y no vé ni dónde arroja el té ni…jajaa.

Hacía tiempo que no la recordaba…Seguro que muchos detalles no los recuerdo ya…

– Éso de recordar sociedades distópicas …

Como si no tuviésemos suficiente ¿no? con…

– Mira. Ya está aquí Lluís.

– Hoolaa

– Hola

– Holaa. Me ha costado encontrar el lugar.

– ¿Por los baches de las calles? ¿ Por esa inoportuna lluvia amarilla en la pantalla que muchos ratos no deja ver?

– No. Porque la red parecía estar colapsada. Hoy, día del restaurante, había mucha gente conectada al mismo tiempo buscando los mismos lugares, parece ser. Y no aparecía… Pero al final sí que he podido llegar con acceso directo..

– Claro. Como hoy sólo se puede acceder a restaurantes… Mañana, que toca día del deporte, no sé a dónde podremos acceder. ¿ Tendremos que saltar baches? ¿Esquivar edificios que se desmoronan? Si sólo nos quedan las calles…

– Si nos damos prisa en buscar quizás encontremos pistas libres.

Buscamos y nos enviamos enlaces del camino.

– ¿Pista de esquí? ¿De patinaje? ¿de futbol? ¿de básquet?

– No sé. Lo que encontremos.

– Éso, sí. Porque quedarse en las calles entre tanto caos y destrucción… aunque

sea virtual – y no sabemos cómo están desde que nos prohibieron salir y sellaron todos los portales – no me gusta nada. No le encuentro ningún aliciente; no me va lo de hacer subir la adrenalina.

Y mejor seguir siendo cada uno como aún somos ¿no?. Y que no nos habituemos a según qué como si debiese acabar siendo «el pan de cada día» hasta parecernos normal y aceptable.

– Sí. Yo prefiero, de momento, «obedecer», o que así lo perciban, acudiendo por acceso directo donde toque cada día, mientras no quede demasiado alejado de mi manera de ser y de pensar, y que podamos seguir conversando, recordando…, con cierta tranquilidad mientras ésto dura.

– Yo también lo prefiero, de momento.

– Y yo

– Y también tomar las píldoras de nutrientes que nos indican, que no habiendo nada más a nuestro abasto, no quiero morir de inanición, por ahora.

– Y…¿ Quién exactamente indica lo que debemos hacer, o lo hace indicar a otros, a aliados suyos quizás?

– …¿?…

– Si lo supiéramos… Antes nos indicaban qué debíamos hacer muy sutilmente…y, aunque muchas personas cayesen en sus redes, otras optábamos por desobedecer, percibiéndonos libres porque, guiados por nuestro sentido crítico, no nos creíamos lo que nos intentaban inculcar . Pero ahora ya…

– ¿Vosotros creeis que alguien controla todo lo que hacemos y hablamos en esta realidad virtual?

¿Que deben de haber muchos guardianes?

– No lo sé. Por si acaso…, estemos al tanto…No mencionemos según qué palabras para no llamar la atención.

Pero parece ser ( por conversaciones en clave con algunas personas) que ésto no está ocurriendo en todo el mundo, sinó sólo en algunas zonas a modo de experimento.

– Quizás, entonces, sea sólo por un tiempo limitado y un día de estos podamos volver a vivir como antes…

– Quizás el resto del mundo no sepan lo que sucede en estas zonas, o quizás sí y luchen, ésos que aún pueden, por nuestra libertad.

– Quizás …

– Quizás…, ojalá…

– Bueno, no decaigamos. Sin ánimo no conseguiremos nunca encontrar la manera de salir de esta distopía.

– Sí . Cierto. No perdamos los ánimos.

Y disimulemos…

– Los platos de la carta de este restaurante, Delicatesen, son de lo más apetitosos ¿Los habeis visto ya? Yo me voy a «poner las botas» probándolos todos; hacen honor a su nombre.

Aunque he de decir que en «La carnicera» para los amantes de la carne también habían platos muy elaborados y exquisitos, eh…

– Síí. Yo también comeré de todos. Me pondré unos kilitos de más y mañana ya… si éso, con la práctica del deporte que encontremos con acceso… ya los rebajaremos… Jaajaa

– Pues sí. ¿Qué otra cosa podemos hacer, de momento…?

– Comer virtualmente, practicar deportes virtualmente… Y tantas cosas más virtualmente… Y mantenermos conversando, evocando recuerdos y riendo de verdad, mientras podamos y no encontremos la manera de escapar de ésto.

AXY LINDA

La carnicera

—¿Qué traes hoy?

—Necesito esperanza… tengo una emergencia. Así que vengo a vender un poco más de alegría.

—Supongo que la has estado regando bien para que crezca.

—Eso no importa. Solo corta un poco.

—Claro que importa. No puedo vender alegría contaminada con trampas y mentiras.

—Créeme Mariale, todavía tengo sinceridad de la que me vendiste.

Hicieron la transacción. La carnicera cortó apenas un poco de alegría, cuidando no dañar la raíz. Luego envolvió un trozo de esperanza en un delicado papel lleno de pliegues y se lo entregó a Mariele.

Puso la alegría sobre el mostrador y comenzó la subasta. Uno ofrecía sorpresa; otro, inocencia; alguien más, confianza.

Entonces se acercó un hombre de aspecto derrotado.

—Parece que a ti sí te urge mi mercancía —dijo la carnicera—. Puedo darte un gran pedazo. ¿Qué ofreces a cambio?

El hombre tragó saliva antes de responder:

—No es para mí… la quiero para mi esposa. Estoy desahuciado. Perdimos a nuestra hija hace tres años y ahora cuidamos a nuestros dos nietos. Nos hemos sostenido mutuamente, pero cuando yo me vaya ella quedará sola. Por eso vengo a ofrecer mis sueños y mis mejores recuerdos… a cambio de un poco de resignación y alegría para ella.

La fila entera se conmovió.

La carnicera cortó buenos filetes de lo que pidió, y los demás comenzaron a aportar algo también: paz, armonía, solidaridad.

Entonces alguien dio un paso al frente.

—Creo que puedo donarle un mes de mi tiempo.

La idea emocionó a todos. Entre minutos, días y meses reunieron cinco años más para el hombre.

Con lágrimas en los ojos, se retiró agradecido.

Desde entonces regresaba cada mes a donar un poco de gratitud, amistad, esperanza y fe.

Entonces ocurrió algo extraño:

aunque solo le habían concedido cinco años, cada vez que daba algo de corazón… su tiempo crecía un poco más.

Axy Linda San-Fre

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