El disidente – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el disidente». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 28 de mayo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

«EL DISIDENTE».

Escritor disidente que disruptivo, rompiendo moldes de lo establecido; no hace caso del pensamiento de la gente.

Piensa por sí mismo,y lo peor, ¡hace pensar!

Exilio merece aquel que piense diferente

emite un comunicado el presidente.

Dictador de la conciencia que con la vara del miedo planta geranios en el desierto para que jamás florezcan las flores y se llene de lamento el don del susurro del eco del pensamiento.

Fin.

EMILIA CREGO

ME ENCONTRÉ EN MIS RECUERDOS

Viviendo de sueños, me encontré con un alma nueva. Fui sanándome desde los recuerdos, aquellos que aún deambulan buscando en mí ese lugar en la tierra.

La tierra que me vio nacer.

La que me encontré caminando.

La que se llenó de agua dulce en días nublados.

La que me miró con los ojos encendidos de luces.

Aquella que amanece cada mañana y despierta el dulce aroma de las flores en mayo. Me llena mis días de soledad y así, recuerdo aquel ayer con suaves melodías. Entre encinas nace la primavera y en esta etapa de mi vida se celebra cada flor que perfuma la mañana.

Me siento en paz con todos los que habitan la tierra.

Me llenó de magia al atardecer.

Camino sobre las raíces de quien espera, para salir radiante de entre las sombras.

¡Siento la vida al caminar!

No fui disidente, tan solo estuve en otra vida. Viviendo para no dejarme llevar por los fantasmas del pasado. Esos que vuelven a recordarte que tienes el valor de salir de un encierro voluntario y volver a vivir para no desfallecer en el intento. Fue tan duro que ahora pienso en volver a vivir todo lo que no pude recuperar.

Sueño con volver a nacer y siento que el mundo gira. Otra oportunidad para este ser que alimenta sus días con el aire que respira. Para llenarme de lágrimas en días bañados de sol.

Días en silencio, sin nadie y sin nada.

Días sin abrigo.

Días con sol.

Días de nubes.

Días mojados de agua, de flores sembradas tras un enrejado buscando libertad. Y días para sellarnos de amor cuando el cielo se llena de nubes blancas en un cuadro pintado por Van Gogh.

ANTONICUS EFE

Me cansé de los espejos sin reflejo,

de los que se coronan solos

y exigen reverencias.

Me cansé del rebaño satisfecho,

de los que aplauden su propia jaula

y llaman libertad a agachar bisagra.

Me canse de los doctores sin cultura,

de los sabios sin sabiduría,

y de los que huelen a rancio y presumen de incienso

Me cansé del concilio putrefacto

que decide quién vale

y a quién desollar vivo.

Me cansé de los padrinos sin fe,

de los iluminados sin luz

y de los que rapiñan prestigio como cuervos en un templo.

Me cansé de mendigar espacio

en un mundo de vanidosos escaparates

a la vez que fusila el talento.

Así que aquí estoy: reflexionando mi vómito

y abrazando mi solitario pedestal

como acto de honestidad.

YOLANDA PINA REY

«¡Qué pesado es este tío, siempre está igual, llevando la contraria a todo el mundo!»

«¡Nunca está de acuerdo con lo que decimos, nos tiene hartos!»

«¡Se piensa que siempre tiene razón!»

«¡La lleva clara, menudo bicho raro!»

Todo eso se escuchaba decir cuando preguntabas por un tal Patrick, un chico de unos 36 años, de madre española y padre alemán. Le habían bautizado entre todos como «El disidente». Y todo porque era una persona apasionada con sus propias ideas y trataba de hacer reaccionar a la gente (aunque para él, parecía más bien una misión imposible).

Para el resto, Patrick desvariaba. Le faltaba un tornillo y tan sólo quería construir un mundo más amable, más empático, más solidario y no tan lleno de prejuicios. Él buscaba el camino hacia un mundo más humano y cordial, una tarea que se antojaba más que imposible.

Podría haberse rendido, mas no lo hizo. Siguió en su empeño y, poquito a poquito, fue abriendo los ojos de unos cuantos, quitando la venda de otros pocos y así, pasito a pasito, consiguió miles de seguidores, se hizo fuerte y se convirtió en una persona a seguir.

Y es que aquí no hay disidente que valga. Tenemos la costumbre de seguir a la masa pensando que esa es la voz de la razón, y esto no hace más que acallar tu propia voz. Hay que darse cuenta de que nadie tiene la razón absoluta, que nadie es disidente y que, no por pensar diferente, estás equivocado.

Por eso, disidente o no, cuida siempre tu propia voz, porque ella es tu esencia y ella eres tú. Nadie tiene el poder de decidir aquí quién vale y quien no.

DAVID MERLÁN

Querido lector.

Vuelvo fugazmente a mi querido y entrañable pueblo de Santa Marta del Grillo Cojo. Estoy seguro de que muchos de ustedes recordarán la saga que escribí hace algún tiempo sobre sus orígenes y costumbres.

Pues bien, en el pueblo todos estaban orgullosos de Julián porque llevaba cuarenta y tres años sin dar un solo problema (que se supiera).

Era de los que pagaba religiosamente los impuestos. Ayudaba a cruzar a los ancianos la única carretera del pueblo que tenía tráfico rodado, «Por si a caso» como decía él. Aplaudía en los funerales cuando Anselmo, el alcalde, terminaba de hablar pero de forma respetuosa, no siendo nunca el primero para evitar un protagonismo que no le correspondía. Incluso, se reía medio segundo después que los demás, para no parecer ansioso.

Era conocido también en todo el pueblo por contestar siempre en sintonía con el sentir del momento. Cuando alguien decía: —Qué barbaridad, que calor hace. Esto es insoportable, él respondía: —Sí, sí… insoportable. Aunque estuvieran a tres grados bajo cero. No se sabe si era por caer bien, por no parecer descortés con los demás, o lo qué, pero el caso es que así era.

Pero todo eso cambió el día que Julián se volvió disidente. Precisamente porque no era la norma, su norma y menos su carácter. Por eso mismo, nadie lo entendió.

Todo ocurrió el mismo año durante las fiestas patronales en las que Paco había logrado ganar milagrosamente el concurso de tiro con arco al tirar el depósito del agua y encontrar un manantial durante una de las peores sequías que se recuerden en aquel lugar. Por desgracia, poco tiempo después, Paco perdería la cabeza matando a los que le habían hecho burla en la competición.

Pues bien como les decía, el señor alcalde acababa de inaugurar la nueva estatua en honor a Santa Marta, fundadora del pueblo, en compañía de un gran grillo cojo de bronce sentados sobre una roca, todo tras las oportunas bendiciones divinas dispensadas por Manuel, el párroco de Santa Marta.

La banda municipal tocaba con entusiasmo acordes archiconocidos por todos los vecinos, y éstos, fingían divertirse con la resignación de la repetición cansina de los mismos temas escuchados hasta la saciedad, año tras año.

Entonces el alcalde preguntó al micrófono:

—¿No es preciosa?

Y Julián, desde tercera fila, frunció el ceño y elevó el tono lo suficientemente alto, para que se oyera:

—Pues… no mucho.

El silencio fue tan brusco que una paloma chocó contra el campanario.

El alcalde sonrió nervioso, y el párroco procedió de ipsofacto a presinarse compulsivamente mientras dirigía su mirada al cielo implorando el perdón de Dios.

—Bueno, hombre, para gustos…

Pero Julián ya no pudo parar.

Era como si hubiese descorchado algo.

—La mano izquierda de la Santa es ridicula, y ni que decir, de la pata sana del grillo. Es grotesca.

Todo el mundo se le quedó mirando con gesto de incredulidad. No podían entender la falta de respeto de Julián un día tan señalado. Todo el mundo era complaciente, educado y sumiso ese día, y nadie llevaba la contraria a la tradición. Pero Julián, desatado, continuó:

—El himno del pueblo es cansino y repetitivo. En vez de tanto concurso de tiro con arco, habría que variar un poco y convocar uno para elegir uno nuevo. Además, y si no lo dice nadie lo digo yo…, señora Felisa, ya va siendo hora de que se retire de solista del coro, ¿No cree? Lleva años cantando fatal, desafinando a más no poder, y aún así todo nadie se atreve a decírselo porque es la madre del señor alcalde.

La multitud empezó a agitarse. Imagínense a Don Anselmo, que no sabía dónde meterse ni qué hacer. Si hacer oídos sordos de la locura en la que había sucumbido Julián, o por el contrario interrumpirle y decirle cuatro cosas bien dichas. Finalmente, fu lo segundo tras agarrale el párraco por el antebrazo para que no se abalanzase sobre él.

Mientras todo esto sucedida, y una señora se santiguaba y otro par de centenarias se desmayaban en sus sillas, la esposa de Julián intervino:

—Julián… —susurró su esposa—. ¿Qué haces?

Él, sereno, la miró. Después con el mismo ritus, miró a su alrededor.

Y por primera vez en décadas pareció descansar.

—No lo sé —dijo—. Pero creo que estoy empezando a opinar, y acto seguido levantó por un instante los hombros y se cruzó de brazos.

Aquella misma noche nadie durmió tranquilo. Incluso el propio Paco que siempre era el admerreir de todo el pueblo respiró aliviado al verse relevado ese año del foco mediático de sus vecinos.

Una cosa es segura. El que una voz disidente decidiera proclamar a los cuatro vientos varias de las verdades incómodas que históricamente siempre habían estado flotando en el ambiente, hicieron aflorar algo terrible:

Por duro que pareciese, Julián tenía razón en casi todo.

FIN

ANA MARÍA BA

La botella de whisky seguía sobre la mesa de cristal. Una suave brisa de viento frío acariciaba su rostro áspero, con las mejillas enrojecidas por el alcohol. El viejo gramófono que había comprado en una feria de antigüedades seguía sonando. La voz ronca de una soprano inundaba la lúgubre habitación. Había libros esparcidos por todas partes, y tantos libros esparcidos, tantas botellas de whisky tiradas en el suelo negro. Las ventanas polvorientas no dejaban pasar ni un solo rayo de luz.

Se había despertado perdido. Un poco mareado. Un fuerte dolor de cabeza lo invadió y una repentina sensación de vómitos lo asaltó.

Se sirvió un vaso de whisky y encendió un cigarrillo. Le daba una calada como si fuera el último. Miraba al suelo. Tenía los ojos rojos y pesados. Le temblaban las manos. Le costaba mantener la cabeza erguida. Buscaba sus gafas, pero no las encontraba. Miró con temor el sobre sobre la mesa. Lo abrió lentamente, como si dudara. En grandes letras negras decía: «MUERTE A LOS HOMOSEXUALES».

Se había puesto el abrigo y el sombrero negros. Le costaba calzarse los zapatos negros de charol, pues le temblaban las manos y, además, estaba algo ebrio. Cerró la puerta de golpe. Estuvo a punto de caerse y rodar escaleras abajo si su vecino no lo hubiera ayudado.

—Tenga cuidado, señor, afuera. Las calles siguen heladas. No debería salir. Mejor tome un taxi.

La abrazó y, sin decir nada, salió del edificio.

La gente caminaba por las calles a toda velocidad. Hacía un frío glacial. Unos gases nauseabundos emanaban del subsuelo. Un ratón callejero correteaba entre los coches aparcados. Una niebla tóxica y gris envolvía la ciudad. Ni siquiera se veía el cielo. Solo la niebla…

Caminó lentamente hacia las afueras. De vez en cuando sentía que se iba a derrumbar. Había hielo por todas partes. Los suburbios estaban más desiertos por la mañana. Por la noche se convertían en un caos. Una mezcla de borrachos, prostitutas y mafiosos… Los suburbios, de noche, no eran para todos.

Había llegado. Ante él, el viejo y alto edificio de una iglesia se alzaba. Había abierto la puerta. Dentro no había nadie. En el medio, la estatua de Jesús. Parece que lo miraba o tal vez eso creía. Se había arrodillado, mirándolo a Jesús.-¡Señor, perdóname! El sacerdote O’Donnel lo mira fijamente. Sabía muy bien quién era. Sentía cómo le hervía la sangre y le retumbaban los tímpanos. Se acerca a él. Le golpea fuertemente la pierna derecha.-Fuera de aquí. -Padre, por favor… -No me interrumpas, homosexual de mierda que eres. Los como tú no tienen cabida en una iglesia cristiana… -Quiero solo confesar mis pecados, padre. -¡Desaparece de mi vista, sinvergüenza!- Los lujuriosos y los disolutos no tienen cabida aquí. -¡Vete antes de que llame a seguridad! Se levantó y sin siquiera mirar al sacerdote, se dirigió hacia la puerta. Tenía la cara pálida. Sentía asco, pero también miedo. Bajaba lentamente las escaleras estrechas. Mientras las bajaba, aún recordaba esos versos de su amado: «Flores violetas de primavera vuelan lentamente por el aire./Y la luna y el sol/-testigos de nuestro amor-/sellan la inmortalidad de dos almas condenadas.» Desde lejos, un coche negro lo seguía. No se dio cuenta. De repente no veía nada, no sentía nada. Cayó como un blanco. Al día siguiente, por la mañana, el periódico The New Yorker y otros de gran calibre: «El escritor David Chase murió de un disparo en la cabeza»…

ARMANDO BARCELONA

¡A mí me lo vas a decir!

A ver, no digo yo que lo haga a mala leche, Dios me libre; sé que, en el fondo, es buena gente, pero es que, oye, al final una ya se cansa de que, sea cual sea el tema a tratar, él siempre vaya a la contra.

No, no te confundas, que no es disidencia legítima. No apoya su discrepancia en una injusticia, ni se revela contra una mentira social; no necesita esos estímulos, él va en contra del mundo porque sí, a puro huevo. En cualquier caso, de serlo, sería un disidente jabalí, que embiste a todo. Es un elemento de cuidado, para proponerlo a estudio en las escuelas, sin lugar a dudas.

Ya sé que lo está llevando un psicólogo y de los buenos, pero por mucho prestigio que tenga el tipo, lo de tu hermano no es un TOE (Trastorno de Objeción Espontánea), ni un DCC (Disidencia Compulsiva Crónica); para mí que el nota ese os está sacando los cuartos de mala manera con el rollo freudiano.

Yo, si nos ponemos en plan disidentes, en esto del coco, soy más de Jung, del inconsciente colectivo, los procesos de individuación y, sobre todo, el arquetipo, seguir patrones universales y aquí sale tu madre, eso no me lo puedes negar, corazón, que también es la leche llevando la contraria. Ya lo dice el refrán: Quien a los suyos parece, honra merece.

A cincuenta euros el trastorno emocional, que os cobra el loquero, la broma sale por un pico; menudo chollo ha encontrado el tío, se está forrando a costa de la familia. Yo os hago gratis un diagnóstico pata negra, con marchamo de calidad, de los que no fallan. Según lo veo, lo de tu hermano es un FEO (Falacia del Enterao Omnisciente), que lo sabe todo: vacunas, geopolítica, paellas y carburadores. Vamos, un FEO de manual.

Es todo un narcisista intelectual, sí, Juan, corazón, hazme caso en lo que te digo, tu hermano, si pudiera, se firmaba autógrafos en el ombligo. Instalado en una disidencia adolescente eterna; es un antisistema crónico, pero con hipoteca y alopecia galopante.

Que no, cariño, que no, lo de Paco no es una disidencia, son todas, revueltas y sin sentido; es un paquete completo de cuñadismo versión «Pro», y lo que más me corrompe los ovarios es que siempre empiece las frases con un «sí, pero».

Juan, vida mía, eso no tiene nada que ver con la disidencia. En mi pueblo solo tiene una definición, se les llama toca pelotas y me tenía que tocar a mí un cuñado así, manda narices.

¿Me estás oyendo, Juan?

Tú hazte el loco, pero lo que es yo, a tu hermano no lo aguanto, porque no debate, embiste. Así que a la comunión de tu sobrino vas solo y, oye, a quien Dios se la dé…

CARMEN BERJANO

EL DISIDENTE

Cuando lo conocí ya no militaba en nada, pero pronto me habló de su “glorioso pasado”, de la de golpes que se había llevado en manis y concentraciones contra deshacios, a favor de los migrantes….

Participó activamente en el 15M.

Es triste ser consciente de como tanta buena gente ha dejado de luchar por el mundo, por su mundo. Por su metro cuadrado, que es donde dice una amiga que podemos actuar.

Puedo entenderlo todo porque yo también casi tiro la toalla. O la tiré y recogí demasiadas veces.

Actualmente seguimos pensando igual y tratando de actuar en consecuencia.

Y me pierde su sensibilidad. Actualmente es un disidente por ideales y por decepciones, pero nunca ha perdido su visión crítica y única. Esa es una de las cosas que me ha enamorado: su disidencia por coherencia. Y que siga luchando, desde otros frentes, pero con la misma fe.

Carmen Berjano

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

RECUERDA

La primera vez que pronunciaron su nombre en voz alta fue para borrarlo.

—Aquí no existe nadie llamado Elías Varela.

El funcionario levantó la vista apenas un segundo, lo justo para confirmar que el hombre seguía allí, empapado por la lluvia y con la mandíbula endurecida como una piedra antigua castigada por la intemperie. Acto seguido, estampó un sello rojo sobre el expediente.

CANCELADO

Elías observó cómo su vida entera desaparecía bajo aquella tinta viscosa. Sin embargo, no sintió rabia; la rabia era un privilegio de quienes todavía esperaban algo. Él solo notó frío. Fuera, la ciudad respiraba como un animal enfermo. Las pantallas públicas repetían en bucle las mismas consignas recitadas con voces maternales: La obediencia es paz. La unanimidad es amor. En cada esquina había cámaras suspendidas como frutos negros. Nadie levantaba demasiado la cabeza. Ni hablaba más de lo necesario. El miedo había involucionado a los ciudadanos hasta volverlos silenciosos.

Elías caminó sin rumbo entre avenidas saturadas de neón y humedad. Las luces se reflejaban en los charcos como cicatrices eléctricas. Hacía años que el gobierno había prohibido los libros impresos, los versos tristes y ciertas palabras como “memoria”, “duda” y “alma”. Decían que el dolor era subversivo porque enseñaba a pensar.

Pero él recordaba. Y recordar era el crimen más antiguo tipificado en aquella nueva sociedad.

El ciudadano Varela había trabajado durante veinte años en el Archivo Central, el lugar donde millones de documentos eran corregidos día y noche para adecuarse a la verdad oficial. Allí aprendió que la historia no la escriben los vencedores: solo la reescriben los administradores. Un día desaparecía una fotografía; otro, un nombre; después, un acto de revolución completo. Las personas olvidaban rápido. Querían olvidar. La memoria pesa demasiado cuando hay que sobrevivir.

Hasta que encontró la carta, dentro del lomo hueco de un antiguo diccionario, uno de esos objetos prohibidos condenados a la incineración. La letra era torpe, febril. Pertenecía a una mujer ejecutada treinta años atrás.

Nos matarán no por lo que hicimos, sino por lo que vimos.

Apenas esa simple frase. Sin firma. Sin fecha. Sin explicación. Ese fue el instante en el que Elías empezó a comprender. Y a escribir por las noches. No manifiestos, ni proclamas, sino cosas peores: preguntas. Las dejaba en estaciones vacías, en baños públicos, dentro de los bolsillos de abrigos ajenos.

¿Quién eras antes del miedo?

¿Recuerdas el rostro de tu madre antes de las pantallas?

¿Qué parte de ti tuvo que morir para tener que obedecer?

Los interrogantes circularon como una enfermedad contagiosa. La gente, al encontrarlos, sentía una punzada incómoda, una grieta diminuta en el centro mismo de la obediencia. Algunos, temerosos, rompían el papel enseguida. Otros lo guardaban. Hubo suicidios, pero también despertares. Y hombres que lloraron en silencio después de décadas sin lágrimas. Entonces el gobierno hizo lo que los gobiernos hacen cuando una idea amenaza al poder: fabricar un monstruo.

Lo llamaron El Disidente. Aseguraban que era terrorista, blasfemo y enemigo de la paz pública. Mostraban retratos alterados donde aparecía con ojos febriles y dientes de animal. Prometieron recompensas enormes a quien ofreciera información. Pero nadie imaginaba que aquel enemigo del Estado era un simple archivista flaco que alimentaba palomas en los parques.

La captura ocurrió en invierno. Encontraron a Elías en un edificio abandonado, rodeado de papeles escritos a mano. No opuso resistencia; sabía que, tarde o temprano, sucedería. Mientras lo golpeaban, uno de los soldados recogió una hoja caída y leyó:

El poder no teme a los hombres violentos. Teme a los que recuerdan.

El soldado palideció. Después, le rompió dos costillas con un golpe seco.

El juicio duró siete minutos. La sentencia, toda una eternidad: muerte por disolución pública. La plaza central se llenó de espectadores obligatorios. Una marea de personas inmóviles bajo un cielo gris mientras pantallas gigantes retransmitían el rostro de Elías amplificado hasta el horror. Estaba demacrado y tenía sangre seca en la comisura de los labios. Sin embargo, sonreía.

El ministro principal se acercó al micrófono.

—Este hombre quiso destruir nuestra armonía —declaró—. Infectarnos con incertidumbre. Os quiso devolver al caos del pensamiento individual.

Un murmullo recorrió la multitud. En ese momento, Elías pidió hablar. Al principio hubo vacilación, pero finalmente aceptaron. El régimen adoraba exhibir su poder incluso permitiendo las últimas palabras de los condenados.

Elías miró a la multitud, recorriendo los ojos apagados de la gente, escrutando el interior de aquellas almas exhaustas. Finalmente, habló con una voz sorprendentemente serena.

—No he venido a deciros que luchéis. He venido a deciros algo mucho peor. Todo esto existe porque vosotros lo sostenéis.

Algunas personas bajaron la cabeza. Otras comenzaron a temblar.

—Los tiranos no construyen imperios solos. Necesitan millones de personas dispuestas a obedecer y no mirar dentro de sí mismas.

Los soldados se inquietaron. El ministro hizo una señal nerviosa, pero Elías continuó.

—El día que perdáis el miedo al dolor… ellos desaparecerán, como se disuelve una sombra cuando alguien enciende una luz.

No hubo gritos, ni rebelión, ni violencia. Pero si ocurrió algo: una mujer entre la multitud empezó a llorar. Era un llanto desnudo y antiguo. Después otro ciudadano. Y otro. Como si de pronto toda la ciudad recordara de manera simultánea una pérdida insoportable.

El ministro ordenó ejecutar la sentencia. Las máquinas comenzaron a zumbar. Pero ya era tarde. Porque las ideas verdaderamente peligrosas no explotan. Germinan.

Mientras, el cuerpo de Elías Varela fue desapareciendo, de manera gradual, ante la multitud.

Aquella noche, por primera vez en décadas, alguien escribió una palabra prohibida sobre un muro de la capital. No hablaba de libertad. Tampoco de revolución. Simplemente decía:

RECUERDA

Pedro Antonio López Cruz

EFRAÍN DÍAZ

Hay leyes que, luego de aprobadas, se obedecen con solemnidad monacal.

Otras apenas sirven para gastar tinta y engordar códigos.

Las asociaciones defensoras de animales adquirieron tanto poder que, entre cabildeos y amenazas políticas, lograron prohibir las peleas de perros y, en algunos países, hasta las corridas de toros.

Como en Puerto Rico no abundaban ni unas ni otras, la emprendieron contra las peleas de gallos, actividad más antigua que muchos próceres y casi tan vieja como la palabra “puertorriqueño”, acuñada allá para 1705, cuando todavía España administraba la isla con desgano imperial.

Ante la indiferencia del gobierno local, las asociaciones acudieron al gobierno federal y éste, para recordar quién mandaba, prohibió las peleas de gallos de un tizazo. Criminalizó a galleros, apostadores y dueños de gallera. Como siempre, legislaron desde oficinas con aire acondicionado y absoluta ignorancia del país que pretendían civilizar.

La policía reaccionó con el usual y acostumbrado entusiasmo burocrático.

Hubo redadas, arrestos y clausuras. Algunas galleras cerraron. Otras simplemente aprendieron a esconderse.

Dos Bocas no fue la excepción.

Gerónimo Torres, fiscal auxiliar de Trujillo Alto, era un hombre de ambiciones desproporcionadas. Soñaba con convertirse en Fiscal de Distrito y luego, si continuaba lamiendo las botas correctas, alcanzar la Fiscalía General. Decidió entonces convertir a los galleros en enemigos públicos.

Para ello se reunió con el Coronel Samuel Molina, comandante de área de la Policía en Trujillo Alto.

Molina llevaba casi treinta años en la Uniformada. Veinte de ellos en Trujillo Alto. Había nacido en Dos Bocas y el barrio todavía lo saludaba con respeto genuino, cosa rara en un policía.

Era un hombre serio. Correcto. De esos que hacen de la ley una religión personal y un modo de vida.

El fiscal insistió en reunirse en su oficina. Era tal su arrogancia que jamás hubiese pisado una comandancia para hablar con un policía, aunque aquel policía fuese coronel.

Cuando Torres le explicó el operativo, Molina frunció el ceño apenas un segundo. Luego le reveló la ubicación de todas las galleras de Trujillo Alto. Había más de las que el fiscal imaginaba.

También le advirtió algo:

—iremos fuertemente armados. Donde hay apuestas, dinero y testosterona, tarde o temprano aparece la violencia.

Diseñaron el operativo con precisión quirúrgica.

La primera redada sería en la Gallera Sabana, la más importante de Trujillo Alto. Entrarían un domingo al mediodía, cuando el lugar hervía de apuestas, ron y gallos ensangrentados.

Treinta agentes participaron del operativo.

Vestían chalecos antibalas, portaban armas largas y cubrian sus caras con máscaras tácticas. Parecían listos para invadir un país enemigo y no para arrestar hombres con espuelas en los bolsillos.

El contingente partió dirigido por el Coronel Molina y supervisado personalmente por el fiscal Torres.

Al llegar, encontraron la gallera cerrada.

No había vehículos. No había apuestas. No había gallos.

Ni siquiera un borracho.

El lugar parecía abandonado desde hacía años.

Todos quedaron perplejos.

La operación había sido organizada bajo absoluto hermetismo. Los agentes tenían prohibido hablar del asunto bajo amenaza de sanciones severas.

Eso solo podía significar una cosa:

Había un chota.

Investigaron a los agentes. Revisaron llamadas. Vigilaron movimientos. Interrogaron confidentes y nada.

Organizaron nuevas redadas y ocurrió exactamente lo mismo.

Galleras vacías, portones cerrados y silencio. Mucho silencio.

En Trujillo Alto no arrestaron un solo gallero. Las demás redadas dieron el mismo resultado.

No significaba que las peleas hubiesen desaparecido.

Solo pasaron a la clandestinidad, como hacen todas las costumbres que sobreviven más que los gobiernos.

El fiscal Torres terminó haciendo el ridículo. Sus superiores dejaron de mencionarlo para ascensos y permaneció enterrado en su oficina de fiscal auxiliar, rodeado de expedientes y resentimiento.

Pasaron los años y Torres se retiró.

Molina también.

Una mañana coincidieron en la barra de Lolo. Se saludaron con esa cordialidad incómoda de los hombres que compartieron batallas pequeñas y derrotas inútiles.

—¿Tiene tiempo, Torres? —preguntó Molina.

—Ahora me sobra —contestó el fiscal—. El retiro sirve exactamente para eso.

El coronel sonrió apenas.

—Acompáñeme. Quiero enseñarle algo.

Subieron al vehículo de Molina y manejaron hacia un paraje escondido entre las montañas de Dos Bocas.

Cuando llegaron, Torres se quedó inmóvil. Boquiabierto.

Había más de veinte gallos de pelea perfectamente cuidados. Jaulas impecables. Medicamentos organizados. Y decenas de trofeos antiguos cubriendo una pared completa.

Molina acarició uno de los gallos con una delicadeza casi paternal.

—Mi abuelo fue gallero. Mi padre también. Y yo heredé el vicio. Porque estas cosas no se aprenden. Se llevan en la sangre.

Torres lo miró en silencio.

—Entonces usted era el chota.

Molina soltó una leve carcajada.

—No. Yo solo era disidente. El chota era otro.

Torres observó los gallos, los trofeos y aquel pequeño santuario clandestino escondido en la montaña.

—Usted no estaba defendiendo gallos.

—No señor. En eso tiene razón.

—Entonces, ¿qué carajos defendía?

Molina miró hacia las jaulas.

Luego respondió con calma:

—Lo único que nos queda, Torres. La cultura. Nuestra identidad.

JAROL LIMA

Hadas y duendes en el núcleo.

En aquel momento la hierva estaba seca y picaba en sus manos de oficinista, el ocaso pintaba las nubes lejanas del color del óxido, muy cerca a la zona de exclusión el ligero brillo azul susurraba una canción que solo el odia oír.

Se escabullo cortando un alambrado de puas, una patrulla paso con un vehículo, los militares se ocupaban de evitar que los saqueadores entren, cada objeto sacado de la vieja Lima era una bomba de tiempo, en los mercados de Ica solo hace una decada se encontraban todo tipo de productos inundados de radiación. El gobierno gastaba millones en cuidar el perímetro, aun así la zona era de miles de kilómetros; la onu y otros habían insistido en crear una bóveda para el núcleo expuesto, temian qué los residuos nucleares llegarán al mar y destruyeran el delicado ecosistema marino. En solo días enormes helicópteros de carga traerían los pesados bloques prefabricados que se unirán con automatas en una bóveda enorme qué enteraría por siglos los restos del reactor Santa Rosa Callao 02.

Juan se agazapo entre un montículo qué lo protegió de los reflectores de la patrulla, sus manos temblaban, recordó a la señora Juana, ella y su hijo eran tanto héroes como marginados, se decía que ella trabajo en el reactor y su hijo en el vientre recibió una dosis completa. Juan recordó las extrañas manchas de su cara; los niños del barrio le llamaban bruja a su niño mounstuo. Juan les temía y siempre le recordaron a los duendes de las historias de terror de la tv.

El reactor estaba solo a media hora a buen paso, más delante no habrían guardias pues solo los estúpidos se aventurera a llegar ahí sin una gran dosis deradite o un traje de plomo, para protegerse de la mortal radiación.

El vehículo que le antojo un jeep se perdió en la oscuridad y el lejano horizonte azul luminoso.

Apresuró el paso, bebiendo agua con sal a sorbo apresurados. El diario de ese loco era su biblia personal, apretó el cuaderno de pergaminos mal encuadernados con las tripas curtidas de algún gato, lo apretó para sentirse más valiente mientras buscaba la linterna.

Solo unas semanas atrás su concepción del mundo era muy distinta, era un contento funcionario, preocupado del presupuesto semanal y de las órdenes de pago de la oficina de prensa. Su vida era tranquila con fines de semana que ocupaba en juegos de video en línea, tenía un gran clan y era gran maestro en e-Empiria, el juego de rol masivo más popular del mundo.

Sus vacíos días cambiaron cuando una mañana un vagabundo tomó el pórtico de su casa como su temporal dormitorio, el lunes que lo vio por primera vez. Le extraño que a diferencia de otros vagos llevaba pesados y brillantes brazaletes qué escapaban de un manto gastado. Evitó pisarlo y rogo al cielo los ronquidos se detuvieran mientras el salía, posiblemente ya no estaría a su regreso a casa. Esa misma noche vio algo increíble, el vagabundo brillaba y desaparecía. Atrás dejó su sucia ropa y un bolso viejo lleno de joyas y extrañas verdades. Lso días siguientes fueron de leer el diario extravagante y llevar los objetos a tiendas de joyerías qué no podían identificar las joyas del vagabundo, una de ellas me ofreció una fortuna aunque no tenia idea de que material se trataba.

Esos días fueron abandonar este mundo de mentiras y unirme a una realidad distinta, yo era un iluminado, un disidente qué no deseaba cambiar el orden sino escapar de el.

Juan vio a unos pasos las ruinas del reactor, como esperaba su cuerpo no resentia la radiación, no había ningún síntoma aparente de esa mentira, su corazón latía fuertemente con cada paso, un nuevo uno le esperaba en lo profundo del núcleo expuesto, tocaba entrar por entre la abandonada instalación.

Una luz blanca le iluminó en el rostro, se escuchó la voz de al menos tres personas.

—Somos otros como tu. Sebemos la verdad. Dijeron. No estaba solo habían otros disidentes qué sabían de esta mentira global.

Las sonrisas los hacían un grupo muy alegre que bajaba a lo profundo de las ruinas nucleares. Ellos llegaron a la verdad por investigación arqueológica, algo muy distinto a la experiencia de Juan, el compartió el diario con el pequeño grupo. Ellos seadmiraton que años de investigación se encontrarán en las aventuras de un preso ruso en otro mundo distinto.

Las páginas parecían una novela de aventuras, el preso por robo, sacado a prisas de la cárcel para limpiar escombros en un lugar alejado de Rusia, el escapando a la extraña luz del reactor nuclear y terminando en un mundo donde las hadas y duendes eran reales. Locuras de aventura pulp. El diario continuaba con su vida de aventurero y su regresar a nuestro mundo.

El grupo al igual que Juan tenían conocimientos básicos de ruso y no les fue difícil leer las páginas.

Llegados a la sala más profunda, la luz azul intensa era más fuerte. Se podía sentir el calor del núcleo atómico de distorsionada el espacio tiempo, el verdadero portal a otro mundo distinto, uno de aventuras y seres mitologicos, uno que fue visto por los literarios qué escribieron leyendas y ficción fantastica en solo sueños.

Este mundo de mentiras llamaba a la radiación un veneno, mientras lo cierto es la energía acumulada en su descontrolado núcleo abría paisajes a otras realidades.

Los rebeldes se abrieron paso al núcleo, cada átomo de sus cuerpos vibró. Juan sonrió, ahí les esperaban aventuras lejos de la mediocridad de lo normal.

Se escucho, un sonoro disparo seco. Muchos militares les esperaban cerca al núcleo. Las hadas y duendes estaban a un paso, Juan vio a dos del grupo pasar. Un piquete de dolor cauterizante le detuvo, los disparos continuaron en rafagas.

Juan sonrió al caer. Murmuro: — Hadas y duendes en el núcleo, me esperan. Las botas aplastaron su cabeza. Solo era un disidente mas, un riesgo menor que era mejor evitar, aquel otro mundo estaba lleno de recursos. Sin embargo era peligroso para el común de la civilización. Por el bien de todos era mejor que no supieran nada.

FRAN KMIL

Disidente

Los cuatro llegaron juntos. Entraron al departamento y ordenaron a mis compañeros abandonar el local. A mí me dijeron que me quedara.

Cerraron la puerta.

Se sentaron y me invitaron a sentarme.

—¿Sabes por qué estamos aquí?

Me lo preguntó la doctora Damary con el mismo tono con que un policía pregunta si sabes por qué te detuvo, o un juez interroga antes de comenzar el juicio: como quien sabe que tiene la autoridad, la fuerza y el poder.

—No sé.

Respondí mirándola fijamente a los ojos, aunque sí sabía. Cuando le demuestras al enemigo que no tienes miedo, la autoridad se quiebra como un espejo roto por un balón.

Sin miedo, los verdugos pierden el control.

—¡¿Cómo que no sabe?!

La doctora se puso de pie y avanzó hacia mí.

—¡Escoria, gusano, contrarrevolucionario!

Yo también me levanté. La doctora era la secretaria del partido.

—Calma, calma —intervino el del sindicato—. Estamos aquí para conversar. —Hizo una pequeña pausa—. Usted no paga sindicato, no aporta a las milicias de tropas territoriales, no participa en los domingos rojos ni en trabajos voluntarios, y se expresa mal de los dirigentes. ¿Tiene algo que decir?

Hubo un silencio más largo del que esperaban. Me puse a mirar por la ventana el azul de las montañas que rodean mi ciudad.

—¿Tiene alguna explicación?

Exigió el de la juventud comunista. Un joven que prometía buena carrera en la sumisión y la corrupción.

—Sí. ¿No es voluntario?

—Sí.

—Entonces no tengo nada que explicar.

—¿Sabe el riesgo al que se enfrenta? —amenazó el de la administración. Ante mi silencio, agregó—: ¿Es usted disidente?

El director se sentía incómodo. Temía que yo denunciara su doble moral: bajo unos tragos demás me había sugerido que simulara, que fuera inteligente y me sumara a la corriente, aunque en el fondo no creyera.

—No —respondí de inmediato.

En sus rostros se dibujaron sonrisas de victoria. Creyeron haber encontrado el quiebre, la semilla del miedo que conduce a la obediencia. Estaban acostumbrados a ver claudicar.

—No soy disidente porque nunca he militado con ustedes. Soy anticomunista, opositor. No soy disidente,. Eso, para mí, sería una ofensa.

Al escucharme, se asustaron. En sus cabezas no cabía que alguien se atreviera tanto.

Me levanté y comencé a recoger mis cosas.

—¡No hemos terminado!

La doctora me agarró del brazo para obligarme a sentarme. De un tirón me deshice del agarre.

—Tranquilos, señores. Tranquilidad y serenidad, que todos somos profesionales.

Medió el de la administración.

Abandoné mis herramientas, abrí la puerta y me marché sabiendo que había perdido mi trabajo y muy posiblemente mi libertad.

Pasaron los años. Llegó el exilio y con él, el verdadero dolor de quien de verdad ama a su patria. Nunca más los volví a ver, pero no olvidé sus caras, especialmente la de la doctora, la que más ofendida estaba. Por eso la reconocí. Empujaba un carrito de compras en Walmart, aquí en Austin, Texas, en territorio enemigo para ella, amigo para mí.

Nos miramos a los ojos. Ella bajó la mirada. Yo sonreí y continué mi camino. Nada mejor que el tiempo para enfriar los odios.

SERGIO TELLEZ

DISIDENTE

LA PARED BLANCA

No fue en la pizarra. Fue a las 3:11 de la madrugada, con la boca pastosa y la tesis de su vida pudriéndosele en la cabeza.

Durante 20 años había enseñado lo mismo. Lo escribió en papers, lo gritó en congresos: Ωₖ ≈ 0. Curvatura cero. Universo plano, infinito, sin centro. «Somos una mota irrelevante», les decía a sus alumnos. «Y esa es nuestra libertad». Se había hecho un nombre negando los bordes.

Soñó un círculo en una hoja. El círculo rotó y la hoja se plegó sobre sí misma hasta cerrarse en una esfera S³. Despertó sabiendo que la métrica de Friedmann-Lemaître-Robertson-Walker que había usado toda su vida tenía una trampa: asumía Ωₖ = 0 por comodidad, no por certeza.

A oscuras, sin encender la luz para no verle la cara al traidor que era, escribió en la pared:

U(r) = 4π r² · (1 – r²/R²) con R = c / H₀ · √[1/Ωₖ – 1]

Dejó el marcador caer. Le temblaba la mano. No por el descubrimiento. Por la apostasía.

Porque si Ωₖ no era exactamente cero, si era solo 10⁻¹⁸, un número que ningún instrumento actual podía distinguir de cero, entonces R era real. Finito. 1.4 × 10²⁷ metros.

El universo terminaba. Tenía borde. Y él, que había construido su vida sobre la belleza del infinito, acababa de calcular el tamaño de su cárcel.

Se acercó a la ventana. La luna estaba ahí, perfecta, insultante. Ya no era una mota lejana en un cosmos infinito. Era la curva más cercana del muro.

Y supo que a la mañana siguiente tendría que elegir: o quemaba la pared y seguía mintiendo, o quemaba sus 20 años y se volvía disidente de sí mismo.

No borró la fórmula. No encendió la luz. Se quedó sentado en el suelo hasta que el amanecer volvió la tinta negra una cicatriz en la pared blanca.

A las 8:17 sonó el teléfono. Era Marta, del departamento. «¿Vienes al seminario? Te toca hablar de los datos nuevos del Planck».

Miró la pared. R = 1.4 × 10²⁷ m. Planck medía el fondo cósmico con precisión de ΔT/T ≈ 10⁻⁵. Suficiente para detectar Ωₖ si no fuera cero. Pero todos asumían que lo era. Habían elegido la respuesta bonita, pensó. Habían buscado un universo infinito porque era más elegante, no porque los datos lo exigieran.

«Estoy enfermo», mintió. Colgó.

Se levantó y tocó la fórmula. La pintura estaba fría. Si la publicaba, tres cosas pasarían en orden: primero lo llamarían loco, después revisarían sus viejos papers y encontrarían que él mismo había escrito que |Ωₖ| < 0.001, tercero lo invitarían a podcasts de conspiranoicos.

Si la borraba, podía seguir siendo él. El profesor respetado que demostró que éramos nada. Que no había muro. Que la luna era solo piedra muerta a 384,400 km.

Volvió a mirar por la ventana. La luna ya no estaba. Pero el cielo de día seguía siendo la parte de adentro de la esfera.

Agarró el teléfono. No para llamar a Marta. Para buscar «cuánto cuesta una lata de pintura blanca».

Y no pintó. Tampoco publicó.

Dejó la brocha a un lado y se sentó frente a la fórmula. La tinta negra parecía más negra contra el blanco de la pared. Como una herida que no cerró.

Entendió tres cosas, en orden. Primero: si publicaba, lo llamarían loco a las 9:00, lo revisarían a las 10:00, y a las 11:00 estaría en un podcast explicándole el fin del cosmos a un tipo que cree que la Tierra es plana. Mártir inútil. Segundo: si pintaba, mañana iría al seminario, hablaría de la belleza del infinito, Marta le diría que se veía descansado, y en la noche escribiría la fórmula otra vez, más pequeña, con lápiz, en el cuarto de atrás. Disidente secreto. Hipócrita profesional.

Y tercero: el universo terminaba. 1.4 × 10²⁷ metros. Está bien. Su cuarto también terminaba: 3 × 4 metros. Y en esos 12 metros cuadrados cabía el amor, el miedo, el café frío de las 3:11 am.

Si la cárcel tenía tamaño, también lo tenía la libertad.

No borró la fórmula. No la gritó. La dejó vivir ahí. Porque la verdad era saber que todo es mentira. Que el infinito era mentira. Que el borde era mentira. Que la libertad era mentira y la cárcel también.

Que elegimos fórmulas porque no soportamos el silencio.

Apagó la luz. La fórmula desapareció en la oscuridad. Pero él sabía que seguía ahí. Como el borde. Como la luna. Como la lata de pintura abierta en el suelo, esperando la próxima vez que necesitara inventarse otro cosmos para no volverse loco.

ANGY DEL TORO

CASO DISIDENTE… (viene de la semana anterior)

La noche no terminaba de cerrarse en su cabeza.

Había sueños que no se comportaban como sueños, sino como documentos abiertos en una mesa de trabajo.

Rostros, frases sueltas, la voz de su padre repitiendo advertencias que nunca explicaba del todo.

“No entres ahí.”

Pero ella ya había entrado hacía mucho tiempo.

A veces pensaba que todo había comenzado con Julián. O con su ausencia. O con la forma en que el mundo, en algún momento había dejado de ser estable para ella.

Desde entonces, los días se le mezclaban con lecturas que nunca fueron suyas.

Expedientes abiertos en silencio. Archivos y notas que su padre creía cerrados bajo llave, pero que ella había aprendido a leerlos.

Y en ese lenguaje, la muerte nunca era un punto final.

Era una puerta.

No fue casualidad el encuentro en la gran avenida.

El desconocido apareció como aparecen las cosas que ya han sido pensadas por alguien más.

“—Señorita… perdone —dijo, como si ensayara una frase que no era suya—. He visto algo que no debería haber visto.

Ella no respondió.

—He visto a Julián con usted.

El nombre cayó entre ambos como un objeto mal colocado.

—Eso es imposible —añadió él—. Porque Julián está muerto”.

Ella sintió el mismo frío que en sus sueños.

Pero esta vez estaba despierta.

Esa misma noche, el padre notó su silencio.

No era el silencio habitual. Era uno distinto, como si una segunda voz hubiera entrado en su cabeza.

—¿Has vuelto a entrar en los expedientes? —preguntó sin levantar la vista.

Ella no respondió.

Él suspiró.

—Te dije que no son para ti.

Pero ya no era cierto.

Ya eran parte de ella.

El desconocido volvió a buscarla días después.

Esta vez no hablaba como alguien curioso.

Hablaba como alguien que traía otra intención.

—No estoy solo en esto —dijo—. Hay otros que quieren entender lo que pasó con Julián.

Ella sintió que esa frase abría algo que no debía abrirse. Esa noche, al regresar a su casa, decidió sincerarse.

— Papá, necesito hablar con alguien que pueda ayudarme a ordenar esto. Un médico. Un psicólogo… una detective privada.

Entonces, él recordó un expediente. «Caso Disidente». Pronunció el nombre como si lo dejara caer, sin importancia.

—Es una secta. Te dije que no abrieras esa puerta. Es muy delicada. Es un grupo disidente, que, en este caso, funciona como una organización que por diversas razones está en desacuerdo con la manera en que el tribunal cerró el Caso.

— Lo recuerdo porque dentro de un libro, había una nota que decía:

«Encerrada en la habitación de un desconocido…

Lo único que sé es que necesito sus besos…pero, ahora mismo, una sombra se esconde tras de sus carnosos labios.

—Sí lo sé, no lo repitas.

No sé si estoy secuestrada, o es que, lo que más deseo es estarlo.

Quizás sean mis besos los que alimenten sus retorcidos juegos, pero algo me dice que estoy atrapada y que, de esta habitación, jamás saldré.

Si lo que planea es matarme, igual me da, porque él, también conmigo se va.

Algo me dice que aquí no estoy sola. Es otro rostro el que me molesta. Me doy cuenta de que entre nosotros podría haber otra mujer. Quizás secuestrada también. Por lo que aseguro que entre beso y beso lo averiguaré.

Podría estar viva…o muerta, no sé. Pero yo, soy muy joven, y aún me quedan más ganas de besar otra vez«.

Continuará…

MARIO NÚÑEZ

El jinete de bronce mira al horizonte. Hacia el futuro de una patria que lo admira como su prócer.

No lo es para todos. Antes, para la mayoría, era el disidente. El díscolo, el traidor, el transgresor, según la época de su vida y según la ciudad desde la que se le viera.

Transgresor en su familia. Descendiente de españoles colonizadores de la ciudad y la campaña de la Capitanía. Mujeriego, contrabandista de la frontera difusa y siempre cambiante según las oleadas ocupantes portuguesas. Casado por compromiso familiar, padre de muchos, con muchas mujeres.

Transgresor amigo de contrabandistas, gauchos, indios y esclavos libertos.

Capturado por las autoridades, escogió la milicia antes que la cárcel, defendió a la corona del rey Fernando, se sublevó contra su propio ejército cuando la armada que integraba comenzó a responder a las tropas napoleónicas invasoras de la península ibérica.

Se alió con los realistas españoles de Buenos Aires para restaurar la colonia, luego, se alió con otros caudillos regionales, cuando la reina del Plata quiso centralizar el poder del antiguo Virreinato.

Se fue al campo con sus propias huestes de gauchos, indios, mestizos y zambos, soñando con regiones federadas que no convenían a los españoles, ni a los portugueses o a sus aliados ingleses, ni a los franceses, ni a los porteños, ni a ningún poder central, con los que disentía y contra los que terminó combatiendo. Hasta que perdió, no se sabe bien contra quien. Quizá contra todos los poderosos.

Nuestro disidente nunca fue el preferido de los que mandaban. Siempre lo fue de los sometidos.

Cuando aceptó su derrota, marchó al exilio, al extranjero, rumbo al cobijo del poderoso gobernante del Paraguay.

Pero allí también fue peligroso, así que, aunque tenía a casi todo el pueblo de su campaña siguiéndole en el mayor éxodo de la historia de Latinoamérica, las fronteras paraguayas se abrieron solo para el eterno disidente y sus más cercanos. Tres o cuatro cruzaron el Rio Paraná por el paso de Itapuá, seguido de cerca por las tropas de quienes eran antes sus aliados.

En Encarnación quedaron los seguidores y el disidente fue alojando en una chacra paraguaya a 400 kilómetros de Asunción con fuerte custodia militar, y la promesa de no retomar jamás la lucha armada.

Nadie conoce hoy su rostro, fuera de un retrato a lápiz de carbón hecho por el francés Demersay, cuando el transgresor, disidente, líder y derrotado José Artigas tenía 83 años, tres antes de su fallecimiento de vejez y agotamiento de sus sueños, según dicen los románticos de su figura.

Cuando fue necesario crear la identidad de la patria que el disidente nunca buscó, un pintor local recibió el encargo de establecer una imagen heroica, militar y de estadista del antiguo disidente. Blanes lo inventó 34 años después de muerto; desde la imagen de aquel anciano desdentado, lo perpetuó en uniforme militar español, parado en la puerta de la ciudadela de Montevideo.

Pero el disidente ya fallecido siguió generando polémica.

No eligió ser prócer, ni fundar un Estado sino una federación.

Procuró una nación donde las provincias y sus ciudades se autogestionaran, donde los campos fueran de quienes los trabajan, y en la que ni los poderes europeos ni las grandes urbes americanas de Buenos Aires, Río de Janeiro o Montevideo, ahorcaran con sus poderes a la gente común.

Sus ideas eran inconvenientes hasta para los intereses detrás de otros próceres que sí trascendieron la historia local como San Martín, O’Higgins, Miranda, Bolivia.

Así que el exilio forzado también en los libros académicos y patriotas resultó conveniente.

El disidente canario nacido criollo español, el enemigo de los poderosos de allá y de acá fracasó en su sueño, como suelen fracasar en sus propios tiempos casi todos los disidentes y transgresores.

Sin embargo, se le atribuyó el triunfo en una causa que nunca eligió, cuando lo designaron como pilar de una identidad nacional ajena a su inspiración.

Nunca lo supo, porque en realidad todos los disidentes, son útiles cuando se convierten en banderas, himnos y leyes. Pero antes es necesario despojarles de su vida humana.

Porque todos sabemos, que para que una persona sea buena y concite uniones, bendiciones y alabanzas, primero debe morir.

SILVIA R.G.

DISIDENTE A VECES

A mí algunos me llaman

la disidente

por no hacer lo que haga toda la gente.

Y yo no opongo objeción

para al rebaño seguir

si con ellos yo coincido

en el pensar y el sentir.

Que con ruedas de molino es que yo nunca comulgo,

sin inconveniente alguno

de formar parte del vulgo.

Y yo creo que existe

el mundo al revés

del que Goytisolo

nos habló una vez.

Y aunque a algunas gentes no les guste que…

como ya cantando

nos mostró Brassens.

mis valores no son nada, pero nada, negociables

Y prefiero las canciones

a los ruidos de los sables.

No practico la soberbia

ni la excentricidad,

únicamente prefiero

sentir autenticidad

Y me produce placer

el mostrarme transparente

Aunque por ello me llamen,

varias gentes, disidente.

PEPA HERRERA GONZÁLEZ

SOY DISIDENTE

Uffff… qué mal suena eso de soy disidente.

Yo no sabía que lo era hasta que un día mi yo alternativo me habló.

Sí, sí, me habló. Esa conciencia tan bocazas que no se calla ni debajo del agua me dijo: “Tía, tú no encajas”

¡Qué razón tenía la “jodía”!

¡Soy una disidente de manual!

Ayyyy… ¡Qué vergüenza!

¿Pero en qué momento de mi vida decidí que lo normal era aburrido y que iba a ir por libre como un espécimen raro? ¿En qué momento?

Es que, vamos a ver…. ¿tan difícil es ser una persona normal? Pues se ve que sí…

¿Por qué no puedo vestirme como una señora de mi edad?

¿Por qué no puedo comportarme como una mujer “entrada en años”?

¿Por qué no me pongo pendientes de señora normal comprados en un joyería en vez de ponerme esos tan monísimos que me hago yo misma?

Ay no sé…

¡Es que me niego a ser como Dios manda!

¿Pero lo manda Dios de verdad?

¿Quién dicta las normas? A ver…

¡Nadie! ¡Que me enseñen dónde está escrito! ¡Que no pienso hacer ni caso!¡Disidente, total! ¿A que sí?

Eso es, voy a contracorriente y porque me da la gana me planto dos coletas en el pelo. ¿Por qué no? ¿Porque soy mayor?

No me gusta ir a la peluquería a teñirme el pelo, ni a cortármelo ni a peinarme… Yo me lo hago todo, aunque a veces reconozco que me emociono y se me van las tijeras jjajaja. ¡No pasa nada, el pelo crece…!

¿Soy disidente? Seguramente… Uffff, lo vuelvo a decir: ¡qué mal suena!

Y luego están mis contradicciones.

¿Por qué no me enfado cuando debería? Me gastan una jugarreta y ahí estoy yo… con mi sonrisa… ¡No voy a consentir que se mofen de mi enfado! Noooooo… ¡de eso ni hablar! Yo disimulo como si todo me diera igual, pero luego, cuando me quedo sola y no me ve nadie, monto en cólera y despotrico. Orgullosa que es una…

Yo siempre muestro mi buena cara. Porque la mala me guardo para mi sola… Y me viene bien porque me desahogo limpiando. Un cabreo a la semana y la casa reluce como el oro.

Y luego pasa lo que pasa, que voy en el metro y nadie me cede el asiento. Nadie. Ni uno. Claro: me ven tan alegre, tan arregladita y piensan: “Esta está estupenda, aguanta de pie hasta Cuenca”.

¡Pues no, cariño! ¡Hasta Cuenca no aguanto de pie! Si supieran el ruido que me hace la rodilla al subir los escalones, lloraban. Además tengo la espalda hecha un asco y me duele un hombro a rabiar… Sin embargo yo me callo, siempre me callo, y me aguanto, no sea que me obliguen a ir al médico.

Porque yo al médico… ¡Ay, lo del médico lo llevo fatal! ¡Yo no voy, a no ser que me lleven arrastras! ¡Para cabezona, yo!

No voy porque no quiero salir de allí con tres virus nuevos, un volante para análisis, mil pruebas y un sin fin de citas para diversos especialistas dentro de unos meses.

Que no, que prefiero morirme en silencio, como la planta que me regalaron por mi santo y que no me acuerdo de regar.

Hay gente que vive en el médico.

Yo vivo huyendo de él.

Burra que es una, rebelde por naturaleza.

Pero ahí no acaba mi disidencia.

Tengo el don de enfadarme cuando no toca. Y cuando toca de verdad, me callo.

Si alguien me pisa y me hace polvo, sonrío: “no pasa nada, me has dejado coja de por vida, pero no es nada, no te preocupes…”

Eso sí, como alguien se me cuele en la cola el súper… ¡Ay, amiga! ¡Ahí me transformo! Me sale un brote de furia que ni Hulk me supera. Se me hincha la vena del cuello, me hierve la sangre por dentro y me convierto en un toro trastornado porque le han robado la herencia. Entonces suelto por mi boca una novela de terror resumida en frases contundentes.

Así que sí. Lo admito. Soy disidente.

Disidente de la edad, de las normas sociales, de la cola del súper, de los pisotones y de las consultas médicas.

Y ¿sabéis qué?

Pues que me da igual.

Porque ser normal está muy visto y es tremendamente aburrido.

Y yo, con mis coletas, mi minifalda , mis pendientes llamativos y mi cara de: “me he equivocado de década” voy tirando por la vida, llevando en silencio mis dolores autogestionados.

Que al final, ser disidente es solo una manera peculiar de ser yo.

MAITE BILBAO

EL FILTRO

En Madrid, el destello blanco de veintisiete pulgadas barre la madera limpia de mi despacho. Soy la funcionaria del Ministerio encargada de evaluar qué proyectos culturales reciben fondos públicos. El difusor automático exhala aroma químico a té verde cada noventa segundos. Mi tarea es clara. Eliminar del catálogo cualquier rastro de queja. Abro el expediente enviado en enero. Ajusto los auriculares e inicio la reproducción del video adjunto por el grupo.

En la pantalla se despliega un sótano húmedo de Extremadura, a trescientos kilómetros de distancia, donde la guitarra de Coronado Smith se acopla frente al amplificador.

«Siento la impotencia,

se me encoge el corazón,

el día se tiñe de rojo

sin motivo ni razón.»

Coronado, solista y guitarra, se acerca al micrófono, cierra los ojos y escupe las palabras frente a la batería. En mi monitor, el termómetro de contenido salta de golpe: el poema contiene demasiado drama y la norma exige un cuarenta por ciento de optimismo para aprobar la financiación del libro. Presiono la pestaña de enmiendas. Hago clic en el menú desplegable de corrección y selecciono la opción por defecto: Texto no apto.

«¿Quién les dio ese derecho?

¿Quién robó su humanidad?

En nombre de quién

han vuelto a matar?»

El bajista arrastra los dedos por las cuerdas gruesas en el plano fijo de la cámara. La vibración sacude las paredes del sótano extremeño. La iluminación deficiente de la toma revela la neblina del tabaco y la humedad del ambiente. En Madrid, el aire acondicionado mantiene el ambiente a veintiún grados. El golpe de la baqueta contra el plato de la batería rasga el silencio en mis oídos. Una percusión rítmica y pesada golpea mis tímpanos con la fuerza de un motor antiguo. El cantante se acerca tanto a la lente que aprecio la saliva en la rejilla del micro; el pecho le silba por el esfuerzo. Los cascos me transmiten ese dolor físico. El ritmo entra bajo mi piel. Mi talón derecho ejecuta un golpe seco contra el suelo técnico de la oficina. Tac, tac. El eco de la guitarra satura los altavoces con un zumbido áspero. Siento el frío del plástico del ratón óptico bajo mis dedos. Presiono con fuerza para frenar el temblor.

«Familias destrozadas,

rabia y dolor.

¿Quién mueve los hilos

de este horror?»

Recibo un correo de la Jefa de Área en la esquina superior del monitor: queda un cuatro por ciento de presupuesto en la partida trimestral. El aviso emite un pitido agudo. El corrector automático detecta la transcripción en la pantalla, borra la expresión «almas ruines» y la sustituye por una palabra neutra: personas. Aplico el cambio con frialdad.

«La paloma blanca

hace tiempo que perdió el vuelo,

y nadie mueve un dedo

para levantarla del suelo.

Apóstoles ocultos

esclavos del capital,

para ellos no vale nada

la vida de los demás.»

Mi ordenador descarta los dos últimos bloques de golpe. El sistema ejecuta la macro de limpieza semántica y el texto impreso queda reducido a tres líneas asépticas. El cuadro de diagnóstico parpadea en rojo: Ausencia de patrón. El gráfico muestra el resultado final de idoneidad cultural: catorce por ciento. Desplazo el puntero hacia la esquina inferior derecha. Clic. Expediente denegado.

El sistema ordena el cierre definitivo del caso. Maximizo la ventana del reproductor local antes del borrado automático del servidor. En la pantalla, Coronado Smith pide repetir el estribillo desde el principio y la banda reinicia el tema. Mi jornada laboral termina. Son las dos de la tarde. No me muevo de la silla. La yema de mi dedo índice se clava contra el plástico rígido del ratón; arrastro el cursor con un pulso tenso, extraigo la dirección de enlace del archivo y la libero fuera de la red del Ministerio. El zumbido de la guitarra vibra en mis dientes. El despacho queda en silencio. Inicio un tarareo grave, bajo y constante en la penumbra de la oficina.

26 de mayo de 2026

Maite Bilbao Pérez

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Con tan solo veinte años, Felipe era un disidente de la sociedad que lo quería atrapar. Felipe aparentaba ser un chico altivo, petulante y muchas veces hasta grosero por su rebeldía. Comenzaba su carrera de periodista y solía decir: «Disidente es aquel que se desliga de la cochina prensa y del mercado, el que busca el aroma de los días y rehúye el rencor del poderoso».

Todo era producto de las enseñanzas de su padre, quien supo inculcar en él ferozmente sus principios y valores. En la política, la religión, la cultura… todas estas aristas fueron analizadas por el padre y el hijo en búsqueda de un mundo mejor, más justo.

Oportunidades de expresar su disidencia se le acercaron a Felipe y él, con su agudeza y compromiso, las tomó. Nunca olvidará aquella mañana cuando un grupo de estudiantes manifestaba a las puertas del ayuntamiento por mejoras en las casas estudiantiles. El joven reportero fue a cubrir la noticia entendiendo la problemática que arrojaba un sistema carente de objetivos y premisas que ayudaran a las bases de una sociedad próspera.

Mientras los demás periodistas se amontonaban detrás del cordón policial esperando la declaración oficial del alcalde, Felipe se mezcló entre los jóvenes, respirando el sudor, la indignación y el humo de las consignas.

La consecuencia de su audacia no tardó en llegar. La orden de desalojo se tradujo en el estallido de los gases lacrimógenos y el avance implacable de los escudos de metal. Felipe no dudó en ayudar a un estudiante tendido en el suelo a consecuencia de los empujones y patadas de los cascos y botas negras. Olvidó su papel de neutralidad y se transformó en ese disidente que corría por sus venas.

Regresó a la redacción con la chaqueta rasgada, el hombro lívido de dolor y una crónica visceral que quemaba en las manos.

El redactor jefe leyó el borrador en silencio, arrugó el papel con desprecio y lo arrojó a la papelera.

—Estás despedido, Felipe. Aquí pagamos por noticias, no por revoluciones —sentenció sin mirarlo a los ojos.

Sin réplica ni súplica, Felipe tomó su morral y se marchó pensando: «He perdido mi empleo, pero he salvado mi alma».

Recordó a su padre, enderezó la espalda y, por primera vez en su vida, caminó sin prisa, saboreando el aroma de los días.

Alexandra Fernandez B.

MARIANA DI PASCUA

El amante

El taxi me dejó en un edificio de Palermo, eran seis pisos y yo timbré el piso cuatro.

El bajó para ese primer encuentro que en instantes nos decidieron a subir a su apartamento.

El saludo arriesgó un beso demorado en la megilla como para sentir el aroma que invadió mi oltafo con la certeza de que ese era un comienzo y un punto final.El se encorvo y yo ayude estirando mi columna con miedo a no alcanzarlo. En ese infinito el tiempo se detuvo y pude apreciar la belleza contenida en ese hombre interminable.

El conversaba amable y me decía :

_Tranquila, tranquila como enternecido por mi renovada pubertad.

Tomamos algo y hasta me agasajó con pizzas que se enfriaron en mi plato.

Mi verborragia había sucumbido porque sentí aquel día que ese extraño quería cuidarme.

A las dos horas me abrazó diciendo «calmate chiqui» y me calmé porque mi deseo salió y sus labios me encendieron en besos que no podía parar. Así caminamos hacia el cuarto dejando un camino con la ropa que sacamos con apuro antes de llegar al dormitorio.

Me recostó delicadamente en la cama y sus ojos brillaron de deseo. Yo ya había dejado las vergüenzas y la mujer estaba con el poder de siempre. Me asombró que el manejara los movimientos haciéndome sentir muy ligera entre sus brazos.

Me entregué al descanso de su sutil dominancia. Teníamos química, física y caminábamos en la cama como un dúo perfecto.

Las sábanas al piso, el sudor y los tactos parecían de amantes con muchos encuentros.

El final feliz de ambos nos desparramó en cansancio en lo que quedaba cubriendo ese lecho que nos decía que aquel día era el primero pero no el último. Luego nos acomodamos pero sus brazos se cerraron al abrazo, ni un roce de las piernas, algo me decía que ni sabía de mi existencia.

No éramos amigos pero su charla me trataba así.

Quizá debía temblar nuevamente para que no me rasgara el espíritu ese cambio tan marcado. De todos modos fuimos amantes por varios meses porque elegí quedarme con lo que nos salía muy bueno.

Comencé a irme sin descanso para no soportar la frialdad del después. Lo planté varias veces a último momento en venganza.

Me mudé de ciudad y vivimos nuestro último encuentro. Yo fui disidente de la ternura y del amor que sentí. Me obligué a la rebeldía de no sentirlo.

Me levanté rápido de la cama para volar y no sentir la carencia de mimos,pero esa vez me beso fuera de la cama y me dijo : yo solo me acuesto con vos porque me siento cómodo y me gusta mucho, visitame cuando vengas de paseo.

Podía ser difícil de creer su monogamia pero yo le creí.

Tal vez éramos dos disidentes en el camino del amor.

OMAR ALBOR

El disidente

Blanca paloma

Frota el vidrio

Dulce canción que duerme

en un deseo

mirada sombreada

Decime qué me extrañas

Donde estarás mañana

Si tiemblas y no es frío

Eres miedo

Eres silencio

Baja tú tertulia

Engalana mi coche

Si puedo mirarte

Partir en un reproche

De rosa y almíbar

Tú aroma me dejas

Una duda

Seras tú o yo

El castigo.

Omar Albor.

BLANCA CERRUTI

TODO TIENE SU PARTE BUENA

«Casa Gervasio», es el bar del pueblo. Ese nombre se lo ha puesto con toda intención, porque es lo que desea, que sus clientes se sientan como en casa.

Lo que más le agradecen, aparte de su amable cercanía, es un panel que tiene colgado en un lugar discreto de una pared lateral.

En él no se anuncian compras ni ventas, solo se dan las gracias a quien ha hecho un favor o brindado ayuda. También se pide colaboración para alguna tarea que alguien no puede hacer solo.

El ayuntamiento lo utiliza cuando propone algo y desea que llegue pronto al conocimiento de todos. Ese es el caso del aviso que el alguacil ha colgado esta mañana: «Se convoca a los vecinos, a las 6:30 h en el salón del ayuntamiento para tratar sobre colocar un repetidor Wi-Fi en «Monte Picudo».

Ese monte es propiedad de cada familia nacida en el pueblo por lo que todas deben estar de acuerdo.

Por si no se lee a tiempo, Gervasio lo ha anunciado a los clientes madrugadores y enseguida se ha corrido la voz. Los ancianos se preguntan si eso es bueno.

Llegada la hora, no falta nadie a la cita. También Gervasio acude.

El alcalde explica que ese repetidor ampliará la señal y mejorará la conexión a Internet. Todos aplauden, aunque muchos mayores no saben bien por qué. Solo Gervasio permanece de brazos cruzados.

—Gervasio, hombre, —dice un vecino— ¿es que no vas a aplaudir la idea? Supone una mejora importante para los estudiantes y para los que a veces tele trabajamos.

—No, no voy a aplaudir, sin embargo, tampoco me opongo a que se instale el repetidor ese en el monte. Pero, también os digo: aunque ahora me llegue señal, «Casa Gervasio» seguirá sin Wi-Fi.

Un joven levanta la voz:

—Pero, Gervasio, que no vivimos en el cuaternario, actualízate.

—He dicho que no y es que no. A mi bar se viene a jugar con juegos que se pueden tocar con las manos y a charlar cara a cara. Pero, mira, instalaré un par de enchufes a mano para que podáis cargar los móviles.

Como nadie se opone, el alcalde anuncia que se colocará el repetidor y da la reunión por terminada.

Pasan los días y por fin una buena conexión con Internet es un hecho.

«Casa Gervasio» continúa sin Wi-Fi, pero algo ha cambiado, aunque no su esencia, pues se sigue oyendo el ruido de las fichas de dominó golpeando sobre la mesa y el del dado del parchís bailando en el cubilete.

Sin embargo, ahora, los jóvenes se pasan por el bar a cargar el móvil y, mientras se carga, ellos hablan, ríen y hasta juegan una partida a los dardos.

Gervasio los observa…y piensa, «todo tiene su parte buena».

AXY LINDA

El disidente

Yul ha convocado a una junta extraordinaria.

—Tenemos un disidente entre nosotros. Debemos hacer algo; nos está ocasionando muchos problemas. Y cree estar haciendo lo correcto. Ha logrado infiltrarse y, aparentemente, ser aceptado; pero hablan de él a sus espaldas. Me lo dijo Diaga, que es quien escucha todo lo del exterior.

—Nak incluso ya sufrió una úlcera.

—¡Sugiero que hagamos una huelga!

—¿Cómo se te ocurre? Eso nos perjudicaría más a nosotros. No podemos dejar de trabajar.

—Tranquilos, amigos —intervino Roa—. Debemos comprender que él también lo hace por nosotros. No es traición, sino necesidad.

Yo puedo mediar la situación; hablaré con los del exterior para que entiendan nuestra condición y logremos un acuerdo que beneficie a todos. Que nos acepten como somos; y, en algunas cosas, también podremos ceder.

—Tienes razón, Roa. Habla también con Yuba, para que deje de estresarse fingiendo lo que no es ni siente, solo por complacerlos. Dile que lo apoyaremos y que podremos vivir en mayor armonía si dejamos de ser tan radicales.

Tras una larga conversación entre Roa y Yuba, comprendieron que habían permanecido en conflicto por no establecer comunicación. Después de todo, el viejo dicho tenía razón: “hablando se entiende la gente”.

Y ellos, unidos, conformaban a:

Una persona con TEA¹.

Axy Linda San-Fre

México 27 de mayo 2026

¹Roa: boca, en zapoteco.

Diaga: oreja, en zapoteco.

Nak: estómago, en maya.

Yul: corazón (adaptación del náhuatl).

Yuba: cerebro, en zapoteco.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

En una ciudad gris, donde las paredes tenían oídos y las ventanas permanecían cerradas incluso en verano, vivía Alma, una mujer de voz firme y mirada cansada

Decían que había nacido con el extraño defecto de no saber callar.

El gobierno gobernaba desde hacía década.

Prometía orden, paz y prosperidad, pero las calles estaban llenas de hambre y miedo. La policía vigilaba cada esquina y las personas aprendieron a bajar la cabeza para sobrevivir.

Alma trabajaba como maestra en una pequeña escuela, y por las noches escribía panfletos clandestinos.

Pegaba carteles en las avenidas, organizaba reuniones secretas y hablaba frente a multitudes pequeñas que crecían poco a poco.

El miedo también es una prisión decía mientras la lluvia caía sobre la plaza vacía, y toda prisión puede y debe romperse cuando se está encarcelado imjustamente.

A su lado siempre estaba Tomás, un periodista que había sido despedido por publicar verdades incómodas, y Clara, una joven estudiante que admiraba a Alma como si fuera una antorcha encendida en mitad de la oscuridad.

Así las marchas qué organizaban comenzaron primero siendo silenciosas.

Luego llegaron los gritos, los cantos y las pancartas, miles de personas caminaron juntas por primera vez en muchos años.

El gobierno respondió como siempre respondía: con violencia.

Una noche, mientras Alma regresaba a casa, una camioneta negra se detuvo junto a ella.

Hombres sin insignias descendieron rápidamente. Los vecinos escucharon un forcejeo breve, un grito ahogado… y luego solo silencio.

Al día siguiente, Alma había desaparecido.

La policía negó haberla detenido.

El gobierno aseguró que quizá había huido.

Pero la ciudad entera sabía la verdad.

Tomás publicó clandestinamente el último discurso de Alma. Clara comenzó a organizar reuniones en sótanos y azoteas. Las personas dejaron flores frente a los muros donde antes aparecían los carteles de la activista.

Y algo extraño comenzó a ocurrir.

La gente empezó a hacerse preguntas.

Preguntas peligrosas para el gobierno.

¿Dónde estaba Alma?

¿Por qué temían tanto a una mujer desarmada?

¿Por qué desaparecían quienes hablaban con la verdad,?

El miedo seguía allí, sí, pero ahora acompañado por la duda.

Meses después, en una marcha prohibida, Clara levantó una pancarta con una sola frase escrita en rojo:

“Si desaparecen a uno, despertarán a cientos.”

La policía avanzó hacia la multitud.

Pero esta vez nadie retrocedió.

Porque Alma había desaparecido.

Y sin embargo, estaba en todas partes, y los demás ya no callarian para siempre y su voz sería algún día escuchada y todo cambiaría.

Moraleja:

Las ideas no pueden encarcelarse para siempre. A veces, una sola voz basta para despertar a quienes habían aprendido a vivir en silencio.

CESAR TORO

El Disidente.

“Qué bella es una persona cuando se muestra imperfecta y sin ninguna pretensión de ser lo que no es”.

Me considero un disidente porque no me alineo, a los que quieren someterme con sus cantos de sirena y no estoy dispuesto a seguir a las mayorías que pretenden imponer sus leyes y preceptos con el pretexto de que estaré “mejor” si uso tarjetas de crédito, si voy al gym o me visto con ropas de marca o consumo x producto., etc.

Me niego a ser uno más del monton, me gusta cantar, leer, escribir y expresarme libremente; mientras tenga la oportunidad de hacerlo, creo que como cuidadano tengo derecho a disentir, a tener una opinion propia y a ser escuchado dentro de un marco de respeto y dignidad humana, siendo logicamente reciproco con mis semejantes en estos valores.

No me interesa leer a D. Brown, ni a Tolkien. Prefiero a Cervantes y a Juan Ramon Jimenez o a Borges. tampoco, me gusta escuchar reguetón, ni nada que se le parezca; no tolero a Pitbull, Bugs Bunny, prefiero escuchar a Perales, Serrat o Mercedes Sosa, Cabral entre otros. Que para su época eran verdaderos artistas y poetas.

Me gusta pensar y decernir las cosas, por eso me alejo le mas que puedo de la IA. Sin embargo, estoy conciente que voy a ser jusgado y sensurado. Por el solo hecho de “Sentarme lejos”

Cesar Toro

L’IDIOT

El Disidente

Nunca estuve de acuerdo con el destino que Verónica y su mundo tejieron para mí en la oscuridad. Siempre fui un disidente: de las leyes, de los pactos, de ese orden invisible que mueve las piezas del tablero antes de que uno aprenda siquiera que existe el juego.

No pedí la perla negra. Nunca la deseé, porque no sabía que existía. Sin embargo, aquella noche ella me la entregó como quien entrega una sentencia firmada desde antes del nacimiento. Desde entonces me persigue el mal con sus legiones silenciosas, y el bien también, como si la suerte del universo dependiera de esta persona que soy: un simple humano extraviado, no un dios, no un elegido, apenas un hombre que un día cometió el error de estar en el lugar equivocado cuando el abismo abrió los ojos.

La perla es pequeña. Fría como el interior de una tumba en invierno. Perfectamente oscura, como si hubiera sido tallada del núcleo de algo que murió antes de que existiera la luz. No refleja nada. Parece devorar todo lo que se le acerca —la claridad, el calor, la esperanza— y guardarlo en algún lugar al que no tengo acceso. Al sostenerla entre los dedos, escucho murmullos que provienen de más allá de cualquier frontera que el mundo conocido sea capaz de nombrar. Voces que no preguntan, sino que recuerdan. Creí que era el miedo hablando, hasta que comprendí que era algo peor: era influencia. Era pertenencia.

La perla me había reconocido.

Intenté deshacerme de ella incontables veces, con la desesperación de quien sabe que está perdiendo, pero no puede dejar de intentarlo.

La lancé al océano desde un acantilado, una noche de tormenta, gritando algo que no era una oración ni una maldición sino las dos cosas al mismo tiempo. Al despertar, la encontré húmeda sobre la mesa de noche, junto al reloj de pulsera que había dejado de marcar la hora correcta.

La enterré en el desierto de Texas, lejos de cualquier ciudad, lejos de cualquier nombre humano, bajo una luna que me observaba con lástima. Regresó días después en el bolsillo del abrigo, todavía con huellas de tierra, como si hubiera caminado sola de vuelta.

Incluso la vendí a un desconocido en el mercado de Austin —un hombre de ojos demasiado quietos que no regateó el precio— pero aquella misma noche la perla reapareció dentro de mi vaso de whisky, y el hombre no estaba por ningún lado.

Siempre volvía. Como vuelven los muertos en los sueños. Como vuelven la culpa y el remordimiento.

Ya no dormía. O dormía demasiado, que es otra forma de no descansar nunca. Sentía pensamientos que no habían nacido en mí, que llegaban desde algún lugar contiguo y frío, y se instalaban como huéspedes que conocen la casa mejor que el dueño. Soñaba con lugares donde el cielo era del color equivocado. Con rostros sin ojos que me observaban desde profundidades que no tienen nombre en ningún idioma vivo.

La perla quería algo de mí. Eso lo supe desde el principio. Lo que nunca comprendí fue qué.

Entonces comencé a beber para olvidar. Luego para sobrevivir. Luego porque ya no recordaba por qué había comenzado.

El alcohol era la única sustancia capaz de adormecer los susurros, de convertirlos en algo lejano y tolerable, como una radio mal sintonizada al otro lado de una pared muy gruesa. Cuando estaba ebrio, la perla perdía nitidez. Su influencia se volvía bruma. Y en esa bruma encontré, durante un tiempo, algo parecido a la paz —esa paz oscura y sin fondo que se parece demasiado a la rendición.

Seguí bebiendo. Día tras día. Botella tras botella. Hasta que el mundo entero se convirtió en una niebla permanente y yo me transformé en alguien que vivía dentro de ella como si fuera su hogar natural.

El gran disidente, reducido a buscar la libertad en el fondo de una botella de licor barato. Una madrugada mi cuerpo habló. Me encontraron inconsciente en una habitación de motel —número 666, aunque juro que no lo elegí— rodeado de vidrios rotos y un silencio que los que llegaron primero describieron como antinatural. Caí en un coma tan profundo que algunos dijeron que no había diferencia con estar muerto. Tal vez no la había.

No supe cuánto tiempo pasó. Cuando abrí los ojos, la luz blanca del hospital me atravesó la cabeza como un cuchillo de hueso. El pitido lento de las máquinas sonaba como un idioma que casi podía entender. Tenía la garganta seca, las manos pesadas, el alma —si es que seguía teniendo una— en algún lugar ligeramente desplazado de donde debería estar.

Una mujer vestida de enfermera estaba sentada junto a la ventana. Mayor. Inmóvil con la quietud específica de las cosas que llevan mucho tiempo esperando. Me observaba con una serenidad que no pertenecía a ningún hospital, a ningún turno de noche, a ningún mundo completamente ordinario. Entre sus manos, con la delicadeza de quien sostiene algo sagrado o algo terrible —que a veces es lo mismo— descansaba un objeto pequeño y oscuro.

La perla.

La enfermera sonrió apenas. Solo con un lado de la boca. Como si la otra mitad guardara luto.

—Te estaba esperando —dijo, con una voz que sonaba a tierra mojada, a velas que se apagan —. No puedes huir de lo que ya habita dentro de ti.

—¿También Verónica?— Pregunté por preguntar, porque los dos conocíamos la respuesta y el silencio que vino después lo confirmó todo.

—No hay tiempo para cobardía —dijo al fin—. No hay salida ni retroceso. El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno del trabajo. Y tú has puesto la mano en el arado. Pero en tu caso no hay mirada atrás, porque el pasado ya no existe. Ya fue consumido. Aquí solo existen fieles y traidores, y el universo lleva demasiado tiempo sin saber cuál eres.

Y en ese instante comprendí algo mucho peor que la maldición misma, algo que me heló desde adentro con una frialdad que ninguna botella hubiera podido provocar:

la perla nunca había necesitado un guardián.

Necesitaba un sucesor.

Yo había estado cargándola todo ese tiempo no como una condena, sino como una iniciación.

El universo tiene un humor cruel: eligió a su sucesor entre sus propios disidentes.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

En mi barrio hay un tipo de poder que no sale en las noticias ni lleva corbata.

Es el poder de las mujeres que miran desde el balcón.

Eso mueve más cosas que el ayuntamiento.

Yo me llamo Marisa, tengo cincuenta y tres años y hasta hace poco llevaba una vida perfectamente normal: limpiar, cocinar, discutir con la lavadora, esperar a mi marido camionero y preguntarle a mi hija informática por qué el wifi “iba raro”.

Una existencia tranquila.

Demasiado tranquila.

Hasta que empezaron las obras del parque viejo.

Porque una cosa te digo: tú puedes reformar calles, cortar tráfico y poner esculturas horribles con nombres modernos, pero jamás debes enfadar a las mujeres de barrio que necesitan sombra para los chascarrillos de la tarde.

Eso es jugar con fuego.

Todo empezó con Paqui la del quinto.

Paqui es viuda, tiene setenta y dos años y fuma apoyada en la ventana con la autoridad moral de una jueza del Tribunal Supremo.

Cuando quitaron los bancos de la plaza dijo:

“Esto lo ha diseñado alguien que nunca ha bajado a comprar pan.”

Y ahí nació la revolución.

Al principio solo eran comentarios.

Pequeñas quejas.

Murmullos.

Pero las mujeres del barrio funcionan como una red secreta de inteligencia.

En menos de cuarenta y ocho horas ya había información circulando por peluquerías, hornos, portales y colas del Mercadona.

La indignación viajaba más rápido que la fibra óptica de mi hija.

Y de pronto empezaron las reuniones.

Nunca se llamaron reuniones, claro.

Eso sería demasiado oficial.

Se llamaban cosas como:

“Bajar un momento.”

“Oye, luego comentamos.”

“Voy cinco minutos a casa de Sole.”

Mentira.

Nadie iba cinco minutos.

Aquello acababa siempre con café, abanicos y una furia colectiva perfectamente organizada.

Lo fascinante era la mezcla.

Estaba Paqui, que veía conspiraciones urbanísticas en todas partes.

Sole, que había sido peluquera cuarenta años y tenía más información confidencial que la policía.

Nadia, una chica marroquí jovencísima que hacía unas pastas increíbles y era la única capaz de entender las instrucciones de la aplicación del ayuntamiento.

Mi hija, que acudía con el portátil porque decía que “toda resistencia necesita soporte técnico”.

La Reme, que limpiaba escaleras y hablaba gritando, aunque tuvieses la cara a veinte centímetros.

Y luego estaban las más jóvenes.

Chicas de veintitantos.

Cajeras.

Estudiantes.

Una tatuadora.

Dos repartidoras.

Una que vendía pendientes artesanales por internet y parecía vivir permanentemente enfadada con el capitalismo y el gluten.

Aquello no parecía una asociación vecinal.

Parecía el casting de una película rarísima.

Pero funcionaba.

Madre mía si funcionaba.

Porque las mujeres del barrio tienen una capacidad organizativa aterradora.

Un martes alguien decía:

“Esto habría que moverlo.”

Y el jueves ya existían carteles, grupos de WhatsApp, turnos, meriendas y una señora imprimiendo octavillas en la papelería.

Yo descubrí además que las mujeres mayores son peligrosísimas cuando se aburren.

Muchísimo.

Una tarde acompañé a Paqui y a la Reme al ayuntamiento para “preguntar una cosa”.

Eso no fue preguntar.

Eso fue un interrogatorio de la Guardia Civil con bolso y rebeca.

Acorralaron a un técnico municipal durante cuarenta minutos.

El pobre hombre sudaba como un pollo al horno.

Paqui señalaba los planos.

“¿Y aquí dónde se sienta una persona con ciática?”

La Reme añadió:

“¿Tú has visto el sol que pega aquí en agosto o es que te criaste dentro de un armario?”

Yo estaba fascinada.

Mi hija decía que aquello era “activismo analógico de alta precisión”.

Las reuniones empezaron a hacerse legendarias.

Cada generación aportaba algo.

Las mayores experiencia.

Las jóvenes internet.

Las madres bocadillos.

Las abuelas amenazas pasivo-agresivas.

Una combinación demoledora.

Mi favorita era Amparo, ochenta años, diminuta, aparentemente adorable.

Hasta que se enfadaba.

Entonces parecía una cacatúa poseída.

Un día señaló una escultura moderna recién instalada y dijo:

“Eso parece un tendedero triste.”

La frase acabó pintada en pancartas.

Incluso en camisetas.

La revolución estética del barrio avanzaba.

Pero lo mejor no era la protesta.

Era lo que ocurría alrededor.

Mujeres que nunca hablaban empezaron a quedarse horas en la plaza.

Chicas jóvenes escuchaban historias de otras décadas.

Las mayores aprendían a usar aplicaciones.

Las pequeñas correteaban entre conversaciones sobre alquileres, recetas, divorcios y política local.

Aquello dejó de ir solo de árboles o bancos.

Era otra cosa.

Como si el barrio hubiese despertado.

Como si todas recordáramos de golpe que las ciudades también pertenecen a quienes las viven despacio.

Mi Paco decía que parecíamos una secta.

Pero lo decía con miedo.

Porque entendió enseguida que ninguna fuerza humana puede competir contra cincuenta mujeres organizadas con tiempo libre parcial y acceso ilimitado a grupos de WhatsApp.

El momento culminante llegó durante una visita institucional.

Venía un concejal a “escuchar las inquietudes vecinales”.

Pobrecillo.

No sabía dónde se metía.

La plaza estaba llena.

Abuelas con abanicos.

Madres con carritos.

Jóvenes sentadas en el suelo.

Y todas mirándolo en silencio.

Eso era lo peor.

El silencio femenino colectivo.

Más aterrador que una manifestación.

El concejal empezó a hablar de “espacios urbanos dinámicos”.

Entonces Amparo levantó la mano.

“Cariño, dinámico es mi intestino. Esto es feo.”

Casi hubo que llamar a una ambulancia porque una chica empezó a ahogarse de la risa.

El concejal no volvió jamás.

Dos meses después regresaron los bancos.

Los árboles.

Las sombras.

Incluso un par de fuentes.

Nadie reconoció oficialmente que fuese gracias a nosotras.

Pero todas sabíamos la verdad.

Ahora seguimos reuniéndonos.

A veces para protestar.

A veces para merendar.

A veces simplemente porque sí.

Porque ocurre una cosa curiosa cuando las mujeres de distintas edades empiezan a juntarse de verdad:

Que dejan de sentirse solas y se vuelven un poco disidentes sin darse cuenta.

Y entonces ya no hay urbanista moderno, concejal iluminado ni banco metálico experimental capaz de detenerlas.

Especialmente si la Paqui lleva el abanico grande.

Ese sí que da miedo de verdad.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Todo el reino estaba ordenado de una manera férrea y sin fisuras. O te apuntabas a un bando, o inevitablemente permanecías en el otro. Los márgenes para moverse eran estrechos; nadie parecía capaz de escapar de los límites que le habían sido asignados.

Separados por una distancia que parecía sideral, en el fondo ambos extremos eran exactamente lo mismo.

Cada uno tenía sus aduladores, empeñados en hacerlos parecer seres casi divinos. Del mismo modo, contaban con seguidores acérrimos que no dejaban pasar la oportunidad de mostrar al mundo que los demás estaban equivocados, convencidos de que tarde o temprano la realidad terminaría golpeándolos.

Y luego estaba él.

El raro. El que permanecía exactamente en el punto medio.

Por supuesto, no escapaba de los comentarios de nadie. El niño que aprieta los puños por tener que elegir entre dos grupos en el patio.

Pero su esencia, aunque a veces luchara contra ella, lo devolvía siempre al centro.

Toda aquella tensión terminaba contenida en el modesto apartamento de un joven pintor andaluz, que una madrugada descubrió algo que cambiaría para siempre su manera de entender la pintura.

Trabajaba en un cuadro como siempre: rodeado de pinceles, lienzos y sus dos paletas de colores básicos. Una estaba dominada por el blanco, acompañado del amarillo y el naranja. La otra pertenecía al negro, junto al azul, el violeta y el verde.

Separado de todos descansaba el rojo, dentro de un pequeño bote ajeno a las estrictas normas que parecían clasificar incluso a los colores.

El cuadro estaba técnicamente acabado. Correcto. Pero al joven no le agradaba lo que había creado. El cansancio terminó por vencerlo y acabó dormido sobre la mesa.

Cuando despertó, vio algo extraño.

Sin darse cuenta había derramado una paleta sobre la otra. El bote rojo también se había vertido.

Y allí estaba.

Una nueva gama de colores extendiéndose en círculo.

El rojo había ganado el centro.

Sostuvo la paleta todavía tembloroso y notó un cosquilleo entre las manos. Una luz firme se proyectó sobre el cuadro de la noche anterior.

Entonces lo comprendió.

Aquel cuadro todavía no estaba terminado.

Pincel en mano, volvió al lienzo sintiendo una energía que le recordó a aquella fuente de su infancia, la que calmaba su sed durante las asfixiantes tardes andaluzas.

Con el tiempo, aquella obra terminó adquiriendo cierta fama.

Años después, alguien preguntó al pintor, ya no tan joven:

—¿Cómo conseguiste crear algo tan bello?

El pintor dejó reposar la pregunta, como quien espera que los colores terminen de mezclarse, y respondió con calma:

—Solo entendí que no debía dejarme atrapar por los extremos. Me apunté encantado al bando disidente.

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