Prudencia

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «prudencia». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 28 de noviembre! (Solo un voto por persona. Este voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos).

* Todos los relatos son originales (responsabilidad del autor) y no han pasado procesos de corrección.

 

ZUMACHI T-POCHTLI MOCTEZUMA

– ¿Hasta aquí he llegado?-

Miro el espejo, veo a ese yo casi irreconocible, cansado y cenizo, ha sido esta noticia de mi enfermedad lo que me ha devorado con tanta rapidez, que de no ser por esos labios gruesos y el cabello rulo, diría que se trata de alguien más.

– ¿Estás dónde lo imaginaste?, para ello pensaste tanto cada decisión, para esto te contuviste – me dice el hombre del espejo, quien me mira con antipatía.

– ¡No!, es cierto que no me ha servido de mucho ser sensato, y es que la vida requiere de una buena mezcla entre riesgo y precaución –

Tomo la navaja de afeitar, su filo corta como si fuera mantequilla la piel de mis dedos. Mi rostro frente al espejo ha cambiado tanto y trato de recomponerlo, paso la mano sobre mis mejillas, es áspero, así me sabe la edad, entonces deslizo la navaja talando lo grisáceo del mentón elevado.

– Tantos amores dejaste ir, te niegas a esta chica conocer, ¿no te pesa llegar a esta edad pensando que aún no has vivido?-, insiste el hombre del espejo.

Trato de ignorar mis pensamientos mientras la navaja recorre la superficie poblada de vello facial, con soltura, pues me da miedo que cambie de rumbo con esa ligereza que le caracteriza. Luego de limpiarme el rostro me tumbo en la cama.

– Extraño ser joven, quizá nunca lo fui, jamás me dejé llevar, ¡oh, Dios, qué tonto!-

Hace unas horas que he mirado la foto de aquella chica joven, no puedo sacarme su imagen de mi cabeza, remueve este sentir frio a muerte, me gusta, desde que la vi, pero es mi alumna, una jovencita a la que le doblo en edad, eso no es bien visto, además son casi las 23 horas.

Entonces vuelve aquella voz que creí propia del reflejo.

– ¿Y si es tu última noche?, ser prudente no es sinónimo de inoperante, me parece que puedes…-

Mis dedos buscan su contacto una y otra vez.

– Mañana…- le respondo.

Pero las ansias han escalado hondo, no queda mucho de ese yo pensante y meditador, el miedo a la muerte lo ha arrasado todo, pulso su número, escucho el primer pitido, luego el segundo y al tercero cuando comienzo a dudar escucho su voz.

– Sí, diga-

– ¿Sabes algo?, me gustas -.

Así de un golpe lo he soltado, sin saludarla, sin decir quién soy.

– ¿Es usted profesor? -, responde con un tono jovial.

– No, soy un loco, que cree en leyendas –

– ¿Qué clase de leyendas, profesor?-

– Leyendas sobre hilos rojos, un loco que llama a la cobardía prudencia-

– A mí me parece que es usted muy cuerdo, que es buen profesor y lo digo con toda la intensión de hacerle saber que no es cobarde, pero si inoportuno, sepa usted que acostumbro dormir temprano –

– Disculpa pero jamás se sabe que puede ocurrir mañana y hoy, no sé bien como decirlo, tuve miedo-

– Decir que tiene miedo a su edad, pensaba que pasados los treinta ya es uno demasiado viejo para eso de los miedos, para esto de sentirse nervioso frente a una mujer, tanto como para negar que es mi profesor de ciencias quien está marcando-

– Nada de eso, uno siempre se puede sentir nervioso cuando la chica en cuestión es en suma agradable, risueña, ya sabes, peligrosa-

– Me está diciendo usted, que me tiene miedo, pero usted también es peligroso, usted también me gusta, sabe usar el cerebro, vamos suele pensar, es de esos hombres que se meten directo con la mente y eso es peligroso –

– Podría invitarte a salir, ¿tal vez mañana?-

El silencio habitó la línea, nuestra conversación por un instante.

– Me parece que no está pensando en los riesgos …

No la dejé terminar de hablar, es cierto, no había pensado en los riesgos, y colgué. Pero que egoísta, pretender enamorarla para después decirle: estoy próximo a morir, dejarla sola con esta locura, dejé el teléfono vibrar, abandoné todo deseo de buscarla, pues había revivido en mí un poco de prudencia.


PEDRO PARRINA

Cuántas veces me dije que terminaría por ir a visitarle a la cárcel, lo intuía en la mayoría de sus actos, en su irrefrenable fuerza, su juventud, sus ansias, sus ganas de vivir aprisa lo arrastraban a una constante imprudencia, su arrojo, sus sin medidas, y sobre todo la ausencia de miedo, no tenía miedo, en realidad no es que no lo tuviera es que no lo conocía, había nacido con esa característica, o más bien sin ella, desconectado de esa emoción innata y básica para los humanos y demás animales que conlleva el no sobrepasar determinados límites con el fin único de la supervivencia.
En alguna ocasión le pregunté si comprendía o era capaz de discernir sobre los límites de la ley, de la justicia, o al menos los de la ley natural de la vida, aquellas lindes que delimitan lo bueno de lo malo, me refiero a la consideración social de esos conceptos, no pongo en duda su bondad, y que no se deben sobrepasar o, en su caso, atenerse a las consecuencias, casi siempre desagradables.
De hecho, si le hice esa pregunta fue porque había observado que sobrepasaba asiduamente cualquier límite conocido por mí, yo era por aquel entonces miembro de las fuerzas de seguridad, y los tenía bastante claros, justo me encontraba al otro lado de la línea divisoria. Gustaba de una conducción rápida, imprudente, temerosa, así como la forma de tomarse la vida, a tragos, la manera de provocar a los demás, las formas de responder a cualquiera que le pidiese explicaciones o le juzgase, a menudo jugaba con fuego, las peleas le atraían, a ser posible con armas blancas, imagino que con armas de fuego también, en este sentido, yo mantenía fuera de su alcance mi Beretta nueve
milímetros parabellum. La provocación fue una constante; luchas, peleas, drogas, de esto último fuimos conscientes tras la analítica que le realizaron después de sufrir un grave accidente de tráfico.
Nunca lo vi alterado o nervioso, por el contrario poseía una fuerza física tremenda, una energía irrefrenable, sin mesura.
Fui incapaz de llegar a conclusión alguna de por qué lo hizo ¿Qué era necesario tener, o quizás, no tener; valor o miedo? ¿Miedo a la vida, o tal vez, miedo a sí mismo, a lo que era capaz de hacer? ¿Fue valentía o simplemente no conocía el peligro?
La mayoría de las veces creo que en realidad carecía de ambas, no tenían sentido alguno; el juicio, la sensatez, o el equilibrio, y sobre todo la prudencia era para él un sin sentido, esa maldita prudencia que le permitió no causar daño alguno a su pareja, o al supuesto amante de ésta, y que no impidió que se encaramase a una banqueta y se anudase aquella irrompible y severa cuerda sobre su cuello.
Se llamaba Germán, tenía veinte años, era mi hermano.

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

Prudencia, así llamaron los padres a su hija recién nacida.
Prudencia, creció en un hogar y, también apredio en un colegio donde la sensatez, la sabiduría y todo lo que llave la palabra “prudencia” le vistió hasta la edad de quince años…
“Quince años decía una canción”
El amor en aquel cante de Dúo Dinámico, alagaba a la mujer hasta la altura de lo que es “Mujer”
Pero volviendo a los quince años de una mujer con sensatez madura e independiente.
Un día Prudencia decide recorrer el mundo. Desea conocer y, conocer, ya que el conocimiento que da el viajar hace comprender mejor a las personas que te encuentras a tu paso.
El caso es que andando por la vida se dio cuenta que no todo el mundo tiene la misma Prudencia.
Será posible que el nombre influya en el reciente nacido, se dijo a sí misma.
Su aplomo le dio pera hacer comentarios sobre el comportamiento de otras personas.
Así pues, su alegría inmensa de que sus padres le pusiera el nombre de Prudencia…


KARLOS WAYNE

— ¡Prudencia! ¿Qué haces, hija? ¿No ves que no tiene sentido? ¡No me seas insensata


CONSUELO PÉREZ GÓMEZ

PRUDENCIA

¡Prudenciaaaaaaaaaaaaaaa! –grita la madre por enésima vez.

¡Prudenciaaaaaaaaaaaaaaa! –nada ni caso, o es sorda, o se lo hace, acaba con mi paciencia, con mi prudencia y hasta con las ganas de vivir. ¡En qué momento elegí yo ese nombre, válgame el cielo!

Prudencia que ni era sorda, ni mucho menos prudente, siguió como el que oye llover. «Va lista si cree que voy a hacer honor a este ridículo nombre que me impuso con la mayor de las imprudencias».

Sentada a una máquina de coser desvencijada que, se caía a trozos, la madre continuó llamándola a gritos. No había caso. Prudencia no hacía acto de presencia.

—El pedido urgente por entregar. Los demás encargos a medias…y Prudencia sin aparecer, ¡esto no es vida! Yo, que siempre me sacrifico por ella, yo, que solo miro por su bien, yo…-murmura la madre.

Prudencia cruza el oscuro pasillo –tres horas más tarde- con una cesta colmada de setas.

—¿Se puede saber dónde te has metido? Hay un montón de tarea pendiente y yo sola no llego ni de lejos. –Lanza como un rayo la madre.

—Cogiendo setas anduve.

—¿No serán venenosas? Por favor te lo pido, deja ya de perder el tiempo en naderías y ayúdame con la labor. Primero la obligación y luego la devoción.

—Preferiría no hacerlo.

—¿Qué has dicho? ¿Te has vuelto majara de repente? ¡Qué te pongas de una vez a la tarea!

—Preferiría no hacerlo.

Prudencia con toda parsimonia se dirige a la pila donde lava las setas. Agarra una sartén, enciende el fuego y se dedica a cocinar los hongos.

Su madre mira la escena como si contemplara a una banda de marcianos que hubieran tomado su cocina. No da crédito.

Con el guiso a punto de caramelo, Prudencia, agarra un plato desconchado, -como todo en esa casa-. Pone en él una buena cantidad del condumio y, se lo ofrece a la madre.

Se acabaron los gritos, los maldecires, las retahílas que llevaba soportando desde que tenía uso de razón. A partir de aquí, un silencio mudo inundó la casa.

«Las imprudencias se pagan, madre».


MARÍA ROSA ROLANDO

Lo tenía allí, mirándola directamente a los ojos. Era tan bello, pero tan joven. Casi veinte años menor. Ella, temblaba como una quinceañera a quien le declaran su amor por primera vez.
Prudencia mujer!!!! Prudencia…se decía para sus adentros. Tratando de convencerse que no debería permitirlo. Pero, cada palabra que salían de sus labios, encendían una llama adormecida por años.
Trataba de no mirarlo directamente a los ojos, sólo escuchaba. El, venía a proponerle una loca aventura de amor.
Prudencia!!! Volvía a repetir pero ya, no con la misma convicción. La idea de despertar deseos desenfrenados en alguien, después de tantos años, le daba a su monótona vida, una adrenalina diferente, una brisa cargada de juventud. Un perfume a jazmines en toda su piel.
Seguía ahí parado en el umbral mirándola, de una manera ya olvidada.
Con voz muy suave, sólo atinó a decirle, _Pero eres un niño!!! No sabes lo que dices. Quiza estés confundido.
Como respuesta, la tomó entre sus brazos y comenzó a besarla suavemente.
Prudencia mujer!!! Prudencia!!! Pero ella, ella ……ya no escuchaba.


GABRIELA MOTTA

Un grupo de amigos conducían a alta velocidad por la autopista. Cuando llegaron a un semáforo miraron con cara desafiante a otro conductor como retándolo a un duelo. El otro que también era amante de la velocidad exclamó:

— No puedo muchachos voy con Prudencia!

Al escuchar esto Prudencia abrió la puerta del carro se bajó cerrándola con fuerza y le dijo:

—Listo, ahora ya no soy un problema.

Y se quedó observando parada en el semáforo como los autos se hacían pedazos en la siguiente esquina.


TALI ROSU

Primero quiso mandarlo todo a la mierda.
Fue prudente y no lo hizo.
Después quiso devolverme el daño que le había causado tras aquellos insultos.
Fue prudente y se mantuvo en silencio; simplemente tragó.
Más tarde quiso golpear mi rostro cuando prácticamente desfiguré su cara.
Fue prudente y guardó la compostura; en absoluta quietud.
Finalmente quiso apretar el gatillo de aquella pistola que le enfriaba la boca.
Fue prudente y, mandándolo todo a la mierda, me devolvió el daño con insultos y, tras golpear mi rostro incrédulo y desencajado, apretó el gatillo que acabó con su martirio.
Ahora puede respirar mientras yo… Yo soy prudente y lucho por mi vida en esta cama de hospital; en obligado silencio y en obligada quietud…


 

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5 comentarios en “Prudencia”

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