Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «placer culpable». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 16 de julio!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
DAVID MERLÁN
FOLIO EN BLANCO CON TAZA, GAFAS Y PLUMA.
«Esta semana no voy a participar. Tengo que acabar el borrador de mi próxima propuesta por entregas (LAS CUATRO ESTACIONES)» pensé.
Luego, me pico la curiosidad y me dije:»—Bueno, David, a ver qué sale»
Abrí un documento en blanco para descubrir, transcurrido un buen rato, que no había escito absolutamente nada.
De repente, como por arte de magia, y cinco minutos después de pensarlo, apareció una frase. Luego otra. Después un personaje. Excasamente medio folio.
—Esto no es un relato —dije.
El personaje me miró, puso los brazos en jarras y me espetó sin miramientos:
—¡¡Menos mal que te das cuenta. Déjame ya, anda, que estaba muy tranquilo hasta que llegaste!!.
Y así fue como disfruté de mi placer culpable: pasar la tarde sin escribir nada productivo
FIN
YOLANDA PINA REY
Lo que se esconde detrás del chocolate.
He comprendido que el chocolate no es el culpable; la culpa es esa presión externa que nos impide disfrutar. Para mí, ya no hay mayor placer que comerme ese trocito, saborearlo despacio y reconciliarme conmigo misma. Porque, al final, el verdadero placer es dejar de pedir permiso para ser feliz.
MARIO JOSÉ HERRERA IBÁÑEZ
Placer culpable
Tema de la semana
Me recorrió con las manos,
como si conociera
el sentir más secreto de mi piel.
Su voz
era una melodía que nacía
de lo más lejano del silencio.
Con sus caricias cerraba mis heridas,
lentamente, con ternura y paciencia.
Me miraba
como si buscara algo perdido
en lo más triste de mis ojos.
Yo quise apagar la luz.
Ella no.
Quiso verme feliz,
aunque fuera por una vez.
Entendía los gritos de mi alma,
el frío de mi sombra,
el abismo donde vivo.
Una lágrima surcó mi rostro,
se mezcló con el sudor
y con delicadeza la limpió.
Gritamos,
hasta que nuestras almas llegaran
al éxtasis de la felicidad.
Y entonces…
el silencio volvió a ocupar la habitación
sin preguntar.
Se levantó,
me miró fijamente,
recogió sus caricias.
Las guardo.
Le pagué.
Me quedé solo.
Y volví a ser
ese cuerpo triste que cree tener un alma.
FRAN KMIL
Deseo cómplice.
Aún flotaba en el aire el olor a amor recién hecho, a olas de caricias suaves, todavía insatisfechas; a deseos clandestinos que buscaban cuerpos donde continuar.
Pero el tiempo pesaba y llamaba a la urgencia, a mantener la distancia y las apariencias y, lo más difícil, la cordura y el respeto.
El amor debía mantenerse así: a escondidas, prófugo, agazapado, esperando la oportunidad de un descuido, de una inocencia, justificándose con un «Es un viaje de trabajo. Tengo una cita con un cliente.».
Fue el acuerdo tácito para ocultar el deseo cómplice de la energía oscura que les atraía con fuerza hacia su centro y de la cual no podían salir. Ni querían.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
EL LECTOR
Hay personas que coleccionan sellos, calendarios, relojes o cualquier otra suerte de cosas sin importancia aparente.
Mi abuelo coleccionaba secretos. No los suyos, los de los demás. Lo descubrí el día de su entierro. Mientras mis tíos discutían sobre escrituras, joyas y muebles, yo recorría la casa buscando una fotografía para el recordatorio. Fue así como, en el desván, encontré aquella enorme caja de madera. Sobre la tapa aparecía escrita, con una caligrafía menuda, una sola palabra: CONFESIONES.
Dentro había ciento treinta y siete cuadernos. Todos idénticos, sin fechas ni nombres, solo con un número en el lomo. Abrí el primero. No era un diario, tampoco unas memorias. La primera frase rezaba así:
«Hoy ha venido una mujer que nunca dejó de odiar a su hermana, aunque llorase a moco tendido en su entierro.»
La segunda:
«Un cirujano asegura que, durante cuarenta años, ha preferido salvar solo a los pacientes que él consideraba amables y merecedores de su trabajo.»
La tercera:
«Hay un hombre que todos los domingos pincha las ruedas de un coche al azar para comprobar si Dios, el destino o el karma existen.»
Leí durante más de una hora sin advertir que el sol había abandonado el tragaluz del desván. Cada cuaderno reunía decenas de confesiones. Algunas eran mezquinas; otras, grotescas; unas pocas poseían una oscuridad tal que obligaban a cerrar el cuaderno y permanecer unos segundos mirando el vacío. No había nombres, ni fechas, ni lugares. Solo el pecado, desnudo.
Mi abuelo había sido notario. Ni sacerdote, ni psicólogo ni juez. Notario. No entendía entonces por qué demonios la gente le confiaba aquellas cosas. Cuando le pregunté a mi madre, frunció el ceño.
—¿Qué cuadernos?
—Los del desván.
—Ah… esas libretas. Siempre estaba escribiendo. Pensábamos que eran apuntes para una novela. Tu abuelo tenía aspiraciones de escritor.
Seguí leyéndolos durante semanas. Había algo adictivo en aquellas páginas, una atracción difícil de describir. No era morbo, era otra cosa; la sensación de vértigo al asomarse al reverso del mundo, a lo desconocido de las personas más cercanas. La grieta, el pensamiento vergonzoso, el deseo absurdo. Ese instante en que una persona deja de parecer un personaje para convertirse realmente en un ser humano. Descubrí entonces mi gran placer culpable: leer secretos.
Una noche encontré un cuaderno diferente. El ciento treinta y ocho no se parecía a los demás. El cartón estaba menos amarillento y la tinta conservaba un brillo extraño, como si hubiera sido escrita hacía apenas unas horas. Lo abrí. Solo contenía una frase:
«Mañana vendrá mi nieto.»
Sentí una punzada instantánea en la nuca. Mi abuelo llevaba muerto varias semanas.
Seguí leyendo:
«No creerá que las confesiones son reales.»
Pasé la página:
«Pero descubrirá que todos ocultamos una habitación oscura y sin ventanas.»
Otra más:
«Y cuando encuentre la suya…»
La última hoja estaba en blanco.
Pensé que era una broma. Una inquietante coincidencia. Hasta que empezaron las cartas.
La primera apareció bajo la puerta de mi casa. No llevaba sello. Solo una línea mecanografiada:
«La mujer del quinto jamás ha querido realmente a su hija no deseada. Lleva veinte años fingiendo.»
Dos días después llegó otra.
«El farmacéutico de la plaza confundió un medicamento. Eso cambió para siempre la vida de otra persona, pero nunca llegó a saberlo.»
Luego otra. Y otra. Siempre anónimas, siempre conteniendo una única confesión. Intenté ignorarlas, pero lo cierto es que esperaba el sonido del buzón con una ansiedad creciente. Necesitaba la siguiente como quien sigue una novela por entregas. Comprendí entonces que ya no me interesaban las personas; me interesaba aquello que escondían. De esta forma, empecé a observarlas de otro modo: en el supermercado, en el autobús, en las bodas… cada desconocido dejaba de ser una biografía para convertirse en un enigma. Mientras alguien reía o se lamentaba, yo me preguntaba qué frase escribiría mi abuelo debajo de su nombre, qué vergüenza silenciosa lo acompañaba o qué pensamiento jamás confiaría ni a su propia sombra.
Una madrugada me despertó el golpe metálico del buzón. Bajé descalzo. Había un sobre y dentro, una única hoja, sin firma ni fecha. Solo contenía una frase:
«Hay un hombre que cada noche espera una nueva confesión. Se convence de que lo hace para entender a los demás, cuando en realidad disfruta descubriendo que nadie es inocente, que todos guardamos al menos un oscuro secreto.»
Sentí un escalofrío. Porque era cierto, porque nadie podía saberlo y porque, mientras sostenía aquella hoja entre las manos, advertí algo que hasta entonces había pasado por alto: la frase no estaba escrita a máquina, era la letra de mi abuelo. La misma de los ciento treinta y ocho cuadernos.
Levanté la vista. La calle estaba desierta. Solo se escuchaba el zumbido lejano de una farola. Y, sin embargo, tuve la certeza, una certeza absurda, irracional y perfectamente nítida, de que alguien se alejaba despacio.
Permanecí inmóvil, con la carta aun entre las manos.
Porque comprendí que, desde el momento en que había abierto el primer cuaderno, ya no era yo quien leía las confesiones.
Alguien llevaba tiempo leyendo las mías.
Pedro Antonio López Cruz
4 de julio de 2026
MARA SERBIA
Horas en blanco
Despierto siempre a las 4:20 de la madrugada. No porque suene una alarma ni porque tenga un sueño que me arranque de la cama. Simplemente abro los ojos, como si alguien hubiera decidido que esa es la hora de devolverme a mí misma.
Los cuartos están completamente iluminados. La cocina también. No conservo un solo sueño. Ni una imagen. Ni una emoción. Solo esas horas en blanco.
Sobre la mesa hay un paquete de galletas abierto. Le falta casi la mitad. En el suelo, un reguero de migajas dibuja un camino desde la cocina hasta mi habitación. A veces despierto con la boca llena de galletas sin masticar. Otras, con un sabor dulce que no recuerdo haber buscado. He dejado de preguntarme si camino dormida. La verdadera pregunta es quién camina cuando yo desaparezco.
La noche anterior juré que no volvería a comer azúcar. Escondo las galletas en distintos lugares. En el último gabinete. Detrás de las ollas. Incluso prometo no volver a comprarlas. Siempre aparecen abiertas. No sé quién enciende las luces. no sé quién encuentra el azúcar.
Empiezo a sospechar que en esta casa vive otra, alguien que se parece a mí, conoce mis escondites mejor que yo. Esa otra no tiene remordimientos. No cuenta calorías. No hace promesas antes de acostarse. Espera, paciente, a que cierre los ojos para reclamar lo que el día le niega. No busca dinero ni joyas. Solo azúcar.
Cuando amanece, desaparece sin dejar huellas… o casi. Siempre olvida las migajas. Las recojo una por una, fingiendo indignación, mientras ella, desde algún rincón del sueño, debe de estarse riendo.
No sé cuál de las dos siente la culpa. Solo sé cuál disfruta el placer.
JUAN C VALTIERRA
El segundo paso
El silbato se oyó a las cuatro, como todos los martes desde que Herlinda tenía memoria. Solo que este martes era distinto: era el último. Los de la compañía habían venido con overoles naranjas a levantar los rieles, y dijeron que la vía se acababa en San Julián, que el pueblo ya no cabía en los planes de nadie.
Herlinda se paró en el andén con una maleta que no había abierto en once años. Se acomodó el rebozo sobre los hombros encorvados, sintiendo cómo el frío de la tarde se le metía derecho a los huesos, como se le metía ya desde hacía tiempo, sin permiso. Adentro de la maleta, dos vestidos que ya no le quedaban y una foto de Efrén el día que se fue, flaco, con el pelo mojado de tanto prometer que iba a volver.
—Se va usted, doña Herlinda —le dijo el andenero, que era el mismo desde que ella era niña, aunque ahora caminaba encorvado como pregunta.
—No sé —dijo ella.
Sabía nomás que el tren de las cuatro era el último tren, y que después de este ya no habría manera de llegar a donde estaba su hijo, ni de vuelta, ni de ida, porque los rieles se los iban a llevar a fundir a Guadalajara, y las estaciones se iban a quedar como iglesias sin santo, esperando una misa que nadie iba a volver a decir.
Once años de cartas que dejaron de llegar. Once años de preguntarle a cada quien que iba para el Norte si sabía de un Efrén Cárdenas, moreno, con una cicatriz en la ceja, que se fue a trabajar y prometió mandar por ella en cuanto juntara para los dos boletos. Once años de contar los martes.
Había, sin embargo, algo que Herlinda no le dijo a nadie, ni al andenero ni a la Virgen que cargaba en la bolsa del vestido: un gusto que se guardaba para ella sola, para las tardes largas en que el sol pegaba parejo sobre el patio y no había nada que hacer más que dejarse ir. Le gustaba perderse en el pensamiento. Cerrar los ojos en la mecedora y no acordarse del hijo, ni del marido en su nicho, sino de Aurelio. De cómo doblaba las sábanas aquellas tardes de plancha, con esa paciencia que no le conocía a ningún otro hombre: primero a lo largo, después las esquinas una sobre otra, como quien acomoda algo que le importa. Nunca dijo para qué tanto esmero en una sábana que de todos modos se iba a volver a arrugar en la noche. Y ella tampoco preguntó. Los sábados, frente al padre Anselmo, se persignaba dos veces en vez de una, como si con la segunda pudiera tapar el pensamiento que llevaba prendido desde el viernes.
El tren venía ya, se le oía en las vías como se oye venir la lluvia antes de que caiga: un temblor bajo, adentro de la tierra, antes que en el aire.
—Es ahora o nunca, doña Herlinda. Después de este ya no hay otro.
Ella miró la maleta. Miró sus manos, que ya no eran las manos de la foto. Pensó en la casa, en las macetas que había que regar, en el nicho donde tenía a su marido con una veladora que nunca se apagaba porque ella no lo permitía. Pensó que a lo mejor Efrén ya ni se acordaba de su cara, que a lo mejor tenía otra vida, otra mujer, otros martes.
Y pensó también —aunque esto no se lo dijo a nadie, ni al andenero, ni a la Virgen que cargaba en la bolsa del vestido— que llevaba tantos años esperando el tren, que ya no sabía si lo que quería era subirse, o nomás seguir esperándolo.
El tren llegó y se paró resoplando, como un animal cansado de tanto camino. El maquinista se asomó por la ventanilla, una mano manchada de grasa aferrada al fierro, y le hizo una seña: súbase o quítese, doña, que llevamos retraso.
Herlinda dio un paso.
Después no dio el segundo.
Se quedó ahí, con la maleta en la mano, viendo cómo las puertas se cerraban solas. El silbato sonó otra vez, ya no como pregunta sino como despedida, y las ruedas empezaron a girar despacio, después menos despacio, después el tren ya no era tren sino un ruido que se hacía chiquito entre los mezquites.
Cuando se perdió del todo, el andenero se acercó a recogerle la maleta, pero ella ya no la traía en la mano. La había soltado sin darse cuenta, en algún momento entre el primer paso y el segundo que nunca dio, y ahora estaba tirada en el andén, abierta, con los dos vestidos y la foto de Efrén mirando para el cielo, como si él también se hubiera quedado esperando algo que ya no iba a llegar.
Esa noche, en la casa, Herlinda dobló las sábanas de la cama que ya nadie ocupaba:
primero a lo largo, después las esquinas una sobre otra, como quien acomoda algo que le importa. Se persignó dos veces, aunque no había nadie mirando, y se quedó con las manos quietas sobre la tela doblada, pensando que así, doblada y quieta, era como una se sentía por dentro cuando dejaba pasar el único tren que iba a pasar.
EFRAÍN DÍAZ
En Dos Bocas había dos cosas que nadie había conseguido cambiar: el curso del río y las ideas de Abimael.
Maelo, como todos lo llamaban, llevaba más de cuarenta años sosteniendo que Dios era una creación del miedo humano; una respuesta cómoda para atribuirle a un tercero aquello que nacía de nuestra propia culpa o de nuestra negligencia. Nunca levantaba la voz. Tampoco ridiculizaba a los creyentes. Exponía sus argumentos con tanta calma que dejaba al catequista rascándose la cabeza y al cura buscando un pretexto para cambiar de conversación.
Respetaba la iglesia porque allí se bautizaron sus padres, se casó con Pura y algún día, decía entre risas, también le tocaría despedirse de este mundo. Pero nunca asistía a misa ni contribuía a su sostenimiento.
Todo cambió el día en que Pura recibió un diagnóstico de cáncer de seno.
El médico fue claro: no había tiempo que perder.
Comenzaron los tratamientos. Pura, que durante toda su vida había sido devota del Sagrado Corazón de Jesús, encendió una vela en el pequeño altar de su casa. En la capilla hicieron lo mismo. El pueblo entero, hasta los tibios, prometió rezar por su salud.
Abimael agradecía cada gesto con sincera cortesía, pero respondía siempre lo mismo.
—Recen todo lo que quieran. Yo seguiré confiando en los médicos.
No había arrogancia en sus palabras. Solo la convicción de un hombre que creía tener la razón.
Una madrugada, incapaz de dormir, salió a caminar por el barrio. Al pasar frente a la iglesia la encontró abierta y se detuvo unos segundos.
Miró hacia la calle desierta, como quien teme ser sorprendido haciendo algo impropio, y entró. No porque creyera.
Porque ya no sabía qué más hacer.
No se arrodilló. Tampoco se persignó. Se sentó en uno de los bancos vacíos, contempló durante largo rato el Cristo crucificado y, casi en un susurro, dijo:
—Mira… tú sabes que nunca he creído en ti. Sería una falta de respeto empezar ahora solo porque tengo miedo. Pero si resulta que el equivocado fui yo… échale una mano. No sabría cómo seguir viviendo sin Purita.
Nada más.
Desde aquella madrugada volvió una y otra vez. Siempre solo. Siempre antes del amanecer.
Nunca habló con el sacerdote. Nunca asistió a misa. Nunca dejó una ofrenda.
Simplemente se sentaba en silencio.
Quién sabe si hablaba con Dios o consigo mismo.
Una de aquellas madrugadas, Dámaso lo vio salir del templo.
En un pueblo como Dos Bocas, un secreto dura menos que una garúa de verano.
La noticia corrió de casa en casa. Como la pólvora. Muchos esperaban verlo convertido.
Pero Maelo los desilusionó.
—No se emocionen tanto. Sigo teniendo las mismas dudas. Solo descubrí que cuando uno ama de verdad a alguien, hasta las posibilidades más remotas merecen ser tomadas en serio.
Maelo vivía entre el placer de ser fiel a su esencia y la culpablidad del “what if”.
Con los años Maelo comprendió que la fe y la duda no siempre viven en casas distintas. A veces duermen bajo el mismo techo y en la misma cama. El creyente duda más de lo que admite, y el incrédulo espera más de lo que confiesa. Entre ambos hay menos distancia de la que solemos imaginar.
El orgullo, en cambio, sí sabe levantar muros.
Y quizá el milagro más grande no consista en convencer a Dios de escucharnos, sino en convencer al orgullo de guardar silencio por un momento.
L’IDIOT
Placer culpable.
El placer de mantenerse vivo a costa de una muerte lenta —muerte a pedazos, muerte a renuncias, muerte a abandonos de la acción— lo mantenía sentado en el portal. En el viejo taburete. Recostado contra la pared sucia y descascarada. Mirando el cielo estrellado de una noche de apagón por falta de combustible, entre otras cosas. Sin poder dormir. Sin pensar. Sin poder culpar, y menos aún reclamar. Eso sí: buscando respuestas en las estrellas, las constelaciones, los astros, el viento, el calor. Clamando a un dios sordo, tan impotente como ellos. O quizás no. Quizás era un dios cansado de tantas súplicas de gente cobarde que solo esperaba la solución del mesías. Y el hambre —de tanta— ya no se sentía. Ya no dolía en el estómago. Se había vuelto compañera.
Tres jóvenes prendieron la basura de la esquina. En la oscuridad. Basura que ya nadie recogía. «No hay combustible para los carros», dijo el gobierno. «Tampoco carros», agregó. Y todos agradecieron la explicación. No porque los convenciera. Por desidia. Por un miedo camuflado de cordura. Habían aprendido que las palabras no significan nada si nadie hace que se cumplan. Y con palabras falsas les habían construido los muros de la prisión.
Los jóvenes danzaban alrededor de la pira. Fueron felices por un instante: estaban ejerciendo el derecho a la libertad de acción.
Una olla golpeó contra otra. Después otra. Y otra más. Se formó una conga que quiso ser protesta.
—¡Díaz-Canel singao!
Un grito.
—Vino de casa de Ramiro —gritó Rosario desde su ventana—. ¡Tan gusano como siempre!
Se puso de pie. Bruscamente. Entró a la casa. Mejor tener calor que… El placer culpable de seguir viviendo la lentitud de la muerte lo convenció, otra vez, de no hacer nada.
MARIO NÚÑEZ
El Presidente de la Suprema Corte de Justicia analizó rápidamente el expediente con los posts manuscritos de sus propias anotaciones, mientras escuchaba los argumentos y alegatos finales de cada uno de los otros cuatro magistrados integrantes del mayor tribunal judicial.
En esta instancia dictarán sentencia definitiva.
El caso es muy grave. Implica a un dirigente político de primera línea, a su familia, y a una pléyade de funcionarios de diferentes organismos que encubrieron, desviaron la investigación e incluso destruyeron material probatorio.
Ahora, agotadas las instancias de debate votan, y como era esperable para el circunspecto magistrado supremo, dos votos a favor, dos en contra. Su opción tan esperada, definirá el caso.
Ha recibido amenazas directas, que llegaron hasta sugerir un juicio político para destituirlo si condena a los acusados, y con ello, el final de su impecable carrera judicial, y la inminencia de la mayor vergüenza que haya enfrentado durante toda su existencia.
Descendiente de varias generaciones de muchas obligaciones y responsabilidades y muy pocos placeres vividos desde siempre como culpas por disfrutar, sostiene con férrea convicción el legado de valores familiares que brillan en su apellido ilustre.
Su Señoría mantiene a rajatabla con ética y profesionalismo, tanto su vida pública como la privada, aunque tiene un par de facetas que prefiere no sean expuestas en público.
No son nada malo, según él mismo es consciente. Una es lo que siente como un gran fracaso, y la otra, un placer secreto que se ha permitido desde que su estilo de vida mejoró de la mano de su carrera.
“Mi voto es concurrente con los colegas que sentencian culpabilidad para los acusados apelantes” – apunta circunspecto siempre, enfundado en su toga negra con ribetes dorados, que ahora parecen más imponentes que nunca. Anteojos en mano, agrega: “Entiendo que no hay en la sentencia previa una violación a la Constitución de la República, y decreto la aplicación inmediata de la pena de cárcel sin atenuantes ni posibilidad de reducción de condena para los acusados, según expreso en autos, resolución que mi Secretaría adosará al expediente. Caso cerrado”, decreta.
Las consecuencias tuvieron efecto inmediato. Cuando las patrullas llegaron a la casa de cada implicado para ponerlos bajo arresto, otro móvil policial se presentó en la Secretaría del Presidente de la Suprema Corte, solicitando su presencia en la seccional policial correspondiente a su elegante residencia en El Prado; está arrestado por graves cargos su hijo menor, y en la dependencia policial también lo espera la señora Fiscal de Delitos Complejos.
“¡Lo sabía!” Se dijo.
Conoce a su hijo, sus vínculos con la organización recién sentenciada por narcotráfico, tráfico de armas y lavado de activos. Conoce también las mañas del político que encabeza la estructura regional de esta organización enquistada en seis países del continente.
Hace casi dos años expulsó del hogar familiar al menor de sus tres hijos, harto ya de sus adicciones, los robos y estafas a él, a su esposa y sus otros hijos y familiares.
Su hijo había sido reclutado, y fue ascendiendo hasta ser la mano derecha del poderoso político ahora en la cárcel; el enfrentamiento con quien consideraba la oveja negra de la familia fue inevitable, ahí mismo, en la escalera al segundo piso. No sentía placer ni orgullo de ser su padre. Solo vergüenza y culpas. Y se lo dijo.
El hijo aceptó casi con orgullo su asociación con el corazón de la organización criminal del político, y a medida que la conversación fue elevando el tono ante la presencia espantada de la madre a punto de colapsar, desde dos escalones más arriba, el joven gritó a su padre que no está dispuesto a “ser un empleaducho de mala muerte como vos, peleando por una carrera legal toda la vida, para lograr al final llevar unos años más o menos cómodos”.
“No soy vos”, gritó. “No voy a pasarme la vida estudiando para recibirme, estudiando para concursar, estudiando para seguir actualizado aunque nunca dejarás de ser un dinosaurio. No pienso trabajar como un burro, como un desgraciado como vos, disfrazado con esa sotana ridícula, haciéndote el superior desde tu sillón grande, con ese martillo estúpido golpeando el escritorio para creerte más importante al hablar”, escupió literalmente en la cara de su padre mientras alzaba el puño amenazando con golpearlo.
Sin inmutarse aparentemente, aunque sus ojos se alteraron levemente enrojecidos tras las gafas, el padre Juez lo miró en silencio, mientras su hijo le seguía gritando aún más fuerte “´¡Dale! ¡Hablá si tenés huevos! ¿Qué tenés para decirme ahora? ¿O querés que te rompa la jeta, a ver si así te espabilás una vez en tu vida?
Con los sus todos músculos muy tensos, tomado del pasamanos, lo miró a los ojos y dijo: “Toga. Se llama toga. Fuera de aquí y no vuelvas nunca”.
No volvió a ver a su hijo desde aquel momento hace casi dos años.
Hasta ahora.
En la sala de interrogatorios estaban su hijo esposado, sentado junto a su abogado defensor y dos guardias uniformados en las esquinas de la habitación. También está allí la Fiscal de Delitos complejos.
El magistrado, sin mirar a su hijo e interrumpiendo con un gesto el intento del defensor de saludar, se dirige parco como siempre a la Fiscal “¿En qué puedo serle útil?”.
“Señor Presidente, tenemos declaraciones de su hijo”.
“El detenido”, aclara el Juez.
“Sí, el detenido, al que se acusa de asociación para delinquir, con cohecho agravado en nueve cargos de narcotráfico, tenencia y tráfico de armas de guerra robadas de dependencias militares y policiales y producto de contrabando. Además, otros tres cargos de simulación de delito y lavado de activos”
“No me sorprende” expresa el Juez forzando su expresión a permanecer imperturbable.
“Señor Presidente, el detenido sostiene que tiene oculto en el domicilio familiar, dinero en efectivo, dos de los cargamentos de cocaína boliviana, y marihuana local y paraguaya, municiones de guerra y una tableta con registros digitales de movimientos delictivos de la organización a la que pertenece”, suma la Fiscal, dudando sobre cómo expresar a continuación las medidas necesarias. “No sé si lo entienda pertinente y me disculpo, señor Presidente, pero debería ordenar el allanamiento de su residencia”.
“Debe hacerlo. Proceda. Los acompaño; cuando lleguemos se lo comunicamos a mi esposa, no quiero preocuparla desde ahora”.
En la residencia señorial del Juez, la comitiva de Fiscal, dos alguaciles de justicia, cuatro policías, una unidad canina K9 antidrogas y el magistrado, comienzan a revisar la mansión, comenzando por el pequeño cobertizo de herramientas, mientras el veterano propietario abraza y explica brevemente a su esposa qué está ocurriendo.
“Solo será un rato, yo me encargo de ordenar luego”. La mujer interroga a su esposo con la mirada, mientras el susurra a su oído “y… quien va a ser. Una más de tantas”
“Si”, responde ella. “¿Qué hice mal, viejo? ¿En qué momento nuestra vida se convirtió en esto?”
“No vale la pena lamentarse. Si hubiéramos hecho todo mal, nuestros tres hijos serían delincuentes. Pero los otros dos no lo son”
Ya recorren la sala, los baños, la cocina, el comedor diario. “los dormitorios arriba”, señala el juez.
La Fiscal, aún avergonzada pregunta “¿La sala de juegos? Su hijo, mmm, el detenido mencionó la sala de jugar como un escondite de lo que buscamos”.
“¿Sala de juegos? No tenemos una”, mientras su esposa le señala la puerta al fondo.
“Preferiría que no entren allí”, dice el juez, avergonzado.
“Disculpe, tenemos que …” señala entre asombrada y suspicaz la Fiscal.
“Está bien. Solo tiene cerrojo. Pasen”
Mientras los agentes y el perro terminan de olfatear cada rincón de dormitorios y baños de la planta alta, el juez se adelanta con sus pensamientos al momento en que esa puerta se abra.
Sus dos mayores vergüenzas estarán expuestas para siempre. “La primera no depende de mí, lo sé. Este hijo…”
No logra apartar de su cabeza el recuerdo de las horas de su tiempo libre que pasa en esa habitación a solas sintiendo placer culpable, el primero en privado, lo segundo, desde ahora expuesto al público.
Abre la puerta de par en par, enciende la luz para mejorar la visibilidad, y por todos lados, sobre un sillón, un escritorio, un sofá cama, estantes, en el piso, amontonados, centenas de muñecos de peluche de todos los tamaños; osos, patos, caballos, vacas, pingüinos pequeños y otros enormes, y muchos más.
Trescientos diecisiete en total, incluyendo un enorme unicornio violeta de altura humana, vestido de negro, con ribetes dorados, y una antigua peluca de algodón de las que antes usaban los magistrados, como su abuelo.
Nueve personas y un perro observaban aquello; la Fiscal trató de romper el hielo del largo silencio, y por decir algo señala al unicornio gigante y dice “qué lindo vestido negro”.
Por primera vez desde que se recuerda, el magistrado siente hervir sus mejillas, y con sus ojos llorosos responde “Toga. Se llama toga”.
EMILIANO HEREDIA
EL BRILLO
Habitación, negrura viscosa, fagocita lentamente a Manoli tirada en la cama.
El calor embalsama con las sabanas empapadas de sudor el cuerpo despojado.
“……Una vez, cada cien mil,
como cae la lluvia en el desierto,
te quise y florecía dentro de ti,
de una sonrisa, un boceto…..”
El recuerdo vago del brillo que todas las noches reflejaba la pantalla en su cara, dejaba en estado de penumbra los más obscuros pensamientos que hacia él había sentido alguna vez.
“…….Me convertí en marinero sin puerto
donde dirigir mi maltrecho barco,
de tantas tormentas, tanto sufrimiento,
buscaba reposo mi cuerpo golpeado…..”.
Como un libro de matemáticas, tan complejo, le resultaba comprenderle a el. Sus noches de ausencia de carne y de esencia.
Su cara reflejada anclada en el mar brillante que era a la pantalla del ordenador.
“…….Infinito multiplicado por cada desprecio
es la distancia que quisiera
que me separara de tu lado, el precio
da igual que pagar tuviera……..
Las paredes aún se lamen las heridas de los cortes que sus afiladas palabras vomitaban de una boca talmente parecida a cloaca.
“………..En mi trinchera ya no hay noticias,
la guerra sigue y las provisiones de besos
tiempo ha se agotaron, y las caricias
en lata se cuentan con los dedos……”
Una mente malvada solo puede pensar en cosas malas, un pincel sucio solo puede pintar cosas horribles. Tantas noches pensó que él buscaba el placer en el burdel digital, por eso ya no la deseaba.
“…….No se puede desear una manzana mohosa,
Por mucho que se retire la parte con moho,
La manzana sigue podrida,
Yo, lo siento, amor, yo, yo no te como…..”
Al final, se me fue el criado, el puching ball.
“……..la amargura y el odio con el que te alimentaste,
Todo este teatro que fue nuestro matrimonio,
Fuiste tú la que este drama ideaste,
Una obra en tres actos, sobre la historia de un manicomio…..”
Y al final, no, no era ella, eran ellas, todas las letras, todas las palabras, todas las historias, que el escribía, era su placer oculto, finitas amantes que le proporcionaban el placer que yo nunca pude ni quise proporcionarle.
“……Mi adiós es como un trueno
Que no se puede recuperar para borrarlo,
Mi adiós, no es un hasta luego,
Mi adiós, es para ti, tu trago mas amargo….
La carcelera, se quedó sin preso.
JOSMA TAXI
MI PLACER OCULTO
Me acompaña desde mi infancia, antes era confesable, yo estaba orgulloso de él, los que me rodeaban me estimulaban para continuar, mi placer oculto era leer.
Mi goce tenía su origen en los contenidos de mis leídas, me mostraban mundos y acciones de los personajes imaginarios creados por el autor, que tenía en sus manos, la posibilidad de actuar como un pequeño dios, construyendo su propio universo, con la capacidad de determinar los pensamientos, sentimientos y acciones de almas inventadas.
Recuerdo con nostalgia el placer que me producía el pasar mis dedos por las paginas de un nuevo volumen, el perfume que exhalaban sus entrañas. La impaciencia ante la nueva lectura que estaba preparada para ofrecerme un festín delicioso.
Sin embargo, las circunstancias políticas han modificado el placer de leer. Nuestros dirigentes han prohibido los libros, argumentan que la lectura nos incita a pensar por nuestra cuenta y consideran que es peligroso pues desestabiliza la paz social.
Los lectores nos hemos convertido en objetivo prioritario de los agentes de la autoridad, cuando encuentran libros los queman en hogueras callejeras y encarcelan a sus propietarios condenados a la cadena perpetua, sin juicio previo, la inseguridad habita en nuestro entorno.
Estoy oyendo pasos que se acercan a mi casa, estaba esperando esta acción, me he revelado muchas veces como activista en la defensa de la lectura, oigo una voz grave y potente que requiere mi presencia, dejo de escribir…
REBECA FS
Ella fumaba sola.
Había escuchado siempre lo de “Nunca fumes sola”. Pero lo hacía, a escondidas.
Se escondía del ruído que le rodeaba para evitar que nadie le viera; por ninguna ventana, por ningún balcón, por ninguna plaza.
Deseaba ese momento en el que se evadía de su mundanal ruido.
Pero eso no evitaba que su amígdala parara de crecer y crecer hasta tal punto que no llegaba a recordar las cosas cotidianas que le rodeaba.
Ella fumaba sola, y así lograba llorar, y expulsar toda la oxitocina de sus neuronas.
La supervivencia consistía en adaptarse lo mejor posible.
Ella fumaba sola. Hasta que se enfadaron con ella.
La expulsaron de la sociedad en la que ella se sumergía, y que, trataba que cuidar, aunque su corteza prefrontal no tuviera vías.
Pasó un tiempo.
Ella ya fumaba sola, pero rodeada de gente que observaba con mucho disimulo sin que llamara la atención. Ella no era tonta…y presentía todo.
Ella no era bruja.
Ella no era un duende.
Ella no era Disney.
Ella…era Gloria…
era Gloria Fuertes.
YOMALCKRY OSORIO
Pensarte es un placer.
aunque a veces duele .
culpo al alma y al corazón por que siempre lo quieren hacer y es imposible de evitar .
Es un dolor más que una placentera alegria, se convierte en un total tormento de desesperación, agonia , y desolación
Se desvanecen en la mente los pocos recuerdos que fueron intensos .
Una mirada inquietante dejó una enorme huella en el ambiente para siempre .
Qué triste es que todo se olvide , y se llene de indiferencia .
cuando pensaba que todo podia ser realidad , sólo queda olvidar .
A veces insistir se convierte en un delirio , ya no hay más fuerzas para querer intentar algo que ya no tienen ni tendrá sentido .
Es como ese chocolate que se derrite al primer contacto con los sentidos y te sumergues en mil fantasias , imaginando cada beso , cada abrazo que nunca podrán ser , puede ser tal vez en otra vida en otra existencia .
Puede ser que mi alma te va a esperar en la eternidad , y ahi no existe el final !
Brasil : 5-07-2026
ART MI
El auto presidencial dio vuelta en la esquina y retomó la avenida después de esquivar los restos desperdigados que aún quedaban de lo que alguna vez fue la luna.
Miró aquellos retazos de edificios con los fierros retorcidos por el impacto tremebundo, pero no sintió lástima, ni pena.
– Avanza, sigue avanzando -, ordenó al droide de servicio.
Pasó por la plaza de armas y, a lo lejos, se vio a sí mismo en las inmensas pantallas neón, repitiendo un discurso de cuando cortó el listón para las expediciones que irían a Saturno por el litio, toneladas de litio.
La orden fue que siguiera avanzando.
Y todo seguía ahí, pero ya no cómo lo recordaba: las luces de estrobos de los tugurios cósmicos, las tienditas miserables que cambiaban oro por agua, la casa de mamá, las putitas multiespecie del barrio de Matarifes y la rampa de despegue que nunca acabó de ser inaugurada, aquellas vitrinas de comercios, electrificadas las veinticuatro horas del día y que a ella tanto le gustaban de niño.
Recordó entonces que alguna vez durmió tranquilo y ahí lo alcanzó la emboscada de la nostalgia; se descubrió humano nuevamente en mucho tiempo, reducido a la nada, en medio del ambiente grisáceo y el ruido incomodo del asiento piel cocodrilo en su limosina triste.
Cuando el auto se detuvo apretó el puño para disimular que estaba conmovido, temeroso, luego abrió la puerta y bajó, con la banda presidencial rota y la camisa manchada por su propia sangre, arrastrando la dignidad última por el asfalto accidentado.
Los droides de seguridad – que le habían parecido inexistentes hasta ese momento – lo escoltaron al interior del complejo.
Horas más tarde, en comunicado extraoficial y para toda criatura inteligente en nuestro mundo, se anunciaba que el mandamás había muerto de muerte natural mientras fornicaba con una venusina en el baño del palacio presidencial, en uno de sus tantos arrebatos de placer culpable.
ANDRÉS JAMES CÁCERES
Ornella se puso sus mejores prendas, aunque por lo común de su vestuario creía poder pasar desapercibida
Salió al calor bochornoso de la ciudad sin que sus padres se enteraran.
Ellos desconocían sus hábitos y no era momento de que supieran.
Se dirigió presurosa al centro de la ciudad, casi corriendo, haciendo brincar sus tacones en las veredas vacías.
Ansiaba llegar y estar un rato antes en su destino.
Era una tarde especial para disfrutar de su placer oculto.
Ni siquiera su novio sabría jamás de su vicio por dicha costumbre de sábado por la tarde.
Después de todo, pensó, nadie tendría porque saberlo.
Apuro el paso cuando bajo del bus, deseando ya estar en su destino.
Espero que se haya prendido el aire acondicionado, pensó respirando agitada, mientras una gota de sudor le caía por el contorno de su espalda.
La puerta estaba cerrada pero sin llave. La empujó con fuerza y penretro a la semioscuridad del lugar.
Por fin podría disfrutar de su placer oculto de los sábados.
Recién comenzaba el film : Ladrones de bicicletas.
Cómoda en su butaca comenzó a disfrutar su gusto por el neo realismo italiano.
Eduardo Cáceres. Uruguay
MAITE BILBAO
NADA
El sol de Castilla cae a plomo. Bajo la sombra de los chopos, la luz se tamiza en un verde plateado. Mira el cielo de un azul intenso, una nube blanca se deshace lenta. La hierba segada bajo la toalla ofrece un lecho firme, seco, que rasca la piel de los brazos. Una brisa recorre el cauce del Nela, trae el aliento húmedo del agua y mece las hojas.
El cuaderno aguarda. El papel, impoluto, reclama una señal. Aprieta el grafito; la mano pesa. Una mariposa blanca traza un arco caprichoso, se posa en la hoja. El movimiento leve detiene el mundo. El río insiste con un gorgoteo hipnótico que invita a soltar el peso, a hundir el cuerpo en la tierra. Unos mirlos marcan un ritmo ajeno a la urgencia.
La punta del grafito apenas roza la fibra. Escribir parece una afrenta. La quietud resulta un refugio, aunque el pensamiento la horada.
El deber asoma, sombra que alarga sus dedos. La culpa punza bajo las costillas, ardor familiar que acusa el ocio. ¿Por qué el descanso se siente un robo? Aprieta el lápiz. El papel espera. Intenta forzar una frase, pero el trino de un ruiseñor reclama atención. Cierra los ojos. El tiempo se paraliza. El placer de la inacción se mezcla con el miedo a desperdiciar la existencia.
Una voz conocida corta el aire. Un saludo casual rompe la burbuja. Devuelve una sonrisa. El corazón da un vuelco. La inercia del no hacer se quiebra. La mano, antes relajada, se tensa; agarra el lápiz, náufrago aferrado a una tabla. Abre el cuaderno con un golpe seco. La mente se llena de urgencia fingida. La escritura se convierte en farsa. Garabatos rápidos, palabras vacías, coreografía diseñada para parecer ocupado. El cuello duele por la postura forzada.
El intruso se aleja. Regresa un aire distinto, cargado de pesadez. El alivio llega, aunque sabe amargo, a metal y tierra seca. El cuaderno contiene mentiras, fachada, monumento a la cobardía. Suelta el lápiz. El objeto rueda por la hierba, ajeno, hasta perderse entre los tallos. Observa el río, consciente de haber desperdiciado la tarde. Recoge la toalla con movimientos mecánicos. El cuaderno queda allí, abandonado, prueba inútil de la culpa, rastro de una batalla perdida contra el deseo de solo existir. ¿Y el lápiz? Mañana, quizás, busque sus afiladas aristas.
6 de julio de 2026
LILIANA GIANNINI
Retiro azul
Se estira para cambiar de postura, lleva horas sentado, apoya los pies descalzos sobre la mesita justo al lado del porro que sigue ahí abandonado. Mastica la pipa apagada como si no hubiera un mañana. Ese contacto con el brezo calma la ansiedad de la jubilación recién estrenada. Por un segundo abandona la pipa para encender otro cigarrillo. Lo pone en el hornillo sólo para ver como sale el humo. Entorna los ojos y se sumerge en las volutas azules del placer.
RAÚL LEIVA
Leticia
Leticia era la nena gordita del curso. Tenía ojos celestes, dos trenzas enormes y una timidez que la convertían en el blanco de todas las burlas. Odiaba la escuela y sobre todo odiaba la exposición dado que temblaba y transpiraba mucho en iguales cantidades. A su papá le daba igual lo que sintiera siempre que no se quedara de grado, y su mamá empezó a preocuparse, cuando Leticia cumplió los trece años. Tenía un importante sobrepeso y la gran debilidad por la comida dulce y abundante ponían en peligro el desarrollo del cumpleaños de quince, evento que era central para la madre de la muchacha.
Una tarde, sin preguntar demasiado los pareceres, la madre la llevó a una costosa clínica de rehabilitación. Los métodos eran un tanto extraños, experimentales y poco se sabía de la reputación de los profesionales. Se sospechaba de tratamientos mediante hipnosis y yoga, hasta de torturas y suplicios privatorios de alimento. El último trimestre de tratamiento, Leticia debía quedarse internada sin contacto alguno con el exterior. Una semana antes del cumpleaños de quince, Leticia apareció en la puerta de su casa y era otra persona, delgada, cutis limpio y sus trenzas se habían convertido en un increíble cabello lacio. Era notorio el cambio. Su hermoso semblante no exteriorizaba ningún gesto o emoción, pero eso a nadie le importó.
Llegados el día de la fiesta, la mamá de Leticia le había adaptado el vestido de casamiento de su madre para que luzca como una princesa. El maquillaje y las luces la elevaron por sobre todos los asistentes. La música era el marco perfecto para ese día, la madre no paraba de llorar de emoción y el padre la miraba como la mujer en que se iba a convertir.
La fiesta transcurrió tal como lo había planeado la madre, un verdadero cuento de hadas.
Llegó el momento tan esperado, la torta. Justo cuando entró la enorme confitura a Leticia le brillaron los ojos por primera vez en meses. Sonaba la música y Leticia estaba más resplandeciente que nunca, su corazón juvenil iba a saltar de su pecho en cualquier momento. Bastó un flash de la cámara de la mamá para que la muchacha se abalanzara sobre la torta en un movimiento acrobático que nadie vio venir. Mordió, masticó y tragó desesperadamente pedazos de la torta a todo lo que le daba la mandíbula. Respiraba con dificultad, pero comía un pedazo tras otro. El vestido manchado de crema y chocolate comenzó a rasgarse ante la mirada en silencio de los invitados. La felicidad de su rostro se transformó en una mueca deformada por las luces. La gente empezó a salir del salón corriendo. El padre cayó redondo al piso para nunca más levantarse y la madre la miraba inmóvil, como quien contempla un tsunami desde la orilla. Las mesas quedaron vacías y gruñendo como un animal, Leticia seguía atragantándose con la crema batida. El asco provocó vómitos en los parientes cercanos que se fueron de inmediato. Solo quedaban en el salón la madre y su hija que se había transformado en un animal depredando lo que quedaba de torta. Sus mejillas se hincharon deformándole la cara y la ropa era un harapo maltrecho y sucio. El pantagruélico festín estaba llegando al final de su camino. Cuando se vio en el espejo del fondo paró, de repente. Se miró, observó el salón vacío y en silencio, le subió una angustia incontrolable por el pecho y buscó desesperadamente un gesto familiar, alguien que la rescate del vacío. Sintió una respiración entrecortada a su espalda. Era una presencia que se le antojó cercana. Se dio vuelta con los ojos llenos de meses de lágrimas contenidas y cuando se encontró con la mirada de su madre.
El tiempo se detuvo.
Veintisiete cachetadas le dio la madre gritando como loca “¡El vestido de mi mamá! ¡Hija de puta, el vestido de mi mamá!¡Sos una hija de puta Leticia!” mientras su rostro y el de Leticia se deformaban por distintas causas.
La única foto del evento, está pegada en una pared blanca, paradójicamente es la mejor foto que jamás se sacó Leticia. Su mamá la mira desde el otro lado de la habitación mientras repite «el vestido… el vestido…».
De Leticia es poco lo que se sabe, se casó y vive retirada de la ciudad, nunca más visitó a su madre y se cambió el nombre. Los que estuvimos esa noche, aún recordamos a la gordita de ojos celestes con trenzas largas y su terrible metamorfosis.
MANOLI DÍAZ TORRALBA
Mi adicción al «Pasillo del Mal»: Confesiones de una yonqui del bricolaje de supermercado
A ver, seamos claras, a mis 54 años, la gente asume que mis debilidades son cosas normales: un vinito blanco fresquito en una terraza al sol, los bombones caros o gastarme tres sueldos en una crema antiarrugas hecha con baba de caracol de la Patagonia; incluso entendería que pensaran que colecciono velas aromáticas o plantas que luego se acaban muriendo.
¡Ojalá!
Mi placer culpable es muchísimo más mundano, patológico y, sobre todo, físicamente peligroso para el espacio de mi casa: soy adicta al pasillo central del Lidl.
Sí, hablo de ese limbo espaciotemporal donde conviven los yogures griegos con una motosierra eléctrica para bonsáis, un kayak hinchable, una máquina para hacer gofres y un telescopio. Ese es mi rinconcito. Mi casino. Mi perdición. Hay quien entra en un museo y se emociona; yo veo un cartel amarillo de «¡Oferta de esta semana!» y ya noto cómo se me acelera el pulso.
Todo empieza los lunes por la mañana. Le digo a mi marido:
—Cariño, bajo un momento a por huevos y una lechuga iceberg.
Voy con paso firme, mentalizada. Incluso llevo una lista escrita para no desviarme del objetivo. Repito el mantra durante todo el camino: “Huevos y lechuga, huevos y lechuga.” Me convenzo de que esta vez voy a ser fuerte.
Pero entonces cruzo la línea. Mis ojos divisan los carteles de «¡Precios locos!» y mi cerebro sufre un cortocircuito. Una fuerza magnética superior a mi fuerza de voluntad, y también superior a mis lumbares, me arrastra hacia las cestas de metal. En ese momento ya no soy Lourdes. Soy una exploradora entrando en un templo lleno de tesoros inútiles.
No necesito ropa de nieve, porque vivo en Valencia. Tampoco sé soldar. Pero ahí estoy yo, sopesando una mascarilla de soldador profesional con oscurecimiento automático por 14,99 €, pensando: «Oye, pues nunca se sabe si el año que viene me apunto a un taller metalúrgico.”
Mi lógica interna en ese momento funciona de una manera que ningún psicólogo sería capaz de explicar.
«Lourdes, no te lleves la lechuga, que la lechuga se pudre. Llévate este juego de 45 destornilladores de precisión milimétrica. Esto es para toda la vida. Además, ¿y si un día necesitas el destornillador número 37?»
El nivel de delirio al que llego en ese pasillo es digno de estudio psiquiátrico. El lunes pasado toqué fondo. Salí del supermercado sin los huevos, sin la lechuga y sin acordarme siquiera de que había ido a comprar comida, pero con el carro cargado de:
-Una plastificadora térmica de documentos. No he tenido que plastificar nada desde el carnet de la piscina de mis hijos en 2009, pero la satisfacción de meter un folio arrugado y sacarlo rígido y brillante es mejor que un orgasmo. He plastificado las recetas médicas, el menú del día, los papeles del seguro del coche e incluso una lista de la compra. Si te descuidas en mi salón, te plastifico a ti.
-Un juego de brocas para hormigón armado. Vivo en un piso de pladur. Si uso eso, atravieso la pared y le hago una endodoncia al vecino del 3º B. Da igual. Estaban de oferta y venían en un maletín muy bonito, de esos que hacen sentir importante a cualquiera.
Y un hidrolimpiador a presión, estilo Kärcher. No tengo jardín, ni patio, ni terraza. Tengo un balcón donde apenas caben tres macetas de geranios. Pero la fantasía de disparar agua a presión contra la barandilla me hace sentir como una superheroína de Marvel limpiando el crimen organizado… del polvo.
Lo peor no es comprarlo; lo peor es entrar en casa. Mi marido ya se conoce el ruido del plástico de las herramientas. Tiene un radar. Creo que distingue una caja de destornilladores de una sandwichera solo por el sonido que hacen al rozar la bolsa.
Así que aplico técnicas de narcotraficante de la tercera edad. Entro de lado, escondiendo la hidrolimpiadora detrás de mi cuerpo, aprovechando que a mi edad la menopausia me ha regalado un extra de volumen corporal que viene muy bien para el camuflaje.
Si me pilla, la conversación siempre es la misma:
—Lourdes, ¿Qué es eso que brilla debajo de tu brazo?
—¡Una lijadora orbital con depósito para el polvo, Manolo! ¡Estaba rebajada un 40%!
—Pero… ¿Qué vas a lijar, mujer, si tenemos los muebles lacados en blanco?
—¡Pues los lijo y los vuelvo a lacar! ¡Tú no tienes visión de futuro!
Luego tengo que esconder las cajas en el fondo del armario empotrado, tapadas con las sábanas de invierno, rezando para que no haya un terremoto y me muera aplastada por tres cajas de herramientas de precisión, una máquina para hacer pasta fresca que jamás saldrá de su envoltorio y una sierra eléctrica que solo ha cortado el precinto de su propia caja.
Ese es mi secreto. Ni amantes, ni timbas de cartas, ni viajes clandestinos a Las Vegas. Mi droga dura viene con instrucciones en alemán, tres años de garantía y un folleto que promete cambiarme la vida. Lo peor es que cada lunes me digo que será la última vez… y cada lunes vuelvo a caer.
CESAR TORO
Placer culpable.
Corría la mitad del siglo XX en un lugar apartado cerca de las montañas en una humilde casita conviven; Etelvina y Federico, ante la sociedad de aquella época, eran “un matrimonio ideal”.
Aquí en estos pueblos donde el viento silva y la pobreza es el pan de cada día, entre la agricultura y la minería, los habitantes logran sobrevivir en medio de las dificultades que la vida les presenta.
Federico trabaja en las minas, por lo que debe alejarse durante varios días de casa y vuelve generalmente los fines de semana; mientras tanto, Etelvina en ausencia de su esposo aprovechaba para recibir en su aposento a Daniel; su amante furtivo, quien a la sombra de la noche creía pasar desapercibido; aunque, en el pueblo todos sabían de sus andanzas, pero nadie se atrevía a decir una sola palabra.
Como dice el dicho popular: “tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe”, un buen día, Federico volvió a casa sin avisar y encontró a los amantes en pleno show.
Inmediatamente se trenzaron en una feroz batalla. Daniel tomó un arma blanca con la cual asestó una puñalada mortal a Federico, quitándole la vida.
Dicen que: «en pueblo chico infierno grande» la noticia se regó como pólvora, Daniel fue detenido y conducido al calabozo y después de un tiempo llevado al tribunal que lo sentenció a veinte años de cárcel en el panóptico, una cárcel que para aquella época era una mazmorra.
Aquí permaneció purgando su condena sin siquiera poder ver la luz del sol y sumergido en una piscina donde constantemente tenía que estar sacando agua para no ahogarse.
Por increíble que parezca Daniel consiguió sobrevivir y tras pagar su condena de veinte años logro salir de aquel infierno con vida.
una noche de lujuria le costo veite años en prisión.
CésarToro.
CRISTINA RODRÍGUEZ
EL ARTE DEL ESCONDITE.
ANGY DEL TORO
(VIENE DE LAS DOS SEMANAS ANTERIORES – La línea roja, Ahora o nunca.)
CASO ÁRBOL DE LA SIDRA – PARTE III
—¿Por qué encontró usted la botella?
Luis la miró.
—Ya le dijeron que la encontré.
—No exactamente.
Ambos callaron.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que la reconoció.
Luis dejó de sonreír.
—La bodega pareció enmudecer.
—¿Reconocer qué?
—La botella, el hilo rojo.
Luis no respondió.
—Entonces Géminis abrió una carpeta.
Sacó una fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Era una imagen de la corteza del árbol.
Dos grupos de iniciales. L.R. – M.C. Y más abajo, la frase:
«Placer Culpable».
Luis tardó varios segundos en hablar.
—Éramos unos críos. Muy anteriores a la empresa. No sabía que aún estaban ahí.
—Yo tampoco sabía qué significaban.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que la historia comenzó mucho antes de la sidra embotellada.
—Luis observó la fotografía.
Por primera vez parecía cansado. No viejo, pero sí cansado.
—Manuel decía que los árboles recuerdan cosas que las personas olvidan.
—¿Y usted?
—Yo decía que era una tontería.
—¿Lo sigue pensando?
Luis miró la imagen.
Luego cerró los ojos.
—No.
Géminis guardó la fotografía.
Ya no buscaba respuestas.
Buscaba la pregunta correcta.
—Señor Rodríguez.
—Diga.
—¿Qué había dentro de la botella cuando la enterraron?
Luis levantó lentamente la vista.
Y comprendió que aquella mujer acababa de llegar al lugar exacto que había intentado evitar.
Continuará…
NILA J BOHÓRQUEZ
Mágico resplandor.
En esta mágica noche
mis ojos se deslumbran
al beber en mi vaso sagrado,
millones de estrellas titilando
en el vasto espacio sideral, sin culpa, gozando en paz el placer compartido entre cuerpo y alma.
Sigo extasiada…
y se refleja en mi rostro
el maravilloso resplandor
que ilumina mi existencia,
alegrándose mi espíritu.
¡Y en las alas del pensamiento
me traslado absorta al infinito,
sonriéndole a «Musa»…
dibujando en el níveo papel
infinitas letras que al unirlas
resaltan su fulgor…
revoloteando en el firmamento!
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Elena creyó durante años que la emoción de lo prohibido era una forma de sentirse viva. Engañó a su esposo en varias ocasiones, convencida de que aquellos encuentros secretos jamás dejarían huellas. Sin embargo, cada mentira pesaba más que la anterior, hasta convertir su corazón en un lugar donde ya no cabía la paz.
Una tarde, incapaz de seguir ocultando la verdad, regresó a casa con los ojos inundados de lágrimas.
Quiero pedirte perdón le dijo a su esposo Armando con la voz quebrada, no merezco tu bondad, pero necesito confesarte algo.
Desde hace algún tiempo, te he engañado con diferentes hombres, queriendo romper la monotonía en la cual me había pertrechado, y la soledad que en algún momento sentí, ante tus constantes viajes.
Armando permaneció en silencio durante unos instantes.
El dolor era inmenso, pero también recordaba los años de respeto, trabajo, sueños compartidos y las tempestades que habían logrado superar juntos.
Finalmente respondió:
Lo que hiciste me hirió profundamente.
La confianza tarda años en construirse y puede romperse en un instante.
Pero también sé que realmente tu arrepentimiento es sincero y puede abrir una puerta donde solo parecía podrían haber ruinas.
Te perdono, no porque sea fácil olvidar, sino porque el rencor nos destruiría a los dos.
Elena derramó algunas lágrimas, sintiendo una gran culpa.
Él tomó sus manos y añadió:
—A veces tenemos a nuestro lado un amor valioso y no comprendemos su importancia hasta que estamos a punto de perderlo. Espero que esta sea la última vez que el engaño ocupe un lugar entre nosotros. Tenemos que aprender de este dolor, dejar atrás el pasado sin rencores y caminar hacia adelante siendo honestos y tratar de comunicarnos más, para si en algún instante existe algo que nos incomode, ayudarnos y superarlo juntos.
Desde aquel día, ambos comprendieron que el verdadero placer nunca había estado en lo oculto, sino en la tranquilidad de mirarse a los ojos sin secretos.
Porque el perdón no borra las cicatrices, pero puede convertirlas en el recuerdo de una lección que jamás debe olvidarse.
Y que ese placer culpable, no vuelva a existir en sus vidas.
BEA ARTEENCUERO
PLACER CULPABLE.
CONDENADA..
– Que traigan a la detenida, se escucho la voz del juez que ordenaba, a la mujer que esposada esperaba ser juzgada.
– suba al estrado, ¿Que tiene que declarar en su defensa?
-. Yo Sr. Juez,¡ me declaró culpable!
– ¿Culpable?
_ Si, Culpable de amar.
– Expliquese Ud; ¿Que abogado la representa?
– No he querido Abogado Sr.Juez.
– Continué.
– Sr Juez yo amé a un hombre, como se ama una vez en la vida, me entregue en cuerpo, corazón y alma; Crei ciegamente en ese amor, éramos luz y sombra cuando estábamos juntos; El tiempo se detenía en ese instante, solo él y yo, lo demás desaparecía, así de grande
yo lo sentía; Hasta que un día lo encontré en el lecho, donde vivíamos el mejor de los placeres que da el amor, con lujuria y deseo en una entrega total, ahí…ahí donde horas antes estubo en mis brazos, yo lo vi Sr Juez cabalgando desenfrenado sobre el cuerpo de otra mujer.
Sintiendo el desamparo que da el olvidó, tomé su misma arma Sr Juez y de un disparo certero termine con ellos, si como escucho…Un solo disparo los atravesó a los dos.
Sus cuerpos se detuvieron, no más espasmos ni quejidos. De cuajo corte sus vidas.
– Yo Sr Juez le suplico me condene, quitándome la vida.
– ¿Esta arrepentida?
– No Sr Juez, lo amo y el tiempo que no lo tengo es una agonía, pero mil veces lo mataría, le suplico Sr Juez
que no le tiemble la mano, cuando firmé mi sentencia. Aún no he terminado…
– Aquel día cuando enseguesida de odio y de amor, los deje sin vida,
Aquel día Sr Juez, vestí mi alma de negro duelo, porqué la bala que atravesó su cuerpo, la misma bala también mató a mi madre.
-¡ Eso sólo Dios puede juzgarlo! Y bajo el martillo.
CONDENADA.
AXY LINDA
—Hoy vengo a confesar algo. No un pecado, ni un delito, sino un placer que durante años confundí con culpa.
—Confieso que he mentido, engañado y fingido, disfrazándome con la máscara de la «normalidad».
También debo admitir que he llorado a solas después de responder con una mentira cuando me preguntaban:
—¿Cómo estás?
Y contestar, como siempre:
—Muy bien, gracias.
Lo que en realidad quería decir era:
—No estoy bien. No entiendo la vida. Me cuesta expresarme. Las palabras significan algo distinto para mí cuando las escucho y cuando las leo. Yo creo que, si alguien dice «azul», es ese color y nada más; no gris, no «más o menos», no azul… y buenas noches.
Solo quiero confesar que soy una máscara. Lo que han visto de mí no es del todo real. Es una imitación de ustedes; un esfuerzo constante por hacer, sentir y pensar como se supone que «debe ser».
—¿Y a qué viene todo eso ahora? Te ves feliz desde que descubriste tu condición. Muchos mueren sin saberlo. ¿Qué ha cambiado?
—Que ahora me quito el disfraz. Ya no quiero ocultarme. Por fin puedo decir lo que verdaderamente pienso y siento.
—¿Y crees que ahora sí te vamos a entender? Para nosotros seguirás siendo «la rara», «la inadaptada».
—Eso ya no me hará daño. Saber que hay una razón por la que soy como soy me hace feliz. Y, sobre todo, lo importante es que yo me entienda y me respete.
Hoy siento que, aunque neurotípicos y neurodivergentes percibimos el mundo de maneras distintas, solo podremos encontrarnos si ambos aprendemos a comunicarnos y a comprendernos.
—¿Culpable? No. O tal vez sí… Saber que soy TEA-1 me ayuda a comprender los «porqués» de tantas cosas. Tener una identidad me da un sentido. Descubrir que nunca estuve rota, que solo era distinta, y encontrarme por fin conmigo misma es un placer… no culpable.
Axy Linda San-Fre
México 9de Julio 2026
*Llevaba 75 años sin saber que mi cerebro procesa el mundo de forma distinta y por eso me sentía marginada. Hoy al publicarlo me siento liberada.
MARIANA DI PASCUA
CULPAS DE FIN DE SEMANA
(tema :placer culpable) A los trece mi madre no me dejaba ir a la matinée bailable por lo que yo los domingos de noche dormía en lo de Angélica. No sé si le resultaba normal el reiterado trabajo en equipo como cristiana misa de domingo o se hacía una mentira piadosa. En la semana yo guardaba la mitad del dinero destinado a fotocopias que no sacaba porque tenía los libros o iba a la biblioteca. Los viernes ya le entregaba a Angélica una bolsa con la ropa y en su casa su madre me la planchaba guardando él secreto.
No te olvides del pijama Mariana, decía mamá y me daba plata por si me daba hambre extra. Con un poco de culpa yo usaba ese dinero para comprar bebidas cola cuando tanto bailongo me dejaba reseca la garganta.
Ahí tenía tiempo en pensar en mamá, en la mentira y en el tirón de pelo que me llevaría si se enteraba. La estudiantina con sus matiné duraba los tres meses de invierno,después calculé que hasta navidad no tendría bailes.
Un sábado de setiembre mi madre me preguntó :
_¿Maríana, los trabajos en equipo se terminaron?
_No mamá,le dije con las megillas coloradas. _¡ahora nos vamos a reunir los sábados!
MIRIAM SANTOS
CULPA DEL VINO
Del desvarío sinsentido
con sabores amaderados.
Del deseo insensato
de frutas maceradas.
Culpable
de la sed y el hartazgo,
de la ebriedad
de los sentidos.
Culpable es el vino
del mareo delicioso,
Del rojo atardecer
de mi piel y la tuya.
Pedro Antonio Lopez Cruz – Relato «El lector»