Humor – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «si tú me dices ven». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 19 de febrero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Aquí estoy buscando un relato de humor que escribí hace tiempo y no lo encuentro. Por aquel entonces la jefa Cris Moreno propuso una temática parecida. Soy un meme andante que custodia la memoria. Recuerdo que escribí con una foto de un sendero que suelo recorrer para acercarme y estar inmerso en la naturaleza y el tinte humorístico inmerso en tinta derramada era que la bajada era fácil pero que luego la subida sería terrible. En este santo grupo escriben muy bien relatos humorísticos, tanto Coronado Smith como Armando Barcelona Bonilla . Pero últimamente no me sale esto del humor, ni de la narrativa. Mi pluma abre versos sin quererlo y la tengo que reconducir. Tengo el verso subido y el humor bajado, ¡y no me hace ni puta gracia!, ¿o sí? No lo sé, pues cuanto más sé, ¡más sé que no sé! Ando anclado en una reflexión que me impide la risa y el llanto. A lo mejor ya no me hace gracia la vida y escriba intimista para…

No sé, no sé. Que si sé, sé que no sé porque no encuentro el ser o porque ya lo encontré.

Y sigo con digresiones que no conducen a un relato humorístico, ¿o sí? No sé, no sé. Este relato parece más de género de ensayo. O científico. Ensayo. Error. Ensayo. Error. Ensayo y declamo versos a lo eterno pues le crecen alas al alma.

¡Madre mía, ya chocheo! Y la vida sigue llena de lenguaje machista. Chocheo. Su etimología viene de chocho chocarum del latín, ¡me lo estoy inventando, sí! Pero que todo lo bueno es cojonudo y todo lo malo es un coñazo…

¡Sí! chocho y coño siempre de forma peyorativa, ¿o no?, ¡estoy hasta la polla!

Lectura no recomendada a menores de edad por sus connotaciones de diversa índole.

Autor: José Sergio Santiago Monreal.

ANTONICUS EFE

Relato humorístico (según quien lo lea)

—Ainsss Pepa, que vida más arrastrada llevamos—

—¿Y que esperabas?, somos culebras—

La Gran Madre Chisssttt apagó el televisor:

—Buinooo, pos como todos los cartoons sean así…, vamos listas hoy.

—Mami, mami léeme algo del que tu ya sabes, porfa, porfa—

—Vale, pero ya sabes, si pregunta alguien, no nos gusta, o te doy coliflor para la merendilla en vez de chuches, voy a leer el primero que publicó en el grupo, ainsss que tiempos, cuando escribía de verdad, ahora parece Corín Tellado.—

Tiempo perdido.

-¡Escribiente, pluma y papel!

-Le recuerdo que no soy su escribiente, soy su psicoanalista.

-¿Aquí quién paga? Pues eso.

-¡Escribiente, pluma y papel!

El buen doctor enchufó la grabadora, y le indicó al paciente que dictase.

-Estaba yo de cacería con arneses y todo,

vino la policía y se llevó el corzo.

¡Pero ese sombrero te hace gorda la cabeza!

Más gordo tienes tú el trasero, cuando te agachas y rezas.

La palangana es de latón cromado

el limón sabe ácido y el melón se ha puesto amargo.

-¿Pero que narices dice?-espetó el doctor,

-Con pasado mañana van tres y con hoy dos.

-¡Qué dos ni que ochocuartos!,

usted no tiene solución, ni aunque le cobre barato.

-Más caro es el tabaco y bien que lo fumas,

el grillo hadce cri-cri y el lobo aulla.

– Lo que te van a aullar son los dientes

cuando te pase la minuta, estimado cliente.

En ese momento se abrió la puerta de golpe entrando el enfermero Cabrera bastante airado.

-¡Cada uno a su habitación,

qué me habéis hecho perder la mañana,

hasta que os he encontrado!

-Uy, uy, uy que genio más tonto tiene este hombre

vamonos de aquí Santi antes de que se enfade.

-Corre, Lisensiado, corre.

Al acabar ambas se abrazaron emocionadas.

—Vamos a leerlo juntas mami, ¿De quien quieres hacer de Santi o de Lisensiado?—

—No te pases daugther, no te pases, ponte alguno de sus discos con los headphones que tengo que desmigar el bacalao—

COLORÍN COLORADO, ÉSTE RELATO SE HA ACABADO.

EMILIA CREGO

TODOS ESTAN LOCOS

Vi pasar una gallina y pensé: «¿Por qué no lleva un sombrerito para protegerse del sol?».

Un cerdo anduvo pesado por la dehesa y pensé: «¿Por qué no uso un vehículo de dos ruedas?».

Un pato en un estanque y pensé por qué no saben hablar los patos.

Un gato maullando y pensé que sería divertido verlo volar por los tejados.

Un perro ladrando en medio de la calle; pensé: «Este perro es un poco tonto, nadie le contesta».

Una cabra con su rebaño en una pradera, y pensé por qué dicen que la cabra siempre tira al monte.

Los huevos entre la paja del granero, ¿quién los trajo, el cartero?

Un señor comiendo pollo en salsa y en el primer bocado el pollo dice pío-pío.

Una lechuga en la huerta bailando, un calabacín parlanchín que se fue a coger caracoles, un tomate paseando por un camino… Se burlaron de él.

La patata quiso hacerse amiga de la cebolla, el ajo y la gallina para hacer buen caldo en el puchero.

En la mesa, el pan se fue a la despensa; aquí no se come pan, todos están gordos. El estofado se sirvió sin cubiertos por estar demasiado caliente. Las aceitunas echaron a rodar y se fueron a la casa del vecino. Una manzana con la piel brillante se la comió un borrico sentado en un confortable sofá.

Reunidos todos: El borrico, el gato, la cabra, el cerdo, el perro, la gallina y el pato. Pasando de las doce de la noche, se fueron al único bar que encontraron en el pueblo abierto, y celebraron todos la despedida de solteros.

Este cuento continuará…

¿Quién se casará con quién y cómo será la ceremonia? Y lo más importante, la fiesta para dicho evento.

ARMANDO BARCELONA

Almudena

Leyendo a la gran Maruja Torres me entero de que las modernas de hoy en día consideran patriarcal llamar consolador al chisme de la alegría a pilas, que muchas utilizamos como alternativa cuando no tenemos a mano un original de carne y hueso en condiciones que llevarnos a la entrepierna. Dice Maruja que para estar al día en esto de la digitalización orgásmica, ella pensaba bautizar al suyo María Auxiliadora, aunque al final optó por «Rodolfo Langostino».

Yo al mío lo llamo Mbappé ―cada una es muy libre de elegir la orientación de sus fantasías masturbatorias―, aunque dadas las circunstancias me convendría quedarme con María Auxiliadora y empezar a hacerle novenas como una loca, porque a mi Juan lo mandan un mes a Canarias, por asuntos del curro, y ya ves qué plan.

Ay, Almudena, van a pensar que estás más salida que el codo de una encimera y tampoco es eso. Pero, hija, qué quieres, cuando brincas de los cuarenta, parece que el reloj biológico te mete prisa, como si dijera: «Niña, espabila que se te pasa el arroz», y los estrógenos, que andan echando cuentas y no les salen, reclaman su espacio.

Además, qué coño, que en mi familia todas hemos sido de progesterona floja. A mi tía Petra le decían, por mal nombre, Coto de Doñana, porque siempre estaba con el humedal a punto.

Oye, no te equivoques, que yo no voy buscando guerra fuera de mi casa; mi Juanito me tiene contenta y lo de Mbappé es compartido; me lo regaló él, no te digo más. A ver, compartido hasta cierto punto, que en eso mi chico es más conservador que el manual de instrucciones del rosario; anda que no me gustaría a mí abrirle los ojos―o por lo menos uno―, con un buen arnés sujeto a mis ancas.

―Se llama strapon ―me dice Sonsoles, que en cuestión de guarrerías es de lo más didáctica―, y sirve para cuando tu chico se deja poner mirando a Cuenca.

De Sonsoles lo mismo os hablo en otra ocasión, porque es buena chica, viuda reciente y de misa dominical, pero tiene lo suyo.

Pues eso, que dentro de los escarceos de pareja, me pone cambiar el juego de roles, pero Juan, para esas cosas… es muy suyo, al jodido le da reparo, se cierra como un mejillón, vamos, pero anda que no le gusta, al muy cabrito, usar la puerta de servicio.

Te haces una idea, ¿no? Canarias. Qué angustia, por Dios, solo de pensarlo. Un mes a palo seco, nunca mejor dicho.

Las del grupo de Adoratrices del CrossFit―sí, Sonsoles es la vicepresidenta― están empeñadas en que me lo monte con ellas; una forma de hablar, no vayáis a tirar por lo que no es: fitness, aerobic, yoga ayurvédico y Joao, el coaching brasilero que las tiene a todas alteradas, como en despedida de soltera con diadema cipotona incluida.

Pero no me veo. Si acaso, por matar el rato; un poco de ejercicio físico no viene mal y un mes sin mi Juan… Ahora, que para eso, con Mbappé me apaño divinamente y con un poquito de sexting; que se va a Canarias, no al Matto Grosso, y en las islas también funciona Internet; nos daremos vida.

Que no sabes qué es el sexting. Hija, eres la mar de antigua.

Se trata de mandarse por el móvil fotos cachondas, mensajes guarretes, vidilla, en suma. Mi Juan y yo estamos practicando para que, cuando se vaya, el mes se nos haga más llevadero.

Yo me quedo en el dormitorio, para que te hagas una idea, y él se encierra en el cuarto de baño; los dos con el móvil a mano, y nos mandamos fotos calientes… yo qué sé, échale imaginación, y mensajes del tipo: «Ahora mismo te comía…». Oye, que funciona.

La más de las veces tengo que aporrear la puerta del baño porque el salido se engancha con el juego y no repara en que estamos a metro y medio de pasillo. No veas cuando nos separe el océano. No me hago a la idea.

En fin, que estoy muy a gusto con vosotras, pero igual os dejo, porque me tienen que traer un sofá tántrico y debe estar al caer; a ver si nos da tiempo, a mi chico y a mí, de estrenarlo antes de que se vaya.

¿No sabes qué es un sofá tántrico, unsex lounge?

Tía, háztelo ver.

No es normal.

Con más tiempo te lo explico.

Ya, si eso, nos hablamos por privado.

¡Qué fuerte!

DAVID MERLÁN

CAPÍTULO 6. EL CAJÓN (HILVÁN. EL VIAJE DE TALO)

Último capítulo.

— — — —

El golpe no fue violento sino todo lo contrario. Fue húmedo, espeso y silencioso.

Talo tardó unos segundos en comprender que seguía entero. Estaba atrapado en una pequeña cámara llena de agua turbia, pelusas multicolores embarulladas entre si, y objetos olvidados. Estaba en el filtro.

Arriba, el Centrífugo aún respiraba. Pero allí abajo el sonido era distinto. Parecía más cercano y humano, pero sobre todo las cosas, lo que estaba era a salvo de sus malvadas triquiñuelas en forma de falsos hermanos azules.

Y entonces lo oyó. Un casi imperceptible click, seguido de un giro metálico.

La luz se abrió paso de repente, directa y por momentos casi cegadora.

—Aquí está el problema. Siempre es el filtro—sentenció una voz humana.

—Ya te dije que había que limpiarlo antes. Si no, luego vienen las historias de que desaparecen calcetines de forma misteriosa—añadió la voz humana femenina con tono de complicidad.

Mientras, Talo acababa de recomponerse, vio acercarse una gigante mano que descendía con cuidado a su encuentro. No arrancó. No golpeó. Ni tiró con brusquedad. Solo buscaba, palpando aquel húmedo lugar. Los dedos removieron el agua sucia, apartaron monedas, una horquilla, un botón con forma de dinosaurio, y entonces le tocaron.

El contacto fue firme… pero no cruel. La mano lo sostuvo frente a la luz.

—¡Anda… mira que tenemos aquí!.

—Es el azul que habíamos perdido. Mira tú donde estaba.

Otra voz, más joven, más infantil:

—¡Mamá, mamá, ¿El mío? Mi prefe…Pensé que lo había perdido para siempre. Quiero ponérmelo.

—David. Primero tengo que lavarlo. Ya lo pondrás otro día.

—No, no. Lo quiero poner ahora. Porfa, porfa.

El padre miró a la madre y le hizo un gesto de «Qué más da! a lo que ella respondió:

—Bueno, pero al menos deja que seque antes un poco, ¿ok?

—Vale—contestó emocionado el niño dando pequeños saltitos.

El corazón de hilo de Talo dio un vuelco.

—Sí. Debió de estar aquí atascado todo el tiempo—añadió la voz masculina mientras se sacudía la humedad y los restos que se le habían quedado pegados.

—¡Qué va! Recuerda que tú siempre dices que cuando un calcetín se pierde en la lavadora, va a parar al mundo mágico de los calcetines perdidos.,ja,ja,ja.

—Que simpática. Me troncho de lo ocurrente que eres a veces, cariño.

«Perdido. No olvidado. No tirado» recapacitó Talo comprendiendo que, allá arriba, muchas tragedias se convierten en anécdotas. En historias y cuentos domésticos que se cuentan con media sonrisa. Pero después de todo lo vivido en Hilvan, eso, no quitaba que dolieran, y más a él, que lo había sentido con total intensidad, en cada una de sus jóvenes fibras.

La mano lo dejó sobre una superficie seca. Cerca de una ventana. El aire era distinto. Más limpio. Más real. Desde aquella atalaya improvisada, a salvo de seres estraños de asiesas intenciones, se acabó de secar, mientras la lavadora permanecía abierta.

Ya no se escuchaba al Centrífugo que, por primera vez, mantenía silencio.

Talo no supo cuanto tiempo «humano» pasó pero cuando ya sentía que estaba seco, la humana lo cogió, lo estiró, le retiró alguna que otra bolita fuera de lugar y pronunció en alto para que lo oyera el humano varón:

—Está limpio. Es curioso. Bueno cuando se los ponga de nuevo el peque, ya los echaré a lavar.

Notó un tirón, sereno pero seco y el trayecto hasta el cajón fue breve, pero Talo lo sintió como el último tramo de un viaje convertido en odisea.

Cuando el cajón se abrió, la luz entró a raudales. Dentro había orden. Ropa doblada. Un mundo que no sabía nada de Emparejadores, Gargantas, Aros, ni de Deshilachadores.

La mano lo depositó dentro y el cajón se cerró sin que tan siquiera se molestarán en buscar su par.

Y entonces…Un roce. Muy leve.

—¿Talo?

La voz era apenas un susurro de tela contra tela.

El hilo invisible se tensó hacia delante.

—Lino… —respondió, casi sin aire.

Desde el fondo del cajón emergió un calcetín azul. Con la misma raya. La misma textura. La misma pequeña cicatriz en el talón.

Pero esta vez no era un anzuelo falso. Era él. Su querido hermano. Al fin era de verdad.

Se quedaron mirándose, en silencio.

—Te oí —dijo Lino al fin—. Cuando gritaste.

Talo sintió que algo dentro de él se deshacía.

—Yo también te oí.

—Pensé que no volverías.

—Y yo.

Se acercaron despacio. El contacto fue simple. Tela contra tela.

Y de repente, el hilo invisible dejó de doler. Dejó de tensarse.

—Te busqué —susurró Talo.

—Lo sé.

—Crucé….

—Lo sé.

—Me caí en ..

Lino sonrió apenas.

—Siempre te caes.

Talo soltó una pequeña risa temblorosa. Está vez no de humor, sino de alivio, y se abrazaron entrelazando sus dobladillos.

—Allí abajo… hay otros.

—Aquí arriba también —respondió Lino—. El niño pregunta por nosotros cada vez que falta uno. Dice que sin pareja no vale.

Talo miró a su alrededor fugazmente para darse cuenta que eran objetos de las miradas de las camisas y de los calzoncillos allí presentes.

—¿Te han cuidad bien?

—Si hermano—. contestó Lino sonriendo con complicidad a la camisa blanca y al calzoncillo de rallas que ya se habían convertido en sus amigos de cajón.

—Eso está bien, hermano, eso está bien— y cerró los ojos momentáneamente abrazado a Lino.

*****

El cajón volvió a abrirse.

La luz inundó todo.

Pero esta vez no fue una mano adulta la que entró. Fue más pequeña. Más torpe e impaciente.

—¡Aquí están!

La voz era clara, viva.

Los dedos —aún con restos de plastilina verde en las uñas— revolvieron la ropa hasta encontrarlos.

—Mamá, los azules. Los que me gustan.

Talo se tensó y se puso en guardia por costumbre, para relajarse ipsofacto al notar las fibras suaves de su hermano. Respiró relajado. Ya no había vapor que quemase ni metal siniestro. Solo estaba la tibia piel de su hermano gemelo.

David los sacó del cajón y se sentó en el borde de la cama. Sus movimientos eran rápidos, decididos. Metió un pie. Luego el otro.

Talo sintió el calor, su pulso, y con ello, la vida.

Lino, desde el otro pie, murmuró:

—Creo que esta vez no caemos.

Talo no respondió. Estaba demasiado ocupado sintiendo.

El suelo bajo ellos ya no era acero. Era madera. Luego baldosa. Luego… hierba.

La puerta se abrió de golpe.

Y el aire atravesó la totalidad de sus fibras. Aire de verdad. No húmedo, ni cerrado.

Todo lo contrario. Era un aire puro que olía a tierra y a sol.

David salió corriendo al jardín, y se tiro en el suelo boca arriba. El mundo exterior explotó con luz cálida. El cielo azul, radiante y abierto, calentó automáticamente todo su cuerpo.

Y desde el tobillo desnudo por los pantalones cortos del joven David, Talo pudo disfrutar de las nubes moviéndose despacio. De un pájaro que cruzaba de un árbol a otro. El viento doblando la hierba como si quisiese peinarla.

Talo recapacitó por unos instantes Se acordó de Hilvan. Pero sobre todo de los amigos dejados atrás; de Ekin, de Diadoro y de Licra, y deseó con todas sus fuerzas que estuvieran bien.

David, con la impaciencia tipica de su edad no duró mucho tiempo quieto. Saltó de repente y echó a correr por el jardín, y Talo sintió de nuevo la brisa rozándolo.

—Pensé que el mundo terminaba en el tambor —dijo en voz baja.

—Yo también —respondió Lino—

Y por primera vez, el hilo invisible entre ellos se convirtió en lo que siempre fue. Simplemente… unión, pero esta vez, sin miedo.

*****

EPÍLOGO

Dicen que los calcetines se pierden. Qué misteriosamente se los come la lavadora. Que desaparecen en su interior como si un monstruo se los tragara.

Que los calcetines forman parte de esas pequeñas historias domésticas que se cuentan riendo con humor. Como si se tratasen de relatos humorísticos que se sueltan al aire sin pensar que, en algún lugar todo aquello puede no ser tan divertido para otros. Tal vez sea cierto, pero también es verdad que algunos cruzan gargantas de metal, que caen, son elegidos y que no cejan en su empeño, y que a veces, cuando alguien limpia el filtro, busca en el cajón o pregunta “¿dónde está el otro?”, lo que está haciendo sin saberlo es sostener con vida ese hilo invisible que le da sentido a su existencia. Algo que parece una nimiedad, pero a veces, el no dar por perdido lo que importa, el cuidar al que queda atras y volver a emparejarlo, tiene sentido.

Si a todo esto, le sumas el poder salir a jugar bajo el cielo azul, eso, amigos míos, no tiene precio.

FIN

YOLANDA PINA REY

La Yoli Voladora y el Patín del Mal

Hay días en los que una se levanta sintiéndose Reina de Bastos, lista para conquistar el mundo con su pluma y su sensibilidad… y luego está el destino, que ese día ha decidido contratar a los guionistas de El Correcaminos.

Mi jornada empezó con un alarde de tecnología: le mando la ubicación de mi coche a mi amiga para no perderlo. ¿Resultado? Ella me esperaba donde estaba mi coche y yo la esperaba en la puerta de su casa. Primer acto: risa tonta en plena calle. De ahí, el universo decidió que nos faltaban pasos en el contador del reloj, así que nos cerró la puerta de dos autobuses en las narices. «¡Pues andando!», dijimos con la valentía de las que aún no saben lo que les espera.

Llegamos a un restaurante con más hambre que una maratón de supervivientes y con las cocinas a punto de cerrar. El sitio estaba vacío, pero la camarera ya nos miraba con la alegría de quien está contando los segundos para irse a su casa. Yo, ilusa de mí, decidí ir al baño antes de comer.

Caminaba buscando el cartel de «Señoras», con la mente en mis nubes de escritora, cuando de repente mi pie encontró un objeto rígido y traicionero: un patinete eléctrico aparcado en mitad del pasillo como quien aparca un transatlántico en una bañera.

Lo que siguió fue una coreografía que ni en Dirty Dancing. Salí trastabillando cual portera de fútbol intentando evitar el gol de mi vida, hasta que aterricé en plancha al más puro estilo Superman. Me levanté ligera como una pluma, más por la vergüenza que por la agilidad, comprobando que nadie me hubiera grabado para un vídeo de «caídas épicas». ¿La respuesta de las camareras? Un gélido «¿estás bien?» mientras seguían fregando como si yo fuera parte del mobiliario.

Volví a la mesa sintiéndome un Kit-Kat crujiente, pero sin el consuelo del chocolate.

Por si no fuera poco, al salir volví a tropezar (esta vez me salvó un ángel en forma de chica desconocida) y para rematar la noche, una señora en la acera y yo jugamos al «tú a la derecha, yo a la izquierda» como si estuviéramos ensayando un paso de baile nupcial.

Moraleja: Esta semana no me he comido un torrado, pero me he comido el suelo con mucho estilo. Dicen que las Capricornio tenemos los

pies en la tierra… ¡yo hoy puedo confirmar hasta a qué sabe el azulejo!

CARMEN BERJANO

Calvamonte (para el tema semanal)

En la plaza España de Calamonte a primeros de marzo de 2020 se encuentran Prudencio y Eusebio los dos de 1976.

– Prudencio, tenemos que irnos a Turquía. No ligo desde hace 3 años. Algo tenemos que hacer.

– Pero, ¿Y eso que dicen de China? Parece que en Italia ya está liada. ¿Tú crees que es buen momento?

– Mira, yo pá San Isidro tengo que encontrar una moza sí o sí.

– ¿Y si lo publicamos en el grupo de la peña? Seguro que se animan muchos de nuestros quintos.

Al final se llenó un autobús. Viajaron 54 lugareños y el conductor, que también aprovechó el viaje.

A las dos semanas estaba toda España confinada y se leía en el periódico:

“Un brote de coronavirus en Calamonte pudo originarse por un viaje colectivo a Turquía para un injerto de pelo

Hasta el momento el número de contagios por coronavirus en Calamonte, Badajoz, asciende a 29 y el número de contactos a 250. El brote pudo haberse originado en un viaje colectivo a Turquía para que algunos de los viajeros realizasen injertos de pelo.”

No tardó Bryan en coger su spray y en el cartel del pueblo añadir una v al nombre.

Carmen Berjano

EMILIANO HEREDIA

COLMADO ALGAR

Hoy, veinte y cuatro de Diciembre de 2025 el día ha despertado con ojeras en los ojos, cubriéndolas con maquillaje gris plomo.

Un hombre de unos ochenta años y una chavalina de diez y ocho, caminan juntos por una acera con arrugas.

Se detienen junto a la oxidada puerta de un viejo colmado, coronada por un viejo letrero de chapa, descolorido por el tiempo, donde se puede leer: “Colmado Nagar, todo para su hogar”, con las letras hermosamente pintadas, con una rotulación exquisita, sin muchos arpegios, en color azul con fondo blanco.

-Anda hija, ayúdame a levantar la reja, que ya me va pesando.

-Vale abuelo.

Entre los dos, suben la pesada reja, y ésta responde con un continuo quejido hasta llegar arriba del todo.

-Prffff ¡Ay!, que ha gusto me he quedao-exclama el abuelo, con cara de alivio-

-¡abuelo!, ¡eres un guarro!, has aprovechado el ruido para tirarte un pedo ¡qué asco!, seguro que te has cagado y todo-dice la chica, haciendo pinza con dos dedos en su nariz-

-¡ay hija!-responde el abuelo-que quieres que le haga, tu madre tarda más que tú en subir la reja y ese tiempo lo aprovecho para echar lo malo afuera, antes de abrir la tienda, además, ya lo dice el dicho: Se pee el rey, se pee el Papa y de peerse nadie escapa-se rie-

-¡por Dios abuelo!-saca el móvil de una mochila pequeña y se pone a grabar-Bueno, mis queridos followers, hoy está nochebuena, me ha tocado abrir la tienda de mi abuelo, ¡saluda abuelo!-enfoca a su abuelo-como ya veis, está llena de cosas súper mega viejas , huele raro, no es para nada cool, en fin, mis queridos followers, estar pendientes de mi historie de hoy, os enseñaré la fauna del barrio, ¡os va a flipar!.

-¡anda, anda!, -protesta el abuelo-deja el móvil de una vez y ponte a trabajar, que si pusieras el mismo interés en los estudios, no estarías hoy aquí, ya sabes que tienes que trabajar, por las “fabulosas” notas que has sacado-ironiza el abuelo-

-¡ay abu!, que plomo eres-

Se encienden todas las luces, y el abuelo le manda ponerse una bata blanca de dependienta a su nieta.

-Oye, pues te queda fenomenal, me recuerdas tanto a tu madre-reflexiona el abuelo-, parece que fue ayer, con menos edad que tú, era un mico que apenas llegaba al mostrador para despachar el pan…

-Mis queridos followers, continuo con el directo, os acabo de enseñar una de las tantas historias viejunas de mi abuelo, a ver esos likes..-La chica ha grabado a su abuelo, mientras le hablaba-

-¡jolín hija!-protesta el abuelo- eres de lo que no hay, anda, ve a recibir el pan, que ya ha llegado.

-Vaaalee-protesta-mis queridos followers, aquí tenéis en directo la llegada de la furgoneta del pan…no es nada cool, vamos a ver al repartidor….

-Hola chica, vengo a entregarle a tu abuelo, el pan, mona

-¡hay va!, chicos, aquí os muestro un trans en direcisimo, a ver que dice mi abuelo-

-Buenos días Don Ramón, aquí le dejo la cesta de las barras de pan-dice, dejándola en el suelo, sacando la nota del bolsillo de atrás de los vaqueros-

-Buenos días-dice don ramón-¿tú eres…?, no te conozco,

-Gabriel, Gaby para los amigos

-¿eres amigo de Marisina?

-No, don Ramón, soy Marisina, pero ahora soy Gabriel, hoy me siento hombre, soy de genero fluido…

-¿Eh?, no entiendo nada de nada

-Pues eso, que hoy soy hombre…-se va, con la furgoneta calle abajo-

-Mis queridos followers, acabamos de ver el primer encuentro de un hombre de las cavernas con una persona de genero fluido-dice, riéndose a carcajada limpia-, abuelo, que no te enteras, ese chico es Marisina, hoy es hombre, mañana, tal vez mujer, no sé…depende como se levante mañana..

-¿eh?, ¿jpero eso es una enfermedad?, un día se levanta con eso… de mujer, y al dia siguiente con eso…de hombre?

-¡ay abuelo!, que no te enteras de nada, mis queridos followers, mi abu, no sabe nada de nada del movimiento LGTBIQ+, que no, abuelo, hoy, se despierta y decide ser hombre, y mañana, chica otra vez…

El abuelo, se va, meneando la cabeza, en gesto de desaprobación.

-¡abuelo!, ¡Corre!, ¡mira este señor!

-¡que pasa hija!-llega el abuelo corriendo de la trastienda-¿Qué te ocure?

-¡éste guarro!, mira que gestos hace con la mano, para que le haga…eso,

-¡ah!, no, no te preocupes, es Manolo, un cliente sordo mudo, y te está diciendo por gestos que quiere una zambomba!, espera Manolo, ahora te la traigo-se va a la estantería y le trae una zambomba-toma Manolo, una buena zambomba, que pases unas felices fiestas –le dice por señas, y Manolo sale tan contento por la puerta-

-¡que susto!, mis queridos followers, he pensado que había entrado un cerdo en la tienda que quería que le hiciera….bueno eso

-Hija, deja el maldito móvil y atiende, que viene otro cliente

-¡miaaauuu!-entra a cuatro patas un therian, disfrazado de gato-

-¡mis queridos folllowers!, mirar quien ha entrado, un autentico therian, me parece que nos vamos a echar unas risas con mi abuelo-

-Oiga, levántese por favor, que se va a ensuciar la ropa, ¿Cómo es que está disfrazado de gato?,¿tan pronto ha empezado la fiesta?

El therian, ronronea frotándose con las piernas de don Ramón, lanzando suaves maullidos.

-Mis queridos followers, mirar que cara está poniendo mi abuelo-se ríe a carcajadas-mirar, mirar, intenta ponerlo en pie…

-¡miaaauuu!, maúlla furiosamente, encorvando la espalda.

-Abu, espera, no le eches, lo que quiere es comida de gato, es un therian gato…

-¿un….qué?- pregunta el abuelo con cara de incredulidad-

-un therian, abuelo….michino michino….toma bonito, tu latita de comida, sabor salmon…y este juguetito para el gatito bonito

-Prffff-el therian felino, ronronea satisfecho, y se va a la calle, con la bolsa de la compra en la boca-

-La verdad hija, que no entiendo nada-dice don Ramón, meneando la cabeza con gesto negativo, frotándose la nuca-, éste barrio de un tiempo a esta parte, se ha llenado de gente muy rara.

-Abu, no tienes por qué entenderlo, simplemente, tienes que adaptarte, mira, le he vendido la lata más cara y un juguete.

-Bien, bien, espera, que ahí vienen tres clientas de toda la vida, vendrán a la charcutería, ya las atiendo yo, y tú observa

-Mis queridos followers, en directo una masterclass de venta por el CEO del colmado Algar, seguirme y darle a me gusta….

-Buenos días Doña Piedad, Doña Auxilio, Doña Socorro… ¿Qué desean hoy?

-A mí –dice Doña Piedad- cien gramos de jamón serrano…

-¿Quien se ha vuelto vegano?-dice Doña Socorro-

-Jamón serrano, Socorro-responde Doña Piedad-

-Yo quiero dos tiras de cerdo bien magras-dice Doña Auxilio-

-¿para qué quieres cien bragas?-pregunta doña Socorro-

-¡ay Doña Socorro!, cada día está más sorda-le dice Doña Auxilio-

-Hija, ya se que he cogido algún kilito, pero tan gorda no me veo—dice Doña Socorro-

-Y usted Doña Socorro, ¿Qué pongo?-pregunta Don Ramón-.

-¿Qué se va al Congo?-responde ésta-

-No…Socorro que qué quiere-le grita al oído Doña Piedad-

-Dos pechugas-dice Doña Socorro-

-Aquí tiene las dos pechugas-le da don Ramón un paquete de papel de parafina-

-No, don Ramón, no he pedido lechugas-Dice doña Socorro-

-Pe-chugas-le grita Doña Piedad-

Las tres se van por la puerta, despidiéndose…

-Adios…Doña Auxilio, Socorro, Piedad…

-¡Ja, ja! ¡ja!, mis queridos followers, esto es súper-ríe mientras suben los likes-

-Hija, yo no sé de qué te ríes, son tres nombres muy comunes, Auxilio, Socorro, piedad….

-se queda pensando y suelta una sonora carcajada-la verdad es que, hasta ahora, no se me había ocurrido….

-Mira abu, en las dos hora que llevamos abiertos, tengo más de veinte mil likes y subiendo.

-¿y eso que es hija?,- responde intrigado Don Ramón-

-Mira abuelo, esto es toda la gente que le gusta la historia de hoy, en la tienda, gente que ya conoce la tienda, y la pueden visitar. Mira abu, tengo una idea, yo te informatizo la tienda, acabo los estudios de informática, y el año que viene, llevo yo la tienda, ¿te parece?.

Don Ramón, mira con ternura a su nieta. Siente que ya es hora de bajarse del tren, y dejar que su nieta arranque un nuevo tren, un nuevo viaje, hacia el futuro

FIN

Emiliano Heredia Jurado

MARIO NÚÑEZ

«No estén hurgando en mis cosas» habían escuchado desde la cocina, la voz imperiosa de la abuelaPepa.

Diego y su hermana menor, Pía, apenas llegados de la escuela, todos los días esperaban a sus padres merendando con su nona, la de la salida de la escuela, la de los bizcochuelos deliciosos, y el rezongo siempre listo por cualquier cosa.

Les permitía cualquier cosa, pero odiaba que revisaran los cajones de su ropa interior, después que

los hermanos llevaron uno de sus amplios calzones y un sostén grueso, a la escuela para jugar en el recreo.

Los nietos habían notado una caja extraña, llamativa y olorosa a madera vieja con perfume, escondida al fondo de uno de los cajones, y desde que la descubrieron apenas podían resistir la tentación de ver

qué contenía. Hace unos días, solo se atrevieron a moverla, y sintieron que en su interior se sacudieronvarios objetos pequeños. Pero la abuela conoce a sus nietos, y escuchando su silencio, puso rumbo a sus chanclas de andar entrecasa por el pasillo hacia el dormitorio, y Diego y Pía apenas llegaron a volver la caja al fondo y cerrar el cajón en silencio, y sentarse en el piso fingiendo jugar chocando las manos.

“¡Este no es lugar para jugar!. ¡A la cocina, está pronta la merienda!” ordenó, y los hermanos, se miraron, obedecieron y pactaron con una mirada que al día siguiente sería la investigación definitiva, cuando la abuela estuviera lavando las cosas después de la merienda y preparando la cena, incluyendo el

riquísimo bizcochuelo marmolado de vainilla y chocolate, del que llevarían dos generosos trozos en

las loncheras a la escuela y para la siguiente merienda.

Y llegó la ocasión.

Abuela Pepa ocupada en sus tareas, Pía y Diego juguetes en mano, se deslizaron por el pasillo hasta el dormitorio de la abuela, y mientras él vigilaba desde la puerta, ella corrió al cajón, sacó la cajita de madera, la llevó al baño, para que luego la revisaran con su hermano. Arrinconados en el amplio sillón del living de la abuela, abrieron primero la caja, y luego los ojos tan grandes como sus párpados les permitieron, a ver en el interior monedas de oro, algunas joyas rotas y un diario viejo plegado.

De pronto todo cobró sentido…

La abuela Pepa nunca quería hablar del abuelo, fallecido hace muchos años. Papá les había contado que el único abuelo que les faltaba había muerto hace mucho tiempo, internado en un hospital psiquiátrico, donde pasó también mucho tiempo, bajo el cuidado diario de su amada esposa Pepa, hasta el último

suspiro del deteriorado abuelo, cuya cabeza había partido bastante antes que su cuerpo.

Papá les dijo que la vida de la abuela era un misterio para toda la familia durante esos años y nunca

dio detalles porque no le gustaba llorar en público; les había pedido a sus hijos que no preguntaran a

la abuela sobre esa época, que le era muy dolorosa y durante la cual, la abuela estuvo por años alejada del mundo, ocupada de los cuidados y de administrar las enormes carencias de una costosa enfermedad.

Los niños leyeron un artículo sobre una pistolera que había asaltado bancos y casas de cambio para poder costear la miseria a la que la enfermedad de su esposo enfermo la había sometido, sin parientes cerca y sin pedir apoyo jamás.

Los pequeños sabían que la abuela Pepa siempre estaba dispuesta a dar, jamás a pedir ni a recibir.

Los hermanos estaban petrificados, mientras Diego leía en voz alta – no sin dificultades – las escasas líneas del artículo, que era una página de una vieja revista. Pepita la pistolera, como se le conocía, siempre asaltaba con una pistola escondida bajo un abrigo, dejaba una propina a las cajeras y clientas del lugar del atraco (solo a las mujeres), y se retiraba con el botín, despojándose rápido de la pañoleta que le cubría la cabeza, los lentes oscuros, pintando rápidamente los labios y soltando la abundante melena recogida bajo la pañoleta durante el asalto. Leyeron que con el tiempo se descubrió que los asaltos se realizaban con el mango de un paraguas, no una pistola, escondido bajo el abrigo.

Pía escuchaba asombrada, mientras jugaba en sus manos con las seis monedas de oro que llevaban la inscripción “ANTEL 1984”, y pequeñas ranuras.

“Seguro son la marca de uno de los bancos asaltados”, dijo Diego.

“Acá hay una foto de una casa vieja en el campo”, agregó Pía. ” Seguro que es donde la abuela Pepa tiene escondido el botín. Vi en YouTube que una ancianita robaba durante su juventud y enterraba las riquezas cerca de una casa de campo”.

“Es ella, ¡es la abuela Pepa!” Dijeron a dúo en voz baja y aterrorizada, guardando todo rápidamente en la mochila rosada de unicornio que la pequeña portaba al colegio.

Pasaron el resto de la tarde casi sin hablar, mirando sin mirar la tele, en una postura tan tranquila que le llamó la atención a la propia abuela. “¿Les pasa algo? ¿Qué hicieron ahora?”

Han estado raros esta tarde, dijo Pepa a su hijo, cuando pasó a buscarlos al atardecer para llevarlos a casa. Aprontate porque quizá mañana o pasado tengas una llamada de la escuela o noticias de alguna diablura de estos. En casa estuvieron quietos, desconocidos, la verdad, pero no me quisieron contar nada”.

Papá asintió con la cabeza, miró de forma inquisidora a sus hijos, dio un beso a su madre en el umbral de la casa, y todos subieron a la camioneta, en medio de un silencio atronador.

Hasta que el papá preguntó: “en qué lío se metieron ahora, cuéntenme antes que me entere por otro lado.”

Eso era todo lo que los pequeños aterrados necesitaban para abrir las compuertas.

Diego comenzó a llorar, Pía miró al piso con insistencia, y metió la mano en la mochila de unicornio.

” ¿Qué pasó, hijo?”

“¡No la denuncies por favor, papá! La abuela es buena, lo hizo por el abuelo” se desahogó finalmente,

con sus manos tapando su cara de llanto desconsolado.

“No entiendo nada” atinó a decir el padre, mientras Pía también rompía a llorar amargamente.

“Nunca mató a nadie. Ni siquiera usaba un arma. ¡Hasta ayudaba a mujeres pobres con parte de lo que robaba!”

“Si no la denuncias, te prometemos que vamos a averiguar donde enterró el botín que le sobró y devolverlo. Mirá” dijo la pequeña mientras exhibía las monedas de oro, algunas joyas, la foto vieja y el artículo doblado muchas veces.

Papá estacionó la camioneta en la esquina, observó los objetos.

“Esas son fichas de unos teléfonos públicos que habían antes, y esa foto es de la chacra donde nació la abuela”.

“Y esto es el artículo de una película uruguaya de hace muchos años, Pepita la pistolera”, terminó

explicando entre risas y las caritas entre aliviadas y avergonzadas de los pequeños.

“Éste será nuestro secreto. Mañana guardarán todo donde lo encontraron, sin que la abuela se entere.”

ANGY DEL TORO

¿Aprendices o escritores?

— Atiendan acá, señores, que en el Feis hay un gentío, un grupo de poderío, de aprendices y escritores.

— ¿Qué dice esa mujer?

— Escuchen, y no se incomoden, procuren que esto no se les haga extraño. Porque ellos siempre la lían, y cada semana suben un escalón en el escaño.

— Ey, ey… Para, detente ahí, que les conozco. Y sabes algo: me maravilla cómo se comportan:

«felices como perdices».

— Me alegra que los conozcas, porque yo ya tengo tarea con cada texto que postean, cuando me propongo seguir el relato semanal… ¡uyyy!

¡Y para completar, ese que inventó el Club House!

Madre mía, qué ricura, me encanta su sabrosura.

Es una mezcla de países que le quitan la cordura al lenguaje de Cervantes. Aunque, mira, tú no lleves prisa, que si el Quijote se entera que Cuatro Hojas en su estantería lo integra, de seguro le pide a Sancho que apure y cruce frontera.

Y quién sabe si este le cuente a Rocinante, a los molinos y más pa’lante.

¿Quieres que te diga algo? Que para este año hay un libro nuevo, de papel, tapa y lomo que, al igual que Neptuno, surgió de las profundidades.

— Y si lo que cuentas es cierto, por favor dime su nombre.

— ¡Oyeee, que te lo acabo de decir! De Profundis, así le han nombrado.

Y a ti, que nada te asombre, pues sé que el libro te va a encantar; ya que éstos, aunque aprendices dicen ser, ya son grandes escritores. ¡Ellos se lo curran como plata en plomo!

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

URGENCIAS

Agosto había llegado una vez más, como suele hacer todos los años hasta la fecha, asomando la gaita sobre el horizonte a lomos de Lorenzo, ese radiante compañero amarillo que nos alumbra todos los días. El sudor comenzaba a caer, las níveas carnes afloraban al aire libre y el barco de Chanquete volvía a ocupar las pantallas de los televisores en la enésima reposición de aquel verano de color azul.

En lo que a mí respecta, la mañana transcurría en forma de apacible día de playa. Sin echar en falta ninguno de los clásicos ingredientes: sombrilla publicitaria de Cruzcampo, neverita azul y blanca, la sangría, la tortilla de patatas king size y una generosa sandía enterrada en la arena para mantener íntegro su frescor. De fondo el rumor de las olas regalando cosquillas a mis oídos. Un lujo, ustedes ya me entienden. Toda una vida entregada al gremio del transporte para, por fin, aparcar definitivamente el camión y disfrutar de una más que merecida jubilación, retostándome vuelta y vuelta sobre la arena de Gandía como una croqueta. De ciento veinte kilos, eso sí.

En esas me encontraba cuando, de repente y sin previo aviso, una descomunal pelota de un intenso azul marino y enormes letras blancas hizo impacto sobre mi cabeza, recorriendo a continuación toda la extensión de mi cara. Como consecuencia de tan tremendo pelotazo, la gorra verde con las tres espigas doradas sufrió un desplazamiento de varios metros en dirección suroeste. Igual suerte corrieron las gafas de sol. Por no hablar del lugar de aterrizaje del transistor, un pequeño SANYO a pilas con antena telescópica adquirido en mis años jóvenes durante una excursión a Ceuta, a precio bastante competitivo, todo hay que decirlo, y en cuyo altavoz todavía seguía sonando Radiolé tan nítidamente como el primer día.

Aún aturdido y con la visión permanente de una constelación de lucecitas blancas traté de incorporarme. Pero al intentar abrir los ojos, una nube de arena enterró mis orificios superiores, comenzando por mis cuencas oculares, nariz, oídos y finalmente toda la boca, hasta alcanzarme casi el gaznate.

—¿Pero qué c…..? – intenté farfullar, mientras no paraba de escupir arena.

Cuando por fin alcancé a abrir los ojos, a duras penas fui capaz de esquivar una nueva oleada de arena que venía directa hacia mí. Entonces pude comprobar, estupefacto, como las dos enormes patas traseras de un perro, de raza indeterminada pero tamaño descomunal, lanzaban toneladas de arena hacia atrás, como un miura a punto de embestir. Las dimensiones del socavón que ya había conseguido horadar solo eran comparables al tamaño de la bestia. De haberme asomado un poco más al hoyo creo que habría encontrado dentro una cuadrilla completa de mineros asturianos.

Me levanté de un salto, jurando en arameo y haciendo todo tipo de aspavientos, hecho que consiguió espantar a ambas criaturas, que huyeron como alma que lleva el diablo.

Intentando recuperarme del disgusto, me recosté de nuevo, tras sacudirme los restos de arena. No había hecho más que cerrar los ojos intentando recobrar un poco la paz perdida cuando de nuevo algo me volvió a despertar a grito pelado:

—¡Cerveza, agua fresca… llevo el Fanta, el Coca Cola… el Bitter Kas…!

Mis ojos se abrieron como un resorte. Encima de mí, con la cara del revés, tenía a menos de dos palmos al Heredia, muy conocido por aquellos lares. Todo un experto en marketing playero, con la piel más oscura que un senegalés, que no paraba de vociferarme su mercancía:

—¡Amos, mi arma! ¡Bebida fresquita! ¡Que me la quitan de las manos!

La expresión de mi cara debió resultar bastante expresiva, porque de forma inmediata recogió todo el bar ambulante que portaba encima y huyó despavorido hasta su siguiente parada comercial, no sin antes caer tres veces en la arena sin dejar de mirar hacia atrás.

Una vez más, armado de paciencia, volví a intentar trasladarme de nuevo al Nirvana, pero poco me duró el trayecto. Era evidente que el destino se había propuesto cebarse conmigo aquella mañana. Sin saber cómo, de mi interior comenzaron a surgir una serie de rugidos, producto de algún tipo de descomposición que empezaba a obrar en mis tripas. Todo ello a enorme velocidad. En ese momento, la tortilla de patatas atravesó mis pensamientos. Algo me decía que no había sido buena idea aprovechar esos huevos que llevaban un mes descansando en el fondo de la nevera. Sol, verano y huevos caducados. Mala combinación.

Pies para qué os quiero… el ritmo de recogida de todo el kit playero fue vertiginoso. En mi mente tracé el camino detallado de vuelta hacia el esperado trono salvador, un camino lleno de obstáculos en el cual era fundamental mantener la distancia social y no ser interceptado por ninguno de mis muchos conocidos que esos días se encontraban por los alrededores. La gorra calada hasta las orejas, las gafas de sol, negras como boca de lobo, y una providencial mascarilla que aún guardaba desde la pandemia, sin duda resultarían de enorme ayuda en mi travesía por la Tierra Media.

El sudor me goteaba la frente, pero todo parecía ir bien. Crucé la puerta metálica, atravesé la zona de la piscina, que en esos momentos se me antojó olímpica, y en todo el trayecto nadie, por fortuna, fue capaz de reconocerme. Hasta que por desgracia se cruzó en mi camino Fulgencio el del quinto, luciendo su inconfundible bigotazo, un ejemplar digno de la mejor época de Emiliano Zapata. Sin tiempo de pronunciar una sola palabra de repente me vi rodeado por dos enormes brazos ejerciendo una considerable presión sobre mi frágil y desvencijado cuerpo que, para qué engañarnos, a mis años ya dejaba bastante que desear.

—¡Hombre, Marcial! Sabía yo que andarías por aquí…

Mi esfínter trasero estaba a punto de sucumbir ante aquella prueba de fuego. Nunca antes lo había testeado en circunstancias tan extremas. Para mi asombro, estaba respondiendo sorprendentemente bien, aunque no sabría decir durante cuánto tiempo más. El instinto animal fue más fuerte que la razón, y sin saber apenas lo que decía, le lancé una respuesta breve y directa, modulando mi voz para intentar parecer extranjero:

—¡Perdone, caballero, pero creo que se confunde! Tengo algo de prisa, me esperan para comer…

Como en un episodio del correcaminos, casi dejando un rastro de humo, conseguí llegar finalmente a mi destino a la velocidad de un caza militar, entrando por la puerta entreabierta que seguramente había dejado mi señora. Cerré de un taconazo, soltando allí mismo como pude el amplio cargamento playero y corrí como una exhalación a soltar también aquel otro cargamento, mucho más preocupante, que me atenazaba desde hacía un buen rato.

Pero allí me esperaba de nuevo mi cruel destino. Con las prisas no había caído en la cuenta de que aquel apartamento era muy muy muy parecido al mío. Salvo por un pequeño detalle: no era el mío. Había aprovechado que la puerta estaba entreabierta, dando gracias al cielo por la casualidad, sin percatarme de nada más. Pero al recobrar un poco la consciencia, sentado sobre el váter y después de haberme quedado a gusto, enseguida comprendí que algo no cuadraba. Alrededor mío, un señor me miraba atónito sosteniendo en la mano derecha su maquinilla de afeitar eléctrica. Su señora también me observaba, con la misma cara desencajada, mientras le daba la última mano de champú al chaval dentro de la bañera.

Pedro Antonio López Cruz

21 de febrero de 2026

EFRAÍN DÍAZ

Este relato es una anécdota de la vida real. Es mitad real y mitad ficción y me sucedió el pasado viernes 13 de febrero.

Los plebeyos con título como yo, que sin pertenecer a la aristocracia, logramos una educación decente, tenemos nuestras debilidades bien definidas: la amistad, el buen whisky, los puros y la tentación mecánica. En ese orden. Y como uno no puede negarse a lo único que justifica la existencia de los otros, los amigos, hace unos días acepté la invitación de un íntimo para acudir a BMW en El Paso y someterme a la experiencia estética, imprudente y financieramente inmoral de conducir un BMW Serie 7.

Yo sabía que era mala idea. Pero hay propuestas que no se rechazan y amigos que se padecen voluntariamente y con elegancia.

Llegamos puntuales, como corresponde a quienes no van a comprar. Mi amigo, que tiene más relaciones públicas que escrúpulos, era muy amigo del gerente. De su “inner circle”. El automóvil nos esperaba reluciente, con ese brillo germánico que sugiere eficiencia, elegancia, superioridad y una mensualidad que haría llorar a mi contador.

Tan pronto el gerente me vio, frunció el ceño como si hubiera reaparecido una deuda antigua.

—¿Este anda contigo, güey? —preguntó a mi amigo en clara referencia a mi.

—Simón. Este boricua es mi carnal, cabrón.

A lo que el gerente, practicante del humanismo condicionado, respondió:

—Tiene suerte que vino contigo. Si viene solo, no entra.

Hay algo que no les he dicho. Permítanme aclarar la genealogía del rencor.

Un año antes, yo había cometido el pecado mortal del capitalismo: curiosear sin liquidez. Algo que hago a menudo. Hice una prueba de manejo del mismo modelo, en el mismo concesionario y con el mismo gerente. Manejamos unas cincuenta millas, obseno para una simple prueba de manejo. Pregunté de todo: caballos de fuerza, tecnología, consumo, hasta el grosor de la pintura. El vendedor, pobre iluso, contestó amablemente, con la sonrisa de quien ya se ve celebrando la jugosa comisión.

Al volver, me invitó a su oficina, ese santuario donde se discuten los costos y las alternativas de financiamiento. El lugar donde los números dejan de ser simple aritmética para convertirse en amenaza.

Lo miré con la serenidad del que va a confesar un crimen sin arrepentimiento.

—No pierda tiempo. El pago mensual de este carro cuesta más que el pago mensual de mi hipoteca. No puedo permitírmelo ahora. De todos modos, muchas gracias.

La frase le cayó como patada en el buche. Me miró con odio medieval. Le había hecho perder poco más de una hora de su preciado tiempo para al final, no lograr la venta. Le extendí la mano y me ofreció el vacío. Salí del lugar con la dignidad del arruinado que al menos conserva la verdad.

Desde aquel día el concesionario instauraró la Inquisición crediticia: para hacer prueba de manejo de un BMW Serie 7 hay que pre-cualificarse. Sin pre-cualificación no hay hay prueba de manejo y de paso, me declararon cliente non grato. No sería bienvenido.

De modo que esta segunda visita tenía algo de regreso del fantasma. Mi amigo me miró y yo me encogí de hombros; es el gesto oficial del insolvente ilustrado y cari pelao. Pero mi amigo abrió las puertas que a mí me cerraba la indigencia bancaria.

Por segunda vez manejé el automóvil y confirmé lo inevitable: el BMW Serie 7 es el auto de mis sueños. También de mis imposibilidades, que suelen ser mucho más sólidas. El silencio del motor era tan perfecto que uno podía escuchar quebrarse el presupuesto. Mi amigo quedó prendado con la máquina. No en vano le llaman “the ultimate driving machine”.

De regreso, antes de que comenzara la liturgia de los números, mi amigo ejecutó la danza elegante del que no va a comprar:

—Pues permíteme hablar con mi contable, güey, porque lo adquiriría la firma para efectos contributivos.

Traducción simultánea de: no me llames que yo te llamo, pero elegante.

Yo, en cambio, solo dispongo de una maniobra financiera: vender la casa, mudarme al vehículo y aprender a vivir reclinado. El problema logístico es Michelle. No visualizo todavía cómo explicarle que el hogar ahora tiene cuatro ruedas, un motor soberbio y un excelente sistema de sonido, pero carece de clósets.

Dice otro buen amigo que “no es caro, güey, simplemente no ganas lo suficiente”. Como si necesitara más sal en la herida.

Confío en que este pequeño sainete no deteriore la amistad entre mi amigo y el gerente. Porque hay amigos, y luego están los que te permiten entrar y manejar un super auto aunque sepan que no lo comprarás. Esos merecen estatua, o al menos un almuerzo.

Si ha llegado usted hasta aquí, el texto ha cumplido su función: promover la lectura.

La historia es mitad verdad y mitad ficción, que es la proporción exacta de la memoria. Adivinar cuál es cuál es su función.

Y, pase lo que pase, no deje de leer que comprar un BMW es infinitamente más caro.

XABIER TORRES

PONCIO PILATOS SE LAVA LAS MANOS EN EL SCRIPTORIUM

«Salomé corta los cabellos a Sansón y Matusalén pierde toda su fuerza.

El Rey Salomón ordena partir por la mitad a Goliath y el santo Job pierde la paciencia.

David voltea la honda y un guijarro derriba la ballena que se tragó a Noé.

Abraham separa las aguas del Mar Rojo y el Arca de Moisés queda varada en la arena.

Jonás baila la danza de los setenta veces siete velos y sirve en bandeja la cabeza de Adán, con una manzana en la boca.

Los cinco apóstoles de Jesús predican los doce mandamientos y los diez pecados capitales a los cuatro ejércitos del faraón».

(Fragmentos de una Vulgata guardada bajo siete llaves en los sótanos del Vaticano, procedente de una abadía excomulgada por el Papa, una vez leído el informe del legado pontificio que tuvo conocimiento cierto de que en ella los monjes copistas abusaban en demasía del vino destinado a la Eucaristía).

JUAN C VALTIERRA

Esto cuento se fue a la revista de Sofon

Escritura especulativa

He estado escribiendo sobre los campos y pueblos de México que se van quedando solos, sobre un futuro donde la memoria se borra. Y en ese proceso, algo se perdió también en mí. Ya no sé qué escribo. Ya no sé quién soy.

Necesito una pausa. Un sabático para volver a encontrarme.

Iré a Comala, el pueblo donde creció Juan Rulfo. Tal vez encuentre allí lo que busco. Tal vez no. Pero es el único camino que conozco de regreso a mí mismo.

Lo que queda después

Por Juan C Valtierra

Mi madre dice que el maíz ya no sueña y yo le digo que yo tampoco, mamá, que eso ya nos lo quitaron a los dos, y ella dice que no es lo mismo, que el maíz era voluntario.

No sé cómo discutirle eso a un muerto a las cinco de la mañana.

El zapato derecho lleva tres semanas roto. La suela despegada como boca abierta, como cosa que quiere decir algo y no encuentra cómo. Lo amarro con un cable de audífono y cuando camino hace un aplauso chiquito y constante, como si el piso celebrara cada paso, lo cual es mentira porque el concreto no celebra nada, el concreto solo aguanta, que es distinto a celebrar aunque a veces se confunden.

—¿Con qué lo amarraste? —dice mi madre desde la juntura.

—Con un cable.

—Se va a romper.

—Todo se rompe.

—Eso no es filosofía, Macedonio. Eso es un zapato mal amarrado.

Le digo que sí. Con los muertos hay que saber cuándo ganar y cuándo dejarlos tener razón, que generalmente es lo mismo.

—–

En la sala de espera del Módulo de Verificación hay un letrero que dice *Su bienestar emocional es nuestra prioridad* y debajo, en letra más chica que la vergüenza, *Tiempo de espera: 40 minutos. Gracias por su paciencia y sus recuerdos.*

Hay un hombre con una revista en la cara. No la está leyendo. La usa como se usa un paraguas cuando ya estás mojado: no para protegerte sino para tener algo entre tú y el mundo.

—¿Qué tiene? —le pregunto.

—Nostalgia Tipo 3-B con Detonante Avícola.

—¿Avícola?

—Me acordé de un guajolote.

—¿Y eso duele?

Baja la revista. Tiene los ojos de quien ha pensado demasiado en una sola cosa y ya no puede pensar en otra.

—Era un guajolote muy particular —dice.

Vuelve a subir la revista.

Hay dolores que se explican solos y hay dolores que necesitan que uno se calle y este es los dos.

—–

Isidro llega al cubículo con el café en una mano y los electrodos en la otra y la cara de quien lleva despierto desde antes de que valiera la pena. Es Técnico de Extracción Afectiva Nivel 2, que es el título más triste que existe con el trabajo más triste que existe, y sin embargo aquí estamos los dos, él extrayendo, yo siendo extraído, como si fuéramos pozos de la misma agua y ninguno supiera del otro.

Pone el café en mi cabeza.

—Perdón —dice.

Lo quita. Pone los electrodos en la taza. Los mira. Hace el intercambio con esa dignidad tan mexicana de atravesar la vergüenza como puerta giratoria: entras por un lado, ya estás en otro tema, ya nadie vio nada.

—Soñé con mi pueblo —dice mientras acomoda los cables, y se queda callado como quien le acaba de decir un secreto a la persona equivocada.

—¿Cómo se llamaba?

—San Isidro Labrador de las Milpas del Cerro Grande.

—Nombre largo para pueblo chico.

—Era muy honesto —dice, y en su cara pasa la sombra de algo que ya no vive ahí pero dejó la forma—. Los pueblos honestos necesitan nombres largos. Para que quede claro todo lo que son, antes de que alguien se los quite.

El zumbido de las máquinas. El perro afuera en su idioma sin clasificar. Sus manos que huelen a tierra después de lluvia en una ciudad donde el agua cae de tubos y no huele a nada.

No digo nada porque no hay nada que decir que no empeore lo que ya dijo él.

—–

La cámara me mira.

Adentro está la azotea y las sábanas y mi madre un martes de 2019 cantando algo que no recuerdo pero que reconocería en cualquier parte, en cualquier vida, en cualquier versión del mundo que venga después de este. Yo tenía seis años y me escondía entre las sábanas blancas al sol y el mundo desde adentro es pura luz sin bordes, sin decretos, sin nada que no sea tibio y lavanda y la voz de ella que canta sin saber que la estoy escuchando, sin saber que voy a estar escuchándola toda la vida, sin saber que algún día van a venir a quitármela con electrodos y una voz grabada que dice:

—*Iniciando extracción. Si después siente una ausencia que no puede describir, esto es normal. Si la ausencia tiene forma, color, u olor a lavanda, repórtela en GobiernApp, sección: Residuos Afectivos No Clasificados.*

Nadie reporta nada en esa sección.

No porque no haya residuos.

Sino porque son lo último que queda.

Isidro tarda.

Sus manos sobre mi cabeza con el peso de quien sabe lo que está haciendo y carga ese saber como piedra en el bolsillo: siempre, sin quejarse, sin poder tirarse al río.

—Confirmado —dice, tan quedito que parece que se lo dice a él.

Y todo se pone blanco.

—–

Salí.

Sol de febrero. Concreto. Un niño en la esquina comiendo naranja con toda la mano, el jugo hasta el codo.

Me miró. Miró el zapato. Se rió con esa risa de dientes chuecos que tienen los niños antes de que les salgan los buenos.

—Su zapato está chistoso —dijo.

—Sí.

—¿Por qué no se lo quita?

No respondí. Él no esperó respuesta. Terminó la naranja, tiró la cáscara encima de mis pies sin querer o sin fijarse, y se fue con las manos brillantes y ese andar de quien todavía no carga nada.

Algo me faltaba.

No el recuerdo. Faltaba el hueco del recuerdo. El negativo. La forma exacta de lo que estuvo.

—–

Esa noche vino mi madre.

—¿Qué te dejaron? —dijo.

—La forma de la azotea.

Asintió despacio, con esa sabiduría de los muertos que ya no necesitan entender para aceptar.

Luego miró el zapato en la esquina del cuarto.

—Amárrate bien —dijo.

—Ya sé, mamá.

—No. Todavía no sabes.

Se quedó callada un momento. Larga la pausa, como cuando ella tendía las sábanas y se detenía a ver el horizonte sin decir qué veía, que era una costumbre suya que yo nunca entendí y que ahora entiendo y que ahora ya no tengo.

—Pero vas a aprender —dijo.

Y se fue sin despedirse.

Como siempre.

Como los que saben que la despedida es para los que creen que no van a volver, y ellos siempre vuelven, los muertos, con sus preguntas y sus consejos de zapatos y sus maíces que ya no sueñan, vuelven porque nadie les dijo cómo irse del todo, o porque lo saben y no quieren, que también puede ser, que con los muertos nunca se sabe, que esa es, al final, la única ventaja que les tenemos.

L’IDIOT

Relatos humoristicos

Dicen que me detengo en pormenores, en cosas sin importancia, que siempre ando buscando la quinta pata del gato. ¿Quién determina la relevancia de los acontecimientos? Deben ser los mismos que miden el humor, los que se ríen de lo que debería dar pena.

Por esas cosas baladíes que se supone uno sabe o uno debe aprender por sí solo, me vi en aprietos, no una o dos veces, sino más. Pero para muestra, un botón.

Me enseñaron a manejar. Después de dos clases, me entregaron un auto viejo (un transportation del año 1998). Al querer llenar el tanque de gasolina, me encontré ante el gran dilema. No sabía como abrir la tapa del tanque ni cómo introducir la tarjeta del banco en la bomba. Eran las 5:30 de la mañana. Quise pedir ayuda a la señora de la Ram estacionada en la bomba de al lado y ella salió corriendo asustada como perro que tumbó la olla. ¿Qué habrá pensado? Imagínese, a esa hora un latino caminando hacia ella no podía ser más que un…Luego de esperar pacientemente, el encargado de la gasolinera, en actitud de sospecha, se me acercó y en su mal español y mi peor inglés, nos comunicamos. Se rió de buena gana y me preguntó, más afirmando que interrogando:

— ¿Cubano?

—Yes. How you know?

Pensé que era por el acento.

Movió lateralmente la cabeza sin dejar de reír.

—Porque nunca saben nada. Es como si vinieran de otro planeta.

Agregó en perfecto español y regresó a su puesto de trabajo.

Desde entonces la duda de no ser terrícola me da vueltas y vueltas. ¿Seré alien, como a veces me dicen en Inglés?

CESAR TORO

Humor.

“Esta es la canción que canto cada mañana al despertar para agradecer al señor la gentileza de un nuevo día es decir de una nueva oportunidad…

Para reír para cantar, para volver a ser feliz.”

“ Voy caminando por la vida en el tren de la muerte, viendo cómo El Progreso acaba con la gente y si llueve me mojo; pero no encojo, me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo”

Parafraseando al cantautor y poeta Facundo Cabral.

Como soy un hombre de pueblo, leo y escucho todo lo que esta a mi alcance, y me hago eco de las noticias, de lo cotidiano y soy fan del buen humor.

Esta mañana me encontré con mi jefe antes de ir al gim.

¡Madrugando e..!

Me dijo.

Si le respondí me levanto todos los días a las tres.

¡ A las tres, me miro con sorpresa!

Si le dije en la mañana cuando suena la alarma cuento. A la una, a las dos y a las tres y me levanto.

Me dirijo al trabajo y en la avenida principal he presenciado un terrible accidente. Un heladero que iba cruzando la calle con su carrito de helados. Ha sido embestido por una motocicleta que venía a toda velocidad y lo ha tirado al suelo, el motociclista se detiene y acude en su auxilio, de inmediato se quita el casco, se acerca lo levanta y lo interroga.

dígame señor ¿ que tiene?

Y el hombre responde.

Fresa, chocolate, mantecado, vainilla, y también hay de coco…

El otro día en el bar se encontraba un Señor que había bebido copiosamente y empezaba a cabecear. El dueño del bar don Manolo que siempre está atento se acerca y le advierte. Epa amigo no se duerma.

¿Usted ve a ese Señor moreno de dos metros que está en la puerta de guardia? Si lo veo dice el borracho, bueno si usted se duerme, ese Señor lo lleva atrás de la taberna en una carreta y allá entre varios lo vio14n. Al rato el hombre siente que lo llevan en la carreta y exclama, ya va, ya va déjenme no quiero ir a ningún lado; a lo que el moreno le contesta, tranquilo amigo, ya lo traemos de regreso…

Don Ramiro que se quejaba siempre del dolor de las rodillas ha ido al médico y lo ha tratado un largo tiempo, su vecino le preguntó un buen día ¿cómo le iba con el tratamiento?

Más o menos dijo; gracias al doctor, estoy caminando otra vez…

Pues tuve que vender el coche para pagarle.

El Tio Jacinto se encuentra más de allá que de acá, ha ido esta mañana al Doctor.

Después de una exhaustiva revisión, le ha dado la mala noticia que le quedaban seis meses de vida. Pero mi Tio le dice al galeno que no tenía dinero para pagarle. Entonces este le ha dado seis meses más.

Despierta la señora en la sala del hospital luego de someterse a una cirugía. Ve un hombre vestido de blanco en la habitación y le pregunta.

Doctor ¿como salí de la operación?

El hombre le responde, yo no soy él doctor yo soy Jesús, ¡haa o sea que morí ! No, yo soy Jesús el que barre, el doctor viene ahora…

A propósito de tendencias una amiga de mediana edad me comentó que las chicas jóvenes andan en busca dé hombres maduros ya que estos tienen valores y principios.

Como así le pregunté.

Si me dijo la mayoría tienen valores en el banco y principios de infarto.

“Un día sin reír es un día perdido.”

Charles Chaplin.

Cesar Toro

Ecuador.

CARMEN ÚBEDA FERRER

¡Ay, Madre…!

—————————–

¡Ay, madre!

¿Qué es lo que he hecho?

Se lo puedo hasta jurá.

Meter a ese hombre

en mi catre,

que yo no sabía ná.

A mi él ná me dijo

ni de cierto,

ni de acertijo.

Solo me dijo.

¡Juana! ¡Quílla!

Pa mí eres más

juncal y más brillas

quel lucero del alba

y más que a la luz del día.

Y yo me dejé querer

porque yo, na sabía.

¡Ay, madre!

¿Qué es lo que he hecho?

Se lo puedo hasta jurá,

persignándome cinco cruces

en el pecho,

que yo sabía na

de los cinco churumbeles

que el Manolo tie que alimentar.

Aparte de su costilla

a la que también mantiene.

De seguro que se ha enterao

de lo nuestro,

y entrecejo me tiene.

Si yo hubiese sabío eso

no hubiese ocurrio na,

que al sesto mandamiento

no quería yo faltar

Madre, me tengo de ahuecar.

Que la romi ha naqueao

que cuando me agarre del pelo

pelona me va a dejar.

Madre me voy escapá.

Que la romi, el Manolo

y los cinco churumbeles

¡Ay, ay, ay!

Solo viven dos cancelas,

dos cancelas más pallá.

SERGIO TELLEZ

UNA ECUACIÓN CASI PERFECTA

Logaritmo era hijo de una familia de clase noble y su labor diaria tediosa consistía en hallar exponentes a los cuales fueran elevadas las bases para obtener un número.

Ella la mediana era una sencilla chica que siempre fue el centro de atención de todas las medidas estadísticas.

Se conocieron cuando logaritmo en su día libre la contempló desde el vértice superior del triángulo rectángulo. Ella estaba sentada justo en el ángulo recto. Logaritmo la observó y se deslizó sigilosamente por el cateto adyacente que daba perpendicularmente al ángulo recto, cayendo delicadamente a sus pies y ofreciéndole un ramo de números. Se miraron, y la atracción fue matemáticamente perfecta.

La hipotenusa se encontraba justo al frente de los dos y fue testigo de aquel momento. Logaritmo tomó las manos de mediana y mirando a hipotenusa le rogó para que fuera cómplice de su recién declarado amor, no sin antes preguntarle ¿Quién diablos era? Hipotenusa contestó: –Soy la raíz cuadrada de la suma de los cuadrados de los catetos de un triángulo rectángulo, y ustedes me pueden decir cariñosamente Hipo, además agradezco tan distinguido honor.

Su amor fue muy grande, y juraron quererse desde infinito hasta – infinito. Por mucho tiempo fueron un binomio cuadrado perfecto de figuras congruentes. Se casaron deseándose felicidad integral, sus padrinos un exponente por parte de logaritmo y frecuencia por parte de mediana.

El amor creció con progresión geométrica, y de esta relación nacieron dos hermosos hijos: base y moda.

Pero el tiempo y la monotonía cumplen su parte, todo se volvió una constante y apareció un tercero en discordia. Pi conquistó con su delicado encanto a mediana y le ofreció su amor infinito. Ella lo acepto a escondidas, pero se sintió impropia.

Esta regla de tres simple decepcionó a logaritmo, llamando a mediana, fracción ordinaria, además se sintió un denominador común.

El tiempo pasó, y el triángulo amoroso entre logaritmo, mediana y Pi se volvió un algoritmo sin posible solución.

De ser un binomio cuadrado perfecto entre dos expresiones que se amaban, se convirtió en un círculo vicioso.

Mediana amaba a logaritmo, pero sentía una pasión desenfrenada por Pi, era un amor con propiedad conmutativa.

Logaritmo exigió una demostración de verdadero amor por parte de mediana, y está sufrió una descompensación factorial que la abatió por completo. Sentía una desigualdad diagonal que no podía superar.

Entonces mediana cito a sus dos amores en un lugar geométrico, los puso en planos paralelos, tomando una decisión final.

Les dijo, –Soy un cero a la izquierda, un denominador común, un punto de discontinuidad. Así que los dejo libres vuelen alto hasta el infinito y más allá…

PEPA HERRERA

UNA ANCIANOSAURIA EN APUROS

Abro los ojos. He pasado una noche de perros. Bueno, de perros me quedo corta: noche de dinosaurios. ¡Por lo menos!

¿Qué demonios hago en el suelo? ¡No, si va a ser que el puñetero Trompazorex de mi sueño me ha tirado de la cama!

—¡¡¡Eusebio!!! ¡¡¡Eusebio!!!

¡Ni puñetero caso! ¡Si es que está sordo este hombre! ¡¡Mira que le he dicho mil veces que vaya a mirarse los oídos!! ¡¡Que no oye ná!! ¡¡Un tapón dice que tiene!! ¡Pues será el de la bañera, que le tapa las dos orejas por dentro y hace ventosa!

—¡¡Eusebio!! ¡¡Ayuda a esta pobre ancianasauria!!

Mira, da igual, leñe… que ya me levanto yo solita. Ay, de verdad… ¿Para qué quiere una un marido si luego te caes de la cama y no escucha tus gritos? Le voy a pedir el divorcio. Total, para lo que me sirve.

Estoy tirada en el suelo cual gamba. ¿Que por qué una gamba? Ay, yo qué sé, es lo primero que se me ha ocurrido. Y bien buenas que están las gambas. Aunque yo no estoy tan rica ya… Puta vejez, tengo la cara descolgada, mil arrugas, flacidez, pechos que me llegan por el ombligo…

¡Mujer, no te pases, tampoco están tan abajo! Solo es un poco de gravedad…

Bueno, ¿qué más da dónde estén los pechos? Más altos o más bajos no valen para nada, además a Eusebio ni le importan… Ya ni me mira. Así que vamos a dejarlos reposar en el suelo y se acabó.

Intento levantarme… ¡¡Ay Dios!! ¡¡Pero si peso como una mole!! Soy la Torre inclinada de Pisa caída de lado por la culpa del estornudosaurio de mi sueño. A ver quién me levanta. ¡Quizá una grúa!

—¡Grúa! ¡Ven a auxiliar a esta humilde señora que está tirada en el suelo y su marido no se entera!

La grúa debe de ser tan sorda como Eusebio. No sé para qué me esfuerzo en vociferar. Se me van las pocas fuerzas por la boca.

A ver… ¿dónde me agarro?

Cojo el edredón de la cama y me amarro a él con todas mis fuerzas (bueno si a eso se le pueden llamar fuerzas jajajaja, es más bien una flojera añeja, como el vino jajajaja). No sé de qué me río, la verdad. El jodío edredón acaba de soltarse y he vuelto a caerme. Eso sí, ahora estoy tapadita.

—¡¡Eusebio!! —vuelvo a gritar. Uy, me ha salido un gallo. Bueno, más que un gallo parece un Gritosaurio (ehhh, que no me lo he inventado, es la especie que se encuentra en mi ADN, estoy segura)

Después de varios intentos de levantarme de ese suelo que me había absorbido como un alien… de pronto… ¡¡milagro!!

Ahí aparece Eusebio, como un salvador, rodeado de un halo de luz celestial, con sus alas de ángel de la guarda y su ceño fruncido. Ah, y lleva un bastón en la mano. Tenía su careto de siempre, boca hacia abajo y mirada inquisidora. ¡Y encima va el tío y me echa la bronca!

—¡Matilde! ¿Se puede saber qué haces tirada en el suelo? —me suelta, enfadado el muy mamón.

—Ay, Eusebio, querido mío de mi corazón… Estoy fregando el suelo con la boca… Es para que no protestes tanto por la factura del agua. Ahhhh de paso estoy buscando mi anillo de boda debajo de la cama, que no lo encuentro…

—¿Es cierto que estás haciendo eso?

—¿El que? ¿Lo de limpiar el suelo o lo del anillo?

—Lo de limpiar el suelo… ¡no me lo creo…!

—¡Que me he caído, estúpido!

—¿Has dicho estúpido?

—¡¡No!! ¡Que estás sordo! ¡He dicho Eusebio!

—Pero si me llamo Eustaquio.

—Ay por Dios… ¿Cuándo te has cambiado el nombre?

—¿Qué?

—¡¡¡Que cuándo te cambiaste el nombre!!! ¡Tapia!

—¡Me llamo así desde que nací! —contestó ofendidísimo, vamos, totalmente convencido de que se llamaba Eustaquio.

—Aléjate de mí. ¡Ni me toques! ¡Tú no eres mi marido!

—Puffff ¡Déjame al menos que te ayude a levantarte del suelo!

—¡No! Déjalo, Eulogio, Ernestino… ¡como demonios te llames!

—Eustaquio. ¡Me llamo Eustaquio!

—Pues hijo, estás como para ayudarme. ¡Si vas con bastón!

—El bastón es tuyo, es para que te apoyes. Te operaron de una cadera, ¿o lo has olvidado?

—¿Me estás llamando vieja? ¿Es eso? ¡Dame ese bastón que te arreo! ¡Vieja yo!

Con una fuerza sobrenatural, impulsada seguro por forcisaurio de mi sueño, me levanté del suelo, le arrebaté el bastón y me lancé a arrear a Eulogio, Eusebio… ¡bueno, ya sabéis a quién! ¡¡¡Sí, aunque el tío estaba sordo, corría como un velociraptor!!! ¡Yo le seguía los pasos, coja pero rápida!

—¡Matilde, no corras tanto que te vas a volver a caer!

—¡Que no me caigo! Ahora con el bastón soy como un tridente. Ay, no se llama así… ¿Cómo se dice?

—¿Triángulo?

—No, hombre, eso que tiene tres ruedas.

—¿Triciclo?

—¡Eso, joer, que no me salía!

—Venga, Matilde, deja de perseguirme, que voy a echar los higadillos.

—¡Ni se te ocurra! Si además de limpiar el suelo con la boca tengo que recoger tus higadillos, apaga y vámonos.

—Vale, yo apago, pero para ya. ¿Qué quieres que apague?

—¡Eusebio, por Dios!

—¡Eustaquio!

—Pues eso, lo que yo he dicho…

—¿Qué?

—¡¡¡¡Ay hijo, no te soporto!!!!

YOMALCKY OSORIO

«Relatos humosriticos « no he empezado a escribir y ya me estoy riendo .

Lo que parece ser algo tan serio como es la «Politica , el cuál se define como «arte o ciencia« de organización, dirección y administración de naciones o estados .

Cada gobernante elegido mediante el voto secreto y universal (supuestamente ) adquiere o se le otorga el deber de representar al pais, y tomar las decisiones inherentes al cargo que ostenta y distribuir de forma equitativa y racional todas las riquezas .

pero , siempre el bendito pero en tiempos muy recientes o quizás ha sido algo de toda la vida de que el candidato ganador , es lo que pensamos y queremos creer se han convertido en unos «MEMES« andantes todos a la orden del dia .

solo basta y sobra que alguien por supuesto totalmente desocupado de la rutina del dia a dia se tome el tiempo necesario para detallar cada palabra, cada gesto, cada actitud en cada una de las alocuciones o chachara como decimos en Venezuela , eso significa que habla demasiado , muchas palabras al mismo tiempo.

Por ejemplo : « El galáctico«`como le decian al difunto chavez , se lanzaba horas y horas interminables de tanta habladera , sometia al pueblo a extenuantes cadenas por Radio y tv . Eran horas y horas encadenado , la suscripción a canales de tv por cable paga representó un aumento considerable de televidentes y aún asi algunos canales fueron sacados de la parilla de programación por el gobierno .

Ya nadie más estaria disuesto a seguir como decimos calarse tantos disparates , amenazas, guerras imaginarias con raquel y todo aquel y de tanto odio el cancer se lo terminó llevando .

por decir algo a veces daba sus charlas eran en un salón de clases y el meme era « El Teacher chávez « hay otro donde dice « Ser rico es malo«

y el memorable «porqué no te callas del rey Juan Carlos « todo eso fué material para memes y más memes .

asi como muchos más , los invito a pasar por San Google para que observen la gran cantidad industrial de lo que acabo de mencionar.

Y como dice el refrán « Eramos mucho y parió la abuela «, nos aterriza Nicolás Maduro una de sus primeras locuras fué que vió a chavéz en forma de pajarito y le habló , recuerdo perfectamente que en esos tiempos trabajaba en donde habian varias

oficinas y a la hora del almuerzo eso era risas interminables risas y riso como dicen ellos , y no estoy para nada equivocada que hay videos como arroz alusivos a eso , imaginese por un momento a un pajarito hablando jajajajajaja.

El 3 de enero cuando se lo llevaron mucho pensaron « se lo llevaron lo bueno es que nos dejó bastantes memes quizás sea redundante ,

y cada vez que solia estar frente a una camara , pasaria el dia escribiendo sobre eso pero igual voy a colocar algunos para reir un rato ( es la idea).

Multiplicación de los penes en vez de multiplicación de los panes.

Soy un mariposon , me gustan las mariposas, jajajjajajaja.

Cuando la pandemia decia que habia que colocarse el tapaboca en la pantorilla , habrase visto eso ,

Soplando su torta de cumpleaños con el tapa boca puesto no, no no no sinceramente ! y asi como esos hay material disponible en la web .

En facebook hay una página que se llama « Maduradas« realmente parece un programa humoristico .

Y ahora con la tendencia de los Therians muchos nos preguntamos Miraflores es la residencia presidencial o un zoológico ? debido a que cada funcionario de esa administración se le ha designado un animal jajajajaja cosas de la vida.

ya no se sabe si reir o llorar.

En todos los tiempos se ha usado el humor como manera de presentar o comentar sobre la realidad ,

Existió un programa llamado « Radio Rochela« y su principal atractivo o rating de audencia era precisamente eso realizar sátiras o bromas al gobernante en turno , y fueron varios los presidente en ejercicios de sus funciones fueron invitados al programa, hasta que en mayo del 2017 y por orden del mencionado chavéz fué cerrado para dar señal a otro canal del estado alineado al gobierno .

La buena noticia es que hoy en dia con la nueva tecnólogia existen páginas donde se publica todo ese material y verlos de nuevo es recordar y volver a vivir y sobre todo reir .

Se transmitia religiosamente todos los lunes por la extinta RCTV en horario de las 8 de la noche , un programa que estuvo por más de 50 años en el aire.

Tambien hacian una parodia al Miss venezuela , ellosle decian el miss chocozuela

Son anecdótas que recuerda cada venezolano que obvias razones ha tenido que emigrar nos queda el humor y la risa para apaciguar un poco la nostálgia de haber partido de nuestra tierra amada .

Brasil : 22-02-2026

EVA AVIA TORIBIO

Stand-up comedy.

¡Sí, si, tú, la del fondo a la derecha! ¿Le pido a alguno de los asistentes de la sala que te traigan un orinal? Porque creo que al baño no llegas. ¿Pero habéis escuchado los sonidos de sus cuerdas

vocales? Parecen los de un asno pidiendo socorro. ¿Él de al lado es tu marido? Macho, que paciencia tienes que tener. Porque lo de ir al cine a ver una comedia, descartado. Pero lo mejor tiene que ser en la cama. ¡Si, si, no os riais! Tiene que ser para grabarla. Ya me la

imagino, en plena acción, voy a hacer los gestos para que sepáis a que me refiero, porque seguro que en la sala hay más de uno que no sabe a qué me refiero, no te rías, porque el que tienes detrás no ha follado en su vida, y que le toca ese lado que nos hace reír tanto a todas y que florezca su asno interior. Menudo bajón. ¡Ay, mare, que tiene que salir corriendo con la mano sujetándose la entrepierna porque no llega! Hablando de sujetarse la entrepierna. ¿A vosotros no os ha pasado nunca que tenéis ganas de orinar y os pillado en la calle y, decís, mierda que me orino y no hay un puto bar? Y no será que en España no hay bares, pero da la casualidad de que estás tan apurado que tienes que caminar con las piernas juntitas y pareces un puto robot y dices, igual sí me lo sujeto me sirve de algo y no, que va, es peor aún, porque el roce de los deditos y la postura te dan ganas de reír y ¡mierda!, me mee! ¡Qué vergüenza, con estas edades y ya con pérdidas de orina! Muchas gracias a todos.

GRISELDA SIERRA

ENAMORADO

Quizás pudiéramos esperar a mañana, o quizás no. Eloísa trata siempre de retrasar la noticia y yo me desespero. Pienso que ya hemos esperado demasiado, desde el día que nos conocimos en una cita a ciegas. Ella entró en el salón despampanante y segura de si misma, como una diva que atrae la mirada y la admiración de todos.

Llevaba puesto un vestido rojo, entallado, y medias caladas, negras y sexis; sus carnes se asomaban con generosidad, como si el vestido le quedará chico, pero, ¿qué puedo decir sobre eso? Siempre he tenido debilidad por las mujeres rechonchas, esas que parecen almohadas bien rellenas; al verla se me cortó la respiración, aunque no sé si por la impresión, o porque en ese momento se me salió el ojo de vidrio de la cuenca y resbaló debajo de la mesa.

Cuando finalmente lo encontré, vi a Eloísa cojear un poco, pero no me importó. Se sentó a mi lado y nos enamoramos al instante. Porque el amor es así: apasionado y ardiente como un volcán en erupción, aunque seguro estoy de que los volcanes dejan después un desastre espantoso. Pero no Eloísa. Ella es apacible y dulce como los pirulines que venden en las ferias.

Después de todo, la diferencia de edad no es escandalosa; sus ochenta años no son nada frente a mis sesenta y cinco. Mis hijos lo entenderán; ellos son adultos y saben que la edad no importa en cuestiones de amor.

Zanjado ese asunto, nos casaremos de inmediato.

Otra cosa será lo de la pata de palo.

LILIANA GIANNINI

La póliza

– ¿Cómo que el seguro no lo cubre?

– No señor, la letra chica ¿Leyó?

– Obvio que lo leí, por eso vengo

– Un álbum de fotos…

– Momento, es el álbum de fotos de «mi» familia, más respeto

– ¿Suicidio colectivo? Eso sí lo cubre el seguro

– Se cayó a la bañera, muerte por inmersión

– Entonces vaya al séptimo y reclame por inconsciencia familiar, porque si no sabían nadar…. El seguro eso no lo cubre.

BLANCA CERRUTI

ASÍ FUE SU NACIMIENTO

Nunca olvidaré el nacimiento de mi primera hija. Mi mujer, María de las Divinas Angustias, (en qué hora le pusieron ese nombre), siempre había sido el pesimismo hecho persona, pero aquel día era una pura agonía.

Estaba trabajando en la oficina cuando sonó mi móvil.

«Alfredo, he roto aguas, ven en seguida no sea que mi bebé vaya a nacer en el suelo del baño».

Cuando llegué, ya me esperaba con las cosas del bebé y la carpeta con todos los informes del embarazo. Le expliqué que no hacían falta, pero ella insistió en llevarlos, «por si acaso».

Subimos al coche y, apenas arranqué, ella empezó a inquietarse:

—¡Ay!, Alfredo, ¿y si encontramos un atasco y mi bebé nace en el coche?

—Tranquila, mujer, saco un pañuelo y nos abrirán paso.

—¿Pero y si piensan que somos unos chavales haciendo el tonto? —me replicó.

—No te preocupes, los chavales no conducen un coche como este.

Pero la calma no duró mucho. Las contracciones empezaron y vi cómo su angustia subía cinco enteros.

—¡Alfredo, que no llegamos al hospital! ¡Que no llegamos! Para el coche y pide una ambulancia.

—Pero, María de las Divinas Angustias, para cuando llegue la ambulancia ya podríamos haber llegado nosotros al hospital.

—¡Para, Alfredo, que va a nacer! ¡Y yo aquí, sola! ¿Y si mi bebé viene con el cordón enrollado en el cuello y se me asfixia?

Paré, y con los gritos de mi mujer enseguida se arremolinó gente alrededor del coche. Por suerte, una enfermera se abrió paso y se acercó a mi mujer, que gritaba como si estuviera dando a luz a un aliens.

—Tranquila, respire y empuje —le indicó la enfermera con voz firme, pero serena.

—¿Es usted comadrona? —Le preguntó mi mujer con la desconfianza reflejada en su voz.

—No, soy enfermera, pero he asistido a muchos partos. No se preocupe.

—Pero, ¿y si mi bebé viene de nalgas? ¿Y si tiene el cordón enrollado en el cuello? Usted no es comadrona…, ¡Ayyy!, ¡Ayyy! ¡Que me va a nacer muertito!

—No se apure, su bebé viene «de frente» y con el cuello despejado —dijo la enfermera con ironía.

Pero mi mujer no estaba para esos matices y siguió a lo suyo: verbalizando posibles desgracias para el bebé, que por fin nació: era una niña menudita.

Mi mujer miro a la enfermera y, con voz angustiosa, en el punto máximo, le soltó:

—A ver cómo le atas el cordón, no vayas a hacerle un nudajo y no se pueda poner biquinis.

La enfermera la miró y no pudo resistir contestarle:

—No se preocupe, le voy a hacer el atado que les hacen a las geishas, le va a quedar un ombligo de cine…

No se atrevió a verbalizarlo, pero yo me imaginé lo que seguía y no pude evitar reírme para mis adentros.

Esta vez, no le dio tiempo a mi mujer a replicarle porque la enfermera le puso a la niña en los brazos, la miró con emoción, aunque sin apearse de su agonía.

—¡Ay!, qué pequeña es y qué flojito llora. ¡A ver si solo tiene un pulmón!

Subí de nuevo al coche. La enfermera, muy amable, accedió a acompañarnos, pero mi mujer siguió en su onda.

—¿Y usted por qué viene? —¿Es que le pasa algo a mi niña? — le preguntó.

—¡No! ¡¡Por Dios bendito, relájese!! Es para explicarle al ginecólogo cómo ha ido el parto.

Pero, María de las Divinas Angustias no se relajó.

—Alfredo, conduce con cuidado, no corras, no vayamos a tener un accidente y mi niña no pueda celebrar su primer añito…

Miré a la enfermera por el retrovisor y su cara era todo un poema a la paciencia. Una paciencia que no la superaba ni el mismo santo Job.

Blanca Cerruti

ANTONIO PRADES

Jaramagos

Nunca pensé que llegaría a este punto. Si la familia es el castillo de un hombre, yo vivo contemplando las ruinas del mío. Pero no siempre fue así. Yo era feliz. Feliz de verdad, de una manera estable. Voy a hacer una radiografía honesta de la realidad, una autopsia de mi vida. Desde esa vida que consistía en fingir sensibilidad frente a las mujeres para poder follar, en la que ellas fingían sus orgasmos para no herir esa supuesta sensibilidad. En la que todo era insensiblemente sensible, y yo, feliz y estable. Desde esa vida en la que conocí a Lorena, hasta ahora.

Recuerdo aquella tarde de septiembre. Yo estaba en el bar con mis amigos cuando pasó ella. Era matemática exacta, geometría perfecta. Todos alzamos el cuello como un grupo de suricatas, territoriales al máximo, controlando el pedazo de llanura que creíamos que nos pertenecía desde nuestra oscura madriguera. Su forma de caminar, de moverse, su tumbao, como dicen los cubanos, me sedujo.

La vida ya no era fingir. Todo era diversión y chistes malos. Fue amor a primera risa. Me había tocado la lotería, así que me casé rápido, quizá demasiado, pero nunca me arrepentí. Todo era tan sencillo junto a ella. La vida, por fin, había domado al rinoceronte salvaje. Vivíamos entre viajes en coche sin destino, hoteles improvisados y domingos de resaca viendo pelis antiguas. Un rinoceronte afortunado en un hábitat bien hecho, en una armonía irrompible. Qué ingenuo.

Luego llegaron las gemelas. Rosa y Violeta. Dos engendros disfrazados de flor. Jaramago les tendríamos que haber puesto, como esa hierba rebelde que crece entre los escombros. Jaramago uno y Jaramago dos. Las más feas en un universo de feas. Y, para postre, dos iguales. Iguales de feas. Doce años tienen ahora. Doce años de culpa por no haberlo tirado fuera, por no haber hecho una piscina en su ombligo igual que la que hice en nuestro jardín.

Cuando salieron del quirófano, Lorena lloraba de emoción. Yo también lloré, pero por el impacto. Eran difíciles de mirar. Algo dentro de mí se contrajo. No era culpa suya, lo sé, solo eran bebés inocentes. Hice un esfuerzo. Las vi ahí, arrugadas y rojizas, mirándome con esos ojos demasiado separados. Parecían el cruce entre una pasa sultana y un tiburón martillo. Todo el mundo decía que ya cambiarían, que los recién nacidos son así. Yo asentía en silencio, como si me hubieran atado la garganta con una cuerda invisible. Pero mi cara dejaba escapar toda la repulsa que mi boca no era capaz de verbalizar. Me repetí que tenían razón, que cambiarían, que era el miedo a ponerme el uniforme de padre primerizo, que se me pasaría. Spoiler. No han cambiado. No se me ha pasado.

A medida que crecen, sus rasgos se ratifican como una sentencia. Ojos separados y rojos, de paloma, como cuatro cámaras que capturan el movimiento. Dos narices desproporcionadas para su edad en el centro, y más orejas que nariz. Joder si son grandes. Son enormes. Casi de elefante. Estoy seguro de que pueden utilizarlas para regular la temperatura de sus esmirriados cuerpos. Tienen los dientes como un piano viejo desafinado, como si le hubieran tirado las teclas desde lejos. ¿Y su pelo? Dios, su pelo. Tienen el pelo como una cesta de esparto. Hostia, es que solo les falta constiparse.

He intentado quererlas como merecen. De verdad que lo he intentado. Son niñas buenas, extraordinariamente buenas. Y lo peor es que me adoran. Ni un baño con sal logra protegerme del asedio de esas babosas que me abrazan cada tarde cuando vuelvo del trabajo. Vienen corriendo hacia mí con sus dibujos. Mira, papá, este eres tú. Mira, papá, estos son corazones para ti. Te quiero infinito. Yo más. No, yo más. Sonrío rígido, les doy palmadas en sus huesudas cabezas y me escabullo con cualquier excusa. No lo aguanto. Su cariño es más molesto que una sobremesa con Mayumana. Sus sonrisas transforman mis mediodías en medianoches. Me siento atrapado.

Lorena nota mi distancia, claro. Se que debería hablarlo, pero no sé cómo explicar algo tan vergonzoso. ¿Cómo decirle que mis propias hijas me resultan difíciles de mirar? ¿Cómo admitir que hay días en que fantaseo con irme o pedir una orden de alejamiento? Hasta he pensado en cambiar de niñas como de muebles por el feng shui o dejar a Lorena. Me digo que ella merece a alguien mejor. Me digo que yo también merezco algo mejor. Merezco no verlas nada más que cada quince días y la mitad de las vacaciones. Podría inventar una crisis, un desgaste natural, cualquier mentira que lo justifique. Alquilar un apartamento pequeño donde berrean los atunes. Empezar de cero. Marcharme. Sería lo mejor para todos. La distancia es menos cruel que mi presencia forzada.

En los peores días, su fealdad, incluso, es el arroyo que hace brotar vida en la ladera de mis instintos homicidas. Me imagino como un verdugo de hacha afilada de plata. Luego podría plantar esas horribles flores en el patio, a seis pies de profundidad. Si lo hiciera en gibosa creciente, saldrían unas malvas preciosas. O, como en aquella película de Charlton Heston, hacer Soylent Green y dar de comer a gente pobre. Pobre pero guapa. O al menos menos fea que ellas. Nadie preguntaría. Luego me miro al espejo. Me odio por pensarlo. Me siento hecho tabaco y me digo que soy un monstruo. Un monstruo.

Hoy, mientras desayunábamos, las niñas se acercaron. Llevaban sus pijamas rosas de Peppa Pig, la cesta de esparto de sus cabezas estaba revuelta, y discutían por quién me había dibujado mejor. Intentaron abrazarme. Sentí el impulso de apartarme. Y lo hice. No pude evitarlo. Ellas se quedaron quietas, confundidas, en silencio. O más bien calladas, porque emitían un rechinar áspero y molesto al respirar. Lorena me miró con tristeza. Esperó a que las niñas salieran de la cocina y habló.

—Mario —dijo con calma—. Sé lo que te pasa. Lo he sabido siempre. No tienes que castigarte toda la vida, ni castigarlas a ellas, por lo que fuiste.

No supe qué responder. Me quedé clavado en la silla.

—Cuando sean mayores —continuó—, ellas pueden operarse. Igual que hiciste tú.

BEA ARTEENCUERO

REUNIÓN DE AMIGAS

Genoveva -pasa Matilda.

Matilda – Hilda, me parece que espera a otra persona.

Genoveva – Sentate, te sirvo algo , ya viene Jacinto!

Matilda..No, yo no uso cinto.

Genoveva – tomas unos mates?

Matilda – Tomates? Que bueno, sembraste tomates.

En mi casa no puedo sembrar nada.

Genoveva – Que viene Ada?

Yo no la invite.

Matilda – Gracias, no tomó té, si un café amargo, no uso dulce

Genoveva – Tenes una úlcera? Dios mio!! Consulta

un especialista.

Matilde – Lista? no sabia que había que hacer una.

Luna- Hola, soy la prima de Genoveva…Luna.

Matilda – Sos Ada? me comento Genoveva que

venias.

Luana – Así que sos su amiga Matilda?

Matilda – Ah no!! También me confunde con Hilda.

Genoveva – Les traje café. veo que se presentaron.

Tocan timbre..ya vengo.

Luana – Rengo, quien se quebró? pobre!

Genoveva – Les presentó a Jacinto . Ella es mi prima Luana.

Luana – No..no comí nada.

Matilda – Yo solo café con galletitas.

Luana – Ah!! viene Tita,

Que bueno!! somos varias.

Catita – Un gusto, soy Catita.

Ambas – Un gusto.

Catita – Susto, no fue mi intención.

Luana – Estación? yo también vivo cerca de allí.

Jacinto – Que les parece, si jugamos a las cartas?

Genoveva – Si. al chinchon.

Matilda – Yo no como lechón. no puedo comer nada por mi úlcera.

Catita – Cera? Yo también tengo los oídos tapados, no escucho nada, menos mal que nos entendemos.

Luana – Vemos? Juguemos.

Jacinto – Si, si Hilda te toca a ti.

Matilda – Que le pasa a este hombre? Me toca a mi.

Ay Dios mio!! y Yo que no me bañe.

Catita – Juega pues.

Matilda – Tiro está y está me la guardo.

Luana – Ardo ! Que le pasa a esta mujer.

Genoveva – Les quiero contar que Jacinto es mi prometido.

Catita – Qué es metido?

Matilda – Yo lo veo muy respetuoso.

Catita – Se hace el oso?

Jacinto – Bueno, bueno jugamos o que?

Genoveva – Dejemos ya, pasen al comedor, cocine ravioles con tuco.

Luana – Que viene el Turco?

No tendrías que invitar a cualquiera.

Matilda – Quien era?

Jacinto – Ah ! no, no aguanto más, me voy a retirar.

Catita – Tirar? Que dijo?

Matilda – Un hijo, a su edad?

Luana – Los hombres son así, un hijo acá, otro allá y nosotras nada.

Genoveva – Ada al fin no vino.

Jacinto se fue, ya volverá.

Catita – Verá? También la invitaste?

Marilda – Bueno yo me voy, antes que oscurezca.

Genoveva – Aparezca? Oh no!! Que no venga más nadie.

Las acompaño, gracias por venir.

Luana – Gracias por invitarme, la pase muy bien.

Genoveva – Que buena tarde!!

Que bueno tener amigas!!

MARÍA JOSÉ AMOR

ADÁN Y EVA, YA FUERA DEL PARASÍSO (PARA EL RELATO SEMANAL)

-¡¡¡Evaaaa!!!

-Qué caray te pasa-responde una voz de mujer.

-Que te has ido y no me has dado el postre. Y ya he acabado el segundo plato.

-Pues búscalo tú mismo. Que Caín está con diarrea y lo ha dejado todo hecho un asco.

-Pero ¿dónde está el postre?

-¿Dónde va estar?

-No sé, tú me lo das siempre y no sé de dónde lo sacas.

-El colmo- responde Eva muy enfadada -¿Cómo caray he de decirte que está en la nevera? Hombres inútiles.

Adán se levanta, va a la nevera y al abrir grita:

-¡¡¡Evaaa!!! Que no veo nada.

-Pues abre los ojos demonios. Y tú Caín estate quieto de una vez.

-¡Mamáááá!

-La que falta. ¿Qué caray te pasa Abel?

Se escuchan lloros. A continuación entra Abel con las rodillas sangrando.

-¡La madre que te parió! Pero ¿es que no puedo estar tranquila?

-¡Evaaaaa! Que en la nevera solo hay una manzana y me da mucho “yu-yu” cogerla, que la otra vez mira lo que pasó. Así pues ¿qué hago?

-Caray pues ¡comértela, que no he podido ir al súper!, mira tú.

-Y ¿tú no la quieres?

-Yo lo que quiero es que me dejéis en paz. Que ahora que estoy acabando de limpiar el culo a Caín, entra Abel sangrando.

Por unos momentos hay silencio.

Caín sale lentamente mientras su madre saca algodón y agua oxigenada para limpiarle las rodillas a Abel.

-¡Pica, aaaay!

-Lo que pica «sanica» dicen los maños. Anda tú, ¡qué día!

-¡Qué es eso!-dice Adán que en ese momento entra en el cuarto de baño.

-Ji, ji, ji…-ríe Caín desde la puerta rincón entrando con una enorme serpiente moviéndose de manera ondulante tras él.

Adán asustado se sube al váter mientras Abel se queda paralizado de miedo.

-Saca esa cosa de aquí Caín, que estás asustando a tu padre y a tu hermano. Ya te he dicho que pares de pintar las mangueras de verde.

Entonces Eva, coge la supuesta serpiente con una mano mientras con la otra le da un par de bofetones a Caín a quien deja berreando en un rincón, le dice a Abel que la espere en la cocina que le dará Fortasec para que se le corte la diarrea y, metiendo los apestantes pantalones, calzoncillos y calcetines en una bolsa de plástico, sale del baño alteradísima gritando:

-Y ahora, ¡me voy a hacer la siesta! así que ¡¡¡POBRE DEL QUE ME DESPIERTE!!!

MAITE BILBAO

TODO ERA MEJOR

Doña Purificación Albiñana de la Torre sostiene que el silencio es la única prenda que no ensancha la figura. Se ajusta el camafeo y sentencia con esa autoridad que dan los años en El Pardo y el haber visto morir tantos calendarios:

—Hija, esos cables me dan síncope. En el Patronato el lema era: mujer que piensa, mujer que no guisa. Si alguna traía humos de mística, le dábamos jabón de tajo y sábanas de hostelería. El frío del pozo extirpa los sueños antes de que lleguen al bazo. La vida era mejor porque el deseo se curaba con una fregada de rodillas.

No imaginas cómo prendían esos cuadernos. El papel de estraza tiene un crujido que abre el apetito. Era un placer leer sus secretitos en el comedor; nada baja mejor un potaje de vigilia que el escarnio. Ver cómo mudaban al verde mientras yo declamaba sus pecados entre bocado y bocado era pura vitamina. La tinta es una infección que solo remite con cal viva. Allí no había orientaciones, solo manos que el diablo tentaba para que soltaran el rodillo.

Si en las casas de bien asomaba ese granadino, el Lorca, el libro iba directo a la caldera. El papel de los poetas arde con una llama verde; purifica hasta el hollín. No teníais que elegir; vuestro sitio era el ángulo entre el suelo y el reclinatorio. Os quitábamos la voluntad para daros la paz de los cementerios. La ignorancia es el único cosmético que no se cuartea. Créeme: la vida era mejor cuando nadie sabía por qué le dolían las cosas.

Doña Purificación se levanta. Hay un crujido de maderas secas. Se acerca al aparador, aparta un rosario de olivo y extrae una tablet embutida en ganchillo. Sus dedos, garfios de cera vieja, tiemblan de pura ansiedad digital.

Se apoltrona. Una uña amarillenta raya el cristal con pericia de usurera contando billetes de mil pesetas. Ignora las homilías del Papa. Sus ojos se clavan en un vídeo de YouTube: Lorca: Poeta en Nueva York (Audiolibro completo).

Se encaja los auriculares sobre el moño. Apaga la lámpara. En la penumbra, se desabrocha el cuello alto y se rasca la marca roja que el cierre le dejó en la tráquea. Cierra los ojos. El resplandor azul de la pantalla se filtra por los puntos del ganchillo.

—Ay, Federico —susurra—. Menos mal que te quemé a tiempo. Así no me interrumpes.

24 de febrero de 2026

ANDRÉS JAMES CÁCERES

El Fausto de la colonia/Una broma de carnaval.

Febrero del 82, domingo de carnaval. Pero el paisano de la colonia Tomas Berreta no estaba para festejos ni desfiles de mascaros.Se había quebrado la «tablita»economica del gobierno dictatorial y la moneda norteamericana habia escalado hasta las nubes. Deambulaba sin rumbo por las calles de tosca, pensando en una solución imposible, para pagar el crédito del banco contraido en dólares.

-Voy a perder todo!! Se lamentaba, la chacra, la casa, la maquinaria, -que sera de mi familia

Cuando ya estaba pensando en quitarse la vida , sentado en una cuneta con un revolver de su abuelo en la mano, aparece el diablo.Completamente rojo , con cuernos y cola larga y bífida.

-Que pasa paisano ? Le pregunto.

-Estoy desesperado voy a perder todo , gritaba doliente -Mi vida ya no vale nada.!

El diablo , alzando las cejas y mostrando sus colmillos , lo tranquilizo – Te tengo la solución buen hombre: yo te anulo el crédito y tu me das algo a cambio: tu virginidad.

El paisano retrocedió muy molesto , no podía ni pensar en perder su hombría.

-Pero después de mucho cavilar estaba dispuesto a hacerlo, por salvar sus bienes, inclusive su familia.

Llorando se dejo querer por el maléfico satanás, detrás de un eucalipto.

Al terminar , subiéndose los pantalones , le preguntó: -y ahora diablo?

-No se , dijo el del dizfraz rojo, – yo me voy pal corso!!!!.

PILAR MONTES CABRERA

El gato y el novio.

— ¡Quién es el gato más hermoso del mundo! — expresó mi hermana mientras le rascaba la panza a Melo—.

— ¿Sabes que tu novio está aquí? ¿No? — le susurró y ella lo ve, ayudando a nuestra mamá a colocar la mesa.

Ella seguía acariciando al gato, incluso le besó la corona de su cabeza.

— Puede que tu novio se ponga celoso, así que contrólate…

— No seas exagerada.

— Sin ofender, pero Melo es más guapo y agradable que Elías.

— No puedes comparar a un gato con una persona.

— ¿Ah no? Y cuando elegiste a Melo sobre mí…

— Era un juego.

— ¡No muy alejado de la realidad! Créeme. Elías sabe que no puede competir contra el encanto de Melo.

— Es verdad. Es bonito — dijo mientras le acariciaba su columna—, ¡Muy bonito!

— Hubieras visto su cara cuando le tomaste fotos a Melo en su rascador. Ni así te pusiste cuando te llevó a Machu Picchu.

— Me dio mal de altura, ¿qué esperabas? — expresó frunciendo el ceño—. Además, ¿no será que tú eres la celosa?

— Por salir con Elías a comer supongo que sí. Pero de Melo, jamás. No puede tenerle celos a este lindo gato.

— Ósea si sientes celos de Elías…

— No, porque yo sé mi lugar.

— Claro —- expresó a lo que el gato saltó de sus piernas y fue trotando hacia la cocina.

— Ni se te ocurra seguirlo — le susurré, pero ella se levantó del sofá para agarrarlo y cargarlo.

Pude ver la cara de Elías. Levantó la mano derecha en señal de cinco y me reí al saber que había ganado la apuesta. Creía que sería un buen padre para los futuros hijos de Melo porque…aguantar esto durante tres años…Cuánta paciencia.

MARIANA DI PASCUA

Me lleva treinta segundos extras entender un chiste. Cuando el grupete termina las carcajadas yo entiendo y me tiento mal de la risa. Es cuando el resto se ríe de mi. No tienen ni idea todo lo que tube que filtrar en mi cabeza para atar esas uniones simples de acciones cotidianas, recorte de palabras, sacando del método científico los chistes especialmente los verdes.

Aquí les confieso sin humor mi falta de entendimiento del humor. Es algo que no lo puedo estudiar ni en libros porque olvidaria lo gracioso igual .Lo bueno es que los escucho de nuevo como si fuera la primera vez y me inventé un método para que no se note mi carencia. Escucho con atención aunque no entienda nada, me rio con el resto, con suerte al rato me rio sola. Todos me miran con pena, creo que ya saben lo que me pasa y mantienen el respeto de no preguntarme. Tengo un retraso intelectual en las neuronas de chistosas y eso no es cosa de burla.

Comencé mi libro de chistes, escribo y memorizo, aún así me rio treinta segundos después para luego pensar porque Dios me castigó con tanta rareza pero sigo practicando. No pierdo la esperanza, un día voy a parecer normal. Por ahora pido perdón a la página por no escribir algo gracioso pero como buena alumna :cumplí.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

“Su paquete de ajamón ha sido satisfactoriamente entregado en su domicilio”.

Ese fue el mensaje que recibió Ernesto en su teléfono. Extrañado, llamó rápidamente a su mujer:

—Oye, Juani, ¿estás por casa?
—No, estoy fuera. ¿Por?
—Nada… me acaba de llegar el mensaje de que la máquina de correr que pedimos ha sido entregada en casa.
—Pues Lucas está en el instituto. Por cierto, de Lucas precisamente te quería comentar que…

En ese mismo instante le entró una llamada de su vecino Juan.

—Cariño, luego lo vemos en casa, que me está llamando Juan para decirme que habrá cogido el paquete.

Ernesto aceptó la llamada.

—Vecino, buenos días. ¿Has podido coger el paquete que me han mandado?
—¿El paquete? ¿Qué dices? Lo tienes en la puerta del bloque. ¿Qué has pedido? ¿Un avión para montar por piezas? Eso es enorme. Pero te he llamado porque en la etiqueta he visto tu nombre.
—Estos de ajamón… Mira que le tengo dicho a mi mujer que no me gusta pedir por internet.
—Bueno, Ernesto, te dejo. Me tengo que ir y hasta esta noche no llegaré a casa. Me ha salido algo importante. Suerte con el paquete.

Ernesto finalizó la llamada, abrió la aplicación para ver los detalles de la entrega, sacó el ticket del parking y se dirigió al coche para regresar a casa a toda prisa.

Ya montado, comprobó que quien había recogido el paquete era su perro.

Una vena de su yugular se inflamó al instante.

Indignado, llamó a atención al cliente.

Tras los correspondientes cinco minutos de espera —con música supuestamente relajante que solo irrita—, una voz metálica respondió encantada de ofrecer explicaciones. Después de diez minutos de conversación, el motivo de la entrega quedó claro: según la ley de bienestar animal, los animales del hogar son miembros de pleno derecho de la unidad familiar y, para no herir su sensibilidad, se consideran aptos para la recepción de paquetes.

Ernesto apretó los dientes y salió en busca de su pedido. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que había excedido el tiempo del parking y tuvo que volver a pagar.

Una vez en casa, dejó el coche en el garaje, se montó en el ascensor y subió al cuarto piso para encontrarse, por fin, con su paquete.

No había nada en el rellano.

Bajó las escaleras corriendo y allí estaba, en el portal.

Era gigantesco.

Se acercó y leyó la etiqueta:

“Todo comienza aquí. Según la OMS, y para evitar el sedentarismo que puede provocar enfermedades potencialmente mortales como la obesidad, las dimensiones de este paquete han sido diseñadas para que no quepan en el ascensor de su hogar, fomentando así el uso de las escaleras.”

—Claro… ahora entiendo por qué Juan no vuelve hasta esta noche —pensó Ernesto—. Y mira que siempre está en su casa metido…

—Buenas tardes, vecino. Le veo apurado.
—Pues la verdad es que sí —dijo Ernesto, mostrando con las manos la inmensidad del paquete.
—Tranquilo, le ayudaré a subirlo.

Y ese fue el momento en que Ernesto recibió una clase magistral de su vecino, licenciado en física, sobre masa, rozamiento, vectores, coeficientes de fricción y materiales estructurales aplicados al transporte vertical de objetos voluminosos.

Aguantó estoicamente el chaparrón dialéctico. Era su única salvación.

Por fin llegaron a la puerta de su casa.

El paquete no cabía.

Entró, cogió un cuchillo y empezó a desembalar.

Dentro encontró el manual de instrucciones.

Comenzaba explicando cómo retirar correctamente el embalaje para cumplir la normativa de lucha contra el cambio climático y reducir la huella de carbono. Tras diez páginas sobre el origen y tratamiento sostenible de los árboles para la fabricación del cartón, siguieron otras diez sobre el plegado óptimo de la caja para su reciclaje responsable.

Al final del documento encontró un diminuto código QR para descargar el tutorial de montaje.

Lo escaneó.

La página le pidió elegir idioma:

—Vasco tradicional
—Catalán
—Euskera académico
—Gallego

Los agradables 24 grados de aquella mañana sevillana pasaron a 40… dentro de Ernesto.

Por respeto a la riqueza lingüística del país, y por no haber leído las cookies, pagó 20 € adicionales para descargar el tutorial en castellano.

Y comenzó a montar la máquina.

Parecía que todo empezaba a encarrilarse.

Entonces llegaron su mujer y su hijo.

Desde el pasillo escuchó:

—Díselo despacito… ya sabes cómo es tu padre para estas cosas…

Lucas entró en su habitación.

Al cabo de unos segundos salió con una careta puesta, se colocó en la cinta en cuadrupedia… y comenzó a caminar como un lobo.

Ernesto se quedó completamente blanco.

Parpadeó.

Se sentó lentamente.

Comprendió todo el universo.

Y se apagó.

—Nene, deja ya de aullar y llama a urgencias… a tu padre le está dando un infarto.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Reír es una forma seria de alimentar el alma.

Mi primo Roberto es un hombre al que le encanta el teatro, la música, el buen cine etc. Le gusta contar chistes, siempre está de buen humor, y tiene una risa muy contagiosa.

Un buen dia, fuimos a una concierto, tocaban música de Bethoven. Y cuando el timbalista se dispone a tocar, se arqueó demasiado y cayó hacia atrás, un gran silencio rodeo la sala, pero en un instante más, se escucharon unas enormes carcajadas, todos volteaban a ver quien se atrevía a reír de esa manera, pero no faltó quien se contagiara de ese reír y también siguieron con la risa todos y ya no podían parar.

Tuvieron que suspender el concierto, pues los asistentes nunca más dejaron de reir, al salir a la calle, la gente que los escuchaban también empezaron a reir, era ya una epidemia de risas.

Por todos lados solo se escuchaban risas.

Los gobernantes al ver que todos y hasta ellos reían, decidieron cambiar el nombre a la ciudad, le pondrían ahora la ciudad Felicidad. Esta noticia se esparció como un polvorín, las noticias decían, que en este lugar todo se había transformado, que ya no había violencia, ni bandidos, hasta los políticos habían cambiado y se preocupan realmente porque hubiera justicia y una real repartición de las riquezas naturales, que eran de todos.

Todo había cambiado drásticamente para bien

La risa del primo Roberto había sido el detonante, para abrir las puertas de la felicidad para toda una nación.

NILA J BOHORQUEZ

¡Memorable tarta de cumpleaños!

Aquel viernes 23 de abril de 2021 resplandeció con un hermoso y maravilloso amanecer… bellísimo regalo del universo para agradecer a Dios otro año más escalando la cima de mi vida. Fue un día lleno de emociones y aventuras celebrando mi existencia con la familia y selectas amistades, en El Cajón del Maipo, Chile…un cañón andino situado a más de 900 metros sobre el nivel del mar… espectacular lugar rodeado de ríos y montañas cubiertas de nieve.

Todo estaba meticulosamente programado para iniciar nuestro recorrido hacia el pueblo «San José del Maipo» hasta llegar al sitio escogido para acampar.

La torta de cumpleaños fue la estrella del espectáculo, lista para ser devorada entre copas de

«Veuve Clicquot» después del canto tradicional de…’Ay que noche tan bonita’ y apagar las famosas velitas allí colocadas…

(¡eso pensamos todos!).

La especial y bien confeccionada caja donde se guardaba el bizcocho delicadamente decorado, había sido colocada detrás de la camioneta, la cual fue «víctima» de la pesada mochila de una descuidada chiquilla del grupo, aplastándola sin darse cuenta. Nadie se enteró de ese desastre hasta que llegamos a la región montañosa…¡y…oh, sorpresa al abrir la caja y ver el gran pastel completamente desbaratado!…

Mi silencio, con un desagradable gesto en mi cara al verlo hecho añicos, fue impresionante (me comentó una amiga al tratar de serenarme)…En mi rostro se mezclaron lágrimas entre risas y enfado, pero pronto reaccioné ante la evidencia: el pastelón achocolatado estaba destruido y no iba a permitir que ese hecho arruinara mi fiesta y enseguida manifesté a los invitados…’bueno, así lo comeremos, pues tendrá el mismo sabor delicioso, adornado o transformado en un ‘puré’, además, se ve exquisito»…¡Y comenzó el bonche!

El «queque » hecho boronas se convirtió en el centro de atención y todos nos divertimos saboreándolo y riéndonos a carcajadas, comentando sobre las trizas de chocolate regadas en el envase de cartón, mientras continuamos paladeando varios piscolabis acompañados con champagne y riquísimos vinos chilenos en un ambiente natural de 6 grados centígrados.

Para mí fue una «torta de cumpleaños memorable», pues esta escena se convirtió en un símbolo de amistad más estrecha compartida entre risas prolongadas,

(a veces las cosas no salen como se planean, pero eso no significa que no puedan realizarse como algo divertido y en una anécdota inolvidable).

Han transcurrido cuatro años de ese «mal momento», pero jocoso episodio y en cada 23 de abril, lo primero que se asoma en mi memoria es la extraordinaria y armoniosa reunión de mi cumpleaños en la cordillera chilena, recordando el estuche con trozos de un «cake» bañado en crema de chocolate al estilo «fondant», elaborado con tanto amor, con tanta finura, aunque sin finura ni delicadeza, así lo degustamos todos.

¡Loas al buen humor ante hechos inesperados!

AXY LINDA

Rubén

—Oye, Linda, tu mamá es tan bonita… ¿y tú a quién te pareces?

—A mi papá.

—¿Que tu papá era feo?

—Pues… un poco, pero no tanto como yo.

—¡No! Qué pena, no quise decir eso; es que yo…

(Qué bueno que era mi pretendiente, porque si no, me iba peor).

Fin de la anécdota 1

Mamá

—¡Muchos días de estos!

—¿Qué le has dicho? Vámonos, mujer, estamos en el sepelio de su esposo.

Fin de la anécdota 2

Luis y yo

Antecedentes: Luis y yo dormimos siempre abrazados. Primero, del lado derecho; él cubre mi espalda con su cuerpo. De madrugada, cuando me duele el hombro, nos damos la vuelta y yo lo abrazo.

Hace un mes ocurrió algo distinto: al girar, mi espalda quedó descubierta y, “según yo”, Luis me la cubrió con la sábana. Iba a decir “gracias” cuando noté que yo lo abrazaba y mi brazo aprisionaba el suyo. Era imposible que él lo hiciera. ¿Quién fue entonces?

Fin de la anécdota 3

Yo y…

Antecedentes: Luis y yo vivimos solos. Vemos una película y, a las 7 p. m., bajamos a cenar. Al salir de la recámara está la escalera; a un lado su baño y al otro el mío (esto ocurrió un día después de la anécdota 3).

Dan las 7 p. m. y Luis dice:

—Si quieres, ve bajando; paso al baño y te alcanzo.

—También voy.

Voy a prender la luz de la escalera y veo a alguien bajándola. La enciendo y digo:

—No me tardo, ya te alcanzo.

Me doy la vuelta y veo a Luis acercándose a mí.

(¿Explicación? No la encontré; decidí creer que un “alien” me cuida y, por descuido, se dejó ver).

Fin de todas las anécdotas por hoy.

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3 comentarios en «Humor – miniconcurso de relatos»

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