La línea roja

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «la línea roja». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 2 de julio!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMLIA CREGO

UN NUEVO DESTINO

La línea roja apareció una mañana de invierno.

Nadie supo quién la había pintado. Cruzaba la plaza principal del pueblo de un extremo al otro, perfectamente recta, como si alguien hubiera apoyado una regla gigante sobre el suelo. Era de un rojo intenso, imposible de borrar. Los operarios municipales lo intentaron con agua a presión, disolventes e incluso levantando parte del pavimento. La línea siempre volvía a aparecer al amanecer.

Al principio, la gente la ignoró.

Los niños la usaban como pista de equilibrio. Los turistas le tomaban fotografías. Los comerciantes colocaban sus puestos a ambos lados sin preocuparse demasiado. Pero con el tiempo comenzaron los rumores.

Decían que quien cruzaba la línea después de medianoche escuchaba una voz. Otros aseguraban que mostraba recuerdos olvidados. Algunos afirmaban que dividía la suerte de la desgracia.

Martín, el bibliotecario del pueblo, no creía en supersticiones. Sin embargo, una noche, al regresar a casa, decidió cruzarla.

Nada ocurrió.

Dio dos pasos más y sonrió para sí mismo.

Entonces oyó una voz.

—¿Cuánto tiempo más vas a esconderte?

La voz era la suya.

Martín se quedó inmóvil.

Frente a él, en medio de la calle vacía, apareció la imagen de una mujer. No era un fantasma ni una sombra. Era un recuerdo.

Clara. La había amado veinte años atrás y nunca se había atrevido a decirle lo que sentía. Ella se marchó a otra ciudad y él eligió el silencio.

La figura lo observó durante unos segundos antes de desvanecerse.

Aquella noche apenas durmió.

Durante los días siguientes, otros vecinos confesaron experiencias parecidas. La línea roja no mostraba monstruos ni tesoros. Mostraba decisiones evitadas, palabras nunca dichas, caminos abandonados por miedo.

Poco a poco, el pueblo cambió.

Hubo disculpas largamente aplazadas.

Reconciliaciones inesperadas. Personas que dejaron trabajos que odiaban. Otras que comenzaron proyectos imposibles.

La línea no obligaba a nadie a actuar. Solo recordaba.

Un año después, tan misteriosamente como había aparecido, desapareció.

Los habitantes salieron a la plaza y encontraron el suelo limpio, sin rastro de pintura.

Muchos sintieron tristeza.

Martín no.

Aquella misma mañana compró un billete de tren. Había encontrado una dirección reciente de Clara y pensaba visitarla. No sabía qué ocurriría cuando la viera, pero por primera vez en mucho tiempo no tenía miedo de cruzar ninguna frontera.

Porque comprendió algo que la línea roja había intentado enseñarles a todos:

Las barreras más difíciles de atravesar nunca están pintadas en el suelo. Están dentro de nosotros.

YOLANDA PINA REY

¿Cuántas líneas rojas atravesaremos a lo largo de nuestra vida?

¿Y cuántas traspasarán tantas otras?

Son preguntas que me hago con frecuencia.

Nos pasamos media vida dibujando líneas rojas. Creemos que sirven para protegernos, para poner límites a los demás y evitar que nos hagan daño.

Hoy he descubierto que ese hecho no hace más que tirar balones fuera para evitar mirar hacia dentro, que es donde realmente reside esa delgada línea compuesta por nosotros mismos. Porque evitamos analizar lo que de verdad pesa.

Entonces comprendí algo incómodo: era mucho más severo conmigo mismo que con cualquier otra persona.

Fue en ese momento cuando entendí que esa línea roja no separa el bien del mal, sino que divide el territorio de la autocrítica del territorio de la autoestima.

A medida que reflexionaba sobre ello, caí en la cuenta de que una persona puede pasar años borrando defectos de una hoja en blanco y señalándolos una y otra vez, porque cada vez que elimina uno aparece otro. Esta situación, agotadora y estéril, acaba obligándote a tomar un lápiz de color rojo y dibujar una línea alrededor de ti mismo, no para encerrarte, sino para impedir que te pierdas.

Gracias a ello descubrí que la felicidad empezó el día que dejé de corregirme y comencé a aceptarme.

Siempre había creído que aquella línea roja estaba delante de mí, marcando un límite. Pero no. Estaba detrás.

Era la distancia exacta que me separaba de todo aquello que ya había superado y que me había convertido en quien soy hoy.

Por primera vez entendí que algunas líneas rojas no están para impedirnos avanzar, sino para recordarnos lo lejos que hemos llegado.

CARMEN BERJANO

Sigamos campo a través pero no por coger atajos sino por llenarnos de barro y granos de polen variados

Sigamos llenos de sentimientos neonatos de dulzuras inesperadas y asumiendo riesgos claros

Sigamos

Sin que haga falta marcar líneas rojas donde todas sean blancas y desde el respeto ganado

Sigamos con este amor colorido, que no nos puedan los miedos

Y a vivirlo, creando.

DAVID MERLÁN

DONDE TERMINA EL TRIGO (EL COLOR DE LAS COSAS 3/4)

1935. Elkhart, Condado de Morton. Kansas. EEUU.

Durante el Dust Bowl (1), la frontera de las grandes llanuras del suroeste norteamericano conformadas por las fronteras de los Estados de Kansas, Colorado, Nuevo Méjico y Texas, quedaron atrapadas en una sucesión de sequías y tormentas de polvo que dieron lugar a que literalmente, se llegará a oscurecer el cielo en pleno día. La tierra, agotada por años de cultivo intensivo, se deshacía en el aire convertida en polvo.

Familias enteras abandonaron sus granjas sin mirar atrás. El viento no soplaba, sino que arrasaba y lo destruía todo a su paso.

Por aquel entonces en Elkhart había días en los que el cielo no era cielo, sino una pared marrón espesa que se tragaba hasta la luz del sol, y que a pesar de todo no evitaba que el mundo siguiera existiendo…aunque fuera a duras penas.

Henry Hart llegó una tarde cualquiera. Vestido con un traje oscuro, casi negro. Nadie supo de dónde venía, pero tampoco importaba demasiado.

En aquella época, todo el mundo venía de algún sitio y todos acababan marchándose más temprano que tarde.

Se instaló en una habitación alquilada, en metálico, encima de la tienda de comestibles. Sin hablar más de lo necesario.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —preguntó la dueña del alojamiento mientras le entregaba la llave.

Henry dejó la maleta sobre la cama.

Se tomó un segundo.

—No lo tengo.claro…, todavía.

La mujer asintió sin darle importancia. Estaba más que acostumbrada a oír esa frase en infinidad de veces. Demasiadas veces.

Y al poco, todo se aceleró. Al principio, el problema no era el hambre, sino la exasperante espera:

Los campos seguían ahí. A plena vista, pero el trigo no crecía. O moría antes e tiempo, o crecía de forma débil y enfermizo.

Y con cada cosecha era peor. Promesas y esperanzas que se diluían en el polvo.

Todo transcurría de forma anodina y poco a poco, en la frontera el condado de Morton, se iba trazando una línea en un mapa. Una línea roja no oficial. No escrita en ningún documento, pero muy presente en la cabeza de quienes aún se atrevían a quedarse:

De un lado, los que resistían. Del otro, los que ya habían empezado a vender lo que quedaba de sus tierras.

Y así, un día comenzó el goteo. El primero en marcharse fue Miller. Le siguió los Thompson.y un par e semanas más tarde, la familia Reeves entera.

Uno a uno, los graneros se vaciaban. Y uno a uno, los caminos se llenaban de carros y los menos, cargaban sus primitivos automóviles cargados de muebles, colchones, e incluso con alguna que otra gallina.

Y mientras las «gotas» continuaban si marcha, Henry Hart observaba. Siempre desde un lugar discreto. Podía ser desde la puerta de una tienda, pero también valía la e la iglesia o el borde del camino. Pero lo único que no cambiaba era el hecho de que nunca parecíese tener prisa.

—Este año tampoco va a llover —dijo el viejo Samuel una tarde en la cantina con un vaso vacío de burbon.

—Siempre llueve en algún sitio. Tenga fé —respondió alguien.

—No aquí, amigo. No aquí. Ponme otro James—añadió levantando su vaso al cielo del local y dejando mudo a todos los presentes.

****

Las tormentas llegaron en abril. Y con ellas el viento que se levantaba sin aviso.

Primero te rozaba suave. Luego crecía en intensidad de forma constante, y cuando menos se lo esperaran, azotaba de forma insoportable. Y entonces el mundo desaparecía entre polvo marrón.

Durante las “ventiscas negras”, Elkhart dejaba de ser un lugar y se convertía en un infierno.

Lo único humanamente que podían hacer era intentar sellar las ventanas con trapos húmedos. Después, exhaustas, las familias se reunían en silencio alrededor de la mesa, mientras observaban impotentes como fuera el polvo lo cubría todo; desde el sol al suelo.

Fue entonces cuando la línea roja dejó de ser un dibujo en un mapa y se convirtió en una decisión tan sencilla como radical y dramática:

Quedarse o marcharse. Enterrar a los muertos o irse antes de tener que hacerlo.

—¿Usted no se va? —le preguntó un hombre a Henry

Hart en la estación cargando dos enormes maletas de piel marrón, como el polvo que quería sacudirse al largarse de allí.

Henry miró el horizonte enegrecido antes e responder.

—¿Irme a dónde?

—A cualquier sitio donde todavía se pueda vivir. O usted cree que a esto se le puede llamar vida.—sentienció el hombre.

Henry tardó en responder.

—Eso depende de cómo lo mire.

El hombre no entendió la respuesta. Pero no insistió.

Un patrón se repetía en aquella época. Nadie insistía mucho en intentar convencer los argumentos ajenos.

****

Y sin poder evitar lo inevitable, el hambre acabó por llegar. Lento, pero implacable.

No llegó de golpe, sino que lo hizo por partes:

Primero faltó el trigo. Luego la harina y por último…el pan.

Y finalmente las decisiones más dolorosas se instauraron en las vidas de Elkhart:

Las familias empezaron a racionar las provisiones Primero creyeron que malo sería si era con una comida al día. Luego erróneamente con una comida cada dos días, hasta que al final, nada.

Y aun así, algunos seguían esperando, creyendo y rezando sin éxito.

***

Una mañana, el señor Harlan, el maestro del pueblo, encontró a Henry Hart junto a la carretera.

—Dicen que el gobierno está enviando ayuda.

—Siempre dicen algo —respondió Henry.

—¿Y usted qué cree?

Henry observó el polvo suspendido en el aire.

—Creo que la tierra ha decidido hablar y lo que ha dicho no es agradable.

El maestro no supo qué contestar.

Las caravanas hacia el oeste se hicieron habituales:

California y Nevada principalmente, pero cualquier otro lugar era a priori tan buena opción como otra cualquiera, con tal de que el suelo no se desintregara entre los dedos.

Y así, el goteo constante prosiguió. Las familias partían en silencio. Sin discursos largos ni despedidas lacrimógenas. A cambio solo regalaban a los que se quedaban atrás, ruedas girando mientras levantaban el implacable polvo.

***

Una tarde, mientras el sol intentaba abrirse paso entre la tormenta, Henry Hart caminó hasta la colina que dominaba Elkhart.

Desde allí se veía on claridad meridiana, la línea roja.

Ya no estática en un mapa, sino en movimiento. Una procesión interminable de gente cruzándola sin saber si estaban huyendo o simplemente sobreviviendo.

Detrás de ella, un par de personas, rezagadas, enterraba a un niño. (2)

Más allá, otros cargaban un carro con lo poco que les quedaba y merecía ser salvado del olvido.

Y en el medio, la vida seguía su curso, como si nada tuviera importancia.

Henry Hart permaneció impertérrito. Sin demostras tristeza visible. Sin alegría. Solo observando lo que sucedía a su alrededor. Como si todo aquello fuese exactamente lo que debía ocurrir.

—¿Qué hace aquí? —preguntó una voz femenina y madura situada a su altura.

Henry ni la miró.

Conocía la pregunta y también la respuesta.

—Nada. Me gusta su pueblo. Eso es todo.

El viento volvió a levantarse más fuerte y más negro si todavía era posible.

Y mientras Elkhart desaparecía bajo otra ventisca, Henry Hart se dio la vuelta. Miró hacía el éxodo y acto seguido giró su mirada hacia la escena del cementerio.

Miró la línea roja que ya no separaba dos lados… sino dos destinos.

A unos.pocos metros, un hombre ayudaba a cargar el cuerpo de un niño en una carreta.

Más allá, una familia cerraba por última vez la puerta de su casa.

El polvo lo cubría todo. Incluso era difícil ya distinguir los nombres de los letreros.

Henry inspiró despacio, y entonces habló, casi sin mover los labios:

—Se está haciendo bien.

Detrás de él, una segunda voz respondió, tranquila, sin prisa:

—Siempre se hace bien.

Henry no preguntó quién era.

No hacía falta. Sabía perfectamente de quién se trataba.

Solo asintió levemente mientras el viento seguía azotando Elkhart sin piedad.

Continuará….

© David Merlán Castro

—————–

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Dust_Bowl….

(2)

En el censo de 1930 la ciudad de Elkhart, Kansas registraba 1.435 habitantes y, debido a la grave sequía de la época (Dust Bowl), para 1940 descendió drásticamente a 902 residentes. Durante la década de 1930, Elkhart (la cabecera del condado de Morton) sufrió un enorme impacto socioeconómico al encontrarse en el epicentro del desastre ecológico conocido como la Cuenca de Polvo (Dust Bowl). El condado perdió casi la mitad de su población total en esos años, a medida que muchos agricultores se veían obligados a emigrar hacia el oeste en busca de nuevas oportunidades. Fuente: Google y Wikipedia.

REBECA FS

Las rayitas coloradas de mi viejo teclado.

Al encender mi viejo teclado, aparecieron los dos – – , mientras que escuchaba a Ludovico Einaudi.Elegí sonido de guitarra. Los instrumentos de cuerdas siempre habían templado mis miedos.

Me atreví a no leer partitura; ensayaba buscando el bajo que sostenía la melodía.

Disfruté de mi ensayo, el cual no va directo a mi mente y a mi corazón. Va directo a la libertad.

Dejé libre las preocupaciones.

Me entregué al sonido.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Trazando línea azul

para alcanzar el cielo

se desgarran versos

de línea roja

en crepúsculo de belleza.

Ese instante que traspasa el alma

herida de beldad en ocaso de vida.

Ya no existen colores ni líneas

para acompasar el silente latir de los corazones. Prosa que versa el versado eco del conocimiento allende el firmamento brillan las letras con las estrellas.

Fin.

MANUEL SERRANO

VISITA AL HOSPITAL

Llegué a aquel hospital en Nueva York para unas pruebas. En la recepción me enviaron a la tercera planta. Me sacaron sangre y me devolvieron a la planta baja a la espera de otra prueba.

Media hora después me dieron unos papeles y me dijeron:

—Tome la línea roja y, cuando llegué al final, se los entrega a la enfermera.

Casi dos horas después regresaba al mostrador:

—¿Para qué me manda allí? ¡Ni en el Bronx ni en Brooklyn hay quién me recoja esto!

CESAR BORT

Talía La Herida Sangrante (La línea roja)

Trastévere, Roma, Anno Domine 1295

Una garúa molesta e inusual empezó a media mañana trayendo consigo un cielo plomizo y, al ponerse el Sol, seguía cayendo. Mojaba las estrechas calles del Trastévere y, aunque parecía que no iba a arreciar, si te demorabas bajo ella, te calaba, el frío te congelaba los huesos y amenazaba pulmonía.

La oscuridad apenas se aligeraba con los fanales de aceite y los pocos que andaban por el resbaladizo empedrado, se resguardaban bajo capas gruesas y sombreros de ala ancha, e igual podían ser bandidos, contrabandistas o agentes del orden, quizá, los tres desempeños al mismo tiempo y con el mismo orgullo.

Los locales cerraron cuando las campanas de las iglesias tocaron a queda, aunque siempre había alguno que se saltaba el aviso y cobijaba a gente de mala fama, ganada a pulso.

Nunca fue el caso de la Ostería de Matteo Rossi, pero aquella noche, permanecía abierta. Poco antes del recogimiento, al que obligaban los redobles, entró una mujer y fue a sentarse en la mesa más arrinconada del local.

Matteo pensó que bebería, comería y se iría, pues no era aconsejable andar por el Trastévere de noche. Pero ya llevaba tres jarras de vino y la sed no mermaba.

Matteo la observaba de soslayo, mientras simulaba secar los vasos y rumiaba la manera de echarla con delicadeza, cosa harto difícil, pues el vino enseña más leyes que el vademécum de los abogados y alienta alegatos acalorados, complicados de rebatir. Él lo sabía muy bien, porque llevaba quince años al frente del negocio y el doble viendo cómo lo manejaba su padre.

―Matteo ―dijo la mujer levantando la jarra y meciéndola en el aire.

Rossi pensó que el vino, también, acentúa la confianza. No conocía a la mujer de nada, pero mediada la segunda ronda, le preguntó el nombre y no se cansaba de repetirlo ni lo olvidaba. «No se acordará mañana», se dijo con retintín.

Llenó una jarra y la llevó a la mesa. Iba a recoger la que ya estaba vacía, cuando la mujer lo invitó a sentarse con un recurrido: «Es aburrido beber sola».

―Y triste ―sentenció el osterero con intención, pues sabía que cuando las verdades, igual que las mentiras, se ponen en palabras, adquieren realidad, remueven las conciencias y consiguen, en el mejor de los casos, echar a clientes importunos.

La mujer lo miró con malicia:

―¿Parezco triste?

Matteo se fue sentando despacio, sin pensarlo, impelido por una fuerza irresistible. Se limpió las manos con el trapo del delantal. La mirada jocosa de la mujer resaltaba sus ojos verdes. El pelo rojo y corto le confería un aspecto jovial, reforzado por un mechón trenzado que salía de detrás de su oreja derecha y descansaba en el hombro. La cara era alargada y delgada; la nariz afilada; la boca grande esbozaba una sonrisa burlona, que dejaba entrever los dientes blancos y encaballados.

―No, no pareces triste ―afirmó Matteo.

La mujer asintió complacida y preguntó de la nada:

―¿Crees en los magos?

―La Iglesia dice que no existen ―respondió Matteo con rapidez.

―No te he preguntado qué dice la Iglesia, sino qué crees tú.

Matteo miró fugazmente por encima del hombro de la mujer. En la pared, colgaba el sobretodo azul marino, con esforzados adornos blancos. Enseguida, volvió a mirarla a ella. Llevaba un vestido largo del mismo color que el sobretodo, con cordones en el pecho y sabía, porque se había fijado cuando entró al local, que usaba botas recias, planas, de cuero, posiblemente, ajustadas con cinchas en las pantorrillas al estilo y modo aventurero.

―Mi abuelo me contó, que vio a uno en una ocasión, cuando era niño, durante el último gran incendio de Roma. La Subura ardía, antes mi familia vivía en la Subura… Todos intentaban escapar del infierno. Por eso es importante respetar el toque de queda, para que no haya incendios… ―insertó por si sonaba la flauta, pero no sonó y continuó―: En la confusión, sus padres creyeron que había escapado, que ya estaba a salvo, pero se había rezagado…

»Las llamas lo envolvían y el humo no lo dejaba respirar. Tenía…, diez años, creo. Iba a saltar por una ventana, se hubiera matado, porque cuando saltas por la ventana de un tercer piso, no hay Dios que valga ni santo que te proteja ―se santiguó varias veces con rapidez.

»Pero, entonces, las llamas… se abrieron y lo vio aparecer entre ellas. Llevaba una túnica oscura, de un azul parecido al de tu capa o, tal vez, negra; blandía un bastón retorcido; sus ojos azules resplandecían más que el fuego y… lo salvó.

La mujer bebió un trago:

―¿Cómo?

―Mi abuelo no me lo supo decir, al parecer, perdió el conocimiento y despertó entre las columnas de la entrada de la iglesia de san Cesáreo, en la porta Accia, sin un solo rasguño ―Matteo guardó silencio y reflexionó―. Seguramente, fue un sueño. Yo creo que corrió hasta allí llevado por el pánico y para no reconocerlo o porque su mente estuviera emboriada, se inventó la historia y se la acabó creyendo.

―¿Tan increíble es que lo salvara un mago?

―El Santo Padre ha dicho que no existen, que son supersticiones. Leyendas de tiempos pasados. Que los que se llaman adivinos solo pretenden confundirnos para desviarnos del camino de Dios. Son hijos del Diablo ―sentenció Matteo entre el convencimiento y la letanía.

―Y, sin embargo, la Iglesia, con la bendición y el patrocinio del Santo Padre ―no ocultó el tono irónico al decirlo―, está convencida de que existen las brujas y por eso las quema.

Matteo titubeó y la mujer añadió:

―Cuando la Iglesia es más vehemente, es cuando trata de ocultar una verdad, aunque, luego, la usa a espaldas de la gente para su provecho. ―De un trago se acabó el vino y se levantó―. Ese que salvó a tu abuelo, fue mi maestro, Santiago el Torzuelo, aunque no sé el motivo para que lo hiciera, no es mucho de salvar a nadie…

La mujer se puso el sobretodo, dejó unas monedas sobre la mesa. Matteo la miraba desde abajo, todavía sentado. Era atrayente, la mala bicha. Y sin saber por qué, le preguntó:

―¿Cómo te llamas?

La mujer su puso la capucha:

―Mi nombre es Talía la Herida Sangrante. Y, ahora, si me disculpas, es hora de seguir la línea roja marcada con regueros de sangre: tengo que ir a Letrán, a las entrañas de la Iglesia ―y sin atisbo de preocupación ni culpa, añadió―, aunque no sé si me recibirá Dios o el Diablo.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

DÍAS DE COLOR ROJO

Aquella tarde gris en Gilead parecía igual que todas: silenciosa, vigilada y pesada como una nube baja y oscura amenazando tormenta. La recuerdo porque fue entonces cuando comprendí que el silencio también puede ser una forma de rebeldía. Yo caminaba unos pasos detrás de las dos criadas que avanzaban por la acera, con sus capas rojas agitadas ligeramente por el viento. Una de ellas era Defred —o al menos así la llamaban—, la mujer a la que después oí mencionar en varias ocasiones.

Yo no era nadie importante allí. Tan solo un escribiente del registro civil, uno de tantos hombres grises que anotaban nombres y nacimientos en grandes libros encuadernados. Escribiendo cifras que el régimen celebraba como auténticos milagros. Mi trabajo me permitía observar. Porque observar era casi lo único que quedaba por hacer en un lugar como aquel. Era un trabajo gris para un hombre gris. Pero desde mi mesa veía pasar a las criadas por la calle principal, con sus largas capas, rojas como una herida abierta en medio de un orden aparentemente perfecto.

Las dos criadas caminaban hacia el mercado. Sus rostros apenas se veían bajo las alas blancas del tocado, pero yo notaba los pequeños gestos: la manera en que Defred inclinaba la cabeza cuando su compañera murmuraba algo; la pausa casi imperceptible frente al escaparate de pan. Parecían detalles insignificantes, pero en aquel mundo los detalles eran a veces la única forma de hablar.

—El pan está racionado hoy —dije yo cuando coincidimos en la cola—. Llegó menos harina de lo habitual.

No debía hablarles. Ellas tampoco debían responderme. Sin embargo, Defred levantó la vista un instante. No dijo nada. Tan solo me miró. Fue una mirada rápida, pero cargada de algo que en Gilead era raro: curiosidad… o quizá memoria de un pasado que apenas ya existía. La otra criada la empujó suavemente con el codo, recordándole la norma del silencio. Aun así, cuando salieron del mercado, escuché a Defred murmurar algo que apenas distinguí:

—Antes había demasiado de todo.

No supe si hablaba conmigo, con su compañera o consigo misma.

Esa noche volví a mi escritorio y seguí registrando nacimientos en el gran libro. Nombres nuevos para un mundo que pretendía empezar de nuevo borrando el pasado. Pero mientras escribía, pensé en aquella frase: “antes había demasiado de todo”.

Tal vez por eso, cuando más tarde escuché rumores sobre una criada que hacía preguntas, que observaba más de lo habitual y que quizá tenía contactos con algo llamado Mayday, supe inmediatamente de quién hablaban.

Una noche vi a Defred por última vez. La subieron a un coche negro. Dos hombres la escoltaban. No supe distinguir si aquello era un arresto o un rescate. En Gilead, a veces ambas cosas se parecen demasiado.

Antes de entrar al coche miró a su alrededor. La calle estaba llena de gente obediente con los ojos hundidos en el suelo. Yo también estaba allí. Por un segundo nuestras miradas se cruzaron otra vez. Y entonces comprendí algo que nunca había entendido leyendo los archivos ni escuchando los sermones: los regímenes no caen cuando la gente grita. Empiezan a caer en el momento en que alguien recuerda que el miedo no es eterno. Y esa semilla, en ocasiones, crece y se extiende como un reguero de pólvora.

Segundos después, el coche se fue. Al día siguiente su nombre ya no estaba en ninguna lista.

Desde entonces, cada vez que inscribo un nacimiento en el registro del Estado, dejo un pequeño espacio al margen de la página. Un hueco apenas perceptible, casi invisible. Por si algún día alguien vuelve a escribir la historia. Como quizá ya estaba intentando hacer Defred en este mundo

Yo no participé en conspiraciones ni en huidas. No soy un héroe, ni pretendo formar parte de la historia. Pero recuerdo aquel momento mínimo en la cola del pan, el instante en que una mujer vestida de rojo miró alrededor como si estuviera midiendo los muros invisibles de su prisión. Y aún hoy me pregunto si aquella mirada fue el principio de algo… o solo el recuerdo fugaz de un mundo que, para muchos de nosotros, ya empezaba a parecer un sueño.

La mujer se llamaba Defred. Y una nueva historia —aunque entonces no lo sabíamos— apenas estaba a punto de comenzar.

Pedro Antonio López Cruz

MARA SERBIA

El borde del mundo

El cielo arde, pero no quema.

No hay fuego que alcance la piel,

solo esta luz que se derrama lenta

sobre el borde del mundo.

En el horizonte queda una línea roja,

delgada, obstinada,

como si alguien hubiera trazado con tinta indeleble,

el límite exacto de lo visible.

Una herida luminosa que no sangra,

pero recuerda.

Allí el día se inclina sin ruido,

solo se detiene un instante,

suspendido entre lo que fue claridad

y lo que aún no tiene nombre.

Es una frontera sin muro,

una promesa que se deshace en color.

Y el sol, ya inclinado,

no cae: se retira.

La línea roja permanece,

marcando lo que la vista alcanza

y lo que, inevitablemente, se pierde.

JAROL LIMA

DULCES SUEÑOS.

Mis manos aun tiemblan y puedo sentir en la boca ese sabor agridulce metálico. Supongo la peor parte del sueño es esos momentos después de despertarse siente como el infierno mismo, cada rincón del cuerpo pica y las náuseas te invaden. Se dice que los ricos duermen por años y solo bajan una semana para ver si siguen igual de millonarios; yo conocí a varios en este trabajo, son pobres diablos igual a cualquier trabajador de la tierra. A eso le llaman ser inmortal los tontos, yo no lo creo, solo posponen lo inevitable, también morirán algun día. En el sueño no envejecen, al igual que lo hacian los viajeros del espacio de los siglos pasados. Esas distancias aún a velocidades cercanas a la luz eran enormes, décadas o siglos enteros de viaje. La gente del pasado usaba en un principio las enormes naves generacionales. Ahí abordaban jóvenes y retornaban sus bisnietos con las preciadas cargas, o al menos fue así hasta que se descubrió el M esa droga permitia qué el cuerpo entre en un sueño perfecto que conservaba la juventud en el viaje.

Supongo fue solo una moda al principio, pero todos los ricos empezaron a dormir, los más listos invertian en cargamentos espaciales y dormían en espera de su llegada. Algo más ricos disfrutan unas semanas de placer en las ciudades del pecado en la tierra y volvían al sueño. Se puede decir que al principio era riesgoso, esos millonarios dormidos eran una presa facil para los secuestradores o rivales que si estaban despiertos. Ahí fue que algún listo pensó en crear el hotel en órbita «el gran Ondina» ha trabajado por un siglo. Yo estuve en su inauguración era muy joven apenas unos 19 años, me inicie limpiando los pasillos estrechos donde más que millonarios durmiendo me recordaban a los pabellones de muertos de algun cementerio de la tierra. El trabajo era exigente y siempre corrimos el riesgo de que algún terrorista deseara librarse de estos ricachones, salvee la vida en algunas ocasiones cuando una explosión daño un módulo. Por suerte mía los robots de seguridad particular y la policía terrestre acudieron de inmediato. A lso 25 ascendi a técnico de mantenimiento, ahí pude tomar mi primera dosis de M, todo el personal tomaba turnos de sueño, para asegurar alguien calificado estuviera de guardia.

Supongo por la deuda temporal me he alejado de los que viven ahí abajo, ya vi morir a algunos de mis nietos cuando bajo, mi esposa actual es algo más viaje ay desagradable, creo en mi siguiente descanso le diré que deseo el divorcio. Abrazare mis nietos, en verdad crecen rápido, la siguiente ocasión los veré en tres años. Ya ni recuerdo sus nombres. Mi anciana esposa si los recuerda.

Regresaré a mi guardia, las bellas durmientes nesecitan que sus cuerpos estén en óptimas condiciones, la droga los hace dormir. Pero, sus desechos y sus cuerpos nesecitan estimulación eléctrica continua.

En un año llega una ricachona nueva, ahora son tan jóvenes, la carpeta dice 20 años y se nota es guapísima. Le sonrió a José mi supervisor. Esta tarde tendremos fiesta, apagaremos las cámaras, David de seguridad nos ayuda y le pagaremos con algo de nuestra dotación de M, ese tipo es todo un adicto a dormir y verse igual de joven. El tipo ni toma sus días libres, solo duerme y duerme. Ama como nosotros nos vemos más viejos y el no. Nos lo dijo en una tarde que contemplaba la tierra por la pequeña escotilla.

Limpiare un poco más, ya puedo imaginar esa piel qué nunca se vio el sol, nunca trabajo, no sudo. La bella durmiente despertar en una decada, debe ser una nueva rica o la amante de algún millonario. Aqui mientras más dinero, más duermes.

El trapeador se siente pesado, tener 30 años es duro, trabajar es más cansado cada día. Apago la luz y guardo los estropajos, los durmientes parecen muertos o talvez lo están. Me preparo una línea de M, saco la pequeña bolsa de plástico dibujo una línea con mi tarjeta de identificación en la mesa, acerca mi rostro a al mesa y aspiro fuerte. Es la mejor forma. Algo de la línea queda en la mesa, su agradable color rojo me maravilla, tomare una siesta de un año, mi turno ya termino, Boris despertara en minutos y se ocupará de limpiar y me llevara a una cama para el personal.

Cierro los ojos mientras miro fijamente a los pasadisos de las bellas durmientes, las maquinas caminan entre las cápsulas y supervisando la salud de esos cadáveres. Dulces sueños ricachones.

LILIANA GIANNINI

Destino

Sin líneas rojas

Hace dos días que la está siguiendo, ahora está rodeada de gente.

Es imposible que pueda acercarse, por ahora.

No puede dejar que escape. Ella es la última esperanza de vivir una vida común, como la de cualquiera.

Desde lejos ve como la línea roja zigzaguea y se abre camino. El aroma dulce y almizclado le entra por la nariz y estalla en la garganta, le nubla los sentidos pero no se detiene. Es el momento. Está sola.

Le bloquea el paso. La cubre con su enorme cuerpo y bebe.

El grito se ahoga en un hilo rojo que cae sobre sus pechos. El hueco de su esternón ruge con la memoria de un latido ajeno. Pero al saborearlo se torna tan negro como la brea de su propio estómago.

– No es ella, quiero sentir…. Quiero ser uno de ustedes…

L’IDIOT

La línea roja

Lucas subió los últimos ocho peldaños de la escalera y llegó al pasillo del tercer piso un poco cansado. Las rodillas adoloridas, la respiración entrecortada por el esfuerzo, la nicotina y el calor sofocante. Y nuevamente pensó en lo que siempre pensaba cada vez que tenía que subir o bajar al tercer piso: la próxima vez rentaría en un primer piso. Pero, para su desgracia, aún le quedaban tres meses de contrato. Irse antes significaba una penalización económica que no podía afrontar.

Eran las ocho y diez de la mañana cuando Lucas se detuvo en seco frente a una cinta roja pegada sobre el piso del pasillo. No medía más de dos centímetros de ancho. Cruzaba el corredor de pared a pared, como una costura mal disimulada.

Primero pensó que sería una marca de mantenimiento, una guía para los electricistas o para el personal de limpieza. Pero entonces recordó que el rojo, en casi todos los códigos que había aprendido sin darse cuenta a lo largo de la vida, significaba alto. Significaba no. Significaba peligro. Los extintores eran rojos. Las señales de stop eran rojas. El botón que nunca había que tocar, en cualquier máquina o ascensor, era rojo.

Alguien, en algún punto de su infancia, le había enseñado que el rojo era el color que el mundo usaba para decir «cuidado», y su cuerpo, cincuenta y ocho años después, seguía obedeciendo esa lección.

Miró a izquierda y derecha. El pasillo estaba vacío. No había ningún cartel, ninguna cinta de obras, ningún cono. Solo la línea roja, indiferente, esperando.

—Es absurdo —se dijo.

Y, sin embargo, no avanzó.

Porque, si era absurdo cruzarla, también lo era quedarse ahí parado durante quince o veinte minutos, calculando. Pero el razonamiento, una vez que empezó a girar, no encontró freno: ¿y si la habían pintado ese mismo día por algo que él no sabía? ¿Y si, más allá, había una obra eléctrica bajo las baldosas? Cuantas más posibilidades imaginaba, más legítima le parecía la advertencia, hasta que la ausencia total de explicación, que debería haberlo tranquilizado, se convirtió en la prueba más inquietante de todas.

Un peligro señalado y explicado se puede medir. Un peligro señalado y silencioso es ilimitado: puede ser cualquier cosa, así que la mente, generosa, lo convierte en todo.

Llegó una mujer con una taza de café, pasó junto a él, cruzó la línea sin mirarla siquiera y desapareció por la puerta del fondo. Lucas sintió un alivio breve: si ella podía, también él. Pero se apagó casi de inmediato. Quizás ella no sabía lo que él sí sabía.

Se quedó allí el tiempo suficiente para que el sentido común y el miedo terminaran de fundirse en una sola sustancia, indistinguible, que era más que cautela, más que pánico: el convencimiento de que las señales, aunque nadie las explique, están puestas por alguien que sabe más que uno.

Cuando por fin movió el pie, no fue porque hubiera resuelto nada. Fue porque otra persona, minutos después, pasó arrastrando una escoba con la mirada perdida y dijo, sin dirigirse a nadie:

—Todavía no han quitado esa marca de la mudanza de ayer.

Lucas cruzó la línea.

Del otro lado, el pasillo era exactamente igual.

EFRAÍN DÍAZ

Todas las tardes, después del café de las 3:00, don Tano arrastraba una silla de metal hasta la sombra del árbol de mango y se sentaba a ver pasar el mundo.

Algunos pensaban que estaba aburrido.

Los jóvenes creían que dormía con los ojos abiertos. Ninguno entendía que don Tano estaba trabajando.

Llevaba setenta años estudiando a Dos Bocas.

Entonces empezó a recordar.

Antes las puertas no tenían cerraduras. Ni falta que hacían.

Antes la gente conocía el nombre de los vecinos. Hoy, ni siquiera los conoce.

Antes los muchachos jugaban pelota en la carretera. Hoy andan hipnotizados con aparatitos electrónicos.

Antes los Reyes Magos recorrían el barrio. Hoy ni los recuerdan.

Antes los velorios se hacían en las casas. Hoy se hacen en grandes funerarias.

Antes la palabra dada valía más que una firma. Ahora si no es con papeles, no hay trato.

Don Tano intenta no idealizar el pasado, y aunque cree que la modernidad ha ayudado, piensa todo tiempo pasado fue mejor.

También recuerda la pobreza, el fango, la falta de médicos y las noches sin luz.

Pero insiste en que algo importante se perdió.

Entonces no pudo evitar pregunarse:

—¿Cuándo empezó a dañarse todo?

No encontró una fecha. No encontró un alcalde a quien pudiera responsabilizar. Tampoco encontró un gobernador. En fin, No encontró un culpable.

Porque la decadencia nunca llega de golpe. Llega a cucharaditas.

Entonces se dijo para sí mismo:

—Los pueblos no se pierden cuando cierran una escuela o cuando se pierde una finca. Los pueblos se pierden cuando cruzan una fina línea roja de la cual no hay retorno. Se pierde cuando dejan de sentir vergüenza. Cuando se normaliza la corrupción. Cuando se abandonan a los viejos. Cuando nadie devuelve una cartera encontrada. Cuando los padres dejan de corregir a los hijos. Cuando los hijos dejan de visitar a los padres. Cuando ya nada escandaliza.

Desde su silla de metal, don Tano observó unos niños jugando. Curiosamente no estaban enfocados en una pantalla. Estaban corriendo detrás de una bola. Y don Tano sonrió.

Porque quizás la línea roja todavía no se había cruzado del todo.

O quizás siempre hay oportunidad de volver atrás.

Frente al colmado de Lolo, tres muchachos perseguían una pelota desinflada. Se insultaban, se empujaban y reían a carcajadas.

Exactamente igual que él y sus amigos sesenta años antes. Entonces volvió a sonreir.

Tal vez la fina línea roja estaba más lejos de lo que imaginaba.

O tal vez los pueblos, igual que las personas, nunca terminan de perderse mientras alguien recuerde quiénes fueron.

ANGY DEL TORO

El último Mosto

La atmósfera de la avenida principal de Gijón les traía recuerdos de su niñez. Cuando la brisa del Cantábrico les envolvió, sintieron un olor familiar y diferente: dulce, ácido, profundo. Era el aroma de la manzana fermentada.

Frente a la sede de «Sidra Cienfuegos» se alzaba una estructura llamativa: el árbol de botellas. Cientos de envases de vidrio verde, colocados con cuidado, formaban un tronco ancho con ramas extendidas en racimos que simulaban el brillo del cielo asturiano.

En su base, una placa de bronce que grababa:

“Inspirado en el Árbol de la Sidra — el origen de todo lo que somos”

—Es lo que siempre soñó —susurró Carmela, apretando el brazo de su marido—. Decía que quería que cada botella contuviera una buena parte de todos nosotros.

Decidieron entrar. Llevaban mas de una década sin ver a Manuel, su amigo de infancia, y querían contarle que por fin habían vuelto a su tierra. Pero en la recepción, la noticia les cayó como un dardo al corazón:

—Lo siento mucho, señores. Don Manuel falleció ayer al amanecer. Lo encontraron en la finca vieja, a los pies del Árbol de la Sidra.

—No lo puedo creer —dijo el hombre que acompañaba a Carmela.

—Todo indica que resbaló sobre la hierba mojada y se golpeó contra las raíces del árbol. —continuó la joven recepcionista.

El camino hacia la finca se les hizo difícil, mientras tanto, los recuerdos resurgían como nubes de verano. Hace medio siglo, los tres corrían descalzos por aquellos prados. La familia de Manuel era la más pobre del lugar. Vivían en una casucha pequeña y su único tesoro era aquel árbol centenario, de corteza rugosa y raíces profundas.

—“Este árbol y esta tierra aún no son míos —decía con la boca todavía llena de manzana—, pero algún día haré que den fruto de verdad. Y será siempre como me enseñó mi abuelo: sin prisas, sin trampas, respetando lo que nos da la naturaleza”.

Con el tiempo, Manuel cumplió su palabra. Empezó vendiendo mosto en las tabernas del barrio, abrió su primera bodega pequeña y, con años de trabajo, construyó aquel imperio que llevaba su nombre a toda España y más allá de los mares. Pero para Carmela y Luis, su amigo Manuel seguía siendo aquel chico que prometió no olvidar sus raíces.

Al llegar a la arboleda, el lugar del suceso, frente al árbol real: inmenso, silencioso, con sus ramas extendidas sobre un terreno húmedo, sintieron un dolor intenso. La policía ya se había ido, pero aún quedaban marcas en el suelo y un olor fresco a cosecha recién cortada.

Allí estaban Xurxo y Elena, hablando con los empleados y firmando papeles. También estaba Severino, el capataz que llevaba cuarenta años trabajando en la industria, con la mirada baja y las manos endurecidas por el trabajo y el tiempo.

Las palabras confirmaron lo que su instinto ya sospechaba. Xurxo hablaba solo de cifras, contratos y expansión, evitando mirar hacia las raíces del árbol. Elena repetía que “el padre ya estaba mayor y era algo descuidado”.

Pero Severino, cuando se quedaron solos, bajó la voz:

—Desde hace dos años quieren cambiarlo todo. Traen mosto barato de afuera, acortan la fermentación, usan conservantes que nunca habíamos visto. Quieren dejar de lado la denominación de origen para ganar más y más rápido. Don Manuel se oponía con todas sus fuerzas. Decía que así la sidra dejaba de ser suya, dejaba de ser de este árbol… Incluso hablaban de talar parte del bosque viejo, hasta de cortar las ramas más antiguas para ampliar las instalaciones.

Luis observaba con atención el suelo cerca del tronco. Entre la hierba encontró dos cosas que nadie había visto:

– una pequeña botella de vidrio, sellada con corcho natural y una etiqueta dibujada a mano —el mismo diseño que Manuel usaba en sus primeras cosechas, mucho antes de tener marca comercial.

– una nota que colgaba de un hilo rojo atado al cuello de la botella, donde se leía: han cruzado la línea roja.

Continuará…

RAQUEL ULLOA PÉREZ

Hay una línea roja entre nosotros, a punto de romperse en pedazos. Hemos tirado tanto de ella que ya empieza a deshilacharse.

Y tú, empeñado en tener siempre la razón. Siempre.

No ves cómo cruje, cómo se queja en silencio cada vez que fuerzas un poco más.

No escuchas el hilo rendirse, ni este desgaste que ya pesa demasiado.

Un día no habrá tirón, ni palabras, ni reproches.

Solo un chasquido seco.

Y después, nada.

Una nada que pesa, que ahoga.

Como un cordel al cuello.

Y yo, sin fuerza ni para soltarlo.

Déjalo ya.

Deja de tirar, de forzar.

Que se rompa, si tiene que romperse.

Quizás así

pueda respirar.

YOMALCKRY OSORIO

No es la distancia la que se separa , es una indiferencia en el alma, algo demasiado atroz

no es la frontera la que nos aleja es la desesperanza .

No es la ausencia es el silencio,

No es esa delgada linea entre la vida y la muerte , es no saber respirar en total libertad ,

un hermetismo nos separa y condena casi al mismo tiempo .

El dolor se tiñe de rojo intenso de desespero , algo interrumpe sus latidos , algo paraliza ese estruendo que significa estar vivo.

Un sueño se convierte en pesadilla. los minutos pasan rapidamente y no da casi tiempo de sentirte , de besarte , de acariciarte

Pero es el único lugar seguro de verte por cuestión de segundos que quisiera que fuesen eternos.

No sé porqué te sueño ? porqué los invade sin mi permiso y te adueñas de ellos por completo .

porqué en vez de separarnos ese hilo nos uniera para siempre , y todo fuese realidad , hoy es una pesadilla querer olvidar

es como si dejara de respirar ;

pero se que hay olvidar y pronto antes de que consuma mi espiritu y mi aliento que se agota de forma irremediable

Cuantas lineas más de tiempo hay que atravesar ? para que nos volvamos a encontrar y que nuestros caminos se cruzen de nuevo como en aquella juventud que se nos esfumó de las manos .No tuvimos el poder de atraparlo , fueron gotas de lluvia en aquella calle tan ancha pero angosta cuando las miradas se cruzaban como tormentas y sobraban las palabras porque era innecesarias ,

Ese fantasma recorre incesante la mente y se crea un intenso caos en cada espacio como si no existiera en que pensar .

El rojo se transforma en olvido .

la linea que divide al corazón de la razón se incinera de desamor .

y tú sonrisa convertida en una esclavitud perpetua , una mirada profunda como el abismo cuando caigo cuando te pienso y es dificil querer salir de ahi ,

Un invisible hilo de nostalgia quizás nos pueda unir .

prefiero pensar que si que sólo es cuestión de tiempo y que todo vuelva a su lugar ,

El tiempo ha esperado demasiado que no puede seguir esperando . es mucho el que se ha perdido por las inclemencias de la vida , por sus ambiguedades a las que hemos estado sometido por tanto .

pero si no es posible todo quedará igual , no lo podemos cambiar .

FRAN KMIL

La línea roja

Fue un amor que se filtró como la luz por debajo del umbral, despacio, sin pedir permiso, hasta que un día ya estaba ahí, instalado.

Fueron miradas que duraban lo que dura un relámpago y dejaban, sin embargo, la misma claridad: todo iluminado de golpe, todo visible durante un instante imposible de sostener. Después, la oscuridad de siempre. El apartar los ojos como quien retira la mano del fuego.

En el ascensor, el aire se volvía un cuerpo aparte, algo que también los miraba. En los pasillos, sus pasos hablaban un idioma que ellos mismos fingían no entender. En la cafetería, el café se enfriaba como testigo paciente de una conversación que ocurría enteramente entre las manos que no se rozaban, el de las frases que se quedaban a medio construir, suspendidas como puentes inacabados sobre un río que ninguno se atrevía a cruzar.

Había sonrisas que nacían y se enterraban en el mismo segundo. Respiraciones que tropezaban consigo mismas. Y silencios capaces de decir sin decir, de tocar sin tocar.

Cada encuentro era una piedra arrojada a un lago quieto: las ondas tardaban horas en desvanecerse. Una posibilidad tan luminosa que daba miedo mirarla de frente, como se teme mirar el sol.

Porque había una línea roja que nadie trazó con tinta ni con palabras. Nadie la nombró jamás. Y sin embargo ardía entre ellos como una cicatriz visible solo para quienes la llevan.

Ella amaba a su esposo con un amor hecho de años, de costumbre y de verdad. Él amaba a su esposa con esa misma certeza serena que no necesita demostrarse. Y era justamente ese amor lo que volvía sagrada la línea: un límite nacido del respeto, de la fidelidad, no de la cobardía.

Por eso resistía. Por eso, cada día, elegían no cruzarla.

Aunque lo que crecía entre ellos no fuera solo deseo, sino algo más hondo y más peligroso: el vértigo de sentirse reconocidos sin haber dicho nada. Un amor que nunca tendría cuerpo, ni nombre, ni futuro, pero que existiría siempre, intacto, en ese territorio invisible donde habitan las cosas que jamás llegan a ser y que, por eso mismo, no terminan nunca.

MAITE BILBAO

PROTOCOLO

La tienda brilla. El vendedor pone el dispositivo sobre el mostrador. Un bálsamo. Un anestésico para mi caos. Firmo. Al sentir el primer zumbido en la muñeca, sonrío. Por fin, alguien carga con el peso de mi vida.

El pitido clava el presente a las seis. El cristal parpadea.

—Hidratación. Magnesio. Postura erguida —ordena.

La descarga punza bajo la piel. El cuerpo se incorpora.

En la oficina, el aire pesa. Mantengo la mirada en la pantalla. Un titular parpadea: «La frontera, cerrada; carnicería en el acceso norte». La interfaz salta. Un marcador de fútbol, la Roja gana por goleada, tapa la noticia. El dispositivo vibra sobre el hueso.

—Ignora. Optimiza. Evita el azúcar. Camina diez mil pasos —me dirige.

El portal bloquea el acceso.

—Cuota incompleta. Rutina obligatoria: escaleras —sigue.

La subida de ocho pisos acelera el corazón contra las sienes. El reloj celebra el objetivo con tono agudo.

De nuevo en mi puesto, el sistema exige eficiencia. Pagué por este silencio, pero el costo es mi ceguera. Si obedezco, esta estadística borra a todos. La náusea me obliga a actuar.

En casa, el borde de la cama recibe mi peso. El sistema registra la recuperación. El ritmo cardíaco desciende, bajo mando.

El metal vibra, lento.

—Protocolo de optimización nocturna iniciando.

Mis dedos encuentran el destornillador en el cajón desordenado. La punta busca el pulso. Es una renuncia. Penetra la hendidura entre el cristal y la caja.

—Interferencia externa no autorizada —se queja.

La presión aumenta. El metal cede. Una grieta recorre la superficie. La voz se distorsiona.

—Error de sistema. Pulso ineficiente.

Busco las entrañas del aparato. Un destello azul ilumina mis dedos. El sonido se detiene en un bucle mecánico.

—Optimiza… Optimiza… Optimiza…

Un giro final. El chirrido suena como un gemido electrónico. La chatarra se desprende. La marca persiste en mi piel, un surco rojo. El aire de la habitación se siente denso. La vibración cesa. Queda el silencio, y el peso absoluto de mi siguiente decisión.

PEPA HERRERA

Estaba sentada en un banco frente a unas vistas increíbles. Solo quería relajarme, evadirme un rato de mis problemas. La ansiedad podía conmigo. Mi mirada triste se perdía en el infinito entre aquellas nubes aborregadas que dibujaban el cielo de Valencia.

No lloraba, pero casi. Solo alguna lagrimilla que, aunque trataba de reprimir, la sentía rodar por mis mejillas dejando un surco en mi maquillaje. Alguien llevaba tiempo torturándome como si me golpeara el alma con un martillo.

Mientras tanto, yo despotricaba de la vida, de mis penurias y, sobre todo, de ese ser detestable que me había arruinado el día y, siendo exagerada, la vida. Porque la desesperación engaña a tu consciencia y te hace ser completamente infeliz.

Me podían los nervios, así que decidí que lo mejor era marcharme a mi casa; al menos me quedaría más tranquila.

Me puse en pie y, un poco antes de llegar, justo donde se había caído el viejo algarrobo y ya estaba brotando de nuevo, una línea roja apareció en el suelo, cortándome el paso. Era una línea dibujada por el destino, estaba segura.

Me paré frente a ella y observé a mi alrededor. Un hombre venía caminando en la misma dirección que yo. A mí, esa línea me daba muy mal rollo. Mi intuición siempre había sido exagerada, pero ese día me sentí “pitonisa”.

Esperé a que el hombre pasara, por si ocurría algo extraño. Y justo al traspasar la línea… desapareció. ¡Me quedé tiesa!

Genial, menos mal que me había parado, porque aquello parecía una puerta dimensional. Un umbral. Un portal…

Me senté en otro banco cercano a observar. Todos los que pasaban desaparecían uno tras otro nada más cruzar la línea.

Estaba pensando cómo podía llegar a mi casa desde otro sitio cuando vi que venía. ¡No! ¡Otra vez no! Mi corazón dio un vuelco. ¿Es que no iba a dejarme en paz?

Ante el temor a encontrarnos de nuevo, pensé: “Voy a ser mala”.

Ay madre… venía hacia mí, no tenía escapatoria.

—Tenemos que hablar —dijo.

¿Hablar de qué? ¿De lo que me había hecho? ¿De cómo me había dejado emocionalmente? ¿De cómo me sentía por su culpa?

Me hice la fuerte, la interesante, la que mira hacia otro lado como si no fuera con ella. Intenté no mostrar ni un gesto de agobio, ni una mueca. Fui fría. Fui mala.

—Puedes coger un paquete que te he dejado en el árbol que hay pasada esta raya… Quizá te guste lo que hay dentro.

—¿Quién pintó la raya? —preguntó.

—¡Y yo qué sé! La habrá pintado el destino. Es la línea que marca un antes y un después. La que separa nuestras vidas para siempre.

—Tú siempre tan filosófica… y todo porque no quieres separarte de mí. Me adoras. Me amas. Me necesitas. No puedes vivir sin mí.

—En el paquete tienes una nota. Lo tienes todo escrito. Ve y cógelo. Así sabrás si es amor… o si es odio lo que siento.

—En ti no hay maldad. No eres capaz de odiarme. Soy un ser encantador.

—¿Quieres coger de una vez la puñetera nota del paquete?

—Está bien… voy a cogerla, aunque ya intuyo lo que pone.

—Sí, siempre presumiste de ser más inteligente que yo…

Vi cómo se acercaba a la línea. Por un instante estuve a punto de frenar su marcha… pero por la manera en que me había hablado… no lo hice.

Cruzó la línea mientras yo cruzaba los dedos y pedía que no se detuviera.

—Venga, sigue, sigue…

Y así fue como por fin la puñetera mosca de las narices se fue de mi vida.

¡Sí, he dicho mosca! ¿Qué os habíais pensado? ¿Que era mi ex?

No, era una mosca, fea y peluda y me liberé. Y por fin pude comerme tranquila el pastel que compré en la pastelería.

Ufff… cómo lo disfruté sin el moscón posando sus peludas y asquerosas patas sobre la nata de mi dulce manjar.

Cuando terminé, limpié la línea roja con el papel del pastel y con el clínex, empapado de lágrimas.

Y crucé el umbral hacia mi casa convertida en una persona nueva. Con el nivel de azúcar por las nubes, sí… pero satisfecha y saciada.

A veces, para renacer, solo basta con cruzar una línea… una línea roja…

SERGIO TELLEZ

EL DELEGADO

Llegó a Ardederos al mediodía a lomo de un caballo flaco. Vestía camisa blanca, pantalón negro y corbata gris intactos. Traía un maletín de cuero gastado y un tarro de pintura roja con el escudo del gobierno. La plaza estaba vacía. Solo el kiosco oxidado, tres perros bajo un mango y olor a café viejo de la tienda cerrada. Nadie lo recibió. Unos niños descalzos se asomaron detrás del kiosco, lo miraron dos segundos y se escondieron. En Ardederos ya nadie salía cuando veía corbata.

Amarró el caballo al poste del kiosco. El animal no relinchó. El viento arrastraba bolsas contra la pared de la iglesia. Las casas tenían las puertas entreabiertas pero nadie miraba. Las hamacas colgaban quietas. No había miedo en las caras. Había algo peor: la cara de quien ya no espera nada. Cuando cruzó la plaza, las puertas siguieron igual. Como si él tampoco importara.

A mitad de la plaza el mayor de los niños volvió a asomarse. El Delegado se detuvo y preguntó dónde quedaba la alcaldía, alzando el tarro de pintura roja. El niño lo miró fijo y se escondió sin ruido. La pregunta se quedó flotando. A su alrededor el viento siguió moviendo bolsas. En Ardederos hasta los niños sabían que responder era gastar saliva.

No hubo necesidad de seguir preguntando, la alcaldía era la casa más grande, la única de dos pisos. Subió tres escalones rotos y empujó la puerta azul descascarada. El alcalde, camisa por fuera, ventilador girando en vano, no se levantó. Deslizó un papel sin fecha ni firma. Decía: «Marque con pintura roja las puertas de quienes no armonicen con el Plan de Aceleración».

—Eso mandaron de la ciudad— dijo el alcalde sin mirar. —Dicen que aquí la gente desea poco. Y eso no armoniza.

El Delegado guardó el papel y dejó la mano en el tarro.

—Necesito la lista.

—No hay lista —contestó el alcalde.

—Entonces dígame quiénes no armonizan.

—Si supiera, ya los hubiera marcado yo.

Entendió dos cosas: nadie quería decidir, y «armonizar» era la palabra nueva para obligar a querer más. Afuera, el caballo pateó el poste una vez y se quedó quieto.

Salió a la plaza. El sol caía vertical. Abrió el maletín y giró el tarro en la mano.

«¿Quiénes no armonizan?»

No había lista. Solo esa palabra: «Plan de Aceleración».

Miró las puertas entreabiertas, las hamacas quietas. Aquí nadie aceleraba porque nadie deseaba más. Si desear poco era no armonizar, entonces todos estorbaban. O ninguno.

Apretó el tarro. El criterio sería suyo. Y pesaba lo mismo que el silencio.

No marcó ninguna puerta. Se sentó bajo el mango, al centro del parque. Dejó el maletín al lado y sostuvo el tarro con las dos manos. Dudaba.

Si marcaba una puerta, elegía un culpable sin ley. Si no marcaba, volvía con el papel limpio y eso era peor.

El viento empujó una bolsa hasta su bota y se pegó ahí, esperando.

No abrió el tarro. Miró la plaza vacía y pensó: «Progreso, aceleración, armonía. Palabras de ciudad para gente que no pedía nada».

Aquí la felicidad era quieta. Deseaban poco. Y lo poco que deseaban, lo deseaban poco.

Entendió: su trabajo no era marcar culpables. Era romper el silencio para que en la ciudad vieran movimiento. Aunque fuera solo una raya roja.

Apretó el tarro. La pintura sonó líquida adentro. La bolsa seguía pegada a su bota.

Destapó el tarro, buscó la brocha, la primera línea roja se venía…

Y no se supo más.

Dos semanas después el caballo flaco entró a la capital al mediodía. Amarrado a la silla, con las manos en las riendas, venía el Delegado. Camisa blanca, corbata gris intactas. Desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha le cruzaba una línea de pintura roja, gruesa, perfecta, como trazada con regla. No estaba muerto. Respiraba. Ojos abiertos, sin parpadear. El tarro seguía sellado en el maletín.

En la oficina le quitaron el maletín, firmaron su entrada y lo mandaron a descansar. Nadie preguntó por Ardederos. Nadie preguntó por el Plan. Afuera, en los edificios de vidrio, seguían escribiendo papeles sin firma que decían : «Aceleración, Armonía, Productividad».

La línea roja se secó al sol sin escurrirse. Como si por fin alguien hubiera marcado a quien dejó de desear.

BLANCA CERRUTI

LA LÍNEA ROJA DEL BOSQUE

Como cada sábado, Matías sale a correr por el camino principal que atraviesa el bosque cercano al pueblo. Apenas ha recorrido un kilómetro cuando ve algo que le hace parase en seco: una línea roja atraviesa de lado a lado el camino. No es de tierra suelta que pueda llevarse el viento, no; es compacta, como incrustada en el terreno.

Matías se queda mirándola desconcertado. «¿Cuándo ha surgido del suelo?», se pregunta. Se agacha y la toca. Es dura y fría y le produce un escalofrío. «¿Y si es una frontera y al cruzarla ocurre algo y no puedo volver?», piensa. No es dado a fantasear, sin embargo, no es normal el escalofrío que ha sentido al tocarla.

No se atreve a cruzarla y da un rodeo para seguir corriendo. Cuando regresa a casa no lo comenta con su esposa, pero la línea roja, que ahora cruza el camino principal del bosque, se le ha quedado grabada en la mente.

El domingo decide volver al bosque, tiene que averiguar qué significa la línea roja que produce tan extraño escalofrío al tocarla.

Cuando llega, piensa que si no la cruza nunca lo sabrá y, aunque el corazón se le desboca, cierra los ojos…y ¡cruza! Ya está al otro lado y no ha ocurrido nada, pero sí, algo ha ocurrido. Al abrirlos lo ve: frente a él está… ¡él mismo!, con la misma ropa y el mismo gesto de asombro en la cara.

—¿Quién eres? —pregunta Matías desconcertado.

—¿A ti qué te parece? —dice el aparecido.

Al escuchar su propia voz en el otro, siente el mismo escalofrío que sintió al tocar

la línea roja del suelo.

—¿Eres otro yo? —pregunta aterrado.

—Sí, Matías, soy «tu otro yo».

—Pero ¿qué dices?

—Lo que oyes, y con tu propia voz. Soy el yo tuyo que no se atreve a hacer lo que cree que debe hacer por miedo al qué dirán.

Matías cree estar sufriendo una pesadilla. «Pero ¿a qué se refiere ese otro yo suyo que habla con su propia voz?». Aunque solo lo piensa, el otro le responde.

—A que cada año que se convocan elecciones para alcalde del pueblo, a ti te gustaría presentarte porque piensas que harías cosas para mejorar el pueblo y la vida de los vecinos, sin embargo, te acobarda pensar qué dirán los demás si luego no puedes cumplir todo lo que hayas prometido, y cada año desistes. Va siendo hora de que pienses en tu pueblo, en tus vecinos y no en ti. Y dicho eso, desaparece.

Matías se queda perplejo, porque reconoce ser cierto lo que su otro yo ha dicho. Se da la vuelta, cruza la línea roja y se encamina hacia el pueblo.

Por el camino va pensando…«Y si eso le pasa a todo el mundo, que no se atreve a poner en práctica algo que sería bueno para el pueblo o para los demás por el qué dirán».

Al llegar, comenta con su esposa lo que le ha sucedido y lo que le ha dicho el aparecido. Ella lo escucha sin sorprenderse.

—¿Recuerdas que cada vez que hay elecciones te insisto en que te presentes? —dice su esposa—. No sé a quién has visto en el bosque, pero estoy de acuerdo con él.

La reacción de su mujer le anima a compartir su experiencia; así pues, a la tarde, se presenta en la Casa del Pueblo donde se reúnen a pasar el rato. Cuando ve que han llegado muchos vecinos, llama su atención dando en el borde de un vaso con una cucharilla.

Escuchadme, vecinos. Os voy a compartir una experiencia que he tenido en el bosque. No pretendo que me creáis, porque es algo que podéis comprobar por vosotros mismos.

El sábado por la mañana, salí a correr por el camino principal del bosque y me encontré con una línea roja que lo cruzaba. Nunca la había visto. Cuando la toqué sentí un raro escalofrío y no me atreví a cruzarla, seguí corriendo dando un rodeo. Sin embargo, me dejó muy intrigado y el domingo…Mientras va relatando su experiencia, observa las caras de sus vecinos en medio de un silencio nunca conseguido allí.

Al concluir, se queda callado esperando alguna pregunta.

—A ver, Matías, ¿no habrás cogido una insolación? —pregunta un vecino.

—Eso, porque lo que cuentas…no parece normal —dice otro.

Y ya los comentarios se generalizan. Matías sabe que así no van a llegar a ningún lado y pide silencio.

—Ya veo que no me creéis, pero, es muy fácil salir de dudas, solo tenéis que ir al bosque, cruzar la línea roja y…

Blanca Cerruti

RAÚL LEIVA

114

Cuando se disipó lo rojo lo tuvo claro: era casi libre.

Ese día no venía del todo bien.

El regreso a casa fue bastante trabado. Las organizaciones sociales y los automovilistas que no transitaban fácilmente pusieron el caos en la calle. El verano encendía la mecha en cada grado, en cada esquina. El aire acondicionado descompuesto y las noticias de la radio no consolaban al pediatra que había perdido un paciente tras seis horas de trabajo ganándose el odio de los familiares y un injusto despido moderador. Su cabeza iba a un ritmo diferente al de los demás, sólo quería llegar a su casa y desconectarse de todo. De todos. Del todo.

Tras dos horas de infierno, abrió la puerta de casa y su mujer lo recibió con un reclamo: “¿Pasaste a buscar el postre a la panadería del sueco?”. El silencio y su cara de desasosiego fueron la respuesta que terminó por detonar la situación. “¿Siempre lo mismo con vos? ¡Nunca se te puede pedir nada!”. El pediatra siguió a su mujer hasta la cocina mientras ella aumentaba el volumen y la potencia de sus reclamos. “Sabías que esta noche venían mis padres. Te dije mil veces lo importante que es para mí recibirlos como se merecen, pero claro vos seguís encerrado en tu metro cuadrado que es tu trabajo. Trabajo que por otro lado no tendrías si no fuera por MI papá, ¿Entendés? Porque él se jugó por vos para que dejés el sanatorio de mierda de tu amigo y vayás a trabajar al centro. Porque no sé si te acordás quién te salió de garantía del préstamo cuando eras un muerto de hambre y querías terminar tus estudios. Y ahora el señor no puede dignarse a traer un Tiramisú del centro porque es un PRO FE SIO NAL. ¡Por que no te dejás de joder un poco! ¡Negro de mierda!”

Todo se puso rojo.

Fueron ciento catorce puñaladas.

Los sentidos le advirtieron.

El olfato le recordó el olor agrio del gasoil y la transpiración cuando peleaba por un dinero y saldar el préstamo que le consiguió su suegro con un usurero conocido suyo.

El gusto se le volvió amargo como el sabor de haber tenido en sus manos un niño de tres años con un cuadro infeccioso avanzado y lesiones provenientes de un tremendo castigo agravado por falta de nutrición.

El tacto desapareció, la fiebre le quitó toda sensibilidad a la piel como si esta fuera una cubierta plástica que revestía los órganos.

El oído emitió un agudo zumbido como las bombas al caer en la segunda guerra.

La vista tiñó todo de rojo.

En cada puñalada recordaba el abandono de su padre, el alcoholismo de su madre, los desprecios de sus compañeros de facultad, los horribles curriculums rotos e incompletos, las miradas y falsas promesas de crecimiento laboral, los constantes cambios de domicilio ocultando su verdadero origen, la insolencia del poder, el agobio perpetuo de su mujer. Esa lista fue enumerada mental e inconscientemente como una máquina de escribir de una sola tecla.

Él había estudiado mucho, noche y día para que nunca más le diga nadie “negro de mierda”.

Las rejas fueron la libertad condicional.

Su vida, una prisión.

La ira, el camino de regreso.

El cuchillo de cocina, la llave.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

La Verdad Sobre la línea roja

Todo empezó un martes, que ya de por sí es un día sospechoso.

Al amanecer apareció una línea roja atravesando la plaza del pueblo de punta a punta. Perfectamente recta. Perfectamente inquietante.

A las nueve de la mañana ya había tres teorías.

A las diez, quince

A mediodía, cuarenta y siete y un grupo de WhatsApp llamado «La Verdad Sobre la Línea Roja».

El primero en hablar fue Manolo, que llevaba años investigando cosas en internet.

—Esto no es pintura.

—¿Y qué es? —preguntó alguien.

—Tecnología extraterrestre.

La gente asintió como si aquello tuviera mucho sentido.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque lo he leído.

—¿Dónde?

—En varios sitios.

—¿Qué sitios?

—No importa.

Era un argumento irrefutable para los conspiranoicos locales.

Al día siguiente aparecieron más expertos.

Uno aseguró que la línea marcaba el punto exacto donde aterrizaría una nave alienígena.

Otro afirmó que era una antena interplanetaria para controlar las tostadoras.

Un tercero explicó durante dos horas que los extraterrestres llevaban siglos infiltrados entre nosotros disfrazados de inspectores de hacienda.

Nadie entendió nada, pero recibió muchos aplausos.

La situación se volvió aún más rara cuando empezaron a ocurrir coincidencias.

Un vecino cruzó la línea y, cinco minutos después, se le cayó el helado.

—¡Prueba definitiva!

Una señora la pisó y esa misma tarde perdió una partida de dominó.

—¡Clarísimo!

El cartero la cruzó tres veces y luego se equivocó de portal.

—¡Los alienígenas están aumentando la intensidad del rayo cuántico!

Para entonces ya había personas vendiendo camisetas con el lema:

«Yo sobreviví a la línea roja.»

Y otras con:

«La línea roja me vigila.»

Como ese sábado había luna llena, convocaron una concentración en la plaza a media noche.

Más de cien vecinos se reunieron alrededor de la línea con linternas, prismáticos y picoteo para el resopón.

De repente, una luz apareció en el cielo.

—¡¡¡LA NAVE!!!

—¡¡¡HAN VENIDO A POR NOSOTROS!!!

—¡¡¡QUE ALGUIEN AVISE A LA TELE!!!

La luz descendía lentamente.

La multitud contenía la respiración.

Los móviles grababan.

Los perros ladraban.

Un señor se desmayó por adelantado para ahorrar tiempo.

La luz siguió bajando.

Y bajando.

Y bajando.

Hasta que se descubrió la verdad.

¡Era un dron!

El dron del sobrino de Paco el quiosquero.

Llevaba una bombilla pegada con cinta adhesiva.

Hubo un silencio incómodo.

Muy incómodo.

Solo se escuchaban las carcajadas de Pedrito, al que casi se le cae el mando al ver las caras de sus vecinos.

Le salvó de la gran regañina el que apareciera un coche del ayuntamiento.

Un operario se bajó y explicó:

—La línea roja es una marca para las obras de remodelación de la plaza.

—¿Y los extraterrestres?

—No hay extraterrestres.

—¿Y las tostadoras?

—Tampoco.

—¿Y el control mental?

—Menos todavía.

Los conspiranoicos se reunieron aparte durante unos minutos.

Finalmente regresaron con una conclusión.

—Eso es exactamente lo que alguien que trabaja para los extraterrestres diría.

Y así fue como el pueblo confirmó, una vez más, una de sus reglas fundamentales:

Si una teoría es absurda pero emocionante, siempre tendrá más éxito que la explicación correcta.

La línea roja desapareció con la lluvia unos días después.

Pero el grupo de WhatsApp sigue activo.

Ahora investigan una farola que parpadea.

Y, según ellos, tienen pruebas de que se está coordinando una invasión desde Saturno.

GRISELDA SIERRA

La luz de las velas ilumina a los jugadores. Los seis parecen concentrados en las cartas, pero en sus rostros se refleja el cansancio de una vida dura y el hastío de quienes han vivido mucho y lo han visto todo, a pesar de que la mayoría parece no rebasar los cuarenta años.

El sonido de los aldabones en la puerta del castillo rompe el silencio de la noche.

—Otro más —dice Pedro, el más viejo de los jugadores.

El mayordomo deja sobre la mesa la charola con las copas de vino y se apresura hacia la puerta. Antes de abrir pregunta:

—¿Nombre y seña?

—San Cristóbal y La Línea Roja —responde el recién llegado.

El mayordomo quita el cerrojo y un hombre entra temblando de frío.

—Buenas noches; soy Martín —dice, sacudiéndose la nieve del abrigo.

—Pasa —responde el mayordomo; los demás están en el salón. Ahí hay fuego y alimentos…

Al verlo, los jugadores dejan las cartas y se levantan para saludarlo con un abrazo cálido.

—Bienvenido, hermano; soy Leonardo, y ellos son mis amigos: Esteban, Pedro, Eldelberg, Guillermo y Jorge.

—Soy Martín…les agradezco que me hayan aceptado en el grupo…

—La línea —dice Pedro, haciendo un ademán hacia Martín

—Permítanme —dice Martín, descubriéndose el cuello y mostrando la línea roja que le baja hasta la espalda.

—Si, no cabe duda; eres de los nuestros —dice Esteban, tras revisar la línea encarnada, como una vena sobre la piel.

Martín deja el abrigo sobre el respaldo de una silla y se acomoda el suéter.

—La tormenta me agarró en las montañas y hasta hoy pude llegar al castillo. Ofrezco una disculpa. Supongo que llego tarde para los desahogos y las confesiones… —dice con cierto pesar.

—Anoche hablamos todos; pero no por eso no te escucharemos. A eso venimos todos aquí cada tres años, a desahogarnos unos con otros, explica Esteban.

—Primero come algo y, cuando estés listo, nos cuentas lo que te aflige—interviene Jorge.

—Gracias —dice Martín, acomodándose frente a la chimenea; por ahora sólo necesito calentar mis huesos. Me quedaré aquí…

—Pasaremos al comedor y cenaremos algo; ahí la chimenea es más grande y podrás calentarte mejor. Acompáñanos —pide Guillermo.

Una vez sentados en el comedor Eldelberg toma la palabra:

—Martín, por la cara que traes sé que vas a contarnos algo gordo. Habla de una vez.

—Vengo del otro lado del océano, y… he visto al demonio…

—Todos aquí sabemos que existe —responde Guillermo—; pero, aunque conocernos los horrores de las guerras, de la muerte y de la destrucción en todos los niveles, nunca hemos visto su rostro.

—Se disfraza de hombre —se apresura a responder Martín—, y tiene muchos rostros. Se las ingenia para mandar en varios países y sumir a los pueblos en la ruina, el dolor y la muerte a través de innumerables mecanismos de destrucción.

—¿Cómo sabes que es el demonio y no un ser humano perverso y ambicioso, un sicópata con dotes de seductor que engaña a las mentes más débiles? —pregunta Leonardo, interesado.

—Por el olor… su olor es putrefacto, más fuerte que cualquier sustancia química que provoque la putrefacción. Yo he podido olerlo, incluso, a través de una pantalla de televisión; es repulsivo e insoportable. No pude con eso…

—¿Qué propones? —pregunta Jorge.

—Creo que ha llegado el momento de que nosotros, los de la excelentísima Cofradía de la Línea Roja, actuemos en consecuencia.

—Nosotros somos personas pacíficas, viajeros en el tiempo, sin armas y sin pretensiones políticas; no podemos hacer nada—advierte Pedro.

—Claro que podemos. La inmortalidad nos da ventaja, no podemos seguir vagando por el mundo sin propósito. Debemos infiltrarnos y ayudar a los pueblos, de lo contrario todo acabará.

—Estoy de acuerdo con Martín —dice Leonardo.

—También yo —añade Engelbert, levantando la mano.

—Y yo —dice Esteban. Si no tenemos un propósito, también nosotros terminaremos por morir.

—¡Hagámoslo! —se entusiasma Jorge.

—Me sumo —responde Guillermo.

Pedro se levanta de la mesa, da un paso hacia adelante y declara:

—Entonces, no hay más que hablar. De ahora en adelante seremos los guerreros de la Línea Roja.

FERNANDEZ ASAPH

Sodoma

Un hilo de sangre escurría desde su sien hasta la mejilla izquierda; sus ojos, desorbitados, miraban atentos el ocultar del sol detrás de aquellas nubes esculpidas en el horizonte. Ya no había odio, ni temor… ni siquiera la repulsión y el hastío de hacía unos momentos; ningún sentimiento que no fuera la paz encontró cabida en su cuerpo. Paz, solo paz… y fuego, —pero el fuego era externo—. Un fuego abrasador e hipnotizante. Maravilloso… y destructivo ¿Pero qué fuego no lo es? Sí es tan admirable. Más aún ese fuego, colérico, descendiendo del cielo. Llegó igual que una lluvia de estrellas, envolviendolo todo con el manto de la propia realeza. A pesar de verlo todo consumido por las llamas; una inmensa satisfacción lo embriagaba. Ya no sería usado ni él ni su descendencia.

Aquella piedra había alcanzado su cabeza, muy cerca del ojo izquierdo; sin duda su amo era diestro en el uso de la honda. Intentó escapar de aquellos trabajos forzados que comprometían su intimidad y su cuerpo. Una línea roja apareció en el cielo. —Una señal— dijo para sí, aunque él no sabía lo que vendría con ella. Fue entonces que el manto de fuego y azufre inundó el cielo. Aquella ciudad debía ser consumida junto con todos sus habitantes. Justo cuando se creyó libre, la mortandad le dio alcance como fuego que consume sin distinciones.

CESAR TORO

La línea roja.

Lían un joven adolescente habitante de un país europeo de primera linea, ha

conseguido una beca que le permitió cursar estudios universitarios en Basilea.

Aquí se graduó como profesional, el mercado laboral le da oportunidad de trabajar y desarrollarse profesionalmente; no obstante, tendrá que devolver al estado parte de la inversión que este realizo para sus estudios y así permitir; que los que vienen, también tengan oportunidad de cursar la universidad.

Luego de lograr estabilidad económica Lían realizo un préstamo y compro un cómodo departamento en una zona residencial de la ciudad, aunque no tiene pareja se relaciona con amigas y vive rodeado de mascotas.

Su vida es una permanente rutina y a pesar de que económicamente no le falta nada la soledad lo persigue sin parar, por las noches se conecta a las redes sociales, dice tener muchos amigos virtuales…

No tiene hermanos, ya que, en su país hacen algunos años se implementó un control de natalidad y la mayoría de la población es adulta y las parejas prefieren no tener hijos.

Lían salio aquella noche se dirigió a la estación de trenes cruzo la línea roja, no se ha vuelto a saber de él.

Pedro un joven latino solía ir al colegio aunque no a estudiar; sino, para escapar de su casa. Cuando tenía 16 años embarazó a una chica, ella tuvo el bebe por lo que pedro se convirtió en padre prematuro, de ahí en adelante, empezó su calvario, tiene que trabajar largas jornadas para poder pasarle la manutención a su hijo, cuando cumplió 18 se casó con Carmen su novia de la infancia vecina del barrio con quien ha procreado cuatro muchachos, vive en la periferia de la ciudad, su esposa se ocupa de la casa y los hijos; mientras él las únicas líneas que ve todos los días son: la del horizonte al levantarse y la línea uno del metro cuando se dirige al trabajo.

Pues tiene que mantener y darles estudio a los hijos; además, ayudar a su anciana madre que no cobra pensión y no puede trabajar, así transcurre su rutina, Pedro trabaja sin descanso, no tiene tiempo de aburrirse, pues debe resolver todos los días los problemas que se le presenten y calcular como hacer para llegar a fin de mes, y poder pagar impuestos, alimentos, medicinas, servicios básicos y alimentación; ademas, tiene que enfrenrar la inseguridad, inflación, los políticos de turno las amenazas de guerra y demas calamidades.

Por lo tanto; Pedro tiene que armarse de valor, fe y esperanza; no le queda tiempo de pensar en cruzar otra línea que no sea la vida, la de El y la de los suyos, esa línea que a veces es recta y en ocasiones con vericuetos.

Pedro es el típico latino echado pa lante.

EVA AVIA TORIBIO

Línea roja

Tu línea no tiene límites,

la mía es aquella en la que la dignidad desaparece.

Tu línea denigra derechos al nacer,

la mía entiende de igualdad.

Tu línea viola el cuerpo del más débil,

la mía lucha por protegerlos.

Tu línea cobra intereses,

la mía no entiende de pactos por los que otros sufren.

Tu línea se vende con verdes,

la mía es tan roja que no se compra.

Tu línea es el poder del capital,

la mía es la de repartir los recursos.

Tu línea solo entiende de los suyos,

la mía comprende a todos.

La humanidad sigue sin aprender de las agresiones pasadas.

Igualdad, dignidad, derechos…, son algunas de las líneas rojas que jamás se debe traspasar.

Obligaciones, compromiso, deber…, son los principios por los que seguir luchando.

Besos, la Incondicional.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Unos saltos arriesgados.

La esfera digital reconocía el terreno bajo nosotros y lo dividía en cuatro líneas horizontales. Tres negras. Y la última, una línea roja.

—Señor, ¿por qué la última es roja?

—Porque marca el punto del que no deberías saltar —respondió el sargento, firme como los anclajes de las mochilas que guardaban nuestros paracaídas.

Aquel día, por fin, subía al helicóptero con mis camaradas. Éramos los aptos, los que habíamos superado la academia y estábamos listos para nuestro bautismo en el aire.

El primer salto fue como la primera vez: el corazón golpeando, el estómago vibrando, la adrenalina empujando. Y aun así, todos caímos con éxito en el punto marcado.

Volvimos a subir. Segundo salto. Más alto, más viento, más nubes, más dudas. Pero también para eso nos habían preparado. Cumplimos de nuevo.

Mi promoción se preparó para el tercero. La adrenalina ya había hecho su trabajo. El segundo salto nos había demostrado que estábamos listos para surcar los aires. Solo quedaba uno más.

Llegamos al punto.

—Salten ahora —ordenó el sargento.

Nos miramos sorprendidos. Era un salto idéntico a los anteriores. Nada nuevo. Ninguna dificultad añadida. Ninguna prueba especial.

—Cambien esas caras —rugió el sargento, elevando la voz por culpa de las hélices—. A veces, lo más difícil es encontrar la magia en lo que uno cree que ya domina.

Y se lanzó el primero.

El blanco de las nubes empezó a desdibujarse… hasta confundirse con el blanco de las paredes. El viento del helicóptero se volvió un viento más cálido, más doméstico, como el que hacía girar las aspas del ventilador aquella mañana de verano.

Y allí estaban el padre y su hijo.

—Padre… ¿a qué viene esta historia? Me caso en media hora.

—Porque si quieres estar a salvo en la misión que empiezas hoy, más vale que tengas clara tu línea roja. Esa de la que nunca debes saltar si quieres llevar tu vida —y la suya— a buen puerto. A pesar de que, los vientos soplen en contra.

Lo dijo mientras ajustaba los gemelos de mi camisa con la misma firmeza con la que aquel sargento señalaba la línea roja en la pantalla.

LETICIA R MENA

LÍNEA ROJA

El pitido ininterrumpido del electrocardiograma se clavaba en los oídos.

Una larga línea roja infinita llenaba toda la pantalla.

Las demás contantes se estabilizaban.

Seguía respirando.

Su corazón seguía latiendo.

Pero como solo puede hacerlo un corazón roto en mil pedazos, con latidos muertos dibujados sobre una línea roja.

AXY LINDA

La línea roja

Ante una gran tormenta que la asusta, Adnil se guarece en una tienda. El dependiente le pregunta si desea que le muestre algo.

—Disculpe, entré solo por la tormenta, pero me iré para no mojar su piso.

—¡No! Espere, quédese. Vea sin compromiso.

Adnil recorre el lugar. Hay libros, juguetes antiguos y otros de alta tecnología; discos de música, desde los primeros formatos hasta dispositivos inteligentes que, con un simple «Pon tal o cual canción», obedecen de inmediato.

Es un mundo lleno de objetos que evocan épocas y sensaciones.

De pronto descubre una línea roja con una flecha dirigida hacia una puerta colorida y luminosa, por la que se siente irresistiblemente atraída; la sigue y la puerta se abre.

Lo primero que ve es un letrero de advertencia:

«¡Cuidado! Has entrado en un mundo que habla un idioma capaz de enloquecer a los neurotípicos.

Solo quienes ven la realidad de manera distinta pueden estar aquí sin perderse».

Adnil se aproxima a aquel lugar donde el violeta ríe con aroma a dulces esperanzas y el azul suena a música suave.

Un mundo donde no es necesario mentir ni usar máscaras para ser aceptada.

Fingir ha sido agotador para ella, porque la traición, el engaño, la deslealtad y la violencia le resultan ajenos y difíciles de comprender.

Por primera vez, sentía que no era ella quien tenía que adaptarse al mundo, sino el mundo quien se adaptaba a ella.

Pasan varios días sintiéndose plena entre esos seres y debe decidir entre regresar a su realidad o quedarse en aquel lugar donde la entienden y respetan.

Adnil no desea elegir.

Solo quiere que exista un puente entre ambos mundos.

Axy Linda San-Fre

México 25 de junio de 2026

*La línea roja es una bella puerta entre dos maneras de habitar el mundo, y tal vez ambas necesitan aprender el idioma de la otra.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

En las afueras de la ciudad, existía una casa en donde trabajaban varias jovencitas. Fuera de la casa decía Bienvenidos a La Línea roja.

Masajes relajantes, terapias para bajar de peso etc.

Los mejores resultados, sólo para hombres, los del pueblo creían que de verdad hacían esto, y algunos acudian con buenas intenciones.

Como regresaban contentos a casa, nadie especulaba que no fuera cierto.

Lo que no sabían, es que esas jóvenes que ahi «laboraban» habían sido engañadas ofreciéndoles un buen trabajo, con un buen sueldo, la publicidad, la hacian en lugares cercanos al pueblo. Al llegar ahí, empezaba la pesadilla, las obligaban a trabajar desde luego no como lo que se anunciaba, sino para dar placer y complacer en todo lo que les pidieran hacer los que ahí llegaban.

Muchos de los hombres que iban, regresaban muy contentos con el servicio, sin saber realmente quienes eran esas mujeres, las cuales no les importaban de donde ni cómo habían llegado ahí y que estaban amenazadas de no decir nada sobre su situación a ninguna persona.

Eran una gran fuente de ingresos para los dueños.

Cuidado si alguien se quejaba, las golpeaban y unos días casi no les daban de comer. Gran sufrimiento como en otros lugares que hacían esto, los dueños a sabiendas de que los del gobierno no hacían mucho por encontrarlas estaban tranquilos.

Además de que si aparecía alguna autoridad a ver que era ese lugar, salian con una gran sonrisa, con un buen fajo de billetes en las manos.

Si alguna de ellas llegaba a enfermar, la desechaban como si fuera basura, y bajo las amenazas que ya habían recibido al llegar ahí, callaban y desaparecían. Ya en más de una ocasión habían asesinado a alguna que se revelara.

Para los dueños de La línea roja eran sólo sirvientas a sus órdenes.

Una de ellas, Marisol tenía poco tiempo de haber llegado, no se hacía a la idea de vivir así, estaban destrozando sus vidas sus ilusiones, todos los planes que tenían para su futuro, y cada instante pensaba en cómo podría escapar y denunciar a estos depredadores.

Un buen día, ya siendo casi de noche, y habiendo salido los dueños, revisa las dos puertas de salida como siempre e increíblemente una de ellas no la habían cerrado con llave, era la oportunidad de poder escapar y ayudar a las otras jóvenes. Sale corriendo sin detenerse llega a la comandancia de policía y pide hablar con el jefe, le cuenta rápidamente, todo lo que pasaba en esa casa, le dice que irán a investigar y desde luego clausurarian el lugar y salvarán a las jóvenes.

Junta a varios policías y da instrucciones de que detengan a los dueños y se proteja a las mujeres.

La operación tuvo un gran éxito, cerraron el lugar y los responsables fueron encarcelados y castigados con una condena muy larga habiéndole imputado graves acciones, ante las denuncias de las víctimas.

A las jóvenes las regresaron a sus hogares, los padres muy agradecidos ya no levantaron más cargos, sabían ya que en muchos años no saldrían de la cárcel los responsables de estos crueles actos, que al fin habían sido escuchados a través de una chica valiente que habló por todos logrando salir adelante para poder seguir sus sueños dando una lección a ese gobierno corrupto para que de ahora en adelante las personas que sufrían de actos como este, no dejaran de luchar por lograr justicia.

ANDRÉS JAMES CÁCERES

! La puta que lo parió!, justo ahora nos viene a pasar esto María.

Tendré que conseguir otro trabajo. Si pido aumento de sueldo en el que tengo?, tal vez me echan.

-Tendremos que suspender las vacaciones, se lamento María, y yo también dejar de estudiar, por lo menos por un largo tiempo, le dijo apenada a su novio Felipe.

-Habrá que agrandar la casa, con lo que sale construir ahora! , grito Felipe.

-Pañales, ropa, muebles? La verdad que será un problema, no una bendición, añadió Maria.

De repente ella sintió un dolor en su vientre y apareció una pequeña línea roja.

Uffff, estamos salvados!!!!

JUAN C VALTIERRA

OFICIO DE PARTES

Juan C Valtierra

Rodrigo estaba sentado cuando lo dijeron.

No en sentido figurado: estaba sentado en la silla de la cocina, con la tele prendida y el café enfriándose, y la mano derecha apoyada en la mesa sin sentir el frío de la madera porque desde la piedra la mano derecha ya no sentía nada. Funcional, había dicho el médico. Rodrigo había aprendido que funcional era la palabra que usamos para las cosas que sobrevivieron sin quedar enteras.

El licenciado en la pantalla dijo que la línea roja quedaba trazada. Que de aquí para allá vendría la presa. Que el agua subiría despacio, como suben las cosas que no piden permiso. Que los pueblos del otro lado serían reubicados, que era la palabra que usaban para decir que lo que uno ha sido toda la vida cabía en tres cajas y un camión.

Rodrigo conocía un pueblo del otro lado.

Pensó en Lucía.

No su cara. No sus palabras. Lucía doblando una sábana —esa forma suya de hacer las cosas, metódica y un poco impaciente, como si el mundo le debiera más velocidad de la que tenía. Y el olor. Jabón de lavanda y algo más adentro, sin nombre, que Rodrigo había buscado meses en el ropero vacío hasta que ese olor también se fue, el mismo día que el frío de la mano, como si las pérdidas tuvieran un orden que los vivos no alcanzan a leer.

Ella no se fue por la piedra. Se fue porque dijo que él ya no estaba cuando estaba. Rodrigo no discutió. Ayudó a cargar las cajas. La puerta se cerró sin portazo porque así era ella —sin escenas, con esa forma de irse que era casi un acto administrativo.

Lo que no le dijo: que la piedra no había dolido. Que la lanzó alguien sin nombre en el segundo plantón contra la misma presa, contra la misma línea, y el hueso tronó y el dolor no vino y desde entonces supo que así iba a ser todo lo demás. Que había marchado creyendo, con esa honestidad que la gente confunde con ingenuidad hasta que la pierden y entonces la llaman madurez, y que la piedra y la mano y Lucía y el decreto eran la misma cosa cayendo en el mismo orden.

El licenciado seguía hablando.

Decía que el agua tardaría dos años en subir. Que había tiempo. Que el progreso requería sacrificios y que los sacrificios siempre los ponía alguien que no estaba en la rueda de prensa.

Rodrigo miró la taza. El café ya frío. Lo supo por la izquierda, que era la mano que todavía entendía las cosas. La derecha lo tocó después, para el registro, y no dijo nada.

Pensó que debería escribirle una carta a Lucía. Que diría:

Trazaron la línea y tu pueblo queda del otro lado. El agua va a subir despacio sobre las calles donde creciste, sobre la iglesia, sobre el olor a lavanda que yo nunca supe cómo se llamaba. Y yo aquí sentado sin sentir el frío y sin ti y sin saber para qué sirve una mano que registra pero no entiende.

No escribió nada.

Afuera el decreto seguía. El agua todavía no subía pero ya estaba subiendo, de esa forma silenciosa en que suben las cosas decididas. Y Rodrigo quieto, con la mano derecha sobre la mesa, tocando la madera sin sentirla, esperando un dolor que ya sabía que no iba a llegar.

Hace cuánto que no llegaba nada.

MARIO JOSÉ HERRERA IBÁÑEZ

CAMINARÉ ENTRE GENTE RIENDO

El día que muera mi hermana, me levantaré temprano.

Respiraré el aire puro del amanecer.

Veré llegar el día entre el sudor de ejercitarme.

Tras el baño y el desayuno saldré a su encuentro.

La vida me abrazará.

Caminaré entre gente riendo.

Llegaré a su velorio.

Y antes de verla, sentiré que su alma ya me estaba esperando.

Entonces sé que me dirá:

Bien, manito. Gracias por hacer lo que yo habría hecho.

¿Te gusta leer? ¿Quieres estar al tanto de las últimas novedades? Suscríbete y te escribiremos una vez al mes para enviarte en exclusiva: 

  • Un relato o capítulo independiente de uno de nuestros libros totalmente gratis (siempre textos que tenga valor por sí mismos, no un capítulo central de una novela).
  • Los 3 mejores relatos publicados para concurso en nuestro Grupo de Escritura Creativa, ya corregidos.
  • Recomendaciones de novedades literarias.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.