Globo – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «hambre». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 17 de septiembre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

CORONADO SMITH

POEMAS GRATIS PARA MI PÚBLICO

Como ya todo el planeta conocerá (no soy tan ególatra como para citar al Universo) y si no es así os lo cuento, yo soy la parte lúcida de Antonicus_F y él la parte estirada y sin gracia de sí mismo, pero por razones que se me escapan, ha conseguido mandarme al ostracismo total. Se ha apoderado de toda mi obra y la está presentando como suya, por lo que he decidido, j*d*r*l*e el plan. Sé que tiene guardado una serie de poemarios para presentarlos a concursos o publicarlos en algún libro y yo que soy totalmente antisocial voy a “chafarle” el plan, y a ustedes y ustedas también, publicando sus poemas en mis redes sociales para que no los pueda publicar él. ¿Por qué esas ganas de hacer daño sin beneficio se preguntarán? Por que son míos y punto. Por j*d*r y porque creo que no son usted@s mereced@res de degustar tan insigne obra completa. Y a quién le pique… Fdo. Coronado Smith

ENTRESIJOS ®

Se encierran los ojales de la realidad

en los pliegues engañosos de la esfera;

sus agujas son traicioneras.

Tejen sin hilo las hilanderas

——————————;

todo está mal hilado.

El destino siempre ————-.

Las agujas se van turnando

en los prolegómenos de la desidia;

toda sonrisa futura

————–globo———————–

————————————-

el carboncillo todo lo ha invadido;

————————————.

PD. Esta publicación aparece en este grupo a nombre de Anotinicus_F por coacciones de su autor. Si quieren seguir la serie sigan a Coronado Smith y les hará cabrear seguro.

RAQUEL LÓPEZ

A veces los problemas desearían desvanecerse como un globo.

Esa pesada esfera que choca contra los recovecos de tu mente, que carga con suspiros nocturnos, oscuridad del miedo y tensión instalada en nuestro cuerpo y que lucha por no querer estar ahí.

Si por él fuera aflojaria el nudo dejándose llevar por la primera ráfaga de viento.

A veces esas cargas tienen que aflojarse empezar a sonreír, a entender que no se puede controlar todo, a dejar esa vida compleja… Y en ese preciso instante el hilo comienza a soltarse.

Y el globo asciende, al principio se muestra tímido como si no quisiera esa libertad, pero a medida que gana altura va desapareciendo hasta quedar convertido en un punto entre las nubes….

Abajo, el aire se hace más ligero y las cargas que sostenía el fantasma inflable se llenan de calma y a veces, por fin encuentran espacio para respirar…

Raquel L.

YOLANDA PINA REY

A estas alturas de mi vida podría decir que he dejado de creer en la humanidad, en la sociedad, en el amor, pero no caeré en semejante error. Es verdad que cuando pides consejo sobre ese chico que te gusta, ¿cuántas veces el ruido exterior hace mella en ti, tocando tu vulnerabilidad, intentando quitarte esa nueva ilusión?

​Gracias a Dios, cuando eso pasa, me elevo tan alto como pueda, vuelo libre lejos de todo ese gentío que vocifera, que critica, que busca hacer daño simplemente por el hecho de aparentar. Lo más probable es que en sus propias casas haya soledad y vacío, eco de su propia maldad, y por eso necesitan hacer que los demás se sientan igual. A esta gente, cuanto más lejos, mejor; lo importante es rodearte de personas que sumen y te aporten empatía y positividad.

​Por suerte, ese momento ya está aquí, el momento de juntarnos a celebrar ha llegado hoy, en el momento exacto que tenía que llegar. Alcemos nuestras copas, vamos a brindar.

​»Seamos ese globo frágil, lleno

DAVID MERLÁN

EL FUEGO DE SAN ANTONIO

En el año de nuestro Señor de 1278, cuando las gallinas eran sospechosamente más inteligentes que algunos nobles, el monasterio de San Julián atravesaba una extraña crisis.

El monasterio era un lugar silencioso. Demasiado silencioso. Durante el día los monjes copiaban manuscritos, cultivaban huertos y rezaban. Pero al caer la noche ocurría cosas extrañas. El caso es allí, nadie dormía.

Los hermanos recorrían los pasillos de piedra durante horas. Iban y venían bajo la luz vacilante de las velas, como almas en pena atrapadas en un laberinto.

—¿Otra vez despierto, hermano Martín?.

—Otra vez despierto, hermano Lope.

—¿Qué hora es?

—La misma que hace tres horas.

—Pues si, la misma—asintió el hermano Lope.

Aquella surrealistas conversaciones se repetían cada noche.

El abad pensó primero que era una prueba enviada por Dios. Después dobló su apuesta y pensó que era obra del demonio.

Pero si la cosa podia empeorar, empeoró cuando comenzaron las visiones: El hermano Lope afirmó haber visto a una gallina recitando salmos en latín; El hermano Martín aseguró que los santos pintados en las paredes se movían de sitio cuando nadie miraba y fray Gonzalo pasó una noche entera intentando confesar los pecados de una escoba.

—Está muy arrepentida —explicaria después—me ha confesado que quiere expiar todos sus pecados.

El abad ordenó ayuno, penitencia y rezos…, seguidos. Nada de días alternos. La situación era muy grave y toda ayuda, por muy divina que sea, era bien vendida. Pero nada de aquella sirvió de nada:

Los paseos nocturnos continuaron. De hecho, aumentaron. Los monjes recorrían los corredores con una energía inquietante. Algunos reían solos. Otros hablaban con sombras inexistentes y otros permanecían inmóviles contemplando el techo como si observaran maravillas invisibles.

Una de aquellas locas madrugadas, el hermano Martín se detuvo de repente en mitad del claustro.

—¿Lo veis?

—¿El qué? —preguntó Lope.

—Mi globo.

Los demás miraron alrededor pero nada había allí.

—Pero si está ahí mismo. Está justo encima de mi cabeza—al tiempo que hacía movimientos ostentosos.

—No hay ningún globo, hermano.

—Claro que sí. ¡Es enorme!—insistia abriendo e par en par los brazos como si quisiera abarcarlo.

Martín levantó una mano y pareció sujetar una cuerda invisible.

—Me lleva hacia arriba, hermano.

Los otros monjes comenzaron a asentir.

—Ahora que lo dices… yo también tengo uno.

—Y yo.

—Y yo.

Aquella noche una docena de religiosos recorrió los pasillos sujetando cuerdas imaginarias. Algunos afirmaban elevarse sobre los tejados y otro juró haber visitado el Paraíso y haber discutido con un arcángel sobre el precio de las cebollas.

Pero todo cambió a la mañana siguiente. Al monasterio llegó un anciano peregrino perteneciente a la Orden Hospitalaria de San Antonio.

Ante habladurías y cuchicheos, no pudo por más que enterarse de los acontecimientos nocturnos que allí pasaban y decidió tomar cartas en el asunto. Escuchó los testimonios, observó el comportamiento de los monjes y pidió ver el pan. Lo examinó unos instantes y sin ningún género de dudas hizo llamar al abad y el resto de los monjes.

Una vez reunidos a todos en el refectorio, les indicó que se e sentarán y les fue enseñando uno por uno un trozo de pan de centeno. A medida que se los mostraba, señalaba unas extrañas manchas oscuras incrustadas entre los granos de centeno.

—Aquí está vuestro problema.

—¡¡Brujeríaaaaaa!! — gritó entre alaridos el abad.

—No, no.

—¡¡Demonios!!—añadieron otros visiblemente nerviosos.

—Tampoco, hermanos.

—¿Una maldición, hijo mio?—susurro, Tranquilli, el monje de origen italiano.

—Peor. Un hongo.

Aquello decepcionó bastante a todos. El anciano peregrino les explicó que aquel intruso se llamaba cornezuelo del centeno. El caso era que, cuando contaminaba la harina podía provocar una enfermedad conocida como ergotismo.

Muchos la llamaban Fuego de San Antonio y sus síntomas eras tremendos: Algunos sufrían dolores terribles. Otros padecían visiones y otros, pues eso, insomnio al canto y nada de dormir.

El abad se recompuso tras las noticias y miró lentamente a los monjes.

Los monjes, en silencio monacal, miraron lentamente al pan. El pan permaneció sospechosamente callado.

—Entonces… —preguntó Martín— ¿mi globo no existe?

—No.

—¿Y la gallina no…recitaba salmos?

—Tampoco.

—¿Y el arcángel?

—Menos aún.

Martín bajó la cabeza.

—Pues me debía tres monedas.

—Vamos, que la escoba tenía razón de no querer confesarse, ¿No?—Afirmó resignado Fray Gonzalo.

Durante las semanas siguientes cambiaron la harina y con ello desaparecieron las visiones. Los monjes volvieron a dormir, los pasillos recuperaron su tranquilidad, las sombras volvieron a ser simples sombras y los globos desaparecieron para siempre.

Bueno, casi para siempre.

Porque años después, cuando el hermano Martín era ya muy anciano, todavía contaba a los novicios que una vez había volado sobre el monasterio sujeto a una cuerda invisible.

—¿De verdad ocurrió? —preguntaban estupefactos los muchachos.

Martín sonreía.

—No lo sé. Los sabios dicen que fue culpa del cornezuelo.

—¿Y usted qué cree?

El viejo monje miraba por la ventana, hacia el cielo.

—Creo que hay globos que no suben por el aire. Creo que algunos despegan dentro de la cabeza, y créerme, esos son los más difíciles de bajar.

FIN

PEDRO PARRINA

GLOBO SONDA

Hoy he descolgado al Cristo de la pared, le he quitado los clavos, le he limpiado la sangre, he llorado, le he implorado, le he perdido perdón por la sinrazones de los seres humanos, lo he atado a un globo y lo he enviado de nuevo al cielo, de donde, al parecer, dicen que vino.

Mientras ascendía a los cielos, le he despedido con estas palabras:

“Aquí ya no tienes nada que hacer, tú lo sabes, ellos lo saben y yo también, o no puedes o no quieres o estás harto de tanta mala fe, tanta hipocresía y tanta jilipollez.

Ve y cuéntale a tu padre lo que en la Tierra está pasando; pero no sé porque me da a mí que…

Él tampoco te va a creer”.

CARMEN BERJANO

El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

No sé si fruto de la casualidad o como mero hecho de rebeldía.

¿O era el destino?

Qué sé yo…

Pero no sé.

No soy capaz de bajarme de este globo.

Ni quiero.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

DONDE ACABAN LOS MAPAS
(Homenaje libre y personal al maestro Verne,
que despertó en mí el inmenso placer en la lectura)

Hay grandes hombres que nacen para gobernar imperios. Otros para escribir poemas y tocar el alma. El doctor Baltasar Funes había nacido para volar. No porque tuviera alas —Dios, que suele ser bastante parco en materia de complementos, no había tenido a bien concedérselas, ni a él ni ningún humano que se sepa—, sino porque desde niño siempre consideró el suelo una opinión discutible. Él era más de aire.

A los siete años se arrojó desde el tejado de su casa con un paraguas. A los nueve, desde un árbol, con dos. A los doce, desde el campanario, sin ninguno, porque había llegado a la conclusión de que los paraguas introducían en el experimento una variable innecesaria. Como pueden suponer, con los años Funes se convirtió en un habitual de la sección de traumatología. Su madre, mujer de carácter, declaró que aquel muchacho terminaría siendo sabio o muerto. Y acertó a medias.

A los cuarenta y tres años, Baltasar Funes era profesor de física, inventor de artefactos y propietario de una barba vistosa y digna de mención. Su última invención era un globo aerostático al que bautizó con el poco original nombre de Argonauta.

—Eso ya existe —observó su amigo, el profesor Octavio Menéndez.

—Sí —respondió Funes—. Pero este es distinto.

—¿En qué consiste la diferencia?

—En que este es mío.

Menéndez comprendió que aquel argumento no admitía réplica y decidió no extender más el absurdo.

El Argonauta estaba equipado para una gran expedición: llevaba mapas, brújulas, sextantes, provisiones, fusiles, una máquina de café y un cerdo, para la cuestión del avituallamiento. El porcino en cuestión se llamaba Aristóteles. No me pregunten por qué.

—¿Por qué llevamos un cerdo? —preguntó Menéndez.

—Porque pesa menos que un caballo.

—Eso no es una respuesta científica.

—Tampoco lo es la existencia del cerdo, y aquí estamos.

Menéndez volvió a guardar silencio.

La expedición pretendía atravesar África en cinco semanas, desde Zanzíbar hasta la costa atlántica, aprovechando las corrientes de aire. Partieron un lunes. El lunes siempre es un buen día para iniciar las grandes empresas porque nadie espera demasiado de él.

El Argonauta ascendió lentamente mientras la multitud señalaba al cielo.

—¡Subimos! —gritó Funes.

—Eso es evidente.

—¡Volamos!

—También.

—¡África se hace pequeña!

Menéndez miró hacia abajo.

—¿No seremos nosotros los que nos hacemos pequeños?

Esta vez Funes no respondió ante la categoría de diálogo de besugos que estaba adquiriendo la conversación. Desde el aire, los caminos se habían transformado en líneas, los ríos en cintas y las ciudades en pequeñas manchas. Los hombres, vistos desde cierta altura, parecían haber exagerado considerablemente su importancia.

Durante los primeros días todo salió a la perfección. Eso, en una expedición científica, suele ser señal de que algo terrible se aproxima. Atravesaron bosques y llanuras. Vieron elefantes, jirafas y toda suerte de bichos africanos de incontables pelajes y tamaños. Por las noches descendían cuanto podían y encendían una lámpara. Funes anotaba sus observaciones. Menéndez las corregía. Y Aristóteles, entre medias, se comía algunas. El sistema funcionó hasta que el cerdo, con hambre manifiesta, acabó por devorar el diario entero, dando al traste con cualquier registro de la expedición.

Al décimo día apareció el desierto. Las dunas se extendían hasta el horizonte y el cielo parecía demasiado grande para contenerlo todo. Durante horas no hablaron. Funes observó aquella inmensidad y recordó que los hombres habían dibujado fronteras sobre mapas, habían bautizado ríos y montañas y habían llamado «descubrimiento» a llegar a sitios donde otros seres humanos llevaban siglos viviendo.

El viento cambió, y el Argonauta empezó a dirigirse hacia el norte.

—¡No podemos ir al norte! —gritó Funes.

El viento, que carece de educación científica, no respondió. Funes examinó las válvulas y las cuerdas del globo. Tiró de una y el Argonauta descendió. Tiró de otra y el globo giró. Tiró de una tercera y Aristóteles cayó sobre Menéndez.

—¡Doctor! ¡Deje de hacer lo que sea que esté haciendo!

Funes soltó entonces la cuerda y el globo volvió a subir.

—Solucionado.

Menéndez lo miró con una expresión en la que se mezclaban la admiración y el deseo de estrangularlo.

Continuaron viaje. Las semanas pasaron. Las cinco se convirtieron en seis. Las seis en siete. Y a partir de siete aquello amenazaba con convertirse en una tragedia.

—Nuestro viaje se está alargando —observó Menéndez.

—Solo un poco.

—Llevamos veinte días de retraso.

—La ciencia no debe esclavizarse al calendario.

—Ya, pero el hambre sí.

Las provisiones disminuían. El café se terminó. El azúcar también. Aristóteles, en cambio, parecía cada día más gordo. Ninguno de los dos quiso preguntar por qué. Finalmente, una tarde encontraron una aldea junto a un río y descendieron. Sus habitantes los recibieron con una mezcla de curiosidad, temor y saludable desconfianza hacia aquel enorme objeto que había caído del cielo acompañado de dos hombres barbudos y extraños y un cerdo. Funes pidió agua mediante gestos. Le dieron agua. Pidió comida. Le dieron comida. Finalmente señaló un mapa y preguntó dónde estaban. Un anciano señaló hacia el oeste. Funes miró el mapa. Volvió a mirar al anciano. El anciano señaló otra vez hacia el oeste.

—Dice que debemos ir hacia allí —declaró Funes.

—¿Y cómo sabe que ese es el camino?

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué le creemos?

Funes observó al anciano. El anciano observó a Funes. Y Ambos asintieron.

—Porque él vive aquí y sabe lo que dice, digo yo. ¿Quiénes somos nosotros para discutirlo? —sentenció el doctor.

Desde aquel día, algo cambió en Funes. Hasta entonces había pensado en África como un territorio que atravesar. Ahora empezó a considerarla de forma diferente. Vio niños corriendo detrás del globo. Mujeres trabajando junto a los ríos. Pescadores que conocían las aguas sin necesidad de instrumentos. Hombres que observaban las estrellas sin ponerles nombres de animales en latín. Y comprendió que su expedición no era exactamente un descubrimiento. Expedición. Cada vez que escribía aquella palabra en su cuaderno, le parecía ridícula. Una noche, bajo un cielo lleno de estrellas, dijo:

—Creo que no estamos descubriendo África. Creo que África nos está descubriendo a nosotros.

Menéndez permaneció en silencio. Luego señaló al cerdo, que dormía ruidosamente. Finalmente llegaron al gran río. El viento soplaba hacia el oeste.

—El Atlántico —dijo Funes.

Menéndez miró el mapa.

—El Atlántico —confirmó Menéndez.

Se abrazaron. Aristóteles, como es obvio, no participó del abrazo, aunque los miró con cierta expresión de alegría, si es que se puede determinar dicho sentimiento en la cara de un cerdo. El último día de viaje, el Argonauta descendió sobre la costa. La barquilla golpeó la arena de forma aparatosa. Una rueda salió disparada, una válvula explotó, el sextante cayó al mar y Aristóteles salió despedido por encima de la borda.

—¡EL CERDO! —gritó Menéndez.

Corrieron hacia él. Aristóteles se levantó, se sacudió la arena y comenzó a caminar tranquilamente hacia el océano. Funes lo observó.

—¿Crees que sabe que hemos llegado?

—No.

—¿Entonces adónde va?

—A algún sitio donde no estemos nosotros. Creo que siete semanas han sido suficientes. Incluso para un cerdo.

Y se quedaron mirando cómo desaparecía.

Durante más de siete semanas y habían atravesado África. Habían pasado hambre, miedo, frío y una cantidad indecente de discusiones. También habían perdido mapas, instrumentos y buena parte de sus certezas. Pero habían aprendido que el mundo no es una cosa que pueda medirse simplemente porque uno lleve un instrumento de medir.

Funes se sentó en la arena y contempló el mar. Desde allí abajo, África volvía a parecer inmensa. Pensó en los hombres que habían mirado hacia el cielo antes que él. También pensó en los exploradores, en los mapas y en aquella incomprensible necesidad humana de poner nombres a las cosas para creer que las comprendemos.

Entonces entendió algo que no figuraba en ningún tratado de física. El hombre inventó los globos para alejarse de la tierra. Pero quizá los inventó, en el fondo, para poder mirarla. Desde arriba no había fronteras. Ni imperios. No había nombres. Solo una tierra enorme, hermosa y de preciosos colores.

Y por primera vez, Baltasar Funes comprendió que quizá viajar no consistía en llegar más lejos que los demás, sino en regresar siendo otro.

ANGY DEL TORO

Voló como…

Cuando escucho la palabra globo, siento que estás en el cielo. Quizás sea porque mi abuela decía que en La Habana las historias no se contaban, se vivían.

Aquella tarde de junio, por aquellos tiempos en que el Morro era de palo y la primavera se ponía más tensa, no se hablaba de otra cosa que de aquel hombre que quería volar.

—¡Ese hombre está loco! —decían unos, mientras que otros, muy justos ellos, reconocían que ya antes lo había hecho.

—¡Déjenlo, que cada cual sabe dónde le aprieta el zapato! —respondían algunos.

Matías no era un loco cualquiera. Era un portugués a quien llamaban el Rey de los Toldos, y empeñado estaba en demostrar que también podía conquistar los cielos.

Había comprado el globo «La Villa de París» y ya nada parecía capaz de quitarle aquella idea de su cabeza.

Hasta que una adivinadora se atrevió a advertirle a su mujer:

—Cualquier día de estos morirá en el intento.

Ella, muy preocupada, se lo contó a su marido. Pero el señor Pérez, se echó a reír.

¿Qué otra cosa podía hacer un hombre que había decidido ser también el Rey de los Cielos?

Su esposa, muy consciente de sus decisiones, le rogó

una vez más cordura:

—Matías, nunca más cuentes conmigo para tus locuras.

Y esa misma tarde, el pueblo de La Habana vio cómo Matías Pérez rumbo al norte cogió… y nunca más regresó.

EFRAÍN DÍAZ

Dos Bocas amaneció en estado de alerta.

A las cinco de la madrugada, Tirso salió al balcón de su casa con una taza de café y vio un enorme aparato estacionado en el cielo.

Lo observó durante varios minutos. No se movía.

—¡Ven acá! —llamó a su mujer—. Mira eso.

Ella salió, miró hacia arriba y tampoco supo qué decir.

La noticia corrió como pólvora y, en cuestión de minutos, buena parte de los jíbaros de Dos Bocas estaba en la calle, mirando al cielo y elaborando teorías con la seguridad propia de quien no sabe absolutamente nada del asunto.

—Esa cosa es de espionaje —sentenció Lolo.

—A lo mejor son los rusos —dijo Cico.

—¿Y qué carajos querrían averiguar los rusos en Dos Bocas? —preguntó Mariano—. ¿Cuántos cerdos, vacas y cabros tenemos?

Wiso levantó la mirada con preocupación.

—A mi porqueriza que ni se asomen. De mis lechones no se llevan ni un pedazo.

—¿Y si son marcianos? —preguntó Tano.

Hubo un breve silencio.

—Si son marcianos, están jodíos —dijo Cindo—. Vinieron al lugar equivocado. Aquí lo único que hay es hambre y miseria.

Aquello no tranquilizó a nadie.

Durante la siguiente media hora, Dos Bocas desarrolló su propia crisis internacional. Unos aseguraban que el aparato era ruso. Otros, americano. Alguien mencionó a los chinos, aunque nadie pudo explicar qué interés estratégico podía tener China en un barrio donde todavía había gente que cocinaba con leña y por baños utilizaban letrinas.

De repente, el globo comenzó a perder altura.

—¡Se está cayendo! —gritó alguien.

Aquello bastó.

Los presentes salieron corriendo y se escondieron donde pudieron. Unos detrás de los árboles. Otros dentro de sus casas. Mariano se metió debajo de una carreta y Wiso corrió hasta su porqueriza, quizás convencido de que, si aquello era efectivamente una invasión extranjera, debía defender personalmente el patrimonio porcino de la familia.

El aparato descendió lentamente hasta caer en la parcela de Tato.

Pasaron varios minutos antes de que comenzaran a salir de sus escondites.

Todos miraron a Tato.

—Está en tu parcela. Ve y averigua qué es.

Tato los miró como si acabaran de pedirle que desembarcara solo en Normandía.

—¿Quién, yo? Están locos. ¿Y si salen hombrecitos verdes?

Entonces, nadie más insistió.

Poco a poco fueron acercándose, aunque manteniendo una distancia que todos consideraban prudencialmente prudente.

Al rato apareció por la carretera una van que nadie reconoció. No era del barrio.

Eso empeoró las cosas. Del vehículo bajaron tres hombres. Uno de ellos preguntó:

—¿De quién es la parcela donde cayó el globo?

Todos se miraron pero nadie contestó.

Tato comprendió que la propiedad privada tiene sus inconvenientes y no le quedó más remedio que dar un paso al frente.

—Esa parcela es mía —dijo finalmente—. ¿Qué carajos es eso que se estrelló ahí?

—Es un globo meteorológico.

Los hombres explicaron que el aparato recogía información sobre las condiciones atmosféricas y que servía para ayudar a pronosticar el tiempo.

—Este es un globo de prueba —añadió uno—. Ahora tendremos que averiguar por qué cayó.

Cindo dio un paso al frente.

—¿Y esa cosa puede decir cuándo va a llover?

—Técnicamente, sí. Podemos saber con anticipación cuándo va a llover, cuándo habrá viento y hasta si se aproxima una tormenta.

Los hombres de Dos Bocas se miraron entre sí.

Bartolo, que hasta entonces había permanecido callado, escupió hacia un lado.

—Yo puedo decirles todo eso mirando la luna y las estrellas.

Los tres técnicos lo miraron incrédulos.

—¿Y con cuánta anticipación?

Bartolo se encogió de hombros.

—Depende.

—¿Depende de qué?

—De la luna y las estrellas.

No hubo argumento científico capaz de superar aquello.

Los hombres recogieron el globo, guardaron los instrumentos en la van y se marcharon.

Lolo esperó a que desaparecieran por la carretera y abrió el bar.

Todos entraron. Había sido una mañana larga y Dos Bocas acababa de sobrevivir, sucesivamente, al espionaje ruso, una invasión marciana y una amenaza contra la industria porcina nacional y merecían café.

Durante el resto de la semana siguieron hablando del globo.

Bartolo, en cambio, no volvió a mencionarlo.

Dos días después miró la luna al caer la tarde y anunció:

—Mañana llueve.

No cayó ni una gota de agua. Pero nadie se lo reprochó.

Después de todo, el globo de los americanos tampoco había podido predecir que iba a caerse.

PRESEN RODRÍGUEZ

LA NUBE, EL GLOBO OCULAR Y LAS GAFAS JUBILADAS.

Durante más de quince años llevé gafas.

No unas gafas cualquiera, no. Las mías iban evolucionando conmigo.

Cada vez que acudía al oftalmólogo, salía con más graduación.

—Necesita aumentar un poco —me decían.

Y yo obedecía.

Un poco hoy, otro poco mañana… y así, poco a poco, mis gafas empezaron a tener unos cristales que, sinceramente, podían servir para estudiar el universo.

Yo insistía:

—Es que veo como una nube en el ojo.

Pero parecía que aquella nube no preocupaba demasiado.

—Más graduación.

Y yo pensaba:

«Pues debe de ser una nube muy, muy miope».

Pasaron los años y siguieron aumentando los números de mis cristales. Hasta que un día, la persona que me hacía las gafas miró la receta, me miró a mí y volvió a mirar la receta.

—Esto no es muy normal…

¡Por fin! Alguien que también sospechaba que mi ojo estaba organizando algo por su cuenta.

—Yo es que veo una nube —le expliqué.

Y allí seguía la nube. Fiel, persistente y cada día más cómoda dentro de mi globo ocular.

Porque aquella era su casa, al parecer.

Yo iba cambiando de gafas, pero ella no se mudaba.

Hasta que, por fin, alguien decidió mirar un poco más allá de mis dioptrías y descubrimos la verdad.

¡No era que necesitara más graduación!

¡Es que tenía cataratas atópicas!

Después de tantos años intentando que desapareciera aquella nube a base de ponerme cristales cada vez más potentes, llegó el gran día de la operación.

Confieso que mi globo ocular y yo no sabíamos muy bien qué esperar, pero salimos de aquella aventura con una sorpresa maravillosa.

¡La nube desapareció!

Y con ella, después de más de quince años de convivencia, también llegaron las despedidas.

Miré mis gafas.

Ellas me miraron a mí.

Bueno… en realidad ellas no podían mirarme, porque eran gafas, pero el momento fue muy emotivo.

—Hemos vivido muchas cosas juntas —les dije—. Me habéis acompañado durante años, habéis sobrevivido a caídas, manchas, arañazos y a esos momentos en los que os buscaba desesperadamente… ¡mientras las llevaba puestas!

Pero había llegado el momento.

Mis gafas se habían quedado sin trabajo.

Después de tantos años, mi globo ocular había decidido jubilar también a sus cristales.

Y así fue como me despedí de mis fieles compañeras.

Quince años juntas dan para mucho.

Pero, sinceramente…

¡Qué alegría poder decirles adiós y verlas perfectamente mientras se alejaban!

Simplemente Presen.

JUAN C VALTIERRA

El nuche

Por Juan C Valtierra

A don Refugio Solórzano nunca le faltó nada, y esa fue su desgracia. Cien vacas, un balcón de fierro, una hija que le tocaba el piano los domingos. En la feria de San Marcos, cuando Amparo tenía seis años, él le compró un globo colorado, y ella lo soltó a propósito nada más para verlo subir, para ver cómo algo hermoso podía perderse sin que doliera. Lloró después, claro, pero fue un llanto de niña rica, de los que se secan con un dulce. Don Refugio se rió esa tarde. Se reía de todo entonces. En la cantina había una rocola con un disco de dos hombres con cascos de robot, y cuando ganaba una apuesta la ponía y decía one more time, una vez más, como quien tiene tanto que hasta puede pedir que la vida se repita.

Nadie sabía por qué le había ido tan bien, tan de repente, después del año de la sequía en que la gente comía nopal sin sal y tortilla con nada. Él sí sabía. Una noche de San Bartolo fue solo hasta la cruz del camino a Teocaltiche. Le salió un hombre de sombrero, con las botas llenas de tierra colorada, y le dijo que sí a todo. Solo pidió una cosa, tan chica que a don Refugio le dio risa: un poco de él, prestado. Se dieron la mano bajo la luna, y esa noche los perros no dejaron de aullar, como si también ellos tuvieran hambre de algo que no se come.

Porque eso fue lo que le tocó pagar, aunque tardó años en entenderlo: hambre. No la de la panza, que esa la mataba con un plato de frijoles. Otra hambre, más honda, que empezó el día que le apretó el sombrero al hombre de la cruz y no le soltó los dedos. Una hambre agazapada, esperando su hora, mientras el ganado se multiplicaba como agua de presa rota y Amparo crecía tocando a Chopin sin saber que la abundancia de su casa tenía dueño, y que el dueño, tarde o temprano, siempre pasa a cobrar.

Empezó con una comezón en la nuca, la noche exacta en que se cumplían los años. No se lo dijo a nadie. Le salió un grano duro, con un puntito negro que respiraba cuando le acercaba una vela, como boca chiquita, hambrienta, mascando en lo oscuro.

—Es una espina de la cerca —le dijo a Amparo, y siguió fumando, y siguió pidiéndole el Chopin los domingos, y después, ya borracho, la canción de los robots, para reírse los dos de lo ridículo que sonaba en español lo que ni en español decían.

El nuche, le explicó al fin una curandera de San Julián, con la boca torcida de lástima vieja, es una mosca que pone su cría bajo la piel, y a veces, rara vez, bajo la de un cristiano que anduvo prometiendo cosas donde no debía. La larva no mata rápido. Come despacio, saboreando, con el hambre paciente de lo que sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

—¿Usted qué prometió, y a quién, allá por la cruz del camino? —preguntó la vieja, sin levantar la voz.

Don Refugio no contestó. Le temblaron las manos igual que aquella noche, y eso, para la curandera, fue suficiente.

—No es un gusano. Es un cobro. Y lo que tiene hambre adentro de usted no se llena con nada que se compre.

Vendió vacas para médicos que buscaban en los libros lo que solo estaba escrito en la tierra colorada del camino a Teocaltiche. El bulto le crecía como una segunda cabeza. De noche escuchaba el masticar diminuto, comiéndose los domingos, comiéndose el Chopin, comiéndose la risa.

Cada semana, bajo los arcos de cal del lavadero público, entre las palmas y el chorro frío que nunca se secaba, las mujeres del pueblo tallaban ropa ajena de rodillas, con los rebozos cruzados y los pies descalzos sobre la piedra mojada. Y entre las sábanas de otras casas empezaron a llegar las de la casa grande, manchadas de un oscuro que no era tierra ni vino ni nada que ellas conocieran, un oscuro que no salía ni con jabón de tierra ni con dos días de sol. Ninguna decía nada en voz alta. Se pasaban la sábana de mano en mano, la estrujaban en el filo de piedra, y se persignaban despacito, como quien lava sin querer terminar de enterarse de qué está lavando. Así se supo en todo San Julián, antes de que nadie lo dijera con palabras, que a don Refugio se lo estaba comiendo algo por dentro, y que ni el agua más fría del lavadero iba a alcanzar para dejarlo limpio.

Amparo dejó de tocar. Cada nota le sonaba a vaca menos, a ladrillo menos del balcón que su padre iba desmontando pieza por pieza. Un día llegó una carta de Chicago. Otro día el piano ya no estaba, y quedó nada más el rectángulo claro en el piso, como la sombra de algo que tarda en irse del todo. En la estación, antes de subir al camión, Amparo miró hacia arriba, sin querer, buscando algo colorado en el cielo que ya no estaba ahí, que se había ido hacía años, y le dijo a su padre una frase que él nunca repitió a nadie.

La curandera se lo sacó un domingo de octubre, con tabaco molido y una paciencia de siglos. Se lo enseñó en la palma de la mano: blanco, chiquito, con anzuelos negros como espinas de nopal, todavía moviéndose, todavía buscando adónde agarrarse, todavía con hambre.

—Esto era todo lo que tenía adentro —dijo don Refugio, sin llorar, porque ya no le quedaban lágrimas: se las había gastado en el camino a Guadalajara, en la estación, viendo el polvo que levantaba el camión de su hija.

Se quedó con la casa vacía y el hoyo en la nuca, un ombligo torcido que nunca cerró bien. En las noches iba a la cantina, sin vacas, sin hija, sin fierro forjado, y le pedía al rocolero la canción de los robots. One more time. La máquina repetía la frase, como si repetirla alcanzara para devolverle un domingo, una nota de piano, una hija que todavía no sabía que se iba a ir, un globo colorado todavía amarrado a una muñeca chiquita.

Pero la canción, como todo en Los Altos, se corta a la mitad, con ese chasquido seco de las rocolas viejas. Y el silencio que queda después tiene hambre también, y se come lo poco que queda.

Cada veinticuatro de agosto le vuelve la comezón. Tantito nomás. Lo justo para que no se le olvide con quién quedó a deber, y que hay hambres que no se matan con un plato de frijoles ni con cien vacas, sino que se heredan, despacito, de nuca en nuca, de globo en globo, hasta que a alguien, algún día, se le acaba del todo la cuerda con que sostenerlas.

CESAR TORO

Globo.

Me subo en el globo y empieza la gran aventura, sin combustible ni fuego sólo el viento lo lleva de un lado a otro; a veces me encuentro en la mitad de mundo y otras me lleva al caribe, en una ocasión soplaron tan fuerte los vientos que logre atravesar el atlántico y amanecí en las Canarias, aquí los bañistas desnudan su alma y se olvidan del mundo.

El globo es mágico y confortable cuando aparece el arco iris se llena de colores y cuando arrecia la lluvia todo se torna gris a veces bajo a lo profundo del charco y subo por peligrosos acantilados que me llenan de angustia y terror; pero luego el sol resplandece y sigo a través de la vasta llanura disfrutando de maravillosos paisajes y la compañía de mis semejantes, disfruto extasiado esta excelente aventura.

El ruido ensordecedor de la alarma me despierta. Doy un salto al vacío y caigo en un globo más grande llamado realidad y continúo mi viaje…

César Toro.

CONCHA CARIAS

GLOBO

El primer globo era rojo, brillante. Apareció a las seis de la tarde. Hinchado, parecía a punto de salir y volar por su cuenta.

Mi hermana había comprado una bolsa entera para la fiesta, y entre mi cuñado Willy y yo nos tocó la tarea de inflarlos.

Soplé uno, otro, y al tercero tuve que parar. Las dos cajetillas de tabaco diarias hicieron que mis pulmones protestaran.

—¡No seas vago! —protestó mi cuñado—. ¡Quedan muchos!

Volví a soplar, y aquel azul metálico creció hasta hacerse enorme y, por un momento, creí que, si seguía insuflándole aire, acabaría por explotar.

—Los globos empiezan de esta forma —dijo mi cuñado, riéndose—Primero un poco de aire y luego ya no sabes cuándo parar.

«Qué gracioso», pensé para mí, aunque más tarde entendería que aquello también era una advertencia.

El inicio de la fiesta empezó con música, canapés, tarta, refrescos… Antes de cortar la tarta, mi hermana abrió una botella de champán y llenó los primeros vasos. Con la primera copa me animé. Creí que aquel líquido burbujeante no me iba a subir, por lo que yo mismo me serví otra. A la tercera ya empecé con el Johnnie Walker.

Sentí que la charla con los asistentes se volvía más divertida, las luces más cálidas, hasta me reí a carcajadas de los chistes malos.

—Eyyy, figura, ya tienes un buen globo —me advirtió mi cuñado.

—¿Un globo?

—Sí, ya estás bastante contento.

Me reí, aunque entendí que un globo no era solo aquellas cosas de colores que colgaban del techo, y que podía ser eso que empieza a crecer en uno tras unas copas de más. Me sentía con una euforia redonda, de esas que te hacen creer que en la vida todo va bien.

Y llegó la hora de marcharme:

—¡Tomas! Te llevo yo —dijo mi hermana.

—No hace falta… Estoy perfecto para conducir —contesté con tal seguridad que llegué a creérmelo.

Cogí el coche y durante los primeros kilómetros la carretera estaba tranquila, sin tráfico, pero poco a poco las luces parecían tan brillantes como los globos que inflé aquella tarde, y las líneas de la carretera parecían onduladas.

Entonces aparecieron las luces azules. Una patrulla de la Policía estaba detenida en una zona de tierra anexa al arcén. Y vi una luz amarilla que me indicaba hacia la derecha. Con cuidado, entré en la explanada:

—Buenas noches —dijo un agente—. Control de alcoholemia.

La palabra me produjo un pequeño escalofrío. ¿Alcoholemia?

El globo que llevaba dentro acababa de cambiar de significado. El policía me invitó a soplar aquel aparato del que durante años había oído hablar simplemente como el globo.

—Sople usted hasta que yo le diga.

Y soplé, aunque, como aquella tarde, sentí que me faltaba el aire.

—Ahora salga usted del coche y va a caminar sobre la línea blanca.

Mis pies no andaban uno detrás de otro, hasta que perdí el equilibrio.

Me hicieron esperar, mientras me vinieron a la mente los globos de la fiesta, similares al que acababa de inflar. Todos aquellos globos hinchándose poco a poco, creciendo hasta ocupar el techo, pero este no era de aire, era de alcohol.

Los agentes me indicaron que apartara el vehículo a un lado de la explanada y lo cerrara. Tenía que acompañarlos a la comisaría.

Una vez allí, sentado junto a otros individuos que balbuceaban o se habían quedado dormidos en aquellas incómodas sillas, y no sé por qué, me entró la ira.

Tambaleándome, me acerqué al mostrador y le grité al agente que yo estaba bien, que no era un borracho como todos aquellos que estaban allí presentes.

Uno de ellos se levantó y me pegó un puñetazo en la cara, después otro en las costillas, hasta que aquello terminó en una batalla campal.

Cuando abrí los ojos, estaba en una camilla, tras una cortina blanca. Mi hermana estaba sentada junto a la cama. Aturdido, pregunté:

—¿Qué pasó, Betty?

No respondió.

—¿Dónde estoy?

—En el hospital.

Intenté incorporarme, pero un dolor intenso me atravesó la cabeza.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Mi hermana bajó la mirada.

—Desde anoche.

Me llevé una mano a la frente. Al volver todo a mi mente: la fiesta, los globos, el coche, la policía, el control, el positivo del globo…

—¿Qué pasó con el globo del control?

Mi hermana respiró hondo.

—No hubo ningún control.

La miré sin entender.

—Claro que lo hubo. Un agente me hizo soplar, me quitó las llaves del coche…

—¡No! —dijo con voz temblorosa.—Te encontraron después del accidente.

—¿Qué accidente?

Mi hermana no contestó.

Miré a mi alrededor.

Sobre la mesilla había una fotografía. No sabía de dónde había salido. Lo observé durante unos segundos y sentí que la cabeza volvía a dar vueltas.

Mi hermana, fuera de sí, dijo:

—Saliste borracho. Cogiste el coche, y la policía llegó después del accidente.

—¿Y el globo?

—¿Qué globo?

—El aparato. El de la prueba.

Mi hermana cerró los ojos.

—Te hicieron la prueba en el hospital porque estabas inconsciente.

Entonces me quedé mirando el techo, y de nuevo empecé a recordar… No hubo ningún control en la carretera, ni la policía me detuvo. Tampoco me quitaron las llaves. Aquello había ocurrido después del accidente, al intentar despertarme.

Había mezclado recuerdos, voces y conversaciones en una sola historia.

—¿Y la fiesta?

Mi hermana me miró con tristeza.

—La fiesta sí ocurrió, pero no era una celebración.

—¿Entonces?

Betty señaló la mesilla, sobre la que había una foto de mi casa. Allí estábamos en el despacho de mi padre: mi hermana, yo y, delante, un gran globo del mundo que a mi padre le encantaba.

Mi padre sonreía, pero ya llevaba ocho años muerto.

—Era su cumpleaños, que celebramos todos los años —dijo con rabia.

Miré otra vez la fotografía, y comprendí algo todavía peor. Aquella noche, antes de coger el coche, bebí solo. No había globos, ni aquel ágape, ni botellas de alcohol. No estaban mi hermana, su marido, sus hijos, ni aquellos amigos íntimos de mi padre a los que les reí los chistes malos.

Celebré el cumpleaños de mi padre, solo, sentado frente a aquella fotografía. Había bebido hasta perder el control, y después me cogí el coche para ir a la licorería a por otra botella de whisky.

Lo irreal lo había inventado mi cabeza para esquivar el motivo real del golpe.

—¿Y el coche?

No respondió. No hizo falta. Giré la cabeza hacia las cortinas del box. Sentí cierto mareo y noté la cabeza vendada. En el techo, suspendido, había un globo rojo, brillante, que empezó a soltar un ruido: «Psssssss».

El globo comenzó a deshincharse, y entonces comprendí el desvarío de mi mente. No era fiesta, no era la borrachera, no era la policía, ni el mundo girando… Era el aire que se escapaba de mí.

Por ConchACArias

MARÍA JESÚS GARNICA PARDO

Todo paso sin querer, qué yo te hablo, tú no me contestas.

Y la cosa se fue inflando, como un globo.

Siempre a pasado, qué uno quiere y otro no. Pero con las redes sociales, el globo se hincha mucho.

Y explota.

Lo que podía ser una relación sana, paso a estar intoxicada por muchos comentarios.

MARIO NÚÑEZ

El sitio de los globos existe.

Es verdad, podría ser el valle de Capadocia en Turquía, pero no escribo sobre ese.

Tampoco me refiero al del valle de Napa en California, o al de Serengueti en Tanzania, o al de Bagan en Myanmar, ni al de Luxor en Egipto.

El sitio de los globos del que hablo puede estar en cualquier rincón del planeta – que también es un globo que viaja en torno al sol por un costado de la galaxia -.

Ocurre que todos tenemos tan interiorizado el mayor secreto de los globos, que ni lo recordamos, pero la mayoría de las personas cumplimos con su designio desde que termina la infancia, a veces, durante toda la vida.

En ocasiones lo superamos en la vejez o en la locura.

O a veces, cuando estamos intoxicados por algún producto de esos que no se nombran – por aquello de la censura de las redes -.

Pero los globos tienen un gran poder, y cuando se concentran en algún sitio, todos los que viven allí tienden a cumplir su designio.

Los globos vigilan, y cuando una persona dice siempre la verdad, cuenta todo lo que siente, con miedos, necesidades y todo, el que se atreve a romper el mandato, empieza a flotar, luego se eleva, hasta que desaparece allá, en los cielos a los que ni los aviones llegan.

Y claro, mucho antes de aquella altura, la persona ya no existe por falta de aire que respirar.

No es ninguna religión, ni superstición, ni elevación alguna.

No.

Es el poder secreto de los globos.

MARA SERBIA

El globo del escribidor

Algunas historias se salen de las manos.

En Lajas siempre han pasado cosas extrañas.

Durante años, los habitantes del suroeste aprendieron a convivir con un enorme globo blanco suspendido sobre Palmarejo. No llevaba pasajeros ni anunciaba nada. Era un aerostato equipado con radar para vigilar las costas, detectar embarcaciones y aeronaves de baja altura. Su presencia estaba relacionada con la vigilancia del narcotráfico y la entrada ilegal de personas.

Yo trabajaba en el gobierno cuando aquel globo comenzó a formar parte del paisaje. También supe que no siempre estaba allí. A veces desaparecía y nadie parecía tener prisa por explicar por qué.

Por entonces, FURA, las Fuerzas Unidas de Rápida Acción, participaba en la vigilancia marítima junto a las agencias federales.

Pero el globo tenía otra reputación. Los lajeños decían que no solo vigilaba las costas. Vigilaba el cielo. No era difícil que surgieran esas historias. Cerca estaba la llamada Ruta Extraterrestre, donde durante años se habían contado historias de avistamientos y luces inexplicables. Y en La Parguera, a poca distancia, el mar se encendía por las noches cuando las lanchas agitaban el agua fosforescente. Demasiados misterios para un mismo lugar.

La noche en que ocurrió todo, FURA recibió la alerta de una embarcación sospechosa acercándose a la costa. El aerostato estaba funcionando y el radar la había detectado. Pero también apareció otra señal. Esta vez venía de tierra. Avanzaba lentamente por la carretera PR 303. El operador pensó primero que se trataba de un vehículo, pero la señal no seguía la carretera. La atravesaba. Desaparecía y reaparecía más adelante, como si pudiera traspasar casas, montañas o cualquier obstáculo. Concluyeron que parecía una persona. Una mujer.

Algunos habitantes de la zona aseguraban haberla visto aquella misma noche caminando por la carretera. Otros decían haber escuchado sus lamentos. La llamaban la Llorona de Lajas. Según la leyenda, aparecía cerca del puente y buscaba algo que había perdido.

Otros hablaban de los desmembrados de la PR-116, figuras incompletas que aparecían caminando de noche.

Mientras tanto, en La Parguera, una mujer que viajaba sola en una lancha apagó el motor. El agua comenzó a iluminarse. Primero fueron pequeños destellos azules alrededor del casco. Después las luces empezaron a formar una línea continua que parecía dirigirse desde el mar hacia Palmarejo. La mujer levantó la mirada. El aerostato brillaba. No desde afuera, desde adentro.

En la estación de FURA, el operador amplió nuevamente la señal. Había desaparecido de la carretera. Ahora ascendía directamente hacia el aerostato. Entonces apareció en la pantalla una palabra que nadie había introducido: REGRESO.

El sistema se apagó. Suceso que no extraña, en el país ocurre todo el tiempo debido a los relevos de carga eléctrica.

A la mañana siguiente, el informe oficial registró una falla eléctrica y no mencionó ninguna señal terrestre, ninguna mujer ni ninguna luz. El operador, sin embargo, había guardado una copia de la última imagen. Era una fotografía del aerostato suspendido sobre Palmarejo. Debajo aparecía una fecha: 17 DE JUNIO DE 2011.

Todos en Lajas conocían aquella fecha. Ese día el aerostato se había perdido durante una tormenta. La versión oficial decía que los vientos lo habían arrancado de sus amarres y que había caído al mar. Pero en la fotografía seguía allí. Intacto.

Debajo del globo había dos personas mirando hacia arriba. El operador se reconoció a sí mismo. La otra persona era la mujer de La Parguera. Lo imposible no era que los dos aparecieran juntos. Lo imposible era que la fotografía había sido tomada en 2011. Y aquella noche era la primera vez que ellos dos se habían visto.

El operador volvió a mirar la imagen. Entonces descubrió algo que no había visto antes. Detrás de ellos había una tercera figura. Otra mujer. Estaba de espaldas. Miraba hacia el cielo.

El operador la reconoció por la ropa.

Era la misma que aparecía aquella noche en la carretera. La misma que, según la leyenda, llevaba años buscando su cabeza. La misma que ahora estaba en la fotografía de 2011.

En ese momento entendió por qué el informe estaba incompleto. El aerostato no había desaparecido en aquella tormenta. Había abierto una puerta. Y quizás aquel enorme globo blanco nunca había estado allí para mirar hacia el mar. Quizás estaba mirando hacia nosotros.

Meses después, lograron arreglar la avería eléctrica y el aerostato volvió a elevarse sobre Palmarejo.

Desde lejos parecía el mismo de siempre: blanco, inmóvil y silencioso. Pero los que observan con atención pueden ver algo extraño. En la parte inferior de la esfera hay una pequeña apertura oscura, algunas noches, cuando el viento sopla desde La Parguera, quienes miran con atención detectan una luz azul descender lentamente.

Como si alguien, desde el otro lado, todavía estuviera señalando el camino de regreso.

JOSUE GONZÁLEZ

Globo.

Hoy no encontré una flor en mi jardín. Decidí llevarle un globo; colorado, inflado con helio y en medio, un corazón.

Pero que ¡tonto! pensaba que me veían las personas.

¿Quién a sus 39 años regala un globo?

Se sabe que para el amor es una rosa. Susurro un cretino.

Caminé por dos largas horas, mientras recitaba mil razones de mi globo hinchado con helio. No encontré una buena.

¿Un globo? Preguntaste acertadamente. ¿Con un corazón en medio? Remataste. ¿Donde es la fiesta, hijo mío ? Y echaste a reír.

Solo pude sonreír. Al final olvidarías que incluso estuve ahí, como otras veces era mi nombre o que soy tu hijo.

Que más da si era un globo o una flor. Me llamaste hijo y no

Quién soy.

MARIANA DI PASCUA

EL PREMIO CONSUELO Tema :globo.

¡Por lo menos yo quería un premio consuelo!

Todos queremos ganar a veces para sentir por un momento que somos mejores en algo.

Yo no quería ganar en un concurso de cocineros, tampoco en un concurso deportivo o de pesca. Yo quería un premio especial, el «globo de Oro» de la semana. Un premio alternativo paralelo al premio semanal común. Yo pensaba que estaría bueno que Cris inventara ese premio para los que nunca salimos ganadores, para los que quizá no tenemos tanta hinchada. Algo así como un lastimoso premio consuelo, aún si no somos destacados escritores. El premio a la constancia de la escritura semanal.

Un premio no tanto por lo literario, o si, un premio que consista en un globo dorado con helio que salga desde España, cruce el Atlántico y llegue a mi pequeño pueblo, magicamente a mis manos,con una nota prendida al piolin.

La nota podría decir :»mención especial de la Escritura Creativa de cuatro hojas para Mariana Di Pascua Ríos». Así de esa manera, se de ese reconocimiento del globo de oro a todos los escritores fieles a la página, que nunca hemos ganado las elecciones, porque la política suele ser injusta, gana el bueno o gana el no tan bueno. Un poquito de corrupción haría volar ese globo dorado hacia muchos países con escritores que humanamente quieren el símbolo de ganador.

FRAN KMIL

Globo.

Los globos de Eliseo

Eliseo aseveraba que nunca moriría, que su cuerpo no conocería la corrupción y que sería trasladado al cielo por la gracia divina.

Lo de que nunca moriría ya empezaba a creérselo la gente, porque nadie en el pueblo recordaba su edad y él se negaba a decirla. Pero lo de la traslación al cielo era harina de otro costal.

No fue un santo, tampoco piadoso. No iba a misa los domingos ni se confesaba con el cura. Cometía sus pecados; no se puede decir que hubiera vivido en rectitud. Pero malo, malo, no lo era. Era un hijo más de Laja Blanca, pueblo de gente de poca instrucción, pero de grandes intuiciones; gente que sabía de agricultura porque había aprendido a leer las señales del tiempo.

Eliseo murió.

Pero esa no fue la noticia.

La noticia fue que había dejado siete globos de colores, inflados por él mismo, con su boca, amarrados frente a la entrada de su casa, a la madera de la cerca que limitaba la propiedad.

Había ordenado que los siete globos se ataran a unas púas en el lateral derecho del camino que iba de su casa al cementerio y que lo llevaran a enterrar en la carreta de bueyes, con los mismos bueyes con que se araba la tierra. Cuando su féretro pasara frente a un globo, este debía estallar.

Se armó un alboroto en el pueblo.

Unos decían que no se podía hacer caso a las ideas seniles de un muerto; otros, que la voluntad de los difuntos debía respetarse.

Triunfó el segundo bando.

El primer globo, blanco, se ató a la baranda del portal. Fue el primero.

Al explotar, se oyó una voz de trueno, parecida a la de Eliseo joven, que ordenó:

—¡Ven!

El segundo globo, rojo, coincidió con la entrada de la casa de Magdalena, vieja chismosa y enredadora, con una lengua que abría las carnes como espada afilada.

Al reventar, se sintió un fuerte olor a sangre vieja y putrefacta.

Los bueyes de la carreta se detuvieron en seco, bufando, con las orejas gachas, negándose a pisar aquel aire contaminado. En la procesión, la paz que había dejado el desconcierto del primer globo se evaporó de golpe. Vecinos que se habían saludado aquella misma mañana empezaron a mirarse de reojo, masticando viejos agravios, como si la peste de aquel aire les estuviera desenterrando los rencores escondidos en el pecho.

El tercero, negro, estaba clavado frente a la casa de Julián, la mejor del pueblo, construida, según las historias de la gente, con las onzas que robaba en cada pesada de su tienda.

Al estallar el globo, un crujido seco recorrió los bolsillos y las alforjas de los presentes. Una ráfaga de viento helado barrió el polvo del camino, dejando en la boca de todos un sabor a ceniza y sémola rancia.

En ese instante, los costales de grano que los campesinos cargaban en sus carretas se sintieron de pronto más ligeros, como si el aire mismo se hubiera bebido la sustancia de las cosechas, recordando el hambre vieja que el pueblo había padecido por culpa de las balanzas tramposas de Julián.

El cuarto, amarillo, estaba frente a la casa de Pablo, cuyo hijo se había marchado del pueblo para hacerse juez y luego político.

Al detonar el globo, no hubo trueno ni olor.

Se hizo un silencio sepulcral, como el que queda en los juzgados después de una condena.

Un frío de tumba bajó por el camino, y la sombra de la carreta de bueyes pareció alargarse tanto que cubrió las fachadas de las casas, tiñéndolas de un tono pálido y mortecino.

Los presentes sintieron un vuelco en el estómago, la certeza muda de que el poder de los hombres de leyes, lejos de Laja Blanca, era un animal invisible que se alimentaba de sus propias vidas.

El quinto globo era azul celeste, casi blanco, como si llevara la luz encerrada dentro.

Estaba frente a una choza desbaratada junto al río, abandonada desde el día en que Sara y su pequeña hija fueron arrastradas por la corriente de una crecida. Nadie en el pueblo había olvidado la tragedia, pero tampoco nadie se había atrevido jamás a reclamar la propiedad.

Al romperse el globo, la luz contenida se esparció por el aire como un murmullo de agua mansa.

Un llanto doble y clarito, de mujer y de niña, resonó en el fondo del río. No era un llanto de dolor, sino de una paz tan limpia que obligó a los hombres de la procesión a quitarse el sombrero y a las mujeres a persignarse, sintiendo que la tierra misma pedía perdón por haberlas olvidado.

Fue justo después de este quinto globo cuando alguien en el gentío, tal vez el maestro de escuela o el sacristán, que tanto leía, ató cabos en silencio y palideció.

Pasó la voz en un susurro tembloroso:

—Los globos son los sellos del Apocalipsis.

Un gran temor, espeso y frío, se apoderó de todos los congregados.

Nadie quería dar un paso más.

Sabían lo que venía en las Escrituras si el sexto globo estallaba: el gran terremoto, el sol negro y la luna teñida de sangre.

Los curiosos que se habían unido al cortejo fúnebre por pura novedad fueron los primeros en romper filas, abandonando el camino a toda prisa.

Los bueyes volvieron a plantar las patas en el barro, tercos, como si compartieran el espanto de los hombres.

El pánico empezó a sembrar la discordia.

Frente a la choza en ruinas de Sara, alguien propuso una solución desesperada: enterrar a Eliseo allí mismo, entre las ruinas abandonadas junto al río, y soltar los globos que quedaban para que el viento se los llevara lejos, antes de que el mundo se les viniera encima.

Con manos temblorosas, desataron las cuerdas de las púas. Cortaron los amarres con la prisa de quien se quita de encima una maldición, esperando ver los últimos globos perderse en el azul del horizonte.

Pero la física de Laja Blanca se rompió aquel día.

Los globos no se marcharon.

Subieron apenas unos metros y se quedaron allí, suspendidos, fijos en el cielo sobre el pueblo como una permanente espada de Damocles.

El sexto y el séptimo sello, intactos y preñados de cataclismo, flotaban a la vista de todos, esperando el roce de un ave, una rama o un viento demasiado rudo para desatar el fin de los tiempos.

El cementerio quedó olvidado.

Sepultaron a Eliseo a la carrera, bajo el suelo de tierra de la vieja choza junto al río, que aún susurraba un llanto limpio.

Nadie se atrevió a abrir el féretro para comprobar si su cuerpo conocería la corrupción o si, en el silencio del miedo colectivo, la gracia divina ya lo había trasladado al cielo.

Desde entonces, en Laja Blanca nadie habla en voz alta, nadie camina con prisa y todos viven con los ojos fijos en las alturas, sabiendo que su destino pende, literalmente, de un hilo.

HEIDI SÁNCHEZ

El globo

Mi primer susto me lo dio un globo.

Estaba lleno del aliento de mis padres,

en aquella temprana edad

en que el mundo cambia entero

dentro de una habitación.

Aquel globo llevaba el aire de la infancia,

ese cantar profundo

donde escuchaba la historia de Matías Pérez,

el hombre que quiso subir al cielo

y terminó convertido en leyenda.

Quizá por eso, desde entonces,

los globos siempre me han parecido

una forma de esperanza.

Aquel apuntaba hacia un sur profundo.

Yo lo miraba

como quien mira una dirección posible,

sin saber todavía

que también se puede emigrar

con la cabeza.

Mi cabeza, ya entonces,

estaba rociada de amaneceres tibios

y de todos esos sentidos

que todavía no sabían nombrarse.

Después aprendí

que un globo que revienta

también tiene consecuencias.

Hay globos que se inflan

para llegar al cielo

y terminan ardiendo.

Hay historias de miles de globos

que alguna vez fueron promesa

y acabaron dejando

daños irreparables.

Hay globos que se elevan.

Globos que se pierden.

Globos que caen al suelo.

Hay globos para todos

y, para cada uno,

una historia.

También está el otro globo:

la globalización,

ese enorme cuerpo invisible

que nos hizo reír y llorar,

que acercó las distancias

mientras nos alejaba de nosotros mismos.

Y está el globo en el que vivo:

esa burbuja que un día fue inmobiliaria,

que creció, creció,

hasta que alguien olvidó

que las burbujas también revientan.

El Zepelín era un globo

con pretensiones de eternidad.

Quiso tocar el cielo

y el cielo lo quemó.

Quizá todos llevamos uno dentro.

Un pequeño globo atado a los pies,

tirando de nosotros hacia arriba

mientras caminamos hacia adelante.

Y yo camino con mis pies,

pero llevo un globo en la cabeza.

Un globo lleno de memoria,

de padres,

de viajes,

de ciudades que quedaron atrás,

de amaneceres tibios

y de preguntas sin respuesta.

Miro entonces el planeta.

También es un globo.

Un globo de tierra

Girando entre nuestras manos,

cada vez más inflado,

cada vez más lleno de nosotros.

Y pienso:

¿cuánto aire le queda al mundo

antes de estallar?

MARÍA JOSÉ AMOR PÉREZ

EL INVENTOR (Para el tema semanal)

Leocadio Paredes era ingeniero aeronáutico, pero, sobre todo, excéntrico. Y entre sus excentricidades había una importantísima: inventor, aunque según estaba escrito en su contrato con no recuerdo qué empresa, alemana o estadounidense, ponía “diseñador”, según me tradujo él, que yo en aquellas épocas debido mi escasa edad, no estaba muy ducha en lenguas extranjeras.

La primera excentricidad de ese hombre era su casa. Se encontraba en la punta de un acantilado de la Costra Brava sin ningún tipo de vecinos en al menos un kilómetro a la redonda. Envuelta entre pinos y sobre una pequeñísima cala de aguas transparentes.

Si ya era algo excéntrica su ubicación la excentricidad se incrementaba conforme se iba visitando su interior.

Carente de recibidor, la puerta se abría a un precioso salón rodeado de ventanales y, estaba desaconsejado mirar muy próximo al gran ventanal que se abría encima del mar, a toda persona que padeciese de vértigo, aunque no que no habría demasiado riesgo tampoco: el salón donde se recibía a los visitantes era un enorme habitáculo de forma rectangular, con mesas adosadas a todo el largo de las paredes. El espacio era hermético no filtrándose ni un rayo de luz natural como tampoco ruidos ni vibraciones del exterior.

La luz procedía de focos que iluminaban las mesas provistas de diferentes juegos de filtros y bobillas podían dar origen a iluminaciones diversas tales como luz de día, luz del atardecer, noche con luna en diversas fases, y hasta ¡sol de medianoche!; asimismo, esa luz podía polarizarse. Incluso en algunas zonas. Se Podía obtener luz ultravioleta de varias longitudes de onda. Ahora bien, en este caso, solo estaba en determinadas mesas dispuestas con un vidrio de protección para la vista.

También dijo que había, no recuerdo dónde, Rayos X y más cosas que no entendí, por falta de información debido a mi corta edad.

En medio de la estancia, una mesa rectangular con algunas sillas a su alrededor conformaba la estructura de lo que él denominaba “mi laboratorio”.

Como puede imaginarse cuando años más tarde al ver la película “Regreso al Futuro” me pregunté si el personaje “Doc”, no estaría basado en Leocadio Paredes.

Y un día, a la hora de la comida, mi padre nos comunicó la noticia más inesperada e increíble: la boda de Leocadio. Y no solo era extraño tal acontecimiento por su manera de vivir, sino por su edad: tenía por lo menos sesenta años, ya que había sido compañero de estudios de mi abuelo.

Lo había llamado por el mañana entusiasmado invitándonos a toda la familia a tal evento, que tendría lugar quince días después y citándonos en su casa a las seis de la tarde.

Y, tras improvisar vestimenta ya que no daba tiempo a hacer compras, allá nos fuimos.

Si ya sabíamos de sus extrañezas lo que vimos al llegar no dejó de sorprendernos: en medio de una explanada en la parte trasera de su casa, había gran un globo hinchado y sujeto al suelo.

Fuera, él luciendo un frac discutía en voz baja con un hombre vestido con americana y corbata.

Cerca, una mujer de mediana edad, portando un vestido blanco con enorme cola y velo del mismo color, estaba sentada sobre una piedra alta, por temor a que la Tramontana, el fuertísimo viento mediterráneo, no la arrastrase, a la vez que agarraba la cola, velo y un ramo de flores blancas so pena de que todo ello volase en menos de nada.

¡¡¡Pues así ha de ser!!!- se oyó decir al novio muy decidido que, a grito pelado como si le estuviesen amenazando de muerte exclamó:

  • Cuando al fin encuentro la mujer que me comprende y decido dar este paso, mi deseo ¡¡¡es ese!!!

Y mientras Leocadio vociferaba esas palabras, el otro contrincante lo iba mirando con tal cara que se asemejaba al lobo feroz a punto de saltar sobre Caperucita.

La discusión avanzaba incrementando el tono de las voces y, mientras su amplitud subía en progresión aritmética, la paciencia e incomodidad de los asistentes, incluida la futura esposa, disminuía en progresión geométrica.

  • ¿Qué les pasa? ¿Por qué discuten? – se iban preguntando los invitados allí de pie, aguantando y resistiendo el viento y el frío que iban notándose ya.

No recuerdo quién de los invitados, alzando la voz interrumpió la discusión de los dos discutidores:

-Oye Leocadio, ¿qué coño os está pasando?

Ambos interrumpieron la discusión. Por décimas de segundo solo se escuchó el ruido del mar y el rugido del viento, cada vez más frío.

Pero pasadas esas décimas de segundo, la voz de Leocadio, que, como vemos, ya había empezado a alterarse rugió como el ogro de Pulgarcito vociferando:

-No te metas en mis cosas. O me caso a bordo del globo, o no me caso. La novia, tras pasar largo rato pasando penurias, al escuchar esas palabras saltó, o, mejor dicho, intentó saltar se la piedra, pero se le enredaron las piernas con la cola y el velo, cayendo al suelo y dándose un golpe en la frente que comenzó a sangrar profusamente, llenando el blanquísimo traje de manchas rojas, mientras el ramo rodaba de lun lugar a otro arrastrado por el viento.

En un reflejo, todos los asistentes acudieron a ayudarla; todos menos Leocadio que quedó petrificado del susto, sin capacidad de reacción.

-Hay que llamar a una ambulancia- gritó la mujer más próxima a ella.

-Mal presagio- susurró a un amigo un señor mayor.

Leocadio por fin reaccionó y corrió hacia ella alterado gritando:

  • ¡¿Qué ha pasado?!

La novia intentó incorporarse, pero al intentar levantar la cabeza, un vahído la hizo volver a la posición donde estaba.

Leocadio, dirigiéndose al público con cara de hombre perdido en medio del Sahara, preguntó:

  • ¿Qué proponéis? – confiando que alguien tuviese la idea acertada, pero cada uno respondió con soluciones tan distintas que se iban superponiendo que solo se escuchaba un concierto de voces a cuál más ininteligible.

Y, sollozando, suspiró mirando a la novia mientras decía:

-Quería darte mi mejor regalo de boda y para eso, diseñé y logré tener a tiempo este globo, que se eleva mediante u mecanismo de propulsión de gases, utilizando la propiedad de acción y reacción sin necesidad de combustible.

Tiene además acoplados una serie de transistores que, mediante batería recargable de poca potencia, alimentan una radio diseñada por mí y que solo emite música almacenada en unos condensadores también fruto mío, pasando noches en blanco dándole vueltas a cómo lograr tal cosa.

Procedente del suelo, una voz muy entrecortada y muy baja dijo:

-Ayudadme por favor, me duele mucho el golpe.

Se giraron todos al unísono y vieron a la novia con los ojos cerrados que seguía perdiendo sangre.

El hombre de la corbata que discutía hacía un instante con el](#_msocom_1) novio, funcionario del Ayuntamiento para celebrar el casorio dio la orden:

  • ¡Llamen al Ayuntamiento y que manden una ambulancia!

Como no existían todavía móviles, mi padre salió disparado hacia la casa.

Tras la orden dada, el funcionario municipal, se dirigió al novio y llevándolo tambaleante junto a la novia, les preguntó casi ordenó:

-Bueno, ustedes quieren casarse ¿no? Pues dejémonos de sentimentalismos ahora y firmen aquí.

Mientras Leonardo cogía la mano de ella y la movía encima del papel remedando una firma, ya se escuchaba la sirena de la ambulancia.

MAITE BILBAO

XXIV.AIRE CALIENTE

​El suelo de terrazo huele al veintidós de junio. Reconozco el repiqueteo junto a Jefatura sin mirar abajo y la pared gris me rasca el antebrazo al pasar, todavía con la tiza azul del curso pasado.

​Por la puerta entra una bocanada de aire bruto que trae el eco de las zapatillas sobre el cemento y el rugido lejano de la M-30. Al fondo, veintiocho mochilas nuevas botan contra los respaldos de plástico este siete de septiembre.

​Un alumno de la primera fila, con la camisa almidonada y los labios resecos, pregunta si este año pondrán las fuentes porque tiene la boca pastosa.

​Miro la última ventana. La persiana gris sigue a medio subir y deja pasar un haz de luz tozudo sobre la mesa. Todo continúa exactamente igual.

​Fuera, sobre la pista sin techar, los niños corren bajo el sol mientras resuena el golpe seco de los gritos contra las paredes desnudas. Afuera bulle el patio; dentro toca tragar septiembre.

​Paso lista.

​Al otro lado de la verja, tres globos blancos con la silueta de la gaviota azul se agitan amarrados a una farola. La piel de plástico vibra contra el hierro con un chasquido sordo y el destello cruza el cristal agrietado, marcando un compás inútil en el aula. El muchacho se pasa la manga por la frente y vuelve a insistir con el agua.

​Despliego el archivo digital en la pantalla del portátil sobre el atril. La persiana rota y la obra del porche figuran como resueltas con código y sello electrónico de la Comunidad. Apoyo la mano en la madera mientras el reflejo del ave baila en el monitor.

AXY LINDA

—Ya te he dicho muchas veces dónde está tu papá, mi amor. Y, por más que preguntes, no cambiará de lugar.

—Tampoco cambia lo que me dices: «Pronto regresará». Han pasado tres año; ya tengo once años. Dime la verdad, mamá. ¿Nos abandonó?

—No, claro que no. Tu padre nos ama. Tú eres su gran motivo de vida.

—Entonces, ¿por qué no regresa?

Carolina abrazó a su hijo y comenzó a contarle:

—Tu padre viajó a Cancún para resolver un problema en la joyería. Esa mañana me llamó para decirme que se quedaría en el hotel. Después, no supe más de él.

»En la recepción dijeron que lo habían visto en la playa, pero nadie lo vio regresar. En su habitación quedaron el equipaje a medio hacer, su boleto de avión y documentos.

»Hasta contraté a un detective privado, pero no hubo rastro alguno. Dijeron que quizá se había ahogado.

—¿Cómo puede alguien desaparecer así? No puedo imaginar a papá en el mar.

José Carlo tomó el globo terráqueo que su padre le había regalado y que su madre utilizaba para señalarle dónde decía que él estaba.

Lo abrazó con fuerza y, con una certeza que hizo enmudecer a Carolina, dijo:

—Papá no está allá. Papá está aquí. Siempre, aquí.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

EL GLOBO DE MI VIDA

Yo tenía diecisiete años cuando vi un globo aerostático por primera vez. Fue en las fiestas del pueblo de mi tía. Era enorme, de colores, y subía despacio mientras todo el mundo lo miraba desde abajo.

Yo también.

Y pensé: «Algún día me subiré ahí».

De joven se piensa que se tiene todo el tiempo del mundo. Después llega la vida y se encarga de demostrarte que no. Trabajo, boda, niños, hipoteca, colegios, averías, médicos, compras… y aquel globo terminó en el cajón mental donde también guardaba lo de aprender inglés, hacer pilates y ordenar las fotos del móvil.

Hasta que un día mi marido llegó a casa con una sonrisa sospechosa.

—Tengo una sorpresa para ti.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Eso me preocupa más.

—Es un regalo.

—¿Cuánto cuesta?

—Siempre pensando en el dinero.

—No. Siempre pensando en las consecuencias. Llevo muchos años contigo, que es distinto.

Suspiró.

—Nos vamos a montar en globo.

Lo miré sin saber muy bien qué decir.

—¿Tú y yo?

—Tú y yo.

—¿Volando?

—Sí.

—¿En el aire?

—Maite, es un globo.

—Bueno, quería asegurarme.

Entonces caí en la cuenta.

—¿Te acordabas de que yo quería hacer esto?

—Claro.

—Yo ni siquiera recordaba habértelo contado.

—Me lo dijiste hace años.

—Pues tienes mejor memoria de la que pensaba.

—Para algunas cosas.

—¿Eso va con segundas?

—No. Pero mañana te tendré que recordar dónde están las llaves.

El sábado sonó el despertador a las cinco de la mañana.

A esa hora yo todavía no había terminado de cargar mi sistema operativo.

Llegamos al campo cuando todavía era de noche. Allí estaba el globo, iluminado por los focos, y parecía bastante más grande de lo que recordaba.

—Madre mía.

—¿Qué pasa?

—Que esto no era así en mi cabeza.

—¿El globo?

—No. Yo.

Mi marido miró la cesta.

—Todavía estamos a tiempo de irnos.

—Ni hablar. Llevo media vida esperando.

La cesta era de mimbre, bonita, muy tradicional y con una estabilidad poco tranquilizante.

El piloto empezó a explicarnos cómo funcionaba.

Todo parecía razonable hasta que dijo:

—La dirección depende del viento.

Miré a mi marido.

—¿Quién conduce?

—El viento.

—¿Y tiene experiencia?

Él se echó a reír.

—No te rías. Yo quiero saber quién lleva el volante.

—No hay volante.

—Pues me parece una falta de organización.

Llegó el momento de subir.

Mi marido fue primero. Metió una pierna, se enganchó con la cesta y empezó a hacer equilibrios.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Pues parece que estás luchando con ella.

—Estoy ganando.

Al final consiguió entrar.

Me tocó a mí.

Puse un pie, levanté el otro y me agarré con las dos manos.

—No mires.

—Si no estoy mirando.

—Pues deja de hacerlo.

Conseguí entrar.

—¿Qué tal?

—Perfecto.

—¿Ha sido elegante?

—Muchísimo.

—No te creo.

—Haces bien.

Y nos pusimos en marcha.

El globo empezó a subir con una suavidad que no esperaba. Al poco rato, el campo quedó debajo de nosotros y el amanecer empezó a llenar el paisaje de luz.

Ahí entendí por qué había querido hacer aquello tantos años.

Desde arriba, todo parecía más pequeño y tranquilo. Los caminos, los viñedos, las casas… Hasta los problemas de la vida cotidiana parecían estar muy lejos.

Mi marido me cogió de la mano.

Durante unos minutos no hablamos.

Pensé en todo lo que habíamos construido juntos y en lo rápido que habían pasado los años. Aquel sueño que yo había dejado olvidado estaba sucediendo de verdad, y él estaba allí conmigo.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En que me alegro de haber esperado.

—¿Por qué?

—Porque ahora lo estoy disfrutando contigo.

Sonrió.

—Eso ha sonado bastante romántico.

—No te acostumbres.

En ese momento rugió el quemador.

¡FUUUUSHHHH!

Di un salto.

—¡Jope!

El piloto se rio.

—Es normal.

—Ya. Pero yo no.

Mi marido intentó contener la risa.

—No te rías.

—No me río.

—Te conozco.

El quemador volvió a rugir.

— Como esto explote, mi fantasma te recordará toda la eternidad que la idea fue tuya.

—No va a explotar.

—Eso espero, porque tengo muchas cosas que hacer.

Después del susto, seguimos disfrutando del paseo. Hicimos fotos, miramos el paisaje y hasta conseguimos olvidarnos durante un rato de que estábamos metidos en una cesta suspendida en el aire.

Hasta que llegó la hora de bajar.

El piloto nos avisó:

—Cuando toquemos tierra, agárrense y flexionen las rodillas.

La cesta tocó el suelo.

¡PUM!

Volvió a levantarse.

¡PUM!

Y volvió a caer.

—¡Agárrate! —grité.

—¡Ya estoy agarrado!

—¡Pues agárrate mejor!

La cesta dio otro bote y mi marido perdió el equilibrio.

—¡Cuidado!

—¡Estoy intentando tener cuidado!

—¡Pues lo haces fatal!

Otro bote.

Esta vez acabamos los dos aplastados contra una esquina de la cesta.

—¡Quítame el codo de la cara!

—¡No sé dónde ponerlo!

—¡Pues donde quieras, pero lejos de mí!

—¡Tú tienes una rodilla clavada en mi pierna!

—¡Mis rodillas trabajan por su cuenta!

El piloto, mientras tanto, intentaba mantener la serenidad.

—Tranquilos, tranquilos…

—¡Eso díselo a mis rodillas! —contesté.

La cesta volvió a tocar tierra y se arrastró unos metros por el campo.

Por fin la cesta se detuvo.

Silencio.

—¿Estás bien? —preguntó mi marido.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. Pero dame un minuto antes de volver a confiar en la tierra.

Bajamos.

Yo llevaba el pelo completamente revuelto y él las gafas torcidas. Nos miramos y empezamos a reírnos.

—Bueno —dijo—. ¿Ha merecido la pena?

Miré el globo, el paisaje y después a él.

—Sí.

—¿Lo repetirías?

—Sí.

Hizo una pausa.

—¿En serio?

—Sí, pero para la próxima vez tengo condiciones.

—¿Cuáles?

—Un asiento, cinturón de seguridad y nada de madrugar.

—Eso ya no sería un globo.

—Entonces lo inventamos.

Nos fuimos a desayunar muertos de hambre y bastante despeinados.

Aquel día cumplí una promesa que me había hecho con diecisiete años.

Y además descubrí algo mejor: que algunos sueños saben mucho mejor cuando los compartes con la persona que lleva más de media vida a tu lado.

Eso sí, la próxima vez que diga «quiero hacer esto algún día», espero que mi marido no tarde otros treinta años en tomar nota.

BELÉN AMARILLA

Globo sonda( tema semanal)

Autora: Belén Amarilla Martín

_ Profe¿qué pregunta el problema?
_ Leer el enunciado.
_ Si pero ¿qué pone que hay que hacer?

Y empieza el misterio…

_Calcula la diferencia entre…
_Profe, ¿Qué es diferencia?
_ Y…¿» anterior» significa el de antes?

Otro día

_ Lee el texto y explica la idea principal.
_ ¿La idea principal es copiar una frase?

Quizá el problema no sean las matemáticas ni la lengua ni siquiera los exámenes.
Quizá sea algo más básico: entender la pregunta.

Así que lanzo mi globo sonda:

¿ Y si durante un tiempo dejamos de enseñar respuestas y nos dedicamos a enseñar preguntas?

Unas horas sin pantallas, sin prisas y sin buscar la solución en Google.
Sólo: leer, pensar y atreverse a decir «No lo entiendo «.

Puede que parezca poco revolucionario o poco moderno en una época de pantallas y respuestas instantáneas.

Quizá comprender una pregunta sea el primer paso para aprender a contestar la vida o aprender el meollo de un simple contrato o tan simple como interpretar una noticia , quizá una promesa hecha o tal vez una mentira sin tapujos.
_¿ Qué ocurriría si recuperáramos el placer y el esfuerzo de «leer» para entender?

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Nuevamente Arturo me pedía que le comprara un globo, y le decía que otro día que no traía suficiente dinero, realmente mi presupuesto no alcanzaba para mucho, desde que corrí al padre de Arturo de la casa por infiel todo se había tornado más complicado, perdí mi trabajo empezé a vender muchas cosas de las que había en casa no pude evitarlo, la depresión era mucha, tenía que luchar contra esta situación debía ver por mi hijo, el no debería jamás sufrir las consecuencias de los errores de sus padres.

Cuantas historias habrá como estas, no se nos debe cerrar el mundo, tengo que seguir adelante, claro que puedo hacerlo, no soy la primera ni la última mujer que se vea envuelta en una situación como esta.

Es fácil decirlo, pero me sentía entrampada, de momento no sabía que hacer.

Nunca se me ocurrió pedir apoyo ni a familia ni amigos.

Pareciera muy fácil salir de estas situaciones, más en ocasiones es tanta la tristeza y decepción que te sientes paralizado.

No seré ni la primera ni la última mujer qie tenga que salir adelante sola. Lo haré por mi y mi hijo, y sé que tendremos un lugar para vivir, comida suficiente, y le podré comprar ese globo metálico que tanto deseaba.

LETICIA R MENA

GLOBO ROJO

Inició el descenso entre los edificios mucho antes de que yo alanzara a verlo. Un globo rojo con un papel atado a su cordel. Se coló en el ojo cuadrado que formaba el patio de luces del edificio.

No sé si fue suerte o azar el hecho de que yo estuviera tendiendo ropa en ese momento. Podría haber acabado entre las cosas que acababan perdidas al fondo, y que una vez a la semana el portero recogía sin más. Pero extendí la mano y, rodeando el cordel, lo atraje hacia mí.

Era un simple globo rojo normal y corriente. La diferencia estaba en el complemento de papel que llevaba consigo.

La carta solo decía una pocas palabras: “Sigo esperándote, hasta mi último aliento.”

La letra fina y delgada, afilada. Esa última palabra “aliento”, parecía poseer la respiración contenida de su dueño.

Dediqué varios días a estudiar el papel y otros tantos a hacer lo mismo con la caligrafía de la carta.

No era el mensaje en sí, si no la forma de las palabras hiriendo el papel, como puñaladas de tinta. Un canto desesperado de dolor y pérdida, que me devolvió a la realidad: yo no era el único habitante sobre la tierra con el corazón roto.

El globo, que quedó atado a una de las sillas de mi pequeña sala de estar como una presencia silenciosa, fue menguando con el paso de los días. Hasta que uno de aquellos, desde mi humilde balcón del tercero izquierda, mis cuatro geranios y yo comprobamos como yacía derrumbado y arrugado sobre el suelo.

El aliento con el que había sido inflado se había consumido.

Un hondo pesar me invadió. Aquel último aliento del que hablaba la nota parecía haber expirado.

La madrugada de insomnio dio paso al día, y con él la idea que había nacido noctámbula.

Salí del bazar de la esquina con el ruido de las monedas tintineando en mi bolsillo, y mi pequeña aportación a al economía del barrio colgando de mi mano.

Sobre la mesa de la sala de estar vacié sin contemplaciones el contenido de la bolsa: una bolsa de globos de colores, un rollo de cordel y un sencillo set de escritura de cartas.

Escogí de entre todos el que me pareció el más rojo y brillante de los globos del paquete.

Corté un buen trozo del rollo de cordel.

Luego, en el grueso papel de carta del recién estrenado set, escribí con mi mejor letra: “Ya no espero, he vuelto a respirarme.”

Cuidadosamente até el papel.

Hinché con mi aliento el globo, procurando que el aire expirado contuviera todas las palabras que no había llegado a decir.

Desde el balcón, los geranios y alguna mirada indiscreta de alguna vecina cotilla como testigos, lo solté.

Se elevó, lento pero decidido sobre los tejados, hasta perderse de vista empujado por una corriente de aire.

No pensé más de dos minutos si llegaría a algún destino.

Aquel aliento mío, contenido en ese globo rojo, ya no me pertenecía.

LINOSKA BARANDA

De las tantas cosas que me hacían ilusión de niña, los globos ocupaban un lugar preponderante, aunque nunca he podido comprender el porqué.

Para un niño, poder tener un globo en Cuba era (y es) como comer un bombón de chocolate. Puede parecer una exageración la comparación, pero las dos cosas eran muy raras y muy deseadas.

Los globos fueron siempre un artilugio que aparecía en la televisión y el cine; no eran parte de la vida cotidiana, ni siquiera en los cumpleaños existían.

Muchos años después de mis doce años, de pura casualidad pude ver finalmente un globo de cerca. Una tarde de abril caminaba yo por la acera y sin darme cuenta llegué a la altura de una casa donde celebraban un cumpleaños infantil. La algarabía me sacó de mis pensamientos en el momento en que un globo azul salía disparado hacia mí. No sé cómo reaccioné tan rápido, pero unos segundos después tenía en mi mano el hilo que sostenía el globo. ¡Fue maravilloso!

Los niños gritaban al tiempo que corrían hacia mí para reclamar su tesoro azul, y yo, inmóvil, miraba boquiabierta el círculo de goma balanceándose en mi mano.

Lo devolví con una sonrisa tonta en los labios y esa noche soñé con mi esfera azul.

Muchas cosas han cambiado en el mundo, pero en Cuba los niños siguen soñando con los mismos globos con que yo soñaba de niña; siguen siendo el regalo más deseado después de acabado un cumpleaños, porque en algunos casos, los globos que no han explotado antes puede que dejen la fiesta de la mano de algún niño afortunado; feliz por irse a su casa con ese tesoro en la mano.

Hace unos meses celebramos el cumpleaños de mi sobrinito, en nuestro pueblo, en Andalucía. El local estaba adornado con figuritas de los dibujos animados de moda, y había globos de los que flotan solos porque están llenos de gas helio. Los niños en el cumpleaños no prestaban mucha atención ni a las figuritas ni a los globos; comían algunas de las golosinas con desgana y al irse, ninguno reclamó un globo para llevarse; no les interesaba…

Yo no pude dejar de pensar en los niños cubanos y en la bulla que hubiesen armado pidiendo, de favor, que les dieran un globo.

NILA J BOHÓRQUEZ

Navegando en un crucero, diviso a lo lejos figuras revoloteando sobre el agua, como gaviotas en fiesta marinera.

Paseo por la cubierta superior del barco y observo a centenares de turistas , entre ellos, parejas de enamorados disfrutando del área de la piscina; otros, deleitándose de la brisa del océano que roza sus rostros quemados por el sol; y más allá, un par de tortolitos recién casados.

Sigo oteando a lontananza las figurillas que se mueven entre mar y cielo. Me acerco al telescopio y descubro que no son aves …

¡son globos de mil colores bamboleando al ritmo del sotavento!

Globos de diversas tonalidades que me atrevo a comparar con el amor en las parejas… porque hay amores:

*Imperturbables, como el roble.

Aunque el viento los sacude, aprenden a estabilizarse en él.

*Delicados, como el cristal que se empaña con el simple aliento de un suspiro.

*Amores que no son como los globos de fiesta infantil, sino

«aerostáticos»: fuerte canasta, encendida con el fuego de la pasión y deseos de volar hasta el infinito.

*De costumbre, como el pan de cada mañana: tibio, sin sorpresas y consumido desde el sillón de siempre.

*Pasajeros, como la flor de un día: hermosos y breves.

*Tóxicos, como la hiedra venenosa que abraza y asfixia.

*También hay amores como las débiles vejigas…al mínimo contacto con una «espina» en el primer roce con la realidad, se desinflan y desaparecen en el espacio.

Regreso al telescopio y nada se ve en la inmensidad del piélago…los globitos se han esfumado, pero la reflexión sobre ciertos amores…

¡aquí queda escrita!

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