Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «crisis de identidad». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 2 de abril!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
EMILIA CREGO
EN EL PARAÍSO
Un día soleado del cinco de mayo me vieron paseando por la orilla del río. Las nubes me llamaron; colgadas por finísimos hilos de viento me fueron dejando un mensaje. En tan buena compañía; los pájaros trinaban alegres, las flores caían con pasos lentos sobre una alfombra verde y está lucía cubierta de pinceladas de pétalos.
El día se fue, vestido de luces con tonos que evocaban a los gallos cantar desde las primeras luces del día. Unos corderos blancos se fueron por el horizonte en busca de su manada. Decían que al llegar la noche se dejaban ver y sobre los tejados andaban buscando ventanas enrejadas.
Con una suave caricia llegaban cuando el reloj dejaba caer las agujas a partir de la medianoche. Acunaban a los seres de luz, que vestían con prendas adornadas de organza y encajes.
Eran blancos como las cigüeñas, esponjosos y llegaban para alimentar al sueño. Iban y venían y llegaban para quedarse. Se iban al despuntar el alba, en silencio guardaban mi ausencia.
Una crisis de identidad arrebato mi destino; vacío y soledad llenaron mis días. Una sensación de vacío emocional se fue creando para sentirme aún más desorientada en un mundo de adultos alocados y niños sentados en bancos de madera esperando su turno.
Una noche de insomnio tomé una escoba, alcé el vuelo y, cuando estuve cerca de alcanzar mis sueños, desperté con la luna acunándome. Las estrellas velaron mis sueños; hoy sueño de nuevo, libre y con las alas prestadas.
ENTRE LAS OLAS DEL MAR, ALIMENTO MIS SUEÑOS. LE DOY VOZ Y FORMA CON UNA PLUMA ENTRE MIS DEDOS Y CONECTO CON PASIÓN, PARA SERLE FIEL AL LECTOR.
ANTONICUS EFE
¡AVISO! Cualquier personaje que aparece en esta historia, es solo fruto de vuestra imaginación.
—¿Quién soy yo, una libélula que libre vuela o un petirrojo que en la sombra la acecha?— declamaba Naranjito de York frente a su espejo
—¿Quién eres tú, la paloma que libre vuela o el tigre que en mi cama resuella? — contestaba Isa de Chamberí.
—¿Quiénes somos nosotros, los fugados de una casa de locos o los que nunca quisieron de allí salir?—declamaban al unísono.
Mientras tanto, no muy lejos de allí, ni tampoco muy cerca, Vasiri se liaba un “tres papeles”, mientras observaba como se le quemaba la cosecha:
—“Me veo trapicheando con la gasofa a este paso”—
En el otro extremo de la ciudad, pero no en la punta, punta, si no algo más p’acá, se confirmaba una triste noticia, que había dejado obnubilados, anonadados y en shock al pueblo en cuesta; ¡Santi y Lisensiado ya no eran amigos!, se habián dejado de seguir hasta en Facebook, ya no se oiría más aquello de:
—«Corre Lisensiado, corre»—
—«Raudo y veloz, Santi, raudo y veloz»—
Bueno puede que se oyera, pero con uno corriendo detrás del otro para atizarle. No era de extrañar que la gente se sumiese en una crisis de identidad como no se recordaba desde antes del Bitter Kas.
La Gran Madre Chisst tomó cartas en el asunto y reunió a todo el reino de Trebalia frente a la pantalla del Latop, para dar un discurso y así solventar el asunto.
—Buinasss, estimados y estimadas hijos e hijas de Trebalia, esto ha pasado de castaño oscuro a nuez moscada y he decidido coger yo la rana por las ancas, ya que no veo solución de ningún tipo.
Es sabido que una crisis de identidad, que no Cris, sino crisis, qui conste, ehhhin, azota con fusta naranja el mundo conocido, ya nadie sabe quien es nadie, ni siquiera saben que no lo saben, pero desconfían, por eso a partir de ahora, y, para acabar con todo este lío, cualquier habitante de Trebalia deberá llevar una camiseta, sudadera, short, top o como se vista cada quien en cada ocasión, en la que esté visible su cara y su nombre y apellidos, así cuando no sepa quien es, que se lo pregunte al de al lado. ¡Se cierra la sesión y a escribir se ha dicho!
ARMANDO BARCELONA
ALMUDENA 1.0.3
La Prudi tiene problemas ectoplásmicos en sus redes sociales ―ya sabes que llamarla Prudencia, que es como la cristianaron, puede causarte serios problemas―; sufre de apariciones teosóficas. Un novio de hace años lleva unos días pidiéndole amistad por Facebook con una insistencia de fraile mendicante y ella, que en el fondo tiende a limosnera, no sabe qué hacer.
―Ay, Almudena, cielo, estoy en un brete. ¿Tú qué piensas?
Es que parece rocosa, con ese pelo teñido de rojo pasión, los leggins de combate ―que lleva con mucho decoro pese a sus cuarenta y alguno, todo sea dicho―, y las proclamas feministas con que alimenta nuestro empoderamiento grupal, pero en el fondo es dulce y mullida, pero solo por dentro.
―¿A quién estáis pelando, brujas? ―se une Marisa al grupo.
Viene de la barra con su café con leche de soja, corto, en una mano y un platillo con dos churros en la otra; que dentro de un mes se casa la hija de una prima en El Burgo de Osma y se ha puesto a plan, para ver si entra en el vestido que se hizo el año pasado cuando la de su hermana.
―¿Tú te acuerdas de Claudio? ―responde Prudi. Son de la misma quinta y amigas de toda la vida.
―No me voy a acordar, menudo cabronazo, anda que no te lo hizo pasar mal; ahora que gracias a él sigues soltera, sea lo uno por lo otro ―se despacha Marisa mientras remoja un churro en el café.
Yo no sé qué tendrá esta mujer contra el matrimonio porque su Paco es un bendito; bueno, lo parece, que vete a saber. La gente engaña mucho.
―Ese mismo, fíjate, después de tantos años va y me pide amistad en Facebook. ¿Tú cómo lo ves? Pero si ya ni me acuerdo de su cara.
Marisa niega con la cabeza porque tiene la boca ocupada con el churro y ella es muy de cuidar las buenas maneras.
―Fatal. A ese le han puesto las maletas en el descansillo, está en plena crisis de identidad y anda como loco por volver al mercado. Dale puerta.
O le quiere vender una Thermomix, no te jode. Marisa eso de la misandria lo lleva por el libro y se monta unas películas de lo más imaginativas.
―No le hagas caso a esta, Prudi, reina, que ha debido pasar la noche en Mordor ―intento trivializar el asunto―. Depende de ti, cariño, y si no te quieres quedar con la duda, dile que sí, a ver qué pasa. Siempre puedes bloquearlo luego.
Lo cierto es que me pica la curiosidad: un novio que retorna desde el más allá puede dar mucho de sí; tenemos tema de tertulia para días.
―¿Verdad que sí, Almu? A lo mejor lo único que quiere es saludar, hija, Marisa, que tú te pones en unas cosas que…
Ay, corazón, a ti también te pica ―la curiosidad, digo―, y lo vas a hacer, le vas a dar cuartelillo, porque el jueguecito te provoca morbo, perraca, que eres una perraca. Pero tampoco quiero ser yo quien te dé el empujón, no vaya a ser que luego salgan las cosas por peteneras.
―Prudi, no sé qué decirte; yo tuve un noviete, sí, pero poco consistente, sin pretensiones, ya sabes, amigo con derechos, que se dice ahora; novio con fundamento, en serio, solo a mi Juan. Así que poco sé de resucitar a los muertos.
Eso de que la busque por Facebook, que para los modernos es un cementerio de elefantes, ya dice mucho de su huella de carbono ―más que huella, escombrera―, pero quién soy yo.
―Ni caso, tía, te vas a llevar un chasco; pero si es un boomer, coño ―Marisa coincide conmigo en el nivel de digitalización que desarrolla el pavo―. Seguro que ha echado tripa y es calvo.
―Tampoco quiero que piense que soy rencorosa, oye ―reflexiona Prudi sin prestar demasiada atención―; mira tú qué me importa ya Claudio, aunque, por otra parte, sí que fue muy borde, tienes razón, Marisa.
Le da un mordisco al pan tostado y una gota de aceite se le escurre por la comisura de los labios, como una lágrima grasienta y mal ubicada. Está nerviosa; parece agobiada, indecisa. Esta no es mi Prudi.
»Al final me está complicando la vida el capullo ese. ¿Qué hago?
No está bien que los muertos se manifiesten por las redes, y menos los exnovios fuleros con crisis de identidad, porque los carga el diablo.
PEDRO PARRINA
DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA
(CRISIS DE HIPOCRESÍA)
La poesía no es paz, no es silencio, no es refugio, no es indiferencia…
La poesía es lucha, es grito, es castigo, es incomodidad…
Es la verduga de las guerras; de las injusticias; de la inhumanidad…
Y a través de estas: deseos de paz, necesidad de silencios, de refugio y de belleza.
Día mundial de la poesía.
YOLANDA PINA REY
A lo largo de mi andadura en la vida, desde bien pequeña hasta mi momento actual, he vivido momentos que te llevan a plantearte muchas cosas y también a dudar.
RAQUEL LÓPEZ
Lo único que recuerdo es que bebí demasiado la noche anterior hasta quedarme profundamente dormido en la cama.
Tenía un fuerte dolor de cabeza e intenté levantarme para tomar algún medicamento, pero una fuerza me lo impedía, como si mi cuerpo fuese ajeno a mis movimientos.
Después de un rato pude sentarme en la cama y vi mi reflejo en el espejo, pero….no me reconocía, esa persona que había al otro lado no era yo.
Me asomé a la terraza para respirar un poco de aire y un vecino me dio los buenos días, yo, por educación se los devolví. No entiendo cómo él si sabía quién era y sin embargo me sentía perdido.
Si es verdad que mi rostro y mi cuerpo era el mismo, pero me sentía atrapado ante un desconocido.
Fui a la cocina para desayunar.. ¿ Porque hay café aquí, si lo odio?
Y volví de nuevo a preguntarme: ¿Quién soy yo? ¿Y si mi vida anterior había sido un sueño y ahora es la realidad? Crisis de identidad, lo llaman….
Me siento como un impostor, ni siquiera me reconozco a mi mismo.
Me puse de nuevo frente al espejo, toqué su frialdad. Me seguía mostrando una imagen vacía.
Quise romperlo porque no me gustaba para nada lo que veía.
Recuperé el silencio, apague la luz y se bajó el telón …..
Quién sabe que nueva máscara se despertaría al amanecer…..
CARLOS TABOADA
EN CASA AJENA
Llegamos a esa población y aparcamos frente a la puerta del chalet, según indicaciones. Saqué la bolsa del maletero que Laura me indicó y sacudí un par de cascos de vino entre una caja de bombones, cuando los anfitriones nos saludaron a pie de coche. Ella me pareció de buen tipo, rubia y alta con vaqueros y zapatos de medio tacón que revelaban sus movimientos, y él, prácticamente enjuto, me dio la impresión de esconderse tras las pequeñas gafas y barba pulida y recortada de un par de semanas por lo menos, con la frente desnuda y brillante anunciando una cabeza de bola de billar. Laura abrazó a la compañera de trabajo y así obtuvieron segundos de intimidad, hasta que yo me pasé la bolsa a la mano izquierda y me acerqué al otro con la derecha extendida mientras me presentaba. Su apretón fue blando y esquivo, y aun así me sonrió viendo una línea de dientes blancos.
(Minutos antes, en la carretera, pensé en la visita mientras sonaba la radio y Laura escribía en el móvil. Pensé que yo no sabía estar —me dejó entrever o interpreté—, advirtiéndome en casa que la pareja pasaba por una crisis y que visitaban un terapeuta. Así lo dijo. Yo levanté los hombros y no quise preguntar, y tal vez ese simple gesto la alertó. Poco después le quitó hierro al asunto refiriéndose a ella, a la compañera de trabajo, una tía alegre y simpática —como si esas características fueran a encajar conmigo porque sí.)
En parte, nos enseñaron la casa. Yo con cerveza en mano y concentrándome en todo momento: me había prometido no decir nada y escuchar atentamente. Pero el tipo, al subir unas escaleras y compartir escalón, me preguntó dónde vivíamos. Quise decir que a tomar por culo, pero me lo ahorré. Para mi sorpresa, me dijo que allí vivía una ex muy maja con un buen empleo en el ayuntamiento. Y entonces, de repente, la rubia se dio la vuelta y le sostuvo por un instante una mirada criminal. Yo pegué un buen sorbo a la cerveza, preguntándome cómo alguien podía escuchar a otro cuando no paraba de hablar. Sin más, supe que el tipo tenía intenciones de utilizarme para echar leña al fuego.
Después nos sentamos en la mesa y brindamos, ellas sin parar de hablar y yo queriendo comer igualmente sin parar con lo de la mesa: que si quesos variados, aperitivos, ibéricos, frutos secos, panes diversos y… Y después de pinzar esto y lo otro, el tipo me abordó con otra de sus preguntas:
—¿Cuántos años lleváis juntos? —quiso saber a palo seco.
¡Joder!, acababa de picar una longaniza y apenas la había masticado. Necesitaba anestesiarme para volar a mi mundo y alejarme de aquel apestoso nido y… ¡Joder con el tipo! ¿A qué clase de terapia iban? ¿Por qué era tan cotillo?
—No sé el tiempo que llevamos juntos… —mascullé, dando vueltas a una posible respuesta, hasta que dije: —Lo único que me importa es que estemos bien —asentí, y entonces el tipo bajó la mirada como si acabara de decepcionarle.
Cogí un triángulo de queso y lo mastiqué con ganas. Luego agarré el tercio y le pegué un buen trago. Luego el tipo me vino con otra.
—Nosotros visitamos un terapeuta para salvar la relación —me dijo con absoluta confianza, como si quisiera lanzar la primera flecha a un campo de batalla.
Yo miré a su pareja, a la rubia, ensimismada con la visita de mi Laura. Con ese explícito comentario, ella sorprendentemente siguió a la suyo, como si acabara de aprobar los límites de nuestra conversación. ¿De veras hablaríamos de sus mierdas?, me pregunté. Ladeé la cabeza, y por una vez creí ser el más sensato de los presentes.
—Vaya… —titubeé en un principio, pero después no tuve reparo—. A mí eso nunca me ha sucedido —dije—. Es decir, el necesitar de un tercero para saber lo que pasa entre dos —dije, y observé sus impasibles ojos como si no me acabara de explicar—. O sea, quiero decir, o funciona o no funciona, ya me entiendes. ¿Recuerdas el colegio? —añadí a toda leche—. Cuando alguno se pasaba de listo le pegabas un puñetazo y… ¿Me entiendes? Si al final hacías las paces se convertía en un amigo cojonudo y si no pues… ¡A la mierda! —indiqué con la mano. Pero el tipo no siguió la dirección, pero sí vi sus ojos ligeramente encendidos… Las mujeres pararon de hablar para escucharme y yo continué con no sé qué—. Lo que quiero decir es que folléis esta noche como en los viejos tiempos, y si todo va bien no necesitaréis al terapeuta ese. ¿No? ¿Qué te parece la idea? Yo la veo cojonuda. Brindemos por ello —dije, y levanté el tercio.
Con el trago noté las clavadas afiladas de las mujeres y una noche de sofá. Quise levantar los hombros, pero al ver que el otro comenzaba a descojonarse se incorporó de la silla y dijo disimuladamente que iba al baño. Con eso, me dije que acababa de acertar con mi visión.
¡Qué narices! ¿Acaso yo iba a ser el juez que determinaría el depósito de tanta basura? ¡Maldita sea!, me dije, y alcancé un triangulito de un queso con un denso color amarillo.
ANGY DEL TORO
EL FORASTERO
Como ave sin rumbo llegaste a mi vida. Traspasar fronteras fue tu única propuesta y yo, como niño al que enamoran con dulces y caramelos, accedí a partir solo con la promesa de vivir en un mundo diferente. Quería ser el otro, ese que en mí dormía desde la adolescencia.
Sin pensar en otra cosa que no fuera seguirte, me respondía en silencio: «No he perdido ningún juicio, mujer; más bien creo haberlo encontrado».
Subí a la camioneta. Sin voltear el rostro, levanté la mano en señal de despedida. Mi nuevo hogar reposaba bajo una furgoneta vieja. Era solo llegar a la cima de la montaña y enclavar una puerta, sin marco ni ataduras. Atrás quedaba lo que un día fue mi familia: mi mujer, mis hijos.
Hoy, por los caminos más lejanos, vamos viviendo nuevos sueños, los que siempre deseé.
Cual macho cabrío disfruto su melodía. Él es la música que me hace sentir, el reflejo de lo que siempre he querido para vivir.
PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ
SIN EMBARGO
“No, la tele no, por lo que más quieran. La tele no”.
Fue lo que les suplicó, con lágrimas incipientes, una y otra vez a los operarios a cargo del desalojo. A ellos, haciendo gala de esa humanidad que todos tenemos y que aflora en los momentos más insospechados, poco les importó dejar allí un par de trastos viejos, por lo que, amén de apiadarse de los ruegos de aquel pobre desgraciado en lo tocante al televisor, tuvieron la deferencia añadida de dejarle también el sillón.
Sentado frente a aquel cadáver con forma de pantalla negra, inerte y silenciosa, pasó los primeros días en completa soledad. A esas alturas y con sus pensamientos fuera de lugar, el hombre no había reparado en un pequeño detalle: le habían cortado, además, la electricidad, algo que tampoco pareció importarle demasiado. Su cabeza no estaba ahora en esas cosas.
Como un rey en días bajos reposando sobre su desvencijado trono, permaneció allí un buen rato en actitud pensativa. Disfrutando del soleado silencio de la mañana, anclado a los agradables resquicios que aún le restaban al verano y saboreando los tenues rayos que traspasaban los cristales del enorme y sucio ventanal que ahora se había convertido en su conexión con el mundo exterior.
No había vuelto a ser el mismo desde entonces. Las constantes idas y venidas de su cabeza le mantenían ahogado en una resaca de dudas permanentes. Sin embargo, el hogar, aquello que durante tantos años se había erigido en su universo, seguía estando allí, fijo y constante. Intacto y repetitivo por más que los días se empeñaran en torturarle con su inevitable transcurso.
De pronto, algo le hizo despertar. Un fugaz amanecer. La luz había regresado, quién sabe durante cuánto tiempo. El bullicio de la familia y el ser consciente de dónde se encontraba pronto hicieron florecer en su rostro una leve sonrisa. Con gesto amable, la hija depositó en sus manos aquello de lo que antaño más disfrutaba.
La dicha, para él, no requería más. Tan solo aquel libro, el olor de unas flores recién traídas, observar las cortinas ondeando bajo las caricias de la suave brisa, y el mar, el sonido del mar. El ir y venir de las olas que siempre le hicieron sentir el reflujo constante de la vida. Esas cosas sencillas que conforman la felicidad en los días luminosos de verano. Algo que aquel hombre, con sus recuerdos ya prácticamente embargados, casi había acabado por olvidar.
MARIO NÚÑEZ
Sé quién soy, sé cómo siento, como pienso.
Lo que no logro entender es cómo llegué aquí. Me lo contaron, pero no logro recordar más que vagamente cómo empezó esta crisis de identidad, que derivó con mi conciencia primero alterada, luego suspendida.
Estoy en una camilla, en el block de emergencia de mi prestador de salud.
Junto a mí, mi compañero, que responde a mi extrañeza con una mirada, y un “tranquilo, ya estás bien. Ahora viene la médica y si lo autoriza, nos vamos a casa”.
Ayer fue muy confuso. Recuerdo haberme acostado como siempre luego de la cena y ver televisión. Ahora es de mañana cerca del mediodía, parece.
En el intermedio – me entero ahora – una convulsión fuerte, una caída del lecho entre muebles, pérdida de conciencia y de control de las funciones del cuerpo…
Sin sentido fui levantado a peso muerto, duchado, subido al vehículo familiar e ingresado a emergencias, porque una ambulancia demoraría mucho para llegar donde vivimos.
La niebla empezó ayer de mañana.
Como todos los días, salí rumbo a mi oficina, a pocas cuadras de mi domicilio, y a mitad del camino que conozco desde hace años, miré hacia donde caminaba, miré hacia atrás, y no reconocí ninguna de ambas direcciones. Me detuve sin saber cómo reaccionar, y atiné a llamar para que me recogieran, describiendo lo que veía, incapaz de identificar las calles e intersección en que me encontraba.
En realidad, esta crisis empezó desde fuera, casi dos años antes.
Me recuerdo defendiendo junto a colegas, posturas y convicciones que aún sostengo, en una batalla filosófica y de poder institucional que recrudeció de modo que aun no comprendo – o no termino de aceptar -; una institución que se dedica al bien público a través de la docencia, la investigación y la extensión del saber a aquellos segmentos de la población más vulnerables.
Pero la vulnerabilidad motivadora exterior, suele tener su contracara interior, a través de conflictos descarnados, a veces lejanos de la ética, y ausentes de humanidad.
Recuerdo pertenecer a uno de los sectores, que postulaba una educación centrada en el estudiante, una gestión institucional autónoma, con lazos de coordinación en vez de sumisión, para con las oficinas centrales.
Recuerdo que nuestro pensamiento y prédica comenzaron a perder terreno rápidamente, y lo que empezó en debates académicos, en los últimos meses se transformó en terribles conflictos personales, en los que la autoridad central se fue imponiendo por las buenas y por las otras.
Uno, dos, tres, cuatro y más colegas desplazados, destituidos, desacreditados. Uno o dos declararon una neutralidad que les permitiera sobrevivir; varios asistentes que formaban equipos afines a nuestras ideas, pero en el último momento cambiaron de orilla.
Y luego el declive.
Mi carrera académica ascendente durante décadas se detuvo; no volví a acceder por concursos a posiciones correspondientes a mi formación y trayectoria, y sobrevino el embate final.
Acusaciones falsas, discriminación de género, tribunales sancionatorios organizados por la estructura dominante, aislamiento, descrédito en las aulas, entre colegas y autoridades … mucha, muchísima presión, que mi sistema nervioso no pudo resistir.
“Epilepsia difusa”, diagnosticó la neuróloga.
Estudios interminables, la permanente mirada inquisidora atenta a ausencias o posibles ausencias que de a poco empezaron a espaciarse y a disminuir en intensidad. Prohibición inicial de trabajar, reposo absoluto, prevención de todo tipo de estrés, hasta reparar con ayuda farmacológica, las redes neuronales que alteraban la conciencia, como llaves térmicas que desconectaban el sistema cuando éste se sobrecargaba.
Los últimos pródromos ocurrieron dos años más tarde, a pesar de que mi economía no me permitía alejarme de mis fuentes de ingresos más que durante el primer mes.
No cambié mi forma de pensar y sentir. Sí cambió mi vida, mutilada la mitad de mi vocación, alejado de la docencia.
A casi un quinquenio de la madre de todas mis batallas, quizá efectivamente ocurrió una crisis de identidad.
Alejado por la fuerza de una lucha utópica en su ámbito natural, refugiado en mi profesión de origen, dedicado a la escritura y lentamente a la pasión por la investigación, confirmé otra vez que las crisis transforman, abren horizontes, cierran abismos, y enseñan que, para proteger un ideal, fortalecerlo o rediseñarlo, debe existir quien lo sostenga y lo trasmita.
EFRAÍN DÍAZ
Dicen que uno puede irse del barrio; lo que no dicen es que el barrio nunca se va de uno. El barrio no concede divorcios.
Cuando Rosendo regresó a Dos Bocas, tras veinte años de ausencia, descubrió una verdad incómoda: el tiempo, allí, no transcurrió; se detuvo.
El colmado seguía en la misma esquina, con los mismos parroquianos y las mismas cervezas.
La funeraria, idéntica, como si la muerte también fuese rutinaria.
La escuela, fatigada, enseñando lo indispensable: a leer poco y a olvidar rápido.
Rosendo había huido en una de esas migraciones que prometen redención y progreso.
Nunca fue hombre de surco ni de bestia. El campo le parecía una condena sin apelación.
Nueva York, en cambio, le vendió la ilusión de una vida mejor.
Le ofreció frío, indiferencia y trabajo. Mucho trabajo.
Colmado primero, taxi después y por último mantenimiento y limpieza.
Vivía mejor, o eso se repetía, como quien se aferra a una quimera.
Volvió distinto. O eso creyó.
Llegó al barrio con ropa nueva. Con zapatos que brillaban más que sus certezas. Varias cadenas en el cuello, como si el oro pudiera certificar éxito.
Y un acento híbrido, de esos que no pertenecen a ningún sitio.
Entró al colmado.
Pidió una cerveza en spanglish.
Nadie lo reconoció.
Los de siempre lo miraron como se mira a un turista: con curiosidad y desconfianza.
Y murmuraron.
Rosendo sonrió, confiado y presumido, se presentó.
—Ahhh… Chendo. ¿El hijo de Juano el loco?
Primer golpe.
En Nueva York era Mr. Montañez.
En Dos Bocas, los Mr. no existen. Solo quedan los apodos, sin fanfarria ni abolengos.
Manengo no preguntó por su vida. Preguntó si aún le temía al río.
Las risas fueron inmediatas, generosas y crueles.
—Mira, tiene más cadenas que un perro bravo —añadió Cico.
Y así, entre cervezas tibias y carcajadas bien afinadas, le devolvieron su expediente completo: cada caída, cada miedo, cada episodio que lo empujó a marcharse a la Gran Manzana.
Chendo —porque ya no era Rosendo— sintió el vértigo.
La vista se le nubló y su cerebro comenzó a tirar imágenes rápidas de su vida.
El pasado, ese litigante implacable, comenzó a presentar prueba tras prueba.
Ya no sabía quién era. Ni Rosendo. Ni Mr. Montañez. Ni siquiera Chendo con certeza.
Intentó hablar.
El idioma, cualquiera de ellos, español, inglés y spanglish lo abandonaron.
Dicen que terminó en un hospital psiquiátrico con una crisis de identidad.
Sin nombre, sin pasado y sin futuro. Se quedó en un eterno presente. Sin versión oficial de sí mismo.
Porque uno puede irse del barrio. Pero el barrio, que nunca perdona, jamás se va de uno.
MARÍA JESÚS GARNICA
Quién soy? Le pregunto al espejo.
No me reconozco.
Desde qué desapareció mi inspiración, mi otro yo.
Dejé el trabajo, me mudé a otra ciudad.
Lo qué fui lo dejé atrás.
Pero como reconstruir tú identidad?
No lo sé. Lo estoy intentando.
La soledad, también la resiliencia.
Y el sol, otro día amanece.
Y volver a intentar vivir.
Ahora se quién soy!
Estás segura?
Nunca lo sabré.
GERARDO BOLAÑOS
La ciudad de noche tiene esa capacidad de transformarse en un espejo sucio, y yo, por pura inercia, siempre termino buscando mi reflejo en los aparadores de las avenidas cerradas.
El problema no es que no me reconozca; el problema es que reconozco a demasiadas personas.
—¿Quién vamos a ser hoy? —le pregunté a la mancha borrosa que me devolvía la mirada en el cristal de una tienda de conveniencia.
Tenía tres opciones sólidas. Podía ser el emprendedor resiliente que carga el peso de un negocio artesanal sobre los hombros, ese que habla de «procesos» y «visión» mientras cuenta monedas para el transporte público. También podía ser el poeta maldito, ese que encuentra una belleza desgarradora en una colilla de cigarro aplastada pero que no sabe cómo explicarle a su sobrina por qué está llorando frente al refrigerador. O, si me sentía especialmente cínico, podía ser simplemente un tipo de cuarenta años con un buen corte de pelo y una mandíbula que parece esculpida por un algoritmo de inteligencia artificial.
Me decidí por una mezcla: el intelectual cansado que todavía va al gimnasio. Es una combinación ganadora porque te permite despreciar al mundo y, al mismo tiempo, levantar objetos pesados para ignorar que el vacío existencial no se llena con series y rutinas de ejercicios.
Entré a una cafetería de esas que huelen a pretensión y granos de especialidad. La chica del mostrador me miró con esa neutralidad profesional que uno suele confundir con interés.
—¿Nombre para el pedido? —preguntó, con el marcador listo sobre el vaso de cartón.
Me quedé congelado. Era la pregunta del millón. Si decía mi nombre real, sentía que estaba entregando un archivo comprimido de fracasos y facturas pendientes. Si inventaba uno, era admitir que el disfraz ya me quedaba grande.
—Ponle «Cualquiera» —dije, con una sonrisa que pretendía ser enigmática pero que probablemente parecía un espasmo—. O mejor aún, ponle «En Edición».
Ella ni siquiera parpadeó. Escribió algo rápido y me cobró.
Me senté en una mesa al fondo, observando mis manos. A veces me sorprendía que fueran las mismas manos que escribían versos sobre la complejidad emocional y que, horas después, diseñaban etiquetas para frascos de salsa. Era una esquizofrenia funcional, un collage de personalidades que se peleaban por el control del control remoto de mi vida.
Lo más divertido de las crisis de identidad es que, cuando dejas de tomarlas en serio, se vuelven una ventaja competitiva. ¿Para qué ser una sola versión aburrida de ti mismo cuando puedes ser una antología de errores bien editados? Soy un borrador que se niega a publicarse, una descripción de errores que ocupa más páginas que el libro original.
Cuando gritaron mi nombre —o lo que fuera que ella entendió—, me levanté. En el vaso, con una caligrafía apresurada, decía: «Gerardo».
Vaya falta de imaginación.
Me bebí el café con el cinismo de quien sabe que, mañana por la mañana, tendré que decidir otra vez qué máscara ponerme antes de que el espejo se dé cuenta de que no hay nada detrás.
LILIANA GIANNINI
Sin lluvia ni sol…
Estoy molesta/o. Resulta que esta señora me saca a pasear sólo cuando llueve y no entiende que ¡No me gusta mojarme! Me caen encima miles de gotas que además me dan frío, se me congelan los pliegues de la tela empapada cuando me guarda en el paragüero.
Y yo, soy una sombrilla playera quiero abrirme a pleno y sentir que mis barillas se calientan bajo el sol.
Mí acto de rebeldía empieza ahora, ahí viene a buscarme.
¡Ups qué pena! No me abro jajaja ¡Mojate vos vieja! Soy una sombrilla y trabajo cuando el sol raja la tierra. No, no, no me tires, vení, mirá cómo me abro… No me dejes porfis.
Al final del día un vagabundo me levanta y me usa como bastón. Oiga señor, que no soy un bastón, soy…soy un… «paragbrilla»
YOLILLANA
Ellos o yo
El viento en El Calafate no pasa: atraviesa. Se cuela por las mangas, por las ideas, por ese lugar blando donde uno guarda lo que le duele. Yo no esperaba encontrarme aquí con esto.
No hablo de uno o dos perros, de esos que uno ve y piensa “pobrecito” y sigue caminando. Hablo de decenas. Sombras con forma de perro que cruzan la calle sin mirar, que persiguen coches como si en algún momento alguno fuese a detenerse a por ellos, que se sientan en la puerta de hoteles y restaurantes con una paciencia antigua, casi humana, esperando que los turistas les demos un pedazo de algo.
Todas las mañanas en el desayuno hay huevos duros. Y yo siempre envuelvo uno en una servilleta y me lo guardo en la mochila. Después salgo, camino y observo. Porque no es tan simple como darle de comer al primero que se cruza.
He aprendido a elegir.
Hay perros que no son del todo de la calle. “Callejeros voluntarios” les llaman. Tienen casa y nombre, tienen alguien que los espera al final del día. Se les nota en el pelaje, en la manera de moverse, en esa seguridad tranquila de quien sabe que no está solo en el mundo. A esos no.
Busco a los otros.
A los que están siempre. A los que no se van cuando cae la noche ni cuando el frío aprieta más fuerte. A los que tienen el pelo enredado en nudos viejos, las patas cansadas, la mirada baja. A los que no esperan comida, sino algo más difícil de pedir.
Ayer me acerqué a uno. Era grande, de esos que alguna vez debieron ser fuertes. Me agaché despacio, le ofrecí el huevo pero no se lo comió, solo lo olió y luego empezó a lamerme las mano.
No con hambre, sino con una necesidad distinta.
Como si lo único que quisiera, lo único que realmente necesitara, fuera ese contacto mínimo, ese gesto torpe de cariño entre dos desconocidos. Como si yo fuera, por un instante, algo que había perdido hace mucho tiempo.
Me quedé ahí, sin saber muy bien qué hacer. Con el huevo intacto en la otra mano y el corazón encogido en el pecho.
Viajo sin Pancho. Y lo extraño en cada perro que veo, en cada cola que no se mueve, en cada mirada que no encuentra a nadie. Pienso en él durmiendo calentito, en su comida, en sus paseos, en su nombre dicho en voz alta.
Y después miro a estos otros y no entiendo.
No entiendo cómo alguien puede soltar a un animal en un lugar como este. Con este frío que ya duele por las noches y aún es verano. No entiendo en qué momento alguien decide que una vida que confía en ti puede quedarse sin nada.
Empieza con algo pequeño. Un perro que ya he visto antes no me reconoce. O eso creo. Se acerca, pero no como las otras veces. No hay esa familiaridad silenciosa que yo había empezado a imaginar. Solo me huele, duda, y se va.
Después es otra cosa: me descubro contando esta historia como si fuera lo único importante de este viaje. Como si yo fuera “la que los alimenta”. Como si ese gesto repetido cada mañana me definiera más que todo lo demás.
Y entonces me doy cuenta de algo incómodo.
No sé muy bien quién soy aquí si dejo de hacer esto.
¿Soy la viajera que vino a ver montañas y glaciares? ¿La que extraña a su perro? ¿La que rescata, aunque sea por minutos, a otros animales? ¿O simplemente alguien que necesita sentirse necesaria en un lugar donde nadie la conoce?
Vuelvo a la calle con el huevo en el bolsillo.
Veo a uno de los perros viejos, de los que siempre elijo. Está echado, con la cabeza apoyada en el suelo, los ojos entrecerrados. Me acerco. Me agacho. Le hablo bajito, como si el tono de voz importara. Claro que importa. A veces la voz acaricia.
Pero no saco el huevo, solo estiro la mano.
El perro levanta apenas la cabeza y la apoya sobre mis dedos, como si ese fuera el único gesto posible entre nosotros. Y en ese momento entiendo algo que me desarma.
Yo pensaba que venía a dar, pero llevo días viniendo a buscar.
Busco que me miren, que me necesiten, que me reconozcan como algo bueno en medio de tanto abandono. Busco, quizá, sentir que no soy yo la que está un poco perdida en este lugar.
Y por primera vez no sé si estos perros son los abandonados… o si tal vez yo también estoy un poco suelta, un poco sin dueño, caminando sin rumbo claro, inventándome pequeñas misiones para no enfrentar el vacío de no saber quién soy lejos de todo lo que me nombra.
El huevo sigue en mi bolsillo.
El perro cierra los ojos.
Y yo me quedo ahí acariciando su cabeza, entendiendo que hay formas de hambre que no se sacian con comida. Y que quizás eso también es parte del viaje.
La parte que no vine a buscar pero ya no puedo ignorar.
SILVIA R G
REVELACIÒN ONÍRICA
Soñaba que era un águila planeando, grandes alas abiertas, por grandes alturas. Pero no se sentía a gusto. Era admirada, percibía, como ave, por su aparente majestuosidad; pero no sabían, quienes la observaban, que en su interior se mantenía un constante temblor. Sentía vértigo mientras volaba, pero ¿cómo iba a explicarlo? ¿Quién iba a entender que un águila se sintiese mal por volar tan alto? Gerard deseaba, en su sueño, ser un pajarillo de esos que vuelan bajito , dando pequeños brincos en el suelo y revoloteando de rama en rama, entre verdes hojas, jugueteando con sus compañeros con esos sencillos cantos que le resonaban tan entrañables.
Le aburría ser águila, siempre viéndolo todo con tanta lejanía y no le gustaban sus garras; las sentía como si no le perteneciesen, le provocaban incomodidad porque no quería atrapar a ninguno de los animales que las otras aves de su especie cazaban al vuelo.
Disimulaba y, cuando nadie la veía, se alimentaba de diminutos insectos y pequeños frutos de los árboles que el viento hubiese arrastrado hasta las rocas. con la dificultad que significaba agarrarlos con esas garras y más aún comerlos con un pico tan largo y curvado.
Pero esa actitud de esconder su actividad, lo que realmente deseaba, le provocaba una gran incomodidad que día tras día le pesaba más y más.
Y era cada noche, desde hacía un cierto tiempo, que se repetía el mismo sueño, o quizás se le debería llamar la misma pesadilla, de la que luego no podía recordar más que sensaciones inquietantes, pero sin saber de dónde procedían..
Y así un día y otro…Hasta que asombrosamente una noche, entre sus imágenes oníricas, se posó el águila que le simbolizaba en una superficie más bien blanda que no acababa de identificar. Y descubrió entonces unos grandes ojos que muy atentamente le estaban mirando. Los supo identificar como una mirada humana, aunque, observando a aquel ser más detenidamente, lo visualizó con un gran y alarmante parecido a él mismo, a Gerard, pero con aspecto como de duende, por la forma de sus orejas, el color de su piel, el gran tamaño de sus ojos y esa voz aflautada que, surgiendo de otro humano como él, caló en su oído, diciendo «¿Qué llevas en la mano? ¡ ¿Un gorrión? !»
<< ¡¡És una mano!! ¡¡ Estoy sobre una mano!! Y me ha llamado gorrión >>, pensó.<<debe ser un humano gigante.>>
«No. No somos gigantes» <<Me ha leído el pensamiento>> «Es que tú eres chiquitín, como todos los gorriones» << ¡Me ha vuelto a llamar gorrión!>> «Ya me gustaría pero soy un águila»
<< Ayy ¿Ahora qué? Lo he dicho; he dicho que me gustaría ser un gorrión; lo he confesado y ahora hay ya un ser que conoce mi secreto y, si quizás hiciese correr la voz, las águilas se molestarían conmigo por querer ser lo que ellas creen que no soy, por no querer ser un águila como ellas >>.
– ¿Pero quién o qué te ha hecho creer que fueses un águila? No es ésa tu auténtica identidad
– No lo sé. Yo vivo con ellas, vuelo con ellas, soy como ellas, tengo grandes alas y grandes garras y un gran pico curvado como ellas, así que soy como ellas, aunque no me sienta a gusto viviendo como ellas.
– No sé qué te ocurrió para creer sobre tí éso que crees. Estás muy confundido. Imagino que tu vida debe de ser muy difícil ahora si te comportas como quien no eres. Lo que a tí te sucede es que no te ves a tí mismo. Por no sé qué motivo te creíste que eras lo que no eres y entonces creíste ver en tí lo que ves en ellas. Y ellas, viendo tal convencimiento en tu mirada, también se convencían de que eras, en potencia, una igual, o que, si no lo eras todavía, lo acabarías siendo.
Tú eres como ese grupo de gorriones que dan saltitos allá en la hierba ¿ Los ves? Con ellos te identificarás de verdad, sin forzar nada, sintiéndote libre en tu hacer.
Gerard , o el águila que se había vuelto gorrión,, se acercó al grupo y le miraron todos amistosamente.<<Ahora sí que estoy en mi lugar>>, reconoció instantáneamente, y giró su cabeza para mirar a aquel extraño humano, que tanto se le parecía, y agradecerle que hubiese despertado su consciencia, pero había desaparecido y también el otro que le acompañaba.
Se puso a brincar y a volar bajito y cantar; y se sintió plenamente feliz.
Entonces algo lo cambió todo de golpe. Estaba en su cama con la sensación de haber regresado de algún lugar muy lejano.
La alarma le había despertado a la hora programada.
<< Tengo la sensación de haber soñado de nuevo algo muy extraño; pero esta vez no ha.sido una pesadilla como estas otras noches pasadas, no lo he pasado mal, sinó que, muy al contrario, ha sido alguna experiencia agradable
Ojalá lo pudiese recordar>>..
Y sintió como una fortaleza interna diferente. Y mientras se dirigía al baño se ensimismó entre pensamientos << no voy a hacer nada que no vaya conmigo; voy a mirar dentro de mí, siempre reconociéndome, aceptando mi propio sentir; y ser tal cual soy, viviendo como yo deseo vivir y no como otros puedan querer que sea o hacerme creer que soy>>
Y ya sentado en la cocina a punto de hincar el diente en su desayuno, se preguntó si esa especie de empoderamiento que ahora sentía tendría relación con aquellos recientes sueños que no podía recordar. Porque le acompañaba la sensación de haber recibido una revelación identitaria pero no tenía ni idea del modo en que le vino dada. Pero si, fuese lo que fuese, le había llevado a aquella sensación de «encuentro».¿qué importaba?
IVONNE CORONADO
¿Cómo? ¡Mi avatar es una figura de hombre! No reconoce en mí a la mujer que soy?
Pero, qué puedo esperar de la AI. Al fin y al cabo, tiene límites para comprender una imagen.
Mirando detalladamente la foto elegida veo que puedo fácilmente pasar por una figura masculina: pantalones, camisa abotonada, un sombrero en la cabeza, melena corta, muy corta, rostro enigmático, agachada, escribiendo.
Desistí de crear mi avatar.
Y yo, que hace unos diez años luzco pelo corto, sentí necesario regresar a mi identidad femenina.
Comencé pacientemente a dejar largo mi pelo, a buscar blusas con volantes, a colorear mis labios, lucir collares, aretes grandes.
En verano, pienso decir adiós los pantalones cortos. Bienvenidas las faldas, desnudos los hombros.
Ahora me pregunto: tuve una crisis de identidad a mis setenta y pico de años?
Recuerdo entonces a mi tío Roberto.
Yo no me ponía a pensar: camino bonito?
Simplemente caminaba.
Un día me dijo:
-No eres nada femenina. Caminas como un hombre.
Y comencé a balancear un poco mis caderas.
Pero no me sentía a gusto.
Esa vez decidí que no me dejaría sentir mal por sus palabras.
¿Estoy volviendo a cambiar algo, porque otros me lo pidan?
¿O al fin me elegiré a mí?
NOTA: Estoy muy abierta a correcciones o consejos. Es la única manera de crecer. (Mi corrector parece no funcionar hoy, me disculpan).
Perdón, no pude bajar las fotos.
MATEO VIERA
El reflejo, del reflejo, del reflejo
-¿Sabes? No te lo comenté antes, pero aunque te parezca extraño, de niño quería ser policía. Ser policía y tener un gran pastor alemán.
La mirada de Claus se perdía en el oscuro azul del mar. Caía la noche y el viento helado se filtraba por debajo de los impermeables.
-¿Ah sí? ¿Qué viene ahora? ¿Te me vas a declarar? Alcánzame la punta del aparejo y prepárate para levantar la red.
-Eres un buen hombre Liam…
Dio una calada al cigarro y la brasa le iluminó el rostro dándole un aspecto de estatua. El mar no estaba completamente en calma y hacía que el barco se bamboleara inundando la cubierta con cada ola. Vaciló un momento, pero inmediatamente cruzó la baranda. La boca de Liam parecía desencajada, seguramente gritaba. Claus suspiró y se dejó caer al mar encrespado. Sintió como millones de cuchillos se metían bajo sus uñas, en su cuello y su entrepierna. Se hundía lentamente y la oscuridad se fue espesando. Arriba, las luces del barco se volvían pequeños puntos moribundos.
Lucas despertó con espasmos, desesperado. Tan confundido que no sabía quién era ni dónde estaba. Se tiró de la cama y luchó por cada bocanada de aire. La garganta le dolía y en su lengua un regusto salado, como si hubiese tragado litros de agua de mar. Mila saltó de su lado de la cama e intentó incorporarlo, sujetándole la nuca.
-¡Lucas! ¿Qué te pasa?
Le levantó la camiseta de un tirón y saltó a encender la luz.
Él se apoyó sobre los codos y ya podía inspirar de manera agitada. Los ojos bien abiertos y una expresión de desconcierto en su rostro. Observó alrededor, recorriendo cada objeto y por fin se posó en el rostro de ella como si intentara reconocerla.
-¿Qué pasó? ¿Dónde está Liam?
-¿De qué me hablás Lucas? No me asustes.
Lucas frunció el ceño y intentó incorporarse. Al apoyarse en su brazo derecho, se encontró de frente con el espejo, sostuvo la mirada en su reflejo. Una sensación de quiebre lo invadió, como una ola que lo empujó. Parpadeó repetidamente y la sensación se replegó un poco. Lo suficiente como para sentirse levemente normal.
-Disculpa Mila. Te juro que tuve el sueño más vívido de mi vida. Estaba en el mar y me hundía, todo quedaba a oscuras y sentía frío, estaba helado. Perdóname si te asusté.
Tragó saliva, le supo a sal. Le dio un beso en la frente y salió a ducharse. Abrió la ducha. Dejó que el agua caliente le quitara el entumecimiento que sentía por el frío. Suavemente la sensación volvía en oleadas. No podía reprimir del todo esa imaginación que con un ritmo suave lo devolvía al mar; el bamboleo de las olas y pequeños animales marinos que ya le mordisqueaban los párpados, intentando encontrar una entrada a carne más tierna. Apretó los ojos y cuando los abrió solo quedaba el blanco estéril de los azulejos. Se vistió y su perro le salió al encuentro.
Llegó a la comisaría y marcó tarjeta. Saludó a sus compañeros. Intentó comportarse de forma natural. Guardó sus cosas en su casillero, se puso el equipo. Luego de una pequeña reunión se definieron equipos y rutas de patrullaje. Salía con Roberto. Levantaron la llave de la camioneta y salieron a su recorrido.
-Manejo yo -le dijo a su compañero. Por suerte éste solía ser bastante callado. Quería tener la mente ocupada, si se sentara de acompañante temía volver a divagar y no poder poner freno a esas imágenes.
Recorrieron la zona del puerto, el centro de la ciudad y entraron por algunas zonas pesadas de la ciudad. Reportaron por el radio un disturbio en proceso, les indicaron la zona.
Llegaron al lugar y era un revoltijo de personas y griterío. La polvareda que levantaban hacía difícil distinguir quienes peleaban y si estaban armados. Bajaron de un salto y dieron la voz de alto al tiempo que se llevaban la mano a la canana de la pistola. Como si entrara en trance Lucas se tambaleó y caminó con las manos hacia adelante, pese a los gritos de su compañero. Veía el azul oscuro del mar, al mismo tiempo que uno de los alborotadores sacaba un machete. Vio como lo levantaba y el tiempo se estiró lo que parecían minutos, y los calamares ya le daban mordiscos, quitándole pedazos de piel, y el machete ya bajaba, y él se hundía en el fondo del mar, y las luces del barco quedaban en otro plano, como pequeñas estrellas apagadas. El machete hundió su filo en su cuello y la sangre brotó con grandes chorros, y con cada latido de su corazón Lucas se desprendía de su vitalidad. Cayó de rodillas y destellos centellaron a su alrededor.
La línea de la red se enrolló en su mano, pero Lucas no reaccionaba. De repente gritó y se presionó el cuello, agitado por la impresión. Veía el machete clavarse en su cuello y chorros de sangre que no estaban ahí. Liam lo sacudió y logró safarle la mano de la línea.
-¡Claus! ¡No te duermas! ¡Vas a matarte! -Claus no entendía nada. Hasta que entendió dónde estaba y lo agotado que se sentía. Las jornadas en el barco pesquero solían ser de catorce horas. Prendió su cigarro con las manos temblando, le sabía a sal.
-¿Sabes? No te lo comenté antes, pero aunque te parezca extraño, de niño quería ser policía. Ser policía y tener un gran pastor alemán.
ART MI
La cortina se agitaba igual a una llama de mechero atacada por el viento.
Alguien dejó abierta la ventana y ya era demasiado tarde para incorporarse y cerrarla.
Llamaron a la puerta: abran – dijo aquella voz metálica.
– ¡Abran! – repitió segundos después -, venimos en nombre del Elegido.
Al instante volteamos a verlo, pese a su condición celestial era ahora uno de nosotros: un perseguido.
Incluso a través del visor podían verse sus hermosos ojos ambarinos e inquietos, no ocultaban que tenía miedo, una crisis de identidad por no saber si era cazador o presa.
Colocó el índice sobre sus labios y, mirándonos fijamente, negó con la cabeza.
Ahí permanecimos, debajo de la mesa, tiritando, apenas cobijados por el metal retorcido que quedaba de su ala derecha. La oscuridad era acentuada por el olor de la sustancia aceitosa y viscosa que le brotaba del muñón en su costado posterior izquierdo, justo dónde habitó alguna vez su otra ala.
Llamaron dos veces más, pero permanecimos quietos. Misma indicación con sus gestos: silencio.
Los golpes a la puerta cesaron con aquella calma repentina y filosa que apagó el mundo con todo y sus gritos de desesperación y lamento. Ese mundo y su trajín de emergencia apocalíptica, de acabose súbito.
Sonreímos tímidamente, aliviados, creyendo que era solo un escarmiento, pero entonces sonó la séptima trompeta.
NILA J BOHORQUEZ
El caso «therian» de Charlyn…
Charlyn, floreciendo en sus 14 años comenzó a experimentar extrañas transformaciones físicas y psicológicas que la llevaron a un estado increíble… ¡creer que es una «gata»! Siempre había sido una chica solitaria con dificultad para interactuar con las vecinitas del barrio y compañeras de estudios.
En el salón de clases permanecía distraída mirando fijamente las ventanas del aula esperando que algunos gatos se asomaran a través de las rejas, sin poner atención a la maestra Catalina, quien con esmero explicaba los temas correspondientes al programa del día.
En vista de esta situación, la Docente del Curso envió una boleta de citación a su representante legal, para tratar personalmente el comportamiento inadecuado y preocupante de la alumna Charlyn Jones. Sus padres al enterarse de tal situación se sintieron confundidos sin saber cómo ayudarla, hasta que lograron contactar ayuda profesional.
La chica inició con disciplina las consultas programadas por la Psicóloga Clínica, indicándole terapias intensivas para tratar el «Síndrome de Identidad Animal»
(SIEA) que recién empezaba a padecer.
A medida de su avance con las terapias, Charlyn entiende que su condición es una forma de lidiar con el trauma infantil que le ocasionó el hecho de permanecer frente al televisor viendo «comics», especialmente la serie para niños «Kissa, la gatita feliz», lo que podría haber influído en ella para que su identidad «therian» se le manifestara de esa manera, o tal vez, su cambio de personalidad fue un mecanismo de escape para enfrentar los desafíos de la adolescencia.
Charlyn estuvo en tratamiento psicológico durante 18 meses, con grandes progresos en su recuperación, especialmente, fortaleciendo su autoestima. Con el apoyo de su familia, aunado a la orientación de la Psicóloga y las sesiones con la Terapeuta, aprendió a controlar todos los síntomas que sentía creyendo ser una «felina», emergiendo a la realidad y reintegrándose normalmente a su hogar y a las actividades escolares.
SERGIO TELLEZ
OJOS VERDES CLARO -VIDRIO MARINO
Bastaba ese verde-claro —como vidrio marino—, indiscutible, para que el resto del mundo dejara de importar. Era la mujer más linda que había conocido, sin margen para la duda. Fue apenas un par de besos. Luego, el mundo siguió y él también. No volvió a encontrar aquellos ojos sino treinta y ocho años más tarde. Eran los mismos ojos, con una arruga mínima en la comisura como firma de los años; aun así, conservaban la hermosura y el verde-claro que una vez volvió irrelevante todo lo demás.
Había algo prohibido en ese encuentro —circunstancias, nombres, promesas ajenas—, pero el cuerpo no entiende de reglas. Verla fue como abrir una ventana sellada: el aire del pasado entró de golpe. Él evitaba el borde de sus ojos, donde la piel había adelgazado con los años, y sin embargo volvía allí, porque en ese verde-claro de vidrio marino seguía latiendo lo mismo de entonces. Se besaron no como quienes retoman, sino como quienes se redescubren con urgencia: largamente, sin medir la respiración, con una pasión desmedida que no pedía permiso. Era la huella de quien ha besado mil bocas y la evidencia inmediata de que ninguna había sido como aquella.
No se separaron de inmediato. Él sostuvo la mirada en ese verde-claro y sintió que el tiempo perdía densidad. Esa fijeza no era reconocimiento: era un ensimismamiento, como si adentro de esos ojos hubiera una habitación donde todavía guardaban juntos la temperatura de otro verano. Fuera existía lo prohibido —circunstancias, nombres, promesas—, pero allí, en el verde, lo único real era el presente dilatado: ningún reproche, ningún plan, solo la ingravidez de saberse mirados igual que entonces.
Quedaron un instante de más dentro de esa mirada verde-claro, y en ese silencio interior él percibió algo que no era solo memoria: era el cuerpo recordando por su cuenta. Había una ligereza en la boca del estómago, un calor discreto detrás de las costillas, la impresión nítida de hormonas que se creían archivadas y volvían a circular como si nunca se hubieran ido. Ahora sí era amor —o algo que aceptaba ese nombre sin pudor—, pero aquella primera vez no: entonces habían sido adolescentes que se rozaban por curiosidad y vértigo, un juego breve sin promesas. Treinta y ocho años después, el juego regresaba en serio, y los mismos ojos marinos le devolvían la certeza de que ninguna otra mirada había marcado su ritmo así.
El recuerdo se cortó con el crujido de la palanca de cambios. Estaban dentro de un auto destartalado, la silla vencida, el respaldo cediendo justo en el punto donde descansaba la espalda. Él soltó una risa breve, entre disculpa y constatación. Afuera marcaban los horarios —citas, trámites, promesas menores que no podían fallar—, y sin embargo ninguno se movía para arrancar. Ella alisó el pantalón sobre el muslo, miró por la ventana y, sin girar del todo, preguntó en voz baja qué venía luego. Él no contestó. No había respuesta: solo el contacto leve de sus manos en el puente entre el asiento y la consola, y la certeza de que, después del verde-claro, todo era incertidumbre.
Era su primera cita de verdad —la de treinta y ocho años atrás había sido un juego, y el reencuentro reciente, pura urgencia—, y él se conducía como un caballero de manual: atento, midiendo cada movimiento, sin permitir que el deseo se notara demasiado. Sin embargo, al buscar la palanca con la mano derecha, el dorso de la mano rozó sin querer —queriendo— el costado de uno de sus senos. Fue un contacto mínimo, menos de un segundo, pero suficiente para que los dos contuvieran el aire. Él retiró la mano como si quemara, murmuró un perdón seco y miró al frente; ella no dijo nada. Nada más ocurrió. El motor tosió al encenderse, el respaldo vencido se quejó otra vez, y el auto arrancó mientras afuera seguían marcando los horarios que no podían fallar.
El motor ya estaba apagado y la noche envolvía el auto destartalado cuando ella, con una disculpa consentida que era más sonrisa que remordimiento, le dijo que no hacía falta pedir perdón por el roce anterior. Él asintió, le tomó la cara con cuidado y volvieron a besarse —apenas un par de besos más, lentos, sin prisa—, sin que él quisiera sobrepasarse. Bastaron esas miradas verdes que prometían un amor eterno y no decían ni una palabra de más, con esa súplica silenciosa de continuar y no pensar, por ahora, en un futuro incierto. No pasó a “mayores”. Con las manos quietas y la respiración volviendo a su lugar, él arrancó de nuevo y el auto se llevó sus sombras calle abajo, mientras ella alisaba el pantalón y sonreía sin que él supiera si era por él o por lo que vendría…
Justo un año después, sentado frente al computador, escribo esta historia y entiendo que no he dejado de mirarla. Sus ojos verde-claro —vidrio marino— siguen aquí, hipnotizándome en el silencio de la madrugada; los encuentro cada vez que cierro los párpados y en el reflejo opaco de la pantalla. Pienso en ella como en una hechicera que nunca pronunció un conjuro y, sin embargo, me mantiene encantado: me descubro aplazando el sueño para seguir dándole forma a este recuerdo, como si nombrarlo bastara para retenerlo.
Lo que empezó como un juego y volvió como urgencia se hizo, con los meses, en un amor hondo que no hace ruido pero ocupa todo. No busco futuro ni garantías; solo quiero permanecer en el hechizo, releyendo aquel verde donde lo demás deja de pesar. A veces me pregunto si esto no es solo el último capítulo de una crisis de identidad que empezó aquella tarde de adolescentes y nunca se dio por enterada. Afuera la noche sigue, los horarios existen, pero yo me quedo un rato más frente a estas líneas, sin saber si mañana cerraré el archivo o volveré a abrirlo en el mismo verde-claro, como quien empuja una puerta que da a la misma habitación, donde el verde-claro sigue volviendo irrelevante todo lo demás.
L’IDIOT
La picazón le recorre el cuerpo entero.
El calor la enciende. O quizá es la picazón la que provoca la picazón. O ninguna de las dos cosas. Es solo ansiedad, nerviosismo.
Cierra el libro y lo deja sobre el centro de mesa, junto a la fotografía de su madre muerta, entre el búcaro de flores rojas y la vela aromática.
Se levanta y camina hasta el termostato. Baja la temperatura: 68 grados Fahrenheit. En centígrados serían… unos… ya no recuerda. Hace tiempo dejó de hacerlo. Su mente se acostumbró a pensar en unidades inglesas.
De tanto esconderse, terminó por perderse. Metros, kilómetros: palabras antiguas, casi borradas.
No se adaptó. Se transformó. Se puso otra piel.
—¿Cubana? —se sorprendió el gringo al entrevistarla—. ¿Con ese color? ¿Con ojos azules?
“Por mis ancestros españoles, que no se mezclaron”, quiso responder. Pero calló. No fuera a incomodarlo. No fuera a perder la oportunidad. Miedo de recién llegada.
—¿Y el inglés? ¿Dónde aprendiste a hablarlo así, sin acento?
—Tengo facilidad para los idiomas.
Sonrió, leve, calculada.
Ahí empezó todo: la desnaturalización. Cambió la dieta. La música. La forma de andar. Dejó atrás el vaivén caribeño. Ni un “sí” más: solo yes, yes, yes.
Era una norteamericana que había soñado ser caribeña. O una caribeña que ahora soñaba ser norteamericana. Antes lo sabía. Ahora, no.
Va a la cocina. Toma el mazo para ablandar carne. Se le resbala. El golpe seco contra el pie.
—¡Ay,Coño!
Alza el pie, sacude la mano, como si pudiera desprenderse del dolor.
No fue un ouch.
Fue un “ay”.
Todavía le quedaban cosas por olvidar.
MARIANA DI PASCUA
Éramos dos en una cama. No lo conocía, aunque su rostro me llevó a algún pasado feliz. No solía acostarme con extraños pero su aroma me recordaba al de los sofás de cuero del comedor de casa.
El tenía forma de hombre.
Los dos nos dábamos la espalda y escribíamos, eso me daba la sensación de estar lejos y fuera de peligro.
Pensé en los libros de la gigante biblioteca de mi padre pero no pude reconocerlo en ningún personaje. Tome un libro y lo dejé cerca porque leer también me alejaba de recuerdos que me mentía olvidar.
Entonces miré mi mesa de luz. Nos vi vestidos de novios en un retrato que mostraba en ambos una feliz sonrisa.
Ahí pude recordar, vi imágenes donde él actuaba con mucha ternura llenandome de una valoración nunca vivida. Siempre supe era mi esposo, pero su alma había cambiado…., la mía también.
Seguí escribiendo para evitar hablarle, recordé que no escuchaba las cosas importantes.
Mi discurso solía ser muy demandante. Yo me conformaría con lo que el juez leyó en el casamiento, eso de respetarse y cuidarse hasta que la muerte nos separe. El juez debió decir que también había que conversar. Los sábados se ponía perfume y sin mirarme
me hablaba para pedir sexo con una no seductora tontera.
No sabía cuantos dolores de cabeza el aguantaría, mi pasión se gastaba en palabras escritas en prosa y tiempo para acomodar mis historias.
Miré unos minutos las telarañas del techo y me dije que mañana las sacaría. Quizá así un nuevo comienzo se daría, cuando nos mudarnos allí no estaban las arañas. Me inventé que así podría conocerlo de nuevo y dejar que me conquistara
con los temas de Silvio y Serrat.
Así lograriamos encontrarnos, mostrarnos el alma del pasado, aquella que nos enamoró.
Pero disco de Silvio estaba todo rayado así que el «ojalá», no podría salvarnos. La magia funciona antes de enfrentarse al chiquero pensé. Ahí habíamos estado bastantes
años y
logramos salir…., pero
con olor putrefacto. Tendríamos que tener
el valor para volver a quedar limpios.
Porque se llega al tiempo en que nadie aprenderá lo que no quiera, se elije y ta.
Así que seguramente mi felicidad sería en soledad, sabía que los amores cobardes no duran pero pasaban los años y seguiamos espalda con espalda.
Yo ni siquiera sabía quien era respecto al mundo y dejé de hablar con la gente de cosas importantes.
Olvide la idea de ser feliz en soledad. El no me molestaba. Ya ni gritos, ni llantos, las telarañas no nos dejaban ver quienes éramos. El diálogo se retomó muy pacifico :»Buenos días», «Buenas noches», «te amo».
_Yo también, le respondía y la espalda con espalda nos prometía que solo la muerte nos podría separar.
FRAN KMIL
Crisis de identidad.
No recuerda exactamente cuándo empezó a sentirse ajeno a todo. Tal vez fue el primer día en la prisión, cuando las miradas no buscaban su nombre, sino su piel, su acento, su manera de sostener el silencio.
Afuera sabía quién era: un inmigrante en busca de oportunidades.
Aquí, en cambio, todo el mundo pertenece a algo. Los blancos se agrupan en mesas que parecen trincheras; los negros ocupan el patio como si la tierra les correspondiera; los latinos… entre los latinos se supone que tiene su lugar. Se supone. Pero no.
—¿De dónde eres? —le preguntaron el primer día, sin curiosidad, con cálculo.
—Cubano.
No hizo falta más. Una pausa breve. Una sonrisa torcida.
—Ah… tú eres de esos.
De esos. No le explicaron qué significaba, pero lo entendió en la forma en que le dieron la espalda y dejaron de verlo como uno de ellos. Como alguien que no había sufrido lo mismo, y, de alguna manera, la vida le hubiera dado un atajo, un privilegio.
Los blancos lo miraron demasiado tiempo, como si intentaran ubicarlo en un mapa que no tenía su color de piel.
Con los negros no hubo rechazo abierto, pero tampoco espacio. Era un fantasma atravesando fronteras invisibles.
En el comedor siempre hay una silla libre a medio camino entre dos mesas. Nadie la quiere. Nadie la reclama. Esa es la suya.
Se da cuenta de que todos, incluso los que parecen seguros dentro de sus grupos, cargan con algo parecido. El blanco que exagera su dureza. El negro que no baja la guardia ni al dormir. El latino que finge no entender inglés para no traicionarse. Todos interpretando un papel.
Acostado en su litera, cierra los ojos e intenta recordar quién era antes. Pero incluso ese recuerdo se le escapa, como si perteneciera a otra persona.
Quizás nunca fue de ningún lado.
Quizás siempre estuvo en este borde invisible, incluso afuera.
En el comedor, se sienta en la misma silla. La de siempre. La que nadie quiere.
Come despacio.
Ese espacio vacío es su territorio.
PEPA HERRERA
CRISIS DE IDENTIDAD
El día que mi sombra quiso volar
Desde que tengo uso de razón, mi sombra y yo hemos sido un pack indivisible, algo así como el pan con tomate, el café con leche o las fresas con nata. Pero esa mañana, al levantarme, noté algo extraño, me sentí muy ligera. Enseguida me di cuenta de que mi sombra no me seguía.
—¿Vienes o qué? —le dije con cara de sueño.
—No. Hoy no —respondió con voz propia. Y encima con tono chulesco. Me quedé de piedra.
—¿Cómo que hoy no? ¡Ya te estás levantando! —exigí, ¡faltaría más!
—Que no, que estoy harta de seguirte. Que me aburrió. Quiero explorar mi propia identidad. No puedo ser tú todo el tiempo. ¡Necesito… espacio!
Mi sombra estaba teniendo una crisis de identidad. Y yo sin haberme tomado aún el café estaba alucinado.
Intenté razonar con ella…
—¡Pero si eres una sombra!
—¡Pues precisamente! —contestó cruzándose de brazos, lo cual fue muy curioso porque yo no estaba cruzando los míos.
—¿Y qué identidad quieres tener? ¡Siempre serás una sombra, la sombra de alguien! ¿No lo entiendes?
—Pues yo quiero ser libre,me gustaría ser bailarina, o influencer o quizá una sombra de alguien más alto. ¿Te has planteado lo limitante que es medir lo que tú mides?
—¡Oye que yo no soy tan baja, no te pases! —protesté. ¡No sabía si reír, llorar, o llamar a mi madre!
—Además, nunca me preguntas cómo estoy. Solo asumes que voy detrás de ti. Literalmente. ¡Encima que te hago compañía y tú pasas de mi cara!
—¡Pero si tu cara es la mía! ¡¡Eres mía!! ¡Eres mi sombra! ¡Me perteneces aunque no quieras asumirlo! Yo nací persona y tú, sombra, lo siento…
—Nooooooo, ya no… He dejado de ser tuya… — respondió dirigiéndose hacia la puerta con sus propias piernas.
La seguí por la calle, intentando que no pareciera que estaba como una cabra. Porque claro, ir persiguiendo a tu sombra no era muy normal…
Se paró en la plaza, e intentó sincronizarse con la sombra de un señor que paseaba a su perro.
—¡No encajas ahí, no lo ves! ¡Ahhhh, claro… si es que no tienes ojos! —le grité.
—¡Déjame en paz! —respondió, mientras el señor miraba a su alrededor buscando de dónde venía la voz.
Al final, después de varios intentos fallidos con varias personas, se convenció de que me pertenecía, que no podía estar sola y volvió conmigo.
—Está bien —dijo—. Ser tu sombra no es tan terrible. Pero te exijo un día libre a la semana y vacaciones en agosto.
Acepté. ¿Qué iba a hacer? No puedo ir por la vida sin sombra. ¡Parecería un vampiro!
Tras aquella crisis de identidad, ahora convivimos mejor. Ella tiene su espacio, yo tengo mi sombra de vuelta.
Y los domingos no la busco porque sé que está en la playa tomando el sol, lo cual no tiene ningún sentido, ¡una sombra no puede tomar el sol!
Pero ya no pregunto, no sea que se enfade conmigo y no vuelva nunca…
GUILLERMO ARQUILLOS
CAOS EN EL BOSQUE
Estimados radioyentes, la situación en el bosque ha entrado en una fase de desconcierto general. Los cerdos, que hace años se rebelaron contra el lobo constructor, ya no saben si son víctimas, héroes o estrellas invitadas en un reality. Uno de ellos incluso ha declarado que «igual soy príncipe, igual soy albañil, ya veré según el día».
El lobo, hasta hace poco magnate del ladrillo y del susto, atraviesa una desubicación existencial tan profunda que ni los búhos ni los demás psicólogos del bosque quieren ya tocar el caso. Esta mañana los cerdos lo han engañado y le han hecho creer que uno de ellos era una princesa dormida. Últimamente ha dejado de ser feroz y ahora confunde ambición con necesidad afectiva, por eso se acercó a besarla con la barriga metida y el ego fuera de control. En cuanto inclinó el hocico, recibió tal lluvia de escobazos y sartenazos que salió por la ventana sin recordar si era depredador, influencer o concursante de un talent show.
Cayó en una enorme mata de ortigas, se arrastró por el sendero y allí lo encontró el cazador, que también atraviesa lo suyo: dice que está «cansado de tanta violencia» y que siente que su verdadera vocación es la repostería. Conmovido por los lamentos del lobo, lo llevó a casa de la abuela para esconderlo y se marchó corriendo a buscar levadura.
Y aquí empieza lo verdaderamente inquietante, estimados oyentes.
El lobo aceptó disfrazarse de abuelita, sí, pero no como camuflaje: como proyecto personal. A los cinco minutos pidió una manta para las rodillas, un cojín lumbar y un poco de agua templada con miel «porque uno ya no está para sustos». La abuela, encerrada en el armario por seguridad, intentó corregirlo:
—Ponte la cofia más recta, que así pareces un descarado. No digas «caramba», di «Jesús bendito». Y, sobre todo, deja de enseñar los colmillos, que eso no es de gente fina.
Lo peor no fue que obedeciera. Lo peor fue que se lo tomó en serio: cuando se vio en el espejo, se recolocó la cofia con mimo, se alisó el delantal con ternura y ensayó un «hija mía» tan convincente que la abuela dejó de protestar por primera vez desde hace treinta años.
Mientras tanto, el bosque entero parece haber perdido el norte. Los árboles dudan si siguen siendo árboles o si deberían reinventarse como columnas de opinión. Las ardillas se preguntan si almacenar nueces no será una metáfora de algo más profundo. Incluso el río, según algunos testigos, ha empezado a fluir en zigzag «porque está explorando nuevas formas de ser agua».
A la hora de transmitir esta crónica, el lobo no ha mostrado intención de volver a su papel original. Cuando ha oído los pasos de Caperucita, no ha enseñado los dientes: sólo se ha preocupado por si la niña venía abrigada y si había merendado.
La situación es, por tanto, crítica.
Resumen de titulares: los cerdos se creen príncipes azules, el cazador quiere abrir una pastelería, la abuela dirige operaciones desde un armario y el bosque entero duda si sigue siendo bosque o si debería reinventarse como parque temático.
Y este corresponsal, para qué engañarnos, tampoco está en su mejor momento. Uno pasa tantos años narrando desgracias, persecuciones y emboscadas que empieza a preguntarse si no sería más sensato dedicarse a algo más tranquilo. El punto de cruz, por ejemplo, o la restauración de muebles antiguos. Algo donde nadie te grite, nadie te persiga y, sobre todo, nadie te obligue a entrevistar a lobos con cofia.
Seguiremos informando en cuanto haya novedades.
O en cuanto este cronista termine el precioso mantelito que está bordando, lo que ocurra antes.
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LVIS GARES
Pienso en tener ideas, algunas, no sé. ¿Un par?
Antes, no hace mucho de ello, me ocurría, miraba el título, dejaba un minuto de silencio y , de repente, como si nada, aparecía ante mi. Lista para ser contada, buscaba adjetivos, verbos y palabras no muy rebuscadas e intentaba armar una historia. En minutos tenía el armazón, en poco más de media hora estaba repasando, muy rápido, eso sí, errores y horrores de escritura y sin pensarlo le daba a ese icono azul donde bien claro pone eso de » Publicar».
El resto es historia. Algún me gusta, uno o dos comentarios o a veces más, depende de la inspiración del momento y deber cumplido. Era eso, un deber, una participación más, unas letras que eran mías y que con solo utilizar la imaginación formaban parte ya de mi vida.
Ya no es así, como bien dice el título, tengo una crisis de identidad. Me creo un corredor de élite, un negro del altiplano de Kenia y solo tengo tiempo para correr, seguir carreras, hacer ejercicios de pierna, de core y lesionarme de vez en cuando. No me he dado cuenta de la edad que tengo y que jamás ganaré nada , en mis sueños bato records y disfruto como un enano
Hoy, me he parado a pensarlo. Quizás por eso he escrito, tengo una edad donde pensar en correr carreras ya no debería ser prioridad, al menos bajar tiempos que es a lo máximo que puedo aspirar. Lo cierto es que lo sigo pasando bien y mucho me temo que mañana, a primera hora, me haga un largo de quince kilómetros, sienta el sudor en mi piel, pare el crono y lo compare con una carrera similar en una app donde esta lleno de gente como yo, locos que corren sin saber exactamente porque corren.
Hoy, eso sí, no he fallado y aquí estoy, escribiendo algo, quizás insustancial pero verídico como la vida. Posiblemente tenga otro parón y Maite, alguien que conocéis, cuando me lea , me dirá algo sobre que debo escribir más y se lo agradeceré como siempre hago pero no le hare caso, nunca se lo hago pero me alegra saber que esta ahí, como muchos de vosotros.
Ojalá fuera más fuerte e intentara mejorar en esto también pero yo creo que son rachas y ahora mismo ya sabéis. Yo, el que escribe, tiene una crisis de identidad, no me llaméis Lvis, llamadme Kiprino , me siento más Keniano, más cerca de mi objetivo.
Salud y kilómetros a todos, perdón y letras en este caso.
Lvis Gares
MAITE BILBAO
EFECTOS SECUNDARIOS
Giro la llave. El chasquido es seco. El pasillo huele a lejía y orina. Ya estoy en casa. Me quito el abrigo negro del tanatorio. Los hombros me suben dos centímetros.
Cruzo el pasillo. Oscuridad. Mis dedos buscan el interruptor del fondo. Hace tres días, desde esa penumbra, salía un hilo de voz:
—Carmen… —luego un silencio espeso—. Oye, tú… tráeme el agua.
Me quedo quieta con el vaso de plástico en la mano. Manuel mira la pared. Sus ojos pasan sobre mí; soy una mancha de humedad en el muro. Estoy detrás de él, frente a su nuca. Yo ocupo sitio en su inventario, no en su memoria. Soy una pieza más de la habitación.
Entro en el baño. El fluorescente parpadea. Abro el armario y vacío los estantes. Tiro las gasas, el alcohol y la montaña de pañales. Un estuche de cuero golpea el suelo. Lo recojo. La piel está fría. Abro la cremallera y saco el carmín.
Giro el metal. La barra roja emerge. Mis dedos, hechos a la gasa y al termómetro, fallan. El carmín choca contra mis dientes. Un golpe seco. El rojo se derrama por la comisura de la boca. Miro el espejo: no hay nadie al otro lado.
Voy a la cocina. Abro la nevera. Hay tres yogures y un puré frío. Cojo una cuchara. El metal pesa en mi lengua. Cierro la puerta. El zumbido del motor se detiene. Limpio el rojo con el dorso de la mano. El labio me escuece.
De mi garganta sube un aire que vibra:
—Carmen.
La voz rebota en los azulejos. Mi nombre no significa nada. Solo es aire que sobra en una cocina en silencio.
ALEXANDRA FERNÁNDEZ
La Fractura del Cristal
Elena se observaba en el espejo del tocador, aplicando una capa de maquillaje dos tonos más claro que su piel. Estudiaba la figura que había construido pieza a pieza para encajar en una sociedad de castas invisibles, donde el linaje pesa más que el talento. Hija de un ingeniero alemán y de una mujer cuya piel guardaba el sol de las costas africanas, Elena había elegido el destierro de su propia sangre. Se refugió en una torre de cristal de Baccarat, un éxito superfluo que brillaba con una luz fría y artificial.
El disparador ocurrió esa mañana, en la inauguración de una galería. Mientras sostenía una copa de champaña, una mujer de la alta sociedad se acercó a ella. —Elena, querida, tienes una estructura ósea fascinante… —dijo la mujer, recorriendo su rostro con una mirada clínica—. Casi parece… exótica. ¿De dónde dijiste que era tu familia materna?
En ese instante, el cristal crujió. La pregunta, inofensiva para otros, fue un proyectil en el centro de su mentira. Elena sintió un calor súbito trepando por su cuello, un sudor traicionero que amenazaba con derretir su máscara de porcelana. Por un segundo, el rostro de su abuela —el que ella misma había borrado de las fotos— se superpuso a su reflejo en los ventanales de la galería.
La crisis de identidad estalló. No fue un grito, fue un vacío. Sintió que sus manos ya no le pertenecían; que sus ojos azules (de contacto) le quemaban las pupilas. Salió huyendo, dejando la copa a medio beber, asfixiada por el perfume caro que ya no lograba ocultar el olor a miedo.
Horas después, en la penumbra del consultorio, el silencio era más pesado que el invierno de Manhattan. —¿Por qué las niegas, Elena? —preguntó su psicólogo—. Ocultas a tu madre, rechazas a tu abuela… niegas el mapa que te trajo hasta aquí. Esa presión es la que te está rompiendo.
—Las rechazo porque no me sirven —sentenció ella, aunque su voz temblaba—. En este círculo, la verdad es un lastre. He cosechado victorias, estatus y una cuenta bancaria que no entiende de ancestros. No pienso desprenderme de eso por un sentimentalismo barato.
—¿Crees que estás viviendo una vida honesta contigo misma? —insistió el terapeuta—. Esta crisis es tu cuerpo gritando que ya no puede sostener el peso de una extraña.
—¿Honestidad? —Elena soltó una carcajada seca, mientras se miraba las manos pálidas, buscando rastros de la otra mujer que habitaba en ella—. ¿Con qué se come eso? La honestidad no paga el alquiler en el Upper East Side, doctor. Prefiero ser una mentira exitosa que una verdad descalza.
Salió a la Quinta Avenida con el alma fragmentada. El viento azotaba su abrigo de cachemira, pero el frío venía de dentro. Al ver a una mujer afrodescendiente caminando con orgullo hacia ella, Elena bajó la mirada. Ya no era una reina en su torre; era una fugitiva de su propio espejo, esperando el momento en que el cristal terminara de estallar.
Al subir a su apartamento caminó hacia el vestidor. Un espacio aséptico, blanco, lleno de zapatos de diseñador y bolsos que cuestan una fortuna. Al fondo, en la caja fuerte, el rincón más oscuro del maletero, hay algo que no encaja. Elena, con las manos todavía temblando por la crisis, decide sacar esa caja que decía : basura, en ella las fotos de su abuela y su madre.
El apartamento está en silencio, pero ella siente que las fotos «gritan».
Con las manos entumecidas por un frío que no venía del aire acondicionado, Elena empuñó unas tijeras de plata. El metal frío chocó contra el cartón viejo con un crujido seco, rompiendo el sello de un silencio que había durado una década. Al abrir la caja, el aire aséptico de su vestidor en Manhattan fue invadido por un olor a humedad, a naftalina y a un pasado que se negaba a morir.
Allí, envueltas en papel de seda amarillento, estaban las pruebas de su «delito». Tomó una fotografía de bordes desdentados; la imagen estaba casi desvanecida, pero el contraste seguía siendo un impacto: su abuela, con la piel oscura brillando bajo un sol que Elena ya no recordaba, cargándola en brazos. La crisis de identidad, que hasta hace una hora era una teoría en el diván del psicólogo, se transformó en una tortura física.
Elena recorrió con su dedo índice, de manicura perfecta, los rasgos negroides de la mujer de la foto. Eran sus propios labios, su propia estructura ósea, la misma que la mujer de la galería había llamado «exótica». La culpa resonó en las paredes blancas de su habitación como un grito sordo. Había construido una fortuna sobre el cadáver de su memoria, y ahora, ese origen la miraba a los ojos, reclamando su lugar en la torre de cristal.
Sintió náuseas. El peso de la seda sobre su cuerpo le pareció de pronto una mortaja. Elena se dejó caer en el suelo, rodeada de zapatos de mil dólares y fotos de mujeres que habían trabajado la tierra con las manos desnudas. En ese rincón oscuro de la Quinta Avenida, la «trepadora» se dio cuenta de que no importaba cuántos pisos subiera: siempre estaría cayendo hacia el vacío de quien no sabe quién es.
Alexandra Fernandez B.
CARMEN BERJANO
Siempre me dijo que yo era un bicho. Que menuda pàjara estaba hecha. Llegó a decirme que era màs puta que las gallinas. Él, justo él, el más perro, el que sé movía menos que un gato de escayola.
Por si las moscas y sin echar ni una lágrima de cocodrilo, me comporté como un lince y no como una víbora. Y es que siempre he estado como una cabra, pero por muy bicha, sé quién soy: mansa como un cordero, noble como un caballo, achuchable como un osito, trabajadora como una hormiga.
Y no, mira no, está ruptura no me va a costar una crisis de identidad.
CESAR TORO
Despierto
entre sábanas de seda
el mundo es un oasis de paz
los problemas se acabaron
la comida alcanza para todos
el planeta es un lugar seguro
las guerras son cosa del pasado
han eliminado las fronteras
los niños juegan sin temor
los hijos cuidan a sus padres
las parejas se besan el la plaza
yo escribiendo sobre crisis de l…
Lastima…
Solo era un sueño.
LETICIA R MENA
CRISIS DE INSECTIDAD
Siempre fui el bicho raro de la familia, más interesado en los porqués del mundo que en intentar calmar el natural apetito insaciable como el resto de los míos.
Tal vez por eso no debería haberme sorprendido mi inevitable transformación.
Solía caminar por los rincones oscuros, reacio a alimentarme en cuerpo y alma de las basuras mundanas. Acostumbrado a ser señalado fuera del rebaño, he acabado comprendiendo que, si ser este bicho me disgusta, el bicho en el que desperté convertido no es mucho mejor.
El hallazgo de ciertas páginas maltrechas, lo que antes alguien hubiera llamado un libro, no fue más que el detonante.
Su negra tinta sobre el arrugado papel alimentó mi ser más que mil despojos pegajosos y malolientes.
A cada frase sentía menos propio mi cuerpo, más libres mis pensamientos, menos simple mi existencia irrelevante.
Ahora a ratos soy un bicho hexápodo, con mis cosas de bicho infecto propenso a hurgar en la basura y a corretear por los desagües; y otras veces, cada vez la más de ellas, soy un bípedo, no menos infecto que mi envoltura física original, algo más adaptado al mal llamado medio civilizado y menos dado a escuchar gritos de pánico cada vez que alguien me ve.
Confieso que la natural tendencia de mi apariencia original a la nocturnidad, no está tan bien visto en el nuevo traje físico. Se compensa con la temible apariencia de especie superior que no tiene necesidad de huir de chanclas o escobas.
Según mi entomopsicólogo, un escarabajo pelotero cuyo criterio pongo en duda dada su afición a la poesía victoriana, la lectura de clásicos profundos, y más aún si son de autores rusos, me está provocando una crisis de identidad insecto-humanoide que puede llevarme a la perdida total de mi propia identidad insectil. Incluso, en el peor de los casos, acabar convertido en un funcionario del estado de los que llevan traje y corbata todos los días.
A pesar de todo ello, mi pasión por seguir alimentando el alma con la lectura no ha disminuido.
Pero he llegado a una conclusión, por otro lado, creo yo lógica. No es buena idea leer a Kafka antes de dormir, puedes despertar convertido en un humano, o peor aún, en un humano pensante con ideas propias.
MANUELA CÁMARA
EL TRAJE EXACTO
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«No vemos las cosas como son, sino como somos» Anaïs Nin.
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Hoy me he probado tres nombres
como vestidos prestados
y ninguno me cierra a la espalda.
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Uno olía a infancia,
a manos que peinaban demasiado fuerte.
Otro sabía a hombre equivocado,
a noches donde fingía ser alguien
que merecía la pena quedarse.
El último, ese era mío,
pero me quedaba demasiado grande.
.
¿Quién sigue pensando cuando callo?
¿Quién despierta en mi sitio
cuando cierro los ojos?
.
He sido muchas:
la que espera,
la que huye,
la que inventa recuerdos
para no desaparecer.
Pero ninguna tan fuerte
como para llamarse yo.
.
¿En qué momento me perdí?
¿Quién fue quitando los muebles de mi alma
sin que yo gritara?
.
Me dicen «Sé tu misma»
pero solo soy un armario de versiones
fallidas.
.
La buena hija,
la fiel amiga,
la amante que espera,
la mujer que sonríe
cuando quisiera romper
todos los platos de la vajilla.
.
Y ahí las tengo en mi armario,
todas colgadas,
todas arrugadas,
todas a destiempo
y ninguna respirando.
.
A veces creo reconocerme
en el gesto de una desconocida
que cruza la calle sin miedo.
O creo escuchar una voz que viene de lejos
nombrándome como si aún creyera en mi.
.
Pero esta noche,
me he sentado al borde del silencio,
he deshecho el nudo de mi nombre
en la garganta del tiempo,
y me he sentado a esperar:
Sin moverme
hasta me encuentre
el traje exacto,
la voz que me pronuncia,
y el amor a mi misma
que vuelva a habitar
este cuerpo vacío.
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BLANCA CERRUTI
LLEGARÁ EL DÍA
Daniel no olvida aquellos Reyes Magos, cuando a su hermana le echaron la barbi enfermera y a él no le dejaron la barbi exploradora que había pedido, en cambio, le dejaron un fuerte lleno de soldaditos que no había pedido.
Cómo olvidar el grito de su padre cuando lo encontró jugando con su hermana y con una barbi en la mano. «¡Suelta eso ahora mismo y vete a tu cuarto a jugar con el fuerte que ya te he montado!». Recuerda cómo se tragó las lágrimas y sí, fue a su cuarto, se arrodilló delante del fuerte, pero no jugó con los soldaditos.
También recuerda lo que siguió. Su padre lo apuntó a un equipo de baloncesto, pero como se pasaba el tiempo en el banquillo lo sacó. Luego lo llevó a clases de judo; tampoco funcionó porque ni atacaba ni se defendía.
Así que le exigió la máxima nota en los estudios, centrado en ellos no se «desviaría». Y Daniel se «pegó» a los libros como una lapa, sin esfuerzo, porque estudiar le gustaba.
Han ido pasando los cursos y Daniel cada vez está más seguro de cómo se siente, sin embargo, no acaba de entenderlo. Su cuerpo es de chico, lo comprueba cada día en la ducha, pero a la vez, instintivamente, rechaza todo lo relacionado con los chicos.
—Hijo no nos cuentas nada, ¿cómo te va en el instituto —le pregunta la madre a la hora de comer.
—Déjalo en paz, mujer, —¿no ves que saca las mejores notas?
La madre calla por no enfadar al padre, pero ella ve que su hijo no es feliz.
La realidad es que, solo en clase de Lengua y Literatura se siente relajado. La profesora, Lucía, es también su tutora, y se preocupa por sus alumnos, tanto es así, que ha percibido que Daniel no es un alumno callado y aislado por prudente, intuye qué puede ser lo que le hace ser tan retraído. Así que intenta averiguarlo mediante un trabajo.
Al terminar la clase les dice: «Este fin de semana quiero que escribáis una reflexión sobre la crisis de identidad. Mira a Daniel, ve cómo se le enciende la cara y ya no tiene dudas. Ha de encontrar la forma de ayudarlo.
El lunes entregan los trabajos, cuando los haya corregido, si alguno quiere leerlo lo debatirán.
Cuando Lucía devuelve los trabajos. En el de Daniel, al lado de la nota, la profesora ha escrito: «Un trabajo excelente, Dani ». Nos vemos en la hora de tutoría.
Daniel no sabe cómo reaccionar, pero siente que, el nudo que le oprime el corazón, se ha aflojado un poco.
Al día siguiente, en la tutoría.
—¿Quieres que hablemos de tu trabajo? —pregunta Lucía sin mencionar su nombre.
Daniel respira profundamente:
—Profesora, yo no tengo una crisis de identidad. Sé lo que siento y cómo me siento, pero la sociedad en general y mi padre en particular, no me permiten vivir como soy.
Mi padre quiere «convertirme» en un hombre hecho y derecho y yo no tengo fuerzas para enfrentarme a él y oponerme.
Ojalá encontrara una salida, una puerta, aunque fuera falsa, que me permitiera ser Daniela, al menos para mí misma.
—La encontraré, Dani, te lo prometo. Eres muy joven y las cosas cambiarán con el tiempo, pero hasta entonces necesitas una salida para sentirte tú misma.
Pasada una semana, Lucía lo recibe en la tutoría.
—He encontrado «la puerta», Dani. Trabajas muy bien mi asignatura y te será muy fácil utilizarla para llevar una vida secreta contigo misma.
—¿Qué «puerta» es esa, profesora?
—Un diario íntimo en el que vuelques, cómo te sientes, lo que sueñas, tu esperanza de llegar un día a vivir tu vida sin que nadie te cuelgue una etiqueta por ser como eres.
Hasta entonces yo te llamaré Dani, intenta que los demás te llamen así, te sentirás más cerca de ti misma.
La propuesta de su profesora le parece una salida digna. Escribirá un diario en el que será Daniela, lo que le permitirá mantener viva la esperanza de que un día pueda serlo de pleno derecho. Y siente que, el nudo que le oprimía el corazón, se ha aflojado del todo.
Blanca Cerruti
ARITZ SANCHO MAURI
El cursor parpadea
Son las tres de la mañana. Alex lleva horas así, mirando el techo como si fuera a caérsele encima.
El apartamento es pequeño, pero está vacío. No hay nada aquí que lo sostenga. Solo el ruido de la ciudad entrando por las paredes, ese zumbido constante que no lo deja olvidar que afuera la gente duerme, vive, sigue. Él no.
Las sábanas están retorcidas. Él también.
El insomnio no es un invitado. Es un compañero de piso que no paga alquiler, que aparece cuando quiere y se instala en su cabeza con las patas sucias. El TDAH no es una palabra bonita para decir “soy diferente”. Es no poder parar. Es tener el cerebro en llamas y las manos quietas. Es saber que hay un código a medio escribir en el portátil, que Víctor lo miró ayer como quien mira un trasto viejo, y que esa risa en la iglesia vacía no era de nadie, solo el eco de su propia tontería por ir a buscar algo donde no hay nada.
Porque fue. El domingo entró en una iglesia sin saber por qué. Se sentó en un banco de madera que olía a cera y a abandono, y esperó. No vino nada. Solo el vacío devolviéndole la mirada. Y una pregunta que le clavó los dientes: ¿qué hace aquí un tipo como tú?
Ahora está en el suelo, con la espalda contra la pared fría. La almohada la tiró hace horas.
—Genio —masculla, y la palabra le sabe a mentira—. Nadie.
Nadie. Eso le pega más.
Hay días en los que se siente a punto de reventar, como si dentro llevara algo enorme que nadie ve. Y hay noches como esta, en las que se da cuenta de que lo único enorme que lleva es el silencio. Las sombras no tienen cara, pero están ahí. Lo miran. Le recuerdan que no tiene nombre para lo que le pasa, ni diagnóstico que alcance, ni dios que se lo explique.
Se levanta porque no aguanta más el suelo. La cabeza le gira. Enciende el portátil sin pensar. La pantalla negra lo devuelve reflejado, borroso, hecho pedazos.
No va a escribir nada. No sabe escribir lo que no entiende.
Pero el cursor parpadea. Y él, otra vez, espera. Como en la iglesia. Como siempre.
Esperando que algo, alguien, le diga quién coño es.
JUAN C VALTIERRA
Crisis de Identidad
El cartero
Por Juan C Valtierra
Aurelio Beas encontraba a cualquiera.
No necesitaba número ni calle. Treinta años repartiendo el correo en los ranchos le enseñaron que la gente existe aunque no tenga dirección. Nunca perdió una carta.
Eso decía él.
—
Cecilia mató la gallina el miércoles. Antes de que él dijera nada. Tres años sin temporal no mienten y el sueldo de cartero no alcanzaba. Cuando Aurelio encontró el recado en el papel de estraza ya había caldo en la lumbre.
en Uatsonvil sí ay pisca. que se apure antes de que cierre el tiempo.
Colgó el morral en su gancho. Luego lo descolgó. Metió adentro dos camisas y los pantalones del domingo. No otro morral. Ese.
Comieron sin hablar. Aurelio limpió el plato con la tortilla, su modo de decir que estaba bueno y también su modo de decir otras cosas que ninguno dijo.
Le pidió la bendición. Cecilia se la dio con la mano húmeda. Se fue por el camino de tierra sin voltear.
El caldo quedó en la lumbre. Lo tapó. Lo tiró cuando llegó la caja.
—
La caja olía a sellador, a algo frío. Pero debajo había otro olor. A ropa guardada. A sudor de trabajo seco. A tierra sin nombre.
No por el olor de él. Por la ausencia del olor de él.
Aurelio Beas. Sin domicilio fijo.
Firmó donde le dijeron. Esa noche le escribió la receta del caldo. La gallina bola, la vieja. El maíz de doña Trini. El epazote del macetón. El jitomate en el comal hasta que se levanta la piel. El hervor lento, destapado.
Y luego le dijo lo que no le había dicho esa mañana. Que había matado la gallina el miércoles, antes del papel de estraza. Que el caldo no fue casualidad. Que fue su modo de decirle lo que en el rancho no se dice. Que se fuera con algo bueno adentro.
Que limpió el plato con la tortilla y que eso también ella lo entendió.
Que nunca se lo dijeron. Que lo escribía igual.
Dejó el espacio de la dirección en blanco.
—
Dos años después empezó a ver una figura por el camino. Con el morral terciado. Con el paso de Aurelio. Llegaba a todas las casas. Don Lucio recibió carta de su hijo que llevaba siete años sin dar señas. La nuera de los Montoya recibió una que la hizo seguir tendiendo la ropa como si el mundo no se hubiera caído.
A su puerta no llegó ninguna.
Una mañana la figura se detuvo frente a su casa. Metió la mano al morral. Buscó. Volvió a buscar. Siguió de largo.
—
Cuando el cura nuevo le preguntó de quién era, abrió la boca y no salió nada. Toda la vida había sido la mujer de Aurelio Beas, el que encontraba a cualquiera.
Soy de aquí, dijo. Y cerró la puerta.
—
Las cartas siguen sobre la mesa. Las recetas también — el atole, el mole, el caldo de ese jueves. Todo lo que siguió cocinando sola.
En el correo hay un sobre con su nombre. Lleva años sin entregar. El que reparte ahora busca números en las fachadas.
Y el fresno grande ya se secó.
CARMEN ÚBEDA FERRER
La mariposa y la abeja
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Después de un frío invierno llegó una esplendorosa primavera repleta de perfumadas y coloridas flores, los trinos de los pájaros y los cálidos rayos del sol. Un airecillo acariciador se encargaba de transportar todas estas sensaciones a todos los rincones de aquel bosque encantado. Allí vivían las hadas, los duendes e infinidad de animalitos e insectos.
La Reina de las Hadas se sentía muy satisfecha de ver que todos los habitantes del bosque eran felices con las labores que les correspondía atender, al menos así lo parecía.
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Una mañana muy tempranito, cuando aún quedaban gotas del fresco rocío en las hojas de los árboles y en los pétalos de las flores, coincidieron en el mismo vergel, una mariposa y una abeja separadas por unas ramitas de distancia. Cada una revoloteaba con sus alas extendidas como si de una danza se tratase. De pronto se oyeron dos suspiros. La mariposa y la abeja se miraron.
-¿Qué te sucede? Se preguntaron la una a la otra a la vez. Y se pusieron a reír porque las dos habían hecho la misma pregunta.
-Contesta tú primero. Le dijo la abeja muy amable.
-Ay! Contestó la mariposa.
-Me siento tan inútil. Solo sirvo para polinizar las flores. Formo parte de un bonito paisaje y las hadas únicamente me nombran cuando tienen un mariposeo en el estómago o un revoloteo de mariposas en la cabeza, que en verdad no sé lo que significa. ¡Nunca quise ser mariposa! No soy feliz… En cambio, tú eres laboriosa y fabricas rica miel. ¡Te admiro! Mi deseo de siempre ha sido ser abeja.
-¡Ay! Exclamó la abeja. ¡Me siento tan cansada! Solo soy una obrera del panal. Es cierto que fabrico rica miel y cera que también se aprovecha. Es un trabajo muy cansado y desapercibido. Mi deseo siempre ha sido ser una mariposa tan linda como tú.
Así pues, decidieron ir a visitar a la reina de las hadas, para que con su magia blanca y poderosa, decidiera transformarlas. La abeja en mariposa y a la mariposa en abeja.
La Reina de las Hadas decidió atender sus vehementes deseos. No sin antes advertirles que, una vez realizado el hechizo, la magia ya nunca se podría deshacer. Extendió sus finas y blancas manos y cayó sobre ellas un polvo azulado de rutilantes estrellas. Al instante las dos se sintieron transformadas. Dieron las gracias a su majestad y salieron volando cada una a su nuevo destino.
Al poco rato de volar, la abeja que antes fuera mariposa quiso posarse en una flor, pero no manejaba bien sus nuevas patas, pues eran demasiado peludas y le pesaban. Tampoco las alas la ayudaban mucho, pues eran demasiado pequeñas y finas. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para sujetarse en el pétalo de una flor, pero terminó aterrizando en el suelo. Aún le queda mucho para adaptarse a su nueva identidad.
Trabajó arduamente durante toda la jornada; por último, se unió a otras abejas y las siguió al panal, esperando un merecido descanso, pero allí no se paraba ni un solo instante.
-Tenía razón la abeja. Es una vida muy dura y sin descanso. ¡Con lo regalada que yo he vivido! Pero la mariposa ya no podía volver atrás. Sería siempre la obrera de un panal.
Al cuarto día tuvo una idea. Trabajaría, pero con menos esfuerzo.
Volando de aquí para allá, había visto a través de las ventanas de las casitas de los duendes, ricos pasteles que despedían un aroma dulzón a canela y miel. ¡Eso es lo que haría! Atiborrarse de dulces. Quedaría tan llena que no tendría que hacer tantas idas y venidas para libar el néctar de las flores. Tal como lo pensó, lo hizo. Se coló por una ventana y fue directa hacia un pastel enorme, muy blanco y espumoso que parecía que la estaba esperando. Al instante, con horror se percató de que sus patas se encontraban pegadas en aquel dulce mejunje. Cuantos más esfuerzos hacía por sacarlas de allí, más se hundía. De pronto unas manos cogieron el pastel y sin más lo tiraron al cubo de la basura. Oyó una voz que decía. ¡Qué asco! Al paastel se le ha quedado pegado un insecto. A partir de ese momento se hizo la oscuridad y el silencio eterno para la mariposa que quiso ser abeja.
Por otra parte, la abeja que se convirtió en mariposa se creía inmensamente feliz y no paraba de pensar en la vida tan buena y descansada que iba a tener. Sería admirada por todos los habitantes del bosque por sus alas de lindos colores. Más pronto se dio cuenta de que no todo era lo que parecía. Sintió hambre y voló hasta un naranjo, pues aquella fruta era una de sus preferidas. Una naranja ya madura fue su objetivo, pero su lengua era más corta y no podía libar el jugo. Las alas le pesaban porque eran demasiado grandes y sus patas no la sostenían porque eran demasiado finas. Recordó que la Reina de las Hadas les había advertido que la magia era para siempre. Hambrienta y desanimada, no se dio cuenta de que había dejado atrás el bosque encantado. Se encontraba en un lugar desconocido. Decidió descender y descansar sobre una piedra cercana a un arroyo que le proporcionaría algo de frescor. No había terminado aún de plegar sus alas cuando la sobresaltó un ruido. Algo se movió a su alrededor. Cuando quiso alzar el vuelo, ya fue demasiado tarde. Cayó en la red de un cazamariposas. Dentro de aquella trampa la llevaron a un extraño lugar. Allí no había ni flores ni árboles. Sintió que con mucha delicadeza era cogida por alas. La sacaban de su encierro y la depositaban sobre un fino papel. Sin ningún miramiento fue atravesada por un vulgar alfiler. Se oyó una voz que decía: Esta será la más hermosa mariposa de mi colección.
Este fue el triste fin de una abeja que quiso ser mariposa.
Carmen Úbeda Ferrer.
FERNANDO LÓPEZ AGUILERA
El espantapájaros
El hombre sostenía con fuerza la garrafa. Cuando llegó al punto exacto, se detuvo. Clavó una rodilla en la tierra, desenroscó el tapón y, al incorporarse, dejó correr el líquido sobre la cosecha. Un insignificante gorrión revoloteó a su alrededor, como suplicándole que se detuviera. Pero el hombre, con un golpe certero, provocó el último vuelo del ave.
Antes de que esto ocurriera, al amanecer y como cada día, había salido al campo a trabajar. Mientras lo hacía, vio a lo lejos a alguien que agitaba los brazos con entusiasmo. Era su vecino.
—Vecino, lo he logrado. He firmado un acuerdo de colaboración que me dará tranquilidad por mucho tiempo —dijo el hombre, con una sonrisa que no se borraba de su rostro.
—Anda, qué bien —respondió él, seco, sin dejar de trabajar—. No hace ni dos años que estás en el campo… y, siendo de primera generación, ya has tenido éxito. Menuda suerte.
El silencio que siguió solo fue interrumpido por el fuerte piar de un pequeño gorrión de pecho anaranjado posado en una rama.
Tras la conversación, dejó su labor y entró en casa. Un portazo terrible hizo vibrar los cristales del salón. El hijo mediano se aferró a las faldas de su madre. Ambos esperaron inmóviles, como quienes aguardan a que pase la tormenta.
—Encima se regodea —gritó el hombre, sin saber dónde ir, apretando los puños.
Una ojeada a la aplicación bancaria de su teléfono le recordó cómo sus ingresos mermaban cada vez más, a pesar de ampliar sus esfuerzos y su tiempo.
Esa misma noche se encerró en el granero y comenzó a trabajar en algo. A altas horas de la madrugada, su mujer se acercó.
—¿Todavía sigues aquí? Es muy tarde. Deja eso y vente a la cama.
—No, aún no. Estoy terminando una cosa. Ahora mismo regreso.
Ella lo dejó allí, rodeado de botes y productos cuyo olor casi irrespirable le provocó un ataque de tos. Pero él seguía concentrado, perdido entre vapores y manuales de sustancias tóxicas.
De pronto, algo lo distrajo: el canto suave pero constante de un gorrión de pecho anaranjado posado en la ventana. Le resultaba extraño verlo a esas horas. Aun así, regresó a casa.
Día tras día, al salir del campo, iba directo al granero sin pasar por casa a cenar, donde su mujer y sus tres hijos lo esperaban. Aquello empezaba a robarle el sueño, como mostraban los pliegues bajo sus ojos. Pero había algo —un propósito— que lo alimentaba: la necesidad de terminar lo que había empezado.
Y cada noche, desde hacía tiempo, el mismo gorrión interrumpía sus planes con su canto, como si también cumpliera un propósito propio.
El tiempo pasó. Con los días, una sonrisa comenzó a dibujarse en el rostro del hombre. Una sonrisa desconocida para su familia, que los hacía alejarse cada vez más de él. Esa soledad se convirtió en refugio para completar sus planes.
Una noche más, con el gorrión como testigo, tomó la garrafa que tanto tiempo le había llevado preparar y salió con paso firme del granero, que parecía haber sido alcanzado por una sombra infinita.
Ya en el campo del vecino, se dispuso a verter el líquido. Pero algo lo detuvo: el gorrión de pecho anaranjado revoloteaba a su alrededor, como queriendo decirle algo que él no entendía… o no quería comprender.
Tras unos segundos de vuelo insistente, el ave realizó su último intento. Fue entonces cuando el hombre, usando aquello que una vez sirvió para acariciar, impactó contra la pequeña criatura dejando escapar su último rastro de humanidad.
Ya sin objeción de nada ni nadie, vertió el líquido sobre la tierra ajena. Mientras lo hacía, la sonrisa que lo había alejado de todos seguía fija en su rostro.
Con los primeros rayos anaranjados del alba, los pies del hombre se anclaron al suelo. Intentó moverse, pero no pudo. Y, ante su llanto callado, comenzó la transformación.
Contempló el último amanecer que sus ojos disfrutarían. Su cuerpo se convirtió poco a poco en raíces y ramas secas. La camisa de cuadros que llevaba se tensó sobre su cuerpo endurecido, como un laberinto del que ya no podría escapar.
La tierra húmeda por el rocío del alba se abrió ante él como tierras movedizas… hasta quedar convertido en un espantapájaros.