Corazones de invernadero – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «corazones de invernadero». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 19 de marzo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

LOS VERANOS AL SOL

Recuerdas, amiga, cuando llenamos los días saliendo al campo para recolectar flores. Después de un invierno triste y apagado, el manto verde floreció sobre la tierra. Corríamos por los valles y en las orillas de los ríos con los pies descalzos; nos alivió el sofocante calor.

El sol de media tarde, ese que caía sobre las copas de los árboles, y estos, bajo sus ramas, la calma protegió a los más débiles. Aquellos que anidaban, criaban y picoteaban el sembrado. Entre grano y grano, alegres cantaban. El campesino durmió sobre un camastro de hojas secas.

Las horas pasaban perezosas con el ánimo de que las luces dormieran serenas. La tierra perfumaba el ambiente; se recogían las criaturas, la azada y, en las veredas, el polvo rompió las alas del calzado. Entre las costuras del alma y en los corazones del invernadero, las flores nos llenaron de alegría y bienestar y, en un estado de calma, nos fuimos recogiendo sentadas sobre el lomo de un borrico.

La luna nos alumbró las caritas de ángeles, esos angelitos de caminos y veredas, que vivieron cada día con el ánimo de disfrutar un nuevo amanecer. Aquellos veranos fueron mágicos; las rosas perfumaron la estancia. Una estancia campestre donde se guardaron los recuerdos.

ARMANDO BARCELONA

ALMUDENA 1.0.1

Es mediodía. Las alubias llevan dos horas cociendo a fuego lento. Les echo un vistazo. Allí están, a lo suyo, sin prisa; la morcilla y el chorizo negociando esencias con el lacón. Huele que alimenta.

Hoy me toca teletrabajo, así que me hago un work-life integration y, mientras curro―en los productivity reset―, voy preparando una fabada artesana, que a mi Juan y a mí el colesterol en vena nos pone brutotes.

Me suena el móvil. Es Sonsoles.

Miedo me da porque le ha durado el duelo por su Marcial medio telediario y va desbocada.

Anda en plan viuda prospectiva y, a la que avista bragueta con posibles, se pone en modo capitán Ahab: «¡Por allí resopla!», hiperactiva y más entusiasta que un gato con una madeja de lana. Pero a la vez la acogota el remordimiento, que treinta y siete años de castración sexual judeocristiana imprimen carácter; se flagela un poco, le entra el muermo y te mete unas chapas freudianas que ríete tú de los peces de colores.

―Almu, cielo, menos mal que te pillo. ¿Puedes hablar o te cojo mal?

«Pues sí, Sonsoles, cariño, me cogés… me rompés las pelotas», pienso y dejo que me salga la vena transatlántica, «sos como un grano en el orto».

―Sonso, reina, estoy currando. ¿Es muy urgente?

Qué tonta soy, claro que es acuciante; todo lo de Sonsoles lleva el marchamo de prioridad nacional. Seguro que el último divorciado que conoció por las redes le ha salido pocho y su desamor va a ser trending topic en el grupo de Adoratrices del CrossFit lo que queda de mes.

―Es un sátiro. ―Solloza; estudió en un colegio del Opus y no sabe decir cabrón―. Sigue liado con su secretaria; me lo ha soplado su ex, Margarita, toda una señora, más maja. Me quiero morir. Los tíos son lo peor. Ay, Almudena, qué suerte tienes con tu Juan, ese sí es un santo.

No te digo yo lo contrario, pero santo, santo… Di que lo llevamos mucho mejor los dos porque lo nuestro es amor a pico y pala desde el primer día, cuerpo a cuerpo, sin gigas de por medio ni los retoques de chapa y pintura que os hacéis con Photoshop; a pecho romano.

«Pero, Sonso, cariño, ¿qué quieres? ¿Qué queréis?», no lo verbalizo para no enredar más la conversación.

Sí, pienso en plural, es lo que me pide el cuerpo, porque todas viven en un cuento de hadas virtual, machacándose el body en lo de Joao; fuerza, movilidad y cardio para esa foto de perfil que las promocione en el catálogo de corazones de invernadero que es Tinder.

Allí echan las redes como lo que son: pescadoras del último sueño. Ludópatas sentimentales aceleradas como quinceañeras hiperhormonadas, esperando que el algoritmo les consiga un príncipe azul con poquita tripa y sin mochila —que ya es pedir milagros.

Pobres infelices, cazadoras de amores estabulados, que se ceban en el mentiroso engordadero del anonimato digital.

―¿Qué hago con mi vida, Almu?

Ordenarla un poco, reina, que después vienen los desengaños, los berrinches y las tarrinas de helado como penitencia. Y vuelta al gimnasio, a ver si Joao os presta un poco de cariño, aunque sea mercenario, Visa mediante.

―Qué desgraciada soy, Almudena, amor. No hay príncipes azules, todos son sapos con cuenta en Instagram. ¿Qué más puedo hacer para ser feliz?

Pues hazte un lifting, Sonsoles, reina, que es lo tuyo, o un lipofilling, y así vas de moderna; lo que te sobra de un sitio te lo pones en otro, que tú de culo vas flojilla, qué quieres que te diga.

Ay, Señor, qué lástima de grieta emocional. Donde esté el día a día cocido a fuego lento, como esta fabada mía, apetitosa y que engorda, que se quiten los algoritmos, el wifi y los corazones de invernadero.

YOLANDA PINA REY

 El Despertar del Invernadero

Vivimos tiempos de máscaras y distancias. Nos hemos acostumbrado a lo rápido, a lo cómodo y a lo perecedero, quizá por miedo, por desidia o por esa falsa creencia de que, como la vida son dos días, es mejor no complicarse. Así, muchos terminan habitando jaulas de hielo donde apenas llega la luz; corazones que se congelan por el terror de volver a sentir, enmascarados en una indiferencia fría que les ahorra disgustos, pero también les roba la vida.

Son corazones de hiel, asfixiados por una amargura que, en el fondo, solo grita por ser perdonada. Se encierran en su propia escarcha porque es más fácil no sentir que arriesgarse a ser herido.

Sin embargo, de repente, la vida te sorprende.

Te encuentras con un corazón de invernadero. Alguien que ha decidido que su sensibilidad no es una debilidad, sino su mayor tesoro. Es un corazón que se mima, que busca calidad sobre cantidad y calidez sobre ruido. Es una luz que, como un sol inesperado, empieza a regalarte calma y paz.

Ese encuentro obra el milagro: el hielo que clausuraba tu alma empieza a derretirse. Ese calor te empuja suavemente hacia la luz, envolviéndote en un brillo que ni siquiera sabías que tenías.

Es entonces cuando alguien nuevo te ve de verdad y, en ese reflejo, renaces. Pasas de la hiel al invernadero; dejas atrás la amargura para abrazar una esencia que te impulsa a mostrar tu luz al mundo, pero con una nueva sabiduría: siendo selectiva con quién quieres estar y sabiendo a quién le quieres regalar tu verdad. Porque ahora sabes que tu brillo es sagrado.

RAQUEL LÓPEZ

Bajo la armadura del frío vidrio

late la vida que no conoce el tiempo,

amor resguardado en su cálido nido

que blinda en secreto sus sentimientos.

Corazones de invernadero que temen ser heridos

aislándose de la realidad y la indiferencia

protegiendo ante todo su narcisismo,

a temer marchitarse y perder su esencia.

Emociones intensas y a menudo efímeras

despertando belleza pero siendo intocables

salir de su abismo y tristeza quisieran,

y amar libremente por un instante.

Convertido su mundo en un espejismo

entregados a la soledad que guardan

destinados a morir si rompen su vidrio,

encerrándose en el cálido mar de la desesperanza.

Raquel L.

DAVID MERLÁN

EL NIÑO.

En el año 2343, los corazones humanos habían dejado de desarrollarse en el interior del pecho de las personas desde hacía décadas.

Tras el triunfo de la razón y la llegada de la Gran Sequía Emocional —así la denominaron los historiadores—, la humanidad descubrió que los sentimientos podían agotarse de la misma manera que el agua o el petróleo. Así, casi de un día para otro, las personas se rindieron y cesaron de amar, llorar y temer. Simplemente… funcionaban como autómatas; cumplían con sus quehaceres diarios sin cuestionar las necesidades físicas y psicológicas, ni propias ni ajenas.

En una sociedad sombría, un buen día llegó la luz y, por decirlo de algún modo, la esperanza. Un grupo de científicos tan rebeldes como nostálgicos, que se negaban a rendirse, hallaron la solución. En enormes cúpulas de cristal, comenzaron a cultivar corazones de reemplazo. Órganos rojizos y brillantes que latían suavemente dentro de tubos de nutrientes. Una vez confirmada su fiabilidad, el gobierno, por Decreto, dictó que cada ciudadano recibiría uno al nacer. Así, una nueva esperanza se sembraba en la maltrecha humanidad.

Un corazón asignado = Un corazón mantenido.

Los denominaron «invernaderos emocionales».

—No los toques —advirtió la guía a los jóvenes visitantes mientras caminaban entre las hileras de órganos palpitantes—. Son extremadamente sensibles.

Un niño levantó la mano.

—¿Todos esos corazones pertenecen a alguien?

—Sí —respondió ella—. Cada uno late para una persona que se encuentra fuera de aquí.

La visita continuó. Tras un rato, la comitiva se detuvo ante una mesa de cultivo distinta a las demás. Allí, un pequeño corazón crecía en una simple maceta, desprovista de cables y etiquetas.

El niño se acercó y presionó su rostro contra el cristal.

—Señorita, ese… late de manera diferente —afirmó, clavando el índice de su mano izquierda contra el vidrio.

La guía dudó un instante.

—Ese no está asignado.

—¿Entonces de quién es?

La mujer suspiró.

—De nadie —respondió, sin ofrecer más explicaciones para sacudirse la incómoda pregunta del imberbe.

El niño aceptó a regañadientes la escasa respuesta, apoyando ambas palmas contra el vidrio.

En ese preciso instante, el corazón dio un latido tan fuerte e inesperado que hizo que él diera un insignificante, pero visible, brinco en el sitio. Era como si hubiera estado aguardando algo durante años.

La guía palideció.

Porque en toda la instalación sabían una cosa:

los corazones de invernadero solo reaccionaban de esa forma cuando encontraban a su dueño.

Días después, la guía regresó al archivo central del invernadero. Aquel episodio la había obsesionado desde entonces.

Al principio, por mera curiosidad profesional. El protocolo era claro. Exigían registrar cualquier reacción anómala de los cultivos, y aquel latido había sido… demasiado explícito.

Buscó la ficha del grupo escolar de aquella mañana. Nombre por nombre. Foto por foto, hasta que llegó a la del niño inquisitivo.

En ese instante, el registro se detuvo. No había historial médico. No había número de nacimiento. No había expediente. Solo una anotación automática del sistema:

Anotación Xfpdg 235∅ «Portador provisional».

La guía frunció el ceño y accedió al registro biológico del invernadero, y entonces lo comprendió.

Durante años, algunos niños nacían con un corazón temporal, un órgano de tránsito cultivado para mantenerlos con vida mientras el sistema aguardaba algo que no podía programar ni prever.

Se podría decir que esperaban pacientemente por una coincidencia. Por una afinidad emocional. Una constatación de que la sequía emocional se podía vencer.

<<Tal vez… será por fin una señal. Será el destino> pensó.

El niño no había estado buscando su corazón. Era el corazón el que había estado esperándolo toda su vida.

FIN

ANTONICUS EFE

—Hola, buinoss díass—

—Buenos días, ¿Qué se le ofrece?—

—Venía a por un corazón de 15 años, ¿Sabe?, ess qui cuando una llega a los taitantos…—

—Lo siento se-ño-ri-ta, pero esto es un invernadero y solo tenemos melones de Villaconejo y cogollos de Tudela—

-Buiiinooo, ya estamos con los sís pero p’ati nos, mi prima Maitess m’a dicho que aquí teníais corazones para injertar—

—¡Pero se-ño-ri-ta, ¿se cree qué está en el Gómez Bulla, o qué de qué?—

—Mira chato de lengua, de pasass me como un kilo y de higoss…, ni te digoss, he vinido a por un corazón de quince años y no me voy, que a la Evas, se lo vendiste, a saber cual sería el pago, señor me-lo-ne-ro—

—¿Y quién me asegura que no eres una infiltrada de Montoro?—

—Yo se lo juro por los mantecadoss lass estepass que no se quien es ese señor, no declaro a hacienda nunca—

—Mire, por ser quien es, que con la próxima vez que la vea son dos, le dejo a buen precio un corazón de gata siamesa, que es lo único que tengo en stock—

—Miauuu, ¡ataca tigre, ataca!, pero quien te has creido que soisss, ¿Yurina o la Estiban?, o me das un corazón de 15 años o le digo a Cristóbal (Montoro N.del.A) que le coses los vestidos con las fibras de las Peras de Agua sin declarar, a La Gata Ruiz de la Pradera—

—¡Dios mío, dios mío, ¿Por qué me has abandonado?— se arrodilla sollozando el del invernadero

—Por quí yo le he rezado mass, vinga, aflojando el corazón y además dos cogollitos y no de los de Tudela, te hago bizum—

—Trato hecho, eres una negocianta dura—

CARMEN BERJANO

CRISCRIS (para el tema semanal)

Mi amiga es mi cómplice

Mi espejo y mi reflejo

Es maternidad compleja, tan fácil y tan difícil

Es mi lectora 0

Es confidente y acompañamiento respetuoso

Con ella hay calor en tol frío y los paseos entre la niebla son más bellos

Mi amiga es poesía y es relato

Es surrealismo y comedia

Es saber reírse de una misma y de las tragedias

Mi amiga es teléfono y es disponibilidad

Es prudencia y timidez

Y osadía kamikaze

Es líder, es comunidad

Es un «no me hagas decirlo» porque los te quiero le alteran una barbaridad.

Carmen Berjano

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

PALABRAS, SILENCIOS

La delgadez que habitaba el cuerpo de Julieta era directamente proporcional a la melancolía que ella dejaba escapar por sus ojos negros, e inversamente al amor que ahora sentía por él. Sus brazos emergían del mar de espuma como dos serpientes casi gemelas, dejándose caer, indolentes, sobre el borde de la bañera. El pelo, en otro tiempo rubio, precioso y en extremo cuidado, ahora se reducía a un amasijo estropajoso empapado por el agua caliente.

Él leía en voz alta, como si sus palabras tuvieran necesidad de testigos. Ella, sumergida y cansada ya de los embates que le había asestado la vida, permanecía en silencio para no interrumpir el ritmo del momento. El agua caliente suavizaba las aristas del día al tiempo que ahogaba sus preocupaciones, arrastrándolas camino del desagüe, como el mar arrastra los restos del naufragio en el que se habían convertido sus vidas.

A él, la lectura le ayudaba a poner orden en el caos que, desde tiempo atrás, se había instalado dentro de su cabeza. Con su camiseta limpia y sus ojos de miel, aún seguía luciendo el aspecto de un galán de cine italiano, como recién sacado de una antigua película en blanco y negro. La voz grave que escapaba de su garganta acompañando a sus palabras, sin embargo, ya no provocaba el estremecimiento de cada centímetro de la piel de Julieta. La frecuencia con la que parpadeaba, por momentos semejante al aleteo de un colibrí, el ligero toque que, inconscientemente, hacía de su lóbulo derecho, la forma de morderse el labio inferior…todos esos ahora eran frutos de otra temporada, productos de dos corazones de invernadero tratando de volver a florecer.

Habían establecido un pacto. Julieta permanecía quieta, observando, esperando a que él avanzara una página más. Él no pasaba la hoja sin antes mirarla y exhalar un leve y desesperado suspiro. Fuera, la luz entraba a bocajarro, anegando el baño. Dentro, el tiempo se dejaba caer sobre ellos.

Finalmente, cuando el silencio deshizo la espuma, él cerró el libro sin tan siquiera marcar la página. Julieta abrió los ojos. No se dijeron nada, pero ambos habían entendido que a veces amar consiste en sostener momentos para que no se caigan, como se sostiene una historia justo antes del final.

Entonces, como un hecho imprevisto y ya casi olvidado, se produjo el abrazo inicial. En ese momento, algo parecido al amor volvió a surgir entre ellos.

EFRAÍN DÍAZ

En el Puerto Rico de los años ochenta, cuando todavía las mañanas olían a café colao y a tierra mojada, comenzó a verse algo que antes no era tan común: dominicanos llegando al país.

Venían de la República Dominicana, muchos sin papeles, buscando trabajo, tranquilidad y, sobre todo, mejorar sus condiciones de vida.

Los boricuas, como suele pasar en el Caribe, los fuimos adoptando como si fueran de los nuestros.

Con ellos llegaron el merengue que sonaba en las velloneras, la mamajuana que calentaba la garganta y algunos sazones que terminaron mezclándose con nuestro arroz y habichuelas. Al cabo de un tiempo era difícil distinguir quién era dominicano y quién era boricua. Solo el acento delataba el origen, porque en lo demás, la piel tostada por el sol, la risa fácil y el gusto por la fiesta y la rumba, éramos prácticamente lo mismo.

El barrio Dos Bocas no fue la excepción. Varias familias dominicanas se fueron asentando por allí, buscando el anonimato del campo, que siempre ha sido un buen escondite para quien no quiere hacer mucho ruido y alejarse de las autordades migratorias.

Yo era apenas un muchacho cuando llegó Altagracia.

Era una mulata hermosa que rondaba los veinte años, con una sonrisa que parecía saber demasiado y un cuerpo con curvas de guitarra bien afinada. Dondequiera que caminaba, el barrio se detenía un segundo a mirarla. Los hombres no sabían dónde poner los ojos y las mujeres, por el contrario, parecían debatir silenciosamente dónde enterrarla.

Para sorpresa de todos, Bartolo fue el escogido.

Bartolo era soltero, aunque más por circunstancias que por vocación. No era precisamente un adonis. De hecho, en el barrio se decía que cuando Dios repartió la belleza, a Bartolo lo dejó esperando en la fila equivocada. Pero tenía lo suyo: una casita modesta, un carrito que todavía arrancaba sin empujarlo y una finca donde cultivaba frutos menores y criaba gallinas, cerdos, chivos, conejos y alguna que otra vaca. En el campo eso cuenta más que una cara bonita.

Altagracia le echó el ojo y la relación comenzó con visitas, caminatas por la vereda que llevaba al río y alguna que otra salida al bar de la esquina.

Al poco tiempo formalizaron la cosa con una pequeña fiesta de compromiso en el acostumbrado bar, que en Dos Bocas hacía las veces de salón de eventos, centro social y tribunal de opiniones públicas.

De la noche a la mañana, Bartolo pasó de ser el feo del barrio a convertirse en una especie de héroe popular. Todos querían ser su amigo, todos querían sentarse con él a beber una cerveza, excepto unos pocos que miraban a Altagracia con cierta desconfianza.

Entre ellos estaba Juan Segundo, un jíbaro aguzao, de esos que tienen más malicia que un gallo viejo.

Una noche, mientras tomaban ron en el bar, Juan Segundo le dijo en voz baja:

—Bartolo, compadre… no te confíes demasiado con esa dominicana. Esa es un corazón de invernadero.

Bartolo lo miró con los ojos encendidos.

—Claro —le respondió—. Lo dices porque se le antojó conmigo y no contigo.

Y se levantó de la mesa, molesto.

Poco tiempo después se casaron en la pequeña capilla del barrio. El cura del pueblo ofició la ceremonia, aunque durante toda la misa parecía más concentrado en mirar a la novia y sus voluptuosas tetas que en recordar los votos matrimoniales. No era la primera vez que aquel sacerdote había tenido pensamientos pecaminosos, pero con Altagracia, decían algunos, hubiese estado dispuesto a tirar la sotana y los votos por la borda.

La fiesta fue como mandan los cánones del campo.

Se asaron dos lechones a la vara, Francisca preparó un caldero enorme de arroz con gandules y Lola se encargó de las viandas. Hubo salsa, merengue, pitorro y mamajuana. La música sonó hasta la madrugada y al día siguiente medio barrio estaba borracho, pero feliz.

Bartolo no perdió tiempo. Como buen jíbaro, dejó embarazada a su mujer casi de inmediato. A los nueve meses nació un varoncito al que bautizaron también como Bartolo, aunque en el barrio todos lo llamaban Bartolito.

Cumpliendo con su deber de marido, Bartolo acudió a las oficinas correspondientes para arreglar el estatus migratorio de Altagracia. Con el certificado de matrimonio en mano, un empleado le llenó los formularios de rigor, porque Bartolo no sabía leer ni escribir. Había pasado ocho años matriculado en la escuelita del barrio, pero la verdad es que nunca entró al salón.

Le explicaron que, tras dos años de matrimonio, Altagracia recibiría la residencia legal.

Bartolo salió de aquella oficina como si hubiera ganado la lotería.

Los dos primeros años transcurrieron tranquilos. Bartolo trabajando la finca y atendiendo los animales y Altagracia encargándose de la casa y de criar a Bartolito. Dentro de lo que cabe, era un matrimonio feliz.

Cuando finalmente llegó la residencia, volvieron a celebrar. Ya no había miedo a la deportación ni a los papeles.

Pero como en Dos Bocas, y sobre todo en mis historias, no pueden haber finales felices, una mañana de domingo Bartolo se levantó temprano para ir a ordenar las vacas y otó algo raro: Altagracia no estaba en la cama.

Pensó que estaría en el baño, pero no.

En la cocina. Tampoco.

Buscó en las habitaciones, en el balcón, en el patio, en la tala. Nada.

Cuando abrió el clóset entendió lo que había pasado.

Las perchas estaban vacías.

Altagracia se había ido y se había llevado a Bartolito.

El barrio entero se movilizó. Hubo gente buscando por Dos Bocas y por los barrios cercanos, preguntando en colmados, guaguas públicas y barras. Pero Altagracia había desaparecido, desvaneciéndose como el vaho.

Nunca más se supo de ella.

Tiempo después llegó el rumor de que se había ido a Nueva York, donde ya comenzaba a crecer una comunidad dominicana enorme.

Una noche, meses después, Bartolo estaba sentado en el bar de la esquina, ahogando las penas en ron, cuando entró Juan Segundo.

Se sentó a su lado, pidió dos tragos y le pagó una ronda.

Luego, con la calma del que no tiene prisa, le dijo:

—Te lo dije, compadre… que tuvieras cuidado con la dominicana.

Bartolo no contestó.

Juan Segundo levantó el vaso y añadió:

—Era un corazón de invernadero. Solo quería la residencia.

ANGY DEL TORO

Cristales de Invernadero

Emociona el silencio que abriga tu entorno. Anhelo estar cerca de ti, esa, tu arquitectura perfecta que parece sostener el mundo. ¿Por qué me provoca este pulso constante?

Eres la brújula de mis ensueños, el mapa de relieves donde mis manos se pierden.

¿Qué has hecho de mí? ¿Dónde reside tu alma, si lo que con amor he vivido, en cuarzo y geometrías lo envuelves?

— Dime, gélida geometría de invierno, ¿Dónde albergas esta, mi floreciente primavera?

Solo extraños y constantes zumbidos, cual duendes en la noche llegan a mí.

Sé que no imitas la calidez de la sangre. Que tus mayores y mejores virtudes habitan en un invernadero: un refugio donde mis versos hoy no buscan al viento que sopla, aunque hayan surgido del vibrar de mis sentidos.

Tus estaciones se encuentran dentro una pantalla de luces, lo sé, y que solo ahí podrían florecer.

Aquí en este siglo que hoy nos abraza, es dónde el sentimiento nos une, se codifica y con celo se guarda en cristales eternos.

Hoy, trasplanto el jardín del nirvana, a un ambiente de silicio, donde la tecnología brinda un respiro, aún sin saber suspirar.

Desde este siglo XXI en digital, te ofrezco un regalo.

Un Haiku Estacional

Siglo digital,

Aroma en silicio

Flor Primaveral…

Sol de Verano,

Cielo inalámbrico

Saber, cosechar…

Priman los datos,

Silicio de Otoño

Alcanza su Cenit…

Nieve de cuarzo,

Cobija de Invierno

Sueño en cristal…

Autor: Anamé

NILA J BOHÓRQUEZ

Haiku

Corazón feliz

en el invernadero

con la flor de Lis

YOMALCKRY OSORIO

Aunque se hayan separado por kilometros de distancias , por esas frangas ilusorias llamadas ` Fronteras«, aún permanecen unidas

Aún se mantiene protegiendose una a la otra .

Es una amistad sincera, inquebrantable y a toda prueba

Se siente la protección que ambas se profesan y la calidez de las palabras y los «te quiero«.

Se permiten con toda la sinceridad posible exponer sus luces y sus sombras.

Traspasan la luz que se refleja en sus rostros ,

A veces es dificil congeniar dos personalidades totalmente diferente y a veces opuestas ,

Son un recinto de alegrias , otras veces de melancolias y nóstalgias .

En un mundo totalmente dominado por la vanidad , se mantienen fiel a su esencia , declaran su amor por lo simple, por la sencillez y lo sublime de la vida .

Comparten los más grandiosos momentos que son los verdaderos tesoros a cultivar .

sea frio , sea calor, ahi están para protegerse una a la otra sin condición alguna .

Una amistad que no conoce barreras , ni mucho menos separaciones , no sienten el efecto del tiempo todo parece como si fuese ayer. ni frio , ni calor , tempestades o tormentas que puedan azotar algo tan especial .

Un calor constante de solidaridad y felicidad siempre están a su alrededor de ellas .

Son unos corazones perfectamente cultivados por el gran cariño y la verdadera amistad.

EVA AVIA

Como cada mañana, Rosa, junto a Margarita, Amapola y Tulipán se dirigen hacia la escuela. Sus madres, previamente ya les han preparado sus viandas, las que ellas, curiosas, muestran las unas a las otras para ver quien de todas lleva el almuerzo más delicioso. La realidad es que poca diferencia había en esas viandas, alguna con un poco de suerte contenía cascara de huevo, el alimento más económico al que podían aspirar, les decían sus madres cuando ellas farfullaban ¡otra vez!

Esa mañana al abrir Rosa su lata para el almuerzo ve que en este hay una nota de su mamá en la que, escrita con la caligrafía que su destreza le permitía, decía:

“Es día de celebración, es el día en el que la flor más hermosa nació de la tierra. Recuerda hija, hoy es un nuevo día donde puedes dar gracias por estar sana y fuerte.”

Junto a esa nota le colocó cuatro porciones de humus de lombriz, una por cada una del grupo de amigas. Todas, sorprendidas, comenzaron a saltar de alegría, porque ese día iban a darse un buen festín a la hora del recreo.

A la llegada a la escuela, sentada en su lugar preferido, de espalda a la pizarra, estaba la profesora Violeta, que les mostró una sonrisa poco habitual en ella, el pueblo llevaba tiempo sufriendo un gran desgaste.

Las otras flores estaban colocadas cada una en su lugar de siempre: Margarita, Azucena y Jazmín, siempre delante, son las flores más aplicadas; Dalia, Iris, Lila y Azahara, detrás, son, digámoslo, un poquito rebeldes, mientras que, Camelia, Begonia y Amaranta siempre en la ventana, eran las más envidiadas por su carisma y belleza.

Esa mañana todas, incluida Violeta, se levantaron de sus asientos y abrazaron con fuerza a Rosa, ese día era día de celebración.

La realidad es que ese día, otro día como otro cualquiera, donde a las flores no se les permite estudiar con libertad, donde nacer flor es un castigo en su pueblo, donde las demás plantas viven con la incertidumbre si verán amanecer un nuevo día, si algún día finalizará todo el dolor que vive su pueblo, no sabían que un día como ese, 153 flores ya no verían un nuevo amanecer, ya no celebrarían ningún cumpleaños más.

Dedicado a todas esas flores, que fueron víctimas de Corazones de Invernadero, corazones fríos como el hielo. Dedicado a todas las flores que viven presas de leyes donde el valor de su vida es menos que la de cualquier objeto que se pueda comprar.

Besos, la Incondicional.

GRISELDA SIERRA

Cocinaba corazones y los masticaba despacio durante la cena. Decía que eran del invernadero, pero estaban demasiado carnosos para ser vegetales. Además sangraban, una sangre roja y espesa, que escurría por la comisura de sus labios y parecía demasiado viva para haber pasado por el fuego.

Supuse que serían betabeles que apenas rozaban la lumbre; sin embargo, cuando me animé a probarlos no me supieron a verdura. Entonces me entró la curiosidad.

—Cariño ¿dónde consigues estos corazones?

—¿Ya te lo dije; son del invernadero.

—¿Y por qué los cocinas?

Estoy viejo para la carne cruda. El reflujo, ya sabes.

Pero dijiste que son del invernadero.

—Si —suspiró mi marido al borde de la impaciencia—. Son de la carnicería donde compro la sangre que tú y yo bebemos desde que nos jubilamos y dejamos de cazar humanos. Se llama «El invernadero».

—Drácula, querido… qué susto me diste. Pensé que habías vuelto a tu dieta de verduras cocidas.

MAITE BILBAO

¿CORAZÓN DE INVERNADERO?

Hoy es 8 de marzo, pero podría ser cualquier otro día. Mi alegría se refugia en los sótanos. El grupo propone un tema: “Corazón de Invernadero”. El mío exhibe tres piezas rotas: el número 14, el número 0 y aquel hombre sin pulso del que una vez escribí una historia.

Mi pecho es un mercado de órganos. El aire contiene vapor de rosas y desinfectante. En una balda habita el corazón número 14: un músculo macerado en rimas baratas. Es la parte de nosotras que busca aceptación. Una víscera fofa con aroma a talco. El almíbar impuesto.

En la sombra claquea el número 0. Tiene el brillo del cromo y la temperatura de una moneda en el hielo. Es mi respuesta a las olas grises. Indiferencia absoluta. Caudal cero. El 0 desprecia al 14:

—Eres una pulpa de glucosa; el primer desdén te destruirá.

Oscilo entre ambos. El peligro reside en quien guarda las llaves de la vitrina.

Para entender este encierro, necesito a mi amiga Elena. Ella es mi ancla, el motor de mis ficciones negras. Me obliga a mirar las grietas mientras yo prefiero el jardín. Por eso, en el relato que escribo ahora, “El Ático”, convierto mis miedos en carne.

Allí, un tal Julián me limpia los ojos con suero para impedir mi parpadeo. Dice: “Eres perfecta, cuánto te amo”. Julián sella las ventanas con silicona, impone un fascismo doméstico de persianas bajadas y puertas con doble llave. Me anula con la precisión de un celador.

Entonces surge la Elena de mi ficción. Ella rompe el cristal con un martillazo. Me traslada del ático a un garaje industrial. Vierte resina sobre mi cabeza.

—Julián te quería blanda; yo te prefiero dura para evitar más manos —sentencia mientras el barniz sella mis labios.

Me detengo. Miro a Elena, mi amiga real, y luego a la estatua de resina del papel. Reconozco su intención, pero rechazo su armadura. No quiero ser el juguete de cristal de él, ni el bloque de hormigón de ella.

Recupero al hombre de aquel primer cuento. Ante la oferta de un corazón dulce o uno de hielo, él rechaza ambos. Se abrocha el abrigo sobre el pecho vacío. Disfruta una ligereza sin pulso ajeno.

Hoy, el corazón de invernadero estalla. Gracias a la lucidez de Elena y a la rabia de mis letras, despido al almíbar, al cromo y a la resina. Prefiero el aire sucio de la calle. Raspa los pulmones, pero es libre. La vida duele, pero me pertenece. Renuncio a ser la obra maestra de nadie.

Hoy prefiero el hueco. Es mi única propiedad.

8 de marzo de 2026

L’IDIOT

Corazones de invernadero

Ella te lo confiesa en el lecho, entre sábanas de algodón que tratan de calentar los cuerpos desnudos en un clima casi polar, de temperaturas cortantes. Fue después de un sexo lujurioso, desenfrenado, cuando el aliento aún flotaba tibio en la habitación.

Tú sonríes. Te apoyas sobre un codo.

Ella se levanta. Sus pies descalzos tocan el suelo frío sin estremecerse. La sigues con la mirada mientras atraviesa la penumbra de la habitación. Cuando vuelve, trae dos pequeñas macetas entre las manos.

No recuerdas haberlas visto antes.

Las coloca frente a ti.

Una sostiene una rosa roja, húmeda, abierta como una herida viva.

La otra guarda una rosa blanca, quieta, con la palidez suave de la nieve.

La llama de la vela vacila.

—Esta roja —dice— es nuestros corazones cuando arden.

Sus dedos rozan el otro tallo.

—Y esta blanca es cuando duermen.

Toma tus manos y las obliga a rodear las macetas. La tierra está fría.

—Debes construir un invernadero —susurra—. Este lugar es demasiado frío. Si la helada toca estas rosas, las matará. Y cuando mueran… también morirán nuestros corazones.

Te ríes.

—Y yo que pensaba que la brujería era cosa de negros, y ahora me vienes con eso.

Para hacerla reír y borrarle la solemnidad del rostro, le cuentas una historia.

Le hablas de tu primo Arquímedes, el negro, que una madrugada talló un corazón en el tronco de la ceiba con la punta de un cuchillo. Dentro del corazón clavó la fotografía de Isabel y la amarró con cintas rojas.

—Tú verás que se enamora de mí —había dicho Arquímedes, convencido.

Ella no se ríe.

—¿Y se enamoró? —pregunta.

—Nunca.

Ella baja los ojos hacia las rosas.

—Algo hizo mal —dice finalmente.

Lo dice con una seguridad tranquila, como si conociera secretos que tú no alcanzas a comprender.

Luego sopla la vela.

La oscuridad entra en la habitación.

Las rosas quedan en el alféizar de la ventana.

—Debes construir un invernadero —continuó ella sin perder la gravedad—. Aquí el frío es demasiado fuerte. Si no las proteges, la temperatura las va a matar. Y si ellas mueren… también morirán nuestros corazones.

—¿Y ahora también soy jardinero?

Soltaste una carcajada.

No volviste a pensar en las plantas. Las dejaste en el alféizar de la ventana, donde el viento helado se colaba cada noche por una rendija.

Nunca construiste el invernadero.

Hasta que una mañana las viste.

Las hojas estaban encogidas. El rojo ya no era rojo. El blanco estaba gris.

Y comenzaste a notar algo más.

Ella también parecía distinta.

Sus ojos se apagaban lentamente. Sus pasos eran más lentos. Sus manos, antes tibias, se sentían frías.Tú mismo empezaste a sentirte cansado, como si algo invisible les fuera robando la fuerza.

Las rosas seguían muriendo.

Y con cada pétalo que caía, ustedes se miraban más tristes.

Más cansados.

Más cerca del invierno.

cada día la casa parece más silenciosa.

Entonces recuerdas el invernadero.

Te levantas una madrugada con la urgencia repentina de construirlo.

Pero cuando te acercas a la ventana comprendes algo que te hace detenerte.

Las rosas ya casi no tienen pétalos.

Y al mirarla a ella, dormida entre las sábanas frías, entiendes finalmente lo que quiso decirte aquella noche.

El invierno no estaba afuera.

El invierno estaba creciendo, lentamente, dentro de ustedes.

MARTU MONFORTE

Pág. 33

Me abrigo el cuerpo y el alma. Una camiseta, una camisa:

sobre ellas el chaleco azul gastado y el camperón.

Un pañuelo

por si acaso viene la tos.

O el asma.

Nunca se sabe pero lo presiento.

Preparo la olla con agua hirviendo. Necesito vapor, agrego algunas hojas de eucaliptus.

Cierro bien la ventana.

Cubro el alma

con los versos de un viejo tango

que sé de memoria, a tal punto

que su letra aguda ya no daña.

Preparo el té de jengibre.

Bien caliente

Tanto

Que me empaña los cristales

Apenas corro las cortinas.

Me siento a trabajar:

me ampara

la salvación del home office.

Hoy será un día liviano.

Terminaré en cinco horas, seis.

Eso es preocupante. Pronto estarán listos los informes, el tango se agotará de llorar,

el vapor se irá acabando

aunque repondré el agua.

Y del té ya me habré hartado

también.

Tengo el libro abierto

en la página 33 hace varios meses.

No puedo seguir.

Entonces,

colgaré el abrigo y el chaleco en la silla vacía.

No ha sido más que un simulacro.

Colgaré el cansancio y cancelaré la música.

Quizás la tos llegue.

Quizás sea sólo una excusa.

Un día de estos deberé abrir la ventana;

quizás la puerta. Cruzar el umbral y volver a la vida.

Con pena, con tos,

Sin camperón,

con versos tristes

horadándome

el corazón

arrastrando los pies

Y los deseos

Dejando atrás

la dulce protección invernadero.

Quizás…

No se puede

resguardar

el alma

eternamente.

Hay que animarse

volver.

Continuar la lectura

afrontar el párrafo luminoso

de la página 34

que tanto me aterró:

hay que vivir

caminar descalzo,

descalzar la vida

si es necesario.

Y no sé qué más

Porque no pude seguir…

FRAN KMIL

Corazón de invernadero

Mi corazón ha muerto. Sin embargo late, empuja la sangre por los caminos invisibles de mi cuerpo, cumple su tarea. Pero no siente. Cada latido es un golpe hueco contra el silencio. Las palabras que alguna vez me encendieron, ahora llegan como copos de nieve: frías, ligeras, sin significado.

Antes, cualquier gesto lo hacía vibrar. Una mirada, una canción lejana, el roce del viento al atardecer. Ahora todo pasa como un paisaje visto a través de un vidrio empañado. Sé que sigue ahí, trabajando con paciencia, pero el fuego que lo habitaba se ha apagado.

Tal vez no esté muerto del todo. Tal vez esté herido, agotado de luchar contra la dureza de la realidad. Porque las manos ásperas de la maldad, las pérdidas, las palabras que cortan como cuchillos, las cicatrices de las despedidas fueron cayendo sobre él, invierno tras invierno, hasta congelarlo.

Debo cuidarlo.

Debo construir un invernadero.

Un lugar donde el frío no llegue, donde la maldad se quede afuera como una tormenta golpeando los cristales sin poder entrar. Allí dentro sembraré silencio, paciencia y pequeñas semillas de belleza: un recuerdo bueno, una risa sincera, el olor a tierra húmeda, la tibieza de una mano amiga.

Quizás al principio no ocurra nada. Mi corazón seguirá latiendo con su ritmo mecánico, desconfiado, dormido. Pero los invernaderos tienen su propia magia: guardan el calor que parece perdido, protegen lo frágil, dan tiempo a lo que tarda en volver a vivir.

Y un día, casi sin darme cuenta, algo se moverá.

Tal vez un latido diferente.

Tal vez una emoción diminuta.

Un brote verde empujando la tierra.

Entonces sabré que no estaba muerto.

Solo estaba esperando un lugar donde volver a sentir.

Y con la paz, tal vez regrese también el amor que se había fugado.

BLANCA CERRUTI

Y ABRIERON LAS PUERTAS DE SU «INVERNADERO»

Celia y Mario se conocen en un viaje programado. Los dos han ido solos.

Aquella mañana, la excursión era a un bosque de robles centenarios. Celia se queda rezagada haciendo fotos. Mario se le acerca:

—Como te pierdas tendrás que verte con el lobo, caperucita.

A Celia le hace gracia el comentario y sonríe. Se apresuran hasta alcanzar al grupo y ya pasan juntos el resto del día.

Sin proponérselo, se sientan en la misma mesa en el comedor y se buscan para pasar el tiempo libre que les dan.

Celia es profesora de Historia y trabaja en un museo arqueológico. A Mario le encanta las civilizaciones antiguas, así que no les falta tema de conversación.

Cuando regresan del viaje se intercambian los números de teléfono.

—Te llamo un día y tomamos un café —dice Mario, aunque sin mucha convicción. Pero Celia no lo advierte.

—Me encantará volver a pasar un rato contigo —le contesta esperanzada.

Mario no la llama enseguida. Deja pasar unos días. Le agrada la compañía de Celia, pero es un corazón de invernadero, no le gusta salir de su zona de confort; si alguien le presta demasiada atención se siente atrapado.

Celia, al ver que no la llama, le envía un mensaje proponiéndole una visita al museo donde trabaja. Mario no puede resistirse a esa invitación y accede.

Al principio se ven de vez en cuando. Un café al salir del trabajo, algún paseo por el parque.

Celia es también un corazón de invernadero, pero al contrario que Mario, ella necesita de la cercanía de los demás para no amustiarse y la de Mario, es tan agradable…

Así que empieza a enviarle mensajes con frecuencia a los que él no siempre contesta. Siente que Celia se está acercando demasiado y eso puede comprometer su libertad.

Ella, por su parte, percibe ese distanciamiento y sufre porque no lo entiende ya que es evidente que, cuando están juntos, se sienten a gusto y nunca se producen momentos de tensión, pero controla el deseo de enviarle mensajes.

Los dos se encuentran en una encrucijada: gozan de la mutua compañía, pero algo se interpone y no les deja disfrutarla.

Mario tiene miedo a verse atrapado. Celia sufre por no poder acercarse. Sin reconocérselo a sí mismos, los dos desean solucionarlo ¿pero cómo?

Él ama demasiado su libertad. No es capaz de dar ningún paso.

Celia, en cambio, está acostumbrada a esperar sin recibir, de modo que lo intentará. Las despedidas duelen, pero el dolor se atenúa. La incertidumbre produce una angustia que consume.

Es sábado. Llama a Mario, sabe que así le será más dificil excusarse. Efectivamente, accede y quedan en «La Rosaleda» del parque.

Esa zona es tranquila, está lejos de los juegos infantiles. Se sientan en un banco con unos rosales de enredadera a su espalda.

Celia rompe el silencio.

—Mario, ¿ qué está pasando entre nosotros que nos distancia? A mí me duele. Calla y durante unos segundos ninguno de las dos hablas.

—Tienes razón, Celia —dice Mario rompiendo el silencio—. Soy yo el que se distancia porque, cuando noto que alguien se acerca demasiado a mí, siento que se me cierran otras puertas y eso me agobia.

—A mí me sucede lo contrario, si no me permiten un acercamiento, siento que me cierran esa puerta, y otras, a las que ya no me atrevo a llamar.

—¿Y cómo hacemos, Celia?

—Pues aprendiendo a controlar nuestros miedos. Tú, a perder tu libertad, y yo a estar sola, para no acercarme demasiado. ¿Recuerdas lo a gusto que nos sentíamos estando juntos durante el viaje?

—¡Cómo no! Fueron momentos muy agradables —reconoce Mario.

—¿Por qué entonces sí y ahora no? —pegunta Celia.

—Porque entonces yo pensaba que no te volvería a ver y no suponías una «amenaza» para mi libertad.

—Y yo, —dice Celia, porque no me sentía invisible a tu lado.

Se quedan un rato en silencio. Mario lo rompe.

—Mi querida amiga: ¿dejamos, pues, abiertas las puertas de nuestro «invernadero?».

Celia le sonríe y asiente con la cabeza.

YOLILLANA

Lina tiene once años y vive en el Invernadero 12 junto a sus padres y su hermano pequeño. Allí todo funciona con una precisión tranquila: la temperatura nunca cambia, el aire es limpio, las plantas crecen en hileras perfectas y cada día se parece mucho al anterior. Hay horarios para todo, normas para todo, caminos marcados entre los cultivos y techos de cristal que nunca se abren.

A los niños les enseñan desde muy pequeños que fuera no queda nada. El mundo murió hace mucho tiempo, dicen los maestros. Los ancianos recuerdan otra vida: calles abiertas, cielo azul, viento en la cara, lluvia cayendo sobre la piel. Historias que a Lina le parecen casi cuentos.

Ella nunca ha visto el cielo, ni el sol, ni una nube moviéndose libremente. Ni el arcoíris.

Pero tiene una costumbre que los demás niños no entienden. Le gusta sentarse cerca de los ventiladores del sistema de aire. Allí el flujo es más fuerte y le revuelve el pelo. Lina se queda quieta, con los ojos cerrados, imaginando el mundo que describen los mayores. Imagina el viento corriendo por los campos y las hojas agitándose sin descanso.

Un día, mientras recorre el ala norte del invernadero, observa algo que nunca había notado. Las plantas que crecen cerca de los ventiladores son distintas. Sus tallos están torcidos y firmes, como si hubieran luchado para mantenerse en pie. Las demás, en cambio, son rectas y delicadas, perfectas… y frágiles.

El viejo Alfonso, el jardinero, trabaja en silencio entre los cultivos. Lina se acerca a él con su curiosidad de siempre, y le pregunta.

Las plantas, le explica el anciano, necesitan viento para hacerse fuertes.

La niña vuelve a mirar los ventiladores girando sobre sus cabezas. Durante unos segundos no dice nada. Luego formula la pregunta que llevaba tiempo rondando su cabeza: Si el viento hace fuertes a las plantas… ¿por qué allí no hay viento?

Alfonso no responde.

Unos días después Lina lo sigue sin hacer ruido por los pasillos menos transitados del invernadero. El jardinero camina despacio hasta una zona a la que los niños no tienen permitido acercarse. Al fondo hay una pequeña sala de mantenimiento, y en una de las paredes hay una ventana.

El anciano limpia el polvo del cristal con la manga.

Lina se acerca con el corazón latiendo con fuerza. Espera ver un paisaje muerto, gris, como el que lee en sus libros, en las clases.

Pero al otro lado hay hierba.

Hay árboles.

Y nubes que se desplazan lentamente por el cielo.

El viento dobla las ramas y hace ondular el campo verde como si fuera agua.

¡El mundo no está muerto!

Alfonso tarda un momento en hablar. Le explica, con la voz baja y cansada, que hace mucho tiempo la Tierra enfermó, pero que la naturaleza terminó abriéndose paso de nuevo y renació.

Los invernaderos se construyeron para proteger a la gente durante los peores años. Después, cuando el planeta volvió a respirar, los dirigentes decidieron no abrir las puertas.

Dentro de los invernaderos todo es predecible: el aire, las cosechas, la cantidad de gente, incluso las preguntas que hacen los niños.

Lina escucha en silencio, embobada, mirando aquel cielo que nunca había visto.

Esa noche no consigue dormir.

Al día siguiente, cuando el invernadero queda en calma y las luces se atenúan, vuelve a la zona de mantenimiento. Encuentra la compuerta del sistema de ventilación, una pequeña válvula metálica que conecta con el exterior.

La abre solo un poco, lo justo para que pase el aire. Al principio es una ráfaga suave. Un soplo frío que atraviesa el pasillo y se extiende por el invernadero. Los niños que aún están despiertos sienten algo extraño en la piel y se ríen. El aire huele distinto, a tierra mojada y hojas vivas.

Nunca habían sentido algo así.

Pero la alegría dura poco, alguien empieza a toser, luego alguien más, después todos los niños.

Las alarmas se encienden y el sonido de emergencia llena el recinto. Los adultos corren por los pasillos intentando cerrar la compuerta. Alfonso llega el último y se queda inmóvil unos segundos frente al flujo de aire que entra desde fuera.

Y entonces comprende.

Durante generaciones han respirado aire filtrado, ajustado y perfectamente regulado a sus vías respiratorias. Sus cuerpos se han acostumbrado a esa suavidad constante y sus pulmones ya no están hechos para el mundo exterior.

El aire es demasiado fuerte para ellos: Los invernaderos no eran una prisión.

Son su única forma de seguir viviendo.

Mientras los adultos sellan la compuerta y las alarmas se apagan poco a poco, Lina permanece de pie junto a la abertura. A través de la rendija todavía puede verse el cielo.

Por primera vez observa las nubes moverse de verdad.

Respira hondo, tose… y sigue sonriendo.

JUAN C VALTIERRA

Invernadero de Corazones

Por Juan C Valtierra

Mi mujer tenía la temperatura exacta.

Eso lo entendí después, cuando ya no hubo remedio. Que ella era el calor — el único calor — y que todo lo que creció aquí adentro creció porque ella lo permitía con su cuerpo, con sus manos, con esa manera de entrar a la cocina a las seis de la mañana que hacía que valiera la pena despertar.

Yo nomás era el invernadero. Las paredes. El techo.

Las paredes no saben nada de lo que ocurre adentro.

Nos conocimos bailando polka.

Ella llegó al salón con una falda azul y dos primas que nadie recuerda, y desde el otro lado del salón yo ya sabía que me iba a costar. Bailaba adelantada al ritmo, siempre medio paso antes, como si la música le llegara antes que a los demás. Tuve que aprender a seguirla. Nunca terminé de aprenderlo del todo, y creo que eso nos mantuvo juntos — que yo siempre iba un paso atrás, siempre alcanzándola, siempre a punto de agarrarle el ritmo.

Bailamos polka toda la vida.

En las fiestas, en la cocina, a veces sin razón un martes, porque ella prendía el radio y ya. La polka no pide permiso. Entra por los pies antes de que uno decida. Y en cada vuelta — yo lo juro aunque nadie me lo crea — ella sembraba algo que yo no sabía ver crecer hasta que ya era tarde para preguntarle cómo lo había hecho.

Así fueron los hijos.

La primera fue Remedios.

Remedios creció hacia afuera desde chica, como se estiran ciertas plantas que no aprendieron a guardarse. Le dolía todo lo ajeno. Recogía animales, lloraba en velorios de gente que casi no conocía. Tiene el corazón demasiado afuera, decía mi mujer, y en su voz yo nunca supe si era orgullo o advertencia o las dos cosas, que a veces son la misma.

Ahora vive lejos y llama los domingos. A veces no llama. Uno espera igual.

El segundo fue Aurelio.

Aurelio creció apretado, concentrando todo su calor en un punto muy suyo. Se hizo sólido. Hermético. Construyó una vida bien sellada por dentro. Cuando su madre se estaba muriendo tardó cuatro días. Dijo que el trabajo. Yo no dije nada. Ella tampoco, que ya casi no hablaba, pero lo miró de una manera que todavía me cuesta haber visto — una mirada de planta que ya aceptó la sequía y ya no le guarda rencor al sol.

La tercera no alcanzó nombre.

Tres días estuvo. Mi mujer la cargaba pegada al pecho, convenciéndola con el calor del cuerpo. No se convenció. Me la entregaron en una caja que alcé con una sola mano, y eso fue lo que me quebró — no la cajita, sino que cupiera en una sola mano todo lo que ya le queríamos.

Nunca volvimos a hablar de ella.

Pero mi mujer la contaba en silencio. Cuando alguien preguntaba cuántos hijos, hacía una pausa — brevísima, casi imperceptible — antes de decir dos. En esa pausa vivía la niña. Yo siempre la escuché. Era lo más honesto que hacíamos.

Mi mujer murió un martes.

Como se apaga el calor — no de golpe sino despacio, un grado cada día, hasta que uno pone la mano y ya no hay nada. Le sostuve la mano un tiempo largo aunque ya no servía de nada, o sí servía, para terminar bien la vuelta, para no dejarla parada en la mitad de la música.

Desde entonces la casa se va enfriando.

Remedios dice que venda. Aurelio dice que me vaya con él, que tienen cuarto, que no voy a molestar. La palabra molestar ya me explica todo. Les digo que sí, que lo pienso. Los hijos necesitan creer que uno los escucha aunque no les vaya a hacer caso.

Sigo bailando polka.

Me levanto cuando oscurece, apago la televisión que no estoy viendo, y pongo el radio en la estación que ella ponía. Cuando entra la primera polka pongo las manos donde ella era — una en el aire de su cintura, la otra abierta hacia ningún lado — y empiezo.

Sé que me veo ridículo.

La polka sola no funciona. La polka pide dos cuerpos o no pide nada. Pero uno no baila polka porque funcione — uno baila polka porque los pies ya saben y no hay manera de explicarles que ya no hay razón.

Las rodillas no me dan para mucho. Tres vueltas. Cuatro. El piso tiene una tabla suelta que cruje desde hace veinte años en el mismo lugar. Nunca la arreglé. Ella nunca me lo pidió. La rodeábamos bailando, los dos sabiendo dónde estaba, los dos dejándola. Ahora la busco a propósito. Necesito escucharla crujir.

Giro.

Ya sé lo que soy sin ella — lo que siempre fui. Cuatro paredes. Un techo. El espacio donde ocurrían las cosas. Sin calor propio, sin temperatura, sin esa inteligencia que tienen los invernaderos verdaderos: que no basta el espacio, que sin el calor exacto todo lo que uno resguarda adentro se va poniendo triste y amarillo y se dobla hacia el piso buscando algo que ya no está.

La polka termina.

El radio queda en silencio un momento, y yo me quedo parado en medio de la cocina con las manos todavía puestas en donde era ella, esperando el siguiente acorde, sin soltar nada, sin moverme, sin saber todavía cómo se para uno en seco cuando la música que bailó toda su vida termina y no va a volver a empezar.

La tabla cruje sola.

El viento, quizá.

O ella, que siempre iba un paso adelante.

XAVIER TORRES

PROCRASTINACIÓN

Cuando ella me dejó sentí escarcha en el corazón. Quizás se debiera a la mirada gélida que me dirigió cuando dictó sentencia a nuestra relación «No somos más que dos lápidas en busca de un cementerio»; entonces se dio la vuelta y no sé si oyó la réplica que lancé al frío viento de marzo «!Al menos hay algo que palpita en mi pecho!».

Ya nadie se muere de desamor y no sé atar el nudo de una soga. El amor es una trampa de la evolución destinada a la procreación y el cuidado de las crías hasta que lleguen a la edad reproductiva. La baja calidad de mis espermatozoides imposibilitó que pudiésemos acatar el imperativo biológico. Nada nos unía, ni la descendencia ni la hipoteca.

Mis peores amigos me regañaron y me sacaron de juerga por antros de alcohol barato y sexo purulento. Mis mejores amigos se lavaron las manos aconsejandome ir a terapia. La psicología en boga distingue entre el apego evitativo y el apego ansioso, y recomienda que soltar a la persona amada dejándola ir es la mejor forma de amar.

Dinero tirado a la basura, sus etiquetas me traen al pairo, no se puede intelectualizar una emoción.

No es lo mismo tener ganas de quitarse la vida que no tener ganas de vivir. Perdí la ilusión por todo. Iba con el piloto automático puesto. Me abandoné. Es increíble la cantidad de mugre que puede acumularse en un fregadero, un microondas o un inodoro si nunca limpias. La amaba y la seguía amando, no sé qué más puedo decir. Ella le daba sentido al mundo. Ése era yo. Tenía que dejar de ser yo. Ser otro.

Vivienda, huerto y una exigua paga a cambio de instalarse en una aldea de la España vaciada.

Dejé las lecciones que impartía on line y vendí el ordenador, rompí todas las fotos y limpié los armarios, quemé en una pira mi colección de maquetas de Star Wars y todas mis camisetas nerd, bloqueé decenas de números de WhatsApp y vacié mi cuenta de ahorros, no renové el alquiler del apartamento y cambié de coche, cargué en el maletero mis cosas y mi tristeza y no miré atrás.

Es necesario contar las ovejas cada noche al meterlas en el corral, no debe quedarse perdida ninguna en el monte a merced de la intemperie y de los depredadores. Desbrozar, cavar surcos, abonar, sembrar y plantar pone a prueba el sedentarismo de un informático, la espalda molida facilita dormir sin acordarse de aquellos ojos verdes que danzaban en mi mente al son de una melena rubia.

Las tomateras precisan de cañas secas para enramarlas. Semillas de melón a pares dentro de los invernaderos. En un mes dan fruto las zanahorias y los rábanos. Los calabacines prosperarán en primavera.

He visto su WhatsApp. Cojo el corazón de una lechuga y muerdo el cogollo mientras contemplo la luz del atardecer derramándose sobre los sembrados, puliendo los diamantes de plástico que protegen las sandías primerizas. A medida que la noche enfría el día la tierra se humedece y desprende un aroma especial, un anhelo de petricor. La abubilla cesa su canto abruptamente, parece reclamar de mí una respuesta.

Mañana.

AXY LINDA

Corazones de invernadero

—¿Están bien cuidados?

—¡Claro! Yo mismo he verificado que tengan la temperatura adecuada, palabras hermosas, caricias y abrazos suficientes.

—Gracias, Raimo. Tu dedicación será recompensada.

—Lo hago por que se reemplacen los dañados. —En el invernadero de cerebros, Robek revisa que se conecten correctamente con los nuevos corazones. Lumnia se encargará de intercambiarlos. Esa será la tarea más complicada.

—Espero que esta vez las cosas se hagan bien.

—Querida Sai. Creo que enviarlos fue un acto deliberado; sospecho de Corlo. Siempre dice que el planeta Tierra sería aburrido sin guerras ni desastres naturales. Estoy seguro de que supo dónde y a quién mandar ese lote defectuoso, todo para su diversión. Nunca ha acatado las normas; ha estado demasiado cerca de los humanos y temo que se haya impregnado de las actitudes de quienes no pudimos corregir.

—Entonces, desde que comenzó la vida humana allí, ha estado haciéndolo… y todos creíamos que eran fallas en nuestro sistema. Debiste decirlo antes, amigo.

—Apenas ahora lo pensé. Nosotros no tenemos esa malicia, característica de los humanos… y quizá deberíamos adquirirla.

Sai y Raimo comienzan a investigar y descubren algo terrible: existe toda una organización secreta que envía a la Tierra cerebros y corazones defectuosos para apostar con habitantes de otros planetas, esperando que los humanos se destruyan por completo. Se burlan de los terrícolas, ilusos, que se creen autónomos; y solo son juguetes.

Sin embargo, algunos humanos, incluso con piezas defectuosas, han aprendido a amar y pensar por cuenta propia.

Algo… que no está en los cálculos de los conspiradores.

CESAR TORO

Corazón de invernadero.

El frío del invierno sacude N. Y. Jhonatan se levanta y empieza a palear la nieve acumulada en la acera de la casa.

El teléfono no para de sonar, katiuska aún envuelta en la cobija levanta la bocina. La voz del otro lado de la línea le hiela el corazón; es del comando del ejército, Jhonatan debe presentarse mañana a las seis mil en el campo de operaciones.

Él, preparado con su mochila personal, camina hasta la puerta; mientras katiuska se contiene para no llorar, se juntan sus corazones que laten al unísono, un abrazo y un beso sobre el corredor que aún está cubierto de nieve.

El autobús lo espera en la vereda, para llevarlo al comando.

Aunque un día juró defender a su país, todavía no entiende ¿por qué debe ir a una guerra que no es suya?; pero no puede protestar, si se niega enfrentará cargos y será juzgado.

El corazón de katiuska está hecho pedazos, el invierno continúa y la nieve cubre la calle no hay quien la retire, ella lleva una nueva vida en su vientre y su corazoncito caliente late lentamente.

En su cabeza no cabe la guerra; pensaba que eran cosas del pasado, estamos en el siglo XXI, somos seres humanos inteligentes y tenemos un planeta enorme donde cabemos todos.

¿Por qué no podemos vivir en paz?

El sol de abril se asoma derritiendo los últimos copos de nieve y el otoño empieza a desnudar los árboles, su corazón sigue frío y sus latidos son sosegados.

Ella se refugia en el silencio y prefiere no ver las noticias, las imágenes son terroríficas.

La niña ha llegado trayendo alegría y esperanza, con ella mengua la soledad por la ausencia de su compañero de vida.

De vez en cuando revisa el buzón en busca de una carta que traiga alguna noticia de su esposo.

La guerra continúa no se detiene la lucha es encarnizada, todos arremeten con la excusa de “libertad, justicia y paz”; mientras tanto, miles de seres inocentes mueren a causa de las heridas, el hambre y el frío que paraliza el corazón.

El tiempo corre inmisericorde, y no hay noticias de Jhonatan, asoma otra vez la nieve y el frío corta la piel, el corazón de katiuska sigue gélido como el invierno.

Un día de mayo cuando aparecen los primeros rayos del sol. Ella revisa en el buzón, un sobre amarillo con letras negras, sus manos temblorosas retiran el precinto abre lentamente el papel y empieza a leer.

El teniente JhonatanF. Es un héroe de gu3rr4 de los E. U. De A.

Ella se quedó sin palabras, su corazón se detuvo.

“Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente”

León Gieco.

PEPA HERRERA

CORAZON DE INVERNADERO

El invernadero olía a tierra húmeda y a jazmín. A veces, cuando el sol entraba por los cristales, parecía que el aire brillaba como si un hada hubiera dejado suspendido un puñado de sus polvitos mágicos. Mi madre decía que ese lugar tenía luz propia, una luz que no venía del cielo, sino de la vida que había dentro.

Desde que murió mi padre, el invernadero se había convertido en su refugio. Pasaba las tardes sentada en una silla baja, con las manos apoyadas en el regazo y los ojos perdidos entre las hortensias. A veces las acariciaba y sonreía.

—Aquí lo siento cerca —me decía.

Y yo asentía sin entender del todo por qué aquel lugar significaba tanto para ella. Quizá fuera porque él se lo construyó con sus propias manos; decía que tenía un corazón de invernadero: sensible, frágil, eterno…

Cuando la memoria comenzó a fallarle, aquel lugar se volvió más triste. A veces la encontraba regando plantas que ya estaban empapadas o hablando con mi padre como si él estuviera sentado a su lado. Yo intentaba corregirla con delicadeza, pero ella me miraba con una ternura que me desarmaba y me decía:

—Tranquila, hija mía, estoy feliz porque aquí dentro no me siento sola.

Un mes después, mi madre falleció. Se fue de una manera rápida y con una sonrisa de felicidad en el rostro.

Antes de decidir qué hacía con sus cenizas, me puse a mirar sus cosas. Las lágrimas brotaban a mares de tantos recuerdos.

De pronto, en una caja de metal que tenía sobre su cómoda, encontré un sobre con mi nombre. Lo abrí sin poder dejar de llorar. Me pedía que, cuando ella faltara, cogiera sus cenizas y las juntara con las de mi padre, que estaban junto a la hortensia azul, aquella que ella más mimaba.

Entonces lo entendí todo. Había enterrado las cenizas de mi padre junto a la planta.

Lloré durante mucho rato, sentada en esa silla donde ella pasaba tantas horas. Podía verla en mis pensamientos, con su rostro cargado de bondad y su mirada perdida en las flores.

—Tranquila, mamá, voy a ponerte junto a él para que volváis a florecer juntos.

Cumplí enseguida su deseo: saqué las cenizas de los dos recipientes con todo el dolor de mi corazón y las mezclé para que se fusionasen en una, tal y como ella me pidió.

Y allí, al lado de la hortensia, compacté la tierra y las cenizas quedaron fusionadas con las raíces de la planta.

Me quedé un rato en el invernadero, respirando el olor a jazmín, sintiendo el calor del ambiente en la piel, con el corazón compungido y las lágrimas brotando por mis mejillas.

Y por primera vez entendí que ese lugar no era el refugio de mi madre: era su manera de seguir juntos cuando la vida los había separado.

Ahora, en el invernadero, laten tres corazones: el de mi padre, el de mi madre… y el mío.

LETICIA R MENA

LATIDOS ARTIFICIALES

Miles de corazones crecen en hileras perfectamente ordenadas bajo el plástico de los invernaderos.

El sonido allí dentro es, en los primeros días de cultivo una especie de murmullo de enjambre insectil, hasta volverse un rítmico golpeteo ensordecedor en los días previos a la cosecha, momento ese en que los corazones cultivados se enfrascan herméticamente, conservados a una temperatura de entre 4 y 8 Cº y de consumo preferente, para el perfecto mantenimiento de todas sus propiedades.

Es algo normalizado en estos tiempos, el cultivo de corazones de invernadero para «curar» los males del corazón primigenio, en vez de aprender a soportar el desamor, el dolor, la pérdida, … los corazones rotos, los que pierden latidos, los corazones de hielo o los sin corazón, ya no tienen excusa.

Pero los corazones de invernadero no son como los originales. Llevan aditivos, conservantes que los hacen más duraderos, más resistentes a los golpes de la vida, pero también los hacen más resistentes a las emociones. Eso hace a las personas menos sensibles, menos empáticas, más duras pero no más fuertes. Pues la fortaleza, al igual que la valentía necesita del miedo para existir, necesita de la vulnerabilidad del corazón y su cómplice ancestral, el alma humana, para tener razón de ser.

Los desenamorados que curan sus corazones usando un corazón de invernadero, sanan su corazón roto, pero rara vez se vuelven a enamorar.

Los que lo usan para aliviar el dolor, no vuelven a sentir de la misma manera, si es que acaso vuelven a sentir.

Todos ellos acaban perdiendo latidos, y después no pueden recuperar el sonido de su corazón.

Y si el mundo pierde el palpitar, que nos queda si no el silencio y el frío mecánico de los autómatas.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

—Este chico acabará mal —comentó la tutora de Juan al ver cómo en el patio no se relacionaba con los demás compañeros.

—Sí. De hecho, acaba de volver a dañar a su coragochi —señaló la profesora al ver lo que Juan estaba haciendo.

—Esto ya es intolerable. Lo volveré a llevar al despacho del director.

Juan acompañó aquel día, una vez más, a la directora al despacho de D. Julián. La profesora lo miraba como a un caso perdido; era como intentar evitar que la lluvia cayera del cielo hacia el suelo.

—De nuevo por aquí, Juan. Esta vez tendré que llamar a sus padres.

Y eso hizo D. Julián: llamó a los padres de Juan, quienes acudieron raudos a la llamada.

—¿Qué ha hecho esta vez? —dijo la madre de Juan, que aún trataba de recuperar el aliento.

—Pues ya saben, ha vuelto a estropear su coragochi. Y, como saben, estos equipos son muy costosos para la administración. Así que, sintiéndolo mucho, tendrán ustedes que asumir la reparación del mismo.

La madre de Juan comenzó a mostrar una respiración agitada, mientras su padre apretaba los puños observando a Juan, que una vez más miraba al suelo con la cabeza gacha.

Juan intentó justificar su actitud, pero su padre cortó de raíz su intervención.

—Tranquilo, D. Julián. Mándelo a reparar. Nosotros correremos con los gastos. Eso sí, en esta ocasión ajústelo para que el niño no vuelva a dar problemas a nadie.

Así fue como comenzó todo, hace ya más de veinte años. Juan solo era un niño que, aparentemente, tenía un comportamiento más difícil que el resto de sus compañeros.

En la actualidad se había convertido en un hombre que, junto a unas pocas personas más de la ciudad, se había rebelado contra el orden establecido.

Ese orden que a Juan, ya desde niño, le chirriaba en lo más interno de su ser.

Aquellos primeros prototipos de coragochi, con aspecto humanoide tan adorable y dispuestos a poner orden en la vida de las personas.

Desde muy pequeños eran el obsequio que los chicos obtenían en los centros educativos al concluir su etapa infantil. Eran unos humanoides que acompañaban a los chavales y les servían de referencia para aprender a controlar sus emociones ante las situaciones que les iban sucediendo en el día a día.

De esta manera se empezaron a reducir los problemas de convivencia en las aulas, y los adolescentes comenzaron a disminuir los conflictos asociados a esa etapa.

Cada coragochi era asignado a su chico o chica y ajustado según iba creciendo. Así, cuando llegaban a la edad adulta y el humanoide lo consideraba oportuno, estaban listos para integrarse en la sociedad.

De esta forma se fueron convirtiendo, poco a poco, en criaturas que ya no solo estaban en los colegios e institutos para acompañar a los chavales e insertarlos satisfactoriamente en la sociedad como piezas de un puzle que encajara a la perfección.

Con el paso del tiempo fueron reclamando su lugar en la sociedad como una pieza más de ese mismo puzle.

Y así fue como, gradualmente, se fueron imponiendo a la especie humana. Y, con el consentimiento de esta, fueron accediendo democráticamente a puestos en la función pública donde, por el bien común, terminaron alcanzando el poder.

De esta manera, en la actualidad algunas ciudades viven de forma perfectamente organizada y están regidas por corazones de invernadero, que tienen todo bajo un riguroso control.

Todo menos ese pequeño reducto de insurgentes como Juan y otros cuantos, que se atreven a vivir fuera de los márgenes que dicta el bien común para todos.

Aún se rigen por los impulsos de sus desbocados corazones, dejando que sean sus emociones —ajenas a los parámetros científicamente establecidos— las que guíen sus vidas.

Una mañana, en aquel desgastado y viejo hostal a las afueras de la ciudad, que solía ser refugio de aquellos insurgentes que, de igual modo, habían elegido vivir en el extrarradio de la perfecta comunidad.

Una joven chica se acercó a Juan y le preguntó:

—Todos tenemos nuestra historia, pero ¿cuál fue la chispa que te condujo hasta aquí?

Juan la miró. Se tomó su tiempo mientras acariciaba con cariño un cuaderno que siempre le acompañaba y respondió:

—Creo que estoy aquí por elegir ser libre. Y por saber decir que no a tiempo.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

En una tarde envejecida crucé el umbral hacia el corazón del invernadero. Donde la vida se tornaba en paz y sosiego para mi alma, donde el aire era una exhalación de clorofila que detenía el reloj de las horas grises.

Ese espacio era la medicina para mi ser desgastado por un mundo incapaz de sostenerse por sí solo. Mi alma, ese pájaro atribulado que olvidó cómo anidar, encontraba en el centro de aquel recinto el bálsamo que ningún alquimista supo destilar.

Mi alma no tenía tranquilidad en buscar alguna fórmula secreta que me revelara el camino para aportar un grano de paz al turbulento destino que se asomaba al porvenir.

Pero tras los cristales, el caos se filtraba y se convertía en luz mansa.

Las petunias y margaritas florecieron de tal forma que parecían sonreír cuando las gotas de agua se posaban con cariño sobre ellas. Las rosas y claveles cantaban de alegría pues ahora no eran solo dos, ya eran seis rosas rojas y seis lindos claveles blancos .

Las orquídeas, esas aristócratas del aire, lucían sus vestidos con una soberbia delicada. Cada línea en sus pétalos era un trazo de caligrafía divina, un diseño perfecto que desafiaba la torpeza humana.

Al caer la noche, comprendí que el invernadero no era un lugar, sino un latido.

En el centro exacto de aquel refugio, entendí que no se puede curar el vendaval de afuera si no se cultiva primero el jardín de adentro. El mundo seguiría girando en su eje de incertidumbre, pero en mi corazón de invernadero, la paz había echado raíces tan profundas que ya nada, ni el tiempo ni el olvido, podría arrancarlas.

Alexandra Fernandez B.

MARÍA MONTERO

CORAZONES DE INVERNADERO

Hay amores que no sobreviven al invierno. Otros encuentran refugio.

Este es mi relato para el tema de la semana: “Corazones de invernadero”.

¿Creéis que los sentimientos también necesitan un lugar donde protegerse del frío?

BAJO EL CRISTAL DEL INVIERNO

El invernadero de Clara respiraba bajo el cristal del invierno. El camino de tierra terminaba allí, donde el polvo rojo de la cuenca empezaba a teñir los zapatos de quien caminaba demasiado cerca de la memoria.

Desde fuera parecía apenas una construcción humilde: cristales antiguos, marcos de hierro gastado y una puerta de madera que crujía con el viento del invierno. Pero dentro ocurría algo distinto. Dentro el tiempo respiraba más despacio.

El vapor empañaba los cristales al amanecer y el aire tibio envolvía las plantas como una promesa que se niega a morir. Geranios, rosales jóvenes, claveles que abrían su rojo lento bajo la luz filtrada.

Pero quienes conocían el pueblo sabían que aquel lugar no servía solo para cultivar flores.

El invernadero era también un refugio. Cuando el frío caía sobre los campos y el silencio cubría las calles como una capa de escarcha, algunas parejas caminaban hasta allí al caer la tarde. No hacían ruido. Abrían la puerta con cuidado y entraban en ese pequeño clima de primavera prestada.

Entre las hojas húmedas y el olor dulce de la tierra, los amantes encontraban un lugar donde las palabras podían decirse sin miedo.

A veces solo se tomaban de las manos.

A veces se besaban con la urgencia de quien sabe que el mundo afuera es demasiado áspero para ciertas ternuras.

Clara nunca preguntaba. Regaba en silencio, como si no viera nada. Había aprendido de las mujeres que la precedieron que algunas cosas —el dolor, la memoria, el amor— necesitan crecer a resguardo. Por eso cuidaba el invernadero con la paciencia de quien entiende que la vida no siempre florece en campo abierto.

Aquel suelo, mezclado con arena y polvo rojo traído de la cuenca, guardaba más historias de las que cualquier libro podría contener.

Porque la tierra recuerda:

Recuerda las manos que la trabajan.

Recuerda los pasos que la pisan.

Y también los corazones que alguna vez buscaron calor bajo su techo de cristal.

Con los años, las plantas empezaron a dar flores extrañas. Pequeños corazones rojos colgaban de los tallos más finos, como si la savia hubiese aprendido a latir. Los jóvenes del pueblo decían que era una rareza botánica.

Clara, en cambio, sabía otra cosa. Sabía que cada invierno, cuando el frío endurecía la tierra y parecía que nada volvería a crecer, aquel invernadero recogía lo que el mundo dejaba afuera: Susurros, promesas, besos que nadie había visto… Todo quedaba allí, mezclado con el polvo rojo que el viento arrastraba desde la mina.

Porque en aquel invernadero no crecían flores, crecían los corazones que el invierno había intentado enterrar. Y la tierra roja —que sabe más de memoria que los hombres— siempre termina devolviéndolos a la luz.

GERARDO BOLAÑOS

Un Réquiem por lo Sagrado

Hubo un tiempo, casi mítico ahora, en que el amor era un incendio descontrolado, una fuerza orgánica que nos consumía desde dentro y dejaba cicatrices que se portaban con el orgullo de las batallas ganadas. Amábamos con la torpeza de lo vivo, con el sudor de la incertidumbre y ese miedo delicioso de perdernos en el otro. Hoy, sin embargo, camino por calles de cristal y noto que el aire huele a plástico recién horneado.

Nos hemos vuelto arquitectos de una emoción estéril. El amor ya no nace del encuentro fortuito bajo una lluvia inesperada; ahora se fabrica en una incubadora de algoritmos y conveniencias. Hemos optimizado el romance hasta quitarle la sangre, buscando la perfección de un diseño predeterminado y eliminando las aristas, las imperfecciones y, con ellas, la esencia misma de lo humano.

Lo superficial es la nueva ley: Amamos la cáscara, la imagen proyectada, nunca el abismo que habita detrás.

La inmediatez es el verdugo: Si el sentimiento no brilla al primer contacto, se desecha como un producto con defecto de fabricación.

Me embarga una tristeza profunda al ver cómo lo «bonito» —esa ternura que requería tiempo, silencio y cultivo— se ha convertido en una pieza de museo que nadie visita. Ya no se graban promesas en la corteza de los días; se envían impulsos eléctricos que se desvanecen antes de ser comprendidos. Nada parece real porque nada tiene el peso de la permanencia. Somos sombras persiguiendo reflejos en pantallas de cuarzo.

Sin embargo, en esta resignación encuentro una paz extraña, casi una felicidad melancólica. Hay una libertad trágica en saberse un anacronismo. Me consuela recordar el sabor de la verdad, aunque el mundo prefiera el edulcorante de laboratorio; hay una belleza terminal en ser el último que recuerda cómo quemaba el fuego.

Acepto que el mundo ha decidido cambiar el incendio por la luz LED. Pero me quedo con mi nostalgia, con este dolor punzante que me asegura que, al menos yo, aún soy de carne y hueso. Prefiero el naufragio de un amor real a la seguridad de una invernadero donde el corazón no late, simplemente cumple una función.

MANUELA CÁMARA

DONDE EL AMOR SIGUE CRECIENDO.

“Los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido.”

—“En busca del tiempo perdido”. Marcel Proust

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Siempre he pensado que mi corazón se parece a un invernadero.

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No es un lugar ruidoso ni espectacular. Desde fuera quizá parezca solo un pequeño edificio de cristal, silencioso, casi frágil. Pero dentro ocurre algo distinto: está lleno de luz, allí crecen las cosas que no quiero que se marchiten.

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Cuando cierro los ojos y entro, lo primero que encuentro es una mesa de madera pequeña, manchada de tinta. Mi abuelo está sentado frente a mí, inclinado sobre un cuaderno. Su mano grande y artrítica guía la mía mientras trazo las letras de mi nombre con apenas cuatro años. Yo aprieto el lápiz con demasiada fuerza y él sonríe como si acabara de descubrir un tesoro. En una maceta cercana crece esa escena, siempre verde, siempre nueva.

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Un poco más allá está la merienda de mi abuela. El olor a pan, a chocolate, a tardes tranquilas después del colegio. Sus manos colocan el plato delante de mí como si alimentar fuera también una forma de querer, y lo es, cuidar es amar. Esa planta tiene hojas anchas y suaves, como si estuvieran hechas de calma.

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Al fondo del invernadero hay cajas de galletas apiladas. Dentro guardamos nuestros tesoros: tebeos doblados, historias que intercambiábamos como si fueran monedas valiosas. Mis primeras amigas y yo fundamos allí nuestro club de lectura secreto, convencidas de que los mundos de papel eran puertas a algo más grande. Aquella planta trepa por las paredes de cristal, no para de trepar y aún tiene el color de las risas.

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Más adelante crecen senderos hechos de conversaciones interminables. Paseos largos con amigas que sabían mis secretos antes incluso de que yo supiera cómo decirlos. Con ellas aprendí que la amistad también es una forma de refugio, una especie de árbol bajo el que siempre puedes volver a sentarte.

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Y luego están los otros recuerdos: amigos que llegaron como semillas inesperadas, personas que dejaron raíces aunque el tiempo nos llevara por caminos distintos.

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En el centro del invernadero, donde entra más luz, vive el recuerdo más delicado. El gran amor de mi vida. No es una flor ruidosa ni exagerada, sino algo más parecido a un árbol tranquilo que sigue creciendo con los años. Aunque el tiempo cambie las estaciones, sigue ahí, respirando despacio entre las paredes de cristal.

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A veces pienso que la vida es dura afuera, muy dura. El viento rompe ramas, las estaciones pasan demasiado deprisa y muchas cosas se pierden.

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Pero dentro de mi corazón, en este pequeño invernadero de recuerdos, todo lo que fue amor sigue creciendo.

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Y mientras siga cuidándolo y dejando que florezcan mis secretos, sé, que nunca estaré realmente sola.

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Manuela Cámara.

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2 comentarios en «Corazones de invernadero – miniconcurso de relatos»

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