Me rindo – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «me rindo». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 5 de enero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

 

 

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

No me queda
―Buenos días. Nos pones, por favor, una cerveza cero cero y una normal.
― ¿Qué entendemos por normal?
―Pues, eso, normal, con alcohol.
― ¿Tirada o de botella?
―Mejor de botella.
― ¿Botellín o tercio?
―Un tercio estaría bien.
―Solo me quedan botellines.
―Pues, un botellín, hombre.
― ¿Mahou, Estrella de Galicia, San Miguel, Heineken, Cruzcampo, Amstel?
―Mahou, por favor.
―No me queda.
―Pues, Heineken, mismo.
―Están del tiempo.
― ¡Vale, la que tengas fría, me da igual la marca!
―De acuerdo, y no se me venga arriba, que yo no tengo la culpa de su indecisión. ¿Y la cero cero, tostada o rubia?
―Rubia, tercio y fría, la marca no me importa.
―No me queda.
―Joooder, pues tostada, tío.
―Están congeladas y, que yo sepa, no soy su tío.
―Tú nos estás vacilando, listillo.
―Se equivoca, solo pretendo ayudarles en su elección, pero están con una berza impresionante. Antes de pedir, deberían pensar lo que quieren, que tengo clientes esperando.
― ¡Mira, trae lo que te salga de los huevos, pero ya!
― ¿Y de tapa?
― ¡No queremos tapa, coño!
―Estoy obligado a ponerles tapa. Si no, me sancionan.
― ¿Y qué cojones tienes de tapa? ¡Diossss!
―Frías o calientes.
― ¿Calientes…?
―Se ha roto el microondas.
― ¡Pues frías, coño!
― ¿Patatas alioli, bravas, revolconas, ensaladilla rusa, pincho de tortilla, croquetas, oreja plancha, callos, chorizo frito, morcilla, chistorra, calamares romana, cazón en adobo?
―Y, de todo eso, ¿qué te queda?
―Olivas.
―Qué fuerte. Elegiremos olivas, juá.
― ¿Con o sin hueso?
―Ay, madre, con hueso.
―No me quedan.
― ¡Qué raro! Y, sin hueso, ¿te quedan, o vas a sorprendernos?
― ¿Huecas, con anchoa o con pimiento?
― ¡¡¡Con anchoa, cagoentó!!!
―Están caducadas.
― ¡¡¡Me rindo. A tomar por culo, métete las cervezas y las tapas por donde te quepan, cabronazo…!!!
― ¿Qué les pasa a esos dos, que se van pegando voces?
―No sé, chico, les estaba ofreciendo unas tapas y se han puesto flamencos.
―La gente, que es muy rara.
―Y que lo digas. ¿Te pongo algo?
―Una cañita y un pincho de tortilla
― ¡Marchando un pincho de tortilla y una caña para Eusebio!

JOSÉ ARMANDO BARCELONA

LA CELDA
No sé cómo he llegado aquí, ni qué lugar es este. Mi mente es un estroboscopio de imágenes, sonidos y emociones inconexas, que tan pronto se entremezclan en una grosera síncopa carente de sentido, como colapsan por completo, siniestramente catalépticas, al modo de la imagen fija de esas fotografías en tono sepia, que ponen cara al difunto en las lápidas de los cementerios.
Abro los ojos y la oscuridad impenetrable que me rodea tiene un inmediato efecto sanador; la danza macabra que habita mi cerebro se modera, las formas toman conciencia de sí mismas y ocupan el espacio que les pertenece, mientras el río de mis emociones atempera su turbulencia y los recuerdos, todavía vidriados por la conmoción, van recobrando lentamente la nitidez.
Escucho voces, que me llegan muy amortiguadas desde algún punto a mi izquierda. Me incorporo. Al hacerlo soy consciente de mi desnudez. No tengo frío, la temperatura es agradable. Mis pies perciben la naturaleza metálica del suelo. Palpo el espacio buscando algo, un objeto, una brisa, el límite impuesto por una pared, lo que sea para ubicarme en esta tiniebla que me rodea. Mientras, camino despacio, arrastrando los pies, con cautela, guiándome por los gritos, sordos, acolchados, apenas perceptibles, que sigo escuchando. Yo también siento la necesidad de gritar. Lo hago con todas mis fuerzas y el sonido de mi propia voz me resulta amenazador, inquietante, peligroso; quizás es demasiado pronto para revelarme.
Las puntas de mis dedos tocan una superficie lisa, pulida, también de metal, que tiene continuidad en anchura y altura: una pared. Acerco mi oído, lo pego al muro, que está agradablemente tibio. Ya no se escuchan voces al otro lado. Tengo un referente y eso me conforta. Sin abandonar el contacto con el acero, camino hacia la derecha, hasta topar con otra pared, doy la vuelta y hago el recorrido a la inversa, pero esta vez contando los pasos, siete y medio hasta llegar al tope contrario, calculo una distancia de unos cuatro metros y medio; completo el perímetro con parecidos resultados. La habitación es amplia y no he percibido la presencia de puertas o abertura alguna.
El chisporroteo previo, que revela la existencia de un sistema de megafonía, se convierte en voz chirriante, robótica, desagradablemente aguda, de niño o mujer, que se expresa en un lenguaje extraño, desconocido para mí; una jerigonza que no trato de descifrar. Llama mi atención un ruido de chapa deslizándose sobre un raíl; me dirijo, siempre a tientas, hacia donde supongo se ha producido el movimiento. Por el camino percibo un olor agradable a comida.
En efecto, de la pared ha surgido, como de la nada, una forma plana que investigo cuidadosamente con las yemas de los dedos. Es suave, lisa, también metálica, como el resto de mi celda. Detecto un objeto, un recipiente, esta vez, además, también me sirvo del olfato. Es un bol, está caliente y parece el origen del aroma que vengo siguiendo desde hace un rato. Lo tomo en mis manos y olisqueo el contenido con desconfianza. Acerco el cuenco a mis labios, con precaución, los mojo en el templado brebaje. Está bueno, mucho, me gusta, es reconfortante y sabroso. Apuro el contenido y dejo el bol vacío en la bandeja, que con un leve chasquido desaparece en el acto.
Tengo sed. Husmeo la humedad, parece que en esta oscuridad extrema que no me permite servirme de la vista, mis otros sentidos están tomando el control. Exploro el entorno y descubro una manija, un tirador, lo acciono y surge otra bandeja. Exploro un poco, doy con un vaso y un tubo de cerámica, que emerge de la pared; acerco el vaso y sale agua, lo aparto y cesa de manar. Esta vez sé que he dado con el bebedero. Tengo sueño, me tumbo en el suelo, que atento a mis necesidades, toma una textura suave, cómoda, amorosa. Despierto con la boca pastosa. Ya conozco el protocolo.
He pensado en establecer una manera para contar el tiempo, como no hay sucesión de día y noche, la única forma posible de hacerlo pasa por seguir el protocolo de comidas. Son tres por período, parece sencillo, pero no hay nada que me sirva para llevar físicamente un registro, solo puedo seguir la cuenta mentalmente y es complejo; la vez que más me ha durado un conteo seguro ha sido de trece días. Es imposible saber cuánto tiempo llevo aquí encerrado.
A veces vuelven a escucharse voces, gritos lejanos, opacos, como filtrados por aislantes capas de corcho; son los únicos sonidos que me llegan porque hace ya un tiempo que la chirriante megafonía ha dejado de funcionar, es posible que la hayan desconectado al ver que ya he adquirido los automatismos de la rutina diaria. Nunca he visto a mis carceleros, pero sé que, de alguna forma, cuidan de mí y noto por ellos un extraño sentimiento de gratitud.
Duermo mucho, no puedo tener otra ocupación. Hace algunas comidas, soñé un recuerdo. Sé que es común rememorar los sueños, pero ¿pueden soñarse los recuerdos? Tal vez. Yo era un niño, al menos así me sentía; todo a mi alrededor era más grande que yo: la casa enorme, el corral, con su porqueriza, la gente que habitaba mi ensoñación. Había un hombre cuya cara me resultaba familiar, ¿quizás mi padre?, es posible, o no, quien sabe. En el corral había animales: gallinas sueltas, conejos en un cercado, un par de cabras, un palomar al que iban y venían las palomas, tres vacas en un establo y un cerdo en la porqueriza. Yo era feliz, creo, o quizás no; hace tanto tiempo que no tengo posibilidad de intercambiar emociones con otra persona, que temo haberlas sustituido por el simple instinto.
De todos los animales, el cerdo era mi preferido: las gallinas huían de mí, las cabras me atacaban, los conejos me daban pena, encerrados tras una malla de alambre, las palomas siempre volando, eran inalcanzables y las vacas, indiferentes, me ignoraban; únicamente el cerdo llamaba mi atención, sacando el morro por entre las rejas de su presidio y se dejaba acariciar. Si supiera qué significado tiene el concepto, juraría que el animal y yo éramos amigos. Aunque es cierto que mantenía esa misma actitud afectuosa y confiada con todas las personas que habitaban mi sueño; de manera que no sé qué pensar.
Tuvo que ser una siesta muy larga, o quizás fuera el recuerdo lo que condicionó su duración; la oscuridad y el aislamiento me hacen dudar de todo, aunque tal vez esto de ahora sea certeza y mi vida anterior una continua zozobra. ¿Es posible que en un pasado tuviera una existencia diferente?
Momentos antes de terminar mi sueño, el cerdo parecía inquieto, se movía de un lado a otro de la cochiquera, gruñendo sin cesar; hacía frío, mucho frío. Cuando llegaron los hombres, cuatro, fornidos, malcarados, torvos, el animal se acoquinó en el fondo de la porqueriza y comenzó a chillar de una forma horrible, angustiosa, que erizaba el cabello. Los cuatro se fueron a por él, lo trabaron para sacarlo fuera. El cerdo se resistía con todas sus fuerzas, afianzaba las patas en el suelo rugoso, sin dejar de chillar mientras era literalmente arrastrado hasta el centro del corral, donde esperaba más gente, mujeres, niños, hombres, uno de ellos provisto de un afilado cuchillo de matarife, que con un golpe certero degolló al cochino.
Acabo de hacer mis necesidades en el rincón habitual, no tardará en caer la fina lluvia purificadora que todo lo limpia, también a mí. Es agradable y cálida, tiene la fragancia de la flor de la acacia al amanecer y un gratificante efecto hipnótico que relaja. Intuyo próximo el momento de la tercera comida, si llevan el protocolo que yo recuerdo, debería ser la cena, de manera que es de noche o muy avanzada la tarde, pero a estas alturas, ¿estoy seguro de que esta es la tercera comida?, ¿cómo puedo saberlo con certeza? Tampoco me parece ya relevante el dato.
Ahora sí he escuchado el grito con claridad. Un chillido desgarrador, que ha traspasado todos los filtros. Creo que proviene de mi derecha, pero mi derecha de este instante, bien puede ser mi izquierda de hace un rato. Es la hora de comer, o posiblemente ya pasó. Pero ¿qué es una hora? Aquí el tiempo no existe, ni la luz, ni la vida; ni tan siquiera estoy seguro de ser quienquiera que fuese yo. Soy nada, acaso una sombra, un recuerdo, solo queda de mí la esencia primigenia de todas las cosas. Sin embargo, ¿por qué pienso, si no soy?
Recorro mi cubil de lado a lado, sin sentido, empujado por una extraña sensación nunca antes percibida. Busco a tientas el bebedero. No lo encuentro, lo han hecho desaparecer. Tengo hambre y frío, mucho frío, es la primera vez desde que estoy encerrado. Corro en círculo para entrar en calor y siento algo distinto, quizás una emoción: creo que la llamaban ansiedad.
Después de mucho tiempo vuelve a crepitar la megafonía. La voz sigue siendo robótica, aguda, irritante. Un fuerte crujido a mis espaldas me hace volver la cabeza. Se ha abierto una puerta, pero no entra luz por ella, solo una oscuridad menos densa. En el marco, enorme, se encuadran cuatro figuras indistinguibles, con forma humanoide. Reculo hasta el fondo de mi celda. Me acoquino en el suelo, asustado, sumiso, rendido. Los tipos vienen a por mí. Sé que es ahora cuando debería gritar.

PEDRO PARRINA

ME RINDO
Definitivamente.
Lugar, fecha y firma : ilegibles.

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

Me rindo…Si, soy yo, aquel ser que la vida le dio todo
Todo, ya que desde su nacimiento obtuvo salud, inteligencia, alegría y personas a su alrededor que la ha querido.
Si, soy yo, aquella niña que una vez los reyes le trajeron un plumier de madera con unos colores de la marca » pino».
Si ,soy yo, la que al ir a la fuente a buscar con el botijo agua, saludaba a todo aquel con quién me cruzaba y, su rostro , al verme contento me hacía crecer en vecindad.
Si soy yo aquella niña que recuerda las noches buenas con su padres y hermano pequeño adorando las llamas del hogar mientras su madre amasaba dentro del barrello de barro los buñuelos e higos abordados.
Mi casa, mi familia…
Pero ahora mis cabellos canos,mis arrugas del rostro envueltos con mis dolores del cuerpo me hacen decir en este final del 2022 .»Me rindo»

RAQUEL LÓPEZ

Frente al blanco papel
hilando alguna frase,
se confunden las ideas
y tanto alboroto, me marea.
El devenir de las letras
que si me falta una coma,
que si me sobra un acento
que la R se ha perdido,
que la J anda loca.
Por más que intento reunirlas,
se escabulle el batallón,
han comenzado una guerra
y se amotinan en rebelión.
¡ Suplico que vengan las musas
y pongan orden a esta revuelta!
pues las letras se dispersan
y las frases no completan.
¡ Yo me rindo, quiero tregua!
pongo cese a la revuelta
y agarrando con firmeza
a mi lápiz y papel
las ideas ya de vuelta
las letras piden clemencia
¡ Y por fin escribiré!

DAVID MERLÁN

El ratón daba vueltas y vueltas en su rueda sin fin ignorando su destino. A los ojos de los científicos, que lo observaban a través de los alambres que conformaban el armazón de aquella estructura, parecía que el experimento no estaba dando los resultados deseados.
El chip que le habían injertado en su minúsculo cerebro para dotarlo de conciencia humana parecía que no estaba funcionando.
—¿Qué hacemos? ¿Lo desconectamos ya?
—No. Déjalo un poco más. Déjalo toda la noche y monitorizado. Si mañana por la mañana no obtenemos respuestas, puedes desconectarlo. Acuérdate, eso sí, de comprobar que los datos han sido grabados, ¿Ok? — aclaró el científico al mando del experimento.
—Descuida, así lo haré.
*****
A la mañana siguiente el ayudante entró en el laboratorio. Para su sorpresa comprobó que el ratón no se movía y adoptaba una posición forzada patas para arriba.
«Vaya, pobre, está muerto» pensó al comprobar que no reaccionaba a los estímulos.
Abrió la rueda-jaula y lo retiró de su interior. Una vez depositado en el contenedor para su posterior gestión y destrucción, lo dejó a un lado del PC.
Movió el ratón, esta vez el del ordenador, y la pantalla se encendió.
Accedió al archivo de monitorización e hizo doble click.
El audio- video comenzó a reproducirse. La vista era On Board, y las imágenes que podía ver el científico eran las mismas que podía ver el ratón mientras daba vueltas y más vueltas en la rueda.
«¿Qué es este archivo? ¡Es un archivo de audio!» pensó sorprendido.
Sin pensárselo, hizo doble click y el sonido, alto y claro, se dejó oír.
—Porqué no me oyen? Yo los oigo, ¡eeeeh! ¡El implante funciona! Pero por Dios, apagar está maldita rueda. ¡Me va a dar un infarto!….y ahora se van y apagan la luz, ¡Socoooorro!…no puedo más, me rindo, no puedo, me r…..
FIN
Para el tema de la semana: Me rindo.
El ratón daba vueltas y vueltas en su rueda sin fin ignorando su destino. A los ojos de los científicos, que lo observaban a través de los alambres que conformaban el armazón de aquella estructura, parecía que el experimento no estaba dando los resultados deseados.
El chip que le habían injertado en su minúsculo cerebro para dotarlo de conciencia humana parecía que no estaba funcionando.
—¿Qué hacemos? ¿Lo desconectamos ya?
—No. Déjalo un poco más. Déjalo toda la noche y monitorizado. Si mañana por la mañana no obtenemos respuestas, puedes desconectarlo. Acuérdate, eso sí, de comprobar que los datos han sido grabados, ¿Ok? — aclaró el científico al mando del experimento.
—Descuida, así lo haré.
*****
A la mañana siguiente el ayudante entró en el laboratorio. Para su sorpresa comprobó que el ratón no se movía y adoptaba una posición forzada patas para arriba.
«Vaya, pobre, está muerto» pensó al comprobar que no reaccionaba a los estímulos.
Abrió la rueda-jaula y lo retiró de su interior. Una vez depositado en el contenedor para su posterior gestión y destrucción, lo dejó a un lado del PC.
Movió el ratón, esta vez el del ordenador, y la pantalla se encendió.
Accedió al archivo de monitorización e hizo doble click.
El audio- video comenzó a reproducirse. La vista era On Board, y las imágenes que podía ver el científico eran las mismas que podía ver el ratón mientras daba vueltas y más vueltas en la rueda.
«¿Qué es este archivo? ¡Es un archivo de audio!» pensó sorprendido.
Sin pensárselo, hizo doble click y el sonido, alto y claro, se dejó oír.
—Porqué no me oyen? Yo los oigo, ¡eeeeh! ¡El implante funciona! Pero por Dios, apagar está maldita rueda. ¡Me va a dar un infarto!….y ahora se van y apagan la luz, ¡Socoooorro!…no puedo más, me rindo, no puedo, me r…..

BENEDICTO PALACIOS

Sancho Noveno defendía sus predios con “lindo” y “parejo”, dos canes de tamaño de un ternero, recias patas y fauces de león, y él mismo iba siempre provisto de espada cortadora y alfanje por si el atrevido usurpador venía provisto solo de pica de no fácil manejo. Porque eran tiempos de fronteras difusas y de hambres declaradas que no conocían otro dueño que un estómago eternamente soliviantado, insistente y generoso, al punto de que cualquier mendrugo de pan, bofes de cordero y hasta pezuña de marrano eran bienvenidos por motivo de que la necesidad no cesaba de apretar.
Sancho Noveno poseía además dos hijas en el estar que la edad requiere, hermosas de faz y delicada la fisonomía, vigorosas, entrenadas por su padre en las lides de la lucha y la contienda, hábiles en el manejo de la espada, duchas en el cuerpo a cuerpo, ágiles, seguras y conscientes además de la seducción y el atractivo.
Era tiempo de otoño y amaneció la mañana de una espesa niebla que no permitía dar dos pasos y los mastines ladraban en demasía. Jerónima, la hija mayor, se acercó a lindo, le acarició el lomo y le dio un hueso para que calmara. El otro, parejo, acaba de saltar una pared porque había olido la presencia del zorro que aprovechaba hasta el plumón de las gallinas. Pero no era el zorro el que soliviantaba el gallinero y azuzaba al can. Al animalillo le precedía Adalberto, caballero sobre su penco, enarbolando lanza. Que en sus prados no solo pastaba su ganado sino también un par de bestias que saltaban el cercado y alborotaban la vacada, venía pregonando.
Avistada su presencia, apareció Sancho en el umbral seguido de sus hijas. Dejaron de ladrar los perros y un alguacilillo hizo sonar la cornetilla. Al sonido se cuadró Adalberto, como era convenido, abandonó el jamelgo y saludó cortés con reverencia. A ella respondió el Noveno con apurada templanza porque le ardía el estómago. Acababa de zamparse un cuartillo de aguardiente y lo notaba en demasía.
—Vengo de visita antes pactada —dijo Adalberto— aguardo la pertinente.
—Muchacho, no hay exigencia sin halagos.
Era Adalberto un joven tan diestro y ventajoso que aguantó sin inmutarse el desprecio.
—Volveré a no tardar— anunció por despedida.
Ladraba parejo, que había vuelto zalamero a la querencia de don Sancho, el cual le dio un manotazo porque no estaba para bromas. Todavía le quemaban las paredes del estómago. No había fuego alguno allí, pero también le consumían a Adalberto brasas y quemazones. Y lo mismo alcanzó a sentir Jerónima que disimulaba el rostro arrebolado acariciando al perro. Olfateó el animal raras sustancias que quebraban el ambiente y comenzó a ladrar intimidando a Adalberto. Y tanto le asustó que hubiera dado con su haber de hombre de bien en el mismo suelo de no estar pronta la mano de Jerónima sujetando al joven y deshaciéndose del perro. Y estuvo la gracia en que al socorrerle unieron las manos y los cuerpos. Duró solo un momento, el bastante para que el perro dejara de ladrar. Y fue entonces cuando Adalberto, fijando los ojos en Jerónima, exclamó “me rindo.”
Lo escuchó Sancho Noveno y se regocijó más de lo conveniente porque a ¿a quién sino a él iría dirigida aquella razón de pleitesía?

CARLOS TABOADA

PARÁLISIS
No estaba seguro de la situación: si soñaba una pesadilla o tres tipos amenazantes lograrían alcanzarme. Realmente, no sentía angustia (sino esperanza): al parecer, había escapado de la cadena perpetua por un crimen inventado.
Pensé en darme la vuelta para encararme a ellos, de acuerdo a mi fortaleza física. Corría a medias para mantener la distancia. Escuchaba el latido agónico de sus cansados corazones, mientras el mío dosificaba los impulsos para una maratón. Lograría llegar, sin esfuerzo alguno, a cualquier esquina de la ciudad, y, aun así, sin conocimiento de lucha, me di la vuelta. Lo hice para que reconocieran un acto de rendición en mi actitud, pero no quisieron perder la oportunidad.
En la noche, unas hojas metálicas reflejaron una luna llena rojiza. Sobre las cuchillas, unos demonios incandescentes y exultantes, danzaban y trazaban las llamas de una vengadora luna. Les di la oportunidad por compasión, pero no lo entendieron. Extendí mis brazos para acogerles, pero vieron un arma en ellos. Quise rendirme al destino, entregar el libre albedrío de mi alma sabia y, que la ira ajena, me redujera a víctima. ¡Deseaba todo eso! Pero ni por asomo me sentía un Dios, y ni tan siquiera un inmortal. Sucumbiría falazmente, sin sentido alguno. Deseaba jugar con fuego, pero sin quemarme. «¿Todo eso es posible?», me pregunté, cuando el primero de ellos alzó la mano.
—¿Qué pasa tío? —me saluda—. ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Coño, cómo corres! —me dice, echándome hachones de fuego en la cara.
—¡Joder! —me quejo, tratando de esquivarlos. Por los orificios de su nariz expulsa humo, tal como los de una olla exprés. —¡Qué desagradable eres! —le digo.
—¿Dónde te metes últimamente, tío? —me dice el otro—. La semana pasada no fuiste a mi fiesta —se lamenta, dándome por perdido—. ¿Sabes qué hicimos? —, me pregunta, asomando su juguetona lengua por entre la V de los dedos.
—¡Joder!, siempre estás igual —le digo, y el tipo se descojona.
—¡Qué ganas te tengo, tío! —me dice el último—. ¿Fuiste tú, verdad? —me señala, acusándome de algo.
—¡Quiero que me dejéis en paz, joder! —les chillo.
Los tipos ríen, cada cual a su manera.
—Por mucho que corras, siempre te vamos a coger —me dice Leviatán, escupiendo bolitas de fuego.
—Sí, sí —le digo, dando manotazos a sus pelotitas.
—Te voy a dar otro pase —me dice Belial, extendiéndome un ticket, luciendo en la oscuridad sus ojos lujuriosos.
—Vale, vale —le digo, cogiendo el pase con la punta de los dedos.
—Sé que has sido tú —me acusa Lucifer, observando el Sigilo tatuado en el dorso de su mano.
—Claro, claro —le digo, apartándome de la línea que traza su dedo.
Lo cierto es que estoy cansando. Otros días charlo más con ellos y se me va la hora. Están expectantes, cada uno de ellos esperando su dosis —por así decirlo. Me queda poco tiempo para despertar, y cuando justamente voy a decir algo, alguien aparece de la nada y se me planta en las narices.
—Conmigo no tienes por qué correr —me dice Lilith, deslizando el largo cabello sobre la espalda, como una dócil serpiente que atiende al gesto. Como siempre, está desnuda, y los cuatro, prendados, nos fijamos en su belleza.
Les voy a decir que se larguen. «¡Fuera de mi pesadilla!», les ladraré. Apretaré los ojos para exprimirlos, y protestarán y chillarán como humanos. Sé que Lilith me cogerá de la mano para escapar de allí. Su energía, inicialmente, es cálida y agradable, pero después sé que irrumpirá desenfrenadamente por mi torrente hasta achicharrarlo. Lo sé. Sé de lo que hablo.
A lo lejos, les escuchamos. «¿O será que permanecen en mi cabeza sus lamentos? Oh, ya les entregué mi libre albedrío. Ahora, ¡que se jodan!», me dije. Lilith tiró de mí y encontró, como siempre, un lugar bajo la luna.

CORONADO SMITH

El intenso oleaje bañaba mis pupilas después de los intensos espasmos, diecisiete segundos de éxtasis total, que culminaban la lujuria imperecedera ancestral grabada a fuego en nuestros genes. Venus había donado generosamente su néctar más preciado para deleite de la carne impía que solo busca el roce, como si solo se tratase de simples átomos de una molécula en ebullición. ¿A qué están ustedes, ustedas y ustedos pensando en “guarradas” mientras me leen? Me rindo, no puede escribir uno nada serio.
Mis pupilas se bañan
en el intenso oleaje
diecisiete segundos
de un espasmo salvaje.
La lujuria imperecedera
en su éxtasis culmina.
Venus regala a la carne
el néctar de la dopamina.
Átomos impíos que aceleran
las moléculas en su ebullición,
deleite para los sentidos
y fuego para el pecador.
Estaba haciendo unas rebanadas y me ha saltado aceite y he tenido que mojarme la cara corriendo en el fregadero y se me ha acelerado hasta el padrastro del índice, pero que cada cual piense lo que más le plazca la perversión subliminal es inherente a cada persona, aunque lo nieguen… y lo saben.

FÉLIX MELÉNDEZ

Me rindo;
como el crío
que no aguanta más fuerza.
en sus flaquezas.
Y ¿Grita me rindo?
en su juego.
Me rindo;
como el estudiante
Que llora en la tristeza
de los exámenes.
No se puede expresar.
Y da un puño en la mesa.
Me rindo;
como el padre
se rompe en el trabajo
diario de la vida.
Y no puede venirse abajo.
Me rindo;
como la madre
cae cansada,
tras un día agotador
de tantos problemas.
Y a nadie dice nada.
Me rindo;
como la abuela prepara cena
en la soledad de la Nochebuena
esperando a cualquiera.
Y nadie se presenta.
Me rindo;
con todos ellos y por ellos,
tanta indiferencia,
me rindo;
declaró la guerra a la impotencia.
Ante una sociedad injusta
que no tiene referencias.
Me rindo;
Ante todos los demás
que no hacemos nada
para cambiar.
Yo también me rindo.
Me cansé de esperar,
buenas acciones de los demás.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

La mañana comenzaba de forma inusitada para Javier, un hombre de cuarenta años al que le gustaba escribir, pero sus escritos no llegaban a alcanzar la calidad literaria que a él le gustaría.
Marta es su mujer, coetánea, apenas llevaban un lapso de cinco meses de edad entre uno y otro.
Tenían dos hijos: Julia y Roberto. La mayor tenía nueve años y el pequeño cinco.
Javier y Marta aprovechando que los críos estaban todavía dormidos conversaban sobre sus preocupaciones.
Javier.
Aún no me creo que haya conseguido escribir algo decente. Han votado mi relato en el grupo de escritura y la administradora me ha otorgado un diploma.
Marta.
Escribe para ti, y siendo tú mismo lograrás que tus escritos sean creativos y de buena calidad literaria.
No desaproveches tu don, sigue practicando, escribiendo y mejorando.
Javier.
La semana pasada estaba de bajón ya que no encontraba la inspiración suficiente para poder plasmar en una hoja en blanco mis sentimientos.
Siempre escribo poesía y no sé porque me da ahora por escribir teatro.
De repente el pequeño Roberto irrumpe en el salón como un torbellino, le da un abrazo a su papá.
Roberto.
Buenos días,¡te quiero mucho papá! La luz me hace apagar los ojos.
Javier.
Buenos días Rober, ¡mi vida, yo también te quiero mucho!
Es normal que cierres los ojos cuando la luz está apagada.
Roberto se va al lado de su mamá que está desayunando.
Roberto.
Buenos días mamá, ¡te quiero mucho!
Os he dicho que no me dejéis sólo cuando duermo.
Marta
Buenos días, ¡mi vida, yo también te amo!
Nos hemos despertado hace un rato, ¡corazón!.
Y papá y yo hemos decidido dejarte dormir un ratito más.
De repente irrumpe en escena Julia, con su silencio sepulcral de cada mañana. A Julia le cuesta mucho desperezarse y necesita por lo menos media hora para articular frases, sólo responde con monosílabos.
Javier.
Buenos días, ¡corazón!
Julia.
Hola.
Javier que estaba en el salón escribiendo decidió poner fin a su escrito suspirando: me rindo.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

TIENE UNA QUE ESTAR EN TODO
La Nochebuena se desarrolla según lo previsto en estos casos. La abnegada madre se saca las manos en el mandil sin quitar ojo a las perolas, sartenes y demás artilugios que no paran de humear, como locomotoras de vapor, mientras la campana extractora no da abasto, afanada en su labor de tragar toda la niebla que va surgiendo. La cocina es un bullir de platos mientras se va haciendo a fuego lento el pavo reglamentario. Adolfito, con las gafas empañadas, vigila por expreso encargo de su madre al enorme pajarraco dorado que no para de sudar dentro del horno.
Mientras, al fondo resuena la muchedumbre familiar, entre la que destacan los alegres clamores del padre, hombre sobradamente expresivo que ya lleva encima unas cuantas cervezas y va achispado, acompañado por el cuñado favorito que le sigue a la zaga y que no para de contar chistes y anécdotas merecedoras de la pena de muerte, cuando menos.
Un enjambre de chiquillos corretea peligrosamente junto al arbolito de Navidad que a punto ha estado de volcar repetidas veces y cuyos regalos, colocados estratégicamente a sus pies, tienen prohibido tocar hasta que llegue la hora señalada.
MADRE ABNEGADA: Adolfito, saca ya estos platos. ¿Has metido más bebida a enfriar? Hay que ver qué guapo estás con tu jersey gordo de renos. ¡Si es que te como la cara! ¿No te pones los cuernos rojos a juego? Que estamos en Navidad, leche…
ADOLFITO: Jolín, mama, siempre igual. ¿Me quieres dejar ya tranquilo? Mis amigos hacen lo que quieren en su casa y yo aquí, de camarero, de pinche de cocina y de reponedor. Que ya sólo me falta colocarme una escoba en el culo e ir barriendo según voy andando. Es queeee….
MADRE ABNEGADA: Déjate de tontunas. ¿Has llenado ya los cuencos con la mayonesa para el langostín y el marisco vario? Mira que te lo tengo que decir todo… siempre tiene una que estar encima. Ay, cuando yo falte…
ADOLFITO: Que siiii, mamá. Tres botes he vaciado ya. Y los panecillos tostados para el paté, y la ensaladilla… y el jamón, y el queso…
MADRE ABNEGADA: No me des voces y lleva ya esos platos. Anda, ven aquí que te dé un beso. Mira que grande está mi niño. Parece mentira. Hace dos días estaba hecho un canijo y míralo ahora, qué lustre de criatura.
ADOLFITO: Claro, mamá. Me tienes cebado. No sé cómo lo haces, pero antes de que consiga vaciar el plato, la comida se reproduce misteriosamente. Cualquier día exploto. Como esto llegue a oídos de asuntos sociales, me llevan. Por sobrealimentación.
ESPOSA (NO MENOS ABNEGADA): Adolfo, leche, deja de quejarte y hazle caso a tu madre, que no paras. Madre mía qué cruz, Dolores. El cielo lo tengo yo ganado con su hijo. A veces pienso que nos lo deberíamos repartir a medias. Una semana conmigo y otra con usted.
ADOLFITO: Me tenéis contento entre las dos. Y deja ya de llamarme Adolfito, mamá. Que tengo cuarenta y cinco años y todas las cosas bien negras.
MADRE ABNEGADA: Anda, anda… mira a ver cómo va el pavo y te callas un poco la boca. Siempre igual, no paras de quejarte. Ayyyyy…
ESPOSA (NO MENOS ABNEGADA): Qué me va a contar usted a mí, Dolores. Qué me va a contar…

BEGO RIVERA

El bosque
Llevaba varios kilómetros andando por la oscura carretera en mitad del bosque. El coche se le había averiado.
El caminante estaba exashusto, ni pasaba ningún coche, ni parecía que acabase el bosque.
Empezó a alarmarse. Era la primera vez que viajaba por esa carretera y no veía rastro de civilización. Según el GPS solo eran tres kilómetros de carretera atravesando el bosque. Pero estaba convencido que había andado muchos más.
De repente se paralizó. El miedo le invadió.No entendía nada. Un gran ojo apareció en el horizonte, acercándose a él lentamente; le observaba.
Esperó.
La pequeña Jan estaba radiante de felicidad. Sus padres le habían regalado por su sexto cumpleaños el juguete que deseaba desde hace tiempo.
La ciudad de su muñeca favorita.
Con sus casas, tiendas, y demás. A escala de miniatura, no le faltaba detalle. ¡ Hasta tenía un bosque!
Entretenida y mirando su juguete, miro a su bosque.
Le pareció ver que algo se movía. ¿Sería un bicho? Pensó.
Acercó su carita entre los árboles, cerró el ojo derecho para enfocar y ver mejor con el izquierdo.
La pequeña Jan se horrorizó, un pequeño hombrecillo estaba parado en la carretera de su bosque, con la boca abierta y tan aterrorizado como ella.
Jan chilló.

PURO CUENTO

EXAMEN SORPRESA DE ZOOLOGÍA CON EL PROFESOR LEÓN
Raúl Díaz Quezada
El profesor León convocó a toda la fauna para uno de sus exámenes sorpresa de zoología. Todos los animales acudieron temerosos al llamado, pues sabían lo severo que era el catedrático.
Además, estos tests eran mandatorios e ineludibles. Las fieras siempre eran seleccionadas al azar por el perito zoólogo y más vale que hubiesen estudiado para ser capaces de responder sus complejos cuestionamientos.
Si a algunas de las bestias citadas se le ocurría no asistir, el tutor lo sabría ipso facto. Éstos o éstas eran severamente castigados con un arsenal de tarea abrumadora sobre la materia de zoología.
Una vez todos reunidos bajo la sombra de una acacia, el maestro, desde la cima de una enorme roca, empezó con su selección fortuita.
— A ver tú — dijo señalando a un babuino. — ¿Cuál es la diferencia entre un mono y un primate?
— No, ninguna profesor. Un mono, un primate son exactamente lo mismo.
— ¡Reprobado inútil! — dijo el león apuntando. — No te conoces ni a ti mismo. Shame on you!
(el felino también era políglota).
El papio agachó la cabeza.
—¡Leer diez veces «El Planeta de los Simios»! — ordenó el rey de la selva.
— Pero esa es una película — replicó el primate.
— También existe en libro. No seas zopenco.
— Esta bien maestro chulo.
— Tampoco sea barbero cabrón. — A ver tú motitas — dijo señalando a un guepardo. ¿Es la pantera negra un jaguar o un leopardo que nació prieto o prieta?
El chita titubeó por unos segundos.
— ¡Responde de inmediato, que no tenemos todo el día! — exigió el profesor.
— Dile que sí, dile que sí — le sopló un leopardo, pero el guepardo no le creyó. Sentía que su primo le tenía envidia, por ser él, más veloz y esbelto.
— No, no lo es…es una especie de felino distinta — respondió motitas.
— ¡Reprobado inane! — Leer «Rin Tin Tin» diez veces ahora mismo.
— Pero ese libro es sobre un perro — resongó el chita.
— ¿Y qué madres! ¡Tú léelo y ya! — recalcó el león.
El guepardo inclinó la testa. El leopardo se cubrió los ojos con sus garras. «Te lo dije» susurró.
— A ver tú — dijo señalando a un equino salvaje. ¿Cuál es el caballo más pequeño de todos?
— ¡Ah, pues qué fácil querido profesor! Es el falabella. — respondió el corcel con orgullo.
— ¡Reprobado lambiscón!
— Pero si apenas ayer lo ví en un documental en Netflix. Se me quedó bien grabado.
— ¡Ni madres! — gritó el león. — El caballo más diminuto es el caballito de mar.
— ¡Ah, no es justo! Esa fue una pregunta capciosa.
— ¡Doblemente reprobado por rezongón! ¡Leer «Platero y Yo» diez veces!
— Pero Platero es un burro.
— ¡Por lo mismo cabrón!
El equino se encogió de hombros e inclinó la cabeza.
— A ver tú pata. ¿Cuál es el pajarito más chiquito del universo?
— ¡Ah, pues el de mi cónyuge profe!
— ¡No, no! No me refiero a ese tipo de pequeñeces maldita insaciable. Da gracias a Dios que de perdida tiene. La mayoría de las aves macho ni siquiera tienen uno.
— Eso es verdad — dijo un águila muy triste.
— Además, este es un examen de zoología, no de castigos genealógicos — recordó el catedrático.
— ¡Somos nosotros! — exclamó un tierno colibrí zunzuncito que casi nadie pudo ver.
— ¡Excelente zunzun! Chiquito pero picoso eh. Ya ves pata, ¿No que muy chingetas?. Leer «Pájaro Azul» de Charles Bukowski diez veces.
— Pero ese poema ni siquiera se trata de pájaros profe. Ya lo he leído — reclamó el ave.
—¡Me vale madres! ¡Tú léelo diez veces más y ya!
La pata bajó su mirada.
— Por último, ésta va para todos bola de incultos…¿Quién es el rey de la selva?
— ¡Tú mi rey león, tú lo eres! — exclamaron todas las bestias al unísono.
— En eso estamos todos de acuerdo — dijo el rey. — Es todo por hoy. Ya pueden retirarse bola de burros.
— ¿Solo los burros se pueden ir? — le preguntó un borrego a otro.
«Me rindo» se dijo el profesor León así mismo mientras se cubría los ojos con una de sus garras

CARLOS RODRÍGUEZ

Rendido a tus encantos,
de tus ojos enamorado,
de tus labios enganchado,
como drogadicto desesperado.
Así estaba,
cuando tu estabas,
así quisiera estar
ahora que no estas.
Mas me rindo a la evidencia
de tu fría ausencia,
de la distancia que nos separa,
del orgullo que nos flagela.
Me rindo a la certeza
de tenerte en mi cabeza,
albergarte en mi corazón
como cruel sinrazón.
Me rindo al ser consciente
de no poder olvidarte,
no poder abrazarte
y mucho menos besarte.
Me rendiré al silencio
al que condene lo que siento,
porque si de algo no me arrepiento,
es de amarte desde dentro del pecho.
Latido a latido
sabiendo que no te olvido,
a tu amor perdido
mi corazón sigue rendido.
Incondicional rendición
firmaría al instante,
sólo por abrazarte,
sólo por volver ha amarte.
Mas me rindo a lo evidente,
no volver a tenerte,
no volver a tocarte,
aunque nunca dejaré de amarte.

ARITZ SANCHO MAURI

En qué pendiente tan empinada y oscura se ha convertido este camino desde que la sonrisa de tus ojos ya no está para iluminarme como el candil que enciende la llama de mis sentidos.
Tengo que reconocer que cada día que pienso en curar esta profunda herida, me pierdo de las veces que encuentro otra vez a tus pies.
Cuanta fortuna he tenido al poder acariciar la seda de tus labios, sabiendo que en el mañana volveré a verte vestida en otra tela más rugosa.
Tengo sed de beber de tu copa sagrada la comisura del silencio resilente que me ahoga en la soledad, escuchando el ruido blanco cuando me susurrabas que ayer soñaste conmigo.
En ocasiones me visitan seres supremos que no logro conceptualizar, pero sé que existen, que me mantienen con vida.
Desde que vi la tormenta en tus pupilas recorriendo mi arrepentimiento, aposté tu felicidad y ya no he vuelto a ser el mismo desde entonces.
Desorientado de tropezar y levantarme tantas veces en la piedra de fantasear que todo vuelva a ser lo de antes del punto de no retorno, decidí quedarme en el suelo, rendido, siendo feliz al ver que tú volabas.

MARÍA LORETO ARGANDOÑA MOSCOSO

Renuncia
Mis palabras se fusionan con tus manos,
que estrangulan la salida desde dentro.
Cautela me ordena tu boca,
y yo me callo.
Distancia me exige tu cuerpo,
y yo suspiro.
Ausencia me gritan tus ojos,
y yo… me rindo.

RAÚL QUEZADA DÍAZ

360°
Me rindo, ya no puedo más con este tipo de vida. He resuelto darle un giro de 360°.

EL FARO

“Un dos de enero mi padre entró en coma; hace casi una década, y luego de muchas recaídas.
¿Uno escribe para contarle a quien?
Era él, uno más.. entre millones de tristezas.
Un gordo buenazo como la harina cuatro ceros, y con unas manos laburadoras que acariciaban hijos. Los de él, los de su sra, y los de los dos. Una rejuntada de apellidos no resueltos. Pero todos aprendimos en su escuela de vida; ni vencedores ni vencidos.
Al ser la mayor tuve mis ventajas..
¡Verlo!
Y yo que no dibujaba pero escribía,le anoté todo; sus recetas, sus penas, sus mesas con amigos, la emoción de mirar, y esa panza que tenía para acercárnosla y apretar nuestras cabezas cuando lloraban los más niños. Era un delantal de cariños.
El chef de nuestro hogar.
El cocinero Titi.
Estuvo en coma más de un mes..
En esa clínica nos dieron la fantástica opción de no pasarlo a una terapia intensiva, mejor una habitación común, no había otro desenlace más que el definitivo.
Y eso hacía que pudiéramos visitarlo y estar con él todo ese mes.
La dra lo visitaba una vez por día, los enfermeros una vez por día, los hijos una vez por día y nunca tuvo una sola hora completamente solo.
Se merecía esa guardia pretoriana.
Cuando los días pasaban, y él solo era una plantita vieja y chamuscada; todos preguntaban porque él seguía ahí..latiendo.
“No se rinde”- dijo un kinesiologo joven y avispado.
¿Era deportista? -Preguntó
-Noooo que bah..es un obstinado!
Un tano terco, un amante de la cerveza, y de la risa, un privilegiado.
¡Ama vivir!
Mientras él duerme muchacho..nosotros le bombeamos el corazón.

ANTONIO JOSÉ ROMERO GÓMEZ

Buscando un milagro
Miró al cielo y vio venir el mordido filo del hacha descendiendo en dirección a su testa. Afortunadamente lo esquivó con un resorte y actuando de manera instintiva hincó la punta de su espada en la parte alta del abdomen enemigo. El caballero soltó el hacha y cayo de rodillas. Lo remató empujando en la base de la espada con la palma de la mano atravesando aun mas a su enemigo. Uno menos, pensó. Conocía de sobra como eran las armaduras del ejercito kumano y sus puntos débiles. Limpió con el antebrazo el barro adherido en la mejilla, una de las pocas partes que su yelmo dejaba a la vista. El campo de batalla era un lodazal a causa de la lluvia caída al alba. Se maldijo por eso. Le rodeaba una amalgama de olores; fango, aceite de armas y sangre. Escupía al suelo la sangre del enemigo y la arenilla que levantaban las armas. Escuchaba las armas chasqueando, mellandose mientras chocaban entre si. También a los caballos relinchar y a los hombres escupir alaridos al cielo presos del dolor al ser atravesados, golpeados o mutilados. Sir William avanzaba inconsciente por el frente, siendo cada vez mas difícil dar un paso tras otro. Las perneras cada vez pesaban mas. Casi no podía despegar la suela dela bota del barro. Arrastraba su espada, dibujando un surco con la punta, dejando su firma entre la refriega. Era un suplicio tragar saliva en su áspera boca. Estaba sediento y transpiraba por cada poro de su piel fruto de la excitación del momento. De pronto distinguió en el horizonte al conde Rapzig
—¡Mal nacido hijo de perra!
El mismo William había realizado sus pesquisas semanas antes, averiguando que el conde había sobornado a muchos de sus vasallos para que dejaran paso a su ejercito y poder así asediar el castillo de Canterbury. Ahora por culpa de ellos, se veía luchando por el legado de su padre, fallecido meses atrás.
Gritó y maldijo al conde, pero no lo escuchó. William se sacó el yelmo y después la cofia. Estaba empapada, igual que el gambesón, lo lastraban demasiado. Dejó al descubierto su rubia melena, haciendo que el flequillo se le adhiriera a la frente debido al sudor junto con algo de su propia sangre. Al cabalgar, el yelmo le rozaba las sienes. Volvió a gritar el nombre del Conde y este al fin lo escuchó. Lo observaba en la lejanía lleno de odio. Tenia un aire altivo y creyendose superior, en parte lo era. Cuando un lacero del las huestes de William apareció de la nada e intento atravesarlo. Rapzig volteó sobre sus propios pies trescientos sesenta grados esquivando la lanzada. El caballero erró, clavando la pica en el suelo dejando su propio lomo desguarnecido. Sir Rapzig clavó la daga en el riñón del joven. Lo hizo varias veces mientras la sangre salpicaba su rostro sin apartar mirada de William. Éste enfurecido arranco sus pasos del barro y comenzó a correr con el alma invadida por el diablo, pero algo lo detuvo. Una flecha perdida atravesaba su gemelo. El escocia a rabiar. Maldijo al arquero. Era una herida menor, pensó. Partió la saeta en lugar de sacarla, no quería infecciones. Retomó la carrera blandiendo su amada espada con ambas manos apuntando con la punta al cielo mientras gritaba con el alma, cuando sintió un fuerte calambrazo, le flaqueó el brazo derecho. Cayó la espada e hincó su rodilla en el suelo. Algo le había atravesado el alma. Un dolor insoportable le cruzaba desde la clavícula hasta el riñón. ¡Otra maldita flecha!, espetó. Se maldijo. Oteó desde el oeste hasta el este. Los escudos de su ejercito apenas aparecían, en cambio en enemigo apenas había mermado. Estamos jodidos, pensó. Aquella flecha le había dejado fuera del juego. Vio al conde Rapzig llamar a su escudero, que aguardaba en retaguardia sujetándole el caballo. Alzó su mirada. Dejó la nuez al descubierto, a la vista de cualquier enemigo. Clamaba al cielo un milagro. Pero hoy no había Dios para el ni para sus hombres. Otros días gloriosos si lo hubo. Pero no hoy. Escuchó los cascos de un caballo que avanzaban como una centella hacia el. Bajo la mirada y vio a Rapzig blandir su espada descendente desde las once en punto dirección a su gaznate. No sabia como moriría, arroyado por la bestia que cabalgaba hacia él con los ojos en sangre o por el tajo en su garganta. El conde atravesaba la refriega empuñando su espada cuando a escasos dos metros Sir William cerró los ojos.

DIEGO CISNEROS

He estado tratando de escribir como si fuera un viejo salmón que nada contra corriente en un río semi congelado; un pez agotado que busca volver a su lugar de origen, a encontrarse con su verdadero yo, en donde alguna vez disfruté ser el yo mismo y nadie más. Sigo tratando de encontrar mi voz y contar historias que valgan la pena ser contadas y escuchadas. Pero hoy me doy cuenta de que he perdido el sendero y mi pasión se me ha resbalado de las manos y se ha ido a estrellar contra el piso. Mis deseos de escribir se han ido desgranando, consumiendo, como una titilante llama a punto de morir.
Me siento como si estuviera en un desierto de papel en blanco, sin gota de inspiración. No tengo las ganas de seguir luchando por encontrar las palabras adecuadas para tocar el corazón y vibrar el alma. El espíritu creativo que alguna vez germinó en mi hoy yace marchito.
He intentado todo lo que podido, todo cuanto a mi alcance he tenido, pero es como tratar de darle vida a las piedras, cómo intentar construir un castillo en arenas movedizas, apenas levanto una columna y está se viene abajo, es un esfuerzo vano.
A día de hoy me siento como si hubiera agotando mis últimas reservas de energía, como si estuviera tratando de subir una montaña sin fin. Así que hoy tiro la toalla. Me rindo. Tal vez algún día vuelva a mi la motivación y la energía necesarias para volver a escribir. Tal vez algún día un cálido rayo de sol se abra camino por entre estás negras nubes de pesimismo y me vuelva a iluminar la inspiración. Tal vez un día logré retomar el vuelo que alguna vez goce. Pero por ahora necesito dejar el papel y el lápiz fuera de mi vista.
No sé si alguna vez volveré a sentir la misma chispa de alegría y de satisfacción que sentía al plasmar mis ideas fuera de mi mente.
Me despido de la escritura con una mezcla de tristeza y extraño alivio, con un nudo en la garganta y una lágrima a punto de caer. Hoy me rindo pero desfallesco. Hoy no digo un adiós sino un hasta luego.

MARI CARMEN CANO REQUENA

No había nada más relajante que estar postrado en la proa de aquella embarcación mirando hacia el infinito del cielo sin ninguna nube que estropeara la pureza del azul del cielo, tan solo el ruido del mar y yo. El vaivén del barco me durmió, de tal manera que me adentró sin darme cuenta hacia unas corrientes….sin retorno. Desperté por la fuerza que emergían las olas en el lateral del barco y su espuma salpicaba mi cara hasta que por fin me di cuenta del peligro que corría en el punto en el que me había llevado la corriente marina. Sobresaltado me dirigí hacia el timón de la embarcación que giraba sin rumbo fijo agarrándola con fuerza intentado buscar un punto en la brújula que me indicara el sur para poner rumbo de nuevo a puerto. Pero todo intento fue fallido, desde donde me encontraba no se dislumbraba tierra alguna y cada vez el mar estaba más enfurecido conmigo como si de alguna manera me reprochara mí dejadez por haberme dormido. Las olas empezaban a golpearme con fuerza una más que la exterior, tras unas horas de inmensa agonía para intentar hacerme con el barco mis fuerzas empezaban a flaquear tanto física como mentalmente, todo lo que intentaba llevar a cabo para poner mi vida a salvo era fallido. En aquel momento supe que aquella embarcación de suerte metros de eslora iba directamente al ojo de la tormenta, el huracán seguía avanzando hacia el noroeste sobre el océano y estaba alcanzando vientos máximos de hasta 200 kilómetros por hora, lo que significaba un aumento de su fuerza y por lo tanto de la velocidad. Entré en pánico por lo que no podía pensar con claridad, mis manos heladas por el frio de la tormenta y mi cuerpo empapado aún me deprimían más pues intuía que llegaba mi final . Todo lo que había empezado como un bonito día de playa y relax se truncó haciendo de ello mi mayor pesadilla, me arrodillé en el suelo de la embarcación y grité con todas mis fuerzas… ME RINDO!! no puedo luchar contra ti, eres naturaleza en estado puro frente a un insignificante ser que irrumpe tus aguas y en venganza te revelas contra mi, solo pido que esta tortura no dure mucho más y si he de ser engullido por tus aguas embravecidas sea rápido y sin dolor.
El localizador del barco había mandado señales de emergencia a la estación marítima indicando sus coordenadas, mientras que la agonía de supervivencia llegaba a mi final un sonido ensordecedor y a la vez esperanzador se abrió en el cielo en forma de aspas gigantes que luchaban contra la fuerza del embravecido cielo dejando caer una cesta, en ese momento me di cuenta que no había sido en vano la insistencia de los sms de emergencia.
Me agarré a la cesta con el último esfuerzo de mis brazos, elevándome hacia las alturas sin saber a quien encontraría….. solo una voz que decía…..
– agárrese con fuerza… ya está a salvo!!

IRENE ADLER

CASANDRA O EL LLANTO QUE DESBORDA LAS CLEPSIDRAS.
Las lágrimas han labrado un surco en sus mejillas a través de la mugre, del polvo y la sangre ajenas. El llanto le ha secado las entrañas, y ahora sus ojos verdes, que tanto habían fascinado a Apolo, tienen la mirada ausente de los augures ciegos o de las estatuas.
Ella había soñado el destino de la ciudad: su caída, su rendición y su tormento. Había soñado con los mismos fuegos que ahora ennegrecían las blancas murallas de Ilión, y con aquella humareda que desde hacía siete días se elevaba, insolente, al cielo. Una gigantesca hecatombe en honor a los mismos dioses que la habían propiciado.
Desde la cubierta de la nave negra, mira por última vez hacia la fortaleza de Pérgamo, envuelta en un silencio aún más aterrador que las llamas. No quedan hombres; las mujeres son una recua de ganado exhausto y como ella, sin lágrimas. No queda nada. Su voz es ahora un eco olvidado que el viento esparce sobre las espumeantes aguas como el bieldo esparce el grano en los días de cosecha.
Caída y rota, la estatua de la diosa Atenea fija en los barcos aqueos su mirada quieta, opaca, inerte. Ayax la violó allí mismo, a sus pies de piedra, y la diosa tenía esa misma expresión vacía mientras ella gritaba, mordía, perdía la consciencia después de suplicar. Luego le ataron los pies y las manos y la condujeron con las demás hasta la playa. Hasta los barcos. Troya ardía y ellas lloraban. Dejaron de llorar cuando entendieron que sus lágrimas no servían para apagar el fuego ni para apaciguar las almas. Y aceptaron su destino en silencio, como fantasmas.
Hay un momento, con la puesta de sol, en que Casandra sonríe. Conoce su destino y el de ellos.
Regresarán a un mundo que ya no es el suyo; a hogares donde ya no se les espera ni se les ama; a un futuro que hace mucho tiempo que dejó de contar con ellos. Regresarán sí, pero a la nada. Vencedores hoy, mañana intrusos.
Y por primera vez desde que Apolo le otorgó el amargo don de la clarividencia, Casandra calla, espera, sonríe y acata. Sus lágrimas son el agua que desborda la clepsidra…
Y a los griegos se les está acabando el tiempo.

GLORIA ALBADALEJO

LA POESÍA.
He intentado por todos los medios, hacer poesía. Ya sé, esas palabras tan bonitas que a veces tienen rima, llenas de sentimientos, que dicen muchas cosas cuando quieren decir solo una. La poesía es algo mágico, bello, enternecedor. Pueden ser muchas cosas, aplicar romanticismo, ponerle emoción, escribir lo que uno piensa en ese momento o lo que siente en su vida y expresarlo en palabras.
La felicidad, la tristeza, la melancolía, lo que te emociona si estás enamorado, dolido, roto, deprimido. Unas palabras hermosas que se unen entre sí y utilizarlas como un desahogo para a continuación, escribirlas en una hoja en blanco esperando ser rellenada. Lo que se venga en la cabeza ese día. Hoy me siento feliz, pues escribir todo lo relacionado con esa felicidad, esa alegría, esos sentimientos maravillosos que de vez en cuando alguien siente. Hoy me siento triste, pues desahogarse escribiendo todos los sentimientos negativos que tenemos ese día. Hoy tengo ganas de luchar por la vida, por las cosas, la emoción, la libertad, el placer, la sabiduría, el trabajo, todo lo bello que nos da la existencia alguna vez, pues escribir sobre ello, pero no se puede obligar a hacer poesía, no es fácil y sólo los más ágiles con una gran capacidad artística emocional, lo pueden lograr.
Yo hoy, he decidido no hacer poesía, no lo consigo. Me rindo.

EDUARDO VALENZUELA

Porque tengo una edad avanzada y no sé cuánto me queda de vida, me rindo.
Porque dediqué mi vida a ser tal como me enseñaron, un macho ¡bien hombrecito!, con los pantalones bien puestos, un proveedor de mano firme,… un hombre sin debilidades ni sentimentalismos, posponiendo las emociones. Me rindo.
Hoy, me arrepiento. Me arrepiento de no haberle mostrado a mi esposa quién era yo verdaderamente, y me arrepiento de no haber tenido ningún gesto de ternura con mis hijos, por el contrario, les enseñé lo mismo que aprendí, que «los hombres no deben llorar» y con eso nos endurecimos como un tronco de roble, ocultando por dentro la tierna savia, los sentimientos.
Hoy, a mis casi setenta años me veo al espejo, con los labios pintarrajeados de carmín, con coloretes por toda la cara y me río, me río a carcajadas de mí mismo, porque he sido un tonto toda la vida, preocupado por el “qué diran” y no por el “qué siento”.
Y todo esto me lo ha enseñado, con apenas sus tres añitos, mi Carolita, mi nietecita. Esta pequeña mujercita, que con su alegría de vivir, me ha hecho llorar de emoción ―sin vergüenza―, me ha robado el corazón, me ha hecho volver a reír y a jugar como un niño. ¡Con decir que hasta me ha maquillado para que la acompañe a tomar el té en sus tacitas de juguete!
¡Me has ganado, Carolita! ¡Me has ganado! ¡Me rindo!

GUILLERMO ARQUILLOS

Apretar un botón
La última vez que vi a mi madre de pie, me regaló una sonrisa triste, un beso breve y me dijo «adiós, hija» en voz baja. Yo me quedé en el pasillo, sin saber qué hacer con las manos, mirando la puerta de su dormitorio y oyendo cómo corría el pestillo desde dentro. Al cabo del rato, empecé a dar golpes desesperados y grité, pero nadie abrió. Yo tenía doce años y, esa tarde, mis tíos me colaron en el hospital para que me despidiera de ella.
Todavía estaba viva, si es que se puede decir eso de alguien que se había tirado desde el sexto piso y tenía el cuerpo destrozado. Mientras nadaba en un lago de tubos y sueros, se olvidó de sonreírme. O quizá es que no pudo.
—Tenemos que salvarla —le dije a mi tío, poco después, en la cafetería.
Su cara hizo una mueca extraña que no consiguió controlar. Nunca la he olvidado. Ahora comprendo que la familia ya había decidido que no merecía la pena que mamá siguiese sufriendo, que ya había tenido bastante con los tres años de cáncer de mi padre, viendo cómo cada día se moría un poco más, pero sin dejar nunca de respirar. Cuando papá ya no estuvo, mamá decidió inmolarse, como si se tratara de una viuda de la India. Mis tíos tuvieron que elegir si prolongar su vida o no. Ese era el porqué de aquella mueca.
Y ahora, ¿qué hará Jaime conmigo? Voy a quedar fatal. Mi existencia ha dado un vuelco cuando he decidido esquivar el coche blanco porque he visto los ojos de la niña que venía en el asiento del copiloto. He dado un volantazo, luego varias vueltas de campana por la ladera, no sabría decir cuantas, y me he estampado contra este árbol. Me ha dolido tanto la espalda, el vientre y la cabeza que he revivido lo que debió sufrir mi madre en aquel hospital oscuro hasta que mis tíos se decidieron. Con rapidez, he apretado el botón rojo para que el coche no llame por su cuenta al servicio de emergencias. Después, he perdido el conocimiento.
No sé cuánto tiempo ha pasado, no sé dónde anda mi iPhone. El reloj del coche no funciona. Tengo el techo del Mercedes aplastado contra la cabeza y unas ramas han atravesado el cristal delantero, como si fueran lanzas, y se han clavado en el asiento del copiloto. En este momento, las endorfinas que está produciendo mi cuerpo, apenas me dejan sentir dolor. Tengo que decidirme: si no aprieto el botón rojo, me encontrarán cuando ya sea tarde y me haya desangrado. Cada vez me dolerán menos las heridas. Si lo aprieto, iré al mismo lago que mi madre, un horrible lugar negro lleno de monitores, goteros y tubos.
Jaime me va a dejar, estoy segura. Está enrollado con su secretaria y, cuando vea que necesito ayuda constante, si es que sobrevivo, se va a largar con la zorra esa que se pasa todo el día abierta de piernas. O quizá ponga la misma cara que mi tío: esa extraña mueca con la que me visita en cada sueño moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro. En ocasiones, llora por su hermana.
¿Merecerá la pena seguir viviendo, si es que lo consigo, siendo una carga para todos? No sé si apretar el botón y que el coche llame a emergencias. Tengo que decidir rápido si me abandono o voy a seguir luchando, porque quizá la próxima vez que pierda el conocimiento ya no volveré a recobrarlo sin ayuda.
Tengo el pulsador de la llamada al alcance de mi mano. De repente, el cuerpo entero me empieza a doler. No creo que pueda soportarlo. Es horrible. ¿Debo estarme quieta y no apretar el botón?

RAÚL LEIVA

Nivelar para abajo

Hace un tiempo, la fábrica Plastiversal S.A. contaba con un plantel de algo más de mil personas, entre obreros, personal de maestranza, administrativos y supervisores. La empresa marchaba muy bien para los tiempos que corrían, y a don Vicente le pareció oportuno agasajar a sus empleados. Analizó varias alternativas y se decidió hacer una maratón, más con la finalidad de reunirlos en una actividad colectiva que competitiva. Al finalizar la misma, los esperaba un lunch, una remera conmemorativa y una medalla metálica con la fecha.
Todo transcurrió con normalidad y la gente se mostró muy agradecida con don Vicente. La actividad fue muy productiva y los empleados trabajaron mucho mejor durante el siguiente año.
Al llegar a la misma altura del año siguiente, don Vicente llamó a su secretaria para organizar la maratón en su segunda emisión. La secretaria le propuso “Mire don Vicente, la fiesta estuvo muy linda, pero a todos los corredores le dieron la misma medalla. Creo que habría que distinguir a los tres primeros, es como un aliciente al esfuerzo, y eso se va a ver trasladado al trabajo.”
A don Vicente le pareció bien y así lo hizo. A los tres primeros le dio una medalla igual que al resto, pero de colores dorados y una remera más ostentosa.
Un año después, don Vicente empezó a planificar la tercera emisión de la maratón Plastiversal S.A. que ya era todo un acontecimiento. En eso se acercó el intendente a hablar con don Vicente. “Mire don Vicente, la maratón Plastiversal S.A. es una actividad muy linda y veo que sus empleados la disfrutan, pero el resto de la comunidad siente cierta envidia. Le propongo hacerla extensiva a la comunidad así todos somos parte. Por las remeras no se preocupe, le vamos a dar una mano.”
A don Vicente se le iba haciendo más grande la responsabilidad y mucho el tiempo que le dedicaba a la organización y el dinero que se le iba en ello.
El jefe de sector de conformado de baldes, le propuso a don Vicente, separar la maratón por categorías, ya que era injusto que el personal de taller compita con los administrativos que eran más jóvenes y entrenaban habitualmente.
Don Vicente, ya tenía dolores de cabeza. La logística era grande y había que emitir muchas medallas doradas, muchas planillas, mucha ceremonia. En fin, mucho más trabajo.
La asistente social le planteó —Mire don Vicente, lo que usted hace es injusto. Hay gente que no puede competir con los más atléticos. Tenemos planes para contener a gente con sobrepeso, alcohólicos en recuperación y ellos también merece un reconocimiento ya que la lucha de ellos es mayor. ¿No le parece?
El gremio se le plantó —Mire don Vicente. A usted le parecerá muy lindo esto de la maratón, pero usted está ocupando un día libre de nuestros empleados y sin pagarles un centavo los hace participar de una actividad de y para la empresa. Creo que les deberían pagar las horas extras, darles un bono no remunerativo o sino va a tener que explicarle esto mismo al ministerio de trabajo. Acá gratis no viene nadie más. Además estuvimos pensando que en nuestra asociación tenemos gente que hace choripanes y se tienen que ganar la moneda, ¿no le parece? Nos entendemos ¿no?
Vinieron días después, unas mujeres, esposas de los empleados, a reunirse con don Vicente. Por fin algo de apoyo, pensó. Nada más alejado de eso.
—Mire don Vicente, usted está destruyendo hogares. Desde que se hace esa bendita maratón, nuestros maridos entrenan como tres horas diarias y nos exigen que corramos con ellos para no sentirse solos. También nos obligan a cocinarles sano. Antes con tres milanesas estaban satisfechos y ahora piden verdurita, costeleta sin grasa y jugos naturales. Por favor don Vicente. ¡Tiene que hacer algo! ¡No damos más! Encima como nuestros maridos están en forma, las muchachitas los miran con más atención. Si uno de ellos nos pide el divorcio, nos va a tener a todas las esposas en este mismo escritorio. Y le aseguramos que los tonos de la charla van a ser otros — y dando un portazo se fueron.
Desesperado y solo, don Vicente se agarraba la cabeza. No podía con la maratón, y no podía suspenderla. Miró por última vez a sus empleados descontentos por una ventana, y se ahorcó en la oficina.
Lo encontró su secretaria y le dio un ataque de nervios. En su bolsillo tenía una escueta nota que decía “¡No doy más! Me rindo”.
Plastiversal S.A. fue vendida por los hijos de don Vicente a una multinacional que solo aseguró los puestos de trabajo a solo la mitad del plantel efectivo.
Una tarde, el gerente de Plasti world, estaba mirando el taller desde su despacho. Vio que el ánimo no era de los mejores. Se preguntó qué podría hacer para subir la producción y se le ocurrió organizar una maratón para motivar a los empleados. Los miró un rato más, hizo unos cálculos mentales y desistió en el acto.

EFRAIN DÍAZ

Tenía una sola cosa en la cabeza. La amenaza. “Si no te acuestas temprano, Papá Noel no vendrá a traerte tus regalos”, le dijeron sus padres.
Fabián sentía la urgencia de irse a la cama. Ansiaba dormirse, despertar temprano y verificar que Papá Noel hubiese cumplido con la lista de regalos. Que le hubiese dejado los juguetes debajo del árbol de navidad. Pero por otro lado, quería sorprender a Papá Noel poniendo los regalos. Quería levantarse a media noche y verlo. Quería ver el trineo con los venados. Quería corroborar la veracidad de las historias de que un viejo gordo y barbudo viajaba en trineo por el mundo entero dejando regalos a aquellos niños que se portaron bien y obedecieron a sus padres.
La fiesta de noche buena era en su casa. Ahí estaban los abuelos, los tíos y los primos degustando las delicias del menú navideño y disfrutando de la música de temporada. Comían, bebían y hablaban cosas que a Fabián le costaba entender. Cosas de adultos.
No quería ser descortés. No quería expulsar a nadie de la fiesta, pero mientras estuvieran allí, no podría irse a dormir y si no se iba a dormir, disminuía la posibilidad de que Papá Noel se detuviera en su hogar, mermando la posibilidad de sorprenderlo y verlo.
No sabía que hacer. A sus nueve años, tomar decisiones no era su responsabilidad. Era responsabilidad de sus padres, que a su juicio, eran irresponsables por antojarse de una maldita fiesta el día de noche buena. Si Papá Noel no paraba en su casa, sería culpa de ellos.
Decididamente tomó a sus primos y se los llevó a dormir. Los obligó a cerrar los ojos aunque no tuvieran sueño. Ya de a poco, lograrían conciliarlo. No desperdiciaría la oportunidad de sorprender a Papá Noel.
Fabián se despidió de sus padres y éstos le dieron un vaso de leche tibia. Se fue a la cama y se quedó dormido rápidamente. Cayó en una especie de bobera letargo, quedando profundamente dormido.
A la mañana siguiente despertó aturdido, perdido. Le dio algo de trabajo ubicarse.
Todo en la casa era silencio. Verificó la hora. Eran las 5:30 de la madrugada.
Se levantó de la cama sigiloso, a tientas, como ladrón en la noche y fue a sorprender a Papá Noel. Caminando de puntitas, atravesó el pasillo y sin prender una sola luz, se dirigió hacia la sala.
Al doblar la esquina, notó que el árbol de navidad estaba encendido, lo que le proporcionaría suficiente luz para ver a Papá Noel poniendo los regalos.
Cuando asomó la cabeza, vio los jugietes puestos debajo del árbol. Un sentimiento de coraje e impotencia lo invadió. Se sintió frustrado y burlado por un aciano sobrepeso. Otro año más en un intento fallido sin ver a Papá Noel.
Ya se rendía. Llevaba varios años intentando sorprenderlo y era inútil. Papá Noel era cuidadoso y sigiloso. No había forma de sorprenderlo.
En un recóndito escondrijo de su corazón, algo le decía que algún día lo sorprendería. Que algún día sabría la verdad. Lo que ignoraba Fabián era la cruel y triste desilución que conlleva perder la inocencia. Salir de la niñez tierna y segura para adentrarse en las arenas movedizas de la adolescencia para luego pasar a la turbulencia de la adultez.
Mientras, sus padres escondían el frasco de Benadryl que utilizaban todas las noche buena para evitar que Fabián despertara y descubriera a Papá Noel poniendo los regalos debajo del árbol.

JOSMA TAXI

El libro de la vida.
Sin saber cómo aparecí en un lugar nuevo y extraño para mí. Del suelo salía una especie de neblina que cubría casi todo el espacio. Noté un sabor metálico en la boca, observé que mi corazón aceleraba su ritmo, me estrujaba las manos…
Fui caminando, explorando aquel lugar, distinguí, a lo lejos una especie de kiosco y me dirigí hacia él.
Al llegar pude leer, en una especie de ventanilla, que había sobre un mostrador, un cartel en el que ponía “Admisiones”, me paré ante él y esperé, esperé, esperé…
A punto de perder la paciencia, apareció un hombre que vestía una camisa blanca, unos manguitos negros que cubrían sus antebrazos, y una especie de visera de charol.
— ¿Qué quiere usted? – me preguntó.
— Pues no lo sé, he llegado hasta aquí de forma rara, ¿esto qué es?
— ¿No sabe leer? ¿No ha visto el cartel? Esto es la sección de admisiones.
— Sí eso lo he leído, ¿pero de admisiones adonde?
— Otro desorientado, ¿no sabe usted que este es el portal al mundo de los escritores?
— No lo sabía, me entero ahora.
— Empiezo a sospechar que no sabe nada, – afirmó el oficinista-.
— En todo caso señor, yo soy escritor.
— Dígame su nombre.
— Soy José Alfredo Calatrava.
— No, no lo tengo en la lista.
— Le insisto en que soy escritor.
— Bueno, en fin, páseme su libro de la vida.
— ¿Eso qué es?
— No, si hoy perderé el aguante con usted. El libro de la vida se entrega en su nacimiento a todas las personas, para que lo vayan escribiendo. Siendo, como afirma usted, un escritor, le habrá costado poco esfuerzo completarlo. Aquí le entrego uno nuevecito y una pluma, tome asiento y vaya borroneando. No siga ningún orden, simplemente deje constancia de sus ideas, de sus recuerdos, de sus experiencias, de sus emociones, durante el tiempo que sucedió antes de llegar aquí.
Me había entregado un libro voluminoso, con más de cien páginas. ¿Cómo lo iba a llenar no recordando nada? Me entretuve mirando el mostrador. Fueron llegando desconocidos, pero empecé a reconocer a algunos escritores: llegó aquel poeta tan pesado, el literato famoso- que entró rápidamente-, aquel muchacho que plagió alguna de mis novelas, una tal Amalia -conocida por su soberbia y por escribir cartas hirientes-, y otro tipo, un petulante, que no pasaba de junta letras, pero que se daba unos aires de escritor premiado con el Nadal, me resultaba insoportable.
Me di cuenta de que había empezado a recordar, el sabor metálico que me había estado molestando, desapareció, tuve un primer recuerdo.
Siendo muy niño mi madrina me regalo un cuento, yo no sabía leer así que le pedí a mi madre que leyese aquellas hormigas que cubrían el papel. Se lo solicité muchas veces, al final mi madre se cansó, me dijo: “Menos mal que este otoño empiezas el colegio y aprenderás a leer”.
Dejó de leerme aquel cuento extraordinario. Trataba de un niño, algo mayor que yo, al que le regalaban un pincel mágico, con él, pintando, podía abrir puertas a mundos desconocidos, llenos de sorpresas; era fantástico.
Sentí unas ganas enormes de aprender a leer, lo que conseguí en un tiempo corto. Así que empecé a disfrutar, tebeos, cuentos, novelas, enriquecieron mi vida. A los quince años ya sabía que quería ser escritor.
Poco a poco fui llenando el cuaderno, me habían quedado tantas cosas por anotar. Me dirigí al mostrador y pregunté al recepcionista si me podía dar otra libreta. El hombrecito se sorprendió, me preguntó si era cierto que había llenado todo el diario. Le contesté que sí, al mismo tiempo que le enseñaba mi trabajo, farfulló una frase que no entendí bien, pero era algo así como: “Que extraño, nunca hubiera apostado por usted, pensé que se rendiría”.
Luego me dijo que no se daba mas que un ejemplar por persona. Yo le pregunté, ¿ya puedo entrar? Negó con la cabeza y me explicó que mi texto tenía que pasar por el jurado de admisiones, que me volviera a sentar en el mismo sitio en el que había estado antes.
Y aquí estoy, impaciente por saber si podré entrar. Ahora el sabor metálico en mi boca ha sido reemplazado por uno salado y amargo. Esperaré todo lo que haga falta, sé que la primera cualidad para ser escritor es no rendirse nunca, yo no me rindo.

OMAR ALBOR

Viéndola girar
me marie mil veces
Sus vueltas eran sorprenderme más y más
La música envolvía a sus figuras y yo quería subir anhelaba una vuelta más.
En mis sueños yo era quien manejaba la calesita de la plaza.
Sin pensarlo quería ser un caballo que llevara a los niños sobre mi lomo.
En mis sueños quería ser cohete para hacer volar a todos.
Ser parte de este carrusel de sueños durante años mi brindo la posibilidad de ver reír a los niños que llegaban llorando y poder verlos partir felices.
Mil veces soñé
quise ser pero no fui, me quedé mirándola eternamente y su música me envolvió y me llevó a mi niñez.
La calesita más hermosa con su música y sus personajes pintados mil veces, en mi retina siempre.
Estarán.

ROSA ROSANA

YO ME RINDO
Me rindo…
A la magia de un hechizo,
que mora en los recuerdos.
Queriendo jugar como niños
Imaginando el mundo
en el que una vez vivimos.
Siendo magos con poderes.
Trayendo momentos
del pasado al presente.
Como un conejo
que de una chistera emerge.
Con el poder en nuestros dedos,
y en una varita reluciente.
Queriendo deshilar los hilos
que una vez cosimos.
No se puede regresar
No puede el tiempo,
correr hacia atrás.
Volver al mismo lugar,
del que un día partimos.
No se puede retirar las palabras
que un día dijimos.
Ya no somos los mismos.
No es el mismo lugar
El tiempo ha pasado,
sobre aquello que vivimos.
Guardamos los recuerdos,
en sobres de papel humedecidos.
Imágenes de un ayer.
Sentimientos que fueron
que dejaron de ser.
Personas se quedaron
a lo largo del trayecto
y otras muchas se fueron
más allá del tiempo.
Me rindo… En este momento.
No se puede regresar
Vivir lo vivido
tan solo en el recuerdo.
El tiempo sigue corriendo
aunque en alguna ocasión
lo hayamos detenido.
Podremos encontrarnos
En un nuevo camino
Podremos hablar
sobre lo allí vivido.
Pero no podemos
Volver a vivirlo.
Ya no es lo mismo
El tiempo no perdona
sigue su ritmo
y no es el tuyo
y no es el mío.
Preguntamos cómo niños
¿Cómo será vernos?
¿Sentiremos lo mismo?
Tú no eres aquel
y yo, no soy el mismo
Somos otros queriendo
revivir lo vivido.
Viviremos diferente
Sintiéndonos distintos
Quizá no deseemos volver
al lugar del que partimos.
Quizá queremos hoy
vivir un nuevo camino.
Otro reloj, otro tiempo
Otro que tenemos hoy
Otro que hoy sentimos
Quién sabe si será mejor
del que hemos vivido
La experiencia la tenemos
quizá algo hayamos aprendido.
Pero regresar no, no podemos,
contar atrás en el tiempo.
Cuando este avanza
sin pedirnos permiso.
¿Volveremos a vernos?
Quizá, si lo decidimos
Pero no será un ayer
sacado de un chistera
Será un nuevo presente
Un truco de magia
Un malabarismo
que aún no hemos conocido
No se puede regresar
No puede el tiempo
correr hacia atrás
aunque en el pasado
y por momentos
lo hayamos detenido.
El tiempo se va
Es efímero hasta él mismo
Abrimos huecos dentro de él
Parándolo por un tiempo
Haciéndolos infinito
Yo me rindo, a veces.
Al tiempo vivido
A tus encantos
Al infinito de los recuerdos
Esos, que siguen vivos.
Los rescato del olvido
Y me rindo

MAR SHA

Me rindo al ver a los viejos envejecer cada día.
viejos, llenos de arrugas y sin poder hacer nada.
arrugas marcadas por el tiempo y los años.
marcados por alegrías, tristezas y penumbras.
La soledad los golpea muy fuerte, como lo hace el viento contra los árboles.
fuertes son sus manos que trabajaron cada día con el sudor de sus manos labraron la tierra para su porvenir.
Me rindo a que su salud se valla deteriorando de a poco, sobre todo su memoria
memoria que ya no recuerda mucho de su pasado… ni mucho menos el futuro.
pasado que se ve añejo, borroso, ufano.
me rindo a dejarlos ir a un lugar mejor.
Mejor dicen algunos que van a estar bien… pero yo no … me harían demasiada falta…
He decidido a no rendirme, aferrarme lo que más pueda a ellos
Aferrarme con todo mi ser para que no se vallan, que se queden por siempre.

CONCE JARA

Era mi tercer año en la universidad, y esa sería la primera Nochebuena, desde que vivía en Madrid, en la que no haría el turno voluntario de noche en el 7-Eleven, para así no estar sola. Económicamente no podía permitirme el viaje a Las Palmas y mucho menos dejar el trabajo. Pero aquel año Luís, mi novio, habló con sus padres y concretamos que tanto Nochebuena como la comida de Navidad estaba invitada a su casa.
Luís me recogió con el Seat 131 de su padre. Entré en el coche y tras besarme arrancó sin parar de hablar de las compras del día, de como habían ayudado a su madre él y sus tres hermanos a decorar la mesa, mientras su hermana y su padre retocaban el árbol de Navidad. Yo asentía y sonreía. Estaba tan elegante con aquel traje de chaqueta y su corbata.
Por fin aparcó el coche y subimos a su casa. Abrió la puerta y salió el padre de Luís, también de traje, extendiéndome la mano y esbozando una gran sonrisa. Su madre me dio dos sonoros besos y me presentó a los hermanos pequeños de Luís y a su hermana que me llevó a su habitación para que dejara el abrigo, y me mostró la cama en la que dormiría. Tras dejar mi bolsa y el abrigo, me invitó a retocar el maquillaje hasta que su madre nos reclamó.
En el comedor la mesa ya estaba lista y el padre de Luís fue indicando a cada uno donde sentarse. Frente a mi tenía a Luís que me guiñó el ojo susurrando que les había encantado.
La madre de Luis empezó a servir la mesa. El primer plato: “Cocochas en salsa verde”, de segundo un fabuloso asado de “Ossobuco de ternera” y de postre “Tronco de Chocolate”. Felicité a la cocinera agasajándola en todo momento.
Al terminar la cena, todos colaboramos en recoger la mesa, mientras el padre de Luís servía algunas bebidas y sacaba una bandeja con dulces de Navidad. Brindamos, vimos la televisión, jugamos al bingo…
El día de Navidad, como había sobrado mucha comida, repetimos menú. Fueron dos días inigualables.
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Hemos planificado y preparado un buen menú con entrantes: Hummus de garbanzos y Salpicón de marisco; como primer plato: Crema de calabaza; el plato principal: Merluza en salsa verde, y de postre: Macedonia de frutas y turrón de chocolate.
Durante ocho años de noviazgo más dos de matrimonio, hemos venido celebrando la Navidad en casa de mis suegros, comiendo el único menú festivo que mi suegra sabe preparar: Cocochas y asado.
Tanto Luís como yo intentamos en varias ocasiones dialogar con la madre de éste por cambiar esa costumbre absurda, pero que ella no se rendía en mantener.
Este año que termina hemos sido padres y mi suegra está tan embelesada con eso de ser abuela que al preguntarle si habría inconveniente en celebrar la cena de Nochebuena en nuestra casa por la comodidad del bebe, no ha puesto ningún problema… ni si quiera ha preguntado por el menú de la cena.
Llamaron a la puerta y aparecieron mis cuñados y sus parejas. Mi suegra fue enseguida a ver al bebé y entonces vi como mi suegro llevaba algo a la cocina.
—¡Un beso suegro! —le dije observando de reojo dos bolsas de gran tamaño que había dejado en la encimera—. ¿Pero y esto? ¿Qué me traes?
—¡Pues que te voy a traer… guapa! ¡La cena! En esta olla van las Cocochas y en esta otra el Asado. ¡Ya sabes como es tu suegra!

IKER YELED

Cada vez que te observo, me rindo.
Ante tus ojos, me rindo un poco más, porque cuando vienes a verme tu mirada me fascina.
Siento que pierdo toda la energía que tengo.
Cuando te escucho pierdo todos mis esfuerzos por continuar atento a lo que me encuentro haciendo.
Me rindo ante toda la belleza que se encuentra condensada en tus ojos, que observan desde muy cerca mis labios.
Cada momento que transcurre hablando contigo, me olvido de mis sueños. Éstos se convierten en cenizas, y me rindo por no poder dejar de seguir leyendo tus pensamientos, porque tus palabras mágicas me producen intensas emociones, y me rindo teniendo esas sensaciones placenteras.

SON SONIA

Querido Universo:
Esto es un desastre. A ver: lo que te pedí fue producto del influjo de la luna llena en mí. Hombre, que a estas alturas ya deberías conocerme. De hecho, fijo que has hecho esto así porque me conoces, claro. Y sé que prometí hacerte caso pero… ¿tú estás seguro que esto es lo que me conviene?. No pretendo ofender con la duda… de quien dudo es de mí, que igual me estoy montando películas en mi cabeza y no existe un Universo con el que dialogar.
Ya sé que te pedí que me enviaras algo que me moviese de mi zona de confort pero… ¿esto? ¿y tan rápido?, que no pasaron ni doce horas, joer. Ya sé que vienes insistiéndome con el tema desde hace añitos pero… ¿de verdad es con esto con lo que tengo que fluir?… ainsss.
Pufff, estoy confundida. Claro… esta vez vas y me cruzas con alguien que ya conocía, muy por encima, de mi pasado. Así es más difícil ser lo borde que suelo ser en estas circunstancias.
Acaba de enviarme un audio. Es la tercera vez que me interrumpo escribiendo, por él. Me dice que Rubén Darío se enamoró de su sirvienta que no era una lumbrera precisamente (la sirvienta) y que estuvieron toda su vida juntos. Que, entonces, eso le da esperanzas de que yo sea como Rubén Darío y pueda enamorarme de él… porque él está dispuesto a ser mi sirviente y no se considera muy lumbreras. Teniendo en cuenta que consiguió que me acostase a las tres de la madrugada por estar chatehablando con él, está claro que de tonto no tiene un pelo.
Me he despertado tardísimo. He perdido una hora y media de escribir. Con otro, estaría pasando olímpicamente y hasta estaría enfadada conmigo misma y lo proyectaría en él. Pues no… éste ha conseguido robarme ya más de una carcajada y no me doy concentrado. Quería escribir otro texto distinto, uno que tenía apuntado en mi agenda… y aquí estoy, escribiendo esta chorrada.
Bueno… quería decirte que… ME RINDO. Te haré caso, ya que tanto insistes. Me tiraré a la piscina. No prometo nada y es probable que esto acabe antes incluso que el año. Pero, eso, que yo te hago caso y no estoy escupiendo al cielo ni nada parecido ¿entiendes?… ¿me entiendes, querido Universo? Espero que sí.
Atentamente,
Esta surfista planetaria.

ADRIÁ MANTÍCORA

Labios de Sangre
Llevo años tallando mis colmillos y no me limito al enjuague corriente, mi cuerpo ocupa solventes más agresivos llegando hasta el cloro. Pienso como adoras ese olor a limpieza, rememoro con deseo esos momentos de pasar las tardes aseando pues no nos agradaba el desorden ni la mugre. Antes de ponernos manos a la obra nos fumábamos un cigarrito pues había de ensuciar nuestros pulmones compartiendo humo para estar en sincronía, vicio que he dejado en el antaño pues es pésimo bucal y teniendo en cuenta que era algo que no te gustaba. Usualmente pienso en estas cosas antes de acostarme, la penumbra inunda mis ojos, pero estos se abren paso para ver las luces entrar por la ventana, estas se mueven lentamente para arrullarme mientras se escucha la violencia de la calle. De la arena te materializas deslumbrando mis ojos con tu flama que no se conmueve con mi presencia, indiferente y por lo tanto sana, fuerte pues mi soplar no le perturba. Viéndome hacia abajo llegas a darme un beso por piedad, escuchando mis suplicios y observando mi dolor. Reviviendo el pasado que añoro, sintiendo tu latir con mi latir, oliendo tu esencia pura. La llama de tu pecho se mueve como si un infante soplara una vela por primera vez siendo inútil ese intento. Me interrumpes separándote con esa presencia imponente y por ende más sublime que por si misma dice -Es suficiente- sin que tus labios se muevan, cuando estos lo hacen es para decir “Sabes a sangre”.

YOLILLANA RELATOS

Me rindo.
Me acuerdo del inmenso dolor de estómago que me impide estirar mi cuerpo.
Estoy acostada en mi habitación. A oscuras. Llevo días así, semanas, no sé cuánto tiempo.
Huele mal, debo ser yo, mi ropa, mis sábanas.
No recuerdo la última vez que me duché.
No puedo dormir, solo quiero dormir, pero no puedo.
Me acuerdo de la posición fetal continua en la que el dolor de estómago me obliga a estar.
Mi madre entra en la habitación. Está casi a oscuras pero sé que es ella.
Ya ha entrado tantas veces que he perdido la cuenta.
Corre las cortinas y sube la persiana.
Es verano, hay mucha luz. La luz del sol se refleja en el papel pintado de la habitación y me obliga a apretar más los ojos.
-Tienes que levantarte hija, tienes que comer.
No respondo, no quiero hablar.
Y tampoco quiero levantarme, no quiero comer, no quiero ducharme.
Solo quiero dormir, pero no puedo.
Tengo una nube negra en mi cabeza que nubla toda mi conciencia.
No sé quién soy, solo sé que ya no quiero ser.
Me acuerdo de tener el mismo pensamiento negativo una y otra y otra y otra vez.
Como una canción que has escuchado en la radio y no puedes parar de cantar mentalmente, por mucho que la odies.
Entra mi padre en la habitación. Sufre, lo noto, no le veo la cara porque estoy tumbada cara a la pared, pero lo noto.
-Niño, hay que hacer algo – la voz de mi madre otra vez.
Mi padre se acerca a la cama y se sienta a mi lado. Noto su mano en mi espalda.
Me duele su dolor, otro dolor añadido a todos los que ya tengo.
Si puede doler el alma, también me duele.
-Hija así no puedes seguir, levántate y ven al salón con nosotros. Tienes que comer algo.
No puedo papá, no puedo. Ojalá pudiera.
Pienso y siento, pero la voz no sale de mi cuerpo, se me queda dentro y me duele. También me duelen la garganta y la cabeza.
Dios la cabeza, ¡me va a explotar! Que alguien me quite este dolor.
El dolor de estómago se vuelve más intenso.
Solo quiero dormir. Si pudiera dormir y no volver a despertar, ¡sería tan maravilloso! Se acabaría todo mi sufrimiento.
Pero sufrirían otros. Mis padres, mi hermano, mi novio, seguramente también algún amigo. Y yo no quiero eso.
No puedo hacerle eso a mis padres, pero lo único que quiero es dormir eternamente.
Mientras pienso todo esto siento una lágrima correr por mi mejilla.
Quiero llorar, necesito llorar, pero tampoco puedo.
Las lágrimas contenidas son una enorme bola negra que me presionan el pecho y la garganta y me cuesta respirar, me impiden hablar.
Y duele, la bola negra también duele.
Me acuerdo de sentir los brazos de mi padre al arrancarme de la cama.
Mi madre habla pero no entiendo lo que dice.
Entre los dos consiguen levantarme y ponerme algo de ropa.
No, por favor no me levantéis.
Y… si me están vistiendo es que me van a sacar a la calle.
No, a la calle no. Dejarme aquí.
El dolor de estómago se vuelve tan intenso que siento ganas de vomitar.
Papá suéltame, déjame en la cama.
Pienso pero no lo digo, la bola negra no me deja.
Soy un pajarillo en brazos de mi padre.
Debo haber perdido mucho peso porque mi padre no es muy grande y me siento pequeña en sus brazos.
-Coge las llaves del coche.
Eso sí lo he escuchado.
¿Adonde me lleváis? No, dejarme en la cama.
Tengo diecisiete años y trastorno depresivo mayor.
Es lo único que he conseguido entender en la consulta del psiquiatra.
No recuerdo nada de la consulta. Ni al doctor. Nada. Ni los muebles, ni la sala, ni cómo han conseguido traerme aquí.
Oigo voces, el doctor pregunta y mis padres responden.
Pero no entiendo nada, solo eso.
Tiene trastorno depresivo mayor.
Me acuerdo del tratamiento: Prozac y tranxilium. Cuatro pastillas al día entre los dos medicamentos.
Y luego me acuerdo de recuperar el apetito y de la primera ducha que me di en, según mi madre, semanas. Elijo el jabón rosa de burbujas que siempre había en casa, Avon Bubble Bath. Me encantaba ese olor. Qué ilusión más tonta, pero era una ilusión.
Me acuerdo de estar sentada en la bañera y notar la espuma recorriendo mi cuerpo, y me siento bien.
Mi madre me lava el pelo.
El dolor de estómago, la bola en el pecho y la nube negra de mi cabeza aún están, pero poco a poco se van alejando de mí.
Hace más de treinta años de todo eso, y la nube negra ha intentado volver alguna vez, pero ya nunca la dejé apoderarse de mí.
Me acuerdo de todo esto y pienso que, si no hubiera sido por mis padres, seguramente habría conseguido dormir eternamente.
La sensación volvió varias veces en mi vida, pero nunca la dejé invadirme como en aquella ocasión.
Así que ahora ya no, no me rindo.

NEUS SINTES

Sin rumbo fijo el caminante se adentraba en la espesa y densa cueva del bosque. Lo que no sabía es que, se encontraba bajo la atenta mirada de las sombras. A medida que caminaba, más y mas se adentraba bajo el poder del ojo que lo ve todo. Todo bosque alberga sus más aterradores secretos, atrapando e infundiendo temor a todo aquel que se adentre en su oscuridad.
Los brazos de los árboles acogieron al viandante, como quien se funde en ellos en un gran abrazo. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Se detuvo, sintiendo la brisa acariciar su piel mientras el temor invadía su cuerpo. Ausente en sus pensamientos, se detuvo para ver hasta donde había llegado.
Se percató de que se había alejado bastante de su punto de partida. Ahora ya era tarde para dar vuelta atrás. Había anochecido y se encontraba aislado y sin poder ver más que las sombras que iluminaban su caminar perdido. Al levantar la vista, pudo distinguir cómo le envolvía un aura distinta, que por primera vez pudo percibir entre la maleza de la vegetación. Se sentía invadido por aquel misterioso bosque que lo atrapaba y consumía, sin darse cuenta.
Se apoyó en uno de los grandes árboles que lo habitaban y mientras cerraba los ojos, pudo sentir el peso del cansancio en sus hombros. Deseando en no volverlos a abrir.

GAIA ORBE

tromba de piedras
cae entre fuertes rachas
yo no me rindo
*
los relámpagos crujen
el aire se engalana
*
en campos secos
chaparrón inesperado
evoca al amor

CATY FLOWER

Es la tercera vez que pasó por lo mismo, noches sin dormir, ansiedad por sus cambios de humor, su mutismo, sus ganas de hablar cuando le va bien su egoísmo sintiéndose el centro de atención, como si los demás no tengamos corazón, me siento impotente de ver cómo pasa las horas pegado a su móvil sin hacer nada de provecho, estoy cansada de pedir ayuda y que su contestación sea con desprecio, estoy cansada de sus portazos, sus enfados, sus encierros en una habitación que parece una pocilga. Siento pánico a ver sus notas y sentirme defraudada. Me duele flagelarme como madre pensando que estoy haciendo mal, culparme, no dormir por las noches visualizando un futuro incierto. Es la tercera vez y si.
En serio… Me rindo

IVONNE CORONADO

Me rindo! Tanto hablar de controlar el uso del plástico, de decir que los comercios no daran más bolsas y que cada uno debe llevar algo para meter sus compras, y que viene de decirme la vendedora? «Se lo envuelvo, señora?» – y que había en sus manos? La maldita bolsa plástica.
Y que me cuentan de las botellitas de agua? Lo mismo, siguen en el mercado, siguen crujiendo bajo los neumáticos de los carros hasta quedar bien aplanadas.
Me rindo! Hago todo lo que puedo por evitar ser yo misma uno de tantos locos que ponen su basura en bolsas plásticas, para depositarlas en un gigantesco contenedor plástico, donde cada uno de los habitantes de los cinco pisos donde vivo tiran las suyas, que fueron depositadas en un gran recipiente plástico , cubierto de una gran bolsa negra, para recibir a sus compañeras blancas. Tengo un basurero en casa, y confieso es plástico. No tiro nada mojado que de mal olor en mi basurero, y adentro una bolsa de papel recibe mis desechos, y corro hasta el parque de enfrente, donde hay basureros enormes para recibir los restos de la comida que convierten en abono para las plantas. Mi basura es poca, comparado a lo que reciclo.
Cada vez que obligada compro la fruta en esas mallas plásticas, que al cortarlas con las tijeras se desmenuzan, me duele tirarlas, no son reciclables. Los pájaros y otros animales terminan comiéndose los elásticos y las partículas diseminadas en las aguas…y que los humanos posiblemente ingerimos sin darnos cuenta.
Me rindo! Pocos escuchan, y los gobiernos solo hablan y hablan sin preocuparse de tanta exportación de artículos que pudiéramos dejar de utilizar sacudiéndonos la pereza de lavar la vajilla,los cubiertos, manteles, etc.
Me rindo! Mi generación se extingue. Las generaciones futuras recogerán el fruto de su negligencia.

ALMUT KREUSCH

Llevo mucho tiempo rebelándome contra tu dominio. Pero ya no puedo más. Me rindo. Eres muy poderoso, me has despojado de toda resistencia y reconozco, por mucho que yo siempre haya sido una guerrera, el héroe de esta batalla eres tú. Te entrego mi espada ofreciéndote mi cuello.
Sin que te lo pidiera invadiste mi cuerpo, con el único objetivo de destruirme. Que ingenua fui creer que sería fácil echarte a patadas.
Y poco a poco tus garras de hierro incandescente me desgarraron por dentro, licuando la sangre, rompiendo brutalmente la armonía de mis órganos y sembraste las semillas de la destrucción.
Pedí ayuda. Me inyectaron balas envenenadas. Rayos poderosos me quemaron la piel antes de alcanzar su objetivo. Te supliqué que me dejaras en paz, pagaría cualquier precio para que me abandonaras , te ofrecí mi larga y brillante melena y la aceptaste con una sonrisa sádica.
Los vómitos no daban tregua, el insomnio me provocaba alucinaciones , mis huesos se convirtieron en tubitos de cristal , el frio me helaba el alma, y en la playa, pues el mar siempre fue mi refugio y consuelo, envuelta en mantas y a penas poder sostenerme de pie, ni siquiera tenía fuerzas para gritar mi desesperación contra las olas y el viento.
Pero no quería derrumbarme, me aferré a la vida. Volvió la fe.
Una mañana al despertar oí cantar los pájaros. Había olvidado su existencia. Sentí mi cuerpo ligero y la mente despejada. Era como si estuviera soñando. Pero no era un sueño. Esperé el dolor. En vano. Me miré en el espejo, mis ojos brillaban y mi cara estaba tan radiante que decidí prescindir de la peluca.
Pero todo no era más que otra de tus estrategias, y como sabias que el ganador eras tú, jugaste conmigo, con mi vida. Te deleitaste con mi inocencia y te reías de mi a carcajadas cuando me cubrí la cabeza con los pañuelos más coloridos, cuando mi cuerpo admitía una comida caliente y una cerveza fresca sin rebelarse, cuando me emborrachaba de esperanza eufórica.
Cuando había recobrado las ganas de vivir, cuando me sentí orgullosa de haberte vencido, cuando di las gracias al bueno de dios por haberme salvado de ti, cuando me sentí bendecida , cuando recobré la felicidad, entonces llegó tu golpe mortal. Ibas a por mí. El gato y el ratón que no podía escapar. Me alcanzaste y me arrebataste todo.
Emprendí un nueva lucha, aunque en el fondo sabía que mi campo de batalla se había reducido considerablemente y que tu ejército era cada vez más poderoso. Cuando más te odiaba, mas dolor sentía. Tiraste de mi para llevarme , me resistí. El efecto de las drogas sembraron nuevas esperanzas, pero cada vez menos, porque me acuchillabas implacablemente.
Ahora que estoy tendida entre sábanas blancas y puedo oír las palabras de mis hijos, siento sus manos en las mías, e intento apretarlas, decirles que les quiero , pero no tengo fuerzas. Me tocan la cara, me besan y me siento tan ligera, tan tranquila y mi único deseo es mantener esta paz . Me rindo.

BEA ARTEENCUERO

Estoy parada
En el viento
Por eso nunca digo
Adiós con la mano.
Pero lo intento
Que sentido
Tiene la vida?.
Todos somos alumnos
Que buscan su esencia
Pero a veces tenemos
Que perdernos
A nosotros mismos
Y de ves en cuando
Nos encontramos
En el reflejo
De otra persona.
Todos buscamos algo
Y la locura
Es el camino
Más rápido
Para conseguir
Los trozos del alma
Dispersos en el aire
El amor habla
De hallar siempre
Abrigo en el otro
El verdadero amor
Nace de las alas
De los ángeles
Es el poder de cautivar
Me rindo a él.
Sigo parada en el viento
Por eso nunca digo
Adiós con la mano.

JARILLO MORILLO MACARENA

Me rindo acompañada
Soberana y creativa
Honesta
Me entrego
me dejó caer
ante la grandeza de la vida
Me rindo agradezco
los aprendizajes
las costumbres
las dificultades.
la Maestría
la bellezala verdad
Me acompaña
Me humildo
Me entrego
Me dejó caer
Agradezco me agradezco
Una y otra vez doy las gracias
Y
por
supuesto
Una y otra vez
Me rindo
Al Amor
más grande
Al Amor
A
Dios
Gracias gracias gracias
Feliz año

MARÍA JOSÉ AMOR PÉREZ

Qué manía tiene la gente al inducir a los niños a ser mayores. ¡con lo bonita que es la infancia!
Y lo digo por lo que viví en mi cuarto cumpleaños.
Era aquella época que a los “mayores” había que tratarlos con muchísimo respeto, cederles el paso, no faltarles al respeto y todas las monsergas de los viejos Libros de Urbanidad que se nos recitaban ya antes de conocer el abecedario.
Por tanto yo, la pequeña de muchos hermanos con diez años de diferencia respecto al último de la primera serie, era natural que desease alcanzar el estatus del resto de mi familia.
Mi cumpleaños es en noviembre y, cuando ya se acercaba la fecha, comenzaron mis esperanzas especialmente al escuchar que “mi mamá”, como la nombraba entonces me decía:
-El viernes cumplirás cuatro años ¡serás mayor! -¡UUUF mañana! ¡Cuatro años ya!- me iba repitiendo “mi papá” a lo largo del día anterior.
Y me lo había escuchado de las abuelas, claro, las tías y los hermanos mayores. Y cuando tanta gente “mayor” que, por supuesto que eran los que “lo sabían todo” lo decían es que era más que cierto.
Y así aquel doce de noviembre cuando mi madre me arropó en la cama, dándome el beso de las “buenas noches” no dudé ni por un momento mi total cambio de aspecto cuando me levantara al día siguiente.
Me desperté muy pronto emocionadísima. Imaginaba que sería algo similar a lo que había visto el verano anterior: una piel de serpiente abandonada en el bosque con la explicación de Miguel mi hermano de catorce que me dijo:
-Es que cuando las serpientes crecen, les nace piel nueva cubriendo el cuerpo y dejan la piel de cuando son pequeñas.
Así que miré por dentro de la cama pero no vi ningún resto de piel.
-Igual es que me la tengo que sacar yo-pensé-pero ¿cómo se debe hacer?
Decidí preguntar y me fui directa al cuarto de Miguel, que supuse que debía saber mucho del tema.
Él aún dormía claro, así que cuando lo desperté me respondió con un bufido diciendo:
-¡Vete a la cama, que aún no ha salido el sol!
Allí volví otra vez, pero por más que lo intenté no logré dormirme.
Y me vino el pensamiento de que mi cuerpo habría crecido, claro, así que me destapé y miré la longitud de mis piernas que obviamente los pies llegarían al extremo de la cama. Y, con gran sorpresa, noté que los pies estaban en el mismo lugar de donde habían quedado al acostarme.
Queriendo animarme a mí misma y dando crédito a los dicho por la gente MAYOR, pensé que lo estaba midiendo mal. Así que, descalza, solo con el pijama, crucé la casa yéndome al espejo del recibidor que era muy grande. Casi no se veía así que encendí la luz y, para mi horror, me contemplé tal y como era los días pasados.
Entonces, bien fuese por el frío cogido en los paseos por la casa de madrugada a medio vestir o por la rabia de verme pequeñaja, comencé a tiritar. Y la tal tiritera fue “in crescendo” hasta acabar en una llorera a grito pelado que despertó a toda la casa.
-Pero ¿Qué demonios haces aquí?- dijo mi madre a la vez queme cogía en brazos y me trasladaba nuevamente bajo las mantas.
-¡Soy igual que ayeeer!-respondí llorando- Me dijisteis que hoy sería mayor y ¡mira! Soy iguaaal- berreé.
Ella trató de consolarme, al igual que mi padre y mi hermana mayor que también se levantó.
Pero no me consolé no. Sobre todo cuando escuché la voz de Marga que le decía a Laly:
-A ver si calla esa “enana” y nos deja dormir.
Y fue así mi primera rendición ante las evidencias.

CONSUELO PÉREZ GÓMEZ

Me rindo ante los ojos asombrados de un niño,
Me rindo ante la fuerza del mar,
Ante el ímpetu de la cascada que va desgastando la roca,
Me rindo ante el pozo seco de lágrimas de una madre,
Ante el abrazo desinteresado de un hijo,
Me rindo ante el gesto de una mano tendida que, implora sin palabras la benevolencia del caminante que pasa sin mirar…
Me rindo ante los ojos bajos que recogen limosna sin atreverse a gritar.
Me rindo ante los gritos sordos de mil millones de mujeres sometidas por el orden establecido de unas mentes repletas de la más cruel e ignominiosa ignorancia.
Me rindo ante su batallar, ante su dignidad, ante su valentía.
Me rindo ante mis sueños imposibles y, despierto sobre una almohada derrotada que, a duras penas se afana por tragar su rendición.

EGARATOWN EGARATOWN

Ya no puedo más, me rindo con tanto ruido. Las sirenas de los coches de policía, bomberos y ambulancias, no paran de sonar en todo el día y si eso fuera poco, esas motos ruidosas cuyos conductores las llevan a todo gas.
Me situaron enfrente de un ambulatorio y una farmacia, entre dos tilos, para que sus visitantes pudieran descansar y sentarse en mi espalda o dejar sus pesadas bolsas de la compra.
Observo cómo los transeúntes caminan de prisa enfrente mío, sin saber que existo, otros, se sientan a conversar y a contarse sus penas o alegrías, la verdad, cuando eso sucede, me alegra mi existencia, me he vuelto algo cotilla.
Como todos los días a las cinco, la abuelita viene de recoger a su nieto del colegio, se sienta a darle la merienda mientras el niño le cuenta sus travesuras, se les ve felices.
Pero lo que peor llevo, es cuando llega la noche y soy centro de reunión de esos jóvenes sin estudios ni trabajo. Ponen sus sucios zapatos encima de mi espalda y empiezan a fumar y a pasarse ese cigarrillo que huele muy mal.
Ya no puedo más, me rindo ante tanto ruido e incivismo.
Con tanto peso que soportan mis delicadas patas deseo que se rompan y decidan almacenarme en el olvido, como el banco roto del paseo .

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17 comentarios en «Me rindo – miniconcurso de relatos»

  1. Esta semana el nivel está por las nubes. Hay muchos que me han gustado, pero voy a decantarme por tres:
    – José Armando Barcelona
    – Antonio José Romero
    – Yolillana relatos

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