Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «si tú me dices ven». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 19 de febrero!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
El VIAJE A LO DESCONOCIDO
El quiso pararse frente a ella; este le dijo: Me llaman “el niño viajero”, pero mi nombre es: Juan Carlos Gómez. El que a una edad temprana se quedó sin sus progenitores, la casa familiar allá en un pueblito de Las Hurdes llamado “Rubiaco”, apareció una mañana calcinada por las llamas. Su familia emigró y así, tan solo como un alma en pena, emprendió un viaje para buscar un tesoro oculto..
¿Me puede decir su nombre, señorita?
_Le pido disculpas por haberla hecho perder su tiempo a tan bella dama.
_Me llamo María Elena y soy hija de quienes vinieron desde Roma buscando un lugar tranquilo; aquí se respira paz y somos inmensamente felices.
_Señorita, ¿me puedes decir porque se respira abundancia y oro por cada rincón?
_ Cuentan los señores de avanzada edad que en una ocasión, estando rezando a una virgen pura e inmaculada que se apareció en la sierra… En aquella que aún se ve coronada de un blanco puro, está bendijo con la señal de la cruz y, cuando estos levantaron su mirada, estaban rodeados de oro.
_ Qué maravilla vivir así, con toda clase de lujos y abundancia.
_ Querido amigo, la felicidad no es eterna. Aún estan esperando mis padres a un joven apuesto que se haga cargo de llevar tan pesada carga. Este debe casarse con una de sus hijas; mi hermana es una joven que ya paso de los treinta, y aún hay esperanza para desposarla.
_ ¡Dígame usted, bella dama! ¿No hay quien quiera casarla? Yo me ofrezco para acompañarla en esos largos paseos en solitario. No debe arriesgar su buen nombre a cualquier desaprensivo que la quiera con fines indecorosos.
_ Juan debe presentarse ante mis padres y mostrarles sus respetos y, así, comunicar por medio de una charla amistosa el interés que tiene por permanecer en estas tierras.
_¡Ohh, princesa! No dispongo de un atuendo adecuado para mostrar mis respetos y ser recibido en una casa tan noble y señorial.
_ ¡Venga usted conmigo! Allá en aquellas casitas coronadas de colores como un arcoíris, habitan el servicio y todos aquellos que nos sirven para después ser fieles al Rey. Este estará próximo a visitarnos, como cada año al llegar las primeras lluvias de la primavera.
_¿Podré coger un puñado de oro de aquel cofre que rebosa en hermosura y da brillo a tanta abundancia?
_De ninguna manera podrá coger nada de lo que es nuestro, hasta que le sea asignado por derecho aquello que le pertenezca y se lo haya ganado con su trabajo.
El chico se alojó bajo la orden de quien le asignó sus deberes. Muy pronto se ganó unos reales trabajando para servir al pueblo. Llegó el día que el rey Alfonso el Manco visitó dicho pueblo. Dispuso formar parejas entre los jóvenes en edad de casarse. María Elena y Juan tuvieron la suerte de ser bendecidos y así llegarían a mostrarse el amor que se juraron un mes antes de dicha visita.
El destino del Niño Viajero fue amar a su esposa y cuidar a sus hijos. Más allá de los límites de aquellas tierras, las nubes caían plomizas y la escasez de pan hizo mella en los hombres y mujeres que no fueron bendecidos por la riqueza.
Este cuento está dedicado a mis lectores y para todos aquellos soñadores entre letras y libros en soledad. Esa soledad que te lleva a vivir experiencias, aventuras y sentir el alma del autor.
YOLANDA PINA REY
En esta era en la que nos inundan con noticias de catástrofes, de guerras y de niños que mueren porque no tienen nada para comer. En estos tiempos en los que predomina el uso del temor para obtener poder, en este hoy donde te venden lo que quieren vender sin importar las formas.
ARMANDO BARCELONA
Que se pare el tranvía, que yo me bajo.
Salgo de casa de buena mañana; quiero tomarme mi café con leche y una porra.Hace mucho que me declaré insumiso ante los protocolos médicos castradores, esos que te estabulan en función de lo que marque tu calendario vital.
Como soy un viejo tuneado, además del marcapasos y la prótesis de cadera, disfruto de la Danse Macabre a través de mis auriculares orejeros; antes que angustiarme con cualquier informativo matutino, prefiero alienarme con una buena dosis de Saint-Saëns en vena.
En el portal me cruzo con Elsa. Viene a casa tres veces por semana y me echa una mano con la limpieza. Si te digo la verdad, no es que se esmere mucho, pero a mí me sirve y sé que en su pueblo, allá, al otro lado del Atlántico, tiene obligaciones que esperan con la boca abierta, como polluelos en nido, la transferencia de cada mes.
Nos intercambiamos saludos y el parte de guerra, todo rápido, sin ceremonia; ella siempre va con prisa; después de la mía tiene que ir a quitar mierda en una docena de casas más. «Bendiciones doñito», me dice y se catapulta hacia el ascensor ―tiene llaves de mi piso―. Nunca sé si es ella la que me bendice o solo hace de intermediaria.
Pongo un pie en la calle y casi se me lleva por delante un jovencito en patinete que circula por la acera a toda velocidad. Lo increpo y me enseña el dedo corazón de su mano derecha a modo de respuesta. En la espalda de su camiseta negra se lee claramente: «Jesús te ama» y estoy a punto de cagarme en la madre del tal Jesús, pero caigo en la cuenta de que no es así como se llama mi agresor, que solo se trata de un eslógan mal llevado, mercadotecnia eucarística en valla equivocada, por decirlo de algún modo, y yo que, como buen ateo, soy respetuoso con las creencias de los demás, me contengo y lo dejo estar.
Leo el periódico mientras remojo la porra en el café.
En la Argentina de Milei ya es posible la jornada laboral de doce horas diarias, el despido es más barato y se recorta drásticamente el derecho de huelga.
El secretario de Estado de los USA, hijo de cubanos establecidos en Florida, se cisca en las políticas europeas de inmigración y cambio climático porque, según él, conducen a la desaparición de la actividad industrial.
En Gaza la situación humanitaria es desesperada, la ONU ha declarado la hambruna y todos los niños menores de cinco años están en riesgo de desnutrición aguda. Mientras, Israel sigue bombardeando hospitales, Amnistía Internacional denuncia el genocidio como voz que clama en el desierto, y Trump continúa empeñado en despejar la zona de palestinos para convertirla en la «Riviera de Oriente Próximo», un destino turístico de lujo.
―Niño, ponme otro café, con unas goticas de anís. ―Levanto la mano sin separar los ojos del papel, esperando que el cordial sirva para anestesiarme el alma.
Todo esto se veía venir cuando a finales del 89 se fue al carajo el muro de Berlín y los neonazis del este cubrieron de esvásticas Alexanderplatz.
―No se trata de qué sociedad queremos, sino cuál nos imponen y si estamos dispuestos a vivir en ella aunque sea a fuerza de cuidados paliativos ―comenta Dioni, el camarero, dejándome el café sobre la mesita.
Estoy tan ensimismado con el periódico que no me doy cuenta de que leo en voz alta. Cosas de viejo. Todo esto, junto con lo del agresor en patinete del principio, me recuerda que cuanto antes me baje del tranvía, mejor y, como pese a que soy propenso a la arritmia cardíaca, el índice de colesterol me sale dentro de rango, le pido al Dioni un par de porras más, porque, visto lo visto, la obstrucción arterial es tan buena solución como un tiro en la boca, pero menos bruta y da más gustico.
ANTONICUS EFE
SOY LA PUTA HOSTIA
Soy la puta hostia
una estrella de la canción
da igual que cante gilipolleces
me aplaude la afición.
¡arriba mi gente!
Soy un gran influencer
y mi careto es pro
la peña me sigue
por que soy el mejor.
¡que bueno que soy!
Pero que bueno que soy
de los vips soy el mejor
yo soy tu puto crush
aunque me falte un hervor.
Con mi gorra de medio lao
voy tatuado hasta el orto
y me paseo por tu mente
se muy bien que te importo.
¡mírame bro!
Dicen que tengo una pedrá
bien dá en to lo alto
pero eso a mí me da igual
soy el que mola en los retratos.
¡estoy que me rompo!
Pero que bueno que soy
de los vips soy el mejor
yo soy tu puto crush
aunque me falte un hervor.
Me cago en el autotune
y en sus alrededores.
Iros a pastar “Clouts Chacers”, anda.
CARLOS TABOADA
AVENIDAS
Nancy y yo coincidimos por un tiempo. En una aparente hoja en blanco donde la vida nos encuadra, y siendo los dos trazos de líneas con altos y bajos, nos tocamos en un punto que duró medio año. Fue un chispazo que me sacudió del todo. Un rayo que me atravesó, incrustando su estela en mi interior. No pudo ser de otra manera, siendo ella como era y yo a mi manera. Ella inclasificable, tal vez multidimensional, como le gustaba decirse, y yo un tipo previsible con un trabajo carente de sobresaltos, el que consideré ideal cuando aprobé la oposición como administrativo. Divorciado y sin hijos, ella llegó a mi vida con una lucecita deslumbrante en el interior de su cabeza, quedándose conmigo por unos meses, buscando una estación donde reponer fuerzas. Imagino, entonces, que se baja del tren con una ligera maleta de color pistacho y empuja la puerta de mi establecimiento. Me diría algo así, echando un vistazo general:
—Me gusta este sitio. Es sobrio y al tiempo acogedor. ¿Tendrías algo para mí? Sin embargo, he de advertirte que no soy de menú. Ni siquiera de uno especial. No solo busco comer, sino conversación y alojamiento. Espera, no digas nada. Te veo. Es decir, veo el color de tu aura. Me gusta. Podríamos intercambiar emociones y sensaciones. Aprender el uno del otro por un tiempo. Con creatividad. Y con amor, por supuesto. Sin amor no existe nada. ¿Estás disponible?
La observo a distancia. Es verano, y viste con ropa holgada de color blanco. Con pantalones ancho y blusa de pico. Tal vez su cabello largo, rizado y rubio me llame más la atención que su cuerpo delgado, o su rostro puntiagudo y blanco irradiando frescura, o una especie de energía que no sabría definir. No sé. No soy muy bueno captando cosas que no se pueden ver. Lo cierto es que me infundió confusión. Acerté a decir que mi vida era sencilla y que tal vez ella buscaba algo más sutil. Pero nada más decirlo, sentí que acababa de infravalorarme. Entonces me dijo:
—Tienes todo lo que necesito, aunque no lo creas. El color de tu aura me dice que eres generoso, aunque también tienes miedo. Miedo de seguir adelante, de experimentar, de entregarte… Mmm, ¿a qué huele?
Una hora antes compré un jazmín lleno de flores. Lo planté en la parte de atrás, y de algún modo adiviné que se refería a su fragancia, lo cual me sorprendió, aunque no tanto como cuando se aproximó a mí y me sonrió dejando la ligera maleta a sus pies. Le dije lo del jazmín, pero hizo otra cosa. Por un segundo eterno escudriñó mis ojos y penetró en ellos con el color verde turquesa y fondo amarillo de los suyos. No sé qué me sucedió, pero quedé extrañamente atrapado cuando me dio dos besos. Es decir, creí que ya no escaparía de ella. A continuación dijo:
—Cada uno de nosotros sabe que está aquí en una secuencia de tiempo. Nada que ver con la sociedad que queremos. La era de la humanidad se está convirtiendo en algo peligroso. Pero debe ocurrir. Debe suceder la catarsis. Muchos perderán la conexión, y otros nos convertiremos en seres multidimensionales. Tú eres uno de ellos, aunque todavía no te hayas dado la oportunidad. Los seres humanos multidimensionales somos los que existimos conscientemente en distintos planos a la vez. ¿Verdad que esta noche has tenido un sueño peculiar? Llámalo premonitorio, pero soñaste que una mujer te visitaba para quedarse por un tiempo. En realidad, viajaste al futuro, a lo que ahora nos sucede. Por cierto, me encanta el olor del jazmín, pero huele a comida casera. ¿Qué has hecho?
Nos sentamos y compartimos la comida. Legumbres. Lentejas con verduras. Por la mañana espolvoreé en el interior una pizca de canela. Algo extraño, al confundirla con pimentón. Ahí quedó la mezcla, y ella se relamió como jamás vi a mi ex. Fui calmando un extraño nerviosismo, a pesar de su conversación. No tenía nada que ver con ella, pero todo un mundo se me abrió ante sus ojos, seducido por sus tonos pausados y suaves, coherentes y abrumadores. Al acabar los platos, dijo:
—Esta comida me ha recordado a la sexualidad. Con ambas, se pueden abrir las avenidas que disponemos en nuestro interior. Las dos generan un tipo de frecuencia. Hay que aprender a escucharlas, porque si las utilizamos mal podríamos atraer energías equivocadas. De manera que debemos tener cuidado porque hacen aflorar emociones, y estas son como una llave de acceso. Cuando eres sexual con alguien lo tienes que hacer amando, honrando tu cuerpo. Pero lo tienes que hacer siendo consciente de que esa persona te quiere de verdad. Ah, estoy un poco cansada. ¿Descansamos? ¿Vemos el jazmín?
Entonces nos fuimos a la parte de atrás. Yo solo indiqué el camino, aunque creí flotar al son de sus palabras.
Por primera vez quise perderme. Dejarme llevar. Me abandoné. Me olvidé de mí mismo. Sin miedo alguno. Sucedió por un tiempo, por una transición que deseé perpetuar durante toda la vida.
DAVID MERLÁN
CAPÍTULO 5. LA ELECCIÓN (HILVÁN. EL VIAJE DE TALO) Penúltimo.
La oscuridad que rodeaba a Talo no era negra. Era metálica.
Al entrar y, durante un segundo, se fijó en lo que le rodeaba. El Centrífugo no tenía paredes como Hilván. Tenía costillas de acero mojado, arañadas por miles de lavados. El suelo no era suelo, era una curva resbaladiza. Pero lo peor de todo era el sonido.
Ese tum… tum… tum… no venía de afuera. Venía de todas partes y provocaba que todo su ser le vibrara: sus fibras, el talón, hasta le hacía temblar el elástico.
Talo intentó respirar. Pero el aire estaba caliente, cargado de vapor y detergente viejo. Olía a cosas que nadie reclamara.
Respiró y dió dos pasos. Con el segundo, resbaló y reaccionó apenas con el tiempo justo para sujetarse como pudo a una rejilla interior. Sus puntos se engancharon en una arista, y entonces escuchó un murmullo de gente.
—¡Quieto! —gritó una voz.
Talo se giró. En la penumbra vio siluetas acercándosele. Calcetines, sí, pero no como los de Hilván. Estos estaban… endurecidos y sus fibras desprendían un brillo raro, como de metal desgastado.
Avanzaban en formación, pegados a las costillas metálicas de aquel monstruo.
Uno de ellos llevaba algo colgando del elástico: un botón grande, a modo de insignia. Otro tenía un cordón de una zapatilla enrollado en la cintura como si fuera una cuerda. Y el que iba delante, (un calcetín de deporte grisáceo), tenía el talón reforzado con un parche oscuro, lo que le otorgaba un halo de líder.
—¿Quién eres? —preguntó sin acercarse del todo.
—Me llamo Talo. Vengo de Hilván.
—¿Hilván? —repitió uno de atrás, como si hubiera oído una palabra prohibida.
El líder ladeó la punta, desconfiado.
—Los de Hilván no cruzan. Los de Hilván se emparejan y se quedan jugando para siempre—sentenció tras unos segundos en silencio.
Talo tragó saliva para llenarse de valor.
—Yo no vine a jugar. Vine a buscar a mi hermano Lino.
Una carcajada seca surgió del grupo.
—Todos dicen lo mismo —dijo una calceta larga, casi transparente de tanto uso—. “Vengo por mi hermano”. “Vengo por mi pareja”, ja, ja, ja.
Talo apretó los dientes de rabia pero decició mantenerse callado hasta que el resto de los presentes dejaran de mofarse de él.
—¿Dónde estoy?
El líder levantó la insignia del botón.
—Estás en el Territorio Interior. En lo que se denomina la garganta. Donde el Centrífugo te enseña lo único que en realidad hace con todos: A elegir.
—¿A elegir?
—Si, claro, pequeño. ¿Has llegado hasta aquí y aún no te has dado cuenta de que lo único de lo que se trata aquí es de elegir?. ¿Si seguir y llegar al Aro o desistir y quedarse en Hilvan.
—¿El Aro?—preguntó ante la nueva información que estaba recibiendo.
—La frontera. Donde se decide quién cae al filtro y quién… desaparece.
Una ráfaga de vapor cruzó el tambor. Talo tosió, o lo más parecido a toser que podía hacer un calcetín. En ese instante, el metal vibró y el Centrífugo giró un poco, como si estuviera acomodándose para algo peor.
—No puedo quedarme aquí —dijo Talo—. El hilo me trajo.
El líder lo miró fijamente.
—No. El hilo no te trajo. El hilo te empujó. La decisión… la tomaste tú.
Talo sintió un escalofrío. Recordó la hoja. Recordó la discusión humana, y recordó la frase:
“No dramatices. Eso es un mito.”
Y por primera vez, entendió algo horrible. Allí arriba, en el mundo humano, los calcetines no eran importantes. Eran simples objetos. Sin embargo, aquí dentro, en cambio… cada uno de ellos tenía una historia. Eras importante.
—¿Y vosotros qué hacéis aquí? —preguntó.
—Sobrevivimos—contestó la calceta larga.
El líder dio un paso hacia Talo, y se puso a su par.
—Aquí no hay Gran Emparejador, chaval. No hay clanes, ni cosas por el estilo. Aquí solo hay reglas y una sola pregunta: ¿qué sociedad queremos construir cuando el mundo exterior nos ha abandonado?
Talo no respondió. No podía. Estaba en shock.
El líder continuó bombardeando la mente del joven calcetín infantil azul:
—Nosotros somos la Guardia del Giro, y tú acabas de entrar sin permiso.
—No sabía que había que pedir permiso.
—Siempre hay que pedirlo, pequeñín. Solo que nadie te lo lee cuando llegas aquí. Igual que esa hoja que llevas escondida.
—¿Cómo sabes…?
—Porque el papel huele distinto. Huele a humano. Y aquí dentro, lo humano es veneno.
Talo miró a su alrededor. Todo era prueba de algo; Los restos enganchados en las rendijas: un hilo rojo, una etiqueta rota, una goma de pelo, una moneda oxidada, una horquilla del pelo.
—No vengo a robar nada —dijo Talo—. Solo quiero cruzar.
—¿Cruzar a dónde?
Talo abrió la boca… y se quedó mudo, porque realmente no tenia una respuesta clara que dar: «cajón, a casa». Allí no funcionaba así. Hilván no tenía mapas, y el Centrífugo… no era un camino. Era una boca por la que caer, y ponerte a prueba.
—Te lo diré claro, niño—le advirtió el lider—si sigues avanzando, el Centrífugo te va a probar. Te va a enseñar cosas, y cuando termine… no serás el mismo.
Talo bajó la mirada a la hoja. La nota. Lo que nadie leyó.
—Ya no soy el mismo, señor —susurró.
El líder se inclinó, como si oliera esa frase.
—Entonces quizá encajes—, y levantó el botón-insignia—. pero primero… tienes que demostrarlo.
—¿Cómo?
—Escapando.
—¿Escapando de qué?
El líder no contestó. Se apartó un paso.
Y entonces Talo lo oyó. Un chasquido, un leve roce. Un sonido como de uñas sobre metal. Algo venía por el interior del tambor. Era algo que no caminaba. Más bien se arrastraba, y traía consigo un olor distinto. Un olor a quemado reciente. A fibra fundida.
La calceta larga retrocedió con el pánico pintado en su rostro.
—Ya están aquí…
Talo tragó saliva.
—¿Quienes?
—Los Deshilachadores.
Y el tambor vibró.
Los miembros de la Guardia del Giro no esperaron a que Talo hiciera más preguntas y se movieron de golpe, sincronizados. Les bastaba un sonido reconocible para darse cuenta de que tenían que escapar.
Talo se quedó paralizado un segundo.
—¡Muévete! —le gritó la calceta larga—. ¡Si te atrapan, no te rompen! ¡Te… convierten!
—¿En qué?
—En cebo.
La palabra le heló.
—Como el anzuelo y la mentira que conociste en forma de falso calcetín azul.
Talo entró en pánico y arrancó a correr, resbalando, agarrándose a una arista, saltando sobre un charco de agua caliente.
El Centrífugo giró un poco más fuerte y el mundo se inclinó.
Y allí, ante su asombro y desde una rendija, fueron aparecieron seres grotescos. No eran calcetines completos. Eran… restos vivos, puntas sin talón. Talones sin cuerpo. Elásticos tan cedidos que se rertorcian sin sentido, y todos avanzaban con un sonido horrible:
rrr… rrr… rrr…
Como si el metal les diera cuerda.
Talo corrió, y mientras lo hacía, sintió el hilo invisible de Lino tensarse otra vez. Pero esta vez no era hacia el interior, sino hacia abajo. Como si el destino no estuviera delante… sino bajo sus pies.
—¡Por aquí! —gritó el líder—indicó a los suyos mientras se metían por una grieta entre las costillas del monstruo. Un pasillo estrecho. Oscuro. Con vapor pegado a las paredes.
Talo casi no cabía. Sus fibras rozaban el metal y le dolía.
—¿Quiénes son? —preguntó, jadeando.
—Los que se quedaron a medio camino —respondió el líder—.
Los que no cayeron al filtro… y tampoco volvieron.
—¿Y por qué nos persiguen?
—Ja, Ja, Ja. Porque aquí dentro, la sociedad que queremos se construye con dos cosas: con los que se ayudan…o con los que tienen miedo—sentenció el lider de la Guardia del Giro.
—Y los Deshilachadores son el miedo con patas, te lo puedo asegurar—añadío la calceta larga mirando a Talo.
Unos instantes mas tarde, llegaron a una zona más amplia. El metal se abría como una cúpula interior. El vapor era más denso.
Y allí, suspendido como algo sobrenatural, estaba el Aro. Magestuoso. Un círculo de acero, lleno de agujeros que giraba despacio.Y bajo él se abría un vacío oscuro y húmedo.
—El filtro… la antesala—susurró Talo.
La calceta larga asintió.
El líder lo agarró del elástico, con fuerza.
—Escucha, Talo.
No tienes tiempo. Los Deshilachadores vienen.
Talo miró hacia atrás. En el pasillo ya se escuchaban los roces.
rrr… rrr… rrr…
—¿Qué hago?
El líder le señaló el Aro.
—Cruza.
Talo parpadeó.
—¿Cruzar? ¿Cómo?
—Saltando.
—¡Pero eso es caer!
—Sí.
Talo miró el vacío. Notó la hoja humana escondida en su dobladillo. Miró las caras endurecidas de la Guardia. «¡Lino!»
—¿Y vosotros?
La calceta larga sonrió con tristeza.
—Nosotros ya elegimos hace mucho, pequeño.
Talo sintió rabia.
—¿Por qué os quedáis?
El líder se encogió de hombros.
—Porque aquí somos alguien. Porque aquí hacemos reglas y no dependemos de humanos que discuten y se vengan haciendo lo que les dé la gana con nuestra vida.
Talo recordó la nota, recordó la frase y entonces entendió:
Aquellos calcetines no eran monstruos. Eran una comunidad. Una sociedad nacida del abandono. Una sociedad que, en definitiva, lo único que pretendía era existir.
—La sociedad que queremos… —susurró Talo.
—Exacto —dijo el líder—.
Y ahora dime, pequeño:
¿quieres pertenecer… o quieres volver?
Antes de que Talo respondiera, un chillido metálico retumbó en el tambor.
Los Deshilachadores irrumpieron en la cúpula.
Eran cinco. Después, seis…
Venían deformes, rápidos, como si el giro les hubiera dado hambre.
—¡Ahora! —gritó la calceta larga.
El líder empujó a Talo hacia el borde del Aro.
Talo se resistió. Tenía dudas en su imberbe cabeza
—¡Esperad!
—¡No hay espera posible! —gritó el líder.
Talo miró el vacío, y entonces… oyó. No el rugido, ni el vapor, ni el metal. Sino que lo que oyó fue una voz real. No la de un anzuelo, sino una voz suave, lejana, y… conocida.
—Talo…
Se le encogió el elástico.
—¿Lino…?
La calceta larga lo miró, sorprendida.
—¿Lo has oído?
Talo asintió. Y el líder apretó los dientes.
—Entonces ya está. No hay duda— y lo empujó.
Tras comenzar a caer notó como tanto el metal, como el vapor y los gritos, quedaron arriba. Talo descendía por un tubo estrecho, resbaladizo, oscuro, lleno de agua vieja y pelusa.
Finalmente, se golpeó. Se giró. Se enganchó, y en mitad del descenso, vio cosas, no como imágenes, sino como recuerdos pegados a las paredes: Una alianza, un pendiente, un botón, un trozo de papel de caramelo, una moneda, en definitiva, pequeñas cosas de vidas humanas que habían pasado por allí. Cosas perdidas y olvidadas que le hicieron meditar sobre su propia existencia. Sobre su propio ser, y entonces, al final del tubo, apareció una luz amarillenta al tiempo que maduraba su ensoñación:
“La sociedad que queremos no es la que nos da un lugar…sino la que nos empuja, aunque duela, hacia donde debemos estar».
Y justo antes de aterrizar, oyó el último rugido del Centrífugo, allá arriba, como una carcajada:
Ven. Ven. Ven.
Y Talo, girando en el aire, cerró los ojos, apretó la hoja contra su tejido, y susurró:
—Ya voy Lino. Y cayó en el filtro.
Continuará…
SOLEDAD ROSA
Llegué con ganas, pero la cabeza cabizbaja. Y eso que mi personalidad introvertida nunca ha dudado en mirar a los ojos a los retos. Con esa ansia de avanzar, de aprender, de crecer.
No sabía su nombre, pero sí donde me lo encontraría cada día. Podía haberlo llamado casualidad, pero no creo que esta fuera el material del que estuvieran hechos aquellos recortes a modo de paredes. Paredes finas, arrugadas, que dividían dos realidades.
Hay algo más que me define y es la sensibilidad. La reflexión. La empatía. Es como si mi piel tuviera una capa fina que, al abrirse, lo dejara entrar todo, sin filtro. Quizá fue así como entendí lo frágil que es la vida, donde todo está tan cerca que es imposible tocarte sin rozarte.
Y a mí, sin buscarlo, me rozó.
Aprendí que todos llegamos desde algún sitio. Que deseamos lo que nos falta y nos da miedo perder lo que tenemos. Que lo que para unos es un punto de llegada, para otros todavía es el de partida.
Y que cada uno pide desde donde está. Siempre desde ahí. Desde cómo mira a los demás y cómo se mira a sí mismo.
Vaya si crecí.
Soledad Rosa.
SUSANA NÉRIDA
Dostoyevsky nos describía muy bien como «el idiota», pero está visto que no hay espacio para nosotros en esta sociedad.
«Tienes que ser más malo» sentencian cuando nos conocen.
O el mundo más bueno.
Porque, o te adaptas, o te adaptas.
No hay rincón en el mundo para nosotros, ni esperanza para que nos lo cedan.
La sociedad que queremos, se basa, no obstante, en el idiota como eje central. Pero vendría algún capullo a aguarnos la fiesta, intentando aprovecharse de nosotros.
Tal vez como utopía suene fantástico, pero como realidad, brilla por su ausencia.
EFRAÍN DÍAZ
El alcalde de Trujillo Alto solo subía a los barrios en año eleccionario. El resto del cuatrienio no salía del pueblo. El barrio Dos Bocas no era la excepción. Solo veían al alcalde tres meses antes de las elecciones.
Este año era uno eleccionario, por lo que el alcalde necesitaba hacer campaña proselitista. Necesitaba asegurar la silla y el salario por cuatro años más. Siendo político de carrera, era lo único que sabía hacer. Si perdía la poltrona municipal, estaría perdido. No podría sobrevivir en la empresa privada, donde se requiere un mínimo de conocimiento y producir.
Así las cosas, el alcalde convocó a parte de su comité de campaña y fueron al barrio Dos Bocas en un intento de asegurar votos.
Subieron en tres vehículos de lujo con los cristales oscuros. Al llegar, comenzaron a convocar a todos los campesinos a una asamblea para discutir el futuro del barrio.
Cuando hubo una mayoría decente, el alcalde tomó la palabra. Muy pocos sabían que él era el alcalde. Para la mayoría, era la primera vez que lo veían.
-Construiremos carreteras nuevas para que el tránsito sea más fácil- prometió el alcalde.
-Y para qué queremos carreteras nuevas si aquí apenas hay carros. Aquí to se resuelve a caballo, en burro o a pie- gritó Gumersindo.
El alcalde miró al horizonte, respiró hondo y continuó.
-Y traeremos más patrullaje preventivo, para aumentar la seguridad vecinal.
-Aquí no hacen falta más policías. Aquí no nos andamos robando unos a otros- respingó don Atanasio, a quien cariñosamente llamaban don Tano.
El alcalde volvió a respirar hondo. El horizonte comenzaba a quedarle pequeño.
-También traeremos WiFi gratis.
-Con que se come eso? preguntó Loreta.
-El WiFi es para las computadoras. Para conectarlos con el resto del mundo- dijo uno de los achichincles del alcalde.
-¿Y que es una putadora o como sea que se llame?
El alcalde no podía creer que los residentes del barrio Dos Bocas no supieran lo que era una computadora en pleno siglo XXI. En parte era su negligencia. Ningún político nunca se preocupó por el barrio Dos Bocas, que se quedó paralizado en el tiempo. No había progreso, no había avances, no había tecnología. Los niños iban a la escuela rural y aprendían las destrezas básicas. Aprendían a leer, escribir y algo de matemáticas. El resto del tiempo lo pasaban trabajando en las fincas. Aprendiendo los rudimentos de la siembra y la cría de animales. Del barrio nadie había salido para la universidad. De ordinario terminaban la escuela, se casaban entre ellos mismos y se quedaban en el barrio.
-Quiero hacer cambios sociales. Traerles progreso, brindarles nuevas y mejores oportunidades. Mejorar su calidad de vida y mejorar nuestra sociedad. ¿Qué quieren ustedes? preguntó frustrado el alcalde.
-Que no nos joda, señor alcalde. Q nos deje vivir tranquilos y en paz- Dijo don Lolo.
El alcalde se quedó perplejo.
-¿Y usté quién es? preguntó Juancho.
El alcalde se dio por vencido. Al ver que casi nadie le conocía, recogió sus tereques y se marchó junto con su comité.
Anquilosado en el pasado, producto de décadas de negligencia institucional, Dos Bocas no quería un cambio social. No les hacía falta. Solo quería mantener su estilo de vida sin cambios, sin progreso y sin intervención gubernamental. Esa era la sociedad que querían, la que habían vivido toda su vida.
Y todo eso fue solo en Dos Bocas. Al alcalde le quedaban cinco barrios más.
MARIO NÚÑEZ
Los seres humanos somos gregarios por evolución.
No sé si por naturaleza; quizá porque nos hemos desarrollado como especie sosteniéndonos unos a otros, de modos no siempre saludables para todos.
Mestizos de más de una decena de subespecies humanoides y sus bagajes, hoy somos el producto de lo que construimos, y de lo que soñamos, que es el rumbo que recorremos.
Pero ¿dónde vamos?
Hay muchos caminos, casi tantos como personas hubo y existimos. Tantos como las que haya después.
Rutas similares o diferentes, con aliados, adversarios, ignorados…
Aquí hay un camino.
No es una ruta que seguir; solo un sendero pavimentado de vivencias, emociones, utopías, logros y fracasos.
¿Es la Sociedad que queremos?
En realidad, es la Sociedad que quisiera, contigo, con los demás, con los que estuvieron y los que vendrán. Con nuestras convicciones coincidentes y divergentes.
Las ideologías responden a personas, sus convicciones e intenciones, quienes las malogran o las enaltecen.
Asociados, conviviendo, sueño y procuro la convivencia respetuosa de Sociedades diferentes.
No de Sociedades perfectas.
Simplemente humanas.
Sociedades que entre nos relacionen, nos contengan, nos permitan desarrollarnos, y dejar mejor calidad humana y ambiental que la que nos recibió.
Mis convicciones, solo son sueños de los que a veces inician senderos, caminos, rutas y corrientes.
De esas utopías, que en ocasiones comienzan con una conciencia de Ser y Estar en esta etapa entre el nacimiento y la muerte, de las rutas para buscar y lograr un sentido a este tránsito que recorremos.
Sin armas, ni personas que las utilicen contra otros; sin dispositivos intelectuales o técnicos para enriquecerse o imponer por la fuerza el quiebre de la voluntad y de la integridad de otro o de algo.
Sin concepciones de la muerte, ni la degradación como instrumento u objetivo.
Sin sometimientos ni sometedores, gente arriba y abajo.
Sin personas dueñas de personas, sean niños, niñas, mujeres, hombres, ancianos o ancianas.
Sin imposiciones por las ideas, la fuerza, la ignorancia, la manipulación; sin estructuras de poder perversas que coloquen a algunos por encima de muchos, sin espejismos y fantasías políticas, religiosas, mercantiles, financieras; sin promesas de sociedades perfectas que destrocen lo que hay con la promesa de algo mucho mejor … después o nunca.
Simplemente y nada menos que seres humanos.
Las ideologías pueden diseñarse como caminos para crecer, o como excusas para camuflar ataques que destruyan las diferencias, que sitúen a personas por encima de otras: el útero del supremacismo.
No existen ideas ni organizaciones perfectas.
Ninguna postura debe ser incuestionable.
Ninguna Ideología saludable sostiene ni legaliza los fundamentalismos que excluyan, dividan, favorezcan exterminios, expoliaciones ni cataclismos.
Una visión verdaderamente saludable creo, sería aquella que renueve el compromiso con nuestros similares humanos, compañeros de ruta en la vida y del entorno que nos recibe, cobija y merece nuestro mejor esfuerzo.
Una Sociedad humana nunca será perfecta, porque si lo fuera, ya no sería posible seguir evolucionando.
Una Sociedad verdaderamente humana debe ser aprendida, enseñada, cuestionable, cuestionada, reformada, mejorada todo el tiempo, para que los avances culturales, vinculares, científicos, técnicos sean instrumentos al servicio de todos los humanos y del entorno que habitamos.
CESAR TORO
La Sociedad que Queremos.
En este tema complejo de la sociedad que queremos, es casi imposible tener una perspectiva clara con respecto a un asunto tan extenso y diverso.
Como reza un dicho popular “cada cabeza es un mundo”; sin embargo, en las siguientes líneas intentaré dar un aporte a título personal sobre el tema en cuestión.
Lo que quiero y anhelo es una sociedad más justa y equitativa, ese sería un ideal perfecto para la humanidad.
¿Qué es una sociedad “justa”?
Según el jurista romano “Ulpiano” La justicia es: “El perpetuo ánimo y voluntad de darle a cada uno lo suyo”.
Anhelo vivir en una sociedad fundamentada en la familia como eje principal; una sociedad, digna en todo el sentido de la palabra, donde haya valores humanos y espirituales, donde todos podamos convivir como hermanos sin distingo de clases, raza o religión.
Soy consciente de que esto es una utopía; lo entiendo, pero estoy convencido de que, si todos los seres humanos nos proponemos, podemos llegar a construir una cultura de valores rescatando las tradiciones, el respeto hacia los demás, el amor a Dios y al prójimo, en general, tratar de pasar por esta vida dejando una huella, una enseñanza positiva, una buena obra. y desde aquí donde Dios nos ha plantado florecer, con el don que se nos ha dado.
Si mi profesión es de profesor, impartir una buena educación y además ser respetuoso.
Si soy estudiante, dar lo mejor de mí esforzándome al máximo.
Si tengo vocación de artista, deleitar a los demás con el arte que tengo, con alegría y respeto al público.
Si poseo talento para la pintura pintar mi mejor cuadro.
Si adquiero una responsabilidad como funcionario público, cumplir la misión para la que fui nombrado y además, ser honesto.
Si la misión que tengo es la de juez, impartir justicia con verdadera imparcialidad.
Y así cada uno de nosotros estaremos contribuyendo a crear conciencia en los demás, y a su vez procurar una sociedad más justa y equitativa, donde todos los seres humanos seamos iguales, ante la ley y ante Dios.
Sé que todo esto es difícil, por la situación de anarquía social en la cual nos hemos sumergido y la pérdida de valores y principios fundamentales que han contribuido al descalabro de nuestra sociedad actual, debido a diferentes factores de poder, como la influencia mercantilista y comercial desmedida, el consumismo, la pérdida del sentido común de algunas autoridades que han aprobado leyes en detrimento de los ciudadanos, como son: la ley de igualdad de género, el aborto, matrimonios homosexuales entre otras.
Estas leyes han venido a confundir y desvirtuar a nuestra sociedad, siendo los más afectados, nuestros niños y jóvenes que en muchos casos no saben a qué atenerse, esto sumado a los ataques constantes hacia la religión la fe en Dios en varios países del mundo.
Todo esto ha contribuido a mermar la confianza, los principios y valores éticos, morales, religiosos, como son: La fe y el temor de Dios, el respeto hacia los demás, la honestidad y la verdad entre otros. Y así poder convertir a los seres humanos en una sociedad “manejable y sumisa”
Por lo tanto y como dicen que “soñar no cuesta nada” yo anhelo una sociedad donde no se maltrate a los niños, las mujeres, nunca se abandone a los ancianos, un mundo donde los avances científicos y tecnológicos se utilicen para el bien y no para el mal, en otras palabras, se use la tecnología y la ciencia, para producir alimentos y medicinas para aliviar el hambre, el dolor, la pobreza de tantos hermanos nuestros que sufren, mas no se usen para construir armas, destrucción y muerte.
En definitiva anhelo una sociedad donde todos podamos habitar como hijos de Dios, en paz.
Cesar Toro
PEDRO A LÓPEZ CRUZ
UTOPÍA, SERIE B
Transcurrido ya un cierto tiempo desde nuestra llegada a Kepler-B, poco a poco, las cosas están comenzando a tomar forma. Hoy, por fin, tocaba diseñar nuestra nueva sociedad.
La asamblea, a la que alguien bautizó con el evidente y rimbombante título de “La sociedad que queremos”, se inició a las ocho. Sin embargo, nadie llegó a tiempo; ya desde el principio decidimos que la coherencia y la puntualidad serían algo opcional, hecho que todos los españoles aplaudimos unidos en efusiva ovación. Cosas del ADN íbero.
Una sociedad que, según el folleto de mano que nos repartieron, vendría, entre otros extras, con garantía extendida, filtros antipobreza y el modo “ético” activado de manera automática.
—¡Bienvenidos seáis, colonos! —anunció el moderador, ajustándose el micrófono como quien inaugura unos Juegos Olímpicos—. Hoy nos reunimos aquí para diseñar la sociedad ideal. Una sociedad que viene a inaugurar el nuevo horizonte que se vislumbra en nuestro amanecer kepleriano.
—Hay que ver qué bien habla este hombre… —murmuraron por lo bajo un par de vecinas.
Y es que el moderador en cuestión era Don Laureano Saavedra, en otro tiempo profesor adjunto de lengua y literatura del Instituto de Secundaria Los Rosales, dato que venía a refrendar su facilidad de verbo, y que provocaba la admiración entre aquellas gentes coloniales.
Una vez hecha la introducción, encadenó una pausa totalmente medida y calculada a la que todos aplaudimos con un entusiasmo sostenible, es decir, hecho 100% de ideas y materiales reciclados, pero 0% de acciones concretas. Porque, eso sí, ideas que no falten.
La primera en tomar la palabra fue la encargada del comité de valores:
—Queremos una sociedad donde reinen el respeto, la empatía y la tradición.
—Excelente —respondió el joven del fondo—. ¿Eso también incluye el respeto a quien no comparta su tradición?
La señora lo atravesó con la mirada, como si el pipiolo acabara de proponer para nuestro himno nacional una canción de Bad Bunny.
—Por supuesto. Respeto, sí, pero con límites —aclaró. Algo que todos sabíamos que es una forma elegante de decir “respeto para los míos, para los que piensan como yo”.
A continuación, habló el político local, que, como buen político, citó a un tal Platón sin haberlo leído en su puñetera vida. Con gran convicción, eso sí. Apréndete un puñado de frases, déjalas escapar con absoluta seguridad y adórnalas de una buena dosis de gesticulación exagerada. De primero de política, vamos:
—Como decía Platón en su obra más importante… eh… la de la cueva, la de la caverna… ya sabéis: debemos salir a la luz.
—Eso eso… la luz ¿Quién paga la luz? —preguntó la contable de nuestra colonia, arruinándole de un plumazo el momento político-filosófico con la vulgaridad cotidiana de los números.
Antes de que se enzarzaran en estéril discusión, o peor aún, de llegar a las manos, tomó el turno de palabra el encargado del medio ambiente. Todos coincidieron:
—Queremos un planeta limpio.
—Perfecto —dijo el moderador—. Entonces prohibimos el plástico, reducimos el consumo y dejamos de comprar cosas que no necesitamos.
Se produjo un silencio absoluto.
—Bueno… —matizó alguien—, tampoco exageremos. La sociedad ideal debe ser cómoda ¿no? Ay, la comodidad: ese derecho humano inalienable que justifica cualquier contradicción.
Más tarde se discutió la educación. Todos querían pensamiento crítico, siempre y cuando el pensamiento crítico confirmara lo que ya pensaban. Porque nada une más que la diversidad de opiniones… idénticas a la nuestra, a ser posible.
—La sociedad que queremos debe ser libre —declaró un influencer al tiempo que retransmitía el evento en riguroso directo—. Libre de censura.
—¿Incluso cuando los haters critican tu canal? —preguntó una voz entre la multitud.
—Eso es odio, no censura —bramo él, con la serenidad de quien ya tiene bloqueado a medio planeta.
Al final, tras la ronda de intervenciones, Don Laureano, el moderador, hizo un resumen:
—Recapitulando… queremos una sociedad solidaria, pero que no nos quite tiempo. Inclusiva, pero selectiva. Sostenible, pero cómoda. Libre, pero de acuerdo con nosotros.
Todos asentimos. Era perfecto, el equilibrio ideal. Tan perfecto que decidimos crear una comisión para estudiarlo durante los próximos treinta años. Agenda 2050 lo llamaron. Porque si algo caracteriza a la sociedad que queremos, es que siempre está a punto de empezar… pero mañana, si eso.
Cada cual volvió a su rutina, convencido de que el verdadero problema era “la sociedad”, esa entidad abstracta que misteriosamente nunca coincide con lo que nosotros tenemos en nuestra cabeza. Y desde entonces así seguimos, soñando con una comunidad casi utópica, donde todos cambian, excepto nosotros.
Pero eso sí: con mucho respeto.
Al final, nos fuimos satisfechos. La sociedad que queremos estaba perfecta.
Intacta.
Porque la dejamos exactamente donde mejor funciona: en la idea. Ya se sabe… hacer, hacer… poco. Pero ideas, que no falten.
Pedro Antonio López Cruz
EVA AVIA
En la actualidad, funeraria.
Curiosa me paseo por la sala para saber quién lo visita y la visión que tengo frente a mí, es mejor que disfrutar con el amiguito que me espera en casa. ¡Él está aquí, abrazando a la que tendría que ser yo! Paso por su lado, pero Diego, no me ve. Soy para él, como aquellas almas que vagan perdidas, aquellas que nadie siente, ni siquiera cuando los están rozando.
Como tampoco ve a todos los que están aquí, supuestamente, acompañando a los familiares en esta etapa final de nuestra existencia. Unos a otros se miran, con las caras típicas de ¿quiénes son esas personas? Y sí, la gran mayoría de los asistentes no se conocen y muchos de ellos hace tiempo que no comparte la vida con el difunto. ¡¿Qué mierda de sociedad es esta?! ¿Esta es la sociedad que queremos? Una en la que realmente somos bienquedas. Pero bueno, a mí de la sociedad sólo me importa su destino final, el único del que no hay vuelta atrás y por el que absolutamente todos pasamos irremediablemente.
Es hora de irme, aquí no hago nada. Verla entre sus brazos hace florecer una parte de mí que prometí hace tres años no volver a mostrar. Me alejo, pues sé que, para él, no soy nadie.
Ese rostro me resulta familiar —pienso, abrazado a Carolina—, viendo alejarse a una mujer que creo haber visto tiempo atrás. No, definitivamente no la conozco, como tampoco conozco a la mayoría de las personas que están aquí. Imagino que serán conocidos del difunto. Carolina está destrozada por la pérdida de su tío, sargento retirado, y es la única que me importa.
Tres años antes.
La tranquilidad que se respira en este pub está siendo interrumpida por una pareja que sería mejor que arreglaran sus asuntos en otro lugar y nos dejaran a los demás disfrutar de la buena música.
¡Ya se van, menos mal! Esta situación no es a la que estoy acostumbrado. Mis padres siempre decían que los problemas se solucionan con diálogo y que siempre en el calor del hogar.
Creo que va siendo hora de que me marche, la chica con la que he quedado a través de Tinder, le ha salido un imprevisto. Carolina, se llama y hablar con ella todos estos meses está siendo muy divertido, creo que me gusta mucho.
—¡Suéltame! —le grita, la chica mientras lo abofetea.
El callejón está bastante oscuro, pero creo reconocerlos, son la pareja que estaba hace unos minutos discutiendo en el pub. Bueno, me puedo ir tranquilo, a ella se la ve una mujer de armas tomar.
La mañana siguiente.
¡No puede ser verdad lo que estoy leyendo!
“Noticia de última hora. Aparece, en extrañas circunstancias, el cadáver de un joven. El cuerpo ha sido hallado en las inmediaciones de un local muy conocido en la capital. Según la información a la que hemos podido acceder, el joven de una trentena de edad, de nacional española, ha fallecido por ingesta de
metanol. Les seguiremos informando.”
¡Joder! ¿¡Pero qué es esto!? Es mucha casualidad. No, no lo creo. De todos modos, que forma más retorcida de asesinar a alguien. Porque a mí que no me digan que esto no lo ha sido. No creo que la gente esté tan loca como para beber algo tan tóxico. Aunque de esta sociedad que estamos creando, ya me puedo esperar cualquier cosa. ¡Ahora que lo pienso! Esto da para un guion
de película, mañana se lo comento a padre y al equipo.
¡Dios, se me olvidaba! Mañana es la inauguración del estudio. Padre está emocionado con el nuevo proyecto, el sueño de su vida y yo, con Carolina. Voy a preguntarle como ha ido todo.
Continuará…
Besos, la Incondicional.
ANGY DEL TORO
CRÓNICA DE UNA TESIS O DE UN DESASTRE: ¿TEATRO O REBELDÍA?
Por: Lic. Don Juan de los Palotes (Crítico de Artes Escénicas).
“Anoche, el Aula Magna fue testigo de un evento que difícilmente podrá ser calificado como una defensa de grado tradicional. Julián, el ahora supuestamente teatrólogo, presentó su tesis de grado:
«Ensayo Horizonte».
Lo que empezó como una investigación sobre: utopía social terminó siendo un acto de introspección familiar.
Entre el público, los allegados del ponente ofrecían un espectáculo paralelo:
un abuelo indignado por la mención de sus «cuarteles», una tía que murmuraba mantras para limpiar el aura de aquel recinto y unos hermanos que no despegaban la vista de las pantallas de sus celulares.
Y como colofón, el candidato decidió, literalmente, borrar su examen del suelo.
Julián no entregó respuestas; sino, una mancha de tiza en el pantalón y un silencio sepulcral en el jurado.
¿Es esta la nueva vanguardia o simplemente un estudiante que se quedó sin conclusiones?
Sea como sea, el horizonte de la facultad hoy se ve un poco más borroso, y quizás, solo quizás, más honesto.
La Noche del Estreno de la Tesis. (Flashback).
Julián, mientras sostenía el periódico, cerraba los ojos.
El ruido del entorno se desvanecía y regresaba al foco cenital…
El momento cumbre de mi vida estudiantil había llegado. Defendía mi Tesis de grado en el Aula Magna.
El teatro: las luces de la sala se apagaban y un foco cenital. Esa luz blanca, cruda, casi clínica caía sobre mí.
Estaba solo, en el centro de un escenario vacío, a excepción de esa línea de tiza blanca que atravesaba el suelo de extremo a extremo: el horizonte.
Llevaba mi libreta en la mano, no la ignoraba; la apretaba como un escudo.
Sabía que mi familia estaba ahí, en la penumbra. ¡Oh, señor mío, los protagonistas del caos!
«Señores del jurado… mi tesis ha fracasado», dije, justo en ese momento sentí el escalofrío de los presentes.
Caminé sobre la línea buscando un equilibrio que no existía. Les hablé de mi abuelo y su cuartel silencioso, de mi padre y su reloj de oro, de la tía Juliana y su verborrea metafísica. De mis hermanos y su ritmo de reguetón, que para ellos era más real que cualquier teoría de Estado.
Todos me vendían el paraíso, pero nadie mencionaba el derecho a ser torpe, a equivocarse, o a tener hambre.
Me detuve un momento. Buscaba sus rostros en la oscuridad.
La sociedad perfecta es una puesta en escena sin actores, sentencié.
Entonces, recordé a la mujer de la limpieza. Su voz fue mi única brújula:
¿Qué vas a hacer después, sentarte a esperar la muerte?
En ese instante, dejé de ser el estudiante ejemplar.
Doblé las rodillas, me agaché y, con la palma de la mano, borré un tramo de esa línea perfecta. El polvo de la tiza se me pegó a la piel.
Galeano tenía razón, concluí con la voz más firme que nunca. «La perfección es solo una herramienta de navegación. El horizonte no está allá adelante. El horizonte es el impulso de mis piernas».
Cerré la libreta. Caminé hacia la oscuridad del fondo. Al dar el último paso, sentí que por fin, después de años de estudio, empezaba realmente a caminar.
LUCINDA QUART
CAMP BYERS
Hay una colonia de pingüinos barbijo solazándose al sol sobre la playa de guijarros grises y pulidos. Hay bloques de hielo deslizándose con elegancia y negligencia sobre las aguas azules de South Bay. Hay un silencio tan grande,tan poderoso, tan antinatural, que Él tiene la extravagante sensación de que el silencio es sonoro. Debió de existir un tiempo, ahora remoto, en que el mundo se parecía mucho a esta vasta inmensidad: sin hormigones ni luces brillantes; sin prisas ni atropellos; sin el caótico fragor del ruido y las Furias. Sin hombres.
Quizá en algún lugar, un mono se erguía por primera vez sobre las patas traseras, pero eran tan insignificantes el hecho y el mono, que nada ni nadie lo advirtió. La tierra se debatía en telúricos esfuerzos por romperse, dividirse, levantarse o emerger, y el mono sólo era una circunstancia afortunada librando su propia batalla por ponerse en pie, mirar al cielo, blandir un palo con aquel apéndice prodigioso que resultó ser el pulgar oponible. Fue en ese momento, cuando el mono descubrió lo que era capaz de conseguir blandiendo un palo, (fuego, comida, la cueva o la mujer de otro mono), que el mundo cambió. El mono afortunado se convirtió en un hombre. Y el hombre dominó la tierra.
Aquí y ahora, Él, heredero y descendiente de aquel mono con un palo, se contempla a sí mismo sujetando un piolet en la mano derecha y un cubo de aluminio en la siniestra. Afianzados los pies sobre la virginidad sin mácula de la isla Livingston, cubierta de un hielo que tiene más de diez mil años, se dice que la deriva de la humanidad ha sido larga, mientras el cubo metálico reverbera suavemente bajo el sol del verano austral. Pero aquí está, en un lugar sin jurisdicción ni bandera; sin dueños ni lindes; sin ruido y sin Furias, consumando el viejo sueño del hombre de gobernarse a sí mismo. En Camp Byers nada permanece: ni los detritos, ni los fluidos corporales, ni las edificaciones. Las tiendas se desmontan al terminar el trabajo. Las huellas de sus pasos en la nieve desaparecen borradas por el viento. La orina y las heces se recogen en ese cubo metálico que te acompaña a todas partes hasta el momento exacto de regresar a la base. Aquí cada uno es responsable de su propia mierda. Nadie la esparce, nadie la entierra, nadie la arroja sobre las aguas cristalinas, los pingüinos distantes o el hielo milenario. Cada miembro de cada equipo, mantiene Camp Byers virgen y limpio para los que vendrán después.
La sociedad que Él querría es esa en la que cada uno se haga responsable único de su propia mierda y no se dedique a esparcirla sin pudor y sin complejos en redes sociales, programas de televisión, congresos de diputados, periódicos, tertulias y campañas electorales.
Un mundo imperfecto.
Sin ruido y sin Furias.
YOMALCKRY OSORIO
Actualmente pareciera que vivieramos en un mundo totalmente distópico o « no lugar«.
da la impresión de que
lo bueno es malo y lo malo es bueno asi va pintando la cosa.
Todo es una inmensa locura , se siente como si no habrá un final .
Antes que despunte el sol mil noticias corren velozmente por toda la bolita del mundo y no precisamente buenas noticias
Excepto por el dia 3 de enero hubo un madrugonazo y de un jalón se llevaron a maduro y su flamante combatiente ( según ella ) , no se donde ella ha combatido algo . los dos están de visita en una carcél federal .
Guerras ( nación contra nación ) asi dice la biblia no lo digo yo.
Tormentas
Tsunamis
Huracanes
Niños desnutridos aún tienen fuerzas para medio caminar.
Hambre en la franga de gaza, todavia en África .
Analfabetismo en este siglo es totalmente increible y con tanta tecnologia que es mal usada.
Mujeres sometidas desmedidamente a la fuerza machista y eso que ya no estamos en los tiempos de nuestras abuelas .
Niñas obligadas a casarse a temprana edad , según tradiciones de un pais que queda por ahi.
Feminicidios
Homicidios
Represiones
Desapariciones forzadas
Secuestros
Manipulación de la verdad.
Vigilancia extrema
Usar el miedo como medio de control de las masas ( población ).
Un extenso repertorio que a primera vista asusta y hasta se pierde la capacidad de asombrarse.
Hacia donde vamos ? o mejor dicho en que mundo estamos ? .
Todo se ha vuelto una absoluta locura
Desde cantantes que no cantan el ejemplo más palpable el que se dice llamar Bad Bunny , sus letras aniquilaron la poesia , la estetica y la belleza de las letras , el mundo patas arriba ! asi se dice en venezuela.
O tal vez será producto de mi percepción ? o quizás algo debo cambiar ? para que se vea rflejado
Sé y estoy segura de que todos queremos que el mundo fuese un lugar mucho mejor en donde seguir habitando hasta que nos toque mudarnos hacia el otro plano
Tal vez allá seria mejor que aqui !
Entonces puedo reflexionar sinceramente
si hay algo que cambiar «debo empezar por mi misma «
quizás en algo llegue a mejorar
y desde mi ser empezar a construir .
« La Sociedad que todos queremos «
Brasil : 15-02-2026
L’IDIOT
¿La sociedad que queremos?
La noche era espesa, pegajosa, sin una brisa que refrescara el ambiente. Habían quitado la corriente, aunque ya era tan común que lo mejor era contar el tiempo en que la ponían y no en que la quitaban. El ventilador había agotado la batería; Inmóvil en el rincón de la habitación parecía burlarse de él. El calor se le metía en la piel como comején a la madera, dañando por dentro . No podía dormir.
Tenía la sensación de que alguien lo observaba. No sabía quién ni desde dónde. Tal vez desde la ventana de enfrente, tal vez desde el pasillo, tal vez desde ningún sitio concreto. Pero la sensación estaba ahí desde niño.
—Nosotros lo sabemos todo.
Le dijo el capitán de la seguridad del estado la vez que le acusaron de receptación por haber comprado carne de res en el mercado negro.
—Yo solo quería comer.
Repetía y repetía al borde del llanto.
Se levantó empapado en sudor. Abrió la puerta del apartamento con cuidado, como si el ruido pudiera delatarlo ante un enemigo invisible, y bajó las escaleras. En la calle, el aire era igual de caliente, pero al menos se movía un poco.
Se sentó en el banco bajo la farola apagada que estaba justo enfrente de la entrada, como atalaya para alguien que quisiera vigilar a los ocupantes del edificio . Encendió un cigarro..
Una pareja de jóvenes dobló la esquina con paso rápido. Reían en voz baja. Se detuvieron frente a la entrada del edificio donde él vivía. Miraron a ambos lados. Él sintió un vuelco en el estómago. Los muchachos se metieron en el portal y, al cabo de unos minutos, salieron con la misma prisa. En la mano de uno de ellos distinguió algo que parecía un pote de pintura y una brocha.
La curiosidad pudo más que el miedo. Aplastó el cigarro contra el banco y caminó hacia el edificio. Cada paso le parecía un ruido exagerado. El portal estaba en sombras. Subió los dos primeros escalones y entonces lo vio.
En la pared, recién pintada, una frase chorreaba aún, roja y torpe, como una herida abierta. No necesitó leerla completa para entenderla. No era un simple grafiti. Era una consigna. Una acusación. Una grieta. “Díaz Canel singao”
Sintió que le faltaba el aire. El sudor se le volvió frío. Empezó a temblar como si tuviera fiebre. Miró hacia la calle, esperando ver a los jóvenes observándolo desde algún rincón. No había nadie. Pero la sensación de vigilancia regresó con más fuerza que nunca.
Subió las escaleras casi corriendo y tocó la puerta del responsable de vigilancia del CDR. Nadie respondió al principio. Golpeó con más fuerza. Luego fue a buscar al presidente del comité. Tartamudeó mientras explicaba lo que había visto. Sentía que cada palabra lo alejaba de algo.
Al poco rato, la escena estaba llena de gente. Vecinos en chancletas, mujeres con batas, hombres con el torso desnudo. Murmullos, linternas, miradas duras. Entre ellos destacaba un hombre negro, alto, con rostro severo y cuerpo de policía aunque no llevaba uniforme. Tenía esa manera de pararse que imponía silencio.
—Hay que llamar a la policía —dijo con voz firme—. Esto es obra de contrarrevolucionarios que trabajan para el enemigo.
Las palabras “enemigo” y “contrarrevolucionarios” amenazaban caer sobre los presentes . Algunos asintieron. Otros callaron.
Él miró la frase roja en la pared y sintió un escalofrío. Pensó en los jóvenes, en el pote de pintura, en su propio temblor. Y, sobre todo, en su impulso inmediato de señalar, de avisar, de protegerse.
“En esta sociedad todos somos vigilantes y vigilados”, se dijo.
Miró al hombre que había sugerido llamar a la policía. ¿De dónde salían tantos chivatos?, se preguntó. ¿De qué cantera infinita brotaban?
Y la respuesta le llegó sin esfuerzo, más clara que la pintura fresca sobre el muro: del miedo. De hombres cobardes como él, que prefieren señalar antes que ser señalados.
Sintió entonces que el calor no venía del apagón ni del verano. Venía de esa vergüenza que ardía por dentro y que, a diferencia de la electricidad, nunca se iba.
MARIANA DI PASCUA
El borracho.
El borracho sirve su buen trato en la noche ebria que a los otros deja salvo.
A veces el niño corre y le acerca el vaso con hielo, son las ocho de la noche frena, el ascensor y empuja la puerta.
Se sienta en su mágica computadora, busca el vaso y se sirve. La casa afloja la espalda y los ojos de los niños vuelven a su orbita.
El borracho fue de caza al supermercado como todos los días, es muy difícil que le de por corretear a su amada con insultos que se unen a llantos de niños. Ella dice que por años el vivió muchos traumas pero ahora los traumas los tienen los otros.
El borracho ya no importa, los otros se van, dejando todo y con traumas extras.
Viven en paz y con poco. El los asusta aunque ella trate de tapar. La sociedad que queremos incluye a los buenos y a los malos, a los más o menos los desesperados se adaptan buscando un poco de felicidad.
Por suerte el borracho encuentra a otra mujer.
Su sangre elige el etílico para su eternidad.
Sus hijos los días que viajan a verlo se alegran diciendo que un poco pesado se pone si, «pero menos».
Mamá me dijo mi hijo de adolescente, vos viaja conmigo cuando me quede con él , soy feliz recitando y tocando la guitarra con papá pero quedate cerca igual por si alguna noche tengo que disparar como antes. Antes el monstruo regresaba con la segunda botella de whisky.
El adolescente siempre fue motivado a querer a su padre, por la antigua frase :»padre es padre». Ella buscó las posibles adaptaciones para que el sea querido hasta que los hijos se rebelaron. Dejaron de aguantar charlas casi diarias, por el celular sabían sentir el olor de etilicos infiernos pasados. Ella aprendió de ellos y diez años después volvieron los amigos que escribían poesía antes de amarse. Quizo creer que la eternidad etílica que solo el sufre o disfruta, a los otros ya no los carga con ese ser que duele y a veces esconden . Algunas veces….
Nos quedamos con las poesías y las canciones. Así quieren a papá porque ahora todo es menos, todo es un rato y se puede disparar. Lo metimos dentro de la sociedad que queremos.
FRAN KMIL
La sociedad que queremos.
La sociedad feliz que creía haber ayudado a construir se desmoronaba ante sus ojos. No a causa del enemigo, ese animal feroz que habitaba a tan solo noventa millas de la costa norte del país y al que durante décadas le enseñaron a odiar. No por minorías egoístas que solo buscaban su propio bienestar sin importarles el bien común; no por “gusanos”, ni “escorias” vende patria, ni jóvenes seducidos por cantos de sirena. No.
Se desmoronaba desde adentro. Y lo peor era que comenzaba a sospechar que siempre había estado agrietada.
Él había creído. Había repetido consignas, marchado bajo el sol, defendido discusiones familiares, denunciado dudas ajenas. Había cedido libertades convencido de que el sacrificio personal era el cimiento de una justicia mayor. Cuando alguien cuestionaba, él respondía con fe. Cuando faltaba algo, hablaba de resistencia. Cuando el futuro se aplazaba, pedía paciencia.
Pero la paciencia no llenó los estantes vacíos. La fe no sostuvo los techos que se caían. Y la resistencia no evitó que sus propios hijos hicieran maletas en silencio.
A ellos los educó en el amor a su revolución. Les habló de dignidad, de soberanía, de la patria sitiada pero invencible. Les enseñó que quedarse era un acto de valentía. Y, sin embargo, un día se fueron. Sin discursos. Sin consignas. Sin odio siquiera. Solo se fueron.
Y en tan corto tiempo lograron más que él en toda una vida. Mejores resultados. Mejores salarios. Mejores oportunidades. Lo que a él le prometieron siempre como meta colectiva, ellos lo alcanzaron como decisión individual.
Eso fue lo que comenzó a romperlo.
No podía odiarlos. Tampoco podía admitir, sin traicionarse, que tal vez tenían razón. Cada logro de ellos era una alegría atravesada por una punzada de fracaso. Cada llamada desde el extranjero era un espejo incómodo. Se alegraba de oírlos prosperar, pero al colgar el teléfono sentía que algo dentro de él se erosionaba.
Si la revolución era el camino correcto, ¿por qué el éxito estaba en otra parte?
Si el sacrificio había sido necesario, ¿por qué sus hijos no necesitaron sacrificar lo mismo para vivir mejor?
Si había defendido la verdad, ¿por qué ahora la duda le parecía más honesta que la consigna?
Recordó las palabras de su padre, citando a José Martí: “con todos y para el bien de todos”. Durante años creyó que ese ideal justificaba cualquier renuncia. Ahora se preguntaba, en silencio, si “todos” incluía realmente a sus hijos… o si el bien prometido siempre había estado un paso más adelante, inalcanzable.
Y por primera vez en su vida, lo que más le dolía no era el enemigo externo. Era la sospecha de que tal vez había entregado su libertad —y parte de la de sus hijos— a una esperanza que nunca terminó de cumplirse.
ALFREDO LOZANO
Fecha 11/04/2226
La cápsula apareció un martes sin viento.
No cayó del cielo ni surgió de la tierra. Simplemente estaba allí, en el centro de la plaza, donde hasta el día anterior se encontraba la estatua de un general que nadie recordaba. Era un cilindro metálico, sin emblemas visibles, salvo una pequeña inscripción grabada en la base. Fecha 11/04/2226.
La multitud se reunió con la emoción con la que antes se inauguraban centros comerciales. Los técnicos del gobierno acordonaron la zona. Las redes se saturaron con teorías. En menos de una hora, los expertos discutían si se trataba de una broma viral o de una amenaza real.
La abrieron en riguroso directo. Todo el mundo contuvo la respiración por unos segundos. Dentro no había armas, ni tecnología imposible, ni dispositivos flotantes. Solo un sobre y una carta con instrucciones claras para el futuro. El mensaje del sobre estaba escrito a mano.
“Si están leyendo esto, todavía están a tiempo.” La carta explicaba que la humanidad del año 2226 no había inventado ningún milagro. No había erradicado la muerte ni colonizado galaxias. Lo que habían conseguido era más simple y, por eso mismo, más complicado. Habían cambiado sus reglas básicas de convivencia.
El documento adjunto no contenía fórmulas científicas ni planos de máquinas revolucionarias. Tan sólo contenía 5 instrucciones:
1. Escuchar el doble de tiempo que se habla en cualquier reunión pública.
2. No aprobar ninguna ley que no pueda explicarse en menos de tres minutos a un niño de diez años.
3. Plantar más de lo que se tala.
4. Compartir más de lo que se acumula.
5. No permitir que nadie tenga tanto poder que pueda ignorar el punto uno.
Eso era todo. El silencio posterior fue más desconcertante que cualquier profecía apocalíptica. Al principio los comentaristas políticos se rieron. “Simplismo moral”, dijeron. Los economistas argumentaron que el punto cuatro destruiría los incentivos. Los grandes empresarios hablaron de ingenuidad. Un famoso historiador comparó la lista con utopías fallidas como las descritas en Utopía por Tomás Moro.
A pesar de ello, empezaron a darse pequeños cambios en la sociedad. Una escuela pública decidió aplicar el primer punto en su consejo escolar. Padres y profesores debían escuchar el doble de lo que hablaban. La reunión, que siempre terminaba en gritos, se extendió durante horas. Fue incómoda. Hubo silencios largos. Pero por primera vez nadie se marchó dando un portazo.
Un pequeño municipio adoptó el tercer punto. Suspendió un proyecto urbanístico y destinó el presupuesto a reforestar colinas erosionadas. No fue rentable en el siguiente trimestre, pero durante el verano se dieron menos incendios.
En un barrio obrero, un grupo de vecinos tomó el cuarto punto como experimento e intercambiaron servicios, herramientas, tiempo. Descubrieron que muchos tenían objetos olvidados que otros necesitaban con urgencia.
Nada de aquello era espectacular. No había drones sembrando bosques ni monedas digitales universales. Solo decisiones pequeñas, replicadas.
El gobierno central intentó apropiarse de la narrativa. Anunció una Comisión de Implementación 2226. Redactaron documentos extensos, llenos de excepciones y cláusulas. Las ideas de la cápsula, mientras tanto, se replicaban. La carta se copiaba sola en servidores públicos y privados. El mensaje era imposible de censurar.
Pero el conflicto real no estaba en los parlamentos. Estaba en las casas. En una de ellas, Clara sostenía la lista impresa en la puerta de su nevera. Ejercía de abogada en su propio bufet. Sabía exactamente cuánto acumulaba. Sabía cuántas veces hablaba sin escuchar. Sabía que muchas leyes que defendía no resistirían la prueba de los tres minutos ante su hijo. Una noche, durante la cena, decidió probar a explicarle su trabajo a Lucas, su hijo pequeño Clara empezó con términos técnicos, precedentes, jurisprudencia.
—No entiendo nada.
Ella probó de nuevo. Simplificó. Quitó adornos. Descubrió que, al hacerlo, su trabajo sonaba distinto, menos heroico, más ambiguo. Al día siguiente en su trabajo pidió que antes de aceptar un nuevo cliente, evaluaran si el caso se podía explicar a un niño sin sentir vergüenza. Sus colegas la miraron como si hubiera perdido la razón. Tal vez la había perdido. O tal vez la había recuperado.
Las semanas se convirtieron en meses. No todo funcionó. Hubo empresas que quebraron. Políticos que encontraron algún resquicio entre las reglas. Personas que fingían escuchar mientras calculaban beneficios. Pero algo había cambiado, aquella lista era demasiado simple para manipularla sin que se notara.
Un año después, nadie hablaba ya de la cápsula como algo extraño. El tema principal eran los cinco puntos. Algunos los seguían. Otros los criticaban. Sin embargo, cada debate debía comenzar escuchando el doble de lo que se hablaba. Y eso lo transformaba todo.
En la plaza donde apareció la cápsula, la estatua del general no regresó. En su lugar, se plantó un árbol. No era un símbolo grandioso. No conmemoraba una batalla ni una victoria. Solo crecía. Y cada año daba más sombra de la que necesitaba para sí mismo.
CONCHA CARIAS
El cáncer de mi madre apareció aquel verano de 2007. “Dos años”, dijeron.
Nos mudamos para cuidarla cuando a mi hijo le quedaban tres meses para terminar infantil.
Nos costó encontrar colegio a esas alturas de curso. Por fín, en uno privado/concertado, en el que había plaza nos advirtieron:
—Su hijo viene de un colegio público de un pueblo de León, tenemos que hacerle pruebas.
Con cinco años le someterían a pruebas de escritura, lectura, matemáticas… Acepté. Recordaba a su profesora de Ponferrada y a aquella clase donde niños que no hablaban español con tres años acababan leyendo cuentos en voz alta.
Mi hijo hizo la prueba. Nadie nos dio explicaciones. Solo una llamada: podía incorporarse el lunes.
En junio llegó la entrega de birretes. Aún me sentía “la madre del nuevo”. Lo vi en el escenario, pequeño junto al púlpito. Dijeron su nombre. Subió. Su profesora le colocó el micrófono, un folio y entonces él leyó, claro, seguro, sin trabarse.
Escuché un susurro detrás de mí:
—¿No era éste el que llegó en marzo?
Aparté el dolor que me pesaba por la reciente muerte de mi madre, y, aunque sentí orgullo por mi hijo, fue más grande el respeto por aquella profesora de provincias que le había enseñado.
Después llegó primaria.
—Mamá, hoy nadie se ha levantado cuando ha entrado el profe.
—¿Y tú?
—Yo sí. Pero se ríen.
En los primeros días de curso un día apareció con la insignia del uniforme medio arrancada, “ha sido jugando”. Otro día con el labio hinchado “me caí”.
En el grupo de padres se hablaba más de décimas que de educación. En la primera reunión de inauguración del curso con el educador, un padre dijo:
—Si usted no sabe hacerse respetar, no es nuestro problema.
Y yo, con todo el convencimiento del mundo pensé: sí lo es.
La sociedad no se rompe de golpe. Se desgasta cuando desautorizamos al profesor delante de nuestros hijos. Cuando justificamos la burla. Cuando callamos para que no nos llamen raros.
Una mañana, camino al colegio, hablando de sus compañeros, del curso le dije a mi hijo:
—Cariño, no tienes que ser el más “way” de la clase, solo haz lo que sabes que está bien.
El lunes se levantó cuando entró el profesor, él solo, el martes también, pero el miércoles, su compañero de mesa se levantó con él, y así poco a poco la cuadrilla que le acompañó hasta finalizar bachiller.
No cambiaron el colegio, no cambiaron la clase, pero dejaron de avergonzarse por hacer lo que creían correcto.
Yo también cambié. Me alejé de las constantes críticas de los padres a los profesores, dejé de medirlo por las notas, y empecé a cuidar el ejemplo.
La sociedad que queremos no empieza en las leyes, creo que empieza cuando un niño decide levantarse, aunque se rían, y cuando sus padres deciden no sentarse cómodos mientras tanto.
FIN
ALEXANDRA FERNÁNDEZ
En la sociedad que quiero, el aire de la mañana huele a pan recién horneado y a la frescura de los árboles que bordean cada avenida, sin el rastro metálico del humo de los autos.
El silencio del respeto en las calles; el sonido de niños jugando en parques seguros; el diálogo que reemplaza al grito.
Ciudades verdes donde la naturaleza no es un lujo, sino parte del hogar. Arquitectura que abraza, no que excluye.
Entender que nuestro planeta es único e irremplazable.
Ciudades donde los animales sean respetados y no domesticados con excentricidades humanas.
Comunidades donde un apretón de manos se convierte en un convenio honesto y responsable.
Comunidades que sostienen con cariño y compromiso a los ancianos y a los niños.
Escuelas que desde niños enseñan a gestionar las emociones humanas.
Familias que inculquen principios y valores, siendo modelos a seguir. Donde la mujer representa y ejerce su papel primordial en una sociedad muchas veces castradora.
Algunos hijos de estas familias son abandonados en las redes sociales del mundo digital . Una tela de araña cada vez más grande y peligrosa que atrapa a adolescentes incautos.
Toda gran sociedad empieza con un gesto pequeño, pulcro y transparente. Este ideal se debe multiplicar por millones. Para así convertirnos en piezas de un engranaje para construir una mejor sociedad.
Los valores se han esfumado. La sociedad actual muchas veces calla o ríe ante la corrupción de nuestros políticos . Es deber de acabar con esa sociedad cómplice.
Donde el abuso de poder sea reemplazado por la eficiencia de los gobiernos verdaderamente democráticos y responsables para con un pueblo protagonista de su destino.
Pudiéramos seguir escribiendo múltiples elementos y variables que logren conformar un mundo ideal, una sociedad florida, progresista y con espíritus evolucionados. Pero la realidad es otra, impera la ignorancia, el monstruo que carcome los cimientos actuales de barro.
Para tener la sociedad que queremos hace falta reemplazar las bases actuales del gran espejismo.
Alexandra Fernandez B.
ANTONIO JOSÉ ROMERO GÓMEZ
«Aquel invierno de 1808 no fue uno cualquiera. Mientras el país seguía a lo suyo, por el norte entraban tropas francesas con sonrisa diplomática y fusil cargado. Venían, supuestamente de paso. Un simple trámite para atacar Portugal. Eso decía el acuerdo firmado entre aristócratas.
Pero el “de paso” empezó a sonar raro cuando se quedaron en Pamplona. Y luego en Barcelona. Y después en más ciudades estratégicas. No hubo grandes cañonazos al principio, solo movimientos silenciosos y banderas francesas ondeando donde antes no estaban.
Detrás de todo estaba Napoleón Bonaparte, jugando su partida. No necesitaba disparar todavía. España estaba dividida, la monarquía debilitada y el ejército francés bien colocado.
La tensión fue subiendo como una olla a presión. Hasta que el 2 de mayo en Madrid la cosa explotó.
No fue una batalla ordenada, ni un choque entre ejércitos formados. Fue el pueblo. Como siempre, poniendo la cara y la carne al servicio del orgullo. Gente corriente contra soldados profesionales. Cuchillos, navajas, herramientas de campo y artesania, lo que hubiera a mano. En la Puerta del Sol, en el Palacio Real, en cada rincón donde hubiera un francés.
Los mamelucos cargaban a caballo. Los españoles respondían sin miedo. Era rabia pura contra la ocupación. Sabían que estaban en desventaja, pero también que ya no había vuelta atrás.
La represión fue brutal al día siguiente. Fusilamientos. Sangre. Silencio forzado.
Pero algo cambió para siempre. Lo que había empezado como una ocupación casi sin ruido se convirtió en una guerra abierta. Y España dejó de ser una pieza en el tablero para convertirse en un enemigo dispuesto a resistir. A morir. «
Este relato lo escribo en conmemoración de tal día como hoy, un diecisiete de febrero de 1808. Cuando intetaron arrebatarnos nuestra sangre, cultura y tradición. Corren tiempos similares, burócratas vendiendo nuestra identidad por sus asquerosos interés! De no ser por ese pueblo herido que se alzó un dos de Mayo, hoy no podriamos ser libres, opinar, vestir como nos de la gana, con mayor o menor tino o comer cerdo. Siempre defenderé un pueblo que lucha por su cultura e identidad en su propia casa.
Viva España, pero sobre todo,
viva el pueblo español!
Antonio José Romero
MAITE BILBAO
EL RASERO
Hace veinte años, el Maestro se detuvo ante mi banco. Sus dedos, manchados de grafito, temblaron sobre la madera. Él conocía el final: la Ley del Rasero. Cada dos décadas, el mundo vuelve a ser un folio en blanco para que nadie destaque, para que nadie sufra la sombra del otro. El mérito es un delito; la igualdad exige el olvido. Yo voté a favor. Quería que su talento dejara de ser el espejo de mi torpeza. Quería que todos fuéramos, por fin, insignificantes.
Hoy, aquel deseo me sabe a piedra.
Lucía, mi hija, desayuna frente a mí. Ella es la primera generación pura, un ser diseñado para la armonía del vacío. Mañana entra en la Factoría; su perfil de unidad se activa y el mío se extingue. Antes del silencio, bajé al sótano y encendí un fuego ilegal.
—Siéntate —le pido. Es un ruego que ella ignora cómo descifrar.
Le sirvo un caldo de raíces y tierra. Quema. Ella mira el líquido denso con una mezcla de asco y curiosidad. En su mundo, la comida es un código de barras, una ingesta eficiente; aquí hay una sustancia brava que empaña sus cejas perfectas.
—Mete los dedos —le digo. Mi voz suena extraña en esta cocina sin ruido—. Siente el calor. Es lo que somos por dentro.
Ella obedece con recelo. El olor a tierra húmeda le abre los pulmones. Saco el plato principal: grano tostado, carne, aceite denso. Huele a leña y a la vida que se nos escapa entre los dedos.
—Muerde, Lucía.
Desgarra la fibra con los dientes. Masticar le exige un esfuerzo muscular inédito. El sabor crece, violento y dulce a la vez, pero sus ojos permanecen planos. Procesa el estímulo como una intrusión en su sistema.
—Sobra materia, mamá.
Esa frase me devuelve el aire, pero frío. Es el hambre de nosotros, el que ya no saben medir, convertido ahora en un residuo de cálculo. Terminamos con la médula fría y la sal negra. El sabor del riesgo, un calambre de yodo que subraya nuestra distancia.
Caminamos hacia la Factoría bajo un cielo aséptico. En la puerta, el supervisor nos marca con un pitido. Mi tiempo se agota. Saco el calibrador de latón del bolsillo y se lo tiendo. Mis dedos, callosos y sucios, rozan los suyos, suaves, ajenos a cualquier contacto real.
—Tómalo. Pesa —le pido. Siento que le entrego mi propia columna vertebral—. Guárdalo para recordar quién eres fuera de la unidad.
Lucía coge el objeto. Me mira y, por un instante, aparece una grieta: el rastro de la niña que una vez preguntó por qué la harina flotaba en la luz. El supervisor carraspea. Lucía parpadea y la grieta se sella. Deja el calibrador en la bandeja de reciclaje. El metal golpea el plástico con un ruido seco.
—Pita en el escáner, mamá. Está prohibido entrar con restos.
Se limpia el rastro de aceite de los labios. Entra. El portón neumático corta el aire entre las dos.
Camino hacia casa con las manos manchadas de carbón. Intento evocar el crujido de la costra, la resistencia del grano, pero el sistema ya me amputa la memoria. El hambre empieza a ser una palabra vacía.
Me detengo en la esquina. Miro mis uñas. Queda una costra oscura bajo la piel, incapaz de decidir si es el rastro del pan de mi hija o simple suciedad…
Clic.
CARMEN BERJANO
La sociedad que queremos, o que, al menos, yo querría:
Ecologista, feminista, anticapitalista, antifascista, antimilitarista, energéticamente sostenible, centrada en los cuidados, donde la educación y la sanidad sean prioritarias y no un negocio. Donde la cultura y el arte se valoren de verdad. Una sociedad justa, digna, respetuosa y espiritual. Amable y empática. Divertida sin alienarte ni anularte.
La sociedad que tenemos:
Capitalismo atroz. Competitividad. Desigualdad. Guerras. Hambre. Desprecio por el pobre y desvalido. Derrochadora o extremadamente pobre. Energéticamente insostenible. Indigna. Dura. Sin acceso a lo básico para la mayoría: comida, vivienda, sanidad y educación. Pero muy religiosa.
La sociedad que quiere una persona con diversidad funcional:
Sólo quieren una sociedad donde se les respete (con todo lo que ello conlleva).
IRMA UTRILLA
Somos la sociedad que señala con el dedo pero esconde la mano.
La que escribe mensajes de apoyo mientras disfruta en silencio la caída ajena.
La que exige respeto pero olvida practicarlo en casa.
Somos generaciones conectadas y corazones cada vez más aislados.
Eso sí, sabemos de los filtros perfectos, pero no sabemos sostener miradas sinceras.
Hablamos de empatía como si fuera tendencia, de justicia como si fuera consigna, de amor, como si fuera una frase bonita para una biografía digital.
Y, sin embargo… también somos la señora que comparte lo poco que tiene, el joven que levanta la voz aunque tiemble de miedo, la amiga que se queda cuando todos se van.
Somos contradicción. ruido, prisa.. Pero también somos semilla.
Nos quejamos de la violencia, mientras normalizamos palabras que hieren. Nos duele la corrupción, pero justificamos pequeñas deshonestidades.
Queremos cambios gigantes sin asumir responsabilidades pequeñas.
La sociedad que somos no está hecha solo de gobiernos, ni de leyes, ni mucho menos de discursos.
Está hecha de ti, de mí, de lo que elegimos hacer cuando nadie nos ve.
Porque el verdadero reflejo social, no está en las noticias, está en nuestra conciencia.
Y quizás el día que entendamos que cada gesto cuenta, que cada palabra construye o destruye, que cada silencio también es postura…
y tal vez ese día dejaremos de preguntarnos, qué sociedad tenemos y empecemos a ser la sociedad que necesitamos.
UKUKU ALEX
Sociedad de zorros.
Joseph por fin se detuvo. Pensaba que había llegado al punto en que seguir caminando ya no servía. No se equivocaba: el sol descendía y el frío le lamía el rostro, enrojeciéndolo aún más.
Se frotó las manos y exhaló vapor por los labios.
—Maldita sea la hora —suspiró; su voz tembló—. Pensar que viajar a una puta montaña en los Andes me pareció buena idea.
Buscó en la mochila: una botella de agua y la bolsa de tostadas que había venido racionando con obsesión. Tres. Le quedaban tres: una hoy, dos mañana… y luego… No pensaba rendirse.
Un silbido cortó el silencio. Volteó ansioso, pero solo vio grava y algo de hielo caer. Aun así, eso pareció alentarlo a continuar. «No te rindas, todavía no», se repetía con cada paso. Detenerse sería un suicidio.
Por fortuna, divisó lo que creyó la guarida de un zorro andino. Pero no fue eso lo que lo puso ansioso: una roca enorme, tallada como un regazo en forma de “C”, se alzaba contra el viento dándole la espalda al frío.
—Estoy salvado —pensó—. Por fin un maldito lugar donde pasar la noche.
Se acercó a ella con una certeza inexplicable: hoy no sería su último día. Se mareó: apenas había comido. Pero ahora podía descansar. Hizo un colchón con los musgos más secos que encontró, se sentó y miró la bolsa de tostadas.
Una antes de dormir, pensó, relamiéndose los labios agrietados.
Entonces algo llamó su atención.
—Hola, compadre. Hoy seremos vecinos. ¿Andas perdido?
Joseph no respondió de inmediato. Lo que ocurría le parecía prueba del grave estado en que se encontraba.
—¿Me hablas a mí? —preguntó finalmente.
—Pues claro, ¿a quién más? —respondió la voz.
—Pero… eres un zorro.
—¿Y? Tengo hocico, ¿no? ¿Acaso tú no?
El zorro se sentó, mirando al imponente nevado. Luego observó los dedos de Joseph, que sostenían la tostada.
—¿Tienes dos, cierto? Deberías dejar una para el viejo. Mira que te encontró un buen lugar para descansar.
Joseph torció una sonrisa. «¿Qué clase de alucinación es esta?», se dijo.
—Yo no creo en esas cosas —respondió en voz alta—. Lo escuché del guía: el cerro que habla, tonterías. Lo mismo que brujos, chamanes… Dime tú, que eres un zorro parlanchín: ¿has visto a ese viejo?
—No. Pero sé que está ahí.
—¿Y cómo sabes que existe, entonces?
—Porque mi madre me lo contaba en la madriguera cuando era pequeño.
—O sea, ¿solo porque alguien te lo contó?
—Pero ustedes no hacen lo mismo —el zorro inclinó la cabeza—. ¿No creen en algo solo porque se lo contaron de niños?
—Es diferente, zorro. Una cosa es la realidad y otra las fábulas para niños.
—¿Qué es la realidad? —preguntó el zorro—. Para mí existen muchas realidades.
Joseph suspiró. El frío le calaba los huesos y el sueño le pesaba en los párpados.
—Bien, bien. Como sea. Ya sé lo que quieres, toma.
Lanzó una de las tostadas. El zorro la atrapó con el hocico, pero no la comió. La dejó al pie de una roca que miraba a la montaña, justo antes de meterse en su madriguera.
Joseph, sin haberlo notado del todo, se encogió dentro de su chaqueta y cerró los ojos.
Soñó que caía. O tal vez no fue un sueño.
Cuando despertó, no supo cuánto tiempo había pasado.
Estaba en un lugar de pesadilla. Fragmentos de tarjetas electrónicas crujían bajo sus pies. El cielo, más cerca y oscuro, parecía un techo de metal neblinoso. Monitores rotos se apilaban unos sobre otros. También había montañas, pero hechas de infinitos restos de chatarra.
Una mano lo ayudó a levantarse.
—Tranquilo, compadre. Por poco no lo encuentro.
El hombre que lo había rescatado tenía la mirada viva, el rostro afilado, el porte erguido. Joseph sintió un escalofrío que no venía del frío.
No habría durado mucho allí, pensó. Ahora trabajaba para él. Se llamaba Viti, y su planta de reciclaje de electrónicos era una de las más grandes de la zona. A veces Joseph lo observaba sonreír mientras contemplaba el oro que lograban refinar, y no podía evitar pensar en el zorro: la mirada, el rostro, incluso su porte.
Pero había algo que lo incomodaba. Algo que había ido viendo de reojo durante semanas. Así que decidió hablar. Lo creyó posible pues su nuevo jefe siempre lo alababa por sus manejos contables y de recursos.
—Señor Viti —dijo cuando lo vio entrar dando zancadas ágiles a la oficina donde se encontraba—. ¿Cómo está mi compadre viajero del tiempo?
—Bien gracias, pero respecto a eso… —Joseph dudó—. Veo que tiene muchos niños trabajando con usted.
—Sí —respondió Viti, sentándose a media cadera sobre la mesa de aluminio—. Son buena mano de obra. Aprenden rápido. Y hay muchos.
—Pero… si se supone que este es el futuro —Joseph verificó algunos registros—. No se supone que debería ser así —murmuró.
—¿Qué dices? —Viti lo miró con interés—. ¿Cómo era en tus tiempos?
—Bueno… ¿ellos estarían estudiando?
—¿Ah, eso te preocupa? —Viti se levantó de un salto—. Debiste decirlo antes.
Se paró en la puerta y dio un silbido agudo. Un niño de no más de doce años acudió corriendo.
—Señor Viti, ¿para qué soy bueno?
—Tú… bueno, no importa. Dime: ¿ya estás graduado?
El niño miró de lado.
—Bueno, ya sé leer y las operaciones básicas. Aprobé el examen de graduación también. ¿Pasó algo, señor Viti? ¿Me va a despedir?
—Espera —interrumpió Joseph con el ceño desencajado—. ¿Me dices que ya estás graduado solo con eso? ¿Y la filosofía? ¿Historia? ¿Cívica?…
—Ah, eso —respondió el niño, ajustándose una pulsera en la muñeca—. Pregúnteme lo que quiera.
Joseph dudó. Luego recordó algo que creyó lo más básico.
—Dime… es cultura general. ¿Quién ganó la Segunda Guerra Mundial?
El niño observó una pantalla proyectada desde la pulsera. Leyó:
—La Segunda Guerra la ganaron los aliados, liderados por Estados Unidos en 1944, luego de salvar a la Unión Soviética de una invasión inminente…
—Espera, espera —interrumpió Joseph—. Eso no es como yo lo recuerdo.
Viti sonrió.
—Niño, déjame ver eso.
Observó la pulsera.
—Manufactura occidental.
Le lanzó otra, similar, marcada con una hoz y un martillo.
El niño leyó de nuevo:
—La Unión Soviética, tras una encarnizada batalla contra los nazis y el asalto al Reichstag en Berlín, se alzó como vencedora…
Joseph lo observó todo como si aún siguiera dentro de una pesadilla. No respondió. Se tragó una carcajada seca, amarga.
—¿Y la verdad? —preguntó al fin—. ¿Dónde está la verdad? ¿Esa no era la sociedad que queríamos para el futuro?
Viti lo miró con una expresión que Joseph no supo interpretar. Antes de que pudiera hablar, un estruendo sacudió el suelo. Uno de los tanques donde se refinaba el oro explotó con lo que pareció un disparo.
Viti salió y volvió a entrar. Tenía el rostro desencajado.
—¡Joseph, maldita sea, comenzó la guerra!
—¿Con quién? —alcanzó a preguntar Joseph.
Y vio cómo un disparo le volaba la cabeza a Viti.
El niño, inmóvil, lo miró. En sus ojos no había sorpresa, ni miedo, ni tristeza. Solo un cansancio antiguo, como si hubiera visto lo mismo muchas veces.
—La pulsera —dijo al fin—. Pregúntele a la pulsera.
Joseph sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Cerró los ojos.
Despertó.
El aire olía a té amargo, a hojas que no reconoció. Un anciano lo miraba, sentado junto a una pequeña fogata, con el nevado de fondo.
Suspiró aliviado mientras murmuraba: «Qué horrible pesadilla».
—Es té de hojas de coca, hijo —respondió el anciano—. Es bueno para el frío. ¿Quieres un poco?
Joseph asintió. Bebió despacio, sintiendo el calor bajar por su garganta. Luego sacó la última tostada que le quedaba y la ofreció al anciano.
El anciano sonrió.
—No, gracias, hijo. Yo tengo la mía.
Señaló un pequeño pan envuelto en un paño. Joseph asintió y se comió la tostada. Bebieron en silencio, mirando cómo el sol de la mañana bañaba el nevado.
—Es hermoso, ¿no, hijo? —dijo el anciano al cabo de un rato.
—Sí.
—Pero encontraron oro, sabes. Escuché que una minera vendrá por sus entrañas. Es terrible, ¿no? Vienen y se llevan todo. Ya no hay respeto.
El anciano lo miró fijamente.
—¿Esa es la sociedad que queremos, hijo? ¿O la que nos imponen?
Joseph no respondió.
Miró el nevado.
Pensó en el oro bajo la nieve.
Pensó en los niños.
Pensó en las muchas verdades.
Luego bajó la mirada, tomó una piedra pequeña y la dejó junto al pan del viejo, como si pagara una deuda que aún no entendía.
El sol siguió ascendiendo.
Y la montaña guardó silencio.
MARTU MONFORTE
Sociedad desierta
La sociedad que somos, de la cual formo parte y hago un mea culpa; porque cuando digo somos: SOMOS y desgraciadamente contribuimos todos. Continúo la idea: es una sociedad que camina como un rebaño al aislamiento, a una soledad falsamente elegida, y avanza ferozmente la falta de empatía, de calidez, de humanidad. Dicen que somos seres sociables y que eso es necesario e imprescindible. Sin embargo, eso pasó de moda y andamos solos.O lo que es peor detrás de (falsas) pantallas, saludos cordiales a distancia ( no dudo de la cordialidad pero quisiera ver/ saber que tan amorosos son si nos conocieramos y nos rozáramos un poco, como antes). Puedo equivocarme. Ojalá. Pero vamos con anteojeras, halagando al distante» amigo» mientras postergamos un café y un encuentro verdadero. Vamos felicitando logros, aplaudiendo a veces mensajes vacíos. Nunca lo sabremos del todo. Vamos via redes navegando en un mundo incierto. Desértico y fantasmal por momentos. Cálido, a veces. Y lo digo con dolor; he recibido enormes alegrías y enormes decepciones por aquí. Y también allá afuera. Insisto, aún con todo seguimos apostando más acá que allá donde el mundo se consume en un vacío que se acentúa. Polvo y piedra sobre una tierra fértil que agoniza.
Si no fuera por las redes Uds. no me leerían ni yo a uds. Es verdad y es hermoso. Pero que esto no se nos vaya de las manos!
En esta sociedad hay más gatos que niños, hay más monoambientes que departamentos familiares, hay más click de cámaras en lugares paradisíacos que en el patio o rinconcito de nuestras casas. Eso también cambió: hay más casas que hogares. Abundan sonrisas y felicidades extremas; la felicidad no es permanente, es apenas un soplo y con eso basta. Y es tan intensa y tan efímera que no llega a plasmarse en un retrato. Por suerte, sí en el alma.
¡Alma! Qué palabra en desuso en esta sociedad. Ahora se escucha éxito, dinero, proyectos, viajes exóticos y comidas extrañas que también se pasean por la web.
Y la IA que no tiene alma pero es la vedette.
Pocas veces alguien se muestra triste o vencido en una selfie. Es como que eso no suma likes, no vale.
Nuestros niños no conocen la frustración, el no. ¡Qué pena tan grande! ¿Cuando lo harán?¿ Sera un choque frontal y doloroso? ¡Ojalá no!
Esta sociedad le ha dicho adiós a la palabra honorable, a la mesa familiar de los domingos, a las manos unidas, al abrazo real, a la ronda de mates, al fogón a orillas del mar, a las charlas cara a cara. Nos acordaremos de nuestras caras verdaderas y de los gestos de nuestros amigos. El brillo de los ojos, una lágrima por soltarse, un nudo en la garganta, un ceño tenso o relajado, una voz segura o débil y ese abrazo que llegaba a tiempo y nos salvaba de todo, podía con todo.
Esta sociedad se tapa de trabajo, ahora home office. Compra por internet, paga y cobra, chequea la vida y hasta se besa a distancia. Mueren los besos en el borde de un suspiro.
Nadie sabe muy bien adónde va. Quizás no muy lejos de casa.
Capitalismo, globalización, virus aterradores, silencio y olvido. Descuido del planeta: ahí están las consecuencias: inundaciones, tsunamis y desastres. Consumo feroz de comida de moda como el color de pelo y de zapatos. Todo al mismo nivel. Consumo de lectura: ya no importa cuánto disfruto de un libro , importa cuántos leo al mes, al año. Consumo de gym. No importa cómo está el espíritu, el alma importa más cómo van los músculos. Y no está mal en una justa medida.
En un justo equilibrio. Equilibrio. Ahí está el punto. Nada está en equilibrio. Desbalance, extremos, exitismo, pobreza, guerra,
ignorancia del arte y la cultura.
Esta sociedad está vacía de poesía.
Un mundo así o se revierte urgente o se oscurece más…
Cantemos, pintemos, bailemos, abracemos y ayúdemos al otro, miremos más allá de esta pantalla, abracemos la lluvia, caminemos descalzos, amacemos el pan, cuidemos el aire, el suelo, el alma. Trabajemos, amparemos al mundo ( es nuestro único hogar), pero por sobre todo liberemos el alma: ¡que respire en un poema y reviva!
Reguemos con versos inefables soplemos rimas, despertemos! No pierdo la esperanza firme de florecer. Juntos. De la mano. Sintiéndonos!
GERARDO BOLAÑOS
La sociedad que queremos no nacerá de la reforma de lo que ya está podrido; nacerá de las cenizas de la indiferencia. Como sociólogos, diagnosticamos el colapso del individualismo voraz; como escritores, narramos el nacimiento de una conciencia colectiva indomable.
Basta de ser piezas intercambiables en una maquinaria que nos consume. La sociedad que exigimos es aquella que recupera la soberanía sobre la vida. No somos «capital humano», somos seres de deseo, de arte y de carne. La revolución empieza por declarar que nuestra dignidad no tiene valor de mercado y que el tiempo —el único tesoro real— pertenece al hombre y no a la rentabilidad.
En un sistema que premia la crueldad y la competencia salvaje, la ternura es el acto más subversivo. Queremos una sociedad que se atreva a ser vulnerable. La verdadera estructura revolucionaria es la que pone el cuidado de la vida —desde la tierra que pisamos hasta el vecino que sufre— por encima de la acumulación de poder. La solidaridad no es un sentimiento, es una estrategia de combate contra la soledad impuesta.
No queremos migajas de igualdad, exigimos la democratización absoluta de la existencia. Una sociedad revolucionaria no espera a que la riqueza «gotee»; la redistribuye desde la raíz. Es el fin de los privilegios heredados y el inicio de una era donde la educación, el techo y el pan son el suelo firme sobre el cual todos, sin excepción, construimos nuestros sueños.
Queremos un espacio público que sea un ágora y no un centro comercial. Una sociedad donde el poder no se ejerza de arriba hacia abajo, sino de forma circular. La diversidad no se «tolera» (palabra condescendiente del viejo mundo); la diversidad se celebra como la única fuerza capaz de derrotar al dogma.
La sociedad que queremos no es un sueño que se espera, es una realidad que se arrebata al destino. Es el despertar de un gigante dormido: nosotros. El futuro no se escribe con tinta, se escribe con la voluntad de quienes deciden que el statu quo ya no es suficiente para contener nuestra grandeza.
ARCADIO MALLO
«¿Es esta la sociedad que queremos?», se preguntaba mentalmente mientras ojeaba las noticias en el periódico. Alguien lo había dejado en la esquina de la barra después de hacer los pasatiempos. El resto de las hojas no habían sido manoseadas. Un claro ejemplo de lo realmente importante para la gente de a pie.
Las noticias: guerra, violencia verbal, de género, animal. Injusticias o interpretaciones de la justicia con argumentos irreverentes y partidistas, faltas de respeto y de ortografía… Hasta a eso de escribir bien se le restaba importancia, aún siendo periodista. Lo de hacer bien las cosas ya no tenía cabida. La velocidad era la que premiaba.
Dobló el periódico, terminó el café con una tranquilidad insultante en medio de aquel barullo de gente entrando y saliendo, incluso muchos con el café en la mano, para tomar mientras se desplazaban por la calle. «No queda tiempo ni para un café. ¿Realmente nadie se pregunta hacia dónde vamos con tanta prisa?»
AXY LINDA
—¿Por qué hablas en plural? —dijo Toren—. No todos soñamos con paz.
—Creí que sí —respondió Liani—. Vivir sin violencia nos haría mejores.
—Eso es para débiles. Algunos nacimos para dominar. Nuestra tecnología es superior. Pronto podremos dominar el universo.
El tiempo los separó. Ella estudió para sanar; él ascendió prometiendo bienestar mientras perfeccionaba la guerra.
Cuando enfermó, acudió al centro más avanzado. Solo Liani podía intervenir.
—Cúrame —ordenó—. El universo aún me espera.
Los estudios revelaron que su mal era leve. Bastaba una sencilla maniobra para salvarlo.
Pero, horas antes del procedimiento, Liani descubrió el plan: una violenta invasión.
Frente al monitor comprendió que toda civilización se define por la maniobra que elige. Si lo salvaba, millones sufrirían.
Si fallaba… nadie sospecharía.
Allá abajo, un pequeño planeta azul llamado Tierra seguía girando, ignorante del peligro.
FURUKAWA CREATIVES
¿Cómo podemos construir un mundo mejor si ni siquiera sabemos por dónde comenzar?
La tenue y pálida luz matutina se colaba por las cortinas de bambú, iluminando el pequeño jardín de la meditación. Kenzo, sentado en posición flor de loto, estaba concentrado en los sonidos de la naturaleza. Escuchó a Hiro, su estudiante, removerse en su cojín, no una, sino varias veces, haciéndolo percatarse que estaba inquieto. Abrió los ojos y se encontró con los iris brillantes e intensos de Hiro.
―Maestro ―le habló de inmediato. ―He reflexionado sobre mis estudios y mi conclusión es que la historia de muchas sociedades son imperios que se alzaron y cayeron, fueron utopías que nunca florecieron. ¿Cuál es, para usted, la sociedad que realmente vale la pena construir? ―se acomodó de nuevo en su cojín, observando a su maestro fijamente.
Kenzo sonrió ligeramente. ―Es una pregunta profunda ―se acarició la barba por un breve momento. ―La sociedad ideal es un concepto en constante evolución, un reflejo de nuestros valores y aspiraciones más profundas ―vio a su estudiante inclinarse ligeramente hacia adelante.
―Pero, ¿qué valores son esos? ¿La igualdad? ¿La libertad? ¿La justicia? Todos parecen importantes, pero a menudo entran en conflicto ―Hiro se apresuró a comentar.
―Exacto, ese conflicto es el motor del cambio. La sociedad que queremos es aquella que equilibra esas fuerzas. Una sociedad, por ejemplo, donde la libertad no sea la excusa para la opresión, sino la oportunidad para florecer ―habló pausadamente, intentando calmar a su pupilo.
―Pero, ¿cómo podemos construir un mundo mejor si ni siquiera sabemos por dónde comenzar? ―intervino de nuevo con rapidez.
―El camino hacia una sociedad mejor empieza, como siempre, en el interior. ¿Qué ves cuando te miras en el espejo, Hiro? ―la pregunta retórica detuvo los pensamientos del estudiante.
―Veo… a mí mismo, maestro ―tras el breve silencio, respondió. ―Un joven con sueños, pero también con miedos e inseguridades.
―Y ¿cómo tratas a ese joven? ¿Con compasión y cariño, o con crítica y juicio? ―otra serie de preguntas que lo invitaba a la reflexión.
―A veces con crítica. Me exijo mucho y me decepciono fácilmente ―confesó con sinceridad.
―Ahí reside la clave, Hiro. La sociedad que queremos, la que realmente anhelamos, es un reflejo de nuestro interior. Si nos tratamos con crueldad, construiremos una sociedad cruel. Si nos amamos, construiremos una sociedad llena de amor ―finalmente reveló su pensamiento.
―¿Amor propio? ¿Eso es fundamental para construir una mejor sociedad? ―había cierta incredulidad en sus preguntas.
―Absolutamente. Imagina un jardín. Si la tierra no es fértil, si no la nutrimos con cuidado y cariño, las flores no florecerán. Nuestro amor propio es la tierra fértil. Es el abono que nos permite crecer, florecer y compartir nuestra belleza con el mundo ―le expuso con firmeza.
―Pero, ¿cómo se practica el amor propio? Parece… egocéntrico ―tenía una mueca de resistencia.
―No, Hiro. El amor propio no es egocentrismo. El egocentrismo es la obsesión por uno mismo, la falta de consideración por los demás. El amor propio es la aceptación incondicional de uno mismo, con virtudes y defectos. Es reconocer tu valía, tus necesidades y tus límites. Es tratarte con la misma bondad y compasión que tratarías a tu mejor amigo ―explicó con paciencia.
―¿Y cómo se traduce eso en la sociedad? ―volvió a preguntar con intriga.
―Una persona que se ama a sí misma, no necesita competir con los demás para sentirse valiosa. No necesita juzgar ni menospreciar a nadie para elevarse. Por el contrario, se siente segura y confiada, y esa seguridad le permite extender su amor y compasión hacia los demás.
―Entiendo… Si me amo, puedo amar a los demás. Si me respeto, puedo respetar a los demás.
―Exactamente. Una sociedad basada en el amor propio es una sociedad donde la empatía, la compasión y la colaboración florecen. Es una sociedad donde cada individuo se siente valorado y respetado, no por lo que tiene, sino por lo que es.
Hiro asintió un par de veces, comprendiendo las palabras de Kenzo.
―¿Y cómo empezamos a construir esa sociedad, maestro? ¿Cómo cambiamos el mundo? ―cuestionó interesado.
―Empieza por cambiar tu mundo, Hiro. Empieza por amarte a ti mismo. Practica la autocompasión, perdónate tus errores, celebra tus logros. Cuida tu cuerpo, nutre tu mente, escucha tu corazón, y luego, extiende ese amor a los demás. Sé amable, sé generoso, sé comprensivo ―aconsejó.
Hiro suspiró lentamente. ―Parece un camino largo, maestro.
―Todos los grandes viajes comienzan con un solo paso, Hiro. Y el primer paso para construir la sociedad que queremos es amar a la persona que ves en el espejo. El resto, como las flores en el jardín, florecerá naturalmente.
Hiro asintió de nuevo, luego, se acomodó en el cojín una última vez y cerró los ojos. Kenzo sonrió fugazmente y siguió a su estudiante en la meditación.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
El regalo de mi abuelo.
— Sofía, no tardes. Tu abuelo ya está aquí —le dijo su madre, sabiendo que esta no sería la última vez que la llamaría.
— Es verdad, se me ha echado la hora encima. Dile al abuelo que se siente, que estoy lista en cinco minutos. — Sabía yo que no llegarías a tiempo —le respondió su madre mientras extendía los brazos para recoger la ropa que ya debería haber llevado a la colada.
— Gracias, mami, ya mismo estoy abajo —dijo la joven con una sonrisa en la cara mientras le daba la ropa.
Aquel día Sofía cumplía 18 años y, como le dijo su abuelo, la recogería sobre las diez para ir a darle su regalo. Pero claro, Sofía tenía que organizar muchas cosas para dejar atada la celebración de su mayoría de edad.
El abuelo escuchó la conversación y ya estaba esperando, sentado en un banco de la cocina. Su madre llegó con la ropa para dejarla en la colada mientras decía:
— Papá, ya sabes… tu nieta siempre tarde —comentó mientras, con un resoplido, se quitaba el flequillo de la cara.
— Deja a la chiquilla, andará muy liada —respondió el hombre mientras, sin prisa ninguna, se quitaba su añeja boina verde, que lucía como el primer día—. Por cierto, ¿cómo sigue Sofía? Ha pasado un año desde la desgracia de su amiga.
En la planta de arriba, los pasos de la joven se escuchaban como el último centrifugado de la lavadora. A los diez minutos, mientras el padre y la hija conversaban, se oyó cómo Sofía bajaba las escaleras.
— Abuelo, ya estoy lista —dijo la homenajeada. — Justo a tiempo, vamos, hija —respondió él. Los dos se sonrieron y salieron de casa mientras se despedían de la madre.
Se montaron en el coche y la joven quedó sorprendida al ir escuchando las canciones que su abuelo le había seleccionado. Mientras canturreaban la segunda, preguntó Sofía:
— Abuelo, ¿a dónde vamos? — A un lugar que conoces desde pequeñita —le respondió él.
A los quince minutos llegaron al jardín botánico de su localidad. Dejaron el coche en el aparcamiento, accedieron al lugar y se sentaron en un banco. La mañana era espléndida. El sol se abría paso entre las blancas y esponjosas nubes tras dos semanas de lluvia. Allí los dos contemplaron el lugar hasta que la joven, ya ansiosa por saber, preguntó:
— ¿Cuál es mi regalo, abuelo? — ¿Has visto allí, Sofía? —respondió el hombre mientras señalaba la zona de las rosas.
La joven miró y asintió, aunque con cara de incredulidad.
— Y allí, mira la buganvilla, cómo sigue creciendo por el muro. Ha cubierto mucho más desde la última vez que estuvimos por aquí. — Sí lo veo, abuelo, pero no entiendo qué me quieres decir con esto.
Sofía no comprendía nada. Los golpecitos de su pie en el suelo no parecían alterar en absoluto la calma del hombre, que seguía disfrutando del paisaje.
— Vaya, y cómo están las gardenias —dijo mientras admiraba las plantas.
— Sí, abuelo, todas están preciosas. Como de costumbre, pero…
— Vale, hija, ya no doy más vueltas. Te he traído aquí para darte tu regalo.
— Pues, abuelo, a no ser que te hayas convertido en mago, no te veo con nada.
— Qué razón tienes —dijo el hombre mientras sonreía—. Hoy te quiero dar otro tipo de regalo. — ¿Te has fijado en este lugar? ¿Te parece bonito?
— Claro, ya sabes que me encanta.
— ¿Piensas que las plantas compiten entre sí para ver cuál es la más bonita?
— No, abuelo, no lo creo. — Yo tampoco. Yo pienso que cada una lucha cada día por ser un poquito mejor para ofrecer algo al mundo.
— Eso que dices es bonito —respondió la joven, que comenzaba a relajarse.
— ¿Sabes otra cosa, Sofía?
La joven negó con la cabeza mientras, apoyando las manos en la barbilla, parecía haber caído en el hechizo del abuelo.
— ¿Cuántas flores habrá aquí?
— Pues miles, abuelo.
— Y debajo de la tierra, ¿cuántas semillas no habrán germinado?
— A saber.
— Es complicado saberlo. Pero algunos dicen que son cientos de millones las semillas que no llegan a ser plantas. Y ¿sabes por qué?
— Ni idea, abuelo.
— Yo tampoco lo sé seguro. Pero creo que muchas semillas se conforman con la seguridad de permanecer bajo tierra. E incluso algunas dirán que están locas las que se atreven a romper la tierra para salir ahí afuera.
En ese momento, Sofía reflexionaba en silencio las palabras de su abuelo Antonio. De repente, una ráfaga de viento sopló, haciendo caer en el regazo de Sofía una margarita. La joven no pudo contener las lágrimas.
— ¿Por qué lloras? —le preguntó Antonio.
Ella se descubrió la muñeca para mostrar un pequeño tatuaje de una margarita acompañado de unas palabras que decían: “Lidya y Sofía, SIEMPRE”.
© Fernando D. López Aguilera.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Vivo en una Sociedad, en la cual hay muchas injusticias, sueño con una donde los supuestos gobernantes, no peleen por llegar al poder para enriquecerse, sino que cumplan las funciones para las cuales fueron elegidos, que entiendan que son representantes de la sociedad , y deben velar por el bienestar de las comunidades.
Sueño con una sociedad sin guerras, donde los conflictos se arreglen en forma civilizada.
Sueño, con una sociedad o un mundo sin fronteras, donde se entienda, que todos somos iguales, deseo que exista un mundo donde realmente haya justicia, se actúe sin venganzas. Que haya igualdad, que todos realmente tengan derecho a una salud digna, en donde la economía no sea lo más importante del mundo, que sea equitativa y más humana, etc.
La sociedad o mundo que deseo espero que no sea solo una ilusión, sino que algún día se convierta en realidad.
Que cada vez que alguien reflexioné sobre lo que vivimos trate de ser mejor persona, que decidan no odiar, no discriminar.
La sociedad que queremos que no se traduzca sólo en utopía, sino que con cada acto de bondad, de bien actuar, sean las semillas que se siembran para que la sociedad que quiero, pueda germinar.
SILVIA GALLARDO
la sociedad que queremos.
todos los días andamos con prisa por caminos aciagos, con una losa en la espalda tratando de deshacernos de ella porque no nos permite sentir ni libertad ni seguridad, vivimos tan extraviados en la rutina por la lucha por la vida, cabizbajos pensando como resolver nuestros problemas existenciales, llevamos, duelos, lágrimas, tristezas y frustración porque nos topamos siempre con rostros agrios que esconden las sonrisas de la amabilidad, miradas que escupen desprecio e intolerancia
actitudes violentas porque vivimos en una sociedad de competencia que todo lo vuelve vacío por lapugna estupida de ver quien tiene más,
Hay quienes caminan solitarios entre la multitud con el estómago vacío con, el corazón sin esperanza , conel cuerpo tolerando el ambiente rispido que genera el ritmo desgastante de nuestro existir por llegar a tiempo a un trabajo,cruzandonos con gente violenta y frustrada por la aceleración de su ir venir, de que chocan entre si, soportando el abominable bullicio deltránsito de pasos, de autos se empujan, se insultan, pelean por espacios y pierden segundos por no perder el premio de puntualidad, por no estar en tiempo y forma en dónde son explotados y a nadie le importa si, desayunaron si gritaron a sus hijos y déjarona alguien llorando en casa, por la preocupación de haber salido con enojo y mal humor cargando su enfermiza ansiedad por querer todo en orden, pero incluso sus pasos, los orillan a un abismo de soledad y molestia hacia quienes caminan junto a ellos, con cargas más pesadas que las suyas.
!detente un instante!
¡ intenta una sonrisa y regalala; !saluda con un apretón de manos!
y si te alcanza la voluntad abraza a alguien y transmite tu buena vibra para que cada día se haga ligero y la jornada sea productiva para regresar a casa con el espíritu satisfecho y feliz porque estás aportando tu granito de arena para que vivamos en la sociedad que queremos y que será la herencia para nuestros hijos, para que con esos valores alcancen la felicidad y con ello mejore nuestra salud física y mental porque en cada paso que demos debemosdejarhuellas que hagan florecer los pasos de los que nos siguen.
qué triste es leer noticias y enterarnos que nuestros jóvenes en busca de su identidad caigan en situaciones de deterioro mental y emocional, que opten por una quimérica libertad y sean reaccionarios hacia las normas y los valores que sienten que se les imponen y ven que en realidad pertenecen a un mundo en decadencia,
A veces la sociedad les quita toda oportunidad de crecer como seres humanosporque dónde quiera que volteen la mirada,existe el caos . qué lastima que la sociedad no haya aprendido a ser humana apesar de conocer lahistoria ,de saber, como se han generado las guerras dejando atrás destrucción y muerte, impiedad y que los que tienen el poder sólo les mueva la ambiciópor la potestadel dominio y la ambición.: Al final de cuentas todos pagaremos las consecuencias de la pudrición de una sociedad en retroceso;
sin embargo siempre existe la esperanza de mejorar,! estamos a tiempo! empecemos ahora a luchar desde nuestra trinchera por una mejor sociedad . antes de que nos rebase la moderna esclavitud que nos tiene asidos con cadenas que nos arrastran a la miseria humana
la sociedad que queremos no es utopía, es basada en la equidad, la justiciay la solidaridad.
Luchar contra la pobreza paraproteget mis derechos de nuestros niños y de los más vulnerables eliminar la desigualdad y garantizar nuestros derechos más fundamentales para aspirar a la justicia y la paz .así es la sociedad que queremos
MARÍA JESÚS GARNICA PARDO
La sociedad que queremos?
Ana se levantó y abrió la ventana.
El sol inundó el dormitorio.
En el desayuno con su marido y sus hijos, todo perfecto.
El mundo era feliz, ella era feliz.
Se habían terminado las guerras, las enfermedades, los robots haciendo el trabajo sucio.
Ana pasaba el día entre el gimnasio, café con amigas y poco más.
Bueno si, el internet. Nunca lo pensó, pero quizá un ochenta por ciento de su tiempo.
Y luego se despertó.
Qué mundo más vacío.
JUAN C VALTIERRA
El río no olvida
Por Juan C Valtierra
Llovía cuando Mendoza encontró el puesto, que era la misma lluvia de siempre sobre la misma ciudad de siempre, aunque él ya no recordaba cuándo había dejado de importarle la diferencia.
Llevaba tres días sin dormir y el cuarto sin comer. Tenía los zapatos mojados, la corbata torcida desde el martes, y esa mirada de los hombres que han visto demasiado y ya no se molestan en disimularlo.
Era periodista, o lo había sido antes de que el periódico cerrara y el editor desapareciera con la caja chica y dos secretarias. Antes de que su nombre dejara de aparecer en los créditos. Antes de que aprendiera que en este país hay preguntas que se hacen una sola vez.
Llevaba tres semanas siguiendo a Villarreal.
Licenciado Ernesto Villarreal Garza, subsecretario de Desarrollo Regional, sonrisa de pasta dental y traje italiano, el tipo de hombre que da discursos sobre el medio ambiente mientras firma contratos para envenenar ríos. Cuatrocientos millones desaparecidos, tres familias desplazadas, un río que empezó a saber a metal y a muerte. Y un joven llamado Lucio que lo había documentado todo y que un día dejó de existir sin que ningún periódico lo reportara.
La fecha del cuerpo la había conseguido sobornando a un forense con dos cervezas y una cajetilla de cigarros, y convenciendo a un policía retirado de que hablar con él no era lo mismo que suicidarse. El mismo policía le había dicho, casi de pasada, que la madre del muchacho tenía un puesto en el mercado. Que cocinaba bien. Que llevaba meses esperando algo pero nadie sabía qué.
El problema era que Villarreal también lo sabía.
Esa mañana, al salir de su vecindad, Mendoza había notado el coche. Negro, sin placas visibles, estacionado donde no había nada que ver. Cuando caminó tres cuadras el coche caminó con él. Cuando entró al metro el coche esperó afuera. Cuando salió el coche estaba de nuevo, o era otro igual, que en este trabajo era lo mismo.
Por eso había entrado al mercado por la puerta de atrás.
Entró al puesto sin que nadie lo invitara. Había aprendido que los sitios importantes nunca tienen letrero.
La mujer del delantal no lo miró. Siguió meneando la cazuela como si él no existiera. Pero Mendoza notó algo: cuando entró, ella había dejado de hablar con la señora del puesto de al lado. Apenas un segundo. Apenas nada. Suficiente.
—Un plato —dijo Mendoza.
—¿De qué?
—De lo que haga llorar.
Ella lo miró entonces. Lo miró como se mira a un hombre que ya sabe demasiado o que no sabe nada, y entre esos dos extremos no hay mucha diferencia. Luego volvió a su cazuela sin responder.
Le sirvió.
Mendoza comió despacio. A la mitad del plato tuvo que parar.
No era el chile.
Era que la comida era buena. Buena de verdad, sin trampa, sin socio, sin licitación amañada. Hecha con las manos de alguien que no le debía nada a nadie y que cobraba lo justo. En una ciudad donde todo se compra y todo se vende, esa honestidad sabía rara. Sabía a algo que ya no recordaba que existía.
Pensó en el hombre que lo había llamado desde un teléfono público, con esa voz quebrada y sin pausas de quien habla mirando sobre el hombro. Le había dicho nombres, cifras, un río. Le había dicho todo eso y luego había colgado y no había vuelto a llamar y Mendoza sabía por qué.
Lo sabía porque ya le había pasado antes. Porque en este país las fuentes no se agotan: se silencian.
Entonces notó la segunda cosa: cada vez que alguien nuevo se acercaba al puesto, la mujer miraba de reojo hacia la calle. No hacia el cliente. Hacia la calle. Como quien espera. O como quien teme. A veces son lo mismo.
Cuando terminó el plato sacó la libreta, escribió la fecha, y la giró sobre el mostrador para que ella la viera.
La mujer miró la fecha. Miró a Mendoza. Miró la calle.
No dijo nada pero cerró los ojos un momento, como quien termina de rezar.
Esperó a que el puesto se vaciara. Apagó la lumbre. Limpió las manos en el delantal con esa calma que no es calma sino decisión. Y habló sin mirarlo, con la voz de quien ensayó esto muchas veces en la oscuridad.
—Me dijeron que si alguien venía preguntando por el río que le dijera que se fuera. Que ya había uno que no se fue y que el río se lo llevó junto con todo lo que sabía.
—¿Y usted me lo está diciendo? —dijo Mendoza.
Ella se volteó entonces. Tenía los ojos secos de quien ya terminó de llorar hace mucho.
—Le estoy diciendo lo que me dijeron que le dijera —dijo—. Lo que haga usted con eso ya es su problema.
Metió la mano bajo el mostrador. Dudó, como quien suelta algo que cargó demasiado tiempo. Sacó un sobre manila doblado, café de tanto manoseo, con las orillas desgastadas de ocho meses viviendo escondido debajo de una tabla.
—Esto me lo dejó mi hijo antes de que se lo llevaran. Dijo que si alguien llegaba con la fecha del río que se lo diera. Que esa persona sabría qué hacer.
Mendoza abrió el sobre despacio, como se abren las cosas que pesan. Adentro había tres hojas con números, fechas, firmas. El nombre de Villarreal. El nombre de la empresa. El nombre del río. Y al reverso de la última hoja, coordenadas escritas a mano con letra cada vez más pequeña, apretada, como si el espacio se hubiera ido acabando al mismo tiempo que todo lo demás.
Las reconoció. Eran las coordenadas del tramo seco del río donde las empresas de Villarreal habían desviado el cauce. El lugar donde enterraron lo que no querían que nadie encontrara. Lucio había estado ahí. Lo había visto. Lo había medido. Y lo había escrito con la letra de alguien que sabe que es la última vez que escribe.
—¿Cómo se llamaba su hijo? —preguntó Mendoza.
—Lucio —dijo ella. Y volvió a encender la lumbre. Eso era lo único que sabía hacer con el dolor.
Mendoza dobló el sobre, lo metió en el saco interior, y sacó su cartera. Contó lo que tenía. No era mucho. Dejó todo sobre la mesa, hasta la última moneda, y luego agregó los billetes que guardaba para el cigarro de mañana que probablemente no iba a fumar.
La mujer lo miró sin entender.
—Es demasiado —dijo.
—No —dijo Mendoza—. Es lo justo.
Ella no dijo nada pero algo en su cara se aflojó apenas, como se aflojan las cosas que llevan demasiado tiempo sosteniendo todo solas.
Mendoza miró un momento las manos de la mujer, partidas por el frío, meneando otra vez la cazuela como si nada hubiera pasado. Pensó que eso era lo más parecido a la resistencia que había visto en mucho tiempo. No la resistencia de los discursos y las marchas. La otra. La de seguir abriendo el puesto cada mañana, la de guardar el sobre debajo de la tabla, la de esperar sin certeza y sin aplausos a que llegara alguien que supiera la fecha.
Pensó también que si él no regresaba, si el coche negro hacía lo que estaba ahí para hacer, al menos esta mujer tendría para comer un mes más. No era justicia. Pero era algo.
Salió por donde había entrado. La lluvia seguía igual.
El coche negro estaba en la esquina.
Mendoza no aceleró el paso. Aprendió hace tiempo que correr es lo mismo que confesar. Caminó derecho, con los hombros mojados y el sobre apretado contra el pecho, calculando. Tenía las coordenadas. Tenía los nombres. Tenía las firmas.
Lo que no tenía era certeza de llegar al día siguiente.
Dobló en la siguiente calle, entró a una papelería, pidió un sobre y un sello. Sostuvo el lápiz un momento sin escribir. Si mandaba esto no había vuelta atrás. Si no lo mandaba Lucio habría muerto por nada, la madre seguiría cocinando para nadie, y Villarreal seguiría sonriendo con sus dientes de pasta dental en la siguiente conferencia de prensa.
Copió las tres hojas a mano con la letra más clara que le dieron los dedos entumidos y lo mandó a la única dirección donde Villarreal no tenía ojos todavía: una periodista en el extranjero que le debía un favor y que cobraba sus deudas publicando.
Salió. El coche seguía ahí.
Caminó dos cuadras y encendió un cigarro. El último del paquete. No tenía dinero para otro.
Se detuvo en la esquina. La lluvia seguía cayendo, fina y sin ganas, como todo en este país cuando no hay dinero de por medio.
Pensó en Lucio. En el río seco. En ocho meses de un sobre esperando debajo de una tabla. En una madre que esa misma noche volvería a encender la lumbre, a menear la cazuela, a cocinar para nadie, porque el cuerpo sigue aunque todo lo demás se haya ido.
Tiró el cigarro. Lo aplastó despacio, con toda la suela.
Sacó la libreta. Mojada en las esquinas, la tinta corrida de otras noches como esta, otros nombres que nunca llegaron a ningún lado o que llegaron demasiado lejos y se perdieron en el camino.
Escribió un nombre.
La sociedad que queremos la están construyendo los que ya no están para verla.
Sabía que probablemente no serviría de nada.
Lo escribió igual.
La corrupción, el silencio, el río envenenado, el periodista sin dinero, el hijo desaparecido. Es la sociedad que tenemos, no la que queremos
La sociedad que queremos en no se construye con esperanza. Se construye con gente que actúa igual aunque sepa que probablemente pierda.
PEPA HERRERA GONZÁLEZ
¡¡¡La sociedad que queremos!!!
Suelo fijarme mucho en la gente cuando voy en el metro. Qué queréis que os diga, a mí el metro me inspira. Será el olor concentrado a humanidad o el ambiente de lata de sardinas, pero yo ahí veo poesía. Y entretenimiento gratis, todo sea dicho. Yo nunca me aburro.
Total, que llego al metro y aquello está a reventar. Veo la puerta abrirse y pienso: “Aquí entro yo, por mis narices, aunque sea en modo ficha de Tetris”. Y entro. Si tengo que empujar para poder pasar, pues empujo. ¡No me voy a quedar fuera! ¡Todo el mundo lo hace! Entras y te quedas aplastada entre la multitud y ya, si eso, respiras cuando puedas.
A veces no tienes ni dónde agarrarte. Las barras de arriba son para gente alta o para contorsionistas. Yo las miro por las alturas y me dicen: “Súbete, valiente, si te atreves” ¡Pues no, no me atrevo porque tienes que ir todo el trayecto de puntillas, soportando el peso de los de al lado, y rezar para que no te dé un tirón de estar colgada! Es que claro, a mi edad, si me cuelgo de la barra, me tienen que bajar los bomberos. ¡Que no, que eso es deporte de riesgo! ¡Que se me sale un hombro y la ambulancia tarda dos días en venir a por mí! ¡Y luego me tiro un mes en un urgencias esperando mi turno!
Así que, con mi mejor sonrisa y mi cara dura de serie, pido un huequecito. Y oye, funciona. Me hago un sitio y me amarro a una barra baja, como yo…
¡Es eso o caerme encima de alguien y montar un efecto dominó que acabe en TikTok conmigo de protagonista! ¡Qué vergüenza!
Una vez allí, observo. Personas mayores de pie. Jóvenes sentados en los asientos reservados, tan cómodos, tan tranquilos, tan… “no te he visto, señora, estoy mirando el móvil”.
Ya puedes ir cargada hasta las cejas que ni aun así te ceden el sitio.
Claro, si es que no soy tan mayor o eso me digo para no llorar, a pesar que mi DNI me diga lo contrario. No pasa nada. Estoy bien, resistente como un mueble de Ikea, no me hace falta sentarme.
Y claro, me acuerdo de aquella vez en el autobús, embarazada (hace ya mil años jajajaja pero todavía me acuerdo), con un tripón que parecía que llevaba gemelos, trillizos y un jamón de pata negra. El autobús lleno. Yo en ayunas para hacerme la puñetera prueba del azúcar, sabiendo que me iba a salir alta porque la vida es así de agradable. Y allí estaba él, un hombre joven, guapo, con cara de anuncio… sentado. Y yo con mi barriga en su cara, literalmente. Me moví, suspiré, me coloqué, me balanceé… hasta hice coreografías… nada de nada. El tío aguantó todo el trayecto sin cederme el asiento. Qué majo. Un sol. ¿Es que soy transparente?Pero no pasa nada, si yo solo estaba embarazada. No necesitaba sentarme. No, qué va.
Siempre fui de hierro, Auqnque ya empiezo a oxidarme, eso es cierto, y me caigo a la primera de cambio…
Volviendo al metro. Observo. Una señora hablando con su amiga por el altavoz del móvil, como si estuviera retransmitiendo su vida en directo. Su conversación es pública, gratuita y no hay forma de silenciarla. Otra mujer despotricando porque su ex está con otra, y se lo cuenta a alguien a grito pelado. Yo ya estoy por sacar las palomitas o tomar notas para una nueva novela, ¡pero de terror!
Y mientras tanto, ahí aferrada a la barra, echo un vistazo a los que van sentados. Todos mirando el móvil… Parecen robots. Bueno, yo también lo parezco cuando voy sentada, jajajaja. Pero ¿sabéis lo que hago con el
móvil? Escribo un poema. No sé… me inspira el metro, una que es rarita, pero con estilo…
Y cuando termino, satisfecha con mi poema, vuelvo a mirar a la gente. Cada uno sigue a su rollo, en su mundo…
Y me pregunto: ¿es esta la sociedad que queremos? ¿La que grita sus dramas o la que no levanta la vista del móvil para no ceder el asiento?
¿Sabéis que un tío me insultó cruzando un paso de cebra porque no me paré para dejar pasar a una bicicleta? ¡A una bicicleta! Ya no sé si reír o llorar… ¡Esto es surrealista!
Y para colmo voy yo y me enrollo como las persianas con este relato. Os pido perdón, porque aunque rollo tengo, educada soy mucho…
Mi voto esta semana es para:
– Ukuku Alex
– Alfredo Lozano
– L’Idiot
Hola ha sido muy complicado, vas leyendo y todos te gustan. Elijo estos dos…
-UKUKU ALEX
-FURUKAWA CREATIVES