Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «fe de erratas». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 12 de marzo!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
EL PAÍS DE LOS SUEÑOS
Un veinte de abril del noventa, el día amaneció con las nubes colgadas de los balcones y entre las rejas un gallo con mucho brío quiso anunciar la única boda del año. Un perro llamado Rony se desposaría con una gatita y este fue su único amor. Luna tenía un pelaje de color canela; maullando por los rincones y esperando impaciente que las horas del reloj cayeran despacio, para marcar las doce del mediodía. Rony de esmoquin y Luna con un velo largo y su pelo brillante y esponjoso. Una bolita de algodón suave y delicada, él todo un caballero con las orejas como antenas receptoras, ojos negros y grandes y los dientes afilados. Dicen que aquella mañana se aseó con esmero, en un barreño de agua caliente y unas gotas de sales perfumadas. Luna, para dicho día, quiso ir a su peluquero de confianza y en un salón de belleza le pusieron uñas acrílicas y un deslumbrante maquillaje en su rostro gatuno..
En una ermita pequeña perdida en la sierra; los invitados llegaron unos minutos antes de la hora acordada. El borrico subió por las veredas y en sus lomos llevó al cerdo perezoso, al pato parlanchín y las gallinas acompañadas por el gallo Rodolfo. Los gatos callejeros guardaron silencio cerca del pórtico de la entrada; vieron llegar a la cabra María Luisa con su rebaño y estos llenaron la estancia. Los recién casados, después de jurarse amor eterno, salieron por la puerta grande, triunfantes y bañados de granos de arroz. La novia, como ramo, escogió la lechuga más fresca del huerto, aquella que estuvo enterrada en la tierra la mañana del día veinte.
Los recién casados, después de un banquete, sobre la mesa con tallos de hierba, raíces, bellotas y algunas flores frescas. Las imágenes para el recuerdo las tomó María Luisa con un fondo de imagen pintada por un manto verde y el torrente de agua que descendía por una cascada. Cogidos de la mano, Rony y Luna buscaron la intimidad deseada en una aldea cercana. Cuando el vino se fue vaciando de los cántaros, el gallo Rodolfo se fue de visita a un corral; las gallinas estaban desplumadas y con el ánimo prendido en una aguja entre la paja. El gorrino anduvo buscando entre las encinas a una cerdita con la piel rosada; esta la conoció semanas antes del evento y juntos se bañaron felices entre el lodo. La cabra volvió al monte; cuando estuvo de vuelta, llenó la mesa de un apetitoso queso. El borrico y el pato esperaron a sus amigos entre un lecho de paja.
Entre lágrimas y emociones, los recién casados, el cerdito y su fiel compañera, anunciaron la dicha del milagro de la vida. Muy pronto serían padres con sus respectivas parejas.
En el país de los sueños los animales se amaron, sin distinción de raza o condición social. La magia de vivir con respeto, sentirse dueños y saltar las barreras de quien no teme a nadie.
En este mundo imaginario de ficción y locura, nos sentimos más libres expresando nuestros sentimientos.
ANTONICUS EFE
—Mami, mami, ¿Qué es una errata?— preguntó Antoñín entrando al galope en casa
—¿Por qué lo preguntas?— respondió la Gran Madre Chisssttt
—Me lo han puesto de tarea en el Insti, pero no nos han dado la ficha, la profe dice que investiguemos, y como tú lo sabes casi todo…—
Gran Mother quedose pensativa y dubitativa unos segundos de reloj de pared…
—Ehmmm, uhmmm, ishhh, no se si decírtelo—
—Porfa, porfa, porfa, y me como eso verde que le echas a los garbanzos, palabrita de niño Jesús—
—Vale, una errata es una rata digital, se escribe eRata; como eMail, eBook y todas esas cosas así—
—¿Y para que sirve?—
—La eRata se alimenta principalmente de @rrobas, que es una especie invasora en el aparato ese con el que juegas al Fornite tanto—
Antoñín se rasco detrás de la oreja derecha coo pensando en si era cierto o eran cosas de madre para despacharlo rápido.
—¿Y por qué han invadido internet las @rrobas, mami?—
—Por que se les quedaron pequeños los relojes-calculadora, cuando yo era niña, solo estaban allí y eran inofensivas, de vez en cuando infectaban algún número, pero era sin querer, luego por algún error en un laboratorio, salió una @rroba cabezona y gorda y fue la que convenció a las demás para invadir internet—respondió Gran Mother con una sonrisa de oreja a oreja y con la satisfacción de estar instruyendo en historia a Antoñín.
—Pues voy a escribir el trabajo para entregarlo mañana a la profe—
—Ainss, algún día serás ministro, como poco—respondió orgullosa.
—Y te compraré un barco mami, te lo compraré—
YOLANDA PINA REY
En un libro, la fe de erratas es una humildad necesaria: el autor reconoce que no es perfecto, pero le da al lector la clave para entender la historia correctamente. En la vida, aplicar una fe de erratas es la capacidad de rectificar sin destruirte.
A veces nos quedamos atascadas pensando en algo que dijimos o hicimos mal («¿Por qué habré dicho eso?», «¿Por qué me puse tan nerviosa?»).
una fe de erratas mental: «Esa versión de mí no tenía toda la información, no tenía la confianza que tengo hoy. Error corregido: ahora soy más consciente». Es dejar de ver tus fallos como «manchas» y verlos como «ediciones» necesarias para la versión final de ti misma.
Si ayer sentiste que forzaste un poco la situación o que te pusiste nerviosa, no es un fracaso, es parte de tu «borrador». La «fe de erratas» es esa reflexión que haces hoy, que te permite entrar al súper mañana con una actitud más serena. Cada día es una nueva página, y tienes todo el derecho a corregir lo que no te gustó de la anterior.
¿Sabes qué es realmente magnético? Cuando alguien es capaz de decir:
«Oye, lo que dije el otro día no refleja del todo lo que siento, me gustaría corregirlo».
Si alguna vez sientes que no te comunicaste bien con alguien no tengas miedo a la «fe de erratas». Un simple :
«El otro día estaba un poco en mi mundo, hoy me siento mucho más natural» es una forma humana, honesta y muy elegante de limpiar el terreno.
La «fe de erratas» nos enseña que el error no invalida la obra. Tu vida, tus 20,40,50,… años, tus ilusiones… son una obra en construcción. Si te equivocas, no tienes que tirar el libro a la basura; solo tienes que añadir una nota al final que diga: «Donde dije ‘ansiedad’, léase ‘mucha ilusión’. Donde me puse nerviosa, léase ‘estaba empezando a brillar'».
Al final, las personas más interesantes no son las que nunca se equivocan, sino las que saben editar su propio guion para seguir avanzando.
CARLOS TABOADA
OBVIO
Mi amigo Toni tiene más tiempo que yo. Mucho más. Para empezar, posee de más para sí mismo, y a día de hoy me supera con creces. Dispone de un trabajo de media jornada, casado con una obsesionada laboral y sin hijos. Por ello se sumerge a menudo en un libro «esencial» y toma notas. Muchas notas. Luego me llama para vernos. Creo que soy el único que le escucha en la vida. El único que puede sentarse frente a él y dejar que hable sin interrumpirlo. Así también me gusta a mí, aunque eso jamás me sucede con los demás. Toni y yo, dos viejos amigos del curso de escritura que chapó hace años.
—Atiende a estas notas —me dijo la última vez.
Comenzó a hablar de ellas.
Mi semana laboral había sido horrible. Confidencias tóxicas e intereses ajenos, entre otras. Necesitaba descansar de todo ello, y Toni no fue capaz de desconectarme de aquel cable oscuro con olor a quemado. Tan solo precisaba levantar el amarre del noray para perderme unas horas por un mar tranquilo.
—Estoy inquieto —me dijo después de las notas. Cruzó los brazos y me mostró su cara de preocupación—. He conocido a una chica que me gusta —suspiró—. Las notas son de hace dos semanas. En la última no he dejado de pensar en ella —confesó.
—¡Vaya! —exclamé sin más, y traté de recordar cuándo fue la última vez que eso me sucedió. (Es decir, el dedicar todos mis pensamientos a alguien.)
Cuando llegué a casa comencé a lucubrar en el asunto. En voz plausible, conmigo mismo. Me dije que eso no podría pasarme a mí, lo de conocer a alguien que eclipsa tu vida por días. Incluso que pudiera suceder como una fe de erratas, ¿no? ¿Será posible? O sea, derivar todos los pensamientos a una experiencia. Eso es. Una experiencia que ya no me motiva.
Toni me llamó después de días y lo primero que me dijo es que ya había sucedido y que yo ya debía saber a qué se refería y que nunca en la vida había vivido tal cosa y no sé cuántos batiburrillos me dijo de más.
Cuando colgué, me dije que no era verdad; que se mentía a sí mismo. ¿Es que no podía verlo? ¿No era obvio?, me dije, como si él no pudiera acceder a sí mismo, a los archivos de su memoria, a la experiencia que vivió años atrás.
Ahora tomo un café solo. Son las ocho de la mañana. Por la ventana veo el cielo despejado como pocas veces, completamente azul. Las tórtolas repiten una y otra vez el mismo sonido, y la única diferencia es que unas veces alguna coloca el tono más alto. A decenas de metros pasan rápido pequeños grupos de vencejos, y puedo vislumbrar, cuando dejan de aletear por segundos, la pequeña guadaña que porta cada uno de ellos. Me digo, al margen de Toni y de su tiempo, que yo disfrutaría la vida de otra forma.
DAVID MERLÁN
ARILLO
Cuando Martín eligió el tema de su Trabajo de Fin de Grado-TFG para la facultad de periodismo de la Universidade da Coruña, no lo hizo por vocación académica sino por herencia paterna.
Se titularía «La fe de erratas como herramienta ética en la prensa local gallega en el último cuarto del siglo XX (1975-2000)»
Todo influenciado por su padre, que había sido administrativo municipal en los años ochenta en el ayuntamiento de Oleiros. Trabajador público ejemplar, de los que realizaba su trabajo de manera intachable sellándo, archivándo y gestionándo expedientes con precisión milimétrica.
Martín creció escuchando cada día a su padre dirigirse a su madre al tiempo que le daba un beso de bienvenida:
—Los papeles no mienten, cariño. Miente quien decide qué papel se guarda y cuál no.
Martín no entendía lo que su padre quería decir con aquellas palabras y siempre creyó que exageraba. Hasta que un buen día, abrió la hemeroteca digital una noche de febrero y creó una carpeta nueva en su portátil:
“Fe de erratas – Casos cerrados”.
Le gustaba el orden de las carpetas bien etiquetadas. Era una forma de no perderse en su incipiente deseo de convertirse algún día en periodista de investigación, pero lo que él no sabía era que uno de esos casos nunca llegaría a estarlo.
Pues bien, querido lector, todo comenzó cuando leyó en internet una noticia original de abril de 1981. La de un accidente en la AC-181, en las inmediaciones de Arillo (Oleiros) Provincia de La Coruña. Un coche que “se salió de la vía por causas desconocidas”. Un fallecido. Un joven concejal: Manuel Fandiño.
Tres semanas después, una nota diminuta, casi vergonzante, publicaba:
Fe de erratas: donde decía “salida de vía”, debe decir “impacto frontal”.
No añadía nada más. No podía ser mas escueta.
Martín apoyó la espalda en la silla.
—Impacto frontal contra qué…, pensó en alto—. En la noticia solo figuraba un vehículo.
Abrió el maps y localizó La via. La carretera hacia Arillo parecía más estrecha de lo que indicaban los mapas, flanqueada de altos eucaliptos. El indicativo apenas conservaba la información que un día ya lejano en el tiempo le daba sentido a su existencia. El nombre del lugar era ilegible y el óxido había devorado la práctica totalidad de sus caracteres. Solo el número 81 resistía, limpio bajo la humedad reinante.
Martín lo fotografió.
Un anciano lo observaba desde el cierre de piedra de la finca de enfrete.
—¿Perdido?
—Buscando información. Solo eso.
—Extraño lugar para buscar información, jóven.
Martín se giró despacio antes de contestar.
—Es para un trabajo que tengo que hacer.
—Extraño lugar para un trabajo—añadió de nuevo en parecidos términos que antes.
—Me ha resultado curioso, eso es todo—mintió a las claras para no dar mas explicaciones.
El hombre se le quedó mirando y retomó la iniciativa de la conversación al ver que Martín seguía allí clavado.
—Si me dices de qué va ese trabajo tuyo te puedo contar cosas que te pueden interesar.
—¿Por ejemplo?
—Pasa. Tienes cara de buena persona, chaval—añadió haciéndole gestos ofreciéndole entrar en su casa.
El hombre se llamaba Xosé. Una vez invitado a pasar y sentado en la cocina, le sirvió un café oscuro. En la televisión comentaban la reciente desclasificación de documentos del intento de golpe del 23-F. Analistas y contertulios hablaban del papel del Rey Juan Carlos, hoy emérito, de su implicación en la intentona golpista y demás archivos que habían estado bajo secreto durante más de cuarenta y cinco años.
—Todo sale al final —dijo Martín, señalando la pantalla.
Xosé negó con la cabeza.
—Sale cuando ya no molesta.
—Es posible, pero al menos salen y se sabe la verdad. Es justo que la sociedad sepa lo que paso en realidad, ¿No le parece?
—Puede ser, pero tú no estas aquí para hablar del Rey, ni de Tejero ni nada. ¿Me equivoco?
—No. Tiene usted razón. Me interesa mucho más lo que sucedió aquí, casualmente el mismo año, en 1981.
—¿Eres de por aqui?
—Si, soy de Coruña, pero vivo aquí cerca, en Mera.
Xose se le quedo mirando.
—¿Sabes quien era Manuel Fandiño?
—Ni idea, la verdad.—volvió a mentir.
—Por aquel entonces era Concejal de la incipiente y recién instaurada democracia. Era muy insistente con las adjudicaciones municipales, ¿sabes?. Preguntaba demasiado por una constructora que empezaba a ganar concursos con sospechosa facilidad.
—Ya. ¿Y eso me lo cuenta a mi por…?
—¿No querias que te contase cosas? pues yo creo que te las estoy contando, ¿no?—contestó algo molesto ante la aparente falta de atención del chico.
—Disculpe. Siga por favor. No quería ser descortés, aun encima que se ha ofrecido…—contestó con franqueza pero sin entender el porqué aquel vecino le insistía tanto en ponerle al tanto de lo allí acaecido hacia tantos años.
—No se salió de la carretera —dijo el anciano—. Yo escuché el golpe. No fue contra un árbol.
—¿Entonces?
Xosé sostuvo la taza entre las manos. Le dió un sorbo, y la apoyó de nuevo con cuidado sobre el mantel de hule.
—Contra otro coche.
«Coincide con lo que estoy investigando» penso mientras no dejaba de mirarlo al tiempo que dimimulaba su reacción.
—Vaya que interesante—se animó a decir.
—Yo ya te he prendido la mecha, chaval. Para averiguar el resto de la historia te recomiendo que visites el archivo municipal—al tiempo que se levantaba, casi le quitaba la taza de las manos a Martin y llevaba ambas al fregadero.
—¿Y porque me cuenta usted todo esto?
Estiró el brazo y señaló hacia la televisión sin mirarla.
—Al igual que tardaron cuarenta y cinco años con eso, creo que va siendo hora que también se haga justicia con lo que pasó aquí ese mismo año. Y ahora si me perdonas. Tengo cosas que hacer—.sentención con tono cortante y hasta algo desagradable.
Martín no quiso tentar a la suerte y abandonó el lugar sin muchas mas explicaciones.
******
Tras insistir en la solicitud de acceso al archivo en su calidad de alumno de la Universidad, consiguió comprobar que se conservaban copias del atestado original. Martín recordó los consejos de su padre: siempre pide copia, nunca te conformes con el resumen.
Dia tras día, durante una semana indagó, investigó y al fin halló lo que buscaba: Una versión escaneada del atestado donde detectó algo extraño. Ajustó contraste, amplió el margen derecho, y al fin, allí estaba. Una anotación a lápiz, casi borrada:
“Retirar segundo vehículo del informe. Orden superior.”
Sintió un frío limpio y seco, como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno.
Buscó más. Por aquel entonces, el alcalde provisional de 1981 tenía un hijo de veintidós años. No figuraba en la noticia y mucho menos figuraba en el atestado.
Pero esa misma noche, según un parte hospitalario que localizó tras varias solicitudes formales, ingresó en un centro de A Coruña con contusiones leves por accidente de tráfico.
Misma fecha. Misma hora, y recordó otra frase de su padre:
—»Un expediente incompleto es más peligroso que uno falso.»
Martín iba poniendo negro sobre blanco e iba dándole forma a su trabajo.
Entonces una mañana le sonó el movil. Era su tutor, el profesor Andrade que quería verle en su despacho de la Universidad para comentarle el ultimo borrador que le había hecho llegar de su TFG. Era normal. Era una forma de ir puliendo el texto para decidir lo qué dejar y lo qué eliminar.
—Pasa, pasa, haz el favor. Cierra la puerta—le rogó.
—¿Qué le ha parecido mi último borrador, profesor?—preguntó ansioso el joven mientras se despojaba del abrigo y se sentaba en la silla confidente.
—Precisamente de eso quería hablarte, Martín. Mira, he leído lo que me has pasado y esto ha dejado de ser un análisis formal de erratas —dijo quitando la palma de encima de los folios y los hojeaba brevemente.
—Es una flagrante manipulación documentada.¿No lo entiendes?
—Perdone. No le entiendo profesor.
El profesor se le quedó mirando a los ojos antes de responder:
—El problema es que es un apellido que sigue contratando obra pública. Y otro que sigue en política—¿Me entiendes ahora?.
—¿Entonces qué hacemos? ¿Miramos hacia otro lado?—contestó haciendo aflorar el periodista que ya se atisbaba en un futuro cercano.
—¿Quieres ser periodista o héroe?
—No es lo mismo.
—A veces sí.
Andrade lo observó largo rato.
—Dejame darle una vuelta y te digo algo estos días. El trabajo en si es bueno, pero…, pero bueno, ya hablaremos. Te llamo.
******
La llamada la hubo, si. Desde un numero desconocido que llegó dos noches después, pero no precisamente del profesor.
—Te estás complicando la graduación —dijo una voz grave.
—¿Quién es?
—Alguien que aprendió hace tiempo que la verdad no siempre se publica cuando se descubre.
—Hubo un segundo coche —preguntó Martín sin rodeos.
Silencio al otro lado.
—Hubo una fe de erratas —respondió la voz—. Y con eso bastó. Es o único que debes saber.
La línea se cortó.
No hubo amenaza explícita. Solo una advertencia envuelta en cortesía.
A la mañana siguiente regresó a Arillo.
El cartel oxidado seguía allí, desafiando al tiempo. El número 81 parecía más nítido que el resto. También era muy nítida la coincidencia.
«Lo único que se lee sin ningún genero de dudas es 81 y justa va a coincidir con el año en que todo ocurrió. ¿Coincidencia?» Pensó allí plantado, mientras se giraba por un instante pensando que Xose le pudiera estar vigilando. Nada. Esta vez se encontraba solo.
Abrió el maletero. Sacó la carpeta con copias, fotografías ampliadas, el parte hospitalario, la anotación a lápiz. Pensó en su padre archivando expedientes en los años ochenta, creyendo que el orden protegía la verdad. Pensó en los documentos del 23-F saliendo ahora a la luz, cuando ya nadie podía pagar consecuencias reales.
En otro giro increíble del destino también había querido que Antonio Tejero, falleciera estos días de febrero del 2026. Era como si el destino no quisiera que su frágil memoria reviviera lo ocurrido cuarenta y cinco años atras. ¿Otra coincidencia?—pensó, y cerró el maletero.
Su móvil vibró. Era Mario, un compañero de facultad.
—¿Lo cerraste? ¿Entregas mañana, no?
Martín miró el cartel.
—Sí. Lo cerré.
—Vale. Bien, Nos vemos mañana en la cafetería, ¿ok?
—Vale, ciao y colgó.
Sacó una funda plástica nueva. Introdujo dentro todas las copias y en la pestaña escribió con rotulador negro:
ARILLO – 1981 – PENDIENTE.
No rompió nada. No denunció nada. No publicó nada. La llamada había sido lo suficientemente explicita para ser prudente.
Guardó la funda en una caja metálica junto a otros documentos familiares y cerró la tapa con calma.
—Los papeles no mienten —susurró, recordando la voz de su padre—. Pero esperan pacientemente en cajones oscuros y cerrados con llave. A salvo de miradas indiscretas.
Se apoyó un instante en el coche, mirando el bosque.
Arrancó y condujo hacia casa. En el retrovisor, el cartel oxidado se hizo pequeño hasta desaparecer tras la curva.
En su portátil, la carpeta seguía llamándose “Casos cerrados”, pero Martín ya sabía que algunas historias no se cierran. No se censuran, se conservan como parte de un futuro cálculo vital.
Y por primera vez no pensó en la nota del TFG. Solo pensó en qué momento se convertiría en el adecuado mientras cambiaba de marcha.
FIN
ARMANDO BARCELONA
ALMUDENA 1.0
Pues así, en conjunto y dependiendo del día, qué quieres, no me veo tan mal; quien más, quien menos echa algo de tripilla a partir de los cuarenta, salvo esas que solo viven para cuidarse el cuerpo, que, si lo miras, son cuatro mal contadas.
Fe de erratas: Donde dice «A partir del día uno me pongo a dieta», debe decir «El día menos pensado me pongo a dieta».
La que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Todas, alguna vez —qué digo alguna, muchas, muchas veces—, hemos metido la pata, se nos ha ido la mano, echado un borrón. Hija, errar es de humanos, ya lo dijo no sé quién, y eso es lo que nos hace mejores. Funciona como el principio de acción-reacción darwiniano; lo que supone un retroceso vital, el error, nos impulsa hacia adelante, aporte de experiencia.
¡Dios, qué intensa me pongo con una tableta de chocolate en la mano.
Ay, pero no te engañes, Almudena, mírate, mujer. ¿Qué fue de aquella cintura estrecha, el vientre plano, las caderas poderosas…? Mira, eso es lo único que ha progresado, porque cartucheras y culo te sobran. ¿Y aquellas tetas firmes, que miraban al frente exigiendo su lugar en el mundo? Aunque tampoco las tienes caídas, no te fustigues; si acaso un pelín cabizbajas, reflexivas, como si dijéramos, nada más.
A partir de cierta edad, los protocolos médicos deberían proscribir los espejos porque aumentan el nivel de autocrítica en la misma medida que el chorizo y la sobrasada lo hacen con el colesterol en sangre.
La Prudi ―ni se te ocurra llamarla por su nombre de pila, Prudencia, porque te saca los ojos―, se empeña en meterme con ellas al grupo de fitness que lleva Joao, el brasilero macizo que las pastorea: «Para juntar la media docena, que es un número más redondo», dicen; para mí que les da algún tipo de incentivo con cada nueva captación.
―¿Y tú qué opinas? ―le pregunto a mi Juan, por aquello de que cuatro ojos ven más que dos, no como protocolo de autorización, que en mi casa somos muy de autodeterminarnos en lo personal.
―No sé qué decirte ―responde a la vez que me pellizca el culo como marcando territorio―. ¿Y el moreno ese está muy macizo?
―Eso dicen esas ―respondo con un guiño coqueto para encelarlo―; pero ya sabes que tú siempre serás mi baby.
A él se le notan los cocidos más que a mí, pero lo del vientre plano dejó de preocuparle hace tiempo y, qué quieres que te diga, me gusta así, con esa vetita de grasa, como los buenos jamones.
Me lo presentó una amiga en las fiestas de Alcorisa. Iba con un puntito gracioso, pero no borracho; lo pasamos bien. Llevaba unos vaqueros gastados que le hacían buen culo, estaba macizo y olía a Hugo Boss. Nos reímos mucho; el garrafón ayudó lo suyo, una cosa llevó a la otra y, oye, hasta ahora, quince años. Y tan ricamente, sin fe de erratas, como mucho algún tachón.
Son las ocho de la mañana, llevo media hora untando de mantequilla la tostada, perdida en mi mundo, haciendo tiempo a que las neuronas vayan llegando a sus puestos de trabajo; necesito una ducha y un café o viceversa, esto es como lo de la propiedad conmutativa: el orden de los elementos no altera el resultado.
La chicharra del móvil llama mi atención sin sacarme del torpor; le he puesto la alarma para que no se me pase el tiempo y me den las uvas. Lo veo estremecerse al compás de la vibración y eso me recuerda que debo ponerle pilas nuevas a Mbappé. ―Ya os conté la otra vez el affaire que tengo con mi juguetito de la alegría.
A ver, que con mi Juan vamos bien; no al ritmo de hace unos años, que el tiempo desgasta, pero, qué sé yo, dentro de la media. Lo de Mbappé es para darle guarradilla al tema y mi chico está al corriente, que no hay secretos entre nosotros; hasta algún trío nos hemos montado. En fin, como todas, digo yo.
No sé, a veces pienso que hay una línea muy fina entre lo que consideramos existencia normal y conformismo adquirido. Quizás tenemos una tendencia excesiva a domesticar nuestros sueños demasiado pronto. Si al final de la vida, en nuestra necrológica, viniera una lista de ilusiones rotas a modo de fe de erratas, daría como para unos cuantos tomos de enciclopedia.
¡Joder con la intensidad! ¿Qué tendrá el cacao?
Venga, va, en serio, algo tengo que hacer: pelín menos de tripa, tono muscular y cincelar caderas; con eso me apaño; si hay que engancharse a la elíptica, me engancho porque, otra cosa te digo, definitivamente, yo a dieta no me pongo, que en casa somos de morrico fino y prefiero sudar el sebo en lo de Joao.
¡Ay, Señor, qué lástima!
Seguro que mi Juan está de acuerdo conmigo, porque sabe que si me pongo a plan le voy a exigir solidaridad y para él la transustanciación se materializa en un torrezno.
Mi Juan, qué máquina, porque la verdadera fe de erratas no son la tripa, ni las cartucheras, sino todo lo que vamos tachando por vértigo. Donde decimos «Esto no es para mí», debería decir «Me da miedo intentarlo».
Lo demás es grasa y ―¡qué grande, mi Juancho!―, la grasa, con más o menos dignidad, se suda.
En Zaragoza, a 2 de marzo de 2026
PEDRO PARRINA
Y SI…
-Y si…
-Que no, hombre que no.
-Ya, pero ¿y si es que sí?
-Pues ya se verá entonces, de todos modos creo más en que será que no.
-Haber posibilidades hailas, y habiéndolas pues quién te dice a ti que no.
-Lo digo yo.
-Tú es que eres muy negativo.
-Yo diría al contrario: tratándose de este asunto, un no es positivo; el negativo eres tú, que piensas que sí.
-Mira, yo solo digo que podría pasar.
-Y yo digo que no pasará.
-Pero imagina que pasa.
-Pues imagina tú que no.
-¿Y si estamos haciendo el ridículo?
-Eso ya está pasando, no lo dudes.
-Bueno, pero me refiero a hacer más ridículo todavía.
-Siempre hay margen…
-Además, la última vez también dijiste que no…
-Y tenía razón, ¿o no?
-Bueno… casi.
-Ese “casi” suena a fracaso.
-Es que tú nunca arriesgas.
-Y tú te arriesgas hasta cuando no hay nada que perder ni ganar.
-La vida favorece a los valientes.
-Sí, y las estadísticas a los prudentes.
-De todas formas, si luego resulta que sí…
-Diré que siempre confié.
-¡Ah! O sea que te reservas el derecho a cambiar de opinión.
-Eso no es cambiar de opinión, eso es evolucionar, y estrategia.
-Pues yo sigo pensando que sí.
-Y yo sigo pensando que no.
-¿Cómo lo solucionamos?
-¿Lo comprobamos?
-Ni hablar.
-¿Por qué?
-Porque mientras no lo comprobemos todavía puedo tener razón.
-Además, hay factores que no estamos teniendo en cuenta.
-¿Qué factores?
-Pues los factores… los factores.
-Eso no aclara nada.
-Por eso son importantes.
-Mira, hagamos una cosa lógica.
-Ya empezamos mal.
-Supongamos que ocurre.
-No.
-¿Cómo que no?
-Me niego a suponer algo que contradice mi postura. Tengo principios.
-Tus principios cambian cada cinco minutos.
-O se adaptan al contexto; es ciencia.
-Vale, pues pensemos al revés.
-¿Cómo al revés?
-Si no ocurre… entonces podría haber ocurrido.
-Eso no tiene sentido.
-Exacto, ahí está la clave, ¿qué tiene sentido hoy día?
-¿Sobre qué?
-Sobre esto.
-¿De hoy o de Cuándo?
-Sobre lo de antes.
-¿Antes de qué?
-De ahora.
-Entonces… ¿estamos discutiendo sobre algo que ya ocurrió, o aún peor… sobre algo que nunca va a ocurrir?
-Eso sería gravísimo.
-Sí, sobre todo por el tiempo que estamos perdiendo.
-O ganando.
-No, un momento.
-¿Qué?
-¿Y si no sabemos de qué hablamos porque en realidad no existe?
-¿Insinúas que llevamos media hora defendiendo posturas opuestas sobre algo que no existe?
-No lo insinuó, lo afirmo.
-Pues yo sigo teniendo razón.
-¿Sobre qué?
-Sobre que tú no la tienes.
-Entonces, ¿queda decidido?
-¿El qué?
-Que hasta que no se demuestre lo contrario, podría ser que sí… siempre y cuando probablemente sea que no.
-Me parece razonable.
-Totalmente.
-Ambos se marchan satisfechos-.
-Uno vuelve la cabeza-
-Oye…
-¿Qué?
-¿Y si…?
-Que no, que no… Mañana seguimos.
-Bueno, vale, mañana seguimos.
-Perfecto. Pero mañana ya será distinto.
-¿El qué? ¿Por qué?
-Porque hoy todavía podría ser que sí. Mañana ya será un “A lo mejor”un “Quizás”un “Tal vez” un“igual nunca se volverá a hablar de esto”.
-Oye…
-¿Otra vez?
-¿Y si alguien nos está escuchando?
-Imposible. Nadie seguiría esta conversación voluntariamente.
-Imagínate que hay expertos analizando…
-¿Expertos en qué?
-Expertos en lo nuestro.
-¿Lo nuestro tiene expertos?
-Si no los hay, debería haberlos.
-Pero… ¿Nosotros estamos diagnosticaos?
-Todavía no, pero es cuestión de tiempo.
-A ver si resulta que lo estamos enfocando mal desde el principio.
-¿Y cuál era el principio?
-Y si… no lo recuerdo.
-Entonces no podemos estar errados.
-Doy fe.
-Fe… ¿De qué?
-Fe de erratas.
-¿Por qué no hacemos una prueba que resulte definitiva?
-Vale. ¿Cuál?
-Contamos hasta tres y decidimos.
-Venga, vamos.
-Uno…
-Dos…
Se quedaron callados.
-¿Y tres?
-No puedo.
-¿Por qué?
-Porque después de tres habrá consecuencias.
-Tienes razón. Mejor quedarnos en dos. El dos es mucho más seguro.
-Y no nos compromete a ninguno.
-¿Sabes qué es lo peor?
-¿El qué?
-Que si al final resulta que sí, todo esto habrá tenido sentido.
-Y si resulta que no…
-También, porque habremos evitado algo.
-¿El qué?
-Pues… eso, una fe de erratas.
-Creo que hemos alcanzado un nivel superior de comprensión.
-Sí. Ya no entiendo absolutamente nada.
-Eso es porque estamos progresando.
-¡Un momento!
-¿Qué pasa ahora?
-¿Y si la verdadera cuestión nunca fue si sí o si no… sino si nos lo deberíamos estar preguntando?
-Eso lo cambia todo.
-¿El qué?
-No lo sé, pero lo cambia.
-Entonces… ¿cancelamos la duda?
-No podemos.
-¿Por qué?
-Porque sin duda… ¿de qué hablaríamos?
-Uf, eso da para años.
-Escucha… una última cosa.
-Dime.
-¿Seguro que empezamos nosotros esta conversación?
-Ahora que lo dices… igual ya estaba empezada cuando llegamos.
Ambos cayeron por un momento en un profundo silencio, vigilando de reojo sus propias ideas, no fuera a ser que alguna se escapara.
-Te digo una cosa…
-No, por Dios…
-Creo que la duda nos está siguiendo.
-¿La notas?
-Sí… es como un “y si…”
-Es como un sindios, que no acaba nunca.
-Doy fe.
-¿Fe de qué?
-De ratas.
-¿No será de erratas?
-Pues sí, y creo que lo hemos creado nosotros.
-Esto se nos ha ido de las manos.
-Nunca debimos pasar del dos.
-Que no, hombre que no.
-Ya, pero; ¿Y si…?
Estaban otra vez como al principio, exactamente en el mismo sitio, con la misma conversación comenzando de nuevo.
-Oye…
¿Qué?
-¿Y si ya hemos tenido esta conversación?
-Pues ya se verá entonces si… aunque creo más en que será que no.
-De repente, uno de ellos, cualquiera de los dos, tomó la decisión de tomar el mando, y pulsó el botón de silencio del televisor.
CARMEN BERJANO
Cuestión de fe
Este amor es pluscuamperfecto.
Va todo como la seda. Nos compenetramos desde el principio. Errores que haya miles. Eso significará que seguimos caminando, que lo seguimos intentando. Este amor se enmienda sólo, a base de palabras inventadas. Por eso no merece fe de erratas.
EFRAÍN DÍAZ
La vida transcurre día a día y, como recuerda el Eclesiastés con antigua resignación, cada jornada trae su propio afán. Y nosotros, tan aplicados en el ejercicio del afán ajeno, solemos no prestar atención al nuestro. Nos preocupamos por el patrimonio, por la reputación, por el trabajo y por la vida de los demás, descuidando la nuestra y nuestros asuntos.
Anselmo se encontraba ya en el ocaso de su existencia. Había sido abogado, lo cual no es exactamente una profesión sino una manera prolongada de discutir con el mundo y en más de cincuenta años de carrera vio el catálogo completo de la condición humana: inocentes condenados, culpables liberados por tecnicismos, contratos donde una coma estratégicamente colocada valía más que la buena fe, divorcios virulentos donde el amor se liquidaba en cuotas mensuales, y, sobre todo, herederos despedazándose por bienes que el difunto ya no podía disfrutar ni defender.
Eso último le repugnaba. No quería que sus hijos convirtieran su memoria en inventario ni que sus nietos midieran el afecto en metros cuadrados. Había acumulado algunos dólares y un par de propiedades; nada que justificara una guerra civil fraticida.
Siempre soñó con escribir un libro. Cada intento, sin embargo, naufragaba en la misma pregunta incómoda: ¿quién querría leer la biografía de un simple abogado que vivió del derecho sin sentencias memorables ni hazañas épicas? No sentó precedentes ni cambió jurisprudencias. Solo litigó, cobró, ganó unas veces y perdió otras. Y la modestia, el pudor o la falta de un buen legado le cerraba el manuscrito.
Cuando intuyó que el plazo no admitía prórroga, que el final era inevitable y estaba cerca, decidió redactar su última y deliberada voluntad. Optó por el testamento ológrafo, de su puño y letra, con fecha, firma y una instrucción singular: que fuese leído en voz alta durante el velatorio. Hasta el último acto debía tener algo de puesta en escena.
Hizo inventario mental de sus bienes y los distribuyó con equidad entre sus tres hijos y sus cinco nietos. A su esposa nada dejó, no por olvido sino porque ella había muerto años antes, llevándose consigo la única herencia que no pudo tasar, sus memorias.
Concluido el reparto, sintió un impulso lúdico, esa travesura tardía que asalta a quienes ya no temen consecuencias y una sonrisa maquiavélica iluminó su rostro. Si no escribiría una biografía, al menos dejaría una nota al pie de la suya.
En la última página, debajo de su firma, escribió:
Fe de Erratas de mi Vida
Donde dije vocación, léase ambición.
Donde dije buena defensa, léase defensa proporcional a los honorarios satisfechos.
Donde dije amor por la justicia, léase afición por la victoria. La justicia, para eso estaba el juez.
Donde dije estrategia legal, léase artimaña jurídica.
Donde dije honorarios razonables, léase tarifa un poco excesiva.
Donde dije matrimonio, léase pacto renovable cada cinco años.
Donde dije principios inquebrantables, léase principios negociables.
Donde dije “todavía hay tiempo”, léase “costará más”.
Donde dije reputación intachable, léase oculté lo que podía perjudicar.
Donde dije “respetado colega”, léase despreciable pelafustán.
Cuando deseé éxito, en realidad deseé una catastrófica derrota.
Y siguió corrigiéndose con una lucidez que no era arrepentimiento, sino honestidad tardía.
Anselmo murió pocos días después. Debió presentirlo, porque pasó por mi despacho, dejó el testamento con instrucciones específicas y se despidió con la serenidad propia de quien está a punto de cruzar a la otra orilla.
Ahora me corresponde leerlo en voz alta, en medio del velatorio, ante hijos, nietos y colegas que aún creen que la vida admite prórrogas y apelaciones. Comprendo las implicaciones. Anticipo que habrá escándalo. Pero confieso, con cierta ironía profesional, que no me perdería por nada del mundo el instante en que el lado lúdico de Anselmo fracture la solemnidad del momento.
Ay, Anselmo. Jodiendo incluso después de muerto.
XAVIER TORRES
Recopilación de erratas en los títulos de una imprenta que cerró porque, inexplicablemente, dejó de recibir encargos:
Mis últimas erecciones, de Nacho Vidal (no era el actor porno, sino un dirigente que escribía sus memorias como elector sindical)
La cópula vaticana, del periodista Camilo Sexto (análisis sobre los círculos de poder en la cúpula de la Iglesia)
Autonomía de un instante, de Javier Cercas (al ver las galeradas el novelista cambió inmediatamente de editorial)
El comino y Cinco horas con Marco (los herederos de Miguel Delibes denegaron la autorización para reeditar sus obras)
Las edades de Lola (Almudena Grandes consideró dejar el título, pero prevaleció su intención inicial)
La Hermandad de la Sobada Santa (Julia Navarro atribuyó el error a una psicofonía)
Sin novedad en la frente (remarcable clásico de Erich Maria Remarque)
Guarra y paz (si León Tolstói levantara la cabeza)
Crónicas marianas (Ray Bradbury desmintió que se hubiese convertido al catolicismo)
La pasión tosca (Antonio Gala hizo gala de su genio y figura)
El tipo (John Le Carré no les demandó porque un topo en la imprenta le avisó con antelación)
El princesito, de Saint-Exupéry (las redes sociales malmeten en los impresores)
Afortunada y Encinta (las obras de Benito Pérez Galdós fueron canceladas)
La Fiesta del Chavo (Vargas Llosa casi renuncia a la nacionalidad española)
El capitán Alotriste (Pérez Reverte retó a duelo al linotipista)
MARIO NÚÑEZ
“Nos vamos a Punta del Este con todo pago este fin de semana largo. Es el Congreso de Filosofía Estoica Latinoamericana, y ya le dije a la loca que me invitaron a exponer sobre mi colección de reseñas de pensadores del Río de la Plata.
Les pedí que me dejaran ir con mi nueva pareja; tuve que pagar una buena diferencia por la cabaña de lujo en el Hotel Fasano y un Uber que nos lleve y nos traiga hasta el Centro de Convenciones y a todas las vueltas que tengamos que dar desde acá y hasta que volvamos el lunes.
Vamos a pasarla muy bien amor, como nos merecemos.
Saqué un préstamo en dólares que van a descontar de mi sueldo en muchas cuotas. La gorda cree que el préstamo es para otra cosa; también le dije que solo podemos ir los asistentes al Congreso, que estaremos medio incomunicados entre los talleres y las ponencias, y nos veremos al regreso.
Prepárate para tres días de lujo; tenemos reservados almuerzos en las parrilladas del puerto, cenas francesas en La Bourgogne y en Narbona, fiestas privadas en chacras de Camino Eguzquiza y en el Polo del Medellín.
Te conseguí en La Joyería de Laffitte la gargantilla de oro blanco y brillantes que tanto querías para celebrar nuestro primer aniversario; te lo mereces amor. Eso y mucho más, y no tendremos que vernos a escondidas. ¡Te voy a presentar como mi segunda esposa, y los viejos carcamanes van a quedar de cara viéndome acompañado de una veinteañera de pelo negro y escote amplio largos y tan sexys!”
El veterano pensador enamorado, envió sin releer la nota de amor con la que sellaría esta tarde la alianza para la escapada de ensueño para los siguientes jueves a domingo, junto a su amor secreto.
Sin cerrar su aplicación de mensajería, inmediatamente escribió otro que decía “gordi, plánchame tres camisas blancas, búscame las corbatas azules y el moño de seda, y prepárame los dos trajes. Sácalos al aire hasta que llegue y rocíales perfume; no quiero oler a naftalina en aquellos salones cerrados.
Como te dije, me confirmaron del Congreso que solo podemos ir los participantes.
¡Qué lástima! Me hubiera encantado llevarte… pero por otro lado te ibas a aburrir esperándome sola todo el día, mientras yo trabajo en los talleres y conferencias.
Otra vez será.
Te prometo que nos vamos uno de estos findes a pasar a Salinas, en la casa que mi hermano nos presta cuando no la usan.
Te dejo unos pesos en la tarjeta. Lamentablemente tuve que utilizar el préstamo que pedí al banco, para la liquidación del impuesto a la renta. ¡Te juro que es un asalto a mano armada! No sé por qué me vino este disparate para pagar, pero ya está. Ya lo pagué y a otra cosa.
No quedó mucho en la cuenta para los gastos de la casa. Sé que sos una maestra con la plata, así que te las vas a arreglar con lo que hay en casa. Nos vemos en dos horas, mientras me baño y levanto el equipaje. Te dejo la camioneta, aunque no le queda mucho combustible. Me mandan un Uber para llevarme desde casa.”
La despampanante joven morena abrió este mensaje y no entendió mucho. Sin embargo, le resonó feo lo de “plánchame tres camisas blancas” … y ya no leyó más.
Respondió enseguida, en otro de sus habituales actos impulsivos: “¡yo no soy tu mucama ni tu mujer! ¡Que las camisas te las planche ella! ¡Me prometiste llevarme a Punta y me querés poner a planchar!”
En otro teléfono, la esposa tembló al leer el mensaje que desde el comienzo del texto supo no era para ella, y soltaba por un barranco todo lo que conocía como pareja y familia durante las últimas tres décadas.
Respondió sin soltar una lágrima: “no vuelvas a poner un pie en esta casa. Consigue un abogado que se comunique conmigo, porque desde ahora estás bloqueado”
El prestigioso filósofo veterano interrumpió la lectura en su computadora para revisar los mensajes que acababan de llegar a su teléfono, y que por poco paralizan su respiración.
Ya no pudo seguir en los ajustes de su ponencia para el Congreso, que contrasta el revisionismo rioplatense con el estoicismo alemán, bajo el título de “Fe de erratas”.
PEPA HERRERA
Las erratas que volvieron loco a Ernesto Garrapato.
Ernesto Garrapato era un corrector profesional. ¡Pobre hombre! De tanto corregir textos, se había vuelto tan maniático con la ortografía y los errores que llevaba un rotulador rojo en el bolsillo, cada vez que salía a la calle, para corregir todo aquello que veía mal escrito.
Si es que no podía evitarlo.
Aquella mañana empezó como siempre, se encontró una nota en el ascensor que ponía: “No funciona asta nuevo abiso”.
—¡¡Esto es terrorismo lingüístico!! —exclamó mientras tachaba y reescribía como si le fuera la vida en ello.
Más tarde, al pasar por la panadería de su barrio, corrigió el cartel del panadero, donde ponía “BAGUETAS RECIEN ECHAS”. Tres faltas en tres palabras. ¡Dios, a punto estuvo de llamar a emergencias cuando vio aquello escrito!
Pero lo peor llegó al entrar en su casa. Su reloj digital marcaba 11:6O. ¡Y encima con O!
—¿Perdona? —le dijo al reloj, como si el aparato pudiera escucharle.
El microondas tampoco ayudó mucho, en la pantalla ponía: CALENTANOO.
Ernesto se quedó blanco.
—Estoy rodeado —gritó—. Creo que me estoy volviendo loco!
Decidió salir de nuevo a despejarse. En su casa las erratas se multiplicaban por segundos y él estaba a punto de estallar.
¡Mala idea! El collar del perro de su vecina decía PERRTO.
—¡Encarna! ¡A tu perro le sobra la T!!!!!!
—Pues quítasela tú! —respondió ella, tan tranquila.
Se acercó con el rotulador y el perro, mosqueado por la intromisión del vecino, le pegó un mordisco en la mano. ¡Menos mal que no le quitó el rotulador!
Ernesto, desesperado, salió a la calle y empezó a corregir todo lo que veía: matrículas, carteles, camisetas, incluso lo intentó en el tatuaje de un chaval que ponía “Amorr sin finn»
—¿Te importa si te lo corrijo? —preguntó, sacando el rotulador.
El chaval salió corriendo. Debió pensar que era el asesino del bolígrafo.
Cuando ya estaba al borde del colapso, vio un mensaje enorme en la pared del parque: “NO CORRIJAS ESTO”.
Ernesto levantó el rotulador. Dudó. Le extrañó que estuviera bien escrito.
Y por primera vez en su vida… no corrigió nada.
Entonces las letras se movieron y se transformaron:
“ERRAr ES HUMANO”.
Ernesto se quedó quieto. Guardó el rotulador. Respiró hondo. Tenía que tranquilizarse, estaba totalmente obsesionado. Todo Móstoles estaba lleno de fallos pero él no podía corregirlos siempre, a pesar de que le hicieran daño a los ojos.
Decidió volver a su casa, ya más relajado, y justo cuando subía la escalera apareció Encarna, la vecina, con un plato en las manos.
—¿Quieres una cocreta?
Ernesto cerró los ojos.
—Noooooooooo ¡Prefiero una empanadilla, Móstoles! ¡¡¡Empanadilla de Móstoles!!! ¡Encarna!
—¿Estás bien, Ernesto?
—No, Móstoles, no quiero Encarnas…, empanadilla… solo quiero… llorar… Buahhhhhh… Buehhhh o sea… Bushhhh… Uffffffff BUAHHH… ¡Me estoy volviendo majara!!!!
SERGIO TELLEZ
LA VERDAD ESTÁ EN EL SILENCIO
Llevaba buscando el libro por bastante tiempo, pero aún no lograba encontrarlo. El extraño me había dicho que buscara en la biblioteca municipal, en el estante de los clásicos.
La bibliotecaria lo aseguró: «No existe ese libro». Su rostro era inexpresivo, sus ojos parecían no verme y su voz era monótona. Sin embargo, yo sabía que estaba allí, lo sentía con una certeza que corroía por dentro.
La luz tenue y polvorienta se filtraba por las ventanas y el tiempo parecía detenerse. Todo se movía con lentitud. El silencio era opresivo. Yo seguía buscando, convencido de que el libro estaba allí, esperándome, llamándome.
El hombre misterioso que se había sentado junto a mí en el parque del pueblo días atrás, me había hablado del libro. Su rostro era una sombra en mi memoria, pero sus palabras seguían resonando en mi cabeza. Dijo muy poco, lo suficiente para dejarme confundido y con la sensación de que estaba siendo iniciado en un misterio que nadie más podía entender.
Me rendí. No encontré el libro. La frase del extraño, escrita en un papel amarillento, seguía resonando en mi mente: «Busca en el silencio de la noche, donde la oscuridad es más oscura que el alma. Y en el ruido de la conciencia, encontrarás la verdad.» Pero no había verdad, solo la oscuridad de mi fracaso.
Regresé a mi habitación, rodeado de libros que parecían mirarme con indiferencia. Repasé mentalmente todos los libros leídos, todos los fragmentos que habían quedado grabados en mi memoria. Pero nada parecía encajar.
Visité al anciano intelectual del pueblo. Le conté sobre la frase del extraño y le pregunté qué significaba. El anciano me miró y dijo: «La verdad está en el silencio». Me quedé pensativo, tratando de entender qué quería decir. Pero las palabras del anciano solo parecían sumirme en una mayor confusión.
La frase del desconocido seguía resonando en mi mente, como un eco sin fin. Días después, volví a visitar al anciano. Estaba sentado en su sillón, rodeado de libros y papeles. Le pregunté si había pensado más sobre la frase del extraño. Me miró con una sonrisa y me dijo: «Creo saber dónde está el fragmento. Es de ‘Crimen y castigo’ de Dostoyevski. Búscalo en la biblioteca».
Me sorprendí. No había pensado que el anciano podría descifrar el fragmento. Volví de inmediato a la biblioteca, busqué el libro y encontré el párrafo. Era exactamente como lo había escrito el extraño: «La noche es oscura, pero el alma es más oscura aún». Pero no encontré la continuación del fragmento. Me sentí frustrado, como si hubiera estado cerca de descubrir un secreto que aún no podía agarrar.
Regresé al anciano y le conté sobre mi hallazgo. Me miró con una sonrisa pensativa y dijo: «La verdad es que la frase del extraño es un laberinto. La primera parte es de ‘Crimen y castigo’, pero la segunda parte… eso es otro misterio».
Después de días de búsqueda infructuosa, regresé al anciano, desesperado por encontrar una pista que nos llevara al fragmento que faltaba. Me recibió con una sonrisa enigmática invitándome a sentar en su sillón de cuero gastado.
«Creo que hemos estado buscando en el lugar equivocado», dijo, mientras encendía su pipa. «La respuesta no está en el libro en sí, sino en el contexto en que se encuentra. Miró su pipa con una intensidad que me hizo sentir incómodo. «Piensa en los libros que están cerca de ‘Crimen y castigo’ en la biblioteca. ¿Qué otros autores y obras se encuentran en ese estante?».
Me levanté y comencé a caminar por la habitación, tratando de recordar los títulos que había visto en la biblioteca. «Hay obras de Tolstói, Dostoyevski, Chéjov, Gógol… y también, curiosamente, ‘Los miserables’ de Víctor Hugo», dije, mientras me detenía en seco.
El anciano asintió con la cabeza. «Sí, sí… ‘Los miserables’. Ese es el libro que debemos buscar. Es extraño que esté en ese estante, rodeado de clásicos rusos… pero tal vez sea el eslabón perdido que estamos buscando».
Corrí a la biblioteca. Busqué en el estante de los clásicos y encontré el libro. Lo abrí y comencé a hojearlo, buscando el fragmento que faltaba.
Y entonces, de repente, lo encontré. El fragmento que había estado buscando durante tanto tiempo. «En el ruido de la conciencia encontrarás la verdad». Me sentí invadido por una sensación de triunfo y alivio.
Me detuve un momento para leer el contexto en que se encontraba el fragmento. Era la escena en que Jean Valjean se enfrenta a su pasado y se pregunta si puede encontrar la redención. Parecía una ironía que la verdad que había estado buscando se encontrara en un libro que hablaba de la lucha por encontrar la luz en la oscuridad.
Me senté en una silla, rodeado de libros y silencio. Mi mente estaba llena de preguntas y dudas. ¿Qué significaba la frase del extraño? ¿Por qué estaba en «Los miserables»? ¿Y qué relación tenía con «Crimen y castigo»?
Me levanté y comencé a caminar por la biblioteca, buscando alguna pista que llevara a la verdad. Pasé por delante de los estantes, mirando los títulos de los libros. Y entonces, vi algo que me hizo estremecer.
Los dos libros: Crimen y castigo y Los miserables estaban solamente separados por un volumen que no había visto antes. Era un libro sin título ni autor. Lo abrí y, en la primera página, con letra pequeña y alineada como si fuera un registro bibliográfico, leí: “La verdad está en el silencio”, la misma frase que había sentenciado el anciano intelectual.
Me sentí confundido. ¿Qué significaba esa frase? ¿Y quién había escrito ese libro?
Seguí ojeando el libro; todas las páginas estaban en blanco. Pasé la mano por el papel, esperando algún relieve, alguna marca, pero solo encontré esa lisura uniforme. Cuando llegué a la última hoja, un escueto recuadro me detuvo:
*Fe de erratas*
p. —, l. —: _“La verdad está en el silencio”_ → _“La verdad está en el temblor que queda cuando el silencio se rompe”_.
La corrección no arreglaba un error tipográfico, sino la propia premisa que había guiado mi búsqueda. El “silencio” dejaba de ser ausencia y se convertía en el instante frágil en que la conciencia se hace audible. Cerré el libro y, por primera vez, el leve crujido de la cubierta y el ruido de mi respiración llenaron la sala. La fe de erratas, más que una nota editorial, se volvió la pista final: la verdad no estaba oculta en la página, sino en el temblor que siguió tras haberla leído.
De repente, escuché un ruido detrás de mí. Di la vuelta, y vi a la bibliotecaria que me había ayudado antes.
«¿Qué estás haciendo aquí?», preguntó, con una voz neutra.
«No lo sé», respondí. «Estoy buscando algo».
La bibliotecaria me miró fijamente. «No hay nada que buscar aquí… Salvo el temblor», dijo.
Me senté en una silla, con el libro sin título ni autor en mis manos. La frase «La verdad está en el silencio» y su posterior «fe de erratas» seguía resonando en mi mente. Me sentí atraído por el libro, como si fuera un imán.
Pero entonces, al abrirlo nuevamente, empecé a notar algo extraño. Las páginas parecían cambiar de textura. Se volvieron más suaves, más delicadas. Sentí como si estuviera tocando papel de seda.
Mi mirada se fue hacia la bibliotecaria, que estaba sentada detrás del escritorio. Me pareció que estaba observándome, pero no dijo nada.
Volví a concentrarme en el libro. Las páginas seguían cambiando. Ahora parecían tener un ligero brillo. Me sentí mirando a través de un velo.
De repente, mi mano estaba dentro del libro. No sabía cómo había pasado. Me asusté, pero no pude retirarla.
La bibliotecaria seguía observándome con rostro impasible.
El libro me estaba absorbiendo. Mi visión se fue volviendo borrosa. La biblioteca se desvaneció en la distancia.
La penumbra se cerró sobre mí, y las palabras del libro se convirtieron en un susurro constante en mi oído. Me sentí arrastrado hacia abajo, hacia las profundidades del papel.
La bibliotecaria, el extraño y el anciano intelectual se desvanecieron en la distancia, y yo me quedé solo dentro del libro.
Las páginas se volvieron borrosas, y las palabras se mezclaron en un caos de tinta y papel. Me sentí perdido en un laberinto de significados ocultos.
Y entonces todo se volvió negro. En el silencio más profundo, escuché una voz que susurraba:
«La verdad está en el silencio».
Y todo se detuvo. Silencio. Oscuridad. Nada. FIN.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
A SANGRE FRÍA
Las instrucciones que a continuación le indicamos, conviene ejecutarlas a rajatabla, so pena de imprevisibles consecuencias en caso de no hacerlo de manera adecuada. Ahora forma parte de nuestra organización y queremos creer que es consciente de lo que ello supone. Avisado queda.
En primer lugar, consiga un kilo de tomates color sangre, un pimiento verde y otro del mismo tono de hemoglobina. Sumerja bien a las víctimas en agua sin llegar a ahogarlas. Las necesitamos frescas. No se preocupe, ellas son conscientes, ya conocen su fatal destino. No ofrecerán resistencia y tampoco se suelen quejar.
Ahora toca valorar sus dotes de ejecutor. Corte sin miramientos los tomates en trocitos que puede reservar en un recipiente, si es usted una persona remilgada, o colocarlos directamente en el vaso de la batidora si, por el contrario, es un individuo de sangre fría. Ya sabe que la organización valora mucho esta última cualidad. En cualquier caso, vaya añadiendo los demás cuerpos en estado vegetal y una vez todo esté listo, comience a triturar. Procure hacerlo en un lugar aislado donde nadie le escuche. Por el ruido y los posibles lamentos. Hay variedades de tomates algo delicadas que no soportan un simple corte, pero no se preocupe, a la tercera vuelta de batidora, todos se vuelven silenciosos.
Abra en canal a los pimientos hasta que sus entrañas queden al aire. Retíreles las pepitas del interior y todas las partes blancas que pueden amargar el resultado y su propia existencia. Demuestre una vez más sus habilidades de matarife y córtelos en trocitos. Hágalo con arte. Finalmente, añádalos al tomate. Con el arma blanca adecuada, proceda a pelar el pepino y rajarlo en cuatro trozos para añadirlos al resto de elementos fiambres que ya reposan en el fondo de la batidora. Haga lo propio con la cebolla, seccionándola en cuatro trozos. Llegados a este punto, esperemos que sea usted un hombre como Dios manda y no haya derramado una sola lágrima.
A continuación, viene la parte más delicada. Hay candidatos que no superan este paso. Pele el ajo, quitándole el germen del centro para que no repita. Si nota una quemazón progresiva e insoportable por todo el cuerpo, habrán ocurrido dos cosas. Primero: es usted un vampiro y hasta hoy no lo sabía, y segundo, esto definitivamente no es lo suyo. Si, por el contrario, ha conseguido llegar hasta aquí, le felicito y le invito a rematar.
Finalmente, ya dispondremos de nuestras víctimas trituradas. Para aportarles un punto extra de insoportable tortura y escozor, añada vinagre, sal, pimienta y unas cucharadas de aceite. Triture un poco más la mezcla para integrarlo todo hasta que las pobres queden irreconocibles.
Déjelo estar en las cámaras frigoríficas unas horas hasta obtener las características esenciales que definen a un buen gazpacho, una delicia que se debe servir como las grandes venganzas: frío y reposado.
FÉ DE ERRATAS:
La organización desea comunicar que, tras una revisión exhaustiva del documento anterior por parte de nuestro departamento de arte dramático culinario, ironías e hipérboles exacerbadas, se han detectado ciertas imprecisiones:
- Somos una ONMV (Organización No Movida por la Venganza). Nuestro sello es el anonimato. Valoramos de manera positiva el entusiasmo que muestran nuestros miembros en el proceso de ejecución. Debe entenderse que es lógico y comprensible que, a veces, se dejen llevar por la intensidad del momento.
- Donde dice “víctimas”, debería decir “hortalizas inocentes y colaboradoras”. Aunque, siendo honestos, ellas ya sabían a lo que venían. También queremos aclarar que ningún tomate o pimiento ha sufrido daños psicológicos irreparables durante la redacción de este texto; todos los daños han sido exclusivamente físicos, amén de deliciosos.
- Respecto al apartado referido a los “lamentos” proferidos durante el proceso de triturado, informamos de que se trata de un efecto acústico propio de la batidora y no de un intento de huida desesperada por parte del vegetal. Rogamos a los lectores impresionables que no interpongan denuncias en comisarías ni en fruterías, verdulerías o negocios del ramo.
- Asimismo, donde se deja entrever la posibilidad de que el lector sea un vampiro, debe entenderse como una hipótesis científica provisional. Nuestro equipo jurídico insiste en que la organización no dispone actualmente de protocolos para la integración laboral de no-muertos, aunque valoramos la nocturnidad y la discreción como competencias muy a tener en cuenta.
- En cuanto a la recomendación de no derramar una lágrima al cortar la cebolla, admitimos que se trata de un estándar poco realista. La dirección asume que incluso los ejecutores más curtidos pueden flaquear ante semejante arma química de destrucción masiva. Las lágrimas no serán consideradas traición, sino tributo emocional al gazpacho.
- Por último, queremos subrayar que cualquier parecido entre este proceso y actividades propias de organizaciones clandestinas o de dudosa legalidad es pura coincidencia gastronómica. Nuestra única célula activa es la del sabor, nuestro único complot es contra el calor estival y nuestra única arma de destrucción masiva es una batidora de 600 vatios manejada con entusiasmo y destreza.
- Queda, por tanto, rectificado lo necesario. No obstante, si después de todo esto alguien sigue pensando que se trata solo de una receta… no seremos nosotros quienes lo pongamos en duda.
Pedro Antonio López Cruz
MAITE BILBAO
FE DE ERRATAS
Piso 33. El aire sabe a metal y a filtro de oficina. Los pies, presos en zapatos de piel rígida, pisan el mármol. Mañana es 1 de marzo de 2026. La mano derecha sostiene una pantalla de vidrio; la izquierda, un té verde que humea. Los dedos golpean el cristal con el cansancio de quien ya sabe de memoria el guion del día siguiente.
De pronto, el grifo de la cocina ruge. Brota un chorro marrón, espeso, lleno de arena oscura y restos de conchas. Huele a salitre y a red de pesca. El agua golpea las palmas y el frío le muerde el esternón. Es el Cantábrico. El té muere bajo el barro y la sal sabe a verdad en la lengua. Un escalofrío recorre la espalda; un hambre de siglos que la temperatura controlada nunca pudo apagar. Los poros reconocen la llamada mucho antes que la mente.
La pantalla cae. El sensor de limpieza activa un pitido constante, incapaz de procesar el lodo. El silicio sucumbe a una costra de sal y herrumbre. El sistema exhala un aviso de fallo y enmudece. Prisionera en una caja de luz, los ojos leen las mentiras del software. La carne dicta la fe de erratas:
Donde el sistema lee filtro de oficina, léase el zarpazo del aire que ensancha las costillas.
Donde la máquina registra piel rígida, léase el ardor del salitre abriendo el poro.
Donde el lujo impone el mármol, léase el frío del lodo reclamando el peso del cuerpo.
Donde el calendario dicta el guion, léase el pulso de la marea en la sangre.
Donde la mano sostiene una pantalla, léase un dique que el músculo debe romper.
La mujer se vuelca contra el ventanal. Apoya el hombro, hunde el peso de su cuerpo contra la transparencia. El cristal de la terraza resiste, vibra y finalmente cede con un quejido seco. La grieta dibuja un rayo; los nudillos se abren; es marzo. El vidrio estalla. Los pedazos caen como espuma blanca sobre la calle vacía. El viento del norte entra con un rugido de libertad.
Un paso al frente. Los pulmones se llenan de invierno. El suelo, inundado, es orilla. No hay caída. Solo el latido de los pies descalzos.
Las dos realidades respiran juntas. El error ha sido integrado.
28 de febrero de 2026
YOMALCKRY OSORIO
Escribió esa carta desde el alma .
«Decia : querido te quiero intensamente ! y desde siempre , el tiempo no ha logrado cambiar este sentimiento tam inmenso que tal vez que he sentido desde antes , en los tiempos de nuestra hermosa juventud.
Te he querido , pero solo me ignoras , piensas que no existo .
Y aún asi sigo guardando los sentimientos más bello por ti .
No se sentir otra cosa que no sea amor verdadero .
Te dije te amo desde lo más profundo del corazón pero tu silencio y orgullo me arrastran como una ola , me arrincona me desborda en sentimiento se me escapan las lágrimas del dolor y nóstalgia .
Desde la más interminable distancia , « Te amo «.
Escribo estas letras con mi puño y letras guiada por el gran amor que siento , espero que no me olvides , te tengo presente al comenzar el dia , al amanecer , al anochecer cuando las estrellas iluminan el infinito , el pensamiento vuela hasta ti y mil fantasias cobran vida en donde sólo estamos tu y yo en un solo corazón , un sólo sentir, te imagino reir , venir hacia mi nuevamente como antes
como si no hubiese sucedido nada , que nos tuvimos que separar asi lo quiso la vida.
como si todo fuese nuevo por primera vez
como si fueramos adolescentes .
Tan bellos ! con esa eterna juventud que se dibuja en la sonrisa
que ha permanecido a pesar de los estragos constante de la vida «
Fé de erratas : No pienso en cambiar nada , cada letra , cada palabra todo fué escrito desde el alma sincera y profunamente
desde el corazón .
con todo el sentimiento a flor de piel .
soñando e imaginando volverlo a ver , aunque sea por un instante .
en el amor no hay errores unicamente letras enamoradas que sienten y aman
Brasil : 01 -03-2026
MANUELA CÁMARA
AL MARGEN.
«A veces no escribimos la vida,
solo aprendemos a leerla al margen»
.
Este libro contiene múltiples errores. No errores tipográficos —ojalá hubieran sido de esos—, hablo de errores tenues, casi invisibles, que han permanecido intactos durante años porque nadie sabía dónde exactamente buscarlos. Ni siquiera yo.
.
Durante mucho tiempo creí que la historia estaba bien escrita. Y la releí como quien lee una historia ajena: con indulgencia, con cariño, con una confianza ciega en que todo tenía el sentido correcto. En una de las relecturas comprendí que contenía frases colocadas en un lugar incorrecto y que ciertas palabras, aparentemente inocentes, habían conseguido cambiar el rumbo de la historia.
.
En el momento en que hice tal descubrimiento, comencé a redactar esta fe de erratas. No pretendo corregir el libro —eso ya no es posible—, pero sí dejar constancia de lo que en cada lugar debió decirse.
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Página 9: donde dice “creí que había otra”, debería decir “empecé a notar el silencio donde antes vivía mi nombre”.
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Página 15: donde dice “no me importó marcharme”, debería decir “esperé hasta el último momento que me pidieras que me quedara”.
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Página 26: donde dice “nos despedimos sin dramatismos”, debería decir “ninguno de los dos supo reconocer que aquella era la última vez”.
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Página 37: donde dice “no respondí a la carta”, debería decir “la leí tantas veces que terminé aprendiendo de memoria aquello que nunca contesté”.
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Durante años pasé por esas páginas sin detenerme. Me parecían exactas y claras. Ahora reconozco que estaban escritas con prisas, como si alguien estuviera deseando llegar al final del capítulo demasiado rápido.
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Página 45: donde dice “mi vida siguió igual que antes”, debería decir “todo lo que para mí era valioso comenzó a desaparecer lentamente”.
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Página 50: donde dice “me dediqué al trabajo ocupando mis días en otras cosas”, debería decir “aprendí a llenar el silencio para no escuchar tu ausencia”.
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Página 61: donde dice “siento que no nos dimos tiempo para hablar”, debería decir “yo pensé que el tiempo era infinito”.
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Página 80: donde dice “repito que todo quedó resuelto”, debería decir “aprendimos a convivir con lo que nunca se resolvió”.
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Página 118: donde dice “seguí adelante”, debería decir “avancé sin comprender que la mejor parte de mí se había quedado atrás”.
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Página 149: donde dice “guardé en una maleta sus regalos y sus cosas”, debería decir “intenté detener el tiempo doblando y guardando cuidadosamente aquello que ya no volvería a usarse”.
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Página 220: donde dice “le colgué el teléfono”, debería decir “dejé pasar la última oportunidad de decir aquello que todavía sigo diciendo en silencio”.
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Página 221: donde dice “ahora sí que no hay regreso”, debería decir “el tiempo ya había terminado de escribir esa página”.
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Esta última errata comprendí que ya no puede corregirse. Lo he intentado muchas veces: cambiar una palabra, buscar una explicación que volviera la frase soportable. No he podido. No hay otra versión que funcione.
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Con esta última errata he comprendido que hay páginas que no admiten corrección, solo lectura.
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BEA ARTEENCUERO
POR UN PUCHO..
El chabon del conventillo, buscando puchos andaba.
En el bolsillo buscaba del lompa mugriento ,que aquel día se ajustaba.
Sin un mango se encontraba y como loco maldecía la amarga vida de malaria que tenía, más laburo no buscaba.
Porqué de cantor se la daba recorriendo los boliches, con un viejo bandoneon que sonaba con tres fuelles y que en un cambalache por dos mangos lo compro.
Un pucho. quiero un pucho repetía.
Peinado su jopo con gomina, a la calle se largo.
Se cruzo con un fulano bien vestido, hasta chambergo tenía
manejaba un cachivache al que manija para que arranqué le daba.
Un habano el tenía
Que una mina le prendía.
Señor…Le lustro los tamangos por unas charolas, le dijo con apuro uando el fifi aquel paso.
Así terminó su tortura y un pucho consiguió por dos monedas que el engreido le pagó.
Corriendo en busca de un bailongo se largo a juntarse con la gilada.
Con ragu él andaba, hacia rato no comía, porqué tela no tenía.
A la timba ya no hiba, porqué su amigo era un turro , que en la toquería se encontraba, un yuta lo encontró borracho y se lo llevó para guardarlo unos días.
De penurias es su vida más alegré, con su viola cantando el seguía..
Bea…
MARÍA MONTERO
Expediente 27: Fe de erratas
El aire en el sótano del archivo tiene un peso distinto; huele a hierro oxidado, a humedad estancada y a ese polvo antiguo que se pega a la garganta como un secreto mal guardado. Bajo cuando el edificio ya ha quedado en silencio, cuando las luces fluorescentes del pasillo parpadean con un zumbido eléctrico que parece el latido de la propia mina.
Mis dedos, manchados de grafito, recorren los lomos de cartón descolorido hasta que el tacto tropieza con la aspereza del Expediente 27. Al sacarlo, el estante exhala una nube rojiza que flota en el haz de mi linterna. En la cubierta, la caligrafía es rígida, funcionarial, escrita por alguien que nunca tuvo las manos sucias: “Incidente menor. Sin relevancia histórica. 1912”.
Abro la carpeta y el papel cruje, protestando por el despertar. Entre reglamentos de disciplina y partes de producción, surge ella. Una anotación marginal, casi un descuido del administrativo de turno: “Presencia no autorizada en galería 3. Caso aislado. Rosario Valdivia Martín”.
Me quedo un instante en silencio. Casi puedo oír el eco de sus botas prestadas golpeando el costero, el roce de su pañuelo contra la piedra viva. Saco el bolígrafo y el trazo de mi tinta negra, húmeda y valiente, desmiente la historia oficial:
Donde dice “caso aislado”, debe decir “pionera”.
Paso la hoja con una mezcla de respeto y urgencia. Encuentro otra línea, subrayada con la soberbia de la época: “Colaboración femenina en superficie”. Imagino a Rosario saliendo a la luz cegadora del mediodía, sacudiéndose el polvo de los pulmones mientras soporta las miradas que intentan volverla invisible. Mi mano no duda:
Donde dice “colaboración”, debe decir “trabajo”.
El expediente se vuelve más hostil a medida que avanzo. “Conducta impropia de su condición”, reza el último folio. Siento una punzada de rabia heredada, una corriente eléctrica que me recorre la espalda. No es solo su historia la que estoy rescatando; es una grieta que por fin se abre.
Donde dice “impropia”, debe decir “valiente”.
Cierro la carpeta. El golpe suena como un disparo en la quietud del archivo. La mina, allá afuera, sigue siendo ese animal inmenso que nos observa. Sé que hoy, mientras guardo el expediente en su sitio, las palabras han cambiado de peso.
Rosario Valdivia Martín no fue una errata que el tiempo debiera borrar; fue la corrección necesaria en un sistema defectuoso. En la portada, sobre el sello que pretendía minimizarla, dejo mi nota final para quien venga después:
Donde dice “hemos avanzado suficiente”, debe decir “seguimos abriendo veta”.
Pronuncio su nombre en voz baja antes de apagar la linterna. Rosario Valdivia Martín.
Porque la sociedad que queremos no tacha nombres. Los pronuncia.
ANGY DEL TORO
FE DE ERRATAS.
TODAVÍA QUEDA MAÑANA
—¿Qué sucede, amor? ¿Por qué te incomodas?
—Es que uno se cansa de que lo manipulen.
—¡No lo puedo creer! ¿Te volvieron a llamar?
—Sí. Dicen que el manuscrito requiere de una última revisión.
En la redacción, el autor vio cómo el editor, tras un golpe seco, dejaba caer el manuscrito sobre la mesa.
—¡No, no es así como funciona esto! —dijo el editor con aires de quien cree que todo lo sabe—. El personaje es demasiado… ¿cómo lo digo? ¿Blando? No puedes dejar que se levante de nuevo. Estamos en el capítulo final. Es inverosímil.
—¿Inverosímil? ¿Ha dicho usted que un ser humano intente sobrevivir es inverosímil?
—La audiencia quiere crudeza. Prefieren el «No» absoluto. Que el fracaso se sienta como una losa que cae sobre sí mismo. Si el personaje dice «Lo intentaré», le quitas el peso dramático al libro. Estamos editando una obra, no un manual de autoayuda. Cámbialo por un «No”. Mejor aún: ¡que muera! o simplemente borra el último párrafo.
—Si borro ese párrafo, borro el ciclo —replicó el autor. Mi personaje ha vivido en el sufrimiento —en el manto que lo envolvió, en sus miedos— y ha descubierto una rama, ha aprendido a florecer en primavera. ¿Usted quiere que le corte las raíces? Un «cierre oscuro» no es realismo, es crueldad gratuita.
El editor suspiró profundamente, frotó las manos sobre sus sienes y dijo: —El realismo es saber cuándo finalizó la partida, no hacer tablas. Si dejas la esperanza abierta, la gente no va a hablar de la profundidad de tu obra, van a decir que es un cuento de hadas. Necesitamos que sea rudo. Que el lector sienta que, a veces, el mundo es, simplemente, un lugar donde no hay vuelta atrás.
—Pero ese no es mi libro. Esa «negatividad» que quiere insertar es una errata, no una corrección. Es una mentira narrativa. Si el personaje ha llegado hasta aquí, es por su naturaleza: él reconoce, en su estado, que aún puede resurgir.
Su visión es oscura y yo intento transmitir una esperanza, la fe que todos necesitamos para sobrevivir a las amenazas.
El editor, esbozando un chasquido, respondió: —Entonces, supongo que tendremos que publicar la fe de erratas nosotros mismos. Porque tal como está, la obra se queda en el cajón.
—Puede poner todas las fes de erratas que quiera al final del tomo —concluyó el joven autor mientras recogía sus papeles—, pero le advierto algo: mis lectores sabrán distinguir entre mi voz y su censura. La fe de erratas no servirá para corregir el libro, servirá para denunciar lo que le han hecho a la historia.
El joven cerró la puerta de la redacción. Sentía que el frío aire de la calle refrescaba su enojo. Caminó hasta su casa, donde su mujer lo esperaba con el acostumbrado té de las tardes.
Sentado frente a ella, bajó la cabeza. Dejó reposar el manuscrito sobre la mesa. —¿Te cerró las puertas de la editorial? —preguntó ella, observándolo.
—No. Me pidió que matara al personaje. O que lo dejara hundido. Tiene sus argumentos, que no se los discuto, pero no es el mensaje que deseo trasmitir. Ya me conoces.
Ella tomó un sorbo del té y lo miró como quien quiere interpretar lo que silencia. No lo interrumpió, solo preguntó.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé. Pero, cuando le hablé de la rama, de la primavera… se puso tenso. Le temblaba la mano. Casi parecía que le molestara físicamente que el personaje no se diera por vencido.
—¿Y por qué crees que le molesta? Es solo un editor, tendrá sus manías, pero debe tener mucha experiencia, saber qué gusta o no a los lectores.
—No, ¡qué va! y eso es lo extraño. Un editor de oficio te habla de ritmo, de estructura, de ventas. Él no me habló de eso. Me habló de «no hay vuelta atrás» como si fuera una sentencia. Como si odiara que alguien pudiera salir del barro.
Ella se recostó sobre la silla, pensativa. —Y por qué estará tan obsesionado en que el personaje fracase, tratemos de entender. Quizás tenga razón, repito.
—No lo sé —respondió el marido, pretendo atar cabos. Pero esa reacción no es de alguien que solo quiere vender libros. Es de quien está convencido del fracaso… por el momento, dejémoslo reposar. Ven, abrásame y dame un beso, por favor. Lo necesito.
BLANCA CERRUTI
COLMADO «NOVA»
Cuando Paulino tocaba a misa, Doña Rosa y su hija, María, salían de casa. La madre se dirigía a la iglesia y María abría el colmado y lo disponía todo para recibir a las clientas, algunas, llegarían al salir de oír misa.
Aquella mañana, el sonido de la campanilla de la puerta dio paso a las cuatro de siempre, que habían cogido la costumbre de ir juntas a por el pan, y, de paso, airear alguna que otra noticia de algún que otro vecino.
Las atendió y mientras les cobraba llegó Martino, el cartero.
—María, aquí te dejo LA carta —dijo enfatizando el «la» y colocándola en el mostrador.
Las vecinas se dieron cuenta y se fijaron en la carta, parecía normal, pero aquel «LA»… No comentaron nada en el colmado, pero ya en la calle…
Cuando se quedó sola, María cogió la carta. Era del Ayuntamiento. La abrió y la leyó…¡No podía creerlo, la citaban en las dependencias municipales por el tema del servicio militar! ¡A ella, que era una chica! «Cómo pueden haberse equivocado?», se preguntó. Guardó la carta. Su padre lo aclararía.
Al mediodía, cuando llegó a casa después de cerrar el colmado, su padre estaba sentado a la mesa, ya dispuesta para comer. Le tendió la carta.
—Papá, léela, no puede ser cierto lo que dice.
Juan la leyó.
—Tranquila, hija, es un error, seguro; mañana mismo voy a hablar con Ramón y lo arreglo —dijo con voz serena.
Al día siguiente se presentó en el Ayuntamiento.
—Buenos días, Ramón, —dijo dirigiéndose al alguacil— ¡Que han llamado a mi hija a filas!, ¿puedo saber qué ha podido pasar?
—Pues si que es raro, nunca ha sucedido, al menos en el pueblo. Vamos a consultar el Registro Civil.
Ramón coge el libro y busca la página. Recorre la lista con el dedo y… aquí está. Juan se acerca y lee: Mario García Porte…La vista se le nubla y el recuerdo de aquel día se desborda en su mente.
«Acababa de nacer su hija. Cuando fue a inscribirla, su mujer le insistió en que recordara que se iba a llamar María cuando la bautizaran.
Aún no había superado la muerte de su hijo, Mario, de cinco años, atropellado por un conductor drogado, y, al ir a escribir el nombre de la niña, se produjo la errata: escribió Mario».
Un poco de papeleo y arreglado.
A raíz de todo ello, María tomó conciencia de que no solo había «heredado» un nombre, en el fondo, aunque sus padres no fueran conscientes, también la identidad de su hermano muerto. Y tomó una decisión: se cambiaría de nombre.
Buscó durante días uno que la definiera y lo encontró: Se llamaría Nova, que significa renovación. Cuando la llamaran por ese nombre se sentiría ella misma.
Y para facilitárselo a los demás, lo añadiría al rótulo de la tienda que pasaría a llamarse: «Colmado NOVA».
LETICIA R MENA
CÓDIGO ERRATAS
El comedor del Hotel Le Grand no está muy concurrido a esas horas tempranas de la mañana. Apenas una docena de mesas, de las cuales no están ocupadas ni la mitad, estratégicamente colocadas para que el espacio limitado parezca mayor de lo que es.
El hombre, sencillo y elegante traje gris, sombrero fedora inclinado hacia un lado en su justa medida, y gabardina colgada del brazo, entra y se sienta cerca de la puerta. El lugar, lo suficientemente discreto para ver sin ser visto, al menos no al primer vistazo. Bajo el brazo, el periódico del día que acaba de comprarle al chico de la entrada.
Espera a que llegue el camarero con su habitual café solo acompañado de tostada, y dado que hoy es domingo, se concede el capricho de un licor de menta, para empezar bien el día.
Una vez dado el primer sorbo y hecho bajar un generoso bocado de tostada por su garganta, abre el periódico. Hojea al descuido las noticias del día y llega con disimulo a la página donde, al final de la misma, encuentra la sección fe de erratas. Un negro sobre blanco sin mayor importancia para el común de los mortales, que no sabe leer entre líneas aquel puñado de palabras. No es ese su caso.
Tan solo dos breves apuntes, unas frases sueltas que, a este lector en particular, le sirven para recibir las instrucciones necesarias para completar su misión.
Sin el más mínimo gesto, cara de póquer, cierra el periódico y lo deposita doblado al descuido sobre la mesa.
Apura el desayuno y, de dos tragos, también el licor de menta.
Desde otra mesa, en otra posición igual de estratégicamente discreta, otro hombre, sin duda sus ropas sacadas de un armario gemelo al del primero, observa por encima de su propio periódico al otro.
Las monedas que le dio al chico de la entrada tienen pronto su recompensa.
El primer hombre no comprende, hasta que se siente perdiendo el aliento y acelerados los latidos, que el regusto de ese licor de menta es más amargo de lo normal.
El segundo hombre se mantiene impasible mientras el primero cae al suelo sujetándose el pecho, un segundo después de haberse intentado levantar de su mesa.
Mientras el revuelo empieza a formarse alrededor del ya frío cuerpo del primer espía, el segundo vuelve la atención a su periódico. Justo en la sección fe de erratas del mismo, y lee, apenas unas palabras, negro sobre blanco, las instrucciones que acaba de llevar a cabo.
Nadie se percata cuando desaparece, demasiado revuelo por el muerto.
Nadie le dará importancia al periódico que ha quedado abandonado sobre la mesa, cuidadosamente doblado por la sección fe de erratas.
ALEXANDRA FERNÁNDEZ
El tipógrafo de almas
El taller olía a una mezcla densa de tinta fresca, papel envejecido y el aroma metálico del arrepentimiento. Don Julián, con las yemas ennegrecidas por décadas de acariciar tipos móviles, no imprimía libros: editaba vidas.
Bajo la luz vacilante de la lámpara, sostenía un pliego que latía con pulso propio. Era el borrador de un hombre que amó a destiempo y calló por miedo. «La vida es un manuscrito en tinta invisible —solía decir Julián— hasta que el tiempo, ese fuego implacable, revela los tachones».
Sus manos, nudosas y temblorosas, comenzaron a componer la fe de erratas en el plomo:
Donde dice: océano de silencios, debe decir: pavor a naufragar en sus ojos.
Donde dice: caminos rectos, debe decir: atajos para esquivar el abrazo.
Donde dice: otoño, debe decir: la primavera que no nos atrevimos a sembrar.
Él sabía que el cuerpo del texto es inalterable; la prensa ya ha dejado su surco en la fibra. Pero la fe de erratas es la última cortesía de la memoria: el perdón impreso en minúscula.
Cuando el sol se filtró por las rendijas del taller, Julián prensó la hoja final. Al cerrar el tomo, comprendió que somos un borrador caótico cuya única coherencia reside en aceptar la errata como nuestra marca de agua más humana.
Alexandra Fernandez B.
TRE CE
Con fecha de 3 de Marzo del 2026
Fue detectada la publicación de un breve escrito con referencia a una noche de 1988 en la hoja de nacimiento.
En lugar de decir: Nacida viva
Tuvo que decir: Hora de la muerte…
JUAN C VALTIERRA
Me fui a la sierra, a las montañas, donde creció Rulfo a encontrarme.
México me salió al paso con carros quemados y humo negro contra la sierra.
Ahí entendí lo que Rulfo nunca tuvo que explicar:
este país duele desde adentro, como uno.
Volví por la libre a casa . El doble del camino.
El doble del silencio.
Ya no soy el que se fue.
Tampoco sé bien quién regresó.
Fe de Erratas
del libro De Profundis, edición sin fecha, ejido La Tinaja
Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá mantenerse en pie?
Pero en ti está el perdón. Por eso te esperamos.
— Salmo 130
—
Lo encontró en la bolsa del asiento de adelante, entre un periódico de hace tres días y un vaso de plástico con el fondo café. El tren llevaba cuarenta minutos detenido en una estación que no era la suya. Afuera, neón y concreto y la lluvia haciéndose rayas en el vidrio. Él tenía el teléfono en la mano, la pantalla apagada, los pulgares quietos sobre el vidrio frío como dos animales que no saben ya pa’ dónde ir.
Guardó el teléfono.
Sacó el documento.
No había libro. Solo esto.
—
Donde decía amaneció, léase no volvió.
Donde decía besó a su mujer antes de irse al potrero, léase la miró nomás desde el quicio, como se mira una milpa que ya no va a dar.
Donde decía regresó al oscurecer, léase nunca.
—
Corríjase también la fecha. El libro abre diciendo que esto ocurrió en tiempos modernos. Falso. Esto no ocurrió en ningún tiempo. Esto sigue ocurriendo.
—
El tren no se movía. Él tampoco.
—
De Profundis dice que Cástulo Ventura conoció a Refugia Morales en una fiesta de San Juan, en el ejido de La Tinaja, un sábado de junio que olía a copal y a tierra mojada. Eso sí está bien. Es de lo poco que el libro no echó a perder.
Donde decía la vio bailar y se enamoró, léase: la vio parada junto a la palma de abanico, con un vaso de jamaica en la mano, sin bailar, mirando a los demás bailar, y algo en ese estar-aparte le partió a Cástulo una cosa adentro que nunca supo cómo llamar y que se llevó a la tumba tan apretado que cuando lo enterraron pesaba más que él.
No fue el baile. Fue el no bailar.
Le preguntó si no bailaba. Ella dijo: no me gusta andar dando vueltas sin llegar a ningún lado.
Cástulo dijo que a él tampoco. Era mentira. Pero desde esa noche dejó de bailar. Algunos amores empiezan así: con una renuncia que uno ni nota, que se va haciendo más grande hasta que ya no recuerdas qué eras antes de ceder.
—
Aquí De Profundis omite lo que dijo Refugia al llegar a su casa esa noche.
Le dijo a su madre: Conocí a un hombre que miente bonito.
Su madre dijo: Mija, todos mienten bonito. La diferencia está en qué tan bonito mienten cuando ya los conoces.
Refugia no contestó. Pero tampoco olvidó. Y eso —no olvidar— fue la manera que tuvo de quedarse en pie cuando ya no había mucho por qué.
—
El tren arrancó. Él levantó los ojos, miró la estación alejarse, el andén mojado, una mujer parada bajo la teja que no subió o que ya había bajado, no supo distinguir.
Volvió al papel.
—
Donde decía se amaron, léase se necesitaron. Son cosas distintas aunque duelen igual cuando se acaban.
Tuvieron cuatro hijos. De Profundis menciona tres. El cuarto —Aurelio, dieciséis días exactos— ese no lo menciona nadie. Cástulo lo cargó vivo y lo cargó muerto y ese peso es el mismo y por eso no se olvida.
Los otros tres se fueron. Fermín al norte sin decir adiós. Rosario con un hombre que prometía. El Güero al pueblo, que es la manera más cruel de irse: estar cerca y no aparecer.
Refugia los esperó a todos hasta que murió, porque antes de eso nunca dejó de esperarlos. No por fe, corríjase. Por costumbre. Que a veces es lo mismo, y a veces es lo único que queda cuando la fe ya se gastó.
Donde decía los hijos fueron su consuelo: los hijos fueron sus hijos. El consuelo es otra cosa.
—
El temporal del cincuenta y ocho tiene sus errores.
Donde decía rezó: se quedó en la puerta viendo caer el granizo sobre el maíz con los brazos colgando, que es la postura del hombre que ya entendió que él y la tierra son la misma cosa: los dos esperando que algo del cielo los salve, los dos sabiendo que no va a llegar.
Refugia se paró a su lado. Vieron juntos cómo el granizo se comía la milpa.
Luego ella entró a hacer café, que era la única clase de rezo que los dos sabían hacer juntos: hacer algo con las manos cuando ya no hay nada que hacer.
De Profundis llama a esto resignación. Corríjase: esto se llama estar juntos. La primera es rendirse. La segunda es lo único que de verdad se puede ofrecerle a alguien y que no se puede devolver ni corregir ni borrar cuando ya se fue.
—
Nota que la edición original suprimió:
Tres meses después de morir Refugia, los vecinos dijeron que de noche se escuchaban dos voces en el corredor de la casa de Cástulo. Una de hombre viejo. La otra no era de nadie que viviera por ahí.
Cástulo, preguntado, dijo que eran los coyotes.
No había coyotes en ese cerro desde hacía veinte años.
Corríjase o no se corrija. Hay voces que suenan aunque ya no haya nadie que las haga. Hay esperas que siguen aunque ya no haya nadie que espere.
—
Aquí, en el margen del papel, alguien había escrito a lápiz, con una letra pequeña que se inclinaba como si el que escribió tuviera prisa o miedo o las dos:
el error no es irse — es creer que irse no cuenta.
Sin firma. Sin contexto. Sin saber si era una corrección o una confesión o simplemente lo que alguien necesitaba escribir en algún lado antes de llegar a algún lugar o de no llegar.
Él leyó esa línea.
No la entendió del todo.
Siguió.
—
Errata mayor, para no confundirse:
Donde a lo largo de toda la obra se lee vivió, léase aguantó.
Cástulo siguió levantándose antes del alba. Siguió poniendo dos tazas antes de recordar. Luego quitaba una. Todos los días olvidaba y recordaba y quitaba la taza, y nunca se le hizo costumbre olvidar, que hubiera sido lo más misericordioso, pero la misericordia nunca tuvo mucho que hacer en esa casa.
Murió en la mañana, solo, con los ojos abiertos mirando el techo. Había dos tazas en la mesa. No se sabe quién puso la segunda.
Donde decía en paz, léase: viendo una fiesta de San Juan, un sábado de junio, y a Refugia junto a la palma de abanico que todavía no sabe que va a decirle que sí, y que todavía tiene el vaso de jamaica en la mano y todavía mira a los demás bailar con esa manera suya de estar en medio de todo como si todo fuera en otro lado, y él todavía no sabe que va a dejar de bailar para siempre, y los dos todavía no saben nada de lo que viene.
Ese momento antes de que empezara todo.
Desde las profundidades también se ve eso. Desde abajo todo se ve más claro, dicen. Dicen.
—
La parada llegó.
Él no levantó los ojos.
El tren siguió. La ciudad se fue apagando despacio, luego campos, luego la lluvia sobre algo que ya no tenía nombre. El papel estaba doblado en su mano, el filo del doblez sobre la letra a lápiz, esa línea de nadie que no había entendido del todo y que por eso no podía soltar.
Afuera, entre los campos negros y la lluvia, había una luz sola.
Quieta.
No parpadeaba como las luces de las casas. No se movía como las luces de los carros.
Solo estaba ahí, en la oscuridad, como llevan estado las cosas que esperan: sin moverse, sin apagarse, sin saber tampoco si alguien viene.
Pero ahí.
—
El editor lamenta los errores.
Aunque también lamenta las correcciones. El libro, con todos sus errores, era más llevadero. Las correcciones son las que pesan. Las correcciones son las que se quedan.
El resto es lo que usted quiera que diga.
O lo que no quiera. Eso también cuenta.
—
(De Profundis se perdió. Sólo quedó esto. Que es, al final, lo mismo que quedó de todo lo demás.)
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Don Alberto era un buen escritor, al menos eso decía en su tarjeta de presentación la cual tenía una linda letra y una fe de errata en su apellido.
Publicaba un libro tras otro
Le encantaba escribir, era su vida. Sus libros hablabande de los sentimientos, con personajes que parecían de fantasía salidos de un cuento.
Al final invaluable o irremediablemente, añadia varias páginas con fe de erratas.
En sus primeros libros no había tantas erratas, las cuales fueron creciendo, tanto como libros escribía.
Llegó a publicar en una novela de doscientas páginas cuarenta páginas de correcciones.
En la siguiente publicación fueron sesenta, y así sucesivamente.
A los lectores les llamaba mucho la atención esto, nunca nadie lo había hecho.
Una de sus fans, en una firma de libros le dice que creía que su verdadero libro estaba al final, que lo demás era sólo un borrador. Don Alberto asintió con la cabeza.
Pensando en esas palabras, que en el fondo no le molestaban, pues sentía que realmente él era muy original y había creado una nueva forma de escribir.
Cuando preparaba su «décima novela» su editor le preguntó si ¿ya había revisado bien el manuscrito? Contestándole que claro, he dejado suficiente espacio para mis erratas.
Al hacer la presentación de este libro, tuvo un gran éxito, a las personas les gustaba ahora leer más sus erratas, que la novela misma, el libro tenía ciento cincuenta páginas y la fe de erratas ciento cincuenta y tres, estas eran muy amenas y divertidas; el público reía mucho con ellas, inclusive, algunas de ellas parecían un cuento de lo extensa que eran. Por ejemplo, en una de ellas puso: el personaje principal camina bajo la lluvia «debe decir» el protagonista no camina, sino intenta volar la imaginación hacia destinos mágicos para conocer otras vidas y disfrutar de las experiencias y vivencias de ello.
En esta presentación, le vitorearon mucho, recibió grandes aplausos, muchos rieron y lo felicitaron por sus ocurrencias originales, y le pidieron su firma con gran admiración.
Don Alberto llega a su casa, sintiéndose muy complacido de lo que había logrado con sus erratas, en ese momento sintió un halo de inspiración, iluminando su mente, se sienta en su sillón del escritorio y empieza a escribir un nuevo ejemplar con el título «gran compendio universal de todas mis fe de erratas» y al final pondría.
Donde dice «mis fe de erratas» debe decir mis fes de erratas, y donde debe decir «fes» debe decir fe.
Al publicarlo, fué el que más éxito tuvo por sus ocurrentes correcciones, y ahora Don Alberto ya no escribía más novelas, sólo escribía erratas.
GERARDO BOLAÑOS
La vida, si se mira de cerca, no es un manuscrito iluminado, sino un faldón de periódico impreso a toda prisa, con la tinta aún fresca manchándonos los dedos.
Ayer encontré en el fondo de un cajón aquel viejo reloj de pulsera que dejó de marcar el tiempo el mismo día que tú dejaste de existir a mi lado. Tenía el cristal rayado, una cicatriz transparente que dividía el día por la mitad. Me quedé observándolo y pensé, que nosotros, en nuestra urgencia por amarnos, fuimos como un tipógrafo descuidado. Escribimos promesas con una ortografía emocional espantosa, omitiendo las tildes en los «te quiero» y olvidando los puntos finales donde solo debieron existir comas.
He pasado años intentando arrancar las páginas dobladas de mi memoria, creyendo que el fuego era la única forma de corregir el pasado. Pero hoy, mientras el café se enfriaba sobre la mesa —otra analogía de lo que sucede cuando dejamos de prestar atención—, comprendí que la existencia no permite tachaduras. No hay un borrador para el eco de una palabra hiriente, ni corrector líquido para el vacío que deja una silla que ya no se ocupa.
Lo que nos queda, al final del volumen, es una Fe de Erratas.
Ese pequeño apartado al final de los libros, humilde y valiente, donde el autor admite que se equivocó. Donde confiesa que en la página 42, donde decía «eterno», debió decir «efímero». Donde aclara que en el capítulo del perdón, la palabra «olvido» fue un error de imprenta; lo que realmente quiso escribir fue «aceptación».
Mi propia fe de erratas es larga y está escrita con una caligrafía temblorosa:
Página 24: Donde dice «orgullo», léase «miedo a la soledad».
Página 30: Donde el texto sugiere que el silencio era indiferencia, entiéndase como un grito que no encontró salida.
Página 45: Donde juré que nunca volvería a mirar atrás, admítase que quise decir que caminaría de espaldas para no perderte de vista.
Es curioso cómo nos empeñamos en ser ediciones perfectas, sin manchas ni errores de composición. Pero la belleza no reside en la pulcritud del texto, sino en la honestidad de la corrección. La fe de erratas no es una derrota; es el acto de fe más grande que existe. Es decir: «Me equivoqué, lo reconozco, y aquí dejo constancia de la verdad para que el lector no se lleve a engaño».
Hoy decido dejar de pelear con mis erratas. Las acepto como parte del diseño original. Porque un libro sin errores es un libro que nadie ha tenido el valor de escribir, y una vida sin equivocaciones es un papel en blanco que no conoce el perfume de la tinta ni el calor del roce humano.
Al final, cuando cierres este cuento, espero que vayas a tu propio índice y, con la misma ternura con la que limpias el polvo de un mueble antiguo, redactes tus propias correcciones. No para cambiar lo que pasó, sino para que lo que queda por escribir sea, al menos, un poco más fiel a lo que realmente late aquí dentro.
EVA AVIA TORIBIO
Fe de erratas
¿A qué estás esperando? —me dice, aquella que veo al otro lado del espejo. A estar segura de que, lo que me ofreces, es la solución a todo lo que odio de mí misma —le contesto, sabiendo que ella solo va a responderme con obviedades implantadas en la memoria, esa que me repite una y otra vez lo que es correcto, que me dice lo que debo de hacer. Pero estoy cansada de hacer lo que debo, lo correcto, de que, debido a ello, la que pierda siempre sea la que está frente al espejo.
La elección es romper el espejo y hacer lo que tu corazón dicte —me dice, aquella que está frente al espejo.
Suspiro y la miro a los ojos, creo que voy a continuar dejándome llevar por ti, por esa que veo al otro lado del espejo, porque mis errores, no lo son, no son sacrificio, son la elección de dejar atrás muchos sueños, por hacer lo correcto, por quien todavía no tiene la capacidad de cometer sus propios errores y aprender
de ellos.
Estoy convencida de que llegará el día, en el que, podré afirmar que aquel error me ha dado los mejores aciertos y con ello dejar constancia de esa fe de errata.
Besos, la Incondicional.
Noticia de última hora
Con esta fe de errata corregimos el error cometido en la noticia dada a primera hora de la mañana sobre el caso del joven hallado muerto. Esta redacción puede confirmar que han sido cinco las personas fallecidas por ingesta de metanol.
L’IDIOT
Las palabras se las lleva el viento a donde nadie las puede oír. Allí revolotean ariscas, asustadas, tropezando torpemente contra el olvido y la desmemoria, y con algún que otro recuerdo que se niega a morir; se atropellan entre sí de manera tal que, aunque alguien las oyera, no las entendería. Se entrecruzan como en los puzzles que a José le gustaba resolver, y uno no sabe cómo leerlas para que tengan sentido, si en vertical o en horizontal. Allí esperan hasta ser escritas en el libro de la vida o en el de la muerte, o en los dos, porque dicen que no hay muerte, como tampoco vida; que los muertos juegan a vivir y los vivos a morir y que nadie nota la diferencia o que no la hay.
Hasta allí fue en busca de las bellas frases que le dedicó, las que dijo antes de la traición, esas que salieron del alma y no se pensaron porque surgieron del puro sentimiento, y luego tuvo que cumplir porque una promesa es una promesa, más cuando se hace delante de un abogado, más aún delante de un sacerdote, y mucho más delante de Dios. Y él prometió ante los tres.
En el libro de su vida, cuando lo encuentre, pondrá una nota en la hoja de la noche de bodas, con letras rojas para que resalte. Roja como la sangre que le manchó el vestido.
Fe de erratas.
Donde dijo el sacerdote «Hasta que la muerte los separe», debió haberse dicho «Hasta que una de las partes interesadas desee rescindir el contrato».
Porque ya no hay marcha atrás.
No se puede cambiar lo hecho.
Las promesas se cumplen.
CESAR TORO
Corrigendum.
He caído en brazos de Morfeo, quedando maravillado por la belleza y la magia de la galaxia.
Un ser angelical me acompaña a recorrer el mundo en una nave fantástica; “la imaginación”, dese aquí contemplo asombrado, la hermosura de la naturaleza, los mares, campos y desiertos plenos de vida y habitantes que buscan afanosamente las diferentes maneras de subsistir.
Entre creencias, mitos, realidades y fantasías; algunas reales, otras inventadas y las demás impuestas por leyes y mandantes de este planeta, que se creen amos y señores del mismo, los cuales, obligan a cumplir normas y preceptos absurdos, a cambio ofrecen:
“ Seguridad, riqueza y ríos de felicidad”.
Estoy satisfecho y anonadado de la inconmensurable belleza que el creador ha puesto en el universo.
No obstante, antes de terminar mi aventura una enorme explosión me ha despertado; “un mi5il” terminó con mi sueño, para convertirse en una pesadilla real.
Era eso, una fantasía…
La verdad ha salido a flote.
“Inseguridad, pobreza, y ríos de sangre inocente”
Cesar Toro.
ALFREDO LOZANO
EL PROFE DE HISTORIA
El paquete llegó un martes, con el sello del Ministerio y el olor inconfundible del papel recién impreso. En la sala de profesores, alguien lo abrió con una tijera de punta redonda y empezó a repartir los ejemplares del nuevo manual de Historia Contemporánea. En la portada, una fotografía conocida, la multitud celebrando el fin de la dictadura en las céntricas calles de Madrid.
—Por fin lo han actualizado —dijo Laura, dejando uno sobre la mesa de Tomás.
Tomás enseñaba Historia desde hacía treinta años. Había explicado la Guerra Civil Española con la voz contenida, como quien pisa cristales, y la Transición con el cuidado de quien es perseguido. Abrió el libro por el índice, pasó las páginas con rapidez y encontró algo nuevo al final. Fe de erratas. Sonrió con ironía. Siempre había erratas, como fechas mal alineadas, nombres con tilde perdida. Fue directo a la lista.
Donde dice golpe de Estado, debe decir levantamiento cívico-militar.
Donde dice represión sistemática, debe decir periodo de excepcionalidad jurídica.
Donde dice exilio forzado, debe decir emigración por razones personales.
La lista continuaba, su sonrisa no.
Volvió al capítulo correspondiente. El texto principal ya había sido reescrito. No era que la fe de erratas corrigiera fallos tipográficos, sino que reordenaba el sentido. Las palabras seguían alineadas, pero habían cambiado su naturaleza. Ya no ardían. Ya no dolían.
Tomás levantó la vista. En la pared seguía colgado el mapa de Europa con chinchetas de colores. Una roja marcaba París, donde su abuelo había vivido diez años antes de poder regresar. Otra señalaba Buenos Aires, donde un antiguo alumno le escribió una vez que su abuela nunca volvió.
Cerró el libro y se lo llevó a clase.
Hoy vamos a empezar con el nuevo manual. Los chicos lo miraron con la mezcla habitual de aburrimiento y curiosidad. Algunos ya tenían el libro abierto. Uno levantó la mano.
—Profe, aquí pone que no fue una dictadura como tal, que fue un régimen de transición prolongada.
Tomás sintió el peso exacto de la palabra transición cayendo donde no debía. Caminó entre las mesas y pidió que buscaran la sección final.
—Leed la fe de erratas.
El murmullo creció. Alguien soltó una risa casi nerviosa.
—¿Esto es en serio?
Tomás no respondió de inmediato. Pensó en su abuelo cruzando la frontera con una maleta de cartón. Pensó en su padre, que nunca habló demasiado, pero siempre bajaba la voz cuando mencionaba aquellos años. Pensó en las veces que él mismo eligió palabras más suaves para no incomodar.
—Fe de erratas —dijo al fin— sirve para corregir errores. Pero primero hay que ponerse de acuerdo en qué es un error.
Se hizo silencio.
—Si cambiamos represión por excepcionalidad jurídica, ¿qué estamos corrigiendo? ¿La palabra o la historia?
Una chica de la última fila levantó la mano.
—Mi bisabuela estuvo en la cárcel. Aquí no lo llaman cárcel, lo llaman centro de reubicación. ¿Eso también es una errata?
La pregunta quedó suspendida en el aire, como el polvo iluminado por el sol. Tomás respiró hondo. Podría seguir el manual. Cumplir el programa. Decidió hacer algo más arriesgado y enseñar a leer entre líneas.
—Vamos a hacer un ejercicio —propuso—. Dividíos en grupos. Comparad este texto con el del año pasado. Señalad cada cambio. Y al lado, poned qué creéis que se pierde y qué se gana con la nueva versión.
Durante el resto de la hora, el aula se llenó de lápices que subrayaban, de susurros que discutían sin gritar. Se pierde claridad, decía uno. Se gana neutralidad, apuntaba otro. Se pierde responsabilidad, escribió alguien en el margen. Al sonar el timbre, Tomás recogió algunos cuadernos. En uno leyó que, si todo es una errata, nadie es culpable.
Esa tarde, en la sala de profesores, firmó un documento dirigido a la dirección del centro. No era una denuncia airada ni un manifiesto cargado de exigencias. Era una pregunta formal, en la que solicitaba que el departamento pudiera complementar el manual con fuentes primarias, testimonios y documentos originales.
—Te vas a buscar problemas —le advirtió Laura.
—Puede —respondió él—. Pero si no distinguimos entre una errata y una intención, ¿qué estamos enseñando?
Esa noche, en casa, volvió a abrir el libro. Pasó las páginas hasta la fe de erratas y, con un bolígrafo azul, escribió al margen una frase breve. Donde dice corrección, debe decir intención. Cerró el manual con suavidad. Sabía que los libros podían reescribirse. Lo que no estaba tan claro era quién tenía derecho a hacerlo.
AXY LINDA
Fe de erratas (o fe de pecados)
Notas al margen de una conciencia imperfecta
La fe de erratas busca garantizar la veracidad de la información y la transparencia; también se le llama fe de errores. Se usa indistintamente.
Confieso que he pecado (según algunas religiones) de pensamiento, palabra y obra.
Pensamiento
A los ocho años deseé que la monja que vendía golosinas se muriera, porque siempre decía que le daban “asco mis manos frías como de muerto, y mis dedos largos y flacos”.
Murió poco después —aunque ya era muy anciana—, así que hoy prefiero pensar que mi deseo no tuvo tanto poder.
Con frecuencia también deseo que “desaparezca” cierto mandatario que, temo, podría desatar la Tercera Guerra Mundial.
Palabra
Le dije una grosería a un gato que estuvo un tiempo bajo nuestro cuidado, cuando saltó sobre la mesa donde preparábamos su comida. Me dio un susto tremendo.
También mentí cuando dije que amaba a mi esposo. (Pagué una penitencia de siete años a su lado)
Obra
Aventé a una señora que, con los nudillos, me iba picando la espalda para que me apresurara en un mercado sobre ruedas, donde avanzábamos en fila india y yo no podía ir más rápido.
Cuando reaccioné, ella no pudo devolver la agresión porque no podía salirse de la fila… yo sí lo había logrado.
Lo peor fue que también asusté a mi mamá.
Hay muchas otras fe de errores (erratas… pecados), pero sospecho que son más aburridas que estas confesiones.
Fe de erratas: mi vida.
Por fortuna, la edición final ha sido un hermoso acierto.
Axy Linda San-Fre
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
El manual universal para la humanidad decía: “Gana todo lo que puedas, sé feliz y disfruta”.
De este modo utilizaron la naturaleza a su antojo, extrayendo de ella todo lo necesario en pro del progreso y poniéndola a su disposición, erosionando paisajes que un día fueron maravillosos.
También se desataron guerras, algunas de ellas sin tiempo estimado de duración, pues no se puede medir en tiempo algo que ni siquiera tenía un objetivo que cumplir. De este modo, y de forma paradójica, el hombre se convirtió en el exterminador del hombre.
Las personas se perpetuaban en el tiempo y se posicionaban entre iguales por sus pertenencias y su renta monetaria. Eran pocos —y no tan valorados— aquellos que dejaban su huella por el impacto que generaban en otras personas.
La forma de vida era la competencia. Rodéate de gente a la que puedas superar y aléjate de aquellos que no estén a tu alcance.
La tecnología avanzó y se abrió paso. Llegado el momento, pasamos a ser una especie gregaria al servicio de la inteligencia artificial.
La verdad era rehén, al servicio de quienes la utilizaban para informar según sus intereses. Ya no guiaba a las personas a construir realidades en las que convivir.
Quizás, si la antigua civilización humana hubiese encontrado el texto en su forma original, habría tenido alguna oportunidad. Pero alguien —o algunos— decidieron esclarecerlo a la luz pública, obviando aquello que realmente decía: “Ama todo lo que puedas, sé feliz y disfruta”.
Ahora, reunidas las tres tribus que representamos los últimos resquicios de la humanidad que nos precedió, nos vemos en la obligación de construir un nuevo futuro.
Respetando, por fin, aquello que decía ese manual universal para la humanidad.
©Fernando D. López Aguilera
FRAN KMIL
Tengo fe.
Tengo fe. No es la típica fe ciega de “sí, creo porque sí”, sino una fe razonada, de esas que necesitan lectura, comprensión y hasta unas cuantas tazas de café para sostenerse.
Una fe que solo se puede permitir cuando nos damos cuenta de nuestros errores… y, de milagro, tenemos ganas de enmendarlos, de confesar los pecados.
Tengo fe… fe de erratas, porque escribir con desesperación, sin freno, siguiendo a la inspiración, es mi manera de practicar la santidad literaria: cada coma mal puesta, cada palabra mal escrita, es un pequeño pecado que espero redimir.
Para el tema de esta semana: «Fe de erratas»
Mi voto es para: L`idiot
Mi voto esta semana es para:
– Manuela Cámara
– Maite Bilbao
Voto por:
Alexandra Fernández «El tipógrafo de almas»