La herencia – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «la herencia». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 2 de noviembre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

 

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Hijos peleados
enjuiciamiento familiar
riña desmedida
ensalzan su razón
ninguno la tiene
cariño marchito
inmadurez eterna
años sin hablarse.

CORONADO IN MEMORIAM

Pasa sin que te des cuenta y para cuando quieres reparar en ello ya eres ese coche estrellado en el barranco que todo el mundo se para a mirar, pero por el que no hacen nada, ni siquiera desvalijarlo, por que está muy profundo, solo queda esperar a la grúa. Mi mantel se ha quedado sin estrellas, aunque por el camino pasa Bomboncito de Ciruelas que viene de recoger granadas y me ofrece una sin pelar.
– Hola Estrellado, ¿quieres una granada de Cádiz?
– Preferiría una cabra montesa de Puertollano, dicen que su leche puede hacer un queso de alto valor nutritivo – le respondo con una sonrisa entrecortada pero sexy.
– Solo tengo granadas, lo siento – me responde compungida.
-Tranquila no te sientas culpable, te acepto esa granada, de todas formas no hay cabras montesas ya en Puertollano, siempre tiran al monte – le digo para que no se sienta culpable.
Observo embelesado como Bomboncito de Ciruelas se pierde en el horizonte mientras va tarareando la jota de las aceituneras.
Madre yo quiero un noviu aceituneru, aceituneru
que dándole a la vara tiene saleru, tiene saleru.
Cuando me mira madre yo quiero morir
madre yo quiero un novio aceituneru,
aceituneru me gusta a mí.
Dale a la vara
dale bien que las verdes son las caras
y las negras pa ti, tipiti tipiti, tipiti.”
¡Por fin!, llega la grúa con su sirena a toda mecha, nino, nino, nino.
-¿A quién hay qué sacar de ahí abajo? – pregunta el gruista.
– A mí – respondo levantando la mano.
-Pues yo te veo aquí arriba – dice él, de modo sarcástico.
-Por que te estaba esperando, no te joroba – respondo molesto con su falta de empatía.
-Vale, no te enfades, ahora te saco del hoyo – me dice ojiplático.
Está a punto de sacarme del hoyo cuando se presenta La Diva y su cohorte de aduladores.
-”Yo soy la más grande escritora
dueña y señora de las letras
tengo una narrativa que enamora
y no me hace falta enseñar las…macetas”-
-¿Qué haces gruista?- pregunta sin mirarme,
-Intentando sacar al Escribidor del hoyo – contesta.
-Déjalo ahí, que luego se viene arriba, no ves que es un roba-protagonismo – contesta ella altanera.
-¡Roba-protagonismos, roba-protagonismos! – contestan los aduladores.
-¡Qué mala es la envidia! – responde el Escribidor.
-Es peor la invisibilidad, ignorado que eres un ignorado- contesta la Diva con chulería trumpiana mientras reanuda la marcha seguida de sus aduladores y sus cánticos contra mí.
-¡Ignorado, ignorado, indiferencia para el deslenguado!
Una vez perdidos en el horizonte, el gruista se da cuenta de que no trae el cable -o no quiere sacarme por miedo a la Diva y sus secuaces -.
-¡Anda, ahora me he dejado el cable en el taller!, voy a por él, tú sigue en el hoyo, no vayan a pensar que has salido solo, que si no no cobro el porte – me indica con disimulo pachanguero.
-¿Vas a tardar mucho? Lo digo para ir encendiendo la luz, que a esta hora está más barata-.
– Por cierto – pregunta de sopetón tirando una ráfaga a discreción – ¿Qué le has hecho a la Diva y sus secuaces?
– Yo nada, que he heredado el espíritu escribidor de John Kennedy Toole y ellos el de Chespir o como se diga, Cela, Reverte, Dragó y toda la caterva de estirados que han escrito a través de la historia.
A lo lejos se sigue escuchando la voz de Bomboncito de Ciruelas.
Madre yo quiero un noviu aceituneru, aceituneru
que dándole a la vara tiene saleru, tiene saleru».

MARÍA CRUZ ESTEVAN APARICIO

Llevaba toda la vida esperando la herencia
Mamá decía, mi niño tu con la balsa repleta de monedas que papá y yo guardamos para ti,podrás tener todo lo que precises.
Con esas me crié.
Por lo tanto mi interés se centró en crecer a lo alto y engordar.poco a poco la silla en donde me sentaba fue mi cárcel. Mi cabeza solo tenía pelos.
Viví en una nube de desolación solo las imágenes imaginarias de aquella herencia me mantenían con vida. Desee Dios me perdone el cielo se llevase a mis padres .por fin llegó el día de recibir mi herencia. El notario dijo que el saco en donde mis progenitores habían metido las moneda, un ratoncito hambriento se comió la tela y las parras cayeron al vacío…

DAVID MERLÁN

Acabado el trabajo, y aún con la respiración entrecortada y sudoroso por el esfuerzo, decidió sentarse en el butacón de su estudio para recobrar el aliento.
Los libros de la biblioteca lo observaban, pero decidió no hacerles caso. Al fin y al cabo, ¿quiénes eran ellos para juzgar lo que acababa de hacer?
Segundos más tarde, miró a su izquierda y decidió que era un buen momento para abrir el Brandy de Jerez que habia reservado para una ocasión especial. Los nervios, le hicieron pensar que sí lo era.
Abrió la botella y, saltándose los cánones, se sirvió una cantidad generosa.
Cerró la botella y movió la copa mientras miraba a su derecha, hacia el suelo donde yacía, inmóvil y sin vida, su amigo.
Pensó si habría cometido un error, pero no podía permitir que entrara a formar parte de la herencia familiar. Definitivamente, habia perdido el juicio.

RAQUEL LÓPEZ

Dejaré como herencia el amor
el que tantos años os he dado
mientras busco lentamente el ocaso,
dando el último suspiro apresurado.
Un legado de recuerdos y experiencias
compartidos a través del tiempo
un tiempo que se acaba y se termina,
llegando al apacible mar de los cielos.
Dejaré como herencia una sonrisa
para no dejarte por siempre mi silencio
versos de melancolía hecha poesía,
mi patrimonio y humilde testamento.
No dejaré mi herencia
en la que rivalicen por mis vienes ajenos
donde borrar los recuerdos con el olvido,
de un egoísmo que ansía el dinero.
Dejaré mis huellas en el camino
y la sabiduría de ofreceros mi experiencia,
el amor que jamás hayáis sentido,
será todo lo que ofrezco con mi herencia

JOSÉ ARMANDO BARCELONA

LA HERENCIA DE MOCTEZUMA
Un corrillo de vecinos se arremolinaba en el rellano, haciendo volatines y estirando el pescuezo como suricatas curiosos, en un vano intento de fisgar lo que ocurría en el interior del piso de don Cosme, del que no paraban de entrar y salir guardias uniformados, tipos embutidos en monos de trabajo blancos y gente con rostro serio vestida de paisano.
—Yo esto, qué quiere usted que le diga, lo veía venir, Avelino —se sinceraba Encarna, la del tercero izquierda, con un señor bajito, calvo y con bigote, que no dejaba de dar saltos para salvar la muralla de cabezones que le impedían una mejor visión—, que este barrio se ha vuelto muy peligroso, no es lo que era ni por asomo; antes podía una dejar la puerta de casa abierta y no pasaba nada, pero ahora… Quite usted, dónde va a parar. Calló la mujer y espabiló el oído. Una especie de siseo fuerte, borbotante, de cafetera italiana en los últimos estornudos de torrefacto, que ascendía, asmático, por el hueco de la escalera, había llamado su atención.
Como una locomotora de vapor entrando en el andén, imponiéndose, tanto al murmullo sofocado de la asamblea vecinal, como a la zapatiesta que originaba el trasiego de personas en el piso de don Cosme, una sinfonía de bufidos, sibilancias y resuellos, precedió la llegada del sargento Inocencio Azagra al escenario del crimen. Cuatro pisos de escalera reglamentaria, de las de antes, con una alzada de escalón que hacía pensar en la necesidad de un sherpa, eran más de lo que los calcinados bronquios del policía eran capaces de soportar.
—¡Quintanilla, me cago en mis muertos, me limpias esto de cotillas, coño! —acertó a decir con el penúltimo aliento, buscando con la espalda una complicidad de la pared, para sujetar su corpulencia mientras recuperaba el resuello.
Al guardia, bisoño, con la tonsura de la academia recién estrenada y poco asendereado, le llevó tiempo la trashumancia, lo que le vino bien al sargento para acompasar el fuelle. Con el rellano despejado, se cuadró, Quintanilla, ante su superior, presto a dar novedades.
—A sus órdenes, mi sargento. Cosme Palacín Contamina, viudo, ochenta y cuatro años. Vivía solo. No hay marcas de violencia, ni parece que falte nada en la casa. Todo apunta a muerte por causas naturales, ha sido el forense quien se empeñó en dar parte y quiso que viniera la científica.
Azagra abandonó, de mala gana, el respaldo salitroso de la pared y encaminó sus pasos hacia el piso del muerto. Dentro, esperando al juez, solamente quedaba Fortea, el médico causante del revuelo.
—A ver, Ramiro. Este dice —señaló Azagra al número con un movimiento de cabeza—, que no hay evidencias de delito y que se ha muerto porque ya le tocaba. Dónde está el fuego, coño.
Por toda respuesta, el forense le señaló un bulto prominente, como una carpa de circo en miniatura, que hacían los pantalones del difunto a la altura de la entrepierna.
—¡Mira, tú, qué drama!, el viejo ha tenido un final feliz. Olé sus huevos —contestó el guardia sin ocultar su cabreo.
El sargento Azagra tenía mal carácter; treinta años de servicio, sendos juanetes como bolas de petanca, uno por cada pie, y una testaruda acidez de estómago, eran justificación suficiente.
—Se conoce como priapismo post mortem y se suele dar en casos de muerte violenta: ahorcamiento, heridas de bala que afecten al cerebro o envenenamiento, por eso me ha parecido oportuno que vinierais a echar un ojo. Siento mucho si le ha molestado la impertinencia a su señoría.
Fortea conocía las salidas de madre del sargento y llevaba también a sus espaldas un montón de años en la profesión; no se achantaba así como así. Podía decirse que eran un par de miuras difíciles de lidiar; daban miedo, encarados el uno con el otro, mirándose a los ojos desafiantes y respirando con fuerza por la nariz, como si fueran a embestirse en cualquier momento.
—No discutan ustedes, por favor, que los dos llevan razón; cada uno a su manera, claro. Si me lo permiten, yo les aclaro la situación.
Quien hablaba era un viejecillo arrugado, bajito de estatura y corto de vista, a juzgar por la vidriera que llevaba sobre la nariz, encastrada en unas gafas de pasta absolutamente vintages, que se arropaba con una bata de franela a cuadros azules y verdes, gorra de lana y zapatillas de andar por casa haciendo juego. Parecía un enanito de jardín sacado de un cuento de hadas roñoso, al que los dos morlacos contemplaban sorprendidos. Pero fue el sargento quien primero salió del trance.
—Mira, tenemos espontáneo, Fortea, hoy no nos privamos de nada. ¡Quintanilla, me cago en la leche! ¿Se puede saber dónde te has metido, pedazo de atún?
Apareció corriendo por el pasillo, el guardia, sofocado, en mangas de camisa y subiéndose la cremallera de la bragueta.
—A sus órdenes, mi sargento, es que me ha entrado un apretón y…
—Y te han cogido cagando, como siempre. ¡Menuda carrera llevas, chaval! Anda, mira a ver si me tienes esto desalojado, que estamos en el posible escenario de un crimen —esto último lo dijo con sorna, dedicándole al médico una mirada divertida.
Se disponía Quintanilla a cumplir órdenes, cuando asomó por la puerta una anciana de mediana altura, tan entrada en años como en carnes; pelo recogido en un moño, tirante y apretado como para que le sirviera de lifting, y cara de pocos amigos. Venía secándose las manos en un delantal, que en tiempos debió de ser de color naranja, y sin saludar a los presentes, se encaró con el vejete.
—¿Se puede saber qué te he dicho yo? ¡Mira que te gusta meterte en líos, Agustín! No tienes arreglo. Anda, tira para casa y deja en paz a estos señores, que tendrán que hablar de sus cosas.
El hombre, que se estaba resistiendo a la autoridad y no llevaba intención de abandonar tan pronto el escenario, le dirigió a la mujer una mirada de reprobación.
—Josefina, deja que les explique yo lo que ha pasado, no liemos las cosas más de lo que ya están.
—Lo que ha pasado, lo que ha pasado; pues que Cosme era un putero, eso es lo que ha pasado —se rebotó ella—. Sí, señores, como lo oyen. La pobre Ascensión, que era una santa, se murió de los disgustos que le daba, y con una cornamenta que no cabía por aquí —señalaba el marco de la puerta con enérgicos aspavientos.
El pobre Quintanilla no sabía a qué frente acudir primero. Los ojos de Inocencio Azagra eran dos carbones encendidos y al médico, Fortea, le bailaba en los labios una sonrisa contenida, que no se sabía muy bien si era jocosa o de puro pasmo.
—Señores guardias, háganme caso —quiso el anciano recuperar el terreno perdido—, la Herencia de Moctezuma, esa y no otra es la culpable de esta desgracia; les doy a ustedes mi palabra de honor.
La cara del sargento era un monumento a la crispación, roja de cólera, como una olla a punto de explotar. Su esófago se había convertido en un sambódromo, por el que le desfilaban los jugos gástricos a ritmo de batucada y se hurgaba en los bolsillos, rebuscando con manos temblorosas la cajita de antiácidos.
—¡Me cago en mi corazón! ¡Moctezuma, con un par! Ahora entra un mariachi tocando «La Cucaracha» y yo me pego un tiro en los huevos. ¡¿Pero estamos locos?! A este paso, el puñetero fiambre nos monta un conflicto diplomático. ¡Quintanilla! ¡Coño!
La risa cascada de Josefina sonó al graznido luctuoso de un cuervo encaramado a la tapia del cementerio y tuvo en los presentes el mismo efecto siniestro.
—¿Le van a hacer ustedes caso a este viejo chocho? Pero si Cosme se ha estado viendo hasta hace cuatro días con una de su tiempo, tan guarra o más que él, que vive en esta misma calle, dos puertas más abajo. Trini se llama, y su marido, Donato. Pobre, otra cornamenta de exposición. Pero ojo, que él tiene muy mala leche; no me extrañaría…
Al médico se le puso cara de: «¿Ves lo que te decía?», mientras le dedicaba al guardia un expresivo encogimiento de hombros.
—Mira que te gusta malmeter, Josefina. Donato es una bellísima persona; algo bruto, sí, pero incapaz de matar una mosca. Lo que les digo: la Herencia de Moctezuma, señores. ¡Si está cantado, carajo!
De repente, Azagra pareció calmarse; detuvo con un gesto a Quintanilla, que se iba a por el viejo, dispuesto a proceder al desahucio, y con un suspiro bronco de resignación, que más parecía mugido de buey, se sumó a la tesis del forense.
—Lo del tal Donato puede tener más posibilidades: marido engañado, de carácter fuerte, se entera del asunto y, oye, un repente lo tiene cualquiera. Sin embargo, Agustín, ¡no me joda usted, la Herencia de Moctezuma! Suena a cosa ritual, de magia, brujería, y a mí esas cosas, lagarto, lagarto —dijo enfrentando los índices y meñiques de sus manos—, me dan mucha grima. Prefiero seguir la línea de investigación que sugiere su señora.
Satisfecha, la mujer le hizo un corte de mangas al marido; quizás el gesto más cariñoso que le había dirigido en muchos años.
—Nada de brujas, señor comisario —volvió a la carga Agustín resistiéndose a rendir la plaza—. La Herencia de Moctezuma; metro setenta y cinco de mulata piel del color de la miel; labios de mordisco; unos pechos de ensueño; piernas largas y perfectas, como dos columnas griegas, y un…
—¿Pero tú de qué vas, cacho guarro? —el grito de la vieja interrumpió la descriptiva aclaración del abuelete, que los otros tres hombres seguían con especial interés—. Ya arreglaremos cuentas tú y yo luego, vejestorio. ¿Ven ustedes cómo había putas en el cuento? Si me conoceré yo el paño.
—Calla, bruja, que no hay nada que arreglar; si acaso el divorcio. En serio, señores; pero si está en su habitación, pueden verla, comprobarlo por ustedes mismos. Aquí no hay crimen que valga. Pobre Donato. Incapaz, créanme, de hacerle mal a nadie.
La revelación produjo el efecto de un mazazo en los guardias y el galeno. Una mujer en medio de aquel disparate y, además, según Agustín presente en el escenario del crimen.
—Pero vamos a ver. Si han puesto el piso patas arriba en busca de evidencias, escudriñando hasta en los cajones de la cocina, debajo de las camas, cómo no van a percatarse de la presencia de semejante monumento —razonó Azagra, y los otros dos asintieron dándole la razón.
—Porque la tendrá escondida en el armario, arriba en un altillo dónde nadie la ve. Cosme era muy suyo para estas cosas. Pero vengan, vengan conmigo y verán cómo no les miento.
Cada vez más desconcertados, los tres siguieron al viejo pasillo adelante, camino de la habitación, y por lo visto también nido de amor, que había sido de Cosme Palacín. Josefina se quedó en el descansillo rezongando.
—Te vas a enterar tú lo que es un divorcio, camastrón. Putas, lo que yo decía, y el mosquita muerta este al tanto de todo. No, si hasta habrán hecho guarradas a tres bandas; que mira tú también cómo será la tal Moctezuma. ¿Dice este que no es cosa de brujas? Pues me dirás tú cómo hacía para que izaran bandera estos dos. ¡Señor, cuando te lo llevarás también!
La habitación del muerto era un acumulado de muebles viejos como él: la cama, con cabecero de madera cuajado de volutas; dos mesillas y una cómoda a juego, y un armario empotrado, con un altillo escaso, casi un cajón largo, que Agustín señaló como el refugio de la Herencia de Moztezuma.
—Pero ahí no cabe una persona, Agustín. No me diga usted que nos la vamos a encontrar en cuartos.
—¡Qué va, hombre! Yo me subiría a buscarla, pero la artrosis me tiene mártir con la pierna, mejor que se suba el muchacho a una silla, que es buen mozo.
El guardia recibió la propuesta con cara de repugnancia, pero los galones estaban para algo y le tocaba hacer el trabajo sucio.
—Quintanilla, procede, pero ten mucho cuidado, que no queremos más sorpresas; yo te cubro, por si acaso —dijo Azagra, empuñando el arma reglamentaria.
El chico arrimó una silla, se subió a ella y, con mucha precaución, levantó la portezuela que cerraba el altillo; miró dentro, no sin aprensión, y comunicó al grupo lo que veía.
—Aquí no hay nadie, mi sargento, solo una caja de cartón escrita en chino.
—Esa, esa es, ahí la tenemos. Bájela usted, hombre de Dios, que no muerde —exclamó eufórico Agustín—. La Herencia de Moctezuma. Hecha en China. Siete mil quinientos euros le costó. Igualita a Kenia, la reina del porno mexicano; de la mejor silicona, pelo natural y un tacto talmente que el de la piel humana. Yo se lo advertí, pero el pobre tenía mucho vicio y estaba todo el día, dale que te pego, atiborrado a pastillas para dar la talla. En fin, que no somos nadie, hoy estamos aquí y mañana…
—Mi sargento, digo yo, que si tendríamos que requisarla como prueba —propuso Quintanilla sin poder apartar los ojos de aquella hermosa mezcla de silicio y oxígeno.
—¡Agustín, a casa! —llegó la orden, como un cuchillo afilado, desde el fondo del pasillo.
—Quintanilla vas a terminar llevando un par de hostias —sentenció Inocencio Azagra con un apagado tono de cansancio en la voz—. Fortea, no tendrás una aspirina o algo, porque me va a estallar la cabeza.
—No, sargento, pero te puedo invitar a un orujo; he visto un bar justo aquí al lado, a un paso.
—Me sirve.
Y los dos hombres, sin hablar, con paso lento, los hombros hundidos por un peso invisible se perdieron en la penumbra del pasillo.
—Pero puedo o no, mi sargento. ¡Joder qué desperdicio!

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

Madrid, 23 de octubre de 2023
«Cabronessssss, que es lo que sois todos, unos cabronazos.
Sabéis lo que pienso de vosotros, pero voy a dejarlo por escrito porque me sale de las pelotas y, al que no le parezca bien, que se joda, me importa una mierda.
A mi hijo mayor, Luis Antonio. Siempre has pensado que yo era millonario y no, soy multimillonario, mucho más de lo que puedas imaginar. Has vivido del cuento y te has convertido en una auténtica escoria, mirando por encima del hombro a todo el mundo a tu alrededor, cuando eres un patán descerebrado. A partir de hoy, todas las propiedades de las que disfrutas, que recordarás en tu pequeño cerebro que son mías, pasan a manos de un inmigrante ilegal de Senegal, en herencia legal firmada ante notario, por el simple hecho de que sé que los odias. Además, me ha limpiado los zapatos de puta madre. Te auguro un futuro calamitoso, te vendrá bien, si antes no te mueres de hambre, hijo de la gran puta.
Para mi segundo retoño, José Francisco. Tú no eres tan cerdo como tu hermano, pero porque no te da para tanto. Estoy hasta los mismísimos de ver cómo te arrastras detrás de él y te quedas con las migajas que te deja. He puesto a tu disposición todo el dinero del mundo para que pudieras comenzar algo que te diera para vivir desahogadamente, y te lo has gastado todo en putas, cocaína y alcohol. Si ya eras tonto de serie, tus aficiones te han rematado. Como podrías comprender, si fueras una persona con un gramo de criterio, no te voy a dejar ni un chavo. En el fondo te deseo suerte, pero sé que no la vas a tener. Te veo en la cárcel o debajo de un puente, igual me da que me da lo mismo.
Y tú, la pequeña, Susanita. Me das asco. Tengo que reconocer que has sido la única de los tres monstruitos que he tenido por hijos, que ha aprovechado las oportunidades que le ha presentado la vida, gracias a mi dinero, si no, de qué. Tuviste la habilidad de contratar a una secretaria inteligente, que consiguió que tus negocios fueran viento en popa. Y la despediste porque era más guapa, simpática y resultona que tú. Hay que ser gilipollas para arruinarse por celos. Y, lo peor de todo, después de dilapidar millones, tienes los santos ovarios de venir a mendigar, pero con falsedad: “Ay, papaíto, mi secretaria me ha engañado y su traición me ha puesto en una situación difícil. Vas a tener que prestarme un par de millones. No querrás que vaya por ahí como una vulgar mujerzuela de la inclusa, anda, porfi”. Con un par, sí señora. Ve buscando sitio en la puerta del Mercadona, porque de mí, ni un puto duro, bonita.
Ahora, voy a tomarme un whisky con unas almendritas, el mayor placer que conozco desde que vuestra madre nos abandonó al darse cuenta de la bazofia que tenía por familia. Sabia decisión, sin duda.
No os hacéis una idea de lo a gusto que me he quedado. Ah, una cosa más, el nuevo propietario de mi entramado empresarial es el limpiabotas africano, jode, ¿eh?
Si en algún momento de vuestra repugnante vida habéis llegado a pensar que erais más hijos de Satanás que yo, os habéis equivocado, como en todo lo demás.
Lástima de Macallan 18 años, el arsénico le proporciona un regustillo amargo, podría haberme tomado un segoviano.
Ea, nos vemos en el infierno, si es que nos dejan entrar. Que os folle un pez. Adiós muy buenas.
Vuestro amantísimo progenitor, juás».

BENEDICTO PALACIOS

Murió mi tío Isidro sin cumplir lo prometido. Le pedí en vida su reloj de bolsillo, una buena marca y de oro bueno, y me aseguró que no faltaría a su palabra, pero habían pasado dos meses de su muerte, había registrado mi madre su casa, mi tío era un solterón de postín, y el reloj había volado y no al otro mundo.
El día 4 del mes en curso me llegó una carta de la notaría y me eché a temblar. A ver si mi tío había sido un embustero y un tramposo. Creía conocerle, era más tacaño que generoso, más amigo del ahorro que del despilfarro, pero solía sincerarse conmigo y no le creía tan mezquino. Me contó su vida por entregas y hasta me pidió que escribiera un panegírico en el periódico para que todo el mundo le recordara. Se había gastado buen dinero en adquirir una talla de San Isidro Labrador que regaló al mayordomo principal para que luciera el 15 de Mayo y se debía contar. La casa donde vivía, pared con la de mis padres, estaba pagada y maldito que ocultara deudas, pero en una moneda siempre había cara y envés.
He necesitado dos semanas largas para digerir la noticia porque estoy convencido de que el notario guarda el testamento de mi tío y lo va hacer público. Me trajeé para la ocasión, porque abrir un testamento debe ser un acto solemne. Lo fue. El señor notario me pidió el DNI, comprobó mi firma, me peguntó si conocía a mi tío, la relación que mantenía con él, si era amistosa, si había sido generoso con él, si había estado pendiente en los momentos finales de su vida y un etcétera. A todo respondí afirmativamente. Entonces el notario me miró a ver si mentía y luego me entregó una caja de metal con su llave y me pidió que la abriera. Obedecí, se la entregué y él comprobó.
—Está todo. Puedes quedarte con ella. Firma aquí el recibí.
La volvió a cerrar y la puso en mis manos de nuevo.
La mañana estaba nubosa y camino de mi casa me entretuve en descubrir algún signo favorable, porque había nubes aunque no de tormenta.
Cerré la puerta de mi cuarto, saqué la llave del bolsillo, comprobé que ajustaba en la ranura, la giré levemente y la caja se abrió. Había varios mazos de cartas sujetas con una cuerda muy fina y un sobre dirigido a mí. Lo abrí. Leí la nota que ocultaba dentro.
Sobrino Emilio. Mis disculpas en primer lugar. Podía haberte informado de lo que esta caja contiene, era lo obligado dada la confianza y el efecto mutuo con que nos hemos tratado, pero he preferido darte la sorpresa. Te conté parte de mi vida, la que tu madre por hermana conoce y a la que añadí de mi cuenta para ti algunos detalles más. Lo más importante lo he reservado en estas cartas que puedes leer, si lo deseas. Son cartas de amor, especiales para mí y no para ti que las podrás juzgar del montón o corrientes. Te encargo que las guardes y no las hagas públicas. Te explico.
Como era mi padre y tu abuelo un buen electricista, le contrató una compañía francoespañola para controlar la línea de alta tensión que se estaba trazando en plenos Pirineos. Acababa de estrenarse el año 82 y se empeñó en que le acompañara. Yo tenía 18 años y cuando me llamaron a filas me encontraba en Francia. Yo quería volver pero el abuelo me lo impidió. Me alegré luego, porque con el tiempo logré la nacionalidad francesa. Con este pasaporte pasaba a España una vez al año por lo menos y en uno de esos viajes, cuando el sol calentaba sin piedad, me dirigí a una playa de Tarragona. Encontré allí la mujer de mi vida, Geneviève Moureau, una beldad, la hermosura, el cielo divino al completo. Podía decir más y me quedaría corto. Estaba celebrando con varias amigas su despedida de soltera y quiso la suerte que coincidiéramos en el mismo restaurante. Nos miramos y luego todo vino rodado. La despedida duró tres días. 72 horas de amor y locura. Se quedó embarazada. Quiso romper con el novio pero las familias pusieron mil trabas. Se casó y solo esporádicamente lográbamos vernos. Nació el niño y le puso el nombre de Jean Isidore, porque en francés no hay Isidro. Las cartas que ahora tienes en tus manos encierran muchos años de relación encubierta, porque fue incapaz de separase de su marido legal.
Y este es el encargo. Jean Isidore Boëmare, mi hijo, es profesor en la universidad politécnica de Toulouse. Te pido que le encuentres, te entrevistes con él y le cuentes su historia. Confío en tu habilidad y buen tacto. El encargo vale un dinero. Hay en una cuenta a tu nombre más de diez mil euros. Puedes disponer de la mitad. El resto estará en tus manos cuando vuelvas de Toulouse. Si todo resulta como espero, el señor notario te hará entrega también del reloj que tanto deseas. No te imaginas lo feliz que me sentiría cuando le pusieras en hora y le dieras cuerda. Te lo dejo gustoso en herencia.
Te quiere y desea para ti larga y venturosa vida tu tío Isidro.
He oído decir que hay sensaciones parecidas a la recibir un topetazo o que te pase un tren por encima. Pues yo me sentí parecido y me quede sin habla, porque hay herencias deseadas y placenteras y las hay malditas. Me hice a la idea de que la que tenía en las manos se hallaba entre ambas, así que me armé de valor y cumplí fielmente con el deseo de mí tío.
Si yo me quedé sin habla, Jean Isidore Boëmare se quedó de piedra. Desconfiaba. Fui mostrándole entonces distintas fotos que incorporé a las cartas. Se detuvo a contemplar una de ellas. «Pero ese soy yo, exclamó.» Y no dimos un gran abrazo.
Benedicto Palacios

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

Y DE NUEVO SENTIR EL VIENTO
Queridos hijos:
Hemos emprendido viaje. Un viaje diferente. El que siempre habíamos esperado. Han sido muchos años con vosotros, compartiendo cada momento, desviviéndonos minuto a minuto. Sin embargo, hay cosas en la vida que son irrenunciables.
Hoy de nuevo me siento joven. No me preguntéis cómo, pero la sangre ha vuelto a ganar velocidad dentro de mí. Un sentimiento que ha brotado nada más ver a tu abuelo. Allí estaba él, en la entrada, esperándome. Tan viejo como lo he conocido todos estos últimos años, con cada una de sus arrugas, pero con una vitalidad y un brillo en los ojos que me ha hecho regresar a cuando solo teníamos veinte. He rescatado esta falda y esta camiseta de rayas para la ocasión. No recordaba ya ni dónde estaba, seguramente en algún rincón perdido del desván. Era mi favorita.
Y no sé cómo lo ha hecho, ni de dónde demonios la ha sacado. Pero, para mi asombro, allí estaba también ella, la vieja Vespa de cuando nos conocimos. Inconfundible, rugiendo como si la acabáramos de estrenar. Tu abuelo me ha cogido de la mano, me ha invitado a subir, nos hemos mirado y a partir de ahí han sobrado las palabras.
Después de toda una vida entregados a vosotros, nunca pensaba que volvería a conocer la libertad. A lomos de nuestra centella de dos ruedas, el abuelo no puede más que sujetarse la boina para no perderla, mientras intenta mantener el equilibrio y carcajadas de auténtica felicidad inundan su boca. Yo me sujeto como puedo con una sola mano y con la otra, saludo al viento que azota mi cara. Parecemos dos chiquillos.
Algo sí que es seguro: no vamos a volver. Nosotros lo tenemos claro y entiendo que vosotros también. Esto es el verdadero paraíso. Aquí las cosas no son muy distintas de dónde estáis. Eso sí, en este lugar todo es más luminoso, más limpio, más puro, más blanco. Se nota que lo cuidan.
Os dejamos la herencia, lo único que no nos hemos llevado. Poco, pero valioso.
Os queremos,
Los abuelos Luís y María.
Perplejos, no dejábamos de leer una y otra vez aquella carta. Nadie sabía cómo había llegado hasta nosotros. Ni siquiera el notario que nos hacía lectura de la breve herencia que nos había sido legada. Escasa en cantidad, pero inmensa en muchos aspectos. Todos lo sabíamos. Aquella era la letra de la abuela, no cabía duda. Nunca olvidaríamos es la expresión de inmensa felicidad que lucía su rostro mientras la despedíamos. La última que veríamos, la que quedaría para siempre impregnada en nuestro recuerdo. Diríase que no había hecho más que llegar al Cielo, que acababa de reencontrarse con el abuelo. Y que desde hoy volvían a estar juntos de nuevo, para siempre. Así es como tendrían que ser las cosas, el modo en el que deberíamos abandonar este mundo e iniciar nuestro último viaje. Felices cada cual a su manera. Disfrutando, a ser posible, subidos a lomos de una Vespa. La misma en la que nos contaba que habían escapado. La vieja reliquia que nos había dejado en herencia.

IKER YELED

Cuando era pequeño podía vivir con poco dinero. No me hacía falta tener gran cantidad de cosas materiales para poder ser feliz.
Con el tiempo, el mundo fue cambiando y empezaba a tener un valor mayor cada objeto que compraba y se encarecía todo a niveles exorbitantes. Entonces comencé a pensar en algo que pudiera evitar ese aumento de poder adquisitivo que se requería para poder sobrevivir, pues más allá de vivir dignamente, tenía que sobrevivir, e intentar hacerlo era casi algo imposible en ese momento.
La carestía de la vida, tanto en el aumento de los impuestos de la luz, el agua o el gas, como de los alimentos en los supermercados, era sumamente alta.
Había personas que no podían ni comprar para comer, y ya lo de tener un lugar para habitar se ponía más difícil todavía. Por lo tanto, mucha gente vivía en las calles, abandonadas a su suerte por el miserable PL (poder legislativo) que ignoraba, y por lo tanto, no cuidaba, a su ciudadanía.
La sociedad se había convertido en un kaos donde eran inhabitable las ciudades y los pueblos, las zonas urbanas y rurales se habían convertido en un insoportable infierno de tristeza y amargura. Era fruto de la herencia creada por el sistema económico.
En todo el planeta había ocurrido lo mismo. Por causa de la llegada del inesperado neoliberalismo extremo del siglo XXXV, que asesinó el poder vivir de una manera digna y llena de tranquilidadz en la que la sociedad líquida había desaparecido ya hacía muchos años y en la que la era del ocio era su razón de ser.
La gente apenas utilizaba sus habilidades sociales. La empatía y la comunicación asertiva que se había logrado ya, habían desaparecido del planeta. Y la gente se puso a robar como si no existiera un mañana.
También había personas que se suicidaban por la deprimente situación. La depresión y la angustia formaban parte de la normalidad. Se encontraban integradas en la gente como sus ojos o sus manos, formando parte de sus cuerpos, inertes ya en muchos casos.
Llegó una especie de holocausto, de Apocalipsis que terminó con toda la población de la Tierra para así renovarse la especie humana (carente de valores humanos), por una nueva llena de armonía y equidad, donde la felicidad brillante y eterna surgió como el nacimiento del Sol o cualquier otra estrella del sistema solar y del universo.

ANGY DEL TORO

UN AMOR ENTRE REDES
El día más triste de mi vida fue cuando perdí a mi maestro y guía: mi abuelo Marcos. Recuerdo que cuando me gradué en Administración de Empresas dijo: Querida nieta, cuando ya no esté, heredarás una gran fortuna, pero el dinero no será nada si no lo administras y empleas para el bien de todos. Había perdido al hombre que me enseñó a vivir entre marinos y fondeaderos.
Sin embargo, estoy en una gran disyuntiva, no sé si entregarme al dolor por la ausencia del abuelo o al compromiso de devolverle cuanto me enseñó. La Flota Pesquera ha perdido su esplendor. Mi deseo es renovar la Empresa, y que en ella se desarrollen las nuevas tecnologías. Hacerla útil y ecológica y sostenible.
Por lo tanto, tomar el control de la compañía no ha sido fácil, debo aplicar lo aprendido de aquellos líderes a quien él tanto admiraba, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela. La diplomacia y el encanto serán tus armas. —manifestaba mi abuelo Marcos. Me encontré con un personal corrupto y abusivo, de inmediato, hube de despedirlos. Sus amenazas llegaron hasta el chantaje. Culpaban al abuelo, argumentaban que él era conocedor de cuanto sucedía.
Indagué entre los trabajadores, visité a los pescadores e inspeccioné las embarcaciones. Allí, hube de encontrarme con un panorama desolador, condiciones laborales y salarios precarios y miserables. Falta de seguridad e higiene, abusos y violaciones de sus derechos.
Indignada y conmovida por la situación decidí escuchar sus demandas, dialogué con sus representantes y les ofrecí mejores condiciones de trabajo. Les propuse participar tanto en las decisiones como en las ganancias.
No obstante, entre los pescadores había uno que llamó mi atención, Julio César. Un joven y apuesto pescador que se autonombraba líder sindical. Un chico valiente, honesto e inteligente que defendía los intereses de sus compañeros con tal firmeza y respeto que me llevó a querer hacerlo mi aliado. En realidad, me sentía atraída por él, no solo por su físico, sino también por su personalidad e ideales.
En un inicio, Julio César desconfiaba de mis intenciones, me apreciaba frívola y caprichosa. Los trabajadores me observaban cual, si fuese una patrona más, de esas que vienen haciendo promesas y al final caen en los mismos abusos de poder y enriquecimiento personal.
Sin embargo, Julio César más adelante me confesaba que poco a poco fue descubriendo que mi comportamiento le encantaba, decía que se había enamorado de mí por lo diplomática que había sido con mis trabajadores. Cierto que eres muy hermosa, pero también generosa y compasiva. —decía y continuaba— con tales armas no hay quien se te resista.
Nuestro destino y el de muchos de los que nos acompañaban cambió. La Flota Pesquera renacía y, una historia de amor personal y laboral comenzaba.

BEGO RIVERA

La espera
Herederos ansiosos de muerte
Embriagados egoístas de poder
Rezando por la prontitud y suerte
Esperando que llegue a fallecer.
Nacidos inocentes se invierte
Comprados gratis sin agradecer
Impotencia del finado subvierte
Acaban haciéndole palidecer.

RUFINA SEVILLA

El día que yo muera
Veréis lo poco que dejó
Buscar en los cajones
Y encontraréis mis zapatos viejos
No hallaréis un miserable duró
Tal es mi pobreza
Que solo encontraréis
Cajas viejas
Donde guardo mil poemas
Esa es mi única herencia

IRENE ADLER

SOLA CARLOTA
Siempre he creído que su historia era, en realidad, la historia de su nombre. Como una marca de agua en la memoria o el hierro candente en una res: determinantes y a la vez, identitarios. Un nombre como único legado o herencia; como castigo y premonición; anticipando la soledad de una vida anunciada.
Corrían los años cincuenta y Berania era un pueblo de caciques. Cuatro familias se repartían la tierra y los montes; la prosperidad de la victoria; cierta callada aspiración endogámica a la trascendencia y la eternidad.
Había un médico, un cura y una pareja de guardias civiles. Había noches de coñac, puros habanos y partidas de tute. Había temporeros que llegaban de afuera y se instalaban en las cuadras y permanecían en Berania mientras había trabajo y cosechas. Había un estraperlista que vendía café y azúcar y tabaco, un buhonero que recorría sin desmayo ni protestas los caminos reales en una carreta tirada por un jamelgo escuálido y holgazán. Y había en Berania una memoria de agravios y fechorías; de rencores afilados como hojas de guadaña; de rencillas y lindes que evocaban delaciones y sospechas. Como una herida infectada que supuraba miedo en vez de pus. Y que nunca se cerraba.
Sola Carlota apareció en Berania como una repentina turbonada, de la mano de alguno de aquellos patriarcas todopoderosos, aunque jamás hubo explicación o mentira que justificara su llegada. Le permitieron arrendar la casa de Orderia. Poseer una vaca frisona y un gato feo y tuberculoso; asistir a misa los domingos.
Los primeros infundios la tacharon de ser la querida de alguno o la puta de todos. Las mujeres respetables de Berania, con sus mantillas de encaje y sus lutos perpetuos, la miraban por encima del hombro a la salida de misa. Porque a Sola Carlota se la toleraba en los oficios siempre que se quedara en el cabildo, entre los hombres y el humo de sus cigarrillos. Pero nunca sentada en los bancos de la capilla; ni cerca del manto de la Virgen o comulgando. Nadie supo nunca si alguna vez confesaba. «Demasiados pecados», decían. Y ella desafiaba las normas de la hipocresía zahiriendo con el rojo charol de sus zapatos de domingo, al luto riguroso de las mujeres decentes de Berania.
«Acudió a misa todos los domingos hasta el día de su muerte, con aquellos escandalosos zapatos y con su risa franca, espontánea, de muchacho. Todos los días. Hasta el final». En palabras de mi abuelo, Sola Carlota había cometido el peor pecado, el delito más insoportable para la comunidad: ser independiente.
Y sin embargo, desde el día en que llegó, Sola Carlota se puso del lado de las mujeres. En secreto preparaba remedios naturales: diuréticos, astringentes, abortivos. En secreto hacía tareas de partera. En secreto acudían a la casa de Orderia y la hacían confidente de sus palizas, sus frustraciones, su resignada infelicidad. Bromeaban con libertad ante una taza de café de achicoria y se reían bajito para que nadie, desde fuera, pudiera descubrirles el secreto. Y los domingos, ante el cura y los caciques, hacían ostentoso su desprecio por la forastera y sus indecentes zapatos rojos.
Algo debió descubrir Sola Carlota en aquellas meriendas furtivas y frecuentes. Algún secreto doloroso y terrible. Alguna argucia, maldad, delito o fraude, que la llevó a un final monstruoso. Encontraron su cuerpo en la cuadra, desmadejado entre las patas de la vaca frisona, con una herida de hacha en el cráneo.
El médico certificó la muerte y el cura le dio la extrema unción. La pareja de guardias civiles ni siquiera llegó nunca a abrir algo parecido a una investigación. La enterraron en una parcela oscura del cementerio reservada a los suicidas y los vagabundos, bajo una placa de madera con un número.
Hubo rumores, cansancio, asombro, algo parecido a la tristeza. Berania enterró su historia mucho más hondo de lo que enterró su cuerpo. Y hubo en el pueblo una súbita epidemia de olvido.
Cuando en la adolescencia, fascinada por ella y por lo evocador de su nombre, empecé a hacer preguntas, sólo encontré evasivas, retazos de anécdotas, miradas que se desviaban al suelo o al cielo, un muro infranqueable llamado vejez, desmemoria, vergüenza.
Supe que todos en Berania sabían.
Supe que la omertá es una forma de lealtad mal entendida, algo más parecido al temor y al servilismo que a la supervivencia.
Creo que soy la única de mi generación que aún la recuerda.
Y éso, también es una forma de traición.

EFRAÍN DÍAZ

El reloj continuaba con su sempiterno tic tac, el tiempo con su inexorable marcha y el padre envejecía pero no moría. Su rostro estaba surcado por arrugas y su decadente cuerpo mostraba serios problemas de movilidad, pero no le llegaba la hora.
Sus hijos crecieron en el lujo y la opulencia. En la felíz despreocupación de quien tiene el futuro y las rentas aseguradas.
Con títulos universitarios aún sin estrenar, eran unos inútiles, unos buenos para nada que como sanguijuelas, chupaban de los recursos del padre.
El viejo, sabiendo de la incapacidad de sus hijos para sostenerse por cuenta propia, mandó a por ellos.
Ya que no moría, repartiría la herencia en vida, pensaron ellos y jubilosos, acudieron al llamado. Fueron a verlo.
Al reunirse en la mesa, mostraban una amabilidad inusual. Unas muestras de cariño nunca antes exhibidas.
El viejo, con un tono de voz suave y paternal, repasó con ellos el inventario de propiedades, el inventario de cuentas bancarias y el inventario de inversiones en el extranjero. Los hijos, escuchando atentamente, salivaban. Internamente reían de júbilo de saber que no tendrían que doblar el lomo por el resto de sus miserables existencias.
Al terminar el inventario de bienes, el padre repasó los títulos universitarios de cada uno y ellos, aparentando orgullo, asentían con la cabeza. Miguel había terminado su carrera en finanzas, Margarita en medicina y Mario la de derecho, pero nunca ejercieron. Nunca tuvieron la necesidad ni la motivación. No le encontraron motivo. Por el contrario, se hicieron expertos en viajes, gastronomía y buena vida. Todo a costa del bolsillo del padre, que envejecía pero no moría.
Al terminar el inventario de los bienes y de los infructuosos títulos universitarios de sus inútiles vástagos, el padre mandó a llamar a su contable.
Alberto había sido por décadas el contable de la familia. Conocía todos los entresijos y los torcidos negocios del viejo. Había sido parte instrumental en crear y mantener los nebulosos esquemas financieros que produjeron riqueza para la familia.
Alberto tomó asiento en la mesa y discutidos los activos, comenzó a discutir e informar los pasivos.
A medida que Alberto avanzaba con los informes de pasivos, deudas, embargos, multas y penalidades, la alegría de los hijos comenzó a decaer. Sus semblantes ya no reflejaban algarabía. Se tornaron sombríos, serios, pétreos. Sus rostros incrédulos intentaban comprender como la herencia se desvanecía como se desvanece el vaho. Como se hacía sal y agua. Como se les deslizaba entre los dedos como la fina arena sin que nada pudieran hacer.
Ni siquiera el mobiliario sobrevivió al ajuste de cuentas.
Al ver la frustración en el rostro de sus hijos, el viejo tomó la palabra y con una sonrisa les dijo que lo único que podía legar, por haber sobrevivido al ajuste, era su magnífica biblioteca.
Con más de cinco mil volúmenes en sus estanterías, la biblioteca del viejo contenía desde los antiguos clásicos griegos, romanos, toda la obra de Shakespeare, volúmenes de medicina antigua, novelas, cuentos y demás. Contenía todos los autores clásicos, modernos y contemporáneos.
Desilusionados y luego de injuriar a su padre por la dilapidación de su patrimonio en perjuicio de su herencia y su futuro, los hijos se marcharon. Rechazaron lo único que su padre les había dejado. Su magnífica biblioteca, ignorando que ahí estaba su verdadero tesoro, la verdadera riqueza.

RAÚL LEIVA

Fénix

Tras doce años de convivencia, la anciana llamó a su hijo justo cuando le preparaba un té. Con fastidio, el hombre fue a su encuentro.
—Hijo, vení sentate que te quiero decir una cosa. Ya sé que te estoy fastidiando mucho, pero lo que voy a decirte es muy importante. Entiendo el enojo de tu mujer, desde que vinieron a vivir sabía que un día iba a tener esta conversación contigo. Sé que las cosas estaban difíciles cuando te quedaste sin trabajo y por eso no me opuse a que vengas a parar acá. También sé que las cosas a veces están tensas con tu mujer ya que no hay intimidad que valga con esta vieja postrada acá. Lo sé.
El hombre se sentó a los pies de la cama y escuchaba a su madre con más atención.
—Cuando tu padre murió, me pediste la parte de la casa que te correspondía y eso está bien, era tu herencia y no iba a ser yo quien te quitara el derecho de triunfar como músico en el exterior, aunque eso significara que tu hermano se haya quedado sin dinero para los estudios y haya dejado de vernos para siempre. Es algo que iba a pasar de todas maneras. No te voy a reclamar nada porque soy una vieja que no tiene más nada que reclamar y muy pocas ganas de vivir. Por eso quiero que hagas un último acto de amor.
Antes que me digas que no, quiero que sepas que no es una estupidez como amigarte con tu hermano y que estén los dos abrazados mientras muero. Nada sería más hipócrita que esa falsa imagen en mi cabeza a la hora de dejar este mundo. Mi pedido es más simple, quiero que me hagas un té, pero ponele cinco cucharadas de azúcar y dos de veneno para ratas.
El hombre dio un pequeño salto hacia atrás y abrió los ojos. Antes que pudiera decir nada la mujer siguió.
—Soy vieja y cardíaca, cualquier susto me mataría sin dudas. Mi corazón es una bomba de tiempo y ya me cansé de depender de los demás, de que me limpien, me den de comer y me carguen como una bolsa de papas. Te pido perdón por todos estos años que tuviste que aguantarme. Así que preparame ese té que te pedí, dame un abrazo o algo parecido y andá a buscar a tu mujer al trabajo. Dejala que ella me encuentre así no vas a cargar con la culpa de actuar como si no supieras nada. Dejame tu celular cerca así llamo a tu hermano cuando te vayas y me despido, algo voy a inventar, como que me duele el pecho o algo así y que justo encontré tu teléfono, que por eso lo llamo o algo por el estilo. No sientas culpa, te lo voy a agradecer para siempre.
Con los ojos llenos de lágrimas, los recuerdos se atropellaban en su cabeza. Recordó cada día que la vieja le pasaba factura por vivir en “su” casa, por casarse con “esa”, por ser un inútil, no como el hermano que tuvo que trabajar para poder seguir estudiando culpa de los sueños de un fracasado bohemio sin talento. Le dolía el pasado y le ahora le jode el presente. Tiene la llave que lo puede liberar de todo en su mano, pero le pesa una vida. Se atormenta de dolores a destiempo y le hace el té con bronca y miedo, una combinación tan tóxica como el azúcar y el veneno.
Le deja la taza en la mesa de noche junto al celular, le da un beso rápido en la frente y se va secando burdamente las lágrimas de su cara. Con un portazo cerró su historia. La anciana lo mira pasar por la ventana sin juzgarlo. ¿Quién es ella para decidir sobre los demás a esa altura de los hechos?
La vieja tomó el celular y marca el único número que recuerda. Suena cerca de cinco veces cuando la atienden.
—Hola ¿Roberto? Tu madre… Sí ya está…Tenías razón, es capaz de todo el hijo de puta… Acá dejó el té de mierda… sí… la cámara está bien escondida y se debe ver la caja de veneno, la puso bien el técnico ese que mandaste. El abogado dice que sirve como prueba… Mañana los echo a la mierda, a él y a la mugrienta de la mujer…Bueno hijo…Cuidate… Te quiero mucho… Yo también… Chau.

MARÍA JESÚS GARNICA PARDO

Llegue no lo niego, a recoger mi herencia y marcharme.
Mi familia no es precisamente un remanso de paz.
Llevo años sin ver al nido de víboras.
Y sorpresa!! mi odioso padre, el que nunca me dio ni una pizca de amor, me deja su mayor herencia.
Mis hermanos alucinan. Les miro y no dejo de reír.
Si, me dejo sus libros. Me sorprendió qué mi padre me conociera tan bien.

GUILLERMO ARQUILLOS

A, de asesino
Estoy escribiendo con el portátil apoyado en las rodillas y llaman a la puerta. Me levanto y abro. Se parece a alguien que conozco, pero me resulta increíble.
—Buenas tardes. ¿A quién busca? —le digo con cierto recelo.
—A usted, buen hombre, a usted. —Debe de leer la desconfianza en mi cara— ¿No me reconoce? Soy Gerardo, el asesino de su relato. ¿Puedo pasar?
Sin que le dé permiso, antes de que pueda impedirlo, se cuela, entra en el salón y se sienta en el sofá. El tal Gerardo es idéntico al estúpido sobrino que me he imaginado que mataba a su tía para conseguir la herencia. Porque se trata de que este fantoche quiere el dinero de su tía y ella, como muchos de los personajes ancianos de mis historias, tiene la manía de no morirse sin algo de ayuda.
—Así que tú no existes más que en mi cabeza… —le digo.
—Déjese de tonterías. Vamos a lo importante: si me pone una pistola en las manos y está inutilizada, me voy a dar cuenta de que no dispara porque no soy gilipollas, no crea. Ese truco no le va a funcionar, buen hombre.
Gerardo es un tipo alto, con perilla y gorra de pana color gris monja. Le tiembla un poco la voz, aunque no mucho.
—A ver, no tengo del todo claro por qué te tienes que cargar a tu tía.
—Eso es lo único que está claro en su historia, buen hombre. ¡Por la herencia! ¿Por qué leches va a ser si no? ¿No ve que estoy tieso y que tengo que devolver lo que debo a la banda de Abraham?
Abro los ojos con incredulidad:
—Un momento, un momento. La banda de Abraham es de otro relato, esa gente no salía en este.
—A mí no me venga usted con rollos. Le debo dinero, Abraham me amenaza para que lo devuelva y si no, me va a dar una buena paliza. Y las palizas que da esta gente te pueden dejar inválido.
Se queda un momento mirando a la pared. De repente, continúa hablando:
—Ya ha escrito que fui a robarle a mi tía unas joyas para malvenderlas y mi tía me pilló. Nos peleamos y yo le di un par de puñetazos. Después me largué con unos pendientes, unas monedas antiguas y una pistola que está inutilizada, como todas las de la colección que dejó mi tío. Al viejo le gustaba juntar cacharros.
—Sí, eso ya lo sé, me lo acabo de imaginar hace un rato. Es más, estaba corrigiéndolo un poco antes de seguir adelante —le digo.
—Mire, buen hombre…
—… no me llames buen hombre, me molesta.
—Usted me ha imaginado llamando buen hombre a todo el mundo. De modo que ahora no se queje.
Hago una mueca de fastidio. Gerardo la ignora.
—Tenemos que resolver lo del asesinato de mi tía. Ya le digo que lo de la pistola no funciona.
Gerardo es un personaje más simpático de lo que yo creía. Me va explicando cómo ha llegado a esta situación y comprendo que ha tenido una existencia bastante dura. No creo que a nadie le guste estar en el mundo con la única finalidad de ser un asesino, por la única razón de que a alguien le interesa que sea así. Me tomo unas cervezas con Gerardo. Sabe contar chistes. Siempre me ha caído bien la gente que cuenta los chistes de una manera especial. Me habla de sus proyectos, de los coches que se quiere comprar con la herencia de su tía, de los países que quiere visitar. Por lo visto, no va a guardar ni un euro, no es su estilo.
Al final, me he hecho muy amigo de Gerardo. Ya lo creo. Cuando se marcha, me dice que no lo olvide, que entonces dejará de existir. Bueno, como todo el mundo, pienso yo, cuando alguien nos olvida, una parte de nosotros deja de existir, aunque sea solo la pequeña parte de nosotros que estaba en su mente.
Por la noche, a eso de las doce, me llaman por teléfono. Reconozco su voz.
—Lo he hecho —dice Gerardo.
—¿Ya?
—Sí, ya. Cuando siga escribiendo, no se olvide de permitir que me escape. Lo he hecho con un pañuelo de tela.
—Ah sí, ya sé, el pañuelo de tela que siempre llevas. Lo he puesto en esta historia sin saber muy bien para qué.
Nos callamos un momento. Me da pena lo que le tengo que decir:
—Gerardo, creo que te van a pillar y que no vas a poder disfrutar de la herencia. Mañana, cuando me levante lo escribo. Está decidido.
—Con lo bien que me lo hubiera pasado yo con el dinero de mi tía… Qué mala leche tiene, buen hombre.

MARÍA JOSÉ AMOR

EL HOMBRE QUE GANÓ LA GUERRA (Para el tema de la semana «Herencia»)
-¿Esta es la herencia que vamos a dejar a nuestros hijos?¿Esta mierda de país? -se repetían todos su habitantes enardecidos por un jefe que, al no tener oficio ni beneficio, se metió a político.
Poco a poco, esa idea fue creciendo hasta hacerse general, no solo ellos sino que el pensamiento cundió siendo adoptado a su vez, por otros vecinos.
generalizándose en el resto del planeta.
Pero ¿cuál podría ser la solución?
Hubo diversos planteamientos y no menos propuestas.
Lo que en un principio parecía bastante claro, cada vez de fue haciendo más lioso hasta finalmente convertirse en dos ideas tan básicas como opuestas resultado dos grandes bloques a nivel mundial. Y los que un día lejano estaban unidos, ahora su odio y, a su vez sus intereses monetarios principalmente de tipo armamentístico, incrementaron en función exponencial. Y, como era de esperar, la guerra estalló.
Los grandes militares del país, no estaban en el frente ya que había el enorme peligro de resultar muertos y por tanto ¿quién dirigiría las tropas?
Habilitaron por tanto búnkeres en toda la extensión de las posesiones que iban ganando y encerrados en ellos se iban comunicando del avance de las tropas mediante toda una serie de las ultimísimas nuevas tecnologías que continuamente iban renovando.
Enterándose uno de los bloques el gran avance que llevaban los suyos, el Gran Jefe propuso lo siguiente: construir búnkeres en todos y cada unos de los terrenos que faltaban por conquistar y allí, los cargos más altos, él el primero, se instalarían de uno en uno para así agilizar la información que, como era de esperar, poco tiempo duraría ya.
Y, como había predicho, al cabo de pocas semanas, contempló que ya no había ningún tipo de resistencia en ningún punto del planeta.
Satisfechísimo y orgulloso de su triunfo, hecho del que jamás había dudado ya que sabía que en inteligencia militar nadie podía superarlo, abrió una botella del mejor champán francés y se dispuso a brindar “on line” con sus colegas de los restantes búnkeres.
Se conectó con ellos pero algo fallaba en la señal: no había respuesta.
Intentó contactar con todos a la vez por Skype pero cuál fue su sorpresa al comprobar que nadie respondía. Pero no se extrañó: alguna antena habría sido destrozada
A fin de confirmarlo contactó con el operador del sistema y la callada por respuesta.
Decidió utilizar otro medio más primitivo: simultáneamente, por WhatsApp, SMS y Twitter escribió al ministro de Información exponiéndole el caso y diciéndole que en media hora estaría en el Palacio Presidencial para dar el Discurso de la Victoria.
Sin esperar ya respuesta, so pena de llegar tarde salió del búnker. Y al salir, notó algo muy muy extraño. Era como estar en otra dimensión, como si el color del entorno hubiese cambiado y como si el aire hubiese sufrido algún tipo de contaminación gaseosa que le dificultaba la respiración. Sin dar demasiada importancia, sacó mediante una plataforma, su avión particular ubicado a su vez en un búnker contiguo y, subiéndose feliz a él, se dispuso a llegar lo antes posible, a fin de recibir las aclamaciones de sus admiradores y compañeros de armas.
Cuando ya estaba próximo al aeropuerto militar, comunicó con la torre de control anunciando su llegada así como que despejasen todo, que iba a aterrizar en la pista 1, su preferida.
Al llegar y observar lo bien que habían seguido sus órdenes los encargados, pues la pista estaba totalmente despejada, aterrizó y rápido y, sin saludar a nadie, cogió el primer coche (había muchos) que encontró dirigiéndose rápido y, curiosamente, por suerte sin ningún tipo de atasco, al Palacio.
Pero al llegar allí, se percató de que sucedía algo extraño de lo que no se había dado cuenta antes: NO HABIA NADIE.
¿Habría sido ése el motivo de la falta de respuestas de sus compañeros? ¿Habría sido a su vez la causa del extraño silencio que imperaba a la salida del búnker?. Atemorizado de lo que pudiese suceder, comenzó a dar voces sin recibir ningún tipo de respuesta.
Subió a las plantas superiores y los despachos aparecían totalmente vacíos, como si algo o alguien hubiese raptado a sus habitantes dejando todo el resto del mobiliario, mesas, ordenadores y demás instrumentos de escritura cual si del cuento de la Bella Durmiente se tratara.
Siguió el recorrido por las diferentes estancias y todo estaba exacatmanente en el mismo estado.
Desesperado por fin, salió al balcón a ver quién habría y tampoco había ni un alma. Pero sí que volvió a notar un aire totalmente irrespirable que le produjo un agudísimo ataque de tos. Entró rápido cerrando el balcón y cuál fue su sorpresa al ver un papel manuscrito que decía:
PARA EL SUPERVIVIENTE QUE LO LEA
Muy seño mío. Viendo ya imposible nuestra victoria, le dejamos ganar la guerra, pero antes, permítamen recordarle la historia de aquel personaje bíblico: Sansón:
Era un gigante inderrotable por su gran fuerza al que todos temían y por supuesto, siempre ganaba las batallas.
Los filisteos, habitantes de un pueblo enemigo, hicieron con malas arte que su mujer, Dalila, se enterase dónde radicaba su fuerza. El, inocente, confesó que en el pelo que ella le cortó mientras dormía pudiendo él por tanto ser capturado y llevado al Templo donde fue atado a una columna para humillación suya y señal de triunfo del pueblo.
Pero él pidió fuerza a Dios, que viéndolo humillado se la devolvió; y él agarró dos columnas y derribó el tiempo, muriendo él, pero con él, los filisteos.
Pues bien, imitando esta leyenda, la imitamos de manera que, efectivamente, morirá Sansón (nosotros) pero los filisteos con él .
Y en este caso, los filisteos, o sea ustedes, morirán atacados no con fuerza, sino con armas biológicas tales que habrán degradado sus cuerpos totalmente en pocas horas.
Le compadecemos ya que tendrá que buscarse una nueva modalidad de existencia.
Cuál fue esta existencia nadie lo supo jamás. Y, de la herencia a sus inexistentes hijos, aún menos.

NURIA HERNANDO

La Herencia.
Cinco hectáreas de cafetal venia siendo tradición en esa familia . Miles de kilos de ese fruto rojo, de variedad arabica y cuidadosamente tostado para no afectar en su aroma y sabor . Muchos días de duro trabajo para sacar adelante el negocio familiar , de arduas negociaciones con el distribuidor para lograr un precio justo a tanto sudor desde el amanecer hasta el poniente.
Otra costumbre en esa familia era la falta de vacaciones y de descanso . A lo sumo una semana que no servía para reponer todas esas horas de sueño y estrés diario . Las luchas con la climatología y sus ganas , a veces, de cargarse la cosecha ..
El aroma a panecillos calientes , huevos , salchichas frescas y de un buen café era su pequeño lujo diario .
Las palmeras eran el vínculo con sus antepasados . Esos que migraron mugrientos y llenos de hambre, con una pequeña maleta de cartón con todas sus pertenencias . Sólo el esfuerzo y ahorro aprendido fueron su recurso para conseguir lo que disfrutaron las futuras generaciones . Esas palmeras eran el vínculo a esas tierras americanas que tanto les dio y cuando regresaron a sus tierras natales, no se olvidaban de plantar, en el frontal de sus flamantes casas de indianos.
Les dejaron también una importante herencia de principios y saber estar , de tener palabra y del honor familiar , por eso fueron siempre respetados en toda la comarca y aunque los abuelos regresaron , no lo hicieron el resto porque ellos ya pertenecían a esas tierras, en su tiempo virgenes. También su acento y costumbres los delataban . No se negaban a la gran oferta culinaria, ni a esas manos de las empleadas de hogar que tan bien los cuidaban impregnándoles de sus aromas y deleitándolos el paladar con sus : aji de gallina , chicharron de pollo o chancho, arroz verde con pato , chancho al cilindro, lomo saltado , pachamanca y sin olvidarnos del arroz con leche o los picarones bañados en la deliciosa chancaca… con el arroz con leche siempre hubo controversia se hacía a la manera asturiana, así como los frisuelos bañados en azúcar y canela. Ahí se resista a la tradición familiar de antaño y no se permitían variaciones. Era la forma de traer a los ancestros y al recuerdo de infancia de estos, de respetar el gusto de los los abuelos y siempre así poder traerlos a la memoria .
Los abuelos no pudieron portar libros , ni apenas leerlos pero si dejaron varias de sus péquelas agendas roídas y escritas en todas sus páginas, de todo lo importante de sus vidas : direcciones y el conteo de todos los gastos que escribían aplicadamente para llevar su contabilidades , pese a sus básicos conocimientos de matemáticas.
Estas desgastadas y roídas agendas se guardaban cuidadosamente como códices y muestra de esfuerzo familiar. No fueron capaces de escribir sus biografías pero con eso y las historias orales familiares eran suficientes para tener una bonita tradición familiar vinculada al café y las ganas de salir de la pobreza ..

EDUARDO VALENZUELA JARA

Eso de que las familias sólo se reúnen para los funerales es triste, pero cierto. Tan cierto como que sólo ahora nos hemos vuelto a juntar los cuatro hermanos, ahora que nuestros padres han muerto.
Los pobres viejos murieron durante el incendio, los encontraron juntos, abrazados, como tratando de darse consuelo mutuo en su hora final. Es que las llamas barrieron con la propiedad en un santiamén. Sólo les quedaba esa miserable casucha en un minúsculo pedazo de tierra y ardió todo hasta las cenizas.
Aquí está Rogelio, el primogénito, el favorito de mamá. Con sesenta años a cuestas, se ve casi tan viejo como papá, con su pelo tieso y cano, la cara cuarteada por surcos y esas manos nudosas, morenas, tan grandes como las de un puma; “manos para trabajar la tierra conmigo” le decía papá, pero Rogelio nunca quiso ayudar al viejo, ni menos seguir el sino de agricultor, se fue a la ciudad y nunca más volvió, hasta ahora.
Allá esta María, un año menor que Rogelio. Sigue con esa cara tan triste y seria. Papá le decía que con esa cara nunca conseguiría marido, pero ella se casó con un camionero que se la llevó al norte del país. Dedicó su vida a criar a sus chiquillos y por eso, tarde, mal y nunca vino a visitar a sus viejos. Ahora ya es abuela.
El borracho que llora junto a los ataúdes de mamá y papá es Hipólito. Dice estar arrepentido de haberles causado tantos sufrimientos a los pobres. Solía venir a casa una vez por año, pero sólo para contarles historias de cómo había perdido todo su dinero y les pedía que lo ayudaran a recuperarse.
No hay nadie más en la capilla. Es que los viejitos ya no tenían amigos, todos los campesinos de los alrededores ―más viejos que ellos― habían ido muriendo con los años; se habían quedado solitos. Yo, Carmen, era lo único que les quedaba y también les fallé.
El silencio en la capilla era incómodo, pero era preferible a hablarse. Nunca fuimos hermanados, no era dificil que cualquier conversación terminara en pleito. Y no fue esta la excepción.
Fue Hipólito el que comenzó reclamando su herencia. María le dijo que no tenía ningún derecho por que ya les había sacado suficiente dinero a los viejos y que no soñara en poner una mano en lo que quedaba. Rogelio, aunque era corto de palabras, vociferaba que mamá le había prometido a él la mitad de todo. Y ahí ya no aguanté más.
«¡¿La mitad de qué?!», dije yo, «¡Si los viejos apenas tenían donde caerse muertos! ¡Si todo lo que había se quemó!… ¿Con qué cara vienen a reclamar algo, si todos ustedes los dejaron abandonados?»
«¡¿Herencia?! Ya todos tenemos su herencia».
«Tú, Rogelio, heredaste la tozudez y el mal carácter de papá. Y mamá no lo hizo nada mal heredándote esas ideas machistas de que las mujeres estamos para servirlos a ustedes los hombres».
«A ti, María, te tocaron todas las frustraciones de mamá. Te llevaste esa amargura, esa envidia y ese rencor contra todos que ella masticaba sin cesar».
«Hipólito, tú heredaste el maldito vicio de papá. El gusto por tirar tu dinero emborrachándote, rodeándote de malas compañías que se aprovechan de ti. ¿Es que acaso no tienes algo de dignidad?».
«Y yo… Carmen, la menor de los cuatro, heredé esta bocaza de no callarme nada; la heredé de mamá. Por eso les digo a los tres que son unos hipócritas, unos sinvergüenza, que nos dejaron tirados acá en esta choza miserable. Porque yo fui la que se quedó con ellos hasta el último de sus días. Yo fui la que nunca se casó para vivir aquí y cuidarlos… ¡Y fallé! Fallé porque el incendio nos encontró dormidos».
Y al parecer dije todo eso con tanta fuerza, con tanta rabia y pena guardada en el corazón, que mi ataúd se sacudió y cayó al suelo, poniendo fin a la discusión por la herencia.

CARMELA GIMÉNEZ

En conversación con mami, pude comprender, lo que papá nos dejó, aquella casa humilde donde fueron criados seis hijos, donde compartimos tantas historias; que papá unas las habia vivido, otras les fueron contadas por sus abuelos, recuerdo con nostalgia la historia de Hansel y Griten llevadas a un contexto campesino,nos facinaba a todos, lo rodeaba en un profundo silencio, casi sin respirar escuchábamos el relato. ¡aquellos momentos¡ ¡inolvidables! Largas conversaciones al pie de su cama juntos observando la televisión; cómo olvidar aquellas caminatas donde papá aprovechaba de visitar a sus viejos amigos. ¡ya comprendo! la herencia que quiso dejarnos era que aprendiéramos el valor que tiene la familia, los hermanos el amor, la valoración. ¡Oh! triste realidad, al morir papá todo se olvidó, su mensaje no fue entendido por muchos, convencida que cada quien, va internalizando dependiendo de la profundidad de sus sentimientos, internalizando como parte de una herencia.


GRACIELA PELLAZZA

«Un día el mundo será de los buenos» me dijo la viejita Flora cuando me vio sentado en el cordón de la vereda. Y ahí nomas abrió su bolsita de la feria y saco un kg de arroz y otro de polenta vencido.
-¡Para los perros mi hijo! Ojalá te sirva. Lamento lo de tu madre, era brava pero se aguanto siempre la consecuencia. Ya sabes, si necesitas una ayudita estoy allá donde se ve el final del camino.
Así me dejo doña Flora, con la incertidumbre y las dos bolsitas, no tenía ni norte ni sur, ni sabía muy bien dónde empezar y desde la ventana se asomaban los cuzcos huérfanos esperando saciar el hambre.
¿Para que me vine?
Me costaron años acomodar los sinsabores, y cuando estaba medio pelo domando el potro se muere mi madre.
Ya no tenía porque llorarla, le había dedicado casi media vida de cabeza gacha, de arrastrar la alpargata, de comer malas palabras. Y aquí hoy que soy tan ajeno debo ser parte.
Así como me fuí, así quedó la casa; vacía de todo. Y no hubo rincón donde ese abandono, me cacheteo la culpa.
Era mi herencia.
Desde el cacharro que fue olla alguna vez, hasta la cama donde dormía la vieja.
Así dicen que se fue, con la ropa puesta sobre el colchón finito de espuma.
Nunca quiso verme
Y yo…
Y yo nunca vine a ver si entre tanta armadura le podía encontrar el delantal de alguna ternura.
Tan hosca, sin pulir, con lo básico, casi sin herramienta. Tenia la espada del silencio en la boca. Yo esperaba maná del cielo y ella esperaba de mí, quien sabe que cosa.
He vuelto
No sé por dónde empezar
Quizás lo urgente es cocinar y bañar a sus perros.
Tal vez sabe que nombre tienen, la vieja Flora».

MARÍA ELENA APONTE ISTÚRIZ

Quizás allá a lo lejos mis abuelos y bisabuelos paternos se preguntarán cómo es posible que mi hijo Francisco no les regaló a sus hijos el legado del Silencio que tanto protegimos nosotros?
Allá a lo lejos en el país vasco
Debajo de una higuera creció el abuelo Francisco José
Y frente a él estaba Manuel su padre
Y Ana,la santa abuela lavaba el arroz
Para después zurcir y bordar
Las margaritas sonrientes
En el viejo sofá con su gato a los pies
A lo lejos se escuchaban a los pájaros cantar
Un lamento
Una saeta
Un Fado lleno de melancolía
Herencia portuguesa
Herencia gitana
La bola de cristal se la dió a Carmencita y ella celosamente guardaba tan preciada herencia
Suspiraba Francisco un cuatro de octubre en gratitud a su Santo…
San Francisco de Asís
Herencia Judeo- Cristiana
Y que heredaste tu ?
Yo herede el amor a los libros
Y el amor a los detalles
Alegría y sonrisas ?
Silencio tal vez
A lo lejos el trinar de los pájaros
A lo lejos Ana se asoma al ventanal
A lo lejos el niño Francisco
No tan niño me dió una gran herencia :
» La Mermelada de Timoteo»
Allá el campo
Allá la ciudad
Allá las lágrimas
Allá la rabia
Allá las risas
Allá el Amor
Allá la herencia

JOSMA SANCHÍS

LA HERENCIA
Heredé de mi padre su amor a la lectura, su pasión por el tabaco y su calvicie. Aunque era más bajito que yo, le seguía queriendo. Desde que murió, hace ahora catorce años, pienso muchas veces en él. A mí no me preocupa la muerte, estoy convencido de que, como afirma la física cuántica, un día nos reencontraremos todos en una especia de conciencia universal.
De mi madre he heredado más bien poco, por no decir nada. La recuerda cargada de hijos, yo soy el mayor, la ayudaba haciendo las cenas, me gustaban los riñones al jerez y las natillas que hacía.
A los treinta y cinco años ya estaba casado y tenía dos hijos. También contaba entre mis males con un sobrinito capullazo, las noches buenas, se ponía bastante porculero y nos daba la brasa jugando a la herencia de la tía Ágata. Él alcanzaba el culmen de su placer, cuando salía cargado de los abalorios que le había provisto la yaya y todos los demás teníamos que dejar cualquier cosa que estuviésemos haciendo. Hoy sigue igual de gilipollas.
Mis padres me dejaron en herencia mi cerebro y mis manos, con ellos me sigo ganando la vida.
A la marcha que van mis finanzas mis hijos no heredarán nada, tal vez alguna que otra deuda, les tengo advertidos que acepten la herencia a título de inventario, para hacerse con lo que sobre tras pagar las deudas, pero bien visto no tiene ningún sentido. Así pues, que mi herencia se vaya a la mierda.

ANA DEL ÁLAMO

Nunca sabes cuando está por llegar
No sabes cuando echarán a volar
No importa…ellos se irán indulgentes
en un vuelo de halcón .
Nunca sabes qué quedará!
Quizá nada. Quizá todo quedará:
El amor incondicional, los recuerdos, las risas, los ricos platos, los cuentos contados, la suave piel y un pueblo en un valle ..eso te dejarán.
Ni casas, ni tierras, ni campos, ni una gran bolsa, acaso un cerezo donde yacerán.
Tan poco y TANTO te dejarán.

GAIA ORBE

El temita de las bajantes en los baños de los edificios son una molestia. Estas provocan un sonido recurrente al chocar el agua de la cisterna contra las paredes de la tubería. Aunque uno se acostumbra, ayer en la madrugada el ruido era tan fuerte que me levanté a tirar del retrete para ver si aminoraba. Furiosa prendí la luz y lo vi saltar en el agua.
Despavorida hui al pasillo gritando: ¡Un sapo flaco en el baño!
La única que respondió fue la brujita de enfrente, que dándome un bolsa con bichos dijo: ¡Dale de comer al pobre, llega una herencia a tu casa!

SHILA SHILA

Herencia rima con «decencia» con demencia plena.
Suena como una vasija llena, la condena de encontrarlo es menos amena.
La llevan por millones, los familiares por los callejones de los juzgados.
y al olor viejo de los allegados jubilados, La hambruna del ambicioso, era asqueroso y ocioso.
Se la quería llevar toda, eso fue demasiado misterioso vergonzoso, riguroso pero muy espinoso.
El asunto fue peligroso porque era quedarse con lo construido desde hace años
Algo tan valioso para los esposos que parecía tan brilloso y maravilloso.
Los hijos eran celosos, todos esperaban algo poderoso en cuanto a la moneda.
Esas monedas eran simplemente polvareda en un segundo se esfumaron a su vista optimista.
Ellos eran especialistas en las mentiras de antaño cuando hace años a todos les hacía daño.

GABRIELA MOTTA

Apresurado se dirigió al capitán para denunciar la desaparición de su esposa. De inmediato comenzaron su búsqueda. La distinguida dama, además, de inteligencia y un lazo rosa característico, poseía una acaudalada herencia que le otorgaba estatus y poder. Yo que estaba trapeando el piso, los vi en la proa bebiendo un fino vino, siendo testigo involuntario de todo lo sucedido.
Aún impactado, corrí para contarle al capitán que había visto al esposo arrojándola al mar y qué tenía pruebas. Sin embargo, el capitán ordenó mi captura, alegando que el lazo y la botella de vino con los que pretendía incriminar al marido me convertían a mí en el principal sospechoso.
Años más tarde cuando fui liberado, supe que aquella noche el capitán se reunió con el flameante viudo (que resultó ser el único heredero de su esposa) y brindaron airosos por el ingenuo pez que había mordido el anzuelo.

JUAN JOSÉ SERRANO

«Inconcluso»
Emi tenía todo lo que siempre había soñado: una juventud envidiable, un piso para ella sola y sus fieles compañeros del alma, que incluían libros, figuras de colección, DVDs de sus películas y series favoritas. Su dormitorio era su refugio, donde pasaba horas escribiendo e interpretando escenas que después plasmaba con creatividad en su libreta. Desde niña, se había interesado por el teatro y le apasionaba crear marionetas con las formas detalladas de los personajes de sus cuentos y relatos. Entre todas, destacaba una en particular, un personaje que la había acompañado desde su primera historieta: Teto. Era una de las marionetas más antiguas y queridas por su creadora, aunque al mismo tiempo era la más odiada y envidiada por la multitud de creaciones que compartían su habitación. Estas marionetas colgaban en las paredes, el techo, dormían en la cama y en cualquier mueble del lugar.
Emi siempre continuaba la saga de Teto y sus amigos, quienes vivían aventuras sin fin. Un día, mientras escribía una escena de asesinato en la que Teto, un brillante detective, buscaba al culpable, alguien llamó a la puerta de su apartamento, transformando el desenlace en un misterio. Los personajes se encontraban atrapados en un laberinto sin salida, y solo la joven escritora podía resolverlo. Asustados e impotentes, depositaron sus esperanzas en Emi, pero algo la interrumpió, obligándola a dejarlo para otro momento.
—Hola, buenos días, vecina —dijo con voz suave una chica recién mudada al piso de al lado.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó Emi.
—Me da mucha vergüenza pedírtelo, pero tenemos un problema y necesitamos resolverlo. No sé cómo te llevas con los niños, pero ¿podrías cuidar de mi hijo mientras volvemos? —propuso la vecina, preocupada e insegura.
—¡Claro! No hay ningún problema, puedo cuidar de él mientras regresan. Tranquila —respondió Emi con seguridad.
—No sabes cuánto te lo agradezco. Lo compensaré adecuadamente —dijo la vecina, confiando en que podían marcharse sin preocupaciones.
Emi se acercó al niño de tres años y le habló con dulzura.
—Ven, pequeño, te voy a presentar a mis amiguitos. Seguro que te encantan —dijo Emi, convenciendo al niño.
El niño entró junto a Emi en el apartamento y caminó de la mano hasta la habitación especial. Allí, todo era un caos. Los personajes estaban desesperados y no habían encontrado al asesino, al que sospechaban que podría ser uno de ellos. Emi dejó al niño sentado en una extensa y suave alfombra decorada con personajes de Disney, que le encantó al instante. Para mantenerlo entretenido mientras continuaba escribiendo, le ofreció algunas marionetas mal acabadas y descartadas que guardaba en una caja bajo la cama. El niño estaba más que contento y decidió jugar con lo que Emi le había preparado.
La historia siguió su curso, y los personajes se enfrentaron a nuevos desafíos. Sin embargo, algo iba mal. Cada vez que resolvían un problema, este se convertía en otro más complicado y peligroso, del que parecía imposible escapar. Emi intentó guiar a sus personajes en direcciones diferentes para aliviar la situación, pero Teto finalmente se vio obligado a tomar decisiones propias. Reunió a todos en una sala y comenzó a interrogar a los posibles sospechosos, empezando por Clara, una elegante bailarina de claqué con una voz refinada.
—Dinos, ¿dónde estabas a las 12 en punto, la hora del asesinato? —preguntó Teto con autoridad.
En ese momento, Clara comenzó a hablar, pero no pudo terminar la primera palabra antes de perder la cabeza. Todos gritaron de espanto al verla decapitada y su cabeza a los pies de Teto.
—Entiendo, tenemos un asesino entre nosotros —concluyó Teto.
Luego señaló a Beta, una chica coqueta a la que le gustaba vestir de negro y escuchar música metal. Sorprendentemente, también perdió la cabeza, pero esta vez voló por los aires y se estrelló junto a una ventana. Los gritos de horror se escucharon en todo el vecindario, y los presentes comenzaron a preocuparse. Teto, asombrado por la astucia del asesino, recorrió la sala sin perder de vista a nadie. Perdió la cabeza, que rodó hasta los pies de Emi.
—¡Maldito niño del demonio! Has destrozado todas mis marionetas, a las que tanto quería —exclamó Emi al descubrir al asesino en acción.

YOLILLANA RELATOS

¡Cuidado que viene!
¿Quién? – dijo Mario
¡El lobo! – Pablo soltó una carcajada
Eran amigos desde el jardín de infancia, acababan de cumplir los treinta y dos años y Pablo seguía con la misma broma.
¡Es que vamos! si no te he gastado esa broma cien veces, sin exagerar, no te la he gastado ninguna.
A Mario siempre le había encantado el humor de su amigo, y la mayoría de las veces hacía como que caía en la broma, pero obviamente ya no era tan ingenuo. Le daba igual, escuchar su risa y saber que a pesar de los años mantenían el humor y se seguían escuchando reír, no tenía precio.
Cualquier día será verdad y no te creeré – dijo sin separar la vista de la carretera
Este fin de semana, como tantos otros durante su infancia, habían planeado pasarlo en casa de Pepe, el abuelo de Pablo. En una pequeña casa de campo que este tenía en las afueras, con árboles frutales, una huerta y algunos animales.
Cuando eran pequeños Pepe enviudó, y les propuso a los padres de Pablo y Mario hacerse cargo de los críos durante los fines de semana. Los niños eran como hermanos y disfrutaban muchísimo en casa del abuelo. La casa estaba cerca de la ciudad y podían subir y bajar fácilmente.
A sus padres les venía bien tener un tiempo para estar solos y a Pepe le encantaba la vidilla que le daban esos gamberros.
Durante años pasaron allí cada fin de semana, de viernes a domingo. Algunos puentes y más de una semana en verano.
Cuando cumplieron los doce años, los padres de Mario se separaron y él se fue a vivir con su madre a Valencia, de donde era su familia.
Así fué como terminaron los fines de semana en el campo con su mejor amigo y su, para él también, abuelo Pepe. Pero siempre conseguía convencer a sus padres para que le dejaran allí algunos días durante las vacaciones de verano.
Mario y Pablo siempre mantuvieron el contacto y la amistad, y durante la época de la universidad empezaron a organizar sus propios viajes por el mundo, conociendo otras ciudades y otras culturas.
Al terminar la carrera decidieron montar su propio negocio de turismo sostenible. Habían aprendido tanto con Pepe sobre la vida en el campo, el cuidado de la tierra y el amor por los animales, que pensaron que podrían aprovechar todos esos conocimientos para emprender.
El abuelo ya había cumplido ochenta y tres años pero seguía viviendo solo y les estaba esperando con la mesa del almuerzo preparado: pan tostado, café caliente, queso de cabra, tomate rallado, jamón serrano… Todo lo que sabía que les gustaba.
Estaba feliz de recibir a sus eternos niños, como él los llamaba.
¡Chavales, qué alegría veros! – dijo abrazándose a ellos
¡Qué tal abuelo! Uh! Veo que has preparado un banquete de bienvenida – a Pablo se le iban los ojos a la mesa
Venga a comer! Y contarme, ¿dónde habéis estado éste año?
Pero si te hemos mandado fotos de todo!
Bueno bueno, ya sabéis que el chisme ese y yo… – dijo refiriéndose al móvil – la mayor parte del tiempo no sé ni por dónde anda
Durante horas rieron, comieron, y se contaron un montón de cosas. Pablo y Mario le hablaron de su último viaje por India, el verano pasado.
Pepe les dijo que había una vecina nueva que le echaba una mano con el huerto a cambio de llevarse parte de la cosecha. Los dos amigos sonrojaron al abuelo bromeando sobre las verdaderas intenciones de la nueva vecina.
Se les hizo de noche recordando un montón de anécdotas de cuando eran críos y compartiendo con su abuelo los éxitos de su negocio.
Cuando se levantaron por la mañana el abuelo estaba frío. Los médicos dijeron que no sufrió, que murió durmiendo y que, por el rictus de su rostro, soñaba algo bonito.
Dias más tarde, la madre de Pablo le llamó para decirle que salían de la lectura del testamento y que el abuelo les había dejado en herencia, a los dos amigos, la casa de campo que con tanto trabajo y cariño había construido.
Con una única condición: que siguieran yendo cada año a reencontrarse aunque la vida los separara, y que si alguna vez tenían hijos, les enseñaran todo aquello que él les mostró en su infancia.
La herencia no era la casa, sino lo que representaba. El legado de las tradiciones, los valores, el amor por el campo y el cuidado de la tierra y los animales.

MAITE BILBAO

LA HERENCIA
En el año 2000, una catástrofe global asoló la Tierra. Nadie sabe lo que sucedió realmente, una guerra nuclear, un virus mortal… pero el resultado fue el mismo, la humanidad casi se extinguió.
Los pocos supervivientes se vieron obligados a reconstruir el mundo desde cero. Volvieron al origen y se establecieron en pequeñas comunidades aisladas, olvidando su pasado y su tecnología.
Mil años después, una nueva generación de humanos, con la curiosidad y afán de descubrir hallazgos, comenzaron a explorar el mundo. En una de sus excavaciones encontraron los restos de una antigua ciudad. Entre sus escombros hallaron cientos de cuerpos humanos, sin duda sus antepasados, allí estaba su historia.
Los investigadores quedaron asombrados, no podían creer lo que tenían entre sus manos.
Junto a ellos, encontraron unos aparatos de pequeño tamaño con una pantalla y un teclado con cifras y letras, que no entendían.
En su interés por aprender, los desmontaron descubriendo un complejo de cables y conexiones que no habían visto nunca. Sin duda alguna aquello podría tratarse de algún artilugio de seres de otro mundo.
Sin embargo, los investigadores decidieron mantener el descubrimiento en secreto. Temían que la sociedad no estuviera preparada para conocer a sus antepasados y la tecnología que habían desarrollado. Lo llevaron todo al contenedor donde resguardaban otros restos encontrados.
Todavía no había llegado el momento para conocer la herencia de los antepasados que habían perecido en otra época. Seguirían viviendo de forma primitiva, sin conocer su pasado ni su futuro.
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Una mañana, Anya y sus hijos se encontraban paseando por el bosque recolectando frutos. Eric el pequeño, de unos 10 años, tropezó y se cayó en una trampa escalada para animales. Intentando salvarle, bajaron a por él.
Estaba bien, afortunadamente, pero al ir a levantarse descubrió algo debajo. Lo recogió, era un pequeño aparato con una pantalla y unas letras y cifras.
–Dámelo, dijo su madre, se lo mostraremos al jefe del poblado.
Anya era una mujer de unos 30 años, fuerte y decidida. Era líder de su comunidad y siempre estaba buscando formas de mejorar la vida de sus habitantes.
Eric era un niño curioso e inteligente. Siempre estaba preguntando cosas y aprendiendo cosas nuevas. Lo guardaron en su mochila y no le dijeron nada a nadie.
Ella sabía que el aparato era importante. Quería llevarlo al jefe del poblado para que lo examinara.
Cuando llegaron al poblado, reunió a los líderes de la comunidad. Les mostró el aparato y les contó lo que había encontrado.
Quedaron asombrados. Nunca habían visto nada parecido. Decidieron que fuera examinado por un experto.
Los líderes estuvieron de acuerdo y decidieron enviar a un grupo de exploradores a la antigua ciudad donde los investigadores habían encontrado los otros aparatos. El grupo partió, Ana se quedó esperando ansiosa por saber qué descubrirían los exploradores. Sabía que el aparato podría ser la clave para un futuro mejor para su comunidad.

BEA ARTEENCUERO

Delfina vivía en un pequeño pueblo, en compañía de su cachorro, Blanco.
Su única hija vivía en la ciudad, cuando se recibió de Arquitecta no regreso.
Delfina trabajo mucho para pagar sus estudios; Solo deseaba que su hija la visitará cada tanto.
Hacía unos meses, se entero que tenía una enfermedad y solo le quedaba poco tiempo de vida.
Lloraba en soledad, no por su enfermedad, porqué agradecía a Dios que al fín se reuniría con José, su único amor ..
Extrañaba a su hija.
Al quedar viuda se dedicó a sembrar, su jardín que fue creciendo, sus flores eran requeridas por las grandes empresas de las ciudades vecinas.
Llego a tener uno de los viveros más importantes del lugar.
Martina nunca imaginó cuanto había crecido el pequeño vivero.
Un día recibió una carta de su madre donde la contaba de su enfermedad y que la esperaba. En su necedad no le creyó, pensó que quería llamar su atención para que fuera a verla…
Pasado un tiempo, una llamada..
– Hola, con Martina Ledesma.
– Si, soy yo…Quién habla?
– Soy Pedro Peralta, el abogado de su madre, le notificó que falleció, hace una, semana y tengo el testamento
Ud es la heredera.
Martina acordó viajar en unos días.
Al cortar la llamada, ni una lágrima derramó por su madre, solo pensaba en la herencia.
Ella nunca pasó de ser una empleada, trabajaba para una industria, jamás se independizó, ni siquiera tenía vivienda propia.
No le vendría mal la herencia.
– Buenos días señorita Martina, soy Pedro Peralta, el abogado de su madre…
Delfína Arzua.
– Buenos días podríamos dar lugar a la lectura, no dispongo de mucho tiempo.
– Bien…
A los 20 días del mes de Marzo del año 2019.
Yo Delfina Arzua, con mis facultades mentales normales, lo que certifica este documento extendido por el Director General del hospital, Jaime Astorga, procedo a redactar mi testamento, declaró como única heredera a mi hija
Martina Ledezma.
La cual consiste en mi perro llamado Blanco, sus papeles están en este sobre que dejo en manos de mi abogado, señor Pedro
Peralta.
– Hija te dejo a Blanco, mi
mascota, mi compañero desde hace unos años.
Deseo lo cuides y lo quieras tanto como yo, que sea tu fortuna como lo fue para mi.
Te quiero hija!!!
Martina al escuchar al abogado se puso roja y exploto de rabia.
– Esto es una burla? Y la casa? Y el vivero?
– Voy a impugnar el testamento.
– Calmese señorita, hace un tiempo su mamá la llamó, quería consultarle, y que se hiciera cargo del vivero, como Ud no se presentó decidió venderlo para cubrir los gastos de su enfermedad, aquí están los documentos correspondiente.
-Y la propiedad tiene una hipoteca, que se venció al enfermar su madre, si no se paga el banco la remata en poco tiempo para cubrir la deuda.
– Si no tenía nada para que me llamó?
– Cumplí la última voluntad de su madre.
Ella deseaba más que nada que se hiciera cargo de su mascota y que la amará tanto como ella.
Meliza salió dando un portazo.
– Señorita, señorita, se olvida a Blanco.
– No lo quiero, haga lo que quiera con él.
– Yo cumplo con mi deber, por favor llévelo..
Con bronca lo agarro .
– Este perro mugroso, el cachorro lloraba por su dueña.
– Cállate mugroso.Que fastidio!!
Una niña se cruza en su camino..
– Señorita una moneda por favor..
La mira con desprecio.
– No me molestes!!
Quieres este mugroso?
La niña sonríe.
– De verdad señorita, me lo regala?
Así Blanco fue a los brazos de la niña, que lo recibió con cariño.
Meliza regreso con nada, como había llegado, siguió con su vida mediocre.
A los pocos meses…Un compañero en la oficina le dice, mostrándole el periódico. ..
Meliza esta no es la ciudad donde viajante?
La noticia sobresalía con grandes letras…
Niña de la calle gana un importante premio al presentar a su perro en un concurso.
Allí está la foto de la niña con Blanco en los brazos.
Debajo dice lo siguiente..
Un perro que vale una fortuna..
Meliza se pone pálida y recuerda el testamento de su madre, al referirse al cachorro…
Que sea la fortuna que fue para mí!!!
Bea…

EVA AVIA TORIBIO

Herencia
Suena el timbre en casa de Antonia.
—¡Ayy, por Dios! ¡Ni la siesta le dejan hacer a una! ­—suelta, Antonia, a regañadientes mientras se dirige hacia la puerta—. ¿Quién osa molestar a estas horas a esta anciana? —pregunta, por el interfono.
—Cartera.
—¡Que cruz! —abriendo la puerta de la calle—. ¡Que pesados son, cojones! —dice, mientras abre la puerta de casa—. ¡¿Y tú que miras?! —le dice, enfadada, a la chismosa de su vecina que ha abierto la puerta para enterarse de lo que se cuece.
—¡Que carácter! —juntando la puerta.
—¡El que me da la gana! ¡¿Algún problema?! ¡Y cierra la puerta! —levantado el brazo con gesto recriminatorio.
Unos minutos después, llega la cartera.
—¡Madre mía, dichosas escaleras! —agotada por subir las escaleras, porque el ascensor es inexistente—. ¿Es usted —se detiene para tomar aire—, la señora Antonia Pérez Romero?
—La misma que viste y calza. ¿Para que le soy buena? —desviando la vista dirección a la puerta de la vecina que está entreabierta.
—Una carta certificada desde Sevilla. ¿Me dice su DNI? —cogiendo el bolígrafo.
—¡Niñaaa! —le grita a su nieta, que está en la habitación.
—¿Qué quieres, abuuu? De verdad que eres un poquito…—saliendo de la cueva.
—¡Un poquito de respeto a tus mayores! —soltándole una colleja—. Mi DNI —señalando a la cartera con sus gestos.
—¡Jooo, abuuu, siempre igual! 18888888M
—Gracias. ¿Me firma aquí? —señalando el recuadro.
Unos segundos después… La cartera se marcha.
—Antonia. ¿Qué quería la cartera? —dice apresurada, la vecina, en un intento por alcanzar la puerta antes de que esta sea cerrada por Katherine.
—¡Quieta, cotilla! —responde, Katherine, cerrándole la puerta en los morros.
—Que carácter —se escucha a través de la puerta.
—Dame, abuuu. Es de la notaría, Corre que tengo prisa. ¿Quién es este tal Silfrido Pérez Guzmán? —dudando mientras lee la carta.
—Mi primo —cogiendo la carta—. Dame, niña. ¡A ver que quieren de mi esta gente! —sentándose en el sofá.
—¿Pero te quedan parientes vivos? —sentándose a su lado.
—A parte de vosotras, no. Ya la ha palmado. Nos vamos a Sevilla —con una sonrisa.
—Joder, abuuu. ¿Te alegras de que haya muerto tu primo?
—Era un gilipollas, presuntuoso. Tanto dinero, para qué. Para morirse solo.
—Entonces, ¿a Sevilla? —contesta, Katherine.
Una semana después, en Sevilla. Las tres mujeres ya están acomodadas en la oficina de la notaría, Corre que tengo prisa.
—Mamá, tiene tela el nombre de la notaría —dice, Silvia, levantándose de la silla, cansada de esperar.
—¡Ya te digo! —responde, Katherine, dando vueltas en el despacho.
—Disculpen la tardanza. Estaba con otro cliente —dice el notario, cerrando la puerta.
—Antonia, un placer —ofreciendo su mano, mientras le sonríe picarona.
—Silvia, para lo que quiera —poniéndose colorada.
—Katherine, paso. Con estas dos ya tienes bastante ¡ja, ja, ja! —sentándose.
—Como habrán podido suponer, están aquí porque mi cliente el sr. Silfrido Pérez Guzmán le ha otorgado todos sus bienes a doña Antonia Pérez Romero. Procedamos a la lectura del testamento.
Unos minutos después.
—Ustedes tienen mucha similitud física con mi cliente —les dice el notario.
—¡Si solo fuera eso! —contesta, Antonia—. Guapetón, ¿tiene usted novia? Porque aquí mi hija, está soltera.
—Mamááá —poniéndose de todos los colores posibles.
—Que cruz. ¡Ja, ja, ja! —replica, Katherine, meándose de risa.
Ahora esta singular familia de tres, se marchan de Sevilla algo más adinerada. Porque, lo que también tenían en común, a parte del físico, con Silfrido, era el ser roñosas.
Besos, La Incondicional.

LUISA VALERO

QUIERO SER MALIGNA
Hola, me llamó Estrella y todo lo que voy a contar es verdad.
Tengo doce años y mi mamá, Luisa, me dijo que escribiera sobre el tema: herencia. Espero hacerlo bien.
Hace tres días, salimos a pasear. Caminando, ella me contaba, muy ilusionada, una historia de que le había dicho a un compi y amigo escritor que quería aparecer como prota en su relato y quería ser «maligna».
Mi mami tiene un tono de voz fuerte y agudo y la gracia fue que cuando dijo » quiero ser maligna» estábamos pasando por la parroquia San Juan Apóstol del barrio y la puerta estaba abierta porque iba a empezar la misa. Ella, os prometo que es la persona más despistada del mundo y ni se dio cuenta. Cuando se lo dije que todos la miraron me contestó: «menos mal que no he dicho: quiero ser una diablesa» porque si no sale el párroco y me echa agua bendita y me hace un exorcismo JA,JA
Así es mi mamá tiene humor de todos los colores del arcoiris y es muy amorosa y quiere que eso lo aprendamos como herencia de ella: a reír y amar mucho. Yo soy la que más me río ; mi hermana, Marta Luisa, es la más amorosa, pero seguro que aprendemos también el otro rol.
Lo que no quiere mi mamá es que herederos su despiste y que tiene mucho sueño… JAJA
Bueno mamá, ya cumplí y escribí para tu reto semanal de ese grupo que adoras de «cuatro hojas».
Por cierto, estés viva o muerta déjame el dinero que te he prestado ( esto no sé si es herencia o es justicia).
Gracias por leerme, en otra ocasión contaré más despistes de mi mamá, cómo que se fue agarrada del brazo de otro hombre que no era mi padre… Si es que se pone a hablar de sus cosas y no se fija.
Chao.

ASAPH FERNÁNDEZ

La casa en la peña
Existe un lugar en San Vicente que se mantiene inmutable a la modernidad, firme ante el deterioro y de costumbres implacables a pesar de la deformidad qué traen los años. Se dice que fue cimentado sobre los sueños y la memoria de los que ahí descansan. Un lugar que evoca al pasado, al ayer, al recuerdo de la vida de sus habitantes. El frontón de su pórtico principal descansa sobre cuatro cariátides que miran hacia el poniente. Su larga escalinata, hecha en mosaico de piedras macizas, funge cómo entrada e invita a recorrer la silenciosa necrópolis. Cada escalón es un flagelo tan desgastante, y tan similar al transcurrir de los años en el hombre. Mortalidad, es la herencia y el pago adquirido por el pecado que cometiera el primero de ellos, me refiero a los hombres. Todos los pobladores de San Sebastián, y del mundo entero, han recorrido y han de recorrer la misma escalinata que los llevará hasta el lugar de su entierro; con otros paisajes, sí, con otros flagelos, quizá; otras ropas cubrirán sus cuerpos; otros hombros y otras manos los conducirán entre la Necrópolis, la ciudad de los muertos.
Martín había visto tantas veces, desde la ventana del changarro donde trabajaba, la misma escena repetirse una y otra vez cómo un programa en la televisión abierta. Grandes multitudes subían llorando detrás de un féretro, portando una fachada de dolor y luto en el rostro; mientras que en el alma una incertidumbre les carcomía los huesos, ¿A quién le serán entregadas las pertenencias del difunto? ¿Quién heredará la fortuna que hizo todos estos años? ¿Seré yo participe de tales riquezas?. Algunos de estos pensamientos comenzaban a hedir más que los olores que despedía el muerto, contaminando el ambiente, impregnando con su olor fétido los buenos sentimientos de la gente, corrompiendo el duelo para convertir la ceremonia en pleito.
Algunos llevaban abrazadas de flores para ser bien vistos por el vulgo, otros, enormes y pintorescas coronas demostrando una supuesta empatía que estuviera a la altura del momento. Mujeres de distintas edades bajaban de carrozas adornadas con moños y velos negros cubriendo sus rostros. Hombres entacuchados y embutidos en ropas de luto, caminaban detrás de los piones que cargaban la caja sepulcral para no ensuciarse las manos. Siempre era la misma escena, nada cambiaba.
–¡Hipócritas! –escupió Martín fuera del despacho, y se limpió la comisura de los labios con la manga de su camisa a cuadros.
–Algunos dicen que cada escalón te acerca a Dios, otros, que es un pedestal hecho para poner a sus muertos. Yo creo qué no había mejor lugar para poner un panteón si no en la cima del cerro, para que «los señores del pueblo» pudieran vigilar mejor a sus muertos –hizo mención Arturo, su tío, mirando cómo entre seis hombres con ropas andrajosas y sudorosas subían la larga escalinata con el cajón a cuestas.
Martín regresó a sus labores, mientras que el viejo Arturo San Juan rumiaba los recuerdos de una vida pasada.
Esa misma tarde entró un hombre mayor a la funeraria –¡buenas! –dijo tratando de enmascarar un dolor profundo.
–¿En qué puedo ayudarle? –preguntó Arturo desde el otro lado del mostrador .
El hombre sacó fuerzas de dónde no las había e intentó tragar el nudo que apretaba su garganta.
–Vengo a solicitar el servicio funeral para… –el nudo antes desaparecido reapareció cortándole la voz y dejando aflorar el llanto. Cómo pudo intentó secar las lágrimas y regresar los mocos dentro de su nariz enrojecida –para mi amada hija Luisa–soltó al fin.
Arturo no lo reconoció inmediatamente sino hasta que escuchó su voz entrecortada y el nombre de la joven que bien conocía, se trataba de Juvencio Mendoza, nieto de uno de los principales financiadores de la construcción del Campo Santo en los años veinte. Llevaba los ojos hinchados y rojos; el rostro demacrado y sucio iba cubierto por la melena blanquinegra y alborotada que le escurría como un velo de novia.
El trabajo a realizar era claro, preservar el mayor tiempo posible el cuerpo de Luisa para el novenario de cuerpo presente que se llevaría a cabo; debía llevar el vestido que Martha, su mujer, había usado el día de su boda. No sería un funeral común y corriente sino el mayor funeral nunca antes hecho.
Arturo pidió tres días para tener listo el cuerpo. El encargado de tal tarea sería Martin, su mano derecha y quién tenía el pleno conocimiento de la faena a realizar.
Cuando aquel cuerpo entró por la puerta del despacho donde Martín trabajaba no sabía que en él estaba la respuesta que durante tanto tiempo había buscado. No encontró el rigor mortis de los otros cuerpos con los que había trabajado; era suave y maleable, como si en él no reinará la muerte sino sólo permaneciera en estado de profundo letargo. La hermosa joven llegó cubierta en un vestido de novia; el velo cubría su cabeza y parte de su rostro moreno claro, las manos llevaban un ramillete de alcatraces blancos recién cortados, sus labios eran delgados y sonrosados negando el estado en el que se encontraba, las pestañas eran negras y abundantes; sus uñas eran cómo diáfanas perlas incrustadas en sus dedos, todo en ella denotaba una viveza que el joven dudo siquiera tocar el cuerpo por el temor a ser tomado como un atrevido. Iba de un lado de la habitación hacia el otro, pensando cómo debía comenzar la faena. Cualquiera que lo viera diría que el trabajo lo habían dejado a cargo de un aprendiz, sin embargo, Martín tenía años desempeñando está y otras tareas que harían retroceder hasta al hombre osado. Quiso reprocharle a su tío que aquella joven no podía estar muerta, quizá solo tenía el alma dormida o peor aún sufría de algún tipo de catalepsia y se le daría por muerta. «La historia había sido testigo de las veces en que el parte médico había confundido a Hipnos con Tánatos por ser hermanos gemelos, y lo que debía ser un estado de sueño profundo se había convertido una muerte inducida, una muerte horrenda, quizá este sería otro caso que sumaría a todos ellos» pensó mientras iba por la habitación buscando alguna explicación lógica.
Aquella noche transcurrió sin que pudiera hacer nada para detener las ideas que asaltaban su cabeza. No se atrevió a remover ni siquiera un pliegue del vestido que llevaba la bella joven, qué decir del uso del bisturí o de los utensilios de corte para dar inicio al embalsamamiento del cuerpo. «No seré yo quien quite la vida de una mujer tan bella» se repetía una y otra vez, intentando convencerse a sí mismo. El cuerpo seguía inmóvil, impertérrito, inalterable a las palabras del joven. Parecía que en cualquier momento podía despertar, quizá solo esperaba el momento, algún incentivo que la hiciera escapar de la red onírica en la que se encontraba atrapada.
Intento estimular el olfato pero nada sirvió, tomó los signos vitales para comprobar que no había equivocación y todo indicaba lo que decía el certificado con el que había llegado, aún así se negaba a creer lo que sus ojos veían y a lo que pudiera decir el papel.
Algo vivía dentro de ella, no sabía exactamente qué era pero estaba decidido a saber que era. Su obsesión por desmadejar los misterios que trae la vida y la muerte, la mortalidad y la inmortalidad lo llevaron a esconder el cuerpo, su locura lo llevó a negar su entrega.
Al caer la noche del segundo día, se apresuró a huir lejos. Tomó sus cosas y las metió en una de las carrozas que usualmente llevaban los cuerpos hasta el primer peldaño de la larga escalinata y dentro metió el cuerpo.
Nadie en el pueblo supo dónde fue a parar, tampoco que es lo que había hecho con el cuerpo.
A cientos de kilómetros de San Vicente hay una costa donde se dice que habita un hombre en la cima de un peñasco, el cuál llegó con un gran baúl y una funebre carroza.
La gente murmura que por las noches se mira por entre las ventanas de la casa la silueta de una mujer con vestido de novia y un caballero con traje de etiqueta, que bailan al son de música antigua, música que desempolva las memorias de una vida ya pasada y olvidada por los años. «Noches de boda para un viejo necrófilo» dicen los que creen conocerlo «eterna luna de miel para un desdichado que encontró el amor en los brazos de la niña blanca» dicen otros que atraídos por la curiosidad lo han mirado horrorizados ahí en la casa en la peña.

SERGIO TÉLLEZ

UN DÍA CUALQUIERA
Un día cualquiera decidí visitar mi pueblo, cuna de mi juventud y musa de mis incipientes letras.
Quería saborearlo, olerlo y contemplarlo nuevamente.
Mi pueblo era pequeño y en poco tiempo se podía recorrer.
Llegué muy temprano, cuando apenas el sol comenzaba a despuntar en el horizonte. Me asombré con el espectáculo extraordinario que se divisaba en el oriente. El astro rey se asomaba lentamente y teñía de naranja las escasas nubes que había en el cielo, más abajo un colchón de neblina inmenso fungía como un mar hermoso y calmado en medio de las montañas agrestes. No recordaba haber visto semejante paisaje. Tal vez la rutina de ver todos los días el mismo panorama me habían cegado la vista.
Luego de un tiempo empezaron a desfilar algunas personas que extrañamente recordé de inmediato. El señor con su perro al pie acompañándolo a su primera labor, ordeñar sus dos vacas.
Una anciana caminaba rápidamente hacia la casa cural a realizar su labor diaria de aseo.
Un grupo de muchachos entrenaban para las próximas competencias con sus rivales de pueblo.
Una señora ya casada salía muy sigilosa y a toda prisa de la casa del joven veterinario del pueblo.
Dos policías hacían su ronda matutina bostezando de forma descarada.
El pequeño local que servía de terminal de transporte empezaba a acoger a los primeros viajeros.
Todo lo observaba con gran nostalgia, era un trajinar diario de lo más tranquilo que se podía esperar.
No comprendí por qué distinguía a cada una de las personas que estaban a mi alrededor. Habían transcurrido casi cuarenta años desde la última vez que estuve en el pueblo, pero recordaba cada una de esas caras.
Decidí no comunicarme con nadie y dejar transcurrir el tiempo mientras me acomodaba dentro de mi Jeep.
El sol empezó a colarse dentro de las casas y de ellas comenzaron a salir de a poco los estudiantes que se dirigían a la escuela y el colegio.
Esos chicos de la escuela eran tan conocidos, los tenía muy presentes.
¡Dios!, pasó mi hermano, tenía unos once años, con pantalón corto, caminando de prisa, seguro iba a copiarse la tarea de otro compañero antes de entrar a clase.
Luego pasó mi papá, alto y distinguido, caminando como siempre de traje y corbata, con su cigarrillo en la boca. Él se dirigía hacía el colegio, era el prefecto de disciplina y profesor de sociales. Quise gritarle, saludarlo, abrazarlo y expresarle cuánto sentía no haber Sido como él. Lo extrañaba tanto.
Pero no pude decirle nada, algo me tenía totalmente apegado al Jeep, y no podía pronunciar palabra alguna.
Luego pasó mi mamá, también profesora pero de primaria. Era tan hermosa y elegante, cuánto la amaba.
Seguro mi hermanita estaba en casa al cuidado de la muchacha de servicio.
Detrás de mi mamá aparecí junto con otros amiguitos, ¿Dios qué estaba sucediendo?
Sentí un escalofrío por todo el cuerpo, nos sentamos en un andén con mis compañeros, tal parecía que no teníamos clase hoy, además no llevaba mi uniforme de la escuela.
Era insólito, me estaba viendo a mí mismo, y absolutamente nadie se daba por enterado, no podía creer lo flaco y menudo que era.
Me baje del Jeep y caminé unos metros hacia mí, pero nadie se percató, trate de hablarme, y nada salía de mi boca.
Los muchachos parecieron ignorar mi presencia, yo los miraba y no paraba de llorar.
Sacamos unas canicas de los bolsillos y empezamos a jugar, una de ellas golpeó mis pequeños zapatos llenos de lodo. Reconocí aquella pequeña canica verde clara, era mi tesoro. La recogí y contemplé su extraordinaria y sencilla belleza.
En esos momentos no distinguía si era un niño de nueve años o un mayor de edad, estaba en trance.
Alguien me saludo y salí de la situación. Caminé hacia el carro con pasos vacilantes.
Cuando hurgué mi bolsillo para buscar las llaves del Jeep, lo primero que encontré fue esa canica pequeña de color verde claro que tanto había significado para mí…

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12 comentarios en «La herencia – miniconcurso de relatos»

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