Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «cintura de avispa». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 9 de abril!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
HÁBLAME, LUNA.
Un veinte de abril amanecí con la dicha de sentirme bien. Mis pasos me llevaron por una senda de flores; me fui guiando por un halo de luz que me llenó de dicha. Este bajó para rodear mi cintura y me vi flotando entre las nubes. Desfilé por una alfombra roja, para un público que en sus manos oía un canto llamado a la felicidad. Mis vestidos eran de seda; en una “cintura de avispa” me vi reflejada y me sentí dichosa.
En mis ojos brillaron toda la noche las estrellas. En mi alcoba, destellos luminosos se reflejaron y una potente luz astral llegó viajando. Estaba viajando sentada sobre una nube y en noches serenas se dejó ver a través de las ventanas.
Era una chica de apenas veinte años cuando el milagro de ver cada noche a la Luna del Lobo, la de las nieves, la Luna Rosa, la de las Flores y la de Fresa. Me llevó a inquietarme por no saber por qué la luna se manifestaba cada noche diferente.
Mis dudas eran de lo más variopintas. Tenía una amiga a la que llamamos “María de los mares”; estudiaba el comportamiento astral y, desde que se me apareció la luna, mis dudas tenía que despejarlas para no llenarme de angustias innecesarias.
_¿Por qué es redonda y transmite tanta luz?_yo le preguntaba.
_Por ser un astro y un cuerpo celeste. Mi querida amiga Lis, te sorprenderás al decirte que la luna es un vivo reflejo del sol.
_Me sorprendes y además cada noche dejo mi ventana abierta.
Llegaba desde tan lejos que en cada paso pesaban las ganas de llegar a cada ventana y brillar intensamente. En cada instante deslumbraba su belleza, su forma redondeada y, en ocasiones, se le escapaba una lágrima. Aquella tristeza me llevó a pensar que esta llevaba un peso muy grande en una mochila cargada a sus espaldas. La mochila no se le vio, por dejarse ver su mejor rostro.
Días, meses y años visitando al que dormía plácidamente, aquellos a quienes la pena les afligía y entre lágrimas y suspiros. Llegaba la luna para dar amor, paz y bendiciones. Enfermos con el dolor quebrado en los huesos, cuando el alma sufría ahogando sus gritos, llegaba visitando a los más débiles.
Una luna rosa y con una cesta cargada de flores dejaba sobre la mesita al que suspiraba de dolor. A los niños la Luna Fresa se dejaba ver y al amanecer les dejaba bajo las almohadas caramelos y un barco con la vela pintada en un azul intenso, para no perderse en el mar. A los ancianos les regaló una cajita de música y la nieve atrapada en una bola de cristal.
En días nublados llegaba sobre el mástil de un barco y así, desplazándose, la luna fue siempre la amiga y fiel compañera de mis sueños.
Gracias, Luna, por dejarme soñar en un cuerpo diferente, por guardarme mis sueños en algún cajón de mi alcoba, mis días grises y esas noches guardadas en tu mochila, mis amores prohibidos y aquellos que gocé bajo tu mirada.
ANTONICUS EFE
Isa se miraba al espejo poniendo hociquitos, concentrada en su reflejo mientras se rociaba unas gotas de “Girl Dandy”, el perfume exclusivo que Donny había mandado crear para ella.
—Donny, cariño…¿tú crees que mi cintura sigue siendo de avispa?— susurro con un erotismo festivo, casi travieso
—Nou sei…—respondió él, imitando un zumbido exagerado—. Pon mourritouss haciendo shzzzzzzz iummm—
Isa soltó una risita
—¡Pero que ingenio tienes!, con razón Benji te sigue en todo—
Al otro lado de la estancia, Denominación de origen se mesaba la barba algo preocupado:
—Como os escuche el cabroncete del Coronado…, tema de la semana hay—pensaba para sí mismo y sus seguidores, imaginando la chanza.
Donny, ajeno a todo, contemplaba embelesado la silueta de Isa que se reflejaba en los cristales del aparador mientras saboreaba un Kentucky de mil ochocientos y pico.
—Ahora que lo dices…— añadió ladeando la copa, cinturita de avispa, avispa, puede que no, pero boquita de piñón…, eso sí. Y te digo la cintura de avispa está sobrevalorada. Yo que se de lo que hablo.
Denominación de origen carraspeó, intentando expulsar un “pollo” que lo estaba casi asfixiando, mientras se servía un Ribera del Guadiana que había agenciado en la última capea a la que había asistido.
—La cintura de avispa es algo muy serio, más serio que operar a “Embapé” de la rodilla buena— logró decir una ve liberado del ahogo.
Isa que ya había olvidado la pregunta original, se apretó la combinación con ambas manos, como invocando una metamorfosis instantánea,
—¿Donny, crees que si respiro muy poco y suelto el aire con los labios entornados se me pondrá cinturita de avispa?—preguntó quedándose casi sin aire.
Donny asintió con solemnidad militar.
—Claro, si respiras menos, ocupas menos y el enemigo no te ve hasta que no le piques— Donny se maravilló de su respuesta y levantó la copa brindando por sí mismo.
—Además las avispas no tienen la cintura fina, lo que pasa es que al volar rápido y llevar tiras negras ahí precisamente, parecen más estilizadas de lo que son—
Isa abrió los ojos e hizo una caídita con ellos en plan Marilyn, fascinada por aquella revelación inventada, como casi todas las revelaciones de Donny.
Denominación de Origen asintió con la cabeza al tiempo que sacaba pecho en voz alta:
—Esta vez sí, esta vez sí—.
YOLANDA PINA REY
La vida es esa que a veces llega y te deja lucir palmito. Pero que también te pone duras pruebas. En ocasiones, se presenta como enfermedades que aprietan, que asfixian como si de un corsé se tratase, dejándote sin aire y casi sin vida.
«No hay cintura de avispa más bonita que la tuya.»
Has comprendido, al fin, que aquí, la victoria es toda tuya.
ANGY DEL TORO
Tules, Versos y un Saxofón…
Había una vez una niña que soñaba con ser la bailarina principal del cuerpo de baile de su escuela.
En el Marianao de 1957, la vida corría al ritmo de la música. Un piano y el aroma de los cuidados jardines hacían la magia del momento.
Bajo la mirada atenta y elegante de la directora, Emilita, como todos la nombraban, el colegio se convertía en un pequeño teatro.
Antes de que las bailarinas fuéramos el centro de atención, el escenario pertenecía a otros. Aún puedo escuchar el eco del niño del saxo, esforzándose por llenar el aire con sus notas doradas que parecían demasiado grandes para sus manos.
Y luego, la voz dulce de Mary, recitando con una seriedad encantadora aquel poema que todos sabíamos de memoria: “Mary tiene una ovejita, blanquita como la nieve…”. Esos versos eran el compás de espera, la señal de que nuestro turno de brillar estaba cerca.
Nuestra profesora de ballet era la inspiración de las adolescentes. La Señorita Helen, con su cintura de avispa, cuidaba de la figura de sus alumnas. Era joven y hermosa, una figura de porcelana que se movía con una gracia que todas intentábamos imitar. Pero el recuerdo más tierno que traigo de mi infancia es ver cómo su silueta iba cambiando; aquel bebé en su panza que crecía junto a nuestras lecciones. Ella nos enseñaba a dialogar con las posiciones mientras sostenía un diálogo físico con su propia vida. Su estado le daba a sus movimientos una suavidad especial, una protección que parecía extenderse a todas nosotras.
Cuando finalmente llegamos al Teatro Nacional, aquel grupo de niñas vestidas de tules suaves, éramos una sola voluntad. El tutú rozaba en mis caderas, recordándome cada paso aprendido en los salones de la escuela.
En ese escenario imponente, bajo las luces que ocultaban el patio de butacas, yo no solo marcaba posiciones; yo era parte de ese universo mágico que Emilita y nuestra profesora habían creado para nosotras.
El saxo de Paquito callaba, Mary ya había guardado a su ovejita, y en ese silencio expectante, mis pies en sus zapatillas de raso comenzaban una nueva historia, la mía.
EFRAIN DIAZ
Esta vez me salí del formato habitual de cuento narrado en tercera persona para entrar más en la sátira en primera persona. Admito que el tema me dio trabajo para armar un cuento y utilicé la sátira.
Hay vergüenzas que suceden en privado. Son ese tropiezo íntimo que uno archiva en silencio y del que nadie levanta acta.
Y hay otras, más ambiciosas, que se ventilan en plaza pública y seguir enteran Urbi et orbi. De estas últimas no se sale con facilidad. Si de figuras públicas se trata, entran en escena los gurús de imagen, los orfebres del relato, y una cohorte de profesionales que cobran como si el pudor cotizara en bolsa al mejor postor. Todo para arreglar lo que, con menos ego y más carácter, se resolvería con un simple gesto: sacudirse el polvo y seguir. Pero el ego siempre puede más.
No soy devoto de los concursos de belleza. Los veo porque ofrecen una cantera inagotable para la sátira. Desfilan moños que no nacieron en cabeza alguna, pestañas con vocación de abanico, iris de catálogo, labios inflados artificialmente y una arquitectura corporal donde el bisturí ha protagonizado más que la propia genética. Hay cirujanos y hay aspirantes; la diferencia, a veces, se ve desde la fila de atrás.
Compiten todas, impecables, con cintura de avispa, que en unas, es un don de la naturaleza; en otras, obra de ingeniería estética aplicada. Pero la cuestión decisiva no es la cintura, sino el contenido. Y ahí la ciencia, tan resuelta para lo accesorio, sigue sin ofrecer cirugías ni inyecciones de inteligencia. Las preguntas, a menudo más torpes que las respuestas, abren un arco que va de la ignorancia autogestionada a la estupidez consolidada, que no son lo mismo, aunque se confundan con frecuencia.
Hace unos días se hizo viral un video. Quise subirlo, pero no pude. En el mismo se ve a Kamolwan Chanago, concursante de Miss Grand Tailandia 2026, perdiendo en pleno discurso la dentadura postiza. La escena, que en otros ámbitos sería tragedia, se volvió comedia. Y mientras me reía, recordé a mis mayores, que en mitad de una historia solían escupir accidentalmente la prótesis sin previo aviso. Nadie llamaba a un relacionista público. Todos estallábamos en risas, viejo incluido, quien se recolocaba la dentadura, retomaba el hilo y la vida seguía, con una dignidad sin mercadeo.
Eso mismo hizo nuestra protagonista: recolocó su dentadura, recompuso el gesto y siguió. Con su cintura de avispa, natural o quirúrgica, poco importa, y esta vez, con más cautela.
Moraleja: a veces la elegancia no consiste en no caer, sino en levantarse sin hacer aspavientos. Y, si es posible, con la dentadura en su sitio.
LILIANA GIANNINI
Vestido a rayas
-No te ves bien querida, tenés que cuidar más la cintura de avispa, hoy no comes postre-
El portazo no se hizo esperar.
-Tenía que ser la abuela, justo hoy que vino a comer el chico que me gusta. Cintura de avispa, cintura de avispa. Escucho esas palabras desde que tengo memoria. ¿Y si no quiero tener cintura de avispa? ¿Cuál es el problema? Y ¿Qué pasa si quiero tener cintura de…jirafa o de…escarabajo ehhhh?-
El peso de su cuerpo rebota en el sillón, llora frustrada-
– Ffff. Cada mañana me miro al espejo y la verdad es que me gusta verme, el tono de mi piel es perfecto, mis cejas…Soy una abeja y me niego a tener la cintura de «esas»-
Después de un rato y más calmada, frente al espejo-
– Ya está, vos sabés quién querés ser, ahora vas al comedor, te comes una cucharada de miel adelante de la abuela y te vas con Abe a libar los dos solos al parque y los demás que revienten.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
HIMENÓPTEROS
En el pequeño pueblo de Valdemiel, donde el pan engorda con solo mirarlo y las sillas, vencidas por el paso del tiempo, guardan memoria traumática del peso de sus ocupantes, un buen día apareció un cartel en la farmacia de la plaza mayor: “Consiga su cintura de avispa en 15 días o le devolvemos íntegra su dignidad”.
En cuestiones de leer, todo hay que decirlo, los de Valdemiel son muy leídos. Al igual que en otros pueblos, allí también tienen una auténtica devoción por Faulkner. Aquel día, sin embargo, los lugareños no paraban de rascarse la cabeza frente al puñado de palabras que pregonaba un reto que, aunque no terminaban de entender, que despertaba poderosamente su curiosidad. Nadie sabía muy bien qué significaba exactamente el término dignidad en aquel contexto. Pero salvando ese detalle, el concepto “cintura de avispa”, algo nuevo hasta entonces por aquellos lares, empezó a recorrer, como pólvora encendida, las calles de todo el pueblo.
Las primeras en sucumbir fueron las devotas del espejo, señoras que practicaban frente a él una liturgia de giros laterales, contenciones respiratorias y miradas oblicuas, como si en algún ángulo secreto se ocultase la versión correcta de sí mismas. La siguiente fue Maruja, una señora de cierta edad que llevaba toda su vida diciendo que ella no estaba gorda, sino “mal plegada”.
—A mí lo que me sobra son dos giros de rosca —decía, dándose golpecitos en el flotador que la circundaba—. Esto lo aprieto yo y acabo con forma de violín. Y se quedaba tan convencida.
El tratamiento en cuestión consistía en una faja “inteligente”, diseñada, según rumores, por un primo de alguien del pueblo que había visto no sé qué en un documental sobre la historia del corsé en el siglo XVIII. Un iluminado. La faja prometía moldear el cuerpo “respetando la esencia natural del individuo”, lo cual traducido en lenguaje de Valdemiel venía a significar: eso te va a apretar hasta que se te quiten las ganas de vivir. Como si la existencia fuese simplemente un cinturón mal abrochado.
Los primeros días fueron un espectáculo. La gente caminaba rígida, como si todos fueran participantes en un concurso de estatuas vivientes. Mismamente parecían los gigantes de las fiestas del pueblo, pero a tamaño natural. Aunque natural, lo que se dice natural, no hay nada en Valdemiel. Ahorraremos la referencia a los cabezudos, dado el perímetro craneal medio de los autóctonos de una localidad en la que ahora, con lo de las avispas, respirar se había convertido en una actividad de lujo. Con la fiebre de las fajas mágicas, reír ya era directamente una imposibilidad. Todo por la cintura.
En el pueblo se empezó a caminar con una rigidez casi aristocrática. Nadie corría. Nadie se inclinaba. Sus calles, de pronto, se habían llenado de personas con aire de importancia, aunque no fuesen capaces ni de atarse los zapatos. Maruja empezó a hablar más agudo. No se sabe si por la presión de la faja o por el ansia y la ilusión de verse más estilizada. El caso es que cada frase parecía salirle en falsete. Pepe el del bar, que también se apuntó porque era persona de probarlo todo, descubrió, muy a su pesar, que con su nueva cintura venía aparejada una incapacidad total para inclinarse. Cada vez que se le caían las llaves, se veía obligado a pedir ayuda con la urgencia de quien solicita asistencia médica.
Pasada una semana, el pueblo estaba plagado de cuerpos con forma de reloj de arena. Lo mejor, sin embargo, vendría después.
La transformación fue sutil al principio: un leve zumbido al caminar, cierta atracción inexplicable por las flores del parque… Luego vinieron las rayas, de un impoluto y entrelazado negro y amarillo. Y también las alas. Dobles. En cuestión de días, Valdemiel había dejado de ser un pueblo para convertirse en un enjambre perfectamente organizado. Maruja, transformada ahora en avispa reina, sobrevolaba la plaza dando órdenes con su estridente voz de falsete. Pepe el del bar, comenzó a servir néctar fermentado en lugar de vino. La farmacéutica, ahora con seis patas, gestionaba el negocio con una eficacia nunca vista. Hasta hubo algunas, las más arpías del pueblo, que comenzaron a desarrollar aguijones.
El escudo de la, muy noble y fiel, villa de Valdemiel, ahora luce un enorme avispón en el centro. Lejos ha quedado ya el castillo y el león, herencia de otros tiempos gloriosos. Desde entonces, nadie en Valdemiel ha vuelto a quejarse de su cintura. Principalmente porque ya nadie tiene pantalones. Ni cintura. Ni el más mínimo interés en recuperarla.
Pedro Antonio López Cruz
SERGIO TELLEZ
8,9,6 Y Pi
9—Hola hijo, llevo tres días buscándolo, ¿Que pasó?
6—Hola papá, es que no he podido pasar.
9—Pero hijo, su mamá está angustiada.
6—La señorita Pi paso por acá y le cedí el turno.
9—Pero, ¿qué carajos hizo?, literalmente, es la peor decisión que usted pudo haber tomado.
6—Solo le cedí el turno para pasar.
9—Pues devolvamonos, su mamá 8 está en ascuas.
6—No nos podemos devolver, para dar reversa tendríamos que ser -9 y -6.
9— ¿Y quién dió esa orden?
6—El mismo que dijo que Pi era infinita.
9—¡Por Euclides!, ¿Qué vamos a hacer?
6—No se papá, tengo la esperanza que esa larga fila algún día tenga fin.
9—Nunca, oigalo bien, ¡Nunca va a tener fin!, las matemáticas son exactas.
6—¿Qué vamos a hacer?
9—Pues pasarle por encima a esa larguirucha.
6—Pero papá, la romperíamos y moriría desnumerada; además usted siempre me inculcó buenos modales.
9—Sí, lo sé, pero este es un caso extremo.
6—¡No la voy a matar!, además creó que me enamoré de ella.
9—¡Está loco!
6—Si, loco de amor, ¿acaso usted no se enamoró de mi mami 8 por esa cinturita de avispa que dice que tiene? ¿Acaso yo no me puedo enamorar de una esbelta Pi?
9—Es un caso muy diferente.
6—No papá, el amor es el mismo; Pi es infinitamente hermosa, dará la vuelta al mundo, algún día pasará nuevamente por acá, encabezada por ese hermoso 3 y yo la estaré esperando y le declararé mi amor.
9—Bueno hijo, entonces esperemos que su mami 8 venga a buscarnos y acá esperaremos eternamente a la larguirucha esa, mientras yo me extasiare por siempre con la cinturita de avispa de su mamá.
MAITE BILBAO
LA PASIÓN DEL TALLE
Moriré con cintura de avispa y ojos de gigante. Estrechan mi cuerpo; no podrán cerrar mi porvenir.
I. Miedo (1939)
Barro en las botas y sol de abril en la nuca. Corro hacia la frontera lusa. Un brazo extraño me frena. Los grilletes muerden el metal sobre mi hueso: es el primer nudo de un corsé de hierro. Escapa el aire. Mi talle de pastor cruje. El régimen calla con acero; yo sigo aquí.
«Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.»
II. Hambre (1940)
Huelo la orina y la cal fría. El rancho es un charco de agua sucia. Mi mano busca en la piel un agujero nuevo para la hebilla. Mi cintura es un hueco real entre la cadera y las costillas. Toco mi propio vacío. El frío del muro escala por mi columna. «Firma y come», susurran las sombras. Mastico el silencio.
III. Amor y duda (1941)
Sujeto el papel con olor a cebolla. Mis yemas buscan el rastro de Manuel Miguel en la tinta. Siento el calor de los pechos de Josefina bajo mi palma. Mi talle tiembla. El pan tierno y el abrazo son un veneno dulce. Mi mano vacila sobre la traición blanca del papel. Mi palabra es roca. Lloro ante mi hijo; callo ante la muerte.
«Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.»
IV. Agonía (1942)
La tuberculosis taladra el pecho. Cada bocanada es un lujo; el pulmón es piedra. Soy una sombra de carbón sobre el catre. Mi talle es un hilo de seda tenso. Traen el papel de la traición; mi silencio es mi único sudario. Exhalo sangre. Mi carne se rinde. Mi pupila se ensancha.
V. La Mirada (28 de marzo)
Al alba, el pulso cesa. Soy un nudo de hueso. Siento sus dedos torpes sobre mis párpados, pero mi luz resiste. Muero atento. Mi talle se quiebra, pero dejo el aguijón. Mi mirada queda clavada en el aire de Alicante.
«Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.»
SILVIA R G
UN DÍA DE TANTOS
– Susanaa
– …
– Susaaana
– …
– Suusaanaa
– Diime [Susana se acerca a Fernando tras aparecer por la cocina con una pila de ropa colgada del brazo ]
– ¿Qué hacías?
– Tendía la ropa y recogía ésta ¿para qué me llamabas?
– Es que no sabía dónde estabas.
¿Cómo se llama aquella actriz rubia con cintura de avispa que…? [ Deja intuir una risa escondida mientras le hace la pregunta, que intencionadamente deja suspendida, porque sabe que con lo que le dice poco va a poder adivinar ].
– ¿Qué actriz? ¿Por éso me has estado llamando tantas veces? [ Le responde, asombrada e incrédula, mientras se sienta junto a él con una sonrisa irónica dispuesta a seguirle el juego ]
– Sí. Luego te explico, cuando acabe de trocear la berenjena y tú hayas llevado para allá la ropa. Pero antes quiero que me ayudes a recordar su nombre.
– Fernando, poordióss, hay muchas actrices rubias con cintura de avispa. Si no me das más pistas..
Por los años cincuenta había un montón. A ver ¿Marilyn Monroe?
– No hombre, de ella si recuerdo su nombre; poor favoor. Pero es una actriz más o menos de la misma época
– ¿Es de las muy conocidas?
– Sí, sí, pero no recuerdo su nombre. Una de las películas que hizo fué una de…aquel director tan famoso y reconocido, de filmes de misterio, suspense… [Mira a Susana tentándola a querer entrar de pleno en su «juego» de adivinar ]
– ¿Hitchcok?
– Hombree, lo recuerdas…
– Hombree, pues si te referías a él tiene mérito, porque de directores de esos géneros de hay unos cuantos, eh!
– Siempre las traen medio pasadas.
– ¿ El quée? ¿Las películas?
– Las berenjenas. Cuando las pedimos a domicilio siempre las traen algo tocadas
– Sí. Tendremos que escogerlas en persona.
Por cierto, ví una receta, el otro día que me atrajo mucho.
– ¿De berenjenas?
– No. De quesos, puerros, zanahorias, calabacines, espárragos y… berenjenas creo que también sí. Y patatas. Y semillas y especies.
– ¿La guardaste?
– ¿El qué? [ pregunta mientras ojea su móbil ]
– ¿Qué va a ser? La receta.
– No. Quería guardarla pero se esfumó de la página de inicio antes de clicar.
– Pues entonces…[ ríe mientras abre sus antebrazos a ambos lados]
– Ya la volveré a encontrar.
– ¿ La estás buscando?
– ¿A la actriz con cintura de avispa?
– Noo. La receta, decía. ¿ La buscas ahora?
– ¿ A la actriz o la receta?
– ¿ Otra vez? No sé ¿qué estás mirando?
– Una notícia de las manifestaciones tan masivas que han habido en muchos puntos de Estados Unidos.
– Sí. Afortunadamente. Qué menos. Ojalá vayan habiendo muchas movidas por todo el mundo.
– Sí. Ojalá. A ver…ojalá sirvan. Reconforta saber
que mucha gente se esté movilizando. Pero…
[Ambos, tocado ese tema, parecen haber olvidado el diálogo para besugos que habían iniciado y que les estaba haciendo reír a la par; y como no quieren, ninguno de los dos, entrar en el desasosiego, optan por «airear» el tema]
– Voy a guardar la ropa que he recogido [dice Susana haciendo el gesto de levantarse]
– ¿Tardarás mucho?
Yo enseguida tendré ya medio preparada la comida. Por si te apetece que hagamos juntos el paseo con Senda; es que necesita salir ya ahora.
– Vale. Sí, vamos los dos. Me apetece. Dejo la ropa bien puesta sobre la cama y ya la colocaré luego en el armario.
[Pasado un rato salen ambos con Senda y entran en el ascensor]
– ¿Quién era la rubia con cintura de avispa? [Susana siente curiosidad y deseos de proseguir con aquel juego iniciado]
– Es que no recuerdo su nombre de verdad.
– Dame pistas, va…además de lo de ser rubia y con cintura de avispa.
– La vimos actuar, juntos, hace ya tiempo, en una película de Hitchcok . Y él era..[ríe] tampoco recuerdo su nombre ahora.
– [Susana le mira retándole a que prosiga con las pistas]
– Y éso que le estoy viendo la cara como si lo tuviese aquí delante; y su nombre en la punta de la lengua.
– ¿Y la película? ¿cuál era o de qué iba?
– Tampoco recuerdo mucho [vuelve a reír].
Pero hay una escena que seguro que recordarás, de ella en la ventana de lo más alto de un campanario, se la ve casi de cuerpo entero, y él está tras ella…
– Ah, sí! Era Kim Novak!
– Éeeso
– Y él…¿Quién era él?
– ¡James Stewart! Ahoora..
– Ay síí. Ahora mismo también yo he visto su cara.
– Vértigo
– De entre los muertos [ Susana acaba de completar el título sin darle tiempo a él a acabarlo]
– …
– …
– ¿ Y por qué tanto interés en saber su nombre? Y lo primero que se te ha ocurrido para describirla ¿ ha sido lo de rubia con «cintura de avispa» ?
– Pues sí, y ahora te explico porqué. Esta noche he soñado con ella.
– ¿Sí? [ Le mira expectante]
– Fué una pesadilla. Veía su cuerpo caer desde el campanario, como en la película, pero no era película. Y antes ví su silueta ( marcando, sí, cintura de avispa) asomada a la ventana.
Y ví como una sombra con una túnica y había como una luz verde. Me impresionó mucho. Sentí miedo. Recordé que era una escena de película pero en aquel momento no lo era. Era real. Y de repente un hombre muy alto y corpulento, con el pelo rapado , me decía » Es usted quien ha empujado a la chica rubia con cintura de avispa»
[ Planta baja, dijo la voz en off del ascensor. Y tras el sonido habitual abrieron las puertas y se dirigieron los tres a la calle, Susana, Fernando y Senda].
Y yo le respondía que no, que yo no sabía nada [Proseguia Fernando] , y él que sí, que era yo. Y yo me apartaba y habían ambulancias y mucha gente alrededor. Y él erre que erre con que yo le había empujado y aparecieron cuatro o cinco hombres con el mismo aspecto que él, como si fuesen clones. Y yo corriendo y corriendo.. Y decían » dijo que la iba a empujar porque le había robado una hora» [ Susana ríe justo en ese momento, con lo de robar una hora]
y seguían persiguiéndome. Hasta que me caí al suelo de bruces; y entonces me he despertado. Sobresaltado. Muuy sobresaltado, claro.
Te miré y tú dormías muy tranquila, profundamente. Éso me ha tranquilizado, porque me sentía todavía muy alterado. Buf, qué mal rollo de sueño. Lo he pasado mal, eh.
– Pues sí , y qué raro, además..
Pero me ha hecho reír lo de robar una hora.
Durante el día habíamos comentado que con el cambio de horario para tener más horas de sol dormiríamos una hora menos. Y que nos fastidiaba, que luego tendríamos sueño, que cada año nos descoloca más ese cambio.¿Recuerdas?
– Sí. Y tanto que lo recuerdo. Y sí, hoy tengo sueño, mucho sueño.
– Y yo. Pero ¿por qué no me lo has explicado mientras desayunábamos? ese sueño tan…curioso.
– Al despertar no recordaba absolutamente nada; sólo una sensación extraña, de no haber descansado suficiente; y lo he achacado precisamente a lo de haber dormido una hora menos. Porque, además, luego de ese sueño quizás hata tenido otro.
Y ha sido cuando he comenzado a trocear las verduras, que de repente…
– Ahora entiendo lo de la cintura de abeja; porque cuando me lo has dicho en la cocina, he pensado ¿y éso?
– De abeja, no; de aviispa [Fernando ríe mientras le corrige]
– Bueno, pues de aviiispa [ y ríe también junto a él mientras, entre risas, van caminando].
(Sílvia Rafi Gracia// 30/03/2026)
JAROL LIMA
Son casi humanas.
Entre la oscuridad de la sala de proyecciones y el parpadeo rápido del proyector se podía sentir la emoción del pequeño grupo de espectadores. Juliana imagino que en épocas pasadas la gente se agolparia para ver esta nueva maravilla de la tecnología y disfrutarian de las películas que ahora ella misma proyectada. En la sala se mezclaban los rostros de incredulidad y de admiración y talvez alguno de asco al ver a esa gente del pasado, tan extraña a la experiencia común, de los políticos y gente de la farándula que financió en parte este millonario despilfarro con sus donaciones al instituto universitario de arqueología.
Es momento de cambiar de carrete y se puede ver las quemaduras de cigarro a un borde de la pantalla. La sala de proyecciones se siente ajena más estrecha. Pero, la renombrada arqueología ya la siente parte de su hogar pues paso años alimentando la simulación de una real en los computadores del instituto en base a muchas excabacion al rededor de la tierra devastada afuera de los muros climáticos de mega ciudad, participó directamente en algunas excabaciones y la falta de un dedo meñique izquierdo era su pequeña medalla de campo, muchos le sugerían ir a un bioescultor para restaurar los daños celulares por efecto de la radiación y de paso recuperar ese dedo perdido. Sin embargo, ella siempre aducia que todo su tiempo estaba comprometido en recrear una sala de cine y presentarse la al mundo para que todos pudieran maravillarse con ese mundo del pasado que ella amaba. Un mes en un tanque ciertamente sería un retraso al cronograma.
Instaló el nuevo carrete y se dio un respiro para mirar a la sala que estaba en silencio. Ella comprendía que la película que todos miraban solo era en parte real pues muy poco del metraje sobrevivio al tiempo y las partes faltantes se completaron con ayuda de la ia. Los misterios del pasado, seguirían ocultos aún para los doctores como ella. Un extraño grito se escucho en la sala y ella asomo para ver, era una bellísima estrella de holovision que se desmallo sobre una representante de la cámara de los comunes. Las luces se encendieron en la sala y un grupo de médicas entro en la sala ante la preocupación y gritos del pequeño grupo. La pantalla perdió su brillo ante las luces, era opaca y triste. La doctora empujó una clavija y el proyector se detuvo congelando una unica imagen apenas visible, era una mujer de los años 50 o talvez 70, sus delgados brazos y piernas se movían al ritmo de una canción que no pudo ser recuperada de las ruinas y fue reemplazada por la composición de un artista contemporáneo que colaboró con el proyecto. La camilla salió a prisas hacia el hospital cercano, algunas personas del público también salieron cubriendo su bocas y dando arcadas. La perturbación era general.
Juliana no pudo evitar una sonrisa pequeña, imaginando que esto sería publicidad para esta nueva sala del museo, mañana el público haría enormes colas para entrar y seguramente después de un alboroto le lloverían financiamientos para sus otros proyectos. Nada empuja la ciencia más que el morbo pensó. La sala quedó vacía y silenciosa. Nadie reparo en los bocadillos o bebidas caras que esperaban en la recepción, el servicio de atención se retiro y solo quedo la doctora en su pequeña sala de proyección, ella acercó su mano mutilada a la clavija y la proyección continuó, ya la había visto miles de veces antes de este día. Mas, le parecía que era la primera vez. La mujer que ella catalogo en los informes científicos como solo, cintura de avispa. Bailaba a un ritmo que no era el suyo en un tiempo que distaba mucho de las eras donde ella fue real y su baile emocionaba a los ya extintos hombres; esa extraña mutación humana que compartía el mundo anterior a las grandes guerras de purificación.
Cintura de avispa según los estudios arqueológicos sometia su cuerpo a bioescultura primitiva con apretados artilugios llamados, corcets. La doctora en artículos científicos presumía qué estos rendición la espectativa de vida media de sus usuarias y tenía la teoría que se usaban como pequeñas máquinas de juegos sadomasoquistas del pasado.
Un ruido la saco de sus divagaciones, era una de sus asistentes de laboratorio, cargaba con un plato lleno de bocadillos y con uno de sus cuatro largos pies empujo la puerta. En sus ojos facetados se escurria la luz de la juventud y en su piel naranja la pasión que compartía en las noches con la doctora.
Ambas encontraron un rincón en la sala y comieron amorosamente, la doctora regurgitaba los jugos gástricos en la comida y se los ofrecía cariñosamente a su amante secreta. La cinta se detuvo y cintura de avispa desapareció en la oscura pantalla de proyección.
MANOLI DÍAZ TORRALBA
Mira, yo antes tenía cintura. No “más o menos”, no “depende del pantalón”: cintura de verdad. De esas que, si te ponías un vestido, el vestido decía “gracias por existir, señora”. Ahora me pongo el mismo vestido y me hace una encerrona quedándose enganchado en el pecho dejando pasar con suerte un brazo, parece que estamos en desacuerdo contractual.
Pero déjame viajar atrás en el tiempo, cuando mi silueta hacía una especie de reloj de arena que no necesitaba pilas. Yo caminaba por la calle y el viento colaboraba, ¿sabes? Había una coordinación secreta entre mi cintura y la brisa. Hasta las bolsas del supermercado se colocaban con elegancia, como si supieran que formaban parte de una coreografía.
Tenía cinturita de avispa, sí. Aunque, siendo sincera, nunca vi a una avispa y pensé: “quiero parecerme a ese bicho con malas pulgas”. Pero el caso es que la tenía. Me abrochaba los pantalones sin respirar hondo, sin estrategias, sin cálculos de ingeniería. Era un gesto simple, casi poético.
Luego llegó la menopausia. No vino sola, no. Vino con amigas: la sofocación súbita, el insomnio creativo a las tres de la mañana, y una especie de rebeldía corporal que nadie me había anunciado. Mi cintura decidió mudarse. Sin aviso previo. Un día estaba en su sitio, y al siguiente… digamos que se integró al resto del equipo.
Ahora mi cuerpo tiene otra filosofía. Antes era “curvas definidas”; ahora es más bien “continuidad territorial”. Si me pongo un cinturón, no sé si estoy marcando la cintura o inaugurando una nueva frontera.
Recuerdo una vez, hace años, que una amiga me dijo:
—Cuida esa cinturita, que no dura para siempre.
Y yo pensé: “qué dramática”. Pues mira, tenía razón. Pero tampoco me avisó de que el cuerpo, cuando cambia, no lo hace con mala intención. Es más bien como una mudanza caótica: cajas por todas partes, cosas que no sabes dónde van, y tú en medio diciendo “esto antes no estaba aquí”.
Lo curioso es que ahora me río más. Antes, con mi cinturita impecable, me preocupaba si la blusa marcaba demasiado, si el pantalón ajustaba perfecto, si el perfil era el adecuado. Ahora me pongo lo que me da la gana y si algo aprieta… bueno, que aprenda a convivir.
El otro día encontré unos vaqueros de aquellos tiempos. Los sostuve como si fueran una reliquia arqueológica.
—¿Esto era mío? —me pregunté.
Intenté probármelos. Error. Uno no desafía así a la física después de cierta edad. Me quedé atrapada a medio camino, no me pasaba de las rodillas, así que intenté negociar con la cremallera como si fuera un tratado internacional.
Pero, oye, no todo son pérdidas. He ganado otras cosas: una paciencia que antes no tenía, una capacidad de reírme de mí misma que es oro puro, y una libertad extraña pero maravillosa. Ya no persigo la cintura de avispa. Bastante tengo con no parecer un avispero en días de calor.
Así que sí, tuve cinturita. Fue bonita, fue útil, y se fue sin despedirse. Pero yo sigo aquí, bastante más ancha, pero también más ligera de preocupaciones.
Y eso, querida, no lo cambia ni la mejor de las cinturas.
PEPA HERRERA
CINTURA DE AVISPA
La cintura de avispa que casi provoca una catástrofe municipal
Un día, hace ya unos meses, mientras paseaba por mi pueblo, me vi reflejada en el cristal de un escaparate.
—¡Ay, Dios! ¿Esa soy yo?
Me observé de frente, de lado y de espaldas.
—¡Soy un tonel! Ay, ay, ay… Claro, tanta cervecita, cacahuetes, patatas fritas, aceitunas… ¡Ya está bien! ¡Quiero tener cintura de avispa! Pero no figurada ni metafórica… nooooo, ¡la quiero literal!
Así que me fui al parque, a la zona donde han puesto esos aparatos para mayores — donde que nunca hay nadie— y me puse a hacer ejercicios imposibles, tales como giros, torsiones, contorsiones que habrían hecho llorar de envidia a una bailarina de circo. Me quedé asombrada de mi agilidad. ¡Lo que hace la fuerza de voluntad!
No sé cómo lo hice, pero una semana después llegó el milagro, mi cintura se había estrechado tanto que comenzó a generar corrientes de aire cada vez que la giraba. Hacía un ¡fiuuuuu! como de flauta travesera desafinada.
—Bueno, creo que me he ganado unos bollos —dije al pasar por el horno, del que salía un olor que alimentaba.
Entré muy convencida, saludé y me giré a ver si había ensaimadas. Y claro, mi cintura‑ventilador se puso en marcha con el giro, dando lugar a un remolino brutal.
Las barras de pan salieron volando como jabalinas olímpicas por todo el local; la gente las esquivaba agachándose y protegiéndose la cabeza para evitar el golpe. El panadero perdió el peluquín, que salió volando y girando con el huracán.
—¡Mi peluca! ¡Que no se salga a la calle! ¡Qué me ha costado carísima! —gritaba el pobre hombre.
Los bollos levitaban, las empanadillas, los pastelitos… Un croissant aterrizó en la cabeza de una señora que tenía los pelos totalmente de punta, mientras era coronada como la reina del horno. Otra mujer se abrazó a la vitrina para no despegarse del suelo con el aire. ¡Menudo caos!
Enseguida se corrió la voz por el pueblo y apareció el alcalde, alarmado. Convocó una reunión urgente en la puerta del horno, donde se reunieron todos.
—Pepa, hija, ¿podrías dejar de girar? Estamos teniendo desde hace días alertas por vientos fuertes generados por tu persona…
La verdad es que me sentí bastante ofendida. ¡Qué culpa tenía yo de que el movimiento de mi cintura generara ese aire! ¡Pues ninguna! ¿Pensarían que iba a volver a engordar para calmar los vientos? ¡De eso nada! Con lo mona que me veía yo con esa cinturita de avispa…
Finalmente, llegamos a un acuerdo: solo se me permitía girar en espacios abiertos y con señalización adecuada. El alcalde encargó una señal única en el mundo, que significa: “Precaución, zona de vientos. Gira Pepa” y la colocó en algunas plazas.
Pues que no se quejen, porque en verano la gente se va a pegar por estar a mi lado; me invitarán a sus casas para ahorrarse el aire acondicionado. Me voy a hacer tan famosa que la gente me grabará para subir los vídeos a redes sociales. Me aumentarán los seguidores… quizá me acerque al millón. Oye, ¡igual así me compran mis novelas!
Mira, lo tengo decidido: voy a inventar un nuevo deporte, el avispa‑fitness. Consiste en girar la cintura hasta que se muevan las cortinas de la casa; después, aprender a mantener el equilibrio cuando surja el vendaval (que no es fácil); y por último, ya en nivel avanzado, hay que aprender a coger las cosas al vuelo para evitar que se rompa todo lo que tienes en la casa.
Este verano la ONU me ha invitado a dar una charla sobre energías renovables. No está mal, viaje gratis. Y yo le he propuesto al alcalde que cada 15 de julio se celebre el Festival Internacional del Aire Pepístico. Y yo, como soy la protagonista de la fiesta, me agarraré a una farola de la plaza del Ayuntamiento, como si estuviera en el mástil de un barco en plena tormenta, mientras mi cintura de avispa hace fiuuuuuuuuuuuuuuuuuu al compás de la música de la discomóvil que espero que monten por la noche.
Eso sí, le pediré al alcalde que me ponga unos sacos de naranjas en los pies para que hagan contrapeso, no vaya a salir volando, porque si desaparezco por el aire se le quitará la gracia a la fiesta. Y si los sacos no son suficientes, que alguien me agarre de los pies como si fuera un globo aerostático. Por ideas que no quede, creo que me deberían contratar en el ayuntamiento como concejala de fiestas. Me lo merezco…
Porque, como dijo mi vecino que me aprecia mucho: “ Esto no es viento… ¡esto es talento!
CARMEN BERJANO
¿EVOLUCIÓN?
Esta obra de 2006 es mi pequeño homenaje a todas las mujeres.
Es una clara crítica al papel actual de la mujer. A la desnaturalización del mundo actual, donde hemos pasado de mujer-madre, mujer contenedora, mujer como diosa creadora y regeneradora a prácticamente «plastic girl”. Nos venden que tenemos que estar siempre perfectas y esa perfección no existe. Son perfectas las canas, las arrugas, la celulitis, las estrías… hayas sido madre o no.
No podemos pretender ser adolescentes eternas. Somos mujeres.
Esta obra la realicé embarazada, asumiendo ya cambios físicos notables, asumiendo que la redondez venía para quedarse… Asumiendo el adiós a la cintura de avispa.
No me gusta la evolución consumista de la mujer y es que no me gusta la evolución del ser «humano».
Pero creo en las personas y creo en la belleza.
Creo en el humor, el amor y el arte como pilares para cambiar mi pequeño mundo…
Y sigo creyendo que hay otra evolución posible.
Feliz día. Feliz vida.
CESAR TORO
Cintura de avispa.
Carolina sueña con ser modelo, pero no para de comer duerme hasta tarde y no hace ejercicio, el ritmo de vida citadino entre reuniones, trabajo y redes sociales no le dan tregua.
Un buen día conoció a Carlos, un joven bien parecido y elegante entonces ella cambió sus viejos hábitos. Se inscribió en el gimnasio al que también asiste su pareja, empezó la dieta, además de tomar toda clase de bebidas ligh, hasta se operó las pompas, su sueño era lucir su cintura de avispa; para estar al día con el «jet set» local; no obstante, ese ritmo frenético de vida le ocasionó un estrés crónico acompañado de una anorexia que la dejó un buen tiempo sumida en la soledad de la habitación del hospital.
Carlos al verla en ese estado, se marchó, como suele suceder en la mayoría de los casos.
Tras un largo tratamiento médico, Carolina logro recuperarse y rehacer su vida siguiendo las indicaciones del los galenos.
Comiendo saludable, ejercitándose en casa, realizando ejercicios de respiración y dedicando tiempo a la oración y meditación; olvidándose de su cintura de avispa, despertó de aquel letargo y puso como objetivo principal, valorar la salud y la vida. antes que el consumismo y la farándula que el mundo ofrece y bien caro por cierto…
GERARDO BOLAÑOS
Valeria no caminaba, ella levitaba por el pasillo, no por una elevación espiritual, sino porque sus pulmones apenas tenían espacio para un sorbo de aire. Llevaba puesto un corsé de última tecnología que prometía reducir su cintura al diámetro de un frasco de mermelada, y ella, en un acto de fe ciega, lo había ajustado hasta que su visión empezó a pixelarse.
Se miró al espejo y sonrió. El perfil era digno de una diosa griega o de una hormiga obrera muy elegante. «La belleza es resistencia», se dijo a sí misma, ignorando el hecho de que su estómago estaba enviando señales de auxilio en código morse.
A las tres horas, el glamour empezó a desmoronarse. Valeria ya no veía una «silueta de avispa», veía hamburguesas con alas sobrevolando su cabeza. El hambre no era un sentimiento; era una entidad física, un monstruo que vivía en el poco espacio que el corsé le dejaba libre.
El olor del suavizante de ropa le empezó a recordar al tocino ahumado.
Sus manos empezaron a temblar tanto que su teléfono parecía tener vida propia.
Al pasar frente a una panadería, el aroma del pan recién horneado golpeó su rostro con la fuerza de un camión de dieciocho ruedas.
Valeria entró al local con la mirada de quien ha visto el fin del mundo. Pidió tres cruasanes, un muffin de chocolate y, por qué no, una empanada de carne. Se sentó en la mesa del fondo y, con la destreza de un escapista profesional, soltó el primer gancho del corsé bajo su blusa.
CLACK
El sonido fue como un disparo libertador. Su diafragma bajó, sus órganos volvieron a sus puestos de combate y el primer bocado de pan supo a gloria bendita. Mientras devoraba la empanada con una ferocidad que habría asustado a un lobo, Valeria comprendió la gran estafa: las avispas tienen esa cintura porque solo comen néctar, pero ella era un ser humano diseñado para la lasaña.
No hay faja en el mundo que pueda ganar la guerra contra una pizza mediana con extra de queso. La verdadera tragedia de la cintura de avispa no es lo que te quita de en medio, sino la voracidad con la que el cuerpo reclama lo que le pertenece.
¿Crees que el sacrificio estético realmente vale la pena cuando el hambre decide tomar el control de la situación?
LINOSKA BARANDA
La primera vez que hice una dieta drástica fue cuando estaba a punto de cumplir quince años. No tenía sobrepeso, pero quería “entrar” en el vestido de quince años que mis tías habían usado veinte años antes que yo. Era la tradición. Ellas tenían cintura de avispa o, tal vez, el hecho de usar corsé con ese tipo de vestido ayudaba. Eran los años setenta del siglo XX y el corsé ya no existía, así que solo me quedaba hacer una dieta estricta para reducir mi cintura.
Mi abuela guardaba aquel vestido en un cesto de mimbre, envuelto en una tela azul para que no se pusiera amarillento, decía. A veces, a escondidas, yo lo sacaba de su envoltorio para admirarlo y soñaba con el día en que llegara mi turno de llevarlo puesto.
Y lo hice: entré en aquel vestido blanco, largo y ancho, que tanto me obsesionaba. El día de la fiesta de mis quince años me sentí una princesa y fui feliz.
A partir de esa experiencia, me entregué de lleno a la gimnasia con el objetivo de mantener mi nuevo peso. ¡Qué fácil resultaba perder ese kilo de más cuando me excedía en el consumo de pan!
Disfruté de mi delgadez impuesta y de mi cintura de avispa durante años. Incluso después de dar vida a mis hijos, lograba recuperar mi peso al cabo de un tiempo, con dieta y ejercicio. Pero ya no.
A mis sesenta años he aceptado que nunca volveré a recuperarla. La cintura de avispa se despidió de mí hace algunos años y he aprendido a sentirme orgullosa de otros logros. Me enorgullece el testimonio que hoy es mi cuerpo: la prueba viviente de los años que he vivido. Mis redondeces, mis patas de gallo y las estrías en mi vientre me han enseñado a mirar la vida de otra manera. Lo verdaderamente importante lo llevo dentro.
BEA ARTEENCUERO
CINTURA DE AVISPA..
1976…Dos amigas..
– Vas al asalto?
– No creo
– Va todo el grupo y algún que otro invitado, hay que llevar algo para compartir.
– Donde es?
– En lo de Jaime. los padres no están, así que aprovechamos.
– Tenes que venir Carla!!
– Ah si! y porqué?
– Simple, Omar tu amor imposible va.
– Me gustaría, pero no creo. no tengo que ponerme, mejor dicho todo me queda mal, chico, ajustado.
– Con un jeans y una camisola, esta bien.
– A Omar le gustan las chicas delgadas, con cintura de avispa y yo lejos de eso.
– Despreocúpate, yo me encargo.
– Como? Eli, como?
– Vos confia, tengo algo que usa mi tía.
– La solterona?
– si, si justamente esa.
– No se, lo voy a pensar.
– Viernes. Eli llega a casa de Carla..
– Hola.
– No voy Eli, lo pensé y no voy.
– Dale, acá traje lo que te prometí ( muestra un cinturon ancho elastizado)
– Y eso?
– Es el cinturón que usa mi tía para achicar la cintura.
– Noooo. No se,Te parece?
– Claro, cámbiate ya.
Carla se pone un pantalón blanco y una camisola de encaje.
– Ves, soy cuadrada sin forma.
– Tranquila te queda perfecto, el talle alto te favorece, ahora el cinto.
– Ves te queda bárbaro.
– Me corta en dos, no se si lo aguanto.
– Mira como cambiaste.
Efectivamente, al mirarse en el espejo, no podía creer la figura que veía; Su cuerpo era otro…
Su cintura se redujo, los pecho sobresalían y las caderas ni hablar.
– Es un milagro este cinturón.
– Te dije..
Carla tenía unos grandes ojos negros y su largo cabello completaba una bella imagen. era muy bonita, solo su cuerpo no la favorecía, digamos que era rellenita, nunca se sintió mal hasta que conoció a Omar y se enamoró, lo evitaba..Siempre lo veía rodeado de chicas con cuerpos de sirena.
Al fín se decidió y fue con Eli al asalto del viernes,
cuando entró las miradas se centraron en ella, estaba irreconocible, las compañeras se le acercaban a preguntarle..
– Que has hacho para tener esa cintura?
– Ella solo sonreía .
Y allí estaba él. Omar la miró detenidamente, se le acercó y…
– Bailas?
Siguieron juntos casi toda la noche, estaba en las nubes.
Cerca de la media noche se arrimo al Bar con Omar, cuando sucedió algo que cambió todo…
No sabe como…
El cinturón se soltó de su cintura y salió veloz pegando en un jarrón lleno de flores ( El ruido del golpe fue tremendo, y el jarrón voló en mil pedazos)
Horrorizada sintió como su cintura volvía a la normalidad. Todas las miradas puestas en ella.
Salió apresurada con lágrimas corriendo por sus mejillas.
Nadie entendía nada.
Paso casi un año, no volvió a ver a Omar, hasta qué..
– Carla al fín te encuentro.
– Me buscabas?
– Si, después de la fiesta pregunte por vos y nadie me supo decir dónde encontrarte.
– Ah si la fiesta!
– Carla, quiero verte, me gustas.
– Yo creí que te gustaban las chicas delgadas.
– Carla, lo que importa no es la figura.
– Te invito a un café..
Pasaron dos años, hoy son marido y mujer..
A menudo cuenta su historia..
Somos muy felices!! a pesar de que
nunca tuve ..
Cintura de avispa..
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
La colmena.
La vida en la colmena se desarrolla como en tantas otras. Con la única salvedad de que, en esta, contamos con la Chari: una ejemplar de unos setenta años, viuda de dos maridos e inmersa en su tercera aventura matrimonial.
Si hay un paquete que recoger y el destinatario no está, no pasa nada: ahí aparece la Chari. Tiene un sexto sentido para los envíos ajenos. Y claro, en una de esas, el vecino del 2.º B —padre de dos gemelos de cuatro años— vino a por el suyo… y se llevó de regalo un manual completo de crianza “a la vieja escuela”. Doble lección magistral.
Porque la Chari no actúa sola. Comparte cátedra con la Juani del 3.º C. Desde entonces, el movimiento de sillas en la comunidad ha disminuido notablemente a partir de las 22:30. Por algo será.
Desde su 1.º D, la Chari custodia la vida del edificio como si fuera el estrecho de Ormuz. Ahora que estamos en plena fiebre fitness, muchos bajan por las escaleras… la subida ya es otra historia. Pero ahí está ella, vigilando el flujo de vecinos en horas punta.
Los fines de semana tampoco baja la guardia.
Un domingo pilló al vecino del pasillo del 1.º B, que regresaba con la familia de una visita al campo aprovechando los primeros días primaverales. Cuando este pensó que escaparía y ya solo quedaba la nevera por entrar en casa, escuchó:
—Hombre, vecino, ¿qué buen día de campo os ha hecho, no? —ahí estaba la Chari, que de forma casual regaba la maceta de su puerta.
—Sí, vecina, un buen día. El campo está espectacular. A ver si aprovecha para escaparse a visitarlo.
—Ay, hijo —exclamó la señora—, esos días para mí ya pasaron.
Y esa fue la trampa en la que cayó el vecino.
Aquello fue la puerta de entrada a las mil y una aventuras con don Julián, su primer marido, hombre de campo, que la dejó a temprana edad —comentaba mientras se santiguaba—. Y de ahí, a la gestión impecable de la economía doméstica: reutilizar los hielos del día de campo, de vuelta al congelador; estirar cada céntimo… Gracias a eso —según ella— sacó adelante a sus cinco hijos.
Y, sin venir a cuento, deslizó:
—Si los del 1.º E hubieran hecho lo mismo… ahora no estarían con papeles del divorcio por el tema del dinero.
Porque la Chari no solo ve. También escucha.
Los del cuarto tampoco se libran.
Tras un invierno de lluvias, una mañana coincidió con Juan, albañil jubilado “oficialmente” (pero que seguía repartiendo tarjetillas para reformas en el hogar que fueran poca cosa), y con los recién casados del 4.º A. Resultado: obra en el patio por posibles filtraciones… sin comerlo ni beberlo. Y ellos, claro, sin querer molestar.
Así funciona la colmena.
De esta manera, la asociación entre Juan y la Chari —que algunos sospechaban que iba más allá de los chapuces— cobró fuerza. Más aún por el parecido más que razonable de Juan con el tercero de los hijos de la Chari, fruto de su segundo matrimonio con José. El hombre se dedicaba al negocio del textil y, lamentablemente, perdió la vida en la carretera.
Pues así fue como la Chari se ganó su sobrenombre entre los vecinos: la avispa.
No por poseer esa cinturita de avispa que le había hecho embaucar a sus tres maridos —como demuestra el repertorio gráfico que tiene justo en la entrada de su domicilio, de sus mejores años de vida—, sino por algo mucho más sutil.
Porque si te descuidas… te clava, con una sonrisa y un comentario, ese pequeño e inofensivo aguijón. Y cuando te quieres dar cuenta, el veneno ya ha hecho efecto.
GRISELDA SIERRA
Confusión en el lago
Hacía ya largo rato que las aguas del lago se habían vuelto negras, cuando algo parecido a un zumbido de avispas me sacó de mi sueño. La brisa estaba tibia y era una noche sin luna. Ulalia danzaba con luz propia en aquella oscuridad, y yo croaba su nombre sin que ella me prestara atención. Tal vez ya no es mi amiga, pensé. Iba a retirarme, pero su risa me detuvo: era suave, acompasada, magnética, como nunca antes la había escuchado. De repente ella cayó al suelo. Acongojado pensé que podía estar muerta y me acerqué para ver su cuerpo. Imaginé su cinturita de avispa devorada por las hormigas y una náusea me subió hasta la garganta. Con asombro vi que el cuerpo volvía a la vida y seguía riendo y danzando con más brío. El aire se llenó de luciérnagas; entonces mi cabeza terminó por despejarse y entendí: no era Ulalia.
TOÑI MOGOLLÓN
Ser madre.
Por fin un rato de paz y de silencio. Por fin puedo tomar un simple café, mirar por la ventana, aunque sea de pie, por si vuelve a llorar.
Si, soy feliz con mi primer hijo. Tengo casi treinta años y no quería esperar más para ser madre.
Pero llevo más de un mes sin dormir. El tiempo que mi hijo lleva en este mundo.
Y eso sin contar los últimos meses de embarazo.
Se pasa la noche llorando. Lo he bañado ya a todas las horas, a ver si así…
Pero no.
Duerme de día.
Yo de día no puedo dormir. Aseo un poco la casa, y a mí.
Cocino algo, poco, para comer . Lavar ropa, tender ropa,planchar ropa. Comprar, volver.
Él duerme en su carrito y cuando volvemos a casa, se despeja.
Las ojeras me llegan a los pies.
El cansancio no me deja casi ni respirar.
Aprendí a fregar cacharros con mi hijo en brazos.
No me acuerdo cuando sonreí por última vez, ni cuando tomé una copa de vino con mis amigas.
Perdí el brillo de mi pelo y mi cintura de avispa.
Quiero a mí hijo, por supuesto.
Pero necesito una niñera y una asistenta. Necesito acertar la primitiva.
JUAN C VALTIERRA
El libro estaba en la banca cuando llegué. Tenía la letra de Regina.
Me senté a leerlo porque no había nada más que hacer, y esperar sin hacer nada es peor.
Hablaba de una muchacha. Tenía una cintura de avispa y vivía en un castillo que el libro llamaba castillo pero que era nomás una casa grande con ventanas hacia un barranco. Pasaba los días sentada junto a la ventana. Miraba el río de abajo, que en verano se ponía tan bajo que casi no se movía. A veces bordaba. A veces no.
El hombre que la quería llegaba de lejos. Llegaba, la miraba, le traía cosas —una cinta, un pañuelo, una vez unos aretes de plata— y se iba. Nunca le preguntó si era feliz. Para qué preguntarle, si ya estaba ahí, si ya era suya. La muchacha aceptaba los regalos y volvía a la ventana. El barranco siempre estaba. El río, casi.
Un día el hombre llegó y la ventana estaba vacía.
Buscó por toda la casa. En el cuarto, en el patio, detrás de las matas de bugambilia. Nada. Solo la cinta en el suelo y los aretes de plata sobre la cama, ordenados, como quien deja algo que nunca pidió.
Había una página con una sola línea suelta, antes del final. Decía: ella también lo esperó. Pero él no lo supo porque nunca le preguntó.
Cerré el libro.
Regina usaba un vestido azul los domingos. Tenía una cintura de avispa y una manera de caminar que hacía pensar que el suelo era distinto donde ella pisaba. Era la muchacha más linda del pueblo, según mis ojos, que después recorrieron el mundo y no encontraron nada que desmintiera eso.
Me fui porque creí que el mundo me debía algo que el pueblo no podía darme. Nunca supe cómo se llama lo que anduve buscando. Tampoco lo encontré.
Ella me vio irme desde la puerta. Yo no volteé.
Recorrí el mundo. Crucé desiertos donde la noche cae de golpe y aplasta y uno aprende que la oscuridad también tiene peso. Dormí bajo las estrellas en la sierra de Chihuahua, en la costa, en lugares sin nombre donde el frío de madrugada le recuerda a uno que sigue vivo aunque no haya pedido seguirlo. Conocí una cascada en Sinaloa que hacía tanto ruido que uno dejaba de ser. Me quedé tres días junto a ella. Tres noches mirando el agua caer y las estrellas encima, pensando que eso era suficiente, que uno podía vivir de eso.
Pero siempre había algo. Un filo de cadera. Una tela moviéndose en el viento. Y volvía a ser domingo, y volvía a ser el pueblo, y volvía a ser el vestido azul.
Nunca le dije nada.
Me desperté cuando el sol ya estaba abajo. La banca estaba fría.
No había ningún libro.
Me llevé la mano a la bolsa.
AXY LINDA
Cintura de avispa
—¿Lista, Avisti?
—Sí. Llevo días con dieta y ejercicios; creo que yo seré la elegida. Por cierto, escuché que Abenli se ha inscrito. No entiendo cómo se les pasó poner en las reglas que solo podían participar quienes tuvieran la misma clasificación.
—No te preocupes por eso, no tiene oportunidad. Tú estás ¡guapísima!
—Gracias, querido.
Dio inicio el concurso de Miss Cintura de Avispa.
Por la pasarela desfilaron las de cintura más pequeña, cada una luciendo toda la producción: maquillaje, vestuario, joyería… todo para destacar.
Llegó el turno del talento. Hubo música, bailes, agradecimientos y aplausos… hasta que llamaron a Abenli.
—Amigos —dijo con calma—, yo no tocaré instrumentos ni bailaré. Mi talento es muy pequeño para esas cosas. Tal vez les parezca extraño que me haya inscrito en este concurso, quiero explicarles la razón.
Hizo una breve pausa
—Vine a pedirles que dejemos de competir. Que nos apoyemos para crear un entorno más amable, más armonioso. Yo no puedo ni quiero ganarles; es evidente que no somos iguales: mi cintura equivale a la suma de veinte de ustedes. Solo deseo pedirles ayuda… para que no nos extingamos.
Un silencio tensó la sala.
Se miraban entre sí con desconcierto.
—¿Qué pretende esta concursante? ¿Venir a decirnos cómo dedicar nuestro tiempo? —murmuró Avisti, molesta. Solo le interesaba lucirse, ser admirada y envidiada.
Abenli se acercó con serenidad. Le ofreció la mano.
—No se trata de minimizar tu belleza, sino de dar mejor uso a tu energía. Yo la dedico a polinizar y a crear miel.
Sin mundo, ningún concurso tendría dónde celebrarse; y sin nosotras, ese mundo no existiría.
Cintura de avispa.