Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el péndulo». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 27 de agosto!
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** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
ANTONICUS EFE
—Glin glon, glin glon—
—Sí, ¿Quién es?—
—El repartidor de Atazom—
—No tengo perras ahora caballero para paquetes—
—No tiene que pagar nada Señora desconfiada, ya está abonado—
—¿Y qué es lo qué es, si puede sabershe ehhh, repartidor gratuito?
—Es confidencial señora, como todo lo que envía Atazom, no somos tan cotillas, solo sé que en el campo del remitente pone Para Sito
—Vamos a ver listillo, aquí hay cuatro Sitos, mi marido Tomasito, mis hijos Alfonsito y Alonsito y mi yerno Parásito ¿Para quién es el dichoso paquetito?
—Sra usted firme la recogida y déselo a quien le de la gana, ea—
La mujer firma con un garabato que parece la cola de un escorpión con rulos y a continuación le hace un gesto al repartidor de “quieto parao ahí, ni se te ocurra moverte”, al tiempo que reclama la presencia de la troupe masculina.
—A ver los cuatro mosqueteros del jamón de recebo, aquí a la voz de ¡yaaa!—
En un plis plas aparecen los cuatro como si les fuese la vida en ello.
—¿Quién le ha pedido esto a Atazom?—
—¿A nombre de quién viene?— pregunta uno cualquiera.
—Para Sito—
—Entonces mío no es, yo me llamo José María— dice el yerno haciendo ademán se irse a por la loncha que había dejado a medias.
—Chisttt, stop, sit down, ¿desde cuando Parásito no lleva Sito incluido, José María serías de chiquillo y habría que investigar, que llevas tres años aquí ya sin dar palo al agua, con la excusa de que la despensa no puede quedar sin vigilancia—contesta ella empezando a mosquearse.
—Yo solo digo que ese paquete no es mío, que no he pedido nada… ni falta que me hace—
—Claro, porque pedir no pides, pero pegarte… te pegas a todo lo que puedes, frigorífico, sofá…—
—¡Pero es que no van a abrir el paquete! Ya que estamos puestos, que tengo que seguir con el reparto—exclama de golpe el repartidor.
—Anda con el No-cotilla, aunque la idea no está mal, Jo-sé-Mar-ía te tocó— se le enciende la luz creativa a la señora arrastrando el nombre del yerno entre los dientes—
En esos momentos aparece Pepa, la mujer del Parásito rompiendo la magia del momento.
—Chemi, cari, tenemos que ir a visitar al abuelo Santiago, ¿o ya se te ha olvidado?—
—Anda si es verdad, nos vamos, para la hora de cenar ya estaremos aquí—
La pareja se aleja en menos de lo que canta un gallo nervioso.
—Os dije que no vinieseis los cuatro, que lo mandaseis a él solo, a ver quién desactiva ahora el C4—dice la Señora matriarca al tiempo que lanza el paquete a la caja de una Pick up que pasa por allí.
¿Estallará, no estallará, eso lo abordaremos en otra ocasión, inquietante en todo caso, verdad Carmen?
CARMEN BERJANO
CONMIGO
Para el tema semanal
Vivo obsesionada con el demodex. Sí, esos malditos parásitos que viven en mis pestañas y mis cejas.
Y en las tuyas.
Me los imagino así, campando a sus anchas por Mi cuerpo, con ese aspecto tan horripilante.
Y sin parar de reproducirse. Es pensarlo y un picazón me acompaña.
Anoche me quemaban incluso las cejas.
Me los imaginaba haciendo parrillada de esas barbacoas con cosas deliciosas para parásitos como restos de piel, sebo y pelo.
Casi vomito.
Y lo peor es que los he buscado tanto con la maldita IA que empiezo a verlos bonitos.
DAVID MERLÁN
EL CASCABEL (3/3)
Durante varios días, Xoán apenas abandonó su casa. La fotografía descansaba sobre la mesa de la cocina junto al misal, las cartas y el cascabel. Esas eran todas las pruebas de las que disponía para resolver el misterio de la muerte de su hermana. Afuera, la vida seguía su curso habitual. Los vecinos abrían sus negocios, los niños corrían por la plaza y el río continuaba atravesando Moreiras como si nada hubiese ocurrido jamás.
Pero Xoán ya no podía mirar el puente sin preguntarse qué ocultaban aquellos viejos sillares de piedra.
Respiró hondo y tomó una lupa para volver a examinar por enésima vez la fotografía.
Miró, miró y rebuscó una, y otra, y otra vez vez, hasta que algo llamó su atención que hizo que arqueara las cejas.
Aquello que aparecía bajo uno de los arcos no era ni una sombra ni una persona. Era una cuerda gruesa que descendía desde la parte superior del puente.
Su corazón dio un vuelco. Tomó la fotografía y salió disparado hacia casa de Aurora.
Al llegar, la anciana tardó en abrir. Unos minutos más tarde, tras el ofrecimiento de una taza de café y un chupito de licor de Herbas a lo que Xoán declinó educadamente, se sentaron junto al fuego.
—Dime, joven, ¿Qué es eso tan importante que me.tienes que enseñar?
—¿La reconoce? —preguntó Xoán.
Cuando vio la imagen, sus manos comenzaron a temblar. Lo miró de reojo y permaneció unos segundos en silencio. Después cerró los ojos antes de contestar.
—Sí.
—¡¿Si?! ¿Y qué es?
—Una cuerda.
—Eso ya lo sé.—contestó decepcionado mientras se levantaba y se mesaba los cabellos.
La anciana suspiró.
—Hijo, siéntate —mientras le hacía el gesto agradable con la mano—. Los niños jugaban con ella.
Xoán no dijo nada. Se limitó a asimilar lo que le acababa de decir y obedeció volviendo a su silla de madera que crujió con su peso.
Ante la atenta mirada de Aurora, se fue relajando. Miró hacia la anciana con cara de <<Quiero entender qué le pasó a mi hermana y necesito tu ayuda>> y esperó a que ella se sincera definitivamente.
—Aquella cuerda colgaba bajo el puente desde mucho antes de que naciera Maruxa. La utilizaban los niños para sus travesuras, para balancearse sobre el río. Todos sabíamos que era peligrosa y les prohibíamos acercarse.—le contó al fin mientras le devolvía la vieja fotografía, —después de aquella noche desapareció.
—¿Quién la quitó?
—No lo sé. —dijo escuetamente a sabiendas que se guardaba algo.
Pero ambos comprendieron que aquella respuesta era mentira. Malintencionada, sin duda. Una mentira que ya formaba parte de quien la pronunciaba y la hace suya sin discutir ni cuestionarselo.
Xoán tomó la foto y pasó con mimo su pulgar sobre la escena.
—Gracias por tu tiempo, Aurora.
—De nada, hijo. Se fuerte. Ha pasado mucho tiempo desde aquello—le contestó mientras él joven llegaba a la puerta.
En el preciso instante en que Xoán agarraba el picaporte de la puerta…
—Tu madre sabía más que ninguno de nosotros.
Xoán, sin girarse y sin soltarlo, asintió.
—Lo sé.
—Entonces deja de buscar en el pueblo. Busca en ella y en sus cosas.
Él, finalizó el movimiento. Abrió la puerta y saliendo al tiempo que le daba las gracias de nuevo, cerró tras de sí.
***
Aquella misma tarde regresó a casa. Obsesionado, volvió a sentarse frente al misal, abriéndolo y cerrándolo cien veces.
Desesperado, lo dejó bruscamente sobre la mesa y la chispa apareció. De pronto comprendió algo. Su madre nunca se había deshecho ni destruido nada de aquella casa. Durante toda su vida había conservado fotografías, cartas y recuerdos que cualquier otra persona habría quemado aprovechando la noche de San Juan. Si había ocultado algo, debía seguir allí.
Tomó de nuevo el misal, pero está vez con la delicadeza que no había utilizado antes. Pasó lentamente los dedos por la cubierta interior y notó una irregularidad. Con sumo cuidado se armó con un cuchillo y separó el forro de tela.
Una hoja doblada apareció escondida entre el cartón y la encuadernación.
Xoán sintió que le faltaba el aire al reconocer inmediatamente la letra. Era la hoja que faltaba. La continuación de la carta.
En su frenesí cogió la carta y la comparó con el allazgo. Respiró hondo, y comenzó a leer.
«Aquella noche llovía. Los niños seguían jugando en el puente aunque el río ya bajaba crecido. Yo estaba allí con Maruxa, cuando ocurrió y ella no estaba sola. Ninguno de ellos tenían culpa de nada.»
Xoán tragó saliva y siguió leyendo. Era una confesión.
«Jugaban con la cuerda. Cómo siempre. Se balanceaban sobre el agua como tantas otras veces a pesar de que los mayores les habíamos dicho que no lo hicieran, pero los niños nunca escuchan a los mayores y menos a esas edades cuando creen que son inmortales».
La letra se volvía más temblorosa.
«En un suspiro, la cuerda se rompió y Maruxa cayó. Todo ocurrió demasiado deprisa.»
Xoán cerró los ojos. Y un nudo gordiano se le instaló en el estomago
Setenta años. Habían pasado setenta años esperando aquellas palabras. Prosiguió la lectura
«No hubo empujones. No hubo maldad. Sólo un fatídico instante. Después llegó la parte más difícil. Los hombres del pueblo se reunieron aquella misma noche. El padre del niño que había llevado a los demás al puente estaba destrozado. Decían que si se llegaba a saber la verdad, aquel muchacho cargaría con la culpa por el resto de su vida. Y decidieron callar.»
Xoán continuó leyendo.
«Pensé que sería sólo por unos días. Unas semanas, tal vez, pero pasados unos meses allí estaban. Las mentiras. Las mentiras siempre tienen hambre y es difícil deshacerse de ellas. Son voraces»
Una lágrima cayó sobre el papel.
«Con los años fueron creciendo. Se alimentaron de nuestro miedo. De nuestra vergüenza y sobre todo de nuestro silencio cómplice. Tal cual lo hacen los parásitos. Aquella noche no enterramos a Maruxa, sino que enterramos la verdad.»
Xoán permaneció inmóvil. Durante mucho tiempo. Luego inspiró con fuerza y afrontó la última parte de la carta.
«Si alguna vez encuentras esto, hijo, recuerda una cosa. El río nunca mintió. Lo hicimos todos nosotros por él y por aquel niño, para protegerlos. Por eso decidí escribír aquellas palabras: EL RÍO MIENTE, pero todos, incluida yo, sabíamos que aquello no era verdad»
No había nada más. Las letras y por tanto aquella carta convertida en confesion, terminaba de forma abrupta.
Aquella noche, unió los cabos y siguiendo su instinto, las palabras de Aurora y la carta de su madre, salió de casa llevando únicamente tres cosas:
La fotografía, la carta y el cascabel.
Diez minutos más tarde, el viejo puente lo esperaba envuelto por una ligera neblina. El río descendía tranquilo, como un espejo. Una hoja surcaba sus aguas corriente abajo completamente ajena a los dramas humanos.
Xoán avanzó despacio hasta el centro y dirigió su mirada hacia las oscuras aguas. A continuación, puso en orden sus pensamientos. Pensó en su madre. En Aurora y en todos aquellos vecinos que habían vivido durante décadas atrapados en una mentira nacida del miedo inocente de unos niños. Y por primera vez no sintió rabia derivada de la culpa por la muerte de su hermana. Sólo lo envolvió la tristeza, serena pero humana.
Y entonces, aquella melodía lejana y suave, volvió a sus oídos. Aquella canción de cuna. En definitiva volvió Maruxa:
—Duerme, niña pequeña, que la luna ya se va…
Xoán cerró los ojos. No necesitó seguir la voz. Ya sabía quién la cantaba, y también, por fin también sabía, por qué había regresado.
Abrió la mano. El cascabel descansaba sobre su palma: pequeño y oxidado.
Entonces recordó las palabras de Maruxa:
«No te lo quites nunca. Si te pierdes, te encontraré por el sonido.»
Y por primera vez comprendió su significado. Durante setenta años no había sido él quien buscaba a su hermana, sino ella, quien lo había estado buscando a él cuando regresaba a Moreiras hasta que estuviera preparado para escuchar.
Una sonrisa apareció en su rostro. Se inclinó y depositó el cascabel sobre la piedra húmeda del puente.
—Xa estou aquí, irmá.
El viento sopló suavemente. El pequeño cascabel tintineó una sola vez. Sólo una al mismo ritmo que se iba apagando la canción. Cómo si al fin ella pudiera partir en paz. Allí permaneció, inmóvil, con los ojos cerrados para agudizar el oído, hasta que dejó de escucharla.
Entoces los sonidos cambiaron y en el silencio reinante dió paso a los que tomaron su lugar en su cabeza. Los de la naturaleza circundante; el silbar del viento atravesando las copas de los árboles al mecerlos; el crepitar de las hojas al pisarlas y el frescor de la humedad que rodeaba aquel viejo puente de piedra.
Abrió los ojos y permaneció quito observando el río, apoyando sus manos sobre el musgo del petril.
Trascurridos unos minutos, y en paz, se dio la vuelta y regresó lentamente hacia el pueblo. Sin volver la vista atrás. No era necesario. Sabía que, algunas promesas tardan una vida en cumplirse, y algunas verdades, setenta años en regresar.
FIN
ARMANDO BARCELONA
Pelillos a la mar.
Pero, ¿qué quieres que haga? Son cosas suyas, yo solo soy su instrumento, un mandado, como si dijéramos.
«Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán.» Aquí lo pone, Naamá, mujer, ¿ves? Génesis 6:19-20. Bastante tengo con este come come, que me tiene los bajos en carne viva.
No, no pillé las pthirus pubis en un putiferio de Babel. Venga, va, ladillas, como quieras; yo era por darle a la cosa un tono menos ordinario, vida mía; además, hace mucho que no bajo a Babel, aquello se ha convertido en un sindiós, no hay quien se entienda.
Sé razonable, Naamá, por tu madre, no me vengas a estas alturas con que quieres el divorcio. Ya sé que te las pegué, no tengo perdón, pero, hija, es que cuarenta días y cuarenta noches allí metidos, oliendo a choto y sin otra cosa mejor que hacer. Además, todavía no estaba sintetizada la permetrina y afeitarse no era una opción; había que hacerlo a cuchillo, no como ahora; se te iba la mano y, para qué contarte, la jodías, pero bien.
Naamá, por nuestros hijos, venga, mujer, que son muchos años y las hemos pasado putas. Te lo tenía que haber dicho, sí, y aguantar la cuarentena, pero éramos jóvenes, tú estabas muy jamona, reconócelo, las hormonas, esas cosas… Hazte cargo.
Además, que es un incordio todo, partir el patrimonio por la mitad; ¿cómo lo hacemos?, ¿los leones para ti, las cebras para mí?, ¿tú te quedas con las hembras y yo con los machos? Un desatino, mi amor, un desatino, piénsalo bien.
Y queda el arca, ¿qué hacemos con el arca?, ¿la partimos también, por la mitad?, porque a mí el gusanillo de navegar no hay quien me lo quite. Fines de semana alternos, puentes y festivos señalados a negociar y compartimos gastos, reina, que tú no sabes lo que come la jodida barca; solo el amarre sale por una pasta.
Sé razonable, vida mía, que no te los he puesto. Ladillas, ladillas, qué más dará, cariño, déjalo estar, que a estas cosas, cuantas más vueltas se les da, peor, porque puestos a todo, corazón, yo te las pegué a ti, mal, de acuerdo, pero siendo como soy un hombre temeroso del Señor y que no ha conocido más mujer que tú, ¿me quieres explicar cómo se ha extendido la plaga?
Ah, coño. Pues eso, mi amor, lo que yo digo, pelillos a la mar y a quien Dios se la dé…
Zaragoza, 26 de agosto de 2026
ANGY DEL TORO
La vaguedad de mi memoria…
Hoy mis recuerdos andan como parásitos que deambulan por los entramados de mi lucidez.
Cuánto leo, cuánto escribo… deposita algo distinto en este cerebro mío. En ocasiones es muy activo y diría que, hasta bravío, y en otras, como lotógrafo andante se deja llevar y en peregrinas convierte las células de la razón.
Hoy discuten con Odiseo y le dicen, muy contentas: deja de navegar y acomoda tus deseos; que hasta Penélope ha llegado que tú andas de sandunguero.
En cualquier isla te encuentras con algo que te detiene. Y no siempre Poseidón es la causa de tu desatino. Hay otras muchachitas que también tu alma agita.
A veces como lectora reconozco la vaguedad de mi memoria: como bacterias dentro del loto, creyendo haber llegado al tan ansiado paraíso.
A estas alturas ya no sé si recuerdo lo que leí, si leí lo que recuerdo… o si mi memoria, de tanto vagar, se ha transformado en algo tan diferente que hasta en ocasiones presumo de licencia literaria, o algo así, como para no alterar la historia.
Y quizá ese sea el verdadero peligro del lotógrafo: descubrir que ahora escribe para no olvidar, que ahora es cuando mejor lo hace, porque a su manera, él presume que es ficción lo que el describe.
EFRAÍN DÍAZ
Todo transcurría con normalidad en Dos Bocas. Quizás demasiada normalidad para el barrio, cuando Chendo entró en la fonda de Laureano.
—Lauro, ¿qué tienes de almuerzo hoy?
—Hoy lo que hay es arroz blanco, habichuelas colorás marca Diablo, chuleta frita y tostones.
—Dame dos. Hoy traigo un hambre atroz.
Lauro, extrañado, le sirvió ración doble. Chendo se la devoró con desesperación, con pasión. Como si no hubiese mañana.
—¿No tienes un postrecito? —preguntó Chendo luego de haber engullido aquella montaña de comida.
Lauro lo miró extrañado y le trajo una ración de cascos de guayaba con queso blanco.
—Que sea doble, por favor.
Lauro se preguntó de dónde Chendo había sacado tanta hambre. Nunca lo había visto comer así.
En cuestión de días, Chendo se convirtió en el nuevo espectáculo de Dos Bocas. Iba todos los días a la fonda de Laureano a almorzar. Comía por dos y, a veces, por tres. El barrio entero comenzó a reunirse allí para verlo comer.
La voz se regó de que en Dos Bocas había un hombre capaz de comer por diez.
Primero llegaron curiosos de Trujillo Alto. Después aparecieron de Caguas, Gurabo y hasta de Cayey. La fonda de Laureano se hizo famosa gracias a Chendo, que despachaba porciones capaces de alimentar a una cuadrilla de hombres trabajando bajo el sol.
Entonces comenzaron las apuestas.
Desde rincones cada vez más remotos de la isla llegaron individuos dispuestos a retarlo. Todos terminaron derrotados y con una hartura capaz de inutilizar el sistema digestivo de un legionario romano.
—¿Han notado que Chendo lleva semanas comiendo como una bestia y no ha engordado ni una libra? —preguntó Anselmo.
—Al menos cabrá en uno de mis ataúdes cuando estire la pata —dijo Neco.
—Eso no es normal. Debe tener un parásito en la barriga —dijo Cindo.
—Pues Dios bendiga ese parásito —dijo Lauro—. Le ha venido muy bien a mi fonda. A este ritmo, me retiro en un año.
La esposa de Chendo, sin embargo, no compartía el sarcasmo de Laureano. Nadie podía explicar cómo su marido ingería cantidades obscenas de comida sin engordar siquiera una onza. Algo no andaba bien.
Finalmente lo convenció para que fuera al médico.
El médico del pueblo escuchó la historia y sospechó de inmediato que Chendo tenía una solitaria alojada en los intestinos y ordenó los exámenes de rigor.
Los resultados lo dejaron perplejo. Chendo no tenía una solitaria. De hecho, no tenía parásito alguno.
El médico, escéptico, repitió algunos exámenes. Pero el resultado fue el mismo. Su sistema estaba completamente libre de parásitos.
Chendo, su esposa y hasta el médico quedaron desconcertados.
Si no tenía un parásito, entonces, ¿qué demonios tenía?
Sin respuestas de la ciencia, hicieron lo que se hacía en Dos Bocas desde mucho antes de que hubiera médicos, laboratorios y compañías de seguros: fueron a ver a don Lolo, el curandero del barrio.
Don Lolo escuchó la historia sin interrumpir. Después examinó a Chendo detenidamente. Le miró los ojos, la lengua y las manos. Encendió unas hierbas, echó humo alrededor de su cuerpo, murmuró unas palabras que nadie entendió y finalmente se dio un trago de ron.
Luego guardó silencio.
—Tú no tienes ningún parásito en la barriga —sentenció.
—Eso mismo dijo el médico.
Don Lolo negó lentamente con la cabeza.
—El médico buscó donde no era.
Todos se miraron.
Don Lolo señaló detrás de Chendo.
—Tienes un muerto enganchado del pescuezo.
A Chendo se le borró el color de la cara.
Don Lolo explicó que aquel muerto llevaba semanas alimentándose a través de él. Chendo comía para dos porque, en efecto, eran dos los que estaban comiendo.
Identificado el problema, comenzó el despojo.
La noticia corrió por Dos Bocas con mayor rapidez que cualquier asunto que hubiese requerido discreción. Al poco rato, medio barrio estaba arremolinado frente a la casa para ver cómo don Lolo le sacaba un muerto de encima a Chendo.
Hubo hierbas, humo, rezos, ron y palabras pronunciadas en una lengua que nadie reconoció y que don Lolo tampoco se molestó en explicar.
Al terminar, Chendo cayó rendido. Durmió doce horas corridas sin siquiera moverse.
Al día siguiente regresó a la fonda de Laureano.
—¿Lo de siempre? —preguntó Lauro.
—Un almuerzo.
Lauro le sirvió arroz blanco, habichuelas coloradas, carne guisada y tostones.
Chendo comió tranquilamente y hasta dejó comida en el plato.
Lauro lo contempló con la tristeza de quien ve desplomarse un negocio perfectamente rentable.
—¿Quieres una segunda ración? ¿Un postre?
—No. Con esto basta y sobra. Ya estoy como timba.
Lauro recogió el plato resignado.
En ese momento se abrió la puerta de la fonda.
Era Cico. Se sentó a una mesa y levantó la mano.
—Lauro, tráeme un almuerzo.
Lauro asintió.
—Y que sea doble —añadió Cico—. No sé qué carajo me pasa, pero desde anoche traigo un hambre horrible.
Don Lolo, el del bar, levantó lentamente la mirada.
LVIS GARES
Caminaba despacio, arrastrando las piernas, una sensación de cansancio, desazón y nerviosismo le embargaba.
Él, que era autónomo, no podía permitirse no subir la persiana. Cincuenta años tenía el negocio, el único que se mantenía en pie del sector textil en una zona donde años atrás se concentraban cientos de negocios. En su lugar, un Consum, un Mercadona, varios bajos que albergaban turistas, algunos eran legales, otros, en cambio, no habían solicitado licencia alguna. Por lo demás, todo persianas cerradas, todo lo que en su día, cuando el negocio lo regentaba su padre, eran prósperos negocios .
¿Qué habría sido de Don Ramón y su negocio de encurtidos,, de Pepita y su heladería, cafetería de tantos y tantos nombres que le venían a la cabeza?
Aquel día, no, desgraciadamente no se encontraba bien, sentía debilidad, ganas de volver a casa, bajar la persiana y cerrar el negocio y descansar por fin, pero no podía, le faltaban aún cinco años para poder jubilarse y tenía que aguantar.
¿Anticipada? Se reía cuando alguien se lo planteaba? No le quedaría prácticamente nada y a los sesenta y cinco tampoco mucho más pero toda piedra hace pared, pensaba.
Se acercaba además un mes complicado, tenía el pago del IVA, varios pagos a proveedores y la paga extra de la única empleada que había conseguido mantener. Veinticinco personas eran en los momentos de máximo esplendor, veinticinco y entre jubilaciones y despidos tuvo que prescindir de casi todos por no cerrar el negocio, se lo prometió a su padre y mantuvo a Catalina que era capaz de multiplicarse y él, al frente del negocio.
Si pudiera hablar con papá…
–Papá, parásitos, son unos parásitos. Nos fríen a impuestos, a nosotros, que nos mantenemos de milagro , no@s esquilman, suben los salarios a costa nuestra, subimos los precios y la gente se queja porque las multinacionales son más baratas. Papá, ya no hay nadie, unos chinos, el Roig, el Consum y poco más y yo ya no tengo fuerza y encima no puedo retirarme, tengo que pagar, pagar y pagar y me siento cansado.
Siento como si me chupan la sangre, son eso políticos, gente que no ha trabajado en su vida, gente que se acostumbra a chupar la sangre de los demás, son eso, unos PARÁSITOS
PEDRO A LÓPEZ CRUZ
LO QUE NOS DEVORA
El mensaje llegó de forma anónima. Cuatro simples palabras emergiendo del manantial de luz rectangular de su dispositivo:
“NO TE LA ARRANQUES”
Lo leyó una vez. Luego otra. Al principio pensó que se trataba de una broma de mal gusto. Pero entonces reconoció algo en aquellas palabras: lo había escrito ella misma, pero no recordaba cuándo. Presa de un acto reflejo, pasó varios minutos recorriendo con los dedos la nuca hasta que, por fin, tras una agitada y nerviosa búsqueda, la localizó. Era diminuta. Una cosa negra y amorfa, pegada a la piel, casi inmóvil, repleta de patas que se hundían en la carne como finísimas raíces. No recordaba ya cuándo se le había adherido, solo que venía notando una presencia arácnida en su nuca, leve y persistente, como un pensamiento ajeno, diminuto, silencioso y amenazante.
Intentó quitársela, sin lograrlo. Cuando acercaba la mano, olvidaba por qué quería hacerlo.
La primera noche soñó con hospitales y luces que parpadeaban en pasillos interminables. Y en cada habitación, camas ocupadas sobre las que yacían cientos de cuerpos inmóviles. Todos con una igual, prendida a la nuca. Respirando, pero incapaces de despertar. A media noche, la angustia la encontró sumida en un agitado baño de sudor.
La noche siguiente tardó varios minutos en reconocer su reflejo en el espejo. Finalmente, la tercera noche aquello ya no estaba solo en su piel. Había comenzado a filtrarse en sus decisiones, en su voluntad, en cada pensamiento y en cada acto. Empezó a hacer cosas que no entendía. A abrir puertas sin motivo, a dejar mensajes incompletos y a comprar comida que nunca llegó a probar.
Una mañana, intentó abrir la boca para pedir ayuda. Pero no pudo recordar a quién. Ni cómo. Solo notaba la inquietante y molesta sensación de algo incierto y ajeno recorriendo e interior de su cerebro. Una vez más, se observó en el espejo. Ahora la garrapata parecía más grande. O era tal vez ella la que estaba menguando.
Han pasado semanas y este no es un caso aislado. A día de hoy, muchos como ella han acabado notando algo extraño en sus cabezas: una presencia que, camuflada y sigilosa, se instala en silencio. Y lentamente les devora y les arranca la vida mientras, absortos, continúan observando la luz blanca y rectangular que irradian sus dispositivos.
Pedro Antonio López Cruz
HEIDI SÁNCHEZ
PARÁSITOS SOCIALES
Hay quienes llegan sin llamar a la puerta,
pero entran.
No traen las manos vacías:
traen hambre.
Hambre de lo que otros construyeron.
De la luz que alguien encendió, del techo que alguien sostuvo, del pan que alguien partió sin preguntar quién merecía el último pedazo.
Se alimentan de la bondad ajena como la hiedra en un muro antiguo.
Suben despacio, rodean, aprenden las grietas y terminan creyendo que también les pertenece la pared.
Los he visto.
Llegan con una sonrisa cuidadosamente ensayada, con palabras suaves, con abrazos que pesan poco y promesas que pesan aún menos.
Saben decir te necesito con una precisión casi perfecta.
Nunca dicen: ¿qué puedo darte ?
Porque esa pregunta les parece un idioma extranjero.
Han aprendido a vivir del esfuerzo de otros.
A recoger las sobras y llamarlas privilegios.
A recibir favores y llamarlos derechos.
A convertir la paciencia de los demás en una obligación.
Son especialistas en encontrar manos abiertas y expertos en olvidar quién las abrió.
A veces llegan cansados.
A veces lloran.
A veces cuentan una historia triste y consiguen que el corazón se sienta culpable por tener límites.
Porque el parásito social no siempre muerde.
A veces acaricia.
A veces te hace creer que salvarlo es una forma de amar.
Y tú das.
Das tu tiempo, dinero ,casa, palabras, noches.
Tus oportunidades.
Das incluso aquello que necesitabas guardar para ti.
Y te vacías, ellos engordan.
No de cuerpo, sino de costumbre.
Se acostumbran a que resuelvas.
A que perdones.
A que regreses.
A que estés.
Y un día descubres que tu generosidad se ha convertido en su comodidad.
Entonces intentas marcharte.
El parásito no teme perder tu amor, teme perder tu utilidad.
Qué extraña sociedad esta, donde a veces se premia al que consume y se sospecha del que construye.
Donde algunos levantan casas y otros llegan con una silla para sentarse en el salón.
Donde unos trabajan en silencio mientras otros perfeccionan el arte de aparentar cansancio.
Donde el mérito se roba con la misma facilidad con que se roba una historia.
Hay parásitos en las oficinas,
en las familias, en las amistades ,en los gobiernos, en las mesas donde se reparte el poder.
Los hay con corbata y con zapatillas.
Con títulos.
Con discursos.
Con apellidos importantes.
También con cara de víctima.
El uniforme cambia.
Viven de aquello que no sembraron.
Cobran frutos de árboles que nunca plantaron.
Se atribuyen victorias en batallas que otros libraron.
Y cuando llega la cosecha, aparecen primero.
Pero existe un momento que ninguno de ellos comprende.
El momento en que la raíz aprende a cerrar la puerta. El momento en que la bondad deja de ser ingenua.
Entonces ocurre algo sencillo:
se acaba el alimento.
Y el parásito cae.
Qué poco poder tenía, después de todo.
No era grande
Era dependiente.
No era fuerte.
Por eso ahora miro mis manos antes de ofrecerlas.
Porque hay una diferencia entre quien necesita una mano para levantarse y quien necesita tu espalda para no aprender a caminar.
Al primero, le tiendo la mano.
Al segundo,le deseo suerte.
Y cierro la puerta.
Esta vez, sin culpa.
H.S.
PRESEN RODRÍGUEZ
Tarde mucho tiempo, demasiado,
en darme cuenta
de que eras un parásito en mi vida,
que tus manos eran como pinzas
que pellizcaban el alma poco a poco,
sin dejar heridas visibles,
pero llenándola de cicatrices.
Te alimentabas de mis sueños,
de mi paciencia,
de cada pequeña esperanza
que yo ponía en tus manos.
Y mientras yo te llamaba amor,
tú ibas bebiendo de mí,
robándome la calma,
la alegría,
hasta hacerme dudar
de quién era.
Me acostumbraste a tus silencios,
a tus ausencias,
a pedir perdón por cosas
que ni siquiera había hecho.
Yo te daba mis alas
y tú me enseñabas a vivir arrastrándome.
Qué extraño es el amor
cuando se convierte en costumbre,
cuando una confunde necesitar
con querer,
y quedarse
con tener miedo a marcharse.
Pero un día desperté.
Y comprendí
que no eras parte de mí,
que eras aquello que me estaba consumiendo.
Entonces abrí la puerta
y dejé que te fueras.
No fue fácil desprenderme de ti,
los parásitos dejan un vacío
cuando abandonan el cuerpo que habitaron.
Pero aquel vacío
era mío.
Y por primera vez en mucho tiempo,
pude llenarlo de mí misma.
ART MI
MADRUGADA (para el tema de la semana)
Juan empezó a morirse en la madrugada.
Y no sé si fue su mala estrella, o una conspiración divina, pero nadie quiso venir a darle la absolución.
Los curas que alcancé a visitar coincidieron en algo: no había manera. Él era un monstruo, y los monstruos no tienen perdón.
Cuando volví estaba bocabajo, tenía las uñas azuladas y la piel pálida y fresca.
No tuve tiempo para llorar… Lo dejé cubierto con una manta y fui donde la funeraria.
– Vengo por el encargo de Juan – anuncié.
– Así que por fin se murió.
– Sí, señora. Tenía varios días que…
– ¿Y en dónde lo vas a enterrar?
– En el patio de la casa porque no lo van a recibir en el panteón.
– Avísame cuando no vayas a estar, para que podamos despedirlo.
Asentí sin dudar y, por primera vez en mi vida , me vi reducida a tener que estirar la mano.
Después de unos minutos salió nuevamente: es esa – señaló.
– A él le hubiese gustado la caja negra – me atreví.
– Al menos deja que escoja el último refugio del padre de mis hijos – me dijo mientras intentaba esconder al más pequeño detrás de su vestido luctuoso.
Me quedé callada, sintiendo el peso de esa mirada inocente y expectante.
Juan siempre fue claro: el día de su muerte debía ir al negocio de su familia, pedir su encargo y acatar todo sin cuestionamientos.
Todavía no acababa de aclarar, pero el pueblo ya seguía mi camino de regreso a casa; casi podía escucharlos señalándome… La puta, la bruja, el mal ejemplo.
Los hombres bajaron la caja y sacaron los picos y palas para poder meter el cuerpo.
– ¿En dónde va a ser, muchacha?
– Ahí, junto al mezquite – les dije.
Fue rápido. Rascaron, bajaron el ataúd y se persignaron antes de echarle la tierra.
Al día siguiente pasé por la funeraria. Me recibió uno de los hombres del día anterior: avísale a tu patrona que vine a dejar las llaves de la casa, por favor.
*******
Cuando puedo ver a Juan se aparece con la ropa que le escogí para enterrarlo, siempre muy sucio.
Me cuenta cosas del otro lado, de sus noches eternas arrancando las larvas que se comen sus ojos, intentando quitarle los parásitos a lo que queda de su cuerpo.
Y me cuenta del infierno, uno sin llamas hirientes ni diablos de colas retorcidas.
Un infierno seco y gris, a veces lleno de explanadas polvorientas e inacabables, a ratos de cumbres de piedra obsidiana, accidentadas e infranqueables, de sombras gigantes dibujándose sobre las colinas escarpadas. Y el frío, el omnipresente frío.
A veces lo veo muy triste y cansado, y en más de una ocasión lo he sorprendido sacando el arma de la gaveta. Y sus tiros entran por la frente, y terminan enterrados en alguna parte del patio.
Le pregunto qué hizo, pero baja la cara y mueve la cabeza: algo muy malo – responde.
Ayer lo vi de mejor ánimo: voy a subir a una de esas montañas imposibles para lanzarme, para encontrar el descanso de la muerte dentro de la muerte.
– El infierno del infierno podría ser peor – le advertí.
– Mírame – me dijo -, mírame y dime que podría haber algo peor que esta soledad.
MARÍA JOSÉ AMOR
GUERRA MICROBIANA (Para tema “parásitos”)
El tornado había producido la caída de dos torres de alta tensión, dejando a la pequeña ciudad sin energía eléctrica, por lo que el desespero de los ciudadanos era impresionante: sin luz, sin agua caliente y sin calefacción era terrible, aunque lo peor era para las personas que cocinaban con vitrocerámica, que tenían que reducir su dieta a bocadillos de pan envasado ya que pocas panaderías quedaban que hicieran pan con hornos de leña.
Pero como no hay mal que por bien no venga, había unos seres que botaban de alegría: las Salmonellas que vivían en las carnes vacunas y porcinas para su consumición y que, a fin de evitar la proliferación de las mismas el carnicero las tenía secuestradas en una nevera, donde permanecían totalmente “zombis”.
Conforme subía algo la temperatura de la nevera, las más espabiladas se fueron despertando y, previendo que en poco tiempo podrían librarse del frío, diseñaron su plan.
– ¡Parece que podremos vivir! – dijo la más vieja.
-Pues hay que organizarse- añadió otra muy espabilada.
-Y ¿cómo lo hacemos? – preguntó una tercera.
-Ya que somos pocas, por lo que veo, ¡tenemos que reproducirnos ya! – dijo una cuarta.
-Claro, que nos espera un enorme ejército defensivo con armas físicas y químicas, según dicen- añadió la quinta.
Y rápidas se pusieron a ello alcanzando en pocas horas superaron la cifra de un millón de salmonelitas obligadas a reproducirse en progresión geométrica.
Cuando veinticuatro horas más tarde, la red eléctrica, a base de generadores, empalmes y artilugios varios logró restaurar la electricidad, la cantidad de Salmonellas en la carne había aumentado de manera exponencial.
Fue entonces cuando los ciudadanos acudieron a proveerse de lo hasta entonces vetado: la carne.
Y el carnicero, como era su deber, comenzó a repartir todo tipo de bistecs, carne para fricandó, hamburguesas, y un sinfín de especialidades varias que iban pidiendo los clientes.
Entre ellos, había un gran gourmet-carnívoro que, para compensar el mal comer del día anterior, pidió un buen chuletón, de los que, como está mandado, habrán de cocinarse a fuego muy vivo solo dándole una vuelta a fin de que por dentro quedase medio crudo y por tanto jugoso.
Y, lo que tenía que pasar, pasó.
Como la a mayoría de salmonelas el fuego no las había afectado, fueron ingeridas “vivitas y coleando” introduciéndose en el tubo digestivo del hombre.
Previamente, ya que sabían que para llegar a su hábitat ideal, el intestino, tendrían que superar bastantes barreras y no todas lo conseguirían, se habían organizado cual ejército invasor.
Una de ellas, muy decidida, se convirtió en la Generala Salmonella y, como tal, dio orden de ponerse el traje anti-ácidos y repartir las golosinas que en ellos encontrarían, para distraer a los posibles anticuerpos con los que pudieran toparse.
Y así lo hicieron, aunque las más jovenzuelas y por tanto poco experimentadas, como dejaron espacios sin tapar, fueron o bien fagocitadas por unos tipos de células muy glotonas: los macrófagos, o acribilladas por los dardos diseñados especialmente para ellas: los anticuerpos.
Y, tras multitud de barreras y obstáculos a superar, muchas alcanzaron su objetivo: el intestino.
Y allí habría la barrera a salvar, las células que habitan el intestino y que son muchas, con diferentes nombres y funciones, el microbiota poseedor de un potente armamento.
Sin embargo, como ellas son pacíficas y a su vez estrategas, viéndose en riesgo de perecer, las representantes macrobióticas prefirieron dialogar antes que comenzar la lucha.
– ¿Qué hacéis aquí? – le preguntó a la Generala Salmonella un Lactobacilo con expresión grave.
La General, con pocas ganas de hablar lo empujo a la vez que gritaba:
– ¡Venimos a VIVIRí! ¡Vosotras fuera, que bastante tiempo habéis vivido como reinas, mientras nosotras, vuestras hermanas, estábamos encerradas en jaulas muy frías, tan frías, que no nos podíamos mover! Así que ¡Largo de aquí!¡Venid, mi ejercito! – dijo mientras expulsaba un producto que hizo caer muertas a todas las bacterias que, intrigadas, habían rodeado al lactobacilo.
Poco tiempo costó no solo eliminar a gran parte del microbiota, sino que, a fin de destruir todo el hábitat para así construir el suyo, destruyeron la mucosa intestinal, no sin tomar medidas previas de su grosor, que les sirviera de patrón para su nueva casa.
A todas estas, el gourmet carnívoro, al cabo de un rato de su suculenta comida regada por el vino “ad hoc” para el chuletón, comenzó a notar ciertos dolores abdominales, a los que en un principio no dio importancia y, tras sentarse en su sofá preferido, se dispuso a tomar la siesta.
Pero al cabo de un rato, un agudo dolor de vientre le acosó, mientras notó que todo le daba vueltas y, con horror, comenzó a vomitar, sin poder llegar al váter. Y, para colmo de males, el dolor de barriga se transmutó en una enorme diarrea imposible de contener.
Como pudo, sacó el móvil llamando al 112, que envió una ambulancia trasladándolo al Hospital donde le diagnosticaron “salmonelosis”.
Sin embargo, el resto de personas que cocinaron platos de cocción lenta o bien carne muy pasada, la masiva reproducción “salmonellística” de poco o nada sirvió ya que el fuego las condenó a muerte.
MARIO NÚÑEZ
Esta infección me enfermó.
Mi piel se reseca, se agrieta, se rasga, estalla, se hunde.
Sudo mucho, a veces muy caliente, otras, muy frío.
Tengo heridas cada vez más grandes que no cicatrizan.
Desde hace mucho tiempo me he formado, reinventado, convertido desde polvo a fuego, líquido, gases. Soy cuatro mil quinientas veces más antigua que ésta molesta infección.
Pero ahora me han invadido estos parásitos que me comen, destruyen todo, combaten entre ellos y dejan muchos residuos que intoxican todo.
Extraen partes de mi cuerpo, me succionan, se comen todo lo que vive en mí, destrozan mi piel, mis órganos y se internan cada vez más profundo en mis entrañas para sacar partes mías.
Dejan las heridas abiertas, y ya no puedo cicatrizar.
Cuando aún eran pocos, recorrían mi piel; luego aprendieron a circular por mis venas abiertas.
Se multiplicaron y expandieron cada vez más por todo mi cuerpo.
Sus picaduras y suciedad cada vez me envenenan más.
Cuando aparecieron, hace muy poquito, estuve dispuesta a albergarles junto a muchos diferentes, con los que desde siempre cooperamos para mantener nuestro equilibrio.
Pero esta plaga de parásitos está descontrolada.
Creció casi en un instante y ahora están por todas partes; se sumergen en mi organismo buscando corroer más.
Aprendieron a volar, y zumban a mi alrededor con miles de sus basuras.
Matan y destruyen a otros; miles de especies han desaparecido ya, y con ellos, nuestra convivencia.
Pero esta plaga no coopera, solo se nutre de mí y de todo que encuentran, aunque no lo necesiten.
Agotan mis fuerzas, me rompen y cambian para siempre.
Al comienzo no lo noté, luego estuve desconcertada, paralizada.
Ahora sé que no se irán, serán cada vez más y peores.
Aunque puede que se destruyan entre sí; empiezan a demostrar que pueden hacerlo.
Pero no quiero esperar.
No sé si quiero esperar, así que empecé a reaccionar.
Me lavo y los ahogo con lo que corre por mis venas, los quemo con el líquido de mis entrañas.
Soplo fuerte para que se desprendan y mueran.
Me enfrío porque no resisten las bajas temperaturas, o me caliento, porque son tan frágiles que tampoco resisten el calor que soy capaz de generar.
Me sacudo y destrozo sus colonias como ellos lo hacen conmigo.
Los mato por miles, y puedo hacerlo con millones a la vez, y hasta con todos al mismo tiempo, si lo decido.
Luego que los elimine o los tenga al menos controlados, veré como sano.
Siempre lo he hecho, desde que nací y me muevo con mis hermanos alrededor de mi padre.
No es la primera vez que me enfermo o tengo accidentes, pero esta plaga no es accidente.
Nunca antes los parásitos me habían molestado, esto es reciente.
No quisiera destruirlos.
Sólo quiero enseñarles, recordarles que ellos, todos los demás y yo, somos una sola vida.
Yo sobreviviré de un modo u otro, pero ellos no podrán seguir existiendo si no es cooperando juntos.
MARIANA DI PASCUA
La renovación
(Tema, parásitos)
Mi cuerpo no es un juego
Mi cuerpo es mi casa y mi abrigo
Mi cuerpo no es para mostrar sin mi concentimiento.
Mi cuerpo no es un trofeo ajeno
Mi cuerpo es mi vida y mis años
Mi cuerpo es mi mente y mi poesía
Mi cuerpo no solo es nalgas y senos
en todo caso es también eso y todo lo demás
Mi cuerpo es mi templo
y está «cerrado por derribo»
ya no alberga parásitos.
MARA SERBIA
El huésped indeseable
Después de una vida de despilfarro, mi hermano mayor terminó hospedado en un hogar para ancianos. Yo era la única que podía atenderlo y, tres veces por semana, me trasladaba hasta un pueblo en el centro de la isla para visitarlo.
Siempre se había considerado intelectualmente superior a los demás. Aseguraba que no tenía nada que conversar con aquellos viejos ignorantes y, por supuesto, no se mezclaba con ninguno. Permanecía encerrado en su habitación. Solo parecían despertar su interés las cuidadoras jóvenes y bonitas; la inteligencia, al parecer, tenía criterios muy específicos.
Después del almuerzo, los residentes acostumbraban a reunirse en la terraza. En mis visitas comencé a notar algo extraño: todos se rascaban. Unos discretamente; otros con desesperación. Parecían una orquesta de güiros, rascándose hasta que la sangre les brotaba de la piel. Una sinfonía involuntaria.
Al principio pensé que se trataba de alguna alergia colectiva. Hasta que mi hermano comenzó a rascarse. Al parecer, los ácaros no hacen distinciones entre ignorantes e intelectuales.
El diagnóstico no tardó en llegar: escabiosis, más conocida como sarna. Un diminuto ácaro que se mete bajo la piel abre pequeños túneles y allí deposita sus huevos. Un parásito microscópico con una capacidad extraordinaria para multiplicarse y pasar de un cuerpo a otro. Un huésped con vocación de expansión.
Mi hermano rechazó el tratamiento. Detestaba la sensación pegajosa de la pomada sobre el cuerpo y prefería soportar la comezón antes que pasar una noche embadurnado de pies a cabeza. La dignidad primero; la piel, después.
El problema era que el huésped no estaba dispuesto a marcharse. Y nosotros tampoco salimos ilesos. Mi esposo y yo terminamos contagiados. Entonces descubrimos que la sarna no concede tregua. Uno se rasca una vez y quiere seguir rascándose hasta arrancarse la piel. Compramos pomadas, medicamentos, cambiamos diariamente las sábanas, lavamos ropa como si hubiéramos abierto una lavandería y hasta contratamos un fumigador para desinfectar muebles y habitaciones. Durante aquellos días nuestra casa parecía un laboratorio de guerra contra un enemigo que nadie podía ver.
Todas las noches nos embadurnábamos el cuerpo con la pomada y dormíamos así, pegajosos, incómodos, esperando que el tratamiento hiciera su trabajo. Al amanecer nos íbamos al mar para quitarnos la pomada de la noche anterior.
Y allí ocurrió algo inesperado.
Aquellos baños madrugadores terminaron convirtiéndose en un regalo. La playa estaba casi desierta. El mar tranquilo, las primeras luces del día reflejándose sobre el agua y nosotros entrando lentamente en aquellas aguas que parecían haberse reservado para nosotros. Hacía muchos años que no disfrutaba del mar de aquella manera.
Pero lo mejor ocurría después, cuando regresaba la noche y llegaba el momento de volver a embadurnarnos. Nos aplicábamos mutuamente la pomada, despacio, con delicadeza, sin prisa, recorriendo cada rincón del cuerpo. Lo que había comenzado como una obligación terminó convirtiéndose en un extraño ritual de complicidad.
El parásito había conseguido entrar en nuestra casa, alterar nuestras rutinas, robarnos el sueño y convertir nuestra vida en un desastre. Pero, sin proponérselo, también nos había regalado algo que la rutina se había llevado hacía tiempo: tiempo para tocarnos, cuidarnos y reírnos juntos de aquella desgracia.
Al final, el refrán tenía razón:
Sarna con gusto no pica.
Y si pica…
no mortifica.
FRAN KMIL
Los parásitos.
Su hermoso cuerpo desnudo, danzando en el estrecho pasillo entre la cama y el espejo de la cómoda, al ritmo de una música capaz de encantar serpientes, se me introdujo por los ojos hasta alcanzar las células del deseo y comenzar allí su lenta infección.
Fue un baile hermoso, hipnótico, semejante al de Salomé ante el rey Herodes Antipas. Y, como él, prometí darle cuanto me pidiera.
Pero no me pidió nada.
Dejó que los parásitos inoculados por la mirada hicieran su trabajo: devorar mi voluntad hasta dejarme a merced de sus caprichos.
Tenía marido, lo sabía. También sabía que no era el único hombre que había pasado por su cama. Ella no hacía demasiado por ocultarlo. No había culpa en sus ojos ni recato en sus gestos. Vivía el deseo como si fuera un territorio donde las reglas pertenecieran siempre a los demás.
Yo la amaba.
Ella hizo crecer aquel amor en mí hasta que sus raíces ocuparon el espacio donde antes estaban mi voluntad, mi prudencia y mi vida.
Pero ella encontró al Maestro. O el Maestro la encontró a ella. O se encontraron los dos.
Fue junto al pozo aquella conversación destinada a otra mujer y a otro tiempo. Él conocía su vida: los hombres, los maridos y el que estaba con ella sin ser su marido.
Me dejó.
No hubo reproches, solo arrepentimiento. Simplemente se marchó, llevándose consigo mi amor.
Yo me quedé con lo que ella había despertado en mí y con la soledad.
Llegaron los licores. Más tarde, las drogas. Pero el vacío volvía, cada vez más grande.
Ella había encontrado una vida nueva.
Yo, la forma de perder la mía.
Pienso en aquella noche, en su cuerpo desnudo bailando entre la cama y el espejo, en aquella música capaz de encantar serpientes. Pienso en los parásitos que entraron por mis ojos y se instalaron en mi deseo. Pienso también en el pozo y en el hombre que le habló allí.
Ella necesitaba encontrarse con él.
Yo necesitaba encontrarla a ella.
Ella bebió del agua viva y siguió su camino.
Yo me quedé con la sed.
CÉSAR TORO
Parásitos.
Los hay de toda clase rastreros, voladores, invisibles y demás…
Siempre están al acecho; que yo recuerde han existido siempre, entre los más conocidos están: lombrices, piojos, ácaros, pulgas, garrapatas y pare de contar.
Todos estos bichos producen enfermedades y todo tipo de infecciones en los seres humanos y los animales.
No obstante; el hombre durante siglos, a convivido con ellos y dentro de sus posibilidades ha logrado un equilibrio para mantenerse a salvo de los parásitos de la naturaleza; ya que estos bichos, son parte del ecosistema global.
Pero los parásitos más peligrosos no son estos, sino aquellos que destruyen la humanidad con: pandemias, guerras fratricidas, violencia, consumismo, hambruna, miseria, migración, y cuantas más que no logro enumerar, estos parásitos depredadores de la sociedad van destruyendo paso a paso la humanidad.
Mientras nosotros observamos en silencio, los toros desde la barrera.
<<El camino del Señor es refugio de los íntegros y ruina de los malhechores>>
Proverbios 10, 29
ARCADIO MALLO
UN MINUTO DE FAMA
El portazo se multiplicó en el cañón de las escaleras como si cerrara detrás de sí la mismísima puerta del infierno.
La orquesta tocaba en el aparcamiento del instituto, separado del patio por una reja. La ESO estaba siendo un reto mayúsculo, pero era eso o ser parásitos de la sociedad. Aunque lo tenía claro: él quería ser famoso.
La cerveza fría calmaba la sed rabiosa que le ahogaba el ser. Todos sus colegas bebían cerveza. Él era el líder y el bufón.
La noche siempre era demasiado corta. Irse a casa sin desayunar nunca era una opción, menos aún en las fiestas del pueblo.
Cerca de la cafetería, el jardinero enderezaba y entutoraba unas plantas para que crecieran rectas y fuertes y floreciesen hermosas. El cortacésped descansaba en la acera. Demasiada facilidad para un minuto de fama. Lo puso en marcha y lo dirigió a la calle entre risas y jaleos. Coches adormilados, resacosos, perezosos iban camino del trabajo. La colisión era inevitable.
Alguien lo grababa con el móvil. Las redes sociales harían el resto.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
PARÁSITOS
Tema semanal
Él se llamaba Adrián y llevaba años sintiendo que algo dentro de él estaba podrido, desde que era niño en casa lo marginaban, le decian que era un parásito, porque no quería hacer nada.
Soy un parásito se decía frente al espejo. Vivo de los demás, consumo, destruyo y dejo detrás de mí aquello que otros tendrán que arreglar
Miraba las noticias y veía guerras, bosques arrasados, pueblos condenados a la pobreza y hombres poderosos acumulando riquezas mientras otros apenas sobrevivían.
Quizá no somos tan diferentes pensaba. Ellos contaminan el mundo desde sus palacios; yo lo contamino desde mi pequeña vida inútil.
Muchas veces había pensado en cambiar, ni ya ser cómo aquello que ya no le gustaba.
quería ser bueno, ayudar, dejar una huella distinta.
Pero cada vez que intentaba hacerlo, regresaba a sus viejas costumbres, a su egoísmo, a esa comodidad que parecía tenerlo encadenado.
Una noche salió a caminar y encontró a un anciano sentado en una banca.
¿Por qué estás triste le preguntó el hombre.
Le contesta, porque siento que toda mi vida he sido realmente un parásito.
El anciano sonrió, un parásito jamás se pregunta si está haciendo daño. El día que te duele el daño que causas, ya comenzaste a dejar de serlo.
Adrián guardó silencio.
Comprendió entonces que quizá no podía cambiar el mundo, ni enfrentarse a todos los poderosos, ni borrar de golpe sus errores.
Pero sí podía comenzar por una persona, que era él mismo.
Al día siguiente hizo algo sencillo: ayudó a alguien sin esperar nada a cambio.
No cambió el mundo.
Pero, por primera vez, dejó de alimentarse de él y comenzó a alimentarlo con algo que hacía mucho tiempo había olvidado: La bondad la cual había practicado muy pocas veces o casi nunca.
Moraleja: No siempre podemos cambiar aquello que está fuera de nosotros, pero siempre podemos decidir qué parte de nosotros queremos entregar al mundo.
AXY LINDA
—¡Por fin estoy a salvo! —exclamó Nóelamac—. Me secuestraron. Se descuidaron y logré escapar.
—Ya estás a salvo —susurró una voz.
—Eso espero. Aunque no entiendo a esos parásitos. Llegan, toman todo lo que pueden y se marchan sin importarles nada más.
—No todos son así.
—¿Cómo puedes defenderlos Elbor? —protestó Nóelamac—. Destruyen, contaminan, consumen sin medida… ¡Abusan de su poder!
—Me he enterado de que han hecho cosas terribles —admitió la voz—, pero también he conocido algunos distintos.
—¿Distintos?
—Sí. Algunos vienen, se sientan bajo mi sombra, comparten su comida y hasta me abrazan. Luego recogen lo que han traído y se marchan sin lastimar nada.
Nóelamac guardó silencio.
—Quizá tengas razón —murmuró—. No todos los parásitos son iguales.
—No —respondió Elbor—. Y… realmente no son parásitos.
—¿Entonces qué son?
—Humanos.
Nóelamac cambió lentamente de color.
—Ah… esos.
Axy Linda San-Fre
MANOLI DÍAZ TORRALBA
—Mamá, ¿qué es un parásito?
La pregunta me pilló con medio cuerpo metido en el armario de la cocina, buscando un paquete de macarrones que, según mi memoria, estaba allí y, según la realidad, ya lo había cocinado hace unos días.
—¿Un parásito? Pues… un ser vivo que vive de otro.
—¿Cómo que vive de otro?
—Pues que se aprovecha de él para comer, vivir o lo que necesite.
Se quedó pensando.
—¿Como yo?
Saqué la cabeza del armario.
—¿Cómo que como tú?
—Yo vivo contigo.
—Sí.
—Como lo que tu compras.
—Sí.
—Duermo en tu casa.
—Sí.
—Y tú me lavas la ropa.
—Bueno…
—Entonces, soy un parásito.
—No. Tú eres mi hijo.
—¿Y qué diferencia hay?
Buena pregunta.
—Pues… que tú me das besos.
—Los parásitos también pueden dar besos.
—No creo.
—¿Lo has comprobado?
—No.
—Entonces no lo sabes.
Y ahí empezó todo.
Mi hijo tenía cinco años y una habilidad especial para coger una explicación sencilla y convertirla en un gran problema.
—A ver —le dije—. Los parásitos son bichitos o seres vivos que viven en otros seres vivos o encima de ellos y se aprovechan de ellos.
—¿Bichitos?
—Sí.
—¿Como los piojos?
—Sí.
Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Tengo piojos!
—No tienes piojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te he mirado.
—¿Con qué?
—Con los ojos.
—Pues a lo mejor si hay si son tan pequeños.
—Los piojos se ven.
—¿Y si son tímidos?
—Los piojos no son tímidos.
—Tú no los conoces a todos.
Me quedé mirándolo.
A veces tenía la sensación de estar hablando con un señor de setenta años escondido dentro de un niño de cinco.
—También hay parásitos que viven dentro de la barriga —le expliqué.
Error.
Error monumental.
—¿Tengo uno?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y cómo entra?
—Pues de distintas maneras.
—¿Por la boca?
—Algunos.
—¿Por la nariz?
—Puede pasar con algunos.
—¿Por las orejas?
—No exactamente.
—¿Y por el culo?
Respiré.
—Algunos parásitos pueden transmitirse de esa manera.
Abrió los ojos como platos.
—¡Mamá! ¡Entonces tenemos parásitos en el culo!
—No! Solo he dicho que algunos pueden entrar por ahí.
—¿Y cómo saben dónde está el culo?
—No lo sé.
—¿Tienen GPS?
—No.
—¿Entonces cómo llegan?
—Hijo, no lo sé todo.
Se quedó callado.
—Pues vaya.
Aquello me dolió.
No que dudara de mi autoridad maternal.
Sino que dudara de mi autoridad científica.
—Los parásitos pueden ser muy muy pequeños —seguí—. Algunos son tan pequeños que hace falta un microscopio para verlos.
—¿Más pequeños que una hormiga?
—Mucho más.
—¿Más pequeños que una pulga?
—Sí.
—¿Más pequeños que una miguita?
—Sí.
Cogió una miga de pan de la mesa y la miró con desconfianza.
—¿Esta está viva?
—No.
—¿Seguro?
—Es pan.
—Puede ser un parásito disfrazado de pan.
—Los parásitos no se disfrazan.
—Porque tú no los has visto.
—Precisamente porque son muy pequeños.
—Pues no sabes si se disfrazan.
Y ahí tuve que darle la razón, porque discutir con mi hijo sobre si un parásito puede llevar bigote falso y gabardina no estaba en mis planes para aquella tarde.
A partir de entonces empezó a ver parásitos por todas partes.
Una hormiga.
—Parásito.
—No.
—Está en nuestra casa.
—Sí, pero no vive de nosotros.
—Todavía.
Un mosquito.
—Parásito.
—Ese sí.
—¡Lo sabía!
Una mosca.
—Parásito.
—No necesariamente.
—Está comiendo nuestra comida.
—Bueno…
—Entonces es un parásito.
—En ese caso, tu padre también.
Mi marido levantó la cabeza desde el sofá.
—¿Yo qué?
—Nada.
—¿Has dicho que soy un parásito?
—Yo no he dicho nada.
Mi hijo apareció por detrás de mí.
—Papá, tú eres un parásito.
—¿Y eso por qué?
—Porque te comes las cosas de mamá.
—¡Pero si son mías!
—Mamá ha dicho que son suyas.
—Pues tu madre miente.
—¡Mamá!
—No me metas en esto.
—Papá es un parásito.
—Pues tú también —dijo su padre.
Mi hijo se quedó pensando.
—Es verdad.
—¿Ves?
—Pero yo soy pequeño.
—¿Y qué?
—Yo todavía puedo ser parásito.
—¿Y yo no?
—Tú eres camionero.
Su padre se quedó mirándolo.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—No sé.
Y se fue.
Mi marido me miró.
—Ese niño necesita colegio.
—Y tú necesitas dejar de comerte mis patatas.
—¡Eran cuatro!
—Eran mis cuatro.
La cosa llegó al colmo el día que encontramos una araña en el baño.
—¡Mamá!
—¿Qué pasa?
—¡Hay un parásito!
Fui corriendo.
—Eso es una araña.
—¿Y qué hace aquí?
—Pues no lo sé.
—Está viviendo de nosotros.
—No.
—Está en nuestra casa.
—Sí.
—¿Le hemos dado permiso?
—No.
—Entonces es una okupa.
—Eso no es un parásito.
—¿Y qué es?
—Una araña.
—Pues que pague alquiler.
No sabía si reírme o llamar a alguien.
Al final la sacamos fuera con un vaso y un papel.
Mi hijo la siguió con la mirada.
—¿Dónde va?
—A su casa.
—¿Y dónde está?
—No lo sé.
—¿Y si entra en otra casa?
—Pues tendrá que pagar alquiler allí.
Aquella noche, mientras lo acostaba, volvió al tema.
—Mamá.
—¿Qué?
—Yo no soy un parásito.
—Ya lo sé.
—Porque soy tu hijo.
—Exactamente.
—Pero vivo de ti.
—Porque eres pequeño.
—Cuando sea mayor, ¿ya no viviré de ti?
—Espero que no.
—¿Y si quiero?
—Pues tendrás que pagar alquiler.
Se rio.
—¿A ti?
—Claro.
—¿Y cuánto?
—Muchísimo.
—¿Cuánto es muchísimo?
—Todo lo que tengas.
—Entonces me voy a vivir con la abuela.
—La abuela también cobra.
—¿Por qué?
—Porque es lista.
Se quedó unos segundos en silencio.
Después me rodeó el cuello con los brazos.
—Yo no quiero ser un parásito.
—No lo eres.
—¿Entonces qué soy?
—Mi niño.
Me dio un beso.
—Y tú eres mi mamá.
—Sí.
—Y papá es…
—No.
—Pero…
—Ni se te ocurra.
—Vale.
Se tapó hasta la nariz con la manta.
Parecía que por fin se había terminado la conversación.
Hasta que, desde debajo de las sábanas, salió una vocecita:
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Los parásitos tienen mamá?
Me quedé quieta.
—Supongo que algunos sí.
—Entonces ellos también son hijos.
—Sí.
—¿Y sus mamás los quieren?
—Claro.
Se quedó pensando.
—Entonces no son tan malos.
Y me dio otro beso.
Luego cerró los ojos.
Cuando fui a apagar la luz, volvió a abrir un ojo.
—Mamá.
—¿Qué?
—Mañana quiero mirar si papá tiene parásitos.
—¿Por qué?
—Porque ronca.
—¿Y qué tiene que ver?
—A lo mejor tiene uno dentro y le está haciendo cosquillas en la nariz.
Apagué la luz.
—Buenas noches.
—Buenas noches, mamá.
Y desde el pasillo escuché:
—¡Papá!
—¿Qué?
—¡Mamá dice que tienes un parásito!
—¡¿QUÉ?!
Miré a mi marido tan sonriente que no pudo replicar nada.
MAITE BILBAO
LIBERTAD
La moqueta gris huele a desinfectante de limón y a café recalentado desde el turno de madrugada. Jandro cruza la planta con su taza desportillada y ríe un chiste estúpido sobre los balances. Todos miramos.
Jandro desafía las deudas de la yugular con cinismo.
Reparte tabaco de contrabando junto a la máquina de fichaje para recordar lo obvio: inventan el salario, el préstamo de la casa, el recibo del gas para pagar nuestra propia jaula y decir que somos libres. Quedamos en silencio, masticamos la verdad mientras el parásito duerme bajo la piel de todos.
La puerta del despacho principal se abre con un chasquido seco. El director de operaciones le ordena el desalojo para quinientas familias del extrarradio. Jandro camina hacia el interior. Se detiene. Los dedos se crispan y la piel de los nudillos se tensa al límite. Intenta dar media vuelta, pero el cuerpo desobedece; un calambre seco recorre su columna y estira las cervicales a la fuerza.
Lucha en silencio. El sudor frío le resbala por las sienes. El aire se atora en la garganta con un silbido y las uñas se hunden en las palmas hasta rasgar la carne. Un espasmo retuerce el diafragma y la mandíbula se bloquea en un pulso contra el hueso.
Abre la boca:
—Protocolo validado. Procedan al corte.
La voz sale plana, ajena, estirada en una sonrisa ancha que arranca la cara a jirones. Jandro fija los ojos en el vacío.
Bajo la piel del cuello, el parásito despierta. El pinchazo caliente me ordena levantar las palmas, doblar las muñecas y aplaudir con el rebaño. Mis rodillas ceden contra el suelo de fieltro. Aprieto los dientes hasta saborear el hierro.
23 de agosto de 2026

Mi voto para Teresa Sánchez
Mi voto esta semana, sin duda alguna, es para:
– Art Mi