Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el péndulo». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 27 de agosto!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
RAQUEL LÓPEZ
Haber nacido en el 1937, en el año del hambre y tener siete hermanos en pleno ecuador de la guerra civil, marcaría para siempre.
El primer sonido que aprendí fue el de los bombardeos.
Cuando abrí los ojos al mundo, Madrid era una herida gris convertida en ruinas.
Fui creciendo bajo el frío cáliz, donde los inviernos entraban por las rendijas de una casa llena de humedad que te calaba los huesos y la falta de comida agudizaba el vacío estómago.
Donde el pan era un milagro tener en casa aunque fuese duro como una piedra. Es así como mi madre, aprendió las matemáticas de la miseria, como repartirlo….
La enseñanza solo era para los pudientes, aunque yo me escapaba a casa del señor Anselmo, viejo profesor ya jubilado y me enseñó a leer y a escribir ya que yo demostraba un interés incesante y una curiosidad por aprender, pero todo eso a escondidas de mis padres, pues nuestro cometido era buscar comida o algún trabajo del que poder mantenernos.
Caminábamos por las vías del tren ya que las huertas estaban cerca y así » coger prestado» algún melón, algarrobas esparcidas por la tierra e incluso cáscaras de naranja, para poder llenar nuestras bocas.
Nuestra obligación no era aprender letras sino buscar carbón entre las piedras. De tanto caminar nuestras alpargatas estaban desgastadas y mi madre las remendaba e incluso las íbamos heredando.
Aprendimos en la escuela de la vida, a sobrevivir.
Los juegos eran siempre en las calles. Rebuscaba latas vacías y con un cordel formaba un tren, era mi pasatiempo preferido.
El acostarnos habiendo cenado y seguir viviendo, ya era para mí, un triunfo.
Me acostaba en un colchón que compartía con dos de mis hermanos, yo apenas dormía pues el viento azotaba un viejo techo que cubría las cuatro paredes y la ventana la cubrió mi madre con un trozo de tela para que el agua de la lluvia no nos mojase tanto.
El tiempo pasó y aquel Madrid gris se fue borrando.
Sobrevivimos mis hermanos y yo y pude formar mi familia. Tener una casa, con luz, calor y una despensa llena.
Gané la guerra, con todo eso que conseguí. Mi mayor triunfo.
Raquel L.
PEDRO PARRINA
CEUTA, UN MAR, UNA PUERTA, UNA FRONTERA.
¡Ay Ceuta de sangre y cal!
¿Quién puso una frontera en mitad del mar?
Hay ojos de noches llenos y bocas llenas de sal, hay ojos llenos de miedo a ambos lados de nuestro mar y en medio una luna de plata brilla, cual muro o puerta; cual moneda del bien o el mal.
¡Ay Ceuta de arena y sal!
¿Quién te dijo niña que con luna de plata podrías pagar?
Lunas de piedra
Cunas de llanto
Lunas de arena
Cunas del miedo
Lunas violentas
Llantos de madre
Cantos de sirena
Cuna de hambres
¡Ay Ceuta de esperanza y cieno!
¿Quién te dijo niño que los hombres y los dioses eran sinceros?
¡Ay Ceuta del bien y el mal!
¿Quién separó las violentas aguas para poder entrar?
Ay Ceuta de dolor y miedo!
Por las pobrezas del espíritu
y el hambre de dinero.
30/08/2026
DAVID MERLÁN
HAMBRE.
Está semana, aprovechando el tema, quiero hacer una reflexión:
¿Qué es en relidad el hambre? ¿Una necesidad o una obligación?
La pregunta parece sencilla. Incluso podríamos calificarla de absurda, ya que tenemos hambre porque nuestro cuerpo necesita alimento. Comemos, el hambre desaparece y seguimos a lo nuestro.
Pero os habéis preguntado que, quizá, no sea tan sencillo. ¿O si lo es? Daros cuenta que nadie decide tener hambre. Nadie nace y, al poco tiempo, dice: «Hoy voy a empezar a sentir tener hambre». El hambre nos acompaña desde el principio. Desde que somos un recién nacido que no somos conscientes ni de cómo nos llamamos, antes de conocer el mundo que nos rodea, antes de comprender nuestra propiapercion ya sabemos reclamar aquello que necesitamos. Un recién nacido no conoce el significado de la palabra, pero llora cuando tiene hambre y alguien acude. Con ello obtiene su recompensa en forma de alimento. Tal vez esa sea nuestra primera lección sobre la vida: Necesitamos cosas que no hemos elegido necesitar: Comer, beber, dormir, o respirar.
Es que si os dais cuenta, pasamos buena parte de nuestra existencia obedeciendo ciegamente a necesidades con las que no podemos negociar, y sin embargo, llamamos libertad a nuestra capacidad de elegir entre unas cosas y otras.
Quizá el hambre sea la más sincera de todas nuestras obligaciones. No admite argumentos ni excusas. El estómago no entiende de fronteras. No distingue entre ricos y pobres, vencedores y vencidos, culpables e inocentes. Simplemente tienes hambre y con eso basta.
Lo extraño es que, siendo una necesidad tan sencilla, hayamos sido capaces de complicarla tanto. Daros cuenta de una cosa. Millones de personas conocen todavía el hambre como una amenaza real. No como una metáfora, ni como ese pequeño vacío que sentimos a media mañana cuando miramos el reloj y pensamos que todavía faltan dos horas para comer. Para ellos, el hambre tiene otro rostro. Es una habitación vacía. Una mesa sin comida. Un niño que deja de llorar porque ya no tiene fuerzas para hacerlo. Lo paradójico es que mientras eso sucede, en otra parte del mundo, alguien tira comida porque ha comprado demasiada.
¿Ambos tienen hambre?. Si, pero no de lo mismo. Y quizá ahí comienza la verdadera historia.
Porque el ser humano no solo tiene hambre de alimento. También tene hambre de muchas otras cosas. Y eso a lo peligroso: Hay quien tiene hambre de dinero. Y cuando consigue suficiente, descubre que todavía quiere más. Hay quien tiene hambre de poder. Y cuanto más poder acumula, más teme perderlo. Hay quien tiene hambre de reconocimiento. Necesita que los demás lo miren, lo admiren, lo recuerden. Y cada aplauso de menos que recibe, siente un vacío en el estómago y siente que quiere más. Seguro que se os viene alguien a la cabeza para cada uno de estos ejemplos. El mundo actual está lleno de ellos…., por desgracia.
Y aquí aparece una diferencia inquietante. El hambre del cuerpo, el hambre como necesidad fisiológica tiene una solución: Comemos y el hambre desaparece (Al menos durante un tiempo).
Pero las otras hambres, paradójicamente, parecen funcionar de una manera contraria. Cuanto más las alimentamos, más crecen. El dinero puede saciar una necesidad, pero también puede crear otra. El poder que ayer parecía suficiente hoy resulta escaso. El reconocimiento que ayer nos hacía felices y saciaba, mañana se convierte en algo que necesitamos volver a recibir una y otra vez e forma compulsiva. Es como si algunas «hambres» no quisieran ser satisfechas. Quizá por eso resulte tan difícil comprender muchas de las cosas que ocurren en el mundo actual. Solo tenéis que ver las redes sociales o los medios:
Detrás de algunas guerras puede haber hambre de territorio.
Detrás de algunas guerras económicas, hambre de riqueza.
Detrás de ciertas injusticias, hambre de poder.
Detrás de determinadas crueldades, hambre de venganza.
Y mientras unos luchan por conseguir más de lo que necesitan, otros luchan simplemente por conseguir lo necesario. Pensarlo. Es una de las contradicciones más antiguas de nuestra especie.
Unos mueren porque tienen demasiado poco y sinembargo otros, parecen incapaces de vivir con lo que pareciese suficiente.
No se, tal vez el problema nunca haya sido el hambre en si. Tal vez haya sido aquello que decidimos alimentar primero: nuestra barriga o nuestro ego. Porque tener hambre no nos convierte en monstruos. Todos la tenemos. Es una condición de nuestra existencia. Lo que nos define individualmente a cada uno es lo qué hacemos con ella.
Podemos alimentar el estómago o alimentar el odio.
Podemos alimentar una familia o una ambición.
Podemos alimentar la curiosidad o la codicia.
Podemos alimentar un sueño o una guerra.
Y quizá ahí resida una de las pocas libertades auténticas que poseemos: No elegir qué necesitamos. Eso viene de serie, como el reclamo de un recién nacido por su dosis de alimentos basicos, pero sí podemos elegir qué hacer con aquello que necesitamos.
Pienso a veces, que la humanidad lleva miles de años intentando acabar con el hambre cuando quizá debería haber aprendido primero a distinguirlas.
Porque hay un hambre que nos mantiene vivos y hay otras que pueden acabar destruyéndonos.
El estómago sabe cuándo ha comido suficiente. Nuestra mente, no siempre.
Quizá por eso el hambre física sea, paradójicamente, la más noble de todas. No pretende dominar a nadie. No quiere poseer nada. No exige más de lo necesario. Solo pide alimento para seguir viviendo. Sinembargo las demás hambres son más peligrosas. Porque pueden convencernos de que nunca tendremos suficiente. Y cuando una persona cree que nunca tiene suficiente, puede llegar a pensar que cualquier cosa está justificada para conseguir un poco más de todo. Hasta que un día (tarde a veces) descubre que ha pasado la vida entera intentando llenar un vacío que no estaba en el estómago. Estaba en otra parte. Quizá ese sea nuestro verdadero problema. No que tengamos hambre. Sino que no siempre sabemos de qué.
Porque tener hambre es inevitable. Es parte de estar vivos. Nos recuerda que somos frágiles, que necesitamos a los demás, que nuestro cuerpo tiene límites y que, tarde o temprano, todos acabamos sentándonos ante la misma mesa. «Ser hambriento», en cambio, es otra cosa. Es la codicia y la avaricia personificadas.
Es mirar lo que tenemos y pensar en lo que todavía nos falta. Es confundir necesidad con deseo y deseo con derecho. Es llenar las manos y seguir sintiendo los bolsillos vacíos. Es conquistar una cima y levantar los ojos inmediatamente hacia la siguiente.
Tener hambre nos obliga a buscar alimento. Ser hambriento nos convence de que nunca habrá suficiente. Es así. Triste, pero s si.
Quizá por eso no debamos avergonzarnos de nuestras «hambres», sino aprender a reconocerlas. Porque algunas nos mantienen vivos, otras nos hacen crecer y algunas, si dejamos que gobiernen nuestra voluntad, pueden terminar devorándonos.
Al final, quizá la pregunta no sea qué es el hambre.
Insisto: La pregunta quizá sea, ¿Qué estamos dispuestos a alimentar prinero?
Porque todos tenemos hambre. Pero no todos necesitamos convertirnos en hambrientos.
FIN
CARLOS TABOADA
BAJO LA LUNA NUEVA
Los ruidos del interior de la vivienda despiertan mis sentidos. Primero ha sido el estruendoso sonido del despertador, y a continuación los pies descalzos sobre la tarima. En un instante se dirigirá a la cocina, y puede que olvide una vez más apagar la luz de la mesita de noche antes de salir al trabajo. Reconozco que lo vigilo agazapado, adquiriendo una postura acechante. En un santiamén, me plantaré bajo la ventana de la cocina que acaba de encender. Bajo la luna nueva, las luces proyectan sus movimientos, delatando su estado y ánimo.
Acaba de abrir la cortina, asomando la nariz por la abertura de un telón carente de público, de butacas oscuras e imperceptibles. Es una manía suya. Desde mi posición no puede verme, si esa es su pretensión. Porque, al fin y al cabo, sabe que le rondo… Al cabo de dos segundos, cuando abandona el propósito de señalarme, escucho la actividad de siempre a través del fino cristal. La puerta de un armario al abrirse y cerrarse; el encendedor rojo asaltando con una chispa el quemador; la tapa desenroscada del bote donde una cucharilla sacará el contenido para la taza; y, poco después, la cucharilla bordeando el interior de la taza con ese sonido monótono y exasperante, recordándome una vez más el sobre vertido de una medicina disuelta con el metal. Todo esto lo sé porque conozco su monotonía. Ahora desde afuera, pero cualquier día desde el interior. ¡Si él supiera de mi alma, de los conocimientos que dispongo en esta vida!
Tengo hambre, y por eso le merodeo y hasta le velo. Desde ayer por la tarde no he pegado bocado, y no pasé los primeros compases de la noche en balde: el vecino, el que me cae bien, se ha pasado por aquí un par de veces para comer sin dejar de observarle, pero el otro… ¡Lo he perseguido hasta no sé dónde por atreverse una vez más a invadir mi espacio!
Pero no quiero pensar en otra cosa más que en mi comida favorita. Tan solo quiero que baile en el interior de mi barriga, después de degustar con mis dientes afilados la tierna carne y arrastrar con mi áspera lengua la salsa gelatinosa y sabrosa. Pero una cosa te digo: como venga con lo de ayer, lo dejo. Te lo aseguro. Lo prometo, como otras tantas de veces. Lo dejo para las hormigas, que sé del acopio que necesitan para pasar el invierno.
Volviendo a la realidad: ahora se dirige al otro lado de la casa. Irá al aseo. Se peinará o vete tú a saber qué. Eso no lo diré. Lo que haré será ir a la puerta para esperarle, apareciendo a primera vista en cuanto la abra. Le miraré fijamente a los ojos y trataré de eclipsarle, por si no ha pensado en mí. ¡Y no será la primera vez! Luego me encorvaré por unos segundos al paso de sus dedos por mi pelaje, y, más tarde, al irse y terminar de zampar mi comida, sortearé a dedo una de mis guaridas, pendiente de un nuevo cielo anaranjado, con ganas de tirarme a algún desventurado paseante. Y eso está por ver, el comprobar hasta dónde llegaré con él. Pero bueno, antes de todo eso, estoy aquí paciente, esperando saciar mi hambre.
CARMEN BERJANO
A veces tengo tanta hambre que te empacho
Quiero beber y comer de ti, cuando tú eres un trozo de granito indigesto
Llega el desencuentro
Sufro
Me atasco
Me bloqueo
Tú notas mi mirada mustia
Tratas de averiguar y poner remedio
A veces tengo tanta hambre que te empacho
No sé dosificarme
Estoy aprendiendo.
ANTONICUS EFE
Después de tanta saciedad,
hoy por fin, tengo hambre.
Hambre de horizontes azules,
de cuentos que me eviten realidades,
hambre de pieles sudorosas
que se junten con mi carne.
Hambre de quimeras y utopías
que despierten un aquelarre
de hogueras decoradas
solo con la cera que arde.
Hambre de palabras lisonjeras
que a mis oídos sacien bastante,
hambre de mentiras piadosas
que llenen de sirenas los mares.
Después de tanto despilfarro
en el deseo quiero acurrucarme.
Después de tanta saciedad,
ahora quiero tener hambre.
YOLANDA PINA REY
Cada vez que te veo te daría un bocadito aquí y allí, y no me saciaría nunca. En mis sueños te veo y me nutro de ti. Esto, amor, es lo que siento cuando estoy cerca de ti. En estos momentos de contacto cero, en el que el roce entre tú y yo no existe, te echo mucho de menos; falta esta parte tuya que nutría a esa parte mía que nos hizo conectar que atravesaba pantallas e iba mucho más allá de lo que se podía ver, ese roce de manos, ese juego de piececitos ajenos al mundo
¿Cómo es posible que el miedo haya hecho mella haciéndote dudar? ¿Cómo puede ser que ese temor te haga pensar tanto hasta el punto de dar marcha atrás dejando nuestros sentimientos colgados en alguna parte?
Cariño, tu espacio es tuyo, siempre te quiero libre. Deseo ser elegida por ti. Pero también quiero que sepas que la vida sigue y, si tardas demasiado en darme de comer, es muy posible que deje de esperarte y mis pasos sigan su curso buscando su propio camino.
Si el sol llega hasta ti y descubres que esta historia vale la vida y el riesgo, ven a buscarme y abrázame como sólo se abrazan los enamorados al amanecer.
Esta historia que nació de la amistad, que creció poco a poco, que fluía libre, feliz y sobre todo era verdad, única, totalmente nuestra. Qué puedo decir yo,más que dos almas destinadas a encontrarse y a enamorarse; por favor, abre los ojos, no tengas miedo, sé valiente, apuesta por nosotros y no dejes morir este amor de «hambre». Apuesta por ellas, aliméntalas y vamos a luchar juntos por sacarlas adelante.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
LA ÚLTIMA DISTANCIA
La puerta se cerró detrás de ella con un clic casi imperceptible. Sin embargo, el sonido pareció adquirir una extraña profundidad en el silencio de la habitación y permaneció suspendido unos instantes, como la última nota de una melodía que nadie había terminado de escuchar.
Ninguno de los dos habló. Ella permaneció junto a la puerta, todavía con la mano sobre el picaporte. Él estaba al otro extremo de la estancia, inmóvil, observándola. La habitación se había vuelto demasiado pequeña. O quizá eran ellos quienes habían crecido demasiado dentro de ella. Había algo en aquella mirada que rozaba la incomodidad: demasiado larga, demasiado consciente. Él no la miraba como se mira a alguien que acaba de entrar en una habitación. La miraba como si llevara horas esperándola. Como si durante toda la noche hubiera estado construyendo, en secreto, la posibilidad de aquel instante.
Ella dibujó una sonrisa apenas perceptible.
—Deja de mirarme así —murmuró.
—¿Así cómo?
—Como si llevaras horas imaginando lo que ocurriría si me acercara.
Él sostuvo su mirada.
—No llevo horas imaginándolo.
Dio un paso.
—¿Entonces, cuánto tiempo?
Otro paso.
—Desde que entraste.
Algo cambió en la expresión de ella. No fue miedo. Tampoco sorpresa. Era algo más sutil: la satisfacción de haber encontrado finalmente la grieta por la que poder entrar.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
Él sonrió.
—Mucha.
Ella dejó entonces el bolso sobre la mesa y se acercó despacio. No había prisa. Eso era precisamente lo que hacía que cada paso se convirtiera en una absoluta provocación.
—¿De comida?
—No.
La respuesta quedó suspendida entre ambos. Breve y desnuda.
—Entonces tienes un problema.
—Lo sé.
—¿Y piensas hacer algo al respecto?
Él se detuvo frente a ella. Tan cerca que el aire entre ambos parecía caliente.
—Depende de ti.
Aquella respuesta la hizo sonreír.
—Cobarde.
—Provocadora.
—¿Y si lo soy?
Él levantó una mano y apartó lentamente un mechón de su rostro. Sus dedos rozaron su mejilla, apenas un instante. Ella cerró los ojos. Ese pequeño gesto fue suficiente. Cuando volvió a abrirlos, él estaba aún más cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo, percibir el ritmo contenido de su respiración. Él bajó la mirada un instante, apenas lo suficiente para delatarse, y regresó inmediatamente a sus ojos. Ella lo vio. Y sonrió.
—No deberías jugar conmigo —dijo.
—¿Por qué?
—Porque tengo muy poca paciencia.
—Pues tendrás que aprender a soportarlo.
—Llevo toda la noche intentando hacerlo.
Ella sonrió.
—Y no parece que estés teniendo mucho éxito.
Él levantó una mano y rozó suavemente su muñeca. El contacto fue mínimo, pero a ella le recorrió un escalofrío. Aquello era lo peligroso. No el roce, sino la espera. El deseo no paraba de crecer, precisamente porque ninguno de los dos terminaba de cruzar la línea.
Ella apoyó las manos sobre su pecho. No para apartarlo, sino todo lo contrario. Después inclinó el rostro hasta rozar con los labios su oído.
—Dime qué quieres.
Él cerró los ojos un instante. Y respiró hondo.
—A ti.
Por primera vez, ella perdió aquella seguridad burlona. Se miraron y el silencio se volvió más denso alrededor de ambos. Fue ella quien cerró la distancia. El beso empezó lentamente, casi con cautela, pero el hambre que ambos habían estado conteniendo no tardó en aflorar. Sus manos se encontraron, sus cuerpos se acercaron y durante un instante pareció que todo lo demás había desaparecido. El mundo exterior perdió sus contornos hasta convertirse en una sucesión de sonidos vagos: la lluvia contra los cristales, el rumor lejano de la ciudad y sus respiraciones mezclándose en la penumbra.
—Eso sí ha sido un problema mío —susurró ella.
Él sonrió.
—Y todavía no has visto nada.
Ella sostuvo su mirada.
—Enséñame.
La palabra quedó suspendida entre los dos.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y durante unos segundos pareció que todo cuanto habían contenido durante horas encontraba por fin una salida. No había prisa, pero sí urgencia; no había violencia, sino una intensidad cada vez más difícil de disimular. Ella se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para poder mirarlo.
—Dime la verdad.
—¿Sobre qué?
—¿Cuánta hambre tienes?
Él la observó fijamente.
—La suficiente para olvidarme de todo lo demás.
Ella sonrió lentamente.
—Entonces no te distraigas.
Y volvió a cerrar la distancia.
Fuera, la lluvia golpeaba los cristales con paciencia infinita. Dentro, la noche apenas acababa de empezar.
Mucho después, cuando sus labios se separaron por última vez, ella apoyó la frente contra la suya.
—Eso no era hambre —susurró.
Él rozó su boca con una sonrisa.
—No.
—¿Entonces qué era?
—El principio.
Ella lo observó durante unos segundos. Después volvió a besarlo.
Y esta vez ninguno de los dos fingió querer detenerse.
MARIANA DI PASCUA
Fue mi primera y última huelga de hambre en la historia de mi vida.
Algo así como para contar el cuento pero no fue ese el motivo.
Una gran carpa de docentes se plantó frente al palacio legislativo.
Estábamos en democracia con un gobierno de derecha.
Los sueldos de los docentes estaban sumergidos y todavía se mantenía la reforma educativa que «deseducaba» , del gobierno anterior.
Fueron unos meses de huelga y de muchas asambleas docentes interminables.
En una de ellas se propone hacer un ayuno de dos días. La agrupación de mi sector político no votó por la positiva pero yo estaba más adelante y no los vi. Yo voté por la huelga , recordé las tantas huelgas de hambre de meses que había hecho mi viejo con los portuarios en sus luchas gremiales.
Así fue que quedé junto con otros compañeros comprometida a esa mínima huelga de hambre.
Yo siempre he sido de buen comer, de las que repiten dos platos y no paso más de tres horas sin algún bocado, salvo durmiendo.
Pero no me achiqué, mi mente estaba totalmente comprometida y no le consulté nada a mi estómago.
Era invierno así que me abrigue bien y caí a la carpa a las siete y treinta de ese martes.
Antes de ir desayuné en mi casa como una condenada a muerte.
Café con leche, yogourt, pan con queso, manteca y miel.
Por último una banana por si me bajaba el potasio y una naranja para que no me fuera a enfermar de escorbuto como los tripolantes de las caravelas de Cristóbal Colón.
Había estudiado dos años de nutricionista por lo que sabia y me metí todos los nutrientes importantes.
Era el año noventa y ocho, yo era estudiante de tercero del profesorado de química y también era mi primer año como docente.
Tenía veintitrés años y era bastante delgada.
Sos flaca de rebote me decía una amiga cuando me veía comer como una marabunta.
A las ocho de la mañana comenzó el ayuno.
A las ocho y treinta mi metabolismo me llevó corriendo a los baños químicos.
A las once de la mañana yo ya sentía hambre pero lo vivía diferente. Mi cabeza no me mandaba a comer.
Al pasar las horas me fui acostumbrando a la sensación de vacío en la panza.
Nos tomaban la presión, yo era de presión baja y me había bajado. Teníamos permitido tomar un caldo líquido y salado. Yo lo tomé porque la enfermera me lo indicó. También nos daban agua.
Comencé a sentir más el frío y me cubrí con una frazada.
Yo pese a todo estaba feliz y me sentía tan revolucionaria como el Che Guevara.
Estaban todos los canales y me hicieron una entrevista, supongo que porque llamaba la atención mi cara de nena y mi flacura.
Pasaron dos horas de eso y suena el teléfono que había en la carpa.
_Mariana es para vos me dijo un compañero.
Yo asombrada fui a responder sin entender nada.
Yo no sé cómo hizo para contactarse y conseguir ese teléfono.
Era mi padre.
_Marianita me dijo muy apenado hasta que su voz cambió a resongo.
_vos estás loca?, haciendo huelga de hambre con lo flaca que sos.
No me dio tiempo a responder y continuo.
_Mirá dijo el Tito dejando de lado toda su ideología política. Buscá en la mesa donde seguro hay sobrecitos de azúcar, siempre hay por si les baja la glicemia. En efecto yo ya los había visto.
_Agarrá un par y te vas al baño y ahí te los comés.
Yo escuchaba asombrada por quien en ese momento no parecía el gran luchador gremial.Fue entonces que le pregunté :_¿papá, en las huelgas que vos hiciste tantas veces con los portuarios comiste?
Nó me dijo. Bueno le respondí entonces:_ yo tampoco y no comí.
El me había enseñado la lealtad, el compromiso, la lucha desde que yo tenia memoria.
Yo no comí como tampoco el lo había hecho.
Me di cuenta por primera vez que antes que un luchador de las buenas causas era mi papá.
Se despidió apenado de no convencerme pero estoy segura que también se sentía muy orgulloso y feliz.
PRESEN RODRÍGUEZ
HAMBRE.
(COSAS COTIDIANAS)
Aunque no tenga muchas ganas de comer, como lo justo y preciso para vivir.
En cambio, mi familia es de buen yantar; yo creo que ellos viven para comer.
Precisamente el miércoles pasado, mientras hacía la comida, pensé:
—¡Qué hartura de cocina, por Dios!
Y entonces, la zanahoria y el puerro, que estaban juntos sobre la encimera, me contestaron al unísono:
—¡Sofríenos! ¡Bien pochaditos!
Me quedé quieta, con la cuchara en la mano.
—¿Qué?
Miré alrededor, pero no había nadie.
Los muslos de pollo, desde la bandeja, comenzaron a aplaudir.
—¡Venga, venga, que enseguida estamos ahí!
—¡Pero bueno! —dije—. ¿Ahora también habla el pollo?
Las albóndigas, muy redonditas ellas, empezaron a darme instrucciones:
—A ver, mujer, redondéanos un poquito más, que queremos estar perfectas.
—¡Y no te olvides del chorrito de moscatel! —añadió otra—. Que marida estupendamente con esta salsa.
Yo ya empezaba a preocuparme.
—Esto no puede estar pasándome a mí.
Pero seguí cocinando.
Lo puse todo a fuego lento y, mientras la salsa hacía chup-chup, me puse a trocear las patatas.
Entonces las escuché cuchichear entre ellas:
—¡Cuidado!
—¿Qué pasa?
—Que parece que nos quiere tronchar a lo bestia.
—¡Pues a mí que me corte finita, que quiero quedar elegante en el plato!
Ahí ya dejé el cuchillo sobre la tabla.
¡Madre del amor hermoso!
Me apoyé en la encimera y respiré profundamente.
—Me estoy volviendo loca. Esto es de psiquiatra.
Escuchaba las voces de todos los ingredientes: el puerro protestaba porque tenía demasiado calor, la zanahoria presumía de su color, las patatas discutían entre ellas y las albóndigas no paraban de dar consejos.
¡Imposible!
¿Era mi imaginación?
¿El cansancio?
¿O llevaba tantos años cocinando que los ingredientes habían decidido, por fin, tomar la palabra?
—Bueno —dije resignada—, mientras no me contesten los platos, todavía hay esperanza.
Terminé la comida y fui a descansar un poco antes de que llegara mi familia.
Después preparé la mesa con todo cuidado.
Puse los platos, los cubiertos, los vasos y el pan.
Y cuando todos se sentaron, escuché desde la cocina una última voz:
—¡A ver si les gusta!
Me levanté de golpe.
Todos me miraron.
—¿Qué pasa? —preguntaron.
Yo sonreí y dije:
—Nada, nada… Creo que la comida se enfría.
Se hizo un silencio.
Y entonces alguien preguntó:
—¿Hay postre?
Miré hacia la cocina.
Por un momento pensé que la tarta también iba a contestar.
Pero no.
Esta vez fui yo quien respondió:
—Sí. Pero como empiece a hablar, mañana coméis fuera.
Mi hijo pequeño me miró con cara de preocupación y exclamó:
—Mamá, ¿estás bien?
Y yo, mirando de reojo hacia la cocina, contesté:
—Sí, cariño. Solo tengo un poco de hambre… de tranquilidad.
Simplemente Presen.
FRAN KMIL
Hambre
Esto que voy a escribir no pretende ser cuento, ni relato, ni mucho menos anécdota. Es, simple y crudamente, un testimonio de aquellos primeros años del mal llamado «período especial» —porque en eso de inventar palabras bonitas para disfrazar la miseria, la represión y el sometimiento, los comunistas se llevan el primer lugar—. La gente se desmayaba en plena calle por falta de alimento, y los dirigentes, desde su hartazgo, solo nos pedían resistir, resistir, como si fuéramos un país asediado. Y sí, lo éramos. Lo seguimos siendo: un país secuestrado por la terquedad de unos pocos que viven bien y no sueltan el poder ni a costa de la vida de todo un pueblo. Por eso declaro, sin pudor ni disculpa, el odio visceral que siento hacia el comunismo y hacia cualquier cosa que apeste a esa izquierda hipócrita y mentirosa que predica igualdad mientras engorda en la opulencia del poder.
Para nosotros los cubanos, la palabra hambre no es solo carencia: es una herida abierta que jamás termina de cicatrizar, porque viene siempre acompañada de odio, de rabia, de un rencor que se hereda como maldición, contra quienes nos condenaron a padecerla desde su cómoda trinchera de tiranos, opresores y dictadores que nunca supieron —ni les importó— lo que es tener el estómago vacío.
Yo esperaba el ómnibus en un sitio al que, con ese humor negro que solo entiende quien ha sufrido de verdad, le llamaban «el palo del aura», porque decían que así parecíamos los que ahí aguardábamos: auras posadas bajo el sol inclemente, sobre un palo al borde del camino, esperando el momento de lanzarnos sobre la carroña.
Esa tarde éramos dos: una muchacha extremadamente delgada y yo. Ella cantaba con una voz temblorosa, casi sin mover los labios, casi sin abrir la boca, como si el hambre le hubiera robado hasta el derecho de cantar en voz alta. No recuerdo la canción, pero sé que cantaba. Y eso me detuvo en seco. Porque hay algo desgarrador —no admirable, desgarrador— en que un ser humano, reducido a piel y huesos por la negligencia criminal de un sistema, todavía encuentre fuerzas para no perder la calma, para fingir alegría. Me acerqué, más por necesidad de compañía que otra cosa, porque la espera del transporte era un enigma cruel: no se sabía si pasaría, ni cuándo, ni si acaso pararía ahí.
—¿Contenta? —le pregunté.
—No —me respondió la muchacha—, con hambre. Con mucha hambre.
—¿Qué?
—Cuando tengo hambre me pongo a cantar. Así me olvido de ella.
En aquel momento sonreí, porque encontré cierta gracia ingenua en su respuesta. Qué ignorante fui.
Ahora no sonrío. Ahora, al recordarlo, siento la rabia subirme por la garganta, la indignación apretarme el pecho y las ganas de llorar por una muchacha que a esta hora, treinta años después, quizás siga cantando de hambre en alguna esquina de esta isla condenada. Porque han pasado más de tres décadas y mi pueblo —mi pobre pueblo— sigue peor. Y no hay canción que alcance para olvidar tanta hambre, tanto silencio cómplice, tanta infamia sostenida en el tiempo por los mismos verdugos de siempre.
EMANUEL COLOMBO
Palabra con mala fama en la clase más baja de la sociedad y herramienta de control político de la más alta porqué quién controla la comida controla á las personas. Aquí los dos extremos, el hambre en la clase más baja (Izquierda) y la dirección política para su erradicación en la más alta (derecha) dividimos en izquierda y derecha para hacer notar que aquí en la «lucha contra el hambre» en el orden práctico y público no existe un centro y léase sí se carga todo el peso en un sólo extremo de la construcción está se agrieta primero, segundo se rompe y tercero se derrumba. Hambre, Frío y Sueño es la trilogía de la clase baja, es el número 3, la creación, la pirámide y de aquí viene. Padre, Hijo y espíritu Santo (3) y su creador: El Gran Dios Egipcio; Amén. La versión liberal de la pirámide jerárquica en que está organizada la sociedad (3) y su cuarto elemento (1) és ése

de la pirámide del reverso del billete de un dólar norteamericano: Annuit Coeptis: Bajó Su Protección; Saturno. Sus hijos (pueblo) todos son pobres y de aquí viene sus pirámides: Hambre, Frío y Sueño, etc. Porqué mal paga el Diablo á quienes le sirven, de forma casi involuntaria en su mayoría en éste caso. El hambre puede verse también desde un punto de vista filosófico por pocos realmente, por ejemplo los Cabalistas creadores y dueños del sistema financiero entre otras cosas y éstos qué lo desconocen en el orden práctico enseñan qué aquí está la alarma para concretar la atención sobre lo importante, la verdad, léase la buena instrucción en el orden práctico y de aquí viene «No sólo de Pan vive él hombre» El mejor alimento es el del espíritu y és quien realmente sacia el hambre.
MARA SERBIA
Desde joven se destacó en el deporte. Poseía unas cualidades físicas que abonaban a sus destrezas naturales: estatura, fortaleza y, además, era zurdo. Verlo jugar era un poema: lo mismo bateaba que fildeaba o lanzaba, y lo ejecutaba con aquella elegancia que enamoraba. Era como escuchar al pianista ejecutar la más difícil de las piezas.
Cuando tuvo edad, lo inscribieron en las Pequeñas Ligas y, desde ese momento, todos los fines de semana de su niñez y adolescencia transcurrieron en los parques de pelota.
Su padre era muy exigente. Podía haber lanzado un juego sin hits, pero si se había ponchado en una de las entradas, eso era suficiente para que el mérito de su hazaña se esfumara. Le decía payaso, que cada día iba más para atrás… Nunca nada era suficiente.
Parecía como si el padre quisiera ver reflejada en él la gloria que nunca tuvo. Y en ese intento, sin darse cuenta, le iba heredando su propio vacío: ese hueco antiguo que el padre cargaba desde su juventud, esa hambre que nunca pudo saciar y que ahora pretendía llenar con el talento del hijo.
En los juegos, mientras esperaba su turno, dormitaba. A veces se imaginaba una vida como la de algunos de sus amigos: salidas a la playa, al cine, alguna fiestecita… Pero nada de eso era posible. Además de exigirle buenas calificaciones escolares, debía practicar el deporte todos los días y competir los fines de semana.
Poco a poco, su gusto por el béisbol fue decayendo. Ya no jugaba porque quería. Jugaba para complacer a su padre.
Llegó el día del reclutamiento en que estarían presentes los escuchas de distintas universidades. La meta de su padre era que lograra captar la atención de alguna universidad de División I, cuyos equipos eran más competitivos y ofrecían mayores oportunidades de llegar a las Grandes Ligas.
Lo ejecutó todo a la perfección.
Bateó, fildeó y lanzó como sabía hacerlo. Los números estaban allí. El físico también. La técnica, impecable.
Entre los escuchas que lo evaluaban, uno dijo:
—Este muchacho tiene la habilidad, el físico, los números… pero le faltó hambre.
Y nadie pareció darse cuenta de que, durante años, alguien se había ocupado de quitársela.
EFRAIN DIAZ
Una vez finalizadas las exequias fúnebres de don Ricardo, en las cuales Neco no hizo ni un peso, sus tres hijos regresaron a la propiedad.
Tenían cierta urgencia por buscar entre los bienes del finado el dinero en efectivo que, según ellos, debía guardar en algún lugar de la casa.
Entre los tres organizaron un equipo y se dividieron la propiedad. Cada cual buscaría en el área asignada. Así no estarían chocando unos con otros y, sobre todo, podrían vigilarse a prudente distancia.
Amalia fue a la cocina. Abrió todas las gavetas, revolvió los cubiertos, levantó platos, movió ollas y registró ambas alacenas. Para no dejar rincón sin explorar, abrió también la nevera y el congelador, pues recordó que su tía Cambucha, en los últimos meses de una senilidad que ya había borrado las fronteras entre la lógica y el disparate, guardaba dinero en efectivo entre las carnes congeladas.
Ricardo Jr. se encargó de la habitación. Buscó en todas las gavetas del gavetero, el ropero, las mesas de noche, el clóset y hasta en el cuarto de baño. Al final, no encontró dinero. Encontró algo mejor. Dos viejas libretas de banco. Las abrió y viendo cantidades considerables de dinero, una sonrisa se dibujó en su rostro.
A Miguel le correspondieron la sala y el comedor. Allí había menos que registrar. Miró detrás de los cuadros porque había aprendido en el cine que toda persona con dinero guarda una caja fuerte detrás de un paisaje o de un retrato de algún antepasado. Dos Bocas, sin embargo, no era Hollywood y detrás de los cuadros solo encontró polvo, telarañas y pared.
Terminada la búsqueda, el inventario era decepcionante: ni un solo dólar en efectivo y dos libretas de banco.
Acordaron ir juntos a la sucursal el lunes. No por solidaridad fraternal, sino porque desconfiaban los unos de los otros.
Llegaron al banco con los primeros rayos del sol. De haber podido, habrían ayudado al gerente a abrir la sucursal.
El gerente, amigo y banquero personal de don Ricardo durante muchos años, los recibió con todas las amabilidades posibles. Los condujo a su oficina, les pidió que tomaran asiento y tomó las dos libretas.
Las examinó y luego consultó la computadora e imprimió varios documentos.
—La cuenta tiene noventa y tres dólares con diecisiete centavos.
Los tres hijos guardaron silencio.
Las libretas reflejaban los depósitos que don Ricardo había hecho durante años. Los documentos que acababa de imprimir el banquero contaban la otra mitad de la historia: los retiros. Y eran muchos.
Durante años, don Ricardo había distribuido buena parte de sus ingresos entre distintas organizaciones dedicadas a combatir el hambre. En la República Dominicana tenía adoptados una docena de niños a quienes cubría sus necesidades básicas. Cáritas recibía una generosa aportación mensual. Otras organizaciones sin fines de lucro recibían también su parte. Mes tras mes. Año tras año.
Don Ricardo había repartido su dinero con una admirable perseverancia digna de mejor causa, al menos según la expresión de sus tres herederos.
Amalia miró a Ricardo Jr. Ricardo Jr. miró a Miguel. Miguel miró al gerente, quizás esperando que anunciara que todo aquello era un error contable. Pero no lo era.
Salvo la propiedad, el mobiliario y algunas obras de arte, don Ricardo no había dejado prácticamente nada.
Bueno. No tan rápido. A Tato, su mayordomo, le había dejado todo el efectivo que no alcanzó a distribuir entre las organizaciones benéficas, acompañado de una sola instrucción: que fuera tan discreto como frugal, no fuera que las aves de rapiña de sus hijos se ensañaran con él.
Tato cumplió escrupulosamente la primera parte.
La segunda está por verse. Después de todo, en Dos Bocas hay muchas formas de pasar hambre.
MARIO NÚÑEZ
¿Mamá, cuando vuelve papá?, preguntó la niña.
¿Cuándo vamos a cenar?, preguntó el niño.
Les tengo una sorpresa, dijo la mamá, y sacó una barrita de cereales de su bolso. La compartiremos.
La cortó en dos partes y dió un pedazo a cada criatura.
¿Tú no comes? Preguntó el pequeño.
No tengo hambre, respondió la madre.
ANGY DEL TORO
Las aristas del hambre
Llegué a este reto cuando me encontraba inmersa en la vida y obra de García Márquez. No sabía por cuál libro empezar.
De repente, busqué inspiración en el cancionero popular, en las vitrolas, en los bares y cantinas del pasado siglo.
Cuando la canción “Hambre de amor” me llevó a la mitad del siglo XX.
Donde el humo del cigarrillo flotaba bajo la luz tenue del bar. Y en el centro, una vitrola rugía con la voz desgarradora de los cantantes de la época.
«Hambre de amor, tú siempre tienes; hambre de amor, como una obsesión… No te bastan mis besos ardientes. Mis dulces caricias, mi loca pasión. Tú eres fuego que quema la carne con llama que extingue al más puro amor…»
En esas mesas de madera gastada, entre copas y bohemia, el dolor no se explicaba con términos médicos. El «hambre de amor» se sentía en el pecho como un vacío físico, un fuego que quemaba y que muchos intentaban calmar con un trago o una canción de despecho.
Era el costumbrismo de una época donde la cantina se convertía en el consultorio de las almas.
Allí se iba a beber, pero también a conversar, a olvidar, a recordar. Se compartían penas y confidencias entre tragos. El cantinero conocía historias que nunca llegarían a un consultorio y sabía cuándo llenar otra copa sin necesidad de preguntar.
Las canciones hablaban por quienes no encontraban palabras.
Pero la casualidad, en ocasiones, la pintan calva, como diría mi abuela.
Y entonces me llegó El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez.
Uyyy… cuánto he aprendido sobre el hambre y sus aristas.
García Márquez parece haber puesto delante de mí diferentes maneras de manifestar el hambre: «física, económica, de justicia, de esperanza, de reconocimiento, de futuro…».
Hoy me detengo especialmente en el coronel y su mujer, porque en su relación observo estas hambres enfrentadas.
El coronel posee una característica que trasciende su propia historia: el hambre de justicia y de reconocimiento.
Aquí hay algo fascinante: cuanto más precaria es su situación, más se aferra a su dignidad.
La mujer del coronel es su contrapunto. Ella mira la casa, las cosas que quedan, las necesidades concretas. Es quien pone los pies en la realidad y le recuerda constantemente al coronel que hay que comer hoy.
La situación es tensa: Él vive mirando hacia lo que puede suceder; ella mira hacia lo que está sucediendo.
Y entonces, aparece “el gallo”.
El gallo no es simplemente un animal. Es una posibilidad.
Representa aquello que todavía puede cambiarlo todo. Por eso el coronel se aferra a él incluso cuando la situación económica es desesperada.
Y aquí me hago una pregunta: ¿El gallo alimenta al coronel o es el coronel quien alimenta al gallo?
Físicamente ocurre lo segundo.
Pero emocionalmente quizás ocurra lo primero.
Y está su hijo: Agustín.
Dejó el gallo, pero también dejó una memoria, unas ideas políticas y una especie de legado que sigue condicionando la vida de sus padres.
Su muerte no ha terminado, aunque es precisamente ella quien inicia la novela.
Y si de alguien no me puedo desentender en esta historia es del pueblo.
Porque también el pueblo tiene hambre.
Hambre física, sí, pero también hambre de futuro, de justicia, de libertad y de esperanza.
Una comunidad sometida a la pobreza, al silencio y a la censura.
Quizás eso sea lo que más me está sorprendiendo de esta lectura: que una palabra tan sencilla como HAMBRE pueda contener tantas formas de necesidad humana.
Y ahora los dejo que García Márquez me está esperando.
SILVIA GALLARDO
Ella era un ser de luz,reía, bromeaba ,contagiaba con su presencia alegre e iridiscente,sin embargo,algo sucedía en sus emociones:era víctima de obesidad morbida. en la comida encontraba algo que no llenaba su alma aunque su rostro brillaba vagaba en su mirada un aleteo de insatisfacción por la existencia, era paradójico porque siempre mostraba un ánimo desbordado que daba un toque de buena vibra en las converssciones con ella, fluían sus palabras con un léxico perfectode abundantes expresiones populares, dichos, proverbios;pero guardaba sentimientos incómodos que sólo lograba equilibrar con la comida para apagar emociones que le dolian, tenía un hambre emocionalque la hacia sentirse vacía, llena con ansiedad desmedida y estrés, La comida sustituía todo ello por una felicidad efímera que la orillo a subir de peso. no comía por hambre para satisfacer su estómago comía con voracidad por una urgencia de llenar un vacío que nació en su alma.solo ella sabía si su aspecto le haya generado dolor pordiscriminación, burlas o bromas pesadas en su contexto social, por su apariencia. y aunque se desenvolvía con mucha naturalidad en reuniones y fiestas, pues bailaba con ligereza, bromeaba y procuraba disfrutar esos instantes, haciéndose ver feliz, una estela delgada, imperceptible de su esencia parecía flagelada.. se le veía comer con avidez y abundancia lo que se ofrecían en llas reuniones familiares, pues eransuculentos manjares que nadie se podía resistir a probarlos hasta hartarse y ella parecía disfrutar solo comiendo.como consecuencia de esa situación su estado de salud empezó a complicarse, le sobrevino una grave enfermedad hepática, empezó a retener líquidos en todo su cuerpo que irremediablemente la pusieron en un estado comprometido, con una diabetes que la hizo sufrir porque la empezaron a limitar en su alimentación, ya no podía comer con ese gusto con que se le veía hacerlo. tal vez eso fue el motivo que le había hecho sentirse siempre con hambre porque al tener limitaciónde ciertos alimentos, mas los deseaba. así que le sobrevinieron efectos peligrosos en sus órganos, hígado, riñones, corazón que no resistieron tanto deterioro hasta que dejó de respirar, hasta que su alegre corazón dejo de latir. Su hambre nunca fue real no buscaba satisfacer su estómago, buscaba algo más allá del alimento que nutre el cuerpo ella necesitaba una dosis de comprensión a una situación no diagnosticada, busCaba amor, atención, reconocimiento a su valor cómo ser humano sin cuestionamiento ni miradas morbosas por el l grosor de su cuerpo, ella quería brillar como siempre, con su sonrisa y la espontaneidad de su naturaleza humana sin etiquetas ni discriminación ni criticas queria ser aceptada con su esencia maravillosa de ser humano, con derecho a ser feliz y aceptada en una sociedad que no ha aprendido a incluir sin juzgar.Es una cruel paradoja llevar el alma vacía mientras el cuerpo carga con el peso del mundo.El hambre emocional en cuerpos grandes es una realidad muy dolorosa e incomprendida donde el dolor interno se vuelve invisible para los demás ella siempre cargo un vacío que ningún plato llenó. Se fue siendo una persona maravillosa dispuesta siempre a ayudar.Su hambre se desvaneció en las cenizasqoue llenaron una hurna
HAMBRE
Hueco del alma
estómago vacío, silencio mortal.
Espíritu extraviado en la inanición emocional.
MAITE BILBAO
SOBREMESA
Las paredes beige del despacho encierran el olor a tabaco frío y las risas apagadas de los compañeros que aún digieren la comida.
Analizan el sumario por agresión sexual. Hablan de la falda, del alcohol, de la ausencia de marcas en los brazos. Diecisiete años. Los mismos que mi hija.
Dicen que el consentimiento queda difuso entre copas y madrugada. Despliegan la rutina de cada semana sobre el caoba. Sus voces vomitan bilis mientras la nuca choca contra el cuero del sillón y un ácido espeso quema la garganta.
Las manos tiemblan sobre la madera mientras la saliva amarga inunda la boca.
Un calor denso baja por el pecho y endurece los músculos mientras ellos buscan la rendija legal para rebajar la condena.
Dejo caer el informe. El expediente se abre en canal sobre la madera.
LINOSKA BARANDA
Dedicado a los niños cubanos.
«Hambre»
Mi mamá
ya no me despierta
en la mañana.
«Sigue durmiendo»
Me dice cuando ve
mi ojo entreabierto.
¡Como echo de menos
el olor de su café
de la mañana!
«No he encontrado
a buen precio»
Me responde
si le pregunto
por ello…
«Un poquito
de agua con azúcar»
Me anuncia
con una voz suave,
mientras siento
sus dedos tibios
en mi hombro derecho.
«Tiene el punto, está bueno,
no está demasiado dulce»
Insiste
cuando una mueca delata
mi desagrado
ante el tibio mejunje.
«Tampoco está frío»
Murmuro a la vez
que me arrepiento;
no es su culpa
que no haya azúcar,
ni luz,
ni pan,
ni olor a café
en horas tempranas.
El vacío,
como un hueco de bala
en el estómago,
despierta mi cuerpo
hambriento.
¿Cómo me puede doler tanto
el hambre
si mi cuerpo es pequeño?
Echo de menos
el ruido de la olla,
con su presión,
ese eco monótono
dentro de mis sueños
al despuntar el alba,
y el sonido de cazuelas
y el arroz cayendo en la olla
y después el agua;
el ruido del agua
cayendo a chorro,
fuerte y poderoso,
dominando toda la casa.
Mi mamá
ya no me despierta
en la mañana.
«No hay apuro,
sigue durmiendo,
aprovecha el tiempo»
Y silenciosamente
entorna las persianas.
LVIS GARES
Sólo sé que desde aquel día que froté la lámpara, no he parado de comer. A todas horas comiendo; que si un par de huevos con baicon y patatas para desayunar acompañado de un chocolate con churros, una baguette enterita y bien llena de jamón del bueno con su tomate restregado, por supuesto y dos o cuatro lonchas de mortadela boloñesa para media mañana, un plato de ensalada , una paella y un cordero al horno para comer, media docena de croissants con tres o cuatro yogurts de limón para merendar y luego, de cenar, algo más ligero; un buen bocadillo de tortilla de patatas con alli oli de ese del mortero . Luego está lo que pico entre horas. Las birras y las papas, los cacahuetes, sardinas, berberechos
Me estoy metiendo calorías sin parar y encima me estoy arruinando, tengo la tarjeta que echa humo y todo por pedir al puto genio ser un hombre. Hombre, le dije hombre y no hambre .
¿Qué culpa tengo yo de que estuviera sordo y que ayer me contaran que lo vieron por los alrededores de una tienda donde se venden aparatos para los oídos? ¿Qué culpa tengo yo? Culpa ninguna pero me están entrando ganas de comer algo, no sé, un melón, una sandía y yo que sé, puestos a pedir un surtido de turrones.
EVA AVIA TORIBIO
Tus hermosas líneas y esas arruguitas doradas que cubren tu terso cuerpo hacen que sea muy difícil contener estas ganas de hacerte mío.
Tu aroma a fuego abrasador evoca los recuerdos de mi primera vez. Instantes de placer en los que, por mi condición, no tenía que reprimir mis instintos.
Desearte al verte frente a mí y no poder satisfacer mi hambre de ti, es un castigo que no sé cuánto tiempo seré capaz de soportar.
Sigue permaneciendo en silencio, voz interior, no seas más cruel conmigo, porque tú sabes bien lo difícil que está siendo todo esto para mí.
—¡Mamá, este pollo rostizado está delicioso!
¡Mierda! Con el hambre que tengo y yo con el dichoso ayuno intermitente.
Besos, La Incondicional
ART MI
BOMBAY (para el tema de la semana).
Ahí los tenían a todos, formados por estaturas, mientras los jefes militares pasaban para tomarles las medidas de sus extremidades.
A los más afortunados los desechaban dándoles una patada en el trasero; yo fui uno de esos, los no aptos, por esta joroba que me vino de nacimiento, esa de la que tantas veces renegué y que, en el mal momento, me salvó el pellejo.
Mis tres amigos no tuvieron la misma suerte… Siempre les dije que la vanidad les pasaría factura, pero no me hicieron caso. Íbamos donde el río a nadar por largas horas, y luego ellos se comparaban los cuerpos, para saber cuál era más atlético. Yo participaba únicamente hasta el momento en que debíamos sacarnos la tranca, y es que ahí llevaba ventaja, porque el cielo me compensó la deformidad en la espalda con una pinga portentosa.
– Si pudiese te la cambiaba – me decía entre risas uno.
– Con esa cosa harías que en el “Tigre del Bombay” las muchachas no quisieran despegarse de tu cama – añadía otro.
Y al final, siempre rematando con malicia, aparecía el comentario del mayor: lástima que a este cabrón le gusta que se la claven.
Yo tuve culpa, por haberles confesado mi condición de opuesto – como les llamaban a los tipos como yo -, pero alguno me salvaba siempre con el mismo chiste: seguramente te la mira con envidia y se le antoja.
Fue justamente en una redada en “El tigre del Bombay” que nos agarraron a todos. Al subirnos a los vehículos del gobierno sabíamos que probablemente no habría vuelta, quizá por eso nos mirábamos constantemente, temerosos. Se escuchaban tantas cosas…
Ya estando ahí, como mencioné antes, a mí me desecharon casi inmediatamente. Entre carajos y maledicencias el capitán a cargo estaba zurrando a los que me llevaron.
– ¿Qué me ves? Vístete y a chingar a tu madre – me ordenó un guardia.
Ojalá hubiese obedecido, pero mi lenguaje corporal debió delatarme, porque el capitán reparó otra vez en mi presencia: ¿no te quieres ir? Bueno. Pásenlo junto con sus amigos, para que sea testigo y vaya a contar cómo es esto en realidad. A ver si así se les quita lo machitos a todos esos pendejos que andan en la zona uno, creyendo que acá jugamos a la guerrita – dijo.
Entonces entré y vi las otras filas, resguardadas por una alambrada gigante que los cercaba, como animales de corral. Decenas, sino es que cientos de jóvenes como nosotros, trotando a velocidad media con sus playeritas sudadas, cantando premisas de combate. Sus pechos, inflándose y desinflándose a tambor batiente, acelerados por las inhalaciones y exhalaciones alteradas y repetitivas, como las de los hombres cuando les tiemblan las patas porque están a punto de aventar los cuajos de sus entrañas. Zumbaban entre dientes, con un sonido parecido al de la bajada de flecha que tienen las aves rapaces.
Y luego, cuando veían que alguno tenía buena forma, lo sacaban de la fila para treparlo a las naves.
– ¡No! ¡No! ¡No! – surgía el lamento, muy parecido al de los niños allá en el campo grande, donde también llegan los militares y arrebatan los hijos a las madres, incluso a algunos que aún no están destetados, y todo para meterlos al Ejército de Liberación Planetaria.
Todo eso vieron mis ojos allá, muy allá, donde los páramos se han vuelto llanuras infértiles y arrasadas, explanadas inmensas de pastos cortos y secos que se te entierran en las plantas si careces de calzado.
Me sacaron a zapes cuando empecé a llorar.
Nunca más vi a mis amigos en persona, por eso jamás volví a “El Tigre”; al final, como decían, a mí en ese lugar no había nada que me despertara interés. Lo último que supe fue que su escuadrón salió una mañana para ir al sistema Cuatro, que es donde estaban los intereses de explotación de metales preciosos.
Murieron, según el acta que entregaron a sus familiares, en el ocaso del día siguiente a su aterrizaje. Cosas del hambre y la guerra…
Mi mente me lleva por caminos raros a veces, y puedo creer ver los espectros, acompañándolos mientras yacen inertes sobre la nieve de aquel sitio, todavía con sus cuerpos atléticos, pero libres ya de toda vanidad.
HEIDI SÁNCHEZ
Historia del hambre histórica, para mí.
Comenzó en una terraza de Madrid, hace ya un tiempo lejano.
Mis dos buenas amigas me invitaron a un viaje por mi propio país. He de señalar, como dato geográfico y casi como presagio, que terminamos cerca de las Minas de Matahambre.
Era junio. Un junio perfecto: ni demasiado caluroso ni demasiado frío. Y, para completar las circunstancias favorables, era el día de mi cumpleaños geminiano.
El yo invitar, imposible ya cargaba conmigo aquella angustia, como quien lleva una medalla que no pidió, pero que luce porque no le queda otro remedio.
Y ahí comienza la historia.
Tres amigas emprendimos el viaje, amparadas en la idea de que nadie podía hablar mejor que yo de mi propia tierra.
Aquello fue un trayecto de nueve horas en avión.
Nueve.
Shiuusss…
Volando.
Ninguna de las tres sabía que terminaríamos en aquel lugar que, gracias a Buenaventura, acabaría llamándose Viñales Social Club, alias Macondo.
Llegamos con hambre.
Las entiendo, porque yo también., Tenía que comerme la pizza de cinco pesos, la más mala, y también todo lo que me dieran: desayuno, almuerzo, merienda, comida y cena y algún mojito, si me seguían invitando.
Continuó diciendo que allí hacía calor.
Pero no el calor de aquí.
No.
El calor de allá.
Ese que no se anuncia en los termómetros, porque se anuncia en la espalda.
La piel se nos pegaba al Chevrolet de los años cincuenta. Aquel coche parecía haber sido fabricado expresamente para sudar dentro de él y llevarnos barato al destino.
Sudábamos y sudábamos.
Y sonaba Silvio Rodríguez.
¡Qué risa!
Aquellos años en los que yo, la de allí, no me sabía la letra.
Yo, que había salido de aquella tierra, escuchaba las canciones como quien reconoce una casa después de muchos años, pero no recuerda dónde estaba la puerta.
En el asiento del copiloto estaba él.
Ojos claros.
Piel morena.
Morena de verdad.
Casi negra.
Y mi amiga, desde atrás:
—Ufff… es un queso.
Y el queso, por aquel entonces, consiguió derretírsele.
La amiga de la que no he hablado ya había saciado su hambre. Incluso al principio del camino. Todo fácil: una rosa con ojos le había quitado el hambre y le había dibujado una sonrisa de barriga llena. Esa sonrisa no se la he vuelto a ver nunca más.
Creo que sigue teniendo hambre.
Fue la misma que me preguntó:
—¿Qué te vas a pedir de cenar?
Y yo escogí un filete de brontosaurio, mientras ellas finalmente comían perlas.
—Heidta tiene hambre histórica —me dijeron, mientras yo me limpiaba la boca, saciada y alegre.
Sí, tengo hambre, de esas que sabes que comienzan mucho antes de que uno tenga hambre.
¿También habían saciado sus hambres?…no he podido terminar la historia porque ahora » tengo hambre». ,¿ Y tú?
H.S.
Y descubrí con el tiempo, no era precisamente hambre de comida. Ellas también habían comido de mi boca. Histórica y perseverante.
CARMEN ÚBEDA FERRER
La ilustración es de mi autoría.
La boca hambrienta
——————————-
¡Al pan pan
y al vino vino!
Y con el pan y el vino
buena tajá de tocino.
Así salía cantando
por las mañanas
el alcalde de una
de una mísera
y pequeña aldea.
————
Con la hogaza de pan,
la bota de vino
y la tajá de tocino,
se sentaba bajo
la sombra de un pino
justo al lado de
una triste fuentecica,
que pa no desentonar
con la gazuza del pueblo
estaba seca y rajá.
———–
Al alcalde,
los de la aldea lo miraban
con los ojos codiciosos.
Las caras enjutas.
Las bocas abiertas
goteando de babas.
Más el muy cretino
ni se inmutaba.
Mientras tanto, él,
se hinchaba a comer
pan, tocino y no dejaba
en la bota ni gota de vino.
————
Así transcurrió un mes
desde que aquel alcalde
de monterilla
tomara posesión
de la alcaldía en cuestión.
Más los buenos aldeanos
tornáronse en malvados,
pues la falta de pan
despierta instintos muy malos.
Supervivencia le llaman
a estas ideas malvadas,
que no es cosa del destino.
Ante el hambre
no existe otro camino.
De manera que un buen día
todos los aldeanos
asaltaron la alcaldía.
A palos y zurriagazos
del pueblo lo echaron
al alcalde corrupto,
abusón y de mala cría.
Saquearon su despensa.
Sus barrigas llenaron
de hogazas de pan.
El buche de vino y sé
hartaron de buenas
tajás de tocino.
Carmen Úbeda Ferrer
Valencia, 1 de septiembre del 2026
MARÍA JOSÉ AMOR
EL HAMBRIENTO (Para el tema de la semana)
Si vas hacia el Oeste del Pirineo catalán, al final de la provincia de Lérida, tocando con Huesca por un lado y Francia por el otro toparás con el valle más maravilloso que puedas imaginar: El Valle de Arán.
Por su difícil, que no imposible, acceso, es de los lugares más genuinamente vírgenes en todos los sentidos: vegetación, costumbres, comidas y ¡lengua!: el aranés.
El aranés es un “dialecto”, por decirlo de alguna forma, procedente de manera directa del occitano o lange d’oc, donde a su vez se encuentran inmiscuidas palabras del euskera además de algunas francesas.
Y sobre esto, voy a explicaros una anécdota acaecida en los años 50 del SXX, cuando no había televisión en España y las emisoras de radio emitían en unas frecuencias de poco alcance, por lo que, al estar rodeados de montañas tan altas, hacían impenetrables las ondas de hertzianas y, en algunos pueblos era difícil, cuando no imposible, conectar con alguna.
Ventura Sellés Farrerons, amigo de mi padre, era oriundo de Salardú, pueblo pintoresco que aparece señalado en las guías turísticas como uno de los más bonitos del valle y, como tal, conocía a la perfección la lengua aranesa.
Catedrático del área de Lengua en la Universidad, quiso introducir en su lugar de nacimiento algo de cultura de otros lugares, por lo que, tradujo El Lazarillo de Tormes al aranés y buscó personas nativas para interpretarlo.
El lugar elegido para su representación fue la capital de la comarca: Vielha, de fácil acceso para el resto del valle y que, para facilitar la asistencia, los Ayuntamientos dispusieron de autocares para los vecinos.
Y llegó el día señalado, que se eligió, por la fecha, el día de la Mare de Deu de Mijaran (Vigen de Mijarán), cuya festividad es el 8 de septiembre.
Al carecer entonces de un teatro o lugar donde realizar la representación, acordaron acondicionar la Escuela de manera que el lugar donde se ubicaba el maestro sería el escenario y el público ocuparía los pupitres de los alumnos, reviviendo su infancia.
Andrieu (Andrés) vecino del pueblo era un gran aficionado a la literatura clásica. Esta afición provenía de cuando hizo el Servicio Militar, (tres años duraba entonces) que, tras los meses de instrucción y similares, pasó a las órdenes de un capitán que a su vez se estaba sacando la carrera de Lenguas Europeas Occidentales. Por tal motivo, con frecuencia enviaba a su ayudante soldado a pedir libros a la Biblioteca de la Universidad de Barcelona.
Un día, mientras viajaba en el cansino y aglomerado tranvía a la consabida rutina de devolver unos cuantos libros y pedir otros, cuyo listado llevaba en un papel y, ante el cansino viaje que le esperaba, se le ocurrió ojear uno de ellos. Ya fuera por aburrimiento o porque la trama le interesó, devolvió el resto de los pidiendo una prórroga para ese, a fin de poderlo leer de verdad.
A su regreso, le explicó el hecho al capitán que no solo le dio el beneplácito, sino que o animó a seguir leyendo sus libros además de otros que tenía en su biblioteca.
Unas semanas después, por tener las autoridades derecho a dos entradas gratis en teatros y cines públicos, el capitán, que no se perdía ni una representación de la materia fuese en teatro o cine, lo invitó a todas las representaciones teatrales o cineastas a las que él asistiera, enseñándole a percibir detalles de la trama, convirtiéndose en su profesor particular. Y tal entusiasmo puso el capitán en sus explicaciones que Andrieu acabó aficionándose a la materia, pasando a ser ya no un alumno, sino un comentarista de lo visto con el “profesor”.
Tal estrecha relación les unió que el capitán fue invitado a su boda, así como padrino de su primer hijo y además, cada mes, acudía a Barcelona al teatro invitado por su antiguo jefe. Por tanto, quién mejor para dirigir la representación de El Lazarillo de Tormes, concretamente, la parte picaresca vivida con el ciego.
Llegado por fin en momento, Ventura Sellés, se dirigió al publico que, con escasos actos como aquel, llenaban la escuela y con gran entusiasmo hizo una breve explicación del contenido de la obra, presentando a Andrieu como el director de la misma. Se descorrió el “telón “consistente en, cuatro personas altas cogiendo por sus extremos, colchas de tonos rojizos que acercaban entre sí o separaban, remedando cortinas.
Comenzó la actuación que todos seguían con gran entusiasmo, como es sabido, en varias ocasiones Lazarillo grita:
-Hambre, tengo hambre- mientras va buscando la manera de hacerse con algo que le permita sobrevivir.
Y resultó que, el jovenzuelo que interpretaba a Lázaro repasando una y otra vez el papel, no había comido así que, cuando gritó ¡Hambre! incluso más veces de las que indicaba el guión, lo decía de manera tan real que su abuela, sentada den un pupitre de la primera fila, se levantó y salió o mas rápido que le permitieron las piernas, para volver a los cinco minutos con un bocadillo de queso a la vez que, irrumpiendo en el escenario improvisado, se lo dio a su nieto mientras le decía:
-Come, come, que no puedo verte sufrir.
Como es de suponer, la obra se interrumpió acabándose la representación por las carcajadas y los comentarios de la gente, mientras director, actores y, no digamos Ventura Sellés, el promotor, salían por su lado echando chispas e improperios que más vale no reproducir.
RAÚL LEIVA
Dolor a destiempo
Cuando leí la propuesta del grupo acerca de escribir sobre “Hambre”, inmediatamente vino a la cabeza una imagen de mi infancia. Para poder hacerlo más cabalmente, me propuse transitar por esos mismos dolores y llevé a cabo esto: dejé de comer durante tres días, no fue fácil. Las estrategias en el desayuno y el almuerzo fueron simples, tomaba agua en mi trabajo y me concentraba en lo que estaba haciendo sin pensar demasiado, pero a la noche había que ser más creativo como fingir malestar estomacal o falta de apetito. Lo más difícil era ir a la heladera y ver la comida sin querer tocarla. Finalmente logré llegar al dolor por hambre y a la madrugada de este martes pude escribir un borrador, luego abandoné la huelga de hambre y volví a darle forma al siguiente escrito.
Corría el año 1975 y en la casa de mis padres las comodidades nunca sobraban, pero siempre hubo un plato de comida rica y abundante a la hora de comer. Hacía un tiempo que mi mamá no cantaba cuando lavaba la ropa y cada día mi papá volvía más tarde del trabajo. Los biscochos de la tarde fueron reemplazados por pan tostado y la cena de mis padres se transformaron en mates con una yerba reutilizada. Una noche escuché a mi mamá llorar y me dio miedo ir a averiguar qué pasaba, la mayor parte de las veces me decían que era cosa de grandes, que no me meta, sin embargo, mi mayor miedo era que ellos, papá y mamá, se pelearan.
Al mediodía siguiente, mi papá se sentó a la mesa vacía y mi mamá no había puesto más que pan del día anterior y una jarra de agua en la mesa. La cocina estaba apagada y trajo dos manzanas, un plato de sopa y medio tomate. Nos miramos todos en silencio esperando que mamá traiga la comida, y pasado unos minutos se fue llorando al baño. Mi papá tomó las manzanas, las cortó en cubitos y las mezcló con el pan y un poco de azúcar. Le dio un poco de esta ensalada a mi hermana y repartió la sopa en dos tazas. Él se puso un par de finas rodajas de tomate en un pancito minúsculo con una pizca de sal y le preparó a mi mamá lo mismo. Tenía los ojos rojos y el cansancio en los brazos. Recuerdo que le hice dos preguntas: “¿Y mamá? ¿Qué comemos hoy?” No sé bien cuál de las dos preguntas rompió a mi papá, pero sí recuerdo lo que me dijo: “Negro, no hay más comida. No quedó nada. En dos días más me pagan y compro algo, pero ahora hay que aguantar. Queda leche para la Mecha y con mamá vamos a tomar mate con lo que encontremos. Mamá ya va a venir, debe estar en el baño, no te preocupés, ya va a pasar todo esto.”
Pasó un día más y finalmente al tercer día papá trajo un bolso con frutas, verduras y carne. Fue la única vez en la vida que pasé hambre y me angustió mucho, aunque en el cuerpo no me dolió.
Pasó el tiempo y tengo unos años más que mi papá en aquellos días, y me sometí al hambre que debió haber pasado para ponerme en sus zapatos. Luego de releer el borrador, hubo un detalle importantísimo que se me había pasado por alto. A mi papá le debe haber dolido el hambre, pero cuando recuerdo su cara de aquel día, creo que lo que más le dolió fue decirnos “no hay más comida”. Y recién en ese momento me empezó a doler el cuerpo, me dolió el estómago por la angustia, me dolió la cabeza por no haber entendido a ese hombre que no le quedaba nada más que darles a sus hijos, me dolieron las manos de apretar los puños, me dolía el pecho por la entereza que tuvo mi papá de no bajar los brazos y me dolió el alma de ver a mi mamá siguiendo adelante con sus manos gastadas, con las canciones ahogadas en un nudo de su garganta y repartiendo lo poco que había para que no tengamos necesidades.
Antes de escribir esto, me crucé con Doña Remigia, una viejísima vecina de mi barrio que resiste como ninguna y le conté grosso modo este texto, y me dijo: “Mire m’hijo, siempre hubo tiempos difíciles, y siempre hubo hambre. Lo que a vos te pasó es porque tenés tiempo para pensarlo, a tu papá que trabajaba un montón para pagarle el tratamiento de la sordera a tu hermana la Mecha, no le dejaba tiempo para que le duela el hambre y seguro que a tu mamá le pasaba algo parecido. Cantar era el único refugio que teníamos las mujeres en esos años, no teníamos más nada m’hijo. Se sufre cuando se tiene tiempo.”
Y me fui. Recién llegué a casa y escribí esto último sin fijarme demasiado en las construcciones ortográficas ni nada de eso, fue crudo, tal y como se me vino a la cabeza.
Por eso agradezco a estas dinámicas por hacer que tenga sentido para mí escribir, sacar esto de adentro y verme en una perspectiva que nunca hubiera imaginado, pero, sobre todo, entender un poco más de dónde vengo y poder cerrar algunas heridas que aún siguen sangrando.
CESAR TORO
El Hambre.
<< Tengo hambre>>
Es la frase más pronunciada en el mundo por: niños, ancianos, migrantes, indigentes, madres y padres de familia que no tienen cómo alimentar a sus hijos.
Todo esto en pleno siglo XXl y con la capacidad y tecnología, para producir alimentos según estadísticas para el doble de la humanidad, pero la voracidad de la industria, y el egoísmo de los humanos permite que, mientras en los países del << primer mundo>> se desechan toneladas de alimentos por diferentes razones, en otros países la gente anhela tener un mendrugo de pan para saciar el hambre.
Que triste, que hoy en en día se utilice el hambre como 4rm4 de destrucción masiva para someter y doblegar a los pueblos. Ese chantaje crimin4l por parte de los encargados de velar por la humanidad y sus derechos es inaceptable.
Lamentablemente no es solo el hambre de alimentos que padecemos. Hay hambre de justicia, de paz, solidaridad, y hay también un hambre espiritual que no puede ser llenada con alimentos.
A los que se dedican a sembrar: hambre miseria y muerte, les tengo un mensaje.
Tenemos que acabar con el hambre y no con el hombre.
Y Usted
¿que hace por su hermano que tiene hambre?
«Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados».
Mateo. 5,6
César Toro.
L’IDIOT
Hambre
Amparo le avisa que el almuerzo será tarde. Su marido no responde: hace tres días que sobreviven a base de té de hoja de limón, arrancado de la mata del patio. Ella recoge unos retoños tiernos y los pone a hervir con una pizca de azúcar —cuando queda azúcar— en el jarro de aluminio, el mismo donde se calienta el agua para bañarse, en los días en que hay agua y alcanza para bañarse.
Así se les van los días: esperando que caiga la noche para engañar el hambre con el sueño, y al despertar, rogarle a Dios que ocurra un milagro, que vuelva a caer el maná del cielo, o que alguien diga de pronto «llegaron los frijoles de enero», aunque ya estén en agosto y ni la sal haya llegado.
Aunque no cree en Dios, él hojea la Biblia buscando señales. Lee al azar, y a veces las palabras le caen como anillo al dedo, como si alguien allá arriba supiera exactamente lo que hace falta oír.
Maldita jubilación que no alcanza para nada. Si al menos tuviera trabajo… pero quién iba a contratarlo a su edad, con esas manos que ya tiemblan y esa espalda que ya no aguanta.
Manolo, en cambio, es joven, y tampoco tiene trabajo, y pasa tanta hambre como ellos, pero se le ve contento, porque dice que está preparando un viaje a Bahamas, y de Bahamas… y hace un gesto con las manos que todo cubano entiende sin palabras: irse, pirarse, no volver.
Abre la Biblia por el Génesis y lee: «Y Dios dijo: hagamos al hambre a nuestra imagen y semejanza.»
Se queda quieto un instante, con el dedo todavía sobre la página, preguntándose cómo será esa hambre divina. Si tendrá la misma forma que la de Cuba, si también obligará a hervir hojas de limón en un jarro de aluminio, a rogar por un milagro que nunca llega. Piensa que Cuba no es Israel, que nadie prometió aquí ninguna tierra, que a esta isla no la eligió Dios ni la sacó de ningún Egipto. Aquí no hay maná, ni codornices, ni columna de fuego que guíe a nadie por las noches; solo el hambre de siempre, la de todos los días, la que no tiene milagro que la pare.
Piensa que Dios se olvidó de los cubanos hace ya tiempo. Y con esa idea le viene una risa amarga, porque tantas veces lo negaron —en la escuela, en el trabajo, en las reuniones, en voz alta y sin miedo— que ahora no sabe si el olvido es castigo o es apenas la consecuencia lógica de tanta negación. Uno no puede pasarse la vida diciendo que Dios no existe y después reclamarle que se acuerde de uno. Aun así, reclama. Aun así, cada mañana vuelve a abrir la Biblia, por si acaso.
Vuelve a mirar el versículo, y entonces se da cuenta: leyó mal. Dice «hombre», no «hambre».
Es apenas una fe de erratas, un error tipográfico. El cambio de una sola letra. Pero por un segundo —solo un segundo— había tenido sentido.
AXY LINDA
1972. Estación de trenes.
—Hola. ¿Listos para el viaje?
—Tenemos un problema —dijo uno de los muchachos—. Las otras chicas cancelaron a última hora y… pues creemos que sería mejor que regresaras a tu casa. Solo vamos hombres.
Ella miró hacia donde su padre acababa de despedirse.
—Pero mi papá me trajo hasta aquí. Yo quiero ir.
Los muchachos se miraron entre sí.
—Bueno… si te animas a ser la única mujer entre nosotros, vámonos.
Con boletos de segunda clase emprendieron el viaje. El tren iba abarrotado de trabajadores que se dirigían a la pizca de algodón. Apenas había espacio para apoyar los pies sin pisar a alguien.
Uno de los muchachos descubrió que el vagón de primera clase estaba casi vacío.
—Vamos —susurró.
Entraron a escondidas, pero no tardaron en descubrirlos y echarlos de allí.
Ella terminó entre dos vagones, apretada entre cuerpos, equipaje, ruido y movimiento. Sentía que le faltaba el aire. El traqueteo del tren la mareaba y, frente a ella, los rostros de los trabajadores estaban tan cerca que podía sentir su respiración.
Finalmente llegaron a la casa de uno de los compañeros. Una familia amable los recibió y, durante unos días, pudieron descansar y recuperar fuerzas.
Después decidieron continuar la aventura.
Viajaron de aventón hasta llegar al lugar donde tomarían un ferry.
Entonces comenzó otra historia.
El calor era insoportable. Ella enfermó y la llevaron primero a la Cruz Roja. Después tuvieron que trasladarla a urgencias.
—Necesita estas medicinas —les dijeron.
Las compraron con el dinero que les quedaba.
Se terminó la posibilidad de pagar un cuarto y de comprar comida.
Durmieron en la calle, junto al hospital. Cada cuatro horas debían aplicarle una inyección.
Esperaban con ansiedad frente a la oficina de correos.
Un giro con dinero.
El hambre no sabía esperar.
La sed tampoco.
Comenzaron a beber agua de los jardines.
—¿Y si tiene parásitos?
Se encogieron de hombros.
Pasaron tres días así.
Tres días de calor, sed, debilidad y hambre.
Hasta que uno de los muchachos regresó con algo que habían tenido la generosidad de regalarle.
Cinco huevos.
Los miraron como si fueran un tesoro.
Cada uno hizo un pequeño orificio en el cascarón y comenzó a beberlo.
Sin cocinar. Sin sal. Sin cubiertos.
Con desesperación.
Éramos jóvenes universitarios, hijos de familias de clase media. Habíamos salido de vacaciones buscando una aventura.
Y la encontramos.
En casa, el hambre siempre había tenido una solución sencilla: abrir el refrigerador.
Aquella vez no había refrigerador.
Unos días más de “eterna” espera.
Finalmente llegó el anhelado giro.
Pudimos regresar a casa.
Volvimos con varios kilos menos, la piel oscurecida por el sol y una nueva forma de mirar una mesa servida.
Comprendí algo que hasta entonces solo conocía de oídas:
el hambre no es tener ganas de comer.
El hambre es no tener qué comer.
Axy Linda San-Fre
IVONNE CORONADO
Los naufragios ajenos
¡Que no me alcanza la vida!
¡Que no me alcanza el dinero!
Qué no puedo resignarme
a ver llorar al que quiero.
Que si fuera por las calles
dando billetes y besos,
terminaría con hambre,
probablemente sin techo.
Mi pecho no soporta
ver al que sufre una guerra,
o al que siempre
está hambriento.
No puedo pasar llorando,
Ni evitar el llanto.
Los inviernos son duros:
hay quienes los gozan riendo,
y otros padeciéndolos.
No puedo arreglar el mundo,
pero hago lo que puedo.
Ningún país está a salvo
de futuros cataclismos,
y no basta la oración
para comprar alimentos.
Y en este cuerpo que tengo,
voy navegando;
esquivando los naufragios
y sintiendo los ajenos.
FERNÁNDEZ ASAPH
Lunático
Sus garras asoman por mi cuerpo, su aliento se mezcla con el mío… Le observo sin poder hacer nada… se deleita desgarrando la piel de la mujer a la que un día le juré amor eterno.
Sus dientes se deslizan por su cuello, como filosas cuchillas de carnicero, su lengua y su olfato saborean cada parte de su cuerpo. –¡Basta!– le imploro y le suplico, prisionero. Pero continúa con su faena.
Se goza y se deleita en mi dolor, no puedo hacer nada, me reduzco a simple espectador.
–Pudiste evitarlo pero decidiste no hacerlo –le escucho decir mientras se embriaga con la sangre de mi amada –este es nuestro instinto, no puedes vencerlo.
El alma tibia de Maritza escurre por sus fauces abiertas, se desliza como lluvia, y se evapora cual humo su vida.
Mis ojos se nublan del lloro de mi alma en pena –¡¿cómo pude entregarte su vida?! –le grito y le maldigo enervado.
–tú y yo uno mismo somos, terminemos con lo que hemos empezado –me dice burlesco.
Ríe, cuál loco, con la mandíbula llena de sangre cuajada.
Cada luna llena ocurre lo mismo, me sumerjo en sueño profundo mientras mi cuerpo vaga por las calles.
Soy esclavo de un bello rostro plateado.
¡Oh reina de la noche que me has hecho hacer! Hechizado por tu belleza me has hecho enloquecer.
Cuando el velo nuboso cubre tu rostro, veo al hombre que ha hecho destrozos.
Soy un lobo con piel de hombre… y como lobo debo saciar mi hambre.
Algunos me llaman lunático, otros me dicen licántropo; no soy uno ni tampoco el otro, si no un ser despreciable a quien una mujer se entregó confiadamente.
Ahora este lobo con garras y dientes, me va devorando por dentro. Igual que lo hizo con ella; cuando su hambre se hizo tan grande que no pude defenderla de sus fauces voraces de piel y sangre.
FIN
MANOLI DÍAZ TORRALBA
—Tengo hambre.
Alejandra lo dijo mirando a Mar con una seriedad casi preocupante.
—Yo también.
—No, tú tienes hambre normal.
—¿Y tú?
—Yo tengo hambre de verdad.
Mar dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué diferencia hay?
—Que tú puedes esperar.
—¿Y tú no?
—Yo llevo un rato negociando con mi estómago y estamos a punto de romper relaciones.
Mar se rio.
—Exagerada.
—No. Mira.
Alejandra se señaló la barriga.
—Lleva diez minutos haciendo ruidos.
—Eso es porque tienes hambre.
—No son ruidos normales. Hace un momento ha sonado como si alguien estuviera arrastrando un mueble.
Mar volvió a reírse.
—Pues pide algo.
—No sé qué quiero.
—¿Cómo que no sabes qué quieres?
—Tengo hambre, pero no sé de qué.
—Eso es muy tuyo.
—Quiero algo salado.
—Pues unas patatas.
—No.
—¿Hamburguesa?
—Demasiado.
—¿Ensalada?
Alejandra la miró con desprecio.
—No me insultes.
—Bueno, entonces dime qué quieres.
Alejandra se quedó pensando.
—Algo caliente.
—Vale.
—Crujiente.
—Vale.
—Con queso.
—Vale.
—Pero no mucho.
—Ajá.
—Y con salsa.
—¿Mucha?
—No.
Mar respiró hondo.
—Alejandra, tienes hambre o estás haciendo un pedido para la NASA?
—Estoy intentando concretar.
En ese momento su estómago volvió a rugir.
Mar levantó una ceja.
—Ha votado.
—¿Qué ha votado?
—Que quiere una hamburguesa.
Alejandra se quedó callada.
—Puede ser.
—¿Ves?
—Pero con patatas.
—Naturalmente.
—Y queso.
—También.
—Y bacon.
—Claro.
Alejandra levantó un dedo.
—Pero no demasiada salsa.
—¿Y después qué?
—Nada.
Mar la miró.
—Eso lo dices ahora.
—¿Por qué?
—Porque después de la hamburguesa vas a querer postre.
—No.
—Sí.
—No.
—Tu estómago ya está pensando en ello.
Alejandra se quedó unos segundos en silencio.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Está pensando en tarta de chocolate.
—Lo sabía.
—Pero una pequeña.
—Claro.
El camarero se acercó.
—¿Ya saben qué van a tomar?
Mar respondió inmediatamente:
—Dos hamburguesas con patatas.
Alejandra añadió:
—Y una tarta de chocolate para compartir.
—¿Para compartir? —preguntó Mar.
—Sí.
—¿Seguro?
Alejandra miró hacia abajo.
Su estómago volvió a sonar.
—Dice que ya veremos.
El camarero se marchó.
Mar empezó a reírse.
—Tu hambre tiene mucha personalidad.
—La tuya tampoco es muy discreta.
—¿Qué quieres decir?
—Desde que hemos pedido, la tuya no ha dejado de pensar en las patatas.
—Porque las patatas son importantes.
—Eso mismo dice la mía del chocolate.
—Entonces estamos perdidas.
—Pero perdiditas del todo.
Durante unos segundos estuvieron calladas.
Después Mar miró a Alejandra.
—¿Sabes qué?
—Qué.
—Creo que ya no tengo tanta hambre.
Alejandra la miró horrorizada.
—No puedes hacerme esto ahora.
—¿Por qué?
—Porque acabamos de pedir.
—Bueno, pues comeré menos.
En ese momento llegaron las hamburguesas.
Las dos se quedaron mirando el plato.
Mar cogió una patata.
Alejandra también.
—¿Sabes qué? —dijo Mar.
—Qué.
—Se me ha pasado el hambre.
Alejandra dio un mordisco a la hamburguesa.
—A mí no.
—¿Seguro?
Alejandra asintió.
—Segurísima.
Su estómago hizo un ruido enorme.
Mar soltó una carcajada.
—Bueno, él parece bastante convencido.
Alejandra siguió comiendo.
—Por una vez estamos de acuerdo.
Y se comieron las hamburguesas en un silencio casi religioso.
Cuando terminaron, Mar se echó hacia atrás.
—Ahora sí. Estoy llena.
Alejandra asintió.
—Yo también.
Silencio.
Las dos miraron hacia la puerta de la cocina.
Mar suspiró.
—¿Tarta?
Alejandra sonrió.
—Tarta.
—¿Chocolate?
—Chocolate.
—¿Compartimos?
Alejandra negó con la cabeza.
—Mejor dos.
—¿Dos?
—Mi hambre no se fía de la tuya.
—Pues la mía tampoco.
Así que llamaron al camarero.
LETICIA R MENA
-Hambre-
Los estómagos de los dos pequeños rugían más que animales salvajes en aquel bosque.
Tal vez fue el azar, o la casualidad, lo que les hizo encontrar aquella deliciosa casita hecha de dulces. Ya se relamían antes incluso del primer bocado, después de días sin nada que llevarse a la boca, fue como un milagro.
El estómago de la vieja bruja también gruñó al verlos, escondida tras la ventana de caramelos. Sin duda no eran dos buenos bocados con los que saciar su hambre, pero tendrían que servir. Los niños perdidos en el bosque, aún escuálidos, siempre eran una delicia. El miedo los hacía más sabrosos.
Con las manos pringosas de azúcar y las bocas llenas de churretes de chocolate, así los sorprendió la dueña de la casa, invitándolos con sospechosa amabilidad a entrar y degustar los mucho más ricos manjares que tenía sobre la mesa, esperándolos.
Los dos niños se miraron. El niño miró a su hermana, siempre más lista que él, y ella le sonrió asintiendo. Los dos pensaban lo mismo. Era vieja, sin duda su carne estaría dura, pero tenían hambre y buenos dientes para roerla.
No fue hasta que la bruja estuvo ya metida y sin escapatoria en el horno, que comprendió que aquellos pequeños no eran otros simples niños abandonados por sus padres en el bosque, y que ella pronto compartiría el mismo destino que sus progenitores.
ANDRÉS JAMES CÁCERES
Hambre con hache de hombres.
Con A de aviones.
Como M de madres.
Con B de balazos.
Con R de Refugiados.
Con E de Esperas.
Pueblo con P pan.
Con U de urgente.
Con E de Esperanzas.
Con b de barcos.
Con L de latidos.
Con O de otros.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Tema semanal.
Daniel le pedía comida a su madre, siempre se quedaba con hambre pues no había suficiente. Ella hacía hasta lo imposible para arrimar comida a sus tres hijos.
El pueblo estaba alejado de la ciudad, y no había muchas oportunidades de trabajo, las autoridades siempre prometian apoyar, ayudar para que tuvieran mejores condiciones de vida, pero esta ayuda nunca llegaba.
La madre ya no sabía que más hacer, solo podía trabajar vendiendo algunas cosas, pero no tenía mas dinero para invertir en comprar objetos que pudiera ofrecer a otros, se sentía desesperada.
¿Quien podría ayudarles, si casi todos estaban igual?, lágrimas y más lágrimas, se le ocurre sólo pedir limosna y consigue solo muy poco dinero, no suficiente para que sus hijos y ella pudieran comer bien.
Era una situación terrible.
No había salida, con el poco dinero que le queda de las limosnas. Va a la farmacia y compra algunas pastillas,
Regresa a casa y toma la poca leche que hay, disuelve las pastillas, no hay nada más que hacer.
Le da a los hijos y ella toma también.
Ya no volverian a sufrir jamás hambre.
