El juramento – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el juramento». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 14 de mayo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

UNA MOCHILA VIAJERA

Llegaron las nubes cargadas de lluvia. Viajaban con pasos lentos y con una mochila para abastecernos de algunas necesidades en caso de lluvias torrenciales.

El agua caía en silencio; pequeñas gotas despertaron mi rostro dormido. En pocos minutos la lluvia bajaba corriendo por las calles empedradas. Un abrigo con gorro protegió mi pelo y mi calzado se pintaba de los colores del arcoíris con pequeñas gotas salpicadas.

Las nubes descargaban todo su peso, pero no era suficiente y, llegando la noche, un estruendo despertó el terror en las calles del pueblo costero de “Zahara de los Atunes”. Una colonia de gatos huyó despavorida calle abajo y unas cuantas calles más arriba, en el silencio de la noche, se oyó el cielo estremecerse de dolor.

El dolor por ver cómo nos íbamos yendo por el camino de la discordia, las guerras, la avaricia sin medida y el poco amor al prójimo. Aquella noche fuimos castigados por no hacernos cargo de quien necesita de nuestra ayuda, no brindar nuestro apoyo a quien sufre de dolor, no dar de comer al hambriento y acercarnos a quien necesita unas palabras de consuelo.

Nuestros mayores lloraban lágrimas negras al despuntar el alba, cuando el cuerpo se levanta encorvado para llevar un nuevo día sin visitas deseadas. La mirada triste de aquellos que nunca vieron llegar a quien los dejó allí postrados. Días tristes, guerras que nunca llegan a su fin y niños que lloran sin consuelo.

En el paraíso que nos dejaron prestado, estamos sobreviviendo a lo que nos trajo el destino. Desde mi humilde morada deseo vivir con el anhelo de mis sueños cumpliéndose cada día. Bajo mi pluma lleno mis días de gloria y vivo con la libertad de un pájaro con las alas pintadas de color. Cada día sueño con alcanzar mis metas y valoro al que crece día a día para llegar a nuestros corazones. Con humildad, sin promesas, ni juramentos y con una sonrisa.

Aquellas tormentas que llegaban para hacernos entrar en razón se iban con los pies descalzos y mojados. Volvían en medio de la noche, levantando a las almas que se cobijaban bajo sábanas blancas en alcobas frías. Rezaban los misterios frente a un ventanuco con la madera desgastada por el paso de los años y pedían que cesara el castigo divino.

Llegando las primeras luces del alba, el cielo se sembró de nubes blancas y estas nos dieron luz a la esperanza. Hablaron de aquella mochila que cargaron las nubes, y esta desplegó un paraguas de grandes dimensiones para que la fuerza del viento y el agua no dañara aquel pueblo.

De su interior en aquella mañana: los pétalos de las rosas caían sobre los patios de las casas y a su vez se oyeron cantar de nuevo a los pájaros en libertad. Las mariposas volaban bajo un sol con destellos reflejados en las copas de los árboles.

Desde aquel año, en la primavera de 1990 y llegando el mes de mayo, se celebra “el mes de las flores”.

ANTONICUS EFE

No tengo ganas de escribir, te lo juro por snoopy.

RAQUEL LÓPEZ

¡ Oh, amada mía!

Juro por tu belleza

que este amor es más fuerte que el odio,

y a mi linaje condena.

Si he de hacer un juramento

que sea ante el cielo sagrado

llenando de luz mi alma vacía,

con el consuelo de estar a tu lado.

¡ No sufras si el miedo te asalta!

más, no juraré en vano

y si el destino de mi te aparta

seguiré el camino que trazamos.

Si el viento se lleva lo pactado

dejando frío el pecho en el desvelo

llevaré tu nombre escrito y deseado,

en un refugio eterno, bajo el cielo.

¡ Amado mío!

mi corazón te anhela

tu juramento será bendecido,

si tu lealtad es verdadera.

Acabemos este sufrimiento

si nuestros corazones se aman

apagando este fuego,

que nuestras almas proclaman.

YOLANDA PINA REY

Hañagua, el corazón de su Mencey

Existe un encuentro de almas que va mucho más allá de lo visible. Es un reconocimiento entre dos personas que conectan nada más verse, como si se conocieran de toda la vida. Un viaje en el tiempo que te recuerda quién era él, dándote la certeza de que no lo conociste ayer, sino mucho antes.

Es ahí, justo en ese instante, cuando comprendes que ese sentimiento es invisible a los ojos de los demás, pero no por ello menos real. Esas mariposas en el estómago te inundan de una paz inmensa porque ese reconocimiento sagrado entre dos almas que se aman no necesita estar escrito en ninguna parte.

Allá donde estén, se reconocerán siempre a través del tiempo, de los elementos y de un sentir tan hondo que recorre mares y ríos, echando raíces eternas que trascienden generación tras generación, hasta que el destino decida el día, el año y la época de volverlos a juntar.

No hace falta decir nada más. El juramento ha quedado implícito porque está firmado en cada rincón del universo, con la sangre que une la vida de dos corazones que se amarán por siempre.

Hasta que llegue ese día… Sawabona, amor, aquí.

DAVID MERLÁN

HILO ROJO (TRAGOS DEL ALMA 5)

Eran las 05:05.

Siempre supe que tarde o temprano entraría por la puerta del bar, alguien hecho de madera.

No me miréis así, querido lector. He servido tragos a peores personajes. Pero aquel día… aquel día entró en el bar ni más ni menos que una marioneta.

Vestía elegante, aunque con las cuerdas enredadas como si acabara de salir vivo de una batalla. El barniz de sus mejillas se había cuarteado y un hilo rojo le colgaba del pecho como una herida que sigue fresca y abierta, que aún no ha parado de sangrar.

Se sentó en el taburete sin emitir sonido y sin dirigirme la mirada ni un instante. Eso no me engañó ni me sorprendió, ya que nadie llega hasta aquí por azar.

—¿Vienes por tu trago? —le tutee directamente desde el principio mientras secaba una copa.

—Vengo por mis cenizas —dijo con voz hueca de títere viejo levantando la mirada por primera vez hacia mi.

Las cuerdas le temblaban. Algunas estaban cortadas y otras chamuscadas.

—¿Nombre?

—Fui llamado Splitter, Astilla para ti.

—¿Porque dices eso? Ya se que splitter es astilla en alemán.

—Bueno, no sé porqué lo he aclarado.

—Está bien. No te preocupes. Se agradece igualmente—le aclaré para no parecer descortés.—¿Y tú culpa fue?

—Amar sin obedecer.—contestó tras pensárselo unos instantes.

Negué suavemente.

—No. Esa es la versión que te contaron.—al tiempo que le sostenía la mirada.—La tuya es otra.

Se produjo un silencio incomodo. Yo no quería tomar la iniciativa de la conversación y él no quería hablar.

Luego, después de unos segundos mirándonos a los ojos, y casi en un susurro:

—Hicimos un juramento, ¿Sabe?:

«Ahí estaba. Ya era mio» pensé. Esbocé una ligera sonrisa y moví la cabeza. Acto seguido comencé a preparar su trago. Este era muy especial, distinto a los anteriores. No era una mezcla para cualquiera a tenor del invitado y el trago debía de estar a su altura: decidí prepararlo con virutas de nogal viejo, humo de hilo quemado, una gota de barniz dulce… y un poco de decapante de ebanista como eco amargo de un mal recuerdo que nadie debió recordar en voz alta.

Lo removí despacio delante del cliente. Éste no perdía rispia. En el proceso, con cada vuelta era como si un nudo invisible le apretará cada vez más el cuello.

—¿Qué y con quién hiciste el juramento? —pregunté.

—Juramos no soltarnos nunca. Pasará lo que pasará.

Dejé de revolver el cocktail y se lo acerqué al tiempo que le replicaba:

—Eso no es un juramento. Se parece más bien a una condena.

—¿Tiene nombre? mientras señalaba el vaso.

—Le llamo Nudo inicial.

Sin mediar palabras, miró como se asentaban los ingredientes. Lo agarró con cuidado y le dió un sorbo. Mientras bebía, empezó a recordar.

—Pinocchia. Me gustaba estar alli. En la ciudad de las marionetas donde cada movimiento está regido por el Consejo de los Hilos. Allí todo está ordenado. Nada queda a la improvisación. Caminas recto si te tiran recto. Asientes si el hilo de la nuca lo permite. Gesticulas si así lo quieren. Nadie se cuestiona nada, porque para cuestionar hay que retorcerse… y las marionetas que son así, son peligrosas.

—¿Tú eras retorcido? pregunte mientras le miraba descaradamente al hilo rojo del pecho.

Splitter se me quedó mirando con una mezcla de incredulidad y resignación, pero no podía negar que tenía aquel hilo medio chamuscado en el centro de su pecho.

Reaccionó. Apoyo el trago en la barra y se tocó el hilo. Su gesto denotaba melancolía.

—¿Cómo se llamaba ella? Le lancé la pregunta directa al corazón.

—Vela.

—Y es quién debía de estar al otro extremo de ese hilo, ¿Me equivoco?

—Asi es. Y le pegó otro trago al combinado.

—¿Y cuál es la historia de Vela?

—Pues la de una preciosa bailarina de madera clara, de madera de chopo, pero con una sonrisa imperfecta. Sus cuerdas y las mias se entrelazaban de forma mágica, ¿Sabes?

—Pero…

—Pues que un día nos movímos sin permiso del Consejo —dijo—.Bailámos sin hacer caso a las órdenes del hilo tenso; Reímos cuando nadie debía reír; incluso…

—Erais libres —le interrumpí.

—No, no es eso —negó con suavidad—. Éramos visibles, y el Consejo no tardó en vernos.

—Ya entiendo. Y eso está prohibido, ¿No es así?

—En parte si, y en parte no fue la desobediencia lo que les molestó. Fue otra cosa—. Mientras bajaba la vista al suelo.

Me limité a mirarle esperando la respuesta mientras le pasaba un trapo a la barra.

—Nos observaron durante días —continuó—.No para castigarnos, sino más bien para entendernos.

—¿Y lo consiguieron? ¿Consiguieron entender lo vuestro?

Splitter levantó la mirada.

—Por desgracia para nosotros si, y de la forma más cruel.

—Déjame que lo adivine. No era obediencia lo que exigían, ¿Verdad? —dije—.Era que nadie tuviera lo que vosotros podíais sentir estando unidos. Era envidia.

Asintió.

Ahí estaba la verdad.

—Asi es. La reacción del Consejo fue devastador. Cuando actuaron, no lo hicieron con rabia. Lo hicieron con precisión. A Vela le cortaron las cuerdas de un corte limpio, y a mí, a mí me culparon de todo aquello y me ataron a una cruz de madera y comenzaron a quemarme lentamente, empezando por los pies. Cómo aviso a navegantes. Querían ver si el juramento resistía —murmuró.

—Veo por tu aspecto que resististe dignamente.

Splitter bajó la mirada hacia su pecho.

El hilo rojo seguía allí. Chamuscado. Tenso. Vivo.

—El hilo no ardió del todo —dijo tirando levemente del poco que quedaba para tensarlo.

Me fijé en aquel pequeño trozo de hilo rojo. Lo habían reducido a cenizas, pero algo seguía tirando de él. No hacia arriba. Hacia otro lugar.

Mientras pensaba en que lo del hilo rojo tenso me recordaba a algo, con imagenes de calcetines y todo, le fui preparando otro cocktail a mi cliente. «¡Qué chorrada!, en fin» pensé mientras fui terminando mi nueva obra líquida.

—¿Y entonces? —pregunté.—Este corre por cuenta de la casa. Se llama <<Último giro>>. Es fuerte. Se sirve una sola vez.—añadí mientras se lo acercaba.

—Perfecto. Gracias. Bueno, pues como le decía, entonces desperté aquí. Delante de la puerta de su bar, con el olor a humo en mi garganta… y la necesidad de saber si valió la pena.

—¿Y valió?

Tardó en responder.

—Si ella también está aquí, sí. Si no… no lo sabré jamás.

Lo observé unos segundos.

Bebió, y durante un instante, todos los restos de sus cuerdas vibraron al mismo tiempo y se tensaron.

—No querían separarnos —susurró.

Negué despacio.

—No. Querían asegurarse de que nadie más pudiera unirse así.

Me giré un instante a colocar un vaso limpio en la vitrina de detrás de la barra y al girame, aquel títere había desaparecido. No dejó ni cenizas. Tan solo estaba allí, aquel hilo rojo, de luto sobre el taburete.

Salí de detrás de la barra y me acerqué al taburete. Cogí con sumo cuidado el hilo rojo y lo analicé con detenimiento. Uno de sus extremos estaba chamuscado. El otro simplemente estaba anudado con torpeza. Como si alguien hubiera intentado atarlo mejor, pero ya demasiado tarde.

Por desgracia, aquel hilo ya no unía a nadie, pero por extraño que pareciera… seguía tenso por su lado quemado. Como si siguiera tirando de algo…, o de alguien.

Me acerqué a la estantería. Entre el gemelo dorado y la tarjeta metálica partida, abrí un hueco y lo deposité allí, en silencio y con respeto. No por lo que fue. Sino por lo que aún seguía intentando ser. Porque hay quienes desean lo que tienes, y hay quienes no soportan que tú lo tengas si ellos no pueden.

Y la envidia…no siempre quiere lo ajeno. A veces solo quiere que deje de pertenecer a alguien.

Miré el reloj.

Las 05:05. Era hora de cerrar.

Continuará…

ARMANDO BARCELONA

ALMUDENA 1.0.6

Abro el ventanuco del cuarto de baño para que salga el vapor. Gloria, la del principal, se arranca por coplas a lo Marifé de Triana: «Por mi salud yo te juro, que eres pa mí lo primero»; qué energía, por Dios, yo no sé qué desayuna esa mujer para estar tan contenta al punto de la mañana.

―Churri, no queda pan de molde ―se queja mi Juan, mientras rebusca en la alacena con los ojos pitañosos, en calzoncillos y rascándose el culo.

Qué despertar tan poco erótico tiene este hombre, con el pelo revuelto, medio adormiladoy barritando en cada bostezo como un elefante del Serengueti,es como un cilicio para la concupiscencia.

―Sí que hay, busca bien y, si no, mojas galletas que no me puedo entretener; si pierdo el bus de las ocho y cuarto, llego tarde al curro ―me despido lanzándole un beso desde la puerta de la cocina.

Salgo pitando de casa, el ascensor está ocupado y me tiro escaleras abajo porque voy con la hora pegada a la chepa. Tengo que echar a correr porque el autobús ya está en la parada; menos mal que hay cola y me da tiempo.

Me entra un WhatsApp: «Todos los tíos son unos cerdos». Es Sonsoles. Ahora no puedo entretenerme, pero luego le contesto y que me cuente; seguro que hay sustancia.

Encima, hoy mi jefe está en plan toca pelotas y se ha propuesto darme el día. En un descanso le respondo a Sonsoles: «¿Comemos juntas, chocho?». Me contesta con una carita feliz. Donde siempre, en El Ensanche, menú del día, barato: ensalada templada de espárragos, dorada a la plancha y sorbete de mandarina.

―Hasta que la muerte os separe, dijo el cura, Almudena, cariño, y el hijoputa de mi marido dijo que sí. Que eso es como un juramento. Tú, como te casaste por lo civil, no lo entiendes, pero es muy gordo, Almu, muy gordo.

Está desatada, hecha una fiera; cualquiera diría que le importa un carajo su matrimonio.

―Y ahora va y me suelta que quiere el divorcio. Se ve que la gorda le está apretando las tuercas; ya le vale a la muy guarra, meterse con un hombre casado. Pero te digo una cosa, Almudena, como que hay Dios que a este yo le saco los hígados. Si se piensa que me va a dejar con una mano delante y otra atrás, va listo.

―¿Vais a tomar café, hermosas? ―Menos mal que Alfredo, el camarero, ha salido al quite, porque Sonsoles se ha venido arriba y todo el bar estaba pendiente de lo nuestro.

―Y un par de orujos, que hoy estamos guerreras ―le guiño un ojo cómplice y me devuelve una sonrisa de comprensión.

―A ver, Sonso, no me jodas, ¿y lo tuyo con Joao, por no remontarnos muy atrás? A ver, que si hacéis auditoría de infidelidades, lo ganas por goleada―lleva media vida quejándose del marido y poniéndole los cuernos con todo lo que se mueve, y ahora se hace la digna.

Yo no la entiendo y, por mucho que sea mi amiga, no puedo dejar de hacérselo ver, coño.

―No es lo mismo, Almudena, no me jodas. Joao está para hacerle un hijo, no como la gorda esa, y la criatura es solo una distracción inocente, sin mala idea; ni se le ocurre al muchacho ir por ahí rompiendo matrimonios. Además, ¿tú de parte de quién estás, zorra?

Ahí me ha pillado, he de reconocerlo, me ha fallado el corporativismo.

―Contigo, Sonso, a muerte ―reculo a toda leche―. Tienes razón, es un mierda que ha quebrantado su juramento y tú estás mil veces mejor que la gorda de su secretaria; más quisiera ella, vamos. Ahora mismo llamo al gilipollas de mi jefe y le digo que me ha bajado la regla y me tomo la tarde para diseñar juntas cómo joderle la vida a ese picha corta.

Las relaciones de pareja, que son barbaridad de complicadas, ya te digo. Joder, qué bien entra este orujo. Al final va a tener razón Sonsoles y todos los tíos son igual de cerdos. Prometer hasta meter y, después de haber metido, olvidar lo prometido.

»Alfredo, niño, otro par de chupitos, que hoy estamos rompedoras.

Y si no hay pan de molde, pues que baje él al super, cojones, ya.

―Pero qué dices del pan de molde, Almu, ¿estás bien?

Zaragoza, 6 de mayo de 2026

ANGY DEL TORO

MI ÚLTIMA VOLUNTAD

La sala estaba en silencio. El notario hablaba como hablan los notarios: sin emoción, como si tras todo aquello no hubiera una historia. Solo papeles.

La familia escuchaba.

Nadie sabía hacia dónde mirar.

Y fue entonces cuando, entre los documentos legales, apareció un sobre. El notario lo desdobló lentamente y comenzó su lectura.

“¿Cómo llegué hasta aquí?

No escribo para que me entiendan. La verdad es que yo mismo no me lo explico del todo.

Hay un principio por el cual siempre me he guiado. No recuerdo haberlo pronunciado antes, pero todos vivimos bajo un juramento invisible: el deseo de triunfar.

Vamos por la vida haciendo lo que pensamos… y con el paso del tiempo nos damos cuenta de que hemos cambiado.

He defendido con uñas y dientes cosas que hoy ya no haría, o al menos no de la misma manera. He discutido con gente convencido de que tenía razón… y ahora ya no estoy tan seguro de que así haya sido.

Pero en su momento todo me parecía lógico. Incluso necesario. Supongo que la vida es así.

Hoy, al escribir esta carta, recuerdo mis dudas, mis aciertos y también mis desaciertos, por qué no.

Ya en el ocaso de mi existencia, solo les pido que cuando se dé lectura a este testamento piensen que puedo volver a equivocarme.

Pero esta es mi voluntad.

No les dejo la compañía como herencia.

Les dejo la oportunidad —y el privilegio— de ganarla.

Las acciones de la compañía deberán ser compradas por ustedes con su propio trabajo. Del mismo modo, las propiedades de la familia no se recibirán como un derecho automático, sino como algo que cada uno deberá decidir si así lo desea.

Quizás algunos piensen que no es la decisión correcta.

Prefiero pensar que es respeto.

Porque si algo aprendí en esta vida es que lo que no cuesta, rara vez se alcanza”.

El notario hizo una pausa breve, como si aquello no estuviera del todo previsto en el protocolo.

En la sala alguien tosió. Otro bajó la mirada. El hijo mayor levantó la vista hacia el notario, como si fuera a decir algo… pero no habló.

Y por primera vez la familia entendió que aquello no era solo un testamento.

Era una de las tantas maneras que Don Antonio tenía de comportarse.

EFRAÍN DÍAZ

En el barrio Dos Bocas nadie habla de lo que pasó la noche del 3 de julio de 1987.

Aunque nunca hubo un acuerdo formal, el silencio se cumple.

Lo único que algunos recuerdan son los caballos de la cuadra de Rudito, que madrugada se alborotaron.

Y a la mañana siguiente apareció un hombre colgado del árbol de mango.

Tendría unos cuarenta años, quizá. Su cuerpo decía lo que la boca del barrio callaba.

Llegó la policía y con ellos los de homicidios. Bajaron el cuerpo y verificaron que no fuera ni del barrio ni del municipio. No era de por allí.

Comenzaron la ronda de preguntas, pero, como la vieja escena de los tres monos, nadie vio, nadie oyó y nadie dijo.

Revisaron la cuadra: aperos, alimento, herraje, bañadero en busca de evidencia y nada.

Luego revisaron la casa de Rudito con iguales resultados: nada.

Escribieron “suicidio” con letra mayúscula en el expediente y volvieron a lo suyo.

El tiempo pasó como siempre: lento, húmedo y pegajoso. Los jíbaros regresaron a la tala. Lolo a su barra. Neco a sus muertos. Y el barrio, olvidó sin decirlo.

Cuatro años. Pasaron cuatro años desde el ahorcado.

Hasta que un día Cico bebió de más.

El ron, en su justa medida, consuela y divierte; en exceso, se convierte en esa especie de suero de la verdad y delata.

—Ese cabrón se lo buscó.

Nadie le hizo caso. Todos continuaron bebiendo, hablando y jugando dominó.

Ebrio, Cico volvió a la carga.

—¿Quién carajos lo mandó a joder con los caballos de Rudito?

El silencio cayó como tapa de ataúd. Las fichas del dominó saltaron por el aire.

Lolo miró a los de siempre con cara de espanto.

La noche del 3 de julio de 1987 no hubo juramento formal. Pero cuatro hombres curtidos por la tierra y por la vida se arrancaron tres pelos del bigote y se estrecharon la mano como mandaba el uso y la costumbre.

Rudito, Chendo, Sindo y Cico.

Callar era la única forma de seguir siendo del barrio. De enterrar la verdad y seguir viviendo.

Lolo cerró la puerta del bar y nadie salió.

A Cico se le fue la borrachera y se le quedó el miedo.

Sindo tomó la palabra, sin levantar la voz:

—Esa noche los caballos se alborotaron. Rudito fue con el sable y encontró al cuatrero en la cuadra. No era de aquí. Lo tumbó de un sablazo de canto en la espalda. Amarrado y amordazado, nos llamó. Llegamos y deliberamos. Si lo soltábamos de seguro volvería en busca de venganza. Si lo entregábamos, salía con una multa e igual buscaría venganza.

Decidimos que no volviera y callar.

Nadie pidió juramento de silencio. No hizo falta. Con tres pelos de bigote y un estrechón de manos era suficiente.

En Dos Bocas la espalda ajena se cuida por instinto.

Y del ahorcado no se habló más.

Ahora bien, si usted prestó atención, debería estar formulándose la siguiente pregunta:

si el pacto lo hicieron cuatro, ¿por qué Lolo abrió los ojos así? Como espantado.

Adivine.

¿Quién abrió el bar a las tres de la madrugada para servir ron… después del linchamiento?

BELBEL L

QUINTAESENCIA DEL ENGAÑO

El silencio y yo nos hemos encontrado:

me anudé a su caminar sin titubeos

con la brisa de otoño…,

y soñé veranos

donde tu beso era hoguera y

yo deseo.

Mi pecado fue amarte

-el más perfecto-

Me vistió de ternura y calma…,

y

remolinos de placer

sonrojando al mismo

desenfreno…

Como el otoño se posa

entre las manos y se resbala

suavemente al suelo,

marchitaste mi alma

-un brote delicado-

cuando deshojaste amor

y juramento

bajo el fantasma oscuro

del engaño.

Me marchitaste y

caigo en este marzo

como las hojas

en un otoño lento…

No obstante

fui feliz de haberte amado

mas…,

como un árbol caduco

casi muero.

RAKEL VALDEARENAS

El pacto.

La neblina se arrastraba como dedos famélicos por los pasillos de la mansión Blackwood, donde el aire sabía a polvo y a promesas olvidadas. Ante el gran retrato de su antepasado, cuya mirada parecía seguir cada uno de sus movimientos, Julián se arrodilló sobre el mármol frío.

El silencio de la noche fue interrumpido por un susurro que no provenía de sus labios, sino de las sombras que danzaban en las esquinas del salón. Según la leyenda familiar, romper la tradición significaba despertar a los durmientes del sótano inundado. Con una daga de plata cuyo filo reflejaba la pálida luz de la luna, Julián hizo un pequeño corte en su palma.

—Por la sangre que nos une y la tierra que nos reclama —murmuró, dejando que una gota carmesí cayera sobre el marco dorado—. Mantendré el juramento que mis padres traicionaron, aunque el precio sea mi propia alma.

Al pronunciar las palabras, las velas se extinguieron de golpe. Un viento gélido, impregnado con el aroma de las flores marchitas y la humedad de la tumba, recorrió la estancia. Julián sintió una mano invisible y helada posarse sobre su hombro, mientras una voz cavernosa, cargada de siglos de rencor, respondió desde la oscuridad:

—Aceptado. Pero recuerda: un juramento de sangre solo se rompe con la muerte.

JAROL LIMA

Los árpones caen del cielo.

6:15am, despertar, poner la cafetera, algo de pan, una ducha fría, vestirse, salir, dos despachos para el centro, la presentación para los nuevos y recoger mi nueva capa.

Afuera todo es tranquilo, en estos en días nublados como extraño los días de mi niñez, era de salir a pleno sol, jugar sin cubrirse y si se deseaba hasta ir a la playa todo descubiertos. Aunque, en la holovision ya promocionan las playas cubiertas qué dan la sensación de estar en la playa y de tener un cielo despejado y soleado sobre uno; toda la radiación uv de antes. Supongo serán un gran éxito en este verano.

Saludo al viejo Juanito que siempre está a la puerta de su peluquería, lo visitaré mañana. A lo lejos esta el loco Marcos; es un misterio que siga vivo sin la menor protección en días como estos, supongo ellos no lo consideran una cacería digna, tan flaco y sucio. En los noticieros dicen que los juramentos nos protegen y si somos cuidadosos todo estará bien y la gran catástrofe no volverá a ocurrir. Hay muchos otros en redes hablan de iniciar milicias, tomar bases militares y disparar como locos a cada nube que vean, se dice algunos renegados hacen colonias auto sustentables y se mandan a lo alto de los andes para dispararle a las nubes con rifles de casería. Pura gente loca.

De la gran catástrofe pocos saben, pues el gobierno se preocupo de esconder todo, los viejos que pelearon ahí dicen, que la gente solo desaparecía en luces segadoras, nunca pudieron acabar con uno solo, la verdad es que nadie sabe ni como son, sin embargo todos especulan, el chisme sobre ellos es de todo tipo, algunos en redes monetizan sus comentarios sobre las élites que tienen un pacto secreto más allá de los juramentos.

Yo era muy pequeño como ya dije, pero disfrute de esos tiempos, muy lejos de Trujillo qué si fue destruido en la gran catástrofe. Yo lo vi todo desde la televisión, luces y más luces y luego una ciudad limpia como un páramo, mamá me llevo a un refugio subterráneo, en aquella época pocos podían pagar un sitio y vi a miles de personas llorar suplicando qué los niños entraran; los militares solo recibieron niñas y adolesentes muy jóvenes. Ahora les llaman las desaparecidas y el gobierno niega eso ocurriera.

A la semana, las puertas de hierro se abrieron y el mindo era igual, mamá volvió a su trabajo y todo fue normal salvo que todos teníamos que usar unas extrañas capas que en esa época eran verdes y pesadas. Ahora, son muy ligeras las hay de muy moda y otras económicas, ek gobierno las reparte hasta a los indigentes como a Marcos. En parte envidio a ese loco, tan libre sin tener que preocuparse de los arpones qué caen del cielo, sin tener que pagar impuestos para aumentar las siembras de árboles. En eso si el mundo es mejor hay muchos árboles en la ciudad, cada gran edificio tiene un techo verde enorme, los políticos y científicos concuerdan qué las ciudades son seguras porque ellos no distinguen bien entre tanto verde.

Aun así hay muchos países llenos de desiertos qué tienen igual cantidad de casería.

Camino en silencio hasta la parada del bus, mis ojos un estan en el loco que baila de alegría ante el sol, su baile es contagiante y mis manos siguen su ritmo, el asiento huele a cuero sintético, a la tranquilidad de nueva Trujillo donde vivo y talvez moriré repitiendo la rutina de despertar, poner la cafetera, algo de pan, una ducha fría, vestirse, salir, dos despachos para el centro, la presentación para los nuevos y recoger mi nueva capa.

El crujido de las pesadas cadenas atraviesa los vapores qué producen las plantas de camuflaje del centro, los espesos bosques qué escoden a los inocentes ciudadanos, van en busca del bailarín, se clavan en su cuerpo, es una marioneta en el aire, se sacude en silencio continuando su baile, como si cayera al vacío oponiendose a la gravedad es jalado a hacia las nubes. Esa de arriba no es una nube sino un transporte de ellos. Hoy están de casería, posiblemente algún rico de ellos salta de alegría y se tomará una foto con la presa. No los sé. Nadie lo sabe en verdad. Los juramentos avalados por las grandes razas espaciales son nuestra única carta ante ellos. En lo grande del orden cósmico solo somos un planeta de reserva natural sin importancia para nadie. Marcos es solo un descuidado tonto qué no sigue las normas sociales, nadie llorara su ausencia y mañana no saldar ni en los noticieros de holovision. Yo dirijo la mirada a mi maletin, ahi estan los dos despachos para el centro, la presentación para los nuevos y el recibo para recoger mi nueva capa. Que buen clima hace hoy.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

BOCA CERRADA

La lluvia empezó a golpearlo todo, como si el cielo, de repente, se hubiera derramado sobre el pueblo. Cada gota parecía clavarse en la tierra como un aviso, igual que una funesta profecía. A las once en punto, el reloj de la torre dejó escapar una campanada hueca… luego otra… y otra. Once golpes que no terminaban de disiparse, como si el eco quedara suspendido en el aire. En el pueblo, nadie sale a esas horas. Mucho menos en pleno invierno. Nadie, salvo quien no tiene elección. O quizá algo que ocultar.

Clara apretó el abrigo contra su pecho mientras cruzaba la plaza desierta. Sabía que no debía estar allí. Con cada campanada le temblaban más los huesos. Sus pasos le parecía resonar más de lo normal. Sentía que el miedo la perseguía y el silencio la escuchaba desde cada esquina. Había prometido no volver jamás, pero las promesas —ahora lo sabe bien— son frágiles cuando surge la llamada del pasado. Y quebrantarlas tiene sus consecuencias.

La carta había llegado esa misma mañana. Sin remitente, sin fecha, sin explicación. Tan solo una frase, escrita con pulso irregular:

“Es hora de cumplir el juramento.”

Clara no necesitó saber más.

La vieja casa aún seguía en pie, al final del camino, torcida y oscura como un mal recuerdo que se resiste a desaparecer. Empujó la verja oxidada, que se abrió con un quejido largo, casi humano. Nadie había cuidado aquel lugar en décadas, y sin embargo, nada parecía haber cambiado. Dentro, la estancia principal conservaba la disposición exacta que Clara guardaba en su memoria: la mesa, las sillas… y al fondo, el sótano.

Se detuvo antes de acercarse.

Durante años había intentado convencerse de que todo aquello había sido una exageración infantil. Un juego llevado demasiado lejos. Un susto compartido que creció con el recuerdo. Sin embargo, ninguno de los cuatro volvió a hablar de aquella noche. Y ninguno volvió a verse.

Se arrodilló y levantó la trampilla. Un efluvio a tierra húmeda mezclado con podredumbre de óxido metálico ascendió desde la oscuridad. No era un olor nuevo: lo reconoció de inmediato.

—Llegas tarde. Pero sabía que volverías.

Clara se quedó inmóvil. La voz no provenía de un punto exacto. Había surgido de las paredes, del suelo… o quizá de dentro de su cabeza. Clara se giró, buscando a alguien. A algo. Pero no había nada.

—Han pasado veinte años —continuó la voz—. Pensé que tardarías menos.

Un leve crujido respondió desde la negrura.

—Sabía que serías la primera —continuó—. Fuiste también la primera en romperlo.

El corazón le golpeó con fuerza las costillas.

—Yo no… —empezó, pero la frase murió de forma prematura.

No podía negarlo. Años atrás, en una conversación casual, había mencionado aquella noche. Apenas una frase, un recuerdo mal contado. Tampoco pensó que importara. No creyó que tuviera consecuencias.

Pero el juramento había sido claro.

Nunca hablar.

Clara encendió la linterna del móvil y descendió. El sótano era más amplio de lo que recordaba, o tal vez aquella exigua luz lo hacía parecer distinto. Las paredes, de piedra desnuda, conservaban una humedad antigua. Y allí, en el centro, apoyado contra el muro, estaba el objeto sobre el que había girado el juego aquella noche: el espejo.

No era grande ni especialmente llamativo. Un marco sencillo, ligeramente deteriorado. Sin embargo, Clara sintió una resistencia instintiva. Finalmente, se acercó, como arrastrada por unos hilos invisibles. Su reflejo la saludó. No estaba sola. Detrás de ella, en el cristal, había figuras. Tres. Quietas. Demasiado quietas. Niños. Como ella también lo había sido.

—Hicimos un juramento, Clara. Los cuatro. ¿Lo recuerdas?

Desde luego que lo recordaba. La noche. Las velas. El círculo dibujado con tiza. La sangre en las manos temblorosas de niños que no tenían ni la más remota idea de lo que estaban invocando. Y la promesa:

Nunca hablar. Nunca volver. Nunca romper el vínculo.

Pero alguien lo había hecho. Ella. Clara.

—¿Quién queda? —preguntó Clara, con la voz rota—. ¿Quién más ha venido?

Silencio.

—Todos —respondió la voz.

La trampilla se cerró de golpe. Y la casa volvió a quedar muda el resto de la noche.

Esta mañana, un vecino ha encontrado la verja abierta, balanceándose con suavidad. Dentro, solo está la mesa, las sillas, la trampilla abierta y abajo, en el sótano, el espejo.

En su superficie empañada, alguien ha escrito desde dentro:

“El juramento sigue vivo.”

Si alguien se acerca lo suficiente, podrá verlos. Ahora están todos. Cuatro figuras difusas. Y si observa aún más de cerca, verá que una de ellas, la última, todavía está aprendiendo a sonreír con la boca cosida.

Se llama Clara. Ahora forma parte del juego. Conoce la lección. Nunca más volverá a romper un juramento.

Pedro Antonio López Cruz

SERGIO TELLEZ

DOS PERRAS VIEJAS

Vinieron a decirme que Elías se murió. Fui al velorio. Inés estaba sentada sin llorar. Yo tampoco. Entre las dos, el ataúd. Afuera, Ardederos hervía. Adentro, olía a limones podridos aunque nadie había traído limones.

Inés no levantó la cabeza cuando entré. Pero las otras sí. Ardederos entero estaba ahí para vernos. Doña Tina, la de los chismes, me ofreció una silla. Justo al lado de Inés. Ardederos quería sangre. Caminé hasta el ataúd. No recé. No lloré. Solo miré a Elías para ver si se le notaba en la cara lo que me hizo.

Miré a Inés como quien mira un juramento roto. No me devolvió la mirada. O sí. La boca quieta, pero una sonrisa que no era sonrisa se le escapó. Olía a lamento. Y a limón.

La primera vez que Ardederos olió a limones no fue en un velorio. Fue en el solar de mi casa. Teníamos quince años. Inés trajo la Biblia de su abuela. No tenía pastas. Solo hojas y un Cristo despegado en la cruz. Juramos con las manos encima. Que ningún hombre nos iba a separar. Que antes muertas. Que antes Ardederos se volvía río. Después partimos un limón con la misma navaja y lo chupamos. Para sellar. Para que el juramento nos quedara ácido en la lengua. Esa tarde no había muerto nadie. Y sin embargo, algo se murió.

Volví. Inés seguía ahí. Elías también. Solo que ahora los limones podridos olían más fuerte, como si el juramento se estuviera confesando.

Elías tenía diecisiete cuando llegó a Ardederos. No era de aquí. Venía del otro lado del río, con un caballo flaco y una sonrisa que no era para reírse. Inés lo vio primero. En la misa. Yo lo vi después. En el solar, robando limones. Nos habló a las dos el mismo día. A Inés le dijo que tenía manos de rezar. A mí me dijo que tenía ojos de no rezarle a nadie. Las dos le creímos. Las dos tuvimos quince años la misma tarde. Y las dos entendimos, sin decirlo, que Ardederos era muy chico para tres. Por eso el juramento. Por eso la Biblia sin pastas. Por eso la navaja y el limón. No juramos para cuidarnos de los hombres. Juramos para cuidarnos de él.

Volví. Elías seguía muerto, pero los limones podridos olían más fuerte, como si se estuvieran vengando. Adentro, las mujeres no rezaban. Se miraban. Doña Tina con su rosario en la mano y el veneno en la lengua. Las otras con los ojos puestos en nosotras, contando los años que nos debíamos. Yo sabía lo que decían sin oírlas: “Ahí están las dos. Las que juraron. Las que no supieron repartirse un hombre”. Afuera, los hombres tomaban aguardiente en el andén. No entraban. Ardederos sabe que los velorios de verdad son de mujeres. Ellos solo estaban ahí para ver cuál de las dos lloraba primero. Para apostar. Y entre todos, el silencio de Inés. Y el mío. Dos perras viejas cuidando el mismo hueso.

El silencio se hizo viejo entre las dos. Tan viejo como el juramento. Tan viejo que ya olía. Entonces Inés se movió. Treinta años sin mirarme de frente y ahora se movía como si el solar la estuviera llamando otra vez. Estiró la mano hacia la mesa del café. No había pan. No había limones. Ardederos no trajo limones al velorio de un hombre. Y sin embargo, Inés tomó un limón. Lo sacó de donde se sacan las deudas: del aire. Nadie preguntó de dónde salió. En Ardederos los limones aparecen cuando alguien tiene que pagar. Lo partió con las uñas. Las mismas uñas con las que partió el primero hace treinta años. Las uñas no se olvidan de lo que han hecho. “¿Se acuerda a qué sabía?”, me dijo. Y no hablaba de Elías. Hablaba del ácido. Del solar. De la navaja. “Todavía sabe igual, Cándida. ¿O ya se le olvidó a usted a qué sabía no separarnos?”

Inés se persignó. Despacio. Con la misma mano que partió el limón. Luego me miró. Treinta años tarde. “No fue suyo nunca, Cándida”, dijo. La voz no tembló. El limón sí. Y yo no supe si hablaba del hombre en el cajón o del ácido que nos juramos en el solar.

Me tragué el ácido. Treinta años tarde también. “¿Y el que duró siete?”, le dije. No grité. En Ardederos los muertos de siete años no se gritan. Se susurran. “El que enterramos sin cruz porque el cura dijo que no era de Dios. ¿Ese tampoco fue mío, Inés? ¿Ni los siete años que me dejó con los brazos vacíos?”

Doña Tina dejó caer el rosario. Por fin. El rosario sonó a tierra.

Después del limón, no hubo más.

*

Elías se fue a la tierra con cruz. El otro, el de los siete, se quedó sin ella. Y nosotras nos quedamos como nos dejó: separadas.

Inés volvió a su casa. La de las tejas, la del corredor. La casa de la esposa. Yo volví al solar. El de los limones, el de la tierra sin papeles. La casa de la querida. Así nos repartió Elías en vida. Así nos dejó muertas.

Y Ardederos se acostumbró. Ardederos se acostumbra a todo si uno no grita.

Los martes Elías cruzaba el río para el mercado. Y de regreso paraba en el solar. Los jueves iba a misa. Y de regreso dormía en su casa. Inés lo sabía. Yo lo sabía. El cura lo sabía. Doña Tina lo sabía. Solo el juramento no lo supo. O se hizo el que no.

Nunca volvimos a hablarnos, Inés y yo. Treinta años de buenos días con la cabeza. Treinta años de con permiso en la tienda. Treinta años de usted que no era respeto. Era distancia. Era la navaja que no usamos pero que seguía ahí, en el aire. La vi en la misa. La vi en el mercado. La vi cuando se me murió el chiquito. No entró. No rezó. No habló. Pero la vi. Y ella me vio. Y las dos supimos. Que el juramento, aunque podrido, todavía respiraba.

Nos acostumbramos al veneno. Como se acostumbra uno al café sin dulce. Al principio arde. Después es solo sabor. Al final, si no está, hace falta.

Hasta que Elías se cayó del caballo. O lo tumbaron. En Ardederos nadie pregunta mucho cuando un hombre se muere.

Y aquí estamos. Treinta años tarde. Con un limón temblando entre las dos. Y con Doña Tina en el suelo, juntando su rosario. Porque acaba de entender que no vinimos a llorar a Elías. Vinimos a enterrar al otro. Al que no tuvo cruz. Al que sí fue nuestro.

PEPA HERRERA

JURAMENTO, tema semanal

El primer juramento de la historia

Mucho antes de que existiera la palabra juramento, existía Blok.

¿Y quién era Blok, os preguntaréis?

Bueno, pues este hombre era uno de mis amigos prehistóricos, un tipo del Paleolítico superior que se hizo muy famoso entre los suyos.

Blok era conocido por tener la cabeza tan dura como la piedra caliza de la cueva donde vivían; por más golpes que se daba, su cabeza permanecía siempre intacta. Otra característica de Blok era su capacidad para negar lo innegable. Si lo pillaban con las manos en la pierna del ciervo que estaba en la lumbre, él, aun así, lo negaba.

—No iba a comérmela… Blok solo quería ver si estaba bien asada…

Una mañana, el chamán tenía un montón de bayas almacenadas para hacer uno de esos potingues que usan los de su clase para viajar a otros mundos. Vamos, una bebida que le sacaba de su cordura y lo llevaba a visitar a los espíritus.

Pues mi amigo Blok había descubierto las bayas. Siempre tuvo la curiosidad de probarlas y hacerse un viajecito a ver si podía saludar a su difunto padre y preguntarle dónde había escondido los dientes del tigre que cazaron una vez.

¿Y qué pasó?

Que cuando llevaba cuatro bayas ingeridas a palo seco, el muy bruto tenía un pedal de tres pares de narices. Iba dando tumbos entre los miembros de la tribu tratando de no caerse.

—Blok, ¿se puede saber qué has hecho ahora? —preguntó el jefe de la tribu.

—Nad… nada… no he hecho nada…

—¡Este se ha comido mis bayas! —protestó el chamán, temiéndose que el estado de Blok se debía a la ingesta de las frutas rojas.

—¡Noooooo! —protestó él, indignado, tratando de defenderse.

Y como aún nadie había inventado la palabra jurar, ni juramento, ni nada que se le pareciese, lo único que se le ocurrió fue soltar un:

—¡JURRR!

Fue un gruñido desesperado, fruto de la falta de palabras y de los efectos de la embriaguez.

El sonido fue tan extraño que hasta un águila que sobrevolaba la zona se paró, extrañada, a escuchar y observar al humano que había emitido aquel ruido.

—¡Yo no fui! ¡Jurrr que no fui yo! ¡Os lo jurrr, no me comí las bayas!

El chamán, que llevaba varios días aburridísimo, levantó su bastón con una teatralidad digna de un personaje prehistórico de relevancia.

—¡Atención! —dijo—. Ese gruñido que acaba de hacer Blok… es sagrado. Es un mensaje de los espíritus. Significa que dice la verdad. A partir de hoy, quien quiera demostrar honestidad deberá pronunciar “JURRR”.

El clan aplaudió, motivado por la invención de una nueva palabra en su vocabulario.

Y así nació el primer juramento de la humanidad: un gruñido inventado por accidente que, en su origen, significaba:

“No fui yo, dejadme en paz.”

PD. Cuando los romanos siglos después inventaron “iurare“, lo hicieron sin ser conscientes de que era una palabra derivada del “JURR” de un tal Blok (mi amigo prehistórico), el verdadero inventor.

CARMEN BERJANO

QUÉ NO

(PARA EL TEMA JURAMENTO)

Qué no

Qué yo no soy de juramentos

Qué no me hace falta jurarte na

Ni que me jures naíta.

Qué no

Qué lo que hay

Lo saben sólo

Tu boca y la mía

Sellado con un abrazo

Y atestiguado a caricias

Qué no

Qué yo no necesito más

Que me sobra con tu sonrisa

Y me basta con este Amor sin prisas.

SILVIA RAFI GRACIA

SIN NADA QUE JURAR

– Te lo juro por lo que más quieras

– Aah, no! Júralo. por quien más quieras tú. Qué fácil jurar así..¡No vale!

– Era broma…. És que una tía mía, a la mínima acababa jurando, por cualquier cosa, y lo juraba así » juro por lo que más quieras..» , nunca se me había ocurrido lo de que no estuviese jurando por ninguno de sus seres queridos, sinó por los de los otros…hasta que un día caí en la cuenta. Pero ella no, ella no era consciente, lo soltaba así sin más jajaj. Lo soltaba así como…a modo de muletilla, sin pensar mucho en lo que decía, para dar más énfasis, supongo, a lo que afirmase, para hacerlo más creíble, aunque nadie lo hubiese puesto en duda.

Yo no soy de ir con juramentos…

Pero no sé porqué se me ha ocurrido así decirlo ahora; supongo que será porque de haberlo oído tantas veces durante mi infancia…de tanto en tanto aparecerá también en mi habla…

– Sí, sí…Yo también lo decía en broma, eh…Había interpretado que lo decías con ironía.

En sí, tampoco sé porqué se me ha ocurrido decirte éso, porque tampoco es que te conozca tanto y yo no suelo…bueno, que suelo actuar con prudencia, con discreción, quiero decir, pero de tanto en tanto…; y justo haberlo soltado me he preguntado si me había excedido… Disculpa si te he hecho sentir mal.

– Noo. No te has excedido.

A mí también me gusta bromear, no te preocupes. Y ya nos habíamos ido conociendo un poco; hemos coincidido unas cuantas veces ya en aquellas butacas; y aunque no hablemos; porque, claro, la biblioteca no es precisamente el lugar más idoneo para conversar… me parece como si nos conociésemos, me transmites una sensación de familiaridad. No sé si a tí también…

– Sí. También a mí.

Y aquí en la barra de la cafetería, las veces que hemos coincidido sí que hemos podido hablar ya un poco más

– Sí. Aquí sí.

– Yo pienso que la palabra, cuando se siente confianza hacia el otro, es más valiosa que cualquier juramento; y que si no se siente confianza hacia el otro, por mucho que jure…

Yo prefiero, de normal, evitarlo. Porque ¿jurar de qué sirve?

– Claro. Y yo.

Porque si alguien es indecente, corrupto, enfermizamente egoísta …miente siempre como un bellaco con tal de salirse con la suya… o… Por el hecho de haber jurado que… yo qué sé, lo que sea….que está diciendo la verdad, o que defiende una serie de valores éticos.. o…¿ya se puede confiar plenamente en lo que esté diciendo o hará esa persona? Quizás para las personas creyentes jurar por Dios, darle un sentido sagrado al juramento… sí que tendrá razón de ser. Pero si no…

Cualquiera podría pasarse tranquilamente el juramento por el forro ¿no?

– Pues sí. Tantas veces habrá sido así.

Aunque sí que es cierto, pienso, que, a veces, un juramento puede otorgar una dimensión de solemnidad y seriedad al compromiso. Hasta el punto de que quizás a veces, en algunos casos, incumplir con lo que se haya dejado constancia de haber jurado pueda ser un motivo de sanción…

– Contando con que se pueda demostrar ese incumplimiento, claro…,

– Sí, claro. Se podrían citar muchos supósitos, supongo, de cuándo sí y cuándo no; si nos pusiésemos ahora…Pero uuf… Qué pereza, ahora.

¡ Mira! Por allí va el hombre de las maletas..

¿Te has fijado en él alguna vez?

– Sí. Y tanto. Me pregunto, cada vez que lo veo, por qué siempre irá con tantas maletas arriba y abajo. Tiene diferentes modelos de diferentes tamaños y colores… Parece que tenga una gran colección de maletas.

¿Qué debe de llevar? Y siempre más o menos por la misma hora. ¿Igual está haciendo un traslado muy poco a poco?

– No sé. Es curioso. Yo también me lo pregunto.

Y a veces me lo he imaginado como una especie de mago, otras como alguien que confecciona vestidos y trajes fantásticos, otras como un personaje de alguna historia detectivesca, o de contrabando disimulado…y también otras muy macabras que mejor ni cuento, pobre hombre, si supiese…

– Yo también me he imaginado de todo jajaa Me intriga mucho.

Qué cotillas llegamos a ser..jajaaj

– Pues sí jajajaa.

Es divertido imaginar…

– …

– Y por cierto ¿qué era lo que ibas a jurar antes que no te he dejado acabar?

– Aah que el cigarro que estaba apagando era el último que fumaría.

– ¡Pero si acabas de encender otro !

– Sí. Pero fíjate que los enciendo y los dejo consumir prácticamente por entero en el cenicero, sin fumarlos.

Aah y fíjate también que he jurado, pero por lo que tú más querías; no por lo que más quería yo jajaaj

– Ooh serás… anda ya… jajaajaja

[Alzaron sus tazas de café y las hicieron chocar; y no sonaron al festejado «chin-chin» , pero sí a algo así como un «cloc-cloc’ sordo; y de una de ellas, al golpear la otra, se derramó algo de café en la mano que la sujetaba, con lo cual se necesitó con cierta urgencia de una servilleta de papel. Y volvieron de nuevo a reír al mirar la taza y la mano manchada y luego al mirarse de nuevo a la cara y a los ojos..

Y no lo mencionaron, pero eran conscientes, por la forma de haberse estado mirando mientras conversaban y por sus gestos corporales, y por sus risas…, de que se había estado gestando y nacía una común complicidad que, sin juramentos, prometía una espontánea y creciente amistad].

(Sílvia Rafi Gracia// 04/05/2026)

MAITE BILBAO

LUNES

El móvil baila sobre la madera de la barra hasta que el silencio gana la partida. El nombre de tu mujer desaparece de la pantalla. Pides la penúltima con un gesto rápido. El frío de la cerveza anestesia el ruido de la calle. La jarra pesa lo mismo de siempre.

Subes los escalones con los dedos clavados en la barandilla. La llave pelea con la cerradura hasta que la puerta cede. En la cocina, ella golpea un plato contra el escurridor. Se gira y te clava una mirada de asco, con los ojos inyectados en una rabia antigua. Aprieta los labios para contener la náusea.

—Mañana —sueltas. Tu propia voz retumba contra los azulejos—. Mañana se acaba. Te lo juro.

«Embustero, borracho. Ojalá mañana no despertaras», desea ella mientras el estruendo del plato llena el vacío.

Cuando intentas atrapar su mejilla para un beso, ella tuerce el gesto. El aire se vuelve agrio por el aliento a lúpulo rancio y ese olor a tabaco pegado a tu chaqueta. Ella guarda el plato en el armario; el golpe de la madera zanja la conversación. Busca el refugio del pestillo en vuestro cuarto.

Te arrastras hasta la habitación de la niña. Ella se oculta bajo el edredón y se tapa hasta la cara. Solo asoman sus ojos. La sábana se arruga sobre su rostro en un gesto de rechazo.

—Hueles mal, papá.

Tu mano queda congelada a milímetros de su frente. Los dedos tiemblan, suspendidos, sin valor para rozar su piel limpia. Ella se gira hacia la pared con un movimiento brusco. El papel pintado es su frontera.

Te desplomas en el salón, justo en ese hueco del cuero que conserva tu forma. El resto del mueble brilla, nuevo y ajeno. En la penumbra, rescatas la botella escondida. El primer trago quema.

«Debo parar o haré una barbaridad. Pero necesito ayuda. Mañana, mañana sin falta», te mientes.

Tu imagen se refleja frente al cristal negro de la tele. El reloj avanza hacia el martes. Bebes.

Mañana siempre es mañana.

4 de mayo de 2026

LUCINDA QUART

PERJURIO

—Mienten.

Frederic Solly-Flood, fiscal general del almirantazgo en Gibraltar, se repantiga en la silla de mimbre y aspira el perfume dulzón de la buganvilla que sombrea la terraza. El resultado de las nuevas pesquisas llevadas a cabo por los expertos de la marina americana, han venido a echar por tierra sus conclusiones sobre el dudoso rescate del Mary Celeste. El cónsul norteamericano en la colonia quiere alejar de su gente toda sombra de sospecha y ahora los miembros del tribunal, abrumados por los informes técnicos y la constante presión diplomática, dudan.

Sentado a su lado con una copa de brandy en la mano, el presidente del tribunal naval, James Cochrane, lo mira con una expresión parecida a la lástima.

—Es posible que mientan, Frederick, pero no podrás probarlo y nunca sabremos con certeza qué pasó a bordo del Mary Celeste.

—El capitán Morehouse dejó zarpar al Dei Gratia rumbo a Génova para alejarlo de la investigación. ¿Y si hay pruebas del crimen en el barco? ¿No podemos enviar a alguien a Génova para registrarlo? ¡Por todos los diablos! Algo habrá que podamos hacer.

—No funciona así, Fred, y tú lo sabes—el tuteo familiar estaba destinado a calmar el ímpetu del fiscal. Su obsesivo convencimiento de que el capitán y la tripulación del Dei Gratia habían cometido un acto atroz de piratería y perjurio reiterado frente al tribunal.

Frederick Solly-Flood tenía fama en la colonia de ser un perro de presa: arrogante, inflexible y obstinado. Pero en esta ocasión, sus sospechas no eran desatinadas. Había algo en las declaraciones de la tripulación; en la exagerada similitud de sus relatos; en el hecho poco natural de que llegaran a usar incluso las mismas palabras, que convertían a los tripulantes del Dei Gratia y a su capitán, en sospechosos factibles. Pero los informes técnicos desmentían el abordaje y una posible matanza a bordo del Mary Celeste. Quizá sólo era otro barco con mala suerte: en su viaje inaugural, cuando aún se llamaba Amazon, sufrió un accidente y murieron el capitán y el primer oficial. Barcos con mal fario desde que salían del astillero. Barcos malditos.

Con delicadeza, porque no deseaba echar más sal en la herida, el presidente del tribunal preguntó:

—¿Cuándo liberarás el barco? El armador se impacienta y el cónsul americano amenaza con acudir al Almirantazgo y poner una queja.

—Envié los papeles esta mañana, James—suspiró, parecía diez años más viejo que ayer—. Van a salirse con la suya. Cobrarán la recompensa por un rescate que nunca llevaron a cabo. Y sabe Dios qué otro beneficio habrán obtenido, porque esas marcas punzantes en la proa las he visto otras veces, los contrabandistas sujetan armazones por debajo de la línea de flotación para la mercancía y al retirarlos quedan esos rasguñones. Pero nadie me cree. Ni siquiera tú.

La opinión de los expertos y la del buzo que revisó la obra viva del Mary Celeste, era que aquellas marcas en las cuadernas del barco podían haber sido causadas por el oleaje. ¿Se había empleado el Mary Celeste para contrabandear en navegación de cabotaje por la costa de Nueva Inglaterra? Tal vez.

El principal escollo en toda aquella maldita investigación eran los tal vez y los quizá.

¿Habían masacrado los tripulantes del Dei Gratia a los tripulantes del Mary Celeste para robarles un cargamento clandestino?

¿Habían mentido descaradamente y bajo juramento en el tribunal marítimo para cobrar el dinero del rescate?

¿Estaba el armador del Mary Celeste al tanto de aquella conspiración o había sido cosa del capitán Morehouse y de sus hombres?

¿Qué les había ocurrido realmente al capitán del Mary Celeste, Benjamin Briggs; a su hija y a su esposa; al primer oficial y a los demás hombres de a bordo?

¿Asesinaron a diez personas a sangre fría por dinero?

Tal vez.

O tal vez no.

—Nunca he dicho que no te creyera, Fred. Digo que no puedo probarlo. Pero hay algo que sí puedo hacer: reducir la cifra de la indemnización. Poner en entredicho las declaraciones de la gente del Dei Gratia. Ser lo bastante ambiguo en mi informe final como para que al menos Morehouse sepa que sabemos.

La sombra de la buganvilla le oscurecía el rostro y volvía tenebrosa la mirada del fiscal general cuando afirmó, como un sabueso incapaz de soltar lo que lleva entre los dientes:

—Pero mienten. Y han mentido bajo juramento.

BLANCA CERRUTI

EL JURAMENTO

Pedrito tenía prohibido subir al desván, no sabía por qué, pero la prohibición era muy severa y, aunque se moría de ganas por subir ni se le ocurría desobedecer.

La casona en la que vivían era muy grande y podía recorrerla y jugar por donde quisiera, pero subir al desván…, ¡totalmente prohibido!

Aquella mañana vio subir a su padre y no pudo resistir la tentación de seguirlo.

Lo vio llegar hasta la puerta, abrirla y entrar dejándola entornada. El niño no se acercó, pero sí escuchó una voz, un balbuceo extraño que le heló la sangre en las venas y lo paralizó. Antes de que pudiera reaccionar salió su padre.

No le gritó ni se enfadó. Se sentaron en el rellano. El chiquillo seguía escuchando la extraña voz, ahora con más fuerza.

—Pedrito, hijo, sabes que tienes prohibido subir al desván y has subido. Ahora tendrás que hacer un juramento porque no podrás contar jamás a nadie lo que has escuchado. Repite: «Juro que jamás contaré a nadie que he oído una voz en el desván».

El niño nervioso y desconcertado consiguió repetir: «Juro que jamás contaré a nadie que he oído una voz en el desván».

—Si rompes el juramento nos pasarán cosas muy malas.

—No lo romperé, papá, lo cumpliré.

Cuando bajaron, enseguida la madre los llamó a la mesa, para comer.

—Pedrito, hijo, qué callado estás, con lo charlatán que tú eres —dijo la mamá.

Padre e hijo se miraron.

—Será una nueva etapa, ya sabes cómo son los niños —dijo el padre.

El chiquillo nunca más intentó subir al desván, pero dejó de ser el niño alegre y charlatán que era. Tenía pesadillas en las que la voz que había escuchado lo llamaba y acababa viviendo en el desván para siempre con el ser de la voz.

Pasó el tiempo. Pedro terminó los estudios. Se centró en el trabajo y las pesadillas dejaron de ser frecuentes. Cuando sus padres murieron, con apenas un año de diferencia, volvió al pueblo a recoger la casa y ponerla en venta, nunca podría vivir en ella. El recuerdo de la voz, las pesadillas, el juramento…

Cuando llegó al pueblo ni siquiera quiso quedarse en ella. Se alojó en el hostal. A la mañana siguiente fue a la casona. Se armó de valor y subió al desván.

Abrió la puerta, el sol que entraba por la ventana le dejó ver el interior. Una cama adosada a una de las paredes. Una mesa junto a la ventana enrejada y una silla. Se acercó. Sobre la mesa, una caja con ceras de colores y varias hojas blancas con garabatos que querían ser dibujos sin conseguirlo.

No necesitó más para comprender que había sido una persona la que había estado confinada en el desván. Y pensó en las pesadillas sufridas en su infancia y en el juramento que lo había esclavizado para evitar que les pasaran «cosas muy malas» si lo rompía, cuando lo único que les hubiera pasado habría sido atenerse a las consecuencias si se hubiera sabido qué era lo que ocultaban en el desván.

Cogió las pinturas y los «dibujos» y salió sintiéndose libre del juramento. Aquella voz del desván tenía ahora una identidad, era de alguien de su familia que no le permitieron conocer.

Apretó los «dibujos» contra su pecho y abandonó la casa.

Blanca Cerruti

EVA AVIA

Justicia, el juramento.

Querido lector, lo que a continuación leerás son retazos de las escenas finales de la Película Justicia, que como bien sabes, si has seguido la historia de la Maquilladora, es la parte profesional de nuestro protagonista Diego. No las voy a extender, porque eso te lo dejo a tu imaginación. Y después, el principio del fin.

Quizás, algún día, esta historia podía ser el guion de una película. ¡Ja, ja, ja! Por soñar que no sea.

—Alex, hijo mío, creí que te perdía a ti también —La alegría hace que le estruje entre sus brazos, las lágrimas recorren sus mejillas cayendo sobre él.

—Mamá, duele.

—Perdón —le contesta, recostándolo con suavidad. Le cubre con la sábana y le toma de la mano.

—¿Nos permite unos minutos a solas con el paciente? —dice, entrando por la puerta la doctora y unos enfermeros.

—Por supuesto —Mientras se levanta—. Ahora regresa, mamá. Voy a hacer unas llamadas —Cerrando la puerta a su salida.

Ha trascurrido sobre una hora, durante ese tiempo la doctora le explica a Alex la situación de sus lesiones. Afortunadamente para él, esto quedará en solo un susto.

—Alex, ahora van a entrar unos policías a hablar contigo sobre lo sucedido. Tu madre está hablando con ellos en este momento.

Tocan a la puerta.

—Les dejamos con el paciente —Saliendo.

—Será mejor que usted se quede fuera —le dicen a la madre de Alex.

—Está bien —El nerviosismo se hace mas visible y a la salida se desmorona.

—¡Mamá! —grita, he intenta incorporarse de la cama.

—Es mejor que no se mueva. No se preocupe por ella, enseguida estará bien —le dice, uno de los policías, mientras cierra la puerta —Mi nombre es Rafa y mi compañera es Alexandra.

—Venimos a tomarle declaración por lo hechos ocurridos el pasado catorce de febrero —Sacando la libreta, Alexandra.

—Vamos a hacerle unas sencillas preguntas a las que usted nos contestará lo que recuerde. Tiene que saber que el otro implicado en los hechos ocurridos ha fallecido hace unas horas.

—Ehh, yo… —Traga saliva y se caya. En esos momentos, Alex, imagina todos los resultados posibles a lo sucedido y ninguno de ellos son buenos para él.

Tras tomarle declaración, queda custodiado por dos policías, hasta que pueda ser trasladado a prisión provisional antes del juicio.

La soledad se hace presente en la habitación, a pesar de que está acompañado por su madre. No saben que decirse, los reprochen no van a servir para nada, lo hecho, hecho está. Ahora toca acarrear con las consecuencias de sus actos.

Una semana después, ya recuperado de las lesiones más graves, es trasladado a la prisión, el juicio será en dos días. Contarte al detalle lo que sucede en el juicio es irrelevante; juramento, declaración de los testigos y etc, ya hemos visto muchos casos por los medios de comunicación y el de Alex es uno más. La grabación de la Película Justicia llega a su fin con la condenada de cuatro años de prisión por homicidio imprudente.

—¡Corten! Buen trabajo, chicos —Saltando, el director, de la silla.

El set estalla a aplausos y Diego, eufórico, abraza a Marta.

—¿Tomamos algo para celebrarlo? —La miro y he cometido un error, por un instante se me ha olvidado Carolina—. ¡Chicos, esta noche invito yo! —En estos momentos parezco el emoji del WhatsApp con los hombros levantados.

—Claro —le digo, resignada.

Como no. Un solo segundo ha sido tiempo suficiente para creer que sus sentimientos hacia mí habían cambiado, que ingenua. Es solo trabajo, ha sido la euforia del momento.

—¿Nos vamos? No hace falta que cojas tus cosas, ya mañana las recoges —Rozo su espalda y la respuesta de su cuerpo no la esperaba.

—Sí —Agacho la cabeza, porque no puedo mirar esos ojos que me observan como a una más. Cojo la chaqueta. Por primera vez tiemblo ante el roce de un hombre.

Unas horas después, set del rodaje.

—Marta, ¿qué has hecho? —Separándola del cuerpo de Diego.

—¡Marcos! —Sorprendida—. Yo…, no sé lo que me pasa —Miro mis

manos—. Te juro que no quería.

—No importa —Abrazándola—. Tienes que marcharte de aquí, pronto vendrán.

—Pero…, él está…

—Yo me ocupo de todo. Nadie va a saber que has estado aquí. No recojas tus cosas y ahora no mires atrás.

Continuará…

L’IDIOT

Juramento.

Fue un juramento sin solemnidad, sin ritual ni elementos físicos. No hubo canciones ni música; tampoco rezos u oraciones. Las velas estaban allí solo para iluminar la oscuridad de una noche sin luna. No hicieron falta palabras: bastó una mirada, una mirada a los ojos, y todo quedó dicho.

Cada cual siguió su rumbo, sin evitar el encuentro, pero tampoco buscándolo.

Los dos cargaban con una culpa suave, casi dulce, mezclada con la ansiedad de un amor que nunca llegó a cumplirse. Era una inquietud persistente, como una sed que no se nombra pero tampoco se apaga. Ella estaba casada; él también. Y, sin embargo, había algo entre ellos que no obedecía a ninguna de esas certezas.

Se miraban con la conciencia de lo prohibido, pero también con la secreta aceptación de que lo suyo no había nacido para ser correcto. Aquel juramento, silencioso y firme, no había sido más que un intento de contener lo inevitable, de ponerle límites a un deseo que no entiende de promesas ni de deberes.

Porque hay juramentos que no se hacen para cumplirlos, sino para resistirlos. Para engañarse. Para creer, por un instante, que el alma puede someterse a los moldes que otros han trazado. Pero el alma no conocía de encierros.

Y ambos lo sabían.

Que si el tiempo se doblaba, si las circunstancias volvían a alinearse en ese preciso equilibrio de miradas y silencios… lo romperían otra vez. Sin palabras, sin explicaciones. Con la misma certeza con la que una vez creyeron poder evitarlo.

ALFREDO LOZANO

VIVIR

El doctor Alonso repetía el juramento con la precisión de quien afila un cuchillo, sin dudar. No lo hacía en voz alta, sino en silencio mientras se prepara para entrar en quirófano, donde la luz del quirófano convertía cada cuerpo en algo que resolver. Mantenerlos vivos. Creía que lo demás, eran meras interpretaciones.

Nadie dudó, al principio. Era el mejor, eficaz, riguroso. Sus pacientes sobrevivían cuando ya no había esperanza. La gente lo admiraba con tanta gratitud que rozaba la devoción. Él siempre respondía que no era talento, sino compromiso.

Todo cambió cuando dejó de aceptar ciertas palabras. Irreversible, terminal. Paliativo, todas las descartaba de forma tajante. Él hablaba de intervención, de extirpar, de posibilidad. Al principio se veía como valentía. Hasta que empezó a incomodar.

—Doctor Alonso, el paciente no responde —le dijo una residente—. No hay señales vitales. Quizá tendríamos…

—Quizá tendríamos que empezar —respondió él.

La intervención duró horas. Al acabar, el paciente respiraba. En el hospital se tildó de milagro. La familia lo celebró. En cambio, la residente, no fue capaz de olvidar la mirada vacía que vio abrirse unos segundos. Aquello no encajaba con la definición de salvado.

Desde entonces el doctor Alonso solo elegía los casos que otros rechazaban. Cuerpos consumidos, enfermedades sin retorno. Trabajaba sin descanso, casi de forma obsesiva y, siempre lograba lo mismo. Mantenerlos vivos. No vivos de forma como suele entenderse, pero vivían.

Las habitaciones comenzaron a llenarse de pacientes que no mejoraban, pero tampoco empeoraban. Que no morían ni vivían sin atención. Ocupaban camas como si en ese hospital se hubiese detenido el tiempo. Las familias, que al principio mostraban su agradecimiento, ahora se hacían preguntas.

—¿Cuándo volverá a casa?
—¿Cuándo se despertará?

El doctor Alonso no solía hablar con las familias, él se dedicaba a lo vital. El tiempo se encargará de lo demás. Pero en ese hospital, el tiempo no pasaba.

Desde dirección revisaron sus casos. No hubo negligencias. Cada caso estaba perfectamente documentado, cada actuación debidamente respaldada. Imposible de atribuirle algún error. El doctor cumple el juramento con una fidelidad desafiante.

La residente fue quien lo enfrentó. Llegó a su despacho con una carpeta llena de informes.

—Son los mismos pacientes —dijo—. Sin altas ni fallecidos, solo intervenciones a los mismos pacientes. Durante años.

El doctor cerró la carpeta con calma.

—Es imposible —continuó ella—. Biológicamente… no se puede.

Él sonrió ligeramente.

—Lo imposible se puede lograr.

La llevó a una habitación con un paciente que respiraba. Su corazón latía. Mantenía los ojos tan abiertos que parecían no ver nada. Ese cuerpo cumplía todos con los requisitos para decir que estaba vivo y ninguno para decir que así era.

—¿Por qué les hace esto doctor Alonso?

—Es lo que prometí —respondió—. No dejarlos morir.

—Eso no es vida —dijo ella—. Esto no estaba en el juramento.

Un silencio tenso se impuso en la sala.

—Usted piensa que esto va de dignidad o de bienestar —continuó él—. Pero eso son interpretaciones. Yo me ocupo de lo vital.

—Está equivocado.

—No —corrigió—. Soy fiel al juramento.

Salieron al pasillo. El ruido constante de las máquinas marcaba un ritmo tranquilizador. Todo funcionaba correctamente

—¿Sabe por qué nadie ha podido detenerme? —preguntó él.

Ella no respondió.

—Porque todos temen que la muerte no sea un fallo técnico, sino uno de esos límites que aceptamos por comodidad.

La residente sintió que aire se espesaba. Costaba respirar.

—¿Y si se equivoca doctor Alonso?

—Entonces ya estarían muertos.

La residente se marchó mientras él se preparaba para volver al quirófano. Repitió el juramento una vez más. En ese hospital no habría fracasos. Solo pacientes que aún seguían vivos.

CESAR TORO

El amor que me juraste

¿Donde ha quedado?

El viento se ha cargado

tus promesas.

y yo esperando

aquí sentado.

FRAN KMIL

Juramento

Otra vez la abuela en la habitación. Otra vez la misma letanía, cayendo sobre él como agua de gotera:

—Lo juraste. Tú lo juraste.

Sí. Lo juró. Pero fue como cuando uno tararea sin querer una canción que escuchó en algún lado: la boca moviéndose sola, sin que el pensamiento se meta. Lo hizo para complacerla, nomás. Pensando que ella, desde donde estuviera, no tendría manera de saber si cumplía o no. Como cuando uno agita el brazo para espantar una mosca, no por rabia sino porque el zumbido cansa.

Pero se equivocó.

Fue en la sala del hospital, de madrugada. Él estaba sentado en el sofá con la cabeza recostada en la pared fría, medio dormido, medio muerto él también de tanto velar.

—¡Julio!

La voz de ella llegó desde la cama como llegaban todas sus palabras: despacio, pero con peso.

—¿Dígame?

—No quiero que me quemen. Quiero volver a la tierra. Que mi carne se haga tierra.

—Sí, abuela.

—¿Lo juras?

—Lo juro.

Y se durmió. Y cuando despertó pensó que lo había soñado todo: la voz, la oscuridad, el olor a medicamento mezclado con el olor viejo de ella. Pensó que nada de eso había pasado.

Pero la abuela no lo dejaba en paz.

De nada valió cambiarse de cuarto, de casa, de barrio. De nada valió irse a otra ciudad, cruzar la frontera, poner tierra y mar de por medio. Ella llegaba igual, sin avisar, como llegan los muertos que tienen algo pendiente. Y siempre con lo mismo, siempre la misma letanía repitiéndose en la oscuridad:

—Me lo juraste. Tú me lo juraste.

Ahora ya era imposible. Eso era lo peor: que ya era imposible. Las cenizas no pueden volver a juntarse, no pueden rehacerse en cuerpo para enterrarlo en el patio de la casona, bajo el naranjo, junto a los otros muertos de la familia que sí tuvieron su pedazo de tierra.

Y ella lo sabía. Por eso seguía viniendo.

AXY LINDA

—Mi palabra vale más que mi firma, que puede falsificarse.

Lo ha repetido durante años. Ha procurado cumplirlo: no dejar que decidan por ella; lo juró: no dejarse manipular… ¿y qué ha hecho? Engañarse, convenciéndose de que es ella quien decide sobre su vida, de que acepta y cede para “tener la fiesta en paz”, se dice:

—Para mí no es tan difícil ceder… y así vive en una supuesta armonía.

Lo cierto es que no tiene carácter ni valor para oponerse, para decir: «¡No!».

—Deja de mirarme así… no me juzgues. Crees que es baja autoestima, ¿verdad? Que me siento tan insegura y tan poca cosa que termino por convertirme en tapete. No me reproches ni me ofendas como otras veces; tú debes comprenderme: eres quien sabe todo de mí.

—¡Júralo! Júrame que a nadie le dirás cómo me siento.

Diciendo esto, extendió la mano y tocó el cristal frío.

Del otro lado, su reflejo hizo lo mismo.

Y se fue a dormir, después de una de tantas “conversaciones”.

Axy Linda San-Fre

ARCADIO MALLO

EL JURAMENTO

Se rompió el juramento de amor eterno que se habían profesado en los comienzos de su historia. Un juramento vacío entonces, muerto ahora. Se esfumó como el rocío una mañana de verano. Se quedó como si esa promesa nunca hubiera existido. Se resquebrajó, igual que los árboles del bosque quemado que todavía se mantienen en pie, aunque sin vida. Se alejó, como la pluma de una gaviota llevada mar adentro por el viento del norte. Dejó de existir cuando el juramento suponía una losa pesada más que un motivo para volar.

No lo vio venir. O, si lo vio, no lo reconoció. Igual que la arena del reloj, era cuestión de tiempo que aquello se acabara. Solo cabía la posibilidad de darle la vuelta, pero no fueron capaces. No quisieron. No pudieron. Fuera como fuese, el juramento se rompió, poniendo punto final a su historia.

No cabe duda, para ninguno de los dos, de que la vida sigue. Que el momento de la fractura duele. Está doliendo. A uno más que a otro. Pero se acostumbrarán al dolor. A la soledad. Al silencio. Quizás, solo quizás, esa sea la penitencia por haber roto el juramento.

05 de mayo de 2026

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

En un lugar de la sabana africana, una leona suspiraba aliviada al cobijo de la sombra de un árbol. Por fin había logrado hallar lo que parecía un descanso. Posó su cabeza sobre la hierba fresca, sin imaginar lo que estaba a punto de suceder.

Su descanso fue interrumpido por unos fuertes golpes que resonaron en una charca cercana. Al alzar la vista y contar a su manada, descubrió que faltaba uno de sus cachorros. Rauda corrió hacia el agua. Su primogénito estaba en peligro: cada zarpada lo hundía un poco más. Cada golpe contra la superficie dolía en el corazón de la madre como una espina que se clava más y más.

Cuando estaba a punto de alcanzarlo, una sombra enorme se cernió sobre ellos, oscureciéndolo todo como la última tormenta de primavera antes del implacable verano de la sabana. La madre sintió una fuerza desmedida que la apartó de su cría.

El cachorro dejó de luchar. Sintió que perdía lo último que le quedaba y sus ojos se volvieron negros como la noche.

Entonces, con el coraje inflando su pecho, la leona se rebeló. Un rugido poderoso hizo temblar hasta las piedras del suelo. El león —el rey de la manada— comprendió que aquel combate le haría perder más que ganar y se retiró. Era la primera vez que declinaba un envite.

La leona volvió a la charca y, con una zarpada certera, rescató a su cachorro de aquellas aguas que lo reclamaban para siempre. Sobre el barro, mientras recuperaba el aliento, el joven príncipe entendió el primer juramento de la selva:

Una madre deja su vida desde el momento en que regala otra.

Otra cosa era comprender la actitud de su padre. El rey de la manada. Desde aquel día, parecía haber quebrantado el juramento que el pequeño creyó que también él había adquirido.

Tiempo después, mientras el rey descansaba, una serpiente lo mordió, inoculándole su veneno. Solo aquel cachorro sabía que el ataque no iba dirigido al rey, pero guardó silencio y se alejó del lugar. El monarca enfermó gravemente, dejando un vacío en la manada. Todos pensaron que llegaría el turno de su primogénito.

Los días pasaron y el cachorro de la charca se convirtió en un fiero león adulto: un cazador despiadado, un explorador intrépido y un animal salvaje al que nadie se atrevía a desafiar. Sin embargo, todo lo que hacía parecía convertirse en nada a ojos de su padre. Quizá lo castigaba por lo ocurrido aquel día… o quizá era, en realidad, era quien más confiaba en el pequeño cachorro.

Finalmente, el rey murió. Y cuando llegó el momento, el león de la charca renunció a todo lo que tuviera que ver con él.

Hasta que un día recibió una lección inesperada.

Estaba lejos de la manada, descansando en un pequeño oasis rodeado de árboles. El discurrir tranquilo del agua lo adormecía. De pronto, un mono juguetón captó su atención. Sobre su cabeza sostenía un fruto cubierto por una cáscara dura y férrea que no cedía con facilidad. El león observó desde abajo mientras el mono insistía una y otra vez. Finalmente, el fruto cedió y la cáscara cayó justo delante del hocico del león. Su olor le evocó a su padre.

La contempló en silencio. Y comprendió.

Al caer el sol, la manada quedó sorprendida al ver cómo, en la montaña de los reyes, el joven león colocaba una piedra plana sobre la del último monarca. Aquello significaba que la manada había encontrado a su nuevo rey.

Bajó la ladera entre inclinaciones de respeto. En la cueva lo esperaba su madre.

—¿Por qué este cambio de opinión? —preguntó ella. —Finalmente comprendí el juramento de mi padre. —¿Ah sí? ¿Y cuál es ese juramento? —El día de la charca juró tratarme como una cáscara dura… capaz de protegerme incluso del mordisco más letal de una serpiente.

©Fernando D. López Aguilera.

JOSUÉ GONZÁLEZ

4:20 am.

El turno agoniza.

Puedo sentir ya mi espalda sobre mi cama y

Las plantas de mis pies encajar en mis pantuflas.

Un ojo casi cerrado y otro en las agujas del reloj.

El café ya no surte efecto.

4:29 am

Una luz exclama «EMERGENCIA»

He leído bien el mensaje, pero no logro reponerme.

Hasta que un paramédico me grita;

!cogido rojo¡-

4:36 am

Paciente femenino, 25 años aproximadamente.

Sin tipo de sangre, sin nombre

Pulmón perforado, arma blanca, múltiples heridas en la piel.

Signos vitales bajos, inconsciente.

5:35

Sala de urgencia.

Manos aceleradas, instrumentos quirúrgicos, sangre a borbotones.

Se hace todo lo posible.

6:30 am

El campanario de la iglesia retumba más fuerte hoy que cada mañana.

6:33 am

Hora del deceso

7:00 am

Mis manos aún tiemblan.

7 años y,

hoy no cumplí el juramento hipocrático.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Mira, Paco, siéntate bien y deja el pan ahí, que te veo venir. Y no me mires con esa cara de “acabo de hacer mil kilómetros”, que ya sé que vienes reventado, pero es viernes por la noche y toca parte semanal. Esto no lo cubre ningún tacógrafo, pero debería.

Treinta y dos años, Paco. Treinta y dos. Y yo sigo pensando en aquel juramento nuestro… “en la salud y en la enfermedad” … pero nadie añadió con marido camionero siempre fuera y dos hijos veinteañeros que parecen personajes descargables de un juego raro. Eso no venía, ¿eh? Eso era contenido oculto.

Tú ahí, recorriéndote media España, durmiendo en la cabina con la radio bajita… y yo aquí, capitaneando esta casa como si fuera un puerto sin faro. Que menos mal que vuelves los viernes, porque si no, un día me pongo a hablarle a la cafetera a ver si responde.

Mira, la niña. Nuestra niña. Veintiséis años y programadora informática. Muy lista, sí. Mucho código, mucho ordenador, pero luego viene aquí todos los días a comer y a cenar. “Mamá, es que aquí como mejor”. Normal, hija, porque en tu casa lo más caliente que tienes es el cargador del portátil. Y no solo eso, no. El otro día aparece con un pantalón: “mamá, ¿me lo puedes arreglar?”. Digo, ¿pero tú no eres la que arregla cosas complicadísimas en el ordenador? Pues toma aguja e hilo. Se me queda mirando como si le hubiera pedido que desactivara una bomba.

Y luego se sienta, saca el móvil y me suelta: “mamá, hoy he hecho un deploy”. Digo, muy bien, hija, yo hoy he hecho un cocido. Cada una con lo suyo. Pero oye, que viene, come, cena, se lleva un tupper y un pantalón cosido… y tan contenta. Independiente, pero con catering incluido.

Y el niño… ay, Paco, el niño me tiene en un sinvivir silencioso. Veintitrés años, más callado que una persiana bajada. Todo el día en su cuarto con los cascos, que yo no sé si juega o está en una misión secreta. Sales de la habitación y te dice: “mamá, casi lo consigo”. ¿El qué, hijo? ¿Salir a la compra? Porque eso sí que sería un logro.

Desde que la novia desapareció hace tres meses, está más metido en sí mismo. Que no es que le haya dejado, no. Desapareció. Así, tal cual. Yo le dije: “hijo, ¿pero habéis hablado?”. Y me dice: “mamá, me ha hecho ghosting”. Digo, otra vez con los fantasmas. En mis tiempos eso era que la chica no quería saber nada, punto. Pero claro, ahora le ponen nombre en inglés y parece hasta elegante.

Y luego los trabajos… hoy en una cosa, mañana en otra. “Mamá, me han llamado de la ETT”. Y yo ya sé que eso significa que igual pinta una pared, arregla una persiana o carga cajas. Y oye, lo hace bien, el chico es trabajador… pero intermitente, como las luces del árbol de Navidad.

Y mientras tanto tú, cruzando carreteras, y yo aquí escuchando historias que no entiendo. Porque el vocabulario, Paco… eso es otro mundo. La niña: “mamá, hoy estoy a tope, full focus”. El niño: “eso es muy random”. Yo ya hablo poco por no meter la pata. El otro día dije “guay” y me miraron como si hubiera sacado un disco de vinilo.

Pero lo mejor es que hoy, viernes por la noche, estamos tú y yo aquí cenando solos. Milagro. Porque ellos han salido “de fiesta”. Que eso ya no es salir, es desaparecer hasta mañana con el móvil al 3% y una foto borrosa de prueba de vida.

Y yo te miro, Paco, con tu cara de cansado feliz, y pienso: mira, al final nuestro juramento era esto. No lo de la iglesia, ni las fotos, ni el arroz. Esto. Tú volviendo a casa después de toda la semana, yo contándote el parte como si fuera el telediario, y los dos riéndonos de cosas que no entendemos.

Porque, a ver, dentro de todo… lo hemos hecho medio bien. La niña será muy de ordenadores, pero viene cada día porque aquí se siente en casa. Y el niño, aunque esté en su mundo, tiene un corazón que no le cabe, aunque no sepa muy bien cómo enseñarlo ahora mismo.

Así que mira, Paco, yo hoy renuevo el juramento, pero a mi manera: prometo seguir llevándote la contraria, aunque vengas de mil kilómetros, prometo no entender a nuestros hijos, pero defenderlos como una leona, y prometo que cada viernes, cuando te sientes en esta mesa, vas a tener cena caliente y un resumen completo de la semana… con o sin subtítulos.

Eso sí, te aviso: como un día me vengas con que me has hecho “ghosting” tú aunque sea de broma… te planto un tupper de lentejas en la cabina y no te hablo en todo el mes.

Y mira que soy capaz, ¿eh?

CARMEN ÚBEDA FERRER

EL juramento indisoluble

—————————–

Ya estaba hecho. Era indisoluble. Un juramento hecho al demonio no tenía vuelta atrás. Lo juró en el averno.

«Satanás, dios de las tinieblas y las llamas incandescentes. Juro ante tú imperial presencia que, a cambio del poder que me otorgas en mi vida terrenal por diez años, mi alma te pertenecerá por toda la eternidad.

——————————————-

Expiraron los diez años de poder, orgías, sobornos, injusticias … De gobernar el mundo a su antojo, que tanto había deseado y por el cual hizo un juramento sin retorno.

Aquella noche yacía en su lecho en una oscuridad absoluta. Sentía el miedo que flotaba en el aire. Le retorcía el corazón. Le paralizaba el alma. Sentía un dolor real en su cuerpo y en su sangre. Su garganta dejó escapar un sonido estertóreo como el de una burda tela al rasgarse.

El sol brillaba en los jardines que rodeaban su imponente y majestuoso palacio, y su alma agonizaba para toda la eternidad entre las llamas del infierno.

Carmen Úbeda Ferrer

LETICIA R MENA

NIÑA BUENA

Siempre me dicen, cuando hago alguna travesura, que tengo que ser una niña buena. Me hacen jurarlo, y yo lo hago. Juro que seré buena, que no lo volveré a hacer.

Cuando desobedezco, cuando hago una rabieta, cuando rompo algo «sin querer», me arrepiento y juro que seré buena.

Luego le pinto un bigote con los rotuladores de colores a la abuela mientras duerme la siesta, o pego al hermanito que no deja de berrear porque le he quitado su chupete, o le doy patadas a la vecina cotilla cada vez que nos cruzamos con ella y se empeña en tirarme de los mofletes.

Después me regañan, y yo pido perdón y juro no volverlo a hacer.

Pero me aburro, y me distraigo arrancándoles las alas a las moscas y observando su agonía, o tirando piedras a los nidos con los pajarillos recién nacidos o al gato del vecino.

Una vez saqué un puñado de pastillas del botiquín, y las eché en la limonada del cumpleaños de mi prima mayor.

Esa vez me regañaron mucho.

Siempre lo hacen, regañarme, y castigarme. Repetirme una y mil veces que todas esas cosas no se hacen, que están mal.

Entonces yo lloro. Se me da muy bien hacerlo. Y juro que me portaré bien, que seré una niña buena y no lo haré más.

Pongo mi carita de niña buena y lo juro, mientras cruzo los dedos en la espalda.

NILA J BOHORQUEZ

Juramento de Toga.

La sala velatoria «Aves del paraíso» olía a lirios y formol… escuchándose cantos gregorianos.

Juan Manuel, con el título de abogado aún sin enmarcar, se arrodilló frente al ataúd de su madre Ernestina. Ella había enmudecido desde aquella tarde mustia del mes de febrero, treinta años atrás, cuando fue testigo desde su ventana: la violación de Jessy, vecinita de la vereda # 8 del barrio «El Barullo». Vio a la niña huir despavorida, dejando a su muñeca de trapo tirada en la grama, como una pajarita herida.

Ernestina guardó sigilo.

Tres décadas de silencio.

Un cáncer terminal acabó consumiéndola en una cama del hospital del pueblo «El Cocotal».

Murió con el nombre del violador atorado en la garganta, ahí donde se originó la enfermedad que la devoró.

Calló para no manchar su prestigioso apellido…pero, la conciencia no da tregua. Antes de partir, dejó una carta en el cofre de sus secretos, dirigida a su hijo ‘Juanma’. Una sola línea bastaba para leer: El violador de Jessy fue tu tio Federico, mi hermano.

‘Juanma’, posó las manos temblorosas sobre la madera fría…

-Te juro, mamá. Te juro por tu silencio y por mi Toga , que jamás defenderé a un pederasta. ¡Que se pudran en la cárcel!-

La voz de su juramento rebotó en la funeraria y se le quedó incrustado en los huesos.

Dos años después, Juan Manuel tenía bufete propio, famoso como Abogado Penalista y muy nombrado en los Tribunales de Justicia.

Una mañana del mes de octubre, revisaba el expediente de uno de sus clientes, antes de ir al Tribunal Penal,

sonó el teléfono…Era su abuela Margarita.

-Federico está detenido- gimió.

Otra niña. Doce años. Las cámaras lo delatan. Eres el abogado de la familia, mijo…es tu tio-.

Minutos después, llamó el propio Federico…

-Sobrino, soy tu tio. Yo pagué tus estudios en la Universidad. Me lo debes-.

Juan Manuel fijó la vista en su escritorio. La fotografía de Ernestina lo miraba. Recordó el ataúd, el formol, el juramento.

-Lo siento, tío…Mi madre me tomó juramento primero- respondió.

En la noche , Federico se ahorcó en su celda. Dejó una nota: «Perdóname, sobrino».

Juan Manuel no asistió al entierro de su tío. Fue al cementerio. Se cuadró frente a la lápida de su madre, rígido como en un Tribunal y exclamó:

-Juramento cumplido, mamá. Ya puedes descansar en paz. Me negué a defender al que llamaban Federico… aunque él cambió de ruta:

¡se fue al infierno a pagar sus culpas!-

Nhylath

JAVIER GARCÍA HOYOS

Juraron amarse, y ese juramento les unió más allá del día y la noche.

Sus corazones, fusionados en un único latido, vivirían juntos para siempre.

Nada, ni siquiera las hojas perennes de los bosques más antiguos recordaban ya cuando empezaron su romance, y estaban seguros de que jamás podrían ver su final. Pues la cadena que les unía era irrompible, y su juramento, inquebrantable.

Javier García Hoyos

JUAN C VALTIERRA

El perfume

Por Juan C Valtierra

Te lo juro que siempre lo encontraba.

En el mercado, en el camión de las seis, en el pasillo de la papelería un martes sin nombre. Tu olor, Lucía. Era lluvia sobre tierra seca y después jabón de almendra, el que tu madre traía de Teocaltiche en bolsas de plástico verde. Pero debajo había algo que no venía de ningún frasco: eras tú sola. El calor de tu cuero cabelludo en agosto. El sudor honesto de una mujer que había cargado el mundo encima y aun así olía a algo que merecía guardarse.

Lo seguía por la calle sin pensarlo. Cerraba los ojos y tú regresabas —no toda, nunca toda— el peso de tu cabeza en mi hombro, la manera en que te acomodabas el pelo detrás de la oreja izquierda con un gesto tan pequeño que tardé dos años en darme cuenta de que existía.

Dos años aprendiendo ese gesto. Y luego tú te fuiste, y yo me quedé sabiéndolo.

Fue casi toda una vida, Lucía. Tú me aquietabas. Me enseñaste a ser quien soy. Ahora navego solo, aprendo solo, y el día termina sin que nadie lo sepa.

Una tarde de invierno, en la farmacia de la esquina, una mujer de espaldas tenía tu shampú. El olor llegó antes de que yo entendiera. Me acerqué. Cuando ella se volteó, abrí la boca.

No salió nada.

Todo lo que no te dije cuando todavía podía. No cabía en ninguna palabra y tú ya no estabas para recibirlo.

La mujer siguió caminando. Yo salí con las manos vacías.

Ese fue el miedo nuevo. El primero que no conocía. No el miedo a perderte —ese ya lo había domado. El miedo de descubrir que la memoria tiene un fondo. Que llega un día y tu olor flota en el aire pero yo ya no sé qué hacer con todo lo que tengo para decirte.

Desde ese día ya no cierro los ojos cuando lo encuentro.

Lo dejo pasar.

Te lo juro, Lucía.

Tampoco quiero olvidarte.

ANA MARTÍN-SIERRA

Juramento: en memoria de mi padre

Y suena el teléfono…

Esa llamada que todos tememos

pero que siempre les llega a otros,

esa que taladra el corazón

y a la que quisiéramos hacer oídos sordos…

Siempre piensas que habrá tiempo,

que lo harás mañana

que ya le diré, le visitaré…

Cuando tenga tiempo,

cuando la vida esté en calma…

Y así te dije que te vería, que iría a visitarte y haríamos un viaje,

que te enseñaría mi ciudad

y nos daríamos un homenaje.

Pero el teléfono sonó…

Y la vida se paró en seco.

No hubo viaje, ni visitas,ni palabras

se acabó el tiempo.

Y no me pude despedir

más que a los pies de tu cama,

rezando porque escucharas

mientras vaciaba mi alma.

Y supe que no volverías,

que ya no querías seguir…

Te perdoné y te pedí perdón

y con la vida rota te vi partir.

Y desde entonces juré

que nunca me iría a dormir

Sin un “te quiero” sin decir

una visita no hecha

Un tiempo no dedicado

echándole la culpa al mundo por estar muy ocupado.

Y aún hoy todavía fallo,

pero te juro papá

que si pudiera volver,

no lo pensaría más,

Estaría más contigo, para vernos, para hablar…

Y te diría sin miedo,

aunque sé que te cuesta oírlo,

“Te quiero mucho papá “

DEP papá

¿Te gusta leer? ¿Quieres estar al tanto de las últimas novedades? Suscríbete y te escribiremos una vez al mes para enviarte en exclusiva: 

  • Un relato o capítulo independiente de uno de nuestros libros totalmente gratis (siempre textos que tenga valor por sí mismos, no un capítulo central de una novela).
  • Los 3 mejores relatos publicados para concurso en nuestro Grupo de Escritura Creativa, ya corregidos.
  • Recomendaciones de novedades literarias.

6 comentarios en «El juramento – miniconcurso de relatos»

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.