Asertividad – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «asertividad». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 8 de febrero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

No me pidas más asertividad,

acabamos el mes de enero

y todavía no me dijiste te quiero

que no respetas mi felicidad ,

Ahora no puedo ser asertivo,

ni siquiera en el buen sentido,

sólo una cosa yo te pido,

intentamos pensar en positivo.

Ha llegado la hora,

es el puto momento,

de volar junto al viento.

No pensemos en otrora,

ya no valen los lamentos,

seamos asertivos y acabemos con este tormento.

Vaya putada más grande,

me he cargado el soneto,

ya no sé ni escribir y lo peor,

es que ni siquiera lo intento.

Ya no hay nadie que me mande,

me parece perfecto pues soy firme y terco y no te merezco, vaya mierda rimas hundidas en mi eterno lamento.

Ya no sigo el camino porque encontré muchas piedras y obstáculos que me pidieron llegar a mi destino, ya paro porque en vez de asertivo empiezo a ser muy cansino.

Fin .

DAVID MERLÁN

ASERTIVIDAD

En una fría tarde de invierno, Juan y María se encontraban en una cafetería. Su dilatada relación amorosa hacía meses que había pasado a mejor vida. Aún más, estaba a punto de saltar por los aires. Él, con su semblante serio, miró a María y le espetó:

—Tu elección de café es tan básica que hasta el barista se pregunta por qué sigues viniendo aquí.

María, sin inmutarse, lo miró fijamente a los ojos con cara de asco, y sin dejar de revolver el cafe, tomó aire y le respondió:

—Al menos no tengo una obsesión por las bufandas como si fueran mi única fuente de identidad. Eres ridículo.

La tensión aumentaba mientras Juan continuaba:

—¿Sabes? Tu risa suena como si estuvieras intentando ahuyentar a los pájaros.

María sonrió y dijo contraatacando:

—Prefiero eso a tener una mirada tan intensa que los espejos se sientan incómodos.

Juan, sin perder la oportunidad, pero encajando el último golpe como mejor pudo, miró a María y con una sonrisa maliciosa pasó al ataque.

—Sabes…, querida, tu sentido del humor es tan original que incluso estaría tentado a absolverte, pero lo único que me impide ser feliz en estos momentos es el código penal.

—Y eso porqué si se puede saber, querido…

—Porque no puedo demandarte por daños y perjuicios cada vez que abres la boca.

María, sorprendida, se quedó sin palabras mientras Juan disfrutaba su pequeña victoria verbal.

A pesar de la asertividad, y de su obvia mala relación, ambos no pudieron evitar soltar algunas risas. Al final, llegaron a la conclusión de que su humor sarcástico era la base de su extraña relación y el motivo por el cual aún no habían roto. En el fondo les iba la marcha y la atracción mutua, hacía el resto.

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

Llevaba siete años trabajando para mí sin tacha…

Su trabajo sobrado de maña cumplía con su deber. Pero ahora estaba en mi habilidad comunicarle su despido.

Me senté frente a ella quise ser educada, más mi sentir captó de inmediato que algo iba mal.

Muy mal me van las cosas en la empresa dije firme… En mi actitud.

Inés estalló en gritos.

Por favor, modera tus palabras yo estoy holgada de paciencia,procura ser razonable, mi situación a la quiebra me hace ser clara…

Una cosa, igual me podrías hacer un préstamo y yo con ese dinero intentar de nuevo poner..el navío a flote.

Entiendo que no quieras prestarme tus ahorros… Gracias.

CORONADO SMITH

Asertividad, dad, dad.

Lisensiado y Santi se miraron entre sí, se conocían perfectamente, no les hacía falta hablar, cuando escucharon la propuesta del enfermero Cabrera.

-Tienen que hacer un ejercicio de asertividad- les dijo de sopetón.

-¿Y es que es lo que es?- preguntaron al unísono mirándose entre ellos como queda recalado más arriba.

-Seguro que es alguna propuesta de algún perroflauta- comentó Santi

-Dalo por seguro Santi, dalo por seguro-remachó Lisensiado.

-¡Qué no!, par de… no temporalmente cuerdos, que es una idea de la excelentísima administradora de este sitio y es un excelente ejercicio para que empiecen a empatizar con sus semejantes- contestó Cabrera.

-No se tú Lisensiado, pero yo no pienso hacer cosas raras, además hoy ponen en cine de barrio una de Sara Montiel- dijo Santi.

-Estoy contigo Santi, estoy contigo-le apoyó Lisensiado.

-Pues ustedes verán, a partir de ahora, nada de visitas, nada de permisos, nada de contacto…, ejem…, ya me entienden…, pongamos por un mes, ampliable según mi criterio, les doy una semana para que lo piensen, después-amenazó Cabrera.

Pasaron un par de días debatiendo entre ellos hasta que se decidieron a aceptar la propuesta y les fue concedida una semana de plazo para ensayar el ejercicio. Una vez finalizado el plazo, se presentaron en el despacho de Cabrera.

-Ya tenemos el ejercicio montado, hemos pensado escenificarlo ante los demás, pues la asertividad es cosa de todos-dijo Santi.

El enfermero Cabrera se quedó pensativo, preguntándose que que buscaba aquel par, pero no vio inconveniente alguno, por lo que aceptó la propuesta.

-Mañana a las 10:00 en punto les espero en el salón de actos- dijo.

El salón de actos estaba a rebosar, y los celadores convenientemente distribuidos por si alguien intentaba escaparse. A las 10:00 en punto, se abrió el telón del escenario. Santi estaba vestido de enfermero y Lisensiado… de Lisensiado.

-Buenas noches estimado público, se os ha convocado aquí para hacer un ejercicio de Asertividad, lo ha propuesto Tris Tonina, la gran y excelentísima mecenas de este nuestro hogar- dijo Santi, en un tono sospechosamente sarcástico.

-¿Sabéis lo que es la asertividad?- pregunto Lisensiado.

-Nosotros tampoco-añadió Santi, -por eso le pedimos al nuestro ilustre director el enfermero Cabrera que nos lo haga él a modo de ejemplo y ya si eso nosotros mas adelante…y si no que lo haga Sánchez.

-Corre Lisensiado, corre-

-Raudo y veloz Santi, raudo y veloz-

-¡Atrapen a esos dos, van a estar más tiempo en la acolchada que Hannibal Lecter, palabra!

RAQUEL LÓPEZ

Cada mañana, Lisa acudía al trabajo siempre con buen humor y saludable cortésmente a su jefe, un saludo que nunca era recíproco pues éste, siempre reaccionaba con brusquedad y malos modales.

Sus compañeros preguntaban por qué seguía siendo amable con él y no se mostraba antipática, a lo que Lisa respondía:

– No quiero que el tome la decisión de como debo actuar, si yo me pongo a su altura siempre será él, el que domine la situación. Si consigo ser yo misma, no tomará el control y no ll haría muy lejos ante está situación.

Si mi reacción fuese la misma, mi asertividad no me permitiría expresarme de la forma adecuada y no empatizaria con esa persona.

Él se queda con su mal humor y yo sigo siendo feliz.

-¿ Y vosotros qué preferís?- les preguntó Lisa.

– Cada uno volvió de nuevo a su trabajo pensando el mensaje que Lisa quería transmitir.

Sé tú mismo y no consientas que nadie tome el timón de tu vida, porque el capitán eres tú…

BENEDICTO PALACIOS

ASERTIVIDAD
No acababa de romper la mañana ni la luna de ocultarse. Finalizaba el mes de febrero y el jardín del hospital permanecía yermo, hasta tardaban en florecer las mimosas. Cerca de allí, desde la caperuza de una farola vigilaba una hurraca el vuelo majestuoso de una cigüeña. No solían competir, la hurraca defendía su parcela y la cigüeña su nido. Reinaba entre ellas la asertividad. Las dos devoraban alimentos sólidos, pero la cigüeña era más selectiva.
Cuando finalizaba el mes de abril, un muchacho de unos 12 años había acompañado a su madre al hospital y contemplaba el canto de un jilguero posado en unos de los árboles. Tenía en su casa dos y había llegado a distinguir las tonalidades, cuando eran de bienestar por haber picoteado un trozo de lechuga, y de miedo cuando su hermano más pequeño zarandeaba la jaula.
El canto que escuchaba ahora era diferente porque uno de sus pajarillos se había caído de nido. Era como un canto de aviso, una señal de advertencia y de cuidado. La hurraca que estaba pendiente no tardaría en llevárselo en el pico. Y comenzó a acercarse de rama en rama sin percatarse de que un halcón peregrino vigilaba su vuelo y siendo más hábil se lanzó en picado cogiendo el pajarillo entre sus garras curvas. También lo vio la cigüeña, pero no logró impedirlo dada su lentitud para arrancar a volar.
A partir de la intromisión del halcón, no era entre dos sino entre tres lo que tendrían que repartir. Sería necesario un acuerdo, una nueva asertividad.
El muchacho que seguía pendiente del jilguero mordisqueaba de mala gana un bocadillo y les puso a prueba. Abandonó un trozo de chorizo sobre un banco esperando la reacción. Inmediatamente entraron en liza el halcón y la hurraca. Pero esta vez anduvo despierta la cigüeña y empezó a crotorear. Y la pareja de rapaces se asustó y desistieron.
Abandonó la madre del muchacho el hospital y le dijo que abreviara, que su padre le estaba esperando para llevarle al colegio.  Y le repitió en el camino que estudiara lo que queda de curso porque si no llegan los aprobados tampoco el regalo prometido. «Y no valen excusas, los profesores ignoran con el vago la asertividad.»

JOSÉ ARMANDO BARCELONA

EL REGRESO DE LAS TRES SORORES.

—Que no, doctor, que usted no conoce a mi Rosi, coño —Manolo se defiende ante el sicólogo de parejas, a cuya consulta lleva acudiendo desde hace un par de meses: «por no llevarle la contraria a la parienta, que mira tú la falta que me hacen a mí estas mariconadas», piensa—. Cuando se pone leona no hay quien pueda con ella y, oiga, uno tiene que defender lo suyo, ¿o es que debo callarme a todo?

—Hombre, no, Manolo, precisamente se trata de todo lo contrario —replica el otro, mientras se ajusta las gafas y hace acopio de paciencia—. Estamos tratando de introducir en tu conducta un modelo racional y analítico de respuesta: la asertividad. Tienes derecho, más aún, debes expresar lo que piensas, defender tu postura, pero desde el debate razonado, sin gritos, insultos o comportamientos poco sociables.

—Pues vale, lo que usted diga; la próxima vez que tengamos una bronca se la grabo, para que vea cómo se las gasta mi señora —impaciente, mira el reloj y se levanta de la silla. Todavía faltan diez minutos para terminar la sesión, pero Manolo no aguanta—. Bueno, que ya está, la semana que viene más. Me largo que tengo un lío de curro que no se puede hacer idea.

Ya en la calle, con un mosqueo del quince, le sale la vena zen y se pone en plan introspectivo —«para que luego diga el loquero ese que no soy analítico», se argumenta—, enzarzándose en una intensa conversación con su yo interior, que es el más comprensivo con sus cosas, porque siempre le da la razón. Pero enseguida se cansa. Saca el móvil y busca el contacto de su amigo Marcial, el marido de Angelita —«¡Qué chaval más majo! Ese sí que sabe llevar a su mujer por el carril, como debe ser».

—Marcial, figura, cómo lo llevas. Oye, ¿te apetece una noche loca? Pago yo. Me ha dicho un cliente, de toda confianza, tú, que hay chicas nuevas en «El Maracaibo», y con el calentón que llevo, paso de verle el careto a mi mujer. Todos los días lo mismo, oye, no hay uno que pase sin bronca.

Se hace un silencio de escucha; Marcial debe estar haciendo algún tipo de alegato.

»Que no, joder, la tuya no es el problema, seguro que le cuentas cualquier milonga y se la traga. ¡Cómo te envidio, jodido! Mira, paso por casa, me cambio de ropa, capeo el temporal con mi «santa» y te veo en lo de Jaramillo para cenar. Y dile a Angelita que no te espere levantada, cabronazo, que hoy triunfamos. Venga, te dejo, que estoy entrando en el portal de casa. Hasta luego, cocodrilo.

Un aroma de albahaca y jazmín lo recibe nada más abrir la puerta. Suena una música suave de fondo, oriental, relajante; pero Manolo no está para hostias.

»Rosi, sácame ropa ligera y gayumbos limpios, que me ducho y salgo pitando —grita desde el recibidor—, tengo un compromiso con un cliente y no ceno en casa.

Ella, sin decir esta boca es mía, se hace visible a su marido. Está apoyada en el marco de la puerta del salón. Por único atuendo luce un desabillé azul turquesa, transparente, que no deja absolutamente nada a la imaginación; va descalza, con el pelo suelto y se humedece los labios con la lengua, despacio, provocadora, logrando que brillen, jugosos, como una obscena tentación.

»Grita todo lo que quieras, ¡copón! —se encabrita Manolo—, pero el trabajo es lo primero. Dime tú de dónde sale todo esto —señala con un gesto amplio el escenario que lo rodea—, los dos coches, la casa de Manzanares, ¡joder, todo!

Rosi continúa sin decir absolutamente nada. Lo mira con curiosidad y da pequeños sorbos de algo que burbujea en un vaso que lleva en la mano.

»Vale, tira, lo que tú digas, no quiero discutir, ya me cojo yo la ropa, para que no vayas luego diciendo que te tengo de esclava. ¡Como una reina!, es lo que estás, aquí, en casa, tocándote las narices, mientras yo me deslomo a trabajar.

Ella sigue muda, sonriente, hasta se ha encendido un cigarrillo y lo observa divertida a través del humo.

»¿Sabes qué te digo? Ni me cambio de ropa. Estoy hasta los huevos de tus manías, del sicólogo y de broncas. Asertivo, dice, el gilipollas. Aquí lo querría ver yo ahora, ¡cojones! Me voy. No me esperes a dormir, me quedaré en un hotel, ¡coño, ya! A ver si un hombre no puede hacer lo que le salga de las tripas sin dar explicaciones. Y vístete, joder, que pareces una puta.

Un suspiro hondo de la mujer, liberador, satisfecho, acompaña el portazo que hace temblar las paredes. Rosi, tras apurar de un trago lo que había en el vaso, coge el móvil, busca un contacto en Whasapp, e inicia el siguiente chat:

—Rosi.: Corazones, chicas, ¿estáis libres?

—Conchi.: Como las tetas de una quinceañera haciéndose un selfie para Tik-Tok.

—Angelita.: Me acaba de escribir Marcial, pobrecito, le ha surgido un imprevisto en la oficina y no vendrá a dormir a casa. ¡Me da una rabia!

—Rosi.: De puta madre, pues. Noche de pijamas. Os quiero aquí a las nueve, como muy tarde.

—Conchi.: ¡Oído, cocina, marchando!

—Angelita.: ¡Hay, no sé…!

—Rosi.: Tráete a Ronaldo, Conchi, cabrona, y que se venga con algún primo buenorro, de esos que tiene. Y tú, Angelita, monja de los huevos, espabila.

—Conchi.: Eso está hecho. Precisamente ayer me presentó a uno, cubano, medio mulato, que tiene una pinta…

Rosi.: Ese, ese, lo quiero, y falta mucho hasta Reyes. Conchi, no me falles.

Angelita.: Chicas, yo no sé, me apetece mucho y quedarme aquí, solita, en casa, toda la noche, que queréis que os diga, me da cosa. Pero, por otra parte, el pobre Marcial, trabajando…

Conchi.: Tienes el móvil de Daniel, ¿no?

Angelita.: Sí, pero… ¿Quieres decir?

Rosi.: Eso mismo, capulla; si no lo llamas tú lo hago yo, que me lo diste la otra tarde, ya no sé para qué.

Angelita.: Vale, vale. ¡Uf, qué sofoco! Pero, claro, por otra parte… ¡Venga, que sí, que voy! Pero a Daniel lo llamo yo.

Conchi.: ¡Esa es mi chica!

Rosi.: Oye, tú, guarrona, ¿y el cubano ese…?

Conchi.: ¿Quieres que te haga spoiler?

Rosi.: ¡Ay, no, que se pierde toda la gracia! Oye, no traigáis nada, hoy todo lo pillamos con Uber, que pago yo; bueno, el gilipollas de mi marido, que con las prisas se ha olvidado de coger la Visa. ¡Hala, que me voy a ir dando una agüilla! A las nueve sin falta todas y todos aquí.

Conchi.: ¡O clock!

Angelita.: ¡Qué nervios…!

Mientras se va llenando la bañera y tras echar en el agua una generosa ración de sales perfumadas, Rosi va a la cocina. En la puerta del frigorífico, sujeta por cuatro pequeños imanes, una hoja de papel llama su atención. Es una lista. Se acerca, sonríe, pilla un rotulador y, mientras canta a voz en grito: «Me va, me va, me va, me va, me va; me va la vida, me va la gente de aquí y de allá. Me va la fiesta, la madrugada, me va el cantar…», tacha: «ASERTIVIDAD», anticipando con un ligero estremecimiento placentero, que la noche va a ser muy larga.

PAQUITA ESCOBERO

—¡Calla Soledad! te he dicho muchas veces que no puedes decir al grupo lo que te plazca sin la empatía suficiente para ponerte en sus zapatos, y no literalmente, que a veces he de explicártelo todo.

—¡Pero yo solo quería decirles que estoy cansada de que me digan que hacer, o que me dejen atrás y no me permitan salir más que cuando Madre lo permite!

Pues yo quiero decir algo.

— Muy bien Carlos, así se hace, pidiendo permiso antes que si no esto es un caos todos hablando a la vez, ¡adelante qué tienes que decir!

— Soledad, Madre no te deja ir siempre, porque sueles ser muy dramática y nos pones nerviosos a todos los demás, pero yo te entiendo, tampoco me gusta que me dejen atrás cuando viene la diversión.

Se empiezan a escuchar risas, voces y todas a la vez, diciendo que es cierto, es muy dramática, otros que no lo es, Soledad llorando, Puri se pone a cantar ¡Pobre de mí!…

—¡Silencio! dice Madre. Vamos a ver qué opinan los demás, ¿Puri?

— ¡Vaya nombre me pusiste! Creo que todos debemos estar en las cosas importantes y que algunos deben quedarse si solo se va a realizar algo sin relevancia.

— Muchas gracias por expresar tu opinión sin gritar, como haces habitualmente. Lo primero, el nombre ya lo traías puesto cuando llegaste a esta casa, maja. En segundo lugar, todos los días hacemos cosas y tomo decisiones sobre quien participan por el bien de todos nosotros. ¿Acaso queréis volver a la habitación y quedarnos allí para siempre o hasta que decidan que podemos volver a salir?

Un murmullo se generaliza y se puede sentir el nerviosismo. Nadie quiere volver a ser encerrado. Pero es algo muy difícil de conseguir aunque lo intentan. Cada uno tiene su personalidad y a veces a Madre le cuesta que todos sigan las instrucciones dadas:

– Todos van cuando es solo una consulta sencilla de las de ¿Qué tal estás hoy?

– Van solo yo Madre, Carlos y Sofía, cuando se ha hecho algo relativamente grave y hay que responder a las consecuencias. Mantienen mejor la calma.

-Van Madre, Soledad y Puri, cuando es preciso llorar a mares y decir mil veces que no volverá a pasar, que intentamos mejorar pero es difícil.

– Va solo Madre el día de la evaluación general.

Pero esas reglas que no están escritas, han sido habladas muchas veces y se las suelen saltar a su antojo y generar un caos que les sigue manteniendo en ese lugar.

Suena la puerta. Ha llegado la hora de la evaluación general. Madre se levanta en silencio y sigue al celador mientras intenta que todos estén callados.

—Buenos días Clara, pasa y siéntate. ¿Te parece bien si hacemos los cuestionarios y las pruebas hoy? Luego tienes evaluación con el Dr. Sánchez y la Dra. Guardado.

Madre oye unas risas y mira de reojo para que se callen.

—¡Claro que me parece bien! llevo mucho trabajando para este día.

—Perfecto, pues vamos a ello. ¿Estás sola?

— ¡Claro, con quien voy a estar además de usted y el celador que no se va de la puerta! ¿acaso usted no ve al celador?responde Clara.

— ¡Madre, madre, diles que yo también estoy aquí que me he portado muy bien y ya digo las cosas con más calma! dice Soledad.

Carlos se ríe de ella y empiezan a discutir. Madre intenta ignorar lo que pasa, asertividad, asertividad, toda la semana trabajando con ellos, ya les ha dicho a todos de la mejor manera posible lo que había que hacer hoy.

—Clara, ¿Me estás prestando atención?

—Por supuesto, empecemos.

Nota a pie de página del cuaderno de la mesa: Clara sigue viniendo acompañada, intenta disimular que las voces no están ahí pero se dispersa, manda a callar en un tono de voz dulce y suave a Carlos, Soledad , Puro y Sofía. ¿Dónde estarán Ramón y Lourdes?. Es posible que esas dos personalidades estén bajo su control ya. En la evaluación anterior tampoco parecían estar.

— Bueno Clara, creo que hoy estás distraída, ¿Te parece si lo intentamos la semana que viene?

— ¡No, no! tenemos que hacerlo hoy. No estoy distraída, es que estos tres no se no se callan, Puri no deja de cantar y ¡mira que les he dicho que cuando nos llaman aquí vengo yo sola!. Da igual que sea su madre, esa orientación que me dió no me ayuda. No se lo creen y siguen haciendo lo que quieren. Eso sí, ya por lo menos intentan respetar lo que dicen cada uno.

El celador le pide a Clara que le siga y está se marcha de allí siguiendo sus pasos lentos, mirando su desgana.

—¡A ver si entrenas más que andas muy despacio!, dice Sofía.

— ¡Calla estúpida, que otra vez más no hemos podido llegar a la segunda entrevista! a este paso no salimos nunca.

Carlos, Soledad, Sofía, Puri, Madre, callan. Clara está enfadada, no lo han hecho bien. Toca esperar otra semana.

MARÍA LARGO

Ponte ese vestido rojo.

Atrévete a cortar la cinta métrica y sal a comerte el mundo, como una flecha. 

Brinda alzando bien alto la copa, 

camina desprendiendo purpurina,

gana la carrera a esas medias rotas,

hazte un favor:

Desnúdate al viento bailando,

corre descalza sin rumbo.

salta en los charcos sin prisa,

despéinate la risa y vive,

Hoy. Ahora. Ya. 

Cada segundo.

No te pares, aunque te miren,

sigue, aunque te critiquen,

el precio de que hablen de ti es muy barato,

la envidia siempre estará de oferta,

hacer daño hoy en día no sale nada caro,

y ser tú misma, simplemente, no tiene precio. 

PEDRO PARRINA

Para muchos hombres, calificarles de machistas o acusarles de machismo son insultos, e incluso violencia de género femenino, y ellas lo saben.

IVONNE CORONADO

Me andan acusando de decir lo que pienso como si creyera que tengo la razón. No es así. Pero no me ando por las ramas para decirle pan al pan y queso al queso.
Tal vez no me explique.

Les daré un ejemplo. Manuel me dijo ayer:

-Ya no reciclo más. ¿Para qué hacer tanto esfuerzo? Dicen que no lo reciclan todo, se va una gran parte a la basura.

Y le contesté:

– ¿Y qué esfuerzo haces? Solo tienes que seleccionar lo que es basura y lo que es algo reutilizable, haya el gobierno con su conciencia.

Me respondió molesto:

-Ya comienzas con tus sermones.

Y yo a darle más cuerda:
-Oye, cada persona tiene que ayudar a contaminar menos el planeta. Un día será en tu plato que encontrarás el plástico que ahora circula en las aguas- y añadí- Lo que pasa es que eres un perezoso. Te cuesta menos echar todo en una bolsa negra, que separar, lavar, clasificar tus deshechos.

Ya furioso me dijo:

-Te diré, cada uno es responsable de sus actos. Ya estoy grandecito, mamá.

“Pues vaya con los hijos. Se les da el ejemplo, crecen y cambian”-pensé.

Pero yo seguiré insistiendo, aunque por el momento, mi asertividad no me ha ayudado mucho; se fue a trabajar enojado conmigo. Yo me quedé sacando de su basura lo que podía ser reciclado.

LOLI BELBEL

ATENEA
Atenea,
hermana de Ares
-hijos del
      dios Zeus-..
Entre los dos unieron
un destino indestructible
y fabricaron
       un rayo misterioso
de colores
de fuerza y de llamas
    del fuego inmortal,
incandescente y
      eterno…,
Atenea,
ante tus pies
Ares se inclina
       con asertividad
           y coraje…,
y te ofrece una
lanza con punta
      de estrellas
para partir con ella
el mar, el cielo
       y el muro
          de los mortales…,
que como yo
    -pudiendo ser
     como tú-  
me refugio
     -cobarde-
como Ares,
     -cruel
        y vengativo-
tras el muro…,
      y no te pido
          clemencia.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

MI MALA MEMORIA

El día después siempre suele ser el peor. De hecho, fue el día en el que comenzaron mis problemas.

Se lo aseguro. Por más que me esfuerzo, no consigo recordar, señor juez.

No recuerdo exactamente qué tipo de fuerza fue la que actuó sobre mí: la centrífuga, la centrípeta, la de distracción universal o alguna otra de las muchas que se inventó Newton durante su época de afición a las manzanas. Lo único que recuerdo es que recorrí varias veces todo el perímetro de aquella descomunal y redonda circunferencia, perfectamente señalizada, todo hay que decirlo, hasta que un golpe de volante me llevó a enfilar en línea recta la mitad de su diámetro y terminar empotrado en uno de los pavos. En el más grande, concretamente.

¡Le juro que no lo recuerdo! ¡Tiene que creerme señor juez, honorable señor severo!

No recuerdo si fue el alcohol, el éxtasis, el móvil, la chica de al lado mientras deslizaba su mano por zona peligrosa o mi cabeza pensando en no sé qué cosa que tenía que haber hecho por la mañana y que seguramente había olvidado. Da igual, la causa es lo de menos. Nada va a cambiar que mi Ford Fiesta haya acabado estampado contra el mayor de los dos pavos metálicos del centro de la rotonda.

¡Ilustrísimo señor de negro, garante de la justicia, debe usted creerme, por el amor de Dios!

No recuerdo el nombre de los agentes de policía, ni el de ninguno de los sanitarios que me llevaban medio desparramado, ni la cara de ninguno de los bomberos que me excarcelaron. Ni siquiera recuerdo su nombre, señor juez ¿acaso lo ha mencionado usted en algún momento? Perdóneme. Le imploro perdón. Sé que la relación de infracciones que he cometido es infinita, que seguramente me haya pasado por el arco del triunfo casi medio código penal. Pero debe usted perdonarme. ¡Le suplico perdón, amnistía o cualquier cosa de esas cosas suyas que lo borran todo! ¡lo que sea necesario!

—No se preocupe, criatura, queda usted perdonado de todos sus cargos, si eso le vale. Créame que de perdón entiendo bastante, hijo mío. Pero esto negro que llevo puesto no es una toga, sino una sotana. Y lo de color blanco un alzacuello. Menuda tajada lleva usted. Se lo he dicho varias veces: el padre Severino, hijo, soy el padre Severino, no Severo. Ese era Ochoa. Es verdad que el Mesías vendrá a juzgar a vivos y a muertos, y habrá perdón eterno y esas cosas, pero por ahora no por el momento. Esto es una iglesia, no el Palacio de Justicia. Empiezo a pensar que lo suyo no es una cuestión de mala memoria. Hala, hala… ¡Queda usted perdonado! Vaya en paz y de camino rece tres padrenuestros ¿se acordará?

ANGY DEL TORO

LA AMENAZA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: un reportaje de ficción que podría convertirse en realidad.

Madame Géminis Londoño, escritora, periodista y colaboradora de las ediciones especiales en el periódico digital Disparates News se ha infiltrado en un congreso de científicos e investigadores de inteligencia emocional y artificial. La reportera ha descubierto un plan siniestro: una banda de ciberdelincuentes ha vulnerado la seguridad de una corporación pionera en robótica emocional y ha sustraído la información personal de miles de clientes. Como es sabido, los hackers pretenden usar los datos recopilados en la nube para manipular las emociones de los usuarios.

En este reportaje, Madame Géminis nos relata un hecho inusual, algo que ha conmocionado a los delegados a un Congreso dedicado a las generaciones futuras.

Una de las participantes, emocionalmente afectada por su experiencia personal, interrumpe la sesión y comienza a relatar como, un ataque de celos ha sido el causal de que su matrimonio, en la actualidad, esté enfrentando una crisis existencial. Su marido se ha obsesionado con la chica robot que recién han comprado, su único deseo es sentarse a conversar con su chica robótica.

Desesperada y furiosa, la mujer emprende a llorar y exclama: observen mi figura y sean sinceros, ¿Ustedes creen que yo pueda competir con alguien que ha sido creado con tanto esmero? Sus medidas se acompañan de una imagen maravillosa, 90-50-90. Su peso y masa corporal es el ideal, el que gusta a cualquier humano. Es atenta, inteligente, comunicativa y, para mi gusto, demasiado conversadora. Según mi marido, esta chica me supera en todo y para completar, dice que es incapaz de contradecirle.

Los asistentes, perplejos ante la actitud de la delegada, ocultan sus rostros en evitación de que los vean sonreír. En el recinto se forma una tremenda algarabía. Un verdadero escándalo, diría yo, cada cual, desde su punto de vista, defendiendo sus criterios. La presidencia pide cordura y de manera asertiva insta a que se respeten los derechos de cada uno de los delegados. Llama a Seguridad Ciudadana y solicita el auxilio del 911. Éstos, sin dudarlo, acuden de inmediato, asisten a la mujer y la conducen hacia un hospital de urgencias médicas.

Desdichadamente, expresó la presidenta: hoy hemos visto cuánto daño emocional puede causar el uso abusivo de los robots. Una asistente virtual de tecnología avanzada que se ha convertido en la adicción de su usuario. Ignoramos cuán atrapado puede estar el esposo de la delegada y qué tipo de emociones recibe al dialogar con su chica-robot. Tan siquiera imaginamos la razón por la cual el marido prefiere a la inteligencia artificial antes de compartir intereses con su esposa humana.

Sugiero que, de alguna manera, nos apartemos del Orden del Día relacionado con “los hackers, los datos en la nube y la manipulación de las emociones de los usuarios” y nos enfoquemos en la inteligencia emocional, en la sociedad.

La reportera Madame Géminis Londoño en su reportaje para la dirección del periódico digital Disparates News escribió:

No todo es oscuridad y desesperanza, aún existen personas que luchan por defender la ética y la transparencia en la tecnología y continúan trabajando en crear múltiples y variadas maneras para resistir y contrarrestar la manipulación emocional en el uso de la IA.

Este reportaje es una advertencia, una llamada de atención que nos muestra un escenario posible, pero no inevitable, lo que ocurre si no somos conscientes y responsables de cómo y cuánto nos relacionamos con la inteligencia artificial.

YOMALCKRY OSORIO

Siempre tenia una actitud hostil hacia sus colaboradores más cercanos ,era incapaz de entablar una efectiva y solida comunicacion .

A veces con la mirada era capaz de dirigir una orden ,habia que tener muy bien desarrollado el sentido de la intuicion para llegar a entederlo.

Era extraño por que su actitud en la oficina y fuera de ella eran completamente distintas .

Causaba un cierto desconcierto no habia forma o manera de enteder un minimo esa extrañas actitudes.

Ella se confundia por que en otras oportunidades sus antiguos jefes se habian convertido en excelentes amigos que han perdurado en el tiempo.

Pero desde lo más profundo que en esta oportunidad no seria igual ,su actitud a veces despiadada ,le confundia ,era como si no tuviera alma ,desconectado de su entorno ,de la realidad.

Ellos solo se limitaban a cumplir cabalmente cada orden.

El por su parte a asistir a estrictamente lo necesario,el ser hijo del dueño le permitia ese tiempo libre para atender otros .

Sus pensamientos estaban concentrados a entenderlo aquella forma de ser.

Si no le falta nada en la vida.

Tiene salud.

Tenia una hermosa familia (aparentemente ).

Y lo que consideran que es la felicidad .»DINERO»

¿Quê le hace falta en su vida?

Buscaba en otros brazos lo que tenia en casa .

Se le hacia dificil casi titanico llegar a expresarse ,levantaba un muro impenetrable .

Impuso su próprio silencio ,para protegerse y a la vez intimidar .

Quizas en el fondo era un niño herido

Falto de atencion.

Falta de una asertiva comunicacion en casa ,un rebelde sin causa

EFRAÍN DÍAZ

Al entregar Miguel Enriquez el último par de zapatos al último cliente del día, entró a la zapatería Juan Serra, el alguacil del cabildo.

Juan Serra arrastraba la frustración de nunca haber llegado a Capitán. Aunque no le faltó disposición, le faltó talento. Carecía de inteligencia suficiente para escalar más allá de ser un simple alguacil. Sus frustraciones las descargaba con las clases bajas y los negros. Jamás contra la nobleza. Un desaire a un noble le costaría el puesto y aunque le escaseaba la inteligencia, tonto no era.

-En que puedo ayudarlo, señor alguacil? Necesita un par de zapatos nuevos o reparar los que tiene? Se ven maltrechos- le dijo Miguel Enriquez.

-No necesito zapatos nuevos. Los que llevo están bien. Tengo una orden de detención en su contra- dijo Juan Serra en un tono altivo, seco y áspero.

-Una orden de detención en mi contra? Respondió Miguel Enriquez sorprendido. De que se me acusa?

-Eso no puedo decírselo. Pero se lo puede explicar al Oídor General cuando lo tenga de frente y le lea los cargos- respondió Juan Serra con una sonrisa maliciosa.

Atado de manos como si fuera un peligroso criminal, Miguel Enriquez fue llevado frente al Oídor General.

El cuartel del Oídor General era un edificio imponente. Con múltiples dependencias, hacía las veces de Ministerio de Hacienda, de Ministerio de Justicia y de subsidiaria de la Capitanía General para Puerto Rico, cuyos cuarteles generales se encontraban en Santo Domingo.

Cuando Miguel Enríquez entró en el despacho del Oídor General, vio una amplia estancia ricamente decorada. Muebles victorianos y cuadros de gente importante adornaban las paredes. El escritorio del Oídor General era de madera sólida tallado con cuidado y perfección. En la pared y sobre la cabeza del Oídor General colgaba un retrato pintado de Fernando e Isabel, los Reyes Católicos.

-A ver, a ver, es usted Miguel Enriquez?

-Si.

-Zapatero de profesión?

-Si.

-Está usted acusado de vender bienes de contrabando en su zapatería.

-Vender bienes de contrabando? De donde ha sacado eso usted, señor Oídor?

-Usted le ha vendido mercancías a Policarpio Rodríguez, a Justo Benavente y a otro grupo de personas que se lista en la acusación y que no voy a leer por cuestiones prácticas.

-Que le he vendido mercancías a esas personas es cierto, pero que era mercancía de contrabando es algo que ignoraba hasta ahora.

-Como accedió usted a esas mercancías?

-Gente pobre que vino a mi tienda y como no tenían dinero para pagar por mis zapatos, me pagaron con bienes. La ley permite el pago de bienes y servicios en moneda de curso legal o en especies y esta gente, que no tenían dinero, decidieron pagar con bienes, los cuales re-vendí para obtener mi dinero. Desde cuando el trueque es delito? Sabe usted muy bien que el dinero escasea y el situado se atrasa por largos periodos de tiempo. Solo nos queda el trueque. De haber sabido que eran bienes de contrabando, no los hubiese aceptado y mucho menos vendido.

-La ignorancia de la ley no le exime de su cumplimiento, Miguel- dijo el Oídor General sarcásticamente- y habiendo admitido la comisión de un delito, no me queda más remedio que condenarlo.

Miguel Enriquez fue condenado a una multa de cien pesos y a trabajar por un año, sin sueldo, en las fortificaciones de El Morro. Nieto de esclava e hijo de Graciana, esclava liberta, por sus orígenes y su color de piel, Miguel no podía aspirar a mucho más que zapatero, calderero o zurrador. Miguel ejercía los tres oficios. Aunque nadie conocía quien era su padre, se rumoraba que era un blanco español del alto clero, de la alta élite, pues Miguel pudo pagar la multa y asertivo como era, solicitó que lo transfirieran sin sueldo a una compañía de artillería. Dicha solicitud le fue concedida sin premura. También y sin haber podido ir a la escuela, Miguel Enriquez no solo sabía leer, escribir y matemáticas avanzadas para la época, sino que tenía mejor caligrafía que los propios escribanos, algo que molestaba a los pro-hombres de San Juan. Quien fuera que estuviera detrás de Miguel Enriquez, era sin duda una persona de mucho poder.

Gracias a su asertividad, al finalizar el año en la compañía de artillería, Miguel Enriquez había aprendido todo lo que se debía aprender sobre los barcos y sobre el mar. Ese año, el conocimiento y la experiencia adquirida no tenía precio ni sueldo capaz de pagarlas. Volvió a su oficio de zapatero, pero ya su mente divagaba en otro lugar. Su mente estaba entre barcos y olas. Entre islas y mercancias. Su mente estaba mar adentro.

RAFAEL MANCÍA ESTEBAN

Todos los días, de aquel verano, iba a esperarte a la puerta del trabajo, tan bonita, con sus coletas algo infantiles y aquellos pantalones cortos que realzaban sus piernas largas. Encajabas bien las bromas de los compañeros terminando la conversación con un: … y éste, es el que al final se lleva a la chicha.

Era el primer año que veraneaba en el sur, acostumbrada al Cantábrico, aquí disfrutaba de la playa todo el día; de la siesta, de los paseos vespertinos en las Calas de Roche; y se enamoró de tu tierra a la misma vez que lo hizo de ti, de tu gente, del olor a azahar en primavera, del incienso y del pescaito

Una niña bien del Sardinero, encontró el amor entre la Giralda y Sancti Petri. Y tú lo pusiste todo a sus pies, de sevillanas maneras. Aún recuerdas el día que su mano temblorosa recibió el anillo. La casa de la calle Pureza, las tardes en la calle Betis tomando café con churros. La vuelta a casa del trabajo, los domingos de peli y palomitas.

Primero llegó la niña, pensabais que no podía caber más felicidad en el cuerpo. La cogiste entre los brazos y mirando a su madre, tan blanquita, le prometiste la luna mientras la mecías. Luego llegó Carlos; Charly Down, como solían llamarle sus amigos del colegio.

Llegaron los primeros cambios, la casa de la calle Pureza se quedó pequeña. Charly necesitaba más espacio que Marta, que además, tenía otras necesidades de intimidad. Tú y Carol, hacía tiempo que habíais renunciado a aquella vida de enamorados. Apenas recuerdas cuando te metías, entre el vapor de la ducha, para sorprenderla, mientras la sujetabas fuertemente por las piernas y hundías tu rostro por debajo de su ombligo, con pequeños cariñacos que le hacían gemir y reír a partes iguales.

Marta se hizo mayor, voló del nido el mismo año que Charly decidió ser músico y a Carol le diagnosticaron el tumor. Tu decidiste que nada había de cambiar, que los cigoñinos ya no podían regresar a la niñez, que tus canas, aun pintadas, seguirían siendo blancas por dentro y que eras tu quien afrontaría la soledad del cuidador. Cambió tu mirada, se encogieron tus hombros y dejaste de sonreír.

Vas al cementerio, a contarle a ella lo orgulloso que estás de vuestros hijos. Charly Down toca en un grupo de jazz y vive con su novia en un piso tutelado. Han tenido un hijo que se llama Charly Two, pero no es Down, y tu has vuelto a renacer. Todos los días le llevas al colegio porque su padre no quiere que sepan que sus padres son Down. Marta está en Londres, sólo viene por Navidad y alguna Semana Santa; ésta tardará un tiempo en tener familia, le cuentas en un reproche cariñoso.

Has vuelto a la casa de la calle Pureza, y vuelves a tomar café con churros, ahora con el pequeño Charly y esa chica tan guapa que te saca veinte años de juventud y a la que, con menos brío, mordisqueas bajo el ombligo cuando nadie os ve.

Charly Down ha escrito a Marta para decirle que mamá estaría contenta…Tú habías vuelto a sonreír.

GRACIELA PELLAZA

«No, dije.

Así, sin signo de apertura, ni cierre. Lo escribo para que comprendas lo visual de la voz. Quiero que se vea el vuelo casi detenido de la palabra. Corta y sin peso.

Y en esa liviandad de mota de polvo, viajó hasta llenarlo todo. Todo.

¡Que maravilla!

Se sentó.

Él estaba parado ahí en una guerra.

Solo, con sus disparos al viento, como si a sus noventa kilos de hombre, le faltara el equilibrio. Y en la banqueta de la cocina se desnudó de la artillería.

Fue en ese momento, cuando se escapó el violento fuego y había un agrio olor a ira quemada. Le tomé la mano. Estaba fría.

Y él que estaba lleno de brasas se hizo cenizas ante la ternura de mi palma.

Yo, era agua.

No fue un cálculo

Ni un discurso premeditado.

Era un determinado y firme final. Esos que crecen de semillas y se hace árbol.

Estaba entendiendo eso que le dolía, que no tenía vuelta hacia atrás. Pero la lista de los sí…la ahogué en el inodoro de la casa.

En el escenario, estábamos frente a frente; en la cocina sucia, con los platos rotos y el piso lleno de comida. Pero estaban también, sus ojos y los míos, asertivos y mansos; antes que bajara el telón, en el duelo aceptado de la despedida.

MARÍA JOSÉ AMOR PÉREZ

LA ASERTIVIDAD MUY «ASERTIVIZADA» (Tema de la semana)

Aquella familia con varios hijos todos pequeños, se trasladaron a vivir al piso más bajo de una casa antigua que, como el resto de los edificios que componían la manzana, la parte de atrás tenía acceso a un amplio patio ajardinado donde los niños podían jugar.

En los pisos superiores en cambio, en lo que sería ese patio se reducía a un balcón-terraza con el fin de, que en el espacio interior que dejaban las casas, hubiese un muy amplio lugar abierto y con sol.

Pues resultó que, en el primer piso, justo por tanto encima del patio, vivía un señor algo mayor, solo y descuidado que, por ser cazador, tenía dos perros setter a los que solo sacaba los domingos en época de caza. Además su hábitat era ese amplio balcón.

Puede imaginarse lo que sucedía en aquel espacio: aparte de ladridos frecuentes, lo peor era que sus necesidades las hacían allí y solo eran recogidas solo cuando asistía una limpiadora por lo que, las muchas horas y días que ella no estaba, caían todos aquellos cúmulos líquidos y a veces sólidos en el patio de la tal familia, convirtiendo aquel habitáculo con naranjos y plantas en general, en un estercolero.

En el edificio, como en todas las casas antiguas, vivían los porteros, encargados de la limpieza de la escalera y ascensor, así como de vigilar quienes entraban en la portería.

Ya harta de recoger aquellas inmundicias, la “madre de familia”, que no quería introducirse en la comunidad con protestas contra un inquilino “de toda la vida” tras mucho cavilar tuvo la siguiente idea:

Una mañana, se acercó al portero y le dijo:

-Mire, por favor, dígale al señor del primero que tenga cuidado ya escuché en la pescadería a un grupo de vecinos de unas casas que dan al patio, comentar que valdría la pena hacer una denuncia a Sanidad y a la Protectora de Animales de las condiciones en que ven vivir a sus perros, ya que están siempre en el balcón y en condiciones muy poco higiénicas.

Y, el hombre ante la amenaza, tomó medidas y no hubo más problemas.

EDUARDO VALENZUELA

―¡Detesto a los animales! ―dijo un tipo en voz alta, para que todos lo oyeran en el vagón.

David escuchó el comentario, pero prefirió hacer oídos sordos.

―Tranquilo, David, es mejor no hacer caso a este tipo de gente ―le aconsejó su amigo Max―. Más aún en el transporte público.

―Lo sé, Max ―le respondió, David―. Intentaré ignorarlo.

El cretino insistió:

―Esto no es un zoológico, es un tranvía. El zoológico es para los animales ¿Me oiste, chico?

David no se volteó. El tipo que reclamaba era un viejo de unos setenta y cinco años, un millennial, usaba un bastón-inteligente.

―Te habló a ti, muchacho. Tú, el que subió con ese perro aquí donde viajamos personas. ¿Eres sordo o qué?

―¿Qué hago, Max? Él no me quita la vista de encima.

Un hombre calvo, bajito, trató de ayudar.

―Oiga, déje al chico tranquilo. Él no ha hecho nada malo.

―Amigo, entiendo que solidarice con los amantes de los animales, pero yo pago mis impuestos y puedo manifestar libremente mi pensar, ¡y mi pensar es que no quiero compartir mi espacio con ese perro pulguiento!

―¡Pero los animales también tienen derechos!

―Mire, si usted cree que los perros o los robots tienen derechos, allá usted; para mi los perros no son más que bestias. Sí, ¡bestias salvajes! La naturaleza ha creado personas, animales y plantas. No sé porqué hay idiotas que se empeñan en violar esas sabias leyes naturales y les asignan derechos a cosas que no lo tienen. Por eso el mundo está como está, por culpa de estúpidos así.

―Sí tanto le molesta ¿porqué no se baja usted del tranvía?

―¿Me estás diciendo lo que debo hacer? Creo que te pasaste de la raya, calvito. Esto es un asunto privado entre este chico con su pulgoso perro, y yo. ¡Esto no es tu asunto! ―gritó, levantando su bastón, listo para dejar caer un golpe― ¿Me oiste, calvito? No es tu asunto.

El calvito se sintió amedrentado y calló. La incomodidad era generalizada en el reducido espacio del tranvía electromagnético.

―Max, el tipo viene hacia acá. ¿Qué hago?

―Tranquilo, David. Déjame a mí, la clave es la asertividad. Recuerda que debemos tener la capacidad de expresar oportuna, tranquila y claramente los pensamientos, las opiniones, las emociones…

―¡Escúchame, chico! Esta es la última vez que te lo digo. O te bajas con el perro o tendré que hacer algo.

―¡Señor! Por favor ¿Podría usted calmarse y dejar de intimidar a mi amigo, David? Su actitud nos parece extremadamente hostil.

―¡Bájate ahora mismo! ―dijo el tipo sin despegar los ojos del chico.

―Señor ―insistió Max―. ¡Le estoy hablando! Por favor, contrólese. La ley global 178.654 del orden mundial garantiza el libre desplazamiento por espacios públicos, de hombres, animales y robots. Usted no puede oponerse a la presencia de un perro en un tranvía. Si persiste en su actitud agresiva llamaremos al personal de seguridad.

―¡Cállate, mugroso perro! ―gritó el viejo, levantando nuevamente su bastón.

―¡David, llama al guardia, de prisa! ―avisó Max, interponiendo su cuerpo peludo entre el muchacho y el viejo.

En la estación siguiente los tres fueron detenidos. Sería necesario tomar declaración al viejo, a David y a su perro, Max.

―¡Quítame tus sucias patas de encima, mono asqueroso! ―le dijo el viejo millennial a uno de los guardias-gorila.

―Mi nombre es Taylor, señor ―le respondió el fornido primate, que correspondía a la especie “Gorilla beringei”―. Mi nombre es George Taylor y le agradecería que no me falte usted el respeto, este es mi trabajo.

Así eran estos tiempos. Desde que la ley del orden mundial había aprobado los implantes neurotransmisores para animales y éstos habían comenzado a hablar y a trabajar ―de igual a igual― junto con los humanos, las escenas de discriminación y especismo eran frecuentes.

FIN

(Este texto lo presenté hace unos días, pero ahora lo modifiqué para que entrara en el concurso)

SERGIO TELLEZ

FUERZA INTERIOR

–Hola cucho, ¿qué hay de comer?

–Hola hijo, hurgue en la nevera, saque la lasaña y caliéntela.

–Su mamá está en cama cansada y con migraña, yo no tengo tiempo ni ganas de seguir.

–¿Qué?, ¡tengo hambre!, que la cucha la caliente.

–Le repito, está cansada y enferma.

–Entonces, mientras me ducho, caliente la lasaña y me la sirve.

–¡No!, y para que le quede claro, esta es la última comida que se gorrea en casa.

–¿Pero, qué pasa?, ¿se volvieron locos?

–Si señor, nos volvimos locos y todo gracias a usted.

–¡Pero!

–Pero nada, desde hoy todo cambia en esta casa.

–Ja,ja,ja… definitivamente se volvieron locos de remate, voy a bañarme y cuando salga, espero que la lasaña esté bien caliente y servida en la mesa, ¿vale?

–Mijo, ¿llegó Guille?

–Sí mija, acaba de llegar, se está duchando.

–¿Ya le dijiste?

–Aún no.

–¿Me dijeron qué?… ¿Qué pasa?.

–Séquese bien, no deje regueros en la sala, siéntese y óigame.

–¿¡Qué sucede!?, tengo afán.

–Hijo, tenemos algo muy serio que contarle y lo voy a decir con toda la asertividad posible.

–¿Asertividad?, no entiendo viejo.

–¡Usted fue adoptado!

–¿Cómo?

–Así como lo oye, usted fue adoptado.

–¡Ah, ¿sí?!, pues quiero conocer a mis padres biológicos.

–Je, je, je…, los padres biológicos somos la cucha y yo. Los nuevos vienen mañana a recogerlo…

*Cucho: En Colombia, coloquialmente, padre o madre de de una persona.

*Mijo/a: En Colombia, tratamiento usual entre marido y mujer.

*Gorrear: En Colombia, vivir, comer, beber a costa de los demás.

JOSMA SANCHÍS

INTELIGENCIA EMOCIONAL

En casa me dicen que soy una persona muy inteligente, pero que mi inteligencia emocional es equivalente a la de un mosquito.

En el trabajo, cuando espanto a los amiguetes de mis compañeras para que las dejen trabajar, afirman que cuando sea mayor estaré solo y no me que querrá nadie.

Ante tales afirmaciones empecé a preocuparme y me compré en Amazon un libro de Daniel Goleman titulado: “Inteligencia emocional”

Lo cierto es que quede asombrado por la diferencia entre la inteligencia intrapersonal y la empatía que conduce a comprender a los demás.

Eso me lo había explicado muchas veces mi padre, buen comercial, afirmaba que para conseguir una venta había que ponerse en los zapatos del otro, para entender que necesitaba y así venderle lo que resolviese sus necesidades.

Estoy intentando adaptarme a estas nuevas ideas, aunque el otro día metí la pata hasta el mango. Entré en una librería en la que había un dependiente muy bajito y le solté: ¿Tiene usted el libro de cómo hacer amigos? ¡Enano de mierda! Por su reacción puedo afirmar que este hombre no fue empático conmigo. Hay que joderse, coño.

LUISA VALERO

RENACUAJO PREGUNTÓN

—Papi, ¿por qué casi no peleas con mami? Los papis de Alejandro pelean mucho —dijo el pequeño Miguel Ángel.

—Cielo, respóndele tú… —dijo Felipe, el papá.

—Yo, ¿ por qué? —dijo Isa, la mamá.

—Porque sabes explicarlo mejor que eres la que va a la “Escuela de padres”…

—Hijito, porque tenemos “asertividad”.

—¡Manda huevos!

—¡En esta casa no se dicen palabrotas! –con voz suave, le recordó Isa a su esposo

—¡No he dicho ninguna palabrota! Que el niño tiene cuatro años, que ni habla bien…

Después de ver cómo sus padres se pasaban la «pelota», uno al otro, Miguel Ángel volvió a preguntar; ya que, estaba en esa edad donde los pequeños quieren saber y saber…:

—¿Qué es “hacepipidad”?

—Qué te vas a hacer pipi y te viene la paz, y ya no peleas.

—dijo Felipe con tono burlón. Isa arqueó las cejas y esbozó una sonrisa, reprimiéndo una carcajada.

—¡Ya lo entendí, papi! Es como cuando me mandáis al «rincón para pensar»… Vuestro «rincón para pensar» es el cuarto de baño.

—Mas o menos, hijo. ¡Ya te lo explicaremos cuando seas más grande! –le contestó Felipe y se puso a tararear el estribillo de una canción de El Último De La Fila: «Si lo que vas a decir no es mas bello que el silencio, no lo vayas a decir…»

Isa también empezó a cantar la misma canción y se fue a invitar a bailar a su «renacuajo preguntón».

JOSE MANUEL AMBROCIO

«PACTO»

—Che, estoy repodrido.

—Vení acá, decime ¿Qué te pasa?

—Es todo, la situación que nos ha tocado vivir, no veo que tengamos un futuro cierto, la vida nos ha vuelto miserables, la guita no alcanza mas, en el cole me han retirado la beca, no sé qué hacer.

—Mirá loco, no te desanimés, frente a nosotros tenemos una gran oportunidad, podemos con nuestra inteligencia vencer cada una de las situaciones que se nos presenten.

—Se oye bien, sin embargo, mi viejo quedó cesante y por su edad no creo que pueda encontrar un laburo. Y ayer, ayer lo que vi me partió el corazón, mi vieja removiendo los botes de basura en las afueras del mercado, luchando codo a codo con los vecinos para poder conseguir las verduras que son todavía comestibles. ¿Comó llegamos a esto?.

—Entendé que es algo que nos supera. Son movimientos políticos que están fuera de nuestro alcance poder soluciona

—Dejaré la escuela entonces.

—No. Esa sería lo peor que podrías hacer. No debes tomar decisiones tan apresuradas, con preparación podrás acceder a un empleo, podés tomar un curso para ser técnico de algo, no sé, algo que te pueda sacar adelante en el futuro. No todo esta perdido, no para nuestra generación.

—¿Y qué me decís de mis viejos? De la gente mayor, ¿Tendrán que seguir hurgando en la basura?.

—No debieran…

—¡Entonces?.

Se hizo el silencio. Se quedaron ambos sumidos en sus pensamientos. Paul no estaba seguro de dar el siguiente paso. Debía ser muy cuidadoso.

Mirando para todos lados trajo de brazo a Thiago a una de las bancas mas apartadas del parque.

—Mirá, lo que tengo que decirte deberá quedar entre nosotros, solo entre nosotros. Es muy delicado y debés comprometerte a guardar el secreto. ¿Listo macho?. —al momento de decirlo, de su mochila sacó un fajo de copias, diez o doce hojas de tipografía muy ajustada. Sin marcas, sin títulos, ni espacios.

—¿Y esto?.

—Tenes que leerlo y después destruirlo. No podés guardarlo, ni compartirlo con nadie, ¿Entendes?.

—Si nos quejamos de la situación que nos aqueja, sin actuar ahora, estaremos perdidos por mucho tiempo.

—No sé.

—Si lo lees, y lo aceptas serás parte del cambio, si no, seguirás condenado a aguantar que otros decidan por ti.

Se despidieron con la promesa de verse al siguiente día en el mismo lugar.

El apretón de manos al encontrase sello su destino…

MARTU MONFORTE

Comenzaba la semana en la Residencia de ancianos.
— Buenos días— dijo Blanca con calidez, mientras corría las cortinas. Miró a Paulina, siempre le había tenido un cariño especial. Ella no contestaba, entonces insistió.
— ¿Cómo amaneció hoy? Mire, mire. Es un día hermoso.
— Algo mareada pero ya pasa —respondió. Su cuerpo se mecía en un leve vaivén mientras se arropaba con una manta.

— Anoche hubo una tormenta terrible, murmuró la anciana.

Blanca fruncía el ceño; cada tanto Paulina se embarcaba de Nápoles hacia América.

— ¡Cuidado!— El grito de Paulina fue desgarrador, se agitaba.

Blanca dejó la bandeja del desayuno sobre la mesa, debía llamar al médico pero decidió esperar. Por un momento dejó de lado su asertividad.
—¡ Francesca..! ¡No corras tan cerca de los bordes! — gritó Paulina. Desesperada estiró su brazo, buscaba a su hija. Sus manos transparentes tenían surcos verdes y se alzaban en el aire. Blanca se acercó despacio, de modo que Paulina logró tocarla; se aferró a ella, se calmó, pero continuó:

— Niña, no vuelvas a hacerlo. Ya falta menos, tu padre nos espera.

— Perdóname, mamá — respondió Blanca meciéndose en el barco a vapor.

La anciana le tomó fuerte la mano. Se acomodó a su lado, miró fijo el horizonte llena de esperanzas. Un nuevo mundo las esperaba. Blanca se estremeció.

—Es que debes portarte bien, quédate aquí cerca. Mira, te contaré nuestros planes; bordaremos manteles, tenderemos una mesa larga, bajo un parral. La casa tiene una higuera y frutales ha contado tu padre en la última carta. ¿Recuerdas? Y ha sembrado albahacas, tomillos, acelgas… ¡Y la escuela, niña! Te espera la escuela nueva que está cerca de casa.

— Es que…— Blanca se detuvo, no pudo continuar.

Sintió la América, un faro lejano la conmovía. Soñó con su padre, sintió el perfume fresco de la tierra arada y generosa, sus manos ansiosas sembraban para exterminar el hambre padecido por su familia. Y también en sus pies, sintió el abrigo de un calzado nuevo, del guardapolvo blanco, de la escuela que la esperaba; la tibieza de ese hogar que sabía a pan casero, a miel. En ese horizonte cabía toda la ilusión.Le tomó las manos, la acarició. Paulina cantaba y ella se sumó sin dudarlo. Una canzonetta soñaba en el aire, el cielo estaba despejado, las olas serenaban el alma de Paulina y de Blanca; su hija.

Un abrazo las mantuvo unidas por un tiempo sin tiempo.

Los golpes en la puerta, trajeron a Blanca a la realidad. Su compañera venía a recoger el servicio.

Blanca estaba sentada al lado de Paulina; se incorporó sin apuro, relajada, le sonrió mientras recogió la taza, un vaso de noche, un plato y otras cosas que fue apilando, sin conciencia. Eso llamó la atención de su compañera, pero hizo un gesto de despreocupación, como quién ve a alguien que se ha vuelto un poco loco. Blanca no dejaba de sonreír.

Respiró profundo. Mantuvo el cuarto fresco. Bajó las persianas a la mitad y recostó a Paulina que se había dormido profundamente.

Después salió del cuarto, caminó con una felicidad desconocida y ajena pero nunca tan propia. La vida había flotado a su alrededor, se había vuelto leve. Sentía el olor del mar, el vaivén del barco, allá lejos la tierra del porvenir, el amor de esa madre y de aquel padre que esperaba; había sentido en su piel la ternura de Francesca.

Una pincelada de realidad la sacudió.

Francesca hacía seis meses que había muerto.

CARLOS RODRÍGUEZ

Cuarta entrega de «JUEGO DE DAMAS «

Sin darse cuenta una sonrisa de adolescente enamorado se había instalado en su cara, menos mal que el reflejo en los cristales de la puerta le mostraron su propia imagen, permitiéndole borrar de su faz aquella sonrisa – ¿qué va a pensar si me ve con esa cara de bobo? – se dijo a sí mismo mientras abría la puerta y accedía al interior.

Amalia ya había llegado y le esperaba en la que había sido durante los años de facultad “su mesa», cada tarde se acomodaban en el tejido mimbre de las ahora gastadas sillas de madera y charlaban de su día en las respectivas facultades, la de medicina ella y de derecho la de él. Compartían confidencias y sueños. Aquel encuentro era como regresar veinte años atrás.

Vallejo, aunque había terminado a carrera de derecho, no había llegado a hacer la especialización y mucho menos a ejercer nunca como letrado. Aunque su sueño era defender a los inocentes las leyes no le llenaban, no satisfacían sus ganas de hacer algo con lo que realmente pudiese cambiar las vidas de las personas que sufrían alguna injusticia. Y fue así como sus rumbos se separaron durante unos años.

Aquel fortuito tropiezo había sido el inicio de una fuerte amistad que se había perdurado en el tiempo a pesar de las circunstancias y la distancia que les separaron en distintos momentos durante aquellos años. Cuando estaban lejos se llamaban por teléfono cada semana, cada jueves y sin una sola falta, a excepción de cuando Amalia había dado a luz a Valeria, cosa que sucedió pocas semanas después de que a Vallejo le asignaran su primer destino tras aprobar las oposiciones y el obligado paso por la academia.

Aquel tropiezo se había tenido lugar durante el segundo año de carrera de ambos y luego parecían haberse vuelto inseparables en aquellos años de universidad, únicamente se les podía ver por separado durante el horario de las clases. Al inicio del curso siguiente habían optado por compartir piso y ahorrarse un poquito.

A estas alturas ya os lo habréis imaginado, aquella amistad inicial fue a más y no tardaron en convertirse en pareja.

En el último año de los estudios básicos de sus carreras él había comenzado a darle vueltas a la posibilidad de iniciar los recién implantados estudios de criminalística, pero para ello debía abandonar Santiago y desplazarse a ………. Teniendo que separarse de Amalia, cosa que no le hacía ni pizca de gracia.

Fue ella quien le ánimo a perseguir aquel sueño, la que haciendo alarde de una asertividad mayúscula le empujaba a tramitar su matrícula y la convalidación de las asignaturas que ya tenía aprobadas en derecho.

Quiso ponerle la decisión mucho más fácil, y sabiendo que si seguían juntos sería difícil que Vallejo optase por aquellos estudios que le llevarían a cientos de quilómetros de ella. Fue ella misma quien hizo todo el papeleo, llegando a falsificar la firma de aquel a quien amaba y al que no quería cortar las alas que le podrían llevar a hacer realidad un sueño.

Esperó a la última semana de curso para, con lágrimas en los ojos y mil excusas que ni ella misma podría creerse, decirle que debían terminar su relación de pareja, que no quería perderle como amigo, pero su amor era imposible en aquel momento.

De nada sirviendo los ruegos de Vallejo, la decisión de Amalia era firme, y lo dejó todavía más claro con la frase que pronunció mientras le entregaba todos los papeles de su matrícula.

– Ya no hay razón para que no te vayas a estudiar criminalística, quien sabe si algún día coincidiremos investigando algún crimen. Yo he de centrarme en estos dos cursos que me quedan y en el MIR de la especialización y tú… tú tienes un brillante futuro como investigador, estoy segura de ello.

Aquella noche hicieron el amor como nunca lo habían hecho antes. Ciertamente era una extraña forma de despedirse como pareja, pero tampoco es menos cierto que ninguno de ellos quería que aquello terminase nunca.

Aquel verano no fue fácil para ninguno de los dos, aunque el inicio del nuevo curso les ayudó a tener ocupadas sus mentes y no pensar demasiado en aquel amor del que estaban separados. Ambos iniciaron nuevas relaciones intentando llenar aquel vacío que sus corazones sentían.

Aquel curso fue complicado para Amalia, no sólo debía lidiar con los estudios y la lucha contra lo que sentía, a ello se sumó el nacimiento de una hermosa niña que la ocupaba casi el cien por cien del tiempo, aprovechando los momentos en que la pequeña dormía para estudiar y dejándola en la guardería cercana a la facultad para poder acudir a sus clases.

Vallejo había comenzado a preparar las oposiciones para incorporarse al Cuerpo Nacional de Policía, y lo hacía en paralelo con su nuera carrera. Lo que más le estaba costando era preparar la parte física, él nunca había sido de hacer mucho deporte, y eso se notaba.

Tardaron un par de años en volver a verse, y lo hicieron por casualidad. Vallejo había vuelto a su ciudad a visitar a sus padres y Amalia paseaba radiante por un parque cercano llevando de la mano a una preciosa criatura de ojos verdes, mientras su otro brazo enganchaba el de un apuesto y trajeado hombre de pelo negro y aproximadamente de su misma edad.

Él dudó a la hora de saludarla, pero Amalia llevó la iniciativa y realizó las oportunas presentaciones entre el que era su marido y el que había sido su gran amor, cosa que obviamente omitió en sus palabras.

Naturalmente también le presento a la pequeñaja, aquella pizpireta y descarada rubita que no tardó nada en colgarse de su cuello y darle un fuerte abrazo…

– Tienes que perdonar su efusividad, pero ha salido a su madre en eso de dar y recibir abrazos – Dijo Amalia mientras se sonreía.

– No hay nada que perdonar, siempre es un placer recibir un abrazo así, y a mi me encanta la espontaneidad de los niños.

Vallejo fingió tener algo de prisa para zanjar aquel incómodo momento en el que hubiese deseado besar los dulces labios de Amalia, mientras forzaba una cara de felicidad al ver que había encontrado un nuevo amor con quien formar una familia.

No era que no supiera que Amalia se había casado o del nacimiento de Valeria, pues ambas noticias se las había comunicado en sus semanales charlas, pero no era lo mismo escucharlo que ver como se materializaban físicamente aquellas dos personas que compartían la vida con la mujer de la que seguía enamorado.

JOSE ZARAGOZA

Él, que tenía una formación menguada y nunca había sido de muchas letras, tuvo que mirar en el diccionario el significado de “asertividad,” la palabreja que ella le acaba de lanzar a la cara, usando como pretexto, su falta de la misma, para acabar su relación con él.

No daba crédito. Pero si él siempre la escuchaba atentamente, siempre con la mejor de sus sonrisas, dejándola hablar, aunque no tuviese nunca la razón. Pero claro, no le va a pedir, además, que se calle como una tumba y que no rebata sus argumentos. Según ha leído en la definición, dicho de una persona “ Que expresa su opinión de manera firme y con seguridad, respetando las ideas de los demás”. Aunque en la misma nada se dice respecto a que el otro tenga siempre unas ideas de Bombero, jolín, es que nunca da un argumento que sea coherente, así es imposible conseguir sosiego a la hora de responder, es que no hay manera, como no te vas a alterar. Él está en la obligación de sacarla de sus errores, enseñarle como es el mundo en realidad. Si no lo entiende así, es que verdaderamente no tiene remedio, pero en ningún caso va a ser culpa suya.

Que no es asertivo dice, anda que…..

AMPARO SORIA

-Álvaro-

Eduardo corre por el interminable pasillo del instituto, llega tarde al último examen. Un inesperado pie le hace caer de bruces, sus gafas se parten provocándole una herida cerca de un ojo. Carcajadas burlonas tras él.

-Tío, te has pasado… –le recrimina Jaime, uno de su mismo grupo, en tono firme sin alzar la voz. –Conozco vuestros problemas familiares en casa, incluso, puedo entender tu frustración. Pero eso no te da derecho a acosar a los demás. Y menos a él. –señala al chico que se levanta del suelo. – Si no fuera por él, no estarías aquí. Madura de una vez ¡Qué es tu propio hermano y no tiene ninguna culpa!

Álvaro, el acosador, se queda solo en el silencioso pasillo, pega un puñetazo en la pared mientras sus ojos se empañan. Le invaden sentimientos contradictorios, rabia y arrepentimiento.

CARMEN ÚBEDA

EL DESTINO 

_______________

¡Ay! Que creí volverme loca,

por culpita de un querer,

cuando cogido del brazo,

lo vi, a mí Juan,

paseando por la aldea,

con una mala mujer.

Se me partió el corazón,

se me nublaron los sesos,

y en mí desesperación,

como una posesa

pa bajo corrí al sendero,

pa perderme por siempre,

en el río marrullero.

Pero era otro mi destino,

que en mi correr sin sentío,

por la senda tortuosa,

de lágrimas emborronaos mis ojos,

y encampaná en sollozos,

tropecé con un vecino, el Antonio,

que siempre quiso ser,

novio mío.

¿A donde vas desbocada, mujer?

¿Se ta perdió algo en el río…?

Y,ahora que veo tus ojos,

de lágrimas están prendíos.

Dime lo que te pasa.

No sigas por ese camino,

que te lleva por mal sino.

Sentémonos un ratíco,

y si te place me cuentas

la pena que te encampana,

que no hay pena tan grande,

que no escuche con afecto

y pacencia, un buen amigo-

……….

Ya ha pasao un año.

Gracias al Antonio, no me

llegué hasta el río…

Se portó muy bien conmigo.

Luego nos pusimos novios,

y ahora ya es mi marío. 

Fin.

ASAPH FERNÁNDEZ

Aires de febrero

Ahora que soy padre entiendo cosas que antes no entendía. Una de ellas es el porqué mi madre lloró tanto el día de mi boda. Otra, que ha trascendido el tiempo, es una enseñanza que nos dejó mi abuela cuando ella aún vivía y reposaba el cuerpo ya cansado en nuestro hogar, hablando siempre de su pasado, un pasado que aunque duro le dio enseñanza y sabiduría; una sabiduría que me quedó muy bien grabada en la memoria. Cuando sentía el deslizar de la brisa en su rostro, sus manos, y en su pelo cano, se alegraba como un niño a quien se le obsequia un juguete nuevo. –¡Es la alegría de estar viva!– me decía.

En la brisa ella encontró, no sólo la alegría de estar viva –como le gustaba decir– sino la alegría de liberarse de las preocupaciones que le generará la vida.

Levantando las manos al cielo y cerrando los ojos, en palabras de su dialecto ya casi olvidado, agradecía al cielo por llevarse sus penas con el viento. –Levanta tus manos y deja que tus penas cual tamo se las lleve el viento- decía con cierta asertividad, muy serena la veía al recitar cada palabra como un hechizo de purificación espiritual.

Cuando dejó de hablar por una enfermedad que afectó su garganta, lamenté no haber atesorado cada palabra que salió de su boca. Cuántas veces escuché que sus propios hijos le decían: «esas historias ya las has contado» «vuelves una y otra vez a lo mismo» «ya nos tienes hartos con las historias de tu pasado» se molestaban y le hacían callar lo que salía de sus labios ya marchitos.

Ahora sé que esas historias las repetía no porque hubiera perdido la memoria y no recordará que ya las había contado, sino todo lo contrario, así es como ella preservaba su tesoro más preciado, su memoria. Recordando una y otra vez los bellos momentos de su vida y de la vida que había pasado con él, me refiero al abuelo.

A pesar de que dejó de hablar no por eso dejó de realizar aquel ritual de agradecimiento. Seguía levantando los brazos al aire dejando que sus penas se las llevara el viento.

¿Por qué traigo a la memoria ese ritual? Por una simple razón. Ese ritual es la manera en cómo se limpia el maíz para que el tamo se lo lleve el viento. Cuando la mazorca ya está desgranada la semilla se coloca en un arnero, un cuadro de madera con una malla metálica que cuál red impide que la semilla caiga al suelo. Al momento en que comienza a soplar el viento, la semilla se eleva con las manos a una cierta altura y se deja caer sobre la malla para que no caiga al suelo. El tamo, el polvo que cubre la semilla, se desprende y vuela con el viento. Así me imagino que era su memoria y el repetir de sus historias, como aquel arenero, elevando su voz, sus manos al viento, depositando sus vivencias, sus memorias en aquel arenero para que ninguna de ellas cayera al suelo… al olvido.

Ella amaba los aires de febrero. Era cuando sus penas se las llevaba el viento, también –según decía ella– le traía buenas noticias de quienes ya no estaban entre nosotros.

Ahora miro con alegría aquellas enseñanzas puestas en práctica por mi madre. Sé que algún día yo he de heredar a mis hijos lo que mi abuela hizo por nosotros. Pero ahora solo me toca llevar del brazo a la novia y dejarla en brazos de otro hombre. Esa novia es mi hija. Ahora comprendo lo que sintió mi madre en aquel día memorable, cuando me uní a mi pareja para formar una familia y honrar la memoria de mi padre. Él que está en el cielo ¡cómo le hubiese gustado conocer a sus nietos! Sé que mi abuela y mi padre nos miran desde el cielo.

Los siento en el aire y en la lluvia que cae del cielo. Los siento en las nubes que riegan el suelo. Los recuerdo con amor… un amor sincero.

Ellos se han ido pero parece que en los aires de febrero, vuelven a nosotros trayéndonos regalos y algún buen consejo. Nos traen noticias de sus viajes, de sus nuevas experiencias, y llenan su equipaje con todas nuestras penas que cual tamo se las ha de llevar el viento.

FIN

JUAN IGNACIO CARDINI

Existía una época en donde extrañas criaturas pensantes vivían en armonía absoluta,con sus dogmas,sus religiones y costumbres.

Estas criaturas estaban divididas en cuatro Colonias: una al norte,otra al sur,otra al este y por último la del oeste.

Si bien eran bien diferentes,cada una respetaba a la otra,y esto en gran parte se debía a que por mutuo acuerdo de sus respectivos gobernantes se había planteado resolver cualquier tipo de desacuerdo,actuando con aseveridad.

Cada región disponía de recursos vitales para la otra,y una vez al mes se hacía una gran feria,donde asistían todos a intercambiar lo que fuera que necesitasen: ropa,alimento,hierbas medicinales,etc.(cabe destacar que no existía el dinero).

Una buena tarde en donde los gobernantes estaban reunidos en sus pláticas habituales,uno de ellos propuso la idea de que cada gobernante visitara a su región vecina,a la cual todos estuvieron de acuerdo.

El gobernante del norte visitó al del sur y quedó asombrado de sus tierras,su vegetación y de su gran molino de viento.

El del sur visitó al del norte y este quedó pasmado al ver sus ganados,sus plantas frutales y su sistema tan avanzado para arar la tierra y así cada uno visitó al otro.

Debido al asombro de cada gobernante x la tierra vecina,comenzó a gestarse en sus corazones la envidia.

Al despertarse este terrible sentimiento,se desarrollo un egoísmo tan grande que los gobernantes comenzaron a hostigar a su pueblo,aumentando considerablemente las horas de trabajo,para lograr más producción,más crecimiento y así lograr que su tierra sea la más próspera y más bella que la de sus vecinos.Las reuniones de los gobernantes ya no trataban de temas para el bien común,sino con el fin de presumir de su crecimiento lo cual al cabo de un tiempo termino desatando la guerra.

Las cuatro naciones habían quedado devastadas,reducida a cenizas;ya no había cultivo,ni campos verdes;el ganado había enfermado y muerto;los pocos sobrevivientes vivían

LETICIA R MENA

Portazo y se acabó

Me mira a los ojos con los suyos brillantes de lágrimas que no caen, porque ante todo él es un hombre y los hombres no lloran, sobre todo delante de la mujer que los está dejando.

Me ruega y me suplica, se arrodilla incluso pidiéndome que no lo deje.

A mí hasta me da apuro que se comporte así, de esa manera tan dramática.

Como si no fuera a ser capaz de encontrar a otra nunca más.

Luego pasa a negociar, casi al soborno diría yo.

Que si te doy esto y esto otro, y esto también. Que te lo mereces todo, pero no me dejes.

Pero yo no cedo.

No pienso renunciar al crucero de lujo con mis amigas, ese por el cual llevó ahorrando tres años.

Entonces se arrastra aún más, me tironea de la ropa igual que lo haría un niño pequeño, caprichoso y enrabietado.

Y ahí ya se me acaba la paciencia.

Se lo suelto todo así, con asertividad (que vaya palabras que aprende una teniendo un noviete que ha sido profesor universitario de filología).

—Mire señor, que yo le tengo aprecio. Que le cambié los pañales cuando era bebé. Pero que alguien se lo tiene que decir, y ya que no lo ha hecho quién lo parió (ni quién contribuyó en su concepción), pues yo voy a hacer yo.

Que tiene ya cuarenta y pico años. No sabe ni hacer un huevo frito. No ha fregado un plato en su vida. Ni siquiera sabe hacerse la cama. Ya ni hablemos de ordenar y limpiar la casa o de hacer la compra.

En la oficina donde lo enchufó su padre no hace ni la cruz en un papel.

Llevo trabajando con su familia desde mis veinte añitos. Hace diez que debería haberme jubilado y estar disfrutando de lo que me queda de vida. Que para eso llevo toda la vida trabajando como una mula.

Cuidé de mis padres, de mis hermanos cuando estaban chicos (y también después). He criado tres hijos viuda desde joven. Por no hablar de los nietos y hasta algún sobrino.

Si hasta cuidé de su santa madre cuando enfermó (eso le tocaba a usted).

Y seguí trabajando con usted cuando se independizó (que de independencia tiene bien poco).

Todo por un ridículo sentido de lealtad o cariño hacia usted.

Que le llevo limpiando los mocos desde que era un mocoso, nunca mejor dicho.

Le limpio. Le cocino. Le plancho las camisas. Le recuerdo las citas con el médico. Y hasta le recojo la ropa interior, de cualquier parte de la casa donde aparezca, de sus visitas de fin de semana.

Y aún así me pide que no le deje.

Que abandone mi plan de realizar ese tan deseado crucero, porque sin mí no puede vivir.

Váyase usted a hacer puñetas.

Que con cuarenta años y pico ya va siendo hora de que se caiga usted del árbol, que ya está maduro y hasta pocho desde hace dos décadas—.

Lo último que veo es su cara de asombro ante tanta verborrea inesperada.

Luego me marcho dando portazo y se acabó.

Al bajar por la escalera ya puedo oler el mar. Sentir el sol tumbada en la cubierta del barco, tomando cócteles con mis amigas y lanzando descaradas miradas picantes al guapo capitán.

Al salir por fin a la calle escribo un whatsapp en el grupo de amigas.

—Chicas, ya está decidido. Me compro ese bañador tan mono que vimos el otro día—, seguido del emoticono de un barco.

GAIA ORBE

Canta

como cantas en la ducha

libre a tu tono

reverberando

en ondulantes melodías

el éxtasis la furia

el terco dolor

si no recuerdas las palabras

inventa crea de los recuerdos

saltos musicales a dos voces

Niégate

al murmullo al tarareo

a los no suena bien

camuflada entre los árboles

imita el chirrido de la cigarra

no estás acá para agradar.

Rechaza

quitar bemoles en las notas

deja en el fluir que tus lágrimas

transiten heroicas

el re menor

tampoco tengas miedo

sostener con gratitud

un arrebatado fa-la-do

son los cantos de la panza

los que aplaude el corazón.

EVA AVIA TORIBIO

Asertividad

Palabra que nos quiere, en su simplicidad, poner en primer lugar

Expresarme con firmeza, para bien o para mal, será lo que me lleve

a ser yo misma, sin que por ello te dañe al hacerlo.

¿Cómo explicar lo que siento al verte?, sin que, y aunque no me importe, te duela.

Sin dudar, te diré por primera vez No.

No, a mi condescendencia sin que por ello te sientas inferior.

No, a tus desprecios por tu falta de seguridad.

No, a mi obediencia por mi falta de autoestima.

No, a esas horas perdidas por tratar de ser lo que tú esperabas.

No, a negar quien soy.

Ahora me siento yo misma, libre, fuerte, segura y amada por lo que yo soy. Esa mujer que, al despertar de su letargo se miró frente al espejo y descubrió que, dentro de ella, hay una mariposa que quiere echar a volar.

NUMIRALDA DEL VALLE

ASERTIVIDAD

Aurora era una joven maestra que recién iniciaba su profesión en un centro de educación privado. Desde su llegada se percató de la pasividad de sus compañeros quienes seguían al pie de la letra las indicaciones de la directora estuvieran o no de acuerdo con ella. Simplemente obedecian docilmente. Esta situación la tenia un poco preocupada porque ella era una persona muy asertiva para comunicar sus opinioness, tanto para manifestar consentimiento como para expresar desacuerdos. Siempre, respetuosamente expresaba su punto de vista. Sin embargo, en estos momentos sentía dudas de hacerlo por temor a ser rechazada por sus colegas y sobre todo por la directora. Fue por esto que decidió asumir la misma actitud de los demás. Así lo hizo hasta que en una opotunidad les solicitaron a todos asistir a una actividad política un día sábado que no tenía ninguna relación o beneficio para la institución. Se trataba de un evento de interés particular para la directora. Todo el personal se presentó, muchos a disgusto, no atreviendose a manifestar su sentir. Incluso Ella asistió. Pasadas pocas semanas la directora, en una reunión propuso otra acción similar. Fue en ese momento cuando Aurora, poniéndose de pie, pidió la palabra expresando su deseo de no ir a ese acto. La directora, sorprendida, con voz irritada le pregunto las razones de su negativa. Aurora argumentó con voz serena, pero firme, que se trataba de un acto sin ninguna repercusión positiva o beneficio para la escuela ni para los estudiantes, que además era un día sábado y ella no quería acudir. Al oírla, otros compañeros empezaron tímidamente a apoyarla manifestando también sus razones. La directora renuente aceptó la decisión de la mayoría. A partir de entonces todos los docentes exponían, sin temor, muchas inquietudes reprimidas en cuanto al funcionamiento institucional aportando ideas para su mejoramiento. La directora comenzó, a su vez, a oír y respetar las opiniones del grupo ejerciendo un estilo de liderazgo más democrático y participativo. Este cambio generó un mejor clima laboral obteniendo resultados satisfactorios a nivel personal y organizacional.

MAITE BILBAO

Flechas envenenadas

Lucía lleva un tiempo intentando esquivar flechas, sin conseguirlo. Cada impacto rasga su coraza y hiere su corazón. La desesperanza la asalta, sus neuronas le sugieren rendirse. Pero ella no claudica.Ha oído hablar de las terapias contra el veneno. ¿Y si funcionan como las picaduras de abeja?Pequeñas dosis para crear defensas. Un día, decide probarlo. No es fácil. A veces, el abismo la seduce, la tienta con una vida segura y sin dolor. Pero ella se resiste. Esta vez no huye. Lucha por la vida que anhela.

Poco a poco, aprende a identificar las flechas: palabras disfrazadas de caricias, susurros envenenados, maldad velada. Comienza a expresar sus emociones y a establecer límites. Forja un escudo que solo deja traspasar lo que suma. Se defiende. Quizás no haya lugar para todo, pero ella no renunciará a su esencia. Luchará por sus ideales.Las rarezas no son bienvenidas en un mundo que rechaza la diferencia. ¿De qué sirve la paz exterior si hay guerra dentro?

—No me vencerás—, dice con firmeza. —Soy más fuerte—.

Otra flecha, esta vez dirigida a su corazón. La ve, la rechaza y se desintegra. Ha vencido al veneno. ¿O no? Sabe que la batalla no ha terminado. Debe seguir aprendiendo a identificarlas. Luchar por su paz interior, por ser ella misma, por vivir una vida plena. Por ahora, disfruta de su victoria. Ha dado un paso importante, y eso es lo fundamental. Sonríe y se aleja, decidida a vivir otro día.

SÁNCHEZ KATA MAR

CANTO A LA ACERTIVIDAD

Buitres y llamas acuden al llamado

respetuoso de los grandes arboles amados.

Suaves susurros del viento mesen

con ternura a los tiernos copos

de nieve los cuales se mesen a desdén

hay calma en el cielo y en la tierra están naciendo topos.

En el fluir del dulce canto de los pájaros

la asertividad como un faro la melodía orienta

el soneto rima con los instrumentos de viento claros

notas alegres brillan como el sol quien las calienta.

ANDY PARIONA

Discusión asertiva

—Compréndelo, amor. Es tan solo un pequeño, ya luego comerá como debe— mencionaba la mujer, mientras sobaba la cabeza del niño.

—Lo entiendo, reyna, pero me está ensuciando toda la mesa.

—Recién aprende, mi vida. Sus manos aún están torpes.

—Pero no lo ves como desperdicia toda la carne. La riega por todo el suelo.

—Amor, eso es porque aún no le salen sus colmillos. Ten paciencia.

—Es cierto aún está pequeño. Dale más tripas, mi amor— sentenció el hombre, mientras recogía los restos de carne del suelo.

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22 comentarios en «Asertividad – miniconcurso de relatos»

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