Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «los gigantes». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 25 de junio!
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*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
ENTRE LOS TEJADOS Y LAS NUBES
Volví a verte cruzar la calle. Fue un día alegre, con las ventanas colgadas de las fachadas y sonriéndole al sol del mediodía. Aquella noche pasó con las estrellas deslizándose fugazmente frente a una ventana, vestida de aquellos años de mi juventud.
Entonces aparecieron los gigantes. Caminaban silenciosos entre los tejados y las nubes, con pasos tan suaves que nadie más parecía advertir su presencia. Eran los guardianes de las almas inquietas, los centinelas de las noches frías y sin abrigo. Desde las alturas vigilaban nuestros sueños y alejaban los temores que se escondían en la oscuridad.
Recuerdo mis quince años como una época feliz. Recuerdo aquellas noches serenas en las que los gigantes permanecían inmóviles junto al horizonte, como antiguas montañas vivas recortadas contra la luz de la luna. Bajo su protección, los ángeles bajaban a velar mis sueños, aquellos que aún recuerdo vagamente entre caricias y manos de seda.
A veces creía escuchar sus voces profundas mezcladas con el viento. Me hablaban de caminos lejanos, de estrellas errantes y de un tiempo en el que los hombres todavía podían conversar con los seres que habitaban los límites del cielo. Yo cerraba los ojos y escuchaba, convencido de que mientras los gigantes permanecieran allí, nada malo podría suceder.
Y así transcurrieron aquellos años, entre el resplandor de las estrellas, el susurro de los ángeles y la sombra protectora de los gigantes que, noche tras noche, acudían en silencio a salvar a los soñadores.
SERGIO SANTIAGO MONREAL
Sentir el latido del silencio
entre gigantes quijotescos,
que inpregna la silente locura
en quimeras de forjado hierro,
aflorando crepúsculo de sueño.
Melodía de eternos versos.
YOLANDA PINA REY
Puede ser mucho mayor de lo considerado normal. O quizás, un ser de fábula de grandes dimensiones envuelto en forma humana que vuelve a aparecer en cuentos de fantasía mitológica. Tal vez sea una persona que posee una cualidad que le hace brillar extraordinariamente.
RAQUEL LÓPEZ
Como duele la vida cuando no golpea el cuerpo, sino tu alma.
Cuando la luz oscurece volviéndose crisol y el silencio forma parte del olvido.
Los gigantes de mi fuerza interior, colosos de alquimia, forjados de sus propias caídas que me dan el sosiego y la calma. Centinelas, guardianes intangibles que sacuden la vida quebrando mis miedos.
Siento el latido telúrico que despierta de esas sombras, sosteniéndome en brazos para no desfallecer, hablando un idioma que nadie entendería y arrullando mis pasos que harán de mis cimientos sentir la firmeza que me haga vibrar.
Manteniendo la templanza inquebrantable, los titanes dormidos, despertarán mi alma y desde las sombras, volveré a caminar….
¡ Ay, como duele la vida! Cuando se te escapa y no hay marcha atrás, guardaré los recuerdos para que no se alejen y entre fuertes abrazos me cobijaran. Manteniendo la fuerza que forja la vida y así los temores desaparecerán…
DAVID MERLÁN
LA SOMBRA MÁS LARGA. (EL COLOR DE LAS COSAS 2/4)
La primera vez que se recuerde que alguien llamó gigante a don Richard Widman, fue en una taberna. No porque fuera alto, todo lo contrario, era más bien bajo y corpulento, pero lo llamaron así porque era dueño de medio pueblo. El otro medio, le debía dinero.
La mina era suya. El almacén era suyo. Las casas donde vivían los mineros eran suyas, incluso el periódico local era suyo y escribía lo que él quería que se escribiese. Era tal su poder que Incluso el alcalde Wilson parecíese sentenciar en sintonía con él. Algunos, los más osados en la intimidad, le llamaban Mr Potter, en clara alusión al magnate millonario y despiadado del clásico de Frank Capra, Qué bello es vivir, que se había estrenado hacia un par de años antes en cines.
Aquel lugar era Factoryville, en Scraton (Pensilvania) y todos sabian lo que en realidad pasaba: El pueblo pertenecía a Widman y Widman pertenecía al pueblo.
Era una relación antigua. Imperfecta, a veces incluso injusta, pero archiconocida.
Pero en la primavera de 1948 llegó el segundo gigante, y nadie lo vio llegar. Porque los gigantes modernos hechos así mismos tras la Guerra Mundial, no viajan a caballo. Viajan en y con documentos debajo del brazo, lleno de telegramas, contratos y «falsas» promesas precedidos de un simple rumor.
Todo comienza con una simple noticia en los periódicos de la capital. Luego una delegación de hombres trajeados preparan el terreno y por último, llega el turno de Charles Cole.
Bajó del tren una mañana luminosa de abril.
Vestía un traje claro, Camisa blanca y sombrero blanco, y llevaba un maletín de cuero reluciente.
Los curiosos del andén lo observaron con detenimiento y él les devolvió una sonrisa de cortesía con la aparente seguridad, del que dirá que da la impresion de que ya los conociera y hubiera estado allí antes.
La empresa que representaba se llamaba White Frontier Corporation.
Un nombre elegante para algo inmenso. Tan inmenso que nadie lograba comprender su tamaño:
Poseían minas, ferrocarriles yacerías. Gestionaban puertos enteros, en definitiva sus tentáculos abarcaban medio país. Y ahora habían clavado su chincheta en Factoryville
Cuando trascendió la noticia, dividió al pueblo y días después se convocó de urgencia una reunión:
—Nos van a devorar.Ya veréis.—Opinaban unos.
—No, no, nos van a salvar. Nos lo va a quitar del medio.—defendian otros.
—Van a cerrar la mina.
—No, no. A mí me han dicho que van modernizarla.
Cada vecino tenía una teoría distinta. Pero todos coincidían en una cosa. Aquello significaba problemas para Richard Widman, y esa idea era del agrado de la mayoria.
El motivo era simple en su explicación:
Los años habían endurecido al viejo cacique, y sus trabajadores le obedecían pero no le querían, y menos respetaban.
Había comprado voluntades y despedido hombres sin pestañear, y eso había dado como resultado que familias enteras se arruinaran almson de su expresión favorita:
«—Ese no es mi problema»
y por supuesto, jamás había pedido disculpas por ello.
Así que cuando la White Frontier Corp. anunció inversiones, nuevos salarios y mejores condiciones laborales, gran parte del pueblo lo celebró. Por primera vez alguien parecía capaz de plantar cara al gigante.
Widman recibió a Charles en su mansión. Era una casa enorme situada sobre la colina que dominaba toda la vista del pueblo incluida la joya de la corona, la explotación minera.
Tras un cordial pero frío saludo, los dos hombres se sentaron frente a frente en el ostentoso pero anticuado despacho del señor Widman.
Sobre la mesa descansaba una botella de coñac.
—¿Quiere una copa? Le aseguro que es de lo mejorcito.—presumió Widman ejerciendo de anfitrión mientras agarraba la botella.
—No, gracias. No bebo cuando estoy trabajando.
Aquella descortesía le sentó fatal al cacique, más por el atrevimiento que por la noche aceptación. No estaba acostumbrado a ser rechazado.
Respiró hondo y soltó la botella.
—¿Qué quiere exactamente, señor Cole? —preguntó Widman.
—Lo mismo que usted quiso cuando llegó aquí. Porque tengo entendido que usted no es de aquí.
—Efectivamente. Veo que ha hecho los deberes señor Cole.
—Es parte de mi trabajo —le contestó mientras le clavaba la mirada.
Por segunda vez, Richard Widman se encontraba a disgusto, pero tragó saliva y continuó con la conversación.
—Yo construí este lugar, ¿sabe? Levanté la mina y esos desgraciados aún tiene las agallas de cuestionarlo.
—Si, lo sé.
Widman apretó la mandíbula.
—Entonces entenderá que no pienso vender.
Charles sonrió abiertamente provocando que el cacique dejará atrás su disimulada preocupación.
—Le voy a ser franco, señor Cole. A mi no me engaña como a esos puebleribos. ¿Me puede decir entonces porqué Factoryville?
—Nada. Me gusta su pueblo. Eso es todo.
****
Durante meses se sucedió una guerra silenciosa. Sin disparos ni amenazas, y mucho menos insultos.
Solo se sucedían los movimientos, como en una partida de ajedrez.
Cuando la White Frontier compraba terrenos, Widman contraatacaba comprando otros.
White Frontier contrataba ingenieros y abría oficinas, mientras Widman contrataba contratando abogados e interponiendo demandas.
Mientras el periódico seguía a lo suyo. Más mediatico que nunca para los intereses del cacique, su editorial hablaba abiertamente de escandalos y corrupción en el seno de la White Frontier, mientras está, en periódicos de tirada estatal, hablaba de progreso a pesar de la intransigencia de Richard Widman.
Mientras los rumores hablaban de conquista, lss habitantes observaban fascinados.
Era como contemplar dos Gigantes empujándose y golpeándose mutuamente. Dos gigantes luchando por un mismo territorio.
Y, por primera vez en décadas, Widman parecía vulnerable.
***
Pasaron los meses y una tarde, el maestro del pueblo encontró a Charles observando la mina.
—¿De verdad cree que puede derrotarlo?
Charles no apartó la vista.
—Ya está derrotado.
—No lo parece, señor Cole.
—Los gigantes y los imperios nunca notan su propia decadencia. Solo notan la ley de gravedad durante su caída. Y solo cuando termina, en ese preciso momento, es cuando se dan cuenta demasiado tarde de lo sucedido.
El maestro recordó aquellas palabras durante mucho tiempo. Porque, poco a poco, comenzaron a cumplirse.
Los bancos dejaron de conceder crédito a Widman, seguido de los proveedores, que empezaron a trabajar con y para la White Frontier Corp.
Los jóvenes más preparados abandonaron la mina para aceptar empleos mejor pagados, y con ello, la maquinaria envejeció al mismo ritmo que disminuían los beneficios del Sr. Widman.
***
Tan solo un año después llegó la oferta definitiva. White Frontier Corporatio compraría todas las propiedades de Widman: La mina, las viviendas, los almacenes, los terrenos, todo.
Widman, como es lógico no aceptó, y rompió el contrato delante de los representantes venidos exprofeso desde la capital.
«—¡Jamás. Por encima de mi cadáver!» aseguran muchos que esas fueron sus palabras.
Pero la palabra jamás tiene una vida muy corta. Dos inviernos después estaba arruinado.
La mina apenas producía. Los costes se comía todo el exiguo margen que le podía quedar y, inevitablemente, las deudas crecieron desbocadas.
Una tarde, sin avisar, los acreedores se presentaron en su mansión de la colina y llamaron a la puerta solicitando reunirse con Charles Widman.
El encuentro tuvo lugar en aquella misma mansión donde jactándose de su poder, el cacique se había despreciado a Charles Cole sin ni siquiera conocerle en profundidad. La única diferencia era que ahora, la mansión estaba prácticamente vacía; muchas habitaciones permanecían vacías y cerradas bajo llave. Los cuadros una vez símbolo de ostentación y poder, habían desaparecido, al igual que las alfombras traídas de países exóticos del Este.
El gigante estaba prácticamente vencido.
—Ha ganado —dijo Widman.
—No era una competición—añadió Cole.
—No mienta.—Tengo la sufiente edad para saber ciertas cosas.
Charles guardó silencio.
Widman se sirvió una copa con mano temblorosa tras ofrecerle un trago con la mirada, al tiempo que le levantaba a su vista, la botella.
Charles declinó la oferta con un amable gesto.
—Dígame una cosa.
—Claro.
—¿Me va a decir de una vez por qué este pueblo?
Al principio no entendió el sentido de aquella pregunta. Era obvio ante los ojos de cualquiera cuál había sido el motivo, pero la foto.a de preguntar, le desistió de darle una contestación absurda. En cierta manera, aquel viejo cacique se merecía una respuesta más trabajada.
Charles contempló las luces de la mina a través de la ventana antes de contestar.
—Porque estaba aquí.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Widman soltó una carcajada amarga.
—Yo creía que tenía algún plan grandioso.
—Lo tengo.
—¿Y cuál es?
Charles sonrió.
—El mismo que siempre.
Richard Widman no entendió aquellas palabras pero el pico orgullo que le quedaba, le impedía insistir en ello y prefirió quedarse como estaba.
Aquella noche firmó la venta, y con una sola firma terminó una época.
El pueblo celebró la noticia con música y alcohol, porque pensó que había derrotado al viejo tirano. Pensó que a partir de ese momento, comenzaba una era mejor.
Un mes después Widman abandonó el pueblo y ante la atenta mirada de cientos de curiosos, las máquinas derribaron la mansión de la colina.
Cuando cayó el último muro, algunos incluso aplaudieron.
****
Pasaron tres días y al amanecer del cuarto, una liviana estructura de postes asomó a lo lejos. Donde antes se eregia una mansión, ahora se podía ver un grupo de obreros levantando una estructura gigantesca. Más alta que cualquier edificio del pueblo. Más alta incluso que la mansión desaparecida.
Durante semanas nadie supo qué era.
Hasta que una mañana retiraron las lonas: Era una valla inmensa. Completamente blanca. Visible desde cualquier rincón de Factoryville en Scraton (Pensilvania).
Y en el centro, bien grande, apareció el emblema de la White Frontier Corporation.
Muchos años después nadie recordaría el nombre de Widman. Pero la valla seguiría allí;
Observando, dominando el paisaje y vigilando. Como una bandera clavada en territorio conquistado.
El mismo día de su inauguración, un hombre de traje claro tomaba el tren de la tarde.
Se sentó junto a la ventanilla y mientras el convoy se alejaba, contempló la valla blanca perdiéndose en el horizonte.
El revisor se acercó a picarle el ticket
—¿Trabaja para la compañía, señor?
—Algo así.—mientras le entregaba su billete.
—Han construido algo enorme. Tengo que reconocerselo— mientras se agachaba levemente para mirar por la ventanilla hacia la valla.
Charles asintió.
—Sí.
—Un auténtico gigante. No cabe duda. Que tenga un buen viaje, señor.—añadió devolviéndole el ticket.
La sonrisa apareció una vez más mientras miraba una última vez hacía Factoryville. El territorio recién conquistado.
—No, crea, sólo es el último. Nada más.
Continuará…
CARMEN BERJANO
«Gigante es aquel que siente miedo, no se paraliza y lo utiliza, como combustible del amor»
Y en esas andamos, capeando miedos, alimentando amores, cumpliendo años y sueños… Junto a ti.
Carmen Berjano
MARI CARMEN MERFER
EL DESPERTAR DE LOS GIGANTES
En un rincón polvoriento de La Mancha, donde el viento juega con los molinos y el tiempo parece caminar despacio, sobrevivía un viejo establo olvidado. No era un lugar cualquiera, pues allí, cuando caía la noche y los humanos se rendían al sueño, los animales del mundo del Quijote despertaban para contar sus propias historias y reflexionar sobre el mundo de hoy.
Rocinante, el flaco y noble caballo de don Quijote, era el primero en levantarse.
Aunque sus huesos crujían y su figura no imponía como la de otros corceles, en su mirada brillaba un orgullo silencioso, una dignidad que ni el tiempo ni el olvido habían logrado quebrar.
Aquella noche, como tantas otras, carraspeó suavemente y llamó la atención de los demás.
—Amigos —dijo con voz pausada—,hoy recordaré una de las historias que viví con mi señor, que, aunque no estaba cuerdo, siempre me enseñaba una valiosa
lección.
Mi amo creía combatir contra gigantes temibles cuando en realidad no eran más que molinos de viento.
Desde un rincón, el rucio de Sancho Panza soltó una carcajada breve, más nostálgica que burlona.
— ¿Gigantes? Aún recuerdo a mi señor advirtiéndole… pero ya sabéis que nadie podía hacerle cambiar de idea.
Los demás animales se acomodaron: unas gallinas curiosas, el galgo que tantas veces había acompañado de cacería al hidalgo, el perro viejo que cuidaba del rebaño, las ovejas, una vaca e incluso un gato callejero que aparecía sin avisar.
Todos sabían que las historias de Rocinante no eran solo recuerdos, sino espejos.
—Mi señor veía gigantes donde había molinos —continuó Rocinante—. Pero en su locura había algo hermoso. Para él, esos gigantes eran monstruos que amenazaban la justicia. No veía el mundo como era, sino como le hubiera gustado que fuese. Aquella tarde, cuando arremetimos contra las aspas y el viento nos golpeó con furia, sentí que no caíamos…, sino que el mundo nos rechazaba por intentar cambiarlo.
Un silencio cálido llenó el establo. Afuera, el viento soplaba, como si quisiera escuchar también.
—Por un instante, creí de verdad que estábamos volando, que éramos héroes de una historia que nadie más entendía. Pero hoy…‐Rocinante bajó la cabeza— hoy los cuerdos luchan también contra colosos que no son molinos.
Sus adversarios son ciudades enteras. No desenvainan espadas ni se lanzan de cabeza contra aspas movidas por el viento. Sus armas son más frías, más precisas, más devastadoras. Destruyen todo a su paso, arrasando como viento sin memoria todo lo que encuentran, borrando nombres, historias y latidos hasta dejar solo silencio.
El perro viejo suspiró, como si comprendiera demasiado bien aquellas palabras.
—Y todo por sentirse poderosos —añadió el rucio—. Por defender banderas que no abrigan, por dioses que separan en lugar de unir, por ideas que olvidan a las personas que dicen proteger.
Guardaron silencio un instante, como si escucharan algo lejano, algo que venía de más allá de los campos manchegos.
—Pero lo más triste no es la destrucción…, sino la costumbre. El mundo mira, se acostumbra y sigue adelante como si el dolor ajeno fuera un rumor lejano —murmuró el gato, estirándose como si el universo no le perteneciera.
El establo quedó sumido en una penumbra más profunda, como si aquellas palabras pesaran en el aire.
Entonces, el rucio preguntó, esta vez sin rastro de risa:
— ¿Y qué diría tu señor de todo esto?
Rocinante alzó la cabeza lentamente.
—Mi señor… —respondió— seguiría viendo gigantes. Pero esta vez no se equivocaría. Y quizá, aunque volviera a caer, lo intentaría de nuevo. Porque la verdadera locura no es luchar contra monstruos imaginarios…, sino dejar de luchar cuando son reales.
Nadie dijo nada más.
La noche avanzó, envolviendo el establo en una calma frágil. Uno a uno, los animales se fueron rindiendo al sueño, envueltos en recuerdos.
Rocinante fue el último en cerrar los ojos. Antes de hacerlo, miró hacia la puerta abierta del establo, donde la luna dibujaba un camino de plata bajo el manto estrellado de la noche. Por un momento, creyó ver a su viejo amo, erguido sobre él, listo para otra aventura imposible.
Y observando a los molinos comprendió: los gigantes nunca desaparecieron, solo cambiaron de forma.
PEDRO A LÓPEZ CRUZ
ÚLTIMO LIBRO, CAPÍTULO 13
Lo que al principio comenzó brotando con la forma de un rumor difuso, una de esas referencias extrañas que circulan por las redes y todos comentan con escepticismo, no tardaría en adquirir una sólida consistencia. Los noticieros se hicieron eco de los primeros avistamientos y el miedo colectivo prendió como la pólvora, al principio de forma sutil, generando una creciente inquietud, y más tarde como algo real y tangible. Aquello que todos creíamos remoto e imposible había llegado, sin saber cómo, hasta las mismísimas puertas de nuestras casas.
Sucedió una mañana de domingo, uno de tantos, uno de esos domingos apacibles en los que la ciudad parece olvidar por unas horas su frenético pulso cotidiano. Las familias desayunaban sin prisas, mojando sus magdalenas en el café, saboreando el aroma de las tostadas crujientes o sucumbiendo ante unos deliciosos churros con chocolate. Desde balcones y ventanas abiertas llegaban conversaciones dispersas, el tintinear de las cucharillas contra las tazas y el murmullo lejano de una ciudad adormecida cuyos habitantes repasaban el diario dominical en sus dispositivos digitales.
Fue el hijo el primero en percatarse, gracias a esa percepción única y especial que tienen los niños para ver lo extraordinario, algo que los adultos no somos capaces ni tan siquiera de intuir. De haber sido un día laborable, nadie hubiera notado las primeras señales, camufladas entre el ruido y el caos habituales de la jungla de asfalto. Pero en mitad de la calma que reinaba en aquel día festivo, fue imposible no darse cuenta de los extraños sonidos que comenzaban a escucharse a lo lejos. Eran rugidos de animales, de eso no había duda. Casi imperceptibles y de especies imposibles de determinar. Apenas un rumor transportado por el viento. Pero era evidente que se aproximaban a gran velocidad.
En ese momento, el niño miró hacia arriba. Los demás imitamos el gesto, movidos por una suerte de acto reflejo. Fue entonces cuando observamos las sombras. Unas enormes manchas grises que se movían con rapidez. Descartamos aviones y cualquier otro tipo de ingenio mecánico. También desechamos la idea de que se tratase de aves rapaces. En mi escaso conocimiento de ornitología, dudo que existan especies aladas de tal envergadura, capaces de proyectar sombras tan colosales. Pero, a decir verdad, no vimos nada. Lo que quiera que nos estuviese sobrevolando acababa de pasar como una flecha sobre los tejados. Tan solo escuchamos un deslavazado coro de graznidos de un volumen tal que nos dejó la sangre helada.
Para entonces, los sonidos ya resonaban con claridad. Las emisiones de las cadenas de televisión se interrumpieron de manera simultánea Ahora, todas mostraban la misma señal en directo. Atascos monumentales, multitudes despavoridas huyendo por las avenidas, con el pánico esculpido en sus rostros. Sirenas, explosiones e incendios. Escenas propias de una guerra. Y detrás de todo aquello, avanzando entre nubes de polvo y cascotes, aparecieron las bestias.
Fue entonces cuando comprendimos la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Por primera vez pudimos contemplar a algunos de los más pequeños, atravesando la calle a toda velocidad, justo por delante de nuestros ventanales. Saltando sobre los coches estacionados mientras las alarmas comenzaban a sonar una tras otra, componiendo una cacofonía ensordecedora.
De pronto, uno de ellos se detuvo. La bestia emitió un escalofriante rugido e hizo ademán de girar hacia nosotros, inmóviles, atrincherados tras la cortina. Recuerdo sus ojos. Amarillos. Inteligentes. Antiguos. Por un instante tuve la certeza de que nos había visto. Sin embargo, tan repentinamente como se había detenido, la criatura reanudó su carrera y desapareció tras el resto de la manada.
Sobre nuestras cabezas, las bestias aladas trazaban círculos interminables en el cielo, como buitres surgidos de una pesadilla primigenia, descendiendo en picado sobre plazas, estaciones y avenidas, allá donde detectaban una gran concentración humana, para remontar el vuelo, segundos después, transportando cuerpos inertes entre sus mandíbulas dentadas. Desde tierra podían verse gotas de sangre cayendo de las alturas como una macabra lluvia escarlata.
Los ejemplares más grandes se desplazaban con lentitud, pero su mera presencia bastaba para sembrar el horror y la desolación. En otros tiempos, nuestros ancestros, desconocedores del miedo, se habrían enfrentado con piedras y lanzas, e incluso hubieran dado caza a algunos de ellos. Pero en agosto de 2030, la especie humana, orgullosa de sus satélites, sus algoritmos y su inteligencia artificial, solo era capaz de contemplar tal espectáculo con una mezcla de horror y estupefacción.
Hoy seguimos sin saber de dónde vinieron.
Ignoramos cómo aparecieron, si han permanecido ocultos durante millones de años o si, sencillamente, nunca llegaron a desaparecer de la faz de la Tierra.
Lo único indiscutible es que han vuelto.
Ahora compartimos el planeta con ellos, igual que hicieran nuestros ancestros en un pasado remoto. Nos hemos acostumbrado a escuchar sus rugidos en la distancia, a ver sus sombras cruzando el horizonte al amanecer, a construir nuestras vidas alrededor de su presencia.
Pero hay algo aún más inquietante.
Con el paso de los años hemos comenzado a observar ciertos comportamientos. Patrones. Conductas que no encajan con simples animales. En ocasiones parecen vigilarnos. A veces dan la impresión de estudiarnos. Y, en ocasiones, cuando uno levanta la vista y descubre una de aquellas gigantescas siluetas observando desde la lejanía, resulta imposible evitar un estremecimiento mientras uno se pregunta:
¿Será este el apocalipsis que tanto anunciaron?
Pedro Antonio López Cruz
EFRAÍN DÍAZ
A Carolina le llaman la Tierra de Gigantes gracias a un solo hombre: don Felipe Birriel.
Con sus siete pies y once pulgadas de estatura, era un coloso capaz de sobresalir en cualquier multitud. Tuve la oportunidad de verlo varias veces. Vivíamos relativamente cerca y coincidimos en uno que otro evento. Confieso que impresionaba. No todos los días uno se cruza con alguien que parece haber sido reclutado para combatir junto a los titanes de la mitología griega.
Pero con los años he llegado a sospechar que los gigantes más extraordinarios rara vez son los más altos.
Dos Bocas también tuvo los suyos.
Manolín, el gallero, era uno de ellos.
Tenía el mejor gallerín del barrio. Sus gallos peleaban con la misma eficacia con la que peleaban los espartanos bajo el mando del Rey Leonidas: para ganar. De otros pueblos llegaban personas buscando que entrenara sus aves. Su caja de espuelas era motivo de admiración, envidia y conversación obligada entre galleros. En aquel pequeño universo emplumado, Manolín era una mezcla de entrenador olímpico, estratega militar y sumo sacerdote.
Chendo era otro.
Mientras algunos medían su éxito por el tamaño de la cuenta bancaria, Chendo lo medía por la calidad de la cosecha. Trabajaba la tierra desde que el sol despuntaba hasta que desaparecía detrás de las montañas. Nadie parecía resistir mejor el calor, la humedad ni los caprichos del clima. Vivía orgulloso de su tala porque sabía que de ella comían muchas familias, no solo de Dos Bocas, sino también de barrios vecinos.
Don Goyo y su hijo Junior encontraron la prosperidad entre gruñidos y lodazales.
Su criadero albergaba cientos de cerdos. Siempre había una camada nueva en camino y rara era la mesa de la región donde no terminara apareciendo alguno de sus productos. Perniles, lechón, chuletas o chicharrones: si llevaba cerdo, era probable que Don Goyo hubiese tenido algo que ver. Hoy su nieto Wiso continúa el legado familiar con la misma devoción que otros reservan para las reliquias de los santos.
Y luego estaba Ramito.
Ramito operaba en esos territorios nebulosos donde la ley deja de ser una línea recta y se convierte en sugerencia.
Destilaba el mejor pitorro que he probado en mi vida.
Ocultaba sus alambiques entre la espesura de la montaña como si custodiaran secretos de Estado. Piña, coco, tamarindo, ciruelas, almendras y cuanto fruto produjera la tierra terminaban participando en el proceso. Todo natural. Mucho antes de que los mercadólogos descubrieran palabras como artesanal, orgánico o gourmet.
Las autoridades conocían perfectamente sus actividades. Pero también conocían la calidad de su producto. Digamos que la aplicación rigurosa de la ley rara vez ha sido enemiga de una buena copa.
Todos ellos fueron gigantes. No por su estatura física. Ni porque sus nombres aparecieran en los periódicos. Ni porque levantaran trofeos o acumularan fortunas.
Fueron gigantes por su carácter, por su oficio y por la manera en que ocuparon el pequeño espacio que Dios les prestó sobre la tierra.
Carolina mide sus gigantes en pies y pulgadas. Dos Bocas los mide de otra manera.
PEPA HERRERA
La Leyenda del Gigante de la Montaña
Aquella noche, en la gran cueva del clan, el fuego crepitaba nervioso, irascible, moviendo sus llamas en un vaivén de emociones concentradas.
Los niños se apretaron unos contra otros, el anciano Karr, con su voz de piedra algo ronca, iba a contarles una historia.
—Escuchad, hijos del clan y dad las gracias a la Madre porque esta montaña que hoy nos protege no siempre estuvo quieta ni era tan segura como lo es ahora. Hubo un tiempo —dijo señalando el techo de roca— en que un gigante vivía debajo de ella.
Los niños abrieron los ojos y miraron las llamas de la hoguera que temblaban al escuchar el principio de la historia del gigante. Las historias de estos enormes seres siempre fueron las preferidas de los pequeños.
—¿Y cómo era ese gigante? —quiso saber uno de los niños.
—Ese gigante era enorme, inmenso, tan grande que sus brazos parecían troncos de árbol. Eran larguísimos y estaban llenos de verrugas. Su piel parecía formar pequeñas cuevas donde podían vivir las lagartijas.
Y era él quien sujetaba la montaña, para que no se derrumbara sobre nosotros.
El clan murmuró, impresionado.
—¿Entonces era bueno el gigante?
—Sí, el gigante era bueno —continuó Karr—. Fuerte, paciente, silencioso. Pero un día… un día le pasó algo terrible— exclamó echándose las manos a la cabeza.
—¿Qué le ocurrió?
—¡Pues que se hacía pis! ¡Muchísima pis!
Los niños se taparon la boca para no reír, no sabían si podían hacerlo. Karr les imponía mucho respeto. El anciano anciano siguió muy serio, como si estuviera contando un secreto sagrado.
—Tenía tantas, tantísimas ganas de mear, que decidió soltar la montaña un momento.
Solo un instante. Pero claro, cuando un gigante se hace pis, no se trata de un chorrito que puede convertirse en charco. No. ¡Se convierte en río! Y cuando el gigante tiene muchas ganas, puede llenar un valle entero.
—Halaaaa —exclamaron algunos.
—Así que el gigante soltó la montaña, se giró un poco, y… ¡FSSSSHHHHHH!
El valle se llenó de agua hasta los bordes. Y así nació nuestro lago.
Los niños ya no podían contener la risa. Ese FSSSSHHHHHHH y la cara del anciano les hizo soltar una sonora carcajada.
—Pero al soltar la montaña —dijo Karr bajando la voz—, la cueva se derrumbó un poco y sus habitantes quedaron encerrados. El gigante, preocupado por ellos y por haber fallado a los pequeños humanos, se tumbó junto al nuevo lago y recompuso la montaña con su propio cuerpo, como si quisiera abrazarla para siempre.
—¿Y qué ocurrió luego, Karr? —quiso saber otro de los niños.
—Entonces llegó la tormenta. Los rayos cayeron sobre él como si fueran lanzas de luz. Y el gigante quedó petrificado, convertido en roca eterna a los pies del lago que él mismo había creado.
El anciano guardó silencio.
El fuego chisporroteó.
Los niños tragaron saliva. Sabían lo que venía después. Ya habían escuchado la historia mil veces.
—¿Y dónde está ahora el gigante?
—Su cuerpo es roca y su espíritu no se marchó —susurró Karr—. Dicen que cuando el cielo gruñe y la lluvia golpea la tierra, se puede escuchar su voz profunda, resonando entre los truenos:
“Mientras truene… yo estaré con vosotros.”
Y desde entonces, cada tormenta, como la de hoy, es un recordatorio de el gigante sigue ahí, sosteniendo nuestra tierra aunque ya no pueda moverse.
YOMALCKRY OSORIO
Habia crecido en su corazón , se hizo inmensamente grande como un gigante , pero su desden lo estaba haciendo cada vez más pequeño ,
se habia convertido en el superheroe de su alma , pero su indiferencia le causaba una gran tristeza.
Lo habia convertido en un Dios en sus historias , en los recuerdos que se resistian a morir , algo todavia lo mantenia con vida
pero su ausencia fué un enorme castigo , su silencio un daño irreparable para su inmenso corazón .
Un desgarrador la inunda todos los dias , a toda hora , a cada segundo , existen palabras que no se olvidan tan fácilmente , ella entendió y descifra su aplaco como algo demoledor , como algo inquientante y frustrante al mismo tiempo un dolor irreversible
Queda continuar con la vida aunque a veces se vuelve inexcrutablemente pesada y obligada .
Era la historia perfecta , pero hay capitulos que se deben cerrar para siempre y no volver ni siquiera intentar leer esa página que debe ser clausurada .
Cada palabra queda atrapada en el aire , cada sonrisa se irá desvaneciendo a medida que van transcurriendo los dias .
Cada gesto como un simbolo de absoluta felicidad.
Sólo en los sueños lo pueda volver a ver a tener , a ver , a sentir , y quisiera no despertar para que no se acabe esa inmensa felicidad aunque sea por tan pococo tiempo .
El sueño se hace eterno pero a la vez tan corto no da tiempo para sentirte tan cerca de mi alma ,
Ese será el lugar más seguro de volverte a ver !
Eres etereo en los más intrisincos recuerdos , como un intenso tatuaje ,
MARIO NÚÑEZ
Consigna semanal Los Gigantes
Himari Tanaka tiene agendado su primer festejo del día de su vigésimo aniversario.
Se dirige temprano al konbini, expendio y área de fumar de la estación Hakata para trenes de alta velocidad, a pocos minutos de su casa en la ciudad de Fukuoka, en la isla Kyushu del sur de Japón.
Hasta ahora, solo había entrado en esos espacios reservados por unos pocos minutos y a escondidas de los guardianes de la estación de trenes, o con su abuelo cómplice.
Fumaba unas pocas pitadas de cigarrillos prestados; sus amigos o su abuelo y ella podrían estar en serios problemas en ese lugar antes de la edad legal para hacerlo.
Himari aprendió a fumar con su abuelo Takashi, uno de los sobrevivientes de la última guerra mundial, que había adquirido el hábito siendo muy pequeño, en el exilio de su familia en Manchuria. El anciano nunca dejó de fumar su cajilla y media diaria de cigarrillos, y su peculiar hábito de disfrutar los cigarrillos Ark Royale Paradise, de un refrescante sabor a té exótico.
No conocen mucho acerca de aquellos sabrosos pitillos, salvo que también existen en variedades clásica, fuerte, de manzana verde y el favorito de ambos de sabor a la bebida más apreciada en Japón.
Otra afición que comparten nieta y abuelo es el activismo contra el trabajo infantil, a cuyas causas realizan donativos y participan de petitorios por su abolición en todo el planeta.
Sin embargo, desconocen que su humeante disfrute proviene del esfuerzo insalubre de pequeños gigantes al otro lado del mundo, en otro hemisferio y donde justo ahora está por amanecer.
Comienza la primavera en el país de los cerezos en flor, y todo renace celebrando el cumpleaños de Himari.
Comienza el otoño y la jornada antes de salir el sol para Lalo, un pequeño de ocho años, que deberá ir con su padre y su madre a cosechar el tabaco en los campos de Bella Unión, cerca de las fronteras de Uruguay con Brasil y Argentina.
Lalo y su familia deben llenar al menos un saco de unos cuarenta kilos de hojas de tabaco, antes de lavarse mal y rápidamente la cara, los brazos y las piernas, montar en la bicicleta desvencijada de su madre, y concurrir a la escuela rural de Coronado, curiosamente del mismo nombre que una de las marcas de cigarros de la empresa para la que trabaja la familia.
Desde hace dos años, para sostener el trabajo jornalero familiar, entre los tres deben cumplir veinte horas de trabajo diario, de lunes a sábado, aunque el domingo también pueden cosechar para compensar horas de la semana, no importa cómo lo logren, para recibir algo menos de cuarenta dólares de jornal. Seis jornales semanales. Lo del domingo no cuenta.
Lalo no es el único. Casi todos sus compañeros y compañera de escuela trabajan en lo mismo y en iguales condiciones. En la época de la pandemia en que las clases eran en línea y se podía trabajar más en las plantaciones, formaron un club, que llamaron “Legión”.
Pero eso sonaba lejos y muy de grandes, así que les gustó más llamarse “Los Gigantes”, porque cada uno de ellos cargaba sobre la espalda sacos a veces más altos que sus humanidades, para aliviar la estropeada espalda de papá, y la más vencida de mamá, gastada a fuerza de parir, amamantar y volver a parir.
El propio Lalo ha tenido ya tres hermanos. Sólo sobrevive él.
Pocos días de reposo la joven madre, y en cuanto los sangrados se espaciaban, y aún con los senos hinchados y colgando, de nuevo a las tareas de la casa y a las plantaciones de tabaco de la empresa, salvo cuando llueve mucho, pero entonces no cobran nada.
Lalo es todo un hombrecito, y es su deber ayudar a papá, trabajar a su par, y compensar lo que mamá no pueda.
Es normal, dijo una vez la autoridad política.
Es normal repitió el capataz citando con orgullo al prestigioso político.
Es normal aportar al salario familiar, que le liquidarán el sábado a papá, quien lo administra, pagando primero los gastos de la semana, las compras de alimentos y bebidas que les vende la única tienda de los alrededores, propiedad de la tabacalera, para hacer todo más práctico.
No vale la pena perder un día de trabajo, trasladarse cuatro o cinco horas de ida y vuelta hasta el almacén más cercano, para comprar harina, aceite de soja, caña brasilera y arroz un poco más baratos.
Eso también lo dice el capataz.
Cada una de las 1300 hojas cosechadas cada día, permitirá fabricar una cajilla de cigarros, que Himari adquirirá en Japón por casi 40 dólares, impuestos incluidos.
Lalo no lo sabe ni sabrá nunca probablemente.
También desconoce que las hojas de su cosecha pueden terminar exportadas por la empresa tabacalera en Canadá, Hong Kong, Japón, Paraguay, Argentina, Chile y, por supuesto, Uruguay.
Tampoco sabe que su propio país se ha comprometido hace años a erradicar el trabajo infantil. No lo entendería, como tampoco su familia.
Lo importante es colaborar para que en la casa no falte alimento, y si hay tiempo, terminar la escuela, para entonces dedicar su vida a las plantaciones de tabaco.
ANGY DEL TORO
EL DISCERNIR DE DEMÓCRITO
Con los ojos aún cerrados, Madame Géminis activaba en su mente, el primer paso del proceso: “discernir la información”.
Extendió frente a sí la hoja con la “nota”, la leyó despacio, en voz baja, como si quisiera escuchar a quien la escribió:
«Encerrada en la habitación de un desconocido…
Lo único que sé es que necesito sus besos… pero, ahora mismo, una sombra se esconde tras de sus carnosos labios.
No sé si estoy secuestrada, o es que, lo que más deseo es estarlo.
Quizás sean mis besos los que alimenten sus retorcidos juegos, pero algo me dice que estoy atrapada y que, de esta habitación, jamás saldré.
Si lo que planea es matarme, igual me da, porque él, también conmigo se va.
Algo me dice que aquí no estoy sola. Es otro rostro el que me molesta. Me doy cuenta de que entre nosotros podría haber otra mujer. Quizás secuestrada también. Por lo que aseguro que entre beso y beso lo averiguaré.
Podría estar viva… o muerta, no sé. Pero yo, soy muy joven, y aún me quedan más ganas de besar otra vez».
Al finalizar, apoyó la hoja sobre su pecho y sonrió levemente.
El licenciado Fabricio se mantenía observando las pantallas sin todavía entender. Para él, las Ciencias de la Computación eran un enigma de cables y códigos abstractos.
Para Madame Géminis, eran su cerebro matemático, capaz de enfocar el caos y encontrar orden donde otros solo ven un desastre.
—He estado pensando en lo que usted me contó sobre los miembros del jurado —dijo la investigadora—. Sobre el por qué les nombran «Los Gigantes».
Antes de analizar una sola línea de código, hay algo que debemos dejar claro: no son gigantes por su importancia, ni por su saber. Lo son por las preguntas que se atrevieron a formular, aunque en silencio.
Se giró levemente hacia él, y por primera vez desde que comenzaron a hablar, lo miró fijamente.
—¿Y si nos equivocamos?
¿Y si una decisión aparentemente correcta destruye una vida?
¿Y si lo verdaderamente gigante no era el acusado, sino la duda que dejamos por resolver?
—repitió ella, como si esas palabras estuvieran grabadas en la pared.
Con eso es lo que ustedes cargaron. Y tenían razón: la duda era lo único real en todo ese juicio. Porque había una contradicción, licenciado. Y la contradicción nunca es un error; es simplemente información mal clasificada.
El silencio en la oficina se rompió con el zumbido rítmico del escáner de alta velocidad. Géminis introdujo uno a uno los papeles ajados que conformaban la carpeta: recortes de periódico, fotocopias del juicio y otras notas manuscritas.
En la pantalla principal, un software de Reconocimiento Óptico de Caracteres devoraba las imágenes, transformando la escritura en texto digital vivo, listo para ser analizado.
La investigadora activó otra las pantallas y comenzó a trazar símbolos, ceros y números; ordenaba sus ideas con la precisión de quien sigue un camino que solo ella domina. Al hacerlo, en la esquina superior de la pantalla apareció, en letras discretas y firmes, el nombre del proceso: un procedimiento creado por ella.
— SISTEMA DEMÓCRITO —
La iluminación de la estancia cambió sutilmente. La pantalla principal vibró y las capas de información se reorganizaron automáticamente. Aquel nombre no era un capricho: Demócrito fue el filósofo que más ella admiraba. Habló de los átomos, de las partículas invisibles que componen todo lo que existe, de la forma en que lo pequeño construye lo inmenso. Y así es exactamente como Géminis trabaja: descompone la realidad en sus partes mínimas para entender cómo funciona el todo.
El sistema, su creación perfecta, nacida de su doble formación en ciencias y humanidades, comenzó a procesar bajo sus instrucciones. No era un programa cualquiera, ni una máquina ajena; era la traducción de su propia mente a un lenguaje que podía verse en pantalla digital. Fabricio lo miraba como quien ve un idioma extranjero, pero no preguntaba. Ella tampoco explicaba. No hacía falta. El sistema no era el objeto de la investigación; era el instrumento. Y como todo instrumento experto, solo importaba lo que éste logra revelar.
Bajo ese encabezamiento, Géminis fue estructurando los puntos con claridad quirúrgica.
ANÁLISIS
Dato oficial: Nota escrita por la víctima antes de morir carbonizada.
Dato que no encaja: No menciona fuego, ni agresión física, ni miedo explícito. Habla únicamente de deseo, confusión y dependencia.
Reconstrucción realizada por Madame Géminis:
—Licenciado, le informo que esta nota no es un relato de lo que pudo haber sucedido. Todo lo contrario: refleja lo que, en ese momento exacto, la víctima sentía y vivía.
Y, sobre todo, tiene una clave oculta: no fue escrita para dejar constancia de un crimen, sino como fragmento de una experiencia vivida.
Aquí está la conexión definitiva entre la secta y los que ustedes llaman «Los Gigantes». El jurado.
Es una característica común en ciertas ceremonias de estos grupos: romper los límites entre el deseo y el miedo, entre la libertad y la dependencia absoluta.
Esta nota no prueba por sí sola la existencia de la secta, pero sí demuestra que la historia oficial deja demasiadas preguntas sin responder.
La nota, el fuego, la muerte… son elementos que llegaron posterior a la iniciación. Fueron añadidos, construidos, para transformar un ritual. —oscuro, sí, pero diferente— en lo que en realidad fue, un hecho delictivo sencillo de explicar: un accidente, una mujer muerta carbonizada, un pirómano culpable. Un Caso fácil de juzgar y, además, cerrar.
Julián, al ser el último en incorporarse, era quien menos sabía de las reglas verdaderas y ocultas del grupo. Por eso lo convirtieron en el culpable perfecto: nadie lo defendería, nadie se tomaría la molestia de entender lo que realmente había sucedido en aquella playa.
Y, por tanto, usted y los «Gigantes del Jurado» sentían que algo no encajaba, pero no lograban distinguir entre dos historias que habían sido forzadas a ser una sola:
El relato verdadero: la iniciación, la confusión, la pretensión.
Lo añadido después: el fuego, la violencia, la mujer carbonizada.
Géminis reclinada en su silla, miró hacia otra pantalla digital, algo más pequeña que las anteriores y comenzó a dictar. Mientras tanto, en la pantalla iban apareciendo los puntos claramente resaltados:
• Lo que parece ser una contradicción resulta ser la prueba más clara: cuando se quiere ocultar algo grande, en ocasiones, tiende a ser envuelto en algo pequeño y cómodo de clasificar.
• La nota que ustedes no supieron leer bien, aguarda una verdad.
La más grande de todas: la estructura de poder que se mueve en determinados sectores.
• La justicia debe reconocer la inocencia del acusado, porque Julián no era un pirómano; era solo la pieza que más se ajustaba al tablero.
—No entiendo del todo —admitió Fabricio, inmóvil junto a la mesa, algo abrumado por el poder de análisis que mostraba Madame Géminis.
—Entonces nunca fuimos gigantes —murmuró Fabricio.
Géminis levantó la vista.
—Al contrario, licenciado. Lo fueron. Porque tuvieron el valor de seguir dudando cuando todos los demás ya habían decidido olvidar.
Géminis pulsó un comando en su tableta. Las pantallas cambiaron al instante.
El texto de la nota —“Encerrada en la habitación de un desconocido…”— apareció resaltado en un gráfico de barras de color azul cobalto. A su lado, los informes policiales sobre el incendio en la playa se desglosaban en barras de un rojo escarlata y uniforme.
—Observe la frecuencia de las palabras, la longitud de las frases, la carga emocional de cada texto—explicó ella con calma.
La nota muestra una sintaxis rota, caótica, propia de una mente bajo una presión extrema, un trauma real. En cambio, el acta policial del incendio utiliza un vocabulario técnico, prefabricado, diseñado específicamente para encajar con la acusación de piromanía.
Matemáticamente, Fabricio, es imposible que pertenezcan al mismo escenario. La nota no describe la playa. Describe un cautiverio cerrado, una mente atrapada.
—Ya voy relacionando los acontecimientos —dijo él, bajando la mirada, mientras las piezas empezaban a encajar también en su cabeza, pero hay detalles que aún no hemos conversado.
—¿Algo nuevo que añadir? Pensé que esta era la respuesta que usted necesitaba para aclarar sus dudas.
—Se trata de cómo los asociados a la secta llegaron hasta mí. —confesó él, con la voz entrecortada por la revelación.
No tenía la más mínima idea de que mi hija fuese el contacto utilizado para lograr tal objetivo. Todo este tiempo… ella fue el hilo que movieron para que yo moviera el Caso. Desde el principio, querían que Disidente se reabriera.
Géminis permaneció en silencio un instante, pensando en esta nueva información.
—Interesante —respondió finalmente, con esa serenidad que no revelaba si estaba sorprendida o si ya lo había intuido. Aquí estoy. Y seguiré estándolo, licenciado, para cuando requiera nuevamente de mis servicios.
Fabricio recogió su carpeta, ya no pesada por el dolor, sino por la verdad que ahora contenía, y luego de agradecer la rapidez con que había trabajado Madame Géminis, se despidió.
Cuando la puerta se cerró, la investigadora se reclinó de nuevo en el sillón de masaje, con la mirada perdida en la oscuridad de la habitación.
La hija… pensó. La pieza que ellos mueven para forzar la apertura. Y la investigación, la herramienta que ellos esperaban para que el caso Disidente se reabriera.
Pero ella no era una herramienta. Ella era la arquitecta que desmontaba las estructuras. Y si la secta había usado a la hija de Fabricio, entonces la red seguramente, era mucho más profunda, y mucho más cercana, de lo que nadie se atrevía a imaginar.
GRISELDA SIERRA
Dicen los vientos que su cama era de hierro y medía cuatro metros de largo y casi dos metros de ancho, y que su reino se extendía desde el valle del Jordán hasta el monte Hermón, en el norte, y hasta Galaad, en el sur. Su nombre era Og, rey de Basán, y era el último de los gigantes en el oriente de Israel.
Pero eso no es lo importante.
Lo relevante es que él custodiaba la entrada a la Tierra Prometida, igual que lo había hecho el gigante Sihón, en Hesbón, antes de que los israelitas lo mataran en Jahas, luego de que se negó a negociar con Moisés y salió con todo su ejército a impedirles el paso.
Y ese fue el mismo motivo por el que los israelitas mataron a Og, a su ejército y a toda su gente, cuando salieron a pelear contra ellos para que no avanzaran hacia Canaán.
Dicen también los vientos que, años después, ellos vagaban por Canaán y vieron como Josué derrotó a los gigantes descendientes de aquel gigante famoso, llamado Anac: Ahimán, Sesai y Talmai.
Los tres eran hermanos y vivían en la Tierra Prometida, a dónde Moisés envió a doce espías, quienes se asustaron mucho al ver lo grande, fuertes y feroces que eran esos gigantes.
Dicen que sólo Josué y Caleb no les tuvieron miedo.
Cuando preguntamos qué pasó con los gigantes que Josué no pudo matar, los vientos respondieron que los pocos que quedaron huyeron despavoridos y fueron a refugiarse en las costas del mar Mediterráneo, en una región controlada por los filisteos.
De esos gigantes el más célebre fue Goliat, derrotado tiempo después por David.
Luego, el mismo David, y sus guerreros, también mataron a los últimos cuatro gigantes que se habían refugiado en Gat.
Ellos eran:
Isbi-benob, de quién se dice que tenía una lanza de bronce que pesaba más de tres kilos. Fue ejecutado por Abisai, cuando estaba a punto de matar a David; Lahmi, hermano de Goliat, y Sifai, todos ellos muertos y enterrados con su propia historia.
Y desde luego también pasaron por las armas al gigante que tenía seis dedos en cada mano y seis en cada pie. A ese lo mató Jonatan, sobrino del rey David.
Dicen que después de esa campaña militar el linaje de los gigantes de Canaán se extinguió por completo.
Pero no es verdad.
Todavía quedamos nosotros.
Y los vientos lo saben.
Aunque… viéndolo bien, nosotros somos más que gigantes; somos imperiales. Temibles en invierno, con blancas vestiduras, y amigables es verano con ropajes verdes.
MARÍA JOSÉ AMOR PÉREZ
¿COMO SER GIGANTE? para el tema de la semana
El niño quedó impresionado por el cuento leído en clase.
Explicaba la historia de un pueblo siempre atacado por unos ogros hasta el día que llegó a él Oli, un gigante muy bueno cuya misión era salvar a las gentes allí donde hubiese problemas.
Al llegar a casa fue corriendo junto a su madre y le preguntó:
-Mamá ¿qué hay que hacer para ser gigante?
La madre, atareada en darle la cena a su hermano pequeño le respondió:
-Comer mucho y no pelearte con tus hermanos..
El niño siguió su consejo al pie de la letra: comía todo tipo de comida que le pusieran sin hacer remilgos intentando hacer ímprobos esfuerzos para no protestar cuando el pequeño le molestaba. Además, cada día, provisto de un lápiz, iba a un árbol muy recto y, siguiendo el ejemplo del padre que medía a sus hijos cada mes en una pared destinada a tales menesteres, apoyaba el lápiz encima de su cabeza intentando hacer lo mismo, y, con gran desespero iba comprobando que cada día la marca salía a la misma altura, esperando con ansia llegar al día treinta para ver el resultado final, esperando que la noche del 29, diera el gran estirón.
Y ese día llegó y, para su desespero comprobó que la señal no había variado.
-¿Qué hacer?- se dijo, viendo que su madre no había acertado.
Fue a ver a su padre, que ante la pregunta soltó una carcajada, asegurando que no había gigantes, solo personas altas soltándole una disertación sobre el clima, la genética y la alimentación, que el niño no entendió y se fue frustrado, pensando que su padre algunas cosas no las ignoraba, pues gigantes ¡claro que los había!
Y así, fue preguntándole a la gente, hasta hacerse popular en el barrio su inquietud.
Fue entonces cuando la maestra de su clase tuvo que marchar por motivos familiares durante una temporada y la sustituyó un nuevo maestro.
Era muy joven y el niño pensó que, como estaría más informado de las nuevas tecnologías, igual él se lo aclararía. Y a él se fue a la “hora del patio”.
-Hola ¿puedo hacerte una pregunta?
-Sí ¿de qué se trata?
-Quisiera saber cómo ser gigante, que el otro día se leyó en clase un libro sobre un gigante salvando a un pueblo de unos ogros muy malos.
El nuevo maestro, que estaba sentado en un banco del patio, levantó la cabeza del libro que estaba leyendo, lo miró detenidamente y, llevándolo con él a la clase, se sentó a su lado en una silla y le dijo:
-Me has hecho una pregunta muy interesante, sí- respondió pausadamente, mientras iba pensando la respuesta.
-Sí, gigantes los hay y más de los que creemos, pero no los sabemos reconocer.
El niño asombrado, abrió los ojos preguntando:
-¿Por qué no los sabemos reconocer?
Y el maestro, con calma respondió:
-Porque el ser de verdad gigante, no está en la altura externa, sino en la interna.
El niño, todavía con lenguaje limitado, le miró extrañado mientras el maestro aclaraba:
-Quiero decir que, para reconocer a los gigantes, no hay que mirarlos por fuera, sino por dentro.
-¿Por dentro? ¿Haciéndoles una radiografía?
El maestro sonrió aclarando:
-No, me refiero a por la manera se ser, de actuar, se saber…
Al ver que el niño no acababa de entender lo que intentaba explicarle, le dijo:
-A ver, ¿quién hay en el pueblo que ayude mucho a las personas?
-Don Avelino. Sí. Llevó a la abuela al hospital en su coche, porque papá no estaba ese día.
Y a Don José, el vecino que siempre me da caramelos, también y a…
-¿Ves? ese es un gigante. Igual que lo es doña Rosa, la abuela de Juanito que no solo cuida a sus nietos, sino a cualquier niño que no puedan cuidar en su casa.
Los dos son Gigantes en la Bondad
-Por cierto- prosiguió-¿Viste anoche en la tele a los señores que el rey se Suecia les entregaba unos premios? Pues esos premios de llaman Premio Nobel y se les da a personas que han trabajado mucho para descubrir cosas que mejoren el mundo. Esos también son gigantes en la Ciencia.
Iba a proseguir el maestro, pero el niño lo interrumpió entusiasmado diciendo:
-¡Ya está! Quiero ser ¡gigante del espacio!
Y ante la expresión entre extrañada y divertida del maestro el niño soltó un grito mientras gritaba entusiasmado:
-¡Seré astronauta y descubriré una nueva galaxia!
REBECA FS
Los gigantes en la tormenta.
Darwin decía que para sobrevivir, no lo harían los más fuertes, ni los más inteligentes, sino los que mejor se adaptaran.
El gigante Manolito no pudo sobrevivir, no le cambiaron el nombre jamás. Iba por el mundo y todos le llamaban «Manolito, Manolito»…y es que tenía tantos amigos que con mucho amor le decían lo del «-ito».
El gigante empezó a viajar. Tardó poco el viaje, y es que era tan gigante que de un paso atravesó el océano que estás imaginando.
Sí, justo ese.
Lastimaron su alma de forastero al decir que se llamaba Manolito. Se reían tanto con él que pronto ansió volver a cruzar el charco.
Afortunadamente Manolito no renunció a su nombre. Dejó su huella, y esparció el amor a los gigantes.
L’IDIOT
Los Gigantes
Ivan tenía miedo de internarse en el bosque de árboles enormes, de ramas que parecían tocar las nubes. Era un miedo aprendido desde la infancia, sembrado con paciencia por sus padres, quienes le advirtieron de los peligros que acechaban entre aquellas sombras: animales feroces de tamaño descomunal, y gigantes, seres terribles— que devoraban humanos, especialmente niños de carnes suaves.
Creció cargando ese miedo como una piedra atada al pecho. Pero llegó la adolescencia, y con ella, la rebeldía. Un día, harto de las reglas que aprisionaban su libertad, decidió desafiar todo lo que le habían enseñado y se internó en el bosque.
Y los vio.
Gigantes danzando alrededor de una gran fogata, sus siluetas oscilando al ritmo de las llamas. En el centro, sobre las brasas, algo se cocía. Algo que parecía un humano. Ivan huyó despavorido y jamás volvió a acercarse al límite de aquellos árboles.
Hasta hoy.
Ahora lo llevaban prisionero en una carreta desvencijada, las muñecas atadas con cuerdas ásperas, el cuerpo sacudido por cada piedra del camino. Y ese camino, con cruel ironía, atravesaba precisamente el bosque que había temido toda su vida.
Al principio cerró los ojos. Luego, sin saber bien por qué —quizás el agotamiento, quizás la resignación de quien ya no tiene nada que perder— los abrió.
La luz de la tarde se filtraba entre las ramas en columnas doradas. Los árboles, vistos de cerca y a plena luz, eran simplemente árboles. Enormes, sí, antiguos y silenciosos, pero árboles al fin. Y entonces los vio: las mismas rocas y troncos retorcidos que había confundido, años atrás, con la danza de gigantes. La fogata no había sido más que el reflejo del sol poniente sobre la piedra. Los cuerpos en llamas, apenas ramas caídas y sombras caprichosas. La naturaleza, en su humor salvaje, había esculpido formas que su mente aterrorizada completó con todo lo que le habían enseñado a temer.
Ivan sintió algo extraño expandirse en su pecho: no alivio exactamente, sino una tristeza profunda y tranquila. Había desperdiciado años huyendo de piedras.
Aunque ahora, pensó mientras la carreta seguía su marcha, tendría que ocuparse del miedo real: el de los hombres que lo llevaban atado hacia un destino desconocido.
MARA SERBIA
Cuando fui gigante
Parir es tocar el límite entre la vida y la muerte
y regresar con alguien en los brazos”.
Laura Restrepo, escritora colombiana
Durante mi embarazo vivía en la casa de mis padres. Mi padre, tan peculiar en sus gustos y tan práctico, había levantado allí varias estructuras de concreto armado: columnas en el baño, cuarto clóset, casas para los perros y los gabinetes de la cocina. Para la víspera del nacimiento de mi hijo, todo aquello cargaba ya más de treinta años de uso, humedad y memoria.
Entre los antojos del embarazo —además de comer guayabas— se me instaló una obsesión por la limpieza, una urgencia casi visceral. Todo debía estar impecable antes de la llegada del niño, como si el orden pudiera abrirle un camino más saludable y seguro.
Me concentré en los gabinetes de la cocina. El fregadero era un bloque macizo de cemento, recubierto de azulejos, igual que las alacenas. El tiempo había manchado la lechada entre las piezas; no importaba cuánto se limpiara: siempre parecía sucia, fatigada. Se me antojó derribarlos. Y así se lo dije a mi esposo.
La verdad es que, cuando una mujer se encapricha, no hay peros que valgan.
Pero había algo más. Mi cuerpo se estaba transformando de maneras extrañas. Sentía que crecía no solo hacia afuera, sino también hacia arriba y hacia adentro.
En aquel periodo yo era pura fuerza. El calzado pasó de talla 6 a 8, crecí una pulgada y aumenté cincuenta libras. Un globo ambulante; así me describieron alguna vez. Sentía mi cuerpo expandirse como si se preparara para una empresa mayor. Una línea oscura dividía mi vientre en dos. Había en mí una firmeza nueva, una determinación que me recorría los brazos y la espalda. Me descubrí sintiéndome gigante, una amazona, dueña de una potencia que no había conocido antes.
Mientras él demolía a fuerza de marronazos, hasta pelarse las manos, yo recogía los escombros en una carretilla. Entre los dos desarmamos la cocina de mi infancia. Para sustituirla compramos muebles prefabricados: baratos, pero nuevos, y en aquel momento eso bastaba.
Recuerdo que, para instalar el mueble superior, lo sostuve con la cabeza, con la fuerza de un toro, plantada como si mis piernas fueran columnas de hierro recién fundidas, mientras mi esposo lo ajustaba sobre la barra de madera que habría de sostenerlo. No sé de dónde salió aquella fuerza, qué corriente subterránea me atravesó, pero lo logramos: él, maestro de obra; yo, asistente improvisada.
Aquella noche me acosté convencida de que nada podía conmigo. Había derribado muros, cargado escombros y sostenido peso suficiente para desafiar el sentido común. Me sentía invulnerable. Una amazona a punto de dar a luz. Una gigante que todavía no sabía que la fuerza también tiene fecha de vencimiento.
Y entonces:
Al día siguiente me hospitalizaron con síntomas de preclamsia, la presión por las nubes, pies, manos y rostro desfigurados por la hinchazón. Tenía ocho meses. Me dijeron que era peligroso. Yo pensé en el mueble, en el marrón, en la carretilla y en la obstinación que me había guiado como una brújula. Pensé también en esa amazona que había despertado en mí y que ahora parecía retirarse a su bosque interior.
Hoy apenas logro abrir una botella de agua. El tiempo fue reduciendo aquella fuerza descomunal hasta devolverme a mi tamaño habitual. Pero cada vez que recuerdo aquella cocina demolida, los escombros, el mueble sostenido con la cabeza y el niño que estaba a punto de nacer, sé que no lo imaginé: una vez fui gigante.
No una gigante de los cuentos, sino una de carne y hueso. Una amazona embarazada que, por unos meses, creyó que podía mover el mundo.
JAROL LIMA
En el jardín.
Era impresionante ver los grandes tanques y porta tropas desaparecer en la brillante luz carmesí, nuestro vehículo avanzó despacio por la emplinada rampa. Los militares nos veían con recelo. Pero, impotentes.
Yo di un rápido inventario a mi mochila con los equipos de filmación, conte dos veces las baterías de repuesto y me asegure de no traer nada de madera en la bolsa, nuestro guía fue muy claro, la madera era algo que no podía pasar el portal porque su estructura de lignina se hacía altamente inestable, nos enseñó videos donde la navaja de mano de algún soldado le explotaba en la mano sin razón aparente al otro lado.
La luz nos engullo y aquel sabor a sal marina quedo impregnado en nuestros cuerpos; ellos dijeron que seria así en las interminables capacitaciones. Hace tres semanas yo desconocía muchas cosas y como los demás solo esperaba respuestas ante la crisis mundial de recursos, en esos días los políticos desesperados hablaban de emigrar a otros mundos espaciales o de imponer castigos a quienes se reprodijeran sin permisos del estado, las protestas eran diarias en los barrios obreros. Sin embargo, para mi eran días muy buenos donde nunca faltaba una noticia que reportar. En tiempos de mis padres hubiera sido imposible avanzar en mi carrera periodística, pues lso días eran de aburrida paz y progreso constante.
Ya salirndo de la luz un sacudon movió nuestro transporte y el convoy completo hizo un alto, los militares rodearon lo que parecía una pizada enorme, algunos políticos bajaron de sus autos blindados y se hicieron fotos al fondo de la huella que calculo tenía unos 2 metros de profundo por unos 100 o 200 metros de radio. El grupo de periodistas como yo, tuvimos que aguardar en el vehículo, ellos solo dejarían que viéramos lo que el estado unificado deseaba se publicará.
Más adelante, nos esperaban enormes hojas que alcanzaban el cielo, la luz a duras penas las atravezaban y dejaban un mosaico de luces en el suelo, ciertamente este lugar ofrecía los recursos que la humanidad necesitaba desesperadamente. Nuestro grupo, posiblemente estaba formado por los enviados de las mayores agencias noticiosas del mundo, sin embargo, ni intentamos hablar entre nosotros por miedo a revelar información a otro colega y tenemos aun más cautela de nuestra escolta militar qué no nos quitaba ojo de encima.
Me imagine por un momento siendo un preso político, en viaje directo a un campo de concentración donde reedicaban a lao rebeldes y hacian comida barata con los cuerpos de los qué no podían ser adoctrinados por el gobierno, yo había cubierto muchos casos de esos y mis superiores guardaban ese material para usarlo en la siguiente elección nacional.
Otra sacudida freno en seco al grupo. Habíamos llegado al campamento de exploracion.
Los políticos bajaron de sus vehículos sonrientes, parecían niños en día de navidad, militares de muchas condecoraciones les recibieron con la mezquina obediencia de mascotas. Algunos científicos de limpias batas también se unieron a la celebración. El campamento fue una fiesta mientras jalado por un tractor pequeño se arrastraba lo que reconocí lejanamente como algún tipo de hormiga colosal.
Ya con permiso de mis guías pude hacer fotos de los políticos junto al insecto, estaba seguro que estas imágenes estarían en un futuro no muy lejano en los libros de texto escolar.
La mañana continuo en saludos protocolares y exposiciones técnicas del equipo científico del campamento.
Para el almuerzo, el chef de la base nos entregó una racion de campaña, muy distinta a la carne de hormiga finamente condimentada qué los políticos degustaron. Por las caras de algunos funcionarios del gobierno mundial, supe ese platillo estaba muy bueno.
En la tarde nos repartirian material periodístico autorizados acabaría la visita a este nuevo mundo más allá del portal. Resople de aburrimiento al mirar la vacía mirada de un joven reportera de la agencia Euronews, su silencio desaprecio en un grito de desesperación, una sombra enorme cubrió el campamento y unos enormes dedos se aproximaron para tomar torpemente la antena de comunicaciones del campamento, la arrancaron del suelo y sus 30 metros de metal desapareció en el cielo. A lo lejos se escucho un atronador sonido:
–¡Juanito, a comer! Lávate las manos. La criatura respondió con un:
–Ya voy. En tono parco y disgustado.
Al retirarse dejo caer del bolsillo algunos dulces y una moneda qué se clavo en el perímetro de la base.
Aun con el corazón en la boca fuimos evacuados a prisa hasta el portal. Pude tomar alguna fotos entre el pánico general y extraje la memoria fija de la cámara remplazandola por una vacía. Al momento de la inspección vería algún lugar donde tenerla a salvo.
Di una última mirada al infinito verde, lo que para ellos era solo un jardín trasero de algunos pocos metros cuadrados, para nuestra perspectiva era un enorme bosque colmado de recursos. En casa ya no habían bosques, todo hasta los océanos morían en un inevitable ciclo de destrucción.
La luz del portal me engullia y yo recordaba las palabras de uno de lso doctores del equipo científico.
– Los esfuerzos de años se coronaron ese 12 de abril de 21xx cuando el portal se abrió a una tierra alterna, fue una pena nuestro científico en jefe fuera devorado por una libelula al explorar sin cartel este mundo que es idéntico al nuestro de hace un siglo atrás. Salvo el evidente tamaño de todo.
Ahora sabemos que es una realidad alterna qué no afecta nuestra línea temporal y sabemos también por interceptar transmisiones de radio que es el año 19xx, suponemos qué este lugar es el suburbio de un país de sur america, aunque no tenemos idea clara de cual.
La esperanza de nuestro mundo depende de que seamos capaces de coexistir sin llamar la atención en el jardín de estos humanos gigantes.
ALEXANDRA FERNÁNDEZ
La penumbra del valle no se debe a las nubes, sino a la sombra de los gigantes. Se han adueñado de las entrañas de la Tierra.
Los gigantes con sus pisadas van desgarrando la piel de la Madre Tierra, dejando cicatrices de barro rojo y pozos ciegos donde antes florecía la vida. El genocidio cada vez mas profundo en la tierra del oro.
La avaricia de los gigantes es insaciable. La tierra llora y gime ante la crueldad de los gigantes. No buscan el sustento; buscan el alma dorada del mundo.
Gigantes son los mineros que con sus garras entrelazadas con el abrazo venenoso del mercurio devoran la naturaleza virgen en búsqueda del preciado mineral . Con este fluido plateado y maldito, lavando el fango para arrancar el preciado mineral, mientras los ríos se vuelven mudos y la vegetación se tiñe con el color de la ceniza.
¿Quién puede vencer a los gigantes cuando la ley de los hombres dobla la rodilla ante el mercado del oro? ¿Quién sana una selva mutilada?
Un rayo de luz celestial, afilado como una espada de cristal puro, rasgó la neblina sulfurosa creada por los motores. La descarga fulminó la crueldad de un solo golpe, disolviendo las garras de mercurio y petrificando las huellas de los gigantes.
Los vientos huracanados se llevaron los gigantes de hierro forjado. Los gigantes cayeron, convirtiéndose en polvo inerte, mientras la lluvia limpia de mayo comenzaba a caer para lavar las heridas .
La naturaleza recordó al mundo que siempre reclama su herencia.
Alexandra Fernandez B.
CESAR TORO
Gigantes.
El gigante convertido en amo y señor del mundo gobierna con poder y alevosía, aplastando con su bota imperial a todos los que no se alinean a sus leyes y mandatos impuestos a fuerza de chantaje, extorsión y violencia; amenazando, destruyendo países, ciudades enteras y desviviendo a miles de seres humanos por el solo hecho de pensar diferente o para apoderarse de sus recursos económicos.
Estos gigantes son capaces de vender el alma al diablo con tal de lograr sus malévolos propósitos.
Todo esto ante la mirada impasible de la plebe; sin embargo, el tiempo que es un juez inmisericorde dictará su sentencia y veremos caer a estos gigantes con pies de barro; pues la justicia tarda pero llega.
He aquí algunos verdaderos gigantes que pasaron dejado huellas:
Juan Pablo ll, Dalái Lama, Nelson Mandela, Teresa de Calcuta.
“llamó a los doce y les dijo: ―El que de ustedes quiera ser el primero conviértase en el último de todos y en el siervo de los demás”.
S. Marcos 9,35
ARCADIO MALLO
GIGANTES OLVIDADOS
En verano se levanta todos los días a las 5:30 de la mañana. Así lo ha hecho siempre, no ha perdido la costumbre. La primera vez que la Hermana Asunción se la encontró en los pasillos, se preocupó. Ahora ya todos lo ven como algo normal. Dice que las labores del campo eran exigentes y que, en verano, había que aprovechar la fresca porque hacia mediodía nadie aguantaba el calor. Han pasado muchos años, pero las manos de María aún conservan las marcas de aquel trabajo duro con el que sacó adelante a esa familia que apenas la visita una vez al mes.
Ramón camina despacio. Dice que no tiene prisa por llegar, nadie le espera. A María le da mucha pena, porque siempre le escucha hablar con auténtica devoción de sus dos hijos, enfrentados por la propiedad del taller que les dejó en herencia. Le cuenta, con añoranza, las horas que ha pasado arreglando maquinaria agrícola, coches y hasta bicicletas.
— En plena campaña de cosecha, he llegado a trabajar dos días enteros sin ir a la cama. El campo no espera por nadie, — le dice a menudo. — No he pasado mucho tiempo con ellos, no pueden tenerme afecto alguno. A su madre sí que la querían. ¡Vaya si la querían! Ella los tendría arreglados, — asegura con lágrimas en los ojos. — Eran jóvenes cuando se quedaron huérfanos. Yo solo supe trabajar para darles una buena vida. O eso pensaba. — Se lamenta.
Mercedes escucha cuando Ramón habla de sus hijos y no puede evitar quitarle la razón. Lo hace en silencio. Nunca habla mucho con nadie. Pero piensa que la madre no cambiaría nada. Únicamente mataría la soledad de Ramón y su sentimiento de culpa por la situación. Ella lo sabe bien. Sus hijos son huérfanos de un asesinado de la Guerra Civil. Se criaron en el exilio y nunca le faltó de nada. Mercedes era descendiente de una familia aburguesada que tuvo posibles para sobrevivir sin grandes necesidades. Ella es un reflejo vivo de aquel estatus que fue languideciendo con el tiempo, igual que sus finas manos y su bello rostro. No lo tuvo tan difícil como María y como Ramón. Dio a sus hijos todas las oportunidades que tuvo a mano: buenos estudios, contactos, viajes… Son gente de éxito. La llaman de vez en cuando y la visitan en Navidad, si vuelven por el pueblo.
La Hermana Asunción se refiere a ellos como los gigantes olvidados. Comenta siempre con sus compañeras como todas esas personas mayores se deslomaron y lucharon en tiempos muy difíciles. Todo para sacar adelante a esos hijos que los han aparcado allí. Siempre pone de ejemplo a María, a Ramón y a Mercedes. Tres personas tan distintas en sus vidas y tan iguales en su destino.
— Nuestro señor sabrá lo que hace pero, Dios me perdone, — dice al tiempo que se santigua — esto no es justicia divina.
MAITE BILBAO
CONTRA GIGANTES
La nómina llega al mediodía. Los números bailan sobre el cristal del móvil: alquiler, impuestos, agua… El saldo cae. La empresa aplica el nuevo convenio; el sueldo baja. Una presión fría se te clava en la base del cuello.
En el supermercado, tocas la conserva habitual. Devuelves el bote al lineal. Eliges la marca blanca envuelta en un plástico tosco que cruje. Antes, en la cesta, había vino y fruta fresca. El recuerdo escuece.
El teléfono vibra sobre la mesa. El grupo propone cenar. Escribes con fuerza: imposible.
El silencio en la cocina corta el aire. Ella llega, suelta el bolso y se sienta. Ojos cansados. Saca su nómina y la deja en la encimera. El mismo horario, la misma categoría, pero su cifra es menor. Otra brecha en un muro que no para de crecer. No hay reproches, solo el peso de un engranaje que exprime. Vivir para trabajar, trabajar para sobrevivir. El roce de sus hombros contra el respaldo suena a fatiga extrema. Regresar, cenar lo mínimo, dormir, empezar de nuevo.
El frío de la cocina expulsa. El salón os recibe en penumbra. Encendéis la televisión para no miraros, para tapar el desgaste. El presentador anuncia el cierre de la industria local.
La pantalla muestra el alza de los precios, la culpa implícita, la mentira del fracaso. Vivir por encima de las posibilidades. La cifra roja dicta sentencia. Condena la cena, prohíbe los extras. El aparato machaca con lo que no podéis permitiros. Te hundes en el sofá. Ella cierra los puños sobre los muslos; los nudillos brillan blancos de pura impotencia.
Alargas la mano. Aprietas el botón. Clic. La pantalla se vuelve negra. La casa respira. La quietud cae. El espejo del televisor devuelve vuestra imagen: dos siluetas quietas, atrapadas en la rueda. El gigante cuenta con vuestra docilidad, cuenta con que mañana, a las seis, estaréis en el puesto, vacíos y listos para ser usados. Ese es el trato.
Miras su rostro borroso. Relaja los nudillos, los abre sobre los muslos. Alargas la mano. Tus dedos se mezclan con los suyos, no para buscar consuelo, sino para reclamar territorio. Su piel contra la tuya marca una frontera.
Mañana, la nómina será insultante y el frío os volverá a devorar. Pero el gigante ignora algo: esta noche, os negáis al descanso. Os quedáis en la penumbra, despiertos, conscientes, agotando el tiempo que deberíais dedicar a recuperar fuerzas para la fábrica. Es un sabotaje lento. Un robo de minutos. Mientras vuestras manos estén unidas, no habrá nada más.
LILIANA GIANNINI
El camino del gigante
Los gigantes no tuvieron tiempo de contrarrestar el ataque de sus enemigos.
No lo vieron venir.
Los pocos que corrieron a ayudarlos habían desertado de las filas contrarias, ellos sí entendían el valor de su existencia.
Fueron atacados sin piedad en el momento más vulnerable, el invierno despojaba a muchos de ellos de su fortaleza. Fue inevitable que cayeran. La tierra se quejaba bajo las botas de los atacantes.
El cemento cubrió de capas y más capas los restos de la guerra.
Tiempo después, en una tarde de primavera una niña fue testigo del milagro. Un nuevo árbol se abría camino entre las rajas que el calor y el agua habían provocado en el asfalto.
RAÚL LEIVA
Ladrona de sogas
Cada mañana la niña atravesaba calles y praderas para cumplir su cometido. Aprovechaba cada descuido para llevarse las sogas de tendederos de ropas, de las cuchas de los perros, de las improvisadas hamacas de los jardines, etc.
Llevaba todas las sogas que podían cargar sus bracitos.
Del otro lado de las colinas la esperaba un gigante. Siempre le dolía la panza, porque comía todo lo que tenía a mano. La nena, usando la soga como un centímetro de modista, pacientemente le curaba el empacho, entonces el grandulón le correspondía con una canción y caramelos.
MARIANA DI PASCUA
El es gigante, está en la piaza, en el liceo, dentro, de las casas a veces, con algunas viscitas, e lnfaltabie, el de los vecinos es más grande.
? Si estoy envenenada, enmpiezo a poner agrabanteses a la hija de Zulema porque se separó y se ve radiante de jeans justos. Antes usaba muy adecuada con el ex y al salir al menos los mirones respetaban.Ahora el ya tiene otra, embarazada y todo, pero la Naty , hija de la Zulema, con ese cuerpo escultural no le hacia las mañas al marido pues…y bueno es normal que el muchacho tan trabajador necesite cariño.
Aaaahh seguro ella tienia otro o más de uno porque salia a las 16h del trabajo desde hacía 2 años y ahora llega a las 18h. Lo más gigante de esa familia, por tamaño y peso era el calefon de 60LEse nadie lo toca hasta que se bañe don Enrique, que viene histérico porque su trabajo lo hace teclear muchos datos de compu.Luego se aprieta Natalia, pero llega Agustín de la práctica y Natalia sin sentirse mal le cede el baño a su hermano, que la empuja diciendo correte de malos modos
. _ay, dice la madre, los hombres siempre se bañaron primero acá, Agustincito incluso desde su primer baño.
¿A vos nunca te molestó Naty no?
_Siempre me molestó pero con eso de que papá era el que venía más cansado del trabajo. Y bue yo limpiaba 8h el teatro de platea a paraíso, luego, todos los recovecos, los baños, también venía muerta, pero no me quejaba.
Esperaba mi turno y mientras hacía los deberes con vos del liceo nocturno el te largaba un alarido :che Zule anda a cocinar así me acuesto qué estoy cansado.Esta para que tanto estudio si después se conseguirá otro buen marido como vos y vlvira feliz para siempre.
La vida de los de al lado es jodida dijo mientras tomaba mate hasta que sintió el grito de don Juan :Mujer que tenes en la cabeza y la mandó a buscar unos papeles.
María sonrió mirando suelo.
_Pensar que mi Juan es un santo y se calma enseguida.
Miró a los vecinos y pensó para adentro :pobre Zulema….
SERGIO TELLEZ
LA SEXTA VEZ
Yo tenía siete años. Edad oficial para que todo me quede grande.
Y además era muy chico. Mi estatura no correspondía al promedio. Era más bajo que todos. Si se podía mirar a alguien más bajo aún, yo nunca lo vi.
Grande me quedaba la ropa. Grande el sol de Ardederos. Grande el silencio cuando mi papá no llegaba.
Pero nada, nada me quedaba tan grande como la iglesia. Monstruosamente grande. No correspondía. Ardederos eran pocas casas, las justas para que el viento pasara sin pedir permiso. Pocos habitantes, los justos para que el cura se supiera todos los nombres y todos los pecados de memoria. La iglesia, en cambio, era para una ciudad.
Llegó sin permiso. Nadie la pidió. Nadie la pagó. Solo apareció una mañana, echando sombra sobre todo el pueblo, como esperando que creciéramos nosotros… o que desapareciéramos para dejarle el terreno.
Esa fue la primera vez que entendí el miedo. No el del infierno que predicaba el cura. El miedo de no ser suficiente para el tamaño de las cosas que te tocan.
Adentro, frente al cura, mi mente no estaba en el sermón ni en persignarme. Estaba contando.
Contaba cada uno de esos millones de ladrillos a la vista. Rojo, quemado por el sol, puesto uno sobre otro con paciencia que no era humana. Esas columnas gigantes, perfectas, alineadas como soldados listos para sostener el cielo. Esas tres naves majestuosas que parecían protegernos de cualquier enemigo, de cualquier tormenta.
Hacía cuentas en mi cabeza: ¿Cuántos ladrillos eran? ¿Cuántos hombres sudaron para levantarla? La cabeza no me daba y la misa no acababa. Pero contar era mi truco para que el tiempo se hiciera corto. Porque afuera me esperaba el parque, el sol pegando duro y el partido de fútbol que empezaba sin mí.
Detrás de todos, miraba nuca por nuca. Conocía casi todas esas cabezas. La pelada como obispo de Segismundo. La totalmente pelada de don Avelino. Me preguntaba si yo llegaría a eso algún día. ¿Me iba a ver igual de serio que ellos en primera fila?
Hacía lo que hacían los demás: si se paraban, me paraba. Si se arrodillaban, yo también. Si se persignaban, mi mano imitaba la cruz aunque mi cabeza estuviera en otro lado. Mi cuerpo obedecía el ritual.
Pero mi mente estaba en otra parte: en la simetría perfecta de toda esa estructura. En ese orden que de niño me daba paz en medio del ruido del pueblo.
Hasta que una misa entendí algo que me heló. Mientras yo contaba ladrillos, la iglesia también contaba. Contaba cabezas. Contaba habitantes. Y cada domingo, cuando faltaba alguien, yo sentía cómo un ladrillo nuevo aparecía en la pared. Fresco. Sin polvo. Como si Ardederos le pagara con gente lo que no podía pagar con ladrillos.
Esa fue la segunda vez que entendí el miedo.
Esa noche no pude dormir. Me hice la pregunta que ningún adulto se hacía:
Si Ardederos era tan chico… si éramos pocas casas, pocos habitantes, los justos para que el viento pasara sin pedir permiso…
Y si cada ladrillo nuevo era un habitante que se había ido, como yo lo había visto…
Entonces no cuadraban las cuentas.
Porque la iglesia tenía millones de ladrillos. Millones. Columnas enteras, tres naves, un techo que se perdía en el cielo. Para eso harían falta millones de personas. Y en Ardederos apenas nos conocíamos todos de vista.
¿De dónde salían tantos ladrillos?
¿A quién más se estaba llevando la iglesia, si aquí ya no quedaba nadie más a quien contar?
Me di vuelta en la cama. El techo de zinc crujía. Y por un segundo juré que desde la loma, la iglesia me estaba mirando. No como edificio. Como contadora. Esperando a que yo también cuadrara el número que faltaba.
Esa fue la tercera vez que entendí el miedo. El miedo de ser la cifra que no encaja en el expediente.
No dormí hasta que la luna se puso alta. Y fue entonces cuando los oí.
Primero un crujido seco, como cuando mi mamá parte leña. Después otro. Y otro. Venían de la loma, de donde estaba la iglesia.
Me asomé por la ventana. No vi nada. La iglesia estaba a oscuras. Sin luz. Sin puertas abiertas. Como siempre.
Pero al amanecer, la tierra del camino estaba marcada. Huellas grandes, profundas, como de botas que pesan demasiado. Iban desde la puerta de la iglesia hasta el cementerio viejo y volvían. Una fila perfecta. Una tras otra. Nadie en el pueblo habló de eso en el desayuno.
En misa, Segismundo seguía en primera fila. Pelado como obispo. Serio. Don Avelino también, totalmente pelado, tambaleándose un poquito más que la semana pasada. Nadie faltó. Nadie llegó nuevo.
Esa noche volví a contar ladrillos. Había uno más. Fresco. Sin polvo. Justo en la columna de la esquina.
Y entendí con siete años lo que ningún papel del gobierno explicaba: la iglesia no se llevaba a la gente a gritos. La tramitaba. Cada habitante que se iba dejaba su número. Y cada número, cuando sobraba, se convertía en ladrillo para que la cuenta cuadrara.
Por eso no cuadraban las cosas. La iglesia no necesitaba millones de personas de una vez. Solo necesitaba tiempo. Y paciencia. Mucha paciencia que no era humana.
Esa noche fue la cuarta vez que entendí el miedo. El miedo de acostarte en un pueblo de pocos habitantes… y despertar en un pueblo con un ladrillo más.
Esa noche no conté solo los ladrillos de la iglesia. Conté los ladrillos del mundo.
Si en Ardederos éramos pocos y la iglesia tenía millones… entonces cada ladrillo no podía ser solo un vecino. Tenía que ser alguien más. Alguien de muy lejos.
Me imaginé el mapa que vi una vez en la escuela. Un papel grande con países de colores. Si cada muerto del mundo se volvía ladrillo, entonces la iglesia no era de Ardederos. Era de todos.
Calculé mal, como calculan los niños. Si mi abuelo que murió en Bogotá era un ladrillo… y si el señor que se ahogó en el río Magdalena era otro… y si todos los que salían en la radio cuando hablaban de guerras también…
Entonces la iglesia no pararía de crecer nunca.
No era que Ardederos le pagara con gente. Era que el mundo entero le estaba pagando. Ladrillo por muerto. Muerto por ladrillo. Y la iglesia, esa estructura que no pedimos, era la bóveda donde guardaban a todos los que ya no estaban.
Por eso era tan grande. Por eso no correspondía. No era para un pueblo de pocas casas. Era para el cementerio del planeta entero.
Esa fue la quinta vez que entendí el miedo. El miedo de descubrir que tu pueblo chiquito es solo una ventanilla. Y que la fila para entrar a la iglesia no empezaba en Ardederos. Empezaba en todas partes.
Y la peor parte: si cada ladrillo era un muerto… ¿quién ponía el ladrillo nuevo cuando alguien moría? ¿Había un señor con delantal, como el albañil del pueblo, pero para el mundo entero? ¿Tenía un libro de registro? ¿Anotaba nombres?
Esa noche me quedé mirando el techo. Esperando el crujido. Esperando que anotaran mi nombre.
Pasaron años. Crecí. Dejé de ser chico. Dejé de contar. Dejé de ir a misa.
Ardederos se fue quedando vacío por otras razones: la carretera, el trabajo en la ciudad, la vida que no correspondía a un pueblo sin futuro. Nadie habló más de la iglesia. Nadie contó ladrillos.
Volví hace poco. Ya adulto. Ya del tamaño que se suponía debía ser.
Entré un domingo por costumbre. El sol entraba igual por los vitrales. El olor a cera y a piedra vieja era el mismo. Segismundo seguía en primera fila. Pelado como obispo. Don Avelino también, totalmente pelado, tambaleándose igual que hace treinta años.
Me senté atrás. Miré las columnas. Miré el techo que se perdía.
Y conté. Por primera vez en años, conté ladrillos.
Tenían los mismos millones. Ni uno más. Ni uno menos. La columna de la esquina seguía con el mismo ladrillo fresco que vi de niño. Ya no tan fresco. Pero ahí.
Entonces entendí la última cosa que ningún papel del gobierno explica: la iglesia nunca se llevó a nadie. La iglesia solo crecía mientras alguien la mirara y le tuviera miedo. Mientras alguien hiciera cuentas para que no se le hiciera eterna la misa.
Sin mi miedo, sin mis cuentas, sin mis siete años… la iglesia se quedó quieta. Como cualquier edificio viejo que no corresponde al tamaño del pueblo.
Segismundo se persignó. Don Avelino se tambaleó. Nadie faltó. Nadie llegó nuevo.
Esa fue la sexta vez que entendí el miedo. El miedo de descubrir, demasiado tarde, que todo este tiempo el expediente lo estaba escribiendo yo. Que el monstruo solo respiraba si yo lo vigilaba.
Y la peor parte: ahora que sé que puedo dejar de mirar… no sé cómo dejar de contar.
CESAR BORT
Se me olvidó desalar el bacalao y no estaba el horno para bollos. Tenían hambre, poca paciencia, y la despensa flaqueaba en demérito de tiempos pasados, posiblemente mejores. El ruido de tripas acomodando gases hizo temblar los cristales. Miré por la ventana. Sacaban el cubo del pozo y, como si fuera un dedal, se lo llevaban a la boca. Los dos garrotes apoyados en la valla parecían el tronco del cerezo desramado. El colador con los guisantes era el veredicto de un infortunio. Ni con las dos lonchas de panceta podría enmendar tal desaguisado.
La culpa fue mía, por supuesto: ¡eran tan monos de pequeños! Los consentí. Pero fueron creciendo y con cada palmo, se les duplicaba el estómago y a mí me mermaban la ternura y las alacenas.
No es que sean mala gente y tienen sus cosas buenas. Aunque ahora, la verdad, cuesta verlas. Esos dos serafines, al tiempo que la pelusa, perdieron también las alas: se desangelaron. Los mimos pasaron a mejor vida; los consejos están desaconsejados; las caricias, prohibidas. Y los besos… qué os voy a decir de los besos: a distancia y de estraperlo cuando me dan la espalda.
CARMEN ÚBEDA FERRER
El faro y los gigantes del mar
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Soy un faro orgulloso y erguido que emite rayos lumínicos desde mi atalaya en la más alta montaña. Aquí me encontraréis y me veréis siempre, marineros, para orientar vuestra suerte. Vuestro faenar en la noche oscura, impenitente. Hombres bravos, guerreros de la quilla y de la red. Mercenarios de la muerte.
Estaré siempre. Con la brisa fresca y el mar sereno. El mar rebelde y el frío viento. Con la furia gigantesca del océano y en la noche iluminada por una estrella reluciente. Con el resplandor del terrorífico rayo y el estruendo del trueno.
Ni el coloso rey Poseidón y su ejército de tritones apagarán mis destellos.
Ni los cantos de amor de las sirenas adormecerán mis desvelos.
Ojo avizor es mi lámpara incandescente. Confiad en mí, hombres del mar.
Por la dignidad que me confiere ser descendiente del mítico Faro de Alejandría, cuidaré de la tripulación. Que el timón vaya firme. A salvo la quilla. Os alertaré de las rocas salientes. Iluminaré profusamente las olas, hasta dónde mi luz alcance y sea más liviana vuestra travesía.
Carmen Úbeda Ferrer.
AXY LINDA
—Debemos ponernos de acuerdo para impedir que esos… «pequeños» invadan nuestro territorio.
—¿Qué propones, Alirog?
—Etnafele y Onir podrían aplastar a varios con ayuda de Opih. Yo me coordinaré con Ergit y Raugaj para conducirlos hacia una emboscada.
Mientras tanto, los «pequeños» se aproximaban huyendo de otra clase de gigantes, unos que los perseguían con armas y tecnología. Ocsom, que se había adelantado, escuchó el plan de Alirog y corrió a advertir a los demás.
—¡Estamos atrapados entre dos clases de gigantes! —exclamó Añara—. No tenemos salvación.
—Esperen —intervino otro—. Busquemos una salida. Agimroh siempre encuentra soluciones.
Akkouq, atento y observador, comentó:
—Amigos, yo no pertenezco realmente a ninguno de los grupos. Para ustedes soy grande; para ellos, pequeño. Tal vez por eso puedo ver algo que los demás no ven. Permanezcan aquí. Me ofrezco a negociar con los gigantes.
Partió de inmediato.
Subió a un montículo y les habló de las consecuencias de una guerra. Les explicó que aquellos seres poseían grandes recursos: algunos podían desaparecer entre la maleza; otros trepaban donde ningún gigante alcanzaría, y algunos más portaban defensas capaces de resultar letales.
También les recordó que toda comunidad prospera cuando reconoce que las fortalezas de unos compensan las debilidades de otros.
Fue tan convincente que los preparativos para la batalla se transformaron en una fiesta de bienvenida.
Desde entonces convivieron en armonía gigantes, medianos y pequeños; y, aunque eran muy distintos entre sí, compartían el mismo bosque.
Axy Linda San-Fre
MANUELA CÁMARA
LOS GIGANTES NO DESAPARECEN
Dicen que los gigantes desaparecieron hace tiempo, y no, no es verdad. Yo conocí a uno. No media metros imposibles, ni hacía temblar la tierra como en los cuentos al caminar. Se le veía la artrosis en las manos aunque estuviera derramada en todo el cuerpo, pero su voz siempre era tranquila, la voz serena que te decía: todo iba a salir bien.
.
Cuando era niña pensaba que el mundo era un lugar seguro porque estaba él. No había miedo que no calmara con su abrazo, ni problema que no resolviera su consejo, y había cosas que se hacían pequeñas cuando yo lo miraba a los ojos. Yo no sabía entonces que los gigantes son así: que no se ven de lejos pero se sienten de cerca.
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Y un día, dejé de verlo. Y el tiempo de repente tomó otro volumen. Al principio no entendía por qué la casa se había vuelto más grande, ni por qué el silencio pesaba más que antes, por qué la responsabilidad había cobrado tanta importancia, y las cosas pequeñas me empezaban a parecer difíciles.
.
Nadie me explicó nunca, tampoco estaba en ningún libro, que cuando un gigante se va, el mundo no cambia, pero tu te quedas sin refugio. Así que empecé a buscarlo en los lugares donde siempre estaba, en su silla, sus herramientas, en el eco de su voz que parecía que iba salir de las pareces. Pero los gigantes no vuelven así, ellos tienen su manera.
.
Hasta que un día, casi sin darme cuenta, repartí yo el dinero para que el hambre no se notara a final de mes, aguanté el miedo que antes me rompía, sostuve a los de mi alrededor en momentos dolorosos, tendí las manos y el corazón sin condiciones, y dije «todo va a estar bien», sin saber de donde salían esos gestos, esa fuerza y esas palabras.
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Entonces entendí que el gigante no se había ido, que me había enseñado a estar y a sostener el mundo sin que se notara. Y desde ese momento la casa dejó de parecerme vacía. Porque en algún lugar, sin anuncio, sin ruido y sin grandeza, yo también había empezado a convertirme en uno de ellos.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
—Padre, desde pequeño siempre me he hecho la misma pregunta: ¿cómo puede ser que ese hombre mediano sea el líder de nuestro pueblo?
Esta pregunta fue lanzada por el hijo al padre justo antes de entrar a la sala de la asamblea para su presentación como gigante adulto.
El padre detuvo el caminar del joven extendiendo un brazo a modo de barrera.
—Estaba esperando que me hicieras esa pregunta, hijo. Ahora te contaré la historia de nuestro líder, el hombre mediano que vino del sur para convertirse en el líder de un pueblo de gigantes.
Desde tiempos inmemoriales, nuestro pueblo ha sido gobernado por «El Consejo». Este siempre había estado formado por un sabio, el más valeroso de nuestros guerreros y un consejero que guiaba a nuestro líder en sus decisiones.
«El Consejo» siempre había estado formado por gigantes como tú y como yo, hijo. Hasta que un día nuestro actual líder, el hombre mediano que vino del sur, se atrevió a meterse en la cueva roja.
—¿La cueva roja? ¿Te refieres a esa historia que la abuela me contaba en las noches de tormenta?
—Sí. Esa historia no solo era para tranquilizar a los niños durante esas noches. Es la historia con la que se fundó nuestro pueblo tal como hoy lo conocemos.
Como te iba diciendo, nuestro pueblo vivía en la escasez. Los días, a pesar de que el sol brillara en lo alto, se tornaban grises. Teníamos lo necesario y con eso era suficiente.
Pero desde siempre corría entre los gigantes la creencia de que podía existir una vida mejor. Sin embargo, existía un límite que nadie osaba sobrepasar: el de la cueva roja.
Se trataba de una pequeña oquedad en la tierra de la cual emanaba una embriagadora luz roja y unos sonidos parecidos a los lamentos de quienes entraron y nunca pudieron salir.
Esa era la historia de nuestro pueblo hasta que un día él la cambió.
No era más fuerte que nosotros; de hecho, su cuerpo no llegaba a compararse con el de un gigante que apenas había sido destetado. Tampoco sus cortas piernas le permitían ser especialmente rápido. Del mismo modo, al llegar no demostró poseer más conocimientos que los que ya existían en la tierra de los gigantes.
Pero demostró tener algo que, hasta entonces, nadie se había atrevido a mostrar.
—Entrar en la cueva roja —interrumpió el joven gigante.
—Así es, entrar en la cueva roja.
De los que forman actualmente «El Consejo», nuestro mejor guerrero llegó a poner un pie dentro de aquella cueva.
Pero se dice que aquella batalla, en la que perdió a su mejor amigo, lo frenó. La oscuridad de las profundidades de la cueva le recordaba la mirada vacía de la viuda de su amigo, a la que nunca pudo contarle qué sucedió realmente en aquel campo de batalla.
El gigante más sabio que recordamos desde hace mucho tiempo tampoco pudo entrar en la cueva. Se dice que domina todo lo conocido en los libros, pero lo de la cueva roja era una historia que nadie se había atrevido a leer.
Luego está el actual consejero del líder. Quien, aun reuniendo muchas de las cualidades de los mejores gigantes, tampoco se atrevió a cruzar el arco de piedra.
De él se dice que lo frenaba algo: quizá una de sus mayores virtudes, la prudencia. Nunca se ha caracterizado por ser un hombre arriesgado.
Pero él sí que lo hizo. Ese hombre mediano que ahora verás sentado en el trono de los gigantes cruzó la cueva roja y, a su regreso, trajo un periodo de prosperidad para todos nosotros, los gigantes. Lo que encontró allí es un secreto que guarda… pero dice que encontró un monstruo para cada uno de nosotros esperando a ser vencido.
Recuerda: hoy pasas a ser adulto y podrás hacerle una pregunta a nuestro líder.
—Sí, padre. Estoy listo. Pasemos a la sala de los gigantes.
El joven se situó frente al líder.
—¿Cuál es la pregunta con la que cruzarás el umbral y te convertirás en gigante adulto?
—Líder, no tengo ninguna pregunta. Mi padre me la resolvió justo antes de entrar. Pero, como el resto de los presentes, siempre tendrá mis respetos por mostrarnos que hasta los gigantes más grandes de nuestras mentes también pueden ser derrotados.
MANOLI DÍAZ TORRALBA
EL GIGANTE DE MIS VERANOS
Cuando era niña había dos cosas que me hacían feliz de verdad: las vacaciones de verano y las latas de maíz del Gigante Verde.
Sé que suena raro. Hay quien recuerda con emoción el olor de los libros nuevos, el sonido de la bicicleta o los dibujos animados de la tarde. Yo recuerdo a un señor gigantesco vestido con hojas verdes que aparecía en las etiquetas de la despensa de mi madre.
Mi fascinación comenzó cuando tenía unos siete años. Mientras otros niños imaginaban dragones, piratas o astronautas, yo me quedaba observando aquel dibujo y pensando:
—¿Dónde vivirá este hombre tan grande?
Porque para mí era evidente que existía. Nadie pone la foto de alguien en una lata si no es real. Esa era mi lógica infantil, sólida como una galleta mojada.
Así que empecé a inventar historias.
En mi imaginación, el Gigante Verde vivía en un valle secreto donde las mazorcas crecían tan altas como campanarios. Paseaba entre ellas silbando, con una cesta enorme colgada del brazo, recogiendo granos de maíz uno a uno.
Nunca entendí por qué hacía eso en lugar de arrancar las mazorcas enteras. Pero los gigantes tienen sus métodos.
Además, estaba convencida de que era extremadamente amable.
En mis cuentos ayudaba a los pájaros a construir nidos en los sombreros de paja que los viajeros perdían en sus viajes cerca del valle. Rescataba vacas que se quedaban atrapadas en zanjas. Incluso una vez imaginé que había salvado a un tren entero levantándolo con una sola mano porque las vías estaban cortadas.
Años después comprendí que aquello desafiaba varias leyes de la física.
Pero a los ocho años la física todavía no había tenido la mala educación de presentarse.
Durante las comidas familiares yo observaba las latas con enorme atención.
Mi padre abría una.
Y yo pensaba:
«Pobre gigante. Lleva todo el día recogiendo granos para que tú te los comas en cinco minutos».
Mi madre no ayudaba a distinguir realidad y fantasía.
—Come, que el gigante se ha esforzado mucho.
Aquello confirmaba todas mis sospechas.
¡Trabajaba para nosotros!
Era una especie de agricultor sobrenatural con contrato indefinido.
Una tarde decidí escribirle una carta.
No sabía su dirección exacta, así que puse en el sobre:
«Para el Gigante Verde.
Campo grande.
Montaña verde.
Donde viva.»
Me pareció suficientemente especificado.
La carta nunca recibió respuesta, aunque durante meses estuve convencida de que Correos estaba teniendo problemas logísticos para encontrar una montaña lo bastante grande.
Sin embargo, el silencio del gigante no me desanimó.
Al contrario.
Lo convertí en un personaje todavía más misterioso.
Quizá estaba demasiado ocupado.
Quizá había salido a plantar maíz.
Quizá estaba atendiendo una emergencia vegetal.
Porque en mi universo infantil existían las emergencias vegetales.
Un calabacín perdido.
Una zanahoria con vértigo.
Un guisante atrapado en una alcantarilla.
Todo podía ocurrir.
Cuando cumplí diez años inventé una teoría aún mejor.
Pensé que el Gigante Verde era tímido.
Muy tímido.
Tan tímido que no salía nunca en público.
Por eso nadie lo veía.
Y también por eso sonreía tan discretamente en las latas.
Era la sonrisa de alguien que prefería quedarse en casa cultivando maíz antes que asistir a reuniones sociales.
Debo admitir que, llegada a la cincuentena, empiezo a comprenderlo perfectamente.
Hoy me invitan a una fiesta y mi primera reacción es preguntar si puedo quedarme con el maíz y enviar una representación diplomática en mi lugar.
Los años fueron pasando.
Llegó la adolescencia.
Llegaron los estudios.
Llegó el trabajo.
Llegaron las facturas, que son una especie de monstruo mucho menos simpático que cualquier gigante.
Y poco a poco dejé de inventar historias.
Pero no desaparecieron del todo.
Se quedaron escondidas en algún rincón de mi memoria, entre canciones antiguas, fotos amarillentas y tardes de verano interminables.
Hasta que un día, ya adulta, me encontré en el supermercado frente a una estantería.
Allí estaba.
La misma imagen.
El mismo gigante.
La misma sonrisa tranquila.
Y ocurrió algo curioso.
Por un instante volví a tener siete años.
Me sorprendí pensando:
«Espero que esté bien».
Como si fuera un viejo amigo.
Como si realmente hubiera pasado décadas caminando entre campos imposibles de maíz.
Me dio tanta risa que tuve que apoyarme en el carrito.
Una señora me miró con cierta preocupación.
Seguramente pensó que estaba mal de la cabeza.
La verdad era mucho más absurda.
Estaba reencontrándome con un personaje imaginario de mi infancia.
Compré una lata.
Solo una.
Por nostalgia.
Al llegar a casa la coloqué sobre la encimera y la observé durante unos segundos.
Entonces se habría jubilado.
Imaginé qué habría sido de él.
Después de todo, incluso los gigantes tienen derecho a descansar.
Tal vez vive ahora en una casita rodeada de huertos.
Quizá dedica las mañanas a cuidar tomates.
Quizá alimenta a los pájaros.
Quizá se queja de los dolores de espalda.
Porque cargar montañas de maíz durante décadas debe dejar secuelas.
Y me gusta pensar que sigue siendo tan amable como siempre.
Que aún ayuda a quien lo necesita.
Que todavía sonríe cuando una niña observa una lata y empieza a inventar historias.
Porque los gigantes verdaderamente importantes no son los que levantan castillos ni arrancan árboles.
Son los que ocupan un lugar enorme en nuestra imaginación.
El mío nunca lanzó rayos, ni luchó contra monstruos, ni conquistó reinos.
Simplemente cultivaba maíz.
Y, sin darse cuenta, cultivó también algo en una niña soñadora.
Un pequeño territorio de fantasía.
Un rincón donde las cosas sencillas podían convertirse en aventuras extraordinarias.
Por eso, cada vez que veo una de esas latas, no pienso en verduras ni en conservas.
Pienso en los veranos de mi infancia.
Pienso en la despensa de mi madre.
Pienso en aquella niña que escribía cartas imposibles a direcciones imposibles.
Y sonrío.
Porque algunos gigantes viven en castillos.
Otros en montañas.
Y unos pocos, los mejores, viven para siempre dentro de nuestros recuerdos.
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Pepa Herrera
Mara Serbia
Carmen Ubeda Ferrer
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Mara Serbia
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