Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «los gigantes». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 25 de junio!
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*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
SERGIO SANTIAGO MONREAL
Ahora o nunca susurra la luna,
anhelada sonrisa clavada en el alma.
Ayer y mañana salen por las entrañas,
resuenan las olas de la mar salada.
Ahora o nunca caricia de bruma,
resuena la cadencia,
en un océano de dudas,
salpicando el instante mágico,
en el éter de la nada
-donde el todo bisbesea-
un presente sin sombras.
Aquí y ahora en la eternidad de un poema,
apaga el ego encendiendo una llama.
Volcán que erupciona,
con lava que emana,
solemne y sagrada.
Arde lo interno en hoguera e infierno,
creando un paraíso de luces y viento,
que sopla allende el firmamento,
creciendo la luz de la estrella:
que llevamos dentro.
Fin.
DAVID MERLÁN
MAÑANA (EL COLOR DE LAS COSAS 4/4)
Miles City. Montana, Estados Unidos. 1968
Hay decisiones que pueden esperar años. Otras, décadas. Pero existen algunas que, cuando llegan, solo admiten dos respuestas. Ahora… o nunca.
El día que Walter Grayson recibió la carta, ya llevaba siete meses jubilado.
La encontró una mañana de septiembre en su buzón, entre facturas, publicidad. Dentro de sobre pequeño sin remite. Estaba personalizada con una letra que reconoció al instante, antes incluso de leer el nombre. Y eso, en vez de alegrarle, le asustó más que cualquier otra cosa. El motivo era tan simple como intenso. Hacía cuarenta y tres años que no veía aquella caligrafía.
Abrió la carta con dedos nerviosos. Su contenido era breve. Escrita por alguien que ya no tenía tiempo para andarse con rodeos.
«Querido Walter:
No sé si te llegará esta carta, y si seguirás viviendo en el mismo lugar, pero tenía que hacerlo. Sino lo hacía, me iba a arrepentir lo que me queda de vida. Tampoco sé si seguirás vivo.Yo sí. Vivo en Rapid City. Si alguna vez pensaste venir, será mejor que no tardes demasiado.
Evelyn».
Nada más. Sin despedida, sin explicaciones, sin reproches, y contundentemente corta.
Al terminar, se quedó en shock. Hubiera querido más y precisamente por eso le dolió tanto.
Durante toda la mañana permaneció sentado en el porche mirando las montañas. Con la carta entre los dedos Pensó en todas las veces que había pensado en Evelyn, y en todas las veces que no había hecho nada al respecto:
En 1935 había prometido volver.
En 1942 le prometió escribir.
En 1951 le prometió buscarla.
En 1960 se prometió que, cuando las cosas mejoraran, la encontraría.
En 1965 prometió hacerlo después de jubilarse, y ahora que estaba jubilado, Evelyn seguía esperando. O quizá ya no.
Aquella misma tarde preparó una simple maleta. No necesitaba mucho. Una ligera y manejable de mano. A su edad nadie necesita llevar mucho cuando va de un lado a otro.
***
Walter llegó a la estación de autobuses de Miles City con la carta doblada en el bolsillo.
No hablaba mucho con desconocidos. Nunca lo hacía, pero aquel día el autobús salió con retraso. Un problema mecánico en el autobús General Motors de la Jack Rabbit Lines Inc. era el culpable de que las ocho horas de viaje con paradas programadas en las localidades de Broadus aún en Montana, Belle Fourche, Newell, Sturgis finalmente Rapid City en Dakota del Sur, se hiciesen de rogar.
Hicieron bajar a los pasajeros, y fueron invitados a ir a la pequeña cafetería de la estación a esperar noticias.
Un café aguado y una vieja silla de madera eran su única compañía de espera.
Fue allí donde conoció al hombre, un hombre de unos sesenta años. Traje amarillo claro. Sombrero del mismo tono, con maleta pequeña y aspecto corriente. Tan corriente que resultaría imposible recordarlo dos minutos después.
No hubo más presentaciones. Solo un conversación distendida tras las presentaciones de rigor.
—¿Le importa que me siente con usted?
Walter asintió y todo fluyó.
Y cuando una hora despues el autobús nuevo llegó, simplemente, subieron y se sentaron juntos otra vez. Como si ya estuviera decidido. Como si el viaje no admitiera bifurcaciones y, durante varias horas, compartieron asiento.
—¿Viaja por trabajo? —preguntó Walter.
El desconocido sonrió.
—Hace mucho que dejé de trabajar.
—Entonces viaja por placer.
—Algo parecido.
No volvieron a hablar durante casi una hora.
Cuando atravesaban una zona de praderas interminables, Walter sacó la carta y la releyó una vez más, disfrutándola y saboreando las palabras una y mil veces releída.
El hombre de amarillo observó de reojo el papel.
—¿Malas noticias?
—No.
—Entonces son las peores.
Walter soltó una risa breve.
—Quizá tenga razón.
El desconocido miró por la ventanilla.
—Hay personas que pasan la vida esperando el momento adecuado—añadió el extraño del sombrero amarillo.
—¿Y usted cree que existe ese momento?
—Si le doy sincero, creo que no.
Walter guardó silencio. Porque en lo mas profundo de su corazón sospechaba que aquello era cierto.
Cinco horas después hicieron la parada programada en el pequeño pueblo de Newell (apenas a 60 millas de su destino).
—¡Veinte minutos!—advirtió el conductor.
Mientras tomaban café en la cafetería junto a la carretera, Walter decidió preguntar:
—Me va a perdonar, pero no recuerdo haberle preguntado su nombre.
—Martin.
—¿Martin qué?
El hombre sonrió.
—Martin Morrow. Es la hora Walter.
Se levantaron y fueron hasta la barra a pagar
La camarera, cafetera en mano les miró de arriba abajo mascando chicle.
—Un dolar con diez—dijo mientras no dejaba de mirar al hombre el traje amarillo.
—Deje, Walter, pago yo—y tras pagar enfilaron hacia la puerta del local.
—¿Y usted qué hace por aquí? No me suena.
La pregunta de la camarera iba dirigida a Martin.
El hombre se volvió apenas un instante.
Y respondió con absoluta naturalidad mientras le regalaba una sonrisa:
—Nada. Me gusta su pueblo. Eso es todo.
Walter sintió una extraña sensación.
Como si aquella frase hubiese sido pronunciada muchas veces antes. Pero no supo por qué.
Dos horas más tarde, el autobus de la Jack Rabbit lines Inc. entraba en la estación de Rapid City.
—Es hora de despedirse, Walter. Ha sido un placer—dijo este haciendo el amago de irse.
—Espere un momento, señor. ¿Conoce usted Rapid City? ¿Ha estado aquí más veces?
—Si, Walter. Muchas veces.
—Entonces, sino le importa y no es mucho pedirle, me haría usted el favor de indicarme donde queda esta dirección —al tiempo que le entregaba el sobre con la carta e Evelyn.
Martín apenas necesitó mirarla y le sonrió asistiendo.
—Si quiere, le puedo acompañar. No queda lejos, apenas a seis manzanas de aquí. No tengo prisa y hace un día estupendo, ¿Qué me dice?
—Pues le digo que si. Muy agradecido. Ya voy mayor, sabe. Además, me cae bien usted. Ja,ja,ja—mientras echaban a andar calle abajo.
***
La dirección escrita en la carta los condujo hasta una pequeña casa blanca unifamiliar.
Walter permaneció varios minutos inmóvil frente a la verja. Incapaz de decidirse. Martin aguardó junto a él. Paciente. Como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
—¿Y si no quiere verme?
—Entonces lo sabrás.—contestó tuteandole.
—¿Y si es demasiado tarde?
—Entonces también lo sabrás.
Walter bajó la cabeza.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
El anciano observó la casa.
Las ventanas brillantes, las flores perfectas y a la puerta recién barnizada.
Todo aquello que había imaginado durante cuatro décadas.
—¿Y si hubiera venido antes?
Martin tardó unos segundos en responder.
—Pero no viniste.
Aquella frase dolió más que cualquier otra.
Porque era verdad. Finalmente abrió la verja y avanzó por el sendero.
Al llegar a la puerta, retiro la puerta exterior y golpeó suavemente con los nudillos en el marco.
Una mujer con el pelo completamente blanco y el rostro surcado por arrugas abrió la puerta.
Se miraron con extrañeza, pero una cosa no había cambiado. Los mismos ojos azules.
Durante varios segundos ninguno habló.
Luego Evelyn sonrió y Walter comprendió que treinta y tres años podían desaparecer en un instante.
—Bueno, Walter…, señora… Yo les dejo. Ha sido un placer.—Martín les dejó a solas alejándose de la vista de la pareja.
Ellos conversaron durante horas, recordando nombres, calles, promesas y errores.
Se rieron viendo viejas fotografías y también lloraron; de emoción y de tristeza.
Y cuando cayó la noche, Walter sintió por primera vez en décadas que estaba exactamente donde debía estar.
****
Evelyn murió tres semanas después. Una noche. En paz mientras Walter sentado junto a su cama, le sostenía la mano.
La mañana del entierro, Walter buscó entre los asistentes al hombre de amarillo. En cierta forma pensó que era lo correcto, pero no estaba. Ni en la iglesia ni en el cementerio. No estaba por ninguna parte.
Sin embargo, cuando todos se marcharon, Walter creyó verlo en una colina cercana.
Observando. Como había observado tantas otras cosas. Y por primera vez comprendió no quién era, pero sí qué era.
Desde la distancia Martin se quitó el sombrero. A modo de despedida, y desapareció tras la loma.
Aquella noche Walter murió mientras dormía. También en paz, sereno y sin miedo. Como quien finalmente llega a destino sin esperar un mañana.
EPÍLOGO
El sol en Colourful Sign en Venango Nebraska apretaba con justicia. En su encucijada, los cuatro caminos que convergían en un mismo lugar.
George Burrows llegó primero. Traía consigo el olor lejano del humo en su Plymouth Fury rojo.
Charles Cole apareció después. Bajó del autobús, impecable vestido de color claro, como siempre. Pero sacudiendo una mota invisible de polvo de su chaqueta.
Henry Hart llegó el tercero, y también bajo de otro autobús de línea que se dirigía en sentido oblicuo al de Cole, y aún sacudiéndose la tierra oscura adherida a las botas.
Y cuando ya estaban los tres, finalmente apareció Martin. de amarillo, con paso tranquilo y sin prisa.
—¿Y esto de cambiar de lugar? ¿Dónde quedó lo de reunirnos en el Four corners monument? (1)
Los otros tres lo observaban mientras acaba de llegar a su altura.
—¿Has terminado? —preguntó George—cambiando de tema.
—Sí.
Charles miró hacia el horizonte.
—¿Costó mucho?
—No.
Henry sonrió.
—Nunca cuesta mucho.
Durante unos segundos ninguno habló.
Luego George preguntó:
—¿Y ahora qué?
Martin contempló los cuatro caminos, sus cuatro colores y los cuatro destinos.
—Ahora seguiremos cabalgando, como siempre hemos hecho.
George Burrows sonrió.
Charles Cole se colocó el sombrero mientras Henry Hart observó el horizonte.
Y Martin Morrow, el último jinete, echó a andar.
Los demás lo siguieron.
Porque la guerra termina.
La conquista termina.
El hambre termina.
Pero la muerte… la muerte siempre encuentra un nuevo camino.
FIN
RAQUEL LÓPEZ
Futuro y pasado…. Momentos que unimos con un hilo mientras vamos moviéndonos de un lado a otro, posponiendo la vida sin saborear el presente….
No hay un mañana que espere
el tiempo sigue su camino
no hay un ayer que regrese,
el tren pasa de imprevisto.
La vida no negocia.
No posterga su viaje,
es para los valientes
que no llevan equipaje.
¡Si no sientes, si no amas
si no gritas el verso
que reconcome tu alma!
serás solo un jardín desierto.
Un sueño entre días grises
espina de tus propias musas
si pones excusas y no te decides,
el reloj será el verdugo que te encadena.
¡ Es el ahora o nunca!
un suspiro ciego
un fuego que ardió convertido en ceniza,
un reflejo lánguido que quedó muerto.
No esperes a ver cómo la vida pasa
mientras esperas quimeras de tu propio destino
una herida que abre falsas esperanzas,
frenando tus pies a mitad de camino.
Rompe moldes y termina la espera
no guardes excusas que valgan lamentos
no mantengas el momento como una tregua,
el pasado es olvido y el futuro es incierto.
Pisa firme y respira el presente
eres dueño absoluto del tiempo
la vida es el tren que aparece,
o subes o se escapa en un momento..
Raquel L
YOLANDA PINA REY
Querido diario: ¿qué tal, cómo estás? ¿Cuánto tiempo sin hablarte?
A pesar del tiempo, como ves, he vuelto a ti. Tengo la necesidad de escribirte para reflexionar con total libertad.
Esta mañana estuve en la playa, un pequeño paraíso, y mientras observaba el mar y su vaivén, mis pensamientos volaban por todo lo alto, ellos iban a su bola. Mientras dejaba que la calma y la paz inundaran mi cuerpo por entero, he llegado a una reflexión que puede que a muchos les parezca fantasiosa o inverosímil, pero que a mí me parece muy auténtica.
La cuestión es que me he dado cuenta de que entre miedos y deberes nos pasamos media vida echándole el freno a vivir. Quizás es porque es lo que nos toca vivir, no lo sé, lo que sí sé es que nos perdemos muchas cosas. No nos damos cuenta de que no somos lo que los demás quieren que seamos. Sino que somos alma, esencia y emoción. Si las cerramos bajo un candado de cristal, ¿dónde deja eso a nuestro corazón?
Por eso me he dicho: «Yolanda, abre los ojos, sal de tu zona de confort, pégale la patada al miedo y brilla bajo el sol, vive, baila, enamórate, simplemente sé auténtica, sé tú». No hay mayor regalo aquí que descubrir tu luz al mundo sin importar a quien le gusta y a quien no.
Por eso me atrevo a decir que este es tu momento, «AHORA o NUNCA», sé tú y abre tu corazón, fluye con la vida. Es verdad, no sabemos lo que va a pasar, pero no temas, no te arrepentirás, ya lo verás. Pase lo que pase habrás sido única, auténtica y habrás ofrecido quien eres tú de verdad.
Querido diario, ya me despido de ti, por ahora. Por favor, guárdame el secreto, gracias por escucharme y hasta que vuelva a escribirte y mi esencia te hable. Volveré. Mientras tanto volaré todo lo alto que pueda para llegar a todo aquel que quiera escucharme.
El momento es ahora; aquí y ahora es donde el ‘nunca’ deja de existir.
SUSANA NÉRIDA
(Adaptación de otro reto que pedían una historia alternativa a la oficial)
¡Ahora o nunca! Repetía para sí el joven Adolf, que salía de casa con las últimas monedas que les quedaban y sus pinturas, dispuesto a darlo todo para que se conociera su obra.
¡Ahora o nunca! Sino vendo, tendré que dedicarme a lo primero que salga, pensaba para sí mientras acariciaba con hambre las últimas monedas.
Hoy es un buen día para los negocios de Abraham. Salía contento después de cerrar un negocio multimillonario cuando encuentra al delgado Adolf en la calle, vendiendo su cuadro.
– Es brillante, ¿cuánto cuesta? –
Y así, Adolf, vendió su primer cuadro y consiguió un mecenas, casi sin saber cómo había sucedido.
En poco tiempo, Adolf era conocido en el mundo entero por su talento, brillaba tanto que casi había olvidado esa cicatriz, conformada por sus recuerdos.
– Los políticos han empezado a hablar de ir contra los judíos. Eso es un problema. Son mis amigos, mi mecenas y los primeros clientes que he tenido. No puedo fallarles. – Pensaba para sus adentros.
No sé si estos gobernarán, pero Adolf decidió adelantarse a los acontecimientos. Volcó su talento para denunciar al extranjero la situación en la que se encontraba su país. Lo dio todo por ellos, pero le pillaron.
A partir de entonces, la ley estaba a favor de los dirigentes y en contra de los extravagantes y locos artistas.
Al principio fueron censuras, no se podía hacer o decir según qué cosas. Luego vinieron las multas. Finalmente era pena de cárcel por terrorismo y atentado contra el estado.
– Somos tan indestructibles que, cualquier cosa que digamos, nos creerán. –
Esto no detuvo a Adolf, quien fue juzgado, condenado y acabó, junto con sus compañeros y amigos Judíos, en un campo de concentración que ellos, adornándolo, decían felizmente: cárcel.
Y nunca se les cayó la cara de vergüenza mientras los que allí vivían rezaban por sufrir poco y por el fin de aquellas torturas diarias.
Mi historia mezcla distintas realidades, de hoy y de antaño, cuestionando qué habría sido de Hittler si hubiera triunfado en el arte… y tú, ¿crees que habría cambiado aún más la historia? Coge un boli y escribe, esto acaba de empezar.
MARIANA DI PASCUA
Así te quería tener, para mí, preso en mi casa. No bajo llave, no con esposas, vos entraste en mi mintiendome y jugaste conmigo.
Me enamoraste y me diste falso cariño, dulces sobrenombres y usaste lo que de mi te servía.
Yo estaba vacía y tu eras demasiado lindo como para no sentirme de veinticinco de nuevo. Pensé que eras mi mejor momento, mi ahora o nunca mi conjuro a un amor eterno.
Ibas y venias, en el medio de esos cinco días pasaron tantas cosas que pensé éramos una intermitente pareja de con un año de amor. Sí porque yo te amaba en una locura que nos llevó a otra dimensión.
Lo mejor eran los fuertes abrazos que me hacían sonar la espalda y cuando me hablabas con sobrenombres cariñosos. Luego te ibas demasiado tiempo, con muchas promesas de regreso que me dejaban plantada.
Yo pase dos días casi sin dormir y cuando descubrí todo el mal que me estabas haciendo te tiré un maleficio que te dejó preso en mí.
Si te quería prendiendo la estufa a leña ahí estabas, sonriendo, mirándome y obligado a hacerlo sin poder evitarlo.
Lo mismo se aplicaba para dormir cucharita y para tener sexo.
Eras fantástico haciéndome el amor, todo como yo lo queria.
Tu interior se marchitaba por dentro, yo no le puse fecha de caducidad a ese castigo, eras mio ahora.
No me di cuenta que ya habías pagado y te tuve así por dos años.
Ya tu exterior no lograba sonreír, estabas débil y pasabas durmiendo.
Ese lunes me di cuenta que yo era mucho más maldita que vos y me decidí a liberarte. Hice un té que revertia el maleficio y te lo lleve al cuarto.Al llegar te vi tirado en el suelo muy tieso e intenté darte el té con una cucharita.
Tu rostro había retomado una sonrisa y supe que ya eras libre.
Me puse feliz por ti y me tomé el té. Me tendí a tu lado y mi rostro también dibujó una sonrisa.
Mariana Di Pascua Ríos
FRAN KMIL
Ahora o nunca.
La habitación olía a perfume caro y a intención.
Manuel llevaba veinte minutos sentado en el sofá de Elena, con una copa de vino tinto que apenas había rozado con los labios. No era descortesía: el vino nunca le había dicho nada. Había crecido en un barrio donde el vino era cosa de película, de gente con mantel en la mesa y palabras largas para todo. En su casa, cuando había algo que celebrar, o que olvidar, que era más frecuente, se abría un ron barato, de los que vienen en botella de plástico. Eso conocía su cuerpo. Eso reconocía su sangre. El vino le sabía a pretensión, a algo que no le pertenecía.
Pero Elena no lo sabía.
Había venido porque ella le dijo que necesitaba hablar, que era urgente, que nadie más podía ayudarla. Él era así, de los que todavía acudían cuando alguien decía necesito ayuda.
Desde que llegó, sin embargo, Elena no había hablado de nada urgente. Solo había música baja, luz tenue, y ella moviéndose por el apartamento con esa gracia estudiada de quien lleva tiempo ensayando. Y el vino. Dos copas servidas desde antes de que él llegara.
Ella lo amaba. No de esa manera suave y espaciosa en que se ama cuando uno está seguro de ser correspondido. Lo amaba de la otra forma: la que duele, la que no cabe, la que a veces se confunde con otra cosa. Lo había amado en silencio durante meses, contando sus gestos como quien ahorra monedas, guardando cada frase que él le dirigía como si fueran objetos de valor. Pensaba en él cuando no debía. Lo pensaba cuando debía pensar en otras cosas. Se había vuelto, sin que nadie se lo autorizara, el centro secreto de su mundo.
Y esa noche había decidido que el silencio se acababa.
Su plan era simple porque estaba convencida de que lo simple funciona. Ningún hombre, se había dicho desnuda frente al espejo esa tarde, se resiste a una mujer desnuda. Era casi una ley, una certeza aprendida de conversaciones entre amigas, de series, de todo aquello que le había enseñado que el deseo masculino era un mecanismo predecible. Y el vino era el aliado perfecto: ablandaba los bordes, disolvía las dudas, hacía que los hombres confundieran el calor del alcohol con el calor de otra cosa. El vino era cómplice del amor desde antes de que existiera la palabra amor. Eso lo sabía todo el mundo.
Lo que Elena no había calculado era que Marcos tenía la copa llena desde hacía veinte minutos.
—Hace calor, ¿no? —dijo ella, desde el centro de la sala.
—Estoy bien —respondió él.
Elena sonrió. Se llevó los dedos a los botones de la blusa con una calculada. Uno. Dos. Tres. La tela cayó al suelo con prisa, como si llevara mucho tiempo queriendo caer. Luego la falda …y el resto. Quedó de pie frente a él con la segurida de quien conoce el efecto que produce.
Era hermosa. Marcos no lo negó ni siquiera para sus adentros.
—Es ahora o nunca —dijo ella, con esa voz que había afinado para que sonara espontánea. Pero sonó a ultimatum, a amenaza.
Marcos no apartó la mirada de golpe, como quien se escandaliza. Tampoco se quedó mirando como quien acepta la invitación. La sostuvo unos segundos, tranquilo, y luego dejó la copa sobre la mesa con cuidado, sin hacer ruido. Casi con alivio.
—Elena —dijo.
Algo en el tono hizo que ella parpadeara.
—Eres una mujer extraordinariamente bella. Y esto —señaló el espacio entre los dos con un gesto suave— está muy bien construido. La música, la luz, el vino.
Ella abrió la boca. La cerró.
Manuel se puso de pie, buscó su chaqueta en el respaldo de la silla. Se detuvo en la puerta.
—Dijiste ahora o nunca. —La miró una última vez, con esa mirada que ella había coleccionado durante meses sin que él lo supiera.— Elijo el nunca. Pero no porque no me importes.
Cerró la puerta con suavidad.
Elena se quedó en el centro de la sala, la blusa entre las manos, la música todavía sonando para nadie. Miró la copa de Marcos: llena, intacta, el vino quieto y oscuro.
EFRAÍN DÍAZ
En el ocaso de su vida, don Tato comenzó a pasar revista de su existencia.
Había ido a la Segunda Guerra Mundial sin querer ir. El gobierno lo reclutó mediante aquel temido “draft” que arrancó a tantos muchachos de los campos de Puerto Rico para lanzarlos a una guerra que apenas comprendían.
Hijo de Dos Bocas, hablaba un español salpicado de jíbaro y no sabía una palabra de inglés. Lo aprendió por necesidad, entre trincheras, órdenes a gritos y disparos.
Cuando regresó, traía sobre el pecho una Estrella de Plata.
Con el paso de los años, la medalla dejó de ser un metal para convertirse en una leyenda.
En Trujillo Alto lo respetaban. En Dos Bocas casi lo veneraban. Todos buscaban su consejo. Para los muchachos era un héroe; para los viejos, un motivo de orgullo. Había visto el mundo, sobrevivido a la guerra, hablaba inglés y llevana sonre su pecho una Estrella de Plata. Eso bastaba para convertirlo en una autoridad.
Sin embargo, nadie había pensado en rendirle homenaje mientras viviera.
Fue una maestra retirada quien levantó la idea durante una reunión comunitaria.
—Los homenajes después del entierro son para consolar a los vivos, no para honrar a los muertos.
La propuesta entusiasmó al barrio. El alcalde la acogió de inmediato. Mandaron tallar una placa en madera de capá prieto y ordenaron fabricar los rótulos con el nombre de Calle Ángel “Tato” Ruiz.
La emisora local anunció la actividad durante varios días. Don Tuto recorrió los barrios con los altoparlantes montados en su guagua invitando a todo el mundo.
Cuando una comitiva del municipio visitó su casa para comunicarle la noticia, don Tato sonrió, dio las gracias y hasta posó para una fotografía.
Aquella noche no durmió. Sobre la mesa descansaba la Estrella de Plata. La tomó entre las manos y la guardó en un cajón.
Minutos después volvió a sacarla. La limpió con un pañuelo y la observó durante largo rato.
Al amanecer había escrito una carta. La leyó varias veces y terminó rompiéndola en pedazos.
Nadie en Dos Bocas conocía la verdad. Ni siquiera su esposa, que había muerto convencida de haber compartido su vida con un héroe.
Durante una ofensiva en Europa, don Tato había buscado refugio mientras otros combatían. Permaneció escondido hasta que el silencio sustituyó al estruendo de las armas.
Al salir del escondrijo encontró el campo sembrado de cadáveres.
Llegó a la base y continuó escondiéndose en cada misión.
Al regresar, se topó con la morgue y vio que uno de los soldados fallecidos llevaba sobre el uniforme una Estrella de Plata.
Don Tato miró alrededor. No había testigos. Se arrodilló, desprendió la medalla del uniforme y la guardó en el bolsillo.
Aquel fue el único acto de valentía de toda su guerra. No porque exigiera coraje, sino porque exigía renunciar para siempre a la verdad.
Desde entonces inventó una historia. Y la historia terminó inventándolo a él.
El día del homenaje amaneció despejado.
Don Tato vistió un traje que había conocido tiempos mejores.
En el bolsillo interior llevaba otra carta. Esta vez no pensaba romperla. Era ahora o nunca.
La plaza estaba llena. Había niños con banderas, vecinos de todos los barrios y viejos compañeros que aún lo llamaban “el héroe”.
El alcalde pronunció un discurso emotivo. Habló del honor, del sacrificio y del ejemplo que representaba don Tato para las nuevas generaciones.
Luego descubrieron el rótulo y los aplausos estallaron como una descarga de artillería.
—Don Ángel Ruiz —dijo el alcalde—. El micrófono es suyo.
Don Tato se levantó lentamente. Sacó la carta. La desdobló, miró el papel y después levantó la vista.
Vio a los niños. Vio a los ancianos llorando.
Vio al pueblo entero de pie, que lo ovacionó entre aplausos y vítores.
Sus dedos comenzaron a temblar. Doblaron la carta una vez. Luego otra. Finalmente la guardó de nuevo en el bolsillo y sonrió.
Alzó los puños como un general victorioso.
Y volvió a contar, por enésima vez, las hazañas de guerra que jamás había vivido.
Don Tato murió un par de años después.
Cuando el Ejército revisó su expediente para organizar los honores militares, descubrió que nunca había recibido una Estrella de Plata. La investigación fue breve y la verdad, devastadora.
Pocas semanas más tarde, unos empleados municipales desmontaron el rótulo de la calle.
El mismo hombre que uno par de años antes lo había instalado fue quien aflojó el último tornillo.
Nadie habló mientras el letrero descendía. Solo quedó el poste desnudo.
En Dos Bocas, durante mucho tiempo, la gente siguió llamándola “la calle de don Tato”, pero ya nadie lo hacía con admiración.
Porque don Tato había sobrevivido a la guerra más sangrienta del siglo. Lo que nunca consiguió fue reunir el valor para sobrevivir a la verdad.
PEDRO A LÓPEZ CRUZ
ÉRASE UNA VEZ LA ENVIDIA
Y todavía habrá quien se pregunte de dónde nace mi profunda y más que justificada aversión a la juventud. Y no solo eso, también profeso una enemistad irreconciliable hacia las superficies especulares y a la acondroplasia, entre otras cosas. No sé, llámenme rara, pero una es de fobias selectas y especiales. Hay quien teme a las arañas, a las alturas, a los payasos… Yo tengo un odio feroz a todas esas cosas. Pero, en espacial, a la felicidad ajena.
No tienen más que observarme: una señora mayor, negra de arriba abajo, con el aspecto de un grillo y esta llamativa verruga en la nariz, con más pelo que el lomo de un jabalí y una chepa en la espalda que me hace parecer un sherpa con artrosis. Alguien que se pasa la vida rodeada de fogones y entregada a la cocina fusión. Mis creaciones oscilan entre el consomé de sapo, las ancas de salamandra y el estofado de culebra.
Y ahora mírenla a ella: la muchacha perfecta, la niñata odiosa, en la plenitud de la vida, todo el día sin dar un palo al agua, mostrando su belleza desafiante en las redes, selfie va, selfie viene, presumiendo de curvas en Instagram. Selfie con filtro de mariposas, selfie con filtro de pecas, selfie llorando, selfie desayunando, selfie después de hacerse otro selfie… dándolo todo en TikTok y siempre de festival en festival. Es que la odio. La detesto con cada centímetro de mi ser.
Eso sí, nunca he entendido esa fijación enfermiza que tiene con los enanos y la naturaleza. Porque una cosa es que te guste la gente bajita y otra muy distinta es irte a vivir al bosque con siete. Ni seis ni ocho… ¡siete! En una casa rural, que ahora están muy de moda. De Airbnb. Con piscina, jacuzzi y esos siete tíos cortos y barbudos que parecen sacados de una banda de folk medieval. El que no está todo el día gruñendo, es un dormilón, o un alérgico de estornudo permanente o es medio lelo. Resulta que son mineros, pero en lugar de la copla castiza de Antonio Molina de toda la vida, arrancan el día con una versión anglosajona que más o menos viene a decir que van contentos a trabajar. ¿Contentos a trabajar? Ahí hay felino encerrado. Esos del pico y la pala se meten algo. ¿De qué, si no, van a ir con ese desenfreno a una mina? ¡A una mina! Y cuando regresan los siete por la noche, en fila india, a saber lo que se cueza dentro de la choza esa. La niña esta no se ha visto en otra. Aunque los pobres vendrán reventados, claro. Que no creo yo que después de picar piedra les queden muchas ganas de nada más. Seguro que por la noche no vuelven cantando tanto.
Y luego está el espejo… ¿qué me dicen del espejo? Me lo compré en unos grandes almacenes suecos. Modelo SVANSELE. Incorpora inteligencia artificial y no para de hablar. Los muertos del espejo parlante, todavía me estoy arrepintiendo. Eso no es un espejo, es una cotorra con mala leche. Que si yo no soy la más bonita del reino, ni de lejos. Que si lo que importa es que yo esté bien. Que si la belleza es relativa y el rollo ese de los cuerpos normativos. No le he metido ya un ladrillazo por lo de los nosecuantos años de mala suerte que, si no, a estas horas el espejo ya estaría durmiendo el sueño de los justos en el contenedor de la esquina.
A las siete tengo hora en Dermoestética Láser, por lo de la verruga. Ya estoy harta de que me digan que parezco una bruja. Un poquito de rayo bien concentradito, unas quemaduras por aquí y por allá y adiós al garbanzo nasal. Y de paso aprovecho y me hago la depilación, que me hacen precio. Que una tendrá sus años, pero se cuida. Se le va a quitar el cuento a la Blancanieves esa. Es ahora o nunca.
—¡A veeeeer, la siguienteeee! ¡El 57!
—Ay, sí, perdón. Que estaba en mis cosas. El 57. Sí, aquí está.
Póngame kilo y medio de manzanas, de las rojas, que son las que más le gustan. Lustrosas, que tengan buen color y entren por los ojos. Son para mi nieta ¿sabe? A ver si consigo meterla en cintura. Que ya sabe usted lo que pasa con la gente joven: la fruta, ni probarla.
Total, si sale bien con una será suficiente, pero no hay que confiarse, que la niña es delicada. Ah, y que no se me olvide pasarme por la farmacia de Anselmo, antes de que me cierren. A comprar jeringuillas. Y por la droguería. Nunca se sabe cuándo hará falta un poco de ayuda extra para que el cuento termine exactamente como una desea.
TOÑI MOGOLLÓN
Sola
Siempre vivió a la sombra de los demás.
Como esas malas yerbas que crecen al pie de un árbol.
Sentirse ignorada era el pan de cada día.
Era la cuarta de cinco hermanos. La mas callada, la más discreta, la mas tímida.
Se guardaba sus opiniones para si misma. Se acostumbró, porque , cada vez que intentaba levantar la voz, siempre había alguien que la mandaba callar.
«Tú que sabes» » No te metas» » A tí que te importa»
Lograron hacerla invisible.
Solo era grande cuando plasmaba sus sentimientos en un papel. Sus cuadernos fueron aumentando, escondidos en un armario, debajo de su ropa interior.
Pero quería más. Quería ser importante.
Había un concurso de relatos. En secreto, como siempre, preparó un manuscrito para enviar
Era ahora o nunca.
MARA SERBIA
Honda, piedra y gigante
David me encargó la misión de combatir a Goliat. Soy una piedra pequeña, lisa, de un gris pálido; quepo en la palma de su mano. No tengo pretensiones, no poseo bordes filosos, solo curvas suaves moldeadas pacientemente por el agua y el tiempo. David me sopesó en su mano, palpó mi peso firme pero ligero, como si ya adivinara mi destino.
Me escogió, no por mi apariencia, sino por la certeza que sintió al tocarme. Soy la que llevará su fe en mi vuelo. En sus manos, me convertí en algo más que un fragmento de la tierra; soy una promesa, un arma destinada a cambiar el curso de la batalla y por ende la historia.
Me colocan en la bolsa. David comienza a girar la honda que me carga sobre su cabeza en movimientos circulares, hasta alcanzar una fuerza imparable. Aumenta la velocidad con cada rotación. Sus movimientos son fluidos y controlados, mientras mantiene la tensión en las cuerdas. Todo es calma hasta que sentí fluir la adrenalina cuando suelta uno de los extremos de la cuerda. El aire se tensa a mí alrededor. El universo se comprime en un instante, y de repente, ¡soy liberada! No caigo, sino que vuelo. El viento me susurra en los oídos, me acaricia con la fuerza de mil manos invisibles. Cada vuelta en el aire es un latido acelerado. A mi derecha, las dunas de polvo se distorsionan en líneas, como pinceladas borrosas. A mi izquierda, los rostros se desdibujan, sus ojos entrecerrados, incapaces de seguir mi velocidad.
Frente a mí, Goliat, inmenso, gigante, impenetrable. Pero incluso él parece pequeño en la distancia que aún nos separa. Su risa retumba, resuena en mi trayecto, pero poco a poco se desvanece. Yo solo tengo una dirección, un destino. Sus ojos no podían comprender el poder en mi vuelo, no veía más allá de la arrogancia que lo cegaba.
Y entonces, de reojo, vi a los otros. Los hombres que rodeaban a Goliat: soldados, figuras rígidas con armaduras brillando bajo el sol. Ellos también estaban allí, pero sus ojos no estaban sobre mí. Miran a David, y miran a su líder, confiados en que este combate ya está gano. Si ellos supieran lo que yo sé. Si pudieran sentir cómo el viento me arrastra con tanta fuerza, cómo mi cuerpo de piedra vibra con cada giro… Tal vez, en este instante, estarían menos seguros.
Pero ¿y si fallara? Si el aire me desviara, si su risa resonara en mi caída, si su casco de hierro extraviara mi trayecto. Sería el final, no solo para mí, sino para David. Para todo lo que representamos. Mi vuelo es más que un proyectil; soy la esperanza, la única oportunidad de cambiar este desenlace. Si mi destino se descarrila, aunque fuera un ápice, esos soldados de corazones duros se abalanzarían, aplastando cualquier atisbo de resistencia. Y David… pequeño David… sería devorado por la sombra de este gigante.
No puedo fallar. Es ahora o nunca. Después de mí, ya no habrá otra oportunidad.
El mundo gira a mi alrededor, el cielo y la tierra intercambian lugares mientras corto el aire. La fuerza que me empuja es invisible, pero imparable. Mi borde roza el viento, partiéndolo en dos. Siento cómo todo se rinde ante mi velocidad, una melodía de guerra y caza, un sonido sordo, un eco de la fuerza bruta que me impulsa.
Y entonces lo vi de cerca. Su frente descubierta, el único punto vulnerable en su vasto cuerpo de acero. Mi viaje, breve e intenso, llega a su fin. El calor en mi superficie aumenta con cada centímetro que me acerco. El choque inminente me llama. No es solo un impacto, es energía pura, un destino sellado desde el primer giro en la honda de David.
Llegué. El sonido de su piel cediendo bajo mi fuerza es breve, apenas un rumor. Goliat se tambalea, y el mundo, en el instante de su caída, quedó en silencio.
—Ya hice mi parte, David. Ahora te toca a ti: córtale la cabeza con su propia espada.
SERGIO TELLEZ GONZÁLEZ
CERO ABSOLUTO
No oscuridad. No silencio. Eso sería algo. Aquí no había ni la ausencia de algo. Aquí no había ni la idea de «aquí». Solo Él. Y estar solo es la forma más pura de no existir. Porque existir es que alguien diga: «Estás». Y no había nadie para decirlo.
Él era el Todo. Infinito. Omnipotente. Pero el Todo sin testigos es matemáticamente Cero. 0 absoluto.
Flotó en su propia nada y entendió la trampa: para ser Dios, necesitaba dejar de serlo.
Entonces ocurrió el fallo. Dijo «Hágase» y su voz se quebró en la H. H…ágase. En esa H rota nació la Duda. Tenía su voz, pero preguntaba. Tenía su cara, pero no sabía.
La Duda lo miró y fue la primera cosa que lo miró. Por una eternidad de un segundo, Él existió. Porque alguien, aunque fuera Él dudando de Él, dijo sin palabras: «Estás ahí». Y el vacío se llenó de pánico.
Ahora o nunca, le susurró su propia voz sin eco: si cierras la mano, borras la Duda. Vuelves a ser perfecto. Vuelves a ser 0 absoluto. Eterno, intacto, nadie. Si abres la mano, soplas sobre la Duda. Le das nombre: «Hombre». Le das ojos. Y él te mirará y dirás: «Existo». Pero un dios que necesita ser mirado para existir… deja de ser Dios.
Él miró su mano izquierda: cerrada, perfecta, vacía. Miró su mano derecha: abierta, temblando, con la Duda ardiendo como chispa. 0 absoluto lo miraba desde los dos lados.
La mano derecha seguía abierta. La Duda ardía ahí, pequeña, con forma de pregunta. Entonces el Vacío se organizó. Del 0 absoluto cayeron papeles. Miles. Blancos, infinitos, cayendo sin viento. Cada hoja decía lo mismo en la esquina superior: FORMULARIO C-0: SOLICITUD DE EXISTENCIA PARA SER SUPREMO. Abajo, sellado con tinta que no se secaba: «AHORA O NUNCA. FIRME Y DEJE DE SER.»
Una voz sin boca leyó el Artículo 1: «Todo ser que desee pasar de Potencia a Acto deberá nombrar un Testigo. Artículo 2: Nombrar un Testigo implica transferir el 50% de la Omnipotencia. Artículo 3: Un ser con 50% de Omnipotencia no califica como Supremo. Artículo 4: Ver Artículo 1.»
Él miró la Duda en su palma. La Duda lo miró a Él. Por primera vez, no era solo su reflejo. Era su acusación. Tomó el lápiz que flotaba junto a los papeles. No tenía mina. Nunca la tuvo. Firmó igual. Su nombre se escribió solo: YO. Y al firmar, sintió cómo se partía en dos. Mitad seguía siendo Él. Mitad se iba con la firma, como humo que aprende a caminar.
Sopló sobre la Duda. La Duda tosió. Abrió ojos que no pedían permiso. Miró alrededor del 0 absoluto y dijo la primera palabra que existió: «¿Dónde?». Con esa palabra, nació el Espacio. Con esa duda, nació el Tiempo. Con ese miedo, nacieron todas las preguntas que Él ya no podía responder.
El Vacío selló el formulario con un ruido de puerta cerrándose. La voz sin boca dictó sentencia: «Solicitud aprobada. El Ser Supremo deja de existir como tal a partir de este acto. En adelante será conocido como: Historia.»
Él quiso responder. Pero ahora tenía boca, tenía límite, tenía miedo. Y la Duda, que ahora se llamaba Hombre, lo miraba esperando que Él también tuviera respuestas. 0 absoluto había dejado de ser cero. Ahora era Uno… dividido para siempre.
El Hombre no parpadeó. Del Vacío cayó un solo papel: FORMULARIO C-1: VALIDACIÓN DEL CREADOR. Nota: Mentir anula la creación.
El Hombre escribió 3 preguntas con el lápiz sin mina: 1. ¿Por qué me creaste? Él abrió la boca. Ninguna respuesta lo hacía seguir siendo Dios. 2. ¿Sabías que dolería? Silencio. El silencio también fue respuesta. 3. ¿Puedes deshacerme? Él levantó la mano… y no pudo. Ya no era Todo.
La voz sin boca tachó el formulario con una X. «Validación fallida. Omnipotencia revocada según Artículo 4.»
El Hombre dejó el lápiz y lo miró. «Ahora me toca a mí», dijo. «Ahora o nunca: ¿Te creo yo a ti?» 0 absoluto se había partido en dos. Y uno de ellos tenía el lápiz.
El Hombre tomó el lápiz sin mina. Del Vacío cayó el último papel: FORMULARIO C-FINAL: ACTA DE CREACIÓN INVERSA. Cláusula única: El testigo, al nombrar al Creador, se convierte en Creador.
El Hombre escribió una sola palabra en la línea de firma: YO. Tinta que no existía apareció de su dedo.
La voz sin boca leyó el veredicto: «Procedimiento completo. El Ser Supremo queda archivado como Mito. El Testigo queda registrado como Autor. Caso cerrado.»
Él sintió cómo se borraba. No con dolor. Con silencio administrativo. Sus bordes se volvieron anécdota. Su nombre, nota al pie.
El Hombre se quedó solo en el 0 absoluto que ya no era cero. Miró alrededor y entendió: ahora le tocaba a él flotar. Ahora le tocaba a él quebrarse la voz diciendo «Hágase». Ahora le tocaba decidir si cerraba la mano… o soplaba.
Guardó el lápiz. Miró su propia mano, cerrada. Ahora o nunca, le susurró su propia voz sin eco. Y afuera del papel, nosotros seguimos preguntando.
REBECA FS
Lumbre
El frío es la ausencia de calor
y al no tener un mechero o cerilla,
que guardes en el refajo o en la buhardilla,
no podrás prender nada.
¿Tendrías paciencia,
para hacer fuego,
como un o una superviviente?
Que para aprender hace falta
un maestro llamado error
que corrija
el centrismo,
y el yoísmo
con dulzura.
Y una maestra
que sea tu perr@,
tu gat@,
tu tortuga, macho o hembra
o tu zorr@,
o tu hormiga hembra, o macho,
o tu amig@.
Que la RAE desconoce aún,
el vocablo apropiado en tu mente,
que uses,
que sobrepienses,
que limpies,
que tires,
que prendes.
ANGY DEL TORO
EL CASO MOSTO — PARTE II
En la sala, el silencio no era solo de respeto. También era de cálculo.
Xurxo lo rompió. Fue el primero en hablar.
—Si mi padre falleció de muerte natural, y así lo ha dictaminado el forense… ¿qué más hay que investigar?
Elena sin apartar la vista del informe, interrumpió:
—Cualquier otra cosa solo complicará a la empresa.
Carmela bajó la mirada.
—No es la empresa lo que preocupa.
Volvió a imponerse el silencio.
Severino dio un paso adelante.
—Así es, no es la empresa lo que está en juego.
Xurxo lo miró fijamente.
—Entonces, ¿qué es?
Severino no respondió de inmediato.
—La historia… y lo que sucede cuando nos olvidamos de ella.
Elena pasó los dedos por entre su cabello, ladeando su cabeza negativamente.
—No queremos más problemas.
—No es un problema —respondió Severino—. La muerte de don Manuel ha resultado ser un cierre policial, pero no humano.
Carmela alzó la vista por primera vez.
—¿Y qué propones?
Severino miró el informe sobre la mesa.
—Es el momento de que alguien escuche lo que este lugar todavía no ha dicho.
Nadie habló.
Esa misma tarde, Severino regresó a Madrid. Ya en la oficina de Géminis, expuso la situación:
—La familia no quiere abrir nada.
—No es extraño —respondió ella.
Hubo una pausa breve.
—Pero tampoco están tranquilos.
Severino asintió con el rostro afligido, pero sereno.
—Porque el informe no explica lo que significa el árbol.
—Es ahora o nunca madame —añadió con firmeza—. Es el momento de hacer que el tiempo hable. De lo contrario, la historia morirá con la partida don Manuel. Algunos aún reverenciamos el valor de una amistad.
Géminis levantó la vista de los papeles que tenía ante sí.
—Ningún informe explica el significado de un árbol. Los informes describen los hechos…nunca un legado.
El encuentro
Una antigua bodega que ya no producía sidra sirvió como punto de encuentro entre madame Géminis y Luis Rodríguez. El edificio seguía en pie; las cubas vacías conservaban el olor de la manzana y las memorias que el tiempo había ido grabando en sus muros.
Luis llegó primero. Se detuvo frente a los recipientes de madera, pasó la mano por uno de ellos y lo acarició en silencio. A pesar de la humedad, la madera seguía desprendiendo aquel aroma característico.
—Señor Luis Rodríguez.
Se volvió de inmediato. Madame Géminis acababa de entrar.
—Gracias por venir.
—Severino insistió.
—Y usted aceptó.
Luis sonrió apenas, sin decir nada.
Géminis observó con atención el lugar a su alrededor.
—Usted conocía bien al señor Manuel.
—Más de cincuenta años de amistad.
—Eso es más que conocer. —comentó ella.
Luis no respondió. Caminaron despacio por entre las cubas.
—Según Severino, usted participó en el desarrollo de la fórmula que hizo crecer la empresa.
—En la fórmula base. —aclaró él.
—¿Estaba Patentada?
—Sí.
—Entonces no era solo un amigo.
Luis bajó la mirada hacia el suelo de tierra apisonada.
—No.
—Era parte del proyecto desde el principio.
—Desde el primer día.
Géminis se detuvo en seco y lo miró fijamente.
—Hace dos años comenzaron los conflictos.
Luis permaneció inmóvil.
—Eso dicen.
—¿Y usted qué dice?
—Que algunas personas creen que una tradición es un estorbo, un obstáculo para obtener ganancias.
—¿Se refiere a los hijos de Manuel?
—No he dicho eso.
—Pero lo ha pensado.
Luis sonrió. Aquella mujer escuchaba y veía más de lo que decía.
Géminis no insistió. Había aprendido con el tiempo que las personas rara vez ocultaban la verdad en sí misma; lo que ocultaban era el momento exacto en que habían decidido dejar de hablar.
Continuará…
MANOLI DÍAZ TORRALBA
Hay personas que nacen para ser astronautas, médicas o influencers.
Yo nací para protagonizar accidentes perfectamente absurdos.
Me llamo Sofia, tengo quince años y estoy convencida de que el universo me utiliza para entretenerse.
Todo empezó un lunes.
Un lunes de esos que ya vienen torcidos de fábrica.
El despertador no sonó.
Mi madre sí.
—¡¡SOFIA!! ¡VAS A LLEGAR TARDE!
Pegué un salto tan grande que durante un segundo creí haber batido el récord mundial de salto de cama.
Me vestí a la velocidad de la luz: un calcetín verde, otro azul, la camiseta del revés y dos zapatillas… distintas.
No me di cuenta hasta que un señor en el autobús me miró los pies y empezó a reírse tanto que casi se le cayó el café.
Cuando llegué al instituto, jadeando como un perro después de perseguir una bicicleta, vi un cartel enorme:
CONCURSO DE TALENTOS
¡AHORA O NUNCA!
inscripciones hasta las 12:00.
Retrocedí dos pasos.
Mis amigas sonrieron.
Con esa sonrisa que siempre acaba en tragedia.
—Ni se os ocurra…
Cinco segundos después ya estaba apuntada.
—¿Qué habéis puesto que voy a hacer?
—Improvisación.
—¡Pero si improvisar me da más miedo que las matemáticas!
—Precisamente.
Le dije al profesor que se encargaba de las inscripciones que había un error.
—Yo no soy Sofia.
—¿Ah, ¿no?
—No… soy… eh… Marta.
—Sofia, llevas tres años en este instituto.
Primer fracaso.
Luego fingí que tenía fiebre.
Le enseñé el termómetro a la encargada de enfermería.
Lo miró, volvió a mirarme y dijo:
—Con treinta y cinco grados no estás enferma; estás a punto de convertirte en un pingüino.
Sin querer, había dejado el termómetro debajo de una botella de agua fría.
Después simulé tener un esguince.
Se me olvidó qué tobillo me dolía y empecé a cojear cambiando de pie cada dos o tres pasos.
La profesora de Educación Física me miró y dijo:
—Es la lesión más creativa que he visto en veinte años.
Como último recurso decidí esconderme.
Elegí el mejor sitio posible.: detrás de una planta.
El problema es que medía unos cuarenta centímetros.
Se me veía todita toda. Hasta la mochila.
La bibliotecaria pasó por delante.
—Si has terminado de ser un cactus, te toca actuar.
Cuando llegó mi turno, salí al escenario del salón de actos.
Había tantísima gente que sentí vértigo.
Juraría que vi compañeros hasta en la tercera dimensión.
Respiré hondo y pensé: «No pasa nada, Sofia. Solo tienes que hablar.»
Cogí el micrófono.
—Buenos…
En ese momento me sonó el móvil.
Y no cualquier tono.
Era el del pollo cantando el Aserejé.
Kakereké, ka, de ke
¡Cocorocó, quiriquiqué!
De quiriquí de kebeke
kekiunouva… ¡kikirikí!
kugui, kugui… ¡cocorocó! ![]()
El salón explotó en carcajadas.
Mientras intentaba apagarlo, la mochila se abrió.
El bocadillo Salió disparado
Después la manzana.
Y después… no preguntéis cómo… un calcetín.
—¡Pero si ese llevaba desaparecido tres meses! —grité sin pensar.
Más risas.
Intenté agacharme para recogerlo.
Pisé el queso del bocadillo.
Resbalé.
Di una vuelta completa en el aire.
No sé cómo lo hice, pero durante medio segundo fui gimnasta olímpica.
Caí de pie.
El público aplaudió con ganas.
Yo saludé por pura inercia.
Y entonces ocurrió lo imposible: pisé el cable del micrófono que salió volando.
Lo vimos girar a cámara lenta.
Rebotó contra una cortina.
Golpeó una caja.
La caja tiró otra caja.
La otra caja abrió el telón.
Y detrás apareció el profesor de Música.
Con una peluca de Elvis.
Y unas gafas de sol enoooormes.
Estaba ensayando en secreto.
Nos quedamos mirándole.
Él me miró.
Yo lo miré.
Él levantó un pulgar.
Yo le levanté otro.
Sin decir una palabra empezó a cantar:
—
Love me teeeender… ![]()
No sé qué me pasó.
Quizá el cerebro decidió abandonar el barco.
Cogí el micrófono.
Empecé a hacer de presentadora.
—¡Un fuerte aplauso para el único Elvis que cobra con nómina de profesor!
Todo el instituto rugía de risa.
El profesor siguió el juego.
Dos chavales comenzaron a bailar.
Un tercero hizo de guardaespaldas.
La conserje apareció por un lado del escenario preguntando si aquello estaba ensayado.
—¡Sí! —gritamos todos al mismo tiempo.
Cuando todo terminó, el director subió al escenario.
Miró el desastre.
El bocadillo chafado en el suelo.
El calcetín hecho una bola.
El telón abierto.
Un profesor disfrazado de Elvis.
Yo con dos zapatillas diferentes.
Suspiró y dijo:
—Bueno… ¿cuál es la siguiente actuación?
Todo el mundo respondió:
—¡¡¡NADIE!!!
Una semana más tarde anunciaron los premios.
No gané.
Porque, nadie entendió cuál era mi talento.
Pero el director dijo:
—Sofia, a partir de hoy presentarás todos los actos del instituto.
—¿Por qué?
—Porque si eres capaz de convertir un desastre absoluto en el momento más divertido del curso… ese es tu talento.
Desde entonces tengo clarísima una cosa:
Cuando la vida te pone delante un cartel que dice «Ahora o nunca», puedes salir corriendo…
…o subir al escenario.
Total, con un poco de suerte, solo perderás un bocadillo, un calcetín y la poca dignidad que te quedaba. Y, sorprendentemente, a veces eso basta para que todo el mundo se lo pase en grande.
MAITE BILBAO
ÚLTIMO TURNO
El teléfono descansa sobre la encimera. Antonia, 81 años, acerca la cara al aparato. El plástico se siente grasiento bajo sus dedos. Escucha el tono de espera, un pitido rítmico que acelera su pulso.
—Hola. Soy Antonia. Necesito mis pastillas del corazón.
La voz metálica devuelve un sonido cortante, un vacío digital que eriza la piel de sus brazos.
—Diga una opción válida.
Antonia aprieta el teléfono. Siente el borde frío contra la oreja. Habla despacio, con la cortesía de quien se dirige a un vecino en la plaza.
—Mis pastillas del corazón. Las de siempre. Por favor.
Un pitido seco corta la comunicación.
El silencio de la cocina se vuelve sólido. La luz de la tarde declina y alarga las sombras de los muebles. Antonia marca otra vez, pero el sistema emite un tono muerto, una negativa electrónica. Tres intentos. El contador se bloquea en rojo.
La cocina, su refugio, se convierte en un territorio extraño. La tecnología le cierra la puerta en la cara. El silencio ya no es paz, es una sentencia.
Antonia camina hacia la habitación contigua. El suelo de madera cruje. El aire huele a ozono y ventiladores eléctricos. Elena está frente al ordenador. Un murmullo de música escapa de sus auriculares.
—Elena.
La chica gira la silla. Sus ojos enfocan lento, como si volvieran de un lugar lejano.
—Dime, abuela.
—La señora del teléfono no me entiende. Por favor, dile que son las del corazón —dice tendiéndole el teléfono.
Elena suspira. Deja el teclado, toma el aparato y sus dedos se mueven con rapidez sobre la pantalla. Un tono. Dos tonos.
—Hola. Sí, la receta para el corazón de Antonia Ruiz. Ella misma. Gracias.
Cuelga. Deja el teléfono sobre la mesa y recupera los auriculares. Vuelve al teclado. La música de los cascos sella su burbuja. Antonia está ahí, a dos pasos, pero habita otro siglo.
—Ya está, abuela. Martes, a las diez.
—Gracias cariño.
Antonia mira el aparato. El plástico conserva el calor de su nieta. Antonia aprieta el pecho. El latido es un golpe sordo, un aviso que pide paso ahora.
Se sienta en el sofá. Sus manos, manchadas por la edad, se aferran a sus rodillas. Mira por la ventana, el sol se oculta, el día se acaba. El sistema le ha regalado un futuro que su corazón quizás no alcance a ver.
CARMEN ÚBEDA FERRER
EL ORGANILLERO
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Con su organillo pintado de vivos colores y un chimpancé más grande que el tamaño corriente en su especie, el organillero recorría los caminos.
En las aldeas y pueblos hacía parada y fonda y en la Plaza Mayor ofrecía su espectáculo.
Con mano ágil daba vueltas al manubrio del cual salían alegres melodías y con la otra mano sujetaba al mono, que llevaba una larga y gruesa cuerda atada a la argolla de hierro, que rodeaba su cuello.
Mientras sonaba la música, el animal bailaba, tocaba palmas y daba volteretas y cabriolas. La risa del animal era contagiosa cuando mostraba sus blancos dientes a la vez que se rascaba la cabeza. La chiquillería lo imitaban y se retorcían de la risa y las personas mayores también se divertían de lo lindo.
Generalmente, los aldeanos eran personas alegres y de buen corazón, que solían ser generosos cuando el chimpancé pasaba el sombrero de su amo para que tiraran en él algunas monedas al final de la función.
Cuando el organillero sacaba buenos beneficios, era, a su manera, algo afectuoso con su mono, pero si consideraba que el dinero recogido le parecía escaso, la pobre bestia pagaba su mal humor y su rabia. Lo pateaba y le pegaba con un bastón, y otras veces lo azotaba con la cuerda que llevaba el animal atada a la argolla de su cuello. Era un hombre amargado, huraño y cruel. El chimpancé, a pesar de ser grande, fuerte y de tener unas poderosas mandíbulas, no se revolvía contra él. Ya sabía hacia mucho tiempo que aquel humano era su dueño absoluto.
Llegó el organillero a un pueblo muy próspero, pero conocido en toda la comarca por la mala fama que tenían sus habitantes de tacaños. No obstante, quiso probar fortuna. Como de costumbre, en la Plaza Mayor, monto su escaso escenario. Su caja de música y su mono.
La gente allí apiñada se lo estaba pasando en grande era una fiesta inesperada. Los saltos, brincos, piruetas, chillidos y muecas que realizaba el animalote al compás de las alegres notas que brotaban cantarinas del organillo los hacía reir y bailar.
Al terminar la representación el mono cogió el sombrero de su amo y lo pasó por el público, que haciendo caso omiso del significativo gesto, se retiró silencioso sin dejar un mísero céntimo en el fieltro que el animal extendía con su peludo brazo.
La mirada del chimpancé cuando volvió junto a su amo con el sombrero vacío era de tristeza y temor. Sabía lo que le esperaba, y así fue. Se desató la ira del hombre, que empezó a pegarle con la soga y a asestarle tremendas patadas con sus duras botas. Le insultaba y le echaba la culpa de su mala suerte.
El animal se hizo un ovillo y se protegió la cabeza con sus fuertes brazos y sus enormes manazas. El amo seguía y seguía empecinado en su cólera ciega. De pronto se hizo el silencio… La cuerda se aflojó… El mono, sorprendido por la súbita calma, despacio, entreabrió los dedos de sus grandes manos, y miró con sus vivos e inteligentes ojillos. Tendido en el suelo con una mueca de dolor en el semblante, como un muñeco roto, estaba su verdugo. Se acercó la bestia. Lo contempló unos instantes… lo zarandeó con cautela… lo olió y salió disparado a cuatro patas arrastrando la gruesa cuerda y dando tales alaridos, que harían pensar que corría enloquecido hacia la libertad.
¡Ahora o nunca! Debió de pensar el chimpancé.
El cuerpo del organillero quedó yaciendo en el duro pavimento… Por un exceso de ira también se puede partir el corazón.
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Un alboroto de voces rompió el silencio sepulcral de la plaza. Apareció el simio seguido por los lugareños. Los guiaba hasta donde estaba postrado y moribundo su amo.
Carmen Úbeda Ferrer
JAROL LIMA
El mimo.
La pequeña cabeza gira y hace un sutil gesto, se podría decir que es el dulce rostro de una niña pequeña de gloriosos bucles castaños y ojos marrones enormes; y tambien se podría decir que sería cautivantemente encantadora de no ser porque su delgado cuello emerge de un deforme amasijo de muchas partes inconexas de varias criaturas del bosque, reconocibles son: algunas patas de vacuno, cuernos de ciervo, las cabezas de algunas aves pequeñas, y la cola de un perro que se menea con un ritmo muy animado. Sobre la ocurrencia de avistamientos se puede decir que dos campistas informaron de tres cerca al lago y un granjero mencionó que hay una gritando : –! Mamá! En voz alta cerca a una quebrada lejana.
Las patrullas voluntarias siempre reclaman presupuesto para colectar las criaturas, los políticos prefieren invertir los pocos recaudos en obras públicas y motivan a los pobladores a solo encender fuegos controlados en las zonas donde se encuentran éstas criaturas. Lo que solo la década pasada era un acontecimiento mundial, coberturado por las más grandes cadenas de noticias y estudiado por las más importantes agencias de seguridad nacional del mundo, ahora es solo una incomoda curiosidad. Que solo asusta a los pequeños qué se encuentran con una en algún lugar remoto.
La comunidad científica pago millones por los primeros, los llevaban a países del primer mundo para estudiar y experimentar en las criaturas. Se decía que los aviones salían cargados de jaulas y a su llegada solo se encontraba un charco de lodo a su llegada a otro país. Con el tiempo se demostró las criaturas no eran seres individuales, sino solo apéndices de un enorme hongo alienigena subterráneo, que tenía como mecanismo de reproducción atraer animales e impregnarlos con sus esporas.
No es raro que las criaturas se han distribuido por todo el planeta, aunque es muy raro verlas en zonas muy frías o que presentan altitudes más alla de los 2000 metros. Se cuentan que en Europa esta de moda cultivar variedades miniatura del hongo, se ven muchos en jardines de mansiones, la poda es importante, dejando solo los apéndices qué emulan aves y niños pequeños; hambien se menciona que con entrenamiento ls criaturas han aprendido. Hablar pequeñas frases con naturalidad.
Por su parte hay reportes de alguna aldeas de la selva amazónica, donde los mineros ilegales y grupos armados de narcotraficantes usan las criaturas para cubrir el trabajo sexual de mujeres, de esto son muchos los rumores. Lo concluyente es que las criaturas son muy moldeables gracias a la poda. En versión de un agricultor especializado don Bonifacio Galindo del rio de la plata, se sabe que si se cortan los apéndices de forma selectiva, se incentiva la aparición de solo los deseados, asi es que en algunas ferias se exponen criaturas que solo son ramilletes de aves de gran belleza y en otras se busca solo crear composiciones grotescas, que también tienen sus admiradores.
Los especialistas consideran que la especie alienigena se ha acomodado bien la ecología terrestre y aunque su invasión sorprendió a todos, se ha hecho de un lugar aportando nitrógeno al suelo y siendo simbioticas con algunas especies de árboles. Y como no es, difícil olvidar las películas de hollywood qué tocaban el tema de las invasiones vegetales de otro mundo. Un género que produjo joyas como: «la invasión del hongo de otro mundo»
Recordada por la actuación de Janet Every como la valiente paleontologa qué descubre el plan de los hongos malvados.
Hoy son muy comunes los avistamientos de criaturas que en todo el planeta donde tienen nombres locales, como: Parientes, Shugones, Bultos y Things… Entre muchos.
Lo cierto es que, sorprende que estas criaturas tienen la habilidad de copiar a animales y vegetales con gran exactitud sin tener órganos como ojos u oídos.
Como nota curiosa las criaturas sorprenden en algunos países de profesión cristiana creando figuras de culto, en Guatemala se reportó el avistamiento del rosto de Jesucristo en un amasijo qué compartían con cabezas de simios, torsos de caiman y algunos equinos.
Esto hace pensar que el hongo tiene una forma de inteligencia qué no es propiamente humana, pero, si muy adaptativa.
El redactor de esta nota, no duda que en algunos años las criaturas adoptaron forma de artistas de moda o talvez personajes de ficción para atraer la curiosidad de cualquier persona, animal o cosa y ellos transporten involuntariamente las inofensivas esporas. El mimo espacial es un reto para la humanidad, ahora es el momento de investigar su biología y estar listos para controlarlos o convivir adecuadamente. Es ahora o nunca el momento de tomar conciencia, pues posiblemente no sea el inicio visitante que llegue al planeta después de la construcción del gran anillo hiper espacial.
L’IDIOT
Ahora o Nunca.
El maestro y yo.
El viento me lo dijo aprovechando el pequeño silencio que existe entre el mundo y su eco: ese instante sagrado que se abre entre el rugido de una ola furiosa arrojándose contra los dientes de perro de la costa y el de su hermana condenada a repetir el mismo sacrificio, hasta que el mar decida perdonar y los golpes se rindan y se conviertan en caricias.
Me lo dijo tres veces.
Y tres veces callé, prisionero del miedo al ridículo, que es el miedo más cobarde de todos.
—Es ahora o nunca.
Lo repitió una cuarta. Y esta vez la voz tenía peso.
—¿Quién eres?
Pregunté. O creí que pregunté. O imaginé que mis labios formaron las palabras, porque Alfredo —que estaba a menos de un metro— no oyó nada. Ni al viento ni a mí. Me lo confirmó después, cuando le pregunté, asustado por mi propia cordura, si había escuchado algo.
Estábamos de pesca. O fingíamos estarlo, que no es lo mismo. En un mar tan picao ningún pez se atrevería a morder, y la carnada se zafaba sola de los anzuelos como si también quisiera escapar. Lo que hacíamos, en verdad, era otra cosa: buscábamos el sabor a salitre en los labios, el viento golpeando la mejilla como una mano vieja y conocida, el sonido del mar intentando romper los muros que lo contienen, lo limitan, lo domestican. Veníamos a pensar. A pensar en la vida que llevábamos y en esa otra—quizás mejor, tal vez más cómoda, más ligera, más libre— que intuíamos existía en algún lugar. Pensar para soltar las miserias, arrojar la ira, desterrar al odio, ahogar la tristeza antes de que ella nos ahogue a nosotros.
Entonces el viento se expandió en su sabiduría.
—¿Quieres seguir siendo la misma persona? Repitiendo los mismos patrones. Las mismas heridas. Los mismos círculos.
—¡No!
Y ese no —a diferencia de todo lo demás— no se lo llevó el viento. Se quedó suspendido en el aire salado, denso, extrañamente sólido.
—¿No qué?
Preguntó Alfredo.
Hubo un silencio distinto a los anteriores. Uno de esos que no son ausencia de sonido sino presencia de algo para lo que no tenemos nombre. El viento calló. Las olas contuvieron la respiración. Alfredo esperó.
Nada respondí.
Quizás estábamos todos —él, yo, el mar, el viento— cansados de repetir lo mismo. O quizás fue solo miedo. Miedo a parecer loco. Miedo a estar loco. Miedo, sobre todo, a no estarlo: a que aquello fuera completamente real.
—Soy el maestro.
Creí oír. O imaginé oír. O me fue dicho de esa manera en que ciertas verdades llegan: sin sonido, sin origen, directamente dentro.
Alfredo insistió en que no había oído nada.
Y yo empecé a sospechar que eso era, precisamente, la prueba.
RAÚL LEIVA
Estrategias en 1924
—Debimos pensar en otro regalo…
Los Webber tenían una niña tremendamente dulce. Una infancia coronada de cuentos y juegos habían despertado su imaginación a temprana edad. Gertrud, la muñeca, era su amiga y confidente de años. Se la había regalado su abuela y se habían vuelto inseparables. Se aproximaba la fecha del cumpleaños y los Webber pensaron en sorprender a la niña. Realmente la muñeca estaba bastante maltrecha, había perdido gran parte de la lana que formaba su larga cabellera y en lugar de un ojo de plástico, tenía un botón negro de similar tamaño. Era hora de cambiar a Gertrud y los padres no querían ponerla en el aprieto de elegir entre su vieja muñeca y una nueva amiga; no pretendían eso, pero en el fondo sabían que estaba hecha un harapo.
Cada noche los Webber pensaban estrategias, pero el tiempo para concretar el cambio se les terminaba y la imaginación, también.
Una tarde el padre tuvo una iluminación; su mujer iba al salón de belleza a ponerse linda para la fiesta y le sugirió llevarse escondida a Gertrud en su bolso. Ante el desconcertante planteo le explicó.
—Querida, te llevas a la maltrecha Gertrud, la tiras por ahí o la guardas donde nunca la encuentre la niña. Si llega a ponerse muy triste, le cuentas que la muñeca fue al salón de belleza contigo. Cuando pregunte por qué no regresó contigo, le dices que está preparándose para su cumpleaños, que va a recibir un tratamiento digno de una princesa, y cuando llegue el día de la fiesta le damos la nueva Gertrud, caso contrario, haremos de cuenta que la muñeca se perdió en la casa y alen algún momento va a aparecer.
La idea era rara. Involucraba muchas mentiras, pero si guardaban la vieja Gertrud y cuando fuera grande se la devolvían podría comprender la historia del cambio. Aunque no estaba del todo bien lo que iban a hacer, la niña podría llegar a entenderlo. Había que actuar ahora o nunca, no había tiempo para plan B.
El día anterior a la fiesta de cumpleaños, la niña desconsolada buscó a Gertrud. El plan marchaba bien. La madre simuló buscar por toda la casa a la muñeca con la niña que no se resignaba a haberla perdido. Recordó su paseo de la tarde por el parque Steglitz, y la pequeña se fue a buscarla allí. La madre comenzó a escribir una factura del salón de belleza a nombre de Gertrud cuando llegó su marido.
—¿Dónde está la niña? —preguntó el padre.
—Fue al parque Steglitz, aquí enfrente.
Y asomándose por la ventana la vio y le dijo a su marido —¡Allí está! Conversando con ese hombre.
Cuando ambos se asomaron por la ventana la vieron muy animada recibiendo un papel doblado de manos del sombrío personaje. Cruzó la calle con una increíble sonrisa y el hombre, que alcanzó a vernos asomados por la ventana, nos devolvió el saludo.
Hay cosas que no hay que hacer nunca.
Desde ese entonces, los Webber, odian a Kafka.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
El inmigrante
Al final tomé la decisión. No había marcha atrás. Tenía que irme.
Esta tierra me había visto crecer, pero hacía tiempo que me sentía un extraño en ella. Me costó arrancarme, igual que a un árbol le costaría abandonar el suelo donde ha resistido tormentas y veranos interminables. Sin embargo, ya no pertenecía a ese lugar.
Las personas que me acompañaron durante años, con las que compartí recuerdos y vivencias, intentaban retenerme. Eran como ese juguete olvidado en la habitación de un adolescente que ya ha hecho las maletas para irse a la universidad: cuesta desprenderse de él, aunque hace tiempo dejó de formar parte del presente.
Todo aquí me olía a agua estancada. Incluso el café —servido con el tueste exacto para alcanzar su mejor sabor— había dejado de saberme igual.
Sabía que estaba dejando atrás lo fácil, lo que siempre me vendieron como seguro, el lugar donde, supuestamente, estaría a salvo. Pero hacía demasiado que mi corazón no galopaba como ese caballo que, tras horas encerrado en un remolque, pisa por fin el albero y corre con una libertad que casi había olvidado.
Nada conseguía sorprenderme. O quizá era yo quien había dejado de permitirse la sorpresa. Todo me parecía una repetición interminable, como volver a aquella televisión antigua con apenas unos pocos canales estatales y el autonómico.
Aun así, la decisión estaba tomada.
En un último intento por retenerme, algunos —seguramente porque me querían— insistían:
—Aguanta un poco más. Parece que las cosas van a cambiar.
Dicen que han llegado personas con ideas nuevas para esta tierra. Que las cosas pueden hacerse de otra manera. Pero siempre añaden la misma coletilla: «cuando haya más tiempo».
No. Esos nuevos gurús tampoco lograron convencerme. Bajo el eslogan de «la vida no me da para más» se esconde demasiada resignación. Estoy seguro de que quienes ya no están entre nosotros —y aun así levantaron esta tierra hasta verla crecer— no estarían de acuerdo. Aquellos días quedaron atrás.
Mi tierra ha perdido su encanto. Ya no tiene la misma mirada. Es como ese perro que espera salir a la calle mientras da vueltas dentro de un carrito.
Así que la decisión estaba tomada.
Dejo atrás el país del «Ahora o nunca» y comienzo una larga travesía por el vasto territorio de mi mente para emigrar al país del «No lo sabrás si nunca lo intentas».
Ese lugar donde se empieza de cero. Donde nada está asegurado. Donde no conoces a nadie y, aun así, un cosquilleo en la espalda te dice que encontrarás personas interesantes.
Un lugar donde el tiempo se mide igual que en cualquier otro sitio, pero vale mucho más. Allí el tiempo es libre. En mi tierra, hace demasiado que lo convertimos en esclavo y entregamos nuestra libertad por muy poco.
Y me temo que, si nadie lo remedia, todos los que permanezcan atrapados en el país del «Ahora o nunca» acabarán siéndolo también.
CESAR TORO
Ahora o nunca.
Me he contagiado del ambiente futbolero, así que de eso escribiré esta semana.
El futbol esa pasión universal que hoy en día nos tiene entretenidos.
Los equipos están en cancha entregando todo por el deporte y el espectáculo; aunque, lamentablemente hoy en día es más comercio que deporte.
<< Si no me creen, miren los precios de los boletos>> sin embargo, con sus altos y bajos continúa el mundial y cada día nos llena de emoción a unos y decepción a otros, por la eliminación de los que se van quedando en el camino, personalmente creo que es muy importante este evento del fútbol mundial que nos permite meternos de lleno en la fiesta deportiva y olvidarnos momentáneamente de la guerra, la política y demás problemas que nos agobian.
Siguieran durante estos días enfrentándose las selecciones de diferentes países, los jugadores tendrán que dejar todo en la cancha, ellos saben que es ahora o nunca.
Nosotros mientras tanto continuamos pegados a la pantalla disfrutando de las jugadas y la genialidad de los jugadores o la emoción de una tanda de penales.
Esperemos que todo continúe en paz y que gane el mejor por el bien del deporte. El campeón estará convencido de que es: ahora o nunca.
Que viva el fútbol.
Cesar Toro.
BLANCA CERRUTI
EL ABRAZO
Gabriela lleva unos días preocupada. Es cierto que, a veces, busca las gafas que lleva puestas o las llaves que están donde siempre o si ya le ha puesto sal al guiso o a qué ha ido a la cocina.
Pero lo que le está pasando ahora es mucho más serio. Hay momentos en que se queda mirando a su hija, Luz, y le cuesta unos segundos recordar su nombre. Algunos días desayuna dos veces sin darse cuenta hasta que lleva la taza al fregadero y ve otra taza ya ahí… Y un nombre se le vine a la mente una y otra vez: ¡Alzheimer!
No puede dilatarlo más y va al hospital. Lo comenta con el doctor y le hacen pruebas. Va a recoger los resultados y…
—Lo siento, Gabriela, son positivos —dice el doctor. La enfermedad, aún es incipiente, pero avanzará y los olvidos irán siendo más frecuentes.
—¿Cuánto tiempo, doctor?
—No lo puedo asegurar, Gabriela, quizás un año…
—Un año, y dejaré de saber quién soy, ni siquiera sabré que vivo. Seré un cuerpo sin alma.
Gabriela abandona la consulta y regresa a casa con el corazón atravesado por la pena. Como su enfermedad no es inminente, decide no contarle a su hija lo que le pasa, sin embargo, empieza a darle vueltas a una idea.
Esta noche después de cenar.
—Hija, hoy no me apetece quedarme a ver nada en la tele, me voy a descansar.
—El abrazo, mamá, dice Luz levantándose.
Es como un ritual que tienen desde niña. Las dos se abrazan, se mecen y se acarician la espalda, luego se dan un beso.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, hija.
La idea que a Gabriela le da vueltas en la cabeza va tomando cuerpo. «Es ahora o nunca porque aún me entiendo bien con el móvil», se dice, ya que ha pensado en algo que ayude a su hija cuando ella ya solo sea un cuerpo vacío.
Aprovechará cuando Luz esté en el trabajo. Grabará en los lugares de la casa en los que las dos vivieron momentos entrañables. Ella pondrá la voz contando lo que hacían, lo que decían, cantará las canciones que las dos cantaban a coro.
«Luego, lo pasaré a un pendrive y podremos verlo en el ordenador. Yo no recordaré nada», se dice Gabriela en voz alta, pero a mi hija le hará bien vernos juntas y oírme.
Le lleva tiempo grabar todo lo que desea. Cuando lo tiene terminado lo pasa a un lápiz de memoria, luego lo guarda en su mesilla de noche, debajo de unos pañuelos, donde será fácil que Luz lo encuentre.
Ha ido pasando el tiempo, las lagunas de Gabriela son cada vez más frecuentes
«No puedo retrasarlo más. Hoy, después de cenar, se lo diré a mi hija».
A la noche, sentadas a la mesa.
—Mamá, estás muy callada.
—Es que no sé cómo decirte algo que me pasa, hija.
—Tranquila, dime lo que sea, mamá.
—Tengo Alzheimer —dice Gabriela con la voz rota.
Luz se queda sobrecogida. Ya se temía que su madre no estaba bien, pero Alzheimer…
Gabriela, con la voz aún quebrada…
—Luz, hija, cuando ya no recuerde nada no me lleves a una residencia, quiero estar contigo, aunque haya olvidado hasta tu nombre.
Luz, conteniendo las lágrimas, se levanta y abraza a su madre.
—Tranquila, mamá, seguirás aquí, en tu casa, conmigo y nunca vas a olvidar mi nombre porque yo te lo recordaré mil veces.
Va a hacer un año que Gabriela fue al hospital y, tal como dijo el doctor, ya no recuerda quién es ni sabe dónde está. Sin embargo, es feliz como los niños pequeños que tampoco tienen conciencia de que lo son.
Cada vez que Luz atiende a su madre:
—Mamá, soy Luz, Luz, tu hija…
Y Gabriela la mira y repite…Luz, hija.
Luz sabe que la mente de su madre no recuerda, pero quiere pensar que en su cuerpo sí resuenan esas palabras porque sus ojos tienen otro brillo cuando las pronuncia. El mismo que tienen cuando, juntas, ven los vídeos que grabó.
Pero el momento más entrañable, es el de acostarla.
—Mamá, ¡el abrazo!
Entonces Gabriela se deja acoger por los brazos de su hija; abre los suyos y la envuelve. Se mecen, se acarician la espalda y se dan un beso.
Luz se emociona cuando siente que su madre le acaricia la espalda y le da un beso, como siempre… Luego la acuesta, se sienta unos minutos sobre la cama y le coge una mano. «Estás conmigo, mamá,» —le dice en un susurro.
Blanca Cerruti
AXY LINDA
—Ahora llega sin prisas, sin aviso, con sigilo y casi sin sentirlo.
—¿Qué dices de mí? Apenas tengo tiempo para escucharte. En cuanto llego, solo permanezco un instante.
—Es que he estado pensando en quedarme contigo, pero cuando por fin me decido, ya no estás.
—Nada puedo hacer; no depende de mí. Con quien puedes quedarte es con O. Él no tiene límite de tiempo.
—Sí, lo pensé, pero es tan inseguro, tan impreciso, que me hace sentir ansioso y no creo que sea buena compañía.
Entre el sí y el no, deseando que Ahora fuera eterno y permaneciera a su lado, Indeciso terminó quedándose con Nunca.
ARCADIO MALLO
Aquella nota era un ahora o nunca. Una confesión en toda regla, escondida entre difíciles palabras, adornadas con verbos y adjetivos impropios del sujeto. Era un desahogo poético que gustaría a todos los que la leyesen, pero pocos entenderían el verdadero mensaje. Estaba pisando la línea roja, aquella que separa el abismo de la vida. Un simple susurro bastaría para empujarlo al infinito.
No era de extrañar que aquellas letras fueran el aliviadero de aquella olla a presión en la que hervían todo tipo de ideas y pensamientos. Su yo interior luchaba contra sí mismo en una guerra suicida que destruía cuanto había a su alrededor. Todo estallaba en ira incontrolada que desataba un huracán de rabia y violencia allí por donde pasaba.
Quizá, solo quizá, la pluma se convirtiera en la terapia que tanto había perseguido. Su yo introvertido y tímido, vulnerable al juicio social, conseguía expresar sus miedos con la seguridad de evitar el juicio. Allí estaban, entre sus letras, aunque pocos los verían. Precisamente aquellos pocos que jamás osarían juzgarlo.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
La casa ahora se encontraba en silencio, hace apenas unos días todo estaba en paz, cada quien con sus rutinas. Mi hermano con su música y sus pinturas, cuidando a la nieta cuando era necesario, mis sobrinas cada una con su trabajo, felices, la pequeña cuidando a sus conejos en casa.
Una mañana como algunos otros días, los abuelos llevaban a la pequeña a la escuela, pues la mamá, trabajaba tres días a la semana por la noche.
Entonces ellos se encargaban de atenderla, ese día habían llevado a Lucero a la escuela, regresan a casa todo normal Isabel le dice a Francisco que está cansada pues no durmió bien, y va a su recámara, después de un buen rato él sube a verla, le llama y no contesta se da cuenta que ya no respiraba, trató de reanimarla, pero ya no fué posible, había fallecido durmiendo. Se comunica inmediatamente con sus hijas para comunicarles lo sucedido, no podían creer que esto estuviera pasando, fué algo totalmente tan repentino.
En lo que llegaban, esteban abrazó con gran ternura a a Isabel como queriendo que penetrara su cuerpo en el de ella, lloró cual tormenta, con lagrimas de dolor y arrepentimiento en ese instante recordó varios momentos en los que había fallado, cuando no le hablaba en forma correcta, cuando se iba de viaje con amigas y amigos, etc. Pasaban muchas cosas por su mente en un instante
Pensando siempre que todo era justificable, que era parte de la vida, recordó que ella era paciente y tolerante qué siempre estaba ahí para todos, era el pilar de la casa, llegan las hijas, y ante ese gran desconcierto, salieron grandes lagrimas y palabras de desaliento.
Finalmente arreglan lo de la velación, parecía todo tan irreal, sin desde luego poder asimilar lo que sucedió.
Ahora. se preguntaban que iba a ser de sus vidas, sin esa madre amorosa que los apoyaba en todo, y se había ido para siempre.
Al través de los días, cada uno había reflexionado, sobre como había sido su vida con ella, uno a otro se habían recriminando, el no haber sido más cariñosos y comprensivos, recordaban tantas y tantas cosas. Ella les decía que no había mañana ni ayer, que hicieran siempre hoy lo que desearan y que nunca se dieran por vencidos.
Realmente fué un ejemplo de vida, y ahora este terrible suceso los había unido aún más.
Comprendieron que se necesitaban unos a otros, y que ahora jamás deberían de posponer nada que como esa madre amorosa les había dicho que la vida es ahora o nunca.
«En memoria de mi cuñada, que falleció hace unos días».
ANDRÉS JAMES CÁCERES
Ahora o nunca:
Piensa el enamorado
al declararse a su amada.
Pía el pajarillo
Al dejar su jaula helada.
Ahora o nunca:
Grita el soldado
Saltando de la trinchera
Piensa el pescador
Cuando sube la marea.
Ahora o nunca:
Responde el acusado
Para probar su inocencia.
Pide el fusilado
Un instante de clemencia.
Ahora o nunca:
Dice el futbolista
Desde los once pasos
Reza el clavadista
Al mirar hacia abajo.
Ahora o nunca :
Comenta el ladrón
Antes de entrar al banco.
Tiembla el actor
Antes de quedar en blanco.
Ahora o nunca:
Piensa el suicida
Para tomar coraje.
Bromea el novio
Después de probar el traje.
Ahora o nunca:
Denuncia el politico
Delante de su gente.
Reclama el oprimido
Por un mundo diferente.
Eduardo Cáceres. Uruguay
