Espera- miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «canción». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 1 de octubre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

ANTONICUS EFE

Cae la noche en su propia confusión irrisoria cuando de repente suena el timbre de la casa. La puerta se abre con curiosidad, como si no estuviese acostumbrada al sonido de la llamada, una cara juvenil, pero entrada en esos años del escrutinio insondable, asoma por entre la rendija y se encuentra de frente con una mano que le entrega un papel sellado y lacrado.

El mensaje es abierto con cautela, parece algo inquietante, La Protagonista lo lee detenidamente, se le escapa un suspiro, su matrimonio se ha acabado, El Protagonista le ha puesto fin de forma unilateral, al parecer no se encuentra preparado mentalmente para seguir con los votos nupciales al pie de la letra.

Ella respira hondo, esperaba algo, pero no esto, pasan los días y después de indagar bastante en la vida de su casi ex-cónyuge, llega a la conclusión de que la espera de noticias ha merecido la pena, él está desesperado y elle se queda con casi todo, aunque no sabe todavía si eso compensara la ausencia de esas caricias que él patentó expresamente para ella en los días lluviosos y grises donde el ponía el color a su vida, pero…, como dijo el sabio, no hay mal que por bien no venga.

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Dos años después; Cae la noche en su propia síntesis gravitatoria cuando de repente suena el timbre de la casa. La puerta esta vez no se abre y no hay luz en su interior, la mano se guarda el papel lacrado en el bolsillo de la chaqueta, ¿Dónde habrán ocultado las lamparas de araña la luz que mostraban tan orgullosas no hace mucho’

El Protagonista ahora tiene una amante sueca como la que veía de pequeño en el anuncio de Fa.

RAQUEL LÓPEZ

La espera es el deseo que nunca se apaga

un eterno anhelo que queda encallado

tiempo en la clepsidra quedando olvidada,

frío testigo de lo que he amado.

Mi alma suspira buscando tu estrella

mientras se me hace un nudo en el pecho

perdido en el limbo llorando tu ausencia,

la soledad me invita a sentirme preso.

Tus huellas se esfuman como reloj de arena

devorando la herida que el viento deja

seguiré a la espera guardando la pena,

mientras tu recuerdo, en la sombra se aleja ..

DAVID MERLÁN

EL CONSEJO GLIXERIANO

Dicen que el que espera, desespera. Y cuando por el que se espera se hace llamar incomprensiblemente Mariano, la espera se hace todavía más difícil de entender.

Eso es lo que debieron de pensar en el Consejo Supremo de Glixar-7 cuando, una vez recibido y analizado el informe de la primera misión, hicieron llamar a los miembros de la expedición con creciente preocupación.

La misión de observación terrestre 4-18-γ llevaba doce años acumulando retrasos, desviaciones presupuestarias y gastos difíciles de justificar. En el último balance aparecían conceptos tan extraños como «siesta», «consumo de aceitunas», «análisis comparativo de paellas» y «alquiler de sombrilla».

Lo singular de todo aquello era que nada figuraba en el protocolo reglamentario Glixariano, de ahí la incipiente preocupación reinante.

—¿Qué ocurre exactamente con el individuo extraviado? —preguntó el Presidente del Consejo.

—Ejem…extraviado no. Lo que pasa es que se niega a volver, Señor—Carraspeó el jefe de la misión.

—Eso ya lo sabemos. Lo dice aquí.

—Es que insiste en permanecer voluntariamente en la Tierra.

—¿Bajo coacción?—preguntó otro miembro del Consejo.

—No.

—¿Amenazas?—Insistió un tercero.

—No, no.

—¿Secuestrado a caso?

—Que no. Que no, de verdad.

—Entonces explíquese.

El jefe de misión consultó sus notas.

—En apariencia, la misión era sencilla: Localizar al individuo, informarle del final de la misión y regresar.Todo sencillo. Todo lógico y todo muy glixariano. Pero nada de eso fue lo que sucedió

—Expliquese.

—Pues la primera vez que intentamos que regresara, creo que lo hicimos muy bien.—mientras miraba a izquierda y derecha a sus ayudantes esperando su complicidad.—Aparecimos en un parque que frecuentaba disfrazados y la nave camuflada como una furgoneta de reparto terricola. Nada más llegar encontramos a Mariano sentado frente a un plato gigantesco del extraño compuesto amarillo. Le informamos con nuestra característica voz metálica que la misión estaba completada. Que había que volver a casa. Pero se negó en rotundo levantándonos un dedo y aclarándonos que era imposible. Que había paella en el chiringuito y fútbol por la tarde. En resumen: Que de allí no lo arrancaba ni Dios. Aunque no se qué Dios, si el suyo o el nuestro. Eso no nos lo quiso aclarar —añadió levantando la vista de las notas.

—¿Paella?—soltó al aire uno e los miembros del Consejo Supremo.

El silencio se hizo tan profundo que incluso los sistemas automáticos de ventilación parecieron detenerse.

—Si Señor. Es arroz amarillo con diversos complementos.

—¿Y eso le impide regresar a casa?

—Pues aparentemente sí, Señor. Ante su rotunda negativa, intentamos razonar con él, pero ya había ordenado una segunda ración, con extra de gambas y una buena rodaja de limón cuyo zumo, al estrujarlo, fue directo a los ojos del compañero y uno de los granos de arroz salió despedido y quedó adherido a la antena del compañero especialista de comunicaciones—mientras señalaba al de su izquierda y derecha alternativamente—Resignados, volvimos a la nave y partimos dejando un intenso olor a ozono en el aire mientras le prometimos volver. Sinceramente creímos que resolveríamos la situación en menos de una hora terrestre.

El silencio volvió a adueñarse de la sala de vistas y aquella respuesta provocó la primera anotación de emergencia en el informe.

«Los humanos parecen otorgar un valor irracional a determinados acontecimientos por el simple hecho de ser irrepetibles.»

El Consejo decidió que aquella primera visita había sido un accidente estadístico.

Las probabilidades de que una civilización entera pudiera competir con la eficiencia glixariana eran prácticamente nulas. Se levantó la sesión y programaron una segunda intentona.

****

—Se abre la sesión. Único punto el orden del día: Segundo intento (fallido) de extracción del sujeto autodenominado «Mariano». Jefe de la misión: Puede proceder—indicó sin mucho entusiasmo el vocal de turno del Consejo Supremo.

—Gracias, Señor. Esta vez fuimos preparados. Sin miramientos. Sin diplomacia. Con tono serio le expusimos argumentos, gráficas y estudios. Incluso una presentación holográfica de ciento cuarenta y siete diapositivas para convencerlo, pero todo fue inútil.

—Señor, ¿Puedo aclarar un tema?—interrumpió uno de los miembros de la expedición.

—Adelante.

—Puede que la forma en la que aparicimos está segunda vez no fuera la mejor de las formas.—dijo mientras se levantaba.

—Explíquese, encargado de comunicaciones.

—Señor, está segunda vez, y en favor de mi compañero quería aclarar que el fallo de las coordenadas que calculé dieron como resultado un error que provocó que apareciesemos directamente en su salón, y que tuvo como consecuencias, el descuelgue de la lámpara del techo. Normal que no estuviese muy receptivo a nuestras peticiones. Eso es todo—y se sentó ante es estupor de los allí presentes.

—Tomamos nota. Jefe de la expedición. Prosiga.

—Si señor, gracias.—contestó formalmente mientras daba las gracias a su compañero con la mirada.—Pues cuando llegamos, Mariano estaba tumbado en un sofá viendo fútbol. Le indicamos que debería regresar y nos contestó con un escueto «Shhh» que más tarde. Le insistí en que era importante, que el Consejo Supremo lo reclamaba de vuelta y entonces… Penalti.

—¡¿Qué?!

—Penalti, señor. Dijo que había sido penalti clarísimo, que no hacía falta ni consultar el VAR. Nosotros sufrimos el mismo asombro que el que tienen ustedes ahora. mismo. Le dijimos que le habíamos venido observando durante tiempo. Que en Glíxar-7 nadie entiende por qué veintidós individuos se dejan la vida persiguiendo un objeto esférico durante noventa minutos. Que no tenia sentido. Pero ahí estaba Mariano. Absorto en la pantalla.

—Y…¿Qué hicieron a continuación?

—Nada, señor. Escucharle y ver el partido durante ochenta minutos más mientras le dejabamos que se explicará. Nos dijo que esa era la magia del fútbol: La espera.

—¿La espera?

—Claro, señor. Nos dijo que esa era la verdadera magia. La espera del gol. La espera del final. La espera del próximo partido. La espera de que tu equipo gane algún día metiendo la esfera dentro de la red del contrario.

Las caras de los miembros del Consejo mudaban por momentos.

—¿Y cómo terminó el partido si se puede saber? Pura curiosidad científica.

—En empate señor.

—Pero en empate ..¿Me lo explica? ¿Qué hizo Mariano entonces?

—Pues sucedió algo inexplicable. Mariano saltó del sofá, gritó, cantó, abrazó un pequeño cojín y abrió su quinto botellín de cerveza para celebrarlo. Yo le pregunté porqué lo festeja y el me dijo que porque al menos habian empatado.

Dándolo por perdido (otra vez) emitimos el informe que incluyó una segunda anotación.

«Los humanos poseen la capacidad de alegrarse por acontecimientos que no constituyen un éxito objetivo.»

Los científicos de Glíxar-7 tardaron varios meses en aceptar aquella conclusión.

*****

Entre los miembros de la expedición había un joven investigador llamado Xel. Su función principal consistía en redactar los informes oficiales.

Al principio consideraba a Mariano un caso evidente de contaminación interplanetaria-cultural, pero después empezó a tener dudas.

Porque, cuanto más observaba a los humanos, menos entendía ciertas cosas. Nadie parecía saber exactamente qué esperar. Esperaban autobuses. Esperaban ascensos, esperaban llamadas y vacaciones. Unos esperaban a que dejara de llover. Otros, que lloviera. Esperaban resultados médicos. Encontrar a alguien. Otros deseaban olvidar a alguien y sin embargo, seguían viviendo mientras tanto. Para él, todo aquello no tenía sentido.

En Glíxar-7 todo estaba programado. No había esperas. No existían retrasos.

Las naves llegaban cuando debían llegar. Al igual que las decisiones, las cuales se tomaban cuando debían tomarse.

Por si parte, las comidas se distribuían cuando debían distribuirse., y no como aquella paella de Mariano. Todo era perfecto. Quizá ahí, residía el problema.

****

La expectación con la tercera misión fue la definitiva. Tras los protocolos habituales se dió por iniciada la sesión dándole el turno de palabra al jefe de la expedición.

—…y cuando llegamos, le preguntamos si era consciente de quién era en realidad. Si recordaba su planeta, sus raíces. Pero todo fue en vano. Se limitó a suspirar y, mientras apagaba la cafetera italiana y se sentaba, nos confesó que sintiéndolo mucho ya no podia volver. En nuestra inocencia le preguntamos todos de nuevo el motivo, y la contestación nos dejó perplejos: «—Porque dos veces a la semana desayuno churros con chocolate, porque he aprendido a decir “mañana lo hago” y luego no lo hago. Porque he aprendido a discutir del tiempo y de política con mis vecinos. Y así mil cosas más. El ser humano es algo que engancha. Vosotros nunca lo entenderíais.» Hasta mencionó la siesta y aclaró que frente a eso, nada se podía comparar.

El silencio inundó la sala. Los miembros del Consejo se miraban contrariados de izquierda a derecha intentando buscar respuestas cómplices entre ellos. No sabían qué decisión tomar.

—¿Puedo añadir algo más, Señor?.

—Adelante. Todo lo que aporte nos será de mucha ayuda para tomar una decisión.

—La decisión, si me permite el atrevimiento, ya está tomada. No va a regresar, señor.

El vocal del Consejo Supremo le clavó la mirada con saña. Ante su reacción, continuó.

—Señor. Déjeme explicarle lo que pasó justo antes e que volviésemos de la tercera misión. Creo que entonces entenderá mejor mis palabras.

El vocal suspiró y con un gesto le dió el visto bueno.

—Le dimos a leer el dossier oficial AABXMSKD-8, el recordatorio sobre la patria, la cultura, las raíces y la identidad glixariana. Cualquier glixariano se conmovería pero cuando Maríano terminó de leerlo, permaneció unos segundos en silencio.

Después nos señaló una ventana y nos acercamos a ella. Descorrinos las cortinas y nos fue enseñando: Fuera, una mujer esperaba el autobús. Un hombre esperaba frente a un portal. Un niño aguardaba que cambiara un semáforo. Esa fue la clave para entenderlo, Señor. Nos dijo: «—¿Lo veis?» Nos pidió que observáramos la escena. Le dijimos que no entendíamos nada. Él nos sonrió y contestó un lacónico «Ya lo sé»

—¿Qué esperaba que vieran?—preguntó uno de los miembros del Consejo.

—Ni idea, señor

—Entonces, ¿por qué esperan?

El jefe e la expedición, al igual que había hecho Mariano con él, sonrió y contestó sin dudas.

—Supongo que el motivo será porque algunas cosas merecen la pena, y nos obsequió a cada uno con una bolsa de patatas fritas.

Aquella respuesta no figuraba en ningún manual.

Xel sintió algo extraño. Una especie de vacío. O de curiosidad. No estaba seguro. ¿O quizá serían ambas cosas?.

—No… entiendo… , entonces…¿Resultado de la misión?

—Fracaso, Señor.

—¿El sujeto regresará?

—No.

—¿Recomendación?

El jefe de misión consultó sus notas.

Luego miró a Xel.

—Ninguna.

—¿Cómo que ninguna?

—Mariano no necesita ser rescatado, señor.

El silencio fue inmediato.

Nadie replicó aquella sentencia.

La sesión se levantó pocos minutos después.

****

Tres ciclos orbitales más tarde, una señal procedente de la Tierra llegó a los sistemas de comunicación de Glíxar-7.

El Consejo entero acudió a la sala principal. Tal vez Mariano había cambiado de opinión y querría volver.

La transmisión se abrió y en la pantalla apareció Xel. Vestía una camisa ridículamente colorida. Llevaba gafas de sol y sostenía una bolsa de patatas fritas. Todo el mundo quedó en Shock.

Detrás de él se veía una playa interminable.

—Investigador Xel —dijo el Presidente—. ¿Qué significa todo esto?

—He solicitado una excedencia.

—¿Para qué?

—Investigación de campo, Señor.

—¿Durante cuánto tiempo?

Xel miró el horizonte.

Luego contempló una puesta de sol que tardaba una eternidad en desaparecer.

Sonrió.

—No lo sé.

—¿Y qué estás haciendo exactamente?

Xel abrió la bolsa de patatas.

Se acomodó en una silla.

Y respondió con absoluta serenidad:

—Estoy esperando.

—¿Esperando qué?

Xel se quedó pensativo.

Después se encogió de hombros.

—Ya os avisaré cuando lo descubra.

Y se cortó la comunicación.

FIN

ARMANDO BARCELONA

Almudena 1.1.0

―¡Una semana, Cata, por Dios, qué angustia! ―Marisa entrelaza los dedos, crispados en una súplica desesperada―. Y tú me dirás con qué cuerpo me presento yo ante el gilipollas de Paco y le digo: «Cariño, estoy embarazada, vamos a tener un niño», si hace meses que Paco y yo no… tú ya me entiendes.

Un día de retraso en Marisa es como dos minutos en el Shinkansen japonés, que toca dar explicaciones a los usuarios, y a ella se le da fatal la comunicación, sobre todo si al otro lado del canal hay un tío; considera a los hombres objetos de un solo uso, como los clínex, desechables, indignos de cualquier atención, sobre todo si «el tío» es su marido, pero una semana esperando a que los ovarios dicten sentencia es tiempo suficiente como para empezar a ponerse nerviosa.

Malas lenguas aseguran que Paco tiene un lío, ya veterano, con Noemí, su secretaria, una curvy rubia a la que por mal nombre llaman Mimí.

―Más cursi que una paloma con peineta, la gorda esa; muy bien debe tocar la flauta, porque de otra forma no se explica.

Marisa no es así, pero hoy le supura la mala leche por todos los poros y el orujo le suelta la lengua. En el fondo y en la forma, se la suda lo que haga su marido con las gónadas con tal de que siga entrando pasta gansa en casa; eso sí, por si las moscas y para mantener el equilibrio en la pareja, lleva tiempo montándoselo con Joao, el monitor mazas del gimnasio que apacienta el rebaño de las CrossFit. Un moreno especialista en milfs con VISA platino, que siempre está dispuesto a hacerles hueco en la agenda, y a Marisa, además del hueco, parece que le ha hecho otro regalo.

―Figúrate, Almu, el papelón, a mis años y pariendo un crío café con leche. El empacho de reír que se va a pegar el cabronazo de Paco cuando me ponga las maletas en el descansillo y sin tener que soltar un euro; seguro que se lleva a esa zorra de crucero a los fiordos para celebrarlo.

Yo creo que es una falsa alarma; los cuarenta y tantos son una edad abonada al desarreglo hormonal, la menopausia llama a la puerta, viene juguetona y le encanta incordiar; pero cualquiera le dice ahora a Marisa que sus ovarios están preparando ya los papeles de la jubilación.

―Yo no esperaría más, amor ―le insinúo mientras relleno los chupitos de orujo―, que te vas a volver loca dándole vueltas a la cosa; vas a la farmacia, meas en el palito y que sea lo que Dios quiera.

No sé si os he contado ya ―creo que sí― lo del fontanero sentimental de látex de la excelsa Maruja Torres; «Rodolfo Langostino», lo llama, aunque estuvo a punto de bautizarlo «María Auxiliadora». Yo al mío lo llamo Mbappé, cuestión de aficiones; en fin, que viendo el mal rato que está pasando Marisa me reafirmo en la utilidad de estos complementos emocionales, que siempre están disponibles, no piden reciprocidad en el trato y, sobre todo, carecen de efectos secundarios.

―¡Ay, Almu, qué sofocos me están entrando!

Pobre Marisa, me da una pena.

AMALIA MARTÍN

Espera

_Espera mamá. No te vayas todavía. Déjame contarte cómo ha seguido la vida.

Sé que han pasado muchas cosas desde que te fuiste . Tantas, que a veces quisiera sentarme a tu lado , como antes , y contártelas despacio ,sin mirar el reloj mientras tú escuchas con esa atención que pareciera que cualquier cosa fuera importante.

.

_¿Y las niñas? Me preguntarías .

_Las niñas ya no son esas pequeñas que tú conociste .

Han crecido .Casi sin darnos cuenta aquellas manos diminutas que un día buscaban las nuestras ahora sostienen libros,apuntes y proyectos de futuro .Tus nietas están en la universidad.Sí mamá,en la universidad.

Han aprendido a caminar por el mundo con sus propios pasos ,a tomar decisiones,a equivocarse y a volver a levantarse .

El tiempo no pide permiso, simplemente pasa.

_¿Y papá? . Aquí hago una pauna

_Papá se ha hecho mayor , mamá.

A veces quisiera decirte que sigue siendo el mismo pero no sería verdad .Los años han dejado su huella en él.

Ahora somos sus hijos quienes lo cuidamos intentando devolverle ,aunque sea en una pequeña medida lo que hizo por nosotros.

Y pienso que así es la vida : primero sin nuestros padres quienes nos llevan de la mano y,un día, casi sin advertirlo,somos nosotros quienes sostenemos la suya.

_¿ Y las nietas? Volverías a preguntar

_ Una de ellas vive en Canarias.

Mamá¡ Canarias!

Si pudieras verla allí .Tan lejos de nosotros haciendo su vida y construyendo su propio camino

La distancia que antes parecía enorme ahora cabe en una llamada,en una pantalla,en un «cómo estás «.Pero sigue existiendo esa nostalgia que atraviesa el océano. Saber que alguien a quien quieres se encuentra lejos.

Las medianas están en la universidad y la pequeña ya no es tan chica y hasta juega al pádel.

La nieta mayor está en un país asiátic SS,

Pablo tiene carnet de conducir aunque sigue siendo un friki testarudo pero noble en sus entrañas.

_Entonces, ¡todos han crecido!

_Todos menos tu, mamá.

O quizá no sea exactamente así

.

A veces, pienso que la muerte no consigue borrar a las personas, sólo cambia el lugar desde donde nos encontramos

Antes estabas g dejaste en nosotros.

_Mamá, espera un poquito fmás

. Aún me quedan cosas por contarte

.

YOLANDA PINA REY

Cada mañana, cuando sale el sol, sonrío y te siento. Es un latido que me acompasa; me levanto y comienzo a caminar. Entonces me doy cuenta de que no estás y despierto del todo: me siento en la cama y miro por la ventana. Una pregunta me asalta, clara y contundente: «¿Qué estás haciendo? Levántate y anda, que la vida está ahí fuera mientras tú sigues ahí sentada, sin hacer nada».

​Por fin reacciono y abro los ojos. Me pongo mis vaqueros preferidos, esa cami

seta vieja que me me reconforta, me calzo las deportivas y salgo a la calle a respirar aire puro.

​A mi paso veo los árboles mecerse bajo un cielo azul deslumbrante, los pájaros revoloteando… ¡es hermoso! La paz me embarga y sonrío. Hay que ver todo lo que me estaba perdiendo.

​¿Cómo es posible que dejemos que la vida pase sin percibir su increíble belleza? Nos perdemos en penas, en sombras, en pensamientos desleales. ¿Y qué hay de nosotras?

​¿A qué esperamos? Pasan los días, las horas; los años se esfuman entre los dedos y, mientras tanto, ¿qué hago? ¿Quejarme, llorar? ¡Qué pérdida de tiempo!

​El reloj no espera, los minuteros cuentan, las agujas avanzan. Entérate bien: el tiempo que pasa ya no vuelve. ¿Para qué la espera? Por favor: ríe, vive, sueña, salta, viaja, ama, lucha por tus sueños.

​Deja ya de esperar y de pensar. Date tu lugar y haz que los momentos cuenten. Si la vida no espera y sigue su curso, que haya valido la pena cada acción, cada obstáculo superado, cada vez que has amado.

​¡Basta ya de esta espera! Comienza a andar y déjate sorprender. Hazlo por ti: camina, vive y quiérete.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

ESPERANDO A GLÍXAR

Al igual que Clark Kent, Mariano no había nacido en la Tierra, ni tampoco ese era su verdadero nombre. Si embargo, nadie lo habría sospechado al verlo en zapatillas, bata de boatiné y discutiendo con la tostadora porque el pan no alcanzaba el grado exacto de bronceado que a él tanto le gustaba. Sí, los extraterrestres también tienen sus manías, y pueden llegar a desarrollar ligeros trastornos obsesivo-compulsivos.

En realidad, Mariano procedía del planeta Glíxar-7, un lugar donde no existen los domingos por la tarde ni las croquetas caseras. Quizá por eso un buen día tomó la sabia decisión de quedarse atrapado para siempre en nuestra cómoda y querida Tierra. O eso se decía a sí mismo. Porque, en el fondo, sabía que algún día vendrían a buscarlo. Y esa espera le reconcomía por dentro.

Tenía Mariano fama de tipo ejemplar. En la Tierra, al menos. Puntual, trajeado, con permanente sonrisa de dentífrico y un talento innato para convencer a cualquier ama de casa de que su aspiradora podía cambiarle la vida. Durante años recorrió la red estatal de carreteras a bordo de su SEAT 1500, saludando a potenciales compradoras, estrechando manos y prometiendo succión ciclónica de nivel 10 (tecnología extraterrestre ahora adaptada a las aspiradoras de este mundo) con una convicción que rozaba lo religioso.

Los viernes por la tarde cerraba el maletero, apagaba la radio y respiraba aliviado. A veces, antes de llegar a casa, se quedaba un rato observando la avenida. Encendía un pitillo —un mal hábito adquirido en la Tierra— y contemplaba fascinado a los viandantes: altos, bajos, con prisas, con perro o sin él, solos, interactuando con sus pequeños rectángulos luminosos. Aquella diversidad humana le fascinaba. En Glixar-7 todos venían a ser más o menos iguales, salvo por pequeñas variaciones tentaculares.

—Quién lo diría —murmuraba—. Un planeta entero convencido de que está solo en el universo.

Luego miraba al cielo. Siempre lo hacía, esperando alguna señal. Una luz distinta entre las estrellas, un destello o el ruido lejano de una nave. Cualquier cosa que le confirmara que los suyos no se habían olvidado de él. Pero nunca ocurría nada. Entonces, mitad contrariado y mitad aliviado, volvía a casa.

Una vez en el garaje, activaba el protocolo: bajaba la persiana, miraba a ambos lados, por si acaso, y se quitaba la máscara orgánica como quien se deshace de la corbata, dejando ver su verdadero aspecto. Debajo, sus dos enormes ojos de un negro profundo parpadeaban agradecidos. Mariano sonreía al pensarlo. Podía mantener una doble vida, mentir a dos civilizaciones enteras. Pero lo que de verdad le quitaba el sueño era aquello que llevaba años esperando.

* * * * *

La primera vez que vinieron a buscarlo, la nave apareció en mitad del parque, camuflada con el aspecto de una furgoneta de reparto. De ella bajaron varios glixarianos con antenas perfectamente peinadas y orientadas donde corresponde, además de una tableta holográfica programada exprofeso para la localización de congéneres perdidos.

—Mariano, misión completada. Vuelve a casa —dijeron con esa extraña voz metálica que, como todos sabemos, caracteriza a los glixarianos.

Mariano los miró unos segundos. Había imaginado aquel momento cientos de veces. Incluso tenía pensado qué diría, qué sentiría. Pero cuando por fin sucedió, simplemente se limitó a levantar un dedo:

—Imposible. Hoy hay paella en el chiringuito. Y fútbol por la tarde. De aquí no me arranca ni Dios.

Los glixarianos se miraron confundidos. Por la reacción de mariano y por aquello tan extraño de color amarillo llamado paella. En Glíxar-7 la comida se presenta en cápsulas insípidas con sabor a nutriente estándar. Los términos “paella” y “chiringuito” quedaban bastante lejos de su percepción de las cosas. Ante tan rotunda negativa, intentaron razonar con él, pero Mariano ya estaba ordenando la segunda ración, con extra de gambas y una buena rodaja de limón cuyo zumo, al estrujarlo, fue directo a los enormes ojos de uno de sus compatriotas. Resignados, volvieron a la nave que partió a velocidad hiperespacial, dejando un intenso olor a ozono en el aire. Sin embargo, prometieron volver.

* * * * *

La segunda visita fue menos diplomática. Esta vez aterrizaron directamente en su salón. Un mal cálculo de coordenadas que tuvo como consecuencias el descuelgue de la lámpara del techo.

—Mariano, el Consejo está preocupado. Has desarrollado… ¿cómo te diríamos? costumbres extrañas —dijeron, señalando el sofá. Te pasas los fines de semana enteros recostado sobre ese llamativo y mullido artefacto.

Mariano estaba viendo un partido de fútbol.

—Shhh. Calla, que hay penalti.

—Te hemos venido observando durante tiempo. En Glíxar-7 nadie entiende por qué veintidós individuos se dejan la vida persiguiendo un objeto esférico durante noventa minutos. No tiene sentido.

—Exacto —respondió Mariano—. Esa es la magia. No se entiende, se espera.

—¿Se espera?

—Claro. Se espera el gol. Se espera el final. Se espera el próximo partido. Se espera que tu equipo gane algún día.

Los glixarianos anotaron aquello en la tableta holográfica.

A ello, Mariano añadió que había aprendido a sufrir por equipos que nunca ganan, que gritaba “¡árbitro!” seguido de una retahíla de creativos insultos, aunque estuviera solo, que había adquirido la incomprensible habilidad de pasar horas en la barra de un bar con una cerveza y unas aceitunas sin parar de discutir sobre la liga, y sin decir realmente nada. Todo eso, según él, “le daba carácter humano”.

Los glixarianos se marcharon traumatizados después de ver la efusividad con la que Mariano celebraba un empate mientras le pegaba un trago a su quinto botellín. En ese momento comprendió que quizá esa era la gran diferencia entre los humanos y los habitantes de Glíxar-7. Los glixarianos no esperaban. Todo estaba programado. Las naves salían a la hora prevista. Las decisiones se tomaban en los plazos establecidos. Las comidas se administraban en cápsulas. Incluso el sueño tenía un horario oficial. En la Tierra, en cambio, la vida parece consistir en esperar: el autobús, una llamada, el verano o la llegada del viernes. Esperar que alguien cumpla una promesa, esperar a que el café se enfrie lo suficiente. Esperar, incluso, a que pase el tiempo. Y Mariano, que había venido de un planeta donde todo ocurría exactamente cuando tenía que ocurrir, empezó a descubrir que aquella incertidumbre le gustaba cada vez más.

* * * * *

La tercera vez llegaron con refuerzos y un discurso ya preparado.

—Mariano, recuerda quién eres. Recuerda tu planeta, tus raíces.

Mariano suspiró, apagó la cafetera italiana y se sentó.

—Lo siento. Ya no puedo volver.

—¿Por qué? —preguntaron al unísono todos los miembros de la expedición de rescate.

—Porque dos veces a la semana desayuno churros con chocolate, porque he aprendido a decir “mañana lo hago” y luego no lo hago. Porque he aprendido a discutir del tiempo y de política con mis vecinos. Y así mil cosas más. El ser humano es algo que engancha. Vosotros nunca lo entenderíais.

Entonces hubo un silencio solemne.

—Además —añadió—, aquí he descubierto la siesta. No existe nada ni remotamente parecido en ningún otro rincón del universo. Y porque aquí he aprendido algo que vosotros no conocéis.

—¿Qué?

Mariano miró por la ventana. En la calle, una mujer esperaba el autobús. Un hombre esperaba a alguien frente a un portal. Un niño esperaba que cambiara el semáforo. Todos esperaban algo. Y, sin embargo, la vida no se detenía. Todos seguían viviendo con absoluta normalidad.

—He aprendido a esperar.

Los glixarianos se miraron. Aquello no figuraba en ningún manual de operaciones de Glíxar-7.

—Entonces, ¿no vas a volver?

Mariano sonrió. En ese momento, los glíxarianos fueron conscientes de que la misión estaba abocada al fracaso. No obstante, antes de irse, uno de ellos se llevó una bolsa de patatas fritas como muestra, para analizarla, simplemente por “curiosidad científica”.

Mariano se despidió, cerró la puerta y sonrió. Tal vez estaba atrapado en la Tierra, sí. Pero lo había meditado a conciencia y no tenía la menor duda: no existe mejor lugar en el universo para jubilarse y quedarse a vivir que la Tierra. Ya, de España, ni hablamos. Dicho esto, bajó al garaje. Tas pasar la mano por el capó, se acomodó y giró la llave. Con gesto de satisfacción, volvió a escuchar ese magnífico sonido. El SEAT 1500 seguía rugiendo como el primer día. Metió primera y arrancó, dispuesto a vender al menos cinco turbo-aspiradoras ese mismo día.

MARA SERBIA

La espera

Ayer visité en el hospital a Marilyn, la que me ayudaba a cuidar y acicalar a Maui —Mauita, como ella la llamaba—. Venía todos los viernes a encargarse de su aseo, de la piel y los oídos. Hicimos buena química; Maui no tanto, pero no protestaba. Sabía que del baño no había salvación, así que se dejaba.

Aun después de que Maui partió, Marilyn seguía pasándome a ver cuando estaba cerca. Me trajo unas plantas que ella misma sembró y mimó; están preciosas.

Pasaron algunas semanas y, de pronto, me percaté de que no sabía nada de ella. Comencé a llamarla sin éxito. Hasta que un día recibí una llamada desde su celular: era su hermano. Me informó que Marilyn estaba en el hospital, en intensivo, a causa de dos aneurismas cerebrales. Él tuvo que marcharse —vive fuera de Puerto Rico— y su mamá está en Santo Domingo. Aquí no tiene a nadie, solo los clientes que le dan la mano.

Ayer fui a verla porque su hermano avisó que la habían trasladado a semiintensivo, y además era su cumpleaños 62. Pensé que, al menos, la encontraría con los ojos abiertos. Pero no: ojos cerrados, inmóvil, sin reaccionar ni a la voz ni al tacto. Solo un movimiento ocasional e involuntario del pie izquierdo.

Está en una especie de limbo existencial: ni aquí ni allá, purgándose, preparándose para el más allá. Sentí una tristeza profunda por su soledad, por esa dependencia total de extraños para su cuidado. Pensé en su casa, en lo mucho que la cuidaba, en las cosas que con tanto esfuerzo logró. Y al final, nada importa: solo ella y su alma, preparándose para el viaje final.

Y mientras la observaba, tan quieta, pensé en ese lugar extraño donde ahora habita: un territorio suspendido entre el cuerpo que permanece y la conciencia que se va aflojando. Un limbo donde ya no duele nada, pero tampoco se vuelve del todo. Un espacio donde la vida se hace susurro y la muerte, paciencia.

Quizás ahí, en ese umbral silencioso, Marilyn esté haciendo su último acto de orden: despidiendo lo vivido, soltando los miedos, acomodando su alma para el tránsito. Tal vez escucha de maneras que ya no podemos reconocer. Tal vez siente nuestra presencia como una brisa que no puede nombrar.

Ese limbo es duro para quienes miramos desde afuera, pero para quien está dentro puede ser una espera. Un desliz suave entre lo que fue y lo que sigue. Y me quedé un rato así, sosteniendo su mano inmóvil, aceptando que, aunque esté sola en lo físico, no está abandonada: alguien la piensa, alguien la recuerda, alguien la acompaña en silencio.

Al final, ese limbo también es un puente. Y ella, sin prisa, permanece en la espera.

ANGY DEL TORO

Emergencia en el Andén 4.

—El que espera desespera, y me cansé de esperar. Eso he dicho y lo mantengo, no espero ni un minuto más.

He de partir algún día hacia la eternidad, ya me cansé de las vías que no van a ningún lugar…

Un carraspeo incómodo interrumpió el eco de mis palabras.

El andén semi-vacío y aquel hombre interrumpiéndome.

—Señorita, ¿en qué la puedo ayudar? —preguntó el guardia de la estación, con la mano puesta sobre la radio y una mirada cargada de preocupación.

Saliendo del trance, parpadeo asustada. Miro las vías del tren, luego a aquel guardia. Siento cómo las mejillas se me encienden de golpe.

—¡Oh, no! Lo siento tanto —alcancé a decir y cerré la libreta de anotaciones. Estaba… sola, repasaba el guión. El tren viene demorado, ¿verdad?

El guardia relajó la postura lentamente, aunque la sospecha no se borraba de sus ojos. Soltó la radio y miró de reojo mi libreta ya gastada.

—Veinte minutos de retraso, señorita. Problemas en la línea técnica —respondió, con una sonrisa cansada que intentaba disimular.

Menos mal que eran solo «líneas». Porque, ya lo veía llamando a la central por un código de emergencia. «Drama en el andén cuatro».

Soltó una risa nerviosa, se acomodó el cabello detrás de la oreja. La humillación todavía le quemaba el pecho, pero el oficio es quien manda.

—El drama se queda en el teatro, se lo prometo —dije abriendo de nuevo la libreta. ¿Le importa si lo repito una vez más? Prometo no mirar las vías esta vez.

El guardia soltó una carcajada limpia que resonó en la estación vacía e hizo un gesto de aprobación antes de irse.

Volví a respirar. A veces, actuar es solo eso: sobrevivir al ridículo con la mejor de las caras.

MARIANA DI PASCUA

El fin de la espera

Cincuenta y dos años esperé para ser lo que soy.

Fui tantas Marianas: Marianita, la nena, Mari, Marie, Marian. De distintas formas existi , con muchos nombres en distintos momentos. Lo que sí sé es que siempre fui la hija y la hermana. Luego la madre y las esposas,-digo, por separado pues no aguanto a más de un marido por vez.

Fui la esposa dos veces, — digo afortunadamente, porque mi padre y mi hermano vivieron tres matrimonios. Yo por ahora les corte la mala racha. Tanto gasto en casorio no es changa.

Es algo de familia eso de casarse y divorciarse. Pero cuando uno se casa, no espera separarse ni divorciarse,… pero pasa.

Así que, como no quería esperar un tercer matrimonio, empecé a separarme con tiempo de primer esposo y me tomó una espera de cinco años de los once que estuvimos juntos.

Años después fue que puse todas mis fichas en el segundo porque un tercero no existiría. De mi segundo esposo me separé varias veces, pero resolví volver por dos motivos o tres : Andrés era mi corrector inmediato y de inteligencia natural para las faltas de ortografía de mis cuentos .Me

puse holistica y prefería lo que sin teclado ni pantalla me pudiera brindar la naturaleza con corta espera. Tan natural como abrazar los árboles. Este recurso lo hacía porque no quería esperar un abrazo humano, forzado , si estaba en una crisis pasajera. Segundo punto: esperé y esperé sin pedir. Simplemente esperé, de alguna manera sin esperar, porque ya no esperaba nada. Ahí tras un tiempo de lejanía él entendió solito lo que yo necesitaba.

Volvimos a reunirnos en un matrimonio mejorado y maduro. Mejoraron mis vínculos, mejoró lo que soy hoy con mis hijos ,que se que esperaban también mis cambios sin pedirlos.

Entonces también mejoró mi escritura. Dejé de esperar que alguien me enseñara a escribir y apreté fuerte el grafo hasta quebrarle varias veces la punta. Sin esperar encontré mi estilo, la manera que me define, tal como soy. No esperé a que me dijeran escritora cada vez que escribía algo, me lo empecé a creer yo misma.Dejé casi siempre de lado mis dudas. Ya sé lo que soy, aún aprendiendo detalles que me harán aún mejor.

Ahhhhh, me olvidé de contar el tercer punto de por qué no me divorcie de Andrés : cuando enviude me quedaría su jubilación, eso es importante por si termino siendo una escritora sin éxito, porque sé que soy incomoda en muchos cuentos y me arriesgo al fracaso por tener un estilo descarado,no moriré de hambre con mi humilde jubilación docente.

-Mariana, borra eso – gritará Andrés ahora cuando le lea este punto de la tercera opción.

Y bueno si se enoja siempre tengo un árbol para abrazar, a la espera de que a él se le pase.

Ya sabe, se casó con una escritora que le gusta molestar.

¡Lo lamento!

HEIDI SÁNCHEZ

Espero. (Tema de la semana)

Según espero,

me dice el reloj que falta una hora.

También me pregunté…

¿para qué?

Una brisa fresca me alumbró.

Esperaba para comprar el pan.

FRAN KMIL

Espera

Manolo nunca pensó que aquella escena a orillas del mar la recordaría más tarde, en la consulta de un cardiólogo de un país que todavía le resultaría extraño y a cuyo frío nunca acabaría de acostumbrarse; que, en vez de dolor o miedo por la noticia, sentiría nostalgia del sol, las nubes, el mar y su olor a salitre.

—Si no se opera, le doy seis meses de vida, y con restricciones —dijo el doctor.

Pero él oyó otra cosa.

—¿Me esperas? —preguntó él.

—Te espero —afirmó ella, sin cruzar los dedos, convencida de que aquel amor recién nacido merecía la pena—. ¿Regresas?

—Regreso.

Se juraron amor eterno en un instante fugaz, sin conocerse más allá de los besos y de piernas entrelazadas de cuerpos que apenas unas horas antes se habían descubierto.

Y la vida fue grande por un día.

Un día que pronto acabaría, para que empezara el otro sin recordar lo vivido.

Ninguno cumplió lo prometido.

Fugaz fue la conversación y su recuerdo, hasta que…

—¿Y si no me opero? —preguntó.

No supo si preguntaba por desafío o por cansancio de vivir una vida prestada.

ANDRÉS JAMES CÁCERES

Tragedia deTres tristes gametos.

Espermatozoide 1: ¿ Vos pensás que hoy será el día? La verdad que la espera se ha hecho interminable.

Espermatozoide 2: Es inadmisible. Hace dos meses que esperamos al pie del cañón, siempre listos y todas falsas alarmas.

Hoy me enteré que irán al cine y luego cenaran juntos. Dios quiera se de, a este muchacho le cuesta encarar y de una vez por todas hacernos trabajar.

Espermatozoide 3: Yo quiero acción ya. Como sea, pero a este desgraciado, ni siquiera le va la masturb&ción, así al menos conocemos el mundo exterior.

Espermatozoide 1: ¡Escuchen colegas! Al fin le pidió sexo. Creo que hoy haremos horas extras jajaja.

Espermatozoide 2: Se acabó la espera, ¡vamos a unirnos con la muchedumbre!

Espermatozoide 3: ¿Qué sucede? maldicion. Ni bien salimos caímos en una bolsa de goma, todos apretados.

Espermatozoide 1: Qué injusticia qué nos desperdicie así. Después de tanta espera el destino nos tira por el inodoro.

Espermatozoide 2: Ya sabemos que solo uno de nosotros podía llegar.

Espermatozoide 3: Si mi hermano, pero ni siquiera nos dejo intentarlo.

Y ahora, sin ni siquiera un entierro, todos al «Sementerio».

EFRAÍN DÍAZ

En una guerra de egos, los principales líderes mundiales amenazaron con exterminarse unos a otros en aras de obtener el control de los recursos del planeta. O de los pocos que quedaban.

El líder de los Estados Unidos aseguró que sus bombas nucleares eran más grandes que las de los demás y que, ciertamente, funcionaban. El de Rusia recordó que también poseía armamento nuclear y que no vacilaría en responder si se veía amenazado.

El dictador de Corea del Norte manifestó que ninguno tenía los cojones para comenzar un ataque nuclear.

Otros países seguían a la espera del desarrollo de los acontecimientos. Llamaban a la prudencia y al autocontrol. La ONU era un corre y corre de embajadores y funcionarios que intentaban alcanzar un acuerdo antes de que países enteros quedaran borrados del mapa.

La contratación de cartógrafos para dibujar un nuevo mapa mundial con lo que sobreviviera a la catástrofe no figuraba entre sus planes ni en su presupuesto.

Mientras se desarrollaban aquellas tensiones internacionales, Dos Bocas seguía igual.

Nada perturbaba a los jíbaros. Sus únicas preocupaciones eran las cosechas, los animales y uno que otro problema doméstico que, comparado con la posibilidad de un holocausto nuclear, resultaba en una insignificancia.

Cuando se regó la noticia de que un ataque nuclear podría poner fin al mundo, Neco fue al almacén de la funeraria y contó los ataúdes. Quería asegurarse de tener suficientes unidades para enterrar a los muertos y allegarse unos cuantos pesos al bolsillo. Obviamente, no comprendía la magnitud del asunto.

Aquella tarde, todos se reunieron en el bar de Lolo. Javier, el nieto de Chendo, que había ido a la universidad y entendía de estas cosas, se encargó de explicarles la gravedad de la situación.

Lolo decidió servir una ronda de ron blanco por cuenta de la casa.

—Eso es por allá lejos. Aquí no va a pasal ná —dijo Tavo.

—Yo no estaría tan seguro. Acuérdate de que, cuando comenzó la pandemia del COVID, el secretario de Salud dijo que aquello estaba muy lejos de Puerto Rico y que jamás llegaría. Y a la semana ya teníamos varios contagiados —contestó Javier.

—¿Y cómo es eso? —preguntó Tello.

—Pues un ataque nuclear podría generar una onda expansiva que acabaría con todo en segundos. Y después vendría la radiación. Dependiendo de dónde cayeran las bombas, no tendríamos oportunidad.

—Pues si estamos jodidos, Lolo, sirve el mejor ron que tengas. No esta porquería. Si nos vamos a joder, que sea con buen ron.

—¿Y qué chance tenemos de salvarnos? —preguntó Atanasio.

—Si se desata una guerra nuclear a gran escala, muy poco. Podríamos morir todos.

Los presentes se miraron unos a otros, intentando comprender la situación.

—Lo que tienen que hacer es ponerlos a todos en un ring y que se maten entre ellos —dijo Gumersindo.

Nadie encontró argumentos para refutar aquella propuesta diplomática.

—Al menos sería una muerte rápida, sin sufrimiento —añadió Javier, intentando brindar algún consuelo.

La frase no tuvo el efecto esperado.

Mientras aguardaban el desarrollo de los acontecimientos, escuchaban las noticias en un pequeño radio de transistores. Todas las emisoras habían interrumpido su programación regular para transmitir los pormenores de la crisis.

Los líderes mundiales continuaban amenazándose. Los embajadores negociaban. Los generales revisaban sus planes. Los analistas explicaban lo inexplicable y los periodistas repetían, con diferentes palabras, que el mundo podía acabarse en cualquier momento.

En Dos Bocas, entretanto, se acabó el ron blanco.

Al ver que la situación no se resolvía, los presentes comenzaron a despedirse.

Lolo sacó, en efecto, el mejor ron añejo que tenía. Rudito apareció con varios galones de pitorro y, entre abrazos y estrechones de manos, todos se despidieron, convencidos de que aquella sería su última noche sobre la faz de la Tierra.

Se limaron asperezas. Hubo perdones y hasta confesiones.

Confesiones que, en otras circunstancias, habrían provocado venganzas, enemistades perpetuas y posiblemente alguna intervención de la Policía, pero que, a las puertas de la muerte, ya no merecían el esfuerzo.

Gumersindo le confesó a Tavo que había sido él quien, años atrás, le había robado dos gallinas. Tavo, en un gesto magnánimo, lo perdonó.

Atanasio reconoció que nunca le había pagado a Lolo una botella de ron que se había llevado fiada hacía varios años. Lolo también lo perdonó.

Rudito confesó que el pitorro que llevaba años vendiendo como producto de una receta ancestral de su abuelo lo compraba en un alambique de Gurabo, ya curao. Peronse defendió diciendo que era pitorro de verdad. Del bonafide.

Aquello provocó cierta indignación, pero se resolvió con otro trago.

La inminencia del apocalipsis había conseguido lo que décadas de convivencia, sermones dominicales y consejos de los mayores jamás pudieron lograr: que los jíbaros de Dos Bocas se perdonaran unos a otros.

El tiempo pasó y las tensiones internacionales continuaban.

La única diferencia era que, a esas alturas, los presentes estaban tan borrachos que ya ni seguían las noticias. No entendían a los periodistas. Ni siquiera se entendían entre ellos mismos.

Poco a poco fueron quedándose dormidos. Unos sobre las mesas, otros en las sillas y varios en el suelo, vencidos por una borrachera de proporciones apoteósicas.

Lolo fue el último en caer.

A la mañana siguiente, los primeros en despertar creyeron que ya estaban en el más allá.

Tello abrió los ojos, miró a su alrededor y, al ver a Gumersindo tirado junto a una mesa, preguntó:

—¿Estamos muertos?

—No sé —contestó Gumersindo—. Pero si esto es el cielo, está bastante jodío.

Atanasio, que despertaba debajo de otra mesa, pidió un vaso de agua.

—Si esto es el infierno, por lo menos que tengan agua fría.

Javier fue quien finalmente aclaró el misterio.

No estaban muertos. Seguían vivitos y coleando. No había ocurrido ningún ataque nuclear y las naciones habían alcanzado un acuerdo diplomático durante la madrugada.

Al final, el dictador de Corea del Norte había tenido razón: muchas bombas y poca voluntad.

La noticia fue recibida con una mezcla de alivio, incredulidad y profundo malestar estomacal.

Tavo intentó levantarse, pero tuvo que sentarse nuevamente. Gumersindo pidió café.

Atanasio anunció que no volvería a beber. Al menos hasta la próxima semana.

Lolo contempló las botellas vacías, calculó las pérdidas y comprendió que había sobrevivido al holocausto nuclear para enfrentar una catástrofe económica de carácter estrictamente personal.

Todo había vuelto a la normalidad en Dos Bocas.

Los jíbaros querían regresar a sus cosechas, atender sus animales y continuar con sus rutinas, pero la resaca era tan pesada que ninguno estaba en condiciones de hacerlo. Necesitaban recuperarse.

Y así fue como los habitantes de Dos Bocas vivieron dos esperas: la espera del fin del mundo y la espera de recuperarse de haberlo celebrado.

La segunda resultó bastante más larga.

ARCADIO MALLO

MIENTRAS ESPERABA

¿Habéis escuchado alguna vez el silencio de los pasillos de un hospital?

Era una tarde de julio. Estaba sentado a las puertas de Rayos esperando mi turno. Había llegado antes de tiempo. Suelo llegar temprano. Siempre me ha gustado más esperar que que me esperen. Pero lo cierto es que aquel día, iluso de mí, lo hice con la idea preconcebida de no encontrarme a nadie esperando y que me atendiesen antes de la hora para poder volver a casa y sentarme tranquilo en el silencio de mi sala antes de la llegada del huracán playero: hijos, sobrinos y demás familia.

Tuve suerte. No había absolutamente nadie en aquella sala de espera, que por cierto encontré gracias a la amabilidad de un trabajador que me condujo hasta allí. Dicho sea de paso, para mí todos los hospitales son un laberinto y siempre acabo en un callejón sin salida. Que no hubiese nadie no significó que me atendieran antes. Era de esperar.

Al fondo, cruzaba un pasillo que daba al exterior. De vez en cuando alguien rompía el silencio sepulcral, bien de camino o regreso del exterior. El primero fue un enfermero. O un médico. O un celador. No sé distinguirlos. Tenía prisa por alcanzar la puerta. Pude distinguir el bailoteo de un cigarro y un mechero entre sus manos, condenados a encontrarse en cuestión de segundos y hacer saltar la chispa que consumiría la vida de uno de ellos, calmando la ansiedad de su portador.

Un rato más tarde, en sentido contrario, una joven en bata llamó mi atención. Un pañuelo atado a la cabeza me hizo suponer la causa de su estancia. La llevaba de brazo una señora con cara de velatorio. Cualquiera diría que acompañaba a alguien a quien le habían impuesto la unción de enfermos y puesto en marcha su última cuenta atrás. Sin embargo, yo vi una joven entera y con ganas de luchar su batalla.

Más tarde llegó un chico obeso, con una camisa hawaiana y unas bermudas floreadas. Barba de dos días y móvil en la mano. Junto a él una anciana. No tuve claro quién acompañaba a quién, aunque la de la cita era la señora, como supe más tarde. Él se sumergió en su móvil a ver vídeos a todo volumen terminando con mi pequeño espacio de sosiego.

Menos mal que en ese momento salió el enfermero, o lo que fuese, a solicitar los volantes para las pruebas. El de las bermudas pausó el vídeo e intentó justificar su falta de papeleo. Lo salvó que el chico era aplicado y miró en la lista solucionándole el problema.

Cuando acabé me fui. No reparé en la gente que quedaba a la espera. Ni siquiera escuché si seguía vivo aquel silencio.

¡Ah! No os preocupéis por mí. Era una prueba rutinaria e indolora. El resultado será más doloroso… al menos para mi cartera ¡Todo sea por mi salud!

L’IDIOT

La espera.

Ya no esperaban nada; sin embargo, seguían a la espera de algo, tan indefinido como la propia palabra. Rezaban a cualquier dios que estuviera dispuesto a salvarlos.

Maritza estaba en la proa del bote, con la cabeza entre las piernas, más por la vergüenza de sentirse culpable que por el mareo y las ganas de vomitar.

—No es tu culpa —le dijo Esteban, sentándose a su lado y apoyándole una mano en la espalda—. Tú solo dijiste lo que todos ya pensábamos en silencio.

Maritza levantó la cabeza. Tenía los labios agrietados por la sal y los ojos hinchados; no se sabía si de tanto llorar o de no haber dormido en dos días.

—Pero fui yo quien lo dijo primero. Si algo les pasa a ustedes… —La voz se le quebró antes de terminar la frase.

—El culpable es el que nos dejó sin nada que perder —respondió Esteban, mirando hacia el horizonte, donde el cielo empezaba a confundirse con el mar—. El que llevó al país hasta esto.

Reinaldo, que llevaba horas remando en silencio, casi sin fuerzas ya ni para eso, soltó una risa seca y amarga.

—Yo decidí subirme a este bote la noche en que se llevaron a mi hermano. Nadie me metió nada en la cabeza, Maritza. A mí me la vaciaron ellos. Y lo que quedó fue esto: las ganas de llegar o de no llegar a ningún lado.

Yosvany no dijo nada. Miraba el agua, ese azul que de día parecía una promesa y de noche una amenaza, y apretaba en el puño un pedazo de tela que alguna vez había sido la camisa de su hijo.

Ya no les quedaban fuerzas ni siquiera para tenerle miedo al mar. Solo les quedaba aquel miedo más viejo, el que llevaban cargando desde mucho antes de lanzarse al agua.

El aliento, el verdadero aliento, habían sido los cientos de miles que ya habían cruzado aquel mismo estrecho y habían llegado. Las historias corrían de boca en boca, casi como leyendas: la familia entera que había llegado en una balsa hecha con cámaras de camión; el pescador que había remado catorce horas seguidas; los primos de alguien que ahora mandaban dólares y fotografías.

—Si ellos pudieron, ¿por qué nosotros no? —se decían.

Y con aquella idea, más terca que cualquier miedo, habían construido el bote con tablas robadas y una lona vieja, sin que ninguno de los cuatro supiera realmente nada de mareas, corrientes o navegación. Reinaldo y Maritza ni siquiera sabían nadar, y lo habían callado como si reconocerlo fuera otra forma de culpa.

Durante el día no había sido difícil orientarse. Bastaba con mirar por dónde salía el sol y hacia dónde se inclinaba para calcular, más o menos, el norte. Pero la primera noche todo cambió.

El mapa que Esteban había dibujado en un papel, copiándolo de una imagen que había visto en las redes, no servía de mucho sin luces en la costa ni referencias en el agua. Alguien había dicho que podían guiarse por las estrellas, que el cielo también era un mapa, pero ninguno de los cuatro sabía leerlo.

Yosvany pasó horas mirando hacia arriba, buscando una estrella que pareciera más fija que las demás. La señalaba con el dedo, dudaba, cambiaba de opinión y volvía a señalar otra, hasta que terminó por admitir que solo estaba mirando puntos de luz suspendidos en la oscuridad, sin ningún significado para ellos.

Así, entre el día que parecía ordenar el mundo y la noche que lo volvía irreconocible, el bote fue perdiendo el rumbo poco a poco, sin que ninguno se diera cuenta del todo.

Hasta que el sol volvió a salir y ya nadie reconocía el horizonte.

PRESEN RODRÍGUEZ

(Te esperaré)

Te esperaré donde los besos caminan por las calles,

sentada en ese banco pintado de caricias,

debajo del árbol de la vida,

con mi mejor sonrisa.

Te esperaré allí donde siempre te he esperado,

donde guardamos los recuerdos de los años pasados,

donde aún se respira el perfume de tus abrazos

cuando se quedaron entre mis manos.

Te esperaré donde el tiempo parece detenerse,

donde las tardes saben a recuerdos

y el silencio todavía pronuncia tu nombre

despacio, como si temiera perderlo.

Te esperaré…

sin saber si volverás,

pero con la certeza de que, mientras te espero,

una parte de mí seguirá encontrándote

en cada rincón de aquel lugar.

MAITE BILBAO

XXVII.- A DISTANCIA

​El aire helado corta los labios. La sombra de ambos se aplasta contra el banco. El paño grueso del abrigo rasca el cuello de ella. Huele a humedad, a vainilla concentrada sobre la piel. La boca de él frena a tres centímetros de la suya. Su aliento caliente quema la mejilla.

​Un milímetro menos. El calor del pulso golpea la garganta, ciego. Los ojos se cierran. El roce es inminente, inevitable, doloroso por la cercanía. El mundo entero se reduce a esa fricción a punto de ocurrir.

​Un zumbido seco vibra en el bolsillo de la chaqueta de él. Una luz azogada atraviesa la tela. La mano de él duda; no se aleja, pero la tensión en los dedos cambia de rumbo hacia la interrupción.

​Ella abre los ojos. La distancia de un milímetro es una grieta insalvable. Sin tocar la piel, hunde los dedos en el paño de la chaqueta, saca el teléfono encendido y lo arroja a la oscuridad. El impacto contra la grava suena seco; el aparato rueda hasta el asfalto y queda boca arriba, proyectando un rectángulo de luz blanca sobre la calle vacía.

​La madera del banco recupera el frío. El beso no existe.

​Ella se pone en pie, hunde las manos a presión en los bolsillos y echa a caminar con la mirada fija en la acera.

​A cincuenta metros, una sacudida le vibra en el costado. Saca el suyo. La luz la ciega en la penumbra: en el centro del cristal brilla la imagen perfecta, muda y roja de unos labios.

20 de septiembre de 2026

MARIO NÚÑEZ

Las batallas del Tarumán

El Tarumán es un árbol sagrado de madera que se vuelve piedra, con espinas que dejan su recuerdo doloroso y afiebrado durante muchas lunas; los guaraníes descubrieron que sus frutos amargos macerados se vuelven bebida energizante que no embriaga.

Es un árbol muy poderoso que indica la cercanía de agua, en ríos, arroyos o bajo tierra, a pocos metros.

Un bastón hecho con una de sus ramas orienta a los extraviados a su hogar o volver a él.

También espanta a los malos espíritus del bosque y cuida los sueños con solo una ramita colgada sobre la puerta.

Los charrúas también conocían los poderes del Tarumán; incluso a veces fue motivo de conflictos con los guaraníes.

De su madera se tallaba el bastón de mando charrúa, con el que el cacique de la tribu indicaba donde habría de armarse la toldería.

Alrededor del bastón clavado en el suelo, estará protegida la tribu, mientras se espera para recuperar fuerzas, protegerse de enemigos y del clima fuerte, reunir alimentos, recibir a los gurises que nacen, y quizá para engendrar más.

A diferencia de lo que dicen las lenguas malintencionadas sobre riñas y disputas entre guaraníes y charrúas para robarse mutuamente mujeres, cueros, lugares de caza, de recolección de alimentos, muchas guerras tuvieron relación con las esperas que rodean al Tarumán.

Los guaraníes esperaban el tiempo de maduración de sus frutas para preparar el Canguí, el fortificador para grandes esfuerzos y travesías adentrándose en territorios charrúas.

Aquellos buscaban al árbol sagrado hasta el agua, donde sus enemigos se atrevían a invadir hasta que se enfrentaban arcos y flechas de los montes paraguayos, contra lanzas y boleadoras con piedras del Cha Mangá del centro de la pampa hasta el mar.

Todos saben que el Tarumán protege a los perseguidos, los ayuda y fortalece.

Hace mucho tiempo, una jovencita charrúa estaba a punto de parir el hijo de un jovencito guaraní.

Descubierto su amorío humillante para el clan, la Anahí huyó ante el sacrificio inminente de su gurí impuro por origen, mientras que el Ava Guyarini padre del que iba a nacer también escapó de los suyos en otro lugar, al conocerse la traición del joven que fecundó a una nacida de los enemigos.

Guerreros de cada familia siguieron las huellas de los fugitivos desde cada toldería cerca del río de los pájaros pintados, pero no los encontraron. Solo se enfrentaron, intercambiaron insultos, piedrazos de boleadoras, lanzazos y flechas al aire unos contra otros, y agotados, ambos bandos esperaron y esperaron, hasta que ya no se oyó más que el lejano ulular de una lechuza, que les mostró que debían volver a sus tolderías, confiados en que los enemigos se encargarían de eliminar a los traidores por amor.

Entonces los guerreros de ambas tribus se retiraron con prudencia, lanzas y arcos en ristre, caminando hacia atrás por entre los pastizales.

Pero los enamorados seguían allí.

A salvo dentro del tronco de un enorme Tarumán negro, que les escondió en el hueco de su tronco hasta que los tres estuvieron a salvo. Su historia posterior también fue esfumada por el árbol que les continuó protegiendo con amuletos eternos de su madera.

Cuando llegaron los colonizadores con sus cruces y fusiles, pretendieron borrar todo vestigio de naciones y culturas originarias, para imponer su sangre de cordero y su humo de pólvora.

Sin embargo, el Tarumán una vez más se protegió con la espera. Con sus espinas que repelen, sus frutas que refrescan, y su madera que dura cien años y se vuelve piedra, aún se ve en los bastones de arrieros de ganado que saben que basta con clavar una estaca de su madera en el piso, acostarse a dormir protegido de los espíritus de la noche, y amanecer con el bastón indicando la dirección correcta para llegar a destino.

MARÍA JOSÉ AMOR PÉREZ

Que Ramoncín era muy listo lo demostró desde Primaria.

A los cinco años (como había nacido en diciembre iba adelantado un año) sabía leer, escribir y hasta de carrerilla, ¡las tablas de multiplicar!

-Tiene una memoria privilegiada- les dijo el maestro un día a los padres, lo que motivó que entre ambos y los abuelos ya que era hijo y nieto único, le fueron enseñando diversas materias todas ellas memorísticas, como: los cabos y gofos de la península, capitales de países, primero de Europa y más delante de todo el “Mundo Mundial”, los ríos con sus afluentes principales de también el “Mundo Mundial” sumado a poesías y todo, todo lo que ellos habían podido aprender en su infancia, ya que vivían en un pequeño pueblo de la España profunda y, en Matemáticas, no habían pasado de la regla de tres.

Así que, con gran esfuerzo económico y mayor ilusión, una vez acabada la Secundaria, animaron al chico a estudiar el Bachillerato y luego cursar una buena carrera que, como aconsejó don Dámaso, el cura de la parroquia a los padres de Ramoncín:

-Abogado, en este momento necesitamos buenos abogados que arreglen los asuntos mundiales cada vez van peor y solo nos faltaba la IA-prosiguió el cura enredándose entre lo natural y lo artificial amén de un cúmulo de filosofías y filósofos que, por supuesto los padres no entendieron. Pero sí les quedó grabado lo que don Dámaso aconsejó.

Ramoncín acató como de costumbre el consejo y, nuevamente por consejo de don Luis el que fue médico de la familia, tiempo ha jubilado, pero al que consideraban gran psicólogo había dicho:

-La Universidad de más prestigio es donde yo estudié, la de Madrid, que es la Capital- agregó sin considerar que, a sus casi noventa años el mundo había dado muchos cambios y no tenía nada que ver la carrera que él había estudiado con las aspiraciones de los papás a su queridísimo vástago.

Y allá que se fue, metafóricamente hablando, envuelto en algodones a su nuevo destino.

Y allí se dedicó solo a empollar y empollar, que siendo como es, una carrera memorística, todo se lo sabía al pie de la letra, con citas en latín incluidas,

Por ser asignaturas con tantísimas leyes, todas a estudiar para luego recitar de memoria cual loro, había algunos profesores que proponían a los alumnos que, los que voluntariamente quisieran, podían apuntarse para hacer exámenes orales a convenir el día, de la materia estudiada aquel mes y si aprobaban, no tenían que examinarse a final de curso.

De esa manera se ahorraban ellos corregir un montón enorme de exámenes en el asfixiante calor de junio y los alumnos no tener que estudiar tanto al final.

Y Ramoncín se apuntó, por supuesto, el primero a la lista, siendo su examen tan brillante que fue comentado por el profesor a sus compañeros del Departamento y, al mes siguiente, un colega suyo fue a escucharlo quedando a su vez impresionado.

Y cundió la voz de tal manera que los que podían iban a ver sus actuaciones, algunos para reírse escuchando el lenguaje tan docto que utilizaba que, pensaban, si a los clientes les habla así, no volverán por ser ininteligible.

Pero el caso fue que el chico se licenció con Premio Extraordinario.

Los padres no cabían en sí de gozo y el pueblo le recibió de manera espectacular. Hasta el alcalde le invitó a dar una charla sobre su experiencia universitaria, yendo medio pueblo a escucharlo: los paisanos de sesenta para arriba.

Ramoncín abrió su despacho en la ciudad y, animado por sus padres esperó la llegada de clientes, que no en vano el periódico local le había dedicado su portada con la foto tomada en la conferencia dada en el Ayuntamiento bajo el título de:

YA ESTÁ AQUÍ EL GENIO DE LAS LEYES

Y a continuación explicaba toda su vida y milagros con comentarios del maestro ya jubilado.

Y tres días después, un joven del pueblo algo mayor que él, se presentó apuradísimo pidiendo ayuda para un tío suyo, propietario de una papelería en el pueblo de al lado:

-Fue horrible Ramón. Ya sabes que yo trabajo allí como contable y, de repente, un camión de tamaño considerable se nos vino encima- dijo con voz temblorosa y ahogada,

-Pero vosotros dónde os hallábais-dijo Ramón- ¿estabais fuera?

-Nooo, dentro, ¡y dentro de la tienda entró el morro! Y gracias que no estábamos cogiendo algo del escaparate, si no, nos hubiera chafado.

Ramón, muy profesional, comenzó a hacerle las preguntas de rigor diciéndole:

-Tranquilo que es un caso fácil. Incluso miraré si os tienen que pagar algo por el susto recibido.

Pasaron días, él preparó la defensa recordando y mirando las leyes correspondientes a la vez que investigó quién era el abogado del contrario y, resultó ser un compañero suyo, listillo, pero tan mal estudiante que, teniendo que haber acabado la carrera tres años antes, fue renqueando y repitiendo asignaturas y ese era el motivo de haber coincidido con Ramón, que ya no Ramoncín ese curso.

Un par de días más tarde, recibió un WhatsApp que decía:

-Hola Ramón, soy Víctor Fuentes. Creo que ya sabes que hace un tiempo que trabajo en El Bufete de abogados Mercader, amigos de mi padre, que también lo es y, este año, al tener ya las debidas credenciales, ejerzo de abogado y ¡mira tú! me han nombrado contrincante tuyo por el camión ese, que pertenece, ya sabes, a una empresa de repartos y son clientes nuestros. Como entre nosotros no tenemos que ir a peleas, ¿qué te parece encontrarnos mañana a las once, tomamos un café y hablamos de cómo resolverlo sin llegar a juicio?

A Ramón le pareció tan extraña la propuesta (aunque es una práctica común) que no quiso responder sin previa consulta, como era su costumbre, con los mayores. Así que esa noche lo expuso a la hora de la cena y todos a una, padres y abuelos saltaron diciendo:

-Pero ¡qué se ha creído ese mequetrefe!

-Claro, lo que no quiere es litigiar contigo, te tiene miedo- dijo el abuelo.

-Y…ese pretende que, llegando contigo a un acuerdo, le paguen menos a tu cliente y tú entonces cobrarás menos.

Y sí siguieron hasta la hora de irse a la cama.

Al día siguiente, recibió otro mensaje del tal Víctor:

-Hola Ramón, quedamos a las 11 en “Café Italiano” que queda a mitad de camino entre tú y yo ¿vale? O ¿te va mejor más temprano?

Respuesta:

-Víctor, eso no es legal, según el artículo…- y como los artículos muchas veces son ambiguos, él que se los sabía de memoria todos, habidos y por haber, recordó que y siguió con un retahíla legalística que Víctor dejó el móvil encima de la mesa, hasta que el mensaje trtminó.

Y solo respondió:

-Ramón, no seas tan meticuloso; normalmente se hace así y un consejo, si eres tan rigorista, te meterán un “marrón” del tamaño de una catedral.

Ramón siguió en sus trece y llegó el día del juicio.

Padres, abuelos y el medio pueblo mayor de sesenta años, acudieron expectantes.

Ramón, con su toga de propiedad, confeccionada ex profeso por su madre con ayuda de una vecina y Víctor, con la de turno colgada junto con otras, a la entrada del juzgado, se dispusieron a pleitear.

Víctor, que ya tenía algo de “perro viejo” por los consejos de su padre, sumados a los años que llevaba en el despacho, utilizó sus artes de manera que acabó demostrando ¡que el camión no tenía ninguna culpa de topar con un comercio cuyo vidrio del escaparate, que además hacía esquina, sobresaliese! Y que en realidad y legalmente, ese vidrio tendría que estar retirado de la pared, como mínimo ¡medio metro!

BLANCA CERRUTI

LA ESPERA

Cada atardecer, la niña abría la ventana.

Se asomaba y miraba hacia el camino.

Pero nadie venía por el camino.

Y cerraba la ventana.

─Niña, ¿a quién esperas con tanto anhelo cada atardecer?

─No lo sé, madre, solo sé que vendrá por el camino.

Pero cada atardecer, el camino aparecía desierto.

Y la niña cerraba la ventana.

La madre dejó de preguntar.

El tiempo fue desgranando años.

La silla donde la madre tejía su labor, quedó vacía.

Y la niña dejó de ser niña.

Y empezó a tejer sentada en la silla vacía.

Un atardecer, alguien venía por el camino.

Se llegó a la casa y se acercó a la ventana.

La ventana estaba cerrada…

Blanca a Cerruti

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

María vivía aún en esa casa antigua donde había nacido, llena de recuerdos y sueños.

Como cada mañana ya hacía tiempo calentaba su aromático café con leche y un rico pan de dulce horneado el día anterior, salía a su patio a sentarse en esa mesa que antaño había construido su amado padre, le encantaba recibir el aroma de esas flores que había sembrado su madre con amor y que ella cuidaba con tanto esmero.

Colores diversos que alegraban la vista, vivía sola desde que sus padres habían pasado a mejor vida, esto era hace unos 10 años. Pero nunca se había cargado ninguna soledad a cuestas, siempre había sido fuerte y aceptaba el destino o la vida como viniera sin hacer mayores aspavientos.

Aparentemente su vida había transcurrido sin mayores sobresaltos, sus tres hermanos habían partido del pueblo hacía ya muchos años, haciendo su vida olvidando las entrañas donde habían nacido, ya no sabía de ellos, los había extrañado como se extraña a aquellos compañeros que de niños jugaban y eran cómplices de sueños y aventuras imaginaras. De momento le dejaron un pesar grande cuando dejaron de escribir y visitar la casa; pero como muchos dicen a todo se acostumbra uno menos a no comer, prefería pensar que estaban bien, pues de una u otra forma sabía que siempre llegarían a ella si hubiera una mala noticia pues el mundo no era tan grande como muchos dicen o tan pequeño como otros dirán.

Que tranquilidad había ahí, no se sentía sola siempre había algo que hacer cuando iba a la ciudad, que por cierto estaba muy cerca del pueblo lo disfrutaba mucho, si se enteraba de algún evento para ella importante como una exposición de pintura, alguna obra de teatro, etc. ella era la primera en asistir.

Algún día en sus años mozos soñó en ser actriz, cuando y actuaba en las obras de la escuela, se veía en un gran escenario, y al ver las obras de teatro se imaginaba que estaba en el escenario, eso le encantaba.

Vivía con su querido Ramón, fiel compañero siempre al lado de ella, le platicaba cosas y parecía siempre entenderla, hacía cinco años que Matias su vecino se lo había regalado en un cumpleaños diciéndole que para que no estuviera tan sola le daba a su querido Ramón.

Que más podía pedir, su padre le había dejado todo lo que tenía a ella, pues los hijos otros quien sabe donde estarían, tenía una buena fortuna hecha con trabajo y ahorros, no teniendo ella ningún problema de dinero le era más que suficiente para vivir en paz.

Era una mujer entregada a si misma, que había decidido vivir sola lo que le restará de vida, pues los amores que habían llegado a ella no habían crecido.

Hoy se levantó nostálgica, recordando a aquel único hombre al que realmente había amado, era un hombre casado, que desde que lo vió se quedó prendada de él, un hombre alto agradable en su trato no sólo guapo sino además con un gran verbo interesante, soñaba con él muchas noches, hasta que lo presentó una amiga él se encontraba en esa reunión celebrando el cumpleaños de la amiga, desde ese día se hicieron grandes amigos se veian con frecuencia, hasta que un día él le dice que la quiere María se sintió feliz en ese instante más le dice que no pueden estar juntos pues es casado Manuel le promete que se va a divorciar, que lo espere, después de unos meses María la pregunta que pasa porqué aún no se separa y le dice que por favor espere un poco más, hasta que pasa un año y todo sigue igual.

María se entera que la esposa de Manuel estaba embarazada y decide terminar esa relación. Le tuvo que decir adiós a esa ilusión sin salida, terminó esa espera por tratar de ser feliz con un otro.

Decidió ya no tener nunca más otra relación.

Que fácil parecía todo, una vida sin ningún aparente sobresalto, pero en ocasiones si sentía algo de soledad conversaba con dos amigas entrañables de vez en cuando y en el fondo sentía sin reconocerlo algo de envidia de no tener una pareja y un hijo.

Así en estos tiempos conoce a Andrés en un reunión invitada por un vecino, era un hombre más o menos de su edad que se encontraba de visita en el pueblo y fué invitado por su primo vecino de María, platicó con él gran parte de la noche se sintió nuevamente atraida por alguien, se extraña pues se resistía a sentir nuevamente algo, este la invita a desayunar al día siguiente a lo cual acepta se siente inquieta sin desearlo, más trata de conservar la calma, Javier pasa por ella en un auto lindo, él es un hombre viudo con un hijo mayor que vive en el extranjero, ingeniero jubilado con gran conversación respetuoso amable en extremo, cómo no podía sentirse atraida hacia él pareciera que se conocian ya de hace tiempo varias coincidencias gustos afines, pero se decía que esto no era para ella no quería perder su libertad se había prometido no volver a estar con nadie, se encontraba en un dilema.

Al día siguiente llega con un ramo de flores, María le invita a pasar agradeciendo su detalle, Andrés le dice que se ha prendado de ella y desea formalizar su relación, por un lado se siente feliz pero teme que esto no funcione.

Finalmente piensa que nada más podrá perder ya y que quizá pueda tener a alguien con quien compartir lo que le reste de vida.

Comprendió que amar a alguien no significa dejar de ser feliz sola, sino que significa que el destino toca a nuestra puerta para cambiarnos la vida para bien.

Andrés la abraza, se funden en ese instante en uno sin tener miedos y se aprestan para redescubrir la vida juntos.

No habrá más espera, para ninguno de seguir viviendo soledades.

BELÉN AMARILLA

Espera

Hay una edad en la que esperar se convierte casi en una profesión.

Primero esperó a los exámenes, después la nota. Luego las temidas listas .

Y ahora …espera que alguien ,en algún lugar, descuelgue un teléfono y diga:

_ Tenemos un destino para tí.

Entonces todo cambiará.

Entrará por primera vez en un colegio sin saber todavía que puerta es la de su clase.

Verá una veintena de caras pequeñas mirándola con esa mezcla de descaro y curiosidad que tienen los niños.

_ Buenos días dirá,intentando parecer tranquila .

Y quizá alguno pregunte…

_ ¿Eres tú la nueva profe?

Y ella pensará: Si, creo que sí (aunque ahora mismo estoy más nerviosa que vosotros)

Ha estudiado tanto para llegar hasta aquí que cuando aprobó la oposición pensó por unas horas que le habían concedido el Nobel.

Después vino la parte menos emocionante: esperar.

El teléfono se ha convertido en un verdadero objeto de culto y lo mira aunque no haya sonado.

_¿Te han llamado?
_ No.
_ ¡Pues vaya!

Pero quizá la espera también forma parte del premio porque mientras esperas descubres que los sueños no terminan cuando se consiguen.

A veces , justo entonces empieza la parte más bonita: aquella en la que todavía no sabes cómo será pero está a punto de suceder.

Ella espera sus alumnos ,espera su colegio, espera el primer día.

Y … sin saberlo, quizá haya también unos niños esperando a su maestra

Sólo que ellos todavía no saben que es ella.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Soy Raquel, tengo dos hijos de quince años. Mellizos: Manu y Cris. Mismo día de nacimiento, pero os juro que parecen hechos en fábricas distintas.

Manu es un poco bestia, bastante renegón y tiene un máster en soltar justo la frase que sabe que me va a hacer saltar la yugular. Cris es más cariñosa y enmadrada, pero lo compensa con un talento natural para tocarle las narices a su hermano y, en cuanto él estalla, montarte un drama con lágrimas en tres segundos.

Y en medio estoy yo: la que espera.

Porque si la adolescencia tuviera un lema oficial, sería este: “Ya voy”

—Manu, recoge la habitación.

—Ya voy.

Y tú, que eres algo ingenua, te lo crees.

Pasan diez minutos.

—Manu…

—¡Que ya voy!

Pasan otros diez. Entras y ahí está el tío, despatarrado en la cama pegado al móvil.

—¿No ibas a recoger?

—Sí.

—¿Y qué haces?

—Nada.

—Pues tira a recoger.

—Ya voy.

Para mí que el “ya voy” abre un agujero negro que los transporta a una dimensión paralela donde el tiempo no existe y las tareas domésticas se hacen solas.

Con Cris la movida es idéntica, pero metiéndole drama.

—Cris, pon la mesa.

—Sí, mami, ya voy.

Cinco minutos.

—Cris…

—¡Ya voy!

Otros cinco.

—Cris, hija…

—¡Pero si estoy yendo!

¿Yendo a dónde? ¡Si estás clavada en el sofá con los pies en la mesa!

Resignada me fui a la cocina y al rato aparece Manu:

—Mamá, dile que deje de molestarme.

—¿Qué te ha hecho?

—NADA. Grito de Cris desde el cuarto

Voy para allá.

—Cris, ¿qué le has hecho?

—Nada.

—Cris…

—A ver, le he escondido el mando de la Play.

—¿Por qué?

—¡Porque me ha llamado enana!

—¿Y dónde está el mando?

—Yo qué sé.

Y Manu desde el pasillo:

—¡LO TIENE ELLA!

—¡QUE NO!

Y, de repente, pum, grifo abierto y Cris a moco tendido.

—¡Es que siempre se mete conmigo!

La miro con cara de no dar crédito:

—Pero a ver, ¡si le has quitado tú el mando hace dos minutos!

—¡Pero me ha llamado enana!

Y ahí te ves, planteándote si estás criando personas o arbitrando un partido de tercera regional sin VAR.

Lo de los deberes ya es para nota.

—Venga, a estudiar.

—Ya voy.

—Ahora.

—Sí, mamá.

Pasan veinte minutos.

—¿Estáis estudiando?

—Sí.

Entro: Manu jugando a la consola y Cris en TikTok.

—¿Pero no ibais a estudiar?

—Estoy descansando.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace un rato.

—¿Y cuándo te pones?

—Ahora.

«Ahora» y «Ya voy» son primos hermanos, si los juntas y pueden pasar siglos antes de que muevan un dedo.

Una tarde se me cruzaron los cables.

—Mirad, se acabó. No voy a repetir las cosas veinte veces. Os digo lo que hay y punto.

—Vale —dijeron los dos tan panchos.

Mal asunto. Demasiado fácil.

—Manu, baja la basura.

—Ya voy.

—Cris, pon la mesa.

—Ya voy.

No dije nada más. Me apalanqué en el sofá.

Media hora… Nada.

Una hora… Nada.

A la hora y media agarré la bolsa de basura y me fui a la puerta. Manu salió al vuelo:

—¿A dónde vas?

—A tirar la basura.

—¡Pero si iba yo!

—Llevas una hora y media yendo.

—Es que estaba terminando una cosa.

—Pues nada, termina.

Y al abrir la puerta, aparece Cris:

—Oye, mamá, ¿y la mesa?

—Ibas a ponerla tú.

—Ya, pero estaba esperando a Manu.

—Pues sigue esperando.

Y me fui a la cafetería de abajo a tomarme algo en paz. Al rato, llamada de Manu:

—Mamá, ¿dónde estás?

—Esperando.

—¿Esperando a qué?

—A que vayáis.

Silencio al otro lado.

—Pero… ¿cuándo vuelves?

—Ya voy.

—¡MAMÁ!

Y le colgué.

Cuando volví una hora después, aquello parecía la casa de otra gente. La ropa recogida, los deberes hechos, la mesa puesta… ¡Hasta el lavavajillas puesto!

Me quedé en la entrada descolocada.

—¿Qué ha pasado aquí?

Manu se encogió de hombros:

—Nada.

Cris me puso cara de angelito.

Por un segundo pensé: «Dios mío, el susto los ha espabilado».

Y entonces vi las llaves en la mano de Manu.

—¿A dónde vas?

—A casa de un amigo.

—¿Y Cris?

—Yo también salgo.

—¿Y a qué hora volvéis?

Se miraron. Y a coro, perfectamente coordinados:

—¡Ya voy!

Ahí me di cuenta de todo: no es que no supieran hacer las cosas, es que habían descubierto la táctica perfecta. Mientras digan “ya voy”, ganan tiempo indefinidamente.

Así que he cambiado de estrategia. Ahora uso su propia medicina.

—Manu, recoge el cuarto.

—Ya voy.

—Perfecto.

—¿A dónde vas?

—A esperar.

—¿A qué?

—A que termines.

—Pero ¿cuándo vuelves?

—Ya voy.

Y me largo.

El otro día Cris me viene en plan suave:

—Mamá, ¿me echas una mano con los deberes?

—Ya voy.

Me fui a la cocina a hacerme un té.

A los diez minutos:

—Mamá…

—Ya voy.

A los veinte:

—Mamá, ¿vienes?

—Ya voy.

A la media hora:

—¡MAMÁ!

—¡QUE YA VOY!

Se me quedó mirando mosqueada:

—Pero ¿cuándo?

Y le solté:

—No sé, hija. Estoy esperando.

—¿A qué?

—A que me apetezca.

Se quedó pilladísima.

Y desde el pasillo se oían las carcajadas de Manu:

—¡JAJAJA! ¡Te la ha devuelto!

Cris salió escopetada a por él:

—¡Cállate, merluzo!

—¡Pesada!

—¡Mamá!

Y otra vez la misma escena. Los dos corriendo por el pasillo, uno huyendo y la otra intentando cazarlo. Y yo en medio, pensando que esto del “ya voy” no es una etapa. Es un virus contagioso.

Porque llevo quince años gritándoles “¡Venga, espabilad, que llegamos tarde!”, y el otro día me ví a mí misma diciéndole a mi marido cuando me metía prisa:

—Ya voy…

Me frené en seco. Los miré a ellos. Y pensé:

¡Madre mía! ¡Me lo han pegado!

En fin, que necesito vacaciones.

Pero bueno… Ya iré.

EVA AVIA

E(a)sp(i)era

Espera áspera, aspira la espera.

Entusiasmo no me falta, en espera de tus encantos.

Sencillos parecen, estos pasos dados.

Pletórico estoy, por tu respuesta dada.

Recelo a los que entre sus manos te tienen.

Acariciarte quisiera, por mis dedos largos

Arduo trabajo el que me espera.

Si logro tocarte por primera vez.

Peligrosa puede ser, la respuesta que me des.

Egoísta seré, si tu respuesta afirmativa es.

Rendirme jamás haré.

Amarte hasta perecer, es lo que querré hacer.

Ámame hasta desvanecer.

Sonidos al anochecer.

Prisionero entre tus cuerdas.

Ingenuo por ser mi primera vez.

Reloj haz que tu tiempo perdure.

Arena tu caída has de detener.

Ladera de madera tus curvas son.

Ancladas tus cuerdas en mí.

Egoísta voy a ser, positiva tu respuesta es.

Sol en tu tercera cuerda.

Peligrosa melodía, tu tono alto es.

Elegí tocarte fue mi perdición.

Renegarte jamás haré.

Acariciarte es un placer.

AXY LINDA

Espera

—Segundos, minutos, horas… años y nada. ¿Para qué vivir si nada pasa, “nada”?

—Deja de quejarte, eso te tocó y debes aceptarlo.

—Soy un fracaso viviente. O, más bien… “muriente”.

—Estás logrando hartarme. No lo voy a permitir.

Voltea hacia otro lado y cambia de dramática a curiosa.

—Oye, ¿qué hace tanta gente sentada en ese lugar?

—Esperan.

—¡Ah! Sí. ¿Y qué esperan?

—No lo sé. Solo me dijeron eso.

—Ya me entró curiosidad. Voy a preguntar.

—Hazlo, a ver si a ti sí te dicen.

—¿Qué pasó?

—Nada. Igual que a ti. Solo dijeron que esperan.

—Oye, ¿y si entramos? Debe ser algo muy bueno para que tanta gente esté ahí.

—Creo que tienes razón. Vamos, antes de que otros nos ganen los pocos asientos que quedan.

Aidised y Aicreni entraron en la gran habitación y tomaron asiento frente a los enormes ventanales.

Desde allí veían el mundo pasar: gente apresurada rumbo al colegio, al trabajo, a casa, a una cita, a un sueño…

Mientras la vida seguía pasando al otro lado del cristal, ellos permanecían tranquilos, despreocupados, en espera…

Axy Linda San-Fre

CARMEN ÚBEDA FERRER

AMANTES

————–

Espera… No te vayas todavía. Sé que me vas a dejar. Esta noche ha sido única. Jamás el silencio fue tan elocuente, ni la unión de mi cuerpo con el tuyo tan latente. Nuestra historia de amor no será la de los amantes eternamente apasionados. Tenía que llegar este momento. Eres tan joven y tan hermoso como Narciso reflejado en el agua cristalina. Mi imagen reflejada en tus ojos me recuerda mi perdida juventud. Pero no hablemos ahora de ello. No te vayas todavía. Espera que la noche repliegue sus negras alas. Que llegue el día. Ya no tardará la aurora. Con la luz del sol, para mí, será menos triste la despedida.

Carmen Úbeda Ferrer

MARTU MONFORTE

LA ESPERA DEL AVE LIBRE

Cuando Eva Berli llegó a su casa vio que la vecina de enfrente había sacado las plantas de interior al alfeizar de la ventana y, del otro lado, había un tendal repleto de sábanas. El sol de otoño templaba el mediodía.

Volvía satisfecha del estudio, había dejado todo listo para firmar los planos mañana. El barrio mercantil debería estar terminado a más tardar el año próximo. Eva amaba su profesión, sin embargo, desde hacía un tiempo prefería hacer el seguimiento desde el estudio. Cuando estaba en la obra sentía dolor en las yemas de los dedos. Ahora de sólo pensar en cemento y ladrillos, materiales de su trabajo, se desesperaba. Los filos bruscos, las texturas ásperas la sacudían.

Eva no tardó en sumarse al despliegue, sacó al sol las suculentas. Las acomodó en un rincón del patio para que le llegue la luz en forma indirecta, eran sus plantas favoritas: resistentes, se adaptaban a condiciones extremas. Pensó en ella. Era hoy, era hoy. Después hizo una hilera con las zapatillas de los chicos y sus zapatos. Entró a la casa y contestó dos mails que habían entrado a última hora. Revisó la heladera, hizo la lista de compras. Miró a su alrededor, no había una pelusa ni una pizca de polvo. Buscó una taza y colocó una cucharada de flores de manzanilla en el infusor. Estaba inquieta. Era hoy. Mientras el agua hervía, envió un mensaje a su papá. No iba a pasar, había surgido un imprevisto, mintió. El silbido agudo de la pava la sobresaltó. Era jueves, Santiago cenaba con los amigos después del partido de fútbol. Faltaban dos horas para que los chicos regresaran del colegio. Dos horas, murmuró. Todo estaba en orden sin embargo le llegó esa sensación ácida en la boca del estómago, que la corroía desde hacía un tiempo. Bebió el té mientras miraba el jardín. Pronto llegaría el invierno y su crudeza. Sintió una ráfaga helada. Pensó en ella.

Tenía que ser hoy. Después del último sorbo, sintió en el paladar el sabor de las flores. La reconfortó. Se puso de pie. Es hoy, es hoy, es hoy, pensó.

Se cambió la ropa. Envió otro mensaje, no asistiría a la clase de yoga, la excusa fue jaquecas. Salió y caminó hacia la plaza principal, quería encontrarla, quería, además, hacer lo que tenía que hacer. Al llegar se encontró con todo lo predecible. Chicos con bicis y pelotas, aunque estaban prohibidas. El placero, cómplice, no los miraba. Dos mujeres jóvenes caminaban a paso riguroso, una parejita se abrazaba.

Ada continuó hasta el centro de la plaza. En el medio la fuente, atrás el monumento a Belgrano. Recordó cuánto jugaba en esos escalones de mármol. Su mamá tenía unas fotos amarillentas de ella trepándolos. Sonrió. Al costado, a la derecha estaban los bancos de madera, ahora pintados de color crema.

Se acomodó los anteojos, miró despacio. Temía encontrarla, aunque lo anhelaba. A veces, en noches de lluvia, se agitaba, en algún lugar ella podía estar mojándose. Eva podía sentir la ropa fría y empapada adherirse a su cuerpo. Otras, se alteraba con brusquedad frente a un dolor de garganta o unas líneas de fiebre. Quitaba el acolchado de su cama y se desvestía ante la mirada incrédula de Santiago. Enseguida volvía a cubrirse, temblando. No tenía fiebre, no. ¿Ella tendría fiebre? ¿Dónde estaría? Sintió ganas de vomitar. Miraba los techos, buscaba fisuras, signos de humedad. Algo había que hacer, repitió. Y quería hacerlo ella.

Hacía un tiempo que la encontraba en sueños. Con paciencia, peinaba su pelo canoso y largo. Después lo trenzaba con la misma habilidad que trenzaba el suyo cada mañana. Podía peinarla toda la noche, despertar con las manos sedosas y enseguida entrelazar su pelo suave. Otras veces era ella la que le preparaba enormes tazas de caldo: entrarás en calor le decía mientras Eva temblaba de frío. Luego entraba en una bruma y se iba. En la nebulosa de los sueños Eva tejía cuadraditos de colores con restos de lanas gruesas. Ella le ayudó y juntas, hicieron una manta, como aquella que Eva había tejido en su adolescencia. En el revés de la trama, las hebras parecían dibujar letras confusas. Eva leía su propio nombre, Eva Berli, desarmándose en el aire hasta formar: ave libre. Quería armar un nido, envolverla. Y después llevarla de la mano, como un niño a un lugar cálido, seguro, sin lluvias ni vientos. Eva sabía hacer eso. Quizás, era lo único que sabía. Ella agradecía, le tomaba las manos, las entibiaba y, sonriente, se iba. Eva corría descalza por el cemento áspero y duro y la angustia la despertaba. Quería retenerla. Muda y con las manos heladas, enredadas de hebras, salpicadas de caldo y de arena, Eva se despertaba en su jaula de cristal.

Ahora, mientras avanzaba, se distraía mirando los naranjos. Un nene levantaba uno. ¡A la boca no!, gritaba la mamá. Él, del susto, lo soltó. Enseguida volvió a intentarlo.

En la fuente, había más chicos. Algunos miraban el agua, antes había peces decía una abuela. Eva escuchó al placero, renegaba con la gramilla. De ahí no iba a pasar, decía y hablaba solo. Un límite, todo tiene un límite, se quejaba.

Eva siguió. Es hoy, es hoy. Empezó a caminar y de a poco, miró de reojo los bancos de madera. En el primero vio a un abuelo con el caniche. Después, uno vacío. En el siguiente dos chicas preparaban el mate. Y en el otro, vio unos bultos que ocupaban todo el banco. Algo que ella esperaba. O buscaba. Aunque afirmaba que no.

Eva sabía. Era hoy. En otoño ella estaba en las plazas. Un tiempo. Después, cuando llegaba el frio, se refugiaba en la terminal de micros. En primavera, al parque o a las garitas de colectivos que no se usaban porque ya no circulaban en el pueblo. Había varias, una en la esquina de su casa. Ahí la había conocido. Un día frío con amenaza de lluvia. Eva no pudo acercarse, quedó paralizada. Ella no sentía frío. Ni siquiera la preocupaba el mal tiempo. Recién la otra mañana, Eva logró hacer contacto. Le llevó una manta y un desayuno como el que ella había tomado: una taza de café con leche calentito y unas medialunas. Ofreció acercarla a un refugio. Ella la miró sin comprender. No tenía llaves, ni calendario, ni facturas que pagar. Vendía unas revistas, se las alcanzaba un quiosquero amigo y con eso “tiraba”, enseguida se las mostró. También unas manzanas y galletitas que los vecinos le regalaban. Ella insistía en que no era necesario. Estaba bien. No necesitaba más. Lo dijo con una tranquilidad que estremeció a Eva. Se quedó más de una semana en la garita, cuando se fue, Eva cruzó y se sentó en el banco de cemento. El contacto hirió su piel. Arregló su trenza y empezó a buscarla, a conocer su recorrido. Aprendió a esperarla y a obsesionarse, también.

Ella y su vida. Ella y su casa. Una bicicleta celeste. Mitad celeste, el resto oxidada. Los cartones. Las bolsas de plástico que colgaban a los dos lados del manubrio. La mantas y lonas prolijas y bien dobladas en el portaequipaje. Adelante, en el manubrio también se enganchaban una olla y cubiertos que al chocar hacían ruido de metal y de cocina. Iba sin apuro y, ya en el destino, desplegaba sus cosas, las convertía en hogar.

Ella llevaba la bicicleta de tiro mientras cantaba bajito. Desteñida. Pelo larguísimo, bien trenzado. Buzo o remera según la época; siempre jeans y alpargatas viejas. Dejaba una estela de tabaco, de jabón blanco. Eva lo había percibido un par de veces. Se le grabó ese olor. Lo buscaba en sueños, la buscaba desesperada porque algo había que hacer.

Ahora Eva vio los bultos cubiertos por una manta. La bici no estaba. Tal vez había salido. Se alivió, le dolía verla a la intemperie. El sabor ácido mezclado con el resto del té de manzanillas le subió a la boca. Fue hacia el banco.

Pensó que hoy era el día. Por el sol, por la luz. Sin embargo volvía la inquietud. Miró el camino. Pisó la granza roja que formaba un triángulo en la plaza. Sabía que no se podía pisar. Ahora no importaba. Vio cómo las zapatillas blancas se ensuciaban de polvillo. Se sacudió y siguió. Cuando levantó los ojos vio sus cosas. Aunque nunca salía sin su casa, eran una misma cosa. Se estremeció.

Estaba a unos metros, quedó hipnotizada como las chicas del celular, sintió mucho frío, tanto como en los sueños. Algo se movió en el extremo del banco. Se detuvo. Recorrió con la mirada toda la superficie. Escapó, observó atrás; había un rectángulo con el pasto corto y prolijo. Un regador. Flores de otoño, las siempre verdes daban alivio. Dos palmeras levantinas. Contempló el cielo. El cielo azul. Pensó en sus hijos, pronto los pasaría a buscar por la escuela, en su casa ordenada y tibia, en los planos listos, en el barrio mercantil que cobijaría a una decena de familias, en la voz amorosa de Santiago, en su papá esperándola. Todo estaba bien. Todo estaba bien, repitió. Bajó los ojos. Siguió, una frazada marrón cobijaba el resto. Cruzó una pelota y atrás el caniche, el placero gritó basta. Se sobresaltó, entonces, despacio, reparó en la montaña de trapos y al final del banco algo se movía. Sintió un hueco en el estómago. Vio los pies de ella. Desnudos. Largos y finos. Agrietados. Se extendían, se desperezaban como las sábanas al sol, como las plantas en el alféizar de la ventana.

La vida estaba ocurriendo ahí, en el banco de madera.

Eva dio unos pasos guiada por su urgencia, luego se quedó de pie, bajo el sol.

Ella descubrió su cuerpo y lentamente se sentó. En ese movimiento cayó hacia afuera aquella manta de cuadraditos de colores. Eva tembló, se nubló. Ella se acomodó la trenza y se arregló la campera, sonrió como si la estuviera esperando. Se miraron, ella tenía una mirada serena. Fue un cruce de almas. Eva se sentó a su lado. No dejó de tiritar. Ella extendió su mano reseca y tomó la mano de Eva, la cobijó como en el sueño. De a poco, Eva se calmó.

El bullicio de la plaza regresó con fuerza, una bandada de palomas levantó vuelo de golpe.

Ella soltó la mano de Eva y bajó los ojos. Eva observó sus pies descalzos. No dudó. Se agachó y desató sus zapatillas. Las colocó junto al banco. Ahora eran sus pies los que descansaban sobre las baldosas rugosas. Se apoyaban como quien llega a un destino. Ella permaneció inmóvil, miró el calzado que Eva le entregó y después contempló sus pies cuidados. Solo atinó a decir: Gracias, no es necesario. Agregó que era una linda tarde. Eva asintió y comentó que sí, era un día especial.

Eva se levantó y se fue con una inquietante liviandad. Sintió las baldosas rugosas, pisó ramitas y hojas secas, polvillo. No le preocupó. Antes de dejar la plaza y cruzar la calle, miró hacia atrás. Ella seguía sentada y, a su lado, las zapatillas.

Eva arregló su trenza, sabía que otra noche iba a llegar y con ella los sueños, pero las dos estarían descalzas. La reconfortó pensar que ahora ella estaba arropada con su manta de colores.

La espera había llegado a su fin. Eva era al fin un ave libre.

CESAR TORO

Espera.

La espera se alarga día tras día despertamos con la sensación de que eso que tanto esperamos llegue. Un amor, una nueva oportunidad ese ser querido que se fue y no regresa, en fin…

También esperamos que las cosas cambien o por lo menos mejoren; sin embargo, en esa espera se nos va la vida, creo personalmente que no debemos dejar pasar esta maravillosa oportunidad que tenemos para vivir y disfrutar de todo lo que esté a nuestro alcance; aquí y ahora, y no quedarnos esperando a que llegue el momento perfecto. Dicen por ahí que: “el tiempo de Dios es perfecto” y lo que tenga que llegar llegará a su debido tiempo incluso si no lo esperamos.

Hace tiempo leí este escrito en algún lugar que no recuerdo.

“Una periodista visitó el muro de los lamentos y encontró a un hombre que meditaba y le preguntó.

¿Qué tiempo tiene usted viniendo aquí ?

30 años respondió el hombre.

Y ¿Qué pide?

Pido por La Paz del mundo y porque los políticos dejen de robar.

Y ¿Como se siente?

Como el que está hablando con una pared…

César Toro.

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