Un elefante en la habitación – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «cintura de avispa». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 16 de abril!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

DONDE LA VIDA NO ESPERA

Se fueron aquellos días gélidos del mes de marzo en 1980. Me fui llevando un poco del sentimiento al ser partícipe de sus tardes al sol. Días con el sol acariciándome el rostro y este llegando al mediodía en el enrejado de una ventana.

Me acercaba a visitar a aquellos que suspiraban lágrimas en soledad. Fueron hombres y mujeres con la belleza de permanecer llenos de vitalidad. No se marcharon todos; algunos temieron irse en soledad, otros vivían con la paz mental para no caer en la tristeza.

Almas que deambulaban por el jardín sin nombre; aquel que tiene su residencia a las afueras de un pueblo con tradición y solera. En este espacio en libertad, la tierra se cultivaba para no perder el hábito aquellos que lo hicieron desde niños. Con la mirada cansada y con el ánimo de sonreír como si no hubiera un mañana, agotando los años de espera.

Se iban turnando para romper la tierra y en este contacto para dejar el polvo en un camino con pasos lentos y quebrados. Los que permanecían sentados querían ver la vida pasar, llevarse el alimento sin acariciar la tierra y con las manos limpias.

Un televisor en una sala de visitas para oyentes de escasa movilidad y que llegaba con el sonido casi susurrándoles en un entorno familiar. A la espera de una visita deseada, y con un horario donde la rutina es tan monótona como necesaria. Vestían con prendas holgadas, su cabello nevado sobre la piel surcada y en sus manos con firmeza se unían a un corredor de pasillos.

Nos vieron crecer y madurar cada año vencido por las aguas torrenciales, anegando las cosechas y rezando para llegar a la primavera con el deseo de poder alimentarse con lo que dio su fruto en la sementera. Llegaban arrastrando el calzado como “un elefante en la habitación”, para sentarse en una mesa llena de alimentos y en pequeños sorbos deleitarse con un caldo suculento con pequeños tropezones de pan y carne.

Esperaban la primavera de las rosas, para sentarse frente a ellas y así, perfumarse con su aroma. Esperaban los domingos y festivos con sus mejores trajes y esperaban el café de la mañana y el de la tarde.

Esperando con un sombrerito de paja bajo el sol, allí cada mañana permanecían sentados, esperando a quien les visite.

YOLANDA PINA REY

Qué común es encontrarse con pequeños elefantes en nuestras casas; criaturas que alimentamos con miedos y con tantas verdades que, aunque piden paso, optan por no salir. De pronto, el animal crece, se hace adulto y ocupa por completo la habitación. En ese punto, lo más fácil suele ser resignarse a esquivarlo por las esquinas.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que, si ese gigante llegó hasta tu hogar, sea porque trata de decirte algo. A lo mejor la solución no es evitar el problema, sino afrontar la situación de frente. Quizás era necesario tocar fondo y desmoronar la torre para resurgir, empezar de cero y darse cuenta de que aquello que para los demás puede ser una debilidad, es en realidad lo que marca la diferencia y te hace especial.

Al igual que Dumbo, que transformó su singularidad en un instrumento para volar, afrontemos eso que callamos y salgamos ahí fuera a descubrir un mundo entero de belleza y verdad.

La clave está en mirar al elefante a los ojos, porque ese gigante eres tú y su tamaño no es más que el miedo disfrazado; crecerá tanto como nosotros decidamos alimentarlo. Si dejamos de temer y atravesamos la puerta de la zona de confort, su volumen disminuirá porque el miedo morirá de hambre.

Puede que lo mejor sea dejar que el gigante sea él, no porque lo sea físicamente, sino porque a veces nos sentimos pequeños al no reconocer nuestras fortalezas. Démosle la vuelta al cuento: reconozcamos nuestro valor, porque todos somos únicos aquí. Comprendamos que a la vida se viene a aprender y que ella siempre nos ayuda a evolucionar.

Hoy he comprendido que no hay nadie pequeño, sino pequeños gigantes empezando a crecer porque tienen un corazón inmenso.

SUSANA NÉRIDA

Eran las cinco de la mañana, cuando la madeja de mi mente me impedía dormir..

Si se hiciera presente, ¿qué forma tendría?

¿Acaso sería un monstruo, aterrador, deseoso y ansioso por devorarme?

¿Acaso una serpiente, que se retuerce cual bucle en mi mente?

¿Acaso, por su dimensión, un elefante, enorme e imponente, se pasea por la habitación? Sí, grande y majestuoso, temeroso de ponerme bajo sus temibles pezuñas, por miedo a ser aplastada. Lo mismo que se agolpa en mi pecho y siento con esta madeja que no me permite conciliar el sueño.

Al elefante puedes ponerte encima y guiar sus pasos. Pero, ¿Cómo se guía a la bestia salvaje, a esa madeja indomable, sin principio ni fin?

Esa madeja que se pasea por la habitación y que, cuales cuernos, pueden embestir con toda su fuerza, duros como diamantes, pero menos que mi madeja, esa que anida en mi cabeza.

Sí, un gran elefante se pasea por la habitación, desconozco cómo domarle.

En la oscuridad, me extiendo en la cama, mirando a través de la negrura y puedo ver a esa madeja con forma de elefante errante, caminando por la habitación.

Me he quedado helada, los músculos de mi cuerpo ya ni me responden. El silencio es tan apabullante.

Tan solo se pasea el elefante por mi habitación.

CARLOS TABOADA

SEMÁFOROS

Se podría decir que él ejerce de marido perfecto, escondido tras gafas finas, voz radiofónica, gestos precisos y lealtad pública infinita. Todo ello perfectamente desarrollado durante décadas. Como actor, representa ese papel interminable cuando ella se sienta en la butaca. Pero si uno observa con atención, sabe que está interpretando. Una actuación de Goya. Año tras año. Estatuilla tras estatuilla. Un Goya de Honor. No le gusta jugar con fuego, o tal vez nunca se lo haya cuestionado. Podría decirse que se esconde tras las frases, como cuando contó que atravesó la avenida mientras la decena de semáforos cambiaban a ámbar a su paso. ¿Pero y si los atravesó en rojo? Mancharía su reputación de irresponsabilidad. En todo caso, se podría decir que él dispone de una vida cómoda proporcionada por la herencia de ella.

Ella se ofusca por cualquier cosa. Incluso se caga en cualquier deidad. Por lo tanto, si se caga señalando a un familiar del marido ni se rechista. Ella se tiñó el corto cabello el año pasado de un azul floral, es decir, del color intenso de una hortensia. En los últimos meses de rojo apagado. Dispone de licencia para mostrarse al mundo como quiera, buscando en el mundo la aprobación. Con ello debe pensar que maneja su idiosincrasia sesentera, alejándose de la vulgaridad. El hijo en común triunfa en la vida como ingeniero, y por supuesto es por la persistencia de ella por inculcarle en ser alguien.

Es posible que él descargue la tensión y la subordinación con caprichos que ella no puede ver. Dispone de dinero en B. Será así como podrá retener al tremendo elefante que apesta en una de las habitaciones. Un elefante educado y atado, como los del circo; ese tipo de animal que jamás escapará. La escena de que el elefante se desate de rabia no forma parte de su película. No. No forma parte del contrato. Incluso nunca firmó por encontrarse con un apestoso elefante. Pero… ¿Y si resulta que él ha encontrado el papel de su vida para morir así? ¿No es loable? Es decir, ¿es deshonesto llevar comida a escondidas al elefante apestoso y que eso dure y perdure durante toda una vida? En cualquier caso, él sabe que si uno está seguro de cruzar semáforos en rojo, que nadie lo sepa.

DAVID MERLÁN

TRAGOS DEL ALMA. Nueva saga entrelazada.

–Perdón de antemano por la extensión.🙏🏻

—–

PRÓLOGO

Hay bares que se encuentran por casualidad, que parecen esperarte.

En éste, afuera, apenas un farol tenue ilumina la exigua calle que conduce a su puerta. Adentro, la luz justa para distinguir los rostros… y también los remordimientos de sus clientes.

Dentro, un reloj sobre la barra marca la 01:01 ante la atenta mirada del camarero que lo mira de reojo. Ataviado con traje oscuro y corbata floja, le da cuerda cada noche. Lo limpia con mimo y esmero con un paño de lino, lo acaricia como si fuera su vida en ello, y sin embargo, no avanza. Ni un tic. Ni un tac.

«Bueno» piensa de forma lacónica antes de volver a sus quehaceres detrás de la barra.

Dicen que, si entras allí, no es por sed… sino en busca de redención. Es sabido que los camareros y barmans suelen ser buenos hombros en donde llorar las penas. Dicen también que no todos encuentran la salida, pero esto último no está probado. Aunque sí es cierto que, cuando alguno de ellos se va, el aire queda distinto. Como si alguien se hubiera desprendido de algo. Un objeto. Un eco, tal vez una confesión y, como quien colecciona pequeñas maldiciones, los guarda en una estantería que nadie más que él alimenta. “Nunca se sabe si volverá a por ello”, piensa cada vez.

Justo pegada a la puerta del local, clavada con una chincheta oxidada, cuelga una postal. Muestra una carretera desierta bajo una luna roja sangre en cuarto creciente. En el reverso, escrita con una mano temblorosa, se lee una única frase:

“Cuando esté llena, sabrás qué hacer.”

El camarero la lee a veces a pesar de la distancia mientras seca vasos vacíos. En realidad, no necesita leerla. Conoce de memoria lo que pone y, paciente, espera, sin tener muy claro a lo qué.

A cada cliente que entra, no pregunta qué bebida de moda quiere, solo le mira… y le sirve.

Pero algo está cambiando….

*-*-*-*-

LO QUE NO DIJISTE EN EL HOSPITAL

La puerta no tenía cartel. Aun así, aquel hombre la abrió decidido.

Dentro, la luz era tenue, pero no lo suficiente como para poder comprobar que estaba totalmente vacío. No había música. Solo el leve tintinear de un vaso al ser colocado sobre la barra.

—Cerramos en cinco minutos, señor —dijo el camarero sin mirarlo.

—No vengo a quedarme. Solo necesito un trago.

El camarero asintió, como si aquello confirmara algo y sin más, colocó un vaso frente a él.

—No he pedido nada.

—Ya. No todos vienen a hablar. Algunos solo quieren oír el sonido del hielo chocando contra el cristal para recordar que aún sienten algo. Con eso se conforman.

El hombre dudó en contestar antes de sentarse en el taburete de madera. Dejó el móvil que traía en la mano aún con la pantalla encendida y un juego de llaves, sobre la barra. Miró a su alrededor. Aquella noche, el bar estaba en silencio. Estaba demasiado limpio y también demasiado ordenado, con las botellas perfectas en el lineal tras la barra, los vasos boca abajo y al fondo, una estantería vacía que aún esperaba ser utilizada.

El hombre reaccionó al fin y tensó sus dedos antes de mediar palabra.

—Vengo del hospital —dijo.

—Se nota.

El tono no era despectivo ni maleducado. Tampoco empático. Era sencillamente preciso.

El hombre carraspeó.

—No quiero hablar de eso.

El camarero, por fin, lo miró.

—Entonces ha venido al sitio equivocado.

El cliente tras levantar fugazmente la vista por un instante y mantener silencio frente aquel comentario, bajó de nuevo la mirada hacia su bebida.

El vaso contenía un líquido extraño, dividido en dos capas que no se mezclaban. Una oscura y densa. La otra, clara, casi transparente y los observó unos segundos como esperando que se movieran solos.

—¿Qué es?

—Lo que usted evita.

El hombre soltó una risa breve, seca.

—Mire, no estoy para juegos.

—Nadie lo está cuando llega.

Aquello le molestó más de lo que esperaba.

—Ya le he dicho que solo quiero un trago, no adivinanzas. No estoy de humor para acertijos, ¿Sabe?

—Este lo es. Es un trago, tal y como ha pedido…, señor—mientras le clavaba sutilmente la mirada.

—¿Y si no me gusta?

El camarero encogió ligeramente los hombros antes de contestar.

—No está aquí para que le guste.

El hombre pasó el dedo índice y pulgar a lo largo del vaso y apretó los labios. Lo tomó con decisión, y lo acercó a la nariz. No olía a nada concreto, pero algo en su estómago se contrajo.

“¡Qué narices!” y le pegó un gran trago.

La reacción fue inmediata, pero no fue física exactamente. Por el contrario, el bar desapareció por un segundo.

****

—“Algún día entenderás por qué hago esto.”

—“No quiero entender nada de ti.”

****

El hombre parpadeó. Volvió a la barra saliendo del trance. El vaso seguía en su mano, pero el nivel había bajado más de lo que recordaba.

—¿Qué…?

—Siga —dijo el camarero.

—¿Qué lleva esto?

—Tiempo.

El hombre negó con la cabeza.

—¿Tiempo? No tiene gracia, ¿Sabe?

—No pretende tenerla.

Sin dejar de mirar a aquel extraño barman, volvió a beber. Esta vez más despacio.

****

Era una habitación blanca. Un pitido constante de una máquina. Una mano arrugada sobre la sábana.

—“Quédate un rato más.”

—“…Tengo cosas que hacer.”

****

El hombre apartó el vaso de golpe.

—Esto no es justo—dijo alejándose y arqueando ligeramente el cuerpo, pero sin llegar a despegarse de la barra ni bajarse del taburete.

—Lo se. No lo es.

—Yo… yo no sabía que…

—¿Sabía? —añadió el camarero ayudándole a terminar su frase.

El hombre, furioso, levantó la mirada.

—¡No! No sabía que iba a acabar así. Nadie lo sabía.

El camarero inclinó ligeramente la cabeza.

—No estamos hablando de eso.

El hombre respiró hondo un par de segundos y se pasó una mano por la cara, y se avino a confesar.

—Está en las últimas —murmuró avergonzado bajando la mirada—. Los médicos dicen que es cuestión de horas. O días. No lo tienen claro.

El camarero se limitó a mirarlo y escucharlo, con respeto mientras secaba la barra con un trapo.

—Llevamos años sin hablarnos, ¿Sabe? —continuó—. Años. Y ahora… Ahora todos pretenden que esté allí, cogido de la mano, que digamos algo importante como si no hubiera pasado nada—mientras manoseaba el vaso casi vacío.

—¿No tiene nada que decir? ¿Está seguro de ello?

—No. Ya le he dicho que no tengo nada que decir.

El camarero lo observó unos segundos antes de contestar con rotundidad.

—Eso no es verdad.

El hombre rió sin humor.

—¿Ah, no? ¿Lo sabe usted, acaso?

—No.

—¿Entonces…?

—Hay algo que no está diciendo —le soltó, sin mirarlo directamente. Algo grande. Algo que no cabe en este bar… pero que está sentado entre nosotros.

El hielo dejó de sonar.

—Hay algo —continuó el camarero—. Algo que está en esa habitación.

El hombre apretó la mandíbula y dejó de sobar el vaso.

—No hay nada.

—Claro que lo hay.

—¡Le digo que no!. ¡Pero que clase de local es éste! —contestó alterándose mientras echaba una mirada furtiva a la penumbra dominante de su alrededor.

El camarero señaló ligeramente el vaso.

—Entonces, ¿por qué sabe así?

El hombre lo miró. Dudó. Y, casi sin querer, volvió a beber.

****

—“No eres mejor que yo.”

—“Al menos yo no me escondo detrás de nadie.”

—“Te fuiste.”

—“Porque tú ya no estabas.”

****

El vaso tembló en su mano.

—No… no fue así.

—Si. Fue exactamente así, y lo sabe—le espetó sin miramientos.

—¡No! —golpeó la barra—. ¡Yo no empecé! ¡Nunca fui yo! ¡Nunca!

El camarero ni se inmutó.

—¿Nunca?

El hombre abrió la boca… pero no respondió. Un silencio incómodo se alargó y se adueñó del momento.

—Hay algo en esa habitación —dijo el camarero con calma—. Algo grande. Incómodo. Imposible de ignorar.

El hombre bajó la mirada y pareció relajarse, bajando el tono de sus palabras.

—No sé de qué habla.

—Claro que lo sabe.

—No, no. No sé de qué habla.

—Sí, si que lo sabe.

El camarero se inclinó por encima de la barra hasta casi colocar su cara a la altura de su oreja izquierda, lo justo para que su voz no fuera más alta, pero sí más difícil de esquivar.

—Está esperando a que se muera—le susurró al oído.

El aire se congeló.

—Eso no es cierto…

—Asuma que es para no tener que decirlo.

—¡No! ¡Jamás!

—Para no tener que escuchar la respuesta—insistió el camarero a sabiendas que infringía un dolor consciente en su alma.

—¡He dicho que no!

El hombre se levantó de golpe. El taburete chirrió contra el suelo y finalmente se cayó al suelo provocando un estridente eco que retumbó por todo aquel vacío local.

—No soy… no soy esa clase de persona—dijo furioso apoyando ambas palmas de las manos sobre la barra mientras le clavaba con instintos asesinos la mirada para acto seguido agachar la mirada al suelo del local.

El camarero lo miró sin juzgarlo. Sin alterarse un ápice si quiera. Como si la templanza y el autocontrol estuvieran incluidos en el sueldo mientras se disponía a secar el siguiente vaso de la barra.

—Nadie lo es cuando entra aquí.

El hombre respiraba rápido. Hizo un escorzo y miró la puerta. Luego arqueó el cuello hacia arriba y miró el vaso. Aún quedaba unas pequeñas gotas en el fondo que se habían ido acumulando, pero para su sorpresa, las dos capas seguían sin mezclarse.

—Solo… estoy cansado —susurró mientras se restregaba la mano por la cara mientras se reincorporaba quedándose de pie frente al barman.

—No. No está cansado —continuó el camarero—. Está esperando.

El hombre dejo de tocarse la cara y contestó con otra pregunta. Tenia curiosidad por saber la respuesta.

—…¿El qué? ¿Qué es según usted a lo que estoy esperando?

—A que el problema desaparezca sin que usted tenga que nombrarlo. Es lo que hacen con los elefantes en la habitación—añadió el barman mientras colocaba el vaso seco en su sitio.

Lentamente, levantó la mirada y esbozó una sonrisa de incredulidad.

—…¿Qué elefantes? Ya le he dicho que no tengo humor para acertijos.

El camarero sostuvo su mirada mientras apoyaba el trapo sobre la barra y cogía un nuevo vaso que secar.

—Exacto.

La contestación del camarero descolocó al cliente. El hombre miró el vaso. Lo tomó. Lo acercó a los labios… y lo detuvo a medio camino.

—¿Y si todavía está vivo? —preguntó.

—Entonces aún puede decirlo.

—…¿Y si ya es tarde?

El camarero dejó seco el vaso limpio, sin apartar los ojos de él.

—Entonces esto solo se trataba de una práctica.

El hombre tragó saliva y miró la puerta. Miró el vaso. Durante un segundo —uno solo— pareció decidido. Pero no bebió. Tardó unos segundos en reaccionar. Y cuando lo hizo, miró su reflejo en el vaso casi vacío.

—No fue el accidente —dijo al fin, en voz baja—Eso es lo que cuento siempre. Fue antes.

El barman no preguntó. No hacía falta.

—Discutimos, ¿Sabe?. Yo… —tragó saliva— yo sabía que no estaba bien para conducir. Lo sabía, pero le dejé coger igualmente el coche.

—¿Por qué?

Mudo, se encogió de hombros lastimosamente.

—Porque tenía razón. Y no soportaba que la tuviera.

Ahí estaba. No era el accidente. No la muerte ni la pérdida. Era el orgullo. El maldito orgullo.

—Y cuando llamó… —continuó— no contesté. Vi su nombre en la pantalla. Lo vi. Como lo veo ahora en este móvil que tengo aquí mismo. Y decidí no cogerlo.

La palabra “decidí” se quedó flotando entre ellos mientras el camarero podía comprobar que la pantalla del móvil seguía encendida.

Decidió no decir nada. Solamente le hizo el gesto con la barbilla para que se terminase el trago que tenía delante.

—Este no se bebe —le advertí—. Este trago se acepta.

Y por primera vez, aquel solitario hombre le miró de verdad. Luego asintió. No tocó el vaso. No hizo falta. Algo en su expresión había cambiado. No fue alivio.

Tampoco perdón. Fue otra cosa. Fue como si, por fin, el elefante se hubiera levantado y hubiera dejado de aplastarle el pecho.

Acto seguido, se incorporó despacio. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta… y entonces el camarero la vio.

Una pulsera blanca de hospital. De esas que no se quitan… salvo que ya no haga falta llevarlas.

La miró unos segundos, como si no recordara cuánto tiempo llevaba con ella.

—Supongo que ya no la necesito —murmuró sin dirigirse al camarero.

Y sin más, la dejó sobre la barra. Pero no de malas formas. No la empujó ni la lanzó. Simplemente la soltó y la dejó caer sobre la barra ante la atenta mirada del barman.

Acto seguido, se giró. Recogió el taburete del suelo. Cogió su móvil, y despacio, caminó hacia la salida. La puerta se abrió sin hacer ruido. Antes de cruzarla, se detuvo.

—¿Y si no sirve de nada?

El camarero no respondió de inmediato. Secó el vaso que tenía entre manos, con un gesto lento, casi ritual.

—Servirá para que deje de mentirse—. contestó al tiempo que decidía no decir nada al respecto del supuesto olvido de la pulsera.

El hombre no se volvió. Y se fue. La puerta se cerró y el bar quedó aún más en silencio.

El camarero observó el vaso con los restos todavía sin terminar. Las dos capas seguían separadas.

Durante un instante, sus dedos rozaron el borde… como si recordaran algo. Luego, con cuidado, colocó el vaso en el fregadero, y reparó en la pulsera hospitalaria.

Decidió salir de detrás de la barra para acabar de recoger antes del cierre. El bar parecía distinto. No más vacío. Más… real.

Recolocó el taburete y tomó la pulsera entre los dedos. Aún conservaba el calor de la piel. Y no solo eso. Tenía algo más. Un nombre. Una fecha. Un número que ya no importaba.

Miró hacia la estantería vacía del fondo. Durante un segundo dudó. Luego la colocó allí, con cuidado. Justo detrás de unas pequeñas marcas en la madera, líneas como si se tratase de una marca para un recuento militar.

No sabía por qué lo hacía, ni el porqué, ni para quién. Pero en cuanto la dejo allí… entendió que es lo que tenía que hacer y que no sería la última.

Se acercó a la barra, se quitó el mandil y se dirigió a la puerta. Allí seguía la postal y sin más, pasó el cerrojo y la llave a la cerradura.

*******

El bar cierra sus puertas por esta noche, al menos hasta la visita de sus próximos clientes.

Continuara…

ANGY DEL TORO

El Corral de los Cuidados Intensivos (CCI)

No llores porque se acabó, sonríe porque sucedió —así dijiste al despedirnos— mágicas han sido las horas vividas en esta isla tan paradisíaca.

A veces pienso que somos como dos pequeñas partes que, aunque separadas en la superficie, de alguna manera se conectan y encuentran refugio en la profundidad del dolor.

Que soy para ti: ¿tu verdad?, ¿cuál de ellas?, ¿la que todos ven o la que ocultas?

Te me haces creíble solo cuando nos abrazamos y unimos nuestros cuerpos. En el brillo de tus ojos solo quiero leer: te amo.

Me quedo, renuncio al rescate. En esta Isla, la que me importa, la de la soledad; soñaré que tus palabras han sido sinceras.

Finaliza esta aventura. No habrá despedida, déjame imaginar que aún, en tus sueños vivo.

Regresa a tu casa para continuar tu vida en la metrópoli. No temas por mi, sobreviviré. Olvidaré estos días de pasión y angustia que hemos vivido durante y después del naufragio.

Esto es todo lo que recuerdo de mi vida anterior…

En las costas de África, en esta reserva de animales tiernos y a la vez salvajes, hoy me encuentro. Rodeada de cazadores furtivos disputándose sus colmillos.

En el CCI cuido de ellos, les amamanto hasta que estén listos para vivir en la libertad de su manada.

Aunque no lo he practicado mucho, la veterinaria es mi profesión. Sé más de canes y felinos, pero aprenderé de los elefantes. Quiero ayudar, sentirme útil.

Tengo un bebé elefante en shock, su madre murió en el parto y, al perder a su familia, se mantiene en duelo.

Por el momento, lo he inyectado y ahora espero por el protocolo de las cuarenta y ocho horas hasta que reaccione y se incorpore.

Mi verdad está aquí. Hasta que ese bebé se recupere y, mientras lo logra, le daré sus pequeñas dosis de leche, solo diecisiete litros al día.

Así pasarán mis horas y mi bebecito elefante, en algún momento, se unirá a su manada y vivirá en redención.

Dicen por estas tierras que los elefantes leen el alma y la mía es un libro que, entre palmares, arena y mares se abre procurando un lector.

Esta sí es mi verdad, he vuelto a sentir el sosiego.

Solo a mi corazón, al amor incondicional y puro es a quien único, habré de obedecer.

PEPA HERRERA

¿Quién fue primero: la gallina o el huevo…? ¡El elefante!

Aquella mañana empezó como siempre. Adela intentaba mantener el orden en la casa mientras el resto de la familia se dedicaba a prepararse para salir.

La noche anterior había preparado un guiso y lo había repartido en cuatro táperes distintos: uno sin patatas y mucha carne, otro con patatas y sin zanahoria, otro con unos pimientos asados para acompañar la carne y sin salsa, y uno con muchísima salsa porque al padre “le gusta mojar”.

Pero, claro, el cansancio le hizo cometer un error… no puso los nombres (aunque cada uno sabía el color de la tapa).

A las siete y media de la mañana, la cocina era un campo de batalla.

La hija mayor abrió la nevera a toda prisa porque llegaba tarde y, sin mirar, cogió el primer táper que pilló.

Cuando el padre fue a por el suyo exclamó, ofendidísimo:

—¿Dónde está mi comida? ¿Quién se ha llevado mi táper?

Todos sabían perfectamente quién lo había cogido, pero nadie dijo nada.

El pequeño abrió uno al azar y gritó:

—¡Mamá, esto tiene pimiento! ¡PIMIENTO! Buahhhh. Mamá, ¿cuál es el mío? (había cogido el de su hermana)

La madre respiró hondo.

—¡Inútiles! ¡Que si no os pongo el nombre con mayúsculas no os enteráis! ¡El tuyo es el azul!

—¿Y yo ahora cuál me llevo? —preguntó el padre

—¡Pues llévate el de los pimientos! ¡Aunque no tenga salsa, por un día te aguantas!

Mientras intentaba recomponer el desastre de los táperes, se activó el resto del repertorio matutino:

—¡Mamá! ¿No quedan magdalenas? —preguntó el mediano. ¿Quién se las ha comido todas?

(Todos sabían quién se comió las últimas, pero callaron…)

—¡Mamáaaa, no hay papel! —gritó el pequeño desde el baño.

(Todos sabían quién dejaba siempre el cartón vacío, pero nadie quería ser el que lo dijera.)

—¿Has lavado mis vaqueros blancos? —preguntó el mayor, aunque sabía que los había dejado tirados en el suelo del baño. Pero para qué mencionarlo.

—Adela, ¿has visto mis llaves? —dijo el padre—. Y ya que estás, ¿me haces un café? ¡Llego tarde!

La madre pensó que, si saltaba por la ventana, quizá le daba tiempo a coger un tren a Cuenca antes de que alguien la llamara para preguntar dónde estaban los zumos (que se había olvidado comprar).

Había una verdad enorme flotando en el ambiente, tan grande que casi chocaban con ella al pasar: todos sabían que Adela lo hacía todo y que nadie ponía nada de su parte. Pero no querían reconocerlo porque, si lo hacían… igual les tocaba ayudar… ¡y eso sería espantoso!

Cuando por fin todos salieron por la puerta, la casa quedó en un silencio casi sepulcral.

La madre entró en la habitación para recoger la ropa sucia de su marido, que estaba tirada en el suelo, y se encontró con algo inesperado…

¡Un elefante!

Estaba sentado en su cama con las patas traseras cruzadas.

Ella parpadeó con la boca abierta, sacó el móvil del bolsillo y llamó a su marido.

—Cariño… hay un elefante en la habitación. ¡Sentado en nuestra cama!

—¿Un qué?

—¡Un elefante! ¡Sordo! ¡Un elefante!

—¿Y cómo sabes que es sordo?

—¡Ay, por Dios! ¡Además de sordo, tonto!

—¿Pero cómo va a haber un elefante? Duerme un rato, amor… debes de haber descansado mal esta noche…

—¡QUE NO! ¡QUE HAY UN ELEFANTE! ¿Por qué no me crees?

—Tranquila… si yo te creo… Mira será mejor que lo ignores…

Ella colgó. No la creía…

El elefante sonrió al verla colgar.

—No sé de qué te ríes ni qué haces en mi cama. ¡Solo me falta que revientes las patas!

—Buenos días —dijo él con voz profunda.

—¿Se puede saber qué haces aquí? ¿De dónde saliste? Espera… nos hacemos un selfie para el Facebook? ¡Esto se me hace viral! ¡Segurísimo!

El elefante la miró con ternura.

—Nada de fotos, que salgo muy gordo… Vengo cuando una verdad es tan grande que ocupa media casa… pero todos prefieren mirar para otro lado.

La madre se cruzó de brazos.

—¿Y cuál es esa verdad, si se puede saber? ¿No serás tú? ¡Porque ocupar… ocupas toda mi cama!

El elefante sonrió de nuevo.

—Que tú no eres la asistenta de nadie.

Y que todos lo saben. Pero nadie lo dice. Porque si lo dicen… les tocaría hacer algo. Pero para eso te tienen a ti… ¡Deberías rebelarte!

—¡A mi edad! ¡Eso ya es imposible! —respondió Adela suspirando.

—Sí, y ahora —afirmó muy solemne—, si quieres, te ayudo a hacer una lista de tareas… antes de que te vayas a trabajar, para repartirlas esta noche…

La madre sonrió por primera desde que se había levantado.

—Ay, Dumbito… me parece una buena idea.

El elefante sacó una libreta.

—Punto uno: el que termine el papel, baja a comprarlo.

—Jajajaja… ¡nunca sabremos quién gasta el último rollo!

—Punto dos: quien quiera lavar la ropa deberá meterla en la lavadora en vez de dejarla en el suelo.

—Jejejeje… ¿y cómo se hace eso? ¿ Me lo explicas?

—Punto tres: el que quiera magdalenas, que las compre.

—Jijijiji… como tengan que pagarlas de su dinero, no vuelven a comer magdalenas.

El elefante sonrió.

—Y punto cuatro: tú te sientas cinco minutos a respirar.

—Jojojo… ¡eso sí que es bueno!, pura fantasía —dijo Adela.

—Tú déjamelo a mí —respondió —. Cuando vuelvan y vean un elefante en su habitación… ya verás cómo espabilan. Ya te digo si espabilan…

JAROL LIMA

El elefante no olvida el mar.

Puedes llamarme princesa, como todos lo hacen ahora o sucia marciana o talvez elefante como él me decia y puedes también sonreír ante mi deseo de vivir en marte tan lejos del mar. Pero, cuesta creer que solo pasaron dos años y aun recuerde los cuerpos entrelazados, gimiendo de placer y dolor en la oscuridad de las entrañas de la bestia. Los medicos dicen que mi bio implante de memoria posiblemente este dañado y mis recuerdos no son precisos o simples alucinaciones por la exposición a la droga. Mas, ahora en mi habitación de lujo recuerdo esos lejanos días donde era solo un elefante en una habitación, sirviendo de mero mueble para aquel hombre que usaba mi cuerpo y mi mente como su diario cientifico de campo. Esto en verdad es muy distinto al sucio camarote junto a la bahia de carga del tetera marina. Aqui los sirvientes se desviven en atenciones y por el enorme ventanal a lo lejos puedo ver las luces de la capital marciana, las cúpulas ambientales resplandecen como pequeñas medusas aferradas a una roca marina del espacio, pronto está nave espacial arborea llegará al puerto y los miles de curiosos se agolparan para recibirme. Posiblemente ellos nunca creyeron ver el regreso de una princesa desde el exilio, muchos de ellos solo conocieron la guerra jobiana en libros y relatos de sus padres. Yo tampoco se mucho de ella, pues fui muy joven cuando la capital cayó y mis guardias me infiltraron en un transporte de huérfanos para venderse como esclavos en la tierra. Supongo, ahí seria el último lugar donde buscarían los extremistas terrestres.

La nave retumba mientras cruza la delgada atmósfera y puedo sentir el embriagarme sabor de aquel aliento; algo de la bestia sigue en mi, en mi sangre, me sofoca en las noches solitarias.

Sobre él, solo supe que un día pidió a la real sociedad de ciencias permiso para usarme, aquellos días yo fregaba pisos en la.biblioteca de austral y en las tardes transcribia documentos antiguos gracias al bio implante de memoria que me permitia, ver, almacenar y digitalizar en cartuchos magnéticos. Supongo esa fue la razón por la cual me vi enbarcada en la tetera del mar; un triste y vetusto ex barco pesquero qué se decía era de los pocos que ubicaba a la bestia en el enorme mar terrestre. La tripulación era en su mayoría de desgastados marinos, qué habían hecho de intoxicar sus cuerpos con aquella droga toda una religión, muy diferentes eran los millonarios qué pagaban ridículas cantidades para vivir ese extasis supremo de la bestia y mi amo el cientifico que ansiaba conocer los secretos de la criatura que para usos prácticos los marinos llamaban la gran ballena, aunque esa criatura difícilmente era algo de la tierra. En los meses de navegación vi las fiestas y el extremismo religioso de la tripulación, las sádicos costumbres de los libertinos y la contricion del fiel flagelante desde mi habitación, encerrada ahí era el elefante qué no puede olvidar y vivía atravez de los informes científicos y lo que podia percibir por ruidos lejanos que acompañaban a las olas.

Una noche los ruidos de los penitentes se acallaron y encontraron a su dios en medio del mar, los festivos también se llenaron de la espectativa del adicto y el cientifico se dejo caer en mis brazos en busca de sexo. El silencio dio paso al desfile de los que entraban a las entrañas de la ballena buscando aquella misteriosa droga que renovaba el cuerpo en pequeñas dosis, asegurando salud perfecta a un 78% de la poblacion terrestre qué se podía dar el lujo de consumirla. Con la bendición de la ballena el barco quedaría llena del polvo quimico que mi amo creia era una defensa, simlar a la tinta que lanza un temeroso pulpo en su escape, bañado en millones de creditos desde sus velas de tela hasta sus calderas de carbón y sus lámparas de etileno. Ahí fue cuando las observaciones del cientifico, mi amo. Se hicieron evidentes, nada electrónico funcionaba en presencia de la criatura y yo era la elección adecuada para remplazar al almacenamiento electrónico y la intoxicada mente del cientifico.

Tristemente descubrí tambien que la criatura alienigena no soportaba mi presencia y mis numerosos bioimplantes tan comunes en marte. Yo era la piedra roseta qué le diría al universo sus secretos y el me temía.

La alegría de los intoxicados, paso a horror cuando la ballena los engullo y procedió a destruir al tetera del mar con furiosos coletasos. Mis próximos recuerdos fueron de ser rescatada por un barco mercante, ellos esperaban hacerse ricos con algo de la madera empapada en la droga de la ballena, yo solo era un extra que los entretuvo hasta el puerto, sus caricias torpes y grotescas no eran diferentes a las de él. Del como las resistencias marcianas tomaron el control de los arsenales terrestres y liberaron marte del gobierno opresor terrestre no se más de que sabría un periodista común y corriente. Un agente de la embajada marciana me ubico meses despues en un bar de puerto espacial 09, yo lavaba platos y el se inclino salidandome como su monarca. Me plantee en algún instante volver y buscar a la ballena para sentir su placentero abrazo mientras me devoraba. Pero, solo me deje llevar por el oficial ante el reclamo de mi dueña.

Marte esta a solo unos minutos. Este elefante en su habitación de lujo aun no olvida el mar, esos dias entre adictos y entre los gemidos de quienes buscaban a la bestia que cayó del cielo y sigue viviendo en la tierra, triste, solitaria y a la vez majestuosa y única.

EFRAÍN DÍAZ

Dicen los viejos, con la sabiduría que la vida les dio y la escuela les negó, que el barrio no perdona.

Al parecer, la mafia tampoco.

La noticia del asesinato de Mariano se regó por Dos Bocas con la rapidez con que se riega la pólvora.

Cuando su padre, Mayan, la escuchó, no preguntó. No tenía ánimo. Solo temió que fuera cierto.

Mariano se había criado como cualquier muchacho del barrio: entre montañas, animales domésticos, el río y una escuela que enseñaba lo justo para sobrevivir y nada para escapar.

Su niñez no fue muy distinta a la mía. La diferencia vino después, cuando algo, nadie sabe bien qué, se torció en su adolescencia.

Un día apareció en el colmado de Lolo con una cadena gruesa de oro, sonriendo como quien ha descubierto el secreto del éxito. Invitó una ronda a los mismos borrachitos de siempre. Luego pidió la cuenta de su padre y de su tío, sacó un enorme fajo de billetes y la pagó sin pestañear.

Lolo, que había visto mucho pero no tanto, se inclinó sobre el mostrador.

—¿Y todo ese dinero, muchacho? ¿De ónde lo has sacao?

—Eso no es asunto suyo, Lolo. Lode usted fabrical borrachos y lo mío fabrical billetes.

Mariano ya no era el mismo.

Mi viejo, que tenía más olfato que un sabueso, no tardó en ponerle nombre a la sospecha:

—Ese muchacho se metió en algo malo. Por allá, cruzando el puente. Ten cuidao mijo, que la cosa no huele bien.

Era un secreto a voces. De eso no se hablaba; se murmuraba. Como si nombrarlo lo hiciera más real. Como si callarlo lo mantuviera lejos.

Mariano, al menos, respetó el barrio. Nunca trajo el negocio al campo. Todo quedaba del otro lado del puente, como si la distancia bastara para limpiar la culpa.

Mayan habló con mi viejo.

—Ya se me fue de las manos. Ese muchacho no quiere escuchal.

—Veré qué puedo hacer, Mayan. Pero ya tiene veintiuno. Ya es un hombre.

No hubo nada que hacer.

Mariano siguió viviendo en dos versiones de sí mismo: una para el barrio, otra para el resto del mundo.

Hasta que un día la noticia dejó de ser rumor y se volvió certeza.

Lo encontraron acrobillado junto a otros cuatro. Los metieron en la cajuela de un carro y los abandonaron a la orilla de una avenida, como si fueran equipaje sin dueño.

Dos Bocas se quedó en silencio.

Habíamos perdido a uno de los nuestros.

No importaban las circunstancias. Era nuestro.

Neco le preparó un velatorio digno. El ataúd permaneció cerrado.

Mi viejo me dijo al oído que, cuando fueron a reconocer el cuerpo en Ciencias Forenses, a Mariano le habían volado media cara de un escopetazo.

No había nada que mostrar.

Esa noche, en la funeraria, nadie habló de la ganga. Nadie habló del dinero. Nadie habló de lo que sucedía más allá del puente. Pero todos lo sabían.

Y ahora el barrio tenía otra preocupación:

que el próximo no fuera un desconocido,

sino uno de los que estaban allí, callados, mirando el ataúd.

Para Mariano. QEPD. 196?-1988.

MARÍA ROSA ROLANDO

*El elefante en mi habitación no hace ruido, pero lo ocupa todo.

Se instala en los rincones de mi alma, pesado, invisible para otros, imposible de ignorar para mí.

Tiene forma de miedo.

Miedo a perder, a no ser suficiente, a que duela otra vez.

Miedo a mirar hacia adentro y encontrarme con lo que evité por tanto tiempo.

Camino alrededor suyo, en silencio, como si no estuviera.

Aprendo a convivir con supresencia, a esquivarlo, a distraerme… pero siempre está. Siempre vuelve a ocupar cada espacio que intento llenar con palabras, con ruido, con urgencias.

A veces me paraliza. Otras, me susurra historias antiguas que todavía viven en mi cuerpo.

Y aunque no haga ruido, pesa.

Hasta que un día, quizá, dejo de huir.

Me acerco.Lo miro. Y entiendo que ese elefante no vino a destruirme, sino a mostrarme que cada miedo guarda una herida, y cada herida, una posibilidad.

El elefante en mi habitación me invita a sanar, a pesar de los temores más profundos.

A intentar, de a poco, que ya no ocupe todos los espacios de mi vida.Y entonces recuerdo…

que soy más grande que aquello que temo.

EMILIANO HEREDIA

VIRGENCITA QUE ME QUEDE COMO ESTOY

-¿Diga?.

-¡hola majo!, Soy Mario, ¿Qué tal te va todo?.

-¡hombre Mario!, ¿Qué te cuentas?.

-Bueno, pues me gustaría decirte que bien, pero lamentablemente, no es así.

-Vaya, no me digas, cuéntame.

-Pues la verdad, es que no sé por dónde empezar, porque ni yo mismo sé cómo me he visto envuelto en el lío en el que estoy metido.

-Entonces la cosa es seria, dime

-Pues verás, dentro de lo malo, sigo en la empresa en la que empecé a trabajar en mayo del año pasado, y si hay suerte, en Agosto me harán indefinido

-Me alegro, hombre, te lo mereces, eres un tío muy currante

-Gracias. Pues te comento. Ahora mismo estoy con el agua más que con el cuello, ya me ha cubierto la cabeza e intento sacar la nariz por el agua para no ahogarme del todo. Tengo una deuda enorme, entre el banco, las tarjetas, etc….y no sé cómo voy a salir. He intentado buscar soluciones de todas las formas y colores y me han estafado dos financieras ingresándome trescientos euros cada una, sin mi consentimiento, en mi buena fe de que me iban a reunificar la deuda, cosa que no han hecho, sino que encima les tengo que devolver el dinero si o si, cosa que me es imposible.

-Madre mía que papelón llevas.

-Ya, y lo malo es que todo este descalabro, es porque mi ex mujer no me paga nada de la pensión alimenticia de mi hija, ni los gastos extras ni nada de nada, y encima, sin mi consentimiento, ha domiciliado los recibos de la comunidad en mi cuenta bancaria sin mi permiso, la denuncié a la policía, y ha vuelto a hacerlo, con el recibo de la contribución del piso.

-Menudo morro tiene la tía, anda, que si fuera al revés, ya estarías en la cárcel.

-Ya, pero ese es el problema, que en este país, si eres hombre y padeces este tipo de problemas, la gente mira hacia otro lado, por ser precisamente eso, hombre, y menos mal que trabajo, que si no…

-Si, eso es verdad, por lo menos, tienes trabajo.

-Ya, pero no me llega. Entre la deuda y el alquiler, en cuanto cobro, no tengo ni para comer, literalmente. Y menos mal, aunque me da un poco de vergüenza decírtelo, a mi pareja le están dando cosas en Cáritas, y yo tengo que apuntarme también, para que me den algo para mí y mi hija.

-¡Madre mía Mario!, no sabía que estuvieras tan mal.

-Pues sí. Es tremendo. Ver como día a día la nevera está cada vez más vacía. Y te desesperas, porque no sabes que hacer de cena, de comer, lo pasas mal, porque te ves incapaz de dar de comer a tu hija y a tu pareja…

-¡Jolín!, ¿y tu pareja no cobra nada?.

-Nada de nada. Estamos juntos, pero por eso precisamente, no la dan ninguna paga. Es súper injusto, lo pago yo todo. Y no me quejo, por ella y por mi hija, hago lo que haga falta, las quiero mucho. Ahora, parece ser que, a mi pareja, le han aceptado a trámite la solicitud del ingreso mínimo vital, a ver si hay suerte.

-¿y tu pareja no cobra nada de pensión por su ex?.

-Qué va, el sinvergüenza la dejó en la más completa miseria, sin comida, sin dinero, enferma; cuando yo la conocí, la tuve que ayudar económicamente, pero lo haría mil veces más, porque cuando quieres a alguien como yo la quiero, cualquier sacrificio es poco. Como te digo, el problema deriva de cobrar doscientos euros menos al mes, por ser de empresa, y por mi ex, que no me paga, y vas trampeando, pasando de tarjeta a cuenta, pidiendo prestamos, fraccionando gastos, y estiras, y estiras, hasta que la cuerda se rompe

-¿y ahora, como estáis subsistiendo?.

-Pues veras, una grandísima amiga, hermana de otra grandísima amiga, que más que amigas, son hermanas, me hizo la compra del mes, hace una semana, y la verdad, que lo vamos a estirar al máximo hasta que yo cobre. El problema es, como te he dicho antes, aunque suene paradójico, es que en cuanto me hicieron el contrato de empresa en Noviembre, empezaron los problemas económicos, más algún imprevisto con el que no contaba, como una vacuna para mi hija, que ha costado cuatrocientos euros, y mi ex no me quiere pagar la mitad, ni la óptica de ella, ni nada de nada.

-No lo entiendo, ¿dices que en cuanto te hicieron de empres empezaron los problemas?

-Pues sí, porque de pasar a empresa, cobras unos doscientos euros menos que si tienes contrato de empresa temporal. Lo del salario mínimo interprofesional es el mayor engaño que le han hecho a los trabajadores. Como lo de las pagas extras ya no existe, las meten en la nómina, y te meten mil conceptos para inflarte la nómina, que si le quitas a tu sueldo, estos conceptos, que si productividad, que si transporte, que si productividad y las vacaciones prorrateadas…etc., se te queda el sueldo por debajo del salario mínimo interprofesional.

-Ya, eso si es verdad.

-Y además, en mi empresa cada semana echan a la calle a alguien, incluso a algún encargado que otro, han echado, y la gente no reacciona, miran hacia otro lado, diciendo virgencita que me quede como estoy. Y yo trago, horas, muchas horas, y las hago por necesidad, que, si pudiera no hacerlas y estar con mi hija y mi pareja, estaría mucho mejor. Pero juegan con la necesidad de la gente, que estamos deseando echarnos a la boca una triste hora extra, para poder llegar malamente a fin de mes. Que esa es otra, vas al supermercado y parecemos zombis en busca de cerebros, es decir, todos vamos a las zonas de caducados, porque está más barato lo que está a punto de caducar. Y pollo, solo puedes comprar pollo, o cinta de lomo de cerdo, que como te desmarques a ternera, u otra cosa, te cuesta el carro un riñón y parte del otro. Pescado ya ni te cuento, merluza, merluza y más merluza, y congelada. Y nada de marcas, toda marca blanca, galletas de un euro, magdalenas a veces, y aceite de girasol, y de oliva una o dos botellas de litro.

-Si, que me vas a contar a mi, que estoy yo solo y llenar el carro del mes, me cuesta casi trescientos euros, y de capricho, solo un pack de veinte y cuatro cervezas.

-A mí, lo que más rabia me da, que en este país nadie mueve un dedo, si no es para salir de morado a la calle, o por Palestina, o por Cuba, o por el sum sum corda, este gobierno nos tiene divididos. Divide y vencerás. Y los sindicatos, ni están ni se les espera. Desde que entró éste presidente, no ha habido jamás una huelga general. Ni la habrá.

-La gente tiene mucho miedo, y mira para otro lado, es como tú dices, virgencita que me quede como estoy, que a mí no me toque.

-Eso es, en España hay un enorme elefante en todo el medio que nadie quiere ver, como si no existiera, y mejor que pise al del al lado, que a ti mismo.

-En fin, espero que todo esto termine de alguna forma. Tengo que ir al juzgado a volver a denunciar a mi ex, y a solicitar abogado gratis para la disolución de bienes, y a ver si me conceden lo de la ley de segunda oportunidad.

-¿y eso de la ley de la segunda oportunidad que es?

-Pues que te declaras incapaz de hacer frente a las deudas, y que solicitas que un juez administre la deuda que tienes, negocia con los acreedores y con los ingresos que tienes mensuales, te asigna un pago equis fijo al mes, para liquidar la deuda. Lo que pasa es que como tengo el piso en propiedad con la otra, no creo que me lo concedan, además, soy hombre, recuerda, lo tendría más fácil si fuera mujer, y no es por ser machista, en que me lo han dicho tres abogados que he consultado.

-En fin majete, espero que te vaya bien, ya me iras contando.

-Si, ya te ire contando. Adiós.

FIN

Emiliano Heredia Jurado

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Continuación de : La fractura de cristal

El elefante en la quinta avenida

Elena seguía a cuestas con su mentira que cada vez se hacía más grande, hasta el punto de convertirse en un elefante en la habitación. Su habitación era su vida; una arquitectura de cristal construida sobre fantasías de linaje europeo y culpas familiares que ella intentaba sepultar.

Aquella tarde cuando abrió la caja etiquetada como basura, donde guardaba las fotos de un pasado que le reclamaba su existir, sus orígenes, encontró una carta de su abuela Amapola. Allí, entre el papel amarillento y una caligrafía firme, estaban las respuestas que Elena nunca se atrevió a preguntar.

Montgomery, Alabama. Diciembre de 1955.

Para quien herede mi sangre:

Te escribo desde un mapa de líneas invisibles. Aquí, en Montgomery, cruzar la calle equivocada o mirar a los ojos a la persona incorrecta puede costarte la vida. La libertad es algo que solo nos atrevemos a susurrar en las iglesias, porque en las aceras nos la niegan con la mirada.

Hoy regresé a casa por las calles sin asfalto de nuestro barrio, apretando contra mi vientre una pequeña bolsa de tela. Llevaba conmigo algo que para nosotros es prohibido: un libro de poemas y un sueño de papel. Mientras caminaba, juré en silencio que mis hijos —y los hijos de mis hijos— nunca tendrían que pedir perdón por el color de su piel. No sé qué mundo te tocará vivir, pero espero que nunca tengas que bajar la mirada para salvar la vida, y mucho menos para esconder quién eres.

Vengo de limpiar suelos diez horas en las mansiones del Garden District. Allí, el aroma a cera y lavanda intenta ocultar el desprecio de los dueños, pero el olor de la injusticia no se quita con jabón. Subí al autobús de Cleveland Avenue con los pies doliéndome en el alma. Tuve que bajarme para entrar por la puerta trasera, como dicta esa ley despreciable que nos trata como estorbos.

Me senté tras la línea divisoria, pero cuando el autobús se llenó de personas con la piel color de la leche, el conductor gritó: “¡Arriba! Cedan sus asientos”. Sentí un calor súbito en la nuca. Me levanté, no por respeto, sino por supervivencia, pero al rozar el metal del pasamanos sentí que el hierro de la segregación intentaba oxidarme el alma.

Sin embargo, algo ha cambiado hoy. Hay un murmullo en la avenida que no es el viento. Son voces de hombres y mujeres que, cansados de ser sombras, empiezan a caminar con una rectitud nueva.

Ahora estoy sentada en mi mecedora de mimbre, bajo la luz de la lámpara de aceite. En la radio vieja, entre la estática, he escuchado la voz de un joven pastor, Martin Luther King Jr. Él dice que llega un momento en que la gente se cansa de ser pisoteada. Y yo me he cansado.

He cerrado los ojos y, por primera vez, no he deseado que mi piel fuera más clara ni mi cabello más liso. Me he acariciado los brazos y he sentido la suavidad de mi ébano. He comprendido que soy hija de reyes que cruzaron el océano encadenados, pero con el espíritu intacto.

He escrito en el margen de mi libro: “Mi piel es mi bandera”.

Heredera mía, te dejo estas palabras para que te sirvan de refugio. Nuestra sangre es un tesoro, no una mancha. Mi juventud me da la fuerza para creer que verás un mundo libre, donde nadie sea esclavo de un color. No permitas que el cristal de la comodidad te haga olvidar que vienes de una flor que supo crecer entre el hierro.

Con todo el orgullo que mi pecho puede contener,

Amapola

Las lágrimas brotaron de los ojos de Elena , sin poderse contener pues la soledad de aquel departamento en la quinta avenida esta vez fue su refugio. Su única compañía era el elefante en la habitación que debía soportar sin saber cómo sacarlo de su torre de cristal de Baccarat.

El elefante no era un problema que debía sacar de la habitación; el elefante era el recordatorio de que ella no era una pieza de cristal, sino el brote de una flor que supo crecer entre el hierro de la segregación.

Por primera vez en décadas, no bajó la mirada para salvar una mentira. La bajó para reconocer la tierra de la que venía.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

JARDINERÍA SOVIÉTICA

Vladimir no lograba salir de su asombro. Le resultaba imposible comprender como, por más días que pasaba entregado a su labor en cuerpo y alma, no obtenía los resultados esperados. Trabajaba de sol a sol, con la devoción de quien ha heredado un oficio como se hereda un apellido, y sin embargo el jardín parecía resistirse a su cuidado: la hierba amarilleaba en los bordes, la hiedra trepaba sin concierto y los senderos se cubrían de una pátina de abandono que parecía desmentir cada uno de sus esfuerzos.

Vladimir era jardinero. Siempre lo había sido. Antes que él, su padre; y antes, el padre de su padre. Una estirpe entera consagrada a la paciencia vegetal, al diálogo silencioso con raíces y estaciones. Durante generaciones, aquellas manos habían domesticado la exuberancia de los bellos y extensos jardines que siempre habían rodeado Villa Esmeralda, domando su belleza hasta convertirla en un orden casi perfecto.

No entendía tampoco Vladimir el patente desdén con el que el padre de aquella familia le trataba. Leonard cruzaba los senderos sin detenerse, sin saludar, sin sospechar siquiera la presencia constante que lo acompañaba. A sus ojos, el jardinero parecía un mueble, un objeto de decoración exterior, un vulgar y corriente enano de jardín. No así el resto de la familia, en especial Abigail, la pequeña. Cada vez que la niña se cruzaba con él se detenía, como un podenco señalando la presa, regalándole su inocente sonrisa acompañada de unas palabras formuladas en ese lenguaje primitivo y a medio hacer que acostumbran a tener las criaturas a sus seis años.

Fue el domingo por la mañana cuando la gota desbordó el vaso. Sucedió que la familia, haciendo lucimiento de sus mejores galas e imbuida en esa paz que otorga el acercamiento a lo divino, acababa de regresar de misa de doce y a la pequeña, en su infinita candidez, se le ocurrió preguntar al padre:

—Papá, ¿en casa hay fantasmas?

Leonard esbozó una sonrisa breve, casi automática.

—¿Cómo va a haber fantasmas, hija mía? —respondió tajante.

—Es que es muy grande… y muy vieja. Parece un castillo. Además, Vladimir me ha dicho que sí, que alguno hay ¿verdad, Vladimir? ¿por qué siempre estás ahí en el jardín? ¿Nunca comes? ¿Ni duermes?

—¿Vladimir? —balbuceó el padre—. ¿Quién demonios es Vladimir?

—Pues el jardinero, papá. ¡Parece mentira!

—¡Cariño, hagamos las maletas de inmediato! —apremió el padre a su esposa, presa de un temblor incapaz de disimular.

—¿Por qué? —preguntó Margaret, asombrada por la reacción de su marido ante algo tan cotidiano y a lo que la familia parecía estar acostumbrada desde siempre.

—En primer lugar, porque no conozco a nadie que se llame Vladimir. Pero, sobre todo, porque desde que llegamos a este casa, Margaret… ¡nunca hemos tenido jardinero!

LUCINDA QUART

LA TÍA ÁGATA

En todas las familias hay secretos. Espacios vacíos como los escaques grises de un tablero; ciénagas de la memoria en las que nadie osa adentrarse porque son traicioneras y peligrosas. Todas las familias, supongo, tienen un cementerio de elefantes que agonizan entre las grietas de las paredes o en el reflejo opaco de las vidrieras; bajo la mugre triste de las alfombras o en el reverso de las porcelanas. Sombras huidizas que permanecen, como permanecen las ofensas o los fantasmas aunque nadie los conjure y nadie los convoque.

En mi familia, supongo, ese oscuro corazón delator palpitando insomne bajo la piel de la casa, era la muerte de mi tía Ágata. La encontró una mañana de mayo la Nana, la mujer que la había ayudado a venir al mundo en un parto difícil del que la madre nunca se recuperó del todo y que ahora, veintiún años después, se veía en la tesitura de tener que descolgarla de una viga del techo de la cocina. La encontró oscilando sobre las baldosas como un péndulo de Foucault, vestida con el camisón de dormir y los pies descalzos, azulado y sereno el rostro como acostumbra a pasar con los ahogados y aún más hermosa si cabe de lo que había sido cuando estaba viva. La vieja Nana soportó mal aquella tragedia y quizá porque su celo de nodriza no le permitía dejar sola a la señorita en el último viaje, fue que se murió, también ella, muy poco tiempo después de que hubiera partido la tía. La casa quedó así doblemente huérfana. Mi madre recuperó su estatus de hija única y mi abuelo ordenó a la gente de servicio retirar los retratos de la tía Ágata de todos los aparadores. Su nombre ya no se pronunciaba. La olvidaron como se olvida el dibujo de un papel pintado cuando redecoras una habitación. Ocultaron su memoria para no tener que enfrentar a través de ella su propio fracaso y nunca les interesó conocer el por qué. Nada importaba más por entonces que paliar la vergüenza, acallar las habladurías de la gente, reconfortarse de la pérdida con lo que tenían. Pero el destino— esa cosa tan impredecible como inescrutable—quiso que yo viniera a sustituir a todos los retratos escondidos y a todas las memorias engañadas. Era como si la tía Ágata nunca hubiera yacido inerte y fría sobre las baldosas de la cocina; como si los ruegos y las sales de la Nana hubieran surtido efecto y la muchacha al fin hubiese despertado, porque hasta con la fina marca de la soga nací yo, tan parecida a mi tía que no recuerdo ni una sola vez en que recibí de mis abuelos una caricia o un abrazo. Soporté años de soledades y desprecios porque en el pueblo decían que era cosa de brujería mi apariencia y aquella marca de nacimiento alrededor de mi cuello, como si la difunta suicida hubiera decidido arrepentirse y regresar de entre los muertos. Soporté vestirme con prendas gruesas que ocultaran esa fina cinta oscura como una peca larguísima. Soporté no tener amigos, dejar la escuela pronto, no sentirme querida. Soporté su silencio en las comidas, los llantos repentinos de mi abuela, las discusiones constantes entre mi padre y mi abuelo, la inercia con que mi madre aceptaba que yo no era normal y que debían ocultarme. Mi padre salió un día a por tabaco y nunca regresó.

Mi abuelo contó a quién quiso escuchar que había abandonado a mi madre y que me había llevado con él y en el pueblo dejaron de murmurar y ya nadie miraba con recelo a mi familia.

Ahora vivo en el desván, rodeada de aquellos retratos que el abuelo hizo quitar de los aparadores, entre las cosas que fueran de la tía Ágata. Y cuando hay reuniones en casa y oigo las voces y el barullo abajo, me pregunto si mi madre piensa en mí, si no empaña un poquito su felicidad ese elefante que se pasea por la habitación y al que debería suponer un gran esfuerzo obviar.

Supongo que en todas las familias hay secretos, ciénagas de la memoria y elefantes como fantasmas que viven haciendo ruido tras el azogue de los espejos.

Y supongo que es normal.

GRISELDA SIERRA

Ahí estaba: incólume, inamovible, enorme y gris.

La primera vez que lo vi era apenas como un ratón que corría por la habitación y hacía travesuras que me hacían sonreír. Olvidé —o quise olvidar— lo que la abuela me advirtió de niña: todo lo que alimentamos crece. Y yo lo alimenté.

Cuando quise darme cuenta ya era un elefante. Uno desmesurado, varado en medio del cuarto, tan grande que ni siquiera podía moverse. No me sorprendió su tamaño ni su presencia constante. Años atrás había ocupado ese mismo lugar, hasta que un día desapareció sin explicación.

Pero esta vez era distinto. Más obstinado. Más cómodo. Más decidido a quedarse, Llenaba el aire y el espacio.

Hice de todo para ahuyentarlo. Dejé de alimentarlo durante días. Nada. Pedí ayuda: amigas, consejos, manos ajenas. Nadie logró moverlo. Grité, pataleé, lloré. Le supliqué que se fuera.

Permaneció ahí, imperturbable.

Hui, me fui de vacaciones, lejos. Intentaba ver si con la distancia el elefante recapacitaba y se iba por su propio pie. Pero al volver seguía ahí, en el mismo sitio, si acaso un poco desmejorado.

Y entonces empezó a crecer de nuevo. Engordó tanto que las paredes de mi departamento crujieron y el edificio entero se quejaba de su peso. Me dio vergüenza hablar con los vecinos. Bien a bien no supe qué decirles, cómo explicarles que en mi habitación había un monstruo. Me miraron con una mezcla de incredulidad y lástima. Y me sentí muy sola.

Agotada dejé de mirarlo. Pasaron algunos días. Luego semanas. Y entonces ocurrió que el elefante comenzó a adelgazar.

Descubrí que cada vez que le tiraba un pedazo de pan volvía a engordar, y que si lo ignoraba, se consumía. Así que dejé de mirarlo, de nombrarlo, de pensarlo. Hasta que un día, sin despedida, desapareció, y la habitación quedó vacía.

Las paredes dejaron de crujir y el edificio quedó a salvo, igual que yo.

Sin embargo, tengo miedo. No estoy segura de que el elefante se haya ido para siempre.

Por si las dudas, he comenzado a vaciar la alacena.

CESAR TORO

El elefante cachorro que no representa peligro se encuentra atado con una cadena a la estaca en la carpa del gran circo; es la atracción principal, los visitantes se acercan y lo observan cuidadosamente; sin embargo, por ahora no representa ningún peligro está encadenado y él lo sabe.

Con el tiempo y luego de recorrer distintos lugares, el circo volvió renovado con más payasos y animales, el gran elefante que ahora tiene más poder ha desarrollado su potencial y perdió la memoria, echando por tierra las cadenas que lo ataban, amenazando peligrosamente al camello que también es parte del circo, pues lo considera una amenaza para su seguridad; no obstante, se siente cansado de mantener el poder, su pelaje ha cambiado se ha convertido en un elefante blanco; por lo que recurre, a sus amigos el leon y él tigre en busca de ayuda, pero estos se niegan ayudarlo; ya que no entienden, por qué el elefante quiere atacar al camello si este no le ha hecho nada.

El dromedario ajeno a las amenazas del elefante se mantiene impasible pero alerta , lleva muchos años habitando el desierto enfrentando toda clase de ataques y ha logrado sobrevivir, siempre tiene reservas de agua en su joroba.

Un buen día el elefante cumplió su amenaza y atacó a traición al camello, este se defendió como pudo, con mordiscos y patadas, logró detener el ataque del elefante que ahora ya no parece tan poderoso, la habitación se convirtió en un campo de batalla. Los demás animales están divididos, unos apoyan al elefante y otros al camello. Pero ninguno se atreve a intervenir en la contienda. Respeto, miedo, o cobardía…

Mientras los malabaristas y payasos continúan con la función del circo, los enanos reparten migas de pan a los mirones.

Pd. Esta historia continuará.

MAITE BILBAO

LA SANGRE TIRA

La sala de espera exhala cloro y fatiga. Javier busca su turno en el panel. El número brilla, estático. A su lado, una mujer ajusta el pliegue del pañuelo sobre su frente mientras arrulla a un bebé. Dos niños más brincan sobre el plástico de las sillas. Ella aprieta una carpeta de fundas transparentes; los sellos oficiales asoman entre los folios. Él los observa. La bilis quema el estómago de Javier. La cuota del préstamo sube, el sueldo encoge. El segundo hijo es una quimera.

En la plaza, el barrio es otro. Los rótulos gritan en alfabetos extraños. El aroma a aceite viejo muere bajo el peso del comino y el curry. Javier busca refugio en la terraza del bar de siempre. A través del ventanal, en la penumbra del interior, la pantalla muestra a un delantero recién fichado tras un gol.

—Es un animal. Vale cada euro —suelta un hombre desde la mesa vecina.

Javier mira la foto del jugador en el periódico. Piel oscura, éxito reluciente. El reloj de su muñeca equivale a tres mensualidades de su hipoteca.

—Gente así suma. Esto es lo que funciona —remata el otro con suficiencia—. No como los que saturan el ambulatorio.

—El barrio cambia y punto —añade el primero mientras apura su caña.

Javier asiente. Todos lo hacen. El móvil vibra sobre el metal de la mesa. En el grupo de padres proponen llevar a los críos al colegio concertado de la zona alta. «Para que hagan cuadrilla y no se desperdiguen», escribe una madre. Los demás aplauden. Una masa invisible ocupa el centro de la mesa. Desplaza el aire. Javier calla.

—Aquí estamos los que somos, los de toda la vida —dice el dueño al dejar la cuenta sobre el mantel de papel.

Javier paga y se aleja. En la esquina, su hija mayor camina de la mano de un joven africano. Ríen. Ella le acaricia el brazo con naturalidad. Javier se detiene. El aire se atasca en sus pulmones.

—¡Hola, papá! —exclama ella.

Un sudor frío recorre la nuca de Javier. Los hombros se hunden bajo la mirada de la terraza. Sus amigos observan desde sus sillas. Las gafas de sol de la cuadrilla son puntos negros fijos en él. El joven extiende la mano. Javier nota un impulso en su brazo derecho. Sus dedos se tensan. El músculo obedece; la mano inicia el arco hacia el encuentro.

El silencio del bar llega como una ráfaga de hielo. La mano de Javier se detiene, tiembla y cae al bolsillo. Se inclina, da un beso rápido a su hija y retrocede.

—Tengo prisa. Hablamos en casa —suelta sin mirar a la pareja.

Se aleja. No mira atrás. Camina hacia su portal bajo el sol que golpea el cemento. Al llegar a la esquina, para. Nota el peso de las llaves. El eco de las risas de su hija se mezcla con el tráfico. Javier observa sus zapatos, la avenida vacía y sigue su camino bajo una luz que no proyecta sombras.

GUILLERMO ARQUILLOS

LA TÍA PURI HA MUERTO

Está muerta. Y muy muerta. La han puesto muy guapa en el salón, con su mantilla, su peineta y sus brazos al aire, para que se le vean bien los tatuajes de hombres corpulentos que llevaba. ¿Quién iba a pensar que la tía Puri tuviera esas cosas?

Sí, la tía Puri se ha muerto. Ya lo avisó ayer por la mañana: «Como sigáis tocándome las narices, os jodo el fin de semana». Era muy suya, la tía, con su silla de ruedas de colores, su pantalón de butanero y aquella manera suya de quedarse mirando a la gente como si ya supiera cómo iban a acabar todos.

En la habitación de al lado hay un hombre al que nadie conoce. Nadie se atreve a preguntarle quién es, sobre todo porque no para de llorar, de suspirar… y de comer pastas que moja en café o en vino tinto, según se tercie. Los vecinos llevan ya un rato entrando y saliendo de la casa y nos han traído algunas cosas para pasar el velatorio: doce litros de café, veinte kilos de pastas, varios barriles de vino y medio kilo de avellanas, que eran la debilidad de la tía Puri, la pobre, con su acento noruego y su colonia rancia, siempre tan distinguida.

A mí me da que ese hombre no ha venido por equivocación: llora demasiado, come demasiado y tiene unas uñas pintadas de verde que a mi hermana le han dado mala espina desde que entró. A mí, en cambio, me cae bien. Es un hombre de peso; no digo que sea gordo, solo que, cuando se mueve, parece que la habitación se hace más pequeña.

La tía Puri tampoco era una mujer de medias tintas. No tenía ninguna enfermedad en las piernas, eso es verdad; lo que ocurrió fue que un día dijo que estaba harta, que no quería andar más porque se cansaba. Y se sentó. Desde entonces ya no hubo manera de levantarla. Era así. Igual que llevaba una radio a pilas a todos sitios, unos pendientes de brilli-brilli en los entierros y una montura sin cristales colgada del escote, por elegancia.

Papá siempre nos dice que es mejor que algunas cosas no se muevan; y algunas personas, que ni se levanten. Lo ha recordado esta tarde al verla allí tendida, con su medalla de Santa María la Más Lejos sobre el pecho, como si en cualquier momento fuera a abrir un ojo para llevarnos la contraria.

El hombre desconocido se debió de colar cuando entraron las bandejas de comida. Vería tanto trajín y tanta pena junta, que pensaría: «Si pesco algo, seguro que no lo notan». Y acertó. Nadie ha hablado con él. Nadie ha hablado de él. Nadie ha hablado siquiera como si pudiera oírnos. Solo llora, come y se limpia las lágrimas con una delicadeza extraña, como si llevara muchos años llorando en velatorios ajenos.

Lo estaba mirando cuando me he dado cuenta: lleva al cuello la misma medalla que la tía Puri. La misma Virgen diminuta. El mismo esmalte saltado en una esquina. La misma cinta descolorida.

Yo iba a decir algo, pero mamá se ha adelantado. Nos ha mirado a todos, ha puesto los ojos en blanco y ha soltado:

—Por Dios, ¿todavía no os habéis enterado? Si la tía Puri nunca viajaba sola…

Luego se ha ido a la cocina a por más café.

CARMEN BERJANO

Verdad (para el tema de la semana)

Estaba tranquilamente sentada en el sofá, medio reclinada leyendo lo último de Fermina Cañaveras.

La luz de la última hora de la tarde se filtraba por los cristales incidiendo en mi cara y haciéndome dudar de si optar ya por luz eléctrica para seguir disfrutando de La sonrisa rota.

Restos de un rooibus de ciruela y una pasta aún rondaban en la mesilla y es que se me había pasado la tarde en un tris en aquel balneario de la novela.

De golpe sonó un estruendo. Un elefante derribó la puerta y se coló en mi habitación. En mi mundo y en el de Fermina.

Todos los que vieron los vídeos de las cámaras de mi casa se empeñaron en hablar de IA, de simulaciones.

Los que no encontraron explicación fueron los personajes de la novela en el verano del 36 de la Mancha profunda, pero igual allí es donde de verdad cobró sentido.

Carmen Berjano

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Marisa llevaba exactamente doce años, tres meses y (según ella misma) una eternidad sin salir de fiesta. No porque no quisiera, claro. Simplemente la vida se le había llenado de cosas adultas: dos niños pequeños, facturas, dolores inexplicables en la rodilla y una tolerancia al ruido comparable a la de un gato anciano. Pero aquella noche, impulsada por una mezcla de nostalgia, vino blanco, un grupo de amigas peligrosamente entusiastas y que los niños ya son veinteañeros (casi adultos según su parecer pues siempre serán sus pequeñines), decidió que era el momento de “volver a la vida”.

La preparación ya fue una aventura. Encontró un vestido que juraba haber sido elegante en 2009 y que ahora parecía tener opiniones políticas propias. Se maquilló con una intensidad que, bajo la luz del baño, parecía “sofisticada”, pero que en cualquier otro contexto gritaba “he visto tutoriales de internet y he decidido ignorarlos”. Se miró al espejo, alzó una ceja y dijo: “Bueno, Marisa, que sea lo que Dios quiera… o el ibuprofeno”.

La fiesta fue un éxito… en términos relativos. Bailó dos canciones completas (lo que ya suponía un logro olímpico), gritó “¡esta es mi canción!” al menos cinco veces —aunque no reconoció ninguna— y descubrió que ahora los bares tenían más luces que un quirófano y menos sillas que una huelga de muebles. A la una y media de la madrugada, sintiéndose heroica pero ligeramente traicionada por sus pies, decidió retirarse con dignidad. Es decir, cojeando discretamente.

Al llegar a casa, dejó el bolso en la mesa, se quitó los zapatos con un suspiro dramático y se dirigió a la cocina a por un vaso de agua. Fue entonces cuando lo vio.

En medio del salón, como si pagara alquiler, había un elefante rosa.

Pero no un elefante cualquiera. No. Este llevaba una impecable chaqueta de terciopelo verde, una pajarita dorada que parecía haber sobrevivido a varias galas y un sombrero tan llamativo que podría haber sido denunciado por exceso de personalidad.

Marisa parpadeó. Luego parpadeó otra vez. Finalmente dijo:

—Vale. O estoy borracha… o he desbloqueado contenido premium de la realidad.

El elefante la miró con una mezcla de cortesía y ligera decepción.

—Buenas noches, Marisa —dijo con voz profunda—. Llegas tarde.

—Perdona —respondió ella automáticamente—, había cola en el baño… espera, ¿qué?

El elefante suspiró.

—Doce años ignorándome, y lo primero que haces es cuestionar mi puntualidad. Clásico.

Marisa apoyó una mano en la pared. No sabía si sentarse, gritar o pedirle un autógrafo.

—Mira… yo no sé quién eres, pero en mi casa no entra nadie sin avisar. Y menos con sombrero.

—Soy el elefante en la habitación —respondió él, ajustándose la pajarita con elegancia—. Llevo aquí más tiempo que ese cojín horrible del sofá, por cierto.

Marisa miró el cojín. Era horrible, sí, pero tenía valor sentimental. O eso se decía a sí misma.

—Ah. Claro. El elefante en la habitación. Normal. Lo típico.

Se dejó caer en una silla.

—¿Y qué haces aquí exactamente?

El elefante ladeó la cabeza.

—Esperar a que me reconozcas. A que hables de las cosas que evitas. A que admitas que llevas años posponiendo vivir un poco más… y que te da miedo cambiar.

Marisa se quedó en silencio. Luego resopló.

—Vaya. Pensé que eras una alucinación divertida, no un coach emocional con trompa.

—Puedo ser ambas cosas —respondió él con una sonrisa sutil.

Marisa lo observó. Luego miró sus pies doloridos, su maquillaje corrido y su vestido con crisis de identidad.

—Bueno… —dijo finalmente—. Hoy he salido. He bailado. No me he muerto. Técnicamente, eso ya es progreso.

El elefante asintió con solemnidad.

—Un gran paso para una Marisa, un pequeño paso para la humanidad.

Ella soltó una carcajada.

—Mira, si te vas a quedar, al menos ayúdame a quitarme este maquillaje antes de que se solidifique.

—Será un honor —respondió él.

Y así, en mitad del salón, una mujer cincuentona y un elefante rosa con más estilo que sentido común pasaron la madrugada hablando de decisiones aplazadas, miedos ridículos y canciones que ya no recordaban pero que juraban haber amado.

Porque a veces, para enfrentar al elefante en la habitación, primero hay que invitarlo a sentarse… aunque lleve sombrero.

MARIO NÚÑEZ

El hombre supo ser uno de los mejores efectivos del Grupo de Rescatistas Navales GRMN, de elite de las fuerzas navales de su país. Innumerables operaciones de búsqueda, rescate en los más variados y accidentados escenarios geográficos de tierra y agua, en los climas más adversos.

Hoy llevará su coche a cambio de aceite lubricante, líquido de frenos, el lubricante de la caja de velocidades, el líquido refrigerante, y las correas de distribución y del alternador.

En condiciones normales sería un gasto considerable que debería pensar cuidadosamente antes de emprender, y seguramente ahorrar en otros gastos, para poder cumplir con esos mantenimientos, o hacerlo en etapas.

Pero ha ganado en un sorteo del servicio oficial de la marca de su costoso vehículo que ya no está en garantía, el kit de recambio completo, y la mano de obra. Así que es el momento. Ya reservó hora en el taller de la marca, aprovechando que es feriado no laborable en su trabajo de funcionario público.

Aún sigue trabajando para el gobierno; ya no en seguridad, aunque si quisiera podría hacerlo, pero prefirió aceptar el importante retiro incentivado como forma de ahorro para cambiar su vehículo para su SUV inglés soñado, en su momento a estrenar.

El elegante vehículo, muy lejos de sus posibilidades de otro modo, también tiene altos costos de mantenimiento, pero vale el esfuerzo.

Mientras busca el cupón ganador del servicio, recuerda sus últimas misiones de rescate de senderistas heridos en bosque cerrado e inaccesible, y volvió a sentir la adrenalina de la bajada en la cuerda con camilla desde el helicóptero H125 Esquilo, que tuvo el honor de inaugurar recién adquirido en Brasil.

Estoy seguro de que lo dejé por aquí; anoche mismo lo separé para tenerlo a la vista y llevar el coche a su servicio de mantenimiento, a primera hora. Aún tengo tiempo, se dijo, pero quiero salir con tiempo. Mientras continuaba revisando por encima de los muebles más a la vista, no apartaba de su mente la misión. Viento fuerte, el balancín de rescate se movía de un lado a otro, con él y sus dos compañeros de equipo, un chico y una chica jóvenes a su cargo. Accederían al sitio, a los heridos, estabilizarían a un niño en estado más grave, practicarían los primeros auxilios a los cinco excursionistas, y de a uno, los subirían al helicóptero para su traslado.

El dichoso cupón no está por ningún lado, y comienza a preocuparse. La hora de ingresar al taller se acerca, y aumentan los nervios. Aún así no aparta de su mente las instancias de aquel rescate, uno de muchos, seguramente alimentado por el inminente llamado a rescatistas voluntarios entrenados que según supo por versiones de sus antiguos colegas, ocurrirá ante la inminencia de una serie de fenómenos meteorológicos de inundaciones, vientos muy fuertes, incluso incendios forestales y grandes emergencias humanas.

Corroboró la carga completa de su teléfono celular para la inminente llamada. Tendría listo al mediodía su potente vehículo para trasladarse a la base aeronaval en cuanto fuese convocado. Sabe que está algo veterano para unas misiones rescatistas así, pero se considera en buenas condiciones físicas y con su gran experiencia; es cuestión de horas para que lo convoquen.

Emprendió la búsqueda del cupón nuevamente en su billetera, en la guantera del auto, en las gavetas y cajones de los muebles de la casa; es imposible que estuviera en alguno de esos lugares, pero necesita cerciorarse. Se imaginó presentándose en el taller sin el cupón, con el documento que acredita quien es como su mamá y su papá lo registraron casi seis décadas atrás. No es seguro que el tallerista lo acepte: había insistido mucho en la presentación del cupón para hacer efectiva la prestación. Mientras continuaba buscando sin éxito alguno, ya en los lugares más inesperados, atravesaba la sala rastreando como un sabueso, rumbo al dormitorio, a la cocina, a la terraza, hasta al baño y la azotea, y del dichoso cupón, nada.

Pero lo que mas le preocupaba no era solo encontrar el dichoso vale, sino que la llamada inminente a integrarse a los equipos voluntarios ocurriera en cualquier momento, y él no estuviera listo o no escuchara el ringtone. Por eso, sin darse cuenta como, andada celular en mano en su telaraña cada vez más acelerada de búsqueda.

Cuando solo faltan 22 minutos para el ingreso al taller, dos llamados casi le paralizan el corazón: Número desconocido, ponía en pantalla el primero de ellos, sonó solo una vez, y cuando empezaba el segundo pulso, atendió: Dígame, respondió.

Buen día, le habló una chica con acento caribeño. Usted ha sido seleccionado como cliente preferencial para la tarjeta de compras en la cadena de ferreterías …

No joda, interrumpió bruscamente a la amable caribeña. Estoy esperando una llamada muy importante. No le tomaré mucho tiempo, señor, a usted le beneficiará mucho ….

No joda más, dijo el rescatista, y cortó la llamada, mencionando la reprobable ocupación de la madre de alguien.

Siguió buscando cada vez más nervioso, la frente sudando; es casi la hora de ingresar al vehículo.

Sintió la urgencia, cada vez más conocida, de buscar refugio en el retrete bajo pena de mojar su ropa interior, dejó – casi tiró – el teléfono de pasada sobre la mesa del comedor, corriendo rumbo al baño mientras adelantaba desprender su ropa para acortar el trámite.

De pie frente al inodoro, mientras comenzaba a aliviar su vejiga, escuchó llamar nuevamente el teléfono. Apuró su trámite sanitario, casi salpicando su ropa, mientras comenzó la marcha rápida hacia la sala y responder al llamado de emergencia. Apenas completó el cerrar de su cremallera, tomó el teléfono cuando se sentó en la primera silla frente a la mesa.

Dígame, habló por segunda vez en la mañana a través de la señal digital.

Buen día señor. Le hablamos del servicio oficial de su coche. Usted tiene programado un servicio para esta hora, ¿no es así?

Si, disculpe, es que tengo algunas dificultades que me han retrasado. En unos minutos estoy ahí, se excusó avergonzado.

No se preocupe señor, hemos reprogramado su cita para esta tarde a las 14 o mañana a la misma hora, si le es posible. Esperamos no ser inconvenientes, y le pedimos disculpas por el retraso, por razones ajenas a nuestra voluntad.

Aceptó la agenda de esa misma tarde, y no sabe qué más dijo y escuchó. En la cima de su estrés, bajó la mano con el teléfono aún entre sus dedos; cuando observó dentro de la funda trasparente del celular, un papel doblado en cuatro y vio al elefante en su sala: el maldito cupón de descuento, que estuvo en su mano todo el tiempo.

BEA ARTEENCUERO

UN ELEFANTE EN MI HABITACION…

– Marta tenemos que hablar.

– Ahora no Pedro. estoy cansada.

– Otra vez corres, vos no te das cuenta que cada día nos alejamos más.

– Que exagerado!!

– Que hacemos con el elefante?

– Qué elefante? estas loco?

– El que está aquí , en esta habitacion. entre nosotros.

– Vos tomaste Pedro? De que hablas?.

Marta se va y lo deja hablando solo.

Pasan unos días y …

Marta, realmente debemos hablar, me canse Marta me canse de…

– Otra vez con lo mismo Pedro!!

– Si. Otra vez , porqué vos no Enfrentas las cosas. nuestro matrimonio no va más.

– Como? No va más? Que te pasa?

– Me pasa que no quiero seguir mi vida aguantando cosas. siempre una barrera, nunca nada con vos.

– Que decis Pedro? Que aguantas?

– Cada ves que quiero intimidad, a vos te pasa algo…Tengo deseos, te deseo, entérate mujer.

– La mañana porqué es la mañana, la siesta porqué te recostas y cuando te busco, ya te levantas y la noche ni hablar. te acostas te das vuelta y te dormis.

– Cuanto hace que no hacemos el amor eh? cuanto hace? Más de un mes.

– Ay Pedro, tampoco es para tanto!!

– Para vos, que todo te da igual.

– Si no me queres más decimelo y cada uno sigue su camino.

– Córtala Pedro!! Al final me voy a creer que me lo decis en serio.

– Y claro qué lo digo en serio.

– Ni siquiera te das cuenta que el elefante ya vive en el dormitorio.

Otra ves con el elefante, por favor!!

Pasan los días y la situación entre ellos es cada día peor, hasta que…

– Que haces Pedro? Estas loco?.

– Me voy Marta, no aguanto más esta situación.

Marta llora!!

– No entendes nada Pedro nada!!

– Que tengo que entender?

– Sabes qué Pedro!! ( Habla a los gritos).

– El elefante lo tiene tu hija..

– Esta embarazada!!!

RAKEL VALDEARENAS MATE

Un elefante en la habitación.

El silencio en la habitación era absoluto, roto solo por un rítmico y húmedo silbido. No era el viento.

Marcos abrió los ojos en la penumbra. En la esquina de su dormitorio, una masa gris y rugosa se alzaba hasta rozar el techo. No sabía cómo había entrado, pero allí estaba: un elefante africano, tan apretado contra las paredes que su piel se descascaraba contra el papel tapiz.

Lo aterrador no era su tamaño, sino sus ojos. Eran humanos, demasiado pequeños para aquel cráneo colosal, y lo observaban con una inteligencia maligna y desesperada. El animal no se movía para no demoler la casa, pero su trompa, como una serpiente ciega, tanteaba el suelo buscando algo.

De pronto, la punta carnosa de la trompa rozó el borde de la cama. Marcos contuvo el aliento, pero el olor a selva podrida y sangre seca lo hizo jadear. El elefante emitió un retumbo sordo que hizo vibrar sus dientes. Entonces, con una lentitud agónica, la criatura empezó a expandirse. No crecía, simplemente dejaba de contenerse.

Las vigas del techo crujieron. El cemento cedió. Marcos comprendió, justo antes de que el primer muro colapsara sobre él, que el elefante no estaba en la habitación; la habitación era su jaula, y él finalmente había decidido que ya no quería estar dentro.

BLANCA CERRUTI

UNA PRESENCIA ETERNA

Para la familia de Leopoldo el tiempo se ha parado.

Hace unos meses su madre, al quedarse viuda, fue a vivir a casa de su hijo recién casado, como mandaba el buen hacer de un hijo en aquellos tiempos, y allí siguió siendo la señora de la casa.

La abuela mandó trasladar el cuarto de su casa a la mejor habitación de la casa de su hijo. Poco a poco fue trayendo cosas que le recordaban su vida.

Leopoldo lo permitía, era lo que se esperaba de él, pero no hasta el extremo en que lo permitió, dejando que su esposa viviera a la sombra de su madre. Ella lo aceptaba porque, en aquellos tiempos, era ley de vida.

Ahora la abuela ha muerto, pero su presencia en la casa será eterna. En la cómoda, el hijo ha puesto la mejor foto de su madre y le tiene una vela encendida. El cuarto solo se abre a la noche. Antes de cenar se reúne con su esposa y su hija ante la foto de la abuela y rezan para que Dios la tenga en su gloria. Luego, salen y el hijo cierra el cuarto y se sientan a cenar.

Leopoldo se da cuenta de que su esposa y su hija necesitan SU sito en la casa; se lo gritan en silencio, pero él no hace nada ni siquiera lo hablan porque todo ha de permanecer tal como lo dejó la abuela.

Y la casa se convierte en un mausoleo. Cuando se sientan a la mesa, solo habla él, de la abuela, la recuerda contando anécdotas de cuando vivía con ellos. La esposa y la hija escuchan, pero no dicen nada. En aquellos tiempos…

Blanca Cerruti

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

El elefante en la sala.

Tema semanal.

(Esta expresión es una metáfora, en la cual se oculta algo que nadie quiere decir o enfrentar)

La sala era pequeña, todo estaba en silencio.

Ahí se encontraban los cuatro hermanos, y en medio estaba un elefante qué no era tan de carne y hueso.

Todos sabían que estaba ahí, pero cómo pensaban que era sólo su imaginación y nadie quería enfrentarlo.

Las paredes habían absorbido el silencio de aquella casa desde que el padre los abandonó diciendo una mentira tras otra, sólo Tomas sabía realmente lo que había sucedido.

La vida en ese lugar había cambiado radicalmente ante el abandono del padre, la madre había partido hacia otro plano hacía algunos años. Ahora estaban solos Adriana la mayor había tenido que hacer el papel de la mamá, de alimentar a sus tres hermanos y al padre, desde ese momento había tenido que renunciar a su vida de estudiante, ahí empezó a cambiar todo para todos, y ahora el padre los abandonaba.

Tomás les había dicho que tenia que decirles algo muy importante

Al fin al reunirlos les diría la verdad del porqué su padre se fué, no era porque iba a trabajar en otra parte, como les había dicho, jamás pensaba en regresar, les dice que le escuchó hablar con un amigo diciéndole que estaba cansado de cuidar hijos que no eran de él, y al fin decidió irse y vivir para él lo que le restara de vida, que les haría llegar algo de dinero para que pudieran sostenerse mientras trabajaran, que ellos deberían arreglarselas solos, un silencio sepulcral pesaba en el lugar, nunca imaginaro que él no era su padre, y jamás sabrian toda la verdas. El elefante se iba diluyendo poco a poco.

Las lágrimas brotaron en la piel de todos, se sintieron traicionados por ese ser al que amaban al que siempre habian dicho padre, Tomás les dice que deben tratar de comprenderlo, que debió decirles lo que sentía y agradecer que los cuidó por mucho tiempo quizá lo hubieran comprendido, pero había actuado en forma muy egoísta y deberían de perdonar y seguir adelante con sus vidas

Ante esta verdad el silencio dejó de pesar, y sintieron que era un nuevo comienzo para todos, que debían estar unidos más que nunca y apoyarse.

En ese momento el elefante desapareció por completo.

María la mayor dejó de llorar y abrazo a sus hermanos.

Y les dijo que de ahora en adelante no debe haber ningún secreto entre nosotros, puess lo que no se nombra puede crecer de tal manera por más dolorosa que sea una verdad. Que jamás debe aparecer de nuevo un elefante en la sala.

MANUELA CÁMARA

El peso del silencio

“El silencio es a veces la peor mentira.” —Miguel de Unamuno

Apareció un lunes por la mañana, entre la cama y la ventana, sentí una silueta densa e invisible. Al principio pensé que era un sueño, una de esas últimas imágenes absurdas que desaparecen en cuanto empiezas a parpadear. Pero no desapareció. Noté que respiraba despacio, subiendo y bajando su pesada trompa, levantando su pata izquierda unos centímetros del suelo. Cada vez que me daba una vuelta en la cama ignorándolo, parecía crecer unos centímetros más.

Si bien era extraño tener en el dormitorio un elefante, más extraño era que cuando bajé a desayunar y le dije a mi madre que había un elefante en mi cuarto, ella simplemente sonrió y me preguntó si quería tostadas o fruta.

Insistí. Le expliqué el tamaño, el olor a barro frio, el ruido que había al respirar y al moverse. Y cuanto más le hablaba, más incómoda se hacía su sonrisa, hasta que al final me dijo, que me diera prisa o llegaría tarde al instituto.

Cuando regresé por la tarde, el elefante ocupaba el doble de espacio. Su tropa llegaba al techo, sus patas descansaban sobre la alfombra. Ni amable, ni agresivo, me observaba sin quitarme la vista.

Pasaron los días. El elefante siguió creciendo. Primero moví el escritorio y la mesa hasta la puerta de entrada. Después tuve que dormir encogida en la cama porque su cuerpo y su olor a algo salvaje lo ocupaba todo.

Yo intentaba no mirarlo, no pensar en él, no hablar de él con nadie, a ver si desaparecía. Pero al contrario, cada vez que callaba algo que necesitaba decir, cuando evitaba responder a las agresiones de mis compañeros de clase, cuando fingía que todo iba bien, cuando me tragaba tantas palabras y gestos que me quemaban por dentro, al regresar a casa, el elefante había crecido un poco más.

Pronto no pude vestirme en mi cuarto, ni hacer los deberes, ni tumbarme en la cama solo a descansar, ni cerrar la puerta.

Mis padres empezaron a notar algo extraño, pero nunca lo nombraron. Se detenían en el marco de mi puerta y lo notaban deformado, sentían que salía de allí un olor poco común y que el suelo crujía bajo un peso invisible, pero seguía la vida hacia adelante como si nada estuviera pasando. Como si decirlo en voz alta fuera peor que vivir con aquello.

Una noche, acorralada entre el elefante y la pared ya no podía ni darme la vuelta en la cama. El elefante soltó un sonido grave y profundo. Era un gruñido tan triste, que sentí en el pecho una presión que provenía de todo su peso.

Entendí que el elefante no podía crecer más, porque era todo lo que yo estaba callando lo que tenía su peso, su forma, su presencia.

Me levanté como pude, medio asfixiada, medio mareosa. Llegué frente al televisor donde mis padres en silencio evadían sus preocupaciones. Y hablé: del miedo, de lo que me pasaba en el instituto, de los compañeros, de las cosas que fingía no sentir. Hablé de todo lo que estaba evitando, de la distancia y el silencio que estaba creciendo en la casa estos últimos meses. Y ellos me escucharon sin volver la cabeza por primera vez.

Mi madre me aseguró que no estaba sola, que ellos dos tenían que hablar y que encontraríamos los tres una solución.

Cuando regresé a mi habitación, el elefante seguía allí, pero era mucho más pequeño. Cabía de nuevo entre la ventana y la cama. Me miró y desvió su mirada hacia la calle. No había resoplidos, ni rugidos, ni ruido que saliera de su peso y mi pecho. Y sobre todo, por primera vez desde que apareció, dejó de crecer.

AXY LINDA

Un elefante en la habitación

Se hizo un silencio inesperado y todos miraron hacia el fondo.

Renata entró, sintiendo cómo las miradas se cruzaban… y la atravesaban como si fuera vidrio limpio.

—¿Qué pasa? —preguntó, nerviosa.

De inmediato, todos comenzaron a hablar entre sí.

Renata frunció el ceño y se acercó a Juvencio.

—¿Me dices qué está pasando?

—Nada, nada pasa —respondió él, mientras se cambiaba discretamente de lugar.

—Están todos muy raros y misteriosos. Yo sé que algo está ocurriendo y no me lo quieren decir… pero lo voy a investigar.

Se fue molesta.

Y, otra vez, las miradas cómplices se cruzaron por la habitación…

Pasaron diez meses. No volvieron a reunirse hasta que falleció Juvencio.

En el velorio, como broma macabra del destino, todos se sentaron en los mismos lugares… excepto el anfitrión involuntario, que ahora ocupaba el centro.

Renata recordó aquella ocasión. Nadie le había explicado por qué la miraban así.

Esta vez se acercó a Javier, tal como lo hiciera antes con Juvencio.

—Dime qué saben todos, excepto yo. Y por lo visto, algo tiene que ver conmigo.

—Nada. No hubo nada. Ni antes… ni ahora —respondió él, repitiendo el ritual de cambiarse de lugar, como si fuera parte del protocolo funerario.

Después de las condolencias, todos se fueron sin dejar rastro… ni pistas.

Casi un año más tarde, falleció Javier. Y la escena se repitió.

El círculo comenzó a cerrarse.

Quedaron solo Renata y Silvina.

En el funeral de Cesáreo, Silvina se metió al baño y espiaba por la puerta, calculando el momento exacto para escapar sin cruzarse con Renata…

Y Renata nunca supo el secreto que todos compartían.

¿Alguno de ustedes lo sabe?

Los dejó con Renata.

Yo… mejor me alejo del lugar.

No vaya a ser que el siguiente asiento disponible… (para mí) sea en el centro de la habitación.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

El funambulista

Aquella mañana de verano, el director del circo nos reunió a todos a primera hora en la arena.

Todos nos miramos: la mujer barbuda, el hombre bala, los payasos, el faquir… hasta los animales fueron convocados a pisar la pista. Entre todos comenzó a expandirse un pequeño murmullo que se fue extendiendo como una sombra por la arena.

Este fue cortado de inmediato con la entrada del director del circo, que captó al instante la atención de los presentes.

—Anoche, entre el público, había alguien que salvará nuestro circo por diez años, al menos —comentó el director con una amplia sonrisa—. Tras la función de anoche, y ver cómo la gente se iba a mitad del espectáculo o sacaba sus teléfonos porque no les interesaba lo que veían, llamó a mi despacho y me ofreció algo que no podemos rechazar.

—Venga, sorpréndenos, a ver de qué se trata —dio un paso al frente el faquir, eligiéndose como nuestro representante.

—Pues el tipo de ayer es dueño de una multinacional de espectáculos y va a meter mucha pasta en nuestro circo —respondió el director con la sonrisa impresa en su rostro.

—Claro, pero para que eso pase te habrá pedido algo, imagino —respondió el faquir mientras jugueteaba con uno de sus cuchillos y lo miraba.

—Sí, claro. Aquí está todo perfectamente explicado —el director cogió unos dosieres que le acompañaban y fue entregándolos uno por uno a los diferentes artistas—. Os recomiendo que primero echéis un vistazo a los emolumentos que recibiréis; están en la primera página. Después, cada cual que venga a decirme si podemos seguir contando con él. Os esperaré en mi despacho.

El director, calculadora en mano, abandonó la reunión y se fue con esa sonrisa permanente que desde anoche no parecía borrarse de su rostro.

Los que allí nos reunimos no dijimos nada. Abrimos el documento por la página uno y, al ver las condiciones económicas, se montó un alboroto. Nunca se habían manejado antes esas cantidades en el circo. Pero ¿qué más condiciones escondían esos nuevos contratos?

Cada cual nos retiramos a nuestros camerinos a analizarlos detenidamente.

Yo me senté en mi mesa de trabajo y comencé a leer. Pronto, la luz de la habitación pareció tornarse más oscura y mi cuerpo comenzó a sudar mientras avanzaba en el documento.

A mí, como funambulista, me pedía realizar cosas que hasta ese momento nadie había hecho.

Fue en ese momento cuando lo vi por primera vez. Un diminuto e inofensivo elefante estaba en una esquina de mi habitación.

Salí fuera de mi camerino; necesitaba que el aire tocara mi rostro.

Las condiciones, para empezar, hablaban de un aumento del aforo del circo.
Más gente mirando mi éxito o mi estrepitoso fracaso, pensé.
Hacerlo con los ojos vendados. Recorrer más distancia sobre la cuerda.

Caminando mientras leía, me topé con la jaula de Nala, una ya vieja leona que habíamos visto crecer en el circo desde cachorro. Allí estaba el documento del domador, que había dejado sobre una mesa. Seguramente este ya habría ido a hablar con el director.

Lo cogí y lo ojeé por encima. Al terminar de leerlo, lo dejé de nuevo en su lugar y entré a acariciar a mi vieja amiga.

Mientras se dejaba atusar sus cabellos, recordaba lo mal que lo tuvo que pasar en sus comienzos, cuando, para entrar por esos aros de fuego en la arena, sus otros cinco hermanos fueron desapareciendo uno tras otro en ese camión negro que abría su puerta trasera como una cueva del infierno.

—Vieja amiga, parece que de nuevo lo tendrás que volver a hacer, pero esta vez con el doble de aros y mucho más pequeños —susurré al fiero animal que reposaba manso sobre mis piernas.

La dejé descansar en su jaula y regresé de nuevo a mi habitación. Cuando volví, sorpresa: el elefante se había hecho gigante, ocupando cada centímetro de mi camerino.

Una voz reconocible me sacó de mi sorpresa:

—Eres el único que falta, ¿te vas a unir a este nuevo espectáculo que nos hará ricos?

Me tomé unos segundos observando la habitación.

—¿Pero qué narices haces mirando tan embobado? Ni que hubiera un elefante en la habitación… —dijo el director del circo.

Tras unos momentos en los que mi cuerpo se quedó paralizado mirando la habitación, respondí:

—Sí, también puedes contar conmigo.

Los días se sucedieron y comenzaron los ensayos de cara al nuevo espectáculo.

Una noche, mientras estaba en la base, algo cambió en mí. Desde lo alto pude ver la jaula de Nala y comprendí algo.

Mi vieja amiga me había sorprendido. Fue la primera que, desde el primer momento, se hizo con su nuevo ejercicio. Esto me sorprendía bastante, dado que necesitó mucho tiempo y castigos en su piel y en su alma para pasar por esos malditos aros en llamas.

Sin embargo, esta vez lo hizo sin dudarlo.

Cuando terminó de ensayar el nuevo y aún más peligroso ejercicio, los cuidadores entraron en la celda y dejaron varios trozos de carne. Al instante, de entre las sombras, se erigió la figura de Nala. Esta no estaba sola. Bajo su regazo, un cachorro con solo tres patas la acompañaba para buscar, de forma torpe, el alimento.

Eso que vi hizo que mi cuerpo actuara casi por sí solo.

— Vendadme los ojos— dije a mis ayudantes.

Me quité la línea de vida, como exigía el guion del ejercicio. Fue entonces cuando recordé cuando de niño vi caer a mi padre desde la cuerda. Pero mis músculos se tensaron y me volví a centrar en el camino por recorrer.

Cogí la pértiga y, con aire renovado en mis pulmones, comencé a dar los primeros pasos por la cuerda sin dudarlo.

Pero justo en la mitad del camino sentí vértigo. Algo oprimía mi pecho, no dejando que el aire entrara en mis pulmones. De nuevo parecía tener al elefante enfrente de mí.

Mis piernas temblaron y mi cuerpo se balanceó. Fue entonces cuando el recuerdo de Nala y de mi padre me hizo retomar el centro y caminar hacia delante.

De vuelta al camerino, con el nuevo ejercicio superado, algo había cambiado.

Una luz radiante se expandía por toda la habitación.

Y por primera vez en mucho tiempo… ya no había nada ocupándolo todo.

JUAN C VALTIERRA

Un elefante en la habitación

Lo que se graba una sola vez

Juan C Valtierra

El local no tenía letrero. La gente que llegaba sabía llegar: la puerta verde, en la calle del mercado. Afuera, pegada a la pared, una banca de madera tan negra de años que ya no era pintura sino tiempo. Una maceta de barro con un helecho que nadie plantó pero que tampoco nadie se atrevió a quitar. A veces había vecinos sentados ahí sin decirse gran cosa, que en estos pueblos el silencio acompañado también cuenta. Esa tarde la banca estaba vacía. Solo una bolsa de plástico en el suelo, junto a la puerta. Tenía un papel doblado pegado con cinta: No prende. Ya no quiero saber por qué.

Entró sin llamar, como entran los que ya terminaron de esperar. Traía una grabadora Phillips del setenta y dos envuelta en otra bolsa de plástico, color café, con el compartimento de las pilas roto y pegado con masking tape ennegrecido por los años. La puso sobre el mostrador sin decir nada.

El taller olía a soldadura fría y a tiempo detenido. Las paredes cubiertas de estantes donde vivían los muertos: radios de transistores con las tripas expuestas, tocadiscos sin aguja, grabadoras de carrete con los ojos vaciados. Cada cosa rotulada con letra chica en tiras de masking tape. Por la única ventana entraba una luz amarilla que no alcanzaba a iluminar nada del todo, solo a insinuarlo. En el rincón, una estufa eléctrica con la resistencia naranja zumbaba su calor viejo. Sobre el banco de trabajo, el cautín, el multímetro, las pinzas de punta fina alineados con la devoción de quien reza con las manos.

Fulgencio miró la grabadora. Miró al hombre.

El hombre era de esos que uno ve y ya sabe: mediano, con las manos de quien cargó cosas pesadas toda la vida y ya no le importa. Tenía los ojos del que no duerme. No desde hace unos días. Desde hace más.

—La correa —dijo Fulgencio.

—No sé —dijo el hombre—. Ya no jala.

Fulgencio la abrió. Necesitó un desarmador del cuatro, dos del tres, y paciencia. La carcasa cedió con el quejido exacto de quien lleva mucho tiempo aguantando. Adentro todo era polvillo gris y la correa hecha carbón, deshecha, como si hubiera cumplido su función hasta el último milímetro posible y luego simplemente hubiera decidido no más.

—Siéntese —dijo Fulgencio.

El hombre no se sentó. Se quedó parado del otro lado del mostrador mirando cómo las manos de Fulgencio buscaban en los cajones con la seguridad de quien conoce cada cosa sin necesidad de verla. El sobre de papel manila con las correas de repuesto. El frasquito de aceite de máquina. El trapo doblado en cuatro, húmedo de alcohol.

Diez minutos. La grabadora despertó con un ronroneo bajo, casi vergonzoso, como animal que vuelve del frío.

El hombre sacó de la bolsa un casete sin etiqueta. Lo puso sobre el mostrador y no lo soltó de inmediato. Lo tuvo bajo la mano un momento, como se tiene la mano de alguien antes de que se la lleven.

Lo metió. Apretó play.

Silencio de cueva. Luego la voz.

Había una vez un hombre que vivía solo en un cerro y hablaba con los pájaros porque los pájaros no le pedían explicaciones. Un día llegó una mujer que tampoco las pedía. Solo se sentó afuera de su casa y se puso a mirar el mismo horizonte que él miraba. Y así estuvieron los dos, mirando juntos lo mismo, hasta que ya no hizo falta decir nada porque todo lo importante ya estaba dicho.

El hombre del otro lado del mostrador cerró los ojos.

El problema —dijo la voz— es que los horizontes se acaban. No porque se acabe el mundo. Sino porque a veces uno de los dos tiene que irse antes. Y entonces el otro se queda mirando solo y el horizonte ya no es el mismo horizonte porque le falta la mitad.

Pausa. El casete giraba con su ronroneo manso.

Esta historia te la conté la primera vez en el carro, ¿te acuerdas? Llovía y estábamos atorados en el camino de terracería y tú dijiste que si no llegábamos era culpa mía por insistir en el atajo. Y yo te dije que no era cuento de culpas. Lo dije por el atajo pero lo decía por todo lo demás también. Siempre lo decía por todo lo demás. Tú nunca entendiste eso y yo nunca supe cómo explicártelo sin que sonara a regaño. Por eso te conté el cuento. Era la única manera que encontré de decirte las cosas sin que te cerraras.

Fulgencio no se movió.

Grabo esto porque el doctor dice que en unos meses ya no voy a poder. No sé si la voz se va primero o lo demás. Pero quiero que esta historia siga existiendo aunque yo no exista. Quiero que la escuches cuando estés atorado en algún camino de terracería, o cuando llueva, o cuando el horizonte se vea muy solo. Y quiero que sepas que el hombre del cerro no se quedó solo para siempre.

Porque los pájaros siguieron llegando. No sé si eso consuela o duele más. Creo que las dos cosas. Creo que así tiene que ser.

Estoy grabando esto en la tarde, con la ventana abierta. Afuera hay un pájaro que no conozco. Lleva un rato ahí. No sé si ya sabe o si solo es un pájaro. A veces quisiera ser tan simple como eso. Llegar. Estar. Irse sin que nadie te pida explicaciones.

Ya me cansa la voz. Ya me cansa todo. Pero quería terminar el cuento. El hombre del cerro se quedó solo y los pájaros siguieron llegando y él aprendió a vivir con ese hueco que tienen las cosas cuando les falta su mitad. No lo superó. Eso no existe. Solo aprendió a cargarlo de otra manera.

Como vas a aprender tú.

Apaga esto ya. Ya fue suficiente.

El casete siguió rodando en el silencio. Después no hubo nada más.

El hombre apretó stop con el dedo índice, despacio, como quien apaga una vela que no quiere apagar.

Fulgencio se fue al fondo del taller donde había una parrilla de dos quemadores y una cafetera de peltre abollada que nunca descansaba. Sirvió dos tazas sin preguntar si quería. Las puso sobre el mostrador. El vapor subía despacio en la luz amarilla.

El hombre miró la taza. Algo en ese gesto simple lo desarmó de una manera que el casete no había podido. Se sentó.

Fulgencio también. Sopló su taza y habló despacio, como quien no está contando algo sino encontrándolo mientras lo dice.

—Mi mujer estuvo enferma tres años. Al principio uno cree que hay que hacer algo. Buscar médicos, remedios, palabras correctas. Uno se mueve mucho porque moverse parece lo mismo que ayudar. Pero llega un momento en que ya no hay nada que hacer y uno se tiene que quedar quieto a su lado y esa quietud es lo más difícil que existe. Porque uno no sabe estar quieto cuando algo duele.

El hombre tenía las dos manos alrededor de la taza.

—Una tarde, ya casi al final, ella me dijo: el problema no es que me vaya. El problema es que tú crees que cuando yo me vaya, te vas a quedar solo. Y no es así. Nadie se queda solo del todo. Nomás se quedan sin compañía, que no es lo mismo.

Fulgencio miró el fondo de su taza.

—La compañía es lo que se ve, lo que se toca, lo que contesta cuando uno habla. Pero hay algo más adentro de uno que no se va aunque la persona se vaya. Algo que no tiene nombre pero ocupa lugar. A veces estoy componiendo algo y de repente la pienso con su voz, con su tono exacto, con la palabrota que soltaba cuando algo no le parecía. Y ahí está. No afuera. Adentro. Intacta.

—Uno cree que el olvido es el enemigo —siguió Fulgencio—. Pero no. El enemigo es creer que la persona era solo lo que estaba enfrente de uno.

Silencio.

El hombre miró la grabadora sobre el mostrador.

—Por eso ella grabó —dijo, no como pregunta sino como quien termina de armar algo que traía roto.

—Por eso grabó —dijo Fulgencio.

Las tazas se fueron vaciando sin que nadie apurara. Afuera el pueblo seguía su ruido sordo de siempre. La estufa zumbaba. La luz amarilla de la ventana se había puesto anaranjada y pronto sería noche.

Cuando el hombre se levantó, Fulgencio dijo:

—Vuelva cuando quiera. Aquí siempre hay café.

El hombre asintió. Ya en la puerta se detuvo.

—¿Y yo qué traigo?

Fulgencio pensó un momento.

—Pan —dijo—. De ese de piloncillo, si encuentra.

El hombre casi sonrió. No del todo. Pero casi.

Salió a la oscuridad con la grabadora bajo el brazo.

Fulgencio recogió las tazas. Las lavó. Las puso a escurrir. Luego se quedó parado en el taller en penumbra, solo, sin hacer nada, que es lo que hace uno cuando acaba de darle a alguien lo único que tenía, y de alguna manera eso también le sirvió a uno.

Tres semanas después el hombre apareció en la puerta con una bolsa de papel. Pan de piloncillo, todavía tibio.

Lo puso sobre el mostrador sin decir nada. Se sentó en el banco como si ya supiera cuál era el suyo.

Fulgencio sirvió el café. Partió el pan.

Entre los dos había algo que ninguno iba a nombrar. No hacía falta. Las cosas que ocupan demasiado lugar no necesitan que les digan su nombre para existir.

Afuera llovía.

Adentro nadie habló. Y eso también era suficiente.

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