Tragar – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «tragar». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 12 de noviembre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

CARMEN BERJANO

Tenía un antojo gigante de bocata de calamares y justo íbamos a pasar junto a la plaza mayor, donde los ponían extraordinarios.

Paramos y comenzamos a disfrutar de ese manjar bien regado con unas cañas. Todo iba estupendo hasta que un tentáculo cobró vida atravesándome la garganta.

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

Problemas del primer mundo

Club de tenis “La raqueta selecta”

―Hola, Angustias, a ti te estaba buscando.

―¿Pasa algo, Fede?

―Sí, es terrible. Me he quedado sin compañero de partido. A Borja le pica el dedo meñique del pie izquierdo y está en un sinvivir. No puede venir a jugar como puedes entender.

―Qué horror. Lo que no le pase al pobre… Acuérdate cuando le defecó un pájaro horríbilis en el chándal Carolaina Jerruera. Ni en el tinte lo pudieron sacar. Un mes estuvo ausente de las pistas hasta que le llegó uno nuevo a medida.

―Efectivamente, parece que le ha mirado un tuerto. Pero no todo van a ser desgracias. Le ha tocado un buen pico en la lotería.

―Ya, pero eso no le va a consolar, aunque tampoco le vendrá mal, me contó que estaba pensando en cambiar a todo el personal de servicio. Parece ser que se están relajando. Figúrate, el otro día la cocinera acompañó el rape a la americana con bogavante, cuando todos sabemos que el maridaje ideal es con carabineros. ¡¡¡Lo que hay que tragar!!!

―Totalmente inaceptable. Por fortuna no tuvo que indemnizarla. Con magnífico criterio la tenía sin contrato.

―Es increíble la irresponsabilidad de esta señora, con cinco hijos y provocando su despido por incompetente, no sé dónde vamos a ir a parar.

―Pero no es solo que no sepan hacer su trabajo, querida Angustias, sino que además son unos desagradecidos. Les ayudas a salir adelante y no hacen ningún esfuerzo por devolverte la confianza depositada desinteresadamente en ellos.

―Es el mundo en el que nos ha tocado vivir, Fede, es todo tan injusto…

―Bueno, ¿qué?, ¿echamos un partidito?

―Por mí bien, pero con una condición: nos tienen que cambiar a los recogepelotas. ¿Tú has visto cómo nos miran?

―Por supuesto, con una envidia enorme. No se dan cuenta de que para conseguir una buena posición en la sociedad no basta con vaguear. Total, ¿qué hacen ellos para merecer más si no saben aprovechar las oportunidades que les da el club para prosperar? Y pretenden cobrar por mandarnos las bolas. ¿Se puede ser más cretino?

―Y es que tienen mala fe. El de la piel oscura me tira las bolas bajas. Sospecho que quiere que me lesione.

―No lo dudes, Angustias, son capaces de cometer las maldades menos imaginables por la gente de bien. Les corroe ver a una mujer como tú, tan alta y estilizada, que derrochas clase por todos los poros.

―Pero no te vayas a creer, que no son solo ellos. Por ponerte un ejemplo. Cuando voy al salón de belleza a sanearme las mechas, tengo que vigilar cada movimiento de la peluquera. Si no lo hago así, el color que me pone cambia un tono en el pantone que le llevo. No ponen ningún cuidado.

―Es cierto, a mí me dejan el bigote descuadrado cuando voy a que me lo retoquen. No hay día que no salga con un pelo más largo que el resto y luego me toca cortarme el pelillo en casa. Bueno, en realidad lo hace mi ayuda de cámara, que para eso le pago trescientos euros al mes.

―Qué barbaridad, yo a mi doncella le pago doscientos y va que chuta, ¿no te digo? Se deben creer que el dinero crece en los árboles. No tienen ni idea de lo que cuesta encontrar a un buen asesor financiero que te lleve las inversiones por buen camino.

―Cuánta razón tienes. ¿Y qué me dices de los inquilinos? Al último le voy a echar porque pretende que le arregle la caldera. Ya le dije que verdes las han segado, que si quiere calorcito que se compre un abrigo. Es una falta de solidaridad sin parangón. Precisamente ahora, que he desembolsado un capitalito en mi nuevo Porsche.

―Será una cucada.

―Sí, pero me trae por la calle de la amargura. El mayordomo tiene la labor de mantenerlo impoluto, como los otros seis coches que tengo en el garaje de casa, pero ya van dos veces que me he encontrado una mancha en la matrícula. Es una situación insoportable.

―Y tanto. A mí me sucede algo parecido con mi ama de llaves. No controla a las criadas. Día sí y día también me encuentro una arruga en la cama de una de las habitaciones de invitados. Si supieran el trauma que me ocasiona se aplicarían más.

―No sé qué decirte. En sus genes la empatía brilla por su ausencia, nos toca vivir con ello.

―En fin, qué le vamos a hacer, habrá que resignarse al sufrimiento diario que nos produce tanta incomodidad. Cambiando de tema, he de rechazar tu propuesta de jugar un partido. Las zapatillas que encargué en la tienda exclusiva “El paraíso en tus pies” tienen un cordón asimétrico que me obsesiona y no puedo concentrarme en mi pegada.

―Eso es por el complot de algún operario díscolo.

―Pues ha conseguido amargarme la existencia.

―No me extraña, menuda situación. ¿Qué vas a hacer?

―De momento, ir al club de golf, que mi maridín está allí practicando su putt y a mí no me vendría mal mejorar mi aproach, que es muy bueno, pero tiene que llegar a ser divino.

―Qué constancia la tuya. Me maravilla cómo afrontas la dureza de las circunstancias que tenemos que afrontar. ¿Quieres que te acompañe y así saludo al bueno de Francisco José?

―Como gustes, pero no te van a dejar entrar, tu indumentaria no está a la altura de la elegancia exigida en el club.

―Claro, claro, como debe ser.

―Por supuesto.

―Y los zapatos de golf no llevan cordones.

―Cierto, pero los míos ya los he usado tres veces y tienen cierta holgura. Me pasaré antes por la tienda a renovarlos.

―Qué fatalidad, te van a cobrar un dineral.

―¿Qué dices? Están en garantía, no voy a pagar ni un duro.

―Pero la molestia de tener que ir no te la quita nadie.

―Es otra prueba de que hay que luchar hasta la extenuación para tener una vida digna.

―Qué gran mujer…

DAVID MERLÁN

TRAGAR

EL CARAMELO DE DIFUNTOS

Cementerio municipal. Día de difuntos.

—Oye, ¿tú crees que los muertos podemos volver a tragar?

—¿Y para qué quieres saberlo?

—Es que llevo toda la noche viendo pasar a los vivos con caramelos, castañas, buñuelos… y me está entrando un hambre que no veas.

—¡Muchacho, que estás muerto! ¡A ver si te entra de una vez en esa calavera que alguna vez tuviste por cabeza!, jajajaja.—soltó una carcajada el veterano que resonó entre sus costillas.

—Precisamente por eso. Llevo tanto tiempo sin comer que ya me conformaría con tragar saliva.

Tras un eterno silencio que apenas duró un par de segundos, vieron aparecer a una niña que paseaba con sus padres un par de pasos por detrás de ellos. La niña se detuvo frente al caldero. Miró al esqueleto, abrió su bolsa de caramelos y dejó uno sobre el borde.

—Toma, para que no tengas hambre.

—Vamos, cariño. No te entretengas —la apremió su madre.

Cuando la perdieron de vista, el pequeño esqueleto lo observó emocionado. Lo cogió con sus huesudos dedos, se lo llevó a la boca y lo dejó caer directamente hasta el interior de su caja torácica.

—¿Qué tal? —preguntó el veterano.

—Horrible. No sabe a nada.

—Ya te lo advertí.

—Pero, oye… ¡qué bien sienta volver a tragar!

—En fin….

FIN

YOLANDA PINA REY

Quisiera creer que, en este mundo donde la violencia, la agresividad y la guerra quieren hacerse un hueco a pasos agigantados, el amor puede resurgir. Que los buenos sentimientos vencen al temor y la paz calma el resquemor.

Nos han enseñado a tragar mucho: a callar el sentimiento, a reprimir la emoción, a competir y a odiar por inercia. Nos educaron para encajar en moldes ajenos y salir a buscar afecto por sistema, por cumplir con un protocolo vacío.

Pero resulta que nuestro ser es alma y corazón. ¿Para qué seguir tragando lo que nos ahoga por dentro? Dale cabida, no lo calles, déjalo salir para que hable y muestre el camino. No hemos nacido para competir, sino para sentir, querer y amar, alegrándonos de los pasos de quienes van de la mano.

Donde los buenos sentimientos brillan, la oscuridad no tiene cabida.

Recordemos que somos humanos. Tiende tu mano y ayúdame en este camino de pruebas a superar. Acaso no hay mayor riqueza que dejarse llevar por quien te saca a bailar, te hace sonreír y te abraza tras tragarse las excusas y los miedos?

Esos pequeños detalles, que para muchos son invisibles, para mí son un tesoro que me eleva. Por eso yo elijo dejar hablar al corazón, que sea él quien me lleve a donde quiera.

Ya no estoy dispuesta a tragarme mis propias ganas de sentir. Quiero poder ser yo, sin miedo a lo que digan. A pesar del temor, decido caminar hacia lo que el destino haya elegido para mí.

La nueva yo ya está aquí.

BEGO RIVERA

Las apariencias engañan

El avión llevaba apenas diez minutos en el aire y Óscar ya estaba agobiado. Aunque era un viaje corto se estaba haciendo largo.

Estaba sentado en el asiento de pasillo, a su lado — en el asiento de ventana-—había una señora mayor que apestaba tanto que tenía ganas de vomitar. Esa mujer no conocía el uso del agua como higiene necesaria para todo ser humano; seguro que solo la utilizaba para tomar su té rancio. Cuando la miraba le sonreía con su dentadura vieja y sucia que se movía exhalando su halitosis -que la acompañaba como si fueran uña y carne- pegándole a él como un puñetazo directo a noquearlo.

Óscar se iba enervando cada vez más, notaba sus palpitaciones en el cuello y que una ola de calor le llenaba las mejillas.

Cerró los ojos e imaginó como se volvía hacía ella y le retorcía el gaznate.

Para colmo al otro lado del pasillo había una familia con don niños que no paraban de gritar mientras los padres hacían caso omiso. En ese momento si hubiera tenido un algo afiliado se lo hubiera clavado a los cuatro. Sonrió para sí mismo.

La puntilla la puso el tipo detrás de él, dando golpes a su asiento mientras se reía a carcajada limpia con su colega. La ira se había apoderado completamente ya de él; «si tuviese un simple bolígrafo… Me daría la vuelta y se lo clavaría en el maldito ojo» pensaba Óscar mientras miraba al resto de pasajeros. Todo el mundo hablando, era insoportable.

A pesar de los avisos de los auxiliares de vuelo para que bajarán el volumen el ruido no cesaba.

Empezó a pensar con qué hacerse para llevar a cabo sus pensamientos pues en ese momento ya no era dueño de sí mismo.

Miraba por todos lados; » lo que sea» pensaba.

Cientos de ideas pasaban rápido por su mente. » Si tan solo nos estrellamos este sufrimiento acabaría» se decía en tono de súplica.

De repente anunciaron que estaban llegando a destino y que se procedía a aterrizar.

Óscar respiró y tragó saliva.

Eva, una de las auxiliares de vuelo se acercó a su compañero David:

— ¡Vaya viajecito!! ¡Qué gente tan mal educada! Creí que me iba a estallar la cabeza.

— ¡Ha sido horrible Eva! Esto no está pagado. El único que se salva es el chico de la sudadera roja al lado de la señora apestosa. No ha dado ninguna guerra.

— Es verdad David, ya podría todo el mundo ser como él.

Bego Rivera

PEDRO A LÓPEZ CRUZ

DELIRIOS DIGESTIVOS (Y OTRAS TRAGADERAS)

La semana, esa bestia de carga que siempre insiste en aplastarnos los lomos, estaba a punto de alcanzar su cúspide y el último de sus días ya comenzaba a agonizar con la lentitud propia de una condena a galeras. Las ideas, reclusas perpetuas en el calabozo de mi cabeza, también olían a final. Circulaban lentas, pastosas y agotadas, arrastrándose a través de mi masa encefálica, ahora convertida en un pantano de ciénaga y desidia.

No muy lejos de esa zona noble de mi cuerpo, un poco más abajo y gobernando el centro de operaciones de mi anatomía, los jugos gástricos hacían su labor con la furia desatada de un inquisidor en pleno auto de fe, descomponiendo sin piedad ni remordimiento todo cuanto había osado tragar al mediodía mientras mi resignado sistema digestivo bombeaba aquella masa orgánica a través del interminable laberinto de túneles intestinales que parecían sacados de un plano del infierno de Dante.

Las consecuencias de semejante orgía digestiva me condenaban a un sopor indescriptible, a un coma vespertino del que a cualquier mortal le resultaría absolutamente imposible escapar. Y es que, cuando la sangre huye del cerebro para refugiarse en las tripas, ya se sabe: se desata la anarquía que provoca la inevitable estampida de las ideas, que, viendo el panorama, acaban saltando como pulgas despavoridas fuera de la mente, dejando la inventiva más seca que la mojama.

Y pese a todo, en mitad de aquel lodazal mental y estomacal, tuve la suprema osadía de ponerme a escribir. Ingrato oficio. No era la primera vez que cometía semejante disparate, ni probablemente sería la última, pues el masoquismo del escritor es de una estirpe inconfundible. Pero en ese momento, la fe brillaba por su ausencia y mi alma literaria estaba más huérfana que un niño abandonado en la puerta de un convento. “Ya saldrá algo, hombre, solo hay que dejarse llevar”, pensé. Pero era Morfeo quien me llevaba a mí, directo a sus brazos, con la fuerza de un remolino, susurrándome al oído nanas soporíferas como un coro de sirenas pasadas de rosca. Mientras tanto, mi mirada se tornaba vidriosa y turbia, las persianas de mis párpados pugnaban por no desplomarse del todo y el ritmo literario, si es que a aquello se le podía llamar ritmo, se iba espesando a cada minuto que pasaba, volviéndose tan denso y escurridizo como unas gachas mal cuajadas.

De pronto, el frío que reinaba en la estancia me sacudió la modorra, devolviéndome a la despiadada realidad. Por no hablar del espeluznante, metálico y macabro chirrido de la llave que, vuelta tras vuelta, encarnaba el sádico preludio de la visita de mi carcelero.

Hundí mis escasas y raquíticas esperanzas en el arrugado papel y dejé caer la pluma con estrépito, derrotado de plano por la pertinaz falta de musas. Más aún ahora, turbado e interrumpido de golpe por la inoportuna presencia del guardián, que asomaba su risueña y socarrona jeta por las rejas:

—¡Buena tarde tenga vuesa merced, maese Cervantes! ¿Cómo lleva el asunto de los molinos y los gigantes? Poca ventura y menos ganancia auguro yo en tamaña empresa, vayan mis respetos por delante, que las letras no pagan la hogaza ni alivian los dolores de tripa. Pero siga… siga escribiendo. No será un servidor quien tenga la osadía de interrumpir a las musas en plena cópula mental. Al fin y al cabo ¿quién es un humilde y desdichado carcelero para opinar sobre estos elevados menesteres?

Acto seguido, soltó una risotada seca que retumbó en la celda como una ventosidad de buey.

—En fin, maese Miguel —añadió encogiéndose de hombros mientras echaba el cerrojo—a los caballeros andantes les dará por derribar gigantes, pero a los mortales de a pie no nos queda otra que tragar: tragar el rancho frío, tragar la autoridad del corregidor y tragar el polvo de este pozo miserable. Así que tráguese la deshonra, apure el sustento y no me deje la hoja en blanco, que al menos para encender el candil ha de servir su literatura.

Me quedé a solas con el eco de sus pasos. El estómago lanzó un rugido sordo, una suerte de protesta visceral que parecía dar la razón al energúmeno. Suspiré, mojé de nuevo la pluma en el tintero y, tragándome el orgullo y el último resto de dignidad que me quedaba, volví a encorvar la espalda sobre el papel. Si el mundo me obligaba a tragar la penuria, al menos le haría tragar a él mis desvaríos.

FERNANDEZ ASAPH

La Rosa de los vientos

Para el tema de la semana: Tragar

Siempre había estado tatuada aquella imagen en su mente. Un recuerdo que no le correspondía, pero que alguien había acomodado en su memoria como si él mismo lo hubiese vivido.

Esa serpiente había entrado en la torre del molino persiguiendo a un ratón que se había embriagado con las manzanas fermentadas de la huerta. No solo se había embriagado, sino que se había bañado en la sidra. Cuando la serpiente lo estaba engullendo, comenzó a presentar los mismos efectos que el ratón, se embriagó igual que él. Primero sacaba la lengua y abría la boca más de lo normal, después comenzó a presentar mareos —no podía sostener su propia cabeza— después sintió que algo rozó su cuerpo, siendo ella misma, volteó agresiva y mordió su propia cola.

Aquella serpiente ebria tragaba su propia cola.

Un hombre trataba de desatascar el engranaje de un molino de viento. No lograba concebir la idea de quedar sin agua, y menos aún en aquellos días tan calurosos. Hacía ya rato que su hijo lo había llamado desde su casa, era la hora de la comida, pero el hombre estaba empeñado en terminar aquella tarea. Le vino a la mente invertir el giro para liberar el engranaje, solo que eso le llevaría un poco más de tiempo. Optó por mover las aspas manualmente, subió una escalera de madera para colgar un lazo de una de ellas, pero con el viento en contra no sería una tarea fácil. Las aspas no se movieron ni un centímetro y cayó de bruces al suelo.

El sentido de giro era igual al sentido de giro de un reloj. Lo que debía hacer era girar al contrario el rotor para liberar el engranaje.

Entró en la torre que sostiene el rotor para mirar nuevamente lo que se había atascado: una viga que cayó desde el tejado. Este molino era una especie de ingeniería avanzada para su época, no solo servía como recolector de agua por medio de un elevador de cangilones, también tenía un par de muelas para moler granos y extraer aceites, y por último se usaba para prensar.

Pero esa tarde no molía nada. El engranaje estaba trabado por la viga.

El hombre entró y puso la mano sobre el rotor. El hierro estaba caliente como si hubiera estado girando horas, aunque llevaba todo el día detenido. Comprendió entonces lo que no había comprendido afuera.

Afuera había querido mover las aspas. El error de los hombres, pensó. Querer mover el tiempo desde afuera, a la fuerza, colgando lazos. El tiempo no se mueve desde las aspas. Se mueve desde el rotor. Desde adentro.

—Jamás gires un molino al revés —había dicho su abuelo —a menos que estés dispuesto a devolverle el cuerpo a lo que has molido.

Recordó por qué aquella imagen de la serpiente estaba tatuada en su mente sin haberla vivido. Porque su abuelo se la contó la noche que el molino viejo de su abuelo también se trabó. Se la contó para que no hiciera lo que él estaba a punto de hacer.

Puso ambas manos en el rotor y giró al contrario. Una vuelta. El viento dejó de soplar. La Rosa de los vientos clavada en lo alto de la torre, que siempre apuntaba al norte, giró sola y apuntó al sur. Luego al este. Luego a un punto que no tenía nombre. El polvo del suelo se levantó y se metió de nuevo en las grietas. El sudor de su frente se secó y volvió a entrar en su piel.

Escuchó que su hijo lo llamaba de nuevo. Pero no era la voz de ahora. Era la voz de su hijo a los cuatro años. Y luego la voz de su padre llamándolo a él a los cuatro años. Era la hora de la comida, sí, pero de una comida caliente de hacía treinta años.

Segunda vuelta. El elevador de cangilones comenzó a funcionar al revés. No sacaba agua del pozo. La regresaba. Podía ver el agua limpia volverse turbia y hundirse. Las muelas no molían grano. Lo recomponían. Vio el pan de ayer volver a ser harina, y la harina volver a ser trigo. Entendió entonces que el molino era lo que su abuelo decía: el estómago del tiempo. Lo que entra por arriba sale por abajo transformado. Si lo giras al revés, lo que salió regresa a lo que fue.

Sintió un mareo, no podía sostener su propia cabeza. Igual que la serpiente. Comprendió que la serpiente no estaba ebria de sidra. Estaba ebria de tiempo. Se había comido un recuerdo que no era suyo y al digerirlo se había intoxicado de pasado.

Iba a dar la tercera vuelta, cuando, entre los engranajes, vió la viga que trababa todo. No había caído del tejado. Alguien la había puesto ahí a propósito. Alguien con sus mismas manos. Con su misma camisa. Era él mismo, más joven, colocando la viga para trabar el molino para que su padre no pudiera irse del pueblo esa noche. La noche que se fue y no volvió.

Si daba la tercera vuelta, el tiempo llegaría hasta ese momento y se vería a sí mismo, vería si rastro, como la serpiente se mordería la cola. Se reconocería. Y quedaría atrapado para siempre en el recuerdo implantado como un espejo infinito, tragado por el tiempo mismo.

Entonces no dio la tercera vuelta. Dejó el rotor atascado a propósito. Entre un tiempo y otro. Ni sacando agua, ni devolviéndola.

Salió de la torre. El viento volvía a soplar normal. La Rosa de los vientos apuntaba de nuevo al norte.

Su hijo lo llamó por tercera vez, ahora con la voz real, con hambre real, desde la casa real.

— ¡Papá, la cena se enfría!

El hombre no arregló el molino. Lo dejó trabado. Porque hay molinos que no deben moler, y hay tiempos que no deben volver.

Arriba, en la viga del techo, la serpiente por fin soltó su cola y se desenroscó. Y por primera vez en su mente, el recuerdo dejó de ser ajeno y fue solo un cuento que le contó su abuelo.

MARIANA DI PASCUA

Las pastillas enfermeras (tragar)

Seis pastillas al día pasan por mi garganta. Y para no hacer propaganda diré que terminan en «pan» «ina». y» gina «. Parecen tener nombres de personas, son como mis enfermeras.

Tengo trastorno bipolar desde 2017 y necesito tragar lo que me da estabilidad. A veces igual la serotonina hace de las suyas y puedo acelerarme como un formula uno.

También puede bajar y anclarme a la cama.

Pudo tener momentos de ira que la manejo en soledad y es solo un rato. La escritura me ayuda a estar mejor.

Me dicen a veces que no diga mi trastorno como si no fuera una enfermedad más.

Mi caso no es de los más fuertes y si trago todo puedo andar estable y hasta feliz.

Antiguamente se decía que el trastorno transformaba en demonio a la persona.

Es una enfermedad de las que no muestra heridas, de las que no se ven, por eso muchos dicen que nos hacemos los vivos. Los días buenos parezco mis primavera y hace que mis cuentos sean más elocuenes e intensos.

Los días malos no se escribe.

Cuento porque quiero dar a conocer y entender que existen junto a esta enfermedades que no se ven como la fibromialgia, depresión, tea, trastornos de déficit atencional como tiene mi cantante favorito «René Pérez».

No somos monstruos ni fingimos como a veces se nos acusa.

No nos acomoda el yoga ni el pilates. Lo mio es una deficiencia química.

Nuestra inteligencia recorre caminos varios en paralelo, maneja muchas variables a la vez y manejamos distinto las estructuras mentales.

No todo es malo, tenemos gran elocuencia y somos muy vicerales en el sentir y en la escritura.

He ahí mi secreto cuando no escribo a grafo, «escribo a brocha y pintura» René Pérez, calle 13 «.

Muchos nos casamos, tenemos hijos, carrera, como cualquiera que no sea neurodibergente.

Yo tengo faltas de ortografía pero no es por bipolar.

Así que probé con yoga y pilates pero las faltas continúan y no hay pastilla que tomemos para eso,salvo leer y escribir.

MARIO NÚÑEZ

Los muertos que el lujo se traga.

Punta del Este se proclama el balneario más elegante de América del Sur, en el encuentro del Río de la Plata y el Océano Atlántico.

Multimillonarios de todo el mundo, más adinerados y poderosos de los que se podría imaginar, visitan o viven en la zona; discretos, apenas visibles, solo reconocibles entre su mismo nivel social. Son el motor económico y financiero del balneario y del país.

Pasan inadvertidos arribando en chárters, aviones o helicópteros propios, en enormes yates, en eventos exclusivos y en las calles, conduciendo autos de lujo o clásicos que emergen de los garajes en diciembre para volver a hibernar en febrero cada año.

En pocos lugares se hacen visibles como en el Casino del Enjoy Conrad, la mayoría de ellos sin sospechar que tienen a sus pies una enorme fosa común, entre los cimientos del lujoso local y el entubado arroyo de La Pastora, que desemboca en un muelle del mismo nombre, y es sede del Club de Pesca Punta del Este.

Precisamente allí, la arena se tragó a más de 500 muertos del naufragio de la fragata San Salvador en 1812.

La mayor tragedia naval del Río de la Plata.

Solo 130 sobrevivieron y se arraigaron en la zona.

Venían de Cádiz.

Unas 700 personas entre tripulación, pasajeros, mercaderes y soldados de la Corona de España.

La milicia era el 2° Regimiento de Albuera.

Bravos guerreros extremeños destinados a la plaza fortificada de Montevideo, sitiada por los insurgentes americanos.

En el Virreinato del Río de la Plata y en la Capitanía General de San Felipe y Santiago de Montevideo, bandas de criollos sublevados, a las órdenes de un ex Capitán del Cuerpo de Blandengues real, se unieron a los rebeldes financiados por algunos comerciantes adinerados criollos; aquí y allá reclamaban la independencia de las colonias españolas en el continente.

El Capitán José Alvarez al mando de la fragata San Salvador era un mercante de larga experiencia en el comercio, pero nula en cuestiones de milicia.

Así que como mejor podía, cumplía con transportar soldados y equipamiento de la Corona y de la fe de la Santa Iglesia Católica.

Las lentas comunicaciones de la época hacían dudar si la plaza militar y puerto más importante de las colonias del sur estaría aún en manos reales, o habría sido capturada ya por los rebeldes.

La Capitanía General de Montevideo debía ser reforzada o recuperada.

Mientras los mandos militares a bordo del San Salvador discutían como hacerlo, la tripulación del Capitán Álvarez maniobra lentamente durante la noche el pesado navío de 2.600 toneladas, con el enorme contingente armado de metal, arcabuces, cañones, sables, armaduras y caballos.

Buscaron asegurarse enviando espías a Montevideo para verificar el estado de la fortaleza, mientras repostaban en la bahía de Maldonado.

Especialmente, debían resguardarse del furioso Pampero invernal que trae frío, lluvia y mucho viento por la costa desde los hielos del sur.

Todas las precauciones son pocas para una embarcación de madera a velas en tres mástiles, con un robusto calado de seis metros bajo el agua.

La bahía de San Fernando de Maldonado sería un refugio seguro para aquel transporte vital para sus majestades en Madrid.

Los mapas marítimos de la época, precarios pero minuciosos, mostraban un acceso cómodo por el noroeste, entre la Isla de Gorriti y la costa.

Fácil, seguro, prudente.

Salvo por el Banco de los Bajitos, una especie de duna móvil que desplaza de un lado a otro, bancos de arena al ritmo de las mareas.

Salvo también por la potencia del Pampero y porque la mayoría de los fuertes hombres de Extremadura son feroces, valientes … pero no saben nadar.

El Pampero sopló fuerte desde popa, luego a sotobabor, y aunque los marineros se apresuraron a arriar el trinquete y la menor de las velas del primer mástil, la madera comenzó a crujir, los palos a bambolearse como péndulos y los tripulantes desesperados recién salidos de sus literas caían por la borda por decenas mientras rezaban y trataban de no tragar agua.

Se abrazaban entre ellos buscando flotar y se hundían más rápido.

Aún faltaban horas para el amanecer y se veía algún que otro candil; solo se oían gritos, olas y viento.

La panza del buque golpeó una, dos, muchas veces contra la arena del fondo.

El maderamen mojado fue negligente con los clavos que se soltaron, y las tablas dejaron entrar Río de la Plata a raudales.

Eso fue todo para el San Salvador.

Los pocos faroles y velas de sebo se apagaron, los tripulantes tragaron agua, y el agua se los tragó a ellos.

Durante días llegaron a la orilla telas, maderas, barriles rotos y centenares de cuerpos.

Nadie sabe exactamente cuántos, ni sus nombres.

Nadie registró tampoco ni una letra sobre los caballos que transportaba la fragata.

Pronto fueron tantos los restos, que los sobrevivientes y personas alrededor decidieron cumplir con el descanso eterno de los cuerpos para un adecuado reposo de las almas.

En carretas, a hombros, en parihuelas de tela o madera, como se pudo, amontonaron todo junto al arroyo de La Pastora.

Cavaron no muy profundo una ancha zanja y allí quedaron quienes fueron el Capitán Alvarez y medio millar de sus pasajeros, entre rápidos rezos de réquiem y rosarios, con vistas a la arena mojada.

Se persignaron, y de a uno o de a varios, en silencio u orando se retiraron del lugar.

Durante los siguientes tres siglos, aventureros, locales, turistas y oportunistas escarbaron bajo el agua y despojaron el casco partido del San Salvador.

Fueron robados impunemente cañones, adornos, ropas y hasta huesos que terminaron en colecciones privadas, ventas informales o mórbidos recuerdos puntaesteños, hasta que en 1989 el gobierno uruguayo declaró Monumento Histórico Nacional con vigilancia militar al Banco de los Bajitos y los restos del hundimiento, y en 2006 decretó la zona entre el Parador I´Marangatú y la Isla de Gorriti como Zona Arqueológica Protegida en cumplimiento del Tratado de la UNESCO sobre Protección del Patrimonio Cultural Subacuático.

MAITE BILBAO

CINCO MINUTOS CON MARIO

Aquí estoy, Mario. Por fin a solas los dos, tú en tu féretro y yo frente a ti, con el luto a cuestas y el aire espeso de esta sala de vela. Cinco minutos para vaciar de una vez por todas esta garganta seca.

Toda la vida encajando el golpe en seco. Tus artículos contra la Iglesia y el orden mientras yo rezo en silencio. Tus loas al pueblo desde la mullida moqueta del estudio, con la nevera llena gracias a mi lomo doblado. Tu disfraz de salvavidas del mundo digerido a la fuerza, mientras aguanto la decencia con los labios sellados. Y sobre todo, tus mítines de salón y tu superioridad moral de izquierda caviar, rumiados en soledad hasta sentir el ardor en la tripa.

Aunque de madrugada, al verte escribir bajo esa luz floja, con los dedos fríos y el ceño tan profundamente marcado, por un segundo el suelo cede bajo mis pies. Casi creo que tus utopías revolucionarias valen más que mi miedo, que mi espalda rota. Me quedo en el umbral deseando con toda el alma que esa farsa sea cierta.

No. El ácido aprieta el pecho y la bilis quema otra vez, borrando de un manotazo cualquier rastro de piedad.

Mira el móvil sobre la mesa. Vibra sin descanso. Tus camaradas, los hilos de X, todos tirándose los trastos a la cabeza. Viviste entre ruido y te vas igual, convertido en carne de pantalla.

Se acabó. Me largo. Doy media vuelta, y cierro la puerta de un portazo seco. Afuera, el silencio de la calle me recibe como un alivio frío.

31 de octubre de 2026

PRESEN RODRÍGUEZ

(Ya no trago con todo)

Siempre he sido una mujer de buen comer, pero últimamente tengo un problema: me paso el día tragando.

Trago con las opiniones de los demás, con las impertinencias de mi cuñado, con las mentiras de mi vecina y hasta con los ronquidos de mi marido.

Pero una tiene un límite, y el mío llegó el pasado sábado durante la cena familiar.

Mi cuñado, que es un experto en dar consejos que nadie le pide, empezó con su habitual discurso:

—Lo que tienes que hacer es aprender a tragar, mujer.

Y yo, que llevaba años practicando, le contesté:

—Pues mira, hoy voy a tragarme el orgullo, pero a ti te voy a mandar directamente a freír espárragos.

Se hizo un silencio sepulcral.

Mi marido casi se atraganta con la aceituna, mi suegra dejó de masticar y mi cuñado se quedó con la boca abierta.

¡Milagro! Por primera vez en veinte años había conseguido que se callara.

Desde entonces he tomado una decisión: voy a abrir una academia.

Se llamará «Trágatelo como puedas.

Habrá cursos de iniciación para tragarse sapos, cursos avanzados para tragarse mentiras y un máster especial para aprender a tragarse las ganas de contestar.

Eso sí, pondré una norma: ¡los cuñados no se admiten como alumnos, son una especie de indigestión.

Que una cosa es saber tragar y otra muy distinta tener vocación de alcantarilla.

Simplemente Presen.

EFRAÍN DÍAZ

Esta semana me desvié de mis cuentos alusivos a Dos Bocas para entretenerlos con uno de Halloween aprovechando el tema y la ocasión. Espero lo disfruten.

Nací para hacer el mal.

No puedo atribuirlo a la genética. Mis padres, mis hermanos y el resto de mi familia son personas nobles, decentes, dedicadas a hacer el bien o, cuando menos, a no perjudicar al prójimo. Gente de buenos sentimientos, principios sólidos y conciencia tranquila.

Yo salí torcido. Disfruto haciendo el mal. Pero no de cualquier manera. Me gusta hacerlo en secreto y en silencio, con discreción, sin aspavientos. Prefiero que los demás me consideren una persona buena, afable, incluso inofensiva. La maldad, como la elegancia, pierde buena parte de su encanto cuando necesita anunciarse.

Desconozco el origen de mi inclinación. Hay quienes se vuelven malos después de sufrir alguna desgracia. Una traición, una humillación, una infancia miserable. Acumulan resentimientos hasta que un día deciden cobrárselos al mundo entero. Pero ese no es mi caso.

He tenido una vida estupenda. La fortuna me ha sonreído con una generosidad que no merezco. Nunca me ha faltado nada verdaderamente importante. No tengo traumas que superar, agravios que vengar ni cuentas pendientes con la humanidad.

Soy malo porque me gusta. Porque lo disfruto. Porque encuentro en la desgracia ajena una satisfacción que otros experimentan escuchando a Mozart o contemplando una puesta de sol. Y nadie lo sabe.

En mi trabajo gozo de una reputación intachable. Mis superiores me tienen en altísima estima. Me consideran competente, leal, trabajador y, sobre todo, digno de confianza.

He llegado a la cima de mi profesión. Naturalmente, para conseguirlo tuve que hundir a unos cuantos.

Lo hice con la paciencia de un francotirador y la falta de escrúpulos de un ajedrecista dispuesto a sacrificar todas sus piezas con tal de ganar la partida. Fui creando situaciones comprometedoras, sembrando sospechas, alimentando rivalidades y propiciando pequeños desastres que terminaron arruinando carreras prometedoras.

Mientras mis compañeros caían en desgracia, yo ascendía.

Algunos fueron despedidos. Otros renunciaron. Uno sufrió una crisis nerviosa de la que, según tengo entendido, todavía no se recupera.

A todos les expresé mi solidaridad.

Incluso acompañé a uno hasta su automóvil y le dije que podía contar conmigo para lo que necesitara.

La cortesía nunca está de más.

Anoche celebramos la noche de las brujas, o Halloween, como dicen los gringos. Una festividad encantadora en la que los niños se disfrazan de monstruos y los adultos fingimos que los monstruos existen y nos asustamos.

Decidí aprovechar la ocasión para cometer mi última fechoría.

Durante varios días preparé una considerable cantidad de caramelitos adulteradas con una sustancia mortal. No dejaré constancia de los detalles. Hasta los malvados tenemos derecho a ciertos secretos profesionales.

Al caer la noche saqué una silla de playa, me disfracé de pirata y me instalé en la acera frente a mi casa.

Llevaba un sombrero de tres picos, un parche sobre el ojo izquierdo y una espada de plástico. Me faltaba el loro, pero nunca he sido partidario de la perfección innecesaria.

Los primeros niños llegaron acompañados de sus padres. Brujas, fantasmas, esqueletos, superhéroes y princesas desfilaban por la calle con sus pequeñas bolsas abiertas.

—¡Trick or treat!

Yo sonreía, celebraba sus disfraces y depositaba una golosina en cada bolsa.

—¡Muchas gracias! —decían los padres.

—¡Que tengan una noche maravillosa! —respondía yo.

Y lo decía con absoluta sinceridad.

Después llegaron adolescentes, algunos disfrazados con bastante imaginación y otros con una pobreza estética verdaderamente ofensiva. También aparecieron varios adultos reclamando dulces, una costumbre que considero ridícula, aunque anoche decidí no poner reparos.

La generosidad, cuando se practica con malas intenciones, resulta particularmente gratificante.

Repartí caramelitos hasta que se agotaron las existencias. Después recogí la silla, guardé el disfraz y entré en casa.

Dormí magníficamente.

Esta mañana, mientras preparo el café, imagino el desconcierto que habrá comenzado a extenderse por la ciudad. Los niños tragándose los caramelitos en la tranquilidad de sus hogares como si no hubiese mañana. Porque si algo hacen los niños es llevarse todo a la boca y tragar sin cuestionamientos.

Las salas de emergencia estarán recibiendo pacientes. Los médicos buscarán una explicación. Las familias exigirán respuestas. La policía iniciará una investigación y los periodistas encontrarán, por fin, algo más interesante que las habituales disputas entre políticos.

Habrá conferencias de prensa, advertencias a la ciudadanía y declaraciones desesperadas de funcionarios que prometerán llegar hasta las últimas consecuencias.

Me fascinan las últimas consecuencias porque casi nunca llegan.

Naturalmente, los investigadores examinarán las golosinas y tratarán de reconstruir su procedencia. Buscarán testigos, revisarán cámaras y entrevistarán a los vecinos.

Aunque fueron muchos los que repartieron dulces, quizás alguno recuerde al simpático pirata que repartía caramelos frente a su casa.

Un hombre educado. Amable. Sonriente. Un vecino ejemplar.

Si vienen a entrevistarme, los recibiré con café recién hecho. Les ofreceré toda mi colaboración y les diré que estoy profundamente consternado. Incluso podría organizar una colecta para las familias afectadas.

Tengo cierta experiencia en esas cosas.

No descarto asistir a algún funeral. Siempre me han parecido ceremonias interesantes, particularmente cuando uno conoce detalles del fallecimiento que los demás ignoran.

Por supuesto, existe la posibilidad de que me descubran. Ningún criminal, por inteligente que se crea, está completamente a salvo de cometer una estupidez.

Pero no pienso preocuparme por eso.

La preocupación es una forma bastante vulgar de desperdiciar el presente.

Ahora debo ocuparme de mis próximos compromisos. Se aproxima el Día de Acción de Gracias. Después vendrán Nochebuena y Navidad, festividades que ofrecen magníficas oportunidades para practicar la generosidad y una que otra maldad.

Todavía no he decidido qué haré.

Algo se me ocurrirá.

Mientras tanto, terminaré mi café, iré a misa y daré gracias a Dios por todas las bendiciones que he recibido.

Nunca he entendido por qué la gente considera incompatibles la gratitud y la maldad.

Al fin y al cabo, una cosa es ser malo y otra muy distinta ser malagradecido.

MARA SERBIA

curiosidad genuina por otras personas;
capacidad de escuchar;
humor;
creatividad;
lealtad;
disposición para ayudar;
capacidad para entusiasmarse con proyectos ajenos;
tendencia a regalar trabajo, tiempo y energía por encima de lo aconsejable.

SILVIA VÁZQUEZ CARUS

Alianza Rota

Aprendió a tragar desde niña. Primero, las lágrimas; después, las palabras que nunca se atrevió a pronunciar. Con los años, también tragó humillaciones, promesas incumplidas y silencios que pesaban más que las mentiras.

Una tarde, sentada frente al hombre que había decidido su vida durante décadas, sintió que algo se rompía por dentro.

—Ya no puedo más — afirmó.

Él levantó la mirada, sorprendido.

Pero esta vez, ella no apartó los ojos

Se quitó la alianza, la depositó sobre la mesa y sonrió.

Había tragado demasiado.

Ahora le tocaba al mundo escuchar todo cuanto había callado.

EMILIANO HEREDIA

CUANDO NÓ ES TRAGAR

Hoy, es uno de esos estúpidos días.

Gris, frío de Noviembre, anodino, con mucho por hacer y con ninguna gana por hacerlo.

-Si, si, te estoy escuchando….

Tengo la cabeza bastante espesa, el cansancio acumulado de estos últimos días me pesan como si tuviera un sombrero de plomo sobre la cabeza.

-Si te entiendo perfectamente, pero que quieres que te diga, tú tienes la vida muy ocupada, una agenda llena de citas sociales, laborales…bla, bla, bla,..

No puedo estar tanto tiempo sosteniendo el teléfono, se me cansa el brazo y la mano, lo pondré en manos libres, así, mientras tanto, iré preparando el desayuno.

-Que no, que no te estoy haciendo burla, solo te estoy diciendo que, ahora, según tú, papá y mamá ya no están en buenas condiciones de salud, parece que te moleste dedicarles el tiempo que necesitan para cuidarles, ya que te quitan el tiempo que necesitas para hacer tu vida.

Joder, que pesadez, parece mentira que me esté largando esta chapa, para cuidar de papá y mamá, cuando ellos, sobre todo mamá, ha estado cuidando de sus hijos, le ha hecho la compra, etc….

-A ver, como te lo explico, parece mentira que me estés hablando de que te estás tragando todo esto tu sola, cuando sabes que no es cierto, no es una competición a ver quién va más veces a ver a papá y mamá.

Joder, que pesada, y vuelta la burra al prado, parece que está en bucle, parece que en vez de unos hijos bien creciditos ya, tuviera recién nacidos. Parece increíble que me esté diciendo que tiene que hacer la comida para los niños, la casa, que viene cansada del trabajo…y mientras tanto, el perro de su marido, o tumbado en el sofá, con la excusa de venir cansado o en bar tomándola con los amigos del barrio.

-Que no, que no trago con eso, yo no estoy de acuerdo en meter a mamá y a papá en una residencia. Tú y nuestro hermano, solos estáis interesados en el dinero, en vender el piso y visitar cuando podáis a papá y a mamá en la residencia, algún fin de semana, y eso, tú, porque el otro, solo viene una vez al año, a verles, para recoger la propina anual.

Y encima me dice que soy un puto egoísta, que siempre he pensado en mí, cuando lo único que he hecho en mi vida, ha sido preocuparme demasiado de los demás, y muy poco de mí mismo.

-A ver, si lo entiendes de una vez, para mí es un mal trago enfrentar ésta situación, como también lo fue con los abuelos, cuando entre mamá y yo, les cuidamos cuando ya estaban bastante mal, pero así es la vida, no siempre vas beber vino bueno, alguna vez te tiene que tocar una botella de vino avinagrado.

Es increíble lo egoísta que se vuelve la gente, en cuanto asoma la posibilidad de ganar un dinero fácil, lo que más me duele, es que lo quiera ganar, a costa de papá y mamá.

-Mira, que no, que no voy a firmar ningún papel, papá y mamá tienen que seguir y estar en casa, y si por desgracia, llegara el día en que ya no se valgan por sí mismos, no te preocupes, que mi pareja estaría con ellos todos los días si hiciera falta y, además, podría venir alguien de servicios sociales. Ya veríamos como tragaríamos entre todos este hueso difícil de digerir, pero que tengas en cuenta, que jamás firmaré nada para echar a papá y a mamá de la que ha sido siempre su casa, donde nos vieron nacer, donde nos vieron crecer, y me niego a que vean como les echamos de ella. Que lo tengas muy claro. ¡ah!, y déjale muy claro a tu marido, que se busque otra forma de conseguir el dinero para el nuevo coche. Adiós.

Joder, me parece muy fuerte. En fin, un dia estúpido de Noviembre.

FIN

BLANCA CERRUTI

¡SE LAS TRAGÓ!

«Pero ¿cómo es posible que Julio, mi amigo de toda la vida, vaya propagando sobre mí lo que me están contando?», piensa Martín. Es tan fuerte lo que me cuentan que va diciendo, que temo encontrármelo, ya que no sé cómo voy a reaccionar al tenerlo delante.

Viven en el mismo barrio y al final se encuentran.

—Hola, Martín, ¿qué te parece si esta noche vamos a…

Martín no lo deja terminar. Aprieta los puños para no estampárselos en la cara a su «amigo» y…

—Pero ¿cómo has podido, Julio? Eres un miserable, un difamador, un calumniador, un injurioso, un mentiroso, un falso amigo. ¿Cómo puedes ir diciendo de mí lo que vas diciendo? le suelta lleno de rabia.

—Yo no he dicho nada sobre ti, Martín, ni bueno ni malo, puedes creerme, me conoces muy bien.

—Pues lo que me cuentan que vas diciendo sobre mí es muy fuerte. Son calumnias, mentiras, injurias, difamación, falsedades.

—¡No es cierto, Martín! ¡No es verdad! Te vas a arrepentir de haberlo creído y te vas a tragar tus palabras. Todas y cada una de ellas, ¡te las vas a tragar! Julio se da la vuelta y se aleja de su amigo. Martín está tan dolido que no lo llama y deja que se aleje. Se va casa y pasa el día muy disgustado.

A la hora de comer apenas puede con un bocado. La cena tampoco le pasa. Se acuesta. Una fuerte y extraña sensación lo despierta. Empieza a sentirse ¡tan mal! que decide ir al hospital.

La angustia que siente es en el estómago. Le hacen una radiografía y… el radiólogo no da crédito a lo que ve.

Su mirada, enajenada, va de Martín a la radiografía, una y otra vez, sin poder explicarse lo que ven sus ojos. «Debo estar delirando», se dice tocándose la frente.

Se vuelve hacia Martín: joven, lo que te produce ese malestar tan fuerte, es un montón de palabras rabiosas revolviéndose en tu estómago…

Blanca Cerruti

ANGY DEL TORO

Tragaron en seco

Cargó el revólver, lo ajustó al cinturón y se acomodó el sombrero. Como no tenía nada que hacer, pidió un whisky sin hielo. Lo apuró de un trago. Vio que nadie lo observaba y dijo: Y ahora qué pasa, soy el sheriff no más

O me miran o me los cargo a todos de un plumazo”.

Los llamados pistoleros de la montaña tragaron en seco.

El sheriff tenía sus modales pero tampoco era para tanto.

Las patas de una veintena de caballos se acercaban. El sudor corría por sus espaldas. El sheriff dijo: no pasa nada, sírvanse otro trago y esperen.

Las puertas de la taberna se abrieron. Eran los jefes de arriba, los más altos.

Ese día todos brindaron felices: el sheriff se jubilaba.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

LA OFICINA DE ASUNTOS TRAGADOS

A Merche le dolía todo. Las rodillas al levantarse, la espalda al agacharse y el cuello cada vez que intentaba mirar hacia atrás, cosa que últimamente hacía bastante, aunque solo fuera para comprobar si alguien había dejado otra vez los zapatos en mitad del pasillo.

El traumatólogo la examinó, consultó las radiografías y puso cara de estar contemplando una catástrofe arquitectónica.

—Tiene usted las articulaciones bastante castigadas. ¿Hace esfuerzos físicos?

—Depende de lo que considere esfuerzo.

—¿Levanta peso?

—A veces.

—¿Qué peso?

—El aparador del salón, principalmente. Aunque el sofá tampoco es ninguna pluma.

El médico levantó la vista.

—¿Se dedica usted a las mudanzas?

—No exactamente. Es más bien una cuestión de convivencia.

El traumatólogo dejó el bolígrafo sobre la mesa y respiró hondo. Después le preguntó si tenía mucho estrés.

Merche sonrió.

—Lo normal. Familia, vecinos, facturas… Lo de todo el mundo. Yo no me quejo.

—Ya me he dado cuenta. Usted no se queja, pero le protestan las rodillas.

Volvió a mirar las radiografías, abrió un cajón y sacó una tarjeta algo amarillenta.

“OFICINA DE ASUNTOS TRAGADOS, ACUMULADOS Y MOBILIARIO EN ALTO RIESGO”.

—¿Esto qué es?

—Un servicio especializado. Se ocupan de personas que se lo tragan todo, no saben protestar y acumulan tantas tensiones que acaban descargándolas en el mobiliario doméstico.

Merche leyó la tarjeta dos veces.

—¿Y esto existe de verdad?

—Señora, yo soy traumatólogo. No me pagan lo suficiente para inventarme estas cosas.

La oficina estaba en un edificio municipal de aspecto triste, en una calle donde hasta las palomas parecían funcionarios en prácticas.

En la entrada había un cartel: “No se admiten muebles sin propietario ni propietarios sin muebles”.

Merche entró y encontró una sala de espera con seis personas y varios muebles. Un señor acariciaba una mesita de noche. Una mujer discutía en voz baja con una lámpara de pie. Un anciano había colocado una silla junto a él, como si esperaran juntos el autobús. Merche pensó que, comparada con aquello, ella todavía tenía margen.

En el mostrador la atendió un hombre delgado, con gafas y una expresión de cansancio administrativo que debía de haber conseguido por oposición.

—¿Tiene cita?

—No. Me manda el traumatólogo.

El hombre asintió con gravedad.

—Últimamente nos llegan muchos derivados de traumatología. ¿Dolores articulares?

—Sí.

—¿Movilización compulsiva de mobiliario?

—También.

—Entonces es usted de los nuestros. Soy Rodrigo. Rellene este impreso y espere a que la llamemos.

El formulario tenía diecisiete páginas.

En la primera preguntaban cuántas veces había cambiado de sitio el sofá durante el último año. En la segunda, si había sentido deseos de arrojar objetos por la ventana. En la tercera, si alguna vez había respondido “no me pasa nada” mientras había una gran revolución es su cabeza.

Merche marcó la casilla correspondiente. En la doce preguntaban si disfrutaba moviendo muebles. Esa la dejó en blanco, por dignidad.

En la página nueve encontró una pregunta que le resultó especialmente incómoda: “¿Ha perdonado alguna vez a alguien sin haberlo hecho realmente?”. Marcó que sí. Con bolígrafo, y apretando.

En la dieciséis querían saber si los muebles habían sufrido consecuencias físicas o psicológicas. Merche escribió: “El aparador está estable, dentro de lo que cabe (cojea de una pata), pero el sofá ha perdido la confianza en mí”.

Rodrigo la recibió veinte minutos después.

—Bien, señora Merche. Vamos a estudiar su caso. ¿Qué es exactamente lo que se traga?

—Depende del día. Comentarios, disgustos, alguna injusticia…

—¿Y respuestas?

—Esas también, aunque suelen llegarme tres días después, cuando ya no sirven.

Rodrigo tomó nota.

—Caso habitual. ¿Y qué hace cuando alcanza el límite?

—Cambio los muebles de sitio.

—¿Siempre?

—No. A veces limpio los armarios. Pero cuando la cosa es seria, muevo el salón entero.

El funcionario se quitó las gafas.

—Comprendo. Tenemos que intervenir antes de que el mobiliario presente una reclamación colectiva.

Merche iba a protestar, pero pensó que, vistas las cosas desde el punto de vista del sofá, a lo mejor no les faltaba razón.

Rodrigo abrió un archivador y sacó una carpeta.

—Le explico cómo funcionamos. Tenemos tres modalidades: reparación emocional del mobiliario, jubilación anticipada (del mueble, no suya) y traslado a un domicilio donde se respete la estabilidad de los objetos.

—¿Y eso último existe?

—Por supuesto. Hay familias que llevan veinte años con el mismo sofá en el mismo sitio. Gente muy estable. Algunas incluso se hablan antes de comprar una alfombra.

Merche sintió un poco de envidia sana.

—¿Y yo qué tendría que hacer?

—Primero, haremos una inspección en su domicilio. Después evaluaremos el estado de los muebles y le asignaremos un terapeuta de mobiliario, si procede.

—¿Un terapeuta para el sofá?

—Señora, no se imagina lo que puede llegar a acumular un tresillo.

La inspección se hizo el jueves siguiente.

Un técnico llamado Narciso recorrió el salón con una carpeta y un martillito. Golpeó suavemente el aparador, examinó las patas de la mesa y le preguntó al sofá si se sentía seguro en su ubicación actual.

Merche pensó que aquello era excesivo, pero se lo tragó. Al fin y al cabo, era su especialidad.

—El sofá presenta signos de agotamiento —dictaminó Narciso—. Ha sido desplazado once veces en dos años.

—Doce —corrigió Merche—. Una fue después de Navidad.

El técnico anotó algo.

—Eso explica la lesión lumbar.

El aparador, por su parte, fue declarado patrimonio doméstico de alto riesgo. La cómoda del dormitorio necesitaba reposo y dos sillas habían desarrollado una preocupante tendencia a esconderse detrás de las cortinas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Merche.

—Ahora necesitamos que colabore.

Le entregó una hoja.

—Tiene que comprometerse a no mover ningún mueble durante treinta días.

Merche palideció.

—¿Treinta días?

—Es el periodo mínimo de estabilización.

—¿Y si me enfado?

—Respire.

—¿Y si me enfado mucho?

—Respire más.

—¿Y si mi marido dice alguna tontería?

—En ese caso, salga a pasear.

—¿Y si dice muchas?

Narciso cerró la carpeta.

—Cómprese unas zapatillas buenas.

Durante las dos primeras semanas, Merche cumplió el tratamiento con una disciplina admirable. Cuando algo le molestaba, respiraba. Cuando alguien decía una inconveniencia, respiraba. Cuando su marido dejaba los calcetines junto al sofá, respiraba con una intensidad que empezaba a preocupar a los vecinos.

Pero el día diecisiete pasó algo.

Una vecina vino a tomar café y se pasó casi veinte minutos explicándole cómo tenía que organizar su vida. Que si prioridades, que si aprender a decir que no, que si no dejar que los demás se aprovechen de una.

Merche notó una especie de burbujeo interior.

Miró el sofá.

Miró el aparador.

Miró la cómoda.

Los tres parecían contener la respiración.

Mientras se acababa las pastas, la vecina remató:

—Es que tienes que aprender a sacar lo que llevas dentro.

Y sin saber muy bien de dónde le venía, Merche contestó:

—Mujer, si sacara todo lo que llevo dentro, necesitaría un camión de mudanzas.

La vecina se quedó con la taza a medio camino de la boca. Después la dejó en el platito, cogió el bolso y se fue a su casa. Con la última pasta, eso sí.

Merche se quedó perpleja.

No había movido ningún mueble. No había limpiado ningún armario. No había cambiado ni un cojín. Había dicho lo que pensaba. Y lo peor era que le había sentado de maravilla.

Aquella noche llamó a Rodrigo.

—Creo que estoy mejorando.

—¿Ha habido algún movimiento de mobiliario?

—Ninguno.

—¿Ha experimentado alguna liberación emocional?

—He mandado a mi vecina a su casa.

Al otro lado se hizo un silencio.

—Señora Merche, eso no figura en nuestro protocolo, pero lo estudiaremos.

Un mes después recibió el alta.

El sofá permaneció en su sitio, el aparador recuperó el brillo y las sillas salieron de detrás de las cortinas.

Merche volvió a la consulta del traumatólogo para contarle los resultados.

—¿Qué tal le ha ido con la oficina?

—Estupendamente. Ya no muevo los muebles.

—Me alegro.

—Aunque ahora digo lo que pienso.

El médico sonrió.

—Eso también es saludable.

—Pues mi marido opina que antes estaba mejor.

—¿Mejor en qué sentido?

—Más calladita.

El traumatólogo anotó algo en su historial.

—¿Y usted cómo se encuentra?

—Mucho mejor. Aunque creo que necesito otra cita.

—¿Por qué?

—Porque he descubierto que hay cosas que no se pueden seguir tragando.

—¿Qué cosas?

—Las opiniones de mi marido sobre la decoración.

El médico suspiró, abrió el cajón y sacó otra tarjeta.

“OFICINA DE MEDIACIÓN CONYUGAL Y REUBICACIÓN DE MARIDOS CON EXCESO DE CONFIANZA”.

Merche la guardó con cuidado en el bolso. Nunca se sabía cuándo podía hacer falta.

Sobre todo, porque el aparador seguía cojeando de una pata, y ella llevaba semanas pensando que en el dormitorio quedaría estupendamente.

CÉSAR TORO

Tragar.

Esta historia la escuché de un sacerdote español. Que ha escrito un libro maravilloso que se llama: “Para Salvarte”

Cuenta la historia de dos pececillos que nadan libremente por el océano.

El uno es precavido y prudente escucha los consejos de su madre sobre los peligros que deberá enfrentar en el mar y presta mucha atención a los consejos que le dan, en otro en cambio es escéptico y nada sin preocupaciones y no le gusta escuchar.

Un buen día los peces que nadaban juntos y divisan un delicioso camarón que se mueve entre las aguas.

El pez desprevenido le dice al otro mira vamos por ese bocadillo, pero el pez prudente que sabe que es una trampa le dice que no. Que ese camarón es una trampa está sostenido por un hilo que sostiene un pescador y que si lo come el pescador lo saca lo lleva a una sartén y lo fríe.

Aun que el pez nunca ha visto al hombre ni la sartén ya que su mundo es el mar; se fía de las enseñanzas de sus ancestros, el pez que no cree en esos cuentos se lanza en busca del bocadillo y cae el la trampa el pescador lo saca del agua lo lleva a la paila lo fríe y se lo traga.

Por qué la paila existe y fríe los pescados.

Y Usted:

¿Ha comido pescado frito?

César Toro.

AXY LINDA

Tragar

—No, mamá, por favor. No me gusta.

—Te lo tienes que tragar. No vas a desperdiciar nada.

La niña lloraba y suplicaba que no la obligara a comer el pellejo del pollo. Salma se lo metió en la boca a la fuerza. La pequeña tuvo arcadas y lo vomitó.

—Ahora te irá peor —dijo Salma, su madre, furiosa—. Te lo vas a tragar de todos modos.

Le tapó la nariz y la obligó a comerlo.

Linsa, testigo de la escena, se refugió en su habitación, llorando de impotencia, indignación y rabia. Sabía que, si intervenía, la niña sufriría aún más.

Unos días antes, había visto cómo Salma, su cuñada, golpeaba a su hijo. Todo comenzó cuando, al verlo comer una galleta, le preguntó con desprecio:

—¿Qué tragas?

El niño le mostró la galleta, ella le pegó en la cara. El pequeño cayó al suelo y la galleta rodó lejos de él.

Aquella vez, Linsa intentó defenderlo, pero solo consiguió que Salma descargara más su enojo contra el niño. Desde entonces, Linsa se había «tragado» en silencio los maltratos. Pero estos se repetían cada vez con mayor frecuencia y decidió denunciarla.

Su hermano menor, tras sufrir un accidente, tuvo que vender su departamento para pagar los gastos hospitalarios. Le pidió a Linsa que lo alojara mientras lograba recuperarse. Estaba casado con Salma, madre de dos niñas de una relación anterior; juntos tenían un hijo.

Un policía acudió a investigar y hablar con Salma. Sin embargo, quien terminó arrestada fue Linsa.

Linsa ignoraba que Salma había amenazado al político, padre de sus dos hijas, con revelar la relación que mantenían si no conseguía que las autoridades arrestaran a Linsa.

La denuncia llegó a la policía.

La verdad, no.

Axy Linda San-Fre

GUILLERMO ARQUILLOS

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Apenas había luz.

—Tienes que irte —dijo ella.

Él siguió cortando el filete.

En la pared sonaba el reloj de péndulo; era un regalo de boda del padre de ella. A lo lejos se oyó un mugido.

—Esta noche, ahora.

Él se llevó un pedazo de carne a la boca. Lo masticó despacio, mirando su plato, y luego bebió vino.

—Acuérdate de Michael… —respondió el hombre.

Ella dejó caer el cuchillo. El golpe sonó muy fuerte.

—No empieces con eso —dijo ella.

—Si Michael no llega a largarse…

—Ahora estamos hablando de ti.

—Una semana —dijo él—. Una semana se tiró viviendo aquí. Sentado donde estoy yo, comiendo con nosotros, acostándose…

Ella recogió con el tenedor una hebra de carne que había quedado junto al borde del plato:

—… tú le abrías la puerta.

Él miró el vino que le quedaba.

—Y acabó robándome.

El estuche seguía en el cajón de la mesita de noche. Michael se había llevado los gemelos de oro, que también eran un regalo de su suegro.

—Pudiste salir corriendo entonces —dijo ella.

—¡Claro! Y dejar el trabajo…

Ella volvió a coger el cuchillo.

Él esperó a que dijera algo más, pero el reloj siguió marcando los segundos. Desde la carretera llegó el ruido de un camión; a esas horas repartían el pienso por las granjas.

—Yo no te eché —dijo él.

—Yo acabo de decirte que te tienes que ir.

Ella cortó con dificultad otro trozo de su filete y se lo llevó a la boca.

—No te vas a librar de mí —dijo él.

Ella dejó de masticar un momento.

—Mi padre ya lo sabe.

Él puso los antebrazos en la mesa; nunca apoyaba los codos.

—¿Qué es lo que sabe?

—Todo.

—¿Y también le has contado lo que traías con Michael?

Ella volvió a masticar.

—A mí no me hables de tu padre: son seis años metido en la puta oficina. Los viernes, los domingos, cuando falta alguien, cuando hay que arreglar un papel. Todo para que ahora…

—Estupendo. Mañana tienes el día libre.

Él apartó el plato y la salsa dejó un rastro en el mantel.

—Las nóminas no se hacen solas.

—¡Qué tragedia! Ya las hará otro.

Se quedó mirándola.

—Dos mil malditos euros —dijo—. Dos mil euros por aguantar toda esta mierda…

—Y la casa. Y la compra. Y los recibos. Y el coche. Se te olvidan un montón de cosas.

—Eso te lo paga tu padre a ti.

Ella lo miró a los ojos.

Él desvió la vista hacia la botella y se sirvió. Había bebido más de lo que pensaba.

—Puedes llamarla para decirle que vas —dijo ella.

—No la metas en esto.

—Dile que esta noche vas a dormir con ella. Y que le echarás un buen…

—¡… haré lo que me dé la gana!

Ella tuvo que sujetar fuerte con el tenedor para separar otro bocado del resto de la carne.

—Tú sabrás.

—Me importa una mierda lo que diga tu padre.

Ella seguía masticando y masticando.

—Demasiado he aguantado. Demasiado —volvió a gritar él.

Ella intentó tragar. Se llevó una mano al pecho y tosió.

Él la miró en silencio.

Ella volvió a toser, esta vez inclinada sobre el plato. Él le acercó el vaso de vino. Ella lo apartó con el dorso de la mano y se levantó tan deprisa que la silla golpeó la pared. Llegó a la cocina con la mano sobre la boca.

Él oyó caer algo en el fregadero. Después, una arcada. Se quedó sentado, sujetando todavía el vaso que había querido darle.

—¿Estás bien? —dijo.

No contestó.

Dejó el vaso y fue hasta la puerta. Estaba doblada sobre el fregadero. Tenía un hilo de saliva colgando de la boca. Al verlo, levantó una mano para que no se acercara. Intentó decir algo, pero le vino otra arcada. Él retrocedió.

En el reloj del salón sonaron unas campanadas cualesquiera.

La siguiente arcada la oyó el hombre ya desde la entrada, mientras descolgaba su abrigo.

FRAN KMIL

Tragar.

Lloro por mi amigo Alfredo, pero mi llanto tiene poco de pena y mucha rabia, tanta indignación que me quema las entrañas. ¡Grito con asco y escupo contra los cabrones gobernantes de Cuba! ¡Grito contra su maldito sistema, contra la miseria asquerosa y el hambre perra que te obliga a largarte de tu propia tierra, a dejar atrás lo tuyo, lo que conoces, para terminar viviendo prestado en un país extraño que no guarda ni uno solo de tus recuerdos!

Pero claro, la singá felicidad en casa del pobre dura un parpadeo porque es prestada; no nos pertenece.

Alfredo y su hija estaban en ese buffet celebrando el reencuentro, un abrazo que costó lágrimas porque ella al fin había logrado reclamarlo para sacarlo de ese infierno sin futuro. Tenían el derecho a ser felices, coño. Por eso, nadie puede justificar que un hombre caiga muerto justo cuando pensaba que la pesadilla había terminado. Ni el cura tiene los pantalones de acudir a su jodido Dios para decirnos que «sus caminos son insondables» o que «ya descansa en paz lejos de las penurias». ¡Que se vaya al diablo con su consuelo barato!

Yo lo vi pararse una y otra vez, como un loco rellenando el plato con desesperación salvaje: carne de res, pescados, camarones, jamón, aceitunas… Todo lo que la hijoeputa dictadura le negó durante una vida entera de apagones y raciones de hambre.

—Papá, no comas tanto. Tanto tragar te va a matar.

Esa frase de su hija fue como una premonición maléfica. Pero aquella tarde de domingo en el buffet de la calle 17, con la alegría del reencuentro a flor de piel, nadie podía imaginarse la tragedia.

—¡Tengo hambre histórica, coño! —gritó Alfredo con los ojos inyectados en sangre—. ¡Heredada de generaciones de miseria y de aguantar hambre.

Y el viejo comía y comía, tragando con la furia del que intenta comerse en una tarde los años de escasez y humillación que le robaron los de arriba.

Toda la vida oí decir que la gente se moría de hambre. Lo que no me cabe en el pecho, lo que me revienta de furia el corazón, es que de tanto tragar para llenar el vacío de una vida de miseria, un hombre también se pueda morir.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Ana Maria se tragaba los insultos de Leopoldo su marido por más de diez años Ella fiel al matrimonio y sacrificada por sus hijos había decidido tragarse las manías, los reproches no solo de su marido sino también de su madre de longeva edad que ya con los años sufría de demencia .

Era tal la vida que llevaba Ana Maria que prefería por momentos esconderse en los rincones de aquella caja de cristal donde vivía Una mansión cargada de lujos pero llena de calamidades .

El tiempo pasaba y cada día le pesaba mas a Ana Maria la estancia de vivir en esa especie de tormenta de sentimientos y emociones incontrolables.

Una tarde de tormenta, mientras el estruendo de los truenos retumbaba sobre el tejado de la mansión, el grito agrio de Leopoldo exigiendo el café resonó en el pasillo, mezclándose con los balbuceos incoherentes de su madre desde el fondo de una habitación. Ana María se detuvo en seco frente al gran espejo del vestíbulo. Se llevó ambas manos al cuello, sintiendo por primera vez la forma física de todo lo que había tragado durante más de una década: una masa petrificada de silencio, desprecio y resignación.Ella no podía tragar un solo gramo más.

Con el cuerpo temblando por el peso acumulado, caminó hacia el comedor. Leopoldo estaba sentado a la cabeza de la mesa de caoba, ajustándose el reloj de oro, listo para lanzar su habitual dardo de desdén. En la esquina, la anciana aplaudía torpemente a las sombras. Ana María se acercó en silencio y apoyó suavemente ambas palmas sobre la pulida madera de la mesa.

Entonces, simplemente abrió la boca.

No salió de ella un grito, ni un llanto, ni un insulto. De la garganta de Ana María brotó una marea viva, densa y luminosa de palabras no dichas, de desvelos tragados, de verdades ahogadas durante diez años. El aire de la estancia se volvió de un violeta denso y la vibración hizo temblar los cristales de las arañas del techo.

Leopoldo abrió la boca para ordenar silencio, pero al intentar hablar, descubrió que de sus labios no salía sonido alguno. Intentó gritarle, exigirle, humillarla, pero la voz se le había atascado en el esófago. A pocos metros, la madre de Ana María cesó de inmediato sus balbuceos inconexos; la demencia, por un segundo, se congeló en sus ojos.

Ana María no los miraba con rabia, sino con la serenidad límpida del observador que despierta de un largo trance.

Comprendió todo lo que ella se había tragado durante una década no había desaparecido en su interior; se había acumulado como una fuerza retenida que ahora, al ser expulsada, llenaba cada rincón del palacio de cristal.

De pronto un giro en el destino cambió todo; Leopoldo y su madre comenzaron a llevarse las manos al cuello, atragantándose en el acto con sus propios reproches, obligados a tragar, grano a grano y en un silencio absoluto, todo el veneno que durante diez años habían vertido sobre ella. Quedaron petrificados en su propio monólogo interior, aprisionados por el ego que los consumía.

Ana María dio media vuelta. Cruzó el vestíbulo sin mirar atrás, sintiendo el pecho tan liviano y transparente como el aire tras la lluvia. Giró el pomo de bronce de la puerta principal y salió al jardín. Por primera vez en diez años, la luz del sol no encandilaba sus ojos; simplemente le pertenecía.

Alexandra Fernandez B.

PURIFICACIÓN FERRACES

EL COLMO EN EL COLMADO

Todos sabemos lo que significa vivir en un pueblo, me refiero socialmente.

Ese pueblo que no cambiarías por nada porque tienes de todo. Tienes tanto que siempre te sobran… opiniones.

Soy Inés y estoy en esa edad, ya madura, en la que has dejado de pensar “en el que dirán” y has pasado a decidir y a asumir tu vida.

Hoy, de buena mañana, voy al colmado. Allí está Carmen, una de tantas que te “regala” opiniones, y las «tragas» por la excelencia de sus productos.

Carmen: – Buenos días, Inés.

Temprano vienes hoy ¡Qué raro!

Con lo que te gusta dormir.

Si tú nunca amaneces antes del

mediodia. Será que hay algo o

alguien que te quita el sueño.

Inés: – Buenos días, Carmen.

Por eso que he madrugado, no

tengo muchas ganas de hablar.

Carmen: – Bueno ¡al grano! …

Sabes que no me gusta meterme

en la vida de nadie, pero estás

en boca de todo el pueblo.

¿Cómo se te ocurre? Si casi no lo

conoces, y no sabes si será un

hombre bueno.

Inés: – Un pan.

Carmen: – Tiene 15 años menos que tú ¿no

te importa?

Inés: – Un pimiento.

Carmen: – Por lo menos estará bueno…

Inés: – Jamón.

Carmen: – ¿Pero qué necesidad tienes de

dar este escándalo?

¿Qué te hace falta a ti en la vida?

Inés: – Un poco de sal y pimienta.

Carmen: – Tu familia nunca lo aceptará.

Inés: – Ajo y agua.

Carmen: – No va a ser fácil, lo sabes

¿verdad?

Inés: – Tengo suficientes huevos.

Carmen: – Deja de mirar la maldita lista de

la compra y dime ¿Qué piensas

hacer con todo esto?

Inés: – Una sopa castellana…

¡Mi nueva pareja viene hoy a cenar!

L’IDIOT

El destino de dos mujeres. Tragar

—————————————

Mi padre no solo era el Patriarca de nuestra pequeña familia (mamá y yo), era la autoridad absoluta. Desde que tuve uso de razón, recuerdo su agobiante presencia en todos nuestros actos para dirigirlos según su criterio. Cuando salíamos de compras, él siempre nos acompañaba. No podíamos opinar sobre un par de zapatos, un chaquetón, un vestido o unos simples lazos para mi pelo… Incluso la ropa interior de mi madre y la mía la decidía mi padre. Mamá callaba ante todo. Yo, siguiendo su ejemplo también. Adoraba a mi madre y a mi padre lo detestaba. A medida que me hacía mayor, deseaba poder salir de aquella casa y llevarme a mi madre conmigo. Todavía era una niña por lo cual veía muy lejana mi libertad.

Mi padre me dejó estudiar el bachillerato porque iba a un colegio religioso donde solo estudiaban niñas, pero fuera de allí no tenía amigas; papá decía que no las necesitaba. Cuando terminase los estudios, tenía planes muy convenientes para mí. Y así lo tenía programado y así lo cumplió.

A los diecisiete años terminé el bachillerato superior y la revalida.

Las cosas en casa seguían igual. Ni una palabra más alta que otra. Ni una salida o entrada que mi padre no controlase. Yo alguna vez le planté cara y la respuesta fue un soberano bofetón. Por no angustiar a mi madre, seguía tragándome su repugnante autoridad.

Un día, papá llegó a casa con una sonrisa (cosa inusual en él) y la noticia de que ya había pactado mi matrimonio con un primo segundo suyo, un terrateniente que me llevaba la friolera de catorce años. Mi madre puso cara de espanto y supongo que yo también.

  • ¡Pero son muchos años de diferencia! -exclamó mamá- La niña apenas tiene diecisiete años.
  • Te alteras muy pronto mujer. Primero vendrá la presentación. Verás como te gusta mi primo -añadió dirigiéndose a mí

Es un hombre cabal y muy buen partido para nuestra hija. Después, el noviazgo durante tres años para que nuestra niña sea ya una mujer, y a continuación la boda. ¡Y no se hable más!

Todo controlado. Todo se deslizaba como la seda según los planes de mi padre.

Pasaron los tres años y llegó el día de la boda. Mi vestido era más blanco y vaporoso que una nube. El velo corto, ocultándome el rostro como a una novicia inmaculada. Mi madre, emocionada sin poder contener las lágrimas. Mi padre rebosaba de orgullo y autoridad en su papel de padrino en la ceremonia. Yo siguiendo la trayectoria trazada por mi progenitor, con un nudo tremendo en el estómago.

Había pasado un año desde que me casara y me encontraba embarazada de mi primer hijo. Me faltaban apenas dos meses para dar a luz cuando me llegó la terrible noticia de que mi madre se había suicidado. Para mi fue un impacto muy doloroso y, a la vez, liberador.

Mi vida siguió como una esposa y una madre ejemplar de la época. Crié cinco hijos, dos niños y tres niñas. Cuidé la delicada salud de mi esposo invalido durante dos años hasta que falleció y a día de hoy sigo tragándome todos los conflictos familiares.

Carmen Úbeda Ferrer

CARMEN ÚBEDA FERRER

El destino de dos mujeres. Tragar

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Mi padre no solo era el Patriarca de nuestra pequeña familia (mamá y yo), era la autoridad absoluta. Desde que tuve uso de razón, recuerdo su agobiante presencia en todos nuestros actos para dirigirlos según su criterio. Cuando salíamos de compras, él siempre nos acompañaba. No podíamos opinar sobre un par de zapatos, un chaquetón, un vestido o unos simples lazos para mi pelo… Incluso la ropa interior de mi madre y la mía la decidía mi padre. Mamá callaba ante todo. Yo, siguiendo su ejemplo también. Adoraba a mi madre y a mi padre lo detestaba. A medida que me hacía mayor, deseaba poder salir de aquella casa y llevarme a mi madre conmigo. Todavía era una niña por lo cual veía muy lejana mi libertad.

Mi padre me dejó estudiar el bachillerato porque iba a un colegio religioso donde solo estudiaban niñas, pero fuera de allí no tenía amigas; papá decía que no las necesitaba. Cuando terminase los estudios, tenía planes muy convenientes para mí. Y así lo tenía programado y así lo cumplió.

A los diecisiete años terminé el bachillerato superior y la revalida.

Las cosas en casa seguían igual. Ni una palabra más alta que otra. Ni una salida o entrada que mi padre no controlase. Yo alguna vez le planté cara y la respuesta fue un soberano bofetón. Por no angustiar a mi madre, seguía tragándome su repugnante autoridad.

Un día, papá llegó a casa con una sonrisa (cosa inusual en él) y la noticia de que ya había pactado mi matrimonio con un primo segundo suyo, un terrateniente que me llevaba la friolera de catorce años. Mi madre puso cara de espanto y supongo que yo también.

  • ¡Pero son muchos años de diferencia! -exclamó mamá- La niña apenas tiene diecisiete años.
  • Te alteras muy pronto mujer. Primero vendrá la presentación. Verás como te gusta mi primo -añadió dirigiéndose a mí

Es un hombre cabal y muy buen partido para nuestra hija. Después, el noviazgo durante tres años para que nuestra niña sea ya una mujer, y a continuación la boda. ¡Y no se hable más!

Todo controlado. Todo se deslizaba como la seda según los planes de mi padre.

Pasaron los tres años y llegó el día de la boda. Mi vestido era más blanco y vaporoso que una nube. El velo corto, ocultándome el rostro como a una novicia inmaculada. Mi madre, emocionada sin poder contener las lágrimas. Mi padre rebosaba de orgullo y autoridad en su papel de padrino en la ceremonia. Yo siguiendo la trayectoria trazada por mi progenitor, con un nudo tremendo en el estómago.

Había pasado un año desde que me casara y me encontraba embarazada de mi primer hijo. Me faltaban apenas dos meses para dar a luz cuando me llegó la terrible noticia de que mi madre se había suicidado. Para mi fue un impacto muy doloroso y, a la vez, liberador.

Mi vida siguió como una esposa y una madre ejemplar de la época. Crié cinco hijos, dos niños y tres niñas. Cuidé la delicada salud de mi esposo invalido durante dos años hasta que falleció y a día de hoy sigo tragándome todos los conflictos familiares.

Carmen Úbeda Ferrer

EVA AVIA TORIBIO

Tragar

Sigo atónito. Pensé que sería más difícil, que ella no sería como el resto, y más con su procedencia. Cuando se trata de dinero, el ser humano olvida sus principios, se traga su orgullo y hace lo que sea necesario para obtener más, y en este punto me incluyo.

Tengo dos meses para preparar la telaraña, para que este trato de sus frutos, ser el director de uno de los bancos principales de Corea. Como ya sabes, este, es un país de tradiciones, donde la familia es el eje principal de su estructura, si no eres capaz de llevar una familia, menos manejar algo tan importante para un país.

¡El doble la hora! ¡Qué disparate! ¡El material! ¡Estará de coña! Que va, y lo peor, es que tiene razón, visto lo visto, como todo su armario sea igual, me va a tocar invertir mucho capital en la telaraña.

Pronto estos sesenta metros cuadrados de habitación se llenarán con su presencia. Mi espacio personal y la tranquilidad de mi soledad serán invadidos por una total extraña con la que voy a tener que compartir tanto mi vida personal como la profesional o si no, todos los sacrificios realizados de los últimos años se marcharán por el retrete.

Voy a cerrar el ordenador, porque la actualidad me está dando dolor de cabeza. Un buen baño en el jacuzzi acompañado de una copa de bourbon me quitará toda esta carga. ¡Dos cientos la hora! No lo voy a pensar más que me voy a beber la botella entera.

Al día siguiente. Academia.

—Joeun chu, señorita.

—Buenas tardes, para ti también, Alicia. ¿Qué te ocurre? —Está un poco rara.

—Nada, cosas mías —Se sienta en el pupitre y recuesta su cabeza en el brazo.

Me aproximo a ella y le pido que confíe en mí.

“Mira esto” —Mostrándome los comentarios de un reel de Instagram.

—¿Admiras ha esta persona? —Doy por sentado que es una creadora de contenido.

—Sí, y si se están pasando con ella.

—Ven aquí, pequeña —Me siento a su lado y le tomo la mano—. Este es un tema bastante complicado. Las personas públicas se exponen a recibir todo tipo de comentarios, solo con su fortaleza y determinación consiguen ignorar aquellos mensajes negativos.

—Lo sé, pero a diario se suicidan muchas personas por ese tipo de comentarios.

—En este mundo hay personas muy crueles que disfrutan haciendo daño a los demás y los adultos, da igual el ámbito laboral que desempeñes, nos toca tragar, porque no hay de otra —Seco su lágrima y se le escapa una sonrisa, creo que ha llegado la hora de una de sus preguntas indiscretas.

—Señorita, ¿le puedo hacer una pregunta? —Me sonríe, la muy pícara.

—A la princesita del grupo, lo que sea —Le agarro del moflete y le doy un tironcito.

—¿Quién es ese chico tan guapo con el que hablabas ayer?

Trago saliva porque en ese instante entran el resto de los alumnos.

—¡Ehh! —Me siento como si estuviera en un juicio y el jurado fueran todas las miradas que hay en la sala—. Nadie, princesa y ahora vamos a un tema que seguro que os gustará, la gastronomía.

—Masitda! —dice, el señor Marco.

—Toda la razón, es deliciosa.

Tres horas después.

—Señorita, creo que le buscan —sonríe, picarona.

Y ahí está, el galán con el que todos sueñan, plantado delante de la puerta y con una sonrisa que dan ganas de comérsela. Pues hoy tengo otras cosas que hacer, además, no habíamos quedado para hoy y mi agenda la tengo repletísima. Le va a tocar coger cita, porque ésta, ni de coña se pierde el estreno de la nueva serie de Lee Jae-wook.

Besos, la Incondicional.

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