Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «el cartero de Paquita». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 7 de mayo!
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** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
VIVIENDO EN EL RECUERDO
Recuerdo aquellos días maravillosos de finales del verano en 1980. Los días amanecían con el aire fresco de la mañana, cuando el calor hizo mella y en aquellos días nos dio una tregua para despedirnos del sofocante calor.
Los paseos con el aire rozando el rostro y refrescando la calidez de las prendas holgadas y dejando las piernas y los brazos con la piel aterida. Las mangas de una camisa se alargaban para no dejar el frío pegado en los brazos desnudos. Y así, buscando el abrigo en las mañanas, encontré la luz del sol por los caminos y veredas.
Llegando a un destino que cada día se hizo para ser recordado. Recordando la sencillez de una vida humilde, recordando aquellos surcos arados y recordando a quien trabajó aquellas tierras. Me llené de dicha cada mañana y al caer la tarde con el calzado acariciando levemente la hierba para no ser pisada.
La cosecha dio su fruto, el agua corría entre los surcos y con la ayuda de las manos cansadas. Esas que no lloraba sus lamentos, solo un leve suspiro al terminar el día cuando las sábanas blancas acariciaban sus sueños.
Con el pelo blanco como el nácar, llegaba a terminar el día cargada de trabajo, responsabilidades en noches soñando sin almohadas. En alcobas vacías y guardando en una mesita de noche algunas monedas que fueron de ayuda, llegando un invierno como aquel que recuerdo, lluvioso y frío.
En mis recuerdos y en mis mejores momentos vividos llega la cálida sonrisa de aquella señora de avanzada edad y la voz quebrada del cartero de Paquita. No hubo grandes lujos que me colmaran de caprichos sin sentido. El mejor vestido fue la sonrisa de una niña que se vestía cada mañana con las luces del mediodía.
Recuerdo aquellos maravillosos días acariciando el agua en los pies descalzos, corriendo entre la gente de la calle y con la libertad para conquistar cada día una nueva experiencia vivida.
Soñé con una vida de ensueño y me sentí vacía, soñé con ser amada y el amor no llamó a mi puerta y soñé vestida de blanco y no vi a quien me acompañara Ahora vuelvo a sonreír y buscar en las mañanas el pan migado en la leche.
El agua corre entre las piedras esperando nuevos días para soñar y vivir recor
SERGIO SANTIAGO MONREAL
El cartero de Paquita está liberado y es sindicalista. Final de la cita.
Autor: José Sergio Santiago Monreal. Ex delegado sindical que dimitió por corrupción interna de sus compañeros de afiliación sindical. Cuando los que sobraban eran los que hacían corruptela.
YOLANDA PINA REY
Querida Paquita:
RAQUEL LÓPEZ
En el pueblo de Serranillos todos estaban muy contentos con Juan, el cartero, las cartas siempre llegaban puntuales. A las ocho iba a la central de reparto en su bicicleta, algo ya vieja y oxidada, a las nueve sellaba el reparto y a las diez llegaba el pueblo para repartirlas.
Por eso cuando el paquete de Paquita no llegó a su destino, una caja con un lazo de terciopelo azul, ella, se sintió intranquila, pues él había repartido toda la correspondencia menos la suya y llegaba el fin de semana y en esos días no había reparto por lo cual, tendría que esperar hasta el lunes para recibirlo.
La impaciencia de Paquita se acrecentó y se dirigió a casa de Juan.
A través de la ventana y sin que éste se percatase, vio como manipulaba la caja que ella esperaba tan ansiadamente, no había duda pues atisbó el lazo azul del que su hija le habló, pues era un regalo que ella le mandaba de Paris por el día de la madre.
-¡ Paquita! – dijo con asombro Juan que la vio y se acercó para abrir la puerta…
- ¡ Ya me contarás qué haces con mi paquete! ¿ Me lo querías robar, verdad?
- No es lo que tú piensas, yo solo…
Paquita se entristeció al ver el regalo que mando su hija, un juego de café compuesto por una tetera y dos tacitas y cuya tetera estaba rota.
Esperaba ese regalo con mucha ilusión.
Miró a Juan, que intentaba arreglarlo antes de entregárselo y vio como sus brazos estaban magullados.
- ¿ Que te pasó? – preguntó Paquita.
- Me caí de la bicicleta cuando intentaba llegar a tu casa y ya ves que torpe fui…
Paquita le hizo sentar en su mecedora y dirigiéndose a la cocina de Juan y preparó un café caliente en las dos tazas que no fueron dañadas.
- ¿ Entonces.. se te pasó el enfado?
- No importa que la tetera esté rota, porque eso tiene solución. Lo importante es que tú estés bien..
Ese día Juan, no pudo entregar el paquete a Paquita, pero ésta, le entregó su amistad y desde entonces son inseparables.
ARMANDO BARCELONA
ALMUDENA 1.0.5
A ver, que yo no soy quién y tampoco quiero meterme en jardines ajenos, pero lo de Paquita tiene tela, ya te digo; aunque, si te paras a pensar, no nos engañemos, ella siempre parece que va buscando los tres pies al gato del amor.
―Pero es que está tan bueno, Almu, cariño ―se le inflama el pecho y pone los ojos en blanco―. Lo conocí esta Semana Santa en las casetas de la feria de artesanía de Recoletos. «Pero qué hipster más chulazo», pensé: moreno, pelo cuidadosamente revuelto, lo mismo que la barba; gafas de pasta, tirantes, pantalones de sarga, botas de cuero gastado. Para mojar pan, Almudena, para mojar pan. Se llama Daniel.
Siempre ha sido muy enamoradiza, las cosas como son; pero con mal ojo, mira tú, para los tíos, nunca le terminan de cuajar las relaciones. Una pena, porque la muchacha tiene buen fondo.
―Un amor, te lo juro: amable, educado, buen mozo; pero, hija ―ya salió el «pero»―, se ha quedado enganchado en el apagón analógico. El típico hipster radical, vamos, de los que todavía escriben las cartas a mano y con pluma, un insumiso digital, para que me entiendas. Lástima, con lo mono que es.
Pues sí que suena a problema, sí, pobre Paquita, aunque tampoco harían tan mala pareja, que ella siempre ha tirado un poquito a galdosiana.
―Pues mejor así, Paqui, mi niña; te lo calzas y cuando te canses, si te he visto no me acuerdo ―Marisa no deja pasar la ocasión de mostrarse contraria a cualquier vínculo de pareja―; como no tiene móvil, te evitas tenerlo colgado en la chepa husmeando en tus redes sociales.
Considera a los hombres objetos de un solo uso, como los clínex. Malas lenguas aseguran que Paco, su marido, tiene un lío, ya veterano, con su secretaria, una curvy rubia a la que llaman Lilí.
Con tal de que siga entrando pasta gansa en casa, a Marisa se la suda lo que haga Paco con sus gónadas; pero por si las moscas y para mantener el equilibrio en la pareja, lleva tiempo tratando de hacérselo con Joao, el monitor mazas del gimnasio que pastorea el rebaño de las CrossFit. El brasilero, que es especialista en MILFs con VISA platino, está despejando agenda para hacerle un hueco.
―Vive en una comunidad rural autosuficiente, en un pueblo de la Sierra de Albarracín, Valdelumbre se llama el sitio. Solo hay un teléfono en la casa comunal; tienen luz y agua corriente, eso sí, pero ahí se termina cualquier contacto con la civilización.
Para mí que esos no son hipsters; yo diría que tiran a amish, pobre Paquita, con lo ilusionada que se la ve.
―Y como no tiene móvil, ni tablet, ni nada que se le parezca, tenemos que festejar por correspondencia, que aun si fuera por WhatsApp podríamos hacer sexting, pero por carta como que pierde la erótica, ¿no os parece?
―Pues móntatelo con el cartero, reina, que están todos cachas, con el trajín que llevan, todo el día de aquí para allá tirando del carrito ―Marisa siempre tan pragmática, ella― y es más divertido.
―Ay, no sé. ―¿Por qué me tienen que tocar a mí los novios raros, Señor? ―clama Paquita con los brazos en alto, como si del cielo tuviera que venirle la respuesta―. Un móvil, solo que tuviera un móvil, no pido más, que yo en las relaciones íntimas siempre he sido muy de lo digital; lo analógico me da mal rollo, lo intenté una vez y no hubo forma, oye.
―El cartero, Paquita, amor, hazme caso, que más vale pájaro en mano.
Y en esas se nos pasa el tiempo, dándole vueltas a la noria sentimental de Paquita y buscándole sentido al trampantojo del cartero.
Yo no quiero opinar, que luego te meten en un charco y a ver cómo sales, pero en esto le doy la razón a Marisa ―lo del pájaro en mano, digo―, que a nuestra edad no estamos para romances epistolares y, oye, se puede ser hipster y montártelo en plan vintage, pero con Netflix y Spotify, que lo cortés no quita lo valiente.
Zaragoza, 27 de abril de 2026
DAVID MERLÁN
CONTRATO CON DERECHO A SUSTO. (TRAGOS DEL ALMA 4)
Eran las 04:04.
Aquella noche, el sonido de la puerta sonó con ese “clin” que significa:
<<Hoy toca cliente peculiar>>
Y yo, que colecciono almas como otros coleccionan sellos, la vi venir antes de que entrara.
Era una mujer, unos cuarenta y pico, pelo rojo intenso y gafas de sol tan exageradamente grandes como innecesarias a esas horas.
Lucía una gabardina abierta que dejaba ver una camiseta con la frase “Yo no creo en fantasmas, pero ellos en mí sí”.
A mayores, portaba una mochila, una carpeta llena de papeles… y una cara de lunes con resaca de viernes.
«¿Qué día es hoy, por cierto» pensé «No lo sé» y retomé mi trabajo esperando su saludo:
—¿Mesa para uno? —me preguntó.
—No, señora. Aquí solo tenemos taburete en la barra. Nada de butacas en rincones oscuros donde pueda haber oídos indiscretos.
—Ya veo—dijo echado un rápido vistazo al local vacío.—¿Tú eres el camarero ese de las bebidas con juicio incluido?—me preguntó con desprecio.
—No suelo juzgar, pero cobro por trago y por silencio.
—Perfecto. Ambos me vienen como anillo al dedo.
Se sentó. Apoyó la carpeta en la barra y suspiró mientras le daba una generosa palmada a su portadilla que retumbó alto y claro en todo el bar.
—Necesito algo fuerte. Algo que me haga olvidar que llevo cinco años pagando el alquiler de una casa en ruinas solo para que no se muden los fantasmas al piso de mi difunta madre.
«Una herencia» pensé yo. Por mi experiencia, sé que hay quien paga por una casa con vistas, y otros que pagan por no despertar a esos fantasmas.
—¿Perdone?
—Sí, lo que oye. ¿Se lo explico con un PowerPoint?—respondió maleducadamente.
Decidí mirarla fijamente por unos segundos y no entrarle al trapo.
Acto seguido, le serví un trago: Vanagandr, ginebra de la buena, con un chorro de licor de café y una piel de limón tostado.
Lo llamo: “Contrato con derecho a susto.” sentencié mirándola finamente a los ojos mientras le acercaba el trago.
Mi actitud, serena y segura, pareció descolocar su arrogancia y bajó el tono.
—Verás. Mi tía abuela Paquita murió en esa casa. No era muy querida. Tenía muchas manías y las explotaba de forma natural. Algo que desquiciaba al más pintado. Además, su malsana manía de pegar alaridos a altas horas de la noche visionando una tras otra películas de terror, hacia que sus vecinos no la tuvieran en especial estima.
—Pinta bien.—susurré casi imperceptiblemente.
—Pues cuando murió—continuó sin esperar mi permiso—, nadie quiso tocar la casa. Pero claro, el alma de la tía Paquita no se iba. Mejor dicho, no sé quería ir; Sillas que se movian solas, risas que sonaban desde el piso de arriba, el olor característico de las bolas de alcanfor de antes… bueno, un montón de detalles que hacía que no fuera muy cómodo todo aquello. A mí madre la tenía desquiciada, la verdad.
—¿Y usted, a la muerte de su madre… decidió alquilarla?—continué con el interrogatorio.
—¡Claro! Pero a mí misma. Ja,ja,ja. Me hice un contrato simbólico, me cobro un euro al mes, y así nadie más puede ocuparla.
Bebió un sorbo. El limón chisporroteó un poquito, como si la tía Paquita dijera “¡salud!” desde el más allá.
—¿Y viene aquí porque…?
—Porque anoche soñé que alguien firmaba un nuevo contrato y que me lo hacía llegar por el cartero habitual, pero no era yo. Era un tipo sin cara, con un maletín lleno de llaves.
—¿Y?
—¿Y?. Pues que me desperté con la sensación de que la casa ya no era mía. Ni de mi tía Paquita, ni de mi madre, ni de nadie.
La miré un segundo, más de lo que sugería la prudencia para no resultar entrometido en lo que no me incumbía, pero decidí pasar al ataque.
—No era miedo —le dije—. Era avaricia. Hay quien no se conforma con lo suyo…y empieza a guardar también lo que le corresponde a otros.
Ella reaccionó quedándose congelada. No podía creer lo que estaba escuchando de aquel descarado y metomentodo camarero de tres al cuarto.
—Perdóneme. ¿Me estás llamando avariciosa?
—Le estoy diciendo que hay muchas formas de poseer algo. Y algunas… no necesitan escrituras.
En esta ocasión, y a diferencia de lo sucedido con otros clientes, fue ella la que se inclinó hacia mí y tomó la iniciativa.
—Yo no quiero la casa por dinero.
—Nunca es por dinero— Contraataqué.—Es por control. Por asegurarte de que nada cambia sin su permiso.
Sonrió forzada, cosa que le duró un suspiro.
—Puede ser…— y dio otro sorbo.—Pero al menos yo sé lo que estoy reteniendo.
Y siguiendo su juego, sonreí forzado.
—¿Sabe lo que pienso?
—Sorprendame, camarero.
—Pues yo creo que en esa casa no solo se quedaron los muertos. También hubo alguien… que decidió que otras cosas se quedaban allí. ¿Me equivoco?
Frunció el ceño.
—¿Quién?…¿Qué cosas?
—Cartas, y un cartero con una llave —continué sin responder a la primera de sus preguntas porque creí que era una obviedad.
Se removió incómoda.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Todo—. Repliqué apoyando la mano sobre la barra.
—¿Todo? ¿Me lo explicas? Porque me he perdido.
—A lo que me refiero es que hay cartas que no se pierden. Se quedan donde alguien considera que tienen que estar.
—No entiendo. Ahora sí que me he perdido.
«Está clienta me está descolocando. ¿Que me sucede?» pensé mientras la miraba en silencio.
—¡¿Qué? ¿Me vas a contestar o prefieres que me vaya?!
—El cartero. Él también pensaba que no hacía daño—le espeté sin filtro.—Que solo retrasaba lo inevitable. Que podía quedarse un poco más con lo que no era suyo.
<<—Mañana lo entrego —decía.—Y mañana… nunca llegaba.>>
El hielo del vaso crujió. Lo cogió despacio. Lo levantó y miró a trasluz. Bajó la mirada y terminó el trago despacio.
—¿Y si dejo la casa? —preguntó.
«Ya es mía» pensé sonríendo por dentro.
—Entonces la casa dejará de necesitarte.
—¿Y los fantasmas?
—Buscarán otro sitio.
—¿Y si no quiero que lo encuentren?
Sonreí levemente. La avaricia seguía ahí.
—Entonces no eres tan distinta del cartero.—la tutee por primera vez en la noche.
—Mire. Sabe lo que le digo. Qué será mejor que me vaya. Créame.
Se levantó y dejó caer una moneda antigua que hacia mucho que dejara de ser de curso legal sobre la barra.
—¿Llega?
—La verdad es que no. Tiene que completar el pago con algo más. ¿No tendrá por ahí algún objeto?
Me miró contrariada al mismo tiempo que metía la mano en su gabardinas a y sacaba algo del bolsillo que ocultaba bajo un puño cerrado.
En cuanto abrió la mano y la dejó caer sobre la barra, la vi. Era una llave pequeña, de buzón.
La tomé entre los dedos y la analicé mientras observaba como la mujer, sin siquiera despedirse, enfilaba la puerta del local. Estaba doblada. Como si alguien hubiera intentado forzarla…o peor aún, como si quisieran impedir que volviera a usarse.
Cuando levanté la vista, ella ya no estaba. Pero las luces del bar parpadearon un segundo.
Como si alguien más… también hubiera escuchado aquella conversación.
Sin más, cogí la llave y la coloque en la estantería al lado de mi colección personal de objetos; la pulsera hospitalaria, el gemelo dorado y la tarjeta rota.
Porque hay cosas que uno retiene tanto… que termina por deformarlas.
Miré el reloj.
04:04:01 – 04:04:00
Y por un instante, juraría que el segundero se había movido. Como si no tuviera claro que hacer. Cómo si no tuviera claro a quién pertenecía ese siguiente segundo.
Continuará…
ANGY DEL TORO
FOLLETÍN LITERARIO:
EDICIÓN ESPECIAL
«Grupo Escritura Creativa
Cuatro-Hojas Editorial 2026″
LA SENTENCIA DEL MAESTRO
En las calles de Lucena he visto carruajes rugientes y espejos que, al acercar la oreja, hablan. Pero, nada me ha conmovido tanto como el saber que a la autora Paquita Escobero aún su ejemplar no ha llegado.
Once inviernos han sido necesarios para que un faro desde las profundidades ilumine.
Por tanto, he decidido que yo mismo, Don Miguel, a la grupa de Rocinante monte y al «curro» de encontrar al cartero de Paquita me entregue.
No busquen aquí solo letras; he de repetir: busquen al cartero, que no muy perdido ha de andar.
Aunque algunos aprendices se han nombrado, en realidad los guardianes de mi lengua ellos son.
Pasen, lean y permítanse con los libros sanar. Una vez más, la tinta vida se ha hecho.
AVISO A LOS NAVEGANTES
Cuatro Hojas-Editorial anuncia que, en estos albores de la Feria del Libro del 2026, el ejemplar «DE PROFUNDIS» está listo para abordar y, a su llegada a puerto, exclamar:
¡VIVAN LAS LETRAS!
¡EL LENGUAJE DE CERVANTES, HA DE VIVIR!
RAKEL VALDEARENAS
La otra dimensión.
Paco, el cartero de la zona desde hacía veinte años, presumía de conocer el barrio mejor que las líneas de su mano. Decía que podía entregar las cartas de Paquita con los ojos cerrados, guiándose solo por el olor a suavizante de jazmín que siempre flotaba en su portal. Pero aquel martes, algo se torció.
La niebla de la mañana era tan densa que las farolas parecían fantasmas. Paco, distraído tarareando un bolero y pensando en su jubilación, dobló por la calle de los Olmos, o eso creía él. De repente, el asfalto dio paso a un adoquín viejo que no recordaba y los números de los portales empezaron a saltar de forma caótica: del 4 al 127, y luego al revés.
—¿Pero qué broma es esta? —masculló, ajustándose la gorra.
Llevaba en la mano el sobre azul de siempre, el que el hijo de Paquita enviaba cada mes desde el extranjero. Sabía que Paquita lo esperaba en el quicio de la puerta, con un café corto de café y largo de azúcar. Pero el portal número 12 no aparecía. En su lugar, Paco se encontró frente a un callejón sin salida donde las paredes estaban cubiertas de hiedra y el silencio era tan pesado que podía oír los latidos de su propio corazón.
Desorientado, dio media vuelta, pero la calle por la que había entrado ya no estaba allí. Se había perdido en su propio barrio, en un rincón que parecía haber brotado de la nada.
Mientras tanto, Paquita, inquieta, salió a la acera. No era solo la carta; era Paco. Miró hacia la esquina y vio una silueta borrosa luchando contra la niebla.
—¡Paco! ¡Que te vas por donde no es, hombre! —gritó ella con su voz de mando.
El grito de Paquita actuó como un faro. Paco parpadeó y, de golpe, la niebla se disipó un poco. El callejón extraño desapareció y se vio a sí mismo frente a la mercería de la esquina, a escasos metros del portal de su vecina favorita. Había estado dando vueltas en círculo sobre su propio eje, atrapado en un despiste monumental.
—¡Válgame, Paquita! —dijo Paco, llegando jadeando y entregándole el sobre azul—. He debido entrar en otra dimensión. He visto calles que no existen.
Paquita cogió su carta, le dio un sorbo a su café y sonrió con picardía.
—No son dimensiones, Paco, son los años. Anda, entra y tómate un dulce, que a este paso la próxima carta me la entregas en el siglo que viene.
By: Rakel Valdearenas Mate
EFRAÍN DÍAZ
En Dos Bocas nunca hubo cartero. Tampoco se le echó de menos.
Quien se iba, se marchaba con la seguridad de los que no piensan volver. Y en efecto, ni volvía ni escribía.
Quien se quedaba, tampoco.
Aquí la palabra se daba en el camino, sin sobre ni estampilla. Y esobastaba.
Por coherencia, pereza o negligencia, ni buzones había.
¿Para qué invitar al papel a una conversación que ya estaba resuelta?
Cuando el gobierno, en un arranque de nostalgia administrativa, enviaba alguna carta, no le quedaba más remedio que mandarla escoltada por un funcionario.
El pobre hombre iba de casa en casa, preguntando como quien busca a un difunto sin velorio.
Una vez entregada la misiva, había que ir a la funeraria. Neco era el único que más o menos podía leer en el barrio.
Leía con esa solemnidad que sólo tienen los que descifran lo ajeno: despacio, con pausas prolongadas e interrupciones tratando de descifrar las palabras.
Con los años, la correspondencia se fue apagando. No por eficiencia, sino por olvido.
Dos Bocas dejó de existir en los papeles, en las agencias y en los mapas.
Ni impuestos, ni avisos, ni amenazas.
Un silencio administrativo y fiscal, que son los más cómodos de los silencios.
Y así, sin cartas, el barrio quedó en paz.
O en abandono. Que a veces es lo mismo.
En el caso de Paquita, sin embargo, el cartero llegó tarde, pero llegó. Y si no ha llegado, de seguro está en camino.
En Dos Bocas, como casi todo lo importante, nunca llegó.
JAROL LIMA
Solo un poco más y la comprare.
La primera vez que la vi, me llamo la atención. Su pequeño cuerpo, en aquella época era solo una muñeca pálida con las especificaciones básicas; lo suficiente para realizar el trabajo de forma segura y aunque muchos profesionales preferian llevar sus propias muñecas, el estado insistía se usarán las muñecas qué se compraron con las millonarias licitaciones. El encargado del almacén del instituto siempre sonreía al llevarte por los sucios pasillos de material forense, sus gordas manos se encargaban de limpiar las muñecas cada semana; aunque sorprenda la silicona también apesta si no se le da el mantenimiento adecuado.
Yo tenia un contrato temporal como psiquiatra forence en aquellos años, era solo llevar estudios básicos de inmersión en los cerebros de criminales de bajo rango, en general solo ladrones, estafadores y truanes de poca monta. Entrabas, buscabas y salias con una prueba para la fiscalia dentro del cerebro positronico de tu muñeca de asistencia mental. Dinero fácil y el placer de tenerla cerca, ser uno con ella, bucear juntos por las profundas sinapsis, nuestro lugar secreto donde podíamos amarnos lejos de las críticas de los que no comprenden nuestro vínculo que va más allá de solo lo físico.
Estos largos años me emplee en evitar que otros psiquiatras usen a mi pequeña, era solo mía, para mi disfrute, solo mi cerebro entraría en lo más íntimo de sus entrañas mecánicas.
Desde eso he comprado muchas mejoras en secreto y pagado cantidades ridículas al guardián para algún día comprarla y llevarla a mi casa.
Hoy me encuentro, a semanas de lograr mi objetivo. La felicidad invade mi ser. Miro por encima la orden de inspección mental del reo, es algún tupo de agresor sexual; estk suele ser para Saldivar, que es especialista en estos casos y lleva una cátedra en el instituto Manuel Domínguez. Me importa poco y hasta veo una oportunidad de acortar el plazo para mi maravillosa compra, los casos así los pagan doble. La orden dice: obtener grabación del acto e impresiones de agrado.
Vaya resulta la justicia requiere que el atacante disfrute del acto y la víctima se muestre asqueada. Si ambos lo disfrutaron el abogado de la defensa podría tener material para pelear el caso.
Ella está colgada de un estante, es como un cuarton de res del matadero, hasta que el almacenero toca su cabeza y ella levanta la mirada, sus ojos plateados me buscan y disimula una sonrisa, le tomo de la mano y caminamos lento por el pasillo hasta la sala de inspecciones. Nos espera un cuerpo inmovil sobre una camilla al costado esta un sillón y el equipo de enlace neural, es una reliquia de ña década pasada, ahora son tan pequeñas que podrían entrar en mi mano y con igual potencia. Esta sala es nuestro santuario y las cámaras no son permitidas aquí, cierro la puerta ansioso, paso mi mano por la delgada cintura de mi muñeca ella apenas reacciona, es muy sensible por las mejoras que encargue en su piel sintética. Me siento en la silla y ella se sube en mi regazo, es cálida y su pelo ondulado emana un perfume me embriaga. Cada centavo invertido lo vale.
Ella me extiende el cable de datos que extrae de su cuello y yo empalmo el mio con la maquina. Es momento de trabajar.
Ambos entramos en el profundo mar, solo su cerebro positronico puede evitar yo me pierda en la mente de otro humano. La tormenta de información es agua clara gracias a su suave guía. Aprovecho para besar su forma virtual, ella se sobresalta dando un suave gemido, mis manos se dirigen dentro de su vestido y juegan ahí. Ella genera una imagen virtual nueva donde es una sirena y escapa de mis brazos. En lo profundo esta la conciencia del durmiente. El vacío inmundo de un criminal que solo vive para tomar los que no puede conseguir de manera sutil. Bajamos más, ahí están lso recuerdos de ese día. Se nota el sujeto lo disfruto mucho, pues los tiene en máxima importancia.
Atrapó una burbuja que brilla y ahí están los momentos donde aprovecho qué nadie estaba en casa del vecino y visitó a la niña, estos horrores destruirian una mente normal. Pero, yo entrene desde niño, cuando fui detectado como empatico.
Ahí esta otro fragmento del recuerdo, lo tomo y se lo entrego a mi muñeca, ella los archiva. Observando un recuerdo suelto, veo un recuerdo antiguo es sobre un cartero, tiene una fiesta privada con la madre de este infeliz. Por un momento me pregunto ¿que es un cartero? Acaso antes entregaban las cosas asi y ¿no lo hacían los drones o los automatas?
Y su madre se llamaba plaquita, paquita. Que curioso. Seguramente era Beatriz. Pero, me voy en mirar mirar las cosas que ese cartero le hace, este desgraciado de niño también los espada a escondidas. Creo le haré a mi muñeca algo similar cuando sea mía. El cartero de paquita, que gran titulo para novela romántica barata.
Miro a mi pequeña y suspiro. Saldremos del sueño virtual juntos, en otra ocasión me daré tiempo para jugar con ella. Ahora es más importante despertar y llevar estos datos a la computadora judicial. Me harán el pago y llevare a mi nueva esposa a casa mañana mismo. Creo nesecitara un nombre, me gusta paquita.
L’IDIOT
Ell cartero de Paquita.
Alexis conocía los paquetes antes de tocarlos. Era una habilidad que había cultivado en veintidós años de oficio, como otros cultivan el oído para la música o el ojo para los colores. Le bastaba ver el remitente, el grosor del sobre, el peso, para saber exactamente qué llevaba dentro y qué significaba para quien lo esperaba.
Facturas: angustia contenida. Medicamentos: alivio con miedo.
Cartas de amor: ridículo hermoso.
Contratos: alegría o funeral.
Pero los libros eran otra cosa.
Los libros llegaban con dignidad distinta. Con un silencio adentro que él, en sus veintidós años, había aprendido a respetar.
Cuando esa mañana de martes llegó el paquete a la oficina de distribución, lo supo de inmediato. Lo supo por el sello editorial en la esquina, por la fecha: El libro del grupo Cuatro Hojas. El que todo el mundo estaba esperando.
Lo levantó con cuidado.
Lo puso debajo de los otros paquetes del día.
Y arrancó la moto hacia la Calle Progreso.
Había entregado cosas ahí antes: revistas, un par de zapatos de catálogo, una caja de chocolates belgas que olía a través del cartón. Sabía que la señora abría la puerta todavía con el pelo mojado y firmaba sin mirar a los ojos. Una de esas personas para las que los carteros son parte del paisaje, como los semáforos o las palomas.
Ese martes, Alexis pasó frente al 2011 sin detenerse..
Entregó todo lo demás. Las facturas con su angustia. Los medicamentos con su alivio y su miedo. Hasta una carta que olía a perfume barato y que fue recibida con una sonrisa enorme por un muchacho en pijama. Firmó todo. Escaneó todo. Volvió a la oficina.
El paquete lo dejó debajo del asiento de la moto.
El miércoles tampoco lo entregó.
El jueves pasó.
Debajo del asiento, el paquete esperaba.
Él sonrió dentro del casco. Nadie lo vio.
El viernes por la mañana, se levantó más temprano. Se miró en el espejo del baño más tiempo del habitual, no con vanidad sino con la seriedad de alguien que está a punto de hacer algo que importa.
Desayunó solo.
Tomó la moto.
Y a las nueve y cuarto de la mañana, cuatro días después de que debía haberlo hecho, tocó el timbre del 2011 de la calle Progreso.
La señora abrió con el pelo mojado, como siempre.
—Firma aquí —dijo y extendió el dispositivo.
Ella firmó sin mirarlo. Tomó el paquete. Lo miró. Y entonces algo cambió en su cara, una luz pequeña y rápida, la cara que pone la gente cuando recibe exactamente lo que estaba esperando.
—¡Por fin! —dijo.
Alexis asintió. Dio media vuelta. Bajó las escaleras.
No esperaba nada inmediato. Eso lo tenía claro
No era fama, exactamente. Alexis no quería fama. La fama era para los que escribían los libros, para los que los presentaban en salas llenas de gente con copas de vino. Él quería otra cosa, algo más pequeño y más suyo: quería ser el cartero de Paquita. Quería que alguien, en alguna conversación futura, dijera que ese libro me lo trajo un cartero que se demoró cuatro días, yo creo que lo estaba leyendo, y que alguien más preguntara cómo se llamaba ese cartero.
Alexis.
Se llamaba Alexis.
Y ese viernes, montado en su moto verde, con el sol de Abril. calentando el casco y la ruta del día todavía larga por delante, supo que su momento había llegado.
Aunque nadie lo supiera todavía.
YOMALCKRY OSORIO
Primeramente emocionada de escribirle a alguien muy especial de este maravilloso hogar de letras, nuestro lugar favorito de escribir.
A la puerta de paquita llegó el cartero
con esa carta inesperada escrita desde el alma para tan elegante dama,
una carta con muchas letras llenas de cariño y amistad para ella .
Una hermosa carta escrita con mucha esperanza.y sinceridad!. y dice asi ,
Querida Paquita :,
Es un inmenso placer saludarte por medio de estas sinceras letras , qe nacen con mucho cariño para ti.
para mi es todo un honor compartir estos maravillosos espacios contigo , que nos llenan de profunda emoción y se desbordan en sentimiento cada sentir .
Cada semana es especial poder plasmar tanto sentir , y tantos sentimientos que se expresan a través de las letras aquellas que nos conectan y acercan profundamente y nos hace sentir apasionados cada dia de lo que hacemos , nuestras manos crean magia , luz y felicidad.
que importa que estemos lejos , nos separan kilómetros de distancias , pero tenemos una cercania tan profunda .
Quizás y un dia de estos Dios nos hace el milagro de conocernos todos y compartir un delicioso café , escribir mil poesias que nos arrebaten el alma y el corazón que se pierdan en el infinito del viento y quede para la eternidad aquel encuentro tan soñado .
que nada impida ese hermoso encuentro y porsupuesto cris moreno tambien está cordialmente invitada ( Es la jefa) ella no puede faltar por nada del mundo , igual que otras bellas poetas de este hogar.
Será un encuentro fabuloso con grandes mujeres escritoras y de todas aprenderemos un poco .
Daremos un precioso tour por la ciudad degustaremos un exquisito platillo .
Tomaremos fotos a granel para que sea testigo de ese inolvidable momento que estoy escribiendo y lo siento como si realmente está sucediendo , no puede faltar Maite Bilbao , Nila , Yolanda y muchas más que se me escapan los nombres pero se quienes son ;
Este sueño será realidad no lo sabemos ! .
pero con el poder de la imaginación si puede ser,
Paquita me despido con cariño y todo respeto , esperando que esta carta sea de tu total agrado .
Atentamente :
Yomalckry Osorio
SERGIO TELLEZ
EL CARTERO DE PAQUITA
El cartero no miró el número del apartamento. Nunca lo hacía.
Llevaba veinte años subiendo al 302 y entregándole todo a Paquita López de Escobero. Facturas, volantes, citaciones del banco. Si decía Escobero, iba para el 302. Así de simple.
Ese martes el sobre azul tenía escrito con letra imprenta: «FRANCISCA ESCOBERO». Abajo, en letra pequeña: «Notificación de beneficiaria, Lotería Nacional Premio Acumulado».
Paquita lo recibió en bata, con el pelo recogido y ojeras de dos meses sin dormir por la cuota de la hipoteca. Lo firmó sin leer. El apellido Escobero le sonó familiar, pero no le prestó atención. Hacía años que todo lo que llegaba con ese apellido era para ella.
Esa noche abrió el sobre en la cocina. Su esposo lavaba los platos y los hijos adolescentes oían música en sus equipos. Nadie la vio palidecer.
Porque adentro no decía su nombre. Decía: «Estimada señora Francisca Escobero, usted ha sido seleccionada como beneficiaria del premio acumulado por valor de quinientos millones de pesos ($500.000.000)»
Paquita dobló la carta y la metió en el cajón de los cubiertos. Miró a su esposo y sonrió como si nada.
Y por primera vez en treinta años, se preguntó qué haría si ese dinero fuera de ella. Y por primera vez en treinta años, se preguntó qué haría él si fuera de él.
Cuando Paquita abrió el sobre en la cocina, su esposo la vio de reojo.
No dijo nada. Solo alcanzó a ver cómo se le iba el color de la cara. Paquita dobló la carta rápido y la metió en el cajón de los cubiertos. Sonrió y dijo: «No es nada. Otra cuenta». Bajo la cabeza y se fue a la cama.
A las 2:40 a.m. se levantó al baño. La excusa perfecta a los 60 años. De vuelta pasó por la cocina. Abrió el cajón de los cubiertos.
Ahí estaba el sobre azul.
No lo pensó dos veces. Lo sacó y leyó.
«Estimada señora Francisca Escobero, usted ha sido seleccionada como beneficiaria del premio acumulado por valor de quinientos millones de pesos($500.000.000)».
Cerró el cajón y subió a la cama sin hacer ruido. Esa noche durmió de espaldas a ella
Él piensa:»Treinta años. Treinta años con la misma mujer. Con las mismas ojeras, el mismo pelo recogido en moño, la misma bata vieja de flores desteñidas»
«Ya no es la Paquita de 22 años que me enamoró en la panadería. Ahora se queja del dolor de rodillas y del recibo de la luz. Y los hijos… dos hijos y una hipoteca que no baja ni con rezos».
«La carta dice Francisca Escobedo. No Paquita. Pero Paquita fue la que firmó. Paquita fue la que la guardó en el cajón. Si yo me presento en la lotería con la firma de ella y digo que soy su esposo, ¿quién va a decir que no?
«Si esos 500 millones caen en nuestra cuenta, yo me encargo de que no salgan. Me compro un apartamento pequeño. Sin hijos. Sin cocina llena de platos a las 10 de la noche. Me compro una mujer de 35 que se ría de mis chistes y no del recibo del gas».
«Me lo merezco. Treinta años trabajando en la bodega aguantando al jefe. Me lo merezco. Y ahora me toca a mí decidir»
Paquita piensa:»Treinta años. Treinta años con el mismo hombre. Con la misma barriga, el mismo ronquido, la misma pijama con hueco en la rodilla»
«Ya no es el muchacho de 22 que me sacó a bailar en la fiesta del barrio. Ahora se levanta tres veces en la noche y huele a pastilla para la próstata. Y los hijos… dos hijos y una hipoteca que se come la mitad del sueldo».
«La carta dice Francisca Escobedo. No Paquita. Pero el cartero me la entregó a mí. Yo la firmé. Yo la guardé. Si yo me muevo rápido y llamo a la lotería antes que él, el dinero es mío»
«Si esos 500 millones son míos, me arriendo un apartamento pequeño. Sin hijos. Sin calzoncillos viejos en el balde de la ropa. Me busco un hombre de 40 que me abra la puerta del carro y no que me deje pagando la cuota sola»
«Me lo merezco. Treinta años cocinando, lavando, aguantando su mal genio cuando llega borracho de la fiesta de la oficina. Me lo merezco. Y ahora me toca a mí decidir»
Esa noche, en la cama de 1.40 que compraron en el Éxito en 1998, dos personas de clase media baja no soñaron con viajar ni con una casa nueva. Soñaron con cómo traicionar al otro antes de que el otro los traicione a ellos.
Los dos a 30 centímetros. Los dos despiertos. Los dos con la misma idea: «Si este dinero es mío, me voy. Y si no es mío, me aseguro de que no sea de él tampoco.
*
El cartero pegó el dedo al timbre del 302 y no lo soltó hasta que Paquita abrió.
«Señora Paquita, una equivocación». Tenía el sobre azul en la mano, arrugado y con una mancha de sudor en la esquina.
«El sobre no era para usted. Era para Francisca Escobero del 502».
Paquita lo miró sin decir nada.
«Yo llevo veinte años subiendo al 302», dijo el cartero. «Si dice Escobero, yo subo al 302. Así de simple. Pero hoy el portero me dijo que en el 502 vive otra Francisca Escobero desde hace un año. Nunca le ha llegado nada».
El cartero no esperó. Le quitó el sobre de la mano a Paquita, se disculpó y subió corriendo al 502.
Paquita se quedó en la puerta con la mano aún extendida, como si todavía sostuviera el papel.
El esposo la vio desde la sala. No preguntó nada. No hizo falta.
El cartero llegó a su casa a las 8 p.m. Se quitó la chaqueta y se sentó a cenar.
Abrió su libreta de entregas en la página del 302.
Escribió: «Entrega corregida. Destinataria: Francisca Escobero, apto 502»
Se quedó mirando la frase un rato. Luego tachó «corregida» y escribió encima «a tiempo».
Cerró la libreta.
Piensa que lleva veinte años entregando papeles que cambian la vida de la gente. Cuentas. Desalojos. Citaciones. Y hoy, por primera vez, entregó algo que no cambió nada.
Y eso lo hace dormir tranquilo.
En el 302 la cama de 1.40 no hizo ruido.
Los dos durmieron del mismo lado. Como siempre.
Los 500 millones no llegaron. La hipoteca sí. Los adolescentes sí. El tinto de las 6:30 sí.
El cartero no lo sabe. Pero eso fue lo que entregó a tiempo.
LUCINDA QUART
DIME UNA MENTIRA
“Una vez al mes, Señora, se me concede el alivio de la confesión. Viene a visitarme un fraile dominico que escucha en recogido silencio mis pecados y luego me da la absolución. Así ha sido durante los cinco años que llevo preso en esta celda oscura, y con tanta diligencia he volcado mi conciencia en sus cuidados, que hace ya algún tiempo que no me quedan pecados que confesar. Ahora, el buen fraile me escucha como lo haría un amigo, sin juicios ni reproches, y la contrición propia de mi alma pecadora parece haber trocado en una suerte de afinidad amistosa. Me regocijan sus visitas, único solaz en esta vida de sombras; su conversación es amena y sus noticias del mundo exterior, aunque escuetas, me hacen sentir que aún formo parte de algo más grande que yo.
Por él he sabido del destierro del conde Alfonso Enríquez y los otros conspiradores, razón por la cual nadie está revisando mi causa. Todos en la Corte, incluidos el rey Juan y la reina madre, parecen haberse olvidado de mí. Pensaréis, con justicia, que eso acostumbra a ocurrirle a los traidores, pero también mis años de servicio a la Casa de Trastámara—de cuya mera existencia soy tan artífice como lo fueron el difunto rey Enrique o Bertrand du Guesclin—bastarían para equiparar mi castigo al de los otros: el destierro y no la cárcel, Señora. Un destierro en el que al menos, se me permitiera tener noticias de vos.
Desearía conocer cómo prosperan vuestra casa y vuestra hacienda; que me hablarais de las tierras de Treviño, en donde yo habría querido retirarme y envejecer tal y como os prometí cuando la vida era benévola con vos y conmigo. Ojalá la malhadada sombra de mi nombre y de mis actos no os haya causado algún perjuicio. Confío en que nadie haya llegado a relacionar vuestra persona con la mía y por lo tanto, os hayáis mantenido al margen de represalias o habladurías. Pediros que me escribáis, Señora, es en verdad pediros mucho. Pero vería aliviado el duelo de mis días si vos, Paquita, os dignarais mantenerme al tanto de la luz que sin duda ilumina los vuestros. Mi buen fraile se ha ofrecido a escribir por mí unas letras cada cierto tiempo, entregarlas a alguien de confianza en vuestra casa y hacerme llegar, con mucho riesgo, vuestra respuesta si tuvierais a bien darme una.
El caballero de Suances, que os sirve desde hace seis años por orden mía, es hombre cabal y soldado valeroso. Nos tomamos afecto durante aquellas lúgubres jornadas cazando “emperejilados” por los montes gallegos para mayor gloria de Dios y del rey Enrique. Mi fraile asegura haber hablado con él, y ambos están de acuerdo en hacer de carteros para nosotros, siempre y cuando, vos lo estiméis conveniente.
A nada quiero obligaros pues nada puedo exigiros, pero es vuestra cercanía y el cálido perfume de vuestro aliento lo que más añoro en esta larga noche fría. Más que la absolución de Dios, Paquita; más que el perdón del rey y más que la luz del sol. Una palabra vuestra bastará para sanarme.
Vuestro en la distancia, siempre.
Pedro Manrique”.
La dama lee esas letras con un temblor constante en las manos y un rubor creciente en las mejillas. Sentada en un escabel junto a la ventana de su casa solariega en la pedanía de Laño, Paquita Escobero siente la ira correrle por las venas como mercurio caliente. A su lado, el caballero de Suances guarda un silencio culpable o incómodo, cubierto el rostro de una palidez patibularia.
—¿Y decís, Señor, haber consentido en tomar parte en semejante abominación?—las lágrimas le congestionan el rostro y la mirada, pero no alza la voz ni pierde la compostura más allá de ese llanto silencioso y terrible que resulta más acusador que cualquier acto de violencia—. Sabed entonces que yo no cometeré tal felonía.
—Pedro morirá en la cárcel, Señora. ¿Qué mal podríais hacerle con una mentira piadosa que es, en realidad, un acto de caridad cristiana? Él únicamente os pide unas cartas. Compañía en el poco tiempo que le queda. Vuestra voz y vuestro afecto. ¿Acaso no lo amasteis una vez, Paquita? ¿Tan monstruoso os resultaría fingir que ese amor aún vive en vos, igual que vive en él?
En voz muy baja, como quién pone de manifiesto un secreto o un reproche, la dama responde con otra pregunta:
—¿Acaso no lo amabais vos, Señor, en igual medida? “Como a un padre”, recuerdo que dijisteis. “Me salvó la vida”, asegurasteis, en aquellos días en que perseguiais petristas rebeldes en Galicia. ¿Y queréis pagarle su amor y sus desvelos con una traición?
—Uno sólo traiciona lo que ama, Señora : Pedro al Reyno de Castilla. Nosotros a Pedro cuando nos casamos sin decirle nada.
Puso ante ella, sobre la mesa, una escribanía, pluma, tinta, pliegos. Y añadió:
—La primera traición siempre es la más difícil. ¿Por qué no habría de ser igual con las cartas?
—Si hago esto, nunca más volveremos a ser los mismos. ¿Lo sabéis?
—Lo sé. Escribid.
IRMA UTRILLA
«El Cartero de Paquita»
Esta participación está basada en las historias que mi mami me platicaba, y que estan llenas de amor.
Dicen que hay amores que no se terminan, solo se guardan… y se quedan doblados como cartas antiguas.
Paquita tenía el rostro más hermoso que el tiempo haya sabido conservar, su cabello corto de un blanco plateado enmarcaba su carita, como un resplandor suave, y cada mechón mostraba las historias más bellas, como si el tiempo lo hubiera peinado con mucha ternura.
Sus ojos grandes y vivos, se veían con un brillo, una luz que no se apaga, esa mirada que demuestra que ha amado con pasión, que ha esperado, que ha llorado, y aún así, ilumina reflejando la ternura, sabiduría y alegría serena que nace de su alma.
Y su sonrisa, tan delicada y cálida, como un recuerdo bonito que la hace sonreír siempre y verla con una presencia elegante sin esfuerzo, con una gracia natural que hace que todos la miren con cariño.
Ella es una mujer de las que no necesitan decir mucho para dejar una huella profunda e inolvidable.
Cada jueves, a la misma hora, se sentaba junto a la ventana con su vestido de flores ya deslavadas por los años, esperando el sonido de la bicicleta que rechinaba antes de doblar la esquina.
De repente aparecía el cartero, no era un hombre joven, ni guapo, tenía las manos ásperas, la mirada cansada… pero traía historias y alegría a las personas, y Paquita vivía de eso.
—¿Algo para mí? —preguntaba ella, aunque ya conocía la respuesta.
—Siempre hay algo para usted, doña Paquita —decía él, sacando un sobre cuidadosamente guardado.
«Cartas, siempre cartas.»
Nadie en el pueblo entendía quién se las mandaba, algunos decían que era un amor secreto, otros, que Paquita simplemente no aceptaba la soledad y se inventaba historias.
Pero el cartero sabía la verdad, las cartas no venían de lejos, las escribía él, cada semana, con tinta azul y una paciencia casi sagrada, se sentaba en su pequeña mesa de madera y recordaba… recordaba a la joven que una vez fue Paquita, aquella mujer que cuando reía iluminaba con su gran sonrisa, que bailaba aun sin música y que se enamoró de un hombre que nunca regresó.
El había estado ahí desde entonces, siempre cerca, siempre invisible.
Cuando el amor de Paquita se fue, también se llevó su manera de mirar la vida, y un día, el cartero no soportó verla marchitarse en silencio, así que escribió la primera carta.
«Paquita, hay cosas que el tiempo no logra borrar, y yo no te olvidé», ella lloró esa tarde, y desde entonces… volvió a vivir, las cartas hablaban de pasión, de noches que no existieron pero que ella sentía reales, de promesas tardías, de arrepentimientos… de un amor que parecía resistirse a morir.
Paquita las guardaba todas en una caja de madera, las leía antes de dormir, acariciando cada palabra como si tocara una piel que ya no estaba.
Hasta que un jueves… el cartero no llegó, el silencio fue más fuerte que cualquier ausencia, pasaron días, luego semanas, y una tarde, empujada por una mezcla de miedo y esperanza, Paquita caminó hasta la pequeña casa donde vivía el cartero, la puerta estaba entreabierta, adentro, todo era sencillo… pero sobre la mesa, había algo que le detuvo el aliento, un montón de sobres, todos con su nombre, y una última carta, aún sin entregar, temblando, la abrió, y decía: «Paquita… perdóname por no haber tenido el valor de amarte en voz alta, fui yo quien se quedó, fui yo quien te escribió cada palabra que necesitabas escuchar, no fui tu pasado… pero quise ser tu presente, aunque fuera en secreto, si algún día lees esto, sabrás que el amor sí regresó… solo que nunca supiste que estaba frente a ti.»
Paquita no lloró, sonrió, porque en ese instante entendió que el amor no siempre llega como lo esperamos… pero cuando es real, se queda, y esa noche, por primera vez en muchos años, no necesitó una carta para sentirse amada.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
SERVICIOS INFORMATIVOS
En Matagorda de los Caños hay tres cosas inevitables: el calor en agosto, las deudas en el bar de Manolo y que Paquita se entere de todo antes de que pase, detalles inéditos incluidos.
Sin embargo, a pesar de esas tres constantes, el azar campa libre a sus anchas y todo se descontroló el día de la llegada del nuevo cartero. Desde esa fecha, marcada en rojo en los calendarios de sus vecinos, la vida en Matagorda de los Caños dejó de ser normal… y empezó a ser mucho más interesante.
El cartero en cuestión era Anselmo, aunque casi nadie lo llamaba así. Para todos era “el cartero de Paquita”. Y no porque trabajara para ella, algo que ya de por sí sería raro, sino por el hecho de que Paquita fuese, sin discusión, la principal destinataria de sus visitas.
El primer día, Anselmo llegó con uniforme impecable, su bolsita de cuero cruzada y una inocencia que daba hasta ternura. El pobre pensaba que repartir cartas consistía simplemente en dejar sobres y decir buenos días. Poco intuía la criatura que acababa de entrar en territorio hostil.
Paquita, viuda desde hacía quince años y con poco que hacer, tenía dos gallinas, un ficus que sobrevivía por pura cabezonería vegetal y una curiosidad infinita por todo lo que no le incumbía. Vivía en la esquina de la plaza, justo donde el cartero tenía que pasar. Sí o sí, quisiera o no. Un punto estratégico, algo así como el Gibraltar de Matagorda de los Caños.
El primer día, Anselmo llamó a su puerta con una carta en la mano.
—¿Paquita Gómez? —preguntó.
—¿Qué quieres? —retumbó su voz desde el interior, ladrando como si le debieran dinero.
—Traigo una carta.
—Ah, pues entonces sí soy yo. Pasa.
Pasa.
Primer error. Error grave. Muy grave. Catastrófico.
Antes de que pudiera darse cuenta, Anselmo ya estaba sentado en la cocina con un vaso de gazpacho en la mano, observando cómo Paquita abría la carta con la rapidez de un colibrí y una precisión quirúrgica.
—Pero… ¿no debería abrirla usted sola? —dijo él, con voz débil.
—Claro, hijo. Tú no mires —respondió ella, leyendo en voz alta.
Desde ese momento, el cartero acababa de dejar de repartir cartas para empezar a repartir cotilleos con remite y código postal. En menos de una semana, a fuerza de repetirse el mismo patrón, Paquita había acabado optimizando el sistema. Colocaba dos sillas en la puerta, la suya y otra para Anselmo, una sombrilla, un abanico de tamaño casi industrial y un cuaderno donde apuntaba todo. Y cuando decimos todo, es TODO.
Antes de que Anselmo pudiera decir estos pies son míos, Paquita ya le tenía preparado un interrogatorio:
—¿De dónde viene la carta? ¿Quién la manda? ¿Traes muchas más? ¿Hay alguna para la Encarni? Porque esa seguro que tiene algo…
Anselmo, que ante todo era hombre educado, pero no especialmente rápido, respondió a cada cuestión planteada. Error número dos.
Ese día escapó como pudo, pero al día siguiente, Paquita ya lo estaba esperando en la puerta con la silla y dos vasos de agua.
—Siéntate, hombre, que el sol está fuerte —le dijo, como si ambos llevaran años con esa misma rutina.
Cada jornada se repetía la mecánica. Paquita tenía conocimiento preciso de la hora a la que pasaba, de qué llevaba en la saca y, lo más inquietante, de a quién le iba a entregar cada cosa antes de que él mismo lo supiera. Anselmo ya ni discutía. Le entregaba el correo como quien entrega su alma. Y así, sin darse cuenta, el pobre funcionario postal quedó atrapado cual mosca en tela de araña.
—A ver, ¿qué tenemos hoy? —decía repasando— carta para la Encarni (seguro que del banco, que está tiesa), paquete para el Paco (demasiado grande, a saber) y… uy… certificado para el alcalde. Aquí hay salseo.
—¿Cómo lo sabe? —preguntaba Anselmo, desconcertado.
—Porque ayer vino su cuñada a preguntar si había llegado algo importante. Y cuando alguien dice “importante”, siempre es certificado.
Con el paso del tiempo, el pueblo empezó a notar retrasos en el reparto.
—El cartero tarda mucho —decían.
—Claro —respondía otro—, es que el correo pasa por Paquita. Algo que, con el tiempo, se llegó a normalizar.
Sin embargo, un día el alcalde decidió investigar. Escondido tras el ficus (el mismo que sobrevivía de puro milagro) observó la escena. Ahí estaba Anselmo, sentado, comiendo rosquillas mientras Paquita abría cartas, una tras otra, que claramente no eran suyas.
—Esto no puede ser —murmuró el alcalde.
En ese momento, Paquita levantó la vista.
—Sal de detrás del ficus, hombre, que se te ven los pies.
El edil salió, rojo como un tomate.
—¡Esto es una irregularidad gravísima! —proclamó.
—Grave es lo de su recibo de la luz —replicó Paquita, agitando la carta—. ¿no le da vergüenza?
Se produjo un silencio. Anselmo miró a uno y a otra, sin saber si huir o pedir otra rosquilla. Y finalmente, el asunto se llevó al ayuntamiento.
—Esto no puede seguir así —dijo el secretario.
—Estoy de acuerdo —añadió el alcalde—. ¡Esto es un caos!
En ese momento, Paquita entró sin llamar.
—¿Caos? Caos era antes, que no os enterabais de nada. Ahora hay transparencia. Y entretenimiento. Que aquí no había emoción desde que se cayó del burro Julián.
Julián levantó la mano:
—¡Y sigo cojeando!
Finalmente, la alcaldía de Matagorda de los Caños en pleno municipal tomó una decisión histórica: nombrar la casa de Paquita “Centro Oficial de Interpretación Postal y Asuntos del Pueblo”. Anselmo, por su parte, fue ascendido a “jefe de transporte de documentación y servicios informativos de Paquita”.
Desde aquel día, nadie volvió a quejarse del retraso del correo. De hecho, la gente empezó a pasar por casa de Paquita, casualmente, a la hora del reparto. Y cada habitante del pueblo, por primera vez, estuvo perfectamente informado… quisiera o no. Dicen que hoy en día, si mandas una carta allí, no solo llega. Claro que llega, pero también se lee, se comenta, se dramatiza… y probablemente acabe con aplausos en la plaza.
Porque el cartero lleva cartas, sí. Pero Paquita… Paquita lleva el espectáculo a Matagorda de los Caños. Villa postal donde las haya.
Pedro Antonio López Cruz
AXY LINDA
—Marle, ¿sabes quién le escribe tanto a Paquita?
—Ni idea, Lusti, pero la veo muy feliz cuando llega el cartero. Imagino que ha de ser algún pretendiente que le gusta mucho.
—Es extraño que solo salga a poner su respuesta al correo y a ver a sus amigas. No he querido preguntarle, por respeto; prefiero que ella nos cuente cuando sienta deseos de hacerlo.
—Bueno, mujer, me parece bien esperar.
Y así transcurre el tiempo, con Paquita aguardando al cartero para recibir la anhelada misiva diaria. El joven cartero no deja la correspondencia en el buzón, como con los demás, sino que espera a Paquita para entregársela en la mano. Así, con el saludo cotidiano, poco a poco comienzan a cruzar más palabras, hasta que un día, armándose de valor, Keiffer le dice:
—Hoy es mi último día como cartero; por fin me he titulado y me han ofrecido un buen trabajo. Por eso me permito preguntarte si puedo seguir viniendo a conversar; desde luego, sin interferir en la relación que tengas con quien te escribe.
Paquita sonríe dulcemente y contesta:
—Nada me dará más gusto. Lo único es que ya no recibiré más cartas.
Él la mira extrañado; ella continúa:
—Las cartas me las mandaba yo… para poder verte a diario.
Los dos comienzan a reír, porque ninguno había entendido el interés del otro; solo “suponían” (él, que ella tenía novio y ella que a él no le agradaba).
Los papás de Paquita, asombrados, los ven abrazarse.
Axy Linda San-Fre
CÉSAR TORO
El cartero de Paquita.
Paquita reside en un barrio de la zona rural, las calles polvorientas y los pocos habitantes hacen del lugar un pueblo fantasma, de esos donde la vida es una rutina y casi nunca pasa nada.
Buenos días, dijo José el cartero que llegó en su antigua bicicleta Shimano, se acercó hasta la reja cojeando y le hizo entrega del sobre a Paquita, quien le sonrió y lo miro con gratitud con esos ojos color de cielo. El cartero quedó un momento en silencio, luego despidió y se alejó en su bicicleta. Ella abrió el sobre, era la respuesta que Paquita estaba esperando de la universidad.
Desde entonces todos los viernes muy temprano, el cartero trae una carta para Paquita, la saluda quitándose la boína desgastada por el sol, la observa con detenimiento y se aleja muy contento a continuar con su labor.
Paquita es una mujer reservada y no espera ninguna carta; así que, con cierto desdén la echa en cajón de los papeles junto al escritorio de su habitación, recuerda los consejos de su abuela Clementina quien le decía que debe ser cuidadosa con las misivas y que si no está esperando una; no la abra, pues siempre llegan cartas de cadenas que dicen que tienes que sacar copias y enviar o cosas de publicidad sin importancia.
Por tal razón, Paquita seguía acumulando las cartas en el cajón.
Mientras la vida se escurre entre los dedos ella mira por la ventana como el tiempo corre inmisericorde, se refugia en la lectura y de vez en cuando escribe unos versos que no sabe si alguien llegará a leer algún día.
Así pasaron los años las cartas siguieron llegando , Paquita indiferente y José sonriente seguía repartiendo cartas en el pueblo.
En mayo, un día lluvioso el cartero llegó empapado y entregó el sobre estilando. Paquita al verlo tiritando de frío, lo invitó a pasar y le ofreció un café caliente, se sentaron en la mesa y se miraron por largo rato, él la miraba a los ojos sin articular palabras; mientras ella se cubría parte del rostro son su mano.
Cuando la lluvia cesó, ella lo despidió con un fuerte abrazo. Él sin saber qué hacer ni qué decir si dirigió cojeando hasta su vieja bicicleta y desapareció a toda velocidad, sin percatarse del camión, que venía por la avenida principal.
Aquella tarde en la iglesia del pueblo, doblaron las campanas.
Han pasado tres meses, Paquita no ha vuelto a recibir cartas; aunque no las esperaba, siente una sensación de vacío al no ver al cartero que todas las semanas le hacía llegar las misivas y le saludaba con cariño. Pasaron los días y no aguanto la tentación así qué fue hasta el viejo cajón; tomó una carta al azar y la abrió, se sentó cómoda en su sillón tras el espacioso escritorio y leyó.
“Estimada Paquita te gustaría casarte conmigo”
Atte.
MARIANA DI PASCUA
LA PROMESA DE ORO
A los cinco días de nacida me raptaron una tribu de gitanos conocidos como los Mitones. Mi nombre fue Hellen hasta los quince años. Yo crecí feliz con mis padres y hermanos. Nos moviamos por Inglaterra en caravanas marrones por los charcos y el polvo de los caminos. Cuando nos deteníamos se armaban grandes carpas que no siempre resistian lo mojado del aire.La mayoría éramos Rubios o pelirrojos. Yo no conocía otra vida que la de escandalosas noches con danzas de polleras largas. Un padre callado que me miraba con enojo. Sin Embargo Margo mi madre me cuidaba más que a mis hermanas y siempre estaba alerta. Mi padre murió de un mal desconocido, en1904 y no hubo magia que lo salvara.
Se quemó la carreta con el cuerpo y se lo despidió sin llanto.
Al mes mi madre me llevó con ella al río a lavar la ropa. Esta vez les hace una seña a mis hermanas para que no nos acompañen.
Me entregó trece cartas que decían mi nombre y las firmaba un tal Charles. A los pocos días vino una pareja de LIVERPOOL y conocí a mi padre real. Mi madre tubo un amorío con èl y en venganza mi padre gitano me robó y me hizo su hija para no devolverme nunca. A partir de mis dos años mi madre intercambio un correo con chales y le prometió que me entregaría todas sus cartas a mis quince años y también haría lo posible para que no siga con los gitanos
para que tuviera una mejor vida.
Me fui con Charles y su esposa y me apodaron Paquita por una obra de una niña que fue Raptada por unos gitanos. Crecí bien adaptada a las nuevas costumbres británicas y fui feliz. A veces recordaba a mi madre en los últimos tiempos de mi padre agónico. La vi poniéndole a su comida un polvo dorado que siempre andaba entre sus polleras. Yo vi que lo tiró en la carreta ardiendo en llamas y me miró con una sonrisa que creí entender cuando me dio las cartas.
EVA AVIA TORIBIO
Paquita y su cartero
La figura del sillón ya no regresa a su estado natural cuando, Paquita, lo abandona para adentrarse en esa pasión que tan viva la mantiene. El escritorio, tiene mucho de que hablar sobre ella y el resultado, son las letras que nos mantienen sentados en cada uno de nuestros sillones.
Ese sillón es el testigo de las lágrimas, de las risas, de la pasión, pero, sobre todo, de la indignación de Paquita cuando ciertos temas o sucesos llegan de las letras de otros.
—¡Cari, mira que ha publicado Eva, me ha destripado toda la sorpresa! —Que da un saltito del sillón—. Menos mal que Maite le ha dado un tirón de orejas y le ha respondido que lo elimina automáticamente —Con gestos de satisfacción.
—No seas tan dura con ella, ya sabes como se siente cuando recibes el libro y no ha podido resistir mostrar su felicidad —le contesta, al depositar, en la mesita del té, el batido matutino que le prepara.
—Tienes razón, pero si yo la entiendo, es catártico, es casi mejor que un orgasmo, ¡ja, ja, ja!
—Que chistosa, gracias por lo que eso conlleva —Su cruce de brazos es acompañado de esos morritos que tanto la incitan a besar.
—Anda, ven aquí —Le agarra de la camisa y le obliga a inclinarse para robarle un beso.
—¿Qué voy a hacer contigo? —sonríe, pícaro.
—Nada, aguantarte. Por cierto, ¿ha llegado alguna notificación de Correos? —Con gestos de satisfacción al degustar el batido.
—Que va, yo también estoy esperando un paquete y nada.
—¡Todos los años igual, siempre se retrasa! ¡Y luego solo me pone escusas! ¡A ver cuál es la de este año!
Suena el timbre.
—¿Paquita? —Exhausto.
—Si, un momento. Cari, el cartero.
—Voy.
—Perdona el retraso —dice, el cartero, con paquete en mano.
—Ya, ya —Arrancándoselo —Ya nos conocemos. ¿Quieres pasar?
—¿Me vas a leer lo que tú has escrito?
—Claro, hombre. Pasa. ¿Un café?
—Bien cargado, gracias.
—¿Qué te ha pasado este año?
—Te vas a reír, al menos esta vez no me ha ocurrido nada, pero es que, mi churri, a leído las reglas del Risk que se ha inventado la Incondicional y ya podrás imaginar, ¡ja, ja, ja!
—Pues si es por eso, estás perdonado —ríe, picarona.
Unos minutos después.
—Gracias. Tienes razón, es posible que los pequeños gestos que hacemos diariamente no solucionen nada, pero no hay que dejar de intentarlo. El café, delicioso —sonriendo.
Hasta el año que viene.
BLANCA CERRUTI
DIRECCIÓN INCOMPLETA
Hace unos años que Paquita llegó al pueblo. Sola. Compró una casa que tenía un pequeño huerto y se instaló.
Se adaptó enseguida. Compraba en el colmado y colaboraba con todos cuando se celebraba algo en el pueblo, pero nadie sabía nada de su vida.
Estaba suscrita a tantas revistas divulgativas, que el cartero y ella se cogieron confianza. Como su casa era siempre la última a la que repartía y, el camino era cuesta arriba, cuando el cartero llegaba, si eran tiempos de calores, Paquita le ofrecía una limonada; se sentaban en el poyo de la puerta y charlaban un rato. En invierno, le ofrecía un vaso de vino y se lo tomaban al calor del brasero.
Aquella tarde, el cartero no llegó con una revista, sino con una carta.
—Buenas tardes, Paquita.
—Hola, Ramiro.
—Traigo una carta, que no sé si es para ti, pero las otras dos Paquitas, cuando les he nombrado el pueblo que aparece en el matasellos, me han dicho que allí no conocen a nadie.
La carta no tiene remite y solo trae en la dirección un nombre de pila: Paquita, pero no me gusta devolver una carta sin antes agotar todas las posibilidades —dice Ramiro entregándosela.
Paquita la coge y el color huye de su cara. Sí, es para ella; la letra con la que han escrito su nombre no deja lugar a dudas.
—Según el matasellos viene de Sombriana, ¿te suena ese pueblo? —pregunta Ramiro.
—Sí, en ese pueblo tengo amistades y reconozco la letra.
Ramiro, que se ha dado cuenta de que a Paquita se le ha mudado el color, dice tener prisa y se despide.
Ella entra en casa. Guarda la carta en un cajón de su cómoda. No tiene valor para leerla. ¿Cómo habrá dado con ella? Eso no importa. Que haya escrito en vez de presentarse la tranquiliza.
A la noche, en su habitación, abre el cajón donde la ha guardado, la coge y se sienta sobre la cama. Le da vueltas entre las manos sin decidirse a abrirla, pero al fin, rasga el sobre y extrae la carta.
Es de él, apenas unos renglones…
Paquita:
Te hice mucho daño, lo sé; pero te fuiste sin que llegara a pedirte perdón y vivo atormentado.
Te he buscado incansablemente porque necesito pedirte perdón una y mil veces. No espero que me perdones, fue mucho lo que te hice sufrir, sin embargo, mantener la esperanza de que algún día puedas hacerlo, me dará algo de paz.
¡Perdóname, Paquita! ¡Perdóname!
Ernesto.
Paquita relee la carta. Su herida se ha cerrado, pero en falso. Vuelve a guardarla y se acuesta. EL sueño tarda en llegar, no puede olvidar lo que ha leído.
Apenas ha amanecido se levanta y pasa el día ocupada en sus cosas, pero lo leído en la carta no se le va de la cabeza.
Él, atormentado por lo que le hizo; ella, viviendo sin alma porque tampoco olvida…Y algo le va revolviendo las entrañas. No es el recuerdo de lo que vivió, es el rencor lo que hace que su vivir sea solo aparente.
Van pasando los días. No puede dejar de pensar en ello y al fin toma una decisión: lo perdonará, su corazón también necesita liberase para encontrar paz y volver a la vida.
Escribe la carta, concisa. Pone la dirección, pero no remite como un claro punto final.
Luego espera al cartero. No ha querido echar la carta al buzón. Se la entregará en mano.
Cuando llega, esta vez trae una revista.
—Buenas tardes, Paquita.
—Hola, Ramiro.
El cartero le entrega la revista. Paquita le entrega la carta.
—No he querido echarla al buzón. Tuviste la paciencia de buscar al destinatario en vez de devolverla y quiero que sepas que, con ello, has propiciado que dos personas hayan encontrado la paz.
Ramiro guarda la carta en la valija y le tiende la mano a Paquita que se la estrecha. Ninguno dice nada, pero los dos saben que ya son algo más que una vecina y su cartero.
—¿Un vinito, Ramiro?
—¿Cómo no, Paquita?, que cada vez me cuesta más subir hasta aquí.
MAITE BILBAO
LA CARTERA
Dedicado a Paquita Escobero.
Bajar supone un castigo. El fango cede ante el peso del oficio. El cuero de la saca, duro por el salitre, muerde mi hombro tras un año de intemperie. Tú habitas el fondo. El aire aquí abajo escasea; solo distingo el rastro de burbujas de otros compañeros desde sus propias fosas, destellos de oxígeno que marcan la ruta y fuerzan el descenso. Floto en una marea de urgencias vacías con sabor a aplazamiento.
El tomo de De Profundis actúa de lastre; el océano devora el añil de la portada hasta borrarlo mientras el lodo se aferra a mis botas. Un zumbido eléctrico detiene mis pasos ante un murmullo de relatos ajenos, pero ignoro la estática y obligo al avance. Cierro los ojos. El agua es tinta espesa hecha de tu silencio; tus párrafos mudos golpean mi esternón con la fuerza de un naufragio.
A media profundidad, la luz muere. El frío golpea con su bloque sólido y surge el miedo seco de Elara: el tiempo vuela perdido. La duda sabe a óxido. Bajar parece inútil, pero el reparto manda. Como cartera, mi ruta termina en tu fosa.
Te encuentro en un estrato de calma, sumergida en tu propia densidad. Entrego el volumen que traigo bajo el brazo, el libro de todos que al fin llega a su destino. Al rozar tus dedos, el contraste sacude mi cuerpo: tu piel vibra ante el tacto gélido del papel. El abrazo nos funde y recupera aquel diciembre ante la ría de Bilbao. Siento el peso real de tu cuerpo contra el mío, una presión que me devuelve el aire tras un año de vacío. El ante de tu abrigo se empapa bajo mis palmas. Choque de huesos. Aquel día el cauce grabó una sola marca: nuestras pieles guardan la misma memoria. El agua dulce inunda el abismo y detiene la muerte térmica del fondo. La vida sabe a esa piel curtida y a tu aliento recobrado.
Te miro.
—Busco tu rastro —digo. La tinta necesita aire.
Subimos. El ascenso golpea con violencia; la tinta nos envuelve, nos tiñe los dedos y la cara mientras la saca se deshace contra las corrientes. Protejo el libro con mi propio pecho, hundo el mentón sobre el cobalto para que el agua no lo arranque de mis brazos. La tensión de la superficie ofrece resistencia, nos frena con su peso de espejo ciego, hasta que el exterior nos reclama con un latigazo. Al romper la membrana del agua, el aire astilla la cara. Huele a hierba recién cortada. El sol de abril escuece. El lodo se mezcla con el salitre y la negrura que todavía gotea de nuestras ropas. Regreso del abismo con el cuero deshecho, pero tu presencia y el libro brillan intactos.
Nuestras manos siguen unidas. Dos plumas arañan hoy el mismo barro.
CARMEN BERJANO
Horror vacui de sentimientos (para el tema de la semana)
El cartero de Paquita llegaba a diario a las 11,30.
Hubo afinidad desde el primer encuentro.
Paquita vendía artículos por internet y necesitaba seriedad por el compromiso adquirido con sus clientes.
El cartero un día le preguntó por la cortina naranja que adornaba el salón y tamizaba coloreando la luz. Ese detalle hizo que entrara más allá del descansillo. Y Paquita le explicó todo. La decoración del salón estaba basada en artículos y muebles de sus viajes. Era un poco horror vacui el resultado, pero agradaba.
Ya puestos le ofreció un café. Afuera llovía a cántaros, y apetecía templar el cuerpo con un poco de brasero y café. Aquellos cafés se convirtieron en tradición.
La cercanía era cada vez más.
Hasta el punto que un día Paquita está triste por una movida con su hija y el cartero se lo notó y le pidió un abrazo. Abrazo que se prolongó más de lo habitual y es que una vez unidos les era imposible separarse.
Paquita lo empezó a pasar mal porque tenía pareja y nunca vio una amenaza tan clara como en esos momentos.
Los abrazos se convirtieron en tradición y los cafés en excusas para pasar más ratos juntos.
El cartero era diez años más joven que Paquita y no tenía hijos. Paquita vivía con su hija de 22 años, estaba divorciada y tenía pareja a 200km desde hacía 6 años. Se veían un par de fines de semana al mes.
En estos 6 años nunca dudó de su historia de amor como le estaba haciendo dudar la historia con su cartero.
Hasta el punto que el cartero le propuso pasar un fin de semana juntos en un alojamiento rural de su familia y ella accedió.
Paquita no era de tener varias historias a la vez. Su cabeza no soportaba tanta intensidad. Así que llamó a su chico y le dijo que necesitaba tomarse un tiempo.
Y se fue con el cartero.
Y aguantó las bromas de su amiga sobre el colágeno.
De todo esto han pasado 9 años. Conviven, viajan y, sobre todo, se siguen abrazando.
Carmen Berjano.
LILIANA GIANNINI
Flores de blanco
Paquita mira por la ventana. Maria acompaña a Luisito al colegio, Fran se va en su coche celeste, un grupo de adolescentes pasa cantando y riendo.
-Ya debe ser la hora, espero que no se retrase como ayer. ¡Ahí está! –
– Buen día Paquita. ¿Hace mucho que espera? ¿Descansó bien? ¡Pero que bonita que está hoy!
– ¡Ay no diga eso, que me pongo colorada! A usted le queda muy lindo el uniforme de cartero, ¿trajo algo para mis padres?
– Estas viejas cartas y… Flores que se marchitan al verla a usted…¿Le gustaría acompañarme mientras termino el reparto de la cuadra? Pedimos permiso si quiere.
Los dos caminan casi rozando sus manos, el amor los une en silencio.
Como cada día desde hace 10 años Paquita espera que llegue «su» cartero.
Una mujer de blanco se acerca, debe ser una vecina nueva.
– Señora Paquita…
– ¿Y usted es…?
– La acompaño, alguien quiere hablar con usted.
Paquita cae de rodillas, llora en silencio abrazada a las cartas que guarda en el bolsillo y entiende… Mi marido ya no va a volver
MARIO NÚÑEZ
Paquita fue de mis primeras conocidas en este oficio de cartero. Pocas personas emplean ahora los servicios del Correo público. La mayoría de las prestaciones de envíos y recepciones son cubiertas por empresas privadas.
Pero yo, fiel a la tradición familiar, admiro el uniforme celeste piedra, el bolsón de cuero cargado hasta los topes de cartas y paquetes pequeños.
Éramos muy jóvenes: yo, poco más que un adolescente cuando me presenté a la pasantía como funcionario del Correo, que luego se trasformaría en un empleo presupuestado para toda la vida – o con eso sueño -.
Paquita está en mi ruta. La conocí muy pequeña. Apenas la dejaban salir de su casa con pasos temblorosos y medio erráticos, siempre protegida por la reja del jardín de su mansión vetusta. Sus padres eran algo mayores ya – en la época en que comencé mi carrera de cartero, todos los mayores de treinta me parecían viejos, jeje -.
Cada mes, puntualmente entregaba en su casa los ejemplares de la suscripción literaria. La mayoría de las veces libros, y un par de meses al año, juguetes, revistas y souvenirs, que los padres de Paquita le regalaban para sus juegos al aire libre.
Como toda pequeña, primero los rompía, luego aprendió otros juegos y al poco tiempo, con la mirada cómplice de los padres, yo, el humilde cartero, separaba los regalos, dejaba la suscripción en el buzón de la casa del regalo que entregaba a Paquita, que me lo pedía al verme llegar.
Puede decirse que crecimos juntos: ella en el seno de su hogar amoroso, y yo como un verdadero profesional de las entregas, puntual, comprometido, profesional, en invierno o verano, con lluvia o sol, como solo sabemos hacer los carteros por vocación, aunque el público jamás parece enterarse; pero ese placer no es solo por vocación de servir, sino también porque disfruto como pocas cosas, con la excelencia en mi trabajo.
Paquita valoraba mis visitas y entregas, desde mi llegada hasta que me despedía, con la misma alegría y entusiasmo de llegada que de partida.
Conmigo se expresaba como con nadie, quiero creer.
Una vez – recuerdo – le compré unas golosinas que recibió con la alegría de siempre. Sin embargo, sus padres no tomaron de buen ánimo mi obsequio, y me pidieron que no volviera a hacer algo así. Me costó entender su actitud, y a Paquita también. Yo no encontré nada malo en obsequiarle y en recibir ella mi regalo. Pero reglas son reglas, y en su casa, sus mayores las imponen. Mi profesionalismo me hizo disculparme, prometer que ya no trascendería los límites que la reja señalaba, y al mes siguiente todo volvió a ser como antes.
Paquita fue creciendo – seguramente yo también – pero me pareció verla hacerse adulta demasiado rápido, y hasta sentí verla envejecer mes con mes.
Mi ruta me llevaba a verla, y mi amor – sí, amor secreto, inconfesable – por Paquita me llevó a pasar de modo inadvertido, sin uniforme, un par de veces por semana frente a la reja, terminado mi horario de trabajo o en días feriados.
Nadie parecía notarme sin el bolsón de cuero. Bueno, nadie no. Paquita presentía mi llegada, y me esperaba cerca de la reja, sin poder ocultar su alegría al encontrarnos, cada uno de un lado de la alta reja.
Mi ansiedad por llegar era compensada por su recibimiento, discreto, ya sin los aspavientos de cuando era pequeña, seguramente para no alertar a sus padres que no aprobarían en modo alguno nuestros encuentros furtivos sin más razón que simplemente vernos durante unos minutos. Pasaron años; yo ya encontraba un par de canas en mi bigote y cejas.
Un día Paquita no apareció. Al sábado siguiente tampoco.
Mi corazón osciló entre el vuelco por la sorpresa y la angustia por saber qué habría ocurrido.
¿Sus padres nos habrían descubierto?
¿La familia ya no vivía allí?
¿Paquita se habría ofendido conmigo por algo? Días y noches torturándome sobre qué hice mál, en qué la dañaría, qué de mí la enojaría o mucho peor, qué la habría defraudado.
Más de una semana interminable, hasta que, al cargar el bolsón, encontré el paquete de siempre para la familia de Paquita.
Me armé de coraje, paré en un cafetín de mala muerte antes de llegar al lugar donde las moscas pedían pista y solicitaban despegue en mi mesa junto al pocillo con marcas de café añejas.
Me fumé los primeros diez cigarrillos de mi vida, encendiendo uno con la colilla del otro, y ya envalentonado, avancé los últimos cien metros hasta la casa.
Paquita tampoco estaba esta vez.
No pude soportar eso. Sin pensar demasiado, timbré. Salió la mamá de Paquita.
¡Buen día señora! Aquí está su suscripción. ¿Paquita? No la veo por acá.
La señora tomó el paquete como en una ceremonia, con ambas manos. Bajó la mirada, sumamente interesada en los baldosones de cemento de la entrada del coche.
Tuvimos que sacrificarla. Estaba muy viejita y enferma ya.
JUAN C VALTIERRA
El cartero
Juan C Valtierra
Aurelio ya no sabía si la carta era nueva o si siempre había sido la misma.
El camino al rancho de Paquita olía distinto según el mes. En mayo olía a tierra que pide agua y no la merece. En julio a zacate mojado y a estiércol bajando por el bordo. En octubre a la leña de alguien que ya encendió el fogón aunque todavía no hace frío, nomás por costumbre, nomás porque el cuerpo sabe que algo está terminando. Aurelio había caminado ese camino en todos sus olores. Ya no sabía en cuál estaba.
El nopal seguía caído desde quién sabe cuándo. La cerca de alambre oxidada. A la derecha, el cerro pelón; a la izquierda, el arroyo seco que en agosto se llenaba y arrastraba lo que encontraba. Hoy el sol pegaba de frente y la vereda era blanca de tan polvorosa. Los huizaches no daban sombra. Nunca habían dado suficiente.
La carta venía de Guadalajara. Sobre café, tinta azul, bordes ya curvados por el calor del zurrón. Pesaba como pesan las cosas que no llegan. Aurelio la había sacado muchas veces para verla. La dirección era clara: Francisca Ruelas Vda. de Mendoza. Rancho El Sauzal. Municipio de Jalostotitlán. Nunca la había abierto. Eso sí no.
Usted que me lee — dígale que vine. Que siempre vine. Que la carta todavía la traigo y no la he abierto porque no me corresponde. Dígaselo usted, que puede. Yo ya no sé si ella me oye.
El portal de Paquita era de madera rajada, con la pintura azul comida por los veranos. Había una maceta de barro donde antes crecía algo — ya no crecía nada — y una piedra grande junto al quicio donde ella se sentaba las tardes a esperar que bajara el calor. La puerta olía a encierro. A cuarto que ya no se ventila.
Tocó.
Los cerros devolvieron el golpe, como siempre devuelven todo.
Nadie abrió.
Aurelio metió la mano al zurrón. Sacó la carta. La sostuvo frente a la puerta un momento — frente a la madera rajada, frente al azul comido, frente al silencio que ya tenía forma de Paquita — y luego la volvió a guardar.
No la dejó.
No podía decir por qué. El reglamento postal, artículo 14, inciso c, establecía que toda pieza no entregada debía reintentarse al día hábil siguiente. Nada decía sobre lo que se siente cuando una carta ya no tiene adónde ir pero tampoco puede volverse.
Paquita murió en noviembre, con los primeros fríos. Sola. La encontraron con las manos cruzadas sobre el regazo, como quien espera en una sala que no tiene puerta. Afuera llovía. Dicen que llovió tres días seguidos y que el arroyo bajó cargado.
Yo no sé quién me escribe. Nunca supe. Pero usted que puede — ábrala. Léala por mí. A mí ya no me llegan las palabras. Dígame qué decía. Dígame si era importante. Dígame si alguien me esperaba a mí también, en algún lado.
Aurelio lo sabía, aunque no podría decir cómo. Los muertos se enteran tarde, pero se enteran.
Una mujer que bajaba del cerro lo vio en el camino y no lo saludó. Aurelio pensó que quizá no lo había visto. Luego pensó que sí.
Mañana volvería. Eso pensó también en febrero, cuando el frío le entró por el pecho y se quedó, y el zurrón cayó antes que él, y las cartas se fueron por el bordo, todas menos una.
Se ajustó el zurrón al hombro y se dio la vuelta.
El camino olía a tierra que pide agua.
Y así los dos —Aurelio con su sobre que no suelta, Paquita con sus manos cruzadas— seguían esperando, cada uno desde su lado de la puerta, sin saber que del otro lado no había nadie tampoco. Sin saber que los dos le habían pedido lo mismo al mismo lector. Sin saber que ese lector tampoco pudo hacer nada.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
Paquita iba a acceder al portal de casa cuando, con las llaves en mano, preparadas, se chocó con el hombro del cartero por primera vez.
Sus gafas de sol en esa tarde de otoño y el hecho de andar metida en sus pensamientos no le acercaron ni de lejos a ver el rostro del cartero. Tan solo la espalda de este, una vez tomaba la calle para seguir con su jornada.
Accedió al buzón y recogió las seis cartas que allí esperaban a Paquita.
Ya en casa, la recibió el silencio que tanto había deseado en su juventud y que ahora se le antojaba un castigo: uno, quizás, pide cosas sin saber si está preparado para vivirlas.
De entre la correspondencia, cartas de su banco, alguna que otra factura ya abonada y una que ese día llamó su atención. Una carta sin remitente.
En ella se describía la situación de una joven que todavía en edad escolar tuvo que sacar adelante a una familia de tres hermanos, ya que la desgracia de perder a la madre prematuramente había sumido al padre en honda pena. Pero la carta deja a las claras la valentía de esa joven, erigiéndose como el bastón que sostuvo a esa familia.
De pronto, recordó ese olor de la cocina preparando los desayunos del colegio para sus hermanos.
Una semana después, al regresar del taller de pintura al óleo, el ruido de una vieja moto amarilla captó su atención. Le pareció reconocer al cartero de la semana anterior. En el buzón, otra carta sin remite.
Acudió al buzón y, efectivamente, tenía correspondencia. La recogió y, ya en casa, volvió a recibir otra carta sin remite.
Esta vez, el emisor contaba otra historia. Otra vida que sacude los cimientos de un hogar y que uno cree siempre ajena, imposible en el propio. Relataba cómo una mujer madura había acompañado a su hermana durante la recuperación de una enfermedad grave. La describía como un faro en mitad de la tormenta, la luz que devolvía a puerto seguro a quien estaba a punto de naufragar. Paquita sintió un leve temblor en el pecho. Aquella imagen le resultaba demasiado cercana.
Volvieron a sucederse siete días y, de nuevo, tras volver del mercado, Paquita encontró al cartero seleccionando con cuidado dónde depositar la correspondencia.
Pero ese día sucedió algo muy extraño: Paquita se quedó inmóvil, mirando a espaldas del cartero cómo este hacía su trabajo. A pesar de que, desde el primer día, con aquel encuentro fortuito con el cartero, quería descubrir el rostro de aquella persona.
Cuando el cartero ya se fue, cogió las cartas de su buzón y subió a casa.
Entró a la cocina para coger agua de la nevera. Rápidamente la encontró, pues no había mucho más que hallar.
Nada que ver con el mueble donde Paquita tenía el lote de medicamentos prescritos para cada una de sus dolencias.
Entre las cartas volvía a tener cita con Pedro, su psiquiatra, que la estaba ayudando desde hacía unos meses.
Y, de nuevo, otra carta sin remitente. El mismo cartero, dejando cartas en el buzón.
Esta vez, sentada en el sofá, sus dedos se movían ávidos por descubrir el nuevo mensaje. Ese cosquilleo que empezaba por sus dedos y le recorría el cuerpo le recordaba esa energía que pensaba había perdido.
Esta vez estaba en blanco; solo aparecía en la despedida las palabras: “Con cariño, tu Paquita del pasado”.
El tiempo se detuvo. La carta comenzó a deshacerse entre sus dedos como si estuviera hecha de polvo de sal. Paquita intentó atraparla, pero un sonido brusco la arrancó del trance. Su teléfono.
—Dime, hija —respondió Paquita, sobresaltada.
—Mamá, ¿otra semana que te has dormido? Recuerda que tienes cita con Pedro, tu psiquiatra.
—Sí, sí, ya me arreglo y salgo. Tranquila, llego a tiempo.
—Oye, mamá, ¿qué tal te están yendo las sesiones? —sostuvo la pregunta con cariño.
Paquita se dio unos segundos para mirar sus manos vacías.
—Pues fíjate que genial. Me recomendó que contactara con viejas amigas. Y desde hace un par de semanas atrás estoy hablando con una que creía haber perdido para siempre.
Fernando D. López Aguilera
TOÑI MOGOLLÓN FAJARDO
El cartero de Paquita.
Paquita vivía en un pueblo del norte. Había llegado allí hacia diez años. Fué buscando olvidar una época complicada . Quiso cambiar de paisaje, de vida, y buscando esa tranquilidad, encontró la paz cuando vio aquella casita apartada, con el tejado negro y la mitad de las ventanas rotas.
Por delante, había tres escaleras para llegar a la puerta de entrada.
Pero cuando vio la parte de atrás, se enamoró.
Había un jardín destartalado cubierto de maleza. Pequeño, como la casa.
Abandonado, como la casa.
Pero allí estaba ella para llenar de vida las dos cosas.
Poco a poco fue arreglando los destrozos que el descuido había dejado en su casita y su jardín.
Un día empezaron a llegar unas cartas anónimas.
Primero hablaban del cambio que había sufrido la casa.
Después, reconocían el olor que desprendían las flores que había plantado.
Se acostumbró a recibir aquellas cartas.
Casa semana llegaba el cartero con una carta sin firma.
Casa semana esperaba ya leer aquellas letras respetuosas, delicadas.
Alguien la tenía muy presente y no sabía quien era. Le preguntaba al cartero. Él le contestaba siempre lo mismo: solo recogía las cartas en la oficina y se limitaba a repartirlas.
Pero, cuando se daba la media vuelta, después de darle los buenos días, se le escapaba una ligera sonrisa.
Mi voto para:
Raquel López