A la deriva – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «a la deriva». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 11 de junio!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Declamar a la deriva,

los versos que lleva:

el mar del alma adentro;

en suspiro de marejada

y anhelo de eléctricas miradas.

EMILIA CREGO

DONDE TERMINA EL RÍO

La niebla había llegado durante la madrugada y cubría el lago como una manta espesa. Desde la orilla apenas podían distinguirse los juncos más cercanos. Martín, pescador desde niño, decidió salir de todos modos. Conocía aquellas aguas mejor que nadie y confiaba en regresar antes del mediodía.

Remó durante una hora siguiendo las referencias habituales: una colina al norte y una vieja torre de vigilancia al este. Pero aquel día la niebla borró todo. Cuando levantó la vista, no había más que una pared blanca rodeándolo.

Intentó orientarse por el sonido de las aves, pero el silencio dominaba el lago. Remó hacia donde creía que estaba la costa. Después de un largo rato encontró únicamente más agua. El miedo comenzó a crecer lentamente, como una sombra.

Las horas pasaron. El sol permanecía oculto y el frío se filtraba por su ropa húmeda. Martín dejó de remar para ahorrar fuerzas. La pequeña barca se movía suavemente, empujada por corrientes invisibles. Estaba completamente a la deriva.

Al caer la tarde, la niebla empezó a disiparse. Poco a poco aparecieron formas oscuras en el horizonte. Martín sonrió al reconocer la orilla. Reunió las pocas energías que le quedaban y tomó los remos.

Sin embargo, cuando se acercó, descubrió que no era tierra firme sino una isla rocosa situada en el centro del lago. Había pasado todo el día girando sin rumbo, engañado por la niebla y las corrientes.

La noche cayó de nuevo. El banco de niebla regresó lentamente y volvió a ocultarlo todo. Martín observó cómo el mundo desaparecía una vez más a su alrededor. Luego dejó los remos en el fondo de la barca y escuchó el suave rumor del agua.

La corriente lo arrastró en silencio hacia la oscuridad, mientras el lago recuperaba el secreto de su destino.

YOLANDA PINA REY

«¡Buenos días, amor mío!», te digo cada mañana al despertar, con la esperanza de que me mires y, de verdad, me veas. Con un poco de suerte no te asustaras e incluso me responderás como solías hacer, aunque sé que no siempre es así. Hay veces en las que tu mente está en otro lugar; quizás te acuerdes de mí cuando estás en él.

Es en esas ocasiones cuando me embarga la melancolía al recordar cómo nos conocimos. Fue algo mágico, accidental… Siempre coincidíamos en todas partes, hasta que comprendimos que aquello no podía ser una simple casualidad. ¿Te acuerdas, cariño, de cómo nos mirábamos y cómo nos cogíamos de la mano al caminar? Esos ojos azules tuyos, tan profundos como el mar, se perdían en los míos, castaños color miel. Era una fusión de miradas que duraba una eternidad, porque nos veíamos directamente con los ojos del alma.

Tantas cosas hemos compartido, cuántas vivencias hemos unido… Y ahora estamos aquí, en este barco que nos lleva por un mar lleno de incertidumbre. Puede ser que vayas navegando en un rumbo que no te lleve a ninguna parte; la verdad, no lo sé. Yo estoy aquí contigo, con la esperanza de compartir unos minutos de lucidez a tu lado o, quién sabe, si soy afortunada, puede que estés conmigo todo el día. ¡Qué feliz soy en esos momentos! Para mí son un verdadero tesoro y no quisiera que se acabaran nunca.

Pero esta maldita enfermedad te arrastra y te lleva con ella a la deriva por horas enteras, por días o por meses. Cada mañana despierto con la esperanza de que un nuevo día te devuelva a mi lado en cuerpo y en alma.

Mi cielo, no te preocupes estés donde estés; en ese mundo tan tuyo, quiero que sepas que aquí sigo sosteniendo tu mano. Y solo te pido una cosa por ti, por mí, por los dos: por favor, amor, estés donde estés, no me olvides, acuérdate de mí. Yo estaré aquí y permaneceré a tu lado, recordando por los dos esta historia de amor. De dos que se enamoraron, se amaron y seguirán haciéndolo a pesar del Alzheimer que se metió por medio.

Amor de mi vida: en tu mundo o en el nuestro… acuérdate, recuérdame.

RAQUEL LÓPEZ

Flotando en la marea del olvido

sin faros que sostengan la mirada,

rompiendo la cordura del abismo,

la noche, es una herida dibujada.

El firmamento con sombras desgastadas

en el lienzo sutil del universo

pasan mis horas amargas y calladas,

mutilando para siempre mis anhelos.

No hay brújula que guíe mi destino

ante un mar de inherentes soledades

el silencio es el que marca mi camino,

el que batalla por librar mis tempestades.

A la deriva y arrastrado por el viento

tejiendo los trazos de mi historia

sin rumbo condenando los recuerdos,

las olas, golpean mi memoria…

DAVID MERLÁN

A LA DERIVA

DIADORO. (Una historia de: Hilván. El viaje de Talo)

***

Queridos lectores: Cuando se escribe una saga, es inevitable que queden cabos sueltos e historias sin contar. Esta es una de ellas. La historia de Diadoro.

*****

Mucho antes de que Talo llegara a Hilván, mucho antes de que Ekin mostrara sus cicatrices a los recién llegados, e incluso mucho antes de que alguien comenzara a llamar «Diadoro» a aquella enorme media negra de baloncesto, hubo un tiempo en que todavía tenía pareja.

Todo ocurrió un sábado.

El niño había jugó un partido más en el patio del colegio, corriendo, saltando, cayéndose y volviendo a levantarse. Aquella noche, las dos medias negras terminaron mezcladas con camisetas sudadas, pantalones cortos y una toalla húmeda dentro de una mochila de deportes.

Nada hacía presagiar que aquella sería la última vez que estarían juntas.

Todo sucedió más rápido de lo que les hubiera gustado. La cremallera se cerró y la mochila quedó olvidada en el maletero del coche.

Al día siguiente, cuando la madre preparó la colada, solo encontró una de las medias. La otra permaneció olvidada, e invisible, en un bolsillo interior.

Tres lavados después, Diadoro despertaba en Hilván, asustado y desorientado.y lo que era peor, convencido de que todo aquello era un error.

—Mi hermana sigue arriba —explicaba una y otra vez con quien cruzaba algunas palabras.

Los viejos desparejados asentían a la novata, nada que no hubieran hecho ellos alguna vez.

—Volverá en el próximo lavado, no te preocupes.—le aseguraban.

Pero el siguiente lavado llegó.Y el siguiente, y otro más, pero algo permanecía inmutable: La ausencia de su hermana.

La vida pasaba delante de sus ojos Los ciclos comenzaron a acumularse, al igual que las estaciones del cielo-sábana con olor a suavizante de Hilvan. Los recién llegados iban y venían, e irremediablemente, los viejos desaparecían.

Y mientras todo eso sucedía , Diadoro seguía esperando.

Cada vez que sonaba la campana del gran Emparejador corría a la plaza. Cada vez que llegaba una remesa de desparejados examinaba cada rostro, cada hilo, cada color y costura, pero nada, un buen día, sin darse cuenta, dejó de buscar entre la multitud y comenzó a buscar en los mapas. Un día, casi desesperada lo escudriñó en profundidad:

Hilván tenía muchos lugares. Más de los que imaginaban los recién llegados. Existían los Tendederos Altos, las grandiosas Colinas de Suavizante, las viejas costuras y los majestuosos canales de escurrido.

Respiró hondo y se fijó en una última zona. Más allá estaba el territorio del que casi nadie quería hablar: El Mar de las Pelusas. Una inmensa llanura gris formada por restos arrastrados durante cientos de lavados. Un lugar cambiante e inestable que pareciese estar permanentemente a la deriva.

—Estás perdiendo el tiempo —le dijo un viejo calcetín rojo que pasaba a su espalda y se detuvo unos instantes.

—Puede—contestó sin esperar respuesta ni quitar la vista del mapa.

—Nadie encuentra nada allí, no pierdas el tiempo. Es inútil.

—Entonces seré la primera.

—Boo!!—contestó el calcetín alejándose definitivamente.

Durante semanas reunió todo tipo de materiales. Para su suerte, sobraban: Un trozo de etiqueta arrancada de una camiseta vieja, dos palillos. Un hilo bien fuerte, y un botón a modo de timón.

Cada uno que pasaba por allí, lo tomaba por una loca desesperada. Observaban aquella construcción absurda con una mezcla de compasión y diversión.

—¿Vas a navegar? —preguntó una media infantil.

—Sí.

—¿Por dónde?

Diadoro señaló el horizonte gris.

—Por allí, por donde nadie busca.

Cuando partió, apenas unos cuantos curiosos de Hilvan acudieron a despedirlo. No porque creyeran que regresaría con éxito. Sino por todo lo contrario. Porque estaban convencidos de que no lo lograría.

***

Tras un buen rato de singladura, su pequeña embarcación avanzó lentamente sobre el océano de pelusas. Las corrientes cambiaban constantemente y lo que por un momento parecía avanzar, otras semejaban retroceder.

A veces giraba durante días enteros, claramente a la deriva.

Pasó mucho tiempo. Semanas, tal vez meses. Pero casi pudo jurar que no habían sido años aunque en Hilván el paso deltiempo era engañoso.

Pero una mañana encontró una pista. Una cinta elástica azul. Otra mañana una etiqueta deportiva. Otro día una cuerda.

La desesperación lo poseyó por completo y entonces comprendió algo.

Todos aquellos objetos procedían del mismo lugar. Un lugar situado entre el mundo humano y el de los desparejados. La vieja mochila se materializó ante sus ojos y creyó ver a su hermana. Hasta reprodujo la conversación que siempre soñó tener llegado ese momento:

—¡Te encontré! —gritó.

La otra media levantó la punta.

Durante unos segundos ninguna de las dos pudo hablar.

Habían pasado demasiados lavados.Demasiadas estaciones.

—Sabía que vendrías —susurró ella.

Diadoro sintió que todas sus fibras temblaban.

—Vuelve conmigo.

La media sonrió tristemente.

—No puedo.

Entonces descubrió la verdad. La mochila estaba atrapada. Suspendida a la deriva. Y todo lo que quedaba dentro de ella también. No pertenecía al mundo humano, pero tampoco a Hilván.

Era una especie de prisión inmóvil que intentó liberar durante semanas: Tirón por aquí, Empujón por allá, pero nada funcionó.

***

Derrotada, regresó a Hilvan. Los días de resignación se entremezclaban con los de desesperación.

Un dia, como quién no quiere la cosa, escuchó hablar del paso prohibido. La frontera caliente. El lugar donde el metal rugía y donde los mundos se tocaban. Donde algunos desaparecían pero otros regresaban cambiados.

Poseída y sin atender a las cabales razones esgrimadas por Ekin o Licra entre otros, se lanzó a la aventura.

La travesía hasta la frontera casi acaba con ella.

El calor abrasó sus fibras y el metal le arrancó hilos enteros durante días.

Y cuando creyó haber encontrado una salida… ese sonido apareció ante ella. El Centrífugo había despertado.

****

Tiempo después, como si de un fantasma se tratase, arribó a Hilvan. Sus habitantes apenas lo reconocieron. Nadie supo exactamente qué le había ocurrió, y ella, rechazó a uno por uno el dar explicaciones. Preguntarle lo que le había pasado, se convirtió en tabú y era una sugerencia convertida en advertencia que los veteranos le decían a los novotos recién llegados.

Desde entonces, Hilvan solo conocen el resultado. La enorme cicatriz que le atravesó el costado. Esa gran grieta, que tiempo después sería atravesada por el hilo dorado que cosería de alguna manera la herida afligida por el gran centrífugo.

Definitivamente se había convertido en otra cosa. La media que había ido en busca de su hermana ya no existia. Había muerto luchando con el centrífugo.

La vieja Diadoro se había esfumado y ya nadie lo volvería a reconocer en aquella nueva prenda textil. Pero a pesar de todo, aprendió una valiosa lección al comprender algo que hasta entonces ignoraba:

No todas las búsquedas terminan con un reencuentro. Algunas terminan con una verdad convertida en lo único que podemos traer de vuelta de un viaje de expiación semejante.

****

Muchos lavados después, un pequeño calcetín infantil azul llamado Talo le preguntaría qué había más allá de la frontera caliente.

Diadoro observaría durante unos segundos el hilo dorado que cerraba su vieja cicatriz y respondería con voz ronca, exactamente lo mismo que aquella noche aprendió:

—Algunos lo intentan. Algunos vuelven. Con cicatrices nuevas… o sin voz.

Y después en silencio, volvería a sus rutinas. Porque no hay nada como aceptar que algunas historias no terminan, simplemente continúan…a la deriva.

© David Merlán Castro.

CARMEN BERJANO

No sé cómo hemos llegado hasta aquí.

A veces manda la ternura, otras las sintonías, hay momentos para el desencuentro, siempre con respeto.

No sé cómo hemos llegado hasta aquí con compromiso y mucho cachondeo.

Con morbo y mil risas. Con un poco de ajetreo.

Pero hoy me viene esa canción del pasado… «Ay quien maneja mi barca, quien, que a la deriva me lleva…»

Hoy estoy aprendiendo a amarte y a dejarme llevar.

Hoy estoy apreciando todo.

Todo lo que me das.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

QUE DIOS LA BENDIGA

La mañana había amanecido húmeda y fría, envuelta en una niebla tan espesa como la nata montada que lo cubría todo desde la noche anterior y apenas dejaba ver más allá de tres pasos mal contados. Acumulaban varios meses de travesía y con cada amanecer Rodrigo lamentaba no haber echado una rebequita con la que espantar el relente marino. Pese a ello, aquel viejo lobo de mar rebosante de años de pericia y experiencia, ese día desde bien temprano, subido a la canastilla, donde el palo mayor parecía clavarse en las entrañas del cielo, comenzó a bramar como un poseso con la garganta rota por el entusiasmo:

—¡Tierraaaa! ¡tierraaaa! ¡tierraaaaa!

—¡Que sí, joder, que no estoy sordo! ¡Que ya me he enterado! — le reprochó el almirante, que se acababa de despertar, alarmado por tan tremendo griterío. — Vamos a ver, ¿tú estás seguro, Rodriguito? ¡Mira que llevas una racha que no das una!

—Seguro, almirante. Que esta vez no hay duda. Veo una gran lengua de tierra, flanqueada por lo que parece ser una estatua pagana, alguna especie de diosa del fuego. Lo digo por la antorcha que lleva en la mano derecha.

Corría el mes de octubre de aquel año de nuestro Señor —expresión solemne que siempre se dice, pero que podría valer para cualquier año— cuando la expedición arribó a costas de América. Hecho que ellos, siendo fieles a la verdad, ignoraban por completo. Cosas del océano y las derivas. El asombro de los marineros y del propio Cristóbal fue mayúsculo. A medida que se acercaban, entre jirones de niebla, surgía la gigantesca mole verdosa a la que el bueno de Rodrigo de Triana había hecho referencia. Nunca hubieran imaginado que las Indias fueran así, pero lo cierto es que llegar, lo que se dice llegar, habían llegado. Aunque claro, sin un GPS que echarse al ojo y la sola ayuda de un triste astrolabio y unos mapas dibujados casi a tientas, las sospechas de que se hubiera producido una ligera variación en el rumbo eran más que evidentes. Insisto… cosas de la deriva.

Una vez atracadas las embarcaciones en las tres únicas plazas que encontraron libres, se apearon portando los pendones y el resto de parafernalia necesaria para el tema de las conquistas y las tomas de posesión.

El primer indígena que se cruzó en su camino tenía la piel tostada, quemada casi por completo. Negro, diría yo. Vestía una camiseta de los New York Knicks, se movía como bailando (flow lo llamaban por allí) y, en definitiva, hablaba raro. Pronto se congregó una multitud curiosa alrededor de aquellos extraños navegantes. Una vez consideró que había público suficiente para tan histórico instante, el almirante Colón hincó una rodilla en mitad de la quinta avenida, detuvo todo el tráfico y comenzó a pronunciar unas palabras a la concurrencia:

—¡Por el poder que me confiere la corona española y en nombre de sus majestades Isabel y Fernando, yo, Cristóbal Colón, almirante de esta gloriosa expedición tomo posesión de las tierras que se extienden ante mis ojos y de toda su población indígena!

La gente asistía fascinada al espectáculo, sin llegar a entender ni una palabra de cuanto recitaba aquel hombrecillo de extraños ropajes que parecía salido de un cuadro antiguo. Mientras, lo grababan todo con sus dispositivos, pensando que se trataba de una performance de alguno de los muchos grupos de teatro amateur que proliferaban por el Soho.

Fue entonces cuando apareció por allí Pancho Juárez, un inmigrante con papeles que bien parecía descendiente directo del mismísimo Moctezuma. Al percatarse de que algo no cuadraba y que aquello no era ninguna representación teatral, se acercó al que estaba agachado y parecía ser, a la sazón, el promotor de todo aquello:

—Excúseme, patrón… Con todos mis respetos, no más debo decirle que esto no es la India, sino Nueva York. Está usted en América, la tierra de los sueños y las oportunidades. Concretamente en Manhattan, en mitad de la Quinta Avenida.

—Pues sepa usted, buen indígena, que nos envía la reina, Isabel la Católica, a descubrir y tomar posesión de estas tierras en nombre de la corona española. Es ella quien ha patrocinado la expedición y la que ha librado los dineros para tan tamaña empresa.

Pancho soltó un silbido largo.

—¡Híjoleee, muy católica no debe estar esa chamaca enviándoles en esas tres tartanas de madera a surcar los mares! ¿Cuándo han tardado? ¿Cinco semanas? ¿Tres meses? Con American Airlines se plantan aquí en ocho horas, y hasta les sirven frijoles en el vuelo. Un poco agarrada veo yo a la Isabel esa con el tema de la plata. Además, conquistar… ¿Qué van a conquistar, mis cuates? Esto está ya más que conquistado. Si lo difícil aquí es sobrevivir.

El resto ya lo pueden imaginar. La policía de Nueva York deteniendo a Colón y toda su reata de marineros por alteración del orden público y representación teatral sin permiso, amén de tres multas por atracar la nao en zona azul y las dos carabelas en zona de minusválidos. Por suerte, el honorable señor Juárez resultó ser abogado y al final, todo se acabó aclarando. Un ligero malentendido.

Meses después, entre tacos, perritos, tequilas y hamburguesas, Cristóbal y sus aguerridos marineros se acabaron nacionalizando americanos. Con el dinero sobrante de la expedición alquilaron apartamentos en Brooklyn. Ahora acaban de aprobar el B2 de inglés, y no hay un solo día en que, mirando el skyline iluminado desde el puente, no digan emocionados aquello de “God bless America”.

Pedro Antonio López Cruz

GABRIELA INÉS COLACCINI

no sé

desconcierto

frac

tu

ra de timón

pérdida de remos

desposesión del

aquí y ahora

grito seco

iris empañados

destinatario incierto

remitente en caos

búsqueda, hallazgo fallido

búsqueda, hallazgo fallido

búsqueda, hallazgo fallido

Gaby Colaccini

EFRAÍN DÍAZ

La mayoría de los países tienen temporada de lluvia. En unos llueve más; en otros, menos. Hay incluso lugares donde jamás cae una gota y la tierra se cuartea como cuero viejo.

Los jíbaros de Dos Bocas nunca le prestaron demasiada atención a la lluvia. Quizás porque allí llueve hoy y mañana también. Porque la lluvia forma parte del paisaje, igual que el río, el fango, el ron y las deudas.

Pero hay algo que los viejos del barrio jamás olvidaron: las torrenciales lluvias de mayo de 1983.

En Dos Bocas los aguaceros suelen comenzar con una garúa tímida que poco a poco se convierte en aguacero y luego desaparece como el vaho sobre un espejo. Pero aquel diluvio comenzó distinto. Cayó de golpe. Sin aviso. Como las desgracias y ls tragedias grandes.

La lluvia no solo era copiosa. Era obstinada. Cada hora caía con más fuerza, como si el cielo hubiese decidido vaciarse encima del barrio.

Al ver que aquello no amainaba, los jíbaros aseguraron sus animales. Algunos soltaron vacas y caballos para que buscaran refugio por instinto. Otros subieron cerdos y gallinas a los balcones y hasta dentro de las casas. Cuando uno depende de un animal para comer, aprende a respetarlo y apreciarlo más que a ciertos familiares.

Los agricultores rezaron largo y tendido para que el agua no trajera viento. El exceso de lluvia termina en el río; el viento, en cambio, arruina las cosechas y las esperanzas.

Llovió siete días y siete noches corridas. Sin tregua. Como si la historia Noé y el gran diluvio universal se repitiese.

Al cuarto día, la tierra estaba saturada, el río desbordado y Dos Bocas comenzaba a llenarse como piscina de rico en urbanización cerrada.

Entonces ocurrió lo impensable.

El cementerio, ya vencido por el agua, comenzó a devolverle los muertos al barrio. Los ataúdes navegaban calle arriba y calle abajo como pequeñas embarcaciones fúnebres. Algunos chocaban contra postes; otros quedaban atrapados entre verjas y árboles.

Los jíbaros los miraban estupefactos y persignados.

Neco, dueño de la funeraria y filósofo ocasional del ron barato, les pidió ayuda para recuperar los féretros y devolverlos a sus tumbas de origen.

Eran cientos de ataúdes flotando a la deriva por Dos Bocas.

Como ya no podían sembrar, atender animales ni mandar muchachos a la escuela, el barrio entero terminó ayudando a Neco en aquella empresa improbable: rescatar muertos bajo un aguacero de dimensioned bíblicas.

Ya entrada la noche habían recuperado apenas una cuarta parte. Decidieron descansar y continuar al amanecer.

A la mañana siguiente, luego de la acostumbrada taza de café negro y un pedazo de pan endurecido por la humedad, reanudaron las labores.

Al mediodía hicieron una pausa para almorzar viandas con bacalao preparadas por las mujeres del barrio. Entonces Cico tomó la palabra.

—¿Alguien vio a Floro ayudando?

Hubo un silencio absoluto. Sepulcral.

Al cabo de unos segundos, Gumersindo habló sin levantar mucho la voz.

—Si no hubiese sido porque yo mismo lo enterré hace veinte años, juraría que lo vi recogiendo ataúdes.

—Yo no quise decir ná pa’ que no me cogieran por loco —añadió Chendo—, pero a mí me ayudó con dos muertos.

—Pues yo también lo vi —dijo otro—. Andaba cargando féretros de aquí pa’ allá como en los viejos tiempos.

En mayor o menor medida, casi todos lo habían visto.

Floro había muerto dos décadas atrás y fue muy querido en Dos Bocas por desprendido, servicial y generoso. De esos hombres raros que ayudan sin llevar libreta de favores.

Cuando regresaron a las labores de rescate, Floro volvió a incorporarse al grupo. Nadie hizo preguntas. Nadie se asustó demasiado. En Dos Bocas siempre se ha entendido que los muertos tercos siguen dando vueltas donde fueron felices.

Durante cuatro días más, Floro ayudó a rescatar ataúdes bajo la lluvia. En silencio. Sin pedir nada a cambio. Como siempre hizo en vida.

Y es que en Dos Bocas no solo los féretros pueden quedar a la deriva cuando los aguaceros son propicios. También una que otra alma puede negarse a abandonar el barrio si no encuentra un mejor lugar para descansar.

JAROL LIMA

Adiós pangea.

Muy a diferencia de lo que especularon los escritores de ciencia ficcion, la animación suspendida no es un sueño muy largo; para nada es dormir la siesta helada y despertar en un lejano futuro. Muy por el contrario es similar a una vigilia larga con los ojos cerrados, se puede pensar, recordar memorias y hasta avanzar trabajo científico, como organizar ideas sobre futuras invenciones. Supongo, el método de crio-preservacion creado por mis colegas, relentiza la actividad celular. Pero, la cerebral al ser relentizada se hace más fina y precisa, cada pensamiento se hace más profundo y con sentido; vale decir que he resuelto varios teoremas y optimizado ecuaciones de eficiencia de reactores qué antes de entrar en este estado solo eran conceptos vagos en mi mente.

Supongo, ahí fuera pasaron algunos siglos, que yo sentí como largos años. Aqui debo recordar los eventos que me trajeron a esta situación, supongo los historiadores futuros desearan detalles de como nuestra civilización venció a la completa extinción gracias al esfuerzo coordinado de gente de ciencia y de gente común que trabajaron en tres proyectos monumentales qué asegurarian nuestra civilización sobreviva a meteorito que destruiria nuestro mundo.

La primera iniciativa nació de las investigaciones de nuestros expertos en exploración espacial. Una nave arca qué conservaria adn y embriones de miles de nuestros mejores representantes, para el responsable del proyecto fue el bloque oriental de naciones.

La segunda iniciativa fue confiar en una revolucionari tecnología que prometía transformar el tejido vivo en mineral de millones de ciudadanos, en espera del regreso de la nave arca o de la intervención de la tercera iniciativa, este proyecto fue impulsado por las naciones federales meridionales.

Y por último la última iniciativa y de la cual participó, crear cápsulas metálicas qué alberguen científicos y embriones qué se aperturarian una vez el planeta pueda albergar vida otra vez.

Debo decir que nuestra tecnología es muy avanzada gracias a ella sobrevivimos milenios a muchos otros retos de extinción, como la cambiante geografía, otros depredadores titanicos y hasta nuestra propia genética, la cual modificamos para sobrevivir, sin embargo nunca una amenaza tan grande como un meteorito tan grande como un estado, imposible de destruir con nuestras más avanzadas armas de energía. Las predicciones de mis colegas apuntaban a un invierno nuclear de siglos, destrucción del ecosistema, extinción total.

Regreso a mis reflexiones, mientras soy consiente mi cápsula es arrastrada por la deriva continental, enterrada en el peor de los casos en capas y capas de limo marítimo o talvez capas de sedimento. Espero con toda mi fe que mis cálculos sean acertados y despierte muy pronto en una franja costera y me de al trabajo de incubar los embriones, rescatar a los fosilizados en caso la nave arca no hubiera regresado de su viaje a velocidades relativistas a una estrella cercana y de regreso.

Los crujidos son inusuales, estoy seguro el momento de despertar llega. Los instrumentos se inician a calentar mi cuerpo gradualmente, puedo sentir mi sangre moverse atravez de mi cuerpo, la maquinaria me da una descarga eléctrica ligera, mi mandíbula tiembla. Las micro estimulaciónes mantuvieron mis músculos en óptimas condiciones, abro los ojos y veo como las maquinas implantan en mi garganta uan prótesis que me terminará aprovechar la nueva atmósfera menos rica en oxígeno. Me levanto con el agua llegandome a las rodillas, arrastró la cápsula a una bahia segura. Otra vez alguien de mi raza camina en esta nueva pangea, estoy seguro mi continente se ha fragmentado en pequeños continentes después de milenios y milenios. Tengo la esperanza secreta de de otra cápsula de las cientos que se crearon también despertaron a mis colegas y seamos un ejército restaurador de la tierra. Los instrumentos me dicen que no hay más cápsulas activas y la nave arca no ha regresado, será un trabajo de uno. En este mundo nuevo. Me dirijo a la costa con paso firme, a lo lejos veo pequeñas embarcaciones en el mar, son pequeñisimas por la distancia, tiemblo de miedo al acercarme y ver que su tamaño es ridículamente pequeño, algunos aviones las acompañan.

¿Sera que otra especie, evolucionó y tomo el relevo como especie inteligente de nuestro planeta? Resoplo y me planteo escapar al encuentro, al ser primitivos de seguro son salvajes. Pero, los supero en tamaño y no serán un riesgo para mi y la tecnología de mi gente. Avanzo tratando de comunicarme con esas criaturas, gesticulo con mis manos. Las criaturas son primitivas y siento los piquetes de sus armas en al piel, son molestos, pero no un riesgo importante para mi vida

Entre mis pensamientos están, llegar a la costa buscar a los fosilizados y restaurar este mundo como lo jure ante el consejo mundial. También recuerdo la sonrisa de mi joven colega de la federación austral. Ella dijo: adiós pangea mientras subía al nave arca. La deriva continental llega a mi como un pensamiento intrusivo, este mundo no es el supercontinente que recuerdo, son fragmentos de tierra entre al gran mar. Las placas continentales se mueven en milenios, estoy seguro ya pasaron eones y probablemente soy el último de mi gente. Hago el esfuerzo de hablar el lenguaje unificado continental, pero estos seres diminutos no detienen su ataque. Me decido a destruir su barcos y naves. No podré hablar con seres tan primitivos.

Ya veo la costa a unos pasos, el reflejo del agua muestra mi hermosa piel verde grisea, la invernacion no daño en nada mi elegante plumaje pectoral, ni mis colmillos saludables. Estoy en perfecta condición, como si fuera solo ayer que entre en la cápsula.

Recuerdo el: adiós pangea, de la joven astronauta. Adiós pangea, la deriva, la misión de poblar el mundo otra vez. Estas criaturas son primitivas en verdad, sus ciudades son tan frágiles y sospecho son de piedra moldeable, procuro no pisar a muchos de ellos, me muevo lento.

IVONNE CORONADO

A la deriva

A la deriva

Para Esteban, no contó ni la familia ni los amigos.

Se fue en misión voluntaria a rescatar a las victimas de un terremoto, y comenzó su sed de aventuras.

De un continente al otro, aprendió a limpiar heridas, hacer vendajes, repartir alimentos…y se perdió de vista.

Sus hermanos crecieron, fundaron sus familias, sus padres envejecieron, murieron…y él siempre lejos

Pero todos se sentían orgullosos de su altruísmo.

Aunque les hubiera gustado verlo más seguido.

Siempre estuvo a la deriva, nunca hubo puerto donde al fin echara el ancla.

Hasta que un día se sintió enfermo.

Era ya un hombre cansado de tantos inviernos.

Esta vez, su mente se fue a la deriva.

Siguió lejos.

Atravesando las brumas del olvido, sin esperanza de regresar, perdió el hilo de sus recuerdos.

PEPA HERRERA

LA REINA DE LA DERIVA

Derivo. ¡Sí señor!

Derivo tan fuerte que el mapa de España me ha bloqueado y ha pedido una excedencia de un año a Google Maps.

Pero a mí me da igual. Que haga lo que quiera. Yo sigo flotando por la vida y me acuerdo de aquel globo de helio que le compraba a mi hija todos los domingos y que nada más cogerlo se volaba. ¡Como llorábamos mientras veíamos el globo volar a la deriva por el cielo. La niña porque perdió su globo y yo por el dinero que me había costado… Todos los domingos igual…

Ahora ya no es el globo el que vuela, soy yo, y encima la gravedad me mira mal, como diciendo: “¿Otra vez tú haciendo el “capullo” por el aire?” ¡No te jorobas! Como si a mí me gustara levitar y desplazarme al libre albedrío del destino.

Mi cerebro, mientras tanto, ha decidido convertirse en gelatina de fresa y vibrar al ritmo de mis decisiones dudosas.

Y yo le pregunto: “¿Dónde vamos?”

Y él me responde: “Ni idea, pero llevo palomitas para el camino”. Bueno es un detalle, ¡al menos no muero de hambre!

La deriva me ha adoptado como hija predilecta, me peina con un huracán, me maquilla con confusión e ideas descabelladas, me viste con un pijama de Garfield y me suelta en medio de un descampado con un señor muy raro que vende churros a las tres de la tarde.

Y yo, claro, me dejo llevar. ¿Qué voy a hacer? Y es que en el fondo la deriva tiene ese encanto de cita a ciegas, esa que sale fatal pero te ríes tanto que quieres repetir.

Al final descubro que ni estoy perdida, ni loca, ni desorientada… Solo estoy explorando universos paralelos con esa torpe elegancia de quien se tropieza y se cae pero lo hace bailando.

Voy dando tumbos por la existencia

como una aceituna escapando del cuenco y rodando con una dignidad cuestionable y un glamour que solo entiende la gente que se sube andando hasta el quinto piso solo para hacer deporte. (Esa no soy yo… en el segundo ya me he muerto)

La deriva en el fondo me cae bien, me guiña un ojo, pero tiene tres, así que no sé si está tratando de ligar conmigo o simplemente le ha entrado un poco de polvo por culpa del viento. Ese aire chismoso, que me sigue por todas partes y va diciendo: “¡Mírala, mírala! Ahí va la que gira sin motivo, la que se tropieza con sus propias decisiones, la que confunde el norte con una tarta de boda”.

¡No puede ser! ¿Tan mal le caigo? ¡Se ha pasado de gracioso! ¡Pues a mí no me hace gracia! Estoy a la deriva, me mareo muchísimo con tanta curva. Y para colmo mi brújula, harta de mí, no es que haya explotado, sino que se ha tatuado un “NO DISPONIBLE” para ver si me doy por aludida. ¡Y encima se ha ido a vivir a Benidorm! Dice que allí la gente también deriva pero que no giran como un ventilador en agosto porque los rascacielos se lo impiden. Menuda excusa…

Mientras tanto, yo sigo dando vueltas

como una croqueta poseída que rueda por la encimera gritando: “¡LIBERTAAAAD!” mientras esquiva su baño en la sartén llena de aceite hirviendo.

Y así, con mi cerebro centrifugando ideas y mis pensamientos haciendo ganchillo, me dejo llevar por la corriente como si fuera una bolsa de supermercado que se cree que nació cometa.

Y descubro, entre giro y giro, que la deriva no es un error del universo, ni un despiste mío, ni siquiera un mareo por una crisis existencial… La deriva es mi deporte favorito, mi talento secreto, mi superpoder, mi manera original de avanzar haciendo eses tan artísticas que deberían exponerlas en el Guggenheim.

La pobre deriva, ha intentado seguir mi ritmo, pero no ha podido y ahora está tumbada en el suelo pidiendo una bebida isotónica y diciendo que ve lucecitas.

Y el viento, indignado, me ha puesto una denuncia por exceso de curvas metafísicas. Dice que no se puede trabajar así, que cada vez que paso le descoloco las nubes. Ya ves… menudo dilema, ¡pues que las vuelva a colocar…!

Lo que pasa es que le da rabia porque yo no me pierdo, solo me desoriento un poco y me río tanto y con tanto salero que parezco una famosa. ¡En serio! ¡Hasta el caos me pide un autógrafo! ¡Se me ha gastado el boli de tanta firma!

Mientras tanto, mis pensamientos,

que ya no saben si son neuronas o maracas, se han puesto a aprender flamenco (aprovechando los giros) con sus faldas de volantes y en las manos, las castañuelas.

Y yo, sigo a la deriva, me dejo llevar porque me siento adoptada tal cual una mascota que representa el caos infinito.

Al final, entre tanto giro, tanto mareo,

tanto despropósito glorioso, descubro

que solo estoy haciendo turismo, y que mi vehículo es la deriva… Mi querida deriva que me hace girar con curvas imposibles y me permite ver una vida en movimiento, en donde yo soy la reina… la reina de la deriva…, la que se ríe tan fuerte que el destino le tiene que pedir que baje un poco el volumen…

ABBY MARSIE ROGOM

ENTRE VIDAS.

Escuchaba todo. No sentía nada en ningún lugar del cuerpo, sólo mi cerebro estaba ahí, y sólo en parte, en una pequeñísima parte. No podía mover ni un dedo. No podía siquiera abrir los ojos, pero escuchaba, escuchaba todo.

Decían que estaba en coma, que no me podía mover y que no sentia absolutamente nada.

Amanda le preguntó al doctor que si yo podía al menos, oír. Si así fuera, le decía, podría llegar a mí de alguna forma, podría anclarse a mí… tenía que haber una forma de comunicación para que no todo él quedara a la deriva. Perdido.

Y el doctor, como si hubiera hecho un recorrido turístico por mi cerebro y sus conexiones nerviosas, mientras comprobaba cual electricista aquello que funcionaba o estaba desconectado, le dijo a ella que no. Se lo dijo con aplomo y apagando la micra de esperanza que con sus uñitas se aferraba a aquellas pupilas marinas, derramándose a través de los ojos agonizante de Amanda. Miraba al doctor suplicándole una oportunidad, una remota posiblidad, una estadística superior a cero, pero no halló nada a lo que agarrarse y su esperanza cayó al suelo, hueca y muerta, como una calabaza seca.

Yo no podía hablar tampoco, así que grité mentalmente, pero ellos no me escuchaban.

Gritaba y lloraba por dentro a ratos, mientras salía y entraba de un extraño mundo onírico y astral, de otra realidad lúcida, desde otra dimensión a donde me arrastraban o de donde me expulsaban alternativamente.

Cuando volvía a mi cuerpo yo sólo era un destrozado cerebro semiapagado con una sola función, conectada al oido.

Extrañamente cortocircuitado, entre dos mundos. Todo lo que me conectaba a esta realidad era el funcionamiento de un oído que no consideraban, que ignoraban completamente, que negaban para mi desesperación.

Pero Amanda me hablaba.

Me hablaba mientras me componía el camisón de hospital, me acariciaba el pelo o me besaba, me leía o me ponía musica, mirándome desde la profundidad de sus ojos abisales.

Yo saltaba entre realidades mientras ella me tocaba una mano que no sentía… a veces miraba todo esto desde fuera, de pié al lado de ella.

Una noche mientras ella dormitaba, me absorbió una espiral interminable cuyo sonido de ventisca y oscuridad me asustaron.

Cuando me dejó caer me encontré en un mundo inerte, plano y vacío. Oscuro. No estaba ni vivo ni muerto, ni aquí ni allí. Había muchos lugares en aquel mundo mental. Muchos » alli»…

Y parecía que alguien no sabía dónde ubicarme, quizá yo mismo.

¿Saben qué se siente dentro de un cuerpo inmóvil?

¿Y fuera?

Todo fué aún más extraño cuando después de un ataque y dos meses en el hospital fluctuando entre mundos, mi electroencefalograma se mostró plano. Ahora estaba conectado a un soporte vital, y la máquina me insuflaba aire. Era un muerto que respiraba. Eso fue lo que el médico electricista le dijo a Amanda. Yo estaba técnicamente muerto. O técnicamente vivo. En esta extraña situación era paradójicamente lo mismo. Era lo mismo, y lo contrario a la vez. Y puede que ninguna de las dos cosas.

Pero maldita sea, yo seguía allí y a la vez no estaba.

La única puerta de salida era la muerte. La verdadera muerte, apagarme, irme.

Me reí cuando me di cuenta de que estaba pensando en suicidarme; Pero si ya estaba muerto… me reí aún más. Ah no! Que estaba técnicamente vivo y no podía mover ni una pestaña. ¿Cómo iba a suicidarme? Me reía a carcajadas silenciosamente.

Ni dormía, ni estaba despierto. No soñaba, pero vivía en una especie de sueño psicodélico que se convertía en pesadilla o paraíso según el libre albedrío de esa extraña condición en la que me encontraba.

La noche en que la paz llegó fue aquella en la que todo se apagó; ante la mirada desbordada de Amanda una mano desconectó la máquina que me mantenía atrapado entre vidas.

SERGIO TELLEZ

MAL DE PERRO

Una casa en el monte, cuando se queda sin patrón, queda a la deriva. Las puertas no trancan, los perros no ladran, y la rabia entra sola.

HOY: LA TRANCA

El cuero de los tapetes estaba brillante de baba. Pegajoso. Misael y Marta se revolcaban en la cama, con la boca llena de espuma blanca y los ojos vueltos. Igualito que Dante cuando sacudía la cabeza y le chorreaba la jeta.

Levanté la tranca del piso y la pasé por la argolla de la puerta. “Un hombre cierra lo que abre”, me había dicho el viejo. Esa tarde le hice caso.

Al otro día el pueblo entero decía lo mismo: “La rabia los mató. El perro los mordió y se volvieron perros.” Nadie preguntó por la jarra de limonada. Nadie mira el veneno cuando hay un animal loco suelto.

LA NOCHE ANTES: LA ORDEN

“Váyase pal pueblo y cómpreme dos bultos de concentrado pa los cerdos”, me gritó el viejo Misael. Me tiró quinientos pesos todos sudados en la mano y me empujó con el hombro pa la puerta. “Y llévese a Dante”, me dijo después, señalando con la quijada pal rincón.

Dante estaba echado ahí. Un Pastor Alemán grandote. Le chorreaba baba por la jeta y tenía la trompa llena de tierra de tanto raspar la pared. Sacudía la cabeza duro, como si tuviera gusanos en las orejas. A veces se quedaba quieto y hacía un ruido raro con la garganta, como atorado.

Yo me quedé mirándolo. Me dio un frío en la barriga. A los 14 años uno ya sabe cuándo un animal está jodido. Pero también sabe que si le dice que no al viejo Misael, le va peor. Así que agarré el lazo, los quinientos pesos, y salí con la mula. Dante se vino detrás, babeando el camino.

ESE MISMO DÍA: ARDEDEROS

En Ardederos se regaban como cucarachas cuando me vieron bajar con Dante. Trancaban puertas, alzaban chinos. El perro iba botando baba en la tierra, y la tierra chasqueaba de lo caliente. Olía a muerto.

Amarré la mula frente a la veterinaria y entré. Don Elías estaba inyectando un ternero cagado. Me vio, vio a Dante, y tiró la jeringa pal suelo. “¡Saquen ese animal de aquí, carajo!”, gritó. Estaba todo sudado y asustado, como gallina con peste.

«El viejo Misael me mandó”, le dije. “Que lo mire. Que está jodido.”

Don Elías ni se movió. “Jodido no, muchacho. Ese hijueputa tiene la rabia. La maluquera brava. Si muerde a alguien, el mordido se vuelve perro y se muere ladrando. Babeando, mordiéndose solo, como si el diablo le jalara la quijada.” Sacó una cajita blanca de un cajón y me la tiró al pecho. “Tome. Esto lo duerme. Se lo mete en una arepa. Si no lo mata usted, lo mata el pueblo a palo. Y si muerde a alguien, usted también se muere. Escoja.”

Agarré la caja. Pesaba nada. Miré a Dante. Estaba tirado en la tierra, con la lengua afuera y los ojos puestos en mí. La única bestia que no me pegaba. El único que se me arrimaba cuando Misael me sacaba sangre con el rejo y Marta se reía.

Me metí la caja en el pantalón. “Listo”, le dije a don Elías. “Yo me encargo.” Agarré los dos bultos, jalé la mula, y me largué. El sol me quemaba la nuca.

Dante no probó arepa ese día. Ni ese, ni nunca. Yo tenía otros planes pa ese veneno. Y no eran pal perro.

CAYENDO LA TARDE: LA FINCA

Cuando llegué, el sol ya estaba detrás del filo. Misael me esperaba en el corredor con el rejo en la mano. Lo sobaba contra la bota, como cuando iba a cascar un caballo.

“¿Y ese perro por qué sigue vivo, malparido?”, me gritó apenas me vio. Escupió en el suelo. “¿No le dije que lo matara?”

Dante se escondió detrás de la mula, temblando. Le chorreaba la baba en las patas.

Yo bajé los dos bultos de concentrado y se los tiré en los pies. No dije nada. Me quedé mirándolo.

Misael me agarró de la camisa y me alzó del suelo. Olía a guarapo y a mierda de cerdo. “¿Me está viendo cara de marica, chino hijueputa? ¡Le dije que lo matara!”

Marta salió a la puerta, riéndose. Tenía un diente de oro que le brillaba. “Déjelo, Misael. Si el chino le tiene cariño al perro. Se parecen. Los dos babean y no sirven pa nada.”

El primer rejazo me dio en la espalda. Me quemó como si me pegaran con un tizón. Caí de rodillas en la tierra. “¡Mátelo ya o lo mato a usted!”, gritó Misael.

Yo no lloré. No le iba a dar ese gusto. Escupí la tierra. “Don Elías dijo que si lo mato ahora, me meten preso”, le dije seco. “Que toca es darle el veneno y decir que se murió de viejo. Pa que no haya problema con la ley.”

Misael se quedó quieto con el rejo arriba. La ley. Esa palabra a los viejos del monte les pesa. Porque la ley es el único animal que no pueden cascar.

Me soltó. Me dio una patada en las costillas pa rematar. “Entonces dele esa mierda ya, güevón. Esta noche. Porque si amanece vivo, el que no amanece es usted.”

Me levanté como pude. Dante vino y me lamió la mano llena de tierra. Era la primera vez que alguien me limpiaba la sangre.

Esa noche no durmió el perro. Tampoco dormí yo. Mirando la jarra de limonada que Marta dejó en la mesa del corredor.

ESA NOCHE: LA LIMONADA

Esperé a que roncara Misael. Roncaba como un marrano degollado. Marta dormía al lado, con la boca abierta y el diente de oro brillando con la luna que entraba por la rendija.

En la mesa del corredor estaba la jarra. Limonada. Medio vacía. Los hielos ya eran agua. Marta tomaba de ahí toda la noche porque el guarapo le daba sed.

Saqué la cajita del pantalón. La abrí. Era un polvo blanco, más fino que la cal. Lo eché todo. No me tembló la mano. Revolví con el dedo. “Esto los pone como perro”, pensé. “Como dijo don Elías.”

Dante me miraba desde el rincón. No ladró. Solo respiraba duro, como botella rota.

“Tome, Misael”, le dije bajito, aunque estaba dormido. “Pa que no me casque más.” Le serví un vaso bien lleno y se lo dejé en su banco. Pa Marta dejé la jarra. Ella siempre se servía de primero en la mañana, con el desayuno.

Me senté en el piso con Dante. Le rascaba detrás de las orejas. Él me lamía la muñeca, ahí donde tenía la sangre seca del rejazo. No hablamos. Los perros no hablan y los hombres tampoco, cuando ya decidieron matar.

Tipo cinco de la mañana los oí. Primero fue un golpe. Después un quejido. Me asomé por la rendija.

El cuero de los tapetes estaba brillante de baba. Pegajoso. Misael y Marta se revolcaban en la cama, con la boca llena de espuma blanca y los ojos vueltos. Temblaban duro, como si les pasara corriente por el cuerpo. Resollaban con la garganta atascada, igualito que Dante cuando sacudía la cabeza y le chorreaba la jeta. Tal cual lo dijo don Elías: “babeando, como si el diablo le jalara la quijada”.

Dante se paró al lado mío. No ladró. Solo los vio.

Yo levanté la tranca del piso y la pasé por la argolla de la puerta. “Un hombre cierra lo que abre”, me había dicho el viejo.

Esa tarde le hice caso. Y cuando el pueblo tumbó la puerta, lo único que vieron fue a dos viejos muertos, babeando, y a un perro babeando en el rincón.

El alcalde Sepúlveda no preguntó nada. En el monte, a los perros rabiosos se les mete un tiro antes de que digan buenos días. Levantó la escopeta y jaló el gatillo. El estallido me retumbó en los dientes. Dante cayó sin ladrar, con los ojos puestos en mí hasta el final.

Yo me tiré al suelo a llorar. Eso sí me salió fácil. Tenía 14 años y acababa de quedar huérfano. “Fue el perro”, grité entre mocos. “Se volvió loco y los mordió. Yo solo tranqué la puerta pa que no se saliera la maluquera pa el pueblo.”

Doña Cecilia, la de la tienda, me levantó del suelo y me abrazó. Olía a café y a manteca. “Ya pasó, mijo”, me dijo. “Usted no tuvo la culpa. Fue la rabia. Hizo bien en trancar.”

El pueblo me creyó. Claro que me creyó. ¿Quién no le cree a un huérfano que llora a sus taitas al lado de un perro muerto que acabó de matar el alcalde?

Esa noche dormí en la cama de Misael. Los tapetes todavía olían a baba, pero los quemé en el solar. La gente del pueblo me trae panela y huevos. “Pobrecito”, dicen. “Menos mal el perro no lo alcanzó a morder a él también.”

Yo no maté a los viejos. Fue la rabia. Eso digo cuando preguntan. Y me la creen.

De la cajita blanca que me dio don Elías nunca más se supo. La gente del monte no pregunta por remedios cuando la muerte ya hizo su oficio. Y si preguntan, yo digo que se la di al perro en una arepa y no sirvió. Que estaba muy loco ya. Y me creen eso también.

Porque un hombre cierra lo que abre. Y yo cerré la puerta, cerré la boca, y me quedé con la casa. Con la tierra. Y con el secreto.

Enterraron a Dante en el monte, junto a los otros animales rabiosos. Yo no fui al entierro. Estaba muy ocupado contando los marranos que ahora son míos.

YOMALCKRY OSORIO

Asi quedarón nuestras almas sin rumbo fijo , sin aliento en un total desespero y la tristeza más profunda desde tú partida.

Navegando en plena altamar , sin brujúla en total descontrol dando vueltas en un mismo sentido.

Nació una intensa desesperanza , una agonia lenta , que arrasa , no encontramos la orilla para descansar . todo ha sido un desenfreno , una odisea ,

Hemos descendido al mismo infierno , y nos abruma pensar que eras nuestro paraiso terrenal y todos nos cobijamos en tus preciosas alas , no estuvimos preparados para tener que dejarte ir , nos tuvimos que vestir de una valentia casi que obligada por la maldad del destino que asi ya lo tenia sentenciado , no le importó nuestro dolor , ni el sufrimiento que esos nos causaria mientras aún estemos respirando debajo del cielo.

Nos hacemos los locos para no devariar, ni divagar tenemos que continuar aunque eso sea un estriposo dolor para el corazón .

Totalmente desorientados asi continuamos , la vida pesa sin ti , es axfisiante, abrumante , un infierno desmedido .

Estamos demasiado lejos de ti , una frágil linea nos separa y es la de la vida y muerte .

Sólo queda soñarte, pensarte, recordarte, imaginarte , dibujarte , y sentir que vives en cada uno de nosotros que existimos gracias a ti, que nos cobijaste en tus entrañas para que pudieramos respirar .

Ha sido un alejamiento involutario como los susurros que a veces se nos escapan del aliento .

No existe un barco que nos lleve hacia ti , y una dirección exacta para encontrarte , que la música de tu alma nos pueda guiar y sentir ese olor tan tuyo .

Estas en los recuerdos , en los instantes de auténtica felicidad, sigue siendo lo real aunque ya no estas .

No hay un dia en que tus palabras resuenen en nuestro dia a dia , es inevitable que se nos escape una sonrisa por tanta sabiduria que poseias , y hoy nos sirve para enfrentar tanta crueldad y tormento en este mundo , no nos dejaste preparados para eso , hemos tenido que improvisar , tú eras nuestra burbuja y lo que vemos allá afuera es totalmente diferente , es lo opuesto a todo .

Alzo las velas para que el sonido del viento nos lleve a tu imagen , a tu elegencia inigualable, tan exquisita e inimitable .

Madre te amo! siento que estas aqui aunque la realidad sean tan devastadora .

Nos sentimos huerfanos , desprotegidos eras quien nos amaba sinceramente , con tanta lealtad no se como lo hacias para abarcar tanto ? me asombra cuando lo pienso , no se como hacias para conocernos tan bien a cada uno de nosotros

En nuestra alma hay un inmenso espacio para ti , y ahi existes.

No te encuentras a la deriva , te encuentras protegida y« VIVA «

CESAR TORO

“A LA DERIVA”

Hello, espero esten bien todos.

He propuesto este tema, a fin de compartir con Ustedes una historia que leí hace tiempo y que; por lo menos a mí, me parecio espectacular.

Claro está que el relato; no es mío, así que, trataré de narrar la historia como la recuerdo:

Un barco carguero atraviesa el océano como siempre lo ha hecho durante años, el Capitán y la tripulación se conocen la ruta de memoria, están acostumbrados a surcar los mares embravecidos y sortear todas las tormentas que se les presenten en cada travesía; sin embargo, esta vez ocurrio algo inesperado, encontrandose en pleno mar abierto, la brujula y los radares dejeron de funcionar por lo que, la enorme embarcación, empezó a navegar a la deriva.

El Capitan y la tripulacion activaron de inmediato el protocolo y los procedimeientos en estos casos; además, comunicaron la novedad a todo el peronal, pues deberían estar alerta y preparados para cialquier eventualidad; mientras tanto, los tecnicos y personal especializado revisan minuciosamente los sistemas electronicos de la nave con el fin de dar con la falla que ha provocado esta lamentable situacion; no obstante, después de revisar los sistemas y hacer un barrido minucioso de las posibles causas no encuentran nada.

Un veterano marinero que tiene toda una vida navegando y se encarga de labores de limpieza y manteniemiento en el barco, se acerca al Capitán que ya empieza a perder la paciencia y le dice que si le permite, él puede ayudar a resolver el problema ya que, en su basta experiencia navegando aprendió a resolver situaciones complejas que otros no lograban solventar; sin embargo, el oficial rechaza la ayuda y le dice que se ocupe de su trabajo y deje que los técnicos resuelvan el problema.

Así transcurren varios días a la deriva y los especilistas no logran repara la brujula y los radares de la nave, que continúa navegando sin rumbo fijo.

Después de haber agotado todas las opciones posibles; el Capiatan, acepta escuchar al hombre de la limpieza y pide que lo traigan hasta la cabina de mando, a ver que tiene que decir, total no se pierde nada con escucharlo.

El humilde obrero le informa al capitan que el problema radica en que, el barco lleva entre su carga unos contenedores con chatarra metalica que estan interferiendo las senales electrónicas que emiten la brujula y los radares.

¿Y qué sugieres que hagamos?

preguntó el Capitan dubitativo.

Deben tirar y deshacerse de toda esa carga de chatarra y basura electronica y el problema estará arreglado.

Al no tener otra poción, el oficial ordenó que echaran la carga de chatarra al mar.

así lo hicieron; para sorpresa del Capitán, los equipos empezaron nuevamente a funcionar normalmente y el barco se dirigió hacia un puerto seguro, en tierra firme .

Y Usted.

¿Qué lleva en su barco?

César Toro.

L’IDIOT

A la deriva

Habito un mundo movedizo. Los vientos no se conforman con agitar los árboles o levantar la arena: desplazan las montañas. Aquellas que hace un instante se erguían frente a mí han migrado hacia la derecha, obligándome a corregir el rumbo una vez más. Me dijeron que detrás de ellas se encuentra el mar. Debo llegar al mar, construir una embarcación y abandonar este reino efímero, donde nada permanece y toda forma parece condenada a desvanecerse en el instante mismo en que es contemplada.

A veces pienso que este mundo no es más que un sueño. No porque sea irreal, sino porque carece de la consistencia que atribuimos a la realidad. Todo cambia demasiado rápido; todo se escapa. Sin embargo, llevo tanto tiempo aquí que comienzo a sospechar que los sueños también pueden convertirse en morada.

Y, aun así, me descubro a la deriva.

Es una paradoja extraña. Conozco la meta y conozco el rumbo. Sé que el mar existe y sé hacia dónde debo dirigirme. Pero cuando el horizonte se desplaza y las referencias se transforman, el rumbo deja de ser una línea y se convierte en una persecución. Tal vez la deriva no consista en ignorar el destino, sino en habitar un universo donde el destino mismo se mueve.

Quizá todos navegamos así: guiados por una certeza que cambia de lugar mientras avanzamos hacia ella.

FRAN KMIL

A la deriva.

Habían llegado allí por accidente, arrastrados por una anomalía que los había expulsado más allá de las rutas conocidas, más allá incluso de los límites de lo cartografiado. La cápsula de emergencia flotaba entre olas lentas, muy lejos de cualquier costa. Los tres astronautas —dos hombres y una mujer— observaban el horizonte vacío mientras el viento agitaba la superficie del océano. Aquel planeta no figuraba en ningún mapa estelar, ni en los archivos más antiguos de la humanidad, ni en las leyendas que a veces, en los márgenes de los documentos oficiales, los cartógrafos usaban para señalar lo desconocido.

La voz serena de la Generala —la inteligencia artificial de la nave— tardó más de lo habitual en hablar. Eso solo ya era inquietante. Cuando lo hizo, tras analizar cada variable, cada ruta posible, cada frecuencia del universo conocido, su anuncio fue devastador en su peso:

—Las probabilidades de regresar a la Tierra son exactamente cero.

Ninguna ruta de navegación. Ninguna señal de rescate. Solo agua.

Los tres permanecieron inmóviles. A pesar del entrenamiento, a pesar de saber que una posibilidad así dormía entre los pliegues de su profesión como una amenaza silenciosa, el peso de aquellas palabras resultó más grande que el océano que los rodeaba. Los astronautas contemplaron el horizonte vacío con la expresión de quien ha comprendido algo que no quería comprender. La Generala continuaba transmitiendo datos con su voz ecuánime, pero ya nadie la escuchaba.

José se sentó en el suelo con la cabeza hundida entre las rodillas y comenzó a recitar en voz baja las oraciones que había encontrado en un viejo libro rescatado de la sección de objetos raros de un museo de antigüedades. Las palabras le salían lentas, casi masticadas, como si pronunciarlas le costara algo físico.

Sandra mantenía la vista fija en la pantalla de la computadora mientras dictaba unas últimas palabras para su madre. Las lágrimas corrían por sus mejillas en silencio y caían sobre sus manos temblorosas.

Alfredo observaba el vacío a través de la escotilla. El reflejo de su propio rostro lo miraba desde el otro lado del cristal como un extraño. Una y otra vez repetía, casi en un susurro:

—No tiene sentido… Así no. Así no quiero morir.

La cápsula de salvamento se había convertido en una extraña sala de conciertos donde cada uno interpretaba una melodía distinta, dirigida a un público diferente, pero todas compartían las mismas notas de tristeza y desesperanza. Y por encima de todo flotaba ese silencio particular que solo existe cuando la esperanza ha abandonado un lugar para siempre.

Entonces, el pitido de alarma.

Agudo, cortante, como una aguja atravesando la oscuridad.

La voz de la Generala anunció con su habitual neutralidad, que en ese momento resultó casi obscena:

—Objeto detectado. Posición: diez en punto.

Los tres levantaron la vista al mismo tiempo. Allí, flotando a la deriva en la inmensidad de aquel océano imposible, apareció algo que ningún algoritmo de probabilidad habría podido predecir: un pequeño bote de madera, de esos que, según las ilustraciones que les mostraban en la escuela cuando eran niños, se utilizaban hace siglos para pescar. No tenía motor. No tenía velas. No tenía ningún sistema de propulsión visible. Simplemente flotaba, como si el agua misma lo llevara hacia ellos con una intención que ninguno supo nombrar.

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

Al abrir la escotilla, descubrieron que el bote no estaba vacío.

En su interior yacían dos personas profundamente dormidas: un adolescente de rostro sereno, casi demasiado sereno, con las manos cruzadas sobre el pecho como quien duerme un sueño deliberado; y un anciano de barba casi completamente blanca cuya expresión transmitía una paz que resultaba perturbadora en aquel contexto. Ninguno reaccionó a la luz. Ninguno reaccionó al ruido. Ni siquiera cuando la cápsula se acopló con un golpe metálico que resonó sobre el agua.

Con cuidado los trasladaron al interior.

Sandra, la médica de la expedición, se inclinó sobre ellos. Les tomó el pulso, observó sus pupilas, escuchó su respiración. Frunció el ceño de una manera que los otros dos aprendieron a temer durante años de misiones compartidas.

—Están dormidos —murmuró—. Demasiado dormidos. Es como si estuvieran sedados, pero no encuentro ninguna sustancia. Es como si… —Se detuvo. Dudó—. Es como si simplemente hubieran decidido no despertar.

Varias horas después, los desconocidos abrieron los ojos.

El anciano fue el primero. Miró a su alrededor con una expresión que no era exactamente desconcierto, sino algo más parecido a la resignación de quien esperaba encontrarse en un lugar extraño y simplemente confirma sus sospechas. Comenzó a hablar. El muchacho se incorporó de golpe y respondió en la misma lengua, con una urgencia que los tres astronautas percibieron sin entender una sola sílaba.

Incluso la Generala tardó varios segundos en procesar. Más de lo que tardaba en calcular trayectorias interestelares. Más de lo que tardaba en analizar atmósferas de planetas desconocidos. Cuando finalmente identificó el idioma, su voz conservó la misma neutralidad de siempre, lo cual hizo que el anuncio resultara todavía más perturbador.

—Arameo —dijo—. Lengua hablada en Israel y otras regiones del Oriente Próximo durante los tiempos bíblicos. Según mis registros, lleva siglos sin utilizarse como lengua cotidiana. Clasificación: lengua muerta.

Un silencio diferente a todos los anteriores cayó sobre la sala. No era el silencio de la desesperanza ni el de la sorpresa. Era el silencio de quien acaba de asomarse a un abismo cuya profundidad todavía no puede medir.

José fue el primero en reaccionar. Se puso de pie muy despacio, como si las palabras de la Generala tuvieran peso físico y él lo estuviera cargando.

—Eso es imposible —dijo.

Pero en su voz, casi imperceptiblemente, habitaba algo distinto al escepticismo. Algo que se parecía mucho al miedo. Y debajo del miedo, enterrado y vergonzoso, algo que se parecía todavía más a la fe.

BELBEL L

UN POETA NO PIENSA

Un poeta no piensa…

Traduce en mil idiomas

el sentir de su inmaculado impulso

frente a unos ojos que hace suyos.

Unos labios perfilando una estela de pétalos azules que le arrastran al abismo

-cuna de su indestructible espera-.

Invoca al cielo sus ganas de abarcar ese universo de verdes constelaciones cayendo finas como lluvia de un mundo desconocido.

Suplica la expiación de aquel impúdico pecado que sigue errante entre tinieblas.

Y busca su perdón divino.

Se arrodilla rompiendo el galope de esas palabras

-puñales de doble filo que le cortan las alas-…

Elabora sueños imposibles que justifiquen su ingenio y su peregrino misterio.

Duerme bajo una capa de terciopelo con ojales adornados de celos

cual anacoreta vestido de domingo.

Vive la vida mirando sin ver y gritando a voces la venganza de su repetitivo silencio.

Navega sin rumbo ni barco

-a la deriva-

por un mar inundado de serpientes y cantos de sirenas

que escupen veneno y lascivia…

Y sufre la muerte sin tumba

sin laureles

sin memoria..

-Solo el eco perdido de un alma que amó hecha jirones-.

Un alma de emociones seductoras de falsos ídolos y verdades que deja en un rincón desterrado y sin luz..

Pero…,

no piensa.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Tengo más de cincuenta años, dos hijos veinteañeros, un marido camionero y una relación complicada con las espinacas.

No siempre fue así. Antes tenía objetivos claros: criar niños, pagar la hipoteca y evitar que alguien muriera intoxicado por un táper olvidado.

Ahora tengo más tiempo para pensar.

Error.

Mis hijos ya trabajan.

Mi hijo, Sergio, es electricista. Buen chico. Responsable. Trabajador. Introvertido hasta niveles científicos.

Vive conmigo, pero a veces sospecho que comparte piso con nosotros desde otra dimensión.

Sale de la habitación para ducharse, cenar y comprobar que seguimos vivos.

—Hola, hijo.

—Hola.

—¿Qué tal el trabajo?

—Bien.

Fin de la conversación.

Una vez estuvo tres días seguidos sin aparecer por el salón y llegué a plantearme meter un espejo debajo de la puerta.

Mi hija, Alba, sí se independizó.

Bueno.

Se fue a vivir a las afueras del barrio, exactamente a siete minutos andando.

Eso no cuenta como emigrar.

Aparece regularmente a comer.

Cada noche me llama: Mamá, ¿Qué harás mañana para comer?

Curiosamente, siempre puede venir cuando hay paella, lentejas, arroz al horno o canelones.

Nunca un día que haga acelgas o puré de verduras.

Y luego está Julián, mi marido que es camionero de transporte especial.

Ausente profesional.

Cuando está fuera, la casa parece rara.

Cuando vuelve, también.

Su rutina doméstica es sencilla: cama, cocina, sofá y jugar en el ordenador del estudio.

Juega a cosas del Facebook con la concentración de un neurocirujano.

Yo antes pensaba que exageraban con eso de las granjas virtuales.

Hasta que un día cortó una conversación porque tenía que recoger tomates digitales.

Las salidas en pareja también son una aventura.

—Tenemos que hacer más cosas juntos —dice.

Y yo pienso: pasear, cine, escapada.

Luego remata:

—He visto un sitio en el que hacen bocadillos de kilo.

Yo llevo a dieta desde finales de los noventa.

No continuamente. Voy entrando y saliendo.

Cada lunes empiezo una dieta nueva.

Cada viernes aparece alguien proponiendo ir de tapas.

Hace poco decidí cuidarme seriamente.

Compré yogures desnatados.

Verduras.

Semillas.

Cosas que parecen comida para pájaros caros.

A las tres horas llegó Alba.

—Mamá, ¿pedimos pizza?

Mi familia detecta la restricción calórica como los tiburones detectan sangre.

Lo peor es que soy conformista.

Nunca quise aventuras enormes.

Quería una familia.

Niños correteando y riendo.

Excusas para comprar galletas.

Y durante años fui imprescindible.

“Mamá, ¿dónde están mis llaves?”

“Mamá, ¿has visto mis calcetines?”

“Mamá, necesito esto urgentemente.”

Ahora ya no.

Ahora mi hijo resuelve averías eléctricas industriales, pero sigue sin encontrar el ketchup.

La vida adulta es misteriosa.

La primera vez que sentí algo raro fue un martes.

Había limpiado.

Hecho compra.

Preparado comida.

Puesto dos lavadoras.

Y a las cinco estaba sentada en el sofá sola mirando la pared que hay detrás de la tele.

La pared tiene una grieta con la forma de Italia.

Lleva años ahí.

Nunca había me había detenido para fijarme en su forma.

Eso fue inquietante.

Cuando los hijos crecen descubres cosas.

Que el reloj del salón hace ruido.

Que los pájaros son escandalosos.

Y que tu marido mastica como si estuviera triturando ladrillos.

Intenté hablar con Julián.

—¿Qué haremos cuándo Sergio se independice y Alba deje de venir tanto?

Levantó la vista del móvil.

—Bueno… pues que estaremos nosotros dos solos.

—¿Y qué haremos?

Pensó unos segundos.

—Salir a comer.

Casi le lanzo una cereza de las que me estaba merendando.

Pero luego lo miré.

Espalda adolorida.

Miles de horas conduciendo.

Cara cansada.

Y entendí que quizá él también estaba un poco perdido.

Solo que algunos se pierden jugando al FarmVille.

Esa noche abrí el armario del pasillo.

Encontré tres cargadores de aparatos que tiré hace años, revistas viejas y mi carpeta azul.

Mis poemillas y relatos sin terminar.

Historias abandonadas.

Páginas con tachones.

Ideas.

Durante años siempre había pensado:

“Ya escribiré cuando sean mayores y tenga más tiempo.”

Resulta que el tiempo no llega montado en un unicornio.

Hay que arrancárselo a la lavadora.

Dos días después me apunté a un curso virtual de diseño digital.

No sé qué pasó.

Creo que internet me vio vulnerable.

La primera semana aprendí que existen capas.

Las capas son brujería.

También descubrí que puedes mover imágenes, borrar fondos y cambiar colores sin demasiado esfuerzo.

Empecé haciendo cosas horribles.

Carteles torcidos.

Tipografías imposibles.

Montajes absurdos.

Puse a la perra con gafas pilotando el camión de Julián por Marte.

Me reí quince minutos sola.

Hacía mucho que no pasaba.

Mi hijo pasó por detrás mientras editaba.

—¿Qué haces?

—Diseño digital.

Miró la pantalla.

—¿Por qué Kira lleva casco espacial?

—Seguridad laboral.

Asintió.

Y volvió a su cueva.

Luego me animé a volver a escribir.

Despacio, tentada por los grupos de escritura del Facebook.

Mientras hervía pasta.

Entre lavadoras.

Después de cenar.

Una frase.

Dos párrafos.

Incluso páginas enteras.

Las historias seguían ahí.

Esperando.

Ahora sigo haciendo comida para todos.

Alba sigue viniendo estratégicamente a comer.

Sergio continúa viviendo principalmente en horizontal dentro de su habitación.

Julián sigue viajando.

Y cuando vuelve todavía pregunta:

—¿Qué hay para cenar?

Pero ahora, a veces, asoma la cabeza al estudio.

—¿Qué haces?

—Escribo.

—¿Te queda mucho?

—enseguida acabo.

Cinco minutos después:

—¿Me haces una imagen graciosa para el grupo de camioneros?

Sigo sintiéndome un poco a la deriva.

Pero he descubierto algo.

Estar a la deriva no siempre significa perderse.

A veces significa que, después de tantos años llevando a todo el mundo a puerto, por fin te toca decidir hacia dónde quieres remar tú.

Aunque sea con la perra astronauta de copiloto.

LILIANA GIANNINI

Maria y la pared

Sentada en la vieja mecedora

los miles de silencios bailan en su vida arrugada

y desgrana un canto, como mantra a la memoria.

Las alas marchitas ya no la sostienen

los recuerdos se quiebran en la niebla

y sigue la mirada clavada en una foto que no conoce.

LUCINDA QUART

LOS 50 AULLADORES Y LOS 60 FURIOSOS

“Sí por debajo de los 40° no hay ley, por debajo de los 50° no hay Dios”

Refrán marinero

Dicen que la fragata mercante Prueba intentó remolcar al navío San Telmo, pero este iba tan abatido a sotavento que les resultó imposible ponerse a su proa en mitad de aquel temporal de mil infiernos.

Desde la otra fragata del convoy, la Primorosa Mariana, vieron al navío de 74 cañones dar guiñadas feroces entre las olas gigantescas, mientras la verga del mayor se desgajaba como una ramita seca cayendo a plomo sobre el combés y la batayola de estribor. Un puñado de hombres salió despedido por la borda en un revoltijo de espuma, astillas, alaridos y agua negra, como si Dios hubiera abofeteado al barco con toda la mano abierta. Las corrientes del Mar de Hoces y el viento enloquecido empujaban el barco más allá de los 60°. En última instancia, sin más posibilidad de socorro que la memoria, las dos fragatas mercantes anotaron en sus respectivos cuadernos de bitácora la última posición del barco como quien anota un epitafio: latitud 62º Sur y longitud 70º Oeste. Al sur del sur. Dónde hay dragones.

Para entonces, ya había perdido el San Telmo timón y tajamar y navegaba a la deriva, sin rumbo ni gobierno, perdida toda esperanza de sobrevivir a un naufragio.

En cubierta, los hombres trataban de cortar amuras y escotas de la verga caída con hachas de abordaje para evitar que su peso lastrara al barco como un ancla. A voces y empapados, ciegos de agua de lluvia los ojos, aferrados con las rodillas a la tapa de la regala y en precario equilibrio, tajaban y gritaban mientras el barco escoraba peligrosamente, arrastrado por el peso de la madera que colgaba desde la borda y sobre el agua. Rociones de mar barrían cada poco las cubiertas, llevándose a la gente como si fueran muñecos de trapo, pero al momento otro hombre ocupaba el lugar del desaparecido, hacha en mano, y la tarea continuaba sin tiempo para el duelo o el descanso. Los pajes corrían por el combés como ardillas empapadas, descalzos y con un espanto terrorífico en los ojos abiertos y rojos. Subían y bajaban al pañol para traer más hachas, cuchillos, sables de los soldados de infantería, cualquier cosa que cortase. Parecían fantasmas diminutos en mitad del aguacero. Abajo las bombas de achique trabajaban a destajo, los marineros se turnaban en un silencio hosco mientras el agua entraba por todas partes y el barco se agitaba como una cáscara de nuez. Dos mil setecientas toneladas de madera, hierro y cáñamo y en aquellas aguas, aquel día, el San Telmo parecía un barco de juguete. Olas de más de diez metros. Vientos que los viejos marinos llamaban los 50 furiosos y los 60 aulladores, terribles y cambiantes, capaces de levantar surtidores de agua como cataratas que ahogaban en su rugido las órdenes de los oficiales, así que en cubierta todo era un barullo monstruoso de gente que corría, resbalaba, se precipitaba por las bordas, rezaba al dudoso abrigo de la fogonadura del mayor , miraba al cielo y se persignaba, sujetándose a lo que podían porque todo lo que no estuviera bien estibado se desplazaba por la cubierta añadiendo confusión a la confusión y peligro al peligro. Aquel tuvo que ser un día muy largo para los 644 hombres de a bordo…

Muy largo.

Pero no el ultimo.

BLANCA CERRUTI

¡QUE SOY MAYOR!

Amandina lo había escuchado muchas veces. Sabía que sucedía, pero nunca pensó que le tocaría vivirlo a ella.

Un domingo, Ana y Jaime, sus dos hijos, se presentaron a comer sin previo aviso.

—Mamá, tranquila, que traemos la comida, solo hay que calentarla, que a tus ochenta años no te convienen los trajines extras —dijo Ana.

Amandina se alegró, venían tan poco a verla, y menos aún a comer. Una alarma saltó en su mente, pero los abrazos de sus hijos la acallaron enseguida.

La comida transcurrió feliz. Sin embargo, llegados los postres…

—Mamá —dijo Jaime— Ana y yo hemos estado hablando. Tú ya estás mayor y viviendo sola tememos que te pase algo.

—¿Cómo que mayor, hijo? Me defiendo perfectamente en mi casa. Cuando no me encuentre bien ya os llamaré.

—¿Y si no llegamos a tiempo, mamá —dice Ana?

—Pues en el cielo nos veremos, hijos míos —contesta Amandina sonriendo.

—No bromees, mamá, —dice Jaime en un tono muy serio—. Tú ya estás muy mayor para vivir sola. A tus años, lo prudente es que estés en una residencia atendida en todo momento.

—¡De mi casa no me muevo, hijos!, así que dejad de pensar en «meterme» en una residencia.

—Pero, mamá, que es una residencia muy bonita, con unos jardines preciosos. Y tu habitación tiene baño y una salita.

—¿¡Pero es que ya la habéis elegido!? —pregunta Amandina sin poder creérselo.

—Sí, mamá, y nos han dicho que hacen muchas actividades, y harás amigas de tu edad.

—¡Y dale con mi edad! —¡que no soy una momia, hijos!— ¡Y de mi casa no me sacáis!

Los hijos callaron, no convenía exasperarla, su madre tenía un carácter muy fuerte.

Al despedirse.

—Mamá, piénsalo con calma, a tu edad es lo más prudente.

—Adios, hijos, volved pronto. «¡Que estoy mayor, dicen!», piensa mientras cierra la puerta.

Fueron pasando los días. Sus hijos no la llamaron para saber si lo estaba pensando. Había que darle tiempo.

Amandina sabía que insistirían hasta agotarla y ella acabaría cediendo. «¡Que lo piense! ¡Ya lo creo que lo voy a pensar! ¡Que estoy mayor! Van a ver lo mayor que estoy», se dijo en voz alta sonriendo.

Pasados unos días llamó a Jaime.

—Hijo, he decidido conocer la residencia, pero de momento solo conocerla.

—De acuerdo, mamá, no hay prisa, cuando nos digas te llevamos.

Jaime no podía creérselo.

A los dos días los llamó y la llevaron. Y recorrió los jardines que le parecieron muy bonitos. Y vio la habitación con su baño y su salita. «Es acogedora y, aún lo será más cuando coloque mis cosas», pensó Amandina, resignada, pero decidida a ser positiva.

—Teníais razón, hijos, es muy bonita. Me gusta. Pero dadme un mes para hacerme a la idea.

—De acuerdo, mamá, —dice Jaime disimulando apenas su alegría.

Concluido el mes. Amandina los llama para que le ayuden a hacer las maletas. Los hijos van a casa de su madre y la ayudan.

Amandina se lleva muchas cosas que le ayudarán a sentirse como en su propia salita de casa.

Cuando llegan a la residencia, Ana y Jaime ayudan a su madre a instalarse, y se despiden de ella.

—Ya verás qué bien vas a estar, mamá —dice Ana dándole un abrazo.

—Adios, mamá, —dice Jaime abrazándola también. Vendremos a verte y nos cuentas.

Los dos hermanos, felices al ver por fin a su madre ingresada en la residencia, se dirigen al despacho de la directora.

—Buenos días, señora directora —saluda Jaime.

—Buenos días, usted dirá.

—Necesitamos un número de cuenta para ingresar la mensualidad de nuestra madre.

—No es necesario, señor Gálvez, no tienen que abonar nada por la estancia de su madre en nuestra residencia.

—¿Cómo que no? —pregunta Jaime sorprendido.

—El caso es que, su madre, ha donado su piso y sus depósitos bancarios a nuestra residencia y eso supone que no debe abonar nada por su estancia ni por ningún otro concepto; su pensión le queda íntegra para sus gastos personales.

Los dos hermanos se quedan perplejos; sin habla, salen del despacho sin despedirse.

Ya en el coche:

—¡Así que la mamá está mayor! Y nosotros que no la hemos visto venir, ¿qué? —dice Ana soltando una carcajada nerviosa—. ¡Que se lo ha dejado todo a la residencia, Jaime, que no vamos a ver ni un euro, ni un euro, hermano!

Pero el hermano ya no es nadie, su mente ha hecho ¡crac!

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

A la deriva voy por instantes en mi vida; otras veces me escapo cuando embiste con furia.

Son los vientos del norte los que me impulsan a seguir. Así, aprendo a caminar sin mapa en los cambios de la existencia; y cuando la marea acecha, descubro nuevas pasiones.

Hay una sabiduría secreta en el oleaje. Descubrí que la resistencia es la que causa el dolor, mientras que la entrega otorga una fuerza mística.

Vivo el presente, libero el futuro del peso de mis propias expectativas. Disfruto el paisaje natural que rodea mi existir y, finalmente, me dejo llevar por el agua mansa, aceptando el curso natural de las cosas.

Cierro los ojos y permito que la corriente dibuje mi destino. Sin brújulas que me aten, ni miedos que me frenen, descubro que el verdadero arte de vivir no es controlar la dirección del viento, sino tener el coraje de soltar el timón.

MARIO NÚÑEZ

Está seguro de su lugar en la historia en no más de dos horas.

Estudió durante meses al detalle y hasta el cansancio todas las variables: clima, territorio, equipamiento, condiciones físicas, duración de la expedición…

Lleva un dispositivo profesional de salto. El equipo deportivo profesional, los arneses, el traje espacial personalizado ultraligero.

Sería su salto perfecto, triplicando la altura del récord mundial del australiano Phil Onis en 2006, que se había lanzado desde poco menos de 41500 pies.

Ha calculado también el sitio exacto de la caída, o más bien los tres sitios posibles con la deriva aeronáutica esperable; todos descampados en un radio de 60 kilómetros a la redonda, a 1500 metros del borde suroriental del Salar de Uyuni, escogerá uno considerando la dirección de los vientos estratosféricos y atmosféricos.

Ya aborda el único medio de transporte capaz de alzarlo a esa altura de la estratósfera y permitirle saltar desde nunca nadie más lo hizo: un globo aerostático gigante que no deja de impresionarlo por su tamaño cada vez que lo ha visto desde su construcción. El globo se infla con helio, de 100 metros de ancho al despegar, pero a la altura máxima tendrá una circunferencia de 180 metros por la expansión del gas a esa altura.

La cabina, como la de un avión pequeño de 10 por 2,5 metros, está presurizada y tiene un pequeño compartimiento aislado con escotilla posterior en la popa, desde donde saltará al vacío enfundado en su traje espacial.

Llegar a esa altura les lleva casi dos horas y media, tiempo más que suficiente para ajustar el traje espacial con los tres botellones de oxigeno comprimido, una computadora que regula el suministro de oxígeno, la presión interna del traje y el casco, la temperatura, altura y velocidad de caída, todo lo que se informa en el visor antiempañante.

Grabará en video sus expresiones y vista panorámica en pantalla partida, para dejar registro de su hazaña, tras lo cual se retirará del paracaidismo profesional.

Está a 4 minutos de alcanzar la altura máxima; el piloto le hace señas de ocupar su lugar en el compartimiento desde el que saltará. Comienza a grabar.

“Soy Matías Torreforte. Hoy es 1 de junio de 2026, estamos a 125000 pies sobre el altiplano boliviano. Son las 14.13 hora local. En dos minutos saltaré desde el compartimiento trasero de esta aeronave, tripulada por su capitana, Brigadier del Aire Carmen Quispe, y el copiloto venezolano Coronel Juan Carlos Díaz.

Ya estoy de pie frente a la escotilla de salida. Visto un traje espacial presurizado ultraligero con una computadora a bordo, cuyos datos aparecen proyectados en el visor de mi casco, como ven.

El cuadro superior indica la altura, el porcentaje de oxígeno que suministra, la temperatura exterior y la presión atmosférica. En verde al interior del traje, la naranja, en el exterior.

En el segundo cuadro el cálculo de velocidad de caída en tiempo real; el tercero indica cuando se abren el paracaídas principal y el secundario. En las otras imágenes de registro, ustedes y yo vemos al frente, arriba y a los lados; también una cámara orientada hacia abajo en línea con mis piernas.

Se enciende la luz de apertura.

Veo el vacío, lejos abajo se observan nubes estrato fractos y cirroestractos.

Salto.

Ya estoy a varios cientos de metros del globo, que puedo ver arriba. Tengo que evitar girar sobre mí mismo,y mantener la posición erguida, bajar de pie para alcanzar la máxima velocidad y para que la ruptura de la barrera del sonido no rompa el equipo.

El visor nos muestra que afuera hay – 72 grados centígrados, 24 grados en el traje.

Bajo a 1100 kilómetros por hora, el estampido que escuchamos es que acabo de pasar la barrera del sonido.

El traje resiste bien; si estuviera en otra posición podría rasgarse. Es flexible y podría pincharse fácilmente, pero no puede romperse con la tensión del viento en la caída.

Ya alcanzamos la velocidad máxima de caída. Vean, vamos a 1531 kilómetros por hora, 1,24 la velocidad del sonido.

Aquí no se siente por la presurización, pero afuera sería como si mi cuerpo pesara 220 kilos en lugar de los 80 que peso. Sin este equipo mi piel, músculos y huesos se romperían.

Ya llevamos bajando 30000 pies. En segundos alcanzaremos la altura de apertura del paracaídas principal.

Observen mi expresión y las cámaras exteriores. Se acaba de abrir el paracaídas.

El tirón que vieron empujó mi cuerpo con una presión de 2,5 gravedades terrestres, unos 25 kilos de peso sobre cada centímetro de piel.

Ahora se ve claramente el suelo en el horizonte. Apenas se notan las construcciones, los conjuntos de árboles. En segundos veremos más.

Ahora sí, ¿ven? Vehículos, ahora personas como hormigas.

Los vientos que se indican en el visor muestran que me dirijo al punto 2 de aterrizaje. Es un círculo secundario de terreno plano de quince metros de diámetro, que se acerca rápidamente. Ya se ve el piso, la vegetación.

Levanto las piernas para aterrizar en posición de sentado.

No hay mucha variedad donde aterrizaremos.

Pero…

Está plagado de …

No hay espacio libre. Son cactus, por todo el piso. Los conozco.

Esas espinas largas son … ¡antorchas bolivianas!

¡Las espinas son de 10 centímetros de …”

El impacto contra las plantas quebradas de varios metros de altura, apagaron los gritos y estertores del paracaidista.

MARÍA JESÚS GARNICA PARDO

Después de el tiempo pasado, no hay perdón ni olvido.

A la deriva, se dejo llevar.

En un suave meceo de una cuna, de una mecedora.

A la deriva.

Todo podría salir mal o bien.

Los qué le habían traicionado.

Sentía tanto dolor, qué no quería admitir.

Asqueroso. Hoy la vi. Está estupenda.

El carma no existe.

Yo a deriva y ella estupenda.

ANGY DEL TORO

CONFLICTO INTERNO

La casa permanecía en silencio. Un silencio extraño, incapaz de aliviar la tormenta que se avecinaba.

Por primera vez, y en muchos años, me descubro a la deriva, como un barco sin rumbo en medio de la niebla.

Llevo más de una hora sentado frente a mi escritorio.

No sé cuándo comenzó esta sensación.

Siempre he trabajado igual…

Sobre la mesa: carpetas e imágenes, periódicos de días, meses, años anteriores.

De vez en cuando tomaba notas, escribía algo en la libreta.

Fechas.

Iniciales.

Direcciones.

Y un mismo nombre entre apuntes y marcas apresuradas se repetía varias veces:

Julián”.

Siempre mi manera de trabajar ha sido la misma; diáfana, sincera, abierta, por qué hoy me siento así: desorientado.

Comienzo a ordenar los documentos más recientes. Retrocedo en el tiempo.

Jamás improvisé. Nunca dejé papeles fuera de lugar.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué a ella?

Una carpeta cayó al suelo.

Una carpeta gris, algo desordenada.

En la pestaña superior, escrita a mano con tinta negra, una única frase:

CASO DISIDENTE

Dentro conservaba documentos que jamás debieron salir del tribunal:

copias de declaraciones,

anotaciones realizadas durante el juicio,

nombres de miembros del jurado,

horarios,

llamadas registradas,

y observaciones personales que nunca entregué oficialmente.

Entre algunos folios aparecían símbolos dibujados al margen.

Marcas pequeñas.

Casi invisibles.

Repetidas en distintas páginas.

En una de las hojas centrales, el nombre de Julián aparecía subrayado.

Más abajo, una nota escrita de mi puño y letra años atrás:

Algunos testimonios parecen construidos para ser recordados. Otros, para ser temidos.”

Entonces escuché un ruido en el piso superior.

La puerta de la habitación de mi hija se abrió.

Levanté la vista lentamente hacia la oscuridad del pasillo.

Y por primera vez en años, sentí que el caso había regresado. Y no estaba listo para recibirlo.

Durante años intenté convencerme de que, con el veredicto del jurado, el caso estaría cerrado. Los expedientes cerrados deberían permanecer así, cerrados.

Sin embargo, hoy presiento que nunca fue así, Las dudas aún sobreviven.

Al final, casi perdida entre anotaciones y fechas, encontré otra frase:

Lo más peligroso de un caso no es la mentira”.

Es aquello que todavía respira, aún después del juicio. —pensé.

Agarré el móvil.

Por varios segundos quedé pensando. No recuerdo el número. Lo busqué.

No necesitaba leer el nombre.

Solangel. —como no recordarlo. A pesar de todo sonreí.

“Madame Géminis” … cómo pasa el tiempo, —pensé.

Mientras esperaba que respondieran, mis ojos regresaron involuntariamente hacia la carpeta abierta.

Por primera vez sentí temor.

¿Por qué a mi hija? —repetí en voz alta.

Continuará…

JAVIER GARCÍA HOYOS

El capitán observaba impotente cómo su barco navegaba a merced de las corrientes y el viento. El timón, roto, era inútil. Los albatros volaban, curiosos, por encima de la cubierta vacía. Nadie le acompañaba en aquel viaje, a pesar de haber más naves en el mar.

Estudiaba una y otra vez los mapas y trazaba sobre ellos todas las posibles rutas que el mar podía elegir para arrastrarle, pero ninguna le conducía a puerto seguro.

Había atravesado, sin entender cómo, tormentas y marejadas que transportaban oleajes más altas que la propia cubierta, y huracanes que inflaban las velas como si fueran barrigas saciadas tras grandes banquetes, o llenas de ron y cerveza tras una noche de festejos. Sin embargo, para su sorpresa, los juanetes y, sobretodo, el sobrejuanete mayor, habían resistido los envistes de los vientos más feroces.

El sol de aquel día permitía la vista, desde la cubierta superior, hasta la distancia de unas ocho millas. O al menos eso creía él, calculando la cantidad de barcos que, como el suyo, navegaban a la deriva hacia el horizonte. Cientos de barcos que, como el suyo, solo tenían como único tripulante, su capitán.

Javier García Hoyos

MARA SERBIA

Cuando desaparecen las señales

Pasada una semana del huracán, nos arropaba una absoluta oscuridad. En las carreteras, la vista no alcanzaba más allá de la nariz. Los semáforos estaban apagados, las señales de tránsito habían desaparecido o eran invisibles en la noche. No había guías, no había marcas: solo un camino sin lenguaje. Era imposible saber si más adelante había un escombro, un hoyo o incluso una persona cruzando.

Bajo esas circunstancias, se me ocurrió ir al aeropuerto a buscar a nuestro hijo, que regresaba de un viaje de trabajo. Mi esposo insistía en que tomara un taxi, pero yo quería ir a buscarlo. Las condiciones eran peligrosas, pero ya saben cómo somos las madres cuando algo se nos mete entre ceja y ceja.

Salimos cerca de las once de la noche.

La oscuridad era de espanto. No solo faltaba la luz: también habían desaparecido las señales del mundo. Los letreros no indicaban, los cruces no hablaban, la ciudad parecía haber perdido su norte.

Una vez en la carretera, comprendí que el peligro era mayor de lo que había imaginado.

Nos pasamos la salida. Luego otra. Intentábamos corregir el rumbo, pero cada decisión nos devolvía al mismo punto. Las indicaciones que pedíamos no coincidían con nada conocido. Era como si el mapa se hubiera borrado.

Ya para entonces no solo estábamos perdidos en la carretera. También comenzábamos a perdernos en la frustración.

La señal del teléfono era débil, intermitente, como si también dudara de nosotros. Aun así, logré abrir una aplicación de navegación. La única voz que quedaba en medio del silencio.

-En seiscientos pasos, doble a la derecha.

¿Pasos? ¿Cómo se miden pasos desde un automóvil, en medio de la oscuridad y sin un solo punto de referencia?

Mi esposo hacía exactamente lo contrario de lo que indicaba la aplicación. Yo gritaba “¡a la derecha!” y él viraba a la izquierda. Y así, incluso las últimas señales comenzaron a contradecirse.

Deambulamos durante largo rato, completamente a la deriva, en un mundo donde ya no sabíamos si obedecíamos señales o simplemente las imaginábamos.

Hasta que, por una mezcla de intuición, cansancio y providencia, encontramos el camino de regreso a casa.

Y allí, al llegar, ya nuestro hijo nos esperaba.

Había tomado un taxi.

Que ironía la de aquella noche: salimos a buscar al hijo que regresaba, y fuimos nosotros quienes terminamos buscando el camino de vuelta.

GRISELDA SIERRA

Navegábamos a la deriva. La Tramontana nos había azotado durante días, obligándonos a cambiar de rumbo una y otra vez, como si el viento quisiera extraviarnos para siempre. Después llegó la bruma, fría y espesa, hasta que se tragó el horizonte y nos dejó frente a una costa desconocida.

Mis hombres, exhaustos tras evitar el naufragio con una valentía digna de reconocimiento, insistieron en desembarcar para buscar una taberna donde ahogar el miedo y el cansancio. No pude negarme, y decidí acompañarlos.

Entre blasfemias contra la tormenta, y canciones desafinadas, avanzamos bajo la luz de la luna, arrastrando los pies por matorrales húmedos, hasta descubrir que el único camino para llegar al pueblo atravesaba un cementerio.

La curiosidad pudo más que la prudencia y la fatiga.

Las tumbas eran antiquísimas, cubiertas de musgo y salitre, y cada vez nos fuimos adentrando más entre ellas. Poco después dimos con un grupo de lápidas intactas e idénticas, que llamaron nuestra atención. Al cabo de unos segundos, descubrimos que sobre el bronce ennegrecido tenían grabados nuestros nombres y apellidos.

Uno de los marineros retrocedió dando un grito, mientras los demás quedamos inmóviles, pálidos, incapaces de apartar la vista.

—Volvamos al barco —balbuceé.

Nadie discutió. Regresamos en silencio, perseguidos únicamente por nuestros pensamientos y el sonido del mar.

Entonces llegó la aurora.

Desde la orilla vimos el barco alejándose lentamente entre la niebla, demasiado lejos para alcanzarlo. Con el corazón apretado, subí a una roca para contemplarlo por última vez y, en la distancia, distinguí la bandera, hecha jirones, con la insignia pirata estremeciéndose al viento, como si jamás hubiera necesitado tripulación para navegar.

GUILLERMO ARQUILLOS

CÍRCULOS INÚTILES

Sintu se abrió paso entre los demás a empujones, apenas cabían. Cuando llegó ante Marléou, le soltó:

—Así que tú eres el gilipollas de la pulsera del Dépor.

Marléou casi no podía respirar. El sol se le había metido en los pulmones y, en vez de lengua, tenía una lámina de estropajo en la boca.

—¿Y qué pasa con que yo sea del Dépor? —contestó, orgulloso, levantando la mano izquierda.

Le dolía desde los empujones que le dieron para obligarlo a subir al cayuco a toda prisa. La pulsera azul, ancha y gastada, le apretaba en la muñeca. Alguien le había contado que en España todos los equipos tenían estadio, bandera y canciones y que había gente capaz de llorar por ellos.

Detrás de Marléou había dos mujeres jóvenes agachadas. Se habían subido las faldas y estaban orinando como podían, sujetándose una a la otra para no caer sobre los cuerpos. El chico vio a un hombre de piel muy oscura mirarlas con una sonrisa torcida. Quizá estaba eligiendo víctima.

Pensó en su hermana. Ella había intentado llegar a Canarias unos días antes que él, pero nunca se supo si estaba en el grupo de quienes murieron al intentar abordar el barco de la policía que se les acercó. Nadie conoce a los muertos. Los desheredados nunca llegan a saber los unos de los otros.

—Me cago en el Dépor y en todos sus jugadores —gritó Sintu.

Marléou no se inmutó. Simplemente se llevó la pulsera a la boca, la mordió hasta romperla y se la ofreció a Sintu.

La escena habría sido ridícula si no hubieran estado muriéndose. Los otros treinta ocupantes del cayuco no dejaban de observarlos. Ya se habían quedado sin el poco combustible que les dejaron los de la mafia antes de largarse. Ya habían llamado al servicio de salvamento. Ya tendrían que haber salido en su busca desde La Restinga. Se habían quedado sin agua hacía tres horas y el sol apretaba cada vez más. Habían arrojado ya cinco cadáveres al mar: cinco viajeros que ya no llegarían a ninguna isla.

Sintu cogió la pulsera rota, la miró un instante y sonrió.

—¿Quiénes sois del Barça? —gritó sin mirar al resto.

Ocho o diez levantaron la mano.

El cayuco, arrastrado por las olas, parecía que giraba sobre sí mismo y trazaba un círculo muy grande. Un círculo inútil. Uno de madera, gasolina seca, vómitos, sal y miedo.

Una joven madre, a la espalda de Sintu, se abrió la sucia camisa y sacó un pecho arrugado para dar de mamar a su hijo. Pero no tenía leche y el niño tampoco tenía fuerzas para llorar. Apenas había viento. El sol estaba empeñado en matarlos a todos y Salvamento Marítimo tardaba demasiado. Los de la mafia les habían asegurado que no tardarían más de tres horas en recogerlos. Otra mentira más. Una más entre tantas.

—¿Y del Madrid? ¿Quiénes sois del Madrid? —volvió a gritar Sintu.

Le brillaba la cara.

Otros ocho o diez levantaron la mano.

—¡Ha muerto! ¡Mi hermana ha muerto! —sollozó de repente una voz a la izquierda.

Sintu ni siquiera volvió la cabeza.

—Tira a esa puerca al agua. Así tendremos más espacio —dijo—. Aquí estamos resolviendo cuestiones importantes.

Una chica se tapó la boca y empezó a llorar, como si no pudiera expresar el asco que le daba todo aquello. En la parte delantera, un niño cuyo padre había muerto hacía unas horas tenía el vientre descompuesto. Las heces caían dentro del cayuco, calientes, líquidas, mezclándose con el agua sucia del fondo.

Al notar el olor, Sintu se volvió y levantó los brazos.

—Los del Barça, a la derecha. Los del Madrid, junto a ellos. El gilipollas este del Dépor y los demás, a la izquierda, con las mujeres.

Hizo una pausa breve, intencionada.

—Y al crío ese que no para de cagarse, lo tiráis al agua o terminaremos todos apestados. ¿Está claro?

—¿Y a ti quién te ha dicho que…? —protestó uno.

Pero ya se estaba moviendo hacia el lugar que Sintu le había señalado.

Todos fueron tomando posiciones como pudieron. Algunos obedecían por miedo. Otros, porque estaban demasiado cansados para discutir. El resto, porque cualquier orden, incluso una absurda, parecía mejor que seguir esperando a que el mar decidiera por ellos.

Sintu los miró con una satisfacción repugnante.

—Alguien tiene que poner orden en una mierda como esta, ¿no crees?

Dos muchachos se acercaron al niño. El pequeño estaba doblado sobre sí mismo, con los ojos abiertos y secos. Ni siquiera entendía para qué se le acercaban. Apenas podían moverse por la sobrecarga del cayuco y temían ser ellos los que terminaran resbalando en los excrementos y cayendo al agua. Tenían miedo de tocarlo.

Entonces Sintu gritó:

—Mandadlos a estos cerdos al agua. ¡Que mueran como perros!

Comenzó la pelea.

El primero en caer fue un hombre mayor, sin barba y con algunas canas. Uno de los pocos que viajaban con tantos años. Por supuesto, no sabía nadar, casi ninguno sabía. Intentó luchar contra las olas unos minutos, abriendo y cerrando la boca como si todavía pudiera pedir algo, pero al final desapareció.

Después cayó una mujer, luego un muchacho, luego otro hombre que quiso sujetarse al borde y recibió golpes en los dedos hasta que se soltó de la madera.

Había puñetazos y empujones para todos. Los del Barça ya no estaban a la derecha. Los del Madrid ya no estaban junto a ellos. Los del Dépor, los que no eran de ningún equipo, las mujeres, los niños, los enfermos, los fuertes y los débiles se mezclaron en una masa de sudor, sal, gritos y arañazos. El cayuco seguía describiendo un círculo amplio en el océano, un círculo de gritos que se alejaba de los cuerpos que iban cayendo por la borda.

Marléou vio a Sintu entre los brazos de varios hombres. Seguía gritando órdenes, señalando, inventando bandos. Tenía en la mano un trozo azul de la pulsera.

Marléou quiso decirle algo, insultarlo, pedirle que parara. Pero tenía la garganta cerrada y el sol seguía viviendo en sus pulmones.

Alguien lo empujó por detrás y cayó de rodillas. Una rodilla se hundió en el fondo sucio del cayuco. Intentó levantarse, pero recibió un golpe en la nuca, después otro. Vio la cara de su hermana, o creyó verla, y le vino la idea de que quizá los muertos sí llegan a conocerse al final, aunque sea debajo del agua salada.

Una mano le abrió la boca. Marléou intentó morder, pero no pudo.

Cuando Salvamento Marítimo llegó, tres horas más tarde, apenas quedaban viajeros en el cayuco: Había un niño inconsciente, envuelto en sus propias heces. Había una mujer joven con la cabeza abierta; alguien la había golpeado y no coordinaba sus pensamientos. Había otra mujer que lloraba y repetía que un hombre había intentado abusar de ella antes de que lograra empujarlo al agua. No sabía cómo había tenido fuerzas para hacerlo. Había dos muchachos sentados espalda contra espalda, incapaces de hablar. Había un hombre que no paraba de reír. Había cuerpos flotando alrededor, separados del cayuco por una distancia imposible de calcular.

Y había un chico joven, muerto, tendido de lado. En La Restinga, el informe forense determinó que el objeto que le habían introducido en la boca era una pulsera ancha de goma azul con el escudo del Dépor.

La Policía científica no pudo determinar cuánto odio seguía flotando en el aire de aquel cayuco.

NILA J BOHÓRQUEZ

Mis barquitos de papel.

Doña Hortensia permanecía extasiada sentada en aquel guijarro blanquecino cerca del río escuchando el singular ruido ocasionado por el rodar de las piedras y el murmullo de las aguas recorriendo su cauce natural. No estaba sola. La acompañaban sus cuatro nietos, a quienes les contaba cuentos de pajaritos hablando con las flores en su lenguaje del canto matutino. Ella fijaba su mirada en el paseo fluvial recordando su niñez…allá en su hogar solariego cuando sus hermanitos, temerosos, solían permanecer encerrados por las tormentas eléctricas y lluvias copiosas que caían en la ciudad. Su mayor entretenimiento durante esos días lluviosos: elaborar barquitos de papel o de cartulina para luego echarlos al riachuelo que se formaba en las estrechas calles del barrio, a veces cristalino, otras, turbio, mezclado con la basura que botaban los inescrupulosos vecinos, sin tener conciencia del daño ecológico que ocasionaba tal acción.

Continuaba Doña Hortensia con sus recuerdos de aquellas fantasiosas embarcaciones artesanales que hacía para jugar, tirándolas al arroyo que circulaba por las veredas… pensando en voz alta… «mis barquitos de papel, recuerdos de mi infancia…colocados con esmero en el agua con estricta disciplina cual ‘fila india’ sabiendo que viajarían a la deriva, entregados al capricho de la corriente que inundaba el portal de la casa.

La abuela Hortensia continuaba conversando con sus nietos recordando sus miniaturas de fantasías hechas añicos por la fuerza del torrencial aguacero y resignada al ver cómo desaparecían sus barquitos confeccionados con paciencia y amor, creyendo que podían navegar hasta llegar a un paradero seguro.

¡Oh, quimera de mi niñez! -susurraba. Mi solitaria flota marina hecha de cartones perdida en la creciente! Mientras tanto, los chiquillos y yo, temblábamos de miedo entre llantos y sobrecogimiento, acurrucados en los brazos de nuestra madre.

¡Abuelita!… -interrumpió el chiquilín. ¿Por qué los lanzabas al agua sin Capitán?

_¡Ah…cierto, sin Capitán!.. pero mi voz soplándoles las velas!… Otra historia que les contaré en el próximo campamento.

¡Vámonos niños!, recojan los peroles que la tarde oscurece y es hora de preparar la cena.

MARÍA JOSÉ AMOR

¿DERIVA O DERIVADA? (Tema de la semana)

Hasta principios de este siglo, el Síndrome de Asperger no era reconocido como tal y quisiera aquí contaros mis desventuras por ese hecho.

Desde muy pequeño se ve que presenté una gran afición por los números y todo lo que con ellos pudiera relacionarse.

Recuerdo, eso sí, cuando vi clarísimamente que dos veces dos eran cuatro, y dos veces tres eran seis. Es decir, era una manera más rápida de sumar, que eso, yo ya lo sabía, claro.

Tenía seis años, cuando escuché esta conversación después de cenar mis padres y mi hermano, que era mucho mayor que yo:

-Hay que sacarle el mayor jugo posible. Desperdiciar una mente así, sería un pecado- decía mi padre.

– ¿Qué idea tienes entonces? – respondió mi madre.

-Nada de colegios de esos que están de moda, donde a los niños los tratan como a flores. Para sacar rendimiento a algo, hay que trabajarlo, como a los músculos. Fíjate, una persona que está quieta, no tiene fuerza en las piernas ¿por qué? Pues porque se le atrofia la musculatura- fue la respuesta paterna.

– ¿Tienes idea de alguno en particular? -volvió a preguntar mi madre.

-No, claro. Puedes preguntar a alguien que tenga niños pequeños. Yo daré voces también.

– ¿Y el colegio que fui yo? -dijo mi hermano.

– No, no era exigente- respondió mi padre-Paquito necesita un nivel muuuy alto.

Y, efectivamente, a un terrible colegio fueron a dar mis huesos.

La maestra que me tocó era una señora mayor y muy seria, que nos hizo entrar en clase de dos en dos y nos sentó, “por orden alfabético” .

– ¿Qué es eso? – pregunté.

– ¿No lo sabes? ¡Pues no sé qué haces aquí! -respondió ella despectivamente

Y, con la lista en la mano, nos fue colocando. Preguntándome al final:

– ¿Qué Francisco? ¿Has comprendido ahora lo que preguntabas?

¿Francisco? Nadie me había llamado nunca así, pero al ver que se dirigía a mí con la mirada y, ante una respuesta como la anterior, asentí, sin enterarme de lo que significaba “alfabético”.

Y aquí dio comienzo a mi odio a una asignatura llamada Lengua, que, sumado a mi dificultad para pronunciar bien las palabras y jamás haber sabido hacer rayas y “letras sueltas” fuera de las líneas de la libreta, como nos decía la “Seño” del Parvulario lo incrementó hasta el infinito.

Y así prosiguió mi lucha. Conforme iba creciendo el desfase Lengua- Matemáticas era mayor: no era capaz de escribir una palabra sin una falta de ortografía, la caligrafía era horrorosa y al leer en voz alta, no lograba acertar a decir una palabra tras otra, lo que provocaba la risa de los compañeros y los gritos de la maestra, o maestro de turno.

Mis padres fueron convocados por el entonces Tutor, lo que trajo como consecuencia el llevarme a un psicólogo (de eso me enteré “·a posteriori”) quien, tras hacerme hacer y decir una serie de cosas extrañas, se ve que diagnosticó:

-Este niño tiene un área del cerebro atrofiada. Como todavía está creciendo, les recomiendo que lo ingresen en verano en este centro (les dio una tarjeta del lugar), donde se les seleccionan por grupos del área del cerebro a desarrollar.

Y sí, me llevaron, a un lugar donde, con dos niños más, hacíamos ejercicios de Lengua de sol a sol.

Y, tal agobio cogí, entre ejercicios y repeticiones de los mismos que decidí encerrarme en la habitación compartida con otros cinco niños y CALLAR. Me negué a hablar.

Vino entonces una mujer con aspecto feroz, era la directora, según supe luego, y con una voz para mí rugiente me espetó:

-Mira niño, no estoy para contemplaciones. Si no estás a gusto aquí, puedes coger lo que trajiste y largarte.

Sin decir más, dio un portazo y salió.

Me faltó tiempo para coger mi mochila, meter dentro mis cosas y, saliendo por la puerta sin que nadie de los que estaban allí me dijese nada; salí a la calle donde, aparte de sentirme libre, me puse a llorar como nunca en mi vida había hecho.

Un rato después, apareció mi hermano que me llevó a tomarme un helado de chocolate que me supo a gloria.

En verano, vi mucha agitación por parte de mis padres que, en vez de quedarse como siempre, tranquilos donde pasábamos el verano, iban y venían en coche y hablaban continuamente por teléfono en casi susurros: algo tramaban, como así fue:

En septiembre, mi padre me llamó a su despacho y me dijo:

-Contigo nos habíamos equivocado, ya que ese defecto que tienes- y señaló la cabeza- lo desconocíamos. Por tanto, irás a otro centro no tan fuerte, pero esperando que así vayas mejor.

Y allí me vi. Era mejor en cuanto a la gente, eso sí. Me examinaron y propusieron a mis padres que repitiera curso y, de esa manera que al año siguiente fuera más descansado.

Pero volvió el fracaso. En Lengua no seguía el ritmo de los otros y en “mates” me aburría soberanamente, por lo cual me llevé un libro de Física (elemental y con dibujos), lo escondía entre las piernas y lo leía en clase. Esto produjo un descenso en picado de mi querida asignatura y es que, cuando el profesor preguntaba algo en clase, como estaba abstraído con la electricidad pasando por un cable, no me enteraba. Consecuencia: creer que mi conocimiento en la materia era cero, por lo que la nota de Matemáticas cayó en picado.

Y la historia se repitió y, cuando digo se repitió, me refiero a que, además de la historia, quien repetí cursos fui yo, que acabé teniendo compañeros más pequeños a los que sobrepasaba un palmo de altura y otro palmo en mentalidad, en tal depresión que me negué a seguir estudiando.

El pediatra aconsejó no forzarme y que descansara, por lo que me limitaba a parear el perro y leer lo que me interesaba.

Y entonces, fuera por las novenas que hacía una de mis abuelas a no recuerdo qué Virgen o por “peregrinar” la otra abuela una iglesia dedicada a santa Rita, abogada de las causas imposibles, o por casualidad, como pasa a veces, el caso es que, fui en búsqueda de un “boli” al cuarto de mi hermano que ya estudiaba Arquitectura. Y, ante mí, aparecieron unos papeles con muchos signos y números. Intrigado, seguí husmeando y vi un libro con el título de: DERIVADAS E INTEGRALES. Interesado por conocer su contenido lo abrí y vio algo muy nuevo y sorprendente: una serie de signos desconocidos seguidos de números y nuevamente esos extraños signos, pero ¡sin letras ni explicaciones con palabras!

Cuando aquella tarde oí que mi hermano que entraba en casa, me lancé a él preguntando

– ¿Qué son las derivadas y las integrales?

Y él en contra de las actitudes retrógradas, me lo llevó consigo reinició en aquella asignatura que tanto me había entusiasmado.

Así que, reinicié mis estudios y, al empezar el Bachillerato, el “profe” de Lengua nos puso un tema de redacción bajo el nombre de “La deriva”.

Ni corto ni perezoso, pensé que deriva (ignoraba la palabra) y derivada debían tener algún parentesco, por lo tanto, me enfrasqué en ese tema que un día me había salvado.

No sé qué debió pasar, pero el profesor de Lengua me condujo a su despacho, me preguntó y me hizo explicar mi periplo estudiantil. Y, tras escuchar atento mi relato me dijo:

-Me parce que puedo decir lo que te pasa: tú tienes el Síndrome de Asperger.

Y, a continuación, me hizo una disertación sobre un artículo aparecido en una importante revista científica, donde se describía como perteneciente a un grupo de personas caracterizadas por presentar gran interés en un área determinada, por lo cual, no se interesaban por el resto. Y, para animarme me puso ejemplos: Beethoven, Mozart, Einstein… y así continuó enumerando toda una serie de ilustres personajes.

Y, eso, sumado a la madurez otorgada por los años que entre pitos y flautas tenía a mis espaldas, ahora soy Ingeniero de Caminos.

ARCADIO MALLO

A LA DERIVA (Historia de diario XIV)

El mes de agosto se congeló para él. El reloj de la cocina dejó de contar las horas en una madrugada calurosa de verano, inundada por aquellas lágrimas que brotaban de sus ojos, como una fuente en pleno invierno. Aun así, no eran suficientes para ahogar aquel dolor que le oprimía el alma.

Aquella llamada madrugadora había sido una mano del diablo sumergiéndose en su pecho para apretarle el corazón hasta casi pararlo, intentando arrancárselo del cuerpo, dejándolo a la deriva, perdido en un mar demasiado grande para navegar sin compañía. A pesar de todo, aquellas palabras pausadas, lentas y cercanas, dichas con sensibilidad y todo el tacto que requería la noticia, no hacían más que venir a confirmar un hecho sabido. Por mucho que se lo estuviera negando toda la noche, tumbado boca arriba en aquella cama vacía, sabía que el teléfono sonaría de un momento a otro.

Cuando colgó, sintió una cuchillada traicionera, como un punto final en una frase inacabada, por muy esperado que fuera. Ella se había ido, para siempre, dejándole un vacío infinito en su ser y a la soledad como compañera eterna.

Suspiró y refregó la cara. Rayaba el sol en el horizonte. Amanecía otro día de calor infernal.

MARÍA JOSÉ HERRERA IBÁÑEZ

¿POR QUÉ DICEN QUE NO TENGO NADA DE POETA?

No tengo palabras en cantidad,

ni silbidos hermosos de aves en vuelo,

ni olas que se quiebran en un mar introvertido.

Solo como pan con mantequilla, como cualquier persona.

Me duele el pecho cuando recuerdo.

Escribo.

Escribo por escribir.

Escribo a la deriva.

No tengo nada de poeta.

Yo solo sé que mis versos más sinceros se los di a mi madre en tercero.

Tercero de primaria.

En el patio, frente a todos,

con las manos mojadas y la voz quebrada,

pude decir:

sí, no tengo nada de poeta.

Solo un niño que le escribe a su madre con tinta hecha de la parte más frágil de su ser.

Sí, no tengo nada de poeta.

Solo decir,

decir,

decir a la deriva,

hasta que algo empiece a llamarse.

LINOSKA BARANDA

«Una isla a la deriva»

Lo bueno de vivir en los altos es que la brisa corre mejor y que a los mosquitos les cuesta más llegar hasta aquí arriba. Esto es una bendición cuando vives en un país sin electricidad y, por lo tanto, sin luz ni ventilador. Por otro lado, a los ratones y las cucarachas no les incomodan las alturas y, con toda la madera podrida de las paredes —que sostienen un techo igualmente podrido—, se sienten aquí como en su reino.

En las noches de mucho calor me gusta asomarme al balcón y disfrutar de la oscuridad absoluta, aunque a veces logro, con mucho esfuerzo de cuello, ver las luces en el cielo del Kempinski. Y digo en el cielo porque, desde mi sexta planta, no se alcanza a ver el hotel, sino una claridad que supongo proviene de allí. Como decía, en las noches, de pie en el balcón, escucho a los ratones pasear por las entrañas de mi “casa”.

Siempre pienso en “mi casa” entre comillas, porque en realidad es un diminuto cuarto al que llamo cariñosamente “mi cuchitril”.

Hace unos años le agregué una segunda planta, el “penthouse”, donde coloqué la cama y una mesita de noche; debajo de la cama, un orinal, porque no había posibilidades reales de acondicionar un baño. Logré hacer la ampliación con madera que encontré en basureros y edificios abandonados; también tiene partes hechas con planchas de metal oxidado, y un tramo del techo es de asbesto-cemento (fibrocemento). Aunque se dice que es cancerígeno, no estoy muy convencido: aquí, en Cuba, incluso hay construcciones estatales que lo han empleado durante años, y la mayoría de los tanques de agua están hechos de ese material.

El depósito de agua que tengo en el exterior de mi «penthouse» es de fibrocemento, pero últimamente se ha vuelto inútil: como casi nunca hay electricidad, no se puede bombear el agua desde abajo, y el tanque permanece más seco que el Sahara. Eso me obliga a hacer recorridos diarios para averiguar dónde se espera la llegada de un camión cisterna y, a partir de ahí, cargar en las manos los recipientes más grandes que puedo para llevar agua a la casa.

Últimamente me baño una o dos veces por semana, porque no me es posible hacerlo dos veces al día, como acostumbraba. El calor en esta isla es infernal, y los cubanos solíamos tener en alta estima el agua y el jabón, aunque este último fuera de mala calidad. Ya eso quedó en el pasado. Por lo menos, en la zona donde vivo, no se puede derrochar agua. Siempre me siento sucio y, como también escasean los productos de aseo, uso como desodorante los pedacitos de jabón sobrante. No es lo ideal, pero resulta eficaz para bloquear el mal olor; al menos así no delato mi estado de huelga de baño obligada.

Otra ventaja de vivir en los altos es que estoy lejos del ruido y hay mucha paz, aunque cuando tengo que subir la estrecha escalera, con el estómago vacío, para llegar a mi residencia maldigo mi hora y día de nacimiento, sobre todo si llevo peso, como los cubos de agua. Esto de cargar peso es cada vez menos posible, porque no me alcanza el dinero para comprar lo que necesito, así que casi siempre subo ligero; aunque, en realidad, soy yo quien anda cada vez más ligero de peso. He perdido más de diez kilogramos con esta dieta involuntaria: ni siquiera puedo permitirme pan para el desayuno. El precio está por las nubes y, además, es difícil de encontrar. Por otro lado, el que venden en la bodega* pesa aproximadamente 60 gramos y, como decimos los cubanos, “se me queda en una muela”; además, la calidad es tan mala que hasta quita el hambre.

Otra de las cosas que más disfruto, sentado en mi balcón, es comer acariciado por la brisa. A la hora de la comida nocturna encuentro incluso beneficiosos los apagones, porque me impiden ver que en el plato solo tengo un plátano con un poco de arroz (alimento que, según dijo hace poco un “especialista” en la TV, deberíamos eliminar de nuestra dieta porque “no somos asiáticos”). Y como todo está oscuro —no tengo linterna con que alumbrarme—, juego conmigo mismo a imaginar que tengo un huevo frito encima del arroz.

Esta isla se ha ido a la deriva.

*Mercado pequeño donde se venden algunos pocos productos racionados.

AXY LINDA

Cuándo me sacarás de aquí?

—Pronto, papá. Cuando pasen las elecciones. No me conviene que te entrevisten; dices cosas que me perjudican con los votantes. Recuerda que tienes un trastorno; no eres normal.

—Solo digo la verdad. ¿Por qué me trajiste aquí?

—No te quejes. Te tratan mejor que a los demás. Pago extra por eso, y necesito ganar. Vendré la próxima semana. Deséame suerte; si triunfo, te llevaré a casa.

Llorte se marchó y, tal como prometió, después de ganar la presidencia regresó por su padre, aunque solo para mantenerlo recluido en su lujosa residencia.

—Hijo, me aburro encerrado. No me dejas hablar con mis amigos. Por favor, permíteme ir al parque y llamar a tu hermana. Quiero saber de mis nietos.

—No puedo. Hablas demasiado. Solo lo haré si prometes limitarte a comentar el clima y dejar que los demás hablen. Tú solo dirás lo feliz que eres viviendo conmigo.

—Pero no soy tan feliz. Eso sería mentir, y yo nunca miento. ¿Cómo puedes pedirme algo así?

—¿Recuerdas cuando actuabas en el colegio? Piensa que es una representación. Hazlo por mí. Sé que me quieres.

El anciano bajó la mirada.

—Lo haré, hijo… pero siento que mi vida se va a la deriva.

Axy Linda San-Fre

México 3 de junio de 2026.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

El joven llegó a casa con el rostro encendido. Ni siquiera el estruendo del portazo logró aliviar la tensión que le latía en el cuello como una cuerda a punto de romperse.

—¡Madre, estoy harto de esto! ¿Pero qué narices le pasó a nuestra aldea?

La madre se tomó un instante antes de responder. Siguió removiendo el guiso con paciencia, esperando que alcanzara su punto. En la aldea se decía que nunca había que intentar calmar a un toro miura encerrado en un pasillo.

—Pues, hijo, todo empezó con aquel barco que se fue a la deriva.

El aroma del puchero, o quizá la respuesta, hizo que el joven dejara de embestir a todo lo que se movía.

—¿El barco que se fue a la deriva?

—Sí, hijo. Sucedió hace ya mucho tiempo y fue devastador para todos. Pero aún queda un hombre que logró regresar.

—¿Quién es?

—No sé su nombre. Solo sé que, desde que volvió de aquel viaje, pasa los días en la cantina.

—Iré a hablar con él.

El joven salió al encuentro de aquel misterioso hombre.

Pronto llegó a la cantina.

Nada más cruzar la puerta percibió el olor de los lugares abandonados por la esperanza. La cantina parecía el cauce seco de un río que tiempo atrás había corrido caudaloso. Un gris ceniciento cubría cada rincón, como si los últimos rescoldos de una antigua hoguera se resistieran a extinguirse por completo.

Al fondo estaba él, acompañado únicamente por una botella de ron. Un sombrero gastado por el salitre y los temporales ocultaban casi por completo su rostro.

Tenía que ser él.

Con paso firme se acercó y dejó caer ambas manos sobre la mesa.

Aquel hombre no se perturbó lo más mínimo.

—Señor, ¿qué narices pasó tras aquel viaje? ¿Por qué todo cambió en la aldea desde entonces?

El hombre parecía tan vacío por dentro como la botella de ron que reinaba, solitaria, en el centro de la mesa.

—Estoy dispuesto a averiguarlo. Haré o iré donde sea necesario.

Al escuchar aquellas palabras, el sombrero se alzó.

Cuando levantó el ala, el joven vio una cicatriz que le atravesaba el rostro. Aquella marca era el único recuerdo visible de la isla… y quizá el menos terrible.

—¿Ves esto? —dijo señalándose la cara—. Pues yo fui el que mejor escapó de aquella embarcación.

Tras escuchar aquello, el joven retiró las manos de la mesa y dio un paso atrás.

—Pero si aún estás dispuesto, escucha. Te daré las indicaciones para llegar al lugar donde terminamos a la deriva. Allí podrás recuperar lo que tuvimos que dejar.

Por primera vez desde que había entrado en la cantina, el joven sintió miedo.

Sin embargo, sus ganas de cambiar la situación fueron más fuertes.

—Estoy listo. Dime dónde he de ir.

El hombre lo miró fijamente. Una lágrima descendió por su mejilla.

—Nunca debimos abandonar aquello en aquel inhóspito lugar. Ten cuidado, chico.

Tras aquellas palabras le indicó cómo llegar a la isla.

El joven preparó su modesta embarcación y partió.

Tras tres días de navegación, con el viento siempre a favor, alcanzó su destino.

Al atracar descubrió que aquel lugar no se parecía en nada a lo que había imaginado. Todo estaba florido. Los colores se extendían por cuanto alcanzaba la vista.

Por primera vez en mucho tiempo volvió a sentirse como en casa.

Dejó el bote y se internó en la selva.

Apenas había avanzado unos metros cuando un grupo de nativos surgió de entre la vegetación.

En un instante se vio rodeado.

Retrocedió, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Su corazón golpeaba con tanta fuerza que podía escuchar cada latido.

Una joven se acercó a él, pero una mano la sujetó por la muñeca.

Quizá había venido a recuperar aquello que otros abandonaron.

Tras unos segundos de duda, la muchacha se aproximó y le tendió la mano.

—¿En qué podemos ayudarte?

El joven la aceptó y se puso en pie.

—Hace tiempo una embarcación de mi aldea llegó hasta aquí a la deriva. Me han contado que dejaron algo muy importante para mi pueblo.

Los nativos intercambiaron miradas. Entonces, del fondo del grupo emergió un anciano.

—Es cierto. Dejaron algo muy valioso aquí. Pero fue su elección.

—¿Su elección?

—Así es. Aquellos hombres rescataron cuatro cofres del naufragio. Nosotros les ofrecimos una embarcación para regresar a casa a cambio de uno de ellos.

—¿Y cuál dejaron?

—Cada cofre guardaba un tesoro de palabras. No dudaron en conservar el de la lucha, después el de la ciencia y, por último, el de lo inmediato.

—¿Y el cuarto? ¿De cuál decidieron desprenderse?

El anciano suspiró.

—Del que nos hizo prosperar como nunca antes. Del de la educación y las buenas palabras.

El joven bajó la mirada.

De pronto comprendió por qué en su aldea cada conversación terminaba en disputa. Por qué la gente había olvidado escucharse.

El verdadero tesoro de su pueblo nunca había sido oro ni joyas.

Habían abandonado las palabras que les permitían vivir juntos.

MAITE BILBAO

CORRIENTE A FAVOR

Mi padre mete la papeleta en el sobre. El de siempre, el de las elecciones del domingo. De fondo, en la radio suena el ruido de los que hablan de la memoria histórica a todas horas. Se gira con el sobre en la mano, me mira y suelta que mi generación es una malcriada, que ellos corrieron delante de los grises para que hoy podamos votar. Su ración de historia semanal. Miro su espalda doblada de fontanero jubilado y la pensión de miseria que le queda tras cuarenta años de cotización: un piso con humedades en Usera y miedo a salir cuando cae el sol. Esa es su victoria.

En la encimera queda el folleto que me dio mi colega en el gimnasio. Ayer mi madre lo apartó al fregar con asco, como si fuera un bicho venenoso. Javi ha cenado en nuestra cocina mil veces desde que éramos pequeños, pero ella vio las siglas en el papel y se quedó blanca. No dijo nada, pero frotó el plato con tanta rabia que el estropajo chirrió.

Supongo que es el miedo a las palabras viejas de la tele, ultraderecha y fascismo. Como si Javi fuera un monstruo y no el chaval que le arregla el wifi. Recogí el papel y lo guardé en el bolsillo.

A las tres de la mañana el silencio del barrio se rompe con el runrún de siempre. Tres tíos gritan en el portal, suena el golpe seco de lo que parece ser una botella contra el suelo y el olor a meados sube hasta mi ventana. Lo de siempre. Entra una notificación del grupo del barrio. Mi amigo Javi acaba de colgar el vídeo de la limpieza del parque de ayer. Salen diez chavales normales, con escobas y pintura. Borran las pintadas. Despiertan a los que duermen en los bancos, les plantan cara y les exigen los papeles, como si fueran polis, para saber quién pisa el parque. Con dos cojones. Él habla a cámara con calma:

—Nos quitan la mitad del sueldo en impuestos para dejarnos la calle hecha una mierda. Pues nos toca arreglarla a nosotros.

Sentido común. Corto y al pie. Desde mi cama, al otro lado del tabique, oigo las zapatillas de mi padre. Se arrastran. Imagino su silueta en la ventana del salón, quieto en la penumbra, con el ojo en la rendija, a oscuras y en silencio. Esa es su democracia: el derecho a vivir acojonados con el pestillo echado.

El domingo, la mesa del colegio tendrá las dos filas de papeletas e iremos los tres. Pero mañana, cuando mis padres bajen a las seis, los cristales crujirán bajo las botas de los vecinos camino del metro. En el bolsillo, el papel raspa contra los dedos. El tiempo de las batallitas de mi padre pasó. Si soltar la pasta solo sirve para que nos dejen solos, la solución me la tengo que fabricar yo.

El domingo voto lo que veo. El resto es poesía para los que viven en chalés con vigilante.

BEA ARTEENCUERO

A LA DERIVA .

Me pierdo cuando

estoy a tu lado

y me encuentro

cuándo te alejas

como un barrilete

que vuela sin rumbo

porqué se corto la cuerda.

A la deriva!!

Esperándote

Y un sueño artificial

llega al cerrar los ojos.

Te amo como se aman

ciertas cosas oscuras

secretamente,

entre las sombras

y el alma.

Cambie de piel

como una serpiente

cuando te encontré.

Te amo sin limites

tanto así que no sé

donde empieza tu cuerpo

y termina el mío.

Algo en mi interior

me lleva hacia vos,

me arrastra sin saber

adónde voy.

Y me encuentro sin rumbo,

A la deriva

mientras te espero.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Era un día de fuerte lluvia, resonaban las ventanas del hospital psiquiátrico, escuchándose un fuerte viento cual si quisiera penetra ahí y resguardarse de sí mismo.

En una de las salas se encontraban conversando tres internos. Alicia, una mujer ya de cabello cano y algunas arrugas,con una mirada algo ausente, y sonrisa de niña.

Martín, hombre de mediana edad el cual otrora había sido un gran abogado. Y había caído a las garras del olvido de sí mismo, y Arturo con unos cincuenta y tantos años encima. Hombre que algún día fué un gran deportista y poco a poco su mente se fué apagándose y se refugio en el silencio y obsesiones de la vida.

Alicia, siempre traía una fotografía arrugada y vieja entre los brazos.

Esos encuentros entre los tres se fueron prolongando cada día más y más, creando un gran lazo entre ellos.

Esperaban el amanecer para estar juntos. Se sentían seguros y a salvo entre ellos, se habia creado una linda dependencia, por así llamarlo, empezaron a dejar fuera de sí sus temores y soledades.

Cada día recordaban más y más cosas de sus vidas, se tomaban de las manos sintiendo que sus vidas habían dejando de estar a la deriva, había nacido una gran amistad, y un gran afecto.

Habían descubierto algo que en su vida quizá nunca sintieron tener, paciencia, el no sentir más que no encajaban en el mundo, la amistad y el amor los habían salvado de seguir existiendo del lado obscuro de la vida, sentían haber renacido.

Siempre los tres tomados de la mano antes de ir a dormir.

Al llegar la noche fueron a descansar, esperando el nuevo día para volverse a reunir y sentir y descubrir de nuevo el mundo.

Por la noche, como siempre juntos, decidieron quedarse en la sala para despertar juntos y contarse lo que habían soñado, cerrando la puerta con llave para que nadie los molestara.

Esa misma noche ocurrió un incendio en una de las salas del hospital, y se informó que dentro habían fallecido tres personas, eran sí Alicia, Martin y Arturo, lo extraño para los que los encontraron, que en sus rostros se veian sonrisas, no rictus de dolor.

Encontraron extrañamente una hoja no quemada que decía, ahora al fin dejamos de estar tristes y solos, no más a la deriva, podemos descansar, ahora que encontramos un sentido a la vida, encontramos la compañía que falta nos hacía, que se convirtió en un faro de luz para nuestras vidas.

Gracias amigos, siempre estaremos juntos.

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