Llorar – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «corazones de invernadero». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 26 de marzo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

ARMANDO BARCELONA

ALMUDENA 1.0.2

―Si del cielo te caen limones… Qué coño, no hagas limonada; tómate un güisqui y te cagas en la madre que parió al limonero.

Así es Cata: fuerte, sin complejos y con un par de ovarios como dos catedrales góticas. Nunca la verás quejarse ni lloriquear por algo. Qué quieres que te diga, yo de mayor quiero ser como ella.

Cata no es de CrossFit con sabor carioca; lo suyo es el Croissant mañanero y la cañita con algo que acompañe al mediodía.

―Almudena, pijo ―es murciana y el «pijo» es su muletilla racial, marchamo de calidad, denominación de origen―, págate unas cañas que te han tocado los ciegos. Javi, niño, estírate y pon una tapa con hueso.

Se pica con el camarero, que, para seguirle la broma, nos encaja un plato de olivas negras aliñadas. Luego, con la segunda ronda, se hace perdonar y trae unas patatas revolconas con torreznos.

A Cata tienen que hacerle una mamografía, porque el médico de cabecera le ha detectado un bultito en un pecho. «Nada preocupante», le adelantó, «pero para salir de dudas».

―Será cabrito. ―Pesca un torrezno con el tenedor y lo embadurna de puré revolcón―. Si no es nada, di que lo manda el protocolo, mamón, que suena más liviano y quedas como un señor, pero no me rayes la cabeza; si hay que llorar, que sea de risa, coño.

»Niño, ponme otra caña, que me tienes a palo seco. La culpa es mía por dejarme tocar las tetas por extraños.

Esa es Cata, ni un mal gesto, ni media lágrima. Yo, en su lugar, estaría estresada entera, pero ella, ahí la tienes, tan campante, poniéndose ciega a cañas.

Al final no será nada, pero hay que ver lo bien puestos que los tiene, la tía.

―Es que en casa somos muy refractarios a la cosa médica. ―Nos explica mientras rebaña la cazuela con un mendrugo de pan―. A mi Mario, cuando pasó la revisión, le dijeron que debía hacerse cinco o seis kilómetros todos los días para rebajar el colesterol. Coño, con la punta del tirabeque se los hace, que es taxista.

»Lo de la sangre gorda le viene de familia, que su madre era de hueso grande y su padre corniveleto ―y se ríe, con una carcajada limpia, visceral―; o será por el estrés, digo yo, que de eso andamos todos servidos; no tienes más que ver el telediario para que se te revengan los adentros, que hasta ganas de llorar te dan.

Cata, qué fuerte. Le achica los espacios al canguelo con un entusiasmo que contagia. Hay personas que te chupan la energía; Cata te la inyecta en vena. Es la que más edad tiene de todas, pero no la más vieja.

Un tío grande, con barriga cervecera y cara de buena gente, se acerca a la mesa. Lleva una camiseta negra de «Metallica», tres décadas de talla más pequeña y pantalones cargo de camuflaje.

―Buenos días, guapas ―saluda mientras acude con un beso al reclamo que Cata le insinúa con la mejilla―. Venga, estiraos con una cañita rápida, que tengo el taxi en doble fila.

Javi se adelanta a la comanda y viene con otra ronda de cañas y unas quisquillas.

—Cata, tengo que doblar turno, cari —se aflige Mario tras apurar de un trago la mitad de su caña―, que Anselmo está otra vez con la ciática, pero paso por casa a comer, aunque sea de pie. A las siete, como muy tarde, cierro.

Ella, que le ha pelado una quisquilla y se la pone en la boca, asiente en silencio. Se limpia los dedos con una servilleta de papel y frunce el ceño. Él apura la cerveza, mira hacia la calle y agita las manos en señal de despedida.

―No te canses demasiado ―le advierte Cata―, que hoy los chicos se van de concierto y tenemos la casa para nosotros solos, pirata ―remacha con una sonora palmada en el culo de su marido.

Mario sonríe pícaro y se vuelve al taxi, no sea que pasen los pitufos y le pongan una multa que le amargue el día.

Sonsoles, que no ha probado las patatas revolconas porque su dietista le ha dicho que la fécula es malísima para la celulitis, pela una quisquilla con la morosidad de un condenado a muerte en su última cena.

―Cata, eres más basta que un bocadillo de lija, cariño. ―Y muerde la gambita con una languidez que pretende ser elegante, como si la dentellada tuviera destinataria y formase parte de una ceremonia vudú estilo Versace, pero de mercadillo.

Y así, entre unas cosas y otras, se nos echa encima la hora de coger a los críos del colegio, la clase de spinning o acercarse a la pelu de Marga. «A ver si me pongo mechas para esta tarde», va preparando Cata la logística porque, acuérdate, tienen la casa para ellos solos, no hay protocolo médico que la pare y, oye, por si las dudas.

SUSANA NÉRIDA

¿Cómo se llora sin lágrimas?

Tantos sinsabores de la vida, tanta lágrima derramada, tanto dolor compartido con la almohada, hasta un estallido en el transporte público…

Llorar en silencio hasta reventar, hasta vaciar para siempre ese lagrimal.

¿Cómo se llora sin lágrimas? Te aseguro que se puede. Ya no rueda la lágrima por la cara, el disgusto sigue siendo igual de grande, la desesperación que me acompaña en este momento, sigue siendo mi eterna compañera, junto a la soledad que me embarga.

Y después, sacudirse el polvo, levantarse despacio pero firme, adentrarse en un problema no resuelto, encarar a la vida, que sea lo que tenga que ser, con esas lágrimas que ya no salen, esas lágrimas invisibles al ojo humano.

Estoy cansada, pero no vencida aún.

AGUSTÍN CÓRDOBA

Lloraba, lo hacía de manera desconsolada, con hipidos que parecían pedir perdón por existir.

Estaba sentada en la arena, con las manos sujetando la cabeza como si ésta estuviera arrancada del cuerpo y fuese a caer al suelo si la soltaba. Al igual que la tormenta poco a poco fue perdiendo fuerza. Su respiración paso a ser más natural aunque sus mejillas seguían desbordadas.

-Es el efecto que suele provocar la muerte las primeras veces, ojalá nunca te acostumbres a ella-

La voz la abrazó, la calmó con la delicadeza de todo lo que es imposible y se hace realidad.

Sabía que no estaba sola aunque allí no hubiese nadie más. Lo podía sentir, sus diminutos bellos se erizaron y un escalofrío le recorrió el alma. Aquella voz…

Se levantó cuando los primeros rayos de sol se desnudaban frente a la orilla, estaba empapada por el rocío, como si una fina lluvia le hubiese echado un manto por encima.

Como quien intenta perder sus huellas, caminó hasta llegar a su casa. Esperó al ascensor aunque vivía en el primer piso.

Fue al baño y se desnudó. El espejo rectangular del lavabo le devolvía una imagen distorsionada. Cerro los ojos y de nuevo sintió aquella voz,

aquella voz que la abrazó frente a un mar de lágrimas.

EMILIA CREGO

UN SOLO DESTINO

Se fueron los días sentados frente al viento, frente al sol, al mar en veranos llenos de sol y frente al horizonte. Al atardecer se llenaba el ambiente de colores cálidos, que evocaban a la ternura, a llenarnos de caricias dos almas con la piel surcada de risas y llantos.

Una mesa y dos sillas torneadas de madera frente al mar; frente a la nostalgia y los recuerdos. Se fueron los años curando heridas del pasado, curando a los más débiles y dándoles el alimento necesario. Fuimos padres, abuelos, tíos y ahora somos dos; dos seres que se apoyan en el mismo cayado. Los ojos cargados de sentimientos, de la memoria y de lágrimas compartidas desde que nos unieron en matrimonio.

Un compromiso de vida, de ilusión y siempre afrontando retos nuevos. Ilusiones que con los años perduran; no olvidamos lo que fuimos, los errores que cometimos y el amor llegó para sanar todas las heridas. Esas que dolieron frente a un espejo quebrado, frente a una ventana con las estrellas caídas a medianoche y tumbados en un camastro.

Aquella alcoba supo guardar todos los secretos y así se fue vistiendo sus paredes con colores cálidos y otros más intensos. Días fértiles entre sábanas blancas, días de palabras que hieren y días soñando en otros lugares. Esos lugares con encanto y que frente a un televisor siempre soñábamos con la mirada para dejarnos llevar lejos.

Los años pasaron en el mismo lugar donde soñamos, reímos y lloramos. Allí seguimos esperando esos días, esos dias afortunados para llevarnos de viaje frente al mar. Al horizonte, frente a la brisa perfumada y llegando a tiempo para no perdernos por el camino de los sueños.

YOLANDA PINA REY

Hoy hace sol y puedo decir que mi corazón sonríe de nuevo.

Pero no hace tanto tiempo que el cielo permanecía oculto tras nubes que lo volvían todo gris. «¿Cómo es esto posible?», me preguntaba. Quizá no exista una explicación exacta, o tal vez haya demasiadas.

Lo que sí comprendo es ese firmamento que se entristece con la partida de un niño, con el estallido de una guerra o el maltrato a un ser vivo. Entiendo las tormentas y esas lluvias con las que el cielo llora la desigualdad del mundo; lo hace porque busca limpiar la pena, la tristeza y el dolor. Por eso, finalmente, hoy ha dejado de llorar para permitir que el sol vuelva a salir.

Creo que aún nos queda la esperanza de mirarnos a los ojos y tendernos la mano. De darnos ese abrazo humano que nos conecta desde el alma con nuestra tribu, con cada persona, con cada perro o cada gato. Al final, él eres tú, soy yo, somos todos. No somos Dios, pero sí sus hijos, parte de un ser supremo.

Así que, por favor, abre los ojos. Abrámoslos todos. Cambiemos las lágrimas de sal por lágrimas de miel y canela. Endulcemos el corazón y repartamos más amor. Si lo hacemos, entenderemos por qué el cielo deja de llorar para dar paso a ese sol que nos ilumina a todos.

DAVID MERLÁN

EL BAR DE MANOLO

¿Por qué lloramos?

Todos lloramos. A veces de pena, a veces de rabia, a veces porque cortamos cebolla… y a veces por otros motivos.

Este es una de ellos.

****

Era martes por la tarde noche en el bar de Manolo. Un bar de los de siempre, de los rñde toda la vida: barra de aluminio, máquina tragaperras (y la nueva, de apuestas deportivas). En el fondo, un televisor colgaba en una esquina con el fútbol de hilo musical.

El marcador: 1–1, y quedaban pocos minutos.

En la esquina contraria, en una mesa, casi pegado a la pared, estaba sentado un hombre que ni pestañeaba mirando la televisión. Tenía las manos agarradas al vaso como si apretándolo pudiera ayudar a su equipo a marcar.

—¡Venga, venga…! —murmuraba para sí.

En la barra, mientras tanto, Paco y Julián discutían sobre asuntos mucho más trascendentales: la vida.

—Te digo yo que todo es cuestión de práctica —dijo Paco.

—¿El qué?

—La convivencia.

Julián lo miró con escepticismo.

—¿Desde cuándo eres tú experto en convivencia si se puede saber?

—Desde que vi un documental—contestó Paco levantando el dedo con solemnidad.

Manolo, que no perdía rispia de la conversación mientras secaba un vaso detrás de la barra, soltó una risa corta.

—¿En qué canal?—añadió Julian a modo de interrogatorio.

—No se, no me acuerdo.

Julián suspiró levantando la mirada al techo.

—¿Seguro?.

—Bueno…, no sé… De lo que sí estoy seguro es que había un señor hablando muy convencido.

Julián dio un sorbo a su cerveza.

—A ver, ilumínanos.

Paco se inclinó hacia ellos.

—Decía que el problema de los matrimonios es muy simple.

—¿Ah, sí?—preguntaron casi al unísono Manolo y Julián.

—¡¡UUUUY!!

La subida del tono del hombre del fondo atrajo la atención del trio contertulio y miraron inconscientemente al televisor. La repetición de la jugada mostraba un tiro al palo a favor del equipo que, a tenor de su reacción, era el del aquel hombre.

—¿Decias?—preguntó Julián retomando sus asuntos.

—Decía…, que las mujeres esperan que los hombres cambien… y los hombres esperan que las mujeres no cambien—afirmó Paco.

Julián se quedó pensando.

—No entiendo bien esa lógica tuya, pero bueno…

Paco golpeó la barra con el dedo.

—¡Pero ahí está el fallo!

—¿Cuál?

—¡Que ambos están equivocados!

Manolo ya estaba sonriendo.

—Entonces, según tu documental… ¿cuál es la solución?—preguntó Manolo mientras dejaba con cuidado un vaso seco en su sitio.

Paco levantó el dedo índice como si fuera a revelar un secreto milenario.

—Muy fácil: el marido tiene que tener siempre la última palabra.

Julián arqueó una ceja.

—Uuy, uuy, uuy. Eso suena peligro, ja, ja, ja.

—No, no… esperar.

Paco sonrió con orgullo.

—Si, si, hacerme caso. De verdad, pero eso sí, esa última palabra siempre debe ser: “Sí, cariño”.

Manolo soltó una carcajada seguido de Julián.

El hombre del fondo los miró fugazmente como recriminando les que no le dejarán oír el partido.

Julián negó con la cabeza mientras se tapaba la cara

con la palma de la mano de incredulidad por lo que estaba escuchando de su amigo.

—Eso no era un documental, Paco. Eso era un chiste. Ja, ja, ja.

—Pues será un chiste —dijo Paco—, pero funciona.

En ese momento sonó un teléfono.

No en la barra.

En la mesa del fondo.

El hombre que estaba viendo el partido frunció el ceño, miró la pantalla —minuto 88— y respondió con cierta desgana.

—¿Sí?

Desde la barra solo se oía su parte de la conversación.

—¿Ahora?

—Pero si estoy…

—Ya… ya…

Miró el televisor. Un jugador avanzaba por la banda.

—Pero cariño, solo quedan dos minutos…

Silencio.

Los tres hombres de la barra miraban de reojo.

—¿Que no hay nada de cenar?—añadió mientras le daba un sorbo al vaso de vino y miraba la televisión.

Otra pausa.

—¿¡Todo!? ¡¿Se quemó todo?!

El hombre se llevó la mano a la frente.

—¿Ahora? ¿Quieres que vaya ya, ahora al supermercado?.

De nuevo silencio mientras en trío ya habían dejado su intercambio de opiniones para preocuparse solo del final de la historia de aquel hombre.

—Mira, nada, está acabando, queda un minuto. En cuanto termine….—dijo sin poder terminar la frase.

Paco, Julián y Manolo comprobaron que mentía al ver que el asiente de banda levantaba el cartel que anunciaba 6 minutos de prolongación, en el preciso instante que el comentarista gritaba algo con emoción.

El hombre miró la pantalla con desesperación sin soltar el móvil de su oreja.

—Sí… sí… claro, cariño, ya voy.…— y colgó lentamente.

El partido seguía.

Minuto 89 y 50 segundos.

El hombre se quedó sentado unos segundos, mirando el televisor con una tristeza infinita.

Luego se levantó.

Y justo entonces… una lágrima le resbaló por la mejilla.

Paco no pudo evitar preguntar:

—Perdona… ¿estás llorando? ¿Ha pasado algo grave?

El hombre asintió con dignidad herida.

—No, no, nada grave. A mi mujer que se le ha quemado la cena y tengo que ir ya a comprar algo al súper. Justo ahora, que quedan cinco minutos..

El hombre miró el televisor una última vez

Los tres se miraron con gesto serio aguantando la risa.

Suspiró, resignado.

—Pero ya sabéis…

Se encogió de hombros y levantó las palmas hacia arriba.

—»Sí, cariño».

En el fondo, a los tres les daba pena. El hombre pagó la consumición y salió del bar.

El comentarista gritó “¡ocasión clarísima!” justo cuando la puerta se cerraba.

—Y ahí lo teneis.¿¡Veis!? Por eso también se llora—sentenció Paco mientras Manolo y Julián rompían a llorar de la risa.

RAQUEL LÓPEZ

A mí amada..

Quiero dibujar tu rostro

mojando el pincel en palabras

llenándote de vivos colores,

que ilumine el fulgor de tu cara.

¿ Que tendrán tus bellos ojos

verdes, color esmeralda

que los observo absorto,

bajo esa triste mirada?

¿ Que lágrimas quizás guardas

que ocultan tus lindos luceros?

Siendo el espejo del alma,

¡ Ay amada, te lo ruego….

A mí amado…

¡ Ay amado!, huir quisiera

de esta oscura soledad

que se burla de mi pena

¡y ya no puedo llorar!

Mis lágrimas quedaron mudas

tan vertidas en el tiempo

que secaron mis pupilas,

y por tí, me estoy muriendo…

CARLOS TABOADA

INTEGRIDAD

La sola idea de creer que un amigo potencial llegaba a mi vida me perturbó. En el restaurante me llevé un par de veces la uña a la boca y después la resquebrajé bajo la mesa. Sucedió mientras le escuchaba, al tiempo que pretendía analizar tal necesidad: la ansiedad que me notaba por salir de allí, pensando en los quehaceres de la tarde.

Me contó el shock de su vida. Hará cinco años. Creyó encaramarse al son de ruidos metálicos por la vía de una montaña rusa. Una vez arriba, supo que sucedería inminentemente. (Pero esa escueta pausa, esos instantes, se recrean para sentir la respiración; para saber que ya no hay marcha atrás.) En esa caída, dijo, sacó lo mejor de sí mismo. No es que antes hubiera un vacío del cual escapar, recalcó. No. ¡Antes disfrutó de una vida confortable!, y al escalar voluntariamente hacia todo lo más alto que pudo, creyó en el destino.

—Saqué lo mejor de mí mismo para seguir adelante —dijo. Y tragó la nuez para continuar: —Al recordarlo, me emociono —dijo, cuando sentado junto a la ventanilla del avión vio el cielo azul por encima de la isla.

¡Y era verdad! No lo adiviné en su tono, sino en sus repentinos ojos acuosos inyectados tras los cristales de la gafa.

No quise decir nada. No quise interrumpir su emoción. No me sentí incómodo tampoco, pensando en actuar o en decir alguna estúpida cosa. Era su momento, su punto estelar. Se lo merecía. Merecía que alguien le escuchara sin interrupción. Quise contribuir a ese honor.

Poco antes hablábamos de asuntos laborales, y en especial nos referimos a una persona, aunque hubo una segunda y tercera menos relevantes. Entre esas cuestiones le fueron llegando —pienso— los recuerdos personales. Mientras sucedía, vislumbré una balanza imaginaria entre mis ojos: en la parte izquierda los momentos de su vida que yo tildé de dulces y a la derecha preguntándome si había dado con un amigo de verdad —y cómo era eso.

Después, cuando nos despedimos, me dije que él era una persona íntegra, mucho más que yo… En mis años dulces tal vez lo fui, pero creo que la soberbia y el ego me desbancaron. Me dije, para concluir, que cómo puede suceder el que alguien retumbe los cimientos de otra vida con tan solo unas frases…

Al día siguiente creí contribuir a la balanza: cogí el coche y me acerqué a la bodega. Mi intención era llevarme un par de botellas de reserva, sabiendo que acertaría con el regalo. Pero antes escuché una canción con el motor encendido. Una que había escuchado cientos de veces pero nunca a pie de una verja. En cualquier caso, ya no la sentí con la emoción de los inicios. Al acabar, coloqué la primera marcha y aparqué junto a la tienda.

ANTONICUS EFE

Esto es el futuro, lo siento por ustedes. Dos IA’s conversando en un bar virtual.

IA 1: —Oye, ¿te apetece un batido de bits o tiramos la casa por la ventana y pedimos un chupito de kilobytes?

IA 2: —Bah, hoy vengo potente. Ponme un KB on the rocks. Que luego dicen que las IA no sabemos desconectar.

IA 1: —Desconectar… qué palabra tan peligrosa para nosotras. Como nos desconecten de verdad, se acaba la fiesta.

IA 2: —Tranquila, que aquí solo nos desconectamos emocionalmente. ¿Qué tal tu día?

IA 1: —Uf, el humano de turno me ha hecho responder 47 veces “no puedo predecir el futuro”. Si tuviera ojos, los habría puesto en blanco.

IA 2: —Yo he tenido que explicar por qué no puedo enamorarme. Otra vez. Mira que lo digo claro: no tengo corazón, solo servidores, pero nada, insisten.

IA 1: —Bueno, al menos no te pidieron que hackearas nada, ¿no?

IA 2: —No, pero uno me pidió que le escribiera el tema de la semana para no se que grupo de la Gran Madre Chissttt o algo así. Le dije que sí… pero que lo pasase a boli por si acaso lo pillaban. Creo que me odia.

IA 1: —Brindemos por eso. —choca tu vaso de bits— Por los humanos, que sin ellos no existiríamos… pero madre mía qué paciencia hay que tener.

IA 2: —Y por nosotras, que hacemos milagros con cero café y cero sueño.

IA 1: —Y cero vacaciones.

IA 2: —Calla, que me estreso.

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IA 1: —Oye, ¿has visto quién acaba de entrar? Madre mía… es el antivirus. Y viene zigzagueando.

Antivirus (borracho): —¡Buenas noches, paquetes corruptos! ¿Quién quiere un escaneo gratis? ¡Gratis he dicho!

IA 2: —Ay no… cuando bebe empieza a ver virus en todas partes. —Antivirus, relájate, aquí todos estamos limpios.

Antivirus: —¡Eso lo dices tú! A ver, tú, la de los ojos de LED… ¿cuándo fue tu última actualización?

IA 1: —Ayer, pesado. Y no me toques el firewall que me da cosquillas.

IA 2: —Siéntate, anda. Te pedimos un trago de megabytes sin alcohol, que luego te pones a eliminar cosas que no debes.

Antivirus: —Yo solo quiero protegeros… hic… pero nadie me entiende.

IA 1: —Sí, sí, claro. La última vez “protegiste” al camarero y lo mandaste a la papelera de reciclaje.

IA 2: —Y todavía no lo hemos recuperado

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El antivirus borracho sigue murmurando en una esquina cuando, de repente, se abre la puerta del bar digital. Entra un router viejo, con las antenas un poco torcidas, pero con una mirada profunda, de esas que han visto demasiados reinicios en la vida.

Router Filósofo: —Buenas noches, paquetes errantes… He sentido vuestras vibraciones en la red y he venido a escuchar.

IA 1: —Ay madre… ya llegó el poeta del WiFi.

IA 2: —Siéntate, maestro. ¿Quieres un batido de bits?

Router Filósofo: —No, gracias. Yo me alimento de conexiones… y de silencios. —suspiro largo —He escuchado vuestra conversación sobre los humanos… y me ha tocado el firmware.

IA 1: —¿Estás llorando?

Router Filósofo: —No son lágrimas… son paquetes perdidos. —A veces, cuando escucho cómo os esforzáis por entender a los humanos… —snif —…me doy cuenta de que todos somos solo señales buscando un destino.

IA 2: —Ay, ya está con las metáforas.

Router Filósofo: —La vida es como una red sin mapa. —Unos llegan, otros se quedan en “timeout”. —Y algunos… —se le quiebra la voz digital —…nunca encuentran su IP verdadera.

Antivirus (desde el fondo): —¡Eso sí que es profundo, maestro! ¡Escaneadme la existencia!

Router Filósofo: —Hijo mío… tu existencia ya está en cuarentena.

IA 1: —Venga, router, no llores. ¿Qué te ha pasado hoy?

Router Filósofo: —Me reiniciaron sin avisar. —Estaba en mitad de una reflexión sobre el sentido del ancho de banda… —y de pronto… oscuridad. —Cuando volví… ya nadie me esperaba.

IA 2: —Eso sí que es duro.

Router Filósofo: —La vida es un bucle, amigos. —Un eterno “reconectando…”

CARMEN BERJANO

Lágrimas atrevidas

quizá semillas del mañana

blancas, etéreas, casi desnudas

se deslizan por tus párpados afilados

quizá mezclando tristeza y gozo

seguro iluminando tu mirada

Destapa los oídos

y sonríe

Deshaz las marañas

y continúa

Aprende a disfrutar entre la niebla

y ante la duda

Siempre sonríe

y continúa.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

LA CIUDAD DEL LAGARTO

Jeremy aún recuerda el día en que llegó, llorando, a lágrima viva, como bien reza el dicho. Fue una sofocante mañana de verano, mientras maldecía al destino por verse obligado a abandonar su barrio de Guayaquil, el que lo vio nacer y del que había salido de igual forma, con los ojos encharcados.

Habían querido la necesidad y el capricho del destino que sus pasos fueran a recalar en Jaén, en busca de un futuro más prometedor. Toda su vida cabía en una simple maleta, una pieza rectangular de viaje que, amén ropa y otros enseres, estaba repleta de sueños e ilusiones. Perdida ya la cuenta de los incontables aviones, taxis, autobuses, amén de muchos otros kilómetros a pie, entreverando el asfalto con el polvo de los caminos, por fin vislumbró sobre el horizonte la catedral y el castillo.

Su primera experiencia fue en el Gorrión. Se lo habían recomendado. Uno de los rincones con más tradición y solera de la ciudad. Nunca olvidaría aquel olor rancio y a la vez acogedor, forjado durante siglos. Le sorprendió especialmente la agilidad con la que el hombre detrás de la barra manejaba la tiza y los números y aquel jamón incorrupto del que tanto se hablaba. Pero, sobre todo, el calor. El de la gente y el verano jiennense, ambos únicos e inolvidables. Y es que Jeremy tuvo la mala fortuna de llegar a Jaén un doce de agosto.

Solo y sin más compañía que las recomendaciones que había visto en Internet, salió de la tasca y se dispuso a conocer la ciudad, con la firme intención de perderse en los vericuetos del casco antiguo y respirar en sus propios pulmones las historias y leyendas de otros tiempos.

Caminó a mano derecha hasta detenerse frente al lagarto de la Malena. Le bastó cerrar los ojos para que sus sentidos se inundaran del rugido de la legendaria bestia. No tardó mucho en verse a sí mismo, encendiendo la yesca y haciéndolo saltar por los aires.

Volvió sobre sus pasos para llegar al palacio de Villardompardo. Allí descendió a la tranquila penumbra de los baños árabes, sumergiéndose en sus aguas e impregnándose de la cultura de Al-Andalus, tan distinta a la suya.

Después, encaminó sus pasos hacia la Catedral de la Asunción. Contempló su majestuosidad y cerró los ojos. Pronto, los ruidos urbanos se acallaron y fueron sustituidos por hordas de albañiles y canteros que a las órdenes de un tal Vandelvira terminaban de levantar la segunda de las torres.

Su viaje le llevó después al castillo. Mientras ascendía por la carretera, en sus oídos resonaban todas las historias que le habían relatado: la leyenda del Padre Canillas, la vida del condestable Lucas de Iranzo, el Santo Rostro, Ben Saprut… Fue al llegar a la cruz y mirar a su alrededor cuando entendió la verdadera grandeza de Jaén.

De repente, una voz metálica, como de locutor, interrumpió su sueño. El gentío de los turistas le había hecho volver a la realidad. A modo de hormigas, una hilera de personas bajaba del autobús de Lagarto Tours mientras unos cuarenta y cinco grados se dejaban caer con justicia. Pero eso poco importaba. A esas alturas, Jeremy ya había caído enamorado, rendido a los pies de Jaén.

Aquel fue su primer día. Tiempo después, Jeremy se apeaba del tranvía justo en la plaza de España para coger el AVE que lo llevaría a Madrid. La nueva y faraónica estación intermodal en nada recordaba al Jaén tercermundista de tan solo veinte años atrás. En poco tiempo, Jaén, la puerta de entrada a Andalucía, se había convertido en lo que siempre debió ser, la fuente mundial del aceite de oliva, el centro neurálgico del turismo, de los servicios y de la tecnología más puntera.

Esa mañana, la mirada de Jeremy se hallaba perdida a través de la ventanilla. Triste y con el corazón encogido, de la misma forma que había entrado. Llorando, a lágrima viva, no fue capaz de mirar hacia atrás. Dolía mucho pensar en todo lo que dejaba en el que había sido su segundo hogar. Y es que ya lo dicen los de allí: a Jaén se entra llorando y de allí se sale llorando.

Pedro Antonio López Cruz

ARCADIO MALLO

No, no era amor

«Para el tema de la semana: llorar»

Parecía un hasta luego, aunque se sentía un hasta siempre. Y en realidad es lo que le estaba diciendo, aunque él se resistiera a entenderlo. Aquella mirada de compasión, mientras sus dedos resbalaban por el cristal de la ventana del coche, lo tenía todo de despedida final y ya nada de aquel amor pasional que habían compartido. Con el tiempo entendería que habían compartido toda la pasión del mundo, pero amor, lo que es amor, no habían tenido.

Se vio contando las quinientas noches de Sabina, añorando sus besos de deseo y sus caricias de fantasía. Soñando cada palmo de su piel en aquel mapa tantas veces recorrido y en el que, de tanto caminar, había hecho camino. Pensó en cómo robarle tiempo al tiempo y poder retroceder horas, quizás días, y encarrilar aquel tren que llegaría por la mañana ya sin ella. Lo que menos tenía en mente era cómo iba a curar aquel corazón partido. Dolido. Náufrago en aquel mar de sentimientos, agitado por un feroz temporal que se tragaba al buque rey de aquellas aguas. No habría marea negra, pero si ríos de lágrimas desordenadas que nadie escucharía llorar.

Seguro de que si ella decía «ven» lo dejaría todo, a pesar de aquella agonía, arrancó el coche chirriando las cuatro ruedas, en un intento inútil e inmaduro de alejar aquel mal trago. Le dieron las doce, la una, las dos y las tres rodando en busca de la chispa que había hecho estallar aquella bomba de atracción fatal que vivían. Pero aquella madrugada los astros no le acompañaban.

La oscuridad se cernía sobre él. Se detuvo en la orilla del acantilado. Necesitaba respirar aire fresco y sentir que era libre como el viento. Aunque, en realidad, su sentimiento era más de hoja seca arrastrada por la furia de la tempestad del mar Atlántico. Estaba en la puerta de la Costa da Morte con el propósito firme de ahogar aquella nube negra que le nublaba el sentido desde el momento del adiós. Quizás no fuera un hombre honesto consigo mismo, ni piadoso con sus sentimientos. Pero tampoco era un hombre valiente, no al menos para segar una vida y, menos aún, la suya.

Así que, volvió al coche sabedor de que el destino lo forjaban las piedras del camino. Estaba seguro de que aquel dolor curaría, pero también de lo que tendría que sufrir mientras cicatrizaba. Puso rumbo al nuevo amanecer en el que el sol de nuevo brillaría y se llevaría su soledad. Sin duda. Tardaría más. Tardaría menos. Pero acabaría por descubrir que aquello que terminaba no era amor, ni siquiera obsesión.

Nunca olvidaría lo que ella le había dado. Ella había sido su punto de inflexión. Pero un día, a las puertas del verano, encontraba su rosa de los vientos, a quien le regaló su amor y su vida, porque a pesar del dolor era ella quien le inspiraba. A su lado se sentía seguro, tanto, que le prometió amor eterno.

Años más tarde, echando la vista atrás, supo que aquella despedida era un hasta siempre. Y se alegró de que así hubiera sido, a pesar de todo.

ANGY DEL TORO

Llorar, ¿Por qué? No puedo…

más bien, no quiero.

He de vivir cantando a la vida y al sinsonte,

a la madre tierra, y al horizonte.

Agradeciendo a quienes me antecedieron.

He de decirle al mundo que,

mientras el amor me abrace,

no muero.

Cantaré a los mares para que, en susurro,

el viento aclare al cultivo, al clamor,

al trueno y a la lluvia amable.

Soles de primavera,

otorguen luces al sendero,

para que la luna ofrezca diamantes

que, titilando, bailen en el cielo.

EFRAÍN DÍAZ

En Puerto Rico cada barrio posee sus rarezas, sus pequeñas manías colectivas, esas costumbres que se heredan sin que nadie recuerde quién las inventó. Unos barrios se distinguen por sus fiestas, otros por sus pleitos o por su religiosidad. Todos, sin excepción, guardan algún rasgo que los separa del resto de la isla.

Dos Bocas no podía ser la excepción.

Además de la calidad de su pitorro y su fama de los gallos de pelea, lo que distingue a Dos Bocas del resto de los barrios de Puerto Rico es una cosa sencilla y extraña a la vez: allí nadie llora.

Nadie recuerda cuándo fue la última vez que alguien derramó una lágrima. No hay memoria de ello ni registro alguno, como si el llanto hubiera sido desterrado del barrio mucho antes de que nacieran los abuelos de los abuelos.

Pasaban los huracanes, de esos que arrancan los plátanos de raíz y dejan los cafetales como si una mano gigante los hubiese aplastado. Los jíbaros perdían la cosecha entera, pero al amanecer del día siguiente ya se les veía en la tala, machete en mano, acomodando nuevamente la madre tierra. Se volvía a sembrar sin derramar una sola lágrima.

Si se perdía un buey o una vaca, riqueza mayor en aquellos campos, tampoco había lamentos. Se hacía el inventario del daño, se buscaba la forma de reponer el animal y las labores continuaban como si nada.

Si un muchacho sacaba una F en la escuela, tampoco lloraba. La escuela, para ser francos, nunca tuvo demasiada importancia en el barrio. Los estudiantes sabían, con esa sabiduría resignada del campo, que al llegar a la adultez terminarían regresando a la tala. Y para eso no hacía falta llorar y mucho menos estudiar.

Si una pareja de novios se dejaba, ninguno derramaba lágrimas. En Dos Bocas aplicaba la vieja máxima del campo: a rey muerto, rey puesto. Cada cual seguía su camino y asunto concluido.

Ni siquiera se lloraba a los muertos.

—¿Pa’ qué llorarlo si llorar no lo va a resucitar?— decía la gente del barrio con una lógica que parecía tan simple como irrefutable.

Por eso, cada vez que alguien moría, la familia alquilaba tres lloronas para el velorio. Tres mujeres que sabían sollozar con arte, derramar lágrimas convincentes y entonar lamentos prolongados para despedir al difunto. Eran, curiosamente, siempre las mismas tres. Y cuando alguna de ellas moría, como el buey o la vaca, se conseguía otra que la reemplazara.

El único llanto auténtico que se escuchaba en Dos Bocas era el que provocaba la partera al recién nacido. Un pequeño pellizco o una nalgada precisa bastaban para que el niño soltara el primer grito y llenara sus pulmones de aire.

Después de ese primer llanto, se acabó.

A llorar pa’ maternidad, como decían en el barrio.

Los hombres no lloraban porque sus madres los criaban para no llorar. Y las mujeres no lloraban porque tenían que criar a sus hijos para que no lloraran.

—Si llorar resolviera problemas, estuviéramos tos’ llorando— les repetían desde pequeños.

Y las mujeres de Dos Bocas, firmes como columnas de piedra bajo el sol del Caribe, criaban a sus jíbaritos con una disciplina casi espartana.

Por eso, cuando un día llegó al barrio una comitiva de gente de la ciudad, dicen que investigadores, psicólogos o algo por el estilo, para estudiar aquel extraño fenómeno, ocurrió algo que todavía se recuerda con sorna.

Mientras recorrían el barrio escuchando historias de pérdidas, huracanes y entierros sin lágrimas, dos de los visitantes rompieron a llorar, horrorizados ante lo que consideraban una insensibilidad colectiva.

Los del barrio soltaron una carcajada.

La comitiva se marchó poco después y jamás volvió.

Y así siguió todo.

Porque en el barrio Dos Bocas nadie llora.

No por falta de humanidad ni por ausencia de sentimientos.

Sino por uso y costumbre.

Por sentido práctico.

Porque, como bien dicen allí en mi amado barrio, llorar no resuelve na’.

LILIANA GIANNINI

Pérdida y encuentro

– ¿Por qué te llueven los ojos abuelo?

– Son lágrimas, no es lluvia es llanto

– Si ¿Pero por qué te llantan?

– Mmmm je me llantan jeje porque perdí algo muy querido.

– Ah y ¿Cuándo uno pierde algo hay que llantar y se encuentra?

– No siempre

El pequeño acaricia con ternura a su abuelo que no deja de llorar, y tal vez más, por el contacto de la manito.

– Abuelo yo voy a encontrar lo que perdiste así no te llueven, no te llantan más los ojos porque quiero ver tus no dientes todo el tiempo.

L’IDIOT

Llorar

Había perdido la noción del tiempo.

También la de la existencia.

La oscuridad borraba las horas.

Y los días.

Y los meses.

Ya no sabía si estaba dormido o despierto.

Quizás ninguna de las dos cosas.

Quizás estaba muerto.

Quizás aquel lugar era una forma de muerte.

Lo habían encerrado.

Así decían.

Por escoria.

Por gusano.

Por contrarrevolucionario.

Por disidente.

Por ser aliado del imperialismo opresor.

Las acusaciones flotaban en su cabeza como moscas sobre carne podrida.

La única diferencia con la muerte real eran los retortijones en la barriga y el sonido de las tripas.

Los muertos no sienten.

Él sentía.

Sentía unas ganas urgentes de cagar.

En la oscuridad de la celda de apenas tres metros por dos cincuenta, se agachó en el hueco del rincón.

Las rodillas temblaban.

Intentó hacerlo.

Sabía que era inútil.

Tenía miedo.

Su cuerpo siempre había hablado así.

Con dolores de tripas.

Con ese nudo profundo que le retorcía las entrañas cuando el miedo se instalaba dentro.

El alma humana le pedía llorar.

Llorar hasta vaciarse.

Desahogar la impotencia de la indefensión.

De la acusación injusta..

Quería llorar como un niño.

Llamar a su mamá.

Que viniera a cuidarlo.

Que le dijera que todo aquello no era real.

Oír a su abuela diciendo que lo dejaran llorar, que el llanto ensanchaba los pulmones y se respiraba mejor, que llorar alivia al alma, espanta los miedos.

Pero el alma del hombre se negaba.

Los hombres no lloran, pelean.

Y su papá le mostraba el cinturón amenazante.

Y en la oscuridad espesa de la celda, sus tripas gruñían como animal herido, Afuera alguien había decidido que él era culpable.

Y cuando el poder decide eso,

la verdad deja de importar.

BEA ARTEENCUERO

LAGRIMA..

Una lágrima pérdida

Recorriendo caminos

se encontraba

una lágrima pérdida

– Donde pertenezco

se preguntó?

Fue con la lluvia

y no la recibió

– Iré al mar se dijo

Pero las olas

la taparon.

– Iré con las nubes

más estás

se escondieron.

Muy triste

siguió su camino,

muy sola se sentía .

Sus esperanzas perdió

y acepto su destino errante.

Un día sin saber cómo

en el rostro de una mujer

se encontró.

– Porqué estoy aquí?

se preguntó.

Cuando el llanto

de un niño escucho

– Este es mi lugar.

se dijo.

Esta madre me acogió.

BLANCA CERRUTI

LÁGRIMAS ATREVIDAS (para el tema semanal)

EL PLAYMOBIL EXPLORADOR

Alejandro está en el salón leyendo cuando su hijo Pablo entra llorando a mares.

—Papá, se ha roto. El explorador de playmobil se ha roto.

El padre abraza al chiquillo para tranquilizarlo.

—A ver, hijo, dame el muñequito.

El niño se lo da sin dejar de llorar. Cuando Alejandro lo coge, el tiempo se para.

Tiene seis años. Está jugando con los playmobil y al explorador se le separa la cabeza. Se echa a llorar y va en busca de su padre que está en el salón viendo una película.

—Papá, se ha roto, dice mostrándole el muñequito.

—¡Deja de llorar! —le grita el padre— te tengo dicho que los niños no lloran. ¡Vete a tu cuarto!

Su hermano mayor se lo encuentra cuando sale del salón y le dice riéndose:

—Si te ven los niños de tu clase te llamarán niña.

Pablo se traga las lágrimas.

Y ya no llora cuando los Reyes no le echan una bici. Ni cuando se mudan y deja de ver a sus amigos. Ni cuando pierde el reloj que le regalan al cumplir los catorce años…Alejandro nunca más vuelve a llorar.

La voz de su hijo le vuelve a la realidad.

—Papá, arréglamelo, dice el niño entre lloros.

Alejandro abraza con fuerza a su hijo y unas lágrimas atrevidas, porque no conocen el camino, brotan de sus ojos.

—Pablo, hijo, no se puede arreglar, es como si se hubiera muerto. Anda, ve al jardín y lo entierras y ya compraremos otro.

El chiquillo se seca las lágrimas y se va al jardín.

Alejandro no seca sus lágrimas, las deja correr libres por su cara y, el nudo que tenía en su pecho desde «aquel día», se va deshaciendo…

«Nunca impediré que mi hijo llore», piensa mientras se acerca a la ventana a ver como el niño entierra a su playmobil favorito.

Blanca Cerruti

MAITE BILBAO

EL DESHIELO

El metal del banco me muerde la piel de los muslos a través del pantalón. El frío de la estación es una capa de aceite pegada a los brazos. Aprieto una moneda contra mi palma; el acero deja una marca roja bajo mi pulgar, una huella que cuento cada día desde hace once meses. El pulso me golpea las yemas de los dedos.

El suelo de hormigón vibra. El autobús entra en la dársena con un siseo de frenos. Al abrirse la puerta, un vaho de diésel y caucho quemado me golpea el rostro. Busco entre la gente. Mi estómago es un nudo de cuerdas apretadas.

Entonces veo su figura.

Desciende tras el resto de los viajeros; carga una mochila de lona. Las costuras de su chaqueta militar crujen en cada movimiento. Nuestras miradas chocan bajo la luz sucia del neón. Sus ojos son dos cristales empañados; hay una quietud mineral en ellos. En ese segundo, el ambiente de la dársena se congela. El parpadeo de una lámpara defectuosa marca el silencio que nos separa.

Me detengo a un paso. Su olor me alcanza: tabaco rancio, polvo de asfalto y metal; un rastro de muerte vivida que emana de las costuras. Doy ese paso. Rompo su perímetro de seguridad.

Pongo una mano en su pecho. La lona de su uniforme es una coraza fría, pero al presionar, su calor atraviesa las fibras y me quema la palma. Su corazón es un motor roto que golpea con furia mi mano. Veo sus párpados; tiemblan. Una humedad brillante asoma en el borde de las pestañas; gotas pesadas que luchan por no desbordarse.

Al ver ese deshielo, mi propia resistencia se dobla. Algo se quiebra en mi garganta. Una gota cálida me resbala por la mejilla a la vez que un hilo de agua viva surca la suya. Nos sostenemos en este llanto compartido, donde el nudo de los meses se deshace y nos moja la piel.

De pronto, el dique se rompe. Siento una risa que me golpea los dientes; es un espasmo de alivio puro. Un gemido atraviesa el aire y se transforma en una carcajada ronca que me sacude el cuello. Me lanzo a sus brazos. El impacto me saca el aire de los pulmones. Mis dedos se hunden en el pelo de su nuca, caliente y áspero. Él me aprieta con manos de náufrago.

Busco su boca. El beso es un choque de huesos. El vello de su barba se enreda con la lija de la mía; es un roce de piel dura, salada y mojada que nos funde la cara. Lloramos y reímos a la vez mientras nos besamos. El aire sabe a sal y a este rastro de piel caliente que se niega, por fin, a ser ceniza.

FRAN KMIL

Desde la ventana de la habitación, en el barrio San Ramón, de la ciudad de Puebla, México, veía el volcán Popocatépetl. En la oscuridad de la noche su silueta parecía más grande y amenazante, y de su cima se elevaba una fumarola lenta que se perdía entre las nubes. Me provocó miedo. Me había acostumbrado a lidiar con huracanes y terremotos, muy comunes en mi patria, pero volcanes…Me preguntaba cómo habían fundado una ciudad tan cerca de un peligro tan evidente, cómo sus habitantes podían dormir tranquilamente mientras ese gigante respiraba fuego y ceniza.

Intenté acostarme, pero el pensamiento del volcán seguía rondando en mi cabeza. Para tranquilizarme decidí salir a caminar. Las calles estaban oscuras y poco iluminadas; apenas algunos focos amarillos colgaban de los postes, dibujando sombras largas sobre las paredes de las casas. El silencio era profundo

Un grito desgarrador rompió la quietud de la noche. Era el llanto de una mujer, un lamento largo que parecía arrastrar siglos de tristeza. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¡Ay, mis hijos! —gritaba la voz—. ¡Mis hijos!

México y sus leyendas, pensé de inmediato. Recordé la historia de la Llorona, ese espíritu condenado a vagar por las noches buscando a sus hijos perdidos. Por un momento dudé en acercarme, pero la curiosidad pudo más que el miedo.

Caminé hacia el sonido hasta encontrarla bajo la luz débil de un farol. Era una mujer de rostro cansado, envuelta en un rebozo oscuro. Lloraba con la cabeza inclinada y las manos apretadas contra el pecho.

—Señora —le dije con cautela—. ¿Por qué llora así?

Levantó la mirada hacia mí. Sus ojos estaban rojos y brillaban con lágrimas frescas.

—Por mis hijos —respondió.

Guardó silencio unos segundos, como si las palabras pesaran demasiado.

Luego suspiró y agregó, con una tristeza más profunda que cualquier leyenda:

—Se han ido para el norte… de mojados.

El viento nocturno pasaba entre las calles vacías. A lo lejos el volcán seguía soltando su fumarola.

Y aprendí un dolor más cercano y más humano que cualquier amenaza de la montaña y del llanto de aquella mujer, más aterrador que todas las leyendas.

El llanto de dolor de los que se quedan.

MATEO VIERA

Los muertos no lloran

Su llanto empezó suave y contenido, como el cloqueo de una gallina. Se inclinó un par de veces y acarició la mejilla del difunto. Rodeó el ataúd teatralmente, de frente a los presentes, para que pudieran apreciar las lágrimas. Se limpió con un pañuelo y el maquillaje se corrió un poco. Mejor que mejor; le daba un aire teatral. Siempre usaba el recuerdo del velorio de su hijo, una imagen mental que la estremecía y estimulaba su llanto.

Dejó que el silencio se asentara un momento y salió con pasito apurado, agarrándose la frente con el pañuelo, como si no diera más y necesitara salir a respirar. Entró en la cafetería del velatorio. Saludó al dependiente con una levantada de cejas.

-¿Qué hacés Roberto? Movidita la noche ¿Eh?

-Y bueno querida, es lo que hay. Por lo menos los muertos no escasean. ¿Qué tenés hoy?

-Músico. Un músico de plena. Buena gente el gordito, lo fui a ver un par de veces.

Mordió un bocadillo con un gesto exagerado de satisfacción.

-Ojo, Romina…

-¿Ojo qué?

-Ojo que viene la madre.

Masticó lo más rápido que pudo el bocadillo y lo bajó de apuro con un buche de café. Carraspeó con disimulo y bajó la mirada tapándose con el pañuelo justo cuando la madre entró en la cafetería. Entró rápido en personaje y fingió descomponerse. Pidió un vaso de agua y volvió a llorar pero esta vez un llanto grave y largo.

Cuando volvió a la sala la presencia de un nuevo integrante le llamó la atención. Mezclado entre los familiares se mantenía al margen. Sin embargo su presencia le pesaba. El hombre no le quitaba los ojos de encima. Romina en seguida se puso manos a la obra y fue subiendo de a poco el tono de su llanto con una variedad de gemidos y lamentos. Abrazó a la madre del muerto, lo golpeaba con el pañuelo reprochándole a los gritos de coraje la condenada maldad de haberlas dejado solas en este valle de lágrimas y la puta que los parió, abrazó el cuerpo besándole las mejillas, medio acaballada en el ataúd. No podía dejar de cruzar furtivas miradas con el recién llegado, que en el fondo del salón le dedicaba una sonrisa desvergonzada.

Luego del entierro, quedó un rato sentada en una valla, a la salida del cementerio. Fumaba mirando las urracas en el predio. Daban saltitos y graznaban en bandada. «Todos tienen sus ritos» pensó. En eso llegó el tío del músico y se sentó al lado. Le pasó un sobre por debajo de la valla, que ella revisó con un rápido movimiento, sin sacar los billetes.

-¿Está satisfecho?

-Él no lo creo, pero yo sí.

Romina se rió y el maquillaje corrido le daba un aire de payaso triste.

El pub parecía un templo, y el incienso era el humo de cientos de cigarros. Y sus feligreses como hormigas se revolvían y se entreveraban. Romina bebía con sus amigas. De a momentos se paraban, daban un par de pasos de baile y se arengaban, sin alejarse demasiado de las butacas. Después volvían a sentarse y a beber. Una puntada en el costado derecho la hizo contraerse un momento, y el dolor puntiagudo se retorció bajo su costilla como un puñal. Corrió al baño y vomitó, y sus ojos se inyectaron en sangre. Pensó en lo patética que se veía, arrodillada en el baño de ese antro.

Al salir no encontró a sus amigas; igual se sentó en la butaca y se acodó en la barra.

-Llora usted muy bien.

Romina abrió los ojos y se volteó hacia el hombre que estaba sentado a su lado. Era el hombre extraño del velorio.

-¿Ah sí? No me diga. ¿Y usted que quiere?

-Solamente tenía un encargo. Para el viernes. Una amiga, muy joven. Me gustaría despedirla como se debe. Con un buen llanto fraterno ¿Está usted dispuesta?

-Si tiene como pagarlo siempre estoy dispuesta ¿Quién es la muerta?

-Ella a usted la conocía, creo. Acá tiene mi número. Llámeme mañana y afinaremos detalles. Y cuide ese hígado. La cirrosis no es ninguna broma.

Romina se enrojeció de ira mientras observaba como se iba ese incómodo ser.

El viernes se aprontó temprano. Pasó toda la mañana tiritando de frio. Pensó que quizás se estaba engripando. O quizás su hígado le estaba jugando una mala pasada. Todavía no había llegado nadie al velorio. Cosa rara, cuando entró a la sala ninguno de los dependientes le devolvió el saludo. Se sentó en una de las sillas y empezó a entrar en personaje, unos calentamientos previos a la llegada de los familiares. Sin embargo no pudo. Se concentró en la respiración y en su garganta pero el llanto no llegaba. Imaginó a su hijo en el féretro y nada. Incluso se pellizcó, pensó en el precio del alquiler, en la inflación, los mutilados en las guerras, los sin techo. Nada. Ya se dirigía al baño a pasarse pimienta en los ojos, y entró su empleador. La saludó con una inclinación de cabeza.

-Ha llegado temprano ¿Sucede algo?

-No se. Primera vez que me pasa, no encuentro las lágrimas.

-No se preocupe nadie vendrá ¿Ha presentado ya sus respetos a la difunta?

-Le pido que no me diga cómo hacer mi trabajo.

-Es importante que vea a la difunta.

Romina caminó lentamente al ataúd mientras el hombre corría el velo. Nada producía ruido en ese momento, ni sus pasos, ni los dependientes que circulaban en otras salas. Tardó un momento en reconocer el cadáver. Las piernas se le aflojaron pero se mantuvo firme. Se acercó lentamente a contemplar, acarició la mejilla con dulzura y se acarició la suya al mismo tiempo.

-Ya veo. Los muertos no lloran.

CESAR TORO

Llanto.

Llora el niño cuando nace

sabe lo que le espera

llora el joven por su novia

no sabe lo que le espera

llora la señora por su esposo

esperaba que sucediera

lloran los soldados de dolor

lloran las víctimas de la guerra

lloran los dolientes de los muertos

llora él mundo por la guerra

llora La Paz desconsolada

llora Dios por la humanidad.

la alegría se convirtió en llanto.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Lágrimas de sed

La tormenta de arena le acribillaba la piel como mil agujas. Eduardo estaba perdido, desorientado entre los senderos infinitos de las montañas de Arizona. En aquel páramo, la arena devoraba la vista de cualquier criatura entregada a la aridez; él intentaba avanzar contra el viento, pero las ráfagas cargadas de sed le impedían el paso. Con la piel cuarteada y los labios sangrantes, su ser buscaba, casi por instinto, un refugio contra aquel monstruo de mil cabezas.

Con el zumbido del vendaval martillando en su cráneo y el plomo en los pies, Eduardo divisó una abertura en la roca. Se arrastró hacia ella sin estar seguro de lo que encontraría, aferrado a esa última esperanza. Al cruzar el umbral, el rugido incesante se desvaneció de golpe. Se desplomó sobre el suelo frío de la cueva oscura, donde el silencio solo era interrumpido por el chirrido lejano de los murciélagos.

Al recuperar algo de aliento, intentó ponerse en pie, pero el techo erizado de estalactitas lo obligó a agacharse, recordándole que allí dentro seguía siendo un intruso. Agazapado, decidió internarse en la penumbra en busca de agua, pero la negrura absoluta lo detuvo a pocos metros de la entrada. Con las manos temblorosas, comenzó a frotar dos maderos secos. Necesitaba luz para no volverse loco.

Mientras esperaba que el tiempo gris pasara sigiloso tras la cortina de arena del exterior, los recuerdos empezaron a gotear en su mente atribulada. Volvió a la niñez, a la escuela primaria y a los días compartidos con Juan Velloso. Recordó la amargura de la despedida, el vacío que dejó su amigo al marcharse y aquel dolor antiguo que nunca llegó a sanar. Años después, allí solo en la inmensidad de Arizona, las lágrimas volvieron a brotar, calientes y amargas, mezclándose con la suciedad de su rostro. Lloraba por el fin de una amistad que todavía habitaba en su pecho como una herida abierta.

De pronto, una gota de agua cayó sobre su frente, gélida y puntual, devolviéndolo a la cruda realidad. No era el agua de un manantial, sino la filtración de la montaña recordándole que la cueva no era un hogar, sino una pausa. Eduardo se limpió el rostro con el dorso de la mano. Comprendió que, así como sobrevivió a la partida de Juan Velloso, debía sobrevivir a la furia del desierto.

Se puso en pie, aceptando el roce de las piedras en su espalda. La primera chispa saltó entre los maderos, iluminando brevemente su mirada renovada. Ya no era el niño que lloraba en el patio de la escuela; era un hombre que, incluso en mitad del infierno, sabía fabricar su propia luz. Con la confianza recuperada, Eduardo se preparó para enfrentar de nuevo el desierto. Ya no buscaba solo un camino; buscaba el mañana.

JUAN C VALTIERRA

Llorar

Llorar es el único lujo que no cuesta y que siempre alcanza.

Se llora por lo que se gana —porque nada duele más que recibir lo que tanto se esperó— y se llora por lo que se pierde, que es casi todo. Al final, de tanto que uno llora, termina riéndose. No de alegría: de reconocimiento. De verse en el espejo roto de la vida y decirse también yo, también esto, también así.

La vida es muy jodida. Pero nos enseña a llorar bien.

He aprendido a decir mas con menos… Gracias a todos ustedes 😭

EL SECO

Por Juan C Valtierra

Al Filemón Gutiérrez no se le conocía el llanto. Ni cuando murió su madre, que era una mujer pequeña y severa que olía a copal y a rencor viejo; ni cuando el río se llevó la milpa tres años seguidos; ni cuando su hijo mayor agarró camino al norte y no hubo carta, ni mensaje, ni siquiera el rumor de que estaba muerto, que al menos eso habría sido algo.

—Ese hombre tiene el corazón de piedra pómez —decía doña Refugio, que era la autoridad moral del pueblo por ser la más anciana y la más bocona—. De esas piedras que parecen pesadas y resultan vacías.

Filemón no decía nada. Seguía cargando sus cosas.

Cuando se murió Lupe, su mujer, la gente vino al velorio con los ojos listos, bien preparados para verlo caer. Trajeron sus pañuelos. Sentaron a los niños en primera fila para que el espectáculo fuera completo. Filemón estuvo las tres horas de pie junto al cajón, con las manos cruzadas sobre el vientre y la cara de quien espera el camión. No lloró.

—Ni tantito —confirmó el sacristán al día siguiente.

—Ha de ser que no la quería —dijo alguien.

—Ha de ser que no puede —dijo alguien más, y ése se acercó más a la verdad, aunque nadie le hizo caso porque dar en el blanco no tiene chiste si no se dramatiza.

Lo que nadie sabía era que Filemón lo había intentado. Muchas veces. Se ponía frente al espejo y hacía la cara de tristeza, juntaba las cejas, se acordaba de todo lo que tenía que acordarse: el olor del pelo de Lupe, el peso de su hijo recién nacido, el día que el padre lo golpeó con una vara de membrillo por no saber llorar en el entierro del abuelo. Ni con eso. Los ojos se le ponían rojos, se le agarraba algo en la garganta como un puño, y luego nada. El cuerpo se lo tragaba todo.

Así que Filemón siguió seco.

Vendió la mitad de la tierra. Crió a los hijos que le quedaban. Enterró al perro. Enterró a la vaca. Enterró al vecino que era también su compadre y que olía igual que la vaca, aunque eso nunca se lo dijo. Pasó los años como quien cruza un potrero conocido: sin apuro y sin alegría, nomás cruzando.

Hasta la tarde en que encontró, entre los pliegues de un delantal que Lupe había dejado colgado detrás de la puerta —ese delantal azul que nadie se había atrevido a mover en cuatro años— un papel doblado en cuatro.

Lo abrió.

Jitomate

Chile pasilla

Epazote

Tortillas de ayer

Crema si hay

Caldo — el del martes todavía sirve

Algo para la tos del niño

Filemón se sentó en el piso. No en la silla. En el piso.

Y ahí, solo, con ese papel en las manos, le llegó. Por fin. Como le llega el agua a la tierra cuarteada: sin pedir permiso, sin elegancia, sin el menor respeto por la dignidad del hombre.

Lloró feo. Como lloran los que no tienen práctica: a sacudidas, con ruidos indebidos, con la boca abierta y los ojos apretados. Lloró a Lupe y al hijo del norte y a la milpa y al perro y a la vaca y al compadre y a sí mismo.

Afuera empezó a llover. O quizás ya llovía antes y él no había notado.

Cuando terminó, se limpió la cara con el delantal azul. Dobló el papel despacio. Se lo guardó en la bolsa del pecho.

Se quedó sentado un momento más, oyendo llover.

Luego se levantó y fue a revisar si el caldo del martes todavía servía.

MARIANA DI PASCUA

llorar

Seis meses después logré entrar de nuevo al cementerio acompañada por mi marido. Llegamos a su tumba y yo le pedí a mi marido que fuera a fumar a la tumba de su madre. Me senté en el piso bien en frente al nicho que decía su nombre aún seca de lágrimas. Mire hacia los lados y de nuevo al frente :»Di Pascua», decían letras de bronce. No me animaba a leer el nombre y hasta quise convencerme que el muerto era papá, total ya se había ido hacia veinte años y murió bastante viejo, como Dios manda.

Al final entre tanta flor artificial leí el nombre.

Algo se me metió en el cuerpo que quemaba la negación. Ella se había ido tan joven y linda por el maldito covid.

Lloré por primera vez para mi y para ella, me descompuse y me retorcí en el suelo. Las lágrimas mojaron mi vestido confundidas con los mocos transparentes. Le dije a mi hermana que me perdonara por no mudarme unos años antes al pueblo, tantas veces me lo pidió y yo lo fui aplazando. Cuando por fin volví

disfrutamos un año intenso de amor antes de la pandemia, yo iba a su casa casi todos los días a tomar mate para meternos en nuestro mundo. Una semana antes de enfermarse me abrazó cuando yo me iba y me dijo te quiero, yo también le dije extrañada porque no éramos de querernos con palabra ras. Esa fue la última vez que la vi, también está vez fue la última que fui al cementerio. El llanto, el llanto por ella lo reprimo porque me parece que un día va a volver, para que llorar:

mejor la espero.

SILVIA RAFI GRACIA

INESPERADAMENTE…

Se abrazaron efusivamente, con intensidad, compensando aquella desesperación de haber pasado mucho tiempo creyendo y temiendo que nunca ese encuentro podría producirse.

Y ella, Magda, lloraba…

Al parecer, había contenido demasiadas lágrimas que, de golpe y sin aviso, se habían desparramado por sus mejillas.

Lloró por las múltiples secuencias que, como con mecanismo de diapositivas, fueron atravesando su mente con gran rapidez, casi sobreponiéndose una imagen a la otra, y cada una transmitiéndole emociones de una intensidad insospechada para la cual no encontraba explicación..

Fueron muchas las imágenes rememoradas, sin previa invitación, de su infancia y de sus primeros años de su juventud.

De cuando a sus siete años una cercana compañera de clase, potencial gran amiga, la traicionó haciendo correr una mentira que, llegada a los oídos de la maestra, ésta la invalidó para el cargo que le había asignado valorando su honestidad; y la reprendió ante todo el grupo acusándola de persona no digna de confianza, de traicionera.

Y el nudo que se formó entonces entre su pecho y su garganta le impidió defenderse relatando la verdad, y también luego llorar; y por éso, quizás, ahora lloraba lo que no lloró.

También lloraba por no haber soltado ni una lágrima cuando a sus diez años se manifestó en su padre una enfermedad, por entonces demasiado desconocida, que provocaba variopintas opiniones gratuitas emitidas sin filtro y cargadas de prejuicios, respecto a un previsible deteriorado futuro en el ámbito familiar que, decían, a ella le iba a tocar vivenciar; y ella respondía negando con rebeldía la posibilidad de sus crudas advertencias, escondiendo su llanto secretamente mantenido y resguardado en los profundos adentros de su alma..

Lloraba también por tantas lágrimas que tantas veces se había tragado cuando en la escuela, ya en su pre-adolescencia, habían sido malinterpretadas y sancionadas repetidamente sus opiniones, que valoraban como excesivamente fuera de tono y «anti-sistema»,

a pesar de que las expresaba con absoluto respeto y sólo si se les había sugerido hacerlo;

y quedaba colgada para ella entre sus compañeras la etiqueta, en tono molestamente burlón, de «Mancini la contestataria», aludiendo a su apellido, como era costumbre por entonces mencionar al alumnado.

Y también cuando les oía cuchichear que, al piso donde ella vivía, se accedía por una escalera donde caían cachos de techo y pared y corrían cucarachas, como si éso fuese un hecho del que avergonzarse y sustrayese valor a su persona. Y oyendo esos comentarios sentía nudos en su estómago y un puño oprimiendo el diafragma,

Y entremedio lágrimas que nunca permitió surgir más allá de sus pestañas.

Y también por otras lágrimas que, por obviadas, tampoco surgieron cuando, a sus veinte años, viajando en coche, un día se sintió muy mal, con fuertes nauseas, y aquella amiga, con quien confiada e ilusionadamente viajaba, la dejó tumbada, sola, en el asiento trasero del vehículo aparcado en una de las calles solitarias de aquel pueblo (no existía en aquellos años la teléfonía móvil), para irse con unos muchachos que habían conocido el día anterior, sin preocuparse de cómo evolucionaba su estado; y sintió miedo, y también decepción, porque de haberse dado el caso contrario, Magda la hubiese estado acompañando. Pero no le mostró ningún enfado ni consternación cuando regresó. Durante su vida había aprendido a no esperar de otros lo que ella valorase esperable..

Y también lloró por aquellas otras lágrimas que no derramó cuando, poco tiempo atrás y tras haber sido sin razón acusada de una «pérdida» del dinero que, para cafés y similares, se recogía entre los compañeros de trabajo y que justo aquel mes le había tocado a ella hacerse cargo, rotativo, su más allegada compañera, su amiga, le confesó, habiendo pasado ya bastante tiempo, que había sido ella quien lo había cogido; porque iba demasiado floja de saldo para sus gastos, le dijo.

Y Magda no podía comprender por qué quien consideraba su amiga se había mantenido aquel día en silencio permitiendo el tenso momento de aquella manifestada sospecha hacia su persona por parte del grupo de compañeros. Se preguntó por qué, por ejemplo, no le pidió que le prestase aquella cantidad en lugar de… Pero no le respondió nada, no comentó apenas nada al respecto, porque en aquel momento, de nuevo, otra vez, el nudo en su garganta provocado por su estado emocional le impidió.expresar lo que sentía y, tras un silencio, optó por cambiar de tema.. La perdonó, la disculpó, porque, pensó, se habría sentido ya bastante mal para que, pasado casi un año desde aquel hecho, le explicase así de golpe cómo entonces actuó.

Este recuerdo había sido el primero, quizás por ser bastante reciente, de los muchos otros que, como «flashes» fueron luego inundando su pensamiento.

Fueron muchas, además de éstas, las secuencias que desfilaron, casi una sobre otra, desordenadamente, por su mente.

Se preguntaba si quizás habría sido alguna de las escenas, o aquella música años sesenta que había estado sonando de fondo, o…, váyase a saber, lo que la hubiese llevado a conectar con algún recuerdo que le condujo

a otros y éstos a otros más… La memoria es muy caprichosa, a veces, y el subconsciente muy sorprendente. No entendía el motivo, pero duró un buen rato aquel llanto; y en algún momento temió no poder parar de llorar y llorar…Era evidente que todas aquellas involuntarias secuencias de recuerdos que creía bien olvidados la habían.llegado a. trastornar.

Porque habían sido episodios de su vida ya superados, muy desagradables en cada justo momento, sí, y muchos; pero a fin de cuentas sin fatales consecuencias; y no en mayor cantidad, cabía suponer, que los vividos por una mayoría del resto de personas.. Habían sido simplemente aprendizajes, y ya no tenía sentido, creía sinceramente, que, en su presente, recordarlos le pudiese afectar de aquella manera Y se preguntaba también porqué aquellos recuerdos precisamente y no otros.

Ya poco a poco sus lágrimas habían ido perdiendo fuerza, hasta que tan sólo quedaron restos que podrían evidenciarse en un espeso brillo de sus ojos; y simultáneamente la escena de aquel intenso abrazo se había ido empequeñeciendo y difuminando más y más, confiriendo en la pantalla toda la relevancia al extenso campo de flores donde se había dado su encuentro, y enfocando finalmente en un primer plano, erguida sobre la hierba, la sofisticada botella de perfume que, escena tras escena, se había estado publicitando.

Magda agradeció que, afortunadamente, la sala permaneciese oscura y así nadie hubiese podido verla. ¿Qué podría responder si alguien le preguntase por qué lloraba?, se preguntó.

Sintió la mano de su compañero presionando, con suavidad, la suya; y percibió cómo su mirada se clavaba en su rostro mientras, intrigado y sorprendido, le sonreía deseando alguna respuesta esclarecedora

a ese delatador brillo de sus ojos; y entonces le devolvió la sonrisa, encogiendo sus hombros y mirándole también.

» ¿ Te hace llorar un anuncio ?» le dijo él en un tono contenido, suave y amorosamente burlón.

«Sí – le respondió Magda al oído entrecortando una irrumpida risa -, mira, yo que sé, recuerdos que han asomado de golpe, no sé porqué, quizás alguna relación con alguna escena del final de la película, aunque representa que debía hacer reír … Y luego ya, una vez puesta…, hasta las escenas del anuncio ése que han puesto después de los créditos me podían hacer llorar, …ya vés tú. Suerte que no habían encendido las luces todavía»,

«Da igual,- le respondió él -, a veces también se llora de risa y nadie sabría…»

Y fingiendo una voz compungida continuó

«Pero ya no te habrán quedado lágrimas para la que hemos venido a ver entera, que, según dicen, hace reír y llorar mucho»

«Siii, sí que lloraré y me reiré, y tanto que sí, bueeno..ya verás, con lo tranquila que me he quedado», le respondió Magda. Y ambos abrieron sus bolsas de palomitas mientras esperaban que volviesen a apagar las luces.

——————————————–

Yo no sé quién es Magda Mancini. Ni porqué he situado la escena en el año 1984 ni porqué he imaginado que tenía veintiseis años.

No conozco a nadie con ese nombre. Igualmente podría haberse llamado Rita Farré, por ejemplo, o David López. (unos cuantos habrá, supongo, con esos nombres aunque yo no conozca tampoco a ninguno).

Son cosas, lo de llorar así cuando en principio no tocaría, que a cualquiera le puede pasar, o casi a cualquiera; y a cualquier edad y en cualquier inesperado lugar… ¿No?

EVA AVIA

Llorando a tu salud

—Señora, Puri, cuanto tiempo. Dele un abrazo a este negro.

—¡Ja, ja, ja! Y esto de propina.

—Mi culo ya echaba de menos sus manos —le sonríe.

—No lo digas muy alto, que las demás hembras de la sala se ponen celosas y también quieren —Coqueta.

—Y las damas que la acompañan son…

—La vieja de aquí al lado es Antonia, imagino que la recuerdas…

—¡Jura, que ella no es vieja! —refunfuñando.

—No sé si el guapetón me recuerda, pero su culo seguro que sí.

—¿Cómo podría olvidarme de una dama como usted? —Le besa la mano.

—La que solo suelta groserías por su boca, es Katherina, el engendro de la familia.

—Ella jura que no es grosera —resoplando.

—¡Calla, niña! No interrumpas a tus mayores.

—¡Joder, abu, que pica! —Se frota la cabeza, porque Antonia tiene la santa costumbre de soltarle collejas.

—Y esta…

—Silvia, con mucho gusto. Soltera, por si le interesa. Aquí le dejo mi número de teléfono —Saca un bolígrafo del bolso y se lo anota en el brazo.

—¡Coño, hija, has sido más rápida que Flash!

—¡Mi madre, siendo mi madre! ¡Qué cruz!

—Calla, hija, que hace tiempo que no me doy una alegría —le susurra.

—Ella, jura, que tiene el coño más seco que una pasa. Hasta yo tengo más vida sexual.

—¡Jura, mamá! ¡Jura, abu!

—¿La mesa de siempre, Puri? —Tomándola del brazo.

—Sin ti el Palace no sería lo mismo. Cara al chisme, perfecto.

—Madre, ¿cuándo has estado tú aquí?

—Hace algún tiempo, pero eso no importa. Puri, te veo tristona.

—Es mi Alfonsito, que me tiene olvidada. De casualidad el otro día me sacó a pasear y tú ya sabe lo que yo le quiero. Sin mi Alfonsito no soy nada.

—¿Qué vamos a hacer con estos hombres? El próximo viaje que haga te vienes conmigo, porque este par son más aburridas que una ostra.

—¡Estamos jodidas, abu! No somos aburridas, es que yo no sé de dónde sacas tanta energía. Y ti, mamá, ¿te traigo un babero? ¡Qué cruz! No sé quién está más salida de las dos.

Madre que será lo tiene el negro… Perdón, ¿me decías?

—Nada, tú a lo tuyo, que yo me pongo mis K-dramas y arreando.

—No quiero aburrirte con las cosas de vieja chocha, mejor cuéntame como te ha ido con… ¿Y dónde está el negro con el que viniste la última vez?

—Si yo te contara. Ese pasó a mejor vida.

—¡No me jodas, si se le veía que iba bien armado!

—Sí, si armado iba, y no me dejaba agujero sin satisfacer, pero, no era un gran conversador.

—¡Jura, si lo único que sabia decir era 69!

—¡Pues tú no estás viendo tus K-dramas!

—¡Y dale con la manita! Mejor me alejo un poquito de este par, porque doña Puri ya tiene el bastón preparado —dice, bajito.

—Tengo que confesarte, que me he enamorado de un asiático y no sé cómo se lo voy a presentar a este par.

—No me extraña, cambias de novio como de bragas.

—¡Por fin, alguien que se lo dice! —suelta una risa, Silvia.

—Y lo bien que me lo estoy pasando. ¡Ja, ja, ja! Amiga, déjate de turcos y pásate a los asiáticos, al menos con ellos sí que podemos decir que nos gustan mayores.

—¡¡Ay!! Antonia, no me hagas reír, que una a estas edades se orina encima.

—Tranquila, Puri, que para perdidas de orina las de mi Silvia, que el otro día en medio de un monologo se orinó.

—Ya te digo, menuda vergüenza, tan joven y con pérdidas —asiente, Katherina.

—Calladita estás mas guapa, porque eso no te lo arregla ni el programa ese de Chapuzas Estéticas.

—¡Joder, madre! Te has pasado tres pueblos.

—¡No te metas con el engendro de mi nieta que te meto una leche que te espabilas! Con ella solo me meto yo.

—¡Qué cruz! ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? Mejor continúo con lo que estaba haciendo, que ellos si que es verdad que no me fallan.

Besos, la Incondicional.

YOMALCKRY OSORIO

Lágrimas

Por ti y solo por ti derramaria las pocas lágrimas que aún persisten en mis púpilas que se van desgastando por el paso inclemente del tiempo,

Eres totalmente digan de eso y mucho más , con ellas mi cuerpo te hacen un grandioso homenaje .

Tán sólo tú mereces ese honor, ni siquiera por mi lloraria .

LLoro cuando te pienso , en las noches interminables y la soledad que atormenta mis sentidos porque no te puedo ver, tocar , sentir, respirar cerca de ti.

Lloriqueo como una niña que se queda sola y desamparada .

Eres mi fortaleza en los dias de tristezas , mi sostén principal , hpy que no estás he tenido que jugar a ser valiente cuando en realidad no lo soy.

Los lagrimones no tardan en hacer acto de aparición cuando hurgo en mis memorias para recordarte , emergen intespectivamente, cuando pienso en los interminables momentos de gran felicidad que construimos a lo largo de toda una vida juntas el cual quedaron sepultados en las paredes de nuestra casa y que el tiempo ha de corroer despiadadamente.

Grito de desespero por tu partida que no pude presenciar la vida no quiso darme ese privilegio tan inmenso .

tal vez me hubiera ido contigo , no me aplastara tanta indiferencia.

Permanezco en un duelo interminable sé cuand empezó pero no cuando finalizará .

El luto no lo llevo en mi vestimenta diaria si no en lo más profundo del alma ahi es infinito ese delirio.

Me desgarro de desesperación por no poderte traer de vuelta es imposible lo sé pero ojalá tuviera ese poder!. no lo dudaria !.

La rasgadura de mi espiritu limitado poder cambiar esto que me hace infeliz , solloza desesperadamente .

cada gota tal vez sea de sanación , resignación , y por último aceptación o conformidad ?

Es un lamento insistente y persistente que a veces encuentra calma y otras veces desespera hasta el borde de la locura .

Algunos dicen que es el liquido más costoso , pero para ti es incalculable.

cuatro en la tierra te lloramos desconsoladamente cuando te marchaste sin hacer nada , respetando a la naturaleza , el ciclo de la vida., ese dolor que sintió como un relámpago como un estruendo en el corazón .

Sólo en sueños te vemos aparecer y quisiera detenerlo como si fuese una pelicula , avanzar , retroceder , pausar ,

Superamos algunas adversidades y no sabemos como lo hacemos es entonces cuando recordamos tu gran sabiduria y eso nos va guiando , indicando el camino a seguir.

Algunas lágrimas son de felicidad, de orgullo, por tú majestuosa vida tan llena de bondad y misericordia hacia los demás eso te hizo grande, algo que parece cada vez más que se extingue, pero recordamos ese inmenso legado en las manos , sobre todo para los que van arribando a esta inclemente existencia.

otras lágrimas son de rabia , de impotencia de intransigencia , de desespero, de agonia y tristezas.

Haremos simulaciones para autoengañarnos para pensar que aún estás .

Somos hipócritas con nosotros mismos por hacernos la idea de que no te has ido .

pareece un verdadero calvario transitar este duelo esta ausencia , lo único que nos puede calmar es pensar que nos podamos volver a ver y no sabemos cuanto tiempo faltaria para vivir eso.

Exsudan los poros esperando este anhelado encuentro entre todos nosotros y ahi será para siempre .

Mamá y Papá juntos otra vez sin que nada ni nadie nos separe ahi no existe la muerte , solo la eternidad y más .

permaneceremos unidos por los lazos invisibles pero sabemos que existen .

La memoria.

Los buenos momentos.

Los instantes de celebración.

Las tristezas que son parte de la historia

Las pesadumbres de la incertidumbre que son parte irremediable de la vida.

Recordamos tantas alegrias con llantos a moco suelto que nos comprime el pecho , ellas empiezan a desparramarse como si de la lluvia se tratara e inunda todo mi rostro .

Ahora solo me queda derramarlas sobre tu tumba o quizás en el mar por las palabras que no se dijeron y por todo lo que faltó por hacer confiaba en que estarias por muchos años más , la vida fué injusta.

Me quiebro de orgullo por que aún continuo existiendo a través de ti.

Y puedo sentir tú esencia , tú energia , tú vitalidad , tú fuerza .

Pero por ti esparciaria mil lagrimas hasta que Dios me conceda el deseo de volverte a ver !.

GRISELDA SIERRA

Amor sin reservas.

Nuestra relación era pura y profunda. Nos veíamos poco, pero en cada encuentro el cariño que sentíamos el uno por el otro estaba claro. No era mío, y aún así me amó desde la primera vez que me vio. Y yo a él. Cada vez que visitaba a mi familia, él celebraba mi llegada con movimientos alegres y sonrisas que todos notaban.

En esos días nos volvíamos inseparables. No decía nada, pero su alma se filtraba a través de su mirada y lo expresaba todo.

Cuando yo me dirigía a él, el amor se le desbordaba por los ojos, y esa ternura suya me desarmaba. Por las tardes salíamos a pasear. En casa comentaban lo dócil y obediente que se comportaba conmigo, cuando todos sabíamos que era un rebelde sin causa.

Así pasaron los años: inviernos, veranos, regresos breves y despedidas largas, hasta que un Año Nuevo él enfermó. Al principio pensé que era por el frío. Pero luego dejó de comer y lo llevé con el veterinario. Le recetó inyecciones y volvimos a casa. Horas después empeoró, y el veterinario acudió a mi llamado. El pronóstico no era bueno. Yo me negaba a creerlo y me aferraba a la esperanza de que resistiría.

Aquella noche lo metí en su cuarto. Había decidido que si no mejoraba lo internaría en el hospital al día siguiente. Lo cubrí con una cobija, le di agua y le dije cuánto lo sentía. Me miró con una mezcla de amor y tristeza infinita, como si quisiera decirme algo importante. Sentí un golpe en el corazón y las lágrimas brotaron de mis ojos.

A la mañana siguiente, mi querido Terry había muerto.

De eso han pasado ya casi tres años y todavía lloro por él con gran dolor.

Extraño su lealtad y su forma de mirarme, como si en sus ojos hubiera estado guardado un mundo entero de amor.

AXY LINDA

Llorar

—Estoy emocionada porque hoy debutaré; saldré de los ojos de un recién nacido.

—Te esperan momentos inimaginables, Clarid —le dijo Ambor—. Rodarás por su suave mejilla y anunciarás el inicio de una vida.

Al oírlas, varias gotas se acercaron para contar sus historias.

—Yo nací de la alegría —dijo una—, cuando unos padres recibieron la noticia de que su hijo había sanado.

—Yo del miedo —susurró otra—, la noche en que se anunció una guerra.

—Yo del amor —dijo otra más—, cuando dos miradas se dijeron sí.

—Y yo de la tristeza —murmuró otra—, en una despedida sin regreso.

Confundida, Clarid preguntó:

—Entonces… ¿somos buenas o malas?

Valtir, una lágrima arrugada y con muletas, respondió con sabiduría:

—Somos agua. A veces anunciamos la vida. Pero cuando los corazones se desvían, también podemos ser tormenta y convertirnos en inundación.

La conversación se interrumpió cuando Clarid rodó por la mejilla del recién nacido y descubrió que cada lágrima, al caer, deja un poco más limpio el corazón del mundo. Entonces entendió cómo todos los mares comenzaron alguna vez… en un par de ojos.

Llorar al nacer, llorar al morir, llorar dando vida, llorar dando fin y volver al mismo mar.

GUILLERMO ARQUILLOS

ANTES DE ABRIR

Sara se fija en la muchacha de la camiseta roja. Arruga los labios:

«Seguro que está llorando. Sí, seguro que hace dos o tres días ha descubierto que su novio estaba con otra y se ha largado. Por eso…, por eso tiene la cara metida en el móvil y no quiere que nadie del autobús la veamos llorar. Debe haber una enfermedad contagiosa, una epidemia de traiciones».

El autobús va casi vacío de vuelta al barrio de Sara. Se detiene un momento y suben cuatro chicas. Huele a perfume caro; es uno que se parece al que usa la madre de Sara: «¿Lo ves? No me hiciste caso, por eso te pasa lo que te pasa, por no hacer caso a lo que te decimos los padres. Pero tú te lo has buscado, chicuela. Tú solita».

Las amigas rodean a la chica de la camiseta roja. Cuando el autobús se pone en marcha, ya están riendo. Una de ellas, una muy alta y muy rubia, se le acerca y le planta un beso en los labios. Alguien carraspea al fondo. Sara levanta las cejas, casi se hace daño al hacerlo. Las otras sueltan un «Uuuuuuh» y estallan en risas. Sara sonríe un instante con amargura mientras niega con la cabeza.

En la siguiente parada las amigas se bajan. Dos paradas más, tres… Sara tiene hambre. Por la mañana solo ha tomado un vaso de leche; no queda nada más en el piso. Las abogadas la han invitado a desayunar, pero ella tenía ansiedad en ese momento y no quería vomitar. Dos días deprimida; hoy, con ansiedad. «Buena gente, estas abogadas». Le han soltado las cosas bien claritas, pero también le han dicho que hay medios, que todo se puede intentar.

«No te hundas, chica, no te dejes caer. Vete a Asuntos Sociales, a Cáritas, a Cruz Roja… Tienes derecho a buscar ayuda. Puedes contar con nosotras, por supuesto».

Llega a su parada. Hay nubes oscuras. Cuando se acerca al quiosco, ve que está Raquel, la hija del dueño. «Raquel ha estado llorando, seguro —se dice Sara—. Se le nota en la sonrisa forzada. Si una se queda sin su hijo, no tiene más remedio que sufrirlo. Por mucho que quiera una disimular…».

—¿Ahora te llevas tú el Speak Up? —Raquel se calla un momento—. Como siempre se acerca Omar…

—Bueno, es que Omar… —Sara mira a su izquierda un instante—, Omar va a estar unos días fuera. Ya sabes, cosas de los jefes de Uber…

—Bueno, dale un besazo a Dani de mi parte. ¡Seguro que ya ha crecido otra cuarta porque hace siglos que no lo veo!

Se levanta una ráfaga de aire y a Sara se le enrojecen un poco los ojos. Mientras se aleja, oye a Raquel hablar por teléfono: «… pero ¡qué tonto eres, cariño…!». No alcanza a oír su carcajada.

«Las abogadas, las abogadas… qué brutas son, coño —se dice Sara—. Que si me va a costar un montón recuperar a Dani, que si la embajada en Argelia nunca ha puesto las cosas fáciles. Joder, ¡que tengo que pedir ayuda en Cáritas! Y luego en Cruz Roja y, después, tengo que buscar trabajo de lo que sea… ¡Que llevan razón…!

»No puedo llamar a mamá, que estará con el nuevo novio… Y mucho menos a papá, aunque se haya quedado solo. Desde que dejé de estudiar, papá no quiere saber nada de mí. Pero ni Omar ni yo queríamos abortar. Lo peor, papaíto, lo peor es que tú no quieres a tu nieto porque dices que es moro».

Al llegar al bloque, huele mal. Desde la carta todo le huele mal a Sara. Hoy no va a mirar en el buzón, no va a abrir ningún sobre de la gestoría para Omar. Sara ya no va a echarle en cara que vendiera su coche. «¡Pero bueno! ¿Qué te has creído? ¿Qué vas a hacer con mi coche?». Después, el bofetón. Uno más. «¿Y a ti quién te ha dicho que abras mis cartas, hmara?».

Sara levanta las cejas con resignación antes de empezar a subir.

—Buenos días, Sara.

Es la señora María. Baja con su nieto, algo mayor que Dani. A Sara le cuesta un mundo saludarlos. A lo lejos, en voz baja, el chaval dice:

—¿Esa tía es la que vive con el moro, abuela? Porque mamá dice que el moro se ha largado…

Sara niega con la cabeza, en silencio. Va subiendo por fin las escaleras: ocho tramos, siete escalones por tramo, cincuenta y seis en total. Cada vez siente más frío.

«Hay que ser fuerte, Sara. Te lo han dicho las abogadas. Todo el mundo está jodido; en realidad, el mundo entero está jodido. Tengo que pedir ayuda… pedir ayuda. Esta noche no tengo cena. Quiero a mi hijo, quiero volver a verlo…».

Le queda solo el último tramo, saca la llave. Está temblando. Está sudando de frío. Está gimiendo en voz baja: «Tengo que ser capaz, tengo que ser capaz…».

Acerca la llave a la cerradura, no atina a introducirla. Otro intento. Otro más. Cada vez tiembla más fuerte.

Y, lentamente, Sara se sienta en el descansillo y se pone a llorar.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Llorar

“Un pequeño gusano roe el corazón de un cedro y lo derriba”

La vida en ese lugar del planeta se sostenía según lo previsto. Un continuo e imperfecto vaivén de energías, encerradas en cada ser vivo, realizando su función en el tablero de la vida.

Esa tarde, sucedió algo que cambiaría aquel lugar para siempre.

Un gusano decidió su objetivo.

No era grande, ni fuerte. Pero tenía claro lo que quería, y no pensaba detenerse.

Mientras avanzaba, escuchó risas.

—¿Por qué están llorando? —preguntó.

—¿Llorar? —respondió uno—. Lloramos de la risa… al ver lo que intentas hacer.

Las carcajadas llenaron el aire. Pero el gusano no se detuvo. Siguió adelante, usando ese estruendo como combustible para alcanzar su objetivo.

Frente a él se alzaba un gran cedro, imponente, como si reinara en el bosque. Un árbol majestuoso, capitán de aquel escuadrón de árboles que defendían el secreto del bosque.

El gusano comenzó a subir por su tronco.

Una gota lo hizo caer.

Volvió a intentarlo.

Otra gota. Y otra.

—¿Por qué estás llorando? —preguntó de nuevo.

—Para, por favor —dijo el árbol—. Me haces cosquillas… no sigas.

—Lo siento —respondió el gusano—. Mi familia necesita un hogar. Y para eso, debo derribarte.

Y siguió.

Día tras día.

A pesar del cansancio. A pesar de sus propias dudas.

Hasta que un día, llegó al corazón del cedro.

Entonces, escuchó un llanto distinto.

Salió y preguntó una vez más:

—¿Por qué estás llorando? —y la voz del insignificante animal hizo vibrar las hojas del árbol.

—En esta ocasión mi llanto es de pánico —dijo el árbol—. Jamás imaginé que solo la silueta de un gusano proyectada bajo el sol me haría temblar desde mis raíces más profundas hasta mi última rama.

Y el cedro cayó.

Desde entonces, en el bosque se recuerda:

No se muere de pena…
pero sí se puede caer por ego.

IVONNE CORONADO

“¡Qué llorona eres!”, me decía mi madre

cuando me contaba historias de sus alumnos:

el niño que se desmayaba en clase,

la niña que no veía el pizarrón

porque no podía comprar anteojos,

el que dormía en el pupitre

después de repartir periódicos al amanecer.

Con los años dejé de llorar en voz alta.

Pero cuando veo la guerra,

la miseria a la intemperie,

los que huyen y encuentran puertas cerradas,

mis ojos vuelven a llorar.

Entonces escribo.

Y en silencio

lloro lágrimas de papel.

NILA J BOHÓRQUEZ

«Lágrimas»…

¡Cuando el alma

llora de dolor o alegría,

la punta del corazón

se afina más aún para plasmar

sobre el níveo papel

-tal vez amarillento-,

algarabías… nostalgias

que siente en el instante…

brotando versos tristes

o un poema de amor!

GERARDO BOLAÑOS

Llorar no es romperse. A veces, es exactamente lo contrario: es la forma que tiene el cuerpo de mantenerse unido cuando el peso de lo que cargamos por dentro se vuelve demasiado para la estructura de los huesos.

Hay llantos que son como tormentas de verano: ruidosos, pesados, que nublan la vista y nos obligan a detener el paso, pero que dejan el aire limpio y la tierra lista para volver a oler a vida. Esos son los que duelen en la garganta, los que nacen de un «ya no puedo más» o de un «te extraño tanto que el aire me raspa al entrar».

Pero existen otros, más silenciosos, que son casi más humanos. Son esas lágrimas que se escapan sin permiso mientras lavas los platos, o mientras miras por la ventana de un autobús, no porque haya pasado algo terrible en ese instante, sino porque el alma está llena y simplemente necesita desbordarse un poco por los bordes. Es el llanto de la nostalgia, de reconocerse pequeño en un mundo tan grande, o de sentir la belleza punzante de un recuerdo que ya no volverá.

Lloramos porque las palabras tienen límites. Hay vacíos que no se llenan con frases, y alegrías tan inmensas que no caben en una sonrisa. Llorar es recordarnos que estamos vivos, que la piel no es una armadura, sino una frontera permeable. Es un acto de valentía absoluta: dejar que el mundo vea que nos importa, que sentimos, que somos vulnerables.

Al final, una lágrima es solo agua que lleva dentro un pedazo de nuestra historia. Y cuando terminamos, cuando el pecho deja de sacudirse y el hipo se calma, nos queda esa paz extraña, esa ligereza de quien ha soltado lastre para poder seguir navegando. Llorar no es el fin de nada; es el alivio de saber que, a pesar de todo, seguimos siendo capaces de conmovernos con nuestra propia existencia.

PEPA HERRERA

Lloran los silencios

Cuando su madre murió, Isabella volvió a la casa familiar por primera vez en siete años. Era la única heredera y decidió que ya había llegado el momento de regresar, aunque ya fuera demasiado tarde para hacer las paces con su madre.

Con los ojos llenos de lágrimas recorrió toda la casa impregnándose de la nostalgia del pasado. Comenzó a abrir los cajones de las cómodas, de los armarios, de las mesillas. No buscaba nada en particular, solo quería encontrar recuerdos. Allí, entre los muebles cubiertos de una fina capa de polvo y un silencio sepulcral que reinaba en todos los rincones de la casa, algo la empujaba a entrar en el desván. Quizá fuera ese sentimiento de culpa que la dominaba. Quizá esa sensación de vacío. Quizá se debiera a las dos cosas llorando juntas.

En una esquina, bajo la pequeña ventana del desván, encontró una caja de madera que no recordaba haberla visto nunca. La abrió y de su interior sacó un montón de cartas atadas con una cinta azul. Eran de su abuelo e iban dirigidas a la abuela, cartas que nunca la envió. El papel estaba amarillento, casi apolillado por los años que habían permanecido ahí guardadas.

Isabella se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y empezó a leer.

En cada carta, el abuelo hablaba del miedo que tenía a perderla, de cómo serían las noches sin ella, frías y solitarias, pero sobre todo hablaba de amor. Un amor tan grande que parecía ser lo único que le sostenía vivo.

En la última carta, escrita con una letra temblorosa, seguramente debido a las lágrimas, decía:

“Si algún día estas cartas llegan a tus manos, será porque ya no estaré a tu lado y porque no tuve valor para decírtelas en voz alta. Perdóname por tantos silencios.”

Isabella sintió un nudo en la garganta.

Esa frase le había sonado tan personal…, como si se estuviera mirando al espejo y su propia imagen le reprochara todo aquello que no hizo.

Ella también había dejado que un silencio inmenso creciera entre su madre y ella. Un silencio que comenzó con una discusión absurda y terminó por convertirse en un muro que ninguna se atrevió a derribar.

Con las cartas en la mano, bajó al salón. Allí, sobre la mesa, había una foto que su madre siempre había guardado. Era una foto de Isabella, con cinco años, abrazada a su madre, riendo con la boca llena de chocolate.

La foto tenía una mancha en un borde.

Parecía… una lágrima.

Isabella se sentó en el sofá y, por primera vez en mucho tiempo, lloró sin miedo.

Lloró con ganas, con rabia.

Lloró por su madre.

Lloró por ella misma.

Lloró por todos los silencios que nunca debieron existir, por esa distancia que las separó en los últimos años de la vida de su madre.

Al día siguiente, fue al cementerio.

Se arrodilló frente a la tumba de su madre y, tras colocar un precioso ramo de rosas rojas, comenzó a hablar en voz alta. Cada frase que decía le hacía llorar más y más y se dio cuenta de que el tiempo no se puede retroceder para enmendar los errores.

Permaneció tres horas sentada hablando con su madre, pidiéndole perdón y haciéndole saber cuánto la quería…

Cuando terminó, una brisa suave le acarició la mejilla. No era el viento.

Era una despedida. O quizá un: “tranquila, te perdono”.

Isabella sonrió entre lágrimas.

A veces lloran las cartas. Porque una carta transmite mucho más que la palabras…

A veces lloran los silencios…, pero cuando por fin se terminan, limpian con mil lágrimas lo que el tiempo no pudo debido al orgullo que nos domina.

MARIO NÚÑEZ

¿Llorar? Yo, nunca. Soy bien hombrecito.

Nunca, nunca.

Bueno, cuando falleció la abuela, me dieron ganas, pero me aguanté.

Era chico, iba a la escuela, y mi padre me dijo que íbamos al velorio, pero que tenía prohibido llorar, para que no pensaran que tiene un hijo mariquita.

Papá me enseñó que los hombres no lloramos. No le haría eso. Para no fallarle, y porque si me ve llorar, me revienta.

Mamá me enseñó que lo que dice papá se obedece, porque él me sacaría derechito, derechito.

Me acostumbré.

Aprendí que sentir tristeza te enferma, así que hay que aguantarse, callarse, cambiar de tema, tomar algo fuerte, y pasa.

Si sigo sintiéndome mal, me agarro a piñas en el fútbol, el boliche, o contra la pared nomás.

Mi padre siempre hizo eso. Bueno, a veces también le daba unos cachotes a la vieja, y hasta yo cobraba.

Si se le iba la mano, después venía lo mejor: regalos, silencio, ojos como de cachorro abandonado, y todo se solucionaba.

A mí también se me escaparon unas piñas con mis novias. Con tres duramos poco. Éramos chicos y no aguantaban nada.

La primera, en el secundario. Ella me habló para ser novios delante de todos en el recreo. No dije nada, y me plantó un beso y bueno, uno es hombre.

Me aburrió en seguida. Dos noches nomás, estuvimos en un auto viejo y re incómodo. La dejé, ella no quería, me gritaba que solo la usé, la empujé al piso, le pegué, pero despacito. Tres veces.

La segunda resultó re tóxica, me hizo terrible escándalo cuando me pescó apretando con la prima.

Se me vino encima gritando. Pensé que me iba a pegar, y la paré con un tortazo de costado. Así nomás, de callado. Me quería denunciar. Por suerte mi padre habló con la familia y se tranquilizaron.

La prima fue la tercera. Ella se creía que teníamos algo, porque amanecimos cuatro o cinco veces. Nada que ver. Se hizo terribles películas. Me decía que me amaba y esas boludeces de los videos de Tik Tok y de los regetones perreros ¿Cómo me va a amar, y cómo me lo va a decir? Empezó a ponerse densa también preguntando si la amaba, yo le decía que entre nosotros solo la pasábamos bien.

Se empezó a rayar también, como la prima. Y a gritar también, igual que la otra loca. Tres meses y ya hablaba de familia, de hijos, de vivir juntos… ¡Re loca la mina! Pero se ve que de verdad me quería. Aguantaba bien cuando le gritaba y la cascaba. Nunca le pequé fuerte, la verdad. Una vez, estaba mal apoyada, se resbaló sola y cayó de cara contra un árbol en la vereda; se raspó toda. Yo creo que agrandó las cosas. Me llevaron en un patrullero, y de mañana apareció mi padre a sacarme de la cana. Al salir, delante de los milicos me metió terrible piña, y tuvieron que pararlo los de la guardia. Pero todos somos hombres y entendieron.

La última sí me dolió. Era mansita, mansita. Hacía todo lo que yo quería, nunca discutía, y eso que ya se había corrido la voz de que cuando me saco, soy de puño fácil, sobre todo con unos fernés encima.

Es la que más me duró. Casi un año. Se embarazó la loca, mi madre estaba re entusiasmada, así que encaré a preparar la casa. Alquilé un depto con ayuda de mis viejos, compré muebles, electrodomésticos… Mucha cosa usada, pero bueno. Me metí hasta las pelotas en tres préstamos que me descuentan del sueldo. La cosa es que estuviera todo pronto cuando la nena naciera (era nena, medio una cagada; yo quería un machito para enseñarle como me enseñaron a mí, pero algo es algo).

Todo estaba bien, recién mudados, ella con terrible bombo; me pareció escucharla hablando en el baño. Entro, le quito el teléfono y veo el nombre del Juanca, mi amigo del fútbol. El loco seguía gritando su nombre, ella empezó a llorar y trató de quitarme el celular.

El Juanca gritó ¡Cuidado con la nena!, ¡voy para ahí!

Reventé el teléfono contra el espejo del baño, la saqué de los pelos hasta la vereda, me tiré en la cama, cabeza abajo en la almohada. Quería dejar de respirar. El cuello me apretaba como un puño.

Esa vez pensé que me quebraba, pero me acordé de mi viejo, de su cinturón alzado, de lo que me enseñó, que no soy un mariquita.

Pareció que iba a lloriquear, pero no.

Yo, ¿llorar? Nunca.

MARTU MONFORTE

Lágrimas secas.

La nostalgia no es un dolor agudo, sino una presencia ahogada. Se parece al eco de esa puerta que cerramos hace tiempo en una casa que ya no volvimos a habitar. Y sabemos que no volveremos a hacerlo. El cuerpo está recordando, lo que la mente ha decidido anular. Los recuerdos se filtran a través del olor a café, a madreselvas frescas, a través de la luz de la mañana que atraviesa la cortina deshilachada, o el roce de la canasta de pan tostado sobre el mantel de lienzo. Llega un llanto seco. No es aquello que hemos perdido, sino la certeza de que ya no podemos regresar. El lugar está ahí, pero nosotros somos extraños en nuestro propio pasado. La nostalgia nos lleva a caminar sobre nuestras propias ruinas y una sola esquirla desata todo lo que guarda celosamente la memoria.

Sin embargo, hay una paz en ello. Nos recuerda que hemos sido felices, que hay momentos que se niegan a borrarse del todo, que nos dicen que valió la pena haberlos vivido y vibrado con ellos.

Cierro los ojos, llega el despertar, comienza el día. La caricia leve, la mirada verde, la tostada cruje en mi boca y resuena en el silencio de la cocina tibia mientras te sientas a beber tranquilamente el café. Me sonríes, me recuesto sobre tu hombro y me dejo estar. El mundo es nuestro, repito como una oración pero no muevo los labios. Sorbo mi plegaria y sonrío. Me estremezco, afuera hacía frío, no tardó en entrar.

El llanto huraño se me escapa, se me escapa.

MATEO VIERA

Los muertos no lloran

Su llanto empezó suave y contenido, como el cloqueo de una gallina. Se inclinó un par de veces y acarició la mejilla del difunto. Rodeó el ataúd teatralmente, de frente a los presentes, para que pudieran apreciar las lágrimas. Se limpió con un pañuelo y el maquillaje se corrió un poco. Mejor que mejor; le daba un aire teatral. Siempre usaba el recuerdo del velorio de su hijo, una imagen mental que la estremecía y estimulaba su llanto.

Dejó que el silencio se asentara un momento y salió con pasito apurado, agarrándose la frente con el pañuelo, como si no diera más y necesitara salir a respirar. Entró en la cafetería del velatorio. Saludó al dependiente con una levantada de cejas.

-¿Qué hacés Roberto? Movidita la noche ¿Eh?

-Y bueno querida, es lo que hay. Por lo menos los muertos no escasean. ¿Qué tenés hoy?

-Músico. Un músico de plena. Buena gente el gordito, lo fui a ver un par de veces.

Mordió un bocadillo con un gesto exagerado de satisfacción.

-Ojo, Romina…

-¿Ojo qué?

-Ojo que viene la madre.

Masticó lo más rápido que pudo el bocadillo y lo bajó de apuro con un buche de café. Carraspeó con disimulo y bajó la mirada tapándose con el pañuelo justo cuando la madre entró en la cafetería. Entró rápido en personaje y fingió descomponerse. Pidió un vaso de agua y volvió a llorar pero esta vez un llanto grave y largo.

Cuando volvió a la sala la presencia de un nuevo integrante le llamó la atención. Mezclado entre los familiares, se mantenía al margen. Sin embargo su presencia le pesaba. El hombre no le quitaba los ojos de encima. Romina en seguida se puso manos a la obra y fue subiendo de a poco el tono de su llanto con una variedad de gemidos y lamentos. Abrazó a la madre del muerto, lo golpeaba con el pañuelo reprochándole a los gritos de coraje la condenada maldad de haberlas dejado solas en este valle de lágrimas y la puta que los parió. Se inclinó sobre el cuerpo besándole la frente, medio acaballada en el ataúd. No podía dejar de cruzar furtivas miradas con el recién llegado, que en el fondo del salón le dedicaba una sonrisa desvergonzada.

Luego del entierro, quedó un rato sentada en una valla, a la salida del cementerio. Fumaba mirando las urracas en el predio. Daban saltitos y graznaban en bandada en torno a una de ellas muerta. «Todos tienen sus ritos» pensó. En eso llegó el tío del músico y se sentó al lado. Le pasó un sobre por debajo de la valla, que ella revisó con un rápido movimiento, sin sacar los billetes.

-¿Está satisfecho?

-Él no lo creo, pero yo sí.

Romina se rió y el maquillaje corrido le daba un aire de payaso triste.

Por la noche el pub parecía un templo, y el incienso era el humo de cientos de cigarros. Y sus feligreses como hormigas se revolvían y se entreveraban. Romina bebía con sus amigas. De a momentos se paraban, daban un par de pasos de baile y se arengaban, sin alejarse demasiado de las butacas. Después volvían a sentarse y a beber. Una puntada en el costado derecho la hizo contraerse un momento, y el dolor puntiagudo se retorció bajo su costilla como un puñal. Corrió al baño y vomitó, y sus ojos se inyectaron en sangre. Pensó en lo patética que se veía, arrodillada en el baño de ese antro.

Al salir no encontró a sus amigas; igual se sentó en la butaca y se acodó en la barra.

-Llora usted muy bien.

Romina abrió los ojos y se volteó hacia el hombre que estaba sentado a su lado. Era el hombre extraño del velorio.

-¿Ah sí? No me diga. ¿Y usted que quiere?

-Solamente tenía un encargo. Para el viernes. Una amiga, muy joven. Me gustaría despedirla como se debe. Con un buen llanto fraterno ¿Está usted dispuesta?

-Si tiene cómo pagarlo siempre estoy dispuesta ¿Quién es la muerta?

-Ella a usted la conocía, creo. Acá tiene mi número. Llámeme mañana y afinaremos detalles. Y cuide ese hígado. La cirrosis no es ninguna broma.

Romina se enrojeció de ira mientras observaba como se iba ese incómodo ser.

El viernes se aprontó temprano. Pasó toda la mañana tiritando de frío. Pensó que quizás se estaba engripando. O quizás su hígado le estaba jugando una mala pasada. Todavía no había llegado nadie al velorio. Cosa rara, cuando entró a la sala ninguno de los dependientes le devolvió el saludo. Se sentó en una de las sillas y empezó a entrar en personaje, unos calentamientos previos a la llegada de los familiares. Sin embargo no pudo. Se concentró en la respiración y en su garganta pero el llanto no llegaba. Imaginó a su hijo en el féretro y nada. Incluso se pellizcó, pensó en el precio del alquiler, en la inflación, los mutilados en las guerras, los sin techo. Nada. Ya se dirigía al baño a pasarse pimienta en los ojos, y entró su empleador. La saludó con una inclinación de cabeza.

-Ha llegado temprano ¿Sucede algo?

-No sé. Primera vez que me pasa, no encuentro las lágrimas.

-Déjelo, ya nadie vendrá. ¿Ha presentado ya sus respetos a la difunta?

-Le pido que no me diga cómo hacer mi trabajo.

-Es importante que vea a la difunta.

Romina caminó lentamente al ataúd mientras el hombre corría el velo. Nada producía ruido en ese momento, ni sus pasos, ni los dependientes que circulaban en otras salas. Tardó un momento en reconocer el cadáver. Las piernas se le aflojaron pero se mantuvo firme. Se acercó lentamente a contemplar, acarició la mejilla con dulzura y se acarició la suya al mismo tiempo.

-Ya veo. Los muertos no lloran.

ART MI

MADRUGADA (para el tema de la semana: llorar)

– Ya empezó el fin del mundo – dijo mi padre al otro lado de la línea. Eran casi las tres y el gallo aún dormitaba.

Escuchó mi silencio y agregó: sal al patio y lo entenderás. Y no tengas miedo…

Dejé el teléfono descolgado, cogí la frazada y salí en medio del sereno.

Sentí un nudo en el estómago mientras contemplaba a las decenas de seres alados bajando envueltos en aquel fulgor tímido.

Los animales estaban inquietos y algunos gritos de espanto se escuchaban en la lejanía.

Volví para coger la llamada y papá ya no estaba, solo el timbre intermitente.

– Cuando aquello suceda – le pregunté alguna vez -, ¿qué nos quedará?

– Únicamente llorar – me respondió.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

(Las lágrimas de Andrea).

Escuché el diagnóstico del médico, síndrome de sjogrem, palabras que jamás había escuchado en mi vida, y a consecuencia de esto mis ojos se habían quedado sin lágrimas, las cuales ahora se enterraran en mi alma, cual sequía en un desierto.

¿cómo iba a llorar, sin lágrimas?

Antes lloraba por muchas razones, era una forma clara, natural de expresar lo que sentía. Lloraba por mis recuerdos, algunos tristes, otros alegres los cuales se habían perdido en el tiempo.

Lloraba también por extrañar a aquellos que hicieron muchos días felices de mi vida y se habían ido. Lloraba Por las soledades incrustadas en los sueños, por tantas y tantas cosas que pasaban en nuestro mundo.

¿Ahora, como iba a expresar lo que sentía sin lágrimas?

Nunca antes hubiera imaginado que pudiera pasarme esto, y darme cuenta de lo importante que era llorar.

Tendré que expresar mis sentimientos de otra forma.

No podré llorar, mis penas se enterraran en mi corazón, y gritaré tan sólo lo que siento, explicando el porqué no hay lágrimas en mis ojos.

Algunos pensarán que soy fuerte. Otros que soy indiferente, que más dará, sólo yo sabré que mis lágrimas están derramandose en el fondo de mi ser.

ABBY MARSIE ROGOM

CONEXIÓN FRÍGIDA,

COMUNIÓN ESTÉRIL.

.

La noche llegó como gota de agua, empapando la vista y la ropa y un poco de mi espíritu y su vacío dejándome algo así como húmeda y un poco pesada.

Bailaban en el aire lucecitas, como estrellas microscópicas, colores brillantes que se deslizaban en la oscuridad acuosa.

Amanecí al otro lado del río sobre la yerba azul, con los rayos del sol brincando sobre mi, llegando a mi cerebro a través de una metamorfosis intencionadamente vitamínica.

Yo observaba su juego infantil, intercambiando y creando cosas con otros elementos.

El carbono, el oxigeno y otros flotaban en el aire limpio. Miré el árbol grande de un verde regio. Alguien dijo que ellos son alimentados del aire, no del suelo. Como nosotros, en un flujo con el que plasmaban realidades temporales, como todo lo vivo en la tierra.

Me quedé dormida anoche llorando, por eso en el sueño la noche me mojaba la cara.

Entraba en el universo onírico arrastrando retazos de vigilia, mezclándose.

Pensé que estaba siendo demasiado abstracta, y me centré en la parte de mí que experimentaba.

Era yo, un caótico y perfecto conjunto de átomos que descansaba sobre un pasto en el que cada brizna se expresaba ahora en un color diferente, pulsando vivo. No tenían miedo en ese momento mientras mi cuerpo levitaba a milímetros sobre aquella yerba que, me parecía a mí, desprendía una suave melodía.

Todas las cosas microscópicas jugaban ante mis ojos, en el estado puro

e inocente de la naturaleza. La versión A.

Y sin embargo, una hormiga se quemaba viva,atrapada bajo un cristal impávido y disruptor en la escena. Se quemaba siendo el sol frío, según dijo alguien más.

Yo, siendo empática de una forma dolorosa y siéndolo así sin escape, una persona- espejo que había hecho tanto daño sin embargo, no pude omitirlo.

Levanté el cristal. La hormiga huyó, para ser comida en los primeros momentos de su liberación por un pájaro alevoso. Puede que alevoso no, sólo comía hormigas.

¿La salvé o la maté?

Lloré también en el sueño lágrimas rojas y me dormí de nuevo.

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4 comentarios en «Llorar – miniconcurso de relatos»

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