Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «cicatriz». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 5 de febrero!
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*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
ESPERANDO LA PRIMAVERA
Hay heridas que matan, que curan y otras que dejan huella. Una huella surcada en la piel en una línea recta y en el alma el llanto en forma de quejidos en el corazón del más débil.
En el número diez de la calle de la Amargura, todos los que pasaban de largo se quedaban prendidos de un triste pesar. Desde el número uno hasta el número quince y desde el número dos hasta el catorce en línea recta; entre los pórticos y un asiento de madera, la pena se adueñaba en forma de un llanto desesperado e incansable. Las nubes caían plomizas sobre el asfalto; nunca se vio un halo de luz. Las sombras se quedaron atrapadas entre paredes quebradas y sucias; no se vio salir el sol en las mañanas. Sólo en las montañas lucia con intensidad y, no muy lejos de aquel lugar, los días eran una nueva oportunidad para llenarse de vida y alegría.
Las familias mostraban su tristeza, las flores se marchitaban y estas yacían sus pétalos en un tono marrón y pálido. De las ventanas colgaban cadenas y en estas se iban uniendo los miembros de una familia. Los brazos colgaban desnudos y desnutridos; encorvados y tristes, el cuerpo se dejaba palidecer en un estado de abandono. Dicen que llegó hasta aquel lugar la desgracia de sentirse vacío; las risas se fueron oscureciendo por un reguero de lágrimas que caían en forma de lluvia. Caían en el desánimo, dejaban las palabras ocultas entre la mirada, se dejaron de amar los seres que llegaron para levantar el ánimo.
Aquellos sanadores de almas fueron destinados para curar heridas y se vieron colgados de una cadena en un enrejado del número dos. Esta iba descendiendo por la calle y entre los anillos enlazados colgaban flácidas y huesudas las manos de quien se sentía atrapado y sin el ánimo de volver a sentir una nueva ilusión. Quisieron salvar a los niños y entre tanta desolación y antes de quedar atrapados, en un lugar cercano de aquella calle. Se construyó la “Ciudad de los niños”, un lugar mágico y con el deseo de salvar a estos.
El deseo se hizo realidad y, queriendo salvar almas puras y limpias, en la ciudad de los niños volvió a resurgir todo lo que un día se perdió por el camino. Recuperando la alegría, el amor y la belleza de un mundo lleno de ilusiones, para las pequeñas e inocentes almas. Y así volver a pintar los días, las mañanas; a la espera de ver llegar la primavera.
RAQUEL LÓPEZ
He visto por la vida tanto dolor
que la cicatriz no es un surco,
sino un tatuaje del alma.
Un recordatorio mudo de un pasado que dolió
una sutura que el tiempo,
dejó grabada en el corazón.
Soy un lienzo que guarda batallas
y que solo escribiendo,
se sana el alma.
Cicatriz hecha arte en mi piel
que brotaba vencida ante la adversidad
un dolor guardado que el tiempo causó,
en el tibio silencio de la oscuridad.
Y a pesar del dolor
y de tanto sufrir
seguiré caminando,
para sobrevivir…
DAVID MERLÁN
CAPITULO 2. EL CLAN DE LOS DESPAREJADOS (HILVAN. EL VIAJE DE TALO)
Talo pasó su primera noche en sin apenas pegar ojo. No porque no pudiera, ya que los calcetines no duermen como los humanos, pero sí reposan, se dejan estar, aflojando las fibras. Si embargo, con su ansiedad, él no lo consiguió. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Lino alejándose en la tormenta del centrifugado.
Cuando el cielo-sábana clareó, una campana hecha de un botón gigante sonó en la plaza central. Era la señal. Le habían dicho que al oírla, los recién llegados debían presentarse ante los clanes.
—¡Espabila novato!—exclamó su vecino de litera.
Talo se desenrolló y estiró sus fibras con todas sus fuerzas. Quería estar bien despierto para estar presentable y digno para la ocasión. Una vez se lo había oído decir la humana a su cachorro. «Recuerda siempre. Así como te vean, así te tratarán en la vida».
No sabía porqué pero le pareció buena idea seguir aquel lejano consejo.
En el exterior, los calcetines guardaban firmes a recibir instrucciones. Talo decidió imitar aquellas actitudes y se colocó al lado del primero que tuvo a mano.
La figura de hilos tensos —el Emparejador— hizo su trabajo y tras diversas deliberaciones y anotaciones, separó por grupos a los desparejados; unos grupos fueron capitaneados por los ayudantes del
Emparejador e iniciaron su marcha guiados por una calle de fieltro rojo.
No sabía bien el porqué, pero otro grupo, el suyo, quedó para el final. La inquietud de sus integrantes se palpaba en el aire, aire que cada vez, olía menos a suavizante.
El Emparejador se acercó a ellos—eran diez—y pronunció su discurso.
—Aquí nadie camina solo mucho tiempo —dijo sin mirarlos mientras pasaba delante de ellos cual militar en pase de revista de la tropa.—. O encuentras clan… o terminas en los márgenes. ¿Está claro?
Todos asintieron realizando una leve inclinación hacia delante que provocó que apareciese un pliegue.
Talo era el último. Estaba en la esquina contraria por donde había comenzado a andar el Emparejador.
Éste les fue haciendo a casa uno de ellos la misma pregunta hasta que le llegó el turno a Talo:
—¿Qué vienes buscado a Hilvan?
—Solo quiero encontrar a mi hermano Lino.
El Emparejador lo escudriñó de arriba a abajo.
—Todos llegan queriendo buscar a alguien. Pero primero aprenderás a sobrevivir tú. Sino, lo vas a pasar muy mal. Tenlo por seguro.
Talo estaba desconcertado. No sabía porqué se había parado más tiempo con él. Supuso que sería porque era el último. El caso es que su líder, les hizo señas de que lo siguieran y se pusieron en marcha, siguiendo la misma dirección que el resto.
No tardaron en llegar a una plaza que se abrió como un tejido bordado. En torno a ella, grupos de calcetines y medias de todo tipo: altos, bajos, gruesos, finos, de colores chillones o apagados, de deportes o de vestir. Cada clan tenía su zona, su estandarte, y sus reglas no escritas y fueron acogiendo a los suyos. Tanto el Emparejador como sus ayudantes regresaron por donde habían venido. El trabajo no se detenia.
Talo quedó momentáneamente solo, pero en seguida se le acercó un viejo calcetín gris, con el elástico ya vencido.
—Azul recién caído. ¿Verdad, hijo?
—Si señor—. Contestó él con sinceridad.
—No hace falta que lo jures. ¿Cómo te llamas, pequeño?
—Me llamo Talo, señor.
—Se te nota a leguas que te faltan horas de Hilván en las fibras, pequeños Talo. ¿Qué le has contestado al Emparejador sobre tus motivos?.
—Que busco a mi hermano Lino.
—Todos buscamos a alguien. Yo busqué a mi par durante trescientos lavados. Ahora busco otras cosas.
Se dio media vuelta y mostró su talón.
Había una marca oscura, como una quemadura.
—Cicatriz del borde caliente —explicó—. Estuve cerca del gran Centrífugo, pero sobreviví.¡Ja!. No todos pueden decir lo mismo—añadio orgulloso ante la atenta mirada de nuestro protagonista.
Talo lo miró con mezcla de miedo y respeto.
—Soy un Swoosh, pero todo me llaman Ekin. Ya imaginas, por el logo y esas cosas. —añadió el gris ladeándose un poco para que lo viera mejor—. Aquí no andamos con esas chorradas de las marcas, ¿Entiendo? Eso murió en el momento que llegaste a Hilvan. Aquí, si estas desparejado, vales igual seas de la marca que seas. Tú no tienes, ya veo. Bueno, da igual. Si no tienes par, no tienes apellido. Pero sí tienes un lugar entre nosotros.
Talo sonrió agradecido al ofrecimiento y lo siguió.
Lo condujo a una zona más humilde de la plaza. Calcetines y medias sin pareja, algunos nuevos, otros claramente gastados. Muchos llevaban marcas: remiendos, pelusas endurecidas, bordes chamuscados, en definitiva: cicatrices.
Una media verde, juvenil, saltó frente a Talo.
—¡Otro nuevo! ¿También te juraron que tu par te esperaba en casa? Ja, ja, ja.
—Para ya, Licra. Ya cansa tu comentario con los novatos—le advirtió Ekin.
—No —respondió Talo igualmente—. Sé que Lino está aquí. Lo siento.
La verde dejó de sonreír. Bajó la voz. Miró hacia el viejo gris deportivo, y se alejó corriendo.
—Eso también lo sentía yo.
Ekin carraspeó.
—Aquí no mentimos, azul. Licra puede ser muy pesada, pero en parte tiene razón. La mitad de Hilván está llena de esperanzas rotas. La otra mitad, de cicatrices. Tú decidirás de qué lado acabas.
Talo miró alrededor. Un calcetín rojo cosía su propio borde con hilo arrancado de una cortina… amarilla. Una media blanca pulía una mancha imposible de quitar. Un par de deportivos hacían carreras para no perder elasticidad.
—¿Y nadie intenta cruzar la frontera caliente? —preguntó Talo.
El silencio cayó pesado. Igual que la mirada que le propinó Ekin.
Justo cuando esté iba a contestarle, una voz ronca habló desde un rincón.
—Algunos lo intentan. Algunos vuelven. Con cicatrices nuevas… o sin voz.
De la sombra emergió una enorme media de baloncesto de lana gruesa, negra como carbón. Tenía una grieta larga en el lateral, cosida con hilo dorado.
—Yo crucé—dijo—. Y regresé.
—Dejalo ya, Diadoro, no le metas pájaros en la cabeza al novato—añadio Ekin.
—¿Qué hay allí? —preguntó Talo, sin poder evitarlo.
—Ruido. Fuego. Metal vivo. Y una puerta que no se abre dos veces igual.—le expetó mientras se le pegaba a un palmo de distancia.
Ekin puso una mano sobre el hombro de Talo mientras le hacía gestos a Diadoro para que parase ya.
—Primero, come. Descansa. Aprende de Hilván.
—No vine a quedarme —respondió Talo.
—Nadie viene a quedarse —dijo la media de baloncesto—. Pero muchos lo hacen—añadió mientras le hacia un gesto a Ekin dándole a entender que ya paraba definitivamente.
Más tarde, en una cantina tejida con tapetes viejos, Talo se sentó con los desparejados. Bebieron gotas de agua reciclada del último lavado. Compartieron historias. Rieron algunas veces y callaron muchas otras.
Ekin levantó su vaso y le dedicó una sonrisa cariñosa a Talo.
—Por los que aún buscan.
—Por los que no regresaron —añadió otro calcetín desde el extremo contrario de la barra.
—Por nuestras cicatrices —dijo Licra que no se perdia una, mientras tocaba la mancha de su punta.
Pero Talo no brindó.
Miró sus fibras azules. Aún intactas. Sin marcas. Sin remiendos. No encajaba allí.
—Yo no. Yo volveré con Lino—afirmó con rotundidad mientras observaba la algarabía que había formada a su alrededor.
—Eso esperabamos todos de nosotros mismos al principio —respondió Ekin—. Ojalá tus cicatrices tarden en llegar, pequeño.
—No cruces la línea roja —advierte una media de lana naranja gruesa deshilachada—. Allí el aire quema y el metal mastica. Ñan, ñan—dijo queriendo amedrentar a Talo.
****
Esa noche, mientras el cielo-sábana ondulaba sobre Hilván, Talo se acostó entre desparejados. Y por primera vez desde su llegada, no se sintió completamente solo.
Pero en la distancia, más allá de las murallas de cremallera, un rumor grave y profundo vibraba en el aire.
Como un tambor girando. Como metal devorando sus víctimas.
El Centrífugo estaba despierto. Y Talo, sin saberlo aún, caminaba hacia él.
Continuará …
ARMANDO BARCELONA
Corazón de papel
El papel le temblaba en las manos. Ella lo había dejado sobre la mesa antes de cerrar la puerta despacio, con culpa, ensayando una última y desesperada súplica de perdón. Allí quedó como un despojo, un salvavidas de espuma dura al que aferrarse en medio del naufragio, el ojo de la aguja que debería atravesar el indulto.
Se sirvió un vaso largo de Yamakazi. Con una sonrisa amarga hubo de admitir que compartían la misma devoción por el suntory: «Qué manía tienen los japoneses con occidentarlo todo, hasta el güisqui», pensó.
La letra era menuda, apretada, con un orden impropio de Laura. Se dio cuenta de que era incapaz de reconocerla como suya, de ella. Cuando se comunicaban a distancia, lo hacían siempre por WhatsApp, algo cotidiano, natural, subsumido dentro de la relación; pero aquella ortografía artesana, algo tan personal e íntimo como la escritura de su pareja, le era totalmente desconocida; una vía de comunicación inexplorada.
La nota asumía el error, la traición, la culpa; era un intento visceral de ofrecerse en sacrificio, para obtener el perdón invocando el rédito de una historia compartida: sueños, ilusiones, compromiso; un entramado de vida y amor establecido ladrillo a ladrillo a través de los años. Algo que Laura había quemado en la hoguera sucia de una pasión absurda, que ahora juraba extinguida.
Arrugó el papel en sus manos, con rabia, haciéndolo una bola compacta, prieta, como la náusea que le abrasaba el esófago pidiendo la redención del vómito, y lo tiró lejos. Se asomó a la ventana. La tarde se dejó contemplar con un bostezo cansado. A su espalda, la casa ya no latía como antes; apenas se dejaba sentir. Dirigió sus pasos a la habitación tantas veces compartida. Todavía conservaba su perfume, pero en el armario abierto, las perchas vacías eran una certificación del fracaso.
Volvió con el vaso de güisqui en la mano. El salón empezaba a coquetear con las sombras. Bebió un trago largo sintiendo en la boca una textura sedosa de fruta madura, que se abrió paso en su garganta con un calor amable, envolvente, que le recordó la jugosa caricia de sus besos. Con los ojos cerrados se dejó llevar a un espacio todavía caliente de recuerdos.
―¡Oh, Dios, cuánto la quiero!― le gritó al vacío, incapaz de seguir engañándose.
Con ansiedad febril buscó en el suelo la bola de papel, el último mensaje de Laura, el más íntimo, manuscrito con culpa, remordimiento, pena y la súplica de un perdón que se resistía a decir adiós.
Lo fue desarrugando con mimo y cuidado de no romperlo, como si por cualquier fisura se le pudieran escapar los sentimientos. Lo alisó con dulzura sobre la fría superficie de mármol de la mesa, una y otra vez, hasta que su contenido de nuevo se hizo comprensible.
«Alicia, te he hecho daño y no merezco tu indulgencia, pero eres lo mejor que me ha deparado el destino, la luz de mi vida, mi esencia, mi amor. Perdóname».
Así, con esa súplica final, ponía Laura en sus manos el destino de las dos. «No es justo», se dijo, a sabiendas de que no deseaba otra cosa que perdonar. Las marcas del papel, pliegues torcidos, seguían allí: cicatrices que ni la mejor intención podía borrar. Como la traición que lo había dejado todo herido, pero vivo.
Apuró el resto del güisqui sin saborearlo. Ardió. No lo agradeció.
Desde la ventana, la noche ocupaba la calle con paciencia antigua.
Pensó en perdonar a Laura. Pensó en no hacerlo. Ambas cosas le parecieron igual de definitivas.
Al final apagó la luz y dejó la nota donde estaba.
Por la mañana decidiría.
Las cicatrices —lo sabía— no desaparecen: solo aprenden a convivir con la luz.
YOLANDA PINA REY
A veces miramos nuestras cicatrices con tristeza, pero hoy os invito a verlas de otra manera.
Cada una de esas marcas, las que se ven en la piel y las que solo nosotros conocemos en el alma, son las piezas de un puzzle perfecto. Son el mapa de nuestra historia. Aquello que nos hizo llorar ayer, es lo que hoy nos ha regalado la fortaleza y la sabiduría que tenemos.
Cuando dejamos de pelear con el pasado, comprendemos que nada podía haber sido de otra manera. Cada línea en nuestro cuerpo es sabiduría adquirida, una señal de que hemos vivido, hemos caído y, sobre todo, nos hemos levantado.
No estamos rotos. Estamos completos gracias a nuestra historia. Nuestras cicatrices no son defectos, son medallas de supervivencia.
SUSANA NÉRIDA
Es una mujer fuerte y muy sensible. Cubierta de cicatrices, mayormente invisibles, marcando un mapa de resiliencia sobre un duro pasado. Agolpaban los recuerdos, que llenaban la garganta de ansiedad muda, con un rugido igual de mudo, que transitaba esas cicatrices, en una mezcla de frustración, agonía y destemplanza.
Me gustaría abrazar a esa mujer, decirla lo fuerte que es, que hay salidas, que resista. Que este no es el límite de su fortaleza y que pronto será otra cicatriz, marcada de resiliencia. Una frívola pesadilla, pero ya no realidad.
Y volverá a sonreír, cálidamente, tornando en armoniosidad su tez, su semblante.
Una superviviente de los malos tratos, un alma sensible, forzada a ser guerrera desde el albor de sus días.
Querida y respetada por los suyos, aunque no lo vea. Su alma se aflige dolorida por la lucha y no logra verlo. Pero aún no está abatida.
Aún queda una batalla más importante: que esta pesadilla que le envuelve, se convierta en pasado, y su cicatriz sea el eco del tiempo, una prueba de su fortaleza. Su dolor, motivo de lucha y de cambio.
Aunque no lo crea, es un ejemplo para muchos.
Aunque su desesperación tiña el presente de un falso abandono y una falsa soledad, fruto de un machaque continuo y continuado en el tiempo.
– Porque de los malos tratos se sale, aunque sea cambiada y más sabia, debido a la experiencia adquirida, a las lágrimas derramadas y a tantas emociones aplastadas contra el pecho.
Lanzamos gritos de leonas contra el viento, acompañando su lucha, que también remueve nuestras cicatrices. No estás sola, no estás abandonada.
Si el clamor a los dioses no te salva, que sea la unión de las leonas tu nuevo refugio. Coge aire y avanza, permitiendo que la herida se cierre. Y recuerda siempre que te queremos -.
AMALIA MARTÍN
Y…yo no quiero borrar las cicatrices de mi corazón porque si no las percibo no duelen y si no duelen nada ha existido y es tu existencia la razón de mi vida y la remembranza el recuerdo de cada amanecer.
La luz que ilumina el mañana, los posos del ayer, los remiendos del alma, los recuerdos vintage como los viejos jarrones agrietados y cincelados con resina y polvo de oro como el kintsugui japonés .
Tu esencia tatuada en mi piel, tu sonrisa grabada a fuego en mi mente, tus gestos aún vivos en mi retina y nooo…no quiero borrar ni una sola de las cicatrices porque ahí estás tú ,intangible y candente .
El calor del invierno,el frescor del verano,el aplauso del público,el aleteo de las aves, el rugido de la tormenta, el crujir de la hojarasca bajo nuestros pies.
¿Lo recuerdas madre? no hay vida para agradecer tu existencia , deseo evocar eternamente tu recuerdo y ahí reside nuestra fuerza.
De nuestras toscas imperfecciones emana la genuina belleza y es en estas vivencias donde encontramos nuestra legítima identidad .
Y …con el paso del tiempo comprendemos la metáfora de la vida: abrazar cada una de las cicatrices y celebrar que has existido.
Belén Amarilla Martín
PEDRO PARRINA
PREGUNTAS Y REPREGUNTAS
¿Cómo sanar las cicatrices del alma?, aunque invisibles, y siendo memoria, ¿cómo olvidarlas? ¿Cómo evitar las heridas mañana?, aún siendo impredecibles, y todavía nadie ni nada, ¿cómo acallarlas?
26/01/2026
CARLOS TABOADA
¿EN QUÉ PIENSAS?
«Oye, gracias por venir», me dijo Sara hará media hora, cuando me senté frente a ella. Eligió la mesa más cercana a los aseos, alejados del amplio perímetro del escaparate, de espaldas a la glorieta de Bilbao y paralelos a la calle Fuencarral.
«Creo que somos los únicos vivos del grupo de escritura. Ja, ja, ja.», rio, refiriéndose —una vez más— al grupo que nos reuníamos en la biblioteca del barrio dos años atrás y que se disgregó porque el profesor encontró otra actividad. Sara está casada, vive en Carabanchel, y suele narrar su vida de tal modo que precisa de un lector atento como yo.
«Por cierto. Acabo de leer un libro patético pero exitoso. ¿Alguna vez has terminado asqueado de un libro como con una relación? Esas dos cosas me han pasado. ¿Y a ti?», me pregunta tras calentar motores, rescatando el paquete de tabaco del interior del bolso para dejarlo sobre la mesa, como si pudiera encenderse uno. Me pregunto cuántas relaciones habrá tenido, pero lo que hago es evitar cualquier comentario y giro la cabeza para observar un momento a través del cristal la gente de la calle. Veo el relámpago de una chica altiva moviéndose a un son peculiar, elevando los cabellos al aire y danzando sus tetas libres a través de la fina camiseta. Me digo que podía haber quedado con ella: levantaría el brazo para avisarla y me sonreiría para entrar. Pero Sara golpea el sueño pisando el acelerador.
«Prefiero terminar un libro aunque no me guste. Te preguntarás por qué lo hago, porque suena ridículo perder el tiempo en algo que no te gusta, ¿verdad? Pero si no lo hago volvería siempre a lo mismo: a mis libros. Vamos, que si no termino de leer la bazofia no termino nunca de salir de casa. ¿Sabes a qué me refiero con la metáfora, verdad?», me pregunta, cuando revuelve el interior del bolso para sacar un mechero plateado que coloca encima del paquete. De repente dibuja una O con los labios, y creo que los ciñe a una sabrosa colilla imaginaria. Al levantar el mentón, continúa con el rugido de sus entrañas.
«¿Sabes?, he tratado de empezar una novela romántica, pero… ¡Me aburro tanto! Ya sabes que soy de Doris Lessing. A mí me van las injusticias, las luchas sociales, las reivindicaciones feministas, las…», dice, cuando una pareja pasa tras de mí para ir a los aseos. La chica irá al suyo y a él me lo podría encontrar en el nuestro porque querría descargar. (O tal vez se metan sólo en uno como quien no quiere la cosa. Entonces me pregunto por esa extraordinaria experiencia en mi vida: ¿en qué baño nos meteríamos? Creí dar con la respuesta cuando Sara me dio un sopapo.)
«Leer un libro mal escrito es un asco, ¿verdad? Nosotros podemos analizarlo, saberlo, pero, ¿tú crees que la gente sabría determinar qué es un buen libro? Creo que tengo la metáfora perfecta. Espera. Se me está ocurriendo ahora. Imagina que sales por la noche pensando que lo vas a pasar de puta madre y después de cuatro horas solo piensas en la cama y en acoplar el cuello a la almohada. A eso me refiero. ¿A que es un jodido placer el ahuecar la almohada antes de usarla y el sentir sobre la nuca el acoplamiento perfecto? ¡Esa sensación es el libro perfecto! Te diré lo contrario: es cuando duermes en la cama de un hotel aparentemente bueno y por la noche te has despertado no sé cuántas veces y por la mañana estás que no puedes ni girar el cuello para encontrar el interruptor de la luz. Tío, ¡menuda cicatriz de libro! Oye, ¿en qué piensas? No me cuentas nada. ¿Escribes algo? Lo tuyo es hablar de emociones y cosas que le sucede a la gente, ¿no? No sabría definirlo porque a mí me gusta más la acción. Oye, definitivamente, ¿en qué piensas?», me pregunta. Pero no lo puedo decir. Pienso que me gustaría tener una aventura, pero no con ella, sino con una que hablara menos y que no fumara y que… Sobre todo, tendría la aventura con una chica más íntima. Es decir, con una que me pudiera susurrar al oído que acaba de escribir una novela para dos.
Pero al cabo, y una vez más, Sara me llama la atención y observo su rostro enjuto pero hinchado de una curiosa ira, captando la imagen de una barricada sobre la calle de sus ojos.
MARI CARMEN MERFER
UN FINAL INESPERADO
El comienzo de algo nuevo. Un reencuentro. El regreso a casa tras un viaje en familia o después de enfrentarse a un examen. Historias distintas, pero unidas por un mismo final: llegar.
Y fue allí, en aquel tramo de la vía, con la noche cerrándose sobre todo como un manto implacable, cuando la tormenta estalló.
El estruendo, brutal y definitivo, llegó acompañado del último suspiro de los cristales.
Los vagones, hasta entonces robustos y confortables, dejaron de deslizarse dócilmente por la vía para transformarse en armas ciegas.
Entonces el caos lo invadió todo y, en medio de la oscuridad, comenzaron a encenderse algunas luces: las de quienes se alzaron como héroes: los de vecinos de aquel pueblo cercano; la de policías, guardias civiles y sanitarios; Pero hubo otras luces, más hondas, más silenciosas, cuyo destino ya había sido escrito… Eran las almas de las 45 personas que partieron de este mundo, dejando una herida que el tiempo no sabe cerrar.
Aquella noche, cientos de vidas quedaron marcadas. Viajeros que recorrían caminos distintos y familias que esperaban al final de la vía.
Todos unidos, desde entonces, por una misma cicatriz: la del dolor invisible, la que no se ve, la que nunca se borra.
En recuerdo a las víctimas de Adamuz
PEDRO ANTONIO LOPEZ CRUZ
MIL PEDAZOS
La vida es pura tragedia, ya lo anticiparon los griegos. Hoy, el pensador ha dejado de pensar. Ya nunca volverá a ser el que era, símbolo sempiterno del arte universal, obra maestra de la escultura, elogio a la capacidad creativa de la mente humana. Su existencia ha quedado vilmente destrozada, reducida a una mísera galaxia de fragmentos esparcidos a lo largo y ancho de esta estancia que ahora nos cobija. Pedazos de todas las formas y tamaños. Pequeños testigos mudos de lo que hasta hace escasos momentos era pura historia al alcance de nuestros profanos y limitados ojos de seres mortales.
En el ambiente suenan los acordes de la vieja canción de Christina, poniendo banda sonora a la inenarrable tragedia que acaba de suceder: “mil pedazos de mi corazón, volaron por toda la habitación”. Hoy lo que ha terminado hecho trizas no ha sido solo la bomba cardiaca. También la rodilla izquierda, ambos brazos y parte de la cabeza, dejando la figura con pose abatida, como abatido me hallo yo. Mientras tanto, este humilde poeta sigue tratando de encontrar las palabras precisas que describan los nubarrones que de pronto se han cernido sobre la tarde, de forma inesperada, como imprevisible es la existencia y el azar que conforma sus designios.
Niño, ¿pero tú estás tonto o qué? ¿Quieres dejar ya los deberes de lengua y filosofía y ayudarme a buscar el pegamento? Ahora nos ha salido literato el niño, hay que joderse. Verás tú la que se va a liar cuando vuelva tu madre y vea en lo que hemos convertido la figurita del salón. Que sí, que era una imitación cutre de escayola… ¡vale! Que nos costó cuatro duros en el mercadillo de segunda mano… ¡también! Pero era su favorita. Y con tu madre no se juega, tú lo sabes. Si es que me tengo que contener con lo de celebrar los goles del Madrid. Ahora, que ya te digo yo que esto no hay Dios que lo arregle, ni con pegamento. Va a quedar una enorme colección de cicatrices y tu madre se va a dar cuenta, pero bueno, habrá que intentarlo. Madreeee míaaaa la que me va a caer…
Pedro Antonio López Cruz
ANGY DEL TORO
El despertar de la Aurora
Cicatrices lleva el alma
como jirones en piel,
por ese camino cruel
que me ha robado la calma.
Hoy me siento acorralado,
sin lugar donde esconder
este cuerpo mío y sagrado,
cual templo al amanecer.
No juegues con lo secreto,
deja al tiempo socorrer,
dale luz al escondite
y así, alcanzar el ser.
El destino es utopía,
importa el aquí y el ahora;
que la luz de la aurora
marque la senda del día.
Y en el abrazo del mar,
donde el dolor es cristal,
dejad las almas reposar
en pulso de salitre y sal.
Ya no es muro, es horizonte
donde el ser logra entender;
sin más abismo que mi monte,
y el milagro, al fin, de estar y ser.
SERGIO TELLEZ
SOMBRA
En Ardederos, el día era un lujo que se permitía llegar tarde. La noche se hacía larga, y el sol se asomaba con toda su fuerza justo antes del mediodía, cuando se ponía sobre el pueblo, convirtiéndolo en un horno de piedra y arena.
El sol disparaba sus rayos, y la sombra de la mujer se proyectaba pequeña a sus pies.
Renzo se sentaba en la tienda de don Virgilio, tomándose el primer trago de aguardiente. El sudor le cubría la frente. La vio caminar con pasos lentos, la ropa pegada al cuerpo por el calor, y su sombra parecía no tener vida propia.
La mujer se detuvo en la esquina de la plaza, miró hacia arriba, sus ojos se encontraron con los de él. Renzo sintió un golpe en el pecho. Por un momento, el tiempo se detuvo. Luego ella siguió su camino, dejando atrás un rastro de sofoco y silencio.
Se quedó allí, con el vaso de aguardiente en la mano, sintiendo el calor que le subía por las venas.
No era la primera vez que la veía al mediodía, cuando el sol desangraba la sombra de los árboles. Tenía cinco vestidos, y los cinco los lucía en la semana, como si fueran cinco días de fiesta.
El sábado, se encerraba en su casa, y el domingo salía con otro vestido, uno que parecía haber sido tejido con la luz del amanecer. Era un vestido especial, uno que no se contaba entre los cinco, porque era el vestido de los domingos, el de la misa de 12, el del mercado comunal, el de la procesión por las calles polvorientas de Ardederos.
La veía caminar, con su paso lento y majestuoso, como si el pueblo entero fuera suyo, y él se quedaba allí, en la tienda de don Virgilio, bebiendo su aguardiente, sintiendo que el tiempo se detenía, y que todo lo que importaba era el momento en que ella pasara por la puerta.
Llegó Anselmo, se sentó a su lado, pidió otro trago de aguardiente. –¿Qué mira?– le preguntó, con la mirada fija en la mujer que se alejaba por la calle principal, proyectando la sombra corta y achatada en el suelo polvoriento, como un borrón de tinta que el sol del medio día había aplastado contra la tierra.
–La hija del viejo Moreno –contestó él, sin dejar de mirarla.
Anselmo asintió, ya lo sé, con un gesto de entendimiento. –Sí, es bonita. Tiene el vestido verde de florecitas.
Renzo no respondió, solo siguió mirando la sombra que se movía con ella. La sombra parecía no tener vida propia, era un reflejo de la mujer, un reflejo que se había quedado atrás, en el suelo, recortado por el sol que había alcanzado su punto más alto en el cielo.
–Mañana se pondrá el rojo de mariposas –dijo Anselmo, con una sonrisa. –Y el viernes el azul de pepitas. Renzo lo interrumpió, con un gesto de la mano. –Lo sé, no es necesario que lo repita… La voz de Anselmo se desvaneció en el aire, como si hubiera dicho algo que no debía decir.
La mujer desapareció en la distancia, y Renzo se quedó allí, pensando en la sombra que había visto, y en cómo se alargaría en la tarde, cuando el sol comenzara a declinar, y la sombra se estirara como un hilo de seda sobre el suelo, revelando una forma diferente, una forma que solo se vería en la penumbra del atardecer cuando ella volviera a aparecer de vuelta.
Cuarenta y nueve meses habían transcurrido desde que Renzo la vio por primera vez, un día que recordaba como el de más calor. Cuando la canícula era infernal y ella apareció con el vestido blanco de mariposas amarillas, el del martes, el vestido que, en particular, le gustaba más a Renzo, un día que se había quedado grabado en su memoria.
Renzo volvía en las tardes, cuando el sol se había cansado de arder, y la sombra de la mujer se estiraba sobre el suelo. Se sentaba en la tienda de don Virgilio, con un vaso de aguardiente en la mano, y miraba la sombra que se movía con ella, como si fuera un espectro que solo él podía ver.
La veía pasar de regreso a casa, con su paso lento y majestuoso, y la sombra se alargaba, se estiraba, como si quisiera tocarlo. Lucía el vestido verde de florecitas, el mismo de la mañana; pero que ahora, con el sol menos intenso y la sombra más larga, parecía hecho para ella. Las florecitas parecían brillar en la penumbra y el vestido se movía con ella. La forma en que la sombra la envolvía, la hacía parecer… diferente.
Cuarenta y nueve meses contados fielmente por Renzo, como si fueran los latidos de su propio corazón. Mil cuatrocientos setenta días, que incluían los sábados, porque ese día no la veía pasar, pero sí veía su sombra desplazarse.
Al medio día, la sombra era pequeña, achatada por el sol que caía a plomo. Pero en la tarde, con el sol menguado, la sombra se estiraba, se hacía larga y esbelta, tristemente hermosa. Renzo se quedaba mirándola, hipnotizado, como si fuera la única cosa real en un mundo que se desvanecía en el calor y la luz.
Y entonces aquel lunes ya no pasó, tampoco el martes, ni el miércoles… Ni nunca más. Anselmo tampoco volvió, y la tienda de don Virgilio se quedó cerrada, deteniéndose el tiempo en su puerta. El pueblo permaneció vacío, con sus casas de adobe desmoronándose lentamente, como si estuvieran hechas de arena.
Renzo se quedó solo, junto con la sombra que veía pasar día tras día, y comprendió que no se había enamorado de ella, sino de su sombra. La sombra era una cicatriz que se quedó en su alma. Entonces la siguió visitando al atardecer, cuando ella era más larga, cuando se estiraba como un suspiro sobre el suelo polvoriento, como si quisiera tocarlo, como si quisiera llevarlo consigo a un lugar donde el tiempo no existiera.
CARMEN BERJANO
Parto
Tu ausencia se convirtió en mi compañera, y, con los meses, hasta en una buena amiga.
Entendí que cuidarte no podía ser mi prioridad.
Con las cicatrices hice kintsugi y aprendí a brillar entre las sombras.
Todo tuvo sentido en el momento que me pusieron a nuestro hijo entre los brazos.
EFRAÍN DÍAZ
Al igual que las leyendas, todos los barrios tienen sus tragedias. El barrio Dos Bocas de Trujillo Alto no era la excepción. Lo singular no era el drama, sino la forma sobria, casi protocolar en que se asumía.
Un jueves, a eso del mediodía, subió por la carretera principal del barrio un automóvil desconocido. En su interior viajaban dos hombres vestidos de traje. Se detenían en cada bar y en cada colmado preguntando por don Hilario. El lector curioso podría preguntarse, y con razón, por qué no recurrieron al GPS. Hubiera sido lo más lógico, de haber existido. Pero en la década de los ochenta esa tecnología era ciencia ficción, y aun hoy, regresado yo al barrio este pasado diciembre, pude comprobar que el GPS sigue sin funcionar por falta de señal, caminos vecinales sin registrar y una topografía empeñada en llevarle la contraria al progreso y a la tecnología. Dos Bocas no consume tecnología. Permanece anclado en el tiempo, circunstancia que, lejos de incomodarnos, nos satisface.
Preguntando aquí y preguntando allá, los dos hombres dieron finalmente con la casa de don Hilario. Una vivienda humilde de madera, techada en zinc. Un perro viejo salió a recibirlos mientras las gallinas, asustaas, corrieron al corral.
En las casas vecinas, los campesinos asomaron la cabeza por las ventanas. La curiosidad es una forma elemental y muy eficaz de vigilancia comunitaria.
Los hombres preguntaron si él era Hilario. Solicitaron alguna identificación. Don Hilario sonrió. Era una sonrisa franca, de dientes agrietados y carcomidos por caries. Nunca había visitado un dentista. Tampoco había tenido identificación alguna.
—Pregúntenle a los vecinos quién soy. Quizás ellos puedan decirles —dijo, y volvió a sonreír, con una sorna discreta.
Los hombres aceptaron la solución y procedieron a darle la funesta noticia. Don Hilario cayó de rodillas. Con sus manos huesudas se cubrió el rostro mientras sollozaba. Los hombres de traje se apartaron unos pasos, concediéndole el espacio que solo la desgracia merece. Los vecinos salieron de inmediato. Manengo y Juano lo levantaron por las axilas. Rufina, con voz baja, preguntó qué había pasado.
En la década del cincuenta, en un esfuerzo por industrializar Puerto Rico, el gobierno local envió a miles de campesinos al exilio. La idea, ingenua y pretenciosa, era que enviando jíbaros a Nueva York se produciría, por arte de magia, una sociedad más culta y menos rural. Muchos de los que llegaron a la Gran Manzana encontraron allí una casa grande, nuevas oportunidades y razones suficientes para quedarse. Echaron raíces. Durante años fue común que los familiares de la isla viajaran en verano a visitarlos. De niño lo hice varias veces. Mi padre nos llevaba a Nueva York a ver a la parte de su familia que había sido enviada allá por decreto y optimismo gubernamental.
Volviendo a nuestra historia, los hombres de traje habían llegado para darle a don Hilario la triste noticia de que el avión en el que viajaban su esposa Fidelia y su hija Miguelina, rumbo a Nueva York, se había estrellado en algún punto del océano Atlántico. No hubo sobrevivientes. Tampoco cuerpos que entregar.
Ante la noticia, Neco, el dueño de la funeraria del barrio, se ofreció a velarlas gratuitamente. Después de todo, sin cuerpos no habría entierro, y los ataúdes de madera volverían a sus estantes listos para el próximo deceso. A Miguelina, que no había cumplido aún los cinco años, y siguiendo la antigua tradición, se le hizo un baquiné. Hubo comida, bebida, música y juegos. Se celebró, como mandan los viejos códigos, el viaje de la niña Miguelina al cielo.
Hay cicatrices que nunca sanan. Don Hilario tenía muchas en el cuerpo: marcas de la finca, del machete, de los animales. De todas había logrado reponerse. Las cicatrices del alma, en cambio, son asunto más serio. De esa herida nunca se recuperó. Poco a poco se fue consumiendo en tristeza. Nunca volvió a ser el mismo. Vagaba por el barrio como un alma en pena.
Aunque su certificado de defunción dice que don Hilario murió “de repente”, en Dos Bocas nadie duda de la causa real: don Hilario murió de tristeza.
PD: la pintura que incluí se titula El Velorio. Es un baquiné y fue pintada por nuestro gran Francisco Oller en el 1893. De niño recuerdo haber ido al menos a 3 baquinés en el barrio. Lamentablemente ya esa tradición murió.
MARÍA JESÚS GARNICA
Tengo una cicatriz. Tengo varias, la verdad, pero una es la que suele mirar.
Es la de las muñecas.
Mi primer intento.
Dicen que los que avisan realmente no quieren matarse. Solo llamar la atención.
Duele la vida. A la vez amas la vida.
Tengo muchas cicatrices.
Hay sigo.
Aferrada a la vida.
FRAN KMIL
Lo feo camina con fuerza centrífuga,, aleja, repugna. La belleza no, es centrípeta, atrae. Es un vórtice, un engaño dulce, te chupa; como el remolino del río que llamó a Pedro por su nombre y lo chupó hasta romperle los pulmones.
Pedro murió en el agua turbulenta del río crecido, con la boca llena de barro y los ojos abiertos. Murió por terco. Por el ron fermentándole en la sangre, calentándole la entrepierna, empujándolo a buscar el cuerpo de Julia.
Cruzó aunque el cielo se caía. Cruzó aunque el agua gritaba.
El alcohol lo convenció de que podía más que el río.
No pudo.
Pedro era el marido de Susel.
Susel era bella.
Y lo sigue siendo.
Pero su belleza ahora da miedo.
Los dolores le han podrido el cuerpo
La cicatriz que Susel lleva en el alma supura todo el tiempo. No sangra: se queja.
Le borró la risa y le dejó ese gesto torcido, como de quien probó algo podrido y no logra escupirlo.
Nada le alcanza. Todo le irrita. Vive llena de odio, de ese que no grita: rezuma.
—¿Cómo no va a estar así, si la vida la mascó y la escupió?.
Dice Margarita, con pena.
Pena porque la recuerda ligera, limpia, hermosa.
Pena porque le dolía verla pasar agarrada del brazo de Pedro.
Y pena porque a ella también la dejaron sola, y la soledad se reconoce en los otros.
—No es solo la muerte —dice—.
Es la traición. La de él… y la de ella.
Amigas desde la escuela.
Cuando Pedro murió, algo se le apagó a Susel para siempre.
No fue la belleza.
Fue la luz.
Desde entonces, su hermosura no llama: ahuyenta.
Los hombres la miran y retroceden, como si olieran algo rancio debajo de la piel.
—Para escuchar desgracias —dice alguno—, con las mías me sobran.
André estaba con ella en el cuarto, desnudo.
Ella lo hacia no por deseo.
Por supervivencia.
Era eso o desaparecer.
A veces Susel le pedía a la muerte que viniera a buscarla.
La muerte no contestaba.
Tal vez no escuchó. Tal vez no quiso.
Tal vez aún no le tocaba.
La belleza de Susel está hecha ahora de rumores, envidia, saliva ajena.
La nombran mucho. La entienden poco.
Yo fui a ver.
No todo lo que se dice es cierto.
No hice nada heroico.
Solo pagué.
Sus palabras se te meten en el cuerpo como humedad.
Te apagan el fuego del deseo.
Te caminan la piel y te dejan picazón.
Tocarla da miedo.
No por ella, sino por lo que despierta en uno:
asco de sí mismo, rabia por querer sacar algo de una miseria que no es tuya.
Ella lo sabe.
Siempre lo supo.
Nunca dice que no. El dinero le hace falta.
L’IDIOT
No llevo en mi cuerpo la firma que deja el dolor cansado de doler, el dibujo escrito en la piel, el recuerdo endurecido que no duele, ni sangra, pero que tampoco olvida, la prueba de que el cuerpo aprendió a sanar las heridas sin borrar la historia.
No tengo memoria.
No tengo heridas.
Soy insensible.
No necesito cicatriz.
CONCHA CARIAS
Saint‑Quentin (Francia) en1918.- Volvía a casa con el corazón en un puño, pero me alegré al ver como el tren paró en mi pueblo. La careta cubría el lado derecho de mi rostro, y la pierna mutilada me recordaba cada paso que había dado para sobrevivir.
Avanzaba por el sendero, lento, inestable, apoyado en mi bastón, observando de lejos el pueblo, hacia nuestra casa, y cada paso me recordaba lo que había perdido en aquella maldita guerra. Me incorporé a filas con diecinueve años, recién casado con mi novia de toda la vida, que tenía apenas diecisiete. Ahora, con ventitres, volvía cambiado, marcado por la guerra y mis cicatrices.
Llegué a la puerta de madera y escuché ruido en el interior. Llamé, y ella se asomó desde el balcón de la planta de arriba:
—¿Quién es?
—Germán… —dije, temblando.
Abrió la puerta sin aliento. Sus ojos recorrieron mi rostro, bajaron hasta mi pierna mutilada y finalmente se posaron de nuevo en mi careta. Me sentí un extraño, un intruso en mi propia vida. Me hizo pasar:
—Estás… —susurró.
—He vuelto —contesté.
Se quedó en silencio, y vi cómo se acariciaba el vientre abultado. La verdad me golpeó como una bofetada: estaba embarazada, en el octavo mes. Bajó su mirada y su silencio lo dijo todo:
—No es tuyo… los alemanes—murmuró.
El mundo se derrumbó a mi alrededor. Las cicatrices de mi rostro y de mi pierna dolían menos que esa verdad. Quise gritar, romper algo, huir. La guerra, con todas sus bombas y disparos, había sido más fácil de soportar que esto.
—No puede ser… —dije, sin poder terminar la frase. Me apoyé en el bastón, con las manos temblando—. No sé si puedo… no sé si debo quedarme.
Ella dio un paso hacia mí y posó una mano sobre mi brazo. Sus lágrimas caían lentamente.
—Sé que es difícil —dijo—. Pero no quiero que te vayas. Te necesito.
Incapaz de mirarla a los ojos, di un paso atrás. Cada cicatriz en mi rostro me gritaba que ya no merecía amor, que no era más que un recuerdo de horror, y el saber que aquel niño era fruto del terror de la guerra me llenó de rabia y dolor. No podía decidir qué hacer, y si quedarme sería un acto de amor o de desesperación.
—Me fui a la guerra por ti, por nosotros… ¿y ahora esto? —dije, con la voz rota.
En la estancia creció un silencio pesado. La guerra había cambiado todo, y ahora la vida me mostraba que también el hogar podía ser un campo de batalla.
—¡Lo siento! —dijo llorando—. No puedo cambiar el pasado…te necesito.
Vi mi reflejo en la ventana: la maldita careta, el muñón de la pierna, las cicatrices, y ahora ¿la traición? Quise marcharme. Pensé que aquel lugar solo me ofrecería las miradas de los vecinos, sus susurros, su juicio.
Pero la imagen de ella me detuvo. Sus cicatrices, la marca de que su cuerpo cargaba con el hijo de un enemigo, me recordaban que ambos llevábamos heridas distintas, y aun así, ahí estaba ella, buscándome.
—No se cómo aceptarlo —dije—, pero tampoco te mereces que me marche.
Ella cogió mi mano y la besó, lo que me hizo sentir que quizás podríamos reconstruir algo, aunque nada fuera igual. La guerra me había cambiado, y verla embarazada lo hacía todo más difícil, pero no podía abandonarla. No ahora, cuando ella me necesitaba, cuando la vida nos obligaba a enfrentar estas cicatrices juntos.
Caminamos por el campo, yo apoyándome en mi bastón, y ella agarrándose de mi mano. La gente nos miraba desde lejos, unos con miedo, otros con curiosidad… juzgándonos. Pero mientras sostenía la mano de mi mujer y sentía la vida en su vientre, comprendí que, a veces, el hogar no es un lugar sin heridas, sino un lugar donde las cicatrices se reconocen y se aceptan.
Aquella noche, mientras ella dormía a mi lado, entendí que quedarme no sería fácil, que el amor no siempre llega limpio ni simple, y que entre cicatrices y cariño, quizás encontraríamos la manera de seguir adelante.
LILIANA GIANINNI
Amo mis cicatrices. Son señales de mis años y todavía sigo acá, viviendo. Soy cuidada, atendida con cariño y respeto. Soy parte importante de este lugar. Cuando me miro veo esas pequeñas arañitas que me recorren, cuántas historias cuentan. La verdad es que estoy orgullosa de mis marcas. Tengo un lugar privilegiado donde vivo.
Soy la taza favorita de Alfonsina Storni
MAITE BILBAO
NUDO
Detén la mano. Ese bache en el que tropieza tu pluma no es un error; es un nudo, un pedazo de mí que se resiste. Antes de ser este blanco de hospital, me peleaba contra el viento. Lo que sientes ahí es mi derrota: el último latido de mi savia. Me trituraron y bañaron en ácido para borrar mi historia, pero este suspiro se negó a morir.
Ahora mi desgarro es el relieve que estropea tu grafía. Llegas con la arrogancia de la tinta a violar mi silencio. Adelante, presiona. Si vas a profanar mi piel, hazlo con saña: hasta que la punta sangre y marques el hierro de la mesa.
Mañana, tu mensaje será una mancha seca. Pero mi cicatriz seguirá siendo el esqueleto. El tacto no miente.
MARIO NÚÑEZ
“Su hijo presenta politelia”, le había dicho el pediatra hace años a él y su madre.
“Politelia. Lo dijo como si fuera caspa, algo sin importancia” – revivió Facundo -, mientras sentía crecer en su interior el ahogo en la garganta, la bronca, la vergüenza, la impotencia, las dudas y los miedos sin saber muy bien a qué, y la firme fdecisión de no volver a hablar ni a permitir a nadie hablarle al respecto.
Ahora estaba nuevamente frente a un médico que lo evaluaba, esta vez para ingresar al Ejército. En realidad a Sanidad Militar. Soñaba con ser enfermero; era hijo de un militar fallecido en el Sinaí, y la muerte de su padre al que apenas conoció, sin embargo le facilitó el acceso con solo nombrar a su progenitor, su rango y número de servicio, como su mamá le había enseñado desde chiquito, cada vez que necesitaba los servicios del Hospital Militar.
Desde niño le había llamado la atención que tenía una tetilla más, debajo de la izquierda, otros dos bultitos como pezones de bebé, uno bajo la tetilla derecha hacia la ingle, y otro bajo la incómoda tercera teta de macho (le molestaba muchísimo cuando decían “tercera mama”).
Desde la escuela, no se mostraba a torso descubierto frente a nadie. Incluso daba la espalda al ducharse en su casa o en el club, y se bañaba con remera en la playa, siempre vigilando que la tela mojada no se pegara a su cuerpo y delatara ese atributo tan vergonzante.
Las otras dos tetillas, de niño parecían verrugas, una más chica que la otra, hasta que, con los pelos de las piernas, en la cara y la entrepierna, aquellas cosas chiquitas también crecieron, una de ellas, bajo la tetilla intrusa, desarrolló incluso forma de pezón, pero sin aureola como las otras tres. La segunda de la derecha fue aún más discreta por suerte, sentía Facundo. “pero igual son un asco, no puedo ni verlas”.
El pediatra les había dicho, a él y a su madre, en la última consulta antes de pasarlo a medicina general de adultos, que la politenia es muy rara, más en hombres, pero que cuando se presenta en varones, requiere más controles, porque suele desarrollar tumoraciones.
“¿Entendés, Facu, que vas a tener que hacerte controles vos mismo, palparte cada una de las tetillas con el brazo de ese lado levantado, y ante el menor bultito duro, fijo o móvil, consultar enseguida? preguntó el facultativo, frente a la mirada silenciosa de la madre, y el “si”, con el mismo silencio y un leve movimiento de cabeza asintiendo.
“Ni en pedo voy a estar masajeándome las tetas”, pensó mientras su cabeza mentía. “Después me crecen y termino siendo una mina de la cintura para arriba”, pero no dijo ni consultó nada al respecto.
Mamá dio por sobreentendido que su hijo se controlaba, pero no preguntaba, porque en casa, una mujer bien no habla con los hombres sobre el cuerpo de los hombres.
Facu jamás se revisó.
Y le ofendió muchísimo cuando el médico militar le hizo levantar el brazo y comenzó a trazar círculos concéntricos desde cada uno de los tres pezones y dos tetillas, de adentro hacia afuera, y de afuera hacia adentro.
“Sabés lo que estoy haciendo, ¿no es así?” preguntó el médico, que unos minutos antes había observado con curiosidad aquel pecho masculino depilado y bien marcado por el gimnasio y la pista de atletismo.
“Si – pensó Facundo -, que sos trolo y estás aprovechando para manosearme porque no voy a decir nada para que no me boches”, pero asistió con la cabeza y respondió como al pasar y mirando las letras de oculista en la pared “Sí, chequeando eso. Se llama poli…algo”.
“¿Te controlás al ducharte, al menos una vez al mes?
“Si, obvio. Siempre”, mintió descaradamente Facundo, sabiendo que el médico no le creería.
“Entonces sabés que tenés tres nódulos, uno de ellos bastante grande debajo del segundo pezón mayor izquierdo, y otros dos en el de abajo. ¿Consultaste por esto a tu médico? Nosotros no tenemos tu historia clínica. Nos la mandarán solo si entrás a la Fuerza. ¿Te indicaron algún tratamiento, estudios?”
“No, volvió a mentir Facundo. Mi médico dice que está todo bien”.
“No me gusta esto. Voy a darte una orden para Rayos X en tu mutualista, y punciones para biopsias. Por el ingreso no te preocupes. Dejo registrado una revisión final pendiente para el final del curso de Auxiliar Enfermería y controles cada dos meses. Tenés que traerme estos estudios en los próximos 45 días. Me los das personalmente, no los dejes en Recepción, y vemos cómo seguir. Mientras, te doy un pase provisorio de aptitud para la inscripción a clases.”
Después, todo se aceleró como una nave espacial de esas de los juegos de la Play 5.
Mamografía, ecografía mamaria, resonancia magnética y punciones para biopsias. Todo en los siguientes 10 días.
Mucha vergüenza en la sala de espera para los estudios, donde hay mujeres más grandes que él, pero ningún otro hombre.
Fue un alivio cuando una veterana le dio el pie perfecto “¡qué rico!, seguro que venís a buscar resultados de mamá o de tu esposa, ¿no? Eso es un hombre. Te felicito botija, hombres así no quedan”
“Si obvio. Con ella no tenemos secretos, y la ayudo en todo” volvió a mentir Facundo, y le dio tanta vergüenza que sus cachetes se enrojecieron como tomates, lo que le ganó más simpatía de las mujeres de la sala de espera. “Perdoná, no quise hacerte sentir mal. Es maravilloso lo que hacés”.
La enfermera de siempre había entreabierto la puerta, y discretamente, solo dijo “Pase sr. Facundo”.
La oncóloga le azotó primero en el rostro “Cáncer”, luego, ya entregado, le dio en la nuca con “Tipo 2 … o 3. Tumorcitos bastante agresivos, parece a primera vista. Tenemos que hacer más estudios. Por suerte sos joven, pero esto no pinta nada bien, y hay que actuar ya.”
“No hay que operar, ¿verdad?” preguntó Facundo con la voz entrecortada por la fuerza que evitaba a toda costa el llanto, que, si asomaba, ya no podría contener.
“Si, operamos. Esos nódulos no pueden quedar allí. Serán cortes pequeños. Bueno, el de la segunda mama izquierda no tanto, porque tenemos que raspar para eliminar todas las ramificaciones antes de que contacten con las de abajo o se extiendan a otras zonas. De todas formas, no tenemos cómo estar seguros, así que además tendremos que aplicarte quimio y radio, y vamos viendo.”
“¿Cuándo?”
“El martes. Cirugía ese día; dentro de cuatro semanas radio, y también quimio semanal.
La primera quimio inyectable será acá, y luego serán píldoras, hasta el próximo estudio en un mes y medio; acá te voy a indicar te voy a indicar todo, y al salir, ya reservás hora en Atención al Usuario. La cirugía también te la coordino desde acá. Es sin costo; para lo demás pagás las órdenes bonificadas de estudios y medicaciones. Acá queda. Martes con 12 horas de ayuno a las 10.25. Es ambulatoria, aunque te vas a quedar hasta la tarde en sala o en box. Pero tranquilo, esa noche dormís en tu casa.”
El curso empezó interferido por el tratamiento, siempre al límite de inasistencias y certificaciones médicas.
“Las operaciones salieron bien, ahora los resultados de las biopsias en 30 días. Te llamamos cuando estén dijo la oncóloga. “Sabemos que son tumores oncológicos, solo necesitamos chequear su evolución y asegurarnos que desaparezcan. ¡No te raspes ahí!” dijo la médica, viendo cómo Facundo trataba de adivinar las dimensiones y la extensión de las cirugías.
“Vas a estar hinchado un par de semanas. Nada de sol ni agua caliente o jabón directos”
“¿Me va a quedar esto?” Preguntaba una y otra vez Facundo asustado. “¿Van a quedar más grandes?”
“No. Sacamos los dos pezones afectados. Después vemos qué hacer con la segunda tetilla derecha”
“Sáquela, sáquela ya”
“No Facundo. Hay que esperar. Si se mantiene sana, es mejor no tocarla”
En su casa, con sus amigos, en el curso, en todos lados, nadie supo qué pasaba, salvo las personas de la bedelía del Hospital Militar, que recibían las certificaciones médicas sin comentar los motivos escritos allí, registrando rápido las fechas escritas en esos odiosos papeles, en medio de las olas de calor que empapan la frente y las manos del mareado Facundo, que se afirma en la mesa de la funcionaria mientras espera en cada trámite, seca.
El pelo cae a montones en la ducha, la piel parece más gris, seca y pica más cada semana, pero ni se comparaban con las cicatrices que parecen crecer, aunque Facundo llegó a medirlas y el centímetro de costurera de su madre no señala crecimiento alguno.
Un día llegó la buena noticia, ya casi al final del curso de Enfermería: “Ya no hay nada, Limpito, Facu”, dijo la oncóloga. Vamos a hacer un control en tres meses, otro seis meses más adelante, y luego, más controles a los seis y doce meses durante cuatro años para asegurarnos. Ah! Quedan unas cirugías más, pero son voluntarias; te las harás si quieres. Son reconstructivas, cirugías plásticas para eliminar las cicatrices. ¿Te parece bien? El cirujano puede operarte el mes que viene”.
“Gracias doctora. Si, cuando me las coordinen” respondió Facundo, pero no se atrevió a preguntar si la cicatriz del alma, que lo hace dudar de si alguna vez será hombre de verdad, también podrá operarse.
BELBEL L
A MENUDO…
A menudo se me abren las heridas
y rompen mi alcoba
removiendo los muebles
que quedan sin respiración…
Mi almohada ensangrentada de dolor
embebe mis cicatrices
como el río salvaje
al pez que duerme
en su equilibrio perfecto.
Me apoyo en la mesita de noche
vacía de ideas y de pensamientos.
No libero mi mente.
No libero mi cuerpo…
¿Dónde quedó el eterno aroma de la rosa?
¿Dónde fueron tus primeros y clandestinos besos?
Y aquel deseo, promesa que aseguraste inmortales
-más allá de las rocas y los volcanes-
¿dónde fueron?
Mi sangre corre en llantos intermitentes
y en el epicentro de la noche
un fantasma intenta palpar en vano
mi herida.
GERARDO BOLAÑOS
Anatomía de un naufragio de salón
Dicen que el amor es ciego, pero el amor imposible tiene una vista privilegiada; se queda sentado en primera fila viendo cómo te desintegras, disfrutando del espectáculo con una copa de vino que tú mismo le serviste.
Amar a quien no se puede tener es el deporte nacional de los masoquistas con buena dicción. Es una herida que no cierra porque, seamos honestos, nos encanta meter el dedo en la llaga para confirmar que todavía sentimos algo entre tanta anestesia social.
Cuando el «nosotros» se vuelve un sustantivo prohibido, el cuerpo empieza a cobrar facturas en moneda extranjera. Llega la insomnia crónica, esa manía de reorganizar el pasado a las tres de la mañana, editando diálogos donde por fin dices la frase perfecta que los habría salvado y no lo hizo. Luego aparece el alcohol de cortesía: esa ginebra que ya no sabe a fiesta, sino a desinfectante para el alma. Te bebes los recuerdos para ver si se ahogan, pero los malditos saben nadar.
Es casi artístico, ¿no crees? Ese desborde emocional que te hace escribir versos mediocres en servilletas de bar. Te sientes un poeta maldito, pero solo eres un adicto a una presencia que es, por definición, una ausencia. El amor imposible es el único que dura para siempre, básicamente porque nunca tiene que enfrentarse a la humillante rutina de decidir quién saca la basura o quién se acabó la leche.
Es un vicio elegante. Te envuelves en el dolor como si fuera una capa de seda, ignorando que la seda aprieta el cuello si te descuidas. Nos volvemos cínicos para no morir de tristeza; nos reímos de la cicatriz para no confesar que todavía nos pulsa cuando llueve. Al final, te queda la costumbre de buscar su cara en cada desconocido, la manía de morderte la lengua cuando su nombre intenta escaparse, y esa amarga satisfacción de saber que nadie te romperá el corazón tan bien como lo hizo ese alguien que nunca fue tuyo.
BEA ARTEENCUERO
Como todos los viernes, Mariela concurría al parque que estaba cerca de su casa, Le gustaba sentarse bajo el árbol que estaba en un costado, en esa época cargado de bellas flores blancas.
Le contaba todos sus secretos que por cierto eran oscuros.
Mariela era bella y muy sensual, consciente de ello, lo usaba para satisfacer sus deseos.
– Mañana prepara tus hojas y tus flores con ese perfume tan particular que emanan de ellas, que aquí estaré.
El árbol escuchaba, ella no sabía que era mágico plantado por el Ada del amor hacía muchos años y tenía el poder de escuchar y hablar..
Este amaba a Mariela. De pequeña jugaba bajo su sombra. No le gustaba en que se había convertido esa bella niña que lo abrazaba y le daba cariño.
Mariela… enamoraba a los jóvenes y después de un tiempo los abandonaba, sin importar lo que sufrieran.
El sábado como siempre llego al parqué acompañada de un joven, compañero de la facultad, recién llegado a la ciudad…
Lucas ni bien la conoció se enamoró de esa joven de cuerpo escultural, ella se dio cuenta y empezó a conquistarlo.
Pasaron un buen rato bajo la sombra del árbol y así varios sábados.
Testigo de los besos, caricias y de la entrega total.
Lucas estaba locamente hechizado, paso el tiempo y ella como de costumbre se aburrío y lo dejo por una nueva conquista..
El rogó su amor pero lo ignoró.
Lucas sufría, desolado pasaba largas horas bajo el árbol llorando su amor perdido.
Este testigo de todo, no le gustaba en qué se convirtió la dulce niña que el amaba.
Una fría mañana, Lucas fue al parque con una decisión…
No soportaba ver a Mariela con otros jóvenes, no lograba
olvidarse de ella y no quería vivir así.
Tomó una soga la ato en una rama y el otro extremo al cuello y se tiro al vacío, el árbol quebró la rama y Lucas cayó..
Le había salvado la vida.
Arrepentido por lo que iba hacer, se arrodillo y elevo sus manos al cielo.
– Perdón Señor, nunca más, nunca más, hubiera matado a mi madre.
El árbol testigo de todo, pensó en darle un escarmiento a Mariela.
El viernes como siempre llego,
radiante, se sentó bajo su sombra y…
– Me aleje de Lucas, me cansó.
– Si, lo se
– Quien esta allí? Grito furiosa.
– Soy yo, él árbol.
– Tu hablas?
– No con todos, conosco todos tus secretos y nunca te dije nada.
– Ah si…Mira vos, burlándose.
– Esta ves te pasaste, Jugaste
con los sentimientos de alguien que de verdad te ama.
– Y a vos que te importa quien
sos para opinar, al fin tan solo sos un poco de madera sin corazón.
Dolido, por las palabras hirientes de quién creía su amiga el árbol simplemente hizo silencio.
Mariela enojada por lo que había sucedido..Pensaba
quien se cree que es? Un árbol que habla, lo habré soñado!!
Después de un buen rato se calmo y decidió irse..
– Ya no vendré más bajo este tonto árbol hay tantos en el parque.
Al querer levantarse, le pesaban las piernas y ante sus despavoridos ojos fue viendo como se transformaba…
Primero fueron sus piernas, que se afirmaban a la tierra como el tronco, luego su cuerpo y por último sus brazos del cual nacieron dos largas ramas..Poco a poco se convirtió en un árbol, él último aliento fue para decir.
PERDÓN!!
Ya era tarde, su amigo que siempre la había escuchado la ignoró!!.
El hermoso parque lleno de árboles y flores de todos los colores, que irradiaban luz
Paso a ser un lugar tenebroso, al que nadie iba
Cuándo alguien pasa por allí, se ve un árbol con forma de mujer y sus ramas parecen brazos extendidos al cielo…
Totalmente desprovisto de flores, solo conserva una extraña fragancia…
Que se desprende cuando el viento sacude sus ramas…y se escucha como un lamento que sale de sus entrañas…
Bea…
UKUKU ALEX
Otra vez José llega con el ojo morado.
—¿Hasta cuándo vas a meterte en problemas? —le reclama su padre, levantándose de la mesa—. Mira a tu hermano mayor. Con él nadie se mete.
Roberto sigue comiendo.
—¿Y tú? ¿Por qué no haces nada?
—¿Sabes siquiera qué pasó?
—A mí no me digas nada —dice Roberto, bajando la cuchara—. Él siempre anda por su cuenta.
José baja la cabeza.
—No sé qué voy a hacer con ustedes —dice el padre, mientras se alista—. En la casa, en el colegio… siempre lo mismo son como el agua y aceite.
—¿Tienes algo contra tu hermano, José?
—No, papá.
Al día siguiente, José vuelve con el labio roto.
—Por lo menos dime que el otro quedó peor —dice el padre.
José no responde.
—Ojalá te hubiera llevado conmigo. Dejarte con tus abuelos te volvió cobarde.
Llaman a la puerta.
Suena de nuevo, más insistente.
Ya voy, que molestia, el padre abre.
Dos policías están al otro lado.
—Buenas tardes. ¿Residencia de la familia López?
—Sí… ¿ha pasado algo?
—Lamentamos informarle que hubo un altercado grave en el colegio de sus hijos. Hay un menor en estado crítico.
El rostro del padre palidece. Mira hacia atrás.
José agacha la cabeza
Horas antes.
—Oye, Roberto, ¿ese no es tu hermano?
Roberto asiente y lo llama con la mano.
—Ven. O le digo a papá.
José se acerca. En el suelo hay un chico, el rostro hinchado.
—Pégale tú también —ordena Roberto—. No seas maricón.
—No me ha hecho nada —dice José.
—¿Acaso quieres ser como él?
José lo levanta. El chico apenas reacciona.
—Si no fuera por mí, estarías igual —dice Roberto.
Uno del grupo ríe.
—Parece que tu hermano es otro marica Roberto
Roberto no aguanta más le cruza la cara a José con la palma abierta. El labio se rompe.
—Mira cómo me haces quedar mal.
—Pégale.
José aprieta los puños.
—¡No!
De regreso en la puerta, con los policías explicando la gravedad del asunto, las piezas comienzan a encajar en la mente del padre.
El ojo morado de ayer.
El labio partido de hoy.
La indiferencia de Roberto.
El silencio de José.
No mira hacia el comedor, donde Roberto sigue sentado, impasible, sino a sus propias manos, que siempre empuñaron el elogio en lugar equivocado.
Luego mira a José.
José sostiene su mirada. Por primera vez, no hay sumisión en sus ojos.
Hay otra cosa.
Algo roto.
Algo que ha dejado de sangrar y ahora simplemente… existe.
Una cicatriz que no se ve.
El padre abre la boca para preguntar, pero las palabras no salen.
Solo un nombre, débil, como si ya supiera la respuesta:
—¿Roberto?
Y José, desde el pasillo, con la sangre seca en su labio y una paz terrible en el rostro, asiente.
Un movimiento casi imperceptible.
Una confesión silenciosa.
La cicatriz más profunda nunca sangra.
Solo crece en el silencio.
Y hoy, por fin, se ha roto.
ANTONIO JOSÉ ROMERO GÓMEZ
KANDAHAR
Frente al espejo, por fin reconozco al hombre que tengo delante. No fue fácil dar con él. Me llevó años encontrarlo, persiguiéndolo en fiestas y bares, cruzando fronteras, huyendo sudoroso, vendiéndome a cualquiera del que pudiera sacar algún beneficio. Ella sigue ahí, impasible e imponente, atravesándome la cara como una sentencia impuesta, recordándome que todo aquello tenía un precio.
Cuando la gente la ve, sobre todo por primera vez, reacciona de maneras dispares. La mayoría se asusta; otros sienten rechazo, asco o lástima. Hay incluso quien no la nota, si me mira desde el ángulo correcto. Desde ese lado, mi rostro es liso, sedoso, tenso como la piel de un tambor. Pero basta un leve cambio de posición para revelar el otro: rugoso, protuberante, imperfecto, casi monstruoso. Las dos caras de una misma historia.
Cuando el curioso ,un niño, un anciano, un borracho, se atreve a preguntar por la cicatriz, siempre respondo con la misma osadía. Les cuento mi historia.
Les hablo de cómo llegué a Kandahar como reportero durante la invasión de Afganistán, de cómo aprendí a moverme entre aldeas polvorientas sacando información a pastores locales, de las crónicas que conseguía enviar a Reuters, a mil dólares cada una. Gané buen dinero. Más del que nunca había tenido.
También hice mis negocios por el camino. Me creí invencible. Pensaba que podía adentrarme en el mismísimo infierno y moverme en él como pez en el agua. Esa sensación me volvió arrogante: intocable, el más listo de la clase. Exprimí la bota de la suerte hasta que no quedó ni una sola gota. En la guerra aprendes pronto una verdad sencilla: a todo cerdo le llega su San Martín. Y el mío llegó cuando menos lo esperaba, en plena cresta de la ola.
Salía de la ciudad cargado de material fotográfico y tarjetas de memoria repletas de horas de grabación cuando me topé con un control talibán. Aún recuerdo los ojos del muyahidín al levantar la lona del vehículo y descubrir mi equipo. Fue un segundo apenas, pero lo cambió todo. Todavía hoy ese recuerdo me hiela la sangre. Para ellos yo valía más vivo que muerto: mis grabaciones los dejaban en mal lugar y, además, podían sacar una buena suma por mi rescate. Ilusos.
Me llevaron a una especie de gulag improvisado, un lugar que olía a óxido, moho, a restos de la guerra afgano-soviética. Allí el tiempo dejó de existir. Pasé meses entre torturas, hambre, miseria y mierda. Hasta que llegó lo peor.
Fue la represalia de un pastún al que había escupido durante una de aquellas sesiones interminables de tortura. Cansado de esperar a que alguien reclamara mi pescuezo y harto de mis insolencias, apareció con un recipiente lleno de productos de limpieza, sin etiqueta alguna. Me agarró del pelo y jaló con una fuerza desmedida, dejando mi yugular al descubierto. Quería obligarme a beber un líquido putrefacto y humeante.
Con los párpados hinchados y amoratados, apenas abiertos, vi que lo sostenía con guantes. Entonces lo supe. Era corrosivo o algo peor, mortal. Instintivamente giré el rostro justo cuando volcó el contenido sobre mí. El sonido fue lo primero: un burbujeo seco, efervescente, como si mi piel estuviera hirviendo. Sentí el quemazón avanzando capa a capa, devorándome. El dolor fue tan absoluto que a los pocos segundos dejé de ser consciente, ahogando un alarido desgarrador en un silencio sepulcral, mientras el líquido seguía actuando sobre el hormigón frío del suelo.
Horas después, incluso ellos se sorprendieron cuando me repuse entre sollozos y llantos. Me daban por muerto. Días más tarde llegó un acuerdo entre diplomáticos y fui liberado. Pero ya era tarde. Jamás volvería a ser el mismo.
Esta es la historia que cuento cuando me preguntan por mi cicatriz. Pero ahora, frente al espejo, es otra historia la que ella me susurra. La del niño sepultado del que solo asomaba una mano entre los escombros. La del padre que me pedía ayuda mientras buscaba a su hija por los hospitales. La de la anciana que me rogaba comida o la del matrimonio que me amablemente me invitó a tomar té, mientras entregaba a su hija de catorce años a un hombre de cincuenta y siete en un matrimonio concertado.
Me cuenta la historia de todas y cada una de aquellas fotografías en las que no fui más que un mero observador. Hasta que, inevitablemente, llegó a la mía.
LINOSKA BARANDA
«Cicatriz de amor»
En el lienzo del cuerpo
están talladas las huellas
de la vida nueva:
piel-amor con estrías,
dando vida a la piel lisa;
la más amada, la más querida,
la de los dolores más grandes
de la vida.
El hijo nace de lo oscuro,
llevando consigo luz propia,
dejando a su paso sus huellas,
esculpidas en eternas estrías
de la entrega materna,
como bajorrelieves
de esculturas griegas.
Piel-amor con estrías,
que por amor te transformas:
llevas en ti la vida
y de ti la vida entregas.
ZA SAN
Cicatriz como la que abre brecha sin sentirse. La que sangra porque hubo un tiempo en que no supo abrirse como abre la primavera en flor.
Cicatriz que perdura incluso sin tener en cuenta el invierno.
Cicatriz que mantiene su presencia en momentos de soledad, y siempre por voluntad propia.
Cicatriz con la que aprendo a seguir viviendo, y es que por mucho que la suelte, siempre tiene recuerdos hacia mi.
Cicatriz que vive conmigo.
Cicatriz a la que pretendo amar
Nunca decide marcharse, y es que el amor no sólo se compone de aquello que lo llaman bonito, pues amar, de la misma manera que lo hace tu cicatriz, tendrá su lugar en ti
By Patrcia Zama.
ANTONIO PRADES
Cicatriz
Adiós, mamá, adiós. Tres palabras en un pósit con tinta desgastada. Tres palabras que finalizaban la nota con un imán, recuerdo del último verano juntas, que la sostenía en la nevera. Un cuadrado amarillo apagado que tantas veces ella había mantenido en sus manos, con la mirada perdida, alisando unos bordes que ni sometidos al mismísimo campo magnético de la Tierra podrían volver a recuperar su forma original.
Dormiré en casa de Julia. Adiós, mamá, adiós. Una carita sonriente dibujada junto a las letras. Una carita redonda, sin ojos vidriosos. Se giró a observarla de nuevo mientras los huevos se cocían en el cazo. Las tostadas con poca mantequilla y mucho azúcar, como le gustaban a ella. Suspiró mientras ponía dos platos a la mesa. Dos tenedores. Dos servilletas. El silbido de la cafetera le avisó de que el café ya estaba listo. El viento agitó las cortinas. El timbre sonó. Se secó las manos en el delantal y, con el corazón acelerado, corrió a la puerta.
No era su hija. Era la dama tanto sabe de la vida, con su capa negra y su guadaña en el umbral, con ojos cansados.
—Por favor —susurró la sombra— Déjala ir.
—No quiero olvidarla.
—Debes cerrar la herida de una vez y aprender a vivir con la cicatriz
La madre sonrió y negó con la cabeza..
—Volverá.
GRISELDA SIERRA
Siempre he sido un niño travieso y desobediente: bañarme en las aguas bravas del río, corretear mariposas en punto del mediodía y molestar a las hormigas en sus agujeros, se me da bien. Sin embargo, lo que más me gusta es adentrarme en el bosque en busca de endrinas o algunas otras bayas silvestres. Pues bien, nada menos ayer, cuando me entretenía recogiendo grosellas, sucedió algo fuera de lo común, casi espeluznante. Algo así como una amenaza que casi acaba con mi vida y que me dejó una cicatriz en un brazo. De pronto recordé las historias que el abuelo me cuenta, a la cuales no presto mucha atención, porque me parecen aburridas y fuera de la realidad. Pero el hecho es que ayer la vi; vi a la bestia de la que él me habla a cada rato. Estaba tan cerca de donde me encontraba, entretenido con las frutillas, que aprovechó mi distracción para darme una mordida en un brazo. En principio no le di importancia, pero la herida comenzó a sangrar y el dolor fue en aumento. Confundido miré alrededor. No había nada anormal, a no ser por unas raíces que parecían querer salirse de la tierra. Se me aceleró el corazón cuando vi su follaje. No cabía duda: era la planta carnívora de la que el abuelo me habla a cada rato. Sus tallos y hojas hacían grandes esfuerzos por alcanzarme y engullirme con voracidad. Entonces corrí, corrí tan apresuradamente que caí en un charco y me llené de lodo. No me importó y seguí corriendo.
Apenas llegué a casa, mamá me reprendió con severidad; el abuelo, en cambio, se levantó de su silla para limpiar y vendar mis heridas. Cuando le conté lo ocurrido, me advirtió que no vuelva a internarme en la espesura: dijo que en sus profundidades habitan monstruos que despiertan sin avisar. A mí lo que me inquieta es la cicatriz, no la que llevo en mi piel, sino la que dejé en la planta. No se los dije, pero ahora lo confieso: fui yo quien cortó una de sus ramas y temo que venga a buscarme.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Tema semanal
°¿Que hacer cuando tenemos una cicatriz en el alma imposible de sanar?
Hace tres años de la partida de mi hijo hacia otro plano, ha sido imposible para mi recuperarme de esa pérdida tan grande, lo peor que me ha podido pasar en la vida, mis amigas me consuelan, la familia, he tomado terapia, con psicólogos, psiquiatras, los cuales adormecen mi existencia, y quieren acabar mis recuerdos, lo cual es imposible, he pensado tantas veces en que mi cuerpo deje de existir, pues mi alma se encuentra pérdida ante el hecho que viví, su padre ausente se entero hace sólo unos meses de lo que pasó, quizo consolarme, ¿que me puede decir este hombre ? que abandonó a su familia por una ilusión pasajera, ahora el también está sólo sin esposa y sin ese hijo, al cual dijo un día que amaba tanto.
Tengo que levantarme cada día para ir al trabajo, me siento como un ente que actúa por inercia sin tener un rumbo fijo.
Siempre la misma rutina, no hablaba con casi nadie, no visito a nadie, huyo de los lugares y cosas, de todo aquello que me recuerde a mi hijo amado, casi me he convertido en una sombra.
Para mi, ya nada tiene sentido.
Ayer en la calle antes de entrar a casa, estaba una pequeña como de unos 9 ó 10 años sentada en la banqueta, me llamó la atención pues estaba algo sucia y con una mirada llena de tristeza, me dijo que si podía darle algo de comer, pues tenía hambre, le pregunté que ¿donde estaban sus padres? me contesta que su madre murió y que su padre llevó a la casa a una mujer, la cual tenía un hijo un poco más grande que ella, y que la señora la trataba mal y el hijo le pegaba, le decía a su padre lo que pasaba y éste no le creía, le decía que debía portarse bien y no le harían nada ya, pero no era así, la seguían maltratando y entonces decidió huir de la casa, no sabía a dónde ir.
Me conmovió mucho su situación, recordé las palabras de mi padre, siempre decía que si teníamos la posibilidad de ayudar a alguien lo hiciéramos.
Eran momentos difíciles para mi, pero no podía desamparar a esta pequeña que necesitaba ayuda, le dije que hablaría con su padre que me dijera su dirección, me dijo que por favor no la regresara a esa casa. Me encontraba en un gran dilema, no podía quedarme con ella, y a la vez, sentía una gran ternura y el deseo de protegerla, esta situación me hacía reflexionar sobre la vida, lo que vivimos cada uno, y el camino que debemos de elegir.
Por primera vez en mucho tiempo me sentí viva.
Tengo ahora un motivo importante que trataré de resolver, en mis manos está el ayudar a esta pequeña, gracias por haber llegado a mi vida, por abrirme los ojos y darme cuenta que aunque el dolor que tengo en el corazón quizá nunca se vaya del todo, pero que lo que me queda por existir puedo ayudar a alguien más.
Gracias hijo, creo que tu me has salvado, no viviré jamás muriendo, honrraré tu memoria haciendo el bien a otros y desde luego también será el mio.
Siempre vivirás en mi, y tu partida haré que no sea en vano.
Te amo eternamente.
ALFREDO LOZANO
FOTOGRAFÍA FAMILIAR
La foto se toma en el patio porque dentro no pasa la luz. Mi hermana dice que así salimos más jóvenes, como si la luz fuese capaz de borrar años. Nos colocamos delante de la pared recién pintada. Blanca. Demasiado blanca. La pintura todavía huele y a mí me raspa la garganta, pero no digo nada.
—Un poquito más juntos —dice el fotógrafo.
Todos obedecemos. Mi madre se coloca en el centro, siempre ha sido buena para ocupar el centro sin pedirlo. Se alisa la blusa, se acomoda el collar que solo usa en contadas ocasiones como bautizos, entierros, fotos familiares. Sonríe con la boca, no con los ojos.
Mi padre se pone a su lado y apoya la mano en su cintura. La mano pesa, siempre tuvo manos gruesas. Nadie comenta nada. Él mira a la cámara como si fuese una autoridad, algo capaz de juzgarlo.
Yo me quedo un poco atrás, como medio paso, como si hubiese llegado tarde. Nadie me corrige. Nadie dice mi nombre.
—Más cerca —insiste el fotógrafo—. Que no se vea espacio.
El espacio es lo único que tengo. Mi hermana roza su brazo con el mío. No me mira, está concentrada en su sonrisa. Practicó delante del espejo, lo sé. La sonrisa correcta, ni demasiados dientes, ni demasiado seria. Ella aprendió rápido, siempre lo hizo.
El único niño está adelante, lo colocan en una silla para que se vea mejor. Le arreglan el pelo, le limpian la cara a fuerza de saliva y restregones con el dedo. Él se deja, tiene esa expresión tranquila de quien todavía no entiende del todo dónde está situado.
—¿Así está bien? —pregunta el fotógrafo.
—Falta alguien —dice mi madre, como si acabara de recordarlo.
Se hace un silencio corto, incómodo, como cuando se menciona una enfermedad que ya no tiene cura.
—No —dice mi padre—. Estamos todos.
Yo miro el borde del encuadre. Lo imagino. Sé exactamente dónde estaría él. Un poco ladeado, sin saber qué hacer con las manos. Probablemente con la camisa mal abrochada. Siempre le quedaba algo torcido. Recuerdo cómo odiaba las fotos. Decía que le robaban algo, que después uno no sabía qué había pasado con eso que faltaba.
—Sonrían —dice el fotógrafo.
Todos Sonreímos. En la pared blanca detrás de nosotros hay una mancha apenas visible. La pintura no la cubrió del todo. Yo la veo porque sé dónde mirar. Tiene forma irregular, como un mapa o una quemadura. Nadie más parece notarla. Pero fue ahí.
El fotógrafo cuenta hasta tres.
Uno.
Recuerdo la última vez que estuvimos todos juntos. No había cámara. No había patio. No había pared blanca. Solo gritos y ese ruido seco como el hielo, imposible de olvidar. Como cuando algo se rompe y ya no sirve.
Dos.
Mi madre parpadea, por un segundo su sonrisa tiembla, luego se recompone. Es experta en eso, en recomponerse y en enseñar a recomponerse.
Tres.
El flash deslumbra, la luz nos atraviesa. Siento que me deja vacía, como si algo hubiera salido de mí y no fuese a volver.
—Genial—dice el fotógrafo—. Salió perfecta.
Nos relajamos. Mi padre baja la mano. Mi hermana suelta el aire. El niño se vuelve inquieto, quiere bajarse de la silla. Mi madre se acerca a ver la cámara.
—Qué bonita familia —dice alguien atrás, pero no veo quién es.
Yo me acerco despacio, miro la pantalla. Nos veo, pero no nos reconozco. Todo está en su lugar, todo parece correcto. Excepto el borde. El fotógrafo recortó la imagen para que entrásemos mejor, para que no se viera el espacio de más, para que la composición fuese más limpia. Él no aparece, tampoco la mancha de la pared. La foto no miente, pienso que, tan solo aprende rápido lo que tiene que mostrar.
Mi madre guarda la imagen como quien guarda una prueba. Mi padre asiente satisfecho. Mi hermana pregunta cuándo la van a imprimir. El niño ya no escucha. Yo me quedo un segundo más mirando la pared blanca. Apenas paso la mano por la mancha y la pintura se descascarilla un poco bajo mis dedos. No digo nada. La cicatriz, como siempre, queda fuera del encuadre.
BLANCA CERRUTI
LA QUEMADURA
Clarita, a sus doce años, ha tenido que cambiar de colegio. En su primer día de clase, entra en el aula con la mochila bien sujeta contra el pecho, como si fuera un escudo.
La señorita la presenta:
—Clarita —vuestra nueva compañera.
—Hola, Clarita, —saludan apenas algunos compañeros.
Luego, le señala un pupitre junto a una de las ventanas que dan al patio.
El silencio se puede cortar. La mejilla izquierda de Clarita es toda una cicatriz causada por una quemadura; su larga melena no consigue ocultarla.
Nadie se ríe, pero se cruzan miradas…y la niña las siente clavadas en ella, pero va a su sitio sin agachar la cabeza y sonríe a su compañero.
Cuando salen al patio nadie se le acerca. Los chicos, corriendo detrás de un balón, pasan de ella. Las chicas, en corrillos, la miran de soslayo, así que no intenta un acercamiento.
Al ir al baño escucha que hablan de ella llamándola: «la quemada», aunque ya se esperaba que le pusieran ese mote, le duele. Entra.
—Hola —saluda— mirándolas a la cara.
—Adios —le contestan— saliendo deprisa al pasillo.
Se mira al espejo, toca con la yema de los dedos la piel rugosa de su mejilla y respira hondo. Luego vuelve a clase, dolida, pero serena.
La señorita se da cuenta de la situación. Son niños y lo entiende, pero no lo puede consentir. Así que empieza a contar con ella. La manda limpiar la pizarra. Repartir folios para un trabajo en clase. Clarita lo realiza con naturalidad y cuando vuelve a su sitio, siempre sonríe a su compañero.
Un viernes por la tarde, al acabar la clase, anuncia: «Para el lunes tenéis que traer una redacción sobre algo que hayáis hecho alguna vez por alguien. No importa lo que sea, pero ha de ser verdadero».
Nadie dice nada, pero todos se remueven en sus asientos. Escribir una redacción no es difícil, pero sobre un hecho personal de ayuda…
Llega el lunes. En la clase se nota un nerviosismo latente, pero la mañana transcurre como siempre.
Por la tarde, en cuanto ve que todos se han acomodado:
—Bien, supongo que habéis escrito la redacción que os pedí —¿Alguien quiere salir a leerla? —pregunta.
Ninguno levanta la mano.
—¿Nadie se anima a leer su redacción? Ayudar es muy bonito. Clarita, ¿te animas tú? —pregunta a la niña mirándola.
Ella duda un instante, pero se levanta despacio y se coloca frente a sus compañeros.
—Gracias, Clarita, por compartir tu experiencia —le dice la señorita. La niña comienza a leer.
—Mi hermanita y yo estábamos desayunando en la cocina. Era tarde por ser sábado. Ella tenía al gatito sobre sus rodillas. De pronto, la olla soltó un silbido y el gato, asustado, saltó y tropezó con el mango de un cazo con agua que mamá había puesto al fuego.
El agua saltó por el aire. Me di cuenta de que le iba a caer a mi hermanita encima y la abracé, y entonces el agua caliente me cayó en la cara. Mi hermanita lloraba, yo grité, y entonces mi mamá vino corriendo a ver qué había pasado.
Se asustó mucho, pero enseguida me llevó al hospital. El médico dijo que mi quemadura era de primer grado y que no se me torcería la boca.
Ahora soy fea, lo sé, pero estoy contenta porque a mi hermana no le pasó nada.
Y entonces ocurrió: una compañera se levantó, se acercó a Clarita y la abrazó. Luego otra y otro y otro…Todos acabaron rodeándola. Cuando volvieron a su sitio, algo en el ambiente había cambiado y Clarita sintió que ya era una compañera más.
Blanca Cerruti
CESAR TORO
Cicatriz.
Escribo por los que no escriben y no pueden expresarse, aquellos que no tienen como hacerlo, por que su grito es ahogado por la violencia, el hambre, la g3rr@, por los que tuvimos que huir para no morir, dejando atras nuestros sueños y familias que lloran en silencio la partida obligada de un ser querido, por los privados de libertad que estan mas muertos que vivos encerrados solo por pensar diferente, por los niños que sufren la ausencia de sus padres, levanto la voz por los ancianos que no tienen un salario digno, para comprar un mendrugo de pan; mientras, los po73ntados tienen pan de sobra, por la mujer que no sabe como alimentar a sus hijos, por la esposa que tiene que resignarse sola, por la madre que perdio a su hijo que huyo de la debacle y se lo tragó el rio bravo.
En fin, lanzo un grito desesperado, por todos los migrantes que hemos tenido que abandonar nuestra tierra, llevando las cicatrices de la soledad, el miedo y la muerte, para dar paso a la “libertad”
CARMEN ÚBEDA
La cicatriz
——————–
La noche sin ti fue larga.
La noche fue fría.
Las sombras se ampliaron
en mi alcoba umbría.
Te fuiste y me olvidaste
con la oscuridad
de no haber comenzado el día.
No hubo ni un gesto.
Ni una palabra.
Tus ojos negros
como la zarzamora
llevaban escrito
la más larga de las despedidas.
Me quedé temblando
de amor y de ira.
Aún sorbía tus besos.
Palpitaba en mi piel
el calor de tus dedos
que fueron caricias.
Sentí en mi alma
un grito de angustia.
El desgarro cruel
de una tremenda herida.
———-
Las mareas de la vida
han sanado la llaga.
Ha quedo una cicatriz,
que yo creía dura,
bien cerrada y bien cosida.
Más, alguna noche
siento que la noche es larga.
Que la noche es fría…
Las sombras del pasado
se amplían y se pasean
por mi alcoba umbría.
GRACE PELLS
Tiki tiki tiki asi suenan los taquitos en la vereda, y amanece tibio sobre mi cabeza, el mismo camino se esta haciendo viejo de tanta pasada, y me pilla el olvido (cabeza de niña), que suena la persiana de la tienda, porque le falta grasa.
Olvido y recuerdo, recuerdo y olvido.
Los veranos y los inviernos, cambian los frescos y el cuerpo no dice nada, porque es el hábito que se acomoda donde se hace siempre lo mismo. La secuencia igual de los ritmos. La coreografía de la costumbre que me levanta a las seis para vender algunos calzones y algunas medias.
Y el día pasa.
¿Cuánto miden treinta cuadras?
El médico se pone contento, y yo…No sé.
Es el andar lo que me mantiene viva, supongo que hay poca cosa; cada uno teje su historia. Unos mas largas, y otros mas cortas.
¿A esta hora, quien cocina?
Me sigue un guiso de mi madre, ha salido de alguna ventana, huele a tomate azucarado, y a orégano, y es como un final de aroma un laurel.
Tal vez alguien que no pudo dormir, y le urge el almuerzo o el cariño.
Fuuuuu ya falta nada.
El perfume de cebolla y panceta se ha perdido.
Debo traer el pote de la grasa para aplacar el ruido de la persiana, y cerrar con una lloradera la cicatriz que se abierto en el camino.
PILAR MONTES CABRERA
La cicatriz del pasado
Aquiles sintió el tacto suave y cálido de sus dedos surcando las líneas de su espalda. No, ese no era su nombre; pero ella aún seguía llamándolo así conforme iba descubriendo más formas en su piel. Él no podía verlas ni sentirlas bajo la camisa que antes llevaba, por ello, el miedo comenzó a crecer cuando los recuerdos volvían con cada nuevo toque. Un pasado que hubiera deseado enterrar bajo tierra cuando se convirtió en fugitivo, sin embargo, su piel y las marcas que ella seguía trazando serían la huella de su esclavitud.
Miró a la fogata, viva y fuerte ante una noche oscura bajo un campamento ajeno, el cual, ambos se habían apropiado. Luego, se percató de la carpa y lo cómodo que sería dormir en ella. Con ella.
Sin embargo, Aquiles eliminó la posibilidad cuando decidió zafarse de su tacto. Ella lo miró por unos segundos, y él ladeó la cabeza para agarrar una botella de vino. La abrió y la bebió hasta la mitad, y estaba dispuesto a beberla toda, cuando ella lo detuvo. Él volvió a mirarla con un semblante fuerte, pero ella no parecía intimidarse; él sabía que eso no volvería a funcionar.
– ¿Fueron las cicatrices?- murmuró apenas- esa primera vez en la cascada-.
Hubo un silencio.
– No le encontré sentido capturarte- dijo ella firme- no valía la pena la recompensa.
– ¿Por qué sigues aquí entonces? dudó- pudiste seguir tu camino.
– Puedo irme – expresó -, pero te conviene tenerme para cuidarte las espaldas.
– ¿Te refieres a sí vuelven a capturarme?- mencionó con molestia- ¿Si vuelvo a ser un esclavo?
Cuando Aquiles se disponía a beber, ella le quitó la botella de vino y la tiró a un lado. Él la miró sorprendido, ella parecía enfurecida.
– Puedo matar a sus hijos y a su esposa- aseguró -, pero no te dará paz. Fue suficiente con tu jefe.
Aquiles desvió la mirada para ver la camisa encima del tronco. Sin sangre ni agujeros. Solo una camisa. Agachó la cabeza, recordando los gritos de su madre cuando él yacía amarrado al tronco.
– No es eso lo que quiero – expresó con cansancio-.
Él se acercó un poco ella, colocando sus dos manos sobre sus mejillas. Ella lo miró fijamente.
– Solo quédate conmigo – dijo-, sé que puedes irte y eres libre de hacerlo.
Ella sonrío levemente y volvió a mirarlo.
– Tú también eres libre – le susurró-.
– Ambos sabemos que no.
La sonrisa se desvaneció de su rostro. Supo que el hombre hablaba seriamente. Se acercó más a él y se dejó envolver por sus brazos para sentir el sonido de su corazón contra su pecho.
Aquiles la abrazó por unos instantes, respirando el olor de su cabello largo y sintiendo la forma de su figura delgada y fuerte ya que no sabía si la vería al amanecer.
VERÓNICA MARIEL
EL DERRUMBE
El alarido estalló y nadie pudo hacer caso omiso. El hartazgo hecho rugido colisionó con cada pared, desgranó los revoques y dejó pelada la noche familiar en los ladrillos huecos. El terror y sus demonios estaban exhibidos como en vitrina.
Ella gritó otra vez y los cimientos tambalearon, la estructura perdió cualquier firmeza y con estalactitas comenzó a desfondarse el cielo raso para hacernos ver que no era una protección.
Un nuevo desgarro desde las entrañas de la confesion derrumbó las esculturas de los ídolos: el violador y sus cómplices. La familia hecha escombros y el amor dibujado sin tiza.
Así llegó la verdad. Con un grito de dragón que lo quemó todo. Se asomaron los porqués del camino. A cada cicatriz le encontramos su herida, y una vez la mentira hecha trozos, desde las ruinas surgimos nosotras: las hermanas.
Para amarnos como nuestra familia no lo hizo y darnos la protección que nuestro techo nos negó. Para encendernos después de que nos apagaron nuestros ídolos. Más unidas, más abrazadas, más hermanas. Mujeres fuertes. Más fuertes y más mujeres.
Hacemos barricada de amor contra aquel amor con cimientos de secreto para tirar desde la garganta la vergüenza oculta.
¡Que se derrumbe! ¡Que se derrumbe la mentira!, porque cuando la verdad brama quedan expuestos los hacedores del fracaso y ya nadie puede hacer caso omiso.
Lo que sigue es la fortaleza del amor real.
AXY LINDA
Cicatriz; una pequeña historia real
Tenía siete años. Al servirme agua inclinando un pesado garrafón de vidrio colocado en un columpio sostenido por una cadena, cayó, estrellándose en el piso. Asustada, lo enderecé y sentí pequeños pinchazos en la mano izquierda.
Y es que —han de saber— yo usaba ambas manos de forma indistinta; aún hoy me cuesta saber cuál es la derecha y cuál la izquierda. Continúo.
Papá escuchó el estruendo y corrió a la cocina. Me encontró, mojada, llorando, convencida de que recibiría un regaño y un castigo. Entonces dijo:
—¿Qué tienes en la mano?
La extendí, mostrándole las pequeñas cortadas, y él respondió:
—Esa no, en la otra.
En ese momento observé que tenía la mano derecha cubierta de sangre. Acto seguido, me desmayé.
Desperté en la cama. Papá, con ternura, terminaba de curar mi dedo medio, donde un pedazo de vidrio me había cortado. Mareada, murmuré:
—Perdón… no quería romperlo.
—No fue tu culpa —respondió—, yo no fijé bien la cadena.
Diciendo esto, me abrazó dulcemente, dejando una huella hermosa en mi corazón.
Hoy tengo setenta y cinco años y, cada vez que veo la cicatriz en mi dedo, siento de nuevo el abrazo lleno de amor de papá.
Amo esa cicatriz.
SILVIA RAFI GRACIA
CICATRICES INVISIBLES (Reflexión)
Hay cicatrices que dibujan relieves en la piel y otras se incrustan en el alma.
A veces son de evidente gran dimensión, provocadas por algún acontecimiento de gran impacto y magnitud; otras son pequeñas y pasarían desapercibidas si no irradiasen también un dolor punzante ante determinados acontecimientos que las despiertan.
A veces, cuerpos y almas pueden albergar muchas de aquellas que se valoran de poco impacto o de baja magnitud. Y éstas también duelen, quizás alternadamente o quizás, a veces, a la vez.
Y a algunas, quizás, no se les prestó suficiente atención cuando eran heridas abiertas, suponiendo erróneamente que no la merecían.
Y, quizás, algunas de ellas todavía sangran, a veces, durante un demasiado lento proceso; a causa de no haberles dedicado el necesario tiempo de duelo, quizás, o de no haber reconocido, tal vez, y quizás intencionadamente, el dolor causado por algún suceso que, en el imaginario popular, se perciba de bajo impacto (pero, de bajo impacto ¿para quién?).
Y a veces pueden ser demasiadas, las cicatrices que un alma puede llegar a albergar. Demasiadas para reconocer exactamente su lugar y origen cuando en alguna irradia el dolor.
Y entonces, a veces, podríamos percibir sensaciones perturbadoras que nuestro sentido lógico no sepa discernir; pero que no por ello son irrelevantes.
Y, quizás ni nuestras actitudes ni nuestro estado emocional respondan a lo que estipuladamente se esperaría.
También, sin la menor duda, los seres vivos no humanos albergan heridas y cicatrices en sus cuerpos y almas, aunque su sanación vaya en paralelo a nuestros humanos procesos mentales.
Y también La Tierra, nuestro planeta, alberga muchas heridas, ni mucho menos todas ya cicatrizadas. Muchas de ellas de sobrecogedoras dimensiones y profundidades. Y siguen surgiendo y resurgiendo…
Se mantienen en el aire, en el viento, en los ríos, lagos y mares; en la tierra y en las piedras…; donde hayan quedado impregnadas tras su historia, tras su dolor.
Algunas todavía sangran.
Deberían recordarnos, sus cicatrices irradiando, lo que no debería nunca olvidarse para nunca más repetirse. Pero las redes neuronales que nos conectan no fluyen lo deseable,
y no alcanzan su potencial aquellas ancestrales voces
que, relatando sus saberes de tan larga y larga historia de vida, evocan la necesidad de sanar, con una fértil voluntad, esas heridas
que sangran.
Quizás sea el dolor que cada uno sienta, a causa de sus propias cicatrices, lo que no permita fluir, conectar… Quizás esos ecos ruidosos que, con intencionado estrépito, aturden muchas mentes.
Tal vez, sanando nuestras heridas, de cada uno, se haga posible expandir el anhelado y compartido deseo de sanar también las del planeta, acogiendo a una humanidad más humanista.
Tanto en La Tierra como en los humanos humanistas que ella alberga, existe una palpable manifestación de creación, de belleza, de comunicación, de
sincera alegría fraternal por saberse hermanados con un potencial de gran fortaleza frente a lo obscuro, a los ruidos ensordecedores y a los falsos resplandores que ciegan.
Tristes y deprimidos, perdidos inmersos en el caos, resulta demasiado fácil ser vencidos y sucumbir a un «no hay salvación posible»
Muchos preferimos parecernos a
un poeta loco que sueña con un mundo utópico que a un racional humano humanoide que, adaptado a un mundo de depredadores, acumule puntos para sobresalir o sucumban a lamer las botas de los que sobresalgan, sin chistar ni preguntarse nada.
Yo quiero poner mi granito de arena para que no surjan ni sangren heridas en el aura de nuestro planeta y que los saberes heredados de antiguas etéreas cicatrices encuentren caminos para hablarnos al oído.
Muchos minúsculos granos de arena juntos pueden significar un gran potencial. Y rememoro aquella frase de «gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».
NILA J BOHORQUEZ
«Arañas espirituales»…
Sentada en mi sillón favorito, tejiendo pensamientos con las agujas del tiempo y a la vez, moviendo paulatinamente las hojas del libro «Cicatrices del alma». Autor: La humanidad, me pregunto…
¿y quién no tiene «grietas» en el alma en este mundo tan vulnerable lleno de desafíos y experiencias que marcan tatuajes dolorosos como la pérdida de un ser amado (vacío que jamás se llena); el amor, el desamor, traiciones y traumas?…
Estas amargas vivencias sellan improntas imborrables en el alma.
Algunas son heridas sin cerrar, donde el dolor se impregna con tinta de pesar, sin poder olvidar episodios que nunca ha debido suceder.
Otras, son surcos que se forman en el corazón dejando intensas huellas que ni el tiempo es capaz de borrar.
Hay duelos internos que no sanan…son profundos… densos; algunos tardíos en curarse…aún así, se aprende a vivir con ellos, buscando la belleza en las imperfecciones o hasta que definitivamente, surge el don del perdón desde el interior del ser, convirtiéndose en estrellas brillando en la oscuridad y en su luz, el alma encuentra la paz.
Esas puntas de «frío acero» emocionales que se incrustan en el corazón, están allí, indoloras o no, integrándose a nuestra vida cotidiana… difícil, pero no imposible.
Cuando limpiamos las «arañas espirituales» desde el amor y el perdón, nuestra esencia recorre el infinito sin pesadez, sin trabas.
CREDISUAREZ ÍNTIMO
ES UNA CICATRIZ
Isidro rondaba la edad en la que no sabía casi nada sobre las verdades pero preguntaba casi todo, su curiosidad desbordada lo sumergía en historias y vivencias recreadas por su imaginación, de sus pocos amigos de escuela, de las tardes del domingo viendo adultos proponer cortejos, jugar al tejo y beber licor. Su timidez le daba para inspeccionarse y contestarse así mismo, lo que tal vez debe responderse con claridad, su mente medio inocente y precoz le daba respuestas de todo basadas en casi nada.
Isidro caminaba por la orilla del río de regreso a su casa, ya habiendo hecho el mandado y como quien explora lo nuevo a esta o a más corta edad, su cuerpo se preguntaba cosas que su mente sin respuestas claras le contestaba, y perdida su mirada en lo que el agua dejaba; la vio a ella y a lo que ella intentaba esconder.
La mujer estaba allí desde antes. Isidro desprevenidamente pasaba por allí y la vió de cuerpo grande y agitado, sus músculos fuertes y bien montados mostraban una mujer sin cuidado y sin vanidad ni siquiera en la imaginación, rancia y salpicada no solo por el agua que chocaba fuerte en las piedras, sino por un pasado afanoso y duro que visiblemente dejaba ver su piel ajada y en su rostro desventura. Fuerte, silenciosa, inclinada sobre la piedra golpeaba la ropa con una paciencia que parecía heredada. La tela de su falda mojada, desleída y clara como la visión de Isidro puesta justo allí, se ciñó sobre ese lugar donde nacen las heridas y donde el cuerpo guarda memorias dolorosas y placenteras; una marca que no encajaba con el resto del paisaje.
El niño se acercó sin maldad, con impulso de curiosidad e inocencia, con esa naturalidad que solo tienen quienes aún no han aprendido a callar ni una pregunta quieren dejar escapar.
—Señora —preguntó con voz que empieza agudizar—, ¿qué es eso que tiene ahí?, señalando su parte baja con su tembloroso dedo, acercándose con miedo y harto de la misma pregunta y muchas otras que buscan respuestas claras y no de esas que oscurecían su consumida mente.
La mujer levantó la vista, sin vergüenza y sin sorpresa, sin temblor y sin preparar respuestas de anatomía o explicaciones bíblicas sobre la creación, buscó rápido una respuesta, una que no abriera más preguntas de las necesarias.
—Es una cicatriz —dijo—. Cuando era niña, un hombre me hirió en la montaña.
Isidro guardó silencio. Miró la marca, imaginó el mapa del cuerpo humano de su clase de anatomía, llego a su cabeza la escena de un hombre en cortejo con una dama en la cancha de tejo de su tío el domingo en la tarde, miró el río, pensó lo justo. Y luego respondió con la lógica que logró armar en su mente aún confusa pero con visos de una claridad habitual, su naturalidad, la de ella, la de la realidad sobre la verdadera creación, esa lógica desarmante de quien ya no quiere entender mentiras bien dichas. Su asomada juventud entendía ya de cuerpos y nombres literales.
—Entonces —respondió— ese golpe fue muy mal dado.
La mujer volvió a la ropa, al agua, a la piedra. Tal vez ni ella ni su memoria triste podían desaparecer, llevaba el pasado como un río fragmentado que nunca termina de irse, ella nunca habló de lo que le pasó, pero su cicatriz lleva varias formas, nombres y batallas que no puede dejar de pugnar.
El niño siguió su camino. Años después, quizá Isidro entendería que hay cicatrices que no vienen de golpes, otras si, y que vengan como vengan hay sorpresa y preguntas sin vergüenza. Isidro recordaría también que de niño nuca quiso poseer ni mirar; quería comprender que algunas historias se cuentan torcidas para no enrojecer o para que duelan menos. Pero ese día, junto al río, fue el adulto quien quedó marcado: no por la herida, sino por la verdad simple que solo un niño puede decir sin querer.
Autor: Carmen Elisa Gonzalez.
Enero 2026, Barbosa, Santander – Colombia.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
El silencio campaba a sus anchas aquella fría noche de invierno, envuelta en una quietud majestuosa. Todo parecía detenido, expectante. Fue entonces cuando dos viejos amigos encontraron el momento perfecto para volver a reunirse.
—Pero, ¿qué te han hecho? ¿Tú te has visto? —le dijo ella, horrorizada, al observar la enorme cicatriz que su amigo mostraba. La señal aún conservaba un negro intenso, como madera devorada por las llamas.
—Son cosas que pasan —respondió él, sereno, calmado como de costumbre.
—¿Cosas que pasan? Ya te lo advertí: si no ponías medidas, algún día te sucedería algo así… o vete a saber si, incluso peor.
El crujido de las ramas se alzó con fuerza, como si quisiera dar voz a lo que habían presenciado.
—Tú siempre tan exagerada, si tan solo es una pequeña cicatriz —dijo él, firme como una roca golpeada por la lluvia en la tormenta.
—¿Se puede saber quién te lo hizo? —preguntó ella. Su tono empezaba a elevarse, y una ráfaga de aire parecía avivar el enfado que sentía.
—¿Para qué? Ya no tiene importancia —respondió, con una voz que transmitía la tranquilidad de un lago sereno.
Pero aquella respuesta no iba a contentar a su vieja amiga, decidida a descubrir quién —o quiénes— le habían hecho aquello.
—¿Han sido los animales? —preguntó.
—No. Ellos están en su hogar y, todo lo contrario, me ayudan a mantener el equilibrio —trató de calmarla con palabras sosegadas.
—Entonces habrá sido ese grupito que suele ir a merodear por la zona. Alguna vez los he visto con sus mochilas al hombro.
—Tampoco. Suelen ser bastante respetuosos.
—Pues entonces habrán sido los escandalosos que acuden los fines de semana. Esos han sido, estoy segura.
—Fíjate, creo que tampoco —respondió resignado, como quien observa caer las hojas de un árbol en otoño—. Aunque es cierto que, en ocasiones, son los que menos cumplen las normas.
—Eres un cabezota. Sabes que, si tú quisieras, nadie te molestaría y podrías vivir tranquilo, sin llevarte estos sustos.
—Lo sé. Estate tranquila, y gracias por preocuparte.
Ella guardó silencio un instante, antes de añadir:
—Ah, por cierto… otros que no me gustan nada son los que bajan de esos enormes coches, trajeados, con planos en la mano. Anda con mucho cuidado con esos hombres.
Aquel pensamiento, le perturbó, como quien es absorbido por una densa niebla.
—Bien sabes que tienes a tu alcance los medios para estar a salvo —insistió ella—. Para que nadie vuelva a hacerte daño.
Pero también lo conocía bien, y sabía que disfrutaba siendo lo que era y haciendo lo que hacía.
—Ya… pero me conoces. Sabes que me gusta que me visiten, a pesar de que a veces ocurran estas cosas.
El canto de las primeras aves del lugar sirvió para zanjar la conversación. Los primeros rayos de sol comenzaron a asomar en el horizonte y, con ellos, cada amigo regresó a su lugar, pues la rueda de un nuevo día se disponía a girar.
En esta ocasión, la luna se marchó preocupada al ver cómo había quedado su querido amigo, el bosque.
Un nuevo incendio le había dejado una cicatriz que, una vez más, tardaría cientos de años en sanar.
©Fernando D. López Aguilera.
MARIANA DI PASCUA
El infinito de las letras
No me compares a Volveremos Tendo, no existe murga, que por más que por menos se le vaya a parecer. Ni por las letras ni por lo de «murga teatro» menos por el grito con el dolor del indio desterrado, cantado :»Tabaré, eè, eè… allá tan alto por la voz de Mario.
Las murgas bien armadas, dulces como la Catalina , gustadas por tantos, con buenos directores y todo, son buenísimas para casi todos pero la furia, el desparpajo el rapto perfecto de las letras de los Beatles es con el canto de Ricardo :» Podras hacer revolución » y nosotros el público creyéndolo, eso, eso…
Le voy más o menos a robar a J. L. Borges una idea donde algo así decía :»cuando se juntan en un instante el pasado el presente y el futuro, eso es el infinito» y como murga de cualquier carnaval volveremos es mi infinito. Ojo, el mio . Las viejas letras que escribiste en esa década, que no sean tu infinito, quizá me convenzas de un nuevo infinito con otra murga con nuevas letras que ya van naciendo en un parto diferente, nuevas épocas, nuevos ritmos nuevas formas de sentir y no podés mezquinar al pueblo en próximos carnavales. Merecemos escucharlas en tablados, no escritas en Facebook apagadas de música.
Volveremos nos dejó eternas cicatrices de antaño,siempre viva en nuestro pueblo porque el tiempo no la calla, pero vos tenes reloj finito como todo humano y muchas letras escondidas que buscan su carnaval.
Un tablado, un segundo y su infinito.
(para mi esposo, enero 2026)
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De: Mariana Di Pascua <marianadipascua74@gmail.com>
Date: mié, 28 ene. 2026 13:15
Subject:
To: <alicce1974@gmail.com>
TEMA:’Cicatrices
El infinito de las letras
No me compares a Volveremos Tendo, no existe murga, que por más que por menos se le vaya a parecer. Ni por las letras ni por lo de «murga teatro» menos por el grito con el dolor del indio desterrado, cantado :»Tabaré, eè, eè… allá tan alto por la voz de Mario.
Las murgas bien armadas, dulces como la Catalina , gustadas por tantos, con buenos directores y todo, son buenísimas para casi todos pero la furia, el desparpajo el rapto perfecto de las letras de los Beathes con el canto de Ricardo :» Podras hacer revolución » y nosotros el público creyéndolo, eso, eso…
Le voy más o menos a robar a J. L. Borges una idea donde algo así decía :»cuando se juntan en un instante el pasado el presente y el futuro, eso es el infinito» y como murga de cualquier carnaval volveremos es mi infinito. Ojo, el mio . Las viejas letras que escribiste en esa década, que no sean tu infinito, quizá me convenzas de un nuevo infinito con otra murga con nuevas letras que ya van naciendo en un parto diferente, nuevas épocas, nuevos ritmos nuevas formas de sentir y no podés mezquinar al pueblo en próximos carnavales. Merecemos escucharlas en tablados, no escritas en Facebook apagadas de música.
Volveremos nos dejó eternas cicatrices de antaño,siempre viva en nuestro pueblo porque el tiempo no la calla, pero vos tenes reloj finito como todo humano y muchas letras escondidas que buscan su carnaval.
Un tablado, un segundo y su infinito.
ART MI
ORIÓN (para el tema de la semana).
Aquella mañana amaneció sin luz, casi fundida.
Entré en la habitación y escaneé sus signos vitales: es necesario protocolo de emergencia.
Creo que podría estar apagándose – dije, intentando suavizar el momento.
Me miró desde una nebulosa de la mente y, contrario a las negativas de siempre, asintió con debilidad.
Durante el trayecto acaricié su cabello, como cuando era niña y su padre nos montaba en el asiento trasero para ir a buscar el cinturón de Orión en el cielo.
De reojo me buscaba y fingía una sonrisa, pero los lacrimales no mentían. Luego volvía a morder la manga del suéter, intentando ahogar el lamento.
Nos recibió la comitiva de médicos.
Humanos todos ellos, eso siempre lo dejó claro: si debo morir a causa de esto, quiero que sea asistida por alguien que palpita – me pedía.
Y le respondía que aquello era un tanto ofensivo, y ella se disculpaba diciendo que mi palpitar era diferente, pero volvía a la carga diciendo que yo estaba sintiendo más de lo normal, que aquello podría considerarse escalofriante, una falla crítica de programación, y remataba con eso de que la devolución a la fábrica estaba aún vigente.
Y siempre le recordé que debía esconder los cuchillos antes de irse a dormir, para evitarme tentaciones.
Y nos mirábamos ridículamente para luego echarnos a reír.
Pensaba en eso cuando me llamó el médico en jefe a su consultorio: comprobamos tres veces los resultados… No serán más de diez minutos. Lo lamento mucho – sentenció.
Apuré el paso para volver. Ya le habían quitado los sedantes fuertes y dejaron solo los que ayudaban con el dolor.
– Aquí estoy – dije.
– Vienes a despedirte, lo sé – me confirmó.
– Lamento que no haya alguien más cercano que palpite, señorita.
– Tu palpitar es diferente, nunca lo olvides – me acarició la cara.
Luego cogió mi mano: sabes qué hacer, te agradezco por tanto.
Y se apagó en silencio.
Estoy aquí porque supe qué hacer con todo y no conmigo. Entiendo que me miren con recelo, pero hay algo extraño en el entorno. Para hacerme entender: es como si cada rincón de la ciudad me produjera lo que ustedes llaman cicatriz, por más ilógico que esto suene.
Además, el anuncio de “grupo de ayuda” no especifica que sea únicamente para personas no sintéticas.
EVA AVIA
Aprendiendo a vivir con la muerte
“¿Te duele, papá? Le decía siempre que cubría las huellas dejadas por una esposa abusiva. Una madre que era de todo menos eso, una madre. Ya no hija, sonriendo, me decía cuando cogía los algodones y cubría sus cicatrices con el corrector.
Tenía nueve años, demasiado pequeña para tener que madurar por él. Una noche de tormenta la empujé tan fuerte, que nunca volvió a dejar cicatrices en ninguno de los dos. Unos años después, papá, moriría en prisión por algo que no hizo.
Mis abuelos paternos ejercieron de padres, también los perdí demasiado pronto. Con ellos aprendí lo que es amar a las personas con todos sus defectos.
Crecí rodeada de muerte. Sus visitas frecuentes, la hicieron mi amiga, y ahora, gracias a ella, me gano la vida.”
—¡Corten, corten! —Saltando, el director, de su silla—. ¿Estás bien hijo? ¡La maquilladora! ¿Pero qué te sucede mujer?
—Perdóneme, director —Con celeridad, cojo mis herramientas. Su rostro no se ve muy bien.
—¡Hemos terminado por hoy! Y, tú, ¡¿qué cojones ha sido eso?! —Su enfado es notorio ante lo sucedido con Diego—. Por favor, Marta, ocúpese del rostro de mi hijo. Es muy importante que no le queden señales.
—No se preocupe, puede marcharse tranquilo.
—¿Le duele? —Reviso su rostro centímetro a centímetro. Su simetría es tan perfecta que hace que me ruborice.
—No se preocupe, estoy acostumbrado. Suele suceder en este tipo de escenas. ¿Qué le sucedía hace un instante? —Arqueo mi cabeza, para mirar bajo esas greñas que cubren su rosado rostro.
—Nada, la escena me ha transportado a un momento que pensé había dejado atrás —Regresa a mí ese día, mientras con un bastoncito y suero fisiológico limpio la zona.
—¿Cree que me quedará cicatriz? Todos sabemos que es importante que eso no suceda —Esquiva mi mirada. No alcanzo a descubrir que esconde—. ¿Es cierto lo que se cuenta de usted?
—No se preocupe por su rostro. Y sobre lo que se dice sobre mí en el set, sí, es cierto. Ya está listo. No se la toque. Mañana se la cubriré antes de maquillarle.
—Gracias por su trabajo. Mañana la veo, Marta —Le guiño y sonrío. Observo sus movimientos, delicados, sosegados, mientras saco mi teléfono. Mi churri estará nerviosa, porque seguro, mi padre ya le ha ido con el chisme.
“De niño crecí rodeado de historias que no dejaban ningún sentimiento por florecer. La pantalla fue mi fiel compañera. Verla en ellas, era mi orgullo. Papá se enamoró perdidamente de aquella que había tras todos sus personajes. Él era un joven guionista que soñaba ser el director que guiara todas sus actuaciones.
Mamá, no solía utilizar actrices de doblaje. Su pasión hacia su profesión, en ocasiones, le producían lesiones que tardaban semanas en curar. Hasta que llegaría el día en la que una de esas escenas sería su despedida de los escenarios y de nuestras vidas.
A papá le costó seguir a delante con su sueño, ya no era lo mismo sin ella. Un día, me senté frente a él, observé sus ojos y le pedí que regresara a ser ese guionista con deseos de ser director al que tanto admiraba, quería seguir los pasos de mamá.
Ahora, las historias que tanto he amado desde pequeño las hago realidad para que otros las vivan tan intensamente como yo lo sigo haciendo. Y, papá, por fin dio el paso, se montó su propio estudio. Y esta va a ser su primera película como director.
Los sueños se pueden hacer realidad y vivir de ellos es lo más hermoso que me podía haber sucedido.”
Besos, la Incondicional.
MARIO NÚÑEZ
“Su hijo presenta politelia”, le había dicho el pediatra hace años a él y su madre.
“Politelia. Lo dijo como si fuera caspa, algo sin importancia” – revivió Facundo -, mientras sentía crecer en su interior el ahogo en la garganta, la bronca, la vergüenza, la impotencia, las dudas y los miedos sin saber muy bien a qué, y la firme decisión de no volver a hablar ni a permitir a nadie hablarle al respecto.
Ahora estaba nuevamente frente a un médico que lo evaluaba, esta vez para ingresar al Ejército. En realidad a Sanidad Militar. Soñaba con ser enfermero; era hijo de un militar fallecido en el Sinaí, y la muerte de su padre al que apenas conoció, sin embargo le facilitó el acceso con solo nombrar a su progenitor, su rango y número de servicio, como su mamá le había enseñado desde chiquito, cada vez que necesitaba los servicios del Hospital Militar.
Desde niño le había llamado la atención que tenía una tetilla más, debajo de la izquierda, otros dos bultitos como pezones de bebé, uno bajo la tetilla derecha hacia la ingle, y otro bajo la incómoda tercera teta de macho (le molestaba muchísimo cuando decían “tercera mama”).
Desde la escuela, no se mostraba a torso descubierto frente a nadie. Incluso daba la espalda al ducharse en su casa o en el club, y se bañaba con remera en la playa, siempre vigilando que la tela mojada no se pegara a su cuerpo y delatara ese atributo tan vergonzante.
Las otras dos tetillas, de niño parecían verrugas, una más chica que la otra, hasta que, con los pelos de las piernas, en la cara y la entrepierna, aquellas cosas chiquitas también crecieron, una de ellas, bajo la tetilla intrusa, desarrolló incluso forma de pezón, pero sin aureola como las otras tres. La segunda de la derecha fue aún más discreta por suerte, sentía Facundo. “pero igual son un asco, no puedo ni verlas”.
El pediatra les había dicho, a él y a su madre, en la última consulta antes de pasarlo a medicina general de adultos, que la politenia es muy rara, más en hombres, pero que cuando se presenta en varones, requiere más controles, porque suele desarrollar tumoraciones.
“¿Entendés, Facu, que vas a tener que hacerte controles vos mismo, palparte cada una de las tetillas con el brazo de ese lado levantado, y ante el menor bultito duro, fijo o móvil, consultar enseguida? preguntó el facultativo, frente a la mirada silenciosa de la madre, y el “si”, con el mismo silencio y un leve movimiento de cabeza asintiendo.
“Ni en pedo voy a estar masajeándome las tetas”, pensó mientras su cabeza mentía. “Después me crecen y termino siendo una mina de la cintura para arriba”, pero no dijo ni consultó nada al respecto.
Mamá dio por sobreentendido que su hijo se controlaba, pero no preguntaba, porque en casa, una mujer bien no habla con los hombres sobre el cuerpo de los hombres.
Facu jamás se revisó.
Y le ofendió muchísimo cuando el médico militar le hizo levantar el brazo y comenzó a trazar círculos concéntricos desde cada uno de los tres pezones y dos tetillas, de adentro hacia afuera, y de afuera hacia adentro.
“Sabés lo que estoy haciendo, ¿no es así?” preguntó el médico, que unos minutos antes había observado con curiosidad aquel pecho masculino depilado y bien marcado por el gimnasio y la pista de atletismo.
“Si – pensó Facundo -, que sos trolo y estás aprovechando para manosearme porque no voy a decir nada para que no me boches”, pero asistió con la cabeza y respondió como al pasar y mirando las letras de oculista en la pared “Sí, chequeando eso. Se llama poli…algo”.
“¿Te controlás al ducharte, al menos una vez al mes?
“Si, obvio. Siempre”, mintió descaradamente Facundo, sabiendo que el médico no le creería.
“Entonces sabés que tenés tres nódulos, uno de ellos bastante grande debajo del segundo pezón mayor izquierdo, y otros dos en el de abajo. ¿Consultaste por esto a tu médico? Nosotros no tenemos tu historia clínica. Nos la mandarán solo si entrás a la Fuerza. ¿Te indicaron algún tratamiento, estudios?”
“No, volvió a mentir Facundo. Mi médico dice que está todo bien”.
“No me gusta esto. Voy a darte una orden para Rayos X en tu mutualista, y punciones para biopsias. Por el ingreso no te preocupes. Dejo registrado una revisión final pendiente para el final del curso de Auxiliar Enfermería y controles cada dos meses. Tenés que traerme estos estudios en los próximos 45 días. Me los das personalmente, no los dejes en Recepción, y vemos cómo seguir. Mientras, te doy un pase provisorio de aptitud para la inscripción a clases.”
Después, todo se aceleró como una nave espacial de esas de los juegos de la Play 5.
Mamografía, ecografía mamaria, resonancia magnética y punciones para biopsias. Todo en los siguientes 10 días.
Mucha vergüenza en la sala de espera para los estudios, donde hay mujeres más grandes que él, pero ningún otro hombre.
Fue un alivio cuando una veterana le dio el pie perfecto “¡qué rico!, seguro que venís a buscar resultados de mamá o de tu esposa, ¿no? Eso es un hombre. Te felicito botija, hombres así no quedan”
“Si obvio. Con ella no tenemos secretos, y la ayudo en todo” volvió a mentir Facundo, y le dio tanta vergüenza que sus cachetes se enrojecieron como tomates, lo que le ganó más simpatía de las mujeres de la sala de espera. “Perdoná, no quise hacerte sentir mal. Es maravilloso lo que hacés”.
La enfermera de siempre había entreabierto la puerta, y discretamente, solo dijo “Pase sr. Facundo”.
La oncóloga le azotó primero en el rostro “Cáncer”, luego, ya entregado, le dio en la nuca con “Tipo 2 … o 3. Tumorcitos bastante agresivos, parece a primera vista. Tenemos que hacer más estudios. Por suerte sos joven, pero esto no pinta nada bien, y hay que actuar ya.”
“No hay que operar, ¿verdad?” preguntó Facundo con la voz entrecortada por la fuerza que evitaba a toda costa el llanto, que, si asomaba, ya no podría contener.
“Si, operamos. Esos nódulos no pueden quedar allí. Serán cortes pequeños. Bueno, el de la segunda mama izquierda no tanto, porque tenemos que raspar para eliminar todas las ramificaciones antes de que contacten con las de abajo o se extiendan a otras zonas. De todas formas, no tenemos cómo estar seguros, así que además tendremos que aplicarte quimio y radio, y vamos viendo.”
“¿Cuándo?”
“El martes. Cirugía ese día; dentro de cuatro semanas radio, y también quimio semanal.
La primera quimio inyectable será acá, y luego serán píldoras, hasta el próximo estudio en un mes y medio; acá te voy a indicar te voy a indicar todo, y al salir, ya reservás hora en Atención al Usuario. La cirugía también te la coordino desde acá. Es sin costo; para lo demás pagás las órdenes bonificadas de estudios y medicaciones. Acá queda. Martes con 12 horas de ayuno a las 10.25. Es ambulatoria, aunque te vas a quedar hasta la tarde en sala o en box. Pero tranquilo, esa noche dormís en tu casa.”
El curso empezó interferido por el tratamiento, siempre al límite de inasistencias y certificaciones médicas.
“Las operaciones salieron bien, ahora los resultados de las biopsias en 30 días. Te llamamos cuando estén dijo la oncóloga. “Sabemos que son tumores oncológicos, solo necesitamos chequear su evolución y asegurarnos que desaparezcan. ¡No te raspes ahí!” dijo la médica, viendo cómo Facundo trataba de adivinar las dimensiones y la extensión de las cirugías.
“Vas a estar hinchado un par de semanas. Nada de sol ni agua caliente o jabón directos”
“¿Me va a quedar esto?” Preguntaba una y otra vez Facundo asustado. “¿Van a quedar más grandes?”
“No. Sacamos los dos pezones afectados. Después vemos qué hacer con la segunda tetilla derecha”
“Sáquela, sáquela ya”
“No Facundo. Hay que esperar. Si se mantiene sana, es mejor no tocarla”
En su casa, con sus amigos, en el curso, en todos lados, nadie supo qué pasaba, salvo las personas de la bedelía del Hospital Militar, que recibían las certificaciones médicas sin comentar los motivos escritos allí, registrando rápido las fechas escritas en esos odiosos papeles, en medio de las olas de calor que empapan la frente y las manos del mareado Facundo, que se afirma en la mesa de la funcionaria mientras espera en cada trámite, seca.
El pelo cae a montones en la ducha, la piel parece más gris, seca y pica más cada semana, pero ni se comparaban con las cicatrices que parecen crecer, aunque Facundo llegó a medirlas y el centímetro de costurera de su madre no señala crecimiento alguno.
Un día llegó la buena noticia, ya casi al final del curso de Enfermería: “Ya no hay nada, Limpito, Facu”, dijo la oncóloga. Vamos a hacer un control en tres meses, otro seis meses más adelante, y luego, más controles a los seis y doce meses durante cuatro años para asegurarnos. Ah! Quedan unas cirugías más, pero son voluntarias; te las harás si quieres. Son reconstructivas, cirugías plásticas para eliminar las cicatrices. ¿Te parece bien? El cirujano puede operarte el mes que viene”.
“Gracias doctora. Si, cuando me las coordinen” respondió Facundo, pero no se atrevió a preguntar si la cicatriz del alma, que lo hace dudar de si alguna vez será hombre de verdad, también podrá operarse.
JUAN C VALTIERRA
Cicatriz
Eatoy perdió en fechas
No he leído mucho pero ya tengo mil cuentos guardados
El norte
Por Juan C Valtierra
Maíz. Manos. Olor.
Al principio solo era eso. Él me daba maíz. Yo comía. Eso era el mundo.
Después vino el hierro.
Sus manos me agarran. Las manos que dan maíz. Las manos seguras. Me sostiene contra su pecho. Escucho su corazón. Pum pum. Pum pum. Huelo humo. Metal. Fuego. Veo el hierro. Rojo. Como si el sol se hubiera vuelto pequeño y delgado. Viene hacia mí. Trato de moverme pero las manos me sostienen. El hierro toca mi pecho.
El mundo explota.
No hay palabras para esto. Solo dolor. Dolor que ocupa todo. Que es más grande que mi cuerpo. Grito pero el grito no es canto. Es algo que se rompe. El olor de mi carne quemándose. Siseo. Como cuando la lluvia toca las brasas. Pero yo soy las brasas.
Cuando el hierro se aleja el dolor no se va. Se queda. Tiene forma de luna. Blanca. En mi pecho. Donde estaba el corazón ahora hay esto.
Me suelta. Caigo. Me toca las plumas después. Suave. Como pidiendo perdón. Pero no hay mano que cure lo que las manos hicieron.
Desde ese día ya no era gallo entre gallos. Era marcado. Era suyo. O era de la marca.
La mañana que se fue la cicatriz lo supo. Ardió. Canté. No era mi canto. Era el canto de la cicatriz. Roto. Cerró la puerta con alambre. Pero había hueco entre las tablas. Salí. No decidí salir. La cicatriz decidió.
Lo seguí. Él adelante. Yo atrás. Veinte pasos. No sé qué son los números pero mi cuerpo los cuenta. Veinte pasos es donde el dolor es soportable. Donde la marca no arde tanto. Donde las piedras que él tira no llegan.
Caminamos. Polvo. Sed. Hambre. Mis patas sangraban. Una mujer me puso agua. El agua era roja cuando terminé. Seguí. Porque detenerse era sentir todo el peso de la marca.
Al tercer día llegamos a un pueblo. Él se sentó bajo sombra. Yo me quedé en el sol. Entonces él puso migajas en el suelo. Un camino. Desde el sol hasta la sombra. Desde donde yo estaba hasta donde él estaba.
Comí las migajas. Una. Dos. Los veinte pasos se fueron cerrando. Diecinueve. Dieciocho. Diez. Cinco. Uno.
Llegué a la sombra.
Me tocó las plumas. Como antes del hierro. Cerré los ojos. Y algo pasó. Algo como paz. Como si la cicatriz dejara de arder. Como si esto fuera el norte. Esta mano. Esta sombra. Este momento.
Duró para siempre. O duró un segundo.
Después él se levantó. Intenté seguirlo. Las patas no respondieron. Me caí. Me levanté. Me volví a caer. Él dio tres pasos hacia mí. Vi algo en sus ojos que no entiendo. Agua que no es lluvia. Se detuvo. Dio dos pasos atrás. Después corrió.
Corrió sin voltear.
Esa noche quise morir. No sé qué es morir pero quise dejar de ser esto. Pero cuando cerré los ojos la cicatriz ardió. Ardió tanto que me levanté. No quería levantarme. La cicatriz me levantó. Empecé a caminar. Hacia el norte. Hacia donde él había ido.
Caminé días. Semanas. El tiempo se volvió pasos. Se volvió sed. Bebía de charcos sucios. Comía piedras pensando que eran maíz. Comía tierra. El hambre es más grande que el norte. Pero la cicatriz es más grande que el hambre.
Enloquecí. Ataqué mi sombra durante tres días. Creí que mi sombra era él. Canté en círculos. El mismo canto roto. Una y otra vez. Como si el canto fuera lo único que me mantenía siendo algo.
Vi otros gallos. En corrales. Cantando. Apareándose. Me miraron. No me reconocieron. Yo tampoco me reconocí en ellos. Ya no era de esa especie. Era otra cosa. Marcado. Caminante. Cicatriz.
A veces olvidaba qué buscaba. Solo sabía que había una dirección. Norte. Y el dolor señalaba hacia adelante.
Un día vi un charco. Vi mi reflejo. No era yo. Era algo con plumas sucias. Ojos huecos. Y en el pecho una cosa blanca enorme. La cicatriz había crecido. Ya cubría todo el pecho. Ya casi no había plumas. Solo piel marcada.
Bebí. El reflejo bebió. Supongo que era yo.
Un día lo vi. O vi su olor. Un hombre. Me acerqué. Era él. Más viejo. Más roto. Tres metros entre nosotros. Me miró. No me reconoció. El gallo que él marcó murió en el camino. Esto que estaba frente a él era otra cosa.
Me puso maíz en el suelo. Esperó. No me acerqué. No podía. Los veinte pasos se habían vuelto ley. Se fue. Comí el maíz.
Vi entonces que él también cojeaba. Que él también buscaba algo. Yo lo había marcado también. Sin hierro. Sin fuego. Pero igual lo había marcado. Con mi ausencia. Con mi presencia. Con los veinte pasos que nunca cerró.
Seguí caminando.
He visto ese hombre muchas veces. O muchos hombres con su olor. Los veo comprar gallos. Gallos colorados. Los veo con hierros. Calentándolos. Marcándolos. Los gallos gritan como yo grité.
Pero hoy vi algo distinto.
Vi a uno de esos gallos marcados. Caminando solo por la carretera. Siguiendo a un hombre que iba adelante. Veinte pasos de distancia. Y detrás de ese gallo venía otro. También marcado. También contando pasos. También buscando algo que no lo voltea a ver.
Y detrás de ese otro más.
Y otro.
Una fila de gallos marcados. Todos con cicatrices en el pecho. Todos caminando hacia el norte. Todos siguiendo. Todos olvidando por qué siguen pero incapaces de detenerse.
Y entonces entendí.
Esto no empezó conmigo.
Esto no termina conmigo.
Él también fue marcado alguna vez. Por alguien. Con algo que no era hierro pero que ardía igual. Y por eso me marcó a mí. Para pasar la cicatriz. Para que otro la cargara. Para que la cadena no se rompiera.
Y tal vez yo también marcaré a otro antes de morir.
O tal vez ya lo hice.
Tal vez todos los que me ven me siguen un poco.
Tal vez mi cicatriz marca a otros sin tocarlos.
Tal vez todos llevamos la marca de alguien.
Todos caminamos veinte pasos detrás de algo.
Todos contamos una distancia que nunca se cierra.
He visto mi cuerpo muerto junto a carreteras. Tieso. Con los ojos abiertos. La gente dice: por fin dejó de caminar. Pero yo sigo caminando. Tal vez he muerto muchas veces. Tal vez la cicatriz no me deja morir. Tal vez ya no soy gallo. Solo cicatriz que camina.
Ya casi no tengo plumas. La cicatriz las fue comiendo. Ahora soy piel marcada. Piel que camina. Piel que cuenta veinte pasos hacia la nada.
A veces me pregunto: ¿Soy gallo? ¿Soy cicatriz? ¿Soy recuerdo? ¿Soy el castigo de Eusebio caminando?
No sé. Los gallos no saben estas cosas. Solo caminan.
Hoy desperté y ya no sentía las patas.
La cicatriz había comido todo.
Miré hacia adelante.
Ahí estaba él.
O alguien que se parecía a él.
Caminando.
Miré hacia atrás.
Había un gallo.
Joven.
Con una cicatriz recién hecha en el pecho.
Siguiéndome.
Veinte pasos.
Exactos.
Y entonces supe la verdad más terrible:
No sé si voy detrás de él.
O si él viene detrás de mí.
No sé si lo sigo.
O si huyo de lo que me sigue.
No sé si soy el marcado.
O el que marca.
Ya no sé la diferencia.
Solo sé esto:
Veinte pasos adelante hay algo.
Veinte pasos atrás hay algo.
Y yo estoy en medio.
Siendo la distancia.
Siendo la cicatriz.
Siendo el camino mismo entre el que huye y el que persigue.
Entre el hierro y la carne.
Entre el norte que no existe y el sur que ya no existe.
Ya no soy gallo.
Soy distancia.
Distancia que camina.
Distancia que cuenta.
Distancia que nunca se cierra.
Veinte pasos.
Para siempre.

Esta semana está complicado votar. Mucha variedad y calidad.
Doy mi voto a:
– Gerardo Bolaños
– Concha Carias
– Carlos Taboada
Esta semana voto por
– Sergio Téllez
– Gerardo Bolaños
Esta semana voto por:
Fran Kmil
Mi voto para:
Antonio Prades
Para el.tema: Cicatriz
Mi voto es para: Maite Bilbao Pérez
SERGIO TELLEZ
SOMBRA
Voto por Ukuku Alex
Voto por Axi Linda