Pirómano – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «pirómano». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 18 de junio!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

LA ÚLTIMA HOGUERA

Aquella noche cálida y serena, sacó sus garras para dar libertad a sus miedos, a sus temores y a aquellos que le perseguían desde hacía demasiado tiempo. El silencio del bosque fue su único testigo mientras observaba cómo la oscuridad abrazaba cada rincón de aquella casita olvidada.

Las llamas comenzaron siendo apenas un suspiro. Un pequeño destello anaranjado que danzaba entre la madera seca y los recuerdos acumulados. Pero el fuego, como los secretos, nunca conoce la medida de las cosas.

Ardieron las fotografías amarillentas por el paso de los años.

Ardieron las promesas.

Ardieron los nombres que alguna vez pronunciaron amor.

Y también ardieron las heridas que todavía seguían abiertas.

Desde la distancia contempló aquel incendio que crecía con la fuerza de una tormenta. No sintió culpa ni tristeza. Solo una extraña calma que recorría su pecho como el agua tranquila de un río después de la crecida.

Las cenizas ascendían hacia el cielo nocturno como aves negras buscando un lugar donde descansar. Y entre aquel resplandor rojizo comprendió que no estaba destruyendo su pasado.

Estaba aprendiendo a dejarlo atrás.

Cuando el amanecer llegó, no quedaban más que restos humeantes entre la arboleda. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, el camino que se abría frente a él parecía más amplio, más luminoso.

Porque a veces hay incendios que no nacen para arrasar la vida, sino para iluminar la salida.

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

Pirómano

―¿Por qué cometió esa locura, señor Yáñez?

―No tuve más remedio, agente Barrientos, alguien debía acabar con él, era el mal.

Luis Yáñez, próspero empresario del sector turístico, se había divorciado recientemente de Pamela tras veinte años de matrimonio. La sentencia le obligó a cederle a su ex esposa la mitad de sus bienes, además de concederle a ella la custodia de sus hijos menores.

El matrimonio siempre había vivido en un piso céntrico. A pesar de la insistencia de Luis para trasladarse al campo, su gran ilusión, Pamela nunca aceptó. No tenía carné de conducir, imprescindible para desplazarse por las afueras, y de esa forma todas sus costumbres se trastocarían.

Luis, solo y deprimido, decidió que era el momento de cumplir su sueño. Compró una parcela en una urbanización, contactó con una empresa constructora que conoció en una revista especializada en casas canadienses, y se lanzó a la aventura: por fin tendría su chalet, y ¡solo en tres meses!

Un año después, tras innumerables pagos extra por circunstancias que nunca pudo entender, su nuevo hogar estaba listo para entrar. Era tal su impaciencia, que no esperó a amueblarlo. Llevó una nevera, un microondas, una cama y un sillón y con eso tuvo suficiente para mudarse.

La primera noche durmió como un bendito y se levantó con un optimismo que no recordaba. Preparó un café soluble, lo introdujo en el microondas, pero no se encendió. Se lo bebió frío y se dirigió a la ducha. El agua salía helada. Muy contrariado, volvió a la cocina y contempló con horror que todo estaba negro, millones de hormigas la habían invadido. Corrió hacia el baño a vomitar y casi le da un infarto al ver a dos enormes ratas campando a sus anchas.

Desesperado, enfiló la escalera, que cedió al primer paso. La caída le dejó inconsciente. Cuando despertó del golpe, estaba rodeado de urracas picoteándole.

Desquiciado, llamó al constructor y le convocó en el chalet. Al llegar éste y pasar al recibidor, Luis salió, cerró la puerta con llave dejando al constructor dentro, y prendió una cerilla. La casa era de madera.

―Ahora lo entiendo todo, señor Yáñez…

CARMEN BERJANO

Te convertiste en el pirómano de mi pasado

En el descubridor de besos nuevos y neonatos sentimientos

Te viniste a vivir a mi cabeza y llenaste de AMOR mis vientos.

Lástima que nunca pudiésemos culminar.

Era complicado con un novio imaginario.

DAVID MERLÁN

Buenos días a todos. Nueva «Saga» en cuatro actos.

MATERIA INFLAMABLE. (EL COLOR DE LAS COSAS. 1/4)

***

Sebastopol, condado de Sonoma, California.

Población: 2.600.

Año: 1958

***

El incendio comenzó un bochornoso martes de agosto de 1958. De madrugada. A las tres de la mañana sonó la campana de la iglesia y medio pueblo salió de la cama con lo puesto para contemplar cómo el viejo granero de los hermanos Harrison ardía sin remisión en mitad de la noche.

Las pavorosas llamas iluminaban la plaza con un resplandor cobrizo que parecía que amaneceria antes de tiempo.

—¡Traed cubos! —gritaban.

—¡La bomba de agua!— se desgañitaban otros.

—¡Que no alcance los establos! — vociferó un anciano.

Durante dos horas lucharon contra el fuego hasta que el tejado crujió de manera ensordecedora y se desplomó con un estruendo que hizo callar a todos.

A la mañana siguiente solo quedaban vigas ennegrecidas, cenizas y humo. Bueno, quedó algo más. Una pregunta:

¿Quién lo había hecho?

Porque de una cosa estaban todos completamente seguros. Aquello no había sido un accidente porque en Sebastopol, era lo suficientemente pequeño como para saberlo. Un pueblo agrícola de poco más de dos mil seiscientos habitantes, rodeado de huertos y carreteras secundarias, donde todos se conocían.

Todos sabían quién había nacido, quién había muerto y quién debía dinero al almacén.

Por eso la llegada de un forastero siempre despertaba curiosidad y donde el ruido de un motor nuevo podía hacer que media calle levantara la vista.

Y así fue. El hombre apareció dos días después del incendio. Conducía un reluciente Plymouth Fury rojo. El aspecto anodino del conductor, sinembargo, chocaba frontalmente con la elegancia del «hardtop coupé de dos puertas»

«¡Oh muy Good. Un Fury nuevecito!, pero…¿rojo?. No puede ser. El modelo más exclusivo es blanco con toques dorados» pensó el friki de los coches, el Sheriff Jackson al verlo pasar. «¿Quién será el forastero?» pensó activando su instinto de agente de la ley, mientras hacía un fugaz reconocimiento a través de la ventanilla:

Tendría unos cincuenta años. Ni joven ni viejo. Ni alto ni bajo. Parecía una de esas personas que son muy capaces de pasar desapercibido…, si no fuera por el ostentoso vehículo que conducía, claro está.

Se registró en The Four Winds Inn (La Posada de los Cuatro Vientos) y dijo llamarse George Burrows. Nada más.

***

La investigación sobre el incendio quedó en manos del Sheriff, pero tras unos días de pesquisas el problema se hizo latente:

No había pruebas. No había testigos. No había sospechosos. Solo rumores. Y los rumores crecían muy deprisa.

—Dicen que fue un ajuste de cuentas.

—Dicen que los Harrison tenían enemigos.

—Dicen que alguien los vio discutir en la taberna.

Y mientras las habladurías se expresaban en alto, George escuchaba. Siempre lo hacía sentado en una esquina con una taza de café y siempre sin intervenir.

—¿Y ustezz quiiiiienn eeeshhh?— se le acercó tambaleándose Blake, pasado de whisk, pero George, ni se inmutó.

—Disculpe su actitud, forastero. Blake nunca ha sabido beber, ya me entiende— se apresuró a intervenir un vecino agarrando al borracho por el antebrazo para que no fuera a más la situación.

***

Los dias transcurrieron y los acontecimientos se sucedieron:

Desaparecieron tres ovejas. A la semana siguiente se inundó el cobertizo de los Hamilton y el pozo de los Mac Allister apareció envenenado.

Pequeños incidentes. Nada graves, pero si los suficientes en número como para que la desconfianza comenzara a extenderse:

Al mes, los vecinos habían dejado de saludarse con naturalidad, y las conversaciones se interrumpían cuando alguien se acercaba.

Los niños recibieron instrucciones de volver temprano a casa.

—Aquí está pasando algo.

—Eso está claro.

—Y alguien lo sabe.

Y mientras, George Burrows, seguía escuchando. Siempre escuchando.

Una tarde se sentó junto a Thomas Harrison. Se echó hacia adelante en la mesa y lo miró con un pequeño escorzo.

—Mala suerte lo del granero…, ¿Verdad?.

—Ya ve.—contestó tranquilo pero con desgana el granjero pero sin entrar al trapo de la provocación ayudado por el paso de las semanas.

—Aunque hay quien dice que no fue mala suerte—.insistió el forastero.

Thomas respiró profundo, contó hasta tres y reaccionó.

—¿Qué hace aquí, señor Burrows?, aquí en Sebastopol.

George Burrows se encogió de hombros.

—Nada. Me gusta su pueblo. Eso es todo.

Por unos instantes, Thomas le clavó la mirada, en silencio, hasta que retomó la conversación.

—¿Quién dice eso?. ¿Quién dice que no fue un accidente?

—La gente.

Y sin más, George se disculpó y salió del local. Pero no la semilla, que quedó plantada definitivamente desde ese instante.

****

Dos días después habló con Stephen Randal.

—Dicen que los Harrison sospechan de usted.

—¿Yo?

—No les haga caso. Ya sabe cómo son los rumores.

El señor Randal se quedó en shock al oír aquellas acusaciones, decidió no responder, pero aquella noche no pudo dormir.

Y así continuó. Jamás mentía. Jamás acusaba. Jamás señalaba directamente a nadie. Solo… dejaba caer una frase, una duda, una posibilidad. Como quien acerca una cerilla a una servilleta.

El verano avanzó. Y con él aumentó la tensión. Los vecinos dejaron de compartir mesa en la taberna. Las familias comenzaron a dividirse y a pelearse por nimiedades. Viejas disputas que llevaban años enterradas volvieron a aflorar con fuerza; Una deuda, una herencia o un simple insulto o mal gesto al cruzar una mirada, era suficiente para intercambiarse improperios.

Todo servía para arder, pero el verdadero incendio llegó en octubre.

No fue un edificio. Fue una pelea. Durante las fiestas del pueblo, una discusión entre dos hombres fue increscendo hasta que los empujones y los puñetazos fueron el preámbulo de los cuchillos. Y estalló la guerra.

Cuando todo terminó, el saldo era demoledor: tres heridos graves y un muerto.

Sebastopol jamás había vivido algo parecido.

Aquella noche el sheriff Jackson encontró a George Burrows observando las luces de la ambulancia.

—Bonita desgracia nos ha caído encima.

—Pues sí —respondió George sin ni siquiera mirarle.

—¿Sabe una cosa, forastero?, desde que llegó usted, parece que el pueblo se ha vuelto loco.

George Burrows se limito a sonreir.

—Perdone sheriff, ¿Está insinuando que he tenido algo que ver?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

El sheriff frunció el ceño.

Aquella respuesta le había producido un escalofrío extraño.

***

Pasaron unos días. Luego unas semanas. Y finalmente llegó el invierno.

La investigación sobre el primer incendio jamás encontró culpable.

Tampoco sobre el resto de los incidentes, y sin más, se le dió carpetazo al caso y terminó archivado. Como tantos otros a lo largo de la historia.

Y tal y como había llegado, sin casi que apenas nadie se diera cuenta, una mañana George Burrows hizo las maletas, pagó en el The Four Winds Inn, subió a su automóvil rojo y se marchó. Sin mirar atrás, sin cruzar ni una palabra con nadie.

***

A varios kilómetros del pueblo detuvo el coche junto a una colina. Desde allí podía verse Sebastopol reducido a un puñado de tejados.

Sacó una libreta del bolsillo. Anotó una fecha. Un nombre, y una cifra.

Luego cerró el cuaderno.

—¿Todo eso por un granero?

La voz surgió a su espalda.

George Burrows no pareció sorprendido.

—Nunca fue por el granero, amigo mío. El fuego apenas duró unas horas.

—Ya me lo imaginaba. Nunca te ha gustado ser un pirómano.

—Ya. Pero a veces es necesario para descubrir lo interesante que viene después. ¿No creés?— Mientras miraba el pueblo una última vez y una sonrisa apenas visible, aparecía en su rostro.

***

Lejos, muy lejos, sonó una campana.

—¿Y ahora?

George Burrows arrancó el motor. El Plymouth Fury rojo avanzó lentamente por el camino.

—¿Ahora? Pues buscaremos otro lugar donde alguien necesite una chispa. Y desapareció entre el polvo del camino.

Continuará…

YOLANDA PINA REY

Pirómano

Dicen que no lo puedes evitar, que encuentras placer al prender la mecha y cuando se apaga el fuego se calma tu sed.

Quizás yo te pueda entender o tal vez no.

El camino que elegiste te alejó de quien en verdad quieres ser.

El día que llegaste a mí incendiaste mi corazón, le diste calor y le abrigaste en días de frío invierno, mas no puedo comprender cómo ahora siento frío en todo mi ser. La chispa se enfrió entre tú y yo, y solo quedó el rescoldo de aquello que pudo ser y no fue.

Ay, piromano mío, vuelve a por mí, que soy ese Ave Fénix que atraviesa el fuego por ti para volver a renacer.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

La lava de los versos que queman por dentro crepitan allende el firmamento en crepúsculo de eterno.

Fin.

MARÍA JOSÉ HERRERA IBÁÑEZ

EL DESPRECIO DE LUCIFER

Conversé con el Diablo.

Me miró con desprecio y dijo:

¿Qué buscas aquí?

Seguro que en el otro lado ya no te quieren.

Aquí tampoco.

No sabes hacer nada bien.

No me miró más.

Me puse triste,

conozco ese sentimiento.

Corrí, corrí, corrí.

Ni el viento logró alcanzarme.

Mi llanto se confundió

entre el tiempo y la lluvia.

Fui a buscar mi pelota,

mis juguetes preferidos.

Los recogí,

me los llevé como pude.

Corrí, corrí, corrí.

Busqué mi propia leña.

Miré las estrellas por última vez

y como un pirómano asustado

le prendí fuego a mi inocencia.

Me quemé yo mismo junto

con mis recuerdos y tristezas.

Extrañando el vientre de mamá,

me soplé a mí mismo.

Y mis cenizas…

desaparecieron

para siempre.

REBECA FS

Piróman@

La nostalgia le hacía encerrarse en sus pensamientos.

Solo tenía recuerdos en fogonazos del tiempo.

El tic tac del sonido del metrónomo iba encendiendo bengalas, pero no bengalas de esas que han inventado ahora de colores…eran bengalas de pólvora de la buena.

Pasaba horas jugando al dominó de estrellas fugaces.

Creaba soles en universos estelares y bajaba al magma del centro de la tierra.

Ardía su mente y su corazón. No había osos polares, ni flases, que calmara el fuego.

Era piróman@, en un mundo sin bomber@s.

Hacen falta más bomber@s.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

DESASTRES NATURALES

Nunca llegué a saber cuándo comenzó el incendio. Tampoco si fui yo el pirómano o lo fuiste tú. En su momento, lo confieso, no lo vi venir. A veces estos fenómenos no avisan de su llegada; simplemente se manifiestan en forma de tormentas eléctricas o silencios que se alargan más de lo normal. Cosas así. Un día aún éramos un hogar y al siguiente, solo un terreno removido y arrasado de troncos ennegrecidos donde las nubes de polvo y ceniza se levantaban ante el más mínimo recuerdo. Tras el paso de las llamas, me quedé de pie, confuso, sin saber si huir o buscar refugio en algo que, de repente, había dejado de existir.

Del incendio aprendí que el amor es una suerte de fenómeno meteorológico. Comienza como una brisa tibia que promete verano, una presión atmosférica favorable que invita a bajar las defensas. Pero basta un cambio imperceptible en la dirección del viento para que la misma corriente que antes acariciaba termine alimentando las llamas. Una simple chispa puede acabar asolando árboles, destrozando vidas y arrancando almas.

Nos creíamos refugio cuando en realidad éramos intemperie. Así, el fuego se llevó todas nuestras certezas, haciendo crecer una calma incómoda. Luego vino la cuenta silenciosa, el inventario de daños de todo lo que dejaron las llamasQuedó un “yo”, en singular. Y una colección de frases. Incompletas, pero sinceras. Quedó el eco de tu risa, sonando dentro de mí sin ocupar espacio. Quedaron mis manos, ahora desocupadas, disponibles. Quedó una silla chamuscada donde volver a sentarme conmigo mismo. Y una ventana abierta que ya no daba miedo cerrar. Y quedó la memoria del tacto, sí, eso también quedó. Las palabras se transformaron en rescoldos: promesas partidas por la mitad, risas cubiertas de óxido, planes que una mañana dejaron de ser nuestros. Todo cuanto habíamos construido quedó reducido a una geografía de ausencias.

Recorrí la escena con cuidado, como quien camina descalzo entre brasas aún calientes. Descubrí que no todo lo quemado necesita ser repuesto. Que algunas llamas purifican, pero otras, sencillamente, arrasan. Me permití llorar sin urgencia y barrer el desastre sin culpa. Entendí que reconstruir no es volver a levantar lo mismo, sino decidir cuándo y dónde construir cimientos nuevos.

Hoy camino entre el desastre. Lo que ha quedado tras el incendio soy yo, aun en pie, pero sin techo, sin excusas y sin el refugio de tu nombre. Y en medio de este desolado paisaje me pregunto si quiero reconstruir. Si tendré el valor de poblar mi vida con nuevas especies, autóctonas o extrañas, capaces de echar raíces donde antes solo hubo ceniza.

Pedro Antonio López Cruz

EFRAÍN DÍAZ

Decía Balzac que detrás de toda gran fortuna suele esconderse un crimen olvidado. Pero Balzac nunca vivió en Dos Bocas, donde la memoria dura más que las lápidas y los agravios envejecen mejor que el ron.

Nadie supo jamás de dónde salió don Ricardo. Un día apareció en el barrio conduciendo un automóvil de lujo. Vestía traje de hilo, zapatos de charol y fumaba puros cuya sola ceniza valía más que el jornal semanal de algunos campesinos.

Miró algunas fincas y encaprichado con varias de ellas, las compró.

Las adquiría a precio de pescado abombado, aprovechándose de la necesidad de viudas, enfermos, endeudados y desesperados. Después les permitía seguir trabajando sus antiguas tierras bajo contratos tan abusivos que parecían redactados por un emisario del diablo.

Levantó una mansión en medio de sus dominios y se dedicó a vivir como un hacendado del siglo XIX mientras los jíbaros sudaban el siglo XXI.

A Lolo le cogía mercancía fiada que pagaba cuando le parecía, si le parecía. A Juancho le debía combustible. A Neco dos funerales.

A los peones les adeudaba semanas enteras de salario y con una promesa de pago que nunca llegaba los mantenía produciendo.

Cuando alguien protestaba, don Ricardo explicaba que los mercados estaban malos, las cosechas flojas o los tiempos difíciles. Curiosamente, los tiempos difíciles solo parecían afectar el bolsillo ajeno.

Denunciarlo era inútil. El alcalde, el juez de paz y el jefe de la policía visitaban con frecuencia la finca. Allí fumaban puros, devoraban cabrito asado y vaciaban botellas de ron añejo mientras discutían sobre la ley con la misma seriedad con la que un charlatán engatusa a la gente.

Las querellas desaparecían en el papeleo. Los expedientes se extraviaban y los testimonios perdían fuerza. Al final la justicia terminaba tan borracha como sus administradores.

Con los años, don Ricardo logró algo extraordinario, impensable en el barrio: que todo Dos Bocas lo odiara.

Era un odio silencioso, paciente y latente.

Crecía como las raíces de un árbol, sin prisa pero sin pausa. Se impregnó como la humedad.

Nadie se atrevía a enfrentarlo. Además de rico e influyente, andaba siempre armado con un revólver Magnum .357 niquelado que exhibía sin pudor, para que supieran quien mandaba.

Un sábado compró dos botellas de ron añejo en el colmado de Lolo. Aquella noche tendría invitados. Los sujetos habituales. El alcalde, el juez y el jefe de la policía.

Allí hizo matar un becerro y comieron ternera, fumaron puros y bebieron hasta bien entrada la noche.

Después, ya ebrios se marcharon y don Ricardo se retiró a dormir.

Y Dos Bocas también. O eso pareció.

Pero poco antes de medianoche comenzó a verse una tenue columna de humo elevándose sobre el cañaveral.

Al principio parecía niebla. Pero el olor lo delató. Finalmente, esa cortina de humo se convirtió en un voraz incendio.

Las llamas avanzaron con un apetito feroz, extendiéndose por toda la finca.

Los vecinos se reunieron y corrieron a salvar los animales. Liberaron caballos, vacas, cabros, gallinas y cerdos.

Sacaron los aperos y rescataron lo que pudieron de las cosechas.

Todo el barrio se movilizó.

Todo, excepto hacia la mansión.

—¿Alguien ha visto al patrón? —preguntó Cindo.

—A la verdá que no —contestó Chendo.

Neco observó el fuego.

—Coño… como se muera, me debe dos funerales.

Lolo escupió hacia el suelo.

—Pues mañana lo entierras y te queda debiendo tres.

Nadie respondió.

Las llamas siguieron creciendo, devorando todo a su paso.

La mansión comenzó a derrumbarse.

Y todo Dos Bocas contempló el espectáculo con una mezcla de fascinación y alivio.

Cuando amaneció, encontraron los restos carbonizados de don Ricardo entre los escombros.

Por órdenes del alcalde se abrió una investigación. La policía hizo sus oficios y el juez supervisó. El alcalde expresó profunda preocupación, pues fueron precisamente el alcalde, el juez y el jefe de la policía quienes habían visto con vida por última vez a don Ricardo.

Meses después concluyeron que había sido un accidente desgraciado. Nadie fue acusado. Las autoridades no parecían particularmente interesadas en llegar al findo del asunto, pues todos repetían que los últimos que salieron de la finca fueron el alcalde, el juez y el jefe de la policía. Caso cerrado.

Con el tiempo y ante la falta de herederos, las tierras volvieron a manos de las familias que las habían trabajado durante generaciones.

Los sembrados florecieron y los animales regresaron.

Hasta la tranquilidad volvió al barrio.

¿Y el pirómano?

Bueno, a ese todavía lo están buscando.

Aunque en Dos Bocas hay quienes sospechan que aquella noche no ardió una finca. Lo que realmente se consumió fue la paciencia de un barrio entero.

SERGIO TELLEZ

TE DIJE QUE EL TAMAÑO ESTABA BIEN

Marcos llegó al terminal con dos pasajes en el bolsillo y una maleta roja que pesaba demasiado. Adentro todo sonaba a plástico. Las maletas rodando, los anuncios, la gente arrastrando los pies.

Se tocó el bolsillo. Tenía las llaves. Las de la casa.

Anoche ella se las dejó en la mesa de noche. Junto a las pastillas. —No me esperes despierta —le había dicho él—. Llego tarde del trabajo. Ella no contestó. Solo se puso los tres suéteres y se metió a la cama a las siete. En agosto.

La semana pasada él intentó plancharle una blusa. Era azul. Ella tenía una entrevista. —Déjala, yo lo hago —dijo Martha. —Puedo yo —contestó él. Apoyó la plancha. La tela chasqueó. Una línea fina subió recta. Después se abrió un agujero marrón, con un borde que se puso negro y se encogió solo. Marcos no quitó la plancha. Contó hasta tres. Recién ahí la levantó. Ella no gritó. Tomó otra blusa, blanca, y se fue. Cuando volvió, ya no hablaron de eso. Tampoco de nada.

Marcos buscó la fila 17. Ventana y pasillo. Dejó la maleta roja y la chaqueta de Martha en el pasillo. —¿Quieres la ventana? —preguntó. Ella no contestó. Marcos agarró maleta y chaqueta y se cambió de asiento. La dejó a ella en la ventana.

Se sentó. El plástico del asiento estaba frío.

Hace unas horas, en la casa, Marcos encontró la luz de la cocina prendida. Eran las dos de la mañana. Martha estaba sentada a la mesa. Tenía la taza de café intacta, fría. Miraba el calendario de la pared. Agosto tenía un círculo rojo en el día quince. Hoy.

—¿No puedes dormir? —preguntó él. Ella negó con la cabeza. No lo miró. Tenía las manos cruzadas sobre la mesa, quietas, como si se las hubieran prestado. —Es por el viaje —dijo Marcos—. Todos se ponen nerviosos. Martha se levantó. Dejó la taza donde estaba. Pasó a su lado para ir al cuarto. No lo tocó. Olía a jabón.

Él apagó la luz. El círculo rojo se quedó en la oscuridad.

Después de eso, Marcos revisó los pasajes. Dos veces. Estaban sobre la mesa del comedor, junto a la maleta roja. La maleta que Martha había dicho que era fea. Ahora estaba abierta, a la mitad.

Ella entró al comedor con el cepillo de dientes en la mano. No el suyo. El de él. Lo miró un segundo, como si no supiera de quién era, y lo metió en el bolsillo lateral de la maleta. El que tiene cierre.

—¿Tiraste los fósforos?—preguntó Marcos—.Los de la cocina. Martha asintió. No abrió la boca. Cerró la maleta. El cierre sonó como una cremallera que no va a volver a abrirse.

—Tenemos que salir a las cuatro —dijo él. Revisó el pasaje—. No. A las seis. Lo cambiaron. Mejor. Así duermes un poco más. Ella ya se había ido al cuarto.

Marcos se quedó con los dos pasajes en la mano. El suyo y el de ella. Los nombres impresos, la fecha, el asiento. Todo en regla.

Son las tres y cuarenta. El bus sale a las seis. Faltan dos horas.

Marcos entra al cuarto. No prende la luz. Martha está boca arriba. Las manos quietas sobre el pecho. Los tres suéteres.

Se queda en la puerta. Escucha la casa.

El reloj de la cocina hace tic tac.

Saca su reloj del chaleco. Lo abre. Las 3:40. Lo cierra. Lo guarda.

Va al ropero. Abre la puerta. Saca la maleta roja. La pone a los pies de la cama. La abre. El cierre suena largo. Después el otro. El chico del costado.

Se sienta en la silla. Se quita el saco. Lo dobla en cuatro. Lo deja en el respaldo.

La manta de cuadros está ahí. La levanta. La sacude una vez. Huele a lavanda y a encierro. La dobla por la mitad. Después otra vez. La pone adentro de la maleta. La estira con la palma. Desde el centro hacia las esquinas.

Mira el reloj de la mesa de noche. Las 3:47. La manecilla del segundero se traba un segundo. Después sigue.

Se arremanga. Un botón. Otro. Se levanta.

Se sienta en la cama. Al lado de ella. La cama se hunde. El colchón hace un ruido hueco. Como cuando se apaga la radio.

No dice nada. El vaso de agua en la mesa de noche deja de temblar. Se escucha un suspiro. Corto. No sabe si fue de ella o del colchón cuando se levantó.

Va al baño. Abre el grifo. El agua corre. Mucho rato. Cuando vuelve, trae una toalla. La deja en el piso, junto a la maleta.

Se agacha. Trabaja en el suelo. De espaldas a la cama. No se apura. Cada tanto para. Se seca la frente con el dorso de la mano. El piso de madera cruje. Pero no donde él está. Cruje más allá. Donde cae el peso.

Cierra la maleta. El cierre grande primero. Cuesta. Se traba a la mitad. Marcos pone la rodilla encima. Tira. Pasa. Después el chico. Ese va fácil.

Se mira la manga de la camisa. Tiene una mancha roja. Pequeña. La frota con el pulgar. No sale. Se arremanga una vuelta más. La tapa.

Se pone el saco. Se lo abotona. Abajo, arriba.

Levanta la maleta. La deja en el piso. Pesa. El piso de madera cruje donde antes no crujía.

Mira la cama. Estira la sábana. La esquina que se había salido. Pasa la mano. Borra la marca del cuerpo. Acomoda las dos almohadas. Parejas. Golpea una. Le saca la forma de la cabeza.

Va a la mesa de noche. Agarra el vaso de agua. Tira el agua en la pileta del baño. Seca el vaso con el borde de la camisa. Lo deja en su lugar. Alineado con el reloj.

Revisa el piso. Levanta una pelusa del borde de la alfombra. Se la guarda en el bolsillo.

Al rato. Se mira en el espejo del ropero. Se acomoda el pelo con la mano. Sonríe. Solo una vez. Sin motivo.

Abre la ventana. Que entre aire. Que se vaya el olor. Lo pensó. Un fósforo. El gas de la cocina. Esperar afuera. El fuego borra todo. Pero hace preguntas. La gente mira el fuego. La maleta no. La maleta solo pesa.

—Te dije que el tamaño estaba bien —dice, mirando la maleta.

Apaga la luz del pasillo cuando sale.

La puerta del cuarto queda abierta. Adentro el vaso de agua ya no se mueve. La cama parece de hotel. Como si nadie hubiera dormido ahí nunca.

El bus tembló. El motor estaba prendido. Un olor a diésel viejo se metió por la rendija de la ventana.

Marcos sacó la manta del bolso de mano. La de cuadros. La que Martha usaba en el sillón cuando decía que tenía frío. La desdobló con cuidado. Se la acomodó sobre las piernas. Sobre el asiento de la ventana.

—Así no te vas a resfriar —dijo. La manta quedó ahí, sin forma. Vacía en el medio.

El conductor tomó el micrófono. —Próxima parada en tres horas. Prohibido fumar. Mantengan los pasillos despejados.

Marcos se ajustó el cinturón. Miró la manta. La estiró de un lado, como si tapara una rodilla.

—Ayer te gustó el café —dijo—. Hoy pedimos otro en la terminal de allá.

El bus arrancó. La chaqueta en la ventana no se movió. Afuera el terminal se iba haciendo chico.

El chofer subió último. Contó las cabezas con el dedo. Diecisiete. Miró su planilla.

—Boletos —dijo.

Marcos metió la mano en el bolsillo del saco. Sacó dos. Doblados por la mitad, exactos. Se los dio sin mirar al chofer. Sin mirar a la ventana.

El chofer agarró el primero. Lo perforó. Click. Agarró el segundo. Miró el asiento de la ventana. La manta de cuadros. El bulto que no era un bulto.

—El de la señora —dijo.

—Está dormida —dijo Marcos—. Se marea en la ruta. Siempre duerme desde que salimos.

El chofer perforó el segundo boleto. Click. Se lo devolvió.

—Para la próxima, que se despierte para el control —dijo—. Es la norma.

—Para la próxima —dijo Marcos. Guardó los dos boletos perforados en el bolsillo pequeño de la maleta. Juntos. Alineados.

El chofer siguió pasillo adelante. Marcos se acomodó en el asiento. Estiró la manta sobre la ventana. Tapó el espacio donde estaría la cabeza. La dejó lisa, sin arrugas.

Una mujer de adelante se dio vuelta.

—¿Su esposa está enferma? —preguntó—. No se movió desde que subimos.

Marcos la miró. Dos segundos. Contó hasta dos.

—Tiene sueño pesado —dijo—. Trabajó de noche.

La mujer asintió y se volteó.

Marcos sacó el reloj del bolsillo del chaleco. Las seis y diez. Cerró la tapa. Lo guardó. Miró por la ventana. El terminal ya no se veía.

—Ya pasamos lo peor —dijo.

La manta no contestó.

Las siete y cuarenta. El bus se detiene.

Marcos se pone de pie. Baja la maleta roja. La rueda gira bien.

No mira el asiento de la ventana. La manta quedó ahí. Doblada.

Baja. El andén está caliente.

Un hombre con chaleco amarillo pasa al lado.

—Pesa esa —dice.

Marcos asiente.

—Ropa de invierno —dice—. Uno nunca sabe.

El hombre sigue.

Marcos camina. Mete la mano al bolsillo de la maleta. Toca algo. Dos papeles. Doblados. Con un agujero redondo en el medio cada uno. El cepillo de dientes. Agosto. El aire pesa. Sigue caminando. La maleta no se queja.

PEPA HERRERA

EL CUMPLEAÑOS DE UN PIROMANÍACO INVOLUNTARIO

Paco era un hombre torpe. Torpísimo.

Tenía el gran don de no controlar el fuego nunca. Encendía una cerilla y se quemaba un dedo, encendía el mechero y la llama salía descontrolada a sus cejas, encendía una vela y se le quemaba la mesa. Vamos, que ni un homo erectus era tan torpe.

Aun así, y sabiendo que todos los años provocaba algún incendio, decidió celebrar su cumpleaños a lo grande con una barbacoa en su jardín.

—¿Qué puede salir mal? —dijo con toda su inocencia.

Sus amigos se miraron y decidieron no contestar… ¡para qué!

La barbacoa empezó bien.

Cinco minutos de paz. Récord histórico en el libro Guinness. Pero ya en el minuto seis de asado de chuletas y chorizos llegó una ráfaga de aire y… ¡ZAS!

La manga de Paco prendió como si llevara gasolina en vez de suavizante.

—A-a-a-ay, a-a-a-ay —tartamudeó mientras corría por el jardín dando manotazos al aire.

Buscó la manguera, pero en su sprint épico tropezó con una piedra y cayó de cabeza a la piscina.

—¡S-s-so-so-co-rro! ¡Que me m-m-muero!

—¡Paco, que no cubre! —dijo uno de sus amigos, llorando de risa.

—¡P-p-pero me h-h-hundo!

—¡Que estás sentado, Paco!

Lo sacaron como a un gato mojado y él, muy digno, volvió a la barbacoa.

¡Error! El aire estaba gracioso justo ese día… ¡otra ráfaga!

—¡La barba, la barba! ¡FUEGO! —gritó de nuevo.

Una llamarada sobre su perilla ardía con entusiasmo.

—¡Quieto, Paco!

Uno de los amigos le lanzó un vaso de agua. ¡CHOFF! Barba apagada.

Solo quedó un olor a pelo chamuscado que se extendió por todo el jardín como si alguien hubiera puesto un pollo en la barbacoa.

—No pasa nada —dijo Paco, con media barba y cara de “tendré que afeitarme mañana”—. Seguimos…

Pero la barbacoa llevaba años acumulando aceite. Y claro… de pronto:

¡BOOM! Una llamarada dejó las chuletas negras como carbón de Reyes.

—Pues nada, habrá que comprar comida preparada —dijo otro—. Como siempre.

Fueron a por comida. Volvieron y comieron. Pero llegó el momento más temido: ¡la tarta!

—¡Dejadme! Las velas las enciendo yo —dijo Paco, muy convencido de que él no tenía nada que ver con un pirómano accidental.

—NO —gritaron todos.

—S-s-sí —confirmó él, con la caja de cerillas en la mano y la convicción de que esta vez no iba a pasar nada.

Encendió la primera vela. Nada.

Después la segunda. Nada.

La tercera. Todo parecía en calma…

Con una sonrisa de oreja a oreja y tras haber encendido las cincuenta velas —de las cuales las primeras estaban a punto de desaparecer—, Paco se inclinó para soplar.

Y entonces… ¡ERUCTÓ!

Sí, un eructo de esos intensos, descomunales. Y claro, con tanto gas sobre las velas encendidas se produjo una llamarada de esas que ni un dragón medieval supera.

¿Qué pasó después? Os estaréis preguntando…

¡Pues qué va a pasar!

La tarta EXPLOTÓ.

El mantel ardió.

La mesa ardió.

Las sillas ardieron.

Los amigos corrían como si alguien hubiera soltado un toro en el jardín. Paco gritaba. El perro ya estaba escondido debajo de la tumbona con las patas tapándose la cara.

Y entonces, entre el caos, uno de sus amigos —el más cabroncete de todos, el que siempre remataba la faena— gritó:

—¡¡PACO, ERES UN AUTÉNTICO PIROMANÍACOOOO!!

Paco, empapado, chamuscado y tartamudeando, intentó defenderse:

—N-n-no s-s-soy p-p-pi… p-p-pi… ¡p-p-poro-ma-nia-co!

El amigo, con lágrimas de risa, gritó:

—¡¡EL POROMANIACOOOO!! —y se descojonó vivo.

Y todos se derrumbaron.

Las carcajadas se extendieron como las llamas. Carcajadas de esas que te dejan sin aire, que te doblan, que te hacen pensar “me voy a mear encima”.

Cuando llegaron los bomberos, uno de los amigos seguía tirado en el césped, llorando de risa.

El bombero jefe preguntó:

—¿Qué ha pasado aquí?

Y el amigo, señalando a Paco, dijo:

—Ha pasado el Poromaniaco.

Paco solo pudo asentir.

Porque sí, la casa estaba quemada, el coche derretido, los regalos humeando y la piscina parecía un manantial de aguas termales, con burbujas incluidas.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era que el mote de POROMANIACO ya no se lo quitaba ni con agua bendita.

Eso por ser un pirómano involuntario… o mejor dicho: un poromaniaco.

FRAN KMIL

El pirómano.

Fernández era un ciudadano ejemplar. No infringía las leyes y acataba todas las órdenes. Gritaba si había que gritar, insultaba si había que insultar. Sin embargo, a solas, donde nadie pudiera oírlo, se catalogaba a sí mismo como un prisionero de conciencia en la cárcel más grande del mundo: su isla natal, la mayor de las Antillas, a la que, por su posición geográfica, llaman «la Llave del Golfo».

Cuando iba a hablar, miraba para todos lados y lo hacía en voz baja, aunque lo que fuera a preguntar fuera la hora. Llevaba el miedo tatuado en la conciencia; un miedo disfrazado de inteligencia, resignación e indefensión. «Una sola golondrina no hace primavera», se repetía. Y él estaba solo, o creía estarlo, o simplemente quería creer que estaba solo para no tener que hacer nada.

Una tarde, sin otro combustible para cocinar, armó un fogón de leña en el patio y, para encenderlo, utilizó un ejemplar del periódico provincial Sierra Maestra, donde una fotografía de Fidel le sonreía entre las llamas.

Tuvo miedo al principio, pero luego se tranquilizó. Total, otros usaban aquel papel para limpiarse el culo por falta de papel higiénico.

Al ver el rostro de Fidel consumiéndose entre las llamas, sintió un extraño gozo morboso, como si al hacerlo, el fuego estuviera consumiendo realmente a sus opresores, a los culpables de su desgracias, de sus miedos.Desde ese día comenzó a coleccionar revistas, periódicos, panfletos y cualquier impreso que llevara la imagen de Fidel, de su hermano o de cualquier dirigente de la llamada Revolución. Colocaba dos piedras en el patio, unas ramas y una olla con agua, y los quemaba.

Tenía la justificación perfecta, una de la que nadie sospecharía:

—Estoy cocinando.

GABRIELA INÉS COLACCINI

En la puerta del boliche

Quiso entrar.

—No —le dijeron.

Insistió.

—No, con esa ropa, no —le dijeron.

Golpeó la pared. Insistió.

—No, con esas zapatillas, no —le dijeron.

Se ahogó. Insistió.

—No, con ese pelo, no —le dijeron.

Se quedó mirando el suelo.

Lo empujaron, lo corrieron a un lado, lo borraron.

Caminó hasta al kiosco.

Compró un encendedor. Se sintió mejor.

Se acercó a un auto. Se le fue el temblor.

Lo prendió fuego. Respiró.

L’IDIOT

El pirómano

Antes, era el fuego. Y el fuego calentaba a Dios, y el fuego iluminaba a Dios. Y por él y para él fueron creadas todas las cosas.

Porque el fuego destruye, pero purifica. Es efímero, pero ilumina.

Comenzó a comprender el fuego desde pequeño, cuando el padre, antorcha en mano, incendió el terreno para limpiarlo de maleza. La luz anaranjada le bailaba en los ojos. Era algo vivo, algo que respiraba.

—El fuego arrasa lo malo —le dijo el padre.

—¿También los malos pensamientos?

El padre lo miró un momento demasiado largo, como si la pregunta hubiera tocado algo que no debía tocarse.

—También —dijo al fin, para salir del paso.

Pero él le creyó. Y ese fue el principio de todo.

Luego vino el amor. Más que amor, idolatría. Y la idolatría nacida del dolor, y el dolor nació de una negligencia, y la negligencia tuvo el rostro anónimo de un turista que nunca supo lo que dejó atrás. Olvidó apagar la fogata. Una cosa tan pequeña. Una cosa tan definitiva.

El maizal cogió fuego primero. Luego la casa. Y la cuna con la niña adentro. Ester nada pudo hacer, salvo morir con ella. Salvo acompañarla.

Eso, al menos, lo consolaba. Que no se había ido sola.

Ahora el hombre estaba encadenado al poste de hierro clavado en la tierra de lo que una vez fue el patio. Quería gritar, pero no podía. Estaba amordazado. Sus ojos, sin embargo, hablaban con una elocuencia que ninguna palabra habría podido igualar.

Olía a kerosene.

Él también olía a kerosene. La tanqueta vacía reposaba recostada contra la piedra grande, debajo de la cual dormían ellas. Él las había puesto ahí. Las había enterrado con sus propias manos, hablándoles en voz baja durante todo el tiempo, pidiéndoles perdón por no haber llegado antes, por no haber podido hacer nada, por seguir vivo.

Ellas le habían respondido en sueños, suplicando justicia con una calma que le resultaba más dolorosa que cualquier grito.

Estaba haciendo lo correcto. Él lo perdonaba, y ellas también, si estuvieran vivas. Pero no bastaba el perdón. Era necesario reunirse los cuatro, discutir el asunto como se debe, sin rencores, sin sombras. Y para eso había que llegar limpios. Limpios de maldades, de malos pensamientos, de malas acciones.

Para eso encendió el fósforo.

La llama tembló un instante, pequeña y frágil, casi inocente, antes de encontrar lo que buscaba.

Lo abrazó. Como no había podido abrazar a Ester. Como no había podido abrazar a la niña.

La noche se iluminó con dos antorchas: una fija, junto al poste, inmóvil. La otra corría hacia el río, hacia el agua, hacia algo que ya no tenía ningún sentido buscar.

El río estaba lejos, demasiado lejos. Siempre lo había estado

LILIANA GIANNINI

Instrucciones

Como dice el MpbP «Manual para el buen pirómano» ya recorrí todas las tiendas de la ciudad para conseguir todos los materiales, así evito que me rastreen.

* Fósforos: Si

* Agente combustible: Si

* Traje ignifugo: Si

* Máscara de oxígeno: Si

* ¿Mascota?: Si, llevo al loro de la abuela

* Plano del objetivo: Si

Según las instrucciones toca hacer la prueba piloto en la casa del vecino que por suerte está vacía así que acomodo los bidones, me pongo la máscara y acerco la madera frotando el fósforo con la precisión de un cirujano hasta que brota la primera y prometedora flama…

– Fuego, fuego, fuego –

El loro empieza a gritar desaforado. Me asusto tanto que soplo la llamita. Tengo que correr, alguien llamó a la policía.

Mi debut como pirómano es un fracaso.

Me voy a tener que dedicar a otra cosa, maldito loro…

MARIO NÚÑEZ

Pirómano

La vecina chismosa de la cuadra le había dicho a mi madre que soy un incendiario.

¡Incendiario!

La muy venenosa hablaba como siempre, para entretenerse, para no mirar su propia vida.

¡Incendiario!

Sólo porque un niño prende fueguitos con vidrios al sol, porque junta ramitas secas y las ve arder.

Mis padres avergonzados aterrizaron conmigo en un psiquiatra.

Meta pastillas en cada desayuno. Pero el fueguito siguió calentándome el alma.

Solo que desde la psiquiatra y sus pastillas – que nunca me saqué de encima-, me cuidé un poco más.

Limpiaba de hojas secas el jardín, el fondo de la casa, quemándolas y teniendo siempre a mano la manguera para apagarlas; se la mostraba a quienes miraban el fuego, preocupados. Pero en realidad no la usaba, dejaba que las llamas se extingan solas y después para disimular mojaba las cenizas apenas humeantes.

Sin embargo, mis fuegos siguieron alarmando a la gente cerca. Y aún no dejaba el secundario, cuando terminé con mi humanidad medio recostado en un sillón del psicólogo que no sé por qué, me hizo dibujar, completar frases, y empezó a preguntar si podía controlar mis impulsos, qué me fascinaba del fuego, si me molestaba el desorden, si me gustaba controlar todo, si disfrutaba preocupando a los demás mientras yo sabía que no pasaría nada porque sé cómo manejar el fuego…

Una ametralladora de preguntas, todas sin sentido ni conexión entre ellas.

No sé por dónde, mencioné mi vecina y sus gritos de ¡Incendiario!

El psicólogo me preguntó entonces si me beneficiaba en algo el producir fuego, quemar cosas.

¡No! ¡Ni ahí! ¡No gano nada con eso!

Me explicó entonces que un incendiario tiene la intención de incendiar por un beneficio propio, para provocar daño, o por venganza. Mi diagnóstico exacto es pirómano.

No sé si me tranquilizó la explicación, pero me confirmó que la vieja loca aquella que le envenenó la cabeza a mi familia, no solo era chismosa y malintencionada. También era muy ignorante.

Igual, nunca me habían preguntado por qué o para qué enciendo cosas.

Yo tampoco, la verdad.

Solo sé que no corro ningún riesgo y nunca arriesgaría a otras personas.

Ahora soy adulto ya, tengo familia.

Mis fuegos se reducen a la estufa a leña en invierno, y bueno, también en otoño y primavera, aunque haga demasiado calor en el ambiente.

Y todo el año, en mis asados, barbacoas, todas en fogones en el piso. Fuego rodeado con piedras, piso limpio alrededor, baldes cargados con agua, manguera de jardín a mano …

Pero siempre el fuego, mi compañero.

Y las pastillas diarias también, que son parte de mi desayuno. Y cuando estoy muy ansioso como para dormir, también acompañan mi cena.

¿El psicólogo?

No sé, debe estar jubilado ya. Desde que dejé la terapia, nunca más.

¿Otro?

No. No, lo necesito. El psiquiatra y mi mujer, que se debe poner de acuerdo con mis padres, también me insiste.

Igual trato de no estresarme; aprendí eso por mi cuenta. Cuando estoy tranquilo casi ni me acuerdo del fuego.

Ahora estamos en la cabañita del bosque. Los nenes, mi esposa y yo.

Ellos duermen, yo todavía no.

Como cada vez que nos quedamos de noche acá, me asustan los ruidos, las sombras, el viento; me parece que hay alguien o algo afuera.

Miro por la ventana, salgo a la puerta.

Nada. No se ve nada.

Solo el coche y los catorce montones de hojas secas que reuní con la promesa a la familia de no encenderlos, sino cargarlos en bolsas de residuos que desecharemos en los contenedores de regreso a la ciudad.

Pero sí, es cierto que el fuego alumbra y espanta a las fieras.

Me quedaré más tranquilo si veo mejor afuera.

Encender algunos montones no dañará a nadie. Estos dos están cerca del coche, pero también están más accesibles para apagarlos. Hay poco viento, si estoy atento no pasará nada.

Un poco de alcohol, unos papeles y a darle candela, como dicen mis amigos en las islas Canarias.

¡Que bien se siente! ¡Qué tranquilidad!

Me encanta como bailan las llamas.

Parece que se invitan unas a otras y se entusiasman entre ellas, saltando y creciendo, yendo hacia los costados, hacia la leña amontonada junto a la casa, bajo el coche.

Tranquilo, no pasa nada. Nadie se entera adentro, todos duermen. Y yo también en un ratito; me siento muy sereno ahora, no me costará nada dormir. Y el fuego se apagará solo. Ni siquiera tengo que encargarme. Unos minutos más y me acuesto. Mañana temprano limpio las cenizas.

Parece que el coche también disfruta de las llamitas debajo. Mañana no le costará nada arrancar.

Un estampido destrozó los vidrios de la casa, las llamas se esparcen rápidamente por la leña y las paredes de madera, por puertas y ventanas.

Aturdido en el piso, me siento entre dolorido y complacido por el tamaño y la altura del fuego.

Dentro de la cabaña se escuchan llantos y gritos. Mi mujer debe estar desquiciada como siempre,

llama a los niños, me llama. Exagerada como siempre, ahora vienen y nos juntamos todos acá.

¿Qué dicen? ¿Qué es eso de que no pueden salir?

Saben donde están las puertas.

Nunca los escuché gritar y llorar así

La pared de piedra de la chimenea parece inclinarse a saludarme. No, se está inclinando.

¡Qué cómico! Parece una foto de la Torre de Pisa.

Tendría que salir de donde caerán las piedras. Tendría que entrar a ver a los chicos, a mi mujer…

Bah… ¡Tendría, tendría!

¡Siempre obligaciones, siempre cumpliendo con lo que debería!

Cómo se acerca esa pared. Increíble, se inclina entera sin quebrarse. Nunca había visto el sombrero de la chimenea tan cerca.

YOMALCKRY OSORIO

Su sola presencia origina ese fuego que es capza de incendiar todo a su paso ,

Su mirada inicia toda una tormenta de fuego , incontrolable , que aterra y genera pánico en cada centimetro de la piel ,

Dificil de extinguir.

Imposible de controlar tiene una intensidad casi malevola .

Es provovador cuando las palabras salen de sus labios como brazas ardientes , cada susurro viene impregnado de calor extremo .

Provoca una enurasis .

Su anatomia se transforma en un Dios que hasta el viento cae rendido a su intenso dominio y transfiguración .

Incendia deliberadamente todo a su alrededor , capaz de convertir en una exquisita fragancia las llamas que destila .

Hay quiense se quedan sin aliento ,

como si fuesen etereo .

Se transforma en alguien sin alma , tiene alas y «es libre « no es dueño de nada y nada lo puede poseer,

Exhuda sensualidad y erotismo casi que al mismo tiempo , con un destello de inocencia ,

Es dominante , puedes entrar en una hipnosis con tán sólo observalo por un instante .

Es un delirio.

Una tortura .

Una agonia desmedida.

Una muerte casi segura.

Un desdén Psicólogo

Un tren directo a la extrema locura.

No tiene idea de su propia crueldad.

Provoca un dolor incurable.

Una fragmentación del alma.

Una fisura desgarrante en el corazón ,

Su lava destila mentira .

Un fuego que consume lento y despiadadamente .

Cada pensamiento se convierte en una hoguera de desenfreno y lujuria desmedida.

Cada ceniza es un recordatorio de querer arder entre tus brazos , y incinerar mi cuerpo junto al tuyo en un arrebato sin precedentes ,

Que cada beso nos eleve al cielo , y sentir muy cerca el paraiso ,

MAITE BILBAO

PIRA

La luz de la pantalla recorta los hombros hundidos de Álex. Observa el móvil; el reflejo azul le tiñe la piel del rostro. En el bucle infinito de los reels, él dicta las reglas del juego. Entre música de rap y eslóganes se siente soldado. Cobra la venganza de los pasillos del instituto a golpe de pantalla. Un mensaje parpadea en la madrugada: una dirección, un municipio a cincuenta kilómetros. La orden es escueta: «Grábalo todo».

El sol del mediodía calcina el camino de tierra. Carmen arrastra el sillón de mimbre hasta el umbral de la casa, donde el asfalto de la calle principal muere en el campo. Sobre una mesa de pino coloca dos cajas de fruta. Dentro descansan novelas de toda una vida, poesía con páginas amarillas y un cartón pintado a mano: «COGE UNO. ES GRATIS». Ella tiene setenta y siete años y la mirada de quien ha sido maestra durante cuarenta años.

Una verja de hierro delimita el perímetro de su retiro. Carmen regresó al pueblo para descansar, pero conserva el gesto de autoridad de quien aún dicta lección ante una clase vacía. Sobre la mesa, los lomos de los libros resisten el sol de justicia.

Un todoterreno de alta gama, de esos que parecen tanques urbanos, frena ante la entrada sobre el cemento degradado. Julián, el constructor que mueve los hilos de media comarca, mantiene la ventanilla subida; el cristal oscuro es un muro que oculta su mirada. Observa a la mujer. El electricista municipal pasa junto al coche, y se lleva dos dedos a la gorra en saludo sumiso. Julián arranca sin prisa. Una estela de polvillo blanquecino, resto de obras y cal, cubre los libros.

Álex baja del autobús en la plaza. Consulta la dirección y camina hacia el límite del municipio bajo un sol que derrite el alquitrán. Sudadera negra tres tallas más grandes a treinta y cinco grados. Sus manos sudan sobre el dispositivo.

Se detiene frente a la verja. Enfoca la fachada en vertical y activa el directo. Los comentarios corren como chispas en la pantalla: «Graba eso y haz la limpia ya. Ponlo a rular»

Carmen levanta la vista. Observa la prenda empapada, las zapatillas torcidas, el temblor rítmico en la rodilla del chaval.

—Quítate esa sudadera, muchacho. Te vas a marear con este calor.

Álex da un paso atrás.

—Tú… tú cállate —suelta.

En la pantalla, un mensaje brilla: «Pringado». Álex busca la burla en los ojos de la mujer, pero ella guarda silencio. Carmen se levanta, los huesos le crujen, y se planta a un palmo de la mesa. A pesar de la edad, su mirada se mantiene firme, mientras recorre el rostro desencajado del chaval con la misma calma severa que dedicaba a sus alumnos en mitad de un examen.

—Te tiembla la mano, hijo. ¿A qué has venido? Si tienes algo que decir, suéltalo a la cara. Apaga ese cacharro.

La palabra «ridículo» flota en el ambiente. Álex siente el zarpazo de la vergüenza, pero el chat vibra en su palma: «No te dejes vacilar por la momia». Él aprieta los dientes, recupera la pose y grita:

—¡Cállate, puta vieja!

Con una patada golpea la mesa. La madera vibra. Los libros caen abiertos en el polvillo blanquecino que cubre la entrada. El ruido seco apenas altera la siesta del pueblo. Un ejemplar de “Réquiem por un campesino español” queda bocarriba a los pies del chaval; la portada, con el dibujo de un campanario descolorido, se ensucia.

Álex respira agitado. El cristal del móvil arde con los likes, Sus dedos se agitan tanto que casi pierde el aparato. Se fija en el libro que pisa. Intenta sostenerle la mirada a Carmen, pero la lengua se le queda pegada al paladar. Corta la emisión. La pantalla se funde a negro. Se da la vuelta, con los puños hundidos en los bolsillos y camina hacia la parada.

Carmen los recoge, no sin dificultad. El todoterreno pasa despacio. Julián, desde el interior, no baja la ventanilla, pero ella reconoce el vehículo. Él observa los libros por el suelo, confirma el trabajo cumplido y sigue su marcha.

Ella entra en casa. Entonces nota el silencio: el zumbido de la nevera se ha interrumpido de golpe. Pulsa el interruptor: nada. Sin inmutarse, arrastra el sillón hasta la puerta de entrada. Se sienta allí, junto a la mesa, abre el libro, y aprovecha la última luz para seguir leyendo.

7 de junio de 2026

JAROL LIMA

Nacido de madre y padre.

En circunstancias aún en investigación, el viejo edificio Santa María, que acogia las instalaciones del antiguo hospital materno infantil continúa en llamas luego de dos días de trabajos se tres equipos de bomberos locales. Las autoridades informan que se sumarán dos compañías de bomberos para asegurar la exitosa contención de las llamas que amenzaban con extenderse hacia los complejos de vivienda cercanos.

Gracias a nuestro equipo periodístico tenemos las declaraciones de los presuntos incendiarios; un grupo de cuatro menores y de un perito psicológico que esta a cargo del caso.

M.L.T. (14 años).– Solo deseabamos dar un mensaje, decir que estábamos aqui y nuestra voz importaba, sería algo artístico, algo que no afectaría a nadie «Ella» dijo que era necesario arder en el fuego para renacer. La conocí por un foro de la red, y me atrajo lo bonita que era a pesar de su edad. En sus publicaciones enseñaba fotos de como eran las familias antes, ella dijo que había nacido de mujer y hombre. En la antigüedad solo los hippies lo hacían así. Nos reunió para una expresión artística. No para esto.

D.D.F.G. (15 años).– Yo la conocí «Ella» por foros de Internet de rebeldes al sistema, me enamoro su mensaje contra las leyes de procreacion. El gobierno no debería poder encargar niños a china, yo mismo soy un huérfano, nunca tuve padres y fui consevido con muestras aleatorias de ciudadanos, me incubaron en China o talvez india y llegue en un conteiner al país; por mi suerte fui adoptado por uno de mis padres biológicos, que se entero de mi concepción. Otros no tienen esa suerte. «Ella» me comprendía y me pidio que consiguiera el combustible, lo robe de un taller de mecánica cercana.

J.K.O. (15 años).– Yo participe en otras reuniones con «Ella». Una muchacha hizo lo mismo, nos reunimos alrededor haciendo un círculo y ella se baño en el combustible, se quemo hasta desaparecer y no se movió aunque se podía escuchar sus gritos. En esa ocasión no pasó nada, ahora «Ella» salto y grito como loca; el fuego se expandió y fue una suerte no murieramos todas. Me confesó que se sentía sucia y quería dejar de escuchar los rumores sobre ella, deseaba ser como todos, limpia y perfecta geneticamente, más allá de la aletoriedad de ser consevida de esa forma tan rara.

L.B.M. (14 años).– Aun me toma adaptarme a este país nuevo, soy de las colonias espaciales, ahi todos somos concebidos en vientres artificiales, las palabras padres y madres no existen. Todos en la colonia son nueatra familia. Ese grupo era un consuelo, pensaban como yo, algunos compartían su asco hacia los que fueron consevidos como animales, los llamabamos sucios, por estar 9 meses rodeados de tripas y excremento.

Pido disculpas a la cuidad por no poder evitar el incendio, «ella»debía quemarse sin moverse, todas las demás lo hicieron bien. No se movieron, la culpa fue suya.

Dr. Fernández Fernández.– Los niños están en custodia del gobierno y la red de Internet es investigada; los suicidios que parecían accidentes ahora se revelan como un rito de purificación. Tememos que ahora mismo en otras ciudades se planifiquen estos actos. Por oscuros grupos. Invocamos a los padres y cuidadores del gobierno hablen con los menores y les explique que la humanidad del siglo pasado vio como alternativa la concepción ectopica ante las bajas tazas de natalidad mundial; nuestra tecnología creo los úteros artificiales y esto permitió a las amorosas parejas homosexuales encargar niños que criar, de igual forma la edición genetica nos permitió niños sanos y fuertes. Un tiempo hubo discriminación e intolerancia a los qué optaron por la concepción tradicional. Ahora buscamos dar visibilidad a estos casos y proteger la libertad individual.

La policia se pronunció al cierre de la edición para investigar la identidad de la muchacha que atento contra su vida y causó el incendio. Los daños son menores, pues las instalaciones se encontraban abandonadas. El coronel Rojas dr la policia metropolitana comento:

– Rogamos a cualquier ciudadano denunciar a sospechosos de acopiar combustibles o a grupos de menores que sigan este rito incendiario, los piromanos serán duramente castigados.

CESAR TORO

El pirómano.

Aquel día por la tarde se desató un infierno.

El fuego se aprecia desde lejos, las llamas llegan al cielo y las columnas de humo so inmensas ensombreciendo el puerto de Manta.

Las cálidas aguas que bañan el muelle recogen las lágrimas de los suyos, al contemplar con asombro como el fruto de años de esfuerzo y sacrificio en un instante han quedado reducidos a cenizas.

Me pregunto:

¿ Por qué tanta violencia?

¿ Qué nos está pasando?

¿Hacía donde vamos como país?

No tengo ninguna respuesta, ignoro si alguien más la tendrá; solo sé, que por culpa de un piromaníaco más de 30 embarcaciones han quedado reducidas a cenizas ¡vaya ironía! en medio del agua.

Pienso en mis hermanos aquellos que cada día se levantan a trabajar y se hacen a la mar para pescar y vender el fruto de su trabajo y así de esta manera mantener a sus familias, en medio de la dura crisis económica que atraviesa este hermoso país de gente trabajadora, que se esfuerza cada día para salir adelante y no dejarse vencer.

Mientras los mandantes….

Me hubiese gustado que este relato sea producto de la imaginación y la creatividad de su servidor. Lamentablemente es una cruda realidad que sucede en la mitad del mundo.

BELBEL L

RENACIMIENTO

Miró el reflejo

entre cielos y horizontes

donde se iba vistiendo

el día de noche y la arena

se engalanaba con estrellas.

Se soñó volando…

Su mirada fue firmamento.

Y cabalgó sobre una senda de luz

-la vida-.

Atravesó claros y nubes,

su efímero presente

y logró dejar atrás

ayeres y mañanas.

Pudo entender sus miedos

abrigándose en los riscos

sin temer la marejada del enmascarado futuro

porque había encendido,

por fin

-cual atrevido pirómano-

la luz, el fuego,

en cada poro de su vida.

***

¡Y se convirtió

en dios de las pequeñas cosas!

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Aquello pasó en enero, por si no lo recordáis ha sido un invierno de esos que parecen sacados de una película rusa de bajo presupuesto. Lo comento porque me ha venido a esta despistada cabecita que tengo una llamada de sobrino, Pepe, que es bombero forestal en la provincia de Ávila.

La historia ocurrió durante una nevada monumental. Pero cuando digo monumental, hablo de una de esas que convierten las encinas en merengues gigantes y los tractores en esculturas abstractas. El pueblo entero parecía una postal navideña olvidada en el buzón desde hacía un par de semanas.

Yo estaba en casa, tirada en el sofá, viendo una serie y vigilando que mi Hera no se asfixiara debajo de la manta, cuando sonó el teléfono.

Era Pepe.

—Tía, no te vas a creer lo que acabamos de pillar.

Conociendo a mi sobrino, pensé que sería un jabalí borracho, un excursionista alemán perdido o algún alcalde intentando aparcar una excavadora.

—¿Qué ha pasado?

—Un pirómano.

Casi me caigo del susto.

—¿Un pirómano? ¿Con este tiempo?

—Pues sí.

Y ahí empezó una de las historias más absurdas que he escuchado en mi vida.

Resulta que Pepe y su sargento estaban enseñando a un novato como se hace una ronda preventiva invernal. Aunque hubiera nieve hasta las cejas, el servicio seguía activo. Había que vigilar pistas forestales, revisar accesos y comprobar que ningún árbol hubiera caído sobre carreteras secundarias.

Avanzaban despacio por una pista cuando el capitán vio algo extraño.

A unos doscientos metros, entre los pinos cubiertos de nieve, se movía una figura.

—¿Qué hace ese hombre? —preguntó el sargento.

Mi sobrino cogió los prismáticos.

—No puede ser.

—¿Qué?

—Creo que intenta encender una hoguera.

Los tres se quedaron mirando.

Allí estaba un individuo con una bufanda roja, un gorro verde fosforito y una pala. Había reunido unas cuantas ramas bajo una encina y manipulaba un mechero con la concentración de un soldador de chips.

Mientras tanto, caían copos como albóndigas.

—A lo mejor está haciendo una barbacoa —dijo el novato Mariano, era su primera ronda de invierno tras su traslado desde Almería donde hizo los grados y las prácticas.

—A menos ocho grados? Dijo el sargento.

—Pues sí que tendrá hambre, dijo mi sobrino irónicamente.

Decidieron acercarse sin hacer ruido.

Según cuenta Pepe, el hombre estaba tan concentrado que no nos escuchó acercarnos.

Intentaba prender unas ramas completamente empapadas.

Clic.

Nada.

Clic.

Nada.

Clic.

Nada.

Cada vez que surgía una chispa, un copo de nieve del tamaño de una galleta aterrizaba encima.

El individuo resoplaba y volvía a intentarlo.

Resoplaba más fuerte y seguía intentándolo.

Parecía estar librando una batalla personal contra la física.

Cuando estaban ya a pocos metros, vieron que el sujeto sacó una botella.

—Gasolina —pensó Pepe.

Pero no.

Era agua mineral.

El genio la confundió con la otra botella que llevaba en la mochila.

Vertió medio litro sobre las ramas.

Luego trató de encenderlas.

Aquello ya era arte contemporáneo.

—No puedo más —murmuró Mariano.

—Aguanta. —susurró el sargento muy serio.

—Me voy a reír.

—No te rías.

—Me estoy muriendo.

El hombre seguía trabajando.

Entonces ocurrió el momento culminante.

Sacó una libreta.

—Una libreta?

—sí tía, y comenzó a leer unas instrucciones.

Al parecer, había buscado en internet algo parecido a «cómo provocar un incendio».

Pero las hojas estaban tan mojadas por la nieve que la tinta se había corrido.

Sólo podía leerse una frase:

«Para iniciar el fuego…»

El resto era un borrón gigantesco.

El delincuente observó el papel con expresión filosófica.

Después decidió improvisar.

Agarró dos ramas y comenzó a frotarlas.

Como en las películas de exploradores.

En plena tormenta.

Con guantes de esquiar.

Mi sobrino riendo me dijo que en ese momento comprendieron que no estaban ante un criminal peligroso.

Estaban ante un campeón olímpico de la inutilidad.

Finalmente decidieron intervenir.

Salieron de detrás de los árboles.

—Buenos días.

El hombre pegó tal salto que perdió un guante.

—¿Qué hace usted? Dijo el sargento comenzando así el interrogatorio.

—Nada.

—Le hemos visto.

—Estaba paseando.

—Con un mechero.

—Me gusta coleccionarlos.

—Y con un montón de ramas.

—Decoración.

—Y tratando de encenderlas.

—Eso es discutible.

Pepe asegura que tuvieron que girarse varias veces para no soltar la carcajada.

La escena era irrepetible.

Un presunto pirómano rodeado por medio metro de nieve, intentando incendiar unas ramas más mojadas que las tablas de un barco pirata en mitad de un abordaje.

Entonces llegó la pregunta definitiva.

—¿Por qué hoy?

El hombre se quedó pensando.

—Porque me parecía que habría menos vigilancia.

Los tres bomberos se miraron ya sin poder aguantar la risa ante el señor que los miraba con una mezcla de vergüenza y frustración.

Todavía hoy siguen sin saber si aquello era una respuesta o una avería cerebral.

Mientras tomaban sus datos apareció una patrulla de la Guardia Civil, ya que habían dado aviso antes de avanzar hacia el presunto incendiario.

Uno de los agentes observó el paisaje.

Luego miró las ramas.

Después miró al sospechoso.

Finalmente preguntó:

—¿Es él?

—Sí.

—¿El pirómano?

—Sí.

—¿El que quería provocar un incendio?

—Sí.

El guardia contempló la nevada.

—¿Aquí?

—Aquí.

—¿Hoy?

—Hoy.

—Madre de Dios.

Dice que estuvo un buen rato sin saber qué escribir en el informe.

Porque una cosa es detener a alguien por intentar quemar monte.

Y otra muy distinta es explicar que lo intentó durante una ventisca que habría apagado la erupción de un volcán.

Cuando Pepe terminó de contármelo, yo lloraba de la risa.

—¿Y qué pasó después?

—Pues que se lo llevaron detenido.

—¿Y el fuego?

—¿Qué fuego?

—El que quería hacer.

—Tía, la única cosa caliente que había allí era la vergüenza ajena.

Todavía hoy, cuando Pepe viene y nos juntamos toda la familia, sale el tema.

Mi sobrino cuenta incendios serios, rescates complicados y emergencias auténticas.

Otras veces cuenta anécdotas con animales o turistas despistados.

Pero nada supera al pirómano de la nevada.

Porque los delincuentes suelen tener defectos.

Algunos son imprudentes.

Otros son codiciosos.

Y otros son torpes.

Pero aquel hombre pertenecía a una categoría superior.

Era capaz de fracasar contra unas ramas inmóviles.

Y hacerlo mientras la naturaleza entera colaboraba para detenerle.

Si existe un premio mundial a la incompetencia criminal, estoy convencida de que sigue siendo el favorito.

Aunque, pensándolo bien, quizá nunca llegue a recogerlo.

Probablemente intentará arrancar el coche para ir a la ceremonia… y acabará echando Fanta en el depósito.

ANGY DEL TORO

LA SECTA

El licenciado Fabricio llegó puntual a la cita.

Desde la sala de estar todo parecía ocupar el lugar exacto.

El orden era preciso, casi silencioso.

Acorde con la imagen pública de Solangel —Madame Géminis para quienes seguían sus investigaciones— periodista y licenciada en Ciencias de la Computación.

Las pantallas táctiles permanecían alineadas sobre una superficie amplia.

La tenue iluminación reforzaba la sensación de que nada allí había sido dejado al azar.

De pie junto a la mesa principal, la investigadora extendió la diestra hacia el recién llegado.

Elegante, sobria. Sin excesos.

Su presencia transmitía serenidad, aunque resultaba difícil distinguir si aquella calma nacía de la empatía o desde un punto de observación.

El saludo fue breve, sin formalidad excesiva.

Fabricio depositó una carpeta sobre la mesa, pero no la abrió de inmediato.

Se comportaba como si necesitara recuperar el orden interno del relato antes de comenzar a exponerlo.

—He estado pensando cómo explicarlo —dijo finalmente. Y cada vez que lo intento, comienzo desde un punto diferente.

Abrió la carpeta. Como quien reabre algo que dolía.

—Oficialmente es un caso cerrado —continuó.

Es lo primero que debo expresar. Cerrado desde hace años.

Pasó una hoja sin leerla del todo.

—Hubo un juicio. Un jurado. Un veredicto. Todo ocurrió según lo establecido.

Pero el tono de su voz no acompañaba del todo la afirmación.

—Y aun así… aunque uno deje de prestar atención a algunos documentos, el caso no desaparece.

Fabricio volvió a hacer una pausa, aunque esta resultó ser más breve.

Demasiado breve para ser técnica. Demasiado larga para ser accidental.

No añadió más. No porque no hubiera más que decir, sino porque el relato empezaba a desviarse de su control.

Géminis no interrumpió.

No tomó notas.

No formuló preguntas.

Escuchaba el contenido, pero su atención se desplazaba hacia otro nivel del discurso.

Las pausas.

El orden en que aparecían los hechos.

Las frases que se repetían. Y aquellas que evitaban nombrarse.

Mientras Fabricio hablaba, una parte de la escena dejó de ser lineal.

Fabricio parecía perder el hilo de la narración, como si algo en él reviviera los hechos, pero ahora desde otra perspectiva.

—Prosiga, por favor.

Él había asistido, por primera vez, a una ceremonia de iniciación.

—¿Por primera vez?

—Sí, lo que significa que no era un miembro veterano. No era un líder.

Durante el juicio siempre me pregunté: ¿Cómo es posible que un recién llegado acabe siendo señalado como el responsable principal de todo?

En el expediente aparecía detallado.

Hubo una fogata en la arena de una playa.

Resumo lo que se dijo en el juicio:

· Julián asistió a una ceremonia.

· Había una mujer muerta.

· Existía un arma blanca.

· Había fuego.

· La víctima apareció calcinada.

· Julián fue acusado de piromanía.

Fue condenado. Y tiempo después, se ahorcó en prisión.

Una nota fue encontrada en el lugar de los hechos. Dentro del expediente dejé una copia.

No obstante, me gustaría leerla.

En fin, que cuanto he descrito, está plasmado aquí. —Y señaló la carpeta.

Horas después, la oficina había recuperado el silencio.

La carpeta seguía aún sobre la mesa.

Géminis, reclinada en el sillón de masaje. Su espacio favorito.

Solo permanecían encendidas algunas pantallas dispersas que proyectaban reflejos suaves sobre la habitación.

No leía.

No tomaba notas.

Solo meditaba.

La nota encontrada en el lugar de los hechos regresaba con insistencia a su memoria.

No se hablaba de fuego. Ni de asesinato.

No mencionaba la secta.

Hablaba de otra cosa. De dependencia, deseo, temor.

Alguien atrapado.

Al abrir lentamente los ojos, vio la carpeta que ahora descansaba en su regazo:

“CASO DISIDENTE”

Por un instante, Géminis tuvo la sensación de que el expediente contenía más de una historia.

Una, ya había sido juzgada.

La otra, aún permanecía oculta.

Y por primera vez desde que Fabricio abandonó la oficina, apareció en su mente una pregunta:

¿Quién decidió que ambas historias se convirtieran en una sola?

El sillón de masaje continuaba sus acompasados movimientos.

La noche transcurría en silencio.

Y, aquella apenas iniciada reconstrucción, comenzaba a tomar forma.

Continuará…

BLANCA CERRUTI

EL PINAR

En Valdepinos ha comenzado el curso y la maestra ha organizado una visita al pinar que hay a las afueras del pueblo. Quiere contarles a sus alumnos porqué casi todos los pinos son jóvenes y porqué entre ellos hay pinos con sus troncos renegridos que siguen creciendo.

Cuando llegan al pinar buscan un claro y se sientan en corro. La maestra les cuenta lo que ocurrió.

—Escuchadme, niños, os voy a contar porqué hay pinos que crecen verdes y sanos y otros siguen creciendo, aunque tienen el tronco ennegrecido.

Pasó hace muchos años. Un verano, se desató un incendio en el pinar, pero no fue a causa de un rayo, fue un pirómano el que provocó el incendio.

—¿Qué es un pirómano? —pregunta Julito.

—Un pirómano —explica la maestra— es una persona que incendia porque quiere. Es lo que pasó en este pinar. Lo descubrieron porque el fuego empezó en varios lugares a la vez. La resina de sus troncos ayudó a que las llamas fueran difíciles de sofocar, pero los bomberos, que vinieron de la capital, consiguieron apagarlo.

Los pinos que no murieron por el fuego, aunque tenían sus troncos renegridos por las llamas y el humo, siguieron creciendo, pero no fueron muchos, por eso hubo que repoblar.

—¿Qué es repoblar? —vuelve a preguntar Julito.

—Es plantar más pinos para que el pinar no desaparezca.

—Maestra, ese pirómano era un hombre muy malo, ¿verdad? —pregunta Marina.

—No, no era malo; lo hizo en un momento de mucha rabia, luego se arrepintió y fue a entregarse al cuartelillo de la Guardia Civil. Como además prometió repoblar el pinar y ayudar a plantar los pinos nuevos, le rebajaron la condena y, cuando salió de la cárcel, compró muchos pinos jóvenes y ayudó a plantarlos.

—Maestra, ¿podemos abrazar un pino? —pregunta Araceli.

—Sí, pero uno de los que plantaron después del incendio. Y podéis hablarle; no entenderán las palabras que le digáis, pero si lo tenéis abrazado sí sentirá la voz.

Después de merendar podéis ir a elegir uno y abrazarlo, seguro que le ayuda a crecer.

Todos los niños están entusiasmados, eso de abrazar un árbol y hablarle es algo que nunca han hecho, será una experiencia que siempre recordarán.

Blanca Cerruti

MARA SERBIA

Lilith

“Para las que llevan el fuego por dentro”

Dicen que Lilith había regresado.

No conservaba el mismo cuerpo ni el mismo nombre, pero algo había viajado con ella a través de los siglos. Desde niña, sus ojos fueron distintos. No había en ellos la curiosidad de los demás niños ni el brillo inocente de quien descubre el mundo por primera vez. Ardían.

Su madre decía que tenía fiebre en la mirada.

Su abuela, en cambio, no parecía sorprendida. Solo guardaba silencio antes de hacer la señal de la cruz cuando la veía fijar los ojos en algo durante demasiado tiempo. Hablaba de una antigua leyenda, de un conjuro olvidado que se repetía en ciertas líneas de sangre y creía verlo reflejado en aquellos ojos.

Pero, a veces, cuando nadie más escuchaba, la observaba con una mezcla de miedo y reconocimiento, como quien contempla una herencia conocida.

—Nos pasa a todas —murmuraba—. Algunas aprendemos a disimular el incendio.

Los gatos desaparecían. Las flores se marchitaban antes de abrir. Los juguetes terminaban convertidos en pavesa sin explicación. A veces sin razón, un leve olor a madera tibia flotaba a su alrededor.

No ocurría de inmediato. Era peor.

Todo aquello que despertaba su atención parecía condenado a consumirse lentamente, como una brasa escondida bajo las cenizas. La casa, el bosque que la rodeaba y hasta la escuela a la que asistía terminaron consumiéndose.

A los quince años comenzó a sospechar que no eran coincidencias. Algo en ella, fuera de su control, parecía provocarlo. A veces pensaba que el fuego la seguía; otras, que era ella quien lo llamaba sin querer.

¿De verdad causaba las desgracias o solo creía causarlas?

Deseaba estar equivocada.

Cansada de los fracasos amorosos, a los veinte decidió no enamorarse jamás.

A los treinta ya sabía que era inútil. Optó por aislarse para proteger a los demás. Como aquella mujer de una vieja novela que decidió enterrarse en vida detrás de ventanas clausuradas, Lilith fue cerrando la casa una habitación a la vez.

Vivía atormentada por una condición que no había elegido. No le temía al fuego; le temía al afecto.

Todo lo que amaba terminaba ardiendo.

A los cincuenta, el incendio se volvió indomable. Llegaban los sudores, los calores repentinos y unas tormentas de ira o tristeza que aparecían sin anunciarse. El calor subía como una lengua de fuego que no quemaba por fuera, sino por dentro. A veces lloraba por una palabra. A veces quería reducir el mundo a cenizas.

Primero perdió el cabello.

Luego las uñas.

Luego las manos: torcidas como raíces de un árbol milenario.

Después, la piel empezó a desprenderse en escamas grises, como papel quemado. No hubo lucha, solo desgaste

Una mañana despertó convertida en un puñado de cenizas tibias sobre las sábanas.

Nadie encontró un cuerpo. Solo una fina columna de humo escapaba por la rendija de una ventana ya clausurada.

Y luego, el silencio.

Esa misma noche, en otro lugar, nació una niña de ojos demasiado brillantes.

GUILLERMO ARQUILLOS

CINCO ESTRELLAS

Nada parecía moverse en aquel paraje. Él permanecía de pie, con la silueta recortada contra el horizonte, mientras el resplandor anaranjado le iluminaba el rostro. A su espalda había colocado una lámpara con baterías: la necesitaría cuando solo quedaran brasas. Ante él, el fuego rugía, dueño absoluto de la escena.

Había elegido aquella casa con la minuciosidad de un director que prepara un rodaje: las contraventanas de madera, la cerca reseca, el cobertizo adosado al garaje…

¿Cuándo había empezado a vigilarla? Ya ni él mismo lo sabía: quizá hacía solo unas semanas; tal vez, varios meses. Recordaba, eso sí, que la primera vez que la vio, llovía. Al poco tiempo ya había memorizado las costumbres de sus dueños: cuándo salían, cuándo regresaban, dónde guardaban la leña y dónde acumulaban las hojas muertas. En la aldea cercana había averiguado sus nombres. También se enteró de que no tenían hijos y de que acababan de celebrar veinte años de matrimonio.

Las llamas trepaban por la fachada y se colaban por las ventanas abiertas. El tejado empezaba a crujir. Dentro ardían las escrituras de propiedad —qué maravilla—, las fotografías, los muebles, las cortinas y los recuerdos de aquellas vidas.

Había hecho bien en no hablar nunca con las víctimas. Le fascinaba imaginar que cada llamarada estaba devorando un fragmento de sus vidas, un instante íntimo que nunca podrían recuperar.

Las sirenas irrumpieron en la escena con estridencia. Para él, aquel estruendo era pura armonía.

No se movió.

«Dejadme, al menos, que contemple el culmen de mi obra», pensó sin dejar de mirar el fuego.

Los policías avanzaban entre sombras y destellos azules. Entonces se tocó el bolsillo del pantalón y se aseguró de que la caja de cerillas seguía allí. Era su amuleto.

Antes de que los policías llegaran hasta él, tuvo tiempo de abrir su libreta y escribir, bajo las fechas de los otros incendios:

«Veinte años de matrimonio. Casa con garaje. Madera seca. Combustión excelente. Cinco estrellas».

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

No sin esfuerzo, Julián alcanzó su objetivo. A plena luz del día, descansó unos instantes antes de hacer aquello que, sin más remedio, se había visto obligado a realizar.

Sacó un paquete de cerillas del bolsillo. Extrajo una y la encendió con determinación. El chasquido al prender le sirvió de despertador. El olor a fósforo le otorgó la tranquilidad de saber que había elegido el camino correcto.

Sin vacilar, arrojó la cerilla sobre el pasto seco. El monstruo que parecía dormido despertó de inmediato, dispuesto a arrasar cuanto encontrara a su paso.

Esa idea sí le asustaba. No quienes decidían sobre la montaña desde un despacho sin haber recorrido nunca sus senderos.

Julián abandonó el lugar y se puso a salvo en lo alto del cerro. Desde allí observó su obra con la calma de quien siente orgullo por haber entregado todo tras una dura jornada de trabajo.

Sin embargo, aquello no había sido un impulso nacido de una obsesión por el fuego. Era una decisión que había comenzado a gestarse un par de semanas antes.

Como cada mañana, Julián, agricultor de profesión y hombre de campo por herencia y convicción, salió a trabajar la tierra.

Mientras preparaba el riego de sus árboles, algo lo paralizó. Una ráfaga de viento hizo temblar sus manos.

Ante sus ojos descendía una inmensa bola de fuego por la ladera del monte. Con cada metro que avanzaba devorando el pasto reseco por semanas de calor, se hacía más y más grande.

Julián cerró los ojos con fuerza. Un sudor frío le recorrió la espalda mientras una opresión en el pecho le nacía desde lo más hondo de su ser.

Cuando volvió a abrirlos, respiró aliviado. Aquella escena solo había existido en su imaginación. Por el momento, el monstruo aún no era real.

Pero al terminar la jornada y regresar a casa, la imagen seguía persiguiéndolo.

A través del retrovisor, mientras dejaba atrás la montaña, volvió a verla. De nuevo contempló la ladera convertida en presa de un fuego que crecía sin control.

Otra vez cerró los ojos durante un instante.

Tal vez su imaginación le estaba jugando una mala pasada. O quizá, por primera vez, comprendía aquello como una advertencia de lo que estaba por suceder.

Al llegar al pueblo fue en busca del guardia forestal.

—Hombre, Julián, cuánto tiempo sin verte. ¿Pudiste arreglar la avería del coche?

—Buenas tardes. Sí, al final fue poca cosa.

—¿Qué te trae por aquí?

—Ando preocupado por la montaña.

—¿Por la montaña?

—Sí. Este invierno no fue malo en lluvias, pero el campo ya está seco y los cortafuegos que protegen al pueblo no están en condiciones.

—Lo sé. Doy rondas por allí y soy consciente de ello. Pero ya sabes cómo han cambiado las cosas. El campo está exactamente como nos ordenan que esté.

—Pues solo espero que un día no tengamos que lamentar una desgracia.

La forma en que el agente se acomodó en la butaca, con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el respaldo, dejó clara su actitud ante el problema.

Julián no se dio por vencido y agotó la última opción que le quedaba.

Fue a llamar a la puerta del alcalde.

—Hola, Julián. ¿En qué puedo ayudarte?

—Alcalde, vengo del campo y estoy preocupado por el pasto que rodea el pueblo. Está muy seco y creo que, si no actuamos ya, tendremos que lamentar una desgracia.

—Lo sé, Julián. Ya avisé a las autoridades competentes, pero me dicen que lo deje como está. Que las normas han cambiado y no podemos hacer las cosas como antes sin el control y la supervisión de los agentes especializados.

—¿Y quiénes son esos agentes especializados? Porque yo nunca los he visto por aquí. Sin ellos, hasta ahora, el pueblo ha estado seguro.

—Lo sé, Julián.

El alcalde abrió los brazos con resignación.

—Son las normas y no puedo incumplirlas.

Aquella fue la última puerta a la que llamó.

Tras volver al coche y sentarse, agarró el volante con fuerza. Para él era evidente, pero nadie parecía dispuesto a mover un dedo.

Sin embargo, esta vez ya no era aquel niño obediente que se refugiaba en la seguridad de que otros decidirían por él.

Así fue como, una tarde, el pueblo despertó sobresaltado de la siesta al ver parte del campo envuelto en llamas.

La sorpresa fue mayúscula cuando Julián confesó ser el responsable.

Días después ocurrió. Otro incendio despertó al monstruo de fuego.

Las llamas avanzaron con furia por la montaña y el incendio pronto se volvió incontrolable. Pero, al llegar a cierto punto, tuvo que cambiar de rumbo.

El supuesto pirómano había seguido sus instintos.

Y la barrera que le habían enseñado a construir salvó a su pueblo.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Adrián nació en una familia disfuncional, clásico padre alcohólico, desobligado y golpeador y una madre sumisa, e inestable.

Desde muy pequeño Adrian, había sido rebelde no le importaban golpes y regaños, se estaba gestando en él un sentimiento de rencor y venganza, empezaba a los 9 años a odiar a su padre y madre, en la escuela tenía muy mal comportamiento, no tenía amigos y molestaba siempre a sus compañeros.

Desde luego nadie lo quería, seguido lo castigaban, pero parecía que hasta disfrutaba esto.

Los maestros trataban de ayudarlo, pues sabían la situación que vivía su casa.

Así fué creciendo ya con 17 años encima, se dice que ya es tiempo de actuar, no podía seguir aceptando esa dinámica familiar, ni de vida.

Tenía un plan que había estado fraguando durante un tiempo, era el ejercer venganza ante quiénes sentía como enemigos y quería ser un ejemplo para muchos que permitían maltratos y vejaciones, les mostraría de lo que era capaz.

El lunes regresando de la escuela, sale cargando una mochila con los implementos qué necesitaba para realizar su plan.

Llega a la casa de uno de los compañeros que más lo molestaban, espera a que nadie pase por ahí. Y rocía gasolina en la puerta y alrededor de la casa qué era de madera, le prende fuego y se retira

Espera que pasen unos días y va con su siguiente víctima, llega a una tienda de víveres, hay dos personas adentro, aparte de la señora que está atendiendo, mujer que fué su peor maestra.

Decía que tenia que acabar co ella, para que no hiciera daño a nadie más, espera que salgan saca su gasolina y la tira en la tienda, también y le avienta rápidamente gasolina en el cuerpo a la maestra, prende fuego y sale corriendo sin parar, llega a casa y se encierran en su cuarto, está feliz y tranquilo. Se había convertido en un pirómano como era su deseo.

Escuchaba las noticias para saber que decían sobre los incendios, no había pistas aún, y claro nadie sospechaba de él. Su siguiente víctima era el director de la secundaria, un hombre adusto, amargado, que se desquitaba de su vida insulsa y despreciable, y maltrataba a quien se pusiera en su camino, le prendió fuego a su carro, estando dentro él, tuvo quemaduras, que lo dejaron al borde de la muerte. Y así continuó durante un tiempo más.

Para culminar su venganza cuando sus padres duermen empieza a rociar gasolina por toda la casa, para finamente iniciar el fuego, cerrando puertas y ventanas.

Con esto casi terminaría su plan.

Camina hasta llegar fuera de una estación de policía, deja una carta a la entrada, se aleja unos pasos, se rocía de gasolina y se prende fuego.

La carta decía.

Mi vida es la de muchos, sin cariño, con desprecios, discriminación.

Algún día traté de ser mejor.

Pedía ayuda, pero a nadie le importó sufrí en silencio los maltratos.

Nada ya tenía sentido, quería de alguna forma decirle al mundo a las personas que no deben de ser indiferentes ante el sufrimiento de otros, sembrar un poco de conciencia a algunos, y que esas llamas que encendí, pueden apagarse antes de empezar, a veces tan sólo con unas palabras de amor.

AXY LINDA

Los padres de Rogy comenzaron a preocuparse muy pronto por la fascinación de hijo por el fuego.

La primera señal surgió durante un campamento familiar. Mientras los adultos conversaban alrededor de una fogata, el pequeño, de apenas tres años, corrió hacia las llamas. Por fortuna, lo detuvieron antes de que ocurriera una desgracia.

Tiempo después, su abuela lo dejó jugando y olvidó apagar una veladora. Rogy la tomó y encendió su peluche favorito. El olor a quemado alertó a su padre, que logró sofocar el fuego antes de que se propagara.

Sus padres comprendieron que aquello iba más allá de una simple travesura y, con paciencia y cariño, buscaron ayuda profesional.

Muchos años después, en una ceremonia, Rogy tomó la palabra frente a las autoridades y sus compañeros.

—Debo hacer una confesión, aunque espero que no los asuste. De joven tuve una peligrosa atracción por el fuego. Llegué a provocar pequeños incendios que, afortunadamente, no causaron daños graves. Gracias a las buenas decisiones de mis padres estoy aquí, agradecido por todo lo que la vida me ha enseñado.

El salón quedó en silencio. Entonces, el alcalde se acercó y le entregó una medalla.

—Rogy, es para mí un honor entregar este reconocimiento por tu heroísmo y valentía. Eres el bombero más destacado en la historia de nuestra ciudad.

Los asistentes respondieron con una gran ovación.

Se jubiló entre aplausos, admiración y gratitud, sin que se supiera que el primer incendio que apagó había sido provocado por él mismo.

¿Para qué saberlo?

Lo importante es en quién decidió convertirse.

BEA ARTEENCUERO

PIROMANO

Fuego candente

Son tus besos

Tus manos cuando

me acarician

Son las portadoras

de las llamas que

encienden mi corazón

y palpitando

locamente

se pierde

Y me puede

la mirada de tus

ojos negros.

cuando me miras .

En ese instante

me combierto

y pierdo mis sentidos

Mi alma se eleva

y el calor llega

a mi piel

Soy como un volcán

a punto de estallar

Siento hervir

mi sangre

como lava corriendo

por mis venas

En ese instante

soy todo y nada

Porqué eres

él piromano

de mis sentires.

Bea.

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2 comentarios en «Pirómano – miniconcurso de relatos»

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