El péndulo – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el péndulo». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 27 de agosto!

CARMEN BERJANO

Aquel péndulo era especial.

Se movía a la vez que los latidos de mi corazón, se aceleraba y desaceleraba con él.

Estaba encerrado en una vitrina bien custodiado.

Cuando cumplí diecinueve años y te conocí, el péndulo osciló tan rápido que casi sale disparado.

Nadie fue testigo de ese detalle, pero mi corazón me susurró que me quedase ya por siempre en ese abrazo.

Y aquí sigo, oscilando.

Carmen Berjano

YOLANDA PINA REY

Estoy aquí sentada mirando a ninguna parte. Siento que algo me falta, el pecho me duele y llora mi alma.

​Estoy triste y no sé qué me pasa… Eso no es verdad, sí sé lo que tengo: una pena que me marca. El tiempo pasa, sigue su curso y se marcha. Mi corazón llora porque ya no te acompaña. Él te ama, quiere cogerte de la mano y no te alcanza; te vas, te escapas.

​Quizás la estación en la que bajas no es aquí, en nuestra casa; quizás quema demasiado pues ya no estás. Mientras tanto yo ,te echo de menos en cada palabra callada, en cada canción melodía cantada, en cada lágrima derramada.

​La oportunidad pasó sin apenas haber caminado, siento que la vida se va sin el sabor de tus labios. ¿Qué hago yo para no extrañarte, para no pensarte, si mi deseo más profundo es que vuelvas a buscarme para quedarte?

​Por favor, date cuenta: el destino nos presentó. No dejes que el miedo te calle, no dejes que el ego hable.

​Así estoy yo en estos momentos, viendo pasar el tiempo, observando cómo en este péndulo pende de un hilo tu amor y el mío.

​Por eso, mi vida, rezo para que reacciones, me elijas y vengas a por mi en este instante. Sé que el péndulo se parará en el preciso momento en que te tenga frente a mí para besarme. Vendrás por mí, tocarás mi puerta para abrazarme, y entonces sabrás que las llamas gemelas se conocieron para amarse. El péndulo solo balancea el sentimiento para mostrar que aquí solo da tiempo al tiempo para enamorarse y volver a encontrarse.

DAVID MERLÁN

EL PUENTE (EL CASCABEL 2/3)

Desde el encuentro debajo del puente, Xoán apenas dormía. Solo se limitaba a releer y mirar cartas y fotos amarillas mientras sostenía el oxidado cascabel entre sus dedos.

Una tarde decidió visitar la antigua escuela del pueblo. El edificio llevaba años abandonado pero sin duda albergaría más recuerdos y más pistas de Moreiras por descubrí.

Al llegar, constató el paso el tiempo. Las ventanas estaban cubiertas de polvo y la humedad había invadido las paredes. La puerta siempre estaba abierta, y las cicatrices de grafities y destrozos de años de allanamientos eran plenamente visibles.

«En el despacho del maestro tiene que haber algo» pensó dirigiéndose hacia él por el largo y ancho pasillo.

Al llegar, no había puerta. Entró y en el suelo, delante de la mesa de profesores, encontró los restos calcinados. Solo quedaba la manilla y pensó que, a buen seguro, había servido para calentar a alguien hacía mucho tiempo.

Miró a su alrededor y algo que no esperaba ver le llamó su atención.

Un viejo reloj de pared. Detenido, y con el péndulo permaneciendo inmóvil.

No es que fuera muy valioso pero le chocó que a estas alturas, nadie se lo hubiese llevado o quemado para calentarse.

Sin embargo, aquello no fue lo que más le llamó su atención. Sobre su madera alguien había grabado una fecha:

Febrero de 1954.

—¡El año en que desapareció Maruxa!— Exclamó mientras notaba como se le agitaba el pulso.

Inquieto y nervioso, decidió salir de allí sin encontrar lo que había venido a buscar.

A la mañana siguiente Xoán no cejó en su empeño y siguió preguntando a los viejos del lugar.

Poco a poco comenzó a descubrir algo extraño.

Cada vecino recordaba una versión demasiado distinta de aquella noche:

Unos aseguraba que la niña se había perdido junto al río; Otros que había sido vista en el bosque. Incluso más de uno juraba que había abandonado el pueblo con unos feirantes.

Tal cual fuera el péndulo del reloj, las historias oscilaban de un lado a otro sin coincidir o encajar lo más mínimo unas con las otras.

Finalmente decidió visitar a la mujer más anciana del pueblo. Su último intento de ese día.

Aurora tenía noventa y seis años. Era de largo, la última persona viva que había estado presente aquella noche. Sentados en un banco e la plaza, cerca e su casa, él le iba preguntando y ella iba contestando con más vaguedades que certezas. Mientras,.la anciana no le quitaba ojo al cascabel.

En un momento de la conversación, suspiró y sentenció:

—Sabía que volvería.

—¿Quién?

—La verdad.

—Perdone. No…lo entiendo…¿Qué verdad? ¿Me lo puedes explicar? —insistió notando que se le aceleraba el corazón. «Sabrá está anciana lo que ando buscando? Pensó mientras esperaba las respuestas.

Tras unos segundos de espera, que ella empleó en ordenar sus lejanos recuerdos y Xoán en esperar sus palabras, Aurora le contó algo que nadie había contado jamás.

La noche de carnaval hubo una tormenta inesperada. Eso si era conocido, pero no así que los niños jugaban cerca del puente, incluida Maruxa.

Entonces algo ocurrió: Un accidente, o eso fue lo que todos los presentes decidieron que se llamaría.

En ese momento la anciana se detuvo en su relato, y Xoán elevó su grado e ansiedad.

—¿Qué pasó? —preguntó Xoán apenas dos segundos después de la llegada del silencio de Aurora.

Aurora guardó silencio por unos instantes y esbozó una sonrisa al tiempo que señalaba el cascabel.

Xoán se revolvió inquieto al reparar en ello.

—¿Ésto? ¿El cascabel. Qué tiene que ver el cascabel en toda esta historia?

Aurora mantuvo silencio pero está vez mudó el gesto a un rictus serio, casi fúnebre.

—Solo te diré que tu madre lo sabía.

—¿Lo qué, Aurora? Necesito respuestas.

—No las tengo, hijo. Yo no tengo las respuestas que tú necesitas oír.

—Pero…usted sabe algo. Sabe lo que paso ese día.

—No lo sé. Tienes que créeme. Si lo supiera te lo diría. Pero eso si. Una cosa si te voy a decir. La historia se merece un descanso después de tantos años.

—Pero…

—Es suficiente —le interrumpió levantándose con dificultad mientras se apoyaba en el bastón.—es tarde. Debo irme.

Xoán quedó contrariado mientras veía alejarse a la anciana. Pasado un momento se detuvo. Se giró y se dirigió al joven.

—Quizá tú madre si las tenga.

—¿Lo qué?

—Relee sus cartas. Es posible que allí halles la respuesta que andas buscando.

*****

Aquella misma noche Xoán regresó a casa.

Releyó las cartas una y otra vez, y fue descartando las insulsas o irrelevantes, varias veces hasta que descubrió algo que había pasado por alto.

En una de ellas, una frase terminaba abruptamente. Como si faltara una hoja o aún más desconcertante, como si alguien hubiera arrancado una parte. La apartó y guardó el resto. Después. Si saber muy bien que pasos dar continuación reparó en el misal. Lo cogió y decidió retomar su análisis. Está vez fue hoja por hoja, y allí, cuando apenas faltaban unas decenas, encontró una fotografía escondida.

Una pequeña fotografía, casi tamaño carné, tomada durante aquel carnaval.

La acercó para escudriñala con intensidad. Cogió su móvil y activo la cámara e hizo zoom sobre ella. Los detalles eran importantes. La foto estaba tomada desde lecho del río y desde una de las orillas. En ella se veían varios niños sobre el puente, y debajo al fondo sobre la parte trasera el arco que daba al otro lado,…algo colgando.

«¿Es…un cuepo?» se preguntó mientras un escalofrío en forma de duda le recorrió de la cabeza a la puta de los dedos.

Era imposible saberlo con seguridad. La imagen estaba dañada.

Le dió la vuelta a la foto. En el reverso con letra temblorosa aunque reconocible de la madre, una frase:

<<O RÍO MINTE>>

Aquella noche, mientras el viento golpeaba las ventanas, Xoán sostuvo el cascabel entre los dedos y por primera vez comprendió algo.

No es que durante setenta años alguien hubiese guardado silencio para proteger a un culpable y con ello, ocultar la verdad, sino que todo el pueblo habían guardado silencio para proteger a si mismo, sin duda, de algo más grande. No podía ser de otro modo. Era la única explicación a las diferentes y contradictorias versiones que le habían dado de lo que había sucedido aquel dia con Maruxa. Y eso, resultaba mucho más perturbador.

El cascabel sonó una vez. Un tintineo suave y casi imperceptible hizo reaccionar a Xoán y que este levantase la vista y dirigiese su mirada hacia la ventana.

Pegó un pequeño respingo de miedo cuando creyó ver una silueta infantil al otro lado del cristal.

Con la misma sonrisa y los mismos ojos que aquella niña disfrazada de arlequín.

Parpadeó angustiado y luego… desapareció. Como si estuviese esperando su siguiente movimiento. Como si supiera que la última pieza estaba ya muy cerca de e encajar en el puzzle.

Continuará…

ARMANDO BARCELONA

Almudena 1.0.9 – El péndulo.

Y no será porque no se lo advertí: «Juan, vamos a lo seguro, no hay necesidad de arriesgar, lo de todos los años, cariño, que tu ecosistema es el chiringuito, con tu jarrita de cerveza, El Marca y la tapita de boquerones, mientras que yo, así, tan ricamente en mi toalla, con el Woman de este mes, tostadita, vuelta y vuelta, estoy divinamente, como una reina. No innovemos, mi amor».

Nada, como el que oye llover; y es que mi Juan otra cosa no, que es un pan bendito, pero cabezón como él solo. Mira tú qué tiene de malo seguir el ritual de todos los años, la playita de siempre, con sus sombrillas, sus neveritas de hielo, los niños rebozaditos en arena… tradición, Juan, vida mía, tradición.

«Tenemos que socializar más, Almudena», dijiste mientras se te iban los ojos detrás del culo de Gretta, a ver si te crees que soy tonta, que ella habrá nacido en la Selva Negra, pero yo soy de Bujaraloz, en pleno desierto de Los Monegros y eso, además de imprimir carácter, espabila una barbaridad.

Muy europea la parejita alemana, ya te digo. Él, hermoso y rubio, como la cerveza, con el coloradote cangrejero habitual en los guiris, agradable, aunque poco hablador. Ella es más locuaz, monilla de cara, caderas poderosas y un canalillo tetero a lo Oktoberfest, que os hace bizquear.

«Qué cosas tienes, Almu, cariño, si tú le das cien vueltas». Pues eso, que no se te olvide. Pero claro, como ellos son tan modernos y hacen nudismo…

Como platos de Talavera se te pusieron los ojos cuando nos invitaron a compartir la experiencia.

«¿Estás seguro de que nos pongamos en bolas?» ―recuerda que te lo pregunté, luego a solas, en la habitación del hotel, después de la ducha―. «Te lo advierto, luego no me vengas con tonterías que te conozco; tú eres más celoso que un inspector de hacienda con una herencia y yo en pelotas gano mucho». «Pues anda que yo», te chuleaste tirando la toalla al suelo mientras hacías el molinillo.

Y aquí estamos, como Dios nos trajo al mundo, esperando a nuestros amigos alemanes, que ya vienen con retraso, para que luego hablen de la formalidad teutónica de los cojones. Mira, por allí llegan.

Pues sí, ella es mona, no te lo voy a negar, tiene buen cuerpo, pero las tetas caídas y el culo con celulitis; es lo que tienen los leggins, engañan mucho, hijo, qué quieres; Los Monegros salen ganando, lo que yo te diga. Y él, pues eso, muy alto, le queda bien la melenita rubia, está fuertote, aunque con algo de tripilla y… ¡Madre del amor hermoso, pero eso qué es! No mires, Juan, que nos han subido la hipoteca y, como te dé trauma, no nos llega para psicólogos. Eso sí es un péndulo y no el de París.

¿Qué dices de prótesis, cariño? No sé yo, no parece. ¿Cómo, que refresca? Lo mismo sí, porque se te ha encogido el molinillo. ¿Quieres que nos vayamos? Pues qué lata, porque yo estoy divinamente, corazón, y menudas vistas. Joder con las prisas.

¿Ves? Si ya te lo decía yo, no hay que arriesgar, que estas cosas las carga el diablo.

Y mañana al chiringuito, di que sí, rey mío.

¡Ay, si te conoceré yo!

En Zaragoza, a 18 de agosto de 2026

EFRAÍN DÍAZ

No es un secreto que Puerto Rico sufre una severa sequía. La noticia del racionamiento de agua ha dado la vuelta urbi et orbi.

Dos Bocas no fue la excepción. El nivel de los ríos bajó significativamente, los pozos comenzaron a secarse, las siembras se afectaron y abrevar a los animales se convirtió en un serio problema.

El gobierno, inútil como siempre, sugirió rezar para que lloviera donde tenía que llover.

—¿Y por qué no traen un chamán? —preguntó Cico con cinismo—. Al menos es más pintoresco, aunque tendremos el mismo resultado.

Todos en el bar de Lolo rieron.

—Si rezar sirviera de algo, mi Pura no hubiese muerto —soltó Abimael.

Las risas cesaron.

De repente, un extraño entró al bar y en silencio miró a todos. Todos lo miraron a él.

—¿Quién busca agua? Preguntó el extraño.

Anselmo levantó la mano. Llevaba días sin poder regar la siembra y la poca agua que conseguía sacar del río la utilizaba para abrevar a los animales, que ya mostraban los estragos de la sed.

—Andando —dijo el extraño.

Sin mediar palabra, Anselmo se levantó de la mesa. Los demás, sin tener nada mejor que hacer, fueron detrás de él.

—Esta es mi finca —dijo Anselmo.

El extraño abrió un viejo y gastado bolso de piel que llevaba colgado del hombro y sacó un objeto que ninguno de los jíbaros de Dos Bocas había visto antes.

Era un péndulo.

Comenzó a caminar lentamente por la finca. El péndulo permanecía inmóvil.

Siguió andando hasta salir de los predios de Anselmo y continuó por las fincas aledañas. Nadie preguntó nada. A esas alturas, todos querían saber qué demonios estaba haciendo.

Al llegar a la finca de Pancho, el péndulo comenzó a oscilar lentamente.

—Pancho tiene agua —dijo Lalo.

Todos se acercaron.

El extraño siguió caminando. A medida que avanzaba, el péndulo oscilaba con mayor fuerza y velocidad.

De pronto se detuvo.

—Aquí.

Los jíbaros buscaron palas y picos y comenzaron a cavar en busca del preciado líquido. Cavaban con afán cuando una de las palas chocó contra algo duro.

—Son piedras —dijo Millo—. Y si hay piedras, es buena señal.

Continuaron cavando.

Pero para su sorpresa, no era una piedra. Era una calavera.

Nadie dijo nada. Pancho se persignó.

Siguieron excavando y, poco a poco, aparecieron más huesos. Cuando terminaron, había tres osamentas casi completas en el fondo de la excavación.

—Llamen a la Policía —dijo don Tuto.

Margaro miró al extraño.

—¿No que venías a buscar agua?

El hombre guardó tranquilamente el péndulo en su bolso.

—Yo nunca dije que venía a buscar agua.

—Pues preguntaste quién buscaba agua.

—Necesitaba acceso a una finca.

Cuando llegó la Policía, acordonaron el lugar, examinaron las osamentas y llamaron al Instituto de Ciencias Forenses.

Uno de los agentes preguntó por el hombre que había hecho el hallazgo.

Todos miraron alrededor.

Del extraño, ni rastro. Había desaparecido.

ART MI

El editor en jefe me llamó a su oficina cuando recibió la nota.

– No te sientes, no es necesario – me dijo.

Luego se incorporó, retiró el saco del respaldo y cogió la carpeta.

– Vamos a tomar algo – agregó.

Ya en la cafetería me cuestionó sobre la familia, enumerando todo aquello que debía ser nuestra prioridad.

No lo interrumpí, sabía que quería llegar a un punto.

Puso la carpeta delante de mis ojos mientras agitaba la crema liquida.

– Lo que intento es apelar a tu conciencia.

– El periodismo debe ser libre – respondí.

– Siempre, claro, pero no temerario. No aquí.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

– ¿Estás seguro de esto? – preguntó y procedió a dar el sorbo al café.

Yo entendí ahí que no solo era mi jefe, sino mi amigo.

– ¿Entonces? ¿Sale el viernes por la mañana?

– Sí – confirmé.

Ya de vuelta a casa, entre el tráfico y la ligera lluvia, sus palabras me daban vueltas: ¿Alguna vez te cantaron aquella canción de cuna que habla del lobo que vendrá? Pues va a venir, todos los lobos van a venir, tarde o temprano.

Repasé mentalmente los datos y los nombres, el rompecabezas armado durante meses, coronado por las fotos del gobernador recibiendo los fajos de billetes y ahí encontré la reafirmación para hacerlo público.

Amanecí con el reloj de péndulo inclemente y el televisor en estado de emergencia, daban por todos los canales las imágenes: el área acordonada, los fierros retorcidos, las innumerables patrullas, los bomberos apagando las llamas y el ventanal de la cafetería destrozado.

Entre los restos era identificable el auto del editor en jefe.

Me quedó un mensaje suyo en el escritorio cuando liberaron el edificio: «volví a la oficina para publicarlo esta misma noche, es tan bueno que causará varios estragos en la madrugada. Te robé el crédito y lo firmé yo mismo. Tienes tanto que perder y no podía hacerte eso, amigo».

El centro de comunicación móvil de la junta gubernamental estuvo aparcado enfrente durante muchos días después de la tragedia, como un recordatorio sutil y siniestro de que ellos todo lo miran.

Mi vida entonces se volvió esta culpa de años que puedes ver, así que te pregunto nuevamente: ¿estás seguro de que quieres publicar esto, muchacho?


CONCHA CARIAS

Después del divorcio, Nina se quedó con su hijo.

Y volvió a hacer lo que había hecho toda su vida: hacerse responsable de todo.

Si su hijo sacaba buenas notas, respiraba y si suspendía, se preguntaba qué había hecho mal ella.

Había aprendido demasiado pronto que el amor podía depender de los resultados. De ser útil. De no dar problemas. De aguantar.

Así que volvió a exigirse. Adelgazó.

Mucho.

Se le cerró el estómago por las exigencias que ella se marcaba, pensando en automático que todos los que la rodean la juzgaban mal.

Y después llegaron los hombres.

Uno, otro, otro… Parejas que no superaban los tres meses.

Al principio había ilusión. Después aparecía el miedo. Después alguna grieta. Y finalmente el final.

Nina empezó a pensar que quizá el problema era ella, que, aún superviviente vivía rota desde su infancia.

Tras pasar por más de una docena de psiquiatras, otros tantos de psicólogos, acudió, recomendada por un amigo de su ex marido, a un médico especializado en trastorno afectivo bipolar.

El médico habló con ella, hizo preguntas y puso nombre a cosas que Nina llevaba años intentando comprender.

Después llegaron los medicamentos. Varias pastillas:

Una para esto, otra para aquello, otra para evitar que el estado de ánimo se disparara, varias para dormir y un antipsicótico… esa la hizo ralentizar su vida, tanto que en menos de un año el efecto secundario del sobrepeso la empujó a diez kilos de exceso.

El tratamiento era para que no saliera de sus límites, como cuando te quitan un hueco para aparcar que la gente se mosquea y manifiesta su desacuerdo, a veces a grito pelado… Algo tan humano el médico lo desaprobaba. Ella casi debía darle las gracias al infame ladrón y abandonar el sitio deseando un buen día.

Por la noche Nina las miraba sobre la mesa, pequeñas, blancas, en fila para la toma.

Pensaba que quizá aquellas pastillas eran las pequeñas piedras que alguien estaba colocando en el camino para que el péndulo dejara de golpear las paredes.

Y durante un tiempo funcionó.

Ya no subía tan alto. Ya no caía tan bajo. Pero tampoco sabía muy bien dónde estaba ella.

Un día leyó algo que se le quedó clavado.

Decía que las personas con trastorno bipolar podían hacer sufrir a sus parejas. Que mantener una relación con alguien cuya estabilidad podía cambiar era como caminar sobre un campo de minas.

Nina cerró la pantalla.

La palabra que se le quedó dentro no fue bipolar. Fue egoísta, egoísta, egoísta… Aquella palabra empezó a crecer dentro de ella.

Quizá amar era hacer daño.

Quizá enamorarse de Nina era condenar a otra persona a caminar sobre un campo de minas.

Quizá lo más responsable era no volver a querer a nadie.

Así que Nina empezó a retirarse.

Primero dejó el gimnasio. Después las asociaciones de igualdad de la mujer. Luego las conferencias de pintura. Después el senderismo.

También dejaron de existir aquellos pequeños viajes de verano a Galicia.

No hubo una decisión solemne. No cerró una puerta de golpe. Simplemente un día no fue y al siguiente tampoco.

Y después dejó de recordar cuándo había sido la última vez.

Su mundo fue haciéndose pequeño sin que ella se diera cuenta.

La calle se convirtió en algo incómodo. El pueblo, en un escenario lleno de fantasmas.

Le preocupaba encontrarse con antiguos compañeros.No quería que la miraran. No quería preguntas. No quería explicar por qué ya no era aquella mujer que habían conocido.

Así que algunas mañanas buscaba un centro comercial. No porque le gustara. Iba para caminar para estar entre personas sin tener que hablar con ellas.

Allí nadie sabía quién era. Nadie conocía sus oposiciones. Nadie sabía dónde había trabajado. Nadie sabía cuántas veces había adelgazado. Nadie sabía cuántas veces había vuelto a empezar.

Podía ser simplemente una mujer caminando despacio entre escaparates y eso bastaba.

En verano era todavía peor. Las tardes no terminaban. El calor golpeaba las persianas.

Nina se metía en la cama y encendía el ventilador. Temia la factura de la luz, usando toda la tarde el aire acondicionado.

A veces permanecía allí durante horas. Miraba el techo.El ventilador giraba.

Una vuelta, otra, otra.

Y Nina pensaba que aquello también era un péndulo.

Pero este péndulo no iba de la euforia a la tristeza.

Iba de un día idéntico a otro.

Antes tenía demasiado miedo de caer. Ahora tenía miedo de moverse.

Ya casi no leía, escribía poco y eso era quizá lo que más le dolía.

Porque escribir había sido una forma de demostrar que todavía existía una Nina debajo de todas las capas.

Pero incluso para escribir este relato había tenido que pedir ayuda.

Una máquina estaba poniendo palabras donde ella ya no encontraba fuerzas para colocarlas.

Y, sin embargo, mientras veía aparecer aquellas palabras en la pantalla, Nina sintió algo extraño.

No era felicidad. Ni esperanza.

Era algo mucho más pequeño: una resistencia. Porque alguien que ha renunciado completamente a sí mismo no suele intentar contar su historia.

Nina sí.

Aunque necesitara ayuda. Aunque no supiera cómo terminarla. Aunque algunas tardes no pudiera levantarse de la cama. Aunque hubiera dejado atrás el gimnasio, la pintura, el senderismo, Galicia y tantas otras cosas que alguna vez habían llenado sus días.

Seguía aquí.

Y quizá esa era la parte de su historia que todavía no había comprendido.

Durante toda su vida había confundido estar viva con ser fuerte.

Había creído que vivir era trabajar, aprobar, adelgazar, cuidar, amar, proteger, luchar, aguantar.

Ahora estaba aprendiendo algo mucho más difícil: que también podía existir sin estar demostrando constantemente que merecía existir.

El péndulo seguía allí. No había desaparecido.

Pero quizá Nina no necesitaba destruirlo. Quizá solo necesitaba aprender a vivir mientras se movía.

Una tarde apagó el ventilador. El silencio le pareció enorme.

Se levantó. Abrió la ventana. Entró un poco de aire caliente. No era mucho, pero era aire de fuera.

Nina permaneció allí unos segundos, cogió una libreta.bLa abrió por la primera página y escribió una sola frase:

“Todavía no sé cómo termina mi historia.”

Se quedó mirando aquellas palabras.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no le pareció una derrota.

Le pareció una posibilidad.

FIN

ANGY DEL TORO

Tantas vueltas no son buenas.

¿Y esto qué es?

«Lo mismo con lo mismo». —respondí.

Hay decisiones que no dan tregua: o «lo tomas o lo dejas». —pensé.

También las balanceas…

Un «sí, definitivo» no mata a nadie, compadre. Suelta la cadena al mono, que ya no da más.

Los días pasaban y todo continuaba igual. Perdí los estribos y al ruedo salí. Aterriza. Dale, «baja de esa nube» —insistí.

Al siguiente día regresé con mi diálogo interior:

—¿Sabes algo? Bueno, mejor ni hablamos más del asunto.

Y me fui allá, «donde el diablo dio las tres voces». No quería que nadie me hablara.

Allí estuve un buen tiempo, pero igual tendría, en algún momento que regresar.

Aún estaba lejos cuando silbando les escuché.

—¿Pero ustedes están aquí de nuevo? —dije, conteniendo mi enfado.

Y ellos, ahí, en sus trece. Viendo el tiempo pasar, como péndulo, girando lento.

Mientras tanto, continúo en mis andares, y bien molesto. En realidad, les confieso que ando como «perro que se muerde la cola», esperando a que la Tierra pare de girar.

Después escucho un «Bueno, quizás».

Y cuando por fin parece haber decidido, aparece la puñetera frasecita: el pero….

Nada, que «siempre hay un pero».

Eso no es indecisión. ¡Qué va! Eso es como el trompo, que da vueltas sin parar.

De una parte: lo que ellos imaginan.

De la otra: lo que alguien quiera hacer.

Y yo, aquí, en el universo, y en su mismísimo centro. Esperando a que otros, por mí decidan.

Hasta que comprendí que el problema no era el péndulo, ni el trompo, ni el perro, ni siquiera el caracol.

El problema era que llevaba demasiado tiempo en espera de que el movimiento dejara de repetirse, entonces, y, solo entonces…

decidiría lo que era mejor para mí.

Pero hay momentos en que seguir pensando, ya no es prudencia. Es simplemente… el continuar «dándole vueltas al caracol».

Anamé, la voz de mi alma.

PRESEN RODRÍGUEZ

(El péndulo)

Hoy es mi primera visita con el psiquiatra. Me lo recomendó mi amiga Ester. No sé qué me dijo de un péndulo y de una cuenta atrás regresiva. He llegado a la consulta pronto y, sinceramente, estoy pensando en irme a casa.

Lo del péndulo no lo tengo claro. Me da un poco de miedo.

¿Y si vuelvo al pasado y no regreso?

Miro el reloj de la sala de espera. Faltan cinco minutos.

—Cinco minutos para arrepentirme —murmuro.

En ese momento, la puerta se abre.

—¿Señora Luisa?

Levanto la cabeza.

—Sí.

—Puede pasar.

Entro despacio. El psiquiatra señala un sillón y, detrás de él, veo algo que me hiela la sangre: un péndulo colgado del techo.

—¿Eso es lo que creo que es?

El hombre sonríe.

—Depende de lo que crea que es.

—Pues un péndulo. Yo venía por ansiedad, no para que me mandaran a otra época.

Se ríe.

—No se preocupe. No vamos a viajar en el tiempo.

—Eso mismo diría alguien que quiere hacerme viajar en el tiempo.

Se sienta frente a mí y pone un pequeño reloj sobre la mesa.

—Solo quiero que cierre los ojos, respire profundamente y siga el movimiento del péndulo.

El péndulo comienza a oscilar.

Derecha.

Izquierda.

Derecha.

Izquierda.

Su voz se vuelve cada vez más lejana.

—Cuando llegue a cero, estará completamente relajada.

Cierro los ojos.

Diez…

Nueve…

Ocho…

Siete…

Siento un escalofrío.

Seis…

Cinco…

Cuatro…

Tres…

Dos…

Uno.

Abro los ojos.

El psiquiatra ya no está delante de mí.

Estoy en una habitación pequeña.

Una niña está sentada en el suelo, abrazando una muñeca.

La miro.

Ella me mira a mí.

Y entonces comprendo.

Es mi habitación.

Y la niña…

soy yo.

La pequeña se levanta lentamente.

—¿Quién eres?

No sé qué responder.

Entonces sonríe.

—¿Has venido a decirme que todo va a salir bien?

Trago saliva.

Y por primera vez en muchos años, me siento junto a ella.

—No exactamente —le digo—. He venido a buscarte.

La niña me coge de la mano.

Y en algún lugar, muy lejos, escucho una voz:

—¡Luisa! ¡Luisa! ¡Despierte!

Abro los ojos de golpe.

El psiquiatra está frente a mí.

El péndulo se ha detenido.

—¿Dónde estaba? —pregunto.

Él sonríe.

—Donde necesitaba estar.

Miro mis manos.

En una de ellas tengo algo que antes no tenía.

Una pequeña muñeca de trapo.

Entonces comprendo que quizá aquel viaje sí había sido real.

Pero hay algo que me preocupa mucho más.

El péndulo sigue moviéndose.

Y esta vez… nadie lo está empujando.

Simplemente Presen.

MARIO NÚÑEZ

En la plaza principal de Maldonado, un amanecer, el guardia de la Jefatura de Policía descubrió el péndulo.

Pensó que estaba viendo mal por la densa niebla del invierno más húmedo y frío de los últimos años.

Pero allí está.

Elegante, bamboleante como todos los péndulos.

Su lenteja es un disco de bronce muy pulido, grabado con extraños caracteres. Lo curioso es que, cuando la lenteja oscila hacia su mayor amplitud, puede leerse claramente en letras tornasoladas de color canela: “Fabricado aquí, en el eón III, año 2099 del antiguo calendario occidental”.

En el otro extremo de su amplitud, aparece un anuncio diferente.

Cuando el péndulo pasa por su punto de equilibrio, al llegar a su vertical parece detenerse, y advierte “¡Peligro! No tocar ni detener este dispositivo”, y retoma la marcha.

El policía asombrado ante aquella visión avisa a la oficina de guardia, y solicita permiso para inspeccionar aquello.

La oficial al mando le niega el pase; calza su gorra reglamentaria, toma su celular y cruza hacia el objeto, dispuesta a inspeccionar y registrar con su rostro en modo selfie al costado del objeto, el video que seguramente se volverá viral en Tik Tok.

La oficial observa el péndulo, sigue la cadena que lo suspende, sube su recorrido con la mirada hasta … ningún lugar. La cadena simplemente desaparece en la neblina matinal.

Ante los ojos atónitos de la oficial, y de unos curiosos que se acercaron – un barrendero, una parejita de adolescentes que cruzaban rumbo al liceo, un borracho muy ebrio que se bambolea, el péndulo emite una y otra vez sus mensajes.

Ninguno entiende lo de la fecha de fabricación ni la advertencia.

La oficial se persigna buscando la cruz de la Catedral, que no ve, pero sabe que está en esa dirección. Al otro lado de la calle, el policía de guardia repite la señal en cruz de su jefa, en incuestionable acto de servicio.

El punto de equilibrio explica en cada cruce, la misma advertencia: “¡Peligro! No tocar ni detener este dispositivo”.

En el extremo de los anuncios, la señal indica “Cristales de la felicidad, estallan e inmovilizan”.

De inmediato, se escucha un estruendo detrás de la plaza: toda la carga de un camión repartidor de cerveza cae de costado sobre un coche y una moto estacionados, que quedan rodeados y cubiertos de vidrios rotos, líquido dorado y mucha espuma esparcidos por alrededor; mientras los azorados espectadores del péndulo no atinan a reaccionar.

El péndulo completa otro movimiento basculante, y anuncia: “la furia de ruido y luz sacude el centro de la fe”.

De entre la niebla, surge un estruendo aterrador.

Un pulso combinado de trueno y electricidad estallando, estremecen el pararrayos del campanario de la Catedral y sacuden la plaza, provocando la estampida de pájaros, de quienes y observan el desastre de botellas rotas y cerveza derramada, de la gente que circula por el lugar y los espectadores; huyen todos en diferentes direcciones.

Bueno, todos no. Queda el ebrio trasnochado.

Sus piernas no responden al impulso de huir, así que se queda. En balbuceo de alto octanaje, maldice: “desde que apareció esta mierda, todo es un desastre”.

Se saca su gorra e intenta golpear el péndulo.

El objeto parece esquivarlo. Pero el cuerpo del beodo sigue el envión de su gorra, y cae sobre el péndulo. Su instinto de equilibrio – lo que queda de él – le hace aferrarse en la caída, abrazando la lenteja que finalmente, con un temblor suave en su cadena, se detiene.

La advertencia fue desoída, y todo termina.

L’IDIOT

El péndulo.

Nunca supo expresar con palabras lo que sentía. Armaba frases en su cabeza, las repasaba camino a verla, pero, cuando por fin la tenía enfrente, las palabras se le desarmaban. Por eso, aquella tarde no dijo nada. Solo puso la canción.

La voz de Luis Miguel llenó el cuarto con «El Reloj», esa vieja canción del tiempo que no alcanza, que se detiene, que se vuelve cómplice de los amantes.

Ella escuchó en silencio, con los ojos cerrados. Cuando terminó la última nota, sonrió de una manera que él no supo descifrar.

—Me diste una idea —dijo ella—. Una idea preciosa.

Él rio, sin entender.

Ella no explicó nada. Se despidió con un beso corto, de esos que sabía dar para dejarlo pensando en el próximo, y se fue.

En el siguiente encuentro llegó cargando algo envuelto en una manta. Él la ayudó a subir y, cuando ella destapó el bulto, apareció ante sus ojos un viejo reloj de péndulo de madera oscura.

—¿Y esto? —preguntó.

Ella no respondió. Lo colocó junto a la cama. Después caminó hasta la puerta, la cerró despacio y regresó hasta el artefacto.

Con dos dedos detuvo el vaivén.

—Ya está. Esta noche va a durar lo que nosotros queramos.

Él rio con esa misma risa tierna con la que siempre recibía sus locuras poéticas, esas ideas que a cualquier otro le habrían parecido ridículas y que a él le parecían la cosa más hermosa del mundo.

Y se quedó allí, entre sus brazos, dejándose llevar por el juego.

Los minutos se sintieron como días. Las horas, como años. Hubo momentos en que a él le pareció que llevaban allí encerrados siglos enteros, una vida completa, mientras afuera el mundo seguía girando ajeno a su secreto.

Se amaban a escondidas. Un amor grande, de esos que no pueden decirse en voz alta. Un amor condenado a encuentros breves, robados, aprovechando los diminutos huecos de tiempo que la vida les permitía compartir sin levantar sospechas.

Por eso cada minuto pesaba tanto.

Cuando por fin decidieron salir, regresar cada uno a su mundo, a las personas que no debían saber, él miró el péndulo. Quería saber cuánto tiempo habían logrado robarle al mundo.

La misma hora en que habían entrado.

Todo había ocurrido dentro de un instante que el mundo de afuera ni siquiera había registrado. El péndulo permanecía inmóvil.

—Trajiste un reloj roto —dijo él, sonriendo con la travesura de un niño pequeño.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No. El tiempo fue nuestro. Nadie nos lo va a poder quitar, aunque para todos los demás no haya pasado nada.

Salieron de la habitación. En el vestíbulo del hotel, el gran reloj de pared marcaba la misma hora exacta, aunque la manecilla del secundario se movía sin prisa.

Él se detuvo. Miró a ella. Después a la esfera.

—No puede ser…

Ella solo sonrió.

Salieron del hotel. Frente se levantaba la vieja iglesia. En lo alto de su torre, las manecillas también señalaban ese instante congelado, idéntico al de todos los relojes que habían dejado atrás.

Se despidieron en silencio cómplice.

En la habitación del hotel, un viejo péndulo permanecía quieto, guardando la eternidad que ellos tenían permiso de vivir. El resto de los relojes continuaban su marcha

YOALCKRY OSORIO

Las almas se encuentran desequilibradas por la distancia tan intransitable que separa de forma irremediable.

Por un tiempo etéreo y casi inexistente, como algo surrealista y a veces inaudito.

El corazón no entiende de eso, de lógicas, de razonamientos, de sentidos; aniquila eso por completo.

Cuelga como un hilo invisible que los une inexorablemente, pero el orgullo lo detiene; lo vuelve inclemente.

Casi despiadado, sin humanidad, ¿es un ángel? ¿encarnado en cuerpo de Semi-Dios .?

Oscila de un lado con esa incontrolable cabellera de ébano con la que el viento juega, y lo eleva como una figura esotérica con esa piel bronceada por el sol.

Es irresistiblemente armónico cuando sonríe; se crea un magnetismo indescifrable, un misterio que envuelve sutilmente, descaradamente.

Fuente de energía cuando camina, abruma todo a su paso.

Un escape absoluto de los sentidos cuando lo piensas y observas como si fuese un abismo que atrae.

No indica cuándo se marcha; su sola ausencia se siente.

Esa voz se convierte en un delirio constante. Se sufre.

Quisieras escucharla siempre para no perder el norte de la vida.

Complica el alma , el espiritu .

No concilia el sueño por tantos recuerdos, pensamientos y deseos.

Fantasia que pudieran cobrar vida.

No existe escapatoria cuando se menciona; todo se transforma de forma inolvidable. Todo cobra vida.

Como si el tiempo nunca hubiese pasado y se detuviese y todo fuese igual.

A ambos les cambió la vida para siempre; las circunstancias los alejaron, pero de un momento a otro se encontraron.

Ahora es difícil reordenar la vida; la rutina sigue consumiendo la vida, pero lo peor es el orgullo.

Si todo fuese como al principio. Con esas ráfagas de miradas que los dejaban sin aliento, los llevaba al desespero, a la agonía de la juventud que pensaron jamás pasaría, y se escapó como agua entre los dedos.

Cuando llueve es un recordatorio de todo eso .

La lluvia insiste .

El paisaje a veces oscurece y es de dolor.

Los pensamientos cusan una fricción agotante por el constante olvido al que se han sometido

y no seguirse haciendo daño .

La hora del encuentro quizás esté escrita , si no es en esta vida puede ser en la otra .

Y ahi estarán para encontrarse de nuevo !

Brasil 16-08-2026

BLANCA CERRUTI

EL OSCURO RELOJ DE PIE

Cuando la tía Camila murió, Celina heredó su casa. Lo primero que hizo fue cambiar los macizos muebles por otros de estilo minimalista, pero el oscuro reloj de pie lo conservó en el rincón del salón donde siempre había estado. Con el piso ya a su gusto, por fin, esta mañana ha ido al cementerio y se ha acercado al campo del columbario…

Cuando regresa, se prepara una infusión y se sienta en el salón a tomársela. Entre sorbo y sorbo va recordando su infancia.

A sus cuatro años recién cumplidos, se quedó huérfana. Su tía Camila, soltera, era su única familia y la acogió en su casa, pero no en su vida.

Era una persona seca y estricta que no la dejaba levantar la voz y menos aún corretear por el pasillo. Casi todos los días encontraba un motivo para regañarla. Pero lo que de verdad la tenía aterrorizada, era cuando la cogía de la mano y la arrastraba hasta delante del oscuro reloj de pie, abría la puerta de la caja y, señalándole el péndulo, le decía con su voz rasposa: «¡Escúchame bien, Celina, si me molestas te meteré ahí!; ¿ves cómo se mueve el péndulo? Su disco te arañará la cabeza una y otra vez y te hará una herida; la sangre te caerá por toda la cara y luego el médico te coserá la herida con una aguja».

Aunque nunca llegó a ocurrir, la amenaza de su tía le producía horribles pesadillas. En sus sueños, veía al reloj deslizarse silenciosamente por el suelo hasta llegar a su cama; veía abrirse la puerta de la caja y escuchar al péndulo decirle: «¡Si molestas a la tía Camila te meterá aquí, te meterá aquí! y te arañaré la cabeza». Entonces se despertaba gritando y, temiendo que su tía la hubiera oído, se tapaba hasta la cabeza y volvía a dormirse llorando.

Celina abandona sus recuerdos. Se termina la infusión y sonríe. Se levanta, se acerca al oscuro reloj de pie y, con voz alta y clara dice: «¡Por fin he superado el terror que me infundiste con el péndulo de tu oscuro reloj de pie, se acabaron las pesadillas!

¡Qué ironía, tía Camila!, jamás lo hubieras pensado, pero resulta que eres tú la que está dentro de la caja de tu querido reloj de pie, y la que va a sentir el chirrido del disco del péndulo rozando la urna de tus cenizas…

Blanca Cerruti

MARA SERBIA

La danza de los péndulos

Vamos y venimos.

Nos acercamos y nos alejamos.

Esperamos y desesperamos.

Recordamos y olvidamos.

Amamos y dejamos de amar.

Comenzamos y terminamos.

Como el péndulo de aquel reloj antiguo que, con su movimiento incansable, marcaba los segundos: de un lado al otro, de un lado al otro. Sin detenerse. Sin saber si avanza o regresa.

Quizás así vivimos.

Oscilando entre opuestos: entre la alegría y la tristeza, entre el amor y el desamor, entre la esperanza y el desencanto, entre querer quedarnos y necesitar marcharnos. A veces avanzamos convencidos; otras, retrocedemos llenos de dudas.

De un lado al otro.

Su compás marca el ritmo. Como un metrónomo que acompaña la música, nos recuerda que todo tiene una cadencia. Hay días que caminamos deprisa y otros en que apenas podemos dar un paso. Hay momentos en que queremos que el tiempo corra y otros en que daríamos cualquier cosa por detenerlo.

Pero el tiempo no se detiene.

Ni siquiera cuando nosotros lo hacemos.

Un péndulo puede hipnotizar con su movimiento repetido. Otro puede intentar encontrar respuestas donde la ciencia no las encuentra. Otro puede demostrar, con su oscilación, que la Tierra gira, aunque nuestros pies permanezcan quietos.

Creemos que estamos inmóviles porque no nos movemos de nuestro sitio. Porque dejamos de buscar. Porque esperamos. Porque nos quedamos mirando hacia atrás.

Pero nada permanece quieto.

Mientras nosotros dudamos, la vida avanza.

Mientras nosotros lloramos, el mundo continúa.

Mientras nosotros esperamos que algo cambie, la Tierra sigue girando.

De un lado al otro.

De ayer a hoy.

De hoy a mañana.

De lo que fuimos a lo que todavía somos.

La vida puede que sea eso: un vaivén constante que nos lleva de un extremo al otro, marcando nuestros tiempos, nuestros ritmos, nuestras pérdidas y nuestros comienzos.

Y cuando creemos que por fin hemos encontrado el equilibrio, descubrimos que el equilibrio no es quedarse quietos. Consiste en aprender a oscilar.

Como el movimiento de las caderas:

de aquí pa’ allá, de allá pa’ acá.

Porque podemos detenernos nosotros.

El mundo no. El mundo continúa girando.

EMILIANO HEREDIA

VENGO A BUSCARTE

Un cristo del sagrado corazón, con un dorado apagado, debajo de la mirilla de bronce.

En una puerta penitente color marrón multicapa anualmente.

La entrada huele a alcanfor, a cirio consumido, de dos abrigos colgados de un perchero de patas de ciervo, de un altarcito de la virgen de la esperanza.

Un cuadro de una escena de caza, podencos asediando a un ciervo.

Espejo dorado con calvas.

Suelo hidráulico, ajedrezado, en los pasillos que dan a las estancias de la casa.

La cocina, el olor a humedad se ha hecho amante del olor a Vim amoniacado.

Las cucarachas, exploran las grietas en busca de restos de comida ya digerida y excretada.

Tic.

Plic

Tac.

Plic.

Tic.

Plic.

Tac.

Al grifo de la pila de la cocina se le fugan las gotas de agua.

El reloj de péndulo del salón comedor marca el ritmo de un vals con las gotas.

Los platos, los vasos y las tazas duralex color topacio duermen en el mueble verde de la cocina.

Los platos, los vasos y las tazas de Santa Clara dormitan en el aparador del salón comedor.

Los cuchillos, las cucharas y los tenedores, reposan en la cubertera de uno de los cajones del mueble verde de la cocina.

Los cuchillos de carne, pescado y postre, las cucharas para sopa, café, y postre, los tenedores de carne, pescado y postre, escoltados por sus mayores, para servir, con su traje de plata, reposan en un estuche de terciopelo azul marengo en el aparador del salón comedor.

Las servilletas de tergal. dobladas en triangulo en uno de los cajones del mueble verde de la cocina,

Las servilletas de hilo, de lagartera, finamente dobladas en cuatro, en uno de los cajones del aparador del salón comedor.

Tic.

Mmmmiiii

Tac.

Mmmmmiiii

Tic.

Mmmmiiii

Tac.

Mmmmmiiii.

El ritmo del péndulo se enfrenta al gemido de las ventanas añosas empujadas por la mano invisible de un viento de otoño.

Mesa para doce en el salón comedor.

Mesa para cuatro en la salita de estar.

Salón comedor, ausencia de televisor.

Sala de estar, cuatro sillas, mesa camilla con brasero eléctrico Ufesa, color rojo.

Televisor, un tapecillo de ganchillo lo corona.

Salón comedor, librería. Hijos, enciclopedia ilustrada y las obras completas de los premios nobel, comprados a plazos.

Sencillo y humilde mueble de sala de estar, con fotos en orden cronológico y en orden cromático, de recién nacidos, comuniones, servicios militares, bodas y familia.

Tic.

Gggggghhh

Tac.

Gghhhhhhh.

Tic.

Tac.

Ghhhhh.

El reloj del salón comedor acompasa la respiración agitada.

Habitación con un cuadro de un payaso que llora.

Una cama de noventa, con una colcha azul abrigándola.

Escritorio.

Papelera.

Armario.

Silla.

Ventana a la calle.

La gente y la vida pasan.

Tic.

¡eh!.

Tac.

¡piiii!

Tic.

¡hola!.

Tac.

Adiós.

Habitación pequeña.

Cama plegable.

Estantería con hambre de libros.

Armario de ocasiones.

Vistas al patio interior del edificio.

Tic.

¡Manoli!.

Tac.

Noticias

Tic

A cenar.

Tac.

Habitación de matrimonio.

Cristo coronando la cabecera de caoba de la cama.

Armario ropero de cuatro puertas.

Olor a medicina.

Reloj despertador.

Tic.

Fsssss

Tac.

Fssssss.

Tic.

Fssssss-

Tac.

Las sabanas se agitan como velas en temporal.

¡Dong!, ¡Dong!,!ong!,!dong!,!Dong!,!dong!,!Dong!,!dong,! Dong!

El reloj de salón comedor marca las nueve de la noche.

Las farolas de la calle se encienden.

Vengo a buscarte.

¡Mama!.

Polvo eres y en polvo te convertirás.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Tic…………………………………………………………………………………………………………………………………

Fin

Emiliano Heredia Jurado

FRAN KMIL

El péndulo.

La silla permaneció frente al mismo pedazo de pared despintado por los años, mirando al lugar que alguna vez había ocupado el reloj de péndulo. Era una silla de caoba, de respaldo alto, adornada con dibujos en relieve y patas torneadas. Hacía juego con la madera oscura del reloj y con los antiguos muebles que durante tantos años habían llenado la casa.

Rosa lo vendió todo. Todo, menos la silla.

En ella se sentaba el abuelo, siempre con la mirada fija en el movimiento acompasado del péndulo. Cada desplazamiento era un avance hacia el pasado. Las manecillas caminaban hacia adelante, pero el abuelo iba hacia atrás, hacia aquellos días en que la abuela todavía estaba.

Rosa, en cambio, estaba enferma de modernidad. Lo viejo le molestaba. Le parecía una carga, una acumulación inútil de cosas que ya no tenían lugar en el mundo. Para ella, conservar era quedarse atrás. Había que renovar, reemplazar, desprenderse de todo aquello que oliera a pasado.

Pero la modernidad se parece a una hiedra: crece, se enreda y termina cubriendo lo que encuentra a su paso. Poco a poco oculta las paredes, los muebles, las fotografías, los nombres y las historias. Y aquello que dejamos de ver termina también por dejar de existir en nuestra memoria.

Solo quedó la silla.

Años después, Alcide se sentó allí, frente a la pared desnuda, donde ya no estaba el reloj. No había péndulo que marcara el tiempo ni manecillas que señalaran el camino de regreso. Y, sin embargo, Alcide afirmó que al sentarse en aquella silla sintió que algo comenzaba a moverse. Creyó ver al abuelo sentado frente a él, con los ojos puestos en un péndulo que ya no existía. Después apareció la abuela, Alcide los contempló en silencio y comprendió que el tiempo a veces se esconde en los objetos que sobrevivieron.

Rosa no había podido venderla.

O tal vez sabía que mientras alguien volviera a sentarse en ella, el pasado todavía tendría un lugar donde regresar.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Entré en una tienda esotérica buscando incienso porque había decidido darle a la casa un ambiente más zen. Salí con siete velas, una piedra que supuestamente atraía la abundancia, un saquito de lavanda, un libro sobre energías y un péndulo.

No sé qué pasó.

Debe de ser que esas tiendas tienen un campo magnético que embrujan y te hacen sacar la tarjeta de crédito.

El péndulo era precioso. Una cadenita fina con una pieza metálica terminada en punta.

La dependienta me explicó:

—Sirve para hacer preguntas y obtener respuestas.

Yo asentí muy seria.

—¿De verdad?

—Sí. Hay que calibrarlo primero.

Aquello me pareció una cosa muy profesional.

Llegué a casa, puse el péndulo sobre la mesa y decidí hacer mi primera consulta.

—¿La respuesta «sí» será circular?

El péndulo empezó a girar.

—¿Y el «no» será de lado a lado?

Se balanceó.

—Perfecto.

Aquello empezaba a ponerse interesante.

Mi marido apareció por la cocina.

—¿Qué haces?

—Preguntándole cosas al péndulo.

Me miró.

Miró el péndulo.

Me volvió a mirar.

—¿Y qué te dice?

—Todavía no lo sé.

—Pues pregúntale si voy a cenar.

—No seas tonto.

—Pregúntaselo.

Le pregunté.

El péndulo no se movió.

Mi marido sonrió.

—¿Ves? No sabe nada.

—¡Cállate!

—Pregúntale si mañana voy a trabajar.

El péndulo empezó a moverse.

—¡Mira!

—Eso es porque lo estás moviendo tú.

—¿Cómo voy a moverlo yo?

—Con la mano.

—Pues claro que lo sujeto con la mano.

—Entonces ya tienes la respuesta.

A partir de ese momento decidí que el péndulo no iba a ser objeto de debate familiar.

Lo escondí.

Pero al día siguiente lo saqué.

Tenía preguntas.

Preguntas importantes.

—¿Debo adelgazar?

El péndulo giró.

—¿Sí?

Giró más.

—¿Mucho?

Empezó a girar como si quisiera atravesar la mesa.

—¡Qué necesidad de exagerar!

Decidí hacer otra pregunta.

—¿Me queda bien este vestido?

Nada.

—¿No?

Nada.

—¿No quieres contestar?

Nada.

—¿Te parece que estoy gorda?

Nada.

—¿Estás insinuando que sí?

Nada.

—¡Pues menudo trasto estás echo!

Lo guardé en un cajón.

A los diez minutos lo volví a sacar.

Porque una puede perder la dignidad, pero no la curiosidad.

Empecé a utilizarlo para cosas cada vez más absurdas.

—¿Debo comprarme los zapatos que he visto en el escaparate de la tienda junto al Mercadona?

Movimiento.

—¿Aunque tenga veinte pares?

Movimiento.

—¿Aunque estén rebajados solo un treinta por ciento?

Movimiento.

—¿Aunque no tenga ropa que combine con ellos?

Movimiento.

—¿Me los estás recomendando?

Movimiento.

Compré los zapatos.

Cuando llegué a casa, mi marido los vio.

—¿Cuánto?

—Estaban rebajados.

—¿Cuánto?

—No es eso.

—¿Cuánto?

—El péndulo dijo que sí.

Se quedó callado.

—¿Ahora compras zapatos porque te lo dice una cadenita?

—No es una cadenita. Es un instrumento de radiestesia.

—Es una cadenita con una punta.

—No entiendes estas cosas.

—No. Yo compro unos calcetines y me los pongo.

Aquella noche decidí consultar algo realmente importante.

—¿Hay vida extraterrestre?

El péndulo giró.

—¿Sí?

Giró.

—¿Y están aquí?

Giró.

—¿Me están observando?

Giró.

Me quedé helada.

—¿Desde cuándo?

Giró.

—¿Son muchos?

Giró.

—¿Viven en mi barrio?

Giró.

Entonces escuché un ruido en el balcón.

Solté el péndulo sobresaltada.

Era el gato del vecino.

—¡Casi me matas! Le grité.

El gato me miró desde la barandilla con una expresión que decía claramente: «La loca del tercero».

Desde entonces empecé a sospechar que quizá el péndulo no era tan fiable como parecía.

Pero ya estaba enganchada.

Una tarde decidí preguntarle por mi futuro sentimental.

—¿Voy a enamorarme otra vez?

Giró.

—¿De un hombre?

Giró.

—¿Es alto?

Giró.

—¿Guapo?

Se detuvo.

—Bueno.

Volví a preguntar.

—¿Tiene pelo?

Silencio.

—¿No?

Silencio.

—¿Es calvo?

Movimiento.

—¡Vaya!

Mi marido estaba viendo la televisión desde el sofá.

—¿Qué haces?

—Nada.

—¿Otra vez con el péndulo?

—Estoy investigando.

—Pues pregúntale quién va a ganar el partido.

Se lo pregunté.

El péndulo giró.

—¿Mi marido?

Giró.

—¿Tú?

Giró.

—¿Yo?

Giró.

—¿El árbitro?

Giró.

—¿Entonces qué narices sabes?

El péndulo siguió girando.

Mi marido empezó a reírse.

—Te está tomando el pelo.

—No puede tomarme el pelo. No tiene.

Aquello me hizo pensar.

Quizá el problema era que yo hacía demasiadas preguntas.

Así que decidí establecer unas normas.

Primera: no preguntar nada que pudiera comprobarse fácilmente.

Segunda: no consultarlo después de beber vino.

Tercera: no utilizarlo para decidir compras.

Cuarta: jamás preguntarle por mi peso.

La cuarta norma duró exactamente tres días.

Una mañana, después de desayunar dos tostadas con aceite, tres galletas y algo que había empezado siendo un yogur, terminó convertido en una especie de postre de emergencia, cogí el péndulo.

—¿He engordado?

Quieto.

—¿Seguro?

Quieto.

—¿La báscula está rota?

Quieto.

—¿El vestido ha encogido?

Quieto.

—¿La ropa me odia?

El péndulo empezó a moverse.

—¡Lo sabía!

Desde aquel día tuve una relación complicada con él.

Lo llevaba en el bolso.

Lo sacaba en restaurantes.

Lo consultaba antes de elegir postre.

—¿Tarta de queso?

Movimiento.

—¿Tiramisú?

Movimiento.

—¿Fruta?

Quieto.

—¿En serio?

Nada.

—¿Quién eres tú para juzgarme?

Movimiento.

En una ocasión lo saqué en casa de una amiga, donde habíamos quedado el grupo.

Las chicas estaban fascinadas.

Sonriendo le dije a la anfitriona.

—¡Hazme una pregunta!

—Vale.

Preparé el péndulo.

—¿Voy a conocer a alguien?

Giró.

—¿Pronto?

Giró.

—¿Este año?

Giró.

—¿Será guapo?

Giró.

—¿Será rico?

Se detuvo.

—Bueno, tampoco hay que pedir milagros.

Aquello se convirtió en una especie de tertulia.

Una preguntaba por el amor.

Otra por el trabajo.

Otra por el dinero.

Una cuarta quiso saber si su cuñada hablaba mal de ella.

El péndulo empezó a girar.

—¡Lo sabía!

—¿Mucho?

Giró.

—¿Y desde cuándo?

Giró.

—¿Y qué dice?

Giró.

—¿Cosas malas?

Giró.

—¿Y de mí?

Se quedó quieto.

Nos miramos las cuatro.

—¿Qué significa eso?

Nadie respondió.

Yo guardé el péndulo.

—Se acabó la sesión.

—¿Por qué?

—Porque este cacharro acaba de adquirir demasiado poder.

Nos fuimos a merendar.

Sin consultar el péndulo.

Bueno.

Yo sí lo consulté disimuladamente en el bolso.

Para saber si pedir más café.

Giró.

Así que pedí otro.

AXY LINDA

El péndulo

—Juguemos al péndulo, ¿sí? Por favor.

—No, me fastidias con ese juego tonto. Qué gusto le tienes a que te balanceen de un lado a otro. Vamos a jugar a las muñecas.

—Está bien, pero no me gustan las muñecas. No entiendo qué quieres que haga o diga.

—Ya te he dicho que solo hagas como si fueras una mamá y le des de comer a tu hijita. Y me sigues en lo que yo diga.

Adnil accedió, como tantas veces, para complacer a su hermana, aunque al hacerlo sentía que dejaba de ser ella misma.

Creció cediendo a lo que los demás esperaban de ella.

Se casó y tuvo un hijo que se balanceaba de un lado a otro. Al verlo, se reconoció en él.

No era conveniente ser un péndulo; sabía lo que le esperaba.

Entonces comprendió que estaba en ambos extremos: alguna vez había pedido que la comprendieran y ahora era ella quien quería cambiar a quien amaba.

Miró a su hijo y dudó.

—No sé si tenía razón, cuando yo pedía que se me permitiera ser, o ahora, cuando intento anular en mi hijo su naturaleza.

El péndulo… seguía moviéndose.

Axy Linda San-Fre

CESAR TORO

El Péndulo.

El creador la puso en la cuna el péndulo se mueve sin detenerse, su madre la alimenta con leche materna y Roberta crece llena de vida e ilusión. La escuela le brinda conocimiento y amigos, en el recreo el péndulo le recuerda debe regresar a clases, el colegio y la universidad la terminan de formar, Roberta es una profesional.

Llegó el matrimonio y con él las responsabilidades, el trabajo,los hijos. Mientras ella observa el péndulo del reloj en la vieja casa de sus padres, que le dice que el tiempo sigue su curso jamás se detiene.

Pero ella cree que el tiempo es infinito y continúa postergando cosas importantes para después. Ya habrá tiempo dice.

Un buen día la visita la enfermedad, en el silencio de la habitación tendida en la cama del hospital escucha el tictac. El péndulo sigue inmisericorde contando los minutitos.

Los suyos no aparecen; por quienes tanto se sacrificó, ahora la han abandonado cada quien tiene sus ocupaciones y todos se excusan.

En la soledad de su humilde hogar Roberta cierra los ojos, mientras el viejo péndulo del tiempo continúa su incontenible rutina.

“Polvo eres y al polvo volverás”

César Toro.

AMPARO SORIETA

-El péndulo de las emociones-

Siempre le ocurre lo mismo. A la vuelta de la reunión del club de lectura, Resi pasa por el escaparate de la relojería. Allí se queda hipnotizada por aquel artilugio que va de izquierda a derecha y de derecha a izquierda con ritmo acompasado. Desconoce si ese reloj de pared está a la venta o es simplemente un elemento de decoración. Sus pupilas acompañan obnubiladas su vaivén. Esa misma tarde, Resi se da cuenta de su propio “problema”.

Sus decisiones llevan el mismo trayecto que el péndulo, van y vienen. No lo puede evitar. Piensa animada en un plan, un proyecto, un simple cambio, ese mismo día, o pocas horas después cambia de parecer, convencida de su decisión. Su otro yo, no se lo permite, casi siempre gana el yo negativo. Resi batalla todos los días contra ella misma. Un sentimiento que a veces resulta desesperante.

-Visto así, mi vida es un péndulo de emociones. Ahora sí, ahora no… ahora sí, ahora no…–susurra desmotivada.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Me encontraba encerrada entre cuatro paredes, me preguntaba una y otra vez, que ¿es lo que había sucedido? .

De momento llegaban recuerdos como flashazos, era todó tan incierto.

Recuerdo que decía siempre que mi vida oscilaba como un péndulo, que día a día mis pensamientos, se volvían más estéreos, viviendo en esa casa obscura, con uno padres en ruinas, amargados por la muerte de un hijo al que adoraban. Si mi hermano, y que se habían olvidado que tenían una hija, a la cual trataban desde entonces como una sombra.

En ese instante terrible dejé de existir para ellos. Claro que también afectó mis entrañas la partida de mi hermano, que tan solo tenía 18 años, yo con mis veinte ciclos de vida a cuestas mi vida, mi existencia se había desmoronado en gran parte, sabía que ya nada sería igual, pero jamás hubiera imaginado que mis padres me vieran cuál fantasma y me orillaran a perder la razón.

Ese pensamiento, esa sensación de vacío intermitente, había desgarrado una y otra vez mi alma, ¿que podría salvarme ahora? ellos en vez de amor me dieron olvido e indiferencia, al grado de yo misma olvidar de mi.

No había salida. En esos supuestos momentos de lucidez, no podía odiarlos, pero tampoco deseaba comprenderlos mi vida estaba perdida, acaso viviría ahora ¿solo de evocaciones?.

Que más podría hacer, fingir que todo estaba ya bien en mi interior, para salir de aquí. Para volver a esa casa que ya no era, ni sería jamás un resguardo de amor?

Mejor morir, creo que esa sería la única solución pensante que pudiera tener, mi vida ya no existe. No hay mas sueños ni deseos, sólo el averno que corroe mis entrañas, ya no hay vuelta atrás esa será la solución a mis pesares, a mis soledades, al lado oscuro de mi vida sin más sentido ya.

Ahora sería una muerte más, que más da si ya lo estaba en vida.

A nadie le hará falta mi ausencia, ni siquiera a mi misma.

JUAN C VALTIERRA

Alfombra roja

Por Juan C Valtierra

Doña Refugio olió el hielo seco antes de ver la caja: humo blanco y bajo, arrastrándose por el piso como la neblina que baja del cerro en enero. Debajo, el diesel. Debajo del diesel, el jabón Zote de las manos de Aurelio, ya no jabón sino la memoria de un jabón.

—Es él —dijo, y los perros, que ya lo sabían desde la tarde anterior, dejaron de aullar de golpe, como si también ellos necesitaran ese silencio para oír bien lo que venía.

La bajaron a puro candil, sin luz esa noche, las sombras de los hombres yendo y viniendo largas sobre el adobe con cada paso, un vaivén de sombra que a Refugio, después, le costaría sacarse de los ojos.

Junto a la caja venía una bolsa: su teléfono, la pantalla estrellada. Prendió una sola vez, con el dos por ciento de batería, y ahí estaban los catorce mensajes suyos sin leer, el último diciendo *hijo contesta aunque sea con un punto*, antes de apagarse para siempre, como una vela a la que se le acaba el pabilo a media noche.

Sacaron la alfombra del salón parroquial —la de las quinceañeras, gastada al centro— y la desenrollaron desde la puerta hasta el camino, para que no tocara tierra. Refugio caminó detrás, de huarache, el rosario encajándole marca entre los dedos, sintiendo bajo la tela las piedras de siempre, como si la tierra insistiera en tocarlo de todos modos.

En el panteón no hubo alfombra. Solo el rojo seco de los Altos, que no se enrolla ni se guarda para la próxima. El cura dijo *descanse en paz*, y ella contestó para adentro, con los dientes apretados, *cuál paz*, y nadie la oyó. No lloró ahí. Se quedó seca, como la tierra un rato después de la lluvia, antes de que le suba el olor a mojado.

Lloró esa noche, sola, a oscuras, sin gastar el poco aceite que quedaba, enrollando la alfombra para devolverla, sintiendo en la trama la sed de un muchacho al que ni conocía —le contaron que Aurelio le dio su último trago de agua bajo un mezquite, a él y a su hermana, y por eso se quedó sin nada cuando le tocó a él— y a quien no podía dejar de agradecerle con la misma boca con que lo hubiera podido maldecir.

Esa alfombra la ha enrollado catorce veces desde entonces. Siempre igual: la sacan, la despliegan, alguien la pisa, alguien la llora, la vuelven a enrollar y se la llevan para la próxima puerta. Va y viene por el pueblo como el péndulo del reloj que era del suegro de Aurelio, y antes del bisabuelo del suegro, colgado en la misma pared desde antes de que hubiera memoria: un péndulo de latón que Aurelio cuerdaba los domingos, después de misa, contando las vueltas en voz baja para no pasarse, porque decía que un reloj mal cuerdado se cansa antes de tiempo, igual que la gente.

El día que se lo llevaron, el péndulo siguió su ir y venir, ajeno, y a Refugio le pareció una crueldad que el tiempo caminara en esa casa cuando a ella ya se le había parado por dentro. Lo siguió cuerdando ella, los domingos, subida en la misma silla, contando las vueltas como las contaba él. Fue lo único que no dejó que se le muriera.

Hasta que un domingo de este año se quedó quieto a medio camino, ladeado, como un brazo cansado de saludar a alguien que nunca contesta. Lo cuerdó otra vez. Nada. Y ahí sí lloró como no había llorado ni en el entierro, sentada en el suelo frente al reloj parado, porque ese pedazo de latón llevaba seis años cargando su ausencia sin quejarse, y ahora también él la dejaba sola con el tiempo detenido de a de veras.

Solo le queda un péndulo que todavía se mueve: la sombra del fresno que Aurelio sembró antes de irse la primera vez, la que va y viene despacio sobre la tierra pisoteada según camina el sol, aunque el árbol ya no crezca ni un centímetro desde hace seis años. Refugio se sienta ahí todas las tardes, con las manos vacías, seis años echando dos tortillas de más sin darse cuenta, dándoselas después a los perros, que son los únicos a los que todavía les sirve de algo su costumbre.

No cuenta ya los meses ni los aniversarios de las otras madres. Contar, aunque duela, es todavía una forma de acompañarse; cuando se deja de contar, una se queda sola de verdad. Lo que le queda es eso, nomás: la sombra que se mueve porque el sol la obliga, el reloj que ya no se mueve porque nadie más lo cuerda, y ella en medio de los dos péndulos, el que sigue y el que se paró, esperando —no ya a Aurelio— sino la hora de acostarse, que es lo único, en esta casa, que todavía llega puntual.

SILVIA RAFI GRACIA

EL MENSAJE DE CORAL

Tras andar por aquella estrecha y ondulada calle peatonal llegué a una amplia plaza con un inmenso parterre circular en el centro totalmente desprovisto de cualquier tipo de mobiliario urbano. Alrededor, a mucha distancia, habían bancos de madera encarados hacia diferentes direcciones y una frondosa variedad de árboles que otorgaba a aquella plaza un encanto muy especial.

Decidí sentarme y opté por uno de los encarados hacia el parterre, resguardado por árboles que lo rodeaban tras su respaldo y a ambos lados.

Una niña de unos cuatro años se desplazó, ignoré desde qué lugar, hasta el centro de aquel círculo, alzando de un brinco sus pies sobre un cono invertido; del cual, por su consistencia translúcida, no me había percatado de su presencia hasta ese momento. Descubrí entonces también que ese cono estaba sostenido por un filamento, también translúcido, que se alzaba y alzaba… hasta perderse en el cielo.

Y, mientras intentaba comprobar de dónde procedía, ví que comenzaba a girar, dibujando círculos en el suelo cada vez más grandes hasta bordear el límite del parterre; luego volvía a pararse en el centro y en poco rato volvía a trazar circunferencias tan perfectas como el brazo de un compás marcando el círculo.

La niña reía y reía dirigiendo la mirada hacia uno de los bancos.

» Ahora le voy a preguntar si tengo ya doce años como Laura», anunció.

Y aquel pèndulo cambió de movimiento, desplazándose, partiendo del centro, hacia uno y otro lado alternadamente.

«Ya debemos regresar a casa, Coral» , oí exclamar a mi izquierda.

Coral obedeció y se apeó del péndulo así que volvió a quedar inmovilizado en el centro.

«Mañana le preguntaré cosas que no son verdad; también me gusta que me lleve de un lado al otro; me agarro fuerte y no me caigo» me dijo al pasar por mi lado cuando se dirigía hacia su acompañante.

<<¿Era de verdad posible que el pèndulo respondiese a la voz o al pensamiento de quien subía a aquel extraño cono translúcido?>>

Oí cómo Coral y… su madre [supuse] se alejaban hacia una de las calles que convergían en aquella plaza.

Comenzaba a oscurecer.

Me levanté empujado por la curiosidad de observar de cerca aquel extraño artefacto que emulaba un péndulo. Volteé el parterre y pude comprobar que ya no quedaba nadie en aquella plaza.

Puse dentro un pie y luego el otro.

No daba crédito a lo que estaba a punto de hacer.

Con humor y asombro, a partes iguales, por mi irónico infantilismo, y no sin cierto espanto, me coloqué sobre el cono; y para mi agradable sorpresa no se movió ni un ápice, comprobando así que no había peligro de que el peso de mi cuerpo hiciese perder su equilibrio.

Aunque con incredulidad, como a buen adulto correspondía, pregunté, así «por lo bajini» y con cierta sorna, si mi nombre era Marcos, a lo cual, ante mi pasmo, el péndulo comenzó a girar en círculo.

Seguí con las preguntas [ no sabía ya bien si únicamente lo hacía por pura diversión y con la motivación de descubrir qué mecanismo lo movía, dónde estaba el truco, o si estaba entrando en una especie de embrujo que me subyugaba a seguir y seguir…]. Evitaba las preguntas con respuesta negativa, pues no sabía qué altura podía llegar a alcanzar cuando se moviese hacia ambos lados.

Todo iba bien con preguntas muy generalistas y evidentes. Pero me fuí animando con el tono de las preguntas entrando en aspectos más intimistas, más particulares, en relación a mis razonamientos, mis creencias, mis esquemas mentales, mis temores…

Y ante mi estupefacción comencé a experimentar un gran temblor por la altura que alcanzaba aquel artefacto [seguía resistiéndome a llamarle péndulo] para cada respuesta. Fui sintiendo un consecuente terror a caer al suelo de bruces y con un gran dolor de manos, brazos y piernas provocado por la tensión que acumulaba para sostenerme.

Pero lo que mayor desconcierto y estupefacción me provocó fué cerciorarme de que yo no era, en mi actitud vital, quien creía ser.

Conseguí finalmente [había entrado en bucle en mis pensamientos, uno tras otro] silenciar mi mente. El péndulo paró situándose inmovil en el centro del parterre.

Me apeé y desanduve el camino hasta el hotel donde me había hospedado. Aquella noche no pude apenas dormir. Me estuve buscando, rebuscando en mis adentros…Y me encontré, o comencé a encontrarme…Con el tiempo cambié radicalmente, me siento ahora mucho más auténtico, más cercano a mí mismo, a mi «ser».

A la mañana siguiente a aquella noche tomé el bus de regreso a mi hogar a la hora prevista. Nunca más volví a aquel lugar. Me quedé con la duda de si había sido un sueño o un hecho real, pero tampoco puse ningún esfuerzo en comprobarlo. ¡ Qué más daba ya!

Me pareció oír, dentro del bus, a mis espaldas, aquella risa de cascabel de Coral, pero cuando me giré a mirar ni ví a Coral ni había por allí ninguna niña ni nadie que se le pareciese.

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1 comentario en «El péndulo – miniconcurso de relatos»

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